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  • Un corazón donde vivir (FINAL)

    Un corazón donde vivir (FINAL)

    Un corazón donde vivir

    A pesar de que era invierno y hacía frío, los días no podían ser más luminosos. El cielo sin nubes dejaba pasar una luz irreal como a través de un velo finísimo. Las mañanas se levantaban con una niebla que rápidamente se disipaba cuando la iluminaban los primeros rayos de sol. Aunque hubiera sido el fin del mundo, Gerard, como ella lo llamaba, no habría podido sentirse más feliz. Caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y un sueño cumplido: lo había conseguido, por fin había besado a Cayetana.

    Todo ocurrió durante el pasado sábado. Un golpe de suerte los había hecho coincidir en el lugar menos esperado y la magia había ocurrido por sí sola. No paraba de darle vueltas durante esos tres días y andaba como en una nube. Cuando la encontraba en algún sitio, no podía reprimir el impulso de besarla delante de todo el mundo, sin importar quiénes pudieran mirarlos. Gerard no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Lo único que le importaba en la vida, su única prioridad, era abrazar a Cayetana.

    Caye, como todo el mundo la llamaba, de vez en cuando lo reprendía por aquellos impulsos de pasión. Prefería esquivar las miradas indiscretas de los chafarderos y en general Gerard lo entendía. Al fin y al cabo, era una chica muy cabal a pesar de lo que pensaba la gente de ella: que era demasiado liberal para los gustos y buenas costumbres.

    Aquella mañana de miércoles Gerardo recorría los pocos pasos que separaban su casa del instituto. Como quedaba poco para que llegaran las vacaciones de Navidad, el ambiente entre los profesores y los alumnos era optimista, y casi todo el mundo se frotaba las manos con la idea de tres semanas de vacaciones a la vuelta de la esquina. Las clases eran relajadas y se era más condescendiente con los alumnos y con los profes. Al llegar a la puerta saludó a sus conocidos y encendió un cigarrillo mientras los alumnos entraban, pero no vio a Caye como venía siendo costumbre esa semana. Seguramente se habría retrasado o estaría dormida. El hecho de no verla y no poder darle un beso lo entristecía. Aquella nueva tradición recién nacida de encontrarse en la puerta y comentar la perspectiva del día era una de las cosas más deliciosas de su vida.

    -Te noto raro, Gerard. ¿Te pasa algo? -dijo Roberto apurando su cigarrillo. Este lo miraba con una sonrisa bien alineada, que los aparatos se habían encargado de arreglar.

    -No. Nada. Hoy hace como frío, ¿no?

    -La estás esperando a ella, ¿a que sí? Hoy parece que llega tarde. -Roberto dio una larga calada a un cigarrillo que sujetaba con cierta torpeza, pero que no se caería nunca.

    -No estoy esperando a nadie. ¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito faldero?

    -Por un perrito arrabalero, más bien.

    Ambos rieron la gracia con camaradería. Roberto era un buen amigo y siempre le había apoyado en los momentos más duros. Su presencia había estado ahí cuando las posibilidades con Cayetana eran nulas. Sabía toda la historia y estaba feliz por su amigo, por el camino que habían tomado los hechos y su alegre resolución.

    -Podrías escribirle y preguntarle qué le ha pasado.

    -Ya. -Gerard miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. Si le había pasado algo a Cayetana, no le había dicho nada. Apagó la pantalla y apuró el cigarrillo de un tirón. -Lo mejor será que subamos y no lleguemos tarde. ¿Fuisteis ayer al Cantábrico después de clases? ¿Os quedasteis hasta tarde? Yo al final no adelanté toda la faena que tenía.

    Mientras subían hacia las aulas, se fueron encontrando con otros compañeros, con los amigos de entonces, con quienes habrían de vivir tantas aventuras que recordarían todos por siempre. Pero ese día era un día normal y corriente de clases y frío, de una rutina anodina que sería evocada de soslayo cuando incidiera una luz rara sobre una mesa. Antes de entrar en clase, Gerard comprobó otra vez su teléfono. No había mensajes.

    El día avanzó con normalidad y durante el descanso tampoco encontró a Cayetana. Preguntó a sus compañeras pero estas no supieron decirle. Además, tampoco las conocía demasiado y no quería insistir mucho y parecer el tipo desesperado que entonces era. Entre cigarro y sorbo de café fue transcurriendo el descanso y pronto hubieron de subir de nuevo a las aulas. El día se presentaba tan aburrido como siempre y la rutina tenía el poder de solapar las preocupaciones con una tenue sensación de seguridad y sosiego.

    Antes de subir, el esperado mensaje llegó: “Hola, Gerard. Hoy no nos hemos visto”.

    Y continuaba en otro recuadro.

    “Me gustaría verte al acabar las clases para tomar una coca-cola.”

    Gerardo sonrió de oreja a oreja. La indirecta de la coca-cola le parecía un giro de guion espectacular a las perspectivas de lo que iba a ser su día. La cuestión era dónde tomarla.

    “Lo de la coca-cola es la excusa, no sé si me entiendes.” Por supuesto que la entendía.

    Gerardo contestó la mar de contento al mensaje con el corazón aliviado. Una sonrisa pícara e irregular se dibujaba en sus finos labios mientras tecleaba nerviosamente los botones del pequeño terminal. Roberto e Indalecio lo miraban con socarronería.

    -¿Ya te ha escrito tu princesa, Romeo? -dijo uno.

    -Venga, Gerardo, espabila. Que tenemos mucho que planear. -dijo el otro.

    -Callaros un momento, por favor. Hoy puede ser un gran día. El mejor de todos.

    Todos rieron sin saber muy bien por qué y siguieron a lo suyo. Gerard contestó que no había problema, que la esperaba donde ella quisiera. Cayetana le dio las indicaciones pertinentes y estuvieron claras enseguida: un banco blanco, no muy lejos de su casa.

    Al terminar las clases, no se despidió de nadie y salió directo hacia donde lo había citado Cayetana. El sitio estaba a unos cinco minutos andando desde el instituto, así que tenía tiempo de rememorar los momentos felices que lo habían traído hasta ahora.

    Llevaba enamorado de Caye desde la primera vez que la vio. Sin quererlo, sus miradas se habían encontrado el cruzarse por el pasillo y una luz se había encendido dentro de su corazón. Sus ojos marrones lo penetraron como dos saetas y nunca pudo olvidar esa primera imagen de ella, como si su alma la reconociera de algún modo entre el marasmo de la vida y la gente. Gerardo se enamoró perdidamente y siempre intentaba acercarse a ella, pero Caye no parecía igual de interesada. Mientras que él intentaba coincidir con ella en cualquier ocasión, la chica parecía evitarlo en la medida de lo posible. Si bien tenían amigos y conocidos en común -y al cabo de poco tiempo todos sabían que Gerard estaba colado por ella- nunca se conseguía un momento de intimidad donde dar un paso adelante. La comidilla de su enamoramiento corría por todo el instituto y era una de las historias más divertidas que se recuerdan de esa promoción. Mientras él iba siembre al encuentro de Cayetana, ella iba siempre detrás de cualquiera que no fuera Gerard.

    Una noche, casualidad o no, coincidieron en una fiesta. Era el cumpleaños de uno de los tipos más populares del instituto y se había reunido una buena cantidad de gente en una de las salas de moda de la ciudad. Gerardo no soportaba esa música electrónica, al cumpleañero ni a la mayoría de gente que se reunía en aquel lugar, pero tenía la esperanza de poder entablar una conversación con Cayetana, de tener su oportunidad.

    Pero esta pareció desvanecerse. Cayetana estaba en el local a oscuras, hablando muy cerca de otro tipo que él conocía por ser el antiguo rollo de ella. No conseguía recordar su nombre, pero sí su cara. Una ola de tristeza inundó su corazón herido. Estaba completamente solo en aquel lugar, sus amigos se habían ido no se sabía bien a dónde y tenía que estar viendo una escena insoportable. El tipo se reía y le decía algo al oído y ella lo miraba a él, a Gerardo, y le decía algo a su vez, negando con la cabeza. No había nada que hacer, por fin se daba cuenta de que había perdido. La dejaría tranquila por fin.

    Al cabo de un rato, de estar de pie en medio de la sala, entre un montón de gente que no conocía bien, sintiéndose el hombre más solitario del planeta tierra, notó que una mano suave agarraba la suya. Al seguir el camino de su brazo se encontró con los ojos de Cayetana a una distancia muy próxima que lo miraban con insistencia, con hambre, divertidos. Gerard no entendía nada y la miró con una sonrisa estúpida en el rostro. Caye empezó a caminar hacia la salida, apartando a la gente, a veces conocida, que la saludaba, sin soltar nunca la mano de él. Como en una nube andaba Gerardo detrás de ella, mirando a quienes se cruzaba como si no los viera, sintiendo solamente el tacto de la mano de ella en torno a la suya, procurando que ningún vaivén de los asistentes las separara y corrieran el riesgo de no volver a encontrarse entre la multitud. Agarraba su mano con dulzura y firmeza al abandonar la sala y siguieron así mientras doblaban la esquina que daba a unas escaleras por las que no transitaba casi nadie. Una vez allí se produjo la magia y fue como si su corazón estallara en todas direcciones sin dolor.

    Desde esa noche de sábado habían intercambiado besos y mensajes hasta llegar a ese mediodía de miércoles en el que estaba Gerardo sentado en el banco blanco donde Cayetana lo había citado, esperándola, soñando con los ojos abiertos mientras miraba pasar una solitaria nube azulada sobre el cielo gris bajo un sol de invierno. Cuando quiso darse cuenta, tenía una coca-cola en la mano. Desconcertado, se despertó.

    -Lo prometido es deuda. -dijo Cayetana. Al principio no lo entendió, luego se acordó de que la excusa para reunirse había sido esa y rio la gracia nerviosamente. Quiso besarla.

    -La mía es una coca-cola light. -El hecho de que ella bebiera había impedido que él la besara. Se extrañó pero no dijo nada. -No. No te levantes. Mejor quédate sentado.

    -¿Cómo estás? No te he visto hoy en el instituto. Espero que todo esté bien.

    -Sí. No te preocupes. Estos días los profes no explican nada interesante en clase, ¿verdad?

    -Pues no, es cierto. Lo más interesante desde que empecé el curso ha sido encontrarme contigo. Creo que si no es por ti, ni siquiera acudiría a las clases. ¡Menuda turra!

    Cayetana rio y parecía que todas las cosas en el mundo sonrieran a la vez. Los colores de la vida eran más vivos que nunca y la gente tenía una existencia feliz sobre la tierra; las malas hierbas que crecían entre las aceras eran tan bonitas como las flores y la suciedad de las calles parecía hecha con tinta que diera belleza y personalidad a las paredes de los edificios, incluso la mierda de paloma parecía no manchar sino decorar.

    Ella le contó su día. Al parecer se había peleado con su padre por un asunto indeterminado que no acababa de entender. La relación con sus progenitores no era muy buena, tampoco lo era la de Gerardo, así que en ese aspecto se entendían a la perfección. Una de las cosas buenas que tenía el mundo adulto era la esperanza de salir pronto de la casa familiar y de buscarse la vida por su cuenta, mejor el riesgo que el tedio parental.

    -Me estoy desviando el tema, perdona. -dijo ella. -Lo que quería decirte es otra cosa.

    -Tranquila. No me molesta que me cuentes tus cosas. De hecho, puedes hacerlo siempre que quieras. Yo siempre estaré aquí para escucharte. Mi música es tu voz. ¡Qué cursi!

    -Está siendo más difícil decirte esto de lo que pensaba.

    -Tranquila. Dispara.

    Cayetana cogió carrerilla y dijo.

    -No estoy preparada para tener una relación. -y dio un trago a su coca-cola light.

    Por primera vez en un buen rato, Gerardo oyó el ruido de los coches. El mundo había vuelto a sintonizarse al máximo volumen y las cosas parecían ahora de un realismo atroz. No entendía bien las palabras de ella, pero no podía pedirle que las repitiera.

