Capítulo 1. Comer es prescindible

Había venido a la Universidad para terminar trabajo, pero antes decidió pasar por la cafetería. Allí encontró a los de siempre sentados donde siempre; esa clase de gente que son, en conjunto, una clase de estudiante universitario común en la década de los 10.

Jóvenes andrajosos, con barbas poco cuidadas y chaquetas de próximos tiempos adolescentes gastadas por el uso. Seguían manteniendo viva la llama de la inocencia que les otorgaba ser veinteañeros sin ningún futuro por delante. Estudiantes de letras, arquitectura de las frases, polvorientos pájaros en una pecera moderna. Convertido el sueño de hacer volar las ideas hacia la verdad, en un trabajo, en una obligación, en unos resultados; convertida la literatura en basura-hurra-hurra, se aburrían. Salían de las aulas tristes donde deberían estar, se encontraban en los triángulos soleados que dibujaban las sombras edificios grises en un trozo de césped, en un viejo banco de madera por embarnizar, en aquella mesa de la cafetería donde siempre había alguien saltándose clase.

Todavía era nuevo en la ciudad, una gran urbe de esas con sus ruidos estridentes pintorescos vagabundos asaltándolo a uno si lo descubren con cara de tonto buscando una calle. Era nuevo pero ya había sido novato antes en otros lugares. Quizá por eso se sentía a veces tan mayor, mucho más viejo que aquellos veteranos que nunca se habían movido del sitio y se habían hecho respetar a base de resistir. Él nunca sería de esa clase de gente, y eso lo entristecía. Siempre andaba buscando algo perdido que nunca encontraba, pero encontraba otras cosas y aprendía mucho, con eso se consolaría.

A lo largo de aquella juventud precoz había construido algunos mapas mentales que le funcionaban bien. Tenía la cabeza llena de esquemas de todo tipo, como escalas musicales grabadas con cicatrices por la experiencia y la práctica, concatenación de acciones que funcionan correctamente para conseguir un fin, sin ser nunca garantía de éxito. La teoría está bien pero en la práctica suena la vida, empieza la música y algo hay que hacer, ciertas notas que hay que tocar según la canción que suena. Una chica habla contigo, a solas en cualquier parte, y percibes que revuelve el vacío con las manos apoyadas sobre el regazo; pones la tuya, grande y caliente, sobre las suyas, tan frías, y las cobijas. Y después ¿un beso, un abrazo, un adiós? Después suena la música y algo hay que tocar a tiempo.

Iba pensando en estas elucubraciones mientras se acercaba lentamente a donde estaban los suyos. En todas las Universidades que había tenido el gusto de conocer, y con esta ya iban cuatro, algunas veces para estudiar y otras no, siempre conseguía encontrar a su tribu rápidamente. No tenían pérdida: en aquel lugar donde los profesores siempre ubicaban a los alumnos de peor ralea, los que nunca llegarían a nada, aquellos que por méritos propios gozaban de una cátedra cum laude en “El Bar”.

Para ellos El Bar no era un lugar de paso, donde coger el café y marcharse corriendo; era un punto de llegada, un puerto donde atracar y protegerse de la tormenta del no saber a dónde huir, de encontrar calor en la conversación de los descarriados que renunciaban a subir a clase como el que subiera al tedio infernal. Muchos se quedaban en ese purgatorio con sus iguales, esperando a que llegara la hora de todos, el día del juicio, a final de curso. De momento solo había tres chicos y casi no los conocía.

-Eeei…- dijo Rocky -¿No está el maricón este?

-Nop, yo no lo he visto. Le contestó uno de los tres monstruitos sin levantar la vista del cigarrillo que se estaba liando. Los otros dos engendros, ambos con gafas, lo miraban furtivamente. No decían nada.

Todavía desconfiaban de él porque era nuevo, cuando deberían desconfiar de ellos mismos por ser tan desconfiados, al fin y al cabo, ¿qué vale la confianza? Él siempre se la regalaba a cualquiera, la había perdido a veces pero nunca se había muerto por eso, siempre había más. Además, sabía que con dos porros podría ganarse su amistad fácilmente y entonces colársela con la guardia más baja. ¡Lo que hacía el mundo todo el tiempo! Quiso escupirles todo este torrente de pensamientos, pero no dijo nada, empezó a liarse un porro en silencio. En el silencio solo se escuchaba la algarabía de El Bar.

–¡Qué buen día, María!- Dijo al colocar el papel encima de la mezcla, la boca le salivaba. -Fumo demasiados porros…- y miró a sus compañeros de la mesa que, pese a su confesión, no rompían su silencio. –¿Visteis anoche la entrevista? Parece que ese tío sabe lo que se dice, quizá sí fuera un buen presidente, quizá consiguiera cortar los hilos que mueven a tanto rico-monigote-gilipollas-elitista.

-Esas entrevistas son para gente que no tiene ni idea. El verdadero cambio debe empezar por hacer las cosas bien y no dejar ni presentarse a unas elecciones de un país con cara y ojos, no deberían dejar presentarse, digo, a tantos impresentables. – Había contestado el único de los tres que por el momento había abierto la boca, estaba claro que él llevaba la voz cantante de los tres cerditos. Sabía que la política encendía los ánimos de cualquiera, era como un mechero conversacional en aquellos días, solo había que aplicar determinado tema según el interlocutor y fácilmente ardía la demagogia.

-No podría estar más de acuerdo con lo que dices. La verdad es que visto como tú lo ves tiene sentido. Además son gente sin experiencia que…- Su interlocutor se desperezó y se revolvió en su silla, asintió, no reparó en el poco sentido que tenía que aquel chaval nuevo le diera la razón cuando no había hecho ningún razonamiento; porque era su razón, seguramente, con la que creía estar de acuerdo.

-Panda de incompetentes, de charlatanes… le quitan el puesto a la gente que realmente sabe trabajar en esos terrenos, gente como mi padre, socialista de toda la vida, siempre defendiendo encarecidamente los intereses de la clase trabajadora. Ahora… ahora todos son oportunistas, arribistas, fantoches que quieren reconocimiento, nos llevarán a la ruina… Panda de demagogos asquerosos…

Los gafitas asentían, uno a cada lado de su líder. En esto llegaban más palomos a la mesa, venían de clase de Gramática Histórica, uno de ellos era su amigo, un viejo amigo desde hacía dos semanas.

-Cabrón, ¿de dónde vienes, eh? Portándote bien, ¿no? ¿Ya te ha puesto el positivo por asistir a misa?

-¡Hola, Rocky!- su amigo lo llamaba así aunque no era su verdadero nombre, era de esas personas a las que les gusta rebautizar a los de su prójimo por razones aún por conocer.  -Tú deberías pasarte algún día, al menos, para que te conozca el Ratamuerta… En un mes no has aparecido por allí y en esta asignatura la asistencia es lo más importante, no haces nada y te pone un siete, pero si vas…

-Ya, ya, ya… Haré su mierda de examen de siete, me pondrá un cinco, y todos contentos. Lo único que necesitamos son apuntes, lo demás lo sacamos con la bibliografía, pero nos hacen falta apuntes…

-¿Y qué es eso que huele tan bien? 

-Toma, cabrón, justo a tiempo llegas, me lo acabo de enchufar. -Y le pasó el porro sin renuencias.

Después se unieron a la conversación general, que versaba sobre películas que nunca les gustaron y libros que se leyeron fragmentariamente, obras cuyos títulos resultaban atronadoramente elocuentes cuando uno las invocaba en esas reuniones. Normalmente no participaba en estas gallardías a menos que estuviera muy aburrido o que hubiera alguna niña de por medio. Atacaba con todo lo que sabía, que no era poco, a veces conseguía sorprender y otras veces no, pero casi siempre establecía algún momento de complicidad con los ojos a quien dedicaba todos los requiebros dialécticos y acrobacias de su ingenio. Ese día ni había ni niña, ni chica, ni mujer, ni alma, ni nada, y se aburría soberanamente.

-Tengo que ir a hacer el puto trabajo…- Dijo en un fumado y melancólico suspiro, a media voz para que lo oyera su amigo y el que quisiera.

-¿Trabajo de…? No me asustes, marica.

-El de Fontanela, – y dijo después de un breve silencio- el que a la vez que caga se la pela. -Rieron.

-¡Qué dices! Pero si eso había que entregarlo la semana pasada…

-¿Qué?

-Aja, tienes las fechas en el Campus Virtual, tío.

-¡… Joder! Yo es que eso nunca lo miro, además tengo jodido el puto ordenador. Me cago en…

-Bueno, no te preocupes, mira lo que tengo aquí.- Y le enseñó un cogollo verde-verde, casi radioactivo, que olía como a calle meada, eso es que era buena. –Un interior que lo flipas, mazo de bueno.

-¡Jajaja! Joder, Perro, cómo me lías… Bueno, al menos ya no tengo que hacer el trabajo. Vámonos al centro luego, cuando lo acabemos. A ver si se viene El Pirri también y estamos por ahí. Tengo ganas de comprarme un libro pero todavía no sé cuál. Mira, lo tengo todo calculado. De los veinte pavos que me quedan para terminar el mes, cinco son para tabaco, uno para papel, cuatro para dos cafés y diez para pillarme un tomo bueno y gordo, que me dure durante estos días de hambre literaria.

-¿Y comer?

-Comer es prescindible.

Volvieron a reír y se unieron de nuevo a la conversación general que ahora trataba sobre que tal local se había llenado de pijos y de gente que no entendía el verdadero motivo de ir a ese lugar y no a otro.

-Solo van porque se ha puesto de moda, sin entender nada. –Balaba era el líder que no se había callado en lo que habían llegado los otros. Él pensaba que por ser el pardillo con más dinero tenía que ser el que hablara más, los demás lo pensaban también y le dejaban hacer. Ahora eran unos seis o siete en la mesa, poco a poco irían llegando más, se acercaba la hora de comer, por lo tanto, tiempo de huir.

Se levantó torpemente como si se hubiera olvidado de la gravedad del planeta Tierra y al estar de pie casi se tambaleaba, Perro lo siguió de igual modo, recogiendo su ajada mochila del suelo. Sentía la agustera corriendo por todo su cuerpo, acariciándole detrás de las orejas, hacía que sus piernas pesaran mucho, no importaba porque casi sentía que su cabeza podría salir volando, volando, volando. 

-Volando y las alas serían las orejas. Pero yo tengo una oreja más grande que otra así que el vuelo sería poco equilibrado, incluso aparatoso. ¿Y si encontrara turbulencias?- La imagen de su cabeza volando aparatosamente, enfrentándose a las turbulencias con toda la fuerza de sus acomplejadas orejas le resultó tronchante y empezó a reírse solo. Todo esto no lo oyó nadie, bien porque no lo escuchaban, bien porque estaban igual de fumados por la marihuana, por el estudio, por la incertidumbre o por otra cosa. Se acarició un poco el cabello, largo. –Tengo que cortármelo ya.

-¿Qué, qué dices?- Preguntó Pedro distraídamente.

-Que tengo que cortarme el pelo.

-Yo también, pero no tengo pasta.

Iban caminando silenciosamente, saliendo del campus dirección ninguna parte, por el camino toparían con la gran ciudad. Había una pequeña bandada de agapornis que los miraban pasar con atención desde su árbol. Esos bichos verde lima, que se escapan de sus jaulas con o sin permiso de sus adocenados dueños y acababan allí, ocupando el breve campus universitario, rivalizando con gorriones y palomas. Él se sentía como uno de ellos, una especie invasora, un solitario ser intruso.

-Tenemos que salir de esta mierda.

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