Etiqueta: filosofía

  • Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Un corazón donde vivir (Parte 7)

    Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer las entregas previas de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. A los lectores y escritoras que siguen este relato: Gracias.

    El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había posado sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -Dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -Contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -Dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -Dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo que él.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. Si el tubo del extractor cruzaba el techo, se le barnizaba y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con la lengua y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como un bálsamo que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: ¿Te está gustando este relato? Por favor no dudes en dejar tu opinión en los comentarios y susciribirte a la newsletter. Subo los mejores relatos al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Muchas gracias, corazón. Un abrazo y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 5)

    Un corazón donde vivir (Parte 5)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte, el de la segunda, la tercera y la cuarta para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo.

    Un día inolvidable

    La llegada a Dublín se produjo sin incidentes. Para ser una capital europea, Gerardo pensó que el aeropuerto resultaba bastante minúsculo. Seguramente porque no era un destino turístico tan habitual como Londres o Barcelona. En cualquier caso: mejor, más fácil sería encontrar la salida y la parada de autobús que habría de llevarlo a Maynooth.

    Se bajó del autobús cincuenta minutos después de subirse, en la parada de autobús 3966 del pueblo de Maynooth, Irlanda, a las 12:30 de la mañana. Le había costado más de lo previsto encontrar la línea de transporte correcta y, además, justo al llegar a la parada, su vehículo ya estaba emprendiendo la marcha. Tocó esperar en la parada una hora entera, completamente solo, hasta que volviera a aparecer el siguiente. Pasó el tiempo fumando y dejándose acariciar por el sol irreal de Dublín, que daba al mundo una luz de sueño.

    Una vez en la parada de Maynooth, comprobó que el tiempo había cambiado y la mañana se había vuelto de un gris ceniciento sin nubes ni cielo azul. Miró a derecha y a izquierda sin saber muy bien adónde dirigirse y vio a unos cien metros un McDonald’s. Llevaba mucho tiempo sin comer algo decente, así que decidió acercarse al restaurante a llegar el estómago. No obstante, a mitad de camino, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro del pueblo, que quedaba justo en dirección contraria al restaurante de comida rápida y se adivinaba por el bullicio de los coches y peatones que se oteaba a lo lejos.

    Gerardo sólo sabía dónde trabajaba Cayetana: un restaurante de cocina española llamado Abrevadero’s que estaba en la calle principal que cruzaba el pequeño pueblo que no debería de tener más de cinco mil habitantes en la zona centro. Mientras caminaba en dirección a su destino final, Gerardo sentía los pies pesados y la boca seca. Había pasado por mucho, comiendo y durmiendo poco, con menos dinero del necesario, pero allí estaba. A lo lejos se distinguía un cruce de semáforos y farolas negras con árboles sin hojas que arañaban el cielo color panza de burro. Algunos transeúntes se cruzaban en su camino y le dedicaban una mirada de soslayo, como se hace con los vagabundos o las personas que consideramos potencialmente peligrosas. El aspecto de Gerardo no era el mejor de su vida: demasiada noche en vela y suelo duro en la espalda.

    En el cruce con la calle principal, los coches pasaban de un lado a otro sin demasiada prisa. Comprobó en su teléfono móvil la dirección que le indicaba dónde se situaba el restaurante y lo sorprendió comprobar que estaba allí mismo, justo en frente de él, a unos pocos pasos después del cruce de caminos donde se hallaba, en la acera de enfrente. El sitio tenía el toldo negro, como todo el mobiliario urbano de esa calle, de ese pueblo, de ese país, y una terraza de mesas del mismo color donde no se sentaba nadie. Unas flores de plástico decoraban unos parterres que servían de frontera entre la terraza y la calle en un mundo donde no existía el concepto de tomar una cerveza en la terraza al solecito con los amigos o familiares. Las sillas estaban húmedas por la reciente lluvia o por la humedad que se respiraba en el ambiente y que volvía el aire mantecoso y frío. Decidió encender un cigarrillo y mirar el lugar desde la acera de enfrente, a ver si estaba ella en aquel turno y se decidía a entablar una conversación.

    Buscó por entre los bolsillos de la chaqueta, en los tejanos, incluso en la pequeña maleta que arrastraba por la calle. Maldita sea, se dijo, se había olvidado la pitillera de Dylan en el autobús que lo había traído. Casi podía verla caída en el suelo mientras dormitaba después de liar unos cinco cigarrillos para el camino. ¡Me cago en la mar! Dijo esta vez en voz alta mientras sus manos revolvían nerviosas, impacientes, la ropa doblada.

    Al levantar la vista, vio que alguien había salido del Abrevadero’s, que quedaba unos pocos metros más allá. Vestía camisa negra y pantalones igualmente negros, con delantal de camarero. No era ella. Se trataba de un tipo alto y pelirrojo que había salido para fumar un cigarrillo y lo miraba con curiosidad. -Otro español. Debía pensar. O quizás le atribuía otra nacionalidad más exótica, como francés o mexicano. Casi estuvo a punto de acercarse para pedirle un cigarrillo y preguntar por Cayetana, pero se lo pensó dos veces. Casi podía verse con los ojos de aquel camarero alto, del otro lado de la calle: un tipo de ropas arrugadas, ojos hundidos por el cansancio, el pelo revuelto. No era su mejor imagen para dar una sorpresa agradable, más bien para dar un susto. Decidió que lo mejor sería acercarse al hotel y descansar un poco, tomar una ducha, hacer de vientre, cambiar los aires. Agarró su maleta sin mirar más al tipo fumador del otro lado de la calle y se dirigió avenida abajo, en dirección a otro punto azul que le marcaba su dispositivo móvil. Todo el mobiliario urbano era del mismo color: el negro.

    Las casas eran bajas, la calle ancha a pesar de ser antigua y no había bloques de pisos a la vista. Los negocios eran pequeños, incrustados en la fachada de los pequeños edificios con rótulos de colores fríos: azul, verde, morado. Auténtica pizzería italiana que no desprendía un olor apetecible, banco irlandés de nombre impronunciable, restaurantes donde no sabía si se podía comer o se dedicaban sólo a servir copas como el Fitzgerald’s Roost o el Brady’s. Al fondo se distinguían unas torres de piedra, el Maynooth Castle, como sabría más adelante. Estaba acostumbrado al paisaje europeo por otros viajes que había realizado en esos últimos tres años, pero en aquel rincón veía algo que lo sorprendía y lo asustaba a un mismo tiempo: estaba lleno de cuervos.

    En vez de palomas, los cuervos poblaban las aceras, se posaban en las farolas y los semáforos, lo veían pasar señalándolo con el pico y mirándolo con ojos inteligentes, completamente oscuros. De vez en cuando graznaban y parecían reparar en Gerardo, diciéndose unos a otros: este no es de aquí. Por su valor simbólico, este animal despertaba en él los más negros augurios que pudiera albergar su corazón, no obstante para los transeúntes aquellas alimañas formaban parte del paisaje habitual, como las palomas o los gorriones, y nadie reparaba en ellos excepto Gerardo, quien a medida que avanzaba calle abajo sentía cada vez la necesidad más imperiosa de salir corriendo.

    Por desgracia, el paisaje tenebrista no mejoraba a medida que se aproximaba a su destino. Contrariamente a lo acostumbrado, el día se iba volviendo cada vez más gris a medida que se acercaba el mediodía y amenazaba lluvia. Aceleró el paso a la altura del castillo del pueblo, cuyas ruinas parecían encantadas, y salió de la calle principal cruzando un parque amplio de altísimos árboles verde oscuro. Al fondo se levantaban los edificios de la que iba a ser su casa durante el tiempo que estuviera en aquel pueblo: la antigua Universidad Pontificia de San Patricio. Era el alojamiento más barato y más céntrico que había conseguido encontrar, así que no le importó su aspecto austero y mortuorio, síntesis arquitectónica entre cementerio, convento e internado. El silencio era absoluto y Gerardo podía escuchar sus pasos sobre la gravilla grish-grish-grish mientras se aproximaba a lo que parecía una muralla que delimitaba el recinto del edificio.

    En la parte interior de un túnel oscuro que cumplía las funciones de portal encontró la recepción iluminada. Fue un alivio volver al mundo civilizado, como cuando en un videojuego de terror uno entra en un edificio y espera que allí no vayan a aparecer monstros todavía, que tendrá un momento de descanso para templar los sentidos antes de continuar la partida. Pensaba en esas cosas absurdas mientras esperaba a ser atendido por una recepcionista que no terminaba de llegar, en la sala vacía, que bien mirada, resultaba igualmente inquietante a pesar de la luz cálida y los sillones cómodos a un lado, como si fuera un trampantojo, una trampa, sólo el decorado de la casa de la bruja.

    Gerardo intentaba detener su imaginación pero no podía. Lo achacó a la falta de sueño y de comida, el pensamiento racional se le iba como por un embudo y tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por un sentimiento extraño de nerviosismo, esperanza, miedo y emoción que no sabía dónde lo llevaría. Por fin llegó la recepcionista. Era una chica hippy con rastas, piercings y tatuajes. Lo sorprendió que alguien como ella atendiera el hotel de una estrella de la Universidad Pontificia, luego pensó que quizá se debía a un plan ocupacional del gobierno irlandés la presencia esa chica allí. Pensó en que era lo suficientemente guapa como para intentar algo si no estuviera allí por una razón mejor, y como nunca se sabía, fue simpático y le dedicó una sonrisa amplia a pesar de que lo había tenido esperando más de media hora bajo la atenta mirada del vacío. La chica ni siguiera lo miró cuando le pidió la identificación y la pasta. Mientras tecleaba en su ordenador, pensó en preguntar algo, por el simple hecho de hablar con un ser humano, pero aquella rastafari, Laura, según decía en la plaquita plateada que colgaba sobre su pecho, no le prestaba la menor atención, de hecho hacía su trabajo con una expresión de desprecio absoluto, quizá por sus pintas. Aquello lo enfadó, quién era la tal Laura para juzgarlo a él, se suponía que los hippys miraban el fondo del corazón y no la ropa. Otra falsa en un mundo hipócrita, sólo imagen y vegetarianismo sin convicción. O quizá la chica no tenía ningún interés por él ni por su trabajo y estaba allí obligada cuando podría estar escuchando reggae.

    -Do you like Bob Marley? -Se le ocurrió preguntar a Gerardo para romper el silencio.

    -Here you are. -Se limitó a responder ella dejando un llavero color granate con el número 216 grabado sobre el plástico duro y dos llaves antiguas, como las de su abuela.

    Gerardo se limitó a coger las llaves y a preguntar.

    -Where I have to go?

    -Just follow the line. -Y señaló una tenue línea azul que se dirigía hacia la calle.

    Sin más explicación, abandonó la recepción de aquel lugar y volvió a salir al patio gris de la Universidad, encuadrado en cuatro alas de edificios. Parecía que la línea azul continuaba recto hasta unos cien metro más allá. -¿En serio? -Se dijo Gerardo. No quedaba otra que caminar, a pesar de que su habitación parecía estar al final de la línea azul, al otro lado del rectángulo que formaba el amplio recinto, por donde no pasaba nadie. No quiso pensar en cómo sería aquel lugar en plena noche si ya al mediodía era de lo más inquietante. Arrastró su maleta por el camino de asfalto y llegó al portal.

    La línea azul continuaba a lo largo de una bóveda interior que hacía las funciones de pasillo. En las paredes había cuadros de promociones de aquella universidad: todos hombres vestidos de cura con colores negros, lavanda, púrpura y granate. Miraban a la cámara, es decir a Gerardo, con una expresión contrita y misteriosa, como Mona Lisa.

    Sin mirar demasiado a los lados, notando la mirada de las fotografías antiguas en su cogote, encontró la puerta del ascensor. Como su habitación era la 216, supuso que esta se encontraba en el segundo piso, así que pulsó el botón y esperó al montacargas. Ninguna luz se iluminó y en el largo pasillo solitario no se oía el ruido acostumbrado de los motores al accionarse. Un tipo con pinta de Woody Allen, aunque más alto y más rosa y con el pelo más blanco, estaba bajando las escaleras y le dijo que no funcionaba el elevador. Antes de que pudiera responder y darle las gracias, ya se había marchado, lo cual lo intranquilizó todavía más al sentirse tan perdido y tan solo en aquel lugar.

    -¿Qué estás haciendo aquí, Gerardo? -Se preguntaba. Cogió la maleta, avergonzado sin saber por qué, y se dirigió hacia las escaleras que quedaban al lado. Los peldaños de madera vieja y gastada crujían a cada paso. En el piso superior, el mobiliario era mucho más antiguo y las paredes estaban pintadas de color azul celeste y blanco, que no compaginaba nada con el paisaje ni el cometido de ese edificio. A lo largo de un pasillo tenuemente iluminado de puertas blancas, algunas gastadas por el tiempo, pasando por unas cómodas y baúles de aspecto desvencijado, encontró el 126 a mitad de corredor.

    Hizo girar una de las dos llaves y entró en la que sería su habitación. Se parecía más a la celda de un seminarista de principios de siglo -que era lo que en realidad era- que al cuarto de un hotel. Había una cama de noventa con un crucifijo vacío colgado en la pared sobre el cabecero. Justo al lado había una pica amplia y antigua donde poder asearse, con un grifo de dos manivelas para el agua caliente y fría. En la pared de enfrente se situaba una mesa estrecha de madera barnizada y junto a ella un armario empotrado. No había televisión, aparato poco adecuado para la meditación y el sosiego monacal, pero en su lugar había un gran ventanal con alfeizar donde uno podía sentarse a leer y disfrutar de las vistas a un campo de yerba verde y árboles altos al fondo, donde poder tumbarse a tomar el sol idílicamente, cuando lo hubiera, porque aquel día y en aquella hora estaba completamente desierto. -No está tan mal después de todo. -Se consoló haciendo una vista general y obviando el aspecto tétrico que aquel lugar albergaba. Sin querer acordarse demasiado de posibles fantasmas, se tumbó sobre el colchón de muelles antiguos, probablemente anterior a su natalicio, donde habrían dormido generaciones de seminaristas antes que él, quizá alguno pasó la tisis allí.

    Miró tumbado hacia el techo alto. En una esquina distinguió una enorme telaraña. Esperaba que no bajara la dueña descolgándose por un hilo apenas visible hacia su cara dormida. Seguro que el bicho que había tejido semejante entramado sería enorme. No quiso darle demasiadas vueltas y recordó lo que decía siempre su abuela: las arañas dan suerte. Estaba agotado pero no tenía sueño. En aquel país no existían las persianas y la luz mortecina del medio día entraba a raudales y no lo dejaría dormir bien. Comprobó la hora en su teléfono móvil. Eran las 13:30. Algo le decía que no había tiempo para descansar. Debía salir de allí y prepararse. Hacer por fin lo que se proponía y luego ya se vería. Había llegado demasiado lejos como para rendirse ahora. Tenía miedo de no conseguirlo, de cagarse en los pantalones y dar marcha atrás, de salir corriendo por donde hubo venido y olvidarse del tema. Sólo que Gerardo nunca se lo perdonaría.

    Se levantó de la cama de un salto y empezó a deshacer la maleta. Tomó la única camisa que tenía, arrugada pero limpia, y se dirigió hacia los baños comunes al final del pasillo. Se duchó solo entre los antiguos azulejos blancos. El baño estaba tan pasado de moda que aún había una bañera sin cortinas donde se aseó lo mejor que pudo. De nuevo en su cuarto, se afeitó en la pica de su habitación y se miró los ojos en el espejo largamente.

    -Puedes conseguirlo.

    Su rostro demacrado y limpio le devolvía la mirada con unos ojos fieros, locos, hambrientos. El ojo del tigre o la mirada del lobo, no sabía. Aquellos ojos hidrópicos que iban a calmar su sed en los de Cayetana en poco tiempo, lo que tardara en llegar a su restaurante, donde algo le decía que ella estaba trabajando en ese turno, a esa hora.

    Eran las 14:30 de un día, para bien o para mal, inolvidable. Sabiéndolo, salió a por ella.  

    Nota del autor: ¿Te está gustando este relato? No dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos, corazón. Un abrazo
    y buena suerte,

    El Pobrecito Escribidor

  • Un corazón donde vivir (Parte 3)

    Un corazón donde vivir (Parte 3)

    Nota del autor: Dejo el enlace de la primera parte y el de la segunda para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad. Te animo a comentar y a compartir. Gracias.

    Seguimos…

    Una sombra que cruza

    Salió del hostel a las 22:00 de la noche, dispuesto a llegar a la estación de Stratford y coger el tren de las 23:15 que habría de llevarlo al aeropuerto. Las calles contiguas a la avenida principal estaban oscuras, iluminadas tenuemente por unas farolas amarillas. Se notaba que en aquella ciudad la gente cenaba a las 19:00 y ya no salía de su casa, por lo tanto el consistorio no tenía necesidad de gastar más dinero de la cuenta iluminando unas calles por las que nadie transitaba, exceptuando quienes no tenían casa ni cena.

    La visión de la larga calle oscura con farolas como velas a los lados, iluminada al fondo por los coches y los escaparates cerrados de la avenida, como si estuviera en un túnel y viera una luz al fondo, lo puso nervioso. Gerardo se hallaba con esa sensación pesada de que va a pasar algo malo pero no se sabe de dónde provendrá el peligro. Como cuando en la habitación nos asalta de la nada un sentimiento extraño, un deseo de salir corriendo o de escondernos bajo las sábanas porque alguien o algo parece estar esperando al otro lado de la puerta, o dentro del armario empotrado, o debajo de la cama. Era curioso sentir esa sensación en medio de la urbe. Luego reflexionó y dedujo que aquel lugar podía ser un sitio peligroso, y más por la noche sin conocer a nadie.

    Había sido una mala idea salir tan tarde. Si lo había hecho así había sido porque tenía que tomar el avión en plena madrugada y a partir de las 20:00 de la tarde, o de la noche según la concepción inglesa, el transporte se veía dramáticamente reducido a pocos trenes y casi ningún autobús. Seguramente la empresa paquistaní concesionaria del servicio de los clásicos autobuses rojos londinenses había decidido no operar a partir de cierta hora por una cuestión de seguridad. Gerardo fue empático con esa decisión al cruzar el umbral de la estación de metro de Hammersmith, donde uno tenía la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo, o en las fauces del gueto, cuando ponía un pie dentro del círculo de luz de hospital que proveían los fluorescentes invisibles del techo. Los comercios estaban desde hacía horas con las persianas bajadas y, en lugar de los operarios de seguridad y mantenimiento del servicio suburbano, había un par de inmigrantes, como Gerardo pero de tez oscura, evaluando a los blancos que pasaban a paso ligero a través de las puertas automáticas que separaban la zona de los transeúntes con la de los viajeros. Casi pudo sentir sobre su cuerpo los ojos aviesos de aquellas dos sombras en la esquina, sopesando el dinero que podía llevar aquel blanco de la Europa pobre dentro de la cartera. Estuvieron a punto de acercarse a Gerardo para pedir la hora o un cigarro, pero al final decidieron que era demasiado poco para perder el tiempo.

    Sin perder un segundo, a paso veloz y sin mirar a los lados, como había visto hacer a los pocos tipos despistados que llegaban tarde de la oficina o de cualquier otra parte, introdujo la Oyster Card que adquirió en un pakistaní y se abrieron las puertas hacia los lados. Una vez dentro, la sensación de peligro se rebajó pero no se marchó del todo. El ambiente dentro de la estación se sentía inquietante y solitario, como si alguien fuera a saltar a las viejas vías del tren y hubiera de ser arrollador por el histórico vagón del metro londinense, que presumía ser el primero del mundo y, por ello, el mejor. Cuánto había cambiado aquella ciudad en pocas décadas, se preguntaba Gerardo sin esperar respuesta. Seguramente aquellos andenes habían visto partir soldados hacia la primera y segunda guerra mundial, habían sido testigo de los besos y las lágrimas de familiares y novias, muchos no habrían de volver a verse. Si hubiera fantasmas, aquel lugar debería estar lleno de ellos. La energía triste y melancólica parecía haberse agarrado a los ladrillos de las paredes rojas de obra vista que delimitaban el andén. Ahora sólo pasaban extranjeros perdidos que llevaban horas sin comer, como Gerardo. Se sentía hermanado con la ralea que poblaba aquel lugar, pues todos aquellos paseantes y vagabundos compartían la misma realidad desgraciada. Pero hermanado no significaba amigable y Gerardo sabía que en cualquier momento podía suceder una situación de peligro y había que estar preparado para cualquier cosa. Con la mirada perdida, el vagabundo del final de la estación fue acercándose hacia donde estaba él de pie fumando un cigarrillo. Su cara era la imagen de la perdición más absoluta. Llevaba sombrero y botas negras, chaquetón negro roído y pantalones de un color marronáceo indefinido. Lo único que podía decir de su procedencia es que no era inglés. Podía ser alguien de oriente próximo o del Mediterráneo, como él. Caminaba a pasos cortos como una muñeca de famosa. Era inquietante verlo y Gerardo pensó varias veces en salir corriendo pero se detenía al preguntarse dónde iba a ir. Lo mejor sería esperar su destino de pie donde estaba, mirando de reojo al tipo que se acercaba con los ojos extraviados clavados sobre su figura y su maleta gris, esperando el tren que no llegaba, leyendo los carteles mind the gap, cuya traducción literal sería “piensa en el vacío” pero en español quedaba mejor el clásico “cuidado con el escalón”. Al llegar a su altura, el vagabundo gritó THIS IS THE END. Sus palabras retumbaron en las paredes de la estación y tres o cuatro viajeros se giraron en su dirección para detectar el peligro sin sobresaltarse. Siguió su camino pasando de largo, con sus pasos cortos y sus manos vacías, pensando quizás en quitarse de en medio en el próximo tren o en el siguiente. El cigarrillo de Gerardo temblaba en su mano y la sensación de peligro, el sexto sentido de Street-man, se intensificaba.  

    Por fin llegó el tren y las puertas se abrieron dejando un hueco enorme entre el suelo del andén y el suelo del vagón, de ahí el cartel que había visto antes. Tomó asiento en una de las filas vacías y se dedicó a mirar su Oyster card, recordando el momento en que la adquirió. Al llegar al hotel, había preguntado cómo podía conseguir un billete recargable de metro, dado que había preguntado en la estación pero el empleado indio no había sabido explicarle, ni había tenido ganas de perder el tiempo con la escoria del Mediterráneo. El recepcionista gordo del hotel, Thomson, le comentó que necesitaba una Oyster card y le mostró la suya: una tarjeta azul de plástico duro. Le dio una dirección donde conseguirla y allí se dirigió. Según las indicaciones, parecía lejos del servicio de transporte, supuso Gerardo entonces que se adquiría en una oficina estatal cercana a la estación, costumbres inglesas que él no entendía bien. Al llegar al lugar no pudo más que sentirse contrariado. Estaba frente a un colmado de productos varios, lo que en su tierra se conocía como un paki. Hubiera vuelto al hotel sintiéndose engañado si en la puerta no hubiera visto los colores parecidos a la tarjeta que le mostrara el recepcionista Thomson y las letras Get your Oyster Card here! en la pegatina azul.

    Entró en el negocio pakistaní y preguntó por el funcionamiento de la dichosa Oyster Card. El tipo lo explicó rápido con un marcado acento hindú que era totalmente ininteligible para Gerardo. Le pidió por favor que lo explicara despacio y el tipo suspiró cansado, diciéndole que le diera veinte libras con la voz y animándolo con la mirada que se largara pronto de allí. Le parecía curioso los modales rudos del tipo. Era una sensación que no había experimentado nunca. Él siempre había sido amable con los inmigrantes y ellos con él, pero al ser uno más, el mundo cambiaba radicalmente y en todos los ámbitos, entre los blancos y los demás, mandaba la ley del dinero y no había hermandades que valieran. Sin saber si lo habían estafado, salió de la tienda con su Oyster Card, cargado de dudas. Al cabo de poco tiempo descubriría que la mitad del dinero había ido para pagar la dichosa tarjetita y la otra para recargarla de viajes que permitían moverse en metro y en autobús por toda la ciudad, medios de transporte operados en su totalidad por la etnia hindú, quienes parecían poseer el monopolio del transporte de personas en la ciudad sobre el Támesis. Las vueltas que daba el mundo.

    En esta y otras reflexiones, las estaciones se iban sucediendo. Por la ventana no se veía el paisaje porque un manto negro moteado de luces tenues lo recubría todo. Sólo podía ver su reflejo en el cristal. Llevaba el pelo más corto, con el flequillo peinado hacia delante. Sus ojos azules parecían vacíos en el cristal, como si fuera la versión maligna de sí mismo. Las luces fluorescentes tallaban su perfil con navaja y se le notaban las marcas de un acné cruel que había padecido en su primera adolescencia. A pesar de todo sonreía y se le veían los dientes torcidos en su boca pequeña. La barbilla era prominente y sus mandíbulas, aunque finas, prometían hacerse anchas con la llegada de la edad adulta. Gerardo no era un tipo guapo, pero siempre se había sentido alguien atractivo. Nunca había tenido miedo de ser quien era y por eso había conseguido estar con algunas chicas cuyo entorno de amistades no comprendía qué hacía su amiga con un tipo como él. Su mirada altiva parecía escupir en la cara de quienes le reprochaban su fealdad, demostrándoles a la primera de cambio su estupidez, mal que consideraba mucho peor. Entre ser feo y ser tonto, prefiero mil veces lo primero, decía ufano a sus amigos. Había conseguido liarse con chicas guapas, pero además de guapas podían ser inteligentes y buenas, como lo había sido Cayetana para él. Fue un golpe de suerte que la consiguiera.

    Pero la perdió. Es difícil manejarse en la adversidad, pero es mucho más fácil que administrar el éxito. Del fracaso solo se puede salir y uno no teme a nada, del éxito sólo se puede salir y uno lo teme todo, comete errores o se deja llevar por las mieles de un momento pasajero, sin pesar en lo que vendrá a continuación ni estar preparado para ello. Beber a tragos grandes de la fuente de la vida hasta que se acabara el agua clara, sin saborearla siquiera, para atesorar dentro todo lo bueno que fuera posible. Una vez le dijeron que vivía la vida demasiado deprisa, como absorbiéndolo todo demasiado rápido, sin tiempo a digerirlo. Gerardo contestó. Tienes razón, ¿acaso hay otra forma? Y la besó. Era una mujer mayor que él, bien entrada en los cuarenta, psicóloga. Se habían conocido de fiesta y se enamoraron a simple vista. Ella tenía pareja y él ya no. Acabaron besándose en la casa de ella después de una noche de copas y desenfreno. Su pareja, un calvo gordo con cara de pánfilo abrió la puerta en ese momento. Se separaron y la cosa quedó así hasta al cabo de poco tiempo, cuando volvieron a verse de nuevo para amarse.

    Pensaba si le contaría aventuras como esa a Cayetana. Durante su relación, ella siempre le había narrados historias de sus amantes, con todo lujo de detalles y de posturas, que le habían hecho sentirse tan pequeño como su miembro en ese momento. Lejos de inspirarlo, se había visto superado por el número y la calidad de los amantes de Cayetana anteriores a él, un niño al fin y al cabo que poco o nada sabía aún del amor y de la vida. En ese tiempo había aprendido unas cuantas cosas sobre ambos temas pero nunca, en ningún momento y en ninguna de las circunstancias, había dejado de echarla de menos. Su hubiera podido volver atrás en el tiempo, había sin duda vuelto sobre sus pasos, no habría hecho aquella llamada definitiva, habría salido a buscarla después de trabajar para pasear por la playa y hablar, hablar y hablar, como hacían siempre y les gustaba hacer, bajo la luz de las pocas estrellas que dejaba ver el cielo contaminado, escuchando el rumor de las olas aceitosas que la luz de la luna reflejaba en un camino. La necesidad perentoria de adquirir experiencias vitales, el paso iniciático de ser un niño a un tipo experimentado, habiendo atesorado momentos y camas y noches, había significado necesariamente el sacrificio de su relación. Y a pesar de que había encontrado aquello que anduvo buscando, se dio cuenta de que no valía la pena. Que todo el relato social que por entonces poblaba la imaginería de los veinteañeros era, como todos los relatos sociales, pura palabrería hipócrita que no servía para ser feliz. Gerardo tenía frío. Se sentía helado por dentro como si una enfermedad hubiera atenazado sus sentimientos y los hubiera dejado postrados en una cama interior donde no daba la sombra, su corazón era una habitación cerrada, hermética, y la única llave que la abría se había quedado con Cayetana, por accidente, al salir de su vida.

    Se preguntaba si ella querría escuchar sus historias, después de hacer el amor junto a la ventana fumando un cigarrillo compartido o paseando por una playa irlandesa que no conseguía imaginar. De hecho, no conseguía atraer en ese momento ninguna imagen a su cabeza, sentado sobre el banco del vagón del metro en mitad de Londres, el cual iba perdiendo fuerza y reduciendo su marcha para llegar a la estación donde tenía que bajarse. La incapacidad de no poder imaginarse juntos lo derrumbó un instante, lo que duró el halo de las puertas del vagón al abrirse de par en par. Hay seres que habitan en esas realidades minúsculas: un rayo de luz, una brisa de aire, una sombra que cruza.

    …oooOOOooo…

    Me encantaría contigo

    La estación de Stratford era inmensa y estaba en, lo que para él era, la mitad de la nada. De corte racionalista, el edificio tenía una gran cristalera cúbica con unas escaleras larguísimas y amplísimas en el lado derecho según se miraba. Al fondo de aquella escalera se veían altos edificios de oficinas. La llamada City de London City no debería andar lejos, con sus bancos y su gente rica preocupada por la soledad y la muerte.

    Gerardo tenía el tiempo justo para fumar un cigarro y encontrar el andén de su tren. En la calle bulliciosa el espectáculo era parecido a Hammersmith: coches pasando de un lado al otro en dirección contraria, transeúntes con prisa que parecían llegar tarde, inmigrantes y vagabundos parados o moviéndose a cámara lenta evaluando las posibilidades de supervivencia que la noche ofrecía. Nadie se le acercó a pedirle un cigarro y eso lo tranquilizó en general. Parecía que lo peor había pasado. Llegaría al tren y, una vez allí, podría recostarse un rato sobre un sillón que imaginaba cómodo.  El trayecto desde la Stratford Station hasta Stansted Airport duraba exactamente 59 minutos. Con suerte podría aprovechar y dormir un rato en el mullido asiento del tren.

    Una vez terminado el cigarrillo echó una última mirada a la ciudad de Londres antes de perderla de vista hasta otra ocasión venidera. Siempre que abandonaba una ciudad, sobre todo en el extranjero, pensaba en si aquella sería la última vez que estaría allí, si la vida volvería a ofrecer la oportunidad de recorrer las calles, las plazas y los parques que había conocido. Parecía absurdo pensarlo en Londres, una urbe repleta de demasiados españoles que estaba a un golpe de avión; pero en la vida nunca se sabe. Su corazón acariciaba un sentimiento de suave melancolía mientras su mirada se despedía, quién sabe si para siempre, de los vagabundos y paseantes que poblaban las húmedas calles brillantes, aledañas a Stratford Station. Dio un chasquido y se introdujo en el edificio.

    Gerardo se sentía profundamente solo en aquel lugar. No solamente por la sensación de no tener a nadie con quien compartir sus penas y alegrías, sus miedos y sus esperanzas, además lo amenazaba una sensación de desprotección absoluta, como si estuviera atravesando a oscuras una cueva y, de pronto, una mano fría fuera a agarrarlo del brazo. Distrajo la mirada sobre los escaparates cerrados de la estación e hizo tiempo mirando los emparedados de una cafetería abierta. Siete libras por un maldito bikini, se dijo, qué locura de ciudad. Tenía hambre. No había comido caliente desde las 12 de ese día y nada desde la tarde cuando compartió unos crackers con Mogomby antes de despedirse. Todo era demasiado caro y había que mirar por el dinero, por lo menos hasta llegar a Irlanda, cuando podría hacer una evaluación del patrimonio y quizás, por qué no, si había suerte, comer -¡y dormir!- en casa de Cayetana. A pesar de que no conseguía imaginar la cara que pondría cuando lo viera aparecer, de hecho prefería no pensar en ello porque tenía miedo de no atreverse y rajarse al final, a pesar de todo, no podía evitar sonreír ante la perspectiva de un futuro diferente. Se sentía como el héroe en una historia, que tiene que pasar por una serie de pruebas y de sinsabores, hasta llegar al fin: la felicidad que da el amor de la persona amada. Todas las películas del mundo no podían estar equivocadas. Levantó la vista y observó que el dependiente, que más que un camarero parecía un segurata de tan grande y tan negro como era, lo observaba con cara de pocos amigos, como diciendo en inglés: lárgate ya de aquí, motherfucking bum.

    El tren de las 23:15 salió de la estación con puntualidad inglesa. A Gerardo le parecía que era el único viajero de aquel tren fantasma, no había visto a absolutamente nadie en el andén y el vagón donde viajaba estaba completamente vacío. Se preguntaba si esa no sería una versión macabra del tren hacia Hogwarts en el que viajaba Harry Potter con sus amigos hacia el mundo mágico, pero si en su caso fuera un tren cuyo maquinista era un esqueleto con el pelo largo y sombrero azul, que se reía con una sonrisa cadavérica porque el destino de aquel vehículo no era el aeropuerto ni el mundo mágico de Harry Potter, sino un infierno abisal de negrura, de silencio, de nada absoluta y consciente.

    Pasaron unos 15 minutos cuando unas voces lo despertaron de sus pensamientos stephenkinianos. Había dormitado ese tiempo casi sin darse cuenta, distraído en la negrura del paisaje en la ventaba. Le pareció haber oído gritos en la estación y voces idiotas, pero no les prestó atención. Ahora las voces venían de más allá de los vagones, eran fuertes, eran varias y cada vez estaban más cerca. Gerardo sabía lo que esas voces significaban: problemas. Lo supo antes de ver aparecer a cuatro tipos altos, delgados, con la tez café con leche, que hablaban inglés y lo que parecía ser árabe. Al ver a Gerardo, decidieron que habían llegado al vagón que andaban buscando y se pusieron a pajarear unos asientos más adelante. Sin duda habían subido al tren en una de las pocas paradas que este había hecho, en las afueras, donde habían conseguido montarse sin billete. No tenía pinta de que fuera aparecer un revisor a pedir los pasajes. Gerardo sabía que no iba a aparecer nadie. Pensó en las posibilidades que ofrecían las circunstancias, pensó en salir corriendo pero sabía que no tenía escapatoria: estaba acorralado.

    Maldita sea, dijo entre dientes. Los cuatro chicos hacían cada vez más ruido y se movían cada vez de forma más brusca. Se decían frases cortas con tono desafiante, como dándose ánimos unos a otros. Gerardo se preparó para pelear, pero estaba muerto de miedo. Se veía en el suelo del vagón, tumbado entre los asientos, sus dientes rotos en un charco de sangre sobre el reposabrazos y el suelo, sus ojos anegados de lágrimas rojas ahogándose en el inconsciente, alguna costilla rota y la respiración entrecortada, buscando un poco de aire entre patada y patada. Este iba a ser su final, todo había sido una locura, había sido un error. Cayetana tenía su vida y era mejor dejarla tranquila, qué narices andaba haciendo allí, en mitad de las vías del tren, en un país demasiado caro, rumbo a otro país del cual no sabía absolutamente nada para encontrar una chica que quizás ya no lo quería. Las decisiones tienen sus riesgos y ahora estaba dándose cuenta.

    Finalmente, uno de los chicos se acercó. Era más alto que Gerardo. Se puso justo en frente, en la fila de delante. Sus ojos oscuros en su cara puntiaguda parecían estar analizándolo, como si fuera una inteligencia robótica que pudiera medir la fuerza del individuo en base a unos factores concretos. Gerardo optó por mantener los ojos fijos en los del chaval, un poco más joven que él, de unos dieciocho-veinte años. El chaval dijo algo ininteligible y rio. Los demás rieron también y se acercaron. Gerardo no dijo nada, siguió mirando al que tenía en frente y siguiendo por el rabillo del ojo a los otros tres. Se mantuvo así unos segundos que parecieron horas. Sólo se oía el traqueteo del tren sobre las vías chirriantes. Uno de los chicos negó con la cabeza: no vale la pena, parecía decir. Los otros parecían estar de acuerdo. Preguntaron algo pero Gerardo siguió en silencio dispuesto a morir en ese vagón, no por valentía sino porque no quedaba otra. Dijeron algo más y, sin dar más explicaciones, se largaron como habían venido. El tren iba deteniéndose y se bajaron en esa parada, que estaba en lo que parecía un terreno baldío, sin edificios, solamente descampados. Gerardo los vio marcharse riendo y se sintió contento y a la vez contrariado. Si bien sentía alivio por lo que no ocurrió, una parte de él hubiera preferido sacar el miedo, el dolor, la rabia de todos aquellos años, de todos sus fracasos vitales, de golpe, con algo, contra alguien y con aquellos chicos parecía haberse presentado la oportunidad perfecta para encontrar, por fin, la paz. Había pasado una época en la que no le importaba estar vivo o muerto y ahora que se le presentaba la oportunidad de que ocurriera algo, de que su mundo tomara por fin una dirección, va y todo volvía al principio. Sintió la sangre estancada dentro del cuerpo y el estómago pesado a pesar de estar vacío. Empezó a temblar de miedo, de pánico. Qué narices había ocurrido. Qué demonios estaba ocurriendo. Cayetana, me oyes. Acaso puedes verme ahora sentado en este vagón en medio de la noche sin ojos para verte, se lamentaba una voz dentro de él, una voz desesperada que pugnaba por salir gritando.

    Encendió un cigarro cuando el tren arrancó de nuevo. Quedaban apenas unos veinticinco minutos para llegar al aeropuerto, tenía que intentar relajarse o no lo dejarían subir al avión en el control de fronteras. Calada a calada fue sintiéndose mejor, recuperando el pulso perdido pero con la sensación de tener una canica de acero entre las tripas. Ahora lo sabía. Aquello había sido una mala idea, el viaje, la aventura. No iba a conseguirlo, el avión que había de llevarlo al aeropuerto de Dublín estallaría o algo similar, una fuerza no quería que llegara a donde se proponía y era demasiado fuerte como para sobreponerse a su influjo. El tren llegó por fin. Tomó su maleta y salió.

    Lo mejor será volver a casa, insistió una voz. En cualquier caso, su casa estaba muy lejos, así que se dirigió al panel de llegadas y salidas, se situó enfrente y descansó. El ambiente en el aeropuerto era tranquilo, casi en completo silencio. Los mostradores de las distintas compañías se veían vacíos a aquella hora. Pocas salidas quedaban entonces. Algunos viajeros se apostaban en rincones dispuestos a pasar la noche tumbados en el suelo. Gerardo comprobó la hora en la que su avión hacia Dublín había de partir.

    El despegue estaba previsto para las 6:30 de la mañana. Quedaban más de cinco horas para embarcar. Tiempo suficiente para sentarse un rato a pensar. Buscó un banco pero no lo encontró, así que decidió sentarse en el suelo, junto a un estante con la persiana bajada que parecía inhabilitado. Es cierto que todo estaba siendo más difícil de lo esperado, pero tampoco había necesidad de ser demasiado negativo. Al fin y al cabo, había tenido suerte a pesar de todo y aquellos chicos no lo habían reventado en ese tren como una bolsa vacía. Podía darse con un canto en los dientes y sentirse el tipo más afortunado del mundo, según se miraba. Además, tenía una misión, un propósito, y aunque era una locura, era mejor tener una ilusión, una esperanza, a no tener nada.

    No había motivos reales para pensar que todo no acabaría saliendo bien, quien no arriesga no gana, se decía Gerardo. Cogió su teléfono móvil y lo encendió. Quedaba apenas un 20% de batería y no se veía un enchufe a la vista para recargarlo. Aún así, decidió entrar en la mensajería y abrir la última conversación con Cayetana. Se trataba de un vídeo que le había pasado de un concierto al que había ido. Era una sala pequeña donde un grupo tocaba canciones rock harto conocidas por ambos. Eso derivó en una conversación sobre que en Irlanda, según le dijo, había mucha música en directo, que en los bares se estilaba eso de que subiera un tipo a cantar con una guitarra acústica que manejaba con solvencia, que la música se vivía allí de otra manera. Te encantaría, Gerard, decía el mensaje debajo del vídeo donde una banda interpretaba una canción en inglés muy conocida por ambos. A Gerardo se le anegaron los ojos de lágrimas dulces.

    -Es verdad, Caye. Yo creo que me encantará.

    Dijo bajito, mientras una lágrima resbalaba mejilla abajo. Habían pasado un par de semanas desde esa conversación. Otro día había iniciado él otro tema pero no había tenido respuesta. No había insistido más, ya tendrían tiempo para ponerse al día cuando estuvieran juntos, cuando se miraran a los ojos y ella viera todo el amor que ardía en él.

    Poco a poco, con el móvil reproduciendo la melodía de aquella canción conocida, se fue quedando dormido sobre el suelo gris de aquella nave inmensa sin paredes interiores.

    -Cualquier lugar me encantaría contigo.

    …oooOOOooo…

  • Un corazón donde vivir (Parte 2)

    Un corazón donde vivir (Parte 2)

    Nota del autor: Esta es la segunda parte del relato publicado la semana pasada. Dejo el enlace aquí para mayor comodidad de quien se anime a leer o a releer esta historia. Mil gracias. Seguimos.

    3. Última cena

    -¿Qué se te ha perdido en Londres?

    A lo largo de aquella semana le habían hecho esa misma pregunta varias veces: sus padres, algún familiar, algún conocido. Ahora era su amigo Martí quien le inquiría divertido mientras daba una larga calada a su vaporizador.

    -La vida… -dijo a modo de respuesta o muletilla. Sin saber muy bien como continuar. -No he podido olvidarla a pesar de todo este tiempo.

    -Pero no sabes nada de ella. Quizá esté con alguien… -Dejó soltar una bocanada espesa, interminable, de vapor blanco por la nariz. -¿Qué pasará si te presentas allí y resulta que tiene novio?

    -Creo que no lo tiene.

    -Pero, ¿y si lo tiene? O sale con alguien… No sé, Gerardo, no lo veo muy claro.

    -Algo me dice que tengo que ir a verla. Además, como te comentaba, primero pasaré un tiempo en Londres. Miraré si puedo encontrar un trabajo de cara a septiembre. Luego cogeré un vuelo a Irlanda y me plantaré en su pueblo. 

    -Pero no sabes dónde vive.

    -Sé dónde trabaja.

    -¿Y después?

    -Si ella me pidiera que me quedase en su lugar, lo haría sin pestañear. Ya me buscaría la vida. La cuestión es estar juntos, aunque sea en el culo del mundo. Tengo que intentarlo.

    Martí dio otra larga calada a su vaporizador. En el silencio de la noche se escuchaban los grillos en el descampado cercano y se vislumbraban las chimeneas de la refinería a lo lejos, como una ciudad de orcos futurista y bulliciosa, llena de luces y humos.

    Estaban en la terraza de una pizzería, que se elevaba un par de plantas sobre la calle paralela. Como era entre semana, el lugar estaba casi vacío y podían disfrutar de la tranquilidad y la frescura de una noche de verano. Vino la camarera, una mujer con la voz rota por la nicotina y el pelo negro rizado, quien había sido guapa hacía tiempo.

    -¿Vais a tomar algo más? -Dijo recogiendo los platos.

    Pidieron un par de copas y se quedaron en silencio. Alguien es tu amigo cuando puedes pasar periodos de tiempo callados sin que eso resulte incómodo para nadie. Dicen que los chinos disfrutan así de la compañía de sus conocidos, sin duda están adelantados.

    -De verdad que no te entiendo, Gerardo. Primero quisiste dejarlo porque te sentías ahogado, tenías una relación que todos envidiábamos. Cayetana es una chica guapa y listísima, y un buen día decides que se terminó y te largas sin decir a dónde. Ahora han pasado dos o tres años

    -Dos y medio

    -y decides ir a buscarla al fin del mundo porque tienes una intuición, sin saber nada de ella, de su vida actualmente, sin haber hablado prácticamente en todo este tiempo.

    -Ya…

    Martí lo miraba con ojos bondadosos. Era un chico corpulento con el pelo ensortijado. Llevaba anteojos y barba de semanas, recortada hacía varios días. Siempre vestía pantalón chándal de nylon y camisetas de grupos metal. Le importaban muy poco la imagen pero se hacía querer por todos quienes lo conocían y resultaba popular a su manera. La típica persona que impregna con su presencia la atmósfera y hace que la vida sea un poco más trascendente de lo que es, y los momentos más intensos. Sin querer dar consejos, era la única persona en quien Gerardo podía confiar, y le decía que su plan era una locura, que no lo veía claro. Sabía que no quería desanimarlo, y eso lo desanimaba más. Quizá todo aquello no era una buena idea después de todo. Arriesgar tanto dinero, tiempo, ilusión, en un proyecto que probablemente no iba a ninguna parte. Cabizbajo y taciturno, Gerardo empezó a liar un cigarrillo. Sacó de su petaca una hebras de tabaco y empezó a darle forma sobre su palma despaciosamente, como quien tiene su  cabeza en la otra punta del mundo. Sus ojos estaban posados sobre la pitillera de imitación al cuero, color naranja, donde se dibujaba el perfil de Bob Dylan en blanco y negro, excepto los mechones de su pelo, que formaban un arcoíris multicolor y hippy.

    -¿Pero sabes lo bueno de todo esto?

    Llegó la camarera con las bebidas sin dejar que Martí contestara. Mientras su cuerpo enjuto dejaba las grandes copas de balón con los gin tonic, Gerardo seguía en su mundo.

    Ya tenía planes para septiembre. De hecho, había conseguido trabajo en un instituto de Barcelona hacía poco tiempo. Era una gran oportunidad para desarrollarse profesionalmente, estaba empezando a despegar del suelo y, justo en aquel momento, va y quiere dejarlo todo por una intuición incierta. Arriesgaba demasiado al marcharse a otro país con lo puesto, sin más dinero que el paro, que daba para nada en una ciudad como Londres, donde, además, no tenía intención de quedarse. Sólo era la excusa para saltar a Irlanda y pasar, como el que no quiere la cosa, por un pueblo del que solo conocía el nombre y decir: Hola, qué tal, Cayetana, vengo a decirte que nunca te olvidé.

    -¿Que practicaré mi inglés?

    Ambos sonrieron. Ya no quedaba gente en la terraza y todas las sillas estaban vacías. Mañana es martes y hay que trabajar. El lugar se sentía íntimo y desolado como una sala de cine vacía. Los dos dieron una larga calada a sus respectivos cigarrillos.

    -Lo bueno de todo esto es que algún día podrás escribir esta historia.

    Gerardo sonrió. Si tenía dudas, ahora ya no albergaba ninguna. Si el fracaso daba miedo, si el golpe podía ser grande, por lo menos sería una buena historia que contar algún día, al menos no tendría la sensación de no haber intentado ser feliz una vez. Se sentía como el héroe de su propia película a punto de acometer una empresa imposible pero loable. Un rayo de esperanza brillaba a lo lejos y no cesaba, como una estrella. Podría ganar, podría perder, pero lo importante no era eso. Lo fundamental en esa ventana de tiempo en ese universo ciego que llamamos vida, lo principal era vivir, aún sin entender, sin expectativas, sin posibilidades, el sentido de aquella roca recorriendo el espacio por lo oscuro, de aquellos astros quietos que titilaban, de aquel aire húmedo y fresco que se respiraba, de aquella existencia ventegenaria que su cuerpo albergaba, lo único y primordial era encontrar el amor. Y su amor estaba en Irlanda. Allí iría. Punto.

    -Brindo por ello.

    Entrechocaron sus copas y parecía que la noche aplaudía mientras daban otro sorbo. No se podía estar más a gusto en todo el planeta tierra. A pesar de todo, se sentía un tipo con suerte. Nada podía salir mal, lo sentía en el éter invisible que llenaba ese verano.

    -¿Cuándo te marchas?

    -Pasado mañana. El jueves.

    -El día 13 de julio… Una fecha un poco rara para empezar una aventura, ¿no crees?

    -No me importa.

    -¿Te das cuenta? Si tus planes salen bien, esta puede ser nuestra última cena.

    Y volvieron a quedarse en silencio mientras, muy a lo lejos, sonaba el rumor de las fábricas como un molesto ventilador encendido al final de un pasillo a oscuras.

    …oooOOOooo…

    4. Que tengas suerte

    El puente de Hammersmith se alzaba sobre el río Támesis desde 1887, año de su inauguración. De color cobre oxidado, como la Estatua de la Libertad, temblaba cada vez que cruzaban los coches de un lado a otro, en el sentido opuesto al resto de Europa. A pesar de los años el puente no se había caído ni ningún plan urbanístico había aprovechado la coyuntura para construir uno nuevo. Los ingleses para eso eran muy celosos y gastaban el dinero público conservando su patrimonio arquitectónico, no generando más ruinas y cascotes para mover el dinero de los empresarios de la construcción, como ocurría en otras partes del globo, de donde provenía Gerardo.

    En total, había pasado tres semanas en Londres y esta sería la última. La razón principal que acortaba su viaje era a la vez la más prosaica: la falta de dinero. No suele aparecer en las novelas que el personaje principal no tenga recursos para seguir con su aventura, pero esto no es una novela sino la vida y tal circunstancia sucede continuamente. Gerardo pensaba en todas sus circunstancias mirando el atardecer sobre el río granate, que bajaba tranquilo, ancho y brioso hacia el mar, no muchos quilómetros más allá.

    Recordaría esa parte de la ciudad sobre el Támesis como su preferida. A pesar de las plazas, las avenidas, las abadías, las estatuas, que eran muchas e impresionantes; a pesar de los parques extensísimos y los museos gratuitos; la imagen que habrían de guardar los años cuando pensara en Londres sería del barrio donde tenía el hotel: Hammersmith.

    Se trataba de un barrio pintoresco a veinte minutos del centro en el pintoresco metro de Londres. Contaba con una iglesia de obra vista, un cementerio sin vallas por donde pasaba todo el mundo camino al trabajo o a las compras y un estadio donde los Dire Straits grabaron el mítico disco en directo de Alchemy que tanto iba a influir a otras bandas de éxito. Recordar ese dato le gustaba a Gerardo mientras paseaba por las zonas aledañas a su hotel, que en realidad era un albergue de inmigrantes que llamaban hostel.

    Los baños eran compartidos y en una misma habitación podían dormir un total de ocho personas amontonadas en literas con un espacio en el centro. El clima de la estancia cambiaba cada día, dado que a veces los inquilinos eran gente muy inquietante y otras eran personas amabilísimas. Gerardo nunca compartió esa habitación con un inglés de pura cepa. Durante ese tiempo en la ciudad se había desengañado del sueño londinense. Ya no esperaba encontrar trabajo ni quedarse a vivir en esa gran manzana vetusta, al menos, sin tener una buena razón para ello, para arriesgarlo todo en un país extranjero siendo visto por los locales como un inmigrante, siendo visto por los propios inmigrantes paquistaníes como un inmigrante de tercera y no de segunda, como ellos, a pesar de ser blanco y europeo. En aquel país operaban ciertas realidades a las que se había sentido hasta entonces ajeno. A pesar de haber viajado por toda Europa, en ningún sitio como en Londres había sentido su condición de clase baja como en aquella ciudad.

    Una vez había hablado con un español que trabajaba en un local de comida mexicana. El sitio vendía burritos y demás a los paseantes de camino a la oficina. El típico lugar donde venden comida sobre todo para llevar. Bocadillos y demás. Tenía hambre y llevaba cuatro días sin comer bien. La perspectiva de llevarse algo caliente a la boca lo ponía de buen humor y el hecho de haberse encontrado a un paisano tras la barra lo alegró aún más. Pidió con la esperanza de un bocado buenísimo y estuvo hablando un rato con el empleado. Era un chico del sur de España, llevaba unos seis meses en Londres pero aún no dominaba el inglés, cuando Gerardo iba a preguntarle donde vivía, el jefe del chico, un pakistaní de su misma edad, le hizo entender que ya estaba hablando demasiado y que había trabajo que hacer. La conversación hubo de terminar abruptamente y Gerardo salió del local con su burrito en la mano. Al darle el primer bocado noto lo que ya antes habían sentido sus manos sin decírselo: estaba frío. Maldita sea, además estaba soso, la lechuga sabía a cartón y la salsa estaba helada por la nevera. De nada le había servido el compadreo con el paisano, al final ese día habría de comer fatal, como venía siendo habitual en esa parte del mundo. Además, le habían cobrado lo que no tenía, si lo llegaba a saber hubiera ido a otro sitio, pero todo era demasiado caro.

    Ya no quedaba demasiado dinero en la cuenta, de hecho, quedaba lo justo para llegar a Irlanda y sobrevivir apenas una semana. El día anterior había comprado los billetes. Saldría esa misma madrugada de camino al aeropuerto y cogería el avión a primera hora de la mañana. Sobre el puente de Hammersmith sobre el Támesis se estaba despidiendo de la ciudad donde había pasado un tiempo inolvidable, pero en la que se sentía demasiado atosigado por las emociones como para ser consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Sólo tenía un objetivo claro: volver a ver a Cayetana. Y luego ya se vería. Apuró su cigarrillo y lo lanzó en las aguas marrones del río, que a esa hora de la tarde parecía bajar con cada vez más fuerza como si fuera a llevarse todo a su paso. Emprendió el camino hacia el albergue para recoger sus cosas en la pequeña maleta que acarreaba de un lugar a otro. Paso por delante de la iglesia de San Pablo, una construcción de obra vista sobre un parque junto al cementerio. Recodó una canción de los Beatles y la tarareó mientras pasaba por entre las tumbas que lo miraban sabiendo ya si tendría éxito o no en su empresa, si conseguiría liberarse de aquella carga que pesaba tanto en el corazón y que le resquebrajaba la piel del alma. En el paso de cebra, los taxis negros como un mal agüero, pasaban veloces en dirección opuesta a la acostumbrada.

    Llegando ya al edificio que se alzaba en cinco plantas sobre las demás casas adosadas de la zona, se cruzó con un ser salido de otro mundo. Se trataba de un hombre calvo, de unos cincuenta años, que caminaba pesadamente, un poco echado hacia delante, con chepa, mirando un punto invisible al frente. Sobre su pecho rebotaban en cada uno de sus pasos pesados dos grandes tetas bajo un escote amarillo. Sus piernas fuertes vestían una falda sencilla. Al cruzarse, fue tanta la sorpresa de Gerardo que no pudo evitar pararse donde estaba y dejar pasar aquel ser de otro mundo como un animal marino enfadado. Aquella visión lo incomodó, no por el aspecto poco acostumbrado del hombre con tetas, sino por la expresión que llevaba en sus ojos, como si hubiera matado a su amante arrancándole las pelotas y las llevara metidas en el gran bolso negro que arrastraba. En aquella ciudad todos estaban un poco locos, sobre todo en los barrios.

    Al entrar en la recepción saludó al recepcionista. Le dijo que aquella sería la última noche que iba a pasara allí y preguntó información sobre el metro y los autobuses. Al parecer, el tren que había de llevarle hasta el aeropuerto, situado a más de una hora de allí, no pasaba durante toda la noche, así que habría de coger el último tren de esa noche, como ya sospechaba. Una vez terminada la conversación el tipo no sonrió ni dijo una frase alentadora como: Buena suerte o Ya nos veremos en otra ocasión o Espero que este tiempo con nosotros hayas estado a gusto. Era un tipo gordo, extranjero en el extranjero, de una nacionalidad imposible por el cruce de razas que operaban en su ADN. Después de un silencio incómodo, Gerardo se dirigió a su habitación para recoger su equipaje, pero decidió recorrer las estancias del hospedaje antes, como despidiéndose de la que había sido su casa durante parte de aquel verano, un lugar al que nunca había logrado acostumbrarse porque los inquilinos cambiaban constantemente y uno se sentía en un espacio limítrofe, como una gasolinera, una autopista o el pasillo de un hospital.

    En la sala donde estaba la televisión había una anciana y una pareja de rumanos. Todos se miraron con desconfianza y siguieron a lo suyo, controlando los movimientos del otro por el rabillo del ojo, como si en cualquier momento pudiera pasar cualquier cosa. Gerardo no sabía el suficiente inglés como para entender lo que decía la televisión, tampoco se atrevía a pedir el mando, así que terminó su café aguado de máquina que contaba una libra y se dirigió hacia el breve patio para fumar un cigarrillo. El lugar contaba con mesas pintadas de metal que estaban siempre vacías, era imposible sentarse porque estaban siempre mojadas por la lluvia o la humedad. Un cenicero repleto de colillas mojadas recogió la primera brizna de ceniza de su cigarrillo. Gerardo respiró hondo y el sabor del humo se mezcló con el aire húmedo que traía un olor a tierra mojada que lo deprimía y lo relajaba al mismo tiempo. Unas flores rojas lo miraban en la planta enredadera que crecía sobre la valla del lugar, a pocos pasos de la pared del edificio gris donde estaba él. El cielo encapotado se sentía pesado sobre las espaldas, como si uno tuviera que aguantar su peso. El humo del cigarrillo se elevaba despacio para perderse en ese cielo de panza de burro sin nubes pasajeras y sin sol que lo amparase. Hey, Gerard. Dijo una voz tras de sí y Gerardo se giró sobre sus talones.

    -Hola, Mogomby. Cómo estás. -dijo en un inglés muy pobre.

    -Mejor que tú, amigo. Tienes mala cara, luces fatal. -dijo Mogomby en un inglés mucho mejor que el suyo. Le dieron ganas de decirle que por lo menos no tenía cara de mono como él, pero se abstuvo y se reprimió por gastar ese humor de perros. Mogomby tenía razón, tenía mala cara, llevaba demasiados días pasando hambre y desesperanza.

    -Sí. Esta noche me marcho de viaje, Mogombi.

    -¿Adónde?

    -Irlanda.

    -¿Qué se te ha perdido en Irlanda, mi amigo?

    -El amor.

    Mogomby puso cara de entender, de comprenderlo todo de hecho. Llevaban cuatro días durmiendo en la misma habitación y habían mantenido conversaciones como habían podido, pero sobre todo habían mantenido largos silencios cómplices. Habían compartido comida, se habían vigilado las cosas mutuamente cuando alguno de los dos debía ausentarse, se habían reído con solo mirarse a los ojos un instante y ver cómo roncaba un compañero o escucharlo contar alguna historia que ambos creían falsa. Gerardo y él se habían hecho buenos amigos en el instante justo de conocerse, y seguirían siendo amigos siempre a pesar de que ambos sabían que esa era la última tarde que iban a pasar juntos. Siempre son las circunstancias las que rigen el destino de las personas y no las decisiones propias, si fuera de otra manera, habrían mantenido el contacto con los años y eso no sucedió nunca. Mogomby sonreía y lo miraba.

    -Una chica.

    -Claro.

    -¿Tu mujer?

    -A lo mejor. Espero que un día lo sea, sí. Algún día…

    Le pareció ver en las córneas amarillas de su interlocutor un destello de melancolía, como si supiera de antemano el destino de su amigo pero no tuviera pruebas para demostrárselo. O eso le pareció a Gerardo. Quizás Mogomby solo estaba preocupado por sus cosas como encontrar un trabajo pronto, cenar caliente o dormir del tirón.

    -Espero que tengas suerte, hermano. No creo. ¿Tienes Facebook? Toma. Este es el mío. Soy Sergine Mogomby. Tú y yo hermanos para siempre. -Dijo sonriendo. Gerardo lo habría abrazado pero le daba miedo expresar sus emociones desde hacía tiempo.

    -Gracias, tío. -Dijo en español. -Yo también te deseo suerte.

    Apagó el cigarrillo sobre el cenicero mojado y este dejó escapar un siseo como si riera.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Este relato continuará la semana que viene y se irá publicando por partes todos los domingos. Espero tener la fuerza y la pericia necesarias para contar la historia completa, y bien.

    Siéntete libre de escribir cualquier comentario y de compartirlo con quien tú quieras.

    Gracias por estar al otro lado de la página, pues sin ti esta historia no tendría corazón donde vivir.

  • tres poemas cada ocho horas

    tres poemas cada ocho horas

    alma caritativa

    siempre hago la compra en el mismo
    Mercadona, el que está en el barrio más
    deprimido de Tarragona, frente a la
    comisaría cruzando la carretera nacional.
    me gusta ir hasta allí porque siempre hay
    aparcamiento y sobra la fruta
    (creo que lo vecinos no suelen comprar
    piña fresca, fresas, mandarinas, sandía y
    siempre queda de todo). yo iba pensando en
    cavilaciones literarias: cómo enfocar la
    próxima historia de mi blog, qué poemas
    podría encontrar por el camino, si vale
    la pena leer a Harold Bloom o a Vila-
    Matas. ya estaba metiendo la fruta y la
    verdura en el maletero de utilitario

    cuando

    perdone, puede ayudarme
    con algo para comer.

    era una mujer de entre 35 y
    65 años, sin dientes, con el pelo
    largo castaño oscuro sin una sola
    cana, enjuta, con la mirada mitológica
    del hambriento, esperaba mi respuesta.

    NO.

    me gustaría verte viviendo
    en la calle.

    seguí, acobardado, metiendo las
    bolsas en el coche como si nada
    pero sin poder pensar ya en la
    Literatura si no en decirle a la
    vagabunda que me había asustado,
    que quería ayudarla, que tengo unos
    cuantos poemas sobre personas como
    ella porque, de algún modo, las admiro.

    volvió a pasar por delante de mí mas-
    cullando un hijodeputacabróndemierda airado,
    entre dientes, mientras sus ojos hundidos
    me miraban pasmado junto al maletero
    abierto y repleto de
    víveres.

    lo dejé estar, me subí al vehículo,
    y me fui hacia mi
    casa.

    al dar la vuelta al parquin buscando
    la salida, la vi con un bote de batido de
    chocolate y una lata de aceitunas que
    le estaba dando una
    señora.

    siempre quedará en el mundo
    algún alma
    caritativa.

    arquitectura razonable

    por suerte o por desgracia
    el edificio de la vida no puede
    sustentarse solamente sobre
    el pilar del Amor. porque cuando por
    alguna circunstancia, ajena a nuestra
    voluntad, el pilar se nos quiebra
    todo el edificio de la vida se
    derrumba sobre nosotros.

    hay que pensar en otros elementos
    arquitectónicos
    como el trabajo, la salud, el dinero,
    la familia.
    pero
    un edificio que se
    sustenta solo por estas paredes
    maestras, sin el pilar del Amor
    en el medio,
    resulta algunas noches un lugar
    peligroso.

    una vida
    donde, por suerte o por
    desgracia no
    es posible
    vivir.

    justicia poética

    veo a muchos escritorzuelos
    y escritorzuelas
    de primer nivel, según ellos, vivos
    y vivas
    pero también los hay muertos,
    y muertas, que
    tuvieron suerte para colocar sus
    cuatro poemas y sus dos novelas en
    el mundillo literario.
    ellos y ellas parecen
    o dijeron estar
    aburridos de la vida a pesar de haber
    viajado a París, Nueva York, Nueva
    Delhi, de haber compartido el tiempo y
    la cama con personas más maravillosas
    que ellos y ellas.
    sienten su arte mal
    remunerado y por eso poco
    valorado.

    cuando encuentro, sin quererlo, a
    alguno o alguna de ellos o ellas
    en una foto o en un vídeo en RRSS-
    casi nunca en el texto- me invade la
    desesperanza y le pregunto a Dios
    o Diosa
    por qué les dio el regalo de la oportunidad
    a quienes desprecian el regalo de la
    vida.
    supongo que es un misterio teológico
    que no se resolverá hoy y que sólo encontrará
    justicia poética
    en el tiempo, que todo lo
    olvida,
    y en mi desprecio minúsculo por su,
    según la crítica, fundamental
    labor
    literaria.

  • Un escritor sobrevalorado

    Un escritor sobrevalorado

    Homenaje a mi admirado novelista Paul Auster. Cualquier parecido con la realidad es pura ficción.

    Paul lee un artículo en una revista cultural: Fante, un escritor sobrevalorado. Acaba de alquilar un apartamento en Brooklyn, Nueva York. Tiene 28 años. Ha vivido en París, como Hemingway, buscando la inspiración en la capital cultural del mundo, pero no ha habido suerte. Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, ya no es lo que era y no tiene nada que ofrecer a un escritor americano. Llegado el momento, decidió volver a casa y, como casi no tenía dinero, tuvo que arrendar un piso en un barrio deprimido de la gran manzana. Con el tiempo, será uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, pero ahora Paul, en 1975, lo desconoce por completo. Pronto se aburre de la lectura y decide salir a pasear.

    Lleva sin escribir algún tiempo y ha abandonado la idea de ser escritor. Es verdad que se sienta frente a su máquina de escribir y redacta ensayos y reseñas para revistas literarias de poca monta, pero eso no es ser escritor. Ha estudiado Lengua y literatura inglesa en la Universidad de Columbia, nunca fue un estudiante destacado. Por suerte, en Estados Unidos, un judío como él puede ganarse la vida bien.

    Es una tarde de primavera y Paul pasea por las calles de su nuevo barrio. Pululan los negros, los latinos, los judíos, los italianos: el crisol de culturas que configura el subsuelo de Estados Unidos. Hace un tiempo delicioso, va pensando en todo y en nada mientras escucha sus propios pasos sobre la acera. Paul es un hombre atractivo. Algunas chicas le lanzan miradas mientras pasa por su lado distraído, pero hoy no presta atención porque está absorto en sus pensamientos. Penetrantes ojos azules, delgada figura, como su cigarrillo, una sombra sobre el asfalto de Nueva York. No tiene demasiadas ganas de participar en la fiesta del mundo; sumido en sí mismo, se siente feliz y a la vez taciturno. Pero ese día todo cambiaría.

    El primer sueño de Paul era el de convertirse en director de cine. Representaban para él una mezcla perfecta entre el intelectual y la estrella: siempre rodeados de actrices preciosas, de público, de brillo. Pero se sabe demasiado tímido para eso. Además, no le gusta trabajar con gente, prefiere la soledad del tabaco, la radio, la música clásica, los libros, el papel en blanco. Sólo así puede expresarse con verdad. El mundo social hace mella en su ánimo y no puede soportarlo por demasiado tiempo. Piensa que quizá debería haber aprendido a tocar un instrumento, haber formado parte de una banda de jazz, pero al cabo de unos pasos llega a la misma conclusión. Escribir es la única manera que tiene de hablar y, por encima de todo, lo que más le gustaba era leer: ese diálogo íntimo que se establece entre el escritor y el lector, que supera la barrera del tiempo, la cultura, las distancias. Por otra parte, había sido un pésimo guitarrista.

    A mitad del paseo, intenta encenderse otro cigarrillo, pero el mechero parece haberse quedado sin gas. Decide volver a casa. Tiene unos veinte minutos hasta llegar a su portal. No tiene nada en la nevera. Piensa en ir a comprar algunos víveres, pero se siente tan cansado por la embriaguez de la tarde que no tiene fuerzas para hacer la compra. Decide que esa noche no va a comer, ni siquiera un sándwich en el bar de abajo. No tiene hambre, no tiene sueño. Solo quiere fumar y leer; o un beso y un abrazo.

    Al llegar a casa, toma un libro y se deja caer en el sofá. En el apartamento hay muy pocos muebles, pero para él solo no necesita más: una cama, una mesa, estantes. Vuelve a levantarse en busca del mechero. Encuentra uno en el armario de la cocina, tampoco funciona. Se maldecía por haberlo guardado si en realidad estaba gastado, era una trampa, una jugarreta de su yo del pasado. Comienza a desesperarse. Suena el teléfono. Es Anthony. Le dice que si le apetece salir a comer una hamburguesa. Está cansado y tiene poco dinero. En contra de sus planes, contesta que sí. Preferiría quedarse en casa, pero un fumador de su categoría no puede pasar toda una noche sin llevarse un cigarrillo, o media cajetilla, a la boca.

    Se encuentran en la esquina, a dos manzanas del apartamento de Paul. Anthony está fumando y, en cuanto se ven, antes de saludarse, Tony le tiende el mechero. Ambos se quedan en silencio observando los coches atravesar el cruce. “No vas a creer lo que me ha pasado”. Paul puede creer cualquier cosa.

    Anthony Hoffman quería ser pintor. Había estudiado en Londres con una beca, pero pronto se cansó de la vida académica y estuvo haciendo el vagabundo por toda Europa. Viajaba con un cuaderno de dibujos y lápices. Vendía bien sus caricaturas, pero aquello no le interesaba. Ambos se habían conocido durante los años de universidad, los dos frecuentaban los mismos ambientes intelectuales y a los dos les daba el mismo cansancio aquello. Se cayeron bien desde el principio y, aunque casi no se veían, guardaban una buena amistad. Paul consideraba que Anthony estaba un poco más loco que él, lo mismo que Anthony.

    Entran en la hamburguesería y piden. Mientras la camarera, una hispana llamada Marta, según pone en la plaquita colgada al pecho, trae los platos, Anthony empieza a contar su historia. Está visiblemente nervioso y le tiemblan las manos. Paul no entende cómo, teniendo ese pulso, podía ser tan buen pintor, pero no pregunta. Quizá entiende por qué no ha pasado de caricaturista. Se deja llevar por la historia.

    -Verás, me sucedió hace unos días, pero la cosa se remonta unos seis meses en el tiempo. Como sabes, he estado viviendo en Roma, en casa de unos drogadictos. Eran cinco, seis contándome a mí. Todos iban de genios, me dijeron que podía quedarme un tiempo a pintar en lo que ellos llamaban «su estudio»: una pocilga polvorienta en una callejuela del Trastevere. Deberías haberlos visto, Paul, gente asquerosa, sin futuro ni pasado, sin presente. ¿Me sigues? Mierda, sangre y miseria por todos los rincones. ¿Entiendes?

    -Claro, continúa. -No le costaba imaginarse a Anthony con gente así. Él, de hecho, era un poco así.

    -Anduve con ellos unas semanas. No hacíamos gran cosa y, aunque se llamaban a sí mismos poetas, artistas contraculturales, nunca los vi escribir una sola línea. Lo único que hacían era drogarse todos los días a todas horas. Yo estaba en medio en todo eso, como en un sueño, y los dejaba a su aire. Pensaba en cuál sería mi próximo paso, cada vez tenía más claro que en Europa no había futuro para mí.

    -Yo pensé lo mismo. -Era mentira, en realidad pensaba en que su amigo hablaba de sí mismo.

    -Escucha, que ahora viene lo mejor. Resulta que uno de los tipos, Tomasso, vivía allí con su novia, Gabriela, y habían sido padres de una niña. El bebé tendría unos meses de vida, pero a esos tipos les daba lo mismo. Se drogaban allí mismo sin importarles que la pequeña llorara o comiera. No sé cómo pude soportar todo aquello. -Se revolvía en la silla, un par de lágrimas comenzaron a resbalar.

    -Ánimo, tío, no era tu hija. Supongo que debe ser duro estar en todo aquello, pero no será la única en el mundo. – Paul siempre se había destacado por su cinismo, pero en el fondo era un sensiblón. Con la mirada clavada sobre la mesa, ambos sin haber tocado su hamburguesa, Anthony continuó.

    -Se drogaban a todas horas: coca, heroína, qué se yo. Esos tipos se decían a sí mismos artistas, unos desgraciados es lo que eran, cómo podían hacer aquello delante de la bebé. Una noche me levanté sobresaltado, estaba en la cama con un mal viaje y no podía dormir. Fui al salón a por un vaso de agua y entonces la vi: la bebita estaba fría sobre la moqueta del suelo. Aquellos descerebrados habían dejado la droga cerca de ella y de alguna forma se la había llevado a la boca. Yacía sobre un charco de sangre.

    Paul no supo qué decir. Se le había quitado el apetito por completo. Lo único que consiguió hacer fue encender un cigarrillo y mirar a su compañero con ojos atónitos. No esperaba semejante horror, tenía que ser una historia inventada. Cómo unos padres iban a dejar que sucediera algo así, por Dios.

    -Decidí que había pasado demasiados días allí, cogí mi mochila y me largué en plena noche. Todo me parecía un mal sueño. Me fijaba en cosas absurdas y pensaba cualquier cosa para no pensar. En el aeropuerto, mientras cruzaba la aduana, los tipos de seguridad registraban al azar a quienes pasaban al otro lado. Yo me sentía sucio, quizá debería haber avisado de lo que había visto, pero estaba tan asustado que solo quería largarme de Roma cagando leches. Además, esos polis buscaban a la gente que transportaba droga de un país a otro. Yo pensaba en cómo se debían sentir los traficantes minutos antes de cruzar el umbral, de si ensayaban cara de póquer, en cómo fingían la naturalidad que sentía yo, sabiendo que no transportaba nada raro y que llegaría a casa. ¿Entiendes o no? En verdad me moría.

    -Te entiendo más o menos Tony, ¿qué tienen que ver los traficantes con la muerte del bebé? -Pero Anthony no lo escuchaba, absorto como estaba en su propia historia, ojos inyectados en sangre.

    -El tipo de seguridad decidió que yo podía ser un posible candidato de traficar algo en el avión. Dejé mi mochila, vacié mis bolsillos, y atravesé el control de metales. Pero el poli me detuvo y me pidió que me sentara. Comenzó a registrarme. Yo obedecía como un ciudadano cualquiera, en esos momentos estaba en otro mundo, completamente sobrio, pero todo me parecía como de plástico, irreal. Me vació de nuevo los bolsillos, pero solo encontró un pañuelo que no había depositado en la bandeja. Estaba tranquilo y al cabo de un rato, dejó que recogiera mis cosas. Total, cogí la maleta, me metí en el avión e intenté dormir.

    -No entiendo a dónde quieres llegar, Anthony.

    -Me sorprende que quieras ser escritor, tío. Espera a que termine la historia. Mira, alquilé un apartamento y dejé mi mochila por ahí tirada. No tenía muchas cosas y empecé a rehacer mi vida de nuevo. El dinero nunca fue un problema para mi familia y la verdad es que me sobraba. Me compré ropa, me corté el pelo, quería volver sobre mis pasos, recalcular de nuevo la ruta de mi vida. ¿Me sigues? El caso es que en meses no abrí la mochila que traje conmigo. No lo necesitaba, solo tenía ropa sucia. ¿Me entiendes o no?

    -Sí, Anthony, maldita sea.

    -Pero hace dos días estaba bastante aburrido. Recordé que durante el viaje había comprado una versión en inglés de La Divina Comedia. Por haberla adquirido en Roma, pensé que sería una obra especial. No tenía nada que hacer y busqué el libro dentro de la mochila. ¿Adivinas lo que encontré ahí dentro?

    -¿La Divina Comedia?

    -Ropa de bebé. Me había confundido de bolsa y me había llevado otra. Eso me horrorizó, pero eso no era lo peor. En el fondo, bien escondido, había medio quilo de coca, o lo menos, una cantidad considerable.

    -¿Cómo es eso posible? ¿No dijiste que te pararon en el control?

    -No lo sé. Aquellos tipos debieron de meterlo allí porque pensaban que era un lugar seguro, no lo sé. Tampoco les llamé para preguntárselo. Seguro que se quedaron a cuadros cuando vieron lo que había pasado. Lo importante no son esos tipos. Lo fundamental es que había atravesado el control de la aduana con medio quilo de cocaína, me habían registrado, y no lo habían encontrado. El tráfico de drogas es una cosa seria, tío. Si me llegan a encontrar con eso, hubiera sido mi perdición: la cárcel o algo peor. No sabía si estar contento o sentir miedo. Era como si el mundo me dijera algo, pero no entendía el qué.

    -Te libraste de una buena, Anthony. Era tu día de suerte y no lo sabías.

    -Ahí pienso que está la clave, Paul: yo no lo sabía y por eso me salvé.

    -Pero la bebé no se salvó.

    -Exacto. Desde entonces no me la quito de la cabeza. No puedo evitar escucharla llorar por la noche.

    La cena se había terminado. Paul no podía evitar pensar que la historia de su amigo era sencillamente mentira. Algo tan rocambolesco es imposible que pase en el mundo real. Con la hamburguesa a medio comer, encienden sendos cigarrillos y comienzan un incómodo silencio. Ambos se sienten cansados y quieren irse a casa, en otra ocasión podrían tomar esas copas que hoy se quedaban pendientes.

    Salen del restaurante y caminan por la acera. Paul le dice a Anthony que quiere buscar algún lugar donde comprar un mechero. Anthony le da el que lleva en el bolsillo, tiene mecheros en su apartamento. Prometen verse el fin de semana próximo. Se dicen adiós. Nunca más volverán a verse. Anthony se suicidaría poco después. Diagnóstico: sobredosis. Un final lógico para un yonqui como era él.

    Una vez en casa, Paul se sienta delante del escritorio. La máquina de escribir permanece callada con su hoja de papel intacta, inmaculada. Corre una brisa fresca y hace una noche agradable. Piensa en la suerte de Anthony, en qué hubiera pasado si la policía de aquel país le hubiera encontrado la droga o al bebé en el apartamento. Seguramente se trataría de un país bastante atrasado. Su pensamiento se desboca. Un segundo después de encender el cigarrillo con el mechero de Anthony, sus dedos teclean rápido.

    Paul es un escritor sin imaginación, por eso decide dar forma a la historia que le había contado Anthony aquella noche. La realidad era para él más fascinante que la fantasía, así que se dedicó a contar una posible versión del trance de Anthony. Cambió el nombre, el país y la suerte. Pasó días escribiendo el manuscrito y, una vez terminado, descubrió que era buen prosista. La historia caminaba, era ágil, eléctrica.

    No dejó de escribir jamás. Unos años después de aquel encuentro consiguió publicar su primera novela con el pseudónimo de Paul Benjamin. No funcionó, pero le sirvió para seguir publicando. Décadas más tarde se convertiría en uno de los novelistas más importantes de finales del siglo XX y del siglo siguiente. Se hizo rico, se casó un par de veces, tuvo dos hijos, continuó fumando y el cáncer no consiguió darle caza. Nunca más volvió a pensar en Anthony. Aquella historia acabó perdiéndose y nunca fue publicada.

    A Paul le gusta mirar por la ventana de su viejo apartamento de Brooklyn, hoy, en 2022, uno de los barrios más exclusivos de Nueva York. Casi puede verse paseando en los 70. La gente lo conoce de toda la vida. Después de todo lo vivido, de todo lo escrito, de saberse inmortal como novelista, piensa, en el otoño de su vida, en cómo empezó. Hoy, extrañamente, recuerda a Anthony en aquella hamburguesería que ya no existe, explicándole su descabellado relato con los ojos inyectados en sangre por las drogas. Su hijo, Daniel Auster, también tiene una hija y problemas con la heroína. Por un instante se le pasa por la mente la vieja historia de Anthony. Piensa en llamar a Daniel, pero es tarde y ya lo ha intentado todo.

    Se distrae con una revista, para ser un escritor sobrevalorado no le había ido tan mal. Apaga el cigarrillo, bebe un vaso de agua y se acuesta en la cama con su mujer Siri. Sobre la mesita de noche, hay una revista cultural con su foto en la portada. Lo han despellejado vivo, pero ese será el menor de sus problemas. El título del artículo: Auster, un escritor sobrevalorado. Esa noche sonará el teléfono y ya nada volverá a ser lo mismo, pero Paul Auster dormirá a pierna suelta sin pensar que las viejas historias, a veces, se repiten.

    Nota del autor:

    Esta es la noticia real que recibirá en la llamada de teléfono Auster durante la ficción de este relato: Paul Auster: la trágica muerte del hijo y la nieta del aclamado escritor estadounidense

    Siéntete libre de enriquecer este blog con tu experiencia lectora. No tengas miedo de escribir un comentario o mandarme lo que quieras a la dirección: ricardorodriguezboceta@gmail.com.

  • El Olivo literario

    El Olivo literario

    Prólogo a la (vigésimo)segunda edición de Proso modo

    La primera vez que pasé por El Olivo fue montado en una moto de paquete. Conducía un chico de Tarragona, de una familia muy conocida en la ciudad, casi tan alocado como yo entonces. Íbamos a algún lugar en concreto que ya no recuerdo y pasamos por allí para satisfacer nuestro capricho. Apenas recuerdo las calles estrechas de aquel poblado chabolista muy cerca del centro de la ciudad, que me recuerda a las ahora carísimas chabolas de El Carmelo de Barcelona, las cuales también conocería en otra ocasión.

    El chico murió en un accidente de tráfico años después. Volvía de la discoteca Florida o de algún lugar similar por la autopista A-2 y su coche se estrelló contra el peaje. Quizá iba pasado de alcohol y drogas o simplemente se durmió, o las dos cosas. Por aquel entonces, yo hacía tiempo que ya no me juntaba con él y nuestra amistad adolescente había quedado para saludarnos de noche de fiesta, si es que se daba la ocasión.

    Cuando el accidente, yo casi había olvidado El Olivo. Sólo me acordaba cuando a veces transitaba la carretera que subía desde el centro, pasando por el cementerio municipal hasta el barrio de San Pedro y San Pablo, donde vivía mi abuela. Caminando me ahorraba el dinero que costaba el autobús y para distraerme me daba por mirar a una carretera zigzagueante que subía y subía hacia la nada por un cerro imposible hacia El Olivo, donde vivían gentes sin apenas luz o agua corriente, es decir: problemas. Pero el pensamiento duraba apenas un instante, el leve zumbido de mi amigo y yo en la moto yendo hacia algún lugar irrecuperable es lo único que quedaba en mi memoria.

    Pensaba que así sería para siempre, pero las casualidades de la vida me llevaron a El Olivo de nuevo, esta vez, a través del libro Proso Modo de mi amigo Juan Carlos Elijas Escorihuela. Las veleidades artístico-literarias de mi adolescencia me llevaron a estudiar la carrera de literatura, como antaño hiciera mi amigo -conocido por todo Tarragona como- Charli. He acabado dando clases en un instituto del centro de la ciudad donde coincidimos Juan Carlos y yo. La conjunción de los astros fue perfecta. Ya los entes del bajo astral, los dioses menores de la literatura tarraconense, me habían hablado de Elijas y de un posible acercamiento al que no le di mayor importancia. Amigos comunes me habían hablado de un profesor de Tarragona que escribía y dirigía obras de teatro para alumnos, era buen fajador para el güisqui y amigo de intelectuales como Manolo Fuentes, gran estrella del firmamento levantino que yo llamé como El profesor azul…

    El primer día que coincidimos Juan Carlos y yo nos fuimos a tomar un par de cervezas antes de comer. Al medirnos los trajes del alma comprobamos que llevábamos los dos la misma talla. A pesar de la diferencia de edad que nos separa, él una generación entera mayor que yo, nos une el mismo amor puro y fehaciente por la literatura, por la palabra escrita, por la expresión verbal sofisticada de lo inenarrable, dicho grosso modo.

    En una de las muchas veces que coincidimos, tuvo a bien regalarme-venderme un par de sus libros Delfos, me has vencido, obra que he leído prácticamente en su totalidad y Padre polvo, concepto al que Elijas no pierde la ocasión de referenciar cuando el calor de la conversación lubrica su locuacidad. Hace poco tiempo, cuando le hice notar lo mucho que le gustaba la idea de las raíces, del arraigo, del polvo-padre del que venimos y a donde iremos, me confesó que lo tomó de un poema del gigante César Vallejo.  

    Elijas es un flâneur en Tarragona. En alguna ocasión, entre clase y clase, hemos ido a pasear sin rumbo fijo por el casco milenario de la ciudad. Una vez visitamos las ruinas del Foro y se detuvo a hablar con el conserje de la puerta, quien le preguntó por la familia. Entre los arcos de medio punto que antaño cobijaban las tabernas y lupanares, los ojos de Juan Carlos parecían esbozar una lágrima de emoción que nunca ha de caer porque no es de los que lloran delante de nadie -y por eso arrastra, como yo, una singular melancolía que Víctor Hugo llamaría “la felicidad del triste”. En otra ocasión acudimos a la librería Nautilus donde se venden camisetas friquis, libros de segunda mano de editoriales grandes, objetos imposibles rescatados como pecios de la historia: máquinas de escribir, mapas antiguos como de la isla del tesoro, artilugios inservibles. También se detuvo Charli a departir con el dueño del establecimiento. Una tarde, a la salida de una reunión, compartimos unos vinos cerca de la biblioteca municipal y hubiéramos compartido muchos más si no fuera por las circunstancias extraliterarias como el trabajo, la hipoteca y la familia, quienes en verdad nos sustentan de pie.

    Fue entonces cuando me comentó que estaba corrigiendo las galeradas de un libro en prosa que había escrito, que ya no era poeta y que por eso lo odiaren los demás poetas, por haber faltado a los principios, etc. El relato era parecido a cuando Dylan abandona la acústica del folk-music para agarrar la guitarra eléctrica y cantar las mismas letras con una base de rock-music, lo cual iba a revolucionar el concepto que en los sesenta se tenía del género rockanrolero: bugui-bugui, mueve tu culo, I love you, nena, yeah, yeah.

    Juan Carlos me contaba todo esto sonriéndome y mirando con los ojos entrecerrados, como hace siempre. Su porte achatado y robusto recuerda a los nobles campesinos castellanos y aragoneses que antaño retratara Washington Irving en sus viajes por la península: ventrudo, fuerte de piernas, recio de espalda, frente que despejaron los años. Cuando hay tensión en el ambiente, saca un chistecillo de su morral y todos sonríen. Quiere que no se le tomen mucho en serio, pero participa en proyectos de importancia. Intenta dejar su nombre rubricado en la historia de la literatura y puede que lo consiga, como puede suceder con cualquier juntaletras. Él lo sabe y sonríe melancólicamente cuando piensa en las cosas que lo preocupan, motor continuo de su prosa y su poesía.  

    Un libro sobre la amistad

    Proso Modo, Reino de Cordelia, 2023, 378 págs., es la historia de Jordi Coboia, alter ego del autor -si es que un “yo” es posible-, el cual nos cuenta su día a día en El Olivo durante la época del confinamiento en el año 2020. A contragolpe, Coboia va escribiendo un diario de confinamiento, casi como un juego, como el que no quiere la cosa. Estas prosas, o prosos, van tomando forma de novela, o de nivola, a medida que la trama va avanzando. Paula, la hija de Coboia, realiza un curso de creación literaria que sirve de aporte teórico al libro: cuando en el curso se estudia la descripción, en la obra abundan las descripciones. Elijas reflexiona sobre la propia creación literaria a medida que crea una creación literaria sobre un presonaje que crea una creación literaria. Como ya hiciera Cervantes y profundizara Unamuno, Coboia explora a través de su personaje un terreno intermedio donde operan la realidad y la ficción en el andamiaje de la vida.

    Otro de los núcleos temáticos es el de la relación entre Cataluña y España a raíz de los acontecimientos del llamado procés, ese momento cuando Puigdemont proclama la República Independiente de su Casa durante unos segundos, para luego huir en el maletero de un coche por Andorra. Proso Modo es una novela catalana escrita en español donde aparecen personajes que alternan el castellano y el catalán indistintamente, donde unos son de centro y otros fervientes nacionalistas. A través de los diálogos, que tanto le deben al teatro, género que Elijas domina, los personajes desarrollan una conversación coral que parece querer representar las distintas posturas políticas que operan en El Olivo y, por extensión, en la Cataluña actual en general.

    Pero sobre todo, Proso modo es un libro sobre la amistad, sobre la hermandad de una arcadia escondida entre los matorrales de Tarragona, donde viven en armonía okupas y propietarios, donde todos tienen voz y voto y donde nadie queda excluido en este margen del mundo. Hasta los autores más grandes, y Juan Carlos Elijas es uno de ellos, practican el arte de Escribir para los amigos. Los vecinos de El Olivo tomarán la palabra para narrarnos historias al modo boccaciano. La Cornucopia, El Chivatazo de la Suegra o La Celestina de Argel son algunas de las más inolvidables. Quien haya visto la película no podrá dejar de acordarse de Amanece que no es poco, cuando la trama camina por la cuerda floja del disparate y del absurdo sin red y… sin caerse.

    El Olivo es un lugar histórico donde se sucedieron una de las luchas más sangrientas en la defensa del fuerte cuyas ruinas se encuentran todavía hoy. Durante la Guerra de la Independencia, mal llamada Guerra del Francés -como si fuera a haber algún día una verdadera Guerra de la Independencia en Cataluña-, El Olivo fue uno de los puntos clave durante el sitio de la ciudad de Tarragona en 1811. La casa de Coboia queda donde estaba el polvorín y sospecho que la de Juan Carlos Elijas no andará lejos. Jean Baptiste-Salme es el fantasma que nos hará de cicerone en esta tierra regada con sangre.

    La falta una estructura clara, de un leitmotiv, de la diégesis, son en el fondo aciertos en la concepción que el autor tiene de la obra, de la literatura y de la vida en general.

    El Olivo centenario es desde ahora tierra mítica en el imaginario literario de Tarragona, donde habita en armonía Jordi Coboia, alias Juan Carlos Elijas, de quien sus amigos esperamos inmortales prosas en el futuro y una cerveza a la sombra del terebinto.   

    Proso Modo, Juan Carlos Elijas, Reino de Cordelia, 2023, 378 págs.

    Nota del autor: Los interesados en adquirir Proso Modo pueden encontrarlo en este enlace.

  • qué hacer con el romero

    qué hacer con el romero

    hola, caballero, quiere usté
    colaborar con la asociación
    que ayuda a las personas a
    salir de la droga, la delincuencia.
    si tiene usté un familiar o
    lo tenga en un futuro, Dios
    no lo quiera, puede acudir a
    nuestra asociación. vendo
    este romero para ayudar a la
    asociación. ¿cuánto cuesta?
    pregunté sabiendo que costaba
    cinco euros porque le compró
    albahaca la dueña del bar donde
    comí hace un rato. por ser tú
    cinco euros. a punto estuve de
    rechazar pero saqué mi cartera
    y le mostré que estaba vacía.
    no pasa nada, acepto bizum.
    bueno, en ese caso, dime el
    número. sacó su teléfono y
    sonó Noches de bohemia
    y contestó. dime, largamente,
    pero no obtuvo respuesta.
    me dio su número y lo escribí.
    me pidió seis euros por la rebaja
    y puso un euro sobre la mesa.
    tansferencia aceptada, muchas
    gracias. y volvió a sonar Noches
    de bohemia
    . dime, dijo otra vez
    y dijo que estaba vendiendo el
    romero a un chico. sonreí y esperé.
    nos dimos la mano. buena suerte.
    igualmente.
    ahora tengo una reunión y
    no sé que hacer con el
    romero.

  • Danos paz (Relato a la memoria de Hemingway)

    Danos paz (Relato a la memoria de Hemingway)

    Tal día como hoy, 2 de julio, pero de 1961, se suicidó Ernest Hemingway. Fue uno de los escritores más influyentes de su siglo y todos quisieron imitarlo. El hecho de que se quitara la vida, no hizo más que acrecentar su leyenda.

    En sus relatos cortos, aledaños al periodo de la Vanguardia, el hecho más importante, el motivo que vertebra el relato, está elidido: no aparece en el cuento. Debe ser el lector quien reconstruya la silueta de este conflicto con el hueco que Hemigway deja. Uno de sus cuentos más famosos es el de un pescador que se suicida, pero en el cuento ni se mencionaba la muerte ni se suicidaba nadie.

    Hace un par de años, me fascinó la lectura de Hemingway y quise emgriagarme de su estilo sobrio de corresponsal de guerra. Leí En nuestro tiempo (libro que presté, no me han devuelto y hace que no pueda citar el título de la historia que he mencionado antes) y París era una fiesta (obra póstuma a partir de los papeles que encontraron en el escritorio del gran hombre).

    Con este relato rindo homenaje a la literatura de Hemingway que tanto influyó a escritores que luego me influyeron a mí. Como en los cuentos del maestro, el motivo fundamental del relato está elidido, el conflicto principal no aparece directamente, pero puede deducirse si uno lee atentamente y sigue las coordenadas.

    Te animo a que escribas en los comentarios tu interpretación de esta historia.

    Un abrazo de

    El Pobrecito Escribidor

    Danos paz

    Ernest está bloqueado. Lleva meses así, demasiados. Mira la montaña de papeles sobre su escritorio, mira la botella de whisky. Su padre le decía que uno se hace un borracho cuando empieza a abrir las botellas, él siempre pensó que uno se hace borracho cuando bebe solo. En cualquier caso, abre la botella y se sirve un vaso. Lleva más de una hora frente a su libreta. Los bares están demasiado lejos de su casa y él es ahora demasiado viejo y famoso para ir a cualquier parte tranquilo. Vive en una casa inmensa junto al río.

    Suena el teléfono de la sala de estar. El ring-ring es atronador en el silencio de la mañana: papá está escribiendo, niños, no hagáis ruido. Papá tiene un humor de perros últimamente y bebe más de lo que debería. NADIE VA A COGER ESE MALDITO TELÉFONO, grita Ernest y estrella el culo de la botella de scotch contra la sólida caoba de su escritorio. Justo antes de salir, furioso, de su despacho, alguien contesta. El escándalo cesa. Esos malditos aparatos son letales para el trabajo de los escritores. El motivo de su enfado ha pasado, pero la rabia se ha quedado atascada dentro, como un estornudo. Da vueltas por la habitación. Toma el vaso y se sirve uno doble, sin hielo.

    La rabia lleva ahí bastante tiempo y le bloquea. Es como uno de esos toros a los que era aficionado cuando vivía en Europa. Se escapaba a España siempre que podía: Pamplona, Valencia, qué recuerdos. Eran otros tiempos, eran sus tiempos, los mejores. Pasaba hambre a veces, pero era feliz con su mujer y su joven hijo Bumby. Ahora Bumby es un hombre y le odia. Él también odiaba a su familia, sobre todo a su madre.

    Aquella maldita perra tenía la costumbre de vestirlo como una niña. Quería que fuera una niña y luego tuvo que matar muchos animales para demostrarse que era un hombre. Tuvo que ir a una guerra para demostrarse que era valiente. No lo dejaron combatir, lo destinaron a la cruz roja, como las mujeres, pero nunca lo contaba en sus libros. Vio la muerte a la cara y casi no lo cuenta cuando lo hirió aquella batería. Perdió muchos años de su vida en aquella guerra estúpida, la primera para él. No sería la última, pero ninguna como aquella. Todas las guerras son estúpidas, el adiós a las armas nunca llega.

    Pero al final había tenido éxito, había ganado el Nobel, nada menos. Ni en sus mejores sueños se hubiera imaginado conseguirlo, o quizás sí. Recuerda la euforia cuando le otorgaron el premio. Estaba en Cuba. Echa de menos la isla. Ahora las cosas estaban difíciles para los estadounidenses allí. Ya está viejo para la guerra y los conflictos. Está demasiado cobarde, siempre se sintió un cobarde toda su vida, pero no lo confesó. Si su amigo Scott hubiera vivido para verlo… él era quien merecía en verdad el Nobel y no él. Se lo dieron porque no pudieron otorgárselo a Fitzgerald. Siempre fue un hipocondríaco, en la treintena pensaba que iba a morir en cualquier momento. Finalmente murió bastante pronto, estaba marcado por la muerte, como todos sus amigos. Ernest estaba solo.

    -Siempre fuiste un mentiroso, Hem. -dijo Scott.

    -Sí, pero los escritores viven de mentir.

    -¿Eso es otra de tus mentiras, Hem? -insistió Scott- Que le pregunten a Hadley lo mentiroso que eres. Siempre decías que no bebías mientras escribías. Todo lo que escribiste lo hiciste borracho. No escribiste una sola línea sereno, maldito borracho.

    -Tú tampoco, Scott. Siempre te estabas quejando. Así lo he dejado escrito.

    -Pero yo ahora estoy muerto y tú estás ahí, vivo. Me has convertido en el fantasma de Hamlet. ¿Por qué no vienes conmigo, Hem? Aquí hay muchos borrachos como tú.

    -Cállate, Scott. Déjame escribir hoy. No quiero recordar este día, no quiero recordar a nadie. Quiero empezar de cero. Quiero llorar sin que nadie me vea, ni siquiera tú, viejo amigo. Siempre sospeché que te gustaban los hombres, tenías un deje extraño en la voz.

    -Yo creo que te gustaban a ti. -dijo Scott.

    -Ni hablar.

    -Claro que sí. -insistió.

    -Cállate.

    -No, cállate tú, maldito borracho marica asqueroso cobarde.

    -¡CÁLLATE, CÁLLATE, CÁLLATE!

    Aporrea la mesa con el puño. De repente, oye unos pasos detrás de la puerta de su despacho y una respiración entrecortada. Se detiene. El pecho tiembla bajo la barbilla mojada de saliva.

    -¿Estás bien, cariño?

    -Sí, mi vida, estoy bien.

    -Te he oído hablando solo. ¿Hay alguien ahí contigo? ¿Puedo entrar, mi amor?

    -No te preocupes, estoy escribiendo. Déjame trabajar, déjame tranquilo.

    -Pero, cariño, se te oye muy alterado y… -el pomo de la puerta empieza a girar.

    -¡Te he dicho que te vayas, maldita zorra! ¡No ves que estoy trabajando! Como salga de…

    Los pasos se alejan del otro lado de la puerta. Se había quedado solo otra vez con sus libros, sus papeles, sus fantasmas. Así está mejor. Nadie en su sano juicio podría soportar lo que él soportaba cada día. Se estaba volviendo loco como Zelda. Estaba dando problemas a su familia. Había que tomar una decisión al respecto. Él es un hombre sensible después de todo, siempre lo fue. Podría haber sido poeta, como Ezra.

    El vaso está vacío en su mano izquierda, como su bloc de notas. Decide llenar ambas cosas y empieza por el vaso. Toma la botella y se sirve. El pulso le tiembla, está bastante excitado. Unas cuantas gotas caen a fuera y las seca con la manga de su bata. Apesta, lleva bastante tiempo sin lavarse. Se ha vuelto un vagabundo encerrado en su propiedad millonaria. Recuerda aquellos tiempos en los que se sentaba con ellos junto al río, uno siempre tenía que estar atento por si algo picaba. Uno tenía que defenderse solo.

    A lo largo de su trayectoria había dado muchos consejos a otros escritores. Si había alcanzado el éxito era porque tenía un sistema: lo más importante era escribir una frase verdadera, el resto vendría solo. Otro de las cosas fundamentales era dejar siempre algo para el día siguiente, parar justo en el momento en el que la historia cobraba forma y uno sabía cómo continuarla. Muchos ingenuos siguieron a pies juntillas sus recomendaciones: no encontraban resultados positivos. Se lo hicieron saber. La culpa era de ellos por creer a un escritor: los escritores viven de mentir. Esa es la regla de oro, la más importante. También decía que sólo bebía después de escribir y todos sabían que mentía. Él había sido escritor porque no había podido ser otra cosa. Ahora se había vaciado el pozo. No podía inventar historias, no tenía fuerzas para encontrar el agua, lo mismo le había pasado a Scott hacía mucho tiempo. Nada tiene sentido para él. Se siente una cáscara vacía, una botella vacía tirada en la basura. Pero estaba vivo y eso le producía una sensación extraña. Hacía meses, años que no experimentaba ningún alivio.

    La felicidad consiste en estar paz. Esa es una buena frase, la escribe en su libreta. Antes de seguir moviendo la mano derecha sobre el papel con su lápiz, se deja llevar por esa frase. Es verdadera, le parece lo mejor que haya escrito nunca, al margen de lo que piense mañana. Hoy, esa es la pura verdad: la felicidad es un alivio. Uno tiene hambre y come, y es feliz; uno tiene sueño y duerme, y es feliz; uno tiene deseos, los cumple, y es feliz. Pero luego siempre llega el vacío y esa sensación que no se llena nada: ni el éxito, ni el fracaso, ni el olvido. Ni siquiera lo llena el mejor whisky.

    No vale la pena escribir nada más. Podría hacerlo, pero ya no quiere. Hemingway coge el mechero y deshace el trabajo de toda la mañana. Guarda la botella en su sitio y sale de la habitación. Por el pasillo va pensando en que ya sabe cómo encontrará la felicidad.

    Es el día 2 de julio del 61. Hace un día espléndido en Ketchum, Idaho, Estados Unidos.

  • Capítulo 1. Comer es prescindible

    Capítulo 1. Comer es prescindible

    Había venido a la Universidad para terminar trabajo, pero antes decidió pasar por la cafetería. Allí encontró a los de siempre sentados donde siempre; esa clase de gente que son, en conjunto, una clase de estudiante universitario común en la década de los 10.

    Jóvenes andrajosos, con barbas poco cuidadas y chaquetas de próximos tiempos adolescentes gastadas por el uso. Seguían manteniendo viva la llama de la inocencia que les otorgaba ser veinteañeros sin ningún futuro por delante. Estudiantes de letras, arquitectura de las frases, polvorientos pájaros en una pecera moderna. Convertido el sueño de hacer volar las ideas hacia la verdad, en un trabajo, en una obligación, en unos resultados; convertida la literatura en basura-hurra-hurra, se aburrían. Salían de las aulas tristes donde deberían estar, se encontraban en los triángulos soleados que dibujaban las sombras edificios grises en un trozo de césped, en un viejo banco de madera por embarnizar, en aquella mesa de la cafetería donde siempre había alguien saltándose clase.

    Todavía era nuevo en la ciudad, una gran urbe de esas con sus ruidos estridentes pintorescos vagabundos asaltándolo a uno si lo descubren con cara de tonto buscando una calle. Era nuevo pero ya había sido novato antes en otros lugares. Quizá por eso se sentía a veces tan mayor, mucho más viejo que aquellos veteranos que nunca se habían movido del sitio y se habían hecho respetar a base de resistir. Él nunca sería de esa clase de gente, y eso lo entristecía. Siempre andaba buscando algo perdido que nunca encontraba, pero encontraba otras cosas y aprendía mucho, con eso se consolaría.

    A lo largo de aquella juventud precoz había construido algunos mapas mentales que le funcionaban bien. Tenía la cabeza llena de esquemas de todo tipo, como escalas musicales grabadas con cicatrices por la experiencia y la práctica, concatenación de acciones que funcionan correctamente para conseguir un fin, sin ser nunca garantía de éxito. La teoría está bien pero en la práctica suena la vida, empieza la música y algo hay que hacer, ciertas notas que hay que tocar según la canción que suena. Una chica habla contigo, a solas en cualquier parte, y percibes que revuelve el vacío con las manos apoyadas sobre el regazo; pones la tuya, grande y caliente, sobre las suyas, tan frías, y las cobijas. Y después ¿un beso, un abrazo, un adiós? Después suena la música y algo hay que tocar a tiempo.

    Iba pensando en estas elucubraciones mientras se acercaba lentamente a donde estaban los suyos. En todas las Universidades que había tenido el gusto de conocer, y con esta ya iban cuatro, algunas veces para estudiar y otras no, siempre conseguía encontrar a su tribu rápidamente. No tenían pérdida: en aquel lugar donde los profesores siempre ubicaban a los alumnos de peor ralea, los que nunca llegarían a nada, aquellos que por méritos propios gozaban de una cátedra cum laude en “El Bar”.

    Para ellos El Bar no era un lugar de paso, donde coger el café y marcharse corriendo; era un punto de llegada, un puerto donde atracar y protegerse de la tormenta del no saber a dónde huir, de encontrar calor en la conversación de los descarriados que renunciaban a subir a clase como el que subiera al tedio infernal. Muchos se quedaban en ese purgatorio con sus iguales, esperando a que llegara la hora de todos, el día del juicio, a final de curso. De momento solo había tres chicos y casi no los conocía.

    -Eeei…- dijo Rocky -¿No está el maricón este?

    -Nop, yo no lo he visto. Le contestó uno de los tres monstruitos sin levantar la vista del cigarrillo que se estaba liando. Los otros dos engendros, ambos con gafas, lo miraban furtivamente. No decían nada.

    Todavía desconfiaban de él porque era nuevo, cuando deberían desconfiar de ellos mismos por ser tan desconfiados, al fin y al cabo, ¿qué vale la confianza? Él siempre se la regalaba a cualquiera, la había perdido a veces pero nunca se había muerto por eso, siempre había más. Además, sabía que con dos porros podría ganarse su amistad fácilmente y entonces colársela con la guardia más baja. ¡Lo que hacía el mundo todo el tiempo! Quiso escupirles todo este torrente de pensamientos, pero no dijo nada, empezó a liarse un porro en silencio. En el silencio solo se escuchaba la algarabía de El Bar.

    –¡Qué buen día, María!- Dijo al colocar el papel encima de la mezcla, la boca le salivaba. -Fumo demasiados porros…- y miró a sus compañeros de la mesa que, pese a su confesión, no rompían su silencio. –¿Visteis anoche la entrevista? Parece que ese tío sabe lo que se dice, quizá sí fuera un buen presidente, quizá consiguiera cortar los hilos que mueven a tanto rico-monigote-gilipollas-elitista.

    -Esas entrevistas son para gente que no tiene ni idea. El verdadero cambio debe empezar por hacer las cosas bien y no dejar ni presentarse a unas elecciones de un país con cara y ojos, no deberían dejar presentarse, digo, a tantos impresentables. – Había contestado el único de los tres que por el momento había abierto la boca, estaba claro que él llevaba la voz cantante de los tres cerditos. Sabía que la política encendía los ánimos de cualquiera, era como un mechero conversacional en aquellos días, solo había que aplicar determinado tema según el interlocutor y fácilmente ardía la demagogia.

    -No podría estar más de acuerdo con lo que dices. La verdad es que visto como tú lo ves tiene sentido. Además son gente sin experiencia que…- Su interlocutor se desperezó y se revolvió en su silla, asintió, no reparó en el poco sentido que tenía que aquel chaval nuevo le diera la razón cuando no había hecho ningún razonamiento; porque era su razón, seguramente, con la que creía estar de acuerdo.

    -Panda de incompetentes, de charlatanes… le quitan el puesto a la gente que realmente sabe trabajar en esos terrenos, gente como mi padre, socialista de toda la vida, siempre defendiendo encarecidamente los intereses de la clase trabajadora. Ahora… ahora todos son oportunistas, arribistas, fantoches que quieren reconocimiento, nos llevarán a la ruina… Panda de demagogos asquerosos…

    Los gafitas asentían, uno a cada lado de su líder. En esto llegaban más palomos a la mesa, venían de clase de Gramática Histórica, uno de ellos era su amigo, un viejo amigo desde hacía dos semanas.

    -Cabrón, ¿de dónde vienes, eh? Portándote bien, ¿no? ¿Ya te ha puesto el positivo por asistir a misa?

    -¡Hola, Rocky!- su amigo lo llamaba así aunque no era su verdadero nombre, era de esas personas a las que les gusta rebautizar a los de su prójimo por razones aún por conocer.  -Tú deberías pasarte algún día, al menos, para que te conozca el Ratamuerta… En un mes no has aparecido por allí y en esta asignatura la asistencia es lo más importante, no haces nada y te pone un siete, pero si vas…

    -Ya, ya, ya… Haré su mierda de examen de siete, me pondrá un cinco, y todos contentos. Lo único que necesitamos son apuntes, lo demás lo sacamos con la bibliografía, pero nos hacen falta apuntes…

    -¿Y qué es eso que huele tan bien? 

    -Toma, cabrón, justo a tiempo llegas, me lo acabo de enchufar. -Y le pasó el porro sin renuencias.

    Después se unieron a la conversación general, que versaba sobre películas que nunca les gustaron y libros que se leyeron fragmentariamente, obras cuyos títulos resultaban atronadoramente elocuentes cuando uno las invocaba en esas reuniones. Normalmente no participaba en estas gallardías a menos que estuviera muy aburrido o que hubiera alguna niña de por medio. Atacaba con todo lo que sabía, que no era poco, a veces conseguía sorprender y otras veces no, pero casi siempre establecía algún momento de complicidad con los ojos a quien dedicaba todos los requiebros dialécticos y acrobacias de su ingenio. Ese día ni había ni niña, ni chica, ni mujer, ni alma, ni nada, y se aburría soberanamente.

    -Tengo que ir a hacer el puto trabajo…- Dijo en un fumado y melancólico suspiro, a media voz para que lo oyera su amigo y el que quisiera.

    -¿Trabajo de…? No me asustes, marica.

    -El de Fontanela, – y dijo después de un breve silencio- el que a la vez que caga se la pela. -Rieron.

    -¡Qué dices! Pero si eso había que entregarlo la semana pasada…

    -¿Qué?

    -Aja, tienes las fechas en el Campus Virtual, tío.

    -¡… Joder! Yo es que eso nunca lo miro, además tengo jodido el puto ordenador. Me cago en…

    -Bueno, no te preocupes, mira lo que tengo aquí.- Y le enseñó un cogollo verde-verde, casi radioactivo, que olía como a calle meada, eso es que era buena. –Un interior que lo flipas, mazo de bueno.

    -¡Jajaja! Joder, Perro, cómo me lías… Bueno, al menos ya no tengo que hacer el trabajo. Vámonos al centro luego, cuando lo acabemos. A ver si se viene El Pirri también y estamos por ahí. Tengo ganas de comprarme un libro pero todavía no sé cuál. Mira, lo tengo todo calculado. De los veinte pavos que me quedan para terminar el mes, cinco son para tabaco, uno para papel, cuatro para dos cafés y diez para pillarme un tomo bueno y gordo, que me dure durante estos días de hambre literaria.

    -¿Y comer?

    -Comer es prescindible.

    Volvieron a reír y se unieron de nuevo a la conversación general que ahora trataba sobre que tal local se había llenado de pijos y de gente que no entendía el verdadero motivo de ir a ese lugar y no a otro.

    -Solo van porque se ha puesto de moda, sin entender nada. –Balaba era el líder que no se había callado en lo que habían llegado los otros. Él pensaba que por ser el pardillo con más dinero tenía que ser el que hablara más, los demás lo pensaban también y le dejaban hacer. Ahora eran unos seis o siete en la mesa, poco a poco irían llegando más, se acercaba la hora de comer, por lo tanto, tiempo de huir.

    Se levantó torpemente como si se hubiera olvidado de la gravedad del planeta Tierra y al estar de pie casi se tambaleaba, Perro lo siguió de igual modo, recogiendo su ajada mochila del suelo. Sentía la agustera corriendo por todo su cuerpo, acariciándole detrás de las orejas, hacía que sus piernas pesaran mucho, no importaba porque casi sentía que su cabeza podría salir volando, volando, volando. 

    -Volando y las alas serían las orejas. Pero yo tengo una oreja más grande que otra así que el vuelo sería poco equilibrado, incluso aparatoso. ¿Y si encontrara turbulencias?- La imagen de su cabeza volando aparatosamente, enfrentándose a las turbulencias con toda la fuerza de sus acomplejadas orejas le resultó tronchante y empezó a reírse solo. Todo esto no lo oyó nadie, bien porque no lo escuchaban, bien porque estaban igual de fumados por la marihuana, por el estudio, por la incertidumbre o por otra cosa. Se acarició un poco el cabello, largo. –Tengo que cortármelo ya.

    -¿Qué, qué dices?- Preguntó Pedro distraídamente.

    -Que tengo que cortarme el pelo.

    -Yo también, pero no tengo pasta.

    Iban caminando silenciosamente, saliendo del campus dirección ninguna parte, por el camino toparían con la gran ciudad. Había una pequeña bandada de agapornis que los miraban pasar con atención desde su árbol. Esos bichos verde lima, que se escapan de sus jaulas con o sin permiso de sus adocenados dueños y acababan allí, ocupando el breve campus universitario, rivalizando con gorriones y palomas. Él se sentía como uno de ellos, una especie invasora, un solitario ser intruso.

    -Tenemos que salir de esta mierda.