Cuando emprendemos un proyecto perseguimos un sueño con un plan establecido. A lo largo del tiempo hemos ido configurando una hoja de ruta que nos llevará a conseguir aquello que anhelamos. “Quiero ser afortunado” dirá uno, y en este sentido orientará su empeño para conseguir su meta. Un buen consejo sería que, si esta persona es joven, estudiara algo que diera mucho dinero, pongamos por caso: ingeniería informática. Luego, ya de adulto, deberá invertir su capital en start ups o en fondos de inversión sólidos que le generen unos dividendos suficientes para jubilarse a los cincuenta siendo rico. “¿Y luego qué?” preguntará otro, seguramente el primero se encogerá de hombros.
Esta clase de elección vital no necesita justificación en el mundo de hoy: ¿quién no quiere ser próspero? Lo difícil es ser capaz de llegar. Se han escrito montones de libros con recetas para lograrlo: Consígalo en diez pasos, me parece un buen título. Quizá, el primer consejo para hacerse rico sería alejarse de las cosas que no sirven para nada.
En la educación se ve muy claro. Los alumnos de los cursos superiores esperan entrar en carreras como economía, ingeniería, administración y dirección de empresas, derecho; con el objetivo de hacer dinero. Y vivimos en una sociedad tan sumamente hipócrita que la mayoría de los que escogieron aquellos asfaltados caminos en su juventud, esas pistas de despegue hacia el éxito económico no reconocen hoy que no es lo que parece, que son tan clase media como al principio, que ganan un sueldo con muchos dolores de cabeza en un trabajo que, en la mayoría de los casos, no los llena, no los hace prósperos.
Quizá unos quisieron ser pintores, actrices, panaderos; pero no escogieron esas sendas inciertas. ¿Para qué estudiar literatura si no sirve para nada? Buena pregunta que no puedo contestar, pero sí poner algunos ejemplos que muestren lo intrincado de la vida.

Julio Cortázar, un escritor del siglo pasado muy admirado, contaba una anécdota que lo ilustra muy bien. Hay una escena en Rayuela en la que Oliveira, un diletante que vive en París y luego en Buenos Aires, está poniendo rectos unos clavos torcidos. Recuerdo que otro personaje, más pragmático, le pregunta qué es lo que tiene pensado colgar o clavar. Oliveira, fiel a su estilo enigmático y poético, responde que sabrá qué hacer con ellos una vez que haya terminado de poner los clavos rectos. Por el momento, su actividad no sirve para nada. Rayuela deja huella en el lector joven por muchos pasajes como este.
Alguien podría preguntarse para si es útil leer novelas en papel en pleno siglo XXI y este pobrecito escribidor tampoco sabrá qué responderle. Para leer o para escribir, son necesarias altas dosis de entusiasmo; y si uno lo piensa dos veces termina por abandonar. ¿Para qué vale perseguir un imposible? Probablemente para seguir andando. Solo una cosa es segura: el disfrute de cuando te esfuerzas en hacer algo que te llena.
En la universidad nos explicaron en Antropología que el Amor entre los seres humanos sirvió para prosperar, que las relaciones do ut des establecían alianzas para afrontar los retos que planteaba la madre Naturaleza, en la noche oscura de los tiempos cuando no existían ni internet ni la agricultura. Me imagino a un homo sapiens como yo, sentado en una piedra, pensando para qué sirve el amor a los suyos, si siguiendo su interés podría conseguir más que atado a sus seres queridos. Probablemente su primitiva lógica le dijera que aquello no servía para nada, pero lo haría igualmente porque le gustaba.
Hoy nos creemos más listos que la Naturaleza, Dios, el Azar; pensamos que podemos saber el futuro milimétricamente y, por ende, lo que podemos necesitar en el presente. No obstante, los trastornos de ansiedad o la depresión están a la orden del día; esa tristeza de las personas que se decepcionan con su vida, porque pensaron que todo lo que habían planificado los conduciría a una meta concreta, y eso es mucho suponer.
La vida es mucho más compleja que nuestra ciencia, y probablemente lo será siempre. El ser humano siempre ha pensado que podía saber lo que pasaría, por eso siempre han existido adivinos, y también agoreros, que nos han dicho qué es lo necesario y lo inútil. Quizá la manera de no decepcionarse con la meta es esforzarse en lo que uno le gusta, aunque parezca que no vale para nada. Así, el tiempo invertido solo traerá cosas buenas.

Acabada la carrera, empecé a estudiar inglés sin saber muy bien pará qué, pero sí por qué: me había enamorado de la poesía y de las canciones de Dylan. Para entenderlas en versión original, invertí mucho esfuerzo en aprender un idioma nuevo. Al cabo de pocos años, juventud, divino tesoro, me podía defender muy bien y conseguí un trabajo como auxiliar administrativo, donde conocí gente de economía y administración de empresas.
En su momento, estudié filología hispánica porque me había enamorado de prosa y la poesía de grandes escritores como Cortázar. Por aquel entonces, muchos me dijeron: Eso no sirve para nada, y yo me encogía de hombros sin saber qué responder. Estudia algo que te de dinero como ingeniería, me aconsejaron. A mí me gustaba leer y escribir. “Quiero ganarme la vida leyendo, escribiendo y enseñando a leer y escribir”, me dije.
Andando el tiempo, gracias a la Naturaleza, a Dios o al Azar, me gano muy bien la vida. Me cuesta sentarme a escribir, pero me gusta. Leer cansa, pero me llena. También he hecho muchas cosas inútiles, las hago todavía hoy: como mantener un blog cuando, dicen, que nadie lee. En fin, algunos parecen tenerlo muy claro. Yo solamente puedo, por mi experiencia, hacer una defensa de las cosas que no sirven para nada porque, las cosas que no sirven para nada me han valido para mucho; sobre todo, para prosperar.

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