Nota del autor: Con este capítulo se da comienzo a una serie episodios que girarán en torno a la ciudad de Barcelona donde dos personajes, Martina y Federico, se ven inmersos en una historia de amor y de vida. Todos los domingos se publicará un nuevo capítulo que se irá sumando a este rincón de internet.
1. Nada mejor que hacer
-Tengo un regalo para ti.
Federico mostró un poco de su sonrisa torcida antes de acercar el cigarrillo a sus labios y aspirar. Había visto la bolsa de papel que ella había acarreado durante toda la tarde y se había preguntado por su contenido todo el tiempo, sin atreverse a abordar el tema.
-No hace falta que me regales nada, Martina. -y engolando la voz- Tú eres un regalo.
Martina rio y le tendió la bolsa de papel marrón, sin distintivos de ninguna tienda. Al contacto con sus manos, Federico ya supo cuál era el contenido del sobre que estaba dentro. Sonrió ampliamiente dejando ver sus incisivos sucios por el humo del tabaco.
-Ya sé lo que es.
-Si no lo supieras serías idiota, Ico, y a mí no me gustan los idiotas.
Soltó una carcajada y aproximó sus labios a los de ella. Se besaron con lengua violentamente, allí sentados en la terraza del bar, sin miedo a las miradas indiscretas. Sendos cigarrillos habían quedado olvidados en el cenicero y las manos empezaron a buscar las intimidades por encima de la ropa, sin preámbulos ni tapujos. El principio de una exhausta erección empezó a escocer en la entrepierna de Federico y el equivalente femenino sucedía entre las piernas de ella. Hubieran vuelto a hacerlo allí mismo, en medio de la plaza donde estaban, entre las mesas y sillas de aluminio lacado. Pararon.
-Bueno, abre tu regalo, ¿no?
El sobre había quedado un poco arrugado entre las manos de Federico, que habían sudado levemente por la exitación. Se había olvidado completamente del regalo, de todo. El pelo larguísimo de Martina caía sobre su fina chaqueta blanca en bucles oscuros y aquella negrura parecía capaz de contener el universo entero en sus ebras.
-¡Te has quedado empanado, tío! ¡Espabila o te lo quito!
Ambos rieron. Ferderico comenzó a rasgar el sobre que hacía de papel regalo sin ninguna piedad. Cuando descubrió su contenido, estaba dado la vuelta, sólo se veían las consabidas letras negras de detrás sobre un fondo gris como de tapia de cementerio.
–El triunfo, -dijo al darle la vuelta. La portada era la foto de un tipo cuyo rostro era indescibrable por lo ajado del cartel de pared que lo albergaba. Podía ser la cara de cualquiera, incluso su propia cara. Era solamente un cartel medio arrancado de la calle. – Francisco Casavella… No me suena de nada… Pero me gusta la portada. Me encanta.
-Este libro me recuerda a ti. Cuando lo leía me parecía que sonara una rumba estilo Los Chicos de fondo; la oía pero el libro no va de rumba ni nada de eso, ¿entiendes?
-Me da la sensación de que has acertado de pleno. No me digas más. Empezaré a leerlo esta misma noche cuando esté en mi cama echándote de menos. Aunque si quieres…
-No, Ico, esta noche no puedo. -dijo tajante. Un halo de tristeza pasó como una brisa.
Abrió el volumen por las primeras páginas y se topó con la dedicatoria que había escrito ella. Su letra era limpia y académica, acostumbrada a hacerse entender en una pizarra.
Para Ico, Por esos momentos inolvidables que juntos vivimos y viviremos en Barcelona.
-Me encanta, Martina. Sé que me va a gustar sin siquiera haber leído la primera línea.
-Lo sé. Lo mejor siempre sucede así. Lo sabemos de antemano, como si lo esperáramos.
-Y lo peor también…
-Anda, dame un beso y deja la filosofía para esta noche, cuando estés solito en tu cama.
