1. Podría haber sido yo
Era martes, 22 de marzo de 2016, y yo había madrugado mucho para subir al avión veinte minutos antes de las 6:10 de la mañana. Mi padre me había dejado la noche antes en la estación de autobuses de Tarragona y tomé un autocar nocturno que me dejó en el Aeropuerto del Prat de Barcelona al cabo de una hora. En general, había pasado la noche sin dormir demasiado y me sentía en un estado de sopor un tanto indiferente.
Al día siguiente sería mi cumpleaños, cumpliría 26, pero no andaba demasiado ilusionado con eso, de hecho, durante aquella época, no andaba ilusionado con nada. Iba por la vida como arrastrado por una corriente de aire, sin saber muy bien adónde se dirigían mis pasos vitales, y sin importarme demasiado. Iba a vivir la efeméride en otro país, lejos de mi familia y amigos. Lo último no me importaba demasiado, porque igualmente no hubiera visto a mis colegas aunque me hubiera quedado en casa: no tenían muchas ganas de verme en aquella época. Fueron años duros, y muy felices.
Quien sí quería verme era una chica belga que había conocido el verano anterior. Se llamaba Karlaina, aunque se escribe diferente[RR1] , y tenía mi edad. Como tantos otros de sus compatriotas, había venido a las costas de Tarragona a pasar unos días de vacaciones con unas amigas, quiso la casualidad que fuera en el hotel donde yo trabajaba de camarero recogiendo vasos de guiris y sirviendo cervezas. Había gente que consideraba aquello muy duro y no aguantaba una semana trabajando de pie diez horas diarias, seis días a la semana, por mil euros. Vi muchos llegar y marcharse a llorar a su casa. Para mí fueron años maravillosos donde conocí personas imprescindibles como Karlaina.
Tuve la suerte entonces de que ella se fijara en mí y me encontrara por la red social de referencia en ese momento, y en la cual yo casi ni entraba, Facebook. A raíz de ahí, iniciamos una conversación que terminó con su vuelta, al cabo de una semana a La Pineda, donde yo trabajaba, pero esta vez en un apartamento que compartimos por unos días azules[RR2] . Nuestro affaire se nos hizo de lo más dulce y repetimos varias veces ese verano. Ella era enfermera en un país mucho más rico que el mío, venía de una familia pudiente, y podía permitirse el lujo de tomar el avión como el que agarra un autobús. Aunque tenía mucho más dinero que yo, nunca me sentí inferior a su lado y siempre me trató como a un igual. Yo tenía la intención entonces de ser profesor si conseguía reunir el dinero para pagarme el abusivo máster necesario para ejercer esa función en España. Recordaba que el día que me admitieron en la Universidad, estaba con ella en la cama cuando me comunicaron la noticia y dimos saltos de alegría en ese verano de 2015.
Pensaba en todo aquello recostado en el asiento del avión, viendo amanecer por la ventana y, a pesar de todo, no me daba cuenta de lo feliz que era. Yo estaba atribulado por ciertos problemas que me había hecho romper con algunas relaciones que yo hube considerado indestructibles no hacía mucho tiempo atrás, y la pérdida inevitable de estas personas se me hacía tan difícil de superar como si fuera la muerte de un ser muy querido. La realidad cede con demasiada facilidad [RR3] y no hay nada más absurdo, menos entendible, que las despedidas para siempre, ya sean las que impone la vida o las que impone la muerte. Aunque era mi último día con 25 años, que tenía una aventura por delante de una semana en Bélgica con mi chica en un apartamento para nosotros, a pesar de que me estaba comiendo el mundo a bocados, estaba melancólico y apesadumbrado. Sentía que lo mismo me daba morir que vivir en este cuento absurdo que llamaban realidad. Por eso me dejaba llevar por el aire como una bolsa de plástico, metido en este caso en un avión de Ryanair que tenía prevista su llegada al Aeropuerto Internacional de Zaventem (Bruselas) a las 8:30 de ese día, marcado en la historia, 22 de marzo de 2016.
Una voz de la tripulación nos pidió en inglés que nos pusiéramos los cinturones de seguridad porque íbamos a iniciar el aterrizaje. Eran aproximadamente las 7:55 de la mañana. Como habíamos salido puntuales, estaba previsto que tocáramos tierra un poco antes de la hora convenida. Mientras yo y los demás pasajeros pensábamos en nuestras particulares cosas y la tierra belga se aproximaba cada vez más[RR4] , intervino en inglés la voz angustiada del comandante: …there have been an explosion at the airport…
Sólo entendí la palabra explosion y airport y los chillidos ahogados de algunas personas que se llevaban las manos a la boca. Luego se produjo el silencio más tenso que he oído en mi vida, como si la cuerda que lo sostenía fuera a reventar de un momento a otro y el mundo que conocíamos se pudiera terminar en un pestañeo. Poco a poco, empezaron a oírse rumores de voces hablando en idiomas indescifrables para mí, excepto por el tono, que era contrito y asustado. Pensé en encender mi móvil, pero habría sido inútil, dado que no teníamos cobertura. Además, daba la casualidad de que había salido de casa prácticamente sin batería y no había tenido la oportunidad de cargarlo en algún enchufe del aeropuerto. Sería mejor llegar a tierra y esperar a ver cómo terminaba todo.
Me sentía tranquilo. Para entonces, ya todos sospechábamos que, en el mundo en el que vivíamos, una explosión en el aeropuerto no se producía por accidente. En general, la gente estaba callada, rezando lo que sabía o aguantándose las ganas de salir corriendo o, como yo, sin saber muy bien qué pensar ni qué hacer. Seguí recostado pensando en que, cuando se producía un atentado, no solía suceder de forma aislada y había que esperar otro en alguna parte. Quizás en el avión donde viajábamos, debíamos de pensar todos.
