Índice
Parte 1
Parte 2
Parte 3:
12. De verdad
Era sábado y el día estaba soleado. Los pocos coches que circulaban por la carretera de tres carriles lo hacían a una velocidad moderada, a no más de 80 kilómetros por hora, para que la ristra de radares, sobre los paneles indicativos de la autovía, no los asaetaran a base de multas por exceso de velocidad. Federico conducía su vieja furgoneta Citroën, heredada de su padre, por en medio de los carriles, viendo levantarse el sol de las diez de la mañana de un otoño sin lluvia. Las pocas nubes que moteaban el cielo lo cruzaban tímidamente, sin querer llamar la atención, y la luz era de un color macilento, característico del lánguido invierno en el Mediterráneo, mar que intuía a lo lejos.
Su salida era Sant Just Desvern. Cuando se miraba de lejos, Sant Just destacaba por su Edificio Walden, obra de un tal Ricardo Bofill que había dejado esparcidas sus mamotretos arquitectónicos por toda la geografía española, especialmente en Cataluña. En los años del boom inmobiliario, que habría de dejar a tantas familias endeudadas de por vida, el tal Bofill había construido aquí y allá incómodos condominios para las familias obreras. En algunos sitios aquellas laberínticas paredes de obra vista se habían convertido en un hervidero de navajazos, pero estando tan cerca de Barcelona, el edificio Walden había corrido mejor suerte. A pesar de carecer de balcones anchos, de tener una distribución incómoda, unos pocos metros cuadrados, los pisos en aquel edificio costaban una pasta, y eran unos pocos los privilegiados que podían adquirir una deuda allí. Donde antes había una construcción barata para obreros, ahora se fingía un lugar exclusivo. En una sociedad cada vez más estamental, la zona era lo más noble.
Sant Just no era una ciudad dormitorio, no era un barrio a las afueras que tanto se encargaron de retratar con cierto deje de admiración y desprecio, a parte iguales, Marsé o Vázquez Montalbán. Probablemente, cuando estos escritores hacían de las suyas y recorrían las calles en busca de grandes historias, como los muertos de hambre que protagonizaban sus libros, Sant Just sería un pueblo de cuatro casas, alejado de la ciudad. Pero el trazado urbanístico y la suerte habían hecho de aquella localidad un lugar ideal para que los ricos instalaran sus mansiones en los cerros cercanos. Martina le había dicho en varias ocasiones que Iniesta vivía por allí y que llevaba a sus hijos al colegio donde trabajaba ella, aunque estos no eran, igual que el padre, unas lumbreras.
La ruta del GPS pasaba justo por el lado este del Edifico Walden, en dirección a una larga avenida nueva donde habían instalado recientemente la catenaria del tranvía. No era la primera vez que Federico recorría aquellas calles con su coche. Había venido con Martina varias veces y por eso el sistema de navegación no habría sido necesario de no ser porque esta vez se dirigía a un destino diferente del habitual. Podía decirse que Federico se sentía un poco ciudadano de Sant Just, cuyo gentilicio era en catalán. Tenía recuerdos recientes de aquel paraíso al oeste de la delincuencia y de la roña barcelonesa. Eran habituales los parques equipados, los paseos sombríos por los árboles verdes y frondosos, las aceras anchas y las vías rápidas y restringidas a la contaminación. Unos metros a la izquierda, mientras bajaba la larga avenida, quedaba aquel bar donde hacía unos días había coincidido con el cantante de Estopa, vecino secreto de la ciudad privilegiada. Estaba tomándose unas cervezas con una pose de poeta del inframundo y obrero de la antigua Seat, es decir, con un aire que en nada casaba con el de la zona. Pero la gente lo quería por ser una celebridad, aunque él se sintiera como un roedor con traje. Aquel cantante no venía de muy lejos, su barrio, Cornellá, quedaba justo al otro lado de la autovía por donde había venido Federico, pero esta sí era una ciudad dormitorio, con problemas de drogas y delincuencia, que en las canciones del artista lo habían hecho nacionalmente conocido y admirado por sus desgarradoras letras. Ahora se sentaba con los pijos de Sant Just sonriendo con la boca pero con los ojos glaucos.
-Dile algo. -dijo Martina- Te sabes todas sus canciones.
Era verdad. Federico conocía toda la discografía de aquel tipo. Se sabía sus canciones de memoria, ellas habían sido el hilo musical de los momentos más fundamentales de su vida, desde la cumbre hasta la caída a los infiernos, la música del tipo de al lado, que en ese preciso instante estaba comiendo quicos y dándole tragos a una caña, lo había enseñado como una maestra amable, algo complaciente, no muy exigente, pero inolvidable. Estuvo a punto de levantarse para saludarlo, pero qué le diría: Tus canciones me han acompañado desde siempre y las sé tocar todas con la guitarra. Estaba a unos pocos pasos, en la mesa de al lado del bar, en la terraza donde el cantante y Federico fumaban un cigarro detrás de otro. Te entiendo, sabes. Sé que te sientes como una rata, con la cola por el suelo, en este barrio donde nos dejan estar, porque tú eres un artista consagrado y yo porque esta chica piensa que valgo algo la pena por escribir. Los pensamientos de Federico se volvían cada vez más intrincados y extraños.
-Es igual. Déjalo que se tome la cerveza tranquilo. Seguramente vendrá un tonto de vez en cuando a soltarle el mismo rollo que le soltaría yo. -dio un trago a su espumosa fría.
Por poco se despista y pierde la ruta que le marcaba el GPS, la próxima a la derecha. A través de una calle franqueada de chalés con tapias altas, Federico avanzaba bajo el sol de la mañana en su traqueteante furgonetilla, como si fuera uno de los jardineros que cuidaban aquellos setos bien podados, los cuales no dejaban ver las casas al otro lado. Para qué querían los ricos tanto chalé si luego no podían presumir de ellos, se preguntaba. La delincuencia era un problema creciente y los hacía vivir en una cárcel de oro. Además, los altos setos escondían también las miserias sin afectar al honor familiar. Los pobres lo tenían más difícil para ponerse dignos y elegantes. Como vivían todos amontonados, los problemas eran colectivos, y todos acababan sintiendo pena por el prójimo, que se disfrazaba con una falsa sensación de colectividad. Cualquier vecino del Carmelo, incluido Federico, se hubiera cambiado sin pensarlo por la situación económica del más aburguesado de Sant Just. Frívolos indulgentes, que tenían todo el dinero que le faltaban a los demás. El mundo estaba mal repartido, como decía la canción del grupo del cantante, ex de Cornellá, que ahora sonaba en la radio del coche.
Poco a poco, el camino fue estrechándose y el ladrillo fue quedando atrás. Paulatinamente se iba adentrando en uno de los cerros que amurallaban la ciudad, que bien podría haberse considerado Barcelona, de no ser por un ayuntamiento falsamente municipalista que reivindicaba la identidad difusa de aquellos habitantes venidos de todas partes, atraídos por la proximidad de la capital y por la seguridad del barrio, no por la cultura ni por el folclore que falsamente proclamaban algunos carteles locales. Una hípica quedaba a la izquierda y, justo al pasar por delante de la puerta de la finca, se subía por una calle serpenteante, pero asfaltada, hacia las mansiones de los millonarios. Martina le había dicho varias veces a Federico que su familia poseía empresas en otras zonas de Catalunya, que un abuelo de Girona, el materno, nacido en la pobreza, había levantado un imperio y lo había repartido entre sus hijos y yernos. Lo cierto es que ella nunca había hecho ostentación de dinero, aunque nunca la había visto preocupada por ese tema en los meses que llevaban viéndose, lo cual demostraba su desaforada riqueza.
A mitad de camino de una cuesta larguísima, un punto azul en el GPS marcó que aquella era la dirección. Se bajó del coche y respiró el aire fresco de la zona. Aunque estaba en la altura, no conseguía distinguir nada a lo lejos, dado que se lo impedían los sombríos muros de la calle, que ahora no dejaban siquiera entrever lo que había detrás del hormigón inexpugnable. Federico sintió algo de frío e inseguridad, como si no debiera estar allí, aparcado con su furgoneta; como si alguien fuera a salir y a llamarle la atención. Pero la calle estaba desierta, no se veía una sola ventana, solo las puertas enormes de los garajes, bien pintadas, que daban acceso a los edificios. Sin encontrar muy bien la entrada, había hecho una perdida a Martina, como ella le había pedido que hiciera cuando estuviera allí. Al cabo de unos pocos minutos, la puerta de garaje más próxima comenzó a moverse sin emitir ruido alguno, como empujada por una mano suave e invisible. Detrás de ella se encontraba Martina, con el mando del garaje en la mano. Vestía ropa de pijama: una camiseta holgada y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas hasta prácticamente la altura de sus braguitas, que se trasparentaban negras por debajo de la fina tela. Estaba descalza sobre el suelo, las uñas pintadas de rojo, pero el suelo estaba impoluto, como recién barrido. Le hizo una señal para que entrara con el coche. Federico dudó un momento, pero luego se decidió. Se sentía un intruso, pero le gustaba. La puerta daba lugar a un garaje donde cabían cuatro o cinco coches grandes. No había ninguno en aquel momento, así que tuvo espacio para maniobrar y no chocar con nada. Al apagar el motor, Martina ya estaba junto a la ventanilla del conductor, sonriente.
-Menuda casa tienes. -dijo abriendo la puerta del astroso vehículo en joya de hormigón.
Martina parecía no entender -Pero si todavía no has visto nada…
-No me hace falta verlo para saber que es espectacular. Como tú. -añadió agarrándola de la estrecha cintura y sentándola sobre sus rodillas. La leve tela del pijama sobre sus pantalones hizo el efecto habitual. Sus pechos cimbreaban sin sujetador por debajo de la camiseta del pijama. Una mano se coló por debajo de la ropa y lo apretó como una fruta.
-Ven. -dijo ella zafándose cuando las manos de él empezaban a colarse por entre la tela de su leve pantalón. -Quiero enseñarte mi casa. -sus pies se posaron sobre el suelo.
-Claro. -Federico se sentía despertarse de una ensoñación. Se colocó la erección en el pantalón en una postura que no fuera incómoda para andar y la siguió escaleras arriba.
Desde el garaje, a la casa se accedía por unas escaleras que estaban dentro de un corredor blanco, como recién reformado. Una puerta de acceso gris separaba las dependencias innobles donde dormían los vehículos de la familia. Al cruzarla, accedieron a un pasillo atestado de objetos diversos, recuerdos de viajes por todo el mundo: Asia, América, Asia, etc. La cocina se divisaba al fondo, luminosa. Allí se oía el tis-tis de unas patitas nerviosas picoteando el suelo de gres con las uñas. El perro de Martina, un bichón maltés, saltaba detrás de la puerta acristalaba y soltaba un único ladrido de vez en cuando. Siguieron hacia delante por el amplio pasillo hasta llegar al comedor. Federico no pudo evitar que la mandíbula inferior de su boca se quedara colgando inerte mientras sus ojos se paseaban maravillados por la estancia. En la pared del fondo se divisaba una gran cristalera que daba a un jardín bien cuidado, y eso fue lo que llamó primero su atención. Probablemente, por la mañana, el sol entraría a raudales por aquella pared-ventana, que por otra parte parecía impoluta, sin las manchas de polvo o de humedad que habitualmente se ven en las casas de los pobres. Aquel salón era amplio, aunque el desorden contrastaba con la limpieza de las cosas. En el aire se respiraba un tenue olor a Martina, quien había hecho suya aquella estancia en ausencia de la su familia, quienes se habían marchado a su casa en la playa, en la Costa Brava.
-Me gustaría irme a vivir sola… Pero nunca encontraré una casa como esta. Me encanta.
Se paseaba por la habitación con la confianza habitual de alguien que es poseedor de una cosa, es decir, de memoria, sin tener que bajar la vista para no chocarse con la rica mesa acristalada donde descansaban los mandos a distancia. Martina tomó uno y encendió un aparato invisible. Una música tranquila empezó a sonar desde todos los rincones de la estancia. El sofá estaba atestado de sábanas, almohadas, prendas de ropa. Parecía que Martina había trasladado el desorden de su habitación a aquella sala, más amplia quizá que su cuarto, que se situaba arriba de unas escaleras. Las paredes eran de color oscuro, que dotaban a la estancia de un aire elegante y cálido, acorde con el color oscuro de las maderas de las que estaba hecha la mesa y los anaqueles llenos de elefantitos de caoba, jirafas pintadas a mano, máscaras largas y un tanto espeluznantes.
-Mi madre es una loca de África, le encanta.
Federico no pudo evitar pensar en su propia casa: los únicos recuerdos que colgaban de las paredes eran antiguas fotos de boda, barquitos baratos de conglomerado comprados en ferias de quita y pon, un cuadro de nudos que daban con la suscripción al periódico local en los noventa, en fin, la decoración habitual en la casa de los pobres sin gusto. De ahí venía él y ahí estaba ahora, en aquel salón donde cabía la mitad de la casa de sus padres, paseándose de un lado a otro con las manos en los bolsillos, para no romper nada, poniendo cara de póquer para que Martina no percibiera el síndrome del impostor.
-Bueno, ¿qué te parece la casa? Desde que hemos entrado que estás muy callado.
Dijo Martina en algún momento mientras paseaban por el resto de las habitaciones. Lo más destacable, a parte del salón, fueron, en primer lugar, el baño del piso superior, el que compartían Martina y su hermano cuando no estaba en su propio piso, allá abajo en Sant Just Desvern. El lugar, a pesar de estar igualmente desordenado por el torbellino de Martina, se encontraba reluciente. Un rico lavabo de fina porcelana se mantenía silente en un rincón de la estancia. La familia había conservado la bañera, de patas doradas, donde bien podría sepultarse el día de mañana un rey catalán en su viaje al más allá. La luz de la consola brillaba sobre la superficie blanquísima del mármol. Pero lo que más le sorprendió fue que en vez de un lavamanos, había dos. Es decir, Martina y su hermano disponían de una pica cada uno, de un espejo, de unos armarios, para prepararse por la mañana para acudir a su rutina diaria. Federico sólo había visto aquello en los edificios públicos, ni siquiera recordaba haberlo visto en las películas.
-Tu casa me parece muy bonita. -dijo al fin, mientras accionaba el grifo vintage lacado.
-Y por último, este es mi cuarto. -Martina abrió una de las puertas cercanas al baño.
Aquel era el único sitio de la casa que no estaba desordenado. La cama estirada y recién hecha, como si una persona experta en aquellos menesteres, la hubiera hecho, con aquella perfección que Federico siempre había admirado de su madre y las demás mujeres de su familia. Pero había algo impersonal en aquella pulcritud, como si hubiera sido la mano de otra persona, y no la de Martina, quien hubiera impuesto ese orden. En el amplio ventanal se divisaban las vistas que daban al otro lado del muro gris. A lo lejos se divisaban las montañas verdes, moteadas de ricas casas, como la de Martina. Sobre el escritorio había algunos libros bien puestos en una esquina de la amplia mesa. Federico tomó uno al azar, por tener las manos ocupadas, Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Qué oportuno, pensó para sus adentros, menuda ciudad aquella.
-Mi tocayo.
-Es mi escritor favorito. -se mordió el labio inferior, dejando de entrever una fila perfecta de dientes en la parte superior, que probablemente habían corregido unos aparatos invisibles en la cada vez más lejana adolescencia- Te confieso que esa es una de las cosas que más me gustan de ti. Hay algo en su escritura que me recuerda a ti.
-Será por tener los dos el mismo nombre. Un nombre antiguo, por otra parte.
-A mí me encanta tu nombre, Ico.
-Bueno, los nombres son algo determinante que no se elige, como la familia o la nariz.
Martina rio su ocurrencia y lo abrazó de repente. Federico se sintió embriagado por el perfume de su pelo suelto, que caía sobre los hombros de ambos en una cascada suave, que acariciaba la piel y auguraba caricias más íntimas. Se besaron despacio, mientras el sol desaparecía por la ventana. Sus manos se movían despacio por encima del cuerpo, sin prisa, disfrutando en cada instante de aquel momento, de aquel presente que quizá viviera eternamente en el recuerdo de alguno de los dos, mientras el corazón latiera. Poco a poco, las bocas fueron llenándose de saliva, humedeciendo los contornos de la barbilla. Martina empezó a coger aire y agitarse bajo la ropa, los dedos de sus pies se crispaban sobre el suelo de parqué, descalzos como estaban. Federico quiso conducir su cuerpo hacia la cama, pero ella se lo impidió suavemente. Se apartó y lo miró, sonriente.
-Vámonos al salón.
Martina empujó a Federico y este cayó sobre el ancho sofá. Desde que bajaron las escaleras, ella había tomado el control de la situación. Se notaba en sus gestos, más seguros, casi autoritarios, y en su silencio. Se hacía entender con miradas que Federico interpretaba a medias, sintiéndose algo indefenso por no estar en un territorio propio, sino ajeno: la casa de ella. Martina se lo quedó mirando un rato, de pie entre la mesa de té y el sofá. Sin decir nada, se quitó la camiseta lentamente, mientras la música seguía sonando, imperceptible para ambos. Después de un momento, se bajó los pantalones y las bragas, mostrando su rasurado sexo a la altura de los ojos fijos de Federico, quien recorría sin temor con sus pupilas cada una de las pulgadas que el cuerpo de ella ocupaba en el espacio-tiempo. Dejó caer la ropa sobre la alfombra beige del suelo y se arrodilló. Sus pechos cimbreaban con sus movimientos. Federico quiso agarrarlos con una mano temblorosa, pero ella se lo impidió. Mientras, le deshacía el cinturón y lo obligó a desnudarse también, de cintura para abajo, dejando ver una erección que miraba al cielo como implorando clemencia a una diosa de fuego. Martina agarró su falo y se lo llevó a la boca. Federico miró al techo, luego a ella, luego otra vez al techo y cerró los ojos, casi incapaz de soportar aquel placer indecible que ella le proporcionaba. Su cabeza se movía arriba y abajo con habilidad.
-Me encanta el sabor de tu polla.
A pesar de todos los polvos que llevaban juntos, Federico nunca dejaba de sorprenderse por su naturalidad a la hora de abordar los temas sexuales. Había conocido a otras chicas, pero nunca a ninguna que hablara con aquella seguridad, que disfrutara tanto del sexo sin tapujos, sin complejos, sin miedos asociados al acto sacrosanto de la amatoria. Ante aquellos accesos verbales, Federico no sabía hacer otra cosa más que callarse.
Cuando el pene de él empezó a agitarse de forma involuntaria, al primer o segundo escalofrío previo a la eyaculación, Martina se separó. Federico estaba tranquilo. Por una vez sentía que no tenía la responsabilidad de pensar en lo que tenía que hacer, simplemente se dejaba llevar al compás del ritmo que ella marcaba, totalmente abandonado al placer que ella le brindaba. Se la quedó mirando largamente, de pie, como estaba, frente a él. Su pelo largo caía sobre un hombro. Miró cada uno de los lunares que la constelaban, desde su cara hasta las piernas. Ella se dejaba mirar y aquello era mejor que el propio sexo, la observación atenta y arrobada de otro ser humano, mirar al prójimo como se debe mirar a Dios en las alturas, en éxtasis.
Martina subió con él al sofá. Primero apoyó una rodilla sobre la mullida tela, luego la otra. Los sexos se rozaron sin llegar a conectarse aún. Las manos de Federico acariciaban sus muslos, su trasero, su espalda, subían y bajaban buscando lentamente, sintiendo cada uno de los poros de piel con la palma de las manos, dejando que toda la atención se concentrara en el sentido del tacto amable de un cuerpo caliente y joven.
-Me gusta cómo me miras.
Nunca estuvo tan bonita como ese día. Bajo la luz amarilla de los focos sobre sus cabezas, la figura de Martina se dibujaba en todo su esplendor. Desde los pliegues de su sexo hasta la tersura de su piel, todo se reflejaba en la luz cenital sobre su figura de ninfa, perfectamente adaptada al rico espacio: aquel sofá testigo de un nuevo amor.
-Te quiero. -dijo Federico presa del arrobamiento.
Martina sonrió de una forma completamente nueva, distinta a todas las demás veces donde un deje de tristeza había empañado el fondo de sus ojos oscuros. Esta vez sus ojos brillaban con la candelita de las luces de la estancia, como si titilaran como estrellas dentro de un universo minúsculo. Sin decir nada, lo abrazó con fuerza.
Mientras se fundían en aquel abrazo, con los corazones casi tocándose por debajo de la piel, el sexo de ambos se encontró de forma mágica bajo los ombligos de ambos. Sin dejar de abrazarse, se fundieron también allí y al entrar el uno en el otro sintieron que nunca más habrían de separarse, que aquel instante se volvería eterno para siempre y que, a pesar de todas las dificultades, a pesar de la inmoralidad, de todo el sufrimiento, un mundo donde su amor viviera era factible. Un lugar donde el amor era de verdad.
13. El bichón blanco
Los sacó del sopor el perro, que se desgañitaba ladrando al otro lado de la puerta de la cocina. Si no hubiera sido por los ladridos del animal, seguramente se habría quedado dormido en el sofá, abrazado al cuerpo desnudo y caliente de Martina. Ella se desperezó, se puso de pie y se marchó, desnuda como estaba, detrás de aquel ruido. Al cabo de pocos segundos, se oyó una puerta abrirse y unos pequeños pasos rascar el suelo de parqué, tis-tis-tis-tis, hasta donde él estaba, echado en el asiento cuan largo era. El animal empezó a ladrar otra vez, denunciando al extraño que ocupaba el lugar donde tantas tardes había sido acariciado por las manos de su dueña hasta el sopor. El cuerpo de un humano amenazante, de un hombre, amenazaba las raciones de cariño que aquel animal mimado recibía con su pienso diario. El pobre se defendía con su ladrido agudo.
-Este es Trotsky. -Informó Martina- Parece que no está muy contento de verte…
-¿Muerde?
-No. No te preocupes.
A Federico no le preocupaba que aquel pequeño ser, enemigo para siempre de su nuevo amor, lo mordiera. Era un animal completamente inofensivo, con una boca más pequeña que una pinza para tender la ropa. Tenía un pelaje blanquísimo, bien cuidado, que debía ser sedoso si se lo acariciaba. Se notaba que el bicho se alimentaba de los mejores sobres de comida del supermercado, de marcas de alimentos para perros que llevan en el dorso las palabras Exquisite o Premium en letras doradas sobre un fondo negro. No era como los perros de su barrio, que estaban obesos porque comían pienso barato y las sobras de sus dueños, también con sobrepeso, con un pelaje ralo, hijos de mil leches, seres apátridas. Aquel animal desconocía los rigores de la vida de sus compañeros perrunos en los barrios de periferia, donde no duraría ni media hora. Ese animal remilgado se creía superior al ser humano y reclamaba su lugar habitual en el sofá.
-Es un bichón maltés. Tranquil, Trotski, calla, amor meu. -y lo acariciaba. El perro por fin se calmó gracias a las atenciones que le procurara su dueña. Martina tocaba su mascota con la misma mano con la que poco antes lo había acariciado a él y sintió asco.
-Sólo es un perro. -Se le ocurrió decir.
Martina lo miró, por primera vez, molesta de verdad. En todo ese tiempo, nunca había visto aquella mirada en sus ojos, aquel odio concentrado que podía inyectarse en la piel para doler como el veneno de un escorpión. Su mirada lo amenazó con echarle de allí.
-No vuelvas a decir eso.
Federico reparó en su error. Había quienes amaban a los animales por encima de las personas. Él no lo entendía, pero debía respetarlo. Que ella quisiera al perro como a un niño no era asunto suyo, ¿debería aprender a compartir ese amor con él y ella? Trotski se había calmado y reposaba tranquilo con la cabeza apoyada sobre las piernas desnudas de Martina. El pelaje blanco del bicho debería acariciar el pubis de ella con el rabo. Sentía un asco indecible. Quería agarrar al animal de los pelos y estamparlo de una vez.
-Lo siento. Veo que lo quieres mucho y supongo que estoy un poco celoso. Eso es todo.
Martina lo miró con conmiseración y pensativa, como evaluando si aquel tipo que había rescatado del arroyo, como a un perro arrabalero, valiera tanto la pena después de todo. Pertenecían a mundos tan distintos ella y él, que quizá tenía más en común con el pichón maltés, a pesar de ser un cuadrúpedo que lamía su propio ano varias veces al día. De repente, su mirada se suavizó. En el fondo lo perdonaba. Le gustaba que fuera impulsivo. Lo hacía sentirse un poco en peligro, un poco vulnerable, y bastante mujer.
-No pasa nada. Trotski ya te ha perdonado. -el perro movía el rabo con gusto, vencedor.
-¿Hay algún lugar donde pueda fumarme un cigarro?
-¡Claro! Ahí mismo…
Martina señaló con la cabeza el ventanal que tenía enfrente. A pesar de que las cortinas estaban echadas, era fácil acceder a la zona ajardinada de la casa por la hoja acristalada semiabierta que hacía las veces de puerta y ventana. Completamente desnudo, con el paquete de tabaco y el mechero una mano, salió hacia afuera un poco airado por la situación. Federico era propenso a los ataques de ira y podía darse de cabezazos contra la pared hasta partirse los cuernos o ver la pared caer. El tabaco lo ayudaba a serenarse.
Una vez que hubo encendido el cigarrillo, pudo reparar otra vez en el lugar donde estaba. El jardín era amplio y espacioso. El césped estaba bien cortado y era suave al tacto de sus pies. Al fondo, a unos diez metros, había una pared de setos verdes, bien cortados, que suavizaban el gris del alto muro de hormigón que separaba la propiedad de la calle. El frescor verde oscuro de aquel lugar se pegaba en la piel y el olor a hierba cortada era tan intenso que casi podía tocarse. Parecía que estuviera recién podado, como si aquella mañana el jardinero lo hubiera dejado listo y cuidado, como hacía todos los sábados una vez por semana. En una esquina, había una barbacoa pulquérrima, sin los acostumbrados restos de hollín y herramientas quemadas que había visto en otras partes. Parecía recién comprada, como si no le dieran demasiado uso, solo cuando papá sentía el capricho de preparar carne para su manada: su mujer, hijo, hija, su perrito… ¿y su yerno? Federico se preguntaba a medio cigarro si se reunirían junto a aquella barbacoa el suegro y el yerno, con una cerveza en la mano, comentando el último partido del equipo local o la actualidad del tiempo, en una situación incómoda pero acostumbrada. Intentaba imaginarse a sí mismo junto aquella barbacoa con su posible suegro, el cual había visto en fotos, pero sólo conseguía ver al yerno oficial, el novio, la pareja, el chico, desde hacía tantos años, de Martina. Decidió que era el momento de abordar la cuestión. Si iban a iniciar una relación las cosas tenían que aclararse de una.
Apagó la tacha sobre el suelo y esta crepitó levemente con un sonido siseante. Caminó por las losas de un camino flanqueado de enanitos de jardín, los cuales de niño le habían resultado seres siniestros que cobraran vida por las noches y se dedicaran a los más dispares asuntos, como robar bebés o chupar la sangre de las ratas. Lanzó lo que quedaba del cigarrillo por encima del muro, hacia la calle que suponía vacía, y desanduvo la vuelta por aquel camino donde se apostaban aquellos seres sin edad, de narices grandes y miembros abultados, quienes lo miraban pasar sonrientes alzando sus hachas y setas alucinógenas. Federico supuso que era la madre quien había impuesto la convivencia con aquellos mágicos de yeso, al igual que los parterres de rosas que había.
-¿No tienes frío?
-La verdad es que un poco.
-Anda, vente conmigo. -Martina parecía que también se había calmado. El perro gruñó un poco al ver acercarse a Federico pero ella lo contuvo con un manotazo y lo hizo bajarse. -¡Calla, Trotski! -Después de recibir el regaño de su dueña, se perdió de vista.
-Sabes, -dijo sentándose junto a ella- lo que he dicho antes, lo decía de verdad.
Adivinando la intención de sus palabras, Martina se lanzó hacia él y lo besó en los labios, tapándole la boca, haciendo que no pronunciara aquellas palabras definitivas que habrían de marcar el rumbo de los acontecimientos: o tu novio o yo, no hay otra. Cuando se separaron, el miembro de Federico estaba otra vez erecto y su mente se había olvidado de los asuntos importantes y tristes. Sólo quería poseerla salvajemente.
-¿Qué tal si cenamos? Hoy voy a cocinar para ti.
-¿En serio? -Aquella sorpresa lo puso muy contento- No esperaba que tú cocinaras…
-¡Pero tú por quién me tomas! -dijo riendo -¿Por una pija de Pedralbes?
-Por una niña pijita de Sant Just que no sabe freír un huevo.
Martina le mordió una oreja, con fuerza. -Ay ay ay, vale vale, lo retiro. -ambos reían. Ella se levantó de un salto. Se puso las braguitas y el resto de ropa olvidada en el suelo. Una vez vestida, se quedó mirándolo con los brazos en jarras y los pechos firmes.
-¿Es que te vas a quedar ahí sentado? Levántate y me ayudas, anda.
-¿No habías dicho que ibas a cocinar para mí?
-Bueno, que concine para ti no significa que no tengas que ayudarme.
-No sé cocinar nada. Soy un pésimo partido.
-Pues por lo menos me haces compañía y me sirves una cerveza fría, eso sí que sabes hacerlo, ¿no? -Estaba preciosa, pero era autoritaria, y a Federico le encantaba el juego.
Fueron a la cocina y prepararon unas simples pizzas con mucho jamón dulce y mucho queso salado. Se divirtieron como niños con el perro correteando por entre sus piernas. Hablaron de una cosa y de la otra, pero en ningún momento tocaron el tema crucial que llamaba a las puertas de su relación como la cabeza de un ariete. Federico decidió disfrutar del momento y no racionalizar tanto las cosas, lo que tuviera que ser sería.
Cuando las pizzas estuvieron listas pusieron una película en la gran televisión de pantalla plana. Se sentaron en el sofá e ingirieron las porciones con buen apetito postcoital. En la tele, el maníaco compulsivo de Jack Nicholson se enamoraba de Helen Hunt, una madre soltera con problemas para pagar el alquiler. Iluminados por la luz azul de la pantalla, Federico pensaba que si un amor así había sido posible, su amor por Martina también podía serlo, aunque no consiguiera visualizarlo en su imaginación. Pero decidió agarrarse a la realidad del momento, al cuerpo de Martina que respiraba junto al suyo, apoyada en su pecho, tumbada con las piernas largas y los pies desnudos sobre el mullido sofá. Decidió asirse a la idea de que aquella noche se quedaría a dormir por primera vez, que a la mañana siguiente despertarían juntos en un nuevo amanecer donde quizá todo acabaría viéndose más claro, un tiempo en el que las nubes del millón de dudas que poblaban su mente por fin se disiparían. Aquella noche soñaría con que una vida diferente era posible. Un mundo donde su flamante amor crecería fuerte, como el de Helen y Jack, a pesar de todas las dificultades y los factores racionales en contra. Sí, aquella noche se quedaría a dormir, y con un poco de suerte no sería la última vez.
Federico abrazó fuerte a Martina, apartó su largo pelo del cuello y la besó despacio. Lo arrancó de su agradable ensueño el ladrido que dio, al verles así, el bichón blanco.
14. La verdad
-Sé qué estás liado con Martina, ¿te crees que soy tonto?
Las estaciones de tren tienen algo de misterio. En todas las que había estado en su vida, había sentido al pisar el andén una cierta paz y desazón a un tiempo, como el que espera paciente a que algo importante pase, con resignación religiosa. Los viajeros en el andén solían buscar lugares donde sentarse o, si permanecían de pie como Federico estaba, lo hacían mirando a la nada, es decir, hacia dentro de sí mismos, manteniendo un soliloquio. Los móviles iban comiendo terreno al agradable aburrimiento, pero todos de vez en cuando alzaban la vista y miraban a las pantallas luminosas donde, a veces, los trenes se retrasaban, pero siempre solían llegar. Según el tren que uno tomara lo esperaba un destino diferente, con nuevas posibilidades. En Paseo de Gracia las posibilidades no eran muchas. Se trataba de una estación turística, de paso, donde sólo se apeaban las personas que iban de visita o los pocos que trabajaban en el centro. Federico había esperado pacientemente en el andén a que su tren llegara. No le importaba estar allí, le gustaba el ambiente de recogimiento que él creía ver en las estaciones de tren. Le emocionaría tanto subirse a unos de esos vagones destinados hacia el norte, llegar a una estación fronteriza y subirse a otro tren hacia Europa. Pero aunque los sueños le dieran el empuje necesario, faltaba siempre lo fundamental.
-No entiendo cómo has podido hacer una cosa así. La verdad es que me lo olía pero…
Después de que su tren llegara, Federico lo acompañó a la salida. El abrazo fue frío, falso. Pero de todas formas se saludaron con efusividad como siempre que se veían. No había sido un trayecto largo, no llevaba maletas ni un objetivo firme más allá de mantener una conversación al respecto. Siguieron el rumbo acostumbrado, tantas veces recorrido, que se sabían de memoria, sin necesidad de decirse nada. Federico callaba.
Al salir de Paseo de Gracia se sale delante de la Casa Batlló, una construcción arquitectónica obra de Antonio Gaudí. Siempre que la observaba, le gustaba contar la anécdota de la muerte de Gaudí: iba borracho, como siempre, y lo atropelló un tranvía de principios de siglo. No recordaba quién le había relatado la anécdota del genio, pero disfrutaba con ese giro inesperado del destino que provocó que no se terminara el único monumento del estado que podía igualarse, en altura, a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben, es decir, la única construcción lo suficientemente icónica y antigua que consiguiera poner al país en el mundo occidental. Resultó un golpe del destino que el hombre muriera bajo las ruedas de un vehículo, que no avanzaría a más de veinte quilómetros por hora, y que lo hiciera sin dejar un maldito plano para terminar la Sagrada Familia. Lo hacía todo de memoria, a lo que saliere. Un genio.
-¿Me estás escuchando?
-Disculpa, estaba pensando en Gaudí. ¿Sabías que tuvo que marcharse de su ciudad natal porque los otros modernistas no lo dejaban construir nada en Reus? Si le hubieran dejado, ahora estaríamos en el mapa y no tendríamos que desplazarnos hasta Barcelona.
Su acompañante no conseguía entender, así que se limitó a darle una calada a su cigarrillo y a mirar enfrente mientras cruzaban la larga calle que había de conducirlos al otro lado de la acera. A ambos lados se extendían las tiendas más exclusivas de la ciudad, con nombres escritos en francés, italiano, inglés, incluso en chino mandarín.
Torcieron por la Calle de la Diputación. La mañana era agradable. La luz y el agua de la ciudad tenían un sabor meloso que impregnaba todas las cosas: desde el aire hasta los alimentos. Como era temprano por la mañana, las aceras estaban humedecidas por la manguera del vehículo de la basura dedicado a tal fin. A Federico no le hubiera importado ser basurero-conductor de aquellas andróminas que circulaban lentamente, barriendo y fregando las calles, con una vista panorámica al asfalto, avanzando lentamente al paso regio de la tortuga, que todos los demás vehículos respetaban. El Ensanche era un monumento a la especulación urbanística: no había un solo parque en quilómetros a la redonda. Las únicas zonas ajardinadas se situaban dentro de los cubos que dibujaban los edificios, todos con los mismos balcones alargados, los mismos techos altos, algunos con ricos azulejos en las celosías y otros más humildes. Todos llenos hasta la bandera, algunos turísticos, otros con estudiantes adinerados, cada vez menos vecinos de la época de guerra civil que, o bien iban muriendo o iban dejando la herencia a pudendos allegados que hablaban un perfecto catalán que ellos no tuvieron.
-¿Sabías que muy cerca de aquí, en el número 44 o 45 de la calle Aribau, está la casa de Carmen Laforet? Siempre pensé que aquella novela, a pesar de ser aburrida como estas calles, tenía algo especial que la hace maravillosa. ¡Tiene el espíritu del Eixample! ¿Eh?
-Federico, ya basta. Para de andar soltándome clases de historia o me marcho ahora.
Hablaba en serio y tenía razón. Intentaba aligerar el peso de la situación con conversaciones asépticas sobre datos que fácilmente podían encontrarse en internet, así que parecía que no valía la pena mencionarlos. Al cabo de aquel rato que habían compartido juntos entre reproches y conversaciones ajenas al tema del día, Federico decidió abordar la cuestión y proponer que se sentaran: una terraza en aquella calle.
-Es verdad, tienes razón, aún no te he dicho Nada, -rio un poco- ¿Lo pillas? Nada…
-Déjate de chistes malos.
El camarero pidió la comanda eficientemente no bien tomaron contacto el trasero con el frío metal de la silla negra. Una vez apuntados los dos cafés americanos, se marchó dejando un aire a colonia barata en el ambiente, que congeniaba con el humo del tráfico.
-Bueno, Alejandro, ¿qué quieres que te diga? Llevamos unos meses sin vernos y todavía no me has preguntado cómo me va por aquí. Me va muy bien. En el trabajo no tanto…
-Tienes que dejar de ver a Martina.
El camarero dejó la comanda sobre la mesa, en silencio. Era un tipo alto y bien plantado, de brazos fornidos en el gimnasio. Dejaba las tazas sobre la mesa de metal con aire ausente, como si él no estuviera allí, sirviendo copas en una cafetería por mil euros al mes, sino en la discoteca de moda de la ciudad, donde se gastaba todo su sueldo. Una vez que se hubo marchado, Federico dejó de fantasear con su entorno y se centró. De aquella mesa quizá se levantaría más solo que como llegó: podría perder a otro amigo.
-Le prometí a Martina que no hablaría de este tema contigo.
La expresión de Alejandro se oscureció. Sus pequeños ojos oscuros adoptaron una opacidad superior, como si el resentimiento los dejara sin vida. Su boca adoptó un rictus algo crispado y empezó a atusarse el largo flequillo, como siempre hacía al enfadarse.
-Tú ya sabías que Roberto estaba enamorado de Martina.
-Eso quería preguntarte, ¿desde hace cuánto que están así?
-Unos dos años, desde que yo los conocí. Se puede decir -sonrió un poco- que yo fui su Celestina. Le di consejos a Roberto sobre cómo tenía que acercarse y lo consiguió.
-¡Podrías haberme dado esos consejos a mí también!
Alejandro se ensombreció de nuevo. Guardó silencio un momento como si buscara las palabras adecuadas para decir aquello, para que no se le notaran tanto los sentimientos.
-Hacían una buena pareja. Yo pensé que su amor resultaría después de todo ese tiempo.
-Bueno, en realidad no es asunto mío. No me gusta preguntarle a la gente por su pasado, me interesa el presente. Ahora ella está conmigo y he disfrutado mucho de su compañía.
-¿Te estás enamorando?
-Y a ti qué te importa de quién yo me enamore. Sabía que esto era simplemente un juego. Yo estaba solo, sin pareja, ¿qué hay de malo en hacer el amor con una chica?
-Pero es que esta chica tiene pareja desde hace años. Desde mucho antes de Roberto.
-Pero yo no la tengo.
Alejandro dio un sorbo a su café, que se iba enfriando sobre la mesa, y encendió otro cigarrillo. Fumó exhalando el humo hacia los transeúntes que cruzaban ajetreados. La vida en la calle era frenética, pero en aquella mesa de la terraza de la calle Aribau parecía que el tiempo se había detenido.
-Te has enamorado.
Federico calló. Dio un sorbo a su café y también encendió un cigarrillo. Miró hacia el fondo de la calle y distinguió el cruce iluminado de la plaza de la Universidad, que quedaba a pocos metros. La gente cruzaba el paso de peatones en la mañana otoñal.
-Puede ser que tengas razón. -se resignó Federico- Quizá estoy un poco enamorado.
-El juego se te ha ido de las manos…
Tenía razón. Quien jugaba con fuego se termina quemando y el amor es como el fuego. Aunque se lo negara a veces y procurara no pensarlo demasiado para no sentirse celoso, lo cierto era que se había enamorado de Martina y él sabía que enamorarse de la persona equivocada puede ser el juego más peligroso. Una vida podía salir hecha cenizas.
-Roberto y Martina tuvieron un idilio hace algún tiempo, como ya sabes. Ella también le dijo que no contara nada hasta que terminara con su novio. Supongo que te suena.
Ahora fue Federico quien se ensombreció. Aquella casualidad, por llamarla de algún modo, se le clavó dentro. Había habido veces que habían hablado del futuro, en momentos oscuros le había preguntado por qué seguía con su pareja si en teoría lo quería a él. Ella siempre le había pedido paciencia, que esperara. Él intentaba no meterse con sus cosas, al fin y al cabo, ¿qué seguridad podía ofrecerle? Ninguna.
-Mira, Alejandro, ya sé todo lo que vas a decirme y puede ser que tengas razón. Pero Martina me dijo una vez algo que se me quedó grabado. Un día le dije que tenía muchos remordimientos, ya sabes, por cosas del pasado que bien conoces. Estar con ella, en esta situación, en parte me libera. Me hace sentirme mejor conmigo mismo. Las cosas no son tan rígidas como parecen por fuera. Le dije que me sentía mal conmigo mismo por ser como era, por haber hecho daño a personas que quise, por decepcionar a todos.
-¿Qué te dijo ella?
-Que ella se había enamorado de la persona que yo soy ahora. Y que la persona que yo soy ahora es fruto de todo lo que he vivido, tanto lo bueno como lo malo. Sé que suena a topicazo y autoayuda, dicho así, con palabras, pero por primera vez me sentí en paz.
-Eso se lo dice a todos, hombre. Se lo puede decir a cualquiera. Seguro que a Roberto le decía cosas similares. No debes caer en la trampa. El tema está peor de lo que pensaba.
-Tenemos una conexión bonita, es cierto. Bonita y peligrosa. En este mundo mezquino.
Otra camarera vino a recoger la cuenta. Era una chica rubia, con el pelo hasta la cintura y la piel blanca, decorada con frescos tatuajes que no debían de tener más de un año. Se había acercado a la mesa con la excusa de recoger el dinero de los cafés a medio terminar, pero en realidad lo que quería era ligar con Alejandro. Con cualquier pretexto, le había sacado conversación y él se dejaba agasajar por los ojos marrones de la camarera, que si bien era guapa, carecía de la más absoluta elegancia. Aunque, de todas formas, si ella se hubiera fijado en Federico, no habría desaprovechado la oportunidad. Cuando se hubo marchado, Alejandro dejó de sonreír y volvió al tema que le interesaba.
-Está repitiendo exactamente el mismo patrón que siguió con el otro: te cuenta la milonga, tú te vas enchochando y, al final, te dará la patada. Tarde o temprano lo hará, lo sé. Creo que es alguien que tiene una carencia emocional muy acentuada, no sé.
-¿Y quién no tiene carencias emocionales? ¿Acaso tú estás mejor que ella? ¿Que yo?
-Mira, Federico, yo no quiero comprenderla. Solo te digo que no seas igual que Roberto, igual de inocente. No dejes que te haga la misma jugada. Soy tu amigo.
La camarera volvió a recoger el dinero y se quedó hablando con Alejandro un buen rato. El camarero anterior miraba la escena desde detrás de la barra, con un punto divertido y celoso por el cliente que quizá le estaba levantando el ligue. Alejandro se dejaría querer por ella con cierto aire de indiferencia, sonriendo mucho y dejando ver los hoyuelos de sus mejillas bien cuidadas, sin un solo grano ni cicatriz que las empañara. A pesar de la cantidad de tabaco que consumía, se mantenía exitosamente joven. Sabía vestirse y los años le iban dando esa elegancia con la que sueñan las estrellitas de cine. La chica, de espaldas a Federico, se desvivía porque al fin le pidiera el número de teléfono, por que quedaran cuando ella terminara el turno. Podía verlo en la impaciencia con la que jugueteaba con la larga melena, con la pose que adoptaba su cuerpo al apretar las piernas. Tenía un trasero bonito, pensó Federico. No le pareció más bonita que Martina. Después de todo, él era un tipo con suerte. Podría estar en esa situación y complemente solo.
-Estoy aquí con mi amigo, te lo presento, se llama Federico.
-Hola.
-Hola. -dijo ella casi sin mirarlo, iluminada como estaba por la belleza de su amigo.
-Estamos hablando de amor, ¿a que sí? Federico está con una chica bastante tóxica.
-¡Oye!
-Ui. No pierdas el tiempo con esa clase de gente, tío. -dijo la camarera, que se llamaba Cristina, dándole la razón a Alejandro en todo lo que dijera- Yo las sé distinguir de lejos.
-¿Ah, sí? -dijo Alejandro.
Siguieron hablando entre ellos mientras la mente de Federico divagaba. Dirigió su vista al cielo azul que se abría paso entre las algodonosas nubes del cercano mediodía. Una brisa fría cruzaba la calle sombría donde estaban. El café se había terminado desde hacía bastante rato. Quizá Alejandro tenía razón y Martina estaba jugando con él al gato y al ratón. Al final se lo comería y no quedaría de su corazón nada, ni las espinas. Ya había salido bastante maltrecho de un intento de relación reciente, quizá su salud mental no soportaría otro envite de esas características y terminaría por hundirse en la abulia más absoluta. No podía permitirse el lujo de dejarse caer, no cuando su economía dependía de forma exclusiva de él mismo. Ya era lo suficientemente difícil ir a trabajar en un puesto que odiaba, donde no terminaba de encajar y donde sentía el estómago acalambrado. Por lo menos tenía a Martina y aquella ciudad mágica para ellos dos.
“Pobre Cristina”, pensó Federico. Se había olvidado de todas las mesas, hechizada como estaba del influjo de Alejandro. Sabía que aquella chica no tenía ninguna posibilidad y que él solo estaba jugando con ella, como él había criticado antes a Martina. Aquel coqueteo no llegaría ninguna parte porque no tenía ningún interés. Y si por casualidad llegaban a quedar, a salir juntos, a tener una relación, la cosa terminaría como todas las anteriores relaciones de Alejandro: ella le acabaría dando una patada por ser un colgado de la vida, un manipulador, un egoísta y un trepa sin escrúpulos. Pero al fin y al cabo, era su amigo, y Federico sentía por la lealtad una estima casi destructiva.
Estaba enfadado y lo sabía. Su mente no pensaba con claridad. Le daba rabia que Alejandro pudiera tener toda la razón y aquel hecho no cambiaría por mucho que se dedicara a tenerle rabia en su fuero interno. De repente, vio como la chica se fue a atender las otras mesas y cómo él apuraba el poco café que le quedaba en la taza.
-Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Alejandro levantándose. -El invierno parece que entra.
-Claro. -Federico también se puso de pie- Oye, no me he enterado. ¿Cómo ha quedado la cosa con esta nueva amiga tuya? ¿Vais a volver a veros? Estaba en mi mundo…
-¡Qué va, tío! ¿Tú has visto a esa choni? Qué tatuajes más feos. Solo me divertía.
-Pues a mí me ha parecido guapa.
-Sí que lo era, ¿verdad? Si hubiera querido, me la habría hecho. Pero me daba pereza.
-Desde luego, Dios da pan a quien no tiene dientes. ¿No serás gay en realidad?
Alejandro, lejos de ofenderse, rio de buena gana la broma de su amigo. Hacía años que se conocían y se decían barbaridades sin que la sangre nunca acabara de llegar al río.
-En verdad estoy enamorado de ti, bribón. -dijo estirando la mano para cogerle el culo.
-Puede que digas la verdad.
15. Una radionovela
-¿Y tú qué quieres?
El edificio de Ràdio Sant Just se situaba encastado en una loma, en las postrimerías de una zona ajardinada cuyo cielo solía ser azul claro y las nubes tranquilas pasaban calladas sobre las cabezas de los cipreses. Habían estado por allí otras veces, generalmente al caer la tarde cuando todo el mundo se recogía. Era la primera vez que iban a aquel lugar, que a Federico le encantaba, por la mañana. Aunque siempre aparcaban justo en frente del edificio de la radio, su destino estaba un poco más arriba, subiendo la loma. En lo alto, justo encima del estudio encastado en el urbano cerro, se alzaba un edificio novecentista. Era una antigua casa de veraneo de dos pisos, sin contar las buhardillas. Tenía la planta cuadrada y torreones en cada extremo. Las ventanas eran amplias pero carecían de balcones, probablemente porque no los necesitaba, alrededor había suficiente campo y jardín y aire puro. Era una de esas viviendas que se hacía la gente rica a principios del siglo XX, por poco no le había pillado la moda modernista, así que las paredes eran de hormigón que, si bien era un material modernísimo para la época, en el siglo siguiente habría de resultar frío y anacrónico. Aquellas masías abundaban por todas partes, diseminadas por la geografía catalana. Normalmente, sus paredes interiores estaban llenas de pintadas como escupitajos y sus suelos llenos de cristales rotos, cuando no alguna jeringuilla. Pero no estaba así la de Sant Just. Aquel edificio conservaba su antiguo esplendor como un pino grueso al lado de una carretera, como un milagro que la especulación urbanística todavía había respetado. En aquel distrito había el dinero suficiente para restaurar las joyas arquitectónicas que daban señas de identidad a una población que hasta hacía pocas décadas sólo había sido campo, zonas altas donde los ricachones curaban sus pulmones con la brisa benigna del mar. Dentro del local las paredes conservaban su antiguo color verde botella y el olor a tiempos pasados de cuando Proust tomaba el té con magdalenas en casa de su vieja tía.
-Una coca-cola y una mediana.
-¿Voleu olives?
-Sí, también. -Aquel día Federico se sentía dadivoso, con los testículos ligeros y la cabeza despejada como el azul cielo invernal que se alzaba sobre las torres que la casa levantaba sobre su terraza, como queriendo tocar el cielo con la punta de un dedo duro.
Convertirse en bar había sido una buena manera de sobrevivir. Seguramente, el nombre que le habían puesto, Nou Ginestar, sería el apellido de los antiguos dueños. Quizá el ventrudo y perezoso camarero que lo regentaba sería el último descendiente de una familia que, con los años y venida a menos, había conservado el usufructo de ese edificio, antaño de su propiedad y hoy bajo concesión gracias a un conegut en el ayuntamiento. Mientras Federico esperaba a llevarse la comanda, miraba los carteles del local con el estilo revolucionario de la propaganda de la guerra civil, las pasadas mesas de hierro y cristal con sus sillas a juego, la máquina de tabaco y la tragaperras como convidados de piedra. Posaba su vista sobre todas las cosas como si fuera la primera vez que las veía, como si fuera la última vez que las habría de ver, con dulce melancolía.
-Aquí tens, noi.
-Gracias. ¿Qué te debo?
Al posar su tarjeta sobre el datáfono sintió un repentino miedo que le frunció todas las partes del bajo vientre. Los segundos que transcurrieron desde que la maquinita leyó la tarjeta y se comunicaba con la entidad bancaria de Federico, fueron largos como si transcurrieran debajo del agua. Poco antes había comprobado que aún le quedaba algo de dinero en la cuenta pero ¿y si no lo había mirado bien? ¿y si se había equivocado? Aquellas preguntas lo asaltaban siempre que tenía que hacer un dispendio. No soportaba la idea de que la operación resultara denegada y tuviera que inventar una excusa: esta tarjeta no me funciona bien. Entonces el camarero lo miraría con cierta preocupación y condescendencia, quizá con desconfianza, mientras fingía ir a su mesa a por dinero suelto, cuando en verdad iría a decirle a Martina que no tenía el montante para pagar los refrescos que se había pedido, los cuales habían resultado más caros de lo esperado. Por suerte, el datáfono ronroneó y empezó a sacar el papelito del tique: Venta autorizada.
Mientras volvía con las bebidas, las copas y el platito de las olivas en las manos, caminando el breve trayecto de la barra a la mesa a la sombra donde Martina se había sentado, se preguntaba si todo aquello era real, cuánto tardaría en despertarse. Los árboles, el edificio con los ojos verdes de sus contraventanas, los tejados que se veían al fondo y hasta el Edificio Walden que se adivinada abajo del todo, todas las cosas lo miraban como si Federico fuera una rata, de paso en un mundo que no le pertenecía.
-Muchas gracias, guapo.
-Para servirla, princesa. Este roedor siempre a cordial y a su servicio.
-Brindo por este ratoncito.
-Salud.
Entrechocaron sus copas y al tiempo del chin-chin, Federico se olvidó de todos sus problemas, como siempre solía sucederle cuando estaba cerca de Martina. El amor tenía ese poder: el de embrujar a las realidades más acuciantes. Uno podía estar muriéndose que, si lo hacía en brazos de la persona amada, la muerte era menos muerte. La ciudad se desplegaba a sus pies como si ellos dos fueran los amos de Barcelona y cercanías.
-Me encanta este lugar.
-Lo sé. Me encanta que te encante.
Se besaron. Una brisa helada levantó unas hojas caídas y las arrastró por el suelo llevándoselas colina abajo. Pájaros invisibles cantaban afónicos bajo el sol matutino.
Había sido su primera noche juntos y eso los hacía sentirse felices, más optimistas con el presente. Aquello significaba cierto compromiso y esta era una palabra difícil de encajar en los planes de ambos. Lo que había empezado en otoño siendo un juego sencillo se había ido complicando y en invierno parecía una madeja tan intrincada que solo podría deshacerse con un cuchillo. Cambiar, aunque a mejor, siempre era doloroso.
-Martina, -su voz cambió como si una nube tapara el sol de repente. Ella se recolocó en la silla mientras él pronunciaba su nombre, sabiendo que aquella conversación que todavía no habían tenido, que ninguno de los dos había planeado, estaba próxima a producirse. -¿por qué lo dejaste con Roberto? ¿es que no supo satisfacerte? ¿es eso?
-¿En qué sentido? -parecía sorprendida por la pregunta, como si no la esperara. Pero su expresión delataba que estaba completamente abierta a hablar sin tapujos ni prejuicios. Metió ambas manos en los bolsillos de su chaqueta de plumas beige y se acurrucó.
-En qué va a ser. -Federico dio un trago a su cerveza, el frescor ayudó. -En el sexual.
-No termino de entenderte, Ico. A veces hablas como en metáforas y no te explicas bien.
-Siempre he pensado que Roberto no supo satisfacerte en la cama, que no conseguía hacerte correr, no sé. Quizá te ocurre lo mismo con tu pareja, que por cierto, no sé ni cómo se llama. ¿Cuál es su nombre? Me siento como una especie de pasatiempo.
Martina rio con ganas mostrando una dentadura perfecta, unas encías sanas como una fresa. Su pelo se derramaba sobre sus hombros y su pecho, en ondas marrón oscuro.
-No sé qué te hace tanta gracia. Estoy hablando en serio.
-A veces me sorprendes, Ico. Eres capaz de salir con cualquier ocurrencia. ¿En qué piensa esa cabecita de chorlito? A veces me gustaría estar dentro de ti para saberlo.
-No estoy seguro de que te gustara tanto. Además, no me has contestado la pregunta.
-Roberto me satisfacía casi tanto como tú. Me lo pasaba muy bien con él en la cama, como me lo paso muy bien contigo. No estoy aquí sentada porque necesite sexo.
Aquella revelación lo dejó roto en mil pedazos. La suposición más sólida que hasta entonces se había hecho, la razón que en su fuero interno había encontrado para que Martina pasara el tiempo con él se había derrumbado como un castillo de naipes. Federico se quedó con la boca semiabierta y una expresión bobalicona en los ojos. Tuvo el impulso de quedarse callado, de no seguir adelante por aquel terreno pantanoso que hasta entonces, hasta ese día, habían evitado por todos los medios. Pero hoy estaba dispuesto a llegar hasta el final, a saber la verdad de una vez por todas: saber qué eran.
-Supongo que con tu novio que lo pasas igual de bien. -Federico se había ensombrecido completamente. El corazón golpeaba rítmicamente como un puño sobre una mesa, alimentando su desazón- La verdad es que no sé qué haces conmigo aquí sentada.
-Pues me estoy tomando una coca-cola, intentando disfrutar la mañana que pareces dispuesto a estropear. ¿Se puede saber qué te pasa? Estás girado como un calcetín.
Federico guardó silencio. Era mejor no añadir nada más si ella no quería hacerlo. Sentía unas ganas imperiosas de levantarse y salir corriendo, pero permaneció anclado a la silla de metal que lo sostenía sobre el suelo de tierra dura. Encendió un cigarro y respiró. Martina se aproximó, puso los brazos sobre la mesa, le agarró las manos nerviosas.
-Mira, Ico. Contigo me lo paso muy bien en la cama. Me haces tocar el cielo a veces y yo te lo hago tocar a ti. Pero que me lo pase bien en la cama no es responsabilidad tuya, sino mía. También me lo pasaba muy bien con Roberto, y decirte otra cosa sería mentir. -dio un trago a su refresco. En sus ojos se reflejaban las nubes que pasaban serenas- El sexo no es tan importante como tú piensas. No estoy contigo solo porque quiera follar contigo, que también. Estoy contigo por cómo eres, cuando follamos y cuando no. Yo creo que deberíamos alegrarnos por eso. ¿O es que tú me quieres sólo para follar?
-La verdad es que nunca lo he hecho con nadie como contigo. Pensaba que teníamos una conexión especial, no sé, algo que nos unía de una forma diferente. ¿Qué quieres? En cierta manera me decepciona que yo haya sido uno más en tu vida y no alguien especial, alguien que te haya hecho llegar al cielo. Disculpa que me haya enfadado…
-El sexo es una cuestión de comunicación, Ico. Es verdad que con Roberto, sobre todo al principio, no encontrábamos la manera de satisfacernos. Pero poco a poco fuimos cogiendo confianza el uno con el otro y todo fue fluyendo. Al final se trata de decirnos qué es lo que nos gusta y que la otra persona esté dispuesta a escuchar. Si se hace así, cualquiera puede ser un gran amante. Porque no se trata de ser un machomán como tú te crees, sino de saber escuchar a tu pareja, y de intentar hacerlo lo mejor que puedas.
Federico fumaba en silencio y las nubes de su cigarrillo se fundían en el cielo despejado de aquella mañana diáfana. Lo que le había dicho Martina lo había pillado completamente desprevenido y le haría pensar mucho tiempo después de ese día.
-Vaya, -dijo al fin, rompiendo el silencio de su sorpresa- hablas como una sexóloga.
-¡Mi hermano es el sexólogo!
Ahora fue Federico quien rio con ganas, expulsando de golpe el humo de sus pulmones, lo cual le hizo toser un par de veces. Martina era una verdadera caja de sorpresas, reía.
-¿En serio? -Cuando ella le explicó que era cierto, añadió- No lo sabía, qué interesante.
-Creo que te encantaría conocer a mi hermano, haríais buenas migas.
Un silencio gris se apoderó de nuevo de la conversación cuando hubieron terminado las risas de ambos. Las bebidas se habían terminado y el camarero pronto los echaría.
-Hay muchas cosas que no sé de ti, Martina.
Ella se encogió de hombros sin saber qué añadir. Él pensaba en su próxima pregunta.
-¿Y tu novio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Sabe que yo existo? ¿Te acuestas con él?
Ahora fue ella quien se ensombreció. Martina podía ser dura como un escorpión si se lo proponía, e igual de dolorosa. Su embrujo era un veneno al cual era difícil sobreponerse. Puso las manos sobre sus muslos abrigados, que la tela de sus pantalones protegía de los rigores del tiempo.
-Aún no estoy preparada para hablar de ese tema contigo, Ico. No es el momento. Te pido paciencia, dentro de poco las cosas se resolverán, pero necesito más tiempo.
-Tiempo para qué. -dijo él con hartazgo. No dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con Alejandro hacía un par de semanas en la calle Aribau, después de todo, tenía razón en su tesis: Martina, tarde o temprano, le daría una patada en el culo.
-Voy a dejarlo.
-Eso parece que me lo has dicho otras veces. Aunque es cierto que es la primera vez.
-Es difícil. Son muchos años. Pero lo voy a hacer. Dame un poco más de tiempo.
Se levantaron y mientras recogía sus pertenencias de la mesa, Martina lo abrazó muy fuerte, como si quisiera pedirle perdón por cómo habían resultado todo. Ninguno de los dos había planeado que las cosas salieran así, y no valía la pena buscar inocentes ni culpables. Al amor le importaba poco quiénes eran los más nobles o los más viles, no seguía unas pautas establecidas y, a veces, no se ajustaba a la moral de lo correcto. Caminaron en silencio por la rampa, cerro abajo, pasando por delante de la puerta de la radio. Al estar frente al edificio encastado en el verdor de la montaña, Martina dijo:
-Nuestra historia daría para una radionovela.
16. La vida de los pobres
El descanso duraba media hora y tenía lugar desde las once hasta la media. Federico solía salir disparado, sin mirar atrás, intentando no cruzarse con ningún compañero que lo animara a tomarse un café con los demás al bar adonde iban siempre. Prefería la soledad del cigarrillo en la plaza cercana al edificio de oficinas donde cada día desempeñaba la labor por la que le pagaban un sueldo miserable. Al principio, se había sentido muy afortunado de haber encontrado, por fin, a sus veintitantos años, un “trabajo de lo suyo”. Pero al recibir el sueldo por el cual se había estado formando años en la universidad, después de tantos sacrificios familiares y personales, sintió la sombra de una decepción grande, que luego habría de cernirse cuando tuviera que hacer frente a los gastos de vivir en una ciudad como Barcelona. Con sus mil doscientos euros no conseguía llegar a fin de mes sin tener que hacer malabarismos económicos, que implicaban reducir el gasto en tabaco, unos doscientos euros al mes, lo cual le resultaba del todo imposible. Antes dejo de comer que de fumar, se decía, y de hecho lo cumplía.
Tenía hambre pero el humo del cigarrillo conseguía engañar al estómago mágicamente. Cuando el primero estuvo terminado, encendió otro antes de que la colilla del anterior cayera al suelo y tomó asiento en uno de los bancos de la plaza-parque donde jugaban muchos niños inmigrantes en vez de estar disfrutando, o padeciendo, las horas de recreo en el colegio. Seguramente serían niños sin papeles, ajenos a sus propios problemas, disfrutando del sol matutino y de las instalaciones municipales para sus juegos y carreras. Federico los miraba sin poder recordar su infancia, sin paraíso perdido.
Pensaba en Martina, como hacía siempre. Esta vez no había querido mirar el teléfono por si encontraba un mensaje de ella que tendría que responder en el mismo momento. Sabiéndolo, había decidido dejar el teléfono en el bolsillo y disfrutar de su descanso laboral sin tener que prestar atención al uso de las palabras cariñosas y los emojis. Hoy no tenía ganas de hablar con nadie, de hecho, sentía unas intempestivas ganas de llorar.
Había sucedido por la mañana. Se levantó de la cama crujiente en su bajo del Carmelo después de haber apagado la alarma del teléfono varias veces. Ese día, como si una fuerza en su estómago lo supiera de antemano, no quería levantarse de la cama. Quédate durmiendo, di que estás enfermo, decía una voz dentro de su cabeza con el mismo timbre que la suya propia. No. Decidió no hacerse caso y poner un pie desnudo sobre el frío de la baldosa polvorienta, buscando a tientas las zapatillas que se calzó sin mirar. Ya iba bastante tarde y tuvo que ir deprisa: ducharse, desayunar un café y para el metro. Al activar el interruptor de la luz no hubo la respuesta esperada y la bombilla que colgaba de un mísero cable del techo se quedó completamente apagada, como estaba. Otra vez la maldita electricidad daba problemas. Fernando, el tío de Roberto, había venido hacía unos días a comprobar otra vez la avería, que era bastante recurrente. Atribuía el corte a un tema de humedades que implicaba a la pobre conservación del edificio y a los malditos vecinos, hijos de perra, según sus palabras, que no pagaban la comunidad. Las intervenciones de Fernando conseguían que la luz funcionara de nuevo, pero su estabilidad pendía de un hilo. Ese día no había tiempo para toquetear la caja de fusibles, es decir, se duchó a oscuras lo mejor que pudo y salió del edificio sin nada en el cuerpo. Ni siquiera había tenido tiempo para comprar un café por el camino y, a pesar de todo, un retraso en la vía provocó que llegara diez minutos tarde, cosa que lo hacía sentirse más culpable que si hubiera matado a alguien. Había tenido reunión con el responsable, un hombre ventrudo que debía rondar la cincuentena, que vestía siempre una camisa a cuadros, adquirida donde esa clase de viejos solía ir a comprar la ropa, y unos zapatos de cuero, casi tan gastados como su cinturón. Lo llamaban el Mussol, por unas extrañas lentes progresivas que le hacían los ojos marrones desproporcionadamente más grandes.
El Mussol se tocó la calva gris y grasienta: –Hem decidit fer alguns canvis en la teva secció. Cambios, aseguró, que mejorarían el rendimiento de mi labor en la empresa.
A diferencia de otros puestos donde el personal trabajaba de pie, Federico ya había aprendido una lección importante del mundo de los despachos: las broncas nunca lo parecían. Todas las decisiones, incluso las más crueles, se tomaban con un aire de cordialidad. Nadie lo iba a avisar si se estaba equivocando o si no hacía bien el trabajo, una mirada de reproche, un cambio en el horario, una modificación en el organigrama, le haría saber que no estaban contentos con él y que su puesto peligraba. Había cola para trabajar en aquella posición y, si no funcionaba, nadie pestañaría para echarlo a la calle. Aquella situación, sumada a la poca conexión que sentía por sus compañeros, gente que no pensaba en otra cosa que en correr en la rueda para ratones que constituía su rutina, lo hacía sentirse completamente alienado, con una insoportable pesadez en las tripas. Eso no le había pasado en otros trabajos más humildes, por los que había cobrado unos doscientos euros menos, pero que lo habían hecho reírse y trabajar con entusiasmo. Se había divertido más siendo camarero bajo el sol del verano que en aquella oficina con calefacción central en invierno. Muchas veces Federico suspiraba y miraba por la ventana hacia el muro gris del edificio de enfrente que, implacable, no dejaba ver ni siquiera un triángulo de cielo azul. ¿En realidad quería dedicarse a eso toda la vida?
Frustrado, buscando el consuelo que no conseguía darle el trozo de cemento que abarcaba Virrey Amat, cogió su teléfono móvil para apartarse unos minutos de la fealdad y la grisura de las formas que lo rodeaban. La sorpresa fue tanta que el cigarrillo se le cayó de las manos al suelo. Rápidamente lo recuperó, mientras comprobaba que, estando el silencio, no había oído ni las llamadas ni los mensajes recibidos. Sin entender todavía muy bien lo que aquello significaba, abrió con dedos nerviosos el correo que había llegado a su cuenta personal, leyendo dos y tres veces las palabras virtuales.
Se sintió tan desbordado por las emociones que se puso de pie. Caminó sin rumbo hacia los niños, que lo miraron, luego hacia una tienda, donde no entró, luego se puso junto al banco donde estaba sin volverse a sentar. Lo habían admitido en el programa público para el que había aplicado seis meses atrás, sin mucho convencimiento. Se trataba de una posición de interino en la administración estatal, como sustituto. Tenía de tiempo para aceptar el puesto hasta las 12:30 de ese día y ya eran las 11:20. El corazón se encabritaba debajo de la tetilla izquierda, y parecía querer saltarle por la boca y salir corriendo. Tenía el teléfono a reventar de llamadas telefónicas que se habían producido a lo largo de aquella mañana. Aquello constituía un giro total de los acontecimientos que habían constituido su rutina todos esos meses. Significaba un cambio tan grande que no era capaz de hacerse a la idea. Sin mucho tiempo para pensar, llamó por teléfono al número que casi consigue fundirle la batería del móvil. Una voz femenina respondió al primer toque, una voz que lo cambiaría todo de ahora en adelante sin él saberlo aún.
-Hola, buenos días. Tengo algunas llamadas suyas. Soy Federico Ro…
-¡Sí! Federico. Te hemos estado llamando. Iré al grano porque no tengo mucho tiempo.
-Se lo agradezco, yo tampoco.
-Trátame de tú. Necesito que mañana a las 9h de la mañana te presentes aquí, supongo que te ha llegado la dirección al correo electrónico. ¿La has visto? Pues cuando estés…
-Un momento, disculpe. Perdona, disculpa. Resulta que ahora mismo estoy trabajando, de lo mismo, para una empresa privada. El caso es que, si acepto, creo, necesito avisar al responsable de personal con quince días de antelación, me dijeron, creo recordar.
Hubo un silencio al otro lado de la línea y se oyó el crepitar de la comunicación que se efectuaba a un centenar de quilómetros de distancia, en la otra punta de la comunidad. La voz suspiró un momento, parecía valorar la situación, y luego continuó comprensiva.
-Sabes, te entiendo, pero es que esto no funciona así. Cuando te designan, tienes un plazo para aceptar y si no lo haces te vas al final de la lista. Además, necesito que mañana estés aquí para darte de alta, puedo esperar a que vengas a última hora de la mañana si lo necesitas, no te preocupes por eso, pero si no vienes te caes de la lista.
Caerse de la lista significaba no conseguir otra llamada similar en dos o tres años, tiempo más que suficiente como para arrepentirse de no haber aceptado la oportunidad. El problema era que cuando se había apuntado a la lista, hacía un par de años, lo hizo sin esperar nada al corto plazo y terminó olvidándose de aquellos exámenes de ingreso. Entonces había pensado que decidiría qué hacer el día que lo llamaran, y ese día había llegado. Además, la posición a cubrir era en su ciudad natal, donde en su día se inscribió. Aceptar significaba abandonar sus proyectos en Barcelona y empezar de cero.
-¿Ni siquiera puedo ir pasado mañana? Hoy es martes. Quizá el jueves o el viernes pueda tenerlo todo solucionado. Vivo en Barcelona y tendría que desplazarme hasta allí.
A Federico le sudaban las manos y sentía la pantalla del móvil impregnada de la grasa de su rostro que sudaba copiosamente a pesar de que el invierno y el frío eran uno.
-Mira, lo siento, pero no puedo decirte más. Entiendo tu situación pero tengo las manos atadas. Esto funciona así. No te preocupes por la ley. Nosotros somos la administración.
-Bueno…
-¿Te espero mañana entonces? No tengas prisa por llegar a primera hora. Estaré en mi despacho hasta las 14h. Tienes tiempo hasta entonces para solucionar lo que puedas.
-Sí. -dijo dubitativo- Allí estaré.
-Bien. Recibirás toda la información por el correo, consúltala para ponerte al día.
-Claro.
-Me llamo Marta Bermejo. Pregunta por mí cuando llegues y me darán el aviso.
-Gracias.
-No hay de qué. Enhorabuena por el puesto. Creo que tendremos suerte contigo.
-Eso espero. Muchas gracias. Un saludo. Adiós.
-Adeu.
Miró el reloj y eran las 11:35 pasadas.
Al terminar la conversación aún estaba temblando. Necesitaba un cigarrillo como un vaso de agua en el desierto, pero no había tiempo. Tenía que correr para llegar de Virrey Amat hasta el edificio donde trabajaba, que estaba a unos cinco minutos andando. Justo antes de llegar a la puerta, se detuvo en seco. Qué más daba, pensó. El destino le daba la oportunidad de dar carpetazo a un puesto que odiaba, donde tenía que trabajar muchas horas extra y le pagaban lo mínimo. Sentía como el nudo de su estómago se deshacía y en su lugar aparecían mariposas subiéndole hasta la garganta. Una felicidad indecible lo envolvía como una brisa cálida e inesperada en mitad de una húmeda ciudad invernal.
Decidió fumarse un cigarrillo en la puerta, con absolutamente toda la parsimonia del mundo. Por el rabillo del ojo vio pasar a su jefe, el señor Puigdelclós, a quien todos conocían como el Mussol, un par de veces por delante de la puerta de la entrada, sin atreverse a salir a llamarle la atención diciéndole que había llegado tarde de nuevo. Federico fumaba tranquilamente pensando en Martina y en el futuro que a ambos les deparaba, ahora que todo indicaba que pasaría una buena temporada lejos de Barcelona y sólo podría venir los fines de semana. Seguramente ella entendería la situación y se alegraría por él. Seguro que intuía que estaba sufriendo verdaderas penalidades económicas y aquella oportunidad sólo se presentaba una vez en la vida de los pobres.
17. Elige el corazón
El restaurante chino estaba en una calle sin salida, muy cerca de la carretera Real por donde pasaba el tranvía de Sant Just cada diez minutos los días laborables. Federico recordaba la primera vez que comió allí, cuando probó el “pato laqueado”. En sus veintitantos años de existencia sus padres nunca lo habían llevado a comer semejante manjar, probablemente habrían escupido encima del mantel blanco con ribetes dorados, al ver el cuerpecillo de las aves colgado de ganchos en una simbiosis entre la matanza de Texas y un asador de pollos. El sitio le resultaba de lo más elegante, con su pecera en la entrada, donde nadaban sin descanso peces de ciudad que no intuían la muerte próxima que podía esperarles en cada ida y venida de los camareros que, amabilísimamente, hicieron sentar a la pareja en una de las mensas de la izquierda. Era un sitio amplio, con dos comedores inmensos, pero a ellos les había tocado en suerte una mesa en el principal, dado que habían llegado temprano, con hambre postcoital.
-Tienes que probarlo, Ico.
-No sé, Martina… No sé si me va a gustar.
-¿Acaso no te ha gustado todo lo que hemos hecho hoy? Sé que te va a encantar.
-Lo de hoy me ha encantado, nunca lo había hecho. Pero es algo muy diferente a…
-Si no lo pruebas no lo sabes. -Martina sonreía feliz como una niña- Anda, tonto.
-Bueno, siempre acabo haciéndote caso en todo, así que me pongo en tus manos.
Sus manos se tocaban por encima de la mesa. Martina pellizcaba los dedos de Federico con la punta de los suyos, los apretaba y los soltaba suavemente, y la sangre acudía a las partes donde ella le tocaba y a otras partes del cuerpo, enrojeciéndole la piel escocida. Su colgante penduleaba bajo su cuello largo y delgado mientras se aproximaba.
-Me ha gustado mucho cómo hemos follado hoy. Estamos encontrando nuestro ritmo.
Federico se ruborizó. No estaba acostumbrado al lenguaje claro de ella. -Me alegro.
-Cuando acabemos de comer quiero que follemos otra vez. Te llevaré en coche a un…
La camarera, una china de una edad indeterminada, se acercó a tomarles nota. Martina pidió toda la comanda sin preguntarle a Federico qué quería. Él, lejos de molestarse, la dejaba hacer. Estaba en su territorio y en él ella era la reina. Le gustaba mandar y sabía hacerlo. La china apuntaba todo lo que ella pedía y Federico sólo la miraba arrobado.
-¿Pala bebel?
-Yo una coca-cola y para él una cerveza.
-Meliana.
Martina lo miró dubitativa. -Sí. -Respondió Federico. La camarera se fue a paso ligero.
-Cómo necesito un trago de cerveza. -Pensaba dentro de su coche, aparcado justo en frente del Restaurante Nou Món Feliz, donde esperaba que de un momento a otro llegara el coche gris de Martina. Era mejor encontrarse allí, en un lugar discreto.
Trajeron las bebidas y otro camarero, experto en ese delicado fin, trajo un carrito. Dentro de una campana plateada sobre una bandeja del mismo color, apareció un rollizo pato, completamente asado, desde el cuello hasta el corvejón, reposando sobre la superficie fría. El experimentado trabajador, como había visto hacer en las películas, comenzó a trinchar el animal despacio. Primero separó las partes inservibles. Luego introdujo un larguísimo tenedor de dos puntas afiladas en la mitad del cuerpecillo del ave. Finalmente, poco a poco, fue cortando finas lonchas de la pechuga del animal y depositándolas sobre un plato llano y muy amplio con una floritura de lechuga en medio. Federico observaba la operación con feliz asombro cateto. Martina sonreía.
Al marcharse, dejaron sobre la mesa una vaporera que contenía finísimas hojas de pasta de arroz. Martina tomó una de ellas y le enseño cómo tenía que hacer el rollito con el pato y la verdura y dónde tenía que mojarlo todo antes de llevárselo a la boca húmeda.
El coche de ella se aparcó justo al lado. Como era un martes por la noche no había demasiada gente en el lugar y el restaurante, desde afuera, parecía completamente vacío. De coche a coche, se miraron a través de las ventanillas. Dentro de su vehículo ella le preguntó moviendo los labios si quería que bajara y se montara en su furgo. Él le hizo que sí con la cabeza. Federico sintió que ya había vivido aquella escena antes, pero no sabía dónde. Una ola de tristeza lo invadió repentinamente, como un jarro de agua fría. Martina se bajó del coche y la perdió de vista. Al verla abrir la puerta de su furgoneta vio que iba vestida con una simple chaqueta ajustada, tejanos y zapatillas. Llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo. Era una chica presumida, le gustaba arreglarse para salir a cualquier recado. La noticia de su llegada la había pillado de sopetón y se había puesto lo primero que encontró en el montón de ropa que habría sobre su cama. De todas formas, estaba preciosa aquella última noche en que la vio.
-Bueno, ¿qué te parece?
Federico lo pensó un momento, masticando con desconfianza primero y luego añadió:
-La verdad es que este “pato laqueado” está muy bueno.
-¿Se puede saber qué te pasa, Ico? Llevas todo el día rarísimo y casi no me contestas.
-Sí te he contestado, Martina. Si no lo hubiera hecho, no estaríamos sentados aquí, ¿no?
Federico sonrió divertido pero ella no estaba para bromas. La expresión seria de su rostro bajo el reflejo amarillo de la luz amarilla de la cabina y los brazos cruzados sobre su pecho generoso delataban que estaba enfadada, con ganas de soltarle un guantazo.
-No tengo mucho tiempo, Ico. Mis padres se estarán preguntando por qué he salido…
-Yo tampoco. Intentaré ir al grano. -respiró hondo. Sentía el pulso percutiendo como un martillo justo debajo de la nuez, donde las palabras no terminaban de salir- Me marcho de Barcelona, Martina. Me han ofrecido un puesto muy cerca de casa, de casa de mis padres, me marcho esta misma noche. Tengo las maletas dentro del maletero y salgo ya.
-¿Cómo?
Martina lo miró con la boca abierta. Pronto, vio palidecer levemente su rostro y anegarse los ojos de repentinas y traidoras lágrimas de dolor. No se lo creía.
-No es nada malo, Martina. En verdad, he tenido mucha suerte. Es una buena posición, una gran oportunidad. Hace unos dos años hice las pruebas y presenté todo el papeleo, me dijeron que ya me dirían algo y hasta hoy me olvidé completamente del tema. La verdad es que no esperaba que me llamaran nunca y, si lo hacían, fuera dentro de mucho, mucho tiempo. En fin, he esperado mucho para tener una oportunidad así.
-Pero tú ya tienes un trabajo, Ico. -Su voz sonaba débil, sostenida por apenas cuatro hilos finísimos a punto de romperse y caer las sílabas como cristales al hondo silencio.
-Odio mi trabajo, Martina, ya lo sabes. Hoy mismo han amenazado con despedirme. Al parecer mi rendimiento no está siendo el esperado y no me estoy adaptando bien a la…
-Pero…
-…empresa. Además, en lo público me pagarán mucho más, prácticamente el doble. Ha sido de un día para el otro, si renunciaba me quedaría por años sin otra oportunidad así. Parece ser que si no aceptas te vas al final de la lista, o incluso pueden llegar a sacarte.
-…, ¿qué pasará con nosotros?
-¿Con nosotros?
Federico se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir. Las palabras intentaban trepar hacia la lengua, pero no lo conseguían, caían irremediablemente por un pozo.
-Pide la cuenta y nos vamos. Quiero enseñarte otro sitio.
-¿No nos tomamos el postre?
-El postre te lo daré yo.
Salieron del restaurante bajo el sol del mediodía, cogidos de la mano, sin temor a las miradas indiscretas. Se subieron a la furgoneta de Federico y emprendieron la marcha siguiendo las indicaciones de Martina. Al salir de la calle sin salida, torcieron hacia la derecha, dejando el Edificio Walden atrás como un termitero mastodóntico junto a la rectísima carretera. Poco a poco los edificios fueron desapareciendo, dejando en su lugar los incontables chalés que moteaban el suelo de Sant Just Desvern. Mientras Martina hablaba de temas intrascendentes, los árboles iban ganándole terreno a las casas detrás de las ventanillas del vehículo, que avanzaba despacio y sin prisa por una cuesta. Llegados a un punto, hizo una señal con su mano y tomaron un camino de tierra.
-Espero que no me hayas traído hasta aquí para matarme. -dijo él en broma.
-Me matas, Ico. Me estás matando. -dijo ella poniéndose las manos sobre la cara.
-¿Por qué? -hacía calor y decidió abrir un poco la ventanilla. Intentó agarrarle una mano pero ella la apartó. Quizá les vendría bien dar un paseo pero no la zona era inhóspita.
-De verdad, pareces tonto. -contestó riéndose. Por un costado del labio sacó la punta de su lengua y se la mordió. Sus ojos irradiaban un fuego lujurioso por las negras pupilas. -Párate aquí. -dijo señalando un pino al lado del camino que daba una agradable sombra.
Salió del coche y se subió corriendo a la parte trasera. Divertida, se bajó el vestido y se quitó el sujetador, dejando libres sus pechos pero no sus piernas, que seguían con ropa. Federico entendió que quería que la siguiera y se fue detrás con ella. Sus manos recibieron la piel desnuda de ella como hogazas de pan caliente y se besaron fuerte. Las manos de Martina empezaron a deshacer el cinturón de él por debajo de la camisa rosa.
-No te entiendo. ¿Por qué me dices que soy tonto? Para mí tiene toda la lógica del…
-¿Tan poco te importa lo nuestro?
Federico encendió un cigarro intentando pensar las cosas con la cabeza fría. Se sentía también herido y a la defensiva. Fruncía el ceño y fumaba como un enano enfadado.
-¿Se puede saber qué es lo nuestro, Martina? Me gustaría que me respondieras a esa pregunta, aunque solo fuera una vez. -Una lágrima cayó sobre el asiento- Perdona, no quería decir eso. Supongo que estoy bastante nervioso. Ha sido todo muy repentino.
-Bájate los pantalones.
-¿Cómo dices?
-¡Que te los bajes!
Federico obedeció y ella lo agarró con fuerza. Empezó a mover su mano derecha rítmicamente con un tempo alegre y decidido. Con la otra le acariciaba por debajo de los testículos, donde su escroto se unía con el perineo, con suavidad, pero a la vez segura.
-Avísame si viene alguien. -dijo mientras comenzaba a aproximar los labios a su glande.
-Vale.
-Ico, yo creía que teníamos algo importante. Estoy a punto de dejarlo con mi novio. Hace como dos semanas que no lo veo. Quería contártelo hoy pero te he visto muy raro durante todo el día. Ahora me encajan todas las piezas. -Se atusó el pelo, más tranquila- Me ha pillado por sorpresa y no entiendo nada. -pensó un momento- Será mejor que vuelva a casa, mis padres se estarán preguntando dónde he ido tan tarde por la noche.
-Hablas como si lo estuviéramos dejando. Yo no pensaba eso. Puedo venir a verte los fines de semana. No estamos tan lejos. Además, tendré más dinero para llevarte a sitios más chulos. ¿Te acuerdas aquella vez cuando fuimos a aquel bar de copas del Tibidabo?
Martina lo miró con tristeza y una decepción muy honda, capaz de romper en añicos el corazón más duro. Federico tragó saliva esperando una respuesta, intentando sonreír.
-Pero no será lo mismo. No estarás aquí. En Barcelona.
Justo en el momento en que la punta de su lengua acariciaba el cuello, las manos de Federico apartaron suavemente la cabeza de Martina con repentina zozobra y sorpresa.
-La poli, Martina. Se han parado ahí.
Ella se levantó y también vio el vehículo estacionado a unos pocos metros. -Mierda.
La pareja de agentes se bajó del vehículo con decisión, casi no le dieron tiempo a colocarse la ropa cuando un rostro gordo y sudoroso, de fríos ojos azules, los miraba por la ventanilla, haciéndoles señas para que salieran del coche. Serán hijos de mala madre.
-Estaba pensando en la primera vez que vinimos a comer aquí. Luego hemos venido muchas veces más. Te encantaba el pato laqueado. Dijiste que lo podrías comer cada día. -Por primera vez en todo aquel rato, ella sonrió. -Luego nos pasó lo de los polis.
-Sí, qué hijos de mala madre. Me dejaron con la miel en tus labios. ¿Te acuerdas?
Ambos rieron un momento. Luego se miraron a los ojos como dos buenos amigos.
-Lo hemos pasado bien, ¿no te parece? Ha sido divertido. -La melancolía volvió.
-Aún podemos pasarlo bien, Martina. Que me vaya no cambia nada. Hay relaciones que se aman en la distancia, si es que lo nuestro es una verdadera relación después de todo.
-Supongo que sí, que las hay. Pero yo soy esta ciudad, mi casa es Barcelona, y nunca me marcharé de aquí. -Oteó por la ventana como si estuvieran en la terraza del Mirablau. -Esta es mi ciudad y no la cambiaría por nada, Federico. Con ella está mi corazón.
-Barcelona es maravillosa, sí. Ojalá se pudiera vivir aquí. Supongo que nosotros no elegimos las cosas que nos pasan en la vida, dependen del azar, o del destino, o de Dios.
-Me tengo que ir. -dijo abriendo la puerta del coche- Y tú también, tienes un largo camino y es tarde. -salió por completo del vehículo sin darle un beso- Avísame cuando llegues a casa, me quedaré más tranquila. -cerró la puerta y se apoyó en la ventana. -Ya me irás contando cómo te va la adaptación al nuevo empleo y todo lo demás. -sonrió.
Con el cuerpo hormigonado, completamente paralizado sobre el asiento del conductor, Federico la miraba con ojos tristes casi sin poder contener una repentina lágrima helada. Entendiendo por fin lo que aquello significaba, giró la llave y encendió el coche.
-Claro, Martina, te escribiré en cuanto llegue a casa. Ten cuidado tú también a la vuelta. Nos veremos pronto, ya verás. No dejaré de escribirte nunca, aunque no me respondas.
Ambos rieron una última vez. Federico miró su fina silueta de bailarina recortada por la luz azul fosforescente del gran cartel iluminado del restaurante chino Nou Mon Feliz.
-Adiós, Ico.
-Hasta pronto, princesa.
No emprendió la marcha hasta que el coche de Martina se hubo perdido en dirección a la carretera que pasaba por el lado del edificio Walden. Federico giró hacia la izquierda en dirección a la autopista que habría de llevarlo hacia el sur, donde había empezado su historia. Mientras conducía a ochenta quilómetros por hora en una ancha carretera completamente desierta, dos lágrimas al galope cayeron sobre la pernera de su pantalón. Con el dorso de una mano se limpió una mejilla y luego la otra. Encendió la radio sin poder escuchar la música rock que emitían los altavoces de su vieja furgoneta blanca. Se sonó los mocos con un papel acartonado que encontró por la guantera izquierda.
Menudo giro había dado todo en unas horas. La vida podía cambiar en unos instantes de forma complemente inesperada y era necesario decidir qué camino tomar. Si la historia con Martina fuera una novela, bien podría ser este el final, pero era la vida y en la vida nunca nadie sabía a ciencia cierta cuál era el final o el principio de las cosas. Pensó en sus amigos, en la primera noche que se conocieron Martina y él, en la sonrisa sardónica de Rosario cuando, fumando parados en el parquin de tierra, aquella vez en que la mirada de Martina prometía futuros encuentros de amor, le dijo aquello de: ¡Tú estás loco! Su amigo tenía toda la razón. Estaba completamente chalado: lloraba feliz.
Porque las mejores decisiones de la vida nunca se toman con la razón, la moral o la cabeza. Martina tenía novio desde hacía muchos años pero decidió tener una aventura con Federico, la cual había hecho que se olvidara casi por completo de un amor roto.
La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala.
Y siempre elige el corazón.
18. La pequeña muerte
Cuando llegó con su coche, ella ya estaba allí, de pie entre el tráfico y la gente que caminaba en todas direcciones como si tuviera prisa. El lento avanzar de los vehículos hizo que pudiera mirarla sin que ella supiera que él la observaba. Llevaba el pelo suelto y liso, como a él más le gustaba. Un diminuto colgante centelleaba en su cuello desnudo bajo el sol del mediodía. Se había puesto el vestido de flores diminutas que a él más le gustaba, el cual se aguantaba sobre sus hombros con dos estrechísimas cintas blancas y se desplegaba por su cuerpo hasta la mitad del muslo, dejando ver sus delicadas piernas. En los pies llevaba unas chanclas también blancas, a juego con el vestido, que dejaban ver sus uñas pintadas meticulosamente. En el tobillo, lucía una cadena brillante que la hacía parecer una bella princesa amazona en la selva de cemento. Martina lo vio a él.
-Hola. -dijo tímidamente, al subirse al coche. Federico arrancó la marcha, sin besarla.
Había pasado un tiempo desde la última vez que se vieron, quizá aquel era el lapso más grande que habían estado sin verse desde la primera vez. Nervioso, intentando que no se le notara, Federico conducía su furgoneta esquivando las dichosas motos que lo adelantaban temerariamente a izquierda y derecha. De soslayo, la miraba. Las manos de Martina reposaban sobre su regazo y jugueteaban entre ellas. El vuelo de su falda se había subido aún más y dejaba ver la parte más tierna y blanca de sus piernas, que llevaba cruzadas. Su trasero estaba en contacto con la humilde tela del asiento, objeto bendecido por la suerte de servir para tan agradable propósito. Sin decir todavía nada, una mano liberó el volante y se posó sobre una de las piernas desnudas. Rápidamente, las manos de ella apresaron la de Federico y la abrazaron con fuerza. En esos juegos, él comenzó a acariciar el muslo de ella desde la rodilla hasta donde la falda se terminaba, y en ese sube y baja, la tela se iba retirando cada vez más. Martina no decía nada y se limitaba a mirar por la ventana, prestando atención a la ruta que ella estaba indicando.
La calle era larga, con semáforos en cada uno de los rectilíneos cruces que asaetaban la ciudad, así que tocar a Martina era una actividad bastante segura. Recordaba que la última vez que se vieron se habían enfadado el uno con el otro, pero había olvidado completamente el motivo de la pelea. En el mundo sólo existía aquella larga calle y el tacto caliente de la piel de Martina, que se iba encendiendo cada vez que su mano se aproximaba al punto donde se unían ambas piernas, que ahora llevaba abiertas, dejando entrever el hueco entre ellas, una posición más cómoda que parecía aliviar el sofoco que cada vez se tornaba más dulcemente insoportable. Ella tragó saliva y levantó un brazo.
-Por la derecha. -pronunció con un hilo de voz. Federico, sin hablar, le hizo caso.
Entraron en otra calle más larga. El hecho de que tuviera que apartar su mano de la piel de ella para atender el cambio de marchas, había provocado un leve enfriamiento. Federico aprovechó la ocasión para encender un último cigarrillo, Martina le había informado que allá donde iban no se podía fumar, así que debía aprovechar mientras aún tuviera tiempo. Seguía mirando por la ventana, pensando en sus cosas. Aunque su piel se encendiera por su contacto, no se había olvidado en ningún momento del motivo que había provocado su enfado, y parecía obstinada en el asunto, dándole vueltas. Federico reparó por primera vez en la bolsa de papel, con una marca de ropa en el dorso, que llevaba a los pies. ¿Papel regalo dentro? La visión de sus rodillas desnudas lo distrajo.
-A la izquierda.
Al cabo de un rato conduciendo en silencio, justo cuando la radio terminó una canción, antes de empezar con la otra, el rumor del tráfico se colaba por la ventanilla abierta de Federico como el ruido del olejae. Martina lo miró con reproche, con ganas de pelea.
-¿Es que no vas a decir nada en todo el día?
Federico apartó los ojos de la lenta carretera y la miró. Estaba realmente preciosa bajo el caliente sol del mediodía barcelonés. Su colgante se había pegado a su pecho por la humedad y, un poco más abajo, se dejaba ver la parte de su escote donde se dividía. Se limitó a sonreír de oreja a oreja, sin poder pronunciar ninguna palabra por el arrobamiento y por tener toda la sangre coagulada en el mismo punto, haciendo imposible la dicción. Justo cuando abrió la boca para contestar ella se tensó.
-¡A la derecha!
De un volantazo, el coche se situó en la calle correcta, abandonando la avenida de tres carriles por donde hasta entonces había circulado. Las calles se iban volviendo cada vez más estrechas e íntimas, lo cual hizo que ambos prestaran más atención a la vía.
-Es por aquí. Ya estamos muy cerca.
Avanzaron por un callejón que parecía sin salida. Los edificios eran anodinos a cada lado, sin tiendas ni cartelería, simples bloques de viviendas residenciales de clase media-baja. Ahora una habitación en una de aquellas casas costaba una pasta porque Barcelona se había puesto de moda y en la ciudad no había sitio para todas las almas.
-Entra ahí.
Martina señaló la puerta de un aparcamiento, encastada en un edificio marrón de rebozado noventero, ese que absorbía la humedad de las calles y dejaba, al cabo de los pocos años, una injusta sensación de suciedad. Los dinteles y la jamba de la puerta estaban revestidos de un fino metal negro. A la derecha, quedaba el nombre del establecimiento: La França Xica, en tipografía inglesa, con letras blancas en relieve sobre un fondo del mismo color. Había que fijarse muy bien para detectar la señales de que aquel era el sitio a donde se dirigían, escondido como estaba en una calle que parecía dar la espalda al mundo. Federico introdujo el coche por donde ella le indicaba. Les salió al paso un recepcionista que les indicó con la mano que se detuvieran. Después de comprobar la reserva con Martina, el tipo alto y espigado, con una expresión borrosa, como las que tenían los empleados de un tanatorio, les indicó que debían bajarse del coche, y que alguien del personal lo aparcaría por Federico.
Era la primera vez que dejaba las llaves de su vehículo a un trabajador que no fuera su mecánico. La cosa le pareció extraña, pero todo se había producido con tanta celeridad y sentía su lengua tan acartonada que no se le ocurrió la posibilidad de objetar nada. Otro trabajador, que salió de detrás de una puerta negra, se encargó con eficiencia de hacer desaparecer su vehículo a través de otra puerta de parquin, dentro de la propiedad. El sitio tenía dos puertas y la recepción de los vehículos y de los clientes se hacía de uno en uno. Federico nunca había estado en un sitio como aquel, como si todo fuera ilegal.
-Acompáñenme, por favor. -dijo el tipo alto de expresión mortuoria. Con agilidad, abrió la gruesa puerta negra por donde había salido el aparcacoches y los invitó a pasar por un pasillo de suelo ajedrezado, donde no se cruzaron con absolutamente nadie. Al final del corto recorrido se alzaba la puerta del ascensor. De la derecha apareció el botones. Se trataba más bien de un tipo de seguridad, pero disfrazado con un traje oscuro que le quedaba muy estrecho en algunas partes de su anatomía, en los brazos sobre todo, y demasiado ancho en otras, por ejemplo en la cintura. Llevaba las manos cruzadas sobre el paquete y una mirada vacía. Los hizo pasar con educación dentro del ascensor cuando este se abrió. El tipo se limitaba a mirar en frente. Ni siquiera le echó la acostumbrada mirada que le lanzaban los hombres de su edad a una chica joven y apetecible como ella. Solo cumplía con su trabajo y era difícil verle los ojos, fijos en las puertas cerradas.
Cuando estas se abrieron, avanzaron a paso ligero por un pasillo moqueteado. Las luces cenitales eran muy tenues y los ojos necesitaban acostumbrarse a la oscuridad para ver. Llegaron a una puerta sin número visible y el segurata abrió con una tarjeta que se quedó. El lector dio un pitido largo y con un chasquido se liberó el cerrojo. Antes de entrar en la habitación, el tipo se guardó la llave de donde la había sacado y mirando al hueco que las cabezas de Martina y Federico dejaban en el espacio, los instruyó.
-Pueden hacer uso de la habitación todo el tiempo que quieran, pero una vez que la abandonen, no podrán volver a entrar sin hacer una nueva reserva. En el interior disponen de una nevera con bebidas frías. Cualquier consumición o desperfecto en la habitación deberá ser abonado. Antes de abandonar la habitación deben llamar a recepción descolgando el teléfono junto a la cama. Cualquier problema lo mismo.
El tipo se quedó callado por si tenían alguna duda. Como ninguno de los dos dijo nada, a paso ligero y con movimientos eficientes, los hizo pasar y cerró la puerta con inusitada suavidad detrás de ellos. Sintieron sus pasos pesados alejarse con celeridad por el pasillo, posiblemente para atender a otra pareja de clientes que esperaran abajo.
Martina dejó sus cosas, el bolso blanco con fina cadena metálica y el teléfono móvil, sobre una mesa. Federico paseaba su mirada por los objetos de aquel lugar que olía a lavanda de forma embriagadora, nublando un poco sus sentidos. La luz del lugar era incluso más tenue que en el pasillo, de colores violeta y amarillo en algunas zonas. En el centro había una ancha cama, como era esperable de un lugar así, pero lo que más le sorprendió fue la disposición de los espejos. Había uno tan ancho como la pared que se orientaba directamente hacia lecho para que fuera posible verse en él desde la cama. Había otros dos a los costados de la cama desde donde empezaba el suelo hasta el techo.
-Aquí se paga por horas. Aprovechemos el tiempo. Desnúdame.
Martina y Federico se besaron por primera vez ese día. Mientras sus lenguas peleaban dentro de las bocas, parecía que se fraguaba una reconciliación, o por lo menos una tregua. Las manos de él y ella subían y bajaban buscando y deshaciendo los botones, liberando el cuerpo de sus ropajes que en el calor del frenesí resultaban incómodos, como si se volviera a la naturaleza salvaje de donde una vez se había salido y se recuperara la esencia de lo que en realidad eran: unos animales sin más posesión que el presente. Federico levantó el vestido de Martina desde la falda hasta los brazos, dejando ver su sujetador negro, desabrochado, que cayó al suelo. Ese día se había puesto unas finas bragas transparentes que dejaban ver desde fuera su impaciente sexo rasurado. Martina le había quitado la camisa y los pantalones, dejando ver un cuerpo delgado y casi lampiño. Cuando sus manos lo liberaron de los calzoncillos, sintió el alivio que debían sentir los pájaros cuando abandonan el nido y echan a volar a cielo abierto. Se tocaban de pie, desnudos como estaban, distanciados sin quererlo por la erección de Federico que se empeñaba en apartar el cuerpo desnudo de Martina, tocándolo como un dedo grande y firme, con la lujuria y el atrevimiento que le son característicos. Ella lo tomó de las manos y lo hizo plantarse en un lugar determinado de la habitación. El obedeció, así como estaba, con su miembro cimbreando como un mástil horizontal. Martina hincó las dos rodillas sobre el suelo cómodo de moqueta y lo observó desde abajo, a poca distancia de la parte más exterior de sí mismo, sonriendo divertida.
-Mira al espejo. -dijo señalando con la mano que le quedaba libre. La otra lo había agarrado e iba tanteando, poco a poco, la dureza y la extensión de su miembro erecto. Federico se vio allí de pie, bajo la luz amarilla de la lámpara sobre la mesita de noche. El pelo largo de Martina se derramaba por su piel como una cascada de agua negra, dejando entrever la aureola de sus pezones y la piel blanca de sus pechos. Cerró los ojos, poniendo toda la concentración en lo que hacía, y empezó a succionarlo como si quisiera vaciarlo de toda la sangre que lo conformaba. El cuerpo de Federico se estremeció bajo aquella visión tan poderosa que nunca había visto en ninguna parte. A pesar de su erotismo, sintió que la escena era de una enorme belleza estética, como si la explicitud y el buen gusto pudieran estar acordes a un tiempo en la sintonía de la pasión. Para no venirse tan pronto, lo cual era muy difícil, buscó con la mirada un mueble de la habitación en el que concentrarse y no se dignó a tocarla por si el contacto de sus manos con el pelo de ella provocara el calambrazo definitivo que hiciera aquel paraíso de calor humano terminara muy pronto. Había en un rincón un taburete de plástico de forma ovalada como una gota de agua aplastada, de un material blanco que dejaba trasparentar una luz violeta que impregnaba las paredes cercanas del zaguán. Federico supuso que aquel objeto podía utilizarse para realizar toda suerte de posturas y, por su fácil movilidad, podía ponerse en cualquier punto de la habitación, incluso encima de la cama, jugando con el reflejo de los espejos, como un objeto extraño y fuera de lugar, capaz de dar alas al morbo y a la imaginación sin límite de los amantes.
Prefirió dejar de pensar en el taburete y mirar al techo. Encima de su cabeza vio el único espejo que todavía no había descubierto. Primero se sorprendió de descubrirse bajo esa perspectiva, pero luego reparó en la visión de Martina, en cómo su cabeza iba y venía salvando una misma distancia todo el tiempo, cada vuelta más fuerte, cada ida más rápido. Todo en aquella habitación apelaba a los sentidos y al deseo. Era muy difícil abstraerse cuando uno estaba en aquel lugar. Decidió rendirse por fin. Colocó sus manos en el pelo de Martina y lo acarició. Quiso apartarla, prevenirla de que pronto terminaría, pero ella no lo hizo. Siguió diligente, con los ojos cerrados, respirando muy fuerte por el esfuerzo, provocándole un placer indecible, insoportable, insustituible, cada vez que su frente se aproximaba a su bajo vientre por debajo de su ombligo, cada vez más duro, cada vez más rápido, siguiendo el ritmo acompasado que una música imposible marcaba. Allí de hinojos, como una sacerdotisa de la piel, estaba bellísima y erótica.
Federico terminaba, pero ella no se iba. Al sentir cómo él se vaciaba, siguió haciéndolo con más decisión, sabedora de que aquellos eran los momentos de placer más genuinos. Por un instante, él se preocupó, pero ella siguió sin parar hasta que estuvo vacío, con las piernas temblorosas y el cuerpo acalambrado. Ella se apartó y lo miró con una sonrisa. En su mano aún tenía los restos de saliva, pero no actuaba con asco ni rechazo.
-Ahora me toca a mí. Túmbate sobre la cama.
Sin poder hacer otra cosa, la obedeció, como hacía siempre, dejándose llevar a su merced. En el espejo sobre su cabeza, que ahora quedaba justo frente a sus ojos, pudo ver cómo el cuerpo de ella reptaba desde sus piernas y lo iba tapando por completo. Sin besos ni preámbulos, colocó la parte inferior de la pierna que iba de la rodilla a los tobillos atenazando los brazos de él, quedando abiertos e indefensos bajo el peso de su cuerpo. Colocó el húmedo pubis sobre la cara de Federico y le pidió que lo besara. Poco a poco, mientras la lengua de él iba y venía recorriendo los blandos rincones que la dueña de aquellos le dejaba con sus movimientos, se iba aproximando cada vez más, casi ahogándolo, tapándole el aire por momentos, que luego recuperaba al separarse, con un gemido breve y hondo, y vuelta a empezar. Con el movimiento de su cadera frotaba su cuerpo contra su rostro. Federico respiraba el aroma de aquella flor abierta de par en par, que casi sentía cómo respiraba y se humedecía a un tiempo, viéndola en ciertos momentos que pronto se llenaban de oscuridad y tierno sabor a carne dulce. Hubo un momento en el que casi le pareció perder la vida, anegado por las aguas de su cuerpo, pero se resistía a protestar, a quejarse, a desfallecer. Sentía la lengua agarrotada, la nariz torcida. Casi no abría ya los ojos para concentrarse en el placer que intentaba proporcionar a su pareja, con éxito, porque ella cada vez se movía más deprisa y gemía más fuerte, mirándose quizá en el espejo que tenían enfrente, sintiéndose lo que era, una chica que desafiaba toda suerte de convenciones sociales para darse placer y gusto.
-Me corro. -dijo entre gemidos. -Sigue. Sigue. Me corro ya.
Federico se dejó el alma y casi le gustó y lo satisfizo sentir cómo las cuerdas del cuerpo de ella se soltaban por un momento, destensándose, ruborizando sus mejillas y haciendo que sus pies hormiguearan. Cuando se apartó, lo miró desde arriba, con cara arrobada, casi en trance, con el ceño fruncido y la boca abierta en una o. Su expresión se suavizó al encontrar sus ojos y su cuerpo cayó sobre el de Federico como un peso muerto, iniciando lo que sería un lento abrazo. Ahora podía verla sobre él en el espejo. Desde la planta de sus pies desnudos, sus piernas largas, la línea divisoria de sus glúteos que continuaba su rastro por la espalda, hasta el cuello, hasta el pelo derramado por la cama. Los ojos de Federico se encontraron en el espejo con su reflejo y la oyó decir a ella:
-Ha sido brutal.
-Sí. -dijo él por primera vez desde que se habían visto.
Se quedaron un rato tumbados en la cama, hablando de temas intrascendentes. Federico pensaba en si aquello que estaban haciendo estaba bien, probablemente no, pero había sido imposible dejar de hacerlo, como si una fuerza invisible y poderosa los hubiera arrastrado a los dos a aquel destino, a aquella cama donde ahora yacían felices, pero que pronto podría traerles consecuencias nefastas a los dos. No importaba. Valía la pena pagar el precio del barquero que los habría de llevar al otro lado del mundo, donde se terminaba el paraíso de la sociedad y empezaba otro mundo más carnal y menos divino.
Mientras fumaba desnudo, apoyado en la ventana, viendo el poco pero constante tráfico en la calle pasar por debajo, intentando echar todo el aire fuera para que no los penalizaran por hacer algo que no se podía, Federico pensaba en aquella clase de lugares donde ahora estaba. Sitios donde las parejas se encuentran en la oscuridad de las luces tenues, buscando intimidad, pero sobre todo, discreción. Había quienes iban por morbo, otros por la necesidad de mantener una doble vida, otros como Martina y Federico, quienes a los motivos antes mencionados, carecían de un lugar así, donde desatar sus instintos sin prisas. Antes de ese día, desconocía por completo la existencia de esos lugares, hoteles por horas, los llamaban, donde se daban citas las parejas habitualmente y el tráfico de clientes era constante. Entonces, a medio cigarrillo, le dio por preguntarse qué clase de mundo era aquel, donde algunas cosas debían vivir y crecer en la oscuridad tenue del secreto, porque la luz directa del día acabaría con ellas. Hay flores que solo se abren de noche y son capaces de crecer en ciertos ambientes imposibles. La naturaleza humana no conoce fronteras y no vale la pena juzgar a las personas, juzgar a Martina, por sus supuestos errores. Qué sabía nadie lo que estaba bien o mal en el mundo, qué sabría él. Sólo Dios puede juzgarnos o, si no hay nada, qué más da. Los caminos de la vida son inescrutables y no se sabe a ciencia cierta bien nada.
-¿En qué piensas? Ven a la cama. El tiempo se va volando.
-Me estaba preguntando qué barrio es este.
-Estamos en el Poble Sec.
-Me gusta el Poble Sec. ¿No era de aquí Serrat?
-Supongo. No lo sé. Serrat le gusta a mi madre. -dijo Martina desde la cama- Anda ven.
-Oye, ¿dónde se ha quedado la bolsa que llevabas?
-La he dejado en tu coche.
-¿Es un regalo? -dijo Federico achinando los ojos al sonreír. Ella también sonrió.
-Anda, cállate y ven a la cama.
-Es un libro, ¿a que sí? Me ha parecido verlo envuelto. ¿Era para mí?
Martina se quedó callada un momento, pensativa, como si se le hubiera ocurrido algo.
-Si lo nuestro fuera una novela, te daría el regalo en el primer capítulo, y este sería el último. Así los lectores se quedarían pensando al final qué había en la maldita bolsa.
Federico rio con ganas. Las ocurrencias de ella siempre conseguían sorprenderlo. A veces parecía que saliera del curso normal de los acontecimientos, como una narradora.
-Pero esto no es una novela, Martina. Es nuestra vida, aunque a veces no lo parezca.
-Pues entonces ven a la cama y abrázame de verdad.
Hicieron el amor de nuevo, como tantas veces en su historia. A pesar de reírse de ella, Federico tenía la sensación de estar en un cuento, en una especie de sueño que muy pronto se terminaría, aunque mientras lo estaba viviendo era más real que el mundo exterior, el de verdad, el que quedaba afuera, a millones de quilómetros de distancia, al otro lado de la ventana. La vida es decepcionante y siempre más pobre que la literatura.
Martina gemía, Federico respiraba fuerte. La cama crujía por el peso de los cuerpos. El mundo se iba apagando poco a poco, quedándose cada vez más blanco. Al final los cubrió el éxtasis de los cuerpos, aquello que los franceses llaman la pequeña muerte.
FIN