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  • Un corazón donde vivir (Parte 14)

    Un corazón donde vivir (Parte 14)

    En marcha

    La tarde se abría paso entre las nubes y no sabía qué hacer. Ya estaba todo dicho, su historia había terminado para siempre, pero parecía no encontrar el final. Llevaba taciturno todo el día, vagabundeando de un sitio a otro por las calles más oscuras, con miedo de toparse con Callaghan y Cayetana y tener que ensayar una sonrisa helada que no sabría si podría sostener. El simple hecho de pensarlo le ponía la carne del corazón de gallina. Se sentía tan solo y perdido en Maynooth que le costaba mantenerse en pie.

    Cayetana y él habían compartido tanto y ahora todo se había extinguido. Algo dentro de Gerardo no podía creer que todo terminara así, sin más sentido que un final abrupto. No podía concebir que ella no tuviera ni siquiera la curiosidad suficiente como para saber de él, para preguntarle qué demonios estaba haciendo allí, pero con insistencia, como queriendo saber la verdad, no por el mero trámite de la cortesía. Se había convertido para ella en una visita incómoda, en poco menos que un desconocido. Pero los recuerdos dolían en el fondo del corazón como un puñal clavado en la arena de su suelo.

    Al salir instituto, cuando ambos acababan a las tres de la tarde, solían ir a un parque cercano y se estiraban en la yerba. En ninguna de sus casas les iban a preguntar por qué habían llegado tarde, sus padres tenían cosas mejores en las que pensar que en ellos dos. Aquel era su momento, su ratito compartido de cada día cuando no toda la tarde. Cayetana se subía sobre su barriga mientras él estaba estirado sobre el césped, le daba besos y le hacía carantoñas. “Siempre te querré” o “Nada podrá separarnos” o “Te necesito” e incluso “Tú le das sentido a mi vida” eran expresiones habituales entre ellos y, en ese momento, eran verdad, entonces todavía eran verdad a miles de quilómetros de casa, mientras paseaba solo por las calles de aquel poblado irlandés de clase media. Cómo podía haberse diluido todo aquello como una mancha de aceite en las aguas de la vida, se preguntaba Gerardo con lágrimas en los ojos. Los recuerdos involuntarios como aquel eran imágenes fantasmales que lo atormentaban, no podía controlar su evocación y tampoco estaba seguro de querer olvidarlos, de poder algún día convivir con la certeza de que aquellos momentos más nunca volverían. Tenía miedo de volverse frío. Su corazón se iba cubriendo de piedras a cada paso y cada una de ellas formaba un caparazón duro y doloroso que se iba adosando a las paredes de su carne, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera dolor o fracaso. Le preocupaba no poder amar más nunca.

    Además, ella había jugado con él. Se sentía traicionado por la persona de quien menos esperaba una traición. Cayetana tenía todo el derecho a no quererlo, pero jugar con él de aquella manera le parecía algo muy cruel. Ella sabía que él la seguía queriendo y no había dudado en mandarle señales que sabía cómo Gerardo las interpretaría: como signos de un futuro juntos, como un acercamiento mutuo, como una esperanza futura de un faro en la lejanía en una noche de tormenta. No había dudado en poner rumbo hacia ella. Le insinuó sus planes varias veces y ella se había mostrado entusiasmada. Pensaba darle una sorpresa, una alegría al verlo allí, en el pueblo donde había huido de todos: un amor, un amigo para siempre en quien poder confiar, un oído a quien contarle todo lo que había pasado, sus planes a futuro, sus éxitos y fracasos en este camino llamado vivir. Gerard, como le llamaba Caye, estaría allí para siempre, como nunca, para ella.

    Pero todo se había derrumbado como un castillo de arena. Después de todo, ella no estaba sola, había superado la ruptura de aquel amor tan maravilloso en mucho menos de lo esperado, lo cual demostraba que aquel amor no era tan excepcional después de todo, por lo menos, no lo era para una de las partes, para ella. Gerardo no podía resistir los envites que el dolor le provocaba en el alma. Quienes lo veían pasar intentaban cambiar de acera para no cruzarse con aquel loco de ojos llorosos y mirada perdida. ¿Dónde demonios iba a ir ahora? Recordaba que Cayetana le había propuesto que hiciera turismo en una de sus conversaciones, que Dublín no quedaba lejos y que podía tomar un autobús hacia allí. Antes de su llegada pensaba hacerlo, de hecho. Se imaginaba recorriendo las calles de Joyce, como de un color ocre en su fantasía, llenas de librerías con fachada de madera verde oscura. Había formado en su cabeza la imagen una y mil veces repetida de Cayetana y él recorriendo las calles de aquella capital septentrional, en busca de un sitio donde comer o comerse a besos, con la alegría renovada de haberse encontrado y de tener todo el tiempo del mundo para amarse, antes o después de la pasión, o en el ínterin de esta, risueños y felices por que el destino lo hubiera vuelto a unir en aquella novela bizantina que había sido su historia.

    La idea de visitar Dublín le resultaba ahora absolutamente insoportable, sería la constatación palmaria de su fracaso, la síntesis más pura de su soledad infinita.

    Se sentó en el suelo. Sus pasos inconscientes lo habían llevado hasta un descampado, el que se divisaba a través del inquietante ventanal de su habitación en el hostal. Era un terreno verde oscuro, con tachuelas de verde claro, de césped suave. Estaba muy aplanado, sin una sola irregularidad, completamente recto, como hecho a propósito, pero en aquel país sin montañas costaba ver una loma, una calle cuesta arriba. El lugar estaba completamente desierto y silencioso. El suelo verde estaba húmedo pero a Gerardo no le importó mancharse los pantalones. Decidió hacer lo que había visto tantas veces en las películas y nunca había podido en su país de origen en un terreno que no fuera un parque: tumbarse sobre la yerba de aquel campo, a pelo, libre y solo. Respiró hondo y sintió cómo el aire mentolado llenaba sus pulmones embrutecidos por el tabaco y la humedad. En aquel momento parecía poder pensar con mayor claridad y dominio.

    Había fracasado completamente. La vida no tenía en más mínimo sentido. Para él, lo más importante del mundo, por encima del éxito o el dinero, era el amor, y sentía que había fracasado en ese ámbito para siempre y de manera estrepitosa. Como debe hacerse, lo había apostado todo a una sola carta según le dictaba su corazón, había seguido todas las recomendaciones de las canciones y los libros, había seguido los pasos al pie de la letra y sin embargo allí estaba, más solo que nunca con un dolor atroz. Su vida, todo lo que había hecho, la persona en que se había convertido hasta entonces, había perdido todo el sentido. Tenía ganas de morirse, de quitarse de en medio, de saltar al sobre el canal de Maynooth y dejar que las aguas oscuras y aceitosas se lo llevaran río abajo hacia el mar, es decir, hacia la nada. Para qué quería continuar con la vida que llevaba si nada en ella valía la pena, si todas las personas en quien alguna vez había confiado le habían traicionado de una forma u otra, y esta vez había sido de una manera tan brutal que no podía soportarlo. Se sentía a las puertas de una depresión incurable, de una niebla insana que habría de cruzar sin saber muy bien qué había más allá de ella, teniendo la certeza de que el presente era horrible y que el futuro, muy probablemente, sería peor. A veces había considerado la idea de quitarse la vida, pero la había rechazado por imposible o por la esperanza de un nuevo amanecer. En aquella tarde somnolienta, tarde de verano, sobre la yerba verde del descampado irlandés, se sentía morir a cada instante, como si su corazón se fuera a parar solo al no encontrar sentido a seguir latiendo. Poco a poco Gerardo se sentía desvanecer, se estaba muriendo de pena.

    Era bueno que todo terminara así. Sería un buen final para una novela. El protagonista se echa sobre la yerba y poco a poco pierde la vida, como si hubiera tomado veneno. El sol, la lluvia, el tiempo, se encargarían de hacer desaparecer su cuerpo. Su alma trascendería en la nave que nunca ha de volver, rumbo al mundo del que nadie sabe nada. El abrazo frío de la muerte se sentía cada vez más apretado, más duro, más fuerte.

    Algo negro se movió junto a su oreja. Con sus últimas fuerzas, Gerardo abrió un ojo.

    -¡Me cago en la mar! ¡Maldita sea! -el chillido fue tan fuerte y agudo que despertó hasta los árboles, que cimbrearon levemente con el viento. -¡Me cago en sus muertos! ¡Ay!

    Cuando se levantó mientras gritaba, los cuervos que rodeaban el cuerpo olvidado de Gerardo salieron volando en todas direcciones. Eran como veinte o treinta de ellos, se habían dado cita en torno a los restos olvidados del muchacho, interpretando que aquel despojo humano se podía comer ya que no se movía de hacía rato y nadie venía a reclamar sus restos. Las alimañas lo habían rodeado por todas partes y se iban acercando a los miembros y la cara del supuesto fiambre, convencidos de un festín próximo. Gerardo daba saltos asustados en la hierva verde, levantando mucho las piernas como si el suelo quemara, sacudiéndose la espalda, los brazos, las piernas, el pelo, que sentía lleno de hormigas o corta-pichas. Los cuervos revoloteaban cerca, todavía no estaban convencidos de que aquel manjar no estuviera muerto del todo y parecían dispuestos, ya que estaba toda la bandada allí, a juntar esfuerzos para rematarlo saltando sobre él. Gerardo sintió miedo, esta vez uno real y no metafórico, y corrió hacia los muros grises donde tenía el hotel, corrió como alma que escapa del diablo, corrió como nunca por su vida huyendo de aquellos cuervos asesinos y cabrones.

    Al llegar bajo el arco de una bóveda, se detuvo para coger el poco aire que podían atrapar sus pulmones. Cuando se hubo recuperado un poco, giró la vista hacia el descampado y vio a los cuervos revolotear y graznar en el lugar donde había estado tumbado hacía un momento. Se había quedado completamente dormido sin saberlo y los animales habían aprovechado ese descuido. Había estado a punto de perder un ojo. Tuvo el rostro inteligente de aquel animal muy cerca, con ojos de hambre y el largo pico entreabierto, dispuesto a soltar el primer picotazo sobre la carne más tierna de su rostro. Aquello sí que hubiera sido una verdadera desgracia irreparable, lo que faltaba por vivir.

