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  • Historias de biblioteca (y de humanos)

    Historias de biblioteca (y de humanos)

    Desde la Consejería de Cultura del excelentísimo ayuntamiento de mi pueblo, Constantí, me pidieron que este año participara como jurado del premio literario que anualmente se celebra en la localidad. Recibí el encargo con una mezcla de orgullo y preocupación. Por un lado, sentía que había cumplido un sueño antiguo; por el otro, era consciente de que ya tenía demasiada faena: padre de dos hijos pequeños, jefe de estudios… quizá sería mejor parar un poco. Pero no soy de los que saben decir que no a la vida.

    Ha pasado el tiempo y no ha sido hasta última hora, como buen mediterráneo, que me he puesto a leer las historias que participaban en el certamen de este año. Hasta ahora había sido un concursante asiduo, pero en esta edición, por razones obvias, me tocaba leer desde el otro lado. El tiempo apremiaba y las tareas se acumulaban, como viene siendo habitual últimamente. Voy a todas partes con la lengua afuera, sí, pero feliz por dedicarme a lo que me gusta.

    El tema del concurso era Relats de biblioteca, y se podía participar tanto en catalán como en castellano. Había cuatro categorías, desde infantil hasta adultos, con un único premio en cada una. Mi tarea consistía en decidir cuál era el mejor relato de cada carpeta de Drive que me hizo llegar la organización y elaborar una clasificación para su posterior deliberación.

    Como cada vez más gente, yo también trabajo con la inteligencia artificial. Y aquí viene la confesión. Le planteé el caso de forma directa: participo como jurado en un premio literario de mi municipio, tengo varios textos y necesito ordenarlos de mejor a peor según un criterio literario. Le pedí que tuviera en cuenta las categorías y el tema común. ¿Preparado? Le ordené, de forma claramente fraudulenta.

    Tras hacerme algunas preguntas —lo tengo entrenado para que se ajuste bastante bien a mis necesidades—, le pasé el grueso de los relatos. Al cabo de pocos segundos, me devolvió su veredicto. Para orientarme mejor, le pedí que acompañara cada valoración con una frase breve: “aburrido y demasiado plano, no consigue lo que se propone”, o “interesante e imaginativo; lo mejor es el giro final”. Cumplió. Y confieso que me quedé más tranquilo: al menos ya tenía algo que presentar.

    Pero no soy de los que fían tanto el futuro a la tecnología. Le pedí entonces que me hiciera un plan de lectura para comprobar si su criterio y el mío iban de la mano y, llegado el caso, poder defender por mí mismo los aspectos destacados de cada texto. Imprimí varios relatos y empecé una de las experiencias lectoras más divertidas que he tenido en los últimos años.

    Me he topado con relatos maravillosos, muy bien escritos en su mayoría, aunque con ideas demasiado repetidas: el libro con las páginas en blanco, el manido encuentro amoroso entre estanterías, el final en el que el protagonista está en coma, soñando o muerto. Pero también he encontrado ideas buenísimas, con una pasión real e inocente: la de los escritores amateurs, que ponen el aliento y el alma en cada línea, a veces con enorme esfuerzo.

    La mayoría de los relatos estaban escritos por personas de carne y hueso. Se notaba en la falta ortográfica que no detectó el corrector, en las rimas internas innecesarias, en esa ingenuidad que nos hace vulnerablemente humanos y, al mismo tiempo, poderosamente geniales. Puede que en algún caso me la hayan colado; seguramente serán los relatos menos interesantes, los que aburrirían incluso a la propia inteligencia artificial.

    Trabajar con la IA me ha hecho reflexionar sobre si tiene sentido seguir luchando contra la página en blanco con las manos desnudas: con la experiencia lectora, vital, y un conocimiento más o menos vasto del idioma. Algunos gurús —que leen pocos libros y hablan mucho en podcasts— aseguran que la inteligencia artificial quitará el trabajo a los escritores, que hará historias más perfectas, hasta el punto de que ni siquiera será necesario leerlas.

    Supongo que son los mismos que afirmaban que el ebook acabaría con el libro en papel. O con las bibliotecas, cuya supuesta función sería únicamente custodiar volúmenes físicos. Sin embargo, ahí siguen: como una vela contra el viento —como leí en uno de los relatos participantes—, todos esos concursantes medio locos, desde niños de primaria hasta viejecitas entradas en años, relatando la magia de los libros y describiendo el sabor a templo que tiene una biblioteca.

    He leído historias tan buenas y emocionantes que la literatura me ha recordado cuál es su poder. Cuando las obligaciones laborales me apartan más de lo que quisiera del ruido casi frenético que hace el teclado al pasar los dedos por encima —como un pianista bordando una melodía—, estos relatos me devuelven al lugar esencial.

    Por cierto: he leído todos los textos. Y no, el veredicto de la inteligencia artificial no fue el mío.

    Ni los concursantes ni yo sabemos qué pasará en este mundo loco. Pero ahí quedará el amor por la letra escrita, superando cualquier muerte, analógica o digital.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Hacía mucho que no me pasaba por aquí. Me alegro de haber encontrado algún comentario perdido en entradas anteriores. Quiero que sepas, lector desconocido, que tu mirada es el aliento más poderoso que un escribidor puede tener. Y por eso te doy mil veces las gracias.

  • Cartas que se leen en diagonal

    Cartas que se leen en diagonal

    Querida S.:

    Ni mis cartas, ni mis lágrimas, ni siquiera mi novela me han servido para que quieras volver a saber de mí así que tampoco lo espero ahora, aunque lo espero, desgraciadamente. Dicen que el amor es así, doloroso, triste, melancólico. Lo que antes era placer, risa, felicidad, hoy se me revuelve dentro de las tripas pidiendo venganza, y yo les dejo hacer, porque me siento culpable de todo ese daño. Ahora aflora en tu cabeza la frase “no te culpes”, “no pasa nada”, “no te tengo rencor” y todos esos clichés en los que nunca he creído, las cosas no son tan fáciles, al menos para mí.

    Cada cual tiene su idioma. Unos te llevan a cenar y a beber vino, luego a su cama. El mundo tiene ciertos patrones que se siguen, lo mejor es quedarse en el redil y hacer las cosas como es debido, eso es lo que has debido de aprender estos últimos meses. De nada te han servido todos esos años maravillosos que dijiste haber vivido conmigo, de nada te han servido todas las tardes de café hablando del politiqueo, de nada te han servido mis besos ni el recuerdo de mi cuerpo entre tus sábanas. Debo decirte que a mí sí, para darme cuenta, definitivamente, de que te he perdido.

    Hoy veo tus frases, tus proyectos, tu vida recién pintada y solo puedo sentir envidia. ¿Por qué yo no soy como tú? Yo también quiero todo eso, quiero dejarte atrás donde te has quedado y no llevarte conmigo allá donde voy como una pesada mochila, con los hombros caídos y mirando al suelo, pensando en mil cosas y sin concretar nada. Quiero que salgas de mis noches y mis mañanas de una maldita vez, quiero no tener nada que ver contigo, y sin embargo aquí estoy, otra maldita vez, escribiéndote. Como ves, las cosas son difíciles para mí, supongo que una parte de ti se alegra y dice “te lo dije”. Sí, me lo dijiste, ahora déjame que te diga yo.

