Nota del autor: Nueva entrada de esta novela corta, cuyo primer capítulo está disponible en este enlace. Sin más preámbulo, espero que disfrutes la lectura y, si no lo has hecho, te animo a que te suscribas.
2. Sólo el principio
El barrio del Bon Pastor limita con el río Besós, que sirve de frontera natural por el norte a la ciudad de Barcleona. Al otro lado de la rivera se extiende Santa Coloma de Gramanet, célebre por sus viviendas desconchadas y sus porches ideales para el navajazo y el menudeo. Pero poco a poco, la zona había ido transformándose en una suerte de barrio residencial por el cual los vecinos habrían de sentirse orgullosos con el paso de las décadas. En pleno proceso de gentrificación es cuando Federico llegó a los jardines de una tal Isabel Painagua. De pie como un pasmarote, miraba el cartel del metro: Bon Pastor
Eran como las diez y cuarto de la mañana. Había quedado con Martina sobre las once y no tenía nada mejor que hacer para pasar los nervios que dar una vuelta por el barrio donde llevaba viviendo apenas una semana. Los acontecimientos en su vida, a su vuelta de un oscuro viaje fallido a Londres, se habían preciptado y las cosas sucedían tan deprisa que casi no había tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estaba pasando. En verdad, era más sencillo así, dejarse llevar por la corriente de la vida como una paja por el río.
Sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos, por no saber qué encontraría más allá de cien metros a la redonda, tomó una dirección aleatoria y echó a andar disfrutando del sol de septiembre que ofrecía la mañana del sábado. Pasó por delante de los bares-paco que poco a poco que iban llenando de las parroquianas habituales, con cruasanes de chocolate y sus humeantes cafés con leche. Federico tenía hambre y pensó en tomar un tentempié. Abrió su roída cartera marrón oscuro y miró al flamante billete de veinte euros que hacía poco había extraído del cajero automático, poco después de salir de casa, el cual aún estaba caliente. Volvió a guardar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y pasó de largo reanudando la marcha. Cuatro viejas, quienes habían reparado un momento en su recortada figura contra el implacable sol matutino, dejando el cotorreo de la conversación suspendido por un instante, volvieron a lo suyo al valorar que Federico no suponía ninguna amenaza para su desayuno. Iba vestido con lo mejor de su armario.
-Si encuentro alguna floristería, compraré una rosa. -dijo en voz alta, sin imporarle lo que pudiera pensar el gordo transeúnte, que en ese instante, se cruzaba con él paseando un pequinés cruzado con otra cosa, un noble perro de barrio obrero que debió ser mono de cachorrito. El can lo miró con altanería, con sus cuatro dientes torcidos por fuera del morro. Federico sintió ganas de arrearle una súbita patada, pero se contuvo como siempre.
A la altura del número 147 de la calle San Adrián, la cual transitaba, se encontró consigo mismo en el reflejo del portal de un edificio recién construido entre dos bloques baratos de toldos verdes. Vestía impecablemente. Se había puesto una camisa rosa que le hacía sentirse más masculino, unos finos pantalones vaqueros no demasiado desgastados que se ajustaban a sus piernas y a su paquete, unas gafas de sol negras que pronto iba a dejar olvidadas en algún vagón del metro, pero que en ese día, a esa hora, todavía conservaba. Incluso sus zapatillas lucían relucientes y parecían brillar de lo blancas que estaban. Llevaba el pelo crecido, al estilo de los rockeros de los años setenta, pero se había afeitado. Lo bueno de Barcelona es que a nadie le importaba el aspecto que uno tenía porque cada día se veía de todo en todas partes. Ese día se sentía elegante, bien plantado.
Iba a triunfar y lo sabía, pero eso no lo hacía sentirse menos impaciente porque llegara el momento de ver a Martina. Repasaba en su cabeza la conversación que iban a mantener aquel día. Era la primera cita en que iban a quedar solos, en persona, después de la primera vez que se vieron. Habían hablado casi cada noche por mensajería instantánea, incluso habían compartido ratos de masturbación y conversaciones abiertamente sexuales, pero una cosa era hacerlo a distancia, en diferido, y otra muy distinta era compartir el mismo aire y saliva. “Me imagino que tienes una polla muy bonita”. Le dijo ella un día, de pronto.
