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    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 15 y 16

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco

    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas
    11. Ya me vendrá y 12. La luz no se encendió
    13. De verdad y 14. El caniche blanco

    15. La verdad

    -Sé qué estás liado con Martina, ¿te crees que soy tonto?

    Las estaciones de tren tienen algo de templo. En todas las que había estado en su vida, había sentido al pisar el andén una cierta paz y desazón a un tiempo, como el que espera paciente a que algo importante pase, con resignación religiosa. Las personas en la estación solían buscar lugares donde sentarse o, si permanecían de pie como Federico estaba, lo hacían mirando a la nada, es decir, hacia dentro de sí mismos, conversando en silencio. Los móviles iban comiendo terreno al agradable aburrimiento de los viajeros, pero todos de vez en cuando alzaban la vista y miraban las pantallas luminosas donde, a veces, los trenes se retrasan, pero siempre solían llegar. Según el tren que uno tomara lo esperaba un destino diferente, con nuevas posibilidades. En Paseo de Gracia las posibilidades no eran muchas. Se trataba de una estación turística, de paso, donde sólo se apeaban los viajeros que iban de visita o los menos que trabajaban en el centro. Federico había esperado pacientemente en el andén a que su tren llegara. No le importaba esperar allí, le gustaba el ambiente de recogimiento que él creía ver en las estaciones de tren. Le emocionaría tanto subirse a unos de esos trenes destinados hacia el norte, llegar a una estación fronteriza y subirse a otro tren hacia Europa. Pero aunque los sueños y la juventud le dieran el empuje necesario, faltaba siempre lo fundamental.

    -No entiendo cómo has podido hacer una cosa así. La verdad es que me lo olía pero…

    Después de que su tren llegara, Federico lo acompañó a la salida. El abrazo fue frío, falso. Pero de todas formas se saludaron con efusividad como siempre que se veían. No había sido un trayecto largo, no llevaba maletas ni un objetivo firme más allá de mantener una conversación al respecto. Siguieron el rumbo acostumbrado, tantas veces recorrido que se sabían de memoria, sin necesidad de decirse nada. Federico callaba.

    Al salir de Paseo de Gracia se sale delante de la Casa Batlló, una construcción arquitectónica obra de Antonio Gaudí. Siempre que la observaba, le gustaba contar la anécdota de la muerte de Gaudí: iba borracho, como siempre, y lo atropelló un tranvía de principios de siglo. No recordaba quién le había relatado la anécdota del genio, pero disfrutaba con ese giro inesperado del destino que provocó que no se terminara el único monumento del estado que podía igualarse, en altura, a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben, es decir, la única construcción lo suficientemente icónica y antigua que consiguiera poner al país en el mundo occidental. Resultó un azar del destino que el hombre muriera bajo las ruedas de un vehículo que no avanzaba a más de veinte quilómetros por hora, y que lo hiciera sin dejar un maldito plano para terminar la Sagrada Familia. Seguramente lo hacía todo de memoria, sin más mapa que sus cojones.

    -¿Me estás escuchando?

    -Disculpa, estaba pensando en Gaudí. ¿Sabías que tuvo que marcharse de su ciudad natal porque los otros modernistas no lo dejaban construir nada allí? Si le hubieran dejado, ahora estaríamos en el mapa y no tendríamos que desplazarnos hasta Barcelona.

    Su acompañante no conseguía entender, así que se limitó a darle una calada a su cigarrillo y a mirar enfrente mientras cruzaban la larga calle que había de conducirlos al otro lado de la acera. A ambos costados se extendían las tiendas más exclusivas de la ciudad, con nombres escritos en francés, italiano, inglés, incluso en chino mandarín.

    Torcieron por la Calle de la Diputación. La mañana era agradable. La luz y el agua de la ciudad tenían un sabor meloso que impregnaba todas las cosas: desde el aire hasta los alimentos. Como era temprano por la mañana, las calles estaban humedecidas por la manguera del vehículo de la basura dedicado a tal fin. A Federico no le hubiera importado ser basurero-conductor de aquellas andróminas que circulaban lentamente, barriendo y fregando las calles, con una vista panorámica al asfalto, avanzando lentamente al paso regio de la tortuga, que todos los demás vehículos respetaban. El Ensanche era un monumento a la especulación urbanística: no había un solo parque en quilómetros a la redonda. Las únicas zonas ajardinadas se situaban dentro de los cubos que dibujaban los edificios, todos con los mismos balcones alargados de forja, los mismos techos altos, los mismos ventanales amplios, algunas fachadas lucían ricos azulejos en el sotabalcón y otras más humildes se conformaban con su rebozado. Pisos llenos hasta la bandera, algunos turísticos, otros con estudiantes adinerados. Cada vez había menos vecinos de la época de la posguerra, que se iban muriendo y los iban dejando en herencia a allegados que lucían un perfecto catalán que ellos no hablaron.

    -¿Sabías que muy cerca de aquí, en el número 44 o 45 de la calle Aribau, está la casa de Carmen Laforet? Siempre pensé que aquella novela, a pesar de ser aburrida como estas calles, tenía algo especial que la hace maravillosa. ¡Tiene el espíritu del Eixample! ¿Eh?

    -Federico, ya basta. Para de andar soltándome clases de historia o te parto la cara.

    Hablaba en serio y tenía razón. Intentaba aligerar el peso de la situación con conversaciones asépticas sobre datos que fácilmente podían encontrarse en internet, así que parecía que no valía la pena mecionarlos. Al cabo de aquel rato que habían compartido juntos entre reproches y conversaciones ajenas al tema del día, Federico decidió abordar la cuestión y proponer que se sentaran: una terraza en aquella calle.

    -Es verdad, tienes razón, aún no te he dicho Nada, ¿te das cuenta? Homenaje a Laforet.

    -Déjate de chistes malos.

    El camarero pidió la comanda eficientemente no bien tomaron contacto sus traseros con el frío metal de la silla negra. Una vez apuntados los dos cafés americanos, se marchó dejando un aire a colonia barata en el ambiente, que congeniaba con el humo del tráfico.

    -Bueno, Alejandro, ¿qué quieres que te diga? Llevamos un par de meses sin vernos y todavía no me has preguntado cómo me va por aquí. Me va muy bien. En el trabajo…

    -Tienes que dejar de ver a Martina.

    El camarero dejó la comanda sobre la mesa, en silencio. Era un tipo alto y bien plantado, de brazos fornidos en el gimnasio. Dejaba las tazas sobre la mesa de chapa con aire ausente, como si él no estuviera allí, sirviendo copas en una cafetería por mil euros, sino en la discoteca de moda de la ciudad, donde se gastaba todo su sueldo. Una vez que se hubo marchado, Federico dejó de fantasear con su entorno y se centró. De aquella mesa quizá se levantaría más solo que como llegó: podría perder a otro amigo.

    -Le prometí a Martina que no hablaría de este tema contigo.

    La expresión de Alejandro se ensombreció. Sus pequeños ojos oscuros adoptaron una opacidad superior, como si el resentimiento los dejara sin vida. Su boca contrajo un rictus crispado y empezó a atusarse el largo flequillo, como siempre hacía al enfadarse.

    -Tú ya sabías que Robe estaba enamorado de Martina.

    -Eso quería preguntarte, ¿desde hace cuánto que están así?

    -Unos dos años, desde que yo los conocí. Se puede decir -sonrió un poco- que yo fui su Celestina. Le di consejos a Robe sobre cómo tenía que acercarse a ella y lo consiguió.

    -¡Podrías haberme dado esos consejos a mí también!

    Alejandro se ensombreció de nuevo. Guardó silencio un momento como si buscara las palabras adecuadas para decir aquello, para que no se le notaran tanto los sentimientos.

    -Hacían una buena pareja. Yo pensé que lo suyo resultaría después de todo ese tiempo.

    -Bueno, en realidad no es asunto mío. No me gusta preguntarle a la gente por su pasado, me interesa el presente. Ahora ella está conmigo y he disfrutado mucho de su compañía.

    -¿Te estás enamorando?

    -¿Y a ti qué te importa de quien yo me enamore? Sabía que esto era simplemente un juego. Yo estaba solo, sin pareja, ¿qué hay de malo en hacer el amor con una chica?

    -Pero es que esta chica tiene pareja, desde hace años, desde antes de Robe.

    -Pero yo no la tengo.

    Alejandro dio un sorbo a su café, que se iba enfriando sobre la mesa a pasos agigantados, y encendió otro cigarrillo. Fumó exhalando el humo hacia los transeúntes que cruzaban ajetreados de un lado al otro. La vida en la calle era frenética, pero en aquella mesa de la terraza de la calle Aribau parecía que el tiempo se había detenido.

    -Te has enamorado.

    Federico calló. Dio un sorbo a su café y también encendió un cigarrillo. Miró hacia el fondo de la calle y distinguió el cruce iluminado de la plaza de la Universidad, que quedaba a pocos metros. La gente cruzaba el paso de peatones en la mañana amarilla.

    -Puede ser que tengas razón. -se resignó Federico- Quizá estoy un poco enamorado.

    -El juego se te ha ido de las manos…

    Tenía razón. Quien jugaba con fuego se termina quemando y a quien jugaba con el amor le podía suceder lo mismo. Aunque se lo negara a veces y procurara no pensarlo demasiado para no sentirse celoso, lo cierto era que se había enamorado de Martina y él sabía que enamorarse de la persona equivocada puede ser el juego más peligroso.

    -Robe y Martina tuvieron un idilio hace algún tiempo, como ya sabes. Ella también le dijo que no contara nada hasta que terminara con su novio. Supongo que te suena.

    Ahora fue Federico quien se ensombreció. Aquella casualidad, por llamarla de algún modo, se le clavó dentro. Había habido veces que habían hablado del futuro, en momentos oscuros le había preguntado por qué seguía con su pareja si en teoría lo quería a él. Ella siempre le había pedido paciencia, que esperara. Él intentaba no meterse con sus cosas, al fin y al cabo, ¿qué seguridad podía ofrecerle? Ninguna.

    -Mira, Alejandro, ya sé todo lo que vas a decirme y puede ser que tengas razón. Pero Martina me dijo una vez algo que se me quedó clavado. Un día le dije que tenía muchos remordimientos, ya sabes, por cosas del pasado que bien conoces. Estar con ella, en esta situación, en parte me libera. Me hace sentirme mejor conmigo mismo. Las cosas no son tan rígidas como parecen por fuera. Le dije que me sentía mal conmigo mismo por ser como era, por haber hecho daño a personas que quise, por decepcionar a todos.

    -¿Qué te dijo ella?

    -Que ella se había enamorado de la persona que yo era ahora. Y que la persona que yo soy ahora es fruto de todo lo que he vivido, tanto lo bueno como lo malo. Sé que suena a topicazo y autoayuda, dicho así, con palabras, pero por primera vez me sentí en paz.

    -Eso se lo dice a todos, hombre. Se lo puede decir a cualquiera. Seguro que a Robe le decía cosas similares. No debes caer en la trampa. El tema está peor de lo que pensaba.

    -Tenemos una conexión bonita, es cierto. Bonita y peligrosa. En este mundo mezquino.

    Otra camarera vino a recoger la cuenta. Era una chica rubia, con el pelo hasta la cintura y la piel blanca decorada con algunos tatuajes que no debían de tener más de un año. Se había acercado a la mesa con la excusa de recoger el dinero de los cafés a medio terminar, pero en realidad lo que quería era ligar con Alejandro. Con cualquier pretexto, le había sacado conversación y él se dejaba agasajar por los ojos marrones de la camarera, que si bien era guapa, carecía de la más absoluta elegancia. Aunque, de todas formas, si ella se hubiera fijado en Federico, no habría desaprovechado la oportunidad. Cuando se hubo marchado, Alejandro dejó de sonreír y volvió al tema que le interesaba.

    -Está repitiendo exactamente el mismo patrón que siguió con el otro: te cuenta la milonga, tú te vas enchochando y, al final, te dará la patada. Tarde o temprano lo hará, lo sé. Creo que es alguien que tiene una carencia emocional muy acentuada, no sé.

    -¿Y quién no tiene carencias emocionales? ¿Acaso tú estás mejor que ella? ¿Que yo?

    -Mira, Federico, yo no quiero comprenderla. Solo te digo que no seas igual que Roberto, igual de inocente. No dejes que te haga la misma jugada, por tu bienestar.

    La camarera volvió a recoger el dinero y se quedó hablando con Alejandro un buen rato. El camarero anterior miraba la escena desde detrás de la rabia, con un punto divertido y celoso por el cliente que quizá le estaba levantando el ligue. Él se dejaría querer por ella con cierto aire de indiferencia, sonriendo mucho y dejando ver los hoyuelos de sus mejillas bien cuidadas, sin un solo grano ni cicatriz que las manchara.  A pesar de la cantidad de tabaco que consumía, se mantenía milagrosamente joven. Sabía vestirse y los años le iban dando esa elegancia con la que sueñan las pseudoestrellas de cine. La chica, de espaldas a Federico, se desvivía porque al fin le pidiera el número de teléfono, porque quedaran cuando ella terminara el turno. Podía verlo en la impaciencia con la que jugueteaba con la larga melena, con la pose que adoptaba su cuerpo al apretar las piernas. Tenía un trasero bonito, pensó Federico. No le pareció más bonita que Martina. Después de todo, era un tipo con suerte. Podría estar en esa situación incómoda y solo.

    -Estoy aquí con mi amigo, te lo presento, se llama Federico.

    -Hola.

    -Hola. -dijo ella casi sin mirarlo, iluminada como estaba por la belleza de su amigo.

    -Estamos hablando de amor, ¿a que sí? Federico está con una chica bastante tóxica.

    -¡Oye!