La voz del comandante volvió a sonar. Airport Charlorai. Resulta que iban a desviar nuestro vuelo. Es bien sabido que Ryanair viaja con el combustible justo para ahorrar en costes, más de uno esperábamos que tuviéramos el suficiente para llegar al otro aeropuerto, que por otra parte yo desconocía completamente en qué país se hallaba. Había quedado con Karlaina en que me recogería en el aeropuerto de Zaventem a la hora indicada, pero en ese momento yo no sabía dónde había sucedido la tal explosion.
Pero yo seguía tranquilo, viendo los acontecimientos que sucedían como si los viviera otra persona. Entonces entendí que el miedo era completamente arbitrario y lo mismo te agarraba en tu casa viendo la tele que te dejaba en paz dentro de un avión buscando urgentemente pista de aterrizaje. Por fin conseguimos tocar tierra y, una vez que el aeroplano se paró, en vez del previsible alivio, empezaron las prisas y la ansiedad. Sonaron los teléfonos móviles casi al unísono. Cuando encendí en mío, mi padre me había llamado más de nueve veces. Antes de que pudiera devolverle la llamada, me estaba contactando de nuevo y lo cogí. En su voz fue cuando me asusté. Era fría y dura, como el que se prepara para oír cualquiera clase de noticia, incluso la peor de todas.
El día martes 22 de marzo a las 8 am hubo un atentado terrorista con explosivos en el Aeropuerto Internacional de Zaventem, Bruselas. Por ese entonces, apenas las 9 de la mañana, ya era noticia a nivel internacional y todo era confusión. Le dije a mi padre que habíamos aterrizado en otro aeropuerto, que estaba bien, que no se preocupara, que allí no había pasado nada y que tenía que colgar porque tenía que llamar a Karlaina. Sólo esperaba que ella estuviese bien, dado que era previsible que se encontrara en el lugar de los hechos a la hora en que las explosiones ocurrieron, esperándome en las Llegadas.
Intenté contactar con ella pero fue imposible, las líneas debían de estar saturadas. En el avión, todos intentaban establecer contacto con el mundo exterior. En esa tesitura, se me terminó la batería del móvil. Maldije mi mala cabeza y me dispuse a encontrar un enchufe de forma urgente, una vez que pudiera acceder a la maleta y agarrar el cargador, el cual esperaba con todas mis ganas haber traído al viaje y no haberlo olvidado en casa, cosa posible dado que había hecho la maleta deprisa y corriendo.
El Aeropuerto de Charlorai se encontraba en Bélgica, a 46 quilómetros de la capital. Fue una suerte que no hubiéramos acabado en Francia o en Alemania. Quizá, porque fuimos de los primeros vuelos desviados, acabamos en el aeropuerto más inmediato a nuestro destino. Pero Charlorai era un aeropuerto como el que hay en mi pueblo y ahora estaba absorbiendo el tráfico aéreo de su hermano mayor, el aeropuerto de Zaventem. Nos bajaron en la pista y nos indicaron que camináramos hacia un edificio que se veía a unos quinientos metros más allá, donde encontraríamos la salida. El personal del aeropuerto brillaba por su ausencia, dado que fueron a atender al próximo vuelo desviado que aterrizaría en la diminuta pista de un momento a otro. Todo era un pandemonio.
Visto lo visto, me daba tiempo de fumar un cigarrillo. Lo encendí, como hicieron otros pasajeros, y fuimos fumando por la pista del aeropuerto hacia nadie sabía muy bien adónde, pero con la alegría efímera por satisfacer una necesidad acuciante como la sed.
Llegados al interior del edificio del aeropuerto, el caos se intensificaba por momentos. Atravesamos las salidas sin ningún control por parte de los empleados del lugar. En lo que parecían unas aduanas vacías, encontré el preciado enchufe que andaba buscando como un perro ventor [RR5] y me dirigí a ese rincón sin saber muy bien si me echarían de allí. Abrí mi equipaje de cabina y saqué el bendito cargador que, con manos nerviosas, conecté al teléfono. Esperé a que marcara un dos por ciento para encenderlo y entonces sí que vi las decenas de llamadas de Karlaina, lo cual me tranquilizó de sobremanera. La llamé yo y me contestó con lo que parecía el manos libres de un coche. Estaba bien. En Zaventem todo era un caos, estaba intentando salir del aeropuerto rumbo a Charlorai, donde sabía que yo estaba. Su voz sonaba nerviosa y mezclaba el inglés con palabras en su idioma, el flamenco. Quedamos en que nos veríamos en Charlorai cuando consiguiera llegar, pero tenía que ser paciente porque el tráfico era horrible y el caos absoluto en todas partes. Le mandé un beso y le dije que se cuidara mucho. Beso, dijo.
Esperé un poco más y me di cuenta de que no podría seguir en ese lugar liminal mucho más tiempo, que era cuestión de minutos que llegara alguien del aeropuerto y me preguntara qué diablos estaba haciendo en ese rincón con una maleta, en pleno pasillo por donde iban pasando oleadas de pasajeros asustados de diferentes vuelos internacionales. Recuerdo ver a un señor con turbante que llamó mi atención. Nos miramos un momento a los ojos, la verdad es que no me habría gustado ser él entonces.
Con menos de un diez por ciento de batería, atravesé por fin el portal de las llegadas con la esperanza de encontrar otra toma de corriente en algún lugar. Fue entonces cuando me percaté de la magnitud del caos. Miles de personas se agolpaban en el amplio vestíbulo del aeropuerto, que había superado su aforo por mucho. Todos iban de un lado al otro haciendo preguntas al personal de las aerolíneas, que no sabían muy bien qué responder ni qué hacer. Un tipo pálido con una rebeca apretada sobre su tripa, responsable del lugar, miraba a todas partes con los ojos como platos, como queriendo decir algo a alguien, pero sin encontrar las palabras ni el receptor del mensaje. Había pensado en preguntarle dónde había una toma de corriente, pero desistí. Quise salir al aire y alejarme de aquel barullo, porque entonces sí que sentí cierta sensación de desprotección: si los perpetradores han decidido poner una bomba en aquel aeropuerto, las víctimas se contarían por centenares, si no por miles. El plan era que no había plan.
