Barcelona / Elige el corazón / Capítulos finales

Índice de capítulos anteriores

1. Nada mejor que hacer
2. Sólo el principio
3. Tú estás loco

4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas
11. Ya me vendrá y 12. La luz no se encendió
13. De verdad y 14. El caniche blanco
15. La verdad y 16. Una radionovela

17. La vida de los pobres

El descanso duraba media hora y tenía lugar de las once hasta la media. Federico solía salir disparado, sin mirar atrás, intentando no cruzarse con ningún compañero que lo animara a tomarse un café con los demás al bar donde iban siempre. Prefería la soledad del cigarrillo en la plaza cercana al edificio de obra vista donde cada día desempeñaba la labor por la que le pagaban un sueldo miserable. Al principio, se había sentido muy afortunado de haber encontrado, por fin, a sus veintitantos años, un “trabajo de lo suyo”. Pero al recibir el suelo por el cual se había estado formando tantos años en la universidad, después de tantos sacrificios familiares y personales, sintió la sospecha de una decepción grande, que luego habría de confirmarse cuando tuviera que hacer frente a los gastos de vivir en una ciudad como Barcelona. Con sus mil doscientos euros no conseguía llegar a fin de mes sin tener que hacer malabarismos económicos que implicaban reducir el gasto en tabaco, unos doscientos euros al mes, lo cual le resultaba del todo imposible. Antes dejo de comer que de fumar, se decía, y de hecho lo cumplía.

Tenía hambre pero el humo del cigarrillo conseguía engañar al estómago mágicamente. Cuando el primero estuvo terminado, encendió otro antes de que la colilla del anterior cayera al suelo y tomó asiento en uno de los bancos de la plaza-parque donde jugaban muchos niños inmigrantes en vez de estar disfrutando o padeciendo las horas de recreo en el colegio. Seguramente serían niños sin papeles, ajenos a sus propios problemas, disfrutando del sol matutino y de las instalaciones municipales para sus juegos y carreras. Federico los miraba sin poder recordar su infancia, sin paraíso perdido.

Pensaba en Martina, como hacía siempre. Esta vez no había querido mirar el teléfono por si encontraba un mensaje de ella que tendría que responder en el mismo momento. Sabiéndolo, había decidido dejar el teléfono en el bolsillo y disfrutar de su descanso laboral sin tener que prestar atención al uso de las palabras cariñosas y los emojis. Hoy no tenía ganas de hablar con nadie, de hecho, sentía unas intempestivas ganas de llorar.

Había sucedido por la mañana. Se levantó de la cama crujiente en su bajo del Carmelo después de haber apagado la alarma del teléfono varias veces. Ese día, como si una fuerza en su estómago lo supiera de antemano, no quería levantarse del lecho. Quédate durmiendo, di que estás enfermo, decía una voz dentro de su cabeza con el mismo timbre que la suya propia. No. Decidió no hacerse caso y poner un pie desnudo sobre el frío de la baldosa polvorienta, buscando a tientas las zapatillas que se calzó sin mirar. Ya iba bastante tarde y tuvo que ir deprisa: ducharse, desayunar un café y para el metro. Al activar el interruptor de la luz no hubo la respuesta esperada y la bombilla que colgaba de un mísero cable del techo se quedó completamente apagada, como estaba. Otra vez la maldita electricidad daba problemas. Fernando, el tío de Roberto, había venido hacía unos días a comprobar otra vez el problema, que era bastante recurrente. Atribuía el corte a un tema de humedades que atribuía a la pobre conservación del edificio y a los malditos vecinos, hijos de perra, según sus palabras, que no pagaban la comunidad. Las intervenciones de Fernando conseguían que la luz funcionara de nuevo, pero su estabilidad pendía de un hilo. Ese día no había tiempo para toquetear la caja de fusibles, es decir, se duchó a oscuras lo mejor que pudo y salió del edificio sin nada en el cuerpo. Ni siquiera había tenido tiempo para comprar un café por el camino y, a pesar de todo, un retraso en la vía provocó que llegara diez minutos tarde, cosa que lo hacía sentirse más culpable que si hubiera matado a alguien. Había tenido reunión con el responsable, un hombre ventrudo que debía rondar la cincuentena, que vestía siempre una camisa a cuadros, adquirida donde esa clase de viejos solía ir a comprar la ropa, y unos zapatos de cuero, casi tan gastados como su cinturón. Lo llamaban el Búho, por unas extrañas lentes progresivas que le hacían los ojos marrones desproporcionadamente más grandes.

El Búho se tocó la calva gris y grasienta: –Hem decidit fer alguns canvis en la teva secció. Cambios, aseguró, que mejorarían el rendimiento de mi labor en la empresa.

A diferencia de otros puestos donde el personal trabajaba de pie, Federico ya había aprendido una lección importante del mundo de los despachos: las broncas nunca lo parecían. Todas las decisiones, incluso las más crueles, se tomaban con un aire de cordialidad. Nadie lo iba a avisar si se estaba equivocando o si no hacía bien el trabajo, una mirada de reproche, un cambio en el horario, una modificación en el organigrama, le haría saber que no estaban contentos con él y que su puesto peligraba. Había cola para trabajar en aquella posición y, si no funcionaba, nadie pestañearía para echarlo a la calle. Aquella situación, sumada a la poca conexión que sentía por sus compañeros, gente que no pensaba en otra cosa que en correr en la rueda para ratones que constituía su rutina, lo hacía sentirse completamente alienado, con una insoportable pesadez en las tripas. Eso no le pasaba en otros trabajos más humildes, por los que había cobrado unos doscientos euros menos, pero que lo habían hecho reírse y trabajar con entusiasmo. Se había divertido más siendo camarero bajo el sol del verano que en aquella posición con calefacción central en invierno. Muchas veces Federico suspiraba y miraba por la ventana hacia el muro gris del edificio de enfrente que, implacable, no dejaba ver ni siquiera un triángulo de cielo azul. ¿En realidad quería dedicarse a eso toda la vida?