    -Ui. No pierdas el tiempo con esa clase de gente, tío. -dijo la camarera, que se llamaba Cristina, dándole la razón a Alejandro en todo lo que dijera- Yo las sé distinguir de lejos.

    -¿Ah, sí? -dijo Alejandro.

    Siguieron hablando entre ellos mientras la mente de Federico divagaba. Dirigió su vista al cielo azul que se abría paso entre las algodonosas nubes del cercano mediodía. Una brisa agradable cruzaba la calle sombría donde estaban. El café se había terminado desde hacía bastante rato. Quizá Alejandro tenía razón y Martina estaba jugando con él al gato y al ratón. Al final se lo comería y no quedaría nada de su corazón, ni las raspas. Ya había salido bastante maltrecho de un intento de relación reciente, quizá su salud mental no soportaría otro envite de esas características y terminaría por hundirse en la abulia más absoluta. No podía permitirse el lujo de dejarse caer, no cuando su economía dependía de forma exclusiva de él mismo. Ya era lo suficientemente difícil ir a trabajar en un puesto que odiaba, donde no terminaba de encajar y donde sentía el estómago acalambrado. Por lo menos tenía a Martina y aquella ciudad mágica para ellos dos.

    “Pobre Cristina”, pensó Federico. Se había olvidado de todas las mesas, hechizada como estaba de la belleza de Alejandro. Sabía que aquella chica no tenía ninguna posibilidad y que él solo estaba jugando con ella, como le había criticado antes a Martina. Aquel coqueteo no llegaría ninguna parte porque no tenía ningún interés. Y si por casualidad llegaban a quedar, a salir juntos, a tener una relación, la cosa terminaría como todas las anteriores relaciones de Alejandro: ella le acabaría dando una patada por ser un colgado de la vida, un manipulador, un egoísta y un trepa sin escrúpulos. Pero al fin y al cabo, era su amigo y Federico sentía por la lealtad una estima casi destructiva.

    Estaba enfadado y lo sabía. Su mente no pensaba con claridad. Le daba rabia que Alejandro pudiera tener toda la razón y aquel hecho no cambiaría por mucho que se dedicara a tenerle rabia en su fuero interno. De repente, vio como la chica se fue a atender las otras mesas y cómo él apuraba el poco café que le quedaba en la taza.

    -Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Alejandro levantándose.

    -Claro. -Federico también se puso de pie- Oye, no me he enterado. ¿Cómo ha quedado la cosa con esta nueva amiga tuya? ¿Vais a volver a veros? Estaba en mi mundo…

    -¡Qué va, tío! ¿Tú has visto a esa choni? Qué tatuajes más feos. Solo me divertía.

    -Pues a mí me ha parecido guapa.

    -Sí que lo era, ¿verdad? Si hubiera querido, me la habría hecho. Pero me daba pereza.

    -Desde luego, Dios da pan a quien no tiene dientes. ¿No serás gay en realidad?

    Alejandro, lejos de ofenderse, rio de buena gana la broma de su amigo. Hacía años que se conocían y se decían barbaridades sin que la sangre nunca acabara de llegar al río.

    -En verdad estoy enamorado de ti, bribón. -dijo estirando la mano para cogerle el culo.

    -Puede que digas la verdad.

    16. Una radionovela

    -¿Y tú qué quieres?

    El edificio de Ràdio Sant Just se situaba encastado en una loma, en las postrimerías de una zona ajardinada cuyo cielo solía ser azul claro y las nubes tranquilas pasaban calladas sobre las cabezas de los cipreses. Habían estado por allí otras veces, generalmente al caer la tarde cuando todo el mundo se recogía. Era la primera vez que iban a aquel lugar, que a Federico le encantaba, por la mañana. Aunque siempre aparcaban justo en frente del edificio de la radio, su destino estaba un poco más arriba, subiendo una rampa. En lo alto, justo encima del edificio encastado en el urbano cerro, se alzaba un edificio novecentista. Era una antigua casa de veraneo de dos pisos, sin contar las buhardillas. Tenía la planta rectanuglar y torreones en cada extremo. Las ventanas eran amplias pero carecían de balcones, probablemente porque no los necesitaba: alrededor había suficiente campo y jardín y aire puro. Era una de esas viviendas que se hacía la gente rica a principios del siglo XX, por poco no le había pillado la moda modernista, así que las paredes eran de hormigón que, si bien era un material modernísimo para la época, en el siglo siguiente habría de resultar frío y feo. Aquellas casas abundaban por todas partes diseminadas por la geografía catalana. Normalmente, sus paredes interiores estaban llenas de pintadas como escupitajos y sus suelos llenos de cristales rotos cuando no alguna jeringuilla. Pero no la de Sant Just. Aquel edificio conservaba su antiguo esplendor como un pino grueso al lado de una carretera, como un milagro que la especulación urbanística todavía había respetado. En aquel distrito había el dinero suficiente para restaurar las joyas arquitectónicas que daban señas de identidad a una población que hasta hacía pocas décadas sólo había sido campo, zonas altas donde los ricachones curaban sus pulmones con la brisa benigna del mar. Dentro del local las paredes conservaban su antiguo color verde botella y el olor a tiempos pasados de cuando Proust tomaba el té con magdalenas en casa de su vieja tía.

    -Una coca-cola y una mediana.

    -¿Voleu olives?

    -Sí, también. -Aquel día Federico se sentía dadivoso, con los testículos ligeros y la cabeza despejada como el cielo que se alzaba sobre los capiteles que la casa de verano levantaba sobre su terraza como queriendo tocar el cielo con la punta de un dedo duro.

    Convertirse en bar había sido una buena manera de sobrevivir. Seguramente, el nombre que le habían puesto, Vell Ginestar, sería el apellido de los antiguos dueños. Quizá el ventrudo y perezoso camarero que lo regentaba sería el último descendiente de una saga que, con los años y venida a menos, sólo había conservado el usufructo de ese edificio, antaño de su propiedad, hoy explotado bajo concesión gracias a un conocido en el ayuntamiento. Mientras Federico esperaba a llevarse la comanda, miraba los carteles del local con el estilo revolucionario del bando republicano en la guerra civil, las pasadas mesas de hierro y cristal con sus sillas a juego, la máquina de tabaco y la tragaperras como anacronismos. Posaba su vista sobre los objetos como si fuera la primera vez que los veía, como si fuera la última vez que los habría de ver, con una dulce melancolía.

    -Aquí tens, noi.

    -Gracias. ¿Qué te debo?

    Al posar su tarjeta sobre el datáfono sintió un repentino miedo que le frunció todas las partes del bajo vientre. Los segundos que transcurrieron desde que la maquinita leyó la tarjeta y se comunicaba con la entidad bancaria de Federico fueron largos como si transcurrieran debajo del agua. Poco antes había comprobado que aún le quedaba algo de dinero en la cuenta pero ¿y si no lo había mirado bien? ¿y si se había equivocado? Aquellas preguntas lo asaltaban siempre que tenía que hacer un dispendio. No soportaba la idea de que la operación resultara denegada y tuviera que inventar una excusa: esta tarjeta no me funciona bien. Entonces el camarero lo miraría con cierta preocupación y condescendencia, quizá con desconfianza, mientras fingía ir a su mesa a por dinero suelto cuando en verdad iría a decirle a Martina que no tenía el montante para pagar los refrescos que se había pedido, los cuales habían resultado más caros de lo esperado. Por suerte, el datáfono ronroneó y empezó a sacar el papelito del tique: venta autorizada.

    Mientras volvía con las bebidas, las copas y el platito de las olivas en las manos, caminando el breve trayecto de la barra a la mesa a la sombra donde Martina se había sentado, se preguntaba si todo aquello era real, cuánto tardaría en despertarse. Los árboles, el edificio con los ojos verdes de sus contraventanas, los tejados que se veían al fondo y hasta el Edificio Walden que se adivinada abajo del todo, todas las cosas lo miraban como a una rata con americana, intruso en un mundo que no le pertenecía.

    -Muchas gracias, guapo.

    -Para servirla, princesa. Este mayordomo siempre a su cordial servicio.

    -Brindo por este mayordomo.  

    -Salud.

    Entrechocaron sus copas y al tiempo del chin-chin, Federico se olvidó de todos sus problemas, como siempre solía sucederle cuando estaba cerca de Martina. El amor tenía ese poder: el de sobreponerse a las dificultades más acuciantes. Uno podía estar muriéndose que, si lo hacía en brazos de la persona amada, la muerte era menos muerte. La ciudad se desplegaba a sus pies como si ellos dos fueran los amos del mundo entero.

    -Me encanta este lugar.

    -Lo sé. Me encanta que te encante.

    Se besaron. Una brisa fresca levantó unas hojas caídas y las arrastró por el suelo llevándoselas colina abajo. Pájaros invisibles cantaban alegres bajo el sol matutino.

    Habían pasado su primera noche juntos y eso los hacía sentirse felices, más optimistas con el presente. Aquello significaba cierto compromiso y esta era una palabra difícil de encajar en los planes de ambos. Lo que había empezado siendo un juego sencillo se había ido complicando y ahora parecía una madeja tan intrincada que solo podría deshacerse con un cuchillo. Cambiar, aunque fuera a mejor, siempre era doloroso.

    -Martina, -su voz cambió como si una nube tapara el sol de repente. Ella se recolocó en la silla mientras él pronunciaba su nombre, sabiendo que aquella conversación que nunca habían tenido, que ninguno de los dos había planeado, estaba próxima a producirse. -¿por qué lo dejaste con Roberto? ¿es que no supo satisfacerte? ¿es eso?

    -¿En qué sentido? -parecía sorprendida por la pregunta, como si no la esperara. Pero su expresión delataba que estaba completamente abierta a hablar sin tapujos ni prejuicios.

    -En qué va a ser. -Federico dio un trago a su cerveza, el frescor ayudó. -En el sexual.

    -No termino de entenderte, Ico. A veces hablas como en metáforas y no te explicas bien.

    -Siempre he pensado que Roberto no supo satisfacerte en la cama, que no conseguía hacerte correr, no sé. Quizá te ocurre lo mismo con tu pareja, que por cierto, no sé ni cómo se llama, ni quiero saberlo. El caso es que me siento como una especie de gigoló.

    Martina rió con ganas mostrando una dentadura perfecta, unas encías sanas como una fresa. Su pelo se derramaba sobre sus hombros y sus pechos, dejando entrever el escote.

    -No sé qué te hace tanta gracia. Estoy hablando en serio.

    -A veces me sorprendes, Ico. Eres capaz de salir con cualquier ocurrencia. ¿En qué piensa esa cabecita de chorlito? A veces me gustaría estar dentro de ti para saberlo.

    -No estoy seguro de que te gustara tanto. Además, no me has contestado la pregunta.

    -Roberto me satisfacía casi tanto como tú. Me lo pasaba muy bien con él en la cama, como me lo paso muy bien contigo. No estoy aquí sentada porque necesite sexo.

    Aquella revelación lo dejó roto en mil pedazos. La suposición más sólida que hasta entonces se había hecho, la razón que en su fuero interno había encontrado para que Martina pasara el tiempo con él se había derrumbado como un castillo de naipes. Federico se quedó con la boca semiabierta y una expresión bobalicona en los ojos. Tuvo el impulso de quedarse callado, de no seguir adelante por aquel terreno pantanoso que hasta entonces, hasta ese día, habían evitado por todos los medios. Pero hoy estaba dispuesto a llegar hasta el final, a saber la verdad de una vez por todas: saber qué eran.

    -Supongo que con tu novio te lo pasas igual de bien. -Federico se había ensombrecido completamente. El corazón golpeaba rítmicamente como un puño sobre una mesa, alimentando su desazón- La verdad es que no sé qué haces conmigo aquí sentada.

    -Pues me estoy tomando una coca-cola, intentando disfrutar la mañana que pareces dispuesto a estropear. ¿Se puede saber qué te pasa? Estás girado como un calcetín.

    Federico guardó silencio. Era mejor no añadir nada más si ella no quería hacerlo. Sentía unas ganas imperiosas de levantarse y salir corriendo, pero permaneció anclado a la silla de metal que lo sostenía sobre el suelo de tierra dura. Encendió un cigarro y respiró. Martina se aproximó, puso los brazos sobre la mesa, le agarró las manos nerviosas.

    -Mira, Ico. Contigo me lo paso muy bien en la cama. Me haces tocar el cielo a veces y yo te lo hago tocar a ti. Pero que me lo pase bien en la cama no es responsabilidad tuya, sino mía. También me lo pasaba muy bien con Roberto, y decirte otra cosa sería mentir. -dio un trago a su refresco. En sus ojos se reflejaban las nubes que pasaban serenas- El sexo no es tan importante como tú piensas. No estoy contigo sólo porque quiera follar contigo, que también. Estoy contigo por cómo eres, cuando follamos y cuando no. Yo creo que deberíamos alegrarnos por eso. ¿O es que tú me quieres sólo para follar?

    -La verdad es que nunca lo he hecho con nadie como contigo. Pensaba que teníamos una conexión especial, no sé, algo que nos unía de una forma diferente. ¿Qué quieres? En cierta manera me decepciona que yo haya sido uno más en tu vida y no alguien especial, alguien que te haya hecho llegar al cielo. Disculpa que me haya enfadado…

    -El sexo es una cuestión de comunicación, Ico. Es verdad que con Robe, sobre todo al principio, no encontrábamos la manera de satisfacernos. Pero poco a poco fuimos cogiendo confianza el uno con el otro y todo fue fluyendo. Al final se trata de decirnos qué es lo que nos gusta y que la otra persona esté dispuesta a escuchar. Si se hace así, cualquiera puede ser un gran amante. Porque no se trata de ser un machoman, como tú te crees, sino de saber escuchar a tu pareja, y de intentar hacerlo lo mejor que puedas.  

    Federico fumaba en silencio y las nubes de su cigarrillo se fundían en el cielo despejado de aquella mañana diáfana. Lo que le había dicho Martina lo había pillado completamente desprevenido y le haría pensar mucho tiempo después de ese día.

    -Vaya, -dijo al fin, rompiendo el silencio de su sorpresa- eres toda una sexóloga.

    -¡Mi hermano es el sexólogo!

    Ahora fue Federico quien rio con ganas, expulsando de golpe el humo de sus pulmones, lo cual le hizo toser un par de veces. Martina era una verdadera caja de sorpresas, no él.

    -¿En serio? -Cuando ella le explicó que era cierto, añadió- No lo sabía, qué interesante.

    -Creo que te encantaría conocer a mi hermano, haríais buenas migas.

    Un silencio gris se apoderó de nuevo de la conversación cuando hubieron terminado las risas de ambos. Las bebidas se habían acabado y el camarero pronto los echaría.  

    -Hay muchas cosas que no sé de ti, Martina.

    Ella se encogió de hombros sin saber qué añadir. Él pensaba en su próxima pregunta.

    -¿Y tu novio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Sabe que yo existo? ¿Te acuestas con él?

    Ahora fue ella quien se ensombreció. Martina podía ser dura como un escorpión si se lo proponía, e igual de dolorosa. Su embrujo era un veneno al cual era difícil sobreponerse. Puso las manos sobre sus muslos desnudos que el vuelo de su falda no conseguía tapar.

    -Aún no estoy preparada para hablar de ese tema contigo, Ico. No es el momento. Te pido paciencia, dentro de poco las cosas se resolverán, pero necesito más tiempo.

    -Tiempo para qué. -dijo él con hartazgo. No dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con Alejandro hacía un par de semanas en la calle Aribau, después de todo, tenía razón en su tesis: Martina, tarde o temprano, le daría una patada en el culo.

    -Voy a dejarlo.

    -Eso ya lo has dicho otras veces.

    -Es difícil. Son muchos años. Pero lo voy a hacer. Dame un poco más de tiempo.

    Se levantaron y mientras recogía sus pertenencias de la mesa, Martina lo abrazó muy fuerte, como si quisiera pedirle perdón por cómo habían resultado todo. Ninguno de los dos había planeado que las cosas salieran así, y no valía la pena buscar inocentes ni culpables.  Al amor le importaba poco quiénes eran los más nobles o los más viles, no seguía unas pautas establecidas y, a veces, no se ajustaba a la moral de lo correcto. Caminaron en silencio por la rampa, cerro abajo, pasando por delante de la puerta de la radio. Al estar frente al edificio encastado en el verdor de la montaña Martina dijo.

    -Nuestra historia daría para una radionovela.

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Escribidor

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    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco
    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas

    11. Ya me vendrá

    Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

    -Qué tal, Roberto.

    No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

    Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

    Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

    Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

    -Estoy vestido para estar en casa.

    -Pero es sábado.

    -Ya.

    Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro de los pantalones, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual socialista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

    -No tengo plan.

    -Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

    -¿Cómo sabías que estaría en casa?

    -No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

    Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía “University” y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

    -Ya estoy.

    La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll / La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y se viera que aquella era una ciudad y un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la ciudad y se la preparó para la llegada del mundo.

    -¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

    -Eran nidos de rata.

    -Ya, ¿pero qué fue de ellos?

    -Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

    -Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

    -Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

    Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo y se culpó.

    -Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

    -Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonald’s montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

    Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios le parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

    -¿De verdad tenemos que ir por ahí?

    A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

    -Todo esfuerzo vale la pena.

    -Si tú lo dices…

    En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero la gente había encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para construir sus nidos de rata en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan.

    Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas cuantas personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la empinadura imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

    -Es imposible…

    -Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

    En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas, que allí era amarilla, daba a la avenida plana un aire avejentado, separado del siglo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

    -Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

    -No me vendría mal un bar ahora.

    Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

    -Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

    -Estoy de acuerdo contigo.

    Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces artificiales que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

    -Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable este, dotado de una magia especial. No podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Esa noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

    -Tengo algo que decirte, Roberto.

    -Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo otro cigarrillo con la punta del anterior que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía alrededor de dos paquetes al día.

    El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba “El Pelat” y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba, sobre la música ambiente, el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

    -Este es el verdadero Carmelo, Federico.

    -Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

    -Voy a saludar.

    Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedico una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no, el alcohol. Droga maldita y letal, absolutamente legalizada y normalizada en la sociedad.

    -Te he pedio una cerveza.

    -Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el paraíso.

    -Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

    -Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

    Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

    -No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado…

    -Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

    -Si quieres te lo presento.

    -Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

    Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

    -No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

    -De quién me estás hablando, tío.

    -De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

    -Verás, Roberto, Martina y yo…

    -Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

    -¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

    -¿Tú te has visto?

    Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

    -Supongo que tienes razón.

    -Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

    -No lo has hecho, tranquilo.

    -¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

    -Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

    11. La luz no se encendió

    Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba al pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un mar de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones evasivas Federico.

    Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable, como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

    Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse, Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era ingeniero en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicó un día.

    Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba una bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio tres veces por semana, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor imposible.

    -He visto que has hecho las maletas.

    Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

    -Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

    -¿Dónde es?

    -En El Carmelo.

    -¿Cuánto pagas?

    -Prefiero no decirlo.

    -En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

    -Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

    Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Serguei. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar.

    -Todo está en las mismas condiciones, como lo encontré.

    -Todo excepto el olor asqueroso de tu tabaco.

    Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

    -Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

    -He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

    -No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

    Si la tensión fuera coloreable, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del color del reproche y dijo:

    -Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento de haberte metido.

    -Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

    Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo para poder salir por fin de aquella casa siniestra.

    -El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

    Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta, cada vez más feliz.  

    -Qué pasa con el tema de la fianza.

    Ioan se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentó no mirarlo demasiado.

    -Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

    Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, una mafia.

    En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

    -Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Gracias por todo, por nada.

    El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

    El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca su corazón quería sentirse optimista y ver en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo.

    Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar, abrir, la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría pero por fin cedió. Al entrar en su casa, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó pero pese a la promesa de Fernando de que todo estaría preparado, la luz no se encendió.  

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 3

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 3

    Nota del autor: Nueva entrega de esta novela corta ambientada en la mediterránea ciudad de Barcelona. Dejo aquí los enlaces a los capítulos anteriores: 1. Nada mejor que hacer y 2. Sólo el principio. Espero que pronto esta historia forme parte de un libro. Para eso, deberé borrar este contenido de internet, pero mientras tanto espero que disfrutes de esta ficción que tanto disfruto yo escribiendo para ti. Gracias.

    3. Tú estás loco

    Fue un verano tórrido en aquella ciudad sin nombre a cien quilómetros de Barcelona. Tres amigos se juntaban habitualmente para cenar y salir un poco, pero ese día era especial. La luz de la tarde caía lentamente lamiendo las piedras antiguas de la ciudad romana de la que ya no se acordaba nadie en cientos de quilómetros a la redonda. Era aquel el lugar donde les había tocado nacer, como quienes nacen con un nombre feo, en una ciudad anodina pero de rincones bellísimos solo descubiertos por quienes la conocen y la habitan. Unos pocos turistas con aire de perdido paseaban por la plaza de piedras doradas y los lugareños iban llenando las terrazas de los bares con alegría. Federico ocupaba una de las mesas de la terraza mientras fumaba un cigarrillo con Rosario, un amigo de hacía muchos años, delgado y cimbreante como una caña de bambú, como el cigarrillo que ambos estaban consumiendo nerviosamente mientras esperaban a que llegara Alex con dos amigos suyos, un chico y una chica, de Barcelona.

    -Y eso fue lo que pasó.

    -¿Y qué hiciste luego?

    -Nada, -dijo Federico- me volví a casa con el rabo entre las piernas.

    Rosario soltó su risa sardónica enseñando todos los dientes de arriba. -Te lo dije.

    -Ya, sé que me lo dijiste, ¿pero qué iba a hacer? ¿Esperarla toda la vida? Tenía que saber la verdad y fui a por ella. Aún estaba enamorado de ella después de dos años sin verla…

    -Pero ella estaba con otro… -Rosario no podía aguantarse la risa y Federico sonreía complacido y triste, con una melancolía cronificada que despacio iba forjándole.

    Federico sintió dos manos fuertes, grandes, calientes, en su espalda, sobre sus hombros.

    -¿Quién estaba con otro? -dijo Alejandro con un tono que oyeron todas las mesas.

    -Su ex. -dijo Rosario.

    -Cállate, cabrón. -dijo Federico poniéndose de pie.

    -¡Federico! -pronunció Alejandro alargando la o- ¿Cómo estás, amigo mío? ¿Cómo te…

    -Bien. -mintió Federico al entrever a la chica que se situaba detrás de Alejandro. Llevaba el pelo largo, castaño oscuro, a ambos lados del cuello, recordando su busto joven y bello. No pudo evitar fijarse en ella unos cuantos segundos, más de lo cortés.

    -Veo que has visto a Martina… Martina, este es mi amigo Federico, del que tanto te he hablado, ¿recuerdas? -Alejandro sonreía, dos hoyuelos se formaban en sus mejillas.

    -¿El que ha venido de Londres? Tienes que contarme esa historia.

    -Maricón. Te dije que no contaras nada.

    -Es una historia demasiado buena como para mantenerla en secreto, ¿no crees? -dijo Alejandro alejándose- Y no te pases un pelo con ella, que tiene novio, ¿me oyes, pillín?

    -Deberías escribirla. -Añadió Rosario riéndose.

    -Aquí el único escritor que hay es este señor: -dijo Alejandro, zalamero- el Gran Roberto Cordero de los Cobos, poeta y uno de mis mejores amigos.

    Detrás de la reverencia exagerada que hizo Alex, apareció la figura abotargada de un chico cerca de sus treinta con camisa flamenca abierta, dejando entrever una cadenita de oro de la primera comunión. Parecía un charnego barcelonés socialista de los años setenta, que ellos habían visto en películas, fotos, pero sobre todo, en los libros de Montabán y Marsé. Se estrecharon la mano mirándose a los ojos con una sonrisa dolorida y Federico y él se cayeron bien desde ese mismo instante, casi un amor a primera vista como con Martina.

    -Un placer, Roberto. Discúlpalo. -dijo señalando a Alejandro, que en ese momento estaba presentado a Martina y Rosario. Ella llevaba un vestido corto, suelto, de flores diminutas. -Es un poco exagerado, pero le queremos.

    -¿Un poco, solo? Menos mal que la gente de esta ciudad no son todas como él, sino el ambiente sería insufrible. Por cierto, Alex me ha contado la historia esa de Londres…

    -¿A ti también? Maldito Alejandro. Le dije que era privado…

    Tomaron asiento en la mesa de la terraza que daba más al centro de la plaza. Las luces se encendieron en aquel momento por la llegada próxima de la noche veraniega. Una brisa fresca movía el pelo y los volantes del vestido Martina, mientras los cigarrillos se encendían. Todos fumaban excepto ella en ese momento y se respiraba la magia de la vida.

    A la segunda cerveza, tocaron el tema que todos llevaban esperando largo tiempo: la historia de Federico en Londres, quien había ido en busca de un amor perdido hacía tiempo y había vuelto con las manos vacías y el alma rota por las ilusiones de antaño. A trompicones, Federico fue desgranando los pormenores de una historia conocida por todos, pero narrada desde su voz, cobraba un timbre de tragedia que los mantenía en silencio, atentos a los detalles que dejaba entrever, sin quererlo, entre líneas de dolor.

    -Y eso es todo. Me fui a casa y, dos semanas más tarde, aquí estoy. Señal que fracasé.

    La plaza parecía haberse quedado callada. Nadie osó interrumpir el silencio que se había instalado por unos instantes sobre la mesa de aluminio. El humo subía recto.

    -¡Qué bonito! -exclamó Martina- No puedo creer que alguien pueda ser tan romántico.

    Federico se sorprendió azorado. Él tenía más bien la perspectiva de ser un fracaso.

    -Es un completo fracaso. -dijo Alejandro.

    -Completamente… Yo se lo dije. -añadió Rosario.

    Roberto fumaba y lo miraba fijamente sin decir nada, pensativo. Federico miraba un poco a todas partes mostrando adusta indiferencia, pero el corazón empezaba a escocer mucho.

    -Igualmente, me parece la historia más maravillosa que he escuchado. -Todos callaron. Incluso Alejandro dejó de reírse y se puso serio. -Cuesta creer que haya sido real…

    -Yo pensaba lo mismo, Martina. Pensaba que una historia tan buena sería irresistible para ella y que caería en mis brazos rendida, como al final de un buen libro. Pero aquí estoy…

    -¡Siempre nos tendrás a nosotros! -dijo Rosario riéndose.

    -¡No sé si eso me consuela! -dijo riendo Federico y rieron todos sin motivo aparente.

    -Hablando de libros, ¿cómo llevas el tuyo, Roberto? Creo que estás a punto de publicar tu segundo poemario, ¿no es cierto? Cuenta, cuenta a estos advenedizos tu proyecto.

    Mucho más humildemente que Alejandro, Roberto empezó a hablar de sí mismo un rato explicando los pormenores de un libro de poesía que llevaba entre manos y que saldría muy pronto en una editorial pequeña, pero prestigiosa para los poetas de segunda fila. Roberto constituía una joven promesa de la literatura de Barcelona escrita en español, casi un oxímoron, pero que funcionaba, dando autores de primerísimo nivel como sería él.

    La conversación derivó a cientos de temas propios de la edad de los sueños y las aspiraciones. Martina y Roberto habían venido juntos pasar el fin de semana en aquella zona costera donde Alejandro, Rosario y Federico vivían, cuyo nombre no vale la pena. Habían pasado el día en la playa y en la narración de ese día se iban conociendo despacio.

    Martina y Roberto vivían en Barcelona. Ya eran amigos antes de conocer a Alejandro en el máster de investigación en Literatura que todos habían cursado al terminar la carrera. De hecho, ellos dos habían estado liados durante un tiempo, pero la relación estaba acabada. Martina tenía novio desde los dieciséis y, a pesar de sus escarceos con el poeta, no había abandonado su relación. Roberto vivía torturado porque la amaba locamente, pero ella parecía no tener ojos para él más allá de la buena y noble amistad que mantenían.

    De aquello no se habló durante la cena de tapas que consumieron, ni siquiera cuando llegaron las copas en un antro cercano. Todos sabían de la relación entre Martina y Roberto porque Alex había ido desgranando todos los pormenores en sus visitas de fin de semana, cuando solían verse para tomar algo y mantener discusiones bizantinas sobre asuntos que solo les importaban a ellos: ¿Eran los autores de canciones actuales poetas? Y así se pasaban las horas entre cafés, enfados, risas y complicidades. De hecho, el tema de Martina era uno de los preferidos por Alejandro quien, como alcahuete, lo sabía todo.

    A medida que avanzaban los gin-tonic Federico notaba que la mirada de Martina buscaba la suya por encima de las copas y por debajo de las conversaciones cruzadas. Hubo un momento en que se encontraron y los cuerpos parecieron comunicarse una urgencia apenas contenida: Te follaría ahora mismo, parecían decir los ojos profundos de ella. Federico desconfiaba de su propia intuición, acostumbrado como estaba fracasar en eso. Luego, ella desviaba la vista despacio y miraba a otra cosa, pero por el rabillo del ojo seguía mirándolo a él, queriendo entablar un momento de complicidad a solas y hablar.

    -¡Entonces le dije que podía meterse su crítica pretenciosa por donde le cupiera o le cupiese!

    Roberto estaba cada vez más borracho y el alcohol parecía sentarle mal. En vez de producir la acostumbrada risa distendida y promover las habituales expresiones de afecto, él iba hundiéndose en una frustración sin nombre, fruto de la macedonia de experiencias tristes que su corazón acumulaba. La más dolorosa, parecía tenerla justo al lado, pero nunca se quejó. Sólo bebía, buscando momentos de complicidad que nunca se producían. El viaje al pueblo de Alejandro había constituido una oportunidad de oro para volver a intentar algo con Martina, pero ella ya le había rechazado y había dejado claras sus intenciones con él. El pobre estaba completamente enamorado. Federico le comprendía.

    Rosario también bebía pero era lo contrario a Roberto. Se la pasaba en grande y reía por cualquier cosa con una expresión bobalicona y amable. Daban ganas de abrazarlo. El único que parecía darse cuenta de las miradas de deseo que entre copas se iban intercambiando Martina y Federico era Alejandro, quien hacía todo lo posible para obstaculizarlas y evitar que se produjera una conversación entre ambos, viendo peligrar el fin de semana que había montado para agasajar a su amigo poeta, con quien compartía intereses literarios de muy distinta índole y quien, además, era un buen amigo suyo. De vez en cuando, lanzaba una mirada furibunda a Federico como diciéndole “¡Qué estas haciendo!”. Federico le correspondía encogiéndose de hombros y torciendo una sonrisa.

    La noche fue avanzando deprisa y cada vez los recuerdos que quedarían iban perdiéndose en la bruma del alcohol. En un momento dado, el local encendió sus luces y decidieron continuar la fiesta en una discoteca cercana que no cerraría hasta que se hiciera de día.

    La ciudad innombrable era preciosa en plena noche. Las callejuelas brillaban por la humedad del mar como hechas de metal y las baldosas parecían pulidas de tantos pasos que las habían transitado antes. A la salida de aquel bar de copas encastado en la piedra viva, uno de tantos muy comunes en la zona medieval de la ciudad, Roberto estaba completamente borracho. Caminaba haciendo eses y se habría caído más de una vez al suelo si no fuera porque lo sujetaban Rosario y Alejandro a cada lado, hablando animadamente. Martina y Federico se quedaron un poco más atrás, rezagados del resto del pequeño grupo. Caminaban muy juntos, sin decirse nada más allá de sonreír a veces.

    -Sabes, me encanta esa historia que has contado antes. ¿De verdad es cierta?

    Federico se quedó pensando y añadió -Es la historia de un fracaso… real como esta noche.

    -Me parece muy romántica. Debajo de esa coraza eres un romántico empedernido, ¿eh?

    -¿Qué coraza? -dijo sonriente. -A pesar de ser un romántico, me sirvió de poco… de nada.

    -Quién sabe. Quizá algún día tengas suerte. -Martina lo miraba y en sus ojos se guardaban todas las estrellas de aquel cielo negro que atravesaban. Se habían quedado parados, mirándose, muy cerca. Casi podía sentir el aliento caliente de ella. Quería besar su boca.

    -¡Chicos! ¡Federico! -gritó Alejandro alargando la o unos cien metros más adelante, justo en el punto donde dos paredes de piedra daban lugar a una calle más ancha que serpenteaba cuesta bajo hacia la plaza donde habían cenado hacía unas horas. Roberto se tambaleaba fumando un pitillo y Rosario le contaba algo que debía ser divertido, pues ambos reían. El único que no sonreía era Alejandro, quien miraba a Federico con cara de pocos amigos.

    -Ahora vamos, Alex. ¡Qué pesado! Ico me está enseñando la ciudad.

    -Sí, Alex, qué pesado eres. -Federico lo miraba y le decía con los ojos: Déjame en paz.

    Martina se acercó a Roberto, quien sonrió mostrando todos los dientes al verla junto a él.

    -Eres la más bella nínfula bajo este campo de estrellas. -intentó galantear Roberto.

    -Y tú has bebido demasiado, Rober.

    -¡Qué va! Aún me queda cuerda para rato. ¿Adónde vamos, Alex?

    -Estos dicen de ir al Tantum. -contestó.

    -Es una discoteca que está bajando esta calle. -añadió Rosario. -Lo único que hay aquí.

    -¡Ya estamos tardando! ¡Ave a los dioses beodos de esta pequeña Roma! -gritó Roberto.

    Mientras bajaban la calle, hablando animadamente, Alejandro se acercó a Federico por el flanco izquierdo y lo tomó del brazo, reteniendo su paso un par de metros del resto.

    -¿Qué te crees que estás haciendo?

    -¿Haciendo? No lo sé. Explícamelo tú.

    -Llevas toda la noche tirándole caña a Martina. ¿Te crees que no te veo?

    -Yo no he hecho nada especial pero, si así fuera, dime: ¿qué carajo te importa?

    Alejandro puso una mueca de enfado y un destello de odio brilló un instante en sus pequeños ojos negros, muy apreciados por el género femenino. Tenía una cara bonita. De hecho, habían llegado a confundirlo con una estrella de la tele y a pedirle fotos por su increíble parecido con ese actor. Sin embargo, una parte de él era oscura. Como todos.

    -Roberto está intentando recuperar a Martina. Este fin de semana forma parte del plan y tú lo estás echando todo por el suelo. ¿Quieres hacer el favor de controlarte, sátiro?

    -Oye, yo no estoy haciendo nada y a mí los problemas amorosos de tu amigo Roberto me importan más bien poco. Simplemente quiero salir un rato y pasármelo bien. Además, Martina me parece una chica genial, me cae bien y voy a seguir hablando con ella.

    Sin darle tiempo a contestar, Federico avanzó unos pasos y se unió al grupo que estaba apenas unos pasos más hacia delante. Para entonces, estaban atravesando la plaza del ayuntamiento. Las farolas brillaban a cada lado con una luz mágica que embriagaba el aire de la noche. A ambos lados de la plaza había bancos de madera donde solían sentarse las gitanas por la tarde. En uno de ellos, ahora, cantaba un vagabundo bajo la luna en un idioma ininteligible. El grupo reía y hablaba animadamente entre las piedras antiguas de la parte alta de la ciudad, donde tantos otros jóvenes como ellos habían pasado antes, se habían hecho viejos y quizá muchos habrían ya muerto, olvidados por el paso del tiempo.

    Sin pensar en nada más que en divertirse, llegaron a la puerta del local y, por suerte, no tardaron mucho en acceder al interior. Aquel día no había demasiada gente y se podía estar a gusto sin sentirse apretado como en una lata de sardinas. El local se situaba en un sótano y para acceder a él había que bajar unos doce escalones. Dentro los cuerpos se volvían apenas sombras y las caras eran difícilmente distinguibles con la poca luz cenital.

    Llegaron a la barra y Roberto invitó a todos a un cubata. Se mostraba más animado que nunca y movía la cabeza al ritmo machacón de la música. Acodado en la barra, hablaba con Martina confidencialmente. Detrás estaba Federico, de espaldas a ella, hablando con Rosario. Alejandro había ido a saludar a alguna conocida que tenía en el local que esa noche intentaría, sin éxito, liarse con él. Estaban esperando a que la camarera los viera.

    De repente y sin venir a cuento, Federico notó el culo de Martina frotándose despacio contra uno de sus muslos. Sus nalgas se apretaban fuertemente contra el dorso de su pierna y subían y bajaban con lentitud. Una súbita erección se dibujó por debajo de la tela vaquera del pantalón de Federico, quien, sin girarse, había deslizado una mano distraída hacia ese lado de su cuerpo, esperando encontrar el muslo de ella. Al hacerlo, empezó a acariciarla, sin poder prestar ya atención a la conversación con Rosario, quien pronunciaba una perorata inteligente y filosófica sobre el sentido de la amistad en el siglo XXI. La sangre de Federico cada vez se concentraba más en su entrepierna y había perdido un poco el sentido de la orientación. De lejos, escuchó que una voz lo llamaba.

    -¡Federico! Tu cubata. Whisky con coca-cola, ¿no? Eres un tipo duro, como yo.

    Federico se giró mientras Roberto hablaba y orientó su cuerpo hacia él. Martina seguía dándole la espalda, fingiendo que mantenía una conversación con Roberto mientras su trasero seguía buscando el cuerpo de Federico bajo la protección de la oscuridad de la discoteca. Ahora, su vestido se levantaba levemente mientras se frotaba contra la erección de Roberto, mientras este, ocultado una mano entre la barra y el cuerpo de ella, la acariciaba suavemente. Habrían podido hacerlo allí mismo, delante de todo el mundo. Pero ambos siguieron fingiendo que escuchaban a los demás y el juego era muy divertido.

    Una súbita mano grande y fuerte se posó sobre el hombro de Federico y lo apartó bruscamente de su deleite. Alejandro le habló con la voz ronca, con enfado, al oído.

    -¿Qué estás haciendo, tío? ¿Qué demonios te pasa? Te he dicho que tiene novio.

    -Pero su novio no está aquí. Además, yo no tengo nada, solo la tengo a ella.

    -Y qué pasa con Roberto.

    -Roberto está demasiado borracho para encontrársela. Además, ella pasa de él…

    -Te lo advertí, Federico, tío. Martina tiene novio y Roberto está enamorado de ella…

    -Nadie manda sobre su corazón. -bebió un trago. A Federico empezaba a darle pena toda aquella situación y pensó en si valía la pena echar la noche a perder -Me alejaré, tranquilo.

    La noche transcurrió con normalidad hasta que se hizo de día. Entre Martina y Federico siempre se interponía alguien voluntaria o involuntariamente. De todas formas, disfrutaron mucho de su compañía y forjaron una gran amistad todos. Si hubieran vivido en la misma ciudad, sin duda habrían compartido muchas noches como aquella. Era tanta la diversión que nadie se acordó de echarse fotos para colgarlas en las redes sociales y escribir algo al respecto.

    Entre risas se dirigieron a los coches, aparcados en un descampado conocido, extramuros de la ciudad. La catedral los miraba desde su atalaya en lo alto del cerro donde se había construido la ciudad romana mientras ellos, en el parquin de tierra, hablaban de sus planes a corto plazo. Unas pocas estrellas quedaban en el cielo y la luna estaba callada.

    -Volvemos mañana a Barcelona. -dijo Martina con un deje de tristeza. -Bueno, hoy.

    -Lo hemos pasado muy bien. Ojalá repitamos pronto. -añadió Federico con intención.

    Roberto estaba tan bebido que no podía más que asentir con la cabeza. Antes de que hubiera tiempo a darse los teléfonos, Alejandro decidió cortar por lo sano. -Nos vamos.

    El abrazo protocolario de despedida duró un poco más de lo normal entre Federico y Martina. Los dos besos en las mejillas se prolongaron unas milésimas de segundo más de lo habitual. Federico aprovechó para deslizar un último: -Me gustaría volver a verte.

    Ella no dijo nada, sólo sonrió y se despidió de los demás con amabilidad. En un momento, estaban subidos en el coche de Alejandro y se alejaban camino de la carretera nacional que los llevaría a casa de este, unos diez quilómetros al norte, dirección Barcelona.

    Rosario y Federico se quedaron de pie fumando un cigarrillo, arropados por la tranquilidad del amanecer que prometía un mundo nuevo para todos con esa nueva luz del día.

    -Creo que le gusto.

    -¿A quién? -dijo Rosario sorprendido.

    -A Martina.

    -Federico, tú estás loco.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 2

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 2

    Nota del autor: Nueva entrada de esta novela corta, cuyo primer capítulo está disponible en este enlace. Sin más preámbulo, espero que disfrutes la lectura y, si no lo has hecho, te animo a que te suscribas.

    2. Sólo el principio

    El barrio del Bon Pastor limita con el río Besós, que sirve de frontera natural por el norte a la ciudad de Barcleona. Al otro lado de la rivera se extiende Santa Coloma de Gramanet, célebre por sus viviendas desconchadas y sus porches ideales para el navajazo y el menudeo. Pero poco a poco, la zona había ido transformándose en una suerte de barrio residencial por el cual los vecinos habrían de sentirse orgullosos con el paso de las décadas. En pleno proceso de gentrificación es cuando Federico llegó a los jardines de una tal Isabel Painagua. De pie como un pasmarote, miraba el cartel del metro: Bon Pastor 

    Eran como las diez y cuarto de la mañana. Había quedado con Martina sobre las once y no tenía nada mejor que hacer para pasar los nervios que dar una vuelta por el barrio donde llevaba viviendo apenas una semana. Los acontecimientos en su vida, a su vuelta de un oscuro viaje fallido a Londres, se habían preciptado y las cosas sucedían tan deprisa que casi no había tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estaba pasando. En verdad, era más sencillo así, dejarse llevar por la corriente de la vida como una paja por el río.

    Sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos, por no saber qué encontraría más allá de cien metros a la redonda, tomó una dirección aleatoria y echó a andar disfrutando del sol de septiembre que ofrecía la mañana del sábado. Pasó por delante de los bares-paco que poco a poco que iban llenando de las parroquianas habituales, con cruasanes de chocolate y sus humeantes cafés con leche. Federico tenía hambre y pensó en tomar un tentempié. Abrió su roída cartera marrón oscuro y miró al flamante billete de veinte euros que hacía poco había extraído del cajero automático, poco después de salir de casa, el cual aún estaba caliente. Volvió a guardar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y pasó de largo reanudando la marcha. Cuatro viejas, quienes habían reparado un momento en su recortada figura contra el implacable sol matutino, dejando el cotorreo de la conversación suspendido por un instante, volvieron a lo suyo al valorar que Federico no suponía ninguna amenaza para su desayuno. Iba vestido con lo mejor de su armario.

    -Si encuentro alguna floristería, compraré una rosa. -dijo en voz alta, sin imporarle lo que pudiera pensar el gordo transeúnte, que en ese instante, se cruzaba con él paseando un pequinés cruzado con otra cosa, un noble perro de barrio obrero que debió ser mono de cachorrito. El can lo miró con altanería, con sus cuatro dientes torcidos por fuera del morro. Federico sintió ganas de arrearle una súbita patada, pero se contuvo como siempre.

    A la altura del número 147 de la calle San Adrián, la cual transitaba, se encontró consigo mismo en el reflejo del portal de un edificio recién construido entre dos bloques baratos de toldos verdes. Vestía impecablemente. Se había puesto una camisa rosa que le hacía sentirse más masculino, unos finos pantalones vaqueros no demasiado desgastados que se ajustaban a sus piernas y a su paquete, unas gafas de sol negras que pronto iba a dejar olvidadas en algún vagón del metro, pero que en ese día, a esa hora, todavía conservaba. Incluso sus zapatillas lucían relucientes y parecían brillar de lo blancas que estaban. Llevaba el pelo crecido, al estilo de los rockeros de los años setenta, pero se había afeitado. Lo bueno de Barcelona es que a nadie le importaba el aspecto que uno tenía porque cada día se veía de todo en todas partes. Ese día se sentía elegante, bien plantado.

    Iba a triunfar y lo sabía, pero eso no lo hacía sentirse menos impaciente porque llegara el momento de ver a Martina. Repasaba en su cabeza la conversación que iban a mantener aquel día. Era la primera cita en que iban a quedar solos, en persona, después de la primera vez que se vieron. Habían hablado casi cada noche por mensajería instantánea, incluso habían compartido ratos de masturbación y conversaciones abiertamente sexuales, pero una cosa era hacerlo a distancia, en diferido, y otra muy distinta era compartir el mismo aire y saliva. “Me imagino que tienes una polla muy bonita”. Le dijo ella un día, de pronto.

    Sonriendo como un feliz imbécil, Federico levantó la vista y vio frente a sí que la calle se había terminado. Unas escaleras blancas de hormigón daban acceso a una atalaya con una pérgola urbana sin toldos, que hacía las veces de meadero para los perros de Bon Pastor. Una chica paseaba a un labrador peludo, por la altura, pero decidió no hacer el esfuerzo de subir hacia ninguna parte. Plantado en el curce donde estaba, miró a la izquierda. Una carretera insulsa se perdía debajo de un puente completamente oscuro que parecía llevar a una calle tan aburrida como la que tenía a su derecha, la cual se perdía a lo lejos en una línea recta tan larga que daba escalofríos. Así las cosas, decidó dar la vuelta. Miró su reloj.

    -Quedan veinte minutos. -se dijo y, con una prisa repentina, corrió hacia donde habría de encontrarse con Martina: la esquina del banco donde poco antes había sacado dinero. -En este puto sitio no hay nada. -añadió- Sólo bares, supermercados y tiendas que cerraron.

    Su vida en Barcelona no estaba siendo precisamente fácil. A las dificultades por encontrar una habitación asequible, se añadía el problema de las distancias. Todo estaba muy lejos de cualquier cosa y la conexión de metro obligaba a engorrosos transbordos para ir al centro. El autobús no se planteaba como una opción e ir en coche, que tenía aparcado en un descampado no lejos de donde estaba, era una misión farragosa. Prefería ir andando a todas partes pero el desierto de aburridas viviendas se alargaba tanto que asfixiaba. Una de los muchos aspectos que más incomodaban a su casero, gay rumano ultraortodoxo con el que vivía, era que no se quitara las zapatillas al llegar de la calle. Había tanta mierda convertida el polvo en la ciudad que el calzado se impregnaba rápidamente de esa ceniza invisible pero palable, y el hecho de ir por la casa con las deportivas que había usado para andar por la calle provocaba un serio problema en la limpieza del hogar al que Federico no estaba acostumbrado. Si bien en su pueblo había contaminación ambiental, no se impregnaba en el suelo de la misma manera que lo hacía en Barcelona, la ciudad condal.

    -Pero esto no es Barcelona… es un barrio periférico de mier… -el teléfono sonó.

    -¡Ico! -ella lo llamaba así, y le encantaba- ¿Dónde estás?

    Por un leve quiebro de su voz, Federico intuyó que estaba nerviosa, y eso lo exitó.

    -Delante del bebeuve, donde dijimos.

    -Vale. Ahora me vas a ver. -Su voz sonaba con eco, como dentro de un lavabo; seguramente estaba usado en manos libres. Federico no conocía su coche, así que miraba a todas partes un poco desesperado por ver si la distinguía entre los conductores cercanos.

    Sonó un claxon si se sobresaltó levemente. Estaba mirando a lo lejos, a la calle principal, y en verdad ella había llegado por una calleja que daba a justo delante de él. Llevaba un pequeño todoterreno gris perla de la década de los dosmil, seguramente de un familiar. Bajó la ventanilla. Tenía exactamente el mismo vestido con el que se conocieron. Una única pieza de algodón con dos tirantes a los hombros, que se ceñía a su cuerpo y terminaba en una falda que quedaba a mitad del muslo. Entre sus piernas entreabiertas por la conducción se adivinaba un lunar un poco más arriba del interior del muslo izquierdo. Su pelo largo caía hacia el lado izquierdo, dejando ver su cuello largo y esbelto.

    -Me ha costado un poco encontrar el sitio, yo pensaba que…

    CHOOONK. Pitó una furgoneta de reparto de un supermercado cercano. El carril era de una dirección y no podía adelantar al coche de ninguna manera. En Barcelona todo el mundo tenía prisa, incluso un sábado por la mañana de septiembre. -Espera, me subo.

    Cerró la puerta tras de sí y Martina arrancó sin perder tiempo. Disimulando su excitación, Federico miraba el paisaje e intentaba guiarla hacia donde tenía la que era su casa.

    -No creo que encontremos aparcamiento, pero por lo menos lo podemos intentar.

    -Me parece bien.

    No dijeron nada más, pero el silencio no resultaba incómodo. Federico aprovechaba para mirarla de soslayo por el rabillo del ojo. Estaba realmente preciosa. Su pecho generoso pero equilibrado con su cuerpo subía y bajaba levemente por la respiración entrecortada. El vuelo de su falda abierta temblaba levemente con los movimientos de las piernas y el traqueteo del vehículo. Deseaba acariciar con su mano aquella rodilla desprotegida, pero se contuvo al doblar la esquina y divisar que un coche se marchaba justo delante de casa.

    -Qué suerte hemos tenido. Justo en frente del piso del gay.

    -¡Sí! Parece una película.

    -¿Una película? -dijo Federico por decir algo.

    -En las películas siempre aparcan delante del sitio a donde van, ¿te has fijado?

    -No me había dado cuenta, la verdad.

    Empezó a maniobrar. Estaba visiblemente nerviosa y se reía a cada momento. Necesitaba apenas dos movimientos de volante para dejar el coche en el sitio. El hueco era amplio y generoso. Pero fueron necesarias unas cuantas maniobras para dejarlo medio fuera. Federico no dijo nada y esperó pacientemente, dispuesto a aparcar si ella se lo pedía.

    -Estoy nerviosa. ¿Te lo puedes creer?

    -No tienes por qué estarlo…

    -Ya lo sé. Pero estoy nerviosa y quería decírtelo. Sé que no hay nada malo en ello.

    Ante semejante sentencia, Federico no supo qué añadir y la siguió cuando abrió la puerta del vehículo y se bajó del coche. Al ponerse frente al edificio se quió las gafas de son que llevaba con un cordel de colores vivos, como visten las personas mayores y los modernos.

    -Así que vives aquí.

    -Así es… No está mal la casa. Aunque el casero es un quisquilloso de mierda. No está.

    -¿Me la enseñas? -Por un momento, Federico no supo qué decir. De ninguna manera esperaba esa propuesta así, de sopetón. Suponía que irían a tomar algo primero pero…

    -¡Claro! -dijo haciéndose el loco y sacando las llaves del bolsillo- Adelante, princesa.

    Se arrepintió al momento de haber dicho aquello, pero estaba nervioso también. Mientras esperaban a que el ascensor venciera la distancia que separaba la planta baja de la segunda, donde Federico y el gay vivían, sentía cómo su corazón ladraba dentro del pecho. Martina se sentía igual que él porque un dedo de su pie desnudo se arrugaba sobre la zapatilla veraniega que vestía, dejando ver unas uñas pintadas de color rojo carmín.

    Al llegar abrió la puerta del rellano y entraron en el pequeño vestíbulo de la vivienda.

    -Y esta es mi casa… -Martina entró dentrás de él.

    -¿Te has dado cuenta? -dijo ella.

    -¿De qué?

    -Todavía no nos hemos dado un beso.

    -Es verdad. Entre que ha pitado la furgo aquella y hemos buscado aparcamiento ni siquiera nos hemos saludado. Vaya un anfitrión estoy hecho… -Federico se acercó a ella.

    Martina se dejó dar un beso lento en la mejilla y luego giró la cara buscando los labios de él, que fácilmente se encontraron con sorpresa pero sin miedo. Se besaron con las bocas llenas de saliva, como quienes han esperado aquella comida con muchas ganas y hambre. Las manos de Martina se colaron por debajo de la camisa rosa de Federico y recorrieron su espalda. Estaban frías, pero se calentaron casi al instante por la fricción. Las manos de él aprovecharon para recorrer las piernas desnudas de ella, de pie como estaba, hasta casi llegar a la zona humedecida de su sexo, que irradiaba un calor casi tangible por debajo de la tela. Martina empezó a gemir con desespero, como si le faltara el aire. Una de sus manos abandonaron la espalda y se centraron en la entrepierna de Federico, que estaba dura y quería romper la tela de mezclilla que la contenía. Ambas manos se centraron en su cinturón de cuero y se lo desabrocharon con agilidad. Martina lo miraba con fiereza.

    -Te enseño mi cuarto.

    Como si ella supiera dónde se encontraba. Se dio la vuelta. Le cogió la mano y lo dirigió hacia la habitación donde dormía, como si hubiera estado antes allí, lo cual era imposible. Federico no tuvo tiempo a pensarlo. Antes de que pudiera darse cuenta se hallaba echado sobre la cama de noventa con Martina encima. Su falda no debaja ver la zona aquel momento se frotaba con la dureza de su pantalón vaquero desabrochado, el cual poco a poco iba bajando hasta quedar caído a media pierna. Sus manos buscaron la ropa interior de ella por debajo del vestido blanco, moteado con diminitas flores amarillas y rojas. Quitó con decisión la última pieza de ropa que servía de frontera entre la piel de ella y la suya y ella hizo lo mismo con él. Se quedaron sólo con la parte de arriba de la ropa: el con la camisa y ella con el vestido, subido ahora, que dejaba la forma de monte sin pelo.

    -Espera creo que tengo un condón por aquí…

    -No hace falta. -dijo ella, que se situó encima de él y cogió su pene con decisión, como si fuera un objeto carente de vida, hecho de un material más duro e insensible que la carne. Con unos dedos largos fuertes lo introdujo dentro de su sexo, que no mostró resistencia.

    Ambos se quedaron extasiados. Martina se movía rítmicamente mientras las manos de él buscaban liberar sus senos del broche del sujetador. Lo consiguieron y sus pechos de mostraron en su totalidad por debajo del vestido medio caído, que iba bajando a medida que las embestidas iban y venían. El pelo de ella se balanceba como un péndulo sobre la camisa que iban apriendo los dedos ágiles de ella, dejando ver el torso desnudo de Federico, sin un solo vello. Sonriente, echó hacia adeltante uno de sus pechos y lo puso en la boca de él, haciendo que pronto encontrara la aureloa de un pequeño pezón oscuro.

    Las manos temblorosas de Federico subían y bajaban desde los muslos hasta la espalda de ella, cruzando en ocasiones la línea divisoria que separaba ambas piernas y que terminaba en el punto donde ambos sexos chocaban cada vez con más rudeza. La gotas de sudor y la humedad iban produciendo un chasquido como de un látigo suave y dulce.

    De repente, ella se separó y se tumbó junto a él en la cama. Jadeante, lo miraba encendida.

    -Ponte encima.

    Así lo hizó él y se abrazaron con fuerza mientras las piernas de ella se abrían cada vez más buscando un soporte que en el aire no encontraban. Las embestidas se hacían cada vez más acuáticas y sencillas, casi podía notarse como si el cuerpo estuviera debajo de una fuente caliente cuyas aguas lo abrazaran y fueran subiendo la temperatura a medida que los gemidos de ambos, pero sobre todo de Martina, iban intensificándose hasta casi llegar al grito. La cama empezó a salirse del lugar buscando el centro del cuarto estrecho.

    -Sigue, sigue, por favor, no pares.

    -No…

    -Córrete conmigo. ¡Ahora!

    -No tengo condón…

    -¡Ahora!

    Federico obedeció sin rechistar. Se sintió irse como una fuente que se levantara y siguió empujando todo lo que daba de sí hasta que las múltiples eyaculaciónes cesaron. Se quedaron así tumbados, uno encima del otro, mientras los cuerpos se relajaban sin separarse. Fue entonces cuando Federico pudo sentir un leve temblor en la mejilla de ella.

    -¿Por qué lloras?

    -No estoy llorando. -dijo secándose una lágrima. Él no dijo nada, simplemente esperó. -Creo que vas a poner mi vida del revés.

     -Yo nunca te haría daño. -dijo él, besándola de nuevo sin saber muy bien qué añadir.

    -Ya lo sé. Me estás chafando, grandullón. Échate a un lado, anda.

    Federico se separó y se acabó de quitar la camisa arrugada que entonces tenía. Buscó el paquete de tabaco por los bolsillos de su pantalón y encendió un cigarrillo. Martina lo miraba desnuda como una diosa griega recién salida de las aguas y la espuma de una ola, completamente desnuda y despierta, más bella que cualquier estatua que él hubiera visto.

    -¿Me das una calada?

    -Pensaba que no fumabas. -dijo él tendiéndole el cigarrillo.

    -Sólo fumo cuando estoy contigo. -y rio su pequeña broma. -¿Por qué no ponemos un poco de música? -añadió al cabo de un rato. -Tu pones una y yo otra, y así nos conocemos.

    Federico encendió el ordenador portátil y buscó en el reproductor un tema de Bob Marley que entonces le apetecía eschuchar: Could you be loved, cantó con ronca voz cazallera.

    -Esa me gusta.

    -Ya lo sabía. Por eso la he puesto. -y la abrazó de nuevo, desnudos como estaban. No era necesaria una manta, dado que hacía un calor creciente que haría arder el hormigón. Cuando la canción hubo terminado, ella puso otra: Amanece, de Nach. No le gustaba.

    -¿La conoces?

    -No… No me gusta mucho el rap.

    -¡Qué dices! Sal de esta cama ahora mismo… -y añadió divertida- Yo fui rapera, ¿sabes?

    -¡Anda ya! -dijo él riendo. -No veo a una princesita como tu haciendo rap-urbano-yeah.

    -Pues lo hacía, de hecho, tengo una canción en youtube y todo.

    -¡Ponla! ¿Cuál era tu nombre artístico? La buscaré.

    -No pienso decírtelo…

    -Anda…

    -¡Que no! Dame un beso anda. -Él la obedeció- Se ha termiando la canción. Te toca a ti…

    -No sé qué poner…

    -Una romántica.

    Sin pensarlo demasiado, Federico buscó en su lista de reproducción y dijo: -Esta me recuerda a ti. -Clicó dos veces encima del nombre del tema, Amores eternos de Sabina.

    -Es una canción vieja.

    -Me gustan las canciones viejas.

    Se quedaron callados escuchando la letra que empezaba diciendo: Desnuda se sentía igual (clíing, hacía un instrumento dulce), que un pez en el agua… Y callados estuvieron los tres mintos que duraba la historia de un amor que duraría, para siempre, en un invierno. Al terminar, ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados. -Eres muy sensible, ¿no?

    -Depende…

    Volvieron a besarse. Ella agarró su sexo con una mano sorpresiva y empezó a agitarlo suavemente. Poco a poco, fue poniéndose duro de nuevo, con la misma seguridad que la primera vez. Cuando estuvo preparado y palpitante por las manos de ella, se tumbó sobre la cama de espaldas. Se apartó el pelo a un lado, dejando ver su espalda de lunares y su trasero estrecho, levemente levantado, dibujando un arco entre la cama y el monte de Venus.

    -Métemela otra vez.

    Federico la obedeció. Sus manos agarron sus nalgas y su cuerpo encontró el hueco que ella le dejaba sin esfuerzo, como si un imán atrayera ambos puntos con una fuerza inivisible pero poderosísima. Otra vez empezaron a frotarse, esta vez más ahínco, como si quisieran romper la cama cuyas patas temblaban bajo el colchón barato de muelles. Al cabo de un rato de estar así, sin que ella gimiera como la primera vez, se giró un poco y dijo, tumbada como estaba. -No te preocupes por mí. Ahora quiero que disfrutes tú. Folla.

    Aquellas palabras, en esa voz dulce que ella tenía, sirvieron como una droga exitante. No aguantó demasiado, pero no le importó. Hizo como ella le había pedido, sintiéndose liberado. Con una de sus manos agarraba su hombro, con la otra una de sus piernas. Federico embestía con toda la fuerza que le proporcionaba su deseo, de forma repetitiva, brutal, de una manera que no había conocido en mucho tiempo, que casi ya no recordaba.

    Terminó pronto. Se dejó caer sobre la espalda de ella que sonreía satisfecha y feliz porque

    -Me ha encantado hacerte disfrutar.

    -Eres increíble, Martina. Nunca he conocido a nadie como tú.

    Ella se giró sobre sí misma, quedando frente a él. Estaba tranquila y satisfecha, casi feliz.

    -Me alegro de haberte conocido, Ico.

    Federico sonrió, la besó lentamente sintiendo cada uno de las papilas de su lengua y dijo:

    -Esto es sólo el principio.

    …oooOOOooo…

    Esta historia continurará el próximo domingo con un capítulo nuevo. Mientras, te animo a seguir explorando el contenido de esta página en los enlaces disponibles. Si te ha gustado esta historia, agradecería mucho que me lo hicieras saber con tu megusta, tu comentario o enviándome un correo a contacto@elpobrecitoescribidor.com

    ¡Un abrazo! ¡Que viva la lectura!

  • El último día en la URSS (Final y Completa)

    El último día en la URSS (Final y Completa)

    Nota del autor: Este capítulo corresponde al final del relato El último día en la URSS. Si no has leído los capítulos anteriores, dejo aquí los enlaces de esta historia que tanto he disfrutado escribiendo:

    1. Saludando sonriente

    2. Perdón imposible

    3. Caía tras la ventana

    4. El último día en la Unión Soviética

    La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de nuestra vida parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en un país como la URSS, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.

    -Ahora vuelvo. -dijo Natalia- Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.

    El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.

    Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, un clásico de la lengua y la literatura española que andaba leyendo aquellos días: La vida es sueño.

    “Qué es la vida, un frenesí
    qué es la vida, una ilusión
    una sombra, una ficción
    y el mayor bien es pequeño
    que toda la vida es sueño
    y los sueños, sueños son
    .”

    Leyó Andréi en ruso y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.

    Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, a quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de la Vida es sueño.

    En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso que venía del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.

    -Date la vuelta. -dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.

    Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que perturbaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.

    Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer diciendo palabras de amor.

    Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.

    Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos verdes que eran grandes incluso cuando sonreían. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la echaría de menos en adelante, qué estúpido había sido.

    Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.

    Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.

    -Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…

    Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.

    Se quedaron sentados sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.

    -Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.

    De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie en medio de la habitación, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?

    Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos planes y estrategias a partir de lo que había pasado. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para la familia Nicolaiévich. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.

    El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un juguete en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra que quizás había engendrado un nuevo hermano para Nicolai, que habría de llamarse Alejandro, como el padre de Natalia. Pero entonces ninguno de los dos lo sabía.

    Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.

    -No juegues con la comida, Nicolai.

    -Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.

    Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño liso y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.

    -A la cama. -dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.

    -Jugar con papá.

    -Dale un beso a papá y a la cama.

    Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte, creía.

    Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba formas que rápidamente se tornaban en otras formas para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban levemente, hacía rato que un peso hondo se había instalado en su estómago.

    Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a lo ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente.

    Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más fuertes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.

    Toc-toc-toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.

    -¿Son ellos? -preguntó Andréi.

    Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente por primera vez en años. De hecho, Andréi nunca la había visto así, tan abatida y triste, tan desesperadamente rota.

    -¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?

    -Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…

    TOC-TOC-TOC.

    Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.

    -¿Sabrás perdonarme?

    Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes. La dama de hierro nunca había llorado así, jamás.

    -No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.

    -Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. -dijo ella sin levantarse de la silla.

    Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora para siempre dejaba lo que hasta entonces había sido su vida, la vida. Pero había sido feliz.

    Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.

    -¿Andréi Nicolaiévich? -dijo el tipo de la izquierda con cara de perro hambriento.

    -Este día ha sido feliz. He sido feliz… -dijo Andréi- El último día en la Unión Soviética.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Espero que te lo hayas pasado tan bien como yo con este inespetado relato soviético. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Yo quería escribir algo ambientado en la URSS y al final, como ocurre siempre, el relato ha decidido su propio camino. Yo sólo lo transcribí para ti y para mí. Muchas gracias por estar ahí. La lectura es el acto más creativo.

    Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 13)

    Un corazón donde vivir (Parte 13)

    Había perdido

    Sus pasos sonaban duros sobre el pavimento. El concreto se sentía frío y húmedo debajo de la suela de los zapatos. Caminaba con cierta sensación de ingravidez, la que da el alcohol cuando se ha bebido algo, pero no lo suficiente como para emborracharse. A pesar de todo lo malo que había pasado durante aquellos días, a pesar de la profunda sensación de fracaso que de vez en cuando lo atormentaba como una piedra araña el fondo del cántaro que era su alma, a pesar de todo eso se sentía optimista en la mañana gris irlandesa, a aquella hora del mediodía que los gaélicos usaban para comer y los mediterráneos para sus labores. El reloj una plaza tocó con un timbre distinto al acostumbrado que eran las doce y media y la gente comenzó a salir de las oficinas y pequeños negocios de una planta en busca de un sitio para comprar un sándwich.

    Él no tenía hambre. Las dos pintas de cerveza Guinness que había consumido junto a Kirkpatrick le habían borrado el apetito al llenarle el enjuto estómago de gas y lúpulo. Sólo había una cosa que lo preocupaba: encontrarse con Cayetana y que lo viera paseando en ese estado alterado de la conciencia que es ir con el puntillo. Pertrechaba la escena de toparse con ella, y con su pareja, y tener que saludarse por no poder cruzar la calle y no saber qué hacer ni qué decir; y por lo tanto hacer el ridículo. El restaurante donde ella trabajaba quedaba al otro lado de la calle a la que él había llegado. Estaba en un cruce que cortaba la avenida por en medio. Decidió ir al lado contrario de donde había encontrado a Cayetana la primera vez, es decir, bajando la calle por el lado más sombrío de esta, por donde hubiera vías de escape por las que irse si se daba el caso de encontrarse con ella a lo lejos. Se sentía una rata cobarde pero decidió no pensarlo más.

    A medida que caminaba conseguía ver las cosas con más calma. A pesar de todo, ¿qué impedía que fueran amigos? ¿no había venido hasta Irlanda también para eso? Con esta idea en la cabeza, su trance en tierras irlandesas, el fracaso amoroso que había protagonizado, el hecho de que él le lanzara un beso desesperado y ella se apartara, si podían ser amigos después de todo el viaje no habría sido en vano. Habían sido pareja durante muchos años, que el recuerdo se había encargado de dibujar como los mejores de su vida, olvidando los motivos que en su día los separaron. Pero una pareja se basa -además de en la intimidad de los cuerpos y de los besos apasionados- también en la amistad, en la relación desinteresada de dos individuos por estar juntos, sin más pretensión que la de pasar el rato, es decir, gastar lo más valioso que se tiene: el tiempo.

    Cayetana y Gerardo tenían mucho en común y otros tantos aspectos que los diferenciaban pero que en el otro resultaban interesantes. Podrían compartir un café durante horas, pasear por el parque sin más conversación que el silencio y su compañía, compartir una mirada cómplice a la vista de algo gracioso o interesante. Su relación se había basado en esos momentos también, el recuerdo estaba lleno de esos instantes y, al fin y al cabo, era lo que más extrañaba de ella. Las noches, las tardes, las mañanas de pasión, también las echaba de menos, pero había conseguido sustituirlas en otros cuerpos con mejor o peor suerte. Lo que no había conseguido encontrar era una amiga como Cayetana, alguien en quien confiar, a quien poder dar la espalda y sentirse seguro.

    Cuando levantó la vista del suelo, se encontró frente al Castillo de Maynooth. La construcción era de un gris granítico, hecha con piedras talladas de ese material. Si alguien recordara la imagen de un castillo, le vendría una idea similar al Maynooth Castle a la mente, solo que más gris y pequeño, bastante coqueto, adaptado a las necesidades militares de una población pequeña del medievo. Estaba cerca de la urbe de Dublín. Esa construcción estaba más dedicada al control de los propios habitantes que a la defensa de conquistadores externos, supuso Gerardo. Se preguntaba quién podía desear aquella tierra fría y húmeda, plagada de enfermedades y de cuervos, donde el sol salía justo al contrario del Mediterráneo. Allí, de vez en cuando, una nube tapaba la luz y se sentía un frío irreal; en aquella tierra irlandesa era al revés, las nubes tapaban el sol hasta que este encontraba un pequeño resquicio por el cual lamer con su lengua los charcos del suelo, para volver a desaparecer bien pronto aunque fuera pleno verano.

    Como no tenía nada mejor que hacer, decidió entrar al ver el letrero de Free en la puerta. Al cruzar los arcos de medio punto que separaban los muros del interior, encontró una pequeña recepción donde una empleada lo recibió muy amablemente. Según ponía en la plaquita que lucía sobre el pecho, se llamaba Dolores. Aquello le hizo sonreír por ver un nombre en su idioma, tan antiguo, en un lugar del mundo culturalmente alejado de él. Preguntó a la chica joven y guapa si podía visitar el castillo y ella le animó a hacerlo, siempre y cuando estuviera dispuesto a dejar sus datos para el estudio municipal de turismo: quién era, dónde se hospedaba, de dónde venía. El hecho de contestar aquellas preguntas inició una conversación amigable con Dolores que parecía tener la misma edad que él y afirmaba haber viajado muy cerca de donde él vivía, como era costumbre de los guiris durante el verano. Ahora, al parecer, preferían las costas del mar Adriático. Gerardo comentó que nunca había estado en Irlanda pero que le encantaba, que pensaba volver pronto o incluso quedarse. Aquellas mentiras hicieron que Dolores se sintiera orgullosa de su nación y simpática hacia aquel joven desaliñado de mirada cautivadora.

    Mientras la conversación avanzaba bajo la alta bóveda del castillo, llegó un tal George según la placa del pecho. Iba vestido con una camisa y pantalones grises, acorde con las paredes. Parecía el jefe de Dolores y parecía reprenderla por dedicar demasiada conversación al turista, que por otra parte no iba a dejar un euro en las arcas castrenses. George se presentó como guía del castillo y afirmó que estaría encantado de acompañar a Gerardo en su visita y mostrarle los rincones más emblemáticos de Maynooth Castle.

    No le quedó más remedio que seguir al tipo escaleras arriba, hacia el interior de una bóveda bien iluminada, haciendo un gesto de despedida hacia Dolores que no era un Adiós sino un Hasta pronto o Podríamos tomarnos algo luego. Ella sonrió y siguió atendiendo la pantalla de su ordenador, probablemente buscando destinos turísticos para lo que quedaba de verano o, quien lo sabía, para visitar la ciudad donde Gerardo vivía. Lo prudente era seguir el trasero de George escaleras arriba, en dirección a una amplia plaza de armas donde se situaron justo al lado de lo que parecía un antiguo aljibe.

    -English? -dijo George.

    -A little bit.

    -I can try it in your language.

    -Okey. No problem.

    George empezó a intentar hablar en el idioma de Gerardo, pero lo que quería explicar era demasiado complejo como para hacerlo con cuatro palabras y tres estructuras gramaticales simples. Así que Gerardo lo animó a que lo hiciera en inglés, que si bien él no era capaz de hablarlo con fluidez, podía entenderlo mejor que el idioma que estaba intentado pertrechar en su memoria. Los guiris no necesitaban aprender otros lenguages y cuando lo hacían pensaban que tenían mucho más nivel del que en realidad tenían.

    Un poco azorado, George continuó en inglés y Gerardo pudo dejar de prestarle atención. Miró hacia arriba y vio las almenas oscuras sobre el cielo gris claro, casi blanco, del medio día. Un grupo de cuervos sobrevoló su visión en aquel momento y graznaron algo en su idioma. El moho crecía entre las piedras de las paredes más sombrías y dotaba al sitio de un aura romántica, como de cementerio celta. El suelo estaba tapizado de una fina alfombra de césped verde que regaba el propio ambiente neblinoso. El pozo, según dijo George, era el centro de la construcción y la parte más importante de la plaza. Guerreros, monjes, damas y caballeros se habían dado cita en aquel lugar callado.

    Siguieron avanzando por las habitaciones que habían servido de cocina, salas de estar, baños, pasillos, etc. George no se esforzaba mucho en explicar lo que veían porque sabía que Gerardo no lo entendía bien. Para lo que hacía, podía haberlo dejado solo, pero su compañía y amable explicación guiada tenía otra función además de ilustrarle: tenía el cometido de vigilarlo. Gerardo lo sabía y pensó en reprocharle a George que no tenía intención de llevarse ningún adoquín en el avión de vuelta a casa. Pero se calló. Al final del corredor que transitaban, llegaron a una sala tenuemente iluminada por focos de luz amarilla que iluminaban libros abiertos de par en par y manuscritos de la época.

    Por primera vez sintió interés por algo de lo que veía y se acercó con entusiasmo a los expositores. Había libros de la época escritos a mano con letras góticas ilegibles. Algunos tenían ricas miniaturas y otros una pobre factura, pero todos tenían un aura como de viejos fantasmas en vitrinas que repetían una información que a nadie interesaba ya. Gerardo sintió simpatía por aquellos vejestorios olvidados detrás de los gruesos cristales que evitaban que criaran polvo. Hubiera sido mejor para ellos acabar en las manos de coleccionistas e ir siendo leídos y destrozados por las caricias implacables del tiempo, pero allí estaban, impertérritos y callados como estatuas.

    Gracias a las transcripciones en letra de ordenador, Gerardo pudo entender parte de lo que en esos documentos se decía mientras George hablaba como si fuera una radio encendida a la que nadie hacía caso. Uno de los documentos era una carta que el noble de Maynooth enviaba a un marqués oriundo del país de Gerardo, donde le prometía amistad y alianzas contra el enemigo común de ambos: los ingleses. Según comentó George, el pacto se había sellado con el matrimonio de una de las hijas del marqués con el primogénito de los hijos del conde, dando lugar a nietos morenos con ojos azules.

    Continuó su visita saltando con la mirada de un libro a otro. Una obra titulada A Heart To Live llamó su atención. Se trataba de una novela bizantina de un tal Richard Rochester que trataba de un joven caballero inglés que viajaba hasta Maynooth para recuperar el amor de su vida, una joven princesa irlandesa, y que juntos vivían una serie de aventuras y desventuras hasta acabar juntos y felices para siempre en ese castillo. La calidad literaria de la obra, al parecer, no era mucha, pero George había dicho que había sentado un precedente en la narrativa del momento por tratar con tanta profundidad el tema de la ausencia y que había pasajes que nada tenían que envidiar a la literatura de la memoria de Proust, cuando el joven caballero lamenta la falta de su amada Lisístrata. Gerardo pensó que nunca, bajo ningún concepto, leería una obra tan cursi como aquella.

    Siguieron la visita subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Las piernas de George, que debían contar con veinte años cada una, trepaban por los peldaños con sorprendente facilidad. Gerardo intentaba seguir el ritmo sin jadear, pero no terminaba de conseguirlo. Hacia el final del recorrido, pensó que las piernas le acabarían fallando y que acabaría precipitándose hacia abajo, por la luz oscura que dejaba el hueco de aquella escalera y que parecía no tener fin, como una de aquellas pesadillas artísticas.

    La claridad lo cegó por un momento y cuando sus ojos se adaptaron con cierto escozor Gerardo vio que estaban en lo alto del muro, junto a las almenas que había visto antes. Bajo él tenía unas vistas privilegiadas de la pequeña población, que se extendía con salpicones de casas bajas y de árboles altos hacia todas partes. Se veía al fondo el Palacio de la reina Victoria, el camino rectísimo que llevaba a él y que había recorrido con Cayetana, el cruce con su restaurante, la M sobre el mástil del McDonald’s donde lo había dejado el autobús en el que había llegado, el canal que cruzaba toda la población. Conocía mucho de los rincones de aquel pueblo olvidado por las guías turísticas que había recorrido durante tres días seguidos de aquí para allá. Lo único que no podía divisar era la ciudad pontificia donde tenía su habitación con su ventanal melancólico.

    Lo mejor será ser amigos, se dijo en voz alta mientras miraba hacia la ciudad. George se quedó extrañado al oír hablar a Gerardo y decidió callarse y dejarlo solo un rato. Hizo mutis hacia un lado y lo dejó mirando hacia las vistas de la ciudad antaño medieval.

    Aunque sea difícil, lo mejor será ser amigos, repitió en voz baja. No sabía cómo iba a hacerlo, pero pensaba contactar con Cayetana en cuanto saliera de allí y decirle que lo sentía por presentarse de esa manera, que le disculpara por las molestias que su visita repentina le hubieran podido ocasionar, que le perdonara si la había hecho que se comiera el tarro con recuerdos del pasado. Estaba allí para vivir el presente, para ser su amigo, su mejor amigo, sin más pretensión que esa. Podría contar con él siempre que quisiera, fuera cuales fueran las circunstancias o la hora del día. Podía llamarlo cuando quisiera, él siempre estaría allí para ella, para lo que pudiera necesitar, y las futuras relaciones que él pudiera tener deberían entender que ellos dos eran mucho más que expareja, eran mejores amigos y lo serían toda la vida, aunque vivieran vidas distintas. Estaba decidido. En cuanto saliera del castillo, la llamaría e intentaría hablar con ella.

    Justo en el momento en que sus manos abandonaban el tacto frío de las almenas de granito, Gerardo vio una silueta conocida sobre la acera. Justo por delante del Maynooth Castle pasaba Cayetana. Iba riéndose, arreglada, preciosa, con el pelo suelo. Su risa y su conversación llegaban hasta él, que la veía invisible desde la altura. Iba vestida con pantalón tejano, botines de cuero, un abrigo gris fino ceñido a la altura de la cintura. Junto a ella iba un tipo alto, pelirrojo, zanahorio según Gerardo, quien le pasaba una mano por la cintura como él hiciera tantas veces y le plantaba un beso lento en los labios. No hacían buena pareja, pero daba envidia verlos pasear por la avenida. Seguramente Cayetana le contaba la visita exprés de Gerardo y ambos se partían de la risa, o esa visita había servido para unirlos más y que por fin Callaghan se decidiera a no pasar de ella y a no dejarla en visto con los mensajes. En cualquier caso, ahí estaban.

    Una lágrima dura como el granito resbalaba por la mejilla de Gerardo horadando un surco doloroso. Sentía el corazón encogido, apretado por una mano invisible pero cruel que lo atenazaba. Hacía verdaderos esfuerzos por que otra lágrima no cayera por el otro ojo. Sentía en el estómago un hambre atroz, pero no de comida, sino de amor. No podía soportar la visión que aquella bonita pareja ofrecía al subir la avenida. Se sintió un perdedor y un fracaso, al fondo de un pozo donde había caído para siempre lo que un día fueron Cayetana y él. Una parte de él murió en aquel momento y una certeza nació.

    No. Nunca. Jamás podrían ser amigos. Era imposible para su corazón estar junto a ella y no querer abrazarla, no poder besarla, no poder tenerla. Sería un obstáculo para la vida de ella y, aunque menos importante en ese momento, para la vida de él también. Era el tiempo de olvidar y la tarea era tan dolorosa que hubiera preferido la muerte súbita.

    -Everything okay? -preguntó George manteniendo una distancia prudencial.

    -Yes. I have finished here. -dijo Gerardo secándose las lágrimas sin volverse. Cuando se sintió preparado. Miró al suelo y se adelantó al guía del castillo para bajar las escaleras.

    Al pasar por delante de la recepción Dolores lo estaba esperando con una sonrisa pero iba tan metido en sus pensamientos y dolores que no encontró ni siquiera las fuerzas para mirarla, para decirle Bye, bye, thank you, amablemente. Se fue como un ladrón, a toda prisa hacia la calle. George lo seguía de cerca e intercambió una mirada de extrañeza con la recepcionista, como diciéndole sin palabras: He is completly mad.

    Y era cierto. Gerardo estaba loco de amor por Cayetana. Un amor que había perdido.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 9)

    Un corazón donde vivir (Parte 9)

    Nada de sueño

    -Dios, es tardísimo. Me tengo que ir. -Dijo de pronto- Entro a trabajar en diez minutos.

    Gerardo despertó del sueño en que viviendo estaba. La realidad lo aplastó de pronto como un pie a un insecto. Las mariposas se habían posado en el suelo, impasibles.

    -Si sigues este camino recto, llegarás a la casa donde veraneaba la Reina Victoria. Es un lugar precioso, no tiene pérdida. Me tengo que ir, Geri. Pero tú sigue con el paseo, claro.

    No entendía nada. Ella había salido de sus brazos, volvió a separarlos una distancia prudencial y orientó su cuerpo en la dirección por donde habían venido. Mirándola aún con cara de embeleso, con los ojos hipnóticos recuperando poco a poco la conciencia:

    -Te acompaño, tonta. ¿Cómo voy a dejar que te vayas sola por este camino a esta hora?

    -No te preocupes, de verdad.

    -Cayetana, no me importa. -dijo él inflexible.

    Caminaron a paso ligero el camino de vuelta, casi sin decirse nada. Si comentaban alguna cosa, era algún tema banal que no importaba a ninguno. Habían andado un buen trecho y estaban recorriendo aquel camino cada vez a más velocidad. Cayetana iba poniéndose nerviosa e incómoda por momentos. Gerardo lo atribuía a lo tarde que se había hecho y a que, en cierta manera, era culpa suya; pero en el fondo se sentía feliz, las cosas estaban saliendo adelante, más o menos como las había soñado. Después de meses sin verse, estaban compartiendo un tiempo precioso, como si no hiciera tres años que no eran ya nada, ni siquiera amigos. La vida continuaba por donde la dejaron.

    -¿Cuándo volveré a verte? -dijo Gerardo cuando vio aproximarse el final del camino rectísimo con sus dos muros de ladrillos negros que lo flanqueaban a cada lado.

    -Esta noche termino a las 22:30… Las chicas habían comentado de salir un rato a tomar algo después del curro… A las 23:30 puedo estar lista. Te diré algo, ¿qué te parece?

    -Me parece genial. Estaré preparado. -dijo Gerardo pletórico. El camino se terminaba.

    -De verdad que me tengo que ir. -Cayetana aligeraba aún más el paso, echó a trotar. -Tú sigue el camino, ya verás qué bonito es, no pierdas la oportunidad. -y señalaba hacia atrás, por donde habían venido corriendo. -Yo me voy. Te digo algo luego. ¡Adiós, Geri!

    Gerardo vio innecesario salir corriendo detrás de ella. La vio alejarse al trote por la calle principal, en dirección al restaurante. El Abrevadero’s no quedaba lejos de la entrada del camino, donde se quedó Gerard viéndola desaparecer. Sonreía y decía adiós con la mano, mientras se iba haciendo cada vez más pequeña. Aquella imagen le recordó a las, tantas veces evocadas, despedidas en su portal, cuando recorría la distancia que separaba la entrada residencial de la calle donde Gerard la había despedido. Una distancia prudencial a salvo de las miradas indiscretas de padres y hermanos, donde podían besarse y tocarse el cuerpo con cierta tranquilidad. Hoy no se habían besado y el abrazo había sido breve, pero a Gerard no le importaba. Se sentía completamente feliz.

    Una vez que desapareció por fin de su vista, no supo qué hacer. Miró hacia atrás y decidió seguir el consejo que le diera Cayetana, el de seguir el camino hasta la casa de veraneo de la Reina Victoria. Así tendría tiempo para pensar lo que había pasado y lo que pasaría de ahora en adelante, de cuáles iban a ser sus planes. Echó a andar silbando.

    Si las cosas salían como esperaba y todo iba bien, se tendría que mudar a Maynooth. La idea no le desagradaba del todo. Cerca, a unos treinta minutos, estaba la ciudad de Dublín que quizá ofrecía más oportunidades laborales que aquel pueblo perdido en el verde de Irlanda. Podría enseñar español a los interesados por aprender el idioma, que eran muchos en aquel país, cada vez más. También debería encontrar un lugar donde vivir. Mudarse en lo de Cayetana, sin saber exactamente dónde vivía ella, le parecía bastante invasivo. Aunque iniciaran una relación, hacía falta tiempo y espacio suficientes para ir tejiendo los lazos que los unirían a la eternidad y ya no los separarían más. Él debería conocer a sus amigos y a las chicas a las que frecuentaba. Él mismo debería, de hecho, hacerse amigos, quizá entre los de ella o los de su círculo laboral, fuera el que fuera. Quién sabe, quizá el tal Callaghan, con quien Cayetana trabajaba y cuya descripción le había parecido de lo más putrefacta, solo interesado en el rugby, las carreras de caballos y la cerveza fría, fuera un buen tipo al fin, alguien en quien confiar.

    También había que tener en cuenta el cambio de vida que aquello supondría. De cara a septiembre, había conseguido por fin un trabajo fijo, de lo suyo, para lo que había estudiado, con un sueldo sustancioso. Le habían comunicado la noticia unos días antes en Londres, justo antes de venir a Maynooth, cuando estaba con Mogomby tomando un café en la terraza del hostel junto con otros emigrados. Recordaba bien ese momento.

    -You have to do what you have to do. -dijo el sabio de Mogomby mostrando una sonrisa blanquísima sobre la negra piel de su cara amigable. Sí. Tenía que hacer lo que tenía que hacer, es decir, lo que le dictaba su corazón, lo que estaba haciendo en aquellas islas, lejos de casa. Mogomby tenía toda la razón. Dio una larga calada al pitillo y dijo.

    -You are completely right, Mogomby, my friend. Let’s take a beer from the bar.

    Y aquel día se tomaron unas cuantas cervezas a la salud de los trabajos y las oportunidades contradictorias, entre lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer, lo que debemos hacer y a la salud de lo que, al final, hacemos. Mogomby y él hablaban un inglés pobre, cada uno hijo de su lengua materna, por azares del destino, inferior a la inglesa, pero se entendían en lo más hondo, eran hermanos de sangre y piel diferentes.

    Mientras pensaba en Mogomby y en lo que estaría haciendo una sonrisa se había dibujado en su rostro. Gerardo transitaba el camino como un enajenado, en completa soledad, sin darse cuenta del mundo en torno a sí, imbuido por sus pensamientos. Sí. Haría amigos en cualquier parte del mundo. Amigos verdaderos en quienes confiar y a quienes llamar hermanos al cabo de no mucho tiempo. El ser humano podía ser maravilloso y aquellos que desconfiaban del prójimo, que lo fiaban todo a la maldad del otro, eran los que menos habían conocido el mundo, los que no habían salido de su realidad, de su zona de confort. Ahí fuera corría la vida y estaba repleta de amistad, empatía, hermandad y amor. Así veía las cosas Gerardo en el camino verde y recto.

    De repente, el camino se terminó. Una carretera comarcal cortaba su rectitud perpendicularmente formando un ángulo de noventa grados. Al cruzar la carretera, que no disponía de paso de peatones, se llegaba a otra entrada sin vallas, una puerta en el campo que daba a un prado donde, a lo lejos, sobre una loma, se divisaba lo que en otras partes del mundo se habría conocido como pazo, casa señorial o chateau, en definitiva, una mansión para gente adinerada, posible residencia de la Reina en la tierra irlandesa.

    Pensó en seguir el consejo de Cayetana y recorrer el trecho que lo separaba, pero miró la hora y se había hecho bastante tarde. La noche se cernía sobre Maynooth y se había levantado una brisa suave que susurraba entre los árboles palabras inquietantes en otro idioma. No se había cruzado con un solo transeúnte, lo cual le parecía extraño después de todo. La mente, que tiene sus juegos, lo amenazó diciéndole que si por azares del destino encontrara a un asesino en serie, podría dejar su cuerpo tirado en alguna cuneta cercana en aquel lugar y absolutamente nadie preguntaría por él, nadie sabía exactamente dónde se encontraba y aunque aquella era, en cierta manera, la definición de libertad más pura que conocía, también era un estado vertiginoso de la conciencia. Un par de cuervos, grandes como aves rapaces, sobrevolaron su cabeza. Sin duda iba siendo hora de retirarse, lo mejor sería volver al hotel que quedaba justo en dirección opuesta a por donde había venido, al otro lado del pueblo que había quedado muy atrás. Lo mejor sería volver, desandar el camino que hacía un rato había recorrido con Cayetana y solo.

    La sensación de peligro fue intensificándose a medida que se acercaba al pueblo. Era un sentimiento irracional, loco, pero su instinto le decía que algo no andaba bien y que, como le había ocurrido en aquel tren en Londres camino del aeropuerto, no tendría escapatoria. Pero era incapaz de dibujar el peligro, de saber qué era lo que andaba mal en aquel ambiente que se sentía cada vez más pesado, como si alguien lo mirara o una sombra lo siguiera. Los dos cuervos seguían sobrevolando su cabeza, graznando de vez en cuando. Tenía tanto miedo que sentía deseos de chillar. Parecía que entre la maleza unos ojos vacíos lo miraran pasar, como si los árboles revelaran su posición a un espíritu maligno que habitara en aquel camino. Sin que nadie lo viera, echó a correr.

    Llegó a su habitación exhausto. Había venido corriendo desde la calle principal hasta la misma puerta de su cuarto y no estaba acostumbrado. La tarde había ido cayendo y poco a poco se iba haciendo oscuro sin que el sol diera signos de vida detrás de las nubes grises. Una vez que hubo recuperado el aliento sentado sobre el borde de la cama, Gerardo se levantó y se echó agua al rostro. Empezaba a sentirse intranquilo, no sabía dónde meterse, qué hacer. Estaba como un prisionero en una celda, si bien podía ir donde quisiera, no tenía un sitio al que dirigirse. Dio unos pasos hasta situarse frente al ventanal que daba al prado verde donde rebuscaban en la tierra algunos cuervos. A pesar de haber caminos perfectos para la bicicleta, no vio pasar a nadie. Las siluetas de los árboles se recortaban contra el cielo gris y una leve brisa movía la fina hierba picuda.

    Buscó con la vista las cortinas, pero aquel gran ventanal no las tenía. Supuso que los irlandeses no disfrutaban tanto del sol como para andar recortándolo con persianas. Pero Gerardo sentía la necesidad de esconderse, de no ser visto, ni siquiera por los verdes árboles sin ojos que lo divisaban a lo lejos y veían su rostro enjuto como un fantasma. Prendió un cigarrillo y se tumbó en la cama. Por suerte la habitación era tan antigua que no tenía detector de humo y podía fumar lo que quisiera. Mirando al techo pensaba en Cayetana pero no conseguía imaginársela. Sólo era un nombre en su cabeza, pero le costaba evocar el tacto de sus manos, el olor de su pelo que apenas unos minutos había tenido tan cerca de sí, como si su encuentro hubiera sido un sueño breve que el despertar iba borrando como el que sopla una fina capa de polvo y borra un dibujo. Para recordarla, cogió su teléfono y miró en el archivo de fotos, la que hacía un par de meses le había mandado, seguramente cuando se sentía sola en Irlanda y no tenía a nadie excepto él. Estaba desnuda. No llevaba sujetador ni camiseta. Por la expresión arrebolada, parecía una foto tomada al salir de la ducha. Sobre el omoplato izquierdo se había hecho un pequeño tatuaje. Cuando se conocieron, ella no llevaba ninguno. A Gerardo no le gustaban los tatuajes, ni para él ni para nadie. Ahora Cayetana llevaba por lo menos tres, que él supiera, pero no le importaba. Todos hemos cambiado, se decía.

    Get busy living, or get busy dying, decía su espalda en tinta negra indeleble. Gerardo había mirado aquella fotografía digital un millón de veces y se la sabía de memoria, había pensado en la frase más que en cualquier poema: preocúpate de vivir o preocúpate de morir, podría ser una traducción válida, aunque insuficiente. Aquella idea se le había clavado en lo más hondo de su ser y allí estaba, buscándola, preocupándose por recuperarla y estar al fin vivo, de no estar viviendo en la muerte, que era su vida. Quien camina una milla sin amor / se encamina a su propio funeral / envuelto en una mortaja.

    Cuando le escribió esos versos, en aquella conversación inalámbrica, en respuesta a su fotografía, ella no dijo nada. Seguramente no entendió lo que él quiso decirle o, si lo hizo, lo dejó en visto, sin más, y siguió preocupada por vivir. Gerardo llevaba muchas millas recorridas envuelto en su propia mortaja. Quiso explicarle el sentido de aquellos versos de Whitman que tanto le recordaban a ella pero parecía no encontrar el momento. Se los había repetido mientras recorrían el camino verde, pero ella estaba hablando del tal Callaghan y no se había dado cuenta de lo que había dicho. ¿Qué decías? Y sonreía.

    Por el influjo de aquella sonrisa, había olvidado los versos y todo lo que quería decirle. No pudo encontrar las palabras para explicarlos ni para explicarse, así que dijo: nada; sin recordar hasta ahora lo que había venido a decirle: Tú eres la luz que guía los pasos de mi corazón. Caminaré contigo hasta donde me lleven los pies. Y mi andar será feliz.  

    Gerardo sonreía tumbado en la cama. No perdería la oportunidad, luego por la noche cuando ella saliera del trabajo, de decirle aquellas palabras bajo las estrellas, al oído, como un secreto. Luego besaría su cuello, su cara, su boca. Ya no se separarían nunca más y serían felices para siempre. Empezarían de cero, un poco más mayores, pero con el amor intacto. Un rugido salió de las tripas de Gerardo. Tenía hambre, tenía sueño.

    Se despertó al cabo de un par de horas, en completa oscuridad, sobresaltado. Miró a su teléfono móvil: Eran las 23.45. Cayetana le habría dicho algo y se estaría preguntando dónde estaba. Gerardo se incorporó sobre la cama y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un solo mensaje de Caye: Hola, Geri. Quedamos mañana a las 11.00 en la cafetería Yoga Market Café para desayunar. Te espero en la puerta. Un beso.

    Tuvo que leer un par de veces el mensaje para entenderlo. Parece ser que al final no iba a salir, seguramente estaría cansada, muchas emociones en un día. Pero aquel cambio de planes lo había sobresaltado: todo lo que tenía pensado para aquella noche había saldado por los aires, verse al día siguiente por la mañana era un escenario que no había planeado. Además, las mañanas son para tratar asuntos profesionales, no de amor.

    En fin, era mejor eso que nada. Empezó a escribir un mensaje y vio que ella estaba conectada. Imaginó que estaba preguntándose por qué no le decía nada. Allí estaré, guapa. Pero no lo vio, hablaba con otra persona. Esperó un rato. Ella se conectaba y se desconectaba de vez en cuando, pero no decía nada. Decidió dejar de espiarla y se tumbó sobre el colchón de nuevo sin saber qué hacer. Las tripas rugían desbocadas, se preguntaba cuántas horas llevaba sin comer algo caliente que no fuera el humo de un cigarrillo y no sabía qué contestar. Decidió salir a comer pero viendo la oscuridad de la calle imaginó que entonces, a esa hora, en aquel país, todo estaría ya más que cerrado.

    El viento ululaba en la calle fría y húmeda entonando una fantasmal canción gaélica.

    Dentro de la habitación y dentro de su corazón el silencio era absoluto. Tenía la mente paralizada y no sabía qué pensar ni qué hacer. Y lo peor de todo: no tenía nada de sueño.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo a la misma hora.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer las entregas previas de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. A los lectores y escritoras que siguen este relato: Gracias.

    El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había posado sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -Dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -Contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -Dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -Dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo que él.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. Si el tubo del extractor cruzaba el techo, se le barnizaba y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con la lengua y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como un bálsamo que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor