Barcelona cercanías (Parte 2)

Nota del autor: Encontrarás la Parte 1 de esta historia haciendo clic en el enlace.

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8. La solución

Roberto llegó un poco más tarde de la hora indicada, como suelen hacer aquellas personas que tienen muchas cosas que hacer durante el día. Detrás de una esquina, apareció con sus andares risueños, aunque pesados, una chaqueta de pana marrón tan pasada de moda que resultaba anacrónica, pantalones vaqueros y zapatos de cuero, que contrastaban por su pulcritud con todo el resto de la indumentaria. Parecía, con su camisa abierta hasta el segundo botón, un marchante de cantantes de flamencos o un feriante a punto de partir. Aunque no era ninguna de las dos cosas, su oficio era igualmente artístico: era un poeta.

-¿Cómo estás, artista?

-¿Cómo estás, Roberto? Me alegro de verte.

-Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. ¿Ya conoces el barrio?

-Es la primera vez que estoy aquí en persona… He venido antes en los libros de Marsé.

-Has llegado a tu Paraíso, chico.

Rompieron a andar calle arriba. A pesar de un incipiente sobrepeso, Roberto repechaba las cuestas de la calle sin esfuerzo, como un animal cuadrúpedo acostumbrado a los rigores de su hábitat. Por el contrario, Federico tenía problemas para seguirle el ritmo y disimular mientras fumaba. Su cicerone fumaba igualmente y sólo dejaba de hablar para darle una chupada al recién encendido cigarrillo Marlboro. Luego continuaba con su conversación amena, lo cual permitía a Federico un poco de resuello para seguirle el paso.

Roberto explicó que había vivido toda la vida en el Carmelo. Sus padres habían nacido allí y se conocían desde que eran niños. Su abuela había llegado a Barcelona siendo una niña pequeña y todavía seguía viviendo en una de las chabolas en la zona más alta.

-¿Tu abuela vive en una chabola? ¡Qué épico!

-¿No te lo crees?

-No soy de los que dudan de la palabra de los demás todo el tiempo. Pero me sorprende.

-¿Sabes qué? Vamos a hacer un pequeño cambio de planes. Voy a llevarte a verla.

-Me parece una idea fantástica.

En el cruce de calles, había dos que hacían bajada, una que continuaba prácticamente plana y otra más estrecha que subía dramáticamente hacia el cielo. Tomaron aquella calle. Roberto explicaba la historia del barrio, que en realidad era la historia de su familia. Había sido uno de los lugares más humildes de la ciudad de Barcelona, donde se habían concentrado principalmente los inmigrantes del sur de España, que para los años sesenta es como decir los del oeste americano. Sin luz, sin agua corriente, por supuesto sin asfalto, los pobladores se habían asentado entre aquellas cuestas y habían ido construyendo sus casas ladrillo a ladrillo. No había trazado urbanístico, por eso las calles constituían un verdadero laberinto. Los obreros construían su propia casa según lo permitiera el terreno y este era tan pronunciado que las pobres personas se apañaron como bien pudieron. Roberto decía que si en vez de casas, hubiera naturaleza, los pijo-hippis del centro poblarían aquellas lomas y las subirían como sanas experiencias del deporte dominguero.

Entre calle y calle, a veces podía verse el mar de casas que iban dejando atrás. El paisaje entonces se volvía informe y pareciera que uno mirara los barrios desde un satélite que todo lo aplanara y lo dejara a ras de suelo. A lo lejos podía distinguirse, a veces, el azul del mar, haciendo que la vista no se asfixiara del todo en aquel lago de ladrillos. Acostumbrado a los pasos de su compañero, con el cuerpo adaptado a las subidas y bajadas y habiendo tirado el cigarrillo hacía un rato, Federico se sentía más fuerte y risueño, en contacto con el paisaje y el paisanaje que veía a su alrededor. Las casas, cada vez, eran más bajas y espaciosas. Iban apareciendo zonas arboladas entre descampados con montañas de basura. Un camino de tierra seguía cuesta arriba hacia lo que parecía un parque. Unas pocas farolas, algunas rotas y todas con pintadas, se apostaban a los lados.

-Por aquí, Federico.

-Joder, macho, tu abuela debe vivir en el fin del mundo.

-Ya llegamos.

Quizá por el cansancio, Roberto se mostraba más callado de lo que venía siendo habitual. Caminaron por el ancho camino de tierra que bien parecía una pista forestal y se internaron en una de las veredas que daban allí. En fila de uno, subieron un poco más por una vereda de cabras hasta que se toparon con una casa blanca, de una sola planta, con un tejado a dos aguas. Sin haberse dado apenas cuenta, los pies de Federico estaban pisando las baldosas de lo que parecía el patio de una pequeña finca. El suelo plano solo era interrumpido por un limonero lánguido en medio del gris de las baldosas carcomidas.

Federico siguió a Roberto hacia un porche bajo de uralita. El lugar en su conjunto parecía una de esas casas abandonadas donde tanto había jugado a explorar cuando era niño. Atravesaron el umbral sin apenas tiempo para mirar en derredor. Una oscuridad espesa y un olor a tierra vieja, el olor del polvo antiguo los asaltó de repente. Roberto sólo dijo:

-¡Soy yo!

-¡Estoy aquí! -respondió una voz alegre y cansada.

Caminaron un poco más hacia dentro en lo que parecía una sala de estar alargada. En el interior de la estancia se notaba que había alguien que habitaba el lugar: había recuerdos, fotos de niños en color y en blanco y negro, figuritas encima de tapetes blancos, banderitas de Andalucía, de Extremadura y otras regiones. El mestizaje cultural en esa tierra lejana.

Mientras caminaba, una mano antigua, como de madera, tomó la suya. Federico se giró, un tanto sobresaltado, y vio a una anciana sentada en un anciano sillón de cuero. La mujer tenía los ojos muy grandes. Ojos que en otro tiempo habrían sido bonitos, de un color indistinguible por la telilla de las cataratas. Su boca sonreía pero no mostraba un solo diente. Su pelo era completamente blanco, recogido en un moño que ya casi no se veía. La señora representaba en aquel sillón un mundo que se extinguía, como debió de suceder con los indios apaches en su momento, una cultura y una manera de ver la vida que moría.

Federico sintió una súbita nostalgia que le sobrevino, sentía ganas de llorar. Saludó a la mujer dándole dos besos acordándose de su propia abuela, de todas las abuelas del mundo. La señora le devolvió los besos sin soltarle la mano, con su cara redonda y sonriente.

-Este es mi amigo Federico, abuela.

-Mucho gusto, niño.

-¿Cómo estás? -preguntó Roberto como el que ya sabe la respuesta.

-Aquí ando. Como siempre. Cada día más vieja.

-¿Ha venido hoy la tita?

-Se acaba de ir. Estará al caer. Ha ido a comprar. Yo ya no puedo ni salir.

La conversación entre la abuela y Roberto se desarrollaba con normalidad pero, por debajo de las palabras, Federico intuía una conversación más profunda que decía algo así como: Te quiero mucho, abuela. Y que ella respondía: Cada vez me queda menos tiempo en el mundo, hijito. Yo también te quiero mucho y te querré siempre. Y él: No digas eso. Pero ninguno de los dos dijo lo que su corazón sentía en ese momento, y no era porque Federico estuviera delante, sino porque el amor no hacía falta malbaratarlo con la palabra.

Roberto encendió un cigarrillo y Federico hizo lo mismo. La señora sacó un cenicero de cristal de entre un revoltijo de objetos que tenía al alcance y se lo tendió a su nieto. Ambos fumaron en silencio sin decir gran cosa, de pie, en medio de la estancia. A medio cigarro, se escuchó la puerta de la entrada y unos pasos pesados, como los de Roberto, penetraron.

-Hola, tita.

-Hola, cariño.

Una señora rubia por el tinte barato de la peluquería de barrio, con el sobrepeso habitual de las cincuentonas, entró en la estancia con bolsas de la compra. Miró a Federico sin mucha curiosidad, como si en aquella casa estuvieran acostumbrados a la gente extraña.

-Buenas tardes.

-Hola, soy Federico.

-Es de Tarragona. -repuso Roberto.

-Anda, de Tarragona. Muy bien. 

La mujer pasó de largo. Tenía otras cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con las amistades del hijo de su hermana. Federico y Roberto sentían que ya sobraban.

-Bueno, abuela, nosotros nos vamos. Sólo quería venir a verte.

-Muy bien, hijo.

-Nos vemos mañana.

-Vale. Aquí estaremos. Adiós, niño.

-Adiós, señora. -contestó educadamente Federico- Tiene una casa muy bonita.

La abuela rio con ganas y contestó: -Eso es verdad, niño, eso es verdad. Mi casa preciosa.

-¡Adiós, Robe y el amigo! -Dijo desde lo que parecía la cocina la tita.

-¡Chao!

Salieron a la calle y caminaron cuesta abajo. Andar pronunciadamente hacia abajo también tenía su dificultad porque las piernas tenían que ir frenando el cuerpo todo el tiempo. Federico se preguntaba cómo una persona tan mayor podía vivir en un lugar tan inhóspito, tan alejado de todos los servicios. El día que tuvieran una emergencia, ¿qué?

-¿Qué te ha parecido?

-Tu abuela es una crack.

-¿Y la chabola?

-No me imaginaba que las chabolas eran así. Pensaba en cuatro chapas y un colchón en el suelo, no en una casa que más pareciera un chalet o una finca en medio del campo.

-Bueno, han ido mejorando con el tiempo, claro. Y esta está en medio de Barcelona.

-¿El Ayuntamiento no ha querido quitarlas? Ya deben quedar pocas casas así hoy en día…

-Por supuesto que lo han intentado, pero mi abuela es como Chanquete: no la moverán.

-Debe ser difícil apañarse para una persona de esa edad en unas condiciones así.

-Nos tiene a nosotros. Yo voy a verla cada día. -y después de un emocionado silencio. -La quiero mucho.

-Se te nota.

Caminaron en silencio sin hablar más del tema por la pista de tierra por la que habían subido. Pronto encontraron el asfalto de la ciudad que volvía a hacerse presente con su trajín habitual, sus transportes, sus aparatos tecnológicos, su estrés posmoderno. La ascensión a aquel cerro del Carmelo había tenido algo de místico y atemporal, una experiencia de epifanía, como lo que los turistas buscaban en templos perdidos de Asia.

Mucho más pronto de lo que Federico pensaba, estaban sentados en una mesa del Bar Paco. Se trataba de un restaurante de tapas que quería conservar la solera y el folclore de otros tiempos mejores. El camarero era un cincuentón calvo y ventrudo que pronto trajo unas cervezas bien frías y unos cacahuetes -el jamón del mono- a la mesa que compartían.

-¿Cómo te está tratando Barcelona?

-Te lo diré sin ambages. Tengo un problema con mi compañero de piso.

Roberto abrió la vaina y extrajo dos granos de cacahuete que, con habilidad simiesca, se llevó a la boca. Luego, mientras mordisqueaba, dio un largo trajo a la cerveza y dijo:

-Yo tengo la solución. 

…

9. Invito yo

El tío de Roberto se llamaba Fernando y trabajaba como mecánico en el taller cochambroso que tenía justo debajo de su casa. Toda la familia del poeta vivía en un mismo bloque de pisos construido en los sesenta por el abuelo paterno. Se trataba de un edificio cuyo rebozado, antaño color pastel, se iba ennegreciendo cada vez más por la sucia humedad de la calle. Roberto vivía con su familia en el segundo, su tío Fernando en el primero y en el tercero habitaba una tercera hermana con la que no se hablaban. Federico estuvo esperando en la puerta de abajo, situada en un callejón que olía a cañería, mirando un gato que dormía plácidamente en el rincón menos inmundo del rectángulo. Pensaba que, para ser un poeta reconocido, Roberto debería guardar un poco las formas e intentar adecentar todo aquello. Luego pensó que quizá aquella podredumbre arquitectónica formaría parte de un decorado ideal para un poeta de extrarradio. Cuando estaba a punto de acariciar al felino, oyó la hoja del portal abrirse.

-Buenos días, chaval. -Saludó Fernando con un cigarro en los labios recién prendido. Era un hombre relativamente joven, quizá en la cuarentena, pero se movía como un chaval de veinte años, lo que le confería cierto aire de treintañero. Su nariz aguileña habría recorrido en rayas la distancia entre Barcelona y Tarragona ida y vuelta, pensó. Sonreía con todos los dientes de delante, mostrando algunas muelas ausentes a los lados. Vestía un mono de trabajo azul, como de mecánico, sucio. -Hoy tengo fiesta.

-Me ha comentado Roberto que alquilas un bajo.

-Sólo para la buena gente. -y guiñó, sonriente a su sobrino. -Podemos ir a verlo.

-Mi amigo Federico es muy buena gente, tito.

En dirección a su futurible casa, Federico se sentía exultante. Aunque no habían hablado de dinero, intuía que Roberto le habría dicho a su tío que la economía del inquilino no era muy boyante, aunque sí suficiente como para hacer frente a un pago pequeño. Además, se animaba Federico, estaban en un barrio obrero, cutre, cuesta arriba, con un trazado urbanístico como un laberinto. No se podía pedir demasiado. Lo que más le atraía de la idea es que, por fin, viviría solo, sin tener que aguantar a otro neurótico.

Roberto y su tío Federico iban hablando de asuntos familiares a los que Roberto no prestaba demasiada atención, solo la justa para no perder el hilo de las últimas palabras. Los tres fumaban mientras ascendían las rampas de las aceras, las cuales parecían no tener final. Todo era cuesta arriba en el Carmelo, todo era difícil en aquella Barcelona. Tío y sobrino parecían acostumbrados a aquel paisaje, nacidos allí como las serpientes en el desierto, no notaban las rigurosidades de su hábitat porque ellos eran su paisaje.

-Aquí es.

Fernando se detuvo delante de una reja. Parecía la entrada a un quiosco de chucherías encastado dentro de una edificación más grande, pero igual de carcomida. Sacó de su bolsillo un manojo de llaves y empezó a buscar la adecuada mientras el humo del cigarrillo se le metía por el ojo izquierdo. Sin inmutarse, escogió una llave verde y abrió un candado especial que abrazaba una barra contra el marco de metal de la reja corredera. La movió con dificultad como si de una persiana se tratara y dejó el espacio justo para que una persona pasara. Dentro había una puerta blanca, muy delicada, opaca, que el tío de Roberto abrió con otra llave que extrajo con un tintineo decadente.

Una vez vencidas las barreras que daban al interior, Federico recordaría que lo primero que le llamó la atención del sitio era su oscuridad. La tenue claridad de aquella tarde solo conseguía iluminar un breve espacio donde se reflejaba el suelo de baldosas marrón claro. Se distinguía un pequeño televisor y un sofá justo en frente. En medio había una mesa de té llena de polvo. Parecía más bien un pasillo que un salón. Fernando subió las persianas y la claridad dejó ver la cocina al fondo de la sala. El bajo había sido convertido en casa hacía tiempo, quizá a finales de los noventa. Se trataba en realidad de un local comercial cuyas dos ventanas miraban al pie de la calle por donde habían venido. Una estaba en el salón, la otra en la habitación, separada por un tabique. En la pared contraria estaba el baño que constaba de una ducha minúscula, un váter maloliente y una pica con espejo. Todos los muebles estaban juntos, como si se pudiera hacer todo la vez. Federico supuso que sería difícil acostumbrarse a aquella estrechez.

El tío de Roberto iba explicando cada una de las estancias moviendo las manos y sin dar demasiada información. Habló de que la luz eléctrica no estaba dada, pero que sería fácil proveerla. Como podía ver, el piso estaba completamente amueblado, para entrar.

Federico iba pasando los ojos de un lado a otro sin decir nada. Llegaron a un patio de luces, al cual se accedía por una puerta detrás de la cocina. Al entrar la tenue claridad dotaba a las paredes mohosas de un tristísimo color gris azulado. El espacio no debería tener más de diez metros cuadrados, pero la sensación de ahogo era tal que parecía incluso más pequeño. Al mirar arriba, buscando el cielo cenital, la cabeza debía torcerse completamente. La espalda del edificio daba a aquel sitio. Al mirar arriba se veía la ropa tendida de los humildes habitantes de la morada, sus electrodomésticos baratos, sus tendederos con las pinzas puestas. Al bajar la vista, el panorama no era menos desolador. En el suelo había piedras y ruina, los restos de una obra inacabada. Había pinzas tiradas y un ambiente tan húmedo que respirar se hacía pesado. Aquello era un horror, pero Roberto y su tío Fernando actuaban con sincera normalidad, como si la casa fuera en verdad una buena oportunidad y estuviera limpia como los chorros del oro.

Al volver al salón, Federico se sentía desolado. Se preguntaba cómo demonios haría para vivir en aquel cuchitril infecto y no encontraba una respuesta convincente. De vuelta al salón, el arrendatario notó el silencio del arrendador y lo animó diciéndole:

-Con un poco de limpieza y un poco de vida, el piso parecerá otro.

-Sin duda, tito. Aquí hay un montón de espacio.

-Yo estuve viviendo aquí, ¿sabes? Pasé los mejores años de mi vida entre estas paredes.

Fernando barrió con una mirada nostálgica las paredes color crema. Federico no sabía si aquel color era por la pintura, por el paso del tiempo o por el polvo adosado a los muros. Se quedó unos segundos callado, sin decir nada. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y todos hicieron lo mismo. Aquello era bueno. Dio un par de caladas y paseó de un lado a otro de la estancia. En realidad podría llegar a acostumbrarse: si el tío de Roberto había podido sobrevivir, por qué no iba a poder él. La cocina estaba pringosa y sucia.

-¿Los electrodomésticos funcionan?

-Funciona todo.

-Y si algo no funcionara, mi tío te lo arreglaría, ¿a que sí, tito?

-Sin problema. -dijo tirando la ceniza de su cigarrillo al suelo.

-¿Cuánto es el alquiler?

Los tres dieron una calada sin pronunciar palabra. Llegaba la hora de la verdad. Federico esperaba no tener que regatear, desconocía los rudimentos de esa estrategia comercial. Fernando y Roberto se miraron fraternalmente y sonrieron al unísono.

-Sabes, Federico, -dijo Fernando- me caes bien. Me recuerdas a mí cuando era más joven. Cuando te he visto, he pensado que veía a mi yo de ventipico años, y ya han pasado casi veinte años de eso. Además, tu nombre se parece al mío y empieza por efe.

Roberto se preguntaba en qué acabaría toda aquella perorata, pero permanecía callado.

-La vida en Barcelona -dijo remarcando la pronunciación de las sílabas de la ciudad- es cada día más cara y es muy difícil encontrar una oferta como esta. La verdad es esa.

-Pero tito, aún no has dicho el precio del alquiler. No te pases, que Federico es amigo.

-Se están pagando setecientos euros por un sitio como este en Barcelona. -repitió.

A Federico se le cayó el alma a los pies. Setecientos euros estaba completamente fuera de su alcance y lo sabía. Entre el transporte, la comida, las facturas y su exiguo sueldo, no llegaría ni aún con las mayores estrecheces a cubrir el precio del alquiler. Fumó sin saber muy bien qué decir. Sintió como la tristeza se le derramaba por dentro de sí.

-Anda, ya, tito.

Fernando dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo del salón y lo apagó contra la baldosa marrón claro del piso. Su bota dejó un rastro de ceniza negra.

-Pero eres amigo de mi sobrino y, como te digo, me caes bien. Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad y quería comerme el mundo y ya ves… -Se metió las manos en los bolsillos como si pensara en los avatares de lo que había sido hasta entonces su díscola vida- Voy a hacerte mi mejor oferta. Y es mi oferta definitiva. No la cambiaré por nada.

-De acuerdo.

-Quinientos cincuenta euros.

-Es una buena oferta. -dijo Roberto. -¿Qué opinas tú, Federico?

Federico apagó el cigarrillo en la pica de lo que iba a ser su casa en los próximos meses.

-¿Tengo que dar algún tipo de fianza? -preguntó con inocencia.

Un pensamiento cruzó como un rayo el pensamiento de Fernando, quien no había pensado en esa posibilidad. Dio apenas un pestañeo, hombre acostumbrado a las decisiones rápidas que otorga una vida dedicada al consumo nasal de estupefacientes.

-Ciento cincuenta euros.

Federico reflexionó un momento. Le quedaban doscientos euros en la cuenta y dos semanas para terminar el mes. Debería comer con apenas venticinco euros la semana.

-¿Cuándo podría mudarme?

-Mañana mismo si quieres.

La perspectiva de abandonar la casa del gay tan pronto le parecía un sueño hecho realidad. Pagaría incluso con su propia alma por no tener que pasar más noches en aquel lugar asfixiante. Pensó en cuánto duraría las gestiones que debería hacer y dijo.

-El lunes, pasado mañana, me vendría bien. Siempre y cuando ya haya luz.

-Eso te lo arreglo en un momento. -dijo Fernando extendiendo una mano. Federico la estrechó mirándolo a los ojos y no pudo dejar de advertir una leve sonrisa pícara.

-Bueno, pues ya está. -Añadió Roberto. -Bienvenido al Carmelo, Federico.

-Muchas gracias, Roberto. -respondió agradecido con los ojos emocionados.

-Ya me lo devolverás algún día, no te preocupes. -respondió con verdadera alegría.

-Pues yo me voy, chavales. -dijo Fernando marchándose- Nos vemos el lunes, Fede. Os dejo las llaves por si queréis echar un ojo tranquilos. Ya me las traerás tú, Robe.

-Muchas gracias, Fernando.

-No hay de qué. Hay que ayudar a que los chavales jóvenes salgan adelante. Está la vida muy mala. -suspiró hondamente y las aletas de su nariz se ensancharon- En mis tiempos las cosas eran más fáciles. Había dinero para la gente como nosotros. Las pesetas…

-Bueno, tito, no te pongas sentimental. Nos vemos. -dijo Roberto echándolo.

Fernando se fue tan alegre como había venido. Se quedaron Roberto y Federico solos en la estancia que hacía las veces de salón-cocina. En el silencio se oían las voces de los vecinos que venían del patio de luces. Se mezclaban con los ruidos que provenían de la calle, justo al otro lado de la cancela. Federico paseó de un lado al otro sin rumbo fijo.

-¿Vamos a tomar otra cerveza para celebrarlo?

-Con esta operación financiera, casi no me queda dinero.

Roberto, poniendo una mano fraternal sobre su hombro dijo: -A la primera invito yo.

…

10. Rosas y vinagre

Antes de que llamara con dos golpes suaves a la puerta, había visto aparecer su silueta a través del cristal de la ventana. Traía el pelo suelto, como siempre que se ponía guapa. Aunque pleno otoño, vestía ropa ligera porque el tiempo aún era benigno. Llevaba los hombros desnudos y la rebeca en la mano. Federico se levantó del sofá donde fingía que miraba la tele y se apresuró a abrir la puerta. Martina entró en la sala como un rayo de sol. Sonreía y no decía nada. Caminaba despacio sobre las sucias baldosas polvorientas.

-Así que este es nuestro nidito de amor.

-Supongo que sí.

-Enséñame la casa.

Pasaron de una habitación a otra y en apenas dos minutos ya habían visto todo el espacio que ocupaba aquella vivienda sin cédula de habitabilidad. Al llegar a la cama -un colchón de 105 sobre un somier, sin cabecero- Federico esperaba que hicieran el amor. La abrazó por detrás y apartó su pelo lago que caía sobre su cuello, para besarlo.

-Te has alisado el cabello.

-Sí… -dijo ella estremeciéndose un poco y echando la cabeza hacia atrás mientras las manos de él recorrían su cuerpo delgado- ¿Te gusta? -la erección era ya una molestia.

-Me encanta. -dijo él sin parar de besarla. Sus manos empezaron a acariciar los pechos de Martina, lo cual era fácil porque llevaba una camiseta vapora de fina tela veraniega.

-Un momento, campeón. -Y se apartó bruscamente. Sonriente añadió -Hay que limpiar.

Sin poder creerlo, Federico bajó las manos que durante unos segundos se quedaron tocando el aire. Volviendo despacio a la realidad, miró a su alrededor. Era cierto. Hacía falta una buena limpieza en aquel lugar oscuro. Más que una casa, parecía una cueva.

Quiso objetar que salir era peligroso. Podían encontrarse con Roberto y, teniendo en cuenta que había sido hacía unos meses el amante de Martina, que había quedado como el amigo eternamente enamorado y dispuesto a todo por ella, y que, además, era Roberto quien le había conseguido aquel lugar a Federico por intercesión de su tío, salir a pasear por el barrio constituía un deporte de riesgo que quizá acabaría a garrotazos. No se atrevió a exponer sus miedos por no quedar como un cobarde. Decidió salir y

-Que sea lo que Dios quiera.

-¿Cómo? -dijo Martina que había encontrado en la cocina unas bolsas de plástico.

-Nada. ¿Estás lista? -dijo Federico con la mano sobre el pomo de la puerta.

-Yo siempre estoy lista, Ico.

Salieron a la calle cuando el sol de la tarde empezaba a desaparecer. Por suerte, el supermercado no se hallaba demasiado lejos de la vivienda, a apenas unos doscientos metros bajando, eso sí, una cuesta increíblemente pronunciada por donde subían milagrosamente los coches y hasta los microbuses, y por donde habrían de subir ellos luego con la compra a cuestas. Solo de pensarlo daba pereza, pero en fin, ya estaban bajando. Evitaban cogerse de la mano, como solían hacer, y hablaban animadamente como dos amigos que se han encontrado por casualidad en aquel barrio olvidado.

-¿Cómo te va en el trabajo?

-Muy bien. -Mintió él.

-Me alegro. Veo que te has adaptado bien a Barcelona. Ya llevas una buena temporada.

-Si no fuera por ti, todo habría sido mucho más difícil. -Se sinceró y ella sonrió por eso.

-Conmigo, todo es más fácil. Ya lo sabes.

-Tengo ganas de hacerte el amor. No me apetece pasar la única tarde contigo limpiando.

-No seas impaciente, Ico. Primero hay que dejarlo todo preparado para nuestro amor.

Ninguno de los dos había pronunciado las palabras clave y cada vez que salía el tema era de refilón, metafóricamente, entre líneas, como estaban haciendo en ese momento. Pero hacía tiempo que el corazón de Federico latía con fuerza por el de Martina, quizá desde el primer momento en que la vio, como ocurre siempre cuando eso se produce. Sin embargo, ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar esas dos palabras que los unirían, de alguna forma, a la eternidad del recuerdo mientras ellos dos vivieran.

Al llegar al apartamento con la compra, no perdieron tiempo y se pusieron manos a la obra. Llenaron cubos de agua tibia, echaron los olorosos productos de limpieza y las escobas fueron arrancando el polvo de años incrustado en el suelo. Pusieron música y abrieron las ventanas de par en par. Una brisa fresca, otoñal, penetraba en la casa suavemente, acariciando los brazos y el pelo de Marina, mientras Federico la miraba con arrobamiento. Ella estaba concentrada en una mancha del suelo que no terminaba de salir por más que la fregona pasara una y otra vez por encima, la frotase y volviera al agua oxigenada con friegasuelos. Llevaba el pelo recogido con una trenza y vestía unas mallas ajustadas, como su camiseta, que dejaba ver su silueta de bailarina y su escote generoso. Sus pechos penduleaban levemente mientras agarraba con fuerza el palo de la fregona, intentando borrar la impureza de aquel piso deshabitado desde hacía años.

A Federico aquella imagen le pareció de lo más evocadora. Llevado por un resorte, introdujo una de sus manos en el bolsillo derecho del pantalón de chándal que vestía y extrajo su teléfono móvil. Con un dedo tembloroso encontró el botón de la cámara sobre la pantalla y enfocó el cuerpo concentrado de Martina, sus manos agarrando fuerte el palo de la fregona y los mechones de su pelo temblando rítmicamente mientras frotaba.

-Mírame, guapa.

Martina salió de su concentración con cierto desconcierto, como si se hubiera despertado de un sueño, lo miró. Cuando vio que se proponía a echarle una foto, ella sonrió y se incorporó, agarrando el palo con su mano derecha, levemente apoyada en él como si este fuera el báculo de una sacerdotisa del amor que entonces encarnaba ella.

-Anda que no te gusta verme así, ¿eh?

-No puedes estar más guapa.

Era cierto. La simple imagen de ella vestida en ropa de andar por casa, haciendo las tareas del hogar, le parecía algo tremendamente sensual. Cuando la foto estuvo tomada, Federico se dispuso a enseñársela y ella se acercó para verla, olvidando el cubo de la fregona y la mancha inextinguible del suelo. El olor de su pelo lo embriagó por completo. Una de las manos de él rodeó la cintura de Martina y la apretó contra su cuerpo, dejándole notar a ella la erección que palpitaba insistentemente, llamándola.

-Salgo fatal.

-Sales perfecta. -dijo él abrazándola suavemente. Empezó a besar suavemente su cuello.

-Llévame a la cama.

Contra todo pronóstico, aquella primera vez en el apartamento, hicieron el amor despacio. Como si fueran una pareja de muchos años que se entiende a la perfección, que no tienen que demostrarse nada más que amor. Se tumbaron sobre el colchón con sábanas recién lavadas y se acariciaron fervientemente. Ella se quitó sola las mallas ajustadas que llevaba y él los pantalones. Se quedaron desnudos bailando al son de los abrazos y de los gemidos intermitentes que alguno de los dos emitía de vez en cuando.

El sexo de Federico parecía endurecido por la espera. Siempre en ristre, había dejado de palpitar pero se mantenía completamente firme como un mástil en el vacío. Martina sorbía uno de los lóbulos de la oreja de él y ambos se dejaban llevar por un placer extático. El cuerpo de Martina estaba cada vez más caliente a pesar de la brisa fresca que entraba por el ventanal del cuarto, por donde de vez en cuando se oía la voz de alguien que pasaba por la calle, dando la sensación de que estaban así desnudos en medio de la acera. Los besos de Martina iban bajando por el cuello pero se pararon.

-Quiero pedirte una cosa. -dijo ella bruscamente, como cambiando de tema.

-Pídeme lo que quieras. -contestó Federico sin prestar atención a lo que decía.

-Es en serio.

Fue entonces cuando él notó la rigidez de su cuerpo y la tensión en sus miembros, que se habían quedado quietos, como congelados. Se preocupó por un momento y su erección casi cimbreó un instante, asustado porque ella lo hubiera pensado mejor y quizá decidiera irse de aquella casa, de su casa, la cual le había conseguido Roberto, su examante y aún enamorado, quien hubiera vendido su alma por tal de pasar una tarde como la que Federico, a sus espaldas, estaba viviendo en el apartamento de su tío. O quizás se había rallado porque estaba lejos de su hogar, del barrio de casas ricas al cual ella pertenecía como hija de un catalán burgués que había hecho negocio con los tejidos en una provincia de lejana. Sin duda aquel nido de ratas no era digno de ella. O tal vez el problema era su pareja, el novio que tenía desde hacía tantos años, el cual no sabía nada de que Federico existía y a quien Federico obviaba su existencia, cada vez con más dificultad, como si se tratara de un fantasma o un elefante en una habitación llena de muebles de cristal de bohemia. ¿Así terminaba todo? Federico sabía que la respuesta podría ser que sí. Las cosas en la vida a veces terminaban de repente, como un sueño.

-Hace tiempo que quiero pedírtelo, pero no sé qué vas a pensar de mí.

-Martina, me estás preocupando. Suelta lo que tengas que decir. No tengas miedo.

-Prométeme que no pensarás mal.

-¡Qué voy a pensar!

Con el pecho tembloroso por la respiración entrecortada, Martina bajó un momento los ojos mientras un mechón de su pelo caía desde la frente hasta la punta de su pezón rosa.

-¿Cómo?- dijo Federico sin entender. Otras veces habían practicado el sexo oral, lo habían tratado con naturalidad, así que no podía ser eso lo que tanto la perturbaba.

-Ya sabes. -se puso completamente roja. -Eso. -cogió carrerilla- Me gustaría que…

-¿Has dicho eso?

-Sí. Me encantaría. Sé que es un poco raro pero…

La erección que hasta hace un instante amenazaba con caer cuan larga era, se alzó de repente como movida por un efecto milagroso, como aquellas palabras divinas que hicieron a Lázaro salir de su cueva y echar a andar. Otra vez Federico sentía la palpitación de su corazón allí abajo, como un reloj, tic-tic-tic-tic. Sonrió ampliamente.

-Nunca lo he hecho. Pero no me importaría probar.

-¿En serio? Yo te puedo enseñar cómo se hace.

-Pues tú dirás.

Se separaron un poco para que ella tuviera el espacio suficiente para moverse. Como estaban completamente desnudos, fue fácil para ambos moverse entre las sábanas. Martina se arrodilló sobre el colchón y se colocó al borde de la cama, con las pantorrillas y los pies en el aire. Sin dejar de mirar a Federico, con una expresión totalmente tomada por el deseo, se inclinó hacia delante, apoyándose en los antebrazos, haciendo que sus pechos colgaran rozando las sábanas. Arqueó la espalda y dijo:

-Ponte detrás de mí.

Federico se levantó obediente y un poco vacilante. Se puso detrás de la espalda de Martina y miró hacia abajo. Su sexo también parecía palpitar y se mostraba acuoso, un poco más arriba, se dejaba ver la negrura de otro agujero muy pequeño, hasta entonces casi invisible. Sin saber muy bien cómo proceder, Federico se inclinó sobre ella. Con ambas manos separó cada una de sus nalgas. Como desconocía por donde empezar, empezó a besar la distancia entre el coxis y el ano, suavemente, dejando que los labios lo fueran guiando hasta donde ella quería. Martina no decía nada y solo gemía con fuerza. De repente, Federico lo notó. Las piernas de ella temblaron de placer mientras una de sus manos guiaba la mano de él hacia su sexo, que había quedado olvidado en el aire. Ambas manos, la de él y la de ella, se frotaban contra la piel de Martina haciendo que esta casi ardiera. Cuando la boca de Federico estaba completamente mojada por el numen de su cuerpo, con la lengua agarrotada por el esfuerzo obstinado e inconsciente de aquel órgano exhausto, ella se apartó lentamente mostrando un temblor impaciente.

-Métemela ahora.

Sin decir nada, Federico obedeció y se introdujo en el cuerpo de ella con delicadeza. Por suerte, no fueron demasiadas las embestidas necesarias para que ella alcanzara el clímax durante tanto rato perseguido. Él se derramó dentro de ella como una lata de refresco que albergara más líquido que el permitido por las fuerzas de la física más elemental. Gimieron ambos casi ahogando un grito atávico y secular, saliendo de lo más hondo.

Cayeron sobre el colchón exhaustos. Las sábanas manchadas por las secreciones de sus cuerpos. Respiraban agitadamente mirando al techo sin ver la bombilla amarillenta que pendía de un pobre hilo de cable sobre sus cabezas, como una espada de Damocles.

-Dios mío.

-Me ha encantado.

-A mí también. Ha sido espectacular.

Se miraron a los ojos. Los olores empezaron a ocupar la habitación y a hacerse presentes. Ese era el olor del sexo: dulce, espeso, cobrizo. El olor del alma y las vísceras, el olor del cuerpo detrás de los productos aromáticos que lo esconden. Parecía que aquel aroma los hermanara, como si sus almas se hubieran conocido de antes y aquel hedor lo revelara ante ellos. Sin apartar la mirada, confiados la una en el otro:  

-Te quiero. -dijo alguien.

-Yo también. -respondió.

Ese era el olor del sexo, del amor, que huele a sangre y a sudores, a rosas y vinagre.

…

11. Ya me vendrá

Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

-Qué tal, Roberto.

No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

-Estoy vestido para estar en casa.

-Pero es sábado.

-Ya.

Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro del cinturón, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual comunista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

-No tengo plan.

-Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

-¿Cómo sabías que estaría en casa?

-No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía University y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

-Ya estoy.

La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll – La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y que se viera que aquella era una ciudad, un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la urbe y se la preparó para la llegada del mundo.

-¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

-Eran nidos de rata.

-Ya, ¿pero qué fue de ellos?

-Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

-Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

-Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo, y se culpó.

-Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

-Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonalds montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios el parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

-¿De verdad tenemos que ir por ahí?

A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

-Todo esfuerzo vale la pena.

-Si tú lo dices…

En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero las gentes habían encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para anidar en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan bendito.

Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas veinte personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la pronunciación imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

-Es imposible…

-Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas allí era amarilla que daban a la avenida plana un aire avejentado, separado el tiempo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

-Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

-No me vendría mal un bar ahora.

Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural, resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata, como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

-Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

-Estoy de acuerdo contigo.

Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces de neón que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

-Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable, dotado de una magia especial. Ahora no podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Aquella noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

-Tengo algo que decirte, Roberto.

-Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo un cigarrillo con la punta de otro que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía casi de dos paquetes al día sin miedo.

El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba El Pelat y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba sobre la música ambiente el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

-Este es el verdadero Carmelo, Federico.

-Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

-Voy a saludar.

Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedicó una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no. El alcohol, droga maldita y leal, absolutamente legal y normal en la sociedad del bienestar.

-Te he pedido una cerveza.

-Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el Paraíso.

-Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

-Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

-No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado y no lo supera…

-Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

-Si quieres te lo presento.

-Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

-No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado, pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

-De quién me estás hablando, tío.

-De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

-Verás, Roberto, Martina y yo…

-Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

-¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

-¿Tú te has visto?

Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

-Supongo que tienes razón.

-Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

-No lo has hecho, tranquilo.

-¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

-Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

…

11. La luz no se encendió

Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba el pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un caldo de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones escapistas de Federico.

Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas, que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse. Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era informático en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicaba siempre.

Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba su bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio habitualmente, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor invisible en la oscuridad.

-He visto que has hecho las maletas.

Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

-Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

-¿Dónde es?

-En El Carmelo.

-¿Cuánto pagas?

-Prefiero no decirlo.

-En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

-Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Ioan. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar nuevamente.

-Todo está en las mismas condiciones a como lo encontré.

-Todo excepto el olor asqueroso de tu tabbacco.

Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

-Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

-He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

-No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

Si la tensión se coloreara, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del tono del reproche y dijo:

-Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento tanto de haberte metido.

-Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo con una hostia para salir por fin de aquella casa.

-El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa, moviendo el culo. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta.

-Qué pasa con el tema de la fianza.

Serguei se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentaba no mirarlo.

-Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, unos mafias.

En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

-Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Cuídate.

El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

Ya en el ascensor, Federico comprobó su teléfono móvil. Había quedado en que Martina vendría a ayudarlo con la mudanza, pero le acababa de mandar un mensaje diciendo que no podía. Por un momento, se sintió desesperanzado, como si algo no estuviera bien.

El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca, su corazón quería sentirse optimista y ver, en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo. Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano, como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio, hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar y abrir la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría, pero por fin cedió. Al entrar en su piso, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó, pero como no estaban subidos los plomos, que debería buscar ahora, la luz no se encendió.  

…oooOOOooo…

Nota del autor: El próximo domingo continuará esta historia con su tercera parte. Hasta entonces te animo a seguir explorando este sitio en busca de otros relatos y novelas ya disponibles.

Un abrazo,

El Escribidor

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