    Por primera vez en mucho tiempo, Gerardo se echó a reír. Primero fue una risa nerviosa, fruto de los nervios de un corazón que latía a mil revoluciones por minuto. Luego se transformó en una risa más honda, que salía desde el fondo del estómago. Maldita sea, le había ido de un pelo, joder, por poco me quedo tuerto para siempre, se decía entre carcajadas. Por vez primera en mucho tiempo, Gerardo se sentía feliz, triunfador. Había ganado, había conseguido esquivar el ataque del heraldo negro de la muerte y estaba en lugar seguro. Algo le enseñaba que los peligros no sólo se encuentran donde se les espera -en un callejón oscuro y desolado en mitad de la noche, por ejemplo- sino que incluso en el sitio más inocente la suerte nos puede deparar el peor de los destinos.

    Gerardo había gritado, había saltado, había corrido por su vida y la constatación de sus ganas de seguir hacia delante, no dejándose comer por los cuervos, era tan evidente que le hacía reír, dándose cuenta de que no necesitaba otro argumento para seguir en pie.

    Cuando terminó de reírse solo, se rindió por fin: Es hora de irse de aquí, mi aventura en Maynooth se ha acabado, se dijo. Sintió que el alivio inundaba todas las regiones de su cuerpo, como si supiera que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo.

    Llegó a su habitación y recogió sus pocas pertenencias. Cargó su teléfono móvil y, aprovechando la conexión inalámbrica del recinto, buscó un billete de avión para esa misma noche, lo encontró a las seis de la mañana del día siguiente. Necesitaba trasladarse hasta el aeropuerto en autobús. Según la página web en inglés, podía tomar uno a las cuatro y media de la madrugada en la parada de autobús que había sido testigo del último intento de beso hacia Cayetana. Le preocupaba que la línea no fuera fiable y pensó en preguntarle a ella si creía que llegaría el autobús a la hora que decía en la página, seguramente Cayetana sería conocedora de los horarios y podría confirmárselo.

    Después de comprar los billetes, mientras la tarde caía a través del ventanal y los cuervos se contaban las noticias en el descampado, Gerard escribió un último mensaje a Cayetana, muy poco a poco, con los dedos temblorosos sobre la pequeña pantalla.

    “Caye, me voy. Vuelvo a casa. Siento las molestias, de verdad. No sabía nada de tu vida aquí. Ha sido una tontería venir. A pesar de todo, no me arrepiento. Me alegró verte.”

    Le dio a enviar. Un destello de esperanza quiso brillar en el corazón de Gerard mientras miraba el nombre de ella en blanco sobre el fondo verde. La hora de la última conexión estaba oculta. Seguramente estaría ocupada. Deshizo toda ensoñación y continuó:

    “Mi avión sale a las seis de la mañana y he cogido el billete hacia el aeropuerto a las cuatro treinta de la noche. ¿La línea es fiable? ¿Pasará a recogerme el autobús?”

    Dejó la conversación así, dándole la oportunidad a ella para que contestara si quería y pudiera despedirse, al menos por mensajería, dado que una despedida en la parada era del todo improbable. Gerardo esperaba alguna palabra, si no de amor, sí de consuelo, mientras recogía sus pocos enseres y se preparaba para recibir la noche en el hostal. Encontró perdido en un doble fondo el libro que se había traído para el viaje: Roma, Bruselas, Londres, Barcelona, cuatro ciudades que encerraban una historia cada una.

    Antes de que pudiera empezar el libro y encender el cigarrillo, el teléfono vibró sobre la mesita de noche donde estaba enchufado. De un salto, Gerardo dejó el libro sin abrir sobre la cama y activó la aplicación de mensajería rápida que contenía la respuesta de Cayetana. Estuvo mirándola un buen rato, con los ojos quietos, el texto decía.

    “El autobús siempre sale puntual. No tendrás problema para cogerlo en la parada.”

    No dijo nada más. Nunca añadió otras palabras más que esas. Estaba todo dicho y, aunque volvía a doler, en el fondo era mejor así. Era más fácil olvidar con un corazón herido. Dejó el móvil con un golpe seco sobre la mesa y volvió a sentarse ya sin poder leer. Miró por la ventana mientras la noche caía, ajeno a los fantasmas, tenía hambre.

    Unas pocas horas después, Gerardo estaba en la solitaria parada de autobús. Estaba sentado desde hacia un buen rato en el banco de plástico duro bajo la marquesina. Al otro lado de la calle se divisaba el sitio donde Cayetana y él se habían visto por última vez en la vida. El murmullo del agua del canal de Maynooth sonaba como un susurro bajo sus pies. No había pasado coche alguno desde que estaba allí. Hacía frio y fumaba.

    A lo lejos, bajando el largo puente sobre el canal, vio unas luces aproximarse primero y luego distinguió el autobús azul que, silencioso, venía en sentido contrario. Dio la vuelta en un recodo habilitado para ello y abrió sus puertas frente a Gerardo de par en par. Sin demasiado preámbulo, Gerardo subió rápido y mostró su billete en la pantalla de su teléfono. El autobusero, de nombre Mike, como pronto sabría, comprobó su billete en unos folios impresos que llevaba con expresión adormilada. “Let’s go”, dijo.

    Gerardo tomó asiento cerca de Mike y miró por la ventana hacia Maynooth. El cristal del autobús no dejaba ver nada al otro lado excepto oscuridad. Lo que sí llegaba de forma muy leve, antes de que las puertas cerraran, era el murmullo del agua del canal, el único elemento de aquel paisaje liminal que parecía querer despedirse de Gerard.

    Recordó aquellos versos aprendidos en el instituto que había leído con Caye tantas veces y que ahora cobraban un sentido que entonces no tenían, solo eran música y letra.

    Adiós para siempre, la fuente sonora. Del parque dormido, eterna cantora. Adiós para siempre, la fuente sombría. Tu canto es más triste que la tristeza mía. FLUSHHH…

    El vehículo se puso en marcha.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia terminará con el último capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 12)

    Un corazón donde vivir (Parte 12)

    Esta vez para siempre

    Los finales, en la vida, no parecen tales. Nuestra relación con las personas que más quisimos, o que simplemente conocemos, se va apagando poco a poco y un día, no nos damos cuenta, y han pasado cinco años sin ver a ese alguien tan fundamental en una parte de nuestra vida. No se produjo una despedida definitiva, no hubo lágrimas junto a la estación, simplemente una última conversación incómoda o insustancial, y luego las ocupaciones diarias hicieron el resto, solapando el tiempo que antes dedicábamos a esa persona. Gerardo iba pensando en cosas similares mientras vagabundeaba en Maynooth.

    La noche había sido dura, pero esta vez no lo habían asaltado las pesadillas. Había dormido un sueño pesado, como un desmayo, después de pasarse la tarde del día anterior llorando junto a la ventana, mientras los cuervos graznaban, o se reían, al otro lado del cristal. “Me ha tratado como una mierda. Sólo soy basura para ella.” Era su pensamiento recurrente, una frase que había repetido en voz alta como una salmodia. Cómo podía ser que después de todo, para ella solo fuera alguien a quien conoció, que no le diera la oportunidad que él creía que se merecía, que lo hubiera engañado para que fuera arrastrándose hasta el fin del mundo para luego negarle un beso, un abrazo, su amistad. Cayetana había dejado claro que no quería, ni siquiera, ser su amiga. No lo había dicho con palabras, pero no fueron necesarios para ellos. A pesar de todo, se conocían a la perfección y, sin decírselo, le había dejado claro que no quería verlo más.

    Cuando uno pasa tantas noches despierto, mirando al techo con la luz encendida, pensando en alguien, casi puede evocar su figura en la habitación, sentir su fragancia y el etéreo roce de un contacto. Alguien enamorado se plantea mil posibilidades para estar cerca de esa persona, traza planes endiablados en la mente para conseguir sus propósitos, valora absolutamente todas las posibilidades y, como son infinitas, su misión no termina nunca y siempre está dispuesto a volver sobre lo mismo de manera obsesiva. El amor es una locura. Puede curar cualquier mal, cualquier dolor, y puede ser lo más lacerante que pueda vivir un ser humano, capaz de llevarlo a terminar con su vida de un arrebato o poco a poco, cuando la persona amada nos dice que no nos quiere, que ella no siente lo mismo, que Gerardo debía detener esa obsesión dolorosa que llamaba amor.

    “Me ha tratado como una mierda. Soy basura.” Repetía obsesivamente en la habitación silenciosa, mientras el cristo colgado en la pared miraba impasible desde su sufrimiento milenario con una herida en el costado donde había tenido, él también, su corazón vivo. Todas las ilusiones se habían venido abajo. “¿Para qué había servido todo?” Se preguntaba y sólo recibía la callada por respuesta de los muros amarillentos de la celda. En una de esas, con la luz encendida, se había quedado dormido, otra vez, sin cenar.

    A la mañana siguiente, su cuerpo, no su conciencia, había decidido levantarse de la cama, ponerse frente al espejo sobre la pica y echarse agua en la cara. Los estragos de ese viaje empezaban a hacerse visibles sobre su rostro. Había envejecido diez años en solo diez días y la piel se sentía flácida sobre la cara, como si fuera una careta sujeta por unas cintas que pronto se fueran a deshacer haciendo que su rostro cayera al agua. Era el momento para comer algo, tenía que cargar energías o moriría de inanición y de pena.

    Con el corazón hecho añicos deambulaba por Maynooth como una sombra desde la mañana temprano. Desayunó un par de rebanadas de pan bimbo que compró en un supermercado e ingirió un café con leche para llevar, frío y asqueroso, pero reparador. En su paseo, evitaba las calles concurridas. No quería encontrarse con Cayetana, o con Callaghan, su rollete -nudo en el estómago-, o con alguien que los conociera, a ella y a él, y pudiera divertirse a su costa. Se sentía débil, sin ganas de hablar con nadie, solamente quería deambular por las calles mojadas bajo el cielo gris que amenazaba lluvia. Los cuervos y los árboles eran los únicos seres que conocían su desgracia.

