Ni mis cartas, ni mis lágrimas, ni siquiera mi novela me han servido para que quieras volver a saber de mí así que tampoco lo espero ahora, aunque lo espero, desgraciadamente. Dicen que el amor es así, doloroso, triste, melancólico. Lo que antes era placer, risa, felicidad, hoy se me revuelve dentro de las tripas pidiendo venganza, y yo les dejo hacer, porque me siento culpable de todo ese daño. Ahora aflora en tu cabeza la frase “no te culpes”, “no pasa nada”, “no te tengo rencor” y todos esos clichés en los que nunca he creído, las cosas no son tan fáciles, al menos para mí.
Cada cual tiene su idioma. Unos te llevan a cenar y a beber vino, luego a su cama. El mundo tiene ciertos patrones que se siguen, lo mejor es quedarse en el redil y hacer las cosas como es debido, eso es lo que has debido de aprender estos últimos meses. De nada te han servido todos esos años maravillosos que dijiste haber vivido conmigo, de nada te han servido todas las tardes de café hablando del politiqueo, de nada te han servido mis besos ni el recuerdo de mi cuerpo entre tus sábanas. Debo decirte que a mí sí, para darme cuenta, definitivamente, de que te he perdido.
Hoy veo tus frases, tus proyectos, tu vida recién pintada y solo puedo sentir envidia. ¿Por qué yo no soy como tú? Yo también quiero todo eso, quiero dejarte atrás donde te has quedado y no llevarte conmigo allá donde voy como una pesada mochila, con los hombros caídos y mirando al suelo, pensando en mil cosas y sin concretar nada. Quiero que salgas de mis noches y mis mañanas de una maldita vez, quiero no tener nada que ver contigo, y sin embargo aquí estoy, otra maldita vez, escribiéndote. Como ves, las cosas son difíciles para mí, supongo que una parte de ti se alegra y dice “te lo dije”. Sí, me lo dijiste, ahora déjame que te diga yo.
La crueldad nunca es buena consejera por mucha razón que creas tener, por muy legitimada que te sientas para actuar de ese modo. Verás, pienso que cuando nos vimos la primera vez, después de dejarlo, solo quedaste conmigo para decirme que te ibas de fin de semana con un maromo (disculpa mi lenguaje, pero yo hablo así). El piano te la sudada, a ti y a tu padre, lo que tu querías era verme y darme donde más me dolía. Debo decir que lo conseguiste, enhorabuena.
A partir de ahí me dejé llevar. El pozo me tragó y todavía sigo allí. Supongo que saldré cuando llegue el día en el que vuelva a ilusionarme con alguien la mitad de lo que contigo, el pozo es oscuro y frío pero al final uno aprende a sobrevivir. No asientas con la cabeza, no tienes ni idea de lo que te hablo. Yo te dejé, sí, soy el malo de la película, pero esa película acabó hace ya tiempo, cada vez más. En esta nueva película soy el bueno, el triste, el que se queda durmiendo con tu recuerdo, el que reordena la habitación buscando un sitio donde esconderte para no tirarte a la basura. Quizá es lo que debería hacer según los manuales de autoayuda, pero que les den, quédate tú con ellos, tú y tus amigos de boca ancha que saben ir por la vida como es debido. Como ves, necesito que alguien me rescate. No te preocupes, ya sé que no vas a ser tú.
Seguro que piensas que estoy loco, tan loco como cualquiera, a mí se me nota más. Ser listo también es una mierda, ya lo sabes, te puedes hacer el tonto pero siempre te atrapa tu propio yo, cuando menos te lo esperas, salta sobre ti y ¡pam! Te caes al suelo. Es lo que hay, nada que hacerle, de momento. Ser listo te hace ver la verdad sin tapujos, desnuda como un recién nacido y hay que tener mucho estómago para aguantarla cuando llora. Cuando me grita que ya me has olvidado en los brazos de otro, alguien a quien quieres cumplir todos sus sueños, etc. Me quedo perplejo, atónito, y entiendo, al fin, que en realidad tú no me querías, ni cuando te dejé ni cuando estabas conmigo.
No te confundas, no te culpo por ello. Más bien me río por lo mal que lo he pasado vanamente, al fin y al cabo, eso era lo que yo quería, lo mejor para ti. Estar conmigo ha sido como una cárcel de la cual te has escapado muy valerosamente. Debo decirte que también era fácil, en mi cárcel, todas las puertas y ventanas estaban sin rejas. Nunca te he minado la autoestima por mucho que te dejara yo. Get busy living, all you got is now, I will get what I deserve. Es verdad todo eso pero también es verdad que yo te he querido y te quiero mucho, a pesar de que nunca volveremos a ser los mismos. Sé que estoy amando a un recuerdo, a un ideal, a un imposible, sé también que tú no entiendes nada de todo esto, a lo mejor un día sí, a lo mejor con el maromo con el que estás ahora, lo entenderás.
Y entonces pienso que al final fue eso lo que me llevó a dar el paso, las pruebas me las ha dado el tiempo, lo poco que te ha costado y lo mucho que me cuesta a mí. Somos dos caras de la misma moneda pero desde hoy quiero dejar de serlo. Quiero dejar de buscarte en otros cuerpos, quiero dejar de pensarte sin querer, quiero no parar de reír cuando me rio. Y sé que lo conseguiré, un día de estos, tarde o temprano, sin darme cuenta siquiera.
Pero de momento no es el caso, de momento estoy aquí taladrándome con el teclado y las palabras, sin rumbo fijo y a la deriva de mí mismo. Dicen que no debo hacerlo, que eso te da alas a ti para pensar que soy gilipollas y que has hecho bien en apartarme, que las mujeres se crecen cuando vas detrás de ellas. Yo de todo eso no sé nada, vivo aparte en mi mundo, en mi cárcel sin rejas donde ahora estoy solo, donde espanto a quien entra y cambia cualquier cosa. Aquel día en el que nos vimos después de dejarlo, cerré la puerta para que no entrara nadie y ahora he perdido las llaves, supongo que te las di con el piano.
No te preocupes, ya estoy acabando. Afortunadamente tengo que volver a mi curro de mierda donde me explotan y me pagan un mísero suelo, tengo que dejar de escribirte mil palabras que no llegan a ninguna parte, tengo que volver a mi extraña vida la cual nunca dejará de sorprenderme. Y perdona que te dé incomode con mis líneas de aprendiz de brujo, o de payaso, pero al fin y al cabo he pasado contigo años maravillosos que siempre llevaré tatuados, que siempre veré en lo más íntimo de mí cuando me mire al espejo, cuando me mire otra persona. Así que te tienes que joder, guapa, y aguantarme un poquito más, aunque cada vez menos. Perdona si te he chafado la tarde de excursión con tu maromo, seguro que cuando se lo cuentes te dará por consejo un buen cliché de esos que aprenden los tontos en la vida para ir bien.
A lo mejor yo encuentro un día a alguna tonta que me quiera realmente con todos mis defectos, lo que dudo es que tenga yo la suerte de quererla como te he querido a ti. Ojalá que me equivoque como me equivoqué contigo. Errare humanum est, algunos se beben una botella de vino y follan muy gustosamente, otros nos sentamos en el escritorio y escribimos cartas que no se leen, o se leen en diagonal.
Hasta hace poco, siempre tuyo,
I. F.
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Comunicado del autor: A partir del próximo domingo, si bien espero seguir publicando como he hecho habitualmente, los lectores de este sitio encontraréis que volveré a la configuración original. Hace cosa de un año contacte con un «informático» para que arreglara la página y la hiciera cómoda para vosotros, los lectores. Después de pagar una considerable suma de dinero, me dejó la configuración que hay hasta ahora. El problema es que no me ha dado el resultado que yo esperaba, y además requiere un plan costoso para mantenerla. Espero, en el futuro, ofrecer una configuración mejor. Seguiré publicando religiosamente los domigos como es mi cometido. Crucemos los dedos para que nada se pierda.
El tren de las siete venía cargado de almas. Los pasajeros representaban el friso de la clase baja, también llamada trabajadora. Se frotaban las legañas y desperezaban la mandíbula. Era tan temprano que nadie reparaba en nadie, a pesar de que todos se veían por el rabillo del ojo. Un viejo, un moro, una señora, una negra, madre e hija, padre e hija, nieto y abuela, hombres, mujeres, vagabundos y rumanos. Algunos leían un libro, o un periódico gratuito, pero la mayoría picoteaba con los pulgares la pantalla del móvil. Era una mañana de lunes cualquiera, un lunes inolvidable para Hamid el Berenjena.
A veces, la lectura y la cháchara resultan del todo ineficientes. Entonces las gentes hundían los ojos en sus propios pensamientos. No se podía ni jugar a imaginarse las ocupaciones o la vida de cada uno, todos ellas resultaban igual de grises. Deprimen tanto los trenes a las siete que deberían desaparecer, pensaba Hamid.
El Berenjena había llegado desde África hacía ya bastantes años. El cuarto entre siete hermanos embarcó en las costas mediterráneas en una patera tan abarrotada que parecía que estaba hecha de personas. Por supuesto, no era el caso, porque cuando alguno, por una cosa o por la otra, se volvía frío e inanimado como el plástico de la barcaza, simplemente se le echaba por la borda y se le encomendaban los restos a Allah. Así los demás contaban con mayor probabilidad de éxito.