Frustrado, buscando el consuelo que no conseguía darle el trozo de cielo que se dejaba ver en la plaza Virrey Amat, cogió su teléfono móvil para apartarse unos minutos de la fealdad y la grisura de las formas que lo rodeaban. La sorpresa fue tanta que el cigarrillo se le cayó de las manos al suelo. Rápidamente lo recuperó, mientras comprobaba que, estando el silencio, no había prestado atención a las llamadas y mensajes recibidos. Sin entender todavía muy bien lo que aquello significaba, abrió con dedos nerviosos el correo que había llegado a su cuenta, leyendo dos y tres veces las palabras en negro.

Se sintió tan desbordado por las emociones que se puso de pie. Caminó sin rumbo hacia los niños, que lo miraron, luego hacia una tienda, donde no entró, luego se puso junto al banco donde estaba sin volverse a sentar. Lo habían admitido en el programa público para el que había aplicado seis meses atrás sin mucho convencimiento. Se trataba de una posición en la administración estatal, como sustituto. Tenía de tiempo para aceptar el puesto hasta las 12:30 de ese día y ya eran las 11:20. El corazón se encabritaba debajo de la tetilla izquierda, y parecía querer saltarle por la boca y salir corriendo. Tenía el teléfono a reventar de llamadas que se habían producido a lo largo de la mañana. Aquello constituía un giro total de los acontecimientos que habían constituido su rutina todos esos meses. Significaba un cambio tan grande que no era capaz de hacerse a la idea. Sin mucho tiempo para pensar, llamó por teléfono al número que casi consigue fundirle la batería del móvil. Una voz femenina respondió al primer toque, una voz que lo cambiaría todo de ahora en adelante sin él saberlo aún. Temblaba de pies a cabeza.

-Hola, buenos días. Tengo algunas llamadas suyas. Soy Federico Riqu…

-¡Sí! Federico. Te hemos estado llamando. Iré al grano porque no tengo mucho tiempo.

-Se lo agradezco, yo tampoco.

-Trátame de tú. Necesito que mañana a las nueve de la mañana te presentes aquí, supongo que te ha llegado la dirección al correo. ¿La has visto? Pues cuando estés…

-Un momento, disculpe. Perdona, disculpa. Resulta que ahora mismo estoy trabajando, de lo mismo, para una empresa privada. El caso es que, si acepto, creo, necesito avisar al responsable con quince días de antelación, según me dijeron, creo recordar.

Hubo un silencio al otro lado de la línea y se oyó el crepitar de la comunicación que se efectuaba a un centenar de quilómetros de distancia, en la otra punta de la comunidad. La voz suspiró un momento, parecía valorar la situación, y luego continuó comprensiva.

-Sabes, te entiendo, pero es que esto no funciona así. Cuando te designan, tienes un plazo para aceptar y si no lo haces te vas al final de la lista. Además, necesito que mañana estés aquí para darte de alta, puedo esperar a que vengas a última hora de la mañana si lo necesitas, no te preocupes por eso, pero si no vienes te caes de la lista.

-¿Ni siquiera puedo ir pasado mañana? Hoy es martes. Quizá el jueves o el viernes pueda tenerlo todo solucionado. Vivo en Barcelona y tendría que desplazarme hasta allí.

A Federico le sudaban las manos y sentía la pantalla del móvil impregnada de la grasa de su rostro que sudaba copiosamente a pesar de que empezaban el invierno y el frío.

-Mira, lo siento, pero no puedo decirte más. Entiendo tu situación pero tengo las manos atadas. Esto funciona así. No te preocupes por la ley. Nosotros somos la administración.

-Bueno…

-¿Te espero mañana entonces? No tengas prisa por llegar a primera hora. Estaré en mi despacho hasta las dos. Tienes tiempo hasta entonces de solucionar lo que puedas.

-Sí. -dijo dubitativo- Allí estaré.

-Bien. Recibirás toda la información por el correo, consúltala para ponerte al día.

-Claro.

-Me llamo Marta Bermejo. Pregunta por mí cuando llegues y me darán el aviso.

-Gracias.

-No hay de qué. Enhorabuena por el puesto. Creo que tendremos suerte contigo.

-Eso espero. Muchas gracias. Un saludo. Adiós.

-Adeu.

Miró el reloj y eran las 11:35 pasadas.

Al terminar la conversación aún estaba temblando. Necesitaba un cigarrillo como un vaso de agua en el desierto, pero no había tiempo. Tenía que correr para llegar de Virrey Amat hasta el edificio donde trabajaba, que estaba a unos cinco minutos andando. Justo antes de llegar a la puerta, se detuvo en seco. Qué más daba, pensó. El destino le daba la oportunidad de dar carpetazo a un puesto que odiaba, donde tenía que trabajar muchas horas extra y le pagaban lo mínimo. Sentía como el nudo de su estómago se deshacía y en su lugar aparecían mariposas subiéndole hasta la garganta. Una felicidad indecible lo envolvía como una brisa fresca e inesperada en mitad de una tórrida canícula veraniega.

Decidió fumarse un cigarrillo en la puerta, con absolutamente toda la parsimonia del mundo. Por el rabillo del ojo vio pasar a su jefe, el señor Puigdelclós, a quien todos conocían como El Búho, un par de veces por delante de la puerta de la entrada, sin atreverse a salir a llamarle la atención diciéndole que había llegado tarde de nuevo. Federico fumaba tranquilamente pensando en Martina y en el futuro que a ambos les deparaba, ahora que todo indicaba que pasaría una buena temporada lejos de Barcelona y sólo podría venir los fines de semana. Seguramente ella entendería la situación y se alegraría por él. Seguro que intuía que estaba sufriendo verdaderas penalidades económicas y aquella oportunidad sólo se presentaba una vez en la vida de los pobres.

…

18. Elige el corazón

El restaurante chino estaba en una calle sin salida, muy cerca de la carretera Real por donde pasaba el tranvía de Sant Just cada diez minutos los días laborables. Federico recordaba la primera vez que comió allí, cuando probó el “pato laqueado”. En sus veintitantos años de existencia sus padres nunca lo habían llevado a comer semejante manjar, probablemente habrían vomitado encima del mantel blanco con ribetes dorados, al ver el cuerpecillo de las aves colgado de ganchos en una simbiosis entre la matanza de Texas y una pollería a l’ast. El sitio le resultaba de lo más elegante, con su pecera en la entrada donde nadaban sin descanso peces de ciudad que no intuían la muerte próxima que podía esperarles en cada ida y venida de los camareros que, amabilísimamente, hicieron sentar a la pareja en una de las mensas de la izquierda. Era un sitio amplio, con dos comedores inmensos, pero a ellos les había tocado en suerte una mesa en el principal dado que habían llegado temprano y con hambre postcoital.

-Tienes que probarlo, Ico.

-No sé, Martina… No sé si me va a gustar.

-¿Acaso no te ha gustado todo lo que hemos hecho hoy? Sé que te va a encantar.

-Lo de hoy me ha encantado, nunca lo había hecho. Pero es algo muy diferente a…

-Si no lo pruebas no lo sabes. -Martina sonreía feliz como una niña- Anda, tonto.

-Bueno, siempre acabo haciéndote caso en todo, así que me pongo en tus manos.

Sus dedos se tocaban por encima de la mesa. Martina pellizcaba los dedos de Federico con la punta de los suyos, los apretaba y los soltaba suavemente, y la sangre acudía a las partes donde ella le pellizcaba y a otras partes del cuerpo, enrojeciéndole la piel rosa. Su colgante pendulaba bajo su cuello largo y delgado mientras se aproximaba para decirle.

-Me ha gustado mucho cómo hemos follado hoy. Estamos encontrando nuestro ritmo.

Federico se ruborizó. No estaba acostumbrado al lenguaje claro de ella. -Me alegro.

-Cuando acabemos de comer quiero que follemos otra vez. Te llevaré en coche a un…

La camarera, una china de una edad indeterminada, se acercó a tomarles nota. Martina pidió toda la comanda sin preguntarle a Federico qué quería. Él, lejos de molestarse, la dejaba hacer. Estaba en su territorio y en él ella era la reina. Le gustaba mandar y sabía. La china apuntaba eficientemente todo lo que ella pedía y Federico sólo la miraba.

-¿Pala bebel?

-Yo una coca-cola y para él una cerveza.

-Meliana.

Martina lo miró dubitativa. -Sí. -Respondió Federico. La camarera se fue a paso ligero.

-Cómo necesito un trago de cerveza. -Pensaba dentro de su coche, aparcado justo en frente del Restaurante Nou Mon Feliz, donde esperaba que de un momento a otro llegara el coche gris de Martina. Era mejor encontrarse allí, en un lugar discreto.

Trajeron las bebidas y otro camarero, experto en ese delicado fin, trajo un carrito. Dentro de una campana plateada sobre una bandeja del mismo color, apareció un rojizo pato, completamente asado, desde el cuello hasta el corvejón, reposando sobre la superficie fría. El experimentado trabajador, como había visto hacer en las películas, comenzó a trinchar el pato despacio. Primero separó las partes inservibles. Luego introdujo un larguísimo tenedor de dos puntas afiladas en la mitad del cuerpecillo del ave. Finalmente, poco a poco, fue cortando finas lonchas de la pechuga del animal y depositándolas sobre un plato llano y muy amplio con una floritura de lechuga en medio. Federico observaba la operación con feliz asombro cateto. Martina sonreía.

Al marcharse, dejaron sobre la mesa una vaporera que contenía finísimas hojas de pasta de arroz. Martina tomó una de ellas y le enseño cómo tenía que hacer el rollito con el pato y la verdura y dónde tenía que mojarlo todo antes de llevárselo a la boca húmeda.

El coche de ella se aparcó justo al lado. Como era un martes por la noche no había demasiada gente en el lugar y el restaurante, desde afuera, parecía completamente vacío. De coche a coche, se miraron a través de las ventanillas. Dentro de su vehículo ella le preguntó moviendo los labios si quería que bajara y se montara en el suyo. Él le hizo que sí con la cabeza. Federico sintió que ya había vivido aquella escena antes, pero no sabía dónde. Una ola de tristeza lo invadió repentinamente, como un jarro de agua fría. Martina se bajó del coche y la perdió de vista. Al verla abrir la puerta de su furgoneta vio que iba vestida con una simple camiseta ajustada, tejanos y zapatillas. Llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo. Era una chica presumida, le gustaba arreglarse para salir a cualquier recado. La noticia de su llegada la había pillado de sopetón y se había puesto lo primero que encontró en el montón de ropa que habría sobre su cama. De todas formas, estaba preciosa aquella última noche en que la vio.

-Bueno, ¿qué te parece?

Federico lo pensó un momento, masticando con desconfianza primero y luego añadió:

-La verdad es que este “pato laqueado” está muy bueno.

-¿Se puede saber qué te pasa, Ico? Llevas todo el día rarísimo y casi no me contestas.

-Sí te he contestado, Martina. Si no lo hubiera hecho, no estaríamos sentados aquí, ¿no?

Federico sonrió divertido pero ella no estaba para bromas. La expresión seria de su rostro bajo el reflejo amarillo de la luz cenital de la cabina y los brazos cruzados sobre su pecho generoso delataban que estaba enfadada, con ganas de soltarle un guantazo.

-No tengo mucho tiempo, Ico. Mis padres se estarán preguntando por qué he salido…

-Yo tampoco. Intentaré ir al grano. -respiró hondo. Sentía el pulso percutiendo como un martillo justo debajo de la nuez, donde las palabras no terminaban de salir al exterior- Me marcho de Barcelona. Me han ofrecido un puesto muy cerca de casa, de casa de mis padres, me marcho esta misma noche. Tengo las maletas dentro del maletero y salgo ya.

-¿Cómo?

Si existiera un diccionario con imágenes y se pudiera definir la expresión de la estupefacción, sería la cara de Martina en aquel momento. Pronto, vio palidecer levemente su rostro y anegarse los ojos de repentinas y traidoras lágrimas de dolor.

-No es nada malo, Martina. En verdad he tenido mucha suerte. Es una buena posición, una gran oportunidad. Hace unos seis meses hice las pruebas y presenté todo el papeleo, me dijeron que ya me dirían algo y hasta hoy me olvidé completamente del tema. La verdad es que no esperaba que me llamaran nunca y, si lo hacían, fuera dentro de mucho, mucho tiempo. En fin, fue cuando andaba tirando currículum como un loco.

-Pero tú ya tienes un trabajo, Ico. -Su voz sonaba débil, sostenida por apenas cuatro hilos finísimos a punto de romperse y caer las sílabas como cristales al hondo silencio.

-Odio mi trabajo, Martina, ya lo sabes. Hoy mismo han amenazado con despedirme. Al parecer mi rendimiento no está siendo el esperado y no me estoy adaptando bien a la…

-Pero…

-…empresa. Además, en lo público me pagarán mucho más, prácticamente el doble. Ha sido de un día para el otro, si renunciaba me quedaría por años sin otra oportunidad así. Parece ser que si no aceptas te vas al final de la lista o incluso pueden llegar a sacarte.

-…, ¿qué pasará con nosotros?

-¿Con nosotros?

Federico se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir. Las palabras intentaban trepar hacia la lengua pero no lo conseguían, caían irremediablemente por un pozo.

-Pide la cuenta y nos vamos. Quiero enseñarte otro sitio.

-¿No nos tomamos el postre?

-El postre te lo daré yo.

Salieron del restaurante bajo el sol del mediodía, cogidos de la mano, sin temor a las miradas indiscretas. Se subieron a la furgoneta de Federico y emprendieron la marcha siguiendo las indicaciones de Martina. Al salir de la calle sin salida, torcieron hacia la derecha, dejando el Edificio Walden atrás como un termitero mastodóntico junto a la rectísima carretera. Poco a poco los edificios fueron desapareciendo, dejando en su lugar los incontables chalés que moteaban el suelo de Sant Just Desvern. Mientras Martina hablaba de temas intrascendentes, los árboles iban ganándole terreno a las casas detrás de las ventanillas del vehículo, que avanzaba despacio y sin prisa por una cuesta. Llegados a un punto, hizo una señal con su mano y tomaron un camino de tierra.

-Espero que no me hayas traído hasta aquí para matarme. -dijo él en broma.

-Me matas, Ico. Me estás matando. -dijo ella poniéndose las manos sobre la cara.

-¿Por qué? -hacía calor y decidió abrir un poco la ventanilla. Intentó agarrarle una mano pero ella la apartó. Quizá les vendría bien dar un paseo pero no conocía nada la zona.

-De verdad, pareces tonto. -contestó riéndose. Por un costado del labio sacó la punta de su lengua y se la mordió. Sus ojos irradiaban un fuego lujurioso por las negras pupilas. -Párate aquí. -dijo señalando un pino al lado del camino que daba una agradable sombra.

Salió del coche y se subió corriendo a la parte trasera. Divertida, se bajó el vestido y se quitó el sujetador, dejando libres sus pechos pero no sus piernas, que seguían con ropa. Federico entendió que quería que la siguiera y se fue detrás con ella. Sus manos recibieron la piel desnuda de ella como hogazas de pan caliente y se besaron fuerte. Las manos de Martina empezaron a deshacer el cinturón de él por debajo de la camisa rosa.

-No te entiendo. ¿Por qué me dices que soy tonto? Para mí tiene toda la lógica del…

-¿Tan poco te importa lo nuestro?

Federico encendió un cigarro intentando pensar las cosas con la cabeza fría. Se sentía también herido y a la defensiva. Fruncía el ceño y fumaba como un enano gruñón.

-¿Se puede saber qué es lo nuestro, Martina? Me gustaría que me respondieras a esa pregunta, aunque solo fuera una vez. -Una lágrima cayó sobre el asiento- Perdona, no quería decir eso. Supongo que estoy bastante nervioso. Ha sido todo muy repentino.

-Bájate los pantalones.

-¿Cómo dices?

-¡Que te los bajes!

Federico obedeció y ella lo agarró con fuerza. Empezó a mover su mano derecha rítmicamente con un adagio decidido. Con la otra le acariciaba por debajo de los testículos, donde su escroto se unía con el perineo, con suavidad pero a la vez fuerte.

-Avísame si viene alguien. -dijo mientras comenzaba a aproximar los labios.

-Vale.

-Ico, yo creía que teníamos algo importante. Estoy a punto de dejarlo con mi novio. Hace como dos semanas que no lo veo. Quería contártelo hoy pero te he visto muy raro durante todo el día. Ahora me encajan todas las piezas. -Se atusó el pelo, más tranquila- Me ha pillado por sorpresa y no entiendo nada. -pensó un momento- Será mejor que vuelva a casa, mis padres se estarán preguntando dónde he ido tan tarde por la noche.

-Hablas como si lo estuviéramos dejando. Yo no pensaba eso. Puedo venir a verte los fines de semana. No estamos tan lejos. Además, tendré más dinero para llevarte a sitios más chulos. ¿Te acuerdas aquella vez cuando fuimos a aquel bar de copas del Tibidabo?

Martina lo miró con tristeza y una decepción muy honda, capaz de romper en añicos el corazón más duro. Federico tragó saliva esperando una respuesta, intentando sonreír.

-Pero no será lo mismo. No estarás aquí. En Barcelona.

Justo en el momento en que la punta de su lengua acariciaba el cuello, las manos de Federico apartaron suavemente la cabeza de Martina con repentina zozobra y sorpresa.

-La poli, Martina. Se han parado ahí.

Ella se levantó y también vio el vehículo estacionado a unos pocos metros. -Mierda.

La pareja de agentes se bajó del vehículo con decisión, casi no le dieron tiempo a colocarse la ropa cuando un rostro gordo y sudoroso, de fríos ojos azules, los miraba por la ventanilla, haciéndoles señas para que salieran del coche. Serán hijos de mala madre. 

-Estaba pensando en la primera vez que vinimos a comer aquí. Luego hemos venido muchas veces más. Te encantaba el pato laqueado. Dijiste que lo podrías comer cada día. -Por primera vez en todo aquel rato, ella sonrió. -Luego nos pasó lo de los polis.

-Sí, qué hijos de mala madre. Me dejaron con la miel en tus labios. ¿Te acuerdas?

Ambos rieron un momento. Luego se miraron a los ojos como dos buenos amigos.

-Lo hemos pasado bien, ¿no te parece? Ha sido divertido. -La melancolía volvió.

-Aún podemos pasarlo bien, Martina. Que me vaya no cambia nada. Hay relaciones que se aman en la distancia, si es que lo nuestro es una verdadera relación después de todo.

-Supongo que sí, que las hay. Pero yo soy esta ciudad, mi casa es Barcelona, y nunca me marcharé de aquí. -Oteó por la ventana como si estuvieran en la terraza del Mirablau. -Esta es mi ciudad y no la cambiaría por nada, Federico. Con ella está mi corazón.

-Barcelona es maravillosa, sí. Ojalá se pudiera vivir aquí. Supongo que nosotros no elegimos las cosas que nos pasan en la vida, dependen del destino, o del azar, o de Dios.

-Me tengo que ir. -dijo abriendo la puerta del coche- Y tú también, tienes un largo camino y es tarde. -salió por completo del vehículo sin darle un beso- Avísame cuando llegues a casa, me quedaré más tranquila. -cerró la puerta y se apoyó en la ventana. -Ya me irás contando cómo te va la adaptación al nuevo empleo y todo lo demás. -sonrió.

Con el cuerpo hormigonado, completamente paralizado sobre el asiento del conductor, Federico la miraba con ojos tristes casi sin poder contener una repentina lágrima roja. Entendiendo por fin lo que aquello significaba, giró la llave y encendió el coche.

-Claro, Martina, te escribiré en cuanto llegue a casa. Ten cuidado tú también a la vuelta. Nos veremos pronto, ya verás. No dejaré de escribirte nunca, aunque no me respondas.

Ambos rieron una última vez. Federico miró su fina silueta de bailarina recortada por la luz azul fosforescente del gran cartel iluminado del restaurante chino Nou Mon Feliz.

-Adiós, Ico.

-Hasta pronto, princesa.

No emprendió la marcha hasta que el coche de Martina se hubo perdido en dirección a la carretera que pasaba por el lado del edificio Walden. Federico giró hacia la izquierda en dirección a la autopista que habría de llevarlo hacia el sur, donde empezaría otra historia. Mientras conducía a ochenta quilómetros por hora en una ancha carretera completamente desierta, dos lágrimas sin freno cayeron sobre la pernera de su pantalón. Con el dorso de una mano se limpió una mejilla y luego la otra. Encendió la radio sin poder escuchar la música rock que emitían los altavoces de su vieja furgoneta blanca. Se sonó los mocos con un papel acartonado que encontró por la guantera izquierda.

Menudo giro había dado todo en unas horas. La vida podía cambiar en unos instantes de forma complemente inesperada y era necesario decidir qué camino tomar. Si la historia con Martina fuera una novela, bien podría ser este el final, pero era la vida y en la vida nunca nadie sabía a ciencia cierta cuál era el final o el principio de las cosas. Pensó en sus amigos, en la primera noche que se conocieron Martina y él, en la sonrisa sardónica de Rosario cuando, fumando parados en el aparcamiento de tierra, aquella vez en que la mirada de Martina prometía futuros encuentros de amor le dijo aquello de: ¡Tú estás loco! Su amigo tenía toda la razón. Estaba completamente chalado: lloraba feliz.

Porque las mejores decisiones de la vida nunca se toman con la razón, la moral o la cabeza. Martina tenía novio desde hacía muchos años pero decidió tener una aventura con Federico, la cual había hecho que él se olvidara casi por completo de un amor roto. Quién sabe si seguirían viéndose en el futuro o no. La incertidumbre podía ser insoportable pero las mejores decisiones en la vida siempre se toman por pura intuición.

Porque siempre, al final, elige el corazón.   

…

19. La pequeña muerte

Cuando llegó con su coche, ella ya estaba allí, de pie entre el tráfico y la gente que caminaba en todas direcciones como si tuviera prisa. El lento avanzar de los vehículos hizo que pudiera mirarla sin que ella supiera que él la observaba. Llevaba el pelo suelto y liso, como a él más le gustaba. Un diminuto colgante centelleaba en su cuello desnudo bajo el sol del mediodía. Se había puesto el vestido de flores diminutas que a él más le gustaba, el cual se aguantaba sobre sus hombros con dos estrechísimas cintas blancas y se desplegaba por su cuerpo hasta la mitad del muslo, dejando ver sus delicadas piernas. En los pies llevaba unas chanclas también blancas, a juego con el vestido, que dejaban ver sus uñas pintadas meticulosamente. En el tobillo, lucía una cadena brillante que la hacía parecer una bella amazona, una primitiva princesa en la selva de cemento.

-Hola. -dijo tímidamente, al subirse al coche. Federico arrancó la marcha sin besarla.

Había pasado bastante tiempo desde la última vez que se vieron, quizá aquel era el lapso más grande que habían estado sin verse desde la primera vez. Nervioso, intentando que no se le notara, Federico conducía su furgoneta esquivando las dichosas motos que lo adelantaban temerariamente a izquierda y derecha. De soslayo, la miraba. Las manos de Martina reposaban sobre su regazo y jugueteaban entre ellas. El vuelo de su falda se había subido aún más y dejaba ver la parte más tierna y blanca de sus piernas, que llevaba cruzadas. Su trasero estaba en contacto con la humilde tela del asiento, objeto bendecido por la suerte de servir para tan agradable propósito. Sin decir todavía nada, una mano liberó el volante y se posó sobre una de las piernas desnudas. Rápidamente, las manos de ella apresaron la de Federico y la abrazaron con fuerza. En esos juegos, él comenzó a acariciar el muslo de ella desde la rodilla hasta donde la falda se terminaba, y en ese sube y baja, la tela se iba retirando cada vez más. Martina no decía nada y se limitaba a mirar por la ventana, prestando atención a la ruta que seguían lentamente.

La calle era larga, con semáforos en cada uno de los rectilíneos cruces que cosían la ciudad, así que tocar a Martina era una actividad bastante segura. Recordaba que la última vez que se vieron se habían enfadado el uno con el otro, pero había olvidado completamente el motivo de la pelea. En el mundo sólo existía aquella larga calle y el tacto caliente de la piel de Martina, que se iba encendiendo cada vez que su mano se aproximaba al punto donde se unían ambas piernas, que ahora llevaba abiertas, dejando entrever el hueco entre ellas, una posición más cómoda que parecía aliviar el sofoco que cada vez se tornaba más dulcemente insoportable. Ella tragó saliva y levantó un brazo.

-Por la derecha. -pronunció con un hilo de voz. Federico, sin hablar, le hizo caso.

Entraron en otra calle más larga. El hecho de que tuviera que apartar su mano de la piel de ella para atender el cambio de marchas, había provocado un leve enfriamiento. Federico aprovechó la ocasión para encender un último cigarrillo, Martina le había informado que allá donde iban no se podía fumar, así que debía aprovechar mientras aún tuviera tiempo. Seguía mirando por la ventana, pensando en sus cosas. Aunque su piel se encendiera bajo su contacto, no se había olvidado en ningún momento del motivo que había provocado su enfado, y parecía obstinada en el asunto, dándole vueltas. Federico reparó por primera vez en la bolsa de papel-cartón, con una marca de tienda de ropa en el dorso, que llevaba a los pies. Pero la visión de sus rodillas era más atrayente.

-A la izquierda.

Al cabo de un rato conduciendo en silencio, justo cuando la radio terminó una canción antes de empezar con la otra y el rumor del tráfico se colaba por la ventanilla abierta de Federico como el ruido de un océano, Martina lo miró con reproche, con ganas de pelea.

-¿Es que no vas a decir nada en todo el día?

Federico apartó los ojos de la lenta carretera y la miró. Estaba realmente preciosa bajo el caliente sol del mediodía barcelonés. Su colgante se había pegado a su pecho por la humedad y, un poco más abajo, se dejaba ver la parte de su escote donde se dividía. Se limitó a sonreír de oreja a oreja, sin poder pronunciar ninguna palabra por el arrobamiento y por tener toda la sangre coagulada en el mismo punto, haciendo imposible la dicción. Justo cuando abrió la boca para contestar ella se tensó.

-¡A la derecha!

De un volantazo, el coche se situó en la calle correcta, abandonando la avenida de tres carriles por donde hasta entonces había circulado. Las calles se iban volviendo cada vez más estrechas e íntimas, lo cual hizo que ambos prestaran más atención a la vía.

-Es por aquí. Ya estamos muy cerca.

Avanzaron por un callejón que parecía sin salida. Los edificios eran anodinos a cada lado, sin tiendas ni cartelería, simples bloques de viviendas residenciales de clase media-baja. Ahora una habitación en una de aquellas casas costaba una pasta porque Barcelona se había puesto de moda y en la ciudad no había sitio para todas las almas.

-Entra ahí.

Martina señaló la puerta de un aparcamiento, encastada en un edificio marrón de rebozado noventero, ese que absorbe la humedad de las calles y deja al cabo de los pocos años una injusta sensación de suciedad. Los dinteles y la jamba de la puerta estaban revestidos de un fino metal negro. A la derecha, quedaba el nombre del establecimiento: La Francesa Xica, en tipografía inglesa, con letras blancas en relieve sobre un fondo del mismo color. Había que fijarse muy bien para detectar la señales de que aquel era el sitio a donde se dirigían, escondido como estaba en una calle que parecía dar la espalda al mundo. Federico introdujo el coche por donde ella le indicaba. Les salió al paso un recepcionista que les señaló con la mano que se detuvieran. Después de comprobar la reserva con Martina, el tipo alto y espigado, con una expresión borrosa, como las que tenían los empleados de un tanatorio, les indicó que debían bajarse del coche, y que alguien del personal lo aparcaría por Federico.

Era la primera vez que dejaba las llaves de su vehículo a un trabajador que no fuera su mecánico. La cosa le pareció extraña, pero todo se había producido con tanta celeridad y sentía su lengua tan acartonada que no se le ocurrió la posibilidad de objetar nada. Otro trabajador que salió de detrás de una puerta negra se encargó con rapidez de hacer desaparecer su vehículo a través de otra puerta de parquin dentro de la propiedad. El sitio tenía dos puertas y la recepción de los vehículos y de los clientes se hacía de uno en uno. Federico nunca había estado en un sitio como aquel, como si todo fuera secreto.

-Acompáñenme, por favor. -dijo el tipo alto de expresión mortuoria. Con serenidad, abrió la gruesa puerta negra por donde había salido el aparcador y los invitó a pasar por un pasillo de suelo ajedrezado donde no se cruzaron con absolutamente nadie. Al final del corto recorrido se alzaba la puerta del ascensor. De la derecha apareció el botones. Se trataba más bien de un tipo de seguridad, pero disfrazado con un traje oscuro que le quedaba muy estrecho en algunas partes de su anatomía, en los brazos sobre todo, y demasiado ancho en otras, por ejemplo en la cintura. Llevaba las manos cruzadas sobre el paquete y una mirada vacía. Los hizo pasar con educación dentro del ascensor cuando este se abrió. El tipo se limitaba a mirar en frente. Ni siquiera le echó la acostumbrada mirada que le lanzaban los hombres de su edad a una chica joven y apetecible como ella. Solo cumplía con su trabajo y era difícil verle los ojos, fijos en las puertas cerradas.

Cuando estas se abrieron, avanzaron a paso ligero por un pasillo moqueteado. Las luces cenitales eran muy tenues y los ojos necesitaban acostumbrarse a la oscuridad para ver. Llegaron a una puerta sin número visible y el segurata abrió con una tarjeta que se quedó. El lector dio un pitido largo y con un chasquido se liberó el cerrojo. Antes de entrar en la habitación, el tipo se guardó la llave de donde la había sacado y mirando al hueco que las cabezas de Martina y Federico dejaban en el espacio, los instruyó.

-Pueden hacer uso de la habitación todo el tiempo que quieran, pero una vez que la abandonen, no podrán volver a entrar sin hacer una nueva reserva. En el interior disponen de una nevera con bebidas frías. Cualquier consumición o desperfecto en la habitación deberá ser abonado. Antes de abandonar la habitación deben llamar a recepción descolgando el teléfono junto a la cama. Cualquier problema lo mismo.

El tipo se quedó callado por si tenían alguna duda. Como ninguno de los dos dijo nada, a paso ligero y con movimientos eficientes, los hizo pasar y cerró la puerta con inusitada suavidad detrás de ellos. Sintieron sus pasos pesados alejarse con prisa por el pasillo, posiblemente para atender a otra pareja de clientes que esperaran abajo.

Martina dejó sus cosas, el bolso blanco con fina cadena metálica y la bolsa de cartón, sobre una mesa. Federico paseaba su mirada por los objetos de aquel lugar que olía a lavanda de forma embriagadora, nublando un poco sus sentidos. La luz del lugar era incluso más tenue que en el pasillo, de colores violeta y amarillo en algunas zonas. En el centro había una ancha cama, como era esperable de un lugar así, pero lo que más le sorprendió fue la disposición de los espejos. Había uno tan ancho como la pared que se orientaba directamente hacia lecho para que fuera posible verse en él desde la cama.  Había otros dos a los costados de la cama desde donde empezaba el suelo hasta el techo.

-Aquí se paga por horas. Aprovechemos el tiempo. Desnúdame.

Martina y Federico se besaron por primera vez ese día. Mientras sus lenguas peleaban dentro de las bocas, parecía que se fraguaba una reconciliación, o por lo menos una tregua. Las manos de él y ella subían y bajaban buscando y deshaciendo los botones, liberando el cuerpo de sus ropajes que en el calor del frenesí resultaban incómodos, como si se volviera a la naturaleza salvaje de donde una vez se había salido y se recuperara la esencia de lo que en realidad somos: unos animales sin más Dios que el presente. Federico levantó el vestido de Martina desde la falda hasta los brazos, dejando ver su sujetador negro, desabrochado, que cayó al suelo. Ese día se había puesto unas finas bragas transparentes que dejaban ver desde fuera su impaciente sexo depilado. Martina le había quitado la camisa y los pantalones, dejando ver un cuerpo delgado y casi lampiño. Cuando sus manos lo liberaron de los calzoncillos, sintió el alivio que debían sentir los pájaros cuando abandonan el nido y echan a volar a cielo abierto. Se tocaban de pie, desnudos como estaban, distanciados sin quererlo por la erección de Federico que se empeñaba en apartar el cuerpo desnudo de Martina, tocándolo como un dedo grande y firme, con la lujuria y el atrevimiento que le son característicos. Ella lo tomó de las manos y lo hizo plantarse en un lugar determinado de la habitación. El obedeció, así como estaba, con su miembro cimbreando como el palo de un zahorí. Martina hincó las dos rodillas sobre el suelo cómodo suelo moqueteado y lo observó desde abajo, a poca distancia de la parte más exterior de él, sonriendo divertida.

-Mira al espejo. -dijo señalando con la mano que le quedaba libre. La otra lo había agarrado e iba tanteando, poco a poco, la dureza y la extensión de su miembro erecto. Federico se vio allí de pie, bajo la luz amarilla de la lámpara sobre la mesita de noche. El pelo largo de Martina se derramaba por su piel como una cascada de agua negra, dejando entrever la aureola de sus pezones y la piel blanca de sus pechos. Cerró los ojos, poniendo toda la concentración en lo que hacía, y empezó a succionarlo como si quisiera vaciarlo de toda la sangre que lo conformaba. El cuerpo de Federico se estremeció bajo aquella visión tan poderosa que nunca había presenciado en ninguna parte. A pesar de su erotismo, sintió que la escena era de una enorme belleza estética, como si la explicitud y el buen gusto pudieran estar acordes a un tiempo en la sintonía de la pasión. Para no venirse tan pronto, lo cual era muy difícil, buscó con la mirada un mueble de la habitación en el que concentrarse y no se dignó a tocarla por si el contacto de sus manos con el pelo de ella provocara el calambrazo definitivo que hiciera aquel paraíso de calor humano terminara muy pronto. Había en un rincón un taburete de plástico de forma ovalada como una gota de agua aplastada, de un material blanco que dejaba trasparentar una luz violeta que impregnaba las paredes cercanas de la alcoba. Federico supuso que aquel objeto podía utilizarse para realizar toda suerte de posturas y, por su fácil movilidad, podía ponerse en cualquier punto de la habitación, incluso encima de la cama, jugando con el reflejo de los espejos, como un objeto extraño y fuera de lugar, capaz de dar alas al morbo y a la imaginación sin límite de los amantes.

Prefirió dejar de pensar en el taburete y mirar al techo. Encima de su cabeza vio el único espejo que todavía no había descubierto. Primero se sorprendió de verse bajo esa perspectiva, pero luego reparó en la forma de Martina, en cómo su cabeza iba y venía salvando una misma distancia todo el tiempo, cada vuelta más fuerte, cada ida más rápido. Todo en aquella habitación apelaba a los sentidos y al deseo. Era muy difícil abstraerse cuando uno estaba en aquel lugar. Decidió rendirse por fin. Colocó sus manos en el pelo de Martina y lo acarició. Quiso apartarla, prevenirla de que pronto terminaría, pero ella no lo hizo. Siguió diligente, con los ojos cerrados, respirando muy fuerte por el esfuerzo, provocándole un placer indecible, insoportable, insustituible, cada vez que su frente se aproximaba a su bajo vientre por debajo de su ombligo, cada vez más duro, cada vez más rápido, siguiendo el ritmo acompasado que una música imposible marcaba. Allí de hinojos, como una sacerdotisa de la piel, estaba bellísima y erótica.

Federico terminaba, pero ella no se iba. Al sentir cómo él se vaciaba, siguió haciéndolo con más decisión, sabedora de que aquellos eran los momentos de placer más genuinos. Por un momento, él se preocupó, pero ella siguió sin parar hasta que estuvo vacío, con las piernas temblorosas y el cuerpo acalambrado. Ella se apartó y lo miró con una sonrisa. En su mano aún tenía los restos de saliva y semen, pero no actuaba con asco ni rechazo, más bien al contrario, disfrutaba al degustar las texturas complejas del sexo.

-Ahora me toca a mí. Túmbate sobre la cama.

Sin poder hacer otra cosa, la obedeció, como hacía siempre, dejándose llevar a su merced. En el espejo sobre su cabeza, que ahora quedaba justo frente a sus ojos, pudo ver cómo el cuerpo de ella reptaba desde sus piernas y lo iba tapando por completo. Sin besos ni preámbulos, colocó la parte inferior de la pierna que iba de la rodilla a los tobillos atenazando los brazos de él, quedando abiertos e indefensos bajo el peso de su cuerpo. Colocó el húmedo pubis sobre la cara de Federico y le pidió que lo lamiese. Poco a poco, mientras la lengua de él iba y venía recorriendo las zonas que la dueña de aquella alma le dejaba con sus movimientos, se iba aproximando cada vez más, casi ahogándolo, tapándole el aire por momentos, que luego recuperaba al separarse con un gemido por un instante, y vuelta a empezar. Con el movimiento de su cadera frotaba su cuerpo contra su rostro. Federico respiraba el aroma de aquella flor abierta de par en par, que casi sentía cómo respiraba y se humedecía a un tiempo, viéndola en ciertos momentos que pronto se llenaban de oscuridad y tierno sabor a carne cruda. Hubo un momento en el que casi le pareció perder la vida, anegado por las aguas de su vientre, pero se resistía a protestar, a quejarse, a desfallecer. Sentía la lengua agarrotada, la nariz torcida. Casi no abría ya los ojos para concentrarse en el placer que intentaba proporcionar a su pareja, con éxito, porque ella cada vez se movía más deprisa y gemía más fuerte, mirándose quizá en el espejo que tenían enfrente, sintiéndose lo que era, una mujer que desafiaba toda suerte de convenciones sociales para darse placer y gusto.

-Me corro. -dijo entre gemidos. -Sigue. Sigue. Me corro ya.

Federico se dejó el alma y casi le gustó y lo satisfizo más sentir cómo las cuerdas del cuerpo de ella se soltaban por un momento, destensándose, ruborizando sus mejillas y haciendo que sus pies hormiguearan. Cuando se apartó, lo miró desde arriba, con cara arrobada, casi en trance, con el ceño fruncido y la boca abierta en una o. Su expresión se suavizó al encontrar sus ojos y su cuerpo cayó sobre el de Federico como un peso muerto, iniciando lo que sería un lento abrazo. Ahora podía verla sobre él en el espejo. Desde la planta de sus pies desnudos, sus piernas largas, la línea divisoria de sus glúteos que continúan su rastro por la espalda, hasta el cuello, hasta el pelo derramado por la cama. Los ojos de Federico se encontraron sobre el espejo y la oyó decir a ella:

-Ha sido brutal.

-Sí. -dijo él por primera vez desde que se habían visto.

Se quedaron un rato tumbados en la cama, hablando de temas intrascendentes. Federico pensaba en si aquello que estaban haciendo estaba bien, probablemente no, pero había sido imposible dejar de hacerlo, como si una fuerza invisible y poderosa los hubiera arrastrado a los dos a aquel destino, a aquella cama donde ahora yacían felices pero que pronto podría traerles consecuencias nefastas a los dos. No importaba. Valía la pena pagar el precio del barquero que los habría de llevar al otro lado del mundo, donde se terminaba el limbo de la sociedad y empezaba otro mundo más carnal y divino.

Mientras fumaba desnudo, apoyado en la ventana, viendo el poco pero constante tráfico en la calle pasar por debajo, intentando echar todo el aire fuera para que no los penalizaran por hacer algo que no se podía, Federico pensaba en aquella clase de lugares donde ahora estaba. Sitios donde las parejas se encuentran en la oscuridad de las luces tenues, buscando intimidad, pero sobre todo, discreción. Había quienes iban por morbo, otros por la necesidad de mantener una doble vida, otros como Martina y Federico, quienes a los motivos antes mencionados, se sumaba el hecho de que carecían de un lugar cómodo donde desatar sus instintos sin prisas. Antes de ese día, desconocía por completo la existencia de esos lugares, hoteles por horas, los llamaban, donde se daban citas las parejas habitualmente y el tráfico de clientes era constante. Entonces, a medio cigarrillo, le dio por preguntarse qué clase de mundo era aquel, donde algunas cosas debían vivir y crecer en la oscuridad tenue del secreto, porque la luz directa del día acabaría con ellas. Hay flores que solo se abren de noche y son capaces de crecer en ciertos ambientes imposibles. La naturaleza humana no conoce fronteras y no vale la pena juzgar a las personas, juzgarlos a ellos, por sus supuestos errores. Qué sabía nadie lo que estaba bien o mal en el mundo, qué sabría él. Sólo Dios puede juzgarnos o, si no hay Dios, qué más daba. Los caminos de la vida son inescrutables y nadie sabe nada.

-¿En qué piensas? Ven a la cama. El tiempo se va volando.

Federico volvió a los brazos de Martina y por tercera vez ese día reparó en la bolsa de cartón que Martina había dejado en el suelo. Todavía no había extraído nada de ella. Preguntó con la cabeza y ojos interrogadores que era y ella sonrió muy feliz.

-Al salir de lo daré. Es un regalo para ti. No seas impaciente. Ven a la cama.

Hicieron el amor de nuevo, como tantas veces en su historia. Federico tenía la sensación de estar en un sueño que pronto se terminaría, pero mientras lo estaba viviendo era más real que el mundo exterior, que quedaba afuera, a millones de quilómetros de distancia. La vida podía ser decepcionante y más pobre que la literatura.

Martina gemía, Federico respiraba fuerte, sufriendo felices, a la vez, la pequeña muerte.

…ooo FIN ooo…

Nota del autor: Con esta entrada se termina esta historia que tanto me ha hecho sentir al escribirla. Espero que a ti, al otro lado del texto, te haya hecho vivir también. Si te ha gustado este relato, te invito a seguir buscando por la página otros mundos hechos con palabras. Gracias por estar ahí. Un abrazo,

El Escribidor

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