Cuatro millones de documentos word abiertos con textos terminados y otros a medio corregir. Abro uno nuevo. Una base de guitarras repetitiva a contratiempo y una voz rota arañando la mañana. Es sábado, son apenas las nueve y en mi despacho solo se escucha, además de la tenue música, el repiqueteo de mis dedos sobre el teclado. Estoy tan acostumbrado a escribir en el ordenador que no necesito mirar la pantalla.
Si escribo rápido es porque he escrito mucho, muchísimo, y si bien no he pasado de ser un pobrecito escribidor, por lo menos he aprendido a rellenar folios de manera copiosa sin cansarme demasiado ni física ni mentalmente. La práctica es el único secreto.
Mi relación con la escritura es lonjeva. ¿Qué es lo que causa que un niño, apenas un adolescente, se convierta en un padre en la treintena presionando las teclas de un ordenador de mesa? Es una pregunta a la que no sabría muy bien cómo responder. Mi romance con la escritura es como toda relación larga y de años. Hemos pasado por mucho y ha habido crisis insuperables, incluso separaciones, y reconciliaciones apasionadas que siempre nos han hecho volver al lecho de la página en blanco.
Siento un placer inexplicable al escribir las palabras una detrás de otra. Porque escribir es vivir y esta vida me lo ha dado todo. He cultivado otras aficiones solamente para poder entender mejor la escritura. Se requiere trabajo y talento y mucho trabajo para ser mínimamente efectivo en un arte tan complicado, en un terreno tan vasto como el texto.
Ya no podría abandonar nunca porque formo parte de estas letras: yo las escribo y ellas me escriben a mí. ¿Qué es lo que impulsa a las personas a buscar en el desierto del arte: ya sea uno actor, músico o escritor, de mucha o de poca monta? Si se sabe lo que hay: nunca sentirse suficientemente reconocido, comprendido, amado, suficente: el genio, el fracaso y el artista son palabras sinónimas casi siempre. Pero el momento más feliz de alguien es cuando crea, ya sea este médico, electricista o escribidor. Así tecleo y trabajo duramente un sábado por la mañana cuando podría estar durmiendo o haciendo otra cosa, cuando prefiero sacar las palabras de sus escondites con la punta de los dedos.
Mis quehaceres me reclaman, es hora de dejar reposando la página. Cojo a mi hija en brazos y me pongo a corregir este texto. Ojalá ella un día encuentre su parcela en este desierto del arte, porque allí, pase lo que pase, siempre será feliz y, además, estaremos cerca.

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