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  • Efímero amoR en Roma eterna

    Efímero amoR en Roma eterna

    I

    Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.

    Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.

    El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.

    Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.

    Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.

    Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.

    Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.

    Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.

    Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.

    Había una tienda de campaña verde-militar y dos militares con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.

    Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.

    Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.

    Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.

    La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.  

    Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.

    Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.  

    Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.

    Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.

    Y solo era el principio.

    II

    Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.

    Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.

    Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.

    Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamó la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo principal. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.

    Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.

    Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.

    No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.

    Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.

    Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.

    Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.

    Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.

    Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.

    Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.

    Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad vieja, del amor en la Roma eterna.

    III

    Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.

    Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.

    Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.

    Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.

    Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.

    Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.

    Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.

    Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.

    Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.

    Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia no me dejó.

    Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.   

    Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.

    La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.

    Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante. 

    Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, y como el amor: eterna.  

  • Todo es ficción en realidad

    Todo es ficción en realidad

    Manuel Pérez Montalbano se pregunta, otra vez, por qué. Será por la bebida, por las comidas copiosas, por los lejanos años de tabaquismo. Seguramente, aunque hay muchos otros tipos que llevaron una vida peor y vivirán más que él; y otros que cuidaron la salud como una moneda de oro en paño y la perdieron en un accidente fatal, la vida es así, y él lo ha dejado escrito mejor que nadie. Es el rey de la ficción española.

    Ha llorado, pero no mucho. La educación castrense de una infancia en el primer franquismo le ha enseñado que los hombres no lloran. Así ha vivido y así terminará, no hay más remedio. Quizás por nostalgia, rememora aquellos años y no le parecen tan malos, sobre todo en comparación con este nuevo milenio que él no verá más que nacer. Piensa en que pronto llegará el fin del mundo, y luego reflexiona sobre si desea el fin de los tiempos porque es en realidad a él se le acaba el tiempo. Ríe solo en su cuarto.

    Se levanta del sillón y se acerca al ventanal. Cae la tarde del otoño y el cielo está precioso en Bangkok. Si bien abril es el mes más cruel, octubre es el más duro, quizás es el último octubre. Obligado por un prurito de ateísmo, no ha caído en preguntarle por qué largas horas al cielo, como si su Dios agnóstico no le permitiera la esperanza de la eternidad. Un escritor es alguien que cuestiona y crea la realidad, que pasa muchas horas con seres inexistentes que claman verdades solo posibles en la ficción. Ellos saben la verdad no sospechada que existe detrás de la aparente realidad. Se oyen unos pasos a su espalda. No tiene que girarse para saber que ya ha llegado José Carvajal.

    -Aquí estamos, Manolo, en los mares del Sur. ¿Recuerdas aquellos años?

    -Cómo no. Aquella fue una buena época para nosotros. Ganábamos millones.

    -Sobre todo para ti. A mí me pintaste como borracho y putero. Es decir, me colgaste tus defectos y me utilizaste para estilizarte en mi figura delgada y fibrosa. Cuando tú, mírate, sólo eres un gordo fofo borracho y putero. Además, eres un hombre casado.

    -Solo eres un personaje y sin mí no existirías en el mundo. Ahora eres una especie de Quijote, muchos pensarán que fuiste de verdad, y lo cierto es que exististe en la ficción. Tus pasos dejarán huella en la realidad de esta vida. Agradécemelo, simple fantasma.

    -Existí para ti y te di mucho dinero. Ambos sabemos en qué lo malgastaste.

    Manuel guarda silencio. Hace tiempo que no se deja crecer el bigote. Recuerda la época dorada, cuando el detective José Carvajal, cuando era el escritor más vendido del país y parte del extranjero, cuando las duras teclas de su máquina de escribir acotaban la actualidad en sus columnas de La Vanguardia. Aquello pasó, como advirtieron los clásicos, y de aquellos años de oro solo queda el cielo dorado del otoño en Tailandia.  

    -A qué has venido, José.

    -Solo quiero advertirte de lo que pasa.

    -No me digas. Ya sé que el fin está cerca. Seguramente llegue pronto. Déjame disfrutar de esta tarde preciosa, de esta luz mágica. No quiero ver a nadie, solo vivir mis horas.

    -Nos olvidarán.

    -¿Quienes? -Entonces Manuel se gira. Lo ve sentado en el sillón de cuero que él ocupaba antes de haberse levantado para acercarse al gran ventanal, que inunda con luz amarilla la sala. Carvajal está fumando un cigarrillo y bebiendo un vaso de vino blanco.

    -¿De dónde has sacado el vino?

    -Lo he traído yo. ¿Quieres una copa? Es tu preferido. -Carvajal iba arrancando las páginas de un libro grueso, Independencia de Javier Cercas, y las iba echando en la hoguera que ardía con una lumbre amable. En la habitación no hacía ni frío ni calor.

    -No me apetece. 

    -A mí no hace falta que me engañes. -Preparó una copa y se la tendió. El líquido frío y verdoso resplandecía en medio de la sala. -Esta será nuestra última copa. Date el gusto.

    Manuel cogió el vaso y volvió junto a la ventana. La tarde parecía detenida, la oscuridad parecía no atrever a ocupar su lugar en el cielo y el ambiente era cálido y amable. Se sentía feliz, capaz de afrontar cualquier eventualidad. Como cuando escribía en éxtasis y el teclado de la máquina sonaba como una metralleta que hería el papel sin romperlo, como cuando se transformaba en Carvajal y nada era imposible a través de su personaje.

    -Escribir envejece, sabes. Yo te he dado parte de mi alma y ahora vienes a sentarte en mi sillón a beberte mi vino y a amenazarme con noticias fatales. La muerte se está fumando mis cigarrillos. Me das mucha lástima, José, eres un desagradecido. Yo soy tu Dios y merezco un poco de respeto por tu parte.

    -¿Y qué respeto le tienes tú a tu Dios?

    -El mío no existe.

    -¿Acaso existes tú?

    Montalbán hace un gesto cansado. -Los dos hemos leído mucho, demasiado. No me aburras con tu cháchara unamuniana sobre lo que existe y lo que no. Márchate y déjame disfrutar de la tarde, o cállate y disfrutemos los dos del vino y del silencio que se cierne.

    -Van a olvidarnos, Manolo. Todo lo que hicimos, todo lo que les dimos, no servirá de nada. Dentro de veinte años ya nadie sabrá que un día recorrimos las calles de esta maldita ciudad resolviendo entuertos, amando putas y cerrando bares. Tierra. Polvo.  

    -¿Quiénes van a olvidarnos? Por primera vez te expresas con torpeza, no te entiendo.

    -Sí me entiendes.

    -¿Te refieres a los lectores?

    -A quién si no.

    -Creo haber dejado un legado lo suficientemente importante como para ser recordado por siempre. Mis libros, mis artículos, las conferencias que pronuncié… eso quedará para la historia y siempre habrá alguien que me reivindique como lo que soy.

    -¿Y qué eres?

    Dudó un momento. -El mejor escritor de novela negra que ha dado la lengua española.

    -Tu orgullo no me sorprende. Pero ya te adelanto que nos olvidarán. Dentro de veinte o treinta años solo quedará un tipo cualquiera dibujándote en uno de esos ordenadores de ahora, contando una historia apócrifa de lo que nosotros fuimos, inventándonos sin rigor histórico. Sólo seremos el caldo gordo de una historia que nunca sucedió: la nuestra.

    -Habrá biógrafos y especialistas, gente versada en el tema. Como aquel joven granadino, el que se casó con aquella gorda…

    -García Montero.

    -Exacto. Gente como esa contará nuestra historia.

    -Sabes que los críticos literarios mienten más que los escritores. Se quedan con lo superficial y no con la esencia. Pero incluso esos te olvidarán, somos demasiado puteros y demasiado borrachos para los cánones del nuevo milenio. Nos callarán por fascistas.

    -Pero si siempre fui comunista, de los de carné. El mundo lo sabe.

    -Eso les dará igual. No lo verás, pero es así.

    Manolo suspira y vuelve a mirar por la ventana a la gran ciudad, la cual abarca desde su ventana porque vive en una zona alta. Mira los edificios y el trazado rectilíneo de las calles, observa las nubes detenidas cruzando el cielo, un hilo de cobre dibuja su contorno sobre el cielo dorado de una tarde imposible a aquella hora. Le parece ver su Barcelona natal, donde ha vivido toda su vida soñando con el Sur de Gauguin. Y ahora está allí para morir en su seno. De verdad que de esos millones de personas no quedará nadie que lo recuerde en unos años, se pregunta. ¿Confundirán su persona y su legado? ¿Será el mismo Pérez Montalbano al ser evocado? ¿Será solo la sombra de una ficción?

    -Sé que mientes, pero entiendo lo que quieres decir, y probablemente tengas razón.

    -Tengo razón.

    -Pero qué más da, Carvajal. Qué importa que tú seas real y yo ficción, o que sea al revés. La gente anda por el mundo creyendo que todo está atado, pero saben que se equivocan. No lo entendemos, aunque intuimos la verdad del engaño. Tú eres más real que muchos seres humanos, y mientras alguien te lea, vivirás, me sobrevivirás.

    -No mucho más que tú.

    -A Góngora no lo olvidaron.

    -Polvo. Sombra. También a él lo olvidarán.

    Manolo apura el vino de un trago. Mira a la tarde detenida en la ventana y luego busca sus ojos en el reflejo del cristal, pero no lo consigue. Solo puede mirar a Carvajal que lo observa fijamente con un último sobro de vino en la copa. Se da la vuelta.

    -Y qué más da. Que nos olviden. Todo está bien así. Todo es vanidad. Todo es ficción en realidad.

    -Parece que ya lo entiendes. -José Carvajal se levanta. -Este es la última vez que nos veremos. Lo hemos pasado bien, viejo. Lástima que el viaje termine tan pronto.

    De repente toda su seguridad se vino abajo y el cielo de la tarde, a pesar de seguir siendo dorado, brillaba con una intensidad oscura. La sola idea de que Carvajal se fuera y lo dejara solo, en esa habitación, en aquel momento, lo horrorizaba.

    -¿A dónde vas ahora? Quédate un poco más. Podemos tomar otra copa.

    -No podemos.

    -Pero es temprano.

    -No es temprano ni tarde. -Dijo el detective con una media sonrisa. -¿No te has dado cuenta que durante este rato el sol no se ha movido? Resuelve tú solo este misterio.

    Manuel se gira. -No puede ser. -Comprueba que en efecto es así: nada se mueve en la ciudad, no pasa un alma por la calle, ni un coche. El mundo está detenido desde que se levantó del sillón y llegó Carvajal. -¿Estoy dormido? -Y el mundo nunca se detiene.  

    -Según como se mire, quizás estás despierto. Pero si estás dormido, ya no despertarás. -Abre la puerta de la habitación. -Hasta siempre, Manolo. Lo hemos pasado bien.

    -Espera un momento.

    -Nada.  

    -¡No! ¡Detente! Aún no hemos terminado. Si estoy aquí eso significa… significa…

    Sale Carvajal y cierra la puerta tras de sí. Torpemente, Manuel lo sigue y acciona el pomo, solo para comprobar que esta no se abriría. La luz brilla con más intensidad.

    -¡No! ¡No! ¡No puede ser!

    Se da cuenta de que no puede ser de otra manera. Siente miedo, llora de rodillas, reza.  

    -Hijos de puta… Hijos de puta. -Dice mirando la realidad ficticia, que pronto se borraría.

  • La esperanza es lo último que se pierde

    La esperanza es lo último que se pierde

    Me gustan las peluquerías de barrio. Esos lugares donde cuelgan fotos de jóvenes de los años noventa con flequillos y tupés. Suelen ser sitios tranquilos donde el dueño, un señor a mediados de sus cincuenta, trabaja y habla según el momento. A la que voy yo es de este estilo y siempre recibo un trato excelente a un precio ridículo. Prefiero estos lugares con historia antes que las barbas hípsters y camisas apretadas. Una vez probé la experiencia en uno de estos lugares modernos y tuve que ir a repasarme el corte porque parecía un joven punki con cresta, que una vez podría haber sido, pero no en mis treinta.

    Las peluquerías de barrio son, además, lugares con historias, donde también hay espacio para la alta filosofía si uno tiene los oídos abiertos. Constituyen los rincones como mi peluquería los últimos espacios de masculinidad, donde se reúnen los hombres para tratar sus asuntos baladíes. En general, viejos que van a afeitarse o a pasar el día. Me gusta escuchar a esos sabios, por si tienen algo interesante que aportar después de haber vivido y haber alcanzado una edad provecta, aunque hablen con faltas de ortografía.

    -Si lo llego a saber, no hubiera hecho nada.

    -Ya. Los jóvenes no saben lo que hay.

    Levanté la vista de la desgastada Interviú que estaba hojeando. Se trataba de un especial de la revista que celebraba un aniversario honroso y quizá su próxima desaparición, como ocurriría pocos números después. No hay espacio en este siglo para las revistas con tetas y artículos de novela negra en los establecimientos públicos, excepto si son lugares olvidados de la mano de Google, como la peluquería de don Francisco.

    El peluquero no decía nada. Se limitaba a seguir repasando al señor que había iniciado la conversación desde un silencio de más de cinco minutos, el que había empezado desde mi entrada al establecimiento y que se había iniciado con un “Buenos días”. El dueño se limitaba a escuchar y a hacer su trabajo en silencio, mientras el acompañante del orador, otro señor mayor que hacía las veces de contrapunto, estaba en una silla a mi lado. A partir de ese momento solo prestaba atención a la revista al ver algún torso.

    -Yo no hubiera tenido hijos.

    -Yo tampoco.

    -Pero los habéis tenido. -Repuso el peluquero, que ya no podía aguantarse las ganas de intervenir. -Y vuestros hijos han tenido hijos. Ya sois abuelos los dos.

    -Ya, pero ahora que sé lo que hay, no los hubiera tenido.

    -Yo tampoco.

    -Cuando uno es joven, -siguió el filósofo- tiene… esperanzas.

    -Claro.

    La Esperanza fue el único espíritu que no liberó Pandora de la caja. Nunca entendí que la esperanza estuviera con el odio o el miedo. Las palabras de los ancianos me hacían pensar en que quizá fuera una pista del misterio ese dolor sólido y rugoso que se traslucía de aquellos ojos con cataratas, que yo veía a través del gran espejo de la pared.

    -Una vez fuiste joven y creíste. -Moderó el dueño mientras abría y cerraba las tijeras.

    -Sí. Trabajé toda mi vida, compré una casa, tuve hijos. Total, ¿para qué?

    -Pues para tenerlos. -Insistió.

    -Claro. -Dijo el otro.

    -Si lo llego a saber no los hubiera tenido.

    -Eso es así.

    Algo había pasado en esa familia que al hombre le hacía decir aquello, pensaba yo. Quizá sus hijas no le hablaban porque era tenía mal carácter -simpático no parecía- y no le dejaban ver a sus nietos. O simplemente estaba viudo y solo en un piso y su parentela no podía hacerse cargo de él. A lo mejor había llegado a esa conclusión después de mucho reflexionar sobre metafísica. Resultaba impactante decir eso al final de una vida. ¿Me pasaría a mí lo mismo? ¿Les pasaba lo mismo a todos? Me preguntaba en silencio.

    -Conforme cumplo años, como vosotros, -intervino el esteticien- me pasa lo mismo. Pienso en si todo lo que he luchado ha valido la pena, si, total, para qué. Es un sentimiento que uno entiende cuando llega mi edad, pero cuando se es joven… se es joven. ¿No te acuerdas tú de cuando eras joven?

    -¡Vamos! -Sonrió el viejo levemente, la primera vez que lo hacía en su intervención. Un leve brillo en sus ojos nublados. -Cuando yo era joven, ¡podía con todo y más!

    -¡Claro! -Dijo el otro señor mayor, con la misma actitud que su compañero.

    -Pues eso.

    Ahí quedó. Sin más conclusión que esa, la cual los tres parecían comprender a la perfección y yo solo a medias. No me atreví a preguntar, a buscar explicaciones. Tampoco a contraargumentar que posiblemente estaban equivocados, que hablaba su nostalgia y no ellos, que les hacían falta proyectos e ilusiones para despertarse por la mañana con ganas de vivir, con ánimo para seguir hacia delante, con esperanza.

    -¿Pero para qué? -Dijo uno de ellos en mi cabeza.

    El peluquero terminó su trabajo. El señor pagó y los dos ancianos se levantaron y salieron al sol oblicuo de la mañana. ¿A dónde irían aquellos dos? Seguramente a seguir su rutina de siempre: el bar, el banco, el sol, la brisa, la conversación intrascendente y el deseo de trascendencia. Con todo el tiempo del mundo y sin espíritu para nada. No hubiera dicho que eran dos viejos tristes, simplemente aceptaban, espartanos, la vida.

    -Ya puedes pasar. -Me dijo el dueño con la cabeza. -Estos viejos son de lo que no hay. -Dijo sonriendo.

    -Vaya.

    -Demasiando tiempo para pensar.

    -Claro.

    -En fin, ¿cómo lo quieres? ¿Como siempre?

    Y el día siguió su curso habitual de fin de semana. Seguí con la rutina y los proyectos propios de un hombre en la treintena, pero con una pregunta fundamental: ¿Acabaría yo también como aquellos viejos, arrepintiéndome de la vida que ahora estaba haciendo? La respuesta no la sé, pero a partir de entonces vivo intentando que no sea así.

    Tengo esperanza porque, como demuestra el mito griego, “Es lo último que se pierde.”

  • En el umbral

    En el umbral

    Les presento una historia de terror que tiene como protagonista a mi estimado autor de horror, Stephen King. Si alguna vez me hubiera gustado escribir como alguien, sin duda sería como él escribe. Habrá tiempo en este espacio de reivindicar a este escritor, pero hoy vamos con la historia.
    Este relato está basado en hechos y personajes reales, pero algunas partes se han ficcionado porque no pretendemos hacer una biografía, sino una historia de terror-horror que ustedes disfruten.
    Espero que lo hagan tanto como yo cuando he devorado los libros del gran SK.
    Feliz Semana de Halloween allà donde se encuentren. Un abrazo de su
    Pobrecito Escribidor

    Suena el despertador y Steve ya está despierto. Su mujer aún duerme. Va de camino al trabajo. Conduce por la carretera. El paisaje es desolador a esa hora de la mañana, la radio suena y escupe noticias. Es 1971. No le gusta ese trabajo. Su mujer está embarazada. Tiene problemas. Es un joven profesor de lengua. Lleva barba. Bebe alcohol por las noches. No tiene un duro. No sabe cómo va a pagar las facturas.

    Casi no conoce a los alumnos. El señor Stuart se ha enfermado. Tendrá trabajo para el resto del curso. ¿Debería estar satisfecho? La clase transcurre en la biblioteca. Hay una alumna que no trabaja. Está pintando sobre un folio. Los alumnos arman jaleo. Nadie lo escucha ni le hace caso. Se estresa, hay mucho ruido en el ambiente y le duele la cabeza.

    Diablos, odia ese trabajo. Recuerda a su gato. Coge al gato por el cogote y lo estruja. El animal abre las fauces, saca los dientes, emite un bufido largo y amenazador, espera su oportunidad. Le recuerda a una entidad diabólica, a un demonio de baja estofa. No sabe por qué piensa en eso mientras pasea por el aula. Le pregunta a la niña qué está haciendo. La niña sigue dibujando, con obsesión. Tiene que demostrar su autoridad.

    Pega un fuerte, fortísimo, golpe en la mesa donde la niña dibuja. Tiene el pelo muy rubio, casi blanquecino, apelmazado y sucio. Cómo te llamas. No responde. Decide quitarle de un tirón el folio donde está escribiendo. El corazón le va a mil por hora, intenta que no se le noten las emociones. El silencio en el aula es tenso. Todos los niños están observando la escena con atención. Observan como felinos el desenlace de la escena. O gana él o pierde la autoridad. Es un momento definitivo para el joven profesor. La niña levanta la cabeza. Sus ojos están enfermos, sus pupilas son enormes y el blanco de los ojos es rojo. La piel es pálida, amarillenta. Las babas caen de la comisura de sus labios. La niña lo mira con una expresión rabiosa. Steve tiene miedo, intenta que no se le note. Tiene la mano apoyada sobre la mesa. La niña estira su mano y agarra a Steve por el antebrazo. Y aprieta. Aprieta muchísimo, con una fuerza sobrenatural para ser una niña, una maldita niña, una niña maldita. Le salen arrugas en los ojos, en las mejillas. Como si la niña fuera muy vieja, tan vieja como el mundo.

    Steve intenta zafarse, pero no puede. Los niños se ponen nerviosos. La niña dice algo, pero no lo entiende. Sus dientes son amarillos, sucios, afilados. Toda ella es amarillenta, hedionda, grasienta. Es como si estuviera muerta. De hecho, está muerta. Con una fuerza aún mayor, empieza a retorcer el brazo de Steve. Si no se lo suelta se lo va a romper. No puede chillar. No quiere perder la autoridad. No sabe cómo solucionar el conflicto, evidentemente, no puede pegarle a la niña para liberarse. Menos aún frente a un montón de pequeños testigos. Estás castigada, grita. La niña lo suelta. Respira entrecortadamente por la rabia. De su pecho sale una voz ronca, como oxidada. Profe, no conocemos a esta alumna, dice uno de los niños. Es nueva de esta semana, dice otro.

    Nadie sabe quién es esa niña. Nadie le ha dicho que hubiera algún alumno nuevo. Al fin y al cabo, él es el nuevo profesor. Estás castigada, grita, sal de mi clase. Vete a la sala de los castigados. Steve abre la puerta y espera. Los niños empiezan a ponerse nerviosos de nuevo, se divierten, se exitan. El ruido es insoportable. Tiene miedo. Quiere salir huyendo de ahí, pero necesita el dinero. Su mujer está embarazada. No puede dejar el aula sola en ningún momento, son las normas. Pero sabe que corre peligro. Steve está junto al quicio de la puerta y grita. Vete, te he dicho que te vayas, vete ahora mismo de mi clase. La niña se levanta. Es pequeña, demasiado para su edad. Sus ropas son antiguas, sucias de meados. Nadie sabe qué va a pasar. Steve no sabe cómo controlar la situación. La niña corre, no se dirige a la puerta, va directamente a por Steve. Tiene algo puntiagudo que destella bajo el flexo del aula. Parece un cuchillo, un pincho, una navaja larga. Steve se arrincona contra la pared. Estira las manos estúpidamente. No logra contener los brazos ni el cuerpo de la niña que sonríe, que consigue esquivarle y clavarle la hoja fría en las tripas. Steve se muere, Steve se ahoga, no puede respirar.

    -Steve, cariño. Steve…

    -Otra vez esa estúpida pesadilla, Taby.

    -Estabas hablando. Y chillabas. ¿Estás bien? Últimamente estás un poco estresado.

    -¿Qué hora es?

    -Es sábado.

    -Es mejor que me levante. Prepararé café.

    -Steve, recuerda que queríamos llevar a los niños al parque acuático.

    -Id vosotros. Hoy tengo trabajo. Tengo una idea, una buena historia.

    Tabitha no dice nada. Se limita a suspirar y a permanecer en la cama. Los niños aún duermen en el piso de arriba. La casa está tranquila. Steve enciende un cigarro y se encamina hacia el sótano donde tiene la máquina de escribir. Le gusta escribir por la mañana, cuando todo el mundo duerme y el cuerpo aún está en el mundo onírico. La mente trabaja mejor mientras se despierta. Hace años que es un escritor profesional. Es un tipo con suerte. Sus dos hijos ignoran lo cerca que han estado de ser chicos pobres.

    Steve tiene un don. Puede sentarse frente a la máquina de escribir y entrar en una especie de trance. La historia se desarrolla sola y el sonido de las teclas duras es frenético, acompasado, como si tuviera una fábrica. Solo se detiene cuando tiene la necesidad de encenderse un cigarro, abrir una cerveza o abrir el cajón del escritorio y sacar esos polvos blancos cuya existencia era preferible que los niños desconocieran. De hecho, Owen y Joe sabían desde pequeños que nunca había que bajar al sótano y molestar a papá mientras trabajaba o bebía, pues muchas veces era lo mismo. Pasaban las horas y Steve subía satisfecho. Comía algo y se ponía a ver la tele hasta que sus hijos llegaban del colegio. Los fines de semana solía descansar, pero esta vez es diferente. No tiene humor para nada. Solo quiere encerrarse a trabajar, a beber. Cuando trabaja es feliz. Se siente nervioso, como en su sueño. Últimamente ese sueño es recurrente, pero es extraño. Hace unos años que abandonó la docencia. En cuanto pudo dedicarse a la escritura, dejó esa profesión que nunca le gustó. Prefería mil veces el empleo en la gasolinera, en el turno de noche. Cuando podía sentarse a escribir en la libreta durante las largas horas en soledad. Es verdad que a veces uno se sentía profundamente abandonado en mitad de la nada. El peligro era evidente. Pero esa sensación dotaba a sus historias de un color especial. Al fin y al cabo, es un escritor de historias de terror.

    Es 1981. Tiene treintaitrés años, dos hijos preciosos y una mujer que lo ama y le perdona sus vicios y sus malos humos de genio. Él, a cambio, se había mantenido fiel a pesar de la fama y los focos. Le gustaba ser un genio, pero no le interesaba ni la fama ni el mundo. El dinero sí. A quién en Norteamérica no le interesa el dinero. Pero no era lo más importante. Para ser escritor, lo primero que hay que tener es ambición por contar historias. Podía dejar la mente volar y ella sola encontraba los caminos adecuados. A veces, él mismo se sorprendía de las tramas que salían de entre sus dedos. Y se espantaba. Entonces tomaba un poco de cocaína y se sentía bastante mejor. Y seguía.

    Steve pone la radio. Suena una emisora intrascendente de música rock. No le interesa la música, solo el ritmo. Le gusta escribir con música y fundirse con ella. Quiere profundizar en la pesadilla que ha tenido. Aprovecharla para uno de sus relatos. Escribir también sirve para conocerse, para explorar los rincones más oscuros de su ser. Aquel era un sueño muy antiguo, de cuando era profesor y su mujer estaba embaraza de Joe, que es el mayor. Se habían conocido en la universidad. Se habían enamorado y él la había dejado embarazada. Hubiera preferido conocer a más chicas. Pero nunca fue un donjuán. Hay que tomar la vida como viene. Ahora era multimillonario. Todas las mujeres querían tener un afer con una celebridad como él. Pero tenía que aguantarse.

    Diablos, amaba a Taby. Le estaba dando mala vida. Hacía tiempo que no hacían el amor. Además, habían empezado las pesadillas y el libro de cuentos no terminaba de convencerle. Podría haberse olvidado de escribir y haberse dedicado a disfrutar de la vida. Sus libros habían sido llevados al cine y recaudaban millones de dólares. Pero si no escribiera, Steve se habría volado los sesos con la escopeta. Escribir es un trabajo como cualquiera. Odiaba las entrevistas donde lo trataban como a un bicho raro. Era un tipo absolutamente normal, con algunos vicios insanos como la narración de historias de terror. Taby era su compañera, su primera y mejor lectora. Merecía algo mejor que él.

    Los niños hacía tiempo que vivían sin padre, pero parecía que no se daban cuenta. Eran unos buenos chicos, serían unos hombres excepcionales. Es verano y deberían pasar tiempo juntos, recuerdos en familia. Lo mejor sería dejar aparcada la máquina de escribir por un tiempo: los cuentos últimamente eran bastante flojos. Sus novelas se vendían muy bien. Lo había decidido. La semana siguiente saldrían de viaje.

    -Cariño, la semana que viene iremos de viaje.

    -¿A dónde?

    -Donde no nos conozcan, donde no nos molesten a nosotros ni a los niños.

    -¿Europa?

    -Por qué no.

    -¿Qué tal España?

    -¿Dónde está eso?

    -Al sur de Europa, cerca de África.

    -África es peligroso, Taby.

    -Siempre fuiste un desastre en geografía, Stevie.

    Ambos rieron y se abrazaron. Los niños ya estaban despiertos. Si aún durmieran, habrían hecho el amor allí mismo. Owen y Joe saltaban de alegría con la idea del viaje a España. Taby se ocuparía de todo. Ahora se marchaban al parque acuático. Adiós, adiós, papá tiene cosas que hacer en casa. Tiene trabajo. Steve vuelve al sótano. La radio sigue sonando. Aún no ha escrito una sola línea. Lee un par de folios con la intención de corregirlos, pero solo puede pensar en la cara putrefacta de la niña. Por fin decide escribir algo para desentumecer los dedos, por lo menos. Luego ya lo descartaría.

    El coche circulaba pesadamente sobre el asfalto y se cruzó con una ambulancia. Aun estaban encendidas las farolas de Castle Rock. Era su primera semana en el nuevo trabajo: profesor de lengua inglesa en un instituto. Odiaba su vocación. Hubiera sido mejor hacerse periodista. Por lo menos habría podido vivir de lo que escribía, aunque fuera necrológicas o estúpidas noticas deportivas. Cualquier cosa era mejor que eso.

    La ambulancia se perdía en retrovisor y pensó que era un mal augurio ver una. Tenía una sensación extraña, como si fuera él quien estaba dentro de la ambulancia. En fin, tonterías. Encendió un cigarrillo y bajó un poco la ventanilla a pesar del frío de la mañana. La radio vomitaba noticias que no le interesaban. Diablos, estaba nervioso. Nunca habría aceptado el trabajo si no fuera por ella. Necesitaban la pasta, maldita sea.

    Steve se levanta de la silla. A quién quiere engañar, quería una excusa para quedarse solo. Sube las escaleras, llega a la cocina y se coge una cerveza fría. No ha desayunado, pero no tiene hambre. Enciende la televisión y echan una película de vaqueros. Piensa en que se han acabado los setenta y que odia la música disco. El rock nunca morirá.

    Steve suelta las maletas en el vestíbulo de la entrada. Los niños corretean alegremente por el salón y exploran las estancias de la casa. Sus voces llegan desde cada vez más lejos. Owen tiene cuatro años y Joe nueve. Son buenos chicos. Joe saca buenas notas en el colegio a pesar de que su padre es un drogadicto. Demonios, trabaja demasiadas horas al día. No lo necesita, pero cuando trabaja es en los únicos momentos en los que realmente es feliz. Cada día tiene la cara más huesuda y está más delgado. Su mujer le ha pedido varias veces que deje la nariz solo para respirar, que ya es bastante. Pero Steve no tiene suficiente con respirar. Espera que este viaje lo ayude a apartarse de eso.

    España huele a campo y hace mucho calor, es verano. A pesar de que corre una brisa fresca, la casa le parece un maldito horno. Lleva arrepintiéndose del hacer ese viaje casi desde el mismo momento en el que le propuso a su mujer ir de vacaciones. No sabe nada de este país, que es como México, pero mucho más lejos en avión. Nadie habla inglés. El taxista ha tenido problemas para traerlos hasta el caserón. Menos mal que Taby estudió en la universidad un curso de español y se ha podido hacer entender.

    La casa es bastante vieja. La televisión parece de otra época. La enciende y los pocos canales hablan en una cháchara incompresible para él. Decide apagarla y se dirige a la nevera: necesita urgentemente un trago, aunque sea de cerveza. Por fortuna hay suficientes botellas para emborracharse. Ese va a ser su plan del día. Está cansado.

    -Papi, ¿saldremos de paseo?

    -Quizá luego, Owen. Ahora papá necesita un descansito.

    -Porfa papi, porfa…

    -Ya te he dicho que no.

    -El sótano está lleno de cosas. Hay unas cajas enormes y figuras muy raras.

    -Anda, ve a jugar con tu hermano al sótano.

    -Niños, dejad a papá. Necesita descansar un poco.  

    -Estos críos no se cansan con nada.

    -Steve, son niños, están en edad de jugar.

    -Cariño, soy escritor. No tengo tiempo para tonterías.

    Taby se marcha sin decir nada más. Ha notado ese deje de odio en la voz que cada vez soporta menos. Atraviesan una mala racha. El matrimonio es difícil para un genio. La familia, las obligaciones conyugales, todo eso sobra cuando se trata de escribir. No tiene ganas de pasar más tiempo ocioso sin hacer nada. Si pudiera volvería a Estados Unidos en el primer vuelo que saliera esa misma noche. Pero su matrimonio se tambalea y sabe que sin Taby su vida sería aún más gris, más triste incluso que la vida de sus personajes.

    Los niños han salido al jardín. Son las cinco de la tarde y hace un sol abrasador. Su mujer también ha salido y ha cerrado la puerta principal de un portazo. Steve acaba de terminarse la cerveza: la verdad es que su sabor no es malo, quizás no esté tan mal después de todo. Enciende un cigarrillo bajo en nicotina -pretende dejar de fumar, su madre murió de cáncer- y pasea por la casa. Ahora repara en los muebles y en la distribución de las habitaciones. Es una casa antigua, como de una deslucida época victoriana. Tiene dos pisos y es casi tan grande como su mansión en Portland, Maine.

    La planta inferior consta de un salón enorme. La luz del sol es amarilla y baña los muebles de madera con una intensidad desconocida para él. Se siente en medio de África, pero parece ser que aún se encuentra en Europa. Imagina la vida anterior en aquel lugar. Le han dicho que pertenecía a una familia apoderada, venida a menos por una guerra. Ahora la alquilaban a turistas ricos, esencialmente franceses. Unos amigos de Taby se la recomendaron y ella siempre quiso pasar unos días allí. La guerra quedaba bastante lejos. Le gustaba pensar que quizá allí fusilaron a alguien, o se escondieron tras una habitación secreta hasta que pasaron los tiros, la algarabía de las tropas asesinas.

    Como buen americano, desconoce muchos datos de la historia de Europa y no le interesan en absoluto. Abre una segunda cerveza y sube los escalones que conducen a la planta superior donde están los dormitorios. Los niños prefieren dormir juntos, sobre todo Owen. Su cuarto consta de dos camas. Por las arrugas sobre el edredón deduce que han estado saltando sobre ellas, a pesar de que lo tienen prohibido. Maldita sea. El suelo de madera reluce. Hay que decir que a pesar de tanta madera no hay una sola pelusa.

    -En este país son muy pulcros. Demasiado. Algo raro les pasa.

    Para hacerse un poco con el lugar, deja caer la ceniza al suelo. Camina por el pasillo. Al fondo está la habitación de matrimonio. En las paredes hay óleos con escenas de caza: perros persiguiendo a perdices, bodegones, paisajes en marismas y cielos aceitosos. La atmósfera es pesada. Dar un paso tras otro parece que le cuesta. Lo atribuye al viaje.

    La cama de matrimonio es bastante amplia. Hay un espejo en una pared, una cómoda, un armario y un crucifijo sobre la cama. Steve no es católico. Descuelga el crucifijo y lo mira con atención: ¿qué clase de chalados podrían adorar a un tipo clavado en una cruz? Abre uno de los cajones de la cómoda y lo deposita dentro. Taby ha deshecho las maletas y ha puesto todas las prendas en el armario. Es una mujer intachable, la quiere.

    Se dirige hacia el ventanal y la ve con los niños en el jardín. Hay árboles altos y frondosos que no suelen verse en América, aunque la vegetación no es muy exuberante. Los niños están tirando migas de pan dentro de un estanque. Parece que hay truchas. Abre la ventana y lanza el cigarrillo. Los niños se han girado al escuchar el rechinar de las bisagras. ¡Hola, papá! ¡Baja a ver los peces! Exclama Joe. Decide reunirse con ellos.

    Una vez en el exterior se siente bastante mejor. Los pájaros canturrean en un tono diferente. El clima es mucho más benigno que en Nueva Inglaterra. Se acerca al estanque y besa a Taby en la nuca. Dos carpas enormes nadan de un lado a otro en el estanque y cazan las migas de pan que van lanzándoles los niños, con sus enormes bocas. Producen un sonido acuático que le relaja, un glup-glup que lo adormece. Allí, juntos los cuatro, frente al estanque mientras cae la tarde, forman una familia preciosa.

    -Saldré de paseo con vosotros.

    -¿Al final se ha decidido a acompañarnos el señor escritor?  

    -Solo si me dejáis formar parte de vuestro equipo.

    -Eres el mejor bateador que tenemos, no hemos encontrado a otro mejor.

    Se besan. A pesar de todas las crisis, Taby y él siempre han sido muy amigos. Fue ella, de hecho, quien recogió su primer manuscrito del cubo de la basura. Cuando nadie más creía en él, ni siquiera él mismo, Taby estaba ahí. Ahora lo tenían todo y a veces eran muy felices. Todo se solucionaría. Tenía que apartarse de los malos hábitos y ya está.

    -Cerca de aquí hay un río.

    -Vayamos a mojar los pies. Tengo un calor horrible.

    El camino que lleva al río es de tierra. Mientras iban en el taxi, Steve se había fijado que en ese país el asfalto no era tan frecuente como en el suyo. Los pueblos eran pequeños, antiguos. Parecían haberse detenido en un tiempo remoto y pobre. Era curioso. Había castillos y fuertes medio derruidos. Nadie parecía reparar en ellos. También muchas iglesias y campos interminables con árboles plantados en fila. Un lugar muy especial.

    El pueblo quedaba a un par de quilómetros de la casa. Solo necesitaban descolgar el teléfono para que apareciera el coche que los recogería y los llevaría donde desearan. Habían prescindido de contratar servicio, aunque allí era muy común. Ellos son una familia americana y a pesar de ser inmensamente ricos, están acostumbrados a hacérselo todo ellos: cocinar, hacer la compra, fregar los platos. Si habían decidido mantenerse alejados de la civilización era para no ser molestados por quienes pudieran reconocerle. No obstante, pronto sospecharon que en aquel país nadie sabía quién era Stephen King.

    -Niños, cuidado con el agua. Joe, no dejes que tu hermano se moje.

    -¿No te parece un lugar maravilloso?

    -Sin duda lo es, mi amor. Ha sido una gran idea venir aquí. Lo pasaremos en grande.

    -¿No echarás de menos escribir tantos días?

    -No lo creo. -y abrazó a su mujer por la cintura y la besó en los labios.

    La tarde cae mansamente y las aguas son de oro. El río está desierto. Ni siquiera un pescador aprovechaba para probar suerte. El mundo era de él y su familia. Piensa en si se podía ser más feliz, si en la vida se podía pedir algo más que eso: amor, paz, éxito.

    En verdad, sí se podía. Falta algo. Su máquina de escribir, su escritorio, su cocaína. Todo eso se había quedado en América. Imaginaba su sótano. Una voz lo llama: ¡Steve!

    -¡Papá! ¡Mami! ¡Ayuda! -la voz de Owen aullaba en medio de la noche.

    Steve se levanta de un salto, tenía el sueño ligero y le costaba dormir. Durante la noche le había parecido que algo se movía en el cajón donde aquella mañana había guardado el crucifijo. Ahora sus pies tocan el suelo de la casa y un escalofrío le recorre la espalda.

    Al salir de la habitación, busca las luces del pasillo con la mano. Las voces de su hijo menor siguen arañando el silencio del caserón. No sabía que su hijo pudiera gritar tanto. Topa con el interruptor y enciende la luz. El maestro del horror le teme a la oscuridad.

    Hay una sombra al fondo del pasillo. Es negra, acuosa, como si su composición fuese de un lodo oscuro como el alquitrán. La tenue luz amarilla del pasillo no logra iluminarla completamente. Ha salido reptando del cuarto de sus hijos y lo mira desde el borde de la escalera. Se desliza hacia abajo como un gusano inmenso, hacia las sombras, para camuflarse allí. Steve se frota los ojos, el grito de sus hijos se oye lejano, ausente. Sale de su trance y se encamina por el pasillo a zancadas. El tiempo parece discurrir de forma lenta, enfermiza. Antes de entrar en la habitación, cuya puerta está entreabierta, oye una risita, apenas perceptible, que proviene del fondo de la escalera. Risa de niña.

    Steve enciende la luz sin saber a cuál de sus hijos consolar primero, él mismo está asustado. Ambos niños permanecen acurrucados, temblando, con las rodillas encogidas y la cabeza apoyada en ellas, en una postura perturbada. Lo ha escrito miles de veces, su imaginación ha estado siempre plagada de monstruos, pero no puede soportar esa escena protagonizada por sus hijos: tan real, tan próxima. Se acerca a la cama de Owen.

    -Qué te pasa, mi vida. No pasa nada. Ya está. Se acabó. Has tenido una pesadilla.

    El niño se estremece bajo sus brazos. En el otro lado de la pared, Joe permanece en la misma postura. Parece menos alterado, al menos, de forma visible. Se mantiene quieto como una roca. El silencio es mortecino en la casa oscura. Se oyen pasos en el pasillo. Mira hacia la puerta. Tabitha entra en la habitación con su camisón blanco. Es un ángel.

    Taby abraza a Joe. Es una escena muy triste. Todos están asustados. Permanecen así, abrazados, un tiempo indefinido. Ahora solo se oye el viento ululando a fuera, moviendo los árboles. Las cortinas están cerradas, pero Steve los puede imaginar agitándose, susurrando en un idioma indescifrable bajo la luna negra. Taby habla.

    -Será mejor que los llevemos a nuestro cuarto, Steve.

    Él permanece en silencio. Nunca ha sido partidario de que los niños duerman con los padres, así es como se malacostumbran y luego desarrollan traumas. Cuando era niño y su padre los abandonó, la madre de Steve solía pedirle que durmiera con ella cuando tenía miedo. En el fondo, siempre pensó que se sentía sola. No quería lo mismo para sus hijos. Pero aquella noche era diferente. Aquella casa no era como la suya. Algo iba mal.

    -Sí, será lo mejor.

    Coge a Owen en brazos. El pequeño sigue temblando, pero no tanto como antes. Se siente protegido sobre el pecho de su padre. Los niños tienen esa inocencia admirable: bajo las mayores catástrofes, ellos siempre sienten que sus padres podrán salvarlos. Del mismo modo, el mayor miedo de los padres es saber que no pueden librarlos del peligro. El mal está ahí fuera y nadie puede escapar de él cuando te persigue y te agarra por el brazo. Steve recorre el pasillo y sus pensamientos son rápidos, agitados. No sabe qué pensar. Intenta dejar al niño sobre la cama, pero sus brazos lo agarran sin liberarlo.

    -Tranquilo, cariño. Todo ha pasado. Has tenido una pesadilla, solo una pesadilla. Vamos, métete en la camita. Así, buen chico. Mañana será otro día, grandullón.

    Taby llega con Joe también en brazos y con mayor facilidad lo mete en la cama junto a su hermano. Los tapan a los dos y se miran a los ojos. Tristes, un poco más envejecidos.

    -No ha sido un sueño, papá. La niña. Estaba en la cama de Owen. Yo lo he visto. Yo.

    -Joe, no asustes a tu hermano. Lo mejor será que todos…

    -Es cierto, papá. Me agarraba muy fuerte del brazo y luego se me ha subido encima. Hacía olor a caca. Resbalaba. Su piel resbalaba. Quería ahogarme, como ella, como ella.

    -Ya basta, campeón, ya basta. A veces los sueños parecen muy reales, sabes. Yo…

    -No, papá, era de verdad. La niña existe. Vive aquí.

    -Estamos en una casa diferente de la nuestra. Es normal que estéis un poquito asustados. Pronto volveremos a Maine y lo veréis diferente. Mañana lo veréis de otra manera.

    Los niños creen como una verdad absoluta todo lo que les dice su madre. Si ella les dijera que dios existe y nos protege desde el cielo, ellos lo creerían a pies juntillas hasta la adolescencia. Los adultos tejen una vida, un mundo imaginario para proteger a sus hijos del horror real. Se tranquilizan y ambos cierran los ojos. Su respiración es rítmica.

    Se meten en la cama con ellos y apagan la luz. Steve le da un beso a Owen en la cabeza, el chico está mucho más tranquilo, o por lo menos, más sosegado. Se acuerda de cuando él mismo era un niño y lo asaltaban pesadillas parecidas, al día siguiente ya las había olvidado. Esa es la fuerza de los niños. Creen en todo y olvidan fácilmente. Su valentía consiste en que son tan inocentes que piensan que todo saldrá bien en un mundo cruel.

    Steve intenta dormir, pero no lo consigue. Se siente completamente despierto. Espera un rato hasta que cree que su familia duerme y sale con sigilo de la cama. En las sombras, se encamina hacia la puerta del dormitorio. La abre. Las bisagras crujen levemente.

    -¿Papá?

    -Duérmete, hijo.

    Sale de la habitación y busca a oscuras el interruptor. Sigue sin saber dónde está. Parece haberse movido desde la última vez que lo encendió, pero piensa que es porque está en una casa ajena. Odia salir de su hogar. Nunca le ha gustado viajar. No encuentra la inspiración para escribir lejos de Maine. Aquella tierra es su sitio. Se siente vulnerable fuera de ella. Si sucede una emergencia, a quién pueden avisar. Maldita sea, debería haberle dicho que no a Tabitha. Ella es la que siempre insiste en salir a conocer el mundo. Él es un hombre de su casa. No le gustan las aventuras reales, menos con hijos.

    Siente que lo observan. Es un cosquilleo inconsciente. Como cuando uno mira hacia un lugar y ve que lo está mirando un desconocido en la calle y éste aparta la mirada rápido. Algo lo está mirando desde el fondo del pasillo. Recuerda aquella sombra. Encuentra el interruptor. La luz se enciende con un mínimo chasquido: no hay absolutamente nada.

    Suspira aliviado. Necesita un cigarrillo con urgencia. Un cigarrillo y un trago. Diablos, es una noche horrible. Le duele el estómago, tiene acidez. No le importa. Tiene sed.

    Baja las escaleras peldaño a peldaño. La luz es más tenue a medida que avanza. No quiere volverse a buscar el otro interruptor. Sabe que hay uno al principio de la escalera. Los últimos escalones están completamente oscuros, las bombillas arriba no logran iluminarlos. Siente miedo. Un terror indecible. No quiere bajar hasta allí, hay algo malo. Pero ya es un hombre adulto, padre de dos hijos. Es escritor de esa clase de novelas, qué demonios. Cualquier lector se reiría en su cara si lo viera en esa situación: muerto de miedo como un chiquillo. La niña. No lo ha pensado hasta entonces. Él ya la conocía.

    Enciende la luz. No hay nada. Decide no seguir pensando en tonterías y buscar el paquete de tabaco. La sed de nicotina es tanta que lo hace olvidar sus miedos y lo sitúa en el plano de las necesidades reales, cotidianas. En la cocina encuentra el paquete de cigarrillos y una caja de fósforos que Taby ha colocado cuidadosamente. Ha ido encendiendo todas las luces que ha encontrado a su paso y ahora prende la cerilla. El humo inunda su garganta y repta hasta sus pulmones. Expira una nube hacia el techo. El reloj de pared anuncia silencioso que son las cuatro y media de la mañana. Decide que no volverá a dormirse y, en vez de la cerveza, opta por preparar café. Solo espera no despertar a los niños. Ha traído consigo algunos libros para el viaje, se entretendrá leyendo y preparando un discurso para decirle a Taby que tienen que volver a casa, que ese no es un lugar adecuado para la salud psicológica de sus dos hijos. Así debe ser.

    Dejando una estela de humo blanco tras de sí, se dirige hacia amplio salón. Dos sillones se sitúan delante del hogar, en esa época del año inservible. No hace nada de frío. Toma la novela, The old man and the sea, y se sumerge en la aburrida historia de Hemingway. Unos años antes ese escritor se había suicidado, no quiere acabar como el gran hombre.

    Una vez terminado el café y el segundo cigarrillo, Steve levanta la vista para descansar. Repara por primera vez en la estantería que tiene frente a sí, está repleta de libros. Es extraño que no se haya fijado hasta ahora. Normalmente, al llegar a una casa, es en lo primero que observa. Suele curiosear los volúmenes con la vista mientras su interlocutor le habla de otra cosa. Repasa los títulos y se hace una idea del sujeto. Si uno ha leído lo suficiente puede radiografiar el cerebro de un sujeto solo mirando su biblioteca, incluso si no tiene libros, eso también le da una idea de lo que tiene tras la frente: nada. Muchas veces ha encontrado sus propios libros. Puede saber si lo han leído o no por las arrugas del lomo. Es un juego divertido e íntimo nunca confesado a nadie. Se levanta de la silla.

    Pasea su mirada por los títulos y autores. Son viejas ediciones, algunas parecen decimonónicas. Hay un Quijote forrado en piel por el que no siente curiosidad alguna. La literatura española no la ha interesado nunca, le parece que tiene demasiados diálogos y por uno u otro motivo los personajes siempre acaban hablando de dios. Pero hay algunos títulos en inglés que reconoce como David Copperfield o Huckleberry Finn. Sus ojos tropiezan con dos palabras escritas en rojo sangre, en letras góticas.

    Unausspreclichen Kulten de Friedrich Wilhelm von Juntz. Como activada por un mecanismo automático, Steve estira una de sus manos y agarra el volumen. Mira la portada con atención. El encuadernado parece muy antiguo, pero extrañamente el libro parece impreso hace poco tiempo. No hay litografía o grabado alguno, solo el título y el nombre del autor en letras aún más granes y rojas. De qué le suena ese libro, lo desconoce, pero esas dos palabras en alemán le resultan familiares. Muy familiares.

    El corazón se agita bajo su bata. Vuelve a experimentar una sensación de intranquilidad. Por alguna razón sabe que no debe abrir ese libro, pero por otra aún más fuerte, no puede evitarlo. Sus manos actúan como llevadas por una voluntad ajena y se siente como en un trance. Dicen que los suicidas entran en una especie de sopor cuando comenten un acto contra su propia vida, como si estuvieran sonámbulos. Así se siente ahora, de pie frente a la estantería que parece observarlo desde arriba. Despega las tapas del libro y baja la mirada. Sus ojos pasean frente a la tinta roja de la letra impresa. No entiende nada y sin embargo no puede dejar de leer palabras al azar. Pasa un par de páginas y encuentra grabados con seres diabólicos. A pesar de no entender el idioma, sabe lo suficiente de libros como para intuir que se trata de una especie de manual de instrucciones macabro. La obra parece un recetario de magia negra a juzgar por las imágenes dantescas que lo miran desde el papel. Sombras diabólicas, oscuras, retorcidas, con formas imposibles y de caras sonrientes. A veces solitarias, a veces en pequeños grupos. Tiene miedo, pero no puede dejar de pasar las páginas. Parece estar buscando una página en concreto, y la encuentra. Ocupa toda la plana la figura de una niña. Tiene el pelo pegado a la cara, grasiento. Sus brazos son esqueléticos, como sus brazos, su cuerpo es indescriptible bajo el vestido de época blanco, o amarillo, sucio. No tiene pies. Su cara es horrible, arrugada, de vieja. En ese grabado es donde el libro muestra una levísima nota de color: sus pupilas son de un rojo intenso, casi luminoso, hipnótico. Steve no puede dejar de mirarlos. Parecen brillar sobre el papel amarillento. Parecen vivos. Están vivos. Y lo observan divertidos, malditos. Su boca es oscura. No tiene labios o estos son muy finos, y debajo muestra unos dientes pequeños, afilados.

    -¡Steve! -La boca empieza a moverse. Casi puede notar su aliento frío. -Steve. -repite.

    Sus labios se mueven rápidamente sin decir nada, solo graznidos con una voz ominosa, putrefacta. Sus manos tiemblan. Quiere gritar, pero no puede. Se ahoga, se ahoga. Convulsiona. La niña empieza a mover las manos hacia él. Se va acercando, sin andar.

    -¡Steve! ¡Steve! ¡Steve!

    De un salto se levanta de la silla. Los ojos de Taby lo miran con expresión preocupada.

    -Te has quedado dormido, Steve. ¿Estás bien?

    -Sí. -Pero no lo estaba. Estaba muy lejos de sentirse bien. -¿Dónde estoy?

    -Has tenido una pesadilla, cariño. Sois tal para cual tu hijo y tú. De tal palo…

    Steve mira en torno y ve que ya es de día. El libro de Hemingway reposa sobre el suelo con algunas páginas arrugadas. Lo recoge. Se levanta. Hace un día precioso. La vida empieza a despertar y afuera todo es verdor y frescura estival. Los árboles parecen mudos, disimulando. Todo le parece un teatro. Se siente confuso. Asustado. En peligro.

    -Taby, tengo que hablar contigo. Lo mejor será, verás, creo que lo mejor será que…

    -Lo mejor será que volvamos a casa. Sí. No me gusta este lugar.

    Steve suelta un suspiro de alivio. Dios mío, amaba a esa mujer. Quería estar con ella hasta el último de sus días, que esperaba que estuviera muy lejos. Era su ángel guardián.

    -Prepararé café y llamaremos a un taxi. Nos iremos hoy. -Y lo besa antes de marcharse.

    Lo que más lo enamora de ella es su olor. Hay personas cuyo olor corporal no es agradable, pero Taby es diferente. Su perfume le recuerda al hogar feliz que nunca tuvo. Cuando lleguen a casa, vaciará aquel cajón inmundo donde guarda el polvo blanco.

    Antes de levantarse, bastante más tranquilo, mira de nuevo a la estantería. Sobre la hoguera, en el estante más alto, hay un libro con letras rojas. Desde allí no puede leerlas, no le hace falta, sabe perfectamente lo que hay escrito allí: Unausspreclichen Kulten.

    Son las 12:10 y Steve está más tranquilo, incluso contento: vuelven a casa. A las 17:10, dentro de exactamente cinco horas, su familia y él estarán rumbo al aeropuerto, de vuelta al hogar. No tendrán que pasar más noches en esa casa, en ese país extraño. El fin de las vacaciones lo pone de buen humor y no ve el momento de ver el letrero de Portland, 9KM. Saborea ese momento mientras fuma un cigarrillo en el porche.

    Owen y Joe parecen haber olvidado completamente la pesadilla de anoche. Con la luz del día, los fantasmas parecen haberse borrado y lo que era tan urgente pasa a ser solo una leve comezón. Él mismo se habría olvidado de todo si no fuera por ese maldito libro que seguía en el estante. Prefería ignorar que lo había visto y seguir con su día. Al fin y al cabo, iba a estar dentro del avión para cuando las sombras invadieran la casa vacía.

    -Lo siento, Steve. -la voz de Taby sonaba compungida, al borde del llanto.

    -¿Por qué? -dijo él arqueando las cejas, pero lo sabía. Conocía lo suficiente a su mujer como para saber que quería disculparse por haberlos llevado a él y los niños hasta allí.

    -Sólo pretendía pasar unas vacaciones en familia. Pensé que nos sentaría bien el campo, que te sentaría bien a ti alejarte del sótano y el trabajo. Me equivocaba. Solo puedo…

    -No digas nada más. -y la abrazó. Los niños jugaban a fuera distraídos. A ninguno de ellos les apetecía pasar tiempo dentro de la vivienda. La energía allí era diferente, mala.

    Tenía ganas de zarandearla. De decirle que las cosas no se consiguen de vacaciones en España. Que tenía un compromiso con sus lectores, con el cosmos, consigo mismo. No tenía tiempo de lamentarse ni de preocuparse por estupideces. Si el niño duerme, si el otro saca notas bajas, si ella no se siente querida. Lo único que deseaba era refugiarse en el sótano frente a la máquina de escribir. ¿Es que no podía entenderlo? Algunas personas solo quieren recoger los frutos, pero no respetan el trabajo de la siembra.  

    -Tranquila cariño. -Taby lloraba sobre su pecho -Lo has hecho con buena fe. Por todos.

    -Esta casa es…

    -Sí, es extraña. No entiendo cómo la gente puede vivir en este lugar, con este calor, en este maldito país estúpido. No quiero pasar ni un minuto más fuera de Estados Unidos.

    -Yo tampoco.

    -Te quiero.

    -Yo también, Steve.

    -El trabajo es importante para mí.

    -Lo sé. Nosotros también lo somos, ¿verdad, Steve?

    -Claro. -Y no mentía. Su familia lo era todo para él. Pero había dentro de sí algo que se revolvía. Un demonio informe que lo devoraba, que lo hacía sentarse entre las sombras y escribir como llevado de una fiebre. La vida sin la escritura sería difícil, insoportable.

    También lo sería una vida sin Taby, sin sus hijos. A solas con su éxito y sus fantasmas.

    -Deberías dejar las cosas malas, Steve. Eso te aparta de nosotros, de Owen, Joe y yo.

    -Lo pensaré. Ya hemos hablado de eso. No es tan fácil como lo planteas. No para mí.

    -Lo sé, cariño, pero no quiero vivir con el miedo de que un niño lo encuentre y…

    -No lo encontrarán. Tienen prohibido bajar al sótano. Es donde papá crea monstruos.

    -Es donde su papá se convierte en un monstruo. La maldita coc… eso que tomas no…

    -Voy a salir a dar una vuelta.

    -¿Ahora?

    -Sí, necesito despejarme. Hablaremos de esto cuando lleguemos a casa. No es momento.

    -Nunca es el momento. ¿Dónde vas a ir? Es la hora del almuerzo. Hay un jamón que…

    -Solo me gustan las hamburguesas. ¿Qué quieres? Te casaste con un norteamericano.

    -Me casé con el mejor.

    -¿Lo crees de verdad? -Y se miraron desde unos metros, mientras Steve se alejaba.

    -Vuelve pronto.

    -Solo voy al río. Es lo único que me recuerda a Nueva Inglaterra en este maldito lugar.

    -No tardes.

    -Papá, ¿Dónde vas?

    -Id con mamá, hará unos sándwiches deliciosos de un extraño producto llamado jamón.

    -¿Tú no vienes?

    -Voy a dar un paseo.

    -Queremos ir contigo.

    -No.

    Y por la expresión que vieron en su rostro, ambos niños intuyeron que no había nada que hacer, que su padre era inflexible y necesitaba espacio, como cuando bajaba al sótano y podían perderlo de vista durante horas. No se podía llamar a la puerta, mucho menos entrar. Owen y Joe se habían colado una vez que su padre estaba dormido. El lugar estaba tan oscuro y olía tan mal que nunca quisieron volver allí. No entendían como su papá podía estar tantas horas allí metido. Cuando fueran mayores, entenderían.

    El camino que llevaba al río era ancho, de tierra. Un coche podría pasar por él sin problemas, pero en ese país tercermundista había muy pocos. De hecho, aún no habían visto pasar a nadie, a parte del conductor que los trajo y que esta tarde iría a recogerlos. Era un milagro que Taby hubiera encontrado vuelos para ese mismo día. Los niños tendrían que viajar separados, pero estaban acostumbrados a volar en su país. Steve suponía que en Europa eso de tomar un avión era todavía algo futurista. A juzgar por los pueblos y la mirada de las gentes que hubieron de pasar camino a la casa, pobre país.  

    -Estos malditos pueblerinos no saben qué es cruzar su país en coche. Pobrecillos.

    Steve piensa en que las cosas son muy diferentes de un lugar a otro. En cómo habría sido su vida si hubiera nacido allí, si él mismo fuera natural de un país así. ¿Habría sido escritor? Quizás en el futuro, pero no entonces. El paisaje parecía sacado de un cuento malo de Mark Twain: la arboleda, el río, los caminos, el sol. Demasiado decimonónico.

    Tiene ganas de llegar a casa. Se imagina esnifando una y otra vez, disfrutando de una cerveza fría y un buen cigarro. Luego el son acompasado de sus dedos tecleando frenéticos, viviendo en un mundo de fantasmas, vampiros, maizales malditos y eternos.

    -Taby tiene que entenderlo. No le quedará más remedio que entenderlo y entenderme.

    Levanta la vista y da un respingo. A pocos metros delante de él se acerca una anciana. Su cabello blanco contrasta con su vestido negro, largo, de luto. No la ha visto acercarse, aunque el camino es completamente recto. Steve lo atribuye a que iba distraído, recreando en su cabeza posibles historias para su libro de cuentos. La anciana camina un poco encorvada, pero lo mira y lo hace de forma fija. Sin sorpresa, como quien lo conoce. Decide no aguantarle la mirada por miedo a que se pare y decida entablar conversación. Mira los árboles. Le parecen raquíticos. No sabe su nombre.

    Cuando están a la misma altura, la anciana se detiene. Un viento frío recorre el camino.

    -¿Dónde está mi niña? -Dice en lengua extraña. Steve, sin detenerse, la mira sorprendido. -¿Dónde está, señor? ¿Ha visto a mi niña? ¿Dónde está? ¿Dónde?

    Steve supone que la vieja señora debe estar senil y decide no hacerle mucho caso. Al fin y al cabo, desconoce el idioma y no sabe lo que la mujer le está preguntando, si es que pregunta algo. Quizás solo lo saluda, pero Steve no está de humor para ser simpático.

    -Adiós. -Dice de forma cortés en español, y se marcha.

    La voz de la señora sigue retumbando en su cabeza mientras desciende el camino, quizá a un paso más veloz. Quizás no ha sido buena idea alejarse solo de la casa, después de todo. Llevaba años sin sentir esa sensación de intranquilidad, de desamparo, de miedo.

    -Es solo una anciana, Stephen. No seas cobarde. Tú no lo eres.

    Pero la anciana le resulta extrañamente familiar. Su cara, ahora lo recuerda, surcada de miles de arrugas finas, la ha visto en otra parte, lo cual es imposible porque nunca ha estado allí. Era el primer ser humano que veía en aquel lugar a parte de su familia. Sus ojos eran vidriosos, como si no hubiera vida en ellos. Tenían un extraño brillo rojizo.

    Steve gira su cabeza hacia atrás esperando ver a la anciana caminando lentamente en dirección contraria, a pocos metros. Y la divisa, pero a lo lejos, pasará por delante de la casa. Taby sabe un poco de español. Siendo como es, quizá la encuentra sentada en la mesa, almorzando con sus hijos y charlando animadamente. Pero algo le dice que no.

    -¿Cómo ha ido tan rápido? -Aquel era un país extraño, sin duda.

    Llega a la margen de río y mira las aguas fluyendo mansamente. El rumor lo transporta a un lugar distinto. Se siente bien allí. Enciende un Pall Mall con la única intención de contemplar el paisaje, de escuchar los pájaros, de mojarse la cara. Había muchos ríos en Nueva Inglaterra. Solía pasar los veranos jugando a hacer diques o buscando ranas. A veces con amigos, pero generalmente solo. Nunca había sido muy bueno con la gente.

    De repente, sabe de qué conoce a la anciana. Ya ha visto esa cara, pero con otra forma. A veces como una sombra, otras como un reflejo, hacía años que no la veía. Esos ojos, esa expresión ávida. Lo más extraño de todo es que la anciana tenía dientes, afilados.

    -¡Corre, maldita sea! -Y Steve hace caso. Sabe que algo anda mal. No tiene dudas.

    Para ser buen escritor, un hombre, aparte de ser sensible, debe ser intuitivo. Son características muy extrañas en el género masculino que, cuando se dan, encuentran en el arte su mayor expresividad. Pero como es un rasgo extraño, produce un arte singular. Steve corre todo lo que puede y sus mocasines se llenan de tierra. Se siente pesado, cansado, debe dejar de fumar, pero no puede detener el impulso de correr hacia la casa. Lo sabe, lo siente, sus hijos están en peligro, Owen corre serio peligro. Lo sabe, dios.

    Mientras deja atrás el río y los árboles, Steve siente que todo era una trampa. El río era una estrategia de la vieja para distraerlo, para que se alejara de la casa. Mientras sus pasos golpean el suelo como un tambor, Stephen solo desea que esta sea una de sus paranoias, que todo haya sido cosa del síndrome de abstinencia por falta de cocaína.

    A pocos metros de la casa, oye los gritos desesperados de Tabitha y Joe. Corre y corre.

    Al doblar la esquina, la escena no puede ser más aterradora. Ni en la peor de sus pesadillas, ni en el más horrible de sus libros puede concebir algo más abyecto. Sobre las baldosas del porche, bajo la sombra oscura de casa, Joe y Tabitha lloran y gritan. Sobre la mesa de la terraza está el almuerzo a medio comer. Las botellas de coca-cola están volcadas y un chorro negro, espumoso, resbala hasta el suelo. Joe camina en círculos histéricos, Tabitha está de rodillas en el suelo y sujeta a Owen. Tiene los ojos completamente blancos y su piel blanca se ha vuelto de color azulada. Cada paso es para Steve una eternidad. Por encima de su cabeza, justo antes de llegar a ellos, le parece ver desde la ventana de la casa una sombra que se mueve. Es una niña de ojos rojos, sonríe y sus dientes son afilados, su expresión es oscura. Desde detrás del cristal, lo saluda.

    -Se ahoga, papá. OWEN SE AHOGA, SE AHOGA, SE AHOGA, PAPÁ.

    Taby no puede articular palabra, está presa del miedo. Lo mira con expresión enloquecida. Si Stephen ha visto alguna vez una expresión así, ha sido en el sanatorio. Ese era el fin de todo, si no conseguía salvar a su hijo, ese iba a ser el fin. Owen apenas se mueve, aún está vivo, pero su alma cuelga de su cuerpo, a punto de separarse.

    Dicen que los suicidas actúan como movidos por un resorte que se apodera de ellos. Desde ese día, Steve sabe que los héroes también. Sin pensarlo, movido por una fuerza extraña, levanta a su hijo y le estruja, con todas sus fuerzas, la boca del estómago. Tiene miedo de partirle una costilla, pero no le importa. Eso no sale. Aún no respira. Repite el procedimiento una y otra vez tal y como le enseñaron en el curso de primeros auxilios.

    Nunca fue un buen estudiante, quizás ni siquiera fuera buen escritor. Mira a Taby y solo ve la expresión de una mujer desquiciada. La imagina con la camisa de fuerza en un sanatorio. Se imagina él mismo temblando contra una esquina, recordando esa pesadilla. Pero se despertaría y se daría cuenta que todo fue real, que su hijo murió aquel día en un extraño país porque papá había decidido dar una paseo campestre. No puede soportarlo.

    -Si me sacas de esta, lo dejaré todo. Por favor, no te lleves a Owen. Llévame a mí.

    Siente como su hijo suda y tiembla bajo entre sus brazos, pero poco a poco va perdiendo fuerza, casi no le queda vida. No quiere que se duerma, no quiere que se vaya, no, no.

    Empuja de nuevo. Un trozo de carne roja, gelatinosa, sale disparada hacia el suelo. El niño, con una voz ronca, respira, toma aire y respira. Ahora respira y hay un silencio.

    -Owen, cariño, Owen, mi vida.

    Stephen llora. Con su hijo en los brazos, llora y solloza. Lo abraza, lo besa, y llora.

    Suena el teléfono y Steve lo oye mientras sube con parsimonia las escaleras del sótano. Al segundo o tercer timbrazo, Taby contesta. Steve está satisfecho. Ha pasado toda la mañana trabajando en su nuevo libro, un ensayo destinado a jóvenes escritores que, como él en su día, buscaban hacerse un hueco en el mundo de la literatura. Era un libro que tenía pendiente desde hacía tiempo, pero nunca encontraba el momento de salirse de las historias de terror. Un escritor nunca escoge los temas que trata, lo escogen a él. También ha pasado un tiempo navegando en internet. Hace años que trabaja con ordenador, mucho más cómodo. Ese día, ha encontrado una traducción al inglés de un extraño volumen, Unausspreclichen Kulten de Friedrich Wilhelm von Juntz. El título de sonaba de algo, pero no recuerda por qué. Le gusta comprar libros por internet. Es 1999.

    El reloj de la cocina marca las 12:30 y Steve lleva trabajando desde las 6. Como explica en su manuscrito, prefiere trabajar por la mañana porque es cuando se siente más inspirado. Luego suele salir a dar una vuelta. Lleva sin fumar unos veinte años, y sin beber otros tantos. Los vicios se habían acabado después de un traumático viaje que casi no recuerda, unas vacaciones a un país insignificante cuyo nombre no le viene a la mente. Está concentrado en servirse un café y canturrear una canción de los Ramones. El rock no morirá. Hace un día fantástico en Bangor, Maine. Los rigores del invierno han dejado paso a una luz clara que se cuela por los ventanales de la cocina. Taby dice bajito: Es Owen. Y le pasa el teléfono. Owen y Joe hace muchos años que se independizaron y ahora viven en la otra punta del país, en regiones con un clima más benigno. Ambos son escritores, como su padre, tienen su propia familia y casi no se ven. Su relación es inmejorable, piensa. Quizás porque pasan mucho tiempo alejados.

    -Hey Hou, hijo. ¿Cómo va todo? ¿Estáis bien?

    -Hola, papá. Sí, todo bien. Sally y los niños han salido a comprar algo.

    -¿Cómo están los pequeños?

    -Como siempre, con ganas de veros.

    -Espero que vengáis pronto.

    -Sí.

    -¿Y Sally?

    -Bien también. ¿En qué andas últimamente?

    -Pues llevo entre manos un libro de ensayos, nada menos.

    -No puedo creerlo. ¿En maestro del terror escribiendo ensayos? Pensaba que lo odiabas.

    -Sí, pero sentía ese impulso. Ya sabes a lo que me refiero. Quizás me canso a la mitad.

    -¿Y de qué va?

    -Tendrás que esperar a que termine. Ya sabes que es una regla de oro no hablar de lo que uno escribe. Se puede perder el sentido, el ritmo. Te lo he dicho muchas veces.

    -Siempre con tus secretismos. No pasa nada si le dices a tu propio hijo qué escribes.

    -Sí, supongo que no. -y para cambiar te tema- Te noto preocupado, hijo. ¿Todo bien?

    -Bueno, verás. -se hizo un silencio, Steve estaba cada vez más preocupado- Te parecerá una tontería, pero hoy he tenido una pesadilla horrible. ¿Recuerdas aquellas vacaciones?

    -¿Cuáles? ¿Cuándo fuimos al Gran Cañón? Antes viajábamos bastante, ¿recuerdas?

    -No, me refiero a aquella vez en España. Hace unos años. Me salvaste la vida, papá.

    -Eso fue hace mucho tiempo, hijo. No vale la pena recordar el pasado.

    -Me salvaste la vida.

    -No pienses en eso. Cualquier padre hubiera hecho lo mismo. ¿Vas a ver el partido?

    -Papá, ¿vas a salir?

    -Sí, justo ahora iba a dar mi paseo. Uno tiene que mantenerse en forma con la edad y…

    -No vayas, quédate en casa con mamá.

    -No te entiendo.

    -Hazme caso, papá. Por una vez en tu vida. Hazme caso y no salgas.

    -Mira, Owen. No sé qué clase de sueño habrás tenido, pero ya basta. No debes hacer caso a las pesadillas, todo es mentira. Hazme caso, sé a lo que me refiero. Las escribo.

    -Papá, por favor. Esta vez era diferente. Soñé con aquella niña, hace mucho tiempo, sabes que siempre he pensado que me casi muero por su culpa… No salgas hoy.

    -Este cuerpo de acero no se mantendrá solo. Pero bueno, para que no te preocupes, no saldré. Me quedaré en casa con mamá. Quizás podemos hacer un pastel juntos. Nunca he sido muy buen cocinero, siempre se está a tiempo de aprender algo. ¿No te parece?

    -¿Estás seguro?

    -Te lo prometo.

    -Está bien.

    -Te quiero, hijo.

    -Yo también, papá. ¿Me pasas con mamá?

    -Claro. –“Quiere hablar contigo”, dice bajito y le pasa el teléfono inalámbrico.

    Tabitha coge el auricular y escucha, su expresión es atenta. Steve sale de la cocina con el café, aún humeante, en la mano derecha. Va al balcón. Hace un día maravilloso. Las nubes de algodón transitan tranquilas. Hacía mucho tiempo que no las miraba. Cada vez más, las personas se vuelven materialistas y se olvidan del cielo, se olvidan de soñar.

    -Me estoy haciendo viejo.

    -¿Dices algo, mi vida?

    -Qué extraño estaba Owen. ¿Habrá discutido otra vez con Sally?

    -El matrimonio es difícil en estos tiempos.

    -En los nuestros también lo era y míranos. Aquí seguimos. Jóvenes impacientes…

    -¿Vas a salir?

    -Iré a dar una vuelta por el camino. Sólo unos veinte minutos. Necesito aire fresco.

    -Owen insistía en que no salieras. Estaba muy preocupado. ¿Por qué no te quedas hoy?

    -Cariño, sabes bien que no voy a haceros caso. Necesito este paseo. Ya sabes por qué.

    A pesar de los años transcurridos, Stephen tenía unas ganas imperiosas de fumar.

    -Bueno, es imposible sacarte una idea de la cabeza. Solo te pido que tengas cuidado.

    -Lo tendré, como siempre. A este viejo lobo no puede pasarle nada. Soy inmortal.

    -Eres un estúpido.

    -Te quiero.

    -No vuelvas tarde.

    -No lo haré.

    Steve sale a la mañana y el aire es puro y fresco. Viven en una mansión alejada del centro urbano. Detrás de la casa hay varias hectáreas de terreno para ellos. Steve tiene la costumbre de salir a estirar las piernas. No puede correr, pero sí sale a caminar. Cuando dejó de fumar necesitaba moverse, cansarse. La ansiedad había pasado, pero echaba de menos, de vez en cuando, un cigarrillo, una cerveza fría. Esos fantasmas, aquellos recuerdos lo acompañarían siempre. Pero quería vivir, le daban terror los hospitales.

    Sopla una brisa repentina que mueve sus cabellos encanecidos. El viento parece susurrar palabras entre los árboles, que tiemblan mientras pasa junto a ellos. Por un momento, piensa en lo que le ha dicho su hijo, lo mejor hubiera sido quedarse en casa. Pero ya está fuera y volver sería un signo de flaqueza. A los hombres como les queda el orgullo.

    El camino de tierra pasa por entre la arboleda. Los sauces enormes de nueva Inglaterra lo miran pasar quedamente. El viento se ha detenido y el día es agradable. Se siente maravillosamente. Esa mañana casi no le han dolido las rodillas al salir de la cama. Ha escrito bastante y el libro va tomando forma fácilmente. Pronto podrá mandarlo a la editorial y ponerse con otra cosa. Quizás la historia de un asesino en serie. Hace un tiempo se siente encasillado en el género del terror, por los malditos críticos literarios.

    Hay verdaderos locos. Por su condición de escritor de novelas de terror, la gente solía pensar que él creía en esa clase de cosas. La realidad es bien distinta. Él sabía que solo eran historias, mentiras, ficciones que daban mucho dinero. La vida le había enseñado que los payasos malditos, los monstruos de la oscuridad, los engendros mutados y mutilados que viven de las cloacas, todo eso no existía. A lo único que había que temer era a las cosas reales. La realidad siempre superaba la ficción, pero no lo parecía. Millones de muertes cada día en guerras, asesinatos, accidentes, enfermedades. Eso.

    Steve llega a la carretera interestatal. Es un tramo bastante corto el que tiene que recorrer por el arcén hasta llegar al camino que lo llevará al río. Hay un parque y los transeúntes suelen ir a correr por la zona. Pero el gobernador nunca había arreglado ese tramo de carretera que debería pasar por otra parte. Los políticos y sus promesas.

    Los coches y los camiones pasan con parsimonia. Steve es un transeúnte más, un viejo en el que nadie repara. Le gusta el anonimato y los sitios tranquilos. Ser famoso es un engorro cuando iba con sus hijos a tomar una hamburguesa. Cuesta distinguir la vida real, fijarse en los detalles porque cada dos por tres hay un individuo que quiere un autógrafo. Casi no sale de casa. Ese es el único rato que tiene para sí mismo, ese paseo.

    Y al fondo, a unos metros, la ve. Va vestida con su viejo traje de época, bastante sucio. Igual que la recordaba. Su cabello rubio cae apelmazado sobre sus hombros. Hacía años, décadas, que no la veía. Finalmente lo había encontrado. No sabe cómo ni por qué estaba allí. Piensa que está alucinando, que está soñando despierto, por lo menos. Al salir de aquella casa, mientras se marchaban con el coche, de camino al aeropuerto, la vio por última vez en la ventana. Sus ojos brillaban. Una mano mortecina lo señalaba. Ya no recordaba todo aquello, lo había olvidado. La niña estaba allí de nuevo, sola, como siempre, mirándolo. El corazón pugna por saltar del pecho y le molesta, ya no está para tantos trotes y el riesgo de un infarto de miocardio es razonable. No ha llevado una buena vida de joven, aunque lleva cuidándose muchos años. La niña está en la misma posición. Sus pies parecen no tocar el suelo. Es mediodía. No pasa un solo coche. La luz parece haberse vuelto mortecina. Ella espera al lado del camino que había de llevarlo al río. Realidad o ficción, Steve se ha detenido. Las piernas enclenques, fuertes para su edad, pero envejecidas, tiemblan. Un chorro de pis puga por salir de su entrepierna y su próstata casi no puede retenerlo. Él está bastante más viejo, ella está exactamente igual, con su cara de plástico grasienta. Levanta una mano y lo saluda. Steve está paralizado, no sabe qué hacer. La niña, aquella vieja, levanta uno de sus brazos y lo señala. Y empieza a acercarse, rápidamente, pero no parece pisar el suelo, solo desplazarse sobre el asfalto sin tocarlo siquiera, como movida por una rampa frenética del aeropuerto.

    Steve se gira y decide emprender la retirada. Una sombra se lanza sobre él. Casi no puede distinguir el color azul oscuro de la camioneta. Su cuerpo sale despedido unos metros y se oye un frenazo sobre la carretera. Y luego, un silencio que se rompe cuando oye la puerta del conductor cerrarse con un portazo. El hombre sale y grita. No sabe qué hacer. Ha atropellado a un transeúnte, a un hombre que se ahoga en su propia sangre. Casi no puede respirar. El hombre está tendido en el suelo en una postura imposible, retorcida. Quién es ese maldito viejo. Qué ha hecho él para merecer eso, maldita sea.

    Pide ayuda. Sin duda es un buen tipo. Steve está consciente sobre el asfalto. Piensa en Taby, en Joe, en Owen. El final no puede llegar así, tan abruptamente. Él iba por el lado correcto de la carretera, no se había salido del arcén. Frente a la policía, el conductor de la camioneta diría que se había distraído porque su perro se asustó, parece ser que había visto algo en la carretera, y que por unos instantes había ocupado el arcén. No había visto al hombre hasta tenerlo encima, se le apareció como una sombra, no pudo frenar.

    Poco más tarde se enteró de que había atropellado a Stephen King, maestro del terror.

  • No tengo prisa

    No tengo prisa

    De camino a la estación, miro el reloj, son apenas las siete, y no tengo prisa. Decidí salir temprano de mi apartamento porque estaba expectante y tenía ganas de tomar un poco el aire antes de meterme en el tren dos horas y aparecer en el corazón alocado de la gran ciudad.

    Hace una tarde magnífica. Algunos bañistas vuelven con sus enseres de la playa en las manos: sombrilla, toalla, alguna nevera portátil. El verano poco a poco se termina y a esta hora, en este día, corre una brisa fresca y húmeda que me hincha la camisa fina de algodón. Acarreo una maleta negra en la mano derecha, que compré para otro viaje, con pocas prendas: un par de camisetas, ropa interior, otros tejanos aparte de los que llevo puestos, el cepillo de dientes y el resto de los enseres para el aseo. Una sensación de optimismo me hincha los pulmones, me siento en paz y contento. Van a ser unos días maravillosos.

    Miro al cielo mientras camino por la acera en dirección al viejo y sucio edificio de la estación. Es un lugar que me gusta. Tengo pensado tomar un café en el bar, en la terraza que da al primer andén, el más ancho, y ver pasar los trenes, la tarde, la gente. He quedado para cenar en Barcelona sobre las diez, Claudio me estará esperando en la estación central, dejaremos mi maleta en su casa de Gracia y quizá tomemos algo por allí cerca. No tengo ninguna prisa esta tarde.

    Como pasaré unos días en la ciudad, he dejado el coche en mi casa -a unos diez quilómetros de la estación- y he llegado en autobús. Es difícil aparcar cerca y además todas las plazas son zona azul, es decir, de pago. Para no dejar el vehículo en una calle lúgubre durante mi estancia, he decidido llegar en transporte público. Hacía tanto tiempo que no me subía a un autobús.

    Me acordaba de mi adolescencia mientras miraba el paisaje pasar por detrás de la sombra de mi rostro en la ventanilla. El panorama seguía siendo el mismo de siempre, de mí no sabría decir lo mismo. Han pasado más de diez años entre aquel chaval que conocía a todos los conductores y yo. Los vehículos tampoco han cambiado mucho, el material sigue emitiendo crujidos cada vez que tomamos una curva cerrada o pasamos por encima de un badén, su velocidad sigue siendo anormalmente alta y pienso que es un milagro que, en todos estos años, no haya pasado nada grave. La empresa concesionaria debe de tener algún acuerdo con el diablo o el ayuntamiento a este respecto. La vida entonces, aunque casi nunca tenía dinero, era más sencilla en algunos aspectos: tenía amigos, pareja, iba sobrado de confianza. Ahora tengo otras cosas y con el tiempo he ido aprendiendo a achacar el hecho de que no tenga más por culpa de los tres factores antes mencionados. Pero fui bastante feliz y supongo que cometería los mismos errores de nuevo, pero no ahora.

    Aunque he dejado atrás la euforia, sigue brillando dentro de mí un viejo vitalismo como un rescoldo, incluso en los momentos más difíciles. Tengo una profesión que me gusta y, lo mejor, es que me deja tiempo -y dinero- para dedicarme a hacer lo que me apasiona: tocar la guitarra y escribir canciones. He conseguido algunos éxitos humildes a este respecto y, como llevo muchos años tocando, parezco profesional cuando ejecuto una pieza y domino bastante de harmonía a pesar de no haber ido nunca al conservatorio. Las veces que he tenido un profesor de música, o de cualquier otra cosa, no ha sido muy excelente; siempre eran tipos que tenían pocas ganas de enseñar y que se dedicaban a la docencia porque no habían podido trabajar de lo suyo. Nunca disfrutaban con lo que hacían y me pregunto si alguna vez disfrutarían de la vida en general. Me contesto que seguramente no, y que seguramente por eso nunca habrán impresionado a nadie tocando su instrumento. Me detengo y veo que es un pensamiento bastante duro, pero me lo permito porque lo digo para mí mismo. Antes hablaba por los codos sobre lo que pensaba y hacía hipótesis sobre todo lo que ocurría entorno a mí; ahora lo sigo haciendo, pero procuro no contarlo porque por la boca muere el pez, que decía la canción, o algo parecido.

    Yo, en este aspecto, he tenido suerte. Algunas veces me han dicho que tenía un talento especial para tocar, que debería haberme hecho músico. ¿Acaso no lo soy ahora? No, pero músico con estudios de música. Ya, pero prefería tener un buen trabajo antes, que me robara la mayor parte del tiempo, tiempo que podría dedicar a un sueño que, por otra parte, difícilmente se cumpliría y acabaría igual de amargado que los pelanas que me daban clase. Para nada, mejor o peor, prefiero que mis pasiones no me roben la alegría. Tengo suerte porque creo que no lo hacen, al contrario.

    Recuerdo que aprendí a tocar la guitarra en Madrid. Conocí a un amigo, Roberto, borracho de libros y música de autor, como yo, que tenía un año menos y una beca de estudios igual que la mía. Nos hicimos tan inseparables que pude ver de cerca cómo aprendía. Sabía de una web donde estaban todas las tablaturas de las canciones, había buscado las más fáciles y las que sonaban mejor, a partir de aquí el ancho mundo de la música se limitaba a seguir tirando del hilo y a hacer la pregunta correcta en Google para que te mostrara el ejercicio adecuado para ti. Dicho así, por mi voz interior, parece muy lógico, pero todavía es difícil ordenar los niveles de información en Internet: el día que descubran el negocio y la gente se acostumbre, se acabarán los colegios, los institutos, las universidades: todos los centros de enseñanza al uso que existen hoy en día. ¿Me quedaré sin trabajo dentro de veinte, treinta años? Al fin y al cabo, yo también soy.

    -¡Isaac, Isaac! ¿Qué haces por aquí?

    Estaba sorteando una fila de maletas, camino de las ventanillas para adquirir un billete solo de ida, por favor; casi había tropezado con una y llevaba la mía en volandas cogida de un solo brazo. Iba tan distraído que no había mirado a nadie y cualquiera que me viera pensaría que era un autómata con los ojos puestos a años luz de la realidad circundante. La voz era conocida, muy conocida de hecho, me giré un tanto sobresaltado, pero procuré que no se me notara.

    -¡Hombre! -es lo que dije, a pesar de que era una chica. -Isabela. Cuánto tiempo sin verte, qué guapa estás, ¿cómo va todo? -Quise decir eso, pero solo acerté a decir la última pregunta con un cacareo nervioso mientras me apartaba de la fila para que la señora que tenía detrás de mí, impaciente, ocupara mi posición en la cola. No me importaba, no tenía ninguna prisa y, en aquel instante, el encontrarme con Isabela era una grata sorpresa.

    Nos dimos un abrazo, bastante frío, quizá fue normal, pero antes nos abrazábamos tan fuertemente, y el cuerpo parece recordar tan bien ciertas cosas, que ahora todo parece sucedáneo de cortesía. Hace mucho tiempo que no abrazo a nadie como la abrazaba a ella. Me han dicho que tengo un muro, una coraza: es para no sufrir, me gustaría contestar, pero encojo los hombros, sonrío y digo que soy así. Por encima de su hombro, pude ver que algunas chicas nos miraban, me miraban, con escepticismo, las mismas que yo había sorteado un momento antes. Seguramente pensaban que yo era el famoso Isaac y que, al fin y al cabo, era muy poco para ellas. Quizás me habían imaginado más guapo, más alto, con más carisma. A veces me cruzan pensamientos de otra gente entre los míos, y me gustaría pensar que me equivoco, pero por desgracia, generalmente, no es así. Como me daban igual, no volví a dirigirles la mirada, ni siquiera hice un tibio conato de saludo.

    -¿Dónde vas?

    -Pues a Barcelona, he quedado con Claudio allí, ¿te acuerdas de él? -como era una pregunta retórica, continué atropelladamente- Vamos a dar un conciertillo en un bar de copas que hay por Gracia, él vive allí desde hace un par de años.

    -¿En serio? Qué pasada. Sigues tocando, ¿verdad? -Por los ojos de ella, tan embriagadores como siempre, podía ver que se alegraba de verme y eso agitaba la tumba de viejos sentimientos que, de hacía años, andaban criando malvas y polvo. -Nosotras hemos venido a dejar a Laura, que se va a Valencia. -Hizo un gesto con la mano y la tal Laura levantó su mirada asqueada del móvil, la miró a ella y volvió a bajarla en silencio. Lo mismo hacía la otra, la cual había dejado de prestarnos atención para atender a las múltiples redes sociales y todo eso.

    -Oye, ¿te apetece que echemos un café? -Cuando estas palabras salieron de mis labios, no podía creerlas. No las había dicho yo, sino otra entidad que hablaba por mí. Recodé la película aquella de Woody Allen, Un seductor de medio pelo o algo así, soy malo para las películas y los nombres. En este caso, Humphrey Bogart había hablado por mí. Al darme cuenta, empecé a cagarla. -Bueno, si te apetece, si no, no. Tienes cosas que hacer…

    -¡Vale! Me apetece mucho. Vamos a la terraza esa, que me encanta. Me gusta sentarme y ver pasar los trenes y la gente, antes lo hacía mucho. Me venía a pensar, jeje. Oye, ¿pero no tenías que comprar el billete?

    -Tranquila, mi tren no sale todavía. No tengo prisa. -dije sin mirar el reloj ni saber, en realidad, qué hora era.

    -Chicas, voy al bar a tomar un café con Isaac. Lauri, si llega tu tren avísame, eh. A ver si no se retrasa mucho.

    -Ok. -Contestó secamente la otra sin levantar la vista. Le habría soltado una grosería. Algo como “maleducada, deja el móvil de una puta vez que te están hablando”. Pero no lo hice, me limitaba a mirar a Isabela un poco más adelantado, con mis pies apuntando en dirección a la cafetería de la estación. Seguro que parecía idiota.

    -¿Y tú qué? ¿Qué haces con tu vida? Pensaba que vivías en Inglaterra, ¿ahora andas por aquí? -deseaba con todo mi corazón que me dijera que sí.

    -No, estoy de vacaciones. He venido a pasar unos días con la familia, ya sabes. Tan pesados como siempre.

    -¿Cómo están? Me acuerdo un montón de ellos, sobre todo de tu hermano, no lo he vuelto a ver desde… -que lo dejamos, que te dejé, que me fui casi sin despedirme no sé muy bien adónde- Dale recuerdos.

    -Jaja, claro. -Creo que me leyó la mente, en cierto modo, porque levantó la guardia de forma imperceptible, solo por la energía que se respiraba en torno de nosotros. Pensé que cambiaría de idea y volvería con sus amigas, pero no lo hizo. -¿Qué te apetece? -Dijo cuando llegamos a la barra del establecimiento.

    -Un cortado con hielo, por favor.

    -Un café con leche corto de café.

    -¿Leche caliente? -dijo la camarera con acento del este.

    -Sí. -contesté yo. Stevtlana, sabía su nombre porque lo ponía en una plaquita que llevaba sobre el pecho izquierdo, me miró sorprendida porque la pregunta no iba dirigida a mí. Isabela se echó a reír y la máquina del tiempo nos transportó a los dos unos cuantos años antes, cuando pasábamos la tarde tomando un café, besándonos, hablando de mil pamplinas que para nosotros constituían los pilares de la Tierra, de nuestro mundo.

    -¿Todavía te acuerdas de cómo me gusta el café, eh?

    -A eso no se le puede llamar café, sino leche sucia, del infierno, ideal para una fría tarde de verano. Qué puto asco. -Dije sin perder la sonrisa, en realidad me encantaban sus manías y algunos gustos extraños que tenía.

    -Sigues tan tonto como siempre… -e hizo un mohín falso de disgusto. Humphrey Bogart me instaba a que la besara, “BÉSALA, IDIOTA”, pero no lo dice y apreté los puños. Vi que me había tendido la mano levemente, estaba en el aire esperando que yo la cogiera; antes era un gesto que hacía sin darse cuenta, pero la apartó pronto. Stevtlana trajo los cafés, pagamos, pagué, se quejó porque pagara yo, y nos fuimos a la terraza, ella con su taza humeante y yo con mi vaso que contenía un líquido que se volvía helado por momentos.

    Nos sentamos el uno al lado del otro, los otros dos vértices de la mesa cuadrada apuntaban hacia los andenes, los cables, el muro que separa la estación de la playa, el mar. Era una tarde preciosa. Las nubes marineras nos miraban a lo lejos.

    -Me decías que seguías en Inglaterra, ¿cómo te va con los gabachos?, ¿te quedas muchos días por aquí?

    -Las cosas van genial, Isaac. Aquello te encantaría. Hay mucha música en directo y no ponen nada de lo latino que ponen aquí, ya sabes, la mierda de siempre. Hay grupos geniales que tocan como bandas grandes en pubs pequeñitos. Incluso en el pueblecito donde vivo yo, hay un garito en el que todos los jueves, viernes, sábados, e incluso los domingos, hacen música en directo. La mayoría de los grupos tocan éxitos de hace mil años. A veces me acuerdo de ti, te encantaría, Isaac, en serio.

    -Podría probar suerte. Podría tocarles una rumba catalana con la guitarra aquella, ¿te acuerdas? La que fuimos a comprar al Musica’s. Tiene un sonido brutal, no he vuelto a tener una guitarra como esa, es mi preferida.

    -¿Y dónde la tienes? ¿No ibas a Barcelona a tocar?

    -La he dejado en casa. Claudio insiste en que debemos hacer el directo con una acústica suya, por rollos de sonido y tal. Parece ser que una española no pega con el rock-pop y con esas canciones lacrimosas que a ti te gustan tanto. Ya sabes, Only got the sun when you’re feeling low, only got the snow when it’s strats to snow… -Canturreé con una voz ridícula, como si me hubiera pellizcado el escroto. Me pegó en el brazo mientras se reía.

    -¡Así no es la letra! ¡Te la has inventado! Only MISS the sun… -cantó ella brevemente, y deseé que continuara, que la cantara entera, como cuando íbamos en aquel coche minúsculo que tenía yo por entonces y ponía sus canciones, que luego fueron las mías, a fuerza de escucharlas tanto. Pero ya no era entonces, sino ahora.

    -¡Canta, canta! A ver si me la aprendo… Esa la tocamos también, pero como el vocalista es Claudio yo me limito a los arpegios.

    -Me gustaría verte tocar.

    -¿Por qué no te vienes conmigo? Lo pasaremos bien. Seguro que a Claudio no le importa que te quedes a dormir, ahora sus compañeros de piso se han ido de Barcelona y tiene la casa libre. Tocamos mañana por la tarde en la Plaça del Diamant con unos colgados amigos suyos, te caerían bien. Son buena gente, ya sabes, músicos de la vida. A mí me parecen unos flipados, pero no se lo digo, claro. Se creen estrellas del rock y además…

    Antes de que contestara al ofrecimiento, una voz la llamó.

    -¡Isa! -Sus amigas nos miraban con el mismo escepticismo, o desprecio, de antes, a unos metros. Yo las odié en ese momento con todas mis fuerzas, esa voz de pito roto nos devolvía a un presente menos luminoso, más gris, más mezquino.

    Se fue con ellas y yo me quedé en la mesa temiendo que no volviera. Le quedaba la mitad del café todavía. Sus amigas se disponían a pasar al andén número cuatro, el tren estaba al caer, lo clamaba la voz femenina de los altavoces. Tenían que acceder por un túnel subterráneo y supongo que esperaban que Isabela las acompañara. Me quedé mirando la escena, conjurando todos los astros para que se quedara conmigo. Hablaban un rato, se abrazaban y se despedían. Cuando la vi volver sola, mientras aquellas dos arpías no se dignaban ni a mirarme, me sentí tan afortunado que casi me pongo a saltar. Si hubiera tenido rabo, como un perro, lo habría estado moviendo frenéticamente.

    -Hemos quedado para vernos antes de que vuelva a Witney.

    -¿Así se llama tu pueblo, donde vives?

    -Sí, no está muy lejos de Oxford. Es precioso, la universidad es maravillosa. Todo allí parece sacado de una película de estas de magia y edad media.

    -Estilo Harry Potter.

    -Exacto. -Hablábamos de cualquier cosa, quizás se le había olvidado mi propuesta. Así que, desoyendo los consejos de la voz interior, insistí.

    -Pues, como te decía, podrías venir conmigo y.

    -Me temo que no puedo, Isaac. Tengo muchas cosas que hacer por aquí y no puedo estar fuera de casa, he venido a ver a mis padres. Imagínate el cabreo que se agarrarían si les digo que hoy me voy a Barcelona contigo, jeje.

    -Claro, lo entiendo perfectamente. -No me pareció una excusa, sino un motivo perfectamente razonable. Quizás no es lo que hubiera hecho yo en su lugar, pero yo no era ella.

    -¿Cuánto te quedas por aquí? ¿Tienes muchos días de vacaciones o qué?

    -Oye, estaba pensando… ¿A qué hora tienes que coger el tren? No vaya a ser que lo.

    -Tranquila, tranquila. -Miré el reloj sin ver qué hora era- Puedo coger el último tren a Barcelona, no tengo prisa.

    -¿Pero no estará esperándote Claudio?

    -Pero a ti hace más que no te veo. Cuánto, ¿dos, tres años?

    Miró su teléfono móvil y contestó a los mensajes pendientes. Siempre había sido una chica actualizada a los tiempos, no como yo, que soy un anacronismo. Si ahora estaba de moda el libro electrónico, a mí me gustaban los libros de papel; si ahora se llevaba tal red social, yo usaba la anterior; y así con todo. En todo ese tiempo no había mirado el teléfono y no tenía la necesidad de hacerlo ahora. Seguramente Claudio me estaría preguntando qué tren había tomado, pero yo no quería perder un solo segundo en mirar una maldita pantalla cuando podía mirar a Isabela. Levantó la vista y parecía más tranquila, más distante. Quizás sus amigas le habían dicho algún comentario negativo sobre mí. A saber: ¿ese es tu ex?, qué feo, que pelos, qué ropa de vagabundo, etcétera. Una de las reglas del ligoteo es ganarse a las amigas. Yo nunca las cumplía, soy un anarquista de la seducción. Ojo, ¿acaso estaba intentando ligar con ella?

    -Perdona, tenía un montón de mensajes. Qué pesada la gente, ¿verdad?

    -Supongo.

    -Pues la verdad es que me voy pronto. Dentro de tres días, el viernes cojo el avión de vuelta. He pasado una semana y media aquí. Luego me voy unos días a Irlanda.

    -Qué pasada, debe ser precioso. -Es bastante difícil para mí ocultar la decepción, así que intenté cambiar de tema para que la música del azar que nos había unido no dejara de sonar. -¿Y el trabajo qué tal?

    -Muy bien. He encontrado de lo mío. Me ha costado horrores, antes estaba en un restaurante, pero la verdad es que me lo pasaba muy bien. Tú también has sido camarero, ya sabes a qué me refiero. Ui, me ha salido un pareado, jaja. Bueno, pues eché un montón de currículum y ahora estoy trabajando para una multinacional. Me pagan poco, gano prácticamente lo mismo que en el bar, pero no me quejo porque es una oportunidad.

    -No sabes cuánto me alegro, en serio.

    -Sí, estoy muy contenta. Estas son mis primeras vacaciones desde que estoy en esta empresa. Me han dado un montón de días. Allí las cosas son diferentes, Isaac. Parece que hay más ventanas, más posibilidades… Todo aquí está estancado, la misma gente, con sus historias de siempre. Me ahogan, no lo soporto. Estoy unos días, todo el mundo está contento de verme, y luego me vuelvo a marchar. Así no hay problemas, no hay complicaciones. Cuando me fui no sabía muy bien lo que hacía. -Una sombra cruzó por sus ojos, que se volvieron más oscuros, como recordando momentos difíciles. Su mano estaba sobre la mesa, como la mía, tuve la intención de acariciarla, de apretarla, de darle un beso en el dorso como hacía antes cuando se ponía así. No hice nada de todo eso. -Pero ahora estoy genial. Inglaterra me ha dado todo lo que no conseguía aquí.

    -Joder, es lo mejor. Lo mejor que me podrías contar. Estoy muy contento por ti. Eres una chica valiente, siempre lo has sido. -No sabía muy bien lo que decía, pero quería llenar el silencio.

    -¿Y tú que haces?  ¿A qué te dedicas ahora a parte de tocar con Claudio por Barcelona?

    -Soy profesor en un instituto.

    -¿En serio? Qué buena noticia. Lo que siempre quisiste, al final lo conseguiste, estoy segura de que eres genial y tus alumnos te quieren un montón.

    -Bueno, hay de todo, pero en general me va muy bien sí, y estoy contento. Ha sido difícil, he dado algunos tumbos y he tenido que pagar una pasta por el máster, pero al final estoy en la rueda. No sé qué será de mí en setiembre. Supongo que me llamarán para cubrir una plaza en algún instituto, pero nunca se sabe ni dónde ni cuándo ni cuánto tiempo. Estoy con la incertidumbre, no me molesta. Me da igual dónde ir, no me ata nada aquí a parte de mis padres, hermanos, familia, etcétera.

    -¿Cuándo te dirán algo?

    -A finales de agosto, la semana que viene o la otra.

    -Eso es dentro de nada.

    -Sí.

    -Espero que tengas suerte y te den algo por aquí cerca. Así no tendrás que ir muy lejos de casa.

    -Ahora vivo solo, hace unos meses me he emancipado. Soy un chico autosuficiente del siglo XXI, puedo vivir donde sea. ¿Quién sabe? Quizá me voy a Inglaterra de profesor de español para los niñatos guiris.

    -Encontrarías trabajo seguro.

    -Además, allí me puedo cruzar contigo, como hoy. Qué casualidad, eh. He pensado en escribirte, en saber de ti, pero me daba… No sé, ¿sabes lo que te quiero decir?, ya me entiendes, es complicado y, no sé.

    -No, no sé lo que me quieres decir, ¡no has dicho nada! -decía entre risas, el pelo le caía sobre los hombros, una brisa me trajo su olor, aquel aroma suave que tenía ella, que he buscado en tantos cuerpos y en todos he notado un hedor rancio de desapego. Pero allí estaba el suyo, otra vez, como ayer, como siempre. -No has cambiado nada.

    -Espero haber cambiado un poco. He ordenado los muebles de mi cabeza, su trabajo me ha costado, no te creas. Por poco se me cae el mundo encima, pero creo que ahora lo tengo todo bajo control.

    -Dime, ¿tienes novia?

    Le habría dicho que no. Que desde que no estoy con ella no había vuelto a sentir nada. Que me sentía solo y que me había acostumbrado. Que no conseguía encontrar nada ni nadie que me volviera loco, que me hiciera volar y olvidar el entorno. Que había ido a mil lugares, conocido a cientos de personas, y que no había nadie como ella. Que a veces miraba la luna y pensaba si ella la estaría mirando también, en otro lugar, y si pensaba a veces en mí y en lo que tuvimos. Que éramos muy jóvenes e inexpertos y no sabíamos lo que teníamos entre manos. Que el amor era algo muy poderoso, muy peligroso, y en las manos de dos adolescentes era fácil que se cayera, que se me cayera, pero no se me había roto, no se rompió mi parte y la guardo en el fondo del alma y no encaja con nada porque ese trozo es la otra mitad del que se quedó con ella, que no sé si guarda, que no se si existe.

    -Bueno, he tenido, tengo, algunas amigas. Pero nada serio.

    -Tú siempre igual, a ver si un día sientas la cabeza…

    No me atreví a preguntarle si ella estaba con alguien. Supuse que no, porque si lo estaba, ¿qué demonios hacía hablando conmigo? Si yo estuviera con ella, y se sentara con un ex una tarde a hablar sobre la vida me sentiría mal, me sentiría celoso, preocupado por si ya no me quiere. Así que supongo que estará sola y no tiene otra cosa mejor que hacer tiempo conmigo.

    -Supongo que un día la sentaré. Todavía no ha aparecido la persona adecuada, no aguanto a nadie, o nadie me aguanta a mí. Acabaré como una puta vieja, hablando con mis gatos -canturreé con voz cascada- Es de Sabina.

    -Ya tardaba en salir el Sabina.

    -Es el mejor, ya sabes.

    -Cada vez que lo escucho pienso en ti. De vez en cuando me lo pongo en casa, ¡me las se todas por tu culpa!

    -¡Yo también me sé todas las de Coldplay y no me quejo! ¿Te acuerdas cuando fuimos al concierto? Llegamos tardísimo, nos colamos y nos pusimos en las primeras filas del estadio. Qué bueno.

    -Qué cara más dura tenías… Eres un caso.

    -Era. Ahora soy un chico serio y responsable.

    -Las personas no cambian, Isaac. Seguimos siendo los mismos siempre.

    -Yo no lo creo. Evolucionamos. Aprendemos de los errores, no nos queda otra.

    -No sé, yo creo que siempre tropezamos con la misma piedra.

    -Por eso hoy hemos tropezado tú y yo.

    Se hace un silencio. No sé decir si es incómodo. Durante la conversación se han ido produciendo algunas pausas entre las frases que antaño se llenaban con besos y miradas cómplices. Ahora nos miramos a los ojos, frente a frente. Debo tener la mirada un tanto desquiciada, como borracha, no por haber bebido sino por haberme embriagado de ella. Estoy tan embebido que es como si el cuerpo no me respondiera. Podría pasarme así la eternidad entera, sin ninguna prisa. El móvil vibra en mi bolsillo. Como tengo la costumbre de llevarlo a clase, casi siempre lo tengo en silencio, como esta vez. Ni siquiera lo siento. No siento nada. Si lloviera, no me daría cuenta. Si me cayera un rayo me quedaría igual. Estático, extático. Loco de amor, de deseo. De abrazarla fuertemente y de decirle que todavía la quiero. Que la echo tanto de menos que la vida me da miedo. Loco. Tanto, que quizá ella lo perciba. Pero como me conoce, como me ha conocido como nunca nadie lo ha hecho, no me importa. Soy yo mismo. Soy como nunca soy con los demás, con las demás. Isabela, he pasado tanto miedo, ha llovido tanto sobre mi alma rota, rescátame de mí mismo, sácame del pozo donde yo mismo decidí meterme. Mi antebrazo repta sobre la mesa, mi mano está a punto de coger la suya mientras nos miramos, mi cuerpo se acerca levemente al suyo y ella no se aparta, no deja de mirarme, con una expresión que no sé leer, no puedo saber qué piensa, nunca he podido. Cuando estamos a punto de establecer contacto, a esa distancia del cuadro de Miguel Ángel, entre el dedo de Dios y del Hombre, cuando por fin estamos al borde de la frontera, y vamos a atravesarla, y no nos separaremos nunca, e iremos a Londres, a París, a Roma, y haremos el amor en cada ciudad de este mundo y del siguiente, en ese preciso instante en el que el tiempo y el espacio no existen, donde la vida es eterna en cada segundo, allí, entonces, cuando,

    -Chicos, tenemos que recoger terraza. -Es Stevtlana. Ajena a la escena trascendental que estaba sucediendo. Trabaja muchas horas por un sueldo ridículo. No está dispuesta a pasar un minuto de más en este antro. Nuestra mesa es la única que queda. Todas las demás están apiladas en un rincón de la terraza. Hace tiempo que nos hemos terminado el café. La realidad vuelve y nos golpea, me golpea, como un maremoto japonés.

    -Vale, perdone. Ya nos vamos. -Contesta ella. Es más apta para el mundo. Yo siempre he sido un soñador frustrado, al estilo romántico decimonónico, es decir, todo lo contrario del romanticismo hollywoodiense, donde los románticos son guapos y siempre salen ganando porque tienen verdad, valor, buena suerte. Quizás yo también lo sea esta tarde, esta noche ya.

    Caminamos en silencio en dirección a la salida. Ella va mirando el móvil, yo arrastro mi maleta como un fantasma sus cadenas. No sé por qué pienso en esa imagen, quizá lo ha pensado ella y me ha contagiado a mí. Teclea sobre la pantalla y yo miro en derredor. El ambiente ahora es más tranquilo, pero parece que no existe. Sigo sin saber la hora que es porque, a su lado, no tengo prisa. De repente se para, escribe más intensamente. Yo la miro. Está preciosa. Su cuerpo no ha cambiado tanto, está más delgada, más madura, más asentada en sí misma. De mayor será una mujer preciosa y todavía la mirarán los jóvenes. Posee el don de ser atractiva, la envidiarán otras mujeres que no tendrán tanta suerte, aunque ahora sean más guapas según el canon estúpido hecho por homosexuales. Procuro contener el flujo de mis pensamientos. No tengo nada en contra de los homosexuales, de hecho, admiro a muchos de ellos, tienen un don especial para el arte, y las mujeres dicen que son atractivos. Yo no lo soy, aunque me gustaría serlo ahora. Quizás estaría más seguro, tendría más confianza en hacer lo que sé que voy a hacer: intentar besarla. No lo he pensado mucho. Simplemente una voz me lo ha dicho y yo me voy a lanzar, aunque me cueste el amor, el trabajo, la salud. A su lado el mundo tendrá algún sentido, los éxitos no son tales porque no tengo con quién compartirlos, no está ella a mi lado para pesarlos, medirlos, evaluarlos. Haremos buen equipo, tendremos una familia preciosa, mis hijas, tendremos hijas, serán guapas y listas, como ella. Yo seré un pasmarote, un autómata, haré todo lo que me pidan, daría mi vida por la suya. Ella lo sabe, sé que en el fondo me quiere. Ha pensado en mí otras veces, nunca dejará de pensar en mí, aunque estemos a quilómetros, millas, años luz. Miraremos la luna en una playa de arena blanca. Haremos el amor allí mismo y tendremos un futuro anodino, rutinario, intrascendente, aburrido. Un día, de viejo, me llevará la muerte y ella les contará a todos, ya viejecita, cómo era yo: un cascarrabias con un corazón de oro.

    -Me pasan a buscar.

    -Vale. ¿Por aquí? -Señalo con un gesto el arcén que está justo enfrente de la entrada de la estación. -Te espero.

    -Oye, ¿a qué hora sale tu tren?

    -No te preocupes, no tengo prisa.

    -Pero…

    -Verás, Isabela. Tengo que decirte algo y pienso que reventaré si no lo hago. Nunca he dejado de pensar en ti. Eres la persona que más he amado en mi vida. Cada día, no hay uno solo, que no piense en algo que dijiste, en algo que hiciste. Cuando hago algo bueno, por lo que me siento orgulloso, me imagino lo que dirías tú. Igual cuando me equivoco, pienso en el consejo que me darías y actúo en consecuencia. He cambiado mucho, me he equivocado otro tanto, pero en cada paso que he dado he intentado llegar a ser alguien mejor, una persona diferente a la que tú conociste, que se marchó porque no se encontraba a sí mismo. Y hoy he vuelto a encontrarte y creo que es una señal del Destino, de Dios, del Universo. No puedo dejarte ir otra vez. -Doy un paso al frente, la envuelvo con mis brazos, ella se queda quieta, mirándome con los ojos, sus bellos ojos, sus ojos únicos, como platos. -Yo te, quiero decir que yo, yo te -decido acabar la frase después de besarla, y a eso me dispongo cuando me planta dos besos rápidos en las mejillas, tanto que no tengo tiempo a reaccionar. Se zafa de mis brazos y se aleja.

    El sueño se está terminando y ahora tiene su influjo más poderoso. Me habla, no sé bien lo que me dice. Dice que tiene que irse. Que se alegra de verme. Que me cuide. Que tenga cuidado. Que no haga locuras. ¿Locuras? No, no. Tengo una vida ordenada, responsable, voy cada día al trabajo e intento ser el mejor, me esfuerzo por conseguir lo que quiero. Ya no fumo tanto, casi no bebo, no me drogo a pesar de que mis amigos sí. Ya sabes, la música es así, pero yo no, yo soy fuerte porque quiero valer la pena, quiero merecerme tu amor. El que una vez perdí, el que estoy perdiendo, otra vez, ahora.

    Ella se aleja, cruza la acera. La espera un coche. Un Audi negro tipo A3, con los cristales tintados, con luces azuladas en el salpicadero, quizás del ordenador de a bordo. Es un buen coche. Miro al conductor y es un tipo fornido, alto, un poco mayor que yo. Tiene esa pose de seguridad, ese saber estar del que tiene todo lo que quiere sin haber hecho demasiado para conseguirlo. No lo conozco, no es de su familia. Ella abre la puerta del copiloto, saluda animadamente con una voz que nunca puso conmigo, una voz estúpida y feliz. Él le pregunta algo, sus labios se mueven alegres como diciendo: ¿Quién es ese? Ella niega con la cabeza y adivino, porque no la veo, que su boca dice: Nadie. Le pone su mano delgada, sus dedos largos, sobre la mejilla barbuda, grasienta, asquerosa, del tipo. Es como yo, pero más guapo y más estúpido, lo primero es evidente, lo segundo no lo sé. Lo besa, la besa, se besan un momento. No es un pico, es un morreo rápido, promesa de otros tantos más largos y más intensos. Antes de que se acabe, me vuelvo. No quiero que me salude, que me saluden los dos. Me vuelvo hacia dentro de la estación. Las puertas automáticas me reciben con los brazos abiertos. Tengo ganas de derrumbarme, pero me trago la vergüenza como una bola de cristal enorme. Miro en torno sin saber muy bien nada.

    Camino hacia el mostrador, está cerrado. Miro al bar, a la cafetería donde hace unos minutos soñaba que era otro tiempo y la vida era otra cosa y yo estaba en un universo paralelo donde no estaba solo, tan solo. Miro el reloj de la estación. Son las diez de la noche. Ya debería estar en Barcelona. Quizá Claudio me esté esperando en la estación. Voy al panel electrónico y el último tren ha salido hace diez minutos. No habrá otro hasta mañana a las cinco y media de la mañana. En el teléfono tengo tropecientos mensajes y llamadas perdidas de Claudio, mi madre, que si ya he llegado, grupos de gente que han enviado cosas graciosas, distraídas, intrascendentes.

    Me quedo allí plantado sin saber muy bien lo que ha pasado. Un vagabundo avejentado pasa a mi lado y me mira. Quizá tuvo la idea de pedirme dinero, pero al verme ha decidido que lo mejor será dejarme tranquilo.

    Suspiro. Me siento mal. Me siento roto. Me siento ridículo.

    Llamo a Claudio. Descuelga al primer tono.

    -Cabrón. ¿Dónde estás? Estoy aquí con Cristina y Judit que hemos venido a buscarte a la estación. Esta noche va a ser buena. Lo tengo todo preparado. Tocan unos grupos que son una pasada. Venga, dime, ¿dónde estás? No te veo salir del andén.

    -Tío, tengo un problema. He perdido el tren.

    -¡Pero qué me estás contando! Si me has dicho a las seis que salías de casa, pero tú estás loco o qué te pasa, me cago en tu…

    -Lo siento, ya te contaré, es una larga historia. Ahora tengo que colgar. Mañana cogeré el primer tren hacia Barna.

    -¿Pero te ha pasado algo?

    -No me ha pasado nada, ese es el problema.

    -Estás colgado tío, si es que eres un puto loco, a saber dónde te habrás metido, cabrón, cabrón de mierd.

    -Te llamo mañana. Llegaré temprano. Hablamos. -Y cuelgo.

    Me siento en un banco solitario. Unos pocos pasajeros esperan al próximo tren que irá a cualquier parte. Irún, leo en la pantalla, no sé muy bien dónde está, en el norte, creo. Seguramente será un lugar bonito, verde, donde llueve a menudo, como en Inglaterra. El vagabundo ahora pasa por delante de mí, con esa barba parece Jesucristo, quizá lo sea, le contaría lo que me ha pasado y me daría consuelo, pero nunca lo comprobaré porque seguramente es un borracho y va a lo suyo. Los andenes están desiertos, desolados.

    A lo lejos veo dos figuras. Uno es calvo y bastante bajito, tiene un porte nervioso, se mueve como si se carcajeara. El otro también se ríe, es más alto, va en un traje antiguo, con sombrero de detective de los años treinta, se muestra más sereno. Son Bogart y Woody. Lo han visto todo, oído todo, y se lo pasan genial los dos con mi película.

    Pienso que mañana daré el mejor concierto de mi vida. Pero ahora estoy aquí sentado, solo, imaginándome personajes de ficción de cuando el cine era cine, según los cinéfilos. No sé qué hora es, no sé dónde ir, no sé qué hacer. Pero una cosa está clara.

    No tengo prisa.

  • Bukowski está escribiendo

    Bukowski está escribiendo

    Hank se levanta a las 11:49 de la mañana. Es un jueves, febrero de 1983. Tiene resaca. El rumor del tráfico de Los Ángeles se cuela por entre las cortinas ajadas de su apartamento y es como el rumor del océano. Lo ha despertado el ring-ring del teléfono.

    -Oye, Hank -es la voz Lou- estoy jodido.

    -¿Y quién no?

    -No te lo vas a creer, pero llevo cuatro años sin follar y ayer perdí la oportunidad.

    Hank se rasca las almorranas y luego olfatea la punta de sus dedos que tienen un agradable olor a mierda. Detesta ese olor, siempre que no sea el suyo propio.

    -Te creo. Hay gente que no ha follado en toda su vida, se dedican a tocar el violín.

    -Era una chica increíble. -continúa Lou- Guapa, joven. Vino a verme por lo de mi libro, ¿recuerdas el libro que publiqué, Hank? ¿Lo has leído ya? Creo que te pasé una copia.

    -No. ¿Qué pasó con la chica?

    Lou cuenta cómo dejó escapar la mujer de su vida. Presta atención a medias mientras busca el paquete de cigarrillos por el salón. Lo encuentra por el suelo. Se agacha. Las rodillas producen un chasquido. Está viejo. Está gordo. Tiene apenas cincuenta años, le echan setenta. De todas formas, no esperaba llegar tan lejos. Qué demonios, es escritor.

    -Oye, Lou. Eres un fracasado, siempre lo fuiste. Dejaste escapar la mujer de tu vida.

    -¿Y qué puedo hacer ahora?

    -Probablemente nada. Hay quienes no saben leer las señales. La chica vino a tu apartamento, te quería. Se enamoró de lo que escribes, pero tú no supiste leerla. Nunca aprenderás, eso se tiene o no se tiene: como la belleza, la inteligencia, la suerte.

    -Era una chica increíble, Hank. Intenté besarla, pero me rechazó.

    -No era el momento.

    -¿Cuándo lo será? Soy un escritor. He publicado obras maestras, obras que perdurarán. No puede ser que lleve cuatro años sin hacerlo y pierda una ocasión como esa. Yo…

    -Eres escritor. Te has pasado la vida queriendo serlo. Ahora lo eres. La pregunta es: ¿Y?

    Hank colgó el teléfono. Estaba cansado de escuchar a Lou. Se enciende un segundo cigarrillo mientras mira en torno a sí. Es un profesional: en ningún momento piensa en preparar café. Ya no conciliará el sueño de nuevo. Se dirige a la nevera, esquiva la basura que alfombra el suelo. Va descalzo y hay cristales rotos, tiene que ir con cuidado.

    Vasos llenos de colillas, ceniceros llenos de papeles. Dos bolsas repletas en una esquina. Se acuerda se su exmujer, solía decirle: eres una maldita bolsa de basura. Hank ríe y abre el frigorífico. No queda cerveza. Ayer estuvo con alguien, no lo recuerda bien. Hubo una pequeña fiesta, su último libro, Música de cañerías, se publicaría en setiembre. Es una de sus primeras obras. Lleva toda la vida en esto, piensa que el éxito, las chicas guapas, los tipos con cámara y preguntas, han llegado demasiado tarde. Se alegra, ¿de qué iba a escribir si hubieran llegado antes? Decide bajar al supermercado.

    Compra un par de botellas de whisky y una caja de cerveza. Mientras sube las escaleras, oye cómo discute una pareja. El amor es un imposible en una ciudad como Los Ángeles, en cualquier ciudad del mundo. Piensa que podría estar en cualquier parte, piensa que está en ningún lugar, piensa que la vida es una broma, piensa, piensa, piensa y se cansa. Abre una cerveza caliente y se sienta frente a la máquina de escribir. Tiene un cuento en la cabeza, un tipo entra en un bar y mira a una chica guapa. Ella lo desprecia porque no le gusta su rostro cacarizo. No ve su nobleza, su fuerza, la belleza de una cara interesante. A ella solo le interesa el camarero. Uno de esos tipos que tienen a todas las que quieren, que escogen cada noche con quién se acuestan. El protagonista acabará machacando al camarero un parking con un bate de béisbol. ¿Cuál será el pretexto?

    Suena el timbre. Hank no ha escrito una sola línea. Son las 12:34. Abre la puerta y ve a un joven que podría haber sido él veinte años antes. Trae un libro suyo y gabardina, el disfraz de escritorzuelo. No recordaba que iban a entrevistarle de aquella revista literaria. Él es uno de los poetas underground del momento. El gran poeta, de hecho.

    El joven finge no sorprenderse por el estado del apartamento. Pasa y al cabo de unos minutos pide abrir la ventana porque le molesta el humo del tabaco que está por el salón inmóvil como un fantasma. A Hank no le importa, en realidad, no le importa nada.

    Se sienta y abre otra cerveza. Ofrece al joven, que dice llamarse Freddy, una copa y la rechaza. Se sienta en el sofá. Hay obras tiradas como vagabundos por todas partes. Sus hojas se mezclan con los envoltorios de comida rápida que le sirven como punto de libro. Freddy decide sentarse en una silla, frente a él. Hank bebe y fuma mientras el otro prepara su grabadora, su cámara, su libreta de notas. No. Él no era así, nunca lo fue. Tiene ganas de estamparle la botella en la cara, pero se contiene. La rabia se disipa.

    -¿Puedo hacerle una foto, señor Bukowski? Es para el artículo.

    -Como quieras, Freddy. -levanta el botellín y hace una mueca mostrando los dientes amarillentos y sucios, las arrugas surcan su cada ajada. -¿Así está bien, Freddy?

    -Prefiero que me llame Frederick, señor Bukowski. Soy doctorando en literatura.

    -Vete al carajo, Freddy. Haz tus preguntas antes de que saque tu culo a patadas de mi casa. No tengo tiempo para ti. Tengo trabajo. -Hank enciende un cigarrillo y bebe.

    -¿Cómo es su proceso creativo?

    -Me siento ahí -señala el rincón de la máquina de escribir- y aprieto las teclas.

    -De los autores modernos, ¿cuál es el que más le interesa?

    -Ninguno.

    -¿Y de los clásicos?

    -Hemingway tiene un cuento muy interesante. Un hombre amaba a una mujer y ella lo amaba a él, amor verdadero, ¿comprendes? Intentaban hacerlo cada noche, pero el hombre no conseguía que se le pusiese dura. Leí ese cuento en mi adolescencia. Al llegar al final, se sabía que el hombre había sufrido un accidente en la guerra y sus genitales se habían visto afectados. Eso me decepcionó. Un final como cualquiera.

    -¿Ha tenido problemas con el alcohol?

    -Hemingway era quien los tenía. A mí el alcohol me ha salvado la vida muchas veces.

    -Hábleme de eso.

    Hank sigue hablando mientras piensa en llamar a Susan, necesitaba un buen polvo. Ella estaba loca, pero al fin y cabo conseguían entenderse en lo más profundo. A Susan no le gustaba leer, lo que le motivaba era la bebida. Como a él, como a los grandes artistas.

    -¿Qué consejo le daría a los jóvenes escritores de América?

    -Que follen mucho, que beban mucho y que fumen muchos cigarrillos.

    -¿Qué consejo le daría a los escritores viejos?

    -Si han llegado a viejos, no necesitan consejos.

    -Es todo señor Bukowski. El artículo saldrá publicado en…

    -Lárgate de aquí antes de que te estampe la cerveza en la cara, hijo.

    Freddy se levantó. Recogió sus cosas y se marchó contrariado. Cuando cerró la puerta tras de sí, Hank se sintió mal. Lo había tratado como a un perro. Detrás de su coraza de hombre de hierro, tenía corazón, tenía alma. Nadie lo había visto. La gente está ciega.

    Se sienta, se levanta. Vuelve a sentarse y a levantarse. Son las 14:17. Necesita dar una vuelta. Las cervezas se están acabando y el tabaco también. Decide ir al bar más cercano. Llega y le hace un gesto al camarero con la cabeza. Trae un whisky con agua. Sin decir nada, el camarero espera. Como Hank guarda silencio, el camarero se marcha. En la televisión están retransmitiendo un partido de baloncesto. Esos tipos, en su mayoría negros, corren de un sitio a otro como ratas. No le interesan los deportes, pero mira el partido con atención. El ojo del culo de esos tipos seguro que huele a rayos.

    En el segundo whisky, decide llamar a Susan. Se acerca hasta el teléfono, mete una moneda y marca el número. Ella está en casa. Vive de la pensión de su exmarido.

    -¿Qué quieres, hijo de puta? -Está borracha.

    -Quiero verte.

    -No es buen momento. Te odio con todas mis fuerzas. Llevo meses sin saber nada de ti. ¿Crees que puedes venir aquí y tratarme como a tu puta? ¿Eso crees? Pues te equivocas.

    -Estaré allí en una hora.

    -Yo te quería, Hank. Pensaba que seríamos un equipo. Pero tu no puedes querer a nadie.

    -Yo te quiero, nena. -Hank no miente- Estaré allí sobre las 15:30. Espérame en casa.

    Cuelga. Vuelve a la barra y termina la copa de un trago. El amiente del bar es decadente. Un tipo juega a las tragaperras y el camarero, un hombre escuálido de rostro cadavérico, lee una revista. Una mujer entra y se sienta junto a él. Le pide fuego.

    Se lo da. Empiezan una conversación intrascendente. Está gorda, nunca la ha visto por allí, aunque acostumbra a no fijarse en nadie. Ella le dice que vive a unas cuatro manzanas del lugar. Divorciada, de unos cuarenta años, quizá más. Bebe bourbon. Hank sabe que acabarán en su apartamento. La mujer se llama Helen, no trabaja, no es feliz.

    -Me encanta este lugar.

    -A mí también.

    -No te he visto nunca por aquí.

    -Yo a ti tampoco.

    -La gente no tiene espíritu. Todos los hombres sois iguales, solo os interesa una cosa.

    -Yo no soy como los demás, yo soy escritor.

    -¿Y sobre qué escribes, si puede saberse?

    -Sobre la vida.

    -La vida es una mierda. El caso es que tu cara me suena. ¿Cuál es tu nombre, escritor?

    -Charles Bukowski. Pero todos me llaman Hank. Hank para los amigos y enemigos.

    La mujer hace una mueca de sorpresa. Había leído sus libros, se había masturbado con sus poemas. Se lo dice. Hank no muestra sorpresa alguna, no era la primera vez. Salieron del bar y caminaban hacia el apartamento de la señora. Le gustaban sus pechos y sus labios pintados de rojo escarlata. Sin duda no iría a ver a Susan, o iría más tarde.

    Helen vivía en un bloque de apartamentos, en el último piso. Ambos se meten en el minúsculo ascensor. Casi que no caben. Llevaba un vestido amarillo limón, de su minifalda salían unas piernas grandes, fuertes. Hank aprieta el botón rojo de stop y el ascensor se para entre la quinta y la sexta planta. La besa. Mete su lengua hasta el fondo de aquella boca roja, húmeda. Nota cómo una erección se retuerce contra su bragueta. Le sube la falda, le baja las bragas, le da la vuelta y la penetra allí mismo. El ascensor chocaba contra las paredes. Dura apenas minutos. Se corren y se separan. Hank reactiva el mecanismo del ascensor. Cuando llegan a la última planta, se marcha escaleras abajo con parsimonia. Enciende un cigarrillo y el humo sube por detrás de sus pasos. Se siente renovado, se siente bien, estaba siendo un buen día después de todo. Un día cojonudo.

    Helen se quedó en la entrada de su apartamento, anonadada. No entendía qué estaba pasando. Lo veía bajar las escaleras con unos andares de paquidermo, de vagabundo.

    -Oye, tú, hijo de puta, ¿crees que me puedes tratar así? ¿Dónde crees que vas?

    No lo siguió. Sale a la calle y el aire pútrido le da en la cara. Los coches pasan por la avenida rumbo a ninguna parte y él se siente por fin como pez en el agua. Sonríe.

    En todos sus años, nunca lo había hecho de pie. Menos en un ascensor. Está contento. 

    A las 16:09 sigue en su apartamento apretando teclas. Suena el teléfono, pero no responde. Es Susan. Su voz llorosa le pregunta donde está. Bukowski está escribiendo.

  • Se busca voz para grupo de rock

    Se busca voz para grupo de rock

    -Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. -y apuró el cigarrillo.

    El otro lo miraba con una expresión indiferente, quizás de superioridad. No importaba, había que tragar con todo aquello. Al fin y al cabo, era un trabajo como cualquier otro.

    -¿Vamos?

    -Venga, tú primero.

    Pasaron hacia dentro y dejaron fuera el tronar ensordecedor de las chicharras. Hacía un calor insufrible y sudaba, sobre todo sus manos. No sabía si eso iba a salir bien tal y como estaba: estúpidamente nervioso. Cogió aire y penetró en la oscuridad del recinto.

    Al cabo de unos pasillos, llegaron al estudio. El ambiente era como el de todos los lugares de esa clase. El olor era agradable, como de madera barnizada. Le parecía un misterio cómo se generaba aquel sabor en el aire: mezcla se sudor, cerveza y guitarras.

    -Este es Felipe. Viene a hacer la prueba.

    El grupo no tocaba en ese momento, pero estaban colocados como si fueran a ensayar otro trema. Primero saludó al batería, un tipo gordo y malcarado. Luego al bajista, pelo largo y con una cara bastante horrible. El guitarra, también feo, pero con el pelo corto. El que lo había recibido en la puerta era un amigo. Buscaban una voz para la formación.

    Saludó a todos. Estaban un poco nerviosos, pero actuaban como si no, lo cual producía cierta incomodidad. Dejó la funda en el suelo y empezó sacar de ella su vieja guitarra.

    -Veo que traes tu guitarra.

    -Sí.

    -Sólo buscamos un cantante, además es una guitarra española. Nos interesa más el rock.

    -Bueno. ¿Qué queréis que cante?

    -Mira, ¿conoces esta canción? -Y le hizo llegar una hoja mal impresa con la letra de una canción punki. Era de un grupo cuyo líder había muerto en los noventa por la heroína.

    -Claro que la conozco.

    -Pues venga. Un, dos, tres, y…

    La música, si puede llamarse así a cuatro acordes mal ejecutados, empezó a sonar. Como hacía siglos que no escuchaba la canción, tuvo serias dudas a la hora de entrar. Mientras todos ejecutaban la pieza, pensaba que lo habían descartado nada más llegar.

    Empezó a cantar, pero la calidad del micro era tan mala, tocaban tan fuerte y estaban tan metidos en lo suyo, que difícilmente podían escuchar cómo lo hacía. Por su parte, estaba un poco nervioso, pero no lo hizo mal. A medida que la canción avanzaba se iba sintiendo más seguro y, sabiendo que estaba descartado desde el principio, pensó que no perdía nada por disfrutar del karaoke. Así que se dejó llevar y la canción terminó.

    -¿Qué tal? ¿Cómo lo veis?

    Todos guardaron silencio. Era una condena aquella quietud. No les había gustado, ni siquiera lo habían escuchado. Pero bueno, eso era el mundo: no escucharse unos a otros.

    Sacó la guitarra de la funda. Era una vieja española. La enchufó en uno de los amplificadores que había, sin pedir permiso. Por lo menos, la experiencia serviría para tocar un par de canciones delante de desconocidos. Siempre había tocado en su casa.

    -¿Os sabéis esta?

    Empezó a rasgar la rueda de acordes que se había preparado. Los músicos decían conocer la canción, pero no se animaban a tocarla con él. Mejor. Por lo menos lo escucharían. Tocó y cantó el tema en apenas tres minutos sin mirar qué hacía el resto.

    -Bueno -dijo uno de ellos cuando terminó-, pues ya te diremos algo.

    Pues ya estaba todo dicho. Pero había venido con el coche de un amigo y tenía que esperarse hasta que terminada la sesión para poder marcharse a su casa. Su amigo lo miraba con una expresión lastimera, como el que dice con los ojos: “Te lo dije, tío”.

    Una vez sentado en un rincón de la sala, pudo escuchar al grupo sin la presión de tener que participar en el ruido. El batería era bastante malo. Percutía un ritmo sin fuerza, sin ganas. Ninguno tenía un talento especial. Por lo menos, él se sentía con más gracia, pero qué artista no se cree tocado por los dioses. Y cuando no se sentía así, se autoconvencía.

    Como no tenía nada mejor que hacer, cogió una de las cervezas que había en una pequeña nevera. Si le decían algo, se haría el sueco. Pero solo lo miraron con expresión contrariada y guardaron silencio. La gente es cobarde y prefiere urdir sus pequeñas venganzas con argucias. Lo sabía porque lo había visto en todas partes. La vida funciona de esta manera: nadie te respeta hasta que sienten que deben respetarte.

    -Pues a mí me parecéis bastante malos, la verdad. No sé si querría tocar con vosotros.

    La expresión general cambió. El bajista lo miró con rabia y entró en el trapo rápido.

    -Bueno, si no te gusta, ya te puedes ir.

    -Tengo que esperar a que termine Arturo. -el amigo que lo había traído al ensayo. -De todas maneras, deberías aprender a encajar las críticas. Tocando así no llegaréis a ninguna parte. He visto millones de grupos de versiones. No tocáis nada vuestro.

    -Nosotros solo queremos tocar. -dijo el guitarra solista- Nos importa poco la letra.

    -¿Qué grupo que haya llegado a alguna parte conoces que haga esa clase de comentario?

    -Tú que sabrás. Primero aprende a tocar lo básico, y luego podrás hablar con nosotros.

    -Estoy hasta las narices de la gente como vosotros. No sabéis nada y preferís ignorar vuestra mediocridad patente. No es prepotencia, es simplemente observación. ¿Leéis?

    Silencio sepulcral. Mi amigo empezó a recoger su guitarra. El ensayo se había terminado, por lo menos para ellos dos, pues era él quien tenía que llevarlo a casa. Por lo menos no se lo había quedado dentro. Ahora los miraba con una expresión de superioridad, como a seres inferiores, aunque numerosos: esa siempre es su fuerza.

    -En fin. Ya os apañaréis, artistas. Que os den por culo. Acordaros de mí al fracasar.

    Y salió con la guitarra al hombro. Salió a la calle. El sol había bajado un poco en el horizonte, pero aún era de día y las chicharras seguían con sus canciones. Empezó a liar un cigarrillo en la puerta mientras esperaba a que saliera su amigo. No tenía prisa a pesar de que hacía calor. Estaba en la calle y se sentía a gusto a la intemperie.

    Cuando terminó el cigarrillo y empezó a liar el segundo, su amigo salió por la puerta.

    -Eres un gilipollas, tío.

    -Ya. Ellos también lo son. No harás nada interesante con esta gente.

    -No sé cómo he podido traerte. Sabía que te ibas a poner estupendo, como siempre.

    -Bueno, teníamos que probar. Pero bueno, al final ha pasado lo de siempre. Imbéciles.

    -Tío, creo que deberías abrir la mente. -Estaban en el coche, ventanillas bajadas porque el viejo vehículo no había llegado a la era de aire acondicionado. Ambos fumaban. -Te recomiendo que salgas a ver mundo. Pasas todos los veranos aquí. Trabajas todo el año y lo único que haces es soñar, no llevas nada a cabo. Está bien leer, pero hasta cierto punto. Muchos de tus prejuicios se esfumarían si salieras de tu centro de confort.

     -Salgo de mi centro de confort de lunes a viernes de siete de la mañana a tres de la tarde. Vosotros también deberíais probarlo: un poco de realidad no está mal. Te conecta con el público, con lo real de la vida, con la gente. En el cogollito punk no haréis nada.

    -Joder, Felipe, no sé cómo podemos ser amigos. No entiendo como puedes pensar así.

    -Ya te lo he dicho antes, pero parece que no escuchas. Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. Tú también lo eres. Los viajes de Instagram son una estafa, ¿no te das cuenta? Gente haciendo lo que les han dicho que hagan para encontrarse. Luego no pueden pasar ni media hora a solas en su casa, con su soledad.

    -No vale la pena seguir hablando contigo.

    Pasaron el resto del trayecto en silencio, hasta que llegaron al pueblo. El coche se detuvo delante de su casa. Le diría al colega de subir y echar una cerveza: hacer las paces. Pero el orgullo es una frontera demasiado alta a veces, a pesar de ser inútil.

    -Oye, Felipe, quiero decirte una cosa.

    -Mira, Arturo, soy así, tío. Lo único es que me ha jodido que no me escucharan. Ya se me pasará. Perdona la pataleta, por lo menos no me he quedado con el demonio dentro.

    -No es eso. Verás. Quieren que vengas al ensayo el próximo jueves.

    -¿En serio?

    -Sí, les ha molado la canción que has tocado. La verdad es que es buena, aunque me cueste decírtelo porque eres un prepotente gilipollas. Quieren probar el próximo día.

    -No me jodas. No tenía ni idea. Pensaba que me habían descartado.

    -Siempre estás adelantándote a las cosas. Fluye, tío, fluye como el viento.

    -No me va el yoga y esas mierdas indias. Me pensaré lo del próximo jueves. ¿Una birra?

    -Otro día, tío. Tengo cosas que hacer. Pero podemos vernos mañana para ensayar.

    -Venga.

    -Dame un abrazo, anda.

    Subió a su casa y se pasó el resto de la tarde tocando. Por fin tenía una banda. Era feliz.

  • Or y Am eran dos dioses cruzando la mar

    Or y Am eran dos dioses cruzando la mar

    Navegaban solos por un océano, a veces tempestivo, a veces en calma. Charlando, en silencio, de la mejor estrategia para sobrevivir en aquel entorno, pues a pesar de ser dioses, ninguno de los dos sabía que eran, y habían sido siempre, inmortales.

    Carecían de memoria anterior a ellos mismos y a su barca. No conocían nada más que su propia existencia, que se reflejaba en los ojos de cada uno cuando miraban al otro. Solo sabían que hacía ya mucho que navegaban juntos y por ello habían resultado ser inseparables como la noche y las estrellas. Decir que Or y Am se querían, era quedarse muy corto, se necesitaban.

    Había un elemento que los unía, que los ligaba. Una cuerta indestructible, y a la vez invisible, que solo ellos podían vislumbrar a veces. Un cabo abrazaba la cintura de Or y el otro la de Am, calcular la largura de la cuerda era algo imposible para cualquiera de los dos, solo sabían que allí estaba y que ambos estaban atados por el mismo hilo extraño, al cual, una noche Am, después de demostrar a Or afecto físico y espiritual, la bautizó con el gracioso y acertado nombre de Destino.

    La cuerda tenía su función, servía para que, en el caso de que alguno de los dos cayera al mar por alguna eventualidad, el otro pudiera salvarlo tirando de ella. El sitio más seguro donde atar el cabo eran sus propios cuerpos, así que no dependían por entero de la barca donde ahora navegaban y que Am había bautizado con el nombre de Convivencia, siempre era ella la que escogía los nombres de las cosas y él solamente asentía.

    Navegaban por aquel océano que se llamaba Vida buscando alimento. Generalmente, Or se sentaba en la parte trasera del barco, llevando la caña de timón, y Am en la proa, oteando el horizonte en busca de oportunidades y de nuevas costas. Or siempre obedecía todo lo que Am mandara, habían pasado muchas calamidades juntos pero de todas habían salido ilesos, sin la menor pérdida. El mar les daba todo lo que pudieran necesitar y su pequeña barca era su refugio, cada vez más duro y fuerte a medida que iban pasando las nubes, que se llamaban Tiempo.

    Una tarde calmada, mientras Am dormía, él soltó el timón y se puso a mirar el horizonte. Vio a lo lejos costas de árboles verdes y arenas blancas y quiso saber qué es lo que habría allí. Miró a su compañera mientras esta soñaba con los ojos cerrados y pensó en despertarla y pedirle que arriaran el bote en aquel lugar, pero prefirió no molestarla hasta que volviera en sí y comentarle su plan entonces. Todo esto era prácticamente nuevo para Or, dado que él, pocas veces tomaba las decisiones y era su compañera la que siempre hacía ese trabajo.

    De repente, una brisa suave y constante comenzó a empujar la barca hacia aquella orilla. La noche iba cayendo y era el momento de ponerse a dormir como Am, de echar el ancla y abrazarse a su cuerpo desnudo y yacer los dos al resguardo de los vientos, pero Or no lo hizo así, dejó la vela extendida, dejó que el viento lo llevara a aquella costa, veía encenderse unas hogueras y a gentes desconocidas dando brincos alrededor de ellas, quería saber qué era todo eso.

    Cuando la quilla tocó la orilla, suavemente, ella no se había despertado, lo cual él lo entendió como un buen signo. Seguramente, si lo hubiera hecho, no había sabido explicarle porqué no había echado el ancla o, por lo menos, la había despertado, Or no hubiera sabido qué responderle, él tampoco lo sabía. Pero nada de esto pasó porque Am seguía durmiendo en aquel recodo tranquilo de la costa, alejado de las hogueras y de la música de tambores que se distinguía tenuemente.

    Bajó de la barca y puso sus desnudos pies en la fina arena, el tacto lo reconfortó así como la idea de que era la primera vez que hacía algo a solas desde que tenía memoria, desde que navegaban juntos, esto lo alegró todavía más, y rápidamente, aprovechando la noche, se encaminó hacia el resplandor que iluminaba el cielo nocturno en aquella noche sin estrellas.

    Al llegar, no dio crédito a sus ojos. Una gran orgía se desataba a su alrededor, machos y hembras bailaban, saltaban, se retorcían y extendían sus brazos al cielo. Todo era locura y desenfreno, palabras que Or nunca había conocido, que solo sabía por lo que Am le había contado una vez sobre todo eso, que le había dicho que no valía la pena. Por un momento, pensó en volver sobre sus pasos y poner la barca rumbo a las olas, pero la noche era joven y se lo pensó, todavía quedaban muchas horas para que llegara el día y quería ver qué eso que todos aquellos llamaban Fiesta, quería saber.

    Una bella ninfa traía entre sus manos medio coco y todos allí, metían la cara dentro y respiraban hondo, de una sola vez y rápido, sniff. Los ojos se abrían de par en par y los saltos y brincos eran más elevados y más frecuentes, Or se preguntó qué sería aquello y la ninfa, sin mediar palabra, se acercó a él y le tendió la cáscara marrón donde portaba aquel intrigante elemento mágico. Pensó por un instante que aquello no le gustaría a Am, y menos aún que lo hiciera a espaldas de ella, pero la ninfa tenía prisa y… ¡era tan bella! Casi le recordaba a Am en algunas cosas, pero era diferente, ella estaba ahora con él en aquella isla, mientras su inseparable compañera dormía en la barca unos cientos de metros más allá, impasible a todo lo que estaba ocurriendo. Or metió la cara dentro del coco y respiró fuerte, sobre lo que sintió, casi que no lo recordaba, pero era como si le hubiera pasado lo mejor a su existencia, como si él y Am hubieran capturado algo que los hiciera olvidarse del trabajo durante meses, una euforia indescriptible y raras veces sentida. Fruto de esta sensación, también se puso a cantar y a brincar al son de los tambores y a bailar con todas las ninfas alrededor de la hoguera. Francamente, Or lo pasó muy bien.

    Fueron transcurriendo las horas de aquella noche y como, de entre todos los sátiros y ninfas, él era el que daba los saltos más grandes y cantaba con la voz más fuerte, todos lo aplaudían y estuvieron encantados de conocerle. Pero Or sabía que pronto llegaría el día y que debería volver donde descansaba su compañera, se despidió de algunos y sobre todo, de la ninfa de quien había provado, por primera vez, el extraño mejunje que lo había hecho sentir tan intensamente. Corriendo volvió sobre sus paso, feliz y contento por la diversión, pero a mitad de camino, lo asaltó la duda de si Am se habría despertado y no andaría por ahí, sola, en aquella extraña isla, buscándolo. Aceleró el paso y llegó a su barca llamada Convivencia, antes de que el sol comenzara a clarear, de nuevo, en el horizonte. Tomó los remos, que en pocas ocasiones utilizaban, y remó fuerte, y más fuerte, hasta que la barca fue alejándose de la costa y adentrándose en la mar de nuevo. El chocar de una ola contra el casco despertó a Am, pero él le dijo que no pasaba nada, ella confió en él, como siempre hacía, y siguió durmiendo un rato más, el suficiente para que Or alejara la barca de la Fiesta.

    Finalmente, Am se levantó, contenta y risueña, lo primero en lo que se fijó fue en la expresión cansada de su compañero y le preguntó si había dormido. Él le contestó que no, que no había cogido el sueño. Mientras se miraban, iba a contarle lo sucedido hacía pocas horas, pero entonces Am miró hacia el sol que comenzaba a salir de entre las olas, le dio un beso y le pidió que descansara un rato, él le contestó, con un extraño nudo en la garganta, que seguía sin tener sueño, que ya descansaría luego. Or pensaba que lo haría cuando aquella amarga sensación que ahora habitaba se deshiciera, fueron trascurriendo las horas de otro día cualquiera, aguantando la caña del timón, Or se sentía cada vez más cansado pero el nudo había bajado de la garganta al estómago y allí seguía, cada vez más amargo y más duro.

    Ese día no hablaron casi nada, cuando ella le preguntó el porqué de aquella actitud desacostumbrada el él, Or le contestó que se sentía mal, que ya se le pasaría. Am lo miró con una expresión de creciente preocupación pero sus quehaceres cotidianos no le dejaban demasiado tiempo para entretenerse, al menos, no en aquel momento con aquella tormenta aproximándose.

    Como ya se ha dicho, llevaban mucho tiempo surcando el océano de la Vida juntos, y por lo tanto, no era la primera vez que topaban con aquel fenómeno furibundo que era el huracán Circunstancias. Otras veces lo habían enfrentado y siempre habían salido ilesos. Ahora el torbellino se dibujaba a lo lejos en dirección a ellos y ambos lo miraban, en los ojos de ella no había el menor atisbo de miedo pero en los de él se podía distinguir la alargada sombra de la duda. Or comenzó a recordar otros episodios con el huracán, en concreto uno que no se le había olvidado, una vez en la que había caído al agua.

    Había sido hacía mucho, concretamente, cuando llevaban poco tiempo navegando juntos, y fruto de su inexperiencia, una ola lo había derribado y había acabado entre la espuma. Rápidamente había comenzado a hundirse, puesto que sus cuerpos eran mucho más pesados que la mar, y cuando pensaba que había llegado su fin, sintió cómo una fuerza tiraba de él, tomándolo por la cintura, llevándolo hacia la superficie. Era Am, que tiraba de la cuerda que ambos tenían atada a la cintura, que consiguió sacarlo de su propia perdición y que lo ayudó a subir de nuevo a la embarcación que por aquel entonces no estaba tan preparada para esa clase de fenómenos meteorológicos. Exhausto y empapado, calado hasta los huesos, Or le agradecía profundamente a su compañera lo que había hecho por él y desde entonces, aquel lazo que los unía, se había hecho para ambos, todavía más fuerte. La tormenta acabó pasando y se demostraron afecto físico y espiritual incansablemente, una y mil gozosas y bellas veces. Pero ese recuerdo, hoy, para Or, era algo amargo, que todavía le apretaba más el nudo del estómago. Pensó qué hubiera pasado si ella no lo hubiera salvado y no supo qué contestarse, aumentó su curiosidad. Ahora otra vez la tormenta se aproximaba y pensó que esta sería su oportunidad, si volvía a caer, no dejaría que Am lo salvara de nuevo, y entonces sabría.

    Pero la idea de alejarse de ella lo horrorizaba y decidió no darle mayor cabida en su pensamiento divino, dejó que pasara como pasaban las nubes negras, esperando que estas no volvieran nunca más. Por una cosa o la otra, fue Am quien tomó la palabra.

    -Otra tormenta, otra vez Circunstancias.

    -Sí, otra vez.

    -¿Sabes? Estaba pensando que quizá es el momento de dejarlo…

    -¿De dejar el qué? -Or se sentía francamente confundido, ¿es que Am se había adelantado a sus pensamientos? -No te entiendo. -Ella rio por su expresión de extrañeza, sabía que creía que estaba hablando de abandonarlo y ni se le pasaba por la cabeza, pero le gustaba divertirse con él y asustarlo un poquito.

    -De dejar el mar, ¡tontito! Podríamos encontrar una isla para los dos, llevar nuestra barca y hacer con ella un refugio para nosotros, una isla que nos gustara, tengo pensado el nombre y todo, se llamará Compromiso.

    La imagen de la isla de la que hablaba Am le hizo pensar en aquella otra que había visitado hacía nada, la Fiesta. Él no conocía el lugar del que ella hablaba, habían vivido siempre en el mar y les había ido bien, ¿porqué dejar a Vida? Así se lo preguntó.

    -No estoy hablando de eso, este océano será siempre nuestro sustento pero dejaremos de vagar de un lado a otro y podremos instalarnos en algún sitio más seguro, para nosotros dos, para lo que venga después de nosotros dos, ¿entiendes? Un sitio donde criar a pequeñitos Ores, ¿qué te parece? ¿Es que nunca habías pensado en eso, cabeza hueca?

    En lo único en que Or pensaba era en Fiesta, pues la conversación andaba sobre las islas y esta era la última que él había visitado, en soledad, y lo había pasado genial. Lo único que quería era volver allí y repetir la experiencia durante más tiempo. Al ver que Am lo miraba, esta vez ella con la expresión de extrañeza, se encongió de hombros y distrajo su atención con la tormenta, cuyas nubes negras comenzaban a cernirse sobre sus cabezas.

    -Parece que esta vez va a ser la última, entonces. -Fue lo último que dijo, mirando al horizonte.

    Ella seguía mirándolo a él, luego se giró hacia Circustancias que se arremolinaba unos cientos de metros más allá, suspiró.

    -Así es, pero saldremos de esta, como todas las demás veces, ¿verdad? -Y sonrió.

  • Tomboy

    Tomboy

    -Este no es lugar para una mujer.

    Había llegado bastante antes de la cita. El local estaba oscuro. Se podían distinguir algunos individuos en las mesas, que no eran muchas. El sitio apestaba a alcohol derramado. Se acodó en la barra y pidió una cerveza. El camarero la miró con desconfianza, pero finalmente optó por no decir nada. Le puso la caña y se largó a lo suyo. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había reparado demasiado en el lugar. Era uno de esos muchos sitios que hay en la ciudad, anónimos, de paso. Con su tragaperras, su barra de acero inoxidable, su lavabo maloliente. Todos los clientes estaban solos, y parecían no esperar a nadie, sólo la muerte, cuando viniera. Pero nadie la esperaba esa noche. Nadie excepto ella. Al ingerir un par de tragos de cerveza, tuvo el impulso de salir a fumar. Se puede morir en un bar, pero no se puede fumar. No quería que ellos la vieran a fuera, de pie. Que la gente que pasara por la calle reparara en ella y pensara: ¿Qué hace una chica en un lugar como ese a estas horas de la madrugada?

    La puerta del local se abrió y supo que eran ellos. Eran dos. Uno era calvo y un poco más alto. Su manera de caminar era bobalicona, como si tuviera los pies muy grandes. Sus brazos se balanceaban a los lados, como un gorila dando unos pocos pasos de pie. El otro era quizás más joven, un poco más bajito. Tenía los hombros anchos y pisaba seguro de sí mismo, como el que esta acostumbrado a andar sobre la cuerda floja. Si hubiera sido un poco más alto, tanto como su compañero, habría llamado más la atención y lo habría mirado primero. Pero era una de esas personas borrosas en las que había que fijarse dos veces para reparar en ellas. Unos tipos perfectos para el trabajo.

    Se acercaron a la barra y miraron a todas las personas del bar con un vistazo rápido. Solo una las estaba mirando con atención, y era ella. Los ojos del calvo la miraron medio segundo más que al resto y ella asintió con un gesto que decía: yo soy tu hombre.

    Sin mostrar un ápice de sorpresa, con la agilidad de quien está acostumbrado a hablarse con gestos imperceptibles, le hizo una señal para que se sentara con ellos en la mesa que se disponían a ocupar al fondo del antro. Las paredes eran de moqueta, el suelo de gres. Estaba nerviosa, pero no quería que se le notara. Era buena poniendo cuerpo de póker.

    -Ya que estamos aquí, vamos a ver qué nos cuenta. No podemos encontrar a nadie más.

    Los ojos de ambos la observaban con atención, la escaneaban más allá de su cuerpo. Querían penetrar en su pensamiento, saber quién era en realidad. Ella no bajó la mirada en ningún momento, pero le costaba cada vez más, en ese silencio eterno, sólo interrumpido por la tos espontánea de algún borracho. Ellos no tomaban nada. El camarero ni se molestó en tomarles nota. Una de dos, o eran habituales, o al tipo le daba igual quienes entraran en su local. En la noche, a veces, es mejor no preguntar mucho.

    -No lo veo. -dijo el calvo de ojos saltones. Su expresión no era hostil, sino indiferente.

    -¿Quién eres, chica? ¿Por qué estás aquí?

    Era más difícil aguantarle la mirada al más joven. Sus ojos la observaban con curiosidad sincera. Sus cejas estaban bien dibujadas y le conferían un aire de inteligencia precoz. Sin duda, de los dos, era el más novato; pero por alguna razón su compañero confiaba en su criterio. Si hubiera sido por el calvo, ambos se habrían largado al verla. Pero el más viejo sabía que también era más tonto que su compañero. O menos intuitivo.

    -Mi nombre es Tomboy. Y estoy aquí por lo mismo que vosotros. -dijo ella.

    -¿Tomboy? ¿Qué clase de nombre de puta es ese? ¿Nos estás tomando el pelo, niña?

    Era gracioso que lo dijera él, que no le quedaba ninguno. Pero se ahorró el comentario porque veía que su paciencia se estaba terminando por momentos. Esos dos tipos eran muy curiosos. Los había imaginado más amenazadores, más fornidos, con traje de chaqueta beige donde abultaría la culata de una pistola. No obstante, ambos iban con una camisa fina: el más viejo, a cuadros azules y rojos; el otro, azul con coderas. Era verano. Parecían tipos absolutamente normales, incapaces de hacer ese trabajo.

    -¿Sabes a qué nos dedicamos, Tomboy? Esto no es ninguna broma. Esta noche puede ser la última de tu vida. De hecho, tú ocuparás el lugar de un muerto, ¿entiendes? Aún estás a tiempo de dar la vuelta. Haremos como si no nos hubiéramos visto nunca, ¿sí?

    -Ya es demasiado tarde para eso. Nos hemos visto las caras. Todos sabemos por qué estamos aquí. Cuando me habéis hecho sentarme con vosotros, ya habéis decidido que el puesto era mío. No nací ayer. Quizá soy más joven que vosotros, pero he vivido más.

    -¿Qué edad tienes, niñita?

    -Calvo, vuelve a llamarme niñita y te comes el vaso que tengo en la mano.

    -Vaya, parece que Miss Daisy tiene carácter después de todo. Quizá sí que nos sirvas.

    -No os queda otra.

    -Tienes huevos, de eso no hay duda. Pero no me has respondido aún, Tomboy. ¿Por qué estás aquí? Cualquiera no es apto para el puesto, y nunca hemos trabajado… -con una mujer, iba a decir, pero finalmente dijo- con alguien como tú. ¿Qué haces aquí?

    -Lo mismo que vosotros, supongo. Esta es la mejor forma que tenía de suicidarme.

    Ambos tipos se quedaron pasmados con la frialdad que demostraba. Parecía muerta por dentro, hace muchos años. Capaz de cualquier cosa. Estaban sorprendidos, aunque fingían serenidad. Fue entonces cuando ella empezaba a dudar de sus compañeros.

    -Si soy la primera mujer con la que trabajáis, entonces no lleváis trabajando mucho.

    -Niña, nadie llega a cobrar la jubilación con un trabajo como el nuestro. Además, no tenemos contacto con casi nadie. Somos una célula, solo nos conocerás a nosotros mientras trabajes para la organización. A menos que lleguemos a ver el sol mañana.

    -Ha sido la organización quien me ha puesto en contacto con vosotros. Así de simple.

    -Eso es porque no sabían que eras… una mujer. Tienes voz de un camionero yonqui.

    -Yo soy Tomboy, calvo imbécil. Vete acostumbrando a decir mi nombre. -Apuró lo que le quedaba de cerveza de un trago, empinando el codo. Dejó caer el vaso sobre la mesa, sin soltarlo. -Y por cierto, ¿quién carajo sois vosotros? ¿O es que sólo respondo yo?

    -El calvo imbécil se llama Rasputín. Tiene un complejo de ruso, a pesar de que es rumano. Yo me llamo Kaneda, como el de la película, ¿sabes cuál te digo? Buenísima.

    -No veo películas. Vaya nombres más ridículos. Parecemos una compañía de payasos.

    Todos rieron. Era la primera vez que se sentían a gusto. A pesar de todo, algo fluía entre ellos. Habría estado bien compartir unas cuantas cervezas y contarse la vida, que, por turnos, ellos relataran las peripecias que les habían llevado a la mesa de ese antro. Sin duda, tenían una buena historia, y la contarían íntegra hasta que le tocara a ella, y quizás pudiera sacar de dentro todo el daño y el dolor que nunca había salido de sus entrañas. Pero aquello no era una novela, sino la vida, y no había tiempo para retóricas vanas.

    Sentía curiosidad por los dos hombres, sobre todo por el más joven. Rondaría su edad. Unos treinta años. El otro oscilaba entre los cuarenta y los cincuenta. Había vivido más.

    -Será mejor que nos pongamos en marcha. Tenemos que estar allí a las cinco en punto.

    -Vamos allá.

    -Sí.

    Antes de abandonar el local, Tomboy dejó un par de monedas sobre la barra. El camarero no reparó en que se largaban. Miraba al televisor de encima de la barra con indiferencia, el volumen estaba al mínimo. Era un canal de noticias. Quizás saldrían ellos a la mañana siguiente. Un titular anónimo como: encuentran tres cuerpos en un descampado, dos hombres y una mujer, la policía trabaja en su identificación. Y punto.

    Caminaron por la acera en silencio. A pesar de que era tarde, había movimiento en la calle. Al fin y al cabo, era fin de semana y estaban en una gran ciudad. Los coches pasaban continuamente sobre el asfalto. Llegados al semáforo, tuvieron que esperar.

    -¿De dónde eres, Tomboy?

    -No soy de aquí. -Y eso fue todo. Aún no se fiaba de ellos. No se fiaba de nadie.

    -Pero serás de alguna parte, ¿no? Todo el mundo es de algún lugar. ¿Cuál es el tuyo?

    -Haces demasiadas preguntas, ¿no te lo han dicho nunca? Déjame tranquila.

    -Vale, vale, Tomboy. Solo quería ser tu amigo. -Le guiñó un ojo. En ese momento, le habría dado una bofetada. Kaneda era el único que parecía ajeno al trabajo, como si en realidad hubieran salido de fiesta con su viejo tío, el rumano y putero Rasputín.

    -Está verde, venga. El coche está por aquí.

    Subieron a un sedán negro. No le interesaban demasiado los coches, así que no reparó en la marca. Se sentó detrás. Los asientos eran de cuero y olía a nuevo. No podía tener más de unas pocas semanas. Sin duda era un trabajo peligroso, pero pagaban muy bien.

    -Quita esta mierda de música, Ras.

    -Cállate, pesado. Es mi coche y se escucha lo que yo digo. -Sonaba música clásica. Todo para ella era surrealista. Mientras dejaban atrás las luces de neón de la ciudad, una tras otra, iba pensando en qué diablos estaba haciendo con esos dos imbéciles. Seguro: ninguno de los tres iba a ver la luz del día siguiente. Pero a nadie le importaba, la cuestión era vivir, estar en el presente. Y eso era lo que más le gustaba: se sentía bien.

    -¿A que a ti tampoco te gusta la música, Tom?

    -¿Eh? -estaba distraída, filosofando. Fumaba un cigarrillo mientras circulaban por la autovía. No se había molestado en preguntar si se podía fumar, por supuesto que sí. -Me da igual la música. Tengo una pregunta, ¿cómo vamos a hacerlo? Es mi primera vez.

    -Para mí es la tercera. -Dijo Kaneda. -Pero se le coge el tranquillo rápido. Tú solo síguenos la corriente. Mi abuela decía: allá donde fueres, haz lo que vieres. Pues eso.

    -Es fácil, niña. Nunca actúes antes de que lo haga yo. Y procura que no te maten.

    -Agradecería que me llamaras por mi nombre.

    -Va a ser difícil, Rasputín es muy cabezón. ¿No has visto este bolo enorme que gasta? A todo esto, -se giró sobre el asiento, mirándola- a pesar de esa coleta zarrapastrosa y de esa ropa de pordiosera que llevas, eres bastante guapa. Podríamos ir al cine un día de estos, ver una película, ya sabes. No tengo mucho tiempo libre, ¿Quieres follar un día?

    -A ver, Kaneda, ven aquí. Quiero decirte algo. -Acercó su cara. Estuvieron mirándose un momento a los ojos. Tenía una mirada distraída, sus ojos brillaban en la oscuridad el del vehículo. Ella acercó su rostro al de él, el otro entrecerraba los ojos como para recibir un beso. Su puño derecho se incrustó justo debajo de su mandíbula. Si le hubiera dado más fuerte, se la abría roto. Saltó hacia atrás y se llevó las manos a la boca.

    -¡Cabrona!

    -Te lo mereces, por imbécil. -Dijo Rasputín. -Buen trabajo, niña. Pero resérvate para luego. Ya tendréis tiempo de pelearos más tarde si aún os quedan fuerzas para eso.

    -En serio, Rasputín. ¿Cuál es el plan?

    -Improvisaremos. Somos invitados, o clientes, y actuaremos como tales. Primero hay que hacerse el sueco, como si no fuera la cosa con uno. Luego ya veremos. Lo más importante de todo, lo que tienes que tener claro, cristalino: no actúes antes que yo.

    -De acuerdo.

    -Veas lo que veas. Hagas lo que hagas. Nunca te dejes llevar por tus emociones. Es la mejor forma de salir vivo. Piensa que viva serás más útil que bajo tierra. ¿Entiendes?

    -Sí.

    -Hija de puta.

    -Cállate. -Rasputín le dio una colleja fortísima. Sus manos eran duras como la madera. -Ponte serio por una vez en tu puta vida. Esto no es ninguna broma, niño. Espabila ya.

    A pesar del golpe, Kaneda no pareció inmutarse demasiado. Estaba acostumbrado.

    -Ya llegamos.

    El sedán entró en un aparcamiento sin asfaltar. Al fondo había unas naves abandonadas. Unas pocas farolas iluminaban el polígono. Unos cuantos metros más allá había más coches. Parecían caros, últimos modelos, gente de dinero. Ellos aparcaron cerca de la entrada de la carretera. Se bajaron del vehículo. Rasputín abrió el maletero y extrajo una bolsa. Le dio una a Kaneda y otra a ella: de la bolsa había sacado tres máscaras con la cara de un zorro. Su sonrisa negra era ancha y sus ojos rasgados tenían sendos agujeros.

    -¿No había otra cosa más cutre? Yo esto no me lo quiero poner, parecemos imbéciles.

    -Nos lo han dado ellos. Son las normas. Todo el mundo usa máscara, ya lo sabes.

    -Sí, pero las hay más guapas, ¿a que sí, Tomboy? ¿Cuál te hubiera gustado ponerte?

    -Es una maldita máscara. Póntela y cierra la boca.

    -Vaya carácter…

    -Venga, andando.

    Se encaminaron hacia las naves. Sus pasos sonaban sobre la grava, acompasados. Era una noche calurosa. Las chicharras cantaban con su tono irritante, como de una alarma. El verano estaba empezando y ellas eran las primeras en anunciarlo. La atmósfera era pesada. Tomboy se sentía cada vez más nerviosa, pero no había modo de volver atrás.

    -Qué andares de machorra. Pareces un heavy gordo.

    -Eres un gilipollas, ¿te lo han dicho nunca?

    -La verdad es que sí, mi ex no dejaba de repetírmelo.

    -Pobrecilla.

    -Sht. Silencio. Ya estamos aquí. Poneos la máscara.

    Rasputín llamo a la puerta. Era de acero, pero disponía de timbre. Al cabo de un momento, se abrió de par en par. Un tipo enorme custodiaba la entrada, como un ogro de los libros o las series de fantasía. Solo que este era humano y llevaba pistola. Los miró un momento, directamente a las máscaras, y dejó libre la entrada del almacén.

    -Buenas noches, señores.

    Rasputín entró primero y no dijo nada. Lo mismo hicieron el resto. Al cabo de unos pasos, oyeron la puerta cerrarse tras de sí con un fuerte golpe. El tipo parecía educado, pero era tan bruto como su cuerpo prometía. Le gustaba, esos tipos eran unos empotradores natos, no como el imbécil de Kaneda. Qué pena, qué desperdicio.

    Avanzaron tras el portero. Había trastos almacenados en el interior y una luz al fondo que no dejaba distinguirlos. Tomboy no reparaba en su entorno, intentaba que su cuerpo no mostrara sus intenciones. Parecía tranquila, como sus dos compañeros. Siguieron hacia el cuarto iluminado. Dentro estaba completamente vacío. No había muebles, solo una fregona, un cubo y una caja con productos de limpieza: lejía, detergente, sosa cáustica y demás. El fortachón se agachó cuan largo era y abrió la tapa de una trampilla que había en el suelo, imperceptible si no se sabía su existencia. Unos peldaños metálicos conducían al sótano. Kaneda miraba al tipo con atención. Como celoso.

    -Adelante. Que disfruten la velada.

    Primero pasó Rasputín y luego fue ella. Detrás bajó Kaneda luego de mirar al portero un instante más detrás de la máscara. Sin duda, odiaba a esos tipos, le daban mala espina. La trampilla se cerró tras ellos y oyeron cómo se accionaba el candado. Mierda, pensó.

    -Seguro que la tiene pequeña. -Susurró una voz tras ella y se echó a reír.

    -Eres idiota. -Y reprimió la risa.

    -Ahora actuad con normalidad. Recordad: venimos a pasarlo bien. Muy bien de hecho.

    -¡Allá vamos! ¡Cariño, ya estamos en casa! ¿Cuántos caramelitos tenemos hoy?

    -Dos. Un niño y una niña. Qué delicia.

    Al final de las escaleras se llegaba a una estancia amplia, iluminada con varias bombillas en el techo. El lugar parecía el sótano de una casa de gente muy rica: televisión, billar, sofás, una mesa de caoba. En unas sillas, había dos hombres con máscara. Ambos eran gordos y parecían de mediana edad a juzgar por sus cabellos blancos. Uno era más fornido que el otro. Olían a perfume caro y uno de ellos fumaba. Descubría su rostro lo justo para dejar pasar el cigarrillo y luego se la volvía a colocar. En lugares como ese, la intimidad era fundamental. Además, sabían que los estaban grabando porque aquello formaba parte de la seguridad del sitio y del espectáculo en sí.

    Un tercer hombre estaba en una esquina. Tomboy no reparó en él hasta que cruzaron la puerta. Se sobresaltó un poco, pero nadie se dio cuenta. Rasputin y Kaneda actuaban con normalidad. Recorrían la sala y saludaban a los demás individuos. Ella también.

    -Bienvenidos a la casa del placer. Ya conocen las normas, así que no me extenderé. Pueden hacer todo lo que quieran durante las dos horas que dura nuestro viaje. Si tienen alguna pregunta, la responderemos con mucho gusto. Una vez dentro, manos a la obra.

    Rasputín no abrió la boca y ellos hicieron lo propio. Fue uno de los dos tipos quienes intervinieron. Ellos sí parecían nerviosos, y como ellos tres, parecían conocerse poco.

    -Estaremos seguros ahí dentro, ¿verdad?

    -Absolutamente. La seguridad y el bienestar del cliente es nuestra razón de ser.

    -Muy bien.

    -¿Alguna pregunta más? -Y giró su máscara hacia ellos tres. Reparaba en Tomboy.

    -No es nuestra primera vez. Estamos acostumbrados. Ábre ya. -dijo Rasputín.

    -Excelente. Adelante entonces. -Dijo mientras abría la puerta. -Que disfruten, señores.

    Lo que más sorprendió a Tomboy es la oscuridad del sitio. Apenas brillaba la luz del fluorescente en lo alto de la habitación. Era bastante amplia, como el salón de una casa particular. No había muebles. Solo lo necesario: una cama. Sobre ella, sin apenas mantas, el cuerpo de un niño y una niña yacían en un estado de seminconsciencia.

    -Les hemos dado jarabe para que estén tranquilitos. -Informó el tipo enmascarado.

    No tendrían más de diez años, pero era difícil saberlo puesto que era imposible adivinarles las caras, la expresión era borrosa bajo la escasa luz, como dormida. Pero sus cuerpos eran pequeños, frágiles y elásticos como suele serlo en los niños de esa edad. Había casos en los que algún crío de esos se caía de un tercer piso y sobrevivía, otras veces no, pero para un adulto hubiera sido una muerte casi segura. Pero ellos ya estaban muertos. A pesar de que respiraban, de que desprendían calor, de que gimoteaban bajo los efectos de la droga en una pesadilla interminable. Ellos ya estaban muertos para siempre porque una persona no vive los suficientes años como para el tiempo borre tanto dolor sufrido en aquellos cuerpos. Ni los psicólogos, ni los médicos, ni los psiquiatras, ni las pastillas lograrían arrancarles de esa pesadilla que había comenzado, ¿hace cuánto? Quizás días, semanas, meses. Por lo menos se acababa ya.

    -En esta casa de placer todo está permitido, cualquier placer, cualquier objeto. Solo pídanlo y se les proporcionará. No lo duden. Están aquí para pasar un rato agradable.

    El tipo era bastante servicial. A pesar de que llevaba máscara y de que su acento no revelaba que fuera extranjero, la forma de su cabeza -muy redonda, de pelo negro muy fino- y la escasa altura de su cuerpo -un poco más bajo que Kaneda- hacían pensar que fuera asiático. De hecho, asiáticos eran los pobres críos tirados sobre el colchón.

    Todos estaban bastante parados, fue Rasputín quien rompió el hielo. Quería un martillo.

    -Eso está hecho. -Respondió el chino. -Mire encima de la mesa. Ahí tiene todo.

    En una esquina, había una mesa con ruedas y muchos objetos: pinzas, tijeras, chuchillos, destornilladores, martillos. También había trastos más extraños cuya forma era puntiaguda o roma. En definitiva, eran herramientas para la tortura. Por el simple placer y gozo de maltratar a un ser vivo, especialmente si era humano y pequeño.

    Se adelantaron los otros dos desconocidos y rápidamente escogieron una víctima cada uno. Los brazos de ambos críos estaban atados a la pared con cadenas. Casi no podían moverse. Uno de ellos se bajó los pantalones y el otro hizo lo mismo. Parecían tener prisa por sofocar el deseo. No les importaban las circunstancias, el hecho de que no estuvieran solos, de que los grabaran para el placer de una audiencia universal en internet. Pero el ímpetu depredador era más fuerte que cualquier tapujo. ¿Tendrían familia esos dos tipos? A juzgar por la edad y por las alianzas de oro, seguro que sí.

    Tomboy no quería mirar, no podía mirar y no hacer nada. Deseaba matar a esos dos tipos. No obstante, las instrucciones eran claras. No actuar antes que Rasputín. Él y Kaneda estaban en la esquina, donde la mesa de quirófano. Sonaba música relajante.

    -Vamos, señorita, no se quede ahí parada. Vaya a disfrutar. ¡El tiempo vuela!

    Sin responder nada, se acercó a donde estaban sus compañeros. Todo iba muy deprisa y muy despacio al mismo tiempo, como si la realidad se hubiera dividido en dos planos.

    -Hoy nos lo vamos a pasar bien. -Dijo Rasputín mientras cogía algo de la bandeja.

    -Ya te digo. -Respondió Kaneda.

    -Oiga. No encuentro el martillo.

    -Tiene que estar ahí, caballero. Lo he preparado yo mismo.

    -Puede ser, pero con esta luz es difícil ver nada. ¿No pueden encender otra? Maldita sea.

    -Déjeme ver. No se preocupe, señor. -Dijo acercándose hacia ellos tres.

    Tomboy no quería quitar los ojos de la mesa. Algunos objetos estaban sucios con sangre y fluidos humanos. No se molestaban en limpiarlos, para qué. Las infecciones y las enfermedades quizás daban un plus al espectáculo. Todo valía en Diversión Sin Límites. Se oían gemidos y lloriqueos. Kaneda estaba girado hacia la cama, impasible, como esperando su turno. Se había apartado de ellos y parecía buscar la mejor manera de unirse a la orgía. Parecía haberse olvidado del trabajo, parecía disfrutar del espectáculo.

    Cuando el hombre se inclinó sobre la mesa para rebuscar entre los trastos, Rasputín aprovechó para apresarle el cuello con el brazo. El tipo no hizo ruido alguno. Quiso tirar la pequeña mesa de acero de una patada, pero un movimiento del rumano se lo impidió. El hombre se asfixiaba. Pataleaba en el aire. Era difícil que no se le partiera el cuello. Kaneda salió de su ensimismamiento cuando ya estaba con las rodillas sobre la cama. Volvió hacia donde estaba Rasputín y le clavo un cuchillo afilado en la mitad del pecho, con lentitud, justo donde se hallaba el corazón. La sangre brotaba a golpes del cuerpecillo del hombre, expulsaba chorritos hacia la cara de Kaneda, sin producir ruido alguno. En absoluto silencio, el hombre murió y con suavidad, Rasputín lo dejó caer.

    Ahora solo quedaban los otros dos que seguían a lo suyo. Era la primera vez para Tomboy, pero sabía que había que ir rápido. La escena estaba siendo grabada, no tardarían en llegar refuerzos si no estaban llegando ya. Tenía un cuchillo en la mano, bastante oxidado y mellado. No cortaría limpiamente, pero daba lo mismo. Llevada por un trance, se acercó hacia la cama donde se desarrollaba la escena más hórrida que pudo imaginarse en su vida. Una parte de ella tenía ganas de vomitar, de llorar, de arrodillarse, la otra caminaba hacia la cama con la determinación de quienes cometen un acto de heroicidad o de barbarie. Uno de los dos hombres, que ignoraban el desarrollo de los hechos, estaba violando al niño. Sus testículos iban y venían como el badajo de una campana. Tomboy estaba justo detrás, impasible, con la hoja en una mano. El hilo musical ahora proponía un éxito de los setenta que hasta ese día le encantaba. Se inclinó hacia el tipo. Su mano cogió el escroto del hombre con suavidad, el individuo, al darse cuenta, se giró y la vio detrás de él. Gemía de placer como una alimaña del infierno. A pesar de la máscara, ella sabía que estaba sonriendo, agradecido. Se giró para seguir con lo suyo, cada vez a un ritmo más frenético, estaba llegando al final. Con la otra mano, de un solo movimiento, insertó la hoja del cuchillo, cuan larga era, dentro de sus testículos. Hubo un segundo en el que aún no se dio cuenta. El cuerpo y la mente parecen dos entidades separadas por una frontera difusa. Tomboy tiró y lanzó ambos testículos al suelo. Cuando la piel correosa tocó las baldosas, fue cuando el hombre comenzó a aullar como un animal herido en lo más íntimo, con un dolor indecible.

    Antes de que el otro, que estaba violando a la niña, pudiera reaccionar, Kaneda le clavó un destornillador en mitad de la espalda. El hombre intentaba quitárselo penosamente con alguna de sus dos manos, pero lo había clavado justo donde no llegaba. Se ahogaba en su propia sangre y producía sonidos espasmódicos, ahogados, líquidos. Sus pulmones se encharcaban. Los dos tipos ahora yacían en el suelo y los miraban. Ellos estaban de pie, y disfrutaban mandándoles al infierno de donde habrían salido una vez.

    Rasputín aprovechaba el ínterin para liberar a los dos niños de sus grilletes. Había encontrado la llave en los bolsillos del asiático, cuyo rostro se había revelado finalmente y yacía con una expresión estupefacta bajo la tenue luz del fluorescente. Ambos niños temblaban, no entendían lo que estaba pasando, lo que había estado pasándoles. Rasputín tomó la cadena de acero con sus manos. Los tipos no daban crédito a su suerte.

    -No por favor.

    -Tengo dinero. Tengo familia. Por favor.

    -Venga, hay que darse prisa. -Dijo Rasputín. -Ya nos hemos divertido bastante.

    Kaneda obedeció la orden. Con un martillo en la mano, que había servido en otro tiempo para partir dedos y piernas, propinó un golpe seco sobre uno de los dos tipos. Cayó como un saco de mierda al suelo, aún vivía, pero el golpe le había partido el cráneo y se adivinaba el cerebro bajo una gruesa capa de hueso sanguinolenta.

    El otro se quitó la máscara. Su pene flácido yacía sobre un charco cada vez más lleno de sangre. Su cuerpo iba quedándose pálido, temblaba. Moriría desangrado. Suplicaba.

    Tomboy le quitó la máscara. Quería verle la cara. Resultó ser un tipo bastante famoso, un político de mucho renombre. A ella no le interesaba la política, pero había visto ese rostro por la tele, muy tajante, muy seguro de sí mismo, que inspiraba confianza en el votante. Ahora era solo un tipo con una expresión penosa sin saber dónde poner las manos. Miraba a Tomboy con expresión suplicante. Seguro que si lo dejaban vivir, un médico podría reparar sus genitales dañados, al menos, en parte. El tipo soñaba con esa posibilidad. Lloraba, gemía, gritaba sobre el suelo. Llamaba al guardia de la puerta.

    -Hija de puta. Zorra. Maldita zorra hija de puta.

    -Nadie llama zorra a mi chica, bolsa de basura. -Dijo Kaneda riéndose.

    La puerta se abrió de golpe. La luz del exterior inundó la sala. Rasputín gritó.

    -¡Al suelo! ¡Al suelo!

    El vigilante penetró en la sala descargando el cargador de su arma. El humo empezaba a inundar la habitación. Las balas rebotaban en las paredes y se incrustaban en el suelo, en el techo, en la cama, en la mesa de quirófano. El tiempo parecía detenido, roto por el estruendo. Rasputín estaba contra la pared. Parecía el único que había adivinado la acción del guardia. Presa de la excitación, había entrado en la sala disparando a todo lo que se movía, pero el humo de su propia arma le había impedido la visión. Ahora se llevaba las manos al cuello. El arma cayó al suelo y se disparó una vez más. Solo se oía el sonido gutural de su garganta. Rasputín estaba detrás. Con la cadena, lo estrangulaba con todas sus fuerzas tirando de ambos cabos. Uno de sus pies se apoyaba sobre la espalda del guardia y hacía palanca con el cuerpo. El tipo estaba entrenado, Rasputín también. No logró liberarse. Al fin y al cabo, era gente no acostumbrada a que les plantaran cara, aquella vez los habían pillado por sorpresa. Como pasaba siempre.

    Tomboy levantó la mirada. El político castrado había sido herido por una de las balas. Kaneda estaba a su lado. Se había colocado encima de ella, intentando ser un héroe. Se lo quitó de encima. Ella no necesitaba que ningún hombre la salvara. Se puso a ayudar a Rasputín e incrustó una barrena que había encontrado por el suelo dentro del enorme pecho del tipo. Hubiera sido un gran amante, sin duda. Era enorme y musculoso, como a ella le gustaban los tíos. Era un desperdicio tener que matarlo, pero así eran las cosas.

    -¡Nos vamos!

    -Qué hacemos con los críos.

    -Déjalos aquí. Están muertos.

    -No.

    -No podemos llevarlos.

    -Yo no los voy a dejar aquí.

    -Yo tampoco, Ras. -Kaneda cogió al pequeño. Estaba completamente desnudo.

    Tomboy cogió a la niña. Rasputín iba primero con el arma en la mano. Ellos seguían sus pasos a la mayor velocidad que podían. Subieron las escaleras, atravesaron la trampilla que estaba abierta. La luz roja de la alarma iluminaba intermitentemente las galerías oscuras de la nave. Había máquinas, había furgonetas de toda clase, pero todo eso no existía. Corrían como con la única imagen del coche que los esperaba fuera. No tardarían en venir más. Les quedaba poco tiempo. La niña temblaba sobre sus brazos, estaba viva, caliente, respiraba. Después de liberar la puerta de la nave, salieron por fin.

    Amanecía. Venus brillaba en el cielo como una diosa al lado de la luna creciente. Sus pasos sonaban sobre la grava. Rasputín alcanzó el coche primero y abrió la puerta trasera, del copiloto. Se oían disparos. Tomboy se giró y vio a algunos tipos corriendo hacia ellos, procedentes de otras naves vecinas. La mayoría eran asiáticos. El silbido de las balas que pasaban junto a ellos parecía irreal, como si no fuera a ella a quien iban dirigidas. Rasputín amenazaba con largarse, pero no lo hizo. Una de las balas impactó en el coche, pero no arrancó. Los esperaba. Su calva brillaba bajo la luz de la farola.

    Consiguieron llegar al vehículo. Kaneda entró primero con el pequeño. Ella lanzó a la niña como si fuera una mochila de cuero y se puso en el asiento del piloto. Rasputín no protestó. Saltó al otro lado y disparaba hacia el grupo de tipos, que cada vez estaba más cerca, con la pistola del segurata sexy que yacía muerto en el sótano. Arrancó. Aquel era un buen coche. Le gustaba conducir. Lo hacía siempre que podía cuando los robaba.

    A una velocidad de vértigo, salieron en dirección a la ciudad. Sus perseguidores también tomaron los coches, pero una vez en la carretera principal, nadie parecía seguirlos entre la multitud que se dirigía su puesto laboral un lunes normal. La carretera estaba llena. Tomboy conducía intentando evitar el atasco. Se fijaba en los conductores, impasibles, que iban amodorrados escuchando la radio, atendiendo a sus problemas cotidianos, ignorando los crímenes que se desarrollaban a pocos quilómetros de su casa.

    -¿Adónde vamos? -Preguntó por fin.

    -A la policía no. -Rió Kaneda.

    -¿Por qué no?

    -Viste al tipo al que le cortaste los huevos, ¿no lo reconociste?

    -Sí. El político ese que sale por la tele.

    -El ministro de interior. Ahora somos terroristas. ¿No lo entiendes?

    Lo entendía perfectamente, pero no podía pensar. No sabía qué iba a pasar ahora.

    -¿Dónde vamos entonces? ¿Qué vamos a hacer con ellos? -Señaló a los niños.

    Por fin habló Rasputín. Parecía tranquilo. Fumaba un cigarrillo con la ventana abierta.

    -No podemos escondernos con el paquete que llevamos. Debemos ir a la organización. Ellos sabrán qué hacer. Nosotros hemos cumplido con nuestro trabajo. Fin de la misión.

    Sacó un teléfono móvil antiguo y buscó un número en la agenda. Llamó. Comunicaba.

    -No puedo creer que la gente rica se gaste el dinero en esto. Los políticos, los empresarios, en qué maldito mundo vivimos. No logro entenderlo. Es una pesadilla.

    -No te equivoques, cariño. -Dijo, Kaneda. -Piensa en quién nos ha pagado el pase vip para esta noche. Ellos también son ricos. Trabajamos para gente poderosa, no todos son unos iluminati haciendo rituales satánicos. Para eso nos contratan a nosotros, para que limpiemos las cloacas de basura. Nos dan protección, nos dan un trabajo, un sentido.

    -¿Por qué no presionan a la policía? Tienen que hacer algo.

    -Parte de la policía nos protege. Las cosas nunca son blanco o negro. ¿Un cigarro?

    Se lo pasó encendido. Tomboy fumaba y miraba a Rasputín con el rabillo del ojo, luego observó a los niños. Estaban en un rincón, juntos, tapados con la camisa de Kaneda. ¿Qué sería de ellos ahora? ¿Qué clase de futuro les esperaba? Ambos eran asiáticos. Tomboy pensaba en el horrible viaje que habrían soportado hasta allí. Estaban dormidos, cansados. Si aquello fuera una película, tendrían un futuro, pero no lo era.

    -Sí. Soy yo. -Rasputín hablaba por teléfono. -Misión cumplida. Sí. Tenemos un pequeño problema. No. Viajamos con dos paquetes. Ajá, sí. ¿Dónde los dejamos? De acuerdo.

    Y colgó. Ambos se quedaron esperando instrucciones. Iban sin rumbo por la carretera.

    -Vamos a la organización. Tenemos que reunirnos con ellos hoy. Coge esa salida.

    La salida llevaba a la autopista. Salían de la ciudad, quizás para siempre. Aquella ciudad donde había pasado algún tiempo, buscando un futuro. Al menos, había encontrado un presente, algo por lo que vivir. Y en la mañana, mientras fumaba el cigarrillo en aquel coche, con aquellos tres, llena de sangre, por primera vez en su vida, se sentía feliz.

    -¿Y qué va a pasar ahora?

    -Qué quieres que pase, Tomboy. -Dijo Rasputín llamándola por el nombre por primera vez- Nos asignarán otro destino. Y así hasta que nos maten en una de estas. Eso pasará.

    -Me parece perfecto.

    -Quería pedirte disculpas. A mi edad uno se llena de prejuicios. Tienes lo que hay que tener. Muchos desearían la valentía que tienes tú. He visto a un montón de lloricas.

    -Ya me las pagarás, no te preocupes. -Dijo ella sonriendo.

    -Oye, ¿qué significa Tomboy? Es una palabra inglesa, ¿no?

    -Búscalo en el diccionario, imbécil. ¿Sabes lo que es eso?

    -No soy muy amigo de los libros. Prefiero el cine, las series, ya sabes. Tenemos que buscar un nombre para nuestra célula terrorista. Qué os parece Los Liquidadores. Suena bien, ¿eh? Los Liquidadores limpian la ciudad de basura, los más temidos del mundo.

    -¿No se calla nunca?

    -Nunca. -Asintió Rasputín.

    -Y hablando de una cosa y de la otra, Tomboy. ¿Te apetecería ir al cine un día?

    -No eres mi tipo.

    Y todos rieron. Era absurdo. Estaban al borde de una muerte segura, pero no importaba. Por primera vez en su vida, Tomboy tenía lo que siempre había añorado: una familia.

  • Adiós, Káiser

    Adiós, Káiser

    Escrito por Ricardo Rodríguez Sánchez, mi padre.

    Le dije:

    -Papá, es la hora.

    -Será rápido… -Dijo mi hermano.

    Y papá contestó:

    -Rápido… ¿para quién?

    Y a partir de ese momento todo fue silencio.

    Sus ojos brillaban acuosos y enrojecidos, antesala del vacío que vendría después.

    Ninguno de nosotros quería hablar. Ni mis hermanos, ni mi madre, nadie.

    Preferíamos estar en silencio. Una lágrima era enjuagada de vez en cuando.

    El médico los hizo pasar. Entraron solos, despacio, sin mirar atrás, como los valientes.

    Mi hermana pequeña lloraba en el umbral, apoyada en el hombro de su novio.

    No fue rápido: fueron veinte minutos de eternidad.

    Finalmente salió.

    Iba en una caja de plástico gris. Lo empujaba una joven con una bata de verde.

    Se acercó a nosotros e intentó darnos ánimos.

    -No ha sufrido. Me miraba, movía su cola, me lamía la mano y me acercaba su pata. Yo le decía: siempre fuiste un gran perro y el mejor de los amigos. Adiós, Káiser. Adiós…

    Y papá nos abrazó a todos.