Sonriendo como un feliz imbécil, Federico levantó la vista y vio frente a sí que la calle se había terminado. Unas escaleras blancas de hormigón daban acceso a una atalaya con una pérgola urbana sin toldos, que hacía las veces de meadero para los perros de Bon Pastor. Una chica paseaba a un labrador peludo, por la altura, pero decidió no hacer el esfuerzo de subir hacia ninguna parte. Plantado en el curce donde estaba, miró a la izquierda. Una carretera insulsa se perdía debajo de un puente completamente oscuro que parecía llevar a una calle tan aburrida como la que tenía a su derecha, la cual se perdía a lo lejos en una línea recta tan larga que daba escalofríos. Así las cosas, decidó dar la vuelta. Miró su reloj.
-Quedan veinte minutos. -se dijo y, con una prisa repentina, corrió hacia donde habría de encontrarse con Martina: la esquina del banco donde poco antes había sacado dinero. -En este puto sitio no hay nada. -añadió- Sólo bares, supermercados y tiendas que cerraron.
Su vida en Barcelona no estaba siendo precisamente fácil. A las dificultades por encontrar una habitación asequible, se añadía el problema de las distancias. Todo estaba muy lejos de cualquier cosa y la conexión de metro obligaba a engorrosos transbordos para ir al centro. El autobús no se planteaba como una opción e ir en coche, que tenía aparcado en un descampado no lejos de donde estaba, era una misión farragosa. Prefería ir andando a todas partes pero el desierto de aburridas viviendas se alargaba tanto que asfixiaba. Una de los muchos aspectos que más incomodaban a su casero, gay rumano ultraortodoxo con el que vivía, era que no se quitara las zapatillas al llegar de la calle. Había tanta mierda convertida el polvo en la ciudad que el calzado se impregnaba rápidamente de esa ceniza invisible pero palable, y el hecho de ir por la casa con las deportivas que había usado para andar por la calle provocaba un serio problema en la limpieza del hogar al que Federico no estaba acostumbrado. Si bien en su pueblo había contaminación ambiental, no se impregnaba en el suelo de la misma manera que lo hacía en Barcelona, la ciudad condal.
-Pero esto no es Barcelona… es un barrio periférico de mier… -el teléfono sonó.
-¡Ico! -ella lo llamaba así, y le encantaba- ¿Dónde estás?
Por un leve quiebro de su voz, Federico intuyó que estaba nerviosa, y eso lo exitó.
-Delante del bebeuve, donde dijimos.
-Vale. Ahora me vas a ver. -Su voz sonaba con eco, como dentro de un lavabo; seguramente estaba usado en manos libres. Federico no conocía su coche, así que miraba a todas partes un poco desesperado por ver si la distinguía entre los conductores cercanos.
Sonó un claxon si se sobresaltó levemente. Estaba mirando a lo lejos, a la calle principal, y en verdad ella había llegado por una calleja que daba a justo delante de él. Llevaba un pequeño todoterreno gris perla de la década de los dosmil, seguramente de un familiar. Bajó la ventanilla. Tenía exactamente el mismo vestido con el que se conocieron. Una única pieza de algodón con dos tirantes a los hombros, que se ceñía a su cuerpo y terminaba en una falda que quedaba a mitad del muslo. Entre sus piernas entreabiertas por la conducción se adivinaba un lunar un poco más arriba del interior del muslo izquierdo. Su pelo largo caía hacia el lado izquierdo, dejando ver su cuello largo y esbelto.
-Me ha costado un poco encontrar el sitio, yo pensaba que…
CHOOONK. Pitó una furgoneta de reparto de un supermercado cercano. El carril era de una dirección y no podía adelantar al coche de ninguna manera. En Barcelona todo el mundo tenía prisa, incluso un sábado por la mañana de septiembre. -Espera, me subo.
Cerró la puerta tras de sí y Martina arrancó sin perder tiempo. Disimulando su excitación, Federico miraba el paisaje e intentaba guiarla hacia donde tenía la que era su casa.
-No creo que encontremos aparcamiento, pero por lo menos lo podemos intentar.
-Me parece bien.
