Autor: El Pobrecito Escribidor

  • La literatura y la vida – Apuntes sobre Vargas Llosa

    La literatura y la vida – Apuntes sobre Vargas Llosa

    La literatura y la vida

    […]

    Quisiera formular algunas razones contra la idea de la literatura como un pasatiempo de lujo y a favor de considerarla, además de uno de los más enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad irremplazable para la formación del ciudadano en una sociedad moderna y democrática, de individuos libres, y que, por lo mismo, debería inculcarse en las familias desde la infancia y formar parte de todos los programas de educación como una disciplina básica. Ya sabemos que ocurre lo contrario, que la literatura tiende a encogerse e, incluso, desaparecer del currículo escolar como eseñanza prescindible.

    Vivimos en una era de especialización del conocimiento, debido al prodigioso desarrollo de la ciencia y la técnica, y a su fragmentación en innumerables avenidas y compartimentos, sesgo de la cultura que sólo puede acentuarse en los años venideros. La especialización trae, sin duda, grandes beneficios, pues permite profundizar en la exploración y la experimentación, y es el motor del progreso. Pero tiene también una consecuencia negativa: va eliminando esos denominadores comunes de la cultura gracias a los cuales los hombres y las mujeres pueden coexistir, comunicarse, sentirse de alguna manera solidarios. La especialización conduce a la incomunicación social, al cuarteamiento del conjunto de seres humanos en asentamientos culturales de técnicos y especialistas a los que un lenguaje, unos códigos y una información progresivamente sectorizada y parcial confinan en aquel particularismo contra el que nos alertaba el viejo refrán: no concentrarse tanto en la rama o en la hoja como para olvidar que ellas son partes de un árbol, y éste, de un bosque. De tener conciencia cabal de la existencia del bosque depende en buena medida el sentimiento de pertenencia que mantiene unido a l todo social y le impide desintegrarse en una miríada de particularismos solipsistas. Y el solipsismo —de pueblos e individuos— produce paranoias y delirios, esas desfiguraciones de la realidad que a menudo generan el odio, las guerras y los genocidios. Ciencia y técnica ya no pueden cumplir aquella función cultural integradora en nuestro tiempo, precisamente por la infinita riqueza de conocimientos y la rapidez de su evolución que les ha llevado a la especialización y al uso de vocabularios herméticos.

    La literatura, en cambio, a diferencia de la ciencia y la técnica, es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte. Los lectores de Cervantes o de Shakespeare, de Dante o de Tolstoi, nos entendemos y nos sentimos miembros de la misma especie porque, en las obras que ellos crearon, aprendimos aquello que compartimos como seres humanos, lo que permanece en todos nosotros por debajo del amplio abanico de diferencias que nos separan. Y nada defiende mejor al ser viviente contra la estupidez de los prejuicios, del racismo, de la xenofobia, de las orejeras pueblerinas del sectarismo religioso o político, o de los nacionalismos excluyentes, como esta comprobación incesante que aparece siempre en la gran literatura: la igualdad esencial de hombres y mujeres de todas las geografías y la injusticia de establecer entre ellos formas de discriminación, sujeción o explotación. Nada enseña mejor que la literatura a ver, en las diferencias étnicas y culturales, la riqueza del patrimonio humano y a valorarlas como una manifestación de su múltiple creatividad. Leer buena literatura es divertirse, sí; pero también, aprender, de esa manera directa e intensa que es la de la experiencia vivida a través de las ficciones, qué y cómo somos, en nuestra integridad humana, con nuestros actos y sueños y fantasmas, a solas en el entramado de relaciones que nos vinculan a los otros, en nuestra presencia pública y en el secreto de nuestra conciencia, esa complejísima suma de verdades contradictorias —como las llamaba Isaiah Berlin— de que está hecha la condición humana.

    […]

    Mario Vargas Llosa, prólogo a la obra La verdad de las mentiras

  • Vargas Llosa, M. (ed. 2023 – 2002) La verdad de las mentiras

    Vargas Llosa, M. (ed. 2023 – 2002) La verdad de las mentiras

    La verdad de las mentiras

    I

    Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía era «de verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el blanco. (pág. 15)

    No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo. (pág. 17)

    […] una ficción. Ella es más profunda cuanto más ampliamente exprese una necesidad general y cuantos más numerosos sean, a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que identifiquen, en esos contrabandos filtrados de la vida, los demonios que los desasosieguen. (pág. 18)

    Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que la vida es como ellas describen. (pág. 21)

    Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los apetitos y fantasías de desear mil. (pág. 22)

    Las culturas religiosas producen poesía, teatro, rara vez grandes novelas. La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, […] La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación. (pág. 23)

    II

    Una ficción lograda encarna la subjetividad de una época y por eso las novelas, aunque, cotejadas con la historia, mientan, nos comunican unas verades huidizas y evanescentes que escapan siempre a los descriptores científicos de la realidad. (pág. 26)

    La fantasía de que estamos dotados es un don demoníaco. Está contínuamente abriendo un abismo entre lo que somos y lo que quiséramos ser, (pág. 30)

    Por sí sola, ella es una acusación terrible contra la existencia bajo cualquier régimen o ideología: un testimonio llameante de sus insuficiencias, de su ineptitud para colmarnos. Y, por lo tanto, un corrosivo permanente de todos los poderes, que quisieran tener a los hombres satisfechos y conformes. Las mentiras de la literatura, si germinan el libertad, nos prueban que eso nunca fue cierto. Y ella son una conspiración permanente para que tampoco lo sea en el futuro. (pág. 32)

    El corazón de las tinieblas (1902) – Joseph Conrad

    La novela es mucho más sutil e inapresable que las contradictorias interpretaciones a que ha dado lugar: la lucha entre civilización y barbarie, el retorno al mundo mágico de rituales y sacrificos del hombre primitivo, la frágil corteza que separa la modernidad del salvajismo. (pág. 43)

    Marlow, que antes de viajar a África odiaba la mentira, a su regreso no vacila en mentir a la prometida de Kurtz, a la que engaña diciéndole que las últimas palabras de éste fueron el nombre de ella, cuando, en verdad, exclamó: «¡Ah, horror! ¡El horror!». ¿Fue una mentira piadosa para consolar a una mujer que sufría? Sí, también. Pero fue, sobre todo, la aceptación de que hay verdades tan intolerables en la vida que justifican las mentiras. Es decir, las ficciones; es decir, la literatura. (pág. 49)

    La muerte en Venecia (1912) – Thomas Mann

    […] esos demonios ávidos de transgresión y de ruptura […] aunque su presencia siempre entraña un riesgo para el individuo y una amenaza de disolución y violencia para la sociedad, su total exilio empobrece la vida, privándola de aquella exaltación y embriaguez —la fiesta y la aventura— que son también una necesidad del ser. (pág. 52)

    En el fondo del ciudadano ejemplar que había en Gustav von Aschenbach anidaba un salvaje pintarrajeado esperando el instante propicio de salir a la luz a proclamar que, aunque momentáneamente vencido, el bípedo antropoide de la horda y el clan está siempre al acecho, esperando la hora del desquite. (pág. 59)

    Dublineses (1914) – James Joyce

    […] dotar a la clase media —la clase sin heroísmo por excelencia— de un aura heroica y de una personalidad artística sobresaliente, siguiendo también en esto a Flaubert. Ambos realizaron esa dificilísima hazaña: la dignificación artística de la vida mediocre. (pág. 67)

    Manhattan Transfer (1925) – John Dos Passos

    Toda la novela es una sucesión de estampas, algunas brevísimas como la fugaz imagen de película, que van armando un gran mosaico: la protoplasmática Nueva York. Cada viñeta es un trozo de vida de algún personaje, (pág. 73)

    […] fragmentos de periódicos, […] revelar el destino final de algún personaje al que su buena o mala estrella ha concedido el dudoso honor de ser noticia periodística. (pág. 74)

    Basta que la atención del lector sea distraída un segundo de lo narrado hacia la manera en que se narra, para que se presienta la sombra obstructora y desilusionante del narrador. (pág. 76)

    Es su intrínsico poder de persuasión, no su interés documental, lo que determina el valor artístico de una ficción. (pág. 78)

    La señora Dalloway (1925) – Virginia Woolf

    Virgina Woolf revolucionaría el arte narrativo de su tiempo, creando un lenguaje capaz de fingir persuasivamente la subjetividad humana, los meandros y ritmos escurridizos de la conciencia (sic.) (pág. 81)

    Sólo las ficciones fracasadas reproducen lo real: las logradas lo aniquilan y transfiguran. (pág. 83)

    El gran Gatsby (1925) – Francis Scott Fitzgerald

    Al final de su vida, en un texto autobiográfico, Scott Fitzgerald escribió de su personaje Jay Gatsby: […] Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví». (pág. 92)

    El lobo estepario (1927) – Hermann Hesse

    […] esta novela se ha convertido en una biblia del incomprendido y del soberbio, del que se siente superior o simplemente divorciado de su sociedad y de su tiempo, o del adolescente en el difícil trance de entrar en la edad adulta, no fue escrita con el propósito de reivindicar semejante condición. Más bien, para mostrar su vanidad y criticarla. (pág. 103)

    […] estos grandes creadores de sabiduría y de belleza no dieron la espalda a la vida sino que construyeron sus mundos admirables mediante una sublimación amorosa de las menudencias que, también, componen la existencia. (pág. 106)

    […] esta verdad incómoda de la literatura: un novelista nunca sabe para quién trabaja. […] Como, en la soledad de la creación, no sólo vuelca su lucidez sino también los fantasmas de su espíritu, éstos, a veces, desarreglan lo que su voluntad quiere arreglar, contradicen o matizan sus ideas, y establecen órdenes secretos distintos al orden que él pretendió imponer a su historia. (pág. 107)

    Nadja (1928) – André Breton

    Luego de que Roland Barthes proclamara la muerte del autor, Foucault descubriera que el hombre no existe y Derrida y los deconstruccionistas establecieran que tampoco la vida existe, por lo menos en lo que concierne a la literatura, pues ésta, una vertiginosa catarata de palabras, es una realidad autónoma y formal, donde unos textos remiten a otros y se imbrican, reemplazan, modifican y esclarecen u oscurecen unos a otros sin relacionarse con lo vivido por el bípedo de carne y hueso, (pág. 110)

    Se trata, por supuesto, de una ficción. Una bella y seductora ficción que existe sólo […] dentro de la hechicera vida de los sueños y las ilusiones que son la realidad de la ficción, esa mentira que fraguamos y en la que creemos para soportar mejor la vida verdadera. (pág. 117)

    Santuario (1931) – William Faulkner

    […] ninguna novela, ni la más maniáticamente realista, se escribe completa. Sin una sola excepción, toda novela deja una parte de la historia sin relatar, librada a la pura deducción o fantasía del lector. (pág. 124)

    La condición humana (1933) – André Malraux

    […] la ideología malrauxiana: la del héroe que, gracias a su lucidez, voluntad y temeridad, se impone a las «leyes» de la historia. Que fracase —los héroes de Malraux son siempre derrotados— es el precio que paga para que, más tarde, su causa triunfe. (pág. 149)

    La oratoria es un arte menor, superficial, de meros efectos sonoros y visuales, generalmente reñido con el pensamiento, de y para gentes gárrulas. (pág. 151)

    Trópico de Cáncer (1934) – Herny Miller

    Ésta es una de las funciones de la literatura: recordar a los hombres que, por más firme que parezca el suelo que pisan y por más radiante que luzca la ciudad que habitan, hay demonios escondidos por todas partes que pueden, en cualquier momento, provocar un cataclismo. (pág. 155)

    […] Louis-Ferdinand Céline, en libros también llenos de injurias contra la inhumanidad de la vida moderna, o Ezra Pound, para quien la sociedad «mercantil» significa el fin de la cultura. Céline y Pound […] creían que esto implicaba decadencia, una desviación de ciertos patrones ejemplares alcanzados por Occidente en ciertos momentos del pasado (Roma, la Edad Media, el Renacimiento). Ese pasadismo reaccionario los echó en brazos del fascismo. (pág. 159)

    Siete cuentos góticos (1934) – Isak Dinesen: Karen Blixen de Rungstedlund

    Entrener, divertir, distraer: muchos escritores modernos se indignarían si alguien les recuerda que ésa es también la obligación de la literatura. (pág. 170)

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: Estas son algunas notas de la obra La vedad de las mentiras de Mario Vargas Llosa, ensayo que aborda lo mejor y lo peor de las novelas que para él son más fundamentales en el siglo XX. Una experiencia maravillosa, una clase magistral de literatura bajo la apariencia de una mera conversación sobre libros buenos. Si te ha gustado esta publicación, házmelo saber y realizaré la segunda parte.

  • Conversación en el futuro

    Conversación en el futuro

    Todos los días te levantas con la misma cantinela, al final te acostumbras a todo. El sol entra por la ventana y hoy parece que por fin se ha decidido dejar atrás los arduos fríos del invierno. Las noches ahora son cálidas y da gusto estar por la calle. Todo el mundo tiene un poco de fotofília, o de meteolinking, o cualquier nombre de estos que relacionan el espíritu de uno con el tiempo. Los alemanes son tristes porque su cielo siempre está nublado, los ingleses saben aprovechar el poco sol que les cae y nosotros, los sureños, estamos cansados de él. Por eso cuando llega el invierno todos nos ponemos tristes como las plantas y nos pelamos de frío con cero grados, porque no estamos acostumbrados. Todo es acostumbrarse, al final te acostumbras a todo.

                Pero hay veces en las que es imposible. Recuerdas aquella ocasión en la que tropezaste con aquella piedra filosofal por enésima vez, la trampa de la imaginación, que embriaga, que atrae, que engancha y que mata. Todo es imaginación en este tangible mundo, uno sueña que lo quieren y quizá lo quieran realmente pero, “ríe y el mundo reirá contigo, llora y llorarás solo” y toda esa mierda se cuela como un mal pensamiento. Mejor poner otro disco, “quien ríe el último, ríe mejor”, autoayuda popular, “here comes the sun, it’s alright”, mejor todavía.

                La vida se expresa sencilla en el canto de los pájaros que buscan pareja, se desgañitan piando y piando, se engalanan con sus mejores plumas y se acicalan con bella destreza. El hombre quiere ser como ellos, pero no puede, pero los imita, y a pesar de todo no puede. Qué daría cualquiera por poder volar. Ahora volamos en avión, pero no es lo mismo, no puede ser lo mismo que volar con tus propias alas. Las máquinas no nos satisfacen, están hechas a imagen y semejanza de la naturaleza, ora pro nobis, pio-pio-pio.

                El problema de todo es la soberbia, si uno no necesitara nada sería completamente feliz. Esto es así de simple pero es así. La cosa no es necesitar poco, uno puede querer solo una cosa, no tenerla y por ende, ¡pam! La infelicidad, ya estás en la boca del lobo, y te traga, afortunadamente luego te vomita, porque eres indigesto. Ahora en serio, la cosa es no necesitar nada.

                Por supuesto me estoy refiriendo a una nada sentimental, a no tener nada por dentro, a ser como un hierro: frío, duro y moldeable. Mejor, a ser como una máquina de hierros, que solo necesitara alimento para cumplir su función y seguir produciendo productos productivos, ranclan-ranclan-ranclan… sin hablar siquiera, sin quejarse ni un solo momento. Si alguna se rompe, se tira a la basura y a tomar porculo, otra máquina vendrá y será mejor, porque el presente siempre es mejor que el pasado.

                Claro está, hay máquinas mejores que otras. Un cacharro determinado confeccionado con materiales adecuados y técnicas novedosas siempre será mejor que otro que no cumpla con estos requisitos, otro más barato. Todo tiene un precio en esta vida y cuanto más costoso, mejor. No hay nada gratis, solamente el aire, el sol, el amor, el odio, pero eso no importa ya. El aire apesta, el sol se esconde, el amor se acaba y el odio es amargo, todo es demasiado triste para ser verdad, las máquinas no tienen esos problemas.

                Ellas trabajan y no dicen nada, obedecen y nacen sin boca, detrás de todos esos engranajes que las forman no hay nada, solo movimiento, solo consumo, solo producción. Eso está muy bien, deberían inventar una máquina que inventara máquinas, seguro que se conseguirá un día, ya hay los medios para hacerlo posible. Seguro que las máquinas nunca sabrán qué es estar triste, qué suerte tienen.

                Las personas lo sabemos, que tienen suerte, y por eso vivimos pegadas a ellas todo el tiempo. A través de sus engranajes, nos deshacemos de los nuestros, tan complejos que una existencia de miles de años todavía no nos ha dado una pista de lo que somos, maldita nuestra suerte, a las máquinas, en cambio, las entendemos perfectamente, porque nos las hemos inventado nosotros, claro. Y estamos tan orgullosos de nuestro invento que hemos cambiado nuestro mundo, por uno más apropiado, donde las máquinas puedan existir libremente. El aire que las máquinas exhalan es cancerígeno, pero ellas no pueden padecer enfermedades.

                Para darles de comer, hemos descubierto que la naturaleza ofrecía recursos que, aplicados con ingenioso acierto, hacen funcionar toda clase de cacharros, muy útiles para la vida urbana. El petróleo, el carbón, el gas, etc., seguro que hay más, y los que faltan por venir. Porque la realidad camina hacia el progreso, como el nuestro lo desconocemos, nos referimos al progreso en las máquinas, que quede claro.

                Y poco a poco vamos dejando atrás aquello que nos hace humanos, los lazos que nos unen al entorno, y sentimos como cada año nos vamos quedando más a ciegas, mientras la vida sigue pasando como si no pasara nada. La historia enseña que los cambios se hacen a poco a poco, el tiempo del mono sobre la tierra es un instante. Éxito evolutivo. Ahora el mono camina sobre dos patas, ahora hace fuego, ahora habla pamplinas junto al fuego con otros, el mono siente nostalgia y mira al cielo y se sorprende, y se descubre a sí mismo mirando al cielo, porque se sueña despierto, entonces, ¡pam! El mono ya piensa, y se hace hombre, se hace mujer, todo esto muy despacio, a lo largo de siglos, porque en la vida de uno no pasa nada y es muy monótona.

                Pero ahora hay muchas cosas con las que distraerse, inventos interactivos en los cuales volcar nuestros sentimientos y nuestras fuerzas, todo nuestro cariño y afecto, toda nuestra razón e intelecto. Porque el mundo de las máquinas todo es más sencillo, cada vez más cómodo y ¿más bello que la naturaleza? Pues no, pero a su manera también es bella una ingente refinería vomitando veneno por cuatro chimeneas altísimas, al fondo unas montañas, que menos mal que están allí, porque, ¿si no estuvieran? Si no estuviera el cielo azul sobre el acero, la luz del sol amable sobre las chapas, la lluvia limpiando y ensombreciendo el ambiente, sin todo eso sería horrible, pero eso es gratis y por ende, carece de valor.

                Lo mejor es encender un cigarrillo y dejar volar a los pájaros. Las oscuras golondrinas vuelven a colgar sus nidos, pero cada vez vienen menos. A nadie les importa donde los cuelguen porque a nadie les molestan. El mundo para las golondrinas y para el resto cada vez es más difícil, tienen que vérselas con unas máquinas que no comprenden, que ni siquiera ven porque su minúsculo cerebro no las alumbra, y perecen cada año con toda clase de muertes. Sin embargo, ahí están, y estarán siempre, aunque cada vez sean menos y cada vez menos gente las mire, si no es a través de una máquina, entonces sí las ven.

                Pero esto es más importante, numerosos estudios demuestran que un día las máquinas serán autosuficientes y que entonces no tendremos que trabajar ni hacer nada. Podremos dedicarnos a lo que siempre hemos querido, a lo que le guste más a cada uno, ¿qué puede ser? Comprar máquinas nuevas y caras, perfecto. También ir a pasear por aquellas montañas que se ven al fondo, un día de estos. Quizá entonces por fin haya tiempo para oír cantar a los pájaros y verlos volar bajo el cielo azul marino de la tarde, bajo el sol implacable del medio día, bajo la lluvia ácida golpeando los cristales, bebiendo agua en los arroyos pútridos. Quizá haya tiempo para oírlos, si todavía están. En el caso de que desaparecieran, habrá otros nuevos, y si no, estarán grabados en las máquinas por siempre jamás, junto a otras muchas cosas, mucho más interesantes. Y a ti te parece perfecto.

                Pero algo de mono llevas todavía contigo. Algo de tonto y torpe, imperfecto, que viene contigo allá donde vas, que te amarga a veces si no tienes una máquina con la que distraerte. A veces no hay más remedio que aguantarlo y entonces el mono habla sus pamplinas en su lengua, la cual es impronunciable. Viene a decir que es un ejemplar extinto de una raza cualquiera y sientes pena por él. Entonces contesta que no debes sentir pena alguna, pues a los hombres les pasará lo mismo. Tú le dices que aquí nunca pasa nada, que eso son mentiras. Él erre que erre, y te lleva consigo, de su áspera y peluda mano de carne, al mundo donde te sueñas a ti mismo. Y allí tú eres el mono, viendo el mundo lleno de mierda, de hierros, de inmundicia y escoria, sin una rama a la cual agarrarte, sin un árbol que te de sombra. Allí tú no puedes existir, pero existes, porque lo estás soñando.

                Y esa tierra yerma sin una sola planta, ese cielo rojizo sin una sola nube, ese calor extraño sin una gota de aire y esos ríos infectos cuyo lecho está cuarteado y seco. Allí no puede vivir nadie, no puede vivir nada porque ya no hay naturaleza, solo máquinas y máquinas por todas partes, haciendo las funciones para las que fueron creadas, existiendo en perfecta armonía con el paisaje circundante del cual extraen todo lo que necesitan para vivir de forma independiente. Hablar de ordenadores y de robots es cosa obsoleta e inútil, ellas mismas se reinventan porque el hombre les enseñó cómo hacerlo, el mono lo sabe porque sí, porque es tonto y se rasca la cabeza.

                Entonces imagina, al ver todo el trajín de materiales muertos animados por la ciencia, que existen porque ese mundo fue concebido para su existencia, el mono se pregunta si aquellos hierros se preguntarán un día quién hizo el mundo de aquella manera, para que ellos existieran libremente a pesar de las golondrinas y el resto de los bichos hechos de carne y vida. Y como le pasa siempre, nadie te contesta, porque esa clase de mono, que eres ahora en tu sueño, es de la misma especie que la del que se hizo hombre en otro sueño, mucho más atrás en el tiempo. Pero soñar no entra en el mundo de las máquinas, el hombre no las inventó para eso, de hecho, al final no sabía siquiera cómo soñar despierto, y entonces ya no tuvo nada que hacer y las máquinas lo ocuparon todo.

                Rápidamente, el mono coge tu mano de nuevo y te devuelve a la cocina, donde ya has terminado el cigarrillo y el café con leche. Te dispones a volver a la realidad, a meterme entre las máquinas y a cumplir tu función en el mundo, la cual no sabes muy bien cuál es, pero tú lo haces. Antes de irse y de dejarte solo, cada vez te deja más tranquilo, se ríe tímidamente. Tú le preguntas qué es lo que le hace tanta gracia y él te responde que estaba imaginando, tú le dices que te cuente y él dice que si las máquinas pudieran un día soñar despiertas, quizá podrían entender quién las puso allí, quién construyó aquel mundo para que ellas existieran, esa realidad ajena ya a la vida.

                Y tú te ríes del mono tonto y le dices que todo eso es un sueño muy viejo, el del fin de los días, de nuestros días, y que eso nunca ha pasado ni va a pasar nunca. Pero el mono tiene muchos años, muchos más años que tú, tantos como tiene el tiempo, y sabe, y dice que las cosas pasan poco a poco y que, a pesar de eso, la vida del humano entre las cosas es solo un breve instante, en el cual, ni él mismo, por muchos años que viva, sabe realmente lo que está pasando.

    …oooOOOooo…

    Nos vemos el próximo domingo.

    Un abrazo,

    Ricardo. R. B.

  • El último día en Berlín

    El último día en Berlín

    Да здравствует созданный волей народов
    Единый, могучий Советский Союз!

    1. Saludando sonriente

    Era un día como cualquier otro: no volvería a repetirse nunca más. El despertador sonó, como cada mañana, a las 5:50, pero lo apagó casi al momento porque ya estaba despierto. Siendo perfectamente consciente, se dispuso a saborear cada una de las acciones que componían su rutina diaria. Reparó en el despertador. Era un modelo común, con campanas a los dados y un badajo diminuto dentro, el cual hacía un ruido fortísimo cuando llegaba su hora y anunciaba el nuevo día. Pronto se quedaría sin cuerda, pero no importaba. En veinte años nunca había olvidado esa pequeña tarea y sentía un orgullo pequeño y duro como un diamante. A pesar de la melancolía, era feliz.

    Su mujer y su hijo aún dormían, a su lado. El pequeño tenía dos años y solía pasar la noche en su propio cuarto, pero estaba con tos y su mamá había decidido que pasara la noche con ellos en la cama. Apenas eran dos bultos bajo las gruesas mantas de lana.

    Hacía mucho frío, como era habitual en la Unión Soviética. La calefacción central del edificio los salvaba de morir congelados en el hormigón, pero aun así había que echarse una bata encima para llegar hasta el baño y hacer la primera micción del nuevo y último día que pasaría en su país, de donde nunca había salido en treinta y cinco años que él tenía.

    Accionó la luz de la cocina y acto seguido comenzó a calentar el café. Intentaba resistir la tentación de prender un cigarrillo demasiado pronto. Encendió la radio para distraerse y sintonizó las noticias de la mañana. El conductor del programa, hombre de unos sesenta años, al que poco le importaba la vida ya, a veces trataba cuestiones al filo de la censura y persecución de la Stasi. Sabía que cualquier día, al poner el transistor, aquel hombre ya no presentaría el matinal. Formaba parte del destino de los hijos de la República Democrática y se aceptaba con gusto por todos, incluso con verdadera devoción por algunos. No pudo resistirse más. Tomó uno de los paquetes de tabaco que reposaban sobre la encimera impoluta y se encendió el pitillo con una cerilla. Era un día especial y debía permitirse ciertos lujos. El locutor anunció que eran las 6 de la mañana del día 20 de noviembre de 1975, la temperatura era negativa y el día sería gris.

    El café subió y vertió su contenido en una taza de lata, su preferida, de cuando era más joven y sirvió en el ejército. Sus compañeros siempre le achacaban que prefiriera el café en vez del té negro, como un buen soviet. Pero se lo perdonaban porque en lo demás era un hombre valiente e íntegro, alguien en que podían confiar cuando estaban con la soga al cuello, perdidos en un remoto lugar de Siberia. Siempre tenía una sonrisa y palabras de ánimo. «Es gracias al café», les decía, y todos se reían como buenos camaradas, fumando cigarrillos de liar y bebiendo de vez en cuando un trago de ardiente vodka helado. Fueron años duros los del servicio militar. Siempre pasando frío, hambre, odio. Un hombre tiene que resistir, decían los superiores. Pero los jóvenes camaradas dudaban de que esos tipos ventrudos tuvieran la entereza para sostener su kalasnikov; aquellos malditos dictadores que los tenían allí, en una trinchera pisando mierda. Si no fuera por sus compañeros, se habría pegado un tiro. Pero aquello ya se terminó para él. No dejaba de pensar, con la mirada perdida, mientras el café se enfriaba. Le dio un sorbo y ya estaba tibio. Había perdido la oportunidad de disfrutar del primer café del día como se debía y eso lo enervó; por culpa de sueños antiguos había olvidado el presente continuo.

    Una vez terminado, entró en el baño y se desvistió. Tenía en su cuerpo algunas cicatrices de aquellos tiempos a los que no quería prestar más atención. Algunas habían sido provocadas por el enemigo y otras no. A veces es duro ser un soviet, ¿pero quería ser otra cosa? La patria era exigente con sus hijos. Tenía claro cuál era su lugar en la sociedad, a la que se sentía muy orgulloso de pertenecer. El agua caliente corría por su cuerpo delgado dejando un vaho denso en el baño pobremente iluminado. Las baldosas de las paredes estaban amarillentas por el paso del tiempo y el grifo estaba un poco oxidado. No había medios para cambiarlo y él nunca había sido muy ducho con las tareas del hogar. Lo suyo era ser intelectual y guerrero: sabía manejarse bien con los libros y las armas, pero no con la hoz y el martillo. Después de frotarse con la pastilla de jabón lagarto se sintió purificado.

    Salió del baño, ya vestido: calzoncillos, calcetines, camiseta interior, camisa celeste, pantalón marrón, cinturón negro, americana gris, sin corbata. No soportaba llevarla al cuello, le recordaba al nudo de la soga, prefería las largas bufandas de lana que tejía su mujer. Mientras se calzaba, no dejaba de escuchar la voz del transistor. Noticias llegaban desde el otro lado del telón, desde España, importantes. Antes de salir de casa comprobó que llevaba todo lo necesario. Abrió su cartera y vio su identificación y nombre: Andréi Nicolaievich, nacido en 1942 en Berlín, donde vivía actualmente con su mujer Natalia.

    Antes de ponerse el abrigo de piel y salir al frío, pasó por la habitación conyugal. Su mujer y su hijo aún dormían en aquella hora temprana. Al verlos allí acurrucados, madre e hijo, tanto amor no cabía en aquella pieza, sintió una punzada de tristeza y las lágrimas duras inundaron sus ojos secos. Aquella era la última mañana, se despediría de ellos en ese instante y a partir de entonces ya nada volvería a ser igual. Eran apenas dos cabezas bajo las gruesas mantas. Se inclinó y besó a su hijo en la frente. El aroma característico de los niños pequeños lo embriagó y quiso retener ese olor en la memoria para siempre. Una lágrima se resbaló por su mejilla afeitada, la secó con un rápido movimiento con la manga de la camisa. Como no se diera prisa no iba a salir de allí. Se inclinó hacia su mujer y la besó en los labios, como hacía siempre antes de salir de casa. Ese día se entretuvo un poco más y del otro ojo cayó una lágrima traicionera a la cama.

    —Andréi, ¿estás bien? ¿qué te ocurre?

    —Nada, sigue durmiendo.

    —¿Estás llorando?

    —Claro que no. —Y se incorporó con decisión. Si Natalia se hubiera incorporado, si hubiera encendido la pobre luz de la desvencijada lámpara de mesa, no habría tenido más remedio que contarle la verdad, y quizás el final de esta historia hubiera sido otro.

    Consiguió disimular su agitación y ella, tan cansada estaba por la pasada noche en la que no había pegado ojo, ahuyentando el instinto de que algo no iba bien, se quedó dormida apenas cruzó el umbral de la puerta de la habitación y cerraba tras de sí. ¿Volverían a verse? Andréi esperaba que sí.

    Había que disimular. Para que las cosas salieran según lo planeado, aquel tenía que ser un día absolutamente normal, uno más en su vida de profesor de literatura en un instituto estatal. Entró en el coche, que estaba helado, encendió el motor, la radio, y mientras se calentaba las manos volvía a escuchar las noticias, que hablaban de España. Había muerto el dictador Francisco Franco Bahamonde aquella misma madrugada.

    —Maldita sea, —pensó— esto seguro que lo complica todo. —No se equivocaba. Inició la marcha con cuidado, las calles estaban heladas por el frío de noviembre.

    Sabía muy poco de España, apenas por los libros de literatura, y no era mucho lo que había leído. Conocía el Quijote y una obra de teatro bastante filosófica que llevaba por título La vida es un dormir, o algo así. Un tipo en una prisión se liberaba en un mundo ficticio, que él creía real, y que en realidad era real, pero luego resultaba ser un sueño, pero no era cierto, porque no había estado soñando, sino despierto. Un drama complicado del siglo XVII. España le parecía un país bastante anodino y tragicómico. Pero las circunstancias habían hecho que, de unos meses a esta parte, las relaciones con aquella región tan al oeste del continente fueran frecuentes y, prometían, duraderas. Andréi sabía mucho de dictadores y se alegraba por los españoles, pero no por él.

    Decidió no darle demasiadas vueltas. Debía prestar atención a la carretera si no quería salirse y acabar con todo demasiado pronto. Franco había muerto en su cama, de viejo, poco se sabía de lo que iba a pasar a partir de ahora. En la RDA todo seguiría igual. El utilitario de Nicolai recorría las avenidas hacia el centro de la ciudad. Los edificios de la época prusiana iban tomando más presencia a medida que se aproximaba a su destino. El pasado glorioso de aquella ciudad sobre el río Spree dormía pesadamente como un león herido. Nicolai no había conocido, en toda su vida, otra cosa que no fuera la Unión Soviética. Por el pasado de su antiguo país sólo podía sentir asco y vergüenza. Era un tabú.

    Atrás se divisaban los altos edificios grises de las afueras, donde él vivía. Altas torres de hormigón, todas iguales, funcionales, el pueblo necesitaba viviendas y el Estado las proveía. Para un país que había pasado su historia reciente a la intemperie, comiendo patatas podridas y durmiendo en la escarcha, disponer de una vivienda con calefacción central y gas para cocinar era como haber dado un salto de milenios. Nadie negaba los avances, pero quizás habrían llegado también sin los millones de muertos. Andréi se preguntaba si no les habría ido mejor siendo el enemigo. Al final, todos los de arriba son iguales, se llenan la boca con palabras como gloria, patria, honor, pero lo que quieren es mantener una vida de preocupaciones pequeñas y miserables. Aunque esos altos edificios eran bellos, buques fantasmales entre la neblina petrolífera del progreso. Edificios como pilares que aguantaban el cielo gris.

    En una construcción antigua, que antaño fue una biblioteca para los nobles y burgueses de la ciudad cuando la paz entraba a caballo por la puerta de Brandemburgo, se desarrollaba la labor docente de Andréi. Apagó el cigarro con el pie al salir del coche y encendió otro justo al cerrar la portezuela tras de sí. El día era helado, pero al menos no había caído nieve. Sus gruesas botas pisaban seguras sobre el suelo de cemento. Algunos estudiantes ya esperaban junto al edificio ocre, el cual tenía forma rectangular, como dos cajas de zapatos en paralelo, unidas por una fachada de columnas y escalinatas hasta la puerta principal, muy al estilo del Reichstag pero más liviano. El pueblo necesita formarse, el conocimiento os hará libres: matemáticas, literatura, química, latín. Le encantaba su profesión, aunque estuviera mal pagada. Le habría esperado un futuro glorioso si hubiera sabido mantener la boca cerrada en el ejército. Había sido un militante audaz años atrás, pero no supo guardarse la verdad para sí mismo y la Stasi decidió castigarlo en aquel puesto en el instituto de secundaria.

    —Buenos días, Andréi. Parece que tenemos una mañana fría.

    —Buenos días, profesor Fridrih. Así es, el invierno aprieta fuerte.

    —Para inviernos los que había cuando yo era niño. Aquello sí que era frío, y no ahora. Hubo un año en el que no dejó de nevar. Te lo digo, Andréi, el clima está cambiando.

    Andréi pensó en los inviernos de la época del profesor Fridrih. Era un hombre de sesenta años, casi un anciano, que había vivido dos guerras mundiales. Una siendo apenas un niño, la otra siendo un joven militar. Estuvo en el bando perdedor en ambas.

    —Seguro que tienes razón.

    Mientras ambos subían las escaleras del edificio, un timbre fabril rompió la mañana. Andréi se giró un momento y miró hacia la calle. Los estudiantes llegaban con sus ropas raídas y sus carteras de cuero. Algunos habían estado fumando unas cuadras más allá, otros pasaban hambre, frío, necesidad. Soñaban con ser ingenieros, militares, poetas. Cuántos sueños por cumplir, cuánta energía malgastada, cuántas vidas inservibles.

    Dios mío, cuánto echaría de menos todo aquello. —Lamentaba saludando sonriente.

    2. Perdón imposible

    A la salida del trabajo, mientras bajaba los pocos escalones que separaban la planta baja del edificio de la calle, miró al cielo gris. Un pájaro cruzó por su mirada de derecha a izquierda, tan veloz que fue imposible determinar su raza, era solamente una mota de instante en el sempiterno asfalto del cielo. Arrebujado en su abrigo, encendió un cigarrillo y se encaminó hacia su vehículo que estaba aparcado unos metros más allá en el descampado solitario. Había terminado tarde de corregir unos exámenes y, a pesar de que sabía que no sería necesario acabar con aquella engorrosa tarea, sentía la imperiosa obligación de finalizar aquel cometido antes de que su vida cambiara para siempre. Muy probablemente, los funcionarios se encargarían de hacer desaparecer aquellas notas y esas correcciones nunca serían entregadas a sus destinatarios, pero esa certeza no restaba peso a su cometido así que, cuando dio la vuelta al último formulario y dejó el bolígrafo sobre la sobria mesa de madera, se sintió más aliviado y ligero que antes.

    A pesar de todo, esa vaga sensación de amargura en los labios no lo abandonaba. Lo atribuyó, mirando al conglomerado de nubes, a la nostalgia inminente. Tardaría en volver a ver a su mujer y a su hijo, aunque todo estaba dispuesto a la perfección. Abandonaría la Berlín aquella misma noche, de una vez para siempre, no había marcha atrás. Continuar con la vida que hasta entonces llevaba habría significado un suicidio. Eran muchas las pruebas que lo incriminaban y, más pronto que tarde, la Stasi encontraría indicios de su culpabilidad: era un traidor a la patria y, para un berlinés, ese delito se castigaba con la muerte.

    Andréi había servido en el ejército y luego, al licenciarse, había sido un eficiente agente del gobierno. Sus conocimientos de la lengua inglesa, que tenía gracias a una abuela de aquel país y a su facilidad para leer en ese idioma, lo habían convertido en una pieza fundamental de la diplomacia soviética. Había viajado por medio mundo como embajador comunista. Andréi era, según quería la propaganda, un hombre de su patria, uno de los muchos soldados valientes que servían en la batalla contra el Enemigo y que conseguirían la Paz para las generaciones venideras. Hubo una época en que los niños lo abrazaban y lo exhibían como un trofeo. Había traicionado, herido, incluso matado. Había servido a la causa con valentía.

    No obstante, sus continuos viajes por el globo le habían dado una visión del mundo distinta a la propaganda. Si bien existía la miseria, en general la gente se ganaba bien la vida y, aunque materialistas, las personas tenían tan buen fondo como cualquier camarada del Partido. Al otro lado del telón de acero no vivían las peligrosas alimañas que el Estado hacía creer a los demás. De hecho, aquellas gentes vivían mejor en Francia, Inglaterra, Estados Unidos, que cualquiera de sus compatriotas.

    Todo cambió al ser padre. Hasta entonces no había pensado en el futuro de la nación y la vida se reducía al presente continuo en el que vivían él y la única persona que le importaba en todo el mundo: Natalia, su mujer. Pero la circunstancia de la paternidad había hecho que los engranajes que movían la maquinaria de su pensamiento comenzaran a cambiar por completo y se empezara a preguntar por el futuro que quería dejar a su pequeño Nicolai, quien ninguna culpa tenía de los avatares de la Alemania Democrática. ¿De verdad quería que su único hijo viviera en aquel mundo gris? La voz que formulaba aquella traicionera pregunta se contestaba sola, y la respuesta era simple: No. Detestaba que su hijo se criara en aquel país maldito por sus propias virtudes. Empezó a sentir la necesidad asfixiante de salir de allí, cuanto antes.

    Estableció contacto con personas del otro lado, y se ganó su confianza dando con tino dosis de información a la Inteligencia. Aquello le había granjeado buenos amigos, los cuales quisieron ayudarlo en su situación. Sobre todo, agentes estadounidenses quienes eran los más interesados en fomentar el caos en el mundo soviético para destruir el régimen desde dentro. Gracias a su trabajo como diplomático, pudo establecer contacto con ciertas personas dentro y fuera del territorio que querían ayudarlo a destruir su país. No eran pocos los quintacolumnistas quienes conspiraban en la sombra con una sonrisa en los labios, quienes deseaban la caída de la tiranía para siempre. Pero el régimen tenía sus propios mecanismos de supervivencia y encontraba la manera de aguantar los envites de los traidores inevitables. De hecho, con Andréi casi lo habían conseguido. Un buen día, mientras se preparaba para marcharse de viaje a Italia para participar en un congreso comunista, fue llamado a la oficina. Su superior le dijo que sus servicios como diplomático habían terminado y que, de ahora en adelante, ocuparía la plaza de profesor en un instituto público del centro de Berlín.

    Andréi no preguntó, no se quejó ni protestó. Hacerlo habría significado la muerte. Un buen soviet asumía su destino con estoicismo: fuese cual fuese la orden debía cumplirla.

    La perspectiva de una pronta huida se había esfumado por completo, pero sus camaradas capitalistas habían conseguido dar con su paradero y consideraban que, por su nivel de conocimiento de los engranajes del Estado y de otros idiomas, además del ruso y el alemán, podía ser una pieza fundamental de contraespionaje al servicio de los Estados Unidos de América. A través de Igor, un confidente de los americanos, su corazón había conseguido mantener la luz de la esperanza gracias a un plan de fuga bien trazado. Todo estaba dispuesto: los pasaportes, el transporte, los sobornos. La idea era tomar un tren hasta la frontera con Finlandia y de ahí, tomar un vuelo directo a España, donde pronto se reuniría con su familia y los tres se embarcarían en un buque estadounidense, en una base al sur de ese país mediterráneo, que imaginaba soleado como un desierto. Sólo tenía que hacer una única cosa: esperar en silencio la llegada del día de la fuga: el 20 de noviembre de 1975, es decir, el día que estaba viviendo en este mismo instante.

    Antes de llegar a su coche, aparcado a unos metros de la puerta del centro de formación, vio a Igor fumando un cigarro a lo lejos, detrás de unos árboles, enfundado en una gabardina marrón. Lo miraba con fijeza sin hacer ningún gesto, levantando la mano sólo para llevarse el cigarrillo a los labios y expulsar una nube de humo gris sobre el pesado cielo. Sin hacer ningún gesto tampoco, no subió a su vehículo, sino que siguió avanzando hacia él, en dirección al lugar acostumbrado donde había mantenido otras reuniones breves con el viejo Igor en el pasado. Se trataba de un callejón oscuro entre dos condominios que daba a un descampado que siempre estaba moteado de charcos y de barro, por el cual nunca pasaba nadie a excepción de algún gato hambriento en busca de alguna rata. Preocupado por la inesperada visión de Igor, intentaba tranquilizarse con pensamientos positivos: probablemente la visita del confidente simplemente era algo rutinario, para repasar los detalles de un plan que sabía de memoria: a la hora convenida debería estar en el lugar indicado sin más equipaje que el que cupiese en los bolsillos de su abrigo.

    Al llegar al fondo del callejón, por el camino menos concurrido, Igor lo esperaba al final, recortando su silueta el cielo y el suelo marronáceo del descampado. Las ruinas de unos edificios aún por reconstruir eran los únicos testigos de su encuentro. Ambos fumaban nerviosamente mientras Andréi transitaba los escasos doce metros que los separaban. Sin levantar la vista, casi sin mirarse, Igor reparó en su camarada y dijo:

    —Malas noticias. Misión abortada hasta nueva orden.

    Sabía que debía continuar de largo, tal y como indicaba el protocolo establecido en aquellos casos. La comunicación debía hacerse de pasada, corta, directa y claramente. Pero Andréi no pudo evitar que su corazón se derrumbara como una cortina que se soltara de sus rieles y cayera pesadamente sobre el escenario de su vida. Había esperado ese día con toda su ilusión y no pudo evitar detenerse en mitad de la calleja, frente a Igor, mirando al frente. Un gato pardo se volvió con ojos de diablo.

    —¿Por qué?

    —¿No has oído las noticias?

    Igor se marchó en dirección opuesta sin decir nada más. Ambos se separaron y Andréi retomó la marcha internándose en el descampado al que los edificios mastodónticos parecían dar la espalda. Pisando charcos y basura, Andréi encontró lo que buscaba tirado en el suelo: un periódico de ese día. En la portada del diario, la noticia de ese día era: Franco ha muerto. En las páginas interiores se explicaban los pormenores que habían dado lugar al fallecimiento de aquel neblinoso personaje de la política española quien, con su muerte, hacía saltar por los aires el plan que había de llevarlo a España.

    —¡Maldito sea! —gritó en mitad de la nada. Un par de córvidos alzaron el vuelo asustados.

    Una lágrima se precipitó al suelo y cayó sobre un charco marrón. El reflejo de su cara sobre el cielo lo decía todo: estaba perdido, todo por lo que había luchado se había esfumado, como el que sopla cenizas. Aturdido, sin saber bien adónde ir, retomó el camino hacia su vehículo que lo esperaba solitario donde lo había dejado esa mañana para siempre.

    Ya en la berlina, decidió encender el transistor y sintonizar el canal de noticias. Una voz gangosa le salió al paso y le informó, entre los muchos proyectos positivos que hacía la URSS por los berlineses, de la muerte del tirano en España y de la posibilidad que eso ofrecía para la extensión del proyecto comunista en aquel país y, por ende, en Europa en general. Un representante del PC hablaba en la radio y se felicitaban por ese día feliz.

    —¡Malditos sean! —Andréi golpeaba con furia el volante de su utilitario ocre mientras avanzaba despacio por la carretera helada entre bloques iguales de edificios gemelos repetidos uno detrás de otro como las piezas de un austero dominó. —¡Malditos sean! —La torre de televisión en Alexander Platz lo miraba pasar a lo lejos, entre los edificios, como un ojo constante que centelleara al encuentro de los escasos rayos solares.

    Andréi lloraba. No es que tuviera especial simpatía por aquel personaje calvo y ventrudo, que se había convertido en un viejo decrépito que había muerto de flebitis; no era eso lo que lo entristecía. El terremoto político que la plácida muerte del dictador había generado era de tal magnitud que provocaba el movimiento de las placas tectónicas sobre las que se construía el delicado bloque de la política internacional, que poco o nada tenía que ver con los intereses particulares de un individuo. Que Franco hubiera muerto era una buena o mala noticia para su pueblo, en eso Andréi no entraba y le daba absolutamente igual. Pero con su fallecimiento, nada volvería a ser lo mismo, es decir, todos los planes que se habían trazado hasta la fecha quedaban pospuestos, en revisión, o directamente cancelados.

    Se había jugado demasiado en aquella aventura de la fuga y sólo esperaba que nadie se hubiera dado cuenta, que todo siguiera igual que siempre y que pudiera, al menos, continuar con las clases de Literatura que disfrutaba tanto. Amaba a su familia por encima de todas las cosas y esperaba encontrar en los placeres del hogar un nuevo motivo por el que levantarse cada día, aunque fuera en un mundo en blanco y negro.

    Aparcó donde siempre, subió con pesadez las escaleras hasta el tercer piso y abrió la puerta de su casa. Eran las cinco de la tarde del 20 de noviembre de 1975, un día que recordaría un país entero por muchas décadas, si no siglos, y Andréi Nicolaievich también. Al penetrar en su hogar, el olor a café recién preparado hizo que se alegrara. Natalia jugaba con el pequeño Nicolai en el salón y las risas de ambos se escuchaban desde la puerta. Atravesó el pasillo dejando las botas, las llaves y el abrigo en su lugar habitual, con una sonrisa en los labios de oreja a oreja. Mientras con pesados pasos cruzaba la distancia entre la entrada y el salón, la voz de su hijo decía: —¿Papá?

    Al traspasar el umbral de la puerta, vio a su hijo y a su mujer sentados en el suelo que lo miraban con alegría infinita. Con los ojos llenos de lágrimas, Andréi cayó de rodillas y comenzó a llorar blandamente frente a su mujer y su hijo. Ellos, sin entender, se quedaron quietos un minuto. Fue Natalia quien primero se levantó y abrazó a su marido diciéndole: —¿Qué ha pasado? El pequeño Nicolai se acercó también y abrazó a su padre repitiendo la misma pregunta; nunca había visto a su padre llorar, como él hacía de vez en cuando, cuando estaba triste.

    —Os he fallado.

    —Cuéntame ahora mismo qué es lo que te pasa. —dijo Natalia imperativa.

    Aunque no tenía intención de confesar su secreto y sabía que por el bien de todos era mejor mantener el pico cerrado, Andréi no pudo aguantar más. Podía engañar a un país entero, un país que le había pedido muchos sacrificios como traicionar, matar, mentir, despedir a familiares y amigos antes de tiempo, y un largo etcétera de falsas heroicidades. Podía engañar a los soviets, pero no podía seguir escondiéndose delante de las personas más importantes de su vida: su mujer y su hijo. Hoy les diría la verdad.

    —Tengo algo que contarte, Natalia. —Dijo de rodillas, como suplicando un perdón imposible.

    3. Caía tras la ventana

    —Amo…

    —Yo también te amo, Natalia, mi amor.

    Andréi se sentía liberado. Por fin, después de tantos meses de incertidumbre, había podido desahogarse con la persona que más quería en el mundo: su mujer Natalia. A pesar del fracaso sentía una poderosa sensación de alivio, como el que deja en el suelo un peso imposible. Nunca más tendría secretos para ella, para ninguno de los dos.

    —Amo a mi país por encima de cualquier cosa, nada ni nadie podría separarme de él.

    Cayó el silencio en el pequeño salón como un montículo de nieve y la habitación se quedó helada a pesar de la calefacción central. Sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, Andréi miraba a su mujer con los ojos como platos, temblando de miedo. Nunca había conocido esa expresión de resentimiento en el rostro de la dulce Natalia, con quien llevaba casado más de diez años. Simplemente, no parecía la misma persona.

    De pie en medio de la habitación, Andréi miraba a todas partes como si de repente estuviera encerrado en una jaula. Su hijo Nicolai jugaba tranquilo con unas piezas a construir una torre que siempre acababa desmoronándose. Un pensamiento cruzó como un cuervo por su mente: así los hombres viven sus sueños, que siempre se vienen abajo. Natalia, que permanecía callada, empezó a llorar amargamente sobre el sofá marrón.

    Aguantándose las ganas de llorar también, Andréi permaneció pensativo con las manos en los bolsillos. El pequeño Nicolai dejó a la mitad la torre que andaba construyendo y fue corriendo a abrazar las rodillas de su madre, cuya espalda subía y bajaba en cada hipido. Andréi observaba la construcción que había dejado a medio hacer su hijo en mitad de la moqueta del salón y le dio una patada de furia. Las piezas saltaron por los aires, en todas direcciones, estrellándose la mayoría en los libros de la estantería. Natalia detuvo su tácito gimoteo y permaneció en silencio mientras Andréi se acercaba. De pie junto a su mujer y su hijo, se derrumbó. Se puso de rodillas frente a ellos y dijo:

    —Perdóname. Yo sólo quiero… quería lo mejor para vosotros. —y empezó a llorar también. Apoyaba su cabeza sobre las blancas rodillas de ella y poco a poco iba humedeciendo su piel con lágrimas pringosas y saladas mientras Natalia le acariciaba el pelo. El pequeño Nicolai, al ver a su padre así, no supo cómo reaccionar y se escondió, mirando desde detrás del reposabrazos, asimilando la extraña situación.

    —Te perdono. Eres mi marido y lo serás hasta el día en que uno de los dos muera.

    Feliz, Andréi levantó la vista y, a través de sus ojos llorosos, miró el rostro impertérrito de Natalia, quien con mirada azul fijaba la vista en un punto invisible que parecía situado a cientos de quilómetros de esa habitación, cuyos muros dejaban apenas un espacio de diez metros cuadrados. Su marido la besó en los finos labios y fue entonces cuando ella giró su cabeza hacia él, aunque su mirada seguía posada a cientos de millas.

    —Natalia, te quiero tanto…

    Ella se limitó a seguir acariciando amorosamente el pelo de la nuca de Andréi. El pequeño Nicolai se sintió más seguro y volvió para abrazar a sus padres. Se quedaron así, abrazados entre el suelo y el sofá, un espacio indeterminado de tiempo, hasta que el niño decidió proseguir con sus juegos y Natalia se levantó decidida y dijo: Prepararé té.

    Andréi se levantó del suelo y se sentó en el duro sofá. Mientras oía el ruido de su mujer con la pava del té y las tazas se miraba las manos. Le parecía un milagro que aquellas extremidades, con sus diez dedos y sus incontables falanges, siguieran pegadas a su cuerpo, funcionando a cada orden intangible que el celebro les mandaba. Nunca podrían los científicos soviéticos replicar aquel milagro. Como un bebé cuando las descubre, cerraba y abría sus manos, movía los dedos en direcciones arbitrarias por el siempre gusto de tocar el aire y la luz con la piel desnuda.

    Natalia volvió con el té y se sentó a su lado. Sirvió dos tazas humeantes y suspiró.

    —Otra vez andas en tus pensamientos.

    —Solo puedo pensar en lo maravillosa que eres.

    —Mi amor, estás completamente equivocado.

    —Eres maravillosa y nada podrá quitármelo de la cabeza.

    —Me refiero al plan que has urdido a mis espaldas todo este tiempo.

    Andréi bajó la cabeza sin saber muy bien qué decir.

    —No digas nada, ahora me toca hablar a mí. Te voy a decir por qué este es el país más maravilloso que existe, y por qué nunca voy a abandonarlo. Ni yo ni mi hijo Nicolai.

    Una expresión de estupor y miedo pobló el rostro de Andréi, quien escuchaba callado.

    —Como sabes, nací en un pequeño pueblo en la península de Kamchatka. Creo que mi padre fue destinado allí por un asunto de deslealtad, pero nunca se habló del tema. En aquella extrema región solo había nieve, hambre y muerte. No llegaba ni siquiera el periódico y la luz eléctrica era un lujo del que sólo disponían los edificios oficiales. Mi madre murió en el parto y mi padre volvió a casarse muy pronto, con una aldeana de ojos rasgados a quien nunca podría llamar Madre. Yo no tenía nada, y estaba sola…

    »Pero en Kamchatka sí que había Escuela. Muy pronto, destaqué en los estudios. Aprendí a leer enseguida y el lenguaje de las matemáticas simplemente era algo natural para mí. Un día, unos inspectores venidos de Moscú aplicaron unas pruebas internas del Estado, estaban buscando futuros científicos para el programa espacial en todas las regiones de nuestra extensa patria, y dieron conmigo. Recuerdo el día en que me subí al tren que habría de llevarme a Irkutsk, y de allí seguiría en transiberiano hasta la capital. Hicimos el viaje con otros niños de regiones cercanas a la mía. Éramos unos diez. Hubo uno que murió en el tren por una apendicitis y fue el primer contacto que tuve con la muerte. A pesar de todo, no fue un momento triste. Yo estaba feliz: ¡iba a prosperar!

    »Una vez en el instituto, seguí destacando por mis cualidades, sobre todo en el ámbito de la física y las matemáticas. Antes de entrar a la universidad fui propuesta para participar en el programa espacial. Me veía a mí misma como una futura cosmonauta, atravesando el cielo como había hecho nuestro héroe, Yuri Gagarin; incluso la perra Aika me producía una amarga sensación de envidia. Iba a conseguirlo, iba a convertirme en la más audaz cosmonauta, la primera en pisar Marte.

    »Pero no pudo ser. No fui lo suficientemente buena y en los exámenes escogieron a otros antes que a mí. Entré en la facultad de ingeniería, que fue donde nos conocimos, y el resto ya es nuestra historia, que no hace falta repetir. Sé que sabías todo esto pero lo que quiero decirte, por primera vez desde que estamos juntos es que se lo debo todo a mi país. Si no fuera por la URSS ahora sería una estibadora arrugada en Vladivostok.

    Andréi la observaba en silencio con ojos arrobados. Era cierto que conocía todos los detalles de la vida anterior de Natalia, aunque ella casi nunca hablaba de su pasado. Aquella chica rubia y solitaria, que una vez le robara el corazón, se había convertido en una madre amable y en una trabajadora incansable en la fábrica de fuselajes, a cargo de líneas de producción extensas, donde trabajaban hombres y mujeres de brazos fuertes. A pesar de su esbelta figura, de su cabello rubio y de sus grandes ojos azules, todo el mundo la respetaba. La llamaban la muñeca de hierro. Quienes estaban cerca de ella decían que era capaz de matar con los ojos y que un extraño espíritu, numen de la Siberia, vivía en su interior. Por eso, hasta las brujas, le tenían miedo y gran estima.

    —Pero, Natalia, mi amor. ¿Nunca has pensado que el mismo Estado que te salvó fue el mismo que destinó a tu familia al rincón más extremo de la Siberia? Si no viviéramos bajo la bota del totalitarismo, no habría hecho falta tanto sufrimiento, quizá tu madre…

    —¡No sigas! —El pequeño Nicolai, asustado, dejó sus cosas y se escondió bajo la mesa.

    —Solo digo que nuestra vida podría ser diferente. Tú podrías desarrollar tu profesión en otro sitio, quizá tendríamos más cosas, una casa grande, un coche decente. Tú no has visto lo que yo, Natalia, los ingenieros en sus países viven en grandes mansiones al sol.

    —Tú lo has dicho: los ingenier—os. No quiero ser una de esas mujeres, ¿entiendes? Lo único que saben hacer es pintarse las uñas, y a mí eso ya sabes que no me va. El suyo es un mundo dominado por hombres ventrudos, burgueses con el puro en la boca y el pie sobre los trabajadores y campesinos, como lo fui yo. ¿Crees que una chica como yo habría tenido alguna posibilidad en el mundo capitalista? Me habría muerto de hambre.

    —Nadie puede saberlo, Natalia. En cualquier caso, no vale la pena pensar en lo que pudo haber sido. Lo importante es el presente y el futuro, el porvenir de Nicolai… De todas formas, nada importa ya… Nuestros sueños, los míos y los tuyos, se han venido abajo.

    —Habla por ti, Andréi. Yo soy feliz en Berlín y quiero que mi hijo crezca aquí.

    —Pero es nuestro hijo… 

    —¿No te das cuenta? Puede ser que vivamos en un mundo gris, en una vivienda pequeña dentro de un piso de hormigón replicado en toda la avenida. Nuestro coche se avería y la calefacción falla. La nevera está medio vacía y la televisión no ha llegado a esta casa. Pero me da lo mismo. Tenemos la literatura: Tolstoi, Gorki, Chéjov, Turgéniev…

    —Y muchos intelectuales proscritos.

    —Traidores. Tenemos también la música de Chaikovski, el ballet, la ciencia, el Sputnik.

    —Ellos pusieron el hombre en la luna.

    —¡Mienten! ¿Es que no lo ves? ¡Todo es una gran mentira! Viven en un mundo de colores, con muchas marcas y muchos objetos con los que adornarse, pero por dentro son grises, por dentro no tienen nada. Y son profundamente infelices, más que nosotros.

    El pequeño Nicolai comenzó a llorar al escuchar los gritos de sus padres. Ambos se quedaron en silencio, de pie, mirándose a los ojos con amor y tristeza, como si estuvieran en el andén despidiéndose para siempre de lo que pudo haber sido. Natalia cogió a su hijo en brazos y lo meció blandamente, Nicolai dejó de llorar al instante. Al fin, Andréi suspiró y calló rendido en una silla próxima. Con los ojos húmedos dijo:

    —¿Sabes qué, Natalia? En realidad me importa muy poco donde residamos, siempre y cuando estemos juntos, los tres. Para mí vosotros sois mi verdadera patria, mi vida.

    Con el niño en brazos, Natalia se sentó sobre las piernas de Andréi y los tres se abrazaron con fuerza. Sonreían de tristeza y alegría mientras el sol caía tras la ventana.

    4. El último día en la Unión Soviética

    La tarde transcurrió sin grandes incidentes. En los días más trascendentales de las vidas humanas parece que no pasa nada. Pronto se hizo de noche y el frío comenzó a arañar el cristal de la ventana cerrada. Era imposible salir a la calle en un día como aquel, en una ciudad como Berlín, a esa hora de la tarde. Andréi estaba sentado junto a la ventana mirando los pocos vehículos que iban y venían al otro lado del cristal, pensativo y triste.

    —Ahora vuelvo. —dijo Natalia— Voy a dejar a Nicolai con Sasha y los otros.

    El pequeño Alexander, Sasha, y los otros niños vivían en una de las viviendas del condominio con sus abuelos, la familia Rostov. Los Rostov habían sido nobles en el tiempo de los zares pero ahora ocupaban un cargo de importancia dentro del Partido. Entre otras sutilezas, la casa, aunque en metros era igual que la de ellos, contaba con teléfono y televisor, lo cual constituía un verdadero lujo en aquella sociedad estoica.

    Nicolai oyó los pasos de su mujer y su hijo alejándose por el pasillo, camino de la puerta, y suspiró. A pesar de sentir un leve temblor en su corazón, se mostraba tranquilo. Bajó la mirada y reparó en el libro que tenía en las manos, el clásico de la literatura española que andaba leyendo aquellos días: Qué es la vida, un frenesí… y los sueños, sueños son.

    Leyó Andréi, en ruso, y, como se sentía tan identificado, reflexionó sobre el personaje. Segismundo había desperado, en aquella parte del libro, encerrado en la torre que casi lo había visto nacer, sin más compañía que las cadenas que lo sujetaban a la pared como a un animal; pero había estado en otro estado más benigno antes de quedarse dormido por el efecto del somnífero que le administran sus carceleros. El héroe piensa que sus vivencias en palacio fueron un sueño, aunque fueron en realidad ciertas, pero no lo sabe.

    Pasó un tiempo indeterminando en el que Andréi le dio vueltas a la cuestión de la vida y el sueño en la deliciosa traducción de la obra de Calderón que manejaba. Al fin y al cabo, su sueño de salir de la URSS se había venido también abajo y se había despertado en aquella torre de cemento. Por lo menos tenía cerca a su mujer y su hijo, a quienes tanto quería. Andréi recordó que había escogido aquella obra del barroco español del siglo XVII porque quería entender la cultura del país que lo iba a acoger, y el destino quiso que corriera la misma suerte que aquel personaje desdichado de La vida es sueño.

    En aquellas disquisiciones, se oyó la puerta. Era Natalia, que entraba en la habitación trayendo un leve olor a incienso proveniente del corredor. Sin decir nada, se dirigió hacia la habitación. Sus pasos ligeros se perdieron detrás de la puerta del dormitorio, que se cerró. Andréi volvió a levantar la mirada del libro, esta vez sin pensar en nada. Los ojos se le llenaron de lágrimas dulces mientras la última luz del sol se perdía en el horizonte.

    —Date la vuelta. —dijo Natalia, y Andréi así lo hizo. Lo que vio lo dejó perplejo. Natalia estaba completamente desnuda, de pie, sobre la alfombra del salón. Y estaba preciosa.

    Para ser una mujer, Natalia tenía los pies un poco grandes. Nunca se pintaba las uñas y por eso sus dedos parecían hechos de mármol blanco. No había venas como arañas que empañaran su piel delicada, sus dedos largos y sus tobillos un poco anchos, demasiado fuertes, herencia de una abuela del Cáucaso acostumbrada a caminar por la nieve. Natalia se sentía acomplejada por aquellos pies y, cuando habían ido al mar en los pocos meses de verano, los escondía dentro de la arena para que nadie, ni siquiera Andréi, pudiera verlos. Pero a él le encantaban sus pies desnudos porque formaban parte de ella.

    Sus piernas, sin ser demasiado largas, estaban bien torneadas. Las varices no habían hecho aparición en aquella carne joven y blanca, que se mantenía pura como la nieve intacta. Sobre el muslo derecho, donde empezaban las curvas de su trasero, su naturaleza había dibujado un lunar marrón sobre la piel. Andréi pensaba en las veces que había besado aquel lunar del que Natalia se sentía tan orgullosa. Siempre que lo hacía, ella se estremecía y arqueaba la espalda con placer, diciendo palabras de amor.

    Su vientre era recto y firme, pero no se adivinaba debajo de la piel nada de músculo, como si no fuera por dentro como el resto de las personas, sino hecha de un material divino que sólo había tocado él en todos los años que habían compartido. Sus pechos eran pequeños y tersos, conservaban cierta dureza que no habían perdido después de ser madre. Le gustaba cuando Andréi los apretaba entre sus manos y lamía la aureola de aquellos senos de diosa griega. Un poco más arriba encontraba su cuello largo y elegante y, por encima de este, una sonrisa pícara, que le recordaba tanto a aquella actriz soviética que a ellos les gustaba tanto y de la cual habían visto todas sus películas.

    Su nariz, aunque un poco grande, era un triángulo perfecto que daba elegancia y geometría a su rostro delgado, a sus mejillas altas y a sus ojos azules, que eran grandes incluso al sonreír. Su pelo era espeso y suave, con un flequillo que tapaba una frente alta. Andréi la quería, la deseaba, la amaba con toda la fuerza de su existencia, las palabras se agolpaban en la boca y no era capaz de pronunciar ninguna porque su belleza le parecía una cosa fuera del mundo. Cómo había podido trazar un plan de fuga sin contar con ella, cuánto la hubiera echado de menos, qué estúpido había sido.

    Natalia se acercó y se sentó, desnuda como estaba, sobre sus rodillas. Se besaron en los labios y ella empezó a desabrochar los botones de la ropa de Andréi, con agilidad acostumbrada. Él acariciaba con suavidad su cuerpo, repasando todas las líneas de su figura con la yema de los dedos, desde los pies hasta la punta de la nariz, recorriendo con el tacto todo lo que antes había admirado con la vista. Desapareció el piso de cemento sobre el suelo helado de la madre patria y los dos se trasladaron, en un sueño, junto a aquella playa donde se amaron hacía años, antes de que Nicolai fuera siquiera un proyecto, en aquellos días de verano tan cálidos que parecían un milagro. Andréi no quería abrir los ojos mientras la besaba para no verse en su torre, sino en aquella playa donde una vez habían sido más jóvenes y libres. Cuando estuvo desnudo, cayeron al suelo junto con el libro que antes estaba leyendo y se derramaron sobre la alfombra floreada y oscura que los protegía del suelo de la estancia. Se amaron durante un tiempo imposible de cuantificar porque no sucedió en un momento concreto, sino que fue la suma de todas las veces que habían hecho el amor alguna vez, desde la primera a esa última. Ambos gritaron y golpearon el suelo sin importar que los vecinos los oyeran.

    Tal y como empezó, el sueño se terminó de pronto para ambos, y quedaron exhaustos y desnudos mirando a la vieja lámpara soviética que coronaba el techo del pequeño salón.

    —Eres maravillosa. No sé en qué estaba pensando. Me arrepiento tanto, Natalia…

    Sin decir nada, ella se levantó del suelo y se dirigió a su habitación contoneando su estrecho trasero blanco a cada paso. Andréi la hubiera amado de nuevo, pero sabía que eso no sucedería otra vez. Recogió su ropa interior y se puso también los pantalones, dejando que el sudor de su torso delgado comenzara a secarse solo al aire de la habitación. De la mesita cercana tomó su paquete de cigarrillos y encendió dos. Al cabo de un momento apareció Natalia, vestida con camisón blanco bajo una bata de lana azul, y tomó el cigarrillo que su marido le tendía. Ambos se sentaron en el suelo, con el cenicero a sus pies descalzos, fumando en silencio mientras la radio sonaba muy baja.

    Se quedaron así sin decirse nada mientras el Coro del Ejército Rojo ejecutaba en el viejo transistor su versión del Bella ciao en un tono casi imperceptible para ellos. No hacían falta más palabras para quienes habían vivido tanto tiempo juntos, con la simple manera de cogerse la mano podían hablar con el otro sin tan siquiera mirarse a los ojos.

    —Hiciste lo que creíste que era mejor, Andréi, no te culpes. Te quiero. Siempre te querré.

    De repente, atronó el timbre de la puerta y ambos se sobresaltaron. Natalia corrió a ponerse unas zapatillas y atarse la bata y Andréi recompuso su camisa y encontró sus zapatillas cerca porque ella las había traído de la habitación. Se quedó de pie, paralizado por un miedo indescriptible que poco a poco comenzaba a crecer detrás de la puerta de su casa, habitado desde ahora por el fantasma de la eterna sospecha. ¿Alguien se habría enterado de sus planes? ¿Qué sería de él si lo descubrían?

    Prefería no darle demasiadas vueltas y dejar que los miedos siguieran su curso, mañana sería otro día en el que podría trazar nuevos horizontes y estrategias a partir de lo que había pasado hoy. Quién sabe, puede ser que recibiera alguna buena noticia en los días posteriores y el cambio de planes constituyera una nueva oportunidad para su familia. La esperanza era lo último que se perdía y lo único que no había salido de su alma.

    El pequeño Nicolai, llamado así por su abuelo, entró risueño en el hogar llenándolo de luz y alegría. Corriendo, como casi nunca hacía, abrazó a su padre y lo besó en las mejillas con su cabello revuelto y un muñequito en su mano derecha. Andréi abrazó a su hijo con fuerza, mientras lo besaba a su vez y el olor de su pelo inundaba sus sentidos. Mientras mamá comenzó a preparar la cena, ambos jugaron sobre la alfombra, donde empezaba a vivir una nueva hermana para Nicolai, que habría de llamarse Irina, como la madre de Natalia. Pero en ese entonces ninguno lo sabía.

    Jugaron, lucharon, cantaron. Desordenaron todas las esquinas de la estancia y corrieron de un lado a otro por la casa. Reían tanto que las lágrimas inundaron los ojos de ambos. Mamá tuvo que intervenir dos veces para que se tranquilizara un poco el juego, que amenazaba con derribar la casa de tanta pataleta y golpe seco y tanta risa estridente. Completamente exhaustos, se sentaron en la mesa del comedor mientras Natalia servía la sopa humeante de una fuente de porcelana con tapadera. Los cuencos se fueron llenando de aquel líquido dorado, como un linimento que habría de sanarlos por dentro.

    —No juegues con la comida, Nicolai.

    —Déjalo, mujer, no hace daño a nadie.

    Todos sorbieron la sopa ruidosamente mientras las agujas del reloj daban vueltas sobre sí mismas señalando la proximidad de la hora siguiente. Sin decir gran cosa, como hacían todos los días, se terminaron su escasa ración y los cuencos y cubiertos fueron retirados. Mientras Natalia recogía, Andréi encendió un cigarrillo y Nicolai jugueteaba con unas migas de pan duro que habían sobrado de la cena. Andréi miraba a su hijo: su melena rubia, sus brazos que un día serían fuertes, sus profundos ojos azul oscuro. Era un niño listo y guapo, podría llegar tan lejos como se propusiera, hasta donde lo dejaran. Andréi enjuagó una minúscula lágrima de orgullo y dio una profunda calada de alivio.

    —A la cama. —dijo Natalia al volver de la cocina. El pequeño Nicolai protestó.

    — Quielo jugal papá.

    —Dale un beso a papá y a la cama.

    Andréi abrazó a su hijo fuertemente sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho. El pequeño le plantó un beso en la mejilla húmeda y se zafó del abrazo de su padre. Luego se marchó alegremente detrás de su mamá, camino de su cuarto, con pasos decididos de guerrero soviético, con los mismos sueños de cosmonauta que había heredado de su mamá. Algún día Nicolai Andreiévich pisaría el planeta Marte.

    Andréi se quedó solo un rato. El humo del cigarrillo dibujaba círculos que rápidamente se tornaban en espirales para hacerse al final invisibles. Bajo la luz amarilla de la habitación, fumaba y sus piernas se agitaban obsesa y repetidamente. Sus dedos temblaban un poco, hacía tiempo que un peso hondo se había instalado en su estómago.

    Natalia volvió al cabo de un rato y se sentó frente a él. Estaba tan bella que costaba mirarla a los ojos sin sentirse deslumbrado. El pequeño Nicolai dormía ya plácidamente. Andréi decidió abrir el libro y continuar leyendo la obra por donde la había dejado.

    Estuvieron así, sentados frente a frente en silencio, una hora entera, sin moverse. Al cabo de ese tiempo, se oyeron unos pasos que venían del hueco de la escalera. Eran dos personas, por lo menos, hombres, por el peso de sus cuerpos sobre el piso. Caminaban prácticamente a la vez, como si fueran una pareja acostumbrada a ir juntos a todas partes, y pisaban fuerte. Podía sentirlo en las patas de la silla donde todavía estaba. Los pasos fueron haciéndose más presentes hasta llegar a la puerta de la entrada. Casi podía percibirse la respiración entrecortada y honda de los individuos detrás de la madera.

    Toc—toc—toc. Uno de ellos había llamado con fuerza y decisión, sin tocar el timbre.

    —¿Son ellos? —preguntó Andréi.

    Natalia no contestó y se echó a llorar. Puso su cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa marrón y empezó a sollozar desconsoladamente. Andréi nunca la había visto así, tan abatida, tan desesperadamente rota.

    —¿Por qué, Andréi? ¿Por qué lo hiciste?

    —Porque te quiero. A ti y al niño. Os quiero con toda mi alma. Daría mi vida por…

    TOC—TOC—TOC.

    Los golpes sonaron más fuertes y una voz ronca preguntó algo desde el otro lado de la puerta, amenazando la próxima vez con derribarla y formar un escándalo innecesario.

    —¿Sabrás perdonarme?

    Andréi se puso de pie y la miró en silencio. Los ojos de ella le atravesaban el corazón. Nunca los había visto tan tristes.

    —No tengo nada que perdonarte, mi amor. Te quiero y te querré siempre. Cuida de él.

    —Yo también te quiero, Andréi. Te querré siempre. —dijo ella sin levantarse de la silla.

    Con pasos dudosos, se encaminó hacia la puerta por el oscuro corredor de su casa. Sabía que nunca más pondría los pies en aquella torre de cemento y que desde ahora, para siempre, dejaba lo que hasta entonces había sido su vida. Qué es la vida. Pero estaba contento. Un frenesí. Miró una última vez hacia atrás y vio el libro abandonado en el suelo. Qué es la vida. No lo terminaría. Una ilusión.

    Abrió la puerta y miró desafiante a los dos tipos que lo esperaban al otro lado.

    —¿Andréi Nicolaiévich? —dijo el tipo de la Stasi.

    —Este día ha sido feliz. He sido feliz… —dijo él —Es mi último día en la Unión Soviética.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia forma parte de una novela, que pronto saldrá en papel. Si te ha gustado el realto y estás interesado/a en adquirir el libro, pronto pondré información sobre cómo hacerlo en este sitio web. Si te apetece, no dudes en hacerme llegar tu opinión, por el medio que sea, sobre tu lectura.

    Un abrazo,

    Ricardo R. Boceta

  • Basado en hechos reales

    Basado en hechos reales

    Nota del autor: Hoy tengo el placer de recoger el reconocimiento por haber quedado Finalista en el Concurso literario que tiene como … este relato. Me interesa explorar los límites entre la realidad y la ficción, y esta historia es una muestra de esa búsqueda. Aunque este relato formará parte de un libro con otros textos reconocidos, me apetece compartir con ustedes la versión digital, pues los lectores/as de este sitio web son para mí la sangre que me impulsa a escribir cada día, y publicar los domingos.

    PD. La niña que protagoniza el relato de esta historia, D. M., también ha resultado finalista en su categoría. Toda un giro del destino y una bonita sorpresa de la literatura.

    Basado en hechos reales

    El viernes a las 12:30 tengo clase de Lengua castellana y literatura en Primero de la ESO C. Unos días antes, había propuesto a mis alumnos que participaran en el concurso literario, este certamen sobre Historias de radio, que convoca cada año el Ajuntament de Constantí. Antes de empezar a dibujar las letras sobre el papel, expliqué a mis alumnos y alumnas los Elementos de la Narración en un esquema. «Todo escritor/a tiene que pensar en cinco cosas: Narrador, Acción, Personajes, Lugar y Tiempo». Pronto sucedió lo que yo ya me temía: muchos no sabían sobre qué escribir, no se les ocurrían ideas para completar el esquema previo que yo les había pedido con los elementos de su propio relato. A estos les aconsejé lo que me aconsejo a mí mismo: «Escribe sobre algo impactante que te haya pasado a ti, algo basado en hechos reales. A todos nos suceden cosas increíbles. Podéis cambiar los nombres de los personajes, los lugares, los hechos… Yo no sabré, al leerlo, si la historia es real o no. Además, debéis introducir el elemento de la radio en el cuento, lo cual hará que vuestra verdad se convierta en una ficción».   

    Ese viernes estaba cansado. Había sido un día duro: evaluaciones, estrés, papeleo, la vida dura de los adultos. Ese día tengo a medio grupo. Los alumnos tenían que entregarme la historia ya terminada para evaluarla. Mientras algunos finalizan la tarea, yo voy corrigiendo sus historias en clase. Por orden de lista, hago venir al estudiante a mi mesa y aconsejo algunos cambios mientras leo su flamante relato. La primera de la lista, D. M., no la ha terminado. «Bueno,» —le digo— «acábala ahora», y escribo NA, No Assolit, en mi libreta digital de calificaciones, mientras viene la siguiente de la lista.

    Al cabo de tres redacciones leídas y evaluadas, D. M., la primera de la lista, levanta la mano y me informa de que ya ha terminado la tarea. «Estamos a mitad de la clase, creo que me da tiempo.» —pienso que soy un blando— «Vente, D., corregiré tu historia». No espero gran cosa, son apenas dos caras y media en letra grande y aburrida de deberes.

    Pero al empezar a leerla, lo siento. Es una atracción extraña, imposible de definir o aprehender, pero palpable como la libreta que sotengo entre las manos. Me gusta. La historia será buena. Trata —D. ya me lo dijo hace unos días— sobre un intento de secuestro. En ese momento lo recuerdo y noto esa electricidad que tienen los grandes relatos de la literatura y les digo: «Voy a leer la historia de D. en voz alta, ¿vale?». Los alumnos me miran, dejando lo que estaban haciendo, me escuchan, se forma un silencio. 

    Una niña viene de jugar con su amiga en un parque de Tarragona. Son las ocho de la tarde. Antes de llegar a su casa, después de despedir a su amiga, ve que un hombre la persigue con una furgoneta blanca. Echa a correr y la furgoneta aumenta la velocidad. De la radio del vehículo, sale una música que tiene el poder de adormecerla. La chica, la autora de la historia, intenta escapar. Los niños y el profe empezamos a indagar. «¿Te ha pasado de verdad?» «Algo parecido,» —asiente ella— «Lo de la música de la radio es mentira. Claro, eso me lo he inventado.» «Eso es la ficción.» —Intervengo yo.— Me miran. Sigo leyendo. Cuando está a punto de llegar al portal, aparece un segundo hombre que intenta atraparla justo al entrar por la puerta. El de la furgoneta intenta, incluso, atropellarla. Consigue entrar, pero empieza a escuchar esa música de nuevo y pierde la conciencia. Se despierta en su habitación. La chica, por suerte, había conseguido llegar hasta su cuarto, a salvo. Todo era un sueño. —Yo les había dicho que ese era el peor de los finales: «Todo era un sueño. Lo hacen los malos escritores y guionistas cuando no saben terminar una historia.»— Los alumnos y el profe sonreímos. A pesar de esa resolución, no nos estropea un buen relato. Pero todavía queda texto. Se levanta y mira por la ventana. Otra vez escucha la música de la radio. Ve a los dos hombres, con la furgoneta, abajo, en la calle, que empiezan a trepar por la pared de su edificio. Cuando están a punto de entrar en su cuarto, por la ventana, vuelve a despertarse en su cama. Asustada, se acerca de nuevo hasta la ventana para ver si los hombres malos siguen allí. Y —contra todo pronóstico literario— allí están, pero ahora trepan por la pared de enfrente, donde vive una amiga suya, una chica que ella conoce. Por suerte, de la nada, su madre, la heroína de esta historia, el hada madrina de este cuento de monstruos—el «deus ex machina» que decimos los profes­— abre la puerta y le dice a su hija que haga las maletas, que se van a ir a Francia. Fin. Ahí termina la historia. No sé si aplaudimos. No hace falta. Estamos todos fascinados, extáticos, por lo que acabamos de presenciar: una historia que nos ha hecho vivir, vibrar, sentir, olvidarnos de que estábamos leyendo, de que era viernes y estábamos en la quinta hora.

    «¿Pero qué parte de verdad hay en eso? ¿Qué parte de mentira?» Los niños quieren saber. D. es la reina de la clase, la persona más importante del mundo a las doce horas del mediodía de este mes de octubre. Una pequeñita y discreta heroína de ébano, con trenzas de colores que su mamá le habrá hecho, con sus manos negras y duras de trabajar. Los niños hablan entre sí pero no distingo lo que dicen porque yo mismo estoy sumido en las preguntas que me ha dejado la ficción, la cual sigo sosteniendo entre las manos. AE, Assoliment Excelent, reescribo en mi libreta digital de calificaciones. 

    «Eso me ha pasado a mí también.» Esa frase me saca de mi ensoñación. «¿Cómo?» —Queremos saber.— «Sí. Una vez estaba caminando sola por la calle y noté que un hombre me seguía. A veces me ha pasado, creo que algunas veces me lo he inventado, pero aquella vez estaba segura de que ese hombre me seguía para hacerme daño.»

    Me quedé con los ojos como platos. Algunas niñas asientieron, como si supieran. Apenas tienen 12 años, los veo muy pequeñitos desde mis perspectiva. Los escucho muy atentamente. O. N. continúa. Tenía tanto miedo que recordó lo que le dijo su padre, que se metiera en una tienda. Ella lo hizo y el tipo… ¡se metió también! Desesperada, sin saber qué hacer, habló con la dependienta. La mujer la escondió en el cuarto de la fregona, con la puerta semiabierta, porque tenía miedo. Cuando el tipo se fue, la dependienta la avisó de que ya se había ido. O. N. fue corriendo para su casa. No sabía qué hacer: si dormir, si llorar, si ver la tele. Llamó a su padre desesperada. «¿Dónde estaba tu madre?» «Trabaja hasta tarde. Los dos llegan muy tarde.» «Vaya.» «Es la peor sensación del mundo. Te quedas con una sensación de miedo, de pena y de asco…»

    Y. T., otra chica de clase, dice. «Yo, cuando voy sola algún sitio, en mi bolso llevo el móvil,» —otro objeto que no retengo— «y… ¡unas tijeras! Las que tengo de plástica».

    Veía en mi cabeza las tijeras, de mango verde fosforito o naranja. Vistosas, pequeñas, para que los niños recorten sueños en el papel o cartulinas, convertidas en arma. «También las afilo con una piedra que tengo.» «¡Anda ya!» —dice un chico, Z. Z. —«¡Que sí! ¡Te lo juro!» —y continúa— «Me las pongo debajo de la manga y, si vinera alguien a cogerme por espalda, haría así.— Hizo el gesto de clavársela a un ser monstruoso, invisible, pero presente, en la cara, en los ojos, hiríendolo, matándolo. 

    Las demás chicas atenían y comentaban. «Un momento.» —digo yo— «De esta clase, de entre las chicas, ¿quiénes han tenido una experiencia similar?» Todas levantaron la mano, excepto una. «¿Tu no, M. P.?» «Yo no.» Ojalá siga teniendo la suerte de no vivir una experiencia tan horrible, pienso yo. Pero no puedo pensar mucho, la vida sigue.

    «A mí en Sant Salvador me han pegado y atracado varias veces» —dice otro. Se llama A. R., hace poco lo expulsaron del instituo por acumulación de incidencias. Es un buen chico, no tiene un ápice de maldad, pero es travieso y pasa muchas horas solo.

    No sé qué consejo darles. Se me ocurre decirles que, si alguna vez viven algo así, que griten, que se desgañiten. Que esa gente mala quiere hacer esas cosas sin que se entere nadie. Mejor quedar en ridículo que vivir una situación de peligro. La clase llega a su fin, pero el tema aún nos tiene a todos con el corazón en vilo, emocionados, como si hubieramos descubierto algo importante que solo nosotros, esos doce niños y niñas y yo entendemos. Algunos alumnos se me acercan, sobre todo las chicas. Estoy sentado sobre la mesa, como hago habitualmente. Me rodean. Me acogen en un círculo y me comparten su mundo. «Yo sé ver cuando un hombre tiene intenciones malas,»— dice la de las tijeras. «Claro, tenéis que tener mucho cuidado.» «Sí, a veces veo tipos que tienen una pinta mala y pienso, ¿qué haces?» —añade O. N. «Bueno, también hay que desconfiar de quienes tengan una pinta de buenos» —digo yo. Luego pienso en si se puede confiar en alguien, pero la vida nunca para. Una profesora entra en el aula y me ve rodeado de alumnos y alumnas, no parece entender nada. Un poco confusa, me avisa de que son y treinta y cinco, que pensaba que ya habíamos terminado. La profesora no entiende lo que pasa. Yo tampoco consigo razonar bien, solo vivir en la historia de D. 

    Me voy a casa. Era mi última clase. Tengo suerte los viernes, acabo una hora antes. Yo no sé si mis alumnos habrán aprendido algo, pero yo había vivido una clase que recordaré toda la vida. Aquellas chicas me dieron una lección imborrable e inesperada.

    ¿En qué mundo vivimos? En uno en el que las niñas del centro de Tarragona tienen miedo, un miedo atroz, a volver solas a casa por la calle, en pleno día. «Nunca vuelvo sola, o voy con el R. o con la T., pero nunca vuelvo sola»—oigo en mi cabeza la voz de O. N. Yo también soy padre. Pienso en mi hija, en C., que tiene dos años ahora, ¿también vivirá ella el día de mañana una experiencia tan horrible? ¿Un miedo tan ominoso?

    «¿Sabes qué?» —se me ocurre— «Creo que ya tengo mi historia para el concurso literario».

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Si te ha gustado este relato te invito a seguir explorando este sitio web, que es tu casa. Publico todos los domingos. Pronto ofreceré mi primera novela en papel para los lectores de este blog.

    Muchas gracias. Y un abrazo,

    Ricardo

  • Carta a mí mismo con 26 años

    Carta a mí mismo con 26 años

    Nota del autor: Hoy he escogido este texto de mi carpeta de Inéditos, que escribí hace unos ocho años. Como en una cápsula del tiempo, me dejaba un extraño mensaje para mi yo del futuro. He vivido todos estos años completamente olvidado de la existencia de estas líneas, pero hoy, fruto de la necesidad por tener que publicar algo todos los domingos, y por hallarme inmerso en otro proyecto literario de más envegadura que me ocupa todas las ideas nuevas, me he topado de nuevo con este viejo amigo. Espero que disfruten su lectura, que les provoque una sonrisa y que a veces se sientan identificados.

    Un abrazo,

    Ricardo

    Escribo este texto como el que hace una carta para sí mismo. Quién no se ha parado sobre el papel a escribir cuatro pensamientos al aire? Un deseo, un sueño, una necesidad… Yo no he sido menos y por eso me expongo a la página en blanco.

    Cuando hay dolor, es más fácil escribir. Es cierto que cuando uno se siente bien, no parece necesario desahogarse sobre las líneas pero a veces se echa de menos. Hoy me siento bien y, extrañamente, tenía ganas de hablar, de rellenar, de completarme en esta escritura automática que tanto (o tan poco) he practicado a lo largo de mi vida.

    Qué es la vida, un frenesí. Todo ya está dicho, no hay nada nuevo bajo el sol. Este es un mantra que llevo arrastrando en toda mi ilusión como creador, o por lo menos, transformador de mundos. Porque lo que empuja al hombre del siglo XXI a sentarse frente a la pantalla blanca de una hoja Word no sé lo que es, pero supongo que es algo tan antiguo como buscar la sombra en un día abrasador de verano.

    Hoy es verano y no tengo ganas de contar mi vida, al fin y al cabo, ya la sabéis, es como la vuestra. Con sus cosas buenas que terminan siendo rutina y sus cosas malas que acaban olvidándose. Poco a poco todo se va volviendo gris, cuanto menos, en blanco y negro, y parece que las cosas duelen menos a medida que los años, o la pantalla, nos va volviendo más insensibles. No quiero dar lecciones a nadie porque ni yo mismo sé cuál es el mejor camino, la mejor opción, supongo que en no preguntarse nada está la clave pero, ¡qué utopía!

    La verdad es que estoy contento por ser quien soy, un tipo inteligente pero lo suficientemente tonto como para vivir en este mundo y disfrutar de las pequeñas cosas, y no dejar que los grandes debates nublen mi pensamiento y mi buen discurrir. Lo único que me apena un poco es que hace tiempo que no leo, que no devoro un libro con esa hambre vital que siempre me ha caracterizado. Una psicóloga me dijo que esa voracidad era un signo de insatisfacción, pero la echo de menos, al fin y al cabo, yo no sé vivir de otra manera. ¿Y tú?

    Últimamente pienso que estoy en lo cierto, que si me siento tan bien, aunque esté perpetuamente intranquilo, es porque he aprendido a aceptarme a mí mismo, con todas mis miserias, sin necesidad de contárselas a los demás buscando compasión o consuelo. Porque uno recibe lo que da, que decía la canción, y eso es una verdad como un templo aunque vivamos acosados por la mentiras. Sé que “acosados” no es la palabra, por lo menos no ahora. Antes estaba en guerra contra todo eso, contra la hipocresía, la falsedad, etc. Ahora me da lo mismo, lo que le digo a mis amigos, lo que decía mi amigo Krahe (ya fallecido): en esta vida hay cretinos pero ¿qué vamos a hacer con los cretinos? –se encoge de hombros y añade- ¡tienen derecho a existir! Y yo añado: …tienen derecho a existir, ¡y yo también!

    No quiero que se entienda que también soy un cretino, o sí, aunque soy consciente e intento no serlo tanto. Pero al fin y al cabo eso es una opción personal mía, seguramente porque no tengo más remedio, a ello me ha conducido mi aprendizaje vital y, como no soy una persona estúpida, confío en que habré escogido el mejor camino.

    Espero que este texto sea la espita de muchos escritos más en un futuro cercano. Tengo ganas de escribir una novela y de arreglar la que ya he escrito. Presentarla a algún sitio o por lo menos mandarla a los amigos que me rodean, para que entiendan, más o menos, porque a veces me quedo empanado, que dicen ellos, con la mirada perdida pensando en otros mundos parecidos a este, o iguales, pero míos, donde yo entiendo todo lo que pasa o por lo menos, eso me parece a mí.

    …oooOOOooo…

    Si te ha gustado este texto, te invito a seguir explorando esta página, donde encontrarás poemas, relatos, ensayos… Publico todos los domingos sin excepción. Así que te animo a estar al día de las publicaciones dejando tu correo en la Newsletter. Te deseo una feliz vida. Espero que nos veamos la semana que viene.

    Un abrazo,

    Ricardo

  • La literatura del futuro glorioso que nos espera

    La literatura del futuro glorioso que nos espera

    Me rodean los libros y los papeles. El cenicero lleno de cerillas en un rincón y una taza de café vacía junto a la ventana. Está nublado, pero corre el aire y lo agradezco porque es agosto de 2020. Hoy he tenido un día difícil, aún no entiendo muy bien por qué. Me asaltó un sentimiento de zozobra y la ansiedad invadió mis miembros. Juzgo mi prosa de vacua. Escribir me ayuda a soltar lastre. Llevo mucho tiempo sin escribir, sin voluntad de expresar algo, una idea propia y elaborada, una imagen, una historia, un estilo. Primero fueron las reseñas, luego las oposiciones. Siento que no he escrito todo lo que me gustaría y, cuando pierdo la fe, escribo una historia que me divierte y me da esperanzas. Pero luego no sé qué hacer con ella y los vientos no soplan a mi favor en ese sentido, no encuentro el camino, no puedo ser un artista, que es lo que más me gustaría. O si lo soy, no puedo ganarme la vida con ello y busco subterfugios en la docencia o en mi vida personal, que es quizá lo más importante y lo que me podría convertir, algún día, en un escritor que valiera la pena leer. En fin, escribo como esas adolescentes feministas de insta.

    Estoy leyendo un libro interesante, la Biblia. Siento que una fuerza inusitada me protege, me libera. Por lo menos hasta hoy, cuando un viejo sentimiento de congoja me ha asaltado cuando menos lo esperaba. Ha pasado la tormenta y ahora estoy más tranquilo y más cansado. He leído y he terminado el Antiguo Testamento. Muchísimas páginas y muchísimas horas de reflexión. Tengo una edición que tomé prestada de casa de mi tía durante la infancia. Para mí los libros siempre representaron una tabla de salvación para un chaval atribulado. Me llamo Ricardo, es un nombre difícil de llevar. Hasta Pablo Neruda se cambió mi nombre porque le resultarían costosas las erres y esa o al final que durante unos años omití. Luego me acostumbré a su presencia como el que abraza un destino aciago para sentirse más cómodo consigo mismo. No me cambié el nombre como Pablo. Quizá soy su rencarnación española y mi misión en la vida es aguantar con mi nombre e intentar hacer lo mismo que él, es decir yo. Difíciles conceptos.

    He pensado en editar una obra con comentarios para que los jueces encuentren a qué me refiero con cada giro y entiendan que nada es baladí, aunque lo parezca. Me gusta eso de la vida, todo parece vanidad y la cosa más vana es la más importante. El diablo está en los detalles, y es verdad. Un diablo figurado, ni bueno ni malo, pero astuto, que da su bien o su mal por los resquicios abiertos que dejan los detalles. Las palabras son importantes por lo que significan, no por lo que son en sí mismas. Porque uno diga “planta”, el hecho de decirlo o escribirlo, no significa nada. Las palabras son en un contexto inabarcable de aspectos del todo inescrutables.

    Nunca fue mi fuerte la poesía. Si hubiera sido poeta, hubiera escrito menos y con mejor suerte. Por lo menos sería como esos tipos que se creen algo. Me gusta cómo leen su propia poesía, el tono que toman cuando se leen a sí mismos, sabiendo que nadie más lo hará si no es por un interés fuera del arte mismo. El arte por el arte, pero la fama y los placeres por encima del arte. No lo entiendo, nunca ganarán su lugar en la Historia, ni siquiera en la historia de su propia vida. Entonces, para qué escribir. Para la aprobación del Arte, con mayúsculas, y de Dios. En el papel en blanco es el único sitio donde soy libre. Quiero escribir algo para los demás, que sea bueno.

    Una historia que los inspire como tantas veces me han inspirado a mí. Sin rencores ni venganzas veladas. Quizá por eso no se me entiende. He querido alcanzar conceptos para los que no estaba preparada mi condición social. En mi familia no había un maldito libro y siempre he creído en mi familia, o una parte de mí que ha querido ser verdadera y fiel lo ha hecho. No he podido evitarlo, aunque conociera sus errores o las tendencias que me alejaban del camino que yo quería y que quizá me dejaban en un camino mejor.

    Últimamente digo un par de ideas que no son del todo malas. La primera es que tenemos que aprender continuamente. Es decir, ahora estoy leyendo el libro y estoy aprendiendo mucho, pero si desde hoy no lo leyera más y leyera otras cosas, me pregunto hasta qué punto la lectura de hoy quedaría en mí, si no habría, al cabo de los años, un recuerdo borroso que tiene poco que ver conmigo. Poco, pero algo, y supongo que ahí esta la clave. Lo vivido nos configura, no por el hecho acumulativo de los recuerdos a través de los cuales sacamos una conclusión lógica de las cosas presentes, las menos de las veces es así. Ni siquiera los más inteligentes han logrado entender las razones de sus actos y de los actos de los demás y la suma de unos y otros en el itinerario vital de cada uno. Esa es una.

    La segunda es que las personas necesitamos problemas asumibles para ser felices. Una vez que las cosas están controladas, empieza el aburrimiento y la envidia. Cuando uno trabaja por lo suyo, no necesita nada más, bastante tiene con sus problemas para mirar a los demás: vivir sin mirar a los lados. Aunque a veces es inevitable parar y decirse, cómo va la cosa. Me pregunto si verdaderamente es necesario, si no distrae y retrasa de la labor verdadera. Todo esto lo escribo evitando una circunstancia que ha iniciado mi texto: un tipo me ha pedido un favor demasiado grande. He aprendido algo del Libro: no hay que ayudar a los enemigos, porque entonces ellos crecen y te pisotean a ti. Tampoco se debe pisar a nadie, pero hay que ir con cuidado en este mundo. Cada uno da lo que recibe, pero hay que mirar bien a quién se le da y a quién no.

    Cuántas veces me he sentido vacío, desvalijado, cuando me he prodigado bajo el ideal de ayudar a los demás sin mirar quiénes son. Ahora soy más cínico, o más escéptico, o siempre lo he sido. El caso es que no me fío de cualquiera porque no puedo condicionar las cosas que me importan a un error personal, a un descuido por el orgullo de decir: soy el mejor, te ayudaré. Tampoco me prodigo en mis triunfos, aunque los lucho con todas mis fuerzas. Parece que las cosas cobran sentido cuando uno las realiza y añade a la vida un verso con el que contribuir que diría Whitman y que escuché en la película famosa del Capitán y los grumetes. En fin, me desoriento, me disperso, me voy por los cerros de Úbeda y la exploro sin haber estado nunca allí. En cada rincón hay una sorpresa y puede ser que esta sea la literatura del futuro glorioso que nos espera.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor:

    Debido a que ando con las galeradas del que será mi primer libro en papel (próximamente iré dando información sobre este asunto), estoy dedicando el tiempo de escritura a la corrección de la versión definitiva.

    Hoy publico este fragmento perdido por mi ordenador, pero que en su momento me pareció muy inspirado.

    Muchas gracias por el apoyo. Un abrazo,
    Ricardo R. B.

  • Se busca voz para grupo de rock

    Se busca voz para grupo de rock

    -Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. -y apuró el cigarrillo.

    El otro lo miraba con una expresión indiferente, quizás de superioridad. No importaba, había que tragar con todo aquello. Al fin y al cabo, era un trabajo como cualquier otro.

    -¿Vamos?

    -Venga, tú primero.

    Pasaron hacia dentro y dejaron fuera el tronar ensordecedor de las chicharras. Hacía un calor insufrible y sudaba, sobre todo sus manos. No sabía si eso iba a salir bien tal y como estaba: estúpidamente nervioso. Cogió aire y penetró en la oscuridad del recinto.

    Al cabo de unos pasillos, llegaron al estudio. El ambiente era como el de todos los lugares de esa clase. El olor era agradable, como de madera barnizada. Le parecía un misterio cómo se generaba aquel sabor en el aire: mezcla se sudor, cerveza y guitarras.

    -Este es Felipe. Viene a hacer la prueba.

    El grupo no tocaba en ese momento, pero estaban colocados como si fueran a ensayar otro trema. Primero saludó al batería, un tipo gordo y malcarado. Luego al bajista, pelo largo y con una cara bastante horrible. El guitarra, también feo, pero con el pelo corto. El que lo había recibido en la puerta era un amigo. Buscaban una voz para la formación.

    Saludó a todos. Estaban un poco nerviosos, pero actuaban como si no, lo cual producía cierta incomodidad. Dejó la funda en el suelo y empezó sacar de ella su vieja guitarra.

    -Veo que traes tu guitarra.

    -Sí.

    -Sólo buscamos un cantante, además es una guitarra española. Nos interesa más el rock.

    -Bueno. ¿Qué queréis que cante?

    -Mira, ¿conoces esta canción? -Y le hizo llegar una hoja mal impresa con la letra de una canción punki. Era de un grupo cuyo líder había muerto en los noventa por la heroína.

    -Claro que la conozco.

    -Pues venga. Un, dos, tres, y…

    La música, si puede llamarse así a cuatro acordes mal ejecutados, empezó a sonar. Como hacía siglos que no escuchaba la canción, tuvo serias dudas a la hora de entrar. Mientras todos ejecutaban la pieza, pensaba que lo habían descartado nada más llegar.

    Empezó a cantar, pero la calidad del micro era tan mala, tocaban tan fuerte y estaban tan metidos en lo suyo, que difícilmente podían escuchar cómo lo hacía. Por su parte, estaba un poco nervioso, pero no lo hizo mal. A medida que la canción avanzaba se iba sintiendo más seguro y, sabiendo que estaba descartado desde el principio, pensó que no perdía nada por disfrutar del karaoke. Así que se dejó llevar y la canción terminó.

    -¿Qué tal? ¿Cómo lo veis?

    Todos guardaron silencio. Era una condena aquella quietud. No les había gustado, ni siquiera lo habían escuchado. Pero bueno, eso era el mundo: no escucharse unos a otros.

    Sacó la guitarra de la funda. Era una vieja Alhambra. La enchufó en uno de los amplificadores que había, sin pedir permiso. Por lo menos, la experiencia serviría para tocar un par de canciones delante de desconocidos. Siempre había tocado en su casa.

    -¿Os sabéis esta?

    Empezó a rasgar la rueda de acordes que se había preparado. Los músicos decían conocer la canción, pero no se animaban a tocarla con él. Mejor. Por lo menos lo escucharían. Tocó y cantó el tema en apenas tres minutos sin mirar qué hacía el resto.

    -Bueno -dijo uno de ellos cuando terminó-, pues ya te diremos algo.

    Pues ya estaba todo dicho. Pero había venido con el coche de un amigo y tenía que esperarse hasta que terminada la sesión para poder marcharse a su casa. Su amigo lo miraba con una expresión lastimera, como el que dice con los ojos: “Te lo dije, tío”.

    Una vez sentado en un rincón de la sala, pudo escuchar al grupo sin la presión de tener que participar en el ruido. El batería era bastante malo. Percutía un ritmo sin fuerza, sin ganas. Ninguno tenía un talento especial. Por lo menos, él se sentía con más gracia, pero qué artista no se cree tocado por los dioses. Y cuando no se sentía así, se autoconvencía.

    Como no tenía nada mejor que hacer, cogió una de las cervezas que había en una pequeña nevera. Si le decían algo, se haría el sueco. Pero solo lo miraron con expresión contrariada y guardaron silencio. La gente es cobarde y prefiere urdir sus pequeñas venganzas con argucias. Lo sabía porque lo había visto en todas partes. La vida funciona de esta manera: nadie te respeta hasta que sienten que deben respetarte.

    -Pues a mí me parecéis bastante malos, la verdad. No sé si querría tocar con vosotros.

    La expresión general cambió. El bajista lo miró con rabia y entró en el trapo rápido.

    -Bueno, si no te gusta, ya te puedes ir.

    -Tengo que esperar a que termine Arturo. -el amigo que lo había traído al ensayo. -De todas maneras, deberías aprender a encajar las críticas. Tocando así no llegaréis a ninguna parte. He visto millones de grupos de versiones. No tocáis nada vuestro.

    -Nosotros solo queremos tocar. -dijo el guitarra solista- Nos importa poco la letra.

    -¿Qué grupo que haya llegado a alguna parte conoces que haga esa clase de comentario?

    -Tú que sabrás. Primero aprende a tocar lo básico, y luego podrás hablar con nosotros.

    -Estoy hasta las narices de la gente como vosotros. No sabéis nada y preferís ignorar vuestra mediocridad patente. No es prepotencia, es simplemente observación. ¿Leéis?

    Silencio sepulcral. Mi amigo empezó a recoger su guitarra. El ensayo se había terminado, por lo menos para ellos dos, pues era él quien tenía que llevarlo a casa. Por lo menos no se lo había quedado dentro. Ahora los miraba con una expresión de superioridad, como a seres inferiores, aunque numerosos: esa siempre es su fuerza.

    -En fin. Ya os apañaréis, artistas. Que os den por culo. Acordaros de mí al fracasar.

    Y salió con la guitarra al hombro. Salió a la calle. El sol había bajado un poco en el horizonte, pero aún era de día y las chicharras seguían con sus canciones. Empezó a liar un cigarrillo en la puerta mientras esperaba a que saliera su amigo. No tenía prisa a pesar de que hacía calor. Estaba en la calle y se sentía a gusto a la intemperie.

    Cuando terminó el cigarrillo y empezó a liar el segundo, su amigo salió por la puerta.

    -Eres un gilipollas, tío.

    -Ya. Ellos también lo son. No harás nada interesante con esta gente.

    -No sé cómo he podido traerte. Sabía que te ibas a poner estupendo, como siempre.

    -Bueno, teníamos que probar. Pero bueno, al final ha pasado lo de siempre. Imbéciles.

    -Tío, creo que deberías abrir la mente. -Estaban en el coche, ventanillas bajadas porque el viejo vehículo no había llegado a la era de aire acondicionado. Ambos fumaban. -Te recomiendo que salgas a ver mundo. Pasas todos los veranos aquí. Trabajas todo el año y lo único que haces es soñar, no llevas nada a cabo. Está bien leer, pero hasta cierto punto. Muchos de tus prejuicios se esfumarían si salieras de tu centro de confort.

     -Salgo de mi centro de confort de lunes a viernes de siete de la mañana a tres de la tarde. Vosotros también deberíais probarlo: un poco de realidad no está mal. Te conecta con el público, con lo real de la vida, con la gente. En el cogollito punk no haréis nada.

    -Joder, Felipe, no sé cómo podemos ser amigos. No entiendo como puedes pensar así.

    -Ya te lo he dicho antes, pero parece que no escuchas. Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. Tú también lo eres. Los viajes de Instagram son una estafa, ¿no te das cuenta? Gente haciendo lo que les han dicho que hagan para encontrarse. Luego no pueden pasar ni media hora a solas en su casa, con su soledad.

    -No vale la pena seguir hablando contigo.

    Pasaron el resto del trayecto en silencio, hasta que llegaron al pueblo. El coche se detuvo delante de su casa. Le diría al colega de subir y echar una cerveza: hacer las paces. Pero el orgullo es una frontera demasiado alta a veces, a pesar de ser inútil.

    -Oye, Felipe, quiero decirte una cosa.

    -Mira, Arturo, soy así, tío. Lo único es que me ha jodido que no me escucharan. Ya se me pasará. Perdona la pataleta, por lo menos no me he quedado con el demonio dentro.

    -No es eso. Verás. Quieren que vengas al ensayo el próximo jueves.

    -¿En serio?

    -Sí, les ha molado la canción que has tocado. La verdad es que es buena, aunque me cueste decírtelo porque eres un prepotente gilipollas. Quieren probar el próximo día.

    -No me jodas. No tenía ni idea. Pensaba que me habían descartado.

    -Siempre estás adelantándote a las cosas. Fluye, tío, fluye como el viento.

    -No me va el yoga y esas mierdas indias. Me pensaré lo del próximo jueves. ¿Una birra?

    -Otro día, tío. Tengo cosas que hacer. Pero podemos vernos mañana para ensayar.

    -Venga.

    -Dame un abrazo, anda.

    Subió a su casa y se pasó el resto de la tarde tocando. Por fin tenía una banda. Era feliz.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: La primera vez que publiqué esta entrada fue en agosto de 2022. Afortunadamente, casi nadie la leyó, ya que desde esa fecha hasta ahora son muchos más los amigos que pasan por esta página.

    Debido a que ando con las galeradas del que será mi primer libro en papel (próximamente iré dando información sobre este asunto), estoy dedicando el tiempo de escritura a la corrección de la versión definitiva.

    Hoy publico esta historia perdida y poco leída, pero que en su momento me pareció muy inspirada.

    Muchas gracias por el apoyo. Un abrazo,
    Ricardo R. B.

  • Tres poemas para ti

    Tres poemas para ti

    su hijo está cubierto

    el borracho de la mesa de al lado
    sabe moai tai y tiene cuatro o
    cinco negocios. tiene también un hijo
    de ocho meses que está
    cubierto.
    habla con una mujer que ha
    escrito un libro y el borracho
    pide que le vigile la chaqueta de
    diez euros mientras va al baño.

    una paloma indolente me
    mira mientras escribo mi poema.
    la pareja de la escritora se ríe
    del borracho mientras no está.
    el sol cae a plomo este invierno y
    quema a las tres de la tarde.

    solo una vez tuvo el borracho
    que pegar a alguien quien pegó
    a su perro chiuaua que se pasea
    sin collar y sin correa de un lado
    al otro de la acera. temo que se acerque
    y tenga que ser yo el segundo
    alguien.

    pregunta el borracho por el libro.
    la escritora se lo deja y el borracho
    pregunta por el precio. 20 euros.
    pregunta otra vez si se lo regala
    y la pareja de la escritora cambia de
    tema.

    su hijo está cubierto.

    el joven borracho lee que
    flipas, según sus propias palabras,
    pero nada se revela en su dicción.

    el chiuaua se escapa y va a
    otra mesa. su dueño habla de
    Argentina donde estuvo hace
    un tiempo.

    se sienta en la mesa de la pareja.
    ha pagado dos cervezas
    y espera que le pagen otras
    dos.

    su hijo de ocho meses está
    cubierto.

    …

    entre las flores

    el vendedor de flores de la plaza
    Jacint Verdaguer de
    Tarragona
    tiene la sonrisa más alegre del
    centro de la ciudad y saluda
    a todos los vecinos pero
    sobre todo a una vecina.

    está enamorado de una profesora
    que vive en un piso de alquiler
    muy cerca de su puesto de trabajo.
    cada mañana, el vendedor de flores,
    sonriendo con los ojos, la ve pasar y
    sueña con pasear un día con ella
    juntos de la mano después de
    cerrar la tienda por la tarde.

    los días del vendedor de flores de la plaza
    Jacint Verdaguer de
    Tarragona son bastante monótonos:
    siempre las mismas flores, el mismo sol,
    las mismas gentes.
    tiene tiempo para pensar en sus cosas
    pero su mente siempre parece callada
    y serena.

    a veces cruza la calle como el rayo
    dejando el puesto de flores
    a merced de los vagabundos
    con quienes suele hablar cuando
    se aburre.

    una vez el vendedor de la
    sonrisa
    vio pasar a la profesora con otro
    profesor.
    un carámbano de hielo atravesó
    su corazón y dejó
    el puesto vacío
    y
    se acercó a la pareja
    corriendo
    justo cuando ellos se habían
    sentado en una terraza
    soleada.

    se pudo ver de cerca entonces la sonrisa
    sin un solo
    diente
    del anciano
    que saludaba a su amor platónico y le
    regalaba una flor cuyo nombre solo conoce
    él.

    después de mirar a su rival de arriba
    abajo
    se marchó sin despedirse dando
    saltitos
    hacia su puesto de flores desde donde
    vigilaba.

    cuando la pareja
    se marchó, cada uno por su
    lado,
    se sintió más tranquilo y más
    sereno.

    con su sonrisa vacía y henchido su
    corazón
    podía seguir soñando con su ninfa
    entre las
    flores.

    …

    la estatua del ensanche

    si paseas por la calle Prat de la Riba
    a eso de las siete de la
    tarde
    verás en el mismo banco delante del
    estanco
    con puntualidad inglesa y obstinación
    alemana
    al mismo hombre canoso de entre
    cuarenta y setenta años que tiene
    en la misma mano siempre
    una lata de
    cerveza.

    por mucho que cada día pases por delante
    de él y llegues a percibir su presencia,
    cuando tú vuelves del trabajo y él vuelve de
    ninguna parte
    el hombre anónimo y callado nunca te
    mirará.

    si aprovechas para asomarte dentro de sus ojos
    verás que su mirada atraviesa el suelo
    sucio del asfalto y mira a mil yardas bajo
    tierra con las pupilas como agujas de
    alfiler. a veces sus labios murmuran
    palabras ininteligibles, que sólo él
    escucha.

    nunca sabrás cuánto tiempo pasa
    la estatua callada sentada en el banco
    porque
    tú tienes cosas que hacer y él no.
    nunca te sentarás a su lado para
    compartir una
    cerveza caliente del super-
    mercado DIA.

    cuando sean las siete en tu reloj
    sabrás que en Prat de la Riba
    calle de Tarragona,
    cada día más degradada
    y más romántica,
    sentado en el banco delante del
    estanco
    está ese señor de mirada perdida
    y palabras calladas sonteniendo
    el mundo siempre con la misma
    mano.

    el día que ya no esté allí
    será
    entonces
    que
    se habrá
    acabado
    la lata o el
    mundo.

    …oooOOOooo…

    Muchas gracias por leer hasta aquí y, si te has quedado con ganas de más, te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Un abrazo

    Ricardo R. B.

  • Técnicas efectivas para enseñar (completo)

    Técnicas efectivas para enseñar (completo)

    Nota: Esta entrada corresponde al ensayo completo que se ha ido publicando en cuatro entregas durante el último mes. Se ofrece la versión completa para aquellas personas que se hayan perdido alguna parte o quieran leerlo entero. Este escribidor les desea unas felices fiestas y un próspero año nuevo.

    Se entiende que la «gestión de aula» es la práctica docente que consiste en administrar el tiempo, los recursos y, sobre todo, al grupo de alumnos que conforman una clase. En este artículo, abordaremos la gestión de aula en la educación secundaria, es decir, dirigida a adolescentes. El principal reto para aquellos especialistas que desean dedicarse a la educación es el de ponerse frente a un grupo de 25-30 chicos y chicas, cada uno con individualidades muy diferentes, pero que juntos tienen un poder, y un potencial, enorme. Se trata pues de abordar este problema y ofrecer técnicas y consejos que puedan ayudar a la práctica docente, sobre todo para quienes no tienen mucha experiencia o para quienes todavía no se han metido en «la jaula de los leones». Es bien sabido que el hecho de tener que lidiar con adolescentes, y el vértigo que ello supone, aparta a muchos futuros docentes de la educación, porque piensan que para ello se necesita un talento o una llave especial. Nada más lejos de la realidad, lo único que se requiere para tener éxito en esta tarea es lo mismo que para todas: ilusión y ganas.

    Si estás aquí leyendo este artículo, ya tienes lo que hay que tener para conseguirlo.

    Capítulo 1

    1.La autoridad ni se crea ni se destruye, sólo cambia de manos

    Cualquier persona que forme parte de la sociedad habrá oído hablar del debate de «la autoridad» y quizás alguno haya participado de él, a pesar de no conocer los rudimentos de la función docente. Entendemos por «autoridad», que de unos años a esta parte ha tenido tan mala prensa por parte de algunos especialistas en docencia, el hecho de tener el mando de la clase y de decidir qué hace cada individuo según el momento. Para ganarse la autoridad, se necesita previamente haberse ganado el «respeto» de los alumnos. Y antes que todo eso hay que partir de una idea previa: la autoestima.

    Sobre todo si uno es joven, le asalta el llamado «síndrome del impostor». Uno se pregunta, ¿quién soy yo para mandar a estos chavales algo?, si sólo hace unos años yo era un chaval como ellos, si ni siquiera conozco bien la materia que tengo que impartir, si hay niños y niñas más listos y con más carisma que yo… En cualquier profesión, a un trabajador le pueden asaltar esta clase de dudas existenciales, que luego se ocultan o se administran en secreto. El problema de trabajar con adolescentes, y no con adultos, es que ellos perciben la inseguridad de una forma reactiva. Por ello es muy necesario un trabajo previo de auto-convicción, para lograr que el estudiante, receloso por naturaleza, deposite su confianza instintivamente en el adulto que tiene delante y que no conoce.

    Hay un principio fundamental que justifica la autoridad que un profesor/a tiene delante de un grupo de alumnos adolescentes, aunque este docente lleve una hora ejerciendo la profesión, aunque nunca en su vida se haya puesto delante de una clase. Cuando se cierra la puerta del aula y el maestro/a está delante de su alumnado, ¿quién es el que tiene la responsabilidad del grupo? Por poner un ejemplo. Si en el transcurso de esa hora de clase sucediera un accidente de cualquier índole, que provocara que las autoridades tuvieran que acudir al centro educativo para intervenir el problema, ¿a qué sujeto le van a pedir explicaciones? Efectivamente: a la persona adulta y responsable de todo el grupo, al gestor autorizado por el Estado y en quien los padres confían, conscientemente o no, durante las horas que ocupan la jornada lectiva. El profesor/a es el máximo responsable del grupo de alumnos y por ello constituye la máxima autoridad.

    Uno de los errores más habituales que se cometen por parte de los equipos docentes y directivos es el de desautorizar al docente frente a los alumnos, cuando estos van a quejarse por cualquier circunstancia, tengan razón o no. Lo que sucede a veces, desgraciadamente, es que el autoproclamado representante de los alumnos establece comparaciones agradables a los oídos de quien las escucha: A diferencia de contigo, con el profesor o con la profesora «tal» no nos portamos bien, o también, él/ella no sabe explicar como lo haces tú, o cualquier otra forma de captar la benevolencia. La vanagloria es el punto débil de todos los seres humanos, así que no deja de ser habitual que el docente, que escucha que su labor es mucho mejor que la de otro, se deje adular por el canto de sirenas y, en su fuero interno, dé la razón a los estudiantes sin pensar en las consecuencias negativas que tiene eso para sí mismo. Porque, se acepte o no, un docente no sabe trabajar en equipo si no va a una con sus compañeros, por muchos años que lleve en la profesión y muy bueno que sea explicando Sintaxis o Trigonometría. Si le da la razón a los alumnos minando la autoridad del compañero/a, sin quererlo, socava la suya propia: el día de mañana, cuando tenga que dirigir a los alumnos, no querrá ser comparado por estos con el mal profesor y no se comportará en base a su profesionalidad sino en razón de su propia autoestima. Por ello, los docentes tienen que funcionar como una unidad, como un equipo con los mismos intereses y objetivos: el que los alumnos aprendan, no solamente lengua o matemáticas, sino también a convivir.

    No obstante, uno no solamente es responsable del grupo de alumnos, sino de lo que sus compañeros hacen durante su labor. Muchas veces, en sus quejas, los alumnos tienen toda la razón. Hay profesionales que son arbitrarios con la puesta de calificaciones, que no trabajan lo suficiente, que explican poco y mal a sabiendas, sin querer esforzarse, pero que son duchos en aplicar la ley del miedo, aprendida en años o siglos de experiencia. Es muy fácil confundir la autoridad con el autoritarismo, el respeto con el miedo, el liderazgo con el mangoneo. Por eso es necesario que los equipos docentes y directivos tengan herramientas, y «autoridad», para controlar los comportamientos abusivos por parte quien se propase, porque esas mismas herramientas protegerán a quienes quieren hacer su trabajo bien y les darán a los alumnos una lección fundamental: manda quien lo merece. Debido a las décadas donde las máximas autoridades en materia educativa son cargos políticos, es decir, gente que no sabe nada sobre gestión de aula, Matemáticas o Lengua, estas (des)autoridades viven en sus propias cámaras de eco, es decir, en su mundo, alejados de la realidad del pobre docente sustituto que aterriza en un centro educativo y tiene que sobrevivir una clase más. Son estos políticos, no los pedagogos, quienes han negado la autoridad del profesor, quizá por carecer ellos de legitimidad para ejercer la suya propia. Pero la autoridad ni se genera ni se destruye, sólo cambia de manos. Así, si no es el profesor/a el que manda al pisar un aula, hay que preguntarse en manos de quién está el rumbo de la clase. Los intereses del alumno más matón no serán los mismos que los profesor o profesora, por muy malo que este sea, a saber: que los alumnos aprendan lo que él o ella sabe, sino otros más espurios, como no hacer nada, infundir miedo en los más débiles, vanagloriarse de tener más autoridad que el docente, es decir, creerse más que el adulto responsable, en última instancia, de todo lo que sucede durante la hora de clase. ¿Eso es lo que quieren los padres? ¿Para eso paga el Estado docentes?

    A pesar de la política, el docente tendrá el lunes el mismo problema que cada día y lo que venimos a ofrecer en este artículo son soluciones. Así que el primer paso para ganarse la autoridad de los alumnos es creerse que uno tiene el mando sobre los alumnos porque el docente es responsable del bienestar de ellos, que tienen todo el derecho de ser adolescentes, de equivocarse, de aprender. Nunca, bajo ningún concepto, hay que tomarse los comentarios de los alumnos bajo el prisma de lo personal, o como única manera de saber si el trabajo se está haciendo bien. Por supuesto que uno trabaja porque los alumnos aprendan, pero el aprendizaje no pocas veces conlleva sacrificio y esfuerzo, y como los adolescentes no son tontos, preferirán, a priori, no trabajar ni esforzarse, como es lógico. Aquí es cuando entra la mentalidad del adulto, que tiene experiencia vital y sabe lo que es bueno y conveniente porque lo ha vivido. El docente debe legitimarse con la suficiente autoestima como para amarse a sí mismo, amar su labor y querer el bien de sus alumnos.

    Capítulo 2

    2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente

    En un programa de la televisión pública, uno de esos en los que la periodista hace un reportaje entrevistando a las personas de un pueblo perdido en la sierra para conocer su rutina y las costumbres del pasado, uno de los entrevistados era un geólogo. Al parecer, el lugar tenía una importancia especial en ese ámbito a nivel internacional y el científico era un hijo del pueblo. Ahora vivía en Madrid o el extranjero, pero de vez en cuando volvía a su pueblo, donde estaban sus raíces y donde se habían inspirado la mayoría de trabajos que había realizado al inicio de una larga y exitosa carrera profesional. Hacía ya unos años que el geólogo había dejado de usar el peine, pero su rostro era jovial y juvenil.

    Uno de los momentos más álgidos de la entrevista fue cuando le preguntaron de dónde había sacado la vocación por la geología un chico de una localidad tan al margen de todo. La sonrisa del hombre se iluminó y dijo: «La vocación me la inculcó nuestro profesor Antonio. Nos llevaba de excursión a este sitio» dijo haciendo un gesto que abarcaba una zona de rocas grandes y desperdigadas sobre un manto verde, como si un dios infantil se hubiera dejado olvidados los juguetes «y nos explicaba la importancia histórica y geológica de este lugar. En el pueblo todos lo queríamos mucho, era nuestro profesor preferido. Por lo menos para mí fue alguien fundamental». En uno de esos giros de guion tan forzados, que en cualquier película hacen vomitar pero en la tele, cuando son personas normales quienes protagonizan las historias, adquieren una coherencia indiscutible, aparece de la nada el profesor Antonio que casualmente ha estado escuchando toda la conversación de su exalumno. Después de saludarse de una forma forzada, fingiendo que todavía no se habían visto, los sientan a los dos sobre una roca y ambos entrevistados, alumno y maestro, están sonrientes y contentos de volver a encontrarse, nada menos que para salir en la tele.

    La entrevistadora, siguiendo con el plan establecido, le pregunta al ya anciano profesor: «¿Cómo se siente al saber que José Luis es uno de los científicos más importantes de España? ¿Usted sabía que tenía un alumno colaborando con las mejores universidades de Europa?» Antonio se agarraba fuertemente las rodillas con las dos manos, visiblemente nervioso, un poco abrumado y temeroso de la cámara, pero feliz de estar allí. Su pelo, completamente blanco, centelleaba bajo claro sol de la mañana de primavera de aquel enclave cercano a un pueblecito de la sierra. «Sí, por supuesto que lo sabía. En el pueblo sabemos todos lo que ha conseguido José Luis. Me siento muy contento, claro». La entrevistadora, una chica joven, con un cuerpo esbelto y bien proporcionado, con el pelo largo y castaño derramándose, un poco inclinada para posicionar el micro, continuó: «Antonio, me han dicho que usted era muy buen profesor, ¿cómo consiguió motivar tanto a sus alumnos?» En ese momento, el viejo profesor guarda silencio. Mira al frente, hacia un paisaje que el espectador no ve pero que imagina idílico, y el ahora anciano trata de comprender cómo ha conseguido hacer que los alumnos se interesaran por unas cuantas piedras.

    «Hay que querer a los alumnos. El amor es la herramienta más fuerte para enseñar. Si los alumnos perciben que tú los quieres, que te importan de verdad… ya está, puedes enseñarles cualquier cosa. El profesor tiene que querer a sus alumnos». Pronto, la entrevista saltaba a tratar otros temas que no son importantes para el asunto de este ensayo. El consejo del profesor Antonio, a pesar de su sencillez, es tremendamente valioso, dado que ofrece la clave del éxito para que la labor docente sea un regalo diario.

    Hay muchos perfiles de profesores y profesoras. Los hay estrictos, los hay más laxos. Los hay quienes saben todos los cotilleos que ocurren entre los alumnos, estos detectan si un alumno lo está pasando mal en casa o está sufriendo algún tipo de acoso. También hay docentes que son verdaderos expertos de su materia y saben mucho más que cualquier profesor universitario. En fin, tipos de profesores hay tantos como clases de personas. La pedagogía y la literatura didáctica se equivocan al diseñar una clase única de profesor/a motivador/a, que generalmente usa y abusa de la tecnología, olvidando que, sobre todo, en esta profesión, el factor absolutamente diferencial —lo que la salvará de convertirse en un trabajo desarrollado por la inteligencia artificial— es el factor humano. Y es en el corazón donde las máquinas no pueden competir con las personas, porque no se puede querer a un ordenador ni él podrá corresponder de forma satisfactoria. Cualquier docente, entonces, sea como sea, aunque se trate de un carcamal pasado de moda, que no sabe ni siquiera utilizar el correo electrónico, aunque piense que el comunismo es la mejor organización social, aunque no tenga familia y en su tiempo libre se dedique a montar maquetas de barcos de guerra, a pesar de no entender el mundo que lo rodea con tanto móvil y redes sociales, puede ser querido por sus alumnos de quince años; son, de hecho, muchas veces muy estimados por compañeros y aprendices. Los hay de muchas clases, no se trata de una cuestión de edad o temperamento. Pero todos los profesores exitosos y carismáticos tienen un denominador común: aman su profesión y aprecian a sus alumnos. El amor no es incompatible con el respeto, de hecho es su razón.

    Será el amor el que dote al docente de la paciencia suficiente para repetir lo mismo una y mil veces. Será el amor el que lo impulse a mejorar cada día en su labor. Será la estima por las personas quien hará que las personas lo estimen también a él o a ella. Así de sencillo es el secreto del éxito, aunque su cumplimento obligue a un difícil equilibrio que continuamente se debe mantener, haciendo que a veces se pierda de vista lo realmente importante. Querer a los demás no es una tarea sencilla, pero siempre es recompensada. El amor es la antítesis -lo contrario- del ego, así que de nada sirve enorgullecerse de que los alumnos lo quieran a uno, lo importante es sentirse feliz por ser capaz de quererlos. Miles de caminos y opiniones irán jalonando la vida: tecnología sí – tecnología no, memorizar sí – memorizar no, confraternizar sí – confraternizar no, y más debates interesantes. Ante todos, la respuesta siempre es la misma; lo diferente es lo humano.

    Por eso las clases deben ser pautadas pero variadas, para que siempre espere una sorpresa.

    Capítulo 3

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

    Estaba pensado planear esta entrada del artículo en forma de historia, para hacerla más agradable para el posible lector/a que se acerque a estas páginas. Sin embargo, se ha optado por el sentido práctico de este texto, que quiere ser, en primer lugar, una herramienta efectiva para la gestión de aula, es decir, para sobrevivir a cualquier clase. Como las lecciones suceden dentro de un tiempo muy acotado (60 minutos), cada uno de los pasos que se irán detallando se sucederían por orden cronológico al entrar al aula.

    3.1. La entrada

    Cualquiera que haya sido estudiante recordará de aquellos años que había docentes que imponían nada más verlos. Estos parecían tener un aura especial que hacía que los alumnos de las clases más movidas se callaran rápidamente y sin necesidad de abrir la boca conseguían que cada alumno ocupara su asiento en silencio y con presteza. Lo primero que hay que decir es que, siendo estas historias ciertas, a veces están exageradas por la memoria del adulto y distorsionadas por la perspectiva de un chaval de doce o trece años. Los adolescentes, sobre todo los de primera edad, son más influenciables a los estímulos externos porque también son más sensibles. Con los años, la llegada de la madurez va matizando e insensibilizando las emociones, para bien o para mal. El caso es que no hay que esperar ser de la noche a la mañana como aquel profesor/a que sabía imponer el orden en un santiamén, pero sí podemos tomar algunas ideas para lograr algo parecido. Estos profesionales sienten una gran sensación se seguridad, de dominio de la situación, lo cual les hace transmitirlo a sus alumnos con su lenguaje corporal, con su aura, con la manera que tienen de abrir la puerta y de poner un pie dentro del salón.

    Por lo tanto, una de las claves del éxito para empezar una clase con buen pie es sentir el dominio de la situación, y para ello es importante saber cómo comenzar a desarrollar las actividades didácticas. Lo primero que hay que conseguir es la atención de los alumnos y, para ello, lo primero que debe exigir el profesor/a es que los alumnos/as estén sentados en su sitio correspondiente. Algunos pueden venir a la mesa a saludar, a poner el docente a prueba o a preguntar una duda, la respuesta debe ser tranquila, firme y amable: Siéntate en tu sitio. Mientras, el profesor/a irá dejando las cosas sobre su mesa, sin preocuparse demasiado por si es obedecido o no. No está de más hacer un aviso genera a que Todo el mundo esté en su sitio. Sin gritar demasiado, sin desgañitarse, utilizando el diafragma para proyectar la voz. Es simplemente un aviso, no una cuestión de autoridad personal, si la orden no se cumpliera, se trata de aplicar las consecuencias conocidas por todos y todas.

    Una vez que el docente ha conseguido abrir su ordenador y ya tiene delante el programa para pasar lista, se procede a decir el nombre y apellido alumno por alumno. Muy rápidamente se irá formando un silencio, no hay que ponerse nervioso, lo único que hay que hacer es seguir pasando lista. Si algún alumno/a en ese delicado momento está molestando, hablando maleducadamente con el compañero/a o vemos que no ha ocupado su lugar en el pupitre, es un momento muy cómodo para poner una observación o una incidencia en el comportamiento, dado que no tendremos que andar abriendo el programa en mitad de la clase. Si se opta por esta opción, la decisión tiene que ser rápida y firme, sin miedo a las dudas, y siempre con cordialidad. Ciertamente, sería deseable que se produjera una situación así, para que el resto de la clase viera que las normas están claras.

    De hecho, es muy importante conocer cuáles son las normas y los procesos para gestionar el aula. Si el profesor conoce qué es lo que los alumnos pueden hacer y lo que no, se hace mucho más sencilla la gestión de la clase, porque se conocen las leyes que la rigen. Bien es cierto que cada docente hace una interpretación de las normas a su medida y que los alumnos poco a poco se van acostumbrando al estilo del profesor/a, pero debe haber unas líneas maestras que sean respetadas por toda la comunidad educativa. Por eso, lo que todos los docentes deberían exigir a su dirección es que las normas que rigen la clase sean compartidas de forma pública, para que en caso de existir algún conflicto sobre cómo se ha juzgado una medida, pueda consultarse que, por ejemplo, gritar de forma injustificada, es una falta de disciplina, que tiene su importancia y que ha sido aceptada por alumnos, profesores y padres. En caso de tener que poner una incidencia que implique comunicarse con la familia, esta comunicación debe hacerse con total educación y es recomendable acompañarla de una llamada telefónica, además de lo que se pueda escribir en el programa educativo para tal fin. Los alumnos temen más al teléfono que la falta en el ieduca.

    Una vez pasada la lista, la clase puede comenzar. Si se ha empezado con buen pie, terminará también de forma satisfactoria de forma muy probable. Ahora manos a la obra.

    3.2. El espacio teórico

    Hay muchas teorías educativas que abogan por darle la vuelta a la clase, hacer trabajos cooperativos, basar el aprendizaje en la solución de problemas, etc. Todas esas estrategias están muy bien, siempre que estén bien asentadas las bases que rigen el desarrollo de una clase normal, es decir, aquella en la que se avanza en la materia y el profesor/a espera poner una prueba o trabajo en el que se valore si se ha aprendido o no la materia que se ha impartido, no si el alumno/a es más o menos espabilado/a para ser simpático/as, amigo de sus amigos/as, agradable con el profesor/a, resiliente en la solución de un enigma o implicado/a en la participación sobre temas ajenos a lo que se imparte. No es que esas habilidades no sean importantes, en verdad son fundamentales, pero no componen el marco teórico del currículum de las materias, dado que hay docentes de lengua, matemáticas, ciencia, historia, música… y lo que la sociedad espera es que los niños/as aprendan sobre estos conceptos que la educación universal ha entendido como imprescindibles. En resumen, a un especialista le pagan para que enseñe lo que sabe.

    Partiendo de esta premisa, el momento más adecuado para desarrollar el marco teórico de la materia en cuestión es al principio, es decir, la explicación del profesor. Lo que los alumnos/as más valoran de un docente es que explique bien. Eso es una obligación que se debe proporcionar y toda la ciencia educativa debería abordar esta cuestión y este arte, dado que a veces se pierden en debates bizantinos ajenos al conocimiento y más de tipo sociológico o político. Si un profesor/a explica bien, ya tendrá casi todo el trabajo hecho. Para ello, el docente debe conocer su materia, debe estudiar su campo del saber, debe hacer sus deberes. No se está afirmando que el docente haya sabido su materia hace veinte o treinta años y no la haya actualizado, no es mejor profesional ni explica mejor el profesor/a que sabe mucho, sino el que se ha esforzado de forma reciente por entender lo que está explicando él mismo. Así, teniendo el proceso fresco, lo hará diáfano a los alumnos. Puede ser que el profesor/a ya sepa mucho de lo que explica y que los conocimientos que tiene sean muy superiores a lo que tiene que impartir en clase. Igualmente, el profesor tiene la obligación de formarse toda su vida profesional, y hacerlo de forma activa y muy concienzuda. El docente debe estar en la labor por aprender como lo están sus alumnos, así, podrá contagiarles el valor del esfuerzo, la satisfacción del trabajo bien hecho y la pasión por aprender. Aquel profesional que no quiera seguir aprendiendo, sería mejor que se dedicara a otra cosa. Además, no se puede exigir a los alumnos una disciplina y una motivación sino uno no trae la disciplina y la motivación de casa. Aquellos discursos quejosos que a veces se escuchan en la sala de profesores no solucionan el problema de la educación y, además, serían imposibles en el mundo privado. Como la educación, como la sanidad, como la justicia, son un bien público, razón de más para hacer estas labores con absoluto denuedo y responsabilidad. Así, los profesionales se ganarán la confianza de la sociedad, que ha depositado en su trabajo los valores más importantes de esta. Cuando el docente se ha esforzado por saber, los alumnos lo imitan.

    Pero la clase no debe ser teórica toda ella porque sería agotadora. El tiempo de la explicación no debería superar en ningún caso los veinte minutos. Tampoco deberíamos exigirles a los estudiantes de hoy en día una atención superior a ese tiempo sin saber que estarán haciendo un esfuerzo ímprobo por seguir el hilo. Una vez terminada la explicación, se puede pasar a la siguiente fase de la lección, y sirve para cambiar el chip.

    3.3. La hora de la práctica

    Toda lección debe tener un momento en que se ponga a prueba lo que se ha explicado. Puede ser con ejercicios, resolución de problemas, actividades varias, pero siempre relacionadas con lo que se ha explicado anteriormente. Para el diseño de esta parte de la sesión es muy importante tener en cuenta la capacidad de los estudiantes para relacionar el tema teórico con la práctica. De hecho, en la explicación, lo ideal es que el enseñante tenga muy presentes qué actividades va a pedir en la parte práctica, para así orientar todo su discurso explicativo de forma coherente y efectiva. Si se cumplen estas sencillas premisas, los alumnos ven que entienden lo que les han explicado, por muy difícil que les haya resultado al principio, y la cara de satisfacción que ponen nos se paga con dinero.

    Durante la resolución de las actividades se puede hablar. Los estudiantes necesitan comunicarse entre ellos para preguntarse dudas sobre los ejercicios, compartir puntos de vista, aportar cosas nuevas. Si se les deja, lo hacen de forma orgánica, sin necesidad de alterar el ritmo de la clase poniéndolos en grupos de cuatro o de cinco para hablar sobre un ejercicio muy poco productivo al fin y al cabo. Lo que les hace aprender es el día a día, el hecho de haber adquirido una dinámica, una fórmula, un método exitoso, variado, pero estable, para adquirir nuevas habilidades. Por lo tanto, el docente debe dejar que los alumnos intercambien opiniones y que el ambiente de la clase se distienda un poco.

    No obstante, el tiempo para la resolución de la práctica debe ser acotado, por ejemplo unos 10 o 15 minutos, como mucho, Al finalizar ese lapso el docente debe buscar la manera de ver si el trabajo se ha realizado y que el tiempo en clase ha sido aprovechado. Si es que sí, es bueno añadir puntos positivos y buena calificación diaria en la libreta de notas; esto motivará a los alumnos a hacerlo bien. Si es que no, será positivo igualmente fiscalizar esta falta de trabajo, reflejarla en los documentos de evaluación, para que el alumno, y quizás también los padres, sepan que su hijo/a no ha trabajado como debía. Hay días de todo y siempre hay que ser humano, por eso es importante ver el conjunto, el global del aprendizaje, y no basarlo todo en una o dos actividades estrella por muy bonitas que sean o por muy bien que quede la foto en las actuales redes sociales o en otros medios.

    3.4. El cierre

    Los últimos minutos, después de haber corregido u observado si se ha hecho el trabajo práctico, son ideales para el fomento de las relaciones humanas alumno/a-profesor/a. Si un chico/a lo está pasando mal, o bien, o regular, si han hecho una excursión, si están contentos o no con el ambiente de clase, si el tema les ha parecido interesante, si han aprendido algo, si recuerdan otra cosa que aprendieron en otro momento, en fin, si la faena se ha hecho bien, en el cierre se puede hacer casi cualquier cosa, siempre que sea desde el respeto a las normas anteriormente mencionadas. Hay que disfrutar de los momentos de distensión también porque hace que entre el enseñante y los aprendices se establezca un punto de unión y confianza que vaya más allá de la materia que se imparte.

    También es el momento ideal para ver un vídeo, leer un libro, realizar un debate distendido, etc. Un poco lo que vaya surgiendo. Se puede tener algo preparado, pero se debe dejar terreno a la improvisación porque esta también forma buena parte de la vida.

     3.5. Fin

    Siguiendo estas pautas no hay materia, por muy aburrida que sea, que se resista. No existe la fórmula mágica, ni para alumnos ni para profesores, y el que crea que hay atajos o trampas para llegar al mismo sitio se equivoca. Pero también se equivocan aquellos que piensan que el esfuerzo, la disciplina, el trabajo es aburrido, doloroso, pesado. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que sea exitoso en su campo podrá decir lo mismo; y probablemente sea una persona muy feliz que transmite su alegría a los otros. Es así.

    Capítulo 4

    4. El mejor trabajo del mundo no es un trabajo

    En España faltan docentes y cabe preguntarse por qué. De todas las profesiones especializadas, la docencia ha sido en este país una salida secundaria para aquellos profesionales que no han podido dedicarse a otra cosa y han acabado de profesor/a. La labor de enseñar, sobre todo en la educación secundaria, no es por tanto una opción prioritaria para la mayoría de los profesionales. En prensa y televisión es habitual encontrar noticias inexactas sobre la realidad en las aulas, las cuales dibujan un panorama en la docencia española que alejaría a cualquiera que quisiera dedicarse a esta labor. Este artículo rompe una lanza en sentido contrario y aboga por defender este trabajo que, pese a sus evidentes dificultades por todos conocidas, es el mejor de todos.

    4.1. La burbuja de la comunidad educativa

    Los docentes han sido, en general, una comunidad bastante independiente de las demás. Es habitual en esta profesión que los trabajadores que la ejercen no hayan trabajado de otra cosa más que de profesor/a. En los casos en que es así, significa que ese/a profesional ha pasado literalmente toda su vida en el sistema educativo, sin conocer y ajeno al mundo de la empresa privada. Por definición, ninguno de los ámbitos, el de la docencia y el de la empresa, son mejor o peor que el otro, pero sí que son irremediablemente complementarios porque este bebe de aquel. No obstante, se da la circunstancia especial de que muchos de los guías que preparan a sus estudiantes para el encuentro con el mundo de ahí fuera no tienen el conocimiento empírico de esa realidad. Esto no los hace ni mejores ni peores profesores, pero es un factor a tener en cuenta a la hora de valorar la profesión comparándola con las demás que existen. No deja de ser habitual, en las conversaciones de café, oír a compañeros educadores quejarse por la falta de disciplina, el exceso de burocracia, el nivel cada vez más bajo de los aprendices, etc. A pesar de que todas estas reivindicaciones tienen mucha parte de verdad, si no se compara con el resto de la realidad laboral circundante, los juicios que se pueden extraer pueden ser exagerados. No cabe duda de que los docentes que se lamentan a la hora del patio durante el café lo hacen también dentro del aula, en la intimidad que siempre se produce en una clase, aunque sea de treinta miembros. Quizá por eso, los alumnos perciben la docencia como una profesión durísima, al alcance de unos pocos elegidos y sacrificados profesionales, que deciden ejercerla a pesar del poco o nada dinero que ganan, porque probablemente han fracasado en todo lo demás.

    No hay nada más lejos de la realidad. Cualquiera que haya trabajado de otra cosa, incluso en una profesión de carácter más liberal, sabe que ser profesor/a de secundaria que puede ser mucho más cómodo que estar ocho horas delante de un ordenador, o aguantar los turnos (de mañana, de tarde, de noche) en la planta de una fábrica, o estar al frente del público adulto en una sucursal bancaria, por ejemplo. Incluso para la profesión de médico, tan necesaria y respetable, resulta mucho más necesaria la vocación que para ser docente, pues aquel es un trabajo mucho más duro y demandante.

    4.2. El mito de la mina de oro

    Los mitos sociales se sustentan a veces en datos casuales que todos los miembros de una determinada región o país han dado por ciertos y verdaderos. De profesor/a se cobra poco y se sufre mucho, así podría resumirse lo que muchas personas piensan actualmente de esta labor. Sin embargo, cuando se analiza la realidad de forma objetiva, con rigor científico si se quiere, se hace evidente que esta idea tan extendida es un absoluto error. Bien es cierto que el salario podría ser mejor, de hecho, sería coherente exigir una mejor educación a los profesionales y pagarles adecuadamente por su servicio, pero si comparamos lo que cobra un trabajador medio especializado y lo comparamos con lo que cobra de media un docente, se haría evidente que, en esas cuentas, no salen tan perjudicados los profesores. Por supuesto que hay retos importantes a nivel de disciplina y transformación digital que hay que afrontar en el presente, pero resultan equivalentes, incluso privilegiados, a los retos y dificultades que las demás profesiones habrán de afrontar también. Por tanto, esta profesión es una mina.

    En la economía del dinero parece existir el principio de que cuando algo es una gran inversión, una mina de oro, lo mejor es guardar el secreto. Parece que haya sido este el principio que ha regido a los trabajadores de la docencia. Cuando la sociedad habla con ellos pareciera que están sometidos a un sufrimiento constante, a una tortura sin nombre. Es por ello por lo que muchos estudiantes ni siquiera se plantean esta vía y prefieren optar por opciones mucho más duras como el trabajo social, la traducción o, incluso, la policía. Si desde el instituto los estudiantes de bachillerato pudieran analizar bien las profesiones, que ellos no conocen y sus formadores tampoco, quizá la opinión que tienen hacia la docencia cambiaría totalmente de forma natural, es decir, sin tener que sostener acaloradas discusiones sobre lo que es mejor para cada uno. Así que sorprende que determinadas carreras, cuya salida principal suele ser la docencia, están completamente vacías, faltas de estudiantes, y se entra con un cinco, no porque su ciencia sea peor que las otras, sino porque simplemente no se han puesto de moda.

    Cada cual debe juzgar lo que es mejor para sí mismo, pero es un mandato informarse bien para tomar la decisión más acertada. Probablemente a muchos ya les está bien este sistema. Si no hay profesores de determinadas especialidades donde uno va a morir de hambre, en general las especialidades humanísticas, entonces también hay menos competencia. Encontrar trabajo es más fácil, hay más plazas disponibles y las oposiciones resultan al cabo más sencillas porque hay menos aspirantes que compiten entre sí. No es nada extraño que en esos procesos de selección públicos haya convocatorias donde las plazas se quedan sin cubrir por el bajo nivel que ofrecen los aspirantes a ellas. Esto resulta muy asequible para los profesionales, y sería tirar piedras sobre el propio tejado, de no ser porque es tremendamente perjudicial para los estudiantes, cuyo bienestar debería ser la principal preocupación de un país próspero. Si la docencia no es una profesión atractiva y hay de hecho profesores/as, cabre preguntarse qué clase de trabajadores son los que generalmente ocupan estas plazas. Efectivamente, abundan personas sin vocación, sin interés y sin compromiso, que no podrían estar en la empresa privada con unas condiciones tan privilegiadas y que, gracias a la docencia en el instituto, disfrutan de una vida objetivamente envidiable. A todas luces parece este el secreto mejor guardado de la profesión que este artículo quiere desvelar por el bien del alumnado y, por extensión, el de la sociedad. No existen poderes superiores que quieran devaluar la educación, lo único que hay es ignorancia y dejadez.

    4.3. Conclusión: una anécdota personal

    Para finalizar este ensayo sobre la educación actual, que ha pasado por diferentes temáticas y consta de varios capítulos, me permito en este apartado, el de la conclusión, el uso de la primera persona y del material de la experiencia. Quisiera ilustrar lo bonita que es esta profesión explicando una anécdota que me ha sucedido recientemente con mis alumnos/as, a los cuales les mando un cálido abrazo si algún día están leyendo esto.

    Después de una jornada fuera del instituto, una salida que hicimos para participar en la universidad en un concurso de Gramática, surgió la oportunidad de compartir un café con el grupo reducido de alumnos, unos doce, que me acompañaron en la actividad. En el contexto de una conversación desenfadada, les comenté esto mismo que ha nutrido el capítulo de esta última parte, quizá con palabras más emocionales y subjetivas.

    Estábamos sentados en la Plaza del Rey de Tarragona. El espacio es un rectángulo amplio, levísimamente inclinado por la pendiente, rodeado en un flanco por la torre del Pretorio, una iglesia justo enfrente, el museo arqueológico al otro lado y antiguos edificios de viviendas de mediados del siglo XIX, cuando probablemente se hizo un plan de dignificación de toda la parte romana que casi nadie recuerda ya. El día era claro, sin prácticamente nubes, con un cielo azul oscuro propio del invierno y un sol lejano, con esa luz blanca tan especial propia de la época del año. Aunque hacía frío, se estaba muy a gusto. Los estudiantes y yo repasábamos anécdotas, aspectos divertidos del concurso en el que habían participado y otros recuerdos más lejanos de experiencias con alumnos y profesores pasados. Siento por esos doce alumnos un cariño muy especial, y por el resto de los compañeros de su promoción también. No solamente porque fueran académicamente solventes —que lo son y mucho— sino porque tienen muy buen corazón, y ese es el valor más importante de en una sociedad. Es difícil que una persona nos parezca mala si la conocemos bien, pero haber tenido, y tener aún ahora, la oportunidad de tratar con ellos y ellas es el mejor privilegio de esta profesión.  

    El caso es que J. me preguntó si, pasado el tiempo, me acordaría del nombre de todos ellos. Sin pensarlo demasiado, respondí que sí, sin duda, a los que estaban en ese momento sentados conmigo, en esa mañana de invierno junto a la Torre del Pretorio, en la milenaria Tarraco, que tantos alumnos y profesores habrá visto pasar frente a sus megalíticas piedras amarillas, seguro que los recordaría. A ellos y a otros que no habían podido venir, a algunos que ya había tenido y a muchos otros que están por llegar. Cada uno de estos estudiantes se lleva una pieza de nuestro corazón y nos deja otra del suyo.

    A raíz de ese día, empecé a columbrar este artículo sobre la educación actual, que quisiera ayudar a otros docentes y profesionales, para que vivieran un momento así con sus estudiantes, para concienciar a la sociedad sobre la importancia de la educación, para ofrecer algunas técnicas y recursos que a veces comento con otros compañeros/as pero que nunca me había sentado a darle forma de texto o ensayo para mi tesis. El caso es que, entre los temas de conversación, les hablé de que mi profesión me parecía el mejor trabajo del mundo, porque para mí no es un trabajo en absoluto. Si bien es cierto que hay momentos amargos, que los retos no se terminan nunca, que siempre hay tareas por corregir… a pesar de todo lo que puede parecer malo, el balance sin duda es positivo. Animo a cualquiera que se haya imaginado enseñando un tema que se anime a ser profesor o profesora, sobre todo de secundaria. El único requisito para ello, además de los estudios necesarios para ejercer la profesión, es que a esa persona le apasione de verdad lo que hace. Que le ponga corazón y esfuerzo, el resto vendrá solo. Lo creo así.

    «Ser profesor es el mejor trabajo del mundo.» les decía bajo la luz agradable de una mañana de invierno «Yo, por ejemplo, ahora estoy trabajando. Y esto no es trabajar.»

    …

    En esta entrega de artículos se han ido desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ha ofrecido algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o de personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y, si te has quedado con ganas de más, te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Un abrazo. Muchas gracias,

    Ricardo R. B.