    La crueldad nunca es buena consejera por mucha razón que creas tener, por muy legitimada que te sientas para actuar de ese modo. Verás, pienso que cuando nos vimos la primera vez, después de dejarlo, solo quedaste conmigo para decirme que te ibas de fin de semana con un maromo (disculpa mi lenguaje, pero yo hablo así). El piano te la sudada, a ti y a tu padre, lo que tu querías era verme y darme donde más me dolía. Debo decir que lo conseguiste, enhorabuena.

    A partir de ahí me dejé llevar. El pozo me tragó y todavía sigo allí. Supongo que saldré cuando llegue el día en el que vuelva a ilusionarme con alguien la mitad de lo que contigo, el pozo es oscuro y frío pero al final uno aprende a sobrevivir. No asientas con la cabeza, no tienes ni idea de lo que te hablo. Yo te dejé, sí, soy el malo de la película, pero esa película acabó hace ya tiempo, cada vez más. En esta nueva película soy el bueno, el triste, el que se queda durmiendo con tu recuerdo, el que reordena la habitación buscando un sitio donde esconderte para no tirarte a la basura. Quizá es lo que debería hacer según los manuales de autoayuda, pero que les den, quédate tú con ellos, tú y tus amigos de boca ancha que saben ir por la vida como es debido. Como ves, necesito que alguien me rescate. No te preocupes, ya sé que no vas a ser tú.

    Seguro que piensas que estoy loco, tan loco como cualquiera, a mí se me nota más. Ser listo también es una mierda, ya lo sabes, te puedes hacer el tonto pero siempre te atrapa tu propio yo, cuando menos te lo esperas, salta sobre ti y ¡pam! Te caes al suelo. Es lo que hay, nada que hacerle, de momento. Ser listo te hace ver la verdad sin tapujos, desnuda como un recién nacido y hay que tener mucho estómago para aguantarla cuando llora. Cuando me grita que ya me has olvidado en los brazos de otro, alguien a quien quieres cumplir todos sus sueños, etc. Me quedo perplejo, atónito, y entiendo, al fin, que en realidad tú no me querías, ni cuando te dejé ni cuando estabas conmigo.

    No te confundas, no te culpo por ello. Más bien me río por lo mal que lo he pasado vanamente, al fin y al cabo, eso era lo que yo quería, lo mejor para ti. Estar conmigo ha sido como una cárcel de la cual te has escapado muy valerosamente. Debo decirte que también era fácil, en mi cárcel, todas las puertas y ventanas estaban sin rejas. Nunca te he minado la autoestima por mucho que te dejara yo. Get busy living, all you got is now, I will get what I deserve. Es verdad todo eso pero también es verdad que yo te he querido y te quiero mucho, a pesar de que nunca volveremos a ser los mismos. Sé que estoy amando a un recuerdo, a un ideal, a un imposible, sé también que tú no entiendes nada de todo esto, a lo mejor un día sí, a lo mejor con el maromo con el que estás ahora, lo entenderás.

    Y entonces pienso que al final fue eso lo que me llevó a dar el paso, las pruebas me las ha dado el tiempo, lo poco que te ha costado y lo mucho que me cuesta a mí. Somos dos caras de la misma moneda pero desde hoy quiero dejar de serlo. Quiero dejar de buscarte en otros cuerpos, quiero dejar de pensarte sin querer, quiero no parar de reír cuando me rio. Y sé que lo conseguiré, un día de estos, tarde o temprano, sin darme cuenta siquiera.

    Pero de momento no es el caso, de momento estoy aquí taladrándome con el teclado y las palabras, sin rumbo fijo y a la deriva de mí mismo. Dicen que no debo hacerlo, que eso te da alas a ti para pensar que soy gilipollas y que has hecho bien en apartarme, que las mujeres se crecen cuando vas detrás de ellas. Yo de todo eso no sé nada, vivo aparte en mi mundo, en mi cárcel sin rejas donde ahora estoy solo, donde espanto a quien entra y cambia cualquier cosa. Aquel día en el que nos vimos después de dejarlo, cerré la puerta para que no entrara nadie y ahora he perdido las llaves, supongo que te las di con el piano.

    No te preocupes, ya estoy acabando. Afortunadamente tengo que volver a mi curro de mierda donde me explotan y me pagan un mísero suelo, tengo que dejar de escribirte mil palabras que no llegan a ninguna parte, tengo que volver a mi extraña vida la cual nunca dejará de sorprenderme. Y perdona que te dé incomode con mis líneas de aprendiz de brujo, o de payaso, pero al fin y al cabo he pasado contigo años maravillosos que siempre llevaré tatuados, que siempre veré en lo más íntimo de mí cuando me mire al espejo, cuando me mire otra persona. Así que te tienes que joder, guapa, y aguantarme un poquito más, aunque cada vez menos. Perdona si te he chafado la tarde de excursión con tu maromo, seguro que cuando se lo cuentes te dará por consejo un buen cliché de esos que aprenden los tontos en la vida para ir bien.

    A lo mejor yo encuentro un día a alguna tonta que me quiera realmente con todos mis defectos, lo que dudo es que tenga yo la suerte de quererla como te he querido a ti. Ojalá que me equivoque como me equivoqué contigo. Errare humanum est, algunos se beben una botella de vino y follan muy gustosamente, otros nos sentamos en el escritorio y escribimos cartas que no se leen, o se leen en diagonal.

    Hasta hace poco, siempre tuyo,

    I. F.

    …oooOOOooo…

    Comunicado del autor: A partir del próximo domingo, si bien espero seguir publicando como he hecho habitualmente, los lectores de este sitio encontraréis que volveré a la configuración original. Hace cosa de un año contacte con un «informático» para que arreglara la página y la hiciera cómoda para vosotros, los lectores. Después de pagar una considerable suma de dinero, me dejó la configuración que hay hasta ahora. El problema es que no me ha dado el resultado que yo esperaba, y además requiere un plan costoso para mantenerla. Espero, en el futuro, ofrecer una configuración mejor. Seguiré publicando religiosamente los domigos como es mi cometido. Crucemos los dedos para que nada se pierda.

    Un abrazo, Ricardo.

  • El gran día de Hamid el Berenjena

    El gran día de Hamid el Berenjena

    El tren de las siete venía cargado de almas. Los pasajeros representaban el friso de la clase baja, también llamada trabajadora. Se frotaban las legañas y desperezaban la mandíbula. Era tan temprano que nadie reparaba en nadie, a pesar de que todos se veían por el rabillo del ojo. Un viejo, un moro, una señora, una negra, madre e hija, padre e hija, nieto y abuela, hombres, mujeres, vagabundos y rumanos. Algunos leían un libro, o un periódico gratuito, pero la mayoría picoteaba con los pulgares la pantalla del móvil. Era una mañana de lunes cualquiera, un lunes inolvidable para Hamid el Berenjena.

    A veces, la lectura y la cháchara resultan del todo ineficientes. Entonces las gentes hundían los ojos en sus propios pensamientos. No se podía ni jugar a imaginarse las ocupaciones o la vida de cada uno, todos ellas resultaban igual de grises. Deprimen tanto los trenes a las siete que deberían desaparecer, pensaba Hamid.

    El Berenjena había llegado desde África hacía ya bastantes años. El cuarto entre siete hermanos embarcó en las costas mediterráneas en una patera tan abarrotada que parecía que estaba hecha de personas. Por supuesto, no era el caso, porque cuando alguno, por una cosa o por la otra, se volvía frío e inanimado como el plástico de la barcaza, simplemente se le echaba por la borda y se le encomendaban los restos a Allah. Así los demás contaban con mayor probabilidad de éxito.

    Algunos niños lloraban, algunas madres morían, y viceversa. A veces les arriaban una bofetada tranquilizadora y eso, a veces, funcionaba. Aquella travesía de una noche duraba como mil y una. Cada segundo podía ser una eternidad según como estuviera el tiempo. En el recuerdo de Hamid hacía un temporal horrible. Frío, viento, olas, incluso le había dado por llover.

    —¡Qué paradoja! —se decía el pequeño Hamid— Huyendo de la sed del desierto, temiéndole toda la vida a una muerte seca… y ahora rezar para no morir ahogado en las dunas del mar. ¡Alabado sea Allah!

    Y como Allah es grande, y aquella jornada estaba de buen humor, la embarcación consiguió al fin zozobrar con la quilla en tierra. ¡Cuán grande era el contento de todos! ¡Lo consiguieron! ¡Habían arribado a Europa! Después de tanta odisea, por fin estaban al amparo y al cuidado de aquello que los blanquitos llamaban Estado. Ninguno de ellos iba a morir de hambre o de sed ya nunca. Todos saltaban en la arena de la playa y se abrazaban los unos a los otros con lágrimas de alegría en los ojos. Solamente lloraba de pena algún crío que se había quedado huérfano, pero nadie lo escuchaba.

    Aunque aquella era la vivencia más importante y definitiva en la historia de Hamid, él casi nunca quería recordarla. De hecho, se avergonzaba de ella. Cuando alguno le preguntaba cómo había llegado, el siempre respondía: «Hace muchos años, en avión.» Y lo había repetido tantas veces que, la mayor parte del tiempo, así lo creía.

    Pero aquella mañana de lunes le había venido la verdad a la memoria, como una maldición. Con el traqueteo del tren se agitaban los pensamientos y lo que estaba enterrado, como un muerto, podía asomar una pierna o un brazo sin que uno pudiera hacer nada. Berenjena, como sus paisanos cariñosamente lo llamaban, puso tierra de por medio, sacudió la cabeza y focalizó sus pensamientos en lo que había venido a hacer aquel lunes concreto. Lo cierto es que llevaba bastante preparándose para aquel día. ¿Meses, años, quizá antes de embarcarse? Hamid ya no lo sabía, solo el Todopoderoso Allah.

    Horas antes, muy temprano, se había preparado a conciencia. Como muchos otros blancos, Berenjena no era muy amigo de acicalarse. A pesar de conocer los usos y costumbres de su sociedad postiza, no le entraba en la cabeza aquello de ducharse cada bendito día. ¿Acaso el cuerpo necesitaba tanto perfume y tanta química? Qué despropósito, que hipocresía.

    —Se preocupan tanto por esa clase de tonterías que se olvidan de lo más importante—cavilaba Hamid.

    Pero a pesar de los pesares, él era uno más, ciudadano en pueblo ajeno, extranjero, pero allí estaba. Le era tan difícil vivir entre ellos… Le hacía gracia cuando los más antipáticos le reprochaban, a él o a otro, que tenían que adaptarse, que qué era eso de la mezquita y sus costumbres sagradas, que nada, que todo aquello se tenía que terminar.

    Hamid, que era tan humano como ellos, se mordía de rabia los labios, en ocasiones, hasta que sangraban. ¡Qué sabrán! Como si los pobres no tuvieran bastante con aprender el idioma y los millones de caprichos culturales que aquella gente tenía, desde comer con cubiertos hasta sentarse en el váter. Además pretendían arrebatarles su fe, que de hecho, era lo único que realmente poseían. Las cosas tenían que cambiar y él iba a poner todo su afán en conseguirlo. Aquel era un día decisivo.

    En el tren de las siete Berenjena estaba harto. Pero ya habían pasado veinte minutos y dentro de poco llegaría a la estación central donde llegaría a su destino. Estaba muy nervioso, las manos le sudaban, pero también se sentía muy seguro. En la mochila negra llevaba el fruto de tantos esfuerzos, de tantos años de penurias en su país y en el nuevo. Habían sido tantos compadres los que lo habían ayudado a estudiar, a preparase, a soñar, a perseguir la llegada de ese día. Y aquí estaba al fin. Nunca los olvidaría.

    Ciertamente, Hamid se había vuelto ambicioso con el tiempo. Lo quisiera o no, el recuerdo del hambre pasada en su tierra era cada vez más vago, y habían sido tantos los agravios recibidos y durante tanto que aquel sentimiento de profundo agradecimiento y regocijo, cuando en aquella primera playa la Cruz Roja le dio una manta y vaso de sopa caliente, ya se había desvanecido. Los problemas de entonces no eran los mismos que los de hoy, ya no se sentía con la obligación de darle las gracias a ningún blanco. Lo que ahora tenía se lo había ganado con la dureza de sus codos y la fuerza de su perseverancia.

    Seguramente, muchos iban a odiarlo a partir de ese lunes. No solamente los cristianos, también sus paisanos. Había actos que, aunque necesarios, estaban mal vistos por todos en aquel entonces. Además ya no había vuelta de hoja. Una voz robótica, de mujer, anunció que estaban llegando a su destino. El Berenjena se sentía cada vez más nervioso, abrazaba su mochila negra y planeaba cada acción que iba a llevar a cabo. Imaginaba, si todo salía esperaba, las repercusiones que aquello tendría en su barrio, entre sus vecinos y amigos. Muchos de ellos conocían ya sus planes, sin embargo, la mayoría de las veces no decían nada y hablaban de otra cosa.

    De repente, sus ojos se encontraron con la mirada simpática de un niño. Apenas tendría cuatro o cinco años, y como él, viajaba de pie en el vagón atestado. Lo miraba con ojos grandes y curiosos, como los de todos los niños, inocentes ante el gran espectáculo del mundo, ante los fuegos artificiales que se iniciaban cada nuevo día. Hamid el Berenjena lo miraba a su vez con seriedad, estaba tan nervioso que no podía esbozar una sonrisa, como en verdad quería. El pequeño llevaba una mochila de Spiderman, pantaloncitos de pana, chaquetón rojo, deportivas diminutas. Se acordó de la infancia de los niños que viajaban en la patera, de la de los que se habían quedado en tierra soportando la sed y el hambre, de sí mismo y de su madre fría. El adulto que viajaba con el chico lo apretó contra sí. Hamid levantó la vista y encontró ahora una mirada de desconfianza, de preocupación, de desprecio. Parecía como si aquella madre conociera la intención de él de alguna forma y se la reprochara. Tragó saliva y miró hacia otra parte. El tren, poco a poco, se iba deteniendo y los instantes se hacían eternos de la misma forma que en el pasado, en aquel otro día tan importante que había cambiado su historia, su vida y la de los otros.

    Presionó con más fuerza la mochila negra contra su americana nueva, color arena, y su camisa a cuadros. Una gota de sudor le resbalaba por las sienes y le temblaban las piernas. Casi iba a ponerse a chillar, pero no lo hizo. El tren se paró definitivamente.
    Había llegado el momento. ¡Allah es grande, alabado sea!

    El Berenjena apretó el botón para volver a nacer. Su vida anterior se terminaba y una nueva y mejor empezaba ahora. Cada alma siguió su propio camino, la de los hombres, mujeres, niños, viejas y extranjeros en torno suyo. Cada una ocupó su lugar en el aire venenoso de la estación, aún más viciado aquella mañana de lunes.

    …

    Media hora más tarde, el joven Hamid ocupaba su puesto entre sus nuevos compañeros, almas afortunadas que, a pesar de la situación laboral, vivían holgadamente y percibían un sueldo privilegiado como asalariados en el departamento de informática de una multinacional, que lo había fichado como desarrollador júnior. Era su primer día.

    El gran día de Hamid el Berenjena.  

  • Hasta conocerte

    Hasta conocerte

    Nota del autor: Este domingo mi hija Claudia cumple tres años y han pasado muchas cosas desde que escribí este texto, una semana después de que ella naciera. Para mí, es una de las piezas más bonitas que he escrito en este blog, salida directamente del corazón de un padre primerizo. Ahora ha pasado el tiempo y sigo atesorando esa misma sensación que me abrumaba, aunque creo que me he acostumbrado un poco sentir el cuerpo lleno de flores nuevas. Como su cumpleaños cae en domingo, he decidido dedicarle el dominical a ella, la persona que más queremos en el mundo su mamá y yo, que nos queremos mucho.

    Felicidades Clau. Que cumplas muchos más y que todos te veamos crecer sana, divertida y feliz.

    Cuando me enteré de que iba a ser papá no pude evitar que una lagrimita asomara en la comisura de mis ojos, y eso me cogió desprevenido. Antes de ese día, ser padre era una posibilidad entre otras, no un único proyecto donde depositar todas mis energías. El trabajo, la lectura, incluso la escritura, me parecían temas más urgentes que ser padre. De todas formas, no me importaba intentarlo y que fuera lo que tuviera que ser. He conocido otras parejas donde la paternidad se concibe como un proyecto bien calculado, pero en mi caso no ha sido así. De hecho, lo mejor de mi vida nunca lo he planeado.

    Cuánto me alegré y cuánto me he alegrado todos y cada uno de los días en que hemos esperado la llegada de nuestra hija. Desde que su mamá y yo le pusimos el nombre hasta hoy en que la tenemos en nuestra cama durmiendo. Me pregunto qué soñarán los bebés al ver a la mía hacer ruiditos y mover los bracitos en el aire. Me gusta que su manita apriete uno de mis dedos, casi siento que me toca un ángel. Nunca he estado tan cerca del paraíso como ahora mismo, cuando soy un padre novato que se soprende por todo.

    Mi hija tiene los ojos grandes y bien abiertos a pesar de llevar en este mundo una semana. A veces me mira fijamente como si me conociera de antes y no puedo evitar mirarla sin pensar en nada, intentando adivinar, sin conseguirlo, sus pequeños pensamientos detrás de sus ojos grises. Se queda seria, en ocasiones sonríe y abre la boca buscando un pecho. Luego me vuelve a mirar y así podría pasarme todas las horas de mi vida, porque en esos instantes ni existe el tiempo ni tampoco yo, solo el universo girando, si es que gira, y mi hija y yo contentos de estar vivos mirándonos. Podría verla dormir todas las horas del mundo, verla comer, verla llorar; sin duda atesoraré estos momentos todos los días de mi vida, pero ahora tengo la suerte de tener los recuerdos frescos en mi corazón y siento una calidez que invade todos rincones de mi cuerpo.

    Existen sensaciones que, para vivirlas, hay que buscarlas en lugares remotos y sólo están reservadas para los pocos que se atreven a recorrer el camino. Hablo del éxito, de la victoria, de la excelencia. En la vida proyectamos planes donde volcamos todo nuestro sacrificio; nos sentimos dichosos si lo conseguimos, o fracasados si, después de todo, fallamos. Cada cual cuenta con sus experiencias y su punto de vista. Lo que para ti es la gran cosa, para mí puede ser la cosa más nimia. Es difícil econtrar universales donde muchos estemos de acuerdo. Opiniones hay tantas como vidas, y ninguna es la mejor de todas.

    Padre o madre lo puede ser cualquiera, y cualquiera que haya sido padre o madre se habrá sentido la persona más afortunada del universo. Qué asunto más misterioso. Cómo puede ocurrir que, habiendo tantas posibilidades, tantos conflictos, tantos debates, todos acabemos en lo mismo. La naturaleza es sabia y sabe cómo perpetuarse a pesar de los estándares sociales que nosotros inventamos, a pesar de la inteligencia artificial, de los móviles, de los ordenadores, de los cacharros. La vida se abre paso a codazos entre nuestros objetos y planteamientos, demostrándonos que en verdad no somos nadie y somos todo.

    Me gusta colocarme a mi hija sobre el pecho y sentir cómo se va quedando dormida. Siento como su corazón y el mío se acompasan en uno solo y laten hacia delante, juntos. Ella sabe que está segura y que la quiero sin conocerme, y con eso me basta. Es más, aunque no me quisera, me daría lo mismo, yo la querría igual, pero me moriría de pena. Percibo su olor y me transporta a las regiones misteriosas de donde vienen los bebés. También cuando la veo con su mamá, cómo la cuida y cómo se quieren. Me parece el espectáculo más bello, el que se ha buscado tanto tiempo en la belleza de los cuadros, los paisajes, las obras de arte. Son estos momentos donde la vida dice: aquí soy yo.

    Me ha dicho la gente de mi entorno que cuando uno es padre deja de tener tiempo para hacer las actividades que antes acostumbraba. Ya no tendré, por tanto, tiempo para leer, para escribir, para filosofar. Me pregunto si quien dice eso ha sacado alguna vez el momento para algo más que para ver la tele o mirar el móvil. Además, cómo voy a enseñar a mi hija a leer, a escribir, a soñar, si yo mismo me olvido de hacerlo.

    Hoy es sábado por la mañana, he dejado a mi hija y a mi mujer durmiendo en nuestra cama y me he sentado en el escritorio a escribir cómo me siento, sentado en las nubes. Nada me haría más feliz que un día ella encontrara estos párrafos y se hiciera una idea de cuánto la quiero. Casi puedo verla, hecha una adolescente, leyendo estas líneas y que me diga al verme: Papá, cómo podías ser tan cursi. Si lo pensara, tendría toda la razón. Por si acaso, le diré ahora: Yo nunca he sido un tipo demasiado cursi, hasta conocerte.

    …oooOOOooo…

    ¿Te ha gustado esta entrada? Si es así te invito a seguir navegando por esta biblioteca digital de pequeñas piezas de puzzle, que a veces se convierten en canciones, artículos o libros en papel. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí. Eres bienvenido/a a este rincón del mundo siempre que quieras.

    El Pobrecito Escribidor

  • disfrazarse de vagabundo (poema)

    disfrazarse de vagabundo (poema)

    yo soy
    ateo,
    ¿y tú?

    yo no.

    ah.

    yo creo
    que hay
    algo.

    nos quedamos en silencio. los dos
    damos un trago a nuestra copa de
    vino tinto y cada uno, desde su mesa,
    miramos a la
    nada.

    bueno,
    yo creo que
    algo hay
    también.

    sí.

    pero no es
    lo que dicen.

    claro, lo mismo
    no hay Cielo
    ni Infierno
    ni Nada.
    pero algo
    hay.

    claro.

    el Sol cae a plomo sobre la calle Unión
    y dibuja claoscuros en la piedra carcomida.

    Dios nos inventó con
    estómago.
    en eso se
    equivocó.
    tuvimos que
    trabajar.

    tenemos la
    mala costumbre
    de comer cada día.

    claro.

    sí.

    ambos reímos. el hombre termina su cigarro.
    empieza a liar otro. ya he empezado a suspirar.

    en la última cena
    bebían vino.

    el pobre hombre levanta su copa y hace
    un brindis al Sol. yo sonrío y lo
    acompaño. soy escribidor,
    experto en las memorias del
    subsuelo.

    claro.

    su mesa ya está lista,
    caballero.

    hasta luego, jefe,
    que tenga un buen día.

    eres un tío
    positivo.

    soy escribidor.

    gracias.

    adiós.

    adéu.

    sentado ya en mi mesa lo miro desde dentro.
    recoge sus tesoros: el tabaco, el periódico,
    se marcha calle abajo.  
    mientras llega el primer plato del menú
    que he ganado ese miércoles con el sudor
    de mi frente pienso que a Dios a veces
    le gusta disfrazarse de
    vagabundo.

  • El 22 de abril de 2025

    El 22 de abril de 2025

    Absolutamente abrumado me encuentro por todo lo que ha sucedido esta semana maravillosamente irrepetible. Por eso quisiera aprovechar la relativa calma del fin de semana para informar a las personas que me han ido preguntando, que quieren saber algunas cuestiones relacionadas con la novela Un corazón donde vivir, la cual escribí picando piedra durante dos años y medio, sin que prácticamente nadie supiera de su existencia, y ahora se ha convertido en un pequeño fenómeno que quiero gestionar bien.

    En esta publicación he recogido algunas preguntas que me han ido haciendo y que aprovecho para contestar, porque son interesantes y frecuentes entre amigos y lectores.

    ¿Dónde y cómo se puede adquirir con un ejemplar de Un corazón donde vivir?

    Ha sido tal el pequeño éxito en la presentación y en el día de Sant Jordi que quedan muy pocos libros de la tirada de ejemplares que la editorial decidió mandar a imprimir. Era un escribidor desconocido, nunca había publicado antes, y ni siquiera yo esperaba que los ejemplares volaran de las cajas a las manos de amigos, familiares y lectores que han querido tener uno. La idea era surtir a las librerías de Tarragona y alrededores con los ejemplares que no se hubieran vendido en estos dos eventos, pero como digo, quedan tan poquitos que no será posible distribuir el libro antes de una nueva tirada de ellos.

    También puedes ponerte en contacto conmigo a través de mis redes sociales (Instagram y Facebook) y mandarme un mensaje privado. Allí iré poniendo información al respecto y de más eventos futuros.

    ¿Cuándo habrá una nueva hornada de libros nuevos y se podrán comprar en librerías?

    Estamos trabajando para tener listos los nuevos ejemplares lo antes posible. Como al libro le ha ido tan bien, ahora siento que puedo tomar decisiones en el proceso de la edición que antes, o no me atrevía o no sabía cómo plantear mis propuestas. Por lo tanto, la versión que pronto estará disponible será prácticamente igual a la que se ha vendido esta semana, con menos erratas y algunos leves cambios en la contraportada.

    No puedo dar una fecha exacta, el proceso depende de más personas a parte de mí, pero estamos trabajando duro para tenerlo listo muy pronto, y el resultado será aún mejor.

    ¿Se podrá adquirir el libro por internet (Amazon, mi página web, otras plataformas)?

    Si puedo sí, pero eso llevará más tiempo. La editorial es pequeñita y trabaja a su manera. Tengo que ver de qué modo puedo hacer llegar el libro todo el que lo quiera. Mi trabajo como profesor exige concentración y el tiempo para dedicarme a esto es escaso.

    Últimas reflexiones

    De momento, así están las cosas. Creo que el libro ha salido tan bonito, gracias al trabajo de los maquetadores y a su preciosa portada, que por eso ha nacido con estrella. Me llena de una alegría infinita saber que hay personas leyéndolo y que me escriben para felicitarme y decirme que no esperaban que les gustara tanto. Supongo que me quieren mucho y me miran con buenos ojos, pero sé que también disfrutan de esta historia, que desde este martes 22 de abril de 2025 ha dejado de ser mía y es de los lectores y lectoras que la hacen suya, ofrecen su visión y le dan Un corazón donde vivir.

    Este sueño está siendo una maravillosa aventura. Y lo mejor es que sólo es el principio.

    Gracias porque tú, que me estás leyendo, lo has hecho posible. Eternamente agradecido,

    El Pobrecito Escribidor

  • La importancia de sonreír

    La importancia de sonreír

    Capítulo I

    —Israel, ¿la tuya es de carne o de sangre?

    La pregunta le pareció tan extraña que no pudo evitar prestar atención a la conversación que estaba intentando ignorar. El sol caía a plomo en la esquina de las basuras y en el aire veraniego pesaba un espíritu hecho de olor a basura reciente, mugre y desinfectante. Todos, las cinco o seis personas —llegaba y se marchaba alguien a cada rato—, estaban fumando. Se dejaba a los trabajadores echar un cigarrillo cuando había que tirar la basura, y nunca faltaban fumadores para realizar esa deliciosa tarea. Israel no entendía.

    —¿Cómo dices?

    Nadie quiere recordar el verano de 2013. Eran tiempos tan duros para las familias que los años harían de esa época un secreto que se guarda con vergüenza. Hombres y mujeres, bien entrados en la cuarentena, tenían que aprender a realizar trabajos que hasta hacía muy poco eran considerados deshonrosos: camareras de piso, friegaplatos, pinches de cocina, auxiliares de camarero, etcétera. Cabezas de familia, que hacía apenas dos años conducían un buen coche, se hipotecaban en un estrecho chalé, llevaban a los hijos a un colegio de pago, ahora estaban compartiendo cigarrillo y dolor de pies con la casta más baja de la sociedad del bienestar: los seres borrosos que trabajaban en el turismo. Israel tenía ventitrés años, pero compartía su desgracia.

    —Tu picha, ¿es de carne o de sangre? —insistió Helen. Su pelo teñido de zanahoria caía a un lado de la cara, tapándole parte de los granos adolescentes, del mismo color.

    —La suya debe ser de sangre. —dijo Eloy. Se echó a reír y los demás sonrieron también, dando chupadas rápidas a sus cigarrillos. Se habían quedado todos callados.

    —Vete a la mierda. —concluyó Israel, sin ganas de prestar atención a gilipolleces.

    —Siempre estás enfadado, tío. Relájate. —la defendió Eloy, el rollo enjuto de Helen.

    Osea, que así terminaban los sueños. Después de pasar años estudiando en la universidad, tenía que dar gracias por tener un trabajo como aquel, que le permitía ganar casi mil euros, diez horas el día, seis días a la semana, en el límite de lo que autorizaba la ley, que se había vuelto más elástica debido a las estrecheces económicas y al shock en el que la sociedad vivía. Nadie podía creerse que eso estaba sucediendo. Debía de ser una pesadilla que pronto pasaría, algo temporal que solucionarían los políticos. El presente se había hecho ininteligible y para estar cuerdo era necesario no pensar mucho.

    —No, tío, es que estaba a lo mío. A ver, Helen, qué es eso de las pichas de no se qué.

    —Hay pichas de carne y pichas de sangre. Las de sangre son muy pequeñas cuando están flojas y crecen mucho cuando se ponen duras. Por eso son mejores las de carne.

    —La mía es de carne —aclaró Eloy.

    —Sí, la de Eloy es de carne. ¡Menudo aparato tiene!

    —¿Acaso no son todas las pichas iguales? Lo que cambiará es el tamaño de cada una…

    —¿Ves? Te dije que Isra la tenía de sangre.

    —Sí, tenías razón. Aunque yo también lo pensaba, cariño.

    Esos dos imbéciles estaban consiguiendo amargarle el deseado cigarrillo. Ambos trabajaban por enchufe en el Hotel Bellavista ***, ella en animación y él de mantenimiento. Se habían conocido hacía apenas dos semanas, cuando había empezado la temporada. Por su parte, Israel había estado buscando trabajo desesperadamente, mientras estudiaba inglés. La carrera que había estudiado no le servía para encontrar trabajo, problemática social que nunca le explicaron en clase. Aquellos profesores universitarios se habían dedicado a venderles una película que terminaba junto al cubo de basura de un hotel de tres estrellas, donde los guiris iban a beber sin tasa y a comer como gorrinos rosas. Aunque debía sentirse agradecido: por lo menos tenía un empleo.

    Sin saber qué más añadir, decidió pasar del tema y seguir sumergido en sus propios pensamientos lo que quedaba de cigarrillo. La calle donde estaban hacía una bajada pronunciada. Todos los edificos, del mismo color blanco, de la misma época y estilo constructivo, eran hoteles. En concreto, aquella calle daba a la parte trasera, donde estaban las lavanderías, los cubos de basura, las zonas de carga y descarga. En las arregladas avenidas paralelas, las puertas tragaban turistas de todos los países, pero por ese lado de la realidad los hoteles hacían caca, y los trabajadores como Israel la trajinaban. Como un cosquilleo en la oreja, notó que alguien lo miraba con insistencia.

    —¡Qué asco da esa clase de gente que nunca sonríe! —dijo de pronto una foca vestida con un sucio traje blanco de cocinero, cigarrillo en los labios y temblorosa papada— ¡Estos chavales de ahora no valen para la hostelería! ¡Si no te gusta que venga otro!

    Israel sabía que iba por él y que el tipo intentaba provocarlo. No era la primera vez que uno de los empleados veteranos, antaño recién llegados al país con una mano delante y otra detrás, y que ahora se sentían justos señores de un trabajo que dominaban, se ensañaba con él, con el más débil. Un recién licenciado estudiante universitario en un empleo como aquel representaba el fracaso de una sociedad en declive, y el éxito relativo de unos tipos que hasta hacía muy poco se habían dedicado a servir y callar.

    —Hay que sonreír. Siempre. Aunque tu vida sea una mierda y tu madre se esté muriendo —José Alfredo levantó sus regordetas mejillas con sus dedos como morcillas, dibujando una expresión espeluznante, como la mueca de un muñeco diabólico—. Delante del cliente siempre hay que sonreír y decir que todo va bien. A nadie le importa tu vida ni le tiene que importar a nadie. A la hostelería se viene llorado. Hay que sonreír.

    Israel lo miraba y se preguntaba cómo se atrevía semejante deshecho humano a dar lecciones de nada. La sonrisa que hacía un instante había dibujado se había desvanecido por completo y sólo quedaba una expresión reconcentrada de odio en unos ojos enterrados en carne. No es que estuviera enfado con Isra, buscaba pelea porque estaba triste y harto. Disfrutaba haciendo rabiar a los advenedizos, como hicieran con él.

    Estiró irónicamente los músculos de la cara para dibujar la sonrisa más falsa de toda su vida y lanzó el cigarrillo lejos. Pasó por el lado de la foca José Alfredo, mirándolo con una falsa sonrisa de oreja a oreja, mostrando todos los dientes de arriba, con los ojos abiertos de par en par, levantando mucho las cejas. Parecía uno de esos monos con platillos que se activaban solos en las películas de miedo. «Bola de sebo asquerosa», decía su sonrisa, y se marchó de la esquina dejando su lugar a otro recién llegado.

    De camino a la terraza donde trabajaba, por los pasillos internos del hotel, que parecían diseñados para que pasaran las ratas de tan grises y sobrios, intentaba no pensar en cuántas horas le quedaban allí dentro. Desgraciadamente, la perspectiva a la hora del cierre no mejoraba, dado que en su vida de fuera el ambiente era también irrespirable. La realidad se había puesto cuesta arriba de repente, y dar otro paso en ella parecía una tarea imposible. Distraído como iba, se chocó con su amigo Isidoro, que salía a fumar.

    —Juan te está buscando. Quiere hablar contigo.

    —¿De qué?

    —Ni idea, tío. Me ha dicho que dónde estabas. Le he dicho que tirando la basura.

    —Chivato. ¿Y tú donde vas?

    —A tirar la basura también.

    —Pero si no llevas las bolsas.

    —Que tu no las veas no significa que no las lleve —Isidoro le giñó un ojo y rápidamente entendió que iba a menudear la cocaína que Juan le suministraba.

    —Nos vemos luego, entonces. Me voy a ver qué quiere este.

    —¡Anímate, hombre! —y se marchó contento, moviendo mucho los brazos. Isidoro le había conseguido aquel empleo milagroso. A pesar de todos los currículum que había echado, la única oportunidad laboral venía de un pequeño delincuente de su barrio. El mundo se había vuelto rematadamente loco, y parecía otro milagro que no reventara.   

    Al llegar a la terraza, miró a todas partes sin éxito. La piscina estaba llena en ese momento de niños ingleses disfrutando del sol del verano y del agua fresquita color turquesa. Una estructura de toboganes gobernaba el centro de la diversión y los infantes no dejaban de subir y bajar por todas partes y de tirarse peligrosamente, practicando el balconing. Ningún resposable les llamaba la atención por miedo a ser despedido. En esas se cruzó con Bombón, un negro dominicano que seducía a todas las viejas con bromas en fluido inglés y una sonrisa que debaja ver dos filas de blanquísimos dientes.

    —¡Issssra! ¡Espabila! ¿Dónde está tu bandeja? ¿Te crees que estás aquí de paseo? He thinks he is on hollidays, darling. Do you belive it? Come on, boy! Do your fucking job! —la señora a la que se dirigía reía como si cacareara, haciendo temblar la flácida piel de su rostro inglés— If you need something you only have to ask him, okay my love?

    —Bombon you are the best! —ambos rieron de buena gana, cogiéndose las manos.

    —Estoy buscando a Juan, ¿sabes dónde está?

    —No.

    Se marchó sin decir más, meneando el culo para el deleite de las señoras que lo miraban pasar mientras se tostaban bajo los rayos ultravioleta que ni siquiera Bombón soportaría.

    Decidió ir a buscar a Juan dentro del bar, en la zona donde estaba la barra y las máquinas del todo incluido, que siempre estaban llenas de niños con sobrepeso pululando como moscardones, con los pies blanquísimos y la expresión bovina.

    Detrás de la barra, en una posición de privilegio, resguardado del calor sofocante de la terraza y a la sombra del aire acondicionado, miraba hacia la nada estirado, con los brazos detrás de la espalda y el cuerpo echado hacia delante, dibujando una leve joroba. La pose del fracasado, pensaba siempre Israel cuando lo veía. Se movía con gestos lentos, acorde con lo perezoso que era. A pesar de tener menos idea de hostelería que ninguno, lo tenían dentro del bar. También estaba enchufado. Era pariente del dueño.

    —¿Has visto a Juan?

    —Esta dentro —dijo Jaime, señalando con la cabeza el lugar que servía de almacén y de despacho al encargado. Israel sabía que cuando Juan estaba dentro —podía pasarse largos ratos, a veces incluso horas— era mejor no molestarlo, a no ser que fuera para algo urgente. Siempre estaba sentado en una tabla de madera sobre cajas de cerveza y refrescos, que hacía las veces de mesa, haciendo ver que revisaba papeles y ajustaba cuentas, pero todo el mundo sabía que se dedicaba a vaciar su bolsa de farlopa.

    —¿Ha preguntado por mí?

    Jaime se encogió de hombros, sin decir nada. En su anterior vida, se había dedicado a la construcción. Según le explicó a Israel un día, entre lágrimas, su misión consistía en hacer regatas, esto es, surcos o canales que se hacen en las paredes o en los suelos para pasar tuberías y cables. Se ganaba bien, muy bien la vida, sin deslomarse demasiado. De la noche a la mañana había aparecido en el hotel, como una seta, vestido con el polo reglamentario y los negros pantalones de nailon, que disimulaban las manchas diarias. Tenía la mirada de las mil yardas, que en su cara era una expresión estúpida y triste.

    Sin despedirse de su compañero, decidió agarrar la bandeja y salir a recoger la piscina, la tarea que todos intentaban evitar. Su cometido consistía en pasearse por entre las hamacas, las mesas de la terraza, los rincones donde solían yacer los turistas, e ir recolectando los vasos vacíos de cerveza, los envases de cartón con restos de refresco, los ceniceros llenos de colillas y escupitajos. Cartones, papeles y plásticos también entraban dentro de su jurisprudencia. Si alguno de los niños vomitaba, había que ir corriendo a recogerlo con el cubo y la fregona, y si era un adulto borracho, también.

    Por suerte la cosa estaba tranquila y no había que lamentar una tarea tan desagradable de momento. Con concentración y decidido, se dedicó a su cometido con brío y buen espíritu, con el sano orgullo de aquel que tiene el mundo en sus manos porque se gana el pan con el sudor de su frente, bajo el sol abrasador del verano, que con los años dibujaría profundos surcos en la piel. Israel trabajaba con tesón y la bandeja de su mano derecha cada vez estaba más repleta de basura recolectada, amontonada en una torre imposible que manejaba con soltura y gracia, sin que se cayera. Estaba orgulloso de sí mismo, su padre sentiría el pecho hinchado si lo viera. Quizá Juan lo estaría mirando por detrás de la cristalera del bar, pensando: «Este chaval tiene un par de huevos».

    «El trabajo os hará libres», pensaba con convicción Israel. Conseguiría sobreponerse a las dificultades, saldría adelante costara lo que costase. Maldita sea, el mundo era suyo. Pronto se presentaría la oportunidad, alguna cosa pasaría que haría cambiar todo de repente y sería por fin reconocido, como el genio que era, por hombres y mujeres. Esa situación era algo temporal, algo que edulcorar a los hijos al contarles su gran historia. Estaba tan centrado en su misión que ni siquiera reparaba en los biquinis de las chicas jóvenes, en la veintena como él, que de vez en cuando le dedicaban una sonrisa o un paseo al borde de la piscina, justo antes de saltar al agua, colocándose la leve ropa.

    Cuando ya era imposible meter otra cosa más en la bandeja, se llenó la mano que le quedaba libre con cinco vasos de plástico, uno por cada dedo, y entró en la refrigerada zona del bar empujando la puerta con el pie, con la espalda estirada y el paso decidido, como Perseo llevando sobre su escudo la horripilante cabeza de Medusa recién cortada.

    —A ti t’estaba yo buscando —dijo Juan al verlo, justo cuando dejaba la bandeja sobre la barra y empezaba a manipular la basura con las manos desnudas para meter el plástico y el cartón en el container correspondiente. El mundo podía haberse ido al carajo, pero había que reciclar como marcaban los cánones de urbanidad establecidos.

    —Vale, déjame un momento que termine con esto, porfa.

    La perilla de Juan se movía nerviosamente de un lado a otro, como si le picara la barbilla y no se le ocurriera rascársela. Sus ojos eran completamente negros, excepto por la córnea blanca que los delimitaban. Aquello constituía una ventaja anatómica para él, dado que si hubiera tenido los ojos claros cualquiera podría apreciar que llevaba las pupulas del tamaño de la cabeza de un alfiler. Le había estado dando duro a lo suyo.

    —Israé, ven un momento a mi despacho.

    Se preguntaba qué tenía que contarle. ¿Quizá lo iban a cambiar de hotel? Había un hotel mejor, que quedaba un poco más arriba de la calle, el Tropicana ****. Se trataba de un lugar para clientes más exclusivos. Las lenguas del Bellavista *** decían que se trabajaba mucho menos, que allí se vivía muy bien. Toda la plantilla estaba deseando cubrir una sustitución allí, tener un golpe de suerte, y quizás quedarse para toda la temporada. En el Tropicana **** estaba Martín, un jefe agradable, que trataba a todo el mundo con respeto y dignidad. Israel había conocido a Martín no hacía mucho y le había parecido que se habían caído bien. Era un señor de unos treintaicinco-cuarenta años, de paso ligero y mirada atenta, que demostraba conocer y amar su profesión.

    Una vez en el despacho de Juan, este cerró tras de ellos la puerta y sin preámbulos dijo:

    —Hoy es tu último día. Estás despedido.

    Israel sintió que se le arrugaba y encogía la última frontera de su cuerpo, hecha de carne, pero sobre todo de sangre a la fuga. Desconcertado, sólo se le ocurrió preguntar:

    —¿Cómo dices?

    …oooOOOooo…

    Nota de El Escribidor: El próximo domingo publicaré el Capítulo 2 de este relato. Si te ha gustado, te invito a dejarme tu opinión y a seguir explorando otros textos que podrían emocionarte. Tu participación es muy valiosa para mí y me ayuda a seguir creando contenido que disfrutes. Comparte esta entrada con tus amigos y familiares, y juntos podemos construir una comunidad de lectores apasionados. ¡Un abrazo!
    Ricardo

  • El mejor del juego (poema)

    El mejor del juego (poema)

    Yo no sabía de la valentía
    que requería salir al cielo raso
    me preguntaba siempre cada puto día
    qué cojones me llevó a dar el paso

    Y la voz del frío me respondía
    no debiste probar de aquel vaso
    me pregunté qué coño le echaría
    me respondió que lo aliñó con fracaso

    Y por eso mis andares
    se tropiezan con lugares
    donde siempre me hago daño
    Luego ya remonto el vuelo
    porque nunca se la cuelo
    al tipo del espejo del baño
    Sé que tengo que aprender
    y por eso no reniego
    un día seré yo
    el mejor del juego.

    No estoy seguro de tener la fortaleza
    para aguantar esta mierda a diario
    perdona si cuando levanto la cabeza
    a veces pongo cara de lobo estepario

    Me destrozó lo que ayer tanto quería
    y me pregunto si estuve en lo cierto
    por lo menos conocí a la alegría
    y la perdí porque nunca escarmiento

    Y por eso mis andares
    se tropiezan con lugares

    donde siempre me hago daño
    Luego ya remonto el vuelo
    porque siempre se la cuelo
    al tipo del espejo del baño
    Sé que tengo que aprender
    y por eso no reniego
    un día seré yo
    el mejor del juego.

    …oooOOOooo…

  • Arqueologia de les cançons dels Rancis

    Arqueologia de les cançons dels Rancis

    Nota de l’autor: Allà per l’any 2005, els meus amics del poble i jo teníem un grup de rock que es deia Rancis. El nostre estil musical era un rotllo semblant a Green Day, però, curiosament, cap dels integrants escoltàvem habitualment aquesta banda anglesa. Entre el 2005 i el 2008 vam tocar per Tarragona i rodalies, i vam arribar a tenir gent que venia a veure’ns i ens felicitava per la música que fèiem.

    Quan vam començar la universitat, cadascú va tirar per la seva banda, però aquell va ser un temps que tots nosaltres, les persones que vam formar part d’aquella aventura, recordem amb molt de carinyo. Com que a mi m’agradava molt escriure, feia totes les lletres. Encara les cantem les poques vegades que ens podem reunir per prendre unes copes. Agafem la guitarra i recordem els vells temps, els Glory Days.

    Perquè no es perdin en l’oblit, comparteixo al meu blog els temes que recordo avui. Com que han passat tants anys i els papers que les contenien s’han extraviat, només en recordo els fragments que més se’m van quedar a la memòria. Moltes vegades fantasiem amb tornar-nos a reunir i tocar, com els Beatles. Potser algun dia.

    Guerra

    (Estrofa)

    On soc si es pot saber?
    En un lloc mort, de dolor
    em tremolen les mans
    quan apunto per matar.

    M’han canviat forçadament
    la falç per un fusell
    les llavors per munició
    i el barret per un casc verd

    (Tronada)

    I m’estic morint
    Per idees que no tinc
    i estic matant
    a qui mai m’ha fet cap mal.

    Si almenys sabés,
    el perquè de tot això
    si almenys pogués
    despertar d’aquest malson.

    (Estrofes)

    Entre cadàvers i sang
    una bala m’ha tocat
    la ferida no és mortal
    però ningú em vindrà a salvar.

    I ara ploro com un nen
    no vull que arribi el final
    però començo a tenir fred
    sento que tot ja s’ha acabat.

    (Tornada)

    I m’estic morint
    Per idees que no tinc
    i estic matant
    a qui mai m’ha fet cap mal.

    Si almenys sabés,
    el perquè de tot això
    si almenys pogués
    despertar d’aquest malson.

    …ooo…

    I torno a desitjar

    (Estrofa)

    I allà estaves entre parets blanques
    intentant arregar
    un problema que no tenies
    davant qui et sap estimar.

    (Pont)

    I digue’m
    contesta’m
    explica’m
    com es aquella olor que et fa tant feliç?
    amarga
    espessa
    intensa
    ferum estúpida, un dia et mataràs.

    (Tornada)

    I torno a desitjar
    de nou
    que oblidis aquell mirall
    per venir al meu costat
    I torno a desitjar
    cansat
    vull tornar-te a acariciar

    (Estrofa)

    I recordo com miraves
    amb tristesa i dolor
    aquelles dones operades
    de la televisió.

    (Pont)

    (…)

    Vigilo
    somio
    testimo
    Trenca amb aquell mirall, vine al meu costat.

    (Tornada)

    I torno a desitjar
    de nou
    que oblidis aquell mirall
    per venir al meu costat
    I torno a desitjar
    cansat
    el teu cos, les teves mans.

    …ooo…

    Viuré

    (Estrofa)

    (…)

    (Pont)

    (…)

    (Tornada)

    Viuré
    sente tenir-te mai
    no hi ha res més a fer
    amb mi mai seràs feliç.

    I moriré
    desitjant el teu cor
    dels sominis més a prop
    i de tu més lluny.

    …ooo…

    On son els estels?

    (Estrofa)

    On son els estels
    vull veure’ls pintats al firmament.
    i en comptes d’això
    veig núvols carregats de polució.

    Ahir et vaig tornar a desitjar
    (…)

    (Tornada)

    …ooo…

    Ja ni ha prou

    (Estrofa)

    Tot s’ha acabat
    (…)
    I d’aquí poc ningú em recordarà

    (Tornada)

    I em gronxaré
    entre els braços de Satan
    I unes ninfes negres
    el meu cos torturaran.
    I el meu debil cor dirà que
    ja ni ha prou, ¡Ja ni ha prou!

    La meva vida sempre
    ha estat un malson maleït
    intentava veure solucions a l’infinit
    espero que la mort no trigui gaire en arribar
    i marxar.

    …oooOOOooo…

  • La literatura y la vida – Apuntes sobre Vargas Llosa

    La literatura y la vida – Apuntes sobre Vargas Llosa

    La literatura y la vida

    […]

    Quisiera formular algunas razones contra la idea de la literatura como un pasatiempo de lujo y a favor de considerarla, además de uno de los más enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad irremplazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática, de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de educación como una disciplina básica. Ya sabemos que ocurre lo contrario, que la literatura tiende a encogerse e, incluso, desaparecer del currículo escolar como eseñanza prescindible.

    Vivimos en una era de especialización del conocimiento, debido al prodigioso desarrollo de la ciencia y la técnica, y a su fragmentación en innumerables avenidas y compartimentos, sesgo de la cultura que sólo puede acentuarse en los años venideros. La especialización trae, sin duda, grandes beneficios, pues permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero tiene también una consecuencia negativa: va eliminando esos denominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las mujeres pueden coexistir, comunicarse, sentirse de alguna manera solidarios. La especialización conduce a la incomunicación social, al cuarteamiento del conjunto de seres humanos en asentamientos culturales de técnicos y especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información progresivamente sectorizada y parcial confinan en aquel particularismo contra el que nos alertaba el viejo refrán: no concentrarse tanto en la rama o en la hoja como para olvidar que ellas son partes de un árbol, y éste, de un bosque. De tener conciencia cabal de la existencia del bosque depende en buena medida el sentimiento de pertenencia que mantiene unido a l todo social y le impide desintegrarse en una miríada de particularismos solipsistas. Y el solipsismo —de pueblos e individuos— produce paranoias y delirios, esas desfiguraciones de la realidad que a menudo generan el odio, las guerras y los genocidios. Ciencia y técnica ya no pueden cumplir aquella función cultural integradora en nuestro tiempo, precisamente por la infinita riqueza de conocimientos y la rapidez de su evolución que les ha llevado a la especialización y al uso de vocabularios herméticos.

    La literatura, en cambio, a diferencia de la ciencia y la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de Dante o de Tolstoi, nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque, en las obras que ellos crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de diferencias que nos separan. Y nada defiende mejor al ser viviente contra la estupidez de los prejuicios, del racismo, de la xenofobia, de las orejeras pueblerinas del sectarismo religioso o político, o de los nacionalismos excluyentes, como esta comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la igualdad esencial de hombres y mujeres de todas las geografías y la injusticia de establecer entre ellos formas de discriminación, sujeción o explotación. Nada enseña mejor que la literatura a ver, en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación de su múltiple creatividad. Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también, aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de verdades contradictorias —como las llamaba Isaiah Berlin— de que está hecha la condición humana.

    […]

    Mario Vargas Llosa, prólogo a la obra La verdad de las mentiras