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  • El camino a la Felicidad

    El camino a la Felicidad

    Aristóteles metió baza en todos los órdenes del conocimiento y en ninguno fue exacto ni conciso. Cuando dijo que la tierra era plana, la Iglesia lo creyó; cuando afirmaba que la tragedia era mejor que la comedia, la Filología lo creyó; cuando subrayó la importancia de la observación en la investigación, la Ciencia lo creyó. Hay que tener en mente que “El Estagirita” nació en el siglo IV antes de Cristo, fue tutor de Alejandro Magno y, finalmente, murió aislado en una isla griega: había huido de Atenas para no correr la misma suerte que Sócrates diciendo: Atenas ya ha cometido suficientes crímenes contra la filosofía. Parece ser que la filosofía era incómoda, incluso en sus mejores tiempos.

    Leer a un autor tan antiguo es farragoso. Hay muchas afirmaciones incómodas contra las mujeres y contra los esclavos, el lenguaje es difícil y la manera de explicarse suele ser complicada. Si los tiempos en los que Cristo perdió la alpargata ya nos parecen algo remoto, hay que tener en mente que nuestro filósofo era polvo en el viento cuando el llamado hijo de Dios era apenas un bebé. Filosóficamente, Aristóteles está en la génesis del cristianismo, y por eso es interesante acercarse a su figura. Occidente era una utopía.

    ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es el objetivo por el cual estamos en el mundo? Platón, maestro de nuestro filósofo de hoy, decía que este objetivo era el Bien. Todas las cosas en el mundo tenían hacia esa idea platónica e idealizada del Bien supremo. Luego, a esa idea se le llamó Dios, pero eso es otra historia. Dicen que los mejores alumnos son los que superan a sus maestros. No sé si es el caso de Aristóteles, pero él reformuló la idea de del discípulo de Sócrates y dijo: no, el sentido de la vida es…

    La felicidad. Estamos en el mundo para ser felices. Qué bonito, ¿no? ¿Quién puede llevar la contraria a esta idea? ¿Quién no desea la felicidad para sí mismo? Pues bien, la única pregunta que cabe responder es ¿cómo llegamos a ella? o ¿podemos ser felices?

    Aristóteles pensaba que sí, podemos llegar a la felicidad diaria. Como estamos en una época racionalista y toda afirmación debía ser demostrada, el filósofo nos da la receta para una vida feliz, o lo que es lo mismo: una vida virtuosa. La búsqueda de la felicidad en la filosofía no es genuina de Aristóteles. Ya antes se había apostado por otras fórmulas como la ignorancia o los placeres. Pero resultaron infructuosas y llevaron al camino contrario: la desdicha. Por eso él propone una tercera vía para alcanzar este objetivo humano. Cada uno debería encontrar su propio camino y no hay una sola manera de alcanzar ese estado, de hecho, para cada cual será diferente, pero todos habrán de encontrarla de la misma manera: hallando primero el equilibrio.

    Dibujemos un eje en nuestra mente. En un extremo pondremos la cobardía, el sentimiento que teme a cualquier cosa; en el otro, pondremos la temeridad, la tendencia irracional de no temer a nada. Pues bien, en ambos extremos, en la cobardía y la temeridad, encontramos el vicio. Solo es en el punto medio entre los dos donde encontramos, equilibrando ambas fuerzas y situándonos en el centro, la virtud: la valentía, porque es bueno ser valiente. Y así con todo. Podemos tomar otros ejemplos.

    De esta manera, el amor no es lo contrario del recelo. Sino que es el punto medio entre el recelo y la ingenuidad. Y una vez hallado el centro encontraremos placer, pero no será un placer físico como el que sienten los animales, estos no pueden albergar la idea de felicidad, por lo tanto, no pueden ser felices. Luego, no podemos ser felices con los placeres animales: solo comiendo, solo durmiendo, solo teniendo sexo. Necesitamos algo más porque nuestra propia condición nos obliga a ello. De hecho, comiendo mucho, durmiendo mucho y teniendo demasiado sexo nos situaremos en los vicios y ellos nos conducirán a la desdicha. Cuántas sectas y religiones abogan por la abstención con probado éxito: no comas eso, no ames aquello, no reposes allí. Pero la abstención absoluta tampoco lleva, según Aristóteles, a felicidad alguna, aunque no es tan dañina.

    Hay que buscar, entonces, el término medio. No hay que prescindir de los placeres físicos, pero ellos no pueden ser el eje de nuestra vida. Si no, acabaremos en el otro extremo y tampoco servirá de mucho. Encontrar ese centro es difícil, eso queda contemplado. Una manera efectiva para encontrarlo es el autoconocimiento. Cada persona es un mundo y tiene sus propias tendencias. Hay algunos que tienden a la cobardía, hay otros que tienden a la temeridad. ¿Cómo encontrar el término medio?

    El que tienda, por ejemplo, hacia el recelo, deberá esforzarse por llegar al camino contrario: la ingenuidad. Así, como su tendencia personal siempre lo inclinará hacia la desconfianza, encontrará el centro virtuoso del Amor. Si es cobarde, lo mismo, deberá empujarse a sí mismo hacia la temeridad y, por el camino, encontrará la Valentía.

    A los filósofos de esa época les gustaba buscar ejemplos en el día a día. Para explicar esto, decía que las personas éramos como un madero torcido: para ponerlo recto, habría que empujarlo y torcerlo para el lado contrario. Sin duda, tiene bastante sentido.

    Y luego vino la Historia. Los intereses económicos y espirituales que guiaban las sociedades según unos magnates u otros. Aristóteles influyó profundamente en el pensamiento de la escolástica religiosa, pero no deben entenderse como lo mismo. De hecho, el pensamiento aristotélico fue utilizado por la Iglesia durante el medievo. Desconozco si Aristóteles tenía o no razón, pero que su impronta está en nuestro pensamiento más profundo es un hecho porque su modelo ético fue un existazo.

    Los cristianos ortodoxos en el siglo XIX decían que las sociedades católicas acabarían siendo ateas por su manera de entender la vida. No sé si ser ateo es positivo o negativo, pero sin duda los ortodoxos no se equivocaron. Ha habido una implosión en el pensamiento religioso y miramos hacia Oriente buscando a Buda, el Karma o a Ganesha: la suerte, la serenidad, la felicidad humana. A mí personalmente, el fundamentalismo religioso me abruma y me parece demasiado simple para entender la complejidad de la vida. Así que he mirado hacia los precedentes del cristianismo y me he encontrado a un tal Aristóteles buscando el camino de la felicidad. Sin duda, si esta Ética a Nicómaco se publicara hoy con otro título, otro estilo y otro autor, sería un bombazo y vendería cientos de miles de libros dentro del género de la autoayuda.

    Para los más pragmáticos, me gustaría señalar, a modo de glosa, el pensamiento de otro filósofo contemporáneo, un poco más antiguo, llamado Diógenes de Sinope, el que da nombre al célebre Síndrome de Diógenes. Se le representaba durmiendo y viviendo en una tinaja, su profesión era la de vagabundo. Como Aristóteles, también buscaba la felicidad, pero este renunciaba a todo lo que fuera innecesario. Por ejemplo, se dice que Diógenes vagaba por el mundo sólo con una manta, una bolsa, un bastón y un cuenco para beber agua. Un día vio unos niños bebiendo agua de una fuente con las manos y Diógenes tiró el cuenco. Otra anécdota famosa es la de su encuentro con Alejandro Magno, el hombre más poderoso de aquel mundo. Alejandro fue a ver a Diógenes que estaba tirado en el campo y le dijo: Pídeme lo que desees, que yo lo conseguiré para ti.

    Diógenes lo miró largamente y al fin contestó: Deseo que te apartes, que me tapas el sol.

  • El presente (Parte 2)

    El presente (Parte 2)

    Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: Podría haber sido yo.

    Karlaina llegó por la tarde en su Audi A1 negro. Me subí al coche sin dar tiempo a que ella se apeara del vehículo, dado que era mucho el tráfico y queríamos salir de allí lo antes posible. Nos abrazamos y empezamos hablar a la vez de todo lo que nos había pasado, cada uno en su respectivo lado de la historia. Había sido una suerte para ella no haber llegado a tiempo a la zona donde se había producido la explosión, muy cerca de donde se encontraba en ese momento. Había visto la policía, las ambulancias, en realidad, ella había estado mucho más próxima del desastre que yo, porque si bien a mí también me había ido de minutos encontrarme en medio del caos, no había visto prácticamente nada más que el miedo invisible como un velo en la cara de los pasajeros. Sin embargo, ella había visto el humo y la sangre, el ejército y la policía. Pero por fin estábamos juntos y nos dirigíamos a casa de sus padres, lo cual no estaba previsto.

    Habíamos organizado una semana en Bélgica en el apartamento vacío que su familia tenía en Merelbeke, una localidad cercana a Gante, donde también regentaban la casa de dos plantas donde vivían habitualmente. Como no éramos nada demasiado serio, no teníamos pensado en presentarnos a nuestras respectivas familias, pero el transcurso de los acontecimientos nos hizo cambiar de planes apresuradamente y allí me dirigía a conocer a mis futuribles suegros belgas. La verdad es que me daba más miedo eso.

    Desde su ex, con quien había vivido una relación traumática, Karlaina no había traído otro chico a su casa. Sus padres resultaron ser muy amables. Su madre era de ascendencia chilena y eso le había dado a Karlaina el pelo negro, la piel morena y los grandes ojos oscuros: me di cuenta de que era una versión más joven de su madre. El padre era un belga alto y desgarbado que no me dijo mucho ni me juzgó de forma inquisidora. Hablamos un poco de los acontecimientos del día como el que cuenta una anécdota no muy trascendente y pronto nos dejaron tranquilos. Fuimos arriba. Yo necesitaba urgentemente una ducha y abrazar a Karlaina, y todos lo entendieron.

    Aquella noche era la víspera de mi cumpleaños. Al salir del baño, que por otra era el sitio más lujoso donde yo me había aseado alguna vez, me estiré en la cama de Karlaina. Ella me abrazó y así estuvimos los dos un buen rato, sin hacer ni decirnos nada, solo respirar mirando al techo, sintiéndonos vivos. Ni salimos a cenar ni bajamos más a la planta baja. Nos quedamos arriba e hicimos el amor de una forma infinita, sin terminar nunca, como si nuestra carne pidiera a gritos mantenerse despierta por miedo a dormirse para siempre. Al final tuvimos que obligarnos a parar el uno al otro. Ya tendríamos tiempo de disfrutarnos al día siguiente, en el apartamento de Karlaina. Por otra parte, teníamos mucho que hacer al día siguiente: nos esperaba una cita importante con su ex.

    A pesar de su dulzura, Karlaina había convivido varios años con un tipo que la maltrataba, tanto física como psicológicamente. Es decir, le daba palizas, la humillaba, la despreciaba y un largo etcétera de pesadillas conyugales. No resultaba extraño, entonces, que hubiera buscado a alguien tan lejos de su día a día, manteniendo una distancia de seguridad lo más grande posible. Pero resultó que, sin quererlo, las cosas estaban saliendo solas, como movidas por una corriente de aire que las impulsaba. Tanto era así, que teníamos previsto acudir al antiguo apartamento de la pareja, porque ella debía hacer firmar al tipo unos papeles, a lo que él se negaba en redondo. Quería volver a verla, a poseerla, a pesar de haberle hecho todas las perradas del mundo, pero Karlaina se negaba, quería cambiar de vida, y yo representaba todo eso. Desconozco si mi presencia era una cosa conocida por el tipo, si se iba a poner tan violento como había sido con Karlaina y me iba a dar una paliza que remataría la faena que había empezado la explosión. La realidad era que yo, en general, me sentía tranquilo y triste al mismo tiempo. También yo había vivido mis fracasos vitales estrepitosos y todo me daba un poco lo mismo; lo que pudiera pasarme, bueno o malo, no me preocupaba demasiado.

    En un abrir y cerrar de ojos llegó el día siguiente con su nuevo afán. Tomamos un buen desayuno y nos trasladamos al apartamento que la madre de Karlaina había comprado cuando era más joven. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia Merelbeke. El paisaje de la ventanilla del coche no tenía una sola montaña y las casas se sucedían una detrás de otra a ambos costados de la carretera. La gente vivía espaciosa, no como en España, donde nos apiñábamos unos con otros en callejuelas oscuras que buscaban la sombra y la corriente de aire. Todo era verde. La gente paseaba en bicicleta o en coches de alta gama como el que nos transportaba a nosotros. En la radio sonaba Cold Play y las casas me parecían de chocolate. Me resultaba cosa de magia que un tipo como yo anduviera con una chica como aquella en un lugar como ese. ¿Me habría muerto?

    La relación con Karlaina era más física que mental. Por una parte, estaba el escollo del idioma, ella hablaba muy poco español y mi inglés era básico. Lo que salvaba el obstáculo de la comunicación verbal era el lenguaje de los cuerpos, siempre ávidos de encontrarse en cualquier lugar. A ella le gustaba hacerlo en lugares públicos y a mí, que me daba todo lo mismo, tampoco me desagradaba. La atracción que sentíamos el uno por el otro era fuera de lo común y buscábamos cualquier ocasión para satisfacerla. Incluso un viaje en coche podía ser escenario de caricias íntimas y ríos de saliva.

    En esas, llegamos a un supermercado Delhaize a por provisiones para la semana. El edificio, de una sola planta, se encontraba en un polígono industrial a las afueras de las afueras, alejado de las desperdigadas casas y granjas que proliferaban por doquier. Hicimos la compra de rigor y al volver al coche, me percaté que no lejos del parquin, de hecho, dentro del propio recinto, se hallaba un pequeño cementerio. Le hice saber a Karlaina mi sorpresa y a ella no le importó coger mi mano y dirigir nuestros pasos hacia el lugar. Cruzamos el umbral de la entrada y paseamos entre las lápidas que anunciaban los cuerpos enterrados. Un nombre, dos fechas, unas palabras, casi nunca una foto, constituían el monumento a los don Nadie, que al fin y al cabo somos todos, junto a un supermercado donde la gente hacía sus compras diarias sin reparar en la finitud y el deceso. Los belgas tenían una curiosa organización social, debieron pensar que aquel era el mejor lugar para enterrar a los suyos, un lugar como cualquier otro, sin drama.  

    Me aburrí pronto de la mirada ausente de los muertos, cuyos fantasmas andarían por las noches entre los estantes de las patatas fritas y refrescos azucarados, y nos metimos en el coche rumbo a otro sitio. Aquel día, nuestras visitas eran erráticas e íbamos a todos sitios sin ir a ninguna parte porque esperábamos ansiosos que fueran las cinco de la tarde, cuando se resolvería el tema de los papeles que Karlaina y su ex habían de firmar.

    Como ella había vivido un infierno, no se sorprendía de nada y cualquier cosa le parecía posible. Me había contado verdaderas historias de miedo que a mí se me hacían propias de la televisión o de gente muy desgraciada y pobre, no de una chica joven con su trabajo, con su familia y sus relaciones sociales bien establecidas. Había sufrido palizas, moratones, la habían gravado, fotografiado manteniendo sexo, el tipo la había forzado infinidad de veces y las huellas podían encontrarse aún en algunas partes de su cuerpo. Pero no fue todo aquello lo que impulsó a Karlaina a terminar la relación: el tipo mantenía relaciones homosexuales por internet, se gravaba y recibía vídeos a su vez. Como habían vivido juntos, al parecer ella tenía toda la información audiovisual de ese ordenador y lo usaba como moneda de cambio para que el tipo la dejara de una vez tranquila. Infinidad de veces, cuando me contaba estas historias de forma parcelada durante los meses que habíamos pasado conociéndonos, yo la animaba a que denunciara, a que buscara ayuda, que acudiera a la policía. Decía que lo había hecho, pero que poco más podía hacerse. No podía hacerme a la idea de la impotencia que debía sentir frente a una situación así, y el tipo erre que erre con que no la dejaría tranquila, que la iba a matar e iba a matar a cualquiera que estuviera con ella, y eso incluía, en este caso, a mí. Otro en mi situación habría huido, pero era el arrojo, y no la belleza, han sido gran parte de mi atractivo, así que allí estaba, esperando la hora.

    La hora convenida llegó más pronto que tarde y salimos de casa en dirección al antiguo piso que compartían Karlaina y el tipo. Aunque no estaba lejos, cogimos el coche igualmente. Por el camino, mientras observaba la llegada del anochecer por la ventanilla en silencio pensaba en dónde demonios estaban los padres de Karlaina, dónde habían estado durante todo aquel infierno que a su hija le había tocado vivir. Estaba claro que no iban a aparecer en ningún momento, sea como fuere, ella debía resolver sus problemas sola. Quizá es costumbre entre aquella gente dejar los asuntos personales en manos de sus poseedores, pero como latino me parecía exagerado aquella frialdad ante los problemas de una hija. Pero bueno, al fin y al cabo enterraban a los muertos en el supermercado, es lo que hay y allá cada cual, quizá tuvieran razón y es más inteligente vivir así, no en balde sus países son más prósperos que las regiones de habla española.

    Llegamos a un parquin de grava y bajamos del vehículo. Las puertas sonaron chonk-chonk al cerrarse y nuestras suelas rascaban las chinas del suelo. El edificio era, como todos los de aquella zona, bastante bajo, de cuatro plantas, con una fachada que se abarcaba con un simple vistazo. En la segunda planta a la izquierda había una luz encendida: ese era el piso, me indicó Karlaina. Okey, le dije. Can I smoke a cigarrette. Y me encendí el cigarro y respiré hondo. Si me iban a partir la cara, a mandarme al hospital hecho un cromo o, mejor aún, a dejarme tirado entre alguno de los descampados que rodeaban la edificación, quería que ese momento me cogiera con la nicotina puesta. Mientras el humo dibujaba jeroglíficos en el aire de la tarde-noche, yo pensaba por primera vez en la situación. No iba a dejarme vapulear sin luchar, sin morir en el intento. Estaba dispuesto a todo y, por qué no, si tenía suerte quizá podría darle un bocado, una patada en los huevos o sacarle un ojo al indeseable ese que había maltratado a Karlaina durante tanto tiempo y que encima no le firmaba los papeles. Ya había estado a punto de morir en ese viaje, si lo hacía ahora, al menos tendría sentido.

    El cigarrillo se terminó y separamos nuestros cuerpos, que hasta entonces habían permanecido unidos: ella delante y yo la abrazaba por detrás con el brazo libre. Emprendimos el camino de la mano por el suelo de grava, oyendo nuestros pasos sobre las piedrecillas del suelo, jrosh-jrosh, hasta la entrada. Karlaina sacó una llave y abrió el portal con la mano temblorosa. La seguí hasta el ascensor y entramos dentro del cubículo que nos esperaba en la planta baja. El silencio se podía respirar era tan denso que uno deseaba abrir una ventana con palabras. No pasa nada, everithing is gonna be alright, y le di un beso. Ella no sonrió, diría que casi ni se dio cuenta y cuando la puerta se abrió, la seguí de cerca mientras sus pasos nerviosos se dirigían hacia una de las dos puertas que se apostaban a sendos lados de aquel rellano. Una vez enfrente, me esperó y cuando estuvimos juntos frente al rectángulo cuadrado que se alzaba frente a nosotros como la tapa de una incógnita, nos miramos un segundo como si nos conociéramos de toda la vida y sentí que todo iba a salir bien. Le di una palmada cariñosa en el culo y eso la animó. Ahora sí que sonrió y me miró con ganas de amarme allí mismo, de vivir otra vez. Yo le devolvía la mirada diciéndole que pronto sus sueños, antiguos y urgentes, se harían realidad. Cuando se sintió preparada, escogió una de las llaves y la introdujo.

    Una luz tenue brillaba al fondo de un pasillo. La seguí con paso decidido y me olvidé de Karlaina completamente. Sentía todos los poros de mi piel en punta, preparada la carne para morir o matar. A medida que avanzábamos y la luz iluminaba la orilla de la entrada opuesta del pasillo, la inexplicable sensación de alegría se intensificaba. Íbamos a ganar.

    Cruzamos el umbral de la puerta del comedor al final del corredor oscuro y nos recibió una luz verdosa hija de coloración de las paredes. Lo primero que llamó mi atención era que en aquel pequeño salón no había ni un solo mueble, era sólo una sala vacía, un lugar sin rostro como una lápida sin inscripción. La única presencia, casi una sombra también, era un tipo alto y desgarbado de casi treinta años que nos miraba, que me estudiaba, con una mirada desviada, sin hacerlo directamente, junto a la única ventana de la habitación.

    Había silencio. No hubo saludo. Me dediqué a mirar a aquel ser humano como el que ve una rata al otro lado de la habitación. Una euforia extraña invadía todos los miembros de mi cuerpo. Me sentía extasiado. Tenía ganas de coger al tipo por las solapas de la camisa y tirarlo por la ventana. Vi su cara de roedor de perfil. Parecía faltarle pared para huir. Sin duda pensaba que Karlaina aparecería sola y no solo había venido con un chico sino que además era extranjero, de esos países más pobres y menos civilizados donde crecen toda clase de delincuentes, debía pensar, porque solo pude distinguir una expresión en aquella cara cobarde: miedo. El tipo quería salir de allí lo antes posible.

    Hay un género de cobardes muy habitual en el mundo: los que maltratan a aquellos que creen más débiles. Uno debe andarse con ojo porque estos tipos aprovechan el terreno de la confianza mutua para actuar con impunidad. No sueles verlos a la primera, ellos necesitan tiempo para hacerse fuertes, para observar tus puntos débiles y darte donde más te duele. Así llegas a pensar que eres muy frágil porque con poca cosa te vienes abajo, que cualquiera podría soplarte y hacerte caer como un castillo de naipes. Esta gente cree saber hasta dónde pueden llegar y utilizan todo lo que conocen de ti para encerrarte en una trampa mental: donde estás en sus manos y no tienes escapatoria. No solo ocurre con las relaciones de pareja, sino las de trabajo, amistad o familiares. Pero ocurre que el velo siempre cae y llega el día en que uno ve al cobarde tal como es. Cuando no existe, ni ha existido nunca, el menor aprecio por esa persona, cualquier cosa es esperable, porque somos capaces de cualquier cosa y no nos dejamos matar.

    Me acerqué a él dispuesto a pedirle cuentas por todo lo que le había hecho a Karlaina. Ella había sufrido tanto y yo también. Aquel cuerpo escuálido de hombros estrechos podía servirme como venganza de todos mis fracasos hasta la fecha. Por aquel entonces yo estaba acostumbrado a vérmelas con toda clase de gente y a andar solo por las calles oscuras del mundo. Luego sabía medir muy bien mis fuerzas y las del contrario y me creía con la suficiente energía como para mandar al tipo al techo de un puñetazo.

    Karlaina se interpuso entre nosotros y le plantó los papeles delante, que ella llevaba en una funda roja transparente. Hablaron muy poco y muy quedo, palabras en flamenco que yo no distinguí, pero sí vi las expresiones. El tipo se había rendido. Era incapaz de mirarme a la cara, ni siquiera podía mirar a Karlaina. Ella se sentía triunfal y estaba más guapa que nunca, estaba venciendo al monstruo, que había resultado ser solo una pobre rata indefensa frente a un mundo demasiado grande. Sin decirse mucho más, el tipo firmó los papeles contra la pared que Karlaina le tendía y, al devolvérselos, ella no podía estar más feliz. Los devolvió a su funda y me cogió la mano. Salimos sin decir adiós de la habitación verde y nos dirigimos, con paso tranquilo pero feliz, hacia la calle, hacia el mundo, hacia la nueva libertad que nos esperaba al doblar la esquina. Ni una sola vez me giré para ver al tipo, no me hizo falta saber que no haría nada porque estaba muerto de miedo y además cargaba el peso del que se había liberado mi chica. Lo dejamos petrificado junto a la ventana, de la que espero que se acabara tirando, y nosotros bajamos las escaleras riendo felices, disfrutando de una nueva felicidad.

    ¡Por fin! Karlaina me hablaba en su idioma y reía con los ojos. Nunca la había visto tan feliz, era otra persona, podía vivir de nuevo o por primera vez. Un futuro diferente se presentaba frente a ella, el alivio recorría todas las hebras de su cuerpo y la tensión la abandonaba como si de una electricidad paralizante se tratara, dejando en su cuerpo una sensación de bienestar prolongada. Yo era casi tan feliz como ella porque me transmitía su contento y los dos nos metimos en el coche como en una nube y nos fuimos de allí hacia ninguna parte como si nos hubiera tocado la lotería. Adónde íbamos, yo no lo sabía, pero Karlaina sí. Me dejé llevar y me acomodé en el asiento. Yo también estaba liberando la tensión que hasta hacía pocos minutos me atenazaba la columna vertebral. Your sky, your sky full of stars… I gonna give you my heart, cantaba el de Cold Play y por primera vez la canción favorita de ella no me parecía una cursilada empalagosa, sino el mejor tema para mirar el cielo de farolas y los tejados de galleta de las casas que se iban sucediendo una tras otra mientras abandonábamos su vida anterior como una piel muerta y nos dirigíamos hacia un nuevo capítulo muy diferente a los anteriores.

    Cantando a pleno pulmón aquella y otras canciones, con la ventanilla abierta y sin importar perturbar el silencio eterno de las calles de Merelbeke, llegamos a la plaza de parquin que Karlaina tenía junto al apartamento de sus padres. Así que vamos a tu casa, le dije, pero ella no me respondió con palabras, sólo me miró y yo entendí al instante.

    Subimos los escalones a la carrera, dándonos besos por la escalera, armando escándalo por todas partes. Por primera vez en mucho tiempo yo me sentía verdaderamente alegre y, si bien no era feliz porque había fracasado en casi todo, aquella noche que empezaba yo estaba en la cima del mundo y me parecía que todos los astros del cielo eran testigos.

    Mientras nos manoseábamos, Karlaina introdujo la llave en la puerta de su apartamento, esta vez sabiendo lo que nos esperaba dentro, fuera y a partir de entonces: el presente.  

    Nota del autor: La próxima publicación de este relato en unos días será la Parte 3.

  • Definición de «rebañar»

    Definición de «rebañar»

    Autor: Ricardo Rodríguez Sánchez, mi padre

    rebañar es
    que no te sobre mes al final del
    sueldo.


    rebañar es
    guardarte unas monedas
    de tu dieta diaria para
    dejarlas en la mesita
    de noche, para que tu
    hijo se tome un café
    con los colegas del
    instituto.


    rebañar es
    ir luciendo canas durante
    medio mes por no acudir
    a la peluquería para reducir
    gastos.

    rebañar es
    la magia del alquimista
    que hace de unos productos
    básicos la comida
    perfecta.

    rebañar es
    realizar grandes operaciones
    financieras, para ir con tus
    hijos el sábado al
    McDonald’s.

    rebañar es
    hacer destajos y horas extra
    aunque no tengas fuerzas
    para aumentar el monte
    menor de un triste
    sueldo.

    rebañar es
    gritarte a ti mismo por
    dentro: no te rindas, tú
    puedes.

    rebañar es
    perderte las fiestas de
    fin de curso del colegio
    en pro de la responsabilidad
    amaestrada que llaman
    trabajo.

    rebañar es
    apartar tus sueños de
    marinero y vivir
    la realidad desde la
    orilla.

    rebañar es…
    eso que estás
    pensando.

  • Podría haber sido yo (Parte 1)

    Podría haber sido yo (Parte 1)

    Era martes, 22 de marzo de 2016, y yo había madrugado mucho para subir al avión veinte minutos antes de las 6:10 de la mañana. Mi padre me había dejado la noche antes en la estación de autobús de Tarragona y tomé un autocar nocturno que me dejó en el Aeropuerto del Prat de Barcelona al cabo de una hora. En general, había pasado la noche sin dormir demasiado y me sentía en un estado de sopor un tanto indiferente.

    Al día siguiente sería mi cumpleaños, cumpliría 26, pero no andaba demasiado ilusionado con eso, de hecho, durante aquella época, no andaba ilusionado con nada. Iba por la vida como arrastrado por una corriente de aire, sin saber muy bien adónde se dirigían mis pasos vitales, y sin importarme demasiado. Iba a vivir la efeméride en otro país, lejos de mi familia y amigos. Lo último no me importaba demasiado, porque igualmente no hubiera visto a mis colegas aunque me hubiera quedado en casa: no tenían muchas ganas de verme en aquella época. Fueron años duros, y muy felices.

    Quien sí quería verme era una chica belga que había conocido el verano anterior. Se llamaba Karlaina, aunque se escribe diferente, y tenía mi edad. Como tantos otros de sus compatriotas, había venido a las costas de Tarragona a pasar unos días de vacaciones con unas amigas, quiso la casualidad que fuera en el hotel donde yo trabajaba de camarero recogiendo vasos de guiris y sirviendo cervezas. Había gente que consideraba aquello muy duro y no aguantaba una semana trabajando de pie diez horas diarias, seis días a la semana, por mil euros. Vi muchos llegar y marcharse a llorar a su casa. Para mí fueron años maravillosos donde conocí personas imprescindibles como Karlaina.

    Tuve la suerte entonces de que ella se fijara en mí y me encontrara por la red social de referencia en ese momento, y en la cual yo casi ni entraba, Facebook. A raíz de ahí, iniciamos una conversación que terminó con su vuelta, al cabo de una semana a La Pineda, donde yo trabajaba, pero esta vez en un apartamento que compartimos por unos días azules. Nuestro affaire se nos hizo de lo más dulce y repetimos varias veces ese verano. Ella era enfermera en un país mucho más rico que el mío, venía de una familia pudiente, y podía permitirse el lujo de tomar el avión como el que agarra un autobús. Aunque tenía mucho más dinero que yo, nunca me sentí inferior a su lado y siempre me trató como a un igual. Yo tenía la intención entonces de ser profesor si conseguía reunir el dinero para pagarme el abusivo máster necesario para ejercer esa función en España. Recordaba que el día que me admitieron en la Universidad, estaba con ella en la cama cuando me comunicaron la noticia y dimos saltos de alegría en ese verano de 2015.

    Pensaba en todo aquello recostado en el asiento del avión, viendo amanecer por la ventana y, a pesar de todo, no me daba cuenta de lo feliz que era. Yo estaba atribulado por ciertos problemas que me había hecho romper con algunas relaciones que yo hube considerado indestructibles no hacía mucho tiempo atrás, y la pérdida inevitable de estas personas se me hacía tan difícil de superar como si fuera la muerte de un ser muy querido. La realidad cede con demasiada facilidad y no hay nada más absurdo, menos entendible, que las despedidas para siempre, ya sean las que impone la vida o las que impone la muerte. Aunque era mi último día con 25 años, que tenía una aventura por delante de una semana en Bélgica con mi chica en un apartamento para nosotros, a pesar de que me estaba comiendo el mundo a bocados, estaba melancólico y apesadumbrado. Sentía que lo mismo me daba morir que vivir en este cuento absurdo que llamaban realidad. Por eso me dejaba llevar por el aire como una bolsa de plástico, metido en este caso en un avión de Ryanair que tenía prevista su llegada al Aeropuerto Internacional de Zaventem (Bruselas) a las 8:30 de ese día, marcado en la historia, 22 de marzo de 2016.

    Una voz de la tripulación nos pidió en inglés que nos pusiéramos los cinturones de seguridad porque íbamos a iniciar el aterrizaje. Eran aproximadamente las 7:55 de la mañana, como habíamos salido puntuales, estaba previsto que tocáramos tierra un poco antes de la hora convenida. Mientras yo y los demás pasajeros pensábamos en nuestras particulares cosas y la tierra belga se aproximaba cada vez más, intervino en inglés la voz angustiada del comandante: …there have been an explosion at the airport…

    Sólo entendí la palabra explosion y airport y los chillidos ahogados de algunas personas que se llevaban las manos a la boca. Luego se produjo el silencio más tenso que he oído en mi vida, como si la cuerda que lo sostenía fuera a reventar de un momento a otro y el mundo que conocíamos se pudiera terminar en un pestañeo. Poco a poco, empezaron a oírse rumores de voces hablando en idiomas indescifrables para mí, excepto por el tono, que era contrito y asustado. Pensé en encender mi móvil, pero habría sido inútil, dado que no teníamos cobertura. Además, daba la casualidad de que había salido de casa prácticamente sin batería y no había tenido la oportunidad de cargarlo en algún enchufe del aeropuerto. Sería mejor llegar a tierra y esperar a ver cómo terminaba todo.

    Me sentía tranquilo. Para entonces, ya todos sospechábamos que, en el mundo en el que vivíamos, una explosión en el aeropuerto no se producía por accidente. En general, la gente estaba callada, rezando lo que sabía o aguantándose las ganas de salir corriendo o, como yo, sin saber muy bien qué pensar ni qué hacer. Seguí recostado pensando en que, cuando se producía un atentado, no solía suceder de forma aislada y había que esperar otro en alguna parte. Quizás en el avión donde viajábamos, debíamos de pensar todos.

    La voz del comandante volvió a sonar. Airport Charlorai. Resulta que iban a desviar nuestro vuelo. Es bien sabido que Ryanair viaja con el combustible justo para ahorrar en costes, más de uno esperábamos que tuviéramos el suficiente para llegar al otro aeropuerto, que por otra parte yo desconocía completamente en qué país se hallaba. Había quedado con Karlaina en que me recogería en el aeropuerto de Zaventem a la hora indicada, pero en ese momento yo no sabía dónde había sucedido la tal explosion.

    Pero yo seguía tranquilo, viendo los acontecimientos que sucedían como si los viviera otra persona. Entonces entendí que el miedo era completamente arbitrario y lo mismo te agarraba en tu casa viendo la tele que te dejaba en paz dentro de un avión buscando urgentemente pista de aterrizaje. Por fin conseguimos tocar tierra y, una vez que el aeroplano se paró, en vez del previsible alivio, empezaron las prisas y la ansiedad. Sonaron los teléfonos móviles casi al unísono. Cuando encendí en mío, mi padre me había llamado más de nueve veces. Antes de que pudiera devolverle la llamada, me estaba contactando de nuevo y lo cogí. En su voz fue cuando me asusté. Era fría y dura, como el que se prepara para oír cualquiera clase de noticia, incluso la peor de todas.

    El día martes 22 de marzo a las 8am hubo un atentado terrorista con explosivos en el Aeropuerto Internacional de Zaventem, Bruselas. Por ese entonces, apenas las 9 de la mañana, ya era noticia a nivel internacional y todo era confusión. Le dije a mi padre que habíamos aterrizado en otro aeropuerto, que estaba bien, que no se preocupara, que allí no había pasado nada y que tenía que colgar porque tenía que llamar a Karlaina. Sólo esperaba que ella estuviese bien, dado que era previsible que se encontrara en el lugar de los hechos a la hora en que las explosiones ocurrieron, esperándome en las Llegadas.

    Intenté contactar con ella pero fue imposible, las líneas debían de estar saturadas. En el avión, todos intentaban establecer contacto con el mundo exterior. En esa tesitura, se me terminó la batería del móvil. Maldije mi mala cabeza y me dispuse a encontrar un enchufe de forma urgente, una vez que pudiera acceder a la maleta y agarrar el cargador, el cual esperaba con todas mis ganas haber traído al viaje y no haberlo olvidado en casa, cosa posible dado que había hecho la maleta deprisa y corriendo.

    El Aeropuerto de Charlorai se encontraba en Bélgica, a 46 quilómetros de la capital. Fue una suerte que no hubiéramos acabado en Francia o en Alemania. Quizá, porque fuimos de los primeros vuelos desviados, acabamos en el aeropuerto más inmediato a nuestro destino. Pero Charlorai era un aeropuerto como el que hay en mi pueblo y ahora estaba absorbiendo el tráfico aéreo de su hermano mayor, el aeropuerto de Zaventem. Nos bajaron en la pista y nos indicaron que camináramos hacia un edificio que se veía a unos doscientos metros más allá, donde encontraríamos la salida. El personal del aeropuerto brillaba por su ausencia, dado que fueron a atender al próximo vuelo desviado que aterrizaría en el pequeño aeropuerto de un momento a otro. Todo era un pandemonio.

    Visto lo visto, me daba tiempo de fumar un cigarrillo. Lo encendí, como hicieron otros pasajeros, y fuimos fumando por la pista del aeropuerto hacia nadie sabía muy bien adónde, pero con la alegría efímera por satisfacer una necesidad acuciante como la sed.

    Llegados al interior del edificio del aeropuerto, el caos se intensificaba por momentos. Atravesamos las salidas sin ningún control por parte de los empleados del lugar. En lo que parecían unas aduanas vacías, encontré el preciado enchufe que andaba buscando como un perro ventor y me dirigí a ese rincón sin saber muy bien si me echarían de allí. Abrí mi equipaje de cabina y saqué el bendito cargador que, con manos nerviosas, conecté al teléfono. Esperé a que marcara un dos por ciento para encenderlo y entonces sí que vi las decenas de llamadas de Karlaina, lo cual me tranquilizó de sobremanera. La llamé yo y me contestó con lo que parecía el manos libres de un coche. Estaba bien. En Zaventem todo era un caos, estaba intentando salir del aeropuerto rumbo a Charlorai, donde sabía que yo estaba. Su voz sonaba nerviosa y mezclaba el inglés con palabras en su idioma, el flamenco. Quedamos en que nos veríamos en Charlorai cuando consiguiera llegar, pero tenía que ser paciente porque el tráfico era horrible y el caos absoluto en todas partes. Le mandé un beso y le dije que se cuidara mucho. Beso, dijo.

    Esperé un poco más y me di cuenta de que no podría seguir en ese lugar liminal mucho más tiempo, que era cuestión de minutos que llegara alguien del aeropuerto y me preguntara qué diablos estaba haciendo en ese rincón con una maleta, en pleno pasillo por donde iban pasando oleadas de pasajeros asustados de diferentes vuelos internacionales. Recuerdo ver a un señor con turbante que llamó mi atención. Nos miramos un momento a los ojos, la verdad es que no me habría gustado ser él entonces.

    Con menos de un diez por ciento de batería, atravesé por fin el portal de las llegadas con la esperanza de encontrar otra toma de corriente en algún lugar. Fue entonces cuando me percaté de la magnitud del caos. Miles de personas se agolpaban en el amplio vestíbulo del aeropuerto, que había superado su aforo por mucho. Todos iban de un lado al otro haciendo preguntas al personal del aeropuerto que no sabían muy bien qué responder ni qué hacer. Un tipo pálido con una rebeca apretada sobre su tripa, responsable del lugar, miraba a todas partes con los ojos como platos, como queriendo decir algo a alguien, pero sin encontrar las palabras ni el receptor del mensaje. Había pensado en preguntarle dónde había una toma de corriente, pero desistí. Quise salir al exterior y alejarme de aquel barullo, porque entonces sí que sentí cierta sensación de desprotección: si los perpetradores han decidido poner una bomba en aquel aeropuerto, las víctimas se contarían por centenares, si no por miles. El plan era que no había plan.

    Una vez en la calle, vi llegar los autobuses, los coches, las gentes yendo y viniendo. Todo sucedía muy deprisa a mi alrededor y yo estaba detenido en medio del mundo, fumando otro cigarrillo, pensando en que al día siguiente sería mi cumpleaños y tendría 26 años, pensando en el absurdo de la vida y en la facilidad con que cede y se desmonta el edificio que llamamos Realidad. Al final, encontré un enchufe y me senté a leer.

    Más tarde supe que hubo otras explosiones en el metro de Bruselas y que hubo víctimas mortales de distintas nacionalidades, entre ellas un español, que podría haber sido yo.

    Nota del autor: La próxima publicación en unos días será la Parte 2.

  • Tres poemas tristes

    Tres poemas tristes

    a quien más nos quiere

    siempre
    la pagamos con quien más
    nos quiere.
    sonreímos a nuestros
    enemigos
    continuamente en
    la oficina, la clase, el café y
    luego la pagamos con
    quien más nos quiere
    al llegar a casa y encontrar
    las cosas como las tenemos.
    discutimos
    y nos vamos a la cama enfadados,
    estresados por el trabajo y la sociedad
    que nos espera al día siguiente a
    las seis treinta de la mañana
    cuando
    sonreiremos a nuestros enemigos,
    a quienes desean vernos caer o
    muertos.
    reiremos falsamente y
    dejaremos en casa toda nuestra
    frustración como una maleta llena
    de piedras.
    deberíamos
    sonreír a nuestros enemigos y
    también
    a quién más nos quiere.

    Bururu-buru-buru

    Bururuburuburu di un salto y miré
    a mi izquierda y vi a un hombre
    encorvado dando pasos cortos que
    extendía su mano diciendo: bururu-
    buru tengo sesentaicinco años y no tengo
    nada. dije que no con la cabeza con
    una sonrisa nerviosa y apunté estos
    versos al vuelo mientras se alejaba
    dando pasos cortos mientras extendía
    su mano, encorvado, diciendo: bururu-
    buru tengo sesentaicinco años y no tengo
    nada.

    tres

    llegaron cansados tres músicos para
    tocar en la ciudad portuaria a las
    12 del mediodía de un sábado de
    abril. dijeron venir de Barcelona donde
    lo habían petado a pesar de que el
    baterista no se encontraba bien desde
    hacía tiempo. mi amigo tocaba la
    guitarra sustituta y otro tenía un bajo
    Squire de 50 euros en el Cashconverters
    y una camiseta de los Ramones.
    eran tres y no duraron en la ciudad tres
    cuartos de hora. tres amigos fuimos a
    verlos pero no llegó nadie más. a pesar
    de que nos cobraron la entrada igualmente
    no tocaron más de tres canciones sin
    muchas ganas y medio bis. Hubiéramos
    subido al escenario a cantar con ellos y
    beber tres cubatas pero apenas teníamos
    en el cuerpo tres cervezas y los músicos
    habían llegado cansados de la vida y del
    ingrato oficio de tener que tocar para tres.
    decidieron renunciar al concierto pero no
    renunciaron a los 30 euros que dimos
    en nombre de las musas y de la amistad
    que alguna vez nos unió. estos músicos
    profesionales no pudieron ejercer su
    profesión porque llegaron cansados y
    tristes porque solo fuimos tres a verlos.
    otra cosa hubiera sido si hubiésemos
    sido tres-cientos, todo serían sonrisas y
    parabienes, deben ellos pensar, pero
    si algo enseña cualquier oficio es que 
    hay que ser igual de artista para tres que para
    tres mil personas. Kurt Cobain tocaba delante
    de casi nadie cuando era el mejor como sabe
    el baterista por los rare footage que ha visto en
    YouTube soñando con estar allí, se tiñó
    el pelo de rubio, tomó la droga, pero olvidó
    lo importante. los músicos se sintieron en
    un apuro y solo supieron cargar sus trastos
    y salir corriendo con la música a otra parte
    a olvidar Tarragona y a descansar en casa.
    mi amigo y yo nos miramos sin saber
    muy bien qué decir ni cuándo volveríamos
    a coincidir en un cruce de caminos cada vez
    más imposible. nos dimos un abrazo frío
    y fue tan triste como en una película española.
    hasta siempre, camaradas, tomaros tres cervezas
    a nuestra salud con nuestro dinero que no os
    ganasteis, sin recordar que hay que ser profesional
    ante tres-cientas, tres mil personas y, también,
    ante tres.  

  • Amor y Roma son la misma palabra

    Amor y Roma son la misma palabra

    Roma tiene los dientes rotos

    aunque Roma tiene
    los dientes y el alma rotos
    sonríe a todo el mundo
    como una loba vieja.
    Roma está contenta
    porque no conce el tiempo.
    mira al paseante desde
    sus miles de años,
    desde sus muros marrones.
    aunque Bernini y Felini
    hayan adornado sus calles
    Roma está orgullosa
    de su bendito caos
    y su trajín constante.
    el ritmo es alegre, pero
    tranquilo. las calles están
    sucias e impolutos los interiores.
    abuela del alma mediterránea
    no le importan las apariencias
    a estas alturas de la historia.
    su cielo azul parece de mentira.
    conviven el oro del Papa y
    las monedas del vagabundo
    bajo el mismo palio. Jesús
    está en todas partes y en
    ninguna iglesia. las cruces
    coronan antiguos obeliscos
    del antiquísimo Egipto. César y
    Cicerón murieron traicionados
    sobre la tierra del Foro porque
    soñaron el futuro demasiado
    pronto. la comida no es tan
    buena como dicen. los camareros
    te cobran el servicio y las bebidas
    a un precio desorbitado. como
    siempre la gente ama las cosas
    por las razones equivocadas.
    las acuarelas pueblan las esquinas
    por un trozo de papel con números
    uno puede llevarse un pedazo
    de Plaza de España en primavera.
    la música llena la esquina donde
    te mira un tritón de mármol
    que firma un tal Nicola Salvi.
    aunque Roma sea a veces
    un parque temático para el
    dinero del turista centro-
    europeo, aunque Roma esté
    demasiado sucia para el
    buen gusto del suizo, aunque
    Roma sea un negocio como
    todo, no ha perdido un ápice
    de su inocencia milenaria y de
    la picardía de un diablo
    demasiado viejo para ser
    del todo malo. Por eso, viajero,
    vagabundo, artista, poeta,
    si vas a Roma no te olvides de
    sonreír aunque tú también
    tengas los dientes y el alma
    rotos.

    el amor es así

    el amor no es como lo pintan los
    cursis y esas películas maravillosas.
    el amor tiene granos en la cara y pelos
    en el culo, se tira pedos por la noche y
    apesta cuando hace caca. el amor
    te encuentra cuando más perdido estás
    y se tumba junto a ti en la cama aunque
    a veces no lo merezcas. es el único que
    conoce tu infinita fragilidad y no te
    pide cuentas por tu fracaso. no le importa
    si eres el príncipe azul o su sirviente,
    si tienes veinte o setenta años.
    te mira con unos ojos tan diferentes
    que no te ve como eres sino como él
    te interpeta. el amor es un dios que
    lucha contigo en las batallas de la vida
    y le da algo de sentido al hecho de
    estar sobre una piedra que se mueve
    por el espacio. el amor nunca duerme ni
    tampoco muere, aunque tú lo hagas.
    puede ser mujer u hombre o las
    dos cosas a la vez. arde incluso
    sin llama y su fuego es inextinguible.
    cuanto más amas, más vives y más
    sufres. el amor tiene diferentes caras,
    pero en el fondo sólo es un prisma
    para todo el mundo. muchos se mataron
    por su causa y asesinaron en su nombre.
    el amor no conoce ni la moral ni la ciencia
    y es democrático en cuanto a que lo
    sienten el ángel y el demonio. puede
    limpiar o envenenar al más pintado,
    puedes perderlo todo y no volver a
    ganar, pero si alguna vez llegaste a
    sentir un soplo de su calor en
    alguna de sus múltiples formas: en el
    beso de una chica, en el sexo con tu
    alma gemela, en la mano que te secó
    las lágrimas, en el abrazo de tu madre,
    en la mirada orgullosa de tu padre que
    nunca supo decir “te quiero” y no importó,
    entonces, si conociste alguna vez
    sólo una de sus poliédricas caras o
    todas, puedes sentirte afortunado
    aunque tengas granos en la cara
    y te tires pedos y tu caca apeste.
    puedes sentirte
    afortunado
    por estar
    aquí.

  • Tres prosas en verso

    Tres prosas en verso

    1.

    cappuccino

    solíamos venir a este bar
    cuando se podía fumar
    dentro. todo sigue siendo
    de color verde como dentro
    de una botella de JB.
    hoy ha llovido y es
    mala hora. la gente está
    en otra parte y estoy yo
    solo con mi sombra y
    la tuya. también dejé el
    tabaco y de recordarte
    tanto. la casualidad me trajo
    hasta esta mesa donde
    solíamos hablar. ponen
    canciones de ahora
    como hacían entonces.
    el camarero de antes tiene
    más canas y está más
    gordo. nos tenía vistos cuando
    pasábamos las tardes con
    un café con leche. ya no se
    acuerda de nosotros porque
    hemos cambiado demasiado.
    tu sombra y
    la mía y
    yo.  

    2.

    gasolinera

    Tarragona huele a
    gasolinera. por eso
    me gusta tanto el
    olor a
    gasolina. las chimeneas
    escupen al cielo
    y crecen edificios
    demasiado altos
    junto a las ruinas
    de la Tabacalera.
    me gustan las
    vías del tren
    junto al mar como
    una cicatriz en la
    cara de una mujer
    hermosa.

    una vez
    a la salida de El
    Cau una chica me
    dijo que prefería
    drogarse antes que
    hacer el
    amor. acabamos en
    el Loreto cuando
    se le teminó la
    cocaína.

    sus piedras
    milenarias me han visto
    pasar ebrio, feliz,
    derrotado, invicto.
    orinó el vagabundo en
    la esquina donde apuñalaron
    a un romano anónimo.
    pasean parejas por La
    Rambla hasta el Balcón
    y los viejos ocupan los
    mejores bancos al sol.

    en sus barrios periféricos
    abundan los
    kebabs, los semáforos
    y los bares donde acudo
    religosamente.

    la Semana Santa se
    vive y también el
    Carnaval. en verano
    se ven guiris despistados
    cuando extravian Salou o
    Barcelona.

    nadie suele recalar en
    esta ciudad pequeña
    a orillas de un mar
    infestado de mercantes
    cercada por un río seco
    donde sólo subsisten
    violentos cangrejos
    americanos.

    con su barrio del puerto con
    sus lobos de bar como
    nuestro abuelo. con sus
    barcos pesqueros y su
    agua aceitosa. con su faro al fondo
    como un
    espejismo.

    este es un lugar secreto
    del mundanal mundo, paraíso
    infernal del ecologismo.

    por eso y más, viajero,
    si con el corazón sabes
    mirar, y reír por la herida,
    tu alma sabrá repostar en
    Tarragona.

    3.

    dicen es plural

    dicen que es imposible
    escribir siendo feliz
    y por eso yo nunca
    sonrío.

    dicen que no pueden
    nacer poetas en este tiempo
    y por eso yo escribo en
    prosa.

    dicen que la anáfora
    es un recurso demasiado
    fácil y por eso yo soy
    complicado.

    dicen tantas cosas
    y yo les diría a ellos de
    todo,

    pero entonces
    también estaría en el dicen
    y
    tampoco
    haría
    nada.

  • Los ejes del pensamiento

    Los ejes del pensamiento

    La mente humana es casi tan infinita como el universo conocido y son tantas las posibilidades de conjugar una idea que el hecho de ponerlas en el papel es hablar solo de la punta del iceberg. En este artículo de exploran de manera sucinta las cuatro leyes o dicotomías más comunes que he encontrado en las obras, el pensamiento, el arte de Occidente y del resto del globo. A pesar de la variedad, parece haber coincidencias.

    El Amor y la Muerte

    Estos dos son los grandes temas de la literatura y del arte en general. De la combinación infinita de ambos elementos, se hacen todos los temas habidos y por haber que se pueden tratar en una obra de arte. La aparición del elemento amoroso como la superación de la muerte o la muerte como final inexcusable, son solo ejemplos de las posibilidades inagotables que ofrecen estas dos ideas. Invito al lector a pensar por sí mismo qué películas, libros, series, temas, conoce y vea hasta qué punto y en qué grado se relacionan con el Amor y la Muerte. Las dos ideas primeras que mueven el mundo.

    El Destino y el Libre Albedrío

    Mucha de la filosofía, tanto religiosa como profana, parten del rechazo o la asunción de una de las dos ideas. ¿Somos dueños absolutos de nuestra vida o cumplimos con un plan establecido? Según el sentir de los tiempos, la respuesta ha sido una o la contraria. Por ejemplo, las tragedias griegas exploran la idea de Destino como algo inevitable: cuando el héroe intenta huir de la profecía del hado, acaba encontrado su propia fatalidad en la carrera desesperada. Obras como las de Sófocles, siglos antes de nuestra era, exploran esta ironía. No obstante, la idea de que el ser humano no es dueño de lo que le sucede choca con el concepto de moral. Es decir, si el Destino del sujeto está escrito, el sujeto no es ni bueno ni malo, solamente una pieza en el tablero de Dios o de la Matemática. Por lo tanto, desaparece el concepto filosófico de Culpabilidad, sobre el que se sustentan todas las religiones. Por ejemplo, el catolicismo cree en el Libre Albedrío porque el ser humano puede decidir si es bueno o malo, y eso explica el mal en el mundo, porque muchos, como pueden escoger, deciden ser mezquinos. ¿Qué crees tú? ¿Vivimos determinados por nuestro destino o somos libres para elegir nuestro camino? Las respuestas son inacabables y los matices pueden ser muchos. Habrá quienes, inocentemente, piensan que son libres y a la vez creen que su futuro está escrito.

    La Civilización y la Barbarie

    También podría llamarse este punto La Inocencia y el Escepticismo, pero parece menos aclaratorio. El ser humano es el único animal que vive de espaldas a la madre Naturaleza. Este proceso, que lleva desarrollándose milenios, sume a la persona en una fuerte necesidad de reconectar con la fuente primigenia, y necesitamos irnos en medio de los árboles, subir una montaña, respirar la brisa del mar. Sólo podemos sentir por un momento, como de pasada, el breve sentido de nuestra vida cuando miramos la tierra, el campo, las montañas, el cielo, las nubes, los astros. No obsante, en general, somos inacapaces de vivir para siempre en medio de tales portentos, y deberemos encontrar refugio en la polis, entre los nuestros, y discutir en la plaza pública, antinaturalmente cuadrada, cómo vamos a organizarnos, quiénes serán los de arriba y los de abajo. Así, nos vemos traicionando a nuestra propia madre Naturaleza que, aunque lo es todo, también es cruel en su ceguera: mientras nosotros podemos admirarla, ella parece no querer vernos. Nos protegemos de sus terremotos y sus fenómenos atmosféricos extremos. La simple caída de la noche nos da una idea de nuestra solitaria debilidad. En un plano más actual, cada vez estamos más aislados del campo con nuestros aparatos tecnológicos y analógicos, cada vez más alejados de nuestra pureza, de nuestra inocencia animal, que por otra parte, puede ser brutalmente cruel y llevarnos a cometer los actos más reprochables. Los antiguos nómadas vivían en su barbarie con sus dioses crueles, sentándose en el suelo o bailando en derredor de la hoguera, comiendo poco y muriendo jóvenes, siendo la muerte su pan de cada día, tan natural como el agua clara del río y el cielo raso. Ahora, escribimos artículos sentados sobre una silla mullida delante del ordenador y tenemos problemas para conciliar el sueño. ¿Ahora estamos mejor? Indudablemente vivimos más, pero es mucho más difícil ser inocentemente feliz.

    La Duda y la Certeza

    Dos amigos y yo hablábamos de estos temas en un bar de barrio. Mientras cenábamos una humilde pizza, dibujábamos las líneas maestras del pensamiento humano. Lejos de la tertulia intelectual en la ubre, tratábamos los temas que habíamos leído en los libros y en la experiencia de estar vivos. Cualquier lugar es bueno para sentarse a filosofar si se tiene el fuego de las ideas encendido. Dudas y certezas tan necesarias como el aire que respiramos, que nos dan un soplo de frescura para continuar nuestra aventura humana. Uno de ellos afirmó, a raíz de lo expuesto, que debemos vivir con la contradicción permanente a cuestas. Creemos en una cosa y la contraria a la vez, y por eso somos capaces de dudar de todo lo cierto y creer a ciegas en cualquiera fantasma como el Amor, el Destino, la Civilización y la Verdad. Ya lo dijo el griego: Sólo sé que no sé.

    ¿Qué sabes tú?

  • Profundos problemas superficiales

    Profundos problemas superficiales

    Pepe se sienta en su mesa de la terraza, donde fuma. Es martes y hace frío. Sus dedos entumecidos empiezan a liar un cigarrillo. Con parsimonia, extrae las hebras de tabaco de su petaca de cuero, manchándose los dedos amarillentos. El camarero llega con el café con leche, en vaso de cristal, como todas las mañanas desde hace dos años.

    -Hoy es mi cumpleaños. -Le dice al joven distraído que le sirve, un chico delgado, hijo de los dueños, que no quiso estudiar y ahora trabaja de mala gana en el negocio.

    -¿Ah, sí? -Responde el joven como diciendo: Me importa una mierda.

    -Cumplo 52 años. -Y empieza a extraer su monedero de piel de cabra del bolsillo de la roída chaqueta. Lo hace con parsimonia, para retener la atención de su interlocutor. -Es normal que con la edad que tengo nadie quiera contratarme. Ya no soy joven, como tú.

    Ambos saben que Pepe no tiene muchas ganas de trabajar, aunque lo contrataran. Más bien, de trabajar en alguna empresa, de seis de la mañana hasta la tarde, por mil euros. Él prefiere cobrar la ayuda, aunque tenga que vivir en casa con su madre, una señora mayor que cada vez tiene más achaques, pero que aún puede hacerle la comida a su hijo solterón cuando viene de la calle. Pero Pepe lleva una vida bastante activa en Facebook.

    Después de encogerse de hombros, el camarero continúa con su trabajo sin decir nada. Pepe se siente inspirado. Del bolsillo posterior de sus apretados pantalones vaqueros, demasiado estrechos para su tallaje, saca una pequeña libreta y una pluma verde, tornasolada, que relumbra bajo el sol gris de la mañana invernal. Abre una página en blanco y apoya la estilográfica sobre las hojas abiertas al cielo literario de par en par.

    Da una calada a su cigarrillo y pasa su pequeña lengua por el incisivo superior izquierdo, el único que le queda después de que hace un par de años perdiera el otro por una mala salud bucodental. Ya le advirtió el dentista la última vez que pisó la consulta.

    -Como siga usted fumando así, don José, y no venga más a menudo, perderá los dientes.

    Pepe aparta esos pensamientos de su cabeza y aprieta con fuerza la estilográfica verde, de la que tan orgulloso se siente. Pacientemente, espera a que las palabras acudan y:

    Lo mas bonito del amor, es pasar disfrutando por todas sus etapas.
    Empezar siendo amigos y acabar siendolo todo en uno solo

    Fdo Jose

    Pepe escribe con su letra suelta que ha adquirido viendo a los escritores por la tele y en internet, aunque sus trazos conservan un aire de niño chico que no ha escrito mucho. Olvida las tildes en más y siéndolo, pero no importa porque a su público no le interesa la ortografía, sino su corazón. Cómo buen escritor de oficio, él sabe lo que quieren sus lectores y Pepe se lo proporciona. Sus temas fundamentales son el amor y las relaciones, siempre apasionadas, fogosas, nunca eróticas, aunque muy sugerentes. A pesar de que lleva solo toda la vida, siempre busca, y a la vez rehuye, el amor verdadero. Si bien nadie lo acusa de zascandil en internet, sino de artista y poeta. Pepe toma una foto con su teléfono móvil y recuesta el cuerpo, aliviado, sobre el respaldo de la fría silla metálica. Sostiene el cigarro con una mano y la pluma con la otra, feliz.

    -Adiós, Pepito.

    -Adiós, cariño.

    -¿Cómo está tu madre?

    -Ahí anda, como siempre.

    -El otro día la vi en el mercado. Me dijo que van a venir tus sobrinos a casa, pero la mujer ya no está para cocinar, porque le duelen los huesos y claro, tiene que llevar la casa… -Pepe deja de escuchar a la vecina, un poco más joven que su madre, mientras ella sigue hablando. Sus palabras parecen reprocharle que esté ahí sentado y gordo, mientras su pobre madre se deja las rodillas y las muñecas artíticas en las tareas.

    -¿Y tu padre, nena? ¿Ya salió del hospital?

    -Ahí anda también.

    -Bueno, buenos días, mi vida.

    -Adiós, adiós.

    La vecina pasa arrastrando su carro y Pepe sigue disfrutando de su epifanía literaria. El camarero hace un amago de recoger el vaso de café con leche, pero lo evita. Aún queda el poso amargo y dulce del azúcar con carbón de la vieja cafetera del bar de barrio.

    Pepe entra en Facebook y abre su página: Jose palabras solamente. A día de hoy tiene 2314 Me gusta y 9513 Seguidores. Casi sin quererlo, se ha convertido en uno de los sitios más fuertes de internet en el ámbito literiario nacional, ya quisieran muchos escritores tener la mitad de público que Pepe moviliza en cada publicación. Muchos lo envidian y alguna vez le han enviado un mensaje airado, que Pepe siempre contesta.

    Usted no debería poder escribir con esa ortografía tan deficiente. Debería usted leer más libros y no ensuciar el ya dañado nombre de la literatura española. Si no fuera por la sociedad tan ignorante en la que vivimos, no tendría usted ni un solo seguidor. ¡Déjelo de una vez!

    Cuando esto ocurre, Pepe suele hacer un vídeo al respecto, comentando que no va a comentar el odio que algunos vuelcan en su página, para luego comentar con pelos y señales el mensaje que ha recibido, el cual le hace mucha gracia, dice con cara de enfado. Esta vez no ha ocurrido nada de eso, sino algo peor. Pepe observa cómo en los comentarios de su última publicación, entre los emoticonos de corazones y besos que mandan sus seguidoras, hay algunos quienes comentan que Jose nunca responde a los comentarios, que ya están cansados, que hay que ver, que ya no van a comentar más.

    Esto sí que consigue encender al apasionado Pepe y decide hacer algo al respecto. Es tanta la indignación que siente que decide levantarse de la silla, dejando el euro con veinte céntimos con rabia sobre la mesa, y echarse a andar sin rumbo fijo, hacia los descampados que delimitan el perímetro de su barrio. Toma con sus labios estrechos otro cigarrillo y expulsa un fantasma de humo que se dibuja bajo la luz matutina.

    Cuando se encuentra en un lugar que considera tranquilo, saca su teléfono y da inicio al vídeo donde responde a sus enfadados seguidores, que se quejan de su poca ateción.

    Uno no tiene tiempo -viene a decir Pepe- para contestar a todo el mundo. La gente se cree que no tengo otra cosa que hacer contestar a cada comentario. ¿Qué le hubiera pasado a Cervantes si viviera en el mundo de ahora? ¿Cómo contestaría todos los comentarios de Quijote? -que por supuesto, Pepe no ha leído- ¿Qué le diría la gente? Pues lo mismo me pasa a mí. Yo tengo muchas cosas que hacer durante el día…

    Después de cinco minutos comparándose con Cervantes, Pepe se siente más tranquilo, aunque igualmente contrariado. El curso de sus pensamientos le ha llevado lejos del poblado y se encuentra en las inmediaciones de un polígono industrial. Los coches, las furgonetas, los camiones y camionetas pasan yendo y viniendo de sus respectivas tareas, la gente mueve el mundo con su trabajo. Jose observa el mundo desde la orilla de la acera de hormigón, mira la larga carretera y el sol elevándose al final. Observa las siluetas recotadas de los vehículos y las naves industriales, las hierbas secas que crecen en las grietas que se forman en la carne de los edificios funcionales para el trabajo. Pepe casi puede verse desde fuera, desde lejos, desde arriba, desde el universo, y se siente minúsculo. Toda esa gente yendo y viniendo y él allí plantado, cobrando por nada. La vida tiene muy poco sentido, después de todo. Pepe se siente inspirado y triste a la vez.

    -El sentido de la vida es el amor. -musita mientas palpa su único incisivo con la lengua.

    De vuelta a casa, va consultando las redes sociales de otros escritores y escritoras como él. Su preferida es Tercera estrella a la deriva, la única página que suele mencionar y compartir en la suya. Este sitio tiene medio millón de seguidores, su referente en FB.

    Está de moda

    Está de moda el no querer querer.

    El no contestar.

    El “háblame que te voy a responder en cinco horas” no porque esté ocupado, sino porque no quiero mostrar mi interés.

    Está de moda el complicarse la vida diciendo una y otra vez que “no estás buscando nada serio”.

    Está de moda el callarse y no decir “joder, como me gustas” y cambiarlo por un “qué tonto eres”, con esos iconitos que te hacen parecer de otro planeta.

    Está de moda el alejarse cuando una persona te encanta, te puede aportar sensaciones nuevas y puede que sea incluso la persona que buscabas, pero eres tan sumamente egoísta y cobarde que no te quedas a averiguarlo.

    Está de moda tener miedo a sentir.

    No sé, será que en pleno siglo XXI, con las millones de facilidades que hay para todo, el querer asusta.

    Entre café y cigarros.

    A Pepe esa publicación le parece el colmo de la literatura, mejor no puede escribir nadie, ni siquiera el viejo Cervantes. En cuanto llegue a casa escribirá otro texto parecido, sabe que no puede dejar pasar la oportunidad que le brindan las musas.

    Aunque a veces se siente bastante solo, a pesar de que su última mujer lo dejó por perro y por guarro (en el sentido de poco higiénico) y de que esas palabras aún duelen en el cajón más hondo de su memoria, Pepe siente que tiene una vida diferente en Internet. Gracias a las redes sociales, ha logrado dar a su vida algún sentido, descubrir que su propósito es escribir. A él, que tanto odiaba los libros, le parece el colmo de los colmos que haya terminado compartiendo su prosa, su poesía, sus pensamientos, con cientos de desconocidos diariamente. Gente que no es de su barrio, que no lo conocen de nada, pero que lo imaginan como él se muestra: como un escritor y poeta enamoradizo. Ahora no le faltan las proposiciones indecentes y las citas con mujeres solitarias. Cada día tiene mensajes picantes en su bandeja de entrada. Señoras que muestran y confiesan sus anhelos sensuales con una precisión mucho mejor de lo que él era capaz. Pepe tiene una vida mejor, aunque virtual, inmaterial, distante, como un sueño, como una película.

    Llegando a su casa, ve revuelo en la puerta. Las vecinas y los jubilados se han reunido en su portal. Divisa un poco más allá la ambulancia y una camilla que se lleva a su madre. Pepe aprieta el paso, dejando su teléfono para más tarde. Qué ha pasado, qué…

    -Tu madre se ha caído, Pepe. -Dice una vecina.

    -Venía del Mercadona con la compra y se la han encontrado tirada en el suelo. -Otra.

    Por un momento, Jose palabras solamente no encuentra el modo de poner sus pensamientos en orden. Los sanitarios cierran las dos puertas del vehículo y Pepe se siente helado en la acera. En un instante, de golpe, la vida se ha vuelto dura y dolorosa como una pedrada. Aunque seamos infinitamente pequeños, nuestros problemas son infinitamente más grandes. Los vecinos lo miran y el camillero se acerca para decirle.

    -Su madre está muy grave, nos la llevamos al hostipal.

    -Pero, pero…

    -La llevamos al Virgen de la Piedad. Puede venir con nosotros o venir usted luego…

    -Pero… ahora… ¿quién va a hacer de comer?

  • Las personas que no olvidaremos: Recital de Joan Reig en Constantí

    Las personas que no olvidaremos: Recital de Joan Reig en Constantí

    Son apenas las siete de la tarde y ya es de noche. En la puerta del polideportivo se agolpan cabelleras blancas y bien peinadas, las personas mayores del pueblo llevan unos quince minutos haciendo cola, el evento es gratis: concierto de Joan Reig y su banda. Estamos en Constantí, un pequeño pueblo industrial e industrioso cercano a Tarragona.

    Para quien no sea de Cataluña, hay que decir que Joan Reig es el baterista de uno de los grupos más influyentes en el panorama musical catalán desde los años 90 a la actualidad: Els Pets. Aunque percusionista, Reig ha escrito muchos de los himnos inolvidables de esta banda, como sabemos muchos de los que leemos las letras de las canciones en el librito de los discos y vemos quién las ha firmado. Si cantaran en inglés, serían algo así como los Eagles o cualquiera banda mítica del imaginario internacional.

    Marina y yo hacemos bromas sobre que bajamos la media de edad del evento. Como yo soy de Constantí también, distingo entre las cabezas venerables a algunas ancianas del pueblo: la abuela del Genís, la abuela de la Laura, la abuela del Joshua, etc. Las puertas se abren y recorremos el pasillo hasta la pista de patinaje artístico, la cual hace las veces de lugar de actos municipales como entierros, graduaciones o conciertos. Tomamos asiento en una de las primeras filas y esperamos a que la acción empiece. Mientras estamos sentados, vemos como la sala se va llenando paulatinamente hasta ocupar todas las sillas de plástico que hacen de butacas en el teatro improvisado del polideportivo.

    Fotografía de Marina Martí

    La luz se apaga y los focos iluminan a cuatro gatos-jazz que aparecen en escena. Músicos experimentados que uno imagina cruzándose en los pocos bares de rock que van quedando, tomando un wiski en la barra solos o con poca compañía. Ahora se muestran en su plenitud, con el instrumento colgando, sonrientes, hermanados por los ritmos sincopados que Joan Reig marca con su batería en el centro mientras interpreta. Para disfrutar más del espectáculo, sería ideal que, como en la ópera, desfilara la letra de los temas por una pantalla sobre el escenario. Las palabras de Reig cuentan historias que valen la pena ser leídas y el sonido del directo no siempre ayuda a distinguirlas bien. Aun así, uno disfruta de esa música con sabor a Dylan, a The Band, a Serrat y a Krahe.

    Las canciones se entremezclan con poemas recitados, todos hijos de la estilográfica de Reig. Las letras dibujan un sol blanco sobre la tapia del cementerio y el humeante café con leche en el bar de delante de casa, las fotos en sepia donde aparecen los que ya no están cuando eran más jóvenes y más eternos, el paso del tiempo irrecuperable, el misterio de estar vivo, retrata la muerte cotidiana y amable, como un viejo conocido, pero al que nadie saluda, sentado en una mesa de la esquina, al fondo del Bar El Casino.

    Otro de los temas que Joan Reig toca es la raigambre a la tierra, no en un sentido político -o no solamente- sino a las raíces, a los orígenes, a la esencia de uno mismo. Cuando uno lo piensa y ve al músico, con tantos quilómetros a sus espaldas, habiendo visto miles de caras desde arriba en el escenario, habiendo conocido el éxito, pienso: ¿por qué no se marchó, como hicieron todos? Constantí no es el pueblo idílico que uno evoca cuando piensa la palabra “pueblo”, se ha convertido más bien en una ciudad dormitorio aledaña a los polígonos industriales que sitian el municipio. Pero Joan Reig habla de los avellanos, de los surcos en la tierra, de los olivos que peinan el viento, de los caminos centenarios hacia otros pueblos antiguos como La Canonja o Reus. Joan Reig no solo es un artista de Constantí, él es Constantí. Amigo de los vecinos, de los que llevan allí desde que tienen memoria y los que fueron llegando, valorándolos por el peso de su corazón, como hacen los párrocos sabios o los intelectuales visionarios.

    La vida puede ser comedia, tragedia, sainete, dice Reig en algún momento del espectáculo. Las historias a veces tocan temas tabú como los abusos de un cura oscuro vividos en carne propia, o hablan de esa gran ce que se ha llevado a tantos tan pronto. El momento álgido del recital es cuando revisita un poema sobre su madre pintando una imagen poderosísima: cuando las manos se entrelazan, se aprietan muy fuerte, bajo la sombra de un día claro. Por el recuerdo indeleble de su mamá, se le quiebra la voz y él, y yo, derramamos una lágrima tan antigua como el mundo, un beso tierno de la tristeza.

    Al ir llegando al final del espectáculo, Joan ironiza sobre que hay dos enfermeras del departamento de salud que te ayudan con la depresión post-concierto. El público ríe y se tocan los bises, más alegres y movidos, para terminar arriba y recordar que la vida es bonica, aunque a veces complicada. Aplaudimos y vuelven las luces, recuperamos nuestra vida y recordamos que hace un frío de mil demonios porque el lugar carece de climatización. La corriente se llevará por delante a alguno de los ancianos, comentamos.

    De vuelta al corredor por donde habíamos entrado, salimos ordenadamente hacia la calle. De repente, nos detenemos un instante y veo que se ha parado la abuela del Joshua, una anciana que, desde que tengo memoria, siempre ha sido mayor. Ayudada por el brazo de su acompañante, unos años más joven, se ha plantado frente a uno de los acomodadores que están vigilando que la salida del recinto se haga ordenadamente, otro vecino conocido como Joan Déugràcies (Adiósgracias, por su traducción), y le espeta: ¡Pues no me ha gustado el concierto, porque era en catalán y a mí me gusta el castellano! El hombre sonríe como lo hacemos todos en la cola. Todo el pueblo quiere a la abuela del Joshua, todo el pueblo quiere a Joan Reig y el mundo está más hermanado. 

    Cualquiera que tenga corazón, aunque no sea de Constantí, de Cataluña, de Europa, podrá disfrutar de la letra y la música de este Bagatzem que ha construido verso a verso Joan Reig para que guardemos allí los recuerdos con las personas que no olvidaremos.

    Recordar con tristeza que el tiempo se esfuma es la mejor invitación para vivir felices.