15. De espaldas
La mañana era clara y luminosa. Pocos coches pasaban por Streifen Road en aquella hora. Aunque el sol no calentaba demasiado, su luz era deslumbrante y casi no dejaba ver las formas del entorno: la carretera asfaltada que subía hacia el puente que cruzaba el Canal Real, la parada de autobuses de quienes se dirigían a Dublín, unos cuantos parterres llenos de flores de colores que centelleaban al sol desganado de Irlanda. El humo del cigarrillo subía pesadamente en aquella mañana húmeda y silenciosa. Se sentía como en un sueño, más dormido que cuando soñaba la noche anterior, pero sabía que estaba despierto y que Cayetana llegaría de un momento a otro. Se sentía cansado.
Habían pasado muchas cosas en pocos días. Eran jornadas que sabría que recordaría siempre, fuera cual fuera su final, y si bien al principio había significado un aliciente, ahora resultaba cansado al aproximarse al final de la historia, como el atleta que ve al final de una larga calle la meta tanto tiempo ansiada y se pregunta con extenuación si va a ser capaz de llegar. En momentos así la mente entra en una especie de trance suicida que no permite pensar, ni tampoco parar. Allí estaba de pie Gerardo con el cigarrillo en la mano maldiciendo al par de cuervos que saltaban junto a él sobre el muro que daba a los parterres de flores. Tomó un guijarro del suelo y lo arrojó contra aquellas bestias.
-Tú siempre tan amable con la naturaleza.
-Estos bichos no son naturaleza, Caye. No sé cómo puedes vivir en este pueblo de Halloween, lleno de cuervos y de color negro. Con lo bonita que era nuestra ciudad…
-Tú lo has dicho, era… -Cayetana lo miró largamente- Parece que alguien no ha pasado una buena noche hoy, ¿no?
-Bueno, digamos que el alojamiento no es de lo mejor. Pero me vale la pena. -sonrió.
Se dieron dos besos amistosos. El olor húmedo de la mañana de la tierra mojada y de las flores se mezcló con el aroma del pelo de Cayetana. Se miraron divertidos un instante.
-¿Dónde me vas a llevar, bella dama? -dijo él adoptado una sobreactuada pose de tipo duro con el cigarrillo entre los labios. -Ardo en deseos de conocer mi destino final.
-Está justo ahí, detrás de estas flores violetas. ¿Has visto qué bonitas? Sígueme.
-Encantado. -Gerardo estiró la mano pero tomar la de ella en un gesto acostumbrado, pero no encontró nada, solo el vacío. Cayetana se había adentrado por un camino de tierra cuesta abajo que cruzaba una zona ajardinada llena de flores. No decían nada.
-Me alegro tanto de volver a verte. -dijo Gerard para romper el silencio. -He soñado muchas veces contigo.
Cayetana no dijo nada. Simplemente forzó una sonrisa cortés y miró hacia otra parte.
-Es allí. Aquella es la cafetería.
El Soho Café Latte de Maynooth era en realidad la cafetería del Soho Hotel. No tenía nada que ver con el alojamiento que había escogido Gerardo para sí. Mientras que él estaba en el agujero más barato de aquel pueblo, el Soho era un hotel moderno, de última generación, con habitaciones cómodas y amplias. Estaba situado cerca de la carretera que llevaba a Dublín y probablemente se dedicara a atender las necesidades de los hombres y mujeres de negocios que pasaban por aquel pueblo fantasma. El sitio disponía de una cafetería especializada en desayunos y brunches, es decir, en almuerzos.
Se entraba al sitio a través de unas puertas mecánicas de cristal que a Gerardo le parecieron el colmo de la elegancia. En su submundo de bares de mala muerte y hoteles de baja estofa escaseaban aquellas comodidades. Al entrar le invadió un olor dulce y agradable, como a la vainilla que se usa en las tiendas de ropa, en vez del acostumbrado olor a frito y a cerveza de las cafeterías que frecuentaba él. Un juvenecido camarero de cuarenta años los recibió en la entrada con mucha elegancia y la espalda muy estirada.
-I have booked yesterday. -dijo ella informándole que tenía reserva.
-May I have your name, lady? -dijo el tipo estirado mirando a Gerard de arriba-abajo.
–Cayetana.
–Yes. It’s just here. Come with me please.
Gerardo repitió las últimas palabras del maître en su cabeza con un tono agudo y burlón. Odiaba a esos tipos que se creían los amos del sitio donde trabajaban de nueve a cinco. Se comportaban como si aquello fuera suyo y sentían más devoción por su profesión que cualquiera de sus jefes. Un trabajo como aquel podía dar sentido a una vida humana y eso lo entristecía. Parecía que la vida no podía tener sentido para una persona como él.
Se sentaron en un lugar junto al ventanal que daba a los parterres de flores. Sobre la mesa, de un blanco crudo, había una flor amarilla dentro de un tarro de cristal con agua. Gerardo la olió y se dio cuenta que era de plástico, falsa, como todo aquel lujo pobre. A Cayetana parecía encantarle ese lugar. Aquello le extrañaba, no lo habría dicho nunca. Era una chica más bien sencilla que se adaptaba a todo, pero los años habían pasado para todos y supuso que ella había encontrado otras formas de tomar el café que le habían gustado, modas de la gente guay que ella seguía con gusto. Siempre había conseguido adaptarse a los tiempos, no como él, que era un anacronismo de no se sabe muy bien qué época. Estaban sentados el uno frente al otro mirando a todas partes. Gerardo se distraía viendo a la gente pasar, incapaz de concentrarse. En las mesas cercanas la gente, grupos de tres, cuatro personas como mucho, hablaban en tono quedo. A pesar de que el bar estaba lleno no se oía la algarabía de los países mediterráneos y la conversación de los comensales, o brunchisas, dejaba oír la tema que sonaba de fondo.
-Me encanta esta canción. -dijo Gerardo al fin.
-Ya lo sé. -dijo ella sonriendo. -La gente nunca cambia. -y dejó de sonreír.
-Sí que cambian. Nunca hubiera dicho que te gustaría un sitio como este y míranos, aquí estamos esperando el té con pastas de Miss Sunshine en Pijolandia. La gente sí cambia.
-Quizá me ha gustado siempre y tú, sencillamente, no lo sabías.
Se produjo un silencio. Gerardo podría haber entrado en una discusión filosófica sobre los cambios en la vida de la gente, ¿pero estaba allí para eso? ¿para discutir con ella? Más le valía aprovechar la oportunidad que el destino le daba y resolver al fin las cosas.
-Te he echado mucho de menos, Caye. No sabes cuánto. Parece que no puedo vivir sin ti, después de todo. Lo he intentado. Lo he conseguido a veces. Pero no puedo. Estoy aquí porque necesitaba verte y no me rendiré pase lo que pase. Porque yo te…
-Yo te quería mucho, Gerard. Lo nuestro es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Al oír aquellas palabras, Gerardo casi sale volando de la silla moviendo las orejas. Lo sabía, ella no lo había olvidado después de todo. Si estaba allí con él era por algo.
-Lo nuestro -continuó- era como una casa. Sé que no soy perfecta, tú también lo sabes. Nos conocemos bien después de tanto tiempo y, como ya te he dicho, la gente nunca cambia. Sentía que conmigo tenías tu casa, pequeñita, pero tu casa: un porche, un jardín con cuatro flores… Habíamos construido algo bonito, para los dos, para siempre. Pero.
-Pero la cagué. La cagué completamente, Caye. Por eso estoy aquí. Quiero pedirte…
-No, no la cagaste. -dijo ella encogiéndose de hombros, contradiciendo con su cuerpo lo que decían sus palabras- No tienes que pedirme perdón, eso ya lo has hecho antes. Es solo que no conseguía entender… no conseguía entender por qué, Gerard, por qué.
Dio un sorbo a su café con leche. Gerardo no había tocado su café ni su croissant.
-Hay cosas de mí mismo que yo tampoco entiendo, Caye. No sé si le pasa a todo el mundo. Sólo puedo decirte que no volverá… no volvería a suceder, nunca más.
-La gente no cambia, Geri. Volvería a suceder porque tú eres así.
-Soy así y por eso estoy aquí. -dijo levantando la voz. Las mesas de alrededor guardaron un instante de silencio, como si estuvieran más pendientes de la conversación de aquellos dos jóvenes sureuropeos que de sus rutinas habituales de isleños y norteños.
Cayetana sonrió. Parecía que le hubieran venido a la mente recuerdos de otras veces, como si resucitaran al contacto con Gerard escenas vividas y atesoradas en el corazón por ser felices. Su torpeza social lo divertía, lo había hecho siempre. Cuando se dejaba llevar era cuando más le gustaba, y era cuando estaba más torpe y sincero se mostraba. Efectivamente, estaba allí. Había recorrido quilómetros y seguido las pocas pistas hasta encontrarla. Ella nunca había sido consciente de que fuera capaz de aquello, él tampoco.
-Sí… Estás aquí, Geri. Eso es indudable. ¿Y sabes qué? En el fondo me alegro de verte.
La conversación y el desayuno evolucionaban favorablemente para los intereses de Gerardo. A pesar de ser por la mañana, habían recuperado la relación justamente por donde la dejaron. Si bien no se habían tocado, si bien aún no se habían dado el primer beso, las cosas estaban funcionando de la mejor manera. Hablaban como lo habían hecho siempre, con total sinceridad, sin cortapisas ni cortesías. Se mostraban sinceros y se miraban a los ojos con dulzura, con cariño, con amor. La mirada de Gerardo estaba cada vez más embelesada. Al término de los croissants, se sentía embriagado por ella, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba, viviendo despierto un sueño del que nunca más querría despertar, habría preferido morirse antes que aquello terminara. Habría preferido que su vida se terminara allí mismo mientras fuera entre sus brazos.
Su corazón palpitaba con fuerza y seguridad. Daba los pasos acostumbrados en el juego de la seducción. Sus dedos se habían entrelazado en alguna que otra ocasión mientras la conversación avanzaba. Ella se mostraba feliz y risueña, olvidada también del mundo. Gerardo valoraba la posibilidad de sentarse junto a ella en el banco de la mesa. Los cafés se habían terminado y los platos de las pastas estaban vacíos como esperando algo. El plan era sentarse a su lado, pasarle una mano por los hombros, besarla lento. Justo cuando estaba incorporándose, como el que no quiere la cosa, ella se levantó.
-Me tengo que ir.
A medio camino entre estar de pie o sentado, inclinado sobre la vajilla vacía que había sobre la mesa, el corazón de Gerardo parecía detenido contra una pared de hueso.
-Irte… ¿adónde?
-Tengo que ir a comprar unas cosas. -Gerardo la miraban con perplejidad, sin entender muy bien qué estaba pasando. -Si no tienes nada que hacer, puedes venir conmigo.
Aquel juego empezaba a cansarlo. Casi tuvo el deseo de tirar la maldita mesa al suelo y salir por la puerta a pisar los dichosos parterres de fuera, descargando la rabia que sentía contenida contra objetos que ninguna culpa tenían de un fracaso vital, que no se atrevía a mirar de frente. En su lugar se contuvo, respiró hondo y sacó la cartera del bolsillo.
-Hoy pago yo. -dijo con decisión y se alejó de ella, abandonando toda intención de abrazarla. Cayetana se quedó donde estaba, por primera vez, sin saber qué hacer.
El tipo estirado de la puerta extendió una factura millonaria por dos cafés y dos croissants. Empezaba a estar harto de los precios desorbitados de las islas. Era difícil ser un viajero enamorado con el bolsillo vacío de billetes. En las películas ni en los libros nadie se pregunta cuánto valen las cosas, y si se pueden realizar o no las aventuras, no por falta de ganas, sino por carencia económica. Sus pírricas cuentas estaban cada vez más vacías y no sabía muy bien cómo iba a conseguir sobrevivir en adelante, pero no era momento de pensar en todo aquello. Ahora su historia había entrado en la recta final.
-Bueno, Geri. Pues…
-Te acompaño.
-No hace falta.
-No tengo otra cosa que hacer. Supongo que te habrás dado cuenta. -dijo él con ironía.
-Como quieras. -dijo ella desganada.
Caminaron en silencio un trecho. Evitaban andar por las calles principales pero Gerardo no se daba cuenta. Había asumido el papel de perro faldero y lo llevaba, si no con alegría, sí con resignación. Una honda sensación de fracaso iba inundándolo poco a poco desde la planta de los pies, subiendo poco a poco la entrepierna y el estómago. Tenía que hacer de tripas corazón para hacer como que la escuchaba y fingir dignidad. Hablaban de temas insustanciales de camino al Tesco, casi no podía oírla hasta que dijo.
-Callaghan es un mal tipo. No es honesto. Me habla a cuentagotas, cuando le interesa.
-¿Cómo?
-Callaghan, el tipo que trabaja conmigo. Te he hablado de él.
-Sí.
-Pues eso. La última vez que bajé a casa de mis padres a pasar unos días me escribió una parrafada, pero una buena eh. Me decía que me echaba de menos, que tenía ganas de verme. ¿Y sabes qué me dijo el muy cabrito cuando le contesté que yo también? Nada. Absolutamente nada. Me dejó en visto toda la semana, pasando de mí.
Gerardo sentía cómo las palabras de ella le atravesaban el corazón, pero su expresión no se movió. Simplemente siguió caminando a su lado como un perro perdido, renunciando a su amor propio, incapaz de hacer otra cosa que seguir andando junto a ella camino del supermercado. No se atrevía a preguntar si Callaghan era el tipo con el que había quedado al salir del trabajo el día que llegó, no le hacía falta, sabía perfectamente que sí.
Mientras caminaba junto a ella, incapaz de hacer nada, la mente subterránea de Gerardo iba encajando las piezas. Ahora entendía por qué el tipo lo había mirado con una expresión divertida, por qué ella hablaba tanto de él, por qué sus compañeras del Picadero’s cotillearon al verlo. Era la definición más perfecta de “capullo” que Gerardo conocía, el ejemplo más palmario de persona anodina, un tío cualquiera que nunca la querría ni la millonésima parte que él en aquel momento. Pero, como le habría pasado a cualquier pardillo, Cayetana lo había colocado en la angustiosa sala de espera de la amistad. A él, con quien había pasado tanto y vivido tantas cosas inolvidables. Lo habían cambiado por el tal Callaghan y no se lo había dicho directamente. Gerardo pensaba en todo eso sin darse cuenta, sintiendo solamente los alfileres en la carne.
Entraron en el Tesco y ella se hizo con las cosas urgentes que tanto necesitaba: leche, coca-cola, pan de molde, una bombilla. Parecían los enseres improvisados de alguien que no sabe qué comprar. Andaba por los pasillos con prisa, alejándose de él lo más posible, intentando evitar que los relacionaran más de la cuenta los posibles conocidos que ella pudiera tener allí. Ahora el cerebro reptiliano entendía eso también: si ella siempre había evitado los caminos concurridos era por eso: no buscando intimidad o un lugar tranquilo para besarse, ¡para que no los vieran juntos! ¡Qué imbécil y capullo!
Gerardo andaba perdido por entre los pasillos y la esperó donde las cajas registradoras pacientemente, con la mente en blanco, sintiendo un dolor sordo y constante como una corriente de aire frío. Estaba congelado sobre sus dos piernas, esperando a que ella terminara de pagar su compra, mirando su reflejo por el cristal que daba al parquin.
Llegó cargada y él le cogió la bolsa, a pesar de que ella insistió en que no hacía falta.
-Puedo llevarte la bolsa como amigos.
Cayetana cedió. Tampoco sabía muy bien cómo gestionar la situación y hablaba atropelladamente. Al pasar por delante de unos contenedores de basura, en su huida de las calles transitadas, ella le explicó que en aquel país la recolecta de residuos se hacía de forma muy ordenada y exhaustiva, que todo el mundo tenía que reciclar y pobre del que no pusiera las botellas de cristal en su sitio, que en el sur de Europa deberíamos ponernos las pilas. Gerardo miraba los contenedores de basura sintiéndose un residuo el cual Cayetana no tenía claro en qué contenedor iba. Quiso decírselo pero se quedó callado. Continuó caminando, poniendo cara de mal jugador de póquer con cartas nefastas y todas las fichas de su vida puestas sobre el tapete verde. Iba a perder.
Entre palabras insustanciales que se utilizaban para llenar el silencio de los pasos, llegaron a su destino y Cayetana se detuvo. Estaban donde habían empezado: en la carretera frente a los parterres de flores, la estación de autobuses, sobre el puente. Se miraron frente a frente, sabiendo la mente profunda que sería la última vez en sus vidas. Hacía tanto daño que al respirar el aire producía una presión insoportable bajo el tabique nasal, como si hubiera recibido el puñetazo de un fantasma. Era como un tren que para.
Así terminaba todo. Y era tan absurdo, tan antipoético, que resultaba insoportable. Gerard aguantaba las lágrimas en la parte más honda de la garganta, con los ojos secos.
Durante toda esta historia, se había sentido como el que sube por una escalera de mano, sin mirar al suelo, pensando en que arriba del todo estaría Caye esperándolo para vivir una vida mejor, para darle una nueva oportunidad. Había oído su voz, había seguido sus pasos, se había arrastrado por todas partes y había invertido todo su dinero, y todo su amor. Gerardo por fin había llegado a la cima de su agotadora travesía cuesta arriba pero lo que esperaba no era un mundo nuevo de posibilidades sino la planicie vacía y vertiginosa del trampolín. De pie, en silencio, mirando a Cayetana se sentía al borde de la plataforma, mirando al abismo que se abría frente a él, a unos labios que habrían de recogerlo en su caída si es que conseguía caer en el sitio correcto y hacerlo bien.
Temblaba de cabeza hasta los pies. Se sentía desnudo y el frío lo recorría. Los dedos de sus pies miraban al abismo, el mismo que había intentado abandonar con todo el esfuerzo de su corazón. Cayetana lo miraba a su vez y sus ojos le decían Adiós. Sabiendo que el tiempo apremiaba, tomó aire y, por fin, se lanzó de cabeza.
Cayetana se apartó.
-No, no, no… -dijo. Gerard se incorporó en el aire y volvió a mirarla. Esta vez las lágrimas se sintieron incontenibles, pero las aguantó. -No me mires así, Geri.
-¿Así cómo? -contestó con la voz rota.
-Con esa cara de decepción.
Gerardo se encogió de hombros. Ya le daba lo mismo. El golpe había sido tan fuerte, tan definitivo, que lo había matado al instante y por eso aún no sabía lo que sentía.
-Bueno, pues me voy.
-Gerard, es un mal momento. Tengo que trabajar.
-Vale, vale, vale… -Había iniciado la retirada, poco a poco se fue alejando de ella para que no lo viera caerse en pedazos allí mismo, lo cual era inevitable porque no le quedaban huesos sanos en el alma para mantenerse en pie. Se había girado para siempre.
-Dime algo luego. -dijo ella por última vez
-Vale, vale, vale. -dijo él de espaldas.
…
16. Esta vez para siempre
Los finales, en la vida, no parecen tales. Nuestra relación con las personas que más quisimos, o que simplemente conocemos, se va apagando poco a poco y un día, no nos damos cuenta, y han pasado cinco años sin ver a ese alguien tan fundamental en una parte de nuestra vida. No se produjo una despedida definitiva, no hubo lágrimas junto a la estación, simplemente una última conversación incómoda o insustancial, y luego las ocupaciones diarias hicieron el resto, solapando el tiempo que antes dedicábamos a esa persona. Gerardo iba pensando en cosas similares mientras vagabundeaba en Maynooth.
La noche había sido dura, pero esta vez no lo habían asaltado las pesadillas. Había dormido un sueño pesado, como un desmayo, después de pasarse la tarde del día anterior llorando junto a la ventana, mientras los cuervos graznaban, o se reían, al otro lado del cristal. “Me ha tratado como una mierda. Sólo soy basura para ella.” Era su pensamiento recurrente, una frase que había repetido en voz alta como una salmodia. Cómo podía ser que después de todo, para ella solo fuera alguien a quien conoció, que no le diera la oportunidad que él creía que se merecía, que lo hubiera engañado para que fuera arrastrándose hasta el fin del mundo para luego negarle un beso, un abrazo, su amistad. Cayetana había dejado claro que no quería, ni siquiera, ser su amiga. No lo había dicho con palabras, pero no fueron necesarios para ellos. A pesar de todo, se conocían a la perfección y, sin decírselo, le había dejado claro que no quería verlo más.
Cuando uno pasa tantas noches despierto, mirando al techo con la luz encendida, pensando en alguien, casi puede evocar su figura en la habitación, sentir su fragancia y el etéreo roce de un contacto. Alguien enamorado se plantea mil posibilidades para estar cerca de esa persona, traza planes endiablados en la mente para conseguir sus propósitos, valora absolutamente todas las posibilidades y, como son infinitas, su misión no termina nunca y siempre está dispuesto a volver sobre lo mismo de manera obsesiva. El amor es una locura. Puede curar cualquier mal, cualquier dolor, y puede ser lo más lacerante que pueda vivir un ser humano, capaz de llevarlo a terminar con su vida de un arrebato o poco a poco, cuando la persona amada nos dice que no nos quiere, que ella no siente lo mismo, que Gerardo debía detener esa obsesión dolorosa que llamaba amor.
“Me ha tratado como una mierda. Soy basura.” Repetía obsesivamente en la habitación silenciosa, mientras el cristo colgado en la pared miraba impasible desde su sufrimiento milenario con una herida en el costado donde había tenido, él también, su corazón vivo. Todas las ilusiones se habían venido abajo. “¿Para qué había servido todo?” Se preguntaba y sólo recibía la callada por respuesta de los muros amarillentos de la celda. En una de esas, con la luz encendida, se había quedado dormido, otra vez, sin cenar.
A la mañana siguiente, su cuerpo, no su conciencia, había decidido levantarse de la cama, ponerse frente al espejo sobre la pica y echarse agua en la cara. Los estragos de ese viaje empezaban a hacerse visibles sobre su rostro. Había envejecido diez años en solo diez días y la piel se sentía flácida sobre la cara, como si fuera una careta sujeta por unas cintas que pronto se fueran a deshacer haciendo que su rostro cayera al agua. Era el momento para comer algo, tenía que cargar energías o moriría de inanición y de pena.
Con el corazón hecho añicos deambulaba por Maynooth como una sombra desde la mañana temprano. Desayunó un par de rebanadas de pan bimbo que compró en un supermercado e ingirió un café con leche para llevar, frío y asqueroso, pero reparador. En su paseo, evitaba las calles concurridas. No quería encontrarse con Cayetana, o con Callaghan, su rollete -nudo en el estómago-, o con alguien que los conociera, a ella y a él, y pudiera divertirse a su costa. Se sentía débil, sin ganas de hablar con nadie, solamente quería deambular por las calles mojadas bajo el cielo gris que amenazaba lluvia. Los cuervos y los árboles eran los únicos seres que conocían su desgracia.
Lo que más le dolía era la imposibilidad de ser amigos. Dos personas que se han amado tanto no podrían verse nunca más. Era absurdo, antinatural pero habitual en la naturaleza humana. Asumir la ausencia de alguien así era como superar la muerte de un ser querido. Cómo podía ser que Cayetana estuviera tan entera y él tan destrozado. La respuesta era tan dolorosa que prefería no pensarla. Pero la cabeza tiene sus propios planes y le respondía una voz que Caye lo había superado porque ya no le quería, de hecho, y era lo que más dolía, no le había querido nunca y se había dado cuenta al separarse de él. Lo único que hacía que ella mantuviera una relación cordial con él era que Cayetana sabía que él seguía enamorado de ella, y su orgullo herido por haber sido la abandonada, la había hecho buscar una venganza cruel que se había cumplido: atraerlo con migas de pan de falso amor hasta su lado y darle la patada allí mismo.
Si algo tenía de bueno aquel rechazo era que significaba un punto final en esa historia, que clarificaba las cosas y que ya nunca más habrían de ser iguales para ambos. El NO era tan flagrante que no había posibilidades de otras interpretaciones. ¿O sí? Se preguntaba una voz tenue dentro de Gerardo, pero no tenía a nadie a quien pedir su opinión, que pudiera ver las cosas desde fuera con claridad y supiera decirle qué hacer y cómo gestionar tanta tristeza que sentía dentro como si fuera a estallar sacando del pecho pedazos de corazón. Se sentía solo como en un mar gris de asfalto, a la deriva.
Empezó a llover. Primero un tenue calabobos que Gerardo no había notado ni visto, tan sumido como estaba en sus cavilaciones. Pero al cabo de poco la lluvia se hizo tan insistente que era imposible no sentirla. Un viento helado se levantó de entre los edificios apresando el cuerpo de Gerardo como una bolsa de basura, amenazando con llevárselo volando al otro lado del mundo donde no habría de tornar ya nunca más.
Entró en el primer bar que encontró. Se llamaba The Cuckoo’s Nest según ponía en letras rojas luminosas sobre un fondo blanco que le daban un aire de local de alterne. No era un sitio demasiado grande. Parecía hecho de madera oscura. Las paredes estaban cubiertas de ese material hasta la mitad y el resto del muro estaba pintado de amarillo claro. Las mesas eran color caoba, así como la barra y las estanterías donde se exhibían los whiskies de la vecina Escocia o de la sufrida Irlanda. El suelo se dividía en dos niveles, el inferior, tocando con la barra, era de madera gastada por los pasos de miles de borrachos a lo largo del tiempo. El nivel superior, separado por un leve escalón y un balconcito, también de madera, era de moqueta roja, causante del olor a cerrado, a cerveza derramada, que impregnaba el ambiente. A pesar de todo, el sitio se veía limpio y acogedor, si había mugre, era amable como cuando uno entra en una bodega. Parecía el camarote del capitán Ahab, ya retirado, después de que Moby Dick lo jubilara.
Se acercó a la barra como movido por un piloto automático. Sus pasos lo llevaban, su mente estaba en otro sitio. Cuando quiso darse cuenta tenía los ojos azules del camarero, casi blancos, clavados sobre los suyos. El tipo tenía la nariz roja y una barba blanca al puro estilo beodo. “Go away from here” conminaban sus ojos glaucos a Gerardo, quien bajó la vista. Frente a sí vio varios surtidores de cerveza y sólo se le ocurrió decir.
–One Guinness please.
–A paint? -contestó el camarero. Gerardo no entendió pero dijo.
–Yes.
Con cara de pocos amigos, el tipo se giró. En aquel pueblo no gustaba el turismo o no estaban acostumbrados a él. Gerardo pensaba en los miles de turistas irlandeses que visitaban sus costas y cómo eran tratados, como si fueran gente importante, y solo eran tipos que tenían trabajos humildes como aquel: servir copas en un local. Por lo menos podrían aprender a sonreír, maldita sea, mascullaba Gerardo sentado sobre un taburete marrón oscuro junto a la ventana del bar, viendo llover. El sitio estaba tranquilo, sólo un par de mesas estaban ocupadas. Una pareja de borrachos hablaba quedamente de sus asuntos y el camarero de vez en cuando participada de la conversación. Sin pronunciar palabra, el tipo dejó la cerveza de Gerardo sobre la barra y lo llamó desde allí señalándola: ¿Acaso esperaba que se la llevara hasta la mesa? ¿Pero qué se había creído? Parecía decir su expresión. Se levantó de su asiento y agarró su consumición.
Se trataba de un vaso largo y ancho, de cerveza negra, con una espuma espesa, casi pastosa, en la parte superior. El cristal estaba frío, pero no helado, y la bebida estaba a la misma temperatura. Gerardo se llevó su consumición hasta donde estaba sentado. No le pusieron ni siquiera unos tristes quicos o cacahuetes con que acompañar el trago. En aquel país desconocían por completo el ritual de la tapa, tenían otros que él ignoraba.
Al dar un sorbo al mejunje, su estómago se contrajo, pero después lo agradeció. El sabor era dulzón y refrescante. Casi podía masticar aquel líquido negro que poco a pocos se iba asentando en su vientre como si fuera un jarabe. Por primera vez desde que estaba allí se sintió reconfortado, a solas con su cerveza y su corazón, viendo llover por la ventana. Poco a poco se fue olvidando de Cayetana, de Maynooth, de Callaghan, de su fracaso, y su alma se fue llenado de un calor agradable que irradiaba desde el estómago hasta las orejas, hasta los pies; haciendo que se amortiguara el envite odioso de las oleadas de su dolor contra las costas de su cuerpo, haciendo que sanaran sus heridas como si se tratara de una bebida mágica que hubiera preparado el mago Merlín o la bruja de Blair. Rio su propia ocurrencia y tomó otro sorbo de cerveza, que por ser tan espesa, le quitaba hasta el hambre solitaria con la que convivía habitualmente.
Como su mirada ahora irradiaba simpatía, un tipo con el pelo cano, sentado unas mesas más adelante, decidió tomar la iniciativa y acercarse a la mesa donde Gerardo estaba acodado. Cautelosamente, se situó frente a su visión y dijo en inglés con acento guiri:
-Can I sit with you, gentlemen?
Gerardo levantó la cabeza sin dejar de sonreír. Tenía la mirada que imaginaba a los locos cuando miraban un punto situado en el infinito, a quilómetros de distancia. Consiguió fijar la vista sobre el tipo enjuto, con el pelo largo y blanco, vestido levemente a lo cowboy, con camisa a cuadros, tejanos, cinturón y botas de cuero.
–Yes, of course. -se le ocurrió decir- But my English is very bad. -repuso luego.
–It looks good to me! -dijo y rio suavemente mientras se sentaba.
Se preguntaron los nombres y el hombre dio a entender que se llamaba Paul, pero que todo el mundo en aquel pueblo lo llamaba por el apellido, Kirkpatrick, por ser su padre, o un antepasado suyo, muy famoso en aquel lugar. Tenía los dientes rotos y la boca apestaba a cerveza, pero a Gerardo su compañía se le hacía agradable por ser otro ser humano y no una sombra. Kirkpatrick le preguntó de qué país venía y él se lo dijo. Afirmó que él había pasado largas temporadas en su país, pero a Gerardo no le sorprendió: eran muchos los irlandeses que recalaban en las costas del Mediterráneo.
–What are you doing here, young men?
Lo de young men le gustó. Hizo que sintiera un cariño paternal hacia el hombre, como si este pudiera protegerlo en aquel lugar o al menos ofrecerle alguna respuesta sobre su destino. Gerardo apuró la cerveza que estaba tomando y dio un golpe en la mesa negra.
-I come here for love. Can you believe it?
-Yes, I do. But you don’t look so good. So I guess that the things went bad in the end.
Gerardo solo pudo entender: bad in the end y supuso todo lo demás. Asintió diciéndole que sí, que las cosas habían ido mal y que por eso estaba allí con Kirkpatrick compartiendo una cerveza amarga. El dolor, antes paralizado, se movió como una alimaña dentro de sí, y Gerardo acusó el golpe con una expresión de pocos amigos. Paul supo solucionar el mal trago y, levantando la vista, le gritó al camarero: Stan, two more!
Cuando Stan, esta vez, trajo las cervezas, Kirkpatrick y Gerardo entrechocaron las copas. Fue el irlandés quien llevó el peso de la conversación. Explicó anécdotas sobre su vida que a veces Gerardo entendía y otras veces no. A él no le importaba que el joven entendiera poco, simplemente había puesto la radio de su alma y apreciaba que alguien extraño lo escuchara a medias, aunque no hiciera el más mínimo esfuerzo por entenderle. Al cabo de un rato, cuando las cervezas andaban por la mitad y el calor del alcohol se hacía cada vez más agradable e intenso, Kirkpatrick preguntó de pronto.
–Who is your girl?
-Works in the Abrevadero’s bar. You know the place?
-Oh, yes! And I think I know your girl too.
-Really? -Gerardo nunca hubiera revelado a nadie el motivo de su visita, ni tampoco el nombre de Cayetana a un desconocido borracho, pero la Guinness le estaba soltando la lengua y se sentía bien hablar con alguien sobre su caso, dar forma a su dolor interno.
-Brunette?
–I’m not gonna tell you, Kirk. I prefer not to tell anybody.
-Sure.
Ambos bebieron en silencio. A fuera había dejado de llover. Al cabo de un rato dijo.
-Want to smoke a cigarette?
-Sure. -dijo Gerardo. Y salieron los dos a la calle con la mitad del vaso vacío pero con un cigarrillo por encender en los labios y el corazón dormido por la cerveza oscura.
Kirkpatrick se puso melancólico. Habló en inglés todo el rato, aunque de vez en cuando metía alguna palabra en español. Esta vez quiso que Gerardo (Yeragdou) lo entendiera lo más posible, así que habló despacio. Dijo que tenía una hija en algún lugar de la geografía iralndesa, a la que hacía muchos años que no veía, a la que quizá no volvería a ver nunca más. Parece que no había sido el mejor padre, cosa que no extrañaba a nadie a juzgar por sus hábitos extraños, como el de entablar, de forma habitual, conversaciones demasiado personales con desconocidos al calor de cualquier bar de borrachos. Había trabajado de todo, ahora estaba jubilado, pero conservaba su pasión intacta: la pintura. Tenía un pequeño taller en su casa, se lamentaba de no poder mostrarle su talento.
Gerardo empezaba a cansarse de la conversación a medida que la cerveza se terminaba. Las ganas de golpear a Kirkpatrick en la cara iban en aumento y quizá Kirkpatrick sentía lo mismo. Aunque viejo, en aquel lugar estaba en minoría, y ahora solo faltaba protagonizar un altercado con un viejo borracho en un lugar pequeño para que Cayetana se convenciera aún más de que había hecho bien dándole una patada en el tafanario. Apurando el cigarrillo, Gerardo se levantó de la silla, dando la conversación por terminada e iniciando la marcha para ir a pagar. Kirkpatrick no se callaba, lo agarró.
-My friend. LIFE can be HARD. You may lose. You CAN lose. No problem if you LOSE… BUT… you have to KEEP MOVING. -dijo con una mirada estrábica- If not, HE -y señaló al cielo con un dedo encorvado- HE will be mad with you. He is WATCHING!
Gerardo se zafó del agarre del borracho y fue a pagar. Tenía ganas de reventarle la cabeza a aquel falso predicador contra el suelo de asfalto. Además, como había dejado de llover y ya era la hora del almuerzo, los transeúntes iban llenando las calles poco a poco, y todos veían el espectáculo que formaba aquella extraña pareja. Después de salir del baño, donde vació las dos cervezas que había tomado, se dirigió con paso tambaleante -no se había dado cuenta de lo bebido que estaba- hasta la barra del bar. Stan hizo un gesto de negación con la cabeza cuando lo vio sacar la cartera para pagar.
-He has done it. -dijo señalando hacia Kirkpatrick.
-Really? Well. Thank you. -dijo Gerardo sorprendido. Se giró sobre sus pasos y salió por la puerta por donde había entrado para despedirse de su viejo amigo que había tenido la deferencia de invitarlo. En la mesa exterior que habían compartido solo quedaban los cigarrillos apagados y los dos vasos de cerveza vacíos. Kirkpatrick había desaparecido. Gerardo miró en todas direcciones pero no consiguió ver por dónde se había marchado. Imaginó que quizá se acercaría al Abrevadero’s a tomarse la última y rio solo en la calle.
Otro amigo, uno de apenas una hora, que desaparecía sin avisar, esta vez para siempre.
…
17. Había perdido
Sus pasos sonaban duros sobre el pavimento. El concreto se sentía frío y húmedo debajo de la suela de los zapatos. Caminaba con cierta sensación de ingravidez, la que da el alcohol cuando se ha bebido algo, pero no lo suficiente como para emborracharse. A pesar de todo lo malo que había pasado durante aquellos días, a pesar de la profunda sensación de fracaso que de vez en cuando lo atormentaba como una piedra araña el fondo del cántaro que era su alma, a pesar de todo eso, se sentía optimista en la mañana gris irlandesa, a aquella hora del mediodía que los gaélicos usaban para comer y los mediterráneos para almorzar. El reloj de la torre tocó con un timbre distinto al acostumbrado que eran las doce y media y la gente comenzó a salir de las oficinas y pequeños negocios de una planta en busca de un sitio para comprar un sándwich.
Él no tenía hambre. Las dos pintas de cerveza Guinness que había consumido junto a Kirkpatrick le habían borrado el apetito al llenarle el enjuto estómago de gas y lúpulo. Sólo había una cosa que lo preocupaba: encontrarse con Cayetana y que lo viera paseando en ese estado alterado de la conciencia que es ir un poco tocado. Temía la escena de toparse con ella, y con su pareja, y tener que saludarse por no poder cruzar la calle y no saber qué hacer ni qué decir; y por lo tanto hacer el ridículo. El restaurante donde ella trabajaba quedaba al otro lado de la calle a la que él había llegado. Estaba en un cruce que cortaba la avenida por en medio. Decidió ir al lado contrario de donde había encontrado a Cayetana la primera vez, es decir, bajando la calle por el lado más sombrío de esta, por donde hubiera vías de escape por las que irse si se daba el caso de encontrarse con ella a lo lejos. Se sentía una rata cobarde pero decidió no pensarlo más.
A medida que caminaba conseguía ver las cosas con más calma. A pesar de todo, ¿qué impedía que fueran amigos? ¿no había venido hasta Irlanda también para eso? Con esta idea en la cabeza, su trance en tierras irlandesas, el fracaso amoroso que había protagonizado, el hecho de que él le lanzara un beso desesperado y ella se apartara, si podían ser amigos después de todo el viaje no habría sido en vano. Habían sido pareja durante muchos años, que el recuerdo se había encargado de dibujar como los mejores de su vida, olvidando los motivos que en su día los separaron. Pero una pareja se basa -además de en la intimidad de los cuerpos y de los besos apasionados- también en la amistad, en la relación desinteresada de dos individuos por estar juntos, sin más pretensión que la de pasar el rato, es decir, gastar lo más valioso que se tiene: el tiempo.
Cayetana y Gerardo tenían mucho en común y otros tantos aspectos que los diferenciaban pero que en el otro resultaban interesantes. Podrían compartir un café durante horas, pasear por el parque sin más conversación que el silencio y su compañía, compartir una mirada cómplice a la vista de algo gracioso o interesante. Su relación se había basado en esos momentos también, el recuerdo estaba lleno de esos instantes y, al fin y al cabo, era lo que más extrañaba de ella. Las noches, las tardes, las mañanas de pasión, también las echaba de menos, pero había conseguido sustituirlas en otros cuerpos con mejor o peor suerte. Lo que no había conseguido encontrar era una amiga como Cayetana, alguien en quien confiar, a quien poder dar la espalda y sentirse seguro.
Cuando levantó la vista del suelo, se encontró frente al Castillo de Maynooth. La construcción era de un gris granítico, hecha con piedras talladas de ese material. Si alguien recordara la imagen de un castillo, le vendría una idea similar al Maynooth Castle a la mente, solo que más gris y pequeño, bastante coqueto, adaptado a las necesidades militares de una población pequeña del medievo. Estaba cerca de la urbe de Dublín. Esa construcción estaba más dedicada al control de los propios habitantes que a la defensa de conquistadores externos, supuso Gerardo. Se preguntaba quién podía desear aquella tierra fría y húmeda, plagada de enfermedades y de cuervos, donde el sol salía justo al contrario del Mediterráneo. Allí, de vez en cuando, una nube tapaba la luz y se sentía un frío irreal; en aquella tierra irlandesa era al revés, las nubes tapaban el sol hasta que este encontraba un pequeño resquicio por el cual lamer con su lengua los charcos del suelo, para volver a desaparecer bien pronto aunque fuera pleno verano.
Como no tenía nada mejor que hacer, decidió entrar al ver el letrero de Free en la puerta. Al cruzar los arcos de medio punto que separaban los muros del interior, encontró una pequeña recepción donde una empleada lo recibió muy amablemente. Según ponía en la plaquita que lucía sobre el pecho, se llamaba Dolores. Aquello le hizo sonreír por ver un nombre en su idioma, tan antiguo, en un lugar del mundo culturalmente alejado de él. Preguntó a la chica joven y guapa si podía visitar el castillo y ella le animó a hacerlo, siempre y cuando estuviera dispuesto a dejar sus datos para el estudio municipal de turismo: quién era, dónde se hospedaba, de dónde venía. El hecho de contestar aquellas preguntas inició una conversación amigable con Dolores que parecía tener la misma edad que él y afirmaba haber viajado muy cerca de donde él vivía, como era costumbre de los guiris durante el verano. Ahora, al parecer, preferían las costas del mar Adriático. Gerardo comentó que nunca había estado en Irlanda pero que le encantaba, que pensaba volver pronto o incluso quedarse. Aquellas mentiras hicieron que Dolores se sintiera orgullosa de su nación y simpática hacia aquel joven desaliñado de mirada cautivadora.
Mientras la conversación avanzaba bajo la alta bóveda del castillo, llegó un tal George según la placa del pecho. Iba vestido con una camisa y pantalones grises, acorde con las paredes. Parecía el jefe de Dolores y parecía reprenderla por dedicar demasiada conversación al turista, que por otra parte no iba a dejar un euro en las arcas castrenses. George se presentó como guía del castillo y afirmó que estaría encantado de acompañar a Gerardo en su visita y mostrarle los rincones más emblemáticos de Maynooth Castle.
No le quedó más remedio que seguir al tipo escaleras arriba, hacia el interior de una bóveda bien iluminada, haciendo un gesto de despedida hacia Dolores que no era un Adiós sino un Hasta pronto o Podríamos tomarnos algo luego. Ella sonrió y siguió atendiendo la pantalla de su ordenador, probablemente buscando destinos turísticos para lo que quedaba de verano o, quien lo sabía, para visitar la ciudad donde Gerardo vivía. Lo prudente era seguir el trasero de George escaleras arriba, en dirección a una amplia plaza de armas donde se situaron justo al lado de lo que parecía un antiguo aljibe.
–English? -dijo George.
–A little bit.
–I can try it in your language.
–Okey. No problem.
George empezó a intentar hablar en el idioma de Gerardo, pero lo que quería explicar era demasiado complejo como para hacerlo con cuatro palabras y tres estructuras gramaticales simples. Así que Gerardo lo animó a que lo hiciera en inglés, que si bien él no era capaz de hablarlo con fluidez, podía entenderlo mejor que el idioma que estaba intentado pertrechar en su memoria. Los guiris no necesitaban aprender otros lenguages y cuando lo hacían pensaban que tenían mucho más nivel del que en realidad poseían.
Un poco azorado, George continuó en inglés y Gerardo pudo dejar de prestarle atención. Miró hacia arriba y vio las almenas oscuras sobre el cielo gris claro, casi blanco, del medio día. Un grupo de cuervos sobrevoló su visión en aquel momento y graznaron algo en su idioma. El moho crecía entre las piedras de las paredes más sombrías y dotaba al sitio de un aura romántica, como de cementerio celta. El suelo estaba tapizado de una fina alfombra de césped verde que regaba el propio ambiente neblinoso. El pozo, según dijo George, era el centro de la construcción y la parte más importante de la plaza. Guerreros, monjes, damas y caballeros se habían dado cita en aquel lugar callado.
Siguieron avanzando por las habitaciones que habían servido de cocina, salas de estar, baños, pasillos, etc. George no se esforzaba mucho en explicar lo que veían porque sabía que Gerardo no lo entendía bien. Para lo que hacía, podía haberlo dejado solo, pero su compañía y amable explicación guiada tenía otra función además de ilustrarle: tenía el cometido de vigilarlo. Gerardo lo sabía y pensó en reprocharle a George que no tenía intención de llevarse ningún adoquín en el avión de vuelta a casa. Pero se calló. Al final del corredor que transitaban, llegaron a una sala tenuemente iluminada por focos de luz amarilla que enfocaban libros abiertos de par en par y manuscritos de la época.
Por primera vez sintió interés por algo de lo que veía y se acercó con entusiasmo a los expositores. Había volúmenes medievales escritos a mano con letras góticas ilegibles. Algunos tenían ricas miniaturas y otros una pobre factura, pero todos poseían un aura como de viejos fantasmas en vitrinas que repetían una información que a nadie interesaba ya. Gerardo sintió simpatía por aquellos vejestorios olvidados detrás de los gruesos cristales que evitaban que criaran polvo. Hubiera sido mejor para ellos acabar en las manos de coleccionistas e ir siendo leídos y destrozados por las caricias implacables del tiempo, pero allí estaban, impertérritos y callados como estatuas.
Gracias a las transcripciones en letra de ordenador, Gerardo pudo entender parte de lo que en esos documentos se decía mientras George hablaba como si fuera una radio encendida a la que nadie hacía caso. Uno de los documentos era una carta que el noble de Maynooth enviaba a un marqués oriundo del país de Gerardo, donde le prometía amistad y alianzas contra el enemigo común de ambos: los ingleses. Según comentó George, el pacto se había sellado con el matrimonio de una de las hijas del marqués con el primogénito de los hijos del conde, dando lugar a nietos morenos con ojos azules.
Continuó su visita saltando con la mirada de un libro a otro. Una obra titulada A Heart To Live llamó su atención. Se trataba de una novela bizantina de un tal Richard Rochester que trataba de un joven caballero inglés que viajaba hasta Maynooth para recuperar el amor de su vida, una joven princesa irlandesa, y que juntos vivían una serie de aventuras y desventuras hasta acabar juntos y felices para siempre en ese castillo. La calidad literaria de la obra, al parecer, no era mucha, pero George había dicho que había sentado un precedente en la narrativa del momento por tratar con tanta profundidad el tema de la ausencia y que había pasajes que nada tenían que envidiar a la literatura de la memoria de Proust, cuando el joven caballero lamenta la falta de su amada Alexandra. Gerardo pensó que nunca, bajo ningún concepto, leería una obra tan cursi como aquella.
Siguieron la visita subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Las piernas de George, que debían contar con veinte años cada una, trepaban por los peldaños con sorprendente facilidad. Gerardo intentaba seguir el ritmo sin jadear, pero no terminaba de conseguirlo. Hacia el final del recorrido, pensó que las piernas le acabarían fallando y que acabaría precipitándose hacia abajo, por la luz oscura que dejaba el hueco de aquella escalera y que parecía no tener fin, como una de aquellas pesadillas artísticas.
La claridad lo cegó por un momento y cuando sus ojos se adaptaron con cierto escozor Gerardo vio que estaban en lo alto del muro, junto a las almenas que había visto antes. Bajo él tenía unas vistas privilegiadas de la pequeña población, que se extendía con salpicones de casas bajas y de árboles altos hacia todas partes. Se veía al fondo el Palacio de la reina Victoria, el camino rectísimo que llevaba a él y que había recorrido con Cayetana, el cruce con su restaurante, la M sobre el mástil del McDonald’s donde lo había dejado el autobús en el que había llegado, el canal que cruzaba toda la población. Conocía mucho de los rincones de aquel pueblo olvidado por las guías turísticas que había recorrido durante tres días seguidos de aquí para allá. Lo único que no podía divisar era la ciudad pontificia donde tenía su habitación con su ventanal melancólico.
Lo mejor será ser amigos, se dijo en voz alta mientras miraba hacia la ciudad. George se quedó extrañado al oír hablar a Gerardo y decidió callarse y dejarlo solo un rato. Hizo mutis hacia un lado y lo dejó mirando hacia las vistas de la ciudad antaño medieval.
Aunque sea difícil, lo mejor será ser amigos, repitió en voz baja. No sabía cómo iba a hacerlo, pero pensaba contactar con Cayetana en cuanto saliera de allí y decirle que lo sentía por presentarse de esa manera, que le disculpara por las molestias que su visita repentina le hubieran podido ocasionar, que le perdonara si la había hecho que se comiera el tarro con recuerdos del pasado. Estaba allí para vivir el presente, para ser su amigo, su mejor amigo, sin más pretensión que esa. Podría contar con él siempre que quisiera, fuera cuales fueran las circunstancias o la hora del día. Podía llamarlo cuando quisiera, él siempre estaría allí para ella, para lo que pudiera necesitar, y las futuras relaciones que él pudiera tener deberían entender que ellos dos eran mucho más que expareja, eran mejores amigos y lo serían toda la vida, aunque vivieran vidas distintas. Estaba decidido. En cuanto saliera del castillo, la llamaría e intentaría hablar con ella.
Justo en el momento en que sus manos abandonaban el tacto frío de las almenas de granito, Gerardo vio una silueta conocida sobre la acera. Justo por delante del Maynooth Castle pasaba Cayetana. Iba riéndose, arreglada, preciosa, con el pelo suelo. Su risa y su conversación llegaban hasta él, que la veía invisible desde la altura. Iba vestida con pantalón tejano, botines de cuero, un abrigo gris fino ceñido a la altura de la cintura. Junto a ella iba un tipo alto, pelirrojo, zanahorio según Gerardo, quien le pasaba una mano por la cintura como él hiciera tantas veces y le plantaba un beso lento en los labios. No hacían buena pareja, pero daba envidia verlos pasear por la avenida. Seguramente Cayetana le contaba la visita exprés de Gerardo y ambos se partían de la risa, o esa visita había servido para unirlos más y a que por fin Callaghan se decidiera a no pasar de ella y a no dejarla en visto con los mensajes. En cualquier caso, ahí estaban.
Una lágrima dura como el granito resbalaba por la mejilla de Gerardo horadando un surco doloroso. Sentía el corazón encogido, apretado por una mano invisible pero cruel que lo atenazaba. Hacía verdaderos esfuerzos por que otra lágrima no cayera por el otro ojo. Sentía en el estómago un hambre atroz, pero no de comida, sino de amor. No podía soportar la visión que aquella bonita pareja ofrecía al subir la avenida. Se sintió un perdedor y un fracaso, al fondo de un pozo donde había caído para siempre lo que un día fueron Cayetana y él. Una parte de él murió en aquel momento y una certeza nació.
No. Nunca. Jamás podrían ser amigos. Era imposible para su corazón estar junto a ella y no querer abrazarla, no poder besarla, saber no tenerla. Sería un obstáculo para la vida de ella y, aunque menos importante en ese momento, para la vida de él también. Era el tiempo de olvidar y la tarea era tan dolorosa que hubiera preferido la muerte súbita.
–Everything okay? -preguntó George manteniendo una distancia prudencial.
–Yes. I have finished here. -dijo Gerardo secándose las lágrimas sin volverse. Cuando se sintió preparado. Miró al suelo y se adelantó al guía del castillo para bajar las escaleras.
Al pasar por delante de la recepción Dolores lo estaba esperando con una sonrisa pero iba tan metido en sus pensamientos y dolores que no encontró ni siquiera las fuerzas para mirarla, para decirle Bye, bye, thank you, amablemente. Se fue como un ladrón, a toda prisa hacia la calle. George lo seguía de cerca e intercambió una mirada de extrañeza con la recepcionista, como diciéndole sin palabras: He is completly mad.
Y era cierto. Gerardo estaba loco de amor por Cayetana. Un amor que había perdido.
…
18. En marcha
La tarde se abría paso entre las nubes y no sabía qué hacer. Ya estaba todo dicho, su historia había terminado para siempre, pero parecía no encontrar el final. Llevaba taciturno todo el día, vagabundeando de un sitio a otro por las calles más oscuras, con miedo de toparse con Callaghan y Cayetana y tener que ensayar una sonrisa helada que no sabría si podría sostener. El simple hecho de pensarlo le ponía la carne del corazón de gallina. Se sentía tan solo y perdido en Maynooth que le costaba mantenerse en pie.
Cayetana y él habían compartido tanto y ahora todo se había extinguido. Algo dentro de Gerardo no podía creer que todo terminara así, sin más sentido que un final abrupto. No podía concebir que ella no tuviera ni siquiera la curiosidad suficiente como para saber de él, para preguntarle qué demonios estaba haciendo allí, pero con insistencia, como queriendo saber la verdad, no por el mero trámite de la cortesía. Se había convertido para ella en una visita incómoda, en poco menos que un desconocido. Pero los recuerdos dolían en el fondo del corazón como un puñal clavado en la arena del suelo.
Al salir del instituto, cuando ambos acababan a las tres de la tarde, solían ir a un parque cercano y se estiraban en la yerba. En ninguna de sus casas les iban a preguntar por qué habían llegado tarde, sus padres tenían cosas mejores en las que pensar que en ellos dos. Aquel era su momento, su ratito compartido de cada día cuando no toda la tarde. Cayetana se subía sobre su barriga mientras él estaba estirado sobre el césped, le daba besos y le hacía carantoñas. “Siempre te querré” o “Nada podrá separarnos” o “Te necesito” e incluso “Tú le das sentido a mi vida” eran expresiones habituales entre ellos y, en ese momento, eran verdad, entonces todavía eran verdad a miles de quilómetros de casa, mientras paseaba solo por las calles de aquel poblado irlandés de clase media. Cómo podía haberse diluido todo aquello como una mancha de aceite en las aguas de la vida, se preguntaba Gerardo con lágrimas en los ojos. Los recuerdos involuntarios como aquel eran imágenes fantasmales que lo atormentaban, no podía controlar su evocación y tampoco estaba seguro de querer olvidarlos, de poder algún día convivir con la certeza de que aquellos instantes más nunca volverían. Tenía miedo de volverse frío. Su corazón se iba cubriendo de piedras a cada paso y cada una de ellas formaba un caparazón duro y doloroso que se iba adosando a las paredes de su carne, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera dolor o fracaso. Le preocupaba no poder amar más nunca a nadie más.
Además, ella había jugado con él. Se sentía traicionado por la persona de quien menos esperaba una traición. Cayetana tenía todo el derecho a no quererlo, pero jugar con él de aquella manera le parecía algo muy cruel. Ella sabía que él la seguía queriendo y no había dudado en mandarle señales las cuales sabía cómo Gerardo las interpretaría: como signos de un futuro juntos, como un acercamiento mutuo, como una esperanza futura de un faro en la lejanía en una noche de tormenta. No había dudado en poner rumbo hacia ella. Le insinuó sus planes varias veces y ella se había mostrado entusiasmada. Pensaba darle una sorpresa, una alegría al verlo allí, en el pueblo donde había huido de todos: un amor, un amigo para siempre en quien poder confiar, un oído a quien contarle todo lo que había pasado, sus planes a futuro, sus éxitos y fracasos en este camino llamado vivir. Gerard, como le llamaba Caye, estaría allí para siempre, como nunca, para ella.
Pero todo se había derrumbado como un castillo de arena. A estas alturas de la historia, ella no estaba sola, había superado la ruptura de aquel amor tan maravilloso en mucho menos de lo esperado, lo cual demostraba que aquel amor no era tan excepcional después de todo, por lo menos, no lo era para una de las partes, para ella. Gerardo no podía resistir los envites que el dolor le provocaba en el alma. Quienes lo veían pasar intentaban cambiar de acera para no cruzarse con aquel loco de ojos llorosos y mirada perdida. ¿Dónde demonios iba a ir ahora? Recordaba que Cayetana le había propuesto que hiciera turismo en una de sus conversaciones, que Dublín no quedaba lejos y que podía tomar un autobús hacia allí. Antes de su llegada pensaba hacerlo, de hecho. Se imaginaba recorriendo las calles de Joyce, como de un color ocre en su fantasía, llenas de librerías con fachada de madera verde oscura. Había formado en su cabeza la imagen, una y mil veces repetida, de Cayetana y él recorriendo las calles de aquella capital septentrional, en busca de un sitio donde comer o comerse a besos, con la alegría renovada de haberse encontrado y de tener todo el tiempo del mundo para amarse, antes o después de la pasión, o en el ínterin de esta, risueños y felices porque el destino lo hubiera vuelto a unir en aquella novela bizantina que había sido su historia.
La idea de visitar Dublín le resultaba ahora absolutamente insoportable, sería la constatación palmaria de su fracaso, la síntesis más pura de su soledad infinita.
Se sentó en el suelo. Sus pasos inconscientes lo habían llevado hasta un descampado, el que se divisaba a través del inquietante ventanal de su habitación en el hostal. Era un terreno verde oscuro, con tachuelas de verde claro, de césped suave. Estaba muy aplanado, sin una sola irregularidad, completamente recto, como hecho a propósito, pero en aquel país sin montañas costaba ver una loma, una calle cuesta arriba. El lugar estaba completamente desierto y silencioso. El suelo verde estaba húmedo pero a Gerardo no le importó mancharse los pantalones. Decidió hacer lo que había visto tantas veces en las películas y nunca había podido en su país de origen en un terreno que no fuera un parque: tumbarse sobre la yerba de aquel campo, a pelo, libre y solo. Respiró hondo y sintió cómo el aire mentolado llenaba sus pulmones embrutecidos por el tabaco y la humedad. En aquel momento parecía poder pensar con mayor claridad y dominio.
Había fracasado completamente. La vida no tenía en más mínimo sentido. Para él, lo más importante del mundo, por encima del éxito o el dinero, era el amor, y sentía que había fracasado en ese ámbito para siempre y de manera estrepitosa. Como debe hacerse, lo había apostado todo a una sola carta según le dictaba su corazón, había seguido todas las recomendaciones de las canciones y los libros, había seguido los pasos al pie de la letra y sin embargo allí estaba, más solo que nunca con un dolor atroz. Su vida, todo lo que había hecho, la persona en que se había convertido hasta entonces, había perdido todo el sentido. Tenía ganas de morirse, de quitarse de en medio, de saltar sobre el canal de Maynooth y dejar que las aguas oscuras y aceitosas se lo llevaran río abajo hacia el mar, es decir, hacia la nada. Para qué quería continuar con la vida que llevaba si nada en ella valía la pena, si todas las personas en quien alguna vez había confiado le habían traicionado de una forma u otra, y esta vez había sido de una manera tan brutal que no podía soportarlo. Se sentía a las puertas de una depresión incurable, de una niebla insana que habría de cruzar sin saber muy bien qué había más allá de ella, teniendo la certeza de que el presente era horrible y que el futuro, muy probablemente, sería peor. A veces había considerado la idea de quitarse la vida, pero la había rechazado por imposible o por la esperanza de un nuevo amanecer. En aquella tarde somnolienta, tarde de verano, sobre la yerba verde del descampado irlandés, se sentía morir a cada instante, como si su corazón se fuera a parar solo al no encontrar sentido a seguir latiendo. Poco a poco Gerardo se sentía desvanecer, se estaba muriendo de pena.
Era bueno que todo terminara así. Sería un buen final para una novela. El protagonista se echa sobre la yerba y poco a poco pierde la vida, como si hubiera tomado veneno. El sol, la lluvia, el tiempo, se encargarían de hacer desaparecer su cuerpo. Su alma trascendería en la nave que nunca ha de volver, rumbo al mundo del que nadie sabe nada. El abrazo frío de la muerte se sentía cada vez más apretado, más duro, más fuerte.
Algo negro se movió junto a su oreja. Con sus últimas fuerzas, Gerardo abrió un ojo.
-¡Me cago en la mar! ¡Maldita sea! -el chillido fue tan fuerte y agudo que despertó hasta los árboles, que cimbrearon levemente con el viento. -¡Me cago en sus muertos! ¡Ay!
Cuando se levantó mientras gritaba, los cuervos que rodeaban el cuerpo olvidado de Gerardo salieron volando en todas direcciones. Eran como veinte o treinta de ellos, se habían dado cita en torno a los restos olvidados del muchacho, interpretando que aquel despojo humano se podía comer ya que no se movía desde hacía rato y nadie venía a reclamar sus restos. Las alimañas lo habían rodeado por todas partes y se iban acercando a los miembros y la cara del supuesto fiambre, convencidos de un festín próximo. Gerardo daba saltos asustados en la hierba verde, levantando mucho los pies como si el suelo quemara, sacudiéndose la espalda, los brazos, las piernas, el pelo, que sentía lleno de hormigas o corta-pichas. Los cuervos revoloteaban cerca, todavía no estaban convencidos de que aquel manjar no estuviera muerto del todo y parecían dispuestos, ya que estaba toda la bandada allí, a juntar esfuerzos para rematarlo saltando sobre él. Gerardo sintió miedo, por primera vez uno real y no metafórico, y corrió hacia los muros grises donde tenía el hotel, corrió como alma que escapa del diablo, corrió como nunca por su vida huyendo de aquellos cuervos asesinos, audaces y cabrones.
Al llegar bajo el arco de una bóveda, se detuvo para coger el poco aire que podían atrapar sus pulmones. Cuando se hubo recuperado un poco, giró la vista hacia el descampado y vio a los córvidos revolotear y graznar en el lugar donde había estado tumbado hacía un momento. Se había quedado completamente dormido sin saberlo y los animales habían aprovechado ese descuido. Había estado a punto de perder un ojo. Tuvo el rostro inteligente de aquel animal muy cerca, con ojos de hambre y el largo pico entreabierto, dispuesto a soltar el primer picotazo sobre la carne más tierna de su rostro. Aquello sí que hubiera sido una verdadera desgracia irreparable, lo que faltaba por vivir.
Por primera vez en mucho tiempo, Gerardo se echó a reír. Primero fue una risa nerviosa, fruto de la tensión de un corazón que latía a mil revoluciones por minuto. Luego se transformó en una risa más honda, que salía desde el fondo del estómago. Maldita sea, le había ido de un pelo, joder, por poco me quedo tuerto para siempre, se decía entre carcajadas. Por vez primera en mucho tiempo, Gerardo se sentía feliz, triunfador. Había ganado, había conseguido esquivar el ataque del heraldo negro de la muerte y estaba en lugar seguro. Algo le enseñaba que los peligros no sólo se encuentran donde se les espera -en un callejón oscuro y desolado en mitad de la noche, por ejemplo- sino que incluso en el sitio más inocente la suerte nos puede deparar el peor de los destinos.
Gerardo había gritado, había saltado, había corrido por su vida y la constatación de sus ganas de seguir hacia delante, no dejándose comer por los cuervos, era tan evidente que le hacía reír, dándose cuenta de que no necesitaba otro argumento para seguir en pie.
Cuando terminó de reírse solo, se rindió por fin: Es hora de irse de aquí, mi aventura en Maynooth se ha acabado, se dijo. Sintió que el alivio inundaba todas las regiones de su cuerpo, como si supiera que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo.
Llegó a su habitación y recogió sus pocas pertenencias. Cargó su teléfono móvil y, aprovechando la conexión inalámbrica del recinto, buscó un billete de avión para esa misma noche, lo encontró a las seis de la mañana del día siguiente. Necesitaba trasladarse hasta el aeropuerto en autobús. Según la página web en inglés, podía tomar uno a las cuatro y media de la madrugada en la parada de autobús que había sido testigo del último intento de beso hacia Cayetana. Le preocupaba que la línea no fuera fiable y pensó en preguntarle a ella si creía que llegaría el autobús a la hora que decía en la página, seguramente Cayetana sería conocedora de los horarios y podría confirmárselo.
Después de comprar los billetes, mientras la tarde caía a través del ventanal y los cuervos se contaban las noticias en el descampado, Gerard escribió un último mensaje a Cayetana, muy poco a poco, con los dedos temblorosos sobre la pequeña pantalla.
“Caye, me voy. Vuelvo a casa. Siento las molestias, de verdad. No sabía nada de tu vida aquí. Ha sido una tontería venir. A pesar de todo, no me arrepiento. Me alegró verte.”
Le dio a enviar. Un destello de esperanza quiso brillar en el corazón de Gerard mientras miraba el nombre de ella en blanco sobre el fondo verde. La hora de la última conexión estaba oculta. Seguramente estaría ocupada. Deshizo toda ensoñación y continuó:
“Mi avión sale a las seis de la mañana y he cogido el billete hacia el aeropuerto a las cuatro treinta de la noche. ¿La línea es fiable? ¿Pasará a recogerme el autobús?”
Dejó la conversación así, dándole la oportunidad a ella para que contestara si quería y pudiera despedirse, al menos por mensajería, dado que un último adiós en la parada era del todo improbable. Gerardo esperaba alguna palabra, si no de amor, sí de consuelo, mientras recogía sus pocos enseres y se preparaba para recibir la noche en el hostal.
Antes de que pudiera encender el cigarrillo, el teléfono vibró sobre la mesita de noche donde estaba enchufado. De un salto, Gerardo dejó el cigarrillo sin encender sobre la cama y activó la aplicación de mensajería rápida que contenía la respuesta de Cayetana. Estuvo mirándola un buen rato, con los ojos quietos y tristes, el texto solamente decía.
“El autobús siempre sale puntual. No tendrás problema para cogerlo en la parada.”
No dijo nada más. Nunca añadió otras palabras más que esas. Estaba todo dicho y, aunque volvía a doler, en el fondo era mejor así. Era más fácil olvidar con un corazón herido. Dejó el móvil con un golpe seco sobre la mesa y volvió a sentarse ya sin poder leer. Miró por la ventana mientras la noche caía, ajeno a los fantasmas, tenía hambre.
Unas pocas horas después, Gerardo estaba en la solitaria parada de autobús. Estaba sentado desde hacía un buen rato en el banco de plástico duro bajo la marquesina. Al otro lado de la calle se divisaba el sitio donde Cayetana y él se habían visto por última vez en la vida. El murmullo del agua del canal de Maynooth sonaba como un susurro bajo sus pies. No había pasado coche alguno desde que estaba allí. Hacía frio y fumaba.
A lo lejos, bajando el largo puente sobre el canal, vio unas luces aproximarse primero y luego distinguió el autobús azul que, silencioso, venía en sentido contrario. Dio la vuelta en un recodo habilitado para ello y abrió sus puertas frente a Gerardo de par en par. Sin demasiado preámbulo, Gerardo subió rápido y mostró su billete en la pantalla de su teléfono. El autobusero, de nombre Mike, como pronto sabría, comprobó su billete en unos folios impresos que llevaba con expresión adormilada. “Let’s go”, dijo.
Gerardo tomó asiento cerca de Mike y miró por la ventana hacia Maynooth. El cristal del autobús no dejaba ver nada al otro lado excepto oscuridad. Lo que sí llegaba de forma muy leve, antes de que las puertas cerraran, era el murmullo del agua del canal, el único elemento de aquel paisaje liminal que parecía querer despedirse de Gerard.
Recordó aquellos versos aprendidos en el instituto que había leído con Caye tantas veces y que ahora cobraban un sentido que entonces no tenían, solo eran música y letra.
Adiós para siempre, la fuente sonora. Del parque dormido, eterna cantora. Adiós para siempre, la fuente sombría. Tu canto es más triste que la tristeza mía. FLUSHHH…
El vehículo se puso en marcha.
…
19. Un corazón donde vivir
A pesar de que era invierno y hacía frío, los días no podían ser más luminosos. El cielo sin nubes dejaba pasar una luz irreal como a través de un velo finísimo. Las mañanas se levantaban con una niebla que rápidamente se disipaba cuando la iluminaban los primeros rayos de sol. Aunque hubiera sido el fin del mundo, Gerard, como ella lo llamaba, no habría podido sentirse más feliz. Caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y un sueño cumplido: lo había conseguido, por fin había besado a Cayetana.
Todo ocurrió durante el pasado sábado. Un golpe de suerte los había hecho coincidir en el lugar menos esperado y la magia había ocurrido por sí sola. No paraba de darle vueltas durante esos tres días y andaba como en una nube. Cuando la encontraba en algún sitio, no podía reprimir el impulso de besarla delante de todo el mundo, sin importar quiénes pudieran mirarlos. Gerard no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Lo único que le importaba en la vida, su única prioridad, era abrazar a Cayetana.
Caye, como todo el mundo la llamaba, de vez en cuando lo reprendía por aquellos impulsos de pasión. Prefería esquivar las miradas indiscretas de los chafarderos y en general Gerard lo entendía. Al fin y al cabo, era una chica muy cabal a pesar de lo que pensaba la gente de ella: que era demasiado liberal para los gustos y buenas costumbres.
Aquella mañana de miércoles Gerardo recorría los pocos pasos que separaban su casa del instituto. Como quedaba poco para que llegaran las vacaciones de Navidad, el ambiente entre los profesores y los alumnos era optimista, y casi todo el mundo se frotaba las manos con la idea de tres semanas de vacaciones a la vuelta de la esquina. Las clases eran relajadas y se era más condescendiente con la comunidad educativa. Al llegar a la puerta saludó a sus conocidos y encendió un cigarrillo mientras los alumnos entraban, pero no vio a Caye como venía siendo costumbre esa semana. Seguramente se habría retrasado o se habría quedado dormida. El hecho de no verla y no poder darle un beso lo entristecía. Aquella nueva tradición recién nacida de encontrarse en la puerta y comentar la perspectiva del día era una de las cosas más deliciosas de su vida actual.
-Te noto raro, Gerard. ¿Te pasa algo? -dijo Rosario apurando su cigarrillo. Este lo miraba con una sonrisa bien alineada, que los aparatos se habían encargado de arreglar.
-No. Nada. Hoy hace como frío, ¿no?
-La estás esperando a ella, ¿a que sí? Hoy parece que llega tarde. -Rosario dio una larga calada a un cigarrillo que sujetaba con cierta torpeza, pero que no se caería nunca.
-No estoy esperando a nadie. ¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito faldero?
-Por un perrito arrabalero, más bien.
Ambos rieron la gracia con camaradería. Rosario era un buen amigo y siempre le había apoyado en los momentos más duros. Su presencia había estado ahí cuando las posibilidades con Cayetana eran nulas. Sabía toda la historia y estaba feliz por su amigo, por el camino que habían tomado los hechos y su alegre resolución.
-Podrías escribirle y preguntarle qué le ha pasado.
-Ya. -Gerard miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. Si le había pasado algo a Cayetana, no le había dicho nada. Apagó la pantalla y apuró el cigarrillo de un tirón. -Lo mejor será que subamos y no lleguemos tarde. ¿Fuisteis ayer al Cantábrico después de clases? ¿Os quedasteis hasta tarde? Yo al final no adelanté toda la faena que tenía.
Mientras subían hacia las aulas, se fueron encontrando con otros compañeros, con los amigos de entonces, con quienes habrían de vivir tantas aventuras que recordarían todos por siempre. Pero ese día era un día normal y corriente de clases y frío, de una rutina anodina que sería evocada de soslayo cuando incidiera una luz rara sobre una mesa. Antes de entrar en clase, Gerard comprobó otra vez su teléfono. No había mensajes.
El día avanzó con normalidad y durante el descanso tampoco encontró a Cayetana. Preguntó a sus compañeras pero estas no supieron decirle. Además, tampoco las conocía demasiado y no quería insistir mucho y parecer el tipo desesperado que entonces era. Entre cigarro y sorbo de café fue transcurriendo el descanso y pronto hubieron de subir de nuevo a las aulas. El día se presentaba tan aburrido como siempre y la rutina tenía el poder de solapar las preocupaciones con una tenue sensación de seguridad y sosiego.
Antes de subir, el esperado mensaje llegó: “Hola, Gerard. Hoy no nos hemos visto”.
Y continuaba en otro recuadro.
“Me gustaría verte al acabar las clases para tomar una coca-cola.”
Gerardo sonrió de oreja a oreja. La indirecta de la coca-cola le parecía un giro de guion espectacular a las perspectivas de lo que iba a ser su día. La cuestión era dónde tomarla.
“Lo de la coca-cola es la excusa, no sé si me entiendes.” Por supuesto que la entendía.
Gerardo contestó la mar de contento al mensaje con el corazón aliviado. Una sonrisa pícara e irregular se dibujaba en sus finos labios mientras tecleaba nerviosamente los botones del pequeño terminal. Rosario e Indalecio lo miraban con socarronería.
-¿Ya te ha escrito tu princesa, Romeo? -dijo uno.
-Venga, Gerardo, espabila. Que tenemos mucho que planear. -dijo el otro.
-Callaros un momento, por favor. Hoy puede ser un gran día. El mejor de todos.
Todos rieron sin saber muy bien por qué y siguieron a lo suyo. Gerard contestó que no había problema, que la esperaba donde ella quisiera. Cayetana le dio las indicaciones pertinentes y estuvieron claras enseguida: un banco blanco, no muy lejos de casa de ella.
Al terminar las clases, no se despidió de nadie y salió directo hacia donde lo había citado Cayetana. El sitio estaba a unos cinco minutos andando desde el instituto, así que tenía tiempo de rememorar los momentos felices que lo habían traído hasta ahora.
Llevaba enamorado de Caye desde la primera vez que la vio. Sin quererlo, sus miradas se habían encontrado el cruzarse por el pasillo y una luz se había encendido dentro de su corazón. Sus ojos marrones lo penetraron como dos saetas y nunca pudo olvidar esa primera imagen de ella, como si su alma la reconociera de algún modo entre el marasmo de la vida y la gente. Gerardo se enamoró perdidamente y siempre intentaba acercarse a ella, pero Caye no parecía igual de interesada. Mientras que él intentaba coincidir con ella en cualquier ocasión, la chica parecía evitarlo en la medida de lo posible. Si bien tenían amigos y conocidos en común -y al cabo de poco tiempo todos sabían que Gerard estaba colado por ella- nunca se conseguía un momento de intimidad donde dar un paso adelante. La comidilla de su enamoramiento corría por todo el instituto y era una de las historias más divertidas que se recuerdan de esa promoción. Mientras él iba siembre al encuentro de Cayetana, ella iba siempre detrás de cualquiera que no fuera Gerard.
Una noche, casualidad o no, coincidieron en una fiesta. Era el cumpleaños de uno de los tipos más populares del instituto y se había reunido una buena cantidad de gente en una de las salas de moda de la ciudad. Gerardo no soportaba esa música electrónica, al cumpleañero ni a la mayoría de gente que se reunía en aquel lugar, pero tenía la esperanza de poder entablar una conversación con Cayetana, de tener su oportunidad.
Pero esta pareció desvanecerse. Cayetana estaba en el local a oscuras, hablando muy cerca de otro tipo que él conocía por ser el antiguo rollo de ella. No conseguía recordar su nombre, pero sí su cara. Una ola de tristeza inundó su corazón herido. Estaba completamente solo en aquel lugar, sus amigos se habían ido no se sabía bien a dónde y tenía que estar viendo una escena insoportable. El tipo se reía y le decía algo al oído y ella lo miraba a él, a Gerardo, y le decía algo a su vez, negando con la cabeza. No había nada que hacer, por fin se daba cuenta de que había perdido. La dejaría tranquila por fin.
Al cabo de un rato, de estar de pie en medio de la sala, entre un montón de gente que no conocía bien, sintiéndose el hombre más solitario del planeta tierra, notó que una mano suave agarraba la suya. Al seguir el camino de su brazo se encontró con los ojos de Cayetana a una distancia muy próxima que lo miraban con insistencia, con hambre, divertidos. Gerard no entendía nada y la miró con una sonrisa estúpida en el rostro. Caye empezó a caminar hacia la salida, apartando a la gente, a veces conocida, que la saludaba, sin soltar nunca la mano de él. Como en una nube andaba Gerardo detrás de ella, mirando a quienes se cruzaba como si no los viera, sintiendo solamente el tacto de la mano de ella en torno a la suya, procurando que ningún vaivén de los asistentes las separara y corrieran el riesgo de no volver a encontrarse entre la multitud. Agarraba su mano con dulzura y firmeza al abandonar la sala y siguieron así mientras doblaban la esquina que daba a unas escaleras por las que no transitaba casi nadie. Una vez allí se produjo la magia y fue como si su corazón estallara en todas direcciones sin dolor.
Desde esa noche de sábado habían intercambiado besos y mensajes hasta llegar a ese mediodía de miércoles en el que estaba Gerardo sentado en el banco blanco donde Cayetana lo había citado, esperándola, soñando con los ojos abiertos mientras miraba pasar una solitaria nube azulada sobre el cielo gris bajo un sol de invierno. Cuando quiso darse cuenta, tenía una coca-cola en la mano. Desconcertado, se despertó.
-Lo prometido es deuda. -dijo Cayetana. Al principio no lo entendió, luego se acordó de que la excusa para reunirse había sido esa y rio la gracia nerviosamente. Quiso besarla.
-La mía es una coca-cola light. -El hecho de que ella bebiera había impedido que él la besara. Se extrañó pero no dijo nada. -No. No te levantes. Mejor quédate sentado.
-¿Cómo estás? No te he visto hoy en el instituto. Espero que todo esté bien.
-Sí. No te preocupes. Estos días los profes no explican nada interesante en clase, ¿verdad?
-Pues no, es cierto. Lo más interesante desde que empecé el curso ha sido encontrarme contigo. Creo que si no es por ti, ni siquiera acudiría a las clases. ¡Menuda turra!
Cayetana rio y parecía que todas las cosas en el mundo sonrieran a la vez. Los colores de la vida eran más vivos que nunca y la gente tenía una existencia feliz sobre la tierra; las malas hierbas que crecían entre las aceras eran tan bonitas como las flores y la suciedad de las calles parecía hecha con tinta que diera carácter y personalidad a las paredes de los edificios, incluso la mierda de paloma parecía no manchar sino decorar.
Ella le contó su día. Al parecer se había peleado con su padre por un asunto indeterminado que no acababa de entender. La relación con sus progenitores no era muy buena, tampoco lo era la de Gerardo, así que en ese aspecto se entendían a la perfección. Una de las cosas buenas que tenía el mundo adulto era la esperanza de salir pronto de la casa familiar y de buscarse la vida por su cuenta, mejor el riesgo que el tedio parental.
-Me estoy desviando el tema, perdona. -dijo ella. -Lo que quería decirte es otra cosa.
-Tranquila. No me molesta que me cuentes tus cosas. De hecho, puedes hacerlo siempre que quieras. Yo siempre estaré aquí para escucharte. Mi música es tu voz. ¡Qué cursi!
-Está siendo más difícil decirte esto de lo que pensaba.
-Tranquila. Dispara.
Cayetana cogió carrerilla y dijo.
-No estoy preparada para tener una relación. -y dio un trago a su coca-cola light.
Por primera vez en un buen rato, Gerardo oyó el ruido de los coches. El mundo había vuelto a sintonizarse al máximo volumen y las cosas parecían ahora de un realismo atroz. No entendía bien las palabras de ella, pero no podía pedirle que las repitiera.
-Vaya… La verdad es que no esperaba que este fuera el motivo de la coca-cola.
Cayetana se rio. -¿Y qué te esperabas, pillín? De verdad, Gerard, eres el mejor. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres muy buen chico y todo eso, pero no estoy preparada.
Lejos de sentirse triste, Gerardo se sentía completamente tranquilo y seguro de sí mismo. La chica a quien amaba le estaba dando calabazas y él se sentía en paz con el mundo, aceptando que las cosas podían salir o no salir, seguro de que al final ganaría.
-¿Preparada para qué? No lo entiendo. Tampoco se necesita demasiado para verme.
-Me encantas, de verdad, pero no quiero tener nada con nadie, y siento que contigo sería distinto, y eso me da miedo. La verdad es que siento un vértigo aquí y no sé… -se señalaba sitio donde tenía el corazón. Gerardo quiso posar su mano sobre la suya pero se contuvo. -He sufrido mucho, ¿sabes? No estoy preparada para que me pase otra vez.
-¿Por qué piensas que te va a pasar otra vez?
-Porque siempre me pasa lo mismo. Los chicos vienen, me dicen cosas bonitas y luego se van. Puedo soportarlo casi siempre, pero contigo es diferente, no podría soportarlo.
Gerardo apoyó la coca-cola en el suelo y tomó sus manos entre las suyas. Ese gesto habría de hacerlo muchas veces en los años de amor que estaban por venir entonces.
-Pero yo no soy un chico. Yo soy Gerard y nunca te voy a dejar sola si tú no quieres.
Se miraron a los ojos. Ambos sonrieron. Se dieron un beso sin darse ninguno cuenta, movidos por esa extraña energía que mueve todas las cosas de este mundo, como una brisa de viento que levanta sin esfuerzo hojas secas y semillas que habrán de germinar. Al juntar los labios, un mundo diferente nació de ese instante tan bello que se detuvo. La realidad circundante pasó a un segundo plano, donde nada tenía real importancia.
Se separaron los labios, pero los cuerpos se quedaron juntos en el banco blanco y frío. Feliz como nunca, Gerardo la miró con dulzura y pasó un brazo por su cintura estrecha.
-Además, quien no arriesga no gana. ¿No sabes tú eso?
-Quien no arriesga no gana… -dijo ella, soñadora, sonriente. Con los ojos llenos de estrellas lo miraba como si se reconocieran después de muchos imposibles. -Y si no funciona, ¿qué? Si después de todo nada sale bien, ¿qué haremos? ¿Qué ganaremos?
Gerardo se quedó en silencio un momento y al cabo, sin pensarlo demasiado, dijo:
-Un corazón donde vivir.
…
…oooOOOooo…
FIN de Liminar Londres
Nota del Escribidor: El próximo domingo continuará una nueva historia. Hasta entonces, encontrarás más contenido en esta web o en el Instagram: @ricardo_r_boceta. ¡Un abrazo!















