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  • La decisión de su vida

    La decisión de su vida

    Dos amigos están en un bar de barrio. Las mesas de la terraza son de metal ligero y han decidido sentarse allí porque, a pesar de que es invierno, uno de ellos fuma. Piden ambos un café y esperan a que el camarero les sirva. Hace frío, pero no les importa.

    -Cada vez tengo más claro que nuestra vida no se compone de grandes decisiones importantes, sino de pequeñas decisiones infinitesimales. Minúsculos momentos en los que nos lo jugamos todo, a diario, continuamente, sin darnos a penas cuenta.

    -No te entiendo, Marcus.

    -Me pasa cuando decido escribir o no esa palabra, cuando escojo el momento en el que ponerme a contar una historia, cuando busco el día adecuado para sentarme un rato frente al ordenador; todas esas decisiones forman parte de la misma: la decisión de escribir periódicamente cueste lo que cueste. Un día alguien se interesa por mi prosa, alguien importante, y toca decidir si publicar o no, pero la decisión ya está tomada en cada uno de los días en que me senté a gastar las teclas del teclado del ordenador.

    El camarero trae los cafés y se produce un breve silencio. Marcus mira al vacío mientras sostiene su cigarrillo y el otro lo mira con las manos en los bolsillos. Da una calada.

    -Para qué escribir si nadie te lee, Marcus. Ni siquiera yo, que soy tu mejor amigo, el único amigo que tienes, de hecho. Tus textos resultan tediosos, siempre escribes sobre las mismas cosas. No tiene sentido dedicar tanto tiempo a algo que no sirve para nada, deberías invertir tus energías en otra cosa. Mira los creadores de contenido en internet.

    -Hay que tener fe y confiar en que los cambios positivos llegarán, y así poder disfrutar del presente, porque en el gozo del ahora hay algo de esperanza por el gozo de mañana.

    -Ya empiezas con tus sentencias estrafalarias. El gozo verdadero es tener un coche guapo, una novia guapa, una casa guapa, mantenerte joven. Eso da la felicidad y no todas esas paranoias que escribes en tu blog de internet. Marcus, debes ver la realidad como hacemos los demás, seguramente te iría mucho mejor. Cambiando de tema, el otro día vi una serie que te encantaría: unos tipos cogen un avión y desaparecen cinco…

    -En las películas de Hollywood vemos un mundo donde los personajes toman grandes decisiones trascendentales en un momento crucial, pero en la vida no ocurre de esa manera. Si bien estamos ante dos caminos que se bifurcan cada cuatro o cinco años, donde decidimos si seguiremos o no con esa chica, si aceptaremos ese trabajo, si compraremos esa casa, la decisión ya está tomada de antemano, debido al curso de decisiones infinitesimales que nos han llevado a ese cruce de caminos concreto, y no a otros posibles infinitos. Lo llaman destino, parece sorprendente, pero detrás de las casualidades opera una lógica aplastante que aún no podemos rastrear con nuestra física.  

    -Maldita sea, Marcus, cada vez hablas más raro. De verdad no hay nadie que te entienda. Qué sabrás tú de física, eh, cráneo privilegiado, no sabes ni la tabla del nueve.  Además, deberías dejar de fumar tanto, ese vicio del demonio te está manchando los dientes. Pareces mucho más mayor de lo que eres, tío, solo tienes treinta y tres años y hablas como un viejo al final de su vida. La edad es una actitud, bro, y tú no la tienes.

    -Ir o no a la universidad, por ejemplo. Dependerá de factores múltiples nuestra capacidad de elección. Una persona estudiosa podrá verse en la diatriba de decidir entre una facultad u otra, pero la decisión de seguir un itinerario académico, y que es la verdaderamente fundamental, ya estaba tomada de antemano en cada uno de los actos de durante años se han tomado cada día: estudiar para ese examen en vez de salir con los amigos, apuntarse a clases de inglés para alcanzar un nivel aceptable, leer aquel clásico de la literatura rusa que no sirve para nada. En esas decisiones está el germen de la gran decisión futura, que en ese momento el (o la) estudiante de instituto, desconoce.

    -Marcus, si casi no aprobamos el instituto, no íbamos a clase, no atendíamos a los profesores, no estudiamos para un maldito examen. Qué me estás contando ahora del esfuerzo. A veces las cosas ocurren simplemente, sin una razón, pasan y punto.

    -Podemos buscar los ejemplos que se quieran. También funciona a la inversa. Entre hacer o no hacer deporte, alguien puede decidir lo primero. Pero ese esfuerzo decisivo no se producirá en un día, sino que la persona deberá tomar decisiones diarias: preparar la bolsa de deporte, encontrar el tiempo, encontrar las ganas, encontrar la actividad adecuada, y así cada día durante un periodo de tiempo indeterminado, pero extenso.

    -Tampoco has hecho deporte en tu vida. Mira, no sé qué te pasa hoy, pero estás insoportable. Cambiando de tema. El otro día vi una serie sobre unos tipos con boina que imparten justicia en el Nueva York de los años veinte, deberías verla porque seguro que te encantaría. Llevan un estilo vintage que te pega mucho. Yo de hecho estoy pensando en comprarme una gabardina y una boina, un poco con esa idea, porque son…  

    -La gente espera cambios de la noche a la mañana, que después de un sueño, una conversación con un amigo o con el psicólogo, después de un vídeo de internet, que después de leer un post, se produzca el cambio deseado, que se escuchen las palabras mágicas que nos permitirán alcanzar nuestras metas, pero nunca llegarán. Las personas no pueden soportar el silencio de algunas preguntas. Para ellas, es tan molesto como un pitido penetrante en los oídos. ¿Por qué el mundo es tan injusto? ¿Por qué las guerras, el hambre, la muerte de los inocentes? ¿Por qué mi propio fracaso? Dios guarda silencio.

    -No debes ser tan negativo. Mucha gente alcanza sus sueños, mira Ginés, el del pueblo.

    -Quienes buscan esa clase de fórmula mágica sólo encontrarán al cabo su contraria: la justificación del supuesto engaño vital al que estaban sometidos, y les hacía perder el tiempo persiguiendo una meta inútil. En eso se basan todas las sectas: la respuesta la tienen los pleyadianos, y vendrán a entregárnosla el día del juicio final, cuando todo tendrá sentido. Algunos se suicidan o simplemente llegan la apatía y las pocas ganas de seguir vivo. Como hemos dicho antes, no hay gozo en el presente sin esperanza de gozo futuro. La promesa de cumplir nuestros sueños sin esfuerzo es el mal de nuestra sociedad actual, y se cobra muchas vidas en forma de depresiones o de ansiedades.  

    -Como sigas así vas a ser tú el que coja depresión. Eres el tipo más melancólico que conozco. No sé cómo puedes vivir así.  De verdad, no sé cómo eres capaz de darle tantas vueltas a lo que es simple. Maldita la hora en que estudiaste literatura.

    -Otro de los problemas es la falta de ficción, las personas se toman demasiado en serio a sí mismas. Muchos se esfuerzan en perseguir la verdad, pero podría ser que dicha verdad fuera un invento, una sombra, una ficción, etc. Y no pasa nada, no significa eso que la verdad sea un engaño, sino que es compleja como el universo y nuestra capacidad humana aún no llega a abarcarla en toda su poliédrica, multifacética, infinita figura. La verdad no tiene forma de piedra, sino de perfume: se desdibuja cuando se encuentra.

    -Quién demonios, en pleno siglo XXI, utiliza la palabra poliédrica. De verdad, Marcus, eres un buen colega y te aprecio, lo sabes, pero deberías cambiar de actitud vital. Mira a este tipo haciendo calistenia. ¿Te crees que le hace falta a este buscar la verdad por alguna parte? Las tiene así, haciendo cola. Esa es la verdad, lo tuyo no son cuentos.

    -Porque vivimos a golpes y tenemos necesidad de crear un universo estable y paralelo donde haya sentencias que cambien el curso de nuestra vida, por eso inventamos los cuentos, por esa razón y no otra la ficción es necesaria: para aligerar el peso de la verdad nunca entendida, de la realidad siempre engañosa. Vivimos en la era de las noticias falsas, como si acaso hubiera noticias verdaderas, como si no fueran todas las noticias, filosóficamente, falsas, ficción. Las personas se fanatizan en busca de una realidad oculta, ricos y pobres, élites y masa, todos buscando la ficción en la realidad.

    -Hoy en día nadie lee. La gente es práctica y sólo lo hacen si tiene una aplicación directa en el día a día: si me sirve para ganar dinero invirtiendo en NFT o kriptos, la sociedad está en eso, el futuro, y no podrás cambiarlo, Marcus, con tus novelas decimonónicas.

    -Una de los motivos para los que sirve leer prosa de ficción, llorar con la historia del Pierre Bezújov y Natasha Rostov en Guerra y paz, odiar y admirar la ambición desmesurada del capitán Ahab a bordo del Pequod en Moby Dick, o reír y aprender la locura caballeresca de Don Quijote de la Mancha, para lo que sirve el esfuerzo de abordar estas grandes y difíciles lecturas es para enseñarnos que ninguno de los personajes mencionados anteriormente ha existido nunca, pero no por ello son menos importantes que mucha gente real, que casi toda la gente que hemos conocido en la vida real, de hecho, son mucho más fundamentales en nuestra manera de pensar y entender el mundo. Para eso sirve la ficción, maldita sea, no como dicen los críticos imbéciles: leer no sirve para nada. Seguramente no sirvió bien para lo que pretendían ellos: presumir.  

    -¿Y qué tiene que ver eso con las decisiones que decías al principio?

    -No lo sé, pero podría ser que, por ejemplo, un escribidor hubiera decidido crearnos y que ahora estuviéramos discutiendo sobre realidad en una ficción, que nuestra conversación fuera solo parte de un cuento cutre de internet. Podría ser que lo que pensamos que ha sido nuestra vida solo era un pretexto para abordar una ficción.

    -Marcus, tú estás loco.

    -Puede ser, no te lo niego, Jeycob. ¿Te apetece que nos tomemos una copa? Invito yo.

    -Demonios, ahora te escucho.

    Y tomó la decisión más trascendental de esa vida ficticia:
    dejar de escribir
    y punto
    .

  • Todo es ficción en realidad

    Todo es ficción en realidad

    Manuel Pérez Montalbano se pregunta, otra vez, por qué. Será por la bebida, por las comidas copiosas, por los lejanos años de tabaquismo. Seguramente, aunque hay muchos otros tipos que llevaron una vida peor y vivirán más que él; y otros que cuidaron la salud como una moneda de oro en paño y la perdieron en un accidente fatal, la vida es así, y él lo ha dejado escrito mejor que nadie. Es el rey de la ficción española.

    Ha llorado, pero no mucho. La educación castrense de una infancia en el primer franquismo le ha enseñado que los hombres no lloran. Así ha vivido y así terminará, no hay más remedio. Quizás por nostalgia, rememora aquellos años y no le parecen tan malos, sobre todo en comparación con este nuevo milenio que él no verá más que nacer. Piensa en que pronto llegará el fin del mundo, y luego reflexiona sobre si desea el fin de los tiempos porque es en realidad a él se le acaba el tiempo. Ríe solo en su cuarto.

    Se levanta del sillón y se acerca al ventanal. Cae la tarde del otoño y el cielo está precioso en Bangkok. Si bien abril es el mes más cruel, octubre es el más duro, quizás es el último octubre. Obligado por un prurito de ateísmo, no ha caído en preguntarle por qué largas horas al cielo, como si su Dios agnóstico no le permitiera la esperanza de la eternidad. Un escritor es alguien que cuestiona y crea la realidad, que pasa muchas horas con seres inexistentes que claman verdades solo posibles en la ficción. Ellos saben la verdad no sospechada que existe detrás de la aparente realidad. Se oyen unos pasos a su espalda. No tiene que girarse para saber que ya ha llegado José Carvajal.

    -Aquí estamos, Manolo, en los mares del Sur. ¿Recuerdas aquellos años?

    -Cómo no. Aquella fue una buena época para nosotros. Ganábamos millones.

    -Sobre todo para ti. A mí me pintaste como borracho y putero. Es decir, me colgaste tus defectos y me utilizaste para estilizarte en mi figura delgada y fibrosa. Cuando tú, mírate, sólo eres un gordo fofo borracho y putero. Además, eres un hombre casado.

    -Solo eres un personaje y sin mí no existirías en el mundo. Ahora eres una especie de Quijote, muchos pensarán que fuiste de verdad, y lo cierto es que exististe en la ficción. Tus pasos dejarán huella en la realidad de esta vida. Agradécemelo, simple fantasma.

    -Existí para ti y te di mucho dinero. Ambos sabemos en qué lo malgastaste.

    Manuel guarda silencio. Hace tiempo que no se deja crecer el bigote. Recuerda la época dorada, cuando el detective José Carvajal, cuando era el escritor más vendido del país y parte del extranjero, cuando las duras teclas de su máquina de escribir acotaban la actualidad en sus columnas de La Vanguardia. Aquello pasó, como advirtieron los clásicos, y de aquellos años de oro solo queda el cielo dorado del otoño en Tailandia.  

    -A qué has venido, José.

    -Solo quiero advertirte de lo que pasa.

    -No me digas. Ya sé que el fin está cerca. Seguramente llegue pronto. Déjame disfrutar de esta tarde preciosa, de esta luz mágica. No quiero ver a nadie, solo vivir mis horas.

    -Nos olvidarán.

    -¿Quienes? -Entonces Manuel se gira. Lo ve sentado en el sillón de cuero que él ocupaba antes de haberse levantado para acercarse al gran ventanal, que inunda con luz amarilla la sala. Carvajal está fumando un cigarrillo y bebiendo un vaso de vino blanco.

    -¿De dónde has sacado el vino?

    -Lo he traído yo. ¿Quieres una copa? Es tu preferido. -Carvajal iba arrancando las páginas de un libro grueso, Independencia de Javier Cercas, y las iba echando en la hoguera que ardía con una lumbre amable. En la habitación no hacía ni frío ni calor.

    -No me apetece. 

    -A mí no hace falta que me engañes. -Preparó una copa y se la tendió. El líquido frío y verdoso resplandecía en medio de la sala. -Esta será nuestra última copa. Date el gusto.

    Manuel cogió el vaso y volvió junto a la ventana. La tarde parecía detenida, la oscuridad parecía no atrever a ocupar su lugar en el cielo y el ambiente era cálido y amable. Se sentía feliz, capaz de afrontar cualquier eventualidad. Como cuando escribía en éxtasis y el teclado de la máquina sonaba como una metralleta que hería el papel sin romperlo, como cuando se transformaba en Carvajal y nada era imposible a través de su personaje.

    -Escribir envejece, sabes. Yo te he dado parte de mi alma y ahora vienes a sentarte en mi sillón a beberte mi vino y a amenazarme con noticias fatales. La muerte se está fumando mis cigarrillos. Me das mucha lástima, José, eres un desagradecido. Yo soy tu Dios y merezco un poco de respeto por tu parte.

    -¿Y qué respeto le tienes tú a tu Dios?

    -El mío no existe.

    -¿Acaso existes tú?

    Montalbán hace un gesto cansado. -Los dos hemos leído mucho, demasiado. No me aburras con tu cháchara unamuniana sobre lo que existe y lo que no. Márchate y déjame disfrutar de la tarde, o cállate y disfrutemos los dos del vino y del silencio que se cierne.

    -Van a olvidarnos, Manolo. Todo lo que hicimos, todo lo que les dimos, no servirá de nada. Dentro de veinte años ya nadie sabrá que un día recorrimos las calles de esta maldita ciudad resolviendo entuertos, amando putas y cerrando bares. Tierra. Polvo.  

    -¿Quiénes van a olvidarnos? Por primera vez te expresas con torpeza, no te entiendo.

    -Sí me entiendes.

    -¿Te refieres a los lectores?

    -A quién si no.

    -Creo haber dejado un legado lo suficientemente importante como para ser recordado por siempre. Mis libros, mis artículos, las conferencias que pronuncié… eso quedará para la historia y siempre habrá alguien que me reivindique como lo que soy.

    -¿Y qué eres?

    Dudó un momento. -El mejor escritor de novela negra que ha dado la lengua española.

    -Tu orgullo no me sorprende. Pero ya te adelanto que nos olvidarán. Dentro de veinte o treinta años solo quedará un tipo cualquiera dibujándote en uno de esos ordenadores de ahora, contando una historia apócrifa de lo que nosotros fuimos, inventándonos sin rigor histórico. Sólo seremos el caldo gordo de una historia que nunca sucedió: la nuestra.

    -Habrá biógrafos y especialistas, gente versada en el tema. Como aquel joven granadino, el que se casó con aquella gorda…

    -García Montero.

    -Exacto. Gente como esa contará nuestra historia.

    -Sabes que los críticos literarios mienten más que los escritores. Se quedan con lo superficial y no con la esencia. Pero incluso esos te olvidarán, somos demasiado puteros y demasiado borrachos para los cánones del nuevo milenio. Nos callarán por fascistas.

    -Pero si siempre fui comunista, de los de carné. El mundo lo sabe.

    -Eso les dará igual. No lo verás, pero es así.

    Manolo suspira y vuelve a mirar por la ventana a la gran ciudad, la cual abarca desde su ventana porque vive en una zona alta. Mira los edificios y el trazado rectilíneo de las calles, observa las nubes detenidas cruzando el cielo, un hilo de cobre dibuja su contorno sobre el cielo dorado de una tarde imposible a aquella hora. Le parece ver su Barcelona natal, donde ha vivido toda su vida soñando con el Sur de Gauguin. Y ahora está allí para morir en su seno. De verdad que de esos millones de personas no quedará nadie que lo recuerde en unos años, se pregunta. ¿Confundirán su persona y su legado? ¿Será el mismo Pérez Montalbano al ser evocado? ¿Será solo la sombra de una ficción?

    -Sé que mientes, pero entiendo lo que quieres decir, y probablemente tengas razón.

    -Tengo razón.

    -Pero qué más da, Carvajal. Qué importa que tú seas real y yo ficción, o que sea al revés. La gente anda por el mundo creyendo que todo está atado, pero saben que se equivocan. No lo entendemos, aunque intuimos la verdad del engaño. Tú eres más real que muchos seres humanos, y mientras alguien te lea, vivirás, me sobrevivirás.

    -No mucho más que tú.

    -A Góngora no lo olvidaron.

    -Polvo. Sombra. También a él lo olvidarán.

    Manolo apura el vino de un trago. Mira a la tarde detenida en la ventana y luego busca sus ojos en el reflejo del cristal, pero no lo consigue. Solo puede mirar a Carvajal que lo observa fijamente con un último sobro de vino en la copa. Se da la vuelta.

    -Y qué más da. Que nos olviden. Todo está bien así. Todo es vanidad. Todo es ficción en realidad.

    -Parece que ya lo entiendes. -José Carvajal se levanta. -Este es la última vez que nos veremos. Lo hemos pasado bien, viejo. Lástima que el viaje termine tan pronto.

    De repente toda su seguridad se vino abajo y el cielo de la tarde, a pesar de seguir siendo dorado, brillaba con una intensidad oscura. La sola idea de que Carvajal se fuera y lo dejara solo, en esa habitación, en aquel momento, lo horrorizaba.

    -¿A dónde vas ahora? Quédate un poco más. Podemos tomar otra copa.

    -No podemos.

    -Pero es temprano.

    -No es temprano ni tarde. -Dijo el detective con una media sonrisa. -¿No te has dado cuenta que durante este rato el sol no se ha movido? Resuelve tú solo este misterio.

    Manuel se gira. -No puede ser. -Comprueba que en efecto es así: nada se mueve en la ciudad, no pasa un alma por la calle, ni un coche. El mundo está detenido desde que se levantó del sillón y llegó Carvajal. -¿Estoy dormido? -Y el mundo nunca se detiene.  

    -Según como se mire, quizás estás despierto. Pero si estás dormido, ya no despertarás. -Abre la puerta de la habitación. -Hasta siempre, Manolo. Lo hemos pasado bien.

    -Espera un momento.

    -Nada.  

    -¡No! ¡Detente! Aún no hemos terminado. Si estoy aquí eso significa… significa…

    Sale Carvajal y cierra la puerta tras de sí. Torpemente, Manuel lo sigue y acciona el pomo, solo para comprobar que esta no se abriría. La luz brilla con más intensidad.

    -¡No! ¡No! ¡No puede ser!

    Se da cuenta de que no puede ser de otra manera. Siente miedo, llora de rodillas, reza.  

    -Hijos de puta… Hijos de puta. -Dice mirando la realidad ficticia, que pronto se borraría.

  • La esperanza es lo último que se pierde

    La esperanza es lo último que se pierde

    Me gustan las peluquerías de barrio. Esos lugares donde cuelgan fotos de jóvenes de los años noventa con flequillos y tupés. Suelen ser sitios tranquilos donde el dueño, un señor a mediados de sus cincuenta, trabaja y habla según el momento. A la que voy yo es de este estilo y siempre recibo un trato excelente a un precio ridículo. Prefiero estos lugares con historia antes que las barbas hípsters y camisas apretadas. Una vez probé la experiencia en uno de estos lugares modernos y tuve que ir a repasarme el corte porque parecía un joven punki con cresta, que una vez podría haber sido, pero no en mis treinta.

    Las peluquerías de barrio son, además, lugares con historias, donde también hay espacio para la alta filosofía si uno tiene los oídos abiertos. Constituyen los rincones como mi peluquería los últimos espacios de masculinidad, donde se reúnen los hombres para tratar sus asuntos baladíes. En general, viejos que van a afeitarse o a pasar el día. Me gusta escuchar a esos sabios, por si tienen algo interesante que aportar después de haber vivido y haber alcanzado una edad provecta, aunque hablen con faltas de ortografía.

    -Si lo llego a saber, no hubiera hecho nada.

    -Ya. Los jóvenes no saben lo que hay.

    Levanté la vista de la desgastada Interviú que estaba hojeando. Se trataba de un especial de la revista que celebraba un aniversario honroso y quizá su próxima desaparición, como ocurriría pocos números después. No hay espacio en este siglo para las revistas con tetas y artículos de novela negra en los establecimientos públicos, excepto si son lugares olvidados de la mano de Google, como la peluquería de don Francisco.

    El peluquero no decía nada. Se limitaba a seguir repasando al señor que había iniciado la conversación desde un silencio de más de cinco minutos, el que había empezado desde mi entrada al establecimiento y que se había iniciado con un “Buenos días”. El dueño se limitaba a escuchar y a hacer su trabajo en silencio, mientras el acompañante del orador, otro señor mayor que hacía las veces de contrapunto, estaba en una silla a mi lado. A partir de ese momento solo prestaba atención a la revista al ver algún torso.

    -Yo no hubiera tenido hijos.

    -Yo tampoco.

    -Pero los habéis tenido. -Repuso el peluquero, que ya no podía aguantarse las ganas de intervenir. -Y vuestros hijos han tenido hijos. Ya sois abuelos los dos.

    -Ya, pero ahora que sé lo que hay, no los hubiera tenido.

    -Yo tampoco.

    -Cuando uno es joven, -siguió el filósofo- tiene… esperanzas.

    -Claro.

    La Esperanza fue el único espíritu que no liberó Pandora de la caja. Nunca entendí que la esperanza estuviera con el odio o el miedo. Las palabras de los ancianos me hacían pensar en que quizá fuera una pista del misterio ese dolor sólido y rugoso que se traslucía de aquellos ojos con cataratas, que yo veía a través del gran espejo de la pared.

    -Una vez fuiste joven y creíste. -Moderó el dueño mientras abría y cerraba las tijeras.

    -Sí. Trabajé toda mi vida, compré una casa, tuve hijos. Total, ¿para qué?

    -Pues para tenerlos. -Insistió.

    -Claro. -Dijo el otro.

    -Si lo llego a saber no los hubiera tenido.

    -Eso es así.

    Algo había pasado en esa familia que al hombre le hacía decir aquello, pensaba yo. Quizá sus hijas no le hablaban porque era tenía mal carácter -simpático no parecía- y no le dejaban ver a sus nietos. O simplemente estaba viudo y solo en un piso y su parentela no podía hacerse cargo de él. A lo mejor había llegado a esa conclusión después de mucho reflexionar sobre metafísica. Resultaba impactante decir eso al final de una vida. ¿Me pasaría a mí lo mismo? ¿Les pasaba lo mismo a todos? Me preguntaba en silencio.

    -Conforme cumplo años, como vosotros, -intervino el esteticien- me pasa lo mismo. Pienso en si todo lo que he luchado ha valido la pena, si, total, para qué. Es un sentimiento que uno entiende cuando llega mi edad, pero cuando se es joven… se es joven. ¿No te acuerdas tú de cuando eras joven?

    -¡Vamos! -Sonrió el viejo levemente, la primera vez que lo hacía en su intervención. Un leve brillo en sus ojos nublados. -Cuando yo era joven, ¡podía con todo y más!

    -¡Claro! -Dijo el otro señor mayor, con la misma actitud que su compañero.

    -Pues eso.

    Ahí quedó. Sin más conclusión que esa, la cual los tres parecían comprender a la perfección y yo solo a medias. No me atreví a preguntar, a buscar explicaciones. Tampoco a contraargumentar que posiblemente estaban equivocados, que hablaba su nostalgia y no ellos, que les hacían falta proyectos e ilusiones para despertarse por la mañana con ganas de vivir, con ánimo para seguir hacia delante, con esperanza.

    -¿Pero para qué? -Dijo uno de ellos en mi cabeza.

    El peluquero terminó su trabajo. El señor pagó y los dos ancianos se levantaron y salieron al sol oblicuo de la mañana. ¿A dónde irían aquellos dos? Seguramente a seguir su rutina de siempre: el bar, el banco, el sol, la brisa, la conversación intrascendente y el deseo de trascendencia. Con todo el tiempo del mundo y sin espíritu para nada. No hubiera dicho que eran dos viejos tristes, simplemente aceptaban, espartanos, la vida.

    -Ya puedes pasar. -Me dijo el dueño con la cabeza. -Estos viejos son de lo que no hay. -Dijo sonriendo.

    -Vaya.

    -Demasiando tiempo para pensar.

    -Claro.

    -En fin, ¿cómo lo quieres? ¿Como siempre?

    Y el día siguió su curso habitual de fin de semana. Seguí con la rutina y los proyectos propios de un hombre en la treintena, pero con una pregunta fundamental: ¿Acabaría yo también como aquellos viejos, arrepintiéndome de la vida que ahora estaba haciendo? La respuesta no la sé, pero a partir de entonces vivo intentando que no sea así.

    Tengo esperanza porque, como demuestra el mito griego, “Es lo último que se pierde.”

  • Una parcela en el arte para ser feliz

    Una parcela en el arte para ser feliz

    Cuatro millones de documentos word abiertos con textos terminados y otros a medio corregir. Abro uno nuevo. Una base de guitarras repetitiva a contratiempo y una voz rota arañando la mañana. Es sábado, son apenas las nueve y en mi despacho solo se escucha, además de la tenue música, el repiqueteo de mis dedos sobre el teclado. Estoy tan acostumbrado a escribir en el ordenador que no necesito mirar la pantalla.

    Si escribo rápido es porque he escrito mucho, muchísimo, y si bien no he pasado de ser un pobrecito escribidor, por lo menos he aprendido a rellenar folios de manera copiosa sin cansarme demasiado ni física ni mentalmente. La práctica es el único secreto.  

    Mi relación con la escritura es lonjeva. ¿Qué es lo que causa que un niño, apenas un adolescente, se convierta en un padre en la treintena presionando las teclas de un ordenador de mesa? Es una pregunta a la que no sabría muy bien cómo responder. Mi romance con la escritura es como toda relación larga y de años. Hemos pasado por mucho y ha habido crisis insuperables, incluso separaciones, y reconciliaciones apasionadas que siempre nos han hecho volver al lecho de la página en blanco.

    Siento un placer inexplicable al escribir las palabras una detrás de otra. Porque escribir es vivir y esta vida me lo ha dado todo. He cultivado otras aficiones solamente para poder entender mejor la escritura. Se requiere trabajo y talento y mucho trabajo para ser mínimamente efectivo en un arte tan complicado, en un terreno tan vasto como el texto.  

    Ya no podría abandonar nunca porque formo parte de estas letras: yo las escribo y ellas me escriben a mí. ¿Qué es lo que impulsa a las personas a buscar en el desierto del arte: ya sea uno actor, músico o escritor, de mucha o de poca monta? Si se sabe lo que hay: nunca sentirse suficientemente reconocido, comprendido, amado, suficente: el genio, el fracaso y el artista son palabras sinónimas casi siempre. Pero el momento más feliz de alguien es cuando crea, ya sea este médico, electricista o escribidor. Así tecleo y trabajo duramente un sábado por la mañana cuando podría estar durmiendo o haciendo otra cosa, cuando prefiero sacar las palabras de sus escondites con la punta de los dedos.

    Mis quehaceres me reclaman, es hora de dejar reposando la página. Cojo a mi hija en brazos y me pongo a corregir este texto. Ojalá ella un día encuentre su parcela en este desierto del arte, porque allí, pase lo que pase, siempre será feliz y, además, estaremos cerca.

  • No tengo prisa

    No tengo prisa

    De camino a la estación, miro el reloj, son apenas las siete, y no tengo prisa. Decidí salir temprano de mi apartamento porque estaba expectante y tenía ganas de tomar un poco el aire antes de meterme en el tren dos horas y aparecer en el corazón alocado de la gran ciudad.

    Hace una tarde magnífica. Algunos bañistas vuelven con sus enseres de la playa en las manos: sombrilla, toalla, alguna nevera portátil. El verano poco a poco se termina y a esta hora, en este día, corre una brisa fresca y húmeda que me hincha la camisa fina de algodón. Acarreo una maleta negra en la mano derecha, que compré para otro viaje, con pocas prendas: un par de camisetas, ropa interior, otros tejanos aparte de los que llevo puestos, el cepillo de dientes y el resto de los enseres para el aseo. Una sensación de optimismo me hincha los pulmones, me siento en paz y contento. Van a ser unos días maravillosos.

    Miro al cielo mientras camino por la acera en dirección al viejo y sucio edificio de la estación. Es un lugar que me gusta. Tengo pensado tomar un café en el bar, en la terraza que da al primer andén, el más ancho, y ver pasar los trenes, la tarde, la gente. He quedado para cenar en Barcelona sobre las diez, Claudio me estará esperando en la estación central, dejaremos mi maleta en su casa de Gracia y quizá tomemos algo por allí cerca. No tengo ninguna prisa esta tarde.

    Como pasaré unos días en la ciudad, he dejado el coche en mi casa -a unos diez quilómetros de la estación- y he llegado en autobús. Es difícil aparcar cerca y además todas las plazas son zona azul, es decir, de pago. Para no dejar el vehículo en una calle lúgubre durante mi estancia, he decidido llegar en transporte público. Hacía tanto tiempo que no me subía a un autobús.

    Me acordaba de mi adolescencia mientras miraba el paisaje pasar por detrás de la sombra de mi rostro en la ventanilla. El panorama seguía siendo el mismo de siempre, de mí no sabría decir lo mismo. Han pasado más de diez años entre aquel chaval que conocía a todos los conductores y yo. Los vehículos tampoco han cambiado mucho, el material sigue emitiendo crujidos cada vez que tomamos una curva cerrada o pasamos por encima de un badén, su velocidad sigue siendo anormalmente alta y pienso que es un milagro que, en todos estos años, no haya pasado nada grave. La empresa concesionaria debe de tener algún acuerdo con el diablo o el ayuntamiento a este respecto. La vida entonces, aunque casi nunca tenía dinero, era más sencilla en algunos aspectos: tenía amigos, pareja, iba sobrado de confianza. Ahora tengo otras cosas y con el tiempo he ido aprendiendo a achacar el hecho de que no tenga más por culpa de los tres factores antes mencionados. Pero fui bastante feliz y supongo que cometería los mismos errores de nuevo, pero no ahora.

    Aunque he dejado atrás la euforia, sigue brillando dentro de mí un viejo vitalismo como un rescoldo, incluso en los momentos más difíciles. Tengo una profesión que me gusta y, lo mejor, es que me deja tiempo -y dinero- para dedicarme a hacer lo que me apasiona: tocar la guitarra y escribir canciones. He conseguido algunos éxitos humildes a este respecto y, como llevo muchos años tocando, parezco profesional cuando ejecuto una pieza y domino bastante de harmonía a pesar de no haber ido nunca al conservatorio. Las veces que he tenido un profesor de música, o de cualquier otra cosa, no ha sido muy excelente; siempre eran tipos que tenían pocas ganas de enseñar y que se dedicaban a la docencia porque no habían podido trabajar de lo suyo. Nunca disfrutaban con lo que hacían y me pregunto si alguna vez disfrutarían de la vida en general. Me contesto que seguramente no, y que seguramente por eso nunca habrán impresionado a nadie tocando su instrumento. Me detengo y veo que es un pensamiento bastante duro, pero me lo permito porque lo digo para mí mismo. Antes hablaba por los codos sobre lo que pensaba y hacía hipótesis sobre todo lo que ocurría entorno a mí; ahora lo sigo haciendo, pero procuro no contarlo porque por la boca muere el pez, que decía la canción, o algo parecido.

    Yo, en este aspecto, he tenido suerte. Algunas veces me han dicho que tenía un talento especial para tocar, que debería haberme hecho músico. ¿Acaso no lo soy ahora? No, pero músico con estudios de música. Ya, pero prefería tener un buen trabajo antes, que me robara la mayor parte del tiempo, tiempo que podría dedicar a un sueño que, por otra parte, difícilmente se cumpliría y acabaría igual de amargado que los pelanas que me daban clase. Para nada, mejor o peor, prefiero que mis pasiones no me roben la alegría. Tengo suerte porque creo que no lo hacen, al contrario.

    Recuerdo que aprendí a tocar la guitarra en Madrid. Conocí a un amigo, Roberto, borracho de libros y música de autor, como yo, que tenía un año menos y una beca de estudios igual que la mía. Nos hicimos tan inseparables que pude ver de cerca cómo aprendía. Sabía de una web donde estaban todas las tablaturas de las canciones, había buscado las más fáciles y las que sonaban mejor, a partir de aquí el ancho mundo de la música se limitaba a seguir tirando del hilo y a hacer la pregunta correcta en Google para que te mostrara el ejercicio adecuado para ti. Dicho así, por mi voz interior, parece muy lógico, pero todavía es difícil ordenar los niveles de información en Internet: el día que descubran el negocio y la gente se acostumbre, se acabarán los colegios, los institutos, las universidades: todos los centros de enseñanza al uso que existen hoy en día. ¿Me quedaré sin trabajo dentro de veinte, treinta años? Al fin y al cabo, yo también soy.

    -¡Isaac, Isaac! ¿Qué haces por aquí?

    Estaba sorteando una fila de maletas, camino de las ventanillas para adquirir un billete solo de ida, por favor; casi había tropezado con una y llevaba la mía en volandas cogida de un solo brazo. Iba tan distraído que no había mirado a nadie y cualquiera que me viera pensaría que era un autómata con los ojos puestos a años luz de la realidad circundante. La voz era conocida, muy conocida de hecho, me giré un tanto sobresaltado, pero procuré que no se me notara.

    -¡Hombre! -es lo que dije, a pesar de que era una chica. -Isabela. Cuánto tiempo sin verte, qué guapa estás, ¿cómo va todo? -Quise decir eso, pero solo acerté a decir la última pregunta con un cacareo nervioso mientras me apartaba de la fila para que la señora que tenía detrás de mí, impaciente, ocupara mi posición en la cola. No me importaba, no tenía ninguna prisa y, en aquel instante, el encontrarme con Isabela era una grata sorpresa.

    Nos dimos un abrazo, bastante frío, quizá fue normal, pero antes nos abrazábamos tan fuertemente, y el cuerpo parece recordar tan bien ciertas cosas, que ahora todo parece sucedáneo de cortesía. Hace mucho tiempo que no abrazo a nadie como la abrazaba a ella. Me han dicho que tengo un muro, una coraza: es para no sufrir, me gustaría contestar, pero encojo los hombros, sonrío y digo que soy así. Por encima de su hombro, pude ver que algunas chicas nos miraban, me miraban, con escepticismo, las mismas que yo había sorteado un momento antes. Seguramente pensaban que yo era el famoso Isaac y que, al fin y al cabo, era muy poco para ellas. Quizás me habían imaginado más guapo, más alto, con más carisma. A veces me cruzan pensamientos de otra gente entre los míos, y me gustaría pensar que me equivoco, pero por desgracia, generalmente, no es así. Como me daban igual, no volví a dirigirles la mirada, ni siquiera hice un tibio conato de saludo.

    -¿Dónde vas?

    -Pues a Barcelona, he quedado con Claudio allí, ¿te acuerdas de él? -como era una pregunta retórica, continué atropelladamente- Vamos a dar un conciertillo en un bar de copas que hay por Gracia, él vive allí desde hace un par de años.

    -¿En serio? Qué pasada. Sigues tocando, ¿verdad? -Por los ojos de ella, tan embriagadores como siempre, podía ver que se alegraba de verme y eso agitaba la tumba de viejos sentimientos que, de hacía años, andaban criando malvas y polvo. -Nosotras hemos venido a dejar a Laura, que se va a Valencia. -Hizo un gesto con la mano y la tal Laura levantó su mirada asqueada del móvil, la miró a ella y volvió a bajarla en silencio. Lo mismo hacía la otra, la cual había dejado de prestarnos atención para atender a las múltiples redes sociales y todo eso.

    -Oye, ¿te apetece que echemos un café? -Cuando estas palabras salieron de mis labios, no podía creerlas. No las había dicho yo, sino otra entidad que hablaba por mí. Recodé la película aquella de Woody Allen, Un seductor de medio pelo o algo así, soy malo para las películas y los nombres. En este caso, Humphrey Bogart había hablado por mí. Al darme cuenta, empecé a cagarla. -Bueno, si te apetece, si no, no. Tienes cosas que hacer…

    -¡Vale! Me apetece mucho. Vamos a la terraza esa, que me encanta. Me gusta sentarme y ver pasar los trenes y la gente, antes lo hacía mucho. Me venía a pensar, jeje. Oye, ¿pero no tenías que comprar el billete?

    -Tranquila, mi tren no sale todavía. No tengo prisa. -dije sin mirar el reloj ni saber, en realidad, qué hora era.

    -Chicas, voy al bar a tomar un café con Isaac. Lauri, si llega tu tren avísame, eh. A ver si no se retrasa mucho.

    -Ok. -Contestó secamente la otra sin levantar la vista. Le habría soltado una grosería. Algo como “maleducada, deja el móvil de una puta vez que te están hablando”. Pero no lo hice, me limitaba a mirar a Isabela un poco más adelantado, con mis pies apuntando en dirección a la cafetería de la estación. Seguro que parecía idiota.

    -¿Y tú qué? ¿Qué haces con tu vida? Pensaba que vivías en Inglaterra, ¿ahora andas por aquí? -deseaba con todo mi corazón que me dijera que sí.

    -No, estoy de vacaciones. He venido a pasar unos días con la familia, ya sabes. Tan pesados como siempre.

    -¿Cómo están? Me acuerdo un montón de ellos, sobre todo de tu hermano, no lo he vuelto a ver desde… -que lo dejamos, que te dejé, que me fui casi sin despedirme no sé muy bien adónde- Dale recuerdos.

    -Jaja, claro. -Creo que me leyó la mente, en cierto modo, porque levantó la guardia de forma imperceptible, solo por la energía que se respiraba en torno de nosotros. Pensé que cambiaría de idea y volvería con sus amigas, pero no lo hizo. -¿Qué te apetece? -Dijo cuando llegamos a la barra del establecimiento.

    -Un cortado con hielo, por favor.

    -Un café con leche corto de café.

    -¿Leche caliente? -dijo la camarera con acento del este.

    -Sí. -contesté yo. Stevtlana, sabía su nombre porque lo ponía en una plaquita que llevaba sobre el pecho izquierdo, me miró sorprendida porque la pregunta no iba dirigida a mí. Isabela se echó a reír y la máquina del tiempo nos transportó a los dos unos cuantos años antes, cuando pasábamos la tarde tomando un café, besándonos, hablando de mil pamplinas que para nosotros constituían los pilares de la Tierra, de nuestro mundo.

    -¿Todavía te acuerdas de cómo me gusta el café, eh?

    -A eso no se le puede llamar café, sino leche sucia, del infierno, ideal para una fría tarde de verano. Qué puto asco. -Dije sin perder la sonrisa, en realidad me encantaban sus manías y algunos gustos extraños que tenía.

    -Sigues tan tonto como siempre… -e hizo un mohín falso de disgusto. Humphrey Bogart me instaba a que la besara, “BÉSALA, IDIOTA”, pero no lo dice y apreté los puños. Vi que me había tendido la mano levemente, estaba en el aire esperando que yo la cogiera; antes era un gesto que hacía sin darse cuenta, pero la apartó pronto. Stevtlana trajo los cafés, pagamos, pagué, se quejó porque pagara yo, y nos fuimos a la terraza, ella con su taza humeante y yo con mi vaso que contenía un líquido que se volvía helado por momentos.

    Nos sentamos el uno al lado del otro, los otros dos vértices de la mesa cuadrada apuntaban hacia los andenes, los cables, el muro que separa la estación de la playa, el mar. Era una tarde preciosa. Las nubes marineras nos miraban a lo lejos.

    -Me decías que seguías en Inglaterra, ¿cómo te va con los gabachos?, ¿te quedas muchos días por aquí?

    -Las cosas van genial, Isaac. Aquello te encantaría. Hay mucha música en directo y no ponen nada de lo latino que ponen aquí, ya sabes, la mierda de siempre. Hay grupos geniales que tocan como bandas grandes en pubs pequeñitos. Incluso en el pueblecito donde vivo yo, hay un garito en el que todos los jueves, viernes, sábados, e incluso los domingos, hacen música en directo. La mayoría de los grupos tocan éxitos de hace mil años. A veces me acuerdo de ti, te encantaría, Isaac, en serio.

    -Podría probar suerte. Podría tocarles una rumba catalana con la guitarra aquella, ¿te acuerdas? La que fuimos a comprar al Musica’s. Tiene un sonido brutal, no he vuelto a tener una guitarra como esa, es mi preferida.

    -¿Y dónde la tienes? ¿No ibas a Barcelona a tocar?

    -La he dejado en casa. Claudio insiste en que debemos hacer el directo con una acústica suya, por rollos de sonido y tal. Parece ser que una española no pega con el rock-pop y con esas canciones lacrimosas que a ti te gustan tanto. Ya sabes, Only got the sun when you’re feeling low, only got the snow when it’s strats to snow… -Canturreé con una voz ridícula, como si me hubiera pellizcado el escroto. Me pegó en el brazo mientras se reía.

    -¡Así no es la letra! ¡Te la has inventado! Only MISS the sun… -cantó ella brevemente, y deseé que continuara, que la cantara entera, como cuando íbamos en aquel coche minúsculo que tenía yo por entonces y ponía sus canciones, que luego fueron las mías, a fuerza de escucharlas tanto. Pero ya no era entonces, sino ahora.

    -¡Canta, canta! A ver si me la aprendo… Esa la tocamos también, pero como el vocalista es Claudio yo me limito a los arpegios.

    -Me gustaría verte tocar.

    -¿Por qué no te vienes conmigo? Lo pasaremos bien. Seguro que a Claudio no le importa que te quedes a dormir, ahora sus compañeros de piso se han ido de Barcelona y tiene la casa libre. Tocamos mañana por la tarde en la Plaça del Diamant con unos colgados amigos suyos, te caerían bien. Son buena gente, ya sabes, músicos de la vida. A mí me parecen unos flipados, pero no se lo digo, claro. Se creen estrellas del rock y además…

    Antes de que contestara al ofrecimiento, una voz la llamó.

    -¡Isa! -Sus amigas nos miraban con el mismo escepticismo, o desprecio, de antes, a unos metros. Yo las odié en ese momento con todas mis fuerzas, esa voz de pito roto nos devolvía a un presente menos luminoso, más gris, más mezquino.

    Se fue con ellas y yo me quedé en la mesa temiendo que no volviera. Le quedaba la mitad del café todavía. Sus amigas se disponían a pasar al andén número cuatro, el tren estaba al caer, lo clamaba la voz femenina de los altavoces. Tenían que acceder por un túnel subterráneo y supongo que esperaban que Isabela las acompañara. Me quedé mirando la escena, conjurando todos los astros para que se quedara conmigo. Hablaban un rato, se abrazaban y se despedían. Cuando la vi volver sola, mientras aquellas dos arpías no se dignaban ni a mirarme, me sentí tan afortunado que casi me pongo a saltar. Si hubiera tenido rabo, como un perro, lo habría estado moviendo frenéticamente.

    -Hemos quedado para vernos antes de que vuelva a Witney.

    -¿Así se llama tu pueblo, donde vives?

    -Sí, no está muy lejos de Oxford. Es precioso, la universidad es maravillosa. Todo allí parece sacado de una película de estas de magia y edad media.

    -Estilo Harry Potter.

    -Exacto. -Hablábamos de cualquier cosa, quizás se le había olvidado mi propuesta. Así que, desoyendo los consejos de la voz interior, insistí.

    -Pues, como te decía, podrías venir conmigo y.

    -Me temo que no puedo, Isaac. Tengo muchas cosas que hacer por aquí y no puedo estar fuera de casa, he venido a ver a mis padres. Imagínate el cabreo que se agarrarían si les digo que hoy me voy a Barcelona contigo, jeje.

    -Claro, lo entiendo perfectamente. -No me pareció una excusa, sino un motivo perfectamente razonable. Quizás no es lo que hubiera hecho yo en su lugar, pero yo no era ella.

    -¿Cuánto te quedas por aquí? ¿Tienes muchos días de vacaciones o qué?

    -Oye, estaba pensando… ¿A qué hora tienes que coger el tren? No vaya a ser que lo.

    -Tranquila, tranquila. -Miré el reloj sin ver qué hora era- Puedo coger el último tren a Barcelona, no tengo prisa.

    -¿Pero no estará esperándote Claudio?

    -Pero a ti hace más que no te veo. Cuánto, ¿dos, tres años?

    Miró su teléfono móvil y contestó a los mensajes pendientes. Siempre había sido una chica actualizada a los tiempos, no como yo, que soy un anacronismo. Si ahora estaba de moda el libro electrónico, a mí me gustaban los libros de papel; si ahora se llevaba tal red social, yo usaba la anterior; y así con todo. En todo ese tiempo no había mirado el teléfono y no tenía la necesidad de hacerlo ahora. Seguramente Claudio me estaría preguntando qué tren había tomado, pero yo no quería perder un solo segundo en mirar una maldita pantalla cuando podía mirar a Isabela. Levantó la vista y parecía más tranquila, más distante. Quizás sus amigas le habían dicho algún comentario negativo sobre mí. A saber: ¿ese es tu ex?, qué feo, que pelos, qué ropa de vagabundo, etcétera. Una de las reglas del ligoteo es ganarse a las amigas. Yo nunca las cumplía, soy un anarquista de la seducción. Ojo, ¿acaso estaba intentando ligar con ella?

    -Perdona, tenía un montón de mensajes. Qué pesada la gente, ¿verdad?

    -Supongo.

    -Pues la verdad es que me voy pronto. Dentro de tres días, el viernes cojo el avión de vuelta. He pasado una semana y media aquí. Luego me voy unos días a Irlanda.

    -Qué pasada, debe ser precioso. -Es bastante difícil para mí ocultar la decepción, así que intenté cambiar de tema para que la música del azar que nos había unido no dejara de sonar. -¿Y el trabajo qué tal?

    -Muy bien. He encontrado de lo mío. Me ha costado horrores, antes estaba en un restaurante, pero la verdad es que me lo pasaba muy bien. Tú también has sido camarero, ya sabes a qué me refiero. Ui, me ha salido un pareado, jaja. Bueno, pues eché un montón de currículum y ahora estoy trabajando para una multinacional. Me pagan poco, gano prácticamente lo mismo que en el bar, pero no me quejo porque es una oportunidad.

    -No sabes cuánto me alegro, en serio.

    -Sí, estoy muy contenta. Estas son mis primeras vacaciones desde que estoy en esta empresa. Me han dado un montón de días. Allí las cosas son diferentes, Isaac. Parece que hay más ventanas, más posibilidades… Todo aquí está estancado, la misma gente, con sus historias de siempre. Me ahogan, no lo soporto. Estoy unos días, todo el mundo está contento de verme, y luego me vuelvo a marchar. Así no hay problemas, no hay complicaciones. Cuando me fui no sabía muy bien lo que hacía. -Una sombra cruzó por sus ojos, que se volvieron más oscuros, como recordando momentos difíciles. Su mano estaba sobre la mesa, como la mía, tuve la intención de acariciarla, de apretarla, de darle un beso en el dorso como hacía antes cuando se ponía así. No hice nada de todo eso. -Pero ahora estoy genial. Inglaterra me ha dado todo lo que no conseguía aquí.

    -Joder, es lo mejor. Lo mejor que me podrías contar. Estoy muy contento por ti. Eres una chica valiente, siempre lo has sido. -No sabía muy bien lo que decía, pero quería llenar el silencio.

    -¿Y tú que haces?  ¿A qué te dedicas ahora a parte de tocar con Claudio por Barcelona?

    -Soy profesor en un instituto.

    -¿En serio? Qué buena noticia. Lo que siempre quisiste, al final lo conseguiste, estoy segura de que eres genial y tus alumnos te quieren un montón.

    -Bueno, hay de todo, pero en general me va muy bien sí, y estoy contento. Ha sido difícil, he dado algunos tumbos y he tenido que pagar una pasta por el máster, pero al final estoy en la rueda. No sé qué será de mí en setiembre. Supongo que me llamarán para cubrir una plaza en algún instituto, pero nunca se sabe ni dónde ni cuándo ni cuánto tiempo. Estoy con la incertidumbre, no me molesta. Me da igual dónde ir, no me ata nada aquí a parte de mis padres, hermanos, familia, etcétera.

    -¿Cuándo te dirán algo?

    -A finales de agosto, la semana que viene o la otra.

    -Eso es dentro de nada.

    -Sí.

    -Espero que tengas suerte y te den algo por aquí cerca. Así no tendrás que ir muy lejos de casa.

    -Ahora vivo solo, hace unos meses me he emancipado. Soy un chico autosuficiente del siglo XXI, puedo vivir donde sea. ¿Quién sabe? Quizá me voy a Inglaterra de profesor de español para los niñatos guiris.

    -Encontrarías trabajo seguro.

    -Además, allí me puedo cruzar contigo, como hoy. Qué casualidad, eh. He pensado en escribirte, en saber de ti, pero me daba… No sé, ¿sabes lo que te quiero decir?, ya me entiendes, es complicado y, no sé.

    -No, no sé lo que me quieres decir, ¡no has dicho nada! -decía entre risas, el pelo le caía sobre los hombros, una brisa me trajo su olor, aquel aroma suave que tenía ella, que he buscado en tantos cuerpos y en todos he notado un hedor rancio de desapego. Pero allí estaba el suyo, otra vez, como ayer, como siempre. -No has cambiado nada.

    -Espero haber cambiado un poco. He ordenado los muebles de mi cabeza, su trabajo me ha costado, no te creas. Por poco se me cae el mundo encima, pero creo que ahora lo tengo todo bajo control.

    -Dime, ¿tienes novia?

    Le habría dicho que no. Que desde que no estoy con ella no había vuelto a sentir nada. Que me sentía solo y que me había acostumbrado. Que no conseguía encontrar nada ni nadie que me volviera loco, que me hiciera volar y olvidar el entorno. Que había ido a mil lugares, conocido a cientos de personas, y que no había nadie como ella. Que a veces miraba la luna y pensaba si ella la estaría mirando también, en otro lugar, y si pensaba a veces en mí y en lo que tuvimos. Que éramos muy jóvenes e inexpertos y no sabíamos lo que teníamos entre manos. Que el amor era algo muy poderoso, muy peligroso, y en las manos de dos adolescentes era fácil que se cayera, que se me cayera, pero no se me había roto, no se rompió mi parte y la guardo en el fondo del alma y no encaja con nada porque ese trozo es la otra mitad del que se quedó con ella, que no sé si guarda, que no se si existe.

    -Bueno, he tenido, tengo, algunas amigas. Pero nada serio.

    -Tú siempre igual, a ver si un día sientas la cabeza…

    No me atreví a preguntarle si ella estaba con alguien. Supuse que no, porque si lo estaba, ¿qué demonios hacía hablando conmigo? Si yo estuviera con ella, y se sentara con un ex una tarde a hablar sobre la vida me sentiría mal, me sentiría celoso, preocupado por si ya no me quiere. Así que supongo que estará sola y no tiene otra cosa mejor que hacer tiempo conmigo.

    -Supongo que un día la sentaré. Todavía no ha aparecido la persona adecuada, no aguanto a nadie, o nadie me aguanta a mí. Acabaré como una puta vieja, hablando con mis gatos -canturreé con voz cascada- Es de Sabina.

    -Ya tardaba en salir el Sabina.

    -Es el mejor, ya sabes.

    -Cada vez que lo escucho pienso en ti. De vez en cuando me lo pongo en casa, ¡me las se todas por tu culpa!

    -¡Yo también me sé todas las de Coldplay y no me quejo! ¿Te acuerdas cuando fuimos al concierto? Llegamos tardísimo, nos colamos y nos pusimos en las primeras filas del estadio. Qué bueno.

    -Qué cara más dura tenías… Eres un caso.

    -Era. Ahora soy un chico serio y responsable.

    -Las personas no cambian, Isaac. Seguimos siendo los mismos siempre.

    -Yo no lo creo. Evolucionamos. Aprendemos de los errores, no nos queda otra.

    -No sé, yo creo que siempre tropezamos con la misma piedra.

    -Por eso hoy hemos tropezado tú y yo.

    Se hace un silencio. No sé decir si es incómodo. Durante la conversación se han ido produciendo algunas pausas entre las frases que antaño se llenaban con besos y miradas cómplices. Ahora nos miramos a los ojos, frente a frente. Debo tener la mirada un tanto desquiciada, como borracha, no por haber bebido sino por haberme embriagado de ella. Estoy tan embebido que es como si el cuerpo no me respondiera. Podría pasarme así la eternidad entera, sin ninguna prisa. El móvil vibra en mi bolsillo. Como tengo la costumbre de llevarlo a clase, casi siempre lo tengo en silencio, como esta vez. Ni siquiera lo siento. No siento nada. Si lloviera, no me daría cuenta. Si me cayera un rayo me quedaría igual. Estático, extático. Loco de amor, de deseo. De abrazarla fuertemente y de decirle que todavía la quiero. Que la echo tanto de menos que la vida me da miedo. Loco. Tanto, que quizá ella lo perciba. Pero como me conoce, como me ha conocido como nunca nadie lo ha hecho, no me importa. Soy yo mismo. Soy como nunca soy con los demás, con las demás. Isabela, he pasado tanto miedo, ha llovido tanto sobre mi alma rota, rescátame de mí mismo, sácame del pozo donde yo mismo decidí meterme. Mi antebrazo repta sobre la mesa, mi mano está a punto de coger la suya mientras nos miramos, mi cuerpo se acerca levemente al suyo y ella no se aparta, no deja de mirarme, con una expresión que no sé leer, no puedo saber qué piensa, nunca he podido. Cuando estamos a punto de establecer contacto, a esa distancia del cuadro de Miguel Ángel, entre el dedo de Dios y del Hombre, cuando por fin estamos al borde de la frontera, y vamos a atravesarla, y no nos separaremos nunca, e iremos a Londres, a París, a Roma, y haremos el amor en cada ciudad de este mundo y del siguiente, en ese preciso instante en el que el tiempo y el espacio no existen, donde la vida es eterna en cada segundo, allí, entonces, cuando,

    -Chicos, tenemos que recoger terraza. -Es Stevtlana. Ajena a la escena trascendental que estaba sucediendo. Trabaja muchas horas por un sueldo ridículo. No está dispuesta a pasar un minuto de más en este antro. Nuestra mesa es la única que queda. Todas las demás están apiladas en un rincón de la terraza. Hace tiempo que nos hemos terminado el café. La realidad vuelve y nos golpea, me golpea, como un maremoto japonés.

    -Vale, perdone. Ya nos vamos. -Contesta ella. Es más apta para el mundo. Yo siempre he sido un soñador frustrado, al estilo romántico decimonónico, es decir, todo lo contrario del romanticismo hollywoodiense, donde los románticos son guapos y siempre salen ganando porque tienen verdad, valor, buena suerte. Quizás yo también lo sea esta tarde, esta noche ya.

    Caminamos en silencio en dirección a la salida. Ella va mirando el móvil, yo arrastro mi maleta como un fantasma sus cadenas. No sé por qué pienso en esa imagen, quizá lo ha pensado ella y me ha contagiado a mí. Teclea sobre la pantalla y yo miro en derredor. El ambiente ahora es más tranquilo, pero parece que no existe. Sigo sin saber la hora que es porque, a su lado, no tengo prisa. De repente se para, escribe más intensamente. Yo la miro. Está preciosa. Su cuerpo no ha cambiado tanto, está más delgada, más madura, más asentada en sí misma. De mayor será una mujer preciosa y todavía la mirarán los jóvenes. Posee el don de ser atractiva, la envidiarán otras mujeres que no tendrán tanta suerte, aunque ahora sean más guapas según el canon estúpido hecho por homosexuales. Procuro contener el flujo de mis pensamientos. No tengo nada en contra de los homosexuales, de hecho, admiro a muchos de ellos, tienen un don especial para el arte, y las mujeres dicen que son atractivos. Yo no lo soy, aunque me gustaría serlo ahora. Quizás estaría más seguro, tendría más confianza en hacer lo que sé que voy a hacer: intentar besarla. No lo he pensado mucho. Simplemente una voz me lo ha dicho y yo me voy a lanzar, aunque me cueste el amor, el trabajo, la salud. A su lado el mundo tendrá algún sentido, los éxitos no son tales porque no tengo con quién compartirlos, no está ella a mi lado para pesarlos, medirlos, evaluarlos. Haremos buen equipo, tendremos una familia preciosa, mis hijas, tendremos hijas, serán guapas y listas, como ella. Yo seré un pasmarote, un autómata, haré todo lo que me pidan, daría mi vida por la suya. Ella lo sabe, sé que en el fondo me quiere. Ha pensado en mí otras veces, nunca dejará de pensar en mí, aunque estemos a quilómetros, millas, años luz. Miraremos la luna en una playa de arena blanca. Haremos el amor allí mismo y tendremos un futuro anodino, rutinario, intrascendente, aburrido. Un día, de viejo, me llevará la muerte y ella les contará a todos, ya viejecita, cómo era yo: un cascarrabias con un corazón de oro.

    -Me pasan a buscar.

    -Vale. ¿Por aquí? -Señalo con un gesto el arcén que está justo enfrente de la entrada de la estación. -Te espero.

    -Oye, ¿a qué hora sale tu tren?

    -No te preocupes, no tengo prisa.

    -Pero…

    -Verás, Isabela. Tengo que decirte algo y pienso que reventaré si no lo hago. Nunca he dejado de pensar en ti. Eres la persona que más he amado en mi vida. Cada día, no hay uno solo, que no piense en algo que dijiste, en algo que hiciste. Cuando hago algo bueno, por lo que me siento orgulloso, me imagino lo que dirías tú. Igual cuando me equivoco, pienso en el consejo que me darías y actúo en consecuencia. He cambiado mucho, me he equivocado otro tanto, pero en cada paso que he dado he intentado llegar a ser alguien mejor, una persona diferente a la que tú conociste, que se marchó porque no se encontraba a sí mismo. Y hoy he vuelto a encontrarte y creo que es una señal del Destino, de Dios, del Universo. No puedo dejarte ir otra vez. -Doy un paso al frente, la envuelvo con mis brazos, ella se queda quieta, mirándome con los ojos, sus bellos ojos, sus ojos únicos, como platos. -Yo te, quiero decir que yo, yo te -decido acabar la frase después de besarla, y a eso me dispongo cuando me planta dos besos rápidos en las mejillas, tanto que no tengo tiempo a reaccionar. Se zafa de mis brazos y se aleja.

    El sueño se está terminando y ahora tiene su influjo más poderoso. Me habla, no sé bien lo que me dice. Dice que tiene que irse. Que se alegra de verme. Que me cuide. Que tenga cuidado. Que no haga locuras. ¿Locuras? No, no. Tengo una vida ordenada, responsable, voy cada día al trabajo e intento ser el mejor, me esfuerzo por conseguir lo que quiero. Ya no fumo tanto, casi no bebo, no me drogo a pesar de que mis amigos sí. Ya sabes, la música es así, pero yo no, yo soy fuerte porque quiero valer la pena, quiero merecerme tu amor. El que una vez perdí, el que estoy perdiendo, otra vez, ahora.

    Ella se aleja, cruza la acera. La espera un coche. Un Audi negro tipo A3, con los cristales tintados, con luces azuladas en el salpicadero, quizás del ordenador de a bordo. Es un buen coche. Miro al conductor y es un tipo fornido, alto, un poco mayor que yo. Tiene esa pose de seguridad, ese saber estar del que tiene todo lo que quiere sin haber hecho demasiado para conseguirlo. No lo conozco, no es de su familia. Ella abre la puerta del copiloto, saluda animadamente con una voz que nunca puso conmigo, una voz estúpida y feliz. Él le pregunta algo, sus labios se mueven alegres como diciendo: ¿Quién es ese? Ella niega con la cabeza y adivino, porque no la veo, que su boca dice: Nadie. Le pone su mano delgada, sus dedos largos, sobre la mejilla barbuda, grasienta, asquerosa, del tipo. Es como yo, pero más guapo y más estúpido, lo primero es evidente, lo segundo no lo sé. Lo besa, la besa, se besan un momento. No es un pico, es un morreo rápido, promesa de otros tantos más largos y más intensos. Antes de que se acabe, me vuelvo. No quiero que me salude, que me saluden los dos. Me vuelvo hacia dentro de la estación. Las puertas automáticas me reciben con los brazos abiertos. Tengo ganas de derrumbarme, pero me trago la vergüenza como una bola de cristal enorme. Miro en torno sin saber muy bien nada.

    Camino hacia el mostrador, está cerrado. Miro al bar, a la cafetería donde hace unos minutos soñaba que era otro tiempo y la vida era otra cosa y yo estaba en un universo paralelo donde no estaba solo, tan solo. Miro el reloj de la estación. Son las diez de la noche. Ya debería estar en Barcelona. Quizá Claudio me esté esperando en la estación. Voy al panel electrónico y el último tren ha salido hace diez minutos. No habrá otro hasta mañana a las cinco y media de la mañana. En el teléfono tengo tropecientos mensajes y llamadas perdidas de Claudio, mi madre, que si ya he llegado, grupos de gente que han enviado cosas graciosas, distraídas, intrascendentes.

    Me quedo allí plantado sin saber muy bien lo que ha pasado. Un vagabundo avejentado pasa a mi lado y me mira. Quizá tuvo la idea de pedirme dinero, pero al verme ha decidido que lo mejor será dejarme tranquilo.

    Suspiro. Me siento mal. Me siento roto. Me siento ridículo.

    Llamo a Claudio. Descuelga al primer tono.

    -Cabrón. ¿Dónde estás? Estoy aquí con Cristina y Judit que hemos venido a buscarte a la estación. Esta noche va a ser buena. Lo tengo todo preparado. Tocan unos grupos que son una pasada. Venga, dime, ¿dónde estás? No te veo salir del andén.

    -Tío, tengo un problema. He perdido el tren.

    -¡Pero qué me estás contando! Si me has dicho a las seis que salías de casa, pero tú estás loco o qué te pasa, me cago en tu…

    -Lo siento, ya te contaré, es una larga historia. Ahora tengo que colgar. Mañana cogeré el primer tren hacia Barna.

    -¿Pero te ha pasado algo?

    -No me ha pasado nada, ese es el problema.

    -Estás colgado tío, si es que eres un puto loco, a saber dónde te habrás metido, cabrón, cabrón de mierd.

    -Te llamo mañana. Llegaré temprano. Hablamos. -Y cuelgo.

    Me siento en un banco solitario. Unos pocos pasajeros esperan al próximo tren que irá a cualquier parte. Irún, leo en la pantalla, no sé muy bien dónde está, en el norte, creo. Seguramente será un lugar bonito, verde, donde llueve a menudo, como en Inglaterra. El vagabundo ahora pasa por delante de mí, con esa barba parece Jesucristo, quizá lo sea, le contaría lo que me ha pasado y me daría consuelo, pero nunca lo comprobaré porque seguramente es un borracho y va a lo suyo. Los andenes están desiertos, desolados.

    A lo lejos veo dos figuras. Uno es calvo y bastante bajito, tiene un porte nervioso, se mueve como si se carcajeara. El otro también se ríe, es más alto, va en un traje antiguo, con sombrero de detective de los años treinta, se muestra más sereno. Son Bogart y Woody. Lo han visto todo, oído todo, y se lo pasan genial los dos con mi película.

    Pienso que mañana daré el mejor concierto de mi vida. Pero ahora estoy aquí sentado, solo, imaginándome personajes de ficción de cuando el cine era cine, según los cinéfilos. No sé qué hora es, no sé dónde ir, no sé qué hacer. Pero una cosa está clara.

    No tengo prisa.

  • Viaje a la ciudad blanca

    Viaje a la ciudad blanca

    El momento cuando decidimos emprender un proyecto se parece a cuando estamos recorriendo un camino y planeamos ir a un lugar que se ve a lo lejos, pongamos por caso, una ciudad blanca. Allí esperamos encontrar refugio y respuestas nuevas que creemos que nos harán más felices, tal y como ocurre con los proyectos que emprendemos: los intentamos cumplir porque pensamos que, al final, nos sentiremos más realizados. No obstante, son muchas personas las que dejan sus proyectos, y sus sueños, a medias, no encuentran las fuerzas para continuar hacia delante y aquello que parecía tan tangible se vuelve una pesadilla. Después solo queda la angustia y una amarga sensación en el estómago. Llegado el momento cabe preguntarse qué hacer.

    Entender la vida como camino, homo viator, es un tópico latino, por lo tanto no es nada nuevo. Ocurre que generalmente no se repara en la profundidad de los latinismos y si bien podemos entender nuestro transcurso en la vida como un trayecto que, en la mayoría de los casos, va de la infancia a la vejez, se olvida que el dicho antiguo actúa también, y sobre todo, durante el recorrido. Y es que la vida es como un gran viaje donde somos nosotros los que decidimos a donde vamos. Podemos seguir las indicaciones, podemos saltárnoslas, hacer caso de nuestro instinto, a un consejo de otro caminante. Hay anuncios engañosos, cruces de caminos, asaltos, peligros, sorpresas. La vida fluye como un río, vita fumen, que termina en el mar, y es un viaje apasionante porque nosotros decidimos, en parte, por dónde el río de nuestra vida transcurre.

    Pasa a veces que, según la senda que tomamos, perdemos nuestro objetivo de vista. En algún recodo del camino vimos a lo lejos la ciudad soñada, llámese esta como se quiera: Amor, Prosperidad, Familia…, y decidimos seguir las indicaciones para llegar a ella. En función de múltiples factores -nuestra experiencia, las señales, los acompañantes-, el camino será más o menos fácil. Habrá momentos en que estaremos en una intersección y deberemos decidir, en soledad, qué opción es la mejor. Un buen consejo para todo caminante: la senda más corta suele ser la más escarpada. El problema viene cuando estamos cansados, sin apenas agua, levantamos la cabeza y ya no vemos la ciudad soñada, esa tierra prometida hacia donde hace tiempo dirigimos nuestros pasos.

    Nos asaltan los miedos: ¿nos habremos perdido, estaremos más lejos, yendo hacia otra parte llena de peligros, tendremos todo lo que nos hace falta para afrontar lo que pueda surgir más adelante, valdrá la pena, después de todo, llegar allí? Estos fantasmas y muchos otros nos rodean cuando estamos persiguiendo un sueño. No faltarán momentos en que nadie nos comprenda ni nos apoye, cuando nos pidan que desistamos, cuando se haga imposible avanzar por el dolor en los pies y en el corazón.

    Pero hay que seguir aunque hayamos perdido de vista la ciudad sagrada, porque eso pasa siempre. El momento en el que vimos más cerca el lugar soñado fue cuando lo divisábamos a lo lejos. La ciudad es tan grande y blanca que parece que podamos tocarla estirando el brazo, casi podemos ver lo bien que vamos a habitar allí. Debemos tener en cuenta que, al principio, estamos mirando nuestro objetivo en línea recta y que nos separan caminos tortuosos, valles y montañas, ríos y polvo, toda clase de accidentes. Tenemos que estar preparados para todas las eventualidades y ser realistas. El tiempo es relativo y podemos tardar más o menos, hay que tener paciencia y, sobre todo, disfrutar del camino cuando se pueda.

    Sin embargo, cuando sea doloroso, cuando no se pueda avanzar, cuando nos duelan todos los huesos y todas las ilusiones, habrá que apretar los dientes, dar otro paso, escribir otra línea, casi a ciegas, con sangre y lágrimas. Porque lo único que está prohibido, en este recorrido que llamamos vida, es rendirse, es decir, dejar de caminar.

    No hay que pensar si estamos en el camino correcto, no hay que darle demasiadas vueltas. Simplemente seguir avanzando como se pueda, seguir aguantando las embestidas, seguir empujándonos a nosotros mismos. Solo así se llega, así se consigue lo que uno se propone. Hay que saber que la ciudad se pierde muchas veces, pero eso no significa que no estemos llegando a nuestra meta. No hay que desistir estando tan cerca.

    Un buen día cruzaremos las puertas de la ciudad blanca y seremos enormemente felices, como pocas veces. Caeremos de rodillas y quizás besaremos el suelo con lágrimas en los ojos. O simplemente respiremos hondo y sintamos la ansiada paz dentro del corazón.

    Poco dura la quietud en los pies del caminante. El ser humano es nómada por naturaleza y pronto buscará su felicidad por nuevos caminos; porque los sueños se mueven constantemente, y es nuestro deber es perseguirlos.

    Quizás la efímera felicidad está en el camino y no en la meta, pero eso es otro artículo.

  • Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Cuando emprendemos un proyecto perseguimos un sueño con un plan establecido. A lo largo del tiempo hemos ido configurando una hoja de ruta que nos llevará a conseguir aquello que anhelamos. “Quiero ser afortunado” dirá uno, y en este sentido orientará su empeño para conseguir su meta. Un buen consejo sería que, si esta persona es joven, estudiara algo que diera mucho dinero, pongamos por caso: ingeniería informática. Luego, ya de adulto, deberá invertir su capital en start ups o en fondos de inversión sólidos que le generen unos dividendos suficientes para jubilarse a los cincuenta siendo rico. “¿Y luego qué?” preguntará otro, seguramente el primero se encogerá de hombros.

    Esta clase de elección vital no necesita justificación en el mundo de hoy: ¿quién no quiere ser próspero? Lo difícil es ser capaz de llegar. Se han escrito montones de libros con recetas para lograrlo: Consígalo en diez pasos, me parece un buen título. Quizá, el primer consejo para hacerse rico sería alejarse de las cosas que no sirven para nada.

    En la educación se ve muy claro. Los alumnos de los cursos superiores esperan entrar en carreras como economía, ingeniería, administración y dirección de empresas, derecho; con el objetivo de hacer dinero. Y vivimos en una sociedad tan sumamente hipócrita que la mayoría de los que escogieron aquellos asfaltados caminos en su juventud, esas pistas de despegue hacia el éxito económico no reconocen hoy que no es lo que parece, que son tan clase media como al principio, que ganan un sueldo con muchos dolores de cabeza en un trabajo que, en la mayoría de los casos, no los llena, no los hace prósperos.

    Quizá unos quisieron ser pintores, actrices, panaderos; pero no escogieron esas sendas inciertas. ¿Para qué estudiar literatura si no sirve para nada? Buena pregunta que no puedo contestar, pero sí poner algunos ejemplos que muestren lo intrincado de la vida.

    Julio Cortázar, un escritor del siglo pasado muy admirado, contaba una anécdota que lo ilustra muy bien. Hay una escena en Rayuela en la que Oliveira, un diletante que vive en París y luego en Buenos Aires, está poniendo rectos unos clavos torcidos. Recuerdo que otro personaje, más pragmático, le pregunta qué es lo que tiene pensado colgar o clavar. Oliveira, fiel a su estilo enigmático y poético, responde que sabrá qué hacer con ellos una vez que haya terminado de poner los clavos rectos. Por el momento, su actividad no sirve para nada. Rayuela deja huella en el lector joven por muchos pasajes como este.

    Alguien podría preguntarse para si es útil leer novelas en papel en pleno siglo XXI y este pobrecito escribidor tampoco sabrá qué responderle. Para leer o para escribir, son necesarias altas dosis de entusiasmo; y si uno lo piensa dos veces termina por abandonar. ¿Para qué vale perseguir un imposible? Probablemente para seguir andando. Solo una cosa es segura: el disfrute de cuando te esfuerzas en hacer algo que te llena.

    En la universidad nos explicaron en Antropología que el Amor entre los seres humanos sirvió para prosperar, que las relaciones do ut des establecían alianzas para afrontar los retos que planteaba la madre Naturaleza, en la noche oscura de los tiempos cuando no existían ni internet ni la agricultura. Me imagino a un homo sapiens como yo, sentado en una piedra, pensando para qué sirve el amor a los suyos, si siguiendo su interés podría conseguir más que atado a sus seres queridos. Probablemente su primitiva lógica le dijera que aquello no servía para nada, pero lo haría igualmente porque le gustaba.

    Hoy nos creemos más listos que la Naturaleza, Dios, el Azar; pensamos que podemos saber el futuro milimétricamente y, por ende, lo que podemos necesitar en el presente. No obstante, los trastornos de ansiedad o la depresión están a la orden del día; esa tristeza de las personas que se decepcionan con su vida, porque pensaron que todo lo que habían planificado los conduciría a una meta concreta, y eso es mucho suponer.

    La vida es mucho más compleja que nuestra ciencia, y probablemente lo será siempre. El ser humano siempre ha pensado que podía saber lo que pasaría, por eso siempre han existido adivinos, y también agoreros, que nos han dicho qué es lo necesario y lo inútil. Quizá la manera de no decepcionarse con la meta es esforzarse en lo que uno le gusta, aunque parezca que no vale para nada. Así, el tiempo invertido solo traerá cosas buenas.

    Acabada la carrera, empecé a estudiar inglés sin saber muy bien pará qué, pero sí por qué: me había enamorado de la poesía y de las canciones de Dylan. Para entenderlas en  versión original, invertí mucho esfuerzo en aprender un idioma nuevo. Al cabo de pocos años, juventud, divino tesoro, me podía defender muy bien y conseguí un trabajo como auxiliar administrativo, donde conocí gente de economía y administración de empresas.

    En su momento, estudié filología hispánica porque me había enamorado de prosa y la poesía de grandes escritores como Cortázar. Por aquel entonces, muchos me dijeron: Eso no sirve para nada, y yo me encogía de hombros sin saber qué responder. Estudia algo que te de dinero como ingeniería, me aconsejaron. A mí me gustaba leer y escribir. “Quiero ganarme la vida leyendo, escribiendo y enseñando a leer y escribir”, me dije.

    Andando el tiempo, gracias a la Naturaleza, a Dios o al Azar, me gano muy bien la vida. Me cuesta sentarme a escribir, pero me gusta. Leer cansa, pero me llena. También he hecho muchas cosas inútiles, las hago todavía hoy: como mantener un blog cuando, dicen, que nadie lee. En fin, algunos parecen tenerlo muy claro. Yo solamente puedo, por mi experiencia, hacer una defensa de las cosas que no sirven para nada porque, las cosas que no sirven para nada me han valido para mucho; sobre todo, para prosperar.

  • Ortega para el debate

    Ortega para el debate

    Leídas La deshumanización del arte (1925), La rebelión de las masas (1929) y otros ensayos adicionales en ambas obras; cumpliendo con el deber autoimpuesto de escribir sobre los filósofos que me parecen interesantes: explicar a Ortega y Gasset no es easy.

    Existen decenas de documentales y artículos en Internet que desarrollan la vida de este español tan internacional y, por eso, tan ilustre; tan incomprendido por su tiempo y su sociedad como cualquier buen español que se precie: tan preocupado por sus circunstancias y por los problemas de aquella España al borde y al cabo de una guerra. Filósofos de barba blanca, un poco obesos, de voz gruesa, dan cuenta en antiguos programas de televisión sobre la vida y obra de este otro filósofo que siempre sale fumando en las fotos o conduciendo un anacrónico descapotable con sombrero panamá.

    «Yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo a ellas tampoco me salvo yo», repite un poco todo el mundo sin saber que la frase es de Ortega y sin entender muy bien lo que significa. Porque a mí también estas palabras me han venido a la cabeza en multitud de circunstancias, he decidido emprender un viaje intelectual en borriquito, a trote cochinero, y pasearme por la prosa de Ortega sin detenerme en conceptos como «razón vital» o «perspectivismo filosófico»: eso es trabajo de los filósofos de barba blanca.

    Mi  vocación  de  profesor  de  secundaria  y  el  hecho  de  pasarme  las  horas  entre  adolescentes  sin  pelos  en  la  lengua,  me  hace  explicar —y explicarme— la figura de este intelectual de una manera diferente. Podría hacerlo con mayor rigor y con palabras más altisonantes, pero entonces me aburro y no escribo. Será que yo también soy un poco adolescente y un poco viejo cascarrabias y un tanto enfant terrible para ser intelectual.

    Perdón por el desorden de palabras y fragmentos sin una estructura muy definida. No obstante, me sirve para que el lector entienda el estilo del autor objeto de nuestro ensayo: José Ortega y Gasset. Él es como los mejores y peores escritores españoles, es decir, es como Orbaneja, pintor de Úbeda, que preguntado en su pueblo qué demonios pintaba, él respondía «lo que saliere» —búsquese: «Orbaneja, el Quijote, fragmento» o léase El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615)—  y así, vemos en Ortega un ensayista que escribe según lo que a él le saliere: sus libros son semilleros de ideas.

    Nunca se desarrolla una teoría clara y concisa, bien estructurada al modo decimonónico y vetusto de las novelas naturalistas que de joven le tocó defender. Los textos de Ortega pueden leerse por separado, todos juntos, desordenados, ahora el primero, luego el último y el lector nunca encuentra, ni pierde, el hilo. Quizás por ese motivo se pasó algunos artículos defendiendo La deshumanización del arte: el arte nuevo de hacer poemas, de pintar cuadros obtusos, en aquel tiempo. Era la era de vanguardias y futurismos que vivieron deprisa y envejecieron pronto. Ortega es también un artista de su tiempo, a veces incapaz de hacer otra cosa que no fuera amoldarse las circunstancias. Y así, como hoy encontramos innumerables novelas que mezclan la ficción con el ensayo, el diario y la autoayuda, así encontramos el estilo de Ortega. Pero para algunos criticones posmodernos, los cuales repiten frases como parrots, Ortega no tiene interés.

    Y yo, en aquella obra del 25, encuentro mis principales diferencias con el madrileño. No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que afirma. De hecho, me pasé la lectura escribiendo contraargumentos en los márgenes del libro o apóstrofes retóricos tal como: ¡qué dice este tío! ¡cállate, no! y exabruptos del estilo. También frases que uso ahora on writing. Por otra parte, le gustaba mucho ir poniendo palabrejas en inglés o en francés, las lenguas de moda de su tiempo, y aunque este estilo está un poco demodée, encuentra en Ortega cierta gracia, como esos cómicos a los que se les perdona los chistes de mal gusto sin motivo aparente. Incluso le disculpo los dislates por su gran inteligencia.

    En pocas palabras, defiende que el arte debe deshumanizarse: cuanto más alejado de las pasiones humanas, de las altas y las bajas, tanto mejor, tanto más arte será. Y así, repasando toda la historia de la humanidad, de forma muy somera, llega a concluir que el arte de su tiempo no puede ser de otra manera, enfrentándose, con la dialéctica, a los moralistas de su época que criticaban esa condición del arte nuevo. La tradición era una cosa bizantina, es decir, tan hierática y oriental que no debía interesar al europeo artista. Y claro, yo, que soy un ser demasiado apegado a las pasiones, las altas y las bajas, tan cerca del romanticismo y de sus diversos precedentes —y de sus futuras restauraciones— a lo largo de la historia, no podía estar más en desacuerdo. Y me reafirmaba el hecho de que, cuando defendía a determinados artistas como grandes precursores del arte futuro, ahora ninguno es Góngora, sino que son todos tierra, humo, polvo, sombra, nothing.

    Pero, aunque se equivocara en sus predicciones, y a pesar de no estar de acuerdo con  su  perspectiva,  no  pude  dejar  de  leer  La  rebelión  de  las  masas —con ese título, quién puede resistirse— y, entonces, el lector encuentra a un Ortega muy diferente: más bien contrario al crítico literario. Si en La deshumanización parecía apreciar la tontería en el arte, en este, cuando habla sobre la Historia, es decir, de temas serios —piensen que corren los bélicos años treinta, con todos sus muertos a cuestas—, resulta que es un gran adivino.

    José Ortega y Gasset

    Ortega decía que la historia podía predecirse, de hecho, lo dice varias veces a lo largo de sus ensayos. Si uno estudia a los pensadores de otros tiempos, encuentra aciertos que parecen imposibles, genialidades. No obstante, él afirma que tales aciertos responden a un ejercicio de lógica. Y es muy curioso que el propio Ortega previera una futura Unión Europea que el llamaba con otro nombre, donde todos los países deberían unirse con todas sus diferencias, no entendiéndolas como obstáculos, sino como elasticidades para afrontar los distintos problemas posibles que pudiera afrontar esa sociedad. O eso o la autodestrucción de Europa. Por otra parte, también afirmaba que la política estaba dominada por el hombre-masa, es decir, por personas que piensan que tienen todos los derechos y ninguna obligación, que creen que todo lo que ha construido la humanidad y la cultura hasta ahora ha caído del cielo como cae la lluvia. Que la sociedad, la democracia o la ley es tan antigua como la naturaleza, por eso no se preocupaban por conocer su propia historia, por eso estaban condenados a repetir los mismos errores. Es diabólico el grado de acierto, impresiona que aún, todavía hoy, estemos en las mismas. Mientras me deleitaba con la lectura pensaba: ay, Ortega, ¿qué pensarías hoy en día?

    Uno de los debates encendidos que cada día me toca afrontar desde la intelectualidad con el resto del mundo es el de la importancia del humanismo respecto a la ciencia. En mi profesión existen los profesores de matemáticas. No todos, pero muchos de ellos se creen los alquimistas del conocimiento, o por lo menos, los poseedores y transmisores del único conocimiento válido, contrario a las lenguas, la historia y, no digamos, el arte. Lo mismo sucede con algunos científicos: biólogos, ingenieros, tecnócratas. Apátridas de la filosofía y el pensamiento, según ellos, en pro de los números. Pero Ortega ya habla de ellos, ya los esboza como vetustos decimonónicos, como abejas en su celda haciendo avanzar la ciencia por su cuenta y riesgo: encerrados en su mentalidad sin atender a lo que pasa en torno, sin ver para qué o a quién sirven los avances que ellos realizan. Y yo pregunto, si como ellos afirman, todo es química o biología o fríos números: ¿qué falta hacen las religiones, las sectas, el tabaco, el alcohol, las pastillas para dormir o los antidepresivos? Parece ser, en mi empirismo, que los más científicos son los más miopes. Ortega lo ve, Ortega lo esboza, y me dio esta idea que escribo aquí y ahora.

    No todo está tan claro como afirman los libros de autoayuda y las ciencias exactas que curan todas las enfermedades del alma con químicos. Hay esperanza para la filosofía, para la literatura, para el arte, la duda. Decía el filósofo: Ortega es un semillero de ideas.

  • Un café para Platón

    Un café para Platón

    Acabo de terminar dos obras importantes para la historia de la literatura, la filosofía y la cultura en general: Fedón y Fedro. Dos mancebos griegos amigos-amantes de Sócrates que se dejan enseñar por el primer filósofo, que no sabio. Mentiría si no dijera que hay muchas cosas que se escapan a mis referencias y que las he leído sin detenerme, como el que lee una novela, intentando descubrir el misterio entre líneas, dando por supuesto que no lograría aprehender la totalidad de la obra ni del pensamiento helenístico.

    Lo que más sorprende son las coordenadas dualistas: lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo justo y lo injusto, etc. Se da por sentado que existen dichas realidades como lo alto y lo bajo, lo grande y lo pequeño, el calor y el frío. En sus parlamentos, los filósofos califican las dudas como posturas del vulgo: ¿Hay vida más allá de la muerte? El vulgo afirma que quizá no la hay, etc. Me ha decepcionado esta concepción presente en el Fedón, como si fuera cosa de nobles el conocimiento innato y desterrar así la sentencia a la que tantas veces se refieren los profesores de filosofía: solo sé que no sé nada. Yo no sé de dónde la han sacado, pero en el Sócrates platónico, las dudas son cosas de los ignorantes y la mayéutica se basa en preguntas retóricas que se contesta a él mismo y en el que todos los oyentes coinciden y dicen: No podría ser de otro modo.

    Por supuesto que podría ser de otro modo, dice el lector. Siguiendo el planteamiento de ese dualismo atroz, se desprecia el cuerpo y se alaba el alma con liberalidad pueril. Además, por muchas cábalas y silogismos que se planteen, solo tenemos claro que existe una de las dos cosas. Así, se desprecia lo que existe en pro de lo que puede existir o no, ser o no ser, ésa es la cuestión, querido Platón. El argumento más sólido que he podido extraer que respalde la existencia del alma es la concepción de lo perfecto: podemos imaginar la perfección, podemos acotarla de distintas maneras, pero no podemos hacer que exista. Luego, en alguna parte hemos visto lo perfecto, el concepto, lo que es igual a sí mismo, el absoluto, lo infinito, lo divino, lo imposible. Entonces es el alma quien guarda recuerdo de esas ideas y en la vida lo único que hacemos es recordarlas, buscar sus semejanzas, siempre imperfectas, siempre defectuosas, en el mundo sensible: aquel que percibimos mediante nuestros imperfectos y defectuosos sentidos. Bueno, es bastante certero el planteamiento, pero es del todo insuficiente.

    Resulta curioso que se planteen estas cuestiones —de carácter tan personal, tan sentimental, tan irracional, en definitiva— desde el punto de vista de la razón: me parece un despropósito. Hasta el más recalcitrante de los ateos intuye que hay algo más allá de lo tangible, de lo que se ve, se toca y se oye. Sin quererlo su razón, cree que existen sinergias que operan en su vida que no tienen explicación racional: esto podía haber sido de cualquier manera y, no obstante, fue de la manera en que yo presentí que sería: ¿por qué?, se preguntan el filósofo y el ignorante. Así, Platón, la razón quizá es tan defectuosa como cualquiera de los sentidos corporales con los que se descodifica lo que tú llamas realidad, verdad, idea, y yo solo atino a llamar sueño, sombra, ficción.

    Dos milenios más tarde, vino Nietzsche a decirnos que dioses habían muerto porque habíamos dejado de creer en ellos. Los hombres y las mujeres hemos inventado a Dios. Vale, pero eso sigue sin responder quién es nuestro inventor necesario, y eso deja un espacio para que las sectas de toda índole saquen tajada con historietas vagas sobre el origen del mundo, las cuales cada una entiende a su manera defectuosa e imperfecta. Lo único que está claro es que la humanidad no ha inventado a la humanidad, ni la naturaleza, ni tampoco ha encendido ni una sola de las estrellas incontables del cielo. Si a ese misterio lo llamamos Dios, entonces, querido Nietzsche, Dios sigue existiendo.

    Pero volviendo a Platón, también me perturban las ideas peregrinas presentes en Fedro, el bello mito del auriga y los dos caballos, como afirma la contraportada del libro, se encuentra en esta obra. Y dice, al fin, en su dualismo, que hay que maltratar al caballo negro —el de las bajas pasiones como el odio, el miedo o la concupiscencia— y mimar al caballo blanco, que es su contrario. Así, ascenderemos al mundo de las ideas al cual nuestra alma pertenece. Y al describirlo con toda suerte de detalles, que más me parecen fantasía que racionalismo, llego a la conclusión a la que llegó Joaquín Sabina mientras empuñaba un cigarrillo y un güisqui; preguntado en un programa de televisión, de cuyo nombre no quiero acordarme, por la vida eterna dijo: hay vida más allá… pero no es vida.

    Debo decir que me parece muy bello el mito del auriga y sus caballos, pero discrepo en la propuesta de maltratar a uno y regalar al otro; ambos son los que tiran del carro. Aunque contradictorios, habrá que sacar a veces la visceralidad del odio para superar los desiertos del camino y llegar a los vergeles donde nuestro amor pueda mostrarse con todo lustre. El caballo blanco es noble, pero es débil. El negro es malo, pero es fuerte. Ambas corrientes habitan en el corazón, o en el inconsciente, de todas las personas. Ninguna es prescindible, las dos son necesarias. Y adónde el camino irá, lo decide el auriga. Y cuál es el camino mejor, eso no lo sabe nadie. Y quien diga saberlo miente.

    Estas son las conclusiones que saco después de leer a Platón. Lo que más me ha gustado de ambas obras, Fedón y Fedro, es el final. En ambas, Sócrates acaba por recordar un mito y empiezan los dos con la misma idea: esta historia puede ser verdad o no, pero yo creo que es válida. Así, al final, todo se resume en la sentencia: Solo sé que no sé nada.

  • Donde lo dejaste

    Donde lo dejaste

    Ocurre en ocasiones en la vida que nos encontramos con un amigo al cual hace tiempo que no vemos. El lapso entre la última vez que compartimos una cena, una cerveza, un café puede ser muy variable: desde unos meses hasta muchos años; pero siempre se produce un fenómeno que nos llama la atención: parece que el tiempo no haya pasado.

    Que el tiempo es relativo ya lo ha demostrado Einstein y muchos memes de internet, lo difícil es entender qué significa este concepto en la vida práctica. Podemos encontrar un ejemplo en el caso de los amigos que se encuentran, después de un lustro, y que deciden compartir una cerveza. No hace falta que la conversación rememore glorias pasadas, sencillamente las risas, las complicidades, las afinidades comunes aflorarán por sí solas.

    Pocas veces sabemos en la vida cuándo es el último día que pasamos con un amigo. Stephen King se pregunta sobre la infancia algo así como: la última vez que saliste a jugar con tus amigos, ¿sabías que era la última vez? Muchos responderemos que no. Así es la vida, una caja de sorpresas en la que parece que no existen los finales definitivos. Incluso en las despedidas protocolarias siempre quedamos en vernos algún día, nunca decimos adiós para siempre, sabedores de que podemos encontrarnos en cualquier cruce de caminos. Mantienes con las personas la misma relación que antes, donde lo dejaste.

    Pero la vida nos cambia inevitablemente. En los años transcurridos en que los amigos no se han visto han pasado muchas cosas: uno tuvo un accidente, el otro se casó, tuvo una hija, el anterior terminó sus estudios, acabó una relación tóxica, se enamoró de nuevo. En fin, nunca dejamos de aprender y ese continuo crecer nos cambia, a veces mucho. Si nos imaginamos hace cinco o diez años, veremos que pensamos y actuamos de forma muy diferente, en determinados casos casi antagónica. Pero al juntarnos todo eso se olvida y volvemos a ser, a veces sin querer, aquellos de hace tanto tiempo. Es tal el poder del fenómeno que el cambio en nuestro amigo nos parece una pequeña traición.

    Compartir esa cerveza con nuestro viejo amigo habrá sido como viajar al pasado. Probablemente nuestras obligaciones diarias nos obligarán a seguir con lo nuestro más pronto que tarde. Prometeremos vernos en otra ocasión con más tiempo y sólo Dios sabe si podremos cumplir nuestra promesa o si esa será la última vez que nos vimos.

    Lo mismo ocurre en otras facetas de la vida. Nos relacionamos con las situaciones como con las personas. A veces nos alejamos de según qué circunstancia y al encontrarnos de nuevo frente a ella, actuamos de la misma manera o nos pasa lo mismo que años antes. Esa idea de que la historia se repite, o de que es cíclica, no deja de tener relación con el ejemplo del amigo al cual hace tiempo que no vemos: las cosas están donde lo dejaste.

    Ocurre con los miedos. Un verano fuiste niño y te daba miedo saltar del trampolín a la piscina, tanto miedo que te quedaste paralizado y hasta te costó bajar por la escalera. Otro agosto tienes vienticinco años, has tenido novias, peleas, exámenes imposibles, noches inolvidables; estás tranquilamente con tus amigos y te subes al trampolín sin recordar y una vez al filo de la tabla todos tus antiguos, olvidados miedos están ahí. En ese momento hay sólo dos opciones, o saltar o seguir igual, y solemos seguir igual porque el susto nos afecta más cuando nos coge desprevenidos, con la guardia baja.

    La mentalización es muy importante para superar cualquier miedo irracional, por eso la previsión es una herramienta efectiva frente al fracaso. La vida puede parecer muy compleja cuando la observamos de cerca y extrañamente simple cuando la miramos de soslayo, a través de ejemplos simples. Ocurre que, sin saberlo, podemos repetir, sin querer, conductas que nos hacen tropezar una y otra vez con la misma piedra.  

    Porque las piedras están tal y como las dejaste. Tenemos una relación que se terminó por una serie de circunstancias que no dependieron de nosotros, o así lo creímos en su momento. En el pasado, tuvimos una serie de conductas de las que no estamos muy orgullosos y prometemos cambiar en la próxima oportunidad. Pasa el tiempo, nos enamoramos de nuevo, y estamos otra vez igual. A veces, hasta nos pasa lo mismo que la vez anterior y la relación termina por exactamente las mismas causas de siempre. Entonces nos preguntamos si todo obedecerá a un oscuro destino que nos la juega.

    También en el trabajo. Tuvimos un oficio alienante que no nos proporcionaba la plenitud deseada y, llegado el momento, decidimos dejarlo y buscar otro puesto completamente distinto. Tenemos suerte y lo encontramos, es un nuevo comienzo, pero al cabo de los meses tenemos la misma sensación que antes, ¿qué está sucediendo?

    Sencillamente que tu manera de relacionarte con la circunstancia es la misma que antes, donde lo dejaste. Por eso se repiten los mismos patrones y todo vuelve a ser como el último día, como con nuestro amigo. Sólo terminará el problema si somos capaces de cambiarnos nosotros frente al asunto. Por eso es muy importante escoger bien el momento en que decidimos afrontar una situación, como el que salta del trampolín.

    Si perduran los miedos, también se mantiene intacto el amor. Por eso es fundamental saber dejar las situaciones un momento dulce, para que al volver se siga manteniendo ese sabor que nos hace sentir que la vida vale la pena. Debemos evitar el colapso, la frustración, el vicio, es bueno que nuestra relación con el entorno respire y se airee.

    Porque podrás volver al mismo punto y retomar tu vida y tu tiempo tal cuales eran; por mucho tiempo que pase siempre volverás a encontrar el rompecabezas de la vida por…

    …donde lo dejaste