-Este no es lugar para una mujer.
Había llegado bastante antes de la cita. El local estaba oscuro. Se podían distinguir algunos individuos en las mesas, que no eran muchas. El sitio apestaba a alcohol derramado. Se acodó en la barra y pidió una cerveza. El camarero la miró con desconfianza, pero finalmente optó por no decir nada. Le puso la caña y se largó a lo suyo. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había reparado demasiado en el lugar. Era uno de esos muchos sitios que hay en la ciudad, anónimos, de paso. Con su tragaperras, su barra de acero inoxidable, su lavabo maloliente. Todos los clientes estaban solos, y parecían no esperar a nadie, sólo la muerte, cuando viniera. Pero nadie la esperaba esa noche. Nadie excepto ella. Al ingerir un par de tragos de cerveza, tuvo el impulso de salir a fumar. Se puede morir en un bar, pero no se puede fumar. No quería que ellos la vieran a fuera, de pie. Que la gente que pasara por la calle reparara en ella y pensara: ¿Qué hace una chica en un lugar como ese a estas horas de la madrugada?
La puerta del local se abrió y supo que eran ellos. Eran dos. Uno era calvo y un poco más alto. Su manera de caminar era bobalicona, como si tuviera los pies muy grandes. Sus brazos se balanceaban a los lados, como un gorila dando unos pocos pasos de pie. El otro era quizás más joven, un poco más bajito. Tenía los hombros anchos y pisaba seguro de sí mismo, como el que esta acostumbrado a andar sobre la cuerda floja. Si hubiera sido un poco más alto, tanto como su compañero, habría llamado más la atención y lo habría mirado primero. Pero era una de esas personas borrosas en las que había que fijarse dos veces para reparar en ellas. Unos tipos perfectos para el trabajo.
Se acercaron a la barra y miraron a todas las personas del bar con un vistazo rápido. Solo una las estaba mirando con atención, y era ella. Los ojos del calvo la miraron medio segundo más que al resto y ella asintió con un gesto que decía: yo soy tu hombre.
Sin mostrar un ápice de sorpresa, con la agilidad de quien está acostumbrado a hablarse con gestos imperceptibles, le hizo una señal para que se sentara con ellos en la mesa que se disponían a ocupar al fondo del antro. Las paredes eran de moqueta, el suelo de gres. Estaba nerviosa, pero no quería que se le notara. Era buena poniendo cuerpo de póker.
-Ya que estamos aquí, vamos a ver qué nos cuenta. No podemos encontrar a nadie más.
Los ojos de ambos la observaban con atención, la escaneaban más allá de su cuerpo. Querían penetrar en su pensamiento, saber quién era en realidad. Ella no bajó la mirada en ningún momento, pero le costaba cada vez más, en ese silencio eterno, sólo interrumpido por la tos espontánea de algún borracho. Ellos no tomaban nada. El camarero ni se molestó en tomarles nota. Una de dos, o eran habituales, o al tipo le daba igual quienes entraran en su local. En la noche, a veces, es mejor no preguntar mucho.
-No lo veo. -dijo el calvo de ojos saltones. Su expresión no era hostil, sino indiferente.
-¿Quién eres, chica? ¿Por qué estás aquí?
Era más difícil aguantarle la mirada al más joven. Sus ojos la observaban con curiosidad sincera. Sus cejas estaban bien dibujadas y le conferían un aire de inteligencia precoz. Sin duda, de los dos, era el más novato; pero por alguna razón su compañero confiaba en su criterio. Si hubiera sido por el calvo, ambos se habrían largado al verla. Pero el más viejo sabía que también era más tonto que su compañero. O menos intuitivo.
-Mi nombre es Tomboy. Y estoy aquí por lo mismo que vosotros. -dijo ella.
-¿Tomboy? ¿Qué clase de nombre de puta es ese? ¿Nos estás tomando el pelo, niña?
Era gracioso que lo dijera él, que no le quedaba ninguno. Pero se ahorró el comentario porque veía que su paciencia se estaba terminando por momentos. Esos dos tipos eran muy curiosos. Los había imaginado más amenazadores, más fornidos, con traje de chaqueta beige donde abultaría la culata de una pistola. No obstante, ambos iban con una camisa fina: el más viejo, a cuadros azules y rojos; el otro, azul con coderas. Era verano. Parecían tipos absolutamente normales, incapaces de hacer ese trabajo.
-¿Sabes a qué nos dedicamos, Tomboy? Esto no es ninguna broma. Esta noche puede ser la última de tu vida. De hecho, tú ocuparás el lugar de un muerto, ¿entiendes? Aún estás a tiempo de dar la vuelta. Haremos como si no nos hubiéramos visto nunca, ¿sí?
-Ya es demasiado tarde para eso. Nos hemos visto las caras. Todos sabemos por qué estamos aquí. Cuando me habéis hecho sentarme con vosotros, ya habéis decidido que el puesto era mío. No nací ayer. Quizá soy más joven que vosotros, pero he vivido más.
-¿Qué edad tienes, niñita?
-Calvo, vuelve a llamarme niñita y te comes el vaso que tengo en la mano.
-Vaya, parece que Miss Daisy tiene carácter después de todo. Quizá sí que nos sirvas.
-No os queda otra.
-Tienes huevos, de eso no hay duda. Pero no me has respondido aún, Tomboy. ¿Por qué estás aquí? Cualquiera no es apto para el puesto, y nunca hemos trabajado… -con una mujer, iba a decir, pero finalmente dijo- con alguien como tú. ¿Qué haces aquí?
-Lo mismo que vosotros, supongo. Esta es la mejor forma que tenía de suicidarme.
Ambos tipos se quedaron pasmados con la frialdad que demostraba. Parecía muerta por dentro, hace muchos años. Capaz de cualquier cosa. Estaban sorprendidos, aunque fingían serenidad. Fue entonces cuando ella empezaba a dudar de sus compañeros.
-Si soy la primera mujer con la que trabajáis, entonces no lleváis trabajando mucho.
-Niña, nadie llega a cobrar la jubilación con un trabajo como el nuestro. Además, no tenemos contacto con casi nadie. Somos una célula, solo nos conocerás a nosotros mientras trabajes para la organización. A menos que lleguemos a ver el sol mañana.
-Ha sido la organización quien me ha puesto en contacto con vosotros. Así de simple.
-Eso es porque no sabían que eras… una mujer. Tienes voz de un camionero yonqui.
-Yo soy Tomboy, calvo imbécil. Vete acostumbrando a decir mi nombre. -Apuró lo que le quedaba de cerveza de un trago, empinando el codo. Dejó caer el vaso sobre la mesa, sin soltarlo. -Y por cierto, ¿quién carajo sois vosotros? ¿O es que sólo respondo yo?
-El calvo imbécil se llama Rasputín. Tiene un complejo de ruso, a pesar de que es rumano. Yo me llamo Kaneda, como el de la película, ¿sabes cuál te digo? Buenísima.
-No veo películas. Vaya nombres más ridículos. Parecemos una compañía de payasos.
Todos rieron. Era la primera vez que se sentían a gusto. A pesar de todo, algo fluía entre ellos. Habría estado bien compartir unas cuantas cervezas y contarse la vida, que, por turnos, ellos relataran las peripecias que les habían llevado a la mesa de ese antro. Sin duda, tenían una buena historia, y la contarían íntegra hasta que le tocara a ella, y quizás pudiera sacar de dentro todo el daño y el dolor que nunca había salido de sus entrañas. Pero aquello no era una novela, sino la vida, y no había tiempo para retóricas vanas.
Sentía curiosidad por los dos hombres, sobre todo por el más joven. Rondaría su edad. Unos treinta años. El otro oscilaba entre los cuarenta y los cincuenta. Había vivido más.
-Será mejor que nos pongamos en marcha. Tenemos que estar allí a las cinco en punto.
-Vamos allá.
-Sí.
Antes de abandonar el local, Tomboy dejó un par de monedas sobre la barra. El camarero no reparó en que se largaban. Miraba al televisor de encima de la barra con indiferencia, el volumen estaba al mínimo. Era un canal de noticias. Quizás saldrían ellos a la mañana siguiente. Un titular anónimo como: encuentran tres cuerpos en un descampado, dos hombres y una mujer, la policía trabaja en su identificación. Y punto.
Caminaron por la acera en silencio. A pesar de que era tarde, había movimiento en la calle. Al fin y al cabo, era fin de semana y estaban en una gran ciudad. Los coches pasaban continuamente sobre el asfalto. Llegados al semáforo, tuvieron que esperar.
-¿De dónde eres, Tomboy?
-No soy de aquí. -Y eso fue todo. Aún no se fiaba de ellos. No se fiaba de nadie.
-Pero serás de alguna parte, ¿no? Todo el mundo es de algún lugar. ¿Cuál es el tuyo?
-Haces demasiadas preguntas, ¿no te lo han dicho nunca? Déjame tranquila.
-Vale, vale, Tomboy. Solo quería ser tu amigo. -Le guiñó un ojo. En ese momento, le habría dado una bofetada. Kaneda era el único que parecía ajeno al trabajo, como si en realidad hubieran salido de fiesta con su viejo tío, el rumano y putero Rasputín.
-Está verde, venga. El coche está por aquí.
Subieron a un sedán negro. No le interesaban demasiado los coches, así que no reparó en la marca. Se sentó detrás. Los asientos eran de cuero y olía a nuevo. No podía tener más de unas pocas semanas. Sin duda era un trabajo peligroso, pero pagaban muy bien.
-Quita esta mierda de música, Ras.
-Cállate, pesado. Es mi coche y se escucha lo que yo digo. -Sonaba música clásica. Todo para ella era surrealista. Mientras dejaban atrás las luces de neón de la ciudad, una tras otra, iba pensando en qué diablos estaba haciendo con esos dos imbéciles. Seguro: ninguno de los tres iba a ver la luz del día siguiente. Pero a nadie le importaba, la cuestión era vivir, estar en el presente. Y eso era lo que más le gustaba: se sentía bien.
-¿A que a ti tampoco te gusta la música, Tom?
-¿Eh? -estaba distraída, filosofando. Fumaba un cigarrillo mientras circulaban por la autovía. No se había molestado en preguntar si se podía fumar, por supuesto que sí. -Me da igual la música. Tengo una pregunta, ¿cómo vamos a hacerlo? Es mi primera vez.
-Para mí es la tercera. -Dijo Kaneda. -Pero se le coge el tranquillo rápido. Tú solo síguenos la corriente. Mi abuela decía: allá donde fueres, haz lo que vieres. Pues eso.
-Es fácil, niña. Nunca actúes antes de que lo haga yo. Y procura que no te maten.
-Agradecería que me llamaras por mi nombre.
-Va a ser difícil, Rasputín es muy cabezón. ¿No has visto este bolo enorme que gasta? A todo esto, -se giró sobre el asiento, mirándola- a pesar de esa coleta zarrapastrosa y de esa ropa de pordiosera que llevas, eres bastante guapa. Podríamos ir al cine un día de estos, ver una película, ya sabes. No tengo mucho tiempo libre, ¿Quieres follar un día?
-A ver, Kaneda, ven aquí. Quiero decirte algo. -Acercó su cara. Estuvieron mirándose un momento a los ojos. Tenía una mirada distraída, sus ojos brillaban en la oscuridad el del vehículo. Ella acercó su rostro al de él, el otro entrecerraba los ojos como para recibir un beso. Su puño derecho se incrustó justo debajo de su mandíbula. Si le hubiera dado más fuerte, se la abría roto. Saltó hacia atrás y se llevó las manos a la boca.
-¡Cabrona!
-Te lo mereces, por imbécil. -Dijo Rasputín. -Buen trabajo, niña. Pero resérvate para luego. Ya tendréis tiempo de pelearos más tarde si aún os quedan fuerzas para eso.
-En serio, Rasputín. ¿Cuál es el plan?
-Improvisaremos. Somos invitados, o clientes, y actuaremos como tales. Primero hay que hacerse el sueco, como si no fuera la cosa con uno. Luego ya veremos. Lo más importante de todo, lo que tienes que tener claro, cristalino: no actúes antes que yo.
-De acuerdo.
-Veas lo que veas. Hagas lo que hagas. Nunca te dejes llevar por tus emociones. Es la mejor forma de salir vivo. Piensa que viva serás más útil que bajo tierra. ¿Entiendes?
-Sí.
-Hija de puta.
-Cállate. -Rasputín le dio una colleja fortísima. Sus manos eran duras como la madera. -Ponte serio por una vez en tu puta vida. Esto no es ninguna broma, niño. Espabila ya.
A pesar del golpe, Kaneda no pareció inmutarse demasiado. Estaba acostumbrado.
-Ya llegamos.
El sedán entró en un aparcamiento sin asfaltar. Al fondo había unas naves abandonadas. Unas pocas farolas iluminaban el polígono. Unos cuantos metros más allá había más coches. Parecían caros, últimos modelos, gente de dinero. Ellos aparcaron cerca de la entrada de la carretera. Se bajaron del vehículo. Rasputín abrió el maletero y extrajo una bolsa. Le dio una a Kaneda y otra a ella: de la bolsa había sacado tres máscaras con la cara de un zorro. Su sonrisa negra era ancha y sus ojos rasgados tenían sendos agujeros.
-¿No había otra cosa más cutre? Yo esto no me lo quiero poner, parecemos imbéciles.
-Nos lo han dado ellos. Son las normas. Todo el mundo usa máscara, ya lo sabes.
-Sí, pero las hay más guapas, ¿a que sí, Tomboy? ¿Cuál te hubiera gustado ponerte?
-Es una maldita máscara. Póntela y cierra la boca.
-Vaya carácter…
-Venga, andando.
Se encaminaron hacia las naves. Sus pasos sonaban sobre la grava, acompasados. Era una noche calurosa. Las chicharras cantaban con su tono irritante, como de una alarma. El verano estaba empezando y ellas eran las primeras en anunciarlo. La atmósfera era pesada. Tomboy se sentía cada vez más nerviosa, pero no había modo de volver atrás.
-Qué andares de machorra. Pareces un heavy gordo.
-Eres un gilipollas, ¿te lo han dicho nunca?
-La verdad es que sí, mi ex no dejaba de repetírmelo.
-Pobrecilla.
-Sht. Silencio. Ya estamos aquí. Poneos la máscara.
Rasputín llamo a la puerta. Era de acero, pero disponía de timbre. Al cabo de un momento, se abrió de par en par. Un tipo enorme custodiaba la entrada, como un ogro de los libros o las series de fantasía. Solo que este era humano y llevaba pistola. Los miró un momento, directamente a las máscaras, y dejó libre la entrada del almacén.
-Buenas noches, señores.
Rasputín entró primero y no dijo nada. Lo mismo hicieron el resto. Al cabo de unos pasos, oyeron la puerta cerrarse tras de sí con un fuerte golpe. El tipo parecía educado, pero era tan bruto como su cuerpo prometía. Le gustaba, esos tipos eran unos empotradores natos, no como el imbécil de Kaneda. Qué pena, qué desperdicio.
Avanzaron tras el portero. Había trastos almacenados en el interior y una luz al fondo que no dejaba distinguirlos. Tomboy no reparaba en su entorno, intentaba que su cuerpo no mostrara sus intenciones. Parecía tranquila, como sus dos compañeros. Siguieron hacia el cuarto iluminado. Dentro estaba completamente vacío. No había muebles, solo una fregona, un cubo y una caja con productos de limpieza: lejía, detergente, sosa cáustica y demás. El fortachón se agachó cuan largo era y abrió la tapa de una trampilla que había en el suelo, imperceptible si no se sabía su existencia. Unos peldaños metálicos conducían al sótano. Kaneda miraba al tipo con atención. Como celoso.
-Adelante. Que disfruten la velada.
Primero pasó Rasputín y luego fue ella. Detrás bajó Kaneda luego de mirar al portero un instante más detrás de la máscara. Sin duda, odiaba a esos tipos, le daban mala espina. La trampilla se cerró tras ellos y oyeron cómo se accionaba el candado. Mierda, pensó.
-Seguro que la tiene pequeña. -Susurró una voz tras ella y se echó a reír.
-Eres idiota. -Y reprimió la risa.
-Ahora actuad con normalidad. Recordad: venimos a pasarlo bien. Muy bien de hecho.
-¡Allá vamos! ¡Cariño, ya estamos en casa! ¿Cuántos caramelitos tenemos hoy?
-Dos. Un niño y una niña. Qué delicia.
Al final de las escaleras se llegaba a una estancia amplia, iluminada con varias bombillas en el techo. El lugar parecía el sótano de una casa de gente muy rica: televisión, billar, sofás, una mesa de caoba. En unas sillas, había dos hombres con máscara. Ambos eran gordos y parecían de mediana edad a juzgar por sus cabellos blancos. Uno era más fornido que el otro. Olían a perfume caro y uno de ellos fumaba. Descubría su rostro lo justo para dejar pasar el cigarrillo y luego se la volvía a colocar. En lugares como ese, la intimidad era fundamental. Además, sabían que los estaban grabando porque aquello formaba parte de la seguridad del sitio y del espectáculo en sí.
Un tercer hombre estaba en una esquina. Tomboy no reparó en él hasta que cruzaron la puerta. Se sobresaltó un poco, pero nadie se dio cuenta. Rasputin y Kaneda actuaban con normalidad. Recorrían la sala y saludaban a los demás individuos. Ella también.
-Bienvenidos a la casa del placer. Ya conocen las normas, así que no me extenderé. Pueden hacer todo lo que quieran durante las dos horas que dura nuestro viaje. Si tienen alguna pregunta, la responderemos con mucho gusto. Una vez dentro, manos a la obra.
Rasputín no abrió la boca y ellos hicieron lo propio. Fue uno de los dos tipos quienes intervinieron. Ellos sí parecían nerviosos, y como ellos tres, parecían conocerse poco.
-Estaremos seguros ahí dentro, ¿verdad?
-Absolutamente. La seguridad y el bienestar del cliente es nuestra razón de ser.
-Muy bien.
-¿Alguna pregunta más? -Y giró su máscara hacia ellos tres. Reparaba en Tomboy.
-No es nuestra primera vez. Estamos acostumbrados. Ábre ya. -dijo Rasputín.
-Excelente. Adelante entonces. -Dijo mientras abría la puerta. -Que disfruten, señores.
Lo que más sorprendió a Tomboy es la oscuridad del sitio. Apenas brillaba la luz del fluorescente en lo alto de la habitación. Era bastante amplia, como el salón de una casa particular. No había muebles. Solo lo necesario: una cama. Sobre ella, sin apenas mantas, el cuerpo de un niño y una niña yacían en un estado de seminconsciencia.
-Les hemos dado jarabe para que estén tranquilitos. -Informó el tipo enmascarado.
No tendrían más de diez años, pero era difícil saberlo puesto que era imposible adivinarles las caras, la expresión era borrosa bajo la escasa luz, como dormida. Pero sus cuerpos eran pequeños, frágiles y elásticos como suele serlo en los niños de esa edad. Había casos en los que algún crío de esos se caía de un tercer piso y sobrevivía, otras veces no, pero para un adulto hubiera sido una muerte casi segura. Pero ellos ya estaban muertos. A pesar de que respiraban, de que desprendían calor, de que gimoteaban bajo los efectos de la droga en una pesadilla interminable. Ellos ya estaban muertos para siempre porque una persona no vive los suficientes años como para el tiempo borre tanto dolor sufrido en aquellos cuerpos. Ni los psicólogos, ni los médicos, ni los psiquiatras, ni las pastillas lograrían arrancarles de esa pesadilla que había comenzado, ¿hace cuánto? Quizás días, semanas, meses. Por lo menos se acababa ya.
-En esta casa de placer todo está permitido, cualquier placer, cualquier objeto. Solo pídanlo y se les proporcionará. No lo duden. Están aquí para pasar un rato agradable.
El tipo era bastante servicial. A pesar de que llevaba máscara y de que su acento no revelaba que fuera extranjero, la forma de su cabeza -muy redonda, de pelo negro muy fino- y la escasa altura de su cuerpo -un poco más bajo que Kaneda- hacían pensar que fuera asiático. De hecho, asiáticos eran los pobres críos tirados sobre el colchón.
Todos estaban bastante parados, fue Rasputín quien rompió el hielo. Quería un martillo.
-Eso está hecho. -Respondió el chino. -Mire encima de la mesa. Ahí tiene todo.
En una esquina, había una mesa con ruedas y muchos objetos: pinzas, tijeras, chuchillos, destornilladores, martillos. También había trastos más extraños cuya forma era puntiaguda o roma. En definitiva, eran herramientas para la tortura. Por el simple placer y gozo de maltratar a un ser vivo, especialmente si era humano y pequeño.
Se adelantaron los otros dos desconocidos y rápidamente escogieron una víctima cada uno. Los brazos de ambos críos estaban atados a la pared con cadenas. Casi no podían moverse. Uno de ellos se bajó los pantalones y el otro hizo lo mismo. Parecían tener prisa por sofocar el deseo. No les importaban las circunstancias, el hecho de que no estuvieran solos, de que los grabaran para el placer de una audiencia universal en internet. Pero el ímpetu depredador era más fuerte que cualquier tapujo. ¿Tendrían familia esos dos tipos? A juzgar por la edad y por las alianzas de oro, seguro que sí.
Tomboy no quería mirar, no podía mirar y no hacer nada. Deseaba matar a esos dos tipos. No obstante, las instrucciones eran claras. No actuar antes que Rasputín. Él y Kaneda estaban en la esquina, donde la mesa de quirófano. Sonaba música relajante.
-Vamos, señorita, no se quede ahí parada. Vaya a disfrutar. ¡El tiempo vuela!
Sin responder nada, se acercó a donde estaban sus compañeros. Todo iba muy deprisa y muy despacio al mismo tiempo, como si la realidad se hubiera dividido en dos planos.
-Hoy nos lo vamos a pasar bien. -Dijo Rasputín mientras cogía algo de la bandeja.
-Ya te digo. -Respondió Kaneda.
-Oiga. No encuentro el martillo.
-Tiene que estar ahí, caballero. Lo he preparado yo mismo.
-Puede ser, pero con esta luz es difícil ver nada. ¿No pueden encender otra? Maldita sea.
-Déjeme ver. No se preocupe, señor. -Dijo acercándose hacia ellos tres.
Tomboy no quería quitar los ojos de la mesa. Algunos objetos estaban sucios con sangre y fluidos humanos. No se molestaban en limpiarlos, para qué. Las infecciones y las enfermedades quizás daban un plus al espectáculo. Todo valía en Diversión Sin Límites. Se oían gemidos y lloriqueos. Kaneda estaba girado hacia la cama, impasible, como esperando su turno. Se había apartado de ellos y parecía buscar la mejor manera de unirse a la orgía. Parecía haberse olvidado del trabajo, parecía disfrutar del espectáculo.
Cuando el hombre se inclinó sobre la mesa para rebuscar entre los trastos, Rasputín aprovechó para apresarle el cuello con el brazo. El tipo no hizo ruido alguno. Quiso tirar la pequeña mesa de acero de una patada, pero un movimiento del rumano se lo impidió. El hombre se asfixiaba. Pataleaba en el aire. Era difícil que no se le partiera el cuello. Kaneda salió de su ensimismamiento cuando ya estaba con las rodillas sobre la cama. Volvió hacia donde estaba Rasputín y le clavo un cuchillo afilado en la mitad del pecho, con lentitud, justo donde se hallaba el corazón. La sangre brotaba a golpes del cuerpecillo del hombre, expulsaba chorritos hacia la cara de Kaneda, sin producir ruido alguno. En absoluto silencio, el hombre murió y con suavidad, Rasputín lo dejó caer.
Ahora solo quedaban los otros dos que seguían a lo suyo. Era la primera vez para Tomboy, pero sabía que había que ir rápido. La escena estaba siendo grabada, no tardarían en llegar refuerzos si no estaban llegando ya. Tenía un cuchillo en la mano, bastante oxidado y mellado. No cortaría limpiamente, pero daba lo mismo. Llevada por un trance, se acercó hacia la cama donde se desarrollaba la escena más hórrida que pudo imaginarse en su vida. Una parte de ella tenía ganas de vomitar, de llorar, de arrodillarse, la otra caminaba hacia la cama con la determinación de quienes cometen un acto de heroicidad o de barbarie. Uno de los dos hombres, que ignoraban el desarrollo de los hechos, estaba violando al niño. Sus testículos iban y venían como el badajo de una campana. Tomboy estaba justo detrás, impasible, con la hoja en una mano. El hilo musical ahora proponía un éxito de los setenta que hasta ese día le encantaba. Se inclinó hacia el tipo. Su mano cogió el escroto del hombre con suavidad, el individuo, al darse cuenta, se giró y la vio detrás de él. Gemía de placer como una alimaña del infierno. A pesar de la máscara, ella sabía que estaba sonriendo, agradecido. Se giró para seguir con lo suyo, cada vez a un ritmo más frenético, estaba llegando al final. Con la otra mano, de un solo movimiento, insertó la hoja del cuchillo, cuan larga era, dentro de sus testículos. Hubo un segundo en el que aún no se dio cuenta. El cuerpo y la mente parecen dos entidades separadas por una frontera difusa. Tomboy tiró y lanzó ambos testículos al suelo. Cuando la piel correosa tocó las baldosas, fue cuando el hombre comenzó a aullar como un animal herido en lo más íntimo, con un dolor indecible.
Antes de que el otro, que estaba violando a la niña, pudiera reaccionar, Kaneda le clavó un destornillador en mitad de la espalda. El hombre intentaba quitárselo penosamente con alguna de sus dos manos, pero lo había clavado justo donde no llegaba. Se ahogaba en su propia sangre y producía sonidos espasmódicos, ahogados, líquidos. Sus pulmones se encharcaban. Los dos tipos ahora yacían en el suelo y los miraban. Ellos estaban de pie, y disfrutaban mandándoles al infierno de donde habrían salido una vez.
Rasputín aprovechaba el ínterin para liberar a los dos niños de sus grilletes. Había encontrado la llave en los bolsillos del asiático, cuyo rostro se había revelado finalmente y yacía con una expresión estupefacta bajo la tenue luz del fluorescente. Ambos niños temblaban, no entendían lo que estaba pasando, lo que había estado pasándoles. Rasputín tomó la cadena de acero con sus manos. Los tipos no daban crédito a su suerte.
-No por favor.
-Tengo dinero. Tengo familia. Por favor.
-Venga, hay que darse prisa. -Dijo Rasputín. -Ya nos hemos divertido bastante.
Kaneda obedeció la orden. Con un martillo en la mano, que había servido en otro tiempo para partir dedos y piernas, propinó un golpe seco sobre uno de los dos tipos. Cayó como un saco de mierda al suelo, aún vivía, pero el golpe le había partido el cráneo y se adivinaba el cerebro bajo una gruesa capa de hueso sanguinolenta.
El otro se quitó la máscara. Su pene flácido yacía sobre un charco cada vez más lleno de sangre. Su cuerpo iba quedándose pálido, temblaba. Moriría desangrado. Suplicaba.
Tomboy le quitó la máscara. Quería verle la cara. Resultó ser un tipo bastante famoso, un político de mucho renombre. A ella no le interesaba la política, pero había visto ese rostro por la tele, muy tajante, muy seguro de sí mismo, que inspiraba confianza en el votante. Ahora era solo un tipo con una expresión penosa sin saber dónde poner las manos. Miraba a Tomboy con expresión suplicante. Seguro que si lo dejaban vivir, un médico podría reparar sus genitales dañados, al menos, en parte. El tipo soñaba con esa posibilidad. Lloraba, gemía, gritaba sobre el suelo. Llamaba al guardia de la puerta.
-Hija de puta. Zorra. Maldita zorra hija de puta.
-Nadie llama zorra a mi chica, bolsa de basura. -Dijo Kaneda riéndose.
La puerta se abrió de golpe. La luz del exterior inundó la sala. Rasputín gritó.
-¡Al suelo! ¡Al suelo!
El vigilante penetró en la sala descargando el cargador de su arma. El humo empezaba a inundar la habitación. Las balas rebotaban en las paredes y se incrustaban en el suelo, en el techo, en la cama, en la mesa de quirófano. El tiempo parecía detenido, roto por el estruendo. Rasputín estaba contra la pared. Parecía el único que había adivinado la acción del guardia. Presa de la excitación, había entrado en la sala disparando a todo lo que se movía, pero el humo de su propia arma le había impedido la visión. Ahora se llevaba las manos al cuello. El arma cayó al suelo y se disparó una vez más. Solo se oía el sonido gutural de su garganta. Rasputín estaba detrás. Con la cadena, lo estrangulaba con todas sus fuerzas tirando de ambos cabos. Uno de sus pies se apoyaba sobre la espalda del guardia y hacía palanca con el cuerpo. El tipo estaba entrenado, Rasputín también. No logró liberarse. Al fin y al cabo, era gente no acostumbrada a que les plantaran cara, aquella vez los habían pillado por sorpresa. Como pasaba siempre.
Tomboy levantó la mirada. El político castrado había sido herido por una de las balas. Kaneda estaba a su lado. Se había colocado encima de ella, intentando ser un héroe. Se lo quitó de encima. Ella no necesitaba que ningún hombre la salvara. Se puso a ayudar a Rasputín e incrustó una barrena que había encontrado por el suelo dentro del enorme pecho del tipo. Hubiera sido un gran amante, sin duda. Era enorme y musculoso, como a ella le gustaban los tíos. Era un desperdicio tener que matarlo, pero así eran las cosas.
-¡Nos vamos!
-Qué hacemos con los críos.
-Déjalos aquí. Están muertos.
-No.
-No podemos llevarlos.
-Yo no los voy a dejar aquí.
-Yo tampoco, Ras. -Kaneda cogió al pequeño. Estaba completamente desnudo.
Tomboy cogió a la niña. Rasputín iba primero con el arma en la mano. Ellos seguían sus pasos a la mayor velocidad que podían. Subieron las escaleras, atravesaron la trampilla que estaba abierta. La luz roja de la alarma iluminaba intermitentemente las galerías oscuras de la nave. Había máquinas, había furgonetas de toda clase, pero todo eso no existía. Corrían como con la única imagen del coche que los esperaba fuera. No tardarían en venir más. Les quedaba poco tiempo. La niña temblaba sobre sus brazos, estaba viva, caliente, respiraba. Después de liberar la puerta de la nave, salieron por fin.
Amanecía. Venus brillaba en el cielo como una diosa al lado de la luna creciente. Sus pasos sonaban sobre la grava. Rasputín alcanzó el coche primero y abrió la puerta trasera, del copiloto. Se oían disparos. Tomboy se giró y vio a algunos tipos corriendo hacia ellos, procedentes de otras naves vecinas. La mayoría eran asiáticos. El silbido de las balas que pasaban junto a ellos parecía irreal, como si no fuera a ella a quien iban dirigidas. Rasputín amenazaba con largarse, pero no lo hizo. Una de las balas impactó en el coche, pero no arrancó. Los esperaba. Su calva brillaba bajo la luz de la farola.
Consiguieron llegar al vehículo. Kaneda entró primero con el pequeño. Ella lanzó a la niña como si fuera una mochila de cuero y se puso en el asiento del piloto. Rasputín no protestó. Saltó al otro lado y disparaba hacia el grupo de tipos, que cada vez estaba más cerca, con la pistola del segurata sexy que yacía muerto en el sótano. Arrancó. Aquel era un buen coche. Le gustaba conducir. Lo hacía siempre que podía cuando los robaba.
A una velocidad de vértigo, salieron en dirección a la ciudad. Sus perseguidores también tomaron los coches, pero una vez en la carretera principal, nadie parecía seguirlos entre la multitud que se dirigía su puesto laboral un lunes normal. La carretera estaba llena. Tomboy conducía intentando evitar el atasco. Se fijaba en los conductores, impasibles, que iban amodorrados escuchando la radio, atendiendo a sus problemas cotidianos, ignorando los crímenes que se desarrollaban a pocos quilómetros de su casa.
-¿Adónde vamos? -Preguntó por fin.
-A la policía no. -Rió Kaneda.
-¿Por qué no?
-Viste al tipo al que le cortaste los huevos, ¿no lo reconociste?
-Sí. El político ese que sale por la tele.
-El ministro de interior. Ahora somos terroristas. ¿No lo entiendes?
Lo entendía perfectamente, pero no podía pensar. No sabía qué iba a pasar ahora.
-¿Dónde vamos entonces? ¿Qué vamos a hacer con ellos? -Señaló a los niños.
Por fin habló Rasputín. Parecía tranquilo. Fumaba un cigarrillo con la ventana abierta.
-No podemos escondernos con el paquete que llevamos. Debemos ir a la organización. Ellos sabrán qué hacer. Nosotros hemos cumplido con nuestro trabajo. Fin de la misión.
Sacó un teléfono móvil antiguo y buscó un número en la agenda. Llamó. Comunicaba.
-No puedo creer que la gente rica se gaste el dinero en esto. Los políticos, los empresarios, en qué maldito mundo vivimos. No logro entenderlo. Es una pesadilla.
-No te equivoques, cariño. -Dijo, Kaneda. -Piensa en quién nos ha pagado el pase vip para esta noche. Ellos también son ricos. Trabajamos para gente poderosa, no todos son unos iluminati haciendo rituales satánicos. Para eso nos contratan a nosotros, para que limpiemos las cloacas de basura. Nos dan protección, nos dan un trabajo, un sentido.
-¿Por qué no presionan a la policía? Tienen que hacer algo.
-Parte de la policía nos protege. Las cosas nunca son blanco o negro. ¿Un cigarro?
Se lo pasó encendido. Tomboy fumaba y miraba a Rasputín con el rabillo del ojo, luego observó a los niños. Estaban en un rincón, juntos, tapados con la camisa de Kaneda. ¿Qué sería de ellos ahora? ¿Qué clase de futuro les esperaba? Ambos eran asiáticos. Tomboy pensaba en el horrible viaje que habrían soportado hasta allí. Estaban dormidos, cansados. Si aquello fuera una película, tendrían un futuro, pero no lo era.
-Sí. Soy yo. -Rasputín hablaba por teléfono. -Misión cumplida. Sí. Tenemos un pequeño problema. No. Viajamos con dos paquetes. Ajá, sí. ¿Dónde los dejamos? De acuerdo.
Y colgó. Ambos se quedaron esperando instrucciones. Iban sin rumbo por la carretera.
-Vamos a la organización. Tenemos que reunirnos con ellos hoy. Coge esa salida.
La salida llevaba a la autopista. Salían de la ciudad, quizás para siempre. Aquella ciudad donde había pasado algún tiempo, buscando un futuro. Al menos, había encontrado un presente, algo por lo que vivir. Y en la mañana, mientras fumaba el cigarrillo en aquel coche, con aquellos tres, llena de sangre, por primera vez en su vida, se sentía feliz.
-¿Y qué va a pasar ahora?
-Qué quieres que pase, Tomboy. -Dijo Rasputín llamándola por el nombre por primera vez- Nos asignarán otro destino. Y así hasta que nos maten en una de estas. Eso pasará.
-Me parece perfecto.
-Quería pedirte disculpas. A mi edad uno se llena de prejuicios. Tienes lo que hay que tener. Muchos desearían la valentía que tienes tú. He visto a un montón de lloricas.
-Ya me las pagarás, no te preocupes. -Dijo ella sonriendo.
-Oye, ¿qué significa Tomboy? Es una palabra inglesa, ¿no?
-Búscalo en el diccionario, imbécil. ¿Sabes lo que es eso?
-No soy muy amigo de los libros. Prefiero el cine, las series, ya sabes. Tenemos que buscar un nombre para nuestra célula terrorista. Qué os parece Los Liquidadores. Suena bien, ¿eh? Los Liquidadores limpian la ciudad de basura, los más temidos del mundo.
-¿No se calla nunca?
-Nunca. -Asintió Rasputín.
-Y hablando de una cosa y de la otra, Tomboy. ¿Te apetecería ir al cine un día?
-No eres mi tipo.
Y todos rieron. Era absurdo. Estaban al borde de una muerte segura, pero no importaba. Por primera vez en su vida, Tomboy tenía lo que siempre había añorado: una familia.


