Algunos niños lloraban, algunas madres morían, y viceversa. A veces les arriaban una bofetada tranquilizadora y eso, a veces, funcionaba. Aquella travesía de una noche duraba como mil y una. Cada segundo podía ser una eternidad según como estuviera el tiempo. En el recuerdo de Hamid hacía un temporal horrible. Frío, viento, olas, incluso le había dado por llover.
—¡Qué paradoja! —se decía el pequeño Hamid— Huyendo de la sed del desierto, temiéndole toda la vida a una muerte seca… y ahora rezar para no morir ahogado en las dunas del mar. ¡Alabado sea Allah!
Y como Allah es grande, y aquella jornada estaba de buen humor, la embarcación consiguió al fin zozobrar con la quilla en tierra. ¡Cuán grande era el contento de todos! ¡Lo consiguieron! ¡Habían arribado a Europa! Después de tanta odisea, por fin estaban al amparo y al cuidado de aquello que los blanquitos llamaban Estado. Ninguno de ellos iba a morir de hambre o de sed ya nunca. Todos saltaban en la arena de la playa y se abrazaban los unos a los otros con lágrimas de alegría en los ojos. Solamente lloraba de pena algún crío que se había quedado huérfano, pero nadie lo escuchaba.
Aunque aquella era la vivencia más importante y definitiva en la historia de Hamid, él casi nunca quería recordarla. De hecho, se avergonzaba de ella. Cuando alguno le preguntaba cómo había llegado, el siempre respondía: «Hace muchos años, en avión.» Y lo había repetido tantas veces que, la mayor parte del tiempo, así lo creía.
Pero aquella mañana de lunes le había venido la verdad a la memoria, como una maldición. Con el traqueteo del tren se agitaban los pensamientos y lo que estaba enterrado, como un muerto, podía asomar una pierna o un brazo sin que uno pudiera hacer nada. Berenjena, como sus paisanos cariñosamente lo llamaban, puso tierra de por medio, sacudió la cabeza y focalizó sus pensamientos en lo que había venido a hacer aquel lunes concreto. Lo cierto es que llevaba bastante preparándose para aquel día. ¿Meses, años, quizá antes de embarcarse? Hamid ya no lo sabía, solo el Todopoderoso Allah.
Horas antes, muy temprano, se había preparado a conciencia. Como muchos otros blancos, Berenjena no era muy amigo de acicalarse. A pesar de conocer los usos y costumbres de su sociedad postiza, no le entraba en la cabeza aquello de ducharse cada bendito día. ¿Acaso el cuerpo necesitaba tanto perfume y tanta química? Qué despropósito, que hipocresía.
—Se preocupan tanto por esa clase de tonterías que se olvidan de lo más importante—cavilaba Hamid.
Pero a pesar de los pesares, él era uno más, ciudadano en pueblo ajeno, extranjero, pero allí estaba. Le era tan difícil vivir entre ellos… Le hacía gracia cuando los más antipáticos le reprochaban, a él o a otro, que tenían que adaptarse, que qué era eso de la mezquita y sus costumbres sagradas, que nada, que todo aquello se tenía que terminar.
Hamid, que era tan humano como ellos, se mordía de rabia los labios, en ocasiones, hasta que sangraban. ¡Qué sabrán! Como si los pobres no tuvieran bastante con aprender el idioma y los millones de caprichos culturales que aquella gente tenía, desde comer con cubiertos hasta sentarse en el váter. Además pretendían arrebatarles su fe, que de hecho, era lo único que realmente poseían. Las cosas tenían que cambiar y él iba a poner todo su afán en conseguirlo. Aquel era un día decisivo.
En el tren de las siete Berenjena estaba harto. Pero ya habían pasado veinte minutos y dentro de poco llegaría a la estación central donde llegaría a su destino. Estaba muy nervioso, las manos le sudaban, pero también se sentía muy seguro. En la mochila negra llevaba el fruto de tantos esfuerzos, de tantos años de penurias en su país y en el nuevo. Habían sido tantos compadres los que lo habían ayudado a estudiar, a preparase, a soñar, a perseguir la llegada de ese día. Y aquí estaba al fin. Nunca los olvidaría.
Ciertamente, Hamid se había vuelto ambicioso con el tiempo. Lo quisiera o no, el recuerdo del hambre pasada en su tierra era cada vez más vago, y habían sido tantos los agravios recibidos y durante tanto que aquel sentimiento de profundo agradecimiento y regocijo, cuando en aquella primera playa la Cruz Roja le dio una manta y vaso de sopa caliente, ya se había desvanecido. Los problemas de entonces no eran los mismos que los de hoy, ya no se sentía con la obligación de darle las gracias a ningún blanco. Lo que ahora tenía se lo había ganado con la dureza de sus codos y la fuerza de su perseverancia.
Seguramente, muchos iban a odiarlo a partir de ese lunes. No solamente los cristianos, también sus paisanos. Había actos que, aunque necesarios, estaban mal vistos por todos en aquel entonces. Además ya no había vuelta de hoja. Una voz robótica, de mujer, anunció que estaban llegando a su destino. El Berenjena se sentía cada vez más nervioso, abrazaba su mochila negra y planeaba cada acción que iba a llevar a cabo. Imaginaba, si todo salía esperaba, las repercusiones que aquello tendría en su barrio, entre sus vecinos y amigos. Muchos de ellos conocían ya sus planes, sin embargo, la mayoría de las veces no decían nada y hablaban de otra cosa.
De repente, sus ojos se encontraron con la mirada simpática de un niño. Apenas tendría cuatro o cinco años, y como él, viajaba de pie en el vagón atestado. Lo miraba con ojos grandes y curiosos, como los de todos los niños, inocentes ante el gran espectáculo del mundo, ante los fuegos artificiales que se iniciaban cada nuevo día. Hamid el Berenjena lo miraba a su vez con seriedad, estaba tan nervioso que no podía esbozar una sonrisa, como en verdad quería. El pequeño llevaba una mochila de Spiderman, pantaloncitos de pana, chaquetón rojo, deportivas diminutas. Se acordó de la infancia de los niños que viajaban en la patera, de la de los que se habían quedado en tierra soportando la sed y el hambre, de sí mismo y de su madre fría. El adulto que viajaba con el chico lo apretó contra sí. Hamid levantó la vista y encontró ahora una mirada de desconfianza, de preocupación, de desprecio. Parecía como si aquella madre conociera la intención de él de alguna forma y se la reprochara. Tragó saliva y miró hacia otra parte. El tren, poco a poco, se iba deteniendo y los instantes se hacían eternos de la misma forma que en el pasado, en aquel otro día tan importante que había cambiado su historia, su vida y la de los otros.
Presionó con más fuerza la mochila negra contra su americana nueva, color arena, y su camisa a cuadros. Una gota de sudor le resbalaba por las sienes y le temblaban las piernas. Casi iba a ponerse a chillar, pero no lo hizo. El tren se paró definitivamente. Había llegado el momento. ¡Allah es grande, alabado sea!
El Berenjena apretó el botón para volver a nacer. Su vida anterior se terminaba y una nueva y mejor empezaba ahora. Cada alma siguió su propio camino, la de los hombres, mujeres, niños, viejas y extranjeros en torno suyo. Cada una ocupó su lugar en el aire venenoso de la estación, aún más viciado aquella mañana de lunes.
…
Media hora más tarde, el joven Hamid ocupaba su puesto entre sus nuevos compañeros, almas afortunadas que, a pesar de la situación laboral, vivían holgadamente y percibían un sueldo privilegiado como asalariados en el departamento de informática de una multinacional, que lo había fichado como desarrollador júnior. Era su primer día.
Nota del autor: Este domingo mi hija Claudia cumple tres años y han pasado muchas cosas desde que escribí este texto, una semana después de que ella naciera. Para mí, es una de las piezas más bonitas que he escrito en este blog, salida directamente del corazón de un padre primerizo. Ahora ha pasado el tiempo y sigo atesorando esa misma sensación que me abrumaba, aunque creo que me he acostumbrado un poco sentir el cuerpo lleno de flores nuevas. Como su cumpleaños cae en domingo, he decidido dedicarle el dominical a ella, la persona que más queremos en el mundo su mamá y yo, que nos queremos mucho.
Felicidades Clau. Que cumplas muchos más y que todos te veamos crecer sana, divertida y feliz.
Cuando me enteré de que iba a ser papá no pude evitar que una lagrimita asomara en la comisura de mis ojos, y eso me cogió desprevenido. Antes de ese día, ser padre era una posibilidad entre otras, no un único proyecto donde depositar todas mis energías. El trabajo, la lectura, incluso la escritura, me parecían temas más urgentes que ser padre. De todas formas, no me importaba intentarlo y que fuera lo que tuviera que ser. He conocido otras parejas donde la paternidad se concibe como un proyecto bien calculado, pero en mi caso no ha sido así. De hecho, lo mejor de mi vida nunca lo he planeado.
Cuánto me alegré y cuánto me he alegrado todos y cada uno de los días en que hemos esperado la llegada de nuestra hija. Desde que su mamá y yo le pusimos el nombre hasta hoy en que la tenemos en nuestra cama durmiendo. Me pregunto qué soñarán los bebés al ver a la mía hacer ruiditos y mover los bracitos en el aire. Me gusta que su manita apriete uno de mis dedos, casi siento que me toca un ángel. Nunca he estado tan cerca del paraíso como ahora mismo, cuando soy un padre novato que se soprende por todo.
Mi hija tiene los ojos grandes y bien abiertos a pesar de llevar en este mundo una semana. A veces me mira fijamente como si me conociera de antes y no puedo evitar mirarla sin pensar en nada, intentando adivinar, sin conseguirlo, sus pequeños pensamientos detrás de sus ojos grises. Se queda seria, en ocasiones sonríe y abre la boca buscando un pecho. Luego me vuelve a mirar y así podría pasarme todas las horas de mi vida, porque en esos instantes ni existe el tiempo ni tampoco yo, solo el universo girando, si es que gira, y mi hija y yo contentos de estar vivos mirándonos. Podría verla dormir todas las horas del mundo, verla comer, verla llorar; sin duda atesoraré estos momentos todos los días de mi vida, pero ahora tengo la suerte de tener los recuerdos frescos en mi corazón y siento una calidez que invade todos rincones de mi cuerpo.
Existen sensaciones que, para vivirlas, hay que buscarlas en lugares remotos y sólo están reservadas para los pocos que se atreven a recorrer el camino. Hablo del éxito, de la victoria, de la excelencia. En la vida proyectamos planes donde volcamos todo nuestro sacrificio; nos sentimos dichosos si lo conseguimos, o fracasados si, después de todo, fallamos. Cada cual cuenta con sus experiencias y su punto de vista. Lo que para ti es la gran cosa, para mí puede ser la cosa más nimia. Es difícil econtrar universales donde muchos estemos de acuerdo. Opiniones hay tantas como vidas, y ninguna es la mejor de todas.
Padre o madre lo puede ser cualquiera, y cualquiera que haya sido padre o madre se habrá sentido la persona más afortunada del universo. Qué asunto más misterioso. Cómo puede ocurrir que, habiendo tantas posibilidades, tantos conflictos, tantos debates, todos acabemos en lo mismo. La naturaleza es sabia y sabe cómo perpetuarse a pesar de los estándares sociales que nosotros inventamos, a pesar de la inteligencia artificial, de los móviles, de los ordenadores, de los cacharros. La vida se abre paso a codazos entre nuestros objetos y planteamientos, demostrándonos que en verdad no somos nadie y somos todo.
Me gusta colocarme a mi hija sobre el pecho y sentir cómo se va quedando dormida. Siento como su corazón y el mío se acompasan en uno solo y laten hacia delante, juntos. Ella sabe que está segura y que la quiero sin conocerme, y con eso me basta. Es más, aunque no me quisera, me daría lo mismo, yo la querría igual, pero me moriría de pena. Percibo su olor y me transporta a las regiones misteriosas de donde vienen los bebés. También cuando la veo con su mamá, cómo la cuida y cómo se quieren. Me parece el espectáculo más bello, el que se ha buscado tanto tiempo en la belleza de los cuadros, los paisajes, las obras de arte. Son estos momentos donde la vida dice: aquí soy yo.
Me ha dicho la gente de mi entorno que cuando uno es padre deja de tener tiempo para hacer las actividades que antes acostumbraba. Ya no tendré, por tanto, tiempo para leer, para escribir, para filosofar. Me pregunto si quien dice eso ha sacado alguna vez el momento para algo más que para ver la tele o mirar el móvil. Además, cómo voy a enseñar a mi hija a leer, a escribir, a soñar, si yo mismo me olvido de hacerlo.
Hoy es sábado por la mañana, he dejado a mi hija y a mi mujer durmiendo en nuestra cama y me he sentado en el escritorio a escribir cómo me siento, sentado en las nubes. Nada me haría más feliz que un día ella encontrara estos párrafos y se hiciera una idea de cuánto la quiero. Casi puedo verla, hecha una adolescente, leyendo estas líneas y que me diga al verme: Papá, cómo podías ser tan cursi. Si lo pensara, tendría toda la razón. Por si acaso, le diré ahora: Yo nunca he sido un tipo demasiado cursi, hasta conocerte.
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¿Te ha gustado esta entrada? Si es así te invito a seguir navegando por esta biblioteca digital de pequeñas piezas de puzzle, que a veces se convierten en canciones, artículos o libros en papel. Muchas gracias por haber llegado hasta aquí. Eres bienvenido/a a este rincón del mundo siempre que quieras.
nos quedamos en silencio. los dos damos un trago a nuestra copa de vino tinto y cada uno, desde su mesa, miramos a la nada.
bueno, yo creo que algo hay también.
sí.
pero no es lo que dicen.
claro, lo mismo no hay Cielo ni Infierno ni Nada. pero algo hay.
claro.
el Sol cae a plomo sobre la calle Unión y dibuja claoscuros en la piedra carcomida.
Dios nos inventó con estómago. en eso se equivocó. tuvimos que trabajar.
tenemos la mala costumbre de comer cada día.
claro.
sí.
ambos reímos. el hombre termina su cigarro. empieza a liar otro. ya he empezado a suspirar.
en la última cena bebían vino.
el pobre hombre levanta su copa y hace un brindis al Sol. yo sonrío y lo acompaño. soy escribidor, experto en las memorias del subsuelo.
claro.
su mesa ya está lista, caballero.
hasta luego, jefe, que tenga un buen día.
eres un tío positivo.
soy escribidor.
gracias.
adiós.
adéu.
sentado ya en mi mesa lo miro desde dentro. recoge sus tesoros: el tabaco, el periódico, se marcha calle abajo. mientras llega el primer plato del menú que he ganado ese miércoles con el sudor de mi frente pienso que a Dios a veces le gusta disfrazarse de vagabundo.
La pregunta le pareció tan extraña que no pudo evitar prestar atención a la conversación que estaba intentando ignorar. El sol caía a plomo en la esquina de las basuras y en el aire veraniego pesaba un espíritu hecho de olor a basura reciente, mugre y desinfectante. Todos, las cinco o seis personas —llegaba y se marchaba alguien a cada rato—, estaban fumando. Se dejaba a los trabajadores echar un cigarrillo cuando había que tirar la basura, y nunca faltaban fumadores para realizar esa deliciosa tarea. Israel no entendía.
—¿Cómo dices?
Nadie quiere recordar el verano de 2013. Eran tiempos tan duros para las familias que los años harían de esa época un secreto que se guarda con vergüenza. Hombres y mujeres, bien entrados en la cuarentena, tenían que aprender a realizar trabajos que hasta hacía muy poco eran considerados deshonrosos: camareras de piso, friegaplatos, pinches de cocina, auxiliares de camarero, etcétera. Cabezas de familia, que hacía apenas dos años conducían un buen coche, se hipotecaban en un estrecho chalé, llevaban a los hijos a un colegio de pago, ahora estaban compartiendo cigarrillo y dolor de pies con la casta más baja de la sociedad del bienestar: los seres borrosos que trabajaban en el turismo. Israel tenía ventitrés años, pero compartía su desgracia.
—Tu picha, ¿es de carne o de sangre? —insistió Helen. Su pelo teñido de zanahoria caía a un lado de la cara, tapándole parte de los granos adolescentes, del mismo color.
—La suya debe ser de sangre. —dijo Eloy. Se echó a reír y los demás sonrieron también, dando chupadas rápidas a sus cigarrillos. Se habían quedado todos callados.
—Vete a la mierda. —concluyó Israel, sin ganas de prestar atención a gilipolleces.
—Siempre estás enfadado, tío. Relájate. —la defendió Eloy, el rollo enjuto de Helen.
Osea, que así terminaban los sueños. Después de pasar años estudiando en la universidad, tenía que dar gracias por tener un trabajo como aquel, que le permitía ganar casi mil euros, diez horas el día, seis días a la semana, en el límite de lo que autorizaba la ley, que se había vuelto más elástica debido a las estrecheces económicas y al shock en el que la sociedad vivía. Nadie podía creerse que eso estaba sucediendo. Debía de ser una pesadilla que pronto pasaría, algo temporal que solucionarían los políticos. El presente se había hecho ininteligible y para estar cuerdo era necesario no pensar mucho.
—No, tío, es que estaba a lo mío. A ver, Helen, qué es eso de las pichas de no se qué.
—Hay pichas de carne y pichas de sangre. Las de sangre son muy pequeñas cuando están flojas y crecen mucho cuando se ponen duras. Por eso son mejores las de carne.
—La mía es de carne —aclaró Eloy.
—Sí, la de Eloy es de carne. ¡Menudo aparato tiene!
—¿Acaso no son todas las pichas iguales? Lo que cambiará es el tamaño de cada una…
—¿Ves? Te dije que Isra la tenía de sangre.
—Sí, tenías razón. Aunque yo también lo pensaba, cariño.
Esos dos imbéciles estaban consiguiendo amargarle el deseado cigarrillo. Ambos trabajaban por enchufe en el Hotel Bellavista ***, ella en animación y él de mantenimiento. Se habían conocido hacía apenas dos semanas, cuando había empezado la temporada. Por su parte, Israel había estado buscando trabajo desesperadamente, mientras estudiaba inglés. La carrera que había estudiado no le servía para encontrar trabajo, problemática social que nunca le explicaron en clase. Aquellos profesores universitarios se habían dedicado a venderles una película que terminaba junto al cubo de basura de un hotel de tres estrellas, donde los guiris iban a beber sin tasa y a comer como gorrinos rosas. Aunque debía sentirse agradecido: por lo menos tenía un empleo.
Sin saber qué más añadir, decidió pasar del tema y seguir sumergido en sus propios pensamientos lo que quedaba de cigarrillo. La calle donde estaban hacía una bajada pronunciada. Todos los edificos, del mismo color blanco, de la misma época y estilo constructivo, eran hoteles. En concreto, aquella calle daba a la parte trasera, donde estaban las lavanderías, los cubos de basura, las zonas de carga y descarga. En las arregladas avenidas paralelas, las puertas tragaban turistas de todos los países, pero por ese lado de la realidad los hoteles hacían caca, y los trabajadores como Israel la trajinaban. Como un cosquilleo en la oreja, notó que alguien lo miraba con insistencia.
—¡Qué asco da esa clase de gente que nunca sonríe! —dijo de pronto una foca vestida con un sucio traje blanco de cocinero, cigarrillo en los labios y temblorosa papada— ¡Estos chavales de ahora no valen para la hostelería! ¡Si no te gusta que venga otro!
Israel sabía que iba por él y que el tipo intentaba provocarlo. No era la primera vez que uno de los empleados veteranos, antaño recién llegados al país con una mano delante y otra detrás, y que ahora se sentían justos señores de un trabajo que dominaban, se ensañaba con él, con el más débil. Un recién licenciado estudiante universitario en un empleo como aquel representaba el fracaso de una sociedad en declive, y el éxito relativo de unos tipos que hasta hacía muy poco se habían dedicado a servir y callar.
—Hay que sonreír. Siempre. Aunque tu vida sea una mierda y tu madre se esté muriendo —José Alfredo levantó sus regordetas mejillas con sus dedos como morcillas, dibujando una expresión espeluznante, como la mueca de un muñeco diabólico—. Delante del cliente siempre hay que sonreír y decir que todo va bien. A nadie le importa tu vida ni le tiene que importar a nadie. A la hostelería se viene llorado. Hay que sonreír.
Israel lo miraba y se preguntaba cómo se atrevía semejante deshecho humano a dar lecciones de nada. La sonrisa que hacía un instante había dibujado se había desvanecido por completo y sólo quedaba una expresión reconcentrada de odio en unos ojos enterrados en carne. No es que estuviera enfado con Isra, buscaba pelea porque estaba triste y harto. Disfrutaba haciendo rabiar a los advenedizos, como hicieran con él.
Estiró irónicamente los músculos de la cara para dibujar la sonrisa más falsa de toda su vida y lanzó el cigarrillo lejos. Pasó por el lado de la foca José Alfredo, mirándolo con una falsa sonrisa de oreja a oreja, mostrando todos los dientes de arriba, con los ojos abiertos de par en par, levantando mucho las cejas. Parecía uno de esos monos con platillos que se activaban solos en las películas de miedo. «Bola de sebo asquerosa», decía su sonrisa, y se marchó de la esquina dejando su lugar a otro recién llegado.
De camino a la terraza donde trabajaba, por los pasillos internos del hotel, que parecían diseñados para que pasaran las ratas de tan grises y sobrios, intentaba no pensar en cuántas horas le quedaban allí dentro. Desgraciadamente, la perspectiva a la hora del cierre no mejoraba, dado que en su vida de fuera el ambiente era también irrespirable. La realidad se había puesto cuesta arriba de repente, y dar otro paso en ella parecía una tarea imposible. Distraído como iba, se chocó con su amigo Isidoro, que salía a fumar.
—Juan te está buscando. Quiere hablar contigo.
—¿De qué?
—Ni idea, tío. Me ha dicho que dónde estabas. Le he dicho que tirando la basura.
—Chivato. ¿Y tú donde vas?
—A tirar la basura también.
—Pero si no llevas las bolsas.
—Que tu no las veas no significa que no las lleve —Isidoro le giñó un ojo y rápidamente entendió que iba a menudear la cocaína que Juan le suministraba.
—Nos vemos luego, entonces. Me voy a ver qué quiere este.
—¡Anímate, hombre! —y se marchó contento, moviendo mucho los brazos. Isidoro le había conseguido aquel empleo milagroso. A pesar de todos los currículum que había echado, la única oportunidad laboral venía de un pequeño delincuente de su barrio. El mundo se había vuelto rematadamente loco, y parecía otro milagro que no reventara.
Al llegar a la terraza, miró a todas partes sin éxito. La piscina estaba llena en ese momento de niños ingleses disfrutando del sol del verano y del agua fresquita color turquesa. Una estructura de toboganes gobernaba el centro de la diversión y los infantes no dejaban de subir y bajar por todas partes y de tirarse peligrosamente, practicando el balconing. Ningún resposable les llamaba la atención por miedo a ser despedido. En esas se cruzó con Bombón, un negro dominicano que seducía a todas las viejas con bromas en fluido inglés y una sonrisa que debaja ver dos filas de blanquísimos dientes.
—¡Issssra! ¡Espabila! ¿Dónde está tu bandeja? ¿Te crees que estás aquí de paseo? He thinks he is on hollidays, darling. Do you belive it? Come on, boy! Do your fucking job! —la señora a la que se dirigía reía como si cacareara, haciendo temblar la flácida piel de su rostro inglés— If you need something you only have to ask him, okay my love?
—Bombon you are the best! —ambos rieron de buena gana, cogiéndose las manos.
—Estoy buscando a Juan, ¿sabes dónde está?
—No.
Se marchó sin decir más, meneando el culo para el deleite de las señoras que lo miraban pasar mientras se tostaban bajo los rayos ultravioleta que ni siquiera Bombón soportaría.
Decidió ir a buscar a Juan dentro del bar, en la zona donde estaba la barra y las máquinas del todo incluido, que siempre estaban llenas de niños con sobrepeso pululando como moscardones, con los pies blanquísimos y la expresión bovina.
Detrás de la barra, en una posición de privilegio, resguardado del calor sofocante de la terraza y a la sombra del aire acondicionado, miraba hacia la nada estirado, con los brazos detrás de la espalda y el cuerpo echado hacia delante, dibujando una leve joroba. La pose del fracasado, pensaba siempre Israel cuando lo veía. Se movía con gestos lentos, acorde con lo perezoso que era. A pesar de tener menos idea de hostelería que ninguno, lo tenían dentro del bar. También estaba enchufado. Era pariente del dueño.
—¿Has visto a Juan?
—Esta dentro —dijo Jaime, señalando con la cabeza el lugar que servía de almacén y de despacho al encargado. Israel sabía que cuando Juan estaba dentro —podía pasarse largos ratos, a veces incluso horas— era mejor no molestarlo, a no ser que fuera para algo urgente. Siempre estaba sentado en una tabla de madera sobre cajas de cerveza y refrescos, que hacía las veces de mesa, haciendo ver que revisaba papeles y ajustaba cuentas, pero todo el mundo sabía que se dedicaba a vaciar su bolsa de farlopa.
—¿Ha preguntado por mí?
Jaime se encogió de hombros, sin decir nada. En su anterior vida, se había dedicado a la construcción. Según le explicó a Israel un día, entre lágrimas, su misión consistía en hacer regatas, esto es, surcos o canales que se hacen en las paredes o en los suelos para pasar tuberías y cables. Se ganaba bien, muy bien la vida, sin deslomarse demasiado. De la noche a la mañana había aparecido en el hotel, como una seta, vestido con el polo reglamentario y los negros pantalones de nailon, que disimulaban las manchas diarias. Tenía la mirada de las mil yardas, que en su cara era una expresión estúpida y triste.
Sin despedirse de su compañero, decidió agarrar la bandeja y salir a recoger la piscina, la tarea que todos intentaban evitar. Su cometido consistía en pasearse por entre las hamacas, las mesas de la terraza, los rincones donde solían yacer los turistas, e ir recolectando los vasos vacíos de cerveza, los envases de cartón con restos de refresco, los ceniceros llenos de colillas y escupitajos. Cartones, papeles y plásticos también entraban dentro de su jurisprudencia. Si alguno de los niños vomitaba, había que ir corriendo a recogerlo con el cubo y la fregona, y si era un adulto borracho, también.
Por suerte la cosa estaba tranquila y no había que lamentar una tarea tan desagradable de momento. Con concentración y decidido, se dedicó a su cometido con brío y buen espíritu, con el sano orgullo de aquel que tiene el mundo en sus manos porque se gana el pan con el sudor de su frente, bajo el sol abrasador del verano, que con los años dibujaría profundos surcos en la piel. Israel trabajaba con tesón y la bandeja de su mano derecha cada vez estaba más repleta de basura recolectada, amontonada en una torre imposible que manejaba con soltura y gracia, sin que se cayera. Estaba orgulloso de sí mismo, su padre sentiría el pecho hinchado si lo viera. Quizá Juan lo estaría mirando por detrás de la cristalera del bar, pensando: «Este chaval tiene un par de huevos».
«El trabajo os hará libres», pensaba con convicción Israel. Conseguiría sobreponerse a las dificultades, saldría adelante costara lo que costase. Maldita sea, el mundo era suyo. Pronto se presentaría la oportunidad, alguna cosa pasaría que haría cambiar todo de repente y sería por fin reconocido, como el genio que era, por hombres y mujeres. Esa situación era algo temporal, algo que edulcorar a los hijos al contarles su gran historia. Estaba tan centrado en su misión que ni siquiera reparaba en los biquinis de las chicas jóvenes, en la veintena como él, que de vez en cuando le dedicaban una sonrisa o un paseo al borde de la piscina, justo antes de saltar al agua, colocándose la leve ropa.
