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  • Tomboy

    Tomboy

    -Este no es lugar para una mujer.

    Había llegado bastante antes de la cita. El local estaba oscuro. Se podían distinguir algunos individuos en las mesas, que no eran muchas. El sitio apestaba a alcohol derramado. Se acodó en la barra y pidió una cerveza. El camarero la miró con desconfianza, pero finalmente optó por no decir nada. Le puso la caña y se largó a lo suyo. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había reparado demasiado en el lugar. Era uno de esos muchos sitios que hay en la ciudad, anónimos, de paso. Con su tragaperras, su barra de acero inoxidable, su lavabo maloliente. Todos los clientes estaban solos, y parecían no esperar a nadie, sólo la muerte, cuando viniera. Pero nadie la esperaba esa noche. Nadie excepto ella. Al ingerir un par de tragos de cerveza, tuvo el impulso de salir a fumar. Se puede morir en un bar, pero no se puede fumar. No quería que ellos la vieran a fuera, de pie. Que la gente que pasara por la calle reparara en ella y pensara: ¿Qué hace una chica en un lugar como ese a estas horas de la madrugada?

    La puerta del local se abrió y supo que eran ellos. Eran dos. Uno era calvo y un poco más alto. Su manera de caminar era bobalicona, como si tuviera los pies muy grandes. Sus brazos se balanceaban a los lados, como un gorila dando unos pocos pasos de pie. El otro era quizás más joven, un poco más bajito. Tenía los hombros anchos y pisaba seguro de sí mismo, como el que esta acostumbrado a andar sobre la cuerda floja. Si hubiera sido un poco más alto, tanto como su compañero, habría llamado más la atención y lo habría mirado primero. Pero era una de esas personas borrosas en las que había que fijarse dos veces para reparar en ellas. Unos tipos perfectos para el trabajo.

    Se acercaron a la barra y miraron a todas las personas del bar con un vistazo rápido. Solo una las estaba mirando con atención, y era ella. Los ojos del calvo la miraron medio segundo más que al resto y ella asintió con un gesto que decía: yo soy tu hombre.

    Sin mostrar un ápice de sorpresa, con la agilidad de quien está acostumbrado a hablarse con gestos imperceptibles, le hizo una señal para que se sentara con ellos en la mesa que se disponían a ocupar al fondo del antro. Las paredes eran de moqueta, el suelo de gres. Estaba nerviosa, pero no quería que se le notara. Era buena poniendo cuerpo de póker.

    -Ya que estamos aquí, vamos a ver qué nos cuenta. No podemos encontrar a nadie más.

    Los ojos de ambos la observaban con atención, la escaneaban más allá de su cuerpo. Querían penetrar en su pensamiento, saber quién era en realidad. Ella no bajó la mirada en ningún momento, pero le costaba cada vez más, en ese silencio eterno, sólo interrumpido por la tos espontánea de algún borracho. Ellos no tomaban nada. El camarero ni se molestó en tomarles nota. Una de dos, o eran habituales, o al tipo le daba igual quienes entraran en su local. En la noche, a veces, es mejor no preguntar mucho.

    -No lo veo. -dijo el calvo de ojos saltones. Su expresión no era hostil, sino indiferente.

    -¿Quién eres, chica? ¿Por qué estás aquí?

    Era más difícil aguantarle la mirada al más joven. Sus ojos la observaban con curiosidad sincera. Sus cejas estaban bien dibujadas y le conferían un aire de inteligencia precoz. Sin duda, de los dos, era el más novato; pero por alguna razón su compañero confiaba en su criterio. Si hubiera sido por el calvo, ambos se habrían largado al verla. Pero el más viejo sabía que también era más tonto que su compañero. O menos intuitivo.

    -Mi nombre es Tomboy. Y estoy aquí por lo mismo que vosotros. -dijo ella.

    -¿Tomboy? ¿Qué clase de nombre de puta es ese? ¿Nos estás tomando el pelo, niña?

    Era gracioso que lo dijera él, que no le quedaba ninguno. Pero se ahorró el comentario porque veía que su paciencia se estaba terminando por momentos. Esos dos tipos eran muy curiosos. Los había imaginado más amenazadores, más fornidos, con traje de chaqueta beige donde abultaría la culata de una pistola. No obstante, ambos iban con una camisa fina: el más viejo, a cuadros azules y rojos; el otro, azul con coderas. Era verano. Parecían tipos absolutamente normales, incapaces de hacer ese trabajo.

    -¿Sabes a qué nos dedicamos, Tomboy? Esto no es ninguna broma. Esta noche puede ser la última de tu vida. De hecho, tú ocuparás el lugar de un muerto, ¿entiendes? Aún estás a tiempo de dar la vuelta. Haremos como si no nos hubiéramos visto nunca, ¿sí?

    -Ya es demasiado tarde para eso. Nos hemos visto las caras. Todos sabemos por qué estamos aquí. Cuando me habéis hecho sentarme con vosotros, ya habéis decidido que el puesto era mío. No nací ayer. Quizá soy más joven que vosotros, pero he vivido más.

    -¿Qué edad tienes, niñita?

    -Calvo, vuelve a llamarme niñita y te comes el vaso que tengo en la mano.

    -Vaya, parece que Miss Daisy tiene carácter después de todo. Quizá sí que nos sirvas.

    -No os queda otra.

    -Tienes huevos, de eso no hay duda. Pero no me has respondido aún, Tomboy. ¿Por qué estás aquí? Cualquiera no es apto para el puesto, y nunca hemos trabajado… -con una mujer, iba a decir, pero finalmente dijo- con alguien como tú. ¿Qué haces aquí?

    -Lo mismo que vosotros, supongo. Esta es la mejor forma que tenía de suicidarme.

    Ambos tipos se quedaron pasmados con la frialdad que demostraba. Parecía muerta por dentro, hace muchos años. Capaz de cualquier cosa. Estaban sorprendidos, aunque fingían serenidad. Fue entonces cuando ella empezaba a dudar de sus compañeros.

    -Si soy la primera mujer con la que trabajáis, entonces no lleváis trabajando mucho.

    -Niña, nadie llega a cobrar la jubilación con un trabajo como el nuestro. Además, no tenemos contacto con casi nadie. Somos una célula, solo nos conocerás a nosotros mientras trabajes para la organización. A menos que lleguemos a ver el sol mañana.

    -Ha sido la organización quien me ha puesto en contacto con vosotros. Así de simple.

    -Eso es porque no sabían que eras… una mujer. Tienes voz de un camionero yonqui.

    -Yo soy Tomboy, calvo imbécil. Vete acostumbrando a decir mi nombre. -Apuró lo que le quedaba de cerveza de un trago, empinando el codo. Dejó caer el vaso sobre la mesa, sin soltarlo. -Y por cierto, ¿quién carajo sois vosotros? ¿O es que sólo respondo yo?

    -El calvo imbécil se llama Rasputín. Tiene un complejo de ruso, a pesar de que es rumano. Yo me llamo Kaneda, como el de la película, ¿sabes cuál te digo? Buenísima.

    -No veo películas. Vaya nombres más ridículos. Parecemos una compañía de payasos.

    Todos rieron. Era la primera vez que se sentían a gusto. A pesar de todo, algo fluía entre ellos. Habría estado bien compartir unas cuantas cervezas y contarse la vida, que, por turnos, ellos relataran las peripecias que les habían llevado a la mesa de ese antro. Sin duda, tenían una buena historia, y la contarían íntegra hasta que le tocara a ella, y quizás pudiera sacar de dentro todo el daño y el dolor que nunca había salido de sus entrañas. Pero aquello no era una novela, sino la vida, y no había tiempo para retóricas vanas.

    Sentía curiosidad por los dos hombres, sobre todo por el más joven. Rondaría su edad. Unos treinta años. El otro oscilaba entre los cuarenta y los cincuenta. Había vivido más.

    -Será mejor que nos pongamos en marcha. Tenemos que estar allí a las cinco en punto.

    -Vamos allá.

    -Sí.

    Antes de abandonar el local, Tomboy dejó un par de monedas sobre la barra. El camarero no reparó en que se largaban. Miraba al televisor de encima de la barra con indiferencia, el volumen estaba al mínimo. Era un canal de noticias. Quizás saldrían ellos a la mañana siguiente. Un titular anónimo como: encuentran tres cuerpos en un descampado, dos hombres y una mujer, la policía trabaja en su identificación. Y punto.

    Caminaron por la acera en silencio. A pesar de que era tarde, había movimiento en la calle. Al fin y al cabo, era fin de semana y estaban en una gran ciudad. Los coches pasaban continuamente sobre el asfalto. Llegados al semáforo, tuvieron que esperar.

    -¿De dónde eres, Tomboy?

    -No soy de aquí. -Y eso fue todo. Aún no se fiaba de ellos. No se fiaba de nadie.

    -Pero serás de alguna parte, ¿no? Todo el mundo es de algún lugar. ¿Cuál es el tuyo?

    -Haces demasiadas preguntas, ¿no te lo han dicho nunca? Déjame tranquila.

    -Vale, vale, Tomboy. Solo quería ser tu amigo. -Le guiñó un ojo. En ese momento, le habría dado una bofetada. Kaneda era el único que parecía ajeno al trabajo, como si en realidad hubieran salido de fiesta con su viejo tío, el rumano y putero Rasputín.

    -Está verde, venga. El coche está por aquí.

    Subieron a un sedán negro. No le interesaban demasiado los coches, así que no reparó en la marca. Se sentó detrás. Los asientos eran de cuero y olía a nuevo. No podía tener más de unas pocas semanas. Sin duda era un trabajo peligroso, pero pagaban muy bien.

    -Quita esta mierda de música, Ras.

    -Cállate, pesado. Es mi coche y se escucha lo que yo digo. -Sonaba música clásica. Todo para ella era surrealista. Mientras dejaban atrás las luces de neón de la ciudad, una tras otra, iba pensando en qué diablos estaba haciendo con esos dos imbéciles. Seguro: ninguno de los tres iba a ver la luz del día siguiente. Pero a nadie le importaba, la cuestión era vivir, estar en el presente. Y eso era lo que más le gustaba: se sentía bien.

    -¿A que a ti tampoco te gusta la música, Tom?

    -¿Eh? -estaba distraída, filosofando. Fumaba un cigarrillo mientras circulaban por la autovía. No se había molestado en preguntar si se podía fumar, por supuesto que sí. -Me da igual la música. Tengo una pregunta, ¿cómo vamos a hacerlo? Es mi primera vez.

    -Para mí es la tercera. -Dijo Kaneda. -Pero se le coge el tranquillo rápido. Tú solo síguenos la corriente. Mi abuela decía: allá donde fueres, haz lo que vieres. Pues eso.

    -Es fácil, niña. Nunca actúes antes de que lo haga yo. Y procura que no te maten.

    -Agradecería que me llamaras por mi nombre.

    -Va a ser difícil, Rasputín es muy cabezón. ¿No has visto este bolo enorme que gasta? A todo esto, -se giró sobre el asiento, mirándola- a pesar de esa coleta zarrapastrosa y de esa ropa de pordiosera que llevas, eres bastante guapa. Podríamos ir al cine un día de estos, ver una película, ya sabes. No tengo mucho tiempo libre, ¿Quieres follar un día?

    -A ver, Kaneda, ven aquí. Quiero decirte algo. -Acercó su cara. Estuvieron mirándose un momento a los ojos. Tenía una mirada distraída, sus ojos brillaban en la oscuridad el del vehículo. Ella acercó su rostro al de él, el otro entrecerraba los ojos como para recibir un beso. Su puño derecho se incrustó justo debajo de su mandíbula. Si le hubiera dado más fuerte, se la abría roto. Saltó hacia atrás y se llevó las manos a la boca.

    -¡Cabrona!

    -Te lo mereces, por imbécil. -Dijo Rasputín. -Buen trabajo, niña. Pero resérvate para luego. Ya tendréis tiempo de pelearos más tarde si aún os quedan fuerzas para eso.

    -En serio, Rasputín. ¿Cuál es el plan?

    -Improvisaremos. Somos invitados, o clientes, y actuaremos como tales. Primero hay que hacerse el sueco, como si no fuera la cosa con uno. Luego ya veremos. Lo más importante de todo, lo que tienes que tener claro, cristalino: no actúes antes que yo.

    -De acuerdo.

    -Veas lo que veas. Hagas lo que hagas. Nunca te dejes llevar por tus emociones. Es la mejor forma de salir vivo. Piensa que viva serás más útil que bajo tierra. ¿Entiendes?

    -Sí.

    -Hija de puta.

    -Cállate. -Rasputín le dio una colleja fortísima. Sus manos eran duras como la madera. -Ponte serio por una vez en tu puta vida. Esto no es ninguna broma, niño. Espabila ya.

    A pesar del golpe, Kaneda no pareció inmutarse demasiado. Estaba acostumbrado.

    -Ya llegamos.

    El sedán entró en un aparcamiento sin asfaltar. Al fondo había unas naves abandonadas. Unas pocas farolas iluminaban el polígono. Unos cuantos metros más allá había más coches. Parecían caros, últimos modelos, gente de dinero. Ellos aparcaron cerca de la entrada de la carretera. Se bajaron del vehículo. Rasputín abrió el maletero y extrajo una bolsa. Le dio una a Kaneda y otra a ella: de la bolsa había sacado tres máscaras con la cara de un zorro. Su sonrisa negra era ancha y sus ojos rasgados tenían sendos agujeros.

    -¿No había otra cosa más cutre? Yo esto no me lo quiero poner, parecemos imbéciles.

    -Nos lo han dado ellos. Son las normas. Todo el mundo usa máscara, ya lo sabes.

    -Sí, pero las hay más guapas, ¿a que sí, Tomboy? ¿Cuál te hubiera gustado ponerte?

    -Es una maldita máscara. Póntela y cierra la boca.

    -Vaya carácter…

    -Venga, andando.

    Se encaminaron hacia las naves. Sus pasos sonaban sobre la grava, acompasados. Era una noche calurosa. Las chicharras cantaban con su tono irritante, como de una alarma. El verano estaba empezando y ellas eran las primeras en anunciarlo. La atmósfera era pesada. Tomboy se sentía cada vez más nerviosa, pero no había modo de volver atrás.

    -Qué andares de machorra. Pareces un heavy gordo.

    -Eres un gilipollas, ¿te lo han dicho nunca?

    -La verdad es que sí, mi ex no dejaba de repetírmelo.

    -Pobrecilla.

    -Sht. Silencio. Ya estamos aquí. Poneos la máscara.

    Rasputín llamo a la puerta. Era de acero, pero disponía de timbre. Al cabo de un momento, se abrió de par en par. Un tipo enorme custodiaba la entrada, como un ogro de los libros o las series de fantasía. Solo que este era humano y llevaba pistola. Los miró un momento, directamente a las máscaras, y dejó libre la entrada del almacén.

    -Buenas noches, señores.

    Rasputín entró primero y no dijo nada. Lo mismo hicieron el resto. Al cabo de unos pasos, oyeron la puerta cerrarse tras de sí con un fuerte golpe. El tipo parecía educado, pero era tan bruto como su cuerpo prometía. Le gustaba, esos tipos eran unos empotradores natos, no como el imbécil de Kaneda. Qué pena, qué desperdicio.

    Avanzaron tras el portero. Había trastos almacenados en el interior y una luz al fondo que no dejaba distinguirlos. Tomboy no reparaba en su entorno, intentaba que su cuerpo no mostrara sus intenciones. Parecía tranquila, como sus dos compañeros. Siguieron hacia el cuarto iluminado. Dentro estaba completamente vacío. No había muebles, solo una fregona, un cubo y una caja con productos de limpieza: lejía, detergente, sosa cáustica y demás. El fortachón se agachó cuan largo era y abrió la tapa de una trampilla que había en el suelo, imperceptible si no se sabía su existencia. Unos peldaños metálicos conducían al sótano. Kaneda miraba al tipo con atención. Como celoso.

    -Adelante. Que disfruten la velada.

    Primero pasó Rasputín y luego fue ella. Detrás bajó Kaneda luego de mirar al portero un instante más detrás de la máscara. Sin duda, odiaba a esos tipos, le daban mala espina. La trampilla se cerró tras ellos y oyeron cómo se accionaba el candado. Mierda, pensó.

    -Seguro que la tiene pequeña. -Susurró una voz tras ella y se echó a reír.

    -Eres idiota. -Y reprimió la risa.

    -Ahora actuad con normalidad. Recordad: venimos a pasarlo bien. Muy bien de hecho.

    -¡Allá vamos! ¡Cariño, ya estamos en casa! ¿Cuántos caramelitos tenemos hoy?

    -Dos. Un niño y una niña. Qué delicia.

    Al final de las escaleras se llegaba a una estancia amplia, iluminada con varias bombillas en el techo. El lugar parecía el sótano de una casa de gente muy rica: televisión, billar, sofás, una mesa de caoba. En unas sillas, había dos hombres con máscara. Ambos eran gordos y parecían de mediana edad a juzgar por sus cabellos blancos. Uno era más fornido que el otro. Olían a perfume caro y uno de ellos fumaba. Descubría su rostro lo justo para dejar pasar el cigarrillo y luego se la volvía a colocar. En lugares como ese, la intimidad era fundamental. Además, sabían que los estaban grabando porque aquello formaba parte de la seguridad del sitio y del espectáculo en sí.

    Un tercer hombre estaba en una esquina. Tomboy no reparó en él hasta que cruzaron la puerta. Se sobresaltó un poco, pero nadie se dio cuenta. Rasputin y Kaneda actuaban con normalidad. Recorrían la sala y saludaban a los demás individuos. Ella también.

    -Bienvenidos a la casa del placer. Ya conocen las normas, así que no me extenderé. Pueden hacer todo lo que quieran durante las dos horas que dura nuestro viaje. Si tienen alguna pregunta, la responderemos con mucho gusto. Una vez dentro, manos a la obra.

    Rasputín no abrió la boca y ellos hicieron lo propio. Fue uno de los dos tipos quienes intervinieron. Ellos sí parecían nerviosos, y como ellos tres, parecían conocerse poco.

    -Estaremos seguros ahí dentro, ¿verdad?

    -Absolutamente. La seguridad y el bienestar del cliente es nuestra razón de ser.

    -Muy bien.

    -¿Alguna pregunta más? -Y giró su máscara hacia ellos tres. Reparaba en Tomboy.

    -No es nuestra primera vez. Estamos acostumbrados. Ábre ya. -dijo Rasputín.

    -Excelente. Adelante entonces. -Dijo mientras abría la puerta. -Que disfruten, señores.

    Lo que más sorprendió a Tomboy es la oscuridad del sitio. Apenas brillaba la luz del fluorescente en lo alto de la habitación. Era bastante amplia, como el salón de una casa particular. No había muebles. Solo lo necesario: una cama. Sobre ella, sin apenas mantas, el cuerpo de un niño y una niña yacían en un estado de seminconsciencia.

    -Les hemos dado jarabe para que estén tranquilitos. -Informó el tipo enmascarado.

    No tendrían más de diez años, pero era difícil saberlo puesto que era imposible adivinarles las caras, la expresión era borrosa bajo la escasa luz, como dormida. Pero sus cuerpos eran pequeños, frágiles y elásticos como suele serlo en los niños de esa edad. Había casos en los que algún crío de esos se caía de un tercer piso y sobrevivía, otras veces no, pero para un adulto hubiera sido una muerte casi segura. Pero ellos ya estaban muertos. A pesar de que respiraban, de que desprendían calor, de que gimoteaban bajo los efectos de la droga en una pesadilla interminable. Ellos ya estaban muertos para siempre porque una persona no vive los suficientes años como para el tiempo borre tanto dolor sufrido en aquellos cuerpos. Ni los psicólogos, ni los médicos, ni los psiquiatras, ni las pastillas lograrían arrancarles de esa pesadilla que había comenzado, ¿hace cuánto? Quizás días, semanas, meses. Por lo menos se acababa ya.

    -En esta casa de placer todo está permitido, cualquier placer, cualquier objeto. Solo pídanlo y se les proporcionará. No lo duden. Están aquí para pasar un rato agradable.

    El tipo era bastante servicial. A pesar de que llevaba máscara y de que su acento no revelaba que fuera extranjero, la forma de su cabeza -muy redonda, de pelo negro muy fino- y la escasa altura de su cuerpo -un poco más bajo que Kaneda- hacían pensar que fuera asiático. De hecho, asiáticos eran los pobres críos tirados sobre el colchón.

    Todos estaban bastante parados, fue Rasputín quien rompió el hielo. Quería un martillo.

    -Eso está hecho. -Respondió el chino. -Mire encima de la mesa. Ahí tiene todo.

    En una esquina, había una mesa con ruedas y muchos objetos: pinzas, tijeras, chuchillos, destornilladores, martillos. También había trastos más extraños cuya forma era puntiaguda o roma. En definitiva, eran herramientas para la tortura. Por el simple placer y gozo de maltratar a un ser vivo, especialmente si era humano y pequeño.

    Se adelantaron los otros dos desconocidos y rápidamente escogieron una víctima cada uno. Los brazos de ambos críos estaban atados a la pared con cadenas. Casi no podían moverse. Uno de ellos se bajó los pantalones y el otro hizo lo mismo. Parecían tener prisa por sofocar el deseo. No les importaban las circunstancias, el hecho de que no estuvieran solos, de que los grabaran para el placer de una audiencia universal en internet. Pero el ímpetu depredador era más fuerte que cualquier tapujo. ¿Tendrían familia esos dos tipos? A juzgar por la edad y por las alianzas de oro, seguro que sí.

    Tomboy no quería mirar, no podía mirar y no hacer nada. Deseaba matar a esos dos tipos. No obstante, las instrucciones eran claras. No actuar antes que Rasputín. Él y Kaneda estaban en la esquina, donde la mesa de quirófano. Sonaba música relajante.

    -Vamos, señorita, no se quede ahí parada. Vaya a disfrutar. ¡El tiempo vuela!

    Sin responder nada, se acercó a donde estaban sus compañeros. Todo iba muy deprisa y muy despacio al mismo tiempo, como si la realidad se hubiera dividido en dos planos.

    -Hoy nos lo vamos a pasar bien. -Dijo Rasputín mientras cogía algo de la bandeja.

    -Ya te digo. -Respondió Kaneda.

    -Oiga. No encuentro el martillo.

    -Tiene que estar ahí, caballero. Lo he preparado yo mismo.

    -Puede ser, pero con esta luz es difícil ver nada. ¿No pueden encender otra? Maldita sea.

    -Déjeme ver. No se preocupe, señor. -Dijo acercándose hacia ellos tres.

    Tomboy no quería quitar los ojos de la mesa. Algunos objetos estaban sucios con sangre y fluidos humanos. No se molestaban en limpiarlos, para qué. Las infecciones y las enfermedades quizás daban un plus al espectáculo. Todo valía en Diversión Sin Límites. Se oían gemidos y lloriqueos. Kaneda estaba girado hacia la cama, impasible, como esperando su turno. Se había apartado de ellos y parecía buscar la mejor manera de unirse a la orgía. Parecía haberse olvidado del trabajo, parecía disfrutar del espectáculo.

    Cuando el hombre se inclinó sobre la mesa para rebuscar entre los trastos, Rasputín aprovechó para apresarle el cuello con el brazo. El tipo no hizo ruido alguno. Quiso tirar la pequeña mesa de acero de una patada, pero un movimiento del rumano se lo impidió. El hombre se asfixiaba. Pataleaba en el aire. Era difícil que no se le partiera el cuello. Kaneda salió de su ensimismamiento cuando ya estaba con las rodillas sobre la cama. Volvió hacia donde estaba Rasputín y le clavo un cuchillo afilado en la mitad del pecho, con lentitud, justo donde se hallaba el corazón. La sangre brotaba a golpes del cuerpecillo del hombre, expulsaba chorritos hacia la cara de Kaneda, sin producir ruido alguno. En absoluto silencio, el hombre murió y con suavidad, Rasputín lo dejó caer.

    Ahora solo quedaban los otros dos que seguían a lo suyo. Era la primera vez para Tomboy, pero sabía que había que ir rápido. La escena estaba siendo grabada, no tardarían en llegar refuerzos si no estaban llegando ya. Tenía un cuchillo en la mano, bastante oxidado y mellado. No cortaría limpiamente, pero daba lo mismo. Llevada por un trance, se acercó hacia la cama donde se desarrollaba la escena más hórrida que pudo imaginarse en su vida. Una parte de ella tenía ganas de vomitar, de llorar, de arrodillarse, la otra caminaba hacia la cama con la determinación de quienes cometen un acto de heroicidad o de barbarie. Uno de los dos hombres, que ignoraban el desarrollo de los hechos, estaba violando al niño. Sus testículos iban y venían como el badajo de una campana. Tomboy estaba justo detrás, impasible, con la hoja en una mano. El hilo musical ahora proponía un éxito de los setenta que hasta ese día le encantaba. Se inclinó hacia el tipo. Su mano cogió el escroto del hombre con suavidad, el individuo, al darse cuenta, se giró y la vio detrás de él. Gemía de placer como una alimaña del infierno. A pesar de la máscara, ella sabía que estaba sonriendo, agradecido. Se giró para seguir con lo suyo, cada vez a un ritmo más frenético, estaba llegando al final. Con la otra mano, de un solo movimiento, insertó la hoja del cuchillo, cuan larga era, dentro de sus testículos. Hubo un segundo en el que aún no se dio cuenta. El cuerpo y la mente parecen dos entidades separadas por una frontera difusa. Tomboy tiró y lanzó ambos testículos al suelo. Cuando la piel correosa tocó las baldosas, fue cuando el hombre comenzó a aullar como un animal herido en lo más íntimo, con un dolor indecible.

    Antes de que el otro, que estaba violando a la niña, pudiera reaccionar, Kaneda le clavó un destornillador en mitad de la espalda. El hombre intentaba quitárselo penosamente con alguna de sus dos manos, pero lo había clavado justo donde no llegaba. Se ahogaba en su propia sangre y producía sonidos espasmódicos, ahogados, líquidos. Sus pulmones se encharcaban. Los dos tipos ahora yacían en el suelo y los miraban. Ellos estaban de pie, y disfrutaban mandándoles al infierno de donde habrían salido una vez.

    Rasputín aprovechaba el ínterin para liberar a los dos niños de sus grilletes. Había encontrado la llave en los bolsillos del asiático, cuyo rostro se había revelado finalmente y yacía con una expresión estupefacta bajo la tenue luz del fluorescente. Ambos niños temblaban, no entendían lo que estaba pasando, lo que había estado pasándoles. Rasputín tomó la cadena de acero con sus manos. Los tipos no daban crédito a su suerte.

    -No por favor.

    -Tengo dinero. Tengo familia. Por favor.

    -Venga, hay que darse prisa. -Dijo Rasputín. -Ya nos hemos divertido bastante.

    Kaneda obedeció la orden. Con un martillo en la mano, que había servido en otro tiempo para partir dedos y piernas, propinó un golpe seco sobre uno de los dos tipos. Cayó como un saco de mierda al suelo, aún vivía, pero el golpe le había partido el cráneo y se adivinaba el cerebro bajo una gruesa capa de hueso sanguinolenta.

    El otro se quitó la máscara. Su pene flácido yacía sobre un charco cada vez más lleno de sangre. Su cuerpo iba quedándose pálido, temblaba. Moriría desangrado. Suplicaba.

    Tomboy le quitó la máscara. Quería verle la cara. Resultó ser un tipo bastante famoso, un político de mucho renombre. A ella no le interesaba la política, pero había visto ese rostro por la tele, muy tajante, muy seguro de sí mismo, que inspiraba confianza en el votante. Ahora era solo un tipo con una expresión penosa sin saber dónde poner las manos. Miraba a Tomboy con expresión suplicante. Seguro que si lo dejaban vivir, un médico podría reparar sus genitales dañados, al menos, en parte. El tipo soñaba con esa posibilidad. Lloraba, gemía, gritaba sobre el suelo. Llamaba al guardia de la puerta.

    -Hija de puta. Zorra. Maldita zorra hija de puta.

    -Nadie llama zorra a mi chica, bolsa de basura. -Dijo Kaneda riéndose.

    La puerta se abrió de golpe. La luz del exterior inundó la sala. Rasputín gritó.

    -¡Al suelo! ¡Al suelo!

    El vigilante penetró en la sala descargando el cargador de su arma. El humo empezaba a inundar la habitación. Las balas rebotaban en las paredes y se incrustaban en el suelo, en el techo, en la cama, en la mesa de quirófano. El tiempo parecía detenido, roto por el estruendo. Rasputín estaba contra la pared. Parecía el único que había adivinado la acción del guardia. Presa de la excitación, había entrado en la sala disparando a todo lo que se movía, pero el humo de su propia arma le había impedido la visión. Ahora se llevaba las manos al cuello. El arma cayó al suelo y se disparó una vez más. Solo se oía el sonido gutural de su garganta. Rasputín estaba detrás. Con la cadena, lo estrangulaba con todas sus fuerzas tirando de ambos cabos. Uno de sus pies se apoyaba sobre la espalda del guardia y hacía palanca con el cuerpo. El tipo estaba entrenado, Rasputín también. No logró liberarse. Al fin y al cabo, era gente no acostumbrada a que les plantaran cara, aquella vez los habían pillado por sorpresa. Como pasaba siempre.

    Tomboy levantó la mirada. El político castrado había sido herido por una de las balas. Kaneda estaba a su lado. Se había colocado encima de ella, intentando ser un héroe. Se lo quitó de encima. Ella no necesitaba que ningún hombre la salvara. Se puso a ayudar a Rasputín e incrustó una barrena que había encontrado por el suelo dentro del enorme pecho del tipo. Hubiera sido un gran amante, sin duda. Era enorme y musculoso, como a ella le gustaban los tíos. Era un desperdicio tener que matarlo, pero así eran las cosas.

    -¡Nos vamos!

    -Qué hacemos con los críos.

    -Déjalos aquí. Están muertos.

    -No.

    -No podemos llevarlos.

    -Yo no los voy a dejar aquí.

    -Yo tampoco, Ras. -Kaneda cogió al pequeño. Estaba completamente desnudo.

    Tomboy cogió a la niña. Rasputín iba primero con el arma en la mano. Ellos seguían sus pasos a la mayor velocidad que podían. Subieron las escaleras, atravesaron la trampilla que estaba abierta. La luz roja de la alarma iluminaba intermitentemente las galerías oscuras de la nave. Había máquinas, había furgonetas de toda clase, pero todo eso no existía. Corrían como con la única imagen del coche que los esperaba fuera. No tardarían en venir más. Les quedaba poco tiempo. La niña temblaba sobre sus brazos, estaba viva, caliente, respiraba. Después de liberar la puerta de la nave, salieron por fin.

    Amanecía. Venus brillaba en el cielo como una diosa al lado de la luna creciente. Sus pasos sonaban sobre la grava. Rasputín alcanzó el coche primero y abrió la puerta trasera, del copiloto. Se oían disparos. Tomboy se giró y vio a algunos tipos corriendo hacia ellos, procedentes de otras naves vecinas. La mayoría eran asiáticos. El silbido de las balas que pasaban junto a ellos parecía irreal, como si no fuera a ella a quien iban dirigidas. Rasputín amenazaba con largarse, pero no lo hizo. Una de las balas impactó en el coche, pero no arrancó. Los esperaba. Su calva brillaba bajo la luz de la farola.

    Consiguieron llegar al vehículo. Kaneda entró primero con el pequeño. Ella lanzó a la niña como si fuera una mochila de cuero y se puso en el asiento del piloto. Rasputín no protestó. Saltó al otro lado y disparaba hacia el grupo de tipos, que cada vez estaba más cerca, con la pistola del segurata sexy que yacía muerto en el sótano. Arrancó. Aquel era un buen coche. Le gustaba conducir. Lo hacía siempre que podía cuando los robaba.

    A una velocidad de vértigo, salieron en dirección a la ciudad. Sus perseguidores también tomaron los coches, pero una vez en la carretera principal, nadie parecía seguirlos entre la multitud que se dirigía su puesto laboral un lunes normal. La carretera estaba llena. Tomboy conducía intentando evitar el atasco. Se fijaba en los conductores, impasibles, que iban amodorrados escuchando la radio, atendiendo a sus problemas cotidianos, ignorando los crímenes que se desarrollaban a pocos quilómetros de su casa.

    -¿Adónde vamos? -Preguntó por fin.

    -A la policía no. -Rió Kaneda.

    -¿Por qué no?

    -Viste al tipo al que le cortaste los huevos, ¿no lo reconociste?

    -Sí. El político ese que sale por la tele.

    -El ministro de interior. Ahora somos terroristas. ¿No lo entiendes?

    Lo entendía perfectamente, pero no podía pensar. No sabía qué iba a pasar ahora.

    -¿Dónde vamos entonces? ¿Qué vamos a hacer con ellos? -Señaló a los niños.

    Por fin habló Rasputín. Parecía tranquilo. Fumaba un cigarrillo con la ventana abierta.

    -No podemos escondernos con el paquete que llevamos. Debemos ir a la organización. Ellos sabrán qué hacer. Nosotros hemos cumplido con nuestro trabajo. Fin de la misión.

    Sacó un teléfono móvil antiguo y buscó un número en la agenda. Llamó. Comunicaba.

    -No puedo creer que la gente rica se gaste el dinero en esto. Los políticos, los empresarios, en qué maldito mundo vivimos. No logro entenderlo. Es una pesadilla.

    -No te equivoques, cariño. -Dijo, Kaneda. -Piensa en quién nos ha pagado el pase vip para esta noche. Ellos también son ricos. Trabajamos para gente poderosa, no todos son unos iluminati haciendo rituales satánicos. Para eso nos contratan a nosotros, para que limpiemos las cloacas de basura. Nos dan protección, nos dan un trabajo, un sentido.

    -¿Por qué no presionan a la policía? Tienen que hacer algo.

    -Parte de la policía nos protege. Las cosas nunca son blanco o negro. ¿Un cigarro?

    Se lo pasó encendido. Tomboy fumaba y miraba a Rasputín con el rabillo del ojo, luego observó a los niños. Estaban en un rincón, juntos, tapados con la camisa de Kaneda. ¿Qué sería de ellos ahora? ¿Qué clase de futuro les esperaba? Ambos eran asiáticos. Tomboy pensaba en el horrible viaje que habrían soportado hasta allí. Estaban dormidos, cansados. Si aquello fuera una película, tendrían un futuro, pero no lo era.

    -Sí. Soy yo. -Rasputín hablaba por teléfono. -Misión cumplida. Sí. Tenemos un pequeño problema. No. Viajamos con dos paquetes. Ajá, sí. ¿Dónde los dejamos? De acuerdo.

    Y colgó. Ambos se quedaron esperando instrucciones. Iban sin rumbo por la carretera.

    -Vamos a la organización. Tenemos que reunirnos con ellos hoy. Coge esa salida.

    La salida llevaba a la autopista. Salían de la ciudad, quizás para siempre. Aquella ciudad donde había pasado algún tiempo, buscando un futuro. Al menos, había encontrado un presente, algo por lo que vivir. Y en la mañana, mientras fumaba el cigarrillo en aquel coche, con aquellos tres, llena de sangre, por primera vez en su vida, se sentía feliz.

    -¿Y qué va a pasar ahora?

    -Qué quieres que pase, Tomboy. -Dijo Rasputín llamándola por el nombre por primera vez- Nos asignarán otro destino. Y así hasta que nos maten en una de estas. Eso pasará.

    -Me parece perfecto.

    -Quería pedirte disculpas. A mi edad uno se llena de prejuicios. Tienes lo que hay que tener. Muchos desearían la valentía que tienes tú. He visto a un montón de lloricas.

    -Ya me las pagarás, no te preocupes. -Dijo ella sonriendo.

    -Oye, ¿qué significa Tomboy? Es una palabra inglesa, ¿no?

    -Búscalo en el diccionario, imbécil. ¿Sabes lo que es eso?

    -No soy muy amigo de los libros. Prefiero el cine, las series, ya sabes. Tenemos que buscar un nombre para nuestra célula terrorista. Qué os parece Los Liquidadores. Suena bien, ¿eh? Los Liquidadores limpian la ciudad de basura, los más temidos del mundo.

    -¿No se calla nunca?

    -Nunca. -Asintió Rasputín.

    -Y hablando de una cosa y de la otra, Tomboy. ¿Te apetecería ir al cine un día?

    -No eres mi tipo.

    Y todos rieron. Era absurdo. Estaban al borde de una muerte segura, pero no importaba. Por primera vez en su vida, Tomboy tenía lo que siempre había añorado: una familia.

  • Trifásico de Terry

    Trifásico de Terry

    Escribí esta experiencia allá por los años 10, cuando trabajaba en un hotel de la costa durante la temporada de verano. Han pasado algunos agostos desde entonces, pero esta historia continúa vigente en muchos enclaves turísticos. No les hagan la vida imposible a los probres chavales que les sirven el trifásico de Terry.

    Hoy en el trabajo, me ha pillado por banda un “español”. Debo decir, antes que nada, que en nuestra selecta jerga de camareros afirmamos que, dentro de todo el crisol de culturas que visita nuestras playas y hoteles en verano, de todas las culturas del planeta Tierra, los españoles son los más “pesados”.

    Estaba yo esperando a que me prepararan unas bebidas y antes de salir por la puerta, con las múltiples copas en una bandeja cargadísima, me ha asaltado uno de estos pesados. -Oye, ¿servís a fuera? ¡Es que llevamos un rato esperando y allí no viene nadie! -Sí, sí, caballero, dígame lo que quiere y yo ahora se lo llevo, cuando pueda. -No, no, ya voy yo a la barra, pido, y entonces tú lo traes, estamos en las mesas estas marrones de allí, la quinta de la derecha que está… -Bueno, mejor dígamelo a mí y yo se lo traigo ahora. El cabrón iba a quejarse a la barra, donde estaba el jefe, de que yo no estaba atendiendo afuera.

    El hombre me dice lo que quiere, a regañadientes: seis o siete cafés, algunos con sacarina, otros con un toque de Terry, infusiones del tiempo… Cuando no he entendido lo de “infusión del tiempo”, me ha ilustrado el gentilhombre. -¡Pues qué coño va a ser! Un poleo con un vaso con UN hielo, para hacerlo del tiempo. -Usted quiere un poleo con hielo, ¿no? -No, quiero una infusión del tiempo. -Bueno, bueno… y he apuntado “un poleo con hielo”. Cabe citar aquí que el hombre llevaba una lista con la comanda apuntada, para que no hubiera lugar posible al error, era un hombre ordenado, pero eso no lo había escrito él, sino su hija, porque era la letra clara y pulcra de una chica. Podría haberme dado la lista o el teléfono de su hija.

    -¿Lo tienes todo, niño? -Sí, caballero, no sufra, que ahora se lo llevo. -Bueno, ahora, apunta lo que quiero yo. Un café… -escribo “café” bajo su atenta mirada- …con un toque de Terry, ¡pero descafeinado, eh! -Vale, vale. Entonces he levantado la vista de la libreta. El hombre era el tópico-típico del facha español: gordo, calvo, bigote blanco-amarillento, con los ojos oscuros y con cara de pocos amigos. Al mirarnos frente a frente, me he reído por dentro y por fuera he esbozado una sonrisa que al hombre no le ha gustado mucho, pues se ha ido renegando con paso firme de militar franquista. En fin, el trabajo sigue.

    Después de llevar la comanda que traía a una mesa de turistas franceses, que me han obsequiado con un educado “merci” sin propina cada vez que una de sus bebidas tocaba la mesa, he vuelto a la barra a preaparar el encargo del hombre del bigote. Le he cantado al cafetero el caprichoso pedido y poco ha faltado para que nos liásemos y la cagáramos con el hombre. Pero al final, según mis apuntes, todo estaba en orden, y cagando leches me he ido con los humeantes cafés hacia la mesa del tipo, no porque tuviera prisa por servirlo, sino porque llevaba un capuchino cuya nata se iba derritiendo por el camino y no quería que me hicieran volver. En dos zancadas, me he plantado allí, eran una familia: la mujer, la hija, el novio de la hija, la tía, la abuela y el buenhombre mirandome como un Torquemada resucitado.

    -¡Hola! -¡Hola! Dijo la hija, el caballero solo suspiró y dijo: -¡A ver! Los demás no dijeron nada. -Bueno, capuchino… -Para mí. -Dijo la madre. -Vale ¿poleo? -Para mí. -Dijo el novio de la hija visiblemente asustado. -¿Cortado? -Para la abuela, etc. Y finalmente: -¿Carajillo de Terry descafeinado? Y sin esperar respuesta, se lo he puesto al hombre que permanecía con los brazos cruzados observando y aprobando con su silencio toda la operación. Todo estaba listo, podía proseguir mi camino. Sólo quedaba un cortado solitario en la bandeja. No hubo “gracias” de ninguna clase, en ningún momento. -Españoles… -pensé yo.

    Esta historia podría haber acabado felizmente aquí pero a no más de tres metros, bramó la voz del bigote: ¡Oye! ¡Eh, tú! Me giré yo y las demás mesas que habían entre nosotros, di media vuelta mietras el hombre hacía un gesto repetidamente negativo con la cabeza y otro con la mano, como el que llama al perro cuando se ha cagado en medio del salón. Antes de que yo abriera la boca, la abrió él: -Te has equivocado, eh, esto no es lo que yo he pedido… -¡Cómo que no!- Yo empezaba a perder la paciencia. -Café descafeinado con Terry. -¡Yo te he pedido un cortado con un toque de Terry! -¡Déjalo papá! Tómate eso… -Decía la hija, defendiéndome. -¡Que no me tomo yo esto coño! -decía mientras removía con repulsión el trifásico de Terry. -Bueno, ¿y este cortado de quién es? -Dije yo a un cortado que permanecía abandonado en medio de la mesa. -Ese es tu cortado, Jesús. -dijo la mujer, resulta que habían pedido por él. -El bigotes se revolvió en el asiento mirando la lista que todavía conservaba, la tensión estaba subiendo y antes de que se desbordara digo: -Bueno, yo me llevo esto, usted péguele un trago al cortado y ahora le echo un poco de Terry dentro. -¡Pues eso es lo que te estoy diciendo, joder, que no te enteras…! Y mientras me iba: -¡Cállate ya, pesado! Lo dije para mis adentros, mordiéndome la lengua para que me saliera por la boca. Había crisis y necesitaba el dinero. No me giré, volví a por la botella de dichoso Terry.

    Al cabo de esos pocos minutos, la cosa estaba más calmada y el hombre más relajado, le he echado su toque de Terry y he dicho: -Ala… ya está. La mujer, visiblemente amargada, decía: -¿Ves, Jesús? Ya tienes tu café como a ti te gusta… El hombre solo levantaba las cejas. Mientras les retiraba los vasos vacíos la mujer se dirigió a mí. -Ya estás acostumbrado, ¿verdad? -Pues sí, señora, a todo se acostumbra uno… -¡Pues es lo que hay! Me espetó la buenamujer. -¡Pues sí! Le espeté yo, ahogando un “hijadeputa” por el camino.

    Y apretando los dientes, he seguido mi camino, cagándome en el hombre y en su mujer, no en su hija, pensando en el pobre novio del poleo con semejantes suegros, en todo esto, me ha llamado otra mesa: -¡Eh, colega! Ven un momento porfa… -Otra mesa de españoles, dos parejas avanzados en la treintena, me habían pedido antes y me habían preguntado por Don Pimpón, yo entendía que era el facha del bigote. Les había dicho que sí, que lo había visto. -¿Era este el famoso Don Pimpón? -No, no. -digo entre risas. El señalado se daba por aludido con la historia que iba con él pero que no entendía porque apenas a esa distancia -Era otro, un viejo aún más hijodeputa. -Hay que ver lo que tenéis que aguantar. Dijo uno de los treintañeros, feliz de no tener, aparentemente, un trabajo de mierda como el mío. No hubo propina.

    Me fui, por fin, a dentro del bar, a salvo por un momento de aquella jauría de pesados, de caprichosos, de remilgados, de españoles; madiciendo su raza. Al llegar a la barra, dejar la bandeja y estirar un poco la espalda he pensado: ¡Qué pesados que son…! No podrían ser educados como los franceses o los belgas.

    A pesar de todo, todavía no me ha dado por escupir dentro del carajillo. ¿Seré yo extranjero también?

  • Adiós, Káiser

    Adiós, Káiser

    Escrito por Ricardo Rodríguez Sánchez, mi padre.

    Le dije:

    -Papá, es la hora.

    -Será rápido… -Dijo mi hermano.

    Y papá contestó:

    -Rápido… ¿para quién?

    Y a partir de ese momento todo fue silencio.

    Sus ojos brillaban acuosos y enrojecidos, antesala del vacío que vendría después.

    Ninguno de nosotros quería hablar. Ni mis hermanos, ni mi madre, nadie.

    Preferíamos estar en silencio. Una lágrima era enjuagada de vez en cuando.

    El médico los hizo pasar. Entraron solos, despacio, sin mirar atrás, como los valientes.

    Mi hermana pequeña lloraba en el umbral, apoyada en el hombro de su novio.

    No fue rápido: fueron veinte minutos de eternidad.

    Finalmente salió.

    Iba en una caja de plástico gris. Lo empujaba una joven con una bata de verde.

    Se acercó a nosotros e intentó darnos ánimos.

    -No ha sufrido. Me miraba, movía su cola, me lamía la mano y me acercaba su pata. Yo le decía: siempre fuiste un gran perro y el mejor de los amigos. Adiós, Káiser. Adiós…

    Y papá nos abrazó a todos.

  • Espejismo del mar infinito

    Espejismo del mar infinito

    Para Marina

    Temblarás de placer, de miedo, de deseo. Es el tiempo de abandonar el desierto. Ahora.

    Adiós, mis buenos amigos, el sol y la arena. Otro recorrerá vuestras dunas y vuestros cielos despejados de lluvia. Para otro serán las cuevas sombrías y las noches frías cargadas de estrellas. Noto cómo se aproxima el mar, la mar, solo el mar, y cómo el agua, con placer, va inundándome las piernas, las rodillas, los muslos. Empieza un nuevo horizonte, acaso más vasto que el anterior, y debo decir adiós a mis huellas.

    Tantas las cosas que he aprendido recorriendo los caminos tórridos. Sobrevivir en el desierto no es sencillo. Hay que endurecer la piel, los ojos, la sangre. No hay que desesperar, hube de aprender a respirar durante las tormentas de arena, y luego erguirme, y seguir caminando frente al sol. Encontré oasis escasos con agua clara, con agua turbia, a veces pútrida. Me dolió el estómago y vomité sangre de mi alma. Pero como no me morí, seguí adelante, un paso, un pie patea la nada y se posa en el suelo, otro paso. Poco a poco, sol a sol, mes a mes, luna a luna, fui acostumbrándome al paisaje y él también se acostumbró a mí. Si me picaron los escorpiones, me los comí. Si las piedras afiladas me cortaron los pies, hice de ellas cuchillo, martillo, juguete, arma.

    En el desierto nunca llueve y no existe el éxito. Cualquier triunfo es escaso como la nube pasajera que descarga y al instante se seca sobre la arena sedienta. No se puede parar y vivir en los charcos del desierto. Quizá esa es la lección más importante.

    Hay que dormir tranquilo, con un ojo abierto. Se tienen pesadillas, pero no hay que tomarlas como pronósticos casi nunca. Se ven espejismos y uno los mira sabiendo que son mentira cuando los ha perseguido tantas veces y se ha perdido. Hay atajos que te sacan del desierto, pero nunca los tomé. Me dijeron: ¿Quieres terminar tu caminar errante? ¿Deseas la sombra de este oasis? Pero yo siempre respondía: Por poco tiempo. ¿Por qué?, me preguntaban y yo: Estoy buscando el mar. El mar quizá no existe, yo no lo he visto nunca. Yo sí, vengo de allí. Entonces está en dirección opuesta y lo que haces es internarte cada vez más en la caldera. Puede ser, pero ya no puedo volver sobre mis pasos. ¿Cómo sabes eso? Porque lo he intentado otras veces y ya no estaba el mar donde lo dejé, solo un abismo inmenso que regué con lágrimas, y lo llené con nada.  

    Acepté que quizá el mar ya no existía porque subí las montañas y no lo divisé en lontananza. Carraspeé de forma amarga y las descendí con pesadumbre. Me acostumbré a la tarea de encontrar de beber, palmeras raquíticas, sombra y agua tibia. Pero supe abandonar pronto esas comodidades y seguir mi camino. Sentí la libertad de estar solo y la amé por encima de todas las cosas. Hablé con Dios y le dije que estábamos en paz, que solo quería seguir teniendo las fuerzas para seguir caminando. Miré las estrellas y aprendí sus nombres. Resistí los envites del tiempo y del vacío. Algunos me miraron con lástima, otros con admiración. Yo aprendí a no mirar a los lados, a seguir andando.

    En el fuego del desierto se forja el carácter. Hay quienes no resisten y se rinden, construyen tablones, pozos, chamizos. Otros nunca salieron del mar al cual pertenecían y desconocen la mitad del mundo. No valoran lo que tienen porque no tienen con qué compararlo. Luego me preguntan: Oye, cómo es el desierto. Y yo respondo: A todo te acostumbras, incluso a la sed. El desierto te vuelve indestructible si no te destruye. Compadezco también a los pobladores del desierto que nunca mojaron los dedos de los pies en las olas. Se perdieron, a su vez, la otra mitad. Encontraron barro y soñaron que era el agua. Nunca les contradije, cada uno es libre de buscarse y encontrarse jamás.

    Un día, una brisa me trajo antiguos olores marinos. Tracé la dirección, en la planicie cualquier dirección es buena. Puse todo lo aprendido en práctica y dirigí mis pasos hacia ella. Muchas veces no hubo pista alguna. No volvía a soplar el viento del mar, pero no dejé de andar despacio, como si nada sucediera, sin perder la referencia. Pero entonces, algo dentro de mí, supo que lo iba a encontrar por fin. Y no corrí desesperadamente porque sabía que el camino era largo. Me limité a hacer lo mismo que siempre y un día, a lo lejos, vi el mar de cristal. Bajé las dunas con las piernas temblorosas pero fuertes, pero firmes. Me arrodillé junto a la orilla y besé, por fin, sus aguas. Nos habíamos encontrado otra vez, de nuevo. Sé que las aguas también me buscaban, y allí estábamos.

    Como somos tan diferentes y tan acostumbrados a no tenernos, vamos introduciéndonos poco a poco el uno el otro. Y ahora que las olas me llegan a la cintura, a punto de saltar, de sumergirme y no volver a sacar la cabeza, miro atrás y veo el desierto, con todos sus recuerdos y tesoros, sus buenas y sus malas experiencias, que se despide como un viejo maestro, ululando. Yo sonrío y pienso que le he ganado la partida, pero él no se ofusca porque se ha divertido conmigo y porque gana muchas veces y desconoce el tiempo. 

    La brisa del mar me cambia, me transforma. Animal bello me vuelvo y abandono mi forma de camello, de chacal, de serpiente. Soy un niño que juega, que levanta cortinas de espuma en torno a sí. Seré delfín, orca, cachalote, ballena: espejismo del mar infinito.

  • La marihuana o la vida

    La marihuana o la vida

    Este texto me lo hizo llegar un buen amigo, quien me enseñó el secreto de la filantropía, hace unos siete años. Durante un tiempo supuse perdido este artículo, pero la recopilación de varios escritos para mi blog hizo que reapareciera, para mi alegría. Después de pasar un par de semanas editándolo, aquí tengo esta historia que pretende hacer reflexionar al lector sobre una decisión trascendente: la marihuana o la vida.

    La primera vez que probé los porros fue con 15 años en un descampado a las afueras de mi pueblo con unos colegas del instituto. Entonces no fumaba tabaco, sacaba buenas notas. Aunque no hacía mucho deporte, era un chico sano en muchos aspectos. Tenía una madurez inusitada para mi edad y siempre tuve claro que quería estudiar y prosperar en la vida.

    A partir de entonces, comencé a fumar también tabaco. El consumo real vino partir de los 16 años y con 17 ya fumaba medio o un paquete de cigarrillos al día. En cuanto a los porros, fumaba cuando había, cuando alguno de los amigos conseguía pillarle a un chaval mayor que nosotros que nos vendía hojarasca. A pesar de eso, fumábamos y nos partíamos de risa. Las ocasiones eran muy esporádicas, pero las recordábamos muy afablemente.

    SAN FRANCISCO – APRIL 20 (Photo by Justin Sullivan/Getty Images)

    Entonces comencé el bachillerato. Para mí fue una liberación. De ser un chico responsable que nunca había suspendido un examen, pasé a todo lo contrario. Faltaba a clase, me juntaba con los alumnos de la última fila y nos pasábamos las mañanas en el bar. Nunca he tenido problemas para estudiar, sin embargo, ese año repetí curso. También hay que resaltar que trabajaba los fines de semana en el restaurante de mi pueblo y que esto ocupaba un tiempo importante en el que debería estar en casa.

    El segundo año de bachillerato, para mí todavía el primer curso, conocí a la que fue mi novia durante unos años, una chica que, como yo, también había repetido curso. En cuanto a los porros, consumía muy de vez en cuando y me reía de otros porretas que se pasaban las tardes fumándola, sentados en el sofá, sin hacer otra cosa que hablar de tonterías. Ese año cumplí 18; el día de mi cumpleaños compramos una tableta de chocolate y nos fumamos la mitad por la tarde, cuando llegó la noche estaba tan dormido que no tuve fuerzas para celebrar ese día como se merecía. No le di importancia, habría muchos más días.

    Pasé al segundo curso de bachiller, comenzaron los porros de verdad, por las noches, con los colegas. Durante ese año, las noches que nos reuníamos para fumarla iban intensificándose a medida que avanzaba el curso. Al final del mismo, casi lo hacíamos cada noche y a la que no se podía era motivo de tristeza. En ese plan seguimos todo el verano y comenzamos la universidad. Mi chica no fumaba pero no le daba importancia a que yo lo hiciera de vez en cuando, muchos de sus amigos eran porretas habituales y, como yo me reía de ellos, debió de suponer que nunca caería en el fumeteo diario.

    Igual fueron pasando los años de la universidad: el consumo de marihuana nunca me supuso una traba, la verdad. Saqué buenas notas y en tercero puede cumplir uno de mis sueños más arraigados, estudiar en Madrid con una beca. Entonces tenía 21 años. Tenía dinero y absoluta libertad para hacer lo que me diera la gana. En esa época, fue la primera vez que me fumé un porro por la mañana. Como tenía casi siempre y lo guardaba en mi piso de estudiantes, fumaba cuando me apetecía y, como el placer es adictivo, casi siempre me apetecía. Había días que me levantaba, me sentaba con mi café con leche, y me fumaba un porro mirando la tele, en concreto, los Desayunos de la Primera, que entonces presentaba Ana Pastor, de la cual me enamoré perdidamente. Muchas fueron las veces que me salté todas las clases y no iba en todo el día. A pesar de eso, aprobé la mayoría de las asignaturas a última hora con buenas notas. De todo ello saqué la siguiente conclusión: los porros diarios no eran malos (al menos, para mí no).

    Volví a casa al curso siguiente y acabé la universidad. Ese año me distancié de los amigos, con los cuales fumaba porros en el bachillerato, por sentirme desplazado cuando volví de la gran ciudad. Parecían tenerme rencor por haberme ido y haberles dejado, aburridos, en las provincias. Actué radicalmente, que les dieran porculo, tenía mis porros, mis libros, otros muchos amigos y a mi chica que me apoyaba en todo lo que hacía. Me encerré en aquella vida, en ningún momento pensé que estaba actuando mal porque todo me iba bien. Encontré trabajo aquel verano con el que pensaba pagarme el máster. Cuando el verano acabó, no me gustó el plan de estudios y decidí dejarlo. Ese invierno me dediqué a estudiar inglés y a esperar la próxima temporada de verano, ahorrar bastante dinero y estudiar un máster mejor al año siguiente. Me volvió a salir bien la jugada, encontré un trabajo mejor pagado, seguía leyendo mucho y fumando cada vez más. De lo último mi chica no sabía casi nada, yo no se lo contaba porque me daba vergüenza, me había convertido en lo mismo que yo criticaba: un porreta que prefería quedarse en casa que pasar la tarde por ahí. Cuando me sentía mal por ello, me fumaba otro porro. Yo intentaba escondérselo, pero algo sospechaba ya.

    Ese verano tenía 24 años y me sentía realmente confundido. Trabajaba todo el día duramente y cuando llegaba la noche, cogía y me fumaba «el porro de la recompensa», tan esperado durante todo el día. La verdad es que prefería fumar a quedar con mi chica el único momento del día que tenía para verla, la noche. Le decía que estaba cansado y que me iba a casa. No era mentira, me iba a casa fumando un porro y me dormía enseguida, hasta el día siguiente.

    Y llegó un día de ese verano en el que no sabía ni dónde estaba ni quién era yo, pero me gustaba el caos, fuese lo que fuese. Me sentía en la cumbre de mí mismo, en lo más alto. En la hostelería, conoces a mucha gente, de todo tipo, y yo siempre he sido muy abierto de mentalidad a pesar de mi cabezonería, no me gustaba juzgar mal algo que no conocía. Empecé a salir de fiesta por las noches con ellos, al bar de rigor donde éramos conocidos. Nunca podría confesárselo a la que entonces era mi chica, y al cabo de dos semanas, decidí dejar la relación en vez de decirle lo que había. Hacía tiempo que no le contaba la verdad: yo era un porreta. Ella no entendió nada, pero no me entendía desde hacía ya tiempo, rompí su corazón y también el mío. Supuse que eso era mejor que hacer lo que hasta entonces hacía, mentirnos .

    Para superar el trauma, me refugié en los porros y en el trabajo. Más bien, me estanqué. Acabó aquel verano, que en teoría era maravilloso y, por suertee, me aceptaron en el máster de la Universidad de Barcelona. Todo funcionaba suavemente, encontré un piso muy barato y un trabajo de mierda con el que pagarme los vicios, que en esas alturas eran 20 o 30 euros de marihuana a la semana.

    Pero me pilló la ola, un día de esos quedé con mi ex y, el verla tan bien, tan sana, tan buena, me reventaron las tripas. Me prengunté qué es lo que era yo y no lo supe, me volví loco, me tragó el pozo como un torbellino y me tuvo girando durante aquellos meses de invierno en lo más frío y más oscuro de mí mismo. Dejé el máster, dejé el curro, dejé a una chica con la que había intimado un par de veces, y me fui a casa a llorar lo que quedaba de mí.

    Y fumaba y fumaba. Por suerte, trabajé los fines de semana en el mismo sitio donde estuve el verano anterior y entre semana escribía una novela que comencé en Barcelona, sobre un loco como yo al que todo le salía al revés. Pensé que si la acababa, podría sentirme orgulloso de algo que había hecho, y así fue. Para celebrarlo, fumaba y fumaba, pero no superé nada, más bien todo lo contrario. Como ella había llevado siempre una vida como Dios manda, poco a poco fue superando la situación y saliendo adelante. Yo, por mi parte, seguía estancado y no sabía por qué. Entre porro y porro, llegó la primavera y comenzó de nuevo la temporada.

    Ahora tengo 25 años. Lo que me hizo decidir cambiar la manera de funcionar fue una última pelea que tuve con mi ex, yo le reprochaba que no me ayudara a salir de todo aquello en lo que yo solo me había metido. Decidí que se acabó, que saldría por mi propio pie del agujero y decidí que el 31 de mayo sería el último día que me fumaría un porro. Estaba con mi colega de toda la vida, este no se lo creía y se partía de la risa. Efectivamente, al día siguiente no fumé, ni al otro, ni al otro, ni al otro. Al tercer día, me sentí resucitar, a la semana ya actuaba como no hacía mucho tiempo. Había llevado tanto tiempo aquella dinámica que era como una bola de nieve bajando la montaña, haciéndose cada vez más grande. Cada día que pasa, me siento un poco más seguro y un poco más yo mismo. Si me cuesta dormir, me pongo a leer furibundamente hasta que lo consigo. Ahora repaso todos estos hechos, como hacía antes, sin obsesionarme. No me culpo de la vida que he tenido porque he conseguido sacar algo bueno, y eso es lo más importante. Aquel que no hace nada, nunca se equivoca; el que hace, se equivoca muchas veces, pero también hay que ser valiente para reconocer los errores que uno comete.

    Hoy, todos me notan cambiado, mi familia, mis amigos y yo mismo, me notan mejor. Poco a poco, voy volviendo a ser quien era, pero todavía me queda mucho camino por recorrer y creo que eso es lo mejor. Llevo 19 días sin fumar un solo porro, caladas esporádicas que al final rechazo cuando alguno de mis amigos me tiende el porro que se está fumando. Cuando decidí dejarlo, paré de comprar, fumaría cuando hubiera, como hacía años antes. Sin embargo, me afectan tanto tres caladas que al final he decidido dejarlos definitivamente.

    El futuro siempre es incierto y uno nunca sabe, pero el presente es nuestro, completamente. Y me prometo que hoy tampoco fumaré, aunque a veces venga el pasado a recordarme que he actuado mal muchas veces. Entonces, yo cojo y escribo mi historia, para colgarla en cualquier blog de porretas y decirles lo que hay. Quizá con ella consiga hacer reflexionar a alguno, quizá no consiga absolutamente nada, pero por lo menos me pongo a trabajar en vez de levantarme, liarme un mai y perder toda la mañana fumado, sentado en el sofá.

    Ahora pienso que la marihuana es buena, siempre y cuando se saque algo bueno de ella.

    Firmado,

    Un exfumeta

  • Patria, novela de Fernando Aramburu

    Patria, novela de Fernando Aramburu

    Encontré la novela de Aramburu en un estand de la librería Abacus en Barcelona, concretamente, en la avenida Fabra i Puig. No suelo leer libros actuales, no soy una fangirl de Javier Marías y nunca me dijo demasiado Vila-Matas. Igualmente, no me he acercado al proyecto Nocilla ni al resto de obras, dizque, de su generación. Alberto Olmos me aburre bastante y casi nunca leo los periódicos ni críticas literarias.

    Yo conecto mejor con los clásicos; a poder ser, los mamotretos del siglo XIX. Cuando se trata de leer, pocas veces me gusta perder el tiempo; conforme me voy haciendo adulto, cada vez tengo menos ganas de malgastar las horas.

    Pero mi ávido olfato de lector de novelas se ha desarrollado como un sexto sentido que pocas veces me falla. Además, nunca leo las contraportadas de los libros por miedo a que algún mequetrefe me destroce doscientas páginas de una buena novela en cuatro líneas mal escritas. Para mí, la intriga es importante, quizá por mi condición de lector inocente al cual la Nocilla ha dejado de entusiasmarle.

    En lo que sí suelo reparar es en las bandas de papel que, a modo de cinturón en las portadas, suelen contener frases cortas de escritores que recomiendan las obras del momento. Recuerdo que Vargas Llosa, uno de mis autores favoritos, ponía la novela de Aramburu por las nubes y no necesité más crítica que esa para hacer el dispendio y comprármela. Pero así soy yo.

    Para quienes no sepan qué leer, o duden incluso de si leer vale la pena, van dirigidas estas palabras. Soy profesor de castellano en la pública y mientras estaba leyendo Patria preparaba, también, los exámenes de la primera evaluación. En vez de buscar un fragmento por Internet, leerlo someramente y pegarlo en una hoja de Word, decidí utilizar unos cuantos párrafos de la novela que yo mismo estaba leyendo. Antes de repartir el examen, subrayé que el fragmento del texto me había parecido especialmente bueno para utilizarlo como comprensión lectora. Una de las preguntas estrella que puse fue: ¿Quién es el narrador en este fragmento?

    Quizá alguno de ustedes pueda recordar una pregunta de este estilo en su etapa de estudiante de secundaria. El ejercicio era típico, calcado a muchos otros. El hecho que lo hizo especial fue el estilo de Aramburu. Esa forma magistral de mezclar la primera y la tercera persona a la hora de narrarnos una historia, capta perfectamente el punto de vista del personaje que nos está relatando algún pasaje de su vida, sin caer en la pesadez de la primera persona y el yo esto, yo lo otro. Magistral. Yo lo había intentado en alguna que otra prosa, sin atreverme a romper la unidad de la tercera persona pero queriendo meterla dentro del pensamiento y el alma de los personajes. Aramburu lo consigue de forma natural y, por eso, su novela es una delicia a la altura de cualquier clásico del XIX. Dicho sea de paso, mis alumnos también agradecieron el fragmento que, aunque difícil, les gustó porque no era «lo típico que les hacen leer normalmente».

    Cuando me pregunta la gente de mi entorno: «Oye, ¿de qué va la novela?», yo respondo: «De la ETA». Ahora te pregunto a ti, que me estás leyendo, ¿tú sabes algo de la ETA? Más allá de las noticias y los atentados y el politiqueo, dime, ¿sabes algo de eso? Yo tampoco tenía ni idea. Este autor nos sumerge en un mundo cercano, desconocido y tabú; nos muestra a las personas que lo forman: las víctimas y los verdugos; las víctimas y los opresores. En definitiva, los seres humanos que viven y se desarrollan en un mundo que nos juega malas pasadas, generalmente, por nuestra irremediable ignorancia. Sin política, sin bandos, sin ideales de ninguna clase. Literatura pura y dura; arte del bueno que no te deja indiferente.

    Ni siquiera soy de los que lloran en público; ni siquiera soy de los que lloran en el cine. Pero no pude contener un calambrazo de emoción al sentirme identificado, en tantas cosas, con Joxe Mari, con Bittori, con Xabier o el Txato; entre tantos otros personajes duros, tristes, optimistas y entrañables. Es literatura que emana de la fuente más pura y clara para un mundo, cada vez, más necesitado de ella.

    No sé qué estás haciendo que me estás leyendo a mí en vez de leer Patria, de Aramburu.

  • Leer para vivir

    Leer para vivir

    Leer me ha salvado la vida, varias veces. No tanto el hecho de leer una historia, un fragmento, una frase concreta; sino el acto de leer en sí mismo, eso es lo que me ha sacado muchas veces del abismo, de pozos oscuros en los que caemos, inevitablemente, de vez en cuando. Podría haber vivido igual sin ser una persona lectora, pero mi experiencia hubiera sido muchísimo más pobre y peligrosa, sin apenas haber vivido.

    Cuando se piensa en la lectura suele venir a la mente una persona apaciblemente sentada en un mullido sillón, con unos rayos de sol tamizados por la persiana y las cortinas, en una tarde de finales de verano mientras anochece, quizá un cigarrillo o un café humeante sobre la mesita del té, las piernas cruzadas y la mirada totalmente absorta. Aunque es una escena deliciosa, no es para mí el arquetipo de la persona lectora. Esta es más bien alguien en el transporte público, rodeada de cuerpos -trabajadores, estudiantes, pedigüeños, parados-, de miles de ruidos estridentes -el traqueteo del vehículo, el chirriar de los frenos, una conversación escandalosa, música ratonera desde un móvil-; entre todo eso, alguien en un rincón leyendo un volumen barato de tapa blanda. Al verlos en algún lugar, seres en peligro de extinción, no puedo evitar sentir cierta ternura.

    Uno de los tópicos que se suele relacionar con la lectura, o con el estudio en general, es que te aparta de vivir. Esta creencia proviene de la edad adolescente y del error que cometen muchos al decir: “prefiero estar viviendo la vida, antes que estar leyendo en casa”. Es una tesis eufónica, por eso parece ser creíble, pero es falsa. Leer no impide vivir, todo lo contrario, leer es vivir, y si bien se suele leer en casa, la persona lectora consigue al final leer en cualquier parte, incluso en las situaciones más inverosímiles.

    Qué extraño invento el de la lectura. Cómo se pudo llegar a la conclusión, y al placer, de que interpretar símbolos minúsculos como hormiguitas en un folio era algo enriquecedor. Las primeras personas lectoras serían gentes muy especiales para que otros hicieran el esfuerzo de sumarse al ejercicio. El ser humano no aprende mediante las lecciones magistrales, sino copiando a otros que cree más fuertes o felices. La lectura es un milagro que ha sobrevivido a todos los avatares del destino, a la censura de las dictaduras y a la aparición de las pantallas. Me divierte cuando alguien sentencia la muerte de la lectura por la inmediatez del vídeo, deberían ver mi estantería abarrotada de ejemplares de todas clases, libros que me hacen sentir en un lugar mágico y amable. Si bien es cierto que se han producido evoluciones evidentes, la aparición de internet no ha significado, por ejemplo, la desaparición de la radio, que ahora se le llama podcast. Tampoco desaparecerá el libro en papel, aunque exista el kindle, y menos la lectura.

    Lo que ha impulsado durante siglos el gusto por leer deben de ser los múltiples beneficios asociados a este ejercicio, que no suelo encontrar en las decenas de vídeos que observo a diario en mi teléfono. Veo campañas a favor del deporte, de la meditación, de la comida sana. Todo ello está muy bien y es muy provechoso en lo físico, pero ¿qué pasa con lo psicológico? Ahora que la salud mental está tan en boga, se debería fomentar como pilar fundamental la lectura. Cualquiera que haya pasado veinte minutos, absorto, leyendo un texto, habrá sentido luego esa paz extraña, como si hubiéramos entrado en una campana donde no penetrara el sonido, como si estuviésemos en medio del mar, o del campo, y sólo escucháramos las olas contra el casco, o el pájaro en la rama, lejos el ruido sempiterno de la ciudad. Es en ese lugar especial, donde podemos tomar las mejores decisiones de nuestra vida. Algunos invierten mucho dinero y salud en encontrarlo durante pocos minutos, incluso jugándose la vida en disparates realizando viajes reveladores. Una persona lectora penetra en ese mundo cada vez que lo desea, sin más secuela que una mirada renovada para ver la realidad a partir de la ficción vivida. Misteriosamente, los demás notan ese estado resplandeciente en la persona y se suelen acercar a ella como el que se arrima a un fuego en mitad de la noche. Leer es, también, trascender las fronteras del cuerpo.

    Un viejo profesor de literatura siempre afirmaba, mirando con sus ojos azules casi ciegos por forzarlos en la lectura de toda una vida, que al final no distinguía en sus recuerdos entre lo que había vivido, lo que había soñado y lo que había leído. Él, como buen maestro, dejaba la cuestión en el aire, pero se deduce entonces que esas tres formas de experiencia -realidad, sueño, ficción- son al final indistinguibles. Luego, una persona lectora añadirá un nuevo estado a su experiencia y será, al cabo, indistinguible. Leer nos hace vivir más en menos tiempo; porque este es relativo, leer nos hace vivir.

    El contenido teórico de un buen texto no está exento de una finalidad práctica, de hecho, la práctica termina siendo más efectiva si previamente se ha atendido a la teoría. Los libros nos hacen más valientes, más activos, más vitales y resilientes. No es habitual el tópico de la persona débil, asustada del mundo, refugiada en los libros. Conozco a algunos grandes lectores que han pateado muchos rincones de la experiencia humana y que, además, han sobrevivido para contarlo. Las historias nos enseñan a ser el protagonista de nuestra vida propia, o el secundario, o solamente el narrador. Toda vivencia puede ser objeto de un buen relato, incluso la más amarga. Sabiendo eso, uno afronta el porvenir como una gran aventura, con el poder superior de interpretar la realidad a su antojo, transformando lo más monstruoso en lo más bello, y viceversa. Si algo nos legó Quijote, es su gusto por la lectura. No hay buenos ni malos libros, el acto de leer es un ejercicio positivo en sí mismo, independientemente de lo que se lea.

    Cuantos más textos, mejor: no hay nada más abyecto que alguien que solo ha leído un libro, porque solo tendrá un único punto de vista sobre la vida. Lea usted autoayuda, realismo finisecular, poesía vanguardista, canción urbana, la Biblia, el Necronomicón, las Soledades de Góngora, de Machado, el próximo premio Planeta, el pasado premio Nobel o este blog sobre literatura. Lea usted sin miedo, hasta volverse loco a la par que amado por sus amigos y por sí mismo. Porque leer es una locura, como lo es la vida.

    Los libros nos hacen más humanos, más felices, más libres. Confíe en leer para vivir.

  • Un escritor sobrevalorado

    Un escritor sobrevalorado

    Homenaje a mi admirado novelista Paul Auster. Cualquier parecido con la realidad es pura ficción.

    Paul lee un artículo en una revista cultural: Fante, un escritor sobrevalorado. Acaba de alquilar un apartamento en Brooklyn, Nueva York. Tiene 28 años. Ha vivido en París, como Hemingway, buscando la inspiración en la capital cultural del mundo, pero no ha habido suerte. Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, ya no es lo que era y no tiene nada que ofrecer a un escritor americano. Llegado el momento, decidió volver a casa y, como casi no tenía dinero, tuvo que arrendar un piso en un barrio deprimido de la gran manzana. Con el tiempo, será uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, pero ahora Paul, en 1975, lo desconoce por completo. Pronto se aburre de la lectura y decide salir a pasear.

    Lleva sin escribir algún tiempo y ha abandonado la idea de ser escritor. Es verdad que se sienta frente a su máquina de escribir y redacta ensayos y reseñas para revistas literarias de poca monta, pero eso no es ser escritor. Ha estudiado Lengua y literatura inglesa en la Universidad de Columbia, nunca fue un estudiante destacado. Por suerte, en Estados Unidos, un judío como él puede ganarse la vida bien.

    Es una tarde de primavera y Paul pasea por las calles de su nuevo barrio. Pululan los negros, los latinos, los judíos, los italianos: el crisol de culturas que configura el subsuelo de Estados Unidos. Hace un tiempo delicioso, va pensando en todo y en nada mientras escucha sus propios pasos sobre la acera. Paul es un hombre atractivo. Algunas chicas le lanzan miradas mientras pasa por su lado distraído, pero hoy no presta atención porque está absorto en sus pensamientos. Penetrantes ojos azules, delgada figura, como su cigarrillo, una sombra sobre el asfalto de Nueva York. No tiene demasiadas ganas de participar en la fiesta del mundo; sumido en sí mismo, se siente feliz y a la vez taciturno. Pero ese día todo cambiaría.

    El primer sueño de Paul era el de convertirse en director de cine. Representaban para él una mezcla perfecta entre el intelectual y la estrella: siempre rodeados de actrices preciosas, de público, de brillo. Pero se sabe demasiado tímido para eso. Además, no le gusta trabajar con gente, prefiere la soledad del tabaco, la radio, la música clásica, los libros, el papel en blanco. Sólo así puede expresarse con verdad. El mundo social hace mella en su ánimo y no puede soportarlo por demasiado tiempo. Piensa que quizá debería haber aprendido a tocar un instrumento, haber formado parte de una banda de jazz, pero al cabo de unos pasos llega a la misma conclusión. Escribir es la única manera que tiene de hablar y, por encima de todo, lo que más le gustaba era leer: ese diálogo íntimo que se establece entre el escritor y el lector, que supera la barrera del tiempo, la cultura, las distancias. Por otra parte, había sido un pésimo guitarrista.

    A mitad del paseo, intenta encenderse otro cigarrillo, pero el mechero parece haberse quedado sin gas. Decide volver a casa. Tiene unos veinte minutos hasta llegar a su portal. No tiene nada en la nevera. Piensa en ir a comprar algunos víveres, pero se siente tan cansado por la embriaguez de la tarde que no tiene fuerzas para hacer la compra. Decide que esa noche no va a comer, ni siquiera un sándwich en el bar de abajo. No tiene hambre, no tiene sueño. Solo quiere fumar y leer; o un beso y un abrazo.

    Al llegar a casa, toma un libro y se deja caer en el sofá. En el apartamento hay muy pocos muebles, pero para él solo no necesita más: una cama, una mesa, estantes. Vuelve a levantarse en busca del mechero. Encuentra uno en el armario de la cocina, tampoco funciona. Se maldecía por haberlo guardado si en realidad estaba gastado, era una trampa, una jugarreta de su yo del pasado. Comienza a desesperarse. Suena el teléfono. Es Anthony. Le dice que si le apetece salir a comer una hamburguesa. Está cansado y tiene poco dinero. En contra de sus planes, contesta que sí. Preferiría quedarse en casa, pero un fumador de su categoría no puede pasar toda una noche sin llevarse un cigarrillo, o media cajetilla, a la boca.

    Se encuentran en la esquina, a dos manzanas del apartamento de Paul. Anthony está fumando y, en cuanto se ven, antes de saludarse, Tony le tiende el mechero. Ambos se quedan en silencio observando los coches atravesar el cruce. “No vas a creer lo que me ha pasado”. Paul puede creer cualquier cosa.

    Anthony Hoffman quería ser pintor. Había estudiado en Londres con una beca, pero pronto se cansó de la vida académica y estuvo haciendo el vagabundo por toda Europa. Viajaba con un cuaderno de dibujos y lápices. Vendía bien sus caricaturas, pero aquello no le interesaba. Ambos se habían conocido durante los años de universidad, los dos frecuentaban los mismos ambientes intelectuales y a los dos les daba el mismo cansancio aquello. Se cayeron bien desde el principio y, aunque casi no se veían, guardaban una buena amistad. Paul consideraba que Anthony estaba un poco más loco que él, lo mismo que Anthony.

    Entran en la hamburguesería y piden. Mientras la camarera, una hispana llamada Marta, según pone en la plaquita colgada al pecho, trae los platos, Anthony empieza a contar su historia. Está visiblemente nervioso y le tiemblan las manos. Paul no entende cómo, teniendo ese pulso, podía ser tan buen pintor, pero no pregunta. Quizá entiende por qué no ha pasado de caricaturista. Se deja llevar por la historia.

    -Verás, me sucedió hace unos días, pero la cosa se remonta unos seis meses en el tiempo. Como sabes, he estado viviendo en Roma, en casa de unos drogadictos. Eran cinco, seis contándome a mí. Todos iban de genios, me dijeron que podía quedarme un tiempo a pintar en lo que ellos llamaban «su estudio»: una pocilga polvorienta en una callejuela del Trastevere. Deberías haberlos visto, Paul, gente asquerosa, sin futuro ni pasado, sin presente. ¿Me sigues? Mierda, sangre y miseria por todos los rincones. ¿Entiendes?

    -Claro, continúa. -No le costaba imaginarse a Anthony con gente así. Él, de hecho, era un poco así.

    -Anduve con ellos unas semanas. No hacíamos gran cosa y, aunque se llamaban a sí mismos poetas, artistas contraculturales, nunca los vi escribir una sola línea. Lo único que hacían era drogarse todos los días a todas horas. Yo estaba en medio en todo eso, como en un sueño, y los dejaba a su aire. Pensaba en cuál sería mi próximo paso, cada vez tenía más claro que en Europa no había futuro para mí.

    -Yo pensé lo mismo. -Era mentira, en realidad pensaba en que su amigo hablaba de sí mismo.

    -Escucha, que ahora viene lo mejor. Resulta que uno de los tipos, Tomasso, vivía allí con su novia, Gabriela, y habían sido padres de una niña. El bebé tendría unos meses de vida, pero a esos tipos les daba lo mismo. Se drogaban allí mismo sin importarles que la pequeña llorara o comiera. No sé cómo pude soportar todo aquello. -Se revolvía en la silla, un par de lágrimas comenzaron a resbalar.

    -Ánimo, tío, no era tu hija. Supongo que debe ser duro estar en todo aquello, pero no será la única en el mundo. – Paul siempre se había destacado por su cinismo, pero en el fondo era un sensiblón. Con la mirada clavada sobre la mesa, ambos sin haber tocado su hamburguesa, Anthony continuó.

    -Se drogaban a todas horas: coca, heroína, qué se yo. Esos tipos se decían a sí mismos artistas, unos desgraciados es lo que eran, cómo podían hacer aquello delante de la bebé. Una noche me levanté sobresaltado, estaba en la cama con un mal viaje y no podía dormir. Fui al salón a por un vaso de agua y entonces la vi: la bebita estaba fría sobre la moqueta del suelo. Aquellos descerebrados habían dejado la droga cerca de ella y de alguna forma se la había llevado a la boca. Yacía sobre un charco de sangre.

    Paul no supo qué decir. Se le había quitado el apetito por completo. Lo único que consiguió hacer fue encender un cigarrillo y mirar a su compañero con ojos atónitos. No esperaba semejante horror, tenía que ser una historia inventada. Cómo unos padres iban a dejar que sucediera algo así, por Dios.

    -Decidí que había pasado demasiados días allí, cogí mi mochila y me largué en plena noche. Todo me parecía un mal sueño. Me fijaba en cosas absurdas y pensaba cualquier cosa para no pensar. En el aeropuerto, mientras cruzaba la aduana, los tipos de seguridad registraban al azar a quienes pasaban al otro lado. Yo me sentía sucio, quizá debería haber avisado de lo que había visto, pero estaba tan asustado que solo quería largarme de Roma cagando leches. Además, esos polis buscaban a la gente que transportaba droga de un país a otro. Yo pensaba en cómo se debían sentir los traficantes minutos antes de cruzar el umbral, de si ensayaban cara de póquer, en cómo fingían la naturalidad que sentía yo, sabiendo que no transportaba nada raro y que llegaría a casa. ¿Entiendes o no? En verdad me moría.

    -Te entiendo más o menos Tony, ¿qué tienen que ver los traficantes con la muerte del bebé? -Pero Anthony no lo escuchaba, absorto como estaba en su propia historia, ojos inyectados en sangre.

    -El tipo de seguridad decidió que yo podía ser un posible candidato de traficar algo en el avión. Dejé mi mochila, vacié mis bolsillos, y atravesé el control de metales. Pero el poli me detuvo y me pidió que me sentara. Comenzó a registrarme. Yo obedecía como un ciudadano cualquiera, en esos momentos estaba en otro mundo, completamente sobrio, pero todo me parecía como de plástico, irreal. Me vació de nuevo los bolsillos, pero solo encontró un pañuelo que no había depositado en la bandeja. Estaba tranquilo y al cabo de un rato, dejó que recogiera mis cosas. Total, cogí la maleta, me metí en el avión e intenté dormir.

    -No entiendo a dónde quieres llegar, Anthony.

    -Me sorprende que quieras ser escritor, tío. Espera a que termine la historia. Mira, alquilé un apartamento y dejé mi mochila por ahí tirada. No tenía muchas cosas y empecé a rehacer mi vida de nuevo. El dinero nunca fue un problema para mi familia y la verdad es que me sobraba. Me compré ropa, me corté el pelo, quería volver sobre mis pasos, recalcular de nuevo la ruta de mi vida. ¿Me sigues? El caso es que en meses no abrí la mochila que traje conmigo. No lo necesitaba, solo tenía ropa sucia. ¿Me entiendes o no?

    -Sí, Anthony, maldita sea.

    -Pero hace dos días estaba bastante aburrido. Recordé que durante el viaje había comprado una versión en inglés de La Divina Comedia. Por haberla adquirido en Roma, pensé que sería una obra especial. No tenía nada que hacer y busqué el libro dentro de la mochila. ¿Adivinas lo que encontré ahí dentro?

    -¿La Divina Comedia?

    -Ropa de bebé. Me había confundido de bolsa y me había llevado otra. Eso me horrorizó, pero eso no era lo peor. En el fondo, bien escondido, había medio quilo de coca, o lo menos, una cantidad considerable.

    -¿Cómo es eso posible? ¿No dijiste que te pararon en el control?

    -No lo sé. Aquellos tipos debieron de meterlo allí porque pensaban que era un lugar seguro, no lo sé. Tampoco les llamé para preguntárselo. Seguro que se quedaron a cuadros cuando vieron lo que había pasado. Lo importante no son esos tipos. Lo fundamental es que había atravesado el control de la aduana con medio quilo de cocaína, me habían registrado, y no lo habían encontrado. El tráfico de drogas es una cosa seria, tío. Si me llegan a encontrar con eso, hubiera sido mi perdición: la cárcel o algo peor. No sabía si estar contento o sentir miedo. Era como si el mundo me dijera algo, pero no entendía el qué.

    -Te libraste de una buena, Anthony. Era tu día de suerte y no lo sabías.

    -Ahí pienso que está la clave, Paul: yo no lo sabía y por eso me salvé.

    -Pero la bebé no se salvó.

    -Exacto. Desde entonces no me la quito de la cabeza. No puedo evitar escucharla llorar por la noche.

    La cena se había terminado. Paul no podía evitar pensar que la historia de su amigo era sencillamente mentira. Algo tan rocambolesco es imposible que pase en el mundo real. Con la hamburguesa a medio comer, encienden sendos cigarrillos y comienzan un incómodo silencio. Ambos se sienten cansados y quieren irse a casa, en otra ocasión podrían tomar esas copas que hoy se quedaban pendientes.

    Salen del restaurante y caminan por la acera. Paul le dice a Anthony que quiere buscar algún lugar donde comprar un mechero. Anthony le da el que lleva en el bolsillo, tiene mecheros en su apartamento. Prometen verse el fin de semana próximo. Se dicen adiós. Nunca más volverán a verse. Anthony se suicidaría poco después. Diagnóstico: sobredosis. Un final lógico para un yonqui como era él.

    Una vez en casa, Paul se sienta delante del escritorio. La máquina de escribir permanece callada con su hoja de papel intacta, inmaculada. Corre una brisa fresca y hace una noche agradable. Piensa en la suerte de Anthony, en qué hubiera pasado si la policía de aquel país le hubiera encontrado la droga o al bebé en el apartamento. Seguramente se trataría de un país bastante atrasado. Su pensamiento se desboca. Un segundo después de encender el cigarrillo con el mechero de Anthony, sus dedos teclean rápido.

    Paul es un escritor sin imaginación, por eso decide dar forma a la historia que le había contado Anthony aquella noche. La realidad era para él más fascinante que la fantasía, así que se dedicó a contar una posible versión del trance de Anthony. Cambió el nombre, el país y la suerte. Pasó días escribiendo el manuscrito y, una vez terminado, descubrió que era buen prosista. La historia caminaba, era ágil, eléctrica.

    No dejó de escribir jamás. Unos años después de aquel encuentro consiguió publicar su primera novela con el pseudónimo de Paul Benjamin. No funcionó, pero le sirvió para seguir publicando. Décadas más tarde se convertiría en uno de los novelistas más importantes de finales del siglo XX y del siglo siguiente. Se hizo rico, se casó un par de veces, tuvo dos hijos, continuó fumando y el cáncer no consiguió darle caza. Nunca más volvió a pensar en Anthony. Aquella historia acabó perdiéndose y nunca fue publicada.

    A Paul le gusta mirar por la ventana de su viejo apartamento de Brooklyn, hoy, en 2022, uno de los barrios más exclusivos de Nueva York. Casi puede verse paseando en los 70. La gente lo conoce de toda la vida. Después de todo lo vivido, de todo lo escrito, de saberse inmortal como novelista, piensa, en el otoño de su vida, en cómo empezó. Hoy, extrañamente, recuerda a Anthony en aquella hamburguesería que ya no existe, explicándole su descabellado relato con los ojos inyectados en sangre por las drogas. Su hijo, Daniel Auster, también tiene una hija y problemas con la heroína. Por un instante se le pasa por la mente la vieja historia de Anthony. Piensa en llamar a Daniel, pero es tarde y ya lo ha intentado todo.

    Se distrae con una revista, para ser un escritor sobrevalorado no le había ido tan mal. Apaga el cigarrillo, bebe un vaso de agua y se acuesta en la cama con su mujer Siri. Sobre la mesita de noche, hay una revista cultural con su foto en la portada. Lo han despellejado vivo, pero ese será el menor de sus problemas. El título del artículo: Auster, un escritor sobrevalorado. Esa noche sonará el teléfono y ya nada volverá a ser lo mismo, pero Paul Auster dormirá a pierna suelta sin pensar que las viejas historias, a veces, se repiten.

  • Se requiere arte

    Se requiere arte

    La palabra arte proviene del latín, como casi todas las palabras, y significaba, en aquella lengua milenaria: habilidad, profesión, arte. De entre los posibles significados que encierra este concepto misterioso, interesa el segundo. El arte es también una profesión y por eso cualquier profesión requiere de hablidad, y de arte. Se puede ser más o menos hábil en el desempeño de cualquier arte, pero es obligatorio trabajar.

    Cuando pensamos en el concepto arte y en todo lo que conlleva, nos vienen a la mente las obras pictóricas, musicales, literarias; quizá también acuden a nuestra mente los autores de dichas obras: pintores, músicos, poetas. Ser esa clase de artista debe ser lo más maravilloso del mundo, porque son los únicos seres de la tierra que pueden hacer lo que les dé la gana sin que sean juzgados por sus acciones. Tienen libertad absoluta y comprensión por el gran público, que si bien censura su comportamiento, lo permite porque, a la postre, es un artista, una persona cuyo oficio es la producción de arte.

    Muchos han sido los poetas homosexuales, drogadictos, alcohólicos, comunistas… cuya biografía se ha perdonado en cada momento de la historia gracias a los himnos humanos que legaron al sentimiento. Lo mismo ocurre con cualquier artista de destacable, nombres hay a montones, si no todos los nombres que valen la pena: Miguel Ángel, Lorca, Dostoievsky, Picasso, Hemingway, Ezra Pound, Baudelarie, Poe, en fin, la lista es infinita y cada cual puede añadir los que considere que falten. No hay que juzgar a los genios por su biografía, de hecho, no debería ser ni siquiera conocida, para que el espectador tasara la obra de arte sin afinidades con la manera de vivir del artista.  

    Toda aquella persona que haya aspirado a la libertad plena habrá aspirado a ser artista en alguna de sus vertientes. Puede ser que el objeto de su arte no sea la obra en sí, sino la patente de corso que lleva aparejada la vida del artista.  Como Fausto, el poeta es inmune al influjo de las fórcidas, esas tres hermanas que compartían un solo ojo y un solo diente. El artista puede incluso pactar con el diablo para traernos a los mortales un arte que nos haga exclamar: detente, instante, eres tan bello, un arte que ponga de acuerdo a toda la sociedad humana, único capaz de proporcionar paz y redención. Tales conceptos nos legó el romanticismo, y en busca de tales eternidades viviremos muchos.

    Pero muchas veces se olvida que el arte supone también una profesión, un oficio, es decir, implica trabajar. A muchos nos puede enamorar la libertad, a muy pocos les apasiona trabajar -del latín, tripaliare: torturar. Y menos agrada trabajar “por amor al arte”, sin recibir nada a cambio. Un sacrificio infructuoso en cuanto al dinero, la pesadilla de los racionales. La mayoría de los artistas mencionados, si no todos, además de ser genios, provenían de familias adineradas los sustentaron. Qué dificil se hace compaginar todas las vertientes de arte y conseguir ser un artista, bajo ciertos condicionantes. Aunque si el arte signfica profesión, quizá haya mucho arte ignorado.

    Cualquier persona, en el desempeño de su oficio, puede ser un gran artista, admirado por los entendidos en ese ámbito, por su habilidad y arte en la profesión. La consideración de los oficios artísticos están condicionados por las modas del momento. Es el caso de la cocina, por ejemplo, que ha pasado a ocupar un lugar prominente en el terreno de lo artístico, llegando a veces al absurdo, y ya nadie niega que un cocinero pueda ser un gran artista o, incluso, un genio. Hay muchas personas destacables, que realizan su trabajo con amor, sin importarles el poco o mucho dinero que reciban a cambio -porque el dinero viene solo, como todos esos artistas saben. Hay mucho arte.

    Para ser un gran poeta habrá que trabajar tanto como para ser un gran zapatero. La única diferencia será la remuneración económica que se perciba por ambas profesiones, que siempre irá en función de las modas y la valoración que se haga del producto artístico en ese momento: ya sea un poema o un zapato. Esto implica levantarse temprano por la mañana y dedicar un mínimo de ocho horas a un trabajo a veces monótono, duro, alienante, carente de sentido; pero también bonito, apasionado, único, capaz de hacernos felices por el simple hecho de realizarlo. También implicará ponerse a crear cuando no haya nada de lo que hablar, cuando falte la inspiración y el dinero. Habrá que sacrificar buena parte del tiempo en busca de algo que no siempre se consigue. Trabajar mucho para dar un salto al vacío, a shot in the dark, a veces jugándose la vida, arriesgando.  

    Para ser artista, y para ser cualquier cosa, se requiere hablidad y profesión. Incluso para escribir un artículo dominical en un blog, cuando hay tanto por hacer, se requiere arte.