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  • El último día en la URSS (Parte 2)

    El último día en la URSS (Parte 2)

    2. Perdón imposible

    A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno gris-asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y más ligero que antes.

    A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia próxima porque tardaría mucho en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo parecía dispuesto a la perfección. Abandonaría la URSS aquella misma noche, de una vez por todas, y no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la policía encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un ruso-soviético, ese delito se castigaba con la muerte; como todo el mundo occidental sabía.

    Andréi había servido en el ejército y luego, al terminar la guerra, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según rezaba la propaganda, un héroe de guerra, uno de los muchos soldados valientes que sirvieron en la batalla contra el Mal y que consiguieron la Victoria para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños se hacían fotos con él y lo exhibían como un trofeo, pero en verdad era un agente soviético, entrenado para sacar información de debajo de las piedras del constructo capitalista. Había servido a su país con valentía y luego con inteligencia.

    No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo occidental distinta a la propaganda soviética del gobierno. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada rusófono. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor que cualquiera de sus compatriotas en Francia, Inglaterra, EEUU; países que había conocido como diplomático-espía confeso de la patria de Lenin.

    Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Unión Soviética. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. No quería que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes y empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes, y su nueva familia con él.

    Empezó a ponerse en contacto con personas del otro lado, y a ganarse su confianza dando con tino dosis de información comprometida. Aquello le granjeó buenos amigos los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su propio país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores habituales. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista en aquel país, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público de Leningrado.

    Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen ruso asumía su destino con estoicismo, fuese cual fuese la orden debía cumplirla.

    La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje soviético al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como una playa. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en ese mismo instante.

    Antes de llegar a su coche, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo de aquella tarde. Sin hacer ningún gesto tampoco, pasó de largo y no subió a su vehículo sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su gabán.

    Al llegar al fondo del callejón, por el camino más largo, Igor lo esperaba al final, recortada su silueta por el cielo gris y el suelo marronáceo del descampado. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:

    -Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.

    Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente, mientras un gato pardo lo miraba con ojos famélicos de diablo.

    -¿Por qué?

    Igor le tendió un sobre. Andréi lo tomó al instante e Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi abrió el contenido del sobre sin matasellos. Dentro había la hoja del periódico Pravda con la noticia de ese día. Franco ha muerto, rezaba el titular y se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España en las próximas fechas, tal y como había supuesto.

    -¡Maldito sea! -gritó en mitad de la nada. Un par de cuervos alzaron el vuelo asustados.

    Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo gris lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien a dónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana.

    Ya en la berlina decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS para sus ciudadanos, de la muerte del dictador en España y la posibilidad que eso abría para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.

    -¡Malditos sean! -Andréi golpeaba con furia el volante de su berlina color ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. -¡Malditos sean!

    Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que ahora se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis, no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el complejo bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un país o de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión o directamente cancelados, como sabía que era su caso.

    Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.

    Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar correspondiente, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: -¿Papá?

    Al traspasar el umbral de la puerta vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y de hinojos comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto, mientras el cabeza de familia vertía lágrimas tiernas. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: -¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.

    -Os he fallado.

    -Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. -dijo Natalia imperativa.

    Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como ir a la guerra, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de heroicidades. Podía engañar a los soviets pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.

    -Tengo algo que contarte, Natalia. -Dijo de rodillas, suplicando un perdón imposible.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará en el próximo capítulo. ¿Qué crees que va a pasar?
    Sigue atento/a las actualizaciones de esta página todos los domingos por la mañana.

    Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • (¿)Los alumnos aprenden(?)

    (¿)Los alumnos aprenden(?)

    Un fantasma recorre los institutos de toda España: el fantasma de la Literatura. No sería descabellado decir que en toda Europa sucede lo mismo. Los imparables avances tecnológicos han hecho que la enseñanza sea una actividad frenética, sujeta a cambios que se producen a la velocidad de la luz. Los docentes tienen problemas para adaptarse y es un clamor en la sociedad: hay que cambiar el rumbo que está tomando la educación. La gran cuestión es hacia donde hay que orientar el buque de la eseñanza.

    En la educación secundaria (básica si antendemos a la última ley de educación) actual, los alumnos pasan seis horas y media al día en el instituto. En ese tiempo, dedican tiempo a las matemáticas, las ciencias naturales, la tecnología, las ciencias sociales, las lenguas autóctonas y extranjeras, entre un largo etcétera de optativas que se organizan en torno a un horario endemoniado, donde se ofertan decenas de asignaturas diferentes.

    Suena el timbre. El docente modelo de Lengua y literatura se desplaza desde la sala de profesores hasta el aula donde le toca 3 ESO B. Los alumnos vienen del patio y están revoltosos. Hoy toca trabajar El Quijote. Lleva bajo el brazo un fajo de dosieres que ha imprimido por la mañana: se recogen los episodios más nutridos de nuestro hidalgo. Aunque la ilusión del profesor por la lectura, la escritura, la literatura, sigue intacta, camina hacia el aula con pesadez, como si llevara una nube negra sobre la cabeza. Hace años que ha perdido la motivación y sólo piensa en el tiempo que le queda para jubilarse. Las generaciones de alumnos han ido cambiando y cada vez saben menos, escriben peor y casi nunca leen. Sólo piensan en las redes sociales y su imagen. El mundo de las letras está completamente obsoleto y la Gran Literatura acumula polvo en la estantería del departamento, donde los clásicos yacen olvidados, mudos, cerrados.

    Las nuevas leyes de educación no ayudan. Se premia el trabajo en grupo, la gamificación, la simplificación, los términos en inglés: flipped classroom, genially, canva, google classroom, drive… Nuestro docente, a quien llamaremos Antonio José, no entiende nada de todo ese lenguaje, que llegó con el nuevo milenio y que poco a poco ha ido colonizando el habla pedagógica. Antonio ha dedicado su vida a la lectura de los clásicos, a la comprensión profunda de la vanguardia del siglo XX, a la exégesis de los textos oscuros de la Edad Media, a admirar a Cervantes y a entender algo a Góngora. Ha hecho leer las obras de teatro de Lorca y las ha representado con los alumnos. Tiene recuerdos imborrables con generaciones anteriores, que lo veneran y lo admiran mucho, que le escriben un correo electrónico de vez en cuando. El profesor Antonio José a veces traspapela esos mensajes de cariño entre las decenas de correos que recibe a dirario en las tres cuentas que no sabe gestionar muy bien. A veces sus hijos le echan un cable, pero ellos van a lo suyo. Antonio José ya no entiende su trabajo porque en su momento decidió no dedicar tiempo a las modas pedagógicas del momento, porque pensó que era mejor para la formación de sus alumnos formarse él en su propia materia.

    Mientras sube las escaleras hacia el segundo piso, el profesor recuerda sus años en el insituto. La imagen que se le viene a la cabeza es de un color amarillento, como si en el aula fuera por la tarde, y don Ramón lee sobre la tarima un poema de Quevedo. El joven Antonio José siente devoción por don Ramón y su voz cavernosa, por la manera que tiene de sujetar el cigarrillo cuando los alumnos escriben en sus pupitres individuales, por el traje de chaqueta y el pelo cano que suele llevar un poco largo. El joven alumno quiere ser un día lo mismo que don Ramón: profesor de Lengua y Literatura. En su memoria, el profesor era un ser superior, sabio, sacro como un Dios. Antonio José siempre fue su alumno predilecto y objeto de la envidia de otros discípulos por ello. Sonríe el profesor de educación básica mientras recorre el pasillo repleto de chavales con el móvil en la mano, que gritan y pelean, que ríen y se abrazan ruidosamente. Antonio recorre el presente con la mirada en un pasado dorado, ya fábula de fuentes.

    Al entrar al aula 201 nadie está en su sitio. Los alumnos, al ver al profesor, van tomando asiento en sus pupitres y van guardando el móvil en el bolsillo disimuladamente. Antonio deja sus cosas sobre la mesa y enciende el ordenador para pasar lista. Debe hacerlo en todas las clases: entrar en el programario, poner la contraseña, buscar la lista del grupo, leer cada uno de los nombres, dar a aceptar. Luego tiene que abrir el correo electrónico para acceder al libro de texto digital. Algo falla. Desiste y abre el libro por la página 214, donde ha tomado algunas notas sobre la clase sobre Miguel de Cervantes. Para cuando decide pasar lista, todos los alumnos ya están en su sitio, pero siguen hablando. Mientras vuelve a abrir el programario ve que tiene la bandeja de entrada al correo repleta de mensajes, uno de ellos de dirección: le piden que de forma urgente rellene el formulario correspondiente y que lleva días sin atender: el de las asignaturas optativas de su tutoría, que debió introducir en un excel y luego enviar a cada padre.

    El profesor ya no recuerda ni siquiera la clase que iba a impartir. Siente una sensación de urgencia y estrés por un mundo que no entiende: llega a todas partes tarde y carece de la más mínima autoridad entre sus compañeros de profesión, más jóvenes o, al menos, más adaptados a los cambios educativos que han sacudido los institutos en los últimos años. Una alumna se levanta y le pregunta si puede ir al baño. Está mascando chicle. Antonio José se acuerda de don Ramón y piensa en qué hubiera hecho él.

    Dice que no con la cabeza. La alumna se sienta. El profesor se levanta. En el aula se producen un silencio expectante. Los alumnos se pregutnan si el profesor se ha enfadado, si va a estallar en un grito iracundo sobre su comportamiento, como han visto otras veces: docentes de todas las edades que explotan y les llaman de todo menos guapos y guapas. Antonio José no grita. Aguanta la mirada y el silencio de sus alumnos y dice: “Cerrad todos el libro de texto. Sacad la libreta. No quiero oír una mosca”.

    Ante tan claras instrucciones, los alumno obedecen sin rechistar. Incluso Bryan, que siempre duerme en todas las clases, ha sacado un fajo de papeles de una mochila mugrienta y le ha pedido quedamente le bolígrafo prestado a su compañero. El profesor Antonio José decide que ya está harto de la nueva pedagogía y escribe en la pizarra: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605-1615) de Miguel de Cervantes. Los alumnos escriben en silencio, algunos practican el lettering, es decir, la caligrafía.

    -¿Alguien sabe cuál es el mejor libro del mundo?

    -El Quijote. -Responde Bryan.

    -Efectivamente. Hoy os voy a hablar del mejor libro del mundo y del personaje más inolvidable de la literatura española, qué digo, ¡de la literatura mundial! ¡Universal!

    Los alumnos sonríen. El profesor parece haberse vuelto loco. No están acostumbrados a que les digan un libro es el mejor, algunos ponen una expresión lógica de desacuerdo.

    -Y quien no esté de acuerdo -prosigue Antonio José- deberá presentar conmigo singular batalla. ¡Apunten! La razón de la sinrazón que a mi razón se hace…

    -¿Cómo, cómo, cómo?

    -Quiero silencio, Elena. Repito: La razón… de… la sinrazón…

    Los alumnos toman apuntes del dictado del profesor. No entienden qué es lo que está pasando. No están acostumbrados y el factor sorpresa los toma desprevenidos. Agarrar el bolígrafo, escribir en un folio, tomar apuntes… ¡No tienen casi nunca la oportunidad! El profesor parece se lo está pasando bomba. Termina de dictar su loca oración y dice.

    -¿Qué significa?

    El silencio es sepulcral.

    -Exacto. Nadie lo sabe. Ni siquiera Cervantes, que fue quien la escribió. No importa. La literatura es a veces es incomprensible como esa frase. Pero qué bien suena, ¿verdad?

    -¿Puedes repetir la frase, Antonio José?

    -La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece ¡que con razón me quejo de vuestra fermosura! -Los alumnos aplauden sin saber por qué.

    Antonio José imparte una clase magistral de una hora entera sobre Cervantes y su obra.

    Y los alumnos aprenden.

  • lloraba ella, lloraba él

    lloraba ella, lloraba él

    Nota del autor: Este poema lo firma mi padre, quien escribe infitiamente mejor que yo. Dejo otras colaboraciones suyas por aquí y por aquí. Ojalá que te emocionen casi tanto como a mí.

    un país llamado
    España 1941.
    mujer joven de
    ventitrés años recién
    parida.
    vende por unos pocos
    reales
    la leche de sus senos para
    alimentar
    al hijo de un mal llamado
    “señorito”.

    esa leche le pertenecía a
    su hijo
    el cual lloraba de
    hambre
    en la canasta de mimbre.
    ella lloraba de
    rabia
    también y, mientras,
    el hijo del señorito se
    saciaba
    con el néctar de sus
    senos.

    terminada la toma
    corriendo volvía a su casa y
    calmaba el llanto de su hijo
    con lo poquito que el otro niño
    no se había
    comido.

    de nuevo lloraba ella
    por no poder saciar a su
    hijo.
    de nuevo lloraba él
    por no poder saciar-
    se.

    el llanto los cansaba y los dejaba
    dormidos.

    …oooOOOooo…

    RRS 9/9/23

  • Un corazón donde vivir (FINAL)

    Un corazón donde vivir (FINAL)

    Un corazón donde vivir

    A pesar de que era invierno y hacía frío, los días no podían ser más luminosos. El cielo sin nubes dejaba pasar una luz irreal como a través de un velo finísimo. Las mañanas se levantaban con una niebla que rápidamente se disipaba cuando la iluminaban los primeros rayos de sol. Aunque hubiera sido el fin del mundo, Gerard, como ella lo llamaba, no habría podido sentirse más feliz. Caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y un sueño cumplido: lo había conseguido, por fin había besado a Cayetana.

    Todo ocurrió durante el pasado sábado. Un golpe de suerte los había hecho coincidir en el lugar menos esperado y la magia había ocurrido por sí sola. No paraba de darle vueltas durante esos tres días y andaba como en una nube. Cuando la encontraba en algún sitio, no podía reprimir el impulso de besarla delante de todo el mundo, sin importar quiénes pudieran mirarlos. Gerard no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Lo único que le importaba en la vida, su única prioridad, era abrazar a Cayetana.

    Caye, como todo el mundo la llamaba, de vez en cuando lo reprendía por aquellos impulsos de pasión. Prefería esquivar las miradas indiscretas de los chafarderos y en general Gerard lo entendía. Al fin y al cabo, era una chica muy cabal a pesar de lo que pensaba la gente de ella: que era demasiado liberal para los gustos y buenas costumbres.

    Aquella mañana de miércoles Gerardo recorría los pocos pasos que separaban su casa del instituto. Como quedaba poco para que llegaran las vacaciones de Navidad, el ambiente entre los profesores y los alumnos era optimista, y casi todo el mundo se frotaba las manos con la idea de tres semanas de vacaciones a la vuelta de la esquina. Las clases eran relajadas y se era más condescendiente con los alumnos y con los profes. Al llegar a la puerta saludó a sus conocidos y encendió un cigarrillo mientras los alumnos entraban, pero no vio a Caye como venía siendo costumbre esa semana. Seguramente se habría retrasado o estaría dormida. El hecho de no verla y no poder darle un beso lo entristecía. Aquella nueva tradición recién nacida de encontrarse en la puerta y comentar la perspectiva del día era una de las cosas más deliciosas de su vida.

    -Te noto raro, Gerard. ¿Te pasa algo? -dijo Roberto apurando su cigarrillo. Este lo miraba con una sonrisa bien alineada, que los aparatos se habían encargado de arreglar.

    -No. Nada. Hoy hace como frío, ¿no?

    -La estás esperando a ella, ¿a que sí? Hoy parece que llega tarde. -Roberto dio una larga calada a un cigarrillo que sujetaba con cierta torpeza, pero que no se caería nunca.

    -No estoy esperando a nadie. ¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito faldero?

    -Por un perrito arrabalero, más bien.

    Ambos rieron la gracia con camaradería. Roberto era un buen amigo y siempre le había apoyado en los momentos más duros. Su presencia había estado ahí cuando las posibilidades con Cayetana eran nulas. Sabía toda la historia y estaba feliz por su amigo, por el camino que habían tomado los hechos y su alegre resolución.

    -Podrías escribirle y preguntarle qué le ha pasado.

    -Ya. -Gerard miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. Si le había pasado algo a Cayetana, no le había dicho nada. Apagó la pantalla y apuró el cigarrillo de un tirón. -Lo mejor será que subamos y no lleguemos tarde. ¿Fuisteis ayer al Cantábrico después de clases? ¿Os quedasteis hasta tarde? Yo al final no adelanté toda la faena que tenía.

    Mientras subían hacia las aulas, se fueron encontrando con otros compañeros, con los amigos de entonces, con quienes habrían de vivir tantas aventuras que recordarían todos por siempre. Pero ese día era un día normal y corriente de clases y frío, de una rutina anodina que sería evocada de soslayo cuando incidiera una luz rara sobre una mesa. Antes de entrar en clase, Gerard comprobó otra vez su teléfono. No había mensajes.

    El día avanzó con normalidad y durante el descanso tampoco encontró a Cayetana. Preguntó a sus compañeras pero estas no supieron decirle. Además, tampoco las conocía demasiado y no quería insistir mucho y parecer el tipo desesperado que entonces era. Entre cigarro y sorbo de café fue transcurriendo el descanso y pronto hubieron de subir de nuevo a las aulas. El día se presentaba tan aburrido como siempre y la rutina tenía el poder de solapar las preocupaciones con una tenue sensación de seguridad y sosiego.

    Antes de subir, el esperado mensaje llegó: “Hola, Gerard. Hoy no nos hemos visto”.

    Y continuaba en otro recuadro.

    “Me gustaría verte al acabar las clases para tomar una coca-cola.”

    Gerardo sonrió de oreja a oreja. La indirecta de la coca-cola le parecía un giro de guion espectacular a las perspectivas de lo que iba a ser su día. La cuestión era dónde tomarla.

    “Lo de la coca-cola es la excusa, no sé si me entiendes.” Por supuesto que la entendía.

    Gerardo contestó la mar de contento al mensaje con el corazón aliviado. Una sonrisa pícara e irregular se dibujaba en sus finos labios mientras tecleaba nerviosamente los botones del pequeño terminal. Roberto e Indalecio lo miraban con socarronería.

    -¿Ya te ha escrito tu princesa, Romeo? -dijo uno.

    -Venga, Gerardo, espabila. Que tenemos mucho que planear. -dijo el otro.

    -Callaros un momento, por favor. Hoy puede ser un gran día. El mejor de todos.

    Todos rieron sin saber muy bien por qué y siguieron a lo suyo. Gerard contestó que no había problema, que la esperaba donde ella quisiera. Cayetana le dio las indicaciones pertinentes y estuvieron claras enseguida: un banco blanco, no muy lejos de su casa.

    Al terminar las clases, no se despidió de nadie y salió directo hacia donde lo había citado Cayetana. El sitio estaba a unos cinco minutos andando desde el instituto, así que tenía tiempo de rememorar los momentos felices que lo habían traído hasta ahora.

    Llevaba enamorado de Caye desde la primera vez que la vio. Sin quererlo, sus miradas se habían encontrado el cruzarse por el pasillo y una luz se había encendido dentro de su corazón. Sus ojos marrones lo penetraron como dos saetas y nunca pudo olvidar esa primera imagen de ella, como si su alma la reconociera de algún modo entre el marasmo de la vida y la gente. Gerardo se enamoró perdidamente y siempre intentaba acercarse a ella, pero Caye no parecía igual de interesada. Mientras que él intentaba coincidir con ella en cualquier ocasión, la chica parecía evitarlo en la medida de lo posible. Si bien tenían amigos y conocidos en común -y al cabo de poco tiempo todos sabían que Gerard estaba colado por ella- nunca se conseguía un momento de intimidad donde dar un paso adelante. La comidilla de su enamoramiento corría por todo el instituto y era una de las historias más divertidas que se recuerdan de esa promoción. Mientras él iba siembre al encuentro de Cayetana, ella iba siempre detrás de cualquiera que no fuera Gerard.

    Una noche, casualidad o no, coincidieron en una fiesta. Era el cumpleaños de uno de los tipos más populares del instituto y se había reunido una buena cantidad de gente en una de las salas de moda de la ciudad. Gerardo no soportaba esa música electrónica, al cumpleañero ni a la mayoría de gente que se reunía en aquel lugar, pero tenía la esperanza de poder entablar una conversación con Cayetana, de tener su oportunidad.

    Pero esta pareció desvanecerse. Cayetana estaba en el local a oscuras, hablando muy cerca de otro tipo que él conocía por ser el antiguo rollo de ella. No conseguía recordar su nombre, pero sí su cara. Una ola de tristeza inundó su corazón herido. Estaba completamente solo en aquel lugar, sus amigos se habían ido no se sabía bien a dónde y tenía que estar viendo una escena insoportable. El tipo se reía y le decía algo al oído y ella lo miraba a él, a Gerardo, y le decía algo a su vez, negando con la cabeza. No había nada que hacer, por fin se daba cuenta de que había perdido. La dejaría tranquila por fin.

    Al cabo de un rato, de estar de pie en medio de la sala, entre un montón de gente que no conocía bien, sintiéndose el hombre más solitario del planeta tierra, notó que una mano suave agarraba la suya. Al seguir el camino de su brazo se encontró con los ojos de Cayetana a una distancia muy próxima que lo miraban con insistencia, con hambre, divertidos. Gerard no entendía nada y la miró con una sonrisa estúpida en el rostro. Caye empezó a caminar hacia la salida, apartando a la gente, a veces conocida, que la saludaba, sin soltar nunca la mano de él. Como en una nube andaba Gerardo detrás de ella, mirando a quienes se cruzaba como si no los viera, sintiendo solamente el tacto de la mano de ella en torno a la suya, procurando que ningún vaivén de los asistentes las separara y corrieran el riesgo de no volver a encontrarse entre la multitud. Agarraba su mano con dulzura y firmeza al abandonar la sala y siguieron así mientras doblaban la esquina que daba a unas escaleras por las que no transitaba casi nadie. Una vez allí se produjo la magia y fue como si su corazón estallara en todas direcciones sin dolor.

    Desde esa noche de sábado habían intercambiado besos y mensajes hasta llegar a ese mediodía de miércoles en el que estaba Gerardo sentado en el banco blanco donde Cayetana lo había citado, esperándola, soñando con los ojos abiertos mientras miraba pasar una solitaria nube azulada sobre el cielo gris bajo un sol de invierno. Cuando quiso darse cuenta, tenía una coca-cola en la mano. Desconcertado, se despertó.

    -Lo prometido es deuda. -dijo Cayetana. Al principio no lo entendió, luego se acordó de que la excusa para reunirse había sido esa y rio la gracia nerviosamente. Quiso besarla.

    -La mía es una coca-cola light. -El hecho de que ella bebiera había impedido que él la besara. Se extrañó pero no dijo nada. -No. No te levantes. Mejor quédate sentado.

    -¿Cómo estás? No te he visto hoy en el instituto. Espero que todo esté bien.

    -Sí. No te preocupes. Estos días los profes no explican nada interesante en clase, ¿verdad?

    -Pues no, es cierto. Lo más interesante desde que empecé el curso ha sido encontrarme contigo. Creo que si no es por ti, ni siquiera acudiría a las clases. ¡Menuda turra!

    Cayetana rio y parecía que todas las cosas en el mundo sonrieran a la vez. Los colores de la vida eran más vivos que nunca y la gente tenía una existencia feliz sobre la tierra; las malas hierbas que crecían entre las aceras eran tan bonitas como las flores y la suciedad de las calles parecía hecha con tinta que diera belleza y personalidad a las paredes de los edificios, incluso la mierda de paloma parecía no manchar sino decorar.

    Ella le contó su día. Al parecer se había peleado con su padre por un asunto indeterminado que no acababa de entender. La relación con sus progenitores no era muy buena, tampoco lo era la de Gerardo, así que en ese aspecto se entendían a la perfección. Una de las cosas buenas que tenía el mundo adulto era la esperanza de salir pronto de la casa familiar y de buscarse la vida por su cuenta, mejor el riesgo que el tedio parental.

    -Me estoy desviando el tema, perdona. -dijo ella. -Lo que quería decirte es otra cosa.

    -Tranquila. No me molesta que me cuentes tus cosas. De hecho, puedes hacerlo siempre que quieras. Yo siempre estaré aquí para escucharte. Mi música es tu voz. ¡Qué cursi!

    -Está siendo más difícil decirte esto de lo que pensaba.

    -Tranquila. Dispara.

    Cayetana cogió carrerilla y dijo.

    -No estoy preparada para tener una relación. -y dio un trago a su coca-cola light.

    Por primera vez en un buen rato, Gerardo oyó el ruido de los coches. El mundo había vuelto a sintonizarse al máximo volumen y las cosas parecían ahora de un realismo atroz. No entendía bien las palabras de ella, pero no podía pedirle que las repitiera.

    -Vaya… La verdad es que no esperaba que este fuera el motivo de la coca-cola.

    Cayetana se rio. -¿Y qué te esperabas, pillín? De verdad, Gerard, eres el mejor. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres muy buen chico y todo eso, pero no estoy preparada.

    Lejos de sentirse triste, Gerardo se sentía completamente tranquilo y seguro de sí mismo. La chica a quien amaba le estaba dando calabazas y él se sentía en paz con el mundo, aceptando que las cosas podían salir o no salir, seguro de que al final ganaría.

    -¿Preparada para qué? No lo entiendo. Tampoco se necesita demasiado para verme.

    -Me encantas, de verdad, pero no quiero tener nada con nadie, y siento que contigo sería distinto, y eso me da miedo. La verdad es que siento un vértigo aquí y no sé… -se señalaba sitio donde tenía el corazón. Gerardo quiso posar su mano sobre la suya pero se contuvo. -He sufrido mucho, ¿sabes? No estoy preparada para que me pase otra vez.

    -¿Por qué piensas que te va a pasar otra vez?

    -Porque siempre me pasa lo mismo. Los chicos vienen, me dicen cosas bonitas y luego se van. Puedo soportarlo casi siempre, pero contigo es diferente, no podría soportarlo.

    Gerardo apoyó la coca-cola en el suelo y tomó sus manos entre las suyas. Ese gesto habría de hacerlo muchas veces en los años de amor que estaban por venir entonces.

    -Pero yo no soy un chico. Yo soy Gerard y nunca te voy a dejar sola si tú no quieres.

    Se miraron a los ojos. Ambos sonrieron. Se dieron un beso sin darse ninguno cuenta, movidos por esa extraña energía que mueve todas las cosas de este mundo, como una brisa de viento que levanta sin esfuerzo hojas secas y semillas que habrán de germinar. Al juntar los labios, un mundo diferente nació de ese instante tan bello que se detuvo. La realidad circundante pasó a un segundo plano, donde nada tenía real importancia.

    Se separaron los labios, pero los cuerpos se quedaron juntos en el banco blanco y frío. Feliz como nunca, Gerardo la miró con dulzura y pasó un brazo por su cintura estrecha.

    -Además, quien no arriesga no gana. ¿No sabes tú eso?

    -Quien no arriesga no gana… -dijo ella, soñadora, sonriente. Con los ojos llenos de estrellas lo miraba como si se reconocieran después de muchos imposibles. -Y si no funciona, ¿qué? Si después de todo nada sale bien, ¿qué haremos? ¿Qué ganaremos?

    Gerardo se quedó en silencio un momento y al cabo, sin pensarlo demasiado, dijo:

    -Un corazón donde vivir.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia ha terminado. Algún día se publicará en papel junto con otros relatos que hay en este blog. Hasta que eso pase, estarán disponible en este rinconcito de internet. Muchas gracias por haberles dado calor a estos personajes, que desde ahora tienen su vida propia. Espero que habiten muchos años tu corazón y el mío, y que la literatura nos traiga más alegrías como esta.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12 – 13 – 14.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 13)

    Un corazón donde vivir (Parte 13)

    Había perdido

    Sus pasos sonaban duros sobre el pavimento. El concreto se sentía frío y húmedo debajo de la suela de los zapatos. Caminaba con cierta sensación de ingravidez, la que da el alcohol cuando se ha bebido algo, pero no lo suficiente como para emborracharse. A pesar de todo lo malo que había pasado durante aquellos días, a pesar de la profunda sensación de fracaso que de vez en cuando lo atormentaba como una piedra araña el fondo del cántaro que era su alma, a pesar de todo eso se sentía optimista en la mañana gris irlandesa, a aquella hora del mediodía que los gaélicos usaban para comer y los mediterráneos para sus labores. El reloj una plaza tocó con un timbre distinto al acostumbrado que eran las doce y media y la gente comenzó a salir de las oficinas y pequeños negocios de una planta en busca de un sitio para comprar un sándwich.

    Él no tenía hambre. Las dos pintas de cerveza Guinness que había consumido junto a Kirkpatrick le habían borrado el apetito al llenarle el enjuto estómago de gas y lúpulo. Sólo había una cosa que lo preocupaba: encontrarse con Cayetana y que lo viera paseando en ese estado alterado de la conciencia que es ir con el puntillo. Pertrechaba la escena de toparse con ella, y con su pareja, y tener que saludarse por no poder cruzar la calle y no saber qué hacer ni qué decir; y por lo tanto hacer el ridículo. El restaurante donde ella trabajaba quedaba al otro lado de la calle a la que él había llegado. Estaba en un cruce que cortaba la avenida por en medio. Decidió ir al lado contrario de donde había encontrado a Cayetana la primera vez, es decir, bajando la calle por el lado más sombrío de esta, por donde hubiera vías de escape por las que irse si se daba el caso de encontrarse con ella a lo lejos. Se sentía una rata cobarde pero decidió no pensarlo más.

    A medida que caminaba conseguía ver las cosas con más calma. A pesar de todo, ¿qué impedía que fueran amigos? ¿no había venido hasta Irlanda también para eso? Con esta idea en la cabeza, su trance en tierras irlandesas, el fracaso amoroso que había protagonizado, el hecho de que él le lanzara un beso desesperado y ella se apartara, si podían ser amigos después de todo el viaje no habría sido en vano. Habían sido pareja durante muchos años, que el recuerdo se había encargado de dibujar como los mejores de su vida, olvidando los motivos que en su día los separaron. Pero una pareja se basa -además de en la intimidad de los cuerpos y de los besos apasionados- también en la amistad, en la relación desinteresada de dos individuos por estar juntos, sin más pretensión que la de pasar el rato, es decir, gastar lo más valioso que se tiene: el tiempo.

    Cayetana y Gerardo tenían mucho en común y otros tantos aspectos que los diferenciaban pero que en el otro resultaban interesantes. Podrían compartir un café durante horas, pasear por el parque sin más conversación que el silencio y su compañía, compartir una mirada cómplice a la vista de algo gracioso o interesante. Su relación se había basado en esos momentos también, el recuerdo estaba lleno de esos instantes y, al fin y al cabo, era lo que más extrañaba de ella. Las noches, las tardes, las mañanas de pasión, también las echaba de menos, pero había conseguido sustituirlas en otros cuerpos con mejor o peor suerte. Lo que no había conseguido encontrar era una amiga como Cayetana, alguien en quien confiar, a quien poder dar la espalda y sentirse seguro.

    Cuando levantó la vista del suelo, se encontró frente al Castillo de Maynooth. La construcción era de un gris granítico, hecha con piedras talladas de ese material. Si alguien recordara la imagen de un castillo, le vendría una idea similar al Maynooth Castle a la mente, solo que más gris y pequeño, bastante coqueto, adaptado a las necesidades militares de una población pequeña del medievo. Estaba cerca de la urbe de Dublín. Esa construcción estaba más dedicada al control de los propios habitantes que a la defensa de conquistadores externos, supuso Gerardo. Se preguntaba quién podía desear aquella tierra fría y húmeda, plagada de enfermedades y de cuervos, donde el sol salía justo al contrario del Mediterráneo. Allí, de vez en cuando, una nube tapaba la luz y se sentía un frío irreal; en aquella tierra irlandesa era al revés, las nubes tapaban el sol hasta que este encontraba un pequeño resquicio por el cual lamer con su lengua los charcos del suelo, para volver a desaparecer bien pronto aunque fuera pleno verano.

    Como no tenía nada mejor que hacer, decidió entrar al ver el letrero de Free en la puerta. Al cruzar los arcos de medio punto que separaban los muros del interior, encontró una pequeña recepción donde una empleada lo recibió muy amablemente. Según ponía en la plaquita que lucía sobre el pecho, se llamaba Dolores. Aquello le hizo sonreír por ver un nombre en su idioma, tan antiguo, en un lugar del mundo culturalmente alejado de él. Preguntó a la chica joven y guapa si podía visitar el castillo y ella le animó a hacerlo, siempre y cuando estuviera dispuesto a dejar sus datos para el estudio municipal de turismo: quién era, dónde se hospedaba, de dónde venía. El hecho de contestar aquellas preguntas inició una conversación amigable con Dolores que parecía tener la misma edad que él y afirmaba haber viajado muy cerca de donde él vivía, como era costumbre de los guiris durante el verano. Ahora, al parecer, preferían las costas del mar Adriático. Gerardo comentó que nunca había estado en Irlanda pero que le encantaba, que pensaba volver pronto o incluso quedarse. Aquellas mentiras hicieron que Dolores se sintiera orgullosa de su nación y simpática hacia aquel joven desaliñado de mirada cautivadora.

    Mientras la conversación avanzaba bajo la alta bóveda del castillo, llegó un tal George según la placa del pecho. Iba vestido con una camisa y pantalones grises, acorde con las paredes. Parecía el jefe de Dolores y parecía reprenderla por dedicar demasiada conversación al turista, que por otra parte no iba a dejar un euro en las arcas castrenses. George se presentó como guía del castillo y afirmó que estaría encantado de acompañar a Gerardo en su visita y mostrarle los rincones más emblemáticos de Maynooth Castle.

    No le quedó más remedio que seguir al tipo escaleras arriba, hacia el interior de una bóveda bien iluminada, haciendo un gesto de despedida hacia Dolores que no era un Adiós sino un Hasta pronto o Podríamos tomarnos algo luego. Ella sonrió y siguió atendiendo la pantalla de su ordenador, probablemente buscando destinos turísticos para lo que quedaba de verano o, quien lo sabía, para visitar la ciudad donde Gerardo vivía. Lo prudente era seguir el trasero de George escaleras arriba, en dirección a una amplia plaza de armas donde se situaron justo al lado de lo que parecía un antiguo aljibe.

    -English? -dijo George.

    -A little bit.

    -I can try it in your language.

    -Okey. No problem.

    George empezó a intentar hablar en el idioma de Gerardo, pero lo que quería explicar era demasiado complejo como para hacerlo con cuatro palabras y tres estructuras gramaticales simples. Así que Gerardo lo animó a que lo hiciera en inglés, que si bien él no era capaz de hablarlo con fluidez, podía entenderlo mejor que el idioma que estaba intentado pertrechar en su memoria. Los guiris no necesitaban aprender otros lenguages y cuando lo hacían pensaban que tenían mucho más nivel del que en realidad tenían.

    Un poco azorado, George continuó en inglés y Gerardo pudo dejar de prestarle atención. Miró hacia arriba y vio las almenas oscuras sobre el cielo gris claro, casi blanco, del medio día. Un grupo de cuervos sobrevoló su visión en aquel momento y graznaron algo en su idioma. El moho crecía entre las piedras de las paredes más sombrías y dotaba al sitio de un aura romántica, como de cementerio celta. El suelo estaba tapizado de una fina alfombra de césped verde que regaba el propio ambiente neblinoso. El pozo, según dijo George, era el centro de la construcción y la parte más importante de la plaza. Guerreros, monjes, damas y caballeros se habían dado cita en aquel lugar callado.

    Siguieron avanzando por las habitaciones que habían servido de cocina, salas de estar, baños, pasillos, etc. George no se esforzaba mucho en explicar lo que veían porque sabía que Gerardo no lo entendía bien. Para lo que hacía, podía haberlo dejado solo, pero su compañía y amable explicación guiada tenía otra función además de ilustrarle: tenía el cometido de vigilarlo. Gerardo lo sabía y pensó en reprocharle a George que no tenía intención de llevarse ningún adoquín en el avión de vuelta a casa. Pero se calló. Al final del corredor que transitaban, llegaron a una sala tenuemente iluminada por focos de luz amarilla que iluminaban libros abiertos de par en par y manuscritos de la época.

    Por primera vez sintió interés por algo de lo que veía y se acercó con entusiasmo a los expositores. Había libros de la época escritos a mano con letras góticas ilegibles. Algunos tenían ricas miniaturas y otros una pobre factura, pero todos tenían un aura como de viejos fantasmas en vitrinas que repetían una información que a nadie interesaba ya. Gerardo sintió simpatía por aquellos vejestorios olvidados detrás de los gruesos cristales que evitaban que criaran polvo. Hubiera sido mejor para ellos acabar en las manos de coleccionistas e ir siendo leídos y destrozados por las caricias implacables del tiempo, pero allí estaban, impertérritos y callados como estatuas.

    Gracias a las transcripciones en letra de ordenador, Gerardo pudo entender parte de lo que en esos documentos se decía mientras George hablaba como si fuera una radio encendida a la que nadie hacía caso. Uno de los documentos era una carta que el noble de Maynooth enviaba a un marqués oriundo del país de Gerardo, donde le prometía amistad y alianzas contra el enemigo común de ambos: los ingleses. Según comentó George, el pacto se había sellado con el matrimonio de una de las hijas del marqués con el primogénito de los hijos del conde, dando lugar a nietos morenos con ojos azules.

    Continuó su visita saltando con la mirada de un libro a otro. Una obra titulada A Heart To Live llamó su atención. Se trataba de una novela bizantina de un tal Richard Rochester que trataba de un joven caballero inglés que viajaba hasta Maynooth para recuperar el amor de su vida, una joven princesa irlandesa, y que juntos vivían una serie de aventuras y desventuras hasta acabar juntos y felices para siempre en ese castillo. La calidad literaria de la obra, al parecer, no era mucha, pero George había dicho que había sentado un precedente en la narrativa del momento por tratar con tanta profundidad el tema de la ausencia y que había pasajes que nada tenían que envidiar a la literatura de la memoria de Proust, cuando el joven caballero lamenta la falta de su amada Lisístrata. Gerardo pensó que nunca, bajo ningún concepto, leería una obra tan cursi como aquella.

    Siguieron la visita subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Las piernas de George, que debían contar con veinte años cada una, trepaban por los peldaños con sorprendente facilidad. Gerardo intentaba seguir el ritmo sin jadear, pero no terminaba de conseguirlo. Hacia el final del recorrido, pensó que las piernas le acabarían fallando y que acabaría precipitándose hacia abajo, por la luz oscura que dejaba el hueco de aquella escalera y que parecía no tener fin, como una de aquellas pesadillas artísticas.

    La claridad lo cegó por un momento y cuando sus ojos se adaptaron con cierto escozor Gerardo vio que estaban en lo alto del muro, junto a las almenas que había visto antes. Bajo él tenía unas vistas privilegiadas de la pequeña población, que se extendía con salpicones de casas bajas y de árboles altos hacia todas partes. Se veía al fondo el Palacio de la reina Victoria, el camino rectísimo que llevaba a él y que había recorrido con Cayetana, el cruce con su restaurante, la M sobre el mástil del McDonald’s donde lo había dejado el autobús en el que había llegado, el canal que cruzaba toda la población. Conocía mucho de los rincones de aquel pueblo olvidado por las guías turísticas que había recorrido durante tres días seguidos de aquí para allá. Lo único que no podía divisar era la ciudad pontificia donde tenía su habitación con su ventanal melancólico.

    Lo mejor será ser amigos, se dijo en voz alta mientras miraba hacia la ciudad. George se quedó extrañado al oír hablar a Gerardo y decidió callarse y dejarlo solo un rato. Hizo mutis hacia un lado y lo dejó mirando hacia las vistas de la ciudad antaño medieval.

    Aunque sea difícil, lo mejor será ser amigos, repitió en voz baja. No sabía cómo iba a hacerlo, pero pensaba contactar con Cayetana en cuanto saliera de allí y decirle que lo sentía por presentarse de esa manera, que le disculpara por las molestias que su visita repentina le hubieran podido ocasionar, que le perdonara si la había hecho que se comiera el tarro con recuerdos del pasado. Estaba allí para vivir el presente, para ser su amigo, su mejor amigo, sin más pretensión que esa. Podría contar con él siempre que quisiera, fuera cuales fueran las circunstancias o la hora del día. Podía llamarlo cuando quisiera, él siempre estaría allí para ella, para lo que pudiera necesitar, y las futuras relaciones que él pudiera tener deberían entender que ellos dos eran mucho más que expareja, eran mejores amigos y lo serían toda la vida, aunque vivieran vidas distintas. Estaba decidido. En cuanto saliera del castillo, la llamaría e intentaría hablar con ella.

    Justo en el momento en que sus manos abandonaban el tacto frío de las almenas de granito, Gerardo vio una silueta conocida sobre la acera. Justo por delante del Maynooth Castle pasaba Cayetana. Iba riéndose, arreglada, preciosa, con el pelo suelo. Su risa y su conversación llegaban hasta él, que la veía invisible desde la altura. Iba vestida con pantalón tejano, botines de cuero, un abrigo gris fino ceñido a la altura de la cintura. Junto a ella iba un tipo alto, pelirrojo, zanahorio según Gerardo, quien le pasaba una mano por la cintura como él hiciera tantas veces y le plantaba un beso lento en los labios. No hacían buena pareja, pero daba envidia verlos pasear por la avenida. Seguramente Cayetana le contaba la visita exprés de Gerardo y ambos se partían de la risa, o esa visita había servido para unirlos más y que por fin Callaghan se decidiera a no pasar de ella y a no dejarla en visto con los mensajes. En cualquier caso, ahí estaban.

    Una lágrima dura como el granito resbalaba por la mejilla de Gerardo horadando un surco doloroso. Sentía el corazón encogido, apretado por una mano invisible pero cruel que lo atenazaba. Hacía verdaderos esfuerzos por que otra lágrima no cayera por el otro ojo. Sentía en el estómago un hambre atroz, pero no de comida, sino de amor. No podía soportar la visión que aquella bonita pareja ofrecía al subir la avenida. Se sintió un perdedor y un fracaso, al fondo de un pozo donde había caído para siempre lo que un día fueron Cayetana y él. Una parte de él murió en aquel momento y una certeza nació.

    No. Nunca. Jamás podrían ser amigos. Era imposible para su corazón estar junto a ella y no querer abrazarla, no poder besarla, no poder tenerla. Sería un obstáculo para la vida de ella y, aunque menos importante en ese momento, para la vida de él también. Era el tiempo de olvidar y la tarea era tan dolorosa que hubiera preferido la muerte súbita.

    -Everything okay? -preguntó George manteniendo una distancia prudencial.

    -Yes. I have finished here. -dijo Gerardo secándose las lágrimas sin volverse. Cuando se sintió preparado. Miró al suelo y se adelantó al guía del castillo para bajar las escaleras.

    Al pasar por delante de la recepción Dolores lo estaba esperando con una sonrisa pero iba tan metido en sus pensamientos y dolores que no encontró ni siquiera las fuerzas para mirarla, para decirle Bye, bye, thank you, amablemente. Se fue como un ladrón, a toda prisa hacia la calle. George lo seguía de cerca e intercambió una mirada de extrañeza con la recepcionista, como diciéndole sin palabras: He is completly mad.

    Y era cierto. Gerardo estaba loco de amor por Cayetana. Un amor que había perdido.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11 – 12.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 12)

    Un corazón donde vivir (Parte 12)

    Esta vez para siempre

    Los finales, en la vida, no parecen tales. Nuestra relación con las personas que más quisimos, o que simplemente conocemos, se va apagando poco a poco y un día, no nos damos cuenta, y han pasado cinco años sin ver a ese alguien tan fundamental en una parte de nuestra vida. No se produjo una despedida definitiva, no hubo lágrimas junto a la estación, simplemente una última conversación incómoda o insustancial, y luego las ocupaciones diarias hicieron el resto, solapando el tiempo que antes dedicábamos a esa persona. Gerardo iba pensando en cosas similares mientras vagabundeaba en Maynooth.

    La noche había sido dura, pero esta vez no lo habían asaltado las pesadillas. Había dormido un sueño pesado, como un desmayo, después de pasarse la tarde del día anterior llorando junto a la ventana, mientras los cuervos graznaban, o se reían, al otro lado del cristal. “Me ha tratado como una mierda. Sólo soy basura para ella.” Era su pensamiento recurrente, una frase que había repetido en voz alta como una salmodia. Cómo podía ser que después de todo, para ella solo fuera alguien a quien conoció, que no le diera la oportunidad que él creía que se merecía, que lo hubiera engañado para que fuera arrastrándose hasta el fin del mundo para luego negarle un beso, un abrazo, su amistad. Cayetana había dejado claro que no quería, ni siquiera, ser su amiga. No lo había dicho con palabras, pero no fueron necesarios para ellos. A pesar de todo, se conocían a la perfección y, sin decírselo, le había dejado claro que no quería verlo más.

    Cuando uno pasa tantas noches despierto, mirando al techo con la luz encendida, pensando en alguien, casi puede evocar su figura en la habitación, sentir su fragancia y el etéreo roce de un contacto. Alguien enamorado se plantea mil posibilidades para estar cerca de esa persona, traza planes endiablados en la mente para conseguir sus propósitos, valora absolutamente todas las posibilidades y, como son infinitas, su misión no termina nunca y siempre está dispuesto a volver sobre lo mismo de manera obsesiva. El amor es una locura. Puede curar cualquier mal, cualquier dolor, y puede ser lo más lacerante que pueda vivir un ser humano, capaz de llevarlo a terminar con su vida de un arrebato o poco a poco, cuando la persona amada nos dice que no nos quiere, que ella no siente lo mismo, que Gerardo debía detener esa obsesión dolorosa que llamaba amor.

    “Me ha tratado como una mierda. Soy basura.” Repetía obsesivamente en la habitación silenciosa, mientras el cristo colgado en la pared miraba impasible desde su sufrimiento milenario con una herida en el costado donde había tenido, él también, su corazón vivo. Todas las ilusiones se habían venido abajo. “¿Para qué había servido todo?” Se preguntaba y sólo recibía la callada por respuesta de los muros amarillentos de la celda. En una de esas, con la luz encendida, se había quedado dormido, otra vez, sin cenar.

    A la mañana siguiente, su cuerpo, no su conciencia, había decidido levantarse de la cama, ponerse frente al espejo sobre la pica y echarse agua en la cara. Los estragos de ese viaje empezaban a hacerse visibles sobre su rostro. Había envejecido diez años en solo diez días y la piel se sentía flácida sobre la cara, como si fuera una careta sujeta por unas cintas que pronto se fueran a deshacer haciendo que su rostro cayera al agua. Era el momento para comer algo, tenía que cargar energías o moriría de inanición y de pena.

    Con el corazón hecho añicos deambulaba por Maynooth como una sombra desde la mañana temprano. Desayunó un par de rebanadas de pan bimbo que compró en un supermercado e ingirió un café con leche para llevar, frío y asqueroso, pero reparador. En su paseo, evitaba las calles concurridas. No quería encontrarse con Cayetana, o con Callaghan, su rollete -nudo en el estómago-, o con alguien que los conociera, a ella y a él, y pudiera divertirse a su costa. Se sentía débil, sin ganas de hablar con nadie, solamente quería deambular por las calles mojadas bajo el cielo gris que amenazaba lluvia. Los cuervos y los árboles eran los únicos seres que conocían su desgracia.

    Lo que más le dolía era la imposibilidad de ser amigos. Dos personas que se han amado tanto no podrían verse nunca más. Era absurdo, antinatural pero habitual en la naturaleza humana. Asumir la ausencia de alguien así era como superar la muerte de un ser querido. Cómo podías ser que Cayetana estuviera tan entera y él tan destrozado. La respuesta era tan dolorosa que prefería no pensarla. Pero la cabeza tiene sus propios planes y le respondía una voz que Caye lo había superado porque ya no le quería, de hecho, y era lo que más dolía, no le había querido nunca y se había dado cuenta al separarse de él. Lo único que hacía que ella mantuviera una relación cordial con él era que Cayetana sabía que él seguía enamorado de ella, y su orgullo herido por haber sido la abandonada, la había hecho buscar una venganza cruel que se había cumplido: atraerlo con migas de pan de falso amor hasta su lado y darle la patada allí mismo.

    Si algo tenía de bueno aquel rechazo era que significaba un punto final en esa historia, que clarificaba las cosas y que ya nunca más habrían de ser iguales para ambos. El NO era tan flagrante que no había posibilidades de otras interpretaciones. ¿O sí? Se preguntaba una voz tenue dentro de Gerardo, pero no tenía a nadie a quien pedir su opinión, que pudiera ver las cosas desde fuera con claridad y supiera decirle qué hacer y cómo gestionar tanta tristeza que sentía dentro como si fuera a estallar sacando del pecho pedazos de corazón. Se sentía solo como en un mar gris de asfalto, a la deriva.

    Empezó a llover. Primero un tenue calabobos que Gerardo no había notado ni visto, tan sumido como estaba en sus cavilaciones. Pero al cabo de poco la lluvia se hizo tan insistente que era imposible no sentirla. Un viento helado se levantó de entre los edificios apresando el cuerpo de Gerardo como una bolsa de basura, amenazando con llevárselo volando al otro lado del mundo donde no habría de tornar ya nunca más.

    Entró en el primer bar que encontró. Se llamaba The Cuckoo’s Nest según ponía en letras rojas luminosas sobre un fondo blanco que le daban un aire de local de alterne. No era un sitio demasiado grande. Parecía hecho de madera oscura. Las paredes estaban cubiertas de ese material hasta la mitad y el resto del muro estaba pintado de amarillo claro. Las mesas eran color caoba, así como la barra y las estanterías donde se exhibían los whiskies de la vecina Escocia o de la sufrida Irlanda. El suelo se dividía en dos niveles, el inferior, tocando con la barra, era de madera gastada por los pasos de miles de borrachos a lo largo del tiempo. El nivel superior, separado por un leve escalón y un balconcito, también de madera, era de moqueta roja, causante del olor a cerrado, a cerveza derrama, que impregnaba el ambiente. A pesar de todo, el sitio se veía limpio y era acogedor, si había mugre, era amable como cuando uno entra en una bodega. Parecía el camarote del capitán Ahab, ya retirado, después de que Moby Dick lo jubilara.

    Se acercó a la barra como movido por un piloto automático. Sus pasos lo llevaban, su mente estaba en otro sitio. Cuando quiso darse cuenta tenía los ojos azules del camarero, casi blancos, clavados sobre los suyos. El tipo tenía la nariz roja y una barba blanca al puro estilo beodo. “Go away from here” conminaban sus ojos glaucos a Gerardo, quien bajó la vista. Frente a sí vio varios surtidores de cerveza y sólo se le ocurrió decir.

    -One Guinness please.

    -A paint? -contestó el camarero. Gerardo no entendió pero dijo.

    -Yes.

    Con cara de pocos amigos, el tipo se giró. En aquel pueblo no gustaba el turismo o no estaban acostumbrados a él. Gerardo pensaba en los miles de turistas irlandeses que visitaban sus costas y cómo eran tratados, como si fueran gente importante, y solo eran tipos que tenían trabajos humildes como aquel: servir copas en un local. Por lo menos podrían aprender a sonreír, maldita sea, mascullaba Gerardo sentado sobre un taburete marrón oscuro junto a la ventana del local viendo llover. El sitio estaba tranquilo, sólo un par de mesas estaban ocupadas. Un par de borrachos hablaban quedamente de sus asuntos y el camarero de vez en cuando participada de la conversación. Sin pronunciar palabra, el tipo dejó la cerveza de Gerardo sobre la barra y lo llamó desde allí señalándola: ¿Acaso esperaba que se la llevara hasta la mesa? ¿Pero qué se había creído? Parecía decir su expresión. Se levantó de su asiento y agarró su consumición.

    Se trataba de un vaso largo y ancho, de cerveza negra, con una espuma espesa, casi pastosa, en la parte superior. El cristal estaba frío, pero no helado, y la bebida estaba a la misma temperatura. Gerardo se llevó su consumición hasta donde estaba sentado. No le pusieron ni siquiera unos tristes quicos o cacahuetes con que acompañar el trago. En aquel país desconocían por completo el ritual de la tapa, tenían otros que él ignoraba.

    Al dar un sorbo al mejunje, su estómago se contrajo, pero después lo agradeció. El sabor era dulzón y refrescante. Casi podía masticar aquel líquido negro que poco a pocos se iba asentando en su vientre como si fuera un jarabe. Por primera vez desde que estaba allí se sintió reconfortado, a solas con su cerveza y su corazón viendo llover por la ventana. Poco a poco se fue olvidando de Cayetana, de Maynooth, de Callaghan, de su fracaso, y su alma se fue llenado de un calor agradable que irradiaba desde el estómago hasta las orejas, hasta los pies; haciendo que se amortiguara el envite odioso de las oleadas de su dolor contra las costas de su cuerpo, haciendo que sanaran sus heridas como si se tratara de una bebida mágica que hubiera preparado el mago Merín o el druida Paranoix. Rio su propia ocurrencia y tomó otro sorbo de cerveza, que por ser tan espesa, le quitaba hasta el hambre solitaria con la que convivía habitualmente.

    Como su mirada ahora irradiaba simpatía, un tipo con el pelo cano, sentado unas mesas más adelante, decidió tomar la iniciativa y acercarse a la mesa donde Gerardo estaba sentado. Cautelosamente, se situó frente a su mesa y dijo en inglés con acento guiri:

    -Can I sit with you, gentlemen?

    Gerardo levantó la cabeza sin dejar de sonreír. Tenía la mirada que imaginaba a los locos cuando miraban un punto situado en el infinito, a quilómetros de distancia. Consiguió fijar la vista sobre el tipo enjuto, con el pelo largo y blanco, vestido levemente a lo cowboy, con camisa a cuadros, tejanos, cinturón y botas de cuero.

    -Yes, of course. -se le ocurrió decir- But my English is very bad. -repuso luego.

    -It looks good to me! -dijo y rio suavemente mientras se sentaba.

    Se preguntaron los nombres y el hombre dio a entender que se llamaba Paul, pero que todo el mundo en aquel pueblo lo llamaba por el apellido, Kirkpatrick, por ser su padre, o un antepasado suyo, muy famoso en aquel lugar. Tenía los dientes rotos y la boca apestaba a cerveza, pero a Gerardo su compañía se le hacía agradable por ser otro ser humano y no una sombra. Kirkpatrick le preguntó de qué país venía y él se lo dijo. Afirmó que él había pasado largas temporadas en su país, pero a Gerardo no le sorprendió: eran muchos los irlandeses que recalaban en las costas del Mediterráneo.

    -What are you doing here, young men?

    Lo de young men le gustó. Hizo que sintiera un cariño paternal hacia el hombre, como si este pudiera protegerlo en aquel lugar o al menos ofrecerle alguna respuesta sobre su destino. Gerardo apuró la cerveza que estaba tomando y dio un golpe en la mesa negra.

    -I come here for love. Can you believe it?

    -Yes, I do. But you don’t look so good. So I guess that the things went bad in the end.

    Gerardo solo pudo entender: bad in the end y supuso todo lo demás. Asintió diciéndole que sí, que las cosas habían ido mal y que por eso estaba allí con Kirkpatrick compartiendo una cerveza amarga. El dolor, antes paralizado, se movió como una alimaña dentro de sí, y Gerardo acusó el golpe con una expresión de pocos amigos. Paul supo solucionar el mal trago y, levantando la vista, le gritó al camarero: Stan, two more!

    Cuando Stan, esta vez, trajo las cervezas, Kirkpatrick y Gerardo entrechocaron las copas. Fue el irlandés quien llevó el peso de la conversación. Explicó anécdotas sobre su vida que a veces Gerardo entendía y otras veces no. A él no le importaba que el joven entendiera poco, simplemente había puesto la radio de su alma y apreciaba que alguien extraño lo escuchara a medias, aunque no hiciera el más mínimo esfuerzo por entenderle. Al cabo de un rato, cuando las cervezas andaban por la mitad y el calor del alcohol se hacía cada vez más agradable e intenso, Kirkpatrick preguntó de pronto.

    -Who is your girl?

    -Works in the Abrevadero’s bar. You know the place?

    -Oh, yes! And I think I know your girl too.

    -Really? -Gerardo nunca hubiera revelado a nadie el motivo de su visita, ni tampoco el nombre de Cayetana a un desconocido borracho, pero la Guinness le estaba soltando la lengua y se sentía bien hablar con alguien sobre su caso, dar forma a su dolor interno.

    -Brunette?

    -I’m not gonna tell you, Kirk. I prefer not to tell anybody.

    -Sure.

    Ambos bebieron en silencio. A fuera había dejado de llover. Al cabo de un rato dijo.

    -Want to smoke a cigarette?

    -Sure. -dijo Gerardo. Y salieron los dos a la calle con la mitad del vaso vacío pero con un cigarrillo por encender en los labios y el corazón dormido por la cerveza oscura.

    Kirkpatrick se puso melancólico. Habló en inglés todo el rato, aunque de vez en cuando metía alguna palabra en español. Esta vez quiso que Gerardo (Yeragdou) lo entendiera lo más posible, así que habló despacio. Dijo que tenía una hija en algún lugar de la geografía iralndesa, a la que hacía muchos años que no veía, a la que quizá no volvería a ver nunca más. Parece que no había sido el mejor padre, cosa que no extrañaba a nadie a juzgar por sus hábitos extraños, como el de entablar conversaciones demasiado personales con desconocidos al calor del bar de forma habitual. Había sido trabajado de todo, ahora estaba jubilado, pero conservaba su pasión intacta: la pintura. Tenía un pequeño taller en su casa, se lamentaba de no poder mostrarle su talento.

    Gerardo empezaba a cansarse de la conversación a medida que la cerveza se terminaba. Las ganas de golpear a Kirkpatrick en la cara iban en aumento y quizá Kirkpatrick sentía lo mismo. Aunque viejo, en aquel lugar estaba en minoría, y ahora solo faltaba protagonizar un altercado con un viejo borracho en un lugar pequeño para que Cayetana se convenciera aún más de que había hecho bien dándole una patada en el tafanario. Apurando el cigarrillo, Gerardo se levantó de la silla, dando la conversación por terminada e iniciando la marcha para ir a pagar. Kirkpatrick no se callaba, lo agarró.

    -My friend. Life can be hard. You may lose. You can lose. No problem if you lose… BUT… you have to KEEP MOVING. -dijo con una mirada estrábica- If not, HE -y señaló al cielo con un dedo encorvado- HE will be mad with you. HE IS WATCHING!

    Gerardo se zafó del agarre del borracho y fue a pagar. Tenía ganas de reventarle la cabeza a aquel falso predicador contra el suelo de asfalto. Además, como había dejado de llover y ya era la hora del almuerzo, los transeúntes iban llenando las calles poco a poco, y todos veían el espectáculo que formaba aquella extraña pareja. Después de salir del baño, donde vació las dos cervezas que había tomado, se dirigió con paso tambaleante -no se había dado cuenta de lo bebido que estaba- hasta la barra del bar. Stan hizo un gesto de negación con la cabeza cuando lo vio sacar la cartera para pagar.

    -He has done it. -dijo señalando hacia Kirkpatrick.

    -Really? Well. Thank you. -dijo Gerardo soprendido. Se giró sobre sus pasos y salió por la puerta por donde había entrado para despedirse de su viejo amigo que había tenido la deferencia de invitarlo. En la mesa exterior que habían compartido solo quedaban los cigarrillos apagados y los dos vasos de cerveza vacíos. Kirkpatrick había desaparecido. Gerardo miró en todas direcciones pero no consiguió ver por dónde se había marchado. Imaginó que quizá se acercaría al Abrevadero’s a tomarse la última y rio solo en la calle.

    Otro amigo, uno de apenas una hora, que desaparecía sin avisar, esta vez para siempre.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10 – 11.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 11)

    Un corazón donde vivir (Parte 11)

    De espaldas

    La mañana era clara y luminosa. Pocos coches pasaban por Streifen Road en aquella hora. Aunque el sol no calentaba demasiado, su luz era deslumbrante y casi no dejaba ver las formas del entorno: la carretera asfaltada que subía hacia el puente que cruzaba el Canal Real, la parada de autobuses de quienes se dirigían a Dublín, unos cuantos parterres llenos de flores de colores que centelleaban al sol desganado de Irlanda. El humo del cigarrillo subía pesadamente en aquella mañana húmeda y silenciosa. Se sentía como en un sueño, más dormido que cuando soñaba la noche anterior, pero sabía que estaba despierto y que Cayetana llegaría de un momento a otro. Se sentía cansado.

    Habían pasado muchas cosas en pocos días. Eran jornadas que sabría que recordaría siempre, fuera cual fuera su final, y si bien al principio había significado un aliciente, ahora resultaba cansado al aproximarse al final de la historia, como el atleta que ve al final de una larga calle la meta tanto tiempo ansiada y se pregunta con extenuación si va a ser capaz de llegar. En momentos así la mente entra en una especie de trance suicida que no permite pensar, ni tampoco parar. Allí esta de pie Gerardo con el cigarrillo en la mano maldiciendo al par de cuervos que saltaban junto a él sobre el muro que daba a los parterres de flores. Tomó un guijarro del suelo y lo arrojó contra aquellas bestias.

    -Tú siempre tan amable con la naturaleza.

    -Estos bichos no son naturaleza, Caye. No sé cómo puedes vivir en este pueblo de Halloween, lleno de cuervos y de color negro. Con lo bonita que era nuestra ciudad…

    -Tú lo has dicho, era… -Cayetana lo miró largamente- Parece que alguien no ha pasado una buena noche hoy, ¿no?

    -Bueno, digamos que el alojamiento no es de lo mejor. Pero me vale la pena. -sonrió.

    Se dieron dos besos amistosos. El olor húmedo de la mañana de la tierra mojada y de las flores se mezcló con el aroma del pelo de Cayetana. Se miraron divertidos un instante.

    -¿Dónde me vas a llevar, bella dama? -dijo él adoptado una sobreactuada pose de tipo duro con el cigarrillo entre los labios. -Ardo en deseos de conocer mi destino final.

    -Está justo ahí, detrás de estas flores violetas. ¿Has visto qué bonitas? Sígueme.

    -Encantado. -Gerardo estiró la mano pero tomar la de ella en un gesto acostumbrado, pero no encontró nada, solo el vacío. Cayetana se había adentrado por un camino de tierra cuesta abajo que cruzaba una zona ajardinada llena de flores. No decían nada.

    -Me alegro tanto de volver a verte. -dijo Gerard para romper el silencio. -He soñado muchas veces contigo.

    Cayetana no dijo nada. Simplemente forzó una sonrisa cortés y miró hacia otra parte.

    -Es allí. Aquella es la cafetería.

    El Soho Café Latte de Maynooth era en realidad la cafetería de Soho Hotel. No tenía nada que ver con el alojamiento que había escogido Gerardo para sí. Mientras que él estaba en el agujero más barato de aquel pueblo, el Soho era un hotel moderno, de última generación, con habitaciones cómodas y amplias. Estaba situado cerca de la carretera que llevaba a Dublín y probablemente se dedicara a atender las necesidades de los hombres y mujeres de negocios que pasaban por aquel pueblo fantasma. El sitio disponía de una cafetería especializada en desayunos y brunches, es decir, en almuerzos.

    Se entraba al sitio a través de unas puertas mecánicas de cristal que a Gerardo le parecieron el colmo de la elegancia, en su submundo de bares de mala muerte y hoteles de baja estofa escaseaban aquellas comodidades. Al entrar le invadió un olor dulce y agradable, como a la vainilla que se usa en las tiendas de ropa, en vez del acostumbrado olor a frito y a cerveza de las cafeterías que frecuentaba él. Un juvenecido camarero de cuarenta años los recibió en la entrada con mucha elegancia y la espalda muy estirada.

    -I have booked yesterday. -dijo ella informándole que tenía reserva.

    -May I have your name, lady? -dijo el tipo estirado mirando a Gerard de arriba-abajo.

    -Cayetana.

    -Yes. It’s just here. Come with me please.

    Gerardo repitió las últimas palabras del maitre en su cabeza con un tono agudo y burlón. Odiaba a esos tipos que se creían los amos del sitio donde trabajaban de nueve a cinco. Se comportaban como si aquello fuera suyo y sentían más devoción por su profesión que cualquiera de sus jefes. Un trabajo como aquel podía dar sentido a una vida humana y eso lo entristecía. Parecía que la vida no podía tener sentido para una persona así.

    Se sentaron en una mesa junto al ventanal que daba a los parterres de flores. Sobre la mesa, de un blanco crudo, había una flor amarilla dentro de un tarro de cristal con agua. Gerardo la olió y se dio cuenta que era de plástico, falsa, como todo aquel lujo pobre. A Cayetana parecía encantarle ese lugar. Aquello le extrañaba, no lo habría dicho nunca. Era una chica más bien sencilla que se adaptaba a todo, pero los años habían pasado para todos y supuso que ella había encontrado otras formas de tomar el café que le habían gustado, modas de la gente guay que ella seguía con gusto. Siempre había conseguido adaptarse a los tiempos, no como él, que era un anacronismo de no se sabe muy bien qué época. Estaban sentados el uno frente al otro mirando a todas partes. Gerardo se distraía viendo a la gente pasar, incapaz de concentrarse. En las mesas cercanas la gente, grupos de tres, cuatro personas como mucho, hablaban en tono quedo. A pesar de que el bar estaba lleno no se oía la algarabía de los países mediterráneos y la conversación de los comensales, o brunchisas, dejaba oír la tema que sonaba de fondo.

    -Me encanta esta canción. -dijo Gerardo al fin.

    -Ya lo sé. -dijo ella sonriendo. -La gente nunca cambia. -y dejó de sonreír.

    -Sí que cambian. Nunca hubiera dicho que te gustaría un sitio como este y míranos, aquí estamos esperando el té con pastas de Miss Sunshine en Pijolandia. La gente sí cambia.

    -Quizá me ha gustado siempre y tú, sencillamente, no lo sabías.

    Se produjo un silencio. Gerardo podría haber entrado en una discusión filosófica sobre los cambios en la vida de la gente, ¿pero estaba allí para eso? ¿para discutir con ella? Más le valía aprovechar la oportunidad que el destino le daba y resolver al fin las cosas.

    -Te he echado mucho de menos, Caye. No sabes cuánto. Parece que no puedo vivir sin ti, después de todo. Lo he intentado. Lo he conseguido a veces. Pero no puedo. Estoy aquí porque necesitaba verte y no me rendiré pase lo que pase. Porque yo te…

    -Yo te quería mucho, Gerard. Lo nuestro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

    Al oír aquellas palabras, Gerardo casi sale volando de la silla moviendo las orejas. Lo sabía, ella no lo había olvidado después de todo. Si estaba allí con él era por algo.

    -Lo nuestro -continuó- era como una casa. Sé que no soy perfecta, tú también lo sabes. Nos conocemos bien después de tanto tiempo y, como ya te he dicho, la gente nunca cambia. Sentía que conmigo tenías tu casa, pequeñita, pero tu casa: un porche, un jardín con cuatro flores… Habíamos construido algo bonito, para los dos, para siempre. Pero.

    -Pero la cagué. La cagué completamente, Caye. Por eso estoy aquí. Quiero pedirte…

    -No, no la cagaste. -dijo ella encogiéndose de hombros, contradiciendo con su cuerpo lo que decían sus palabras- No tienes que pedirme perdón, eso ya lo has hecho antes. Es solo que no conseguía entender… no conseguía entender por qué, Gerard, por qué.

    Dio un sorbo a su café con leche. Gerardo no había tocado su café ni su croissant.

    -Hay cosas de mí mismo que yo tampoco entiendo, Caye. No sé si le pasa a todo el mundo. Sólo puedo decirte que no volverá… no volvería a suceder, nunca más.

    -La gente no cambia, Geri. Volvería a suceder porque tú eres así.

    -Soy así y por eso estoy aquí. -dijo levantando la voz. Las mesas de alrededor guardaron un instante de silencio, como si estuvieran más pendientes de la conversación de aquellos dos jóvenes sureuropeos que de sus rutinas habituales de isleños y norteños.

    Cayetana sonrió. Parecía que le hubieran venido a la mente recuerdos de otras veces, como si resucitaran al contacto con Gerard escenas vividos y atesorados en el corazón por ser felices. Su torpeza social lo divertía, lo había hecho siempre. Cuando se dejaba llevar era cuando más le gustaba, y era cuando estaba más torpe y sincero se mostraba. Efectivamente, estaba allí. Había recorrido quilómetros y seguido las pocas pistas hasta encontrarla. Ella nunca había sido consciente de que fuera capaz de aquello, él tampoco.

    -Sí… Estás aquí, Geri. Eso es indudable. ¿Y sabes qué? En el fondo me alegro de verte.

    La conversación y el desayuno evolucionaban favorablemente para los intereses de Gerardo. A pesar de ser por la mañana, habían recuperado la relación justamente por donde lo dejaron. Si bien no se habían tocado, si bien aún no se habían dado el primer beso, las cosas estaban funcionando de la mejor manera. Hablaban como lo habían hecho siempre, con total sinceridad, sin cortapisas ni cortesías. Se mostraban sinceros y se miraban a los ojos con dulzura, con cariño, con amor. La mirada de Gerardo estaba cada vez más embelesada. Al término de los croissants, se sentía embriagado por ella, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba, viviendo despierto un sueño del que nunca más querría despertar, habría preferido morirse antes que aquello terminara. Habría preferido que su vida se terminara allí mismo mientras fuera entre sus brazos.

    Su corazón palpitaba con fuerza y seguridad. Daba los pasos acostumbrados en el juego de la seducción. Sus dedos se habían entrelazado en alguna que otra ocasión mientras la conversación avanzaba. Ella se mostraba feliz y risueña, olvidada también del mundo. Gerardo valoraba la posibilidad de sentarse junto a ella en el banco de la mesa. Los cafés se habían terminado y los platos de las pastas estaban vacíos como esperando algo. El plan era sentarse a su lado, pasarle una mano por los hombros, besarla lento. Justo cuando estaba incorporándose, como el que no quiere la cosa, ella se levantó.

    -Me tengo que ir.

    A medio camino entre estar de pie o sentado, inclinado sobre la vajilla vacía que había sobre la mesa, el corazón de Gerardo parecía detenido contra una pared de hueso.

    -Irte… ¿adónde?

    -Tengo que ir a comprar unas cosas. -Gerardo la miraban con perplejidad, sin entender muy bien qué estaba pasando. -Si no tienes nada que hacer, puedes venir conmigo.

    Aquel juego empezaba a cansarlo. Casi tuvo el deseo de tirar la maldita mesa al suelo y salir por la puerta a pisar los dichosos parterres de fuera, descargando la rabia que sentía contenida contra objetos que ninguna culpa tenían de un fracaso vital que no se atrevía a mirar de frente. En lugar de eso se contuvo, respiró hondo y sacó la cartera del bolsillo.

    -Hoy pago yo. -dijo con decisión y se alejó de ella, abandonando toda intención de abrazarla. Cayetana se quedó donde estaba, por primera vez, sin saber qué hacer.

    El tipo estirado de la puerta extendió una factura millonaria por dos cafés y dos croissants. Empezaba a estar arto de los precios desorbitados de las islas. Era difícil ser un viajero enamorado con el bolsillo vacío de billetes. En las películas ni en los libros nadie se pregunta cuánto valen las cosas, y si se pueden realizar o no las aventuras, no por falta de ganas, sino por carencia económica. Sus pírricas cuentas estaban cada vez más vacías y no sabía muy bien cómo iba a conseguir sobrevivir en adelante, pero no era momento de pensar en todo aquello. Ahora su historia había entrado en la recta final.

    -Bueno, Geri. Pues…

    -Te acompaño.

    -No hace falta.

    -No tengo otra cosa que hacer. Supongo que te habrás dado cuenta. -dijo él con ironía.

    -Como quieras. -dijo ella desganada.

    Caminaron en silencio un trecho. Evitaban andar por las calles principales pero Gerardo no se daba cuenta. Había asumido el papel de perro faldero y lo llevaba, si no con alegría, sí con resignación. Una honda sensación de fracaso iba inundándolo poco a poco desde la planta de los pies, subiendo poco a poco la entrepierna y el estómago. Tenía que hacer de tripas corazón para hacer como que la escuchaba y fingir dignidad. Hablaban de temas insustanciales de camino al Tesco, casi no podía oírla hasta que dijo.

    -Callaghan es un mal tipo. No es honesto. Me habla a cuentagotas, cuando le interesa.

    -¿Cómo?

    -Callaghan, el tipo que trabaja conmigo. Te he hablado de él.

    -Sí.

    -Pues eso. La última vez que bajé a casa de mis padres a pasar unos días me escribió una parrafada, pero una buena eh. Me decía que me echaba de menos, que tenía ganas de verme. ¿Y sabes qué me dijo el muy cabrito cuando le contesté que yo también? Nada. Absolutamente nada. Me dejó en visto toda la semana, pasando de mí.

    Gerardo sentía cómo las palabras de ella le atravesaban el corazón, pero su expresión no se movió. Simplemente siguió caminando a su lado como un perro perdido, renunciando a su amor propio, incapaz de hacer otra cosa que seguir caminando junto a ella camino del supermercado. No se atrevía a preguntar si Callaghan era el tipo con el que había quedado al salir del trabajo el día que llegó, no le hacía falta, sabía perfectamente que sí.

    Mientras caminaba junto a ella, incapaz de hacer nada, la mente subterránea de Gerardo iba encajando las piezas. Ahora entendía por qué el tipo lo había mirado con una expresión divertida, por qué ella hablaba tanto de él, por qué sus compañeras del Picadero’s cotillearon al verlo. Era la definición más perfecta de “capullo” que Gerardo conocía, el ejemplo más palmario de persona anodina, un tío cualquiera que nunca la querría ni la millonésima parte que él en aquel momento. Pero, como le habría pasado a cualquier pardillo, Cayetana lo había colocado en la angustiosa sala de espera de la amistad. A él, con quien había pasado tanto y vivido tantas cosas inolvidables. Lo habían cambiado por el tal Callaghan y no se lo había dicho directamente. Gerardo pensaba en todo eso sin darse cuenta, sintiendo solamente los alfileres en la carne.

    Entraron en el Tesco y ella se hizo con las cosas urgentes que tanto necesitaba: leche, coca-cola, pan de molde, una bombilla. Parecían los enseres improvisados de alguien que no sabe qué comprar. Andaba por los pasillos con prisa, alejándose de él lo más posible, intentando evitar que los relacionaran más de la cuenta los posibles conocidos que ella pudiera tener allí. Ahora el cerebro reptiliano entendía eso también: si ella siempre había evitado los caminos concurridos era por eso: no buscando intimidad o un lugar tranquilo para besarse, ¡para que no los vieran juntos! ¡Qué imbécil y capullo!

    Gerardo andaba perdido por entre los pasillos y la esperó donde las cajas registradoras pacientemente, con la mente en blanco, sintiendo un dolor sordo y constante como una corriente de aire frío. Estaba congelado sobre sus dos piernas, esperando a que ella terminara de pagar su compra, mirando su reflejo por el cristal que daba al parquin.

    Llegó cargada y él le cogió la bolsa, a pesar de que ella insistió en que no hacía falta.

    -Puedo llevarte la bolsa como amigos.

    Cayetana cedió. Tampoco sabía muy bien cómo gestionar la situación y hablaba atropelladamente. Al pasar por delante de unos contenedores de basura, en su huida de las calles transitadas, ella le explicó que en aquel país la recolecta de residuos se hacía de forma muy ordenada y exhaustiva, que todo el mundo tenía que reciclar y pobre del que no pusiera las botellas de cristal en su sitio, que en el sur de Europa deberíamos ponernos las pilas. Gerardo miraba los contenedores de basura sintiéndose un residuo el cual Cayetana no tenía claro en qué contenedor iba. Quiso decírselo pero se quedó callado. Continuó caminando, poniendo cara de mal jugador de póquer con cartas nefastas y todas las fichas de su vida puestas sobre el tapete verde. Iba a perder.

    Entre palabras insustanciales que se utilizaban para llenar el silencio de los pasos, llegaron a su destino y Cayetana se detuvo. Estaban donde habían empezado: en la carretera frente a los parterres de flores, la estación de autobuses, sobre el puente. Se miraron frente a frente, sabiendo la mente profunda que sería la última vez en sus vidas. Hacía tanto daño que al respirar el aire producía una presión insoportable bajo el tabique nasal, como si hubiera recibido el puñetazo de un fantasma. Era como un tren que para.

    Así terminaba todo. Y era tan absurdo, tan antipoético, que resultaba insoportable. Gerard aguantaba las lágrimas en la parte más honda de la garganta, con los ojos secos.

    Durante toda esta historia, se había sentido como el que sube por una escalera de mano, sin mirar al suelo, pensando en que arriba del todo estaría Caye esperándolo para vivir una vida mejor, para darle una nueva oportunidad. Había oído su voz, había seguido sus pasos, se había arrastrado por todas partes y había invertido todo su dinero, y todo su amor. Gerardo por fin había llegado a la cima de su agotadora travesía cuesta arriba pero lo que esperaba no era un mundo nuevo de posibilidades sino la planicie vacía y vertiginosa del trampolín. De pie, en silencio, mirando a Cayetana se sentía al borde de la plataforma, mirando al abismo que se abría frente a él, a unos labios que habrían de recogerlo en su caída si es que conseguía caer en el sitio correcto y hacerlo bien.

    Temblaba de cabeza hasta los pies. Se sentía desnudo y el frío lo recorría. Los dedos de sus pies miraban al abismo, el mismo que había intentado abandonar con todo el esfuerzo de su corazón. Cayetana lo miraba a su vez y sus ojos le decían Adiós. Sabiendo que el tiempo apremiaba, tomó aire y, por fin, se lanzó de cabeza.

    Cayetana se apartó.

    -No, no, no… -dijo. Gerard se incorporó en el aire y volvió a mirarla. Esta vez las lágrimas se sintieron incontenibles, pero las aguantó. -No me mires así, Geri.

    -¿Así cómo? -contestó con la voz rota.

    -Con esa cara de decepción.

    Gerardo se encogió de hombros. Ya le daba lo mismo. El golpe había sido tan fuerte, tan definitivo, que lo había matado al instante y por eso aún no sabía lo que sentía.

    -Bueno, pues me voy.

    -Gerard, es un mal momento. Tengo que trabajar.

    -Vale, vale, vale… -Había iniciado la retirada, poco a poco se fue alejando de ella para que no lo viera caerse en pedazos allí mismo, lo cual era inevitable porque no le quedaban huesos sanos en el alma para mantenerse en pie. Se había girado para siempre.

    -Dime algo luego. -dijo ella por última vez

    -Vale, vale, vale. -dijo él de espaldas.  

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9 – 10.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 10)

    Un corazón donde vivir (Parte 10)

    Nota del autor: ¡Especial Halloween! (leer en mitad de la noche)

    No lo tranquilizaba

    En mitad de la noche, de pronto, el ambiente se sintió pesado. La habitación se encontraba en oscuridad y en silencio. Las formas del armario empotrado frente a él se adivinaban por la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana en una noche sin nubes. Si Gerardo prestaba la suficiente atención, y ahora todos sus sentidos estaban de punta, se podía oír el crujido de la madera, el aleteo de un pájaro contra la ventana a su espalda, el viento que ululaba entre los árboles altos como sombras de la noche.

    Tenía miedo. No podía moverse. El terror atenazaba cada uno de los músculos y su piel, a calambrazos, se ponía de gallina. Lo inexplicable, lo irracional de la situación, era lo que más lo atemorizaba. No sabía por qué sentía ese pavor repentino, y eso era lo peor.

    No estaba durmiendo ni soñando, eso sí que lo sabía. Había dado vueltas y más vueltas en la cama hasta encontrar aquella postura, pero no había conseguido dormirse. La última vez que miró el reloj era la una y media de la madrugada. No tenía sueño, no conseguía quedarse dormido, y a la desesperación por querer dormir del principio la había seguido una extraña calma aburrida con los ojos abiertos, mirando la pared y pensando en Cayetana, en el día siguiente, en lo solo que se sentía en ese lugar extraño.

    La habitación resultaba cualquier cosa menos acogedora. Los techos altísimos daban la sensación de desprotección, como si uno durmiera a la intemperie. El crucifijo sobre el cabecero de la cama, lejos de tranquilizarlo, parecía que fuera a descolgarse en cualquier momento y caer encima de su cabeza en mitad del sueño. Las paredes, color crema, resultaban etéreas como si no estuvieran allí, como si cualquier cosa pudiera atravesarlas. Hacía un rato había salido al pasillo para orinar. Aquella estancia carecía de lavabo propio, por eso era tan barata, y los urinarios y las duchas se encontraban al final de un pasillo azul abovedado. Gerardo había sacado la cabeza por la puerta a fuera y vio la negrura absoluta en aquella garganta de yeso. Buscó con los ojos el interruptor que iluminara todo aquel corredor, pero no lo supo encontrar. Decidió que se aguantaría.

    Pero lo peor era el enorme ventanal que ahora tenía tras de sí, dándole la espalda. Se trataba de un marco grande, con cuatro ventanas de vidrio duro que no podían abrirse de par en par, solo lo suficiente para dejar correr una brisa de aire, como en la ventanilla de un tren antiguo. Cada uno de los cuatro vidrios estaba dividido por parteluces de hierro forjado que dividían la hoja en diez cuadrados iguales. Tres montantes de hierro verticales separaban las cuatro partes de su estructura como si fuera la ventana de una celda. Carecía de contraventanas o de cortinas que taparan la luz, pero sí disponía de un alfeizar amplio en su base, hecho en la propia pared, donde se podía tomar asiento. El paisaje obligatorio en aquella hora de la noche era espeluznante: un descampado amplio de césped irregular con árboles esqueléticos al fondo, un centenar de metros más allá. Cualquiera podía ver el interior de la habitación si encendía la luz y por eso Gerardo había preferido pasar la noche de insomnio con la luz apagada, imaginando que en la oscuridad estaba menos expuesto a los ojos invisibles de cualquier animal noctámbulo.

    Entre el crepitar de la madera y los demás ruidos esperables en un edificio antiguo, había uno discordante. Se escuchaba el leve silbido de una respiración asmática, como si alguien respirara por un conducto estrecho, incapaz de llenarse los pulmones por mucha fuerza que hiciera, que hacía. Se oía le levísimo aullido de alguien intentando respirar. Eso era lo que había hecho que sus sentidos se exasperaran. Algo que antes no estaba allí estaba respirando dificultosamente detrás de él. Podía situar, sin girarse, el punto exacto donde aquella cosa estaba sentada: encima del alfeizar de la ventana.

    Su cuerpo empezó a temblar. No encontraba el valor suficiente para darse la vuelta y encarar lo que fuera que había entrado en la habitación con él. ¿Qué haría si algo, fuera de este mundo, estuviera allí sentado esperando que él lo mirara? ¿Dónde iba a ir en mitad de la noche en un pueblo que no conocía, en un país que no era el suyo, con un idioma que no dominaba, en un lugar, en fin, inhóspito u hostil? ¿Qué iba a hacer ahora?

    La respiración seguía presente. Incluso podía distinguirse un leve crujir en la madera del alfeizar provocado por el rápido movimiento de la cosa sentada allí. Ni siquiera se atrevía a imaginar lo que se había entrado en su cuarto, solamente quería llorar de terror.

    Tuvo una idea. Quizá había sido un cuervo el que había entrado. Se habría dejado un resquicio del ventanal abierto al acostarse y una de esas bestias se había colado por la ventana. Por eso esta no podía abrirse de par en par, porque las alimañas podrían ocupar el espacio a su antojo y causar traumas indeseados a los pocos huéspedes que tenía aquel hotel. Un cuervo es un animal salvaje, con esa inteligencia diabólica que se les atribuye por su mirada suspicaz. Comían animales muertos y vivos por igual, según Gerardo suponía. Quién sabe la de enfermedades y parásitos de los que aquellos animales eran portadores. Un picotazo de aquel largo y poderoso pico podía contagiar enfermedades y virus nocivos para las personas. O podían atacar y sacarle a uno el ojo. Girado contra la pared, esperaba que el animal se fuera por donde había venido.

    Pero sabía que no era un cuervo. Aquella respiración le decía se trataba de algo más grande, con unos pulmones enfermos pero grandes como los de una persona. Cada vez se hacía más presente en el silencio de la sala e iba ocupando los demás sonidos hasta que solo se escuchaba el silbido cansado de aquella garganta casi cerrada por el asma.

    Gerardo se giró cuando notó que algo se movía por debajo de su cama. Unos brazos o unas piernas pequeñas habían empujado el colchón hacia arriba desde el mismo centro donde estaba su costado. Su corazón se sobresaltó, queriendo salir de la cárcel de las costillas y echar a correr por el suelo como un pollo sin cabeza, echando sangre y fluidos en su huida. Se incorporó sobre el colchón y por fin pudo verla cara a cara.

    -¿Cayetana?

    Junto a la ventana, mirando hacia el descampado oscuro, el cuerpo de Cayetana estaba sobre el banco que el alfeizar permitía. Su pecho, bajo un camisón blanco, se movía arriba y abajo con dificultad. Su cara no se veía, la tapaba su lago pelo negro que caía larguísimo sobre su cuerpo; parecía apelmazado, grasiento, como si hiciera tiempo que no lo lavaba. Sus pies y sus brazos estaban desnudos, la piel se veía blanquísima en la oscuridad, casi azul bajo la luz de la luna que entraba, ahora a raudales, por el cristal.

    No podía moverse. Sentado sobre la cama, Gerardo estaba completamente petrificado. Sentía la boca seca y el temblor en sus extremidades resultaba cada vez más incontrolable, como si cada una de las partes de su cuerpo quisiera salir corriendo en una dirección diferente, despegándose las unas de las otras. No entendía qué estaba viendo, era completamente imposible, pero su presencia era real, pesaba sobre el suelo. Gerardo solo tenía claras dos cosas: aquello no era un fantasma y no estaba soñando.

    -¿Por qué, Geri? ¿Por qué lo hiciste? -Y Cayetana empezó a llorar. -Estábamos bien. Teníamos nuestras cosas, pero éramos felices. ¿Por qué lo hiciste, Geri? No lo entendí. -su espalda subía y bajaba espasmódicamente- No lo entiendo aún. -su cara no era visible porque seguía mirando hacia la calle y la ocultaba su pelo sucio como una cortina.

    -Lo siento mucho, Caye. No sabía lo que hacía. -Gerardo se levantó de la cama y se quedó de pie, les separaban unos cinco pasos. -Estaba agobiado y la pagué contigo.

    -Mentira. Mientes y lo sabes. ¡Dime la verdad! ¡Dime la verdad por una vez! -golpeó el cristal con su puño. Sus manos estaban sucias de barro, pero el vidrio ni se manchó ni se rompió, solamente tembló como la piel de un tambor. -Estabas con otra. Me engañaste.

    -Eso no es cierto. -y Gerardo dio un paso hacia ella. -No estuve con nadie, aunque lo pareciera y yo no hiciera nada para evitarlo. No, Caye, mi amor, no era eso…

    -Dime la verdad. No se termina con todo de la noche a la mañana sin una razón. -su voz se volvió más ronca, casi metálica, como si hablara a través de una lata, pero seguía siendo la suya. -Yo te quería, Gerard. Te quería más que a nada en el mundo…

    -Lo sé. Yo también te quiero a ti. -dio otro paso- Podemos arreglarlo, podemos empezar de cero sin cometer los errores que nos llevaron a esto. -una lágrima resbaló por su mejilla. -Te querré siempre, Caye. Nada será lo mismo si tú no estás. Perdóname…

    -Me mataste. Me mentiste. Acabaste con lo nuestro y me sigues mintiendo ahora. No puedo creerte. Nunca volveré a confiar en ti. -Se incorporó sin girarse- Nunca más.

    -No, mi amor, mi vida, no digas eso. -Gerardo dio otro paso- Yo andaba en malos pasos, tomé malas decisiones. Bebía demasiado y no sabía dónde estaba ni cómo pensar. Los problemas me agobiaban y me refugié en la bebida. Pensaba que podría controlarlo, pero no fue así. No era lo que tú creías -Ambos ojos empezaron a sangrar lágrimas saladas- Yo necesitaba beber. No eran solo las dos copas que tú me veías tomar, eran muchas más. Me daba vergüenza de mí mismo. No era capaz de decirte la verdad y no quería ser un problema para tu vida. No quería que pensaras que era un borracho, un drogadicto, así que decidí cortar por lo sano, alejarme de ti, alejarme de todos, de todo.

    Hubo un silencio. Solo se oía la respiración sibilante de ella y los hipos entrecortados de Gerardo, de pie en mitad de la estancia, a dos pasos del cuerpo de ella que seguía de espaldas mirando la oscuridad por la ventana. Para entonces, a Gerardo no le importaba nada, si Cayetana era o no un fantasma, si estaba allí o no, sentía que una mano fría apretaba su corazón y dejaba salir un líquido negro que llevaba tiempo ahí estancado.

    -Ahora lo entiendo. -dijo ella al fin. -Ahora lo entiendo todo. -su voz se volvía cada vez más metálica, más grave, pero sonaba serena, comprensiva. -Entonces no estabas con nadie, después de todo. Yo en el fondo lo sabía… sabía que me ocultabas las copas que tomabas a escondidas, pero no quise darle importancia. Pensaba que había algo más.

    -No, mi amor, mi vida. -Gerardo dio otro paso- No había nadie más. Sólo mi problema. Pero ahora estoy curado. Llevo mucho tiempo sin beber, trabajando en mí mismo, esforzándome por ser mejor cada día. Lo había pasado mal antes de conocerte, ya lo sabes, pero logré sobreponerme. Por eso estoy aquí, ahora que estoy bien he venido a buscarte. A estar contigo. No te dejaré nunca más y nunca más te ocultaré nada.

    -Te quiero, Geri. Siempre te he querido. -la voz de Cayetana sonaba lejana, como desde el fondo de un pozo. Su cuerpo hacía rato que no se movía. Se había quedado completamente hierático, de espaldas, a pesar de que decía. -Quiero que estemos juntos. -sonaba como una cinta que se fuera deteniendo, distorsionando su voz, honda y nasal.

    -Yo también te quiero, Caye. -y dio el último paso y se situó junto a ella. Ahora podía ver su rostro mirando por la ventana. La piel de su cara era un poco azul, sus ojos eran transparentes como el cristal por el que miraban. Puso una mano sobre su espalda, queriendo acariciarla. Notó que debajo de la tela solo había hueso, sin piel ni carne.

    Aquello se giró y lo miró de frente. Eso no era Cayetana. Su cara se parecía, imitaba su voz y su estatura, pero no era ella. Tenía los ojos transparentes, verdosos, como el cristal de una botella. Sus pupilas eran nigérrimas, de un oscuro más negro que la noche sin estrellas. Boca sonreía dejando ver unos dientes rotos y podridos, afilados por la caries.

    Gerardo temblaba. Un hilo de pis bajaba por el muslo, la pantorrilla, hasta sus pies. No podía moverse. Tampoco podía dar crédito a lo que estaba viendo. Gemía: -¡Caye!

    -Pero me mataste, Geri, Gerard, Gerardo. Me mataste y ahora mira en qué me has convertido. -Una mano lo agarró del brazo, apretándolo con muchísima fuerza, casi sentía que le iba a romper los huesos. Aquello no era la mano de Cayetana, era más grande y fuerte. Un hedor nauseabundo impregnaba toda la estancia. Un frío gélido recorría de arriba abajo todos los tuétanos de su cuerpo. El corazón dolía, dolía mucho. -Y no solo me mataste a mí. Mataste nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestra vida.

    Los ojos blanquiverdes de aquella cosa miraron detrás de él, como si hubiera algo allí.

    -Lo mataste a él también.

    Gerardo se giró. Debajo de la cama se veían dos ojos rojos, pequeños, ensangrentados. Se movieron hacia delante y dejaron ver el rostro de un niño completamente azul, como si llevara muerto siglos, pero sin que su piel se hubiera corrompido. Debería tener unos tres o cuatro años. Reptaba hacia afuera de la cama en dirección a él, emitiendo un crujido nervioso como de huesos rotos, moviéndose espasmódicamente como un insecto enorme. Se puso a los pies descalzos de Gerardo y miró hacia arriba. De su boca sin dientes, oscura como los ojos de su madre, salió un ronquido ininterrumpido que dijo.

    -¡Papaaa!

    No lo soportó más. Gerardo consiguió zafarse de las manos de Cayetana y saltó por encima del pequeño cuerpo, levantando mucho los pies, como si el suelo quemara. En las tripas sentía la piel de gallina como si se le hubieran llenado las entrañas de espinas.

    En su huida, sus pies resbalaron con su propio pipí y perdió el equilibrio. Como miraba hacia atrás, hacia aquellas dos formas que ahora no eran más que dos sombras informes, no pudo ver contra qué objeto se golpeó la cabeza. Cayó al suelo en redondo y, ahora sí:

    Dormido.

    Píip-píip-píip-píip.

    Abrió los ojos. La luz de la mañana se vertía en la habitación. Gerardo gritó y se incorporó. Estaba en el suelo junto a la cama en un charco de sudor. Miró aterrado a todas partes, estaba solo. El teléfono móvil tronaba sobre la mesita de noche con un pitido infernal. La habitación del hotel estaba en silencio y los cuervos volaban afuera.

    Todo habría sido una pesadilla. Todo habría sido un sueño. Pero eso no lo tranquilizaba.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continurará con un nuevo capítulo el próximo domingo.

    Tienes los capítulos anteriores aquí: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8 – 9.

    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 8)

    Un corazón donde vivir (Parte 8)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. Este relato encuentra cada día más lectores: os lo agradezco.

    Embelesado sin moverse

    Mientras Gerard esperaba en el cruce no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes aprovechando el escaso sol, los cuervos picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía, pero no llevaba libro alguno. Decidió quedarse de pie fumando un cigarrillo y mirando un poco a todas partes por ver si la divisaba antes que ella a él.

    Sentía que las piernas le cimbreaban levemente y tenía que hacer leves esfuerzos para no perder el equilibrio. También sentía una rigidez en el estómago como si lo cubriera una capa de hielo. Su corazón pesaba como una piedra dura, pero seguía latiendo.

    El sitio era agradable. El sol había salido, el verde brillaba más y el gris se había atenuado. Los coches pasaban al revés, tranquilos, y el mundo, poco a poco, se iba secando, como si estuviera tendido, suspendido en un espacio-tiempo extraño. En ocasiones se podía sentir cómo el tiempo se solapaba. Gerardo tenía la sensación de haber vivido aquel momento ya, o uno muy parecido a ese, pero no sabía dónde. Cuando despertó de sus cavilaciones y consiguió fijar la mirada, antes perdida, la vio.

    Cayetana estaba al otro lado de la calle, en el costado de la acera donde estaba el bar donde trabajaba, un poco más calle arriba. Era en ese lugar donde hacía un par de horas se habían despedido y otra vez volvían a encontrarse. La miró desde su lado, con una sonrisa tensa y triste, como si pidiera perdón por mirarla. Ella hizo como que no lo veía y siguió esperando a que el semáforo se pusiera en verde, atenta a los pocos coches que cruzaban. Al final decidió que lo mejor sería aprovechar que no veía nadie y cruzó.

    -¿Cómo estás?

    -Ahora estoy mejor. -se le ocurrió decir a él. -Me alegro de volver a verte.

    Ella se lo quedó mirando seria. Eran muchas las preguntas que cruzaban por sus ojos pero no encontraba las palabras para formularlas. Gerard la conocía y había visto esa expresión otras veces. Cuántas cosas se aprenden de la otra persona sin darse uno cuenta del todo, hasta que se aleja, y esos aprendizajes quedan en el alma, secándose, inútiles.

    -Pensaba que estarías en Londres. -dijo ella al fin.

    -Lo estaba… Lo estuve, de hecho, hasta ayer. Pero necesitaba verte. Quería hablar contigo. Nunca quise que todo terminara como… -ella lo tomó de la mano y se calló.

    -Vamos a tomar algo. -Cayetana le soltó la mano pronto, quizá su impulso había sido un gesto aprendido e involuntario. Caminaron callados y separados unos metros, como dos desconocidos que fueran a algún sitio anodino: a sacar dinero o a comprar una bombilla. A Gerardo no le importaba su silencio. Miraba un poco a todas partes y a ninguna. Eran las cinco y media de la tarde y no había casi nadie por la calle, Maynooth no respiraba.

    -Es aquí.

    Llegaron a un bar con las paredes pintadas de granate, muy al estilo de pub irlandés pero sin mimo, un sitio de batalla donde emborracharse de vez en cuando o tomar algo al salir del trabajo. Había un cartel grande escrito con letras ligadas que decía Fitzgerald’s Nest y Gerardo sintió lo de Gerald como una señal positiva del mudo destino. El lugar estaba completamente vacío y parecía estar cerrado. Cayetana intercambió algunas palabras simpáticas con el que parecía el dueño, un guiri calvo con los ojos azules y la piel rosa, el típico veraneante que pronto poblaría las costas mediterráneas. Le sonrió y su cara de vigilante de seguridad pareció dulcificarse un poco, pero cuando volvió la vista hacia Gerardo adoptó el rictus de mono que llevaría siempre. Tomaron asiento en una de las mesas de color caoba, el uno frente al otro.

    -Necesito tomar algo. -dijo Cayetana entre dientes. -Te he pedido lo mismo, si no te importa, así me acompañas.

    -Claro. -Gerardo no entendía nada. Se quedaron callados hasta que Tommy, que así se llamaba el cabeza plateada, trajo dos copas de Martini blanco con hielo y sin olivas.

    -¿Ya no tomas tu café con leche con mucho azúcar? -dijo él en broma.

    -Dejé de tomar azúcar hace tiempo. Cheers. -Y brindaron.

    El sorbo le supo a Gerardo como un tiro en el estómago vacío, pero disimuló la cara de asco. Ella parecía necesitar de aquella bebida espirituosa para afrontar la conversación.

    Más tranquila, Cayetana lo miró por encima de su copa. Un mechón de pelo negro le caía sobre la ceja izquierda. Su mirada lo escrutaba como intentando adivinar sus verdaderas intenciones, como viendo a través de él. Gerard se daba cuenta y se dejaba hacer, sólo le devolvía la mirada intentando no bajar la vista. Al fin se miró las manos.

    -Te preguntarás qué demonios estoy haciendo aquí.

    -Veo que eres todo un lince.

    Gerardo rio la ocurrencia. Por un momento volvió a los viejos tiempos. Cuánto habían reído juntos. Sin duda, aquellas tardes de conversación y risas habían sido lo mejor.

    -No tengo ninguna intención rara, sólo tenía ganas de verte, de saber de ti. No terminamos de la mejor manera, que digamos. Sentía la necesidad de venir aquí y…

    -Verás, Gerard, yo…

    -Sí, ya sé que no quieres nada, que quieres que seamos amigos, y es lo que quiero yo también. Lo único que quiero es que volvamos a ser amigos después de todo y…

    No pudo seguir la conversación. Sentía las lágrimas subiendo por dentro de las mejillas y decidió guardar silencio. Ella posó su mano sobre las suyas y las apretó, comprensiva.

    -¿Cómo está tu familia? ¿Y a tus hermanas? ¿Cómo les va?

    Gerardo agradeció que cambiaran de tema y le explicó lo primero que se le ocurrió. Pronto saltaron de una conversación a la otra y ambos se relajaron. Ahora empezaban a ser dos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo y eso era bueno, era sano. Aunque en el fondo del corazón Gerardo albergara la esperanza diamantina de que aquello evolucionara, que fuera el principio de otra gran historia, pero no lo dijo entonces. Disfrutaba de la compañía de ella y a medida que se iban terminando la bebida, iban sintiéndose cada vez más sueltos y confiados. En un momento ella dijo.

    -He dejado al tío con el que estaba para venir aquí contigo, ¿sabes?

    -Seguro que era un capullo. -dijo él bajando la guardia. Ella no dijo nada y terminó el vaso. Los hielos chocaron contra el fondo haciendo un sonido a vidrio. Gerard hizo lo propio y terminó la bebida de un trago. Como ahora se sentía más cómodo buscó con la vista al viejo Tommy para que trajera dos copas más, pero no lo encontró. Probablemente estaría sentado en alguna parte frente a una vieja tele de tubo con pantalla plana mirando las carreras de caballos. Ella se levantó y él la siguió también.

    -A esta invito yo. Espérame fuera. Vamos a dar una vuelta.

    Aquello sonaba bien. Gerardo cogió sus cosas y se levantó. Esperó fuera fumando un cigarrillo mientras ella llegaba. Se sentía genial. Vio a dos cuervos sobre una señal de tráfico y quiso saludarles, hacerse amigo de ellos. Quería trabar amistad con todos los seres. Demonios, lo había conseguido, pensaba, estaba allí con Cayetana tomando algo.

    Ella salió pronto y miró a izquierda y a derecha. Luego se le acercó. Tuvo el impulso de darle el cigarrillo que estaba fumando, como hicieran tantas veces, cuando los compartían. Pareció adivinar las intenciones de Gerard y le dijo que prefería su tabaco.

    Siguieron calle arriba, un poco más cercanos, manteniendo una conversación calmada sobre grupos de música y conciertos en el verano. Al pasar por delante del Abrevadero’s ella comentó que tendría que volver pronto, dado que entraba a las 19h al turno de la tarde y quedaba menos de una hora. A medida que andaban sentía como ella se iba poniendo nerviosa. Gerardo se preguntaba por qué habría de sentirse así. ¿Es que algún peligro la acechaba en aquel pueblo? Si era así, él la protegería de cualquier amenaza, daría la cara, la vida por ella, no tenía que temer a nada. No quería preguntarle por si el tema la incomodaba, pero sentía que algo malo pasaba entre aquel pueblo y Cayetana. Decidió no darle más importancia y seguirla a paso ligero allá donde estuvieran yendo. Cuando estuviera preparada, ella le contaría lo que pasaba, sólo necesitaba tiempo.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar, ya lo verás.

    -¿Ah, sí? ¡Qué bien! -dijo estúpidamente. Se estaban alejando del bullicio de las calles principales, entrando en lo que parecía un parque o zona arbolada. El lugar ideal, pensó.

    Cruzaron una cerca abierta cuyos goznes descansaban sobre unos ladrillos oscuros sin rebozar. Parecía la sempiterna puerta abierta de un jardín, pero no lo era. Un camino de asfalto estrecho, lo justo para dos bicicletas o dos transeúntes, se extendía rectísimo hasta donde se perdía la vista. A los lados en la vereda crecía una fina capa de césped natural, más suave y más verde que cualquier variedad de esa hierba que en el mediterráneo se regaba con agua del grifo. Allí crecía de forma natural, sin esfuerzo. Cercaban el camino, a ambos lados, árboles altísimos y frondosos, cuyas copas eran de un verde oscuro desconocido en su península, con cortezas de color chocolate que parecía que se podían morder. No había nadie a lo lejos ni a la vista. Cayetana se relajó. La amenaza que fuera no estaba en aquel lugar, sino que vivía en el pueblo. Gerardo se preguntaba si no se trataría del tipo que trabajaba con ella, un tal Callaghan, a quien viera cuando había ido a verla al Abrevadero’s y no le había dado nada de buena espina.

    Mientras ella contaba cosas de su trabajo, Gerard iba armando el discurso, lo que le había venido a decir después de tantos quilómetros, tantas penalidades y noches sin dormir. No podía estar allí haciendo como si nada todo el rato, tenía que actuar ya.

    -Ya sabes que no se me da bien mentir y que por eso soy bastante brusco.

    Cayetana guardó silencio, dispuesta a escuchar todo lo que tuviera que decir.

    -Estoy aquí sin más intención que la de verte, Caye. Algo de mí necesitaba… necesita mirarte a los ojos, estar cerca de ti… para seguir existiendo. Cuando decidí venir aquí no sabía lo que pasaría, estoy aquí y todavía no lo sé, pero si algo tengo claro es que no me arrepiento de haber venido. Te miro y… -la miró a los ojos mientras ella le devolvía la mirada con unos ojos grandes y dulces que daban ganas de besar- soy muy feliz.

    Siguieron caminando en silencio. El trazado no tenía una sola curva, parecía que el antiquísimo ingeniero celta había diseñado aquel camino histórico lo más recto posible, seguramente en el equinoccio de otoño o en el de primavera el sol salía o se ponía exactamente por entre los árboles, haciendo que aquello pareciera la vereda que lleva al cielo por la puerta de atrás, una entrada secundaria sólo para alquimistas o enamorados.

    -Geri, cuando te fuiste no supe qué hacer. Me sentí tan sola, tan… decepcionada… Y ahora… No sé qué decirte. Que estés aquí me tiene completamente descolocada, yo…

    -Yo siempre querré a la persona con la que estuve, Cayetana. No sé si es la persona que ahora tengo delante, no sé si yo soy el mismo de entonces. Han pasado tres años… he vivido muchas cosas, he corrido el mundo, he conocido a mucha gente pero nunca he dejado de quererte… O al menos, de amar aquella persona con la que compartí mi vida.

    -No quiero que te culpes. Lo que nos pasó… A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. No hay que darle más vueltas. El tiempo que pasamos juntos fue… maravilloso.

    -Una de las cosas que más me duele, que me ha dolido hasta ahora, es que hubieras perdido el tiempo conmigo. Pensaba: Joder, cuántos años invertidos en una relación que no iba ninguna parte… Pero ha pasado el tiempo y, bueno, aquí estoy. Si tú una vez perdiste tu tiempo, ahora lo habré malgastado yo. -Gerardo guardó silencio y dijo. -No sabía que estabas con alguien… no lo supuse porque hablabas conmigo y pensaba…

    -Gerard… No estoy con nadie, tonto. Nunca he estado con nadie igual que contigo.

    Se miraron el uno al otro. Dos mariposas revoloteaban un poco más allá. Eran grandes, con alas negras y naranjas. Daban un poco de reparo vistas de cerca pero eran preciosas de lejos, nunca vistas por Gerardo. Las mariposas siempre han sido un buen agüero. El sol caía en silencio sobre el camino de piedra mientras se miraban. Movidos por el mismo resorte, por una fuerza ajena a ambos, se abrazaron. Juntaron sus cuerpos como dos piezas magnéticas que encuentran los puntos de anclaje. Sintió el cuerpo de ella entre sus brazos y lo estrechó con toda la fuerza de su corazón, que latía enloquecido como una máquina de vapor bien engrasada. Sentía el corazón de ella debajo del suyo, sus pechos contra su cuerpo, el aroma de su pelo tantas veces evocado sin recordarse del todo. Sus manos bajaron y subieron por su espalda, recorriendo un terreno muy conocido y tanto tiempo añorado, aprendido en noches de desenfreno, en días normales donde nada pasa y solo se observa cómo se marcha una bolsa de plástico movida por el viento como un gato callejero, sentados en el banco de un parque o andando juntos. Ambos respiraron hondo, a la vez, y se despegaron sin separarse, metidos ambos entre los brazos del otro, agarrándose ambas manos sin darse cuenta, ejecutando un movimiento íntimo y privado, grácil, que se quedaría tatuado en la memoria del cuerpo.

    -Bésala, idiota. -dijo una voz dentro de Gerardo. Él la miraba embelesado sin moverse.

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer las entregas previas de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. A los lectores y escritoras que siguen este relato: Gracias.

    El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había posado sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -Dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -Contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -Dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -Dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo que él.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. Si el tubo del extractor cruzaba el techo, se le barnizaba y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con la lengua y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como un bálsamo que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …oooOOOooo…

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    El Pobrecito Escribidor