    Lo que más le dolía era la imposibilidad de ser amigos. Dos personas que se han amado tanto no podrían verse nunca más. Era absurdo, antinatural pero habitual en la naturaleza humana. Asumir la ausencia de alguien así era como superar la muerte de un ser querido. Cómo podías ser que Cayetana estuviera tan entera y él tan destrozado. La respuesta era tan dolorosa que prefería no pensarla. Pero la cabeza tiene sus propios planes y le respondía una voz que Caye lo había superado porque ya no le quería, de hecho, y era lo que más dolía, no le había querido nunca y se había dado cuenta al separarse de él. Lo único que hacía que ella mantuviera una relación cordial con él era que Cayetana sabía que él seguía enamorado de ella, y su orgullo herido por haber sido la abandonada, la había hecho buscar una venganza cruel que se había cumplido: atraerlo con migas de pan de falso amor hasta su lado y darle la patada allí mismo.

    Si algo tenía de bueno aquel rechazo era que significaba un punto final en esa historia, que clarificaba las cosas y que ya nunca más habrían de ser iguales para ambos. El NO era tan flagrante que no había posibilidades de otras interpretaciones. ¿O sí? Se preguntaba una voz tenue dentro de Gerardo, pero no tenía a nadie a quien pedir su opinión, que pudiera ver las cosas desde fuera con claridad y supiera decirle qué hacer y cómo gestionar tanta tristeza que sentía dentro como si fuera a estallar sacando del pecho pedazos de corazón. Se sentía solo como en un mar gris de asfalto, a la deriva.

    Empezó a llover. Primero un tenue calabobos que Gerardo no había notado ni visto, tan sumido como estaba en sus cavilaciones. Pero al cabo de poco la lluvia se hizo tan insistente que era imposible no sentirla. Un viento helado se levantó de entre los edificios apresando el cuerpo de Gerardo como una bolsa de basura, amenazando con llevárselo volando al otro lado del mundo donde no habría de tornar ya nunca más.

    Entró en el primer bar que encontró. Se llamaba The Cuckoo’s Nest según ponía en letras rojas luminosas sobre un fondo blanco que le daban un aire de local de alterne. No era un sitio demasiado grande. Parecía hecho de madera oscura. Las paredes estaban cubiertas de ese material hasta la mitad y el resto del muro estaba pintado de amarillo claro. Las mesas eran color caoba, así como la barra y las estanterías donde se exhibían los whiskies de la vecina Escocia o de la sufrida Irlanda. El suelo se dividía en dos niveles, el inferior, tocando con la barra, era de madera gastada por los pasos de miles de borrachos a lo largo del tiempo. El nivel superior, separado por un leve escalón y un balconcito, también de madera, era de moqueta roja, causante del olor a cerrado, a cerveza derrama, que impregnaba el ambiente. A pesar de todo, el sitio se veía limpio y era acogedor, si había mugre, era amable como cuando uno entra en una bodega. Parecía el camarote del capitán Ahab, ya retirado, después de que Moby Dick lo jubilara.

    Se acercó a la barra como movido por un piloto automático. Sus pasos lo llevaban, su mente estaba en otro sitio. Cuando quiso darse cuenta tenía los ojos azules del camarero, casi blancos, clavados sobre los suyos. El tipo tenía la nariz roja y una barba blanca al puro estilo beodo. “Go away from here” conminaban sus ojos glaucos a Gerardo, quien bajó la vista. Frente a sí vio varios surtidores de cerveza y sólo se le ocurrió decir.

    -One Guinness please.

    -A paint? -contestó el camarero. Gerardo no entendió pero dijo.

    -Yes.

    Con cara de pocos amigos, el tipo se giró. En aquel pueblo no gustaba el turismo o no estaban acostumbrados a él. Gerardo pensaba en los miles de turistas irlandeses que visitaban sus costas y cómo eran tratados, como si fueran gente importante, y solo eran tipos que tenían trabajos humildes como aquel: servir copas en un local. Por lo menos podrían aprender a sonreír, maldita sea, mascullaba Gerardo sentado sobre un taburete marrón oscuro junto a la ventana del local viendo llover. El sitio estaba tranquilo, sólo un par de mesas estaban ocupadas. Un par de borrachos hablaban quedamente de sus asuntos y el camarero de vez en cuando participada de la conversación. Sin pronunciar palabra, el tipo dejó la cerveza de Gerardo sobre la barra y lo llamó desde allí señalándola: ¿Acaso esperaba que se la llevara hasta la mesa? ¿Pero qué se había creído? Parecía decir su expresión. Se levantó de su asiento y agarró su consumición.

    Se trataba de un vaso largo y ancho, de cerveza negra, con una espuma espesa, casi pastosa, en la parte superior. El cristal estaba frío, pero no helado, y la bebida estaba a la misma temperatura. Gerardo se llevó su consumición hasta donde estaba sentado. No le pusieron ni siquiera unos tristes quicos o cacahuetes con que acompañar el trago. En aquel país desconocían por completo el ritual de la tapa, tenían otros que él ignoraba.

    Al dar un sorbo al mejunje, su estómago se contrajo, pero después lo agradeció. El sabor era dulzón y refrescante. Casi podía masticar aquel líquido negro que poco a pocos se iba asentando en su vientre como si fuera un jarabe. Por primera vez desde que estaba allí se sintió reconfortado, a solas con su cerveza y su corazón viendo llover por la ventana. Poco a poco se fue olvidando de Cayetana, de Maynooth, de Callaghan, de su fracaso, y su alma se fue llenado de un calor agradable que irradiaba desde el estómago hasta las orejas, hasta los pies; haciendo que se amortiguara el envite odioso de las oleadas de su dolor contra las costas de su cuerpo, haciendo que sanaran sus heridas como si se tratara de una bebida mágica que hubiera preparado el mago Merín o el druida Paranoix. Rio su propia ocurrencia y tomó otro sorbo de cerveza, que por ser tan espesa, le quitaba hasta el hambre solitaria con la que convivía habitualmente.

    Como su mirada ahora irradiaba simpatía, un tipo con el pelo cano, sentado unas mesas más adelante, decidió tomar la iniciativa y acercarse a la mesa donde Gerardo estaba sentado. Cautelosamente, se situó frente a su mesa y dijo en inglés con acento guiri:

    -Can I sit with you, gentlemen?

    Gerardo levantó la cabeza sin dejar de sonreír. Tenía la mirada que imaginaba a los locos cuando miraban un punto situado en el infinito, a quilómetros de distancia. Consiguió fijar la vista sobre el tipo enjuto, con el pelo largo y blanco, vestido levemente a lo cowboy, con camisa a cuadros, tejanos, cinturón y botas de cuero.

    -Yes, of course. -se le ocurrió decir- But my English is very bad. -repuso luego.

    -It looks good to me! -dijo y rio suavemente mientras se sentaba.

    Se preguntaron los nombres y el hombre dio a entender que se llamaba Paul, pero que todo el mundo en aquel pueblo lo llamaba por el apellido, Kirkpatrick, por ser su padre, o un antepasado suyo, muy famoso en aquel lugar. Tenía los dientes rotos y la boca apestaba a cerveza, pero a Gerardo su compañía se le hacía agradable por ser otro ser humano y no una sombra. Kirkpatrick le preguntó de qué país venía y él se lo dijo. Afirmó que él había pasado largas temporadas en su país, pero a Gerardo no le sorprendió: eran muchos los irlandeses que recalaban en las costas del Mediterráneo.

    -What are you doing here, young men?

    Lo de young men le gustó. Hizo que sintiera un cariño paternal hacia el hombre, como si este pudiera protegerlo en aquel lugar o al menos ofrecerle alguna respuesta sobre su destino. Gerardo apuró la cerveza que estaba tomando y dio un golpe en la mesa negra.

    -I come here for love. Can you believe it?

    -Yes, I do. But you don’t look so good. So I guess that the things went bad in the end.

    Gerardo solo pudo entender: bad in the end y supuso todo lo demás. Asintió diciéndole que sí, que las cosas habían ido mal y que por eso estaba allí con Kirkpatrick compartiendo una cerveza amarga. El dolor, antes paralizado, se movió como una alimaña dentro de sí, y Gerardo acusó el golpe con una expresión de pocos amigos. Paul supo solucionar el mal trago y, levantando la vista, le gritó al camarero: Stan, two more!

    Cuando Stan, esta vez, trajo las cervezas, Kirkpatrick y Gerardo entrechocaron las copas. Fue el irlandés quien llevó el peso de la conversación. Explicó anécdotas sobre su vida que a veces Gerardo entendía y otras veces no. A él no le importaba que el joven entendiera poco, simplemente había puesto la radio de su alma y apreciaba que alguien extraño lo escuchara a medias, aunque no hiciera el más mínimo esfuerzo por entenderle. Al cabo de un rato, cuando las cervezas andaban por la mitad y el calor del alcohol se hacía cada vez más agradable e intenso, Kirkpatrick preguntó de pronto.

    -Who is your girl?

    -Works in the Abrevadero’s bar. You know the place?

    -Oh, yes! And I think I know your girl too.

    -Really? -Gerardo nunca hubiera revelado a nadie el motivo de su visita, ni tampoco el nombre de Cayetana a un desconocido borracho, pero la Guinness le estaba soltando la lengua y se sentía bien hablar con alguien sobre su caso, dar forma a su dolor interno.

    -Brunette?

    -I’m not gonna tell you, Kirk. I prefer not to tell anybody.

    -Sure.

    Ambos bebieron en silencio. A fuera había dejado de llover. Al cabo de un rato dijo.

    -Want to smoke a cigarette?

    -Sure. -dijo Gerardo. Y salieron los dos a la calle con la mitad del vaso vacío pero con un cigarrillo por encender en los labios y el corazón dormido por la cerveza oscura.

