Etiqueta: relato

  • Carta a mí mismo con 26 años

    Carta a mí mismo con 26 años

    Nota del autor: Hoy he escogido este texto de mi carpeta de Inéditos, que escribí hace unos ocho años. Como en una cápsula del tiempo, me dejaba un extraño mensaje para mi yo del futuro. He vivido todos estos años completamente olvidado de la existencia de estas líneas, pero hoy, fruto de la necesidad por tener que publicar algo todos los domingos, y por hallarme inmerso en otro proyecto literario de más envegadura que me ocupa todas las ideas nuevas, me he topado de nuevo con este viejo amigo. Espero que disfruten su lectura, que les provoque una sonrisa y que a veces se sientan identificados.

    Un abrazo,

    Ricardo

    Escribo este texto como el que hace una carta para sí mismo. Quién no se ha parado sobre el papel a escribir cuatro pensamientos al aire? Un deseo, un sueño, una necesidad… Yo no he sido menos y por eso me expongo a la página en blanco.

    Cuando hay dolor, es más fácil escribir. Es cierto que cuando uno se siente bien, no parece necesario desahogarse sobre las líneas pero a veces se echa de menos. Hoy me siento bien y, extrañamente, tenía ganas de hablar, de rellenar, de completarme en esta escritura automática que tanto (o tan poco) he practicado a lo largo de mi vida.

    Qué es la vida, un frenesí. Todo ya está dicho, no hay nada nuevo bajo el sol. Este es un mantra que llevo arrastrando en toda mi ilusión como creador, o por lo menos, transformador de mundos. Porque lo que empuja al hombre del siglo XXI a sentarse frente a la pantalla blanca de una hoja Word no sé lo que es, pero supongo que es algo tan antiguo como buscar la sombra en un día abrasador de verano.

    Hoy es verano y no tengo ganas de contar mi vida, al fin y al cabo, ya la sabéis, es como la vuestra. Con sus cosas buenas que terminan siendo rutina y sus cosas malas que acaban olvidándose. Poco a poco todo se va volviendo gris, cuanto menos, en blanco y negro, y parece que las cosas duelen menos a medida que los años, o la pantalla, nos va volviendo más insensibles. No quiero dar lecciones a nadie porque ni yo mismo sé cuál es el mejor camino, la mejor opción, supongo que en no preguntarse nada está la clave pero, ¡qué utopía!

    La verdad es que estoy contento por ser quien soy, un tipo inteligente pero lo suficientemente tonto como para vivir en este mundo y disfrutar de las pequeñas cosas, y no dejar que los grandes debates nublen mi pensamiento y mi buen discurrir. Lo único que me apena un poco es que hace tiempo que no leo, que no devoro un libro con esa hambre vital que siempre me ha caracterizado. Una psicóloga me dijo que esa voracidad era un signo de insatisfacción, pero la echo de menos, al fin y al cabo, yo no sé vivir de otra manera. ¿Y tú?

    Últimamente pienso que estoy en lo cierto, que si me siento tan bien, aunque esté perpetuamente intranquilo, es porque he aprendido a aceptarme a mí mismo, con todas mis miserias, sin necesidad de contárselas a los demás buscando compasión o consuelo. Porque uno recibe lo que da, que decía la canción, y eso es una verdad como un templo aunque vivamos acosados por la mentiras. Sé que “acosados” no es la palabra, por lo menos no ahora. Antes estaba en guerra contra todo eso, contra la hipocresía, la falsedad, etc. Ahora me da lo mismo, lo que le digo a mis amigos, lo que decía mi amigo Krahe (ya fallecido): en esta vida hay cretinos pero ¿qué vamos a hacer con los cretinos? –se encoge de hombros y añade- ¡tienen derecho a existir! Y yo añado: …tienen derecho a existir, ¡y yo también!

    No quiero que se entienda que también soy un cretino, o sí, aunque soy consciente e intento no serlo tanto. Pero al fin y al cabo eso es una opción personal mía, seguramente porque no tengo más remedio, a ello me ha conducido mi aprendizaje vital y, como no soy una persona estúpida, confío en que habré escogido el mejor camino.

    Espero que este texto sea la espita de muchos escritos más en un futuro cercano. Tengo ganas de escribir una novela y de arreglar la que ya he escrito. Presentarla a algún sitio o por lo menos mandarla a los amigos que me rodean, para que entiendan, más o menos, porque a veces me quedo empanado, que dicen ellos, con la mirada perdida pensando en otros mundos parecidos a este, o iguales, pero míos, donde yo entiendo todo lo que pasa o por lo menos, eso me parece a mí.

    …oooOOOooo…

    Si te ha gustado este texto, te invito a seguir explorando esta página, donde encontrarás poemas, relatos, ensayos… Publico todos los domingos sin excepción. Así que te animo a estar al día de las publicaciones dejando tu correo en la Newsletter. Te deseo una feliz vida. Espero que nos veamos la semana que viene.

    Un abrazo,

    Ricardo

  • Tres poemas para ti

    Tres poemas para ti

    su hijo está cubierto

    el borracho de la mesa de al lado
    sabe moai tai y tiene cuatro o
    cinco negocios. tiene también un hijo
    de ocho meses que está
    cubierto.
    habla con una mujer que ha
    escrito un libro y el borracho
    pide que le vigile la chaqueta de
    diez euros mientras va al baño.

    una paloma indolente me
    mira mientras escribo mi poema.
    la pareja de la escritora se ríe
    del borracho mientras no está.
    el sol cae a plomo este invierno y
    quema a las tres de la tarde.

    solo una vez tuvo el borracho
    que pegar a alguien quien pegó
    a su perro chiuaua que se pasea
    sin collar y sin correa de un lado
    al otro de la acera. temo que se acerque
    y tenga que ser yo el segundo
    alguien.

    pregunta el borracho por el libro.
    la escritora se lo deja y el borracho
    pregunta por el precio. 20 euros.
    pregunta otra vez si se lo regala
    y la pareja de la escritora cambia de
    tema.

    su hijo está cubierto.

    el joven borracho lee que
    flipas, según sus propias palabras,
    pero nada se revela en su dicción.

    el chiuaua se escapa y va a
    otra mesa. su dueño habla de
    Argentina donde estuvo hace
    un tiempo.

    se sienta en la mesa de la pareja.
    ha pagado dos cervezas
    y espera que le pagen otras
    dos.

    su hijo de ocho meses está
    cubierto.

    …

    entre las flores

    el vendedor de flores de la plaza
    Jacint Verdaguer de
    Tarragona
    tiene la sonrisa más alegre del
    centro de la ciudad y saluda
    a todos los vecinos pero
    sobre todo a una vecina.

    está enamorado de una profesora
    que vive en un piso de alquiler
    muy cerca de su puesto de trabajo.
    cada mañana, el vendedor de flores,
    sonriendo con los ojos, la ve pasar y
    sueña con pasear un día con ella
    juntos de la mano después de
    cerrar la tienda por la tarde.

    los días del vendedor de flores de la plaza
    Jacint Verdaguer de
    Tarragona son bastante monótonos:
    siempre las mismas flores, el mismo sol,
    las mismas gentes.
    tiene tiempo para pensar en sus cosas
    pero su mente siempre parece callada
    y serena.

    a veces cruza la calle como el rayo
    dejando el puesto de flores
    a merced de los vagabundos
    con quienes suele hablar cuando
    se aburre.

    una vez el vendedor de la
    sonrisa
    vio pasar a la profesora con otro
    profesor.
    un carámbano de hielo atravesó
    su corazón y dejó
    el puesto vacío
    y
    se acercó a la pareja
    corriendo
    justo cuando ellos se habían
    sentado en una terraza
    soleada.

    se pudo ver de cerca entonces la sonrisa
    sin un solo
    diente
    del anciano
    que saludaba a su amor platónico y le
    regalaba una flor cuyo nombre solo conoce
    él.

    después de mirar a su rival de arriba
    abajo
    se marchó sin despedirse dando
    saltitos
    hacia su puesto de flores desde donde
    vigilaba.

    cuando la pareja
    se marchó, cada uno por su
    lado,
    se sintió más tranquilo y más
    sereno.

    con su sonrisa vacía y henchido su
    corazón
    podía seguir soñando con su ninfa
    entre las
    flores.

    …

    la estatua del ensanche

    si paseas por la calle Prat de la Riba
    a eso de las siete de la
    tarde
    verás en el mismo banco delante del
    estanco
    con puntualidad inglesa y obstinación
    alemana
    al mismo hombre canoso de entre
    cuarenta y setenta años que tiene
    en la misma mano siempre
    una lata de
    cerveza.

    por mucho que cada día pases por delante
    de él y llegues a percibir su presencia,
    cuando tú vuelves del trabajo y él vuelve de
    ninguna parte
    el hombre anónimo y callado nunca te
    mirará.

    si aprovechas para asomarte dentro de sus ojos
    verás que su mirada atraviesa el suelo
    sucio del asfalto y mira a mil yardas bajo
    tierra con las pupilas como agujas de
    alfiler. a veces sus labios murmuran
    palabras ininteligibles, que sólo él
    escucha.

    nunca sabrás cuánto tiempo pasa
    la estatua callada sentada en el banco
    porque
    tú tienes cosas que hacer y él no.
    nunca te sentarás a su lado para
    compartir una
    cerveza caliente del super-
    mercado DIA.

    cuando sean las siete en tu reloj
    sabrás que en Prat de la Riba
    calle de Tarragona,
    cada día más degradada
    y más romántica,
    sentado en el banco delante del
    estanco
    está ese señor de mirada perdida
    y palabras calladas sonteniendo
    el mundo siempre con la misma
    mano.

    el día que ya no esté allí
    será
    entonces
    que
    se habrá
    acabado
    la lata o el
    mundo.

    …oooOOOooo…

    Muchas gracias por leer hasta aquí y, si te has quedado con ganas de más, te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Un abrazo

    Ricardo R. B.

  • Basado en hechos reales

    Basado en hechos reales

    El viernes a las 12:30 tengo clase de Lengua castellana y literatura en Primero de la ESO C. Unos días antes, había propuesto a mis alumnos que participaran en el concurso literario, este certamen sobre Historias de radio, que convoca cada año el Ajuntament de Constantí. Antes de empezar a dibujar las letras sobre el papel, expliqué a mis alumnos y alumnas los elementos de la narración en un esquema. «Todo escritor/a tiene que pensar» —les expliqué— «en cinco cosas: Narrador, Acción, Personajes, Lugar y Tiempo». Pronto sucedió lo que yo ya me temía: muchos no sabían sobre qué escribir, no se les ocurrían ideas para completar el esquema previo que yo les había pedido con los elementos de su propio relato. A estos les aconsejé lo que me aconsejo a mí mismo: «Escribe sobre algo impactante que te haya pasado a ti. A todos nos pasan cosas increíbles. Podéis cambiar los nombres de los personajes, los lugares, los hechos… Yo no sabré, al leerlo, si la historia es real o no. Además, debéis introducir el elemento de la radio dentro del cuento, lo cual hará que vuestra verdad se convierta en una ficción».    

    Ese viernes estaba cansado. Había sido un día duro: evaluaciones, estrés, papeleo, la vida dura de los adultos. Ese día tengo a medio grupo. Los alumnos tenían que entregarme la historia ya terminada para evaluarla. Mientras algunos terminaban la tarea, yo iba corrigiendo sus historias en clase. Por orden de lista, hacía venir al estudiante a mi mesa y aconsejaba algunos cambios mientras leía su flamante relato. La primera de la lista, D. M., no la había terminado. «Bueno,» —dije— «acábala ahora», y escribí NA, No Assolit, en mi libreta de notas, mientras venía la siguiente de la lista.

    Al cabo de tres redacciones leídas y evaluadas, D. M., la primera de la lista, levanta la mano y me informa de que ya ha terminado la tarea. «Estamos a mitad de la clase, creo que me da tiempo.» —pienso que soy un blando— «Vente, D., corregiré tu historia». No espero gran cosa, son apenas dos caras y media en letra grande y aburrida, de deberes.

    Pero al empezar a leerla, lo siento. Es una atracción extraña, imposible de definir o aprehender, pero palpable como la libreta que sotengo entre las manos. Me gusta. La historia será buena. Trata —D. ya me lo dijo hace unos días— sobre un intento de secuestro. En ese momento lo recuerdo y noto esa electricidad que tienen los grandes relatos de la literatura y les digo: «Voy a leer la historia de D. en voz alta, ¿vale?». Los alumnos me miran, dejando lo que estaban haciendo, me escuchan, se forma un silencio.  

    Una niña viene de jugar con su amiga en un parque de Tarragona. Son las ocho de la tarde. Antes de llegar a su casa, después de despedir a su amiga, ve que un hombre la persigue con una furgoneta blanca. Echa a correr y la furgoneta aumenta la velocidad. De la radio del vehículo, sale una música que tiene el poder de adormecerla. La chica, la autora de la historia, intenta escapar. Los niños y el profe empezamos a indagar. «¿Te ha pasado de verdad?» «Algo parecido,» —asiente ella— «Lo de la música de la radio es mentira. Claro, eso me lo he inventado.» «Eso es la ficción.» —Intervengo yo.— Me miran. Sigo leyendo. Cuando está a punto de llegar al portal, aparece un segundo hombre que intenta atraparla justo al entrar por la puerta. El de la furgoneta intenta, incluso, atropellarla. Consigue entrar, pero empieza a escuchar esa música de nuevo y pierde la conciencia. Se despierta en su habitación. La chica, por suerte, había conseguido llegar hasta su cuarto, a salvo. Todo era un sueño. —Yo les había dicho que ese era el peor de los finales: «Todo era un sueño. Lo hacen los malos escritores y guionistas cuando no saben terminar una historia.»— Los alumnos y el profe sonreímos. A pesar de esa resolución, no nos estropea un buen relato. Pero todavía queda texto. Se levanta y mira por la ventana. Otra vez escucha la música de la radio. Ve a los dos hombres, con la furgoneta, abajo, en la calle, que empiezan a trepar por la pared de su edificio. Cuando están a punto de entrar en su cuarto, por la ventana, vuelve a despertarse en su cama. Asustada, se acerca de nuevo hasta la ventana para ver si los hombres malos siguen allí. Y —contra todo pronóstico literario— allí están, pero ahora trepan por la pared de enfrente, donde vive una amiga suya, una chica que ella conoce. Por suerte, de la nada, su madre, la heroína de esta historia, el hada madrina de este cuento de monstruos—el «deus ex machina» que decimos los profes­— abre la puerta y le dice a su hija que haga las maletas, que se van a ir a Francia. Fin. Ahí termina la historia. No sé si aplaudimos. No hace falta. Estamos todos fascinados, extáticos, por lo que acabamos de presenciar: una historia que nos ha hecho vivir, vibrar, sentir, olvidarnos de que estábamos leyendo, de que era viernes y estábamos en la quinta hora.

    «¿Pero qué parte de verdad hay en eso? ¿Qué parte de mentira?» Los niños quieren saber. D. es la reina de la clase, la persona más importante del mundo a las doce horas del mediodía de este mes de octubre. Una pequeñita y discreta heroína de ébano, con trenzas de colores que su mamá le habrá hecho, con sus manos negras y duras de trabajar. Los niños hablan entre sí pero no distingo lo que dicen porque yo mismo estoy sumido en las preguntas que me ha dejado la ficción, la cual sigo sosteniendo entre las manos. AE, Assoliment Excelent, reescribo en mi libreta digital de calificaciones.  

    «Eso me ha pasado a mí también.» Esa frase me saca de mi ensoñación. «¿Cómo?» —Queremos saber.— «Sí. Una vez estaba caminando sola por la calle y noté que un hombre me seguía. A veces me ha pasado, creo que algunas veces me lo he inventado, pero aquella vez estaba segura de que ese hombre me seguía para hacerme daño.»

    Me quedé con los ojos como platos. Algunas niñas asientieron, como si supieran. Apenas tienen 12 años, los veo muy pequeñitos desde mis perspectiva. Los escucho muy atentamente. O. N. continúa. Tenía tanto miedo que recordó lo que le dijo su padre, que se metiera en una tienda. Ella lo hizo y el tipo… ¡se metió también! Desesperada, sin saber qué hacer, habló con la dependienta. La mujer la escondió en el cuarto de la fregona, con la puerta semiabierta, porque tenía miedo. Cuando el tipo se fue, la dependienta la avisó de que ya se había ido. O. N. fue corriendo para su casa. No sabía qué hacer: si dormir, si llorar, si ver la tele. Llamó a su padre desesperada. «¿Dónde estaba tu madre?» «Trabaja hasta tarde. Los dos llegan muy tarde.» «Vaya.» «Es la peor sensación del mundo. Te quedas con una sensación de miedo, de pena y de asco…»

    Y. T., otra chica de clase, dice. «Yo, cuando voy sola algún sitio, en mi bolso llevo el móvil,» —otro objeto que no retengo— «y… ¡unas tijeras! Las que tengo de plástica».

    Veía en mi cabeza las tijeras, de mango verde fosforito o naranja. Vistosas, pequeñas, para que los niños recorten sueños en el papel o cartulinas, convertidas en arma. «También las afilo con una piedra que tengo.» «¡Anda ya!» —dice un chico, Z. Z. —«¡Que sí! ¡Te lo juro!» —y continúa— «Me las pongo debajo de la manga y, si vinera alguien a cogerme por espalda, haría así.— Hizo el gesto de clavársela a un ser monstruoso, invisible, pero presente, en la cara, en los ojos, hiríendolo, matándolo.  

    Las demás chicas atenían y comentaban. «Un momento.» —digo yo— «De esta clase, de entre las chicas, ¿quiénes han tenido una experiencia similar?» Todas levantaron la mano, excepto una. «¿Tu no, M. P.?» «Yo no.» Ojalá siga teniendo la suerte de no vivir una experiencia tan horrible, pienso yo. Pero no puedo pensar mucho, la vida sigue.

    «A mí en Sant Salvador me han pegado y atracado varias veces» —dice otro. Se llama A. R., hace poco lo expulsaron del instituo por acumulación de incidencias. Es un buen chico, no tiene un ápice de maldad, pero es travieso y pasa muchas horas solo.

    No sé qué consejo darles. Se me ocurre decirles que, si alguna vez viven algo así, que griten, que se desgañiten. Que esa gente mala quiere hacer esas cosas sin que se entere nadie. Mejor quedar en ridículo que vivir una situación de peligro. La clase llega a su fin, pero el tema aún nos tiene a todos con el corazón en vilo, emocionados, como si hubieramos descubierto algo importante que solo nosotros, esos doce niños y niñas y yo entendemos. Algunos alumnos se me acercan, sobre todo las chicas. Estoy sentado sobre la mesa, como hago habitualmente. Me rodean. Me acogen en un círculo y me comparten su mundo. «Yo sé ver cuando un hombre tiene intenciones malas,»— dice la de las tijeras. «Claro, tenéis que tener mucho cuidado.» «Sí, a veces veo tipos que tienen una pinta mala y pienso, ¿qué haces?» —añade O. N. «Bueno, también hay que desconfiar de quienes tengan una pinta de buenos» —digo yo. Luego pienso en si se puede confiar en alguien, pero la vida nunca para. Una profesora entra en el aula y me ve rodeado de alumnos y alumnas, no parece entender nada. Un poco confusa, me avisa de que son y treinta y cinco, que pensaba que ya habíamos terminado. La profesora no entiende lo que pasa. Yo tampoco consigo razonar bien, solo vivir en la historia de D.  

    Me voy a casa. Era mi última clase. Tengo suerte los viernes, acabo una hora antes. Yo no sé si mis alumnos habrán aprendido algo, pero yo había vivido una clase que recordaré toda la vida. Aquellas chicas me dieron una lección imborrable e inesperada.

    ¿En qué mundo vivimos? En uno en el que las niñas del centro de Tarragona tienen miedo, un miedo atroz, a volver solas a casa por la calle, en pleno día. «Nunca vuelvo sola, o voy con el R. o con la T., pero nunca vuelvo sola»—oigo en mi cabeza la voz de O. N. Yo también soy padre. Pienso en mi hija C. R., que tiene dos años ahora, ¿también vivirá ella el día de mañana una experiencia tan horrible? ¿Un miedo tan ominoso?

    La noche de los viernes nos gusta sentarnos con la radio del salón encendida, mientras descansamos de la semana intensa y de ser padres primerizos. Se produce un silencio y una canción suave se hace presente. Se lo he contado a mi pareja, quien también es docente. Me pide que lo escriba. Me pide que haga algo. Ambos nos emocionamos. Las lágrimas llenan nuestros ojos. Pensamos en nuestra pequeña, en el mundo incierto que le estamos dejando los adultos. Pero a la vez estamos felices, porque ha pasado algo muy bonito, porque ha pasado algo extraordinario. Algo que nadie esperaba. Por pura causalidad. «La historia estaba maravillosamente escrita. —le digo— «¿La ha escrito ella?»—pregunta mi mujer. «Seguro, estaba llena de faltas, había repeticiones, pero era una historia inspirada, tenía aquella fuerza que tiene la gran literatura, por eso me ha dado por leerla en voz alta, sin saber de qué iba, porque había visto que era muy buena, porque algo me había empujado a compartirla con los alumnos. Esa historia la ha escrito la niña pero también Dios, el Destino, u otra cosa. No creo en las casualidades. No ha sido casualidad. Ha sido como despertarme. Como si se me abriera un tercer ojo» —hago un gesto abriendo y cerrando el pulgar y el índice sobre mi frente— «Estaba totalmente ciego a esta realidad. Creo que miramos tanto el movil, con debates estériles, que no vemos qué pasa a nuestro alrededor, qué les pasa a nuestros hijos, que son lo que más queremos. Qué fuerte.» «Podrías hacer algo. Creo que deberías comentar este tema con tu centro. Nosotros podemos aportar nuestro granito de arena.» «Sí, claro.» «También hacen cursillos y charlas sobre acoso para alumnos y para las familias.» «Sí, también. Quiero escribir sobre esto. Siento que esta historia debo compartirla con todo el mundo. Algo ha querido que yo leyera eso, que la leyeramos todos en clase. Algo me dice que la imprima, que la haga pública. No sé si lo conseguiré.» «Anda, ven aquí. Acércate».

    Mi mujer y yo nos damos un abrazo. Ella emocionada y yo también. Siento su corazón latir contra el mío. Nos quedamos así un rato. De pronto, se me ocurre una idea:

    «¿Sabes qué?» —le digo— «Creo que ya tengo mi historia para el concurso literario.»

    FIN

    …oooOOOooo…

    Nota: Eres libre de compartir esta historia con cualquiera que pienses que le puede interesar.

    Nos vemos el próximo domingo, con otra historia y en otra semana, si Dios quiere. Un abrazo,

    Ricardo

  • Dos ángeles me han salvado

    Dos ángeles me han salvado

    Como todo el mundo que está leyendo esto sabe, mi intención es, más pronto que tarde, pasar de la palabra en la pantalla a la palabra en el papel, es decir, trasladar mis textos de mi blog a un libro. Antes de iniciar esta aventura en internet, la de intentar ganar la batalla de la página en blanco todos los domingos publicando, al menos, un verso, un párrafo, una estrofa, un artículo, una historia, un capítulo, antes de eso, pensaba que ver un día mi obra entre dos tapas y un taco de folios sería casi una experiencia religiosa. Pero la disciplina del trabajo diario, durante dos años y medio de publicaciones dominicales ininterrumpidas, integrado este en la vida normal de un profesor de instituto y padre de una niña preciosa, esta labor desquiciada me ha dado un propósito nuevo: el de ver mi obra publicada en papel para ofrecerla a las personas como tú, que mágicamente han decidido gastar lo más valioso que tienen, que es el tiempo, aquí. Sé que para ninguno de los dos es fácil que estemos en este lugar, yo escribiendo y tú leyéndome, pero aquí estamos. En mi caso, a las tantas de la noche, enfebrecido por esta historia que te quiero contar: de cuando intentaron matarme y dos ángeles me salvaron.

    He recogido algunas de las historias largas que han ido apareciendo aquí y las he integrado todas, las cinco, en un manuscrito que pretende ser algo así como una novela que explore las diferentes facetas del amor y el desamor de un hombre en el mundo de hoy. Repasé, por enésima vez, los textos y los encuaderné en una copistería de mi ciudad. Hice dos copias, que me costaron unos doce euros cada una, y me los traje a casa sin saber muy bien qué haría con ellas. Aunque sí sabía qué quería hacer con el manuscrito: además de ir enviándolo a concursos y a editoriales que lo aceptaran, también planeé hacerlo llegar a ciertos lectores ajenos a mi círculo íntimo, si podía ser con conocimiento en la materia por haber publicado ya. Mi cercanía al mundo literario me había hecho conocer a algunos escritores, escritoras y escritorzuelos, que quizá podrían orientarme a encontrar el mejor camino para publicar mi libro. Es decir, que a alguno les cayera la obra un poco en gracia y recomendaran Un corazón donde vivir a algún editor amigo, quien a su vez se ofreciera a invertir su dinero en mi prosa. Por otra parte, también buscaba la bendición de ciertas personas elegidas, un poco al azar, otro poco por el gran aprecio que siento por ellas. No lo mandé a muchos, a apenas cinco.

    El primer envío fue dirigido al segundo mejor novelista de mi ciudad, con quien comparto una camaradería de chavales de barrio venidos a más gracias a la literatura. Me dijo que andaba escaso de tiempo, que tenía muchas cosas que leer y que escribir, pero que en cuanto tuviera un hueco se pondría con mi texto. Bueno, lo esperado. El segundo lo mandé a un escritor más consagrado, de literatura juvenil, el cual hacemos leer a los chavales. Sus obras me parecen buenísimas, y a los alumnos también. Tiene ya una edad y siempre rechaza venir al instituto donde trabajo a conferenciar porque no está ya para trotes. A mi largo correo electrónico, previo a haber descubierto en la lectura de uno de sus libros una referencia imposible de detectar a la película El tercer hombre, pese a este hallazgo prodigioso que en su momento aplaudió, me contestó diciendo que no iba a leer mi novela por una serie de motivos que se podrían resumir en: si me parece una mierda, temo que pueda hacerte daño. Yo lo entendí, pero no lo comprendí del todo. La tercera es una escritora que publicó un único libro en Anagrama y a quien conocí allá por 2018 colaborando para una revista digital que entonces ella dirigía. No obtuve ninguna respuesta a mi correo electrónico, así que, o bien no utiliza ya la dirección que yo tenía de ella —cabe decir que la revista está extinta ya— o bien ha decidido no responder ni para decir que no. La cuarta persona fue la que había sido en el pasado, hace unos tres años, mi mejor alumna. Una chica con un expediente académico excelente, no sólo durante el par de cursos de bachillerato, cuando le di clase, sino durante toda su etapa educativa. Ella, como yo, quiere ser escritora, y cuando decidan publicarla será mucho mejor que todos los escritores anteriormente mencionados, pero eso será otra historia. Mi exalumna, aunque infalible en sus análisis, me tiene estima, así que también buscaba un poco su bendición y descubrir en sus buenas o disimuladas palabras si la obra la había llegado a gustar o no. Por supuesto podría no leerla y yo, en ningún caso, dejaría de apreciarla y de considerarla una genio.

    Me faltaba una persona para completar el envío de manuscritos y me hallaba con las dos copias en papel en mi casa sin saber muy bien qué hacer con ellas. Se me ocurrió contactar con un escribidor de mi ciudad, de quien tengo un libro de relatos en casa que comencé, pero que no logré pasar del primero. El hecho de habérmelo encontrado en un acto sobre Lorca en Tarragona hizo que se me ocurriera que podría ser una buena idea darle una copia del material, para que me dijera qué tal y me diera, si fuera posible, su bendición de viejo versado en las lides de las publicaciones pequeñas, aquellas que tienen poca tirada y que nunca pasarán de una (in)digna y agradecida primera edición.

    Nos citamos en un bar y le entregué una de las copias del manuscrito. Estuvimos hablando un rato con muy buenas palabras sobre nuestros proyectos. Me interrogó exhaustivamente sobre qué pensaba hacer con el libro y yo le conté lo que hasta ahora te he contado a ti, dando los nombres de algunas personas que él también conocía. En fin, me hizo sentir en casa, seguro de estar en buenas manos. Así se lo hice saber, que le hacía entrega de un trabajo de prácticamente dos años, que para mí aquellas páginas encuadernadas en una copistería eran como un bebé de teta y que, aunque podía aceptar que no fuera bueno, quería que las primeras manos que lo tomaran fueran las de alguien ajeno, pero en quien yo confiara, para que la obra neonata empezara a vivir. El hombre, de cara regordeta y amable, con ojos pequeños y risueños, se la llevó a su casa la mar de contento y me dijo que en un par de semanas ya la tendría leída y me daría su visión. En brazos de la admiración que siente le alumno frente al maestro, me sentí afortunado.

    Justo al llegar a casa, revisé mi correo electrónico. Precisamente mi exalumna me había escrito diciendo que en el documento adjunto me pasaba lo que llevaba de “análisis de la obra”, pero que le había llevado demasiadas horas escribirlo y que, de ahora en adelante, la respuesta a la lectura que me daría sería más escueta, porque carecía de tiempo. Debo reconocer que, a priori, me asusté. Temiendo que de su análisis, el cual sería certero seguro, mi libro no saliera bien parado, no osé abrir el documento. Decidí esperar al momento oportuno para hacerlo y contestar su correo agradeciéndole de todo corazón lo que había hecho por mí, fuera cual fuere el resultado de la analítica.

    Pasó el puente y, al término de unos pocos días de lluvia infernal, me escribió mi amigo el escribidor. El tipo quería verme lo antes posible y no me daba más información. Agendamos un día y volvimos a vernos en el mismo bar donde, no hacía ni una semana, le había entregado el mamotreto de 360 páginas en formato DIN-A4, interlineado 1,5. ¿Podría ser que ya lo hubiera leído? Tiempo tenía, la verdad, estaba jubilado desde hacía años, aunque desconozco si llegó a trabajar alguna vez, porque nunca me dijo a qué se había dedicado en su vida profesional. De hecho, sabía poco de él, yo de hecho lo conocía por mediación de un compañero de trabajo, también escribidor, que me tiene dicho que lo saque en mi blog, así que aquí lo dejo. El caso es que el tipo me esperaba en la misma mesa donde nos habíamos encontrado. Su oronda figura removía un café con leche en una de las mesas junto a la barra donde estaban, demasiado cerca, los mismos camareros que habían escuchado toda nuestra peculiar conversación la semana anterior con un silencio atento. Lo primero que vi fue que sobre la mesa tenía, a un lado, mi manuscrito, tocando la pared del local, lo más alejado de sí que podía. Nos saludamos, intercambiamos la típica charla protocolaria y, sin soltar la cucharilla, dijo:

    —Bueno, Ricardo, pues aquí tengo unas anotaciones a tu libro. —No sé si dio un sobro a su descafeinado, pero diremos que sí para darle ambiente. Cuando terminó, con voz engolada y aguda, añadió— No lo he leído todo, he leído una parte porque el tiempo…

    En ese momento dejé de escucharlo. El tipo seguía hablando y yo intentaba seguir el hilo de su conversación, pero a la realidad del mundo se le había caído una pestaña y yo estaba intentando comprender lo que estaba pasando. No había leído el libro, pero no hacía ni una semana que se lo había dado, a pesar de todo, me había citado, había traído el texto, que comenzaba a manosear, sin todavía abrirlo, y me decía que no tenía tiempo.

    —Vaya, —dije agarrándome con el culo a la silla todo lo que podía para no caerme— Claro, el tiempo es lo más valioso que tenemos, sí. Veo que no te ha gustado, bueno…

    —No, no, Ricardo, mira, sí, no, pero, escúchame… —En ese momento, sentía la mirada de los camareros sobre mi cogote. Gracias a la proximidad de la mesa que él había escogido, los camareros de camisa blanca y pelo del mismo color nos oían perfectamente— El problema de libro, bueno, tiene varios, los he apuntado aquí— Sacó un papel— y también he ido haciendo mis anotaciones —Entonces abrió el manuscrito y Dios quiso que no lo matara. En tinta roja, como el que corrigiera una redacción, había emborronado, rayado, apuntado con saña, lo que a su genio le había ido pareciendo, imposibilitando, a futuro, que pudiera entregar el texto a otra persona para que lo disfrutara. Yo, la verdad, no le había dado indicaciones en este sentido, quizá habría estado bien decirle que si apuntaba algo, lo hiciera en lápiz, como hago yo en mis propios libros. Pero no, el tipo había reunido el suficiente arrojo para ensuciar los tres primeros capítulos con tinta, haciendo imposible su reaprovechamiento en otra lectura.

    Cuando la sangre volvió a fluirme por el cuerpo y los oídos me dejaron de zumbar como si me hubieran dado una cruel e inesperada bofetada, conseguí recuperar conciencia de la realidad. En un silencio que produjo su verborrea, lo único que me salió decirle fue:

    —Bueno, te lo agradezco igualmente. Sé el trabajazo que te ha llevado hacer esto, ¿me permites? —y le tomé la novela, mi bebé, entre sus manos, y me lo quedé en mi lado de la mesa, herido casi de muerte, por lo menos, lo que tenía este de “libro” lo creía inservible. Empecé a hojearlo, viendo las “correcciones” que el genio había excretado de su pluma, temiendo encontrar errores imperdonables que se me habían pasado. La verdad, me tranquilicé un poco. Lo que había apuntado eran tonterías, las palabras que me sugería me parecieron banales y librescas, hojarasca del que se cree con léxico porque no dice palabrotas y habla como si tuviera una pelota de golf por nuez. No encontré, por tanto, errores graves que se me hubieran pasado. Mi estilo, como a mí el suyo, no le gustaba. De todas formas, respiré y añadí. —Te lo agradezco enormemente.

    —Como ves, hay muchas repeticiones, muchas comas, muchas cacofonías —repitió esa palabra, que a él le debería sonar como a caca, para insistir en que mi trabajo de dos años le había parecido eso, una soberana mierda. —¿Me dijiste que le habías hecho llegar el manuscrito a …(nombre de escritor)…? Yo creo que te has precipitado. El texto necesita guardarse en un cajón, necesita trabajo, y volver luego y verías que no… no…

    Por hacerla corta, el tipo me estaba machacando, delante de los camareros, de todo el que pasara por allí a escuchar cómo regañaba al imbécil que tenía delante, que era yo, y no supe muy bien qué hacer. Me quería ir pero, al final, había sido yo quien había provocado ese lío, quien le había pedido el favor a la persona equivocada. En ese momento no podía pensar con claridad, no sabía, no encontraba la manera no ser maleducado con alguien a quien yo le había pedido un favor y me lo estaba “haciendo”.

    —Bueno, mira, (nombre del tipo), no voy a defender el texto. Si has visto todo eso, sólo me queda darte las gracias y decirte que siento mucho haberte hecho perder el tiempo…

    Me hubiera ido en ese momento, pero aún me quedaba más de media hora de consejos y anécdotas para la grandeza del maestro y del poco talento del aprendiz, para que las oyera yo y el público allí presente, que recordarán esa tarde aburrida en el bar Motoclub como anecdótica. El resumen de su argumentario lo había oído ya en muchos otros intelectuales. Básicamente, consistía en decir que el talento era algo que muy pocos tenían, que no valía la pena esforzarse tanto si no se nacía con él don, que andar escribiendo tantas páginas era absurdo, que los textos exigían mucho trabajo de estilo, que había que encontrar una voz propia, no copiar, no caer en los tópicos, ser original, ser muy original, y ser breve, lo bueno si breve… como los clásicos, porque como dijo Borges… En fin, podría haberse ahorrado la media hora que tardó en ensuciarme las páginas de mi libro. Poco a poco, me fui hartando de otro mezquino amargado de la literatura, que por no haber conseguido nada, trataba a los demás como lo tratan a él.

    En el transcurso de la conversación, conseguí colocar dos mensajes entre su perorata. El primero fue que no estaba de acuerdo en lo del talento nato para escribir, porque es como si sólo pudieran tener derecho al amor los que son rubios, altos y con ojos azules. Yo creo que no, que cualquiera, si tiene corazón, tiene el deber y el derecho de buscar el amor, así también los músicos, pintores, artistas o escritores que quieran buscar a su obra. La siguiente idea que le inoculé es que, para escribir prosa, es necesario sentarse delante del aparato, muchas horas, y darle a las teclas. Desconfío absolutamente de los escritorzuelos van con dos deditos y mirando el teclado. Si no dominan el instrumento, ¿cómo van a capturar las ideas que, a veces, se cruzan a la velocidad del relámpago? Bien es verdad que luego hay que corregir, pero también hay que trabajar, y el esfuerzo siempre vale. -No comparto esa visión de que el arte es para unos pocos elegidos.

    Llegados a este punto, el hombre decidió dar por zanjada la velada literaria. Nos levantamos. Se ofreció a pagar los cafés, pero por supuesto se lo impedí, y salimos a la calle. Ya entre nosotros, sin la presencia del selecto público que me miraban riéndose por debajo de la nariz mientras apoquinaba las consumiciones, se tranquilizó y me dijo:

    -Has dicho antes que eres de Constantí y que la literatura te ha llevado a muchos sitios.

    -Así es. Leer me ha salvado la vida muchas veces. Me ha dado una profesión que amo…

    -Mira, yo no pasé del bachillerato elemental, aquí donde me ves…

    -Bueno, intento ser humilde, y nunca juzgo a las personas por sus carreras. Hay tontos con título que son estúpidos y gente sin titulación cultísima. Ser humilde es difícil pero…

    -…Pero sí que hice un máster en la universidad sobre guion cinematográfico. Muy bien.

    Nos despedimos, probablemente para siempre, y me fui a por el coche con mi manuscrito llorando en mis brazos. Todavía no se me había pasado el aturdimiento, pero conseguí llegar a mi casa como un autómata. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no la vi venir? En fin, estaba confundido y cada vez más dolido. Entendí ahora las palabras del segundo escritor, quien había tenido miedo de leer por decirme que fuera una mierda de libro. Pero el mal ya estaba hecho y, puestos a morir, como había pretendido que hiciera con mis pretensiones de escritor el otro escribidor, que había aprovechado mi confianza para machacarme en un bar no hacía ni una hora, decidí abrir por fin las entradas del correo y afrontar mi aciago destino. Encontré el correo de mi exalumna y lo abrí. Como estaba tranquilo en casa, mi mujer y mi hija no estaban todavía, descargué el análisis de mi alumna, dispuesto a que ella hubiera encontrado tantos o más defectos que mi anterior interlocutor. Fue imposible leerlo en su totalidad. Eran nada menos que 45 páginas de análisis exhaustivo y llegaba, más o menos, a la mitad de la obra. Había extraído párrafos que le habían llamado la atención, hecho inferencias, descubierto referencias, añadido consejos o sugerencias, en fin, una obra de arte que un día tendré la oportunidad de utilizar como prólogo. Pero en ese momento, estaba tan chocado que no podía más que ir posando los ojos y consolándome, mientras la opinión amable de mi ángel, excelente en lo académico como también en lo humano, me iba insuflando un poco de vida, la justa para seguir respirando después de que me derribara el empujón brutal de un sátiro. A pesar de todo, son las críticas malas las que más escuchamos, y he andado muy dolido hasta llegar a este momento, cuando me he levantado de la cama a escribir este texto, ahora que todos mis seres queridos duermen. Lo que me ha hecho levantarme de la cara ha sido revisar, otra vez, las entradas del correo electrónico y encontrar un mensaje nada menos que de la madre de la chica a quien le envié la historia, quien me escribía, profusamente, pero en un correo, su humilde opinión, que no compartiría con su hija hasta que esta terminara de leer la obra. Resulta que se había leído el libro del tirón, en lo que había durado el puente, y me contaba cómo aquellas historias de amor/desamor la habían hecho sentir, reflexionar, en fin, leer y vivir.

    Recibí, por parte de esta lectora, la bocanada de aire que tanto anhelaba, que necesitaba, para seguir en pie, luchando contra la página en blanco y sacando de ella historias de la vida, tan reales y vívidas, que se diría que son tan de verdad como en una buena novela.

    Cuando estaba en lo más hondo, a punto de desfallecer y mandarlo todo al garete, dos ángeles me han salvado de la mezquindad del mundo. La vida tiene estas cosas, que me hacen pensar en la existencia de una realidad que no entendemos, pero que sí podemos relatar de forma más o menos coherente. Además, ellas me regalaron la historia de hoy.

    Por salvarle la vida a este narrador, les doy las gracias. Prometo mandarles un ejemplar.      

    FIN

    …oooOOOooo…

  • Barcelona cercanías (Final)

    Barcelona cercanías (Final)

    Índice

    Parte 1

    Parte 2

    Parte 3:

    12. De verdad

    Era sábado y el día estaba soleado. Los pocos coches que circulaban por la carretera de tres carriles lo hacían a una velocidad moderada, a no más de 80 kilómetros por hora, para que la ristra de radares, sobre los paneles indicativos de la autovía, no los asaetaran a base de multas por exceso de velocidad. Federico conducía su vieja furgoneta Citroën, heredada de su padre, por en medio de los carriles, viendo levantarse el sol de las diez de la mañana de un otoño sin lluvia. Las pocas nubes que moteaban el cielo lo cruzaban tímidamente, sin querer llamar la atención, y la luz era de un color macilento, característico del lánguido invierno en el Mediterráneo, mar que intuía a lo lejos.

    Su salida era Sant Just Desvern. Cuando se miraba de lejos, Sant Just destacaba por su Edificio Walden, obra de un tal Ricardo Bofill que había dejado esparcidas sus mamotretos arquitectónicos por toda la geografía española, especialmente en Cataluña. En los años del boom inmobiliario, que habría de dejar a tantas familias endeudadas de por vida, el tal Bofill había construido aquí y allá incómodos condominios para las familias obreras. En algunos sitios aquellas laberínticas paredes de obra vista se habían convertido en un hervidero de navajazos, pero estando tan cerca de Barcelona, el edificio Walden había corrido mejor suerte. A pesar de carecer de balcones anchos, de tener una distribución incómoda, unos pocos metros cuadrados, los pisos en aquel edificio costaban una pasta, y eran unos pocos los privilegiados que podían adquirir una deuda allí. Donde antes había una construcción barata para obreros, ahora se fingía un lugar exclusivo. En una sociedad cada vez más estamental, la zona era lo más noble.

    Sant Just no era una ciudad dormitorio, no era un barrio a las afueras que tanto se encargaron de retratar con cierto deje de admiración y desprecio, a parte iguales, Marsé o Vázquez Montalbán. Probablemente, cuando estos escritores hacían de las suyas y recorrían las calles en busca de grandes historias, como los muertos de hambre que protagonizaban sus libros, Sant Just sería un pueblo de cuatro casas, alejado de la ciudad. Pero el trazado urbanístico y la suerte habían hecho de aquella localidad un lugar ideal para que los ricos instalaran sus mansiones en los cerros cercanos. Martina le había dicho en varias ocasiones que Iniesta vivía por allí y que llevaba a sus hijos al colegio donde trabajaba ella, aunque estos no eran, igual que el padre, unas lumbreras.

    La ruta del GPS pasaba justo por el lado este del Edifico Walden, en dirección a una larga avenida nueva donde habían instalado recientemente la catenaria del tranvía. No era la primera vez que Federico recorría aquellas calles con su coche. Había venido con Martina varias veces y por eso el sistema de navegación no habría sido necesario de no ser porque esta vez se dirigía a un destino diferente del habitual. Podía decirse que Federico se sentía un poco ciudadano de Sant Just, cuyo gentilicio era en catalán. Tenía recuerdos recientes de aquel paraíso al oeste de la delincuencia y de la roña barcelonesa. Eran habituales los parques equipados, los paseos sombríos por los árboles verdes y frondosos, las aceras anchas y las vías rápidas y restringidas a la contaminación. Unos metros a la izquierda, mientras bajaba la larga avenida, quedaba aquel bar donde hacía unos días había coincidido con el cantante de Estopa, vecino secreto de la ciudad privilegiada. Estaba tomándose unas cervezas con una pose de poeta del inframundo y obrero de la antigua Seat, es decir, con un aire que en nada casaba con el de la zona. Pero la gente lo quería por ser una celebridad, aunque él se sintiera como un roedor con traje. Aquel cantante no venía de muy lejos, su barrio, Cornellá, quedaba justo al otro lado de la autovía por donde había venido Federico, pero esta sí era una ciudad dormitorio, con problemas de drogas y delincuencia, que en las canciones del artista lo habían hecho nacionalmente conocido y admirado por sus desgarradoras letras. Ahora se sentaba con los pijos de Sant Just sonriendo con la boca pero con los ojos glaucos.

    -Dile algo. -dijo Martina- Te sabes todas sus canciones.

    Era verdad. Federico conocía toda la discografía de aquel tipo. Se sabía sus canciones de memoria, ellas habían sido el hilo musical de los momentos más fundamentales de su vida, desde la cumbre hasta la caída a los infiernos, la música del tipo de al lado, que en ese preciso instante estaba comiendo quicos y dándole tragos a una caña, lo había enseñado como una maestra amable, algo complaciente, no muy exigente, pero inolvidable. Estuvo a punto de levantarse para saludarlo, pero qué le diría: Tus canciones me han acompañado desde siempre y las sé tocar todas con la guitarra. Estaba a unos pocos pasos, en la mesa de al lado del bar, en la terraza donde el cantante y Federico fumaban un cigarro detrás de otro. Te entiendo, sabes. Sé que te sientes como una rata, con la cola por el suelo, en este barrio donde nos dejan estar, porque tú eres un artista consagrado y yo porque esta chica piensa que valgo algo la pena por escribir. Los pensamientos de Federico se volvían cada vez más intrincados y extraños.

    -Es igual. Déjalo que se tome la cerveza tranquilo. Seguramente vendrá un tonto de vez en cuando a soltarle el mismo rollo que le soltaría yo. -dio un trago a su espumosa fría.

    Por poco se despista y pierde la ruta que le marcaba el GPS, la próxima a la derecha. A través de una calle franqueada de chalés con tapias altas, Federico avanzaba bajo el sol de la mañana en su traqueteante furgonetilla, como si fuera uno de los jardineros que cuidaban aquellos setos bien podados, los cuales no dejaban ver las casas al otro lado. Para qué querían los ricos tanto chalé si luego no podían presumir de ellos, se preguntaba. La delincuencia era un problema creciente y los hacía vivir en una cárcel de oro. Además, los altos setos escondían también las miserias sin afectar al honor familiar. Los pobres lo tenían más difícil para ponerse dignos y elegantes. Como vivían todos amontonados, los problemas eran colectivos, y todos acababan sintiendo pena por el prójimo, que se disfrazaba con una falsa sensación de colectividad. Cualquier vecino del Carmelo, incluido Federico, se hubiera cambiado sin pensarlo por la situación económica del más aburguesado de Sant Just. Frívolos indulgentes, que tenían todo el dinero que le faltaban a los demás. El mundo estaba mal repartido, como decía la canción del grupo del cantante, ex de Cornellá, que ahora sonaba en la radio del coche.

    Poco a poco, el camino fue estrechándose y el ladrillo fue quedando atrás. Paulatinamente se iba adentrando en uno de los cerros que amurallaban la ciudad, que bien podría haberse considerado Barcelona, de no ser por un ayuntamiento falsamente municipalista que reivindicaba la identidad difusa de aquellos habitantes venidos de todas partes, atraídos por la proximidad de la capital y por la seguridad del barrio, no por la cultura ni por el folclore que falsamente proclamaban algunos carteles locales. Una hípica quedaba a la izquierda y, justo al pasar por delante de la puerta de la finca, se subía por una calle serpenteante, pero asfaltada, hacia las mansiones de los millonarios. Martina le había dicho varias veces a Federico que su familia poseía empresas en otras zonas de Catalunya, que un abuelo de Girona, el materno, nacido en la pobreza, había levantado un imperio y lo había repartido entre sus hijos y yernos. Lo cierto es que ella nunca había hecho ostentación de dinero, aunque nunca la había visto preocupada por ese tema en los meses que llevaban viéndose, lo cual demostraba su desaforada riqueza.

    A mitad de camino de una cuesta larguísima, un punto azul en el GPS marcó que aquella era la dirección. Se bajó del coche y respiró el aire fresco de la zona. Aunque estaba en la altura, no conseguía distinguir nada a lo lejos, dado que se lo impedían los sombríos muros de la calle, que ahora no dejaban siquiera entrever lo que había detrás del hormigón inexpugnable. Federico sintió algo de frío e inseguridad, como si no debiera estar allí, aparcado con su furgoneta; como si alguien fuera a salir y a llamarle la atención. Pero la calle estaba desierta, no se veía una sola ventana, solo las puertas enormes de los garajes, bien pintadas, que daban acceso a los edificios. Sin encontrar muy bien la entrada, había hecho una perdida a Martina, como ella le había pedido que hiciera cuando estuviera allí. Al cabo de unos pocos minutos, la puerta de garaje más próxima comenzó a moverse sin emitir ruido alguno, como empujada por una mano suave e invisible. Detrás de ella se encontraba Martina, con el mando del garaje en la mano. Vestía ropa de pijama: una camiseta holgada y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas hasta prácticamente la altura de sus braguitas, que se trasparentaban negras por debajo de la fina tela. Estaba descalza sobre el suelo, las uñas pintadas de rojo, pero el suelo estaba impoluto, como recién barrido. Le hizo una señal para que entrara con el coche. Federico dudó un momento, pero luego se decidió. Se sentía un intruso, pero le gustaba. La puerta daba lugar a un garaje donde cabían cuatro o cinco coches grandes. No había ninguno en aquel momento, así que tuvo espacio para maniobrar y no chocar con nada. Al apagar el motor, Martina ya estaba junto a la ventanilla del conductor, sonriente.

    -Menuda casa tienes. -dijo abriendo la puerta del astroso vehículo en joya de hormigón.

    Martina parecía no entender -Pero si todavía no has visto nada…

    -No me hace falta verlo para saber que es espectacular. Como tú. -añadió agarrándola de la estrecha cintura y sentándola sobre sus rodillas. La leve tela del pijama sobre sus pantalones hizo el efecto habitual. Sus pechos cimbreaban sin sujetador por debajo de la camiseta del pijama. Una mano se coló por debajo de la ropa y lo apretó como una fruta.

    -Ven. -dijo ella zafándose cuando las manos de él empezaban a colarse por entre la tela de su leve pantalón. -Quiero enseñarte mi casa. -sus pies se posaron sobre el suelo.

    -Claro. -Federico se sentía despertarse de una ensoñación. Se colocó la erección en el pantalón en una postura que no fuera incómoda para andar y la siguió escaleras arriba.

    Desde el garaje, a la casa se accedía por unas escaleras que estaban dentro de un corredor blanco, como recién reformado. Una puerta de acceso gris separaba las dependencias innobles donde dormían los vehículos de la familia. Al cruzarla, accedieron a un pasillo atestado de objetos diversos, recuerdos de viajes por todo el mundo: Asia, América, Asia, etc. La cocina se divisaba al fondo, luminosa. Allí se oía el tis-tis de unas patitas nerviosas picoteando el suelo de gres con las uñas. El perro de Martina, un bichón maltés, saltaba detrás de la puerta acristalaba y soltaba un único ladrido de vez en cuando. Siguieron hacia delante por el amplio pasillo hasta llegar al comedor. Federico no pudo evitar que la mandíbula inferior de su boca se quedara colgando inerte mientras sus ojos se paseaban maravillados por la estancia. En la pared del fondo se divisaba una gran cristalera que daba a un jardín bien cuidado, y eso fue lo que llamó primero su atención. Probablemente, por la mañana, el sol entraría a raudales por aquella pared-ventana, que por otra parte parecía impoluta, sin las manchas de polvo o de humedad que habitualmente se ven en las casas de los pobres. Aquel salón era amplio, aunque el desorden contrastaba con la limpieza de las cosas. En el aire se respiraba un tenue olor a Martina, quien había hecho suya aquella estancia en ausencia de la su familia, quienes se habían marchado a su casa en la playa, en la Costa Brava.

    -Me gustaría irme a vivir sola… Pero nunca encontraré una casa como esta. Me encanta.

    Se paseaba por la habitación con la confianza habitual de alguien que es poseedor de una cosa, es decir, de memoria, sin tener que bajar la vista para no chocarse con la rica mesa acristalada donde descansaban los mandos a distancia. Martina tomó uno y encendió un aparato invisible. Una música tranquila empezó a sonar desde todos los rincones de la estancia. El sofá estaba atestado de sábanas, almohadas, prendas de ropa. Parecía que Martina había trasladado el desorden de su habitación a aquella sala, más amplia quizá que su cuarto, que se situaba arriba de unas escaleras. Las paredes eran de color oscuro, que dotaban a la estancia de un aire elegante y cálido, acorde con el color oscuro de las maderas de las que estaba hecha la mesa y los anaqueles llenos de elefantitos de caoba, jirafas pintadas a mano, máscaras largas y un tanto espeluznantes.

    -Mi madre es una loca de África, le encanta.

    Federico no pudo evitar pensar en su propia casa: los únicos recuerdos que colgaban de las paredes eran antiguas fotos de boda, barquitos baratos de conglomerado comprados en ferias de quita y pon, un cuadro de nudos que daban con la suscripción al periódico local en los noventa, en fin, la decoración habitual en la casa de los pobres sin gusto. De ahí venía él y ahí estaba ahora, en aquel salón donde cabía la mitad de la casa de sus padres, paseándose de un lado a otro con las manos en los bolsillos, para no romper nada, poniendo cara de póquer para que Martina no percibiera el síndrome del impostor.

    -Bueno, ¿qué te parece la casa? Desde que hemos entrado que estás muy callado.

    Dijo Martina en algún momento mientras paseaban por el resto de las habitaciones. Lo más destacable, a parte del salón, fueron, en primer lugar, el baño del piso superior, el que compartían Martina y su hermano cuando no estaba en su propio piso, allá abajo en Sant Just Desvern. El lugar, a pesar de estar igualmente desordenado por el torbellino de Martina, se encontraba reluciente. Un rico lavabo de fina porcelana se mantenía silente en un rincón de la estancia. La familia había conservado la bañera, de patas doradas, donde bien podría sepultarse el día de mañana un rey catalán en su viaje al más allá. La luz de la consola brillaba sobre la superficie blanquísima del mármol. Pero lo que más le sorprendió fue que en vez de un lavamanos, había dos. Es decir, Martina y su hermano disponían de una pica cada uno, de un espejo, de unos armarios, para prepararse por la mañana para acudir a su rutina diaria. Federico sólo había visto aquello en los edificios públicos, ni siquiera recordaba haberlo visto en las películas.

    -Tu casa me parece muy bonita. -dijo al fin, mientras accionaba el grifo vintage lacado.

    -Y por último, este es mi cuarto. -Martina abrió una de las puertas cercanas al baño.

    Aquel era el único sitio de la casa que no estaba desordenado. La cama estirada y recién hecha, como si una persona experta en aquellos menesteres, la hubiera hecho, con aquella perfección que Federico siempre había admirado de su madre y las demás mujeres de su familia. Pero había algo impersonal en aquella pulcritud, como si hubiera sido la mano de otra persona, y no la de Martina, quien hubiera impuesto ese orden. En el amplio ventanal se divisaban las vistas que daban al otro lado del muro gris. A lo lejos se divisaban las montañas verdes, moteadas de ricas casas, como la de Martina. Sobre el escritorio había algunos libros bien puestos en una esquina de la amplia mesa. Federico tomó uno al azar, por tener las manos ocupadas, Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Qué oportuno, pensó para sus adentros, menuda ciudad aquella.

    -Mi tocayo.

    -Es mi escritor favorito. -se mordió el labio inferior, dejando de entrever una fila perfecta de dientes en la parte superior, que probablemente habían corregido unos aparatos invisibles en la cada vez más lejana adolescencia- Te confieso que esa es una de las cosas que más me gustan de ti. Hay algo en su escritura que me recuerda a ti.

    -Será por tener los dos el mismo nombre. Un nombre antiguo, por otra parte.

    -A mí me encanta tu nombre, Ico.

    -Bueno, los nombres son algo determinante que no se elige, como la familia o la nariz.

    Martina rio su ocurrencia y lo abrazó de repente. Federico se sintió embriagado por el perfume de su pelo suelto, que caía sobre los hombros de ambos en una cascada suave, que acariciaba la piel y auguraba caricias más íntimas. Se besaron despacio, mientras el sol desaparecía por la ventana. Sus manos se movían despacio por encima del cuerpo, sin prisa, disfrutando en cada instante de aquel momento, de aquel presente que quizá viviera eternamente en el recuerdo de alguno de los dos, mientras el corazón latiera. Poco a poco, las bocas fueron llenándose de saliva, humedeciendo los contornos de la barbilla. Martina empezó a coger aire y agitarse bajo la ropa, los dedos de sus pies se crispaban sobre el suelo de parqué, descalzos como estaban. Federico quiso conducir su cuerpo hacia la cama, pero ella se lo impidió suavemente. Se apartó y lo miró, sonriente.

    -Vámonos al salón.

    Martina empujó a Federico y este cayó sobre el ancho sofá. Desde que bajaron las escaleras, ella había tomado el control de la situación. Se notaba en sus gestos, más seguros, casi autoritarios, y en su silencio. Se hacía entender con miradas que Federico interpretaba a medias, sintiéndose algo indefenso por no estar en un territorio propio, sino ajeno: la casa de ella. Martina se lo quedó mirando un rato, de pie entre la mesa de té y el sofá. Sin decir nada, se quitó la camiseta lentamente, mientras la música seguía sonando, imperceptible para ambos. Después de un momento, se bajó los pantalones y las bragas, mostrando su rasurado sexo a la altura de los ojos fijos de Federico, quien recorría sin temor con sus pupilas cada una de las pulgadas que el cuerpo de ella ocupaba en el espacio-tiempo. Dejó caer la ropa sobre la alfombra beige del suelo y se arrodilló. Sus pechos cimbreaban con sus movimientos. Federico quiso agarrarlos con una mano temblorosa, pero ella se lo impidió. Mientras, le deshacía el cinturón y lo obligó a desnudarse también, de cintura para abajo, dejando ver una erección que miraba al cielo como implorando clemencia a una diosa de fuego. Martina agarró su falo y se lo llevó a la boca. Federico miró al techo, luego a ella, luego otra vez al techo y cerró los ojos, casi incapaz de soportar aquel placer indecible que ella le proporcionaba. Su cabeza se movía arriba y abajo con habilidad.

    -Me encanta el sabor de tu polla.

    A pesar de todos los polvos que llevaban juntos, Federico nunca dejaba de sorprenderse por su naturalidad a la hora de abordar los temas sexuales. Había conocido a otras chicas, pero nunca a ninguna que hablara con aquella seguridad, que disfrutara tanto del sexo sin tapujos, sin complejos, sin miedos asociados al acto sacrosanto de la amatoria. Ante aquellos accesos verbales, Federico no sabía hacer otra cosa más que callarse.

    Cuando el pene de él empezó a agitarse de forma involuntaria, al primer o segundo escalofrío previo a la eyaculación, Martina se separó. Federico estaba tranquilo. Por una vez sentía que no tenía la responsabilidad de pensar en lo que tenía que hacer, simplemente se dejaba llevar al compás del ritmo que ella marcaba, totalmente abandonado al placer que ella le brindaba. Se la quedó mirando largamente, de pie, como estaba, frente a él. Su pelo largo caía sobre un hombro. Miró cada uno de los lunares que la constelaban, desde su cara hasta las piernas. Ella se dejaba mirar y aquello era mejor que el propio sexo, la observación atenta y arrobada de otro ser humano, mirar al prójimo como se debe mirar a Dios en las alturas, en éxtasis.

    Martina subió con él al sofá. Primero apoyó una rodilla sobre la mullida tela, luego la otra. Los sexos se rozaron sin llegar a conectarse aún. Las manos de Federico acariciaban sus muslos, su trasero, su espalda, subían y bajaban buscando lentamente, sintiendo cada uno de los poros de piel con la palma de las manos, dejando que toda la atención se concentrara en el sentido del tacto amable de un cuerpo caliente y joven.

    -Me gusta cómo me miras.

    Nunca estuvo tan bonita como ese día. Bajo la luz amarilla de los focos sobre sus cabezas, la figura de Martina se dibujaba en todo su esplendor. Desde los pliegues de su sexo hasta la tersura de su piel, todo se reflejaba en la luz cenital sobre su figura de ninfa, perfectamente adaptada al rico espacio: aquel sofá testigo de un nuevo amor.

    -Te quiero. -dijo Federico presa del arrobamiento.

    Martina sonrió de una forma completamente nueva, distinta a todas las demás veces donde un deje de tristeza había empañado el fondo de sus ojos oscuros. Esta vez sus ojos brillaban con la candelita de las luces de la estancia, como si titilaran como estrellas dentro de un universo minúsculo. Sin decir nada, lo abrazó con fuerza.

    Mientras se fundían en aquel abrazo, con los corazones casi tocándose por debajo de la piel, el sexo de ambos se encontró de forma mágica bajo los ombligos de ambos. Sin dejar de abrazarse, se fundieron también allí y al entrar el uno en el otro sintieron que nunca más habrían de separarse, que aquel instante se volvería eterno para siempre y que, a pesar de todas las dificultades, a pesar de la inmoralidad, de todo el sufrimiento, un mundo donde su amor viviera era factible. Un lugar donde el amor era de verdad.

    13. El bichón blanco

    Los sacó del sopor el perro, que se desgañitaba ladrando al otro lado de la puerta de la cocina. Si no hubiera sido por los ladridos del animal, seguramente se habría quedado dormido en el sofá, abrazado al cuerpo desnudo y caliente de Martina. Ella se desperezó, se puso de pie y se marchó, desnuda como estaba, detrás de aquel ruido. Al cabo de pocos segundos, se oyó una puerta abrirse y unos pequeños pasos rascar el suelo de parqué, tis-tis-tis-tis, hasta donde él estaba, echado en el asiento cuan largo era. El animal empezó a ladrar otra vez, denunciando al extraño que ocupaba el lugar donde tantas tardes había sido acariciado por las manos de su dueña hasta el sopor. El cuerpo de un humano amenazante, de un hombre, amenazaba las raciones de cariño que aquel animal mimado recibía con su pienso diario. El pobre se defendía con su ladrido agudo.

    -Este es Trotsky. -Informó Martina- Parece que no está muy contento de verte…

    -¿Muerde?

    -No. No te preocupes.

    A Federico no le preocupaba que aquel pequeño ser, enemigo para siempre de su nuevo amor, lo mordiera. Era un animal completamente inofensivo, con una boca más pequeña que una pinza para tender la ropa. Tenía un pelaje blanquísimo, bien cuidado, que debía ser sedoso si se lo acariciaba. Se notaba que el bicho se alimentaba de los mejores sobres de comida del supermercado, de marcas de alimentos para perros que llevan en el dorso las palabras Exquisite o Premium en letras doradas sobre un fondo negro. No era como los perros de su barrio, que estaban obesos porque comían pienso barato y las sobras de sus dueños, también con sobrepeso, con un pelaje ralo, hijos de mil leches, seres apátridas. Aquel animal desconocía los rigores de la vida de sus compañeros perrunos en los barrios de periferia, donde no duraría ni media hora. Ese animal remilgado se creía superior al ser humano y reclamaba su lugar habitual en el sofá.

    -Es un bichón maltés. Tranquil, Trotski, calla, amor meu. -y lo acariciaba. El perro por fin se calmó gracias a las atenciones que le procurara su dueña. Martina tocaba su mascota con la misma mano con la que poco antes lo había acariciado a él y sintió asco.

    -Sólo es un perro. -Se le ocurrió decir.

    Martina lo miró, por primera vez, molesta de verdad. En todo ese tiempo, nunca había visto aquella mirada en sus ojos, aquel odio concentrado que podía inyectarse en la piel para doler como el veneno de un escorpión. Su mirada lo amenazó con echarle de allí.

    -No vuelvas a decir eso.

    Federico reparó en su error. Había quienes amaban a los animales por encima de las personas. Él no lo entendía, pero debía respetarlo. Que ella quisiera al perro como a un niño no era asunto suyo, ¿debería aprender a compartir ese amor con él y ella? Trotski se había calmado y reposaba tranquilo con la cabeza apoyada sobre las piernas desnudas de Martina. El pelaje blanco del bicho debería acariciar el pubis de ella con el rabo. Sentía un asco indecible. Quería agarrar al animal de los pelos y estamparlo de una vez.

    -Lo siento. Veo que lo quieres mucho y supongo que estoy un poco celoso. Eso es todo.

    Martina lo miró con conmiseración y pensativa, como evaluando si aquel tipo que había rescatado del arroyo, como a un perro arrabalero, valiera tanto la pena después de todo. Pertenecían a mundos tan distintos ella y él, que quizá tenía más en común con el pichón maltés, a pesar de ser un cuadrúpedo que lamía su propio ano varias veces al día. De repente, su mirada se suavizó. En el fondo lo perdonaba. Le gustaba que fuera impulsivo. Lo hacía sentirse un poco en peligro, un poco vulnerable, y bastante mujer.

    -No pasa nada. Trotski ya te ha perdonado. -el perro movía el rabo con gusto, vencedor.

    -¿Hay algún lugar donde pueda fumarme un cigarro?

    -¡Claro! Ahí mismo…

    Martina señaló con la cabeza el ventanal que tenía enfrente. A pesar de que las cortinas estaban echadas, era fácil acceder a la zona ajardinada de la casa por la hoja acristalada semiabierta que hacía las veces de puerta y ventana. Completamente desnudo, con el paquete de tabaco y el mechero una mano, salió hacia afuera un poco airado por la situación. Federico era propenso a los ataques de ira y podía darse de cabezazos contra la pared hasta partirse los cuernos o ver la pared caer. El tabaco lo ayudaba a serenarse.

    Una vez que hubo encendido el cigarrillo, pudo reparar otra vez en el lugar donde estaba. El jardín era amplio y espacioso. El césped estaba bien cortado y era suave al tacto de sus pies. Al fondo, a unos diez metros, había una pared de setos verdes, bien cortados, que suavizaban el gris del alto muro de hormigón que separaba la propiedad de la calle. El frescor verde oscuro de aquel lugar se pegaba en la piel y el olor a hierba cortada era tan intenso que casi podía tocarse. Parecía que estuviera recién podado, como si aquella mañana el jardinero lo hubiera dejado listo y cuidado, como hacía todos los sábados una vez por semana. En una esquina, había una barbacoa pulquérrima, sin los acostumbrados restos de hollín y herramientas quemadas que había visto en otras partes. Parecía recién comprada, como si no le dieran demasiado uso, solo cuando papá sentía el capricho de preparar carne para su manada: su mujer, hijo, hija, su perrito… ¿y su yerno? Federico se preguntaba a medio cigarro si se reunirían junto a aquella barbacoa el suegro y el yerno, con una cerveza en la mano, comentando el último partido del equipo local o la actualidad del tiempo, en una situación incómoda pero acostumbrada. Intentaba imaginarse a sí mismo junto aquella barbacoa con su posible suegro, el cual había visto en fotos, pero sólo conseguía ver al yerno oficial, el novio, la pareja, el chico, desde hacía tantos años, de Martina. Decidió que era el momento de abordar la cuestión. Si iban a iniciar una relación las cosas tenían que aclararse de una.

    Apagó la tacha sobre el suelo y esta crepitó levemente con un sonido siseante. Caminó por las losas de un camino flanqueado de enanitos de jardín, los cuales de niño le habían resultado seres siniestros que cobraran vida por las noches y se dedicaran a los más dispares asuntos, como robar bebés o chupar la sangre de las ratas. Lanzó lo que quedaba del cigarrillo por encima del muro, hacia la calle que suponía vacía, y desanduvo la vuelta por aquel camino donde se apostaban aquellos seres sin edad, de narices grandes y miembros abultados, quienes lo miraban pasar sonrientes alzando sus hachas y setas alucinógenas. Federico supuso que era la madre quien había impuesto la convivencia con aquellos mágicos de yeso, al igual que los parterres de rosas que había.

    -¿No tienes frío?

    -La verdad es que un poco.

    -Anda, vente conmigo. -Martina parecía que también se había calmado. El perro gruñó un poco al ver acercarse a Federico pero ella lo contuvo con un manotazo y lo hizo bajarse. -¡Calla, Trotski! -Después de recibir el regaño de su dueña, se perdió de vista.

    -Sabes, -dijo sentándose junto a ella- lo que he dicho antes, lo decía de verdad.

    Adivinando la intención de sus palabras, Martina se lanzó hacia él y lo besó en los labios, tapándole la boca, haciendo que no pronunciara aquellas palabras definitivas que habrían de marcar el rumbo de los acontecimientos: o tu novio o yo, no hay otra. Cuando se separaron, el miembro de Federico estaba otra vez erecto y su mente se había olvidado de los asuntos importantes y tristes. Sólo quería poseerla salvajemente.

    -¿Qué tal si cenamos? Hoy voy a cocinar para ti.

    -¿En serio? -Aquella sorpresa lo puso muy contento- No esperaba que tú cocinaras…

    -¡Pero tú por quién me tomas! -dijo riendo -¿Por una pija de Pedralbes?

    -Por una niña pijita de Sant Just que no sabe freír un huevo.

    Martina le mordió una oreja, con fuerza. -Ay ay ay, vale vale, lo retiro. -ambos reían. Ella se levantó de un salto. Se puso las braguitas y el resto de ropa olvidada en el suelo. Una vez vestida, se quedó mirándolo con los brazos en jarras y los pechos firmes.

    -¿Es que te vas a quedar ahí sentado? Levántate y me ayudas, anda.

    -¿No habías dicho que ibas a cocinar para mí?

    -Bueno, que concine para ti no significa que no tengas que ayudarme.

    -No sé cocinar nada. Soy un pésimo partido.

    -Pues por lo menos me haces compañía y me sirves una cerveza fría, eso sí que sabes hacerlo, ¿no? -Estaba preciosa, pero era autoritaria, y a Federico le encantaba el juego.

    Fueron a la cocina y prepararon unas simples pizzas con mucho jamón dulce y mucho queso salado. Se divirtieron como niños con el perro correteando por entre sus piernas. Hablaron de una cosa y de la otra, pero en ningún momento tocaron el tema crucial que llamaba a las puertas de su relación como la cabeza de un ariete. Federico decidió disfrutar del momento y no racionalizar tanto las cosas, lo que tuviera que ser sería.

    Cuando las pizzas estuvieron listas pusieron una película en la gran televisión de pantalla plana. Se sentaron en el sofá e ingirieron las porciones con buen apetito postcoital. En la tele, el maníaco compulsivo de Jack Nicholson se enamoraba de Helen Hunt, una madre soltera con problemas para pagar el alquiler. Iluminados por la luz azul de la pantalla, Federico pensaba que si un amor así había sido posible, su amor por Martina también podía serlo, aunque no consiguiera visualizarlo en su imaginación. Pero decidió agarrarse a la realidad del momento, al cuerpo de Martina que respiraba junto al suyo, apoyada en su pecho, tumbada con las piernas largas y los pies desnudos sobre el mullido sofá. Decidió asirse a la idea de que aquella noche se quedaría a dormir por primera vez, que a la mañana siguiente despertarían juntos en un nuevo amanecer donde quizá todo acabaría viéndose más claro, un tiempo en el que las nubes del millón de dudas que poblaban su mente por fin se disiparían. Aquella noche soñaría con que una vida diferente era posible. Un mundo donde su flamante amor crecería fuerte, como el de Helen y Jack, a pesar de todas las dificultades y los factores racionales en contra. Sí, aquella noche se quedaría a dormir, y con un poco de suerte no sería la última vez.

    Federico abrazó fuerte a Martina, apartó su largo pelo del cuello y la besó despacio. Lo arrancó de su agradable ensueño el ladrido que dio, al verles así, el bichón blanco.  

    14. La verdad

    -Sé qué estás liado con Martina, ¿te crees que soy tonto?

    Las estaciones de tren tienen algo de misterio. En todas las que había estado en su vida, había sentido al pisar el andén una cierta paz y desazón a un tiempo, como el que espera paciente a que algo importante pase, con resignación religiosa. Los viajeros en el andén solían buscar lugares donde sentarse o, si permanecían de pie como Federico estaba, lo hacían mirando a la nada, es decir, hacia dentro de sí mismos, manteniendo un soliloquio. Los móviles iban comiendo terreno al agradable aburrimiento, pero todos de vez en cuando alzaban la vista y miraban a las pantallas luminosas donde, a veces, los trenes se retrasaban, pero siempre solían llegar. Según el tren que uno tomara lo esperaba un destino diferente, con nuevas posibilidades. En Paseo de Gracia las posibilidades no eran muchas. Se trataba de una estación turística, de paso, donde sólo se apeaban las personas que iban de visita o los pocos que trabajaban en el centro. Federico había esperado pacientemente en el andén a que su tren llegara. No le importaba estar allí, le gustaba el ambiente de recogimiento que él creía ver en las estaciones de tren. Le emocionaría tanto subirse a unos de esos vagones destinados hacia el norte, llegar a una estación fronteriza y subirse a otro tren hacia Europa. Pero aunque los sueños le dieran el empuje necesario, faltaba siempre lo fundamental.

    -No entiendo cómo has podido hacer una cosa así. La verdad es que me lo olía pero…

    Después de que su tren llegara, Federico lo acompañó a la salida. El abrazo fue frío, falso. Pero de todas formas se saludaron con efusividad como siempre que se veían. No había sido un trayecto largo, no llevaba maletas ni un objetivo firme más allá de mantener una conversación al respecto. Siguieron el rumbo acostumbrado, tantas veces recorrido, que se sabían de memoria, sin necesidad de decirse nada. Federico callaba.

    Al salir de Paseo de Gracia se sale delante de la Casa Batlló, una construcción arquitectónica obra de Antonio Gaudí. Siempre que la observaba, le gustaba contar la anécdota de la muerte de Gaudí: iba borracho, como siempre, y lo atropelló un tranvía de principios de siglo. No recordaba quién le había relatado la anécdota del genio, pero disfrutaba con ese giro inesperado del destino que provocó que no se terminara el único monumento del estado que podía igualarse, en altura, a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben, es decir, la única construcción lo suficientemente icónica y antigua que consiguiera poner al país en el mundo occidental. Resultó un golpe del destino que el hombre muriera bajo las ruedas de un vehículo, que no avanzaría a más de veinte quilómetros por hora,  y que lo hiciera sin dejar un maldito plano para terminar la Sagrada Familia. Lo hacía todo de memoria, a lo que saliere. Un genio. 

    -¿Me estás escuchando?

    -Disculpa, estaba pensando en Gaudí. ¿Sabías que tuvo que marcharse de su ciudad natal porque los otros modernistas no lo dejaban construir nada en Reus? Si le hubieran dejado, ahora estaríamos en el mapa y no tendríamos que desplazarnos hasta Barcelona.

    Su acompañante no conseguía entender, así que se limitó a darle una calada a su cigarrillo y a mirar enfrente mientras cruzaban la larga calle que había de conducirlos al otro lado de la acera. A ambos lados se extendían las tiendas más exclusivas de la ciudad, con nombres escritos en francés, italiano, inglés, incluso en chino mandarín.

    Torcieron por la Calle de la Diputación. La mañana era agradable. La luz y el agua de la ciudad tenían un sabor meloso que impregnaba todas las cosas: desde el aire hasta los alimentos. Como era temprano por la mañana, las aceras estaban humedecidas por la manguera del vehículo de la basura dedicado a tal fin. A Federico no le hubiera importado ser basurero-conductor de aquellas andróminas que circulaban lentamente, barriendo y fregando las calles, con una vista panorámica al asfalto, avanzando lentamente al paso regio de la tortuga, que todos los demás vehículos respetaban. El Ensanche era un monumento a la especulación urbanística: no había un solo parque en quilómetros a la redonda. Las únicas zonas ajardinadas se situaban dentro de los cubos que dibujaban los edificios, todos con los mismos balcones alargados, los mismos techos altos, algunos con ricos azulejos en las celosías y otros más humildes. Todos llenos hasta la bandera, algunos turísticos, otros con estudiantes adinerados, cada vez menos vecinos de la época de guerra civil que, o bien iban muriendo o iban dejando la herencia a pudendos allegados que hablaban un perfecto catalán que ellos no tuvieron.

    -¿Sabías que muy cerca de aquí, en el número 44 o 45 de la calle Aribau, está la casa de Carmen Laforet? Siempre pensé que aquella novela, a pesar de ser aburrida como estas calles, tenía algo especial que la hace maravillosa. ¡Tiene el espíritu del Eixample! ¿Eh?

    -Federico, ya basta. Para de andar soltándome clases de historia o me marcho ahora.

    Hablaba en serio y tenía razón. Intentaba aligerar el peso de la situación con conversaciones asépticas sobre datos que fácilmente podían encontrarse en internet, así que parecía que no valía la pena mencionarlos. Al cabo de aquel rato que habían compartido juntos entre reproches y conversaciones ajenas al tema del día, Federico decidió abordar la cuestión y proponer que se sentaran: una terraza en aquella calle.

    -Es verdad, tienes razón, aún no te he dicho Nada, -rio un poco- ¿Lo pillas? Nada…

    -Déjate de chistes malos.

    El camarero pidió la comanda eficientemente no bien tomaron contacto el trasero con el frío metal de la silla negra. Una vez apuntados los dos cafés americanos, se marchó dejando un aire a colonia barata en el ambiente, que congeniaba con el humo del tráfico.

    -Bueno, Alejandro, ¿qué quieres que te diga? Llevamos unos meses sin vernos y todavía no me has preguntado cómo me va por aquí. Me va muy bien. En el trabajo no tanto…

    -Tienes que dejar de ver a Martina.

    El camarero dejó la comanda sobre la mesa, en silencio. Era un tipo alto y bien plantado, de brazos fornidos en el gimnasio. Dejaba las tazas sobre la mesa de metal con aire ausente, como si él no estuviera allí, sirviendo copas en una cafetería por mil euros al mes, sino en la discoteca de moda de la ciudad, donde se gastaba todo su sueldo. Una vez que se hubo marchado, Federico dejó de fantasear con su entorno y se centró. De aquella mesa quizá se levantaría más solo que como llegó: podría perder a otro amigo.

    -Le prometí a Martina que no hablaría de este tema contigo.

    La expresión de Alejandro se oscureció. Sus pequeños ojos oscuros adoptaron una opacidad superior, como si el resentimiento los dejara sin vida. Su boca adoptó un rictus algo crispado y empezó a atusarse el largo flequillo, como siempre hacía al enfadarse.

    -Tú ya sabías que Roberto estaba enamorado de Martina.

    -Eso quería preguntarte, ¿desde hace cuánto que están así?

    -Unos dos años, desde que yo los conocí. Se puede decir -sonrió un poco- que yo fui su Celestina. Le di consejos a Roberto sobre cómo tenía que acercarse y lo consiguió.

    -¡Podrías haberme dado esos consejos a mí también!

    Alejandro se ensombreció de nuevo. Guardó silencio un momento como si buscara las palabras adecuadas para decir aquello, para que no se le notaran tanto los sentimientos.

    -Hacían una buena pareja. Yo pensé que su amor resultaría después de todo ese tiempo.

    -Bueno, en realidad no es asunto mío. No me gusta preguntarle a la gente por su pasado, me interesa el presente. Ahora ella está conmigo y he disfrutado mucho de su compañía.

    -¿Te estás enamorando?

    -Y a ti qué te importa de quién yo me enamore. Sabía que esto era simplemente un juego. Yo estaba solo, sin pareja, ¿qué hay de malo en hacer el amor con una chica?

    -Pero es que esta chica tiene pareja desde hace años. Desde mucho antes de Roberto. 

    -Pero yo no la tengo.

    Alejandro dio un sorbo a su café, que se iba enfriando sobre la mesa, y encendió otro cigarrillo. Fumó exhalando el humo hacia los transeúntes que cruzaban ajetreados. La vida en la calle era frenética, pero en aquella mesa de la terraza de la calle Aribau parecía que el tiempo se había detenido.

    -Te has enamorado.

    Federico calló. Dio un sorbo a su café y también encendió un cigarrillo. Miró hacia el fondo de la calle y distinguió el cruce iluminado de la plaza de la Universidad, que quedaba a pocos metros. La gente cruzaba el paso de peatones en la mañana otoñal.

    -Puede ser que tengas razón. -se resignó Federico- Quizá estoy un poco enamorado.

    -El juego se te ha ido de las manos…

    Tenía razón. Quien jugaba con fuego se termina quemando y el amor es como el fuego. Aunque se lo negara a veces y procurara no pensarlo demasiado para no sentirse celoso, lo cierto era que se había enamorado de Martina y él sabía que enamorarse de la persona equivocada puede ser el juego más peligroso. Una vida podía salir hecha cenizas. 

    -Roberto y Martina tuvieron un idilio hace algún tiempo, como ya sabes. Ella también le dijo que no contara nada hasta que terminara con su novio. Supongo que te suena.

    Ahora fue Federico quien se ensombreció. Aquella casualidad, por llamarla de algún modo, se le clavó dentro. Había habido veces que habían hablado del futuro, en momentos oscuros le había preguntado por qué seguía con su pareja si en teoría lo quería a él. Ella siempre le había pedido paciencia, que esperara. Él intentaba no meterse con sus cosas, al fin y al cabo, ¿qué seguridad podía ofrecerle? Ninguna.

    -Mira, Alejandro, ya sé todo lo que vas a decirme y puede ser que tengas razón. Pero Martina me dijo una vez algo que se me quedó grabado. Un día le dije que tenía muchos remordimientos, ya sabes, por cosas del pasado que bien conoces. Estar con ella, en esta situación, en parte me libera. Me hace sentirme mejor conmigo mismo. Las cosas no son tan rígidas como parecen por fuera. Le dije que me sentía mal conmigo mismo por ser como era, por haber hecho daño a personas que quise, por decepcionar a todos.

    -¿Qué te dijo ella?

    -Que ella se había enamorado de la persona que yo soy ahora. Y que la persona que yo soy ahora es fruto de todo lo que he vivido, tanto lo bueno como lo malo. Sé que suena a topicazo y autoayuda, dicho así, con palabras, pero por primera vez me sentí en paz.

    -Eso se lo dice a todos, hombre. Se lo puede decir a cualquiera. Seguro que a Roberto le decía cosas similares. No debes caer en la trampa. El tema está peor de lo que pensaba.

    -Tenemos una conexión bonita, es cierto. Bonita y peligrosa. En este mundo mezquino.

    Otra camarera vino a recoger la cuenta. Era una chica rubia, con el pelo hasta la cintura y la piel blanca, decorada con frescos tatuajes que no debían de tener más de un año. Se había acercado a la mesa con la excusa de recoger el dinero de los cafés a medio terminar, pero en realidad lo que quería era ligar con Alejandro. Con cualquier pretexto, le había sacado conversación y él se dejaba agasajar por los ojos marrones de la camarera, que si bien era guapa, carecía de la más absoluta elegancia. Aunque, de todas formas, si ella se hubiera fijado en Federico, no habría desaprovechado la oportunidad. Cuando se hubo marchado, Alejandro dejó de sonreír y volvió al tema que le interesaba.

    -Está repitiendo exactamente el mismo patrón que siguió con el otro: te cuenta la milonga, tú te vas enchochando y, al final, te dará la patada. Tarde o temprano lo hará, lo sé. Creo que es alguien que tiene una carencia emocional muy acentuada, no sé.

    -¿Y quién no tiene carencias emocionales? ¿Acaso tú estás mejor que ella? ¿Que yo?

    -Mira, Federico, yo no quiero comprenderla. Solo te digo que no seas igual que Roberto, igual de inocente. No dejes que te haga la misma jugada. Soy tu amigo.

    La camarera volvió a recoger el dinero y se quedó hablando con Alejandro un buen rato. El camarero anterior miraba la escena desde detrás de la barra, con un punto divertido y celoso por el cliente que quizá le estaba levantando el ligue. Alejandro se dejaría querer por ella con cierto aire de indiferencia, sonriendo mucho y dejando ver los hoyuelos de sus mejillas bien cuidadas, sin un solo grano ni cicatriz que las empañara.  A pesar de la cantidad de tabaco que consumía, se mantenía exitosamente joven. Sabía vestirse y los años le iban dando esa elegancia con la que sueñan las estrellitas de cine. La chica, de espaldas a Federico, se desvivía porque al fin le pidiera el número de teléfono, por que quedaran cuando ella terminara el turno. Podía verlo en la impaciencia con la que jugueteaba con la larga melena, con la pose que adoptaba su cuerpo al apretar las piernas. Tenía un trasero bonito, pensó Federico. No le pareció más bonita que Martina. Después de todo, él era un tipo con suerte. Podría estar en esa situación y complemente solo.

    -Estoy aquí con mi amigo, te lo presento, se llama Federico.

    -Hola.

    -Hola. -dijo ella casi sin mirarlo, iluminada como estaba por la belleza de su amigo.

    -Estamos hablando de amor, ¿a que sí? Federico está con una chica bastante tóxica.

    -¡Oye!

    -Ui. No pierdas el tiempo con esa clase de gente, tío. -dijo la camarera, que se llamaba Cristina, dándole la razón a Alejandro en todo lo que dijera- Yo las sé distinguir de lejos.

    -¿Ah, sí? -dijo Alejandro.

    Siguieron hablando entre ellos mientras la mente de Federico divagaba. Dirigió su vista al cielo azul que se abría paso entre las algodonosas nubes del cercano mediodía. Una brisa fría cruzaba la calle sombría donde estaban. El café se había terminado desde hacía bastante rato. Quizá Alejandro tenía razón y Martina estaba jugando con él al gato y al ratón. Al final se lo comería y no quedaría de su corazón nada, ni las espinas. Ya había salido bastante maltrecho de un intento de relación reciente, quizá su salud mental no soportaría otro envite de esas características y terminaría por hundirse en la abulia más absoluta. No podía permitirse el lujo de dejarse caer, no cuando su economía dependía de forma exclusiva de él mismo. Ya era lo suficientemente difícil ir a trabajar en un puesto que odiaba, donde no terminaba de encajar y donde sentía el estómago acalambrado. Por lo menos tenía a Martina y aquella ciudad mágica para ellos dos.

    “Pobre Cristina”, pensó Federico. Se había olvidado de todas las mesas, hechizada como estaba del influjo de Alejandro. Sabía que aquella chica no tenía ninguna posibilidad y que él solo estaba jugando con ella, como él había criticado antes a Martina. Aquel coqueteo no llegaría ninguna parte porque no tenía ningún interés. Y si por casualidad llegaban a quedar, a salir juntos, a tener una relación, la cosa terminaría como todas las anteriores relaciones de Alejandro: ella le acabaría dando una patada por ser un colgado de la vida, un manipulador, un egoísta y un trepa sin escrúpulos. Pero al fin y al cabo, era su amigo, y Federico sentía por la lealtad una estima casi destructiva.

    Estaba enfadado y lo sabía. Su mente no pensaba con claridad. Le daba rabia que Alejandro pudiera tener toda la razón y aquel hecho no cambiaría por mucho que se dedicara a tenerle rabia en su fuero interno. De repente, vio como la chica se fue a atender las otras mesas y cómo él apuraba el poco café que le quedaba en la taza.

    -Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Alejandro levantándose. -El invierno parece que entra. 

    -Claro. -Federico también se puso de pie- Oye, no me he enterado. ¿Cómo ha quedado la cosa con esta nueva amiga tuya? ¿Vais a volver a veros? Estaba en mi mundo…

    -¡Qué va, tío! ¿Tú has visto a esa choni? Qué tatuajes más feos. Solo me divertía.

    -Pues a mí me ha parecido guapa.

    -Sí que lo era, ¿verdad? Si hubiera querido, me la habría hecho. Pero me daba pereza.

    -Desde luego, Dios da pan a quien no tiene dientes. ¿No serás gay en realidad?

    Alejandro, lejos de ofenderse, rio de buena gana la broma de su amigo. Hacía años que se conocían y se decían barbaridades sin que la sangre nunca acabara de llegar al río.

    -En verdad estoy enamorado de ti, bribón. -dijo estirando la mano para cogerle el culo.

    -Puede que digas la verdad.

    15. Una radionovela

    -¿Y tú qué quieres?

    El edificio de Ràdio Sant Just se situaba encastado en una loma, en las postrimerías de una zona ajardinada cuyo cielo solía ser azul claro y las nubes tranquilas pasaban calladas sobre las cabezas de los cipreses. Habían estado por allí otras veces, generalmente al caer la tarde cuando todo el mundo se recogía. Era la primera vez que iban a aquel lugar, que a Federico le encantaba, por la mañana. Aunque siempre aparcaban justo en frente del edificio de la radio, su destino estaba un poco más arriba, subiendo la loma. En lo alto, justo encima del estudio encastado en el urbano cerro, se alzaba un edificio novecentista. Era una antigua casa de veraneo de dos pisos, sin contar las buhardillas. Tenía la planta cuadrada y torreones en cada extremo. Las ventanas eran amplias pero carecían de balcones, probablemente porque no los necesitaba, alrededor había suficiente campo y jardín y aire puro. Era una de esas viviendas que se hacía la gente rica a principios del siglo XX, por poco no le había pillado la moda modernista, así que las paredes eran de hormigón que, si bien era un material modernísimo para la época, en el siglo siguiente habría de resultar frío y anacrónico. Aquellas masías abundaban por todas partes, diseminadas por la geografía catalana. Normalmente, sus paredes interiores estaban llenas de pintadas como escupitajos y sus suelos llenos de cristales rotos, cuando no alguna jeringuilla. Pero no estaba así la de Sant Just. Aquel edificio conservaba su antiguo esplendor como un pino grueso al lado de una carretera, como un milagro que la especulación urbanística todavía había respetado. En aquel distrito había el dinero suficiente para restaurar las joyas arquitectónicas que daban señas de identidad a una población que hasta hacía pocas décadas sólo había sido campo, zonas altas donde los ricachones curaban sus pulmones con la brisa benigna del mar. Dentro del local las paredes conservaban su antiguo color verde botella y el olor a tiempos pasados de cuando Proust tomaba el té con magdalenas en casa de su vieja tía.

    -Una coca-cola y una mediana.

    -¿Voleu olives?

    -Sí, también. -Aquel día Federico se sentía dadivoso, con los testículos ligeros y la cabeza despejada como el azul cielo invernal que se alzaba sobre las torres que la casa levantaba sobre su terraza, como queriendo tocar el cielo con la punta de un dedo duro.

    Convertirse en bar había sido una buena manera de sobrevivir. Seguramente, el nombre que le habían puesto, Nou Ginestar, sería el apellido de los antiguos dueños. Quizá el ventrudo y perezoso camarero que lo regentaba sería el último descendiente de una familia que, con los años y venida a menos, había conservado el usufructo de ese edificio, antaño de su propiedad y hoy bajo concesión gracias a un conegut en el ayuntamiento. Mientras Federico esperaba a llevarse la comanda, miraba los carteles del local con el estilo revolucionario de la propaganda de la guerra civil, las pasadas mesas de hierro y cristal con sus sillas a juego, la máquina de tabaco y la tragaperras como convidados de piedra. Posaba su vista sobre todas las cosas como si fuera la primera vez que las veía, como si fuera la última vez que las habría de ver, con dulce melancolía.

    -Aquí tens, noi.

    -Gracias. ¿Qué te debo?

    Al posar su tarjeta sobre el datáfono sintió un repentino miedo que le frunció todas las partes del bajo vientre. Los segundos que transcurrieron desde que la maquinita leyó la tarjeta y se comunicaba con la entidad bancaria de Federico, fueron largos como si transcurrieran debajo del agua. Poco antes había comprobado que aún le quedaba algo de dinero en la cuenta pero ¿y si no lo había mirado bien? ¿y si se había equivocado? Aquellas preguntas lo asaltaban siempre que tenía que hacer un dispendio. No soportaba la idea de que la operación resultara denegada y tuviera que inventar una excusa: esta tarjeta no me funciona bien. Entonces el camarero lo miraría con cierta preocupación y condescendencia, quizá con desconfianza, mientras fingía ir a su mesa a por dinero suelto, cuando en verdad iría a decirle a Martina que no tenía el montante para pagar los refrescos que se había pedido, los cuales habían resultado más caros de lo esperado. Por suerte, el datáfono ronroneó y empezó a sacar el papelito del tique: Venta autorizada.

    Mientras volvía con las bebidas, las copas y el platito de las olivas en las manos, caminando el breve trayecto de la barra a la mesa a la sombra donde Martina se había sentado, se preguntaba si todo aquello era real, cuánto tardaría en despertarse. Los árboles, el edificio con los ojos verdes de sus contraventanas, los tejados que se veían al fondo y hasta el Edificio Walden que se adivinada abajo del todo, todas las cosas lo miraban como si Federico fuera una rata, de paso en un mundo que no le pertenecía.

    -Muchas gracias, guapo.

    -Para servirla, princesa. Este roedor siempre a cordial y a su servicio.

    -Brindo por este ratoncito. 

    -Salud.

    Entrechocaron sus copas y al tiempo del chin-chin, Federico se olvidó de todos sus problemas, como siempre solía sucederle cuando estaba cerca de Martina. El amor tenía ese poder: el de embrujar a las realidades más acuciantes. Uno podía estar muriéndose que, si lo hacía en brazos de la persona amada, la muerte era menos muerte. La ciudad se desplegaba a sus pies como si ellos dos fueran los amos de Barcelona y cercanías.

    -Me encanta este lugar.

    -Lo sé. Me encanta que te encante.

    Se besaron. Una brisa helada levantó unas hojas caídas y las arrastró por el suelo llevándoselas colina abajo. Pájaros invisibles cantaban afónicos bajo el sol matutino.

    Había sido su primera noche juntos y eso los hacía sentirse felices, más optimistas con el presente. Aquello significaba cierto compromiso y esta era una palabra difícil de encajar en los planes de ambos. Lo que había empezado en otoño siendo un juego sencillo se había ido complicando y en invierno parecía una madeja tan intrincada que solo podría deshacerse con un cuchillo. Cambiar, aunque a mejor, siempre era doloroso.

    -Martina, -su voz cambió como si una nube tapara el sol de repente. Ella se recolocó en la silla mientras él pronunciaba su nombre, sabiendo que aquella conversación que todavía no habían tenido, que ninguno de los dos había planeado, estaba próxima a producirse. -¿por qué lo dejaste con Roberto? ¿es que no supo satisfacerte? ¿es eso?

    -¿En qué sentido? -parecía sorprendida por la pregunta, como si no la esperara. Pero su expresión delataba que estaba completamente abierta a hablar sin tapujos ni prejuicios. Metió ambas manos en los bolsillos de su chaqueta de plumas beige y se acurrucó.

    -En qué va a ser. -Federico dio un trago a su cerveza, el frescor ayudó. -En el sexual.

    -No termino de entenderte, Ico. A veces hablas como en metáforas y no te explicas bien.

    -Siempre he pensado que Roberto no supo satisfacerte en la cama, que no conseguía hacerte correr, no sé. Quizá te ocurre lo mismo con tu pareja, que por cierto, no sé ni cómo se llama. ¿Cuál es su nombre? Me siento como una especie de pasatiempo.

    Martina rio con ganas mostrando una dentadura perfecta, unas encías sanas como una fresa. Su pelo se derramaba sobre sus hombros y su pecho, en ondas marrón oscuro.

    -No sé qué te hace tanta gracia. Estoy hablando en serio.

    -A veces me sorprendes, Ico. Eres capaz de salir con cualquier ocurrencia. ¿En qué piensa esa cabecita de chorlito? A veces me gustaría estar dentro de ti para saberlo.

    -No estoy seguro de que te gustara tanto. Además, no me has contestado la pregunta.

    -Roberto me satisfacía casi tanto como tú. Me lo pasaba muy bien con él en la cama, como me lo paso muy bien contigo. No estoy aquí sentada porque necesite sexo.

    Aquella revelación lo dejó roto en mil pedazos. La suposición más sólida que hasta entonces se había hecho, la razón que en su fuero interno había encontrado para que Martina pasara el tiempo con él se había derrumbado como un castillo de naipes. Federico se quedó con la boca semiabierta y una expresión bobalicona en los ojos. Tuvo el impulso de quedarse callado, de no seguir adelante por aquel terreno pantanoso que hasta entonces, hasta ese día, habían evitado por todos los medios. Pero hoy estaba dispuesto a llegar hasta el final, a saber la verdad de una vez por todas: saber qué eran.

    -Supongo que con tu novio que lo pasas igual de bien. -Federico se había ensombrecido completamente. El corazón golpeaba rítmicamente como un puño sobre una mesa, alimentando su desazón- La verdad es que no sé qué haces conmigo aquí sentada.

    -Pues me estoy tomando una coca-cola, intentando disfrutar la mañana que pareces dispuesto a estropear. ¿Se puede saber qué te pasa? Estás girado como un calcetín.

    Federico guardó silencio. Era mejor no añadir nada más si ella no quería hacerlo. Sentía unas ganas imperiosas de levantarse y salir corriendo, pero permaneció anclado a la silla de metal que lo sostenía sobre el suelo de tierra dura. Encendió un cigarro y respiró. Martina se aproximó, puso los brazos sobre la mesa, le agarró las manos nerviosas.

    -Mira, Ico. Contigo me lo paso muy bien en la cama. Me haces tocar el cielo a veces y yo te lo hago tocar a ti. Pero que me lo pase bien en la cama no es responsabilidad tuya, sino mía. También me lo pasaba muy bien con Roberto, y decirte otra cosa sería mentir. -dio un trago a su refresco. En sus ojos se reflejaban las nubes que pasaban serenas- El sexo no es tan importante como tú piensas. No estoy contigo solo porque quiera follar contigo, que también. Estoy contigo por cómo eres, cuando follamos y cuando no. Yo creo que deberíamos alegrarnos por eso. ¿O es que tú me quieres sólo para follar?

    -La verdad es que nunca lo he hecho con nadie como contigo. Pensaba que teníamos una conexión especial, no sé, algo que nos unía de una forma diferente. ¿Qué quieres? En cierta manera me decepciona que yo haya sido uno más en tu vida y no alguien especial, alguien que te haya hecho llegar al cielo. Disculpa que me haya enfadado…

    -El sexo es una cuestión de comunicación, Ico. Es verdad que con Roberto, sobre todo al principio, no encontrábamos la manera de satisfacernos. Pero poco a poco fuimos cogiendo confianza el uno con el otro y todo fue fluyendo. Al final se trata de decirnos qué es lo que nos gusta y que la otra persona esté dispuesta a escuchar. Si se hace así, cualquiera puede ser un gran amante. Porque no se trata de ser un machomán como tú te crees, sino de saber escuchar a tu pareja, y de intentar hacerlo lo mejor que puedas. 

    Federico fumaba en silencio y las nubes de su cigarrillo se fundían en el cielo despejado de aquella mañana diáfana. Lo que le había dicho Martina lo había pillado completamente desprevenido y le haría pensar mucho tiempo después de ese día.

    -Vaya, -dijo al fin, rompiendo el silencio de su sorpresa- hablas como una sexóloga.

    -¡Mi hermano es el sexólogo!

    Ahora fue Federico quien rio con ganas, expulsando de golpe el humo de sus pulmones, lo cual le hizo toser un par de veces. Martina era una verdadera caja de sorpresas, reía.

    -¿En serio? -Cuando ella le explicó que era cierto, añadió- No lo sabía, qué interesante.

    -Creo que te encantaría conocer a mi hermano, haríais buenas migas.

    Un silencio gris se apoderó de nuevo de la conversación cuando hubieron terminado las risas de ambos. Las bebidas se habían terminado y el camarero pronto los echaría. 

    -Hay muchas cosas que no sé de ti, Martina.

    Ella se encogió de hombros sin saber qué añadir. Él pensaba en su próxima pregunta.

    -¿Y tu novio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Sabe que yo existo? ¿Te acuestas con él?

    Ahora fue ella quien se ensombreció. Martina podía ser dura como un escorpión si se lo proponía, e igual de dolorosa. Su embrujo era un veneno al cual era difícil sobreponerse. Puso las manos sobre sus muslos abrigados, que la tela de sus pantalones protegía de los rigores del tiempo.

    -Aún no estoy preparada para hablar de ese tema contigo, Ico. No es el momento. Te pido paciencia, dentro de poco las cosas se resolverán, pero necesito más tiempo.

    -Tiempo para qué. -dijo él con hartazgo. No dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con Alejandro hacía un par de semanas en la calle Aribau, después de todo, tenía razón en su tesis: Martina, tarde o temprano, le daría una patada en el culo.

    -Voy a dejarlo.

    -Eso parece que me lo has dicho otras veces. Aunque es cierto que es la primera vez.

    -Es difícil. Son muchos años. Pero lo voy a hacer. Dame un poco más de tiempo.

    Se levantaron y mientras recogía sus pertenencias de la mesa, Martina lo abrazó muy fuerte, como si quisiera pedirle perdón por cómo habían resultado todo. Ninguno de los dos había planeado que las cosas salieran así, y no valía la pena buscar inocentes ni culpables.  Al amor le importaba poco quiénes eran los más nobles o los más viles, no seguía unas pautas establecidas y, a veces, no se ajustaba a la moral de lo correcto. Caminaron en silencio por la rampa, cerro abajo, pasando por delante de la puerta de la radio. Al estar frente al edificio encastado en el verdor de la montaña, Martina dijo:

    -Nuestra historia daría para una radionovela.

    16. La vida de los pobres

    El descanso duraba media hora y tenía lugar desde las once hasta la media. Federico solía salir disparado, sin mirar atrás, intentando no cruzarse con ningún compañero que lo animara a tomarse un café con los demás al bar adonde iban siempre. Prefería la soledad del cigarrillo en la plaza cercana al edificio de oficinas donde cada día desempeñaba la labor por la que le pagaban un sueldo miserable. Al principio, se había sentido muy afortunado de haber encontrado, por fin, a sus veintitantos años, un “trabajo de lo suyo”. Pero al recibir el sueldo por el cual se había estado formando años en la universidad, después de tantos sacrificios familiares y personales, sintió la sombra de una decepción grande, que luego habría de cernirse cuando tuviera que hacer frente a los gastos de vivir en una ciudad como Barcelona. Con sus mil doscientos euros no conseguía llegar a fin de mes sin tener que hacer malabarismos económicos, que implicaban reducir el gasto en tabaco, unos doscientos euros al mes, lo cual le resultaba del todo imposible. Antes dejo de comer que de fumar, se decía, y de hecho lo cumplía.

    Tenía hambre pero el humo del cigarrillo conseguía engañar al estómago mágicamente. Cuando el primero estuvo terminado, encendió otro antes de que la colilla del anterior cayera al suelo y tomó asiento en uno de los bancos de la plaza-parque donde jugaban muchos niños inmigrantes en vez de estar disfrutando, o padeciendo, las horas de recreo en el colegio. Seguramente serían niños sin papeles, ajenos a sus propios problemas, disfrutando del sol matutino y de las instalaciones municipales para sus juegos y carreras. Federico los miraba sin poder recordar su infancia, sin paraíso perdido.

    Pensaba en Martina, como hacía siempre. Esta vez no había querido mirar el teléfono por si encontraba un mensaje de ella que tendría que responder en el mismo momento. Sabiéndolo, había decidido dejar el teléfono en el bolsillo y disfrutar de su descanso laboral sin tener que prestar atención al uso de las palabras cariñosas y los emojis. Hoy no tenía ganas de hablar con nadie, de hecho, sentía unas intempestivas ganas de llorar.

    Había sucedido por la mañana. Se levantó de la cama crujiente en su bajo del Carmelo después de haber apagado la alarma del teléfono varias veces. Ese día, como si una fuerza en su estómago lo supiera de antemano, no quería levantarse de la cama. Quédate durmiendo, di que estás enfermo, decía una voz dentro de su cabeza con el mismo timbre que la suya propia. No. Decidió no hacerse caso y poner un pie desnudo sobre el frío de la baldosa polvorienta, buscando a tientas las zapatillas que se calzó sin mirar. Ya iba bastante tarde y tuvo que ir deprisa: ducharse, desayunar un café y para el metro. Al activar el interruptor de la luz no hubo la respuesta esperada y la bombilla que colgaba de un mísero cable del techo se quedó completamente apagada, como estaba. Otra vez la maldita electricidad daba problemas. Fernando, el tío de Roberto, había venido hacía unos días a comprobar otra vez la avería, que era bastante recurrente. Atribuía el corte a un tema de humedades que implicaba a la pobre conservación del edificio y a los malditos vecinos, hijos de perra, según sus palabras, que no pagaban la comunidad. Las intervenciones de Fernando conseguían que la luz funcionara de nuevo, pero su estabilidad pendía de un hilo. Ese día no había tiempo para toquetear la caja de fusibles, es decir, se duchó a oscuras lo mejor que pudo y salió del edificio sin nada en el cuerpo. Ni siquiera había tenido tiempo para comprar un café por el camino y, a pesar de todo, un retraso en la vía provocó que llegara diez minutos tarde, cosa que lo hacía sentirse más culpable que si hubiera matado a alguien. Había tenido reunión con el responsable, un hombre ventrudo que debía rondar la cincuentena, que vestía siempre una camisa a cuadros, adquirida donde esa clase de viejos solía ir a comprar la ropa, y unos zapatos de cuero, casi tan gastados como su cinturón. Lo llamaban el Mussol, por unas extrañas lentes progresivas que le hacían los ojos marrones desproporcionadamente más grandes.

    El Mussol se tocó la calva gris y grasienta: –Hem decidit fer alguns canvis en la teva secció. Cambios, aseguró, que mejorarían el rendimiento de mi labor en la empresa.

    A diferencia de otros puestos donde el personal trabajaba de pie, Federico ya había aprendido una lección importante del mundo de los despachos: las broncas nunca lo parecían. Todas las decisiones, incluso las más crueles, se tomaban con un aire de cordialidad. Nadie lo iba a avisar si se estaba equivocando o si no hacía bien el trabajo, una mirada de reproche, un cambio en el horario, una modificación en el organigrama, le haría saber que no estaban contentos con él y que su puesto peligraba. Había cola para trabajar en aquella posición y, si no funcionaba, nadie pestañaría para echarlo a la calle. Aquella situación, sumada a la poca conexión que sentía por sus compañeros, gente que no pensaba en otra cosa que en correr en la rueda para ratones que constituía su rutina, lo hacía sentirse completamente alienado, con una insoportable pesadez en las tripas. Eso no le había pasado en otros trabajos más humildes, por los que había cobrado unos doscientos euros menos, pero que lo habían hecho reírse y trabajar con entusiasmo. Se había divertido más siendo camarero bajo el sol del verano que en aquella oficina con calefacción central en invierno. Muchas veces Federico suspiraba y miraba por la ventana hacia el muro gris del edificio de enfrente que, implacable, no dejaba ver ni siquiera un triángulo de cielo azul. ¿En realidad quería dedicarse a eso toda la vida?

    Frustrado, buscando el consuelo que no conseguía darle el trozo de cemento que abarcaba Virrey Amat, cogió su teléfono móvil para apartarse unos minutos de la fealdad y la grisura de las formas que lo rodeaban. La sorpresa fue tanta que el cigarrillo se le cayó de las manos al suelo. Rápidamente lo recuperó, mientras comprobaba que, estando el silencio, no había oído ni las llamadas ni los mensajes recibidos. Sin entender todavía muy bien lo que aquello significaba, abrió con dedos nerviosos el correo que había llegado a su cuenta personal, leyendo dos y tres veces las palabras virtuales.

    Se sintió tan desbordado por las emociones que se puso de pie. Caminó sin rumbo hacia los niños, que lo miraron, luego hacia una tienda, donde no entró, luego se puso junto al banco donde estaba sin volverse a sentar. Lo habían admitido en el programa público para el que había aplicado seis meses atrás, sin mucho convencimiento. Se trataba de una posición de interino en la administración estatal, como sustituto. Tenía de tiempo para aceptar el puesto hasta las 12:30 de ese día y ya eran las 11:20. El corazón se encabritaba debajo de la tetilla izquierda, y parecía querer saltarle por la boca y salir corriendo. Tenía el teléfono a reventar de llamadas telefónicas que se habían producido a lo largo de aquella mañana. Aquello constituía un giro total de los acontecimientos que habían constituido su rutina todos esos meses. Significaba un cambio tan grande que no era capaz de hacerse a la idea. Sin mucho tiempo para pensar, llamó por teléfono al número que casi consigue fundirle la batería del móvil. Una voz femenina respondió al primer toque, una voz que lo cambiaría todo de ahora en adelante sin él saberlo aún.

    -Hola, buenos días. Tengo algunas llamadas suyas. Soy Federico Ro…

    -¡Sí! Federico. Te hemos estado llamando. Iré al grano porque no tengo mucho tiempo.

    -Se lo agradezco, yo tampoco.

    -Trátame de tú. Necesito que mañana a las 9h de la mañana te presentes aquí, supongo que te ha llegado la dirección al correo electrónico. ¿La has visto? Pues cuando estés…

    -Un momento, disculpe. Perdona, disculpa. Resulta que ahora mismo estoy trabajando, de lo mismo, para una empresa privada. El caso es que, si acepto, creo, necesito avisar al responsable de personal con quince días de antelación, me dijeron, creo recordar.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea y se oyó el crepitar de la comunicación que se efectuaba a un centenar de quilómetros de distancia, en la otra punta de la comunidad. La voz suspiró un momento, parecía valorar la situación, y luego continuó comprensiva.

    -Sabes, te entiendo, pero es que esto no funciona así. Cuando te designan, tienes un plazo para aceptar y si no lo haces te vas al final de la lista. Además, necesito que mañana estés aquí para darte de alta, puedo esperar a que vengas a última hora de la mañana si lo necesitas, no te preocupes por eso, pero si no vienes te caes de la lista.

    Caerse de la lista significaba no conseguir otra llamada similar en dos o tres años, tiempo más que suficiente como para arrepentirse de no haber aceptado la oportunidad. El problema era que cuando se había apuntado a la lista, hacía un par de años, lo hizo sin esperar nada al corto plazo y terminó olvidándose de aquellos exámenes de ingreso. Entonces había pensado que decidiría qué hacer el día que lo llamaran, y ese día había llegado. Además, la posición a cubrir era en su ciudad natal, donde en su día se inscribió. Aceptar significaba abandonar sus proyectos en Barcelona y empezar de cero. 

    -¿Ni siquiera puedo ir pasado mañana? Hoy es martes. Quizá el jueves o el viernes pueda tenerlo todo solucionado. Vivo en Barcelona y tendría que desplazarme hasta allí.

    A Federico le sudaban las manos y sentía la pantalla del móvil impregnada de la grasa de su rostro que sudaba copiosamente a pesar de que el invierno y el frío eran uno.

    -Mira, lo siento, pero no puedo decirte más. Entiendo tu situación pero tengo las manos atadas. Esto funciona así. No te preocupes por la ley. Nosotros somos la administración.

    -Bueno…

    -¿Te espero mañana entonces? No tengas prisa por llegar a primera hora. Estaré en mi despacho hasta las 14h. Tienes tiempo hasta entonces para solucionar lo que puedas.

    -Sí. -dijo dubitativo- Allí estaré.

    -Bien. Recibirás toda la información por el correo, consúltala para ponerte al día.

    -Claro.

    -Me llamo Marta Bermejo. Pregunta por mí cuando llegues y me darán el aviso.

    -Gracias.

    -No hay de qué. Enhorabuena por el puesto. Creo que tendremos suerte contigo.

    -Eso espero. Muchas gracias. Un saludo. Adiós.

    -Adeu.

    Miró el reloj y eran las 11:35 pasadas.