Cuando ya era imposible meter otra cosa más en la bandeja, se llenó la mano que le quedaba libre con cinco vasos de plástico, uno por cada dedo, y entró en la refrigerada zona del bar empujando la puerta con el pie, con la espalda estirada y el paso decidido, como Perseo llevando sobre su escudo la horripilante cabeza de Medusa recién cortada.
—A ti t’estaba yo buscando —dijo Juan al verlo, justo cuando dejaba la bandeja sobre la barra y empezaba a manipular la basura con las manos desnudas para meter el plástico y el cartón en el container correspondiente. El mundo podía haberse ido al carajo, pero había que reciclar como marcaban los cánones de urbanidad establecidos.
—Vale, déjame un momento que termine con esto, porfa.
La perilla de Juan se movía nerviosamente de un lado a otro, como si le picara la barbilla y no se le ocurriera rascársela. Sus ojos eran completamente negros, excepto por la córnea blanca que los delimitaban. Aquello constituía una ventaja anatómica para él, dado que si hubiera tenido los ojos claros cualquiera podría apreciar que llevaba las pupulas del tamaño de la cabeza de un alfiler. Le había estado dando duro a lo suyo.
—Israé, ven un momento a mi despacho.
Se preguntaba qué tenía que contarle. ¿Quizá lo iban a cambiar de hotel? Había un hotel mejor, que quedaba un poco más arriba de la calle, el Tropicana ****. Se trataba de un lugar para clientes más exclusivos. Las lenguas del Bellavista *** decían que se trabajaba mucho menos, que allí se vivía muy bien. Toda la plantilla estaba deseando cubrir una sustitución allí, tener un golpe de suerte, y quizás quedarse para toda la temporada. En el Tropicana **** estaba Martín, un jefe agradable, que trataba a todo el mundo con respeto y dignidad. Israel había conocido a Martín no hacía mucho y le había parecido que se habían caído bien. Era un señor de unos treintaicinco-cuarenta años, de paso ligero y mirada atenta, que demostraba conocer y amar su profesión.
Una vez en el despacho de Juan, este cerró tras de ellos la puerta y sin preámbulos dijo:
—Hoy es tu último día. Estás despedido.
Israel sintió que se le arrugaba y encogía la última frontera de su cuerpo, hecha de carne, pero sobre todo de sangre a la fuga. Desconcertado, sólo se le ocurrió preguntar:
—¿Cómo dices?
…oooOOOooo…
Nota de El Escribidor: El próximo domingo publicaré el Capítulo 2 de este relato. Si te ha gustado, te invito a dejarme tu opinión y a seguir explorando otros textos que podrían emocionarte. Tu participación es muy valiosa para mí y me ayuda a seguir creando contenido que disfrutes. Comparte esta entrada con tus amigos y familiares, y juntos podemos construir una comunidad de lectores apasionados. ¡Un abrazo! Ricardo
Yo no sabía de la valentía que requería salir al cielo raso me preguntaba siempre cada puto día qué cojones me llevó a dar el paso
Y la voz del frío me respondía no debiste probar de aquel vaso me pregunté qué coño le echaría me respondió que lo aliñó con fracaso
Y por eso mis andares se tropiezan con lugares donde siempre me hago daño Luego ya remonto el vuelo porque nunca se la cuelo al tipo del espejo del baño Sé que tengo que aprender y por eso no reniego un día seré yo el mejor del juego.
No estoy seguro de tener la fortaleza para aguantar esta mierda a diario perdona si cuando levanto la cabeza a veces pongo cara de lobo estepario
Me destrozó lo que ayer tanto quería y me pregunto si estuve en lo cierto por lo menos conocí a la alegría y la perdí porque nunca escarmiento
Y por eso mis andares se tropiezan con lugares donde siempre me hago daño Luego ya remonto el vuelo porque siempre se la cuelo al tipo del espejo del baño Sé que tengo que aprender y por eso no reniego un día seré yo el mejor del juego.
Nota de l’autor: Allà per l’any 2005, els meus amics del poble i jo teníem un grup de rock que es deia Rancis. El nostre estil musical era un rotllo semblant a Green Day, però, curiosament, cap dels integrants escoltàvem habitualment aquesta banda anglesa. Entre el 2005 i el 2008 vam tocar per Tarragona i rodalies, i vam arribar a tenir gent que venia a veure’ns i ens felicitava per la música que fèiem.
Quan vam començar la universitat, cadascú va tirar per la seva banda, però aquell va ser un temps que tots nosaltres, les persones que vam formar part d’aquella aventura, recordem amb molt de carinyo. Com que a mi m’agradava molt escriure, feia totes les lletres. Encara les cantem les poques vegades que ens podem reunir per prendre unes copes. Agafem la guitarra i recordem els vells temps, els Glory Days.
Perquè no es perdin en l’oblit, comparteixo al meu blog els temes que recordo avui. Com que han passat tants anys i els papers que les contenien s’han extraviat, només en recordo els fragments que més se’m van quedar a la memòria. Moltes vegades fantasiem amb tornar-nos a reunir i tocar, com els Beatles. Potser algun dia.
Guerra
(Estrofa)
On soc si es pot saber? En un lloc mort, de dolor em tremolen les mans quan apunto per matar.
M’han canviat forçadament la falç per un fusell les llavors per munició i el barret per un casc verd
(Tronada)
I m’estic morint Per idees que no tinc i estic matant a qui mai m’ha fet cap mal.
Si almenys sabés, el perquè de tot això si almenys pogués despertar d’aquest malson.
(Estrofes)
Entre cadàvers i sang una bala m’ha tocat la ferida no és mortal però ningú em vindrà a salvar.
I ara ploro com un nen no vull que arribi el final però començo a tenir fred sento que tot ja s’ha acabat.
(Tornada)
I m’estic morint Per idees que no tinc i estic matant a qui mai m’ha fet cap mal.
Si almenys sabés, el perquè de tot això si almenys pogués despertar d’aquest malson.
…ooo…
I torno a desitjar
(Estrofa)
I allà estaves entre parets blanques intentant arregar un problema que no tenies davant qui et sap estimar.
(Pont)
I digue’m contesta’m explica’m com es aquella olor que et fa tant feliç? amarga espessa intensa ferum estúpida, un dia et mataràs.
(Tornada)
I torno a desitjar de nou que oblidis aquell mirall per venir al meu costat I torno a desitjar cansat vull tornar-te a acariciar
(Estrofa)
I recordo com miraves amb tristesa i dolor aquelles dones operades de la televisió.
(Pont)
(…)
Vigilo somio testimo Trenca amb aquell mirall, vine al meu costat.
(Tornada)
I torno a desitjar de nou que oblidis aquell mirall per venir al meu costat I torno a desitjar cansat el teu cos, les teves mans.
…ooo…
Viuré
(Estrofa)
(…)
(Pont)
(…)
(Tornada)
Viuré sente tenir-te mai no hi ha res més a fer amb mi mai seràs feliç.
I moriré desitjant el teu cor dels sominis més a prop i de tu més lluny.
…ooo…
On son els estels?
(Estrofa)
On son els estels vull veure’ls pintats al firmament. i en comptes d’això veig núvols carregats de polució.
Ahir et vaig tornar a desitjar (…)
(Tornada)
…ooo…
Ja ni ha prou
(Estrofa)
Tot s’ha acabat (…) I d’aquí poc ningú em recordarà
(Tornada)
I em gronxaré entre els braços de Satan I unes ninfes negres el meu cos torturaran. I el meu debil cor dirà que ja ni ha prou, ¡Ja ni ha prou!
La meva vida sempre ha estat un malson maleït intentava veure solucions a l’infinit espero que la mort no trigui gaire en arribar i marxar.
Hoy se levanta una ola que sé que me va a tragar, encuentro una nube, me agarro a la cola y me dejo llevar. Tengo que arreglar el mundo se me ha partido por la mitad, no quiero quedarme dormido por si me encuentra la verdad.
Porque esta noche he tenido la osadía de seguirte buscando después de tanta, de tanta puta vida; y al dormirme me ha parecido que me despertaba tu risa, pero era la mañana mordiendo las cortinas.
Desde lejos, yo te siento, muy adentro. Desde lejos, soy el viento arañando el cristal, desde lejos, tan enfermo, muy adentro, en el fondo del mar y tú, desde lejos, sé que no me ves y dices que, desde tan lejos, no puede ser.
Y tengo que aprender a mezclarme con la noche y el placer, y tengo que dejar de buscarte en las playas del ayer.
Hoy, saldré con el coche a perderme en la ciudad no puedo volver a mi cama, me espera despierta la soledad.
Porque esta noche he tenido la osadía de seguirte buscando después de tanta, de tanta puta vida; y al dormirme me ha parecido que me despertaba tu risa, pero era la mañana mordiendo las cortinas.
Desde lejos, yo te siento muy adentro. Desde lejos, soy el viento arañando el cristal, desde lejos, tan enfermo, muy adentro, en el fondo del mar y tú, desde lejos, sé que no me ves y dices que, desde tan lejos, no puede ser.
…oooOOOooo…
Nota del Escribidor: Más historias, poemas, retales de vida, el próximo domingo. Mientras tanto, te invito a explorar las entradas recomendadas de este sitio que aún no hayas leído. Un abrazo,
Да здравствует созданный волей народов Единый, могучий Советский Союз!