-Estaré pensando en ti… No me quedará tiempo para pensar en nada más. Vente hoy…
Una mano dejó el libro en la mesa y empezó a deslizarse arriba y abajo por el muslo de su pierna delgada, lentamente, abajo y arriba, muy despacio, muy suave, con inquietud.
-Ya te he dicho que no puedo, Ico. -Ella cambió de tema- Por cierto, ¿qué tal con Roberto?
La pregunta le cogió desprevenido. No sabía muy bien qué contestarle. Con Roberto bien.
-Bien. Nos vemos de vez en cuando. Al fin y al cabo, estoy viviendo en la casa de su tío.
-¿Te gusta El Carmelo?
-Me encanta. Me siento como el personaje de una novela de Juan Marsé. Hemos salido un par de veces a andar por el barrio. Me ha enseñado los bares y los balcones que dan a la ciudad. Me dijo el otro día que teníamos que ir a los búnqueres. Que iba a flipar.
-Tiene razón. Te va a encantar. Eso antes estaba lleno de los quinquis que tanto te gustan.
-Podrías venir tu también, y le podemos decir a Felipe… ¿El sábado que viene?
-No lo sé… Tendría que mirarlo, Ico. Pero si puedo, me encantaría ir con vosotros.
-Ojalá tuvieras más libertad. -La mano se detuvo sobre su muslo. Ella la aproximó a su sexo y la apretó contra él. Por debajo de su pantalón vaquero podía intuirse cierta humedad caliente que impregnaba la tela de mezclilla. Su corazón palpitaba con fuerza.
-Me encantas, chico del Carmelo.
Se besaron y sus lenguas parecía que quisieran golpearse dentro de la boca del otro. La mano de ella, con sus dedos largos y delgados, agarró con fuerza la erección de Ico, apretando y soltando alternativa mente mientras iba volviéndose más y más endurecida. La tarde de domingo era gris y desapacible. Pronto oscurecería y casi no había nadie por el Poble Sec. Los gin tonic estaban casi terminados sobre la mesa del bar, aguados.
-Será mejor que nos vayamos a casa. Ya hemos tenido suficiente por hoy, ¿no crees?
-Ahora mismo no puedo ir a ningún sitio. -dijo señalándose la entrepierna- Ni andar…
-Pues espérame aquí.
Ella se levanto y se aproximó al bar. Mientras se alejaba, Federico pudo apreciar de nuevo su esbelta figura. Vestía unos sencillos pantalones vaqueros ajustados que dibujaban los contornos de sus piernas. Se iba ajustando la chaqueta blanca que ceñía su cintura estrecha. Su cabello cimbreaba levemente a cada paso que daba con sus zapatos acharolados. Poco antes había podido apreciar ese cuerpo desnudo frente a él, de rodillas.
La vida en Barcelona era imposible como en un milagro. Los precios de las cosas estaban por las nubes y su sueldo de trabajor a media jornada casi no llegaba ni para pagar el tabaco. Con la cuenta prácticametne a cero, intentaba sobrevivir comiendo poco y andando mucho de aquí para allá. Eran muchas las actividades que deseaba hacer, los lugares que quería visitar, pero se alzaba frente a sus sueños la cruel frontera del dinero. Por su parte, Martina no tenía ese problema. Pertenecía a una de las familias más ricas de Barcelona y por eso no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano que hacía las veces de urbanización para empresarios y jugadores de fútbol. Huída de la fábrica de su padre, era profesora en un colegio alemán, donde aquellos pijos llevaban a sus hijos repipis.
-¿Has pagado tú? -Preguntó Federico mientras ella volvía guardándose la cartera.
-No me importa. Ya lo sabes.
Federico sintió vergüenza de sí mismo. Las normas de urbanidad establecían que debería ser él quien corriera a cargo de las cuentas, y no ella. Aunque los tiempos estaban cambiando en la tele y en las redes sociales, en la vida real se sentía aún cierto dolor en el orgullo. Martina no le daba importancia a las cavilaciones de Ico, para ella el dinero era algo natural como el aire que respiraban, un elemento, aunque vital, sin importancia.