    Kirkpatrick se puso melancólico. Habló en inglés todo el rato, aunque de vez en cuando metía alguna palabra en español. Esta vez quiso que Gerardo (Yeragdou) lo entendiera lo más posible, así que habló despacio. Dijo que tenía una hija en algún lugar de la geografía iralndesa, a la que hacía muchos años que no veía, a la que quizá no volvería a ver nunca más. Parece que no había sido el mejor padre, cosa que no extrañaba a nadie a juzgar por sus hábitos extraños, como el de entablar conversaciones demasiado personales con desconocidos al calor del bar de forma habitual. Había sido trabajado de todo, ahora estaba jubilado, pero conservaba su pasión intacta: la pintura. Tenía un pequeño taller en su casa, se lamentaba de no poder mostrarle su talento.

    Gerardo empezaba a cansarse de la conversación a medida que la cerveza se terminaba. Las ganas de golpear a Kirkpatrick en la cara iban en aumento y quizá Kirkpatrick sentía lo mismo. Aunque viejo, en aquel lugar estaba en minoría, y ahora solo faltaba protagonizar un altercado con un viejo borracho en un lugar pequeño para que Cayetana se convenciera aún más de que había hecho bien dándole una patada en el tafanario. Apurando el cigarrillo, Gerardo se levantó de la silla, dando la conversación por terminada e iniciando la marcha para ir a pagar. Kirkpatrick no se callaba, lo agarró.

    -My friend. Life can be hard. You may lose. You can lose. No problem if you lose… BUT… you have to KEEP MOVING. -dijo con una mirada estrábica- If not, HE -y señaló al cielo con un dedo encorvado- HE will be mad with you. HE IS WATCHING!

    Gerardo se zafó del agarre del borracho y fue a pagar. Tenía ganas de reventarle la cabeza a aquel falso predicador contra el suelo de asfalto. Además, como había dejado de llover y ya era la hora del almuerzo, los transeúntes iban llenando las calles poco a poco, y todos veían el espectáculo que formaba aquella extraña pareja. Después de salir del baño, donde vació las dos cervezas que había tomado, se dirigió con paso tambaleante -no se había dado cuenta de lo bebido que estaba- hasta la barra del bar. Stan hizo un gesto de negación con la cabeza cuando lo vio sacar la cartera para pagar.

    -He has done it. -dijo señalando hacia Kirkpatrick.

    -Really? Well. Thank you. -dijo Gerardo soprendido. Se giró sobre sus pasos y salió por la puerta por donde había entrado para despedirse de su viejo amigo que había tenido la deferencia de invitarlo. En la mesa exterior que habían compartido solo quedaban los cigarrillos apagados y los dos vasos de cerveza vacíos. Kirkpatrick había desaparecido. Gerardo miró en todas direcciones pero no consiguió ver por dónde se había marchado. Imaginó que quizá se acercaría al Abrevadero’s a tomarse la última y rio solo en la calle.

    Otro amigo, uno de apenas una hora, que desaparecía sin avisar, esta vez para siempre.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 10)

    Un corazón donde vivir (Parte 10)

    Nota del autor: ¡Especial Halloween! (leer en mitad de la noche)

    No lo tranquilizaba

    En mitad de la noche, de pronto, el ambiente se sintió pesado. La habitación se encontraba en oscuridad y en silencio. Las formas del armario empotrado frente a él se adivinaban por la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana en una noche sin nubes. Si Gerardo prestaba la suficiente atención, y ahora todos sus sentidos estaban de punta, se podía oír el crujido de la madera, el aleteo de un pájaro contra la ventana a su espalda, el viento que ululaba entre los árboles altos como sombras de la noche.

    Tenía miedo. No podía moverse. El terror atenazaba cada uno de los músculos y su piel, a calambrazos, se ponía de gallina. Lo inexplicable, lo irracional de la situación, era lo que más lo atemorizaba. No sabía por qué sentía ese pavor repentino, y eso era lo peor.

    No estaba durmiendo ni soñando, eso sí que lo sabía. Había dado vueltas y más vueltas en la cama hasta encontrar aquella postura, pero no había conseguido dormirse. La última vez que miró el reloj era la una y media de la madrugada. No tenía sueño, no conseguía quedarse dormido, y a la desesperación por querer dormir del principio la había seguido una extraña calma aburrida con los ojos abiertos, mirando la pared y pensando en Cayetana, en el día siguiente, en lo solo que se sentía en ese lugar extraño.

    La habitación resultaba cualquier cosa menos acogedora. Los techos altísimos daban la sensación de desprotección, como si uno durmiera a la intemperie. El crucifijo sobre el cabecero de la cama, lejos de tranquilizarlo, parecía que fuera a descolgarse en cualquier momento y caer encima de su cabeza en mitad del sueño. Las paredes, color crema, resultaban etéreas como si no estuvieran allí, como si cualquier cosa pudiera atravesarlas. Hacía un rato había salido al pasillo para orinar. Aquella estancia carecía de lavabo propio, por eso era tan barata, y los urinarios y las duchas se encontraban al final de un pasillo azul abovedado. Gerardo había sacado la cabeza por la puerta a fuera y vio la negrura absoluta en aquella garganta de yeso. Buscó con los ojos el interruptor que iluminara todo aquel corredor, pero no lo supo encontrar. Decidió que se aguantaría.

    Pero lo peor era el enorme ventanal que ahora tenía tras de sí, dándole la espalda. Se trataba de un marco grande, con cuatro ventanas de vidrio duro que no podían abrirse de par en par, solo lo suficiente para dejar correr una brisa de aire, como en la ventanilla de un tren antiguo. Cada uno de los cuatro vidrios estaba dividido por parteluces de hierro forjado que dividían la hoja en diez cuadrados iguales. Tres montantes de hierro verticales separaban las cuatro partes de su estructura como si fuera la ventana de una celda. Carecía de contraventanas o de cortinas que taparan la luz, pero sí disponía de un alfeizar amplio en su base, hecho en la propia pared, donde se podía tomar asiento. El paisaje obligatorio en aquella hora de la noche era espeluznante: un descampado amplio de césped irregular con árboles esqueléticos al fondo, un centenar de metros más allá. Cualquiera podía ver el interior de la habitación si encendía la luz y por eso Gerardo había preferido pasar la noche de insomnio con la luz apagada, imaginando que en la oscuridad estaba menos expuesto a los ojos invisibles de cualquier animal noctámbulo.

    Entre el crepitar de la madera y los demás ruidos esperables en un edificio antiguo, había uno discordante. Se escuchaba el leve silbido de una respiración asmática, como si alguien respirara por un conducto estrecho, incapaz de llenarse los pulmones por mucha fuerza que hiciera, que hacía. Se oía le levísimo aullido de alguien intentando respirar. Eso era lo que había hecho que sus sentidos se exasperaran. Algo que antes no estaba allí estaba respirando dificultosamente detrás de él. Podía situar, sin girarse, el punto exacto donde aquella cosa estaba sentada: encima del alfeizar de la ventana.

    Su cuerpo empezó a temblar. No encontraba el valor suficiente para darse la vuelta y encarar lo que fuera que había entrado en la habitación con él. ¿Qué haría si algo, fuera de este mundo, estuviera allí sentado esperando que él lo mirara? ¿Dónde iba a ir en mitad de la noche en un pueblo que no conocía, en un país que no era el suyo, con un idioma que no dominaba, en un lugar, en fin, inhóspito u hostil? ¿Qué iba a hacer ahora?

    La respiración seguía presente. Incluso podía distinguirse un leve crujir en la madera del alfeizar provocado por el rápido movimiento de la cosa sentada allí. Ni siquiera se atrevía a imaginar lo que se había entrado en su cuarto, solamente quería llorar de terror.

    Tuvo una idea. Quizá había sido un cuervo el que había entrado. Se habría dejado un resquicio del ventanal abierto al acostarse y una de esas bestias se había colado por la ventana. Por eso esta no podía abrirse de par en par, porque las alimañas podrían ocupar el espacio a su antojo y causar traumas indeseados a los pocos huéspedes que tenía aquel hotel. Un cuervo es un animal salvaje, con esa inteligencia diabólica que se les atribuye por su mirada suspicaz. Comían animales muertos y vivos por igual, según Gerardo suponía. Quién sabe la de enfermedades y parásitos de los que aquellos animales eran portadores. Un picotazo de aquel largo y poderoso pico podía contagiar enfermedades y virus nocivos para las personas. O podían atacar y sacarle a uno el ojo. Girado contra la pared, esperaba que el animal se fuera por donde había venido.

    Pero sabía que no era un cuervo. Aquella respiración le decía se trataba de algo más grande, con unos pulmones enfermos pero grandes como los de una persona. Cada vez se hacía más presente en el silencio de la sala e iba ocupando los demás sonidos hasta que solo se escuchaba el silbido cansado de aquella garganta casi cerrada por el asma.

    Gerardo se giró cuando notó que algo se movía por debajo de su cama. Unos brazos o unas piernas pequeñas habían empujado el colchón hacia arriba desde el mismo centro donde estaba su costado. Su corazón se sobresaltó, queriendo salir de la cárcel de las costillas y echar a correr por el suelo como un pollo sin cabeza, echando sangre y fluidos en su huida. Se incorporó sobre el colchón y por fin pudo verla cara a cara.

    -¿Cayetana?

    Junto a la ventana, mirando hacia el descampado oscuro, el cuerpo de Cayetana estaba sobre el banco que el alfeizar permitía. Su pecho, bajo un camisón blanco, se movía arriba y abajo con dificultad. Su cara no se veía, la tapaba su lago pelo negro que caía larguísimo sobre su cuerpo; parecía apelmazado, grasiento, como si hiciera tiempo que no lo lavaba. Sus pies y sus brazos estaban desnudos, la piel se veía blanquísima en la oscuridad, casi azul bajo la luz de la luna que entraba, ahora a raudales, por el cristal.

    No podía moverse. Sentado sobre la cama, Gerardo estaba completamente petrificado. Sentía la boca seca y el temblor en sus extremidades resultaba cada vez más incontrolable, como si cada una de las partes de su cuerpo quisiera salir corriendo en una dirección diferente, despegándose las unas de las otras. No entendía qué estaba viendo, era completamente imposible, pero su presencia era real, pesaba sobre el suelo. Gerardo solo tenía claras dos cosas: aquello no era un fantasma y no estaba soñando.

    -¿Por qué, Geri? ¿Por qué lo hiciste? -Y Cayetana empezó a llorar. -Estábamos bien. Teníamos nuestras cosas, pero éramos felices. ¿Por qué lo hiciste, Geri? No lo entendí. -su espalda subía y bajaba espasmódicamente- No lo entiendo aún. -su cara no era visible porque seguía mirando hacia la calle y la ocultaba su pelo sucio como una cortina.

    -Lo siento mucho, Caye. No sabía lo que hacía. -Gerardo se levantó de la cama y se quedó de pie, les separaban unos cinco pasos. -Estaba agobiado y la pagué contigo.

    -Mentira. Mientes y lo sabes. ¡Dime la verdad! ¡Dime la verdad por una vez! -golpeó el cristal con su puño. Sus manos estaban sucias de barro, pero el vidrio ni se manchó ni se rompió, solamente tembló como la piel de un tambor. -Estabas con otra. Me engañaste.

    -Eso no es cierto. -y Gerardo dio un paso hacia ella. -No estuve con nadie, aunque lo pareciera y yo no hiciera nada para evitarlo. No, Caye, mi amor, no era eso…

    -Dime la verdad. No se termina con todo de la noche a la mañana sin una razón. -su voz se volvió más ronca, casi metálica, como si hablara a través de una lata, pero seguía siendo la suya. -Yo te quería, Gerard. Te quería más que a nada en el mundo…

    -Lo sé. Yo también te quiero a ti. -dio otro paso- Podemos arreglarlo, podemos empezar de cero sin cometer los errores que nos llevaron a esto. -una lágrima resbaló por su mejilla. -Te querré siempre, Caye. Nada será lo mismo si tú no estás. Perdóname…

    -Me mataste. Me mentiste. Acabaste con lo nuestro y me sigues mintiendo ahora. No puedo creerte. Nunca volveré a confiar en ti. -Se incorporó sin girarse- Nunca más.

    -No, mi amor, mi vida, no digas eso. -Gerardo dio otro paso- Yo andaba en malos pasos, tomé malas decisiones. Bebía demasiado y no sabía dónde estaba ni cómo pensar. Los problemas me agobiaban y me refugié en la bebida. Pensaba que podría controlarlo, pero no fue así. No era lo que tú creías -Ambos ojos empezaron a sangrar lágrimas saladas- Yo necesitaba beber. No eran solo las dos copas que tú me veías tomar, eran muchas más. Me daba vergüenza de mí mismo. No era capaz de decirte la verdad y no quería ser un problema para tu vida. No quería que pensaras que era un borracho, un drogadicto, así que decidí cortar por lo sano, alejarme de ti, alejarme de todos, de todo.

    Hubo un silencio. Solo se oía la respiración sibilante de ella y los hipos entrecortados de Gerardo, de pie en mitad de la estancia, a dos pasos del cuerpo de ella que seguía de espaldas mirando la oscuridad por la ventana. Para entonces, a Gerardo no le importaba nada, si Cayetana era o no un fantasma, si estaba allí o no, sentía que una mano fría apretaba su corazón y dejaba salir un líquido negro que llevaba tiempo ahí estancado.

    -Ahora lo entiendo. -dijo ella al fin. -Ahora lo entiendo todo. -su voz se volvía cada vez más metálica, más grave, pero sonaba serena, comprensiva. -Entonces no estabas con nadie, después de todo. Yo en el fondo lo sabía… sabía que me ocultabas las copas que tomabas a escondidas, pero no quise darle importancia. Pensaba que había algo más.

    -No, mi amor, mi vida. -Gerardo dio otro paso- No había nadie más. Sólo mi problema. Pero ahora estoy curado. Llevo mucho tiempo sin beber, trabajando en mí mismo, esforzándome por ser mejor cada día. Lo había pasado mal antes de conocerte, ya lo sabes, pero logré sobreponerme. Por eso estoy aquí, ahora que estoy bien he venido a buscarte. A estar contigo. No te dejaré nunca más y nunca más te ocultaré nada.

    -Te quiero, Geri. Siempre te he querido. -la voz de Cayetana sonaba lejana, como desde el fondo de un pozo. Su cuerpo hacía rato que no se movía. Se había quedado completamente hierático, de espaldas, a pesar de que decía. -Quiero que estemos juntos. -sonaba como una cinta que se fuera deteniendo, distorsionando su voz, honda y nasal.

    -Yo también te quiero, Caye. -y dio el último paso y se situó junto a ella. Ahora podía ver su rostro mirando por la ventana. La piel de su cara era un poco azul, sus ojos eran transparentes como el cristal por el que miraban. Puso una mano sobre su espalda, queriendo acariciarla. Notó que debajo de la tela solo había hueso, sin piel ni carne.

    Aquello se giró y lo miró de frente. Eso no era Cayetana. Su cara se parecía, imitaba su voz y su estatura, pero no era ella. Tenía los ojos transparentes, verdosos, como el cristal de una botella. Sus pupilas eran nigérrimas, de un oscuro más negro que la noche sin estrellas. Boca sonreía dejando ver unos dientes rotos y podridos, afilados por la caries.

    Gerardo temblaba. Un hilo de pis bajaba por el muslo, la pantorrilla, hasta sus pies. No podía moverse. Tampoco podía dar crédito a lo que estaba viendo. Gemía: -¡Caye!

    -Pero me mataste, Geri, Gerard, Gerardo. Me mataste y ahora mira en qué me has convertido. -Una mano lo agarró del brazo, apretándolo con muchísima fuerza, casi sentía que le iba a romper los huesos. Aquello no era la mano de Cayetana, era más grande y fuerte. Un hedor nauseabundo impregnaba toda la estancia. Un frío gélido recorría de arriba abajo todos los tuétanos de su cuerpo. El corazón dolía, dolía mucho. -Y no solo me mataste a mí. Mataste nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestra vida.

    Los ojos blanquiverdes de aquella cosa miraron detrás de él, como si hubiera algo allí.

    -Lo mataste a él también.

    Gerardo se giró. Debajo de la cama se veían dos ojos rojos, pequeños, ensangrentados. Se movieron hacia delante y dejaron ver el rostro de un niño completamente azul, como si llevara muerto siglos, pero sin que su piel se hubiera corrompido. Debería tener unos tres o cuatro años. Reptaba hacia afuera de la cama en dirección a él, emitiendo un crujido nervioso como de huesos rotos, moviéndose espasmódicamente como un insecto enorme. Se puso a los pies descalzos de Gerardo y miró hacia arriba. De su boca sin dientes, oscura como los ojos de su madre, salió un ronquido ininterrumpido que dijo.

    -¡Papaaa!

    No lo soportó más. Gerardo consiguió zafarse de las manos de Cayetana y saltó por encima del pequeño cuerpo, levantando mucho los pies, como si el suelo quemara. En las tripas sentía la piel de gallina como si se le hubieran llenado las entrañas de espinas.

    En su huida, sus pies resbalaron con su propio pipí y perdió el equilibrio. Como miraba hacia atrás, hacia aquellas dos formas que ahora no eran más que dos sombras informes, no pudo ver contra qué objeto se golpeó la cabeza. Cayó al suelo en redondo y, ahora sí:

    Dormido.

    Píip-píip-píip-píip.

    Abrió los ojos. La luz de la mañana se vertía en la habitación. Gerardo gritó y se incorporó. Estaba en el suelo junto a la cama en un charco de sudor. Miró aterrado a todas partes, estaba solo. El teléfono móvil tronaba sobre la mesita de noche con un pitido infernal. La habitación del hotel estaba en silencio y los cuervos volaban afuera.

    Todo habría sido una pesadilla. Todo habría sido un sueño. Pero eso no lo tranquilizaba.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 9)

    Un corazón donde vivir (Parte 9)

    Nada de sueño

    -Dios, es tardísimo. Me tengo que ir. -Dijo de pronto- Entro a trabajar en diez minutos.

    Gerardo despertó del sueño en que viviendo estaba. La realidad lo aplastó de pronto como un pie a un insecto. Las mariposas se habían posado en el suelo, impasibles.

    -Si sigues este camino recto, llegarás a la casa donde veraneaba la Reina Victoria. Es un lugar precioso, no tiene pérdida. Me tengo que ir, Geri. Pero tú sigue con el paseo, claro.

    No entendía nada. Ella había salido de sus brazos, volvió a separarlos una distancia prudencial y orientó su cuerpo en la dirección por donde habían venido. Mirándola aún con cara de embeleso, con los ojos hipnóticos recuperando poco a poco la conciencia:

    -Te acompaño, tonta. ¿Cómo voy a dejar que te vayas sola por este camino a esta hora?

    -No te preocupes, de verdad.

    -Cayetana, no me importa. -dijo él inflexible.

    Caminaron a paso ligero el camino de vuelta, casi sin decirse nada. Si comentaban alguna cosa, era algún tema banal que no importaba a ninguno. Habían andado un buen trecho y estaban recorriendo aquel camino cada vez a más velocidad. Cayetana iba poniéndose nerviosa e incómoda por momentos. Gerardo lo atribuía a lo tarde que se había hecho y a que, en cierta manera, era culpa suya; pero en el fondo se sentía feliz, las cosas estaban saliendo adelante, más o menos como las había soñado. Después de meses sin verse, estaban compartiendo un tiempo precioso, como si no hiciera tres años que no eran ya nada, ni siquiera amigos. La vida continuaba por donde la dejaron.

    -¿Cuándo volveré a verte? -dijo Gerardo cuando vio aproximarse el final del camino rectísimo con sus dos muros de ladrillos negros que lo flanqueaban a cada lado.

    -Esta noche termino a las 22:30… Las chicas habían comentado de salir un rato a tomar algo después del curro… A las 23:30 puedo estar lista. Te diré algo, ¿qué te parece?

    -Me parece genial. Estaré preparado. -dijo Gerardo pletórico. El camino se terminaba.

    -De verdad que me tengo que ir. -Cayetana aligeraba aún más el paso, echó a trotar. -Tú sigue el camino, ya verás qué bonito es, no pierdas la oportunidad. -y señalaba hacia atrás, por donde habían venido corriendo. -Yo me voy. Te digo algo luego. ¡Adiós, Geri!

