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  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 2

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 2

    Nota del autor: Nueva entrada de esta novela corta, cuyo primer capítulo está disponible en este enlace. Sin más preámbulo, espero que disfrutes la lectura y, si no lo has hecho, te animo a que te suscribas.

    2. Sólo el principio

    El barrio del Bon Pastor limita con el río Besós, que sirve de frontera natural por el norte a la ciudad de Barcleona. Al otro lado de la rivera se extiende Santa Coloma de Gramanet, célebre por sus viviendas desconchadas y sus porches ideales para el navajazo y el menudeo. Pero poco a poco, la zona había ido transformándose en una suerte de barrio residencial por el cual los vecinos habrían de sentirse orgullosos con el paso de las décadas. En pleno proceso de gentrificación es cuando Federico llegó a los jardines de una tal Isabel Painagua. De pie como un pasmarote, miraba el cartel del metro: Bon Pastor 

    Eran como las diez y cuarto de la mañana. Había quedado con Martina sobre las once y no tenía nada mejor que hacer para pasar los nervios que dar una vuelta por el barrio donde llevaba viviendo apenas una semana. Los acontecimientos en su vida, a su vuelta de un oscuro viaje fallido a Londres, se habían preciptado y las cosas sucedían tan deprisa que casi no había tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estaba pasando. En verdad, era más sencillo así, dejarse llevar por la corriente de la vida como una paja por el río.

    Sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos, por no saber qué encontraría más allá de cien metros a la redonda, tomó una dirección aleatoria y echó a andar disfrutando del sol de septiembre que ofrecía la mañana del sábado. Pasó por delante de los bares-paco que poco a poco que iban llenando de las parroquianas habituales, con cruasanes de chocolate y sus humeantes cafés con leche. Federico tenía hambre y pensó en tomar un tentempié. Abrió su roída cartera marrón oscuro y miró al flamante billete de veinte euros que hacía poco había extraído del cajero automático, poco después de salir de casa, el cual aún estaba caliente. Volvió a guardar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y pasó de largo reanudando la marcha. Cuatro viejas, quienes habían reparado un momento en su recortada figura contra el implacable sol matutino, dejando el cotorreo de la conversación suspendido por un instante, volvieron a lo suyo al valorar que Federico no suponía ninguna amenaza para su desayuno. Iba vestido con lo mejor de su armario.

    -Si encuentro alguna floristería, compraré una rosa. -dijo en voz alta, sin imporarle lo que pudiera pensar el gordo transeúnte, que en ese instante, se cruzaba con él paseando un pequinés cruzado con otra cosa, un noble perro de barrio obrero que debió ser mono de cachorrito. El can lo miró con altanería, con sus cuatro dientes torcidos por fuera del morro. Federico sintió ganas de arrearle una súbita patada, pero se contuvo como siempre.

    A la altura del número 147 de la calle San Adrián, la cual transitaba, se encontró consigo mismo en el reflejo del portal de un edificio recién construido entre dos bloques baratos de toldos verdes. Vestía impecablemente. Se había puesto una camisa rosa que le hacía sentirse más masculino, unos finos pantalones vaqueros no demasiado desgastados que se ajustaban a sus piernas y a su paquete, unas gafas de sol negras que pronto iba a dejar olvidadas en algún vagón del metro, pero que en ese día, a esa hora, todavía conservaba. Incluso sus zapatillas lucían relucientes y parecían brillar de lo blancas que estaban. Llevaba el pelo crecido, al estilo de los rockeros de los años setenta, pero se había afeitado. Lo bueno de Barcelona es que a nadie le importaba el aspecto que uno tenía porque cada día se veía de todo en todas partes. Ese día se sentía elegante, bien plantado.

    Iba a triunfar y lo sabía, pero eso no lo hacía sentirse menos impaciente porque llegara el momento de ver a Martina. Repasaba en su cabeza la conversación que iban a mantener aquel día. Era la primera cita en que iban a quedar solos, en persona, después de la primera vez que se vieron. Habían hablado casi cada noche por mensajería instantánea, incluso habían compartido ratos de masturbación y conversaciones abiertamente sexuales, pero una cosa era hacerlo a distancia, en diferido, y otra muy distinta era compartir el mismo aire y saliva. “Me imagino que tienes una polla muy bonita”. Le dijo ella un día, de pronto.

    Sonriendo como un feliz imbécil, Federico levantó la vista y vio frente a sí que la calle se había terminado. Unas escaleras blancas de hormigón daban acceso a una atalaya con una pérgola urbana sin toldos, que hacía las veces de meadero para los perros de Bon Pastor. Una chica paseaba a un labrador peludo, por la altura, pero decidió no hacer el esfuerzo de subir hacia ninguna parte. Plantado en el curce donde estaba, miró a la izquierda. Una carretera insulsa se perdía debajo de un puente completamente oscuro que parecía llevar a una calle tan aburrida como la que tenía a su derecha, la cual se perdía a lo lejos en una línea recta tan larga que daba escalofríos. Así las cosas, decidó dar la vuelta. Miró su reloj.

    -Quedan veinte minutos. -se dijo y, con una prisa repentina, corrió hacia donde habría de encontrarse con Martina: la esquina del banco donde poco antes había sacado dinero. -En este puto sitio no hay nada. -añadió- Sólo bares, supermercados y tiendas que cerraron.

    Su vida en Barcelona no estaba siendo precisamente fácil. A las dificultades por encontrar una habitación asequible, se añadía el problema de las distancias. Todo estaba muy lejos de cualquier cosa y la conexión de metro obligaba a engorrosos transbordos para ir al centro. El autobús no se planteaba como una opción e ir en coche, que tenía aparcado en un descampado no lejos de donde estaba, era una misión farragosa. Prefería ir andando a todas partes pero el desierto de aburridas viviendas se alargaba tanto que asfixiaba. Una de los muchos aspectos que más incomodaban a su casero, gay rumano ultraortodoxo con el que vivía, era que no se quitara las zapatillas al llegar de la calle. Había tanta mierda convertida el polvo en la ciudad que el calzado se impregnaba rápidamente de esa ceniza invisible pero palable, y el hecho de ir por la casa con las deportivas que había usado para andar por la calle provocaba un serio problema en la limpieza del hogar al que Federico no estaba acostumbrado. Si bien en su pueblo había contaminación ambiental, no se impregnaba en el suelo de la misma manera que lo hacía en Barcelona, la ciudad condal.

    -Pero esto no es Barcelona… es un barrio periférico de mier… -el teléfono sonó.

    -¡Ico! -ella lo llamaba así, y le encantaba- ¿Dónde estás?

    Por un leve quiebro de su voz, Federico intuyó que estaba nerviosa, y eso lo exitó.

    -Delante del bebeuve, donde dijimos.

    -Vale. Ahora me vas a ver. -Su voz sonaba con eco, como dentro de un lavabo; seguramente estaba usado en manos libres. Federico no conocía su coche, así que miraba a todas partes un poco desesperado por ver si la distinguía entre los conductores cercanos.

    Sonó un claxon si se sobresaltó levemente. Estaba mirando a lo lejos, a la calle principal, y en verdad ella había llegado por una calleja que daba a justo delante de él. Llevaba un pequeño todoterreno gris perla de la década de los dosmil, seguramente de un familiar. Bajó la ventanilla. Tenía exactamente el mismo vestido con el que se conocieron. Una única pieza de algodón con dos tirantes a los hombros, que se ceñía a su cuerpo y terminaba en una falda que quedaba a mitad del muslo. Entre sus piernas entreabiertas por la conducción se adivinaba un lunar un poco más arriba del interior del muslo izquierdo. Su pelo largo caía hacia el lado izquierdo, dejando ver su cuello largo y esbelto.

    -Me ha costado un poco encontrar el sitio, yo pensaba que…

    CHOOONK. Pitó una furgoneta de reparto de un supermercado cercano. El carril era de una dirección y no podía adelantar al coche de ninguna manera. En Barcelona todo el mundo tenía prisa, incluso un sábado por la mañana de septiembre. -Espera, me subo.

    Cerró la puerta tras de sí y Martina arrancó sin perder tiempo. Disimulando su excitación, Federico miraba el paisaje e intentaba guiarla hacia donde tenía la que era su casa.

    -No creo que encontremos aparcamiento, pero por lo menos lo podemos intentar.

    -Me parece bien.

    No dijeron nada más, pero el silencio no resultaba incómodo. Federico aprovechaba para mirarla de soslayo por el rabillo del ojo. Estaba realmente preciosa. Su pecho generoso pero equilibrado con su cuerpo subía y bajaba levemente por la respiración entrecortada. El vuelo de su falda abierta temblaba levemente con los movimientos de las piernas y el traqueteo del vehículo. Deseaba acariciar con su mano aquella rodilla desprotegida, pero se contuvo al doblar la esquina y divisar que un coche se marchaba justo delante de casa.

    -Qué suerte hemos tenido. Justo en frente del piso del gay.

    -¡Sí! Parece una película.

    -¿Una película? -dijo Federico por decir algo.

    -En las películas siempre aparcan delante del sitio a donde van, ¿te has fijado?

    -No me había dado cuenta, la verdad.

    Empezó a maniobrar. Estaba visiblemente nerviosa y se reía a cada momento. Necesitaba apenas dos movimientos de volante para dejar el coche en el sitio. El hueco era amplio y generoso. Pero fueron necesarias unas cuantas maniobras para dejarlo medio fuera. Federico no dijo nada y esperó pacientemente, dispuesto a aparcar si ella se lo pedía.

    -Estoy nerviosa. ¿Te lo puedes creer?

    -No tienes por qué estarlo…

    -Ya lo sé. Pero estoy nerviosa y quería decírtelo. Sé que no hay nada malo en ello.

    Ante semejante sentencia, Federico no supo qué añadir y la siguió cuando abrió la puerta del vehículo y se bajó del coche. Al ponerse frente al edificio se quió las gafas de son que llevaba con un cordel de colores vivos, como visten las personas mayores y los modernos.

    -Así que vives aquí.

    -Así es… No está mal la casa. Aunque el casero es un quisquilloso de mierda. No está.

    -¿Me la enseñas? -Por un momento, Federico no supo qué decir. De ninguna manera esperaba esa propuesta así, de sopetón. Suponía que irían a tomar algo primero pero…

    -¡Claro! -dijo haciéndose el loco y sacando las llaves del bolsillo- Adelante, princesa.

    Se arrepintió al momento de haber dicho aquello, pero estaba nervioso también. Mientras esperaban a que el ascensor venciera la distancia que separaba la planta baja de la segunda, donde Federico y el gay vivían, sentía cómo su corazón ladraba dentro del pecho. Martina se sentía igual que él porque un dedo de su pie desnudo se arrugaba sobre la zapatilla veraniega que vestía, dejando ver unas uñas pintadas de color rojo carmín.

    Al llegar abrió la puerta del rellano y entraron en el pequeño vestíbulo de la vivienda.

    -Y esta es mi casa… -Martina entró dentrás de él.

    -¿Te has dado cuenta? -dijo ella.

    -¿De qué?

    -Todavía no nos hemos dado un beso.

    -Es verdad. Entre que ha pitado la furgo aquella y hemos buscado aparcamiento ni siquiera nos hemos saludado. Vaya un anfitrión estoy hecho… -Federico se acercó a ella.

    Martina se dejó dar un beso lento en la mejilla y luego giró la cara buscando los labios de él, que fácilmente se encontraron con sorpresa pero sin miedo. Se besaron con las bocas llenas de saliva, como quienes han esperado aquella comida con muchas ganas y hambre. Las manos de Martina se colaron por debajo de la camisa rosa de Federico y recorrieron su espalda. Estaban frías, pero se calentaron casi al instante por la fricción. Las manos de él aprovecharon para recorrer las piernas desnudas de ella, de pie como estaba, hasta casi llegar a la zona humedecida de su sexo, que irradiaba un calor casi tangible por debajo de la tela. Martina empezó a gemir con desespero, como si le faltara el aire. Una de sus manos abandonaron la espalda y se centraron en la entrepierna de Federico, que estaba dura y quería romper la tela de mezclilla que la contenía. Ambas manos se centraron en su cinturón de cuero y se lo desabrocharon con agilidad. Martina lo miraba con fiereza.

    -Te enseño mi cuarto.

    Como si ella supiera dónde se encontraba. Se dio la vuelta. Le cogió la mano y lo dirigió hacia la habitación donde dormía, como si hubiera estado antes allí, lo cual era imposible. Federico no tuvo tiempo a pensarlo. Antes de que pudiera darse cuenta se hallaba echado sobre la cama de noventa con Martina encima. Su falda no debaja ver la zona aquel momento se frotaba con la dureza de su pantalón vaquero desabrochado, el cual poco a poco iba bajando hasta quedar caído a media pierna. Sus manos buscaron la ropa interior de ella por debajo del vestido blanco, moteado con diminitas flores amarillas y rojas. Quitó con decisión la última pieza de ropa que servía de frontera entre la piel de ella y la suya y ella hizo lo mismo con él. Se quedaron sólo con la parte de arriba de la ropa: el con la camisa y ella con el vestido, subido ahora, que dejaba la forma de monte sin pelo.

    -Espera creo que tengo un condón por aquí…

    -No hace falta. -dijo ella, que se situó encima de él y cogió su pene con decisión, como si fuera un objeto carente de vida, hecho de un material más duro e insensible que la carne. Con unos dedos largos fuertes lo introdujo dentro de su sexo, que no mostró resistencia.

    Ambos se quedaron extasiados. Martina se movía rítmicamente mientras las manos de él buscaban liberar sus senos del broche del sujetador. Lo consiguieron y sus pechos de mostraron en su totalidad por debajo del vestido medio caído, que iba bajando a medida que las embestidas iban y venían. El pelo de ella se balanceba como un péndulo sobre la camisa que iban apriendo los dedos ágiles de ella, dejando ver el torso desnudo de Federico, sin un solo vello. Sonriente, echó hacia adeltante uno de sus pechos y lo puso en la boca de él, haciendo que pronto encontrara la aureloa de un pequeño pezón oscuro.

    Las manos temblorosas de Federico subían y bajaban desde los muslos hasta la espalda de ella, cruzando en ocasiones la línea divisoria que separaba ambas piernas y que terminaba en el punto donde ambos sexos chocaban cada vez con más rudeza. La gotas de sudor y la humedad iban produciendo un chasquido como de un látigo suave y dulce.

    De repente, ella se separó y se tumbó junto a él en la cama. Jadeante, lo miraba encendida.

    -Ponte encima.

    Así lo hizó él y se abrazaron con fuerza mientras las piernas de ella se abrían cada vez más buscando un soporte que en el aire no encontraban. Las embestidas se hacían cada vez más acuáticas y sencillas, casi podía notarse como si el cuerpo estuviera debajo de una fuente caliente cuyas aguas lo abrazaran y fueran subiendo la temperatura a medida que los gemidos de ambos, pero sobre todo de Martina, iban intensificándose hasta casi llegar al grito. La cama empezó a salirse del lugar buscando el centro del cuarto estrecho.

    -Sigue, sigue, por favor, no pares.

    -No…

    -Córrete conmigo. ¡Ahora!

    -No tengo condón…

    -¡Ahora!

    Federico obedeció sin rechistar. Se sintió irse como una fuente que se levantara y siguió empujando todo lo que daba de sí hasta que las múltiples eyaculaciónes cesaron. Se quedaron así tumbados, uno encima del otro, mientras los cuerpos se relajaban sin separarse. Fue entonces cuando Federico pudo sentir un leve temblor en la mejilla de ella.

    -¿Por qué lloras?

    -No estoy llorando. -dijo secándose una lágrima. Él no dijo nada, simplemente esperó. -Creo que vas a poner mi vida del revés.

     -Yo nunca te haría daño. -dijo él, besándola de nuevo sin saber muy bien qué añadir.

    -Ya lo sé. Me estás chafando, grandullón. Échate a un lado, anda.

    Federico se separó y se acabó de quitar la camisa arrugada que entonces tenía. Buscó el paquete de tabaco por los bolsillos de su pantalón y encendió un cigarrillo. Martina lo miraba desnuda como una diosa griega recién salida de las aguas y la espuma de una ola, completamente desnuda y despierta, más bella que cualquier estatua que él hubiera visto.

    -¿Me das una calada?

    -Pensaba que no fumabas. -dijo él tendiéndole el cigarrillo.

    -Sólo fumo cuando estoy contigo. -y rio su pequeña broma. -¿Por qué no ponemos un poco de música? -añadió al cabo de un rato. -Tu pones una y yo otra, y así nos conocemos.

    Federico encendió el ordenador portátil y buscó en el reproductor un tema de Bob Marley que entonces le apetecía eschuchar: Could you be loved, cantó con ronca voz cazallera.

    -Esa me gusta.

    -Ya lo sabía. Por eso la he puesto. -y la abrazó de nuevo, desnudos como estaban. No era necesaria una manta, dado que hacía un calor creciente que haría arder el hormigón. Cuando la canción hubo terminado, ella puso otra: Amanece, de Nach. No le gustaba.

    -¿La conoces?

    -No… No me gusta mucho el rap.

    -¡Qué dices! Sal de esta cama ahora mismo… -y añadió divertida- Yo fui rapera, ¿sabes?

    -¡Anda ya! -dijo él riendo. -No veo a una princesita como tu haciendo rap-urbano-yeah.

    -Pues lo hacía, de hecho, tengo una canción en youtube y todo.

    -¡Ponla! ¿Cuál era tu nombre artístico? La buscaré.

    -No pienso decírtelo…

    -Anda…

    -¡Que no! Dame un beso anda. -Él la obedeció- Se ha termiando la canción. Te toca a ti…

    -No sé qué poner…

    -Una romántica.

    Sin pensarlo demasiado, Federico buscó en su lista de reproducción y dijo: -Esta me recuerda a ti. -Clicó dos veces encima del nombre del tema, Amores eternos de Sabina.

    -Es una canción vieja.

    -Me gustan las canciones viejas.

    Se quedaron callados escuchando la letra que empezaba diciendo: Desnuda se sentía igual (clíing, hacía un instrumento dulce), que un pez en el agua… Y callados estuvieron los tres mintos que duraba la historia de un amor que duraría, para siempre, en un invierno. Al terminar, ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados. -Eres muy sensible, ¿no?

    -Depende…

    Volvieron a besarse. Ella agarró su sexo con una mano sorpresiva y empezó a agitarlo suavemente. Poco a poco, fue poniéndose duro de nuevo, con la misma seguridad que la primera vez. Cuando estuvo preparado y palpitante por las manos de ella, se tumbó sobre la cama de espaldas. Se apartó el pelo a un lado, dejando ver su espalda de lunares y su trasero estrecho, levemente levantado, dibujando un arco entre la cama y el monte de Venus.

    -Métemela otra vez.

    Federico la obedeció. Sus manos agarron sus nalgas y su cuerpo encontró el hueco que ella le dejaba sin esfuerzo, como si un imán atrayera ambos puntos con una fuerza inivisible pero poderosísima. Otra vez empezaron a frotarse, esta vez más ahínco, como si quisieran romper la cama cuyas patas temblaban bajo el colchón barato de muelles. Al cabo de un rato de estar así, sin que ella gimiera como la primera vez, se giró un poco y dijo, tumbada como estaba. -No te preocupes por mí. Ahora quiero que disfrutes tú. Folla.

    Aquellas palabras, en esa voz dulce que ella tenía, sirvieron como una droga exitante. No aguantó demasiado, pero no le importó. Hizo como ella le había pedido, sintiéndose liberado. Con una de sus manos agarraba su hombro, con la otra una de sus piernas. Federico embestía con toda la fuerza que le proporcionaba su deseo, de forma repetitiva, brutal, de una manera que no había conocido en mucho tiempo, que casi ya no recordaba.

    Terminó pronto. Se dejó caer sobre la espalda de ella que sonreía satisfecha y feliz porque

    -Me ha encantado hacerte disfrutar.

    -Eres increíble, Martina. Nunca he conocido a nadie como tú.

    Ella se giró sobre sí misma, quedando frente a él. Estaba tranquila y satisfecha, casi feliz.

    -Me alegro de haberte conocido, Ico.

    Federico sonrió, la besó lentamente sintiendo cada uno de las papilas de su lengua y dijo:

    -Esto es sólo el principio.

    …oooOOOooo…

    Esta historia continurará el próximo domingo con un capítulo nuevo. Mientras, te animo a seguir explorando el contenido de esta página en los enlaces disponibles. Si te ha gustado esta historia, agradecería mucho que me lo hicieras saber con tu megusta, tu comentario o enviándome un correo a contacto@elpobrecitoescribidor.com

    ¡Un abrazo! ¡Que viva la lectura!

  • Barcelona / Elige el corazón / Novela corta / Capítulo 1

    Barcelona / Elige el corazón / Novela corta / Capítulo 1

    Nota del autor: Con este capítulo se da comienzo a una serie episodios que girarán en torno a la ciudad de Barcelona donde dos personajes, Martina y Federico, se ven inmersos en una historia de amor y de vida. Todos los domingos se publicará un nuevo capítulo que se irá sumando a este rincón de internet.

    1. Nada mejor que hacer

    -Tengo un regalo para ti.

    Federico mostró un poco de su sonrisa torcida antes de acercar el cigarrillo a sus labios y aspirar. Había visto la bolsa de papel que ella había acarreado durante toda la tarde y se había preguntado por su contenido todo el tiempo, sin atreverse a abordar el tema.

    -No hace falta que me regales nada, Martina. -y engolando la voz- Tú eres un regalo.

    Martina rio y le tendió la bolsa de papel marrón, sin distintivos de ninguna tienda. Al contacto con sus manos, Federico ya supo cuál era el contenido del sobre que estaba dentro. Sonrió ampliamiente dejando ver sus incisivos sucios por el humo del tabaco.

    -Ya sé lo que es.

    -Si no lo supieras serías idiota, Ico, y a mí no me gustan los idiotas.

    Soltó una carcajada y aproximó sus labios a los de ella. Se besaron con lengua violentamente, allí sentados en la terraza del bar, sin miedo a las miradas indiscretas. Sendos cigarrillos habían quedado olvidados en el cenicero y las manos empezaron a buscar las intimidades por encima de la ropa, sin preámbulos ni tapujos. El principio de una exhausta erección empezó a escocer en la entrepierna de Federico y el equivalente femenino sucedía entre las piernas de ella. Hubieran vuelto a hacerlo allí mismo, en medio de la plaza donde estaban, entre las mesas y sillas de aluminio lacado. Pararon.

    -Bueno, abre tu regalo, ¿no?

    El sobre había quedado un poco arrugado entre las manos de Federico, que habían sudado levemente por la exitación. Se había olvidado completamente del regalo, de todo. El pelo larguísimo de Martina caía sobre su fina chaqueta blanca en bucles oscuros y aquella negrura parecía capaz de contener el universo entero en sus ebras.

    -¡Te has quedado empanado, tío! ¡Espabila o te lo quito!

    Ambos rieron. Ferderico comenzó a rasgar el sobre que hacía de papel regalo sin ninguna piedad. Cuando descubrió su contenido, estaba dado la vuelta, sólo se veían las consabidas letras negras de detrás sobre un fondo gris como de tapia de cementerio.

    –El triunfo, -dijo al darle la vuelta. La portada era la foto de un tipo cuyo rostro era indescibrable por lo ajado del cartel de pared que lo albergaba. Podía ser la cara de cualquiera, incluso su propia cara. Era solamente un cartel medio arrancado de la calle. – Francisco Casavella… No me suena de nada… Pero me gusta la portada. Me encanta.

    -Este libro me recuerda a ti. Cuando lo leía me parecía que sonara una rumba estilo Los Chicos de fondo; la oía pero el libro no va de rumba ni nada de eso, ¿entiendes?  

    -Me da la sensación de que has acertado de pleno. No me digas más. Empezaré a leerlo esta misma noche cuando esté en mi cama echándote de menos. Aunque si quieres…

    -No, Ico, esta noche no puedo. -dijo tajante. Un halo de tristeza pasó como una brisa.

    Abrió el volumen por las primeras páginas y se topó con la dedicatoria que había escrito ella. Su letra era limpia y académica, acostumbrada a hacerse entender en una pizarra.

    Para Ico, Por esos momentos inolvidables que juntos vivimos y viviremos en Barcelona.

    -Me encanta, Martina. Sé que me va a gustar sin siquiera haber leído la primera línea.

    -Lo sé. Lo mejor siempre sucede así. Lo sabemos de antemano, como si lo esperáramos.

    -Y lo peor también…

    -Anda, dame un beso y deja la filosofía para esta noche, cuando estés solito en tu cama.

    -Estaré pensando en ti… No me quedará tiempo para pensar en nada más. Vente hoy…

    Una mano dejó el libro en la mesa y empezó a deslizarse arriba y abajo por el muslo de su pierna delgada, lentamente, abajo y arriba, muy despacio, muy suave, con inquietud. 

    -Ya te he dicho que no puedo, Ico. -Ella cambió de tema- Por cierto, ¿qué tal con Roberto?

    La pregunta le cogió desprevenido. No sabía muy bien qué contestarle. Con Roberto bien.

    -Bien. Nos vemos de vez en cuando. Al fin y al cabo, estoy viviendo en la casa de su tío.

    -¿Te gusta El Carmelo?

    -Me encanta. Me siento como el personaje de una novela de Juan Marsé. Hemos salido un par de veces a andar por el barrio. Me ha enseñado los bares y los balcones que dan a la ciudad. Me dijo el otro día que teníamos que ir a los búnqueres. Que iba a flipar.

    -Tiene razón. Te va a encantar. Eso antes estaba lleno de los quinquis que tanto te gustan.

    -Podrías venir tu también, y le podemos decir a Felipe… ¿El sábado que viene?

    -No lo sé… Tendría que mirarlo, Ico. Pero si puedo, me encantaría ir con vosotros.

    -Ojalá tuvieras más libertad. -La mano se detuvo sobre su muslo. Ella la aproximó a su sexo y la apretó contra él. Por debajo de su pantalón vaquero podía intuirse cierta humedad caliente que impregnaba la tela de mezclilla. Su corazón palpitaba con fuerza.

    -Me encantas, chico del Carmelo.

    Se besaron y sus lenguas parecía que quisieran golpearse dentro de la boca del otro. La mano de ella, con sus dedos largos y delgados, agarró con fuerza la erección de Ico, apretando  y soltando alternativa mente mientras iba volviéndose más y más endurecida. La tarde de domingo era gris y desapacible. Pronto oscurecería y casi no había nadie por el Poble Sec. Los gin tonic estaban casi terminados sobre la mesa del bar, aguados.

    -Será mejor que nos vayamos a casa. Ya hemos tenido suficiente por hoy, ¿no crees?

    -Ahora mismo no puedo ir a ningún sitio. -dijo señalándose la entrepierna- Ni andar…

    -Pues espérame aquí.

    Ella se levanto y se aproximó al bar. Mientras se alejaba, Federico pudo apreciar de nuevo su esbelta figura. Vestía unos sencillos pantalones vaqueros ajustados que dibujaban los contornos de sus piernas. Se iba ajustando la chaqueta blanca que ceñía su cintura estrecha. Su cabello cimbreaba levemente a cada paso que daba con sus zapatos acharolados. Poco antes había podido apreciar ese cuerpo desnudo frente a él, de rodillas.

    La vida en Barcelona era imposible como en un milagro. Los precios de las cosas estaban por las nubes y su sueldo de trabajor a media jornada casi no llegaba ni para pagar el tabaco. Con la cuenta prácticametne a cero, intentaba sobrevivir comiendo poco y andando mucho de aquí para allá. Eran muchas las actividades que deseaba hacer, los lugares que quería visitar, pero se alzaba frente a sus sueños la cruel frontera del dinero. Por su parte, Martina no tenía ese problema. Pertenecía a una de las familias más ricas de Barcelona y por eso no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano que hacía las veces de urbanización para empresarios y jugadores de fútbol. Huída de la fábrica de su padre, era profesora en un colegio alemán, donde aquellos pijos llevaban a sus hijos repipis.

    -¿Has pagado tú? -Preguntó Federico mientras ella volvía guardándose la cartera.

    -No me importa. Ya lo sabes.

    Federico sintió vergüenza de sí mismo. Las normas de urbanidad establecían que debería ser él quien corriera a cargo de las cuentas, y no ella. Aunque los tiempos estaban cambiando en la tele y en las redes sociales, en la vida real se sentía aún cierto dolor en el orgullo. Martina no le daba importancia a las cavilaciones de Ico, para ella el dinero era algo natural como el aire que respiraban, un elemento, aunque vital, sin importancia.

    Caminaban por las calles grises cogidos de la mano. Los balcones y las casas, de no más de cuatro o cinco pisos, recordaban a las del barrio de Gracia, pero sin el gramour ni la responsabilidad de ser el sitio de moda. Era un barrio antiguo como cualquier otro de la ciudad, en plena transformación: pronto le llegaría el momento de convertise en otra zona gentrificada, llena de restaurantes para veganos y tiendas de ropa de diseño, de hecho, alguno había ya, pero todavía conservaba el sabor a barrio obrero que pronto se perdería.

    -Me encanta el Poble Sec. Si no viviera en el Carmelo, me encantaría vivir aquí.

    -A mí también me gusta mucho… Algún día podríamos alquilar algo… ¿Te imaginas?

    Lo cierto es que Ico, a pesar de que le hubiera gustado, no conseguía imaginárselo. Solo podía ver el presente, los pasos de ella y de él acompasados, atravesando las calles estrechas que poco a poco se iban oscureciendo. Los pocos paseantes con quienes se cruzaban caminaban con ese aire somnoliento de domingo. Federico no contestó.

    Llegaron al coche de ella y se subieron uno a cada lado. Apenas eran las siete y media de la tarde. Federico se sentía deprimido. Le quedaba toda una tarde aburrida frente al pequeño televisor de su apartamento: un bajo al cual se entraba por la puerta de un garaje. No tenía dinero para ir a ninguna parte y el tabaco escaseaba. La nevera estaba vacía, como su estómago. Al día siguiente era lunes y la perspectiva de su empleo lo perturbaba.

    -Estás muy callado, Ico.

    -En verdad soy un tipo callado. -empezó a pasar las páginas del libro que ella le había regalado sin mirarlas, retorcía el volumen y colocaba el pulgar entre la portada y la contraportada, las páginas se sacudían como una baraja de cartas y se podía sentir cada una de ellas en la yema del dedo por un instante. Con la vista perdida en el cielo gris que amenazaba lluvia, Federico deseba que lloviera. – Ojalá llueva… ¿Hoy vas a verle?

    Ella se quedó callada. Durante un lapso de tiempo solo se oía el rumor del tráfico como un océano al otro lado de las ventanillas. Martina mantuvo su vista al frente, impasible.

    -Estaba pensando que podríamos vernos mañana por la tarde… Podría pasarme por tu ca…

    -¿Él sabe algo de lo nuestro? ¿Lo habéis hablado alguna vez?

    -Mañana por la tarde podría estar en El Carmelo después de las clases, a eso de las cinco.

    -¿Se enteró alguna vez de lo de Roberto? ¿Por eso cortasteis?

    -Ico. No quiero hablar de eso ahora. Quiero disfrutar contigo del ratito que tenemos. Si crees que no puedes entenderlo, podemos buscar una solución… -suspiró- Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido. Sé que para ti es difícil, pero también lo es para mí.

    Federico reflexionó por un momento. ¿A qué venía esa tristeza súbita? ¿Se estaba enamorando? Las cosas estaban muy claras desde el principio, sabía que ella tenía una relación desde hacía años con un chico que para él era un ser borroso, incluso invisible. A pesar de todo, había decidido participar del juego. Total. Él aún no tenía a nadie más.

    -Perdóname. No he sido justo contigo. No tengo derecho a preguntarte. -rio un poco- Supongo que me estoy poniendo celoso. Se me pasará. No tiene la menor importancia.

    Martina lo miró con sus ojos marrón oscuro, sonrieron como sus finos labios.

    -¿Mañana a las cinco y media?

    -No tengo nada mejor que hacer.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará el próximo domingo. Puedes seguir las actualizaciones de este sitio registrándote a la newsletter para no perderte nada. Si te has quedado con ganas de más, aquí encontrarás enlaces de otras historias que se han publicado ya. Un saludo y que viva la lectura.

  • La pregunta

    La pregunta

    Como cada miércoles, tocaba hacer la colada. Siempre que llegaba ese día, desde que estaba viviendo en Perú, llevaba mi ropa a la lavandería Laundry Louis, situada en la calle Choqechaka, a unos pocos metros de mi hostal. Se trataba de una pequeña lavandería con las puertas azules. A mí me gustaba esa rutina de los miércoles: el olor a limpio del lugar, el ruido de las máquinas, el hipnótico rodar de los tambores con la ropa dentro. Solía sentarme dentro con una revista y dejaba pasar la hora larga de programa.

    Pero ese día fue diferente. Me sentía especialmente animada y decidí dar una vuelta por el barrio. Como había hecho otras veces, entraría en las tiendas de souvenirs del centro histórico, observaría el ambiente de la ciudad de un día laborable por la mañana, quizá entrara en alguna cafetería para tomar algún chancay cerca de la plaza de Armas, lugar que en la ciudad de Cuzco equivalía a la Plaza Mayor de una ciudad española o europea.

    Pero ese día sería inolvidable. Justo al salir de la lavandería, después de haber dejado mi ropa en un programa largo y cuando aún sentía la huella del botón de encendido en la yema de mi dedo, una joven me paró a pocos pasos de la puerta. Me sobresalté. No esperaba que nadie hablara conmigo a menos que se tratara de una conversación comercial. En aquellos meses que estuve en el Perú pasaba mucho tiempo sola, lejos de mi familia, mis amigos, mi pareja; pensando hacia dónde iba mi vida y cómo sería esta en el futuro, dentro de diez o catorce años. Quizá fuera por el efecto de la altura o de las hojas de coca que habitualmente mascaba, pero aquel lugar me ver más allá de mi presente, casi podía distinguir cómo sería el futuro y me aterraba no entender nada. La chica, de manera muy educada, sabedora de que me había asustado, me preguntó si podía hablar conmigo, porque quería hacerme una consulta. Pronunció esas palabras con un leve temblor en la voz que no me pasó inadvertido. Los ojos de la chica, aunque pequeños y oscuros, transmitían una sincera preocupación. La consigna para una extranjera cuando a una la paraban en la calle era decir que no a todo y seguir andando. No lo hice. Pensé que la chica podía ser un gancho, alguien que me distrajera mientras otra persona metía la mano en mi mochila, o algo peor. Miré a un lado y al otro, buscando al tipo de rostro enjuto por la maldad que habría de apuñalarme en mitad de la calle, pero no vi a nadie. Pese a mis recelos del primer mundo, algo me decía quédate.

    Con actitud dubitativa le pedí que me explicara, rápido porque tenía prisa, de qué se trataba el asunto. Me pidió, con una educación exquisita y el dulce acento de su voz, si podíamos ir unos metros más adelante, para hablar más tranquilas, ya que me había abordado justo en la puerta del establecimiento y nos encontrábamos paradas en medio de la acera, obstaculizando el paso de los viandantes. Comenzamos a andar sin un rumbo definido. Aún seguía mirando con un ojo a mi espalda por si alguien más nos seguía y con el otro evitaba pasar por las calles poco concurridas de la ciudad.

    Su nombre era Rosa, tenía 19 años y desde que había nacido había vivido en Cuzco. Era morena, un poco más bajita que yo. Tenía el pelo nigérrimo y su melena de chica joven se derramaba sobre sus hombros hasta la altura de unos pechos generosos. Su cara era regordeta, aunque ella no tenía sobrepeso y sus piernas estaban bien proporcionadas. Sus ojos eran bonitos, en forma de avellana, quizá herencia de alguna tatarabuela medio española con sangre árabe. Sus labios eran carnosos y tenía una sonrisa muy especial. Una vez hechas las presentaciones, me preguntó de dónde venía yo. Pronuncié el nombre de mi pequeña ciudad y ella demostró no haber escuchado aquel nombre en toda su vida, así que le dije que estaba muy cerca de Barcelona y Rosa se situó.

    -La he parado porque quería preguntarle a usted algo importante… -respiró hondo y habló de sopetón. Como lanzándose de cabeza una piscina invisible dijo: -Estoy esperando. -Después de ver mi cara, continuó -Estoy embarazada, de dos meses.

    -¡Enhorabuena! -dije yo, sin saber muy bien qué decir. La expresión de ella era una mezcla de felicidad y de preocupación a un nivel altísimo de intensidad, insoportable.

    -Me gustaría saber, si es tan amable: ¿qué haría una chica extranjera en mi situación?

    Mi cara cambió de golpe. Por fin dejé de pensar que me quería robar y me relajé. En silencio, intentaba asimilar lo que estaba ocurriendo bajo el tenue sol de aquella mañana de un miércoles cualquiera. No nos llevábamos tantos años. Ella tenía 19 y yo 24, pero parecíamos de la misma edad porque yo siempre he aparentado menos años de los que tengo. Mi cabeza iba a mil pensamientos por segundo y me notaba un poco mareada. Sentía la brisa del destino. Del medio millón de personas que había en la ciudad de Cuzco por aquel entonces, me había elegido a mí para hablar de algo tan personal, la conversación más importante que habría de tener en su vida. Seguramente no había hablado con sus padres, quizá no tuviera a ninguna amiga a quién acudir. Pude sentir la soledad de aquella chica en mi corazón y me emocioné mucho. Nos sentamos en uno de los bancos cercanos a la Plaza de Armas, bajo la sombra de un árbol con dos troncos gruesos y retorcidos, que a mí tanto me recordaban a los olivos centenarios de mi país.

    -Soy la mayor de cuatro hermanos. La que tiene que dar ejemplo… -suspiró, triste. -Mis padres no saben nada. Ellos han trabajado tanto para darnos las posibilidades que ellos no habían podido tener… Sólo de pensarlo me entran ganas de llorar… -y se derrumbó.

    Intenté tranquilizarla le mejor que supe. Le pedí que me hablara del padre de la criatura.

    -Se llama Amaru. Es muy guapo. Tengo una foto en la cartera- Rebuscó en su bolso.

    Se trataba de un cholo de pelo muy negro, ojos oscuros y sonrisa franca, con unos dientes bien alineados, herencia de los incas. Aunque a mí no me parecía muy guapo, entendí que para ella era el tipo más atractivo del mundo solo con ver cómo sus ojos se posaban por la flamante fotografía tamaño carné que llevaba en un monedero astroso.

    -Nos conocemos desde el instituto, pero empezamos a salir desde hace menos de un año. Acaba de entrar en la Universidad de Cuzco, como yo. Quiero ser maestra y él estudia una ingeniería. Amaru me apoya en todo… -sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas- Me ha dicho que me acompañará hasta el final, decida lo que decida.

    Las dos opciones para Rosa eran muy claras. O bien tenía al bebé que esperaba, lo cual implicaba casarse muy joven, abandonar los estudios, buscar un hogar para la nueva familia; o bien buscar una de esas señoras que mandaban a los nonatos al limbo. Ambos caminos entrañaban muchos peligros y dificultades en aquel Perú de principios de siglo. La llegada de un bebé cambia la vida de una mujer y Rosa lo sabía muy bien. Tendría que sacrificar su vida, lo que hasta entonces había conseguido gracias a su esfuerzo y al sacrificio de sus padres. Lo más duro de todo, decía, era que decepcionaría a sus papás.  

    -No digas eso, Rosa. Seguro que ellos terminan por comprender y aceptar la situación.

    El tiempo se detuvo en la Plaza de Armas de Cuzco. Sin darme cuenta, estuvimos hablando casi una hora sentadas en el banco, a la sombra verde de aquel árbol que nos escuchaba en silencio. Poco a poco, los silencios se fueron haciendo más largos a medida que Rosa se iba desahogando. Al final no quedaron palabras, porque las palabras sobraban. Nos levantamos a la vez y nos miramos frente a frente. Se despidió de mí agradeciendo mi tiempo y aquella charla. Yo le respondí con un abrazo fuerte, desde lo más profundo de mi corazón. Ambas nos emocionamos mucho. Nos dimos nuestros correos electrónicos para poder estar en contacto: seremos amigas por siempre.

    Con el calor de su corazón todavía en las manos, volví en dirección a la lavandería donde había dejado olvidada mi ropa. Rosa continuó calle abajo. Me giré antes de entrar en el local y ya no la vi. No podía ser. No había otras calles o desvíos posibles para que ella se hubiera esfumado tan pronto. En un abrir y cerrar de ojos había desaparecido. Una extraña sensación se me quedó dentro, como si Rosa en verdad no hubiera existido. La preocupación por mi ropa abandonada me hizo volver a la realidad y empujé la puerta que tenía agarrada con una mano temblorosa. Por suerte, allí estaba mi colada.

    Nunca recibí un correo suyo. Al poco tiempo, busqué el papel donde tenía apuntada su dirección para preguntarle cómo había ido todo, pero extrañamente no lo encontré. Todavía me pregunto qué camino habrá elegido y sigo cavilando: ¿por qué yo? Supongo que el destino tiene una respuesta y que yo nunca la sabré. Durante nuestra conversación, no supe darle un consejo claro. Solamente me limité a lo más importante: escucharla. Mientras lo hacía, pensaba que después de todo Rosa era afortunada por contar con alguien como Amaru, que la quería y estaba dispuesto a ir con ella hasta el final. Rosa me hizo pensar en mí misma: ¿Qué me hubiera pasado a mí en su lugar?

    Me quedo con lo que le dije una y otra vez mientras ambas nos emocionábamos, sentadas en aquella preciosa plaza cuzqueña, a la sombra del árbol milenario:

    -Supongo que no hay una respuesta correcta. Las cosas pasan porque tienen que pasar.   

    Nota del autor: Idea original de Marina

  • Volver a verte

    Volver a verte

    Salgo de un sitio interior y cae el sol de la tarde sobre una calle vacía de coches. Es un paisaje bonito, en la campiña andaluza, sin apenas árboles, pero verde y amarillo. En la acera desierta, hay una parada de autobús y, en ella, se encuentra el tío Eduardo.

    Me acerco a él y lo saludo. En ese momento sé que estoy soñando. Me alegro de verlo porque ha fallecido recientemente y, en mi sueño, soy consciente de que su presencia puede ser real a pesar de ser onírica.

    Está sentado en su silla de ruedas. Tiene buen aspecto. Viste un traje con americana y pantalones color marrón oscuro. Me mira sonriente. Está más joven y fuerte que cuando se fue, corresponde al momento de la primera vez que recuerdo verlo, quizá de antes, como lo imagino que era en los años noventa u ochenta, como lo he visto en fotos. Lleva bigote sin apenas canas, las mejillas ronrosadas y el pelo muy peinado hacia atrás. Me pongo junto a él y lo llamo. Mi voz como debajo del agua, como pasa en los sueños.

    ¿Cómo estás, tío?

    Me responde. No recuerdo que mueva los labios. Oigo sus palabras en mi cabeza. Me dice que está estupendamente, como solía hacer cuando vivía, con un tono alegre.  

    ¿Sí? ¿Estás bien “allí”?

    No me atrevo a preguntarle si está en el cielo o dónde está. Me parece de mala educación, porque yo debería suponer que sí, que está allí, en el cielo. O quizá esté esperando el autobús de línea que lo ha de llevar a ese lugar más allá del horizonte.

    Me reponde que está muy bien. De hecho, me explica que consiguen una suerte de puntos que pueden gastar en un parque temático con atracciones y toda clase de diversiones. Su descripción resulta parecida a una mezcla de PortAventura y Santuario de Montserrat. Este último lugar él lo disfrutaba mucho cuando iba a los encuentros que la ONCE organizaba para los discapacitados; o inválidos, como lo decimos en mi casa.

    Me alegro mucho por él, por que esté disfrutando tranquilo de una vida más grata. Le pregunto entonces si se ha reunido con los suyos, si ha hablado con su madre y hermanos. Entonces su rostro se queda un poco serio y me dice que sí, aunque no ha hablado mucho porque las personas allí casi no hablan y se van quedando en su mundo.

    No lo entiendo muy bien. Lo noto un poco triste, no mucho. Se queda callado. 

    ¿Tienes sed, tío? ¿Quieres un vaso de agua?

    Me responde que no con la cabeza, pero no puedo evitar que mis pasos me lleven de nuevo al interior del edificio de donde he salido, que parece una de estación de autobuses, completamente vacía. Encuentro en una de las ventanillas un grifo y vasos. Lleno uno y vuelvo a salir al exterior, no tardo nada, me parece un instante.

    Cuando vuelvo junto a la carretera, el tío Eduardo ya no está allí. No sé si me quedo con el vaso de agua en la mano, pero recuerdo que miro el final de la carretera y quizás me parece ver a lo lejos uno de los autobuses rojos a los que lo he visto subir tantas veces. El sol de la tarde, naranja, no se ha movido un ápice y me quedo con una extraña sensación en el corazón, sabiendo que estoy soñando y que pronto despertaré.

    Sabiendo que escribiré esta escena, donde me parece que el tío Eduardo se despedía.

    Me alegró mucho volver a verte.

  • El último día en la URSS (Final y Completa)

    El último día en la URSS (Final y Completa)

    Nota del autor: Este capítulo corresponde al final del relato El último día en la URSS. Si no has leído los capítulos anteriores, dejo aquí los enlaces de esta historia que tanto he disfrutado escribiendo:

    1. Saludando sonriente

    2. Perdón imposible

    3. Caía tras la ventana

    4. El último día en la Unión Soviética

    La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de nuestra vida parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en un país como la URSS, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.

    -Ahora vuelvo. -dijo Natalia- Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.

    El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.

    Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, un clásico de la lengua y la literatura española que andaba leyendo aquellos días: La vida es sueño.

    “Qué es la vida, un frenesí
    qué es la vida, una ilusión
    una sombra, una ficción
    y el mayor bien es pequeño
    que toda la vida es sueño
    y los sueños, sueños son
    .”

    Leyó Andréi en ruso y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.

    Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, a quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de la Vida es sueño.

    En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso que venía del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.

    -Date la vuelta. -dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.

    Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que perturbaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.

    Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer diciendo palabras de amor.

    Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.

    Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos verdes que eran grandes incluso cuando sonreían. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la echaría de menos en adelante, qué estúpido había sido.

    Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.

    Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.

    -Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…

    Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.

    Se quedaron sentados sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.

    -Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.

    De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie en medio de la habitación, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?

    Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos planes y estrategias a partir de lo que había pasado. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para la familia Nicolaiévich. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.

    El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un juguete en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra que quizás había engendrado un nuevo hermano para Nicolai, que habría de llamarse Alejandro, como el padre de Natalia. Pero entonces ninguno de los dos lo sabía.

    Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.

    -No juegues con la comida, Nicolai.

    -Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.

    Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño liso y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.

    -A la cama. -dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.

    -Jugar con papá.

    -Dale un beso a papá y a la cama.

    Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte, creía.

    Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba formas que rápidamente se tornaban en otras formas para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban levemente, hacía rato que un peso hondo se había instalado en su estómago.

    Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a lo ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente.

    Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más fuertes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.

    Toc-toc-toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.

    -¿Son ellos? -preguntó Andréi.

    Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente por primera vez en años. De hecho, Andréi nunca la había visto así, tan abatida y triste, tan desesperadamente rota.

    -¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?

    -Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…

    TOC-TOC-TOC.

    Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.

    -¿Sabrás perdonarme?

    Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes. La dama de hierro nunca había llorado así, jamás.

    -No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.

    -Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. -dijo ella sin levantarse de la silla.

    Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora para siempre dejaba lo que hasta entonces había sido su vida, la vida. Pero había sido feliz.

    Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.

    -¿Andréi Nicolaiévich? -dijo el tipo de la izquierda con cara de perro hambriento.

    -Este día ha sido feliz. He sido feliz… -dijo Andréi- El último día en la Unión Soviética.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Espero que te lo hayas pasado tan bien como yo con este inespetado relato soviético. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Yo quería escribir algo ambientado en la URSS y al final, como ocurre siempre, el relato ha decidido su propio camino. Yo sólo lo transcribí para ti y para mí. Muchas gracias por estar ahí. La lectura es el acto más creativo.

    Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • Gracias, Ruslan

    Gracias, Ruslan

    Hola, Ruslan:

    La verdad es que creo que una crítica positiva es siempre más constructiva que nombrar las cosas negativas. Muchas veces hay aspectos mejorables, pero lo mejor es fijarse en lo bueno, y para mí lo bueno es lo que sigue:

    Lo que más me ha gustado del año que llevo en el Estival han sido mis compañeros, no solamente me refiero a los que están en mi puesto, de ayudante de camarero, sino también a algunos de los encargados y jefes que hasta ahora he tenido. Lo que más valoro de ellos es que me han enseñado mucho, ¿cómo? Pues viéndolos trabajar.

    Pienso que este es el aspecto más importante. Si un responsable es trabajador, fácilmente arrastra al resto del equipo consigo, pues los que están por debajo se fijan en él y se exigen a sí mismos según la exigencia de su responsable. Por ello me parece perfecto que un encargado coma mierda, como se dice, al fin y al cabo, esa mierda es faena y esto último es lo que hay que sacar. Nunca me ha importado hacer cualquier tipo de faena porque siempre se aprende algo, aunque no lo parezca. Algunos dicen que ya no están para hacer cierta clase de trabajos, pero yo creo que se equivocan.

    Lo importante es lo que uno aprende, eso se lo lleva a cualquier oficio que emprenda. Uno puede pasar en una empresa muchos años con una actitud pasiva y saber lo justo. Uno puede pasar un año y aprender mucho, no solo con lo que le mandan, sino también con lo que ve. En la vida nunca se sabe, hoy estás aquí y mañana no, pero si uno ha aprovechado el tiempo que le han dado, fácilmente encontrará nuevas oportunidades en otros sitios, y así seguirá aprendiendo. El que se acomoda en determinadas tareas, se estanca, aunque no lo sepa, y se vuelve esclavo de las circunstancias. Un ejemplo de esto puede ser, en nuestro caso, el que siempre está en barra y un día le toca salir de bandeja. En teoría, todos dicen que chupar bandeja es una mierda, sin embargo he visto otros sitios en que los camareros sólo trabajan con la bandeja y es en cocina donde preparan los pedidos. Por tanto, el dominio con esta herramienta se hace, en este oficio, algo realmente fundamental si uno quiere llamarse a sí mismo camarero.

    Pero, por supuesto, el trabajo en barra es también fundamental y complejo. Por ello creo que es una buena idea que los trabajadores vayan rotando en sus posiciones y así conozcan todos los aspectos del oficio. ¿Cómo va a juzgar uno el trabajo de un bandeja si no sabe lo que hay ahí fuera? Y si un día uno de los de la barra se ausenta en su puesto y le toca a un bandeja sustituirlo, ¿cómo hará este su trabajo si no lo conoce? Yo siempre les he dicho a mis superiores que me gusta hacer de todo, cuanto más variado, mejor. Debo decir que algunos me han concedido esta oportunidad de muy buena gana y yo se lo agradezco mucho.

    Por dar nombres propios, considero a Jose Luis un muy buen responsable. La temporada pasada, muchas veces me ha puesto en barra cuando yo no sabía casi nada, esto significa darle más faena a él, el encargado, que tiene que vigilar la suya propia, ver que la mía no salga mal y corregirme cuando sea necesario. Este invierno siempre me ponía en el salón Sant Jordi, donde había mucha faena, y he aprendido muchísimo. Ahora es verano y la bandeja me la sé de memoria, cuando me ponen en barra me siento francamente adelantado para el tiempo que llevo aquí y todo es por lo bien que me ha enseñado y por las ganas que yo tenía, y tengo, de aprender. Además, en discoteca, muchas veces Jose Luis ha salido a ayudarme a trajinar bandejas llenas de vajilla cuando era la hora de cerrar, nunca lo he visto quejarse por cualquier faena que hubiera que hacer y siempre sabe lo que hay en todo momento. Por eso lo respeto mucho y lo valoro como un buen jefe, aunque tenga un año menos que yo. La veteranía es un grado, pero la actitud es un grado mayor.

    Por último, la comunicación es un aspecto importantísimo. Sin embargo, no creo en el amiguismo, porque aquí venimos a trabajar y no es un lugar para el ocio. Por supuesto que lo podemos pasar bien en nuestro trabajo, yo soy de los que más se ríe y más tonterías dice, pero siempre y cuando el trabajo salga. Cuando lo importante es la amistad, mal, porque es cuando surgen los problemas. Hay gente que se dedica a culpar a los demás de las complicaciones que salen, pero yo creo que así no se solucionan. Porque nadie es perfecto y todo el mundo se equivoca, y no pasa nada, siempre y cuando haya una actitud para hacerlo mejor. El que pretende parecer que hace mucho y hace poco, que denuncia lo mal que lo hacen los demás, que solo se mueve cuando tiene al jefe delante, no es un buen responsable. En este apartado no voy a dar nombres, no hace falta, ellos brillan con luz propia.

    Quizá el aspecto que yo debo mejorar es el de la comunicación. Muchas veces me limito a hacer mi faena, sea la que sea, y a hacerla lo mejor que sepa. Como todos, me surgen problemas y conflictos pero intento solucionarlos o superarlos con mi trabajo, no con la conversación amigable. Pero creo que la mejor manera de demostrar que estoy bien es trabajar bien, y la verdad me siento realmente contento con mi faena. Me siento en familia porque me veo comprendido por aquellos en los que me fijo para mejorar.

    No sé cómo será esta nueva temporada, pero sí como han sido todas las demás temporadas de mi vida, en la hostelería o fuera de ella, y siempre me he regido por los mismos principios. Intento ser honesto y decir la verdad, si me equivoco, lo digo, porque se equivoca el que hace las cosas; intento ser comprensivo porque muchas veces han tenido que comprenderme a mí; intento ser leal porque, al fin y al cabo, yo estoy aquí porque tú me llamaste e independientemente de cómo vayan las circunstancias futuras, nunca diré nada malo de quien creo que no se lo merece.

    En definitiva, creo que me he alargado demasiado, pero quería hacerlo bien porque, como con todo, me lo tomo muy en serio. Me falta mucho por aprender, tanto en la hostelería como fuera de ella, pero siempre me quedo con una frase que me repite muchas veces mi padre, que en lo suyo también es jefe: “no trabaja más el que más sabe, sino el que más quiere”.

    Espero que entre todos hagamos una muy buena temporada, seguro que es así. 

    Atentamente,

    Ricardo Rodríguez Boceta

    Nota del autor:

    En el verano de 2015 yo trabajaba en un hotel muy conocido situado en La Pineda, en la provincia de Tarragona. Aquel empleo era fundamental para mí y gracias a él pude costearme los estudios de máster al final de la temporada. Por aquel entonces, yo no sabía qué sería de mí, sólo tenía esperanzas en el futuro, pero ninguna certeza.

    Han pasado unos cuantos años desde entonces, casi diez, y muchas cosas han cambiado en mi vida a todos los niveles. Estas vacaciones, ordenando mis papeles, ha aparecido este texto que me ha colmado de nostalgia.

    Durante la temporada de 2015, nuestro encargado, Ruslan, un moldavo que había huido de la descomposición de la Antigua Unión Soviética, nos pidió a los empleados que escribiéramos un pequeño texto sobre nuestra experiencia en el trabajo. Supongo que para él fue una idea que se le ocurrió sin más, pero para mí fue una oportunidad para escribir, cosa que no hacía mucho por aquel entonces.

    Recuerdo que al leer la carta se quedó gratamente sorprendido y estuvimos hablando de la vida. Me contó que en sus tiempos, cuando era tan joven como yo lo era entonces, se había dedicado a ser payaso en un circo, pero con la caída de la URSS también habían cambiado los gustos y costumbres de las personas y el circo casi había desaparecido. Ruslan llevaba en España 16 años y había podido aprovecharse del boom del turismo ruso que por aquel entonces había llenado las playas de la Costa Dorada durante varios años. Yo lo apreciaba mucho como persona y creo que él también a mí.

    Un tiempo después, me tocó ser profesor de Literatura en el instituto público de Vila-Seca, una localidad muy cercana a La Pineda. Hubo un día en que una alumna se puso enferma y tuve que acompañarla hasta que llegara su padre. Cuál fue mi sorpresa al ver que su padre era Ruslan, quien había sido mi jefe un par de años atrás en el hotel. Él no sabía que yo tuviera estudios y se quedó con una cara de alucinado que todavía recuerdo hoy.

    La vida da muchas vueltas y la historia de una vida se escribe con casualidades sorprendentes que serían imposibles en cualquier ficción. Ayer estaba con unos amigos hablando de los trabajos que habíamos desempeñado y de los proyectos que queríamos emprender en el futuro cercano. Mientras la conversación avanzaba, yo pensaba en aquella carta a Ruslan que hacía poco había encontrado entre mis papeles.

    Hay quienes se sorprenden cuando les digo que en todos los trabajos me lo he pasado muy bien. Aquel jefe exsoviético me enseñó a apreciar el amor por las cosas bien hechas, aunque no sean nuestra vocación primera: para mí era convertirme en escritor y para él ser artista del circo. Pero gracias a su actitud había conseguido emigrar y triunfar laboralmente en un país en crisis. Quien tiene actitud puede con todo y, suena a tópico, pero el dinero es lo de menos. Gracias, Ruslan.

  • El último día en la URSS (Parte 3)

    El último día en la URSS (Parte 3)

    3. Caía tras la ventana

    -Amo…

    -Yo también te amo, Natalia, mi amor.

    Andréi se sentía liberado. Por fin, después de tantos meses de incertidumbre, había podido desahogarse con la persona que más quería en el mundo: su mujer Natalia. A pesar del fracaso sentía una poderosa sensación de alivio como el que deja en el suelo un peso imposible. Nunca más tendría secretos para ella, para ninguno de los dos.

    -Amo a mi país por encima de cualquier cosa, nada ni nadie podría separarme de él.

    Cayó el silencio en el pequeño salón como un montículo de nieve y la habitación se quedó helada a pesar de la calefacción central. Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, Andréi miraba a su mujer con los ojos como platos, temblando de miedo. Nunca había conocido esa expresión de resentimiento en el rostro de la dulce Natalia, con quien llevaba casado más de diez años. Simplemente, no parecía la misma persona.

    De pie en medio de la habitación, Andréi miraba a todas partes como si de repente estuviera encerrado en una jaula. Su hijo Nicolai jugaba tranquilo con unas piezas a construir una torre que siempre acababa desmoronándose. Un pensamiento cruzó como un cuervo por su mente: así los hombres viven sus sueños, que siempre se vienen abajo. Natalia, que permanecía callada, empezó a llorar amargamente sobre el sofá marrón.

    Aguantándose las ganas de llorar también, Andréi permaneció pensativo con las manos en los bolsillos. El pequeño Nicolai dejó a la mitad la torre que andaba construyendo y fue corriendo a abrazar las rodillas de su madre, cuya espalda subía y bajaba en cada hipido. Andréi observaba la construcción que había dejado a medio hacer su hijo en mitad de la moqueta del salón y le dio una patada de furia. Las piezas saltaron por los aires, en todas direcciones, estrellándose la mayoría en los libros de la estantería. Natalia detuvo su tácito gimoteo y permaneció en silencio mientras Andréi se acercaba. De pie junto a su mujer y su hijo, se derrumbó. Se puso de rodillas frente a ellos y dijo:

    -Perdóname. Yo sólo quiero… quería lo mejor para vosotros. -y empezó a llorar también. Apoyaba su cabeza sobre las blancas rodillas de ella y poco a poco iba humedeciendo su piel con lágrimas pringosas y saladas mientras Natalia le acariciaba el pelo. El pequeño Nicolai, al ver a su padre así, no supo cómo reaccionar y se escondió detrás del sofá, mirando desde detrás del reposabrazos, asimilando la extraña situación.

    -Te perdono. Eres mi marido y lo serás hasta el día en que uno de los dos muera.

    Feliz, Andréi levantó la vista y a través de sus ojos llorosos miró el rostro impertérrito de Natalia, quien con mirada azul fijaba la vista en un punto invisible que parecía situado a cientos de quilómetros de esa habitación cuyos muros dejaban apenas un espacio de diez metros cuadrados. Su marido la besó en los finos labios y fue entonces cuando ella giró su cabeza hacia él, aunque su mirada seguía posada lejísimos.

    -Natalia, te quiero tanto…

    Ella se limitó a seguir acariciando amorosamente el pelo de la nuca de Andréi. El pequeño Nicolai se sintió más seguro y volvió para abrazar a sus padres. Se quedaron así, abrazados entre el suelo y el sofá, un espacio indeterminado de tiempo, hasta que el niño decidió proseguir con sus juegos y Natalia se levantó decidida y dijo: Prepararé té.

    Andréi se levantó del suelo donde de hinojos aún estaba y se sentó en el duro sofá. Mientras oía el ruido de su mujer con la pava del té y las tazas se miraba las manos. Le parecía un milagro que aquellas extremidades, con sus diez dedos y sus incontables falanges, siguieran pegadas a su cuerpo, funcionando a cada orden intangible que el celebro les mandaba. Nunca podrían los científicos soviéticos replicar aquel milagro. Como un bebé cuando las descubre, cerraba y abría sus manos, movía los dedos en direcciones arbitrarias por el siempre gusto de tocar el aire y la luz con la piel desnuda.

    Natalia volvió con el té y se sentó a su lado. Sirvió dos tazas humeantes y suspiró.

    -Otra vez andas en tus pensamientos.

    -Solo puedo pensar en lo maravillosa que eres.

    -Mi amor, estás completamente equivocado.

    -Eres maravillosa y nada podrá quitármelo de la cabeza.

    -Me refiero a tus pensamientos, al plan que has urdido a mis espaldas todo este tiempo.

    Andréi bajó la cabeza sin saber muy bien qué decir.

    -No digas nada, ahora me toca hablar a mí. Te voy a decir por qué este es el país más maravilloso que existe, y por qué nunca voy a abandonarlo, ni yo ni mi hijo Nicolai.

    Una expresión de estupor y miedo pobló el rostro de Andréi, quien escuchaba callado.

    -Como sabes, nací en un pequeño pueblo en la península de Kamchatka. Creo que mi padre fue destinado allí por un asunto de deslealtad, pero nunca se habló del tema. En aquella extrema región solo había nieve, hambre y muerte. No llegaba ni siquiera el periódico y la luz eléctrica era un lujo del que solo disponían los edificios oficiales. Mi madre murió en el parto y mi padre volvió a casarse muy pronto, con una aldeana de ojos rasgados a quien nunca podría llamar Madre. Yo no tenía nada, y estaba sola…

    >>Pero en Kamchatka sí que había Escuela. Muy pronto, destaqué en los estudios. Aprendí a leer enseguida y el lenguaje de las matemáticas simplemente era algo natural para mí. Un día, unos inspectores venidos de Moscú aplicaron unas pruebas internas del estado, estaban buscando futuros científicos para el programa espacial en todas las regiones de nuestra extensa patria, y dieron conmigo. Recuerdo el día en que me subí al tren que habría de llevarme a Irkutsk, y de allí seguiría en transiberiano hasta la capital. Hicimos el viaje con otros niños de regiones cercanas a la mía. Éramos unos diez. Hubo uno que murió en el tren por una apendicitis y fue el primer contacto que tuve con la muerte. A pesar de todo, no fue un momento triste. Yo estaba feliz: ¡iba a prosperar!

    >>Una vez en el instituto de enseñanza intensa seguí destacando por mis cualidades, sobre todo en el ámbito de la física y las matemáticas. Antes de entrar a la universidad fui propuesta para participar en el programa espacial. Me veía a mí misma como una futura cosmonauta, atravesando el cielo gris como había hecho nuestro héroe, Yuri Gagarin, incluso la perra Aika me producía una amarga sensación de envidia. Iba a conseguirlo, iba a convertirme en la más audaz cosmonauta, la primera en pisar Marte.

    >>Pero no pudo ser. No fui lo suficientemente buena y en los exámenes escogieron a otros antes que a mí. Entré en la facultad de ingeniería, que fue donde nos conocimos, y el resto ya es nuestra historia, que no hace falta repetir. Sé que sabías todo esto pero lo que quiero decirte por primera vez desde que estamos juntos es que se lo debo todo a mi país. Si no fuera por la URSS ahora sería una estibadora arrugada en Vladivostok.

    Andréi la observaba en silencio con ojos arrobados. Era cierto que conocía todos los detalles de la vida anterior de Natalia, aunque ella casi nunca hablaba de su pasado. Aquella chica rubia y solitaria que una vez le robara el corazón se había convertido en una madre amable y en una trabajadora incansable en la fábrica de fuselajes, a cargo de líneas de producción extensas, donde trabajaban hombres y mujeres de brazos fuertes. A pesar de su esbelta figura, de su cabello rubio y de sus grandes ojos azules, todo el mundo la respetaba. La llamaban la muñeca de hierro. Quienes estaban cerca de ella decían que era capaz de matar con los ojos y que un extraño espíritu, numen de la Siberia, vivía en su interior. Por eso, hasta las brujas, le tenían miedo y gran estima.

    -Pero, Natalia, mi amor. ¿Nunca has pensado que el mismo estado que te salvó fue el mismo que destinó a tu familia al rincón más extremo de la Siberia? Si no viviéramos bajo la bota del totalitarismo, no habría hecho falta tanto sufrimiento, quizá tu madre…

    -¡No sigas! -El pequeño Nicolai, asustado, dejó sus cosas y se escondió bajo la mesa.

    -Solo digo que nuestra vida podría ser diferente. Tú podrías desarrollar tu profesión en otro sitio, quizá tendríamos más cosas, una casa grande, un coche decente. Tú no has visto lo que yo, Natalia, los ingenieros en sus países viven en grandes mansiones al sol.

    -Tú lo has dicho: los ingenier-OS. No quiero ser una de esas mujeres, ¿entiendes? Lo único que saben hacer es pintarse las uñas, y a mí eso ya sabes que no me va. El suyo es un mundo dominado por hombres ventrudos, burgueses con el puro en la boca y el pie sobre los trabajadores y campesinos, como lo fui yo. ¿Crees que una chica como yo habría tenido alguna posibilidad en el mundo capitalista? Me habría muerto de hambre.

    -Nadie puede saberlo, Natalia. En cualquier caso, no vale la pena pensar en lo que pudo haber sido. Lo importante es el presente y el futuro, el porvenir de Nicolai… De todas formas, nada importa ya… Nuestros sueños, los míos y los tuyos, se han venido abajo.

    -Habla por ti, Andréi. Yo soy feliz en la URSS y quiero que mi hijo crezca aquí.

    -Pero es nuestro hijo… 

    -¿No te das cuenta? Puede ser que vivamos en un mundo gris, en una vivienda pequeña dentro de un piso de hormigón replicado en toda la avenida. Nuestro coche se avería y la calefacción falla. La nevera está medio vacía y la televisión no ha llegado a esta casa. Pero me da lo mismo. Tenemos la literatura: Tolstoi, Gorki, Chéjov, Turgéniev…

    -Y muchos intelectuales proscritos.

    -Traidores. Tenemos también la música de Chaikovski, el ballet, la ciencia, el Sputnik.

    -Ellos pusieron el hombre en la luna.

    -¡Mienten! ¿Es que no lo ves? ¡Todo es una gran mentira! Viven en un mundo de colores, con muchas marcas y muchos objetos con los que adornarse, pero por dentro son grises, por dentro no tienen nada, y son profundamente infelices, más que nosotros.

    El pequeño Nicolai comenzó a llorar al escuchar los gritos de sus padres. Ambos se quedaron en silencio, de pie, mirándose a los ojos con amor y tristeza, como si estuvieran en el andén despidiéndose para siempre de lo que pudo haber sido. Natalia cogió a su hijo en brazos y lo meció blandamente, Nicolai dejó de llorar al instante. Al fin, Andréi suspiró y calló rendido en una silla próxima. Con los ojos húmedos dijo:

    -¿Sabes qué, Natalia? En realidad me importa muy poco donde residamos, siempre y cuando estemos juntos, los tres. Para mí vosotros sois mi verdadera patria, mi vida.

    Con el niño en brazos, Natalia se sentó sobre las piernas de Andréi y los tres se abrazaron con fuerza. Sonreían de tristeza y alegría mientras el sol caía tras la ventana.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará en el próximo capítulo. Aquí tienes la Parte 1 y 2.

    Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • El último día en la URSS (Parte 2)

    El último día en la URSS (Parte 2)

    2. Perdón imposible

    A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno gris-asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y más ligero que antes.

    A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia próxima porque tardaría mucho en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo parecía dispuesto a la perfección. Abandonaría la URSS aquella misma noche, de una vez por todas, y no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la policía encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un ruso-soviético, ese delito se castigaba con la muerte; como todo el mundo occidental sabía.

    Andréi había servido en el ejército y luego, al terminar la guerra, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según rezaba la propaganda, un héroe de guerra, uno de los muchos soldados valientes que sirvieron en la batalla contra el Mal y que consiguieron la Victoria para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños se hacían fotos con él y lo exhibían como un trofeo, pero en verdad era un agente soviético, entrenado para sacar información de debajo de las piedras del constructo capitalista. Había servido a su país con valentía y luego con inteligencia.

    No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo occidental distinta a la propaganda soviética del gobierno. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada rusófono. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor que cualquiera de sus compatriotas en Francia, Inglaterra, EEUU; países que había conocido como diplomático-espía confeso de la patria de Lenin.

    Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Unión Soviética. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. No quería que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes y empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes, y su nueva familia con él.

    Empezó a ponerse en contacto con personas del otro lado, y a ganarse su confianza dando con tino dosis de información comprometida. Aquello le granjeó buenos amigos los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su propio país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores habituales. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista en aquel país, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público de Leningrado.

    Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen ruso asumía su destino con estoicismo, fuese cual fuese la orden debía cumplirla.

    La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje soviético al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como una playa. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en ese mismo instante.

    Antes de llegar a su coche, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo de aquella tarde. Sin hacer ningún gesto tampoco, pasó de largo y no subió a su vehículo sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su gabán.

    Al llegar al fondo del callejón, por el camino más largo, Igor lo esperaba al final, recortada su silueta por el cielo gris y el suelo marronáceo del descampado. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:

    -Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.

    Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente, mientras un gato pardo lo miraba con ojos famélicos de diablo.

    -¿Por qué?

    Igor le tendió un sobre. Andréi lo tomó al instante e Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi abrió el contenido del sobre sin matasellos. Dentro había la hoja del periódico Pravda con la noticia de ese día. Franco ha muerto, rezaba el titular y se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España en las próximas fechas, tal y como había supuesto.

    -¡Maldito sea! -gritó en mitad de la nada. Un par de cuervos alzaron el vuelo asustados.

    Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo gris lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien a dónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana.

    Ya en la berlina decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS para sus ciudadanos, de la muerte del dictador en España y la posibilidad que eso abría para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.

    -¡Malditos sean! -Andréi golpeaba con furia el volante de su berlina color ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. -¡Malditos sean!

    Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que ahora se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis, no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el complejo bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un país o de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión o directamente cancelados, como sabía que era su caso.

    Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.

    Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar correspondiente, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: -¿Papá?

    Al traspasar el umbral de la puerta vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y de hinojos comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto, mientras el cabeza de familia vertía lágrimas tiernas. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: -¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.

    -Os he fallado.

    -Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. -dijo Natalia imperativa.

    Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como ir a la guerra, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de heroicidades. Podía engañar a los soviets pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.

    -Tengo algo que contarte, Natalia. -Dijo de rodillas, suplicando un perdón imposible.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará en el próximo capítulo. ¿Qué crees que va a pasar?
    Sigue atento/a las actualizaciones de esta página todos los domingos por la mañana.

    Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • El último día en la URSS (Parte 1)

    El último día en la URSS (Parte 1)

    Saludando sonriente

    El despertador sonó, como cada mañana, a las 5:50, pero lo apagó casi al momento porque ya estaba despierto. Era un día como cualquier otro: no volvería a repetirse nunca más. Siendo perfectamente consciente de ello, se dispuso a saborear cada una de las acciones que componían su rutina diaria. Reparó en el despertador. Era un modelo común, con campanas a los dados y un badajo diminuto dentro, el cual hacía un ruido fortísimo cuando llegaba su hora y anunciaba un nuevo día. Se había quedado sin cuerda, pero no importaba. En veinte años nunca había olvidado esa pequeña tarea y siente un orgullo pequeño y duro como un diamante. A pesar de la melancolía, era feliz.

    Su mujer y su hijo aún dormían, a su lado. El pequeño tiene dos años y solía pasar la noche en su propio cuarto, pero estaba con tos y su mamá había decidido que pasara la noche con ellos en la cama. Apenas son dos bultos bajo las gruesas mantas de lana.

    Hacía mucho frío, como tenía que ser en la Unión Soviética. La calefacción central del edificio los salvaba de morir congelados en el hormigón, pero aun así había que echarse una bata encima para llegar hasta el baño y hacer la primera micción del nuevo y último día que pasaría en su país, de donde nunca había salido en treinta y cinco años.

    Encendió la luz de la cocina y acto seguido comenzó a calentar el café. Intentaba resistir la tentación de prender un cigarrillo encendiendo la radio y sintonizando las noticias de la mañana. El conductor del programa, hombre de unos sesenta años, al que poco le importaba la vida ya, trataba cuestiones al filo de la censura. Sabía que cualquier día encendería el transistor y aquel hombre ya no presentaría el programa matinal. Formaba parte del destino de los hijos de la madre Rusia y se aceptaba con gusto por todos, incluso por el presentador. No pudo resistirse más. Tomó uno de los paquetes de tabaco que reposaban sobre la encimera impoluta y se encendió el pitillo con una cerilla. Era un día especial y debía permitirse ciertos lujos. El locutor anunció que eran las 6 de la mañana del día 20 de noviembre de 1975, la temperatura era negativa y el día sería gris.

    El café subió y volcó su contenido en una taza de lata, su preferida, de cuando era más joven y sirvió como zapador. Sus compañeros siempre le achacaban que prefiriera el café en vez del té negro, como un buen ruso. Pero se lo perdonaban porque en lo demás era un hombre valiente e íntegro, alguien en que podían confiar cuando estaban con la soga al cuello, perdidos en un remoto lugar de Siberia. Siempre tenía una sonrisa y palabras de ánimo. “Es gracias al café”, les decía, y todos se reían como buenos camaradas, fumando cigarrillos de liar y bebiendo de vez en cuando un trago de ardiente vodka helado. Fueron años duros los del servicio militar. Siempre pasando frío, hambre, odio. Un hombre tiene que resistir, decían los superiores. Pero los jóvenes camaradas dudaban de que esos tipos ventrudos tuvieran la entereza para sostener su kalasnikov; aquellos malditos dictadores que los tenían allí, en una trinchera pisando mierda. Si no fuera por sus compañeros, se habría pegado un tiro. Pero aquello ya se terminó para él. No dejaba de pensar con la mirada perdida mientras el café se enfriaba, le dio un sorbo y ya estaba tibio. Había perdido la oportunidad de disfrutar del primer café del día como se debía y eso lo enervó; por culpa de sueños antiguos había olvidado el presente.

    Una vez hubo terminado, entró en el baño y se desvistió. Tenía en su cuerpo algunas cicatrices de aquellos tiempos a los que no quería prestar más atención. Algunas habían sido provocadas por el enemigo y otras no. A veces es duro ser ruso, ¿pero quería ser otra cosa? La patria era exigente con sus hijos, pero estos siempre le serían fieles. Tenía claro cuál era su lugar en la sociedad, a la que se sentía muy orgulloso de pertenecer. El agua caliente corría por su cuerpo delgado dejando un vaho denso en el baño pobremente iluminado. Las baldosas de las paredes estaban amarillentas por el paso del tiempo y el grifo estaba un poco oxidado. No había medios para cambiarlo y él nunca había sido muy ducho con las tareas del hogar. Lo suyo era ser intelectual y guerrero: sabía manejarse bien con los libros y las armas, pero no con la hoz y el martillo. Después de frotarse con la pastilla de jabón lagarto se sintió purificado.

    Salió del baño, ya vestido: calzoncillos, calcetines, camiseta interior, camisa celeste, pantalón marrón, cinturón negro, americana gris, sin corbata. No soportaba llevarla al cuello, le recordaba al nudo de la soga, prefería las largas bufandas de lana que tejía su mujer. Mientras se calzaba no dejaba de escuchar la voz del transistor. Noticias llegaban de España, importantes. Antes de salir de casa comprobó que llevaba todo lo necesario. Abrió su cartera y vio su identificación y nombre: Andrei Nicolaievich, nacido en 1942 en Konstanta, donde vivía actualmente con su mujer Natalia Rostova.

    Antes de ponerse el abrigo de piel y salir al frío, pasó por la habitación conyugal. Su mujer y su hijo aún dormían en aquella hora temprana. Al verlos allí acurrucados, madre e hijo -tanto amor no cabía en aquella pieza- sintió una punzada de tristeza y las lágrimas duras inundaron sus ojos secos. Aquella era la última mañana, se despediría de ellos en ese instante y a partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Eran apenas dos cabezas bajo las gruesas mantas. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. El aroma característico de los niños pequeños lo embriagó y quiso retener ese olor en la memoria para siempre. Una lágrima se resbaló por su mejilla afeitada, la secó con un rápido movimiento con la manga de la camisa. Como no se diera prisa no iba a salir de allí. Se inclinó hacia su mujer y la besó en los labios, como hacía siempre antes de salir de casa. Ese día se entretuvo un poco más y del otro ojo cayó una lágrima traicionera a la cama.

    -Andrei, ¿estás bien? ¿qué te ocurre?

    -Nada, sigue durmiendo.

    -¿Estás llorando?

    -Por supuesto que no. -Y se incorporó con decisión. Si Natalia se hubiera incorporado, si hubiera encendido la pobre luz de la desvencijada lámpara de mesa, no habría tenido más remedio que contarle la verdad y quizás el final de esta historia hubiera sido otro.

    Nicolai consiguió disimular su agitación y ella, tan cansada estaba por la pasada noche en la que no había pegado ojo, ahuyentando el instinto de que algo no iba bien, se quedó dormida apenas Andrei cruzaba el umbral de la puerta de la habitación y cerraba tras de sí. ¿Volverían a verse? Nadie lo sabía, pero no tenían otra opción que aquella despedida.

    Había que disimular. Para que las cosas salieran según lo planeado, aquel tenía que ser un día absolutamente normal, uno más en su vida de profesor de literatura en un instituto estatal. Entró en el coche, que estaba helado, encendió el motor, la radio, y mientras se calentaba las manos volvía a escuchar las noticias, que hablaban de España. Había muerto el dictador Francisco Franco aquella misma madrugada.

    -Maldita sea, -pensó Nicolai- esto seguro que lo complica todo. -No se equivocaba. Inició la marcha con cuidado, las calles estaban heladas por el frío sempiterno.

    Nicolai sabía muy poco de España, apenas por los libros de literatura, y no era mucho lo que había leído. Conocía el Quijote y una obra de teatro bastante filosófica que llevaba por título La vida es un sueño o algo así. Un tipo en una prisión se liberaba en un mundo ficticio, que él creía real, y que en realidad era real, pero luego resultaba ser un sueño, pero no era cierto, porque no había estado soñando, sino despierto. Un drama complicado del siglo XVII. España le parecía un país bastante barroco y tragicómico. Pero las circunstancias habían hecho que, de unos meses a esta parte, las relaciones con aquella región tan al oeste del continente fueran frecuentes y, prometían, duraderas. Nicolai sabía mucho de dictadores y se alegraba por los españoles, pero no por él.

    Decidió no darle demasiadas vueltas. Debía prestar atención a la carretera si no quería salirse y acabar con todo demasiado pronto. Franco había muerto en su cama, de viejo, poco se sabía de lo que iba a pasar a partir de ahora. En la URSS todo seguiría igual.

    A lo lejos ya se divisaban los altos edificios grises de las afueras de Leningrado. Altas torres de hormigón, todas iguales, funcionales, el pueblo necesitaba viviendas y el estado las proveía. Para un país que había pasado casi toda su historia a la intemperie, comiendo patatas podridas y durmiendo en la escarcha, disponer de una vivienda con calefacción central y gas para cocinar, era como haber dado un salto de milenios. Nadie le negaba a los soviéticos sus avances, pero quizás habrían llegado también sin los millones de muertos. Nicolai se preguntaba si no les habría ido mejor con los alemanes. Al final, todos los de arriba son iguales, se llenan la boca con palabras como gloria, patria, honor, pero lo que quieren es vivir una vida con preocupaciones pequeñas y miserables. A su manera, aquellos altos edificios eran bellos, gigantes fantasmales entre la neblina petrolífera del progreso. Edificios como pilares que aguantaban el cielo gris.

    En una de esas construcciones, se desarrollaba la labor docente de Andrei. Apagó un cigarro con el pie al salir del coche y encendió otro justo al cerrar la portezuela tras de sí. El día era helado, pero al menos no había caído nieve. Sus gruesas botas pisaban seguras sobre el suelo de cemento. Algunos estudiantes ya esperaban junto al edificio gris, el cual tenía forma rectangular, como dos cajas de zapatos, una encima de otra, formando una cruz. El pueblo necesita formarse: matemáticas, literatura, química, latín. Le encantaba su profesión. Le habría esperado un futuro glorioso si hubiera sabido mantener la boca cerrada en ciertos momentos. Había sido un militante audaz años atrás, pero no supo guardarse la verdad para sí mismo y acabó en el instituto.

    -Buenos días, Andrei. Parece que tenemos una mañana fría.

    -Buenos días, profesor Fedor. Así es, el invierno aprieta fuerte.

    -Para inviernos los que había cuando yo era niño. Aquello sí que era frío, y no ahora. Hubo un año en el que no dejó de nevar. Te lo digo, Andrei, el clima está cambiando.

    -Seguro que tienes razón.

    Mientras ambos subían las escaleras del edificio, un timbre fabril rompió la mañana. Andrei se giró un momento y miró hacia la calle. Los estudiantes llegaban con sus ropas raídas y sus carteras de cuero. Algunos habían estado fumando unas cuadras más allá, otros pasaban hambre, frío, necesidad. Soñaban con ser ingenieros, militares, poetas. Cuántos sueños por cumplir, cuánta energía malgastada, cuántas vidas inservibles.

    Dios mío, cuánto echaría de menos todo aquello. -Lamentaba saludando sonriente.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará en el próximo capítulo. ¿Qué crees que va a pasar?
    Sigue atento/a las actualizaciones de esta página todos los domingos por la mañana.

    Un abrazo de oso ruso,

    El Pobrecito Escribidor

  • (¿)Los alumnos aprenden(?)

    (¿)Los alumnos aprenden(?)

    Un fantasma recorre los institutos de toda España: el fantasma de la Literatura. No sería descabellado decir que en toda Europa sucede lo mismo. Los imparables avances tecnológicos han hecho que la enseñanza sea una actividad frenética, sujeta a cambios que se producen a la velocidad de la luz. Los docentes tienen problemas para adaptarse y es un clamor en la sociedad: hay que cambiar el rumbo que está tomando la educación. La gran cuestión es hacia donde hay que orientar el buque de la eseñanza.

    En la educación secundaria (básica si antendemos a la última ley de educación) actual, los alumnos pasan seis horas y media al día en el instituto. En ese tiempo, dedican tiempo a las matemáticas, las ciencias naturales, la tecnología, las ciencias sociales, las lenguas autóctonas y extranjeras, entre un largo etcétera de optativas que se organizan en torno a un horario endemoniado, donde se ofertan decenas de asignaturas diferentes.

    Suena el timbre. El docente modelo de Lengua y literatura se desplaza desde la sala de profesores hasta el aula donde le toca 3 ESO B. Los alumnos vienen del patio y están revoltosos. Hoy toca trabajar El Quijote. Lleva bajo el brazo un fajo de dosieres que ha imprimido por la mañana: se recogen los episodios más nutridos de nuestro hidalgo. Aunque la ilusión del profesor por la lectura, la escritura, la literatura, sigue intacta, camina hacia el aula con pesadez, como si llevara una nube negra sobre la cabeza. Hace años que ha perdido la motivación y sólo piensa en el tiempo que le queda para jubilarse. Las generaciones de alumnos han ido cambiando y cada vez saben menos, escriben peor y casi nunca leen. Sólo piensan en las redes sociales y su imagen. El mundo de las letras está completamente obsoleto y la Gran Literatura acumula polvo en la estantería del departamento, donde los clásicos yacen olvidados, mudos, cerrados.

    Las nuevas leyes de educación no ayudan. Se premia el trabajo en grupo, la gamificación, la simplificación, los términos en inglés: flipped classroom, genially, canva, google classroom, drive… Nuestro docente, a quien llamaremos Antonio José, no entiende nada de todo ese lenguaje, que llegó con el nuevo milenio y que poco a poco ha ido colonizando el habla pedagógica. Antonio ha dedicado su vida a la lectura de los clásicos, a la comprensión profunda de la vanguardia del siglo XX, a la exégesis de los textos oscuros de la Edad Media, a admirar a Cervantes y a entender algo a Góngora. Ha hecho leer las obras de teatro de Lorca y las ha representado con los alumnos. Tiene recuerdos imborrables con generaciones anteriores, que lo veneran y lo admiran mucho, que le escriben un correo electrónico de vez en cuando. El profesor Antonio José a veces traspapela esos mensajes de cariño entre las decenas de correos que recibe a dirario en las tres cuentas que no sabe gestionar muy bien. A veces sus hijos le echan un cable, pero ellos van a lo suyo. Antonio José ya no entiende su trabajo porque en su momento decidió no dedicar tiempo a las modas pedagógicas del momento, porque pensó que era mejor para la formación de sus alumnos formarse él en su propia materia.

    Mientras sube las escaleras hacia el segundo piso, el profesor recuerda sus años en el insituto. La imagen que se le viene a la cabeza es de un color amarillento, como si en el aula fuera por la tarde, y don Ramón lee sobre la tarima un poema de Quevedo. El joven Antonio José siente devoción por don Ramón y su voz cavernosa, por la manera que tiene de sujetar el cigarrillo cuando los alumnos escriben en sus pupitres individuales, por el traje de chaqueta y el pelo cano que suele llevar un poco largo. El joven alumno quiere ser un día lo mismo que don Ramón: profesor de Lengua y Literatura. En su memoria, el profesor era un ser superior, sabio, sacro como un Dios. Antonio José siempre fue su alumno predilecto y objeto de la envidia de otros discípulos por ello. Sonríe el profesor de educación básica mientras recorre el pasillo repleto de chavales con el móvil en la mano, que gritan y pelean, que ríen y se abrazan ruidosamente. Antonio recorre el presente con la mirada en un pasado dorado, ya fábula de fuentes.

    Al entrar al aula 201 nadie está en su sitio. Los alumnos, al ver al profesor, van tomando asiento en sus pupitres y van guardando el móvil en el bolsillo disimuladamente. Antonio deja sus cosas sobre la mesa y enciende el ordenador para pasar lista. Debe hacerlo en todas las clases: entrar en el programario, poner la contraseña, buscar la lista del grupo, leer cada uno de los nombres, dar a aceptar. Luego tiene que abrir el correo electrónico para acceder al libro de texto digital. Algo falla. Desiste y abre el libro por la página 214, donde ha tomado algunas notas sobre la clase sobre Miguel de Cervantes. Para cuando decide pasar lista, todos los alumnos ya están en su sitio, pero siguen hablando. Mientras vuelve a abrir el programario ve que tiene la bandeja de entrada al correo repleta de mensajes, uno de ellos de dirección: le piden que de forma urgente rellene el formulario correspondiente y que lleva días sin atender: el de las asignaturas optativas de su tutoría, que debió introducir en un excel y luego enviar a cada padre.

    El profesor ya no recuerda ni siquiera la clase que iba a impartir. Siente una sensación de urgencia y estrés por un mundo que no entiende: llega a todas partes tarde y carece de la más mínima autoridad entre sus compañeros de profesión, más jóvenes o, al menos, más adaptados a los cambios educativos que han sacudido los institutos en los últimos años. Una alumna se levanta y le pregunta si puede ir al baño. Está mascando chicle. Antonio José se acuerda de don Ramón y piensa en qué hubiera hecho él.

    Dice que no con la cabeza. La alumna se sienta. El profesor se levanta. En el aula se producen un silencio expectante. Los alumnos se pregutnan si el profesor se ha enfadado, si va a estallar en un grito iracundo sobre su comportamiento, como han visto otras veces: docentes de todas las edades que explotan y les llaman de todo menos guapos y guapas. Antonio José no grita. Aguanta la mirada y el silencio de sus alumnos y dice: “Cerrad todos el libro de texto. Sacad la libreta. No quiero oír una mosca”.

    Ante tan claras instrucciones, los alumno obedecen sin rechistar. Incluso Bryan, que siempre duerme en todas las clases, ha sacado un fajo de papeles de una mochila mugrienta y le ha pedido quedamente le bolígrafo prestado a su compañero. El profesor Antonio José decide que ya está harto de la nueva pedagogía y escribe en la pizarra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-1615) de Miguel de Cervantes. Los alumnos escriben en silencio, algunos practican el lettering, es decir, la caligrafía.

    -¿Alguien sabe cuál es el mejor libro del mundo?

    -El Quijote. -Responde Bryan.

    -Efectivamente. Hoy os voy a hablar del mejor libro del mundo y del personaje más inolvidable de la literatura española, qué digo, ¡de la literatura mundial! ¡Universal!

    Los alumnos sonríen. El profesor parece haberse vuelto loco. No están acostumbrados a que les digan un libro es el mejor, algunos ponen una expresión lógica de desacuerdo.

    -Y quien no esté de acuerdo -prosigue Antonio José- deberá presentar conmigo singular batalla. ¡Apunten! La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…

    -¿Cómo, cómo, cómo?

    -Quiero silencio, Elena. Repito: La razón… de… la sinrazón…

    Los alumnos toman apuntes del dictado del profesor. No entienden qué es lo que está pasando. No están acostumbrados y el factor sorpresa los toma desprevenidos. Agarrar el bolígrafo, escribir en un folio, tomar apuntes… ¡No tienen casi nunca la oportunidad! El profesor parece se lo está pasando bomba. Termina de dictar su loca oración y dice.

    -¿Qué significa?

    El silencio es sepulcral.

    -Exacto. Nadie lo sabe. Ni siquiera Cervantes, que fue quien la escribió. No importa. La literatura es a veces es incomprensible como esa frase. Pero qué bien suena, ¿verdad?

    -¿Puedes repetir la frase, Antonio José?

    -La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece ¡que con razón me quejo de vuestra fermosura! -Los alumnos aplauden sin saber por qué.

    Antonio José imparte una clase magistral de una hora entera sobre Cervantes y su obra.

    Y los alumnos aprenden.