Caminaban por las calles grises cogidos de la mano. Los balcones y las casas, de no más de cuatro o cinco pisos, recordaban a las del barrio de Gracia, pero sin el gramour ni la responsabilidad de ser el sitio de moda. Era un barrio antiguo como cualquier otro de la ciudad, en plena transformación: pronto le llegaría el momento de convertise en otra zona gentrificada, llena de restaurantes para veganos y tiendas de ropa de diseño, de hecho, alguno había ya, pero todavía conservaba el sabor a barrio obrero que pronto se perdería.
-Me encanta el Poble Sec. Si no viviera en el Carmelo, me encantaría vivir aquí.
-A mí también me gusta mucho… Algún día podríamos alquilar algo… ¿Te imaginas?
Lo cierto es que Ico, a pesar de que le hubiera gustado, no conseguía imaginárselo. Solo podía ver el presente, los pasos de ella y de él acompasados, atravesando las calles estrechas que poco a poco se iban oscureciendo. Los pocos paseantes con quienes se cruzaban caminaban con ese aire somnoliento de domingo. Federico no contestó.
Llegaron al coche de ella y se subieron uno a cada lado. Apenas eran las siete y media de la tarde. Federico se sentía deprimido. Le quedaba toda una tarde aburrida frente al pequeño televisor de su apartamento: un bajo al cual se entraba por la puerta de un garaje. No tenía dinero para ir a ninguna parte y el tabaco escaseaba. La nevera estaba vacía, como su estómago. Al día siguiente era lunes y la perspectiva de su empleo lo perturbaba.
-Estás muy callado, Ico.
-En verdad soy un tipo callado. -empezó a pasar las páginas del libro que ella le había regalado sin mirarlas, retorcía el volumen y colocaba el pulgar entre la portada y la contraportada, las páginas se sacudían como una baraja de cartas y se podía sentir cada una de ellas en la yema del dedo por un instante. Con la vista perdida en el cielo gris que amenazaba lluvia, Federico deseba que lloviera. – Ojalá llueva… ¿Hoy vas a verle?
Ella se quedó callada. Durante un lapso de tiempo solo se oía el rumor del tráfico como un océano al otro lado de las ventanillas. Martina mantuvo su vista al frente, impasible.
-Estaba pensando que podríamos vernos mañana por la tarde… Podría pasarme por tu ca…
-¿Él sabe algo de lo nuestro? ¿Lo habéis hablado alguna vez?
-Mañana por la tarde podría estar en El Carmelo después de las clases, a eso de las cinco.
-¿Se enteró alguna vez de lo de Roberto? ¿Por eso cortasteis?
-Ico. No quiero hablar de eso ahora. Quiero disfrutar contigo del ratito que tenemos. Si crees que no puedes entenderlo, podemos buscar una solución… -suspiró- Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido. Sé que para ti es difícil, pero también lo es para mí.
Federico reflexionó por un momento. ¿A qué venía esa tristeza súbita? ¿Se estaba enamorando? Las cosas estaban muy claras desde el principio, sabía que ella tenía una relación desde hacía años con un chico que para él era un ser borroso, incluso invisible. A pesar de todo, había decidido participar del juego. Total. Él aún no tenía a nadie más.
-Perdóname. No he sido justo contigo. No tengo derecho a preguntarte. -rio un poco- Supongo que me estoy poniendo celoso. Se me pasará. No tiene la menor importancia.
Martina lo miró con sus ojos marrón oscuro, sonrieron como sus finos labios.
-¿Mañana a las cinco y media?
-No tengo nada mejor que hacer.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Esta historia continuará el próximo domingo. Puedes seguir las actualizaciones de este sitio registrándote a la newsletter para no perderte nada. Si te has quedado con ganas de más, aquí encontrarás enlaces de otras historias que se han publicado ya. Un saludo y que viva la lectura.

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