    Gerardo vio innecesario salir corriendo detrás de ella. La vio alejarse al trote por la calle principal, en dirección al restaurante. El Abrevadero’s no quedaba lejos de la entrada del camino, donde se quedó Gerard viéndola desaparecer. Sonreía y decía adiós con la mano, mientras se iba haciendo cada vez más pequeña. Aquella imagen le recordó a las, tantas veces evocadas, despedidas en su portal, cuando recorría la distancia que separaba la entrada residencial de la calle donde Gerard la había despedido. Una distancia prudencial a salvo de las miradas indiscretas de padres y hermanos, donde podían besarse y tocarse el cuerpo con cierta tranquilidad. Hoy no se habían besado y el abrazo había sido breve, pero a Gerard no le importaba. Se sentía completamente feliz.

    Una vez que desapareció por fin de su vista, no supo qué hacer. Miró hacia atrás y decidió seguir el consejo que le diera Cayetana, el de seguir el camino hasta la casa de veraneo de la Reina Victoria. Así tendría tiempo para pensar lo que había pasado y lo que pasaría de ahora en adelante, de cuáles iban a ser sus planes. Echó a andar silbando.

    Si las cosas salían como esperaba y todo iba bien, se tendría que mudar a Maynooth. La idea no le desagradaba del todo. Cerca, a unos treinta minutos, estaba la ciudad de Dublín que quizá ofrecía más oportunidades laborales que aquel pueblo perdido en el verde de Irlanda. Podría enseñar español a los interesados por aprender el idioma, que eran muchos en aquel país, cada vez más. También debería encontrar un lugar donde vivir. Mudarse en lo de Cayetana, sin saber exactamente dónde vivía ella, le parecía bastante invasivo. Aunque iniciaran una relación, hacía falta tiempo y espacio suficientes para ir tejiendo los lazos que los unirían a la eternidad y ya no los separarían más. Él debería conocer a sus amigos y a las chicas a las que frecuentaba. Él mismo debería, de hecho, hacerse amigos, quizá entre los de ella o los de su círculo laboral, fuera el que fuera. Quién sabe, quizá el tal Callaghan, con quien Cayetana trabajaba y cuya descripción le había parecido de lo más putrefacta, solo interesado en el rugby, las carreras de caballos y la cerveza fría, fuera un buen tipo al fin, alguien en quien confiar.

    También había que tener en cuenta el cambio de vida que aquello supondría. De cara a septiembre, había conseguido por fin un trabajo fijo, de lo suyo, para lo que había estudiado, con un sueldo sustancioso. Le habían comunicado la noticia unos días antes en Londres, justo antes de venir a Maynooth, cuando estaba con Mogomby tomando un café en la terraza del hostel junto con otros emigrados. Recordaba bien ese momento.

    -You have to do what you have to do. -dijo el sabio de Mogomby mostrando una sonrisa blanquísima sobre la negra piel de su cara amigable. Sí. Tenía que hacer lo que tenía que hacer, es decir, lo que le dictaba su corazón, lo que estaba haciendo en aquellas islas, lejos de casa. Mogomby tenía toda la razón. Dio una larga calada al pitillo y dijo.

    -You are completely right, Mogomby, my friend. Let’s take a beer from the bar.

    Y aquel día se tomaron unas cuantas cervezas a la salud de los trabajos y las oportunidades contradictorias, entre lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer, lo que debemos hacer y a la salud de lo que, al final, hacemos. Mogomby y él hablaban un inglés pobre, cada uno hijo de su lengua materna, por azares del destino, inferior a la inglesa, pero se entendían en lo más hondo, eran hermanos de sangre y piel diferentes.

    Mientras pensaba en Mogomby y en lo que estaría haciendo una sonrisa se había dibujado en su rostro. Gerardo transitaba el camino como un enajenado, en completa soledad, sin darse cuenta del mundo en torno a sí, imbuido por sus pensamientos. Sí. Haría amigos en cualquier parte del mundo. Amigos verdaderos en quienes confiar y a quienes llamar hermanos al cabo de no mucho tiempo. El ser humano podía ser maravilloso y aquellos que desconfiaban del prójimo, que lo fiaban todo a la maldad del otro, eran los que menos habían conocido el mundo, los que no habían salido de su realidad, de su zona de confort. Ahí fuera corría la vida y estaba repleta de amistad, empatía, hermandad y amor. Así veía las cosas Gerardo en el camino verde y recto.

    De repente, el camino se terminó. Una carretera comarcal cortaba su rectitud perpendicularmente formando un ángulo de noventa grados. Al cruzar la carretera, que no disponía de paso de peatones, se llegaba a otra entrada sin vallas, una puerta en el campo que daba a un prado donde, a lo lejos, sobre una loma, se divisaba lo que en otras partes del mundo se habría conocido como pazo, casa señorial o chateau, en definitiva, una mansión para gente adinerada, posible residencia de la Reina en la tierra irlandesa.

    Pensó en seguir el consejo de Cayetana y recorrer el trecho que lo separaba, pero miró la hora y se había hecho bastante tarde. La noche se cernía sobre Maynooth y se había levantado una brisa suave que susurraba entre los árboles palabras inquietantes en otro idioma. No se había cruzado con un solo transeúnte, lo cual le parecía extraño después de todo. La mente, que tiene sus juegos, lo amenazó diciéndole que si por azares del destino encontrara a un asesino en serie, podría dejar su cuerpo tirado en alguna cuneta cercana en aquel lugar y absolutamente nadie preguntaría por él, nadie sabía exactamente dónde se encontraba y aunque aquella era, en cierta manera, la definición de libertad más pura que conocía, también era un estado vertiginoso de la conciencia. Un par de cuervos, grandes como aves rapaces, sobrevolaron su cabeza. Sin duda iba siendo hora de retirarse, lo mejor sería volver al hotel que quedaba justo en dirección opuesta a por donde había venido, al otro lado del pueblo que había quedado muy atrás. Lo mejor sería volver, desandar el camino que hacía un rato había recorrido con Cayetana y solo.

    La sensación de peligro fue intensificándose a medida que se acercaba al pueblo. Era un sentimiento irracional, loco, pero su instinto le decía que algo no andaba bien y que, como le había ocurrido en aquel tren en Londres camino del aeropuerto, no tendría escapatoria. Pero era incapaz de dibujar el peligro, de saber qué era lo que andaba mal en aquel ambiente que se sentía cada vez más pesado, como si alguien lo mirara o una sombra lo siguiera. Los dos cuervos seguían sobrevolando su cabeza, graznando de vez en cuando. Tenía tanto miedo que sentía deseos de chillar. Parecía que entre la maleza unos ojos vacíos lo miraran pasar, como si los árboles revelaran su posición a un espíritu maligno que habitara en aquel camino. Sin que nadie lo viera, echó a correr.

    Llegó a su habitación exhausto. Había venido corriendo desde la calle principal hasta la misma puerta de su cuarto y no estaba acostumbrado. La tarde había ido cayendo y poco a poco se iba haciendo oscuro sin que el sol diera signos de vida detrás de las nubes grises. Una vez que hubo recuperado el aliento sentado sobre el borde de la cama, Gerardo se levantó y se echó agua al rostro. Empezaba a sentirse intranquilo, no sabía dónde meterse, qué hacer. Estaba como un prisionero en una celda, si bien podía ir donde quisiera, no tenía un sitio al que dirigirse. Dio unos pasos hasta situarse frente al ventanal que daba al prado verde donde rebuscaban en la tierra algunos cuervos. A pesar de haber caminos perfectos para la bicicleta, no vio pasar a nadie. Las siluetas de los árboles se recortaban contra el cielo gris y una leve brisa movía la fina hierba picuda.

    Buscó con la vista las cortinas, pero aquel gran ventanal no las tenía. Supuso que los irlandeses no disfrutaban tanto del sol como para andar recortándolo con persianas. Pero Gerardo sentía la necesidad de esconderse, de no ser visto, ni siquiera por los verdes árboles sin ojos que lo divisaban a lo lejos y veían su rostro enjuto como un fantasma. Prendió un cigarrillo y se tumbó en la cama. Por suerte la habitación era tan antigua que no tenía detector de humo y podía fumar lo que quisiera. Mirando al techo pensaba en Cayetana pero no conseguía imaginársela. Sólo era un nombre en su cabeza, pero le costaba evocar el tacto de sus manos, el olor de su pelo que apenas unos minutos había tenido tan cerca de sí, como si su encuentro hubiera sido un sueño breve que el despertar iba borrando como el que sopla una fina capa de polvo y borra un dibujo. Para recordarla, cogió su teléfono y miró en el archivo de fotos, la que hacía un par de meses le había mandado, seguramente cuando se sentía sola en Irlanda y no tenía a nadie excepto él. Estaba desnuda. No llevaba sujetador ni camiseta. Por la expresión arrebolada, parecía una foto tomada al salir de la ducha. Sobre el omoplato izquierdo se había hecho un pequeño tatuaje. Cuando se conocieron, ella no llevaba ninguno. A Gerardo no le gustaban los tatuajes, ni para él ni para nadie. Ahora Cayetana llevaba por lo menos tres, que él supiera, pero no le importaba. Todos hemos cambiado, se decía.

    Get busy living, or get busy dying, decía su espalda en tinta negra indeleble. Gerardo había mirado aquella fotografía digital un millón de veces y se la sabía de memoria, había pensado en la frase más que en cualquier poema: preocúpate de vivir o preocúpate de morir, podría ser una traducción válida, aunque insuficiente. Aquella idea se le había clavado en lo más hondo de su ser y allí estaba, buscándola, preocupándose por recuperarla y estar al fin vivo, de no estar viviendo en la muerte, que era su vida. Quien camina una milla sin amor / se encamina a su propio funeral / envuelto en una mortaja.

    Cuando le escribió esos versos, en aquella conversación inalámbrica, en respuesta a su fotografía, ella no dijo nada. Seguramente no entendió lo que él quiso decirle o, si lo hizo, lo dejó en visto, sin más, y siguió preocupada por vivir. Gerardo llevaba muchas millas recorridas envuelto en su propia mortaja. Quiso explicarle el sentido de aquellos versos de Whitman que tanto le recordaban a ella pero parecía no encontrar el momento. Se los había repetido mientras recorrían el camino verde, pero ella estaba hablando del tal Callaghan y no se había dado cuenta de lo que había dicho. ¿Qué decías? Y sonreía.

    Por el influjo de aquella sonrisa, había olvidado los versos y todo lo que quería decirle. No pudo encontrar las palabras para explicarlos ni para explicarse, así que dijo: nada; sin recordar hasta ahora lo que había venido a decirle: Tú eres la luz que guía los pasos de mi corazón. Caminaré contigo hasta donde me lleven los pies. Y mi andar será feliz.  

    Gerardo sonreía tumbado en la cama. No perdería la oportunidad, luego por la noche cuando ella saliera del trabajo, de decirle aquellas palabras bajo las estrellas, al oído, como un secreto. Luego besaría su cuello, su cara, su boca. Ya no se separarían nunca más y serían felices para siempre. Empezarían de cero, un poco más mayores, pero con el amor intacto. Un rugido salió de las tripas de Gerardo. Tenía hambre, tenía sueño.

    Se despertó al cabo de un par de horas, en completa oscuridad, sobresaltado. Miró a su teléfono móvil: Eran las 23.45. Cayetana le habría dicho algo y se estaría preguntando dónde estaba. Gerardo se incorporó sobre la cama y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un solo mensaje de Caye: Hola, Geri. Quedamos mañana a las 11.00 en la cafetería Yoga Market Café para desayunar. Te espero en la puerta. Un beso.

    Tuvo que leer un par de veces el mensaje para entenderlo. Parece ser que al final no iba a salir, seguramente estaría cansada, muchas emociones en un día. Pero aquel cambio de planes lo había sobresaltado: todo lo que tenía pensado para aquella noche había saldado por los aires, verse al día siguiente por la mañana era un escenario que no había planeado. Además, las mañanas son para tratar asuntos profesionales, no de amor.

    En fin, era mejor eso que nada. Empezó a escribir un mensaje y vio que ella estaba conectada. Imaginó que estaba preguntándose por qué no le decía nada. Allí estaré, guapa. Pero no lo vio, hablaba con otra persona. Esperó un rato. Ella se conectaba y se desconectaba de vez en cuando, pero no decía nada. Decidió dejar de espiarla y se tumbó sobre el colchón de nuevo sin saber qué hacer. Las tripas rugían desbocadas, se preguntaba cuántas horas llevaba sin comer algo caliente que no fuera el humo de un cigarrillo y no sabía qué contestar. Decidió salir a comer pero viendo la oscuridad de la calle imaginó que entonces, a esa hora, en aquel país, todo estaría ya más que cerrado.

    El viento ululaba en la calle fría y húmeda entonando una fantasmal canción gaélica.

    Dentro de la habitación y dentro de su corazón el silencio era absoluto. Tenía la mente paralizada y no sabía qué pensar ni qué hacer. Y lo peor de todo: no tenía nada de sueño.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo a la misma hora.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Un corazón donde vivir (Parte 6)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta y quinta) para quienes quieran (re)leer los pasos previos de nuestro Gerardo con comodidad antes o después de leer este capítulo. Esta historia encuentra cada día más lectores. Os lo agradezco mucho.

    Su única oportunidad

    Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.

    Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.

    Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.

    El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.

    Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Se acodó frente a la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. La de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla a ella, lo vio a él detrás y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana no se había girado, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la coña. Gerardo estaba detrás de ella y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.

    Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.

    -¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se pierden para siempre. Sintió su pequeño cuerpo sobre su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.

    Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.

    -Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.

    -¿Qué quieres tomar?

    La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.

    -Una cerveza. Cualquiera.

    -Siéntate donde quieras.

    -Vale.

    Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.

    -¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.

    -Tenía ganas de verte.

    -Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?

    Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.

    -¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.

    Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad, como cuando los europeos van a un restaurante chino y lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver pero da el ambiente asiático.

    Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero se marchó pronto. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. De hecho, ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguramente de él, y a ninguno les hacía gracia.

    Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.

    O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.

    -Ya terminé. ¿Vamos?

    Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.

    -Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.

    -No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.

    Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico.

    -Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un rayo encima.

    Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.

    -Bueno, bueno, bueno… Pues nada…

    -No, no… a ver… Le digo que…

    -No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…

    Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.

    -Geri, te llamo luego y te digo algo.

    -Vale, vale. No te preocupes.

    Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.

    Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.

    Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, como esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.

    Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.

    Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.

    Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.

    El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.

    -¿Quedamos en el cruce a las 17:30?

    Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.

    -Allí estaré. -contestó.

    Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.

    …oooOOOooo…

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    Nos vemos, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 5)

    Un corazón donde vivir (Parte 5)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte, el de la segunda, la tercera y la cuarta para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo.

    Un día inolvidable

    La llegada a Dublín se produjo sin incidentes. Para ser una capital europea, Gerardo pensó que el aeropuerto resultaba bastante minúsculo. Seguramente porque no era un destino turístico tan habitual como Londres o Barcelona. En cualquier caso: mejor, más fácil sería encontrar la salida y la parada de autobús que habría de llevarlo a Maynooth.

    Se bajó del autobús cincuenta minutos después de subirse, en la parada de autobús 3966 del pueblo de Maynooth, Irlanda, a las 12:30 de la mañana. Le había costado más de lo previsto encontrar la línea de transporte correcta y, además, justo al llegar a la parada, su vehículo ya estaba emprendiendo la marcha. Tocó esperar en la parada una hora entera, completamente solo, hasta que volviera a aparecer el siguiente. Pasó el tiempo fumando y dejándose acariciar por el sol irreal de Dublín, que daba al mundo una luz de sueño.

    Una vez en la parada de Maynooth, comprobó que el tiempo había cambiado y la mañana se había vuelto de un gris ceniciento sin nubes ni cielo azul. Miró a derecha y a izquierda sin saber muy bien adónde dirigirse y vio a unos cien metros un McDonald’s. Llevaba mucho tiempo sin comer algo decente, así que decidió acercarse al restaurante a llegar el estómago. No obstante, a mitad de camino, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro del pueblo, que quedaba justo en dirección contraria al restaurante de comida rápida y se adivinaba por el bullicio de los coches y peatones que se oteaba a lo lejos.

    Gerardo sólo sabía dónde trabajaba Cayetana: un restaurante de cocina española llamado Abrevadero’s que estaba en la calle principal que cruzaba el pequeño pueblo que no debería de tener más de cinco mil habitantes en la zona centro. Mientras caminaba en dirección a su destino final, Gerardo sentía los pies pesados y la boca seca. Había pasado por mucho, comiendo y durmiendo poco, con menos dinero del necesario, pero allí estaba. A lo lejos se distinguía un cruce de semáforos y farolas negras con árboles sin hojas que arañaban el cielo color panza de burro. Algunos transeúntes se cruzaban en su camino y le dedicaban una mirada de soslayo, como se hace con los vagabundos o las personas que consideramos potencialmente peligrosas. El aspecto de Gerardo no era el mejor de su vida: demasiada noche en vela y suelo duro en la espalda.

    En el cruce con la calle principal, los coches pasaban de un lado a otro sin demasiada prisa. Comprobó en su teléfono móvil la dirección que le indicaba dónde se situaba el restaurante y lo sorprendió comprobar que estaba allí mismo, justo en frente de él, a unos pocos pasos después del cruce de caminos donde se hallaba, en la acera de enfrente. El sitio tenía el toldo negro, como todo el mobiliario urbano de esa calle, de ese pueblo, de ese país, y una terraza de mesas del mismo color donde no se sentaba nadie. Unas flores de plástico decoraban unos parterres que servían de frontera entre la terraza y la calle en un mundo donde no existía el concepto de tomar una cerveza en la terraza al solecito con los amigos o familiares. Las sillas estaban húmedas por la reciente lluvia o por la humedad que se respiraba en el ambiente y que volvía el aire mantecoso y frío. Decidió encender un cigarrillo y mirar el lugar desde la acera de enfrente, a ver si estaba ella en aquel turno y se decidía a entablar una conversación.

    Buscó por entre los bolsillos de la chaqueta, en los tejanos, incluso en la pequeña maleta que arrastraba por la calle. Maldita sea, se dijo, se había olvidado la pitillera de Dylan en el autobús que lo había traído. Casi podía verla caída en el suelo mientras dormitaba después de liar unos cinco cigarrillos para el camino. ¡Me cago en la mar! Dijo esta vez en voz alta mientras sus manos revolvían nerviosas, impacientes, la ropa doblada.

    Al levantar la vista, vio que alguien había salido del Abrevadero’s, que quedaba unos pocos metros más allá. Vestía camisa negra y pantalones igualmente negros, con delantal de camarero. No era ella. Se trataba de un tipo alto y pelirrojo que había salido para fumar un cigarrillo y lo miraba con curiosidad. -Otro español. Debía pensar. O quizás le atribuía otra nacionalidad más exótica, como francés o mexicano. Casi estuvo a punto de acercarse para pedirle un cigarrillo y preguntar por Cayetana, pero se lo pensó dos veces. Casi podía verse con los ojos de aquel camarero alto, del otro lado de la calle: un tipo de ropas arrugadas, ojos hundidos por el cansancio, el pelo revuelto. No era su mejor imagen para dar una sorpresa agradable, más bien para dar un susto. Decidió que lo mejor sería acercarse al hotel y descansar un poco, tomar una ducha, hacer de vientre, cambiar los aires. Agarró su maleta sin mirar más al tipo fumador del otro lado de la calle y se dirigió avenida abajo, en dirección a otro punto azul que le marcaba su dispositivo móvil. Todo el mobiliario urbano era del mismo color: el negro.

    Las casas eran bajas, la calle ancha a pesar de ser antigua y no había bloques de pisos a la vista. Los negocios eran pequeños, incrustados en la fachada de los pequeños edificios con rótulos de colores fríos: azul, verde, morado. Auténtica pizzería italiana que no desprendía un olor apetecible, banco irlandés de nombre impronunciable, restaurantes donde no sabía si se podía comer o se dedicaban sólo a servir copas como el Fitzgerald’s Roost o el Brady’s. Al fondo se distinguían unas torres de piedra, el Maynooth Castle, como sabría más adelante. Estaba acostumbrado al paisaje europeo por otros viajes que había realizado en esos últimos tres años, pero en aquel rincón veía algo que lo sorprendía y lo asustaba a un mismo tiempo: estaba lleno de cuervos.

    En vez de palomas, los cuervos poblaban las aceras, se posaban en las farolas y los semáforos, lo veían pasar señalándolo con el pico y mirándolo con ojos inteligentes, completamente oscuros. De vez en cuando graznaban y parecían reparar en Gerardo, diciéndose unos a otros: este no es de aquí. Por su valor simbólico, este animal despertaba en él los más negros augurios que pudiera albergar su corazón, no obstante para los transeúntes aquellas alimañas formaban parte del paisaje habitual, como las palomas o los gorriones, y nadie reparaba en ellos excepto Gerardo, quien a medida que avanzaba calle abajo sentía cada vez la necesidad más imperiosa de salir corriendo.

    Por desgracia, el paisaje tenebrista no mejoraba a medida que se aproximaba a su destino. Contrariamente a lo acostumbrado, el día se iba volviendo cada vez más gris a medida que se acercaba el mediodía y amenazaba lluvia. Aceleró el paso a la altura del castillo del pueblo, cuyas ruinas parecían encantadas, y salió de la calle principal cruzando un parque amplio de altísimos árboles verde oscuro. Al fondo se levantaban los edificios de la que iba a ser su casa durante el tiempo que estuviera en aquel pueblo: la antigua Universidad Pontificia de San Patricio. Era el alojamiento más barato y más céntrico que había conseguido encontrar, así que no le importó su aspecto austero y mortuorio, síntesis arquitectónica entre cementerio, convento e internado. El silencio era absoluto y Gerardo podía escuchar sus pasos sobre la gravilla grish-grish-grish mientras se aproximaba a lo que parecía una muralla que delimitaba el recinto del edificio.

    En la parte interior de un túnel oscuro que cumplía las funciones de portal encontró la recepción iluminada. Fue un alivio volver al mundo civilizado, como cuando en un videojuego de terror uno entra en un edificio y espera que allí no vayan a aparecer monstros todavía, que tendrá un momento de descanso para templar los sentidos antes de continuar la partida. Pensaba en esas cosas absurdas mientras esperaba a ser atendido por una recepcionista que no terminaba de llegar, en la sala vacía, que bien mirada, resultaba igualmente inquietante a pesar de la luz cálida y los sillones cómodos a un lado, como si fuera un trampantojo, una trampa, sólo el decorado de la casa de la bruja.

    Gerardo intentaba detener su imaginación pero no podía. Lo achacó a la falta de sueño y de comida, el pensamiento racional se le iba como por un embudo y tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por un sentimiento extraño de nerviosismo, esperanza, miedo y emoción que no sabía dónde lo llevaría. Por fin llegó la recepcionista. Era una chica hippy con rastas, piercings y tatuajes. Lo sorprendió que alguien como ella atendiera el hotel de una estrella de la Universidad Pontificia, luego pensó que quizá se debía a un plan ocupacional del gobierno irlandés la presencia esa chica allí. Pensó en que era lo suficientemente guapa como para intentar algo si no estuviera allí por una razón mejor, y como nunca se sabía, fue simpático y le dedicó una sonrisa amplia a pesar de que lo había tenido esperando más de media hora bajo la atenta mirada del vacío. La chica ni siguiera lo miró cuando le pidió la identificación y la pasta. Mientras tecleaba en su ordenador, pensó en preguntar algo, por el simple hecho de hablar con un ser humano, pero aquella rastafari, Laura, según decía en la plaquita plateada que colgaba sobre su pecho, no le prestaba la menor atención, de hecho hacía su trabajo con una expresión de desprecio absoluto, quizá por sus pintas. Aquello lo enfadó, quién era la tal Laura para juzgarlo a él, se suponía que los hippys miraban el fondo del corazón y no la ropa. Otra falsa en un mundo hipócrita, sólo imagen y vegetarianismo sin convicción. O quizá la chica no tenía ningún interés por él ni por su trabajo y estaba allí obligada cuando podría estar escuchando reggae.

    -Do you like Bob Marley? -Se le ocurrió preguntar a Gerardo para romper el silencio.

    -Here you are. -Se limitó a responder ella dejando un llavero color granate con el número 216 grabado sobre el plástico duro y dos llaves antiguas, como las de su abuela.

    Gerardo se limitó a coger las llaves y a preguntar.

    -Where I have to go?

    -Just follow the line. -Y señaló una tenue línea azul que se dirigía hacia la calle.

    Sin más explicación, abandonó la recepción de aquel lugar y volvió a salir al patio gris de la Universidad, encuadrado en cuatro alas de edificios. Parecía que la línea azul continuaba recto hasta unos cien metro más allá. -¿En serio? -Se dijo Gerardo. No quedaba otra que caminar, a pesar de que su habitación parecía estar al final de la línea azul, al otro lado del rectángulo que formaba el amplio recinto, por donde no pasaba nadie. No quiso pensar en cómo sería aquel lugar en plena noche si ya al mediodía era de lo más inquietante. Arrastró su maleta por el camino de asfalto y llegó al portal.

    La línea azul continuaba a lo largo de una bóveda interior que hacía las funciones de pasillo. En las paredes había cuadros de promociones de aquella universidad: todos hombres vestidos de cura con colores negros, lavanda, púrpura y granate. Miraban a la cámara, es decir a Gerardo, con una expresión contrita y misteriosa, como Mona Lisa.

    Sin mirar demasiado a los lados, notando la mirada de las fotografías antiguas en su cogote, encontró la puerta del ascensor. Como su habitación era la 216, supuso que esta se encontraba en el segundo piso, así que pulsó el botón y esperó al montacargas. Ninguna luz se iluminó y en el largo pasillo solitario no se oía el ruido acostumbrado de los motores al accionarse. Un tipo con pinta de Woody Allen, aunque más alto y más rosa y con el pelo más blanco, estaba bajando las escaleras y le dijo que no funcionaba el elevador. Antes de que pudiera responder y darle las gracias, ya se había marchado, lo cual lo intranquilizó todavía más al sentirse tan perdido y tan solo en aquel lugar.

    -¿Qué estás haciendo aquí, Gerardo? -Se preguntaba. Cogió la maleta, avergonzado sin saber por qué, y se dirigió hacia las escaleras que quedaban al lado. Los peldaños de madera vieja y gastada crujían a cada paso. En el piso superior, el mobiliario era mucho más antiguo y las paredes estaban pintadas de color azul celeste y blanco, que no compaginaba nada con el paisaje ni el cometido de ese edificio. A lo largo de un pasillo tenuemente iluminado de puertas blancas, algunas gastadas por el tiempo, pasando por unas cómodas y baúles de aspecto desvencijado, encontró el 126 a mitad de corredor.

    Hizo girar una de las dos llaves y entró en la que sería su habitación. Se parecía más a la celda de un seminarista de principios de siglo -que era lo que en realidad era- que al cuarto de un hotel. Había una cama de noventa con un crucifijo vacío colgado en la pared sobre el cabecero. Justo al lado había una pica amplia y antigua donde poder asearse, con un grifo de dos manivelas para el agua caliente y fría. En la pared de enfrente se situaba una mesa estrecha de madera barnizada y junto a ella un armario empotrado. No había televisión, aparato poco adecuado para la meditación y el sosiego monacal, pero en su lugar había un gran ventanal con alfeizar donde uno podía sentarse a leer y disfrutar de las vistas a un campo de yerba verde y árboles altos al fondo, donde poder tumbarse a tomar el sol idílicamente, cuando lo hubiera, porque aquel día y en aquella hora estaba completamente desierto. -No está tan mal después de todo. -Se consoló haciendo una vista general y obviando el aspecto tétrico que aquel lugar albergaba. Sin querer acordarse demasiado de posibles fantasmas, se tumbó sobre el colchón de muelles antiguos, probablemente anterior a su natalicio, donde habrían dormido generaciones de seminaristas antes que él, quizá alguno pasó la tisis allí.

    Miró tumbado hacia el techo alto. En una esquina distinguió una enorme telaraña. Esperaba que no bajara la dueña descolgándose por un hilo apenas visible hacia su cara dormida. Seguro que el bicho que había tejido semejante entramado sería enorme. No quiso darle demasiadas vueltas y recordó lo que decía siempre su abuela: las arañas dan suerte. Estaba agotado pero no tenía sueño. En aquel país no existían las persianas y la luz mortecina del medio día entraba a raudales y no lo dejaría dormir bien. Comprobó la hora en su teléfono móvil. Eran las 13:30. Algo le decía que no había tiempo para descansar. Debía salir de allí y prepararse. Hacer por fin lo que se proponía y luego ya se vería. Había llegado demasiado lejos como para rendirse ahora. Tenía miedo de no conseguirlo, de cagarse en los pantalones y dar marcha atrás, de salir corriendo por donde hubo venido y olvidarse del tema. Sólo que Gerardo nunca se lo perdonaría.

    Se levantó de la cama de un salto y empezó a deshacer la maleta. Tomó la única camisa que tenía, arrugada pero limpia, y se dirigió hacia los baños comunes al final del pasillo. Se duchó solo entre los antiguos azulejos blancos. El baño estaba tan pasado de moda que aún había una bañera sin cortinas donde se aseó lo mejor que pudo. De nuevo en su cuarto, se afeitó en la pica de su habitación y se miró los ojos en el espejo largamente.

    -Puedes conseguirlo.

    Su rostro demacrado y limpio le devolvía la mirada con unos ojos fieros, locos, hambrientos. El ojo del tigre o la mirada del lobo, no sabía. Aquellos ojos hidrópicos que iban a calmar su sed en los de Cayetana en poco tiempo, lo que tardara en llegar a su restaurante, donde algo le decía que ella estaba trabajando en ese turno, a esa hora.

    Eran las 14:30 de un día, para bien o para mal, inolvidable. Sabiéndolo, salió a por ella.  

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    Nos vemos, corazón. Un abrazo
    y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor