AVISO: Esta historia contiene muchas escenas de sexo explícito y lenguaje de la calle. Si eres una persona sensible a estos temas, te recomiendo que leas otros relatos más suaves. Pero si no es tu caso, ¡adelante!
1. Nada mejor que hacer
-Tengo un regalo para ti.
Federico mostró un poco de su sonrisa torcida antes de acercar el cigarrillo a sus labios y aspirar. Había visto la bolsa de papel que ella había acarreado durante toda la tarde y se había preguntado por su contenido todo el tiempo, sin atreverse a abordar el tema.
-No hace falta que me regales nada, Martina. -y engolando la voz- Tú eres un regalo.
Martina rio y le tendió la bolsa de papel marrón, sin distintivos de ninguna tienda. Al contacto con sus manos, Federico ya supo cuál era el contenido del sobre que estaba dentro. Sonrió ampliamente dejando ver sus incisivos sucios por el humo del tabaco.
-Ya sé lo que es.
-Si no lo supieras serías idiota, Ico, y a mí no me gustan los idiotas.
Soltó una carcajada y aproximó sus labios a los de ella. Se besaron con lengua violentamente, allí sentados en la terraza del bar, sin miedo a las miradas indiscretas. Sendos cigarrillos habían quedado olvidados en el cenicero y las manos empezaron a buscar las intimidades por encima de la ropa, sin preámbulos ni tapujos. El principio de una exhausta erección empezó a escocer en la entrepierna de Federico y el equivalente femenino sucedía entre las piernas de ella. Lo hubieran vuelto a hacer allí mismo, en medio de la plaza donde estaban, entre las mesas y sillas de aluminio lacado. Pararon.
-Bueno, abre tu regalo, ¿no?
El sobre había quedado un poco arrugado entre las manos de Federico, que habían sudado levemente por la excitación. Se había olvidado completamente del regalo, de todo. El pelo larguísimo de Martina caía sobre su fina chaqueta blanca en bucles oscuros y aquella negrura parecía capaz de contener el universo entero en sus hebras.
-¡Te has quedado empanado, tío! ¡Espabila o te lo quito!
Ambos rieron. Federico comenzó a rasgar el sobre que hacía de papel regalo sin ninguna piedad. Cuando descubrió su contenido, estaba dado la vuelta, sólo se veían las consabidas letras negras de detrás sobre un fondo gris como de tapia de cementerio.
–El triunfo, -dijo al darle la vuelta. La portada era la foto de un tipo cuyo rostro era indescifrable por lo ajado del cartel de pared que lo albergaba. Podía ser la cara de cualquiera, incluso su propia cara. Era solamente un cartel medio arrancado de la calle. – Francisco Casavella… No me suena de nada… Pero me gusta la portada. Me encanta.
-Este libro me recuerda a ti. Cuando lo leía me parecía que sonara una rumba, estilo Los Chichos, de fondo; la oía pero el libro no va de rumba ni nada de eso, ¿entiendes?
-Me da la sensación de que has acertado de pleno. No me digas más. Empezaré a leerlo esta misma noche cuando esté en mi cama echándote de menos. Aunque si quieres…
-No, Ico, esta noche no puedo. -dijo tajante. Un halo de tristeza pasó como una brisa.
Abrió el volumen por las primeras páginas y se topó con la dedicatoria que había escrito ella. Su letra era limpia y académica, acostumbrada a hacerse entender en una pizarra.
Para Ico, Por esos momentos inolvidables que juntos vivimos y viviremos en Barcelona.
-Me encanta, Martina. Sé que me va a gustar sin siquiera haber leído la primera línea.
-Lo sé. Lo mejor siempre sucede así. Lo sabemos de antemano, como si lo esperáramos.
-Y lo peor también…
-Anda, dame un beso y deja la filosofía para esta noche, cuando estés solito en tu cama.
-Estaré pensando en ti… No me quedará tiempo para pensar en nada más. Vente hoy…
Una mano dejó el libro en la mesa y empezó a deslizarse arriba y abajo por el muslo de su pierna delgada, lentamente, abajo y arriba, muy despacio, muy suave, con inquietud.
-Ya te he dicho que no puedo, Ico. -Ella cambió de tema- Por cierto, ¿qué tal con Roberto?
La pregunta le cogió desprevenido. No sabía muy bien qué contestarle. Con Roberto bien.
-Bien. Nos vemos de vez en cuando. Al fin y al cabo, estoy viviendo en la casa de su tío.
-¿Te gusta El Carmelo?
-Me encanta. Me siento como el personaje de una novela de Juan Marsé. Hemos salido un par de veces a andar por el barrio. Me ha enseñado los bares y los balcones que dan a la ciudad. Me dijo el otro día que teníamos que ir a los búnqueres. Que iba a flipar.
-Tiene razón. Te va a encantar. Eso antes estaba lleno de los quinquis que tanto te gustan.
-Podrías venir tu también, y le podemos decir a Alejandro… ¿El sábado que viene?
-No lo sé… Tendría que mirarlo, Ico. Pero si puedo, me encantaría ir con vosotros.
-Ojalá tuvieras más libertad. -La mano se detuvo sobre su muslo. Ella la aproximó a su sexo y la apretó contra él. Por debajo de su pantalón vaquero podía intuirse cierta humedad caliente que impregnaba la tela de mezclilla. Su corazón palpitaba con fuerza.
-Me encantas, chico del Carmelo.
Se besaron y sus lenguas parecía que quisieran golpearse dentro de la boca del otro. La mano de ella, con sus dedos largos y delgados, agarró con fuerza la erección de Ico, apretando y soltando alternativa mente mientras iba volviéndose más y más endurecida. La tarde de domingo era gris y desapacible. Pronto oscurecería y casi no había nadie por el Poble Sec. Los gin tonic estaban casi terminados sobre la mesa del bar, aguados.
-Será mejor que nos vayamos a casa. Ya hemos tenido suficiente por hoy, ¿no crees?
-Ahora mismo no puedo ir a ningún sitio. -dijo señalándose la entrepierna- Ni andar…
-Pues espérame aquí.
Ella se levanto y se aproximó al bar. Mientras se alejaba, Federico pudo apreciar de nuevo su esbelta figura. Vestía unos sencillos pantalones vaqueros ajustados que dibujaban los contornos de sus piernas. Se iba ajustando la chaqueta blanca que ceñía su cintura estrecha. Su cabello cimbreaba levemente a cada paso que daba con sus zapatos acharolados. Poco antes había podido apreciar ese cuerpo desnudo frente a él, de rodillas.
La vida en Barcelona era imposible como en un milagro. Los precios de las cosas estaban por las nubes y su sueldo de trabajador a media jornada casi no llegaba ni para pagar el tabaco. Con la cuenta prácticamente a cero, intentaba sobrevivir comiendo poco y andando mucho de aquí para allá. Eran muchas las actividades que deseaba hacer, los lugares que quería visitar, pero se alzaba frente a sus sueños la cruel frontera del dinero. Por su parte, Martina no tenía ese problema. Pertenecía a una de las familias más ricas de Barcelona y por eso no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano que hacía las veces de urbanización para empresarios y jugadores de fútbol. Huida de la fábrica de su padre, era profesora en un colegio alemán, donde aquellos pijos llevaban a sus hijos repipis.
-¿Has pagado tú? -Preguntó Federico mientras ella volvía guardándose la cartera.
-No me importa. Ya lo sabes.
Federico sintió vergüenza de sí mismo. Las normas de urbanidad establecían que debería ser él quien corriera a cargo de las cuentas, y no ella. Aunque los tiempos estaban cambiando en la tele y en las redes sociales, en la vida real se sentía aún cierto dolor en el orgullo. Martina no le daba importancia a las cavilaciones de Ico, para ella el dinero era algo natural como el aire que respiraban, un elemento, aunque vital, sin importancia.
Caminaban por las calles grises cogidos de la mano. Los balcones y las casas, de no más de cuatro o cinco pisos, recordaban a las del barrio de Gracia, pero sin el glamour ni la responsabilidad de ser el sitio de moda. Era un barrio antiguo como cualquier otro de la ciudad, en plena transformación: pronto le llegaría el momento de convertirse en otra zona gentrificada, llena de restaurantes para veganos y tiendas de ropa de diseño, de hecho, alguno había ya, pero todavía conservaba el sabor a barrio que pronto se perdería.
-Me encanta el Poble Sec. Si no viviera en el Carmelo, me encantaría vivir aquí.
-A mí también me gusta mucho… Algún día podríamos alquilar algo… ¿Te imaginas?
Lo cierto es que Ico, a pesar de que le hubiera gustado, no conseguía imaginárselo. Solo podía ver el presente, los pasos de ella y de él acompasados, atravesando las calles estrechas que poco a poco se iban oscureciendo. Los pocos paseantes con quienes se cruzaban caminaban con ese aire somnoliento de domingo. Federico no contestó.
Llegaron al coche de ella y se subieron uno a cada lado. Apenas eran las siete y media de la tarde. Federico se sentía deprimido. Le quedaba toda una tarde aburrida frente al pequeño televisor de su apartamento: un bajo al cual se entraba por la puerta de un garaje. No tenía dinero para ir a ninguna parte y el tabaco escaseaba. La nevera estaba vacía, como su estómago. Al día siguiente era lunes y la perspectiva de su empleo lo perturbaba.
-Estás muy callado, Ico.
-En verdad soy un tipo callado. -empezó a pasar las páginas del libro que ella le había regalado sin mirarlas, retorcía el volumen y colocaba el pulgar entre la portada y la contraportada, las páginas se sacudían como una baraja de cartas y se podía sentir cada una de ellas en la yema del dedo por un instante. Con la vista perdida en el cielo gris que amenazaba lluvia, Federico deseaba que lloviera. – Ojalá llueva… ¿Hoy vas a verle?
Ella se quedó callada. Durante un lapso de tiempo solo se oía el rumor del tráfico como un océano al otro lado de las ventanillas. Marina mantuvo su vista al frente, impasible.
-Estaba pensando que podríamos vernos mañana por la tarde… Podría pasarme por tu ca…
-¿Él sabe algo de lo nuestro? ¿Lo habéis hablado alguna vez?
-Mañana por la tarde podría estar en El Carmelo después de las clases, a eso de las cinco.
-¿Se enteró alguna vez de lo de Roberto? ¿Por eso dejasteis de veros Roberto y tú?
-Ico. No quiero hablar de eso ahora. Quiero disfrutar contigo del ratito que tenemos. Si crees que no puedes entenderlo, podemos buscar una solución… -suspiró- Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido. Sé que para ti es difícil, pero también lo es para mí.
Federico reflexionó por un momento. ¿A qué venía esa tristeza súbita? Se estaba enamorando. Las cosas estaban muy claras desde el principio, sabía que ella tenía una relación desde hacía años con un chico que para él era un ser borroso, incluso invisible. A pesar de todo, había decidido participar del juego. Total. Él aún no tenía a nadie más.
-Perdóname. No he sido justo contigo. No tengo derecho a preguntarte. -rio un poco- Supongo que me estoy poniendo celoso. Se me pasará. No tiene la menor importancia.
Martina lo miró con sus ojos marrón oscuro, sonrieron, como sus finos labios.
-¿Mañana a las cinco y media?
-No tengo nada mejor que hacer.
…
2. Sólo el principio
El barrio del Bon Pastor limita con el río Besós, que sirve de frontera natural, por el norte, a la ciudad de Barcleona. Al otro lado de la rivera se extiende Santa Coloma de Gramanet, célebre por sus viviendas desconchadas y sus porches ideales para el navajazo y el menudeo. Pero poco a poco, la zona había ido transformándose en una suerte de barrio residencial por el cual los vecinos habrían de sentirse orgullosos con el paso de las décadas. En pleno proceso de gentrificación es cuando Federico llegó a los jardines de una tal Isabel Paniagua. De pie como un pasmarote, miraba el cartel del metro: Bon Pastor
Eran como las diez y cuarto de la mañana. Había quedado con Martina sobre las once y no tenía nada mejor que hacer para pasar los nervios que dar una vuelta por el barrio donde llevaba viviendo apenas una semana. Los acontecimientos en su vida, a su vuelta de un oscuro viaje fallido a Londres, se habían precipitado y las cosas sucedían tan deprisa que casi no había tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estaba pasando. En verdad, era más sencillo así, dejarse llevar por la corriente de la vida como una paja por el río.
Sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos por no saber qué encontraría más allá de cien metros a la redonda, tomó una dirección aleatoria y echó a andar disfrutando del sol de septiembre que ofrecía la mañana de sábado (2 de septiembre). Pasó por delante de los bares-paco que poco a poco que iban llenando de las parroquianas habituales, con cruasanes de chocolate y sus humeantes cafés con leche. Federico tenía hambre y pensó en tomar un tentempié. Abrió su roída cartera marrón oscuro y miró al flamante billete de veinte euros que hacía poco había extraído del cajero automático poco después de salir de casa, el cual aún estaba caliente. Volvió a guardar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y pasó de largo reanudando la marcha. Cuatro viejas, quienes habían reparado un momento en su recortada figura contra el implacable sol matutino, dejando el cotorreo de la conversación suspendido por un instante, volvieron a lo suyo al valorar que Federico no suponía ninguna amenaza para su desayuno. Iba vestido con lo mejor de su armario.
-Si encuentro alguna floristería, compraré una rosa. -dijo en voz alta, sin importarle lo que pudiera pensar el gordo transeúnte que en ese instante se cruzaba con él paseando un pequinés cruzado con otra cosa, un noble perro de barrio obrero que debió ser mono de cachorrito. El can lo miró con altanería, con sus cuatro dientes torcidos por fuera del morro. Federico sintió ganas de arrearle una súbita patada pero se contuvo como siempre.
A la altura del número 147 de la calle San Adrián, la cual transitaba, se encontró consigo mismo en el reflejo del portal de un edificio recién construido entre dos bloques baratos de toldos verdes. Vestía impecablemente. Se había puesto una camisa rosa que le hacía sentirse más masculino, unos finos pantalones vaqueros no demasiado desgastados que se ajustaban a sus piernas y a su paquete, unas gafas de sol negras que pronto iba a dejar olvidadas en algún vagón del metro, pero que en ese día, a esa hora, todavía conservaba. Incluso sus zapatillas estaban relucientes y parecían brillar de lo blancas que estaban. Llevaba el pelo crecido, al estilo de los rockeros de los años setenta, pero se había afeitado. Lo bueno de Barcelona es que a nadie le importaba el aspecto que uno tenía porque cada día se veía de todo en todas partes. Ese día se sentía elegante, bien plantado.
Iba a triunfar y lo sabía, pero eso no lo hacía sentirse menos impaciente porque llegara el momento de ver a Martina. Repasaba en su cabeza la conversación que iban a mantener aquel día. Era la primera vez que iban a quedar solos, en persona, después de la primera vez que se vieron. Habían hablado casi cada noche por mensajería instantánea, incluso habían compartido ratos de masturbación y conversaciones abiertamente sexuales, pero una cosa era hacerlo a distancia, en diferido, y otra muy distinta era compartir el mismo aire y saliva. “Me imagino que tienes una polla muy bonita”. Le dijo ella un día, de pronto.
Sonriendo como un feliz imbécil, Federico levantó la vista y vio frente a sí que la calle se había terminado. Unas escaleras blancas de hormigón daban acceso a una atalaya con una pérgola urbana sin toldos, que hacía las veces de meadero para los perros de Bon Pastor. Una chica paseaba a un labrador peludo por la altura, pero decidió no hacer el esfuerzo de subir hacia ninguna parte. Plantado en el cruce donde estaba, miró a la izquierda. Una carretera insulsa se perdía debajo de un puente completamente oscuro que parecía llevar a una calle tan aburrida como la que tenía a su derecha, la cual se perdía a lo lejos en una línea recta tan larga que daba escalofríos. Así que decidió dar la vuelta. Miró su reloj.
-Quedan veinte minutos. -se dijo y, con una prisa repentina, corrió hacia donde habría de encontrarse con Martina: la esquina del banco donde poco antes había sacado dinero. -En este puto sitio no hay nada. -añadió- Sólo bares, supermercados y tiendas que cerraron.
Su vida en Barcelona no estaba siendo precisamente fácil. A las dificultades por encontrar una habitación asequible, se añadía el problema de las distancias. Todo estaba muy lejos de cualquier cosa y la conexión de metro obligaba a engorrosos transbordos para ir al centro. El autobús no se planteaba como una opción e ir en coche, que tenía aparcado en un descampado no lejos de donde estaba, era una misión farragosa. Prefería ir andando a todas partes, pero el desierto de aburridas viviendas se alargaba tanto que asfixiaba. Una de los muchos aspectos que más incomodaban a su casero, gay rumano ultraortodoxo con el que vivía, era que no se quitara las zapatillas al llegar de la calle. Había tanta mierda convertida el polvo en la ciudad que el calzado se impregnaba rápidamente de esa ceniza invisible pero palpable, y el hecho de ir por la casa con las deportivas que había usado para andar por la calle provocaba un serio problema en la limpieza del hogar al que Federico no estaba acostumbrado. Si bien en su pueblo había contaminación industrial, no se impregnaba en el suelo de la misma manera que lo hacía en Barcelona, la capital.
-Pero esto no es Barcelona… es un barrio periférico de mier… -el teléfono sonó.
-¡Ico! -ella lo llamaba así, y le encantaba- ¿Dónde estás?
Por un leve quiebro de su voz, Federico intuyó que estaba nerviosa, y eso lo excitó.
-Delante del BBVA, donde dijimos.
-Vale. Ahora me vas a ver. -Su voz sonaba con eco, como dentro de un lavabo; seguramente estaba usado en manos libres. Federico no conocía su coche, así que miraba a todas partes un poco desesperado por ver si la distinguía entre los conductores cercanos.
Sonó un claxon si se sobresaltó levemente. Estaba mirando a lo lejos, a la calle principal, y en verdad ella había llegado por una calleja que daba a justo delante de él. Tenía un pequeño todoterreno gris perla de la década de los dosmil, seguramente de un familiar. Bajó la ventanilla. Llevaba exactamente el mismo vestido con el que se conocieron. Una única pieza de algodón con dos tirantes a los hombros, que se ceñía a su cuerpo y terminaba en una falda que quedaba a mitad del muslo. Entre sus piernas entreabiertas por la conducción se adivinaba un lunar un poco más arriba del interior del muslo izquierdo. Su pelo largo caía hacia el lado izquierdo, dejando ver su cuello largo y esbelto.
-Me ha costado un poco encontrar el sitio, yo pensaba que…
CHOOONK. Pitó una furgoneta de reparto de un supermercado cercano. El carril era de una dirección y no podía adelantar al coche de ninguna manera. En Barcelona todo el mundo tenía prisa, incluso un sábado por la mañana de septiembre. -Espera, me subo.
Cerró la puerta tras de sí y Martina arrancó sin perder tiempo. Disimulando su excitación, Federico miraba el paisaje e intentaba guiarla hacia donde tenía la que era su casa.
-No creo que encontremos aparcamiento, pero por lo menos lo podemos intentar.
-Me parece bien.
No dijeron nada más, pero el silencio no resultaba incómodo. Federico aprovechaba para mirarla de soslayo por el rabillo del ojo. Estaba realmente preciosa. Su pecho generoso pero equilibrado con su cuerpo subía y bajaba levemente por la respiración entrecortada. El vuelo de su falda abierta temblaba levemente con los movimientos de las piernas y el traqueteo del vehículo. Deseaba acariciar con su mano aquella rodilla desprotegida, pero se contuvo al doblar la esquina y divisar que un coche se marchaba justo delante de casa.
-Qué suerte hemos tenido. Justo en frente del piso del gay.
-¡Sí! Parece una película.
-¿Una película? -dijo Federico por decir algo.
-En las películas siempre aparcan delante del sitio a donde van, ¿te has fijado?
-No me había dado cuenta, la verdad.
Empezó a maniobrar. Estaba visiblemente nerviosa y se reía a cada momento. Necesitaba apenas dos movimientos de volante para dejar el coche en el sitio. El hueco era amplio y generoso. Pero fueron necesarias unas cuantas maniobras para dejarlo medio fuera. Federico no dijo nada y esperó pacientemente, dispuesto a aparcar si ella se lo pedía.
-Estoy nerviosa. ¿Te lo puedes creer?
-No tienes por qué estarlo…
-Ya lo sé. Pero estoy nerviosa y quería decírtelo. Sé que no hay nada malo en ello.
Ante semejante sentencia, Federico no supo qué añadir y la siguió cuando abrió la puerta del vehículo y se bajó del coche. Al ponerse frente al edificio se quitó las gafas de sol que llevaba con un cordel de colores vivos, como visten las personas mayores y los modernos.
-Así que vives aquí.
-Así es… No está mal la casa. Aunque el casero es un quisquilloso de mierda. No está.
-¿Me la enseñas? -Por un momento, Federico no supo qué decir. De ninguna manera esperaba esa propuesta así, de sopetón. Suponía que irían a tomar algo primero pero…
-¡Claro! -dijo haciéndose el loco y sacando las llaves del bolsillo- Adelante, princesa.
Se arrepintió al momento de haber dicho aquello, pero estaba nervioso también. Mientras esperaban a que el ascensor venciera la distancia que separaba la planta baja de la segunda, donde Federico y el gay vivían, sentía cómo su corazón ladraba dentro del pecho. Martina se sentía igual que él porque un dedo de su pie desnudo se arrugaba sobre la zapatilla veraniega que vestía, dejando ver unas uñas pintadas de color rojo carmín.
Al llegar abrió la puerta del rellano y entraron en el pequeño vestíbulo de la vivienda.
-Y esta es mi casa… -Martina entró detrás de él.
-¿Te has dado cuenta? -dijo ella.
-¿De qué?
-Todavía no nos hemos dado un beso.
-Es verdad. Entre que ha pitado la furgo aquella y hemos buscado aparcamiento ni siquiera nos hemos saludado. Vaya un anfitrión estoy hecho… -Federico se acercó a ella.
Martina se dejó dar un beso lento en la mejilla y luego giró la cara buscando los labios de él, que fácilmente se encontraron con sorpresa pero sin miedo. Se besaron con las bocas llenas de saliva, como quienes han esperado aquella comida con muchas ganas y hambre. Las manos de Martina se colaron por debajo de la camisa rosa de Federico y recorrieron su espalda. Estaban frías, pero se calentaron casi al instante por la fricción. Las manos de él aprovecharon para recorrer las piernas desnudas de ella, de pie como estaba, hasta casi llegar a la zona humedecida de su sexo, que irradiaba un calor casi tangible por debajo de la tela. Martina empezó a gemir con desespero, como si le faltara el aire. Una de sus manos abandonaron la espalda y se centraron en la entrepierna de Federico, que estaba dura y quería romper la tela vaquera que la contenía. Ambas manos se centraron en su cinturón de cuero y se lo desabrocharon con agilidad. Martina lo miraba con fiereza.
-Te enseño mi cuarto.
Como si ella supiera dónde se encontraba. Se dio la vuelta. Le cogió la mano y lo dirigió hacia la habitación donde dormía, como si hubiera estado antes allí, lo cual era imposible. Federico no tuvo tiempo a pensarlo. Antes de que pudiera darse cuenta se hallaba echado sobre la cama de noventa con Martina encima. Su falda no dejaba ver la zona aquel momento se frotaba con la dureza de su pantalón vaquero desabrochado, el cual poco a poco iba bajando hasta quedar caído a media pierna. Sus manos buscaron la ropa interior de ella por debajo del vestido blanco, moteado con diminutas flores amarillas y rojas. Quitó con decisión la última pieza de ropa que servía de frontera entre la piel de ella y la suya y ella hizo lo mismo con él. Se quedaron sólo con la parte de arriba de la ropa: él con la camisa y ella con el vestido, subido ahora, que dejaba ver su ombligo desnudo.
-Espera creo que tengo un condón por aquí…
-No hace falta. -dijo ella, que se situó encima de él y cogió su pene con decisión, como si fuera un objeto carente de vida, hecho de un material más duro e insensible que la carne. Con unos dedos largos fuertes lo introdujo dentro de su sexo, que no mostró resistencia.
Ambos se quedaron extasiados. Martina se movía rítmicamente mientras las manos de él buscaban liberar sus senos del broche del sujetador. Lo consiguieron y sus pechos de mostraron en su totalidad por debajo del vestido medio caído, que iba bajando a medida que las embestidas iban y venían. El pelo de ella se balanceaba como un péndulo sobre la camisa que iban abriendo los dedos ágiles de ella, dejando ver el torso desnudo de Federico, sin un solo vello. Sonriente, echó hacia adelante uno de sus pechos y lo puso en la boca de él, haciendo que pronto encontrara la aureola de un pequeño pezón oscuro.
Las manos temblorosas de Federico subían y bajaban desde los muslos hasta la espalda de ella, cruzando en ocasiones la línea divisoria que separaba ambas piernas y que terminaba en el punto donde ambos sexos chocaban cada vez con más rudeza. La gotas de sudor y la humedad iban produciendo un chasquido como de un látigo suave y dulce.
De repente, ella se separó y se tumbó junto a él en la cama. Jadeante, lo miraba encendida.
-Ponte encima.
Así lo hizó él y se abrazaron con fuerza mientras las piernas de ella se abrían cada vez más buscando un soporte que en el aire no encontraban. Las embestidas se hacían cada vez más acuáticas y sencillas, casi podía notarse como si el cuerpo estuviera debajo de una fuente caliente cuyas aguas lo abrazaran y fueran subiendo la temperatura a medida que los gemidos de ambos, pero sobre todo de Martina, iban intensificándose hasta casi llegar al grito. La cama empezó a salirse del lugar buscando el centro del cuarto estrecho.
-Sigue, sigue, por favor, no pares.
-No…
-Córrete conmigo. ¡Ahora!
-No tengo condón…
-¡Ahora!
Federico obedeció sin rechistar. Se sintió irse como una fuente que se levantara y siguió empujando todo lo que daba de sí hasta que las múltiples eyaculaciones cesaron. Se quedaron así tumbados, uno encima del otro, mientras los cuerpos se relajaban sin separarse. Fue entonces cuando Federico pudo sentir un leve temblor en la mejilla de ella.
-¿Por qué lloras?
-No estoy llorando. -dijo secándose una lágrima. Él no dijo nada, simplemente esperó. -Creo que vas a poner mi vida del revés.
-Yo nunca te haría daño. -dijo él, besándola de nuevo sin saber muy bien qué añadir.
-Ya lo sé. Me estás chafando, grandullón. Échate a un lado, anda.
Federico se separó y se acabó de quitar la camisa arrugada que entonces tenía. Buscó el paquete de tabaco por los bolsillos de su pantalón y encendió un cigarrillo. Martina lo miraba desnuda como una diosa griega recién salida de las aguas y la espuma de una ola, completamente desnuda y despierta, más bella que cualquier estatua que él hubiera visto.
-¿Me das una calada?
-Pensaba que no fumabas. -dijo él tendiéndole el cigarrillo.
-Sólo fumo cuando estoy contigo. -y rio su pequeña broma. -¿Por qué no ponemos un poco de música? -añadió al cabo de un rato. -Tu pones una y yo otra, y así nos conocemos.
Federico encendió el ordenador portátil y buscó en el reproductor un tema de Bob Marley que entonces le apetecía escuchar: Could you be loved, cantó con ronca voz cazallera.
-Esa me gusta.
-Ya lo sabía. Por eso la he puesto. -y la abrazó de nuevo, desnudos como estaban. No era necesaria una manta, dado que hacía un calor creciente que haría arder el hormigón. Cuando la canción hubo terminado, ella puso otra: Anochece, de un rapero. No le gustaba.
-¿La conoces?
-No… No me gusta mucho el rap.
-¡Qué dices! Sal de esta cama ahora mismo… -y añadió divertida- Yo fui rapera, ¿sabes?
-¡Anda ya! -dijo él riendo. -No veo a una princesita como tu haciendo rap-urbano-yeah.
-Pues lo hacía, de hecho, tengo una canción en youtube y todo.
-¡Ponla! ¿Cuál era tu nombre artístico? La buscaré.
-No pienso decírtelo…
-Anda…
-¡Que no! Dame un beso anda. -Él la obedeció- Se ha terminado la canción. Te toca a ti…
-No sé qué poner…
-Una romántica.
Sin pensarlo demasiado, Federico buscó en su lista de reproducción y dijo: -Esta me recuerda a ti. -Clicó dos veces encima del nombre del tema, Amores eternos de Sabina.
-Es una canción vieja.
-Me gustan las canciones viejas.
Se quedaron callados escuchando la letra que empezaba diciendo: Desnuda se sentía igual (clíing, hacía un instrumento dulce), que un pez en el agua… Y callados estuvieron los tres minutos que duraba la historia de un amor que duraría para siempre en una estación. Al terminar, ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados. -Eres muy sensible, ¿no?
-Depende…
Volvieron a besarse. Ella agarró su sexo con una mano sorpresiva y empezó a agitarlo suavemente. Poco a poco, fue poniéndose duro de nuevo, con la misma seguridad que la primera vez. Cuando estuvo preparado y palpitante por las manos de ella, se tumbó sobre la cama de espaldas. Se apartó el pelo a un lado, dejando ver su espalda de lunares y su trasero estrecho, levemente levantado, dejando espacio entre la cama y el monte de venus.
-Métemela otra vez.
Federico la obedeció. Sus manos agarraron sus nalgas y su cuerpo encontró el hueco que ella le dejaba sin esfuerzo, como si un imán atrajera ambos puntos con una fuerza invisible pero poderosísima. Otra vez empezaron a frotarse, esta vez más ahínco, como si quisieran romper la cama cuyas patas temblaban bajo el colchón barato de muelles. Al cabo de un rato de estar así, sin que ella gimiera como la primera vez, se giró un poco y dijo, tumbada como estaba. -No te preocupes por mí. Ahora quiero que disfrutes tú. Folla.
Aquellas palabras, en esa voz dulce que ella tenía, sirvieron como una droga excitante. No aguantó demasiado, pero no le importó. Hizo como ella le había pedido, sintiéndose liberado. Con una de sus manos agarraba su hombro, con la otra una de sus piernas. Federico embestía con toda la fuerza que le proporcionaba su deseo, de forma repetitiva, brutal, de una manera que no había conocido en mucho tiempo, que casi ya no recordaba.
Terminó pronto. Se dejó caer sobre la espalda de ella que sonreía satisfecha y feliz porque
-Me ha encantado hacerte disfrutar.
-Eres increíble, Martina. Nunca he conocido a nadie como tú.
Ella se giró sobre sí misma, quedando frente a él. Estaba tranquila y satisfecha, casi feliz.
-Me alegro de haberte conocido, Ico.
Federico sonrió, la besó lentamente sintiendo cada uno de los poros de su lengua y dijo:
-Esto es sólo el principio.
…
3. Tú estás loco
Fue un verano tórrido en aquella ciudad sin importancia a cien quilómetros de Barcelona. Tres amigos se juntaban habitualmente para cenar y salir un poco a divertirse, pero ese día era especial. La luz de la tarde caía lentamente lamiendo las piedras antiguas de la ciudad romana de la que ya no se acordaba nadie en cientos de quilómetros a la redonda. Era aquel el lugar donde les había tocado nacer, como quienes nacen con un nombre feo, en una ciudad anodina, pero de rincones bellísimos, solo descubiertos por quienes la conocen bien y la habitan. Unos pocos turistas con aire de perdidos paseaban por la plaza de piedras doradas y los lugareños iban llenando las terrazas de los bares con distensión veraniega. Federico ocupaba una de las mesas de la terraza mientras fumaba un cigarrillo con Rosario, un amigo de hacía muchos años, delgado y cimbreante como una caña de bambú, como el cigarrillo que ambos estaban consumiendo nerviosamente mientras esperaban a que llegara Alejandro con dos amigos suyos, un chico y una chica, de Barcelona.
-Y eso fue lo que pasó.
-¿Y qué hiciste luego?
-Nada, -dijo Federico- me volví a casa con el rabo entre las piernas.
Rosario soltó su habitual risa sardónica enseñando todos los dientes de arriba. -Te lo dije.
-Ya, sé que me lo dijiste, ¿pero qué iba a hacer? ¿Esperarla toda la vida? Tenía que saber la verdad y fui a por ella. Aún estaba enamorado de ella después de dos años sin verla…
-Pero ella estaba con otro… -Rosario no podía aguantarse la risa y Federico sonreía complacido y triste, con una melancolía cronificada que despacio iba forjando su carácter.
De repente, sintió dos manos fuertes, grandes, calientes, en su espalda, sobre sus hombros.
-¿Quién estaba con otro? -dijo Alejandro con un tono que oyeron todas las mesas.
-Su ex. -dijo Rosario.
-Cállate, cabrón. -dijo Federico poniéndose de pie.
-¡Federico! -pronunció Alejandro alargando la o- ¿Cómo estás amigo mío? ¿Cómo te fue?
-Bien. -mintió Federico al entrever a la chica que se situaba detrás de Alejandro. Llevaba el pelo largo, castaño oscuro, a ambos lados del cuello, recordando su busto joven y bello. No pudo evitar fijarse en ella unos cuantos segundos, más que lo habitual en esos casos.
-Veo que has visto a Martina… Martina, este es mi amigo Federico, del que tanto te he hablado, ¿recuerdas? -Alejandro sonreía, dos hoyuelos se formaban en sus mejillas.
-¿El que ha venido de Londres? Tienes que contarme esa historia.
-Maricón. Te dije que no contaras nada.
-Es una historia demasiado buena como para mantenerla en secreto, ¿no crees? -dijo Alejandro alejándose- Y no te pases un pelo con ella, que tiene novio, ¿me oyes, pillín?
-Deberías escribirla. -Añadió Rosario riéndose.
-Aquí el único escritor que hay es este señor: -dijo Alejandro, zalamero- el Gran Roberto Cordero de los Cobos, poeta y uno de mis mejores amigos. -casi hizo un pase de pecho.
Detrás de la reverencia exagerada que hizo Alejandro, apareció la figura abotargada de un chico cerca de sus treinta con camisa flamenca abierta, dejando entrever una cadenita de oro de la comunión. Parecía un charnego barcelonés socialista de los años setenta, que ellos habían visto en películas, fotos, pero sobre todo, en los libros de Montabán y Marsé. Se estrecharon la mano mirándose a los ojos con una sonrisa dolorida y Federico y él se cayeron bien desde ese mismo instante, casi un amor a primera vista, como con Martina.
-Un placer, Roberto. Discúlpalo. -dijo señalando a Alejandro, que en ese momento estaba presentado a Martina y Rosario. Ella llevaba un vestido corto, suelto, de flores diminutas. -Es un poco exagerado, pero le queremos.
-¿Un poco, sólo? Menos mal que la gente de esta ciudad no son todas como él, sino el ambiente sería insufrible. Por cierto, Alejandro me ha contado la historia esa de Londres…
-¿A ti también? Maldito Alejandro. Le dije que era un secreto…
Tomaron asiento en la mesa de la terraza que daba más al centro de la plaza. Las luces se encendieron en aquel momento por la llegada próxima de la noche veraniega. Una brisa fresca movía el pelo y los volantes del vestido Martina, mientras los cigarrillos se encendían. Todos fumaban excepto ella en ese momento y se respiraba la magia del vivir.
A la segunda cerveza, tocaron el tema que todos llevaban esperando largo tiempo: la historia de Federico en Londres, quien había ido en busca de un amor perdido hacía tiempo y había vuelto con las manos vacías y el alma rota por las ilusiones de antaño. A trompicones, Federico fue desgranando los pormenores de una historia conocida por todos, pero narrada desde su voz, cobraba un timbre de tragedia que los mantenía en silencio, atentos a los detalles que se dejaban entrever, sin quererlo, entre líneas de dolor.
-Y eso es todo. Me fui a casa y, dos semanas más tarde, aquí estoy. Señal que fracasé.
La plaza parecía haberse quedado callada. Nadie osó interrumpir el silencio que se había instalado por unos instantes sobre la mesa de aluminio de la terraza. El humo subía recto.
-¡Qué bonito! -exclamó Martina- No puedo creer que alguien pueda ser tan romántico.
Federico se sorprendió azorado. Él tenía más bien la perspectiva de ser un fracaso.
-Es un completo fracaso. -dijo Alejandro.
-Completamente… Yo se lo dije. -añadió Rosario.
Roberto fumaba y lo miraba fijamente sin decir nada, pensativo. Federico miraba un poco a todas partes mostrando adusta indiferencia, pero el corazón empezaba a escocer mucho.
-Igualmente, me parece la historia más maravillosa que he escuchado. -Todos callaron. Incluso Alejandro dejó de reírse y se puso serio. -Cuesta creer que haya sido real…
-Yo pensaba lo mismo, Martina. Pensaba que una historia tan buena sería irresistible para ella y que caería en mis brazos rendida, como al final de un buen libro. Pero aquí estoy…
-¡Siempre nos tendrás a nosotros! -dijo Rosario riéndose.
-¡No sé si eso me consuela! -dijo riendo Federico y rieron todos sin motivo aparente.
-Hablando de libros, ¿cómo llevas el tuyo, Roberto? Creo que estás a punto de publicar tu segundo poemario, ¿no es cierto? Cuenta, cuéntales a estos aprendices tu proyecto.
Mucho más humildemente que Alejandro, Roberto empezó a hablar de sí mismo un rato, explicando los pormenores de un libro de poesía que llevaba entre manos y que saldría muy pronto en una editorial pequeña, pero prestigiosa para los poetas de segunda fila. Roberto constituía una joven promesa de la literatura de Barcelona escrita en español, casi un oxímoron, pero que funcionaba dando autores de primerísimo nivel como sería él.
La conversación derivó a cientos de temas propios de la edad de los sueños y las aspiraciones. Martina y Roberto habían venido juntos pasar el fin de semana en aquella zona costera donde Alejandro, Rosario y Federico vivían, cuyo nombre no recordaban. Habían pasado el día en la playa y en la narración de ese día se iban conociendo despacio.
Martina y Roberto vivían en Barcelona. Ya eran amigos antes de conocer a Alejandro en el máster de investigación en Literatura que todos habían cursado al terminar la carrera. De hecho, ellos dos habían estado liados durante un tiempo, pero la relación estaba acabada. Martina tenía novio desde los dieciséis y, a pesar de sus escarceos con el poeta, no había abandonado su relación. Roberto vivía torturado porque la amaba locamente, pero ella parecía no tener ojos para él, más allá de la buena y noble amistad que mantenían.
De aquello no se habló durante la cena de tapas que consumieron, ni siquiera cuando llegaron las copas en un antro cercano. Todos sabían de la relación entre Martina y Roberto porque Alejandro había ido desgranando todos los pormenores en sus visitas de fin de semana, cuando solían verse para tomar algo y mantener discusiones bizantinas sobre asuntos que solo les importaban a ellos: ¿Eran los autores de canciones actuales poetas? Y así se pasaban las horas entre cafés, enfados, risas y complicidades. De hecho, el tema de Martina era uno de los preferidos por Alejandro quien, como alcahueta, lo sabía todo.
A medida que avanzaban los gin-tonic Federico notaba que la mirada de Martina buscaba la suya por encima de las copas y por debajo de las conversaciones cruzadas. Hubo un momento en que se encontraron y los cuerpos parecieron comunicarse una urgencia apenas contenida: Te follaría ahora mismo, parecían decir los ojos profundos de ella. Federico desconfiaba de su propia intuición, acostumbrado como estaba fracasar en eso. Luego ella desviaba la vista despacio y miraba a otra cosa, pero por el rabillo del ojo seguía mirándolo a él, queriendo entablar un momento de complicidad a solas y hablar.
-¡Entonces le dije que podía meterse su crítica pretenciosa por donde le cupiera o cupiese!
Roberto estaba cada vez más borracho y el alcohol parecía sentarle mal. En vez de producir la acostumbrada risa distendida y promover las habituales expresiones de afecto, él iba hundiéndose en una frustración sin nombre, fruto de la macedonia de experiencias tristes que su corazón acumulaba. La más dolorosa, parecía tenerla justo al lado, pero nunca se quejó. Sólo bebía, buscando momentos de intimidad que nunca se producían. El viaje al pueblo de Alejandro había constituido una oportunidad de oro para volver a intentar algo con Martina, pero ella ya le había rechazado y había dejado claras sus intenciones con él. El pobre estaba completamente enamorado. Federico le comprendía.
Rosario también bebía pero era lo contrario a Roberto. Se la pasaba en grande y reía por cualquier cosa con una expresión bobalicona y amable. Daban ganas de abrazarlo. El único que parecía darse cuenta de las miradas de deseo que entre copas se iban intercambiando Martina y Federico era Alejandro, quien hacía todo lo posible para obstaculizarlas y evitar que se produjera una conversación entre ambos, viendo peligrar el fin de semana que había montado para agasajar a su amigo poeta, con quien compartía intereses literarios de muy distinta índole y quien, además, era un buen amigo suyo. De vez en cuando, lanzaba una mirada furibunda a Federico como diciéndole “¡Qué estás haciendo!”. Federico le correspondía encogiéndose de hombros y torciendo una sonrisa.
La noche fue avanzando deprisa y cada vez los recuerdos que quedarían iban perdiéndose en la bruma del alcohol. En un momento dado, el local encendió sus luces y decidieron continuar la fiesta en una discoteca cercana que no cerraría hasta que se hiciera de día.
La ciudad innoble era preciosa en plena noche. Las callejuelas de piedra brillaban por la humedad del mar, como hechas de metal, y las baldosas parecían pulidas de tantos pasos que las habían transitado antes. A la salida de aquel bar de copas encastado en la roca viva, uno de tantos muy comunes en la zona medieval de la ciudad, Roberto estaba completamente borracho. Caminaba haciendo eses y se habría caído más de una vez al suelo si no fuera porque lo sujetaban Rosario y Alejandro a cada lado, hablando animadamente. Martina y Federico se quedaron un poco más atrás, rezagados del resto del pequeño grupo. Caminaban muy juntos, sin decirse nada, más allá de sonreír a veces.
-Sabes, me encanta esa historia que has contado antes. ¿De verdad es cierta?
Federico se quedó pensando y añadió -Es la historia de un fracaso… Real como esta noche.
-Me parece muy romántica. Debajo de esa coraza eres un romántico empedernido, ¿eh?
-¿Qué coraza? -dijo sonriente. -A pesar de ser un romántico, me sirvió de poco… de nada.
-Quién sabe. Quizá algún día tengas suerte. -Martina lo miraba y en sus ojos se guardaban todas las estrellas de aquel cielo negro que atravesaban. Se habían quedado parados, mirándose, muy cerca. Casi podía sentir el aliento caliente de ella. Quería besar su boca.
-¡Chicos! ¡Federico! -gritó Alejandro alargando la o unos cien metros más adelante, justo en el punto donde dos paredes de piedra daban lugar a una calle más ancha que serpenteaba cuesta bajo hacia la plaza donde habían cenado hacía unas horas. Roberto se tambaleaba fumando un pitillo y Rosario le contaba algo que debía ser divertido, pues ambos reían. El único que no sonreía era Alejandro, quien miraba a Federico con cara de pocos amigos.
-Ahora vamos, Alejandro. ¡Qué pesado! Ico me está enseñando la ciudad.
-Sí, Alejandro, qué pesado eres. -Federico lo miraba y le decía con los ojos: Déjame en paz.
Martina se acercó a Roberto, quien sonrió mostrando todos los dientes al verla junto a él.
-Eres la más bella nínfula bajo este campo de estrellas. -intentó galantear Roberto.
-Y tú has bebido demasiado, Rober.
-¡Qué va! Aún me queda cuerda para rato. ¿Adónde vamos, Alejandro?
-Estos dicen de ir al Tantum. -contestó.
-Es una discoteca que está bajando esta calle. -añadió Rosario. -Lo único que hay aquí.
-¡Ya estamos tardando! ¡Ave a los dioses beodos de esta pequeña Roma! -gritó Roberto.
Mientras bajaban la calle, hablando animadamente, Alejandro se acercó a Federico por el flanco izquierdo y lo tomó del brazo, reteniendo su paso un par de metros del resto.
-¿Qué te crees que estás haciendo?
-¿Haciendo? No lo sé. Explícamelo tú.
-Llevas toda la noche tirándole caña a Martina. ¿Te crees que no te veo?
-Yo no he hecho nada especial pero, si así fuera, dime: ¿A ti qué carajo te importa?
Alejandro puso una mueca de enfado y un destello de odio brilló un instante en sus pequeños ojos negros, muy apreciados por el género femenino. Tenía una cara bonita. De hecho, habían llegado a confundirlo con una estrella de la tele y a pedirle fotos por su increíble parecido con ese actor. Sin embargo, una parte de él era oscura. Como en todos.
-Roberto está intentando recuperar a Martina. Este fin de semana forma parte del plan y tú lo estás echando todo por el suelo. ¿Quieres hacer el favor de controlarte, sátiro?
-Oye, yo no estoy haciendo nada y a mí los problemas amorosos de tu amigo Roberto me importan más bien poco. Simplemente quiero salir un rato y pasármelo bien. Además, Martina me parece una chica genial, me cae bien y voy a seguir hablando con ella ahora.
Sin darle tiempo a contestar, Federico avanzó unos pasos y se unió al grupo que estaba apenas unos pasos más hacia delante. Para entonces, estaban atravesando la plaza del ayuntamiento. Las farolas brillaban a cada lado con una luz mágica que empañaba el aire de la noche. A ambos lados de la plaza había bancos de madera donde solían sentarse las gitanas por la tarde. En uno de ellos, ahora, cantaba un vagabundo bajo la luna en un idioma ininteligible. El grupo reía y hablaba animadamente entre las piedras antiguas de la parte alta de la ciudad, donde tantos otros jóvenes como ellos habían pasado antes, se habían hecho viejos y seguro muchos habrían ya muerto, olvidados por el paso del tiempo.
Sin pensar en nada más que en divertirse, llegaron a la puerta del local y, por suerte, no tardaron mucho en acceder al interior. Aquel día no había demasiada gente y se podía estar a gusto sin sentirse apretado como en una lata de sardinas. El local se situaba en un sótano y para acceder a él había que bajar unos doce escalones. Dentro los cuerpos se volvían apenas sombras y las caras eran difícilmente distinguibles con la poca luz de led.
Llegaron a la barra y Roberto invitó a todos a un cubata. Se mostraba más animado que nunca y movía la cabeza al ritmo machacón de la música. Acodado en la barra, hablaba con Martina confidencialmente. Detrás estaba Federico, de espaldas a ella, hablando con Rosario. Alejandro había ido a saludar a alguna conocida que tenía en el local que esa noche intentaría, sin éxito, liarse con él. Estaban esperando a que la camarera los viera.
De repente y sin venir a cuento, Federico notó el culo de Martina frotándose despacio contra uno de sus muslos. Sus nalgas se apretaban fuertemente contra el dorso de su pierna y subían y bajaban con lentitud. Una súbita erección se dibujó por debajo de la tela vaquera del pantalón de Federico, quien, sin girarse, había deslizado una mano distraída hacia ese lado de su cuerpo, esperando encontrar el muslo de ella. Al hacerlo, empezó a acariciarla, sin poder prestar ya atención a la conversación con Rosario, quien pronunciaba una perorata inteligente y filosófica sobre el sentido de la amistad en el siglo XXI. La sangre de Federico cada vez se concentraba más en su entrepierna y había perdido un poco el sentido de la orientación. De lejos, escuchó que una voz lo llamaba.
-¡Federico! Tu cubata. Whisky con coca-cola, ¿no? Eres un tipo duro, como yo.
Federico se giró mientras Roberto hablaba y orientó su cuerpo hacia él. Martina seguía dándole la espalda, fingiendo que mantenía una conversación con Roberto mientras su trasero seguía buscando el cuerpo de Federico bajo la protección de la oscuridad de la discoteca. Ahora, su vestido se levantaba levemente mientras se frotaba contra la erección de Roberto, mientras este, ocultado una mano entre la barra y el cuerpo de ella, la acariciaba suavemente. Habrían podido hacerlo allí mismo, delante de todo el mundo. Pero ambos siguieron fingiendo que escuchaban a los demás y el juego era muy divertido.
Una súbita mano grande y fuerte se posó sobre el hombro de Federico y lo apartó bruscamente de su deleite. Alejandro le habló con la voz ronca, con enfado, al oído.
-¿Qué estás haciendo, tío? ¿Qué demonios te pasa? Te he dicho que tiene novio.
-Pero su novio no está aquí. Además, yo no tengo nada, solo la tengo a ella.
-Y qué pasa con Roberto.
-Roberto está demasiado borracho para encontrársela. Además, ella pasa de él…
-Te lo advertí, Federico, tío. Martina tiene novio y Roberto está enamorado de ella…
-Nadie manda sobre su corazón. -bebió un trago. A Federico empezaba a darle pena toda aquella situación y pensó en si valía la pena echar la noche a perder -Me alejaré, tranquilo.
La fiesta transcurrió con normalidad hasta que se hizo de día. Entre Martina y Federico siempre se interponía alguien voluntaria o involuntariamente. De todas formas, disfrutaron mucho de su compañía y forjaron una nueva amistad todos. Si hubieran vivido en la misma ciudad, sin duda habrían compartido muchas noches como aquella. Era tanta la diversión que nadie se acordó de echarse fotos para colgarlas en las redes sociales.
Entre risas se dirigieron a los coches, aparcados en un descampado conocido, extramuros de la ciudad. La catedral los miraba desde su atalaya en lo alto del cerro donde se había construido la ciudad romana mientras ellos, en el parquin de tierra, hablaban de sus planes a corto plazo. Unas pocas estrellas brillaban en el cielo y la luna estaba callada observando el mundo.
-Volvemos mañana a Barcelona. -dijo Martina con un deje de tristeza.
-Lo hemos pasado muy bien. Ojalá repitamos pronto. -añadió Federico con intención.
Roberto estaba tan bebido que no podía más que asentir con la cabeza. Antes de que hubiera tiempo a darse los teléfonos, Alejandro decidió cortar por lo sano. -Nos vamos.
El abrazo protocolario de despedida duró un poco más de lo habitual entre Federico y Martina. Los dos besos en las mejillas se prolongaron unas milésimas de segundo más de lo habitual. Federico aprovechó para deslizar un último: -Me gustaría volver a verte.
Ella no dijo nada, sólo sonrió y se despidió de los demás con amabilidad. En un momento, estaban subidos en el coche de Alejandro y se alejaban camino de la carretera nacional que los llevaría a casa de este, unos diez quilómetros al norte, dirección a Barcelona.
Rosario y Federico se quedaron de pie fumando un cigarrillo, arropados por la tranquilidad del amanecer que prometía un mundo nuevo para todos con esa nueva luz del día.
-Creo que le gusto.
-¿A quién? -dijo Rosario sorprendido.
-A Martina.
-Federico, ¡tú estás loco!
…
4. Escribiendo…
La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala; y siempre elige el corazón. Aquella mañana era un domingo como tantos y se levantó con resaca. El reloj junto a la cama marcaba las doce, apenas había dormido unas cuatro horas. Le dolía la cabeza y un leve sopor recorría todos los miembros de su cuerpo acartonado.
El sol y la vida entraban a raudales por la ventana. Un ruido de la calle lo había despertado, pero ya no podía saber lo que era: el pitido de un coche, el grito de alguien llamando a otro alguien, el ruido de los platos que andaba moviendo su madre de un lado para otro.
Una de las cosas que más le molestaban era estar viviendo aún en casa de sus padres, a sus veintitantos años. Si hubiera tenido la oportunidad, habría viajado a alguna de aquellas ciudades europeas y habría probado suerte como artista. Eran tantas las historias de ese tipo que había leído en las biografías de sus ídolos que hubo un tiempo en que llegó a creérselas. Subí a un tren en la estación de Linares y llegué a la ciudad de Granada para estudiar en la universidad. Recuerdo cuando tenía la llave de mi apartamento, en una pequeña pensión para estudiantes con una cama, un escritorio y un cuarto de baño. No me importaban las incomodidades. Por primera vez tenía una llave, mi llave, la llave del mundo entero. Federico hubiera dado cualquier cosa por tener esa llave, pero en esa historia se obviaba uno de los detalles fundamentales en la vida, pero generalmente ausente en la literatura heroica de los mitómanos: las cosas valen dinero. Aquella sentencia podía estropear cualquier sueño adolescente que uno tuviera y costaba tanto de aceptar que muchas veces se soslayaba para no sentir que la vida era en realidad prosaica.
Decidió levantarse e iniciar su rutina normalmente. Fue a la cocina, esquivó los comentarios reprochadores de su madre, y se sirvió un café con leche que luego calentó en el microondas. Otra mañana de domingo en una vida que no valía la pena escribir, pensaba mientras se fumaba el primer cigarrillo apoyado en el quicio de la puerta acristalada que daba al balcón. Las personas pasaban por la calle ajenas a las preocupaciones y a los delirios de grandeza. Abuelos, madres, nietos e hijos vivían su existencia sin pensar más allá de las preocupaciones diminutas de su día a día. La ambición, el orgullo, la perseverancia, si bien son sensaciones nobles, también son como piedras en la felicidad humana, incapaz de competir con la de aquellos ilustres ignorantes que paseaban contentos bajo el sol de la mañana en de día festivo, olvidados de sus problemas. Federico sentía envidia de ellos y, quizá por eso, tenía ganas de llorar a solas.
-A ver qué vas a hacer con tu vida. -dijo su madre a su espalda.
-Pronto me iré de aquí, no te preocupes.
-Si no tienes donde caerte muerto.
-Algo encontraré, ya verás.
Lanzó la colilla a la calle y secando una lágrima con un gesto rápido y distraído se encaminó hacia su habitación y cerró la puerta. Su móvil estaba sin batería, así que decidió cargarlo y coger un libro para distraerse hasta que se hiciera de noche. No tenía ganas de compartir la mesa con sus padres, prefería sumergirse en el refugio de la imaginación prestada de un escritor antiguo. Era cierto. Pronto estaría viviendo en Barcelona, por fin.
No todo era mala suerte. Había encontrado un trabajo de lo suyo en la ciudad condal y ya había encontrado piso. Solo faltaba esperar a que llegara el momento de trasladarse, en apenas una semana. El sitio estaba en el barrio de Bon Pastor, muy al norte de la ciudad, pero dentro del margen municipal, es decir, que podía trasladarse hasta su trabajo en metro sin salir de la zona A. Compartiría piso con un inmigrante rumano, dueño de la vivienda. Federico no tenía problema con eso, pero prefería no comentar el dato con sus padres. De todas formas, ellos no sabían nada de los planes de su hijo, hacía tiempo que no hablaban.
Después de pasar horas leyendo sin poder pensar en la lectura, Federico encendió el teléfono. Sentía el cuerpo aletargado, aunque la resaca había remitido hacía ya tiempo. Solo tenía hambre pero lo solucionaría fumando otro cigarrillo. Dejó el terminal sobre una mesa barata de cristal que se usara para poner el teléfono fijo y que hacía las veces de mesita de noche y se encaminó a la zona conquistada como fumadero, ya mencionada. El sol caía anaranjado y desde la puerta cerrada del salón solo se oía el rumor de la televisión y se intuía el leve movimiento de unas sombras dentro, quienes podían ser sus padres, hermanos, o quizá fantasmas que se habían apropiado del hogar. En cualquier caso, Federico no quería comprobarlo. Lanzó su cigarrillo al aire, que impactó contra un cable tendido de edificio a edificio donde colgaban las feas banderas de la localidad.
Al volver a su cuarto, el teléfono ya se había encendido del todo. Antes de abrir la bandeja de mensajes, decidió entrar en las noticias. Lo que vio en las redes sociales lo dejó helado.
Una furgoneta blanca había atravesado la Rambla de Barcelona por encima de la acera hasta la mitad de esta, llevándose en su camino la vida de los transeúntes que en ese momento paseaban ajenos por una de las calles más famosas del mundo. Todo indicaba a la autoría de un atentado terrorista yihadista pero las autoridades no lo habían confirmado aún. Se buscaba a los conductores árabes del vehículo homicida, quienes salieron corriendo después de que la furgoneta quedara varada sobre el icónico mural de J. Miró. Al profundizar más en la noticia, Federico pudo ver a los vídeos espontáneos que habían grabado los paseantes y que mostraban toda clase de mutilaciones, heridas, charcos de sangre y expresiones de dolor y desesperación, de trauma tan horrible que cualquier descripción que se aplicara sobre la realidad resultaría vaga e imprecisa. Sus ojos recorrían aquellas imágenes con indignación creciente y miedo, pero permanecía callado. Otro horrible atentado terrorista en un mundo que se las prometía más feliz que nunca. Pensó en ir al salón con sus padres y comentar la noticia, pero lo pensó dos veces. Seguramente ya lo sabrían. De todas formas, aquel horror no era óbice para cambiar la novela o el cotilleo que en ese momento hubiera programado en la parrilla televisiva.
Federico comprobó luego los mensajes de sus amigos en la aplicación correspondiente. En los grupos compartidos se comentaba la noticia del día y se pasaban vídeos que rozaban lo morboso en algunos casos: la atracción de la sangre y la muerte lo suficientemente lejos como para que no salpicara, lo suficientemente cerca como para ver todos los detalles. Pero entre las conversaciones, había un nombre que le dio la vuelta a su corazón. En una de las casillas en que se distribuían los contactos, había un mensaje nuevo de alguien muy conocido por él. El texto era de hacía pocos minutos y empezaba con un: Hola, Fede, ¿cómo estás? ¿has visto l… En definitiva, nada extraño excepto por quien escribía ese mensaje: la persona por quien una semana antes lo habría dejado todo.
Más sorprendido aún que por las sangrientas noticias que poblaban las redes sociales, se quedó estupefacto, sin saber muy bien cómo reaccionar. Por fin le había escrito, después de ese tiempo, y lo hacía ahora, en el momento más inesperado. Quizá explicando la anécdota de su fracaso con ella había atraído de forma esotérica su interés y eso había provocado que le escribiera al día siguiente. Sin saber muy bien qué hacer, siguió comprobando los mensajes en su bandeja de entrada. Le llamó la atención el mensaje de un número que no estaba guardado entre sus contactos, la foto de perfil mostraba el mar y una silueta diminuta en medio, como una coma. Al abrir el contenido su corazón saltó.
Era Martina. Hola, Ico. Alejandro me ha dado tu número. Espero que no te importe…
Por primera vez en todo ese día, Federico sonrió ampliamente. Ante él se revelaban dos vías muy concretas, con una claridad poco acostumbrada en los caminos neblinosos de la vida. Por un lado tenía a su antiguo amor, por quien tanto tiempo había sufrido y había hecho multitud de estupideces para conseguirla, renunciado a sus propios intereses y proyectos. Había deseado aquel mensaje con devoción religiosa, pero como suele pasar con las respuestas de la divinidad, aquel interés repentino por quien fuera el amor de su vida llegaba demasiado tarde, después de demasiado dolor, como para poder aceptarlo. Por otro lado, estaba el mensaje de Martina, quien ofrecía un mundo nuevo de posibilidades. Y en ese trance que habría de durar unos pocos segundos, Federico casi pudo ver el recorrido de ambas historias, incompatibles entre sí, como el que divisa el paisaje a lo lejos al pie del cruce de caminos donde se suele poner el diablo a tocar la guitarra, según la mitología del blues. Se le ofrecía la oportunidad de volver a hablar con su ex y volver a reiniciar el contacto, que él había intentado antes de forma desesperada. Seguramente el chico con el que andaba la había decepcionado de alguna manera y ahora se habría una oportunidad para entablar de nuevo conversación con alguien que siempre estaba allí para secarle las lágrimas y recordarle lo guapa e importante que era. Por debajo del dulce sabor que aquella oportunidad ofrecía se intuía el regusto a rancio de una historia que vuelve a repetirse, como si girara eternamente en un torbellino sin sentido, del que no pudiera salir nunca. Sentía como si el diablo le ofreciera otra oportunidad, que podía acabar de la misma manera que la anterior, en fracaso, o no, y esa era el juego infernal. Por otra parte, estaba Martina ofreciéndole una nueva amistad femenina en una ciudad que muy pronto sería la suya. Por un momento, el camino de ella pareció el más luminoso.
Abrió la conversación que no había terminado de leer: ¿has visto las noticias? Me dijiste que ibas a vivir en Barcelona. (espacio) ¿Estás bien? Ahí terminaba su mensaje anzuelo.
Federico sabía en el fondo de su corazón, es decir, sin tener ninguna prueba racional, que aquel mensaje se produciría tarde o temprano, que ella habría de retomar el contacto con él por su propia iniciativa y que aquello constituiría una nueva oportunidad de encuentro. Pero lo que había pasado entre ellos resultaba tan doloroso y decepcionante, que ya entonces había decidido cerrar esa posibilidad mientras lloraba por su cruel indiferencia.
No quiso contestar. Luego se lo pensó y escribió: Estoy bien. Luego borró la conversación.
Nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Con aquella fría cortesía se había acabado todo para siempre. Era el final de una novela que había durado demasiado, que aún se resistía a morir en el corazón de ambos, donde viviría para siempre. Pero la vida, con su cruel realidad que se mostraba en un atentado luctuoso e injustificado, en el cuerpo de la foto de Martina que se recortaba en el mar Mediterráneo, la vida, en fin, se abría paso.
Hola, Martina. Qué alegría saber de ti. Claro que no me importa, contestó sonriente.
Después de recibir el mensaje tanto tiempo esperado y decidir no responder, sintió que se iniciaba un nuevo tiempo, un nuevo camino, una nueva oportunidad; quizá no mejor, pero sí diferente. Al poco de haberle dado a enviar al mensaje de Martina vio que ella se había conectado. Está en línea. Sobre el fondo verde oscuro, en letras blancas: Escribiendo…
…
5. Su corazón repicaba
-Me gustaría que me mandaras una foto tuya sin camiseta. Quiero ver tu cuerpo.
Era ya noche cerrada y en la casa no se oía ruido. Los padres y los hermanos de Federico dormían profundamente. Había pasado ya tres horas seguidas hablando con Martina y ni siquiera había cenado. La conversación fluía sin trabas, como dos amigos que se conocen de toda la vida y tienen mucha confianza. Aquella pregunta palpitaba en la pantalla y no sabía qué responder. Sin apenas advertirlo, la conversación había ido subiendo de tono.
-Claro. Espera un momento.
Encendió la luz y se hizo una foto en calzoncillos a todo lo que daba su brazo. Miró el resultado y se sintió afortunado porque aquel cuerpo suyo atraía el interés sexual de una chica tan bien proporcionada. Quizá aquel constituía el principio del fin, cuando ella se diera cuenta que debajo de esa camiseta no había músculos sino un cuerpo delgado y fofo. Al cabo de unos segundos que a Federico se le hicieron eternos, ella empezó a escribir.
-No me imaginaba así tu cuerpo.
-Vaya…
-Pensaba que tendrías más pelo en el pecho. Tienes los pezones grandes.
Federico no contestó. A punto estuvo de cerrar la conversación para siempre y darse por vencido para siempre en aquello de la seducción en línea. Había sido un error. Normalmente, las chicas conocían su intimidad en el acto amoroso, no antes. De hecho, a veces los cuerpos se miraban después de hacer el amor varias veces, cuando la costumbre permitía atender a los lunares, las estrías, las verrugas y las rugosidades de la piel. A pesar de la fealdad que las ropas escondían, a Federico los defectos ajenos lo hacían sentirse más humano y seguro de sí mismo, y disfrutar, por tanto, del sexo. Pero la liturgia de la conversación por el móvil imponía otros protocolos que no le gustaban tanto. Ahora ella tenía una foto suya que podría inspeccionar a su antojo cuando quisiera. Los rudimentos amorosos del siglo XXI no le gustaban tanto como los del siglo anterior.
-Me gustan tus hombros. El hueso de la clavícula. Me gustaría chuparlo. -añadió Martina.
La opinión sobre la tecnología que hacía un instante Federico tenía cambió por completo. Se incorporó sobre las sábanas y miró la pantalla con un renovado interés. Al paso dijo.
-Puedes hacerlo cuando quieras.
Martina salió de la conversación. En la parte superior de la pantalla se divisaba la última hora de conexión: las 01:12 de la madrugada, la hora de ese momento. ¿Habría sido demasiado atrevido decirle aquello? Podría ser que ella se hubiera sentido violentada… Dejó el móvil en un lado de la cama y su mente entendió que el acto del cortejo era muy parecido al de pescar. El pez podía picar el anzuelo pero eso no garantizaba el éxito. Había que saber atraer la presa al barco y, cuanto mayor era el tamaño de la pieza, mayor era el esfuerzo paciente que había que hacer. Se necesitaban altas dosis de sangre fría que Federico, por su carácter colérico, a veces no tenía. ¿Es que tenía que ser tan complicado?
El teléfono vibró dos veces como un pájaro de piedra. Había recibido una imagen de Martina. Sus dedos temblorosos abrieron la conversación y ampliaron la fotografía.
Aunque no se le veía la cara, era fácil intuir que aquel cuerpo desnudo era el de ella. Unas manos tapaban sin demasiado cuidado unos pezones oscuros que se intuían pequeños en comparación con el resto del pecho. Por debajo del vientre desnudo, se veía el negro de unas braguitas ajustadas y las piernas largas perdiéndose al final. Se había tomado la foto desde una perspectiva diferente a como lo había hecho él, sin duda no era la primera vez.
Una erección comenzó a palpitar por debajo de la tela de la poca ropa que cubría el sexo de Federico. Al otro lado de la pantalla Martina escribía una pregunta que iniciaría todo:
-¿Y tú qué me harías a mí?
-De todo. -dijo él.
-Vale. Pero quiero que me lo expliques. Escríbemelo. ¿Qué me harías?
Federico se quedó pensando. Al parecer ella quería que le describiera los pasos que estableciera su imaginación para gozar de su cuerpo. Nunca antes había jugado a eso de aquella manera, por lo menos, no en serio. Si así lo había hecho antes, no quería acordarse.
-Primero besaría tu boca. Un beso largo con lengua. Y luego iría bajando por la comisura de tus labios por la barbilla, luego el cuello, luego tu pecho. Mientras, mis manos acarician tus piernas. -Federico envió el mensaje. Continuó- Luego llegaría hasta tus pezones y los chuparía. Primero uno, después el otro. Y vuelta a empezar. No descarto morder un poco.
-Me encanta. -envió ella y añadió en otra línea- Sigue, me gusta mucho.
-Mi boca sigue bajando mientras mis manos acarician tu cuello. Por tu barriga voy dejando un reguero de besos con saliva. Meto la lengua dentro de tu ombligo y, como te hace cosquillas, sigo bajando, pero me voy a tus piernas, que recorro desde los pies con la lengua. Primero una, después la otra, hasta la rodilla. Voy subiendo con mi boca por tu pierna izquierda mientras te acaricio la otra con mi mano libre. Poco a poco me acerco por entre tus piernas y voy subiendo cada vez más arriba, más arriba, poco a poco, poco…
-Dilo. Dilo claramente. Quiero que me lo chupes. Quiero que lo comas.
-Como me lo pides, así lo hago. Hundo mi cabeza en tu coño mojado y busco con la lengua los rincones de tu sexo. Tuerces la espalda de placer y aprietas mi cabeza con tus manos. Las mías buscan tu espalda para atraerte a mi boca que bebe de tu piel sin parar.
-Métemela ya.
-Me incorporo y me acerco poco a poco. Te la meto y está dura y palpitante. Primero despacio pero enseguida muy rápido comenzamos a chocar, cada vez más fuerte, más…
-Oh síiii.
-Mis manos acarician tu pelo y te agarro con fuerza. No quiero que nos salgamos.
-Dios. -escribe Martina- Me he corrido.
Federico dejó el mensaje que estaba haciendo a medio escribir. Por un momento se sintió desubicado, como si despertara de pronto de un sueño agradable. Luego añadió sonriente.
-Yo también tengo ganas de correrme.
-¿Qué te gustaría que te hiciera yo?
Federico lo pensó un momento. No sabía qué responderle. Eran tantas las posibilidades que no sabía por cual empezar. Abrió la foto de ella y comenzó a masturbarse con prisa.
Martina escribió algo pero él ya no lo vio. Se había sumergido en su propia imaginación. Seguía gozando del cuerpo de Martina en la misma posición donde lo habían dejado. Ahora ella estaba tranquila y esperaba que él acabara rápido para poder descansar juntos. En menos de un minuto, una fuente de semen blanquísimo salió disparado hacia el cielo.
Martina estaba escribiendo prácticamente lo mismo que Federico había imaginado mientras miraba la foto de ella. A medio camino en su relato, le pareció oportuno decir:
-Yo también me he corrido.
Se produjo una ausencia de palabras en la línea por un minuto. Pareció un tiempo largo por el ritmo que había ido tomando la conversación. Finalmente, ella añadió de pronto:
-Es como si hubiéramos hecho el amor.
-Sí. Me gustaría hacerlo un día de verdad.
-Hoy también ha sido de verdad. Incluso más verdad que otras veces…
Federico no supo entenderla. ¿Se refería a que lo hacía con más gente? Le pareció que no. Además, ella tenía pareja desde hacía muchos años, aunque anduvo liada con el poeta, quien se enamoró de ella perdidamente, pero la cosa no llegó a cuajar. A Federico no le extrañaba que Martina fuera capaz de romper tantos corazones y sintió miedo de ella.
-Tengo que dejarte, Ico. Mañana tengo que levantarme temprano. Me voy con mis padres al pueblo, a una casa que tenemos allí. Necesito playa y aprovechar el verano.
-Muy bien. -dijo él confundido.
-¿Cuándo vienes a Barcelona?
-A finales de este mes.
-Eso es dentro de nada. Podríamos buscar un día para vernos. ¿Qué te parece?
-Nada me gustaría más. Claro que sí. Cuando quieras.
-Iremos hablando. -y luego escribió. -Ojalá estuvieras en la cama ahora conmigo.
-Ojalá.
-Buenas noches, Ico. Me ha encantado. Me encantas.
-Buenas noches, guapa. Que descanses. Hablamos pronto.
Martina añadió caras con besos y corazones y se desconectó para siempre esa noche. Federico se quedó mirando al techo, preguntándose si la volvería a ver y si aquel sueño que habían vivido juntos al fin se cumpliría y tendría la oportunidad de abrazarla como hiciera en su recién pintada fantasía. En el fondo de su corazón, una respuesta retumbaba.
Antes de dormirse, miró en el teléfono la conversación que había quedado pendiente con aquella chica que una semana antes había roto su corazón para siempre. Quizá se había arrepentido de su decisión y había aprovechado la coyuntura de los atentados para establecer, otra vez, un canal de comunicación. Sintió tristeza, pero la decisión estaba tomada. Un nuevo futuro se abría ante él y, a pesar de lo incierto, su corazón repicaba.
…
6. Día aciago
El Carmelo era un barrio obrero que Federico conocía por la novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa. La lectura de aquella obra lo había marcado tanto que, paseando por sus empinadas calles, esperaba ver pasar al Pijoaparte con una moto robada de camino a las chabolas que los charnegos ocupaban en lo alto de los montes verdes. Aunque demasiado alambicada para el paisaje que dibujaba, aquel libro había cincelado su imaginación de forma providencial y le parecía, al recorrer las aceras mal embaldosadas, que había estado allí mucho antes, en los años sesenta, cuando su padre era apenas un niño. Ese es el poder demiúrgico de los libros, capaz de volverle a uno loco.
Pero el barrio había cambiado mucho desde las novelas hasta entonces. Si bien conservaba la calle cierto sabor a barrio andaluz o murciano, ya la herencia solo se hacía visible en los bares de tapas, que tenían nombres evocadores como Los Caminantes o Bar Manolo. Algunos de ellos conservaban en su cartel nuevo la bandera de Extremadura. Por lo demás, se trataba de un barrio normal de Barcelona. En la calle se hablaba principalmente el castellano neutro salpicado por palabras en catalán como Adéu! o I tant! En los negocios abundaban cada vez más los paquistaníes y supermercados multimarca. Lo único que la gentrificación capitalista no había podido comerse eran las cuestas imposibles que subían hasta el mismo cielo. A veces, un microbús emprendía la tarea de sortear una de aquellas rampas empinadísimas y Federico se preguntaba si no terminaría resbalando y cayendo irremediablemente hacia atrás, empotrándose contra el muro del edificio enclenque al principio de la cuesta, y las gentes morirían aplastadas en los fierros. Pero el pequeño autobús llegaba a lo alto de la loma asfaltada y él respiraba con alivio.
Aún quedaba un rato hasta que llegara Roberto y podía pasear tranquilo por las calles del barrio, conociendo la que pronto sería su realidad cotidiana, sin que él lo supiera entonces.
En el cruce entre la calle Fasternah y Santa Rosalía, Federico estaba desesperado. No conseguía encontrar una plaza tranquila donde sentarse a echar un cigarro: todo eran subidas y bajadas que conducían a ninguna parte. Sintiéndose cansado, se paró delante de lo que parecía un negocio de ferretería abandonado y, de pie junto a la puerta del garaje, se puso a repasar los acontecimientos que se habían sucedido durante aquel día aciago.
…
7. Su ángel
La vida en el Bon Pastor era agradable y tranquila. Además, tenía buena conexión con su centro de trabajo, en la calle Fabra i Puig, pero el hecho de compartir el techo con un histérico lo ponía muy nervioso. La convivencia con el gay había llegado a límites insostenibles y el ambiente del salón a las nueve era como el de una estación de buses por la noche.
Ioan, que él pronunciaba a la catalana Joan, tenía 36 años. Llevaba el pelo rapado como suelen hacer los calvos, pero no lo estaba, porque se le veía el manto grisáceo del cuero cabelludo como una finísima capa de madreselva. No era muy alto, apenas un metro con sesenta y cinco. Estaba delgado y acudía regularmente al gimnasio cuando salía de trabajar en unas oficinas donde, según él, desempeñaba labores informáticas. Joan se había comprado el piso en Bon Pastor recientemente y alquilaba una de las dos habitaciones para aliviar el precio de la hipoteca. Federico se preguntaba qué necesidad tendría un informático de compartir un piso de menos de 70 metros cuadrados con alguien, pero nunca llegó a plantearle la cuestión. El día que se mostraron más confianza fue el primero, cuando se conocieron. A medida que fue transcurriendo el tiempo, el recelo y la incomodidad entre ambos había ido en aumento. A Federico le inquietaba el hecho de que Joan fuera homosexual y que en más de dos meses de convivencia no le hubiera conocido ni un solo amigo. Llevaba una vida solitaria, cargando con la bolsa del gimnasio.
Pronto, el buen rollo entre ambos se vio dañado, durante la primera semana de convivencia. A Joan le molestaban las idas y venidas con Martina. La primera tarde que Federico y ella habían quedado en Bon Pastor y decidieron ir a su piso, el tipo encontró la casa con un fuerte olor a sexo y a tabaco que no le gustó. La puerta de la casa se había abierto con sigilo para cerrarse con un portazo. Martina, desnuda, se sobresaltó un poco.
-Es mi compañero de piso.
-¿El gay?
-Sí. Luego te lo presento. -y siguieron hablando de sus canciones favoritas.
Cuando se vistieron y decidieron salir del cuarto, Federico vio que Joan se había metido en su habitación y que no tenía intenciones de salir de él. Como ambos habían fumado en la habitación, Federico intentó ventilar todo lo posible el cuarto abriendo de par en par la ventana de la habitación, pero aún así el hedor reptaba hasta el sensible olfato de Joan.
-Será mejor que nos vayamos. -dijo Federico. Martina y él salieron, cerrando despacito.
Al volver a casa de su paseo, con una sonrisa amplia y con la satisfacción del sexo bien hecho, ya a solas, encontró a Joan sentado en el sofá del salón con sus cortas piernas cruzadas, que mostraban sus muslos blancos completamente desnudos hasta casi llegar la glúteo donde los tapaban un fino pantalón de deporte. Lucía una camiseta estrecha de tirantes del mismo estilo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y su cara revelaba impaciencia. Federico supo que se avecinaba tormenta y dejó de sonreír. Puso las llaves en el bolsillo del pantalón y las mantuvo agarradas allí dentro, con una mano sudorosa.
-Hola, Ioan. -saludó, conciliador.
-Hola. ¿Cómo ha ido el paseo con tu amiga?
-Muy bien. Quería presentártela, se llama Martina.
-¿Es tu novia?
-Bueno, de momento es una buena amiga. Seguramente vendrá por aquí alguna vez…
A Joan se le cambió la cara de repente, como en un cuento de vampiros transilvanos.
-Verás, no quiero esa clase de chicas en mi casa.
-¿Cómo? -Federico no sabía qué pensar. Joan se comportaba como una madre ultracatólica en vez de como el gay liberal que, según la cultura popular, debería ser.
-Que en mi casa quiero estar tranquilo. Ahora con una, ahora con la otra… No es plan…
-Supongo que eso es asunto mío, Joan. -Federico empezó a enfadarse- Tú a lo tuyo y yo…
-Además la casa huele a tabaco. -dijo tabbacco, doblando levemente las oclusivas, revelando un acento extranjero que en general se esforzaba por disimular- Toda la casa.
-Te prometo que solo hemos fumado en la habitación, como quedamos.
-Ya, pero el olor sale fuera. Te pido que no vuelvas a fumar en la habitación.
-Pero no era así como habíamos quedado el primer día.
-Ya, pero esta es mi casa. –(Y si no te gusta ahí tienes la puerta). No lo dijo, no hizo falta.
Después de un breve silencio más tenso que el sonido de una bomba antes de estallar.
-Pero no puedo salir al balcón por mi cuarto, tengo que pasar por tu habitación para poder fumar en el balcón… -contestó Federico en un tono conciliador, no quería que el día se estropeara teniendo que dormir en la calle o luchando con el rumano por sus derechos.
-Pues no fumes. -dijo Joan, inflexible. -¿Tanto lo necesitas? –(¿Drogadicto de mierda?)
Federico no dijo nada. Su cabeza valoraba las opciones que tenía: a) hacer las maletas y salir a la calle buscando otro lugar donde vivir sin apenas dinero. b) enfrentarse al rumano cuerpo a cuerpo y ver si podía someterlo físicamente sin que pasara nada luego. c) resignarse y aceptar las normas de una casa que, a pesar del alquiler, no era suya. Optó por la última. El rumano sonrió triunfante, como si no estuviera acostumbrado a ganar.
-Vale, Joan. Lo intentaré. Entiendo que te moleste el humo.
-Me alegro de que nos entendamos. -dijo descruzando las piernas. -Voy a hacerme algo de cenar. ¿Te apetece que cenemos juntos?
-Yo ya he comido algo por ahí. No te preocupes. Me voy a mi cuarto un rato. -cerró la puerta tras de sí como el adolescente sin emancipar que hacía poco había dejado de ser.
Tumbado sobre los pecios de su tarde de sexo, Federico recordaba mezcladas las escenas del sexo dulce con Martina y la frialdad del gay sentado con su obsceno pantalón sobre el sofá de falsa piel. Además de todos los retos que la ciudad planteaba, se sumaba el hecho de vivir con un compañero histérico, que hacía irrespirable el ambiente del hogar.
Cuando empezó a trabajar, y con el transcurrir de los días y las semanas, la convivencia no mejoraba. Martina siguió viniendo a casa de Federico con regularidad y el paisaje del barrio se les hacía cada vez más grato y comprensible. Cuando ella quiso fumar, él le propuso que lo hicieran en el balcón, mirando las pocas estrellas que el cielo dejaba ver.
-Además, a Joan le molesta que fume dentro de la habitación.
-¿En serio? Pero si es tu habitación…
-Ya, pero es su casa.
-Sí, pero pagas el alquiler.
-Ya, pero no tengo contrato. Que le den. Vamos, a ver si vemos una estrella fugaz.
Para pasar hacia el balcón, había que atravesar la habitación de Joan. Era un cuarto amplio, junto al de Federico, el doble de grande, con una cama de matrimonio y un armario empotrado. Todo estaba castamente recogido y, sobre una repisa, descansaban los retratos de un dios ortodoxo, reproducción de unos frescos que deberían de ser bizantinos. Martina no pudo evitar fijarse en aquellos retratos de dios que miraban la cama de Joan y volverse hacia Federico que la seguía con las manos en su breve cintura.
-¡Pero si es católico! ¡Un gay católico!
-Supongo que hay de todo en la Viña del Señor.
Fumaron su cigarrito escuchando canciones rap y hablando de temas banales con la voz cálida de quien ha hecho el amor y se siente en paz y armonía de cintura para abajo. Al cabo de un rato oyeron la puerta de la entrada y ambos salieron del balcón por donde habían venido. Encontraron a Joan en el salón, justo saliendo de su habitación. Este saludó con la cabeza sin decir mucho y se encaminó hacia la cocina. Federico y Martina entraron en la habitación y se tumbaron de nuevo en la cama. Ella se colocó sobre él y le dijo.
-Vamos a hacerlo otra vez. Quiero que nos oiga.
-Vas a conseguir que me eche. Estas últimas semanas no han sido muy buenas…
-Que le den porculo. -y se rio ella sola -Eso es lo que quiere.
-¿Y tú qué quieres? -añadió Federico sintiendo que su erección se apretaba contra la fina tela de nylon de la ropa interior de Martina. Sus dedos acariciaban el final de su espalda.
-A lo mejor quiero lo mismo…
Fue imposible evitar que el cabecero de la cama golpeara el fino tabique de la habitación de vez en cuando. También era imposible acallar los gemidos ahogados de Martina, cada vez más hondos y más seguidos, mientras sus cuerpos percutían la carne. Federico sabía que Joan los estaría oyendo y que en cualquier momento podría llamar o abrir directamente la puerta y encontrarlos retozando de la forma más salvaje que se les ocurría.
A pesar del riesgo, no disminuían las ganas de seguir haciéndolo, sino que las acrecentaba.
No lo encontraron al terminar. Probablemente había vuelto a marcharse. Esta vez habían conseguido que se sintiera incómodo y no al revés. Lo vivieron como una pequeña victoria y Martina se marchó triunfante a casa de sus padres. Una vez en el coche, abrió la ventanilla y miró a Federico sonriendo con los ojos brillantes a la luz de las farolas.
-Si tienes problemas con él, llámame. Podrías quedarte a dormir en mi casa. Mis padres no dirán nada… -Suspiró pensativa. -Deberías cambiarte de piso, ese tipo es siniestro.
-Lo sé. -dijo Federico mirando al suelo- Pero no tengo adónde ir.
-¿Por qué no hablas con Roberto? Su familia es de Barcelona de toda la vida y seguro que conoce a alguien que puede echarte un cable. -al mencionar a Roberto, Federico no pudo evitar sentir un pinchazo en la base del corazón. ¿Tenía que pedirle ayuda al tipo que se había estado acostando con Martina tiempo atrás? Eso, en su provincia, era un deshonor. Pero en la gran ciudad la vida era dura y no había más remedio que aceptar ciertas cosas si se quería sobrevivir una noche más. Además, ¿quién era él para sentirse celoso? Al fin y al cabo, Martina tenía pareja mucho antes de tener un lío con Roberto y con él mismo.
-No sé, Martina. -respondió con cansancio. Como si ella supiera lo que le pasaba por la cabeza, cambió de tema y le propuso que pasaran el próximo fin de semana en su casa, dado que sus padres tenían planeado marcharse a la casa de la costa y se quedaba sola. La perspectiva de un fin de semana alejado de Joan y de Bon Pastor lo alegró sobremanera.
Se besaron una última vez y él vio marcharse el todoterreno gris por el callejón hacia el bullicio de la calle principal. Aquella noche no encontró a Joan en casa cuando volvió y decidió acostarse sin cenar. Antes de entrar en la habitación tuvo que pasar por el servicio a orinar y allí, entre los botes de productos de belleza que su compañero utilizaba, vio un tarro blanco de la marca Deliplus. Al leerlo detenidamente, su imaginación se disparó:
Vaselina hidratante, podía leerse en letras verdes sobre un fondo blanco. Maldita sea.
Por un momento, pensó en abrir el bote y ver cuánto de ese producto había sido utilizado para ir comprobando periódicamente los usos que hacía de ella. Joan parecía un hombre solitario y eso le daba mucha lástima. Una vez, en los pocos ratos de confidencias que habían compartido, le había contado que para un homosexual extranjero era muy difícil tener una relación sincera con alguien, porque al fin, muchos hombres eran unos aprovechados y, entre hombres, esta problemática aumentaba exponencialmente. Federico le había contestado que siguiera buscando y que pronto habría suerte. También le contó que lo estaba pasando mal en el trabajo, que el sueldo era poco, que era duro.
A pesar de estas conversaciones a la luz de un par de cervezas en la mesa de la cocina, nunca floreció la amistad entre ambos. Federico salió del lavabo y se metió en su habitación al tiempo que oía abrirse la puerta de la entrada. Pensó en salir a saludar a su compañero, preguntarle cómo le había ido en el gimnasio, pero decidió dejarlo estar porque seguramente la conversación derivaría en una oleada de reproches por algo que Federico habría hecho mal o que no era del gusto de Joan, el dueño y señor de la hipoteca.
Se tumbó sobre la cama mirando el techo. Al cabo de un tiempo indeterminado, notó que su teléfono vibraba sobre la mesita de noche. ¿Haces algo mañana por la tarde?, escribía Roberto sin más preámbulos. Seguramente, ya había movido sus hilos Martina, su ángel.
…oooOOOooo…
Nota del autor: El próximo domingo continuará esta historia con su segunda parte. Hasta entonces te animo a seguir explorando este sitio en busca de otros relatos y novelas ya disponibles. Te felicito por haber llegado hasta aquí. Si lo has hecho, agradezco mucho cuando comentas y amplías el texto.
Un abrazo,
El Escribidor