Una vez en la calle, vi llegar los autobuses, los coches, las gentes yendo y viniendo. Todo sucedía muy deprisa a mi alrededor y yo estaba detenido en medio del mundo, fumando otro cigarrillo, pensando en que al día siguiente sería mi cumpleaños y tendría 26 años, pensando en el absurdo de la vida y en la facilidad con que cede y se desmonta el edificio que llamamos Realidad. Al final, encontré un enchufe y me senté a leer.[RR6]
Más tarde supe que hubo otras explosiones en el metro de Bruselas y que hubo víctimas mortales de distintas nacionalidades, entre ellas un español, que podría haber sido yo.
…
2. El presente
Karlaina llegó por la tarde en su Audi A1 negro. Me subí al coche sin dar tiempo a que ella se apeara del vehículo, dado que era mucho el tráfico y queríamos salir de allí lo antes posible. Nos abrazamos y empezamos hablar a la vez de todo lo que nos había pasado, cada uno en su respectivo lado de la historia. Había sido una suerte para ella no haber llegado a tiempo a la zona donde se había producido la explosión, muy cerca de donde se encontraba en ese momento. Había visto la policía, las ambulancias, en realidad, ella había estado mucho más próxima del desastre que yo, porque si bien a mí también me había ido de minutos encontrarme en medio del caos, no había visto prácticamente nada más que el miedo invisible como un velo en la cara de los pasajeros. Sin embargo, ella había visto el humo y la sangre, el ejército y la policía. Pero por fin estábamos juntos y nos dirigíamos a casa de sus padres, lo cual no estaba previsto.
Habíamos organizado una semana en Bélgica en el apartamento vacío que su familia tenía en Merelbeke, una localidad cercana a Gante, donde también regentaban la casa de dos plantas donde vivían habitualmente. Como no éramos nada demasiado serio, no teníamos pensado en presentarnos a nuestras respectivas familias, pero el transcurso de los acontecimientos nos hizo cambiar de planes apresuradamente y allí me dirigía a conocer a mis futuribles suegros belgas. La verdad es que me daba más miedo eso.
Desde su ex, con quien había vivido una relación traumática, Karlaina no había traído otro chico a su casa. Sus padres resultaron ser muy amables. Su madre era de ascendencia chilena y eso le había dado a Karlaina el pelo negro, la piel morena y los grandes ojos oscuros: me di cuenta de que era una versión más joven de su mamá. El padre era un belga alto y desgarbado que no me dijo mucho ni me juzgó de forma inquisidora. Hablamos un poco de los acontecimientos del día como el que cuenta una anécdota no muy trascendente y pronto nos dejaron tranquilos. Fuimos arriba. Yo necesitaba urgentemente una ducha y abrazar a Karlaina, y todos lo entendieron.
Aquella noche era la víspera de mi cumpleaños. Al salir del baño, que por otra era el sitio más lujoso donde yo me había aseado alguna vez, me estiré en la cama de Karlaina. Ella me abrazó y así estuvimos los dos un buen rato, sin hacer ni decirnos nada, solo respirar mirando al techo, sintiéndonos vivos. Ni salimos a cenar ni bajamos más a la planta baja. Nos quedamos arriba e hicimos el amor de una forma infinita, sin terminar nunca, como si nuestra carne pidiera a gritos mantenerse despierta por miedo a dormirse para siempre. Al final tuvimos que obligarnos a parar el uno al otro. Ya tendríamos tiempo de disfrutarnos al día siguiente, en el apartamento de Karlaina. Por otra parte, teníamos mucho que hacer al día siguiente: nos esperaba una cita importante con su ex.
A pesar de su dulzura, Karlaina había convivido varios años con un tipo que la maltrataba, tanto física como psicológicamente. Es decir, le daba palizas, la humillaba, la despreciaba y un largo etcétera de pesadillas conyugales. No resultaba extraño, entonces, que hubiera buscado a alguien tan lejos de su día a día, manteniendo una distancia de seguridad lo más grande posible. Pero resultó que, sin quererlo, las cosas estaban saliendo solas, como movidas por una corriente de aire que las impulsaba. Tanto era así, que teníamos previsto acudir al antiguo apartamento de la pareja, porque ella debía hacer firmar al tipo unos papeles, a lo que él se negaba en redondo. Quería volver a verla, a poseerla, a pesar de haberle hecho todas las perradas del mundo, pero Karlaina se negaba, quería cambiar de vida, y yo representaba todo eso. Desconozco si mi presencia era una cosa conocida por el tipo, si se iba a poner tan violento como había sido con Karlaina y me iba a dar una paliza que remataría la faena que había empezado la explosión. La realidad era que yo, en general, me sentía tranquilo y triste al mismo tiempo. También yo había vivido mis fracasos vitales estrepitosos y todo me daba un poco lo mismo; lo que pudiera pasarme, bueno o malo, no me preocupaba demasiado.
En un abrir y cerrar de ojos llegó el día siguiente con su nuevo afán. Tomamos un buen desayuno y nos trasladamos al apartamento que la madre de Karlaina había comprado cuando era más joven. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia Merelbeke. El paisaje de la ventanilla del coche no tenía una sola montaña y las casas se sucedían una detrás de otra a ambos costados de la carretera. La gente vivía espaciosa, no como en España, donde nos apiñábamos unos con otros en callejuelas oscuras que buscaban la sombra y la corriente de aire[RR7] . Todo era verde. La gente paseaba en bicicleta o en coches de alta gama como el que nos transportaba a nosotros. En la radio sonaba Cold Play y los chalés me parecían de chocolate. Me resultaba cosa de magia que un tipo como yo anduviera con una chica como aquella en un lugar como ese. ¿Me habría muerto ya?
