Un corazón donde vivir (Parte 14)

En marcha

La tarde se abría paso entre las nubes y no sabía qué hacer. Ya estaba todo dicho, su historia había terminado para siempre, pero parecía no encontrar el final. Llevaba taciturno todo el día, vagabundeando de un sitio a otro por las calles más oscuras, con miedo de toparse con Callaghan y Cayetana y tener que ensayar una sonrisa helada que no sabría si podría sostener. El simple hecho de pensarlo le ponía la carne del corazón de gallina. Se sentía tan solo y perdido en Maynooth que le costaba mantenerse en pie.

Cayetana y él habían compartido tanto y ahora todo se había extinguido. Algo dentro de Gerardo no podía creer que todo terminara así, sin más sentido que un final abrupto. No podía concebir que ella no tuviera ni siquiera la curiosidad suficiente como para saber de él, para preguntarle qué demonios estaba haciendo allí, pero con insistencia, como queriendo saber la verdad, no por el mero trámite de la cortesía. Se había convertido para ella en una visita incómoda, en poco menos que un desconocido. Pero los recuerdos dolían en el fondo del corazón como un puñal clavado en la arena de su suelo.

Al salir instituto, cuando ambos acababan a las tres de la tarde, solían ir a un parque cercano y se estiraban en la yerba. En ninguna de sus casas les iban a preguntar por qué habían llegado tarde, sus padres tenían cosas mejores en las que pensar que en ellos dos. Aquel era su momento, su ratito compartido de cada día cuando no toda la tarde. Cayetana se subía sobre su barriga mientras él estaba estirado sobre el césped, le daba besos y le hacía carantoñas. “Siempre te querré” o “Nada podrá separarnos” o “Te necesito” e incluso “Tú le das sentido a mi vida” eran expresiones habituales entre ellos y, en ese momento, eran verdad, entonces todavía eran verdad a miles de quilómetros de casa, mientras paseaba solo por las calles de aquel poblado irlandés de clase media. Cómo podía haberse diluido todo aquello como una mancha de aceite en las aguas de la vida, se preguntaba Gerardo con lágrimas en los ojos. Los recuerdos involuntarios como aquel eran imágenes fantasmales que lo atormentaban, no podía controlar su evocación y tampoco estaba seguro de querer olvidarlos, de poder algún día convivir con la certeza de que aquellos momentos más nunca volverían. Tenía miedo de volverse frío. Su corazón se iba cubriendo de piedras a cada paso y cada una de ellas formaba un caparazón duro y doloroso que se iba adosando a las paredes de su carne, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera dolor o fracaso. Le preocupaba no poder amar más nunca.

Además, ella había jugado con él. Se sentía traicionado por la persona de quien menos esperaba una traición. Cayetana tenía todo el derecho a no quererlo, pero jugar con él de aquella manera le parecía algo muy cruel. Ella sabía que él la seguía queriendo y no había dudado en mandarle señales que sabía cómo Gerardo las interpretaría: como signos de un futuro juntos, como un acercamiento mutuo, como una esperanza futura de un faro en la lejanía en una noche de tormenta. No había dudado en poner rumbo hacia ella. Le insinuó sus planes varias veces y ella se había mostrado entusiasmada. Pensaba darle una sorpresa, una alegría al verlo allí, en el pueblo donde había huido de todos: un amor, un amigo para siempre en quien poder confiar, un oído a quien contarle todo lo que había pasado, sus planes a futuro, sus éxitos y fracasos en este camino llamado vivir. Gerard, como le llamaba Caye, estaría allí para siempre, como nunca, para ella.

Pero todo se había derrumbado como un castillo de arena. Después de todo, ella no estaba sola, había superado la ruptura de aquel amor tan maravilloso en mucho menos de lo esperado, lo cual demostraba que aquel amor no era tan excepcional después de todo, por lo menos, no lo era para una de las partes, para ella. Gerardo no podía resistir los envites que el dolor le provocaba en el alma. Quienes lo veían pasar intentaban cambiar de acera para no cruzarse con aquel loco de ojos llorosos y mirada perdida. ¿Dónde demonios iba a ir ahora? Recordaba que Cayetana le había propuesto que hiciera turismo en una de sus conversaciones, que Dublín no quedaba lejos y que podía tomar un autobús hacia allí. Antes de su llegada pensaba hacerlo, de hecho. Se imaginaba recorriendo las calles de Joyce, como de un color ocre en su fantasía, llenas de librerías con fachada de madera verde oscura. Había formado en su cabeza la imagen una y mil veces repetida de Cayetana y él recorriendo las calles de aquella capital septentrional, en busca de un sitio donde comer o comerse a besos, con la alegría renovada de haberse encontrado y de tener todo el tiempo del mundo para amarse, antes o después de la pasión, o en el ínterin de esta, risueños y felices por que el destino lo hubiera vuelto a unir en aquella novela bizantina que había sido su historia.

La idea de visitar Dublín le resultaba ahora absolutamente insoportable, sería la constatación palmaria de su fracaso, la síntesis más pura de su soledad infinita.

Se sentó en el suelo. Sus pasos inconscientes lo habían llevado hasta un descampado, el que se divisaba a través del inquietante ventanal de su habitación en el hostal. Era un terreno verde oscuro, con tachuelas de verde claro, de césped suave. Estaba muy aplanado, sin una sola irregularidad, completamente recto, como hecho a propósito, pero en aquel país sin montañas costaba ver una loma, una calle cuesta arriba. El lugar estaba completamente desierto y silencioso. El suelo verde estaba húmedo pero a Gerardo no le importó mancharse los pantalones. Decidió hacer lo que había visto tantas veces en las películas y nunca había podido en su país de origen en un terreno que no fuera un parque: tumbarse sobre la yerba de aquel campo, a pelo, libre y solo. Respiró hondo y sintió cómo el aire mentolado llenaba sus pulmones embrutecidos por el tabaco y la humedad. En aquel momento parecía poder pensar con mayor claridad y dominio.

Había fracasado completamente. La vida no tenía en más mínimo sentido. Para él, lo más importante del mundo, por encima del éxito o el dinero, era el amor, y sentía que había fracasado en ese ámbito para siempre y de manera estrepitosa. Como debe hacerse, lo había apostado todo a una sola carta según le dictaba su corazón, había seguido todas las recomendaciones de las canciones y los libros, había seguido los pasos al pie de la letra y sin embargo allí estaba, más solo que nunca con un dolor atroz. Su vida, todo lo que había hecho, la persona en que se había convertido hasta entonces, había perdido todo el sentido. Tenía ganas de morirse, de quitarse de en medio, de saltar al sobre el canal de Maynooth y dejar que las aguas oscuras y aceitosas se lo llevaran río abajo hacia el mar, es decir, hacia la nada. Para qué quería continuar con la vida que llevaba si nada en ella valía la pena, si todas las personas en quien alguna vez había confiado le habían traicionado de una forma u otra, y esta vez había sido de una manera tan brutal que no podía soportarlo. Se sentía a las puertas de una depresión incurable, de una niebla insana que habría de cruzar sin saber muy bien qué había más allá de ella, teniendo la certeza de que el presente era horrible y que el futuro, muy probablemente, sería peor. A veces había considerado la idea de quitarse la vida, pero la había rechazado por imposible o por la esperanza de un nuevo amanecer. En aquella tarde somnolienta, tarde de verano, sobre la yerba verde del descampado irlandés, se sentía morir a cada instante, como si su corazón se fuera a parar solo al no encontrar sentido a seguir latiendo. Poco a poco Gerardo se sentía desvanecer, se estaba muriendo de pena.

Era bueno que todo terminara así. Sería un buen final para una novela. El protagonista se echa sobre la yerba y poco a poco pierde la vida, como si hubiera tomado veneno. El sol, la lluvia, el tiempo, se encargarían de hacer desaparecer su cuerpo. Su alma trascendería en la nave que nunca ha de volver, rumbo al mundo del que nadie sabe nada. El abrazo frío de la muerte se sentía cada vez más apretado, más duro, más fuerte.

Algo negro se movió junto a su oreja. Con sus últimas fuerzas, Gerardo abrió un ojo.

-¡Me cago en la mar! ¡Maldita sea! -el chillido fue tan fuerte y agudo que despertó hasta los árboles, que cimbrearon levemente con el viento. -¡Me cago en sus muertos! ¡Ay!

Cuando se levantó mientras gritaba, los cuervos que rodeaban el cuerpo olvidado de Gerardo salieron volando en todas direcciones. Eran como veinte o treinta de ellos, se habían dado cita en torno a los restos olvidados del muchacho, interpretando que aquel despojo humano se podía comer ya que no se movía de hacía rato y nadie venía a reclamar sus restos. Las alimañas lo habían rodeado por todas partes y se iban acercando a los miembros y la cara del supuesto fiambre, convencidos de un festín próximo. Gerardo daba saltos asustados en la hierva verde, levantando mucho las piernas como si el suelo quemara, sacudiéndose la espalda, los brazos, las piernas, el pelo, que sentía lleno de hormigas o corta-pichas. Los cuervos revoloteaban cerca, todavía no estaban convencidos de que aquel manjar no estuviera muerto del todo y parecían dispuestos, ya que estaba toda la bandada allí, a juntar esfuerzos para rematarlo saltando sobre él. Gerardo sintió miedo, esta vez uno real y no metafórico, y corrió hacia los muros grises donde tenía el hotel, corrió como alma que escapa del diablo, corrió como nunca por su vida huyendo de aquellos cuervos asesinos y cabrones.

Al llegar bajo el arco de una bóveda, se detuvo para coger el poco aire que podían atrapar sus pulmones. Cuando se hubo recuperado un poco, giró la vista hacia el descampado y vio a los cuervos revolotear y graznar en el lugar donde había estado tumbado hacía un momento. Se había quedado completamente dormido sin saberlo y los animales habían aprovechado ese descuido. Había estado a punto de perder un ojo. Tuvo el rostro inteligente de aquel animal muy cerca, con ojos de hambre y el largo pico entreabierto, dispuesto a soltar el primer picotazo sobre la carne más tierna de su rostro. Aquello sí que hubiera sido una verdadera desgracia irreparable, lo que faltaba por vivir.

Por primera vez en mucho tiempo, Gerardo se echó a reír. Primero fue una risa nerviosa, fruto de los nervios de un corazón que latía a mil revoluciones por minuto. Luego se transformó en una risa más honda, que salía desde el fondo del estómago. Maldita sea, le había ido de un pelo, joder, por poco me quedo tuerto para siempre, se decía entre carcajadas. Por vez primera en mucho tiempo, Gerardo se sentía feliz, triunfador. Había ganado, había conseguido esquivar el ataque del heraldo negro de la muerte y estaba en lugar seguro. Algo le enseñaba que los peligros no sólo se encuentran donde se les espera -en un callejón oscuro y desolado en mitad de la noche, por ejemplo- sino que incluso en el sitio más inocente la suerte nos puede deparar el peor de los destinos.

Gerardo había gritado, había saltado, había corrido por su vida y la constatación de sus ganas de seguir hacia delante, no dejándose comer por los cuervos, era tan evidente que le hacía reír, dándose cuenta de que no necesitaba otro argumento para seguir en pie.

Cuando terminó de reírse solo, se rindió por fin: Es hora de irse de aquí, mi aventura en Maynooth se ha acabado, se dijo. Sintió que el alivio inundaba todas las regiones de su cuerpo, como si supiera que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo.

Llegó a su habitación y recogió sus pocas pertenencias. Cargó su teléfono móvil y, aprovechando la conexión inalámbrica del recinto, buscó un billete de avión para esa misma noche, lo encontró a las seis de la mañana del día siguiente. Necesitaba trasladarse hasta el aeropuerto en autobús. Según la página web en inglés, podía tomar uno a las cuatro y media de la madrugada en la parada de autobús que había sido testigo del último intento de beso hacia Cayetana. Le preocupaba que la línea no fuera fiable y pensó en preguntarle a ella si creía que llegaría el autobús a la hora que decía en la página, seguramente Cayetana sería conocedora de los horarios y podría confirmárselo.

Después de comprar los billetes, mientras la tarde caía a través del ventanal y los cuervos se contaban las noticias en el descampado, Gerard escribió un último mensaje a Cayetana, muy poco a poco, con los dedos temblorosos sobre la pequeña pantalla.

“Caye, me voy. Vuelvo a casa. Siento las molestias, de verdad. No sabía nada de tu vida aquí. Ha sido una tontería venir. A pesar de todo, no me arrepiento. Me alegró verte.”

Le dio a enviar. Un destello de esperanza quiso brillar en el corazón de Gerard mientras miraba el nombre de ella en blanco sobre el fondo verde. La hora de la última conexión estaba oculta. Seguramente estaría ocupada. Deshizo toda ensoñación y continuó:

“Mi avión sale a las seis de la mañana y he cogido el billete hacia el aeropuerto a las cuatro treinta de la noche. ¿La línea es fiable? ¿Pasará a recogerme el autobús?”

Dejó la conversación así, dándole la oportunidad a ella para que contestara si quería y pudiera despedirse, al menos por mensajería, dado que una despedida en la parada era del todo improbable. Gerardo esperaba alguna palabra, si no de amor, sí de consuelo, mientras recogía sus pocos enseres y se preparaba para recibir la noche en el hostal. Encontró perdido en un doble fondo el libro que se había traído para el viaje: Roma, Bruselas, Londres, Barcelona, cuatro ciudades que encerraban una historia cada una.

Antes de que pudiera empezar el libro y encender el cigarrillo, el teléfono vibró sobre la mesita de noche donde estaba enchufado. De un salto, Gerardo dejó el libro sin abrir sobre la cama y activó la aplicación de mensajería rápida que contenía la respuesta de Cayetana. Estuvo mirándola un buen rato, con los ojos quietos, el texto decía.

“El autobús siempre sale puntual. No tendrás problema para cogerlo en la parada.”

No dijo nada más. Nunca añadió otras palabras más que esas. Estaba todo dicho y, aunque volvía a doler, en el fondo era mejor así. Era más fácil olvidar con un corazón herido. Dejó el móvil con un golpe seco sobre la mesa y volvió a sentarse ya sin poder leer. Miró por la ventana mientras la noche caía, ajeno a los fantasmas, tenía hambre.

Unas pocas horas después, Gerardo estaba en la solitaria parada de autobús. Estaba sentado desde hacia un buen rato en el banco de plástico duro bajo la marquesina. Al otro lado de la calle se divisaba el sitio donde Cayetana y él se habían visto por última vez en la vida. El murmullo del agua del canal de Maynooth sonaba como un susurro bajo sus pies. No había pasado coche alguno desde que estaba allí. Hacía frio y fumaba.

A lo lejos, bajando el largo puente sobre el canal, vio unas luces aproximarse primero y luego distinguió el autobús azul que, silencioso, venía en sentido contrario. Dio la vuelta en un recodo habilitado para ello y abrió sus puertas frente a Gerardo de par en par. Sin demasiado preámbulo, Gerardo subió rápido y mostró su billete en la pantalla de su teléfono. El autobusero, de nombre Mike, como pronto sabría, comprobó su billete en unos folios impresos que llevaba con expresión adormilada. “Let’s go”, dijo.

Gerardo tomó asiento cerca de Mike y miró por la ventana hacia Maynooth. El cristal del autobús no dejaba ver nada al otro lado excepto oscuridad. Lo que sí llegaba de forma muy leve, antes de que las puertas cerraran, era el murmullo del agua del canal, el único elemento de aquel paisaje liminal que parecía querer despedirse de Gerard.

Recordó aquellos versos aprendidos en el instituto que había leído con Caye tantas veces y que ahora cobraban un sentido que entonces no tenían, solo eran música y letra.

Adiós para siempre, la fuente sonora. Del parque dormido, eterna cantora. Adiós para siempre, la fuente sombría. Tu canto es más triste que la tristeza mía. FLUSHHH…

El vehículo se puso en marcha.

…oooOOOooo…

Nota del autor: Esta historia terminará con el último capítulo el próximo domingo.

Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13.

Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

El Pobrecito Escribidor

Comentarios

6 respuestas a «Un corazón donde vivir (Parte 14)»

  1. Avatar de marylia4

    Anímate y haz libro de este interesante relato. Escribes muy bien. El próximo domingo, el desenlace. Gracias por compartir. Un abrazo.

    1. Avatar de El Pobrecito Escribidor

      Muchas gracias, Marylia. Esa es la idea, uniré algunos relatos que ya tengo y otro que vendrá para hacer una sola obra. Cuando eso pase, te mandaré un ejemplar. Muchas gracias por tu generosidad. Un abrazo fuerte

      1. Avatar de marylia4

        Muchas gracias a ti. Un abrazo

  2. Avatar de Barrel Marble

    WOW!!!La reflexión sobre la vida, el amor y la búsqueda de sentido resuena con fuerza. En definitiva, una narrativa poderosa que evoca una gama completa de emociones.

    1. Avatar de El Pobrecito Escribidor

      Gracias por tu comentario y por captar la esencia de esta historia. Espero seguir provocando lecturas tan especiales como la tuya. Un abrazo

  3. […] 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13 – 14.Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena […]

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