    -Vaya… La verdad es que no esperaba que este fuera el motivo de la coca-cola.

    Cayetana se rio. -¿Y qué te esperabas, pillín? De verdad, Gerard, eres el mejor. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres muy buen chico y todo eso, pero no estoy preparada.

    Lejos de sentirse triste, Gerardo se sentía completamente tranquilo y seguro de sí mismo. La chica a quien amaba le estaba dando calabazas y él se sentía en paz con el mundo, aceptando que las cosas podían salir o no salir, seguro de que al final ganaría.

    -¿Preparada para qué? No lo entiendo. Tampoco se necesita demasiado para verme.

    -Me encantas, de verdad, pero no quiero tener nada con nadie, y siento que contigo sería distinto, y eso me da miedo. La verdad es que siento un vértigo aquí y no sé… -se señalaba sitio donde tenía el corazón. Gerardo quiso posar su mano sobre la suya pero se contuvo. -He sufrido mucho, ¿sabes? No estoy preparada para que me pase otra vez.

    -¿Por qué piensas que te va a pasar otra vez?

    -Porque siempre me pasa lo mismo. Los chicos vienen, me dicen cosas bonitas y luego se van. Puedo soportarlo casi siempre, pero contigo es diferente, no podría soportarlo.

    Gerardo apoyó la coca-cola en el suelo y tomó sus manos entre las suyas. Ese gesto habría de hacerlo muchas veces en los años de amor que estaban por venir entonces.

    -Pero yo no soy un chico. Yo soy Gerard y nunca te voy a dejar sola si tú no quieres.

    Se miraron a los ojos. Ambos sonrieron. Se dieron un beso sin darse ninguno cuenta, movidos por esa extraña energía que mueve todas las cosas de este mundo, como una brisa de viento que levanta sin esfuerzo hojas secas y semillas que habrán de germinar. Al juntar los labios, un mundo diferente nació de ese instante tan bello que se detuvo. La realidad circundante pasó a un segundo plano, donde nada tenía real importancia.

    Se separaron los labios, pero los cuerpos se quedaron juntos en el banco blanco y frío. Feliz como nunca, Gerardo la miró con dulzura y pasó un brazo por su cintura estrecha.

    -Además, quien no arriesga no gana. ¿No sabes tú eso?

    -Quien no arriesga no gana… -dijo ella, soñadora, sonriente. Con los ojos llenos de estrellas lo miraba como si se reconocieran después de muchos imposibles. -Y si no funciona, ¿qué? Si después de todo nada sale bien, ¿qué haremos? ¿Qué ganaremos?

    Gerardo se quedó en silencio un momento y al cabo, sin pensarlo demasiado, dijo:

    -Un corazón donde vivir.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia ha terminado. Algún día se publicará en papel junto con otros relatos que hay en este blog. Hasta que eso pase, estarán disponible en este rinconcito de internet. Muchas gracias por haberles dado calor a estos personajes, que desde ahora tienen su vida propia. Espero que habiten muchos años tu corazón y el mío, y que la literatura nos traiga más alegrías como esta.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13 – 14.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 14)

    Un corazón donde vivir (Parte 14)

    En marcha

    La tarde se abría paso entre las nubes y no sabía qué hacer. Ya estaba todo dicho, su historia había terminado para siempre, pero parecía no encontrar el final. Llevaba taciturno todo el día, vagabundeando de un sitio a otro por las calles más oscuras, con miedo de toparse con Callaghan y Cayetana y tener que ensayar una sonrisa helada que no sabría si podría sostener. El simple hecho de pensarlo le ponía la carne del corazón de gallina. Se sentía tan solo y perdido en Maynooth que le costaba mantenerse en pie.

    Cayetana y él habían compartido tanto y ahora todo se había extinguido. Algo dentro de Gerardo no podía creer que todo terminara así, sin más sentido que un final abrupto. No podía concebir que ella no tuviera ni siquiera la curiosidad suficiente como para saber de él, para preguntarle qué demonios estaba haciendo allí, pero con insistencia, como queriendo saber la verdad, no por el mero trámite de la cortesía. Se había convertido para ella en una visita incómoda, en poco menos que un desconocido. Pero los recuerdos dolían en el fondo del corazón como un puñal clavado en la arena de su suelo.

    Al salir instituto, cuando ambos acababan a las tres de la tarde, solían ir a un parque cercano y se estiraban en la yerba. En ninguna de sus casas les iban a preguntar por qué habían llegado tarde, sus padres tenían cosas mejores en las que pensar que en ellos dos. Aquel era su momento, su ratito compartido de cada día cuando no toda la tarde. Cayetana se subía sobre su barriga mientras él estaba estirado sobre el césped, le daba besos y le hacía carantoñas. “Siempre te querré” o “Nada podrá separarnos” o “Te necesito” e incluso “Tú le das sentido a mi vida” eran expresiones habituales entre ellos y, en ese momento, eran verdad, entonces todavía eran verdad a miles de quilómetros de casa, mientras paseaba solo por las calles de aquel poblado irlandés de clase media. Cómo podía haberse diluido todo aquello como una mancha de aceite en las aguas de la vida, se preguntaba Gerardo con lágrimas en los ojos. Los recuerdos involuntarios como aquel eran imágenes fantasmales que lo atormentaban, no podía controlar su evocación y tampoco estaba seguro de querer olvidarlos, de poder algún día convivir con la certeza de que aquellos momentos más nunca volverían. Tenía miedo de volverse frío. Su corazón se iba cubriendo de piedras a cada paso y cada una de ellas formaba un caparazón duro y doloroso que se iba adosando a las paredes de su carne, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera dolor o fracaso. Le preocupaba no poder amar más nunca.

    Además, ella había jugado con él. Se sentía traicionado por la persona de quien menos esperaba una traición. Cayetana tenía todo el derecho a no quererlo, pero jugar con él de aquella manera le parecía algo muy cruel. Ella sabía que él la seguía queriendo y no había dudado en mandarle señales que sabía cómo Gerardo las interpretaría: como signos de un futuro juntos, como un acercamiento mutuo, como una esperanza futura de un faro en la lejanía en una noche de tormenta. No había dudado en poner rumbo hacia ella. Le insinuó sus planes varias veces y ella se había mostrado entusiasmada. Pensaba darle una sorpresa, una alegría al verlo allí, en el pueblo donde había huido de todos: un amor, un amigo para siempre en quien poder confiar, un oído a quien contarle todo lo que había pasado, sus planes a futuro, sus éxitos y fracasos en este camino llamado vivir. Gerard, como le llamaba Caye, estaría allí para siempre, como nunca, para ella.

    Pero todo se había derrumbado como un castillo de arena. Después de todo, ella no estaba sola, había superado la ruptura de aquel amor tan maravilloso en mucho menos de lo esperado, lo cual demostraba que aquel amor no era tan excepcional después de todo, por lo menos, no lo era para una de las partes, para ella. Gerardo no podía resistir los envites que el dolor le provocaba en el alma. Quienes lo veían pasar intentaban cambiar de acera para no cruzarse con aquel loco de ojos llorosos y mirada perdida. ¿Dónde demonios iba a ir ahora? Recordaba que Cayetana le había propuesto que hiciera turismo en una de sus conversaciones, que Dublín no quedaba lejos y que podía tomar un autobús hacia allí. Antes de su llegada pensaba hacerlo, de hecho. Se imaginaba recorriendo las calles de Joyce, como de un color ocre en su fantasía, llenas de librerías con fachada de madera verde oscura. Había formado en su cabeza la imagen una y mil veces repetida de Cayetana y él recorriendo las calles de aquella capital septentrional, en busca de un sitio donde comer o comerse a besos, con la alegría renovada de haberse encontrado y de tener todo el tiempo del mundo para amarse, antes o después de la pasión, o en el ínterin de esta, risueños y felices por que el destino lo hubiera vuelto a unir en aquella novela bizantina que había sido su historia.

    La idea de visitar Dublín le resultaba ahora absolutamente insoportable, sería la constatación palmaria de su fracaso, la síntesis más pura de su soledad infinita.

    Se sentó en el suelo. Sus pasos inconscientes lo habían llevado hasta un descampado, el que se divisaba a través del inquietante ventanal de su habitación en el hostal. Era un terreno verde oscuro, con tachuelas de verde claro, de césped suave. Estaba muy aplanado, sin una sola irregularidad, completamente recto, como hecho a propósito, pero en aquel país sin montañas costaba ver una loma, una calle cuesta arriba. El lugar estaba completamente desierto y silencioso. El suelo verde estaba húmedo pero a Gerardo no le importó mancharse los pantalones. Decidió hacer lo que había visto tantas veces en las películas y nunca había podido en su país de origen en un terreno que no fuera un parque: tumbarse sobre la yerba de aquel campo, a pelo, libre y solo. Respiró hondo y sintió cómo el aire mentolado llenaba sus pulmones embrutecidos por el tabaco y la humedad. En aquel momento parecía poder pensar con mayor claridad y dominio.

    Había fracasado completamente. La vida no tenía en más mínimo sentido. Para él, lo más importante del mundo, por encima del éxito o el dinero, era el amor, y sentía que había fracasado en ese ámbito para siempre y de manera estrepitosa. Como debe hacerse, lo había apostado todo a una sola carta según le dictaba su corazón, había seguido todas las recomendaciones de las canciones y los libros, había seguido los pasos al pie de la letra y sin embargo allí estaba, más solo que nunca con un dolor atroz. Su vida, todo lo que había hecho, la persona en que se había convertido hasta entonces, había perdido todo el sentido. Tenía ganas de morirse, de quitarse de en medio, de saltar al sobre el canal de Maynooth y dejar que las aguas oscuras y aceitosas se lo llevaran río abajo hacia el mar, es decir, hacia la nada. Para qué quería continuar con la vida que llevaba si nada en ella valía la pena, si todas las personas en quien alguna vez había confiado le habían traicionado de una forma u otra, y esta vez había sido de una manera tan brutal que no podía soportarlo. Se sentía a las puertas de una depresión incurable, de una niebla insana que habría de cruzar sin saber muy bien qué había más allá de ella, teniendo la certeza de que el presente era horrible y que el futuro, muy probablemente, sería peor. A veces había considerado la idea de quitarse la vida, pero la había rechazado por imposible o por la esperanza de un nuevo amanecer. En aquella tarde somnolienta, tarde de verano, sobre la yerba verde del descampado irlandés, se sentía morir a cada instante, como si su corazón se fuera a parar solo al no encontrar sentido a seguir latiendo. Poco a poco Gerardo se sentía desvanecer, se estaba muriendo de pena.

    Era bueno que todo terminara así. Sería un buen final para una novela. El protagonista se echa sobre la yerba y poco a poco pierde la vida, como si hubiera tomado veneno. El sol, la lluvia, el tiempo, se encargarían de hacer desaparecer su cuerpo. Su alma trascendería en la nave que nunca ha de volver, rumbo al mundo del que nadie sabe nada. El abrazo frío de la muerte se sentía cada vez más apretado, más duro, más fuerte.

    Algo negro se movió junto a su oreja. Con sus últimas fuerzas, Gerardo abrió un ojo.

    -¡Me cago en la mar! ¡Maldita sea! -el chillido fue tan fuerte y agudo que despertó hasta los árboles, que cimbrearon levemente con el viento. -¡Me cago en sus muertos! ¡Ay!

    Cuando se levantó mientras gritaba, los cuervos que rodeaban el cuerpo olvidado de Gerardo salieron volando en todas direcciones. Eran como veinte o treinta de ellos, se habían dado cita en torno a los restos olvidados del muchacho, interpretando que aquel despojo humano se podía comer ya que no se movía de hacía rato y nadie venía a reclamar sus restos. Las alimañas lo habían rodeado por todas partes y se iban acercando a los miembros y la cara del supuesto fiambre, convencidos de un festín próximo. Gerardo daba saltos asustados en la hierva verde, levantando mucho las piernas como si el suelo quemara, sacudiéndose la espalda, los brazos, las piernas, el pelo, que sentía lleno de hormigas o corta-pichas. Los cuervos revoloteaban cerca, todavía no estaban convencidos de que aquel manjar no estuviera muerto del todo y parecían dispuestos, ya que estaba toda la bandada allí, a juntar esfuerzos para rematarlo saltando sobre él. Gerardo sintió miedo, esta vez uno real y no metafórico, y corrió hacia los muros grises donde tenía el hotel, corrió como alma que escapa del diablo, corrió como nunca por su vida huyendo de aquellos cuervos asesinos y cabrones.

    Al llegar bajo el arco de una bóveda, se detuvo para coger el poco aire que podían atrapar sus pulmones. Cuando se hubo recuperado un poco, giró la vista hacia el descampado y vio a los cuervos revolotear y graznar en el lugar donde había estado tumbado hacía un momento. Se había quedado completamente dormido sin saberlo y los animales habían aprovechado ese descuido. Había estado a punto de perder un ojo. Tuvo el rostro inteligente de aquel animal muy cerca, con ojos de hambre y el largo pico entreabierto, dispuesto a soltar el primer picotazo sobre la carne más tierna de su rostro. Aquello sí que hubiera sido una verdadera desgracia irreparable, lo que faltaba por vivir.

    Por primera vez en mucho tiempo, Gerardo se echó a reír. Primero fue una risa nerviosa, fruto de los nervios de un corazón que latía a mil revoluciones por minuto. Luego se transformó en una risa más honda, que salía desde el fondo del estómago. Maldita sea, le había ido de un pelo, joder, por poco me quedo tuerto para siempre, se decía entre carcajadas. Por vez primera en mucho tiempo, Gerardo se sentía feliz, triunfador. Había ganado, había conseguido esquivar el ataque del heraldo negro de la muerte y estaba en lugar seguro. Algo le enseñaba que los peligros no sólo se encuentran donde se les espera -en un callejón oscuro y desolado en mitad de la noche, por ejemplo- sino que incluso en el sitio más inocente la suerte nos puede deparar el peor de los destinos.

    Gerardo había gritado, había saltado, había corrido por su vida y la constatación de sus ganas de seguir hacia delante, no dejándose comer por los cuervos, era tan evidente que le hacía reír, dándose cuenta de que no necesitaba otro argumento para seguir en pie.

    Cuando terminó de reírse solo, se rindió por fin: Es hora de irse de aquí, mi aventura en Maynooth se ha acabado, se dijo. Sintió que el alivio inundaba todas las regiones de su cuerpo, como si supiera que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo.

    Llegó a su habitación y recogió sus pocas pertenencias. Cargó su teléfono móvil y, aprovechando la conexión inalámbrica del recinto, buscó un billete de avión para esa misma noche, lo encontró a las seis de la mañana del día siguiente. Necesitaba trasladarse hasta el aeropuerto en autobús. Según la página web en inglés, podía tomar uno a las cuatro y media de la madrugada en la parada de autobús que había sido testigo del último intento de beso hacia Cayetana. Le preocupaba que la línea no fuera fiable y pensó en preguntarle a ella si creía que llegaría el autobús a la hora que decía en la página, seguramente Cayetana sería conocedora de los horarios y podría confirmárselo.

    Después de comprar los billetes, mientras la tarde caía a través del ventanal y los cuervos se contaban las noticias en el descampado, Gerard escribió un último mensaje a Cayetana, muy poco a poco, con los dedos temblorosos sobre la pequeña pantalla.

    “Caye, me voy. Vuelvo a casa. Siento las molestias, de verdad. No sabía nada de tu vida aquí. Ha sido una tontería venir. A pesar de todo, no me arrepiento. Me alegró verte.”

    Le dio a enviar. Un destello de esperanza quiso brillar en el corazón de Gerard mientras miraba el nombre de ella en blanco sobre el fondo verde. La hora de la última conexión estaba oculta. Seguramente estaría ocupada. Deshizo toda ensoñación y continuó:

    “Mi avión sale a las seis de la mañana y he cogido el billete hacia el aeropuerto a las cuatro treinta de la noche. ¿La línea es fiable? ¿Pasará a recogerme el autobús?”

    Dejó la conversación así, dándole la oportunidad a ella para que contestara si quería y pudiera despedirse, al menos por mensajería, dado que una despedida en la parada era del todo improbable. Gerardo esperaba alguna palabra, si no de amor, sí de consuelo, mientras recogía sus pocos enseres y se preparaba para recibir la noche en el hostal. Encontró perdido en un doble fondo el libro que se había traído para el viaje: Roma, Bruselas, Londres, Barcelona, cuatro ciudades que encerraban una historia cada una.

    Antes de que pudiera empezar el libro y encender el cigarrillo, el teléfono vibró sobre la mesita de noche donde estaba enchufado. De un salto, Gerardo dejó el libro sin abrir sobre la cama y activó la aplicación de mensajería rápida que contenía la respuesta de Cayetana. Estuvo mirándola un buen rato, con los ojos quietos, el texto decía.

    “El autobús siempre sale puntual. No tendrás problema para cogerlo en la parada.”

    No dijo nada más. Nunca añadió otras palabras más que esas. Estaba todo dicho y, aunque volvía a doler, en el fondo era mejor así. Era más fácil olvidar con un corazón herido. Dejó el móvil con un golpe seco sobre la mesa y volvió a sentarse ya sin poder leer. Miró por la ventana mientras la noche caía, ajeno a los fantasmas, tenía hambre.

    Unas pocas horas después, Gerardo estaba en la solitaria parada de autobús. Estaba sentado desde hacia un buen rato en el banco de plástico duro bajo la marquesina. Al otro lado de la calle se divisaba el sitio donde Cayetana y él se habían visto por última vez en la vida. El murmullo del agua del canal de Maynooth sonaba como un susurro bajo sus pies. No había pasado coche alguno desde que estaba allí. Hacía frio y fumaba.

    A lo lejos, bajando el largo puente sobre el canal, vio unas luces aproximarse primero y luego distinguió el autobús azul que, silencioso, venía en sentido contrario. Dio la vuelta en un recodo habilitado para ello y abrió sus puertas frente a Gerardo de par en par. Sin demasiado preámbulo, Gerardo subió rápido y mostró su billete en la pantalla de su teléfono. El autobusero, de nombre Mike, como pronto sabría, comprobó su billete en unos folios impresos que llevaba con expresión adormilada. “Let’s go”, dijo.

    Gerardo tomó asiento cerca de Mike y miró por la ventana hacia Maynooth. El cristal del autobús no dejaba ver nada al otro lado excepto oscuridad. Lo que sí llegaba de forma muy leve, antes de que las puertas cerraran, era el murmullo del agua del canal, el único elemento de aquel paisaje liminal que parecía querer despedirse de Gerard.

    Recordó aquellos versos aprendidos en el instituto que había leído con Caye tantas veces y que ahora cobraban un sentido que entonces no tenían, solo eran música y letra.

    Adiós para siempre, la fuente sonora. Del parque dormido, eterna cantora. Adiós para siempre, la fuente sombría. Tu canto es más triste que la tristeza mía. FLUSHHH…

    El vehículo se puso en marcha.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia terminará con el último capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 13)

    Un corazón donde vivir (Parte 13)

    Había perdido

    Sus pasos sonaban duros sobre el pavimento. El concreto se sentía frío y húmedo debajo de la suela de los zapatos. Caminaba con cierta sensación de ingravidez, la que da el alcohol cuando se ha bebido algo, pero no lo suficiente como para emborracharse. A pesar de todo lo malo que había pasado durante aquellos días, a pesar de la profunda sensación de fracaso que de vez en cuando lo atormentaba como una piedra araña el fondo del cántaro que era su alma, a pesar de todo eso se sentía optimista en la mañana gris irlandesa, a aquella hora del mediodía que los gaélicos usaban para comer y los mediterráneos para sus labores. El reloj una plaza tocó con un timbre distinto al acostumbrado que eran las doce y media y la gente comenzó a salir de las oficinas y pequeños negocios de una planta en busca de un sitio para comprar un sándwich.

    Él no tenía hambre. Las dos pintas de cerveza Guinness que había consumido junto a Kirkpatrick le habían borrado el apetito al llenarle el enjuto estómago de gas y lúpulo. Sólo había una cosa que lo preocupaba: encontrarse con Cayetana y que lo viera paseando en ese estado alterado de la conciencia que es ir con el puntillo. Pertrechaba la escena de toparse con ella, y con su pareja, y tener que saludarse por no poder cruzar la calle y no saber qué hacer ni qué decir; y por lo tanto hacer el ridículo. El restaurante donde ella trabajaba quedaba al otro lado de la calle a la que él había llegado. Estaba en un cruce que cortaba la avenida por en medio. Decidió ir al lado contrario de donde había encontrado a Cayetana la primera vez, es decir, bajando la calle por el lado más sombrío de esta, por donde hubiera vías de escape por las que irse si se daba el caso de encontrarse con ella a lo lejos. Se sentía una rata cobarde pero decidió no pensarlo más.

    A medida que caminaba conseguía ver las cosas con más calma. A pesar de todo, ¿qué impedía que fueran amigos? ¿no había venido hasta Irlanda también para eso? Con esta idea en la cabeza, su trance en tierras irlandesas, el fracaso amoroso que había protagonizado, el hecho de que él le lanzara un beso desesperado y ella se apartara, si podían ser amigos después de todo el viaje no habría sido en vano. Habían sido pareja durante muchos años, que el recuerdo se había encargado de dibujar como los mejores de su vida, olvidando los motivos que en su día los separaron. Pero una pareja se basa -además de en la intimidad de los cuerpos y de los besos apasionados- también en la amistad, en la relación desinteresada de dos individuos por estar juntos, sin más pretensión que la de pasar el rato, es decir, gastar lo más valioso que se tiene: el tiempo.

    Cayetana y Gerardo tenían mucho en común y otros tantos aspectos que los diferenciaban pero que en el otro resultaban interesantes. Podrían compartir un café durante horas, pasear por el parque sin más conversación que el silencio y su compañía, compartir una mirada cómplice a la vista de algo gracioso o interesante. Su relación se había basado en esos momentos también, el recuerdo estaba lleno de esos instantes y, al fin y al cabo, era lo que más extrañaba de ella. Las noches, las tardes, las mañanas de pasión, también las echaba de menos, pero había conseguido sustituirlas en otros cuerpos con mejor o peor suerte. Lo que no había conseguido encontrar era una amiga como Cayetana, alguien en quien confiar, a quien poder dar la espalda y sentirse seguro.

    Cuando levantó la vista del suelo, se encontró frente al Castillo de Maynooth. La construcción era de un gris granítico, hecha con piedras talladas de ese material. Si alguien recordara la imagen de un castillo, le vendría una idea similar al Maynooth Castle a la mente, solo que más gris y pequeño, bastante coqueto, adaptado a las necesidades militares de una población pequeña del medievo. Estaba cerca de la urbe de Dublín. Esa construcción estaba más dedicada al control de los propios habitantes que a la defensa de conquistadores externos, supuso Gerardo. Se preguntaba quién podía desear aquella tierra fría y húmeda, plagada de enfermedades y de cuervos, donde el sol salía justo al contrario del Mediterráneo. Allí, de vez en cuando, una nube tapaba la luz y se sentía un frío irreal; en aquella tierra irlandesa era al revés, las nubes tapaban el sol hasta que este encontraba un pequeño resquicio por el cual lamer con su lengua los charcos del suelo, para volver a desaparecer bien pronto aunque fuera pleno verano.

    Como no tenía nada mejor que hacer, decidió entrar al ver el letrero de Free en la puerta. Al cruzar los arcos de medio punto que separaban los muros del interior, encontró una pequeña recepción donde una empleada lo recibió muy amablemente. Según ponía en la plaquita que lucía sobre el pecho, se llamaba Dolores. Aquello le hizo sonreír por ver un nombre en su idioma, tan antiguo, en un lugar del mundo culturalmente alejado de él. Preguntó a la chica joven y guapa si podía visitar el castillo y ella le animó a hacerlo, siempre y cuando estuviera dispuesto a dejar sus datos para el estudio municipal de turismo: quién era, dónde se hospedaba, de dónde venía. El hecho de contestar aquellas preguntas inició una conversación amigable con Dolores que parecía tener la misma edad que él y afirmaba haber viajado muy cerca de donde él vivía, como era costumbre de los guiris durante el verano. Ahora, al parecer, preferían las costas del mar Adriático. Gerardo comentó que nunca había estado en Irlanda pero que le encantaba, que pensaba volver pronto o incluso quedarse. Aquellas mentiras hicieron que Dolores se sintiera orgullosa de su nación y simpática hacia aquel joven desaliñado de mirada cautivadora.

    Mientras la conversación avanzaba bajo la alta bóveda del castillo, llegó un tal George según la placa del pecho. Iba vestido con una camisa y pantalones grises, acorde con las paredes. Parecía el jefe de Dolores y parecía reprenderla por dedicar demasiada conversación al turista, que por otra parte no iba a dejar un euro en las arcas castrenses. George se presentó como guía del castillo y afirmó que estaría encantado de acompañar a Gerardo en su visita y mostrarle los rincones más emblemáticos de Maynooth Castle.

    No le quedó más remedio que seguir al tipo escaleras arriba, hacia el interior de una bóveda bien iluminada, haciendo un gesto de despedida hacia Dolores que no era un Adiós sino un Hasta pronto o Podríamos tomarnos algo luego. Ella sonrió y siguió atendiendo la pantalla de su ordenador, probablemente buscando destinos turísticos para lo que quedaba de verano o, quien lo sabía, para visitar la ciudad donde Gerardo vivía. Lo prudente era seguir el trasero de George escaleras arriba, en dirección a una amplia plaza de armas donde se situaron justo al lado de lo que parecía un antiguo aljibe.

    -English? -dijo George.

    -A little bit.

    -I can try it in your language.

    -Okey. No problem.

    George empezó a intentar hablar en el idioma de Gerardo, pero lo que quería explicar era demasiado complejo como para hacerlo con cuatro palabras y tres estructuras gramaticales simples. Así que Gerardo lo animó a que lo hiciera en inglés, que si bien él no era capaz de hablarlo con fluidez, podía entenderlo mejor que el idioma que estaba intentado pertrechar en su memoria. Los guiris no necesitaban aprender otros lenguages y cuando lo hacían pensaban que tenían mucho más nivel del que en realidad tenían.

    Un poco azorado, George continuó en inglés y Gerardo pudo dejar de prestarle atención. Miró hacia arriba y vio las almenas oscuras sobre el cielo gris claro, casi blanco, del medio día. Un grupo de cuervos sobrevoló su visión en aquel momento y graznaron algo en su idioma. El moho crecía entre las piedras de las paredes más sombrías y dotaba al sitio de un aura romántica, como de cementerio celta. El suelo estaba tapizado de una fina alfombra de césped verde que regaba el propio ambiente neblinoso. El pozo, según dijo George, era el centro de la construcción y la parte más importante de la plaza. Guerreros, monjes, damas y caballeros se habían dado cita en aquel lugar callado.

    Siguieron avanzando por las habitaciones que habían servido de cocina, salas de estar, baños, pasillos, etc. George no se esforzaba mucho en explicar lo que veían porque sabía que Gerardo no lo entendía bien. Para lo que hacía, podía haberlo dejado solo, pero su compañía y amable explicación guiada tenía otra función además de ilustrarle: tenía el cometido de vigilarlo. Gerardo lo sabía y pensó en reprocharle a George que no tenía intención de llevarse ningún adoquín en el avión de vuelta a casa. Pero se calló. Al final del corredor que transitaban, llegaron a una sala tenuemente iluminada por focos de luz amarilla que iluminaban libros abiertos de par en par y manuscritos de la época.

    Por primera vez sintió interés por algo de lo que veía y se acercó con entusiasmo a los expositores. Había libros de la época escritos a mano con letras góticas ilegibles. Algunos tenían ricas miniaturas y otros una pobre factura, pero todos tenían un aura como de viejos fantasmas en vitrinas que repetían una información que a nadie interesaba ya. Gerardo sintió simpatía por aquellos vejestorios olvidados detrás de los gruesos cristales que evitaban que criaran polvo. Hubiera sido mejor para ellos acabar en las manos de coleccionistas e ir siendo leídos y destrozados por las caricias implacables del tiempo, pero allí estaban, impertérritos y callados como estatuas.

    Gracias a las transcripciones en letra de ordenador, Gerardo pudo entender parte de lo que en esos documentos se decía mientras George hablaba como si fuera una radio encendida a la que nadie hacía caso. Uno de los documentos era una carta que el noble de Maynooth enviaba a un marqués oriundo del país de Gerardo, donde le prometía amistad y alianzas contra el enemigo común de ambos: los ingleses. Según comentó George, el pacto se había sellado con el matrimonio de una de las hijas del marqués con el primogénito de los hijos del conde, dando lugar a nietos morenos con ojos azules.

    Continuó su visita saltando con la mirada de un libro a otro. Una obra titulada A Heart To Live llamó su atención. Se trataba de una novela bizantina de un tal Richard Rochester que trataba de un joven caballero inglés que viajaba hasta Maynooth para recuperar el amor de su vida, una joven princesa irlandesa, y que juntos vivían una serie de aventuras y desventuras hasta acabar juntos y felices para siempre en ese castillo. La calidad literaria de la obra, al parecer, no era mucha, pero George había dicho que había sentado un precedente en la narrativa del momento por tratar con tanta profundidad el tema de la ausencia y que había pasajes que nada tenían que envidiar a la literatura de la memoria de Proust, cuando el joven caballero lamenta la falta de su amada Lisístrata. Gerardo pensó que nunca, bajo ningún concepto, leería una obra tan cursi como aquella.

    Siguieron la visita subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Las piernas de George, que debían contar con veinte años cada una, trepaban por los peldaños con sorprendente facilidad. Gerardo intentaba seguir el ritmo sin jadear, pero no terminaba de conseguirlo. Hacia el final del recorrido, pensó que las piernas le acabarían fallando y que acabaría precipitándose hacia abajo, por la luz oscura que dejaba el hueco de aquella escalera y que parecía no tener fin, como una de aquellas pesadillas artísticas.

    La claridad lo cegó por un momento y cuando sus ojos se adaptaron con cierto escozor Gerardo vio que estaban en lo alto del muro, junto a las almenas que había visto antes. Bajo él tenía unas vistas privilegiadas de la pequeña población, que se extendía con salpicones de casas bajas y de árboles altos hacia todas partes. Se veía al fondo el Palacio de la reina Victoria, el camino rectísimo que llevaba a él y que había recorrido con Cayetana, el cruce con su restaurante, la M sobre el mástil del McDonald’s donde lo había dejado el autobús en el que había llegado, el canal que cruzaba toda la población. Conocía mucho de los rincones de aquel pueblo olvidado por las guías turísticas que había recorrido durante tres días seguidos de aquí para allá. Lo único que no podía divisar era la ciudad pontificia donde tenía su habitación con su ventanal melancólico.

    Lo mejor será ser amigos, se dijo en voz alta mientras miraba hacia la ciudad. George se quedó extrañado al oír hablar a Gerardo y decidió callarse y dejarlo solo un rato. Hizo mutis hacia un lado y lo dejó mirando hacia las vistas de la ciudad antaño medieval.

    Aunque sea difícil, lo mejor será ser amigos, repitió en voz baja. No sabía cómo iba a hacerlo, pero pensaba contactar con Cayetana en cuanto saliera de allí y decirle que lo sentía por presentarse de esa manera, que le disculpara por las molestias que su visita repentina le hubieran podido ocasionar, que le perdonara si la había hecho que se comiera el tarro con recuerdos del pasado. Estaba allí para vivir el presente, para ser su amigo, su mejor amigo, sin más pretensión que esa. Podría contar con él siempre que quisiera, fuera cuales fueran las circunstancias o la hora del día. Podía llamarlo cuando quisiera, él siempre estaría allí para ella, para lo que pudiera necesitar, y las futuras relaciones que él pudiera tener deberían entender que ellos dos eran mucho más que expareja, eran mejores amigos y lo serían toda la vida, aunque vivieran vidas distintas. Estaba decidido. En cuanto saliera del castillo, la llamaría e intentaría hablar con ella.

    Justo en el momento en que sus manos abandonaban el tacto frío de las almenas de granito, Gerardo vio una silueta conocida sobre la acera. Justo por delante del Maynooth Castle pasaba Cayetana. Iba riéndose, arreglada, preciosa, con el pelo suelo. Su risa y su conversación llegaban hasta él, que la veía invisible desde la altura. Iba vestida con pantalón tejano, botines de cuero, un abrigo gris fino ceñido a la altura de la cintura. Junto a ella iba un tipo alto, pelirrojo, zanahorio según Gerardo, quien le pasaba una mano por la cintura como él hiciera tantas veces y le plantaba un beso lento en los labios. No hacían buena pareja, pero daba envidia verlos pasear por la avenida. Seguramente Cayetana le contaba la visita exprés de Gerardo y ambos se partían de la risa, o esa visita había servido para unirlos más y que por fin Callaghan se decidiera a no pasar de ella y a no dejarla en visto con los mensajes. En cualquier caso, ahí estaban.

    Una lágrima dura como el granito resbalaba por la mejilla de Gerardo horadando un surco doloroso. Sentía el corazón encogido, apretado por una mano invisible pero cruel que lo atenazaba. Hacía verdaderos esfuerzos por que otra lágrima no cayera por el otro ojo. Sentía en el estómago un hambre atroz, pero no de comida, sino de amor. No podía soportar la visión que aquella bonita pareja ofrecía al subir la avenida. Se sintió un perdedor y un fracaso, al fondo de un pozo donde había caído para siempre lo que un día fueron Cayetana y él. Una parte de él murió en aquel momento y una certeza nació.

    No. Nunca. Jamás podrían ser amigos. Era imposible para su corazón estar junto a ella y no querer abrazarla, no poder besarla, no poder tenerla. Sería un obstáculo para la vida de ella y, aunque menos importante en ese momento, para la vida de él también. Era el tiempo de olvidar y la tarea era tan dolorosa que hubiera preferido la muerte súbita.

    -Everything okay? -preguntó George manteniendo una distancia prudencial.

    -Yes. I have finished here. -dijo Gerardo secándose las lágrimas sin volverse. Cuando se sintió preparado. Miró al suelo y se adelantó al guía del castillo para bajar las escaleras.

    Al pasar por delante de la recepción Dolores lo estaba esperando con una sonrisa pero iba tan metido en sus pensamientos y dolores que no encontró ni siquiera las fuerzas para mirarla, para decirle Bye, bye, thank you, amablemente. Se fue como un ladrón, a toda prisa hacia la calle. George lo seguía de cerca e intercambió una mirada de extrañeza con la recepcionista, como diciéndole sin palabras: He is completly mad.

    Y era cierto. Gerardo estaba loco de amor por Cayetana. Un amor que había perdido.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 12)

    Un corazón donde vivir (Parte 12)

    Esta vez para siempre

    Los finales, en la vida, no parecen tales. Nuestra relación con las personas que más quisimos, o que simplemente conocemos, se va apagando poco a poco y un día, no nos damos cuenta, y han pasado cinco años sin ver a ese alguien tan fundamental en una parte de nuestra vida. No se produjo una despedida definitiva, no hubo lágrimas junto a la estación, simplemente una última conversación incómoda o insustancial, y luego las ocupaciones diarias hicieron el resto, solapando el tiempo que antes dedicábamos a esa persona. Gerardo iba pensando en cosas similares mientras vagabundeaba en Maynooth.

    La noche había sido dura, pero esta vez no lo habían asaltado las pesadillas. Había dormido un sueño pesado, como un desmayo, después de pasarse la tarde del día anterior llorando junto a la ventana, mientras los cuervos graznaban, o se reían, al otro lado del cristal. “Me ha tratado como una mierda. Sólo soy basura para ella.” Era su pensamiento recurrente, una frase que había repetido en voz alta como una salmodia. Cómo podía ser que después de todo, para ella solo fuera alguien a quien conoció, que no le diera la oportunidad que él creía que se merecía, que lo hubiera engañado para que fuera arrastrándose hasta el fin del mundo para luego negarle un beso, un abrazo, su amistad. Cayetana había dejado claro que no quería, ni siquiera, ser su amiga. No lo había dicho con palabras, pero no fueron necesarios para ellos. A pesar de todo, se conocían a la perfección y, sin decírselo, le había dejado claro que no quería verlo más.

    Cuando uno pasa tantas noches despierto, mirando al techo con la luz encendida, pensando en alguien, casi puede evocar su figura en la habitación, sentir su fragancia y el etéreo roce de un contacto. Alguien enamorado se plantea mil posibilidades para estar cerca de esa persona, traza planes endiablados en la mente para conseguir sus propósitos, valora absolutamente todas las posibilidades y, como son infinitas, su misión no termina nunca y siempre está dispuesto a volver sobre lo mismo de manera obsesiva. El amor es una locura. Puede curar cualquier mal, cualquier dolor, y puede ser lo más lacerante que pueda vivir un ser humano, capaz de llevarlo a terminar con su vida de un arrebato o poco a poco, cuando la persona amada nos dice que no nos quiere, que ella no siente lo mismo, que Gerardo debía detener esa obsesión dolorosa que llamaba amor.

    “Me ha tratado como una mierda. Soy basura.” Repetía obsesivamente en la habitación silenciosa, mientras el cristo colgado en la pared miraba impasible desde su sufrimiento milenario con una herida en el costado donde había tenido, él también, su corazón vivo. Todas las ilusiones se habían venido abajo. “¿Para qué había servido todo?” Se preguntaba y sólo recibía la callada por respuesta de los muros amarillentos de la celda. En una de esas, con la luz encendida, se había quedado dormido, otra vez, sin cenar.

    A la mañana siguiente, su cuerpo, no su conciencia, había decidido levantarse de la cama, ponerse frente al espejo sobre la pica y echarse agua en la cara. Los estragos de ese viaje empezaban a hacerse visibles sobre su rostro. Había envejecido diez años en solo diez días y la piel se sentía flácida sobre la cara, como si fuera una careta sujeta por unas cintas que pronto se fueran a deshacer haciendo que su rostro cayera al agua. Era el momento para comer algo, tenía que cargar energías o moriría de inanición y de pena.

    Con el corazón hecho añicos deambulaba por Maynooth como una sombra desde la mañana temprano. Desayunó un par de rebanadas de pan bimbo que compró en un supermercado e ingirió un café con leche para llevar, frío y asqueroso, pero reparador. En su paseo, evitaba las calles concurridas. No quería encontrarse con Cayetana, o con Callaghan, su rollete -nudo en el estómago-, o con alguien que los conociera, a ella y a él, y pudiera divertirse a su costa. Se sentía débil, sin ganas de hablar con nadie, solamente quería deambular por las calles mojadas bajo el cielo gris que amenazaba lluvia. Los cuervos y los árboles eran los únicos seres que conocían su desgracia.

    Lo que más le dolía era la imposibilidad de ser amigos. Dos personas que se han amado tanto no podrían verse nunca más. Era absurdo, antinatural pero habitual en la naturaleza humana. Asumir la ausencia de alguien así era como superar la muerte de un ser querido. Cómo podías ser que Cayetana estuviera tan entera y él tan destrozado. La respuesta era tan dolorosa que prefería no pensarla. Pero la cabeza tiene sus propios planes y le respondía una voz que Caye lo había superado porque ya no le quería, de hecho, y era lo que más dolía, no le había querido nunca y se había dado cuenta al separarse de él. Lo único que hacía que ella mantuviera una relación cordial con él era que Cayetana sabía que él seguía enamorado de ella, y su orgullo herido por haber sido la abandonada, la había hecho buscar una venganza cruel que se había cumplido: atraerlo con migas de pan de falso amor hasta su lado y darle la patada allí mismo.

    Si algo tenía de bueno aquel rechazo era que significaba un punto final en esa historia, que clarificaba las cosas y que ya nunca más habrían de ser iguales para ambos. El NO era tan flagrante que no había posibilidades de otras interpretaciones. ¿O sí? Se preguntaba una voz tenue dentro de Gerardo, pero no tenía a nadie a quien pedir su opinión, que pudiera ver las cosas desde fuera con claridad y supiera decirle qué hacer y cómo gestionar tanta tristeza que sentía dentro como si fuera a estallar sacando del pecho pedazos de corazón. Se sentía solo como en un mar gris de asfalto, a la deriva.

    Empezó a llover. Primero un tenue calabobos que Gerardo no había notado ni visto, tan sumido como estaba en sus cavilaciones. Pero al cabo de poco la lluvia se hizo tan insistente que era imposible no sentirla. Un viento helado se levantó de entre los edificios apresando el cuerpo de Gerardo como una bolsa de basura, amenazando con llevárselo volando al otro lado del mundo donde no habría de tornar ya nunca más.

    Entró en el primer bar que encontró. Se llamaba The Cuckoo’s Nest según ponía en letras rojas luminosas sobre un fondo blanco que le daban un aire de local de alterne. No era un sitio demasiado grande. Parecía hecho de madera oscura. Las paredes estaban cubiertas de ese material hasta la mitad y el resto del muro estaba pintado de amarillo claro. Las mesas eran color caoba, así como la barra y las estanterías donde se exhibían los whiskies de la vecina Escocia o de la sufrida Irlanda. El suelo se dividía en dos niveles, el inferior, tocando con la barra, era de madera gastada por los pasos de miles de borrachos a lo largo del tiempo. El nivel superior, separado por un leve escalón y un balconcito, también de madera, era de moqueta roja, causante del olor a cerrado, a cerveza derrama, que impregnaba el ambiente. A pesar de todo, el sitio se veía limpio y era acogedor, si había mugre, era amable como cuando uno entra en una bodega. Parecía el camarote del capitán Ahab, ya retirado, después de que Moby Dick lo jubilara.

    Se acercó a la barra como movido por un piloto automático. Sus pasos lo llevaban, su mente estaba en otro sitio. Cuando quiso darse cuenta tenía los ojos azules del camarero, casi blancos, clavados sobre los suyos. El tipo tenía la nariz roja y una barba blanca al puro estilo beodo. “Go away from here” conminaban sus ojos glaucos a Gerardo, quien bajó la vista. Frente a sí vio varios surtidores de cerveza y sólo se le ocurrió decir.

    -One Guinness please.

    -A paint? -contestó el camarero. Gerardo no entendió pero dijo.

    -Yes.

    Con cara de pocos amigos, el tipo se giró. En aquel pueblo no gustaba el turismo o no estaban acostumbrados a él. Gerardo pensaba en los miles de turistas irlandeses que visitaban sus costas y cómo eran tratados, como si fueran gente importante, y solo eran tipos que tenían trabajos humildes como aquel: servir copas en un local. Por lo menos podrían aprender a sonreír, maldita sea, mascullaba Gerardo sentado sobre un taburete marrón oscuro junto a la ventana del local viendo llover. El sitio estaba tranquilo, sólo un par de mesas estaban ocupadas. Un par de borrachos hablaban quedamente de sus asuntos y el camarero de vez en cuando participada de la conversación. Sin pronunciar palabra, el tipo dejó la cerveza de Gerardo sobre la barra y lo llamó desde allí señalándola: ¿Acaso esperaba que se la llevara hasta la mesa? ¿Pero qué se había creído? Parecía decir su expresión. Se levantó de su asiento y agarró su consumición.

    Se trataba de un vaso largo y ancho, de cerveza negra, con una espuma espesa, casi pastosa, en la parte superior. El cristal estaba frío, pero no helado, y la bebida estaba a la misma temperatura. Gerardo se llevó su consumición hasta donde estaba sentado. No le pusieron ni siquiera unos tristes quicos o cacahuetes con que acompañar el trago. En aquel país desconocían por completo el ritual de la tapa, tenían otros que él ignoraba.

    Al dar un sorbo al mejunje, su estómago se contrajo, pero después lo agradeció. El sabor era dulzón y refrescante. Casi podía masticar aquel líquido negro que poco a pocos se iba asentando en su vientre como si fuera un jarabe. Por primera vez desde que estaba allí se sintió reconfortado, a solas con su cerveza y su corazón viendo llover por la ventana. Poco a poco se fue olvidando de Cayetana, de Maynooth, de Callaghan, de su fracaso, y su alma se fue llenado de un calor agradable que irradiaba desde el estómago hasta las orejas, hasta los pies; haciendo que se amortiguara el envite odioso de las oleadas de su dolor contra las costas de su cuerpo, haciendo que sanaran sus heridas como si se tratara de una bebida mágica que hubiera preparado el mago Merín o el druida Paranoix. Rio su propia ocurrencia y tomó otro sorbo de cerveza, que por ser tan espesa, le quitaba hasta el hambre solitaria con la que convivía habitualmente.

    Como su mirada ahora irradiaba simpatía, un tipo con el pelo cano, sentado unas mesas más adelante, decidió tomar la iniciativa y acercarse a la mesa donde Gerardo estaba sentado. Cautelosamente, se situó frente a su mesa y dijo en inglés con acento guiri:

    -Can I sit with you, gentlemen?

    Gerardo levantó la cabeza sin dejar de sonreír. Tenía la mirada que imaginaba a los locos cuando miraban un punto situado en el infinito, a quilómetros de distancia. Consiguió fijar la vista sobre el tipo enjuto, con el pelo largo y blanco, vestido levemente a lo cowboy, con camisa a cuadros, tejanos, cinturón y botas de cuero.

    -Yes, of course. -se le ocurrió decir- But my English is very bad. -repuso luego.

    -It looks good to me! -dijo y rio suavemente mientras se sentaba.

    Se preguntaron los nombres y el hombre dio a entender que se llamaba Paul, pero que todo el mundo en aquel pueblo lo llamaba por el apellido, Kirkpatrick, por ser su padre, o un antepasado suyo, muy famoso en aquel lugar. Tenía los dientes rotos y la boca apestaba a cerveza, pero a Gerardo su compañía se le hacía agradable por ser otro ser humano y no una sombra. Kirkpatrick le preguntó de qué país venía y él se lo dijo. Afirmó que él había pasado largas temporadas en su país, pero a Gerardo no le sorprendió: eran muchos los irlandeses que recalaban en las costas del Mediterráneo.

    -What are you doing here, young men?

    Lo de young men le gustó. Hizo que sintiera un cariño paternal hacia el hombre, como si este pudiera protegerlo en aquel lugar o al menos ofrecerle alguna respuesta sobre su destino. Gerardo apuró la cerveza que estaba tomando y dio un golpe en la mesa negra.

    -I come here for love. Can you believe it?

    -Yes, I do. But you don’t look so good. So I guess that the things went bad in the end.

    Gerardo solo pudo entender: bad in the end y supuso todo lo demás. Asintió diciéndole que sí, que las cosas habían ido mal y que por eso estaba allí con Kirkpatrick compartiendo una cerveza amarga. El dolor, antes paralizado, se movió como una alimaña dentro de sí, y Gerardo acusó el golpe con una expresión de pocos amigos. Paul supo solucionar el mal trago y, levantando la vista, le gritó al camarero: Stan, two more!

    Cuando Stan, esta vez, trajo las cervezas, Kirkpatrick y Gerardo entrechocaron las copas. Fue el irlandés quien llevó el peso de la conversación. Explicó anécdotas sobre su vida que a veces Gerardo entendía y otras veces no. A él no le importaba que el joven entendiera poco, simplemente había puesto la radio de su alma y apreciaba que alguien extraño lo escuchara a medias, aunque no hiciera el más mínimo esfuerzo por entenderle. Al cabo de un rato, cuando las cervezas andaban por la mitad y el calor del alcohol se hacía cada vez más agradable e intenso, Kirkpatrick preguntó de pronto.

    -Who is your girl?

    -Works in the Abrevadero’s bar. You know the place?

    -Oh, yes! And I think I know your girl too.

    -Really? -Gerardo nunca hubiera revelado a nadie el motivo de su visita, ni tampoco el nombre de Cayetana a un desconocido borracho, pero la Guinness le estaba soltando la lengua y se sentía bien hablar con alguien sobre su caso, dar forma a su dolor interno.

    -Brunette?

    -I’m not gonna tell you, Kirk. I prefer not to tell anybody.

    -Sure.

    Ambos bebieron en silencio. A fuera había dejado de llover. Al cabo de un rato dijo.

    -Want to smoke a cigarette?

    -Sure. -dijo Gerardo. Y salieron los dos a la calle con la mitad del vaso vacío pero con un cigarrillo por encender en los labios y el corazón dormido por la cerveza oscura.

    Kirkpatrick se puso melancólico. Habló en inglés todo el rato, aunque de vez en cuando metía alguna palabra en español. Esta vez quiso que Gerardo (Yeragdou) lo entendiera lo más posible, así que habló despacio. Dijo que tenía una hija en algún lugar de la geografía iralndesa, a la que hacía muchos años que no veía, a la que quizá no volvería a ver nunca más. Parece que no había sido el mejor padre, cosa que no extrañaba a nadie a juzgar por sus hábitos extraños, como el de entablar conversaciones demasiado personales con desconocidos al calor del bar de forma habitual. Había sido trabajado de todo, ahora estaba jubilado, pero conservaba su pasión intacta: la pintura. Tenía un pequeño taller en su casa, se lamentaba de no poder mostrarle su talento.

    Gerardo empezaba a cansarse de la conversación a medida que la cerveza se terminaba. Las ganas de golpear a Kirkpatrick en la cara iban en aumento y quizá Kirkpatrick sentía lo mismo. Aunque viejo, en aquel lugar estaba en minoría, y ahora solo faltaba protagonizar un altercado con un viejo borracho en un lugar pequeño para que Cayetana se convenciera aún más de que había hecho bien dándole una patada en el tafanario. Apurando el cigarrillo, Gerardo se levantó de la silla, dando la conversación por terminada e iniciando la marcha para ir a pagar. Kirkpatrick no se callaba, lo agarró.

    -My friend. Life can be hard. You may lose. You can lose. No problem if you lose… BUT… you have to KEEP MOVING. -dijo con una mirada estrábica- If not, HE -y señaló al cielo con un dedo encorvado- HE will be mad with you. HE IS WATCHING!

    Gerardo se zafó del agarre del borracho y fue a pagar. Tenía ganas de reventarle la cabeza a aquel falso predicador contra el suelo de asfalto. Además, como había dejado de llover y ya era la hora del almuerzo, los transeúntes iban llenando las calles poco a poco, y todos veían el espectáculo que formaba aquella extraña pareja. Después de salir del baño, donde vació las dos cervezas que había tomado, se dirigió con paso tambaleante -no se había dado cuenta de lo bebido que estaba- hasta la barra del bar. Stan hizo un gesto de negación con la cabeza cuando lo vio sacar la cartera para pagar.

    -He has done it. -dijo señalando hacia Kirkpatrick.

    -Really? Well. Thank you. -dijo Gerardo soprendido. Se giró sobre sus pasos y salió por la puerta por donde había entrado para despedirse de su viejo amigo que había tenido la deferencia de invitarlo. En la mesa exterior que habían compartido solo quedaban los cigarrillos apagados y los dos vasos de cerveza vacíos. Kirkpatrick había desaparecido. Gerardo miró en todas direcciones pero no consiguió ver por dónde se había marchado. Imaginó que quizá se acercaría al Abrevadero’s a tomarse la última y rio solo en la calle.

    Otro amigo, uno de apenas una hora, que desaparecía sin avisar, esta vez para siempre.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 10)

    Un corazón donde vivir (Parte 10)

    Nota del autor: ¡Especial Halloween! (leer en mitad de la noche)

    No lo tranquilizaba

    En mitad de la noche, de pronto, el ambiente se sintió pesado. La habitación se encontraba en oscuridad y en silencio. Las formas del armario empotrado frente a él se adivinaban por la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana en una noche sin nubes. Si Gerardo prestaba la suficiente atención, y ahora todos sus sentidos estaban de punta, se podía oír el crujido de la madera, el aleteo de un pájaro contra la ventana a su espalda, el viento que ululaba entre los árboles altos como sombras de la noche.

    Tenía miedo. No podía moverse. El terror atenazaba cada uno de los músculos y su piel, a calambrazos, se ponía de gallina. Lo inexplicable, lo irracional de la situación, era lo que más lo atemorizaba. No sabía por qué sentía ese pavor repentino, y eso era lo peor.

    No estaba durmiendo ni soñando, eso sí que lo sabía. Había dado vueltas y más vueltas en la cama hasta encontrar aquella postura, pero no había conseguido dormirse. La última vez que miró el reloj era la una y media de la madrugada. No tenía sueño, no conseguía quedarse dormido, y a la desesperación por querer dormir del principio la había seguido una extraña calma aburrida con los ojos abiertos, mirando la pared y pensando en Cayetana, en el día siguiente, en lo solo que se sentía en ese lugar extraño.

    La habitación resultaba cualquier cosa menos acogedora. Los techos altísimos daban la sensación de desprotección, como si uno durmiera a la intemperie. El crucifijo sobre el cabecero de la cama, lejos de tranquilizarlo, parecía que fuera a descolgarse en cualquier momento y caer encima de su cabeza en mitad del sueño. Las paredes, color crema, resultaban etéreas como si no estuvieran allí, como si cualquier cosa pudiera atravesarlas. Hacía un rato había salido al pasillo para orinar. Aquella estancia carecía de lavabo propio, por eso era tan barata, y los urinarios y las duchas se encontraban al final de un pasillo azul abovedado. Gerardo había sacado la cabeza por la puerta a fuera y vio la negrura absoluta en aquella garganta de yeso. Buscó con los ojos el interruptor que iluminara todo aquel corredor, pero no lo supo encontrar. Decidió que se aguantaría.

    Pero lo peor era el enorme ventanal que ahora tenía tras de sí, dándole la espalda. Se trataba de un marco grande, con cuatro ventanas de vidrio duro que no podían abrirse de par en par, solo lo suficiente para dejar correr una brisa de aire, como en la ventanilla de un tren antiguo. Cada uno de los cuatro vidrios estaba dividido por parteluces de hierro forjado que dividían la hoja en diez cuadrados iguales. Tres montantes de hierro verticales separaban las cuatro partes de su estructura como si fuera la ventana de una celda. Carecía de contraventanas o de cortinas que taparan la luz, pero sí disponía de un alfeizar amplio en su base, hecho en la propia pared, donde se podía tomar asiento. El paisaje obligatorio en aquella hora de la noche era espeluznante: un descampado amplio de césped irregular con árboles esqueléticos al fondo, un centenar de metros más allá. Cualquiera podía ver el interior de la habitación si encendía la luz y por eso Gerardo había preferido pasar la noche de insomnio con la luz apagada, imaginando que en la oscuridad estaba menos expuesto a los ojos invisibles de cualquier animal noctámbulo.

    Entre el crepitar de la madera y los demás ruidos esperables en un edificio antiguo, había uno discordante. Se escuchaba el leve silbido de una respiración asmática, como si alguien respirara por un conducto estrecho, incapaz de llenarse los pulmones por mucha fuerza que hiciera, que hacía. Se oía le levísimo aullido de alguien intentando respirar. Eso era lo que había hecho que sus sentidos se exasperaran. Algo que antes no estaba allí estaba respirando dificultosamente detrás de él. Podía situar, sin girarse, el punto exacto donde aquella cosa estaba sentada: encima del alfeizar de la ventana.

    Su cuerpo empezó a temblar. No encontraba el valor suficiente para darse la vuelta y encarar lo que fuera que había entrado en la habitación con él. ¿Qué haría si algo, fuera de este mundo, estuviera allí sentado esperando que él lo mirara? ¿Dónde iba a ir en mitad de la noche en un pueblo que no conocía, en un país que no era el suyo, con un idioma que no dominaba, en un lugar, en fin, inhóspito u hostil? ¿Qué iba a hacer ahora?

    La respiración seguía presente. Incluso podía distinguirse un leve crujir en la madera del alfeizar provocado por el rápido movimiento de la cosa sentada allí. Ni siquiera se atrevía a imaginar lo que se había entrado en su cuarto, solamente quería llorar de terror.

    Tuvo una idea. Quizá había sido un cuervo el que había entrado. Se habría dejado un resquicio del ventanal abierto al acostarse y una de esas bestias se había colado por la ventana. Por eso esta no podía abrirse de par en par, porque las alimañas podrían ocupar el espacio a su antojo y causar traumas indeseados a los pocos huéspedes que tenía aquel hotel. Un cuervo es un animal salvaje, con esa inteligencia diabólica que se les atribuye por su mirada suspicaz. Comían animales muertos y vivos por igual, según Gerardo suponía. Quién sabe la de enfermedades y parásitos de los que aquellos animales eran portadores. Un picotazo de aquel largo y poderoso pico podía contagiar enfermedades y virus nocivos para las personas. O podían atacar y sacarle a uno el ojo. Girado contra la pared, esperaba que el animal se fuera por donde había venido.

    Pero sabía que no era un cuervo. Aquella respiración le decía se trataba de algo más grande, con unos pulmones enfermos pero grandes como los de una persona. Cada vez se hacía más presente en el silencio de la sala e iba ocupando los demás sonidos hasta que solo se escuchaba el silbido cansado de aquella garganta casi cerrada por el asma.

    Gerardo se giró cuando notó que algo se movía por debajo de su cama. Unos brazos o unas piernas pequeñas habían empujado el colchón hacia arriba desde el mismo centro donde estaba su costado. Su corazón se sobresaltó, queriendo salir de la cárcel de las costillas y echar a correr por el suelo como un pollo sin cabeza, echando sangre y fluidos en su huida. Se incorporó sobre el colchón y por fin pudo verla cara a cara.

    -¿Cayetana?

    Junto a la ventana, mirando hacia el descampado oscuro, el cuerpo de Cayetana estaba sobre el banco que el alfeizar permitía. Su pecho, bajo un camisón blanco, se movía arriba y abajo con dificultad. Su cara no se veía, la tapaba su lago pelo negro que caía larguísimo sobre su cuerpo; parecía apelmazado, grasiento, como si hiciera tiempo que no lo lavaba. Sus pies y sus brazos estaban desnudos, la piel se veía blanquísima en la oscuridad, casi azul bajo la luz de la luna que entraba, ahora a raudales, por el cristal.

    No podía moverse. Sentado sobre la cama, Gerardo estaba completamente petrificado. Sentía la boca seca y el temblor en sus extremidades resultaba cada vez más incontrolable, como si cada una de las partes de su cuerpo quisiera salir corriendo en una dirección diferente, despegándose las unas de las otras. No entendía qué estaba viendo, era completamente imposible, pero su presencia era real, pesaba sobre el suelo. Gerardo solo tenía claras dos cosas: aquello no era un fantasma y no estaba soñando.

    -¿Por qué, Geri? ¿Por qué lo hiciste? -Y Cayetana empezó a llorar. -Estábamos bien. Teníamos nuestras cosas, pero éramos felices. ¿Por qué lo hiciste, Geri? No lo entendí. -su espalda subía y bajaba espasmódicamente- No lo entiendo aún. -su cara no era visible porque seguía mirando hacia la calle y la ocultaba su pelo sucio como una cortina.

    -Lo siento mucho, Caye. No sabía lo que hacía. -Gerardo se levantó de la cama y se quedó de pie, les separaban unos cinco pasos. -Estaba agobiado y la pagué contigo.

    -Mentira. Mientes y lo sabes. ¡Dime la verdad! ¡Dime la verdad por una vez! -golpeó el cristal con su puño. Sus manos estaban sucias de barro, pero el vidrio ni se manchó ni se rompió, solamente tembló como la piel de un tambor. -Estabas con otra. Me engañaste.

    -Eso no es cierto. -y Gerardo dio un paso hacia ella. -No estuve con nadie, aunque lo pareciera y yo no hiciera nada para evitarlo. No, Caye, mi amor, no era eso…

    -Dime la verdad. No se termina con todo de la noche a la mañana sin una razón. -su voz se volvió más ronca, casi metálica, como si hablara a través de una lata, pero seguía siendo la suya. -Yo te quería, Gerard. Te quería más que a nada en el mundo…

    -Lo sé. Yo también te quiero a ti. -dio otro paso- Podemos arreglarlo, podemos empezar de cero sin cometer los errores que nos llevaron a esto. -una lágrima resbaló por su mejilla. -Te querré siempre, Caye. Nada será lo mismo si tú no estás. Perdóname…

    -Me mataste. Me mentiste. Acabaste con lo nuestro y me sigues mintiendo ahora. No puedo creerte. Nunca volveré a confiar en ti. -Se incorporó sin girarse- Nunca más.

    -No, mi amor, mi vida, no digas eso. -Gerardo dio otro paso- Yo andaba en malos pasos, tomé malas decisiones. Bebía demasiado y no sabía dónde estaba ni cómo pensar. Los problemas me agobiaban y me refugié en la bebida. Pensaba que podría controlarlo, pero no fue así. No era lo que tú creías -Ambos ojos empezaron a sangrar lágrimas saladas- Yo necesitaba beber. No eran solo las dos copas que tú me veías tomar, eran muchas más. Me daba vergüenza de mí mismo. No era capaz de decirte la verdad y no quería ser un problema para tu vida. No quería que pensaras que era un borracho, un drogadicto, así que decidí cortar por lo sano, alejarme de ti, alejarme de todos, de todo.

    Hubo un silencio. Solo se oía la respiración sibilante de ella y los hipos entrecortados de Gerardo, de pie en mitad de la estancia, a dos pasos del cuerpo de ella que seguía de espaldas mirando la oscuridad por la ventana. Para entonces, a Gerardo no le importaba nada, si Cayetana era o no un fantasma, si estaba allí o no, sentía que una mano fría apretaba su corazón y dejaba salir un líquido negro que llevaba tiempo ahí estancado.

    -Ahora lo entiendo. -dijo ella al fin. -Ahora lo entiendo todo. -su voz se volvía cada vez más metálica, más grave, pero sonaba serena, comprensiva. -Entonces no estabas con nadie, después de todo. Yo en el fondo lo sabía… sabía que me ocultabas las copas que tomabas a escondidas, pero no quise darle importancia. Pensaba que había algo más.

    -No, mi amor, mi vida. -Gerardo dio otro paso- No había nadie más. Sólo mi problema. Pero ahora estoy curado. Llevo mucho tiempo sin beber, trabajando en mí mismo, esforzándome por ser mejor cada día. Lo había pasado mal antes de conocerte, ya lo sabes, pero logré sobreponerme. Por eso estoy aquí, ahora que estoy bien he venido a buscarte. A estar contigo. No te dejaré nunca más y nunca más te ocultaré nada.

    -Te quiero, Geri. Siempre te he querido. -la voz de Cayetana sonaba lejana, como desde el fondo de un pozo. Su cuerpo hacía rato que no se movía. Se había quedado completamente hierático, de espaldas, a pesar de que decía. -Quiero que estemos juntos. -sonaba como una cinta que se fuera deteniendo, distorsionando su voz, honda y nasal.

    -Yo también te quiero, Caye. -y dio el último paso y se situó junto a ella. Ahora podía ver su rostro mirando por la ventana. La piel de su cara era un poco azul, sus ojos eran transparentes como el cristal por el que miraban. Puso una mano sobre su espalda, queriendo acariciarla. Notó que debajo de la tela solo había hueso, sin piel ni carne.

    Aquello se giró y lo miró de frente. Eso no era Cayetana. Su cara se parecía, imitaba su voz y su estatura, pero no era ella. Tenía los ojos transparentes, verdosos, como el cristal de una botella. Sus pupilas eran nigérrimas, de un oscuro más negro que la noche sin estrellas. Boca sonreía dejando ver unos dientes rotos y podridos, afilados por la caries.

    Gerardo temblaba. Un hilo de pis bajaba por el muslo, la pantorrilla, hasta sus pies. No podía moverse. Tampoco podía dar crédito a lo que estaba viendo. Gemía: -¡Caye!

    -Pero me mataste, Geri, Gerard, Gerardo. Me mataste y ahora mira en qué me has convertido. -Una mano lo agarró del brazo, apretándolo con muchísima fuerza, casi sentía que le iba a romper los huesos. Aquello no era la mano de Cayetana, era más grande y fuerte. Un hedor nauseabundo impregnaba toda la estancia. Un frío gélido recorría de arriba abajo todos los tuétanos de su cuerpo. El corazón dolía, dolía mucho. -Y no solo me mataste a mí. Mataste nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestra vida.

    Los ojos blanquiverdes de aquella cosa miraron detrás de él, como si hubiera algo allí.

    -Lo mataste a él también.

    Gerardo se giró. Debajo de la cama se veían dos ojos rojos, pequeños, ensangrentados. Se movieron hacia delante y dejaron ver el rostro de un niño completamente azul, como si llevara muerto siglos, pero sin que su piel se hubiera corrompido. Debería tener unos tres o cuatro años. Reptaba hacia afuera de la cama en dirección a él, emitiendo un crujido nervioso como de huesos rotos, moviéndose espasmódicamente como un insecto enorme. Se puso a los pies descalzos de Gerardo y miró hacia arriba. De su boca sin dientes, oscura como los ojos de su madre, salió un ronquido ininterrumpido que dijo.

    -¡Papaaa!

    No lo soportó más. Gerardo consiguió zafarse de las manos de Cayetana y saltó por encima del pequeño cuerpo, levantando mucho los pies, como si el suelo quemara. En las tripas sentía la piel de gallina como si se le hubieran llenado las entrañas de espinas.

    En su huida, sus pies resbalaron con su propio pipí y perdió el equilibrio. Como miraba hacia atrás, hacia aquellas dos formas que ahora no eran más que dos sombras informes, no pudo ver contra qué objeto se golpeó la cabeza. Cayó al suelo en redondo y, ahora sí:

    Dormido.

    Píip-píip-píip-píip.

    Abrió los ojos. La luz de la mañana se vertía en la habitación. Gerardo gritó y se incorporó. Estaba en el suelo junto a la cama en un charco de sudor. Miró aterrado a todas partes, estaba solo. El teléfono móvil tronaba sobre la mesita de noche con un pitido infernal. La habitación del hotel estaba en silencio y los cuervos volaban afuera.

    Todo habría sido una pesadilla. Todo habría sido un sueño. Pero eso no lo tranquilizaba.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer las entregas previas de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. A los lectores y escritoras que siguen este relato: Gracias.

    El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había posado sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -Dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -Contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -Dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -Dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo que él.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. Si el tubo del extractor cruzaba el techo, se le barnizaba y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con la lengua y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como un bálsamo que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta y quinta) para quienes quieran (re)leer los pasos previos de nuestro Gerardo con comodidad antes o después de leer este capítulo. Esta historia encuentra cada día más lectores. Os lo agradezco mucho.

    Su única oportunidad

    Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.

    Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.

    Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.

    El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.

    Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Se acodó frente a la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. La de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla a ella, lo vio a él detrás y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana no se había girado, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la coña. Gerardo estaba detrás de ella y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.

    Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.

    -¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se pierden para siempre. Sintió su pequeño cuerpo sobre su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.

    Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.

    -Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.

    -¿Qué quieres tomar?

    La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.

    -Una cerveza. Cualquiera.

    -Siéntate donde quieras.

    -Vale.

    Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.

    -¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.

    -Tenía ganas de verte.

    -Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?

    Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.

    -¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.

    Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad, como cuando los europeos van a un restaurante chino y lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver pero da el ambiente asiático.

    Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero se marchó pronto. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. De hecho, ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguramente de él, y a ninguno les hacía gracia.

    Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.

    O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.

    -Ya terminé. ¿Vamos?

    Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.

    -Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.

    -No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.

    Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico.

    -Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un rayo encima.

    Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.

    -Bueno, bueno, bueno… Pues nada…

    -No, no… a ver… Le digo que…

    -No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…

    Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.

    -Geri, te llamo luego y te digo algo.

    -Vale, vale. No te preocupes.

    Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.

    Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.

    Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, como esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.

    Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.

    Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.

    Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.

    El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.

    -¿Quedamos en el cruce a las 17:30?

    Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.

    -Allí estaré. -contestó.

    Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: ¿Te está gustando este relato? No dudes en dejar tu comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 1)

    Un corazón donde vivir (Parte 1)

    1. Una llamada

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -¿Hola?

    Por un momento no supo qué decir. Estaba absolutamente en blanco mientras el corazón golpeaba con los puños las paredes de su pecho. Manos invisibles atenazaban su voz.

    -Gerard, ¿estás ahí?

    -Hola, Caye… Sí, estoy aquí.

    -¿Cómo estás? ¿Estás bien?

    -Sí… Eso creo… ¿Y tú?

    -Yo estoy intrigada… Pero me alegro de saber de ti.

    A partir de ahí, la conversación se desarrolló por los cauces habituales. La excusa de la llamada de Gerard a Cayetana había sido la pedirle información a esta para realizar un viaje a Londres. Ella llevaba algunos meses viviendo en las Islas Británicas, concretamente en Irlanda. Gerard planeaba un viaje próximo a Londres para hacer lo que muchos españoles en aquellos años de crisis: encontrar un trabajo remunerado.

    Al volver de arreglar los papeles del paro, que le darían para un subsidio de un par de meses, Gerard acariciaba la idea de aventurarse a tierras inglesas en busca del sueño anglosajón mientras pensaba en llamar a Cayetana y contarle su proyecto. Parecía una idea plausible, dado que sabía por las redes sociales y conocidos comunes que ella estaba viviendo allí, huyendo de una relación tormentosa con un gimnasta marroquí.

    -No tendrás problemas para dar clases de español por aquí… Ya lo verás. La demanda es muy alta y necesitan de todo urgentemente. Yo misma encontré un empleo al día siguiente de llegar a Maynooth. Esto es otro mundo, lo verás cuando llegues a Londres. ¿Cuándo tienes pensado mudarte?

    Lo cierto es que no tenía nada pensado, que la idea se le había ocurrido y se había dejado llevar por el impulso, como tantas veces había hecho a lo largo de su vida, cometiendo errores y acertando a veces. Contestó como mejor pudo a la pregunta.

    -El mes que viene, cuando termine de arreglar unos cuantos asuntos por aquí. Me lo tomaré como una especie de vacaciones, nunca he estado en Inglaterra y me atrae la idea mejorar mi inglés. Quizá viajaré un poco y me acercaré por Irlanda, por… ¿cómo dices que se llamaba tu pueblo?

    -Maynooth.

    -¡Quizás me acerque por Maynooth a verte! ¿Qué te parece?

    -Gerard, sigues tan loco como siempre. -y rio. Él lo tomó como una buena señal, como si la idea de que pudiera aparecer por allí la ilusionara. Por lo menos él lo vivió así.

    Siguieron hablando un rato mientras subía la calle a por el coche. La ciudad era cuesta arriba y el vehículo estaba en la zona alta, pero Gerard no sentía ni el calor de junio ni lo empinado del pavimento, tampoco reparaba en la gente que se cruzaba, como si en el mundo solamente existiera aquella voz dulce y acostumbrada que le hablaba por el altavoz, como si fuera un náufrago contactando por radio con el buque salvador.  Al cabo de un buen rato llegó al coche y se hizo el silencio al otro lado del teléfono.

    -Me tengo que ir. Me alegro de saber de ti, Gerard, y de que estés bien después de todo.

    -Yo también me alegro mucho de oír tu voz. De hecho, la he echado mucho de menos.

    Su corazón volvió a palpitar con fuerza mientras oía el ruido blanco del silencio al otro lado de la línea. Se le había escapado aquella frase de las manos como un animalillo.

    -Ya hablaremos. Ya me irás contando tus planes. Te dejo que me tengo que marchar.

    -Vale, Caye. Un beso grande y gracias por la info. Quizá nos vemos pronto.

    -Besos. Ba-bye.

    Colgó y sonó un piíp seco y breve. Se apartó el terminal de la cara. Estaba caliente y grasiento por el sudor del mediodía. La llamada había durado más de veinte minutos. Después de dos años sin hablar, aquella casi media hora se le representaba como una especie de milagro. Parecía que el tiempo no había trascurrido entre ellos y que Caye viviera al otro lado de la ciudad, que hiciera poco que se habían visto y que faltaba nada para volver a verse, como cuando estaban juntos y eran la pareja más bonita del litoral.

    La llamada había trastocado los planes de Gerard por completo. Si bien proyectaba la idea de visitar Londres en el futuro, ahora se le hacía un imperativo vital hacerlo, una ventana de oportunidad que no podía desaprovechar. Sabía que Cayetana volvía a estar sola y la idea de volver a encontrarse la divertía. La posibilidad de reencontrarse en Irlanda o en donde fuera lo ilusionaba como el mejor de sus sueños por fin cumplido. Ni se atrevía a acariciar la posibilidad de volver a abrazarla después de tanto tiempo. Cuando pensó en volver a besar sus labios carnosos casi se come una señal de tráfico y tuvo que corregir con un volantazo que provocó el pitido airado del vehículo de detrás. No veía el momento de llegar a casa y empezar a pertrechar lo necesario para ese viaje sin billete de vuelta, donde conocería la ciudad del Támesis y quizá la paz que perdió. Los acontecimientos parecía que se desarrollaban solos y supuso que era una señal del destino. Como dicen en las películas malas: Gerard seguía los designios de su corazón.

    Había muchas cosas que preparar: la tarjeta sanitaria, la convalidación de su título universitario en Inglaterra, el alojamiento y hacer acopio del dinero necesario para la empresa de trasladarse a otro país con lo puesto y buscarse allí la vida. Animado por el relato de otros inmigrantes españoles, jóvenes universitarios en su mayoría, y la nebulosa posibilidad de encontrarse con Cayetana más tarde, se dispuso a preparar los pormenores de la nueva aventura que se abría frente a su horizonte, en la cual veía brillar la luz de un nuevo futuro a pesar de la niebla en la que transcurría su presente.

    Al llegar a casa de sus padres, lo recibieron los gritos y las discusiones acostumbradas. Nadie lo saludó al entrar ni él hizo constar su presencia. Entró directamente en su cuarto y dejó los papeles del paro encima del escritorio repleto de libros, apuntes, libretas y folios sueltos con algún que otro poema. Cogió la guitarra y rasgó cuatro acordes: Mi, La menor, Re menor, Sol, Fa, Mi. Volvió a dejarla apoyada en la pared y se tumbó sobre la cama. Por el rabillo del ojo lo miraban los libros en la estantería que había hecho comprar a sus padres para depositar todos aquellos volúmenes que el paso de su adolescencia había ido recogiendo por el camino. La mayoría de su biblioteca constaba de ediciones baratas y antiguas que no querría ni un trapero, pero él entonces no lo sabía. Sobre las sábanas soñaba despierto mirando al techo, distrayéndose con la forma de la bombilla apagada que habría de iluminar la habitación cuando llegara la noche, recordando las calles de Londres que había visitado en alguno de aquellos libros. Por fin la vida parecía funcionar, por fin todo iba a salir bien, por fin iba a salir de la mierda.

    -Gerardito, ¿hoy no comes? -Era su madre, que había abierto sin llamar la puerta de cuarto y lo miraba inquisitiva, con ganas de pelea, desde el umbral de la puerta.

    -No tengo hambre.

    -Este niño está fatal. Iba a comerse el mundo y el mundo se lo comió a él. -Y cerró.

    Gerard estuvo soñando despierto con aviones, trenes, estatuas, plazas, bosques y besos, hasta que se durmió sonriendo. Le parecía la vida un milagro que propició una llamada.

    …oooOOOooo…

    2. En blanco

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -Geri, ¿cómo está mi niño?

    -Cayetana, me gustaría hablar contigo.

    -¿Qué sucede?

    -Creo que no deberíamos seguir juntos.

    Se produjo un silencio tan hondo como si hubiera estallado la bomba atómica y el aire se hubiera quedado vacío. Fue cosa de pocos segundos, pero se hicieron eternos en la memoria de ambos.

    -¿Cómo dices?

    -Que creo que deberíamos dejarlo.

    -¿Por qué?

    -Verás, he conocido a alguien…

    -¿Y me lo dices por teléfono? Quiero verte. Quiero que hablemos. No puedes hacerme algo así. No de esta forma.

    -Tengo que trabajar.

    -Pues ven antes.

    -De acuerdo. -Y ella colgó.

    Años después, Gerard recordaría aquellos últimos días de una relación de tantos años. Se sentía imbuido por un sopor extraño, como si lo exterior importara poco. Su expresión no era ni alegre ni triste, sino indiferente. Actuaba como un autómata que mirara solo hacia dentro de sí mismo, y lo que veía era de un color gris uniforme. Lo bueno y lo malo, todo le resbalaba. Hacía tiempo que pensaba en terminar con todo y una forma de hacerlo era tirar su vida por la ventana, buscando la manera de empezar de cero o por lo menos de terminar con un sufrimiento crónico e inexplicable. Pensaba que a los suicidas se les ponía la misma expresión que él tenía en la mirada entonces.

    Sin dar demasiada importancia a una llamada de teléfono que terminaba con su vida tal y como la había conocido los últimos seis años, salió de casa sin decir nada y se dirigió hacia el coche. Por el camino iba con la mente en blanco, sin reparar en el daño que estaba causando y que sería irreparable. Solamente conducía y no veía el momento de terminar con aquel trámite molesto e irse a trabajar al hotel de cuatro estrellas donde hacía las veces de recepcionista. Un trabajo anodino que le permitía olvidarse de sí.

    Cuando llegó a la cuesta de su casa, Cayetana ya estaba allí. Lucía un vestido holgado que hondeaba en el viento como una bandera. Llevaba el pelo largo recogido con una cola y en sus grandes ojos marrones lucía la expresión de quien ha llorado durante un buen rato. Arrugaba los labios enfadada con el mundo, como quien se pregunta: cómo puede pasarme esto a mí. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta indignada por le odio.

    Gerard casi no abrió la boca ni tampoco escuchaba todo lo que Cayetana le decía. Básicamente ella se sentía traicionada porque él le había dicho que había otra persona. Incapaz de explicarse mejor, ella entendió que había iniciado una relación con alguien a sus espaldas y que llevaban tiempo engañándola. Nunca hubiera esperado algo así de su Geri, a quien quería tanto y a quien desde ahora odiaba con toda su alma. Le deseaba lo peor en su nueva vida y le pronosticaba que pronto se arrepentiría de ser una rata.

    -¿Es que no piensas decir nada?

    -Tengo que irme, entro a las dos y media y ya son más de las dos.

    -Que te den por culo, Gerard.

    Y salió del coche y de su vida para siempre. El otro casi sintió alivio, pero la sensación principal era la misma indiferencia de siempre, la que lo había llevado a aquella conversación en el coche, a terminar con más de un lustro de historia de un plumazo.

    En ningún momento se esforzó por desmentir lo que Cayetana pensaba. Si iba a terminar la relación, lo mejor era hacerlo de la forma más eficaz y menos indudable. Que ella pensara que estaba con otra persona, a pesar de estar solo, se le hacía una buena forma de cortar por lo sano, aunque fuera sin anestesia y de un hachazo brutal. Gerard no pensaba en las consecuencias de sus actos porque vivía en un sopor gris que le impedía pensar en nada. Se sentía poseído por una fuerza informe que lo gobernaba como una marioneta. Podrían ser las manos de Dios o del demonio, pero no se lo preguntaba. Solo se dirigía en su utilitario hacia el hotel donde habría de pasar las nueve horas siguientes, ajeno a su fracaso amoroso, profesional, vital. Estaba en caída libre y creía que volaba. Sentía cosquillas en el bajo vientre y confundió la vida con el vértigo.

    Cuánto tiempo pasaría luego preguntándose por qué había actuado de esa manera. Por qué demonios había sido tan cruel y había dicho aquella mentira. Podía haberse expresado mejor y quizá se hubieran entendido y todo habría terminado bien, con la posibilidad de una reconciliación futura, si no como pareja, sí como buenos amigos.

    Gerard tenía dieciocho años cuando empezó con Cayetana y terminaron la relación cuando ambos tenían veinticuatro. Los años más intensos de su primera juventud los pasaron juntos y habían vivido momentos inolvidables que parecían conducirlos a una eternidad feliz. Durante los primeros años fue así y esta anomalía que constituían en una sociedad donde primaba lo superficial acabó por pasarles factura. Por mucha felicidad que atesoraran juntos, el paisaje de la vida se compone también de colores oscuros y el hecho de amarse tanto también suponía no dejar espacio a encontrarse a ellos mismos, a saber quiénes son, a la soledad amarga pero necesaria. Gerard se ahogaba en una rutina feliz impropia para un chico en la veintena, con ganas de conocer el mundo en toda su extensión, con el deseo de intentar ver más allá de sus horizontes y de aventurarse solo en la empresa de vivir, sin sentirse responsable de la felicidad de otra persona, que por otra parte y paradójicamente eran la persona que más quería. Era Ícaro volando hacia el sol y lo sabía, la caída se le hacía de una necesidad tan perentoria que la anhelaba.

    Y lo consiguió. De un modo brutal y cruel, fruto de su inexperiencia, pero lo hizo. Se liberó de las cadenas de oro que lo ataban a una vida maravillosa y se adentró en la nada del abismo que por contraste se le hacía el lugar más apetecible del mundo. Ahora ya no tendría que rendir cuentas ante nadie, solo ante sí mismo. Podía hacer lo que le diera la gana y era tanta la sensación de libertad que se le hacía pequeño el cielo abierto ante sí. Detuvo el coche en el parquin de los empleados y se encontró con otros compañeros en el fumadero, antes de empezar la jornada. Quienes estuvieron allí con él dirían que nunca lo habían visto tan contento en todo aquel verano, que era el tipo más divertido del planeta tierra, haciendo bromas con todo y haciendo reír a todo el mundo.

    -Gerardo, hoy iremos unos cuantos a tomar algo después de trabajar. A lo mejor se nos hace de día en la playa. ¿Te apuntas? -Era Sara quien le hablaba, sonriéndole divertida.

    Apurando el cigarrillo, pensó en lo que tendría que hacer al día siguiente. En si tenía que avisar o si le parecería bien a alguien. La agenda de su vida estaba en blanco.

    -¡Pues claro que sí!

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Este relato continuará la semana que viene y se irá publicando por partes todos los domingos. Espero tener la fuerza y la pericia necesarias para contar la historia completa, y bien.

    Siéntete libre de escribir cualquier comentario y de compartirlo con quien tú quieras.

    Gracias por estar al otro lado de la página, pues sin ti esta historia no tendría corazón donde vivir.