Dos ángeles me han salvado

Como todo el mundo que está leyendo esto sabe, mi intención es, más pronto que tarde, pasar de la palabra en la pantalla a la palabra en el papel, es decir, trasladar mis textos de mi blog a un libro. Antes de iniciar esta aventura en internet, la de intentar ganar la batalla de la página en blanco todos los domingos publicando, al menos, un verso, un párrafo, una estrofa, un artículo, una historia, un capítulo, antes de eso, pensaba que ver un día mi obra entre dos tapas y un taco de folios sería casi una experiencia religiosa. Pero la disciplina del trabajo diario, durante dos años y medio de publicaciones dominicales ininterrumpidas, integrado este en la vida normal de un profesor de instituto y padre de una niña preciosa, esta labor desquiciada me ha dado un propósito nuevo: el de ver mi obra publicada en papel para ofrecerla a las personas como tú, que mágicamente han decidido gastar lo más valioso que tienen, que es el tiempo, aquí. Sé que para ninguno de los dos es fácil que estemos en este lugar, yo escribiendo y tú leyéndome, pero aquí estamos. En mi caso, a las tantas de la noche, enfebrecido por esta historia que te quiero contar: de cuando intentaron matarme y dos ángeles me salvaron.

He recogido algunas de las historias largas que han ido apareciendo aquí y las he integrado todas, las cinco, en un manuscrito que pretende ser algo así como una novela que explore las diferentes facetas del amor y el desamor de un hombre en el mundo de hoy. Repasé, por enésima vez, los textos y los encuaderné en una copistería de mi ciudad. Hice dos copias, que me costaron unos doce euros cada una, y me los traje a casa sin saber muy bien qué haría con ellas. Aunque sí sabía qué quería hacer con el manuscrito: además de ir enviándolo a concursos y a editoriales que lo aceptaran, también planeé hacerlo llegar a ciertos lectores ajenos a mi círculo íntimo, si podía ser con conocimiento en la materia por haber publicado ya. Mi cercanía al mundo literario me había hecho conocer a algunos escritores, escritoras y escritorzuelos, que quizá podrían orientarme a encontrar el mejor camino para publicar mi libro. Es decir, que a alguno les cayera la obra un poco en gracia y recomendaran Un corazón donde vivir a algún editor amigo, quien a su vez se ofreciera a invertir su dinero en mi prosa. Por otra parte, también buscaba la bendición de ciertas personas elegidas, un poco al azar, otro poco por el gran aprecio que siento por ellas. No lo mandé a muchos, a apenas cinco.

El primer envío fue dirigido al segundo mejor novelista de mi ciudad, con quien comparto una camaradería de chavales de barrio venidos a más gracias a la literatura. Me dijo que andaba escaso de tiempo, que tenía muchas cosas que leer y que escribir, pero que en cuanto tuviera un hueco se pondría con mi texto. Bueno, lo esperado. El segundo lo mandé a un escritor más consagrado, de literatura juvenil, el cual hacemos leer a los chavales. Sus obras me parecen buenísimas, y a los alumnos también. Tiene ya una edad y siempre rechaza venir al instituto donde trabajo a conferenciar porque no está ya para trotes. A mi largo correo electrónico, previo a haber descubierto en la lectura de uno de sus libros una referencia imposible de detectar a la película El tercer hombre, pese a este hallazgo prodigioso que en su momento aplaudió, me contestó diciendo que no iba a leer mi novela por una serie de motivos que se podrían resumir en: si me parece una mierda, temo que pueda hacerte daño. Yo lo entendí, pero no lo comprendí del todo. La tercera es una escritora que publicó un único libro en Anagrama y a quien conocí allá por 2018 colaborando para una revista digital que entonces ella dirigía. No obtuve ninguna respuesta a mi correo electrónico, así que, o bien no utiliza ya la dirección que yo tenía de ella —cabe decir que la revista está extinta ya— o bien ha decidido no responder ni para decir que no. La cuarta persona fue la que había sido en el pasado, hace unos tres años, mi mejor alumna. Una chica con un expediente académico excelente, no sólo durante el par de cursos de bachillerato, cuando le di clase, sino durante toda su etapa educativa. Ella, como yo, quiere ser escritora, y cuando decidan publicarla será mucho mejor que todos los escritores anteriormente mencionados, pero eso será otra historia. Mi exalumna, aunque infalible en sus análisis, me tiene estima, así que también buscaba un poco su bendición y descubrir en sus buenas o disimuladas palabras si la obra la había llegado a gustar o no. Por supuesto podría no leerla y yo, en ningún caso, dejaría de apreciarla y de considerarla una genio.

Me faltaba una persona para completar el envío de manuscritos y me hallaba con las dos copias en papel en mi casa sin saber muy bien qué hacer con ellas. Se me ocurrió contactar con un escribidor de mi ciudad, de quien tengo un libro de relatos en casa que comencé, pero que no logré pasar del primero. El hecho de habérmelo encontrado en un acto sobre Lorca en Tarragona hizo que se me ocurriera que podría ser una buena idea darle una copia del material, para que me dijera qué tal y me diera, si fuera posible, su bendición de viejo versado en las lides de las publicaciones pequeñas, aquellas que tienen poca tirada y que nunca pasarán de una (in)digna y agradecida primera edición.

Nos citamos en un bar y le entregué una de las copias del manuscrito. Estuvimos hablando un rato con muy buenas palabras sobre nuestros proyectos. Me interrogó exhaustivamente sobre qué pensaba hacer con el libro y yo le conté lo que hasta ahora te he contado a ti, dando los nombres de algunas personas que él también conocía. En fin, me hizo sentir en casa, seguro de estar en buenas manos. Así se lo hice saber, que le hacía entrega de un trabajo de prácticamente dos años, que para mí aquellas páginas encuadernadas en una copistería eran como un bebé de teta y que, aunque podía aceptar que no fuera bueno, quería que las primeras manos que lo tomaran fueran las de alguien ajeno, pero en quien yo confiara, para que la obra neonata empezara a vivir. El hombre, de cara regordeta y amable, con ojos pequeños y risueños, se la llevó a su casa la mar de contento y me dijo que en un par de semanas ya la tendría leída y me daría su visión. En brazos de la admiración que siente le alumno frente al maestro, me sentí afortunado.

Justo al llegar a casa, revisé mi correo electrónico. Precisamente mi exalumna me había escrito diciendo que en el documento adjunto me pasaba lo que llevaba de “análisis de la obra”, pero que le había llevado demasiadas horas escribirlo y que, de ahora en adelante, la respuesta a la lectura que me daría sería más escueta, porque carecía de tiempo. Debo reconocer que, a priori, me asusté. Temiendo que de su análisis, el cual sería certero seguro, mi libro no saliera bien parado, no osé abrir el documento. Decidí esperar al momento oportuno para hacerlo y contestar su correo agradeciéndole de todo corazón lo que había hecho por mí, fuera cual fuere el resultado de la analítica.

Pasó el puente y, al término de unos pocos días de lluvia infernal, me escribió mi amigo el escribidor. El tipo quería verme lo antes posible y no me daba más información. Agendamos un día y volvimos a vernos en el mismo bar donde, no hacía ni una semana, le había entregado el mamotreto de 360 páginas en formato DIN-A4, interlineado 1,5. ¿Podría ser que ya lo hubiera leído? Tiempo tenía, la verdad, estaba jubilado desde hacía años, aunque desconozco si llegó a trabajar alguna vez, porque nunca me dijo a qué se había dedicado en su vida profesional. De hecho, sabía poco de él, yo de hecho lo conocía por mediación de un compañero de trabajo, también escribidor, que me tiene dicho que lo saque en mi blog, así que aquí lo dejo. El caso es que el tipo me esperaba en la misma mesa donde nos habíamos encontrado. Su oronda figura removía un café con leche en una de las mesas junto a la barra donde estaban, demasiado cerca, los mismos camareros que habían escuchado toda nuestra peculiar conversación la semana anterior con un silencio atento. Lo primero que vi fue que sobre la mesa tenía, a un lado, mi manuscrito, tocando la pared del local, lo más alejado de sí que podía. Nos saludamos, intercambiamos la típica charla protocolaria y, sin soltar la cucharilla, dijo:

—Bueno, Ricardo, pues aquí tengo unas anotaciones a tu libro. —No sé si dio un sobro a su descafeinado, pero diremos que sí para darle ambiente. Cuando terminó, con voz engolada y aguda, añadió— No lo he leído todo, he leído una parte porque el tiempo…

En ese momento dejé de escucharlo. El tipo seguía hablando y yo intentaba seguir el hilo de su conversación, pero a la realidad del mundo se le había caído una pestaña y yo estaba intentando comprender lo que estaba pasando. No había leído el libro, pero no hacía ni una semana que se lo había dado, a pesar de todo, me había citado, había traído el texto, que comenzaba a manosear, sin todavía abrirlo, y me decía que no tenía tiempo.