1. Saludando sonriente
Era un día como cualquier otro: no volvería a repetirse nunca más. El despertador sonó, como cada mañana, a las 5:50, pero lo apagó casi al momento porque ya estaba despierto. Siendo perfectamente consciente, se dispuso a saborear cada una de las acciones que componían su rutina diaria. Reparó en el despertador. Era un modelo común, con campanas a los dados y un badajo diminuto dentro, el cual hacía un ruido fortísimo cuando llegaba su hora y anunciaba el nuevo día. Pronto se quedaría sin cuerda, pero no importaba. En veinte años nunca había olvidado esa pequeña tarea y sentía un orgullo pequeño y duro como un diamante. A pesar de la melancolía, era feliz.
Su mujer y su hijo aún dormían, a su lado. El pequeño tenía dos años y solía pasar la noche en su propio cuarto, pero estaba con tos y su mamá había decidido que pasara la noche con ellos en la cama. Apenas eran dos bultos bajo las gruesas mantas de lana.
Hacía mucho frío, como era habitual en la Unión Soviética. La calefacción central del edificio los salvaba de morir congelados en el hormigón, pero aun así había que echarse una bata encima para llegar hasta el baño y hacer la primera micción del nuevo y último día que pasaría en su país, de donde nunca había salido en treinta y cinco años que él tenía.
Accionó la luz de la cocina y acto seguido comenzó a calentar el café. Intentaba resistir la tentación de prender un cigarrillo demasiado pronto. Encendió la radio para distraerse y sintonizó las noticias de la mañana. El conductor del programa, hombre de unos sesenta años, al que poco le importaba la vida ya, a veces trataba cuestiones al filo de la censura y persecución de la Stasi. Sabía que cualquier día, al poner el transistor, aquel hombre ya no presentaría el matinal. Formaba parte del destino de los hijos de la República Democrática y se aceptaba con gusto por todos, incluso con verdadera devoción por algunos. No pudo resistirse más. Tomó uno de los paquetes de tabaco que reposaban sobre la encimera impoluta y se encendió el pitillo con una cerilla. Era un día especial y debía permitirse ciertos lujos. El locutor anunció que eran las 6 de la mañana del día 20 de noviembre de 1975, la temperatura era negativa y el día sería gris.
El café subió y vertió su contenido en una taza de lata, su preferida, de cuando era más joven y sirvió en el ejército. Sus compañeros siempre le achacaban que prefiriera el café en vez del té negro, como un buen soviet. Pero se lo perdonaban porque en lo demás era un hombre valiente e íntegro, alguien en que podían confiar cuando estaban con la soga al cuello, perdidos en un remoto lugar de Siberia. Siempre tenía una sonrisa y palabras de ánimo. «Es gracias al café», les decía, y todos se reían como buenos camaradas, fumando cigarrillos de liar y bebiendo de vez en cuando un trago de ardiente vodka helado. Fueron años duros los del servicio militar. Siempre pasando frío, hambre, odio. Un hombre tiene que resistir, decían los superiores. Pero los jóvenes camaradas dudaban de que esos tipos ventrudos tuvieran la entereza para sostener su kalasnikov; aquellos malditos dictadores que los tenían allí, en una trinchera pisando mierda. Si no fuera por sus compañeros, se habría pegado un tiro. Pero aquello ya se terminó para él. No dejaba de pensar, con la mirada perdida, mientras el café se enfriaba. Le dio un sorbo y ya estaba tibio. Había perdido la oportunidad de disfrutar del primer café del día como se debía y eso lo enervó; por culpa de sueños antiguos había olvidado el presente continuo.
Una vez terminado, entró en el baño y se desvistió. Tenía en su cuerpo algunas cicatrices de aquellos tiempos a los que no quería prestar más atención. Algunas habían sido provocadas por el enemigo y otras no. A veces es duro ser un soviet, ¿pero quería ser otra cosa? La patria era exigente con sus hijos. Tenía claro cuál era su lugar en la sociedad, a la que se sentía muy orgulloso de pertenecer. El agua caliente corría por su cuerpo delgado dejando un vaho denso en el baño pobremente iluminado. Las baldosas de las paredes estaban amarillentas por el paso del tiempo y el grifo estaba un poco oxidado. No había medios para cambiarlo y él nunca había sido muy ducho con las tareas del hogar. Lo suyo era ser intelectual y guerrero: sabía manejarse bien con los libros y las armas, pero no con la hoz y el martillo. Después de frotarse con la pastilla de jabón lagarto se sintió purificado.
Salió del baño, ya vestido: calzoncillos, calcetines, camiseta interior, camisa celeste, pantalón marrón, cinturón negro, americana gris, sin corbata. No soportaba llevarla al cuello, le recordaba al nudo de la soga, prefería las largas bufandas de lana que tejía su mujer. Mientras se calzaba, no dejaba de escuchar la voz del transistor. Noticias llegaban desde el otro lado del telón, desde España, importantes. Antes de salir de casa comprobó que llevaba todo lo necesario. Abrió su cartera y vio su identificación y nombre: Andréi Nicolaievich, nacido en 1942 en Berlín, donde vivía actualmente con su mujer Natalia.
Antes de ponerse el abrigo de piel y salir al frío, pasó por la habitación conyugal. Su mujer y su hijo aún dormían en aquella hora temprana. Al verlos allí acurrucados, madre e hijo, tanto amor no cabía en aquella pieza, sintió una punzada de tristeza y las lágrimas duras inundaron sus ojos secos. Aquella era la última mañana, se despediría de ellos en ese instante y a partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Eran apenas dos cabezas bajo las gruesas mantas. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. El aroma característico de los niños pequeños lo embriagó y quiso retener ese olor en la memoria para siempre. Una lágrima se resbaló por su mejilla afeitada, la secó con un rápido movimiento con la manga de la camisa. Como no se diera prisa no iba a salir de allí. Se inclinó hacia su mujer y la besó en los labios, como hacía siempre antes de salir de casa. Ese día se entretuvo un poco más y del otro ojo cayó una lágrima traicionera a la cama.
—Andréi, ¿estás bien? ¿qué te ocurre?
—Nada, sigue durmiendo.
—¿Estás llorando?
—Claro que no. —Y se incorporó con decisión. Si Natalia se hubiera incorporado, si hubiera encendido la pobre luz de la desvencijada lámpara de mesa, no habría tenido más remedio que contarle la verdad, y quizás el final de esta historia hubiera sido otro.
Consiguió disimular su agitación y ella, tan cansada estaba por la pasada noche en la que no había pegado ojo, ahuyentando el instinto de que algo no iba bien, se quedó dormida apenas cruzó el umbral de la puerta de la habitación y cerraba tras de sí. ¿Volverían a verse? Andréi esperaba que sí.
Había que disimular. Para que las cosas salieran según lo planeado, aquel tenía que ser un día absolutamente normal, uno más en su vida de profesor de literatura en un instituto estatal. Entró en el coche, que estaba helado, encendió el motor, la radio, y mientras se calentaba las manos volvía a escuchar las noticias, que hablaban de España. Había muerto el dictador Francisco Franco Bahamonde aquella misma madrugada.
—Maldita sea, —pensó— esto seguro que lo complica todo. —No se equivocaba. Inició la marcha con cuidado, las calles estaban heladas por el frío de noviembre.
Sabía muy poco de España, apenas por los libros de literatura, y no era mucho lo que había leído. Conocía el Quijote y una obra de teatro bastante filosófica que llevaba por título La vida es un dormir, o algo así. Un tipo en una prisión se liberaba en un mundo ficticio, que él creía real, y que en realidad era real, pero luego resultaba ser un sueño, pero no era cierto, porque no había estado soñando, sino despierto. Un drama complicado del siglo XVII. España le parecía un país bastante anodino y tragicómico. Pero las circunstancias habían hecho que, de unos meses a esta parte, las relaciones con aquella región tan al oeste del continente fueran frecuentes y, prometían, duraderas. Andréi sabía mucho de dictadores y se alegraba por los españoles, pero no por él.
Decidió no darle demasiadas vueltas. Debía prestar atención a la carretera si no quería salirse y acabar con todo demasiado pronto. Franco había muerto en su cama, de viejo, poco se sabía de lo que iba a pasar a partir de ahora. En la RDA todo seguiría igual. El utilitario de Nicolai recorría las avenidas hacia el centro de la ciudad. Los edificios de la época prusiana iban tomando más presencia a medida que se aproximaba a su destino. El pasado glorioso de aquella ciudad sobre el río Spree dormía pesadamente como un león herido. Nicolai no había conocido, en toda su vida, otra cosa que no fuera la Unión Soviética. Por el pasado de su antiguo país sólo podía sentir asco y vergüenza. Era un tabú.
Atrás se divisaban los altos edificios grises de las afueras, donde él vivía. Altas torres de hormigón, todas iguales, funcionales, el pueblo necesitaba viviendas y el Estado las proveía. Para un país que había pasado su historia reciente a la intemperie, comiendo patatas podridas y durmiendo en la escarcha, disponer de una vivienda con calefacción central y gas para cocinar era como haber dado un salto de milenios. Nadie negaba los avances, pero quizás habrían llegado también sin los millones de muertos. Andréi se preguntaba si no les habría ido mejor siendo el enemigo. Al final, todos los de arriba son iguales, se llenan la boca con palabras como gloria, patria, honor, pero lo que quieren es mantener una vida de preocupaciones pequeñas y miserables. Aunque esos altos edificios eran bellos, buques fantasmales entre la neblina petrolífera del progreso. Edificios como pilares que aguantaban el cielo gris.
En una construcción antigua, que antaño fue una biblioteca para los nobles y burgueses de la ciudad cuando la paz entraba a caballo por la puerta de Brandemburgo, se desarrollaba la labor docente de Andréi. Apagó el cigarro con el pie al salir del coche y encendió otro justo al cerrar la portezuela tras de sí. El día era helado, pero al menos no había caído nieve. Sus gruesas botas pisaban seguras sobre el suelo de cemento. Algunos estudiantes ya esperaban junto al edificio ocre, el cual tenía forma rectangular, como dos cajas de zapatos en paralelo, unidas por una fachada de columnas y escalinatas hasta la puerta principal, muy al estilo del Reichstag pero más liviano. El pueblo necesita formarse, el conocimiento os hará libres: matemáticas, literatura, química, latín. Le encantaba su profesión, aunque estuviera mal pagada. Le habría esperado un futuro glorioso si hubiera sabido mantener la boca cerrada en el ejército. Había sido un militante audaz años atrás, pero no supo guardarse la verdad para sí mismo y la Stasi decidió castigarlo en aquel puesto en el instituto de secundaria.
—Buenos días, Andréi. Parece que tenemos una mañana fría.
—Buenos días, profesor Fridrih. Así es, el invierno aprieta fuerte.
—Para inviernos los que había cuando yo era niño. Aquello sí que era frío, y no ahora. Hubo un año en el que no dejó de nevar. Te lo digo, Andréi, el clima está cambiando.
Andréi pensó en los inviernos de la época del profesor Fridrih. Era un hombre de sesenta años, casi un anciano, que había vivido dos guerras mundiales. Una siendo apenas un niño, la otra siendo un joven militar. Estuvo en el bando perdedor en ambas.
—Seguro que tienes razón.
Mientras ambos subían las escaleras del edificio, un timbre fabril rompió la mañana. Andréi se giró un momento y miró hacia la calle. Los estudiantes llegaban con sus ropas raídas y sus carteras de cuero. Algunos habían estado fumando unas cuadras más allá, otros pasaban hambre, frío, necesidad. Soñaban con ser ingenieros, militares, poetas. Cuántos sueños por cumplir, cuánta energía malgastada, cuántas vidas inservibles.
Dios mío, cuánto echaría de menos todo aquello. —Lamentaba saludando sonriente.
2. Perdón imposible
A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y ligero que antes.
A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Lo atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia inminente. Tardaría en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo estaba dispuesto a la perfección. Abandonaría la Berlín aquella misma noche, de una vez para siempre, no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la Stasi encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un berlinés, ese delito se castigaba con la muerte.
Andréi había servido en el ejército y luego, al licenciarse, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según quería la propaganda, un hombre de su patria, uno de los muchos soldados valientes que servían en la batalla contra el Enemigo y que conseguirían la Paz para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños lo abrazaban y lo exhibían como un trofeo. Había traicionado, herido, incluso matado. Había servido a la causa con valentía.
No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo distinta a la propaganda. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada del Partido. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor en Francia, Inglaterra, Estados Unidos, que cualquiera de sus compatriotas.
Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Alemania Democrática. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. Detestaba que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes. Empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes.
Estableció contacto con personas del otro lado, y se ganó su confianza dando con tino dosis de información a la Inteligencia. Aquello le había granjeado buenos amigos, los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores inevitables. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público del centro de Berlín.
Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen soviet asumía su destino con estoicismo: fuese cual fuese la orden debía cumplirla.
La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso y el alemán, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde pronto se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense, en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como un desierto. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en este mismo instante.
Antes de llegar a su coche, aparcado a unos metros de la puerta del centro de formación, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo. Sin hacer ningún gesto tampoco, no subió a su vehículo, sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su abrigo.
Al llegar al fondo del callejón, por el camino menos concurrido, Igor lo esperaba al final, recortando su silueta el cielo y el suelo marronáceo del descampado. Las ruinas de unos edificios aún por reconstruir eran los únicos testigos de su encuentro. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:
—Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.
Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente. Un gato pardo se volvió con ojos de diablo.
—¿Por qué?
—¿No has oído las noticias?
Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi encontró lo que buscaba tirado en el suelo: un periódico de ese día. En la portada del diario, la noticia de ese día era: Franco ha muerto. En las páginas interiores se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España.
—¡Maldito sea! —gritó en mitad de la nada. Un par de córvidos alzaron el vuelo asustados.
Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado, como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien adónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana para siempre.
Ya en la berlina, decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS por los berlineses, de la muerte del tirano en España y de la posibilidad que eso ofrecía para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.
—¡Malditos sean! —Andréi golpeaba con furia el volante de su utilitario ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. —¡Malditos sean! —La torre de televisión en Alexander Platz lo miraba pasar a lo lejos, entre los edificios, como un ojo constante que centelleara al encuentro de los escasos rayos solares.
Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis; no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el delicado bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión, o directamente cancelados.
Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.
Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar habitual, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: —¿Papá?
Al traspasar el umbral de la puerta, vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: —¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar, como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.
—Os he fallado.
—Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. —dijo Natalia imperativa.
Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como traicionar, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de falsas heroicidades. Podía engañar a los soviets, pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.
—Tengo algo que contarte, Natalia. —Dijo de rodillas, como suplicando un perdón imposible.
3. Caía tras la ventana
—Amo…
—Yo también te amo, Natalia, mi amor.
Andréi se sentía liberado. Por fin, después de tantos meses de incertidumbre, había podido desahogarse con la persona que más quería en el mundo: su mujer Natalia. A pesar del fracaso sentía una poderosa sensación de alivio, como el que deja en el suelo un peso imposible. Nunca más tendría secretos para ella, para ninguno de los dos.
—Amo a mi país por encima de cualquier cosa, nada ni nadie podría separarme de él.
Cayó el silencio en el pequeño salón como un montículo de nieve y la habitación se quedó helada a pesar de la calefacción central. Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, Andréi miraba a su mujer con los ojos como platos, temblando de miedo. Nunca había conocido esa expresión de resentimiento en el rostro de la dulce Natalia, con quien llevaba casado más de diez años. Simplemente, no parecía la misma persona.
De pie en medio de la habitación, Andréi miraba a todas partes como si de repente estuviera encerrado en una jaula. Su hijo Nicolai jugaba tranquilo con unas piezas a construir una torre que siempre acababa desmoronándose. Un pensamiento cruzó como un cuervo por su mente: así los hombres viven sus sueños, que siempre se vienen abajo. Natalia, que permanecía callada, empezó a llorar amargamente sobre el sofá marrón.
Aguantándose las ganas de llorar también, Andréi permaneció pensativo con las manos en los bolsillos. El pequeño Nicolai dejó a la mitad la torre que andaba construyendo y fue corriendo a abrazar las rodillas de su madre, cuya espalda subía y bajaba en cada hipido. Andréi observaba la construcción que había dejado a medio hacer su hijo en mitad de la moqueta del salón y le dio una patada de furia. Las piezas saltaron por los aires, en todas direcciones, estrellándose la mayoría en los libros de la estantería. Natalia detuvo su tácito gimoteo y permaneció en silencio mientras Andréi se acercaba. De pie junto a su mujer y su hijo, se derrumbó. Se puso de rodillas frente a ellos y dijo:
—Perdóname. Yo sólo quiero… quería lo mejor para vosotros. —y empezó a llorar también. Apoyaba su cabeza sobre las blancas rodillas de ella y poco a poco iba humedeciendo su piel con lágrimas pringosas y saladas mientras Natalia le acariciaba el pelo. El pequeño Nicolai, al ver a su padre así, no supo cómo reaccionar y se escondió, mirando desde detrás del reposabrazos, asimilando la extraña situación.
—Te perdono. Eres mi marido y lo serás hasta el día en que uno de los dos muera.
Feliz, Andréi levantó la vista y, a través de sus ojos llorosos, miró el rostro impertérrito de Natalia, quien con mirada azul fijaba la vista en un punto invisible que parecía situado a cientos de quilómetros de esa habitación, cuyos muros dejaban apenas un espacio de diez metros cuadrados. Su marido la besó en los finos labios y fue entonces cuando ella giró su cabeza hacia él, aunque su mirada seguía posada a cientos de millas.
—Natalia, te quiero tanto…
Ella se limitó a seguir acariciando amorosamente el pelo de la nuca de Andréi. El pequeño Nicolai se sintió más seguro y volvió para abrazar a sus padres. Se quedaron así, abrazados entre el suelo y el sofá, un espacio indeterminado de tiempo, hasta que el niño decidió proseguir con sus juegos y Natalia se levantó decidida y dijo: Prepararé té.
Andréi se levantó del suelo y se sentó en el duro sofá. Mientras oía el ruido de su mujer con la pava del té y las tazas se miraba las manos. Le parecía un milagro que aquellas extremidades, con sus diez dedos y sus incontables falanges, siguieran pegadas a su cuerpo, funcionando a cada orden intangible que el celebro les mandaba. Nunca podrían los científicos soviéticos replicar aquel milagro. Como un bebé cuando las descubre, cerraba y abría sus manos, movía los dedos en direcciones arbitrarias por el siempre gusto de tocar el aire y la luz con la piel desnuda.
Natalia volvió con el té y se sentó a su lado. Sirvió dos tazas humeantes y suspiró.
—Otra vez andas en tus pensamientos.
—Solo puedo pensar en lo maravillosa que eres.
—Mi amor, estás completamente equivocado.
—Eres maravillosa y nada podrá quitármelo de la cabeza.
—Me refiero al plan que has urdido a mis espaldas todo este tiempo.
Andréi bajó la cabeza sin saber muy bien qué decir.
—No digas nada, ahora me toca hablar a mí. Te voy a decir por qué este es el país más maravilloso que existe, y por qué nunca voy a abandonarlo. Ni yo ni mi hijo Nicolai.
Una expresión de estupor y miedo pobló el rostro de Andréi, quien escuchaba callado.
—Como sabes, nací en un pequeño pueblo en la península de Kamchatka. Creo que mi padre fue destinado allí por un asunto de deslealtad, pero nunca se habló del tema. En aquella extrema región solo había nieve, hambre y muerte. No llegaba ni siquiera el periódico y la luz eléctrica era un lujo del que sólo disponían los edificios oficiales. Mi madre murió en el parto y mi padre volvió a casarse muy pronto, con una aldeana de ojos rasgados a quien nunca podría llamar Madre. Yo no tenía nada, y estaba sola…
»Pero en Kamchatka sí que había Escuela. Muy pronto, destaqué en los estudios. Aprendí a leer enseguida y el lenguaje de las matemáticas simplemente era algo natural para mí. Un día, unos inspectores venidos de Moscú aplicaron unas pruebas internas del Estado, estaban buscando futuros científicos para el programa espacial en todas las regiones de nuestra extensa patria, y dieron conmigo. Recuerdo el día en que me subí al tren que habría de llevarme a Irkutsk, y de allí seguiría en transiberiano hasta la capital. Hicimos el viaje con otros niños de regiones cercanas a la mía. Éramos unos diez. Hubo uno que murió en el tren por una apendicitis y fue el primer contacto que tuve con la muerte. A pesar de todo, no fue un momento triste. Yo estaba feliz: ¡iba a prosperar!
»Una vez en el instituto, seguí destacando por mis cualidades, sobre todo en el ámbito de la física y las matemáticas. Antes de entrar a la universidad fui propuesta para participar en el programa espacial. Me veía a mí misma como una futura cosmonauta, atravesando el cielo como había hecho nuestro héroe, Yuri Gagarin; incluso la perra Aika me producía una amarga sensación de envidia. Iba a conseguirlo, iba a convertirme en la más audaz cosmonauta, la primera en pisar Marte.
»Pero no pudo ser. No fui lo suficientemente buena y en los exámenes escogieron a otros antes que a mí. Entré en la facultad de ingeniería, que fue donde nos conocimos, y el resto ya es nuestra historia, que no hace falta repetir. Sé que sabías todo esto pero lo que quiero decirte, por primera vez desde que estamos juntos es que se lo debo todo a mi país. Si no fuera por la URSS ahora sería una estibadora arrugada en Vladivostok.
Andréi la observaba en silencio con ojos arrobados. Era cierto que conocía todos los detalles de la vida anterior de Natalia, aunque ella casi nunca hablaba de su pasado. Aquella chica rubia y solitaria, que una vez le robara el corazón, se había convertido en una madre amable y en una trabajadora incansable en la fábrica de fuselajes, a cargo de líneas de producción extensas, donde trabajaban hombres y mujeres de brazos fuertes. A pesar de su esbelta figura, de su cabello rubio y de sus grandes ojos azules, todo el mundo la respetaba. La llamaban la muñeca de hierro. Quienes estaban cerca de ella decían que era capaz de matar con los ojos y que un extraño espíritu, numen de la Siberia, vivía en su interior. Por eso, hasta las brujas, le tenían miedo y gran estima.
—Pero, Natalia, mi amor. ¿Nunca has pensado que el mismo Estado que te salvó fue el mismo que destinó a tu familia al rincón más extremo de la Siberia? Si no viviéramos bajo la bota del totalitarismo, no habría hecho falta tanto sufrimiento, quizá tu madre…
—¡No sigas! —El pequeño Nicolai, asustado, dejó sus cosas y se escondió bajo la mesa.
—Solo digo que nuestra vida podría ser diferente. Tú podrías desarrollar tu profesión en otro sitio, quizá tendríamos más cosas, una casa grande, un coche decente. Tú no has visto lo que yo, Natalia, los ingenieros en sus países viven en grandes mansiones al sol.
—Tú lo has dicho: los ingenier—os. No quiero ser una de esas mujeres, ¿entiendes? Lo único que saben hacer es pintarse las uñas, y a mí eso ya sabes que no me va. El suyo es un mundo dominado por hombres ventrudos, burgueses con el puro en la boca y el pie sobre los trabajadores y campesinos, como lo fui yo. ¿Crees que una chica como yo habría tenido alguna posibilidad en el mundo capitalista? Me habría muerto de hambre.
—Nadie puede saberlo, Natalia. En cualquier caso, no vale la pena pensar en lo que pudo haber sido. Lo importante es el presente y el futuro, el porvenir de Nicolai… De todas formas, nada importa ya… Nuestros sueños, los míos y los tuyos, se han venido abajo.
—Habla por ti, Andréi. Yo soy feliz en Berlín y quiero que mi hijo crezca aquí.
—Pero es nuestro hijo…
—¿No te das cuenta? Puede ser que vivamos en un mundo gris, en una vivienda pequeña dentro de un piso de hormigón replicado en toda la avenida. Nuestro coche se avería y la calefacción falla. La nevera está medio vacía y la televisión no ha llegado a esta casa. Pero me da lo mismo. Tenemos la literatura: Tolstoi, Gorki, Chéjov, Turgéniev…
—Y muchos intelectuales proscritos.
—Traidores. Tenemos también la música de Chaikovski, el ballet, la ciencia, el Sputnik.
—Ellos pusieron el hombre en la luna.
—¡Mienten! ¿Es que no lo ves? ¡Todo es una gran mentira! Viven en un mundo de colores, con muchas marcas y muchos objetos con los que adornarse, pero por dentro son grises, por dentro no tienen nada. Y son profundamente infelices, más que nosotros.
El pequeño Nicolai comenzó a llorar al escuchar los gritos de sus padres. Ambos se quedaron en silencio, de pie, mirándose a los ojos con amor y tristeza, como si estuvieran en el andén despidiéndose para siempre de lo que pudo haber sido. Natalia cogió a su hijo en brazos y lo meció blandamente, Nicolai dejó de llorar al instante. Al fin, Andréi suspiró y calló rendido en una silla próxima. Con los ojos húmedos dijo:
—¿Sabes qué, Natalia? En realidad me importa muy poco donde residamos, siempre y cuando estemos juntos, los tres. Para mí vosotros sois mi verdadera patria, mi vida.
Con el niño en brazos, Natalia se sentó sobre las piernas de Andréi y los tres se abrazaron con fuerza. Sonreían de tristeza y alegría mientras el sol caía tras la ventana.
4. El último día en la Unión Soviética
La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de las vidas humanas parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en una ciudad como Berlín, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.
—Ahora vuelvo. —dijo Natalia— Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.
El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.
Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, el clásico de la literatura española que andaba leyendo aquellos días: Qué es la vida, un frenesí… y los sueños, sueños son.
Leyó Andréi, en ruso, y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.
Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, a quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de Lavida es sueño.
En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia, que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso proveniente del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.
—Date la vuelta. —dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.
Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que empañaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.
Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer, diciendo palabras de amor.
Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas, sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.
Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos azules, que eran grandes incluso al sonreír. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la hubiera echado de menos, qué estúpido había sido.
Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.
Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.
—Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…
Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando que el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.
Se quedaron así sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.
—Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.
De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?
Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos horizontes y estrategias a partir de lo que había pasado hoy. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para su familia. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.
El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un muñequito en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra, donde empezaba a vivir una nueva hermana para Nicolai, que habría de llamarse Irina, como la madre de Natalia. Pero en ese entonces ninguno lo sabía.
Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.
—No juegues con la comida, Nicolai.
—Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.
Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño listo y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.
—A la cama. —dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.
— Quielo jugal papá.
—Dale un beso a papá y a la cama.
Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte.
Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba círculos que rápidamente se tornaban en espirales para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban un poco, hacía tiempo que un peso hondo se había instalado en su estómago.
Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a los ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente. Andréi decidió abrir el libro y continuar leyendo la obra por donde la había dejado.
Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más presentes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.
Toc—toc—toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.
—¿Son ellos? —preguntó Andréi.
Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente. Andréi nunca la había visto así, tan abatida, tan desesperadamente rota.
—¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?
—Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…
TOC—TOC—TOC.
Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.
—¿Sabrás perdonarme?
Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes.
—No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.
—Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. —dijo ella sin levantarse de la silla.
Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora, para siempre, dejaba lo que hasta entonces había sido su vida. Qué es la vida. Pero estaba contento. Un frenesí. Miró una última vez hacia atrás y vio el libro abandonado en el suelo. Qué es la vida. No lo terminaría. Una ilusión.
Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.
—¿Andréi Nicolaiévich? —dijo el tipo de la Stasi.
—Este día ha sido feliz. He sido feliz… —dijo él —Es mi último día en la Unión Soviética.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Esta historia forma parte de una novela, que pronto saldrá en papel. Si te ha gustado el realto y estás interesado/a en adquirir el libro, pronto pondré información sobre cómo hacerlo en este sitio web. Si te apetece, no dudes en hacerme llegar tu opinión, por el medio que sea, sobre tu lectura.