    Al terminar la conversación aún estaba temblando. Necesitaba un cigarrillo como un vaso de agua en el desierto, pero no había tiempo. Tenía que correr para llegar de Virrey Amat hasta el edificio donde trabajaba, que estaba a unos cinco minutos andando. Justo antes de llegar a la puerta, se detuvo en seco. Qué más daba, pensó. El destino le daba la oportunidad de dar carpetazo a un puesto que odiaba, donde tenía que trabajar muchas horas extra y le pagaban lo mínimo. Sentía como el nudo de su estómago se deshacía y en su lugar aparecían mariposas subiéndole hasta la garganta. Una felicidad indecible lo envolvía como una brisa cálida e inesperada en mitad de una húmeda ciudad invernal.

    Decidió fumarse un cigarrillo en la puerta, con absolutamente toda la parsimonia del mundo. Por el rabillo del ojo vio pasar a su jefe, el señor Puigdelclós, a quien todos conocían como el Mussol, un par de veces por delante de la puerta de la entrada, sin atreverse a salir a llamarle la atención diciéndole que había llegado tarde de nuevo. Federico fumaba tranquilamente pensando en Martina y en el futuro que a ambos les deparaba, ahora que todo indicaba que pasaría una buena temporada lejos de Barcelona y sólo podría venir los fines de semana. Seguramente ella entendería la situación y se alegraría por él. Seguro que intuía que estaba sufriendo verdaderas penalidades económicas y aquella oportunidad sólo se presentaba una vez en la vida de los pobres.

    17. Elige el corazón

    El restaurante chino estaba en una calle sin salida, muy cerca de la carretera Real por donde pasaba el tranvía de Sant Just cada diez minutos los días laborables. Federico recordaba la primera vez que comió allí, cuando probó el “pato laqueado”. En sus veintitantos años de existencia sus padres nunca lo habían llevado a comer semejante manjar, probablemente habrían escupido encima del mantel blanco con ribetes dorados, al ver el cuerpecillo de las aves colgado de ganchos en una simbiosis entre la matanza de Texas y un asador de pollos. El sitio le resultaba de lo más elegante, con su pecera en la entrada, donde nadaban sin descanso peces de ciudad que no intuían la muerte próxima que podía esperarles en cada ida y venida de los camareros que, amabilísimamente, hicieron sentar a la pareja en una de las mensas de la izquierda. Era un sitio amplio, con dos comedores inmensos, pero a ellos les había tocado en suerte una mesa en el principal, dado que habían llegado temprano, con hambre postcoital.

    -Tienes que probarlo, Ico.

    -No sé, Martina… No sé si me va a gustar.

    -¿Acaso no te ha gustado todo lo que hemos hecho hoy? Sé que te va a encantar.

    -Lo de hoy me ha encantado, nunca lo había hecho. Pero es algo muy diferente a…

    -Si no lo pruebas no lo sabes. -Martina sonreía feliz como una niña- Anda, tonto.

    -Bueno, siempre acabo haciéndote caso en todo, así que me pongo en tus manos.

    Sus manos se tocaban por encima de la mesa. Martina pellizcaba los dedos de Federico con la punta de los suyos, los apretaba y los soltaba suavemente, y la sangre acudía a las partes donde ella le tocaba y a otras partes del cuerpo, enrojeciéndole la piel escocida. Su colgante penduleaba bajo su cuello largo y delgado mientras se aproximaba.

    -Me ha gustado mucho cómo hemos follado hoy. Estamos encontrando nuestro ritmo.

    Federico se ruborizó. No estaba acostumbrado al lenguaje claro de ella. -Me alegro.

    -Cuando acabemos de comer quiero que follemos otra vez. Te llevaré en coche a un…

    La camarera, una china de una edad indeterminada, se acercó a tomarles nota. Martina pidió toda la comanda sin preguntarle a Federico qué quería. Él, lejos de molestarse, la dejaba hacer. Estaba en su territorio y en él ella era la reina. Le gustaba mandar y sabía hacerlo. La china apuntaba todo lo que ella pedía y Federico sólo la miraba arrobado.

    -¿Pala bebel?

    -Yo una coca-cola y para él una cerveza.

    -Meliana.

    Martina lo miró dubitativa. -Sí. -Respondió Federico. La camarera se fue a paso ligero.

    -Cómo necesito un trago de cerveza. -Pensaba dentro de su coche, aparcado justo en frente del Restaurante Nou Món Feliz, donde esperaba que de un momento a otro llegara el coche gris de Martina. Era mejor encontrarse allí, en un lugar discreto.

    Trajeron las bebidas y otro camarero, experto en ese delicado fin, trajo un carrito. Dentro de una campana plateada sobre una bandeja del mismo color, apareció un rollizo pato, completamente asado, desde el cuello hasta el corvejón, reposando sobre la superficie fría. El experimentado trabajador, como había visto hacer en las películas, comenzó a trinchar el animal despacio. Primero separó las partes inservibles. Luego introdujo un larguísimo tenedor de dos puntas afiladas en la mitad del cuerpecillo del ave. Finalmente, poco a poco, fue cortando finas lonchas de la pechuga del animal y depositándolas sobre un plato llano y muy amplio con una floritura de lechuga en medio. Federico observaba la operación con feliz asombro cateto. Martina sonreía.

    Al marcharse, dejaron sobre la mesa una vaporera que contenía finísimas hojas de pasta de arroz. Martina tomó una de ellas y le enseño cómo tenía que hacer el rollito con el pato y la verdura y dónde tenía que mojarlo todo antes de llevárselo a la boca húmeda.

    El coche de ella se aparcó justo al lado. Como era un martes por la noche no había demasiada gente en el lugar y el restaurante, desde afuera, parecía completamente vacío. De coche a coche, se miraron a través de las ventanillas. Dentro de su vehículo ella le preguntó moviendo los labios si quería que bajara y se montara en su furgo. Él le hizo que sí con la cabeza. Federico sintió que ya había vivido aquella escena antes, pero no sabía dónde. Una ola de tristeza lo invadió repentinamente, como un jarro de agua fría. Martina se bajó del coche y la perdió de vista. Al verla abrir la puerta de su furgoneta vio que iba vestida con una simple chaqueta ajustada, tejanos y zapatillas. Llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo. Era una chica presumida, le gustaba arreglarse para salir a cualquier recado. La noticia de su llegada la había pillado de sopetón y se había puesto lo primero que encontró en el montón de ropa que habría sobre su cama. De todas formas, estaba preciosa aquella última noche en que la vio.

    -Bueno, ¿qué te parece?

    Federico lo pensó un momento, masticando con desconfianza primero y luego añadió:

    -La verdad es que este “pato laqueado” está muy bueno.

    -¿Se puede saber qué te pasa, Ico? Llevas todo el día rarísimo y casi no me contestas.

    -Sí te he contestado, Martina. Si no lo hubiera hecho, no estaríamos sentados aquí, ¿no?

    Federico sonrió divertido pero ella no estaba para bromas. La expresión seria de su rostro bajo el reflejo amarillo de la luz amarilla de la cabina y los brazos cruzados sobre su pecho generoso delataban que estaba enfadada, con ganas de soltarle un guantazo.

    -No tengo mucho tiempo, Ico. Mis padres se estarán preguntando por qué he salido…

    -Yo tampoco. Intentaré ir al grano. -respiró hondo. Sentía el pulso percutiendo como un martillo justo debajo de la nuez, donde las palabras no terminaban de salir- Me marcho de Barcelona, Martina. Me han ofrecido un puesto muy cerca de casa, de casa de mis padres, me marcho esta misma noche. Tengo las maletas dentro del maletero y salgo ya.

    -¿Cómo?

    Martina lo miró con la boca abierta. Pronto, vio palidecer levemente su rostro y anegarse los ojos de repentinas y traidoras lágrimas de dolor. No se lo creía.

    -No es nada malo, Martina. En verdad, he tenido mucha suerte. Es una buena posición, una gran oportunidad. Hace unos dos años hice las pruebas y presenté todo el papeleo, me dijeron que ya me dirían algo y hasta hoy me olvidé completamente del tema. La verdad es que no esperaba que me llamaran nunca y, si lo hacían, fuera dentro de mucho, mucho tiempo. En fin, he esperado mucho para tener una oportunidad así.

    -Pero tú ya tienes un trabajo, Ico. -Su voz sonaba débil, sostenida por apenas cuatro hilos finísimos a punto de romperse y caer las sílabas como cristales al hondo silencio.

    -Odio mi trabajo, Martina, ya lo sabes. Hoy mismo han amenazado con despedirme. Al parecer mi rendimiento no está siendo el esperado y no me estoy adaptando bien a la…

    -Pero…

    -…empresa. Además, en lo público me pagarán mucho más, prácticamente el doble. Ha sido de un día para el otro, si renunciaba me quedaría por años sin otra oportunidad así. Parece ser que si no aceptas te vas al final de la lista, o incluso pueden llegar a sacarte.

    -…, ¿qué pasará con nosotros?

    -¿Con nosotros?

    Federico se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir. Las palabras intentaban trepar hacia la lengua, pero no lo conseguían, caían irremediablemente por un pozo.

    -Pide la cuenta y nos vamos. Quiero enseñarte otro sitio.

    -¿No nos tomamos el postre?

    -El postre te lo daré yo.

    Salieron del restaurante bajo el sol del mediodía, cogidos de la mano, sin temor a las miradas indiscretas. Se subieron a la furgoneta de Federico y emprendieron la marcha siguiendo las indicaciones de Martina. Al salir de la calle sin salida, torcieron hacia la derecha, dejando el Edificio Walden atrás como un termitero mastodóntico junto a la rectísima carretera. Poco a poco los edificios fueron desapareciendo, dejando en su lugar los incontables chalés que moteaban el suelo de Sant Just Desvern. Mientras Martina hablaba de temas intrascendentes, los árboles iban ganándole terreno a las casas detrás de las ventanillas del vehículo, que avanzaba despacio y sin prisa por una cuesta. Llegados a un punto, hizo una señal con su mano y tomaron un camino de tierra.

    -Espero que no me hayas traído hasta aquí para matarme. -dijo él en broma.

    -Me matas, Ico. Me estás matando. -dijo ella poniéndose las manos sobre la cara.

    -¿Por qué? -hacía calor y decidió abrir un poco la ventanilla. Intentó agarrarle una mano pero ella la apartó. Quizá les vendría bien dar un paseo pero no la zona era inhóspita.

    -De verdad, pareces tonto. -contestó riéndose. Por un costado del labio sacó la punta de su lengua y se la mordió. Sus ojos irradiaban un fuego lujurioso por las negras pupilas. -Párate aquí. -dijo señalando un pino al lado del camino que daba una agradable sombra.

    Salió del coche y se subió corriendo a la parte trasera. Divertida, se bajó el vestido y se quitó el sujetador, dejando libres sus pechos pero no sus piernas, que seguían con ropa. Federico entendió que quería que la siguiera y se fue detrás con ella. Sus manos recibieron la piel desnuda de ella como hogazas de pan caliente y se besaron fuerte. Las manos de Martina empezaron a deshacer el cinturón de él por debajo de la camisa rosa.

    -No te entiendo. ¿Por qué me dices que soy tonto? Para mí tiene toda la lógica del…

    -¿Tan poco te importa lo nuestro?

    Federico encendió un cigarro intentando pensar las cosas con la cabeza fría. Se sentía también herido y a la defensiva. Fruncía el ceño y fumaba como un enano enfadado.

    -¿Se puede saber qué es lo nuestro, Martina? Me gustaría que me respondieras a esa pregunta, aunque solo fuera una vez. -Una lágrima cayó sobre el asiento- Perdona, no quería decir eso. Supongo que estoy bastante nervioso. Ha sido todo muy repentino.

    -Bájate los pantalones.

    -¿Cómo dices?

    -¡Que te los bajes!

    Federico obedeció y ella lo agarró con fuerza. Empezó a mover su mano derecha rítmicamente con un tempo alegre y decidido. Con la otra le acariciaba por debajo de los testículos, donde su escroto se unía con el perineo, con suavidad, pero a la vez segura.

    -Avísame si viene alguien. -dijo mientras comenzaba a aproximar los labios a su glande.

    -Vale.

    -Ico, yo creía que teníamos algo importante. Estoy a punto de dejarlo con mi novio. Hace como dos semanas que no lo veo. Quería contártelo hoy pero te he visto muy raro durante todo el día. Ahora me encajan todas las piezas. -Se atusó el pelo, más tranquila- Me ha pillado por sorpresa y no entiendo nada. -pensó un momento- Será mejor que vuelva a casa, mis padres se estarán preguntando dónde he ido tan tarde por la noche.

    -Hablas como si lo estuviéramos dejando. Yo no pensaba eso. Puedo venir a verte los fines de semana. No estamos tan lejos. Además, tendré más dinero para llevarte a sitios más chulos. ¿Te acuerdas aquella vez cuando fuimos a aquel bar de copas del Tibidabo?

    Martina lo miró con tristeza y una decepción muy honda, capaz de romper en añicos el corazón más duro. Federico tragó saliva esperando una respuesta, intentando sonreír.

    -Pero no será lo mismo. No estarás aquí. En Barcelona.

    Justo en el momento en que la punta de su lengua acariciaba el cuello, las manos de Federico apartaron suavemente la cabeza de Martina con repentina zozobra y sorpresa.

    -La poli, Martina. Se han parado ahí.

    Ella se levantó y también vio el vehículo estacionado a unos pocos metros. -Mierda.

    La pareja de agentes se bajó del vehículo con decisión, casi no le dieron tiempo a colocarse la ropa cuando un rostro gordo y sudoroso, de fríos ojos azules, los miraba por la ventanilla, haciéndoles señas para que salieran del coche. Serán hijos de mala madre. 

    -Estaba pensando en la primera vez que vinimos a comer aquí. Luego hemos venido muchas veces más. Te encantaba el pato laqueado. Dijiste que lo podrías comer cada día. -Por primera vez en todo aquel rato, ella sonrió. -Luego nos pasó lo de los polis.

    -Sí, qué hijos de mala madre. Me dejaron con la miel en tus labios. ¿Te acuerdas?

    Ambos rieron un momento. Luego se miraron a los ojos como dos buenos amigos.

    -Lo hemos pasado bien, ¿no te parece? Ha sido divertido. -La melancolía volvió.

    -Aún podemos pasarlo bien, Martina. Que me vaya no cambia nada. Hay relaciones que se aman en la distancia, si es que lo nuestro es una verdadera relación después de todo.

    -Supongo que sí, que las hay. Pero yo soy esta ciudad, mi casa es Barcelona, y nunca me marcharé de aquí. -Oteó por la ventana como si estuvieran en la terraza del Mirablau. -Esta es mi ciudad y no la cambiaría por nada, Federico. Con ella está mi corazón.

    -Barcelona es maravillosa, sí. Ojalá se pudiera vivir aquí. Supongo que nosotros no elegimos las cosas que nos pasan en la vida, dependen del azar, o del destino, o de Dios.

    -Me tengo que ir. -dijo abriendo la puerta del coche- Y tú también, tienes un largo camino y es tarde. -salió por completo del vehículo sin darle un beso- Avísame cuando llegues a casa, me quedaré más tranquila. -cerró la puerta y se apoyó en la ventana. -Ya me irás contando cómo te va la adaptación al nuevo empleo y todo lo demás. -sonrió.

    Con el cuerpo hormigonado, completamente paralizado sobre el asiento del conductor, Federico la miraba con ojos tristes casi sin poder contener una repentina lágrima helada. Entendiendo por fin lo que aquello significaba, giró la llave y encendió el coche.

    -Claro, Martina, te escribiré en cuanto llegue a casa. Ten cuidado tú también a la vuelta. Nos veremos pronto, ya verás. No dejaré de escribirte nunca, aunque no me respondas.

    Ambos rieron una última vez. Federico miró su fina silueta de bailarina recortada por la luz azul fosforescente del gran cartel iluminado del restaurante chino Nou Mon Feliz.

    -Adiós, Ico.

    -Hasta pronto, princesa.

    No emprendió la marcha hasta que el coche de Martina se hubo perdido en dirección a la carretera que pasaba por el lado del edificio Walden. Federico giró hacia la izquierda en dirección a la autopista que habría de llevarlo hacia el sur, donde había empezado su historia. Mientras conducía a ochenta quilómetros por hora en una ancha carretera completamente desierta, dos lágrimas al galope cayeron sobre la pernera de su pantalón. Con el dorso de una mano se limpió una mejilla y luego la otra. Encendió la radio sin poder escuchar la música rock que emitían los altavoces de su vieja furgoneta blanca. Se sonó los mocos con un papel acartonado que encontró por la guantera izquierda.

    Menudo giro había dado todo en unas horas. La vida podía cambiar en unos instantes de forma complemente inesperada y era necesario decidir qué camino tomar. Si la historia con Martina fuera una novela, bien podría ser este el final, pero era la vida y en la vida nunca nadie sabía a ciencia cierta cuál era el final o el principio de las cosas. Pensó en sus amigos, en la primera noche que se conocieron Martina y él, en la sonrisa sardónica de Rosario cuando, fumando parados en el parquin de tierra, aquella vez en que la mirada de Martina prometía futuros encuentros de amor, le dijo aquello de: ¡Tú estás loco! Su amigo tenía toda la razón. Estaba completamente chalado: lloraba feliz.

    Porque las mejores decisiones de la vida nunca se toman con la razón, la moral o la cabeza. Martina tenía novio desde hacía muchos años pero decidió tener una aventura con Federico, la cual había hecho que se olvidara casi por completo de un amor roto.

    La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala.

    Y siempre elige el corazón.    

    18. La pequeña muerte

    Cuando llegó con su coche, ella ya estaba allí, de pie entre el tráfico y la gente que caminaba en todas direcciones como si tuviera prisa. El lento avanzar de los vehículos hizo que pudiera mirarla sin que ella supiera que él la observaba. Llevaba el pelo suelto y liso, como a él más le gustaba. Un diminuto colgante centelleaba en su cuello desnudo bajo el sol del mediodía. Se había puesto el vestido de flores diminutas que a él más le gustaba, el cual se aguantaba sobre sus hombros con dos estrechísimas cintas blancas y se desplegaba por su cuerpo hasta la mitad del muslo, dejando ver sus delicadas piernas. En los pies llevaba unas chanclas también blancas, a juego con el vestido, que dejaban ver sus uñas pintadas meticulosamente. En el tobillo, lucía una cadena brillante que la hacía parecer una bella princesa amazona en la selva de cemento. Martina lo vio a él.

    -Hola. -dijo tímidamente, al subirse al coche. Federico arrancó la marcha, sin besarla.

    Había pasado un tiempo desde la última vez que se vieron, quizá aquel era el lapso más grande que habían estado sin verse desde la primera vez. Nervioso, intentando que no se le notara, Federico conducía su furgoneta esquivando las dichosas motos que lo adelantaban temerariamente a izquierda y derecha. De soslayo, la miraba. Las manos de Martina reposaban sobre su regazo y jugueteaban entre ellas. El vuelo de su falda se había subido aún más y dejaba ver la parte más tierna y blanca de sus piernas, que llevaba cruzadas. Su trasero estaba en contacto con la humilde tela del asiento, objeto bendecido por la suerte de servir para tan agradable propósito. Sin decir todavía nada, una mano liberó el volante y se posó sobre una de las piernas desnudas. Rápidamente, las manos de ella apresaron la de Federico y la abrazaron con fuerza. En esos juegos, él comenzó a acariciar el muslo de ella desde la rodilla hasta donde la falda se terminaba, y en ese sube y baja, la tela se iba retirando cada vez más. Martina no decía nada y se limitaba a mirar por la ventana, prestando atención a la ruta que ella estaba indicando. 

    La calle era larga, con semáforos en cada uno de los rectilíneos cruces que asaetaban la ciudad, así que tocar a Martina era una actividad bastante segura. Recordaba que la última vez que se vieron se habían enfadado el uno con el otro, pero había olvidado completamente el motivo de la pelea. En el mundo sólo existía aquella larga calle y el tacto caliente de la piel de Martina, que se iba encendiendo cada vez que su mano se aproximaba al punto donde se unían ambas piernas, que ahora llevaba abiertas, dejando entrever el hueco entre ellas, una posición más cómoda que parecía aliviar el sofoco que cada vez se tornaba más dulcemente insoportable. Ella tragó saliva y levantó un brazo.

    -Por la derecha. -pronunció con un hilo de voz. Federico, sin hablar, le hizo caso.

    Entraron en otra calle más larga. El hecho de que tuviera que apartar su mano de la piel de ella para atender el cambio de marchas, había provocado un leve enfriamiento. Federico aprovechó la ocasión para encender un último cigarrillo, Martina le había informado que allá donde iban no se podía fumar, así que debía aprovechar mientras aún tuviera tiempo. Seguía mirando por la ventana, pensando en sus cosas. Aunque su piel se encendiera por su contacto, no se había olvidado en ningún momento del motivo que había provocado su enfado, y parecía obstinada en el asunto, dándole vueltas. Federico reparó por primera vez en la bolsa de papel, con una marca de ropa en el dorso, que llevaba a los pies. ¿Papel regalo dentro? La visión de sus rodillas desnudas lo distrajo.

    -A la izquierda.

    Al cabo de un rato conduciendo en silencio, justo cuando la radio terminó una canción, antes de empezar con la otra, el rumor del tráfico se colaba por la ventanilla abierta de Federico como el ruido del olejae. Martina lo miró con reproche, con ganas de pelea.

    -¿Es que no vas a decir nada en todo el día?

    Federico apartó los ojos de la lenta carretera y la miró. Estaba realmente preciosa bajo el caliente sol del mediodía barcelonés. Su colgante se había pegado a su pecho por la humedad y, un poco más abajo, se dejaba ver la parte de su escote donde se dividía. Se limitó a sonreír de oreja a oreja, sin poder pronunciar ninguna palabra por el arrobamiento y por tener toda la sangre coagulada en el mismo punto, haciendo imposible la dicción. Justo cuando abrió la boca para contestar ella se tensó.

    -¡A la derecha!

    De un volantazo, el coche se situó en la calle correcta, abandonando la avenida de tres carriles por donde hasta entonces había circulado. Las calles se iban volviendo cada vez más estrechas e íntimas, lo cual hizo que ambos prestaran más atención a la vía.

    -Es por aquí. Ya estamos muy cerca.

    Avanzaron por un callejón que parecía sin salida. Los edificios eran anodinos a cada lado, sin tiendas ni cartelería, simples bloques de viviendas residenciales de clase media-baja. Ahora una habitación en una de aquellas casas costaba una pasta porque Barcelona se había puesto de moda y en la ciudad no había sitio para todas las almas.

    -Entra ahí.

    Martina señaló la puerta de un aparcamiento, encastada en un edificio marrón de rebozado noventero, ese que absorbía la humedad de las calles y dejaba, al cabo de los pocos años, una injusta sensación de suciedad. Los dinteles y la jamba de la puerta estaban revestidos de un fino metal negro. A la derecha, quedaba el nombre del establecimiento: La França Xica, en tipografía inglesa, con letras blancas en relieve sobre un fondo del mismo color. Había que fijarse muy bien para detectar la señales de que aquel era el sitio a donde se dirigían, escondido como estaba en una calle que parecía dar la espalda al mundo. Federico introdujo el coche por donde ella le indicaba. Les salió al paso un recepcionista que les indicó con la mano que se detuvieran. Después de comprobar la reserva con Martina, el tipo alto y espigado, con una expresión borrosa, como las que tenían los empleados de un tanatorio, les indicó que debían bajarse del coche, y que alguien del personal lo aparcaría por Federico.

    Era la primera vez que dejaba las llaves de su vehículo a un trabajador que no fuera su mecánico. La cosa le pareció extraña, pero todo se había producido con tanta celeridad y sentía su lengua tan acartonada que no se le ocurrió la posibilidad de objetar nada. Otro trabajador, que salió de detrás de una puerta negra, se encargó con eficiencia de hacer desaparecer su vehículo a través de otra puerta de parquin, dentro de la propiedad. El sitio tenía dos puertas y la recepción de los vehículos y de los clientes se hacía de uno en uno. Federico nunca había estado en un sitio como aquel, como si todo fuera ilegal.

    -Acompáñenme, por favor. -dijo el tipo alto de expresión mortuoria. Con agilidad, abrió la gruesa puerta negra por donde había salido el aparcacoches y los invitó a pasar por un pasillo de suelo ajedrezado, donde no se cruzaron con absolutamente nadie. Al final del corto recorrido se alzaba la puerta del ascensor. De la derecha apareció el botones. Se trataba más bien de un tipo de seguridad, pero disfrazado con un traje oscuro que le quedaba muy estrecho en algunas partes de su anatomía, en los brazos sobre todo, y demasiado ancho en otras, por ejemplo en la cintura. Llevaba las manos cruzadas sobre el paquete y una mirada vacía. Los hizo pasar con educación dentro del ascensor cuando este se abrió. El tipo se limitaba a mirar en frente. Ni siquiera le echó la acostumbrada mirada que le lanzaban los hombres de su edad a una chica joven y apetecible como ella. Solo cumplía con su trabajo y era difícil verle los ojos, fijos en las puertas cerradas.

    Cuando estas se abrieron, avanzaron a paso ligero por un pasillo moqueteado. Las luces cenitales eran muy tenues y los ojos necesitaban acostumbrarse a la oscuridad para ver. Llegaron a una puerta sin número visible y el segurata abrió con una tarjeta que se quedó. El lector dio un pitido largo y con un chasquido se liberó el cerrojo. Antes de entrar en la habitación, el tipo se guardó la llave de donde la había sacado y mirando al hueco que las cabezas de Martina y Federico dejaban en el espacio, los instruyó.

    -Pueden hacer uso de la habitación todo el tiempo que quieran, pero una vez que la abandonen, no podrán volver a entrar sin hacer una nueva reserva. En el interior disponen de una nevera con bebidas frías. Cualquier consumición o desperfecto en la habitación deberá ser abonado. Antes de abandonar la habitación deben llamar a recepción descolgando el teléfono junto a la cama. Cualquier problema lo mismo.

    El tipo se quedó callado por si tenían alguna duda. Como ninguno de los dos dijo nada, a paso ligero y con movimientos eficientes, los hizo pasar y cerró la puerta con inusitada suavidad detrás de ellos. Sintieron sus pasos pesados alejarse con celeridad por el pasillo, posiblemente para atender a otra pareja de clientes que esperaran abajo.

    Martina dejó sus cosas, el bolso blanco con fina cadena metálica y el teléfono móvil, sobre una mesa. Federico paseaba su mirada por los objetos de aquel lugar que olía a lavanda de forma embriagadora, nublando un poco sus sentidos. La luz del lugar era incluso más tenue que en el pasillo, de colores violeta y amarillo en algunas zonas. En el centro había una ancha cama, como era esperable de un lugar así, pero lo que más le sorprendió fue la disposición de los espejos. Había uno tan ancho como la pared que se orientaba directamente hacia lecho para que fuera posible verse en él desde la cama.  Había otros dos a los costados de la cama desde donde empezaba el suelo hasta el techo.

    -Aquí se paga por horas. Aprovechemos el tiempo. Desnúdame.

    Martina y Federico se besaron por primera vez ese día. Mientras sus lenguas peleaban dentro de las bocas, parecía que se fraguaba una reconciliación, o por lo menos una tregua. Las manos de él y ella subían y bajaban buscando y deshaciendo los botones, liberando el cuerpo de sus ropajes que en el calor del frenesí resultaban incómodos, como si se volviera a la naturaleza salvaje de donde una vez se había salido y se recuperara la esencia de lo que en realidad eran: unos animales sin más posesión que el presente. Federico levantó el vestido de Martina desde la falda hasta los brazos, dejando ver su sujetador negro, desabrochado, que cayó al suelo. Ese día se había puesto unas finas bragas transparentes que dejaban ver desde fuera su impaciente sexo rasurado. Martina le había quitado la camisa y los pantalones, dejando ver un cuerpo delgado y casi lampiño. Cuando sus manos lo liberaron de los calzoncillos, sintió el alivio que debían sentir los pájaros cuando abandonan el nido y echan a volar a cielo abierto. Se tocaban de pie, desnudos como estaban, distanciados sin quererlo por la erección de Federico que se empeñaba en apartar el cuerpo desnudo de Martina, tocándolo como un dedo grande y firme, con la lujuria y el atrevimiento que le son característicos. Ella lo tomó de las manos y lo hizo plantarse en un lugar determinado de la habitación. El obedeció, así como estaba, con su miembro cimbreando como un mástil horizontal. Martina hincó las dos rodillas sobre el suelo cómodo de moqueta y lo observó desde abajo, a poca distancia de la parte más exterior de sí mismo, sonriendo divertida.

    -Mira al espejo. -dijo señalando con la mano que le quedaba libre. La otra lo había agarrado e iba tanteando, poco a poco, la dureza y la extensión de su miembro erecto. Federico se vio allí de pie, bajo la luz amarilla de la lámpara sobre la mesita de noche. El pelo largo de Martina se derramaba por su piel como una cascada de agua negra, dejando entrever la aureola de sus pezones y la piel blanca de sus pechos. Cerró los ojos, poniendo toda la concentración en lo que hacía, y empezó a succionarlo como si quisiera vaciarlo de toda la sangre que lo conformaba. El cuerpo de Federico se estremeció bajo aquella visión tan poderosa que nunca había visto en ninguna parte. A pesar de su erotismo, sintió que la escena era de una enorme belleza estética, como si la explicitud y el buen gusto pudieran estar acordes a un tiempo en la sintonía de la pasión. Para no venirse tan pronto, lo cual era muy difícil, buscó con la mirada un mueble de la habitación en el que concentrarse y no se dignó a tocarla por si el contacto de sus manos con el pelo de ella provocara el calambrazo definitivo que hiciera aquel paraíso de calor humano terminara muy pronto. Había en un rincón un taburete de plástico de forma ovalada como una gota de agua aplastada, de un material blanco que dejaba trasparentar una luz violeta que impregnaba las paredes cercanas del zaguán. Federico supuso que aquel objeto podía utilizarse para realizar toda suerte de posturas y, por su fácil movilidad, podía ponerse en cualquier punto de la habitación, incluso encima de la cama, jugando con el reflejo de los espejos, como un objeto extraño y fuera de lugar, capaz de dar alas al morbo y a la imaginación sin límite de los amantes.

    Prefirió dejar de pensar en el taburete y mirar al techo. Encima de su cabeza vio el único espejo que todavía no había descubierto. Primero se sorprendió de descubrirse bajo esa perspectiva, pero luego reparó en la visión de Martina, en cómo su cabeza iba y venía salvando una misma distancia todo el tiempo, cada vuelta más fuerte, cada ida más rápido. Todo en aquella habitación apelaba a los sentidos y al deseo. Era muy difícil abstraerse cuando uno estaba en aquel lugar. Decidió rendirse por fin. Colocó sus manos en el pelo de Martina y lo acarició. Quiso apartarla, prevenirla de que pronto terminaría, pero ella no lo hizo. Siguió diligente, con los ojos cerrados, respirando muy fuerte por el esfuerzo, provocándole un placer indecible, insoportable, insustituible, cada vez que su frente se aproximaba a su bajo vientre por debajo de su ombligo, cada vez más duro, cada vez más rápido, siguiendo el ritmo acompasado que una música imposible marcaba. Allí de hinojos, como una sacerdotisa de la piel, estaba bellísima y erótica.

    Federico terminaba, pero ella no se iba. Al sentir cómo él se vaciaba, siguió haciéndolo con más decisión, sabedora de que aquellos eran los momentos de placer más genuinos. Por un instante, él se preocupó, pero ella siguió sin parar hasta que estuvo vacío, con las piernas temblorosas y el cuerpo acalambrado. Ella se apartó y lo miró con una sonrisa. En su mano aún tenía los restos de saliva, pero no actuaba con asco ni rechazo.

    -Ahora me toca a mí. Túmbate sobre la cama.

    Sin poder hacer otra cosa, la obedeció, como hacía siempre, dejándose llevar a su merced. En el espejo sobre su cabeza, que ahora quedaba justo frente a sus ojos, pudo ver cómo el cuerpo de ella reptaba desde sus piernas y lo iba tapando por completo. Sin besos ni preámbulos, colocó la parte inferior de la pierna que iba de la rodilla a los tobillos atenazando los brazos de él, quedando abiertos e indefensos bajo el peso de su cuerpo. Colocó el húmedo pubis sobre la cara de Federico y le pidió que lo besara. Poco a poco, mientras la lengua de él iba y venía recorriendo los blandos rincones que la dueña de aquellos le dejaba con sus movimientos, se iba aproximando cada vez más, casi ahogándolo, tapándole el aire por momentos, que luego recuperaba al separarse, con un gemido breve y hondo, y vuelta a empezar. Con el movimiento de su cadera frotaba su cuerpo contra su rostro. Federico respiraba el aroma de aquella flor abierta de par en par, que casi sentía cómo respiraba y se humedecía a un tiempo, viéndola en ciertos momentos que pronto se llenaban de oscuridad y tierno sabor a carne dulce. Hubo un momento en el que casi le pareció perder la vida, anegado por las aguas de su cuerpo, pero se resistía a protestar, a quejarse, a desfallecer. Sentía la lengua agarrotada, la nariz torcida. Casi no abría ya los ojos para concentrarse en el placer que intentaba proporcionar a su pareja, con éxito, porque ella cada vez se movía más deprisa y gemía más fuerte, mirándose quizá en el espejo que tenían enfrente, sintiéndose lo que era, una chica que desafiaba toda suerte de convenciones sociales para darse placer y gusto.

    -Me corro. -dijo entre gemidos. -Sigue. Sigue. Me corro ya.

    Federico se dejó el alma y casi le gustó y lo satisfizo sentir cómo las cuerdas del cuerpo de ella se soltaban por un momento, destensándose, ruborizando sus mejillas y haciendo que sus pies hormiguearan. Cuando se apartó, lo miró desde arriba, con cara arrobada, casi en trance, con el ceño fruncido y la boca abierta en una o. Su expresión se suavizó al encontrar sus ojos y su cuerpo cayó sobre el de Federico como un peso muerto, iniciando lo que sería un lento abrazo. Ahora podía verla sobre él en el espejo. Desde la planta de sus pies desnudos, sus piernas largas, la línea divisoria de sus glúteos que continuaba su rastro por la espalda, hasta el cuello, hasta el pelo derramado por la cama. Los ojos de Federico se encontraron en el espejo con su reflejo y la oyó decir a ella:

    -Ha sido brutal.

    -Sí. -dijo él por primera vez desde que se habían visto.

    Se quedaron un rato tumbados en la cama, hablando de temas intrascendentes. Federico pensaba en si aquello que estaban haciendo estaba bien, probablemente no, pero había sido imposible dejar de hacerlo, como si una fuerza invisible y poderosa los hubiera arrastrado a los dos a aquel destino, a aquella cama donde ahora yacían felices, pero que pronto podría traerles consecuencias nefastas a los dos. No importaba. Valía la pena pagar el precio del barquero que los habría de llevar al otro lado del mundo, donde se terminaba el paraíso de la sociedad y empezaba otro mundo más carnal y menos divino.

    Mientras fumaba desnudo, apoyado en la ventana, viendo el poco pero constante tráfico en la calle pasar por debajo, intentando echar todo el aire fuera para que no los penalizaran por hacer algo que no se podía, Federico pensaba en aquella clase de lugares donde ahora estaba. Sitios donde las parejas se encuentran en la oscuridad de las luces tenues, buscando intimidad, pero sobre todo, discreción. Había quienes iban por morbo, otros por la necesidad de mantener una doble vida, otros como Martina y Federico, quienes a los motivos antes mencionados, carecían de un lugar así, donde desatar sus instintos sin prisas. Antes de ese día, desconocía por completo la existencia de esos lugares, hoteles por horas, los llamaban, donde se daban citas las parejas habitualmente y el tráfico de clientes era constante. Entonces, a medio cigarrillo, le dio por preguntarse qué clase de mundo era aquel, donde algunas cosas debían vivir y crecer en la oscuridad tenue del secreto, porque la luz directa del día acabaría con ellas. Hay flores que solo se abren de noche y son capaces de crecer en ciertos ambientes imposibles. La naturaleza humana no conoce fronteras y no vale la pena juzgar a las personas, juzgar a Martina, por sus supuestos errores. Qué sabía nadie lo que estaba bien o mal en el mundo, qué sabría él. Sólo Dios puede juzgarnos o, si no hay nada, qué más da. Los caminos de la vida son inescrutables y no se sabe a ciencia cierta bien nada.

    -¿En qué piensas? Ven a la cama. El tiempo se va volando.

    -Me estaba preguntando qué barrio es este.

    -Estamos en el Poble Sec.

    -Me gusta el Poble Sec. ¿No era de aquí Serrat?

    -Supongo. No lo sé. Serrat le gusta a mi madre. -dijo Martina desde la cama- Anda ven.

    -Oye, ¿dónde se ha quedado la bolsa que llevabas?

    -La he dejado en tu coche.

    -¿Es un regalo? -dijo Federico achinando los ojos al sonreír. Ella también sonrió.

    -Anda, cállate y ven a la cama.

    -Es un libro, ¿a que sí? Me ha parecido verlo envuelto. ¿Era para mí?

    Martina se quedó callada un momento, pensativa, como si se le hubiera ocurrido algo.

    -Si lo nuestro fuera una novela, te daría el regalo en el primer capítulo, y este sería el último. Así los lectores se quedarían pensando al final qué había en la maldita bolsa.

    Federico rio con ganas. Las ocurrencias de ella siempre conseguían sorprenderlo. A veces parecía que saliera del curso normal de los acontecimientos, como una narradora.

    -Pero esto no es una novela, Martina. Es nuestra vida, aunque a veces no lo parezca.

    -Pues entonces ven a la cama y abrázame de verdad. 

    Hicieron el amor de nuevo, como tantas veces en su historia. A pesar de reírse de ella, Federico tenía la sensación de estar en un cuento, en una especie de sueño que muy pronto se terminaría, aunque mientras lo estaba viviendo era más real que el mundo exterior, el de verdad, el que quedaba afuera, a millones de quilómetros de distancia, al otro lado de la ventana. La vida es decepcionante y siempre más pobre que la literatura.

    Martina gemía, Federico respiraba fuerte. La cama crujía por el peso de los cuerpos. El mundo se iba apagando poco a poco, quedándose cada vez más blanco. Al final los cubrió el éxtasis de los cuerpos, aquello que los franceses llaman la pequeña muerte.

    FIN

  • Barcelona cercanías (Parte 2)

    Barcelona cercanías (Parte 2)

    Nota del autor: Encontrarás la Parte 1 de esta historia haciendo clic en el enlace.

    ¡Que disfrutes de esta nueva entrega!

    8. La solución

    Roberto llegó un poco más tarde de la hora indicada, como suelen hacer aquellas personas que tienen muchas cosas que hacer durante el día. Detrás de una esquina, apareció con sus andares risueños, aunque pesados, una chaqueta de pana marrón tan pasada de moda que resultaba anacrónica, pantalones vaqueros y zapatos de cuero, que contrastaban por su pulcritud con todo el resto de la indumentaria. Parecía, con su camisa abierta hasta el segundo botón, un marchante de cantantes de flamencos o un feriante a punto de partir. Aunque no era ninguna de las dos cosas, su oficio era igualmente artístico: era un poeta.

    -¿Cómo estás, artista?

    -¿Cómo estás, Roberto? Me alegro de verte.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. ¿Ya conoces el barrio?

    -Es la primera vez que estoy aquí en persona… He venido antes en los libros de Marsé.

    -Has llegado a tu Paraíso, chico.

    Rompieron a andar calle arriba. A pesar de un incipiente sobrepeso, Roberto repechaba las cuestas de la calle sin esfuerzo, como un animal cuadrúpedo acostumbrado a los rigores de su hábitat. Por el contrario, Federico tenía problemas para seguirle el ritmo y disimular mientras fumaba. Su cicerone fumaba igualmente y sólo dejaba de hablar para darle una chupada al recién encendido cigarrillo Marlboro. Luego continuaba con su conversación amena, lo cual permitía a Federico un poco de resuello para seguirle el paso.

    Roberto explicó que había vivido toda la vida en el Carmelo. Sus padres habían nacido allí y se conocían desde que eran niños. Su abuela había llegado a Barcelona siendo una niña pequeña y todavía seguía viviendo en una de las chabolas en la zona más alta.

    -¿Tu abuela vive en una chabola? ¡Qué épico!

    -¿No te lo crees?

    -No soy de los que dudan de la palabra de los demás todo el tiempo. Pero me sorprende.

    -¿Sabes qué? Vamos a hacer un pequeño cambio de planes. Voy a llevarte a verla.

    -Me parece una idea fantástica.

    En el cruce de calles, había dos que hacían bajada, una que continuaba prácticamente plana y otra más estrecha que subía dramáticamente hacia el cielo. Tomaron aquella calle. Roberto explicaba la historia del barrio, que en realidad era la historia de su familia. Había sido uno de los lugares más humildes de la ciudad de Barcelona, donde se habían concentrado principalmente los inmigrantes del sur de España, que para los años sesenta es como decir los del oeste americano. Sin luz, sin agua corriente, por supuesto sin asfalto, los pobladores se habían asentado entre aquellas cuestas y habían ido construyendo sus casas ladrillo a ladrillo. No había trazado urbanístico, por eso las calles constituían un verdadero laberinto. Los obreros construían su propia casa según lo permitiera el terreno y este era tan pronunciado que las pobres personas se apañaron como bien pudieron. Roberto decía que si en vez de casas, hubiera naturaleza, los pijo-hippis del centro poblarían aquellas lomas y las subirían como sanas experiencias del deporte dominguero.

    Entre calle y calle, a veces podía verse el mar de casas que iban dejando atrás. El paisaje entonces se volvía informe y pareciera que uno mirara los barrios desde un satélite que todo lo aplanara y lo dejara a ras de suelo. A lo lejos podía distinguirse, a veces, el azul del mar, haciendo que la vista no se asfixiara del todo en aquel lago de ladrillos. Acostumbrado a los pasos de su compañero, con el cuerpo adaptado a las subidas y bajadas y habiendo tirado el cigarrillo hacía un rato, Federico se sentía más fuerte y risueño, en contacto con el paisaje y el paisanaje que veía a su alrededor. Las casas, cada vez, eran más bajas y espaciosas. Iban apareciendo zonas arboladas entre descampados con montañas de basura. Un camino de tierra seguía cuesta arriba hacia lo que parecía un parque. Unas pocas farolas, algunas rotas y todas con pintadas, se apostaban a los lados.

    -Por aquí, Federico.

    -Joder, macho, tu abuela debe vivir en el fin del mundo.

    -Ya llegamos.

    Quizá por el cansancio, Roberto se mostraba más callado de lo que venía siendo habitual. Caminaron por el ancho camino de tierra que bien parecía una pista forestal y se internaron en una de las veredas que daban allí. En fila de uno, subieron un poco más por una vereda de cabras hasta que se toparon con una casa blanca, de una sola planta, con un tejado a dos aguas. Sin haberse dado apenas cuenta, los pies de Federico estaban pisando las baldosas de lo que parecía el patio de una pequeña finca. El suelo plano solo era interrumpido por un limonero lánguido en medio del gris de las baldosas carcomidas.

    Federico siguió a Roberto hacia un porche bajo de uralita. El lugar en su conjunto parecía una de esas casas abandonadas donde tanto había jugado a explorar cuando era niño. Atravesaron el umbral sin apenas tiempo para mirar en derredor. Una oscuridad espesa y un olor a tierra vieja, el olor del polvo antiguo los asaltó de repente. Roberto sólo dijo:

    -¡Soy yo!

    -¡Estoy aquí! -respondió una voz alegre y cansada.

    Caminaron un poco más hacia dentro en lo que parecía una sala de estar alargada. En el interior de la estancia se notaba que había alguien que habitaba el lugar: había recuerdos, fotos de niños en color y en blanco y negro, figuritas encima de tapetes blancos, banderitas de Andalucía, de Extremadura y otras regiones. El mestizaje cultural en esa tierra lejana.

    Mientras caminaba, una mano antigua, como de madera, tomó la suya. Federico se giró, un tanto sobresaltado, y vio a una anciana sentada en un anciano sillón de cuero. La mujer tenía los ojos muy grandes. Ojos que en otro tiempo habrían sido bonitos, de un color indistinguible por la telilla de las cataratas. Su boca sonreía pero no mostraba un solo diente. Su pelo era completamente blanco, recogido en un moño que ya casi no se veía. La señora representaba en aquel sillón un mundo que se extinguía, como debió de suceder con los indios apaches en su momento, una cultura y una manera de ver la vida que moría.

    Federico sintió una súbita nostalgia que le sobrevino, sentía ganas de llorar. Saludó a la mujer dándole dos besos acordándose de su propia abuela, de todas las abuelas del mundo. La señora le devolvió los besos sin soltarle la mano, con su cara redonda y sonriente.

    -Este es mi amigo Federico, abuela.

    -Mucho gusto, niño.

    -¿Cómo estás? -preguntó Roberto como el que ya sabe la respuesta.

    -Aquí ando. Como siempre. Cada día más vieja.

    -¿Ha venido hoy la tita?

    -Se acaba de ir. Estará al caer. Ha ido a comprar. Yo ya no puedo ni salir.

    La conversación entre la abuela y Roberto se desarrollaba con normalidad pero, por debajo de las palabras, Federico intuía una conversación más profunda que decía algo así como: Te quiero mucho, abuela. Y que ella respondía: Cada vez me queda menos tiempo en el mundo, hijito. Yo también te quiero mucho y te querré siempre. Y él: No digas eso. Pero ninguno de los dos dijo lo que su corazón sentía en ese momento, y no era porque Federico estuviera delante, sino porque el amor no hacía falta malbaratarlo con la palabra.

    Roberto encendió un cigarrillo y Federico hizo lo mismo. La señora sacó un cenicero de cristal de entre un revoltijo de objetos que tenía al alcance y se lo tendió a su nieto. Ambos fumaron en silencio sin decir gran cosa, de pie, en medio de la estancia. A medio cigarro, se escuchó la puerta de la entrada y unos pasos pesados, como los de Roberto, penetraron.

    -Hola, tita.

    -Hola, cariño.

    Una señora rubia por el tinte barato de la peluquería de barrio, con el sobrepeso habitual de las cincuentonas, entró en la estancia con bolsas de la compra. Miró a Federico sin mucha curiosidad, como si en aquella casa estuvieran acostumbrados a la gente extraña.

    -Buenas tardes.

    -Hola, soy Federico.

    -Es de Tarragona. -repuso Roberto.

    -Anda, de Tarragona. Muy bien. 

    La mujer pasó de largo. Tenía otras cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con las amistades del hijo de su hermana. Federico y Roberto sentían que ya sobraban.

    -Bueno, abuela, nosotros nos vamos. Sólo quería venir a verte.

    -Muy bien, hijo.

    -Nos vemos mañana.

    -Vale. Aquí estaremos. Adiós, niño.

    -Adiós, señora. -contestó educadamente Federico- Tiene una casa muy bonita.

    La abuela rio con ganas y contestó: -Eso es verdad, niño, eso es verdad. Mi casa preciosa.

    -¡Adiós, Robe y el amigo! -Dijo desde lo que parecía la cocina la tita.

    -¡Chao!

    Salieron a la calle y caminaron cuesta abajo. Andar pronunciadamente hacia abajo también tenía su dificultad porque las piernas tenían que ir frenando el cuerpo todo el tiempo. Federico se preguntaba cómo una persona tan mayor podía vivir en un lugar tan inhóspito, tan alejado de todos los servicios. El día que tuvieran una emergencia, ¿qué?

    -¿Qué te ha parecido?

    -Tu abuela es una crack.

    -¿Y la chabola?

    -No me imaginaba que las chabolas eran así. Pensaba en cuatro chapas y un colchón en el suelo, no en una casa que más pareciera un chalet o una finca en medio del campo.

    -Bueno, han ido mejorando con el tiempo, claro. Y esta está en medio de Barcelona.

    -¿El Ayuntamiento no ha querido quitarlas? Ya deben quedar pocas casas así hoy en día…

    -Por supuesto que lo han intentado, pero mi abuela es como Chanquete: no la moverán.

    -Debe ser difícil apañarse para una persona de esa edad en unas condiciones así.

    -Nos tiene a nosotros. Yo voy a verla cada día. -y después de un emocionado silencio. -La quiero mucho.

    -Se te nota.

    Caminaron en silencio sin hablar más del tema por la pista de tierra por la que habían subido. Pronto encontraron el asfalto de la ciudad que volvía a hacerse presente con su trajín habitual, sus transportes, sus aparatos tecnológicos, su estrés posmoderno. La ascensión a aquel cerro del Carmelo había tenido algo de místico y atemporal, una experiencia de epifanía, como lo que los turistas buscaban en templos perdidos de Asia.

    Mucho más pronto de lo que Federico pensaba, estaban sentados en una mesa del Bar Paco. Se trataba de un restaurante de tapas que quería conservar la solera y el folclore de otros tiempos mejores. El camarero era un cincuentón calvo y ventrudo que pronto trajo unas cervezas bien frías y unos cacahuetes -el jamón del mono- a la mesa que compartían.

    -¿Cómo te está tratando Barcelona?

    -Te lo diré sin ambages. Tengo un problema con mi compañero de piso.

    Roberto abrió la vaina y extrajo dos granos de cacahuete que, con habilidad simiesca, se llevó a la boca. Luego, mientras mordisqueaba, dio un largo trajo a la cerveza y dijo:

    -Yo tengo la solución. 

    …

    9. Invito yo

    El tío de Roberto se llamaba Fernando y trabajaba como mecánico en el taller cochambroso que tenía justo debajo de su casa. Toda la familia del poeta vivía en un mismo bloque de pisos construido en los sesenta por el abuelo paterno. Se trataba de un edificio cuyo rebozado, antaño color pastel, se iba ennegreciendo cada vez más por la sucia humedad de la calle. Roberto vivía con su familia en el segundo, su tío Fernando en el primero y en el tercero habitaba una tercera hermana con la que no se hablaban. Federico estuvo esperando en la puerta de abajo, situada en un callejón que olía a cañería, mirando un gato que dormía plácidamente en el rincón menos inmundo del rectángulo. Pensaba que, para ser un poeta reconocido, Roberto debería guardar un poco las formas e intentar adecentar todo aquello. Luego pensó que quizá aquella podredumbre arquitectónica formaría parte de un decorado ideal para un poeta de extrarradio. Cuando estaba a punto de acariciar al felino, oyó la hoja del portal abrirse.

    -Buenos días, chaval. -Saludó Fernando con un cigarro en los labios recién prendido. Era un hombre relativamente joven, quizá en la cuarentena, pero se movía como un chaval de veinte años, lo que le confería cierto aire de treintañero. Su nariz aguileña habría recorrido en rayas la distancia entre Barcelona y Tarragona ida y vuelta, pensó. Sonreía con todos los dientes de delante, mostrando algunas muelas ausentes a los lados. Vestía un mono de trabajo azul, como de mecánico, sucio. -Hoy tengo fiesta.

    -Me ha comentado Roberto que alquilas un bajo.

    -Sólo para la buena gente. -y guiñó, sonriente a su sobrino. -Podemos ir a verlo.

    -Mi amigo Federico es muy buena gente, tito.

    En dirección a su futurible casa, Federico se sentía exultante. Aunque no habían hablado de dinero, intuía que Roberto le habría dicho a su tío que la economía del inquilino no era muy boyante, aunque sí suficiente como para hacer frente a un pago pequeño. Además, se animaba Federico, estaban en un barrio obrero, cutre, cuesta arriba, con un trazado urbanístico como un laberinto. No se podía pedir demasiado. Lo que más le atraía de la idea es que, por fin, viviría solo, sin tener que aguantar a otro neurótico.

    Roberto y su tío Federico iban hablando de asuntos familiares a los que Roberto no prestaba demasiada atención, solo la justa para no perder el hilo de las últimas palabras. Los tres fumaban mientras ascendían las rampas de las aceras, las cuales parecían no tener final. Todo era cuesta arriba en el Carmelo, todo era difícil en aquella Barcelona. Tío y sobrino parecían acostumbrados a aquel paisaje, nacidos allí como las serpientes en el desierto, no notaban las rigurosidades de su hábitat porque ellos eran su paisaje.

    -Aquí es.

    Fernando se detuvo delante de una reja. Parecía la entrada a un quiosco de chucherías encastado dentro de una edificación más grande, pero igual de carcomida. Sacó de su bolsillo un manojo de llaves y empezó a buscar la adecuada mientras el humo del cigarrillo se le metía por el ojo izquierdo. Sin inmutarse, escogió una llave verde y abrió un candado especial que abrazaba una barra contra el marco de metal de la reja corredera. La movió con dificultad como si de una persiana se tratara y dejó el espacio justo para que una persona pasara. Dentro había una puerta blanca, muy delicada, opaca, que el tío de Roberto abrió con otra llave que extrajo con un tintineo decadente.

    Una vez vencidas las barreras que daban al interior, Federico recordaría que lo primero que le llamó la atención del sitio era su oscuridad. La tenue claridad de aquella tarde solo conseguía iluminar un breve espacio donde se reflejaba el suelo de baldosas marrón claro. Se distinguía un pequeño televisor y un sofá justo en frente. En medio había una mesa de té llena de polvo. Parecía más bien un pasillo que un salón. Fernando subió las persianas y la claridad dejó ver la cocina al fondo de la sala. El bajo había sido convertido en casa hacía tiempo, quizá a finales de los noventa. Se trataba en realidad de un local comercial cuyas dos ventanas miraban al pie de la calle por donde habían venido. Una estaba en el salón, la otra en la habitación, separada por un tabique. En la pared contraria estaba el baño que constaba de una ducha minúscula, un váter maloliente y una pica con espejo. Todos los muebles estaban juntos, como si se pudiera hacer todo la vez. Federico supuso que sería difícil acostumbrarse a aquella estrechez.

    El tío de Roberto iba explicando cada una de las estancias moviendo las manos y sin dar demasiada información. Habló de que la luz eléctrica no estaba dada, pero que sería fácil proveerla. Como podía ver, el piso estaba completamente amueblado, para entrar.

    Federico iba pasando los ojos de un lado a otro sin decir nada. Llegaron a un patio de luces, al cual se accedía por una puerta detrás de la cocina. Al entrar la tenue claridad dotaba a las paredes mohosas de un tristísimo color gris azulado. El espacio no debería tener más de diez metros cuadrados, pero la sensación de ahogo era tal que parecía incluso más pequeño. Al mirar arriba, buscando el cielo cenital, la cabeza debía torcerse completamente. La espalda del edificio daba a aquel sitio. Al mirar arriba se veía la ropa tendida de los humildes habitantes de la morada, sus electrodomésticos baratos, sus tendederos con las pinzas puestas. Al bajar la vista, el panorama no era menos desolador. En el suelo había piedras y ruina, los restos de una obra inacabada. Había pinzas tiradas y un ambiente tan húmedo que respirar se hacía pesado. Aquello era un horror, pero Roberto y su tío Fernando actuaban con sincera normalidad, como si la casa fuera en verdad una buena oportunidad y estuviera limpia como los chorros del oro.

    Al volver al salón, Federico se sentía desolado. Se preguntaba cómo demonios haría para vivir en aquel cuchitril infecto y no encontraba una respuesta convincente. De vuelta al salón, el arrendatario notó el silencio del arrendador y lo animó diciéndole:

    -Con un poco de limpieza y un poco de vida, el piso parecerá otro.

    -Sin duda, tito. Aquí hay un montón de espacio.

    -Yo estuve viviendo aquí, ¿sabes? Pasé los mejores años de mi vida entre estas paredes.

    Fernando barrió con una mirada nostálgica las paredes color crema. Federico no sabía si aquel color era por la pintura, por el paso del tiempo o por el polvo adosado a los muros. Se quedó unos segundos callado, sin decir nada. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y todos hicieron lo mismo. Aquello era bueno. Dio un par de caladas y paseó de un lado a otro de la estancia. En realidad podría llegar a acostumbrarse: si el tío de Roberto había podido sobrevivir, por qué no iba a poder él. La cocina estaba pringosa y sucia.

