Autor: El Pobrecito Escribidor

  • Técnicas efectivas para enseñantes

    Técnicas efectivas para enseñantes

    4. El mejor trabajo del mundo no es un trabajo

    En España faltan docentes y cabe preguntarse por qué. De todas las profesiones especializadas, la docencia ha sido en este país una salida secundaria para aquellos profesionales que no han podido dedicarse a otra cosa y han acabado de profesor/a. La labor de enseñar, sobre todo en la educación secundaria, no es por tanto una opción prioritaria para la mayoría de los profesionales. En prensa y televisión es habitual encontrar noticias inexactas sobre la realidad en las aulas, las cuales dibujan un panorama en la docencia española que alejaría a cualquiera que quisiera dedicarse a esta labor. Este artículo rompe una lanza en sentido contrario y aboga por defender este trabajo que, pese a sus evidentes dificultades por todos conocidas, es el mejor de todos.

    4.1. La burbuja de la comunidad educativa

    Los docentes han sido, en general, una comunidad bastante independiente de las demás. Es habitual en esta profesión que los trabajadores que la ejercen no hayan trabajado de otra cosa más que de profesor/a. En los casos en que es así, significa que ese/a profesional ha pasado literalmente toda su vida en el sistema educativo, sin conocer y ajeno al mundo de la empresa privada. Por definición, ninguno de los ámbitos, el de la docencia y el de la empresa, son mejor o peor que el otro, pero sí que son irremediablemente complementarios porque este bebe de aquel. No obstante, se da la circunstancia especial de que muchos de los guías que preparan a sus estudiantes para el encuentro con el mundo de ahí fuera no tienen el conocimiento empírico de esa realidad. Esto no los hace ni mejores ni peores profesores, pero es un factor a tener en cuenta a la hora de valorar la profesión comparándola con las demás que existen. No deja de ser habitual, en las conversaciones de café, oír a compañeros educadores quejarse por la falta de disciplina, el exceso de burocracia, el nivel cada vez más bajo de los aprendices, etc. A pesar de que todas estas reivindicaciones tienen mucha parte de verdad, si no se compara con el resto de la realidad laboral circundante, los juicios que se pueden extraer pueden ser exagerados. No cabe duda de que los docentes que se lamentan a la hora del patio durante el café lo hacen también dentro del aula, en la intimidad que siempre se produce en una clase, aunque sea de treinta miembros. Quizá por eso, los alumnos perciben la docencia como una profesión durísima, al alcance de unos pocos elegidos y sacrificados profesionales, que deciden ejercerla a pesar del poco o nada dinero que ganan, porque probablemente han fracasado en todo lo demás.

    No hay nada más lejos de la realidad. Cualquiera que haya trabajado de otra cosa, incluso en una profesión de carácter más liberal, sabe que ser profesor/a de secundaria que puede ser mucho más cómodo que estar ocho horas delante de un ordenador, o aguantar los turnos (de mañana, de tarde, de noche) en la planta de una fábrica, o estar al frente del público adulto en una sucursal bancaria, por ejemplo. Incluso para la profesión de médico, tan necesaria y respetable, resulta mucho más necesaria la vocación que para ser docente, pues aquel es un trabajo mucho más duro y demandante.

    4.2. El mito de la mina de oro

    Los mitos sociales se sustentan a veces en datos casuales que todos los miembros de una determinada región o país han dado por ciertos y verdaderos. De profesor/a se cobra poco y se sufre mucho, así podría resumirse lo que muchas personas piensan actualmente de esta labor. Sin embargo, cuando se analiza la realidad de forma objetiva, con rigor científico si se quiere, se hace evidente que esta idea tan extendida es un absoluto error. Bien es cierto que el salario podría ser mejor, de hecho, sería coherente exigir una mejor educación a los profesionales y pagarles adecuadamente por su servicio, pero si comparamos lo que cobra un trabajador medio especializado y lo comparamos con lo que cobra de media un docente, se haría evidente que, en esas cuentas, no salen tan perjudicados los profesores. Por supuesto que hay retos importantes a nivel de disciplina y transformación digital que hay que afrontar en el presente, pero resultan equivalentes, incluso privilegiados, a los retos y dificultades que las demás profesiones habrán de afrontar también. Por tanto, esta profesión es una mina.

    En la economía del dinero parece existir el principio de que cuando algo es una gran inversión, una mina de oro, lo mejor es guardar el secreto. Parece que haya sido este el principio que ha regido a los trabajadores de la docencia. Cuando la sociedad habla con ellos pareciera que están sometidos a un sufrimiento constante, a una tortura sin nombre. Es por ello por lo que muchos estudiantes ni siquiera se plantean esta vía y prefieren optar por opciones mucho más duras como el trabajo social, la traducción o, incluso, la policía. Si desde el instituto los estudiantes de bachillerato pudieran analizar bien las profesiones, que ellos no conocen y sus formadores tampoco, quizá la opinión que tienen hacia la docencia cambiaría totalmente de forma natural, es decir, sin tener que sostener acaloradas discusiones sobre lo que es mejor para cada uno. Así que sorprende que determinadas carreras, cuya salida principal suele ser la docencia, están completamente vacías, faltas de estudiantes, y se entra con un cinco, no porque su ciencia sea peor que las otras, sino porque simplemente no se han puesto de moda.

    Cada cual debe juzgar lo que es mejor para sí mismo, pero es un mandato informarse bien para tomar la decisión más acertada. Probablemente a muchos ya les está bien este sistema. Si no hay profesores de determinadas especialidades donde uno va a morir de hambre, en general las especialidades humanísticas, entonces también hay menos competencia. Encontrar trabajo es más fácil, hay más plazas disponibles y las oposiciones resultan al cabo más sencillas porque hay menos aspirantes que compiten entre sí. No es nada extraño que en esos procesos de selección públicos haya convocatorias donde las plazas se quedan sin cubrir por el bajo nivel que ofrecen los aspirantes a ellas. Esto resulta muy asequible para los profesionales, y sería tirar piedras sobre el propio tejado, de no ser porque es tremendamente perjudicial para los estudiantes, cuyo bienestar debería ser la principal preocupación de un país próspero. Si la docencia no es una profesión atractiva y hay de hecho profesores/as, cabre preguntarse qué clase de trabajadores son los que generalmente ocupan estas plazas. Efectivamente, abundan personas sin vocación, sin interés y sin compromiso, que no podrían estar en la empresa privada con unas condiciones tan privilegiadas y que, gracias a la docencia en el instituto, disfrutan de una vida objetivamente envidiable. A todas luces parece este el secreto mejor guardado de la profesión que este artículo quiere desvelar por el bien del alumnado y, por extensión, el de la sociedad. No existen poderes superiores que quieran devaluar la educación, lo único que hay es ignorancia y dejadez.

    4.3. Conclusión: una anécdota personal

    Para finalizar este ensayo sobre la educación actual, que ha pasado por diferentes temáticas y consta de varios capítulos, me permito en este apartado, el de la conclusión, el uso de la primera persona y del material de la experiencia. Quisiera ilustrar lo bonita que es esta profesión explicando una anécdota que me ha sucedido recientemente con mis alumnos/as, a los cuales les mando un cálido abrazo si algún día están leyendo esto.

    Después de una jornada fuera del instituto, una salida que hicimos para participar en la universidad en un concurso de Gramática, surgió la oportunidad de compartir un café con el grupo reducido de alumnos, unos doce, que me acompañaron en la actividad. En el contexto de una conversación desenfadada, les comenté esto mismo que ha nutrido el capítulo de esta última parte, quizá con palabras más emocionales y subjetivas.

    Estábamos sentados en la Plaza del Rey de Tarragona. El espacio es un rectángulo amplio, levísimamente inclinado por la pendiente, rodeado en un flanco por la torre del Pretorio, una iglesia justo enfrente, el museo arqueológico al otro lado y antiguos edificios de viviendas de mediados del siglo XIX, cuando probablemente se hizo un plan de dignificación de toda la parte romana que casi nadie recuerda ya. El día era claro, sin prácticamente nubes, con un cielo azul oscuro propio del invierno y un sol lejano, con esa luz blanca tan especial propia de la época del año. Aunque hacía frío, se estaba muy a gusto. Los estudiantes y yo repasábamos anécdotas, aspectos divertidos del concurso en el que habían participado y otros recuerdos más lejanos de experiencias con alumnos y profesores pasados. Siento por esos doce alumnos un cariño muy especial, y por el resto de los compañeros de su promoción también. No solamente porque fueran académicamente solventes —que lo son y mucho— sino porque tienen muy buen corazón, y ese es el valor más importante de en una sociedad. Es difícil que una persona nos parezca mala si la conocemos bien, pero haber tenido, y tener aún ahora, la oportunidad de tratar con ellos y ellas es el mejor privilegio de esta profesión.  

    El caso es que J. me preguntó si, pasado el tiempo, me acordaría del nombre de todos ellos. Sin pensarlo demasiado, respondí que sí, sin duda, a los que estaban en ese momento sentados conmigo, en esa mañana de invierno junto a la Torre del Pretorio, en la milenaria Tarraco, que tantos alumnos y profesores habrá visto pasar frente a sus megalíticas piedras amarillas, seguro que los recordaría. A ellos y a otros que no habían podido venir, a algunos que ya había tenido y a muchos otros que están por llegar. Cada uno de estos estudiantes se lleva una pieza de nuestro corazón y nos deja otra del suyo.

    A raíz de ese día, empecé a columbrar este artículo sobre la educación actual, que quisiera ayudar a otros docentes y profesionales, para que vivieran un momento así con sus estudiantes, para concienciar a la sociedad sobre la importancia de la educación, para ofrecer algunas técnicas y recursos que a veces comento con otros compañeros/as pero que nunca me había sentado a darle forma de texto o ensayo para mi tesis. El caso es que, entre los temas de conversación, les hablé de que mi profesión me parecía el mejor trabajo del mundo, porque para mí no es un trabajo en absoluto. Si bien es cierto que hay momentos amargos, que los retos no se terminan nunca, que siempre hay tareas por corregir… a pesar de todo lo que puede parecer malo, el balance sin duda es positivo. Animo a cualquiera que se haya imaginado enseñando un tema que se anime a ser profesor o profesora, sobre todo de secundaria. El único requisito para ello, además de los estudios necesarios para ejercer la profesión, es que a esa persona le apasione de verdad lo que hace. Que le ponga corazón y esfuerzo, el resto vendrá solo. Lo creo así.

    «Ser profesor es el mejor trabajo del mundo.» les decía bajo la luz agradable de una mañana de invierno «Yo, por ejemplo, ahora estoy trabajando. Y esto no es trabajar.»

    …

    En esta entrega de artículos se han ido desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ha ofrecido algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o de personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y, si te has quedado con ganas de más, te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Un abrazo. Muchas gracias,

    Ricardo R. B.

  • Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

    Estaba pensado planear esta entrada del artículo en forma de historia, para hacerla más agradable para el posible lector/a que se acerque a estas páginas. Sin embargo, se ha optado por el sentido práctico de este texto, que quiere ser, en primer lugar, una herramienta efectiva para la gestión de aula, es decir, para sobrevivir a cualquier clase. Como las lecciones suceden dentro de un tiempo muy acotado (60 minutos), cada uno de los pasos que se irán detallando se sucederían por orden cronológico al entrar al aula.

    3.1. La entrada

    Cualquiera que haya sido estudiante recordará de aquellos años que había docentes que imponían nada más verlos. Estos parecían tener un aura especial que hacía que los alumnos de las clases más movidas se callaran rápidamente y sin necesidad de abrir la boca conseguían que cada alumno ocupara su asiento en silencio y con presteza. Lo primero que hay que decir es que, siendo estas historias ciertas, a veces están exageradas por la memoria del adulto y distorsionadas por la perspectiva de un chaval de doce o trece años. Los adolescentes, sobre todo los de primera edad, son más influenciables a los estímulos externos porque también son más sensibles. Con los años, la llegada de la madurez va matizando e insensibilizando las emociones, para bien o para mal. El caso es que no hay que esperar ser de la noche a la mañana como aquel profesor/a que sabía imponer el orden en un santiamén, pero sí podemos tomar algunas ideas para lograr algo parecido. Estos profesionales sienten una gran sensación se seguridad, de dominio de la situación, lo cual les hace transmitirlo a sus alumnos con su lenguaje corporal, con su aura, con la manera que tienen de abrir la puerta y de poner un pie dentro del salón.

    Por lo tanto, una de las claves del éxito para empezar una clase con buen pie es sentir el dominio de la situación, y para ello es importante saber cómo comenzar a desarrollar las actividades didácticas. Lo primero que hay que conseguir es la atención de los alumnos y, para ello, lo primero que debe exigir el profesor/a es que los alumnos/as estén sentados en su sitio correspondiente. Algunos pueden venir a la mesa a saludar, a poner el docente a prueba o a preguntar una duda, la respuesta debe ser tranquila, firme y amable: Siéntate en tu sitio. Mientras, el profesor/a irá dejando las cosas sobre su mesa, sin preocuparse demasiado por si es obedecido o no. No está de más hacer un aviso genera a que Todo el mundo esté en su sitio. Sin gritar demasiado, sin desgañitarse, utilizando el diafragma para proyectar la voz. Es simplemente un aviso, no una cuestión de autoridad personal, si la orden no se cumpliera, se trata de aplicar las consecuencias conocidas por todos y todas.

    Una vez que el docente ha conseguido abrir su ordenador y ya tiene delante el programa para pasar lista, se procede a decir el nombre y apellido de alumno por alumno. Muy rápidamente se irá formando un silencio, no hay que ponerse nervioso, lo único que hay que hacer es seguir pasando lista. Si algún alumno/a en ese delicado momento está molestando, hablando maleducadamente con el compañero/a o vemos que no ha ocupado su lugar en el pupitre, es un momento muy cómodo para poner una observación o una incidencia en el comportamiento, dado que no tendremos que andar abriendo el programa en mitad de la clase. Si se opta por esta opción, la decisión tiene que ser rápida y firme, sin miedo a las dudas, y siempre con cordialidad. Ciertamente, sería deseable que se produjera una situación así, para que el resto de la clase viera que las normas están claras.

    De hecho, es muy importante conocer cuáles son las normas y los procesos para gestionar el aula. Si el profesor conoce qué es lo que los alumnos pueden hacer y lo que no, se hace mucho más sencilla la gestión de la clase, porque se conocen las leyes que la rigen. Bien es cierto que cada docente hace una interpretación de las normas a su medida y que los alumnos poco a poco se van acostumbrando al estilo del profesor/a, pero debe haber unas líneas maestras que sean respetadas por toda la comunidad educativa. Por eso, lo que todos los docentes deberían exigir a su dirección es que las normas que rigen la clase sean compartidas de forma pública, para que en caso de existir algún conflicto sobre cómo se ha juzgado una medida, pueda consultarse que, por ejemplo, gritar de forma injustificada, es una falta de disciplina, que tiene su importancia y que ha sido aceptada por alumnos, profesores y padres. En caso de tener que poner una incidencia que implique comunicarse con la familia, esta comunicación debe hacerse con total educación y es recomendable acompañarla de una llamada telefónica, además de lo que se pueda escribir en el programa educativo para tal fin. Los alumnos temen más al teléfono que la falta en el ieduca.

    Una vez pasada la lista, la clase puede comenzar. Si se ha empezado con buen pie, terminará también de forma satisfactoria de forma muy probable. Ahora manos a la obra.

    3.2. El espacio teórico

    Hay muchas teorías educativas que abogan por darle la vuelta a la clase, hacer trabajos cooperativos, basar el aprendizaje en la solución de problemas, etc. Todas esas estrategias están muy bien, siempre que estén bien asentadas las bases que rigen el desarrollo de una clase normal, es decir, aquella en la que se avanza en la materia y el profesor/a espera poner una prueba o trabajo en el que se valore si se ha aprendido o no la materia que se ha impartido, no si el alumno/a es más o menos espabilado/a para ser simpático/as, amigo de sus amigos/as, agradable con el profesor/a, resiliente en la solución de un enigma o implicado/a en la participación sobre temas ajenos a lo que se imparte. No es que esas habilidades no sean importantes, en verdad son fundamentales, pero no componen el marco teórico del currículum de las materias, dado que hay docentes de lengua, matemáticas, ciencia, historia, música… y lo que la sociedad espera es que los niños/as aprendan sobre estos conceptos que la educación universal ha entendido como imprescindibles. En resumen, a un especialista le pagan para que enseñe lo que sabe.

    Partiendo de esta premisa, el momento más adecuado para desarrollar el marco teórico de la materia en cuestión es al principio, es decir, la explicación del profesor. Lo que los alumnos/as más valoran de un docente es que explique bien. Eso es una obligación que se debe proporcionar y toda la ciencia educativa debería abordar esta cuestión y este arte, dado que a veces se pierden en debates bizantinos ajenos al conocimiento y más de tipo sociológico o político. Si un profesor/a explica bien, ya tendrá casi todo el trabajo hecho. Para ello, el docente debe conocer su materia, debe estudiar su campo del saber, debe hacer sus deberes. No se está afirmando que el docente haya sabido su materia hace veinte o treinta años y no la haya actualizado, no es mejor profesional ni explica mejor el profesor/a que sabe mucho, sino el que se ha esforzado de forma reciente por entender lo que está explicando él mismo. Así, teniendo el proceso fresco, lo hará diáfano a los alumnos. Puede ser que el profesor/a ya sepa mucho de lo que explica y que los conocimientos que tiene sean muy superiores a lo que tiene que impartir en clase. Igualmente, el profesor tiene la obligación de formarse toda su vida profesional, y hacerlo de forma activa y muy concienzuda. El docente debe estar en la labor por aprender como lo están sus alumnos, así, podrá contagiarles el valor del esfuerzo, la satisfacción del trabajo bien hecho y la pasión por aprender. Aquel profesional que no quiera seguir aprendiendo, sería mejor que se dedicara a otra cosa. Además, no se puede exigir a los alumnos una disciplina y una motivación sino uno no trae la disciplina y la motivación de casa. Aquellos discursos quejosos que a veces se escuchan en la sala de profesores no solucionan el problema de la educación y, además, serían imposibles en el mundo privado. Como la educación, como la sanidad, como la justicia, son un bien público, razón de más para hacer estas labores con absoluto denuedo y responsabilidad. Así, los profesionales se ganarán la confianza de la sociedad, que ha depositado en su trabajo los valores más importantes de esta. Cuando el docente se ha esforzado por saber, los alumnos lo imitan.

    Pero la clase no debe ser teórica toda ella porque sería agotadora. El tiempo de la explicación no debería superar en ningún caso los veinte minutos. Tampoco deberíamos exigirles a los estudiantes de hoy en día una atención superior a ese tiempo sin saber que estarán haciendo un esfuerzo ímprobo por seguir el hilo. Una vez terminada la explicación, se puede pasar a la siguiente fase de la lección, y sirve para cambiar el chip.

    3.3. La hora de la práctica

    Toda lección debe tener un momento en que se ponga a prueba lo que se ha explicado. Puede ser con ejercicios, resolución de problemas, actividades varias, pero siempre relacionadas con lo que se ha explicado anteriormente. Para el diseño de esta parte de la sesión es muy importante tener en cuenta la capacidad de los estudiantes para relacionar el tema teórico con la práctica. De hecho, en la explicación, lo ideal es que el enseñante tenga muy presentes qué actividades va a pedir en la parte práctica, para así orientar todo su discurso explicativo de forma coherente y efectiva. Si se cumplen estas sencillas premisas, los alumnos ven que entienden lo que les han explicado, por muy difícil que les haya resultado al principio, y la cara de satisfacción que ponen nos se paga con dinero.

    Durante la resolución de las actividades se puede hablar. Los estudiantes necesitan comunicarse entre ellos para preguntarse dudas sobre los ejercicios, compartir puntos de vista, aportar cosas nuevas. Si se les deja, lo hacen de forma orgánica, sin necesidad de alterar el ritmo de la clase poniéndolos en grupos de cuatro o de cinco para hablar sobre un ejercicio muy poco productivo al fin y al cabo. Lo que les hace aprender es el día a día, el hecho de haber adquirido una dinámica, una fórmula, un método exitoso, variado, pero estable, para adquirir nuevas habilidades. Por lo tanto, el docente debe dejar que los alumnos intercambien opiniones y que el ambiente de la clase se distienda un poco.

    No obstante, el tiempo para la resolución de la práctica debe ser acotado, por ejemplo unos 10 o 15 minutos, como mucho, Al finalizar ese lapso el docente debe buscar la manera de ver si el trabajo se ha realizado y que el tiempo en clase ha sido aprovechado. Si es que sí, es bueno añadir puntos positivos y buena calificación diaria en la libreta de notas; esto motivará a los alumnos a hacerlo bien. Si es que no, será positivo igualmente fiscalizar esta falta de trabajo, reflejarla en los documentos de evaluación, para que el alumno, y quizás también los padres, sepan que su hijo/a no ha trabajado como debía. Hay días de todo y siempre hay que ser humano, por eso es importante ver el conjunto, el global del aprendizaje, y no basarlo todo en una o dos actividades estrella por muy bonitas que sean o por muy bien que quede la foto en las actuales redes sociales o en otros medios.

    3.4. El cierre

    Los últimos minutos, después de haber corregido u observado si se ha hecho el trabajo práctico, son ideales para el fomento de las relaciones humanas alumno/a-profesor/a. Si un chico/a lo está pasando mal, o bien, o regular, si han hecho una excursión, si están contentos o no con el ambiente de clase, si el tema les ha parecido interesante, si han aprendido algo, si recuerdan otra cosa que aprendieron en otro momento, en fin, si la faena se ha hecho bien, en el cierre se puede hacer casi cualquier cosa, siempre que sea desde el respeto a las normas anteriormente mencionadas. Hay que disfrutar de los momentos de distensión también porque hace que entre el enseñante y los aprendices se establezca un punto de unión y confianza que vaya más allá de la materia que se imparte.

    También es el momento ideal para ver un vídeo, leer un libro, realizar un debate distendido, etc. Un poco lo que vaya surgiendo. Se puede tener algo preparado, pero se debe dejar terreno a la improvisación porque esta también forma buena parte de la vida.

     3.5. Fin

    Siguiendo estas pautas no hay materia, por muy aburrida que sea, que se resista. No existe la fórmula mágica, ni para alumnos ni para profesores, y el que crea que hay atajos o trampas para llegar al mismo sitio se equivoca. Pero también se equivocan aquellos que piensan que el esfuerzo, la disciplina, el trabajo es aburrido, doloroso, pesado. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que sea exitoso en su campo podrá decir lo mismo; y probablemente sea una persona muy feliz que transmite su alegría a los otros. Es así.

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    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Qui pot canviar el món?

    Qui pot canviar el món?

    Els professors i les professores podem canviar el món. Aquesta és la convicció primera que m’impulsa a escriure aquesta carta. Aquesta mateixa convicció ha sigut la que m’ha acompanyat tots aquest anys de docència.

    Vaig començar a treballar en un centre públic l’any 2018 com a substitut. Prèviament, vaig passar un parell de cursos a l’educació concertada, on em van donar primer l’oportunitat de dedicar-me a aquesta vocació. Recordo la meva primera entrevista per ser professor de Llengua Catalana i de Llatí a l’Escola Teresiana de Tarragona. El Director d’aquell centre em va contractar sense atendre el meu currículum. Ell ja em coneixia d’oïdes perquè jo treballava i estudiava Anglès a una acadèmia de Tarragona, on ell portava al seu fill. El cas és que li va arribar el meu currículum per correu (vaig enviar-ne massivament a molts centres) i va preguntar als responsables de l’acadèmia si jo era un bon fixatge. Aquest home em va ensenyar moltes coses, la més important, la importància de la humanitat: confiar en les persones, encara que siguin joves i sense experiència, atenent al seu grau d’il·lusió, entusiasme i actitud.

    La primera vegada que em van trucar de la borsa va ser una sorpresa. Jo estava treballant a una escola de Barcelona com a professor d’Humanitats, ensenyant matèries dispars, des de Història del Món Contemporani fins a una optativa sobre l’Excel. Treballar per l’educació pública suposava dedicar-me a la meva especialitat, la Llengua Castellana, i fer-ho, a més, al costat de casa, a Vila-seca. Recordo molt bé a la directora d’aquell centre, ja jubilada, que a més era companya del meu departament. Des del primer moment va confiar en mi, tot i que ja demostrava certa soltesa en la gestió d’aula i interès per ser rigorós en la feina diària. D’ella vaig aprendre la diplomàcia.

    Posteriorment, vaig treballar al Vendrell, a l’Institut Andreu Nin. Aquest centre tenia fama d’ésser un lloc difícil per la tipologia d’alumnat. No negaré que fos així, però jo diria que tenia dos vessats: molts alumnes amb una bona estabilitat familiar i molts alumnes amb una situació familiar dificilíssima. Això feia que la docència en aquell centre fos molt interessant, ja que tenia alumnes molt potents acadèmicament i d’altres que tenien problemes per portar el material escolar. Allà vaig passar quatre cursos en els quals vaig ser Tutor de Batxillerat i Cap de Departament. D’aquella etapa recordo el Gran Concurs Literari que vam organitzar conjuntament amb els departaments de Català i Anglès, on vam portar a tot l’institut al teatre de La Lira, coordinat per mi com a cap. Cal destacar d’aquest centre que la Directora va saber rodejar-se d’un immillorable Equip Directiu, gent súper treballadora amb qui vaig compartir grans moments de feina i d’amistat. La majoria d’ells van marxar quan van tenir plaça a la seva comunitat. D’aquesta direcció vaig aprendre el lideratge.

    El fet d’haver aprovat oposicions l’any 2021 i d’haver estat papà l’any 2022 va fer que optés per intentar treballar més a prop de casa. Vaig tenir la gran sort de poder treballar a la meva primera opció, l’Institut Pons d’Icart a Tarragona. Aquí porto tres cursos (contant aquest) sent Tutor de Batxillerat i membre referent a la Comissió de Convivència, un òrgan fonamental a l’institut i que és un dels seus millors valors. Tot i tenir la meva plaça definitiva al Domènech i Montaner de Reus, he pogut continuar al mateix centre gràcies a la Directora de l’institut, a qui li tinc una especial estima i m’ha ensenyat el valor fonamental que m’inspira a escriure aquesta carta: la confiança, en mi mateix i en els meus companys.

    Vindran reptes en el futur. Els assumiré amb tota la il·lusió, entusiasme i actitud que he posat fins ara. I a més tinc la humanitat, la diplomàcia, el lideratge i la confiança per fer-ho bé. Car, ho he après d’altres professors i professores que han aconseguit, i aconsegueixen cada dia, canviar el món, millorant la vida de molts i moltes alumnes als instituts de secundària de Catalunya.

    M’agrada ser partícip d’aquesta tasca i aportar, cada dia, el meu granet de sorra.

    Gràcies per la vostra atenció,

    RRB

  • Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    La primera parte de este artículo se publicó el pasado domingo. Pincha aquí para acceder al enlace.

    2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente

    En un programa de la televisión pública, uno de esos en los que la periodista hace un reportaje entrevistando a las personas de un pueblo perdido en la sierra para conocer su rutina y las costumbres del pasado, uno de los entrevistados era un geólogo. Al parecer, el lugar tenía una importancia especial en ese ámbito a nivel internacional y el científico era un hijo del pueblo. Ahora vivía en Madrid o el extranjero, pero de vez en cuando volvía a su pueblo, donde estaban sus raíces y donde se habían inspirado la mayoría de trabajos que había realizado al inicio de una larga y exitosa carrera profesional. Hacía ya unos años que el geólogo había dejado de usar el peine, pero su rostro era jovial y juvenil.

    Uno de los momentos más álgidos de la entrevista fue cuando le preguntaron de dónde había sacado la vocación por la geología un chico de una localidad tan al margen de todo. La sonrisa del hombre se iluminó y dijo: «La vocación me la inculcó nuestro profesor Antonio. Nos llevaba de excursión a este sitio» dijo haciendo un gesto que abarcaba una zona de rocas grandes y desperdigadas sobre un manto verde, como si un dios infantil se hubiera dejado olvidados los juguetes «y nos explicaba la importancia histórica y geológica de este lugar. En el pueblo todos lo queríamos mucho, era nuestro profesor preferido. Por lo menos para mí fue alguien fundamental». En uno de esos giros de guion tan forzados, que en cualquier película hacen vomitar pero en la tele, cuando son personas normales quienes protagonizan las historias, adquieren una coherencia indiscutible, aparece de la nada el profesor Antonio que casualmente ha estado escuchando toda la conversación de su exalumno. Después de saludarse de una forma forzada, fingiendo que todavía no se habían visto, los sientan a los dos sobre una roca y ambos entrevistados, alumno y maestro, están sonrientes y contentos de volver a encontrarse, nada menos que para salir en la tele.

    La entrevistadora, siguiendo con el plan establecido, le pregunta al ya anciano profesor: «¿Cómo se siente al saber que José Luis es uno de los científicos más importantes de España? ¿Usted sabía que tenía un alumno colaborando con las mejores universidades de Europa?» Antonio se agarraba fuertemente las rodillas con las dos manos, visiblemente nervioso, un poco abrumado y temeroso de la cámara, pero feliz de estar allí. Su pelo, completamente blanco, centelleaba bajo claro sol de la mañana de primavera de aquel enclave cercano a un pueblecito de la sierra. «Sí, por supuesto que lo sabía. En el pueblo sabemos todos lo que ha conseguido José Luis. Me siento muy contento, claro». La entrevistadora, una chica joven, con un cuerpo esbelto y bien proporcionado, con el pelo largo y castaño derramándose, un poco inclinada para posicionar el micro, continuó: «Antonio, me han dicho que usted era muy buen profesor, ¿cómo consiguió motivar tanto a sus alumnos?» En ese momento, el viejo profesor guarda silencio. Mira al frente, hacia un paisaje que el espectador no ve pero que imagina idílico, y el ahora anciano trata de comprender cómo ha conseguido hacer que los alumnos se interesaran por unas cuantas piedras.

    «Hay que querer a los alumnos. El amor es la herramienta más fuerte para enseñar. Si los alumnos perciben que tú los quieres, que te importan de verdad… ya está, puedes enseñarles cualquier cosa. El profesor tiene que querer a sus alumnos». Pronto, la entrevista saltaba a tratar otros temas que no son importantes para el asunto de este ensayo. El consejo del profesor Antonio, a pesar de su sencillez, es tremendamente valioso, dado que ofrece la clave del éxito para que la labor docente sea un regalo diario.

    Hay muchos perfiles de profesores y profesoras. Los hay estrictos, los hay más laxos. Los hay quienes saben todos los cotilleos que ocurren entre los alumnos, estos detectan si un alumno lo está pasando mal en casa o está sufriendo algún tipo de acoso. También hay docentes que son verdaderos expertos de su materia y saben mucho más que cualquier profesor universitario. En fin, tipos de profesores hay tantos como clases de personas. La pedagogía y la literatura didáctica se equivocan al diseñar una clase única de profesor/a motivador/a, que generalmente usa y abusa de la tecnología, olvidando que, sobre todo, en esta profesión, el factor absolutamente diferencial —lo que la salvará de convertirse en un trabajo desarrollado por la inteligencia artificial— es el factor humano. Y es en el corazón donde las máquinas no pueden competir con las personas, porque no se puede querer a un ordenador ni él podrá corresponder de forma satisfactoria. Cualquier docente, entonces, sea como sea, aunque se trate de un carcamal pasado de moda, que no sabe ni siquiera utilizar el correo electrónico, aunque piense que el comunismo es la mejor organización social, aunque no tenga familia y en su tiempo libre se dedique a montar maquetas de barcos de guerra, a pesar de no entender el mundo que lo rodea con tanto móvil y redes sociales, puede ser querido por sus alumnos de quince años; son, de hecho, muchas veces muy estimados por compañeros y aprendices. Los hay de muchas clases, no se trata de una cuestión de edad o temperamento. Pero todos los profesores exitosos y carismáticos tienen un denominador común: aman su profesión y aprecian a sus alumnos. El amor no es incompatible con el respeto, de hecho es su razón.

    Será el amor el que dote al docente de la paciencia suficiente para repetir lo mismo una y mil veces. Será el amor el que lo impulse a mejorar cada día en su labor. Será la estima por las personas quien hará que las personas lo estimen también a él o a ella. Así de sencillo es el secreto del éxito, aunque su cumplimento obligue a un difícil equilibrio que continuamente se debe mantener, haciendo que a veces se pierda de vista lo realmente importante. Querer a los demás no es una tarea sencilla, pero siempre es recompensada. El amor es la antítesis -lo contrario- del ego, así que de nada sirve enorgullecerse de que los alumnos lo quieran a uno, lo importante es sentirse feliz por ser capaz de quererlos. Miles de caminos y opiniones irán jalonando la vida: tecnología sí – tecnología no, memorizar sí – memorizar no, confraternizar sí – confraternizar no, y más debates interesantes. Ante todos, la respuesta siempre es la misma; lo diferente es lo humano.

    Por eso las clases deben ser pautadas pero variadas, para que siempre espere una sorpresa.

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

     (En el próximo capítulo)

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la eduación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Técnicas efectivas para la gestión de aula (Primera parte)

    Técnicas efectivas para la gestión de aula (Primera parte)

    Técnicas efectivas para la gestión de aula (Primera parte)

    Se entiende que la «gestión de aula» es la práctica docente que consiste en administrar el tiempo, los recursos y, sobre todo, al grupo de alumnos que conforman una clase. En este artículo, abordaremos la gestión de aula en la educación secundaria, es decir, dirigida a adolescentes. El principal reto para aquellos especialistas que desean dedicarse a la educación es el de ponerse frente a un grupo de 25-30 chicos y chicas, cada uno con individualidades muy diferentes, pero que juntos tienen un poder, y un potencial, enorme. Se trata pues de abordar este problema y ofrecer técnicas y consejos que puedan ayudar a la práctica docente, sobre todo para quienes no tienen mucha experiencia o para quienes todavía no se han metido en «la jaula de los leones». Es bien sabido que el hecho de tener que lidiar con adolescentes, y el vértigo que ello supone, aparta a muchos futuros docentes de la educación, porque piensan que para ello se necesita un talento o una llave especial. Nada más lejos de la realidad, lo único que se requiere para tener éxito en esta tarea es lo mismo que para todas: ilusión y ganas.

    Si estás aquí leyendo este artículo, ya tienes lo que hay que tener para conseguirlo.

    1.La autoridad ni se crea ni se destruye, sólo cambia de manos

    Cualquier persona que forme parte de la sociedad habrá oído hablar del debate de «la autoridad» y quizás alguno haya participado de él, a pesar de no conocer los rudimentos de la función docente. Entendemos por «autoridad», que de unos años a esta parte ha tenido tan mala prensa por parte de algunos especialistas en docencia, el hecho de tener el mando de la clase y de decidir qué hace cada individuo según el momento. Para ganarse la autoridad, se necesita previamente haberse ganado el «respeto» de los alumnos. Y antes que todo eso hay que partir de una idea previa: la autoestima.

    Sobre todo si uno es joven, le asalta el llamado «síndrome del impostor». Uno se pregunta, ¿quién soy yo para mandar a estos chavales algo?, si sólo hace unos años yo era un chaval como ellos, si ni siquiera conozco bien la materia que tengo que impartir, si hay niños y niñas más listos y con más carisma que yo… En cualquier profesión, a un trabajador le pueden asaltar esta clase de dudas existenciales, que luego se ocultan o se administran en secreto. El problema de trabajar con adolescentes, y no con adultos, es que ellos perciben la inseguridad de una forma reactiva. Por ello es muy necesario un trabajo previo de auto-convicción, para lograr que el estudiante, receloso por naturaleza, deposite su confianza instintivamente en el adulto que tiene delante y que no conoce.

    Hay un principio fundamental que justifica la autoridad que un profesor/a tiene delante de un grupo de alumnos adolescentes, aunque este docente lleve una hora ejerciendo la profesión, