Autor: El Pobrecito Escribidor

  • La gente son mosquitos

    La gente son mosquitos

    Un mosquito dibujado en negro sobre fondo blanco, con una señal de prohibido

    La gente son mosquitos. No puedes luchar contra todo lo que te rodea. Un hombre se define por sus zapatos. Y punto.

    No hay más, y si lo hay, a nadie le importa, a mí no me interesa ahora mismo. Estas tres mentiras han marcado mi vida de una forma más o menos profunda, nunca me las he creído, y sin embargo aquí están, en mi cabeza, en mis textos. Pienso que si las escribo, si reflexiono sobre ellas a través de la acción mágica y balsámica que es escribir, pueda quemarlas como a un papel con el mechero y mandarlas a freír espárragos (o a tomar por culo, como se quiera).

    La primera frase no es la más antigua, pero sí la más mentirosa, y a la vez la que más razón tiene. Hace ya varios años, pretendía escribir para el proyecto literario que un lumbreras pretendía llevar a cabo, aquello iba a ser un éxito. Entre sus contactos de Facebook seleccionaba a participantes con los que rellenar la que iba a ser una revista literaria por Internet, o algo por el estilo. La idea me entusiasmaba, escribí unos cuantos folios demostrándole al tipo en cuestión mis habilidades con las palabras, mis malabares, mis requiebros, mis ilusiones por formar parte de aquel proyecto prometedor. Nada: rechazo. El texto era muy largo, la gente son mosquitos. Al parecer, a nadie le gusta leer demasiado por la red de redes, “lo bueno, si breve…” y toda esa mierda, la ley del mínimo esfuerzo cuando leer es un placer. En fin, que no salió. Otra vez será. Valga decir que aquello no llegó a ninguna parte y que la revista en cuestión no interesó a nadie, los artículos que pude leer eran breves, sí, y además malos. Ahora aquel tipo toca la guitarra en Amsterdam y dice que los porros son buenos. Dicen sus amigos que lo hace muy bien, benditos amigos.

    Con unas pocas líneas, el lector precoz ya habrá adivinado mi carácter. Yo hablo claro, al pan pan y al vino vino, si no te gusta te aguantas, mira otra cosa, pélatela pensando en una ex. Luego vuelve a mí para que yo te explique, te ilustre, te contradiga, me contradiga, les contradiga, etc. Pero la vida es bella y con la misma crudeza con la que me expreso, sinceramente, créeme cuando te digo que lo es, porque yo nunca miento y así me va. Muy leído, nada reconocido. Después de escribir una buena novela, al final no me ha quedado más remedio que abrir un blog para que me lea otra gente que no sean mis amigos, para que me disfruten los anónimos y me sufran los hijos de puta. Como ves, mi filosofía no es el nihilismo, ni el escepticismo, ni cualquier corriente pútrida de pensamiento que se base en eso de “todo es relativo, todos tienen razón, todo no vale nada…” en fin, toda esa basura verbal para quedar como un listo sin tener idea de algo. Muchas veces me han advertido de que con esta actitud no voy a llegar lejos, yo pensaba que lo que tenía que llevarme a algún sitio era mi talento y no mi simpatía, pero resulta que no, que no puedes luchar contra todo lo que te rodea, aunque lo que te rodea no te guste, te callas y dices que te parece bien. 🙂

    Dos botas marrones manchadas de barro sobre un suelo de madera, bajo una luz cálida
    Zapatos sucios, corazón limpio.

    ¡Bah! Para acabar este primer post, una anécdota divertida. Estaba un día de fiesta, después del trabajo, porque además de escritor de novelas y estudiante modélico lumpen, trabajo de camarero los veranos para ganarme el sustento, pero sobre todo para pagar la Universitat. En fin, yo estaba con mi whisky con soda, intentando ligar con una treintañera, con su buen par de eso, con un culo un poco así, pero bueno, que estaba buena. Y en medio de mi verborrea, la cual es la mejor de mis armas de seducción, si es que tengo alguna más aparte de esta, viene un tipo musculoso, arreglado, italiano, oliendo a colonia, que no quería nada con aquella chica, pero que hacía pocos minutos su novia me había abrazado diciéndole, con toda la inocencia de una cría, que yo era muy buen chaval. El caso es que el hombre, ronda o pasa de los cuarenta pero hay que verlo, es un experto macho alfa, y me llevo bastante mal con ese tipo de gente porque nunca me pongo a la altura de lo que esperan de los demás, es decir, que estén por debajo. Tampoco busco camorra pero creo que lo ven en mi manera de mirar o en mi forma de plantarles cara cuando dicen alguna chorrada, en fin, que me cogió manía. Y se acercó a donde yo estaba y con una pose de chuloputas nos dice, a la chica y a mí, un hombre se define por sus zapatos. Yo acababa de salir del trabajo, me había puesto cuatro prendas, había ido a tomarme una copa antes de ir a dormir y volver al día siguiente, en fin, que iba destroyer. La chica me mira los zapatos, sucios. En esas, el fortachón añade: y por su coche. Debo admitir que esa me dolió, mi coche es una mierda y además fumo dentro, así que ya te puedes imaginar. La chica también fumaba pero argumentó que le daba asco la gente que lo hacía dentro del coche, precisamente el sitio donde yo esperaba llevarla a dar una vuelta, dado que vivo con mis padres. Entonces me tocó contestar, podía haberles dado la razón y quizá hubiera podido seguir negociando con la chica, pero bueno, uno es como es. Resulta que les dije algo así como: pues yo fumo en el coche, tengo los zapatos sucios, pero tengo el corazón limpio. No se me ocurrió nada mejor, pero en ese momento me valía para expresar lo que sentía. La rumana o moldava, que era amiga del italiano, dijo que le daba igual, que le daba asco la gente así, la gente como yo, interpreté. Humillado, pero con la cabeza bien alta, no dije nada y volví hacia donde estaban mis amigos del curro, que miraban la escena un poco más allá. Esto fue este verano. Volví a cruzarme con la chica varias veces pero ya no la saludaba, un día iba con la que ahora es mi novia, paseando, pasamos por delante de aquel bar, la rusa o eslovaca estaba en la terraza fumando, no la saludé como hacía normalmente. El último día de la temporada, estaba despidiéndome de todos mis compañeros y deseándoles un feliz invierno, les abrazaba y saltábamos de alegría, le choqué la mano al italiano y cuando fui a darle dos besos a la treintañera, a pesar de todo, me correspondió con un beso en los labios. Nunca la llamé, no voy a hacerlo, como decía Dylan, my boots are dirt but my hands are clean, esa frase la aprendí después de esta historia y se me tatuó en la memoria, ¿a que es buena?

    En fin, querido desconocido, que me he alargado y al final, pretendiendo ser breve, ya llevo un folio y medio de word. Espero que me disculpes, quería contarte bien este cuento, que tiene su moraleja o su mensaje, como quieras verlo, y si no lo has visto no te preocupes, porque tu cerebro es más listo que tú y él sí me habrá entendido. Además, si has llegado hasta aquí, me alegro mucho, de esta manera te pones de mi parte, le demuestras al mundo que eso de que la gente son mosquitos es una mentira más de entre las muchas que nos cuentan y que iremos destrozando, tú y yo, línea a línea, sin que nos paguen un duro, pero pasándolo de puta madre.

    Comenta y cuéntame tus paranoias, no estás solo en este puto mundo.

    Me llamo Ricardo pero desde ahora mismo soy:
    El Pobrecito Escribidor

    Nota de la remasterización (noviembre de 2026)

    Este fue el primer texto que publiqué en el blog, en noviembre de 2015. Lo he repasado para limpiar erratas y puntuación, pero he dejado el tono tal cual: el de alguien que acababa de abrir una ventana a la calle y no sabía todavía qué iba a decir por ella. Releerlo once años después me hace sonreír, y me hace querer corregirme un poco el carácter, aunque no la voz.

    Lo más curioso es que la primera de las tres «mentiras», la de que a la gente no le gusta leer largo en la red, sigue sin convencerme. Este blog ha ido creciendo precisamente con textos que piden un rato de calma, y he acabado escribiendo una novela entera. Si eres de los que sí leen despacio, puedes conocer Un corazón donde vivir, mi primera novela, dividida en cinco ciudades.

    Y si prefieres empezar con una muestra, tienes un capítulo de regalo en PDF, con el comienzo de la primera ciudad. Gracias por seguir aquí, línea a línea.

  • Por qué escribí Un corazón donde vivir

    Hay libros que uno decide escribir y libros que, en cierto modo, lo escriben a uno. Un corazón donde vivir pertenece a los segundos. Durante años fui acumulando notas, frases sueltas, escenas que no sabía dónde colocar, y un día comprendí que todas hablaban de lo mismo: de la búsqueda de un lugar donde el corazón pueda quedarse a vivir.

    Siempre he creído que las ciudades se parecen a las personas. Algunas nos reciben con los brazos abiertos; otras nos obligan a ganarnos el sitio; otras, simplemente, nos dejan pasar y nos cambian sin que nos demos cuenta. Por eso la novela está dividida en cinco ciudades: Roma, Bruselas, Londres, Berlín y Barcelona. No son un decorado. Son cinco maneras de mirar el amor, el tiempo y la identidad.

    Quien lleva tiempo leyendo este blog sabe que a mí me gusta escribir de a pie, de vida cotidiana, de amor sin grandes artificios. Soy profesor de literatura y filólogo; paso los días entre libros, y sin embargo escribir una novela me ha enseñado más sobre la lectura que cualquier clase. Escribir es leer despacio lo que uno todavía no sabe que piensa.

    No quiero contar aquí lo que ocurre en sus páginas. Prefiero que cada lector llegue a ellas con la puerta abierta y sin mapa. Lo que sí puedo decir es qué me movió: la sensación de que casi todos, en algún momento, hemos tenido que preguntarnos quiénes somos lejos de casa, y qué queda de nosotros cuando cambian las calles, el idioma o las personas que nos acompañan.

    Escribirla ha sido un ejercicio de paciencia y de humildad. Hubo semanas enteras en que no avancé, y otras en que las frases llegaban solas. Aprendí a corregir sin miedo, a escuchar a los primeros lectores y a aceptar que un libro nunca queda terminado del todo: simplemente llega un momento en que hay que soltarlo.

    Y ese momento ha llegado. La edición Kindle de Un corazón donde vivir ya está a la venta en Amazon.es por 4,99 €: Cómpralo en Amazon.es. También puedes conocer más del libro en su página dedicada.

    Y para que no esperes con las manos vacías, he preparado un regalo: el comienzo de la primera ciudad, Roma eterna, amor fugaz, en PDF. Puedes descargar el capítulo de regalo aquí.

    Si quieres enterarte el día en que salga, suscríbete al blog: solo enviaré avisos de novedades y lanzamientos, sin ruido. Gracias por leerme hasta aquí; este libro, de algún modo, también es tuyo.

  • ¿Qué tienen que ver Quijote y Jesucristo? -Reseña de «El Crist de nou crucificat»

    ¿Qué tienen que ver Quijote y Jesucristo? -Reseña de «El Crist de nou crucificat»

    En el pequeño pueblo imaginario de Likóvrissi (una especie de Springfield de Los Simpson, pero en versión griega) en Asia Menor, a principios del siglo XX, se sitúa esta polémica novela del grandísimo autor Nikos Kazantzakis. Gracias a esta obra consiguió dos cosas importantes: la primera fue consolidarse como uno de los mejores escritores del siglo XX europeo (quizá, junto con el siglo XIX, el mejor siglo de la literatura hecha en el viejo continente); la segunda llegó cuando murió, reza la nota de la edición: está enterrado en Iráklio, fuera de las murallas, ya que la Iglesia no quiso que descansara en el cementerio. Leer este dato biográfico me sorprendió más que el hecho de que nunca hubiera conseguido el Nobel.
    Y es que no encontré en ningún momento del libro un dato que justificara esta decisión por parte de la Santa Madre Iglesia. A ver si vosotros, al explicaros un poco el argumento (sin spoilers), podéis decirme algo al respecto. Terminada la Semana Santa y llegado el Domingo de Resurrección, el pope (el párroco) del pueblo anuncia que, de cara al próximo año, se representará la Pasión de Cristo durante el Viernes Santo y otros días de liturgia. El hombre de la iglesia, junto con los principales del pueblo (el patriarca, el usurero, el maestro), deciden quiénes de entre los vecinos representarán a los principales protagonistas de la historia: los apóstoles San Pedro, José de Arimatea, Santiago, Judas Iscariote, María Magdalena y, por supuesto, Jesucristo. Durante todo el año, las personas que tendrán el honor de encarnar a estos personajes inolvidables deberán actuar conforme a tal empresa. Se les pide que hagan un poco de bondad y que intenten leer, de vez en cuando, el Evangelio. Este encargo es recibido por Iannakós, Konstandís, el joven Patriarkheas, el Empassaguixos, Katerina y Manoliós (el Cristo) con sentimientos encontrados, ya que algunos no saben cómo asimilar la noticia ni si estarán a la altura de tal encargo.
    Siguiendo las recomendaciones del pope Grigoris, los inocentes personajes que hacen de buenos en el Evangelio y en la novela de Kazantzakis comienzan a sentir la necesidad de encarnar sus papeles sagrados como es debido. A partir del Libro y de su conocimiento de la religión, intentan actuar como lo harían San Pedro, Santiago, José y Cristo. Pronto tienen la oportunidad de actuar en consecuencia cuando al rico pueblo de Likóvrissi llegan, perseguidos por los turcos, una veintena de refugiados griegos (hombres, mujeres, ancianos y niños pequeños), muertos de hambre y cansancio, a pedir pan, refugio y una tierra para trabajar a los habitantes de la villa. Sin saber muy bien qué hacer con ellos, el pope Grigoris ve amenazado su estatus por el carismático pope Fotis, que guía la comitiva, y aprovechando la muerte de una joven del grupo a causa de inanición, da la voz de alarma diciendo que los refugiados portan la peste y que no pueden vivir en su pueblo. Boquiabiertos, la compañía de Jesús ficticia no da crédito a las acciones de su pope, ya que contradicen todo lo que han estado leyendo y reflexionando últimamente. Llevados por la misericordia que supuestamente debería predicar el cristianismo, Iannakós, Konstandís, el joven Patriarkheas y Manoliós deciden ayudar a los desterrados, contraviniendo la voluntad de los principales del pueblo, que harán de Sanedrín.
    La trama se complica de tal manera que, por seguir los pasos de Jesús y los apóstoles al pie de la letra, los pobres protagonistas se ven abocados, primero al descrédito de sus vecinos y después a las máximas atrocidades, todo por intentar ser un buen cristiano.
    En este punto, la obra me recordó mucho al Quijote, que, llevado por la lectura y los altos ideales de los libros de caballerías, protagoniza una serie de aventuras absurdas. Quizá Cervantes, si no le hubieran tenido que cortar la cabeza (o hubiera tenido que publicarla anónimamente), habría escrito una novela muy parecida a la de Kazantzakis, donde la razón de la locura es actuar como lo que supuestamente es el referente máximo de la sociedad: el hijo de Dios.
    Ahora entiendo que, si hubiera escrito una novela similar en aquella época, habría acabado en una fosa común o, como mínimo, enterrado fuera del cementerio. Pero, ¿y en nuestra época?
    Nikos Kazantzakis, El Cristo de nuevo crucificado, Club Editor, 517 páginas.

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    Versió CAT (Original)

    Què hi tenen a veure Quixot i Jesucrist? 

    Ricardo Rodríguez Boceta

    Al petit poble imaginari de Likóvrissi (una mena de Springfield dels Simpsons, però a la grega) a l’Àsia Menor, a principis del segle XX, es situa aquesta polèmica novel·la del grandíssim autor Nikos Kazantzakis. Gràcies a aquesta obra va aconseguir dues coses importants: la primera és consolidar-se com un dels millors escriptors del segle XX europeu (potser, juntament amb el segle XIX, el millor segle de la literatura feta al vell continent); la segona fita va arribar quan va morir, resa la nota de l’edició: és enterrat a Iràklio, fora muralla, ja que l’Església no va voler que descansés al cementiri. Llegir aquesta dada biogràfica em va sorprendre més que el fet que no hagués aconseguit mai el Nobel.

    I és que no vaig trobar en cap moment al llibre una dada que signifiqués aquesta decisió per part de la Santa Mare Església. A veure si vosaltres, en explicar-vos una mica l’argument (sense spoilers), em podeu dir alguna cosa al respecte. Acabada la Setmana Santa i arribat el Diumenge de Resurrecció, el pope (el mossèn) del poble anuncia que, de cara al pròxim any, es representarà la Passió de Crist durant el Divendres Sant i altres dies de litúrgia. L’home de l’església, juntament amb els principals del poble (el patriarca, l’usurer, el mestre) decideixen qui d’entre els veïns representarà els principals protagonistes de la història: els apòstols Sant Pere, Josep d’Arimatea, Sant Jaume, Judes Iscariot, Maria Magdalena i, per suposat, Jesucrist. Durant tot l’any, les persones que tindran l’honor d’encarnar aquests personatges inoblidables hauran d’actuar conforme a tal empresa. Se’ls demana que facin una mica de bondat i provin de llegir, de tant en tant, l’Evangeli. Aquest encàrrec és rebut per Iannakós, Konstandís, el jove Patriarkheas, l’Empassaguixos, Katerina i Manoliós (el Crist), amb sentiments trobats, ja que alguns no saben com assimilar la notícia i si estaran a l’alçada de tal encàrrec.

    Seguint les recomanacions del pope Grigoris, els innocents personatges que fan de bons a l’Evangeli i a la novel·la de Kazantzakis, comencen a sentir la necessitat d’encarnar els seus papers sagrats com cal. A partir del Llibre i del seu coneixement de la religió, intenten actuar com ho farien Sant Pere, Sant Jaume, Josep i Crist. Aviat tenen l’oportunitat d’actuar en conseqüència quan al ric poble de Likóvrissi arriben, perseguits pel turc, una vintena de refugiats grecs (homes, dones, vells i nens petits), morts de gana i de cansament, a demanar pa, refugi i una terra per treballar als habitants de la vila. Sense saber molt bé què fer amb ells, el pope Grigoris veu amenaçat el seu estatus pel carismàtic pope Fotis, qui guia la comitiva, i aprofitant la mort d’una jove del grup a causa d’inanició, dona la veu d’alarma dient que els refugiats porten la pesta i que no poden viure al seu poble. Bocabadats, la companyia de Jesús fictícia no dona crèdit a les accions del seu pope, ja que contravenen tot allò que han anat llegint i reflexionant últimament. Portats per la misericòrdia que suposadament hauria de predicar el cristianisme, Iannakós, Konstandís, el jove Patriarkheas i Manoliós decideixen ajudar els desterrats contravenint la voluntat dels principals del poble, que faran de Sanedrí.

    La troca es va complicant de tal manera que, per seguir els passos de Jesús i els apòstols al peu de la lletra, els pobres protagonistes es veuen abocats, primer al descrèdit dels seus veïns i després, a les màximes atrocitats, tot per intentar ser un bon cristià.

    En aquest punt, l’obra em va recordar molt al Quixot, qui portat per la lectura i els alts ideals dels llibres de cavalleries, protagonitza una sèrie d’aventures absurdes. Potser Cervantes, si no li haguessin de tallar el cap (o haver-la de publicar anònimament) hauria escrit una novel·la molt semblant a la de Kazantzakis, on la raó de la bogeria és actuar com el que suposadament és el referent màxim de la societat: el fill de Déu.

    Ara entenc que, si hagués escrit una novel·la similar en aquella època, hauria acabat a una fossa comuna o, com a mínim, enterrat fora del cementiri. Però, i en la nostra època?

    Nikos Kazantzakis, El Crist de nou crucificat, Club Editor, 517 pàgines. 

  • Un curso inolvidable

    Un curso inolvidable

    Cuando pienso en este curso 2025-26, lo primero que me viene a la cabeza son las caras de todo el equipo de profesores y profesoras mirándome desde sus sillas en el claustro de inicio de curso. Aquel día de septiembre dije dos cosas que recuerdo muy bien. La primera es que me sentía muy afortunado de poder dedicarme a la tarea más bonita del mundo, la docencia, y que, como jefe de estudios, podría contribuir a esta labor tan hermosa junto a todos mis compañeros y compañeras.

    La directora ha dicho alguna vez a los padres y madres que vienen a las jornadas de puertas abiertas, y también a los alumnos que empiezan el curso, que en el Pons somos una familia. Yo interpreto sus palabras así: en una familia hay gente de todo tipo, de toda condición y procedencia. Pero, a pesar de las diferencias, hay un denominador común en el ADN que nos une, sobre todo cuando las cosas se ponen difíciles. Una familia no es un grupo de amigos, es algo más grande.

    La primera vez que pisé el Pons sentí lo mismo que tanta gente que ha querido este lugar antes que yo: la sensación de que, de alguna manera, entraba en mi casa, en vuestra casa. Han pasado unos años y no ha habido ni un solo día, por duro que haya sido, en que se haya apagado este sentimiento de pertenencia.

    Creo que los lugares tienen alma, y que el espíritu del Pons d’Icart está hecho de pedacitos de alma de todas las personas que han formado parte de su historia. Algunos de ellos ya se han marchado y yo no los conocí, pero siento sus nombres pronunciados con afecto en las conversaciones de café y me parece notar su huella en cada rincón del instituto. Seguramente entraron al Pons con la misma ilusión con la que lo hice yo, y quizá con el corazón preso se marcharon, pero su recuerdo sigue vivo, guiando silenciosamente a los que quedamos y a todas las personas que cada curso llegan y dejan su propia estrella.

    En la vida nunca se sabe cuánto durarán las cosas buenas. Por eso vale la pena disfrutar del día a día y no dar nunca por sentada esta pequeña felicidad cotidiana que, con el tiempo, se convierte en la mayor alegría cuando recordamos la constelación de momentos vividos en la docencia.

    La segunda cosa que dije en aquel primer claustro es que nunca lo olvidaría, porque era mi primer claustro como jefe de estudios. Lo hago extensivo a todo este curso. Solo me sale dar las gracias a todas las personas —equipo directivo, profesorado, PAS, alumnado y familias— que me han hecho esta aventura un poco más fácil. Espero que podamos seguir disfrutando durante mucho tiempo de este proyecto tan bonito que es formar parte de la familia del Institut Pons d’Icart.

    Gracias, en definitiva, por un curso inolvidable.

    … ¡y muy buen verano!

    …oooOOOooo…

    VERSIÓ CAT

    Quan penso en aquest curs 2025-26, la primera cosa que em ve al cap són les cares de tot l’equip de professors i professores mirant-me des de les seves cadires al claustre d’inici de curs. Aquell dia de setembre vaig dir dues coses que recordo molt bé. La primera és que em sentia molt afortunat de poder dedicar-me a la feina més bonica del món, la docència, i que, com a cap d’estudis, podria contribuir a aquesta tasca tan bonica al costat de tots els meus companys i companyes.

    Àngels, la nostra directora, ha dit alguna vegada als pares i mares que venen a les jornades de portes obertes, i també als alumnes que comencen el curs, que al Pons som una família. Jo interpreto les seves paraules així: en una família hi ha gent de tota mena, de tota condició i procedència. Però, malgrat les diferències, hi ha un denominador comú a l’ADN que ens uneix, sobretot quan les coses es posen difícils. Una família no és un grup d’amics, és una cosa més gran.

    La primera vegada que vaig trepitjar el Pons vaig sentir el mateix que tanta gent que ha estimat aquest lloc abans que jo: la sensació que, d’alguna manera, entrava a casa meva, a casa vostra. Han passat uns anys i no hi ha hagut cap dia, per dur que hagi sigut, que s’hagi apagat aquest sentiment de pertinença.

    Jo crec que els llocs tenen ànima, i que l’esperit del Pons d’Icart està fet de trossets d’ànima de totes les persones que n’han format part al llarg de la seva història. Alguns d’ells ja han marxat i jo no els vaig conèixer, però sento els seus noms pronunciats amb afecte en les converses de cafè i em sembla notar la seva petjada a cada racó de l’institut. Segurament van entrar al Pons amb la mateixa il·lusió que ho vaig fer jo, i potser amb el cor pres van marxar, però el seu record continua viu, guiant silenciosament els que quedem i a totes les persones que cada curs arriben i deixen la seva pròpia estrella.

    A la vida mai se sap quant duraran les coses bones. Per això val la pena gaudir del dia a dia i no donar mai per feta aquesta petita felicitat quotidiana que, amb el temps, esdevé la més gran alegria quan recordem la constel·lació de moments viscuts a la docència.

    La segona cosa que vaig dir aquell primer claustre és que mai l’oblidaria, perquè era el meu primer claustre com a cap d’estudis. Ho faig extensiu a tot aquest curs. Només em surt donar les gràcies a totes les persones —equip de direcció, professorat, PAS, alumnat i famílies— que m’han fet aquesta aventura una mica més fàcil. Espero que puguem continuar gaudint durant molt de temps d’aquest projecte tan bonic que és formar part de la família de l’Institut Pons d’Icart.

    Gràcies, en definitiva, per un curs inoblidable! 

    …i molt bon estiu!

    Ricardo Rodríguez Boceta 

    Cap d’estudis

  • La epidemia adolescente

    La epidemia adolescente

    Creo que son varios los jinetes de este apocalipsis, pero no son muchos.


    No me dedicaré a hacer un análisis clínico porque lo mío es escribir desde la experiencia, con cierta gracia, espero, pero no sentar cátedra en la materia. Sin embargo, cuando te ves obligado a gestionar estos incidentes a diario —otras veces hemos tenido que llamar a la ambulancia— es inevitable que tu cabeza busque razones a esta sinrazón cotidiana.


    Primero: el uso del móvil es más nocivo que el tabaco. El maldito aparato y las redes sociales se llevan la vida de más jóvenes en un año que todo el tabaquismo en una década. Ha matado a muchos más veinteañeros el Instagram que el Marlboro. Todo el mundo se sorprende cuando hago esta correlación, pero me parece que estamos en un punto parecido a lo que ocurrió con el tabaco: todo el mundo sabía que era malo, pero su consumo se promovía en las películas y en la propaganda de la época.


    En los años sesenta uno no podía esquivar el tabaco: o bien era fumador activo o bien lo consumía pasivamente al entrar en cualquier entorno público. Era imposible acudir a un lugar donde no se fumara, y no fumar constituía una rareza poco loable. Hoy hemos evolucionado mucho en ese sentido. Sin embargo, parece que hemos salido del fuego para caer en las ascuas, en un fuego peor. Porque si bien el tabaco se lleva la vida de muchos cincuentones después de darle al vicio desde jóvenes, el móvil y las simpáticas redes sociales se cobran sus víctimas mucho más rápido en los casos más extremos, y en los menos nos dejan una sociedad zombi de chavales con ansiedad.


    ¿Por qué ningún medio de masas, convencional o alternativo, aborda esta evidencia? Sencillamente porque las empresas más importantes del mundo son las causantes de este mal. Tiene más dinero e influencia Meta que Europa entera y, por lo tanto, más poder. Todavía tardará ese golem en destruirse a sí mismo, pero mientras tanto dejará un reguero de bellos cadáveres por el camino.
    Además, es imposible sustraerse del uso del aparato: se necesita para absolutamente todo. No usarlo hoy sería el equivalente a no salir a los espacios públicos de los años 60 para no ser un fumador pasivo.


    Segundo, derivado del primero: no nos perdonamos a nosotros mismos, ni a los demás. Como seres imperfectos, estamos condenados a tropezar dos y tres veces con la misma piedra. Por ello nos sentimos infelices a veces, y eso no es malo. El problema llega cuando tropezar una sola vez se convierte en un delito, y los otros en víctimas de dicho delito.


    Si fumas, si estás gordo, si eres antipático, si eres vago, si eres pobre…, es tu culpa y los demás no deben perdonarte, ni siquiera tú mismo, y mereces lo peor. Es imposible soportar ese grado de exigencia con uno mismo, porque no tiene final. Cuando dejes de fumar, y de ser gordo, y de ser antipático, y de ser vago y de ser pobre, seguirás con ese sentimiento constante de insatisfacción insana.


    La felicidad, por tanto, no es un estado de las circunstancias; la felicidad es un estado de ánimo, sean cuales sean las circunstancias. Y pienso que lo primero que hay que hacer para ser feliz es perdonar y perdonarse. Lo segundo es saber que es una cuestión de equilibrio, es decir, inconstante.


    Tercero: la falta de sentido. Decía el clásico que no solo de pan vive el hombre. Ahora está de moda en los podcast que salga un gurú diciendo que viviremos 150 años y no niego que sea verdad. Pero ¿de qué sirve esa eternidad si no hay una promesa de felicidad en el camino?
    Soportar una sociedad como la nuestra por mucho tiempo se les hace a algunas personas imposible. De hecho, hay quienes con veinte años se quitan de en medio. Por mucha tecnología y ciencia que haya, no sirve de nada sin un sentido. Los seres humanos no sabemos ninguno qué será de nosotros mañana. Si analizamos el pasado, nos damos cuenta de las incalculables casualidades que nos han llevado al presente. Sentimos vértigo.


    Buscamos respuestas y nos sentimos perdidos en medio del bosque, en la jungla digital, mientras el sol se pone. Y lo que encontramos son falsas pistas, caminos engañosos, trampas y soledad. Cuando uno se siente extraviado, se pone nervioso: le entra ansiedad.


    Nadie, absolutamente nadie, se atreve a hacer un pronóstico acertado sobre el futuro inmediato. Hay muchos que abogan por el apocalipsis, como llevan haciendo los agoreros desde que el mundo existe. Lo que ocurre con este pronóstico es que hoy está sustentado por la ciencia y la tecnología. Después de depositar nuestra confianza en dichos dioses y ver lo que ocurre hoy, cabe preguntarse si nos han guiado bien.


    Cuarto jinete, por hacer una analogía con el libro: la hipocresía. Este quizá es el mal más antiguo de los cuatro, el que acompaña a la especie humana desde el albor. La hipocresía no es otra cosa que el autoengaño: hacer parecer algo que no es.
    Pero la mentira es uno de los mejores inventos del ser humano. Gracias a ella y a la necesidad de contarlas, hemos desarrollado el milagro del lenguaje. Ahora bien, la fantasía, la irrealidad, tiene que administrarse con equilibrio. Porque si la aplicamos sobre la realidad sin control, nos encontramos con lo que tenemos: gente presumiendo en redes de una vida que no tiene, medios promoviendo la autodestrucción y la culpa, todos disimulando nuestra imperfección divina. Me recuerdan a la faceta más absurda del caballero de la triste figura.


    Quizá la única herramienta que yo he encontrado para soportar todo este peso sea tan sencilla como esto: la lectura de los clásicos, de los profanos, de las lápidas y hasta de los papeles del suelo. El ejercicio constante de la lectura, no su recuerdo, no su presuntuosidad, no su aparente sofisticación, sino el refugio real y divino del libro abierto, de la letra sobre la página, de la tinta negra en el fondo blanco.
    Porque a veces es más importante la pregunta que se plantea que las respuestas que se dan a esas preguntas. Y porque planteando la pregunta correcta, damos respuesta y solución a toda ansiedad, a toda tristeza, que pueda acontecernos por este incierto camino llamado vida.

    Buen camino.

  • Cuando la ansiedad entra en clase

    Cuando la ansiedad entra en clase

    He visto tantos ataques de ansiedad como jefe de estudios en lo que llevo de curso —apenas un trimestre— que he aprendido a acompañar al paciente, el alumno, cuando sufre una de estas crisis. Mi aprendizaje precoz únicamente puede significar una cosa: tenemos una epidemia relacionada con la salud mental en las aulas y en la sociedad.

    Vaya por delante que mi formación no es la de un psicólogo, psiquiatra o cualquier otro profesional de la psique. Pero en mi día a día veo y trato con personas jóvenes que adolecen de un mal cada vez más extendido, y para el que ningún científico parece haber encontrado la cura, más allá del cuidado paliativo de las pastillas o la terapia.

    Trastornos del aprendizaje, ansiedad, depresión, autolesiones, deseos de acabar con la propia vida: esta es la moneda corriente en el día a día de los profesionales de la educación. Sé por experiencia que las emociones y los sentimientos son contagiosos como la gripe o la varicela. Así que, además de estar expuestos a pacientes que el sistema sanitario no puede absorber, estamos en constante contacto con emociones negativas: tristeza, miedo, deseos de destrucción. Es difícil sustraerse de todo ello y no llevarse el trabajo a casa. Somos seres permeables para el miedo.

    Ayer estaba trabajando en mi despacho cuando llamaron a la puerta.

    Toc-toc.

    Abren.

    Entra el profesor de guardia: “Alumna con ataque de ansiedad en un aula”, me dice. Está nervioso. Ni siquiera entra en la sala. Me lanza el mensaje desde el umbral, mira a todas partes y tiene deseos de salir corriendo, como si hubiera fuego en alguna parte. Pero no termina de dirigirse hacia ninguna dirección y espera impaciente, a medio camino entre quedarse y huir.

    —Vale —le digo—. Ahora voy.

    Intento terminar el trabajo que estoy haciendo en la pantalla: la frase de un informe, la asignación de una tarea para la semana próxima. En esas, aparece una compañera del equipo directivo.

    —Subo yo con una compañera —me dice, entendiendo la escena sin necesidad de explicaciones.

    —Vale —contesto—. No tardaré.

    Salen del despacho y me quedo un momento solo. Respiro hondo y dejo el trabajo en pausa. Sé que lo más importante es mantener la calma y tener la cabeza fría.

    Salgo. Subo las escaleras. Intento que cada paso que doy sea firme sobre el suelo, que parece moverse como un barco en medio de otro temporal. Voy a buen ritmo, pero sin correr, sin desesperarme. No va a cambiar nada que yo llegue un minuto antes o un minuto más tarde al lugar de los hechos: el aula.

    Al doblar la esquina, algunos alumnos y la profesora me miran desde la puerta, con ojos preocupados. Entro.

    —Bon dia —les digo a todo el mundo.

    Me acerco hasta donde está mi compañera junto a la alumna. El profesor de guardia sigue nervioso por el aula; desaparece al cabo de poco tiempo. Huye a la sala de profesores. No le culpo. En su época no ocurrían estas cosas y quizá no tenga herramientas para soportar la escena. De todas formas, hasta ahí llega su trabajo.

    Me acerco a la chica. Tiene la cabeza apoyada sobre la mesa. Su cuerpo tiembla como un pájaro a punto de lo peor.

    —¿Cómo te llamas?

    No me responde.

    —¿Cómo se llama? —pregunto levantando la vista hacia la veintena de alumnos que nos miran.

    Me dan el nombre. Asiento.

    —¿Puedes hablar?

    No contesta ni siquiera con un gesto. Está rígida, temblando. Ese temblor amenaza con contagiarse a mi propio cuerpo, pero no dejo que se me meta dentro.

    Me obligo a ir a lo simple: voz baja, mirada serena, presencia.

    —Vale —digo—. No pasa nada. Estoy aquí.

    Le indico a una alumna cercana que se siente a su lado. A veces la mejor medicina es una mano en el sitio correcto.

    —Acompaña su respiración —le digo—. Aquí —me llevo la mano al esternón—. Sin apretar. Solo acompaña.

    Mi compañera abre un poco la ventana. Alguien trae agua. Pido al grupo que mantenga el silencio sin convertirlo en espectáculo.

    —Escúchame —le digo a la chica—. Mira mi mano. Vamos despacio. Inhala. Uno… dos… tres… cuatro. Aguanta un segundo. Y suelta. Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis.

    Al principio no me sigue. La respiración va a su guerra: rápida, desordenada. Pero yo no pierdo el ritmo. Me convierto en metrónomo.

    —Otra vez —le digo—. Inhala conmigo. Muy bien. Así.

    Poco a poco noto cómo su cuerpo se va destensando. Eso es. Lo estás haciendo muy bien.

    Al cabo de unos minutos, deja de temblar. Su cuerpo recupera la flexibilidad y abandona ese rigor mortis tan antinatural y pavoroso.

    —¿Ahora puedes caminar?

    Asiente.

    Entre mi compañera y yo conseguimos salir del aula sin montar un desfile. La clase puede continuar con cierta normalidad, como si la vida, en su hipocresía estructural, se empeñara en hacerse la distraída.

    —¿Te ha pasado más veces? —pregunto, aunque sé la respuesta.

    —Sí —dice.

    Ha recuperado el habla.

    —¿Te medicas?

    —Sí.

    La sentamos en una sala tranquila. Nos acompaña una compañera suya. Le dejo claro lo básico, sin dramatizar y sin minimizar.

    —Quédate aquí. Respira. Si vuelve a encontrarse mal, nos avisáis.

    Salgo y me cruzo con la directora.

    —¿Qué ha pasado?

    —Un ataque de ansiedad.

    —Vale. Me encargo yo. Llamo a la familia para que venga.

    Asiento. Vuelvo a mi despacho. Me siento frente al ordenador. Suspiro y miro la pantalla donde estaba trabajando veinte minutos antes. El tiempo apremia. Tecleo con cierta prisa, intentando concentrarme para no equivocarme. Al cabo de poco ya estoy otra vez conectado con la máquina. La jornada sigue sin más incidentes extraordinarios.

    Pero de vez en cuando me pregunto qué demonios está pasando. Cuál es la causa de esta epidemia de tristeza.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo publicaré la segunda parte de este texto, donde intentaré ponerle nombre a los cuatro jinetes de esta tristeza adolescente: el móvil, la culpa, la falta de sentido y la hipocresía.

    Seguimos. Buen camino.

  • Historias de biblioteca (y de humanos)

    Historias de biblioteca (y de humanos)

    Desde la Consejería de Cultura del excelentísimo ayuntamiento de mi pueblo, Constantí, me pidieron que este año participara como jurado del premio literario que anualmente se celebra en la localidad. Recibí el encargo con una mezcla de orgullo y preocupación. Por un lado, sentía que había cumplido un sueño antiguo; por el otro, era consciente de que ya tenía demasiada faena: padre de dos hijos pequeños, jefe de estudios… quizá sería mejor parar un poco. Pero no soy de los que saben decir que no a la vida.

    Ha pasado el tiempo y no ha sido hasta última hora, como buen mediterráneo, que me he puesto a leer las historias que participaban en el certamen de este año. Hasta ahora había sido un concursante asiduo, pero en esta edición, por razones obvias, me tocaba leer desde el otro lado. El tiempo apremiaba y las tareas se acumulaban, como viene siendo habitual últimamente. Voy a todas partes con la lengua afuera, sí, pero feliz por dedicarme a lo que me gusta.

    El tema del concurso era Relats de biblioteca, y se podía participar tanto en catalán como en castellano. Había cuatro categorías, desde infantil hasta adultos, con un único premio en cada una. Mi tarea consistía en decidir cuál era el mejor relato de cada carpeta de Drive que me hizo llegar la organización y elaborar una clasificación para su posterior deliberación.

    Como cada vez más gente, yo también trabajo con la inteligencia artificial. Y aquí viene la confesión. Le planteé el caso de forma directa: participo como jurado en un premio literario de mi municipio, tengo varios textos y necesito ordenarlos de mejor a peor según un criterio literario. Le pedí que tuviera en cuenta las categorías y el tema común. ¿Preparado? Le ordené, de forma claramente fraudulenta.

    Tras hacerme algunas preguntas —lo tengo entrenado para que se ajuste bastante bien a mis necesidades—, le pasé el grueso de los relatos. Al cabo de pocos segundos, me devolvió su veredicto. Para orientarme mejor, le pedí que acompañara cada valoración con una frase breve: “aburrido y demasiado plano, no consigue lo que se propone”, o “interesante e imaginativo; lo mejor es el giro final”. Cumplió. Y confieso que me quedé más tranquilo: al menos ya tenía algo que presentar.

    Pero no soy de los que fían tanto el futuro a la tecnología. Le pedí entonces que me hiciera un plan de lectura para comprobar si su criterio y el mío iban de la mano y, llegado el caso, poder defender por mí mismo los aspectos destacados de cada texto. Imprimí varios relatos y empecé una de las experiencias lectoras más divertidas que he tenido en los últimos años.

    Me he topado con relatos maravillosos, muy bien escritos en su mayoría, aunque con ideas demasiado repetidas: el libro con las páginas en blanco, el manido encuentro amoroso entre estanterías, el final en el que el protagonista está en coma, soñando o muerto. Pero también he encontrado ideas buenísimas, con una pasión real e inocente: la de los escritores amateurs, que ponen el aliento y el alma en cada línea, a veces con enorme esfuerzo.

    La mayoría de los relatos estaban escritos por personas de carne y hueso. Se notaba en la falta ortográfica que no detectó el corrector, en las rimas internas innecesarias, en esa ingenuidad que nos hace vulnerablemente humanos y, al mismo tiempo, poderosamente geniales. Puede que en algún caso me la hayan colado; seguramente serán los relatos menos interesantes, los que aburrirían incluso a la propia inteligencia artificial.

    Trabajar con la IA me ha hecho reflexionar sobre si tiene sentido seguir luchando contra la página en blanco con las manos desnudas: con la experiencia lectora, vital, y un conocimiento más o menos vasto del idioma. Algunos gurús —que leen pocos libros y hablan mucho en podcasts— aseguran que la inteligencia artificial quitará el trabajo a los escritores, que hará historias más perfectas, hasta el punto de que ni siquiera será necesario leerlas.

    Supongo que son los mismos que afirmaban que el ebook acabaría con el libro en papel. O con las bibliotecas, cuya supuesta función sería únicamente custodiar volúmenes físicos. Sin embargo, ahí siguen: como una vela contra el viento —como leí en uno de los relatos participantes—, todos esos concursantes medio locos, desde niños de primaria hasta viejecitas entradas en años, relatando la magia de los libros y describiendo el sabor a templo que tiene una biblioteca.

    He leído historias tan buenas y emocionantes que la literatura me ha recordado cuál es su poder. Cuando las obligaciones laborales me apartan más de lo que quisiera del ruido casi frenético que hace el teclado al pasar los dedos por encima —como un pianista bordando una melodía—, estos relatos me devuelven al lugar esencial.

    Por cierto: he leído todos los textos. Y no, el veredicto de la inteligencia artificial no fue el mío.

    Ni los concursantes ni yo sabemos qué pasará en este mundo loco. Pero ahí quedará el amor por la letra escrita, superando cualquier muerte, analógica o digital.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Hacía mucho que no me pasaba por aquí. Me alegro de haber encontrado algún comentario perdido en entradas anteriores. Quiero que sepas, lector desconocido, que tu mirada es el aliento más poderoso que un escribidor puede tener. Y por eso te doy mil veces las gracias.

  • La calle más bonita del mundo

    La calle más bonita del mundo

    Sabemos dónde vives.
    y dónde trabajas.
    te voy a quemar vivo,
    subnormal, dice uno de los
    vagabundos.

    Están molestos por el uso del
    plural que hace un vecino:
    estáis ensuciando la calle,
    estáis meando en el portal.

    El propietario entra en casa.
    el perro del otro ladra y hace un día
    radiante y azul
    en la calle más cara de la ciudad y más
    bonita del mundo:

    la Rambla de Tarragona.

  • Cartas que se leen en diagonal

    Cartas que se leen en diagonal

    Querida S.:

    Ni mis cartas, ni mis lágrimas, ni siquiera mi novela me han servido para que quieras volver a saber de mí así que tampoco lo espero ahora, aunque lo espero, desgraciadamente. Dicen que el amor es así, doloroso, triste, melancólico. Lo que antes era placer, risa, felicidad, hoy se me revuelve dentro de las tripas pidiendo venganza, y yo les dejo hacer, porque me siento culpable de todo ese daño. Ahora aflora en tu cabeza la frase “no te culpes”, “no pasa nada”, “no te tengo rencor” y todos esos clichés en los que nunca he creído, las cosas no son tan fáciles, al menos para mí.

    Cada cual tiene su idioma. Unos te llevan a cenar y a beber vino, luego a su cama. El mundo tiene ciertos patrones que se siguen, lo mejor es quedarse en el redil y hacer las cosas como es debido, eso es lo que has debido de aprender estos últimos meses. De nada te han servido todos esos años maravillosos que dijiste haber vivido conmigo, de nada te han servido todas las tardes de café hablando del politiqueo, de nada te han servido mis besos ni el recuerdo de mi cuerpo entre tus sábanas. Debo decirte que a mí sí, para darme cuenta, definitivamente, de que te he perdido.

    Hoy veo tus frases, tus proyectos, tu vida recién pintada y solo puedo sentir envidia. ¿Por qué yo no soy como tú? Yo también quiero todo eso, quiero dejarte atrás donde te has quedado y no llevarte conmigo allá donde voy como una pesada mochila, con los hombros caídos y mirando al suelo, pensando en mil cosas y sin concretar nada. Quiero que salgas de mis noches y mis mañanas de una maldita vez, quiero no tener nada que ver contigo, y sin embargo aquí estoy, otra maldita vez, escribiéndote. Como ves, las cosas son difíciles para mí, supongo que una parte de ti se alegra y dice “te lo dije”. Sí, me lo dijiste, ahora déjame que te diga yo.

    La crueldad nunca es buena consejera por mucha razón que creas tener, por muy legitimada que te sientas para actuar de ese modo. Verás, pienso que cuando nos vimos la primera vez, después de dejarlo, solo quedaste conmigo para decirme que te ibas de fin de semana con un maromo (disculpa mi lenguaje, pero yo hablo así). El piano te la sudada, a ti y a tu padre, lo que tu querías era verme y darme donde más me dolía. Debo decir que lo conseguiste, enhorabuena.

    A partir de ahí me dejé llevar. El pozo me tragó y todavía sigo allí. Supongo que saldré cuando llegue el día en el que vuelva a ilusionarme con alguien la mitad de lo que contigo, el pozo es oscuro y frío pero al final uno aprende a sobrevivir. No asientas con la cabeza, no tienes ni idea de lo que te hablo. Yo te dejé, sí, soy el malo de la película, pero esa película acabó hace ya tiempo, cada vez más. En esta nueva película soy el bueno, el triste, el que se queda durmiendo con tu recuerdo, el que reordena la habitación buscando un sitio donde esconderte para no tirarte a la basura. Quizá es lo que debería hacer según los manuales de autoayuda, pero que les den, quédate tú con ellos, tú y tus amigos de boca ancha que saben ir por la vida como es debido. Como ves, necesito que alguien me rescate. No te preocupes, ya sé que no vas a ser tú.

    Seguro que piensas que estoy loco, tan loco como cualquiera, a mí se me nota más. Ser listo también es una mierda, ya lo sabes, te puedes hacer el tonto pero siempre te atrapa tu propio yo, cuando menos te lo esperas, salta sobre ti y ¡pam! Te caes al suelo. Es lo que hay, nada que hacerle, de momento. Ser listo te hace ver la verdad sin tapujos, desnuda como un recién nacido y hay que tener mucho estómago para aguantarla cuando llora. Cuando me grita que ya me has olvidado en los brazos de otro, alguien a quien quieres cumplir todos sus sueños, etc. Me quedo perplejo, atónito, y entiendo, al fin, que en realidad tú no me querías, ni cuando te dejé ni cuando estabas conmigo.

    No te confundas, no te culpo por ello. Más bien me río por lo mal que lo he pasado vanamente, al fin y al cabo, eso era lo que yo quería, lo mejor para ti. Estar conmigo ha sido como una cárcel de la cual te has escapado muy valerosamente. Debo decirte que también era fácil, en mi cárcel, todas las puertas y ventanas estaban sin rejas. Nunca te he minado la autoestima por mucho que te dejara yo. Get busy living, all you got is now, I will get what I deserve. Es verdad todo eso pero también es verdad que yo te he querido y te quiero mucho, a pesar de que nunca volveremos a ser los mismos. Sé que estoy amando a un recuerdo, a un ideal, a un imposible, sé también que tú no entiendes nada de todo esto, a lo mejor un día sí, a lo mejor con el maromo con el que estás ahora, lo entenderás.

    Y entonces pienso que al final fue eso lo que me llevó a dar el paso, las pruebas me las ha dado el tiempo, lo poco que te ha costado y lo mucho que me cuesta a mí. Somos dos caras de la misma moneda pero desde hoy quiero dejar de serlo. Quiero dejar de buscarte en otros cuerpos, quiero dejar de pensarte sin querer, quiero no parar de reír cuando me rio. Y sé que lo conseguiré, un día de estos, tarde o temprano, sin darme cuenta siquiera.

    Pero de momento no es el caso, de momento estoy aquí taladrándome con el teclado y las palabras, sin rumbo fijo y a la deriva de mí mismo. Dicen que no debo hacerlo, que eso te da alas a ti para pensar que soy gilipollas y que has hecho bien en apartarme, que las mujeres se crecen cuando vas detrás de ellas. Yo de todo eso no sé nada, vivo aparte en mi mundo, en mi cárcel sin rejas donde ahora estoy solo, donde espanto a quien entra y cambia cualquier cosa. Aquel día en el que nos vimos después de dejarlo, cerré la puerta para que no entrara nadie y ahora he perdido las llaves, supongo que te las di con el piano.

    No te preocupes, ya estoy acabando. Afortunadamente tengo que volver a mi curro de mierda donde me explotan y me pagan un mísero suelo, tengo que dejar de escribirte mil palabras que no llegan a ninguna parte, tengo que volver a mi extraña vida la cual nunca dejará de sorprenderme. Y perdona que te dé incomode con mis líneas de aprendiz de brujo, o de payaso, pero al fin y al cabo he pasado contigo años maravillosos que siempre llevaré tatuados, que siempre veré en lo más íntimo de mí cuando me mire al espejo, cuando me mire otra persona. Así que te tienes que joder, guapa, y aguantarme un poquito más, aunque cada vez menos. Perdona si te he chafado la tarde de excursión con tu maromo, seguro que cuando se lo cuentes te dará por consejo un buen cliché de esos que aprenden los tontos en la vida para ir bien.

    A lo mejor yo encuentro un día a alguna tonta que me quiera realmente con todos mis defectos, lo que dudo es que tenga yo la suerte de quererla como te he querido a ti. Ojalá que me equivoque como me equivoqué contigo. Errare humanum est, algunos se beben una botella de vino y follan muy gustosamente, otros nos sentamos en el escritorio y escribimos cartas que no se leen, o se leen en diagonal.

    Hasta hace poco, siempre tuyo,

    I. F.

    …oooOOOooo…

    Comunicado del autor: A partir del próximo domingo, si bien espero seguir publicando como he hecho habitualmente, los lectores de este sitio encontraréis que volveré a la configuración original. Hace cosa de un año contacte con un «informático» para que arreglara la página y la hiciera cómoda para vosotros, los lectores. Después de pagar una considerable suma de dinero, me dejó la configuración que hay hasta ahora. El problema es que no me ha dado el resultado que yo esperaba, y además requiere un plan costoso para mantenerla. Espero, en el futuro, ofrecer una configuración mejor. Seguiré publicando religiosamente los domigos como es mi cometido. Crucemos los dedos para que nada se pierda.

    Un abrazo, Ricardo.

  • El gran día de Hamid el Berenjena

    El gran día de Hamid el Berenjena

    El tren de las siete venía cargado de almas. Los pasajeros representaban el friso de la clase baja, también llamada trabajadora. Se frotaban las legañas y desperezaban la mandíbula. Era tan temprano que nadie reparaba en nadie, a pesar de que todos se veían por el rabillo del ojo. Un viejo, un moro, una señora, una negra, madre e hija, padre e hija, nieto y abuela, hombres, mujeres, vagabundos y rumanos. Algunos leían un libro, o un periódico gratuito, pero la mayoría picoteaba con los pulgares la pantalla del móvil. Era una mañana de lunes cualquiera, un lunes inolvidable para Hamid el Berenjena.

    A veces, la lectura y la cháchara resultan del todo ineficientes. Entonces las gentes hundían los ojos en sus propios pensamientos. No se podía ni jugar a imaginarse las ocupaciones o la vida de cada uno, todos ellas resultaban igual de grises. Deprimen tanto los trenes a las siete que deberían desaparecer, pensaba Hamid.

    El Berenjena había llegado desde África hacía ya bastantes años. El cuarto entre siete hermanos embarcó en las costas mediterráneas en una patera tan abarrotada que parecía que estaba hecha de personas. Por supuesto, no era el caso, porque cuando alguno, por una cosa o por la otra, se volvía frío e inanimado como el plástico de la barcaza, simplemente se le echaba por la borda y se le encomendaban los restos a Allah. Así los demás contaban con mayor probabilidad de éxito.

    Algunos niños lloraban, algunas madres morían, y viceversa. A veces les arriaban una bofetada tranquilizadora y eso, a veces, funcionaba. Aquella travesía de una noche duraba como mil y una. Cada segundo podía ser una eternidad según como estuviera el tiempo. En el recuerdo de Hamid hacía un temporal horrible. Frío, viento, olas, incluso le había dado por llover.

    —¡Qué paradoja! —se decía el pequeño Hamid— Huyendo de la sed del desierto, temiéndole toda la vida a una muerte seca… y ahora rezar para no morir ahogado en las dunas del mar. ¡Alabado sea Allah!

    Y como Allah es grande, y aquella jornada estaba de buen humor, la embarcación consiguió al fin zozobrar con la quilla en tierra. ¡Cuán grande era el contento de todos! ¡Lo consiguieron! ¡Habían arribado a Europa! Después de tanta odisea, por fin estaban al amparo y al cuidado de aquello que los blanquitos llamaban Estado. Ninguno de ellos iba a morir de hambre o de sed ya nunca. Todos saltaban en la arena de la playa y se abrazaban los unos a los otros con lágrimas de alegría en los ojos. Solamente lloraba de pena algún crío que se había quedado huérfano, pero nadie lo escuchaba.

    Aunque aquella era la vivencia más importante y definitiva en la historia de Hamid, él casi nunca quería recordarla. De hecho, se avergonzaba de ella. Cuando alguno le preguntaba cómo había llegado, el siempre respondía: «Hace muchos años, en avión.» Y lo había repetido tantas veces que, la mayor parte del tiempo, así lo creía.

    Pero aquella mañana de lunes le había venido la verdad a la memoria, como una maldición. Con el traqueteo del tren se agitaban los pensamientos y lo que estaba enterrado, como un muerto, podía asomar una pierna o un brazo sin que uno pudiera hacer nada. Berenjena, como sus paisanos cariñosamente lo llamaban, puso tierra de por medio, sacudió la cabeza y focalizó sus pensamientos en lo que había venido a hacer aquel lunes concreto. Lo cierto es que llevaba bastante preparándose para aquel día. ¿Meses, años, quizá antes de embarcarse? Hamid ya no lo sabía, solo el Todopoderoso Allah.

    Horas antes, muy temprano, se había preparado a conciencia. Como muchos otros blancos, Berenjena no era muy amigo de acicalarse. A pesar de conocer los usos y costumbres de su sociedad postiza, no le entraba en la cabeza aquello de ducharse cada bendito día. ¿Acaso el cuerpo necesitaba tanto perfume y tanta química? Qué despropósito, que hipocresía.

    —Se preocupan tanto por esa clase de tonterías que se olvidan de lo más importante—cavilaba Hamid.

    Pero a pesar de los pesares, él era uno más, ciudadano en pueblo ajeno, extranjero, pero allí estaba. Le era tan difícil vivir entre ellos… Le hacía gracia cuando los más antipáticos le reprochaban, a él o a otro, que tenían que adaptarse, que qué era eso de la mezquita y sus costumbres sagradas, que nada, que todo aquello se tenía que terminar.

    Hamid, que era tan humano como ellos, se mordía de rabia los labios, en ocasiones, hasta que sangraban. ¡Qué sabrán! Como si los pobres no tuvieran bastante con aprender el idioma y los millones de caprichos culturales que aquella gente tenía, desde comer con cubiertos hasta sentarse en el váter. Además pretendían arrebatarles su fe, que de hecho, era lo único que realmente poseían. Las cosas tenían que cambiar y él iba a poner todo su afán en conseguirlo. Aquel era un día decisivo.

    En el tren de las siete Berenjena estaba harto. Pero ya habían pasado veinte minutos y dentro de poco llegaría a la estación central donde llegaría a su destino. Estaba muy nervioso, las manos le sudaban, pero también se sentía muy seguro. En la mochila negra llevaba el fruto de tantos esfuerzos, de tantos años de penurias en su país y en el nuevo. Habían sido tantos compadres los que lo habían ayudado a estudiar, a preparase, a soñar, a perseguir la llegada de ese día. Y aquí estaba al fin. Nunca los olvidaría.

    Ciertamente, Hamid se había vuelto ambicioso con el tiempo. Lo quisiera o no, el recuerdo del hambre pasada en su tierra era cada vez más vago, y habían sido tantos los agravios recibidos y durante tanto que aquel sentimiento de profundo agradecimiento y regocijo, cuando en aquella primera playa la Cruz Roja le dio una manta y vaso de sopa caliente, ya se había desvanecido. Los problemas de entonces no eran los mismos que los de hoy, ya no se sentía con la obligación de darle las gracias a ningún blanco. Lo que ahora tenía se lo había ganado con la dureza de sus codos y la fuerza de su perseverancia.

    Seguramente, muchos iban a odiarlo a partir de ese lunes. No solamente los cristianos, también sus paisanos. Había actos que, aunque necesarios, estaban mal vistos por todos en aquel entonces. Además ya no había vuelta de hoja. Una voz robótica, de mujer, anunció que estaban llegando a su destino. El Berenjena se sentía cada vez más nervioso, abrazaba su mochila negra y planeaba cada acción que iba a llevar a cabo. Imaginaba, si todo salía esperaba, las repercusiones que aquello tendría en su barrio, entre sus vecinos y amigos. Muchos de ellos conocían ya sus planes, sin embargo, la mayoría de las veces no decían nada y hablaban de otra cosa.

    De repente, sus ojos se encontraron con la mirada simpática de un niño. Apenas tendría cuatro o cinco años, y como él, viajaba de pie en el vagón atestado. Lo miraba con ojos grandes y curiosos, como los de todos los niños, inocentes ante el gran espectáculo del mundo, ante los fuegos artificiales que se iniciaban cada nuevo día. Hamid el Berenjena lo miraba a su vez con seriedad, estaba tan nervioso que no podía esbozar una sonrisa, como en verdad quería. El pequeño llevaba una mochila de Spiderman, pantaloncitos de pana, chaquetón rojo, deportivas diminutas. Se acordó de la infancia de los niños que viajaban en la patera, de la de los que se habían quedado en tierra soportando la sed y el hambre, de sí mismo y de su madre fría. El adulto que viajaba con el chico lo apretó contra sí. Hamid levantó la vista y encontró ahora una mirada de desconfianza, de preocupación, de desprecio. Parecía como si aquella madre conociera la intención de él de alguna forma y se la reprochara. Tragó saliva y miró hacia otra parte. El tren, poco a poco, se iba deteniendo y los instantes se hacían eternos de la misma forma que en el pasado, en aquel otro día tan importante que había cambiado su historia, su vida y la de los otros.

    Presionó con más fuerza la mochila negra contra su americana nueva, color arena, y su camisa a cuadros. Una gota de sudor le resbalaba por las sienes y le temblaban las piernas. Casi iba a ponerse a chillar, pero no lo hizo. El tren se paró definitivamente.
    Había llegado el momento. ¡Allah es grande, alabado sea!

    El Berenjena apretó el botón para volver a nacer. Su vida anterior se terminaba y una nueva y mejor empezaba ahora. Cada alma siguió su propio camino, la de los hombres, mujeres, niños, viejas y extranjeros en torno suyo. Cada una ocupó su lugar en el aire venenoso de la estación, aún más viciado aquella mañana de lunes.

    …

    Media hora más tarde, el joven Hamid ocupaba su puesto entre sus nuevos compañeros, almas afortunadas que, a pesar de la situación laboral, vivían holgadamente y percibían un sueldo privilegiado como asalariados en el departamento de informática de una multinacional, que lo había fichado como desarrollador júnior. Era su primer día.

    El gran día de Hamid el Berenjena.