Autorretrato
Voy a lograrlo
Instagram Facebook X-twitter EnvelopeCuando tenía 12 años, yo era un chaval con la cara llena de granos y el corazón lleno de sueños. En la primaria me gustaba mucho dibujar. Me hacía muy feliz cuando los niños de la clase me pedían que completara alguno de sus dibujos con mi supuesto talento. Recuerdo ahora una vez que me pidieron que le pusiera patas a un pato; no sé si lo hice muy bien, pero recuerdo el orgullo que sentí por ese inocente encargo. Se podría decir que fue mi primer trabajo como artista. Pero habían pasado los años y mis padres nunca tuvieron dinero para apuntarme a clases de pintura, como me hacían saber todo el rato.
La verdad es que a veces me sentía muy solo y, en general, me aburría bastante el mundo de los demás niños. Sentía por los libros una verdadera reverencia, mi única herencia familiar. Mi bisabuela paterna había sido una gran lectora pero, con la guerra, no había podido dar a sus hijos lo que tuvo ella: alfabetización. Esa mujer contagió a sus nietos, sobre todo a mi padre, el amor a los libros, aunque fueran ediciones baratas, de factura pobre, mal traducidas, que en los años setenta se vendían para adornar las estanterías. Mi padre quiso a esa mujer como a una madre y siempre la recuerda cuando se toma dos copas de vino.
En mi niñez, él leía las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y yo las historietas de Pesadillas de R. L. Stine. Me encantaba el terror porque podía sentirme valiente al enfrentarme a mis propios miedos. Salía de aquellos libros más fuerte que cuando entraba. Ir a la única librería-papelería de mi pueblo a curiosear las portadas de aquellas ediciones mientras la Mari, la librera, cotilleaba con mi madre, era una de mis pasiones. Si mi madre estaba de buenas, quizá me compraba un libro. Si no, me iba a casa con las manos vacías pero con la cabeza dándole vueltas a la historia que contendría aquella edición de tapa blanda.
Lo pienso ahora y me parece cosa de magia. No puedo entender los motivos que me llevaron a hacerlo, o no puedo recordarlos. Supongo que estaba aburrido frente al Windows98 que había en mi casa, sin conexión a internet. Sin nada nuevo para leer, sin nada mejor que hacer, me dio por -locuras que hacen los niños tristes con la cara llena de granos- escribir una historia de miedo. Se titulaba ESO13131313. El argumento era bastante básico: tres o cuatro amigos, con el nombre real de mis amigos de entonces, iban al cementerio, encontraban una ouija, un amarillento papel escrito. Como imaginarás, acababan invocando a un monstruo, que te confieso era el famoso payaso de Stephen King de la película IT de 1990. Por ese entonces, aún no había visto la película entera ni por supuesto había leído la novela, pero me fascinaba.
¡Había tinta en la impresora! El domingo por la noche imprimí la historieta en unas encomiables cuatro páginas y las grapé. Al día siguiente fui al instituto y, no recuerdo cómo, el compañero de mi lado empezó a leer mi primerísimo manuscrito. Todavía recuerdo sus ojos, cada vez más abiertos, recorriendo el papel. Yo nunca había visto ese grado de atención en mi amigo por nada ni por nadie, menos por algo mío. Cuando terminó, me miraba como si yo fuera una especie de héroe. Sin pedirme permiso, lo pasó en secreto al compañero de al lado. Al final de aquella semana, todos -y sobre todo, todas- mis compañeros/as de clase habían leído la historia con mucho interés. La ola llegó a los profesores, que me felicitaron sorprendidos. No faltó el que dudaba de si lo había escrito yo, pero pronto se convencía al ver la cantidad de faltas que tenía aquello y de expresiones como «Alex saltó como un tigre sobre…». En fin, nos divertimos, sobre todo yo, con algo que a todos nos daba, presuntamente, pereza y tedio: leer. Me sentí, me siento, con un don. Era primero de la ESO.
En tercero de la ESO, me giré como un calcetín. Ya no me esforzaba en clase y empecé a pasar cada vez más de los profesores. Conforme las hormonas tiraban de mí, me fui interesando más por las chicas que por la física y, a pesar de que yo era feo, nunca he sido ni tonto ni ciego. No puedo decir que fuera feliz, de hecho, fueron los momentos más duros de mi vida hasta ahora. Lo único que conservé fue la vocación lectora y el sueño de convertirme, algún día, en escritor. Los excelentes se transformaron en suficientes al finalizar la secundaria obligatoria, pero a pesar de que no estudiaba, no solía suspender mucho. Me creía que era muy listo, pero ahora sé que fue porque tenía la costumbre de devorar libros. Por entonces, novelas de más alto vuelo, como los libros de Stephen King. Me traía el tocho de IT, que mis padres me habían comprado en el Carrefour, y lo leía en clase por debajo de la mesa. Recuerdo que un día la profesora de francés me hizo sacar el libro y, al ver el tamaño, me dejó seguir leyendo tranquilamente. Me pongo en la piel de aquellos profesores y deberían alucinar con semejante cambio de actitud, pero entonces los tiempos eran otros y en mi instituto de alta conflictividad había problemas más graves que yo.
Terminé la secundaria casi sin granos, rubio como un holandés, y destacando en las asignaturas de humanidades, las únicas que estudiaba, no por el itinerario académico, sino a través de las lecturas y los textos que andaba escribiendo a las chicas, afilando la expresión como podía, sin más maestro que mi anárquica disciplina. Me saqué novia, empecé a fumar, en fin, la vida. Cursé el bachillerato en la capital, Tarragona. Dejé a la novia que tenía y me enamoré de otra. En la universidad me gradué en Filología hispánica. Por hacerla corta: fiestas, chicas, amigos, ruptura, humo, grandes éxitos y fracasos. Terminé la carrera en los años más duros de la crisis. Mis padres no iban a mantener a un artista. Tuve que trabajar en lo que había: camarero en los transatlánticos hoteles de Salou, con los negros, los moros, los padres parados que se habían quedado en la ruina, los chicos de mi edad enchufados por sus familiares, y yo que, como entré por el currículum, hacía de machaca, es decir, los peores trabajos: limpiar los lavabos, sacar la basura, etc.
Pero al cabo de un par de años, ahorré. Pude pagar el máster de profesorado en Barcelona, 3000 euros, y como es evidente lo terminé. Antes de conseguir trabajo como profesor, pasé un año en unas oficinas donde aprendí lo que era correr en la rueda de las ratas, donde me di cuenta de que aquello era peor, muchísimo peor, que ser un simple camarero. Aquellos trabajos me enseñaron una lección que no había conseguido darme el sistema educativo: la disciplina y la cultura del esfuerzo. Empecé a trabajar en Teresianas como profesor porque estudiaba inglés en una academia donde el director de ese colegio llevaba a su díscolo hijo. Mis profesores de inglés eran jóvenes, como yo, y conocían qué había estudiado y en qué situación laboral estaba. El día que hice la entrevista, trayendo mi currículum, aquel hombre me dijo: No tengo que mirar nada, sólo con lo que me ha dicho Eloy, ya sé que eres ideal para el puesto. Ideal y no había dado clases nunca, más allá de algún repaso. No se me olvidará nunca la otra lección que me dio mi primer jefe en la docencia: la humanidad.
Desde entonces, hace unos ocho cursos, he podido dedicarme más y mejor a la lectura/escritura. Empecé a colaborar en algunas revistas digitales haciendo reseñas. Llegaron a mandarme libros a casa, ese era mi sueldo, para que los reseñara, pero no me interesaban mucho. Lo hacía sólo por acercarme al mundillo literario y conocer sus rudimentos, aprender a tratar con sus personajes, en fin, acceder al oficio. Como no vivo del aire, decidí interrumpir el tiempo que me demandaban las reseñas para dedicarme en cuerpo y alma a preparar las oposiciones. Estudié todos los temas de literatura como no hice nunca en la carrera. Trabajaba por la mañana y por la tarde, cuando terminaba, me ponía a estudiar hasta la noche. Sólo descansaba un día a la semana: el sábado, como los judíos. La gran obra que leí por aquel entonces fue la Biblia, entera, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, atravesando el desierto de los Números y los Jueces y los Hechos, y disfrutando sobremanera el Libro de Job o los Evangelios. Sin duda la mejor obra -literaria si quieres- que se pueda leer.
Gracias a Dios, aprobé. No sé si hubiera sobrevivido a un suspenso. Esa circunstancia me ha colocado en una situación muy privilegiada para un tipo de 34 años, cuando escribo esto. Todavía no he conseguido publicar en papel, bien es verdad, así que se puede decir que mi carrera como escritor novel está siendo un verdadero fracaso. En vez de volver a las revistas, monté mi blog y publico todos los domingos desde hace un par o tres de años, sin falta. Eso creo que me ha enseñado esa fluidez en la prosa que tenemos los escritores, pero no muchos críticos, a los que parece que les salen las palabras con cuentagotas. En fin, querido, me hallo ahora en este punto, intentando mover mi segunda novela (la primera es tan mala que ni me lo planteo). Está la cosa difícil y esto se parece a disparar con los ojos vendados. Pero, después de todos los fracasos, de todo el corazón que he volcado para pelearme con las teclas del teclado hasta conocernos, ellas y yo, como viejos amantes, a pesar de toda la mediocridad y la mezquindad que nos rodea, aquí estoy, dando la batalla. No me he esforzado nunca en nada tanto como en intentar ser escritor, y no lo he conseguido. Pero miro atrás y alucino con esta vida de Charles Dickens que me ha escrito.
Todo lo cual me hace pensar que estoy cerca de lograrlo. Voy a lograrlo.
Hoy: soy profesor de literatura y filólogo hispánico, nacido en Tarragona, y escribo en este blog, El Pobrecito Escribidor. Mi primera novela, Un corazón donde vivir, dividida en cinco ciudades, llegará próximamente a Amazon.es.