No dijeron nada más, pero el silencio no resultaba incómodo. Federico aprovechaba para mirarla de soslayo por el rabillo del ojo. Estaba realmente preciosa. Su pecho generoso pero equilibrado con su cuerpo subía y bajaba levemente por la respiración entrecortada. El vuelo de su falda abierta temblaba levemente con los movimientos de las piernas y el traqueteo del vehículo. Deseaba acariciar con su mano aquella rodilla desprotegida, pero se contuvo al doblar la esquina y divisar que un coche se marchaba justo delante de casa.
-Qué suerte hemos tenido. Justo en frente del piso del gay.
-¡Sí! Parece una película.
-¿Una película? -dijo Federico por decir algo.
-En las películas siempre aparcan delante del sitio a donde van, ¿te has fijado?
-No me había dado cuenta, la verdad.
Empezó a maniobrar. Estaba visiblemente nerviosa y se reía a cada momento. Necesitaba apenas dos movimientos de volante para dejar el coche en el sitio. El hueco era amplio y generoso. Pero fueron necesarias unas cuantas maniobras para dejarlo medio fuera. Federico no dijo nada y esperó pacientemente, dispuesto a aparcar si ella se lo pedía.
-Estoy nerviosa. ¿Te lo puedes creer?
-No tienes por qué estarlo…
-Ya lo sé. Pero estoy nerviosa y quería decírtelo. Sé que no hay nada malo en ello.
Ante semejante sentencia, Federico no supo qué añadir y la siguió cuando abrió la puerta del vehículo y se bajó del coche. Al ponerse frente al edificio se quió las gafas de son que llevaba con un cordel de colores vivos, como visten las personas mayores y los modernos.
-Así que vives aquí.
-Así es… No está mal la casa. Aunque el casero es un quisquilloso de mierda. No está.
-¿Me la enseñas? -Por un momento, Federico no supo qué decir. De ninguna manera esperaba esa propuesta así, de sopetón. Suponía que irían a tomar algo primero pero…
-¡Claro! -dijo haciéndose el loco y sacando las llaves del bolsillo- Adelante, princesa.
Se arrepintió al momento de haber dicho aquello, pero estaba nervioso también. Mientras esperaban a que el ascensor venciera la distancia que separaba la planta baja de la segunda, donde Federico y el gay vivían, sentía cómo su corazón ladraba dentro del pecho. Martina se sentía igual que él porque un dedo de su pie desnudo se arrugaba sobre la zapatilla veraniega que vestía, dejando ver unas uñas pintadas de color rojo carmín.
Al llegar abrió la puerta del rellano y entraron en el pequeño vestíbulo de la vivienda.
-Y esta es mi casa… -Martina entró dentrás de él.
-¿Te has dado cuenta? -dijo ella.
-¿De qué?
-Todavía no nos hemos dado un beso.
-Es verdad. Entre que ha pitado la furgo aquella y hemos buscado aparcamiento ni siquiera nos hemos saludado. Vaya un anfitrión estoy hecho… -Federico se acercó a ella.
Martina se dejó dar un beso lento en la mejilla y luego giró la cara buscando los labios de él, que fácilmente se encontraron con sorpresa pero sin miedo. Se besaron con las bocas llenas de saliva, como quienes han esperado aquella comida con muchas ganas y hambre. Las manos de Martina se colaron por debajo de la camisa rosa de Federico y recorrieron su espalda. Estaban frías, pero se calentaron casi al instante por la fricción. Las manos de él aprovecharon para recorrer las piernas desnudas de ella, de pie como estaba, hasta casi llegar a la zona humedecida de su sexo, que irradiaba un calor casi tangible por debajo de la tela. Martina empezó a gemir con desespero, como si le faltara el aire. Una de sus manos abandonaron la espalda y se centraron en la entrepierna de Federico, que estaba dura y quería romper la tela de mezclilla que la contenía. Ambas manos se centraron en su cinturón de cuero y se lo desabrocharon con agilidad. Martina lo miraba con fiereza.
-Te enseño mi cuarto.
Como si ella supiera dónde se encontraba. Se dio la vuelta. Le cogió la mano y lo dirigió hacia la habitación donde dormía, como si hubiera estado antes allí, lo cual era imposible. Federico no tuvo tiempo a pensarlo. Antes de que pudiera darse cuenta se hallaba echado sobre la cama de noventa con Martina encima. Su falda no debaja ver la zona aquel momento se frotaba con la dureza de su pantalón vaquero desabrochado, el cual poco a poco iba bajando hasta quedar caído a media pierna. Sus manos buscaron la ropa interior de ella por debajo del vestido blanco, moteado con diminitas flores amarillas y rojas. Quitó con decisión la última pieza de ropa que servía de frontera entre la piel de ella y la suya y ella hizo lo mismo con él. Se quedaron sólo con la parte de arriba de la ropa: el con la camisa y ella con el vestido, subido ahora, que dejaba la forma de monte sin pelo.
-Espera creo que tengo un condón por aquí…
-No hace falta. -dijo ella, que se situó encima de él y cogió su pene con decisión, como si fuera un objeto carente de vida, hecho de un material más duro e insensible que la carne. Con unos dedos largos fuertes lo introdujo dentro de su sexo, que no mostró resistencia.
Ambos se quedaron extasiados. Martina se movía rítmicamente mientras las manos de él buscaban liberar sus senos del broche del sujetador. Lo consiguieron y sus pechos de mostraron en su totalidad por debajo del vestido medio caído, que iba bajando a medida que las embestidas iban y venían. El pelo de ella se balanceba como un péndulo sobre la camisa que iban apriendo los dedos ágiles de ella, dejando ver el torso desnudo de Federico, sin un solo vello. Sonriente, echó hacia adeltante uno de sus pechos y lo puso en la boca de él, haciendo que pronto encontrara la aureloa de un pequeño pezón oscuro.
Las manos temblorosas de Federico subían y bajaban desde los muslos hasta la espalda de ella, cruzando en ocasiones la línea divisoria que separaba ambas piernas y que terminaba en el punto donde ambos sexos chocaban cada vez con más rudeza. La gotas de sudor y la humedad iban produciendo un chasquido como de un látigo suave y dulce.
De repente, ella se separó y se tumbó junto a él en la cama. Jadeante, lo miraba encendida.
-Ponte encima.
Así lo hizó él y se abrazaron con fuerza mientras las piernas de ella se abrían cada vez más buscando un soporte que en el aire no encontraban. Las embestidas se hacían cada vez más acuáticas y sencillas, casi podía notarse como si el cuerpo estuviera debajo de una fuente caliente cuyas aguas lo abrazaran y fueran subiendo la temperatura a medida que los gemidos de ambos, pero sobre todo de Martina, iban intensificándose hasta casi llegar al grito. La cama empezó a salirse del lugar buscando el centro del cuarto estrecho.
-Sigue, sigue, por favor, no pares.
-No…
-Córrete conmigo. ¡Ahora!
-No tengo condón…
-¡Ahora!
Federico obedeció sin rechistar. Se sintió irse como una fuente que se levantara y siguió empujando todo lo que daba de sí hasta que las múltiples eyaculaciónes cesaron. Se quedaron así tumbados, uno encima del otro, mientras los cuerpos se relajaban sin separarse. Fue entonces cuando Federico pudo sentir un leve temblor en la mejilla de ella.
-¿Por qué lloras?
-No estoy llorando. -dijo secándose una lágrima. Él no dijo nada, simplemente esperó. -Creo que vas a poner mi vida del revés.
-Yo nunca te haría daño. -dijo él, besándola de nuevo sin saber muy bien qué añadir.
-Ya lo sé. Me estás chafando, grandullón. Échate a un lado, anda.
Federico se separó y se acabó de quitar la camisa arrugada que entonces tenía. Buscó el paquete de tabaco por los bolsillos de su pantalón y encendió un cigarrillo. Martina lo miraba desnuda como una diosa griega recién salida de las aguas y la espuma de una ola, completamente desnuda y despierta, más bella que cualquier estatua que él hubiera visto.
-¿Me das una calada?
-Pensaba que no fumabas. -dijo él tendiéndole el cigarrillo.
-Sólo fumo cuando estoy contigo. -y rio su pequeña broma. -¿Por qué no ponemos un poco de música? -añadió al cabo de un rato. -Tu pones una y yo otra, y así nos conocemos.
Federico encendió el ordenador portátil y buscó en el reproductor un tema de Bob Marley que entonces le apetecía eschuchar: Could you be loved, cantó con ronca voz cazallera.
-Esa me gusta.
-Ya lo sabía. Por eso la he puesto. -y la abrazó de nuevo, desnudos como estaban. No era necesaria una manta, dado que hacía un calor creciente que haría arder el hormigón. Cuando la canción hubo terminado, ella puso otra: Amanece, de Nach. No le gustaba.
-¿La conoces?
-No… No me gusta mucho el rap.
-¡Qué dices! Sal de esta cama ahora mismo… -y añadió divertida- Yo fui rapera, ¿sabes?
-¡Anda ya! -dijo él riendo. -No veo a una princesita como tu haciendo rap-urbano-yeah.
-Pues lo hacía, de hecho, tengo una canción en youtube y todo.
-¡Ponla! ¿Cuál era tu nombre artístico? La buscaré.
-No pienso decírtelo…
-Anda…
-¡Que no! Dame un beso anda. -Él la obedeció- Se ha termiando la canción. Te toca a ti…
-No sé qué poner…
-Una romántica.
Sin pensarlo demasiado, Federico buscó en su lista de reproducción y dijo: -Esta me recuerda a ti. -Clicó dos veces encima del nombre del tema, Amores eternos de Sabina.
-Es una canción vieja.
-Me gustan las canciones viejas.
Se quedaron callados escuchando la letra que empezaba diciendo: Desnuda se sentía igual (clíing, hacía un instrumento dulce), que un pez en el agua… Y callados estuvieron los tres mintos que duraba la historia de un amor que duraría, para siempre, en un invierno. Al terminar, ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados. -Eres muy sensible, ¿no?
-Depende…
Volvieron a besarse. Ella agarró su sexo con una mano sorpresiva y empezó a agitarlo suavemente. Poco a poco, fue poniéndose duro de nuevo, con la misma seguridad que la primera vez. Cuando estuvo preparado y palpitante por las manos de ella, se tumbó sobre la cama de espaldas. Se apartó el pelo a un lado, dejando ver su espalda de lunares y su trasero estrecho, levemente levantado, dibujando un arco entre la cama y el monte de Venus.
-Métemela otra vez.
Federico la obedeció. Sus manos agarron sus nalgas y su cuerpo encontró el hueco que ella le dejaba sin esfuerzo, como si un imán atrayera ambos puntos con una fuerza inivisible pero poderosísima. Otra vez empezaron a frotarse, esta vez más ahínco, como si quisieran romper la cama cuyas patas temblaban bajo el colchón barato de muelles. Al cabo de un rato de estar así, sin que ella gimiera como la primera vez, se giró un poco y dijo, tumbada como estaba. -No te preocupes por mí. Ahora quiero que disfrutes tú. Folla.
Aquellas palabras, en esa voz dulce que ella tenía, sirvieron como una droga exitante. No aguantó demasiado, pero no le importó. Hizo como ella le había pedido, sintiéndose liberado. Con una de sus manos agarraba su hombro, con la otra una de sus piernas. Federico embestía con toda la fuerza que le proporcionaba su deseo, de forma repetitiva, brutal, de una manera que no había conocido en mucho tiempo, que casi ya no recordaba.
Terminó pronto. Se dejó caer sobre la espalda de ella que sonreía satisfecha y feliz porque
-Me ha encantado hacerte disfrutar.
-Eres increíble, Martina. Nunca he conocido a nadie como tú.
Ella se giró sobre sí misma, quedando frente a él. Estaba tranquila y satisfecha, casi feliz.
-Me alegro de haberte conocido, Ico.
Federico sonrió, la besó lentamente sintiendo cada uno de las papilas de su lengua y dijo:
-Esto es sólo el principio.
…oooOOOooo…
Esta historia continurará el próximo domingo con un capítulo nuevo. Mientras, te animo a seguir explorando el contenido de esta página en los enlaces disponibles. Si te ha gustado esta historia, agradecería mucho que me lo hicieras saber con tu megusta, tu comentario o enviándome un correo a contacto@elpobrecitoescribidor.com
¡Un abrazo! ¡Que viva la lectura!

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