Etiqueta: historia

  • qué hacer con el romero

    qué hacer con el romero

    hola, caballero, quiere usté
    colaborar con la asociación
    que ayuda a las personas a
    salir de la droga, la delincuencia.
    si tiene usté un familiar o
    lo tenga en un futuro, Dios
    no lo quiera, puede acudir a
    nuestra asociación. vendo
    este romero para ayudar a la
    asociación. ¿cuánto cuesta?
    pregunté sabiendo que costaba
    cinco euros porque le compró
    albahaca la dueña del bar donde
    comí hace un rato. por ser tú
    cinco euros. a punto estuve de
    rechazar pero saqué mi cartera
    y le mostré que estaba vacía.
    no pasa nada, acepto bizum.
    bueno, en ese caso, dime el
    número. sacó su teléfono y
    sonó Noches de bohemia
    y contestó. dime, largamente,
    pero no obtuvo respuesta.
    me dio su número y lo escribí.
    me pidió seis euros por la rebaja
    y puso un euro sobre la mesa.
    tansferencia aceptada, muchas
    gracias. y volvió a sonar Noches
    de bohemia
    . dime, dijo otra vez
    y dijo que estaba vendiendo el
    romero a un chico. sonreí y esperé.
    nos dimos la mano. buena suerte.
    igualmente.
    ahora tengo una reunión y
    no sé que hacer con el
    romero.

  • Capítulo 1. Comer es prescindible

    Capítulo 1. Comer es prescindible

    Había venido a la Universidad para terminar trabajo, pero antes decidió pasar por la cafetería. Allí encontró a los de siempre sentados donde siempre; esa clase de gente que son, en conjunto, una clase de estudiante universitario común en la década de los 10.

    Jóvenes andrajosos, con barbas poco cuidadas y chaquetas de próximos tiempos adolescentes gastadas por el uso. Seguían manteniendo viva la llama de la inocencia que les otorgaba ser veinteañeros sin ningún futuro por delante. Estudiantes de letras, arquitectura de las frases, polvorientos pájaros en una pecera moderna. Convertido el sueño de hacer volar las ideas hacia la verdad, en un trabajo, en una obligación, en unos resultados; convertida la literatura en basura-hurra-hurra, se aburrían. Salían de las aulas tristes donde deberían estar, se encontraban en los triángulos soleados que dibujaban las sombras edificios grises en un trozo de césped, en un viejo banco de madera por embarnizar, en aquella mesa de la cafetería donde siempre había alguien saltándose clase.

    Todavía era nuevo en la ciudad, una gran urbe de esas con sus ruidos estridentes pintorescos vagabundos asaltándolo a uno si lo descubren con cara de tonto buscando una calle. Era nuevo pero ya había sido novato antes en otros lugares. Quizá por eso se sentía a veces tan mayor, mucho más viejo que aquellos veteranos que nunca se habían movido del sitio y se habían hecho respetar a base de resistir. Él nunca sería de esa clase de gente, y eso lo entristecía. Siempre andaba buscando algo perdido que nunca encontraba, pero encontraba otras cosas y aprendía mucho, con eso se consolaría.

    A lo largo de aquella juventud precoz había construido algunos mapas mentales que le funcionaban bien. Tenía la cabeza llena de esquemas de todo tipo, como escalas musicales grabadas con cicatrices por la experiencia y la práctica, concatenación de acciones que funcionan correctamente para conseguir un fin, sin ser nunca garantía de éxito. La teoría está bien pero en la práctica suena la vida, empieza la música y algo hay que hacer, ciertas notas que hay que tocar según la canción que suena. Una chica habla contigo, a solas en cualquier parte, y percibes que revuelve el vacío con las manos apoyadas sobre el regazo; pones la tuya, grande y caliente, sobre las suyas, tan frías, y las cobijas. Y después ¿un beso, un abrazo, un adiós? Después suena la música y algo hay que tocar a tiempo.

    Iba pensando en estas elucubraciones mientras se acercaba lentamente a donde estaban los suyos. En todas las Universidades que había tenido el gusto de conocer, y con esta ya iban cuatro, algunas veces para estudiar y otras no, siempre conseguía encontrar a su tribu rápidamente. No tenían pérdida: en aquel lugar donde los profesores siempre ubicaban a los alumnos de peor ralea, los que nunca llegarían a nada, aquellos que por méritos propios gozaban de una cátedra cum laude en “El Bar”.

    Para ellos El Bar no era un lugar de paso, donde coger el café y marcharse corriendo; era un punto de llegada, un puerto donde atracar y protegerse de la tormenta del no saber a dónde huir, de encontrar calor en la conversación de los descarriados que renunciaban a subir a clase como el que subiera al tedio infernal. Muchos se quedaban en ese purgatorio con sus iguales, esperando a que llegara la hora de todos, el día del juicio, a final de curso. De momento solo había tres chicos y casi no los conocía.

    -Eeei…- dijo Rocky -¿No está el maricón este?

    -Nop, yo no lo he visto. Le contestó uno de los tres monstruitos sin levantar la vista del cigarrillo que se estaba liando. Los otros dos engendros, ambos con gafas, lo miraban furtivamente. No decían nada.

    Todavía desconfiaban de él porque era nuevo, cuando deberían desconfiar de ellos mismos por ser tan desconfiados, al fin y al cabo, ¿qué vale la confianza? Él siempre se la regalaba a cualquiera, la había perdido a veces pero nunca se había muerto por eso, siempre había más. Además, sabía que con dos porros podría ganarse su amistad fácilmente y entonces colársela con la guardia más baja. ¡Lo que hacía el mundo todo el tiempo! Quiso escupirles todo este torrente de pensamientos, pero no dijo nada, empezó a liarse un porro en silencio. En el silencio solo se escuchaba la algarabía de El Bar.

    –¡Qué buen día, María!- Dijo al colocar el papel encima de la mezcla, la boca le salivaba. -Fumo demasiados porros…- y miró a sus compañeros de la mesa que, pese a su confesión, no rompían su silencio. –¿Visteis anoche la entrevista? Parece que ese tío sabe lo que se dice, quizá sí fuera un buen presidente, quizá consiguiera cortar los hilos que mueven a tanto rico-monigote-gilipollas-elitista.

    -Esas entrevistas son para gente que no tiene ni idea. El verdadero cambio debe empezar por hacer las cosas bien y no dejar ni presentarse a unas elecciones de un país con cara y ojos, no deberían dejar presentarse, digo, a tantos impresentables. – Había contestado el único de los tres que por el momento había abierto la boca, estaba claro que él llevaba la voz cantante de los tres cerditos. Sabía que la política encendía los ánimos de cualquiera, era como un mechero conversacional en aquellos días, solo había que aplicar determinado tema según el interlocutor y fácilmente ardía la demagogia.

    -No podría estar más de acuerdo con lo que dices. La verdad es que visto como tú lo ves tiene sentido. Además son gente sin experiencia que…- Su interlocutor se desperezó y se revolvió en su silla, asintió, no reparó en el poco sentido que tenía que aquel chaval nuevo le diera la razón cuando no había hecho ningún razonamiento; porque era su razón, seguramente, con la que creía estar de acuerdo.

    -Panda de incompetentes, de charlatanes… le quitan el puesto a la gente que realmente sabe trabajar en esos terrenos, gente como mi padre, socialista de toda la vida, siempre defendiendo encarecidamente los intereses de la clase trabajadora. Ahora… ahora todos son oportunistas, arribistas, fantoches que quieren reconocimiento, nos llevarán a la ruina… Panda de demagogos asquerosos…

    Los gafitas asentían, uno a cada lado de su líder. En esto llegaban más palomos a la mesa, venían de clase de Gramática Histórica, uno de ellos era su amigo, un viejo amigo desde hacía dos semanas.

    -Cabrón, ¿de dónde vienes, eh? Portándote bien, ¿no? ¿Ya te ha puesto el positivo por asistir a misa?

    -¡Hola, Rocky!- su amigo lo llamaba así aunque no era su verdadero nombre, era de esas personas a las que les gusta rebautizar a los de su prójimo por razones aún por conocer.  -Tú deberías pasarte algún día, al menos, para que te conozca el Ratamuerta… En un mes no has aparecido por allí y en esta asignatura la asistencia es lo más importante, no haces nada y te pone un siete, pero si vas…

    -Ya, ya, ya… Haré su mierda de examen de siete, me pondrá un cinco, y todos contentos. Lo único que necesitamos son apuntes, lo demás lo sacamos con la bibliografía, pero nos hacen falta apuntes…

    -¿Y qué es eso que huele tan bien? 

    -Toma, cabrón, justo a tiempo llegas, me lo acabo de enchufar. -Y le pasó el porro sin renuencias.

    Después se unieron a la conversación general, que versaba sobre películas que nunca les gustaron y libros que se leyeron fragmentariamente, obras cuyos títulos resultaban atronadoramente elocuentes cuando uno las invocaba en esas reuniones. Normalmente no participaba en estas gallardías a menos que estuviera muy aburrido o que hubiera alguna niña de por medio. Atacaba con todo lo que sabía, que no era poco, a veces conseguía sorprender y otras veces no, pero casi siempre establecía algún momento de complicidad con los ojos a quien dedicaba todos los requiebros dialécticos y acrobacias de su ingenio. Ese día ni había ni niña, ni chica, ni mujer, ni alma, ni nada, y se aburría soberanamente.

    -Tengo que ir a hacer el puto trabajo…- Dijo en un fumado y melancólico suspiro, a media voz para que lo oyera su amigo y el que quisiera.

    -¿Trabajo de…? No me asustes, marica.

    -El de Fontanela, – y dijo después de un breve silencio- el que a la vez que caga se la pela. -Rieron.

    -¡Qué dices! Pero si eso había que entregarlo la semana pasada…

    -¿Qué?

    -Aja, tienes las fechas en el Campus Virtual, tío.

    -¡… Joder! Yo es que eso nunca lo miro, además tengo jodido el puto ordenador. Me cago en…

    -Bueno, no te preocupes, mira lo que tengo aquí.- Y le enseñó un cogollo verde-verde, casi radioactivo, que olía como a calle meada, eso es que era buena. –Un interior que lo flipas, mazo de bueno.

    -¡Jajaja! Joder, Perro, cómo me lías… Bueno, al menos ya no tengo que hacer el trabajo. Vámonos al centro luego, cuando lo acabemos. A ver si se viene El Pirri también y estamos por ahí. Tengo ganas de comprarme un libro pero todavía no sé cuál. Mira, lo tengo todo calculado. De los veinte pavos que me quedan para terminar el mes, cinco son para tabaco, uno para papel, cuatro para dos cafés y diez para pillarme un tomo bueno y gordo, que me dure durante estos días de hambre literaria.

    -¿Y comer?

    -Comer es prescindible.

    Volvieron a reír y se unieron de nuevo a la conversación general que ahora trataba sobre que tal local se había llenado de pijos y de gente que no entendía el verdadero motivo de ir a ese lugar y no a otro.

    -Solo van porque se ha puesto de moda, sin entender nada. –Balaba era el líder que no se había callado en lo que habían llegado los otros. Él pensaba que por ser el pardillo con más dinero tenía que ser el que hablara más, los demás lo pensaban también y le dejaban hacer. Ahora eran unos seis o siete en la mesa, poco a poco irían llegando más, se acercaba la hora de comer, por lo tanto, tiempo de huir.

    Se levantó torpemente como si se hubiera olvidado de la gravedad del planeta Tierra y al estar de pie casi se tambaleaba, Perro lo siguió de igual modo, recogiendo su ajada mochila del suelo. Sentía la agustera corriendo por todo su cuerpo, acariciándole detrás de las orejas, hacía que sus piernas pesaran mucho, no importaba porque casi sentía que su cabeza podría salir volando, volando, volando. 

    -Volando y las alas serían las orejas. Pero yo tengo una oreja más grande que otra así que el vuelo sería poco equilibrado, incluso aparatoso. ¿Y si encontrara turbulencias?- La imagen de su cabeza volando aparatosamente, enfrentándose a las turbulencias con toda la fuerza de sus acomplejadas orejas le resultó tronchante y empezó a reírse solo. Todo esto no lo oyó nadie, bien porque no lo escuchaban, bien porque estaban igual de fumados por la marihuana, por el estudio, por la incertidumbre o por otra cosa. Se acarició un poco el cabello, largo. –Tengo que cortármelo ya.

    -¿Qué, qué dices?- Preguntó Pedro distraídamente.

    -Que tengo que cortarme el pelo.

    -Yo también, pero no tengo pasta.

    Iban caminando silenciosamente, saliendo del campus dirección ninguna parte, por el camino toparían con la gran ciudad. Había una pequeña bandada de agapornis que los miraban pasar con atención desde su árbol. Esos bichos verde lima, que se escapan de sus jaulas con o sin permiso de sus adocenados dueños y acababan allí, ocupando el breve campus universitario, rivalizando con gorriones y palomas. Él se sentía como uno de ellos, una especie invasora, un solitario ser intruso.

    -Tenemos que salir de esta mierda.

  • Ninguno lo sabía (Parte 3 y Final)

    Ninguno lo sabía (Parte 3 y Final)

    Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: El presente (Parte 2).

    La puerta del pequeño apartamento se abrió y llegué al sofá del salón con los ojos cerrados, solo guiado por las manos de Karlaina que me abrazaban y recorrían como un río mi espalda, mi cuello y mi vientre. Me dejaba llevar por ella guiado por el torbellino de besos que entre los dos formábamos, cada vez más lejos del mundo, cada vez más olvidados de quiénes éramos y de dónde veníamos. Sin importar absolutamente nada más que nuestros dos cuerpos abrazándose bajo la luz cálida de las lámparas amarillas.

    Llegó un momento en el que perdí el equilibrio y caí. Karlaina cayó encima de mí y seguimos rodando, dándonos todos los besos que el pasado nos había negado. Por el tacto de la superficie pude deducir que estábamos sobre el mullido sofá de cuero color crema, y que por lo tanto habíamos llegado hasta el comedor del apartamento sin ver. Cada vez la respiración de ambos se volvía más entrecortada y, de golpe, Karlaina paró.

    Se alejó abruptamente de mi como si una corriente de aire se la hubiera llevado y yo me quedé por un instante besando estúpidamente al vacío, a un fantasma. Abrí los ojos sin entender nada y la vi de pie, en medio del pequeño salón, entre la tele y el sofá donde yo estaba, mirándome divertida, alegre, preciosa. Le hice saber que no entendía: What happens? Y ella me dijo que tenía que permanecer allí sentado, que Soon I will come.

    Desapareció por la oscuridad del pasillo. Me quedé estupefacto, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar. Una enorme fuerza incómoda e incontrolable pugnaba por salir por la cremallera de mi pantalón vaquero y la promesa rota de liberación aún la hacía más rabiosamente dolorosa. Mi vista saltó por diferentes puntos del salón, el televisor, la cocina, la ventana, la mesa de té, mi libro colocado encima que había traído para ese viaje y cuya lectura me estaba fascinando porque no podía sentirme más identificado con el protagonista de El Idiota de Dostoyevski. Como el Príncipe Myshkin estaba yo en ese momento, absolutamente perdido en un mundo que no terminada de entender.

    Ya pensaba en levantarme e ir en busca de Karlaina por el apartamento. Una parte de mi la imaginaba en el cuarto, tumbada en la cama bocabajo, llorando por los recuerdos amargos que ese día había tenido que remover y que la impedían, después de todo, disfrutar de una velada improvisada de nata y fresas. A pesar de nuestra juventud, la vida nos había enseñado que podía ser tremendamente cruel cuando se lo proponía. Me iba a levantar cuando, de repente, su voz desde la oscuridad del pasillo: Are you ready?

    No me dio tiempo a contestarle. Antes de que pudiera decir nada, apareció desde detrás de las sombras y la bañó la amable luz amarilla del salón. Enmarcada tras la oscuridad del umbral de la puerta abierta, Karlaina se parecía a una diosa de la mitología humana.

    De abajo arriba, sus pies ligeros estaban desnudos. Notas de color rojo adornaban cada una de sus uñas. Parecía que no se posaba en el suelo, sino que flotaba a medio milímetro del suelo. Sus piernas también estaban libres de ropa desde los tobillos a su cintura. Podía apreciar su piel bronceada por la naturaleza en una carne que parecía no tener huesos excepto en las rodillas. El camino de la mirada desde el suelo por esas piernas parecía una escalera al cielo. Una pieza del mismo color que sus uñas dejaba entrever su sexo como una hoja de parra que iba a caer de un momento a otro. La cintura y las caderas dibujaban sutiles curvas que se estrechaban a cada lado a medida que subían hacia el vientre, donde el ombligo del mundo me miraba como si quiera tragarme y devolverme a las aguas donde todos sueñan despiertos una vida imposible. El camino hasta sus pechos pequeños era un paseo entre las nubes. Disimulaba su desnudez un sujetador rojo, del mismo color que las prendas que llevaba, las cuales parecían resaltar más su desnudez que ocultarla. Una de sus manos reposaba sobre la cadera donde pronto se juntaría con la mía y la otra se acariciaba la media melena de pelo negro. Sus ojos, también negros y grandes, me preguntaban qué si me gustaba lo que estaba viendo y como respuesta solo obtuvieron mi boca abierta desde que la vi.

    Dio una vuelta y vi la misma belleza por detrás. Sus glúteos generosos y proporcionados se me mostraban como un secreto separado por una delgadísima cinta roja de tela que terminaba abrazando sus caderas, dejando entrever el interior como el envoltorio de una chuchería. Do you like what you see? Dijo al volver a mirarme. Come, please, come.

    Con la levedad de un ángel, se aproximó a mis brazos y la abracé como si fuera la primera vez que lo hacía. El calor recorría todos los rincones de mi cuerpo pero mis movimientos eran lentos y despaciosos, como si no existiera el tiempo en la dimensión que ahora habitábamos. Mis manos recorrían despacio todos los lugares del cuerpo y de la escasa ropa de Karlaina mientras ella me iba desnudando a mí como si me arrancara una piel muerta y me devolviera otra nueva y fresca. Pronto estuvimos en contacto piel con piel, tocándonos sin mover las manos, juntando las partes más íntimas de nuestro ser, escasamente separadas por la fina tela de las braguitas de ella, cada vez más húmedas y calientes, cada vez más cerca los puntos liminales que nos unirían pronto como en una explosión. Su boca bajaba desde las comisuras de la mía por mi cuello, mis hombros, mi pecho. Sentí cosquillas y mis manos la agarraron con más fuerza sin darse cuenta. Ella rio y siguió bajando hasta encontrar el punto más duro de mi persona.

    Noté su húmeda lengua y sus labios que me abrazaron suavemente. Se la veía concentrada en lo que hacía, con una sabiduría de siglos aprendida en los libros secretos del cuerpo. Pronto quise corresponderla y me levanté sobre la alfombra donde ella ahora estaba. Se colocó en el sofá delante de mí, dejándome ver toda su espalda, que entonces me parecía hecha del material más exquisito del mundo. La acaricié cuan larga era hasta llegar al final. Ella se estremeció un poco dejando escapar un jadeo. Aparté la cinta que nos separaba la piel y besé su sexo como si fuera un objeto sagrado de la religión. Un sabor a piel y a sal de mar invadió mi lengua mientras se adentraba en las cavidades próximas. El olor de Karlaina, que siempre me hacía sentir en casa, era allí más fuerte, más puro, como si de esa parte de ella manara su esencia. Los gemidos se hicieron más audibles y, a veces, aguantaban un grito. Me hizo saber sin decírmelo que quería que encajáramos las dos piezas que nos constituían como seres de la naturaleza y obedecí.

    Sin necesidad de quitar la pieza de ropa que llevaba, solo apartando levemente la cinta, ahora ya completamente empapada, me introduje en su cuerpo posando mis manos sobre sus caderas con un movimiento suave y sencillo. Karlaina arqueó la espalda hacia atrás y poco a poco fuimos cogiendo el ritmo que marcaban sus nalgas sobre mis piernas. Mientras tanto le desabrochaba el sujetador y la tira se liberó como una goma elástica que cayó sobre el sofá de cuero donde se hincaban las rodillas y la cara de ella.

    Los gritos ya eran audibles pero a mí me parecía que los escuchaba muy lejos, como si el mundo estuviera en otra habitación a donde estaba yo. No pensaba en nada, solo era un cuerpo que sentía una corriente que bajaba hacia el mismo punto, como si fuera un río de aguas bravas pero a la vez suaves y constantes. Me sentía unido a la tierra, a los astros, tan lejos del tiempo como de la muerte. Viví en ese estado una eternidad que pronto terminaría. Antes de que llegara su final, Karlaina volvió a coger la iniciativa y se apartó un momento de mí. Me tumbó en el sofá con un empujón y, después de liberarse de la última prenda de ropa que la cubría y la molestaba, se lanzó sobre mí, esta vez los dos completamente desnudos, formando un solo ser de dos cabezas.

    Me abrazó y mientras yo la abrazaba también y nuestros cuerpos se juntaban de nuevo sin usar las manos, la miré con ojos sonrientes y ella me devolvió la sonrisa. Habíamos ganado, estábamos triunfando sobre las miserias del mundo, reconciliándonos con nuestro pasado y con nosotros mismos, dándonos otra oportunidad gracias al otro. El ritmo se había vuelo rápidamente frenético y yo sentía que las aguas de mi cuerpo pronto iban a estallar como una ola rompiendo rabiosamente contra la roca escarpada. Antes de que el alma se nos saliera del cuerpo, apreté a Karlaina como el náufrago a su tabla de salvación, sintiendo el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, el olor de su pelo, el tacto del sofá bajo mis piernas sudadas, el auillido de la luna que me miraba a través de la ventana del techo como si fuera el ojo de un Dios que me era favorable.

    Y el mundo explotó. Varias veces. Sobre las aguas, sobre la tierra, sobre la carne. Poco a poco las cosas fueron volviéndose reales. Mientras los objetos volvían a su lugar, seguimos abrazados retomando el ritmo de la respiración, mientras nos íbamos haciendo cada vez más pequeños, volviendo a ser humanos. Nos quedamos así, exhaustos y con el corazón aún en un puño, abrazados y sonrientes, con los ojos humedecidos. Wow. Dijo alguien y el otro dijo lo mismo y permanecimos así, en silencio, un buen rato.

    Pronto, las necesidades fisiológicas hicieron acto de presencia. Karlaina se levantó para ir al baño y yo aproveché su ausencia para buscar mi ropa y el paquete de tabaco. Una vez vestido, salí al pequeño balcón y encendí un cigarro viendo pasar los escasos coches que a esa hora recorrían las carreteras. Había un cruce con un semáforo que iba del rojo al verde y viceversa. Las calles estaban mojadas y el ambiente fresco me resutó reconfortante. En algún momento había caído una buena pero no nos habíamos enterado. Eso ocurrió en otra parte de la realidad donde no estábamos ni Karlaina ni yo. Un coche esperaba a que el semáforo le diera paso. Un transeúnte paseaba al perro por la acera de cemento, camino del parque unos metros más allá. ¿Me quedaría allí para siempre? Entonces no me hubiera importado. La vida me había llevado por muchos caminos y en ese momento, los sinsabores vividos me parecían elementos lógicos de una narración con final feliz, si ese fuera su final y ahora terminara la historia.

    Karlaina llegó y se puso a mi lado a mirar el paisaje que iluminaba la luz alternante del semáforo. Are you hungry? Yes, I am always angry. Reímos esa broma que solo entendíamos nosotros y nos dimos un beso. Muchas gracias me dijo y yo le pregunté Why pero ella no me respondió. Te quiero dijo alguien luego por primera vez en mucho.

    Cuando se terminó el cigarro entramos y fuimos a cenar. En Bélgica hay unos establecimientos típios que me encantaban, donde se venden friturías como patatas fritas, salsichas y cosas por el estilo. Siempre pedía salsa samurai y ella picoteaba cuatro cosas mientras me miraba devorar como una bestia hambrienta. Karlaina y yo no podíamos hablar mucho porque ninguno de los dos conocía el idioma del otro, pero habíamos encontrado el idioma humano más real y tangible: el de los cuerpos y el alma. Tuvimos largas conversaciones sin mediar muchas palabras y nos conocimos a fondo solamente por el hecho de pasar tiempo juntos y vivir las experiencias que nos tocaron.

    En el transcurso de esos días, fuimos a Amberes, que quedaba a unos pocos quilómetros del Merelbeke. Lo más famoso de aquella ciudad, que en un tiempo y durante un breve plazo hubo sido del mismo país que el mío, era la estación de tren, por eso Karlaina había escogido ese transporte para llegar a ella. Al parecer, la estación de tren de Gante había aparecido en muchas películas que yo no había visto e inspirado otras estaciones en ciudades europeas donde yo no había estado. No recuerdo mucho de la ciudad más que una calle larga, al salir de la estación, repleta de joyerías donde se compraba el diamante y se vendía, y a judíos con el traje ortodoxo, las barbas largas y las trenzas, esos seres mitológicos que yo había visto en las películas, hablando entre sí o paseando.  

    Echamos ese día sabiendo que ya nos quedaba poco para separarnos. Mañana, deberíamos volver al aeropuerto de Charlorai, dado que el de Zaventem había quedado inutilizado por la explosión. Sabíamos que llegaban horas de estrés y días de separación hasta que encontráramos la oportunidad de volver a vernos, si es que esta se producía.

    Una melancolía agradable nos invadía y hacía que los momentos fueran tan bonitos como una lágrima. Paseamos por la ciudad bajo un cielo gris y un aire ausente. Visitamos el centro y, después de comer, emprendimos el viaje de vuelta porque tampoco encontramos nada interesante que hacer o no tuvimos ganas de hacer nada. Había en el ambiente un clima de preocupación por los recientes atentados y la gente se preguntaba cuál sería el futuro de Europa, y Karlaina y yo nos preguntámos lo mismo sobre nosotros. Ninguno supimos qué responder, más que vivir y dar otro paso y otro.

    Lo que más me gustó de Amberes fue, efectivamente, la estación de tren. Los trenes siempre me han inspirado la sensación de nuevas oportunidades al final de la vía, mucho más que los aviones, que se parecían más a un ascensor que a un camino. Dimos una vuelta entre las arcadas decimonónicas de la estación, observando el techo altísimo y la ligera arquitectura de hierro, que se había hecho famosa gracias a la Torre Effiel. Encontramos nuestro tren en uno de los andenes inferiores y decidimos esperar allí hasta que saliera, huyendo del frío, dando rienda suelta al triste y amable sopor que nos invadía. Dos soldados con fusil apostados en un lugar estratégico nos recordaban que vivíamos en un mundo hostil y vigilado. No hicimos caso de su imagen que se veía a través del grueso cristal. Permanecimos el uno junto al otro, sentados en el vagón completamente vacío, Karlaina apoyada sobre mí mientras mi brazo la abrazaba sobre los hombros y yo reclinaba la espalda sobre la ventana. You know what. No, I don’t.

    Te quiero, dijo el otro. Y esa fue la última vez, pero entonces ninguno lo sabíamos.

    Nota del autor: ¿Te ha gustado este texto? No dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos por los textos. Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • El presente (Parte 2)

    El presente (Parte 2)

    Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: Podría haber sido yo.

    Karlaina llegó por la tarde en su Audi A1 negro. Me subí al coche sin dar tiempo a que ella se apeara del vehículo, dado que era mucho el tráfico y queríamos salir de allí lo antes posible. Nos abrazamos y empezamos hablar a la vez de todo lo que nos había pasado, cada uno en su respectivo lado de la historia. Había sido una suerte para ella no haber llegado a tiempo a la zona donde se había producido la explosión, muy cerca de donde se encontraba en ese momento. Había visto la policía, las ambulancias, en realidad, ella había estado mucho más próxima del desastre que yo, porque si bien a mí también me había ido de minutos encontrarme en medio del caos, no había visto prácticamente nada más que el miedo invisible como un velo en la cara de los pasajeros. Sin embargo, ella había visto el humo y la sangre, el ejército y la policía. Pero por fin estábamos juntos y nos dirigíamos a casa de sus padres, lo cual no estaba previsto.

    Habíamos organizado una semana en Bélgica en el apartamento vacío que su familia tenía en Merelbeke, una localidad cercana a Gante, donde también regentaban la casa de dos plantas donde vivían habitualmente. Como no éramos nada demasiado serio, no teníamos pensado en presentarnos a nuestras respectivas familias, pero el transcurso de los acontecimientos nos hizo cambiar de planes apresuradamente y allí me dirigía a conocer a mis futuribles suegros belgas. La verdad es que me daba más miedo eso.

    Desde su ex, con quien había vivido una relación traumática, Karlaina no había traído otro chico a su casa. Sus padres resultaron ser muy amables. Su madre era de ascendencia chilena y eso le había dado a Karlaina el pelo negro, la piel morena y los grandes ojos oscuros: me di cuenta de que era una versión más joven de su madre. El padre era un belga alto y desgarbado que no me dijo mucho ni me juzgó de forma inquisidora. Hablamos un poco de los acontecimientos del día como el que cuenta una anécdota no muy trascendente y pronto nos dejaron tranquilos. Fuimos arriba. Yo necesitaba urgentemente una ducha y abrazar a Karlaina, y todos lo entendieron.

    Aquella noche era la víspera de mi cumpleaños. Al salir del baño, que por otra era el sitio más lujoso donde yo me había aseado alguna vez, me estiré en la cama de Karlaina. Ella me abrazó y así estuvimos los dos un buen rato, sin hacer ni decirnos nada, solo respirar mirando al techo, sintiéndonos vivos. Ni salimos a cenar ni bajamos más a la planta baja. Nos quedamos arriba e hicimos el amor de una forma infinita, sin terminar nunca, como si nuestra carne pidiera a gritos mantenerse despierta por miedo a dormirse para siempre. Al final tuvimos que obligarnos a parar el uno al otro. Ya tendríamos tiempo de disfrutarnos al día siguiente, en el apartamento de Karlaina. Por otra parte, teníamos mucho que hacer al día siguiente: nos esperaba una cita importante con su ex.

    A pesar de su dulzura, Karlaina había convivido varios años con un tipo que la maltrataba, tanto física como psicológicamente. Es decir, le daba palizas, la humillaba, la despreciaba y un largo etcétera de pesadillas conyugales. No resultaba extraño, entonces, que hubiera buscado a alguien tan lejos de su día a día, manteniendo una distancia de seguridad lo más grande posible. Pero resultó que, sin quererlo, las cosas estaban saliendo solas, como movidas por una corriente de aire que las impulsaba. Tanto era así, que teníamos previsto acudir al antiguo apartamento de la pareja, porque ella debía hacer firmar al tipo unos papeles, a lo que él se negaba en redondo. Quería volver a verla, a poseerla, a pesar de haberle hecho todas las perradas del mundo, pero Karlaina se negaba, quería cambiar de vida, y yo representaba todo eso. Desconozco si mi presencia era una cosa conocida por el tipo, si se iba a poner tan violento como había sido con Karlaina y me iba a dar una paliza que remataría la faena que había empezado la explosión. La realidad era que yo, en general, me sentía tranquilo y triste al mismo tiempo. También yo había vivido mis fracasos vitales estrepitosos y todo me daba un poco lo mismo; lo que pudiera pasarme, bueno o malo, no me preocupaba demasiado.

    En un abrir y cerrar de ojos llegó el día siguiente con su nuevo afán. Tomamos un buen desayuno y nos trasladamos al apartamento que la madre de Karlaina había comprado cuando era más joven. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia Merelbeke. El paisaje de la ventanilla del coche no tenía una sola montaña y las casas se sucedían una detrás de otra a ambos costados de la carretera. La gente vivía espaciosa, no como en España, donde nos apiñábamos unos con otros en callejuelas oscuras que buscaban la sombra y la corriente de aire. Todo era verde. La gente paseaba en bicicleta o en coches de alta gama como el que nos transportaba a nosotros. En la radio sonaba Cold Play y las casas me parecían de chocolate. Me resultaba cosa de magia que un tipo como yo anduviera con una chica como aquella en un lugar como ese. ¿Me habría muerto?

    La relación con Karlaina era más física que mental. Por una parte, estaba el escollo del idioma, ella hablaba muy poco español y mi inglés era básico. Lo que salvaba el obstáculo de la comunicación verbal era el lenguaje de los cuerpos, siempre ávidos de encontrarse en cualquier lugar. A ella le gustaba hacerlo en lugares públicos y a mí, que me daba todo lo mismo, tampoco me desagradaba. La atracción que sentíamos el uno por el otro era fuera de lo común y buscábamos cualquier ocasión para satisfacerla. Incluso un viaje en coche podía ser escenario de caricias íntimas y ríos de saliva.

    En esas, llegamos a un supermercado Delhaize a por provisiones para la semana. El edificio, de una sola planta, se encontraba en un polígono industrial a las afueras de las afueras, alejado de las desperdigadas casas y granjas que proliferaban por doquier. Hicimos la compra de rigor y al volver al coche, me percaté que no lejos del parquin, de hecho, dentro del propio recinto, se hallaba un pequeño cementerio. Le hice saber a Karlaina mi sorpresa y a ella no le importó coger mi mano y dirigir nuestros pasos hacia el lugar. Cruzamos el umbral de la entrada y paseamos entre las lápidas que anunciaban los cuerpos enterrados. Un nombre, dos fechas, unas palabras, casi nunca una foto, constituían el monumento a los don Nadie, que al fin y al cabo somos todos, junto a un supermercado donde la gente hacía sus compras diarias sin reparar en la finitud y el deceso. Los belgas tenían una curiosa organización social, debieron pensar que aquel era el mejor lugar para enterrar a los suyos, un lugar como cualquier otro, sin drama.  

    Me aburrí pronto de la mirada ausente de los muertos, cuyos fantasmas andarían por las noches entre los estantes de las patatas fritas y refrescos azucarados, y nos metimos en el coche rumbo a otro sitio. Aquel día, nuestras visitas eran erráticas e íbamos a todos sitios sin ir a ninguna parte porque esperábamos ansiosos que fueran las cinco de la tarde, cuando se resolvería el tema de los papeles que Karlaina y su ex habían de firmar.

    Como ella había vivido un infierno, no se sorprendía de nada y cualquier cosa le parecía posible. Me había contado verdaderas historias de miedo que a mí se me hacían propias de la televisión o de gente muy desgraciada y pobre, no de una chica joven con su trabajo, con su familia y sus relaciones sociales bien establecidas. Había sufrido palizas, moratones, la habían gravado, fotografiado manteniendo sexo, el tipo la había forzado infinidad de veces y las huellas podían encontrarse aún en algunas partes de su cuerpo. Pero no fue todo aquello lo que impulsó a Karlaina a terminar la relación: el tipo mantenía relaciones homosexuales por internet, se gravaba y recibía vídeos a su vez. Como habían vivido juntos, al parecer ella tenía toda la información audiovisual de ese ordenador y lo usaba como moneda de cambio para que el tipo la dejara de una vez tranquila. Infinidad de veces, cuando me contaba estas historias de forma parcelada durante los meses que habíamos pasado conociéndonos, yo la animaba a que denunciara, a que buscara ayuda, que acudiera a la policía. Decía que lo había hecho, pero que poco más podía hacerse. No podía hacerme a la idea de la impotencia que debía sentir frente a una situación así, y el tipo erre que erre con que no la dejaría tranquila, que la iba a matar e iba a matar a cualquiera que estuviera con ella, y eso incluía, en este caso, a mí. Otro en mi situación habría huido, pero era el arrojo, y no la belleza, han sido gran parte de mi atractivo, así que allí estaba, esperando la hora.

    La hora convenida llegó más pronto que tarde y salimos de casa en dirección al antiguo piso que compartían Karlaina y el tipo. Aunque no estaba lejos, cogimos el coche igualmente. Por el camino, mientras observaba la llegada del anochecer por la ventanilla en silencio pensaba en dónde demonios estaban los padres de Karlaina, dónde habían estado durante todo aquel infierno que a su hija le había tocado vivir. Estaba claro que no iban a aparecer en ningún momento, sea como fuere, ella debía resolver sus problemas sola. Quizá es costumbre entre aquella gente dejar los asuntos personales en manos de sus poseedores, pero como latino me parecía exagerado aquella frialdad ante los problemas de una hija. Pero bueno, al fin y al cabo enterraban a los muertos en el supermercado, es lo que hay y allá cada cual, quizá tuvieran razón y es más inteligente vivir así, no en balde sus países son más prósperos que las regiones de habla española.

    Llegamos a un parquin de grava y bajamos del vehículo. Las puertas sonaron chonk-chonk al cerrarse y nuestras suelas rascaban las chinas del suelo. El edificio era, como todos los de aquella zona, bastante bajo, de cuatro plantas, con una fachada que se abarcaba con un simple vistazo. En la segunda planta a la izquierda había una luz encendida: ese era el piso, me indicó Karlaina. Okey, le dije. Can I smoke a cigarrette. Y me encendí el cigarro y respiré hondo. Si me iban a partir la cara, a mandarme al hospital hecho un cromo o, mejor aún, a dejarme tirado entre alguno de los descampados que rodeaban la edificación, quería que ese momento me cogiera con la nicotina puesta. Mientras el humo dibujaba jeroglíficos en el aire de la tarde-noche, yo pensaba por primera vez en la situación. No iba a dejarme vapulear sin luchar, sin morir en el intento. Estaba dispuesto a todo y, por qué no, si tenía suerte quizá podría darle un bocado, una patada en los huevos o sacarle un ojo al indeseable ese que había maltratado a Karlaina durante tanto tiempo y que encima no le firmaba los papeles. Ya había estado a punto de morir en ese viaje, si lo hacía ahora, al menos tendría sentido.

    El cigarrillo se terminó y separamos nuestros cuerpos, que hasta entonces habían permanecido unidos: ella delante y yo la abrazaba por detrás con el brazo libre. Emprendimos el camino de la mano por el suelo de grava, oyendo nuestros pasos sobre las piedrecillas del suelo, jrosh-jrosh, hasta la entrada. Karlaina sacó una llave y abrió el portal con la mano temblorosa. La seguí hasta el ascensor y entramos dentro del cubículo que nos esperaba en la planta baja. El silencio se podía respirar era tan denso que uno deseaba abrir una ventana con palabras. No pasa nada, everithing is gonna be alright, y le di un beso. Ella no sonrió, diría que casi ni se dio cuenta y cuando la puerta se abrió, la seguí de cerca mientras sus pasos nerviosos se dirigían hacia una de las dos puertas que se apostaban a sendos lados de aquel rellano. Una vez enfrente, me esperó y cuando estuvimos juntos frente al rectángulo cuadrado que se alzaba frente a nosotros como la tapa de una incógnita, nos miramos un segundo como si nos conociéramos de toda la vida y sentí que todo iba a salir bien. Le di una palmada cariñosa en el culo y eso la animó. Ahora sí que sonrió y me miró con ganas de amarme allí mismo, de vivir otra vez. Yo le devolvía la mirada diciéndole que pronto sus sueños, antiguos y urgentes, se harían realidad. Cuando se sintió preparada, escogió una de las llaves y la introdujo.

    Una luz tenue brillaba al fondo de un pasillo. La seguí con paso decidido y me olvidé de Karlaina completamente. Sentía todos los poros de mi piel en punta, preparada la carne para morir o matar. A medida que avanzábamos y la luz iluminaba la orilla de la entrada opuesta del pasillo, la inexplicable sensación de alegría se intensificaba. Íbamos a ganar.

    Cruzamos el umbral de la puerta del comedor al final del corredor oscuro y nos recibió una luz verdosa hija de coloración de las paredes. Lo primero que llamó mi atención era que en aquel pequeño salón no había ni un solo mueble, era sólo una sala vacía, un lugar sin rostro como una lápida sin inscripción. La única presencia, casi una sombra también, era un tipo alto y desgarbado de casi treinta años que nos miraba, que me estudiaba, con una mirada desviada, sin hacerlo directamente, junto a la única ventana de la habitación.

    Había silencio. No hubo saludo. Me dediqué a mirar a aquel ser humano como el que ve una rata al otro lado de la habitación. Una euforia extraña invadía todos los miembros de mi cuerpo. Me sentía extasiado. Tenía ganas de coger al tipo por las solapas de la camisa y tirarlo por la ventana. Vi su cara de roedor de perfil. Parecía faltarle pared para huir. Sin duda pensaba que Karlaina aparecería sola y no solo había venido con un chico sino que además era extranjero, de esos países más pobres y menos civilizados donde crecen toda clase de delincuentes, debía pensar, porque solo pude distinguir una expresión en aquella cara cobarde: miedo. El tipo quería salir de allí lo antes posible.

    Hay un género de cobardes muy habitual en el mundo: los que maltratan a aquellos que creen más débiles. Uno debe andarse con ojo porque estos tipos aprovechan el terreno de la confianza mutua para actuar con impunidad. No sueles verlos a la primera, ellos necesitan tiempo para hacerse fuertes, para observar tus puntos débiles y darte donde más te duele. Así llegas a pensar que eres muy frágil porque con poca cosa te vienes abajo, que cualquiera podría soplarte y hacerte caer como un castillo de naipes. Esta gente cree saber hasta dónde pueden llegar y utilizan todo lo que conocen de ti para encerrarte en una trampa mental: donde estás en sus manos y no tienes escapatoria. No solo ocurre con las relaciones de pareja, sino las de trabajo, amistad o familiares. Pero ocurre que el velo siempre cae y llega el día en que uno ve al cobarde tal como es. Cuando no existe, ni ha existido nunca, el menor aprecio por esa persona, cualquier cosa es esperable, porque somos capaces de cualquier cosa y no nos dejamos matar.

    Me acerqué a él dispuesto a pedirle cuentas por todo lo que le había hecho a Karlaina. Ella había sufrido tanto y yo también. Aquel cuerpo escuálido de hombros estrechos podía servirme como venganza de todos mis fracasos hasta la fecha. Por aquel entonces yo estaba acostumbrado a vérmelas con toda clase de gente y a andar solo por las calles oscuras del mundo. Luego sabía medir muy bien mis fuerzas y las del contrario y me creía con la suficiente energía como para mandar al tipo al techo de un puñetazo.

    Karlaina se interpuso entre nosotros y le plantó los papeles delante, que ella llevaba en una funda roja transparente. Hablaron muy poco y muy quedo, palabras en flamenco que yo no distinguí, pero sí vi las expresiones. El tipo se había rendido. Era incapaz de mirarme a la cara, ni siquiera podía mirar a Karlaina. Ella se sentía triunfal y estaba más guapa que nunca, estaba venciendo al monstruo, que había resultado ser solo una pobre rata indefensa frente a un mundo demasiado grande. Sin decirse mucho más, el tipo firmó los papeles contra la pared que Karlaina le tendía y, al devolvérselos, ella no podía estar más feliz. Los devolvió a su funda y me cogió la mano. Salimos sin decir adiós de la habitación verde y nos dirigimos, con paso tranquilo pero feliz, hacia la calle, hacia el mundo, hacia la nueva libertad que nos esperaba al doblar la esquina. Ni una sola vez me giré para ver al tipo, no me hizo falta saber que no haría nada porque estaba muerto de miedo y además cargaba el peso del que se había liberado mi chica. Lo dejamos petrificado junto a la ventana, de la que espero que se acabara tirando, y nosotros bajamos las escaleras riendo felices, disfrutando de una nueva felicidad.

    ¡Por fin! Karlaina me hablaba en su idioma y reía con los ojos. Nunca la había visto tan feliz, era otra persona, podía vivir de nuevo o por primera vez. Un futuro diferente se presentaba frente a ella, el alivio recorría todas las hebras de su cuerpo y la tensión la abandonaba como si de una electricidad paralizante se tratara, dejando en su cuerpo una sensación de bienestar prolongada. Yo era casi tan feliz como ella porque me transmitía su contento y los dos nos metimos en el coche como en una nube y nos fuimos de allí hacia ninguna parte como si nos hubiera tocado la lotería. Adónde íbamos, yo no lo sabía, pero Karlaina sí. Me dejé llevar y me acomodé en el asiento. Yo también estaba liberando la tensión que hasta hacía pocos minutos me atenazaba la columna vertebral. Your sky, your sky full of stars… I gonna give you my heart, cantaba el de Cold Play y por primera vez la canción favorita de ella no me parecía una cursilada empalagosa, sino el mejor tema para mirar el cielo de farolas y los tejados de galleta de las casas que se iban sucediendo una tras otra mientras abandonábamos su vida anterior como una piel muerta y nos dirigíamos hacia un nuevo capítulo muy diferente a los anteriores.

    Cantando a pleno pulmón aquella y otras canciones, con la ventanilla abierta y sin importar perturbar el silencio eterno de las calles de Merelbeke, llegamos a la plaza de parquin que Karlaina tenía junto al apartamento de sus padres. Así que vamos a tu casa, le dije, pero ella no me respondió con palabras, sólo me miró y yo entendí al instante.

    Subimos los escalones a la carrera, dándonos besos por la escalera, armando escándalo por todas partes. Por primera vez en mucho tiempo yo me sentía verdaderamente alegre y, si bien no era feliz porque había fracasado en casi todo, aquella noche que empezaba yo estaba en la cima del mundo y me parecía que todos los astros del cielo eran testigos.

    Mientras nos manoseábamos, Karlaina introdujo la llave en la puerta de su apartamento, esta vez sabiendo lo que nos esperaba dentro, fuera y a partir de entonces: el presente.  

    Nota del autor: La próxima publicación de este relato en unos días será la Parte 3.

  • solo un segundo siquiera

    solo un segundo siquiera

    cierra los ojos.
    imagina un hombre,
    un cigarro olvidado
    sobre un cenicero,
    uno de esos de cristal.
    imagínalo sentado
    en un sillón, en medio
    de la sala. con la mirada
    perdida en el gres del
    suelo.

    y un reloj colgado
    sobre el blanco de la
    pared, como encalada,
    que marca el tempo
    que baila el humo.
    ¿lo ves?

    tic-
    tac-
    tic-
    tac.

    el sol, rabiosamente
    sereno, se cuela por
    un ventanal. todo
    lo baña su luz
    blanca.

    y un espejo, y en su
    reflejo, una fotografía
    enmarcada.

    nunca tuvo fuerzas
    para descolgarla
    de aquella pared
    enjabelgada.

    hojas secas del otoño
    visten marrón claro el suelo
    pies en botines de cuero
    bajo un vestido gris cielo
    cabellos negros que caen
    sobre sus hombros estrechos
    sonrisa antes de un beso
    ¡qué cálido fue aquel invierno!
    ¡pasión en sus ojos pardos!
    ¡una mirada de fuego!

    qué gran foto en aquel marco.
    tal estrella de mentiras
    perdida en un cielo negro.
    fundirme en ella quisiera

    ¡solo un segundo siquiera!

    solo uno.

    Nota del autor:

    Hace unos cuantos 23 de abril, teníamos diecisiete años y ganamos un premio con este tema-poema que hoy he rescatado del fondo de mi disco duro. Como el audio que yo conservaba estaba inconcluso, no he podido transcribir la totalidad del poema. Al final, se desvelaban los símbolos explicando el significado del reloj, el cenicero y la foto en el cuadro. Pero hoy, diecisiete años después, me parece un accidente feliz que se haya perdido ese fragmento y sea el lector/a quien desvele por sí mismo el significado de cada objeto en el poema.

    Así es la vida, quien ha escrito este poema y quien lo ha terminado por donde ella quería. Respetaré su voluntad.

    Información adicional:

    La canción se realizó en el Amanita Estudi de Constantí y fue compuesta, tocada y grabada por mi admirado Sergi Sabaté Reig, quien sigue siendo un genio del sonido y trabaja con diferentes artistas. Créditos a él.

  • viejo blues del norte

    viejo blues del norte

    En estos versos pretendo homenajear a los inmigrantes olvidados de la historia de mi país y a quienes sacrificaron sus raíces por un futuro mejor para sus hijos en cualquier lugar del mundo. Es la historia de muchos abuelitos de mi tierra y quiero con ella reivindicar su figura. Ellos son, para mí, los verdaderos héroes.

    Este poema fue escrito siguiendo la cadencia rítmica del tema North Country Blues de Bob Dylan.

    ven aquí, compañero
    yo te voy a contar
    esta historia que cuentan tus calles.
    en esta gran ciudad
    tan cerquita del mar
    sin dinero no te recibe nadie.

    él rondaba la veintena,
    ella con algo menos,
    ¿qué te importa de dónde coño fueran?
    resultaban maleantes
    a los ojos ignorantes
    mala hierba, la resaca de una guerra.

    como tantos otros peces
    pescados de la miseria,
    vomitados de los trenes a esta tierra
    encontraron un trabajo
    en la fábrica a destajo
    dando gracias por vivir, años sesenta.

    periferia descalzada,
    bloques de barro y hierro,
    se amontonan los cansancios y dolores
    y se espanta a los pesares
    con el humo de los bares
    y llenando los balcones con mil flores.

    de las noches sin estrellas
    llegamos cuatro chiquillos
    corregidos por su acento en la escuela
    una infancia que jugaba
    con esquinas desconchadas
    cigarrillo, jeringuilla, plazoleta.

    un caballo desbocado
    reventaba los cristales
    de la vida de mi hermano en el ochenta.
    no hay dolor que sea más grande
    que ver llorar a mis padres
    por su niño que se pierde en la cuneta.

    pero de todo se sale
    esta vida nunca para
    él y ella con la muerte a la espalda
    construyeron su futuro
    con sus manos de pan duro
    el que lucha contra el viento no descansa.

    los demás fuimos creciendo
    como crecen las ciudades,
    se asfaltaron las aceras de mi calle
    y oímos el ladrido
    del dinero del ladrillo
    el estudio no te saca del desagüe.

    trabajar para vivir
    reventarse los costados
    por un coche, unos nietos, un tejado
    pero sin saber por qué
    los dos mil no pintan bien
    recibieron una carta de desahucio.

    son dos viejos con lo justo
    titular de la mañana.
    burocracia, si asesinas, da la cara,
    se han rendido de la vida
    antes que tu policía
    profanara los recuerdos de mi casa.

    Desgraciadamente, historias como esta siguen pasando a día de hoy.

  • Dos iguales para hoy

    Dos iguales para hoy

    Autor: Ricardo Rodríguez Sánchez, mi padre.

    Aún recuerdo aquel olor a cuero
    martirizado, cuando iba con mi tío
    Calle arriba, Plaza Nueva,
    calle abajo.

    Aún recuerdo aquel olor a cuero
    detrás de la silla con ruedas:
    Calle Nueva, Plaza Vieja,
    Calle Vieja, bodega,
    resbaladero, el muelle,
    barrio la playa, castillito
    hospitalario, calle Zarza.

    Dos iguales, para hoy dos
    iguales, para hoy, eso es
    lo que me queda
    ; y llevaba
    la cartera llena. Engañaba a
    la Suerte con la última moneda
    y al llegar al Bar Manolo
    siempre había un alma buena,
    Venga ya, dámelo todo y que Dios
    reparta suerte. Qué tarde llega
    la cena.
    Eran los años setenta.

    Calle arriba, calle abajo
    pidiéndole a la Fortuna
    que con su cabello de oro
    tocara de gracia a las personas
    que hoy han comprado el
    cupón, Dos iguales para hoy, dos
    iguales para hoy,
    para que
    compraran mañana también.  

    Aún recuerdo aquel olor a cuero
    martirizado, cartera de vendedor
    donde conviven billetes, monedas,
    numeritos y cartones de los
    suscritos. Caía la tarde en el Puerto
    de Santa María.

    Venga, que me he quedado
    ocho. Dame el tres que es más
    bonito. Yo siempre llevo suscritos el
    459.

    Calle arriba, Plaza Vieja,
    calle abajo.

  • Alguien imprescindible

    Alguien imprescindible

    Nadie es imprescindible se suele decir, y se toma como una verdad indiscutible. Sin embargo, esa sentencia es más que discutible en realidad. Como demuestra el caso de este artista, recientemente fallecido, cuya ausencia será para siempre palpable en mi vida. Tanto era el ascendente que este maestro tenía sobre mí, que su local inspiró otras reflexiones que he publicado anteriormente como La esperanza es lo último que se pierde. Como suele ocurrir, nunca le dije con palabras lo mucho que lo valoraba, sencillamente disfruté de su trabajo hasta el final, hasta que ya no volvió a subir la persiana de su local por motivos personales.

    Francisco Artacho regentaba una peluquería muy cerca de la emblemática calle Mare Molas de la ciudad de Reus. Quiso la suerte que hace como cosa de dos años, cuando había pandemia, paseando con mi mujer, pasamos por delante de su pequeño local. ¿Por qué no te arreglas esos pelos? Me dijo. Me pareció buena idea y fui a preguntar. Al abrir la puerta del local uno no entraba en un establecimiento cualquiera, uno entraba a la casa de Francisco, al estudio de un artista. En las paredes colgaban fotos de sobrinos e hijos con ese corte de hombre, tan nostálgico ahora, de los finales de los noventa-principios de los dos mil: cogote y sienes rapados con máquina al dos y parte superior un poco más larga, peinada hacia arriba con mucha gomina. El último número de la revista Interviú, de aquella época, descansaba sobre una mesita. Un viejo estaba sentado en la cómoda silla mientras hablaba con el tácito Francisco: hombre de mediana edad, de abundante melena morena peinada hacia atrás y expresión de propietario de bar en una película del oeste. ¿Tienes hora para cortarme el pelo? Pásate en diez minutos.

    Así empezó una relación que, si por mi fuera, hubiera sido eterna. Cada mes me acercaba al taller de Artacho y, entre viejo y viejo, me sentaba en la silla negra. Cada vez quedan menos locales como el suyo. O bien hay barberías modernas de tipos de barba espesa que invierten en kriptomonedas o bien venerables ancianos que reciben a sus amigos ancianos. Es extremadamente difícil encontrar una buena peluquería y, como la de Francisco, del todo imposible. Trabajaba con una precisión que era digna de aplaudir. Se notaba que el hombre disfrutaba de su labor mientras mascaba chicle y aguantaba la cara de pocos amigos, necesaria para vivir tranquilo en los barrios. Usaba la cuchilla para repasar los bordes de las patillas y el cogote, untaba con una esponja húmeda un producto helado y refrescante que aliviaba la leve irritación de la navaja, manejaba las tijeras como su fueran una extensión de su mano derecha y, al terminar, te mostraba siempre la parte posterior de la cabeza con un espejo que no veía desde niño.

    Nunca aceptaba pagos con tarjeta de crédito, nunca desconfió de que a mí se me olvidara y tuviera que ir a sacar dinero al banco unos 250 metros más allá. Volvía, le pagaba y le dejaba, gozoso, un euro más de propina a lo que me pedía por el corte. Poco a poco fuimos estableciendo una relación parecida a la amistad sin llegar nunca a intercambiar más de veinte palabras en una sesión. Quizá por la diferencia de edad, yo en la treintena y él con treinta más que yo, no teníamos muchos temas de conversación comunes, pero no importaba. Al artista Artacho le gustaba trabajar en silencio y a mí relajarme y dejar que me acicalaran estando callado. Me considero un cliente exigente, aunque no exteriorizo mucho mi opinión a desconocidos, busco la mejor relación calidad precio en todo lo poco que consumo y valoro el trabajo bien hecho. Francisco era un verdadero artista, si no había montado cuatro peluquerías en Barcelona era, sencillamente, porque no le había dado la gana. Su pasión era la casa que se había construido en Alcover, en el campo, donde había forjado recuerdos que le iluminaban la mirada. Me habló de ella la última vez que nos vimos, hace cosa de dos o tres meses.

    Como ocurre muchas veces en la vida, uno sabe cuáles son las primeras veces pero casi nunca cuáles son las últimas, me marché del local de Francisco sin saber que ya no volvería a pisarlo más, que ya nunca ojearía la Interviú buscando en ella antiguo contenido antisistema, que ya no volvería a sentarme en la silla negra ni a mencionar la vida de pasada mientras me cortaba el pelo el mejor peluquero que hasta ahora he conocido. Hace como cosa de un mes, llamé para pedir hora pero el número ya no existía. Volví a intentarlo durante un par de días y siguió igual. Decidí acercarme personalmente a pedir hora y vi la persiana bajada. Me aproximé un poco más y había un cartel: Cerrado por motivos personales. No había más información al respecto.

    Confundido, sin saber muy bien a dónde ir, mis pasos me llevaron hasta el local del paquistaní que vende pan, lejía y chucherías en el barrio. Compré una barra y un paquete de garrapiñadas y pregunté por la peluquería de al lado. ¿Francisco? Está malo, barriga. Hizo gesto como de globo hinchado. Francisco muy mal. Prosiguió. ¿Sí? ¿Cuándo volverá? Quise saber yo y me dijo: Ya no volverá más. Hospital. Muy mal.

    Fue uno de esos momentos singulares en la vida de uno, señalado por lo completamente inesperado del evento. Resulta que, como descubrí más tarde, Francisco Artacho llevaba bastante tiempo sintiéndose mal del estómago y al parecer no quería ir al médico. No dejó de ir a trabajar a pesar de sentirse así y aguantó hasta que ya no pudo más, hasta que literalmente reventó. Murió con las botas puestas, con el peine y las tijeras en cada mano, con la misma expresión de western y la pasión que le había visto cada día. Nunca pensó en jubilarse ni abandonó ninguno de sus proyectos. Me dio una lección de vida que no olvidaré nunca, lo admiraré siempre porque me recordaba a mi propio padre, que es igual que él. Nunca aparecerán en revistas, pero son artistas irrepetibles en lo suyo.

    Todos somos prescindibles suele repetir un poco todo el mundo en este mundo mediocre, pero no es así. Por suerte o por desgracia, hay personas que son capaces de interferir en la realidad como la mano que altera el curso de la corriente del río de la vida. Seres imposibles que hacen cosas impensables para el común de los mortales y que viven con nosotros: esa maestra, ese médico, esa madre, ese peluquero de barrio.

    Hace cosa de una semana vi en la prensa que enterraban a Francisco Artacho. En cuestión de poco más de un mes había pasado de regentar un negocio, de soñar despierto con sus proyectos, a descansar para siempre, a irse sin hacer ruido.

    Por suerte o por desgracia, la vida sigue a pesar de la crudeza de la muerte, como sigue creciendo el pelo. Yo ya llevaba una melena que era inaguantable y mi mujer me volvió a instar a que fuera a la peluquería, a cualquiera, a arreglarme esos pelos. Busqué por todo internet en Reus y Tarragona y nada me convencía, ninguno como Francisco. Pedí hora a un tal Joan, llegué 8 minutos tarde, cogió a otro y ya lo tenía todo lleno. Acabé cortándome el pelo en una peluquería de señoras cuya regente conoce mi mujer. En fin, aunque me cortaron bien y estoy aseado, nada como el trabajo de Francisco Artacho, ni de lejos. Aquello era otra cosa, era arte, era maestría. Se fue alguien imprescindible.

  • golpe de suerte

    golpe de suerte

    buenas tardes, caballero,
    me dijo con una sonrisa de
    seductor y la cabeza
    ladeada el
    vagabundo. sonreí
    como diciendo:
    yo soy uno de los
    vuestros, aunque
    pase de largo con dinero en
    el bolsillo. pude haber sido
    ese tipo diez años más joven
    ahora.

    o quizá lo seré dentro
    de un tiempo. quién lo sabe.
    un día estás arriba y al otro dices:
    buenas tardes,
    caballero,
    esperando una moneda
    o un cigarrillo lucky strike.

    continúo mi camino y
    tomo un café junto a
    una gitana que habla
    por teléfono sobre unas hijas que
    pasan de ella en una
    terraza.
    sé que al próximo
    vagabundo que encuentre le
    daré todo lo que lleve en
    el bolsillo porque
    recordaré con cariño al
    vagabundo anterior que
    me saludó como a un
    igual.

    buenas tardes, caballero.

    quizás la suerte
    funciona
    así.  

  • Profundos problemas superficiales

    Profundos problemas superficiales

    Pepe se sienta en su mesa de la terraza, donde fuma. Es martes y hace frío. Sus dedos entumecidos empiezan a liar un cigarrillo. Con parsimonia, extrae las hebras de tabaco de su petaca de cuero, manchándose los dedos amarillentos. El camarero llega con el café con leche, en vaso de cristal, como todas las mañanas desde hace dos años.

    -Hoy es mi cumpleaños. -Le dice al joven distraído que le sirve, un chico delgado, hijo de los dueños, que no quiso estudiar y ahora trabaja de mala gana en el negocio.

    -¿Ah, sí? -Responde el joven como diciendo: Me importa una mierda.

    -Cumplo 52 años. -Y empieza a extraer su monedero de piel de cabra del bolsillo de la roída chaqueta. Lo hace con parsimonia, para retener la atención de su interlocutor. -Es normal que con la edad que tengo nadie quiera contratarme. Ya no soy joven, como tú.

    Ambos saben que Pepe no tiene muchas ganas de trabajar, aunque lo contrataran. Más bien, de trabajar en alguna empresa, de seis de la mañana hasta la tarde, por mil euros. Él prefiere cobrar la ayuda, aunque tenga que vivir en casa con su madre, una señora mayor que cada vez tiene más achaques, pero que aún puede hacerle la comida a su hijo solterón cuando viene de la calle. Pero Pepe lleva una vida bastante activa en Facebook.

    Después de encogerse de hombros, el camarero continúa con su trabajo sin decir nada. Pepe se siente inspirado. Del bolsillo posterior de sus apretados pantalones vaqueros, demasiado estrechos para su tallaje, saca una pequeña libreta y una pluma verde, tornasolada, que relumbra bajo el sol gris de la mañana invernal. Abre una página en blanco y apoya la estilográfica sobre las hojas abiertas al cielo literario de par en par.

    Da una calada a su cigarrillo y pasa su pequeña lengua por el incisivo superior izquierdo, el único que le queda después de que hace un par de años perdiera el otro por una mala salud bucodental. Ya le advirtió el dentista la última vez que pisó la consulta.

    -Como siga usted fumando así, don José, y no venga más a menudo, perderá los dientes.

    Pepe aparta esos pensamientos de su cabeza y aprieta con fuerza la estilográfica verde, de la que tan orgulloso se siente. Pacientemente, espera a que las palabras acudan y:

    Lo mas bonito del amor, es pasar disfrutando por todas sus etapas.
    Empezar siendo amigos y acabar siendolo todo en uno solo

    Fdo Jose

    Pepe escribe con su letra suelta que ha adquirido viendo a los escritores por la tele y en internet, aunque sus trazos conservan un aire de niño chico que no ha escrito mucho. Olvida las tildes en más y siéndolo, pero no importa porque a su público no le interesa la ortografía, sino su corazón. Cómo buen escritor de oficio, él sabe lo que quieren sus lectores y Pepe se lo proporciona. Sus temas fundamentales son el amor y las relaciones, siempre apasionadas, fogosas, nunca eróticas, aunque muy sugerentes. A pesar de que lleva solo toda la vida, siempre busca, y a la vez rehuye, el amor verdadero. Si bien nadie lo acusa de zascandil en internet, sino de artista y poeta. Pepe toma una foto con su teléfono móvil y recuesta el cuerpo, aliviado, sobre el respaldo de la fría silla metálica. Sostiene el cigarro con una mano y la pluma con la otra, feliz.

    -Adiós, Pepito.

    -Adiós, cariño.

    -¿Cómo está tu madre?

    -Ahí anda, como siempre.

    -El otro día la vi en el mercado. Me dijo que van a venir tus sobrinos a casa, pero la mujer ya no está para cocinar, porque le duelen los huesos y claro, tiene que llevar la casa… -Pepe deja de escuchar a la vecina, un poco más joven que su madre, mientras ella sigue hablando. Sus palabras parecen reprocharle que esté ahí sentado y gordo, mientras su pobre madre se deja las rodillas y las muñecas artíticas en las tareas.

    -¿Y tu padre, nena? ¿Ya salió del hospital?

    -Ahí anda también.

    -Bueno, buenos días, mi vida.

    -Adiós, adiós.

    La vecina pasa arrastrando su carro y Pepe sigue disfrutando de su epifanía literaria. El camarero hace un amago de recoger el vaso de café con leche, pero lo evita. Aún queda el poso amargo y dulce del azúcar con carbón de la vieja cafetera del bar de barrio.

    Pepe entra en Facebook y abre su página: Jose palabras solamente. A día de hoy tiene 2314 Me gusta y 9513 Seguidores. Casi sin quererlo, se ha convertido en uno de los sitios más fuertes de internet en el ámbito literiario nacional, ya quisieran muchos escritores tener la mitad de público que Pepe moviliza en cada publicación. Muchos lo envidian y alguna vez le han enviado un mensaje airado, que Pepe siempre contesta.

    Usted no debería poder escribir con esa ortografía tan deficiente. Debería usted leer más libros y no ensuciar el ya dañado nombre de la literatura española. Si no fuera por la sociedad tan ignorante en la que vivimos, no tendría usted ni un solo seguidor. ¡Déjelo de una vez!

    Cuando esto ocurre, Pepe suele hacer un vídeo al respecto, comentando que no va a comentar el odio que algunos vuelcan en su página, para luego comentar con pelos y señales el mensaje que ha recibido, el cual le hace mucha gracia, dice con cara de enfado. Esta vez no ha ocurrido nada de eso, sino algo peor. Pepe observa cómo en los comentarios de su última publicación, entre los emoticonos de corazones y besos que mandan sus seguidoras, hay algunos quienes comentan que Jose nunca responde a los comentarios, que ya están cansados, que hay que ver, que ya no van a comentar más.

    Esto sí que consigue encender al apasionado Pepe y decide hacer algo al respecto. Es tanta la indignación que siente que decide levantarse de la silla, dejando el euro con veinte céntimos con rabia sobre la mesa, y echarse a andar sin rumbo fijo, hacia los descampados que delimitan el perímetro de su barrio. Toma con sus labios estrechos otro cigarrillo y expulsa un fantasma de humo que se dibuja bajo la luz matutina.

    Cuando se encuentra en un lugar que considera tranquilo, saca su teléfono y da inicio al vídeo donde responde a sus enfadados seguidores, que se quejan de su poca ateción.

    Uno no tiene tiempo -viene a decir Pepe- para contestar a todo el mundo. La gente se cree que no tengo otra cosa que hacer contestar a cada comentario. ¿Qué le hubiera pasado a Cervantes si viviera en el mundo de ahora? ¿Cómo contestaría todos los comentarios de Quijote? -que por supuesto, Pepe no ha leído- ¿Qué le diría la gente? Pues lo mismo me pasa a mí. Yo tengo muchas cosas que hacer durante el día…

    Después de cinco minutos comparándose con Cervantes, Pepe se siente más tranquilo, aunque igualmente contrariado. El curso de sus pensamientos le ha llevado lejos del poblado y se encuentra en las inmediaciones de un polígono industrial. Los coches, las furgonetas, los camiones y camionetas pasan yendo y viniendo de sus respectivas tareas, la gente mueve el mundo con su trabajo. Jose observa el mundo desde la orilla de la acera de hormigón, mira la larga carretera y el sol elevándose al final. Observa las siluetas recotadas de los vehículos y las naves industriales, las hierbas secas que crecen en las grietas que se forman en la carne de los edificios funcionales para el trabajo. Pepe casi puede verse desde fuera, desde lejos, desde arriba, desde el universo, y se siente minúsculo. Toda esa gente yendo y viniendo y él allí plantado, cobrando por nada. La vida tiene muy poco sentido, después de todo. Pepe se siente inspirado y triste a la vez.

    -El sentido de la vida es el amor. -musita mientas palpa su único incisivo con la lengua.

    De vuelta a casa, va consultando las redes sociales de otros escritores y escritoras como él. Su preferida es Tercera estrella a la deriva, la única página que suele mencionar y compartir en la suya. Este sitio tiene medio millón de seguidores, su referente en FB.

    Está de moda

    Está de moda el no querer querer.

    El no contestar.

    El “háblame que te voy a responder en cinco horas” no porque esté ocupado, sino porque no quiero mostrar mi interés.

    Está de moda el complicarse la vida diciendo una y otra vez que “no estás buscando nada serio”.

    Está de moda el callarse y no decir “joder, como me gustas” y cambiarlo por un “qué tonto eres”, con esos iconitos que te hacen parecer de otro planeta.

    Está de moda el alejarse cuando una persona te encanta, te puede aportar sensaciones nuevas y puede que sea incluso la persona que buscabas, pero eres tan sumamente egoísta y cobarde que no te quedas a averiguarlo.

    Está de moda tener miedo a sentir.

    No sé, será que en pleno siglo XXI, con las millones de facilidades que hay para todo, el querer asusta.

    Entre café y cigarros.

    A Pepe esa publicación le parece el colmo de la literatura, mejor no puede escribir nadie, ni siquiera el viejo Cervantes. En cuanto llegue a casa escribirá otro texto parecido, sabe que no puede dejar pasar la oportunidad que le brindan las musas.

    Aunque a veces se siente bastante solo, a pesar de que su última mujer lo dejó por perro y por guarro (en el sentido de poco higiénico) y de que esas palabras aún duelen en el cajón más hondo de su memoria, Pepe siente que tiene una vida diferente en Internet. Gracias a las redes sociales, ha logrado dar a su vida algún sentido, descubrir que su propósito es escribir. A él, que tanto odiaba los libros, le parece el colmo de los colmos que haya terminado compartiendo su prosa, su poesía, sus pensamientos, con cientos de desconocidos diariamente. Gente que no es de su barrio, que no lo conocen de nada, pero que lo imaginan como él se muestra: como un escritor y poeta enamoradizo. Ahora no le faltan las proposiciones indecentes y las citas con mujeres solitarias. Cada día tiene mensajes picantes en su bandeja de entrada. Señoras que muestran y confiesan sus anhelos sensuales con una precisión mucho mejor de lo que él era capaz. Pepe tiene una vida mejor, aunque virtual, inmaterial, distante, como un sueño, como una película.

    Llegando a su casa, ve revuelo en la puerta. Las vecinas y los jubilados se han reunido en su portal. Divisa un poco más allá la ambulancia y una camilla que se lleva a su madre. Pepe aprieta el paso, dejando su teléfono para más tarde. Qué ha pasado, qué…

    -Tu madre se ha caído, Pepe. -Dice una vecina.

    -Venía del Mercadona con la compra y se la han encontrado tirada en el suelo. -Otra.

    Por un momento, Jose palabras solamente no encuentra el modo de poner sus pensamientos en orden. Los sanitarios cierran las dos puertas del vehículo y Pepe se siente helado en la acera. En un instante, de golpe, la vida se ha vuelto dura y dolorosa como una pedrada. Aunque seamos infinitamente pequeños, nuestros problemas son infinitamente más grandes. Los vecinos lo miran y el camillero se acerca para decirle.

    -Su madre está muy grave, nos la llevamos al hostipal.

    -Pero, pero…

    -La llevamos al Virgen de la Piedad. Puede venir con nosotros o venir usted luego…

    -Pero… ahora… ¿quién va a hacer de comer?