    -¿Los electrodomésticos funcionan?

    -Funciona todo.

    -Y si algo no funcionara, mi tío te lo arreglaría, ¿a que sí, tito?

    -Sin problema. -dijo tirando la ceniza de su cigarrillo al suelo.

    -¿Cuánto es el alquiler?

    Los tres dieron una calada sin pronunciar palabra. Llegaba la hora de la verdad. Federico esperaba no tener que regatear, desconocía los rudimentos de esa estrategia comercial. Fernando y Roberto se miraron fraternalmente y sonrieron al unísono.

    -Sabes, Federico, -dijo Fernando- me caes bien. Me recuerdas a mí cuando era más joven. Cuando te he visto, he pensado que veía a mi yo de ventipico años, y ya han pasado casi veinte años de eso. Además, tu nombre se parece al mío y empieza por efe.

    Roberto se preguntaba en qué acabaría toda aquella perorata, pero permanecía callado.

    -La vida en Barcelona -dijo remarcando la pronunciación de las sílabas de la ciudad- es cada día más cara y es muy difícil encontrar una oferta como esta. La verdad es esa.

    -Pero tito, aún no has dicho el precio del alquiler. No te pases, que Federico es amigo.

    -Se están pagando setecientos euros por un sitio como este en Barcelona. -repitió.

    A Federico se le cayó el alma a los pies. Setecientos euros estaba completamente fuera de su alcance y lo sabía. Entre el transporte, la comida, las facturas y su exiguo sueldo, no llegaría ni aún con las mayores estrecheces a cubrir el precio del alquiler. Fumó sin saber muy bien qué decir. Sintió como la tristeza se le derramaba por dentro de sí.

    -Anda, ya, tito.

    Fernando dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo del salón y lo apagó contra la baldosa marrón claro del piso. Su bota dejó un rastro de ceniza negra.

    -Pero eres amigo de mi sobrino y, como te digo, me caes bien. Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad y quería comerme el mundo y ya ves… -Se metió las manos en los bolsillos como si pensara en los avatares de lo que había sido hasta entonces su díscola vida- Voy a hacerte mi mejor oferta. Y es mi oferta definitiva. No la cambiaré por nada.

    -De acuerdo.

    -Quinientos cincuenta euros.

    -Es una buena oferta. -dijo Roberto. -¿Qué opinas tú, Federico?

    Federico apagó el cigarrillo en la pica de lo que iba a ser su casa en los próximos meses.

    -¿Tengo que dar algún tipo de fianza? -preguntó con inocencia.

    Un pensamiento cruzó como un rayo el pensamiento de Fernando, quien no había pensado en esa posibilidad. Dio apenas un pestañeo, hombre acostumbrado a las decisiones rápidas que otorga una vida dedicada al consumo nasal de estupefacientes.

    -Ciento cincuenta euros.

    Federico reflexionó un momento. Le quedaban doscientos euros en la cuenta y dos semanas para terminar el mes. Debería comer con apenas venticinco euros la semana.

    -¿Cuándo podría mudarme?

    -Mañana mismo si quieres.

    La perspectiva de abandonar la casa del gay tan pronto le parecía un sueño hecho realidad. Pagaría incluso con su propia alma por no tener que pasar más noches en aquel lugar asfixiante. Pensó en cuánto duraría las gestiones que debería hacer y dijo.

    -El lunes, pasado mañana, me vendría bien. Siempre y cuando ya haya luz.

    -Eso te lo arreglo en un momento. -dijo Fernando extendiendo una mano. Federico la estrechó mirándolo a los ojos y no pudo dejar de advertir una leve sonrisa pícara.

    -Bueno, pues ya está. -Añadió Roberto. -Bienvenido al Carmelo, Federico.

    -Muchas gracias, Roberto. -respondió agradecido con los ojos emocionados.

    -Ya me lo devolverás algún día, no te preocupes. -respondió con verdadera alegría.

    -Pues yo me voy, chavales. -dijo Fernando marchándose- Nos vemos el lunes, Fede. Os dejo las llaves por si queréis echar un ojo tranquilos. Ya me las traerás tú, Robe.

    -Muchas gracias, Fernando.

    -No hay de qué. Hay que ayudar a que los chavales jóvenes salgan adelante. Está la vida muy mala. -suspiró hondamente y las aletas de su nariz se ensancharon- En mis tiempos las cosas eran más fáciles. Había dinero para la gente como nosotros. Las pesetas…

    -Bueno, tito, no te pongas sentimental. Nos vemos. -dijo Roberto echándolo.

    Fernando se fue tan alegre como había venido. Se quedaron Roberto y Federico solos en la estancia que hacía las veces de salón-cocina. En el silencio se oían las voces de los vecinos que venían del patio de luces. Se mezclaban con los ruidos que provenían de la calle, justo al otro lado de la cancela. Federico paseó de un lado al otro sin rumbo fijo.

    -¿Vamos a tomar otra cerveza para celebrarlo?

    -Con esta operación financiera, casi no me queda dinero.

    Roberto, poniendo una mano fraternal sobre su hombro dijo: -A la primera invito yo.

    …

    10. Rosas y vinagre

    Antes de que llamara con dos golpes suaves a la puerta, había visto aparecer su silueta a través del cristal de la ventana. Traía el pelo suelto, como siempre que se ponía guapa. Aunque pleno otoño, vestía ropa ligera porque el tiempo aún era benigno. Llevaba los hombros desnudos y la rebeca en la mano. Federico se levantó del sofá donde fingía que miraba la tele y se apresuró a abrir la puerta. Martina entró en la sala como un rayo de sol. Sonreía y no decía nada. Caminaba despacio sobre las sucias baldosas polvorientas.

    -Así que este es nuestro nidito de amor.

    -Supongo que sí.

    -Enséñame la casa.

    Pasaron de una habitación a otra y en apenas dos minutos ya habían visto todo el espacio que ocupaba aquella vivienda sin cédula de habitabilidad. Al llegar a la cama -un colchón de 105 sobre un somier, sin cabecero- Federico esperaba que hicieran el amor. La abrazó por detrás y apartó su pelo lago que caía sobre su cuello, para besarlo.

    -Te has alisado el cabello.

    -Sí… -dijo ella estremeciéndose un poco y echando la cabeza hacia atrás mientras las manos de él recorrían su cuerpo delgado- ¿Te gusta? -la erección era ya una molestia.

    -Me encanta. -dijo él sin parar de besarla. Sus manos empezaron a acariciar los pechos de Martina, lo cual era fácil porque llevaba una camiseta vapora de fina tela veraniega.

    -Un momento, campeón. -Y se apartó bruscamente. Sonriente añadió -Hay que limpiar.

    Sin poder creerlo, Federico bajó las manos que durante unos segundos se quedaron tocando el aire. Volviendo despacio a la realidad, miró a su alrededor. Era cierto. Hacía falta una buena limpieza en aquel lugar oscuro. Más que una casa, parecía una cueva.

    Quiso objetar que salir era peligroso. Podían encontrarse con Roberto y, teniendo en cuenta que había sido hacía unos meses el amante de Martina, que había quedado como el amigo eternamente enamorado y dispuesto a todo por ella, y que, además, era Roberto quien le había conseguido aquel lugar a Federico por intercesión de su tío, salir a pasear por el barrio constituía un deporte de riesgo que quizá acabaría a garrotazos. No se atrevió a exponer sus miedos por no quedar como un cobarde. Decidió salir y

    -Que sea lo que Dios quiera.

    -¿Cómo? -dijo Martina que había encontrado en la cocina unas bolsas de plástico.

    -Nada. ¿Estás lista? -dijo Federico con la mano sobre el pomo de la puerta.

    -Yo siempre estoy lista, Ico.

    Salieron a la calle cuando el sol de la tarde empezaba a desaparecer. Por suerte, el supermercado no se hallaba demasiado lejos de la vivienda, a apenas unos doscientos metros bajando, eso sí, una cuesta increíblemente pronunciada por donde subían milagrosamente los coches y hasta los microbuses, y por donde habrían de subir ellos luego con la compra a cuestas. Solo de pensarlo daba pereza, pero en fin, ya estaban bajando. Evitaban cogerse de la mano, como solían hacer, y hablaban animadamente como dos amigos que se han encontrado por casualidad en aquel barrio olvidado.

    -¿Cómo te va en el trabajo?

    -Muy bien. -Mintió él.

    -Me alegro. Veo que te has adaptado bien a Barcelona. Ya llevas una buena temporada.

    -Si no fuera por ti, todo habría sido mucho más difícil. -Se sinceró y ella sonrió por eso.

    -Conmigo, todo es más fácil. Ya lo sabes.

    -Tengo ganas de hacerte el amor. No me apetece pasar la única tarde contigo limpiando.

    -No seas impaciente, Ico. Primero hay que dejarlo todo preparado para nuestro amor.

    Ninguno de los dos había pronunciado las palabras clave y cada vez que salía el tema era de refilón, metafóricamente, entre líneas, como estaban haciendo en ese momento. Pero hacía tiempo que el corazón de Federico latía con fuerza por el de Martina, quizá desde el primer momento en que la vio, como ocurre siempre cuando eso se produce. Sin embargo, ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar esas dos palabras que los unirían, de alguna forma, a la eternidad del recuerdo mientras ellos dos vivieran.

    Al llegar al apartamento con la compra, no perdieron tiempo y se pusieron manos a la obra. Llenaron cubos de agua tibia, echaron los olorosos productos de limpieza y las escobas fueron arrancando el polvo de años incrustado en el suelo. Pusieron música y abrieron las ventanas de par en par. Una brisa fresca, otoñal, penetraba en la casa suavemente, acariciando los brazos y el pelo de Marina, mientras Federico la miraba con arrobamiento. Ella estaba concentrada en una mancha del suelo que no terminaba de salir por más que la fregona pasara una y otra vez por encima, la frotase y volviera al agua oxigenada con friegasuelos. Llevaba el pelo recogido con una trenza y vestía unas mallas ajustadas, como su camiseta, que dejaba ver su silueta de bailarina y su escote generoso. Sus pechos penduleaban levemente mientras agarraba con fuerza el palo de la fregona, intentando borrar la impureza de aquel piso deshabitado desde hacía años.

    A Federico aquella imagen le pareció de lo más evocadora. Llevado por un resorte, introdujo una de sus manos en el bolsillo derecho del pantalón de chándal que vestía y extrajo su teléfono móvil. Con un dedo tembloroso encontró el botón de la cámara sobre la pantalla y enfocó el cuerpo concentrado de Martina, sus manos agarrando fuerte el palo de la fregona y los mechones de su pelo temblando rítmicamente mientras frotaba.

    -Mírame, guapa.

    Martina salió de su concentración con cierto desconcierto, como si se hubiera despertado de un sueño, lo miró. Cuando vio que se proponía a echarle una foto, ella sonrió y se incorporó, agarrando el palo con su mano derecha, levemente apoyada en él como si este fuera el báculo de una sacerdotisa del amor que entonces encarnaba ella.

    -Anda que no te gusta verme así, ¿eh?

    -No puedes estar más guapa.

    Era cierto. La simple imagen de ella vestida en ropa de andar por casa, haciendo las tareas del hogar, le parecía algo tremendamente sensual. Cuando la foto estuvo tomada, Federico se dispuso a enseñársela y ella se acercó para verla, olvidando el cubo de la fregona y la mancha inextinguible del suelo. El olor de su pelo lo embriagó por completo. Una de las manos de él rodeó la cintura de Martina y la apretó contra su cuerpo, dejándole notar a ella la erección que palpitaba insistentemente, llamándola.

    -Salgo fatal.

    -Sales perfecta. -dijo él abrazándola suavemente. Empezó a besar suavemente su cuello.

    -Llévame a la cama.

    Contra todo pronóstico, aquella primera vez en el apartamento, hicieron el amor despacio. Como si fueran una pareja de muchos años que se entiende a la perfección, que no tienen que demostrarse nada más que amor. Se tumbaron sobre el colchón con sábanas recién lavadas y se acariciaron fervientemente. Ella se quitó sola las mallas ajustadas que llevaba y él los pantalones. Se quedaron desnudos bailando al son de los abrazos y de los gemidos intermitentes que alguno de los dos emitía de vez en cuando.

    El sexo de Federico parecía endurecido por la espera. Siempre en ristre, había dejado de palpitar pero se mantenía completamente firme como un mástil en el vacío. Martina sorbía uno de los lóbulos de la oreja de él y ambos se dejaban llevar por un placer extático. El cuerpo de Martina estaba cada vez más caliente a pesar de la brisa fresca que entraba por el ventanal del cuarto, por donde de vez en cuando se oía la voz de alguien que pasaba por la calle, dando la sensación de que estaban así desnudos en medio de la acera. Los besos de Martina iban bajando por el cuello pero se pararon.

    -Quiero pedirte una cosa. -dijo ella bruscamente, como cambiando de tema.

    -Pídeme lo que quieras. -contestó Federico sin prestar atención a lo que decía.

    -Es en serio.

    Fue entonces cuando él notó la rigidez de su cuerpo y la tensión en sus miembros, que se habían quedado quietos, como congelados. Se preocupó por un momento y su erección casi cimbreó un instante, asustado porque ella lo hubiera pensado mejor y quizá decidiera irse de aquella casa, de su casa, la cual le había conseguido Roberto, su examante y aún enamorado, quien hubiera vendido su alma por tal de pasar una tarde como la que Federico, a sus espaldas, estaba viviendo en el apartamento de su tío. O quizás se había rallado porque estaba lejos de su hogar, del barrio de casas ricas al cual ella pertenecía como hija de un catalán burgués que había hecho negocio con los tejidos en una provincia de lejana. Sin duda aquel nido de ratas no era digno de ella. O tal vez el problema era su pareja, el novio que tenía desde hacía tantos años, el cual no sabía nada de que Federico existía y a quien Federico obviaba su existencia, cada vez con más dificultad, como si se tratara de un fantasma o un elefante en una habitación llena de muebles de cristal de bohemia. ¿Así terminaba todo? Federico sabía que la respuesta podría ser que sí. Las cosas en la vida a veces terminaban de repente, como un sueño.

    -Hace tiempo que quiero pedírtelo, pero no sé qué vas a pensar de mí.

    -Martina, me estás preocupando. Suelta lo que tengas que decir. No tengas miedo.

    -Prométeme que no pensarás mal.

    -¡Qué voy a pensar!

    Con el pecho tembloroso por la respiración entrecortada, Martina bajó un momento los ojos mientras un mechón de su pelo caía desde la frente hasta la punta de su pezón rosa.

    -¿Cómo?- dijo Federico sin entender. Otras veces habían practicado el sexo oral, lo habían tratado con naturalidad, así que no podía ser eso lo que tanto la perturbaba.

    -Ya sabes. -se puso completamente roja. -Eso. -cogió carrerilla- Me gustaría que…

    -¿Has dicho eso?

    -Sí. Me encantaría. Sé que es un poco raro pero…

    La erección que hasta hace un instante amenazaba con caer cuan larga era, se alzó de repente como movida por un efecto milagroso, como aquellas palabras divinas que hicieron a Lázaro salir de su cueva y echar a andar. Otra vez Federico sentía la palpitación de su corazón allí abajo, como un reloj, tic-tic-tic-tic. Sonrió ampliamente.

    -Nunca lo he hecho. Pero no me importaría probar.

    -¿En serio? Yo te puedo enseñar cómo se hace.

    -Pues tú dirás.

    Se separaron un poco para que ella tuviera el espacio suficiente para moverse. Como estaban completamente desnudos, fue fácil para ambos moverse entre las sábanas. Martina se arrodilló sobre el colchón y se colocó al borde de la cama, con las pantorrillas y los pies en el aire. Sin dejar de mirar a Federico, con una expresión totalmente tomada por el deseo, se inclinó hacia delante, apoyándose en los antebrazos, haciendo que sus pechos colgaran rozando las sábanas. Arqueó la espalda y dijo:

    -Ponte detrás de mí.

    Federico se levantó obediente y un poco vacilante. Se puso detrás de la espalda de Martina y miró hacia abajo. Su sexo también parecía palpitar y se mostraba acuoso, un poco más arriba, se dejaba ver la negrura de otro agujero muy pequeño, hasta entonces casi invisible. Sin saber muy bien cómo proceder, Federico se inclinó sobre ella. Con ambas manos separó cada una de sus nalgas. Como desconocía por donde empezar, empezó a besar la distancia entre el coxis y el ano, suavemente, dejando que los labios lo fueran guiando hasta donde ella quería. Martina no decía nada y solo gemía con fuerza. De repente, Federico lo notó. Las piernas de ella temblaron de placer mientras una de sus manos guiaba la mano de él hacia su sexo, que había quedado olvidado en el aire. Ambas manos, la de él y la de ella, se frotaban contra la piel de Martina haciendo que esta casi ardiera. Cuando la boca de Federico estaba completamente mojada por el numen de su cuerpo, con la lengua agarrotada por el esfuerzo obstinado e inconsciente de aquel órgano exhausto, ella se apartó lentamente mostrando un temblor impaciente.

    -Métemela ahora.

    Sin decir nada, Federico obedeció y se introdujo en el cuerpo de ella con delicadeza. Por suerte, no fueron demasiadas las embestidas necesarias para que ella alcanzara el clímax durante tanto rato perseguido. Él se derramó dentro de ella como una lata de refresco que albergara más líquido que el permitido por las fuerzas de la física más elemental. Gimieron ambos casi ahogando un grito atávico y secular, saliendo de lo más hondo.

    Cayeron sobre el colchón exhaustos. Las sábanas manchadas por las secreciones de sus cuerpos. Respiraban agitadamente mirando al techo sin ver la bombilla amarillenta que pendía de un pobre hilo de cable sobre sus cabezas, como una espada de Damocles.

    -Dios mío.

    -Me ha encantado.

    -A mí también. Ha sido espectacular.

    Se miraron a los ojos. Los olores empezaron a ocupar la habitación y a hacerse presentes. Ese era el olor del sexo: dulce, espeso, cobrizo. El olor del alma y las vísceras, el olor del cuerpo detrás de los productos aromáticos que lo esconden. Parecía que aquel aroma los hermanara, como si sus almas se hubieran conocido de antes y aquel hedor lo revelara ante ellos. Sin apartar la mirada, confiados la una en el otro:  

    -Te quiero. -dijo alguien.

    -Yo también. -respondió.

    Ese era el olor del sexo, del amor, que huele a sangre y a sudores, a rosas y vinagre.

    …

    11. Ya me vendrá

    Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

    -Qué tal, Roberto.

    No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

    Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

    Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

    Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

    -Estoy vestido para estar en casa.

    -Pero es sábado.

    -Ya.

    Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro del cinturón, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual comunista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

    -No tengo plan.

    -Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

    -¿Cómo sabías que estaría en casa?

    -No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

    Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía University y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

    -Ya estoy.

    La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll – La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y que se viera que aquella era una ciudad, un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la urbe y se la preparó para la llegada del mundo.

    -¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

    -Eran nidos de rata.

    -Ya, ¿pero qué fue de ellos?

    -Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

    -Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

    -Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

    Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo, y se culpó.

    -Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

    -Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonalds montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

    Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios el parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

    -¿De verdad tenemos que ir por ahí?

    A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

    -Todo esfuerzo vale la pena.

    -Si tú lo dices…

    En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero las gentes habían encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para anidar en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan bendito.

    Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas veinte personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la pronunciación imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

    -Es imposible…

    -Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

    En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas allí era amarilla que daban a la avenida plana un aire avejentado, separado el tiempo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

    -Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

    -No me vendría mal un bar ahora.

    Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural, resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata, como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

    -Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

    -Estoy de acuerdo contigo.

    Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces de neón que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

    -Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable, dotado de una magia especial. Ahora no podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Aquella noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

    -Tengo algo que decirte, Roberto.

    -Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo un cigarrillo con la punta de otro que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía casi de dos paquetes al día sin miedo.

    El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba El Pelat y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba sobre la música ambiente el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

    -Este es el verdadero Carmelo, Federico.

    -Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

    -Voy a saludar.

    Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedicó una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no. El alcohol, droga maldita y leal, absolutamente legal y normal en la sociedad del bienestar.

    -Te he pedido una cerveza.

    -Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el Paraíso.

    -Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

    -Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

    Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

    -No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado y no lo supera…

    -Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

    -Si quieres te lo presento.

    -Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

    Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

    -No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado, pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

    -De quién me estás hablando, tío.

    -De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

    -Verás, Roberto, Martina y yo…

    -Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

    -¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

    -¿Tú te has visto?

    Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

    -Supongo que tienes razón.

    -Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

    -No lo has hecho, tranquilo.

    -¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

    -Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

    …

    11. La luz no se encendió

    Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba el pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un caldo de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones escapistas de Federico.

    Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas, que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

    Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse. Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era informático en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicaba siempre.

    Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba su bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio habitualmente, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor invisible en la oscuridad.

    -He visto que has hecho las maletas.

    Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

    -Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

    -¿Dónde es?

    -En El Carmelo.

    -¿Cuánto pagas?

    -Prefiero no decirlo.

    -En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

    -Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

    Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Ioan. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar nuevamente.

    -Todo está en las mismas condiciones a como lo encontré.

    -Todo excepto el olor asqueroso de tu tabbacco.

    Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

    -Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

    -He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

    -No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

    Si la tensión se coloreara, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del tono del reproche y dijo:

    -Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento tanto de haberte metido.

    -Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

    Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo con una hostia para salir por fin de aquella casa.

    -El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

    Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa, moviendo el culo. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta.

    -Qué pasa con el tema de la fianza.

    Serguei se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentaba no mirarlo.

    -Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

    Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, unos mafias.

    En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

    -Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Cuídate.

    El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

    Ya en el ascensor, Federico comprobó su teléfono móvil. Había quedado en que Martina vendría a ayudarlo con la mudanza, pero le acababa de mandar un mensaje diciendo que no podía. Por un momento, se sintió desesperanzado, como si algo no estuviera bien.

    El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca, su corazón quería sentirse optimista y ver, en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo. Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano, como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio, hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar y abrir la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría, pero por fin cedió. Al entrar en su piso, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó, pero como no estaban subidos los plomos, que debería buscar ahora, la luz no se encendió.  

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo continuará esta historia con su tercera parte. Hasta entonces te animo a seguir explorando este sitio en busca de otros relatos y novelas ya disponibles.

    Un abrazo,

    El Escribidor

  • Barcelona y cercanías (Parte 1)

    Barcelona y cercanías (Parte 1)

    AVISO: Esta historia contiene muchas escenas de sexo explícito y lenguaje de la calle. Si eres una persona sensible a estos temas, te recomiendo que leas otros relatos más suaves. Pero si no es tu caso, ¡adelante!

    1. Nada mejor que hacer

    -Tengo un regalo para ti.

    Federico mostró un poco de su sonrisa torcida antes de acercar el cigarrillo a sus labios y aspirar. Había visto la bolsa de papel que ella había acarreado durante toda la tarde y se había preguntado por su contenido todo el tiempo, sin atreverse a abordar el tema.

    -No hace falta que me regales nada, Martina. -y engolando la voz- Tú eres un regalo.

    Martina rio y le tendió la bolsa de papel marrón, sin distintivos de ninguna tienda. Al contacto con sus manos, Federico ya supo cuál era el contenido del sobre que estaba dentro. Sonrió ampliamente dejando ver sus incisivos sucios por el humo del tabaco.

    -Ya sé lo que es.

    -Si no lo supieras serías idiota, Ico, y a mí no me gustan los idiotas.

    Soltó una carcajada y aproximó sus labios a los de ella. Se besaron con lengua violentamente, allí sentados en la terraza del bar, sin miedo a las miradas indiscretas. Sendos cigarrillos habían quedado olvidados en el cenicero y las manos empezaron a buscar las intimidades por encima de la ropa, sin preámbulos ni tapujos. El principio de una exhausta erección empezó a escocer en la entrepierna de Federico y el equivalente femenino sucedía entre las piernas de ella. Lo hubieran vuelto a hacer allí mismo, en medio de la plaza donde estaban, entre las mesas y sillas de aluminio lacado. Pararon.

    -Bueno, abre tu regalo, ¿no?

    El sobre había quedado un poco arrugado entre las manos de Federico, que habían sudado levemente por la excitación. Se había olvidado completamente del regalo, de todo. El pelo larguísimo de Martina caía sobre su fina chaqueta blanca en bucles oscuros y aquella negrura parecía capaz de contener el universo entero en sus hebras.

    -¡Te has quedado empanado, tío! ¡Espabila o te lo quito!

    Ambos rieron. Federico comenzó a rasgar el sobre que hacía de papel regalo sin ninguna piedad. Cuando descubrió su contenido, estaba dado la vuelta, sólo se veían las consabidas letras negras de detrás sobre un fondo gris como de tapia de cementerio.

    –El triunfo, -dijo al darle la vuelta. La portada era la foto de un tipo cuyo rostro era indescifrable por lo ajado del cartel de pared que lo albergaba. Podía ser la cara de cualquiera, incluso su propia cara. Era solamente un cartel medio arrancado de la calle. – Francisco Casavella… No me suena de nada… Pero me gusta la portada. Me encanta.

    -Este libro me recuerda a ti. Cuando lo leía me parecía que sonara una rumba, estilo Los Chichos, de fondo; la oía pero el libro no va de rumba ni nada de eso, ¿entiendes?  

    -Me da la sensación de que has acertado de pleno. No me digas más. Empezaré a leerlo esta misma noche cuando esté en mi cama echándote de menos. Aunque si quieres…

    -No, Ico, esta noche no puedo. -dijo tajante. Un halo de tristeza pasó como una brisa.

    Abrió el volumen por las primeras páginas y se topó con la dedicatoria que había escrito ella. Su letra era limpia y académica, acostumbrada a hacerse entender en una pizarra.

    Para Ico, Por esos momentos inolvidables que juntos vivimos y viviremos en Barcelona.

    -Me encanta, Martina. Sé que me va a gustar sin siquiera haber leído la primera línea.

    -Lo sé. Lo mejor siempre sucede así. Lo sabemos de antemano, como si lo esperáramos.

    -Y lo peor también…

    -Anda, dame un beso y deja la filosofía para esta noche, cuando estés solito en tu cama.

    -Estaré pensando en ti… No me quedará tiempo para pensar en nada más. Vente hoy…

    Una mano dejó el libro en la mesa y empezó a deslizarse arriba y abajo por el muslo de su pierna delgada, lentamente, abajo y arriba, muy despacio, muy suave, con inquietud. 

    -Ya te he dicho que no puedo, Ico. -Ella cambió de tema- Por cierto, ¿qué tal con Roberto?

    La pregunta le cogió desprevenido. No sabía muy bien qué contestarle. Con Roberto bien.

    -Bien. Nos vemos de vez en cuando. Al fin y al cabo, estoy viviendo en la casa de su tío.

    -¿Te gusta El Carmelo?

    -Me encanta. Me siento como el personaje de una novela de Juan Marsé. Hemos salido un par de veces a andar por el barrio. Me ha enseñado los bares y los balcones que dan a la ciudad. Me dijo el otro día que teníamos que ir a los búnqueres. Que iba a flipar.

    -Tiene razón. Te va a encantar. Eso antes estaba lleno de los quinquis que tanto te gustan.

    -Podrías venir tu también, y le podemos decir a Alejandro… ¿El sábado que viene?

    -No lo sé… Tendría que mirarlo, Ico. Pero si puedo, me encantaría ir con vosotros.

    -Ojalá tuvieras más libertad. -La mano se detuvo sobre su muslo. Ella la aproximó a su sexo y la apretó contra él. Por debajo de su pantalón vaquero podía intuirse cierta humedad caliente que impregnaba la tela de mezclilla. Su corazón palpitaba con fuerza.

    -Me encantas, chico del Carmelo.

    Se besaron y sus lenguas parecía que quisieran golpearse dentro de la boca del otro. La mano de ella, con sus dedos largos y delgados, agarró con fuerza la erección de Ico, apretando  y soltando alternativa mente mientras iba volviéndose más y más endurecida. La tarde de domingo era gris y desapacible. Pronto oscurecería y casi no había nadie por el Poble Sec. Los gin tonic estaban casi terminados sobre la mesa del bar, aguados.

    -Será mejor que nos vayamos a casa. Ya hemos tenido suficiente por hoy, ¿no crees?

    -Ahora mismo no puedo ir a ningún sitio. -dijo señalándose la entrepierna- Ni andar…

    -Pues espérame aquí.

    Ella se levanto y se aproximó al bar. Mientras se alejaba, Federico pudo apreciar de nuevo su esbelta figura. Vestía unos sencillos pantalones vaqueros ajustados que dibujaban los contornos de sus piernas. Se iba ajustando la chaqueta blanca que ceñía su cintura estrecha. Su cabello cimbreaba levemente a cada paso que daba con sus zapatos acharolados. Poco antes había podido apreciar ese cuerpo desnudo frente a él, de rodillas.

    La vida en Barcelona era imposible como en un milagro. Los precios de las cosas estaban por las nubes y su sueldo de trabajador a media jornada casi no llegaba ni para pagar el tabaco. Con la cuenta prácticamente a cero, intentaba sobrevivir comiendo poco y andando mucho de aquí para allá. Eran muchas las actividades que deseaba hacer, los lugares que quería visitar, pero se alzaba frente a sus sueños la cruel frontera del dinero. Por su parte, Martina no tenía ese problema. Pertenecía a una de las familias más ricas de Barcelona y por eso no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano que hacía las veces de urbanización para empresarios y jugadores de fútbol. Huida de la fábrica de su padre, era profesora en un colegio alemán, donde aquellos pijos llevaban a sus hijos repipis.

    -¿Has pagado tú? -Preguntó Federico mientras ella volvía guardándose la cartera.

    -No me importa. Ya lo sabes.

    Federico sintió vergüenza de sí mismo. Las normas de urbanidad establecían que debería ser él quien corriera a cargo de las cuentas, y no ella. Aunque los tiempos estaban cambiando en la tele y en las redes sociales, en la vida real se sentía aún cierto dolor en el orgullo. Martina no le daba importancia a las cavilaciones de Ico, para ella el dinero era algo natural como el aire que respiraban, un elemento, aunque vital, sin importancia.

    Caminaban por las calles grises cogidos de la mano. Los balcones y las casas, de no más de cuatro o cinco pisos, recordaban a las del barrio de Gracia, pero sin el glamour ni la responsabilidad de ser el sitio de moda. Era un barrio antiguo como cualquier otro de la ciudad, en plena transformación: pronto le llegaría el momento de convertirse en otra zona gentrificada, llena de restaurantes para veganos y tiendas de ropa de diseño, de hecho, alguno había ya, pero todavía conservaba el sabor a barrio que pronto se perdería.

    -Me encanta el Poble Sec. Si no viviera en el Carmelo, me encantaría vivir aquí.

    -A mí también me gusta mucho… Algún día podríamos alquilar algo… ¿Te imaginas?

    Lo cierto es que Ico, a pesar de que le hubiera gustado, no conseguía imaginárselo. Solo podía ver el presente, los pasos de ella y de él acompasados, atravesando las calles estrechas que poco a poco se iban oscureciendo. Los pocos paseantes con quienes se cruzaban caminaban con ese aire somnoliento de domingo. Federico no contestó.

    Llegaron al coche de ella y se subieron uno a cada lado. Apenas eran las siete y media de la tarde. Federico se sentía deprimido. Le quedaba toda una tarde aburrida frente al pequeño televisor de su apartamento: un bajo al cual se entraba por la puerta de un garaje. No tenía dinero para ir a ninguna parte y el tabaco escaseaba. La nevera estaba vacía, como su estómago. Al día siguiente era lunes y la perspectiva de su empleo lo perturbaba.

    -Estás muy callado, Ico.

    -En verdad soy un tipo callado. -empezó a pasar las páginas del libro que ella le había regalado sin mirarlas, retorcía el volumen y colocaba el pulgar entre la portada y la contraportada, las páginas se sacudían como una baraja de cartas y se podía sentir cada una de ellas en la yema del dedo por un instante. Con la vista perdida en el cielo gris que amenazaba lluvia, Federico deseaba que lloviera. – Ojalá llueva… ¿Hoy vas a verle?

    Ella se quedó callada. Durante un lapso de tiempo solo se oía el rumor del tráfico como un océano al otro lado de las ventanillas. Marina mantuvo su vista al frente, impasible.

    -Estaba pensando que podríamos vernos mañana por la tarde… Podría pasarme por tu ca…

    -¿Él sabe algo de lo nuestro? ¿Lo habéis hablado alguna vez?

    -Mañana por la tarde podría estar en El Carmelo después de las clases, a eso de las cinco.

    -¿Se enteró alguna vez de lo de Roberto? ¿Por eso dejasteis de veros Roberto y tú?

    -Ico. No quiero hablar de eso ahora. Quiero disfrutar contigo del ratito que tenemos. Si crees que no puedes entenderlo, podemos buscar una solución… -suspiró- Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido. Sé que para ti es difícil, pero también lo es para mí.

    Federico reflexionó por un momento. ¿A qué venía esa tristeza súbita? Se estaba enamorando. Las cosas estaban muy claras desde el principio, sabía que ella tenía una relación desde hacía años con un chico que para él era un ser borroso, incluso invisible. A pesar de todo, había decidido participar del juego. Total. Él aún no tenía a nadie más.

    -Perdóname. No he sido justo contigo. No tengo derecho a preguntarte. -rio un poco- Supongo que me estoy poniendo celoso. Se me pasará. No tiene la menor importancia.

    Martina lo miró con sus ojos marrón oscuro, sonrieron, como sus finos labios.

    -¿Mañana a las cinco y media?

    -No tengo nada mejor que hacer.

    …

    2. Sólo el principio

    El barrio del Bon Pastor limita con el río Besós, que sirve de frontera natural, por el norte, a la ciudad de Barcleona. Al otro lado de la rivera se extiende Santa Coloma de Gramanet, célebre por sus viviendas desconchadas y sus porches ideales para el navajazo y el menudeo. Pero poco a poco, la zona había ido transformándose en una suerte de barrio residencial por el cual los vecinos habrían de sentirse orgullosos con el paso de las décadas. En pleno proceso de gentrificación es cuando Federico llegó a los jardines de una tal Isabel Paniagua. De pie como un pasmarote, miraba el cartel del metro: Bon Pastor 

    Eran como las diez y cuarto de la mañana. Había quedado con Martina sobre las once y no tenía nada mejor que hacer para pasar los nervios que dar una vuelta por el barrio donde llevaba viviendo apenas una semana. Los acontecimientos en su vida, a su vuelta de un oscuro viaje fallido a Londres, se habían precipitado y las cosas sucedían tan deprisa que casi no había tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estaba pasando. En verdad, era más sencillo así, dejarse llevar por la corriente de la vida como una paja por el río.

    Sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos por no saber qué encontraría más allá de cien metros a la redonda, tomó una dirección aleatoria y echó a andar disfrutando del sol de septiembre que ofrecía la mañana de sábado (2 de septiembre). Pasó por delante de los bares-paco que poco a poco que iban llenando de las parroquianas habituales, con cruasanes de chocolate y sus humeantes cafés con leche. Federico tenía hambre y pensó en tomar un tentempié. Abrió su roída cartera marrón oscuro y miró al flamante billete de veinte euros que hacía poco había extraído del cajero automático poco después de salir de casa, el cual aún estaba caliente. Volvió a guardar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y pasó de largo reanudando la marcha. Cuatro viejas, quienes habían reparado un momento en su recortada figura contra el implacable sol matutino, dejando el cotorreo de la conversación suspendido por un instante, volvieron a lo suyo al valorar que Federico no suponía ninguna amenaza para su desayuno. Iba vestido con lo mejor de su armario.

    -Si encuentro alguna floristería, compraré una rosa. -dijo en voz alta, sin importarle lo que pudiera pensar el gordo transeúnte que en ese instante se cruzaba con él paseando un pequinés cruzado con otra cosa, un noble perro de barrio obrero que debió ser mono de cachorrito. El can lo miró con altanería, con sus cuatro dientes torcidos por fuera del morro. Federico sintió ganas de arrearle una súbita patada pero se contuvo como siempre.

    A la altura del número 147 de la calle San Adrián, la cual transitaba, se encontró consigo mismo en el reflejo del portal de un edificio recién construido entre dos bloques baratos de toldos verdes. Vestía impecablemente. Se había puesto una camisa rosa que le hacía sentirse más masculino, unos finos pantalones vaqueros no demasiado desgastados que se ajustaban a sus piernas y a su paquete, unas gafas de sol negras que pronto iba a dejar olvidadas en algún vagón del metro, pero que en ese día, a esa hora, todavía conservaba. Incluso sus zapatillas estaban relucientes y parecían brillar de lo blancas que estaban. Llevaba el pelo crecido, al estilo de los rockeros de los años setenta, pero se había afeitado. Lo bueno de Barcelona es que a nadie le importaba el aspecto que uno tenía porque cada día se veía de todo en todas partes. Ese día se sentía elegante, bien plantado.

    Iba a triunfar y lo sabía, pero eso no lo hacía sentirse menos impaciente porque llegara el momento de ver a Martina. Repasaba en su cabeza la conversación que iban a mantener aquel día. Era la primera vez que iban a quedar solos, en persona, después de la primera vez que se vieron. Habían hablado casi cada noche por mensajería instantánea, incluso habían compartido ratos de masturbación y conversaciones abiertamente sexuales, pero una cosa era hacerlo a distancia, en diferido, y otra muy distinta era compartir el mismo aire y saliva. “Me imagino que tienes una polla muy bonita”. Le dijo ella un día, de pronto.

    Sonriendo como un feliz imbécil, Federico levantó la vista y vio frente a sí que la calle se había terminado. Unas escaleras blancas de hormigón daban acceso a una atalaya con una pérgola urbana sin toldos, que hacía las veces de meadero para los perros de Bon Pastor. Una chica paseaba a un labrador peludo por la altura, pero decidió no hacer el esfuerzo de subir hacia ninguna parte. Plantado en el cruce donde estaba, miró a la izquierda. Una carretera insulsa se perdía debajo de un puente completamente oscuro que parecía llevar a una calle tan aburrida como la que tenía a su derecha, la cual se perdía a lo lejos en una línea recta tan larga que daba escalofríos. Así que decidió dar la vuelta. Miró su reloj.

    -Quedan veinte minutos. -se dijo y, con una prisa repentina, corrió hacia donde habría de encontrarse con Martina: la esquina del banco donde poco antes había sacado dinero. -En este puto sitio no hay nada. -añadió- Sólo bares, supermercados y tiendas que cerraron.

    Su vida en Barcelona no estaba siendo precisamente fácil. A las dificultades por encontrar una habitación asequible, se añadía el problema de las distancias. Todo estaba muy lejos de cualquier cosa y la conexión de metro obligaba a engorrosos transbordos para ir al centro. El autobús no se planteaba como una opción e ir en coche, que tenía aparcado en un descampado no lejos de donde estaba, era una misión farragosa. Prefería ir andando a todas partes, pero el desierto de aburridas viviendas se alargaba tanto que asfixiaba. Una de los muchos aspectos que más incomodaban a su casero, gay rumano ultraortodoxo con el que vivía, era que no se quitara las zapatillas al llegar de la calle. Había tanta mierda convertida el polvo en la ciudad que el calzado se impregnaba rápidamente de esa ceniza invisible pero palpable, y el hecho de ir por la casa con las deportivas que había usado para andar por la calle provocaba un serio problema en la limpieza del hogar al que Federico no estaba acostumbrado. Si bien en su pueblo había contaminación industrial, no se impregnaba en el suelo de la misma manera que lo hacía en Barcelona, la capital.

    -Pero esto no es Barcelona… es un barrio periférico de mier… -el teléfono sonó.

    -¡Ico! -ella lo llamaba así, y le encantaba- ¿Dónde estás?

    Por un leve quiebro de su voz, Federico intuyó que estaba nerviosa, y eso lo excitó.

    -Delante del BBVA, donde dijimos.

    -Vale. Ahora me vas a ver. -Su voz sonaba con eco, como dentro de un lavabo; seguramente estaba usado en manos libres. Federico no conocía su coche, así que miraba a todas partes un poco desesperado por ver si la distinguía entre los conductores cercanos.

    Sonó un claxon si se sobresaltó levemente. Estaba mirando a lo lejos, a la calle principal, y en verdad ella había llegado por una calleja que daba a justo delante de él. Tenía un pequeño todoterreno gris perla de la década de los dosmil, seguramente de un familiar. Bajó la ventanilla. Llevaba exactamente el mismo vestido con el que se conocieron. Una única pieza de algodón con dos tirantes a los hombros, que se ceñía a su cuerpo y terminaba en una falda que quedaba a mitad del muslo. Entre sus piernas entreabiertas por la conducción se adivinaba un lunar un poco más arriba del interior del muslo izquierdo. Su pelo largo caía hacia el lado izquierdo, dejando ver su cuello largo y esbelto.

    -Me ha costado un poco encontrar el sitio, yo pensaba que…

    CHOOONK. Pitó una furgoneta de reparto de un supermercado cercano. El carril era de una dirección y no podía adelantar al coche de ninguna manera. En Barcelona todo el mundo tenía prisa, incluso un sábado por la mañana de septiembre. -Espera, me subo.

    Cerró la puerta tras de sí y Martina arrancó sin perder tiempo. Disimulando su excitación, Federico miraba el paisaje e intentaba guiarla hacia donde tenía la que era su casa.

    -No creo que encontremos aparcamiento, pero por lo menos lo podemos intentar.

    -Me parece bien.

    No dijeron nada más, pero el silencio no resultaba incómodo. Federico aprovechaba para mirarla de soslayo por el rabillo del ojo. Estaba realmente preciosa. Su pecho generoso pero equilibrado con su cuerpo subía y bajaba levemente por la respiración entrecortada. El vuelo de su falda abierta temblaba levemente con los movimientos de las piernas y el traqueteo del vehículo. Deseaba acariciar con su mano aquella rodilla desprotegida, pero se contuvo al doblar la esquina y divisar que un coche se marchaba justo delante de casa.

    -Qué suerte hemos tenido. Justo en frente del piso del gay.

    -¡Sí! Parece una película.

    -¿Una película? -dijo Federico por decir algo.

    -En las películas siempre aparcan delante del sitio a donde van, ¿te has fijado?

    -No me había dado cuenta, la verdad.

    Empezó a maniobrar. Estaba visiblemente nerviosa y se reía a cada momento. Necesitaba apenas dos movimientos de volante para dejar el coche en el sitio. El hueco era amplio y generoso. Pero fueron necesarias unas cuantas maniobras para dejarlo medio fuera. Federico no dijo nada y esperó pacientemente, dispuesto a aparcar si ella se lo pedía.

    -Estoy nerviosa. ¿Te lo puedes creer?

    -No tienes por qué estarlo…

    -Ya lo sé. Pero estoy nerviosa y quería decírtelo. Sé que no hay nada malo en ello.

    Ante semejante sentencia, Federico no supo qué añadir y la siguió cuando abrió la puerta del vehículo y se bajó del coche. Al ponerse frente al edificio se quitó las gafas de sol que llevaba con un cordel de colores vivos, como visten las personas mayores y los modernos.

    -Así que vives aquí.

    -Así es… No está mal la casa. Aunque el casero es un quisquilloso de mierda. No está.

    -¿Me la enseñas? -Por un momento, Federico no supo qué decir. De ninguna manera esperaba esa propuesta así, de sopetón. Suponía que irían a tomar algo primero pero…

    -¡Claro! -dijo haciéndose el loco y sacando las llaves del bolsillo- Adelante, princesa.

    Se arrepintió al momento de haber dicho aquello, pero estaba nervioso también. Mientras esperaban a que el ascensor venciera la distancia que separaba la planta baja de la segunda, donde Federico y el gay vivían, sentía cómo su corazón ladraba dentro del pecho. Martina se sentía igual que él porque un dedo de su pie desnudo se arrugaba sobre la zapatilla veraniega que vestía, dejando ver unas uñas pintadas de color rojo carmín.

    Al llegar abrió la puerta del rellano y entraron en el pequeño vestíbulo de la vivienda.

    -Y esta es mi casa… -Martina entró detrás de él.

    -¿Te has dado cuenta? -dijo ella.

    -¿De qué?

    -Todavía no nos hemos dado un beso.

    -Es verdad. Entre que ha pitado la furgo aquella y hemos buscado aparcamiento ni siquiera nos hemos saludado. Vaya un anfitrión estoy hecho… -Federico se acercó a ella.

    Martina se dejó dar un beso lento en la mejilla y luego giró la cara buscando los labios de él, que fácilmente se encontraron con sorpresa pero sin miedo. Se besaron con las bocas llenas de saliva, como quienes han esperado aquella comida con muchas ganas y hambre. Las manos de Martina se colaron por debajo de la camisa rosa de Federico y recorrieron su espalda. Estaban frías, pero se calentaron casi al instante por la fricción. Las manos de él aprovecharon para recorrer las piernas desnudas de ella, de pie como estaba, hasta casi llegar a la zona humedecida de su sexo, que irradiaba un calor casi tangible por debajo de la tela. Martina empezó a gemir con desespero, como si le faltara el aire. Una de sus manos abandonaron la espalda y se centraron en la entrepierna de Federico, que estaba dura y quería romper la tela vaquera que la contenía. Ambas manos se centraron en su cinturón de cuero y se lo desabrocharon con agilidad. Martina lo miraba con fiereza.

    -Te enseño mi cuarto.

    Como si ella supiera dónde se encontraba. Se dio la vuelta. Le cogió la mano y lo dirigió hacia la habitación donde dormía, como si hubiera estado antes allí, lo cual era imposible. Federico no tuvo tiempo a pensarlo. Antes de que pudiera darse cuenta se hallaba echado sobre la cama de noventa con Martina encima. Su falda no dejaba ver la zona aquel momento se frotaba con la dureza de su pantalón vaquero desabrochado, el cual poco a poco iba bajando hasta quedar caído a media pierna. Sus manos buscaron la ropa interior de ella por debajo del vestido blanco, moteado con diminutas flores amarillas y rojas. Quitó con decisión la última pieza de ropa que servía de frontera entre la piel de ella y la suya y ella hizo lo mismo con él. Se quedaron sólo con la parte de arriba de la ropa: él con la camisa y ella con el vestido, subido ahora, que dejaba ver su ombligo desnudo.

    -Espera creo que tengo un condón por aquí…

    -No hace falta. -dijo ella, que se situó encima de él y cogió su pene con decisión, como si fuera un objeto carente de vida, hecho de un material más duro e insensible que la carne. Con unos dedos largos fuertes lo introdujo dentro de su sexo, que no mostró resistencia.

    Ambos se quedaron extasiados. Martina se movía rítmicamente mientras las manos de él buscaban liberar sus senos del broche del sujetador. Lo consiguieron y sus pechos de mostraron en su totalidad por debajo del vestido medio caído, que iba bajando a medida que las embestidas iban y venían. El pelo de ella se balanceaba como un péndulo sobre la camisa que iban abriendo los dedos ágiles de ella, dejando ver el torso desnudo de Federico, sin un solo vello. Sonriente, echó hacia adelante uno de sus pechos y lo puso en la boca de él, haciendo que pronto encontrara la aureola de un pequeño pezón oscuro.

    Las manos temblorosas de Federico subían y bajaban desde los muslos hasta la espalda de ella, cruzando en ocasiones la línea divisoria que separaba ambas piernas y que terminaba en el punto donde ambos sexos chocaban cada vez con más rudeza. La gotas de sudor y la humedad iban produciendo un chasquido como de un látigo suave y dulce.

    De repente, ella se separó y se tumbó junto a él en la cama. Jadeante, lo miraba encendida.

    -Ponte encima.

    Así lo hizó él y se abrazaron con fuerza mientras las piernas de ella se abrían cada vez más buscando un soporte que en el aire no encontraban. Las embestidas se hacían cada vez más acuáticas y sencillas, casi podía notarse como si el cuerpo estuviera debajo de una fuente caliente cuyas aguas lo abrazaran y fueran subiendo la temperatura a medida que los gemidos de ambos, pero sobre todo de Martina, iban intensificándose hasta casi llegar al grito. La cama empezó a salirse del lugar buscando el centro del cuarto estrecho.

    -Sigue, sigue, por favor, no pares.

    -No…

    -Córrete conmigo. ¡Ahora!

    -No tengo condón…

    -¡Ahora!

    Federico obedeció sin rechistar. Se sintió irse como una fuente que se levantara y siguió empujando todo lo que daba de sí hasta que las múltiples eyaculaciones cesaron. Se quedaron así tumbados, uno encima del otro, mientras los cuerpos se relajaban sin separarse. Fue entonces cuando Federico pudo sentir un leve temblor en la mejilla de ella.

    -¿Por qué lloras?

    -No estoy llorando. -dijo secándose una lágrima. Él no dijo nada, simplemente esperó. -Creo que vas a poner mi vida del revés.

     -Yo nunca te haría daño. -dijo él, besándola de nuevo sin saber muy bien qué añadir.

    -Ya lo sé. Me estás chafando, grandullón. Échate a un lado, anda.

    Federico se separó y se acabó de quitar la camisa arrugada que entonces tenía. Buscó el paquete de tabaco por los bolsillos de su pantalón y encendió un cigarrillo. Martina lo miraba desnuda como una diosa griega recién salida de las aguas y la espuma de una ola, completamente desnuda y despierta, más bella que cualquier estatua que él hubiera visto.

    -¿Me das una calada?

    -Pensaba que no fumabas. -dijo él tendiéndole el cigarrillo.

    -Sólo fumo cuando estoy contigo. -y rio su pequeña broma. -¿Por qué no ponemos un poco de música? -añadió al cabo de un rato. -Tu pones una y yo otra, y así nos conocemos.

    Federico encendió el ordenador portátil y buscó en el reproductor un tema de Bob Marley que entonces le apetecía escuchar: Could you be loved, cantó con ronca voz cazallera.

    -Esa me gusta.

    -Ya lo sabía. Por eso la he puesto. -y la abrazó de nuevo, desnudos como estaban. No era necesaria una manta, dado que hacía un calor creciente que haría arder el hormigón. Cuando la canción hubo terminado, ella puso otra: Anochece, de un rapero. No le gustaba.

    -¿La conoces?

    -No… No me gusta mucho el rap.

    -¡Qué dices! Sal de esta cama ahora mismo… -y añadió divertida- Yo fui rapera, ¿sabes?

    -¡Anda ya! -dijo él riendo. -No veo a una princesita como tu haciendo rap-urbano-yeah.

    -Pues lo hacía, de hecho, tengo una canción en youtube y todo.

    -¡Ponla! ¿Cuál era tu nombre artístico? La buscaré.

    -No pienso decírtelo…

    -Anda…

    -¡Que no! Dame un beso anda. -Él la obedeció- Se ha terminado la canción. Te toca a ti…

    -No sé qué poner…

    -Una romántica.

    Sin pensarlo demasiado, Federico buscó en su lista de reproducción y dijo: -Esta me recuerda a ti. -Clicó dos veces encima del nombre del tema, Amores eternos de Sabina.

    -Es una canción vieja.

    -Me gustan las canciones viejas.

    Se quedaron callados escuchando la letra que empezaba diciendo: Desnuda se sentía igual (clíing, hacía un instrumento dulce), que un pez en el agua… Y callados estuvieron los tres minutos que duraba la historia de un amor que duraría para siempre en una estación. Al terminar, ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados. -Eres muy sensible, ¿no?

    -Depende…

    Volvieron a besarse. Ella agarró su sexo con una mano sorpresiva y empezó a agitarlo suavemente. Poco a poco, fue poniéndose duro de nuevo, con la misma seguridad que la primera vez. Cuando estuvo preparado y palpitante por las manos de ella, se tumbó sobre la cama de espaldas. Se apartó el pelo a un lado, dejando ver su espalda de lunares y su trasero estrecho, levemente levantado, dejando espacio entre la cama y el monte de venus.

    -Métemela otra vez.

    Federico la obedeció. Sus manos agarraron sus nalgas y su cuerpo encontró el hueco que ella le dejaba sin esfuerzo, como si un imán atrajera ambos puntos con una fuerza invisible pero poderosísima. Otra vez empezaron a frotarse, esta vez más ahínco, como si quisieran romper la cama cuyas patas temblaban bajo el colchón barato de muelles. Al cabo de un rato de estar así, sin que ella gimiera como la primera vez, se giró un poco y dijo, tumbada como estaba. -No te preocupes por mí. Ahora quiero que disfrutes tú. Folla.

    Aquellas palabras, en esa voz dulce que ella tenía, sirvieron como una droga excitante. No aguantó demasiado, pero no le importó. Hizo como ella le había pedido, sintiéndose liberado. Con una de sus manos agarraba su hombro, con la otra una de sus piernas. Federico embestía con toda la fuerza que le proporcionaba su deseo, de forma repetitiva, brutal, de una manera que no había conocido en mucho tiempo, que casi ya no recordaba.

    Terminó pronto. Se dejó caer sobre la espalda de ella que sonreía satisfecha y feliz porque

    -Me ha encantado hacerte disfrutar.

    -Eres increíble, Martina. Nunca he conocido a nadie como tú.

    Ella se giró sobre sí misma, quedando frente a él. Estaba tranquila y satisfecha, casi feliz.

    -Me alegro de haberte conocido, Ico.

    Federico sonrió, la besó lentamente sintiendo cada uno de los poros de su lengua y dijo:

    -Esto es sólo el principio.

    …

    3. Tú estás loco

    Fue un verano tórrido en aquella ciudad sin importancia a cien quilómetros de Barcelona. Tres amigos se juntaban habitualmente para cenar y salir un poco a divertirse, pero ese día era especial. La luz de la tarde caía lentamente lamiendo las piedras antiguas de la ciudad romana de la que ya no se acordaba nadie en cientos de quilómetros a la redonda. Era aquel el lugar donde les había tocado nacer, como quienes nacen con un nombre feo, en una ciudad anodina, pero de rincones bellísimos, solo descubiertos por quienes la conocen bien y la habitan. Unos pocos turistas con aire de perdidos paseaban por la plaza de piedras doradas y los lugareños iban llenando las terrazas de los bares con distensión veraniega. Federico ocupaba una de las mesas de la terraza mientras fumaba un cigarrillo con Rosario, un amigo de hacía muchos años, delgado y cimbreante como una caña de bambú, como el cigarrillo que ambos estaban consumiendo nerviosamente mientras esperaban a que llegara Alejandro con dos amigos suyos, un chico y una chica, de Barcelona.

    -Y eso fue lo que pasó.

    -¿Y qué hiciste luego?

    -Nada, -dijo Federico- me volví a casa con el rabo entre las piernas.

    Rosario soltó su habitual risa sardónica enseñando todos los dientes de arriba. -Te lo dije.

    -Ya, sé que me lo dijiste, ¿pero qué iba a hacer? ¿Esperarla toda la vida? Tenía que saber la verdad y fui a por ella. Aún estaba enamorado de ella después de dos años sin verla…

    -Pero ella estaba con otro… -Rosario no podía aguantarse la risa y Federico sonreía complacido y triste, con una melancolía cronificada que despacio iba forjando su carácter.

    De repente, sintió dos manos fuertes, grandes, calientes, en su espalda, sobre sus hombros.

    -¿Quién estaba con otro? -dijo Alejandro con un tono que oyeron todas las mesas.

    -Su ex. -dijo Rosario.

    -Cállate, cabrón. -dijo Federico poniéndose de pie.

    -¡Federico! -pronunció Alejandro alargando la o- ¿Cómo estás amigo mío? ¿Cómo te fue?

    -Bien. -mintió Federico al entrever a la chica que se situaba detrás de Alejandro. Llevaba el pelo largo, castaño oscuro, a ambos lados del cuello, recordando su busto joven y bello. No pudo evitar fijarse en ella unos cuantos segundos, más que lo habitual en esos casos.

    -Veo que has visto a Martina… Martina, este es mi amigo Federico, del que tanto te he hablado, ¿recuerdas? -Alejandro sonreía, dos hoyuelos se formaban en sus mejillas.

    -¿El que ha venido de Londres? Tienes que contarme esa historia.

    -Maricón. Te dije que no contaras nada.

    -Es una historia demasiado buena como para mantenerla en secreto, ¿no crees? -dijo Alejandro alejándose- Y no te pases un pelo con ella, que tiene novio, ¿me oyes, pillín?

    -Deberías escribirla. -Añadió Rosario riéndose.

    -Aquí el único escritor que hay es este señor: -dijo Alejandro, zalamero- el Gran Roberto Cordero de los Cobos, poeta y uno de mis mejores amigos. -casi hizo un pase de pecho.

    Detrás de la reverencia exagerada que hizo Alejandro, apareció la figura abotargada de un chico cerca de sus treinta con camisa flamenca abierta, dejando entrever una cadenita de oro de la comunión. Parecía un charnego barcelonés socialista de los años setenta, que ellos habían visto en películas, fotos, pero sobre todo, en los libros de Montabán y Marsé. Se estrecharon la mano mirándose a los ojos con una sonrisa dolorida y Federico y él se cayeron bien desde ese mismo instante, casi un amor a primera vista, como con Martina.

    -Un placer, Roberto. Discúlpalo. -dijo señalando a Alejandro, que en ese momento estaba presentado a Martina y Rosario. Ella llevaba un vestido corto, suelto, de flores diminutas. -Es un poco exagerado, pero le queremos.

    -¿Un poco, sólo? Menos mal que la gente de esta ciudad no son todas como él, sino el ambiente sería insufrible. Por cierto, Alejandro me ha contado la historia esa de Londres…

    -¿A ti también? Maldito Alejandro. Le dije que era un secreto…

    Tomaron asiento en la mesa de la terraza que daba más al centro de la plaza. Las luces se encendieron en aquel momento por la llegada próxima de la noche veraniega. Una brisa fresca movía el pelo y los volantes del vestido Martina, mientras los cigarrillos se encendían. Todos fumaban excepto ella en ese momento y se respiraba la magia del vivir.

    A la segunda cerveza, tocaron el tema que todos llevaban esperando largo tiempo: la historia de Federico en Londres, quien había ido en busca de un amor perdido hacía tiempo y había vuelto con las manos vacías y el alma rota por las ilusiones de antaño. A trompicones, Federico fue desgranando los pormenores de una historia conocida por todos, pero narrada desde su voz, cobraba un timbre de tragedia que los mantenía en silencio, atentos a los detalles que se dejaban entrever, sin quererlo, entre líneas de dolor.

    -Y eso es todo. Me fui a casa y, dos semanas más tarde, aquí estoy. Señal que fracasé.

    La plaza parecía haberse quedado callada. Nadie osó interrumpir el silencio que se había instalado por unos instantes sobre la mesa de aluminio de la terraza. El humo subía recto.

    -¡Qué bonito! -exclamó Martina- No puedo creer que alguien pueda ser tan romántico.

    Federico se sorprendió azorado. Él tenía más bien la perspectiva de ser un fracaso.

    -Es un completo fracaso. -dijo Alejandro.

    -Completamente… Yo se lo dije. -añadió Rosario.

    Roberto fumaba y lo miraba fijamente sin decir nada, pensativo. Federico miraba un poco a todas partes mostrando adusta indiferencia, pero el corazón empezaba a escocer mucho.

    -Igualmente, me parece la historia más maravillosa que he escuchado. -Todos callaron. Incluso Alejandro dejó de reírse y se puso serio. -Cuesta creer que haya sido real…

    -Yo pensaba lo mismo, Martina. Pensaba que una historia tan buena sería irresistible para ella y que caería en mis brazos rendida, como al final de un buen libro. Pero aquí estoy…

    -¡Siempre nos tendrás a nosotros! -dijo Rosario riéndose.

    -¡No sé si eso me consuela! -dijo riendo Federico y rieron todos sin motivo aparente.

    -Hablando de libros, ¿cómo llevas el tuyo, Roberto? Creo que estás a punto de publicar tu segundo poemario, ¿no es cierto? Cuenta, cuéntales a estos aprendices tu proyecto.

    Mucho más humildemente que Alejandro, Roberto empezó a hablar de sí mismo un rato, explicando los pormenores de un libro de poesía que llevaba entre manos y que saldría muy pronto en una editorial pequeña, pero prestigiosa para los poetas de segunda fila. Roberto constituía una joven promesa de la literatura de Barcelona escrita en español, casi un oxímoron, pero que funcionaba dando autores de primerísimo nivel como sería él.

    La conversación derivó a cientos de temas propios de la edad de los sueños y las aspiraciones. Martina y Roberto habían venido juntos pasar el fin de semana en aquella zona costera donde Alejandro, Rosario y Federico vivían, cuyo nombre no recordaban. Habían pasado el día en la playa y en la narración de ese día se iban conociendo despacio.

    Martina y Roberto vivían en Barcelona. Ya eran amigos antes de conocer a Alejandro en el máster de investigación en Literatura que todos habían cursado al terminar la carrera. De hecho, ellos dos habían estado liados durante un tiempo, pero la relación estaba acabada. Martina tenía novio desde los dieciséis y, a pesar de sus escarceos con el poeta, no había abandonado su relación. Roberto vivía torturado porque la amaba locamente, pero ella parecía no tener ojos para él, más allá de la buena y noble amistad que mantenían.

    De aquello no se habló durante la cena de tapas que consumieron, ni siquiera cuando llegaron las copas en un antro cercano. Todos sabían de la relación entre Martina y Roberto porque Alejandro había ido desgranando todos los pormenores en sus visitas de fin de semana, cuando solían verse para tomar algo y mantener discusiones bizantinas sobre asuntos que solo les importaban a ellos: ¿Eran los autores de canciones actuales poetas? Y así se pasaban las horas entre cafés, enfados, risas y complicidades. De hecho, el tema de Martina era uno de los preferidos por Alejandro quien, como alcahueta, lo sabía todo.

    A medida que avanzaban los gin-tonic Federico notaba que la mirada de Martina buscaba la suya por encima de las copas y por debajo de las conversaciones cruzadas. Hubo un momento en que se encontraron y los cuerpos parecieron comunicarse una urgencia apenas contenida: Te follaría ahora mismo, parecían decir los ojos profundos de ella. Federico desconfiaba de su propia intuición, acostumbrado como estaba fracasar en eso. Luego ella desviaba la vista despacio y miraba a otra cosa, pero por el rabillo del ojo seguía mirándolo a él, queriendo entablar un momento de complicidad a solas y hablar.

    -¡Entonces le dije que podía meterse su crítica pretenciosa por donde le cupiera o cupiese!

    Roberto estaba cada vez más borracho y el alcohol parecía sentarle mal. En vez de producir la acostumbrada risa distendida y promover las habituales expresiones de afecto, él iba hundiéndose en una frustración sin nombre, fruto de la macedonia de experiencias tristes que su corazón acumulaba. La más dolorosa, parecía tenerla justo al lado, pero nunca se quejó. Sólo bebía, buscando momentos de intimidad que nunca se producían. El viaje al pueblo de Alejandro había constituido una oportunidad de oro para volver a intentar algo con Martina, pero ella ya le había rechazado y había dejado claras sus intenciones con él. El pobre estaba completamente enamorado. Federico le comprendía.

    Rosario también bebía pero era lo contrario a Roberto. Se la pasaba en grande y reía por cualquier cosa con una expresión bobalicona y amable. Daban ganas de abrazarlo. El único que parecía darse cuenta de las miradas de deseo que entre copas se iban intercambiando Martina y Federico era Alejandro, quien hacía todo lo posible para obstaculizarlas y evitar que se produjera una conversación entre ambos, viendo peligrar el fin de semana que había montado para agasajar a su amigo poeta, con quien compartía intereses literarios de muy distinta índole y quien, además, era un buen amigo suyo. De vez en cuando, lanzaba una mirada furibunda a Federico como diciéndole “¡Qué estás haciendo!”. Federico le correspondía encogiéndose de hombros y torciendo una sonrisa.

    La noche fue avanzando deprisa y cada vez los recuerdos que quedarían iban perdiéndose en la bruma del alcohol. En un momento dado, el local encendió sus luces y decidieron continuar la fiesta en una discoteca cercana que no cerraría hasta que se hiciera de día.

    La ciudad innoble era preciosa en plena noche. Las callejuelas de piedra brillaban por la humedad del mar, como hechas de metal, y las baldosas parecían pulidas de tantos pasos que las habían transitado antes. A la salida de aquel bar de copas encastado en la roca viva, uno de tantos muy comunes en la zona medieval de la ciudad, Roberto estaba completamente borracho. Caminaba haciendo eses y se habría caído más de una vez al suelo si no fuera porque lo sujetaban Rosario y Alejandro a cada lado, hablando animadamente. Martina y Federico se quedaron un poco más atrás, rezagados del resto del pequeño grupo. Caminaban muy juntos, sin decirse nada, más allá de sonreír a veces.

    -Sabes, me encanta esa historia que has contado antes. ¿De verdad es cierta?

    Federico se quedó pensando y añadió -Es la historia de un fracaso… Real como esta noche.

    -Me parece muy romántica. Debajo de esa coraza eres un romántico empedernido, ¿eh?

    -¿Qué coraza? -dijo sonriente. -A pesar de ser un romántico, me sirvió de poco… de nada.

    -Quién sabe. Quizá algún día tengas suerte. -Martina lo miraba y en sus ojos se guardaban todas las estrellas de aquel cielo negro que atravesaban. Se habían quedado parados, mirándose, muy cerca. Casi podía sentir el aliento caliente de ella. Quería besar su boca.

    -¡Chicos! ¡Federico! -gritó Alejandro alargando la o unos cien metros más adelante, justo en el punto donde dos paredes de piedra daban lugar a una calle más ancha que serpenteaba cuesta bajo hacia la plaza donde habían cenado hacía unas horas. Roberto se tambaleaba fumando un pitillo y Rosario le contaba algo que debía ser divertido, pues ambos reían. El único que no sonreía era Alejandro, quien miraba a Federico con cara de pocos amigos.

    -Ahora vamos, Alejandro. ¡Qué pesado! Ico me está enseñando la ciudad.

    -Sí, Alejandro, qué pesado eres. -Federico lo miraba y le decía con los ojos: Déjame en paz.

    Martina se acercó a Roberto, quien sonrió mostrando todos los dientes al verla junto a él.

    -Eres la más bella nínfula bajo este campo de estrellas. -intentó galantear Roberto.

    -Y tú has bebido demasiado, Rober.

    -¡Qué va! Aún me queda cuerda para rato. ¿Adónde vamos, Alejandro?

    -Estos dicen de ir al Tantum. -contestó.

    -Es una discoteca que está bajando esta calle. -añadió Rosario. -Lo único que hay aquí.

    -¡Ya estamos tardando! ¡Ave a los dioses beodos de esta pequeña Roma! -gritó Roberto.

    Mientras bajaban la calle, hablando animadamente, Alejandro se acercó a Federico por el flanco izquierdo y lo tomó del brazo, reteniendo su paso un par de metros del resto.

    -¿Qué te crees que estás haciendo?

    -¿Haciendo? No lo sé. Explícamelo tú.

    -Llevas toda la noche tirándole caña a Martina. ¿Te crees que no te veo?

    -Yo no he hecho nada especial pero, si así fuera, dime: ¿A ti qué carajo te importa?

    Alejandro puso una mueca de enfado y un destello de odio brilló un instante en sus pequeños ojos negros, muy apreciados por el género femenino. Tenía una cara bonita. De hecho, habían llegado a confundirlo con una estrella de la tele y a pedirle fotos por su increíble parecido con ese actor. Sin embargo, una parte de él era oscura. Como en todos.

    -Roberto está intentando recuperar a Martina. Este fin de semana forma parte del plan y tú lo estás echando todo por el suelo. ¿Quieres hacer el favor de controlarte, sátiro?

    -Oye, yo no estoy haciendo nada y a mí los problemas amorosos de tu amigo Roberto me importan más bien poco. Simplemente quiero salir un rato y pasármelo bien. Además, Martina me parece una chica genial, me cae bien y voy a seguir hablando con ella ahora.

    Sin darle tiempo a contestar, Federico avanzó unos pasos y se unió al grupo que estaba apenas unos pasos más hacia delante. Para entonces, estaban atravesando la plaza del ayuntamiento. Las farolas brillaban a cada lado con una luz mágica que empañaba el aire de la noche. A ambos lados de la plaza había bancos de madera donde solían sentarse las gitanas por la tarde. En uno de ellos, ahora, cantaba un vagabundo bajo la luna en un idioma ininteligible. El grupo reía y hablaba animadamente entre las piedras antiguas de la parte alta de la ciudad, donde tantos otros jóvenes como ellos habían pasado antes, se habían hecho viejos y seguro muchos habrían ya muerto, olvidados por el paso del tiempo.

    Sin pensar en nada más que en divertirse, llegaron a la puerta del local y, por suerte, no tardaron mucho en acceder al interior. Aquel día no había demasiada gente y se podía estar a gusto sin sentirse apretado como en una lata de sardinas. El local se situaba en un sótano y para acceder a él había que bajar unos doce escalones. Dentro los cuerpos se volvían apenas sombras y las caras eran difícilmente distinguibles con la poca luz de led.

    Llegaron a la barra y Roberto invitó a todos a un cubata. Se mostraba más animado que nunca y movía la cabeza al ritmo machacón de la música. Acodado en la barra, hablaba con Martina confidencialmente. Detrás estaba Federico, de espaldas a ella, hablando con Rosario. Alejandro había ido a saludar a alguna conocida que tenía en el local que esa noche intentaría, sin éxito, liarse con él. Estaban esperando a que la camarera los viera.

    De repente y sin venir a cuento, Federico notó el culo de Martina frotándose despacio contra uno de sus muslos. Sus nalgas se apretaban fuertemente contra el dorso de su pierna y subían y bajaban con lentitud. Una súbita erección se dibujó por debajo de la tela vaquera del pantalón de Federico, quien, sin girarse, había deslizado una mano distraída hacia ese lado de su cuerpo, esperando encontrar el muslo de ella. Al hacerlo, empezó a acariciarla, sin poder prestar ya atención a la conversación con Rosario, quien pronunciaba una perorata inteligente y filosófica sobre el sentido de la amistad en el siglo XXI. La sangre de Federico cada vez se concentraba más en su entrepierna y había perdido un poco el sentido de la orientación. De lejos, escuchó que una voz lo llamaba.

    -¡Federico! Tu cubata. Whisky con coca-cola, ¿no? Eres un tipo duro, como yo.

    Federico se giró mientras Roberto hablaba y orientó su cuerpo hacia él. Martina seguía dándole la espalda, fingiendo que mantenía una conversación con Roberto mientras su trasero seguía buscando el cuerpo de Federico bajo la protección de la oscuridad de la discoteca. Ahora, su vestido se levantaba levemente mientras se frotaba contra la erección de Roberto, mientras este, ocultado una mano entre la barra y el cuerpo de ella, la acariciaba suavemente. Habrían podido hacerlo allí mismo, delante de todo el mundo. Pero ambos siguieron fingiendo que escuchaban a los demás y el juego era muy divertido.

    Una súbita mano grande y fuerte se posó sobre el hombro de Federico y lo apartó bruscamente de su deleite. Alejandro le habló con la voz ronca, con enfado, al oído.

    -¿Qué estás haciendo, tío? ¿Qué demonios te pasa? Te he dicho que tiene novio.

    -Pero su novio no está aquí. Además, yo no tengo nada, solo la tengo a ella.

    -Y qué pasa con Roberto.

    -Roberto está demasiado borracho para encontrársela. Además, ella pasa de él…

    -Te lo advertí, Federico, tío. Martina tiene novio y Roberto está enamorado de ella…

    -Nadie manda sobre su corazón. -bebió un trago. A Federico empezaba a darle pena toda aquella situación y pensó en si valía la pena echar la noche a perder -Me alejaré, tranquilo.

    La fiesta transcurrió con normalidad hasta que se hizo de día. Entre Martina y Federico siempre se interponía alguien voluntaria o involuntariamente. De todas formas, disfrutaron mucho de su compañía y forjaron una nueva amistad todos. Si hubieran vivido en la misma ciudad, sin duda habrían compartido muchas noches como aquella. Era tanta la diversión que nadie se acordó de echarse fotos para colgarlas en las redes sociales.

    Entre risas se dirigieron a los coches, aparcados en un descampado conocido, extramuros de la ciudad. La catedral los miraba desde su atalaya en lo alto del cerro donde se había construido la ciudad romana mientras ellos, en el parquin de tierra, hablaban de sus planes a corto plazo. Unas pocas estrellas brillaban en el cielo y la luna estaba callada observando el mundo.

    -Volvemos mañana a Barcelona. -dijo Martina con un deje de tristeza.

    -Lo hemos pasado muy bien. Ojalá repitamos pronto. -añadió Federico con intención.

    Roberto estaba tan bebido que no podía más que asentir con la cabeza. Antes de que hubiera tiempo a darse los teléfonos, Alejandro decidió cortar por lo sano. -Nos vamos.

    El abrazo protocolario de despedida duró un poco más de lo habitual entre Federico y Martina. Los dos besos en las mejillas se prolongaron unas milésimas de segundo más de lo habitual. Federico aprovechó para deslizar un último: -Me gustaría volver a verte.

    Ella no dijo nada, sólo sonrió y se despidió de los demás con amabilidad. En un momento, estaban subidos en el coche de Alejandro y se alejaban camino de la carretera nacional que los llevaría a casa de este, unos diez quilómetros al norte, dirección a Barcelona.

    Rosario y Federico se quedaron de pie fumando un cigarrillo, arropados por la tranquilidad del amanecer que prometía un mundo nuevo para todos con esa nueva luz del día.

    -Creo que le gusto.

    -¿A quién? -dijo Rosario sorprendido.

    -A Martina.

    -Federico, ¡tú estás loco!

    …

    4. Escribiendo…

    La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala; y siempre elige el corazón. Aquella mañana era un domingo como tantos y se levantó con resaca. El reloj junto a la cama marcaba las doce, apenas había dormido unas cuatro horas. Le dolía la cabeza y un leve sopor recorría todos los miembros de su cuerpo acartonado.

    El sol y la vida entraban a raudales por la ventana. Un ruido de la calle lo había despertado, pero ya no podía saber lo que era: el pitido de un coche, el grito de alguien llamando a otro alguien, el ruido de los platos que andaba moviendo su madre de un lado para otro.

    Una de las cosas que más le molestaban era estar viviendo aún en casa de sus padres, a sus veintitantos años. Si hubiera tenido la oportunidad, habría viajado a alguna de aquellas ciudades europeas y habría probado suerte como artista. Eran tantas las historias de ese tipo que había leído en las biografías de sus ídolos que hubo un tiempo en que llegó a creérselas. Subí a un tren en la estación de Linares y llegué a la ciudad de Granada para estudiar en la universidad. Recuerdo cuando tenía la llave de mi apartamento, en una pequeña pensión para estudiantes con una cama, un escritorio y un cuarto de baño. No me importaban las incomodidades. Por primera vez tenía una llave, mi llave, la llave del mundo entero. Federico hubiera dado cualquier cosa por tener esa llave, pero en esa historia se obviaba uno de los detalles fundamentales en la vida, pero generalmente ausente en la literatura heroica de los mitómanos: las cosas valen dinero. Aquella sentencia podía estropear cualquier sueño adolescente que uno tuviera y costaba tanto de aceptar que muchas veces se soslayaba para no sentir que la vida era en realidad prosaica.

    Decidió levantarse e iniciar su rutina normalmente. Fue a la cocina, esquivó los comentarios reprochadores de su madre, y se sirvió un café con leche que luego calentó en el microondas. Otra mañana de domingo en una vida que no valía la pena escribir, pensaba mientras se fumaba el primer cigarrillo apoyado en el quicio de la puerta acristalada que daba al balcón. Las personas pasaban por la calle ajenas a las preocupaciones y a los delirios de grandeza. Abuelos, madres, nietos e hijos vivían su existencia sin pensar más allá de las preocupaciones diminutas de su día a día. La ambición, el orgullo, la perseverancia, si bien son sensaciones nobles, también son como piedras en la felicidad humana, incapaz de competir con la de aquellos ilustres ignorantes que paseaban contentos bajo el sol de la mañana en de día festivo, olvidados de sus problemas. Federico sentía envidia de ellos y, quizá por eso, tenía ganas de llorar a solas.

    -A ver qué vas a hacer con tu vida. -dijo su madre a su espalda.

    -Pronto me iré de aquí, no te preocupes.

    -Si no tienes donde caerte muerto.

    -Algo encontraré, ya verás.

    Lanzó la colilla a la calle y secando una lágrima con un gesto rápido y distraído se encaminó hacia su habitación y cerró la puerta. Su móvil estaba sin batería, así que decidió cargarlo y coger un libro para distraerse hasta que se hiciera de noche. No tenía ganas de compartir la mesa con sus padres, prefería sumergirse en el refugio de la imaginación prestada de un escritor antiguo. Era cierto. Pronto estaría viviendo en Barcelona, por fin.

    No todo era mala suerte. Había encontrado un trabajo de lo suyo en la ciudad condal y ya había encontrado piso. Solo faltaba esperar a que llegara el momento de trasladarse, en apenas una semana. El sitio estaba en el barrio de Bon Pastor, muy al norte de la ciudad, pero dentro del margen municipal, es decir, que podía trasladarse hasta su trabajo en metro sin salir de la zona A. Compartiría piso con un inmigrante rumano, dueño de la vivienda. Federico no tenía problema con eso, pero prefería no comentar el dato con sus padres. De todas formas, ellos no sabían nada de los planes de su hijo, hacía tiempo que no hablaban.

    Después de pasar horas leyendo sin poder pensar en la lectura, Federico encendió el teléfono. Sentía el cuerpo aletargado, aunque la resaca había remitido hacía ya tiempo. Solo tenía hambre pero lo solucionaría fumando otro cigarrillo. Dejó el terminal sobre una mesa barata de cristal que se usara para poner el teléfono fijo y que hacía las veces de mesita de noche y se encaminó a la zona conquistada como fumadero, ya mencionada. El sol caía anaranjado y desde la puerta cerrada del salón solo se oía el rumor de la televisión y se intuía el leve movimiento de unas sombras dentro, quienes podían ser sus padres, hermanos, o quizá fantasmas que se habían apropiado del hogar. En cualquier caso, Federico no quería comprobarlo. Lanzó su cigarrillo al aire, que impactó contra un cable tendido de edificio a edificio donde colgaban las feas banderas de la localidad.

    Al volver a su cuarto, el teléfono ya se había encendido del todo. Antes de abrir la bandeja de mensajes, decidió entrar en las noticias. Lo que vio en las redes sociales lo dejó helado.

    Una furgoneta blanca había atravesado la Rambla de Barcelona por encima de la acera hasta la mitad de esta, llevándose en su camino la vida de los transeúntes que en ese momento paseaban ajenos por una de las calles más famosas del mundo. Todo indicaba a la autoría de un atentado terrorista yihadista pero las autoridades no lo habían confirmado aún. Se buscaba a los conductores árabes del vehículo homicida, quienes salieron corriendo después de que la furgoneta quedara varada sobre el icónico mural de J. Miró. Al profundizar más en la noticia, Federico pudo ver a los vídeos espontáneos que habían grabado los paseantes y que mostraban toda clase de mutilaciones, heridas, charcos de sangre y expresiones de dolor y desesperación, de trauma tan horrible que cualquier descripción que se aplicara sobre la realidad resultaría vaga e imprecisa. Sus ojos recorrían aquellas imágenes con indignación creciente y miedo, pero permanecía callado. Otro horrible atentado terrorista en un mundo que se las prometía más feliz que nunca. Pensó en ir al salón con sus padres y comentar la noticia, pero lo pensó dos veces. Seguramente ya lo sabrían. De todas formas, aquel horror no era óbice para cambiar la novela o el cotilleo que en ese momento hubiera programado en la parrilla televisiva.

    Federico comprobó luego los mensajes de sus amigos en la aplicación correspondiente. En los grupos compartidos se comentaba la noticia del día y se pasaban vídeos que rozaban lo morboso en algunos casos: la atracción de la sangre y la muerte lo suficientemente lejos como para que no salpicara, lo suficientemente cerca como para ver todos los detalles. Pero entre las conversaciones, había un nombre que le dio la vuelta a su corazón. En una de las casillas en que se distribuían los contactos, había un mensaje nuevo de alguien muy conocido por él. El texto era de hacía pocos minutos y empezaba con un: Hola, Fede, ¿cómo estás? ¿has visto l… En definitiva, nada extraño excepto por quien escribía ese mensaje: la persona por quien una semana antes lo habría dejado todo.

    Más sorprendido aún que por las sangrientas noticias que poblaban las redes sociales, se quedó estupefacto, sin saber muy bien cómo reaccionar. Por fin le había escrito, después de ese tiempo, y lo hacía ahora, en el momento más inesperado. Quizá explicando la anécdota de su fracaso con ella había atraído de forma esotérica su interés y eso había provocado que le escribiera al día siguiente. Sin saber muy bien qué hacer, siguió comprobando los mensajes en su bandeja de entrada. Le llamó la atención el mensaje de un número que no estaba guardado entre sus contactos, la foto de perfil mostraba el mar y una silueta diminuta en medio, como una coma. Al abrir el contenido su corazón saltó.

    Era Martina. Hola, Ico. Alejandro me ha dado tu número. Espero que no te importe…

    Por primera vez en todo ese día, Federico sonrió ampliamente. Ante él se revelaban dos vías muy concretas, con una claridad poco acostumbrada en los caminos neblinosos de la vida. Por un lado tenía a su antiguo amor, por quien tanto tiempo había sufrido y había hecho multitud de estupideces para conseguirla, renunciado a sus propios intereses y proyectos. Había deseado aquel mensaje con devoción religiosa, pero como suele pasar con las respuestas de la divinidad, aquel interés repentino por quien fuera el amor de su vida llegaba demasiado tarde, después de demasiado dolor, como para poder aceptarlo. Por otro lado, estaba el mensaje de Martina, quien ofrecía un mundo nuevo de posibilidades. Y en ese trance que habría de durar unos pocos segundos, Federico casi pudo ver el recorrido de ambas historias, incompatibles entre sí, como el que divisa el paisaje a lo lejos al pie del cruce de caminos donde se suele poner el diablo a tocar la guitarra, según la mitología del blues. Se le ofrecía la oportunidad de volver a hablar con su ex y volver a reiniciar el contacto, que él había intentado antes de forma desesperada. Seguramente el chico con el que andaba la había decepcionado de alguna manera y ahora se habría una oportunidad para entablar de nuevo conversación con alguien que siempre estaba allí para secarle las lágrimas y recordarle lo guapa e importante que era. Por debajo del dulce sabor que aquella oportunidad ofrecía se intuía el regusto a rancio de una historia que vuelve a repetirse, como si girara eternamente en un torbellino sin sentido, del que no pudiera salir nunca. Sentía como si el diablo le ofreciera otra oportunidad, que podía acabar de la misma manera que la anterior, en fracaso, o no, y esa era el juego infernal. Por otra parte, estaba Martina ofreciéndole una nueva amistad femenina en una ciudad que muy pronto sería la suya. Por un momento, el camino de ella pareció el más luminoso.

    Abrió la conversación que no había terminado de leer: ¿has visto las noticias? Me dijiste que ibas a vivir en Barcelona. (espacio) ¿Estás bien? Ahí terminaba su mensaje anzuelo.

    Federico sabía en el fondo de su corazón, es decir, sin tener ninguna prueba racional, que aquel mensaje se produciría tarde o temprano, que ella habría de retomar el contacto con él por su propia iniciativa y que aquello constituiría una nueva oportunidad de encuentro. Pero lo que había pasado entre ellos resultaba tan doloroso y decepcionante, que ya entonces había decidido cerrar esa posibilidad mientras lloraba por su cruel indiferencia.

    No quiso contestar. Luego se lo pensó y escribió: Estoy bien. Luego borró la conversación.

    Nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Con aquella fría cortesía se había acabado todo para siempre. Era el final de una novela que había durado demasiado, que aún se resistía a morir en el corazón de ambos, donde viviría para siempre. Pero la vida, con su cruel realidad que se mostraba en un atentado luctuoso e injustificado, en el cuerpo de la foto de Martina que se recortaba en el mar Mediterráneo, la vida, en fin, se abría paso.

    Hola, Martina. Qué alegría saber de ti. Claro que no me importa, contestó sonriente.

    Después de recibir el mensaje tanto tiempo esperado y decidir no responder, sintió que se iniciaba un nuevo tiempo, un nuevo camino, una nueva oportunidad; quizá no mejor, pero sí diferente. Al poco de haberle dado a enviar al mensaje de Martina vio que ella se había conectado. Está en línea. Sobre el fondo verde oscuro, en letras blancas: Escribiendo…

    …

    5. Su corazón repicaba

    -Me gustaría que me mandaras una foto tuya sin camiseta. Quiero ver tu cuerpo.

    Era ya noche cerrada y en la casa no se oía ruido. Los padres y los hermanos de Federico dormían profundamente. Había pasado ya tres horas seguidas hablando con Martina y ni siquiera había cenado. La conversación fluía sin trabas, como dos amigos que se conocen de toda la vida y tienen mucha confianza. Aquella pregunta palpitaba en la pantalla y no sabía qué responder. Sin apenas advertirlo, la conversación había ido subiendo de tono.

    -Claro. Espera un momento.

    Encendió la luz y se hizo una foto en calzoncillos a todo lo que daba su brazo. Miró el resultado y se sintió afortunado porque aquel cuerpo suyo atraía el interés sexual de una chica tan bien proporcionada. Quizá aquel constituía el principio del fin, cuando ella se diera cuenta que debajo de esa camiseta no había músculos sino un cuerpo delgado y fofo. Al cabo de unos segundos que a Federico se le hicieron eternos, ella empezó a escribir.

    -No me imaginaba así tu cuerpo.

    -Vaya…

    -Pensaba que tendrías más pelo en el pecho. Tienes los pezones grandes.

    Federico no contestó. A punto estuvo de cerrar la conversación para siempre y darse por vencido para siempre en aquello de la seducción en línea. Había sido un error. Normalmente, las chicas conocían su intimidad en el acto amoroso, no antes. De hecho, a veces los cuerpos se miraban después de hacer el amor varias veces, cuando la costumbre permitía atender a los lunares, las estrías, las verrugas y las rugosidades de la piel. A pesar de la fealdad que las ropas escondían, a Federico los defectos ajenos lo hacían sentirse más humano y seguro de sí mismo, y disfrutar, por tanto, del sexo. Pero la liturgia de la conversación por el móvil imponía otros protocolos que no le gustaban tanto. Ahora ella tenía una foto suya que podría inspeccionar a su antojo cuando quisiera. Los rudimentos amorosos del siglo XXI no le gustaban tanto como los del siglo anterior.

    -Me gustan tus hombros. El hueso de la clavícula. Me gustaría chuparlo. -añadió Martina.

    La opinión sobre la tecnología que hacía un instante Federico tenía cambió por completo. Se incorporó sobre las sábanas y miró la pantalla con un renovado interés. Al paso dijo.

    -Puedes hacerlo cuando quieras.

    Martina salió de la conversación. En la parte superior de la pantalla se divisaba la última hora de conexión: las 01:12 de la madrugada, la hora de ese momento. ¿Habría sido demasiado atrevido decirle aquello? Podría ser que ella se hubiera sentido violentada… Dejó el móvil en un lado de la cama y su mente entendió que el acto del cortejo era muy parecido al de pescar. El pez podía picar el anzuelo pero eso no garantizaba el éxito. Había que saber atraer la presa al barco y, cuanto mayor era el tamaño de la pieza, mayor era el esfuerzo paciente que había que hacer. Se necesitaban altas dosis de sangre fría que Federico, por su carácter colérico, a veces no tenía. ¿Es que tenía que ser tan complicado?

    El teléfono vibró dos veces como un pájaro de piedra. Había recibido una imagen de Martina. Sus dedos temblorosos abrieron la conversación y ampliaron la fotografía.

    Aunque no se le veía la cara, era fácil intuir que aquel cuerpo desnudo era el de ella. Unas manos tapaban sin demasiado cuidado unos pezones oscuros que se intuían pequeños en comparación con el resto del pecho. Por debajo del vientre desnudo, se veía el negro de unas braguitas ajustadas y las piernas largas perdiéndose al final. Se había tomado la foto desde una perspectiva diferente a como lo había hecho él, sin duda no era la primera vez.

    Una erección comenzó a palpitar por debajo de la tela de la poca ropa que cubría el sexo de Federico. Al otro lado de la pantalla Martina escribía una pregunta que iniciaría todo:

    -¿Y tú qué me harías a mí?

    -De todo. -dijo él.

    -Vale. Pero quiero que me lo expliques. Escríbemelo. ¿Qué me harías?

    Federico se quedó pensando. Al parecer ella quería que le describiera los pasos que estableciera su imaginación para gozar de su cuerpo. Nunca antes había jugado a eso de aquella manera, por lo menos, no en serio. Si así lo había hecho antes, no quería acordarse.

    -Primero besaría tu boca. Un beso largo con lengua. Y luego iría bajando por la comisura de tus labios por la barbilla, luego el cuello, luego tu pecho. Mientras, mis manos acarician tus piernas. -Federico envió el mensaje. Continuó- Luego llegaría hasta tus pezones y los chuparía. Primero uno, después el otro. Y vuelta a empezar. No descarto morder un poco.

    -Me encanta. -envió ella y añadió en otra línea- Sigue, me gusta mucho.

    -Mi boca sigue bajando mientras mis manos acarician tu cuello. Por tu barriga voy dejando un reguero de besos con saliva. Meto la lengua dentro de tu ombligo y, como te hace cosquillas, sigo bajando, pero me voy a tus piernas, que recorro desde los pies con la lengua. Primero una, después la otra, hasta la rodilla. Voy subiendo con mi boca por tu pierna izquierda mientras te acaricio la otra con mi mano libre. Poco a poco me acerco por entre tus piernas y voy subiendo cada vez más arriba, más arriba, poco a poco, poco…

    -Dilo. Dilo claramente. Quiero que me lo chupes. Quiero que lo comas.

    -Como me lo pides, así lo hago. Hundo mi cabeza en tu coño mojado y busco con la lengua los rincones de tu sexo. Tuerces la espalda de placer y aprietas mi cabeza con tus manos. Las mías buscan tu espalda para atraerte a mi boca que bebe de tu piel sin parar.

    -Métemela ya.

    -Me incorporo y me acerco poco a poco. Te la meto y está dura y palpitante. Primero despacio pero enseguida muy rápido comenzamos a chocar, cada vez más fuerte, más…

    -Oh síiii.

    -Mis manos acarician tu pelo y te agarro con fuerza. No quiero que nos salgamos.

    -Dios. -escribe Martina- Me he corrido.

    Federico dejó el mensaje que estaba haciendo a medio escribir. Por un momento se sintió desubicado, como si despertara de pronto de un sueño agradable. Luego añadió sonriente.

    -Yo también tengo ganas de correrme.

    -¿Qué te gustaría que te hiciera yo?

    Federico lo pensó un momento. No sabía qué responderle. Eran tantas las posibilidades que no sabía por cual empezar. Abrió la foto de ella y comenzó a masturbarse con prisa.

    Martina escribió algo pero él ya no lo vio. Se había sumergido en su propia imaginación. Seguía gozando del cuerpo de Martina en la misma posición donde lo habían dejado. Ahora ella estaba tranquila y esperaba que él acabara rápido para poder descansar juntos. En menos de un minuto, una fuente de semen blanquísimo salió disparado hacia el cielo.

    Martina estaba escribiendo prácticamente lo mismo que Federico había imaginado mientras miraba la foto de ella. A medio camino en su relato, le pareció oportuno decir:

    -Yo también me he corrido.

    Se produjo una ausencia de palabras en la línea por un minuto. Pareció un tiempo largo por el ritmo que había ido tomando la conversación. Finalmente, ella añadió de pronto:

    -Es como si hubiéramos hecho el amor.

    -Sí. Me gustaría hacerlo un día de verdad.

    -Hoy también ha sido de verdad. Incluso más verdad que otras veces…

    Federico no supo entenderla. ¿Se refería a que lo hacía con más gente? Le pareció que no. Además, ella tenía pareja desde hacía muchos años, aunque anduvo liada con el poeta, quien se enamoró de ella perdidamente, pero la cosa no llegó a cuajar.  A Federico no le extrañaba que Martina fuera capaz de romper tantos corazones y sintió miedo de ella.

    -Tengo que dejarte, Ico. Mañana tengo que levantarme temprano. Me voy con mis padres al pueblo, a una casa que tenemos allí. Necesito playa y aprovechar el verano.

    -Muy bien. -dijo él confundido.

    -¿Cuándo vienes a Barcelona?

    -A finales de este mes.

    -Eso es dentro de nada. Podríamos buscar un día para vernos. ¿Qué te parece?

    -Nada me gustaría más. Claro que sí. Cuando quieras.

    -Iremos hablando. -y luego escribió. -Ojalá estuvieras en la cama ahora conmigo.

    -Ojalá.

    -Buenas noches, Ico. Me ha encantado. Me encantas.

    -Buenas noches, guapa. Que descanses. Hablamos pronto.

    Martina añadió caras con besos y corazones y se desconectó para siempre esa noche. Federico se quedó mirando al techo, preguntándose si la volvería a ver y si aquel sueño que habían vivido juntos al fin se cumpliría y tendría la oportunidad de abrazarla como hiciera en su recién pintada fantasía. En el fondo de su corazón, una respuesta retumbaba.

    Antes de dormirse, miró en el teléfono la conversación que había quedado pendiente con aquella chica que una semana antes había roto su corazón para siempre. Quizá se había arrepentido de su decisión y había aprovechado la coyuntura de los atentados para establecer, otra vez, un canal de comunicación. Sintió tristeza, pero la decisión estaba tomada. Un nuevo futuro se abría ante él y, a pesar de lo incierto, su corazón repicaba.    

    …

    6. Día aciago

    El Carmelo era un barrio obrero que Federico conocía por la novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa. La lectura de aquella obra lo había marcado tanto que, paseando por sus empinadas calles, esperaba ver pasar al Pijoaparte con una moto robada de camino a las chabolas que los charnegos ocupaban en lo alto de los montes verdes. Aunque demasiado alambicada para el paisaje que dibujaba, aquel libro había cincelado su imaginación de forma providencial y le parecía, al recorrer las aceras mal embaldosadas, que había estado allí mucho antes, en los años sesenta, cuando su padre era apenas un niño. Ese es el poder demiúrgico de los libros, capaz de volverle a uno loco.

    Pero el barrio había cambiado mucho desde las novelas hasta entonces. Si bien conservaba la calle cierto sabor a barrio andaluz o murciano, ya la herencia solo se hacía visible en los bares de tapas, que tenían nombres evocadores como Los Caminantes o Bar Manolo. Algunos de ellos conservaban en su cartel nuevo la bandera de Extremadura. Por lo demás, se trataba de un barrio normal de Barcelona. En la calle se hablaba principalmente el castellano neutro salpicado por palabras en catalán como Adéu! o I tant! En los negocios abundaban cada vez más los paquistaníes y supermercados multimarca. Lo único que la gentrificación capitalista no había podido comerse eran las cuestas imposibles que subían hasta el mismo cielo. A veces, un microbús emprendía la tarea de sortear una de aquellas rampas empinadísimas y Federico se preguntaba si no terminaría resbalando y cayendo irremediablemente hacia atrás, empotrándose contra el muro del edificio enclenque al principio de la cuesta, y las gentes morirían aplastadas en los fierros. Pero el pequeño autobús llegaba a lo alto de la loma asfaltada y él respiraba con alivio.

    Aún quedaba un rato hasta que llegara Roberto y podía pasear tranquilo por las calles del barrio, conociendo la que pronto sería su realidad cotidiana, sin que él lo supiera entonces.

    En el cruce entre la calle Fasternah y Santa Rosalía, Federico estaba desesperado. No conseguía encontrar una plaza tranquila donde sentarse a echar un cigarro: todo eran subidas y bajadas que conducían a ninguna parte. Sintiéndose cansado, se paró delante de lo que parecía un negocio de ferretería abandonado y, de pie junto a la puerta del garaje, se puso a repasar los acontecimientos que se habían sucedido durante aquel día aciago.

    …

    7. Su ángel

    La vida en el Bon Pastor era agradable y tranquila. Además, tenía buena conexión con su centro de trabajo, en la calle Fabra i Puig, pero el hecho de compartir el techo con un histérico lo ponía muy nervioso. La convivencia con el gay había llegado a límites insostenibles y el ambiente del salón a las nueve era como el de una estación de buses por la noche.

    Ioan, que él pronunciaba a la catalana Joan, tenía 36 años. Llevaba el pelo rapado como suelen hacer los calvos, pero no lo estaba, porque se le veía el manto grisáceo del cuero cabelludo como una finísima capa de madreselva. No era muy alto, apenas un metro con sesenta y cinco. Estaba delgado y acudía regularmente al gimnasio cuando salía de trabajar en unas oficinas donde, según él, desempeñaba labores informáticas. Joan se había comprado el piso en Bon Pastor recientemente y alquilaba una de las dos habitaciones para aliviar el precio de la hipoteca. Federico se preguntaba qué necesidad tendría un informático de compartir un piso de menos de 70 metros cuadrados con alguien, pero nunca llegó a plantearle la cuestión. El día que se mostraron más confianza fue el primero, cuando se conocieron. A medida que fue transcurriendo el tiempo, el recelo y la incomodidad entre ambos había ido en aumento. A Federico le inquietaba el hecho de que Joan fuera homosexual y que en más de dos meses de convivencia no le hubiera conocido ni un solo amigo. Llevaba una vida solitaria, cargando con la bolsa del gimnasio.

    Pronto, el buen rollo entre ambos se vio dañado, durante la primera semana de convivencia. A Joan le molestaban las idas y venidas con Martina. La primera tarde que Federico y ella habían quedado en Bon Pastor y decidieron ir a su piso, el tipo encontró la casa con un fuerte olor a sexo y a tabaco que no le gustó. La puerta de la casa se había abierto con sigilo para cerrarse con un portazo. Martina, desnuda, se sobresaltó un poco.

    -Es mi compañero de piso.

    -¿El gay?

    -Sí. Luego te lo presento. -y siguieron hablando de sus canciones favoritas.

    Cuando se vistieron y decidieron salir del cuarto, Federico vio que Joan se había metido en su habitación y que no tenía intenciones de salir de él. Como ambos habían fumado en la habitación, Federico intentó ventilar todo lo posible el cuarto abriendo de par en par la ventana de la habitación, pero aún así el hedor reptaba hasta el sensible olfato de Joan.

    -Será mejor que nos vayamos. -dijo Federico. Martina y él salieron, cerrando despacito.

    Al volver a casa de su paseo, con una sonrisa amplia y con la satisfacción del sexo bien hecho, ya a solas, encontró a Joan sentado en el sofá del salón con sus cortas piernas cruzadas, que mostraban sus muslos blancos completamente desnudos hasta casi llegar la glúteo donde los tapaban un fino pantalón de deporte. Lucía una camiseta estrecha de tirantes del mismo estilo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y su cara revelaba impaciencia. Federico supo que se avecinaba tormenta y dejó de sonreír. Puso las llaves en el bolsillo del pantalón y las mantuvo agarradas allí dentro, con una mano sudorosa.

    -Hola, Ioan. -saludó, conciliador.

    -Hola. ¿Cómo ha ido el paseo con tu amiga?

    -Muy bien. Quería presentártela, se llama Martina.

    -¿Es tu novia?

    -Bueno, de momento es una buena amiga. Seguramente vendrá por aquí alguna vez…

    A Joan se le cambió la cara de repente, como en un cuento de vampiros transilvanos.

    -Verás, no quiero esa clase de chicas en mi casa.

    -¿Cómo? -Federico no sabía qué pensar. Joan se comportaba como una madre ultracatólica en vez de como el gay liberal que, según la cultura popular, debería ser.

    -Que en mi casa quiero estar tranquilo. Ahora con una, ahora con la otra… No es plan…

    -Supongo que eso es asunto mío, Joan. -Federico empezó a enfadarse- Tú a lo tuyo y yo…

    -Además la casa huele a tabaco. -dijo tabbacco, doblando levemente las oclusivas, revelando un acento extranjero que en general se esforzaba por disimular- Toda la casa.

    -Te prometo que solo hemos fumado en la habitación, como quedamos.

    -Ya, pero el olor sale fuera. Te pido que no vuelvas a fumar en la habitación.

    -Pero no era así como habíamos quedado el primer día.

    -Ya, pero esta es mi casa. –(Y si no te gusta ahí tienes la puerta). No lo dijo, no hizo falta.

    Después de un breve silencio más tenso que el sonido de una bomba antes de estallar.

    -Pero no puedo salir al balcón por mi cuarto, tengo que pasar por tu habitación para poder fumar en el balcón… -contestó Federico en un tono conciliador, no quería que el día se estropeara teniendo que dormir en la calle o luchando con el rumano por sus derechos.

    -Pues no fumes. -dijo Joan, inflexible. -¿Tanto lo necesitas? –(¿Drogadicto de mierda?)

    Federico no dijo nada. Su cabeza valoraba las opciones que tenía: a) hacer las maletas y salir a la calle buscando otro lugar donde vivir sin apenas dinero. b) enfrentarse al rumano cuerpo a cuerpo y ver si podía someterlo físicamente sin que pasara nada luego. c) resignarse y aceptar las normas de una casa que, a pesar del alquiler, no era suya. Optó por la última. El rumano sonrió triunfante, como si no estuviera acostumbrado a ganar.

    -Vale, Joan. Lo intentaré. Entiendo que te moleste el humo.

    -Me alegro de que nos entendamos. -dijo descruzando las piernas. -Voy a hacerme algo de cenar. ¿Te apetece que cenemos juntos?

    -Yo ya he comido algo por ahí. No te preocupes. Me voy a mi cuarto un rato. -cerró la puerta tras de sí como el adolescente sin emancipar que hacía poco había dejado de ser.

    Tumbado sobre los pecios de su tarde de sexo, Federico recordaba mezcladas las escenas del sexo dulce con Martina y la frialdad del gay sentado con su obsceno pantalón sobre el sofá de falsa piel. Además de todos los retos que la ciudad planteaba, se sumaba el hecho de vivir con un compañero histérico, que hacía irrespirable el ambiente del hogar.

    Cuando empezó a trabajar, y con el transcurrir de los días y las semanas, la convivencia no mejoraba. Martina siguió viniendo a casa de Federico con regularidad y el paisaje del barrio se les hacía cada vez más grato y comprensible. Cuando ella quiso fumar, él le propuso que lo hicieran en el balcón, mirando las pocas estrellas que el cielo dejaba ver.

    -Además, a Joan le molesta que fume dentro de la habitación.

    -¿En serio? Pero si es tu habitación…

    -Ya, pero es su casa.

    -Sí, pero pagas el alquiler.

    -Ya, pero no tengo contrato. Que le den. Vamos, a ver si vemos una estrella fugaz.

    Para pasar hacia el balcón, había que atravesar la habitación de Joan. Era un cuarto amplio, junto al de Federico, el doble de grande, con una cama de matrimonio y un armario empotrado. Todo estaba castamente recogido y, sobre una repisa, descansaban los retratos de un dios ortodoxo, reproducción de unos frescos que deberían de ser bizantinos. Martina no pudo evitar fijarse en aquellos retratos de dios que miraban la cama de Joan y volverse hacia Federico que la seguía con las manos en su breve cintura.

    -¡Pero si es católico! ¡Un gay católico!

    -Supongo que hay de todo en la Viña del Señor.

    Fumaron su cigarrito escuchando canciones rap y hablando de temas banales con la voz cálida de quien ha hecho el amor y se siente en paz y armonía de cintura para abajo. Al cabo de un rato oyeron la puerta de la entrada y ambos salieron del balcón por donde habían venido. Encontraron a Joan en el salón, justo saliendo de su habitación. Este saludó con la cabeza sin decir mucho y se encaminó hacia la cocina. Federico y Martina entraron en la habitación y se tumbaron de nuevo en la cama. Ella se colocó sobre él y le dijo.

    -Vamos a hacerlo otra vez. Quiero que nos oiga.

    -Vas a conseguir que me eche. Estas últimas semanas no han sido muy buenas…

    -Que le den porculo. -y se rio ella sola -Eso es lo que quiere.

    -¿Y tú qué quieres? -añadió Federico sintiendo que su erección se apretaba contra la fina tela de nylon de la ropa interior de Martina. Sus dedos acariciaban el final de su espalda.

    -A lo mejor quiero lo mismo…

    Fue imposible evitar que el cabecero de la cama golpeara el fino tabique de la habitación de vez en cuando. También era imposible acallar los gemidos ahogados de Martina, cada vez más hondos y más seguidos, mientras sus cuerpos percutían la carne. Federico sabía que Joan los estaría oyendo y que en cualquier momento podría llamar o abrir directamente la puerta y encontrarlos retozando de la forma más salvaje que se les ocurría.

    A pesar del riesgo, no disminuían las ganas de seguir haciéndolo, sino que las acrecentaba.

    No lo encontraron al terminar. Probablemente había vuelto a marcharse. Esta vez habían conseguido que se sintiera incómodo y no al revés. Lo vivieron como una pequeña victoria y Martina se marchó triunfante a casa de sus padres. Una vez en el coche, abrió la ventanilla y miró a Federico sonriendo con los ojos brillantes a la luz de las farolas.

    -Si tienes problemas con él, llámame. Podrías quedarte a dormir en mi casa. Mis padres no dirán nada… -Suspiró pensativa. -Deberías cambiarte de piso, ese tipo es siniestro.

    -Lo sé. -dijo Federico mirando al suelo- Pero no tengo adónde ir.

    -¿Por qué no hablas con Roberto? Su familia es de Barcelona de toda la vida y seguro que conoce a alguien que puede echarte un cable. -al mencionar a Roberto, Federico no pudo evitar sentir un pinchazo en la base del corazón. ¿Tenía que pedirle ayuda al tipo que se había estado acostando con Martina tiempo atrás? Eso, en su provincia, era un deshonor. Pero en la gran ciudad la vida era dura y no había más remedio que aceptar ciertas cosas si se quería sobrevivir una noche más. Además, ¿quién era él para sentirse celoso? Al fin y al cabo, Martina tenía pareja mucho antes de tener un lío con Roberto y con él mismo.

    -No sé, Martina. -respondió con cansancio. Como si ella supiera lo que le pasaba por la cabeza, cambió de tema y le propuso que pasaran el próximo fin de semana en su casa, dado que sus padres tenían planeado marcharse a la casa de la costa y se quedaba sola. La perspectiva de un fin de semana alejado de Joan y de Bon Pastor lo alegró sobremanera.

    Se besaron una última vez y él vio marcharse el todoterreno gris por el callejón hacia el bullicio de la calle principal. Aquella noche no encontró a Joan en casa cuando volvió y decidió acostarse sin cenar. Antes de entrar en la habitación tuvo que pasar por el servicio a orinar y allí, entre los botes de productos de belleza que su compañero utilizaba, vio un tarro blanco de la marca Deliplus. Al leerlo detenidamente, su imaginación se disparó:

    Vaselina hidratante, podía leerse en letras verdes sobre un fondo blanco. Maldita sea.

    Por un momento, pensó en abrir el bote y ver cuánto de ese producto había sido utilizado para ir comprobando periódicamente los usos que hacía de ella. Joan parecía un hombre solitario y eso le daba mucha lástima. Una vez, en los pocos ratos de confidencias que habían compartido, le había contado que para un homosexual extranjero era muy difícil tener una relación sincera con alguien, porque al fin, muchos hombres eran unos aprovechados y, entre hombres, esta problemática aumentaba exponencialmente. Federico le había contestado que siguiera buscando y que pronto habría suerte. También le contó que lo estaba pasando mal en el trabajo, que el sueldo era poco, que era duro.

    A pesar de estas conversaciones a la luz de un par de cervezas en la mesa de la cocina, nunca floreció la amistad entre ambos. Federico salió del lavabo y se metió en su habitación al tiempo que oía abrirse la puerta de la entrada. Pensó en salir a saludar a su compañero, preguntarle cómo le había ido en el gimnasio, pero decidió dejarlo estar porque seguramente la conversación derivaría en una oleada de reproches por algo que Federico habría hecho mal o que no era del gusto de Joan, el dueño y señor de la hipoteca.

    Se tumbó sobre la cama mirando el techo. Al cabo de un tiempo indeterminado, notó que su teléfono vibraba sobre la mesita de noche. ¿Haces algo mañana por la tarde?, escribía Roberto sin más preámbulos. Seguramente, ya había movido sus hilos Martina, su ángel.     

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo continuará esta historia con su segunda parte. Hasta entonces te animo a seguir explorando este sitio en busca de otros relatos y novelas ya disponibles. Te felicito por haber llegado hasta aquí. Si lo has hecho, agradezco mucho cuando comentas y amplías el texto.

    Un abrazo,

    El Escribidor

  • El último día en Berlín

    El último día en Berlín

    1.Saludando sonriente

    Era un día como cualquier otro: no volvería a repetirse nunca más. El despertador sonó, como cada mañana, a las 5:50, pero lo apagó casi al momento porque ya estaba despierto. Siendo perfectamente consciente, se dispuso a saborear cada una de las acciones que componían su rutina diaria. Reparó en el despertador. Era un modelo común, con campanas a los dados y un badajo diminuto dentro, el cual hacía un ruido fortísimo cuando llegaba su hora y anunciaba un nuevo día. Pronto se quedaría sin cuerda, pero no importaba. En veinte años nunca había olvidado esa pequeña tarea y sentía un orgullo pequeño y duro como un diamante. A pesar de la melancolía, era feliz.

    Su mujer y su hijo aún dormían, a su lado. El pequeño tenía dos años y solía pasar la noche en su propio cuarto, pero estaba con tos y su mamá había decidido que pasara la noche con ellos en la cama. Apenas son dos bultos bajo las gruesas mantas de lana.

    Hacía mucho frío, como tenía que ser en la Unión Soviética. La calefacción central del edificio los salvaba de morir congelados en el hormigón, pero aun así había que echarse una bata encima para llegar hasta el baño y hacer la primera micción del nuevo y último día que pasaría en su país, de donde nunca había salido en treinta y cinco años que tenía.

    Encendió la luz de la cocina y acto seguido comenzó a calentar el café. Intentaba resistir la tentación de prender un cigarrillo demasiado pronto. Encendió la radio para distraerse y sintonizó las noticias de la mañana. El conductor del programa, hombre de unos sesenta años, al que poco le importaba la vida ya, a veces trataba cuestiones al filo de la censura y persecución de la Stasi. Sabía que cualquier día encendería el transistor y aquel hombre ya no presentaría el programa matinal. Formaba parte del destino de los hijos de la Unión Soviética y se aceptaba con gusto por todos, incluso con verdadera devoción por algunos. No pudo resistirse más. Tomó uno de los paquetes de tabaco que reposaban sobre la encimera impoluta y se encendió el pitillo con una cerilla. Era un día especial y debía permitirse ciertos lujos. El locutor anunció que eran las 6 de la mañana del día 20 de noviembre de 1975, la temperatura era negativa y el día sería gris.

    El café subió y vertió su contenido en una taza de lata, su preferida, de cuando era más joven y sirvió en el ejército. Sus compañeros siempre le achacaban que prefiriera el café en vez del té negro, como un buen soviet. Pero se lo perdonaban porque en lo demás era un hombre valiente e íntegro, alguien en que podían confiar cuando estaban con la soga al cuello, perdidos en un remoto lugar de Siberia. Siempre tenía una sonrisa y palabras de ánimo. “Es gracias al café”, les decía, y todos se reían como buenos camaradas, fumando cigarrillos de liar y bebiendo de vez en cuando un trago de ardiente vodka helado. Fueron años duros los del servicio militar. Siempre pasando frío, hambre, odio. Un hombre tiene que resistir, decían los superiores. Pero los jóvenes camaradas dudaban de que esos tipos ventrudos tuvieran la entereza para sostener su kalasnikov; aquellos malditos dictadores que los tenían allí, en una trinchera pisando mierda. Si no fuera por sus compañeros, se habría pegado un tiro. Pero aquello ya se terminó para él. No dejaba de pensar, con la mirada perdida mientras el café se enfriaba. Le dio un sorbo y ya estaba tibio. Había perdido la oportunidad de disfrutar del primer café del día como se debía y eso lo enervó; por culpa de sueños antiguos había olvidado el presente continuo.

    Una vez hubo terminado, entró en el baño y se desvistió. Tenía en su cuerpo algunas cicatrices de aquellos tiempos a los que no quería prestar más atención. Algunas habían sido provocadas por el enemigo y otras no. A veces es duro ser un soviet, ¿pero quería ser otra cosa? La patria era exigente con sus hijos, pero estos siempre le serían fieles. Tenía claro cuál era su lugar en la sociedad, a la que se sentía muy orgulloso de pertenecer. El agua caliente corría por su cuerpo delgado dejando un vaho denso en el baño pobremente iluminado. Las baldosas de las paredes estaban amarillentas por el paso del tiempo y el grifo estaba un poco oxidado. No había medios para cambiarlo y él nunca había sido muy ducho con las tareas del hogar. Lo suyo era ser intelectual y guerrero: sabía manejarse bien con los libros y las armas, pero no con la hoz y el martillo. Después de frotarse con la pastilla de jabón lagarto se sintió purificado.

    Salió del baño, ya vestido: calzoncillos, calcetines, camiseta interior, camisa celeste, pantalón marrón, cinturón negro, americana gris, sin corbata. No soportaba llevarla al cuello, le recordaba al nudo de la soga, prefería las largas bufandas de lana que tejía su mujer. Mientras se calzaba no dejaba de escuchar la voz del transistor. Noticias llegaban desde el otro lado del telón, desde España, importantes. Antes de salir de casa comprobó que llevaba todo lo necesario. Abrió su cartera y vio su identificación y nombre: Andréi Nicolaievich, nacido en 1942 en Berlín, donde vivía actualmente con su mujer Natalia.

    Antes de ponerse el abrigo de piel y salir al frío, pasó por la habitación conyugal. Su mujer y su hijo aún dormían en aquella hora temprana. Al verlos allí acurrucados, madre e hijo, tanto amor no cabía en aquella pieza, sintió una punzada de tristeza y las lágrimas duras inundaron sus ojos secos. Aquella era la última mañana, se despediría de ellos en ese instante y a partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Eran apenas dos cabezas bajo las gruesas mantas. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. El aroma característico de los niños pequeños lo embriagó y quiso retener ese olor en la memoria para siempre. Una lágrima se resbaló por su mejilla afeitada, la secó con un rápido movimiento con la manga de la camisa. Como no se diera prisa no iba a salir de allí. Se inclinó hacia su mujer y la besó en los labios, como hacía siempre antes de salir de casa. Ese día se entretuvo un poco más y del otro ojo cayó una lágrima traicionera a la cama.

    -Andréi, ¿estás bien? ¿qué te ocurre?

    -Nada, sigue durmiendo.

    -¿Estás llorando?

    -Por supuesto que no. -Y se incorporó con decisión. Si Natalia se hubiera incorporado, si hubiera encendido la pobre luz de la desvencijada lámpara de mesa, no habría tenido más remedio que contarle la verdad y quizás el final de esta historia hubiera sido otro.

    Nicolai consiguió disimular su agitación y ella, tan cansada estaba por la pasada noche en la que no había pegado ojo, ahuyentando el instinto de que algo no iba bien, se quedó dormida apenas Andréi cruzó el umbral de la puerta de la habitación y cerraba tras de sí. ¿Volverían a verse? Nadie lo sabía, pero no tendrían otra ocasión que aquella despedida.

    Había que disimular. Para que las cosas salieran según lo planeado, aquel tenía que ser un día absolutamente normal, uno más en su vida de profesor de literatura en un instituto estatal. Entró en el coche, que estaba helado, encendió el motor, la radio, y mientras se calentaba las manos volvía a escuchar las noticias, que hablaban de España. Había muerto el dictador Francisco Franco Bahamonde aquella misma madrugada.

    -Maldita sea, -pensó Nicolai- esto seguro que lo complica todo. -No se equivocaba. Inició la marcha con cuidado, las calles estaban heladas por el frío sempiterno.

    Nicolai sabía muy poco de España, apenas por los libros de literatura, y no era mucho lo que había leído. Conocía el Quijote y una obra de teatro bastante filosófica que llevaba por título La vida es un dormir, o algo así. Un tipo en una prisión se liberaba en un mundo ficticio, que él creía real, y que en realidad era real, pero luego resultaba ser un sueño, pero no era cierto, porque no había estado soñando, sino despierto. Un drama complicado del siglo XVII. España le parecía un país bastante anodino y tragicómico. Pero las circunstancias habían hecho que, de unos meses a esta parte, las relaciones con aquella región tan al oeste del continente fueran frecuentes y, prometían, duraderas. Nicolai sabía mucho de dictadores y se alegraba por los españoles, pero no por él.

    Decidió no darle demasiadas vueltas. Debía prestar atención a la carretera si no quería salirse y acabar con todo demasiado pronto. Franco había muerto en su cama, de viejo, poco se sabía de lo que iba a pasar a partir de ahora. En la URSS todo seguiría igual. El utilitario de Nicolai recorría las avenidas hacia el centro de la ciudad. Los edificios de la época prusiana iban tomando más presencia a medida que se aproximaba a su destino. El pasado glorioso de aquella ciudad sobre el río Spree dormía pesadamente como un león herido. Nicolai no había conocido, en toda su vida, otra cosa que no fuera la Unión Soviética. Del pasado de su propio país sólo podía sentir asco y vergüenza. Era un tabú.

    A lo lejos ya se divisaban los altos edificios grises de las afueras, donde él vivía. Altas torres de hormigón, todas iguales, funcionales, el pueblo necesitaba viviendas y el Estado las proveía. Para un país que había pasado su historia reciente a la intemperie, comiendo patatas podridas y durmiendo en la escarcha, disponer de una vivienda con calefacción central y gas para cocinar, era como haber dado un salto de milenios. Nadie le negaba a los soviéticos sus avances, pero quizás habrían llegado también sin los millones de muertos. Nicolai se preguntaba si no les habría ido mejor siendo alemanes. Al final, todos los de arriba son iguales, se llenan la boca con palabras como gloria, patria, honor, pero lo que quieren es mantener una vida de preocupaciones pequeñas y miserables. A su manera, aquellos altos edificios eran bellos, buques fantasmales entre la neblina petrolífera del progreso. Edificios como pilares que aguantaban el cielo gris.

    En una construcción antigua, que antaño fue una biblioteca para los nobles y burgueses de la ciudad cuando la paz entraba a caballo por la puerta de Brandemburgo, se desarrollaba la labor docente de Andréi. Apagó el cigarro con el pie al salir del coche y encendió otro justo al cerrar la portezuela tras de sí. El día era helado, pero al menos no había caído nieve. Sus gruesas botas pisaban seguras sobre el suelo de cemento. Algunos estudiantes ya esperaban junto al edificio ocre, el cual tenía forma rectangular, como dos cajas de zapatos en paralelo, unidas por una fachada de columnas y escalinatas hasta la puerta principal, muy al estilo del Reichstag pero más liviano. El pueblo necesita formarse, el conocimiento os hará libres: matemáticas, literatura, química, latín. Le encantaba su profesión, aunque estuviera mal pagada. Le habría esperado un futuro glorioso si hubiera sabido mantener la boca cerrada en el ejército. Había sido un militante audaz años atrás, pero no supo guardarse la verdad para sí mismo y la Stasi decidió castigarlo en aquel puesto en el instituto de secundaria.

    -Buenos días, Andréi. Parece que tenemos una mañana fría.

    -Buenos días, profesor Fridrih. Así es, el invierno aprieta fuerte.

    -Para inviernos los que había cuando yo era niño. Aquello sí que era frío, y no ahora. Hubo un año en el que no dejó de nevar. Te lo digo, Andréi, el clima está cambiando.

    Andréi pensó en los inviernos de la época del profesor Fridrih. Era un hombre de sesenta años, casi un anciano, que había vivido dos guerras mundiales. Una siendo apenas un niño, la otra siendo un joven militar. Estuvo en el bando perdedor en ambas.

    -Seguro que tienes razón.

    Mientras ambos subían las escaleras del edificio, un timbre fabril rompió la mañana. Andréi se giró un momento y miró hacia la calle. Los estudiantes llegaban con sus ropas raídas y sus carteras de cuero. Algunos habían estado fumando unas cuadras más allá, otros pasaban hambre, frío, necesidad. Soñaban con ser ingenieros, militares, poetas. Cuántos sueños por cumplir, cuánta energía malgastada, cuántas vidas inservibles.

    Dios mío, cuánto echaría de menos todo aquello. -Lamentaba saludando sonriente.

    …

    2. Perdón imposible

    A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno gris-asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y ligero que antes.

    A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia próxima porque tardaría mucho en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo parecía dispuesto a la perfección. Abandonaría la Berlín aquella misma noche, de una vez por todas, y no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la Stasi encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un soviético, ese delito se castigaba con la muerte; como todo el mundo occidental sabía.

    Andréi había servido en el ejército y luego, al terminar la guerra, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según quería la propaganda, un hombre de su patria, uno de los muchos soldados valientes que servían en la batalla contra el Enemigo y que conseguirían la Paz para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños lo abrazaban y lo exhibían como un trofeo. En verdad era un agente soviético, entrenado para sacar información del enemigo capitalista. Había traicionado, herido, incluso matado. Había servido a su país en la valentía y luego en la Inteligencia.

    No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo occidental distinta a la propaganda soviética del gobierno. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada del Partido. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor en Francia, Inglaterra, EE. UU. que cualquiera de sus compatriotas; países que había conocido como diplomático oficial al servicio de los pueblos de Lenin.

    Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Unión Soviética. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. No quería que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes y empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes, y su nueva familia con él.

    Empezó a ponerse en contacto con personas del otro lado, y a ganarse su confianza dando con tino dosis de información a la CIA. Aquello le granjeó buenos amigos, los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su propio país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores habituales. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista en aquel país, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público del centro de Berlín.

    Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen soviet asumía su destino con estoicismo: fuese cual fuese la orden debía cumplirla.

    La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso y el alemán, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como un desierto. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en este mismo instante.

    Antes de llegar a su coche, aparcado a unos metros de la puerta del centro de formación, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo de aquella unánime tarde. Sin hacer ningún gesto tampoco, pasó de largo y no subió a su vehículo, sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata feroz. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su abrigo.

    Al llegar al fondo del callejón, por el camino menos concurrido, Igor lo esperaba al final, recortando su silueta el cielo gris y el suelo marronáceo del descampado. Las ruinas de unos edificios aún por reconstruir eran los únicos testigos de su encuentro. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:

    -Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.

    Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente, mientras un gato pardo lo miraba con ojos famélicos de diablo.

    -¿Por qué?

    -¿No has oído las noticias?

    Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi encontró lo que buscaba tirado en el suelo: un periódico de ese día. En la portada del diario, la noticia de ese día era: Franco ha muerto. En las páginas interiores se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España.

    -¡Maldito sea! -gritó en mitad de la nada. Un par de córvidos alzaron el vuelo asustados.

    Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo gris lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien a dónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana.

    Ya en la berlina decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS por los berlineses, de la muerte del dictador en España y la posibilidad que eso ofrecía para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.

    -¡Malditos sean! -Andréi golpeaba con furia el volante de su berlina color ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. -¡Malditos sean! -La torre de televisión en Alexander Platz lo miraba pasar a lo lejos, entre los edificios, como un ojo constante que centelleara al encuentro de los escasos rayos solares.

    Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que ahora se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis; no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el complejo bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un país, o de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión o directamente cancelados, como temía que era su caso.

    Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.

    Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar correspondiente, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: -¿Papá?

    Al traspasar el umbral de la puerta vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y de hinojos comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto, mientras el cabeza de familia vertía lágrimas tiernas. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: -¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.

    -Os he fallado.

    -Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. -dijo Natalia imperativa.

    Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como traicionar, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de falsas heroicidades. Podía engañar a los soviets pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.

    -Tengo algo que contarte, Natalia. -Dijo de rodillas, suplicando un perdón imposible.

    …

    3. Caía tras la ventana

    -Amo…

    -Yo también te amo, Natalia, mi amor.

    Andréi se sentía liberado. Por fin, después de tantos meses de incertidumbre, había podido desahogarse con la persona que más quería en el mundo: su mujer Natalia. A pesar del fracaso sentía una poderosa sensación de alivio, como el que deja en el suelo un peso imposible. Nunca más tendría secretos para ella, para ninguno de los dos.

    -Amo a mi país por encima de cualquier cosa, nada ni nadie podría separarme de él.

    Cayó el silencio en el pequeño salón como un montículo de nieve y la habitación se quedó helada a pesar de la calefacción central. Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, Andréi miraba a su mujer con los ojos como platos, temblando de miedo. Nunca había conocido esa expresión de resentimiento en el rostro de la dulce Natalia, con quien llevaba casado más de diez años. Simplemente, no parecía la misma persona.

    De pie en medio de la habitación, Andréi miraba a todas partes como si de repente estuviera encerrado en una jaula. Su hijo Nicolai jugaba tranquilo con unas piezas a construir una torre que siempre acababa desmoronándose. Un pensamiento cruzó como un cuervo por su mente: así los hombres viven sus sueños, que siempre se vienen abajo. Natalia, que permanecía callada, empezó a llorar amargamente sobre el sofá marrón.

    Aguantándose las ganas de llorar también, Andréi permaneció pensativo con las manos en los bolsillos. El pequeño Nicolai dejó a la mitad la torre que andaba construyendo y fue corriendo a abrazar las rodillas de su madre, cuya espalda subía y bajaba en cada hipido. Andréi observaba la construcción que había dejado a medio hacer su hijo en mitad de la moqueta del salón y le dio una patada de furia. Las piezas saltaron por los aires, en todas direcciones, estrellándose la mayoría en los libros de la estantería. Natalia detuvo su tácito gimoteo y permaneció en silencio mientras Andréi se acercaba. De pie junto a su mujer y su hijo, se derrumbó. Se puso de rodillas frente a ellos y dijo:

    -Perdóname. Yo sólo quiero… quería lo mejor para vosotros. -y empezó a llorar también. Apoyaba su cabeza sobre las blancas rodillas de ella y poco a poco iba humedeciendo su piel con lágrimas pringosas y saladas mientras Natalia le acariciaba el pelo. El pequeño Nicolai, al ver a su padre así, no supo cómo reaccionar y se escondió detrás del sofá, mirando desde detrás del reposabrazos, asimilando la extraña situación.

    -Te perdono. Eres mi marido y lo serás hasta el día en que uno de los dos muera.

    Feliz, Andréi levantó la vista y a través de sus ojos llorosos miró el rostro impertérrito de Natalia, quien con mirada azul fijaba la vista en un punto invisible que parecía situado a cientos de quilómetros de esa habitación cuyos muros dejaban apenas un espacio de diez metros cuadrados. Su marido la besó en los finos labios y fue entonces cuando ella giró su cabeza hacia él, aunque su mirada seguía posada a cientos de millas.

    -Natalia, te quiero tanto…

    Ella se limitó a seguir acariciando amorosamente el pelo de la nuca de Andréi. El pequeño Nicolai se sintió más seguro y volvió para abrazar a sus padres. Se quedaron así, abrazados entre el suelo y el sofá, un espacio indeterminado de tiempo, hasta que el niño decidió proseguir con sus juegos y Natalia se levantó decidida y dijo: Prepararé té.

    Andréi se levantó del suelo donde de hinojos aún estaba y se sentó en el duro sofá. Mientras oía el ruido de su mujer con la pava del té y las tazas se miraba las manos. Le parecía un milagro que aquellas extremidades, con sus diez dedos y sus incontables falanges, siguieran pegadas a su cuerpo, funcionando a cada orden intangible que el celebro les mandaba. Nunca podrían los científicos soviéticos replicar aquel milagro. Como un bebé cuando las descubre, cerraba y abría sus manos, movía los dedos en direcciones arbitrarias por el siempre gusto de tocar el aire y la luz con la piel desnuda.

    Natalia volvió con el té y se sentó a su lado. Sirvió dos tazas humeantes y suspiró.

    -Otra vez andas en tus pensamientos.

    -Solo puedo pensar en lo maravillosa que eres.

    -Mi amor, estás completamente equivocado.

    -Eres maravillosa y nada podrá quitármelo de la cabeza.

    -Me refiero a tus pensamientos, al plan que has urdido a mis espaldas todo este tiempo.

    Andréi bajó la cabeza sin saber muy bien qué decir.

    -No digas nada, ahora me toca hablar a mí. Te voy a decir por qué este es el país más maravilloso que existe, y por qué nunca voy a abandonarlo. Ni yo ni mi hijo Nicolai.

    Una expresión de estupor y miedo pobló el rostro de Andréi, quien escuchaba callado.

    -Como sabes, nací en un pequeño pueblo en la península de Kamchatka. Creo que mi padre fue destinado allí por un asunto de deslealtad, pero nunca se habló del tema. En aquella extrema región solo había nieve, hambre y muerte. No llegaba ni siquiera el periódico y la luz eléctrica era un lujo del que solo disponían los edificios oficiales. Mi madre murió en el parto y mi padre volvió a casarse muy pronto, con una aldeana de ojos rasgados a quien nunca podría llamar Madre. Yo no tenía nada, y estaba sola…

    >>Pero en Kamchatka sí que había Escuela. Muy pronto, destaqué en los estudios. Aprendí a leer enseguida y el lenguaje de las matemáticas simplemente era algo natural para mí. Un día, unos inspectores venidos de Moscú aplicaron unas pruebas internas del estado, estaban buscando futuros científicos para el programa espacial en todas las regiones de nuestra extensa patria, y dieron conmigo. Recuerdo el día en que me subí al tren que habría de llevarme a Irkutsk, y de allí seguiría en transiberiano hasta la capital. Hicimos el viaje con otros niños de regiones cercanas a la mía. Éramos unos diez. Hubo uno que murió en el tren por una apendicitis y fue el primer contacto que tuve con la muerte. A pesar de todo, no fue un momento triste. Yo estaba feliz: ¡iba a prosperar!

    >>Una vez en el instituto de enseñanza intensa seguí destacando por mis cualidades, sobre todo en el ámbito de la física y las matemáticas. Antes de entrar a la universidad fui propuesta para participar en el programa espacial. Me veía a mí misma como una futura cosmonauta, atravesando el cielo gris como había hecho nuestro héroe, Yuri Gagarin, incluso la perra Aika me producía una amarga sensación de envidia. Iba a conseguirlo, iba a convertirme en la más audaz cosmonauta, la primera en pisar Marte.

    >>Pero no pudo ser. No fui lo suficientemente buena y en los exámenes escogieron a otros antes que a mí. Entré en la facultad de ingeniería, que fue donde nos conocimos, y el resto ya es nuestra historia, que no hace falta repetir. Sé que sabías todo esto pero lo que quiero decirte por primera vez desde que estamos juntos es que se lo debo todo a mi país. Si no fuera por la URSS ahora sería una estibadora arrugada en Vladivostok.

    Andréi la observaba en silencio con ojos arrobados. Era cierto que conocía todos los detalles de la vida anterior de Natalia, aunque ella casi nunca hablaba de su pasado. Aquella chica rubia y solitaria que una vez le robara el corazón se había convertido en una madre amable y en una trabajadora incansable en la fábrica de fuselajes, a cargo de líneas de producción extensas, donde trabajaban hombres y mujeres de brazos fuertes. A pesar de su esbelta figura, de su cabello rubio y de sus grandes ojos azules, todo el mundo la respetaba. La llamaban la muñeca de hierro. Quienes estaban cerca de ella decían que era capaz de matar con los ojos y que un extraño espíritu, numen de la Siberia, vivía en su interior. Por eso, hasta las brujas, le tenían miedo y gran estima.

    -Pero, Natalia, mi amor. ¿Nunca has pensado que el mismo Estado que te salvó fue el mismo que destinó a tu familia al rincón más extremo de la Siberia? Si no viviéramos bajo la bota del totalitarismo, no habría hecho falta tanto sufrimiento, quizá tu madre…

    -¡No sigas! -El pequeño Nicolai, asustado, dejó sus cosas y se escondió bajo la mesa.

    -Solo digo que nuestra vida podría ser diferente. Tú podrías desarrollar tu profesión en otro sitio, quizá tendríamos más cosas, una casa grande, un coche decente. Tú no has visto lo que yo, Natalia, los ingenieros en sus países viven en grandes mansiones al sol.

    -Tú lo has dicho: los ingenier-os. No quiero ser una de esas mujeres, ¿entiendes? Lo único que saben hacer es pintarse las uñas, y a mí eso ya sabes que no me va. El suyo es un mundo dominado por hombres ventrudos, burgueses con el puro en la boca y el pie sobre los trabajadores y campesinos, como lo fui yo. ¿Crees que una chica como yo habría tenido alguna posibilidad en el mundo capitalista? Me habría muerto de hambre.

    -Nadie puede saberlo, Natalia. En cualquier caso, no vale la pena pensar en lo que pudo haber sido. Lo importante es el presente y el futuro, el porvenir de Nicolai… De todas formas, nada importa ya… Nuestros sueños, los míos y los tuyos, se han venido abajo.

    -Habla por ti, Andréi. Yo soy feliz en la URSS y quiero que mi hijo crezca aquí.

    -Pero es nuestro hijo… 

    -¿No te das cuenta? Puede ser que vivamos en un mundo gris, en una vivienda pequeña dentro de un piso de hormigón replicado en toda la avenida. Nuestro coche se avería y la calefacción falla. La nevera está medio vacía y la televisión no ha llegado a esta casa. Pero me da lo mismo. Tenemos la literatura: Tolstoi, Gorki, Chéjov, Turgéniev…

    -Y muchos intelectuales proscritos.

    -Traidores. Tenemos también la música de Chaikovski, el ballet, la ciencia, el Sputnik.

    -Ellos pusieron el hombre en la luna.

    -¡Mienten! ¿Es que no lo ves? ¡Todo es una gran mentira! Viven en un mundo de colores, con muchas marcas y muchos objetos con los que adornarse, pero por dentro son grises, por dentro no tienen nada. Y son profundamente infelices, más que nosotros.

    El pequeño Nicolai comenzó a llorar al escuchar los gritos de sus padres. Ambos se quedaron en silencio, de pie, mirándose a los ojos con amor y tristeza, como si estuvieran en el andén despidiéndose para siempre de lo que pudo haber sido. Natalia cogió a su hijo en brazos y lo meció blandamente, Nicolai dejó de llorar al instante. Al fin, Andréi suspiró y calló rendido en una silla próxima. Con los ojos húmedos dijo:

    -¿Sabes qué, Natalia? En realidad me importa muy poco donde residamos, siempre y cuando estemos juntos, los tres. Para mí vosotros sois mi verdadera patria, mi vida.

    Con el niño en brazos, Natalia se sentó sobre las piernas de Andréi y los tres se abrazaron con fuerza. Sonreían de tristeza y alegría mientras el sol caía tras la ventana.

    …

    4. El último día en la Unión Soviética

    La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de las vidas humanas parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en una ciudad como Berlín, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.

    -Ahora vuelvo. -dijo Natalia- Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.

    El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.

    Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, un clásico de la lengua y la literatura española que andaba leyendo aquellos días: La vida es sueño.

    “Qué es la vida, un frenesí
    qué es la vida, una ilusión
    una sombra, una ficción
    y el mayor bien es pequeño
    que toda la vida es sueño
    y los sueños, sueños son
    .”

    Leyó Andréi en ruso y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.

    Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, con quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de la Vida es sueño.

    En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso que venía del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.

    -Date la vuelta. -dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.

    Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que empañaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.

    Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer diciendo palabras de amor.

    Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.

    Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos verdes que eran grandes incluso cuando sonreían. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la hubiera echado de menos, qué estúpido había sido.

    Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.

    Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.

    -Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…

    Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando que el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.

    Se quedaron así sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.

    -Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.

    De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie en medio de la habitación, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?

    Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos horizontes y estrategias a partir de lo que había pasado hoy. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para su familia. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.

    El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un muñequito en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra que quizás había engendrado un nuevo hermano para Nicolai, que habría de llamarse Alejandro, como el padre de Natalia. Pero entonces ninguno de los dos lo sabía.

    Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.

    -No juegues con la comida, Nicolai.

    -Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.

    Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño listo y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.

    -A la cama. -dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.

    – Quielo jugal con papá.

    -Dale un beso a papá y a la cama.

    Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte, creía.

    Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba círculos que rápidamente se tornaban en espirales para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban un poco, hacía tiempo que un peso hondo se había instalado en su estómago.

    Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a los ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente. Andréi decidió abrir el libro y continuar leyendo la obra por donde la había dejado.

    Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más presentes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.

    Toc-toc-toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.

    -¿Son ellos? -preguntó Andréi.

    Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente por primera vez en años. De hecho, Andréi nunca la había visto así, tan abatida y triste, tan desesperadamente rota.

    -¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?

    -Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…

    TOC-TOC-TOC.

    Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.

    -¿Sabrás perdonarme?

    Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes. La muñeca de hierro nunca había llorado así, jamás.

    -No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.

    -Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. -dijo ella sin levantarse de la silla.

    Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora para siempre dejaba lo que hasta entonces había sido su vida, la vida. Pero estaba contento. Miró una última vez hacia atrás y vio el libro abandonado en el suelo. No lo terminaría.

    Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.

    -¿Andréi Nicolaiévich? -dijo el tipo de la Stassi con cara de perro de presa soviético.

    -Este día ha sido feliz. He sido feliz… -dijo él -Es último día en la Unión Soviética.

    …oooOOOooo…

    Nota del escribidor: El próximo domingo habrá nueva publicación si las musas quieren. Hasta entonces te amino a dejar tu opinión y comentarios en el espacio para ello. Te mando un cálido abrazo y espero volver a verte en otros personajes. Un saludo,

    El Escribidor

  • Liminar Londres (Parte 3)

    Liminar Londres (Parte 3)

    15. De espaldas

    La mañana era clara y luminosa. Pocos coches pasaban por Streifen Road en aquella hora. Aunque el sol no calentaba demasiado, su luz era deslumbrante y casi no dejaba ver las formas del entorno: la carretera asfaltada que subía hacia el puente que cruzaba el Canal Real, la parada de autobuses de quienes se dirigían a Dublín, unos cuantos parterres llenos de flores de colores que centelleaban al sol desganado de Irlanda. El humo del cigarrillo subía pesadamente en aquella mañana húmeda y silenciosa. Se sentía como en un sueño, más dormido que cuando soñaba la noche anterior, pero sabía que estaba despierto y que Cayetana llegaría de un momento a otro. Se sentía cansado.

    Habían pasado muchas cosas en pocos días. Eran jornadas que sabría que recordaría siempre, fuera cual fuera su final, y si bien al principio había significado un aliciente, ahora resultaba cansado al aproximarse al final de la historia, como el atleta que ve al final de una larga calle la meta tanto tiempo ansiada y se pregunta con extenuación si va a ser capaz de llegar. En momentos así la mente entra en una especie de trance suicida que no permite pensar, ni tampoco parar. Allí estaba de pie Gerardo con el cigarrillo en la mano maldiciendo al par de cuervos que saltaban junto a él sobre el muro que daba a los parterres de flores. Tomó un guijarro del suelo y lo arrojó contra aquellas bestias.

    -Tú siempre tan amable con la naturaleza.

    -Estos bichos no son naturaleza, Caye. No sé cómo puedes vivir en este pueblo de Halloween, lleno de cuervos y de color negro. Con lo bonita que era nuestra ciudad…

    -Tú lo has dicho, era… -Cayetana lo miró largamente- Parece que alguien no ha pasado una buena noche hoy, ¿no?

    -Bueno, digamos que el alojamiento no es de lo mejor. Pero me vale la pena. -sonrió.

    Se dieron dos besos amistosos. El olor húmedo de la mañana de la tierra mojada y de las flores se mezcló con el aroma del pelo de Cayetana. Se miraron divertidos un instante.

    -¿Dónde me vas a llevar, bella dama? -dijo él adoptado una sobreactuada pose de tipo duro con el cigarrillo entre los labios. -Ardo en deseos de conocer mi destino final.

    -Está justo ahí, detrás de estas flores violetas. ¿Has visto qué bonitas? Sígueme.

    -Encantado. -Gerardo estiró la mano pero tomar la de ella en un gesto acostumbrado, pero no encontró nada, solo el vacío. Cayetana se había adentrado por un camino de tierra cuesta abajo que cruzaba una zona ajardinada llena de flores. No decían nada.

    -Me alegro tanto de volver a verte. -dijo Gerard para romper el silencio. -He soñado muchas veces contigo.

    Cayetana no dijo nada. Simplemente forzó una sonrisa cortés y miró hacia otra parte.

    -Es allí. Aquella es la cafetería.

    El Soho Café Latte de Maynooth era en realidad la cafetería del Soho Hotel. No tenía nada que ver con el alojamiento que había escogido Gerardo para sí. Mientras que él estaba en el agujero más barato de aquel pueblo, el Soho era un hotel moderno, de última generación, con habitaciones cómodas y amplias. Estaba situado cerca de la carretera que llevaba a Dublín y probablemente se dedicara a atender las necesidades de los hombres y mujeres de negocios que pasaban por aquel pueblo fantasma. El sitio disponía de una cafetería especializada en desayunos y brunches, es decir, en almuerzos.

    Se entraba al sitio a través de unas puertas mecánicas de cristal que a Gerardo le parecieron el colmo de la elegancia. En su submundo de bares de mala muerte y hoteles de baja estofa escaseaban aquellas comodidades. Al entrar le invadió un olor dulce y agradable, como a la vainilla que se usa en las tiendas de ropa, en vez del acostumbrado olor a frito y a cerveza de las cafeterías que frecuentaba él. Un juvenecido camarero de cuarenta años los recibió en la entrada con mucha elegancia y la espalda muy estirada.

    -I have booked yesterday. -dijo ella informándole que tenía reserva.

    -May I have your name, lady? -dijo el tipo estirado mirando a Gerard de arriba-abajo.

    –Cayetana.

    –Yes. It’s just here. Come with me please.

    Gerardo repitió las últimas palabras del maître en su cabeza con un tono agudo y burlón. Odiaba a esos tipos que se creían los amos del sitio donde trabajaban de nueve a cinco. Se comportaban como si aquello fuera suyo y sentían más devoción por su profesión que cualquiera de sus jefes. Un trabajo como aquel podía dar sentido a una vida humana y eso lo entristecía. Parecía que la vida no podía tener sentido para una persona como él.

    Se sentaron en un lugar junto al ventanal que daba a los parterres de flores. Sobre la mesa, de un blanco crudo, había una flor amarilla dentro de un tarro de cristal con agua. Gerardo la olió y se dio cuenta que era de plástico, falsa, como todo aquel lujo pobre. A Cayetana parecía encantarle ese lugar. Aquello le extrañaba, no lo habría dicho nunca. Era una chica más bien sencilla que se adaptaba a todo, pero los años habían pasado para todos y supuso que ella había encontrado otras formas de tomar el café que le habían gustado, modas de la gente guay que ella seguía con gusto. Siempre había conseguido adaptarse a los tiempos, no como él, que era un anacronismo de no se sabe muy bien qué época. Estaban sentados el uno frente al otro mirando a todas partes. Gerardo se distraía viendo a la gente pasar, incapaz de concentrarse. En las mesas cercanas la gente, grupos de tres, cuatro personas como mucho, hablaban en tono quedo. A pesar de que el bar estaba lleno no se oía la algarabía de los países mediterráneos y la conversación de los comensales, o brunchisas, dejaba oír la tema que sonaba de fondo.

    -Me encanta esta canción. -dijo Gerardo al fin.

    -Ya lo sé. -dijo ella sonriendo. -La gente nunca cambia. -y dejó de sonreír.

    -Sí que cambian. Nunca hubiera dicho que te gustaría un sitio como este y míranos, aquí estamos esperando el té con pastas de Miss Sunshine en Pijolandia. La gente sí cambia.

    -Quizá me ha gustado siempre y tú, sencillamente, no lo sabías.

    Se produjo un silencio. Gerardo podría haber entrado en una discusión filosófica sobre los cambios en la vida de la gente, ¿pero estaba allí para eso? ¿para discutir con ella? Más le valía aprovechar la oportunidad que el destino le daba y resolver al fin las cosas.

    -Te he echado mucho de menos, Caye. No sabes cuánto. Parece que no puedo vivir sin ti, después de todo. Lo he intentado. Lo he conseguido a veces. Pero no puedo. Estoy aquí porque necesitaba verte y no me rendiré pase lo que pase. Porque yo te…

    -Yo te quería mucho, Gerard. Lo nuestro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

    Al oír aquellas palabras, Gerardo casi sale volando de la silla moviendo las orejas. Lo sabía, ella no lo había olvidado después de todo. Si estaba allí con él era por algo.

    -Lo nuestro -continuó- era como una casa. Sé que no soy perfecta, tú también lo sabes. Nos conocemos bien después de tanto tiempo y, como ya te he dicho, la gente nunca cambia. Sentía que conmigo tenías tu casa, pequeñita, pero tu casa: un porche, un jardín con cuatro flores… Habíamos construido algo bonito, para los dos, para siempre. Pero.

    -Pero la cagué. La cagué completamente, Caye. Por eso estoy aquí. Quiero pedirte…

    -No, no la cagaste. -dijo ella encogiéndose de hombros, contradiciendo con su cuerpo lo que decían sus palabras- No tienes que pedirme perdón, eso ya lo has hecho antes. Es solo que no conseguía entender… no conseguía entender por qué, Gerard, por qué.

    Dio un sorbo a su café con leche. Gerardo no había tocado su café ni su croissant.

    -Hay cosas de mí mismo que yo tampoco entiendo, Caye. No sé si le pasa a todo el mundo. Sólo puedo decirte que no volverá… no volvería a suceder, nunca más.

    -La gente no cambia, Geri. Volvería a suceder porque tú eres así.

    -Soy así y por eso estoy aquí. -dijo levantando la voz. Las mesas de alrededor guardaron un instante de silencio, como si estuvieran más pendientes de la conversación de aquellos dos jóvenes sureuropeos que de sus rutinas habituales de isleños y norteños.

    Cayetana sonrió. Parecía que le hubieran venido a la mente recuerdos de otras veces, como si resucitaran al contacto con Gerard escenas vividas y atesoradas en el corazón por ser felices. Su torpeza social lo divertía, lo había hecho siempre. Cuando se dejaba llevar era cuando más le gustaba, y era cuando estaba más torpe y sincero se mostraba. Efectivamente, estaba allí. Había recorrido quilómetros y seguido las pocas pistas hasta encontrarla. Ella nunca había sido consciente de que fuera capaz de aquello, él tampoco.

    -Sí… Estás aquí, Geri. Eso es indudable. ¿Y sabes qué? En el fondo me alegro de verte.

    La conversación y el desayuno evolucionaban favorablemente para los intereses de Gerardo. A pesar de ser por la mañana, habían recuperado la relación justamente por donde la dejaron. Si bien no se habían tocado, si bien aún no se habían dado el primer beso, las cosas estaban funcionando de la mejor manera. Hablaban como lo habían hecho siempre, con total sinceridad, sin cortapisas ni cortesías. Se mostraban sinceros y se miraban a los ojos con dulzura, con cariño, con amor. La mirada de Gerardo estaba cada vez más embelesada. Al término de los croissants, se sentía embriagado por ella, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba, viviendo despierto un sueño del que nunca más querría despertar, habría preferido morirse antes que aquello terminara. Habría preferido que su vida se terminara allí mismo mientras fuera entre sus brazos.

    Su corazón palpitaba con fuerza y seguridad. Daba los pasos acostumbrados en el juego de la seducción. Sus dedos se habían entrelazado en alguna que otra ocasión mientras la conversación avanzaba. Ella se mostraba feliz y risueña, olvidada también del mundo. Gerardo valoraba la posibilidad de sentarse junto a ella en el banco de la mesa. Los cafés se habían terminado y los platos de las pastas estaban vacíos como esperando algo. El plan era sentarse a su lado, pasarle una mano por los hombros, besarla lento. Justo cuando estaba incorporándose, como el que no quiere la cosa, ella se levantó.

    -Me tengo que ir.

    A medio camino entre estar de pie o sentado, inclinado sobre la vajilla vacía que había sobre la mesa, el corazón de Gerardo parecía detenido contra una pared de hueso.

    -Irte… ¿adónde?

    -Tengo que ir a comprar unas cosas. -Gerardo la miraban con perplejidad, sin entender muy bien qué estaba pasando. -Si no tienes nada que hacer, puedes venir conmigo.

    Aquel juego empezaba a cansarlo. Casi tuvo el deseo de tirar la maldita mesa al suelo y salir por la puerta a pisar los dichosos parterres de fuera, descargando la rabia que sentía contenida contra objetos que ninguna culpa tenían de un fracaso vital, que no se atrevía a mirar de frente. En su lugar se contuvo, respiró hondo y sacó la cartera del bolsillo.

    -Hoy pago yo. -dijo con decisión y se alejó de ella, abandonando toda intención de abrazarla. Cayetana se quedó donde estaba, por primera vez, sin saber qué hacer.

    El tipo estirado de la puerta extendió una factura millonaria por dos cafés y dos croissants. Empezaba a estar harto de los precios desorbitados de las islas. Era difícil ser un viajero enamorado con el bolsillo vacío de billetes. En las películas ni en los libros nadie se pregunta cuánto valen las cosas, y si se pueden realizar o no las aventuras, no por falta de ganas, sino por carencia económica. Sus pírricas cuentas estaban cada vez más vacías y no sabía muy bien cómo iba a conseguir sobrevivir en adelante, pero no era momento de pensar en todo aquello. Ahora su historia había entrado en la recta final.

    -Bueno, Geri. Pues…

    -Te acompaño.

    -No hace falta.

    -No tengo otra cosa que hacer. Supongo que te habrás dado cuenta. -dijo él con ironía.

    -Como quieras. -dijo ella desganada.

    Caminaron en silencio un trecho. Evitaban andar por las calles principales pero Gerardo no se daba cuenta. Había asumido el papel de perro faldero y lo llevaba, si no con alegría, sí con resignación. Una honda sensación de fracaso iba inundándolo poco a poco desde la planta de los pies, subiendo poco a poco la entrepierna y el estómago. Tenía que hacer de tripas corazón para hacer como que la escuchaba y fingir dignidad. Hablaban de temas insustanciales de camino al Tesco, casi no podía oírla hasta que dijo.

    -Callaghan es un mal tipo. No es honesto. Me habla a cuentagotas, cuando le interesa.

    -¿Cómo?

    -Callaghan, el tipo que trabaja conmigo. Te he hablado de él.

    -Sí.

    -Pues eso. La última vez que bajé a casa de mis padres a pasar unos días me escribió una parrafada, pero una buena eh. Me decía que me echaba de menos, que tenía ganas de verme. ¿Y sabes qué me dijo el muy cabrito cuando le contesté que yo también? Nada. Absolutamente nada. Me dejó en visto toda la semana, pasando de mí.

    Gerardo sentía cómo las palabras de ella le atravesaban el corazón, pero su expresión no se movió. Simplemente siguió caminando a su lado como un perro perdido, renunciando a su amor propio, incapaz de hacer otra cosa que seguir andando junto a ella camino del supermercado. No se atrevía a preguntar si Callaghan era el tipo con el que había quedado al salir del trabajo el día que llegó, no le hacía falta, sabía perfectamente que sí.

    Mientras caminaba junto a ella, incapaz de hacer nada, la mente subterránea de Gerardo iba encajando las piezas. Ahora entendía por qué el tipo lo había mirado con una expresión divertida, por qué ella hablaba tanto de él, por qué sus compañeras del Picadero’s cotillearon al verlo. Era la definición más perfecta de “capullo” que Gerardo conocía, el ejemplo más palmario de persona anodina, un tío cualquiera que nunca la querría ni la millonésima parte que él en aquel momento. Pero, como le habría pasado a cualquier pardillo, Cayetana lo había colocado en la angustiosa sala de espera de la amistad. A él, con quien había pasado tanto y vivido tantas cosas inolvidables. Lo habían cambiado por el tal Callaghan y no se lo había dicho directamente. Gerardo pensaba en todo eso sin darse cuenta, sintiendo solamente los alfileres en la carne.

    Entraron en el Tesco y ella se hizo con las cosas urgentes que tanto necesitaba: leche, coca-cola, pan de molde, una bombilla. Parecían los enseres improvisados de alguien que no sabe qué comprar. Andaba por los pasillos con prisa, alejándose de él lo más posible, intentando evitar que los relacionaran más de la cuenta los posibles conocidos que ella pudiera tener allí. Ahora el cerebro reptiliano entendía eso también: si ella siempre había evitado los caminos concurridos era por eso: no buscando intimidad o un lugar tranquilo para besarse, ¡para que no los vieran juntos! ¡Qué imbécil y capullo!

    Gerardo andaba perdido por entre los pasillos y la esperó donde las cajas registradoras pacientemente, con la mente en blanco, sintiendo un dolor sordo y constante como una corriente de aire frío. Estaba congelado sobre sus dos piernas, esperando a que ella terminara de pagar su compra, mirando su reflejo por el cristal que daba al parquin.

    Llegó cargada y él le cogió la bolsa, a pesar de que ella insistió en que no hacía falta.

    -Puedo llevarte la bolsa como amigos.

    Cayetana cedió. Tampoco sabía muy bien cómo gestionar la situación y hablaba atropelladamente. Al pasar por delante de unos contenedores de basura, en su huida de las calles transitadas, ella le explicó que en aquel país la recolecta de residuos se hacía de forma muy ordenada y exhaustiva, que todo el mundo tenía que reciclar y pobre del que no pusiera las botellas de cristal en su sitio, que en el sur de Europa deberíamos ponernos las pilas. Gerardo miraba los contenedores de basura sintiéndose un residuo el cual Cayetana no tenía claro en qué contenedor iba. Quiso decírselo pero se quedó callado. Continuó caminando, poniendo cara de mal jugador de póquer con cartas nefastas y todas las fichas de su vida puestas sobre el tapete verde. Iba a perder.

    Entre palabras insustanciales que se utilizaban para llenar el silencio de los pasos, llegaron a su destino y Cayetana se detuvo. Estaban donde habían empezado: en la carretera frente a los parterres de flores, la estación de autobuses, sobre el puente. Se miraron frente a frente, sabiendo la mente profunda que sería la última vez en sus vidas. Hacía tanto daño que al respirar el aire producía una presión insoportable bajo el tabique nasal, como si hubiera recibido el puñetazo de un fantasma. Era como un tren que para.

    Así terminaba todo. Y era tan absurdo, tan antipoético, que resultaba insoportable. Gerard aguantaba las lágrimas en la parte más honda de la garganta, con los ojos secos.

    Durante toda esta historia, se había sentido como el que sube por una escalera de mano, sin mirar al suelo, pensando en que arriba del todo estaría Caye esperándolo para vivir una vida mejor, para darle una nueva oportunidad. Había oído su voz, había seguido sus pasos, se había arrastrado por todas partes y había invertido todo su dinero, y todo su amor. Gerardo por fin había llegado a la cima de su agotadora travesía cuesta arriba pero lo que esperaba no era un mundo nuevo de posibilidades sino la planicie vacía y vertiginosa del trampolín. De pie, en silencio, mirando a Cayetana se sentía al borde de la plataforma, mirando al abismo que se abría frente a él, a unos labios que habrían de recogerlo en su caída si es que conseguía caer en el sitio correcto y hacerlo bien.

    Temblaba de cabeza hasta los pies. Se sentía desnudo y el frío lo recorría. Los dedos de sus pies miraban al abismo, el mismo que había intentado abandonar con todo el esfuerzo de su corazón. Cayetana lo miraba a su vez y sus ojos le decían Adiós. Sabiendo que el tiempo apremiaba, tomó aire y, por fin, se lanzó de cabeza.

    Cayetana se apartó.

    -No, no, no… -dijo. Gerard se incorporó en el aire y volvió a mirarla. Esta vez las lágrimas se sintieron incontenibles, pero las aguantó. -No me mires así, Geri.

    -¿Así cómo? -contestó con la voz rota.

    -Con esa cara de decepción.

    Gerardo se encogió de hombros. Ya le daba lo mismo. El golpe había sido tan fuerte, tan definitivo, que lo había matado al instante y por eso aún no sabía lo que sentía.

    -Bueno, pues me voy.

    -Gerard, es un mal momento. Tengo que trabajar.

    -Vale, vale, vale… -Había iniciado la retirada, poco a poco se fue alejando de ella para que no lo viera caerse en pedazos allí mismo, lo cual era inevitable porque no le quedaban huesos sanos en el alma para mantenerse en pie. Se había girado para siempre.

    -Dime algo luego. -dijo ella por última vez

    -Vale, vale, vale. -dijo él de espaldas.  

    …

    16. Esta vez para siempre

    Los finales, en la vida, no parecen tales. Nuestra relación con las personas que más quisimos, o que simplemente conocemos, se va apagando poco a poco y un día, no nos damos cuenta, y han pasado cinco años sin ver a ese alguien tan fundamental en una parte de nuestra vida. No se produjo una despedida definitiva, no hubo lágrimas junto a la estación, simplemente una última conversación incómoda o insustancial, y luego las ocupaciones diarias hicieron el resto, solapando el tiempo que antes dedicábamos a esa persona. Gerardo iba pensando en cosas similares mientras vagabundeaba en Maynooth.

    La noche había sido dura, pero esta vez no lo habían asaltado las pesadillas. Había dormido un sueño pesado, como un desmayo, después de pasarse la tarde del día anterior llorando junto a la ventana, mientras los cuervos graznaban, o se reían, al otro lado del cristal. “Me ha tratado como una mierda. Sólo soy basura para ella.” Era su pensamiento recurrente, una frase que había repetido en voz alta como una salmodia. Cómo podía ser que después de todo, para ella solo fuera alguien a quien conoció, que no le diera la oportunidad que él creía que se merecía, que lo hubiera engañado para que fuera arrastrándose hasta el fin del mundo para luego negarle un beso, un abrazo, su amistad. Cayetana había dejado claro que no quería, ni siquiera, ser su amiga. No lo había dicho con palabras, pero no fueron necesarios para ellos. A pesar de todo, se conocían a la perfección y, sin decírselo, le había dejado claro que no quería verlo más.

    Cuando uno pasa tantas noches despierto, mirando al techo con la luz encendida, pensando en alguien, casi puede evocar su figura en la habitación, sentir su fragancia y el etéreo roce de un contacto. Alguien enamorado se plantea mil posibilidades para estar cerca de esa persona, traza planes endiablados en la mente para conseguir sus propósitos, valora absolutamente todas las posibilidades y, como son infinitas, su misión no termina nunca y siempre está dispuesto a volver sobre lo mismo de manera obsesiva. El amor es una locura. Puede curar cualquier mal, cualquier dolor, y puede ser lo más lacerante que pueda vivir un ser humano, capaz de llevarlo a terminar con su vida de un arrebato o poco a poco, cuando la persona amada nos dice que no nos quiere, que ella no siente lo mismo, que Gerardo debía detener esa obsesión dolorosa que llamaba amor.

    “Me ha tratado como una mierda. Soy basura.” Repetía obsesivamente en la habitación silenciosa, mientras el cristo colgado en la pared miraba impasible desde su sufrimiento milenario con una herida en el costado donde había tenido, él también, su corazón vivo. Todas las ilusiones se habían venido abajo. “¿Para qué había servido todo?” Se preguntaba y sólo recibía la callada por respuesta de los muros amarillentos de la celda. En una de esas, con la luz encendida, se había quedado dormido, otra vez, sin cenar.

    A la mañana siguiente, su cuerpo, no su conciencia, había decidido levantarse de la cama, ponerse frente al espejo sobre la pica y echarse agua en la cara. Los estragos de ese viaje empezaban a hacerse visibles sobre su rostro. Había envejecido diez años en solo diez días y la piel se sentía flácida sobre la cara, como si fuera una careta sujeta por unas cintas que pronto se fueran a deshacer haciendo que su rostro cayera al agua. Era el momento para comer algo, tenía que cargar energías o moriría de inanición y de pena.

    Con el corazón hecho añicos deambulaba por Maynooth como una sombra desde la mañana temprano. Desayunó un par de rebanadas de pan bimbo que compró en un supermercado e ingirió un café con leche para llevar, frío y asqueroso, pero reparador. En su paseo, evitaba las calles concurridas. No quería encontrarse con Cayetana, o con Callaghan, su rollete -nudo en el estómago-, o con alguien que los conociera, a ella y a él, y pudiera divertirse a su costa. Se sentía débil, sin ganas de hablar con nadie, solamente quería deambular por las calles mojadas bajo el cielo gris que amenazaba lluvia. Los cuervos y los árboles eran los únicos seres que conocían su desgracia.

    Lo que más le dolía era la imposibilidad de ser amigos. Dos personas que se han amado tanto no podrían verse nunca más. Era absurdo, antinatural pero habitual en la naturaleza humana. Asumir la ausencia de alguien así era como superar la muerte de un ser querido. Cómo podía ser que Cayetana estuviera tan entera y él tan destrozado. La respuesta era tan dolorosa que prefería no pensarla. Pero la cabeza tiene sus propios planes y le respondía una voz que Caye lo había superado porque ya no le quería, de hecho, y era lo que más dolía, no le había querido nunca y se había dado cuenta al separarse de él. Lo único que hacía que ella mantuviera una relación cordial con él era que Cayetana sabía que él seguía enamorado de ella, y su orgullo herido por haber sido la abandonada, la había hecho buscar una venganza cruel que se había cumplido: atraerlo con migas de pan de falso amor hasta su lado y darle la patada allí mismo.

    Si algo tenía de bueno aquel rechazo era que significaba un punto final en esa historia, que clarificaba las cosas y que ya nunca más habrían de ser iguales para ambos. El NO era tan flagrante que no había posibilidades de otras interpretaciones. ¿O sí? Se preguntaba una voz tenue dentro de Gerardo, pero no tenía a nadie a quien pedir su opinión, que pudiera ver las cosas desde fuera con claridad y supiera decirle qué hacer y cómo gestionar tanta tristeza que sentía dentro como si fuera a estallar sacando del pecho pedazos de corazón. Se sentía solo como en un mar gris de asfalto, a la deriva.

    Empezó a llover. Primero un tenue calabobos que Gerardo no había notado ni visto, tan sumido como estaba en sus cavilaciones. Pero al cabo de poco la lluvia se hizo tan insistente que era imposible no sentirla. Un viento helado se levantó de entre los edificios apresando el cuerpo de Gerardo como una bolsa de basura, amenazando con llevárselo volando al otro lado del mundo donde no habría de tornar ya nunca más.

    Entró en el primer bar que encontró. Se llamaba The Cuckoo’s Nest según ponía en letras rojas luminosas sobre un fondo blanco que le daban un aire de local de alterne. No era un sitio demasiado grande. Parecía hecho de madera oscura. Las paredes estaban cubiertas de ese material hasta la mitad y el resto del muro estaba pintado de amarillo claro. Las mesas eran color caoba, así como la barra y las estanterías donde se exhibían los whiskies de la vecina Escocia o de la sufrida Irlanda. El suelo se dividía en dos niveles, el inferior, tocando con la barra, era de madera gastada por los pasos de miles de borrachos a lo largo del tiempo. El nivel superior, separado por un leve escalón y un balconcito, también de madera, era de moqueta roja, causante del olor a cerrado, a cerveza derramada, que impregnaba el ambiente. A pesar de todo, el sitio se veía limpio y acogedor, si había mugre, era amable como cuando uno entra en una bodega. Parecía el camarote del capitán Ahab, ya retirado, después de que Moby Dick lo jubilara.

    Se acercó a la barra como movido por un piloto automático. Sus pasos lo llevaban, su mente estaba en otro sitio. Cuando quiso darse cuenta tenía los ojos azules del camarero, casi blancos, clavados sobre los suyos. El tipo tenía la nariz roja y una barba blanca al puro estilo beodo. “Go away from here” conminaban sus ojos glaucos a Gerardo, quien bajó la vista. Frente a sí vio varios surtidores de cerveza y sólo se le ocurrió decir.

    –One Guinness please.

    –A paint? -contestó el camarero. Gerardo no entendió pero dijo.

    –Yes.

    Con cara de pocos amigos, el tipo se giró. En aquel pueblo no gustaba el turismo o no estaban acostumbrados a él. Gerardo pensaba en los miles de turistas irlandeses que visitaban sus costas y cómo eran tratados, como si fueran gente importante, y solo eran tipos que tenían trabajos humildes como aquel: servir copas en un local. Por lo menos podrían aprender a sonreír, maldita sea, mascullaba Gerardo sentado sobre un taburete marrón oscuro junto a la ventana del bar, viendo llover. El sitio estaba tranquilo, sólo un par de mesas estaban ocupadas. Una pareja de borrachos hablaba quedamente de sus asuntos y el camarero de vez en cuando participada de la conversación. Sin pronunciar palabra, el tipo dejó la cerveza de Gerardo sobre la barra y lo llamó desde allí señalándola: ¿Acaso esperaba que se la llevara hasta la mesa? ¿Pero qué se había creído? Parecía decir su expresión. Se levantó de su asiento y agarró su consumición.

    Se trataba de un vaso largo y ancho, de cerveza negra, con una espuma espesa, casi pastosa, en la parte superior. El cristal estaba frío, pero no helado, y la bebida estaba a la misma temperatura. Gerardo se llevó su consumición hasta donde estaba sentado. No le pusieron ni siquiera unos tristes quicos o cacahuetes con que acompañar el trago. En aquel país desconocían por completo el ritual de la tapa, tenían otros que él ignoraba.

    Al dar un sorbo al mejunje, su estómago se contrajo, pero después lo agradeció. El sabor era dulzón y refrescante. Casi podía masticar aquel líquido negro que poco a pocos se iba asentando en su vientre como si fuera un jarabe. Por primera vez desde que estaba allí se sintió reconfortado, a solas con su cerveza y su corazón, viendo llover por la ventana. Poco a poco se fue olvidando de Cayetana, de Maynooth, de Callaghan, de su fracaso, y su alma se fue llenado de un calor agradable que irradiaba desde el estómago hasta las orejas, hasta los pies; haciendo que se amortiguara el envite odioso de las oleadas de su dolor contra las costas de su cuerpo, haciendo que sanaran sus heridas como si se tratara de una bebida mágica que hubiera preparado el mago Merlín o la bruja de Blair. Rio su propia ocurrencia y tomó otro sorbo de cerveza, que por ser tan espesa, le quitaba hasta el hambre solitaria con la que convivía habitualmente.

    Como su mirada ahora irradiaba simpatía, un tipo con el pelo cano, sentado unas mesas más adelante, decidió tomar la iniciativa y acercarse a la mesa donde Gerardo estaba acodado. Cautelosamente, se situó frente a su visión y dijo en inglés con acento guiri:

    -Can I sit with you, gentlemen?

    Gerardo levantó la cabeza sin dejar de sonreír. Tenía la mirada que imaginaba a los locos cuando miraban un punto situado en el infinito, a quilómetros de distancia. Consiguió fijar la vista sobre el tipo enjuto, con el pelo largo y blanco, vestido levemente a lo cowboy, con camisa a cuadros, tejanos, cinturón y botas de cuero.

    –Yes, of course. -se le ocurrió decir- But my English is very bad. -repuso luego.

    –It looks good to me! -dijo y rio suavemente mientras se sentaba.

