La esperanza es lo último que se pierde

Me gustan las peluquerías de barrio. Esos lugares donde cuelgan fotos de jóvenes de los años noventa con flequillos y tupés. Suelen ser sitios tranquilos donde el dueño, un señor a mediados de sus cincuenta, trabaja y habla según el momento. A la que voy yo es de este estilo y siempre recibo un trato excelente a un precio ridículo. Prefiero estos lugares con historia antes que las barbas hípsters y camisas apretadas. Una vez probé la experiencia en uno de estos lugares modernos y tuve que ir a repasarme el corte porque parecía un joven punki con cresta, que una vez podría haber sido, pero no en mis treinta.

Las peluquerías de barrio son, además, lugares con historias, donde también hay espacio para la alta filosofía si uno tiene los oídos abiertos. Constituyen los rincones como mi peluquería los últimos espacios de masculinidad, donde se reúnen los hombres para tratar sus asuntos baladíes. En general, viejos que van a afeitarse o a pasar el día. Me gusta escuchar a esos sabios, por si tienen algo interesante que aportar después de haber vivido y haber alcanzado una edad provecta, aunque hablen con faltas de ortografía.

-Si lo llego a saber, no hubiera hecho nada.

-Ya. Los jóvenes no saben lo que hay.

Levanté la vista de la desgastada Interviú que estaba hojeando. Se trataba de un especial de la revista que celebraba un aniversario honroso y quizá su próxima desaparición, como ocurriría pocos números después. No hay espacio en este siglo para las revistas con tetas y artículos de novela negra en los establecimientos públicos, excepto si son lugares olvidados de la mano de Google, como la peluquería de don Francisco.

El peluquero no decía nada. Se limitaba a seguir repasando al señor que había iniciado la conversación desde un silencio de más de cinco minutos, el que había empezado desde mi entrada al establecimiento y que se había iniciado con un “Buenos días”. El dueño se limitaba a escuchar y a hacer su trabajo en silencio, mientras el acompañante del orador, otro señor mayor que hacía las veces de contrapunto, estaba en una silla a mi lado. A partir de ese momento solo prestaba atención a la revista al ver algún torso.

-Yo no hubiera tenido hijos.

-Yo tampoco.

-Pero los habéis tenido. -Repuso el peluquero, que ya no podía aguantarse las ganas de intervenir. -Y vuestros hijos han tenido hijos. Ya sois abuelos los dos.

-Ya, pero ahora que sé lo que hay, no los hubiera tenido.

-Yo tampoco.

-Cuando uno es joven, -siguió el filósofo- tiene… esperanzas.

-Claro.

La Esperanza fue el único espíritu que no liberó Pandora de la caja. Nunca entendí que la esperanza estuviera con el odio o el miedo. Las palabras de los ancianos me hacían pensar en que quizá fuera una pista del misterio ese dolor sólido y rugoso que se traslucía de aquellos ojos con cataratas, que yo veía a través del gran espejo de la pared.

-Una vez fuiste joven y creíste. -Moderó el dueño mientras abría y cerraba las tijeras.

-Sí. Trabajé toda mi vida, compré una casa, tuve hijos. Total, ¿para qué?

-Pues para tenerlos. -Insistió.

-Claro. -Dijo el otro.

-Si lo llego a saber no los hubiera tenido.

-Eso es así.

Algo había pasado en esa familia que al hombre le hacía decir aquello, pensaba yo. Quizá sus hijas no le hablaban porque era tenía mal carácter -simpático no parecía- y no le dejaban ver a sus nietos. O simplemente estaba viudo y solo en un piso y su parentela no podía hacerse cargo de él. A lo mejor había llegado a esa conclusión después de mucho reflexionar sobre metafísica. Resultaba impactante decir eso al final de una vida. ¿Me pasaría a mí lo mismo? ¿Les pasaba lo mismo a todos? Me preguntaba en silencio.

-Conforme cumplo años, como vosotros, -intervino el esteticien- me pasa lo mismo. Pienso en si todo lo que he luchado ha valido la pena, si, total, para qué. Es un sentimiento que uno entiende cuando llega mi edad, pero cuando se es joven… se es joven. ¿No te acuerdas tú de cuando eras joven?

-¡Vamos! -Sonrió el viejo levemente, la primera vez que lo hacía en su intervención. Un leve brillo en sus ojos nublados. -Cuando yo era joven, ¡podía con todo y más!

-¡Claro! -Dijo el otro señor mayor, con la misma actitud que su compañero.

-Pues eso.

Ahí quedó. Sin más conclusión que esa, la cual los tres parecían comprender a la perfección y yo solo a medias. No me atreví a preguntar, a buscar explicaciones. Tampoco a contraargumentar que posiblemente estaban equivocados, que hablaba su nostalgia y no ellos, que les hacían falta proyectos e ilusiones para despertarse por la mañana con ganas de vivir, con ánimo para seguir hacia delante, con esperanza.

-¿Pero para qué? -Dijo uno de ellos en mi cabeza.

El peluquero terminó su trabajo. El señor pagó y los dos ancianos se levantaron y salieron al sol oblicuo de la mañana. ¿A dónde irían aquellos dos? Seguramente a seguir su rutina de siempre: el bar, el banco, el sol, la brisa, la conversación intrascendente y el deseo de trascendencia. Con todo el tiempo del mundo y sin espíritu para nada. No hubiera dicho que eran dos viejos tristes, simplemente aceptaban, espartanos, la vida.

-Ya puedes pasar. -Me dijo el dueño con la cabeza. -Estos viejos son de lo que no hay. -Dijo sonriendo.

-Vaya.

-Demasiando tiempo para pensar.

-Claro.

-En fin, ¿cómo lo quieres? ¿Como siempre?

Y el día siguió su curso habitual de fin de semana. Seguí con la rutina y los proyectos propios de un hombre en la treintena, pero con una pregunta fundamental: ¿Acabaría yo también como aquellos viejos, arrepintiéndome de la vida que ahora estaba haciendo? La respuesta no la sé, pero a partir de entonces vivo intentando que no sea así.

Tengo esperanza porque, como demuestra el mito griego, “Es lo último que se pierde.”

Comentarios

Una respuesta a «La esperanza es lo último que se pierde»

  1. […] tenía sobre mí, que su local inspiró otras reflexiones que he publicado anteriormente como La esperanza es lo último que se pierde. Como suele ocurrir, nunca le dije con palabras lo mucho que lo valoraba, sencillamente disfruté […]

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