La relación con Karlaina era más física que mental. Por una parte, estaba el escollo del idioma, ella hablaba muy poco español y mi inglés era básico. Lo que salvaba el obstáculo de la comunicación verbal era el lenguaje de los cuerpos, siempre ávidos de encontrarse en cualquier lugar. A ella le gustaba hacerlo en lugares públicos y a mí, que me daba todo lo mismo, tampoco me desagradaba. La atracción que sentíamos el uno por el otro era fuera de lo común y buscábamos cualquier ocasión para satisfacerla. Incluso un viaje en coche podía ser escenario de caricias íntimas y ríos de saliva.
En esas, llegamos a un supermercado Delhaize a por provisiones para la semana. El edificio, de una sola planta, se encontraba en un polígono industrial a las afueras de las afueras, alejado de las desperdigadas casas y granjas que proliferaban por doquier. Hicimos la compra de rigor y al volver al coche, me percaté que no lejos del parquin, de hecho, dentro del propio recinto, se hallaba un pequeño cementerio. Le hice saber a Karlaina mi sorpresa y a ella no le importó coger mi mano y dirigir nuestros pasos hacia el lugar. Cruzamos el umbral de la entrada y paseamos entre las lápidas que anunciaban los cuerpos enterrados. Un nombre, dos fechas, unas palabras, casi nunca una foto, constituían el monumento a los don Nadie, que al fin y al cabo somos todos, junto a un supermercado donde la gente hacía sus compras diarias sin reparar en la finitud y el deceso. Los belgas tenían una curiosa organización social, debieron pensar que aquel era el mejor lugar para enterrar a los suyos, un lugar como cualquier otro, sin drama.
Me aburrí pronto de la mirada ausente de los muertos, cuyos fantasmas andarían por las noches entre los estantes de las patatas fritas y refrescos azucarados, y nos metimos en el coche rumbo a otro sitio. Aquel día, nuestras visitas eran erráticas e íbamos a todos lados sin ir a ninguna parte porque esperábamos ansiosos que fueran las cinco de la tarde, cuando se resolvería el tema de los papeles que Karlaina y su ex habían de firmar.
Como ella había vivido un infierno, no se sorprendía de nada y cualquier cosa le parecía posible. Me había contado verdaderas historias de miedo que a mí se me hacían propias de la televisión o de gente muy desgraciada y pobre, no de una chica joven con su trabajo, con su familia y sus relaciones sociales bien establecidas. Había sufrido palizas, moratones, la habían gravado, fotografiado manteniendo sexo, el tipo la había forzado infinidad de veces y las huellas podían encontrarse aún en algunas partes de su cuerpo. Pero no fue todo aquello lo que impulsó a Karlaina a terminar la relación: el tipo mantenía relaciones homosexuales por internet, se gravaba y recibía vídeos a su vez. Como habían vivido juntos, al parecer ella tenía toda la información audiovisual de ese ordenador y lo usaba como moneda de cambio para que el tipo la dejara de una vez tranquila. Infinidad de veces, cuando me contaba estas historias de forma parcelada durante los meses que habíamos pasado conociéndonos, yo la animaba a que denunciara, a que buscara ayuda, que acudiera a la policía. Decía que lo había hecho, pero que poco más podía hacerse. No podía hacerme a la idea de la impotencia que debía sentir frente a una situación así, y el tipo erre que erre con que no la dejaría tranquila, que la iba a matar e iba a matar a cualquiera que estuviera con ella, y eso incluía, en este caso, a mí. Otro en mi situación habría huido, pero era el arrojo, y no la belleza, han sido gran parte de mi atractivo, así que allí estaba, esperando mi hora.
La hora convenida llegó más pronto que tarde y salimos de casa en dirección al antiguo piso que compartían Karlaina y el tipo. Aunque no estaba lejos, cogimos el coche igualmente. Por el camino, mientras observaba la llegada del anochecer por la ventanilla en silencio pensaba en dónde demonios estaban los padres de Karlaina, dónde habían estado durante todo aquel infierno que a su hija le había tocado vivir. Estaba claro que no iban a aparecer en ningún momento, sea como fuere, ella debía resolver sus problemas sola. Quizá es costumbre entre aquella gente dejar los asuntos personales en manos de sus poseedores, pero como latino me parecía exagerado aquella frialdad ante los problemas de una hija. Pero bueno, al fin y al cabo enterraban a los muertos en el supermercado, es lo que hay y allá cada cual, quizá tuvieran razón y es más inteligente vivir así, no en balde sus países son más prósperos que las regiones de habla española.
Llegamos a un parquin de grava y bajamos del vehículo. Las puertas sonaron chonk-chonk al cerrarse y nuestras suelas rascaban las chinas del suelo. El edificio era, como todos los de aquella zona, bastante bajo, de cuatro plantas, con una fachada que se abarcaba con un simple vistazo. En la segunda planta a la izquierda había una luz encendida: ese era el piso, me indicó Karlaina. Okey, le dije. Can I smoke a cigarrette. Y me encendí el cigarro y respiré hondo. Si me iban a partir la cara, a mandarme al hospital hecho un cromo o, mejor aún, a dejarme tirado entre alguno de los descampados que rodeaban la edificación, quería que ese momento me cogiera con la nicotina puesta[RR8] . Mientras el humo dibujaba jeroglíficos en el aire de la tarde-noche, yo pensaba por primera vez en la situación. No iba a dejarme vapulear sin luchar, sin morir en el intento. Estaba dispuesto a todo y, por qué no, si tenía suerte quizá podría darle un bocado, una patada en los huevos o sacarle un ojo al indeseable ese que había maltratado a Karlaina durante tanto tiempo y que encima no le firmaba los papeles. Ya había estado a punto de morir en ese viaje, si lo hacía ahora, al menos tendría sentido.
El cigarrillo se terminó y separamos nuestros cuerpos, que hasta entonces habían permanecido unidos: ella delante y yo la abrazaba por detrás con el brazo libre. Emprendimos el camino de la mano por el suelo de grava, oyendo nuestros pasos sobre las piedrecillas del suelo, jrosh-jrosh, hasta la entrada. Karlaina sacó una llave y abrió el portal con la mano temblorosa. La seguí hasta el ascensor y entramos dentro del cubículo que nos esperaba en la planta baja. El silencio se podía respirar era tan denso que uno deseaba abrir una ventana con palabras. No pasa nada, everithing is gonna be alright, y le di un beso. Ella no sonrió, diría que casi ni se dio cuenta y cuando la puerta se abrió, la seguí de cerca mientras sus pasos nerviosos se dirigían hacia una de las dos puertas que se apostaban a sendos lados de aquel rellano. Una vez enfrente, me esperó y cuando estuvimos juntos frente al rectángulo cuadrado que se alzaba frente a nosotros como la tapa de una incógnita, nos miramos un segundo como si nos conociéramos de toda la vida y sentí que todo iba a salir bien. Le di una palmada cariñosa en el culo y eso la animó. Ahora sí que sonrió y me miró con ganas de amarme allí mismo, de vivir otra vez. Yo le devolvía la mirada diciéndole que pronto sus sueños, antiguos y urgentes, se harían realidad. Cuando se sintió preparada, escogió una de las llaves y la introdujo.
Una luz tenue brillaba al fondo de un pasillo. La seguí con paso decidido y me olvidé de Karlaina completamente. Sentía todos los poros de mi piel en punta, preparada la carne para morir o matar. A medida que avanzábamos y la luz iluminaba la orilla de la entrada opuesta del pasillo, la inexplicable sensación de alegría se intensificaba. Íbamos a ganar.
Cruzamos el umbral de la puerta del comedor al final del corredor oscuro y nos recibió una luz verdosa hija de coloración de las paredes. Lo primero que llamó mi atención era que en aquel pequeño salón no había ni un solo mueble, era sólo una sala vacía, un lugar sin rostro como una lápida sin inscripción. La única presencia, casi una sombra también, era un tipo alto y desgarbado de casi treinta años que nos miraba, que me estudiaba, con una mirada desviada, sin hacerlo directamente, junto a la única ventana de la habitación.
Había silencio. No hubo saludo. Me dediqué a mirar a aquel ser humano como el que ve una rata al otro lado de la habitación. Una euforia extraña invadía todos los miembros de mi cuerpo. Me sentía extasiado. Tenía ganas de coger al tipo por las solapas de la camisa y tirarlo por la ventana. Vi su cara de roedor de perfil. Parecía faltarle pared para huir. Sin duda pensaba que Karlaina aparecería sola y no solo había venido con un chico sino que además era extranjero, de esos países más pobres y menos civilizados donde crecen toda clase de delincuentes, debía pensar, porque solo pude distinguir una expresión en aquella cara cobarde: miedo. El tipo quería salir de allí lo antes posible.
Hay un género de cobardes muy habitual en el mundo: los que maltratan a aquellos que creen más débiles. Uno debe andarse con ojo porque estos tipos aprovechan el terreno de la confianza mutua para actuar con impunidad. No sueles verlos a la primera, ellos necesitan tiempo para hacerse fuertes, para observar tus puntos débiles y darte donde más te duele. Así llegas a pensar que eres muy frágil porque con poca cosa te vienes abajo, que cualquiera podría soplarte y hacerte caer como un castillo de naipes. Esta gente cree saber hasta dónde pueden llegar y utilizan todo lo que conocen de ti para encerrarte en una trampa mental: donde estás en sus manos y no tienes escapatoria. No solo ocurre con las relaciones de pareja, sino las de trabajo, amistad o familiares. Pero ocurre que el velo siempre cae y llega el día en que uno ve al cobarde tal como es. Cuando no existe, ni ha existido nunca, el menor aprecio por esa persona, cualquier cosa es esperable, porque somos capaces de cualquier cosa y no nos dejamos matar.
Me acerqué a él dispuesto a pedirle cuentas por todo lo que le había hecho a Karlaina. Ella había sufrido mucho y yo también. Aquel cuerpo escuálido de hombros estrechos podía servirme como venganza de todos mis fracasos hasta la fecha. Por aquel entonces yo estaba acostumbrado a vérmelas con toda clase de gente y a andar solo por las calles oscuras del mundo. Luego sabía medir muy bien mis fuerzas y las del contrario y me creía con la suficiente energía como para mandar al tipo al techo de un puñetazo.
Karlaina se interpuso entre nosotros y le plantó los papeles delante, que ella llevaba en una funda roja transparente. Hablaron muy poco y muy quedo, palabras en flamenco que yo no distinguí, pero sí vi las expresiones. El tipo se había rendido. Era incapaz de mirarme a la cara, ni siquiera podía mirar a Karlaina. Ella se sentía triunfal y estaba más guapa que nunca, estaba venciendo al monstruo, que había resultado ser solo una pobre rata indefensa frente a un mundo demasiado grande. Sin decirse mucho más, el tipo firmó los papeles contra la pared que Karlaina le tendía y, al devolvérselos, ella no podía estar más feliz. Los devolvió a su funda y me cogió la mano. Salimos sin decir adiós de la habitación verde y nos dirigimos, con paso tranquilo pero feliz, hacia la calle, hacia el mundo, hacia la nueva libertad que nos esperaba al doblar la esquina. Ni una sola vez me giré para ver al tipo, no me hizo falta saber que no haría nada porque estaba muerto de miedo y además cargaba el peso del que se había liberado mi chica. Lo dejamos petrificado junto a la ventana, de la que espero que se acabara tirando, y nosotros bajamos las escaleras riendo contentos, disfrutando de una nueva felicidad.
¡Por fin! Karlaina me hablaba en su idioma y reía con los ojos. Nunca la había visto tan alegre, era otra persona, podía vivir de nuevo o por primera vez. Un futuro diferente se presentaba frente a ella, el alivio recorría todas las hebras de su cuerpo y la tensión la abandonaba como si de una electricidad paralizante se tratara, dejando en su cuerpo una sensación de bienestar prolongada. Yo era casi tan feliz como ella porque me transmitía su contento y los dos nos metimos en el coche como en una nube y nos fuimos de allí hacia ninguna parte como si nos hubiera tocado la lotería. Adónde nos dirigíamos, yo no lo sabía, pero Karlaina sí. Me dejé llevar y me acomodé en el asiento. Yo también estaba liberando la tensión que hasta hacía pocos minutos me atenazaba la columna vertebral. Your sky, your sky full of stars… I gonna give you my heart, cantaba el de Cold Play y por primera vez la canción favorita de ella no me parecía una cursilada empalagosa, sino el mejor tema para mirar el cielo de farolas y los tejados de galleta de las casas que se iban sucediendo una tras otra mientras abandonábamos su vida anterior como una piel muerta y nos dirigíamos hacia un nuevo capítulo muy diferente a los anteriores.
Cantando a pleno pulmón aquella y otras canciones, con la ventanilla abierta y sin importar perturbar el silencio eterno de las calles de Merelbeke, llegamos a la plaza de parquin que Karlaina tenía junto al apartamento de sus padres. Así que vamos a tu casa, le dije, pero ella no me respondió con palabras, sólo me miró y yo entendí al instante.
Subimos los escalones a la carrera, dándonos besos por la escalera, armando escándalo por todas partes. Por primera vez en mucho tiempo yo me sentía verdaderamente alegre y, si bien no era feliz porque había fracasado en casi todo, aquella noche que empezaba yo estaba en la cima del mundo y me parecía que todos los astros del cielo eran testigos.
Mientras nos manoseábamos, Karlaina introdujo la llave en la puerta de su apartamento, esta vez sabiendo lo que nos esperaba dentro, fuera, y a partir de entonces: el presente.
…
3. Te quiero
La puerta del pequeño apartamento se abrió y llegué al sofá del salón con los ojos cerrados, solo guiado por las manos de Karlaina que me abrazaban y recorrían como un río mi espalda, mi cuello y mi vientre. Me dejaba llevar por ella guiado por el torbellino de besos que entre los dos formábamos, cada vez más lejos del mundo, cada vez más olvidados de quiénes éramos y de dónde veníamos. Sin importar absolutamente nada más que nuestros dos cuerpos abrazándose bajo la luz cálida de las lámparas amarillas.
Llegó un momento en el que perdí el equilibrio y caí. Karlaina cayó encima de mí y seguimos rodando, dándonos todos los besos que el pasado nos había negado. Por el tacto de la superficie pude deducir que estábamos sobre el mullido sofá de cuero color crema, y que por lo tanto habíamos llegado hasta el comedor del apartamento sin ver. Cada vez la respiración de ambos se volvía más entrecortada y, de golpe, Karlaina paró.
Se alejó abruptamente de mí como si una corriente de aire se la hubiera llevado y yo me quedé por un instante besando estúpidamente al vacío, a un fantasma. Abrí los ojos sin entender nada y la vi de pie, en medio del pequeño salón, entre la tele y el sofá donde yo estaba, mirándome divertida, alegre, preciosa. Le hice saber que no entendía: What happens? Y ella me dijo que tenía que permanecer allí sentado, que Soon I will come.
Desapareció por la oscuridad del pasillo. Me quedé estupefacto, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar. Una enorme fuerza incómoda e incontrolable pugnaba por salir por la cremallera de mi pantalón vaquero y la promesa rota de liberación aún la hacía más rabiosamente dolorosa. Mi vista saltó por diferentes puntos del salón, el televisor, la cocina, la ventana, la mesa de té, mi libro colocado encima que había traído para ese viaje y cuya lectura me estaba fascinando porque no podía sentirme más identificado con el protagonista de El Idiota de Dostoyevski. Como el Príncipe Myshkin estaba yo en ese momento, absolutamente perdido en un mundo que no terminada de entender.
Ya pensaba en levantarme e ir en busca de Karlaina por el apartamento. Una parte de mi la imaginaba en el cuarto, tumbada en la cama bocabajo, llorando por los recuerdos amargos que ese día había tenido que remover y que la impedían, después de todo, disfrutar de una velada improvisada de nata y fresas. A pesar de nuestra juventud, la vida nos había enseñado que podía ser tremendamente cruel cuando se lo proponía. Me iba a levantar cuando, de repente, su voz desde la oscuridad del pasillo: Are you ready?
No me dio tiempo a contestarle. Antes de que pudiera decir nada, apareció desde detrás de las sombras y la bañó la amable luz amarilla del salón. Enmarcada tras la oscuridad del umbral de la puerta abierta, Karlaina se parecía a una diosa de la mitología humana.
De abajo arriba, sus pies ligeros estaban desnudos. Notas de color rojo adornaban cada una de sus uñas. Parecía que no se posaba en el suelo, sino que flotaba a medio milímetro del parqué. Sus piernas también estaban libres de ropa desde los tobillos a su cintura. Podía apreciar su piel bronceada por la naturaleza en una carne que parecía no tener huesos excepto en las rodillas. El camino de la mirada desde el suelo por esas piernas parecía una escalera al cielo. Una pieza del mismo color que sus uñas dejaba entrever su sexo como una hoja de parra que iba a caer de un momento a otro. La cintura y las caderas dibujaban sutiles curvas que se estrechaban a cada lado a medida que subían hacia el vientre, donde el ombligo del mundo me miraba como si quiera tragarme y devolverme a las aguas donde todos sueñan despiertos una vida imposible. El camino hasta sus pechos pequeños era un paseo entre las nubes. Disimulaba su desnudez un sujetador rojo, del mismo color que las prendas que llevaba, las cuales parecían resaltar más su desnudez que ocultarla. Una de sus manos reposaba sobre la cadera donde pronto se juntaría con la mía y la otra se acariciaba la media melena de pelo negro. Sus ojos, también negros y grandes, me preguntaban qué, si me gustaba lo que estaba viendo, y como respuesta solo obtuvieron mi boca abierta desde que la vi.
Dio una vuelta y vi la misma belleza por detrás. Sus glúteos generosos y proporcionados se me mostraban como un secreto separado por una delgadísima cinta roja de tela que terminaba abrazando sus caderas, dejando entrever el interior como el envoltorio de una chuchería. Do you like what you see? Dijo al volver a mirarme. Come, please, come.
Con la levedad de un ángel, se aproximó a mis brazos y la abracé como si fuera la primera vez que lo hacía. El calor recorría todos los rincones de mi cuerpo pero mis movimientos eran lentos y despaciosos, como si no existiera el tiempo en la dimensión que ahora habitábamos. Mis manos recorrían despacio todos los lugares del cuerpo y de la escasa ropa de Karlaina mientras ella me iba desnudando a mí como si me arrancara una piel muerta y me devolviera otra nueva y fresca. Pronto estuvimos en contacto piel con piel, tocándonos sin mover las manos, juntando las partes más íntimas de nuestro ser, escasamente separadas por la fina tela de las braguitas de ella, cada vez más húmedas y calientes, cada vez más cerca los puntos liminares que nos unirían pronto como en una explosión. Su boca bajaba desde las comisuras de la mía por mi cuello, mis hombros, mi pecho. Sentí cosquillas y mis manos la agarraron con más fuerza sin darse cuenta. Ella rio y siguió bajando hasta encontrar el punto más duro de mi persona.
Noté su húmeda lengua y sus labios que me abrazaron suavemente. Se la veía concentrada en lo que hacía, con una sabiduría de siglos aprendida en los libros secretos del cuerpo. Pronto quise corresponderla y me levanté sobre la alfombra donde ella ahora estaba. Se colocó en el sofá delante de mí, dejándome ver toda su espalda, que entonces me parecía hecha del material más exquisito del mundo. La acaricié cuan larga era hasta llegar al final. Ella se estremeció un poco dejando escapar un jadeo. Aparté la cinta que nos separaba la piel y besé su sexo como si fuera un objeto sagrado de la religión. Un sabor a piel y a sal de mar invadió mi lengua mientras se adentraba en las cavidades próximas. El olor de Karlaina, que siempre me hacía sentir en casa, era allí más fuerte, más puro, como si de esa parte de ella manara su esencia. Los gemidos se hicieron más audibles y, a veces, aguantaban un grito. Me hizo saber sin decírmelo que quería que encajáramos las dos piezas que nos constituían como seres de la naturaleza y obedecí.
Sin necesidad de quitar la pieza de ropa que llevaba, solo apartando levemente la cinta, ahora ya completamente empapada, me introduje en su cuerpo posando mis manos sobre sus caderas con un movimiento suave y sencillo. Karlaina arqueó la espalda hacia atrás y poco a poco fuimos cogiendo el ritmo que marcaban sus nalgas sobre mis piernas. Mientras tanto le desabrochaba el sujetador y la tira se liberó como una goma elástica que cayó sobre el sofá de cuero donde se hincaban las rodillas y la cara de ella.
Los gritos ya eran audibles pero a mí me parecía que los escuchaba muy lejos, como si el mundo estuviera en otra habitación a donde estaba yo. No pensaba en nada, solo era un cuerpo que sentía una corriente que bajaba hacia el mismo punto, como si fuera un río de aguas bravas pero a la vez suaves y constantes. Me sentía unido a la tierra, a los astros, tan lejos del tiempo como de la muerte. Viví en ese estado una eternidad que pronto terminaría. Antes de que llegara su final, Karlaina volvió a coger la iniciativa y se apartó un momento de mí. Me tumbó en el sofá con un empujón y, después de liberarse de la última prenda de ropa que la cubría y la molestaba, se lanzó sobre mí, esta vez los dos completamente desnudos, formando un solo ser de dos cabezas.
Me abrazó y mientras yo la abrazaba también y nuestros cuerpos se juntaban de nuevo sin usar las manos, la miré con ojos sonrientes y ella me devolvió la sonrisa. Habíamos ganado, estábamos triunfando sobre las miserias del mundo, reconciliándonos con nuestro pasado y con nosotros mismos, dándonos otra oportunidad gracias al otro. El ritmo se había vuelo rápidamente frenético y yo sentía que las aguas de mi cuerpo pronto iban a estallar como una ola rompiendo rabiosamente contra la roca escarpada. Antes de que el alma se nos saliera del cuerpo, apreté a Karlaina como el náufrago a su tabla de salvación, sintiendo el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, el olor de su pelo, el tacto del sofá bajo mis piernas sudadas, el aullido de la luna que me miraba a través de la ventana del techo como si fuera el ojo de un Dios que me era favorable.
Y el mundo explotó. Varias veces. Sobre las aguas, sobre la tierra, sobre la carne. Poco a poco las cosas fueron volviéndose reales. Mientras los objetos volvían a su lugar, seguimos abrazados retomando el ritmo de la respiración, mientras nos íbamos haciendo cada vez más pequeños, volviendo a ser humanos. Nos quedamos así, exhaustos y con el corazón aún en un puño, abrazados y sonrientes, con los ojos humedecidos. Wow. Dijo alguien y el otro dijo lo mismo y permanecimos así, en silencio, un buen rato.
Pronto, las necesidades fisiológicas hicieron acto de presencia. Karlaina se levantó para ir al baño y yo aproveché su ausencia para buscar mi ropa y el paquete de tabaco. Una vez vestido, salí al pequeño balcón y encendí un cigarro viendo pasar los escasos coches que a esa hora recorrían las carreteras. Había un cruce con un semáforo que iba del rojo al verde y viceversa. Las calles estaban mojadas y el ambiente fresco me resultó reconfortante. En algún momento había caído una buena pero no nos habíamos enterado. Eso ocurrió en otra parte de la realidad donde no estábamos ni Karlaina ni yo. Un coche esperaba a que el semáforo le diera paso. Un transeúnte paseaba al perro por la acera de cemento, camino del parque unos metros más allá. ¿Me quedaría allí para siempre? Entonces no me hubiera importado. La vida me había llevado por muchos caminos y en ese momento, los sinsabores vividos me parecían elementos lógicos de una narración con final feliz, si ese fuera su final y ahora terminara la historia.
Karlaina llegó y se puso a mi lado a mirar el paisaje que iluminaba la luz alternante del semáforo. Are you hungry? Yes, I am always angry. Reímos esa broma que solo entendíamos nosotros y nos dimos un beso. Muchas gracias me dijo y yo le pregunté Why pero ella no me respondió. Te quiero dijo alguien luego por primera vez en mucho.
Cuando se terminó el cigarro entramos y fuimos a cenar. En Bélgica hay unos establecimientos típicos que me encantaban, donde se venden frituras como patatas fritas, salchichas y cosas por el estilo. Siempre pedía salsa samurái y ella picoteaba cuatro cosas mientras me miraba devorar como una bestia hambrienta. Karlaina y yo no podíamos hablar mucho porque ninguno de los dos conocía el idioma del otro, pero habíamos encontrado el idioma humano más real y tangible: el de los cuerpos y el alma. Tuvimos largas conversaciones sin mediar muchas palabras y nos conocimos a fondo solamente por el hecho de pasar tiempo juntos y vivir las experiencias que nos tocaron.
En el transcurso de esos días, fuimos a Amberes, que quedaba a unos pocos quilómetros del Merelbeke. Lo más famoso de aquella ciudad, que en un tiempo y durante un breve plazo hubo sido del mismo país que el mío, era la estación de tren, por eso Karlaina había escogido ese transporte para llegar a ella. Al parecer, la estación había aparecido en muchas películas que yo no había visto e inspirado otras estaciones en ciudades europeas donde yo no había estado. No recuerdo mucho de la ciudad más que una calle larga, al salir de la estación, repleta de joyerías donde se compraba el diamante y se vendía, y a judíos con el traje ortodoxo, las barbas largas y las trenzas, esos seres mitológicos que yo había visto en las películas, hablando entre sí o paseando.
Echamos ese día sabiendo que ya nos quedaba poco para separarnos. Mañana, deberíamos volver al aeropuerto de Charlorai, dado que el de Zaventem había quedado inutilizado por la explosión. Sabíamos que llegaban horas de estrés y días de separación hasta que encontráramos la oportunidad de volver a vernos, si es que esta se producía.
Una melancolía agradable nos invadía y hacía que los momentos fueran tan bonitos como una lágrima. Paseamos por la ciudad bajo un cielo gris y un aire ausente. Visitamos el centro y, después de comer, emprendimos el viaje de vuelta porque tampoco encontramos nada interesante que hacer o no tuvimos ganas de hacer nada. Había en el ambiente un clima de preocupación por los recientes atentados y la gente se preguntaba cuál sería el futuro de Europa, y Karlaina y yo nos preguntábamos lo mismo sobre nosotros. Ninguno supimos qué responder, más que vivir y dar otro paso y otro.
Lo que más me gustó de Amberes fue, efectivamente, la estación de tren. Los trenes siempre me han inspirado la sensación de nuevas oportunidades al final de la vía, mucho más que los aviones, que se parecían más a un ascensor que a un camino. Dimos una vuelta entre las arcadas decimonónicas de la estación, observando el techo altísimo y la ligera arquitectura de hierro, que se había hecho famosa gracias a la Torre Effiel. Encontramos nuestro tren en uno de los andenes inferiores y decidimos esperar allí hasta que saliera, huyendo del frío, dando rienda suelta al triste y amable sopor que nos invadía. Dos soldados con fusil apostados en un lugar estratégico nos recordaban que vivíamos en un mundo hostil y vigilado. No hicimos caso de su imagen que se veía a través del grueso cristal. Permanecimos el uno junto al otro, sentados en el vagón completamente vacío, Karlaina apoyada sobre mí mientras mi brazo la abrazaba sobre los hombros y yo reclinaba la espalda sobre la ventana. You know what. No, I don’t.
Y esa fue la última vez que alguien lo dijo, pero ninguno de los dos lo sabía: Te quiero.
[RR1]Referencia: “Mi nombre es Jonh Coffey, como el café, pero se escribe diferente” – La Milla Verde, libro/película
[RR2]“Estos días azules y este sol de la infancia” – Últimos versos encontrados a Antonio Machado en el bolsillo de su pantalón tras su muerte en el exilio.
[RR3]Cita de Borges, que le leí a Harold Bloom.
[RR4]Frase con aire cervantino.
[RR5]Homenaje al poema “Perro ventor” de Rafael Banegas Cordero
[RR6]¿Lo que habría hecho Borges?
[RR7]Este dato lo aprendí de Eduardo Mendoza en “La ciudad de los prodigios” cuando describe el casco histórico de Barcelona.
[RR8]Esta expresión la escuché de la madre de mi amigo Kike, cuando teníamos dieciséis años, estábamos en su casa, y me dijo: “Ricardo, te fumas el cigarro aquí y así te lo llevas puesto.”
…oooOOOooo…
FIN