    Se preguntaron los nombres y el hombre dio a entender que se llamaba Paul, pero que todo el mundo en aquel pueblo lo llamaba por el apellido, Kirkpatrick, por ser su padre, o un antepasado suyo, muy famoso en aquel lugar. Tenía los dientes rotos y la boca apestaba a cerveza, pero a Gerardo su compañía se le hacía agradable por ser otro ser humano y no una sombra. Kirkpatrick le preguntó de qué país venía y él se lo dijo. Afirmó que él había pasado largas temporadas en su país, pero a Gerardo no le sorprendió: eran muchos los irlandeses que recalaban en las costas del Mediterráneo.

    –What are you doing here, young men?

    Lo de young men le gustó. Hizo que sintiera un cariño paternal hacia el hombre, como si este pudiera protegerlo en aquel lugar o al menos ofrecerle alguna respuesta sobre su destino. Gerardo apuró la cerveza que estaba tomando y dio un golpe en la mesa negra.

    -I come here for love. Can you believe it?

    -Yes, I do. But you don’t look so good. So I guess that the things went bad in the end.

    Gerardo solo pudo entender: bad in the end y supuso todo lo demás. Asintió diciéndole que sí, que las cosas habían ido mal y que por eso estaba allí con Kirkpatrick compartiendo una cerveza amarga. El dolor, antes paralizado, se movió como una alimaña dentro de sí, y Gerardo acusó el golpe con una expresión de pocos amigos. Paul supo solucionar el mal trago y, levantando la vista, le gritó al camarero: Stan, two more!

    Cuando Stan, esta vez, trajo las cervezas, Kirkpatrick y Gerardo entrechocaron las copas. Fue el irlandés quien llevó el peso de la conversación. Explicó anécdotas sobre su vida que a veces Gerardo entendía y otras veces no. A él no le importaba que el joven entendiera poco, simplemente había puesto la radio de su alma y apreciaba que alguien extraño lo escuchara a medias, aunque no hiciera el más mínimo esfuerzo por entenderle. Al cabo de un rato, cuando las cervezas andaban por la mitad y el calor del alcohol se hacía cada vez más agradable e intenso, Kirkpatrick preguntó de pronto.

    –Who is your girl?

    -Works in the Abrevadero’s bar. You know the place?

    -Oh, yes! And I think I know your girl too.

    -Really? -Gerardo nunca hubiera revelado a nadie el motivo de su visita, ni tampoco el nombre de Cayetana a un desconocido borracho, pero la Guinness le estaba soltando la lengua y se sentía bien hablar con alguien sobre su caso, dar forma a su dolor interno.

    -Brunette?

    –I’m not gonna tell you, Kirk. I prefer not to tell anybody.

    -Sure.

    Ambos bebieron en silencio. A fuera había dejado de llover. Al cabo de un rato dijo.

    -Want to smoke a cigarette?

    -Sure. -dijo Gerardo. Y salieron los dos a la calle con la mitad del vaso vacío pero con un cigarrillo por encender en los labios y el corazón dormido por la cerveza oscura.

    Kirkpatrick se puso melancólico. Habló en inglés todo el rato, aunque de vez en cuando metía alguna palabra en español. Esta vez quiso que Gerardo (Yeragdou) lo entendiera lo más posible, así que habló despacio. Dijo que tenía una hija en algún lugar de la geografía iralndesa, a la que hacía muchos años que no veía, a la que quizá no volvería a ver nunca más. Parece que no había sido el mejor padre, cosa que no extrañaba a nadie a juzgar por sus hábitos extraños, como el de entablar, de forma habitual, conversaciones demasiado personales con desconocidos al calor de cualquier bar de borrachos. Había trabajado de todo, ahora estaba jubilado, pero conservaba su pasión intacta: la pintura. Tenía un pequeño taller en su casa, se lamentaba de no poder mostrarle su talento.

    Gerardo empezaba a cansarse de la conversación a medida que la cerveza se terminaba. Las ganas de golpear a Kirkpatrick en la cara iban en aumento y quizá Kirkpatrick sentía lo mismo. Aunque viejo, en aquel lugar estaba en minoría, y ahora solo faltaba protagonizar un altercado con un viejo borracho en un lugar pequeño para que Cayetana se convenciera aún más de que había hecho bien dándole una patada en el tafanario. Apurando el cigarrillo, Gerardo se levantó de la silla, dando la conversación por terminada e iniciando la marcha para ir a pagar. Kirkpatrick no se callaba, lo agarró.

    -My friend. LIFE can be HARD. You may lose. You CAN lose. No problem if you LOSE… BUT… you have to KEEP MOVING. -dijo con una mirada estrábica- If not, HE -y señaló al cielo con un dedo encorvado- HE will be mad with you. He is WATCHING!

    Gerardo se zafó del agarre del borracho y fue a pagar. Tenía ganas de reventarle la cabeza a aquel falso predicador contra el suelo de asfalto. Además, como había dejado de llover y ya era la hora del almuerzo, los transeúntes iban llenando las calles poco a poco, y todos veían el espectáculo que formaba aquella extraña pareja. Después de salir del baño, donde vació las dos cervezas que había tomado, se dirigió con paso tambaleante -no se había dado cuenta de lo bebido que estaba- hasta la barra del bar. Stan hizo un gesto de negación con la cabeza cuando lo vio sacar la cartera para pagar.

    -He has done it. -dijo señalando hacia Kirkpatrick.

    -Really? Well. Thank you. -dijo Gerardo sorprendido. Se giró sobre sus pasos y salió por la puerta por donde había entrado para despedirse de su viejo amigo que había tenido la deferencia de invitarlo. En la mesa exterior que habían compartido solo quedaban los cigarrillos apagados y los dos vasos de cerveza vacíos. Kirkpatrick había desaparecido. Gerardo miró en todas direcciones pero no consiguió ver por dónde se había marchado. Imaginó que quizá se acercaría al Abrevadero’s a tomarse la última y rio solo en la calle.

    Otro amigo, uno de apenas una hora, que desaparecía sin avisar, esta vez para siempre.

    …

    17. Había perdido

    Sus pasos sonaban duros sobre el pavimento. El concreto se sentía frío y húmedo debajo de la suela de los zapatos. Caminaba con cierta sensación de ingravidez, la que da el alcohol cuando se ha bebido algo, pero no lo suficiente como para emborracharse. A pesar de todo lo malo que había pasado durante aquellos días, a pesar de la profunda sensación de fracaso que de vez en cuando lo atormentaba como una piedra araña el fondo del cántaro que era su alma, a pesar de todo eso, se sentía optimista en la mañana gris irlandesa, a aquella hora del mediodía que los gaélicos usaban para comer y los mediterráneos para almorzar. El reloj de la torre tocó con un timbre distinto al acostumbrado que eran las doce y media y la gente comenzó a salir de las oficinas y pequeños negocios de una planta en busca de un sitio para comprar un sándwich.

    Él no tenía hambre. Las dos pintas de cerveza Guinness que había consumido junto a Kirkpatrick le habían borrado el apetito al llenarle el enjuto estómago de gas y lúpulo. Sólo había una cosa que lo preocupaba: encontrarse con Cayetana y que lo viera paseando en ese estado alterado de la conciencia que es ir un poco tocado. Temía la escena de toparse con ella, y con su pareja, y tener que saludarse por no poder cruzar la calle y no saber qué hacer ni qué decir; y por lo tanto hacer el ridículo. El restaurante donde ella trabajaba quedaba al otro lado de la calle a la que él había llegado. Estaba en un cruce que cortaba la avenida por en medio. Decidió ir al lado contrario de donde había encontrado a Cayetana la primera vez, es decir, bajando la calle por el lado más sombrío de esta, por donde hubiera vías de escape por las que irse si se daba el caso de encontrarse con ella a lo lejos. Se sentía una rata cobarde pero decidió no pensarlo más.

    A medida que caminaba conseguía ver las cosas con más calma. A pesar de todo, ¿qué impedía que fueran amigos? ¿no había venido hasta Irlanda también para eso? Con esta idea en la cabeza, su trance en tierras irlandesas, el fracaso amoroso que había protagonizado, el hecho de que él le lanzara un beso desesperado y ella se apartara, si podían ser amigos después de todo el viaje no habría sido en vano. Habían sido pareja durante muchos años, que el recuerdo se había encargado de dibujar como los mejores de su vida, olvidando los motivos que en su día los separaron. Pero una pareja se basa -además de en la intimidad de los cuerpos y de los besos apasionados- también en la amistad, en la relación desinteresada de dos individuos por estar juntos, sin más pretensión que la de pasar el rato, es decir, gastar lo más valioso que se tiene: el tiempo.

    Cayetana y Gerardo tenían mucho en común y otros tantos aspectos que los diferenciaban pero que en el otro resultaban interesantes. Podrían compartir un café durante horas, pasear por el parque sin más conversación que el silencio y su compañía, compartir una mirada cómplice a la vista de algo gracioso o interesante. Su relación se había basado en esos momentos también, el recuerdo estaba lleno de esos instantes y, al fin y al cabo, era lo que más extrañaba de ella. Las noches, las tardes, las mañanas de pasión, también las echaba de menos, pero había conseguido sustituirlas en otros cuerpos con mejor o peor suerte. Lo que no había conseguido encontrar era una amiga como Cayetana, alguien en quien confiar, a quien poder dar la espalda y sentirse seguro.

    Cuando levantó la vista del suelo, se encontró frente al Castillo de Maynooth. La construcción era de un gris granítico, hecha con piedras talladas de ese material. Si alguien recordara la imagen de un castillo, le vendría una idea similar al Maynooth Castle a la mente, solo que más gris y pequeño, bastante coqueto, adaptado a las necesidades militares de una población pequeña del medievo. Estaba cerca de la urbe de Dublín. Esa construcción estaba más dedicada al control de los propios habitantes que a la defensa de conquistadores externos, supuso Gerardo. Se preguntaba quién podía desear aquella tierra fría y húmeda, plagada de enfermedades y de cuervos, donde el sol salía justo al contrario del Mediterráneo. Allí, de vez en cuando, una nube tapaba la luz y se sentía un frío irreal; en aquella tierra irlandesa era al revés, las nubes tapaban el sol hasta que este encontraba un pequeño resquicio por el cual lamer con su lengua los charcos del suelo, para volver a desaparecer bien pronto aunque fuera pleno verano.

    Como no tenía nada mejor que hacer, decidió entrar al ver el letrero de Free en la puerta. Al cruzar los arcos de medio punto que separaban los muros del interior, encontró una pequeña recepción donde una empleada lo recibió muy amablemente. Según ponía en la plaquita que lucía sobre el pecho, se llamaba Dolores. Aquello le hizo sonreír por ver un nombre en su idioma, tan antiguo, en un lugar del mundo culturalmente alejado de él. Preguntó a la chica joven y guapa si podía visitar el castillo y ella le animó a hacerlo, siempre y cuando estuviera dispuesto a dejar sus datos para el estudio municipal de turismo: quién era, dónde se hospedaba, de dónde venía. El hecho de contestar aquellas preguntas inició una conversación amigable con Dolores que parecía tener la misma edad que él y afirmaba haber viajado muy cerca de donde él vivía, como era costumbre de los guiris durante el verano. Ahora, al parecer, preferían las costas del mar Adriático. Gerardo comentó que nunca había estado en Irlanda pero que le encantaba, que pensaba volver pronto o incluso quedarse. Aquellas mentiras hicieron que Dolores se sintiera orgullosa de su nación y simpática hacia aquel joven desaliñado de mirada cautivadora.

    Mientras la conversación avanzaba bajo la alta bóveda del castillo, llegó un tal George según la placa del pecho. Iba vestido con una camisa y pantalones grises, acorde con las paredes. Parecía el jefe de Dolores y parecía reprenderla por dedicar demasiada conversación al turista, que por otra parte no iba a dejar un euro en las arcas castrenses. George se presentó como guía del castillo y afirmó que estaría encantado de acompañar a Gerardo en su visita y mostrarle los rincones más emblemáticos de Maynooth Castle.

    No le quedó más remedio que seguir al tipo escaleras arriba, hacia el interior de una bóveda bien iluminada, haciendo un gesto de despedida hacia Dolores que no era un Adiós sino un Hasta pronto o Podríamos tomarnos algo luego. Ella sonrió y siguió atendiendo la pantalla de su ordenador, probablemente buscando destinos turísticos para lo que quedaba de verano o, quien lo sabía, para visitar la ciudad donde Gerardo vivía. Lo prudente era seguir el trasero de George escaleras arriba, en dirección a una amplia plaza de armas donde se situaron justo al lado de lo que parecía un antiguo aljibe.

    –English? -dijo George.

    –A little bit.

    –I can try it in your language.

    –Okey. No problem.

    George empezó a intentar hablar en el idioma de Gerardo, pero lo que quería explicar era demasiado complejo como para hacerlo con cuatro palabras y tres estructuras gramaticales simples. Así que Gerardo lo animó a que lo hiciera en inglés, que si bien él no era capaz de hablarlo con fluidez, podía entenderlo mejor que el idioma que estaba intentado pertrechar en su memoria. Los guiris no necesitaban aprender otros lenguages y cuando lo hacían pensaban que tenían mucho más nivel del que en realidad poseían.

    Un poco azorado, George continuó en inglés y Gerardo pudo dejar de prestarle atención. Miró hacia arriba y vio las almenas oscuras sobre el cielo gris claro, casi blanco, del medio día. Un grupo de cuervos sobrevoló su visión en aquel momento y graznaron algo en su idioma. El moho crecía entre las piedras de las paredes más sombrías y dotaba al sitio de un aura romántica, como de cementerio celta. El suelo estaba tapizado de una fina alfombra de césped verde que regaba el propio ambiente neblinoso. El pozo, según dijo George, era el centro de la construcción y la parte más importante de la plaza. Guerreros, monjes, damas y caballeros se habían dado cita en aquel lugar callado.

    Siguieron avanzando por las habitaciones que habían servido de cocina, salas de estar, baños, pasillos, etc. George no se esforzaba mucho en explicar lo que veían porque sabía que Gerardo no lo entendía bien. Para lo que hacía, podía haberlo dejado solo, pero su compañía y amable explicación guiada tenía otra función además de ilustrarle: tenía el cometido de vigilarlo. Gerardo lo sabía y pensó en reprocharle a George que no tenía intención de llevarse ningún adoquín en el avión de vuelta a casa. Pero se calló. Al final del corredor que transitaban, llegaron a una sala tenuemente iluminada por focos de luz amarilla que enfocaban libros abiertos de par en par y manuscritos de la época.

    Por primera vez sintió interés por algo de lo que veía y se acercó con entusiasmo a los expositores. Había volúmenes medievales escritos a mano con letras góticas ilegibles. Algunos tenían ricas miniaturas y otros una pobre factura, pero todos poseían un aura como de viejos fantasmas en vitrinas que repetían una información que a nadie interesaba ya. Gerardo sintió simpatía por aquellos vejestorios olvidados detrás de los gruesos cristales que evitaban que criaran polvo. Hubiera sido mejor para ellos acabar en las manos de coleccionistas e ir siendo leídos y destrozados por las caricias implacables del tiempo, pero allí estaban, impertérritos y callados como estatuas.

    Gracias a las transcripciones en letra de ordenador, Gerardo pudo entender parte de lo que en esos documentos se decía mientras George hablaba como si fuera una radio encendida a la que nadie hacía caso. Uno de los documentos era una carta que el noble de Maynooth enviaba a un marqués oriundo del país de Gerardo, donde le prometía amistad y alianzas contra el enemigo común de ambos: los ingleses. Según comentó George, el pacto se había sellado con el matrimonio de una de las hijas del marqués con el primogénito de los hijos del conde, dando lugar a nietos morenos con ojos azules.

    Continuó su visita saltando con la mirada de un libro a otro. Una obra titulada A Heart To Live llamó su atención. Se trataba de una novela bizantina de un tal Richard Rochester que trataba de un joven caballero inglés que viajaba hasta Maynooth para recuperar el amor de su vida, una joven princesa irlandesa, y que juntos vivían una serie de aventuras y desventuras hasta acabar juntos y felices para siempre en ese castillo. La calidad literaria de la obra, al parecer, no era mucha, pero George había dicho que había sentado un precedente en la narrativa del momento por tratar con tanta profundidad el tema de la ausencia y que había pasajes que nada tenían que envidiar a la literatura de la memoria de Proust, cuando el joven caballero lamenta la falta de su amada Alexandra. Gerardo pensó que nunca, bajo ningún concepto, leería una obra tan cursi como aquella.

    Siguieron la visita subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Las piernas de George, que debían contar con veinte años cada una, trepaban por los peldaños con sorprendente facilidad. Gerardo intentaba seguir el ritmo sin jadear, pero no terminaba de conseguirlo. Hacia el final del recorrido, pensó que las piernas le acabarían fallando y que acabaría precipitándose hacia abajo, por la luz oscura que dejaba el hueco de aquella escalera y que parecía no tener fin, como una de aquellas pesadillas artísticas.

    La claridad lo cegó por un momento y cuando sus ojos se adaptaron con cierto escozor Gerardo vio que estaban en lo alto del muro, junto a las almenas que había visto antes. Bajo él tenía unas vistas privilegiadas de la pequeña población, que se extendía con salpicones de casas bajas y de árboles altos hacia todas partes. Se veía al fondo el Palacio de la reina Victoria, el camino rectísimo que llevaba a él y que había recorrido con Cayetana, el cruce con su restaurante, la M sobre el mástil del McDonald’s donde lo había dejado el autobús en el que había llegado, el canal que cruzaba toda la población. Conocía mucho de los rincones de aquel pueblo olvidado por las guías turísticas que había recorrido durante tres días seguidos de aquí para allá. Lo único que no podía divisar era la ciudad pontificia donde tenía su habitación con su ventanal melancólico.

    Lo mejor será ser amigos, se dijo en voz alta mientras miraba hacia la ciudad. George se quedó extrañado al oír hablar a Gerardo y decidió callarse y dejarlo solo un rato. Hizo mutis hacia un lado y lo dejó mirando hacia las vistas de la ciudad antaño medieval.

    Aunque sea difícil, lo mejor será ser amigos, repitió en voz baja. No sabía cómo iba a hacerlo, pero pensaba contactar con Cayetana en cuanto saliera de allí y decirle que lo sentía por presentarse de esa manera, que le disculpara por las molestias que su visita repentina le hubieran podido ocasionar, que le perdonara si la había hecho que se comiera el tarro con recuerdos del pasado. Estaba allí para vivir el presente, para ser su amigo, su mejor amigo, sin más pretensión que esa. Podría contar con él siempre que quisiera, fuera cuales fueran las circunstancias o la hora del día. Podía llamarlo cuando quisiera, él siempre estaría allí para ella, para lo que pudiera necesitar, y las futuras relaciones que él pudiera tener deberían entender que ellos dos eran mucho más que expareja, eran mejores amigos y lo serían toda la vida, aunque vivieran vidas distintas. Estaba decidido. En cuanto saliera del castillo, la llamaría e intentaría hablar con ella.

    Justo en el momento en que sus manos abandonaban el tacto frío de las almenas de granito, Gerardo vio una silueta conocida sobre la acera. Justo por delante del Maynooth Castle pasaba Cayetana. Iba riéndose, arreglada, preciosa, con el pelo suelo. Su risa y su conversación llegaban hasta él, que la veía invisible desde la altura. Iba vestida con pantalón tejano, botines de cuero, un abrigo gris fino ceñido a la altura de la cintura. Junto a ella iba un tipo alto, pelirrojo, zanahorio según Gerardo, quien le pasaba una mano por la cintura como él hiciera tantas veces y le plantaba un beso lento en los labios. No hacían buena pareja, pero daba envidia verlos pasear por la avenida. Seguramente Cayetana le contaba la visita exprés de Gerardo y ambos se partían de la risa, o esa visita había servido para unirlos más y a que por fin Callaghan se decidiera a no pasar de ella y a no dejarla en visto con los mensajes. En cualquier caso, ahí estaban.

    Una lágrima dura como el granito resbalaba por la mejilla de Gerardo horadando un surco doloroso. Sentía el corazón encogido, apretado por una mano invisible pero cruel que lo atenazaba. Hacía verdaderos esfuerzos por que otra lágrima no cayera por el otro ojo. Sentía en el estómago un hambre atroz, pero no de comida, sino de amor. No podía soportar la visión que aquella bonita pareja ofrecía al subir la avenida. Se sintió un perdedor y un fracaso, al fondo de un pozo donde había caído para siempre lo que un día fueron Cayetana y él. Una parte de él murió en aquel momento y una certeza nació.

    No. Nunca. Jamás podrían ser amigos. Era imposible para su corazón estar junto a ella y no querer abrazarla, no poder besarla, saber no tenerla. Sería un obstáculo para la vida de ella y, aunque menos importante en ese momento, para la vida de él también. Era el tiempo de olvidar y la tarea era tan dolorosa que hubiera preferido la muerte súbita.

    –Everything okay? -preguntó George manteniendo una distancia prudencial.

    –Yes. I have finished here. -dijo Gerardo secándose las lágrimas sin volverse. Cuando se sintió preparado. Miró al suelo y se adelantó al guía del castillo para bajar las escaleras.

    Al pasar por delante de la recepción Dolores lo estaba esperando con una sonrisa pero iba tan metido en sus pensamientos y dolores que no encontró ni siquiera las fuerzas para mirarla, para decirle Bye, bye, thank you, amablemente. Se fue como un ladrón, a toda prisa hacia la calle. George lo seguía de cerca e intercambió una mirada de extrañeza con la recepcionista, como diciéndole sin palabras: He is completly mad.

    Y era cierto. Gerardo estaba loco de amor por Cayetana. Un amor que había perdido.

    …

    18. En marcha

    La tarde se abría paso entre las nubes y no sabía qué hacer. Ya estaba todo dicho, su historia había terminado para siempre, pero parecía no encontrar el final. Llevaba taciturno todo el día, vagabundeando de un sitio a otro por las calles más oscuras, con miedo de toparse con Callaghan y Cayetana y tener que ensayar una sonrisa helada que no sabría si podría sostener. El simple hecho de pensarlo le ponía la carne del corazón de gallina. Se sentía tan solo y perdido en Maynooth que le costaba mantenerse en pie.

    Cayetana y él habían compartido tanto y ahora todo se había extinguido. Algo dentro de Gerardo no podía creer que todo terminara así, sin más sentido que un final abrupto. No podía concebir que ella no tuviera ni siquiera la curiosidad suficiente como para saber de él, para preguntarle qué demonios estaba haciendo allí, pero con insistencia, como queriendo saber la verdad, no por el mero trámite de la cortesía. Se había convertido para ella en una visita incómoda, en poco menos que un desconocido. Pero los recuerdos dolían en el fondo del corazón como un puñal clavado en la arena del suelo.

    Al salir del instituto, cuando ambos acababan a las tres de la tarde, solían ir a un parque cercano y se estiraban en la yerba. En ninguna de sus casas les iban a preguntar por qué habían llegado tarde, sus padres tenían cosas mejores en las que pensar que en ellos dos. Aquel era su momento, su ratito compartido de cada día cuando no toda la tarde. Cayetana se subía sobre su barriga mientras él estaba estirado sobre el césped, le daba besos y le hacía carantoñas. “Siempre te querré” o “Nada podrá separarnos” o “Te necesito” e incluso “Tú le das sentido a mi vida” eran expresiones habituales entre ellos y, en ese momento, eran verdad, entonces todavía eran verdad a miles de quilómetros de casa, mientras paseaba solo por las calles de aquel poblado irlandés de clase media. Cómo podía haberse diluido todo aquello como una mancha de aceite en las aguas de la vida, se preguntaba Gerardo con lágrimas en los ojos. Los recuerdos involuntarios como aquel eran imágenes fantasmales que lo atormentaban, no podía controlar su evocación y tampoco estaba seguro de querer olvidarlos, de poder algún día convivir con la certeza de que aquellos instantes más nunca volverían. Tenía miedo de volverse frío. Su corazón se iba cubriendo de piedras a cada paso y cada una de ellas formaba un caparazón duro y doloroso que se iba adosando a las paredes de su carne, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera dolor o fracaso. Le preocupaba no poder amar más nunca a nadie más.

    Además, ella había jugado con él. Se sentía traicionado por la persona de quien menos esperaba una traición. Cayetana tenía todo el derecho a no quererlo, pero jugar con él de aquella manera le parecía algo muy cruel. Ella sabía que él la seguía queriendo y no había dudado en mandarle señales las cuales sabía cómo Gerardo las interpretaría: como signos de un futuro juntos, como un acercamiento mutuo, como una esperanza futura de un faro en la lejanía en una noche de tormenta. No había dudado en poner rumbo hacia ella. Le insinuó sus planes varias veces y ella se había mostrado entusiasmada. Pensaba darle una sorpresa, una alegría al verlo allí, en el pueblo donde había huido de todos: un amor, un amigo para siempre en quien poder confiar, un oído a quien contarle todo lo que había pasado, sus planes a futuro, sus éxitos y fracasos en este camino llamado vivir. Gerard, como le llamaba Caye, estaría allí para siempre, como nunca, para ella.

    Pero todo se había derrumbado como un castillo de arena. A estas alturas de la historia, ella no estaba sola, había superado la ruptura de aquel amor tan maravilloso en mucho menos de lo esperado, lo cual demostraba que aquel amor no era tan excepcional después de todo, por lo menos, no lo era para una de las partes, para ella. Gerardo no podía resistir los envites que el dolor le provocaba en el alma. Quienes lo veían pasar intentaban cambiar de acera para no cruzarse con aquel loco de ojos llorosos y mirada perdida. ¿Dónde demonios iba a ir ahora? Recordaba que Cayetana le había propuesto que hiciera turismo en una de sus conversaciones, que Dublín no quedaba lejos y que podía tomar un autobús hacia allí. Antes de su llegada pensaba hacerlo, de hecho. Se imaginaba recorriendo las calles de Joyce, como de un color ocre en su fantasía, llenas de librerías con fachada de madera verde oscura. Había formado en su cabeza la imagen, una y mil veces repetida, de Cayetana y él recorriendo las calles de aquella capital septentrional, en busca de un sitio donde comer o comerse a besos, con la alegría renovada de haberse encontrado y de tener todo el tiempo del mundo para amarse, antes o después de la pasión, o en el ínterin de esta, risueños y felices porque el destino lo hubiera vuelto a unir en aquella novela bizantina que había sido su historia.

    La idea de visitar Dublín le resultaba ahora absolutamente insoportable, sería la constatación palmaria de su fracaso, la síntesis más pura de su soledad infinita.

    Se sentó en el suelo. Sus pasos inconscientes lo habían llevado hasta un descampado, el que se divisaba a través del inquietante ventanal de su habitación en el hostal. Era un terreno verde oscuro, con tachuelas de verde claro, de césped suave. Estaba muy aplanado, sin una sola irregularidad, completamente recto, como hecho a propósito, pero en aquel país sin montañas costaba ver una loma, una calle cuesta arriba. El lugar estaba completamente desierto y silencioso. El suelo verde estaba húmedo pero a Gerardo no le importó mancharse los pantalones. Decidió hacer lo que había visto tantas veces en las películas y nunca había podido en su país de origen en un terreno que no fuera un parque: tumbarse sobre la yerba de aquel campo, a pelo, libre y solo. Respiró hondo y sintió cómo el aire mentolado llenaba sus pulmones embrutecidos por el tabaco y la humedad. En aquel momento parecía poder pensar con mayor claridad y dominio.

    Había fracasado completamente. La vida no tenía en más mínimo sentido. Para él, lo más importante del mundo, por encima del éxito o el dinero, era el amor, y sentía que había fracasado en ese ámbito para siempre y de manera estrepitosa. Como debe hacerse, lo había apostado todo a una sola carta según le dictaba su corazón, había seguido todas las recomendaciones de las canciones y los libros, había seguido los pasos al pie de la letra y sin embargo allí estaba, más solo que nunca con un dolor atroz. Su vida, todo lo que había hecho, la persona en que se había convertido hasta entonces, había perdido todo el sentido. Tenía ganas de morirse, de quitarse de en medio, de saltar sobre el canal de Maynooth y dejar que las aguas oscuras y aceitosas se lo llevaran río abajo hacia el mar, es decir, hacia la nada. Para qué quería continuar con la vida que llevaba si nada en ella valía la pena, si todas las personas en quien alguna vez había confiado le habían traicionado de una forma u otra, y esta vez había sido de una manera tan brutal que no podía soportarlo. Se sentía a las puertas de una depresión incurable, de una niebla insana que habría de cruzar sin saber muy bien qué había más allá de ella, teniendo la certeza de que el presente era horrible y que el futuro, muy probablemente, sería peor. A veces había considerado la idea de quitarse la vida, pero la había rechazado por imposible o por la esperanza de un nuevo amanecer. En aquella tarde somnolienta, tarde de verano, sobre la yerba verde del descampado irlandés, se sentía morir a cada instante, como si su corazón se fuera a parar solo al no encontrar sentido a seguir latiendo. Poco a poco Gerardo se sentía desvanecer, se estaba muriendo de pena.

    Era bueno que todo terminara así. Sería un buen final para una novela. El protagonista se echa sobre la yerba y poco a poco pierde la vida, como si hubiera tomado veneno. El sol, la lluvia, el tiempo, se encargarían de hacer desaparecer su cuerpo. Su alma trascendería en la nave que nunca ha de volver, rumbo al mundo del que nadie sabe nada. El abrazo frío de la muerte se sentía cada vez más apretado, más duro, más fuerte.

    Algo negro se movió junto a su oreja. Con sus últimas fuerzas, Gerardo abrió un ojo.

    -¡Me cago en la mar! ¡Maldita sea! -el chillido fue tan fuerte y agudo que despertó hasta los árboles, que cimbrearon levemente con el viento. -¡Me cago en sus muertos! ¡Ay!

    Cuando se levantó mientras gritaba, los cuervos que rodeaban el cuerpo olvidado de Gerardo salieron volando en todas direcciones. Eran como veinte o treinta de ellos, se habían dado cita en torno a los restos olvidados del muchacho, interpretando que aquel despojo humano se podía comer ya que no se movía desde hacía rato y nadie venía a reclamar sus restos. Las alimañas lo habían rodeado por todas partes y se iban acercando a los miembros y la cara del supuesto fiambre, convencidos de un festín próximo. Gerardo daba saltos asustados en la hierba verde, levantando mucho los pies como si el suelo quemara, sacudiéndose la espalda, los brazos, las piernas, el pelo, que sentía lleno de hormigas o corta-pichas. Los cuervos revoloteaban cerca, todavía no estaban convencidos de que aquel manjar no estuviera muerto del todo y parecían dispuestos, ya que estaba toda la bandada allí, a juntar esfuerzos para rematarlo saltando sobre él. Gerardo sintió miedo, por primera vez uno real y no metafórico, y corrió hacia los muros grises donde tenía el hotel, corrió como alma que escapa del diablo, corrió como nunca por su vida huyendo de aquellos cuervos asesinos, audaces y cabrones.

    Al llegar bajo el arco de una bóveda, se detuvo para coger el poco aire que podían atrapar sus pulmones. Cuando se hubo recuperado un poco, giró la vista hacia el descampado y vio a los córvidos revolotear y graznar en el lugar donde había estado tumbado hacía un momento. Se había quedado completamente dormido sin saberlo y los animales habían aprovechado ese descuido. Había estado a punto de perder un ojo. Tuvo el rostro inteligente de aquel animal muy cerca, con ojos de hambre y el largo pico entreabierto, dispuesto a soltar el primer picotazo sobre la carne más tierna de su rostro. Aquello sí que hubiera sido una verdadera desgracia irreparable, lo que faltaba por vivir.

    Por primera vez en mucho tiempo, Gerardo se echó a reír. Primero fue una risa nerviosa, fruto de la tensión de un corazón que latía a mil revoluciones por minuto. Luego se transformó en una risa más honda, que salía desde el fondo del estómago. Maldita sea, le había ido de un pelo, joder, por poco me quedo tuerto para siempre, se decía entre carcajadas. Por vez primera en mucho tiempo, Gerardo se sentía feliz, triunfador. Había ganado, había conseguido esquivar el ataque del heraldo negro de la muerte y estaba en lugar seguro. Algo le enseñaba que los peligros no sólo se encuentran donde se les espera -en un callejón oscuro y desolado en mitad de la noche, por ejemplo- sino que incluso en el sitio más inocente la suerte nos puede deparar el peor de los destinos.

    Gerardo había gritado, había saltado, había corrido por su vida y la constatación de sus ganas de seguir hacia delante, no dejándose comer por los cuervos, era tan evidente que le hacía reír, dándose cuenta de que no necesitaba otro argumento para seguir en pie.

    Cuando terminó de reírse solo, se rindió por fin: Es hora de irse de aquí, mi aventura en Maynooth se ha acabado, se dijo. Sintió que el alivio inundaba todas las regiones de su cuerpo, como si supiera que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo.

    Llegó a su habitación y recogió sus pocas pertenencias. Cargó su teléfono móvil y, aprovechando la conexión inalámbrica del recinto, buscó un billete de avión para esa misma noche, lo encontró a las seis de la mañana del día siguiente. Necesitaba trasladarse hasta el aeropuerto en autobús. Según la página web en inglés, podía tomar uno a las cuatro y media de la madrugada en la parada de autobús que había sido testigo del último intento de beso hacia Cayetana. Le preocupaba que la línea no fuera fiable y pensó en preguntarle a ella si creía que llegaría el autobús a la hora que decía en la página, seguramente Cayetana sería conocedora de los horarios y podría confirmárselo.

    Después de comprar los billetes, mientras la tarde caía a través del ventanal y los cuervos se contaban las noticias en el descampado, Gerard escribió un último mensaje a Cayetana, muy poco a poco, con los dedos temblorosos sobre la pequeña pantalla.

    “Caye, me voy. Vuelvo a casa. Siento las molestias, de verdad. No sabía nada de tu vida aquí. Ha sido una tontería venir. A pesar de todo, no me arrepiento. Me alegró verte.”

    Le dio a enviar. Un destello de esperanza quiso brillar en el corazón de Gerard mientras miraba el nombre de ella en blanco sobre el fondo verde. La hora de la última conexión estaba oculta. Seguramente estaría ocupada. Deshizo toda ensoñación y continuó:

    “Mi avión sale a las seis de la mañana y he cogido el billete hacia el aeropuerto a las cuatro treinta de la noche. ¿La línea es fiable? ¿Pasará a recogerme el autobús?”

    Dejó la conversación así, dándole la oportunidad a ella para que contestara si quería y pudiera despedirse, al menos por mensajería, dado que un último adiós en la parada era del todo improbable. Gerardo esperaba alguna palabra, si no de amor, sí de consuelo, mientras recogía sus pocos enseres y se preparaba para recibir la noche en el hostal.

    Antes de que pudiera encender el cigarrillo, el teléfono vibró sobre la mesita de noche donde estaba enchufado. De un salto, Gerardo dejó el cigarrillo sin encender sobre la cama y activó la aplicación de mensajería rápida que contenía la respuesta de Cayetana. Estuvo mirándola un buen rato, con los ojos quietos y tristes, el texto solamente decía.

    “El autobús siempre sale puntual. No tendrás problema para cogerlo en la parada.”

    No dijo nada más. Nunca añadió otras palabras más que esas. Estaba todo dicho y, aunque volvía a doler, en el fondo era mejor así. Era más fácil olvidar con un corazón herido. Dejó el móvil con un golpe seco sobre la mesa y volvió a sentarse ya sin poder leer. Miró por la ventana mientras la noche caía, ajeno a los fantasmas, tenía hambre.

    Unas pocas horas después, Gerardo estaba en la solitaria parada de autobús. Estaba sentado desde hacía un buen rato en el banco de plástico duro bajo la marquesina. Al otro lado de la calle se divisaba el sitio donde Cayetana y él se habían visto por última vez en la vida. El murmullo del agua del canal de Maynooth sonaba como un susurro bajo sus pies. No había pasado coche alguno desde que estaba allí. Hacía frio y fumaba.

    A lo lejos, bajando el largo puente sobre el canal, vio unas luces aproximarse primero y luego distinguió el autobús azul que, silencioso, venía en sentido contrario. Dio la vuelta en un recodo habilitado para ello y abrió sus puertas frente a Gerardo de par en par. Sin demasiado preámbulo, Gerardo subió rápido y mostró su billete en la pantalla de su teléfono. El autobusero, de nombre Mike, como pronto sabría, comprobó su billete en unos folios impresos que llevaba con expresión adormilada. “Let’s go”, dijo.

    Gerardo tomó asiento cerca de Mike y miró por la ventana hacia Maynooth. El cristal del autobús no dejaba ver nada al otro lado excepto oscuridad. Lo que sí llegaba de forma muy leve, antes de que las puertas cerraran, era el murmullo del agua del canal, el único elemento de aquel paisaje liminal que parecía querer despedirse de Gerard.

    Recordó aquellos versos aprendidos en el instituto que había leído con Caye tantas veces y que ahora cobraban un sentido que entonces no tenían, solo eran música y letra.

    Adiós para siempre, la fuente sonora. Del parque dormido, eterna cantora. Adiós para siempre, la fuente sombría. Tu canto es más triste que la tristeza mía. FLUSHHH…

    El vehículo se puso en marcha.

    …

    19. Un corazón donde vivir

    A pesar de que era invierno y hacía frío, los días no podían ser más luminosos. El cielo sin nubes dejaba pasar una luz irreal como a través de un velo finísimo. Las mañanas se levantaban con una niebla que rápidamente se disipaba cuando la iluminaban los primeros rayos de sol. Aunque hubiera sido el fin del mundo, Gerard, como ella lo llamaba, no habría podido sentirse más feliz. Caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y un sueño cumplido: lo había conseguido, por fin había besado a Cayetana.

    Todo ocurrió durante el pasado sábado. Un golpe de suerte los había hecho coincidir en el lugar menos esperado y la magia había ocurrido por sí sola. No paraba de darle vueltas durante esos tres días y andaba como en una nube. Cuando la encontraba en algún sitio, no podía reprimir el impulso de besarla delante de todo el mundo, sin importar quiénes pudieran mirarlos. Gerard no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Lo único que le importaba en la vida, su única prioridad, era abrazar a Cayetana.

    Caye, como todo el mundo la llamaba, de vez en cuando lo reprendía por aquellos impulsos de pasión. Prefería esquivar las miradas indiscretas de los chafarderos y en general Gerard lo entendía. Al fin y al cabo, era una chica muy cabal a pesar de lo que pensaba la gente de ella: que era demasiado liberal para los gustos y buenas costumbres.

    Aquella mañana de miércoles Gerardo recorría los pocos pasos que separaban su casa del instituto. Como quedaba poco para que llegaran las vacaciones de Navidad, el ambiente entre los profesores y los alumnos era optimista, y casi todo el mundo se frotaba las manos con la idea de tres semanas de vacaciones a la vuelta de la esquina. Las clases eran relajadas y se era más condescendiente con la comunidad educativa. Al llegar a la puerta saludó a sus conocidos y encendió un cigarrillo mientras los alumnos entraban, pero no vio a Caye como venía siendo costumbre esa semana. Seguramente se habría retrasado o se habría quedado dormida. El hecho de no verla y no poder darle un beso lo entristecía. Aquella nueva tradición recién nacida de encontrarse en la puerta y comentar la perspectiva del día era una de las cosas más deliciosas de su vida actual.

    -Te noto raro, Gerard. ¿Te pasa algo? -dijo Rosario apurando su cigarrillo. Este lo miraba con una sonrisa bien alineada, que los aparatos se habían encargado de arreglar.

    -No. Nada. Hoy hace como frío, ¿no?

    -La estás esperando a ella, ¿a que sí? Hoy parece que llega tarde. -Rosario dio una larga calada a un cigarrillo que sujetaba con cierta torpeza, pero que no se caería nunca.

    -No estoy esperando a nadie. ¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito faldero?

    -Por un perrito arrabalero, más bien.

    Ambos rieron la gracia con camaradería. Rosario era un buen amigo y siempre le había apoyado en los momentos más duros. Su presencia había estado ahí cuando las posibilidades con Cayetana eran nulas. Sabía toda la historia y estaba feliz por su amigo, por el camino que habían tomado los hechos y su alegre resolución.

    -Podrías escribirle y preguntarle qué le ha pasado.

    -Ya. -Gerard miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. Si le había pasado algo a Cayetana, no le había dicho nada. Apagó la pantalla y apuró el cigarrillo de un tirón. -Lo mejor será que subamos y no lleguemos tarde. ¿Fuisteis ayer al Cantábrico después de clases? ¿Os quedasteis hasta tarde? Yo al final no adelanté toda la faena que tenía.

    Mientras subían hacia las aulas, se fueron encontrando con otros compañeros, con los amigos de entonces, con quienes habrían de vivir tantas aventuras que recordarían todos por siempre. Pero ese día era un día normal y corriente de clases y frío, de una rutina anodina que sería evocada de soslayo cuando incidiera una luz rara sobre una mesa. Antes de entrar en clase, Gerard comprobó otra vez su teléfono. No había mensajes.

    El día avanzó con normalidad y durante el descanso tampoco encontró a Cayetana. Preguntó a sus compañeras pero estas no supieron decirle. Además, tampoco las conocía demasiado y no quería insistir mucho y parecer el tipo desesperado que entonces era. Entre cigarro y sorbo de café fue transcurriendo el descanso y pronto hubieron de subir de nuevo a las aulas. El día se presentaba tan aburrido como siempre y la rutina tenía el poder de solapar las preocupaciones con una tenue sensación de seguridad y sosiego.

    Antes de subir, el esperado mensaje llegó: “Hola, Gerard. Hoy no nos hemos visto”.

    Y continuaba en otro recuadro.

    “Me gustaría verte al acabar las clases para tomar una coca-cola.”

    Gerardo sonrió de oreja a oreja. La indirecta de la coca-cola le parecía un giro de guion espectacular a las perspectivas de lo que iba a ser su día. La cuestión era dónde tomarla.

    “Lo de la coca-cola es la excusa, no sé si me entiendes.” Por supuesto que la entendía.

    Gerardo contestó la mar de contento al mensaje con el corazón aliviado. Una sonrisa pícara e irregular se dibujaba en sus finos labios mientras tecleaba nerviosamente los botones del pequeño terminal. Rosario e Indalecio lo miraban con socarronería.

    -¿Ya te ha escrito tu princesa, Romeo? -dijo uno.

    -Venga, Gerardo, espabila. Que tenemos mucho que planear. -dijo el otro.

    -Callaros un momento, por favor. Hoy puede ser un gran día. El mejor de todos.

    Todos rieron sin saber muy bien por qué y siguieron a lo suyo. Gerard contestó que no había problema, que la esperaba donde ella quisiera. Cayetana le dio las indicaciones pertinentes y estuvieron claras enseguida: un banco blanco, no muy lejos de casa de ella.

    Al terminar las clases, no se despidió de nadie y salió directo hacia donde lo había citado Cayetana. El sitio estaba a unos cinco minutos andando desde el instituto, así que tenía tiempo de rememorar los momentos felices que lo habían traído hasta ahora.

    Llevaba enamorado de Caye desde la primera vez que la vio. Sin quererlo, sus miradas se habían encontrado el cruzarse por el pasillo y una luz se había encendido dentro de su corazón. Sus ojos marrones lo penetraron como dos saetas y nunca pudo olvidar esa primera imagen de ella, como si su alma la reconociera de algún modo entre el marasmo de la vida y la gente. Gerardo se enamoró perdidamente y siempre intentaba acercarse a ella, pero Caye no parecía igual de interesada. Mientras que él intentaba coincidir con ella en cualquier ocasión, la chica parecía evitarlo en la medida de lo posible. Si bien tenían amigos y conocidos en común -y al cabo de poco tiempo todos sabían que Gerard estaba colado por ella- nunca se conseguía un momento de intimidad donde dar un paso adelante. La comidilla de su enamoramiento corría por todo el instituto y era una de las historias más divertidas que se recuerdan de esa promoción. Mientras él iba siembre al encuentro de Cayetana, ella iba siempre detrás de cualquiera que no fuera Gerard.

    Una noche, casualidad o no, coincidieron en una fiesta. Era el cumpleaños de uno de los tipos más populares del instituto y se había reunido una buena cantidad de gente en una de las salas de moda de la ciudad. Gerardo no soportaba esa música electrónica, al cumpleañero ni a la mayoría de gente que se reunía en aquel lugar, pero tenía la esperanza de poder entablar una conversación con Cayetana, de tener su oportunidad.

    Pero esta pareció desvanecerse. Cayetana estaba en el local a oscuras, hablando muy cerca de otro tipo que él conocía por ser el antiguo rollo de ella. No conseguía recordar su nombre, pero sí su cara. Una ola de tristeza inundó su corazón herido. Estaba completamente solo en aquel lugar, sus amigos se habían ido no se sabía bien a dónde y tenía que estar viendo una escena insoportable. El tipo se reía y le decía algo al oído y ella lo miraba a él, a Gerardo, y le decía algo a su vez, negando con la cabeza. No había nada que hacer, por fin se daba cuenta de que había perdido. La dejaría tranquila por fin.

    Al cabo de un rato, de estar de pie en medio de la sala, entre un montón de gente que no conocía bien, sintiéndose el hombre más solitario del planeta tierra, notó que una mano suave agarraba la suya. Al seguir el camino de su brazo se encontró con los ojos de Cayetana a una distancia muy próxima que lo miraban con insistencia, con hambre, divertidos. Gerard no entendía nada y la miró con una sonrisa estúpida en el rostro. Caye empezó a caminar hacia la salida, apartando a la gente, a veces conocida, que la saludaba, sin soltar nunca la mano de él. Como en una nube andaba Gerardo detrás de ella, mirando a quienes se cruzaba como si no los viera, sintiendo solamente el tacto de la mano de ella en torno a la suya, procurando que ningún vaivén de los asistentes las separara y corrieran el riesgo de no volver a encontrarse entre la multitud. Agarraba su mano con dulzura y firmeza al abandonar la sala y siguieron así mientras doblaban la esquina que daba a unas escaleras por las que no transitaba casi nadie. Una vez allí se produjo la magia y fue como si su corazón estallara en todas direcciones sin dolor.

    Desde esa noche de sábado habían intercambiado besos y mensajes hasta llegar a ese mediodía de miércoles en el que estaba Gerardo sentado en el banco blanco donde Cayetana lo había citado, esperándola, soñando con los ojos abiertos mientras miraba pasar una solitaria nube azulada sobre el cielo gris bajo un sol de invierno. Cuando quiso darse cuenta, tenía una coca-cola en la mano. Desconcertado, se despertó.

    -Lo prometido es deuda. -dijo Cayetana. Al principio no lo entendió, luego se acordó de que la excusa para reunirse había sido esa y rio la gracia nerviosamente. Quiso besarla.

    -La mía es una coca-cola light. -El hecho de que ella bebiera había impedido que él la besara. Se extrañó pero no dijo nada. -No. No te levantes. Mejor quédate sentado.

    -¿Cómo estás? No te he visto hoy en el instituto. Espero que todo esté bien.

    -Sí. No te preocupes. Estos días los profes no explican nada interesante en clase, ¿verdad?

    -Pues no, es cierto. Lo más interesante desde que empecé el curso ha sido encontrarme contigo. Creo que si no es por ti, ni siquiera acudiría a las clases. ¡Menuda turra!

    Cayetana rio y parecía que todas las cosas en el mundo sonrieran a la vez. Los colores de la vida eran más vivos que nunca y la gente tenía una existencia feliz sobre la tierra; las malas hierbas que crecían entre las aceras eran tan bonitas como las flores y la suciedad de las calles parecía hecha con tinta que diera carácter y personalidad a las paredes de los edificios, incluso la mierda de paloma parecía no manchar sino decorar.

    Ella le contó su día. Al parecer se había peleado con su padre por un asunto indeterminado que no acababa de entender. La relación con sus progenitores no era muy buena, tampoco lo era la de Gerardo, así que en ese aspecto se entendían a la perfección. Una de las cosas buenas que tenía el mundo adulto era la esperanza de salir pronto de la casa familiar y de buscarse la vida por su cuenta, mejor el riesgo que el tedio parental.

    -Me estoy desviando el tema, perdona. -dijo ella. -Lo que quería decirte es otra cosa.

    -Tranquila. No me molesta que me cuentes tus cosas. De hecho, puedes hacerlo siempre que quieras. Yo siempre estaré aquí para escucharte. Mi música es tu voz. ¡Qué cursi!

    -Está siendo más difícil decirte esto de lo que pensaba.

    -Tranquila. Dispara.

    Cayetana cogió carrerilla y dijo.

    -No estoy preparada para tener una relación. -y dio un trago a su coca-cola light.

    Por primera vez en un buen rato, Gerardo oyó el ruido de los coches. El mundo había vuelto a sintonizarse al máximo volumen y las cosas parecían ahora de un realismo atroz. No entendía bien las palabras de ella, pero no podía pedirle que las repitiera.

    -Vaya… La verdad es que no esperaba que este fuera el motivo de la coca-cola.

    Cayetana se rio. -¿Y qué te esperabas, pillín? De verdad, Gerard, eres el mejor. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres muy buen chico y todo eso, pero no estoy preparada.

    Lejos de sentirse triste, Gerardo se sentía completamente tranquilo y seguro de sí mismo. La chica a quien amaba le estaba dando calabazas y él se sentía en paz con el mundo, aceptando que las cosas podían salir o no salir, seguro de que al final ganaría.

    -¿Preparada para qué? No lo entiendo. Tampoco se necesita demasiado para verme.

    -Me encantas, de verdad, pero no quiero tener nada con nadie, y siento que contigo sería distinto, y eso me da miedo. La verdad es que siento un vértigo aquí y no sé… -se señalaba sitio donde tenía el corazón. Gerardo quiso posar su mano sobre la suya pero se contuvo. -He sufrido mucho, ¿sabes? No estoy preparada para que me pase otra vez.

    -¿Por qué piensas que te va a pasar otra vez?

    -Porque siempre me pasa lo mismo. Los chicos vienen, me dicen cosas bonitas y luego se van. Puedo soportarlo casi siempre, pero contigo es diferente, no podría soportarlo.

    Gerardo apoyó la coca-cola en el suelo y tomó sus manos entre las suyas. Ese gesto habría de hacerlo muchas veces en los años de amor que estaban por venir entonces.

    -Pero yo no soy un chico. Yo soy Gerard y nunca te voy a dejar sola si tú no quieres.

    Se miraron a los ojos. Ambos sonrieron. Se dieron un beso sin darse ninguno cuenta, movidos por esa extraña energía que mueve todas las cosas de este mundo, como una brisa de viento que levanta sin esfuerzo hojas secas y semillas que habrán de germinar. Al juntar los labios, un mundo diferente nació de ese instante tan bello que se detuvo. La realidad circundante pasó a un segundo plano, donde nada tenía real importancia.

    Se separaron los labios, pero los cuerpos se quedaron juntos en el banco blanco y frío. Feliz como nunca, Gerardo la miró con dulzura y pasó un brazo por su cintura estrecha.

    -Además, quien no arriesga no gana. ¿No sabes tú eso?

    -Quien no arriesga no gana… -dijo ella, soñadora, sonriente. Con los ojos llenos de estrellas lo miraba como si se reconocieran después de muchos imposibles. -Y si no funciona, ¿qué? Si después de todo nada sale bien, ¿qué haremos? ¿Qué ganaremos?

    Gerardo se quedó en silencio un momento y al cabo, sin pensarlo demasiado, dijo:

    -Un corazón donde vivir.

    …

    …oooOOOooo…

    FIN de Liminar Londres

    Nota del Escribidor: El próximo domingo continuará una nueva historia. Hasta entonces, encontrarás más contenido en esta web o en el Instagram: @ricardo_r_boceta. ¡Un abrazo!

  • Liminar Londres (Parte 2)

    Liminar Londres (Parte 2)

    9. Un día inolvidable

    La llegada a Dublín se produjo sin incidentes. Para ser una capital europea, Gerardo pensó que el aeropuerto resultaba bastante pequeño. Seguramente porque no era un destino turístico tan habitual como Londres o Barcelona. En cualquier caso: mejor, más fácil sería encontrar la salida y la parada de autobús que habría de llevarlo a Maynooth.

    Bajó del vehículo cincuenta minutos después de subirse, en la parada de autobús 3966 del pueblo de Maynooth, Irlanda, a las 12:30 de la mañana. Le había costado más de lo previsto encontrar la línea de transporte correcta y, además, justo al llegar a la parada, su transporte ya estaba emprendiendo la marcha. Tocó esperar en la parada una hora entera, completamente solo, hasta que volviera a aparecer el siguiente. Pasó el tiempo fumando y dejándose acariciar por el sol irreal de Dublín, que daba al mundo una luz de sueño.

    Una vez en el municipio de Maynooth, comprobó que el tiempo había cambiado y la mañana se había vuelto de un gris ceniciento sin nubes ni cielo azul. Miró a derecha y a izquierda sin saber muy bien adónde dirigirse y vio a unos cien metros un McDonald’s. Llevaba mucho tiempo sin comer algo decente, así que decidió acercarse al restaurante a llenar el estómago. No obstante, a mitad de camino, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro del pueblo, que quedaba justo en dirección contraria al restaurante de comida rápida y se adivinaba por el bullicio de los coches y peatones que se oteaba a lo lejos.

    Gerardo sólo sabía dónde trabajaba Cayetana: un restaurante de cocina española llamado Abrevadero’s que estaba en la calle principal que cruzaba el pequeño pueblo, que no debería de tener más de cinco mil habitantes en la zona urbana. Mientras caminaba en dirección a su destino final, Gerardo sentía los pies pesados y la boca seca. Había pasado por mucho, comiendo y durmiendo poco, con menos dinero del necesario, pero allí estaba. A lo lejos se distinguía un cruce de semáforos y farolas negras con árboles sin hojas que arañaban el cielo color panza de burro. Algunos transeúntes se cruzaban en su camino y le dedicaban una mirada de soslayo, como se hace con los vagabundos o las personas que consideramos potencialmente peligrosas. El aspecto de Gerardo no era el mejor de su vida: demasiada noche en vela y suelo duro a la espalda.

    En el cruce con la calle principal, los coches pasaban de un lado a otro sin demasiada prisa. Comprobó en su teléfono móvil la dirección que le indicaba, dónde se situaba el restaurante, y lo sorprendió comprobar que estaba allí mismo, justo en frente de él, a unos pocos pasos después del cruce de caminos donde se hallaba, en la acera de enfrente. El sitio tenía el toldo negro, como todo el mobiliario urbano de esa calle, de ese pueblo, de ese país, y una terraza con mesas del mismo color donde no se sentaba nadie. Unas flores de plástico decoraban unos parterres que servían de frontera entre la terraza y la calle, en un mundo donde no existía el concepto de tomar una cerveza en la terraza al solecito con los amigos o familiares. Las sillas estaban húmedas por la reciente lluvia o por la humedad que se respiraba en el ambiente y que volvía el aire mantecoso y frío. Decidió encender un cigarrillo y mirar el lugar desde la acera de enfrente, a ver si estaba ella en aquel turno y se decidía a entablar una conversación.

    Buscó por entre los bolsillos de la chaqueta, en los tejanos, incluso en la pequeña maleta que arrastraba por la calle. Maldita sea, se dijo, se había olvidado la pitillera de Dylan en el autobús que lo había traído. Casi podía verla caída en el suelo mientras dormitaba después de liar unos cinco cigarrillos para el camino. ¡Me cago en la mar! Dijo esta vez en voz alta mientras sus manos revolvían nerviosas, impacientes, la ropa doblada.

    Al levantar la vista, vio que alguien había salido del Abrevadero’s, que quedaba unos pocos metros más allá. Vestía camisa negra y pantalones igualmente negros, con delantal de camarero. No era ella. Se trataba de un tipo alto y pelirrojo que había salido para fumar un cigarrillo y lo miraba con curiosidad. Otro español. Debía pensar. O quizás le atribuía otra nacionalidad más exótica, como francés o mexicano. Casi estuvo a punto de acercarse para pedirle un cigarrillo y preguntar por Cayetana, pero se lo pensó dos veces. Podía verse con los ojos de aquel camarero alto, del otro lado de la calle: un tipo de ropas arrugadas, ojos hundidos por el cansancio, el pelo revuelto. No era su mejor imagen para dar una sorpresa agradable, más bien para dar un susto. Decidió que lo mejor sería acercarse al hotel y descansar un poco, tomar una ducha, hacer de vientre, cambiar los aires. Agarró su maleta sin mirar más al tipo fumador del otro lado de la calle y se dirigió avenida abajo, en dirección a otro punto azul que le marcaba su dispositivo móvil. Todo el mobiliario urbano era del mismo color: el negro.

    Las casas eran bajas, la calle ancha a pesar de ser antigua y no había bloques de pisos a la vista. Los negocios eran pequeños, incrustados en la fachada de los pequeños edificios con rótulos de colores fríos: azul, verde, morado. Auténtica pizzería italiana que no desprendía un olor apetecible, banco irlandés de nombre impronunciable, restaurantes donde no sabía si se podía comer o se dedicaban sólo a servir copas como el Fitzgerald’s Roost o el Brady’s. Al fondo se distinguían unas torres de piedra, el Maynooth Castle, como sabría más adelante. Estaba acostumbrado al paisaje europeo por otros viajes que había realizado en esos últimos tres años, pero en aquel rincón veía algo que lo sorprendía y lo asustaba a un mismo tiempo: estaba lleno de cuervos.

    En vez de palomas, los cuervos poblaban las aceras, se posaban en las farolas y los semáforos, lo veían pasar señalándolo con el pico y mirándolo con ojos inteligentes, completamente negros. De vez en cuando graznaban y parecían reparar en Gerardo, diciéndose unos a otros: este no es de aquí. Por su valor simbólico, este animal despertaba en él los más oscuros augurios que pudiera albergar su corazón, no obstante, para los transeúntes aquellas alimañas formaban parte del paisaje habitual, como las palomas o los gorriones, y nadie reparaba en ellos excepto Gerardo, quien a medida que avanzaba calle abajo sentía cada vez la necesidad más imperiosa de salir corriendo.

    Por desgracia, el paisaje tenebrista no mejoraba a medida que se aproximaba a su destino. Contrariamente a lo acostumbrado, el día se iba volviendo cada vez más gris a medida que se acercaba el mediodía y amenazaba lluvia. Aceleró el paso a la altura del castillo del pueblo, cuyas ruinas parecían encantadas, y salió de la calle principal cruzando un parque amplio de altísimos árboles verde oscuro. Al fondo se levantaban los edificios de la que iba a ser su casa durante el tiempo que estuviera en aquel pueblo: la antigua Universidad Pontificia de San Patricio. Era el alojamiento más barato y céntrico que había conseguido encontrar, así que no le importó su aspecto austero y mortuorio, síntesis arquitectónica entre cementerio, convento e internado. El silencio era absoluto y Gerardo podía escuchar sus pasos sobre la gravilla grish-grish-grish mientras se aproximaba a lo que parecía una muralla que delimitaba el recinto del edificio.

    En la parte interior de un túnel oscuro que cumplía las funciones de portal encontró la recepción iluminada. Fue un alivio volver al mundo civilizado, como cuando en un videojuego de terror uno entra en un edificio y espera que allí no vayan a aparecer monstros todavía, que tendrá un momento de descanso para templar los sentidos antes de continuar la partida. Pensaba en esas cosas absurdas mientras esperaba a ser atendido por una recepcionista que no terminaba de llegar, en la sala vacía, que bien mirada, resultaba igualmente inquietante a pesar de la luz cálida y los sillones cómodos a un lado, como si fuera un trampantojo, una trampa, sólo el decorado de la casa de la bruja.

    Gerardo intentaba detener su imaginación pero no podía. Lo achacó a la falta de sueño y de comida, el pensamiento racional se le iba como por un embudo y tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por un sentimiento extraño de nerviosismo, esperanza, miedo y emoción que no sabía dónde lo llevaría. Por fin llegó la recepcionista. Era una chica hippy con rastas, piercings y tatuajes. Lo sorprendió que alguien como ella atendiera el hotel de una estrella de la Universidad Pontificia, luego pensó que quizá se debía a un plan ocupacional del gobierno irlandés la presencia esa rasta allí. Ella sería lo suficientemente guapa como para intentar algo si no estuviera allí por una razón mejor, y como nunca se sabía, fue simpático y le dedicó una sonrisa amplia a pesar de que lo había tenido esperando más de media hora bajo la atenta mirada del vacío. La chica ni siguiera lo miró cuando le pidió la identificación y la pasta. Mientras tecleaba en su ordenador, pensó en preguntar algo, por el simple hecho de hablar con un ser humano, pero aquella rastafari, Laura, según decía en la plaquita plateada que colgaba sobre su pecho, no le prestaba la menor atención, de hecho hacía su trabajo con una expresión de desprecio absoluto, quizá por sus pintas. Aquello lo enfadó, quién era la tal Laura para juzgarlo a él, se suponía que los hippys miraban el fondo del corazón y no la marca de la ropa. Otra falsa en un mundo hipócrita, sólo imagen y vegetarianismo sin convicción. O quizá la chica no tenía ningún interés por él ni por su trabajo y estaba allí obligada cuando podría estar escuchando reggae roots.

    –Do you like Bob Marley? -Se le ocurrió preguntar a Gerardo para romper el silencio.

    –Here you are. -Se limitó a responder ella dejando un llavero color granate con el número 216 grabado sobre el plástico duro y dos llaves antiguas, como las de su abuela.

    Gerardo se limitó a coger las llaves y a preguntar.

    –Where I have to go?

    –Just follow the line. -Y señaló una tenue línea azul que se dirigía hacia la calle.

    Sin más explicación, abandonó la recepción de aquel lugar y volvió a salir al patio gris de la Universidad, encuadrado en entre las alas de dos edificios. Parecía que la línea azul continuaba recto hasta unos cien metros más allá. -¿En serio? -Se dijo Gerardo. No quedaba otra que caminar, a pesar de que su habitación parecía estar al final de la línea azul, al otro lado del rectángulo que formaba el amplio recinto, por donde no pasaba nadie. No quiso pensar en cómo sería aquel lugar en plena noche si ya al mediodía era de lo más inquietante. Arrastró su maleta por el camino de asfalto y llegó al portal.

    La línea azul continuaba a lo largo de una bóveda interior que hacía las funciones de pasillo. En las paredes había cuadros de promociones de aquella universidad: todos hombres vestidos de cura con colores negros, lavanda, púrpura y granate. Miraban a la cámara, es decir a Gerardo, con una expresión contrita y misteriosa, como Mona Lisa.

    Sin reparar demasiado en los lados, notando la mirada de las fotografías antiguas en su cogote, encontró la puerta del ascensor. Como su habitación era la 216, supuso que esta se encontraba en el segundo piso, así que pulsó el botón y esperó al montacargas. Ninguna luz se iluminó y en el largo pasillo solitario no se oía el ruido acostumbrado de los motores al accionarse. Un tipo con pinta de Woody Allen, aunque más alto y rosa, y con el pelo más blanco, estaba bajando las escaleras y le dijo que no funcionaba el elevador. Antes de que pudiera responder y darle las gracias, ya se había marchado, lo cual lo intranquilizó todavía más al sentirse tan perdido y tan solo en aquel lugar.

    -¿Qué estás haciendo aquí, Gerardo? -Se preguntaba. Cogió la maleta, avergonzado sin saber por qué, y se dirigió hacia las escaleras que quedaban al lado. Los peldaños de madera vieja y gastada crujían a cada paso. En el piso superior, el mobiliario era mucho más antiguo y las paredes estaban pintadas de color azul celeste y blanco, que no compaginaba nada con el paisaje ni el cometido de ese edificio. A lo largo de un pasillo tenuemente iluminado de puertas blancas, algunas gastadas por el tiempo, pasando por unas cómodas y baúles de aspecto desvencijado, encontró el 126 a mitad de corredor.

    Hizo girar una de las dos llaves y entró en la que sería su habitación. Se parecía más a la celda de un seminarista de principios de siglo -que era lo que en realidad era- que al cuarto de un hotel. Había una cama de noventa con un crucifijo vacío colgado en la pared sobre el cabecero. Justo al lado había una pica amplia y antigua donde poder asearse, con un grifo de dos manivelas para el agua caliente y fría. En la pared de enfrente se situaba una mesa estrecha de madera barnizada y junto a ella un armario empotrado. No había televisión, aparato poco adecuado para la meditación y el sosiego monacal, pero en su lugar había un gran ventanal con alfeizar donde uno podía sentarse a leer y disfrutar de las vistas a un campo de yerba verde y árboles altos al fondo, donde poder tumbarse a tomar el sol idílicamente, cuando lo hubiera, porque aquel día y en aquella hora estaba completamente desierto. -No está tan mal después de todo. -Se consoló haciendo una vista general y obviando el aspecto tétrico que aquel lugar irradiaba. Sin querer acordarse demasiado de posibles fantasmas, se tumbó sobre el colchón de muelles antiguos, probablemente anterior a su natalicio, donde habrían dormido generaciones de seminaristas antes que él, quizá alguno pasó la tisis allí.

    Miró tumbado hacia el techo alto. En una esquina distinguió una enorme telaraña. Esperaba que no bajara la dueña descolgándose por un hilo apenas visible hacia su cara dormida. Seguro que el bicho que había tejido semejante entramado sería enorme. No quiso darle demasiadas vueltas y recordó lo que decía siempre su abuela: las arañas dan suerte. Estaba agotado pero no tenía sueño. En aquel país no existían las persianas y la luz mortecina del medio día entraba a raudales y no lo dejaría dormir bien. Comprobó la hora en su teléfono móvil. Eran las 13:30. Algo le decía que no había tiempo para descansar. Debía salir de allí y prepararse. Hacer por fin lo que se proponía y luego ya se vería. Había llegado demasiado lejos como para rendirse ahora. Tenía miedo de no conseguirlo, de cagarse en los pantalones y dar marcha atrás, de salir corriendo por donde hubo venido y olvidarse del tema. Pero eso Gerardo nunca se lo perdonaría.

    Se levantó de la cama de un salto y empezó a deshacer la maleta. Tomó la única camisa que tenía, arrugada pero limpia, y se dirigió hacia los baños comunes al final del pasillo. Se duchó solo entre los antiguos azulejos blancos. El baño estaba tan pasado de moda que aún había una bañera sin cortinas donde se aseó lo mejor que pudo. De nuevo en su cuarto, se afeitó en la pica de su habitación y se miró los ojos en el espejo largamente.

    -Puedes conseguirlo.

    Su rostro demacrado y limpio le devolvía la mirada con unos ojos fieros, locos, hambrientos. El ojo del tigre o la mirada del lobo, no sabía. Aquellos ojos hidrópicos que iban a calmar su sed en los de Cayetana en poco tiempo, lo que tardara en llegar a su restaurante, donde algo le decía que ella estaba trabajando en ese turno, a esa hora.

    Eran las 14:30 de un día, para bien o mal, inolvidable. Sabiéndolo, salió a por ella.  

    …

    10. Su única oportunidad

    Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.

    Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.

    Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.

    El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.

    Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Cayetana se acodó en la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. Su compañera de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla, lo vio a él y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana seguía a lo suyo, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la broma. Gerardo estaba tras su espalda y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.

    Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.

    -¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se recuerdan un día cualquiera. Sintió su pequeño cuerpo contra su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.

    Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.

    -Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.

    -¿Qué quieres tomar?

    La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.

    -Una cerveza. Cualquiera.

    -Siéntate donde quieras.

    -Vale.

    Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.

    -¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.

    -Tenía ganas de verte.

    -Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?

    Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.

    -¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.

    Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad. Como cuando los europeos van a un restaurante chino, lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver, pero da el ambiente asiático.

    Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero ella se marchó pronto a atender otras mesas. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. Ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguro que de él, y ninguno sonreía.

    Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.

    O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.

    -Ya terminé. ¿Vamos?

    Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.

    -Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.

    -No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.

    Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico en inglés.

    -Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un hielo encima.

    Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.

    -Bueno, bueno, bueno… Pues nada…

    -No, no… a ver… Le digo que…

    -No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…

    Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.

    -Geri, te llamo luego y te digo algo.

    -Vale, vale. No te preocupes.

    Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.

    Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.

    Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, en esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.

    Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.

    Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.

    Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.

    El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.

    -¿Quedamos en el cruce a las 17:30?

    Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.

    -Allí estaré. -contestó.

    Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.

    …

    11. El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había puesto sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar de los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. El tubo del extractor cruzaba el techo, se había barnizado y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con los labios y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como una música que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …

    12. Embelesado sin moverse

    Mientras Gerard esperaba en el cruce no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes aprovechando el escaso sol, los cuervos picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía, pero no llevaba libro alguno. Decidió quedarse de pie fumando un cigarrillo y mirando un poco a todas partes por ver si la divisaba antes que ella a él.

    Sentía que las piernas le cimbreaban levemente y tenía que hacer leves esfuerzos para no perder el equilibrio. También sentía una rigidez en el estómago como si lo cubriera una capa de hielo. Su corazón pesaba como una piedra dura, pero seguía latiendo.

    El sitio era agradable. El sol había salido, el verde brillaba más y el gris se había atenuado. Los coches pasaban al revés, tranquilos, y el mundo, poco a poco, se iba secando, como si estuviera tendido, suspendido en un espacio-tiempo extraño. En ocasiones se podía sentir cómo el tiempo se solapaba. Gerardo tenía la sensación de haber vivido aquel momento ya, o uno muy parecido a ese, pero no sabía dónde. Cuando despertó de sus cavilaciones y consiguió fijar la mirada, antes perdida, la vio.

    Cayetana estaba al otro lado de la calle, en el costado de la acera donde estaba el bar donde trabajaba, un poco más arriba. Era en ese lugar donde hacía un par de horas se habían despedido y otra vez volvían a encontrarse. La miró desde su lado, con una sonrisa tensa y triste, como si pidiera perdón por hacerlo. Ella hizo como que no lo veía y siguió esperando a que el semáforo se pusiera en verde, atenta a los pocos coches que cruzaban. Al final decidió que lo mejor sería aprovechar que no venía nadie y cruzó.

    -¿Cómo estás?

    -Ahora estoy mejor. -se le ocurrió decir a él. -Me alegro de volver a verte.

    Ella se lo quedó mirando seria. Eran muchas las preguntas que cruzaban por sus ojos pero no encontraba las palabras para formularlas. Gerard la conocía y había visto esa expresión otras veces. Cuántas cosas se aprenden de la otra persona sin darse uno cuenta del todo, hasta que se aleja, y esos aprendizajes quedan en el alma, secándose, inútiles.

    -Pensaba que estarías en Londres. -dijo ella al fin.

    -Lo estaba… Lo estuve, de hecho, hasta ayer. Pero necesitaba verte. Quería hablar contigo. Nunca quise que todo terminara como… -ella lo tomó de la mano y se calló.

    -Vamos a tomar algo. -Cayetana le soltó la mano pronto, quizá su impulso había sido un gesto aprendido e involuntario. Caminaron callados y separados unos metros, como dos desconocidos que fueran a algún sitio anodino: a sacar dinero o a comprar una bombilla. A Gerardo no le importaba su silencio. Miraba un poco a todas partes y a ninguna. Eran las cinco y media de la tarde y no había casi nadie por la calle, Maynooth no respiraba.

    -Es aquí.

    Llegaron a un bar con las paredes pintadas de granate, muy al estilo de pub irlandés pero sin gusto, un sitio de batalla donde emborracharse de vez en cuando o tomar algo al salir del trabajo. Había un cartel grande escrito con letras ligadas que decía Fitzgerald’s Nest y Gerardo sintió lo de gerald como una señal positiva del mudo destino. El lugar estaba completamente vacío y parecía estar cerrado. Cayetana intercambió algunas palabras simpáticas con el que parecía el dueño, un guiri calvo con los ojos azules y la piel rosa, el típico veraneante que pronto poblaría las costas mediterráneas. Le sonrió y su cara de vigilante de seguridad pareció dulcificarse un poco, pero cuando volvió la vista hacia Gerardo adoptó el rictus de mono que llevaría siempre. Tomaron asiento en una de las mesas de color caoba, el uno frente al otro.

    -Necesito tomar algo. -dijo Cayetana entre dientes. -Te he pedido lo mismo, si no te importa, así me acompañas.

    -Claro. -Gerardo no entendía nada. Se quedaron callados hasta que Tommy, que así se llamaba el cabeza plateada, trajo dos copas de Martini blanco con hielo y sin olivas.

    -¿Ya no tomas tu café con leche con mucho azúcar? -dijo él en broma.

    -Dejé de tomar azúcar hace tiempo. Cheers. -Y brindaron.

    El sorbo le supo a Gerardo como un tiro en el estómago vacío, pero disimuló la cara de asco. Ella parecía necesitar de aquella bebida espirituosa para afrontar la conversación.

    Más tranquila, Cayetana lo miró por encima de su copa. Un mechón de pelo negro le caía sobre la ceja izquierda. Su mirada lo escrutaba como intentando adivinar sus verdaderas intenciones, como viendo a través de él. Gerard se daba cuenta y se dejaba hacer, sólo le devolvía la mirada intentando no bajar la vista. Al fin se miró las manos.

    -Te preguntarás qué demonios estoy haciendo aquí.

    -Veo que eres todo un lince.

    Gerardo rio la ocurrencia. Por un momento volvió a los viejos tiempos. Cuánto habían reído juntos. Sin duda, aquellas tardes de conversación y risas habían sido lo mejor.

    -No tengo ninguna intención rara, sólo tenía ganas de verte, de saber de ti. No terminamos de la mejor manera, que digamos. Sentía la necesidad de venir aquí y…

    -Verás, Gerard, yo…

    -Sí, ya sé que no quieres nada, que quieres que seamos amigos, y es lo que quiero yo también. Lo único que quiero es que volvamos a ser amigos después de todo y…

    No pudo seguir la conversación. Sentía las lágrimas subiendo por dentro de las mejillas y decidió guardar silencio. Ella posó su mano sobre las suyas y las apretó, comprensiva.

    -¿Cómo está tu familia? ¿Y a tus hermanas? ¿Cómo les va?

    Gerardo agradeció que cambiaran de tema y le explicó lo primero que se le ocurrió. Pronto saltaron de una conversación a la otra y ambos se relajaron. Ahora empezaban a ser dos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo y eso era bueno, era sano. Aunque en el fondo del corazón Gerardo albergara la esperanza diamantina de que aquello evolucionara, que fuera el principio de otra gran historia, pero no lo dijo entonces. Disfrutaba de la compañía de ella y a medida que se iban terminando la bebida, iban sintiéndose cada vez más sueltos y confiados. En un momento ella dijo.

    -He dejado al tío con el que estaba para venir aquí contigo, ¿sabes?

    -Seguro que era un capullo. -dijo él bajando la guardia. Ella no dijo nada y terminó el vaso. Los hielos chocaron contra el fondo haciendo un sonido a vidrio. Gerard hizo lo propio y terminó la bebida de un trago. Como ahora se sentía más cómodo buscó con la vista al viejo Tommy para que trajera dos copas más, pero no lo encontró. Probablemente estaría sentado en alguna parte frente a una vieja tele de tubo con pantalla plana mirando las carreras de caballos. Ella se levantó y él la siguió también.

    -A esta invito yo. Espérame fuera. Vamos a dar una vuelta.

    Aquello sonaba bien. Gerardo cogió sus cosas y se levantó. Esperó fuera fumando un cigarrillo mientras ella llegaba. Se sentía genial. Vio a dos cuervos sobre una señal de tráfico y quiso saludarles, hacerse amigo de ellos. Quería trabar amistad con todos los seres. Demonios, lo había conseguido, pensaba, estaba allí con Cayetana tomando algo.

    Ella salió pronto y miró a izquierda y a derecha. Luego se le acercó. Tuvo el impulso de darle el cigarrillo que estaba fumando, como hicieran tantas veces, cuando los compartían. Pareció adivinar las intenciones de Gerard y le dijo que prefería su tabaco.

    Siguieron calle arriba, un poco más cercanos, manteniendo una conversación calmada sobre grupos de música y conciertos en el verano. Al pasar por delante del Abrevadero’s ella comentó que tendría que volver pronto, dado que entraba a las 19h al turno de la tarde y quedaba menos de una hora. A medida que andaban sentía como ella se iba poniendo nerviosa. Gerardo se preguntaba por qué habría de sentirse así. ¿Es que algún peligro la acechaba en aquel pueblo? Si era así, él la protegería de cualquier amenaza, daría la cara, la vida por ella, no tenía que temer a nada. No quería preguntarle por si el tema la incomodaba, pero sentía que algo malo pasaba entre aquel pueblo y Cayetana. Decidió no darle más importancia y seguirla a paso ligero allá donde estuvieran yendo. Cuando se sintiera preparada, ella le contaría lo que pasaba, sólo necesitaba tiempo.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar, ya lo verás.

    -¿Ah, sí? ¡Qué bien! -dijo estúpidamente. Se estaban alejando del bullicio de las calles principales, entrando en lo que parecía un parque o zona arbolada. El lugar ideal, pensó.

    Cruzaron una cerca abierta cuyos goznes descansaban sobre unos ladrillos oscuros sin rebozar. Parecía la sempiterna puerta abierta de un jardín, pero no lo era. Un camino de asfalto estrecho, lo justo para dos bicicletas o dos transeúntes, se extendía rectísimo hasta donde se perdía la vista. A los lados en la vereda crecía una fina capa de césped natural, más suave y verde que cualquier variedad de esa hierba que en el mediterráneo se regaba con agua del grifo con cal. Allí crecía de forma natural, sin esfuerzo. Cercaban el camino, a ambos lados, árboles altísimos y frondosos, cuyas copas eran de un verde oscuro desconocido en su península, con cortezas de color chocolate que parecía que se podían morder. No había nadie a lo lejos ni a la vista. Cayetana se relajó. La amenaza que fuera no estaba en aquel lugar, sino que vivía en el pueblo. Gerardo se preguntaba si no se trataría del tipo que trabajaba con ella, un tal Callaghan, a quien viera cuando había ido a verla al Abrevadero’s y no le había dado nada de buena espina.

    Mientras ella contaba anécdotas de su trabajo, Gerard iba armando el discurso, lo que le había venido a decir después de tantos quilómetros, tantas penalidades y noches sin dormir. No podía estar allí haciendo como si nada todo el rato, tenía que actuar ya.

    -Ya sabes que no se me da bien mentir y que por eso soy bastante brusco.

    Cayetana guardó silencio, dispuesta a escuchar todo lo que tuviera que decir.

    -Estoy aquí sin más intención que la de verte, Caye. Algo de mí necesitaba… necesita mirarte a los ojos, estar cerca de ti… para seguir existiendo. Cuando decidí venir aquí no sabía lo que pasaría, estoy aquí y todavía no lo sé, pero si algo tengo claro es que no me arrepiento de haber venido. Te miro y… -la miró a los ojos mientras ella le devolvía la mirada con unos ojos grandes y dulces que daban ganas de besar- soy muy feliz.

    Siguieron caminando en silencio. El trazado no tenía una sola curva, parecía que el antiquísimo ingeniero celta había diseñado aquel camino histórico lo más recto posible, seguramente en el equinoccio de otoño o en el de primavera el sol salía o se ponía exactamente por entre los árboles, haciendo que aquello pareciera la vereda que lleva al cielo por la puerta de atrás, una entrada secundaria sólo para alquimistas o enamorados.

    -Geri, cuando te fuiste no supe qué hacer. Me sentí tan sola, tan… decepcionada… Y ahora… No sé qué decirte. Que estés aquí me tiene completamente descolocada, yo…

    -Yo siempre querré a la persona con la que estuve, Cayetana. No sé si es la persona que ahora tengo delante, no sé si yo soy el mismo de entonces. Han pasado tres años… he vivido muchas cosas, he corrido el mundo, he conocido a mucha gente pero nunca he dejado de quererte… O al menos, de amar aquella persona con la que compartí mi vida.

    -No quiero que te culpes. Lo que nos pasó… A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. No hay que darle más vueltas. El tiempo que pasamos juntos fue… maravilloso.

    -Una de las cosas que más me duele, que me ha dolido hasta ahora, es que hubieras perdido el tiempo conmigo. Pensaba: Joder, cuántos años invertidos en una relación que no iba ninguna parte… Pero ha pasado el tiempo y, bueno, aquí estoy. Si tú una vez perdiste tu tiempo, ahora lo habré malgastado yo. -Gerardo guardó silencio y dijo. -No sabía que estabas con alguien… no lo supuse porque hablabas conmigo y pensaba…

    -Gerard… No estoy con nadie, tonto. Nunca he estado con nadie igual que contigo.

    Se miraron el uno al otro. Dos mariposas revoloteaban un poco más allá. Eran grandes, con alas negras y naranjas. Daban un poco de reparo vistas de cerca pero eran preciosas de lejos, nunca conocidas por Gerardo. Las mariposas siempre han sido un buen agüero. El sol caía en silencio sobre el camino de piedra mientras se miraban. Movidos por el mismo resorte, por una fuerza ajena a ambos, se abrazaron. Juntaron sus cuerpos como dos piezas magnéticas que encuentran los puntos de anclaje. Sintió el cuerpo de ella entre sus brazos y lo estrechó con toda la fuerza de su corazón, que latía enloquecido como una máquina de vapor bien engrasada. Sentía el corazón de ella debajo del suyo, sus pechos contra su cuerpo, el aroma de su pelo tantas veces evocado sin recordarse del todo. Sus manos bajaron y subieron por su espalda, recorriendo un terreno muy conocido y tanto tiempo añorado, aprendido en noches de desenfreno, en días normales donde nada pasa y solo se observa cómo se marcha una bolsa de plástico movida por el viento como un gato callejero, sentados en el banco de un parque o andando juntos. Ambos respiraron hondo, a la vez, y se despegaron sin separarse, metidos ambos entre los brazos del otro, agarrándose ambas manos sin darse cuenta, ejecutando un movimiento íntimo y privado, grácil, que se quedaría tatuado en la memoria del cuerpo.

    -Bésala, idiota. -dijo una voz dentro de Gerardo. Él la miraba embelesado sin moverse.

    …

    13. Nada de sueño

    -Dios, es tardísimo. Me tengo que ir. -Dijo de pronto- Entro a trabajar en diez minutos.

    Gerardo despertó del sueño en que viviendo estaba. La realidad lo aplastó de pronto como un pie a un insecto. Las mariposas se habían posado en el suelo, impasibles.

    -Si sigues este camino recto, llegarás a la casa donde veraneaba la Reina Victoria. Es un lugar precioso, no tiene pérdida. Me tengo que ir, Geri. Pero tú sigue con el paseo, claro.

    No entendía nada. Ella había salido de sus brazos, volvió a separarlos una distancia prudencial y orientó su cuerpo en la dirección por donde habían venido. Mirándola aún con cara de embeleso, con los ojos hipnóticos, recuperando poco a poco la conciencia:

    -Te acompaño, tonta. ¿Cómo voy a dejar que te vayas sola por este camino a esta hora?

    -No te preocupes, de verdad.

    -Cayetana, no me importa. -dijo él inflexible.

    Caminaron a paso ligero el camino de vuelta, casi sin decirse nada. Si comentaban alguna cosa, era algún tema banal que no importaba a ninguno. Habían andado un buen trecho y estaban recorriendo aquel camino cada vez a más velocidad. Cayetana iba poniéndose nerviosa e incómoda por momentos. Gerardo lo atribuía a lo tarde que se había hecho y a que, en cierta manera, era culpa suya; pero en el fondo se sentía feliz, las cosas estaban saliendo adelante, más o menos como las había soñado. Después de meses sin verse, estaban compartiendo un tiempo precioso, como si no hiciera tres años que no eran ya nada, ni siquiera amigos. La vida continuaba por donde la dejaron.

    -¿Cuándo volveré a verte? -dijo Gerardo cuando vio aproximarse el final del camino rectísimo con sus dos muros de ladrillos negros que lo flanqueaban a cada lado.

    -Esta noche termino a las 22:30… Las chicas habían comentado de salir un rato a tomar algo después del curro… A las 23:30 puedo estar lista. Te diré algo, ¿qué te parece?

    -Me parece genial. Estaré preparado. -dijo Gerardo pletórico. El camino se terminaba.

    -De verdad que me tengo que ir. -Cayetana aligeraba aún más el paso, echó a trotar. -Tú sigue el camino, ya verás qué bonito es, no pierdas la oportunidad. -y señalaba hacia atrás, por donde habían venido corriendo. -Yo me voy. Te digo algo luego. ¡Adiós, Geri!

    Gerardo vio innecesario salir corriendo detrás de ella. La vio alejarse al trote por la calle principal, en dirección al restaurante. El Abrevadero’s no quedaba lejos de la entrada del camino, donde se quedó Gerard viéndola desaparecer. Sonreía y decía adiós con la mano, mientras se iba haciendo cada vez más pequeña. Aquella imagen le recordó a las, tantas veces evocadas, despedidas en su portal, cuando recorría la distancia que separaba la entrada residencial de la calle donde Gerard la había despedido. Una distancia prudencial a salvo de las miradas indiscretas de padres y hermanos, donde podían besarse y tocarse el cuerpo con cierta tranquilidad. Hoy no se habían besado y el abrazo había sido breve, pero a Gerard no le importaba. Se sentía completamente feliz.

    Una vez que desapareció por fin de su vista, no supo qué hacer. Miró hacia atrás y decidió seguir el consejo que le diera Cayetana, el de seguir el camino hasta la casa de veraneo de la Reina Victoria. Así tendría tiempo para pensar lo que había pasado y lo que pasaría de ahora en adelante, de cuáles iban a ser sus planes. Echó a andar silbando.

    Si las cosas salían como esperaba y todo iba bien, se tendría que mudar a Maynooth. La idea no le desagradaba del todo. Cerca, a unos treinta minutos, estaba la ciudad de Dublín que quizá ofrecía más oportunidades laborales que aquel pueblo perdido en el verde de Irlanda. Podría enseñar español a los interesados por aprender el idioma, que eran muchos en aquel país, cada vez más. También debería encontrar un lugar donde vivir. Mudarse en lo de Cayetana, sin saber exactamente dónde vivía ella, le parecía bastante invasivo. Aunque iniciaran una relación, hacía falta tiempo y espacio suficientes para ir tejiendo los lazos que los unirían a la eternidad y ya no los separarían más. Él debería conocer a sus amigos y a las chicas a las que frecuentaba. Él mismo debería, de hecho, hacerse amigos, quizá entre los de ella o los de su círculo laboral, fuera el que fuera. Quién sabe, quizá el tal Callaghan, con quien Cayetana trabajaba y cuya descripción le había parecido de lo más putrefacta, solo interesado en el rugby, las carreras de caballos y la cerveza fría, fuera un buen tipo al fin, alguien en quien confiar.

    También había que tener en cuenta el cambio de vida que aquello supondría. De cara a septiembre, había conseguido por fin un trabajo fijo, de lo suyo, para lo que había estudiado, con un sueldo suficiente. Le habían comunicado la noticia unos días antes en Londres, justo antes de venir a Maynooth, cuando estaba con Mogomby tomando un café en la terraza del hostel junto con otros emigrados. Recordaba bien ese momento.

    –You have to do what you have to do. -dijo el sabio de Mogomby mostrando una sonrisa blanquísima sobre la negra piel de su cara amigable. Sí. Tenía que hacer lo que tenía que hacer, es decir, lo que le dictaba su corazón, lo que estaba haciendo en aquellas islas, lejos de casa. Mogomby tenía toda la razón. Dio una larga calada al pitillo y dijo.

    –You are completely right, Mogomby, my friend. Let’s take a beer from the bar.

    Y aquel día se tomaron unas cuantas cervezas a la salud de los trabajos y las oportunidades contradictorias, entre lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer, lo que debemos hacer y a la salud de lo que, al final, hacemos. Mogomby y él hablaban un inglés pobre, cada uno hijo de su lengua materna, por azares del destino, inferior a la inglesa, pero se entendían en lo más hondo, eran hermanos de sangre y piel diferentes.

    Mientras pensaba en Mogomby y en lo que estaría haciendo una sonrisa se había dibujado en su rostro. Gerardo transitaba el camino como un enajenado, en completa soledad, sin darse cuenta del mundo en torno a sí, imbuido por sus pensamientos. Sí. Haría amigos en cualquier parte del mundo. Amigos verdaderos en quienes confiar y a quienes llamar hermanos al cabo de no mucho tiempo. El ser humano podía ser maravilloso y aquellos que desconfiaban del prójimo, que lo fiaban todo a la maldad del otro, eran los que menos habían conocido el mundo, los que no habían salido de su realidad, de su zona de confort. Ahí fuera corría la vida y estaba repleta de amistad, empatía, hermandad y amor. Así veía las cosas Gerardo en el camino verde y recto.

    De repente, el camino se terminó. Una carretera comarcal cortaba su rectitud perpendicularmente formando un ángulo de noventa grados. Al cruzar la carretera, que no disponía de paso de peatones, se llegaba a otra entrada sin vallas, una puerta en el campo que daba a un prado donde, a lo lejos, sobre una loma, se divisaba lo que en otras partes del mundo se habría conocido como pazo, casa señorial o chateau, en definitiva, una mansión para gente adinerada, posible residencia de la Reina en la tierra irlandesa.

    Pensó en seguir el consejo de Cayetana y recorrer el trecho que lo separaba, pero miró la hora y se había hecho bastante tarde. La noche se cernía sobre Maynooth y se había levantado una brisa suave que susurraba entre los árboles palabras inquietantes en otro idioma. No se había cruzado con un solo transeúnte, lo cual le parecía extraño después de todo. La mente, que tiene sus juegos, lo amenazó diciéndole que si por azares del destino encontrara a un asesino en serie, podría dejar su cuerpo tirado en alguna cuneta cercana en aquel lugar y absolutamente nadie preguntaría por él, nadie sabía exactamente dónde se encontraba y aunque aquella era, en cierta manera, la definición de libertad más pura que conocía, también era un estado vertiginoso de la conciencia. Un par de cuervos, grandes como aves rapaces, sobrevolaron su cabeza. Sin duda iba siendo hora de retirarse, lo mejor sería volver al hotel que quedaba justo en dirección opuesta a por donde había venido, al otro lado del pueblo que había quedado muy atrás. Lo mejor sería volver, desandar el camino que hacía un rato había recorrido.

    La sensación de peligro fue intensificándose a medida que se acercaba al pueblo. Era un sentimiento irracional, loco, pero su instinto le decía que algo no andaba bien y que, como le había ocurrido en aquel tren en Londres camino del aeropuerto, no tendría escapatoria. Pero era incapaz de dibujar el peligro, de saber qué era lo que andaba mal en aquel ambiente que se sentía cada vez más pesado, como si alguien lo mirara o una sombra lo siguiera. Los dos cuervos seguían sobrevolando su cabeza, graznando de vez en cuando. Tenía tanto miedo que sentía deseos de chillar. Parecía que entre la maleza unos ojos vacíos lo miraran pasar, como si los árboles revelaran su posición a un espíritu maligno que habitara en aquel camino. Sin que nadie lo viera, echó a correr.

    Llegó a su habitación exhausto. Había venido corriendo desde la calle principal hasta la misma puerta de su cuarto y no estaba acostumbrado. La tarde había ido cayendo y poco a poco se iba haciendo oscuro sin que el sol diera signos de vida detrás de las nubes grises. Una vez que hubo recuperado el aliento sentado sobre el borde de la cama, Gerardo se levantó y se echó agua al rostro. Empezaba a sentirse intranquilo, no sabía dónde meterse, qué hacer. Estaba como un prisionero en una celda, si bien podía ir donde quisiera, no tenía un sitio al que dirigirse. Dio unos pasos hasta situarse frente al ventanal que daba al prado verde donde rebuscaban en la tierra algunos cuervos. A pesar de haber caminos perfectos para la bicicleta, no vio pasar a nadie. Las siluetas de los árboles se recortaban contra el cielo gris y una leve brisa movía la fina hierba picuda.

    Buscó con la vista las cortinas, pero aquel gran ventanal no las tenía. Supuso que los irlandeses no disfrutaban tanto del sol como para andar recortándolo con persianas. Pero Gerardo sentía la necesidad de esconderse, de no ser visto, ni siquiera por los verdes árboles sin ojos que lo divisaban a lo lejos y veían su rostro enjuto como un fantasma. Prendió un cigarrillo y se tumbó en la cama. Por suerte la habitación era tan antigua que no tenía detector de humo y podía fumar cuanto quisiera. Mirando al techo pensaba en Cayetana pero no conseguía imaginársela. Sólo era un nombre en su cabeza, pero le costaba evocar el tacto de sus manos, el olor de su pelo que apenas unos minutos había tenido tan cerca de sí, como si su encuentro hubiera sido un sueño breve que el despertar iba borrando como el que sopla una fina capa de polvo y borra un dibujo. Para recordarla, cogió su teléfono y miró en el archivo de fotos, la que hacía un par de meses le había mandado, seguramente cuando se sentía sola en Irlanda y no tenía a nadie excepto él. Estaba desnuda. No llevaba sujetador ni camiseta. Por la expresión arrebolada, parecía una foto tomada al salir de la ducha. Sobre el omoplato izquierdo se había hecho un pequeño tatuaje. Cuando se conocieron, ella no llevaba ninguno. A Gerardo no le gustaban los tatuajes, ni para él ni para nadie. Ahora Cayetana llevaba por lo menos tres, que él supiera, pero no le importaba. Todos hemos cambiado, se decía.

    Get busy living, or get busy dying, decía su espalda en tinta negra indeleble. Gerardo había mirado aquella fotografía digital un millón de veces y se la sabía de memoria, había pensado en la frase más que en cualquier poema: preocúpate de vivir o preocúpate de morir, podría ser una traducción válida, aunque insuficiente. Aquella idea se le había clavado en lo más hondo de su ser y allí estaba, buscándola, preocupándose por recuperarla y estar al fin vivo, de no estar viviendo en la muerte, que era su vida. Quien camina una milla sin amor, se encamina a su propio funeral, envuelto en una mortaja.

    Cuando le escribió esos versos, en aquella conversación inalámbrica, en respuesta a su fotografía, ella no dijo nada. Seguramente no entendió lo que él quiso decirle o, si lo hizo, lo dejó en visto, sin más, y siguió preocupada por vivir. Gerardo llevaba muchas millas recorridas envuelto en su propia mortaja. Quiso explicarle el sentido de aquellos versos de Whitman que tanto le recordaban a ella pero parecía no encontrar el momento. Se los había repetido mientras recorrían el camino verde, pero ella estaba hablando del tal Callaghan y no se había dado cuenta de lo que había dicho. ¿Qué decías? Y sonreía.

    Por el influjo de aquella sonrisa, había olvidado los versos y todo lo que quería decirle. No pudo encontrar las palabras para explicarlos ni para explicarse, así que dijo: nada; sin recordar hasta ahora lo que había venido a decirle: Tú eres la luz que guía los pasos de mi corazón. Caminaré contigo hasta donde me lleven los pies. Y mi andar será feliz.  

    Gerardo sonreía tumbado en la cama. No perdería la oportunidad, luego por la noche cuando ella saliera del trabajo, de decirle aquellas palabras bajo las estrellas, al oído, como un secreto. Luego besaría su cuello, su cara, su boca. Ya no se separarían nunca más y serían felices para siempre. Empezarían de cero, un poco más mayores, pero con el amor intacto. Un rugido salió de las tripas de Gerardo. Tenía hambre, tenía sueño.

    Se despertó al cabo de un par de horas, en completa oscuridad, sobresaltado. Miró a su teléfono móvil: Eran las 23.45. Cayetana le habría dicho algo y se estaría preguntando dónde estaba. Gerardo se incorporó sobre la cama y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un solo mensaje de Caye: Hola, Geri. Quedamos mañana a las 11.00 en la cafetería Yoga Market Café para desayunar. Te espero en la puerta. Un beso.

    Tuvo que leer un par de veces el mensaje para entenderlo. Parece ser que al final no iba a salir, seguramente estaría cansada, muchas emociones en un día. Pero aquel cambio de planes lo había sobresaltado: todo lo que tenía pensado para aquella noche había saltado por los aires, verse al día siguiente por la mañana era un escenario que no había previsto. Además, las mañanas son para tratar asuntos profesionales, no de amor.

    En fin, era mejor eso que nada. Empezó a escribir un mensaje y vio que ella estaba conectada. Imaginó que estaba preguntándose por qué no le decía nada. Allí estaré, guapa. Pero no lo vio, hablaba con otra persona. Esperó un rato. Ella se conectaba y se desconectaba de vez en cuando, pero no decía nada. Decidió dejar de espiarla y se tumbó sobre el colchón de nuevo sin saber qué hacer. Las tripas rugían desbocadas, se preguntaba cuántas horas llevaba sin comer algo caliente que no fuera el humo de un cigarrillo y no sabía qué contestar. Decidió salir a comer pero viendo la oscuridad de la calle imaginó que entonces, a esa hora, en aquel país, todo estaría ya más que cerrado.

    El viento ululaba en la calle fría y húmeda entonando una fantasmal canción gaélica.

    Dentro de la habitación y dentro de su corazón el silencio era absoluto. Tenía la mente paralizada y no sabía qué pensar ni qué hacer. Y lo peor de todo: no tenía nada de sueño.

    …

    14. No lo tranquilizaba

    En mitad de la noche, de pronto, el ambiente se sintió distinto. La habitación se encontraba en oscuridad y en silencio. Las formas del armario empotrado frente a él se adivinaban por la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana en una noche sin nubes. Si Gerardo prestaba la suficiente atención, y ahora todos sus sentidos estaban de punta, se podía oír el crujido de la madera, el aleteo de un pájaro contra la ventana a su espalda, el viento que ululaba entre los árboles altos como sombras de la noche.

    Tenía miedo. No podía moverse. El terror atenazaba cada uno de los músculos y su piel, a calambrazos, se ponía de gallina. Lo inexplicable, lo irracional de la situación, era lo que más lo atemorizaba. No sabía por qué sentía ese pavor repentino, y eso era lo peor.

    No estaba durmiendo ni soñando, eso sí que lo sabía. Había dado vueltas y más vueltas en la cama hasta encontrar aquella postura, pero no había conseguido dormirse. La última vez que miró el reloj era la una y media de la madrugada. No tenía sueño, no conseguía quedarse dormido, y a la desesperación por querer dormir del principio la había seguido una extraña calma aburrida con los ojos abiertos, mirando la pared y pensando en Cayetana, en el día siguiente, en lo solo que se sentía en ese lugar extraño.

    La habitación resultaba cualquier cosa menos acogedora. Los techos altísimos daban la sensación de desprotección, como si uno durmiera a la intemperie. El crucifijo sobre el cabecero de la cama, lejos de tranquilizarlo, parecía que fuera a descolgarse en cualquier momento y caer encima de su cabeza en mitad del sueño. Las paredes, color crema, resultaban etéreas como si no estuvieran allí, como si cualquier cosa pudiera atravesarlas. Hacía un rato había salido al pasillo para orinar. Aquella estancia carecía de lavabo propio, por eso era tan barata, y los urinarios y las duchas se encontraban al final de un pasillo azul abovedado. Gerardo había sacado la cabeza por la puerta a fuera y vio la negrura absoluta en aquella garganta de yeso. Buscó con los ojos el interruptor que iluminara todo aquel corredor, pero no lo supo encontrar. Decidió que se aguantaría.

    Pero lo peor era el enorme ventanal que ahora tenía tras de sí, dándole la espalda. Se trataba de un marco grande, con cuatro ventanas de vidrio duro que no podían abrirse de par en par, solo lo suficiente para dejar correr una brisa de aire, como en la ventanilla de un tren antiguo. Cada uno de los cuatro vidrios estaba dividido por parteluces de hierro forjado que dividían la hoja en diez cuadrados iguales. Tres montantes de hierro verticales separaban las cuatro partes de su estructura como si fuera la ventana de una celda. Carecía de contraventanas o de cortinas que taparan la luz, pero sí disponía de un alfeizar amplio en su base, hecho en la propia pared, donde se podía tomar asiento. El paisaje obligatorio en aquella hora de la noche era espeluznante: un descampado amplio de césped irregular con árboles esqueléticos al fondo, un centenar de metros más allá. Cualquiera podía ver el interior de la habitación si encendía la luz y por eso Gerardo había preferido pasar la noche de insomnio con la luz apagada, imaginando que en la oscuridad estaba menos expuesto a los ojos invisibles de cualquier animal noctámbulo.

    Entre el crepitar de la madera y los demás ruidos esperables en un edificio antiguo, había uno discordante. Se escuchaba el leve silbido de una respiración asmática, como si alguien inhalara por un conducto estrecho, incapaz de llenarse los pulmones por mucha fuerza que hiciera, que hacía. Se oía le levísimo aullido de alguien intentando vivir. Eso era lo que había hecho que sus sentidos se exasperaran. Algo que antes no estaba allí estaba respirando dificultosamente detrás de él. Podía situar, sin girarse, el punto exacto donde aquella cosa estaba sentada: encima del alfeizar de la ventana.

    Su cuerpo empezó a temblar. No encontraba el valor suficiente para darse la vuelta y encarar lo que fuera que había entrado en la habitación con él. ¿Qué haría si algo, fuera de este mundo, estuviera allí sentado esperando que él lo mirara? ¿Dónde iba a ir en mitad de la noche en un pueblo que no conocía, en un país que no era el suyo, con un idioma que no dominaba, en un lugar, en fin, inhóspito u hostil? ¿Qué iba a hacer ahora?

    La respiración seguía presente. Incluso podía distinguirse un leve crujir en la madera del alfeizar provocado por el rápido movimiento de la cosa sentada allí. Ni siquiera se atrevía a imaginar lo que se había entrado en su cuarto, solamente quería llorar de terror.

    Tuvo una idea. Quizá había sido un cuervo el que había entrado. Se habría dejado un resquicio del ventanal abierto al acostarse y una de esas bestias se había colado por la ventana. Por eso esta no podía abrirse de par en par, porque las alimañas podrían ocupar el espacio a su antojo y causar traumas indeseados a los pocos huéspedes que tenía aquel hotel. Un cuervo es un animal salvaje, con esa inteligencia diabólica que se les atribuye por su mirada suspicaz. Comían animales muertos y vivos por igual, según Gerardo suponía. Quién sabe la de enfermedades y parásitos de los que aquellos animales eran portadores. Un picotazo de aquel largo y poderoso pico podía contagiar enfermedades y virus nocivos para las personas. O podían atacar y sacarle a uno el ojo. Girado contra la pared, esperaba que el animal se fuera por donde había venido.

    Pero sabía que no era un cuervo. Aquella respiración le decía se trataba de algo más grande, con unos pulmones enfermos pero grandes como los de una persona. Cada vez se hacía más presente en el silencio de la sala e iba ocupando los demás sonidos hasta que solo se escuchaba el silbido cansado de aquella garganta casi cerrada por el asma.

    Gerardo se giró cuando notó que algo se movía por debajo de su cama. Unos brazos o unas piernas pequeñas habían empujado el colchón hacia arriba desde el mismo centro donde estaba su costado. Su corazón se sobresaltó, queriendo salir de la cárcel de las costillas y echar a correr por el suelo como un pollo sin cabeza, echando sangre y fluidos en su huida. Se incorporó sobre el colchón y por fin pudo verla cara a cara.

    -¿Cayetana?

    Junto a la ventana, mirando hacia el descampado oscuro, el cuerpo de Cayetana estaba sobre el banco que el alfeizar permitía. Su pecho, bajo un camisón blanco, se movía arriba y abajo con dificultad. Su cara no se veía, la tapaba su lago pelo negro que caía larguísimo sobre su cuerpo; parecía apelmazado, grasiento, como si hiciera tiempo que no se lavara. Sus pies y sus brazos estaban desnudos, la piel se veía blanquísima en la oscuridad, casi azul bajo la luz de la luna que entraba, ahora a raudales, por el cristal.

    No podía moverse. Sentado sobre la cama, Gerardo estaba completamente petrificado. Sentía la boca seca y el temblor en sus extremidades resultaba cada vez más incontrolable, como si cada una de las partes de su cuerpo quisiera salir corriendo en una dirección diferente, despegándose las unas de las otras. No entendía qué estaba viendo, era completamente imposible, pero su presencia era real, pesaba sobre el suelo. Gerardo solo tenía claras dos cosas: aquello no era un fantasma y no estaba soñando.

    -¿Por qué, Geri? ¿Por qué lo hiciste? -Y Cayetana empezó a llorar. -Estábamos bien. Teníamos nuestras cosas, pero éramos felices. ¿Por qué lo hiciste, Geri? No lo entendí. -su espalda subía y bajaba espasmódicamente- No lo entiendo aún. -su cara no era visible porque seguía mirando hacia la calle y la ocultaba su pelo sucio como una cortina.

    -Lo siento mucho, Caye. No sabía lo que hacía. -Gerardo se levantó de la cama y se quedó de pie, les separaban unos cinco pasos. -Estaba agobiado y la pagué contigo.

    -Mentira. Mientes y lo sabes. ¡Dime la verdad! ¡Dime la verdad por una vez! -golpeó el cristal con su puño. Sus manos estaban sucias de barro, pero el vidrio ni se manchó ni se rompió, solamente tembló como la piel de un tambor. -Estabas con otra. Me engañaste.

    -Eso no es cierto. -y Gerardo dio un paso hacia ella. -No estuve con nadie, aunque lo pareciera y yo no hiciera nada para evitarlo. No, Caye, mi amor, no era eso…

    -Dime la verdad. No se termina con todo de la noche a la mañana sin una razón. -su voz se volvió más ronca, casi metálica, como si hablara a través de una lata, pero seguía siendo la suya. -Yo te quería, Gerard. Te quería más que a nada en el mundo…

    -Lo sé. Yo también te quiero a ti. -dio otro paso- Podemos arreglarlo, podemos empezar de cero sin cometer los errores que nos llevaron a esto. -una lágrima resbaló por su mejilla. -Te querré siempre, Caye. Nada será lo mismo si tú no estás. Perdóname…

    -Me mataste. Me mentiste. Acabaste con lo nuestro y me sigues mintiendo ahora. No puedo creerte. Nunca volveré a confiar en ti. -Se incorporó sin girarse- Nunca más.

    -No, mi amor, mi vida, no digas eso. -Gerardo dio otro paso- Yo andaba en malos pasos, tomé malas decisiones. Bebía demasiado y no sabía dónde estaba ni cómo pensar. Los problemas me agobiaban y me refugié en la bebida. Pensaba que podría controlarlo, pero no fue así. No era lo que tú creías -Ambos ojos empezaron a sangrar lágrimas saladas- Yo necesitaba beber. No eran solo las dos copas que tú me veías tomar, eran muchas más. Me daba vergüenza de mí mismo. No era capaz de decirte la verdad y no quería ser un problema para tu vida. No quería que pensaras que era un borracho, un drogadicto, así que decidí cortar por lo sano, alejarme de ti, alejarme de todos, de todo.

    Hubo un silencio. Solo se oía la respiración sibilante de ella y los hipos entrecortados de Gerardo, de pie en mitad de la estancia, a dos pasos del cuerpo de ella, que seguía de espaldas mirando la oscuridad por la ventana. Para entonces, a Gerardo no le importaba nada, si Cayetana era o no un fantasma, si estaba allí o no, sentía que una mano fría apretaba su corazón y dejaba salir un líquido negro que llevaba tiempo ahí estancado.

    -Ahora lo entiendo. -dijo ella al fin. -Ahora lo entiendo todo. -su voz se volvía cada vez más metálica, más grave, pero sonaba serena, comprensiva. -Entonces no estabas con nadie, después de todo. Yo en el fondo lo sabía… sabía que me ocultabas las copas que tomabas a escondidas, pero no quise darle importancia. Pensaba que había algo más.

    -No, mi amor, mi vida. -Gerardo dio otro paso- No había nadie más. Sólo mi problema. Pero ahora estoy curado. Llevo mucho tiempo sin beber, trabajando en mí mismo, esforzándome por ser mejor cada día. Lo había pasado mal antes de conocerte, ya lo sabes, pero logré sobreponerme. Por eso estoy aquí, ahora que estoy bien he venido a buscarte. A estar contigo. No te dejaré nunca más y nunca más te ocultaré nada.

    -Te quiero, Geri. Siempre te he querido. -la voz de Cayetana sonaba lejana, como desde el fondo de un pozo. Su cuerpo hacía rato que no se movía. Se había quedado completamente hierático, de espaldas, a pesar de que decía. -Quiero que estemos juntos. -sonaba como una cinta que se fuera deteniendo, distorsionando su voz, honda y nasal.

    -Yo también te quiero, Caye. -y dio el último paso y se situó junto a ella. Ahora podía ver su rostro mirando por la ventana. La piel de su cara era un poco azul, sus ojos eran transparentes como el cristal por el que miraban. Puso una mano sobre su espalda, queriendo acariciarla. Notó que debajo de la tela solo había hueso, sin piel ni carne.

    Aquello se giró y lo miró de frente. Eso no era Cayetana. Su cara se parecía, imitaba su voz y su estatura, pero no era ella. Tenía los ojos transparentes, verdosos, como el cristal de una botella. Sus pupilas eran nigérrimas, de un oscuro más negro que la noche sin estrellas. Boca sonreía dejando ver unos dientes rotos y podridos, afilados por la caries.

    Gerardo temblaba. Un hilo de pis bajaba por el muslo, la pantorrilla, hasta sus pies. No podía moverse. Tampoco podía dar crédito a lo que estaba viendo. Gemía: -¡Caye!

    -Pero me mataste, Geri, Gerard, Gerardo. Me mataste y ahora mira en qué me has convertido. -Una mano lo agarró del brazo, apretándolo con muchísima fuerza, casi sentía que le iba a romper los huesos. Aquello no era la mano de Cayetana, era más grande y fuerte. Un hedor nauseabundo impregnaba toda la estancia. Un frío gélido recorría de arriba abajo todos los tuétanos de su cuerpo. El corazón dolía, dolía mucho. -Y no solo me mataste a mí. Mataste nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestra vida.

    Los ojos blanquiverdes de aquella cosa miraron detrás de él, como si hubiera algo allí.

    -Lo mataste a él también.

    Gerardo se giró. Debajo de la cama se veían dos ojos rojos, pequeños, ensangrentados. Se movieron hacia delante y dejaron ver el rostro de un niño completamente azul, como si llevara muerto siglos, pero sin que su piel se hubiera corrompido. Debería tener unos tres o cuatro años. Reptaba hacia afuera de la cama en dirección a él, emitiendo un crujido nervioso como de huesos rotos, moviéndose espasmódicamente como un insecto enorme. Se puso a los pies descalzos de Gerardo y miró hacia arriba. De su boca sin dientes, oscura como los ojos de su madre, salió un ronquido ininterrumpido que dijo.

    -¡Pa-pá!

    No lo soportó más. Gerardo consiguió zafarse de las manos de Cayetana y saltó por encima del pequeño cuerpo, levantando mucho los pies, como si el suelo quemara. En las tripas sentía la piel de gallina como si se le hubieran llenado las entrañas de espinas.

    En su huida, sus pies resbalaron con su propio pipí y perdió el equilibrio. Como miraba hacia atrás, hacia aquellas dos formas que ahora no eran más que dos sombras informes, no pudo ver contra qué objeto se golpeó la cabeza. Cayó al suelo en redondo y, ahora sí:

    Dormido.

    Píip-píip-píip-píip.

    Abrió los ojos. La luz de la mañana se vertía en la habitación. Gerardo gritó y se incorporó. Estaba en el suelo junto a la cama en un charco de sudor. Miró aterrado a todas partes, estaba solo. El teléfono móvil tronaba sobre la mesita de noche con un pitido infernal. La habitación del hotel estaba en silencio y los cuervos volaban afuera.

    Todo habría sido una pesadilla. Todo habría sido un sueño. Pero eso no lo tranquilizaba.

    …oooOOOooo…

    FIN de la Segunda Parte

    Nota del escribidor: Esta historia se divide en tres partes. La próxima tendrá lugar el próximo domingo. Un abrazo.