Un corazón donde vivir
A pesar de que era invierno y hacía frío, los días no podían ser más luminosos. El cielo sin nubes dejaba pasar una luz irreal como a través de un velo finísimo. Las mañanas se levantaban con una niebla que rápidamente se disipaba cuando la iluminaban los primeros rayos de sol. Aunque hubiera sido el fin del mundo, Gerard, como ella lo llamaba, no habría podido sentirse más feliz. Caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y un sueño cumplido: lo había conseguido, por fin había besado a Cayetana.
Todo ocurrió durante el pasado sábado. Un golpe de suerte los había hecho coincidir en el lugar menos esperado y la magia había ocurrido por sí sola. No paraba de darle vueltas durante esos tres días y andaba como en una nube. Cuando la encontraba en algún sitio, no podía reprimir el impulso de besarla delante de todo el mundo, sin importar quiénes pudieran mirarlos. Gerard no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Lo único que le importaba en la vida, su única prioridad, era abrazar a Cayetana.
Caye, como todo el mundo la llamaba, de vez en cuando lo reprendía por aquellos impulsos de pasión. Prefería esquivar las miradas indiscretas de los chafarderos y en general Gerard lo entendía. Al fin y al cabo, era una chica muy cabal a pesar de lo que pensaba la gente de ella: que era demasiado liberal para los gustos y buenas costumbres.
Aquella mañana de miércoles Gerardo recorría los pocos pasos que separaban su casa del instituto. Como quedaba poco para que llegaran las vacaciones de Navidad, el ambiente entre los profesores y los alumnos era optimista, y casi todo el mundo se frotaba las manos con la idea de tres semanas de vacaciones a la vuelta de la esquina. Las clases eran relajadas y se era más condescendiente con los alumnos y con los profes. Al llegar a la puerta saludó a sus conocidos y encendió un cigarrillo mientras los alumnos entraban, pero no vio a Caye como venía siendo costumbre esa semana. Seguramente se habría retrasado o estaría dormida. El hecho de no verla y no poder darle un beso lo entristecía. Aquella nueva tradición recién nacida de encontrarse en la puerta y comentar la perspectiva del día era una de las cosas más deliciosas de su vida.
-Te noto raro, Gerard. ¿Te pasa algo? -dijo Roberto apurando su cigarrillo. Este lo miraba con una sonrisa bien alineada, que los aparatos se habían encargado de arreglar.
-No. Nada. Hoy hace como frío, ¿no?
-La estás esperando a ella, ¿a que sí? Hoy parece que llega tarde. -Roberto dio una larga calada a un cigarrillo que sujetaba con cierta torpeza, pero que no se caería nunca.
-No estoy esperando a nadie. ¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito faldero?
-Por un perrito arrabalero, más bien.
Ambos rieron la gracia con camaradería. Roberto era un buen amigo y siempre le había apoyado en los momentos más duros. Su presencia había estado ahí cuando las posibilidades con Cayetana eran nulas. Sabía toda la historia y estaba feliz por su amigo, por el camino que habían tomado los hechos y su alegre resolución.
-Podrías escribirle y preguntarle qué le ha pasado.
-Ya. -Gerard miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. Si le había pasado algo a Cayetana, no le había dicho nada. Apagó la pantalla y apuró el cigarrillo de un tirón. -Lo mejor será que subamos y no lleguemos tarde. ¿Fuisteis ayer al Cantábrico después de clases? ¿Os quedasteis hasta tarde? Yo al final no adelanté toda la faena que tenía.
Mientras subían hacia las aulas, se fueron encontrando con otros compañeros, con los amigos de entonces, con quienes habrían de vivir tantas aventuras que recordarían todos por siempre. Pero ese día era un día normal y corriente de clases y frío, de una rutina anodina que sería evocada de soslayo cuando incidiera una luz rara sobre una mesa. Antes de entrar en clase, Gerard comprobó otra vez su teléfono. No había mensajes.
El día avanzó con normalidad y durante el descanso tampoco encontró a Cayetana. Preguntó a sus compañeras pero estas no supieron decirle. Además, tampoco las conocía demasiado y no quería insistir mucho y parecer el tipo desesperado que entonces era. Entre cigarro y sorbo de café fue transcurriendo el descanso y pronto hubieron de subir de nuevo a las aulas. El día se presentaba tan aburrido como siempre y la rutina tenía el poder de solapar las preocupaciones con una tenue sensación de seguridad y sosiego.
Antes de subir, el esperado mensaje llegó: “Hola, Gerard. Hoy no nos hemos visto”.
Y continuaba en otro recuadro.
“Me gustaría verte al acabar las clases para tomar una coca-cola.”
Gerardo sonrió de oreja a oreja. La indirecta de la coca-cola le parecía un giro de guion espectacular a las perspectivas de lo que iba a ser su día. La cuestión era dónde tomarla.
“Lo de la coca-cola es la excusa, no sé si me entiendes.” Por supuesto que la entendía.
Gerardo contestó la mar de contento al mensaje con el corazón aliviado. Una sonrisa pícara e irregular se dibujaba en sus finos labios mientras tecleaba nerviosamente los botones del pequeño terminal. Roberto e Indalecio lo miraban con socarronería.
-¿Ya te ha escrito tu princesa, Romeo? -dijo uno.
-Venga, Gerardo, espabila. Que tenemos mucho que planear. -dijo el otro.
-Callaros un momento, por favor. Hoy puede ser un gran día. El mejor de todos.
Todos rieron sin saber muy bien por qué y siguieron a lo suyo. Gerard contestó que no había problema, que la esperaba donde ella quisiera. Cayetana le dio las indicaciones pertinentes y estuvieron claras enseguida: un banco blanco, no muy lejos de su casa.
Al terminar las clases, no se despidió de nadie y salió directo hacia donde lo había citado Cayetana. El sitio estaba a unos cinco minutos andando desde el instituto, así que tenía tiempo de rememorar los momentos felices que lo habían traído hasta ahora.
Llevaba enamorado de Caye desde la primera vez que la vio. Sin quererlo, sus miradas se habían encontrado el cruzarse por el pasillo y una luz se había encendido dentro de su corazón. Sus ojos marrones lo penetraron como dos saetas y nunca pudo olvidar esa primera imagen de ella, como si su alma la reconociera de algún modo entre el marasmo de la vida y la gente. Gerardo se enamoró perdidamente y siempre intentaba acercarse a ella, pero Caye no parecía igual de interesada. Mientras que él intentaba coincidir con ella en cualquier ocasión, la chica parecía evitarlo en la medida de lo posible. Si bien tenían amigos y conocidos en común -y al cabo de poco tiempo todos sabían que Gerard estaba colado por ella- nunca se conseguía un momento de intimidad donde dar un paso adelante. La comidilla de su enamoramiento corría por todo el instituto y era una de las historias más divertidas que se recuerdan de esa promoción. Mientras él iba siembre al encuentro de Cayetana, ella iba siempre detrás de cualquiera que no fuera Gerard.
Una noche, casualidad o no, coincidieron en una fiesta. Era el cumpleaños de uno de los tipos más populares del instituto y se había reunido una buena cantidad de gente en una de las salas de moda de la ciudad. Gerardo no soportaba esa música electrónica, al cumpleañero ni a la mayoría de gente que se reunía en aquel lugar, pero tenía la esperanza de poder entablar una conversación con Cayetana, de tener su oportunidad.
Pero esta pareció desvanecerse. Cayetana estaba en el local a oscuras, hablando muy cerca de otro tipo que él conocía por ser el antiguo rollo de ella. No conseguía recordar su nombre, pero sí su cara. Una ola de tristeza inundó su corazón herido. Estaba completamente solo en aquel lugar, sus amigos se habían ido no se sabía bien a dónde y tenía que estar viendo una escena insoportable. El tipo se reía y le decía algo al oído y ella lo miraba a él, a Gerardo, y le decía algo a su vez, negando con la cabeza. No había nada que hacer, por fin se daba cuenta de que había perdido. La dejaría tranquila por fin.
Al cabo de un rato, de estar de pie en medio de la sala, entre un montón de gente que no conocía bien, sintiéndose el hombre más solitario del planeta tierra, notó que una mano suave agarraba la suya. Al seguir el camino de su brazo se encontró con los ojos de Cayetana a una distancia muy próxima que lo miraban con insistencia, con hambre, divertidos. Gerard no entendía nada y la miró con una sonrisa estúpida en el rostro. Caye empezó a caminar hacia la salida, apartando a la gente, a veces conocida, que la saludaba, sin soltar nunca la mano de él. Como en una nube andaba Gerardo detrás de ella, mirando a quienes se cruzaba como si no los viera, sintiendo solamente el tacto de la mano de ella en torno a la suya, procurando que ningún vaivén de los asistentes las separara y corrieran el riesgo de no volver a encontrarse entre la multitud. Agarraba su mano con dulzura y firmeza al abandonar la sala y siguieron así mientras doblaban la esquina que daba a unas escaleras por las que no transitaba casi nadie. Una vez allí se produjo la magia y fue como si su corazón estallara en todas direcciones sin dolor.
Desde esa noche de sábado habían intercambiado besos y mensajes hasta llegar a ese mediodía de miércoles en el que estaba Gerardo sentado en el banco blanco donde Cayetana lo había citado, esperándola, soñando con los ojos abiertos mientras miraba pasar una solitaria nube azulada sobre el cielo gris bajo un sol de invierno. Cuando quiso darse cuenta, tenía una coca-cola en la mano. Desconcertado, se despertó.
-Lo prometido es deuda. -dijo Cayetana. Al principio no lo entendió, luego se acordó de que la excusa para reunirse había sido esa y rio la gracia nerviosamente. Quiso besarla.
-La mía es una coca-cola light. -El hecho de que ella bebiera había impedido que él la besara. Se extrañó pero no dijo nada. -No. No te levantes. Mejor quédate sentado.
-¿Cómo estás? No te he visto hoy en el instituto. Espero que todo esté bien.
-Sí. No te preocupes. Estos días los profes no explican nada interesante en clase, ¿verdad?
-Pues no, es cierto. Lo más interesante desde que empecé el curso ha sido encontrarme contigo. Creo que si no es por ti, ni siquiera acudiría a las clases. ¡Menuda turra!
Cayetana rio y parecía que todas las cosas en el mundo sonrieran a la vez. Los colores de la vida eran más vivos que nunca y la gente tenía una existencia feliz sobre la tierra; las malas hierbas que crecían entre las aceras eran tan bonitas como las flores y la suciedad de las calles parecía hecha con tinta que diera belleza y personalidad a las paredes de los edificios, incluso la mierda de paloma parecía no manchar sino decorar.
Ella le contó su día. Al parecer se había peleado con su padre por un asunto indeterminado que no acababa de entender. La relación con sus progenitores no era muy buena, tampoco lo era la de Gerardo, así que en ese aspecto se entendían a la perfección. Una de las cosas buenas que tenía el mundo adulto era la esperanza de salir pronto de la casa familiar y de buscarse la vida por su cuenta, mejor el riesgo que el tedio parental.
-Me estoy desviando el tema, perdona. -dijo ella. -Lo que quería decirte es otra cosa.
-Tranquila. No me molesta que me cuentes tus cosas. De hecho, puedes hacerlo siempre que quieras. Yo siempre estaré aquí para escucharte. Mi música es tu voz. ¡Qué cursi!
-Está siendo más difícil decirte esto de lo que pensaba.
-Tranquila. Dispara.
Cayetana cogió carrerilla y dijo.
-No estoy preparada para tener una relación. -y dio un trago a su coca-cola light.
Por primera vez en un buen rato, Gerardo oyó el ruido de los coches. El mundo había vuelto a sintonizarse al máximo volumen y las cosas parecían ahora de un realismo atroz. No entendía bien las palabras de ella, pero no podía pedirle que las repitiera.
-Vaya… La verdad es que no esperaba que este fuera el motivo de la coca-cola.
Cayetana se rio. -¿Y qué te esperabas, pillín? De verdad, Gerard, eres el mejor. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres muy buen chico y todo eso, pero no estoy preparada.
Lejos de sentirse triste, Gerardo se sentía completamente tranquilo y seguro de sí mismo. La chica a quien amaba le estaba dando calabazas y él se sentía en paz con el mundo, aceptando que las cosas podían salir o no salir, seguro de que al final ganaría.
-¿Preparada para qué? No lo entiendo. Tampoco se necesita demasiado para verme.
-Me encantas, de verdad, pero no quiero tener nada con nadie, y siento que contigo sería distinto, y eso me da miedo. La verdad es que siento un vértigo aquí y no sé… -se señalaba sitio donde tenía el corazón. Gerardo quiso posar su mano sobre la suya pero se contuvo. -He sufrido mucho, ¿sabes? No estoy preparada para que me pase otra vez.
-¿Por qué piensas que te va a pasar otra vez?
-Porque siempre me pasa lo mismo. Los chicos vienen, me dicen cosas bonitas y luego se van. Puedo soportarlo casi siempre, pero contigo es diferente, no podría soportarlo.
Gerardo apoyó la coca-cola en el suelo y tomó sus manos entre las suyas. Ese gesto habría de hacerlo muchas veces en los años de amor que estaban por venir entonces.
-Pero yo no soy un chico. Yo soy Gerard y nunca te voy a dejar sola si tú no quieres.
Se miraron a los ojos. Ambos sonrieron. Se dieron un beso sin darse ninguno cuenta, movidos por esa extraña energía que mueve todas las cosas de este mundo, como una brisa de viento que levanta sin esfuerzo hojas secas y semillas que habrán de germinar. Al juntar los labios, un mundo diferente nació de ese instante tan bello que se detuvo. La realidad circundante pasó a un segundo plano, donde nada tenía real importancia.
Se separaron los labios, pero los cuerpos se quedaron juntos en el banco blanco y frío. Feliz como nunca, Gerardo la miró con dulzura y pasó un brazo por su cintura estrecha.
-Además, quien no arriesga no gana. ¿No sabes tú eso?
-Quien no arriesga no gana… -dijo ella, soñadora, sonriente. Con los ojos llenos de estrellas lo miraba como si se reconocieran después de muchos imposibles. -Y si no funciona, ¿qué? Si después de todo nada sale bien, ¿qué haremos? ¿Qué ganaremos?
Gerardo se quedó en silencio un momento y al cabo, sin pensarlo demasiado, dijo:
-Un corazón donde vivir.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Esta historia ha terminado. Algún día se publicará en papel junto con otros relatos que hay en este blog. Hasta que eso pase, estarán disponible en este rinconcito de internet. Muchas gracias por haberles dado calor a estos personajes, que desde ahora tienen su vida propia. Espero que habiten muchos años tu corazón y el mío, y que la literatura nos traiga más alegrías como esta.
Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13 – 14.
Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,
El Pobrecito Escribidor

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