—Vaya, —dije agarrándome con el culo a la silla todo lo que podía para no caerme— Claro, el tiempo es lo más valioso que tenemos, sí. Veo que no te ha gustado, bueno…

—No, no, Ricardo, mira, sí, no, pero, escúchame… —En ese momento, sentía la mirada de los camareros sobre mi cogote. Gracias a la proximidad de la mesa que él había escogido, los camareros de camisa blanca y pelo del mismo color nos oían perfectamente— El problema de libro, bueno, tiene varios, los he apuntado aquí— Sacó un papel— y también he ido haciendo mis anotaciones —Entonces abrió el manuscrito y Dios quiso que no lo matara. En tinta roja, como el que corrigiera una redacción, había emborronado, rayado, apuntado con saña, lo que a su genio le había ido pareciendo, imposibilitando, a futuro, que pudiera entregar el texto a otra persona para que lo disfrutara. Yo, la verdad, no le había dado indicaciones en este sentido, quizá habría estado bien decirle que si apuntaba algo, lo hiciera en lápiz, como hago yo en mis propios libros. Pero no, el tipo había reunido el suficiente arrojo para ensuciar los tres primeros capítulos con tinta, haciendo imposible su reaprovechamiento en otra lectura.

Cuando la sangre volvió a fluirme por el cuerpo y los oídos me dejaron de zumbar como si me hubieran dado una cruel e inesperada bofetada, conseguí recuperar conciencia de la realidad. En un silencio que produjo su verborrea, lo único que me salió decirle fue:

—Bueno, te lo agradezco igualmente. Sé el trabajazo que te ha llevado hacer esto, ¿me permites? —y le tomé la novela, mi bebé, entre sus manos, y me lo quedé en mi lado de la mesa, herido casi de muerte, por lo menos, lo que tenía este de “libro” lo creía inservible. Empecé a hojearlo, viendo las “correcciones” que el genio había excretado de su pluma, temiendo encontrar errores imperdonables que se me habían pasado. La verdad, me tranquilicé un poco. Lo que había apuntado eran tonterías, las palabras que me sugería me parecieron banales y librescas, hojarasca del que se cree con léxico porque no dice palabrotas y habla como si tuviera una pelota de golf por nuez. No encontré, por tanto, errores graves que se me hubieran pasado. Mi estilo, como a mí el suyo, no le gustaba. De todas formas, respiré y añadí. —Te lo agradezco enormemente.

—Como ves, hay muchas repeticiones, muchas comas, muchas cacofonías —repitió esa palabra, que a él le debería sonar como a caca, para insistir en que mi trabajo de dos años le había parecido eso, una soberana mierda. —¿Me dijiste que le habías hecho llegar el manuscrito a …(nombre de escritor)…? Yo creo que te has precipitado. El texto necesita guardarse en un cajón, necesita trabajo, y volver luego y verías que no… no…

Por hacerla corta, el tipo me estaba machacando, delante de los camareros, de todo el que pasara por allí a escuchar cómo regañaba al imbécil que tenía delante, que era yo, y no supe muy bien qué hacer. Me quería ir pero, al final, había sido yo quien había provocado ese lío, quien le había pedido el favor a la persona equivocada. En ese momento no podía pensar con claridad, no sabía, no encontraba la manera no ser maleducado con alguien a quien yo le había pedido un favor y me lo estaba “haciendo”.

—Bueno, mira, (nombre del tipo), no voy a defender el texto. Si has visto todo eso, sólo me queda darte las gracias y decirte que siento mucho haberte hecho perder el tiempo…

Me hubiera ido en ese momento, pero aún me quedaba más de media hora de consejos y anécdotas para la grandeza del maestro y del poco talento del aprendiz, para que las oyera yo y el público allí presente, que recordarán esa tarde aburrida en el bar Motoclub como anecdótica. El resumen de su argumentario lo había oído ya en muchos otros intelectuales. Básicamente, consistía en decir que el talento era algo que muy pocos tenían, que no valía la pena esforzarse tanto si no se nacía con él don, que andar escribiendo tantas páginas era absurdo, que los textos exigían mucho trabajo de estilo, que había que encontrar una voz propia, no copiar, no caer en los tópicos, ser original, ser muy original, y ser breve, lo bueno si breve… como los clásicos, porque como dijo Borges… En fin, podría haberse ahorrado la media hora que tardó en ensuciarme las páginas de mi libro. Poco a poco, me fui hartando de otro mezquino amargado de la literatura, que por no haber conseguido nada, trataba a los demás como lo tratan a él.

En el transcurso de la conversación, conseguí colocar dos mensajes entre su perorata. El primero fue que no estaba de acuerdo en lo del talento nato para escribir, porque es como si sólo pudieran tener derecho al amor los que son rubios, altos y con ojos azules. Yo creo que no, que cualquiera, si tiene corazón, tiene el deber y el derecho de buscar el amor, así también los músicos, pintores, artistas o escritores que quieran buscar a su obra. La siguiente idea que le inoculé es que, para escribir prosa, es necesario sentarse delante del aparato, muchas horas, y darle a las teclas. Desconfío absolutamente de los escritorzuelos van con dos deditos y mirando el teclado. Si no dominan el instrumento, ¿cómo van a capturar las ideas que, a veces, se cruzan a la velocidad del relámpago? Bien es verdad que luego hay que corregir, pero también hay que trabajar, y el esfuerzo siempre vale. -No comparto esa visión de que el arte es para unos pocos elegidos.

Llegados a este punto, el hombre decidió dar por zanjada la velada literaria. Nos levantamos. Se ofreció a pagar los cafés, pero por supuesto se lo impedí, y salimos a la calle. Ya entre nosotros, sin la presencia del selecto público que me miraban riéndose por debajo de la nariz mientras apoquinaba las consumiciones, se tranquilizó y me dijo:

-Has dicho antes que eres de Constantí y que la literatura te ha llevado a muchos sitios.

-Así es. Leer me ha salvado la vida muchas veces. Me ha dado una profesión que amo…

-Mira, yo no pasé del bachillerato elemental, aquí donde me ves…

-Bueno, intento ser humilde, y nunca juzgo a las personas por sus carreras. Hay tontos con título que son estúpidos y gente sin titulación cultísima. Ser humilde es difícil pero…

-…Pero sí que hice un máster en la universidad sobre guion cinematográfico. Muy bien.

Nos despedimos, probablemente para siempre, y me fui a por el coche con mi manuscrito llorando en mis brazos. Todavía no se me había pasado el aturdimiento, pero conseguí llegar a mi casa como un autómata. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no la vi venir? En fin, estaba confundido y cada vez más dolido. Entendí ahora las palabras del segundo escritor, quien había tenido miedo de leer por decirme que fuera una mierda de libro. Pero el mal ya estaba hecho y, puestos a morir, como había pretendido que hiciera con mis pretensiones de escritor el otro escribidor, que había aprovechado mi confianza para machacarme en un bar no hacía ni una hora, decidí abrir por fin las entradas del correo y afrontar mi aciago destino. Encontré el correo de mi exalumna y lo abrí. Como estaba tranquilo en casa, mi mujer y mi hija no estaban todavía, descargué el análisis de mi alumna, dispuesto a que ella hubiera encontrado tantos o más defectos que mi anterior interlocutor. Fue imposible leerlo en su totalidad. Eran nada menos que 45 páginas de análisis exhaustivo y llegaba, más o menos, a la mitad de la obra. Había extraído párrafos que le habían llamado la atención, hecho inferencias, descubierto referencias, añadido consejos o sugerencias, en fin, una obra de arte que un día tendré la oportunidad de utilizar como prólogo. Pero en ese momento, estaba tan chocado que no podía más que ir posando los ojos y consolándome, mientras la opinión amable de mi ángel, excelente en lo académico como también en lo humano, me iba insuflando un poco de vida, la justa para seguir respirando después de que me derribara el empujón brutal de un sátiro. A pesar de todo, son las críticas malas las que más escuchamos, y he andado muy dolido hasta llegar a este momento, cuando me he levantado de la cama a escribir este texto, ahora que todos mis seres queridos duermen. Lo que me ha hecho levantarme de la cara ha sido revisar, otra vez, las entradas del correo electrónico y encontrar un mensaje nada menos que de la madre de la chica a quien le envié la historia, quien me escribía, profusamente, pero en un correo, su humilde opinión, que no compartiría con su hija hasta que esta terminara de leer la obra. Resulta que se había leído el libro del tirón, en lo que había durado el puente, y me contaba cómo aquellas historias de amor/desamor la habían hecho sentir, reflexionar, en fin, leer y vivir.

Recibí, por parte de esta lectora, la bocanada de aire que tanto anhelaba, que necesitaba, para seguir en pie, luchando contra la página en blanco y sacando de ella historias de la vida, tan reales y vívidas, que se diría que son tan de verdad como en una buena novela.

Cuando estaba en lo más hondo, a punto de desfallecer y mandarlo todo al garete, dos ángeles me han salvado de la mezquindad del mundo. La vida tiene estas cosas, que me hacen pensar en la existencia de una realidad que no entendemos, pero que sí podemos relatar de forma más o menos coherente. Además, ellas me regalaron la historia de hoy.

Por salvarle la vida a este narrador, les doy las gracias. Prometo mandarles un ejemplar.      

FIN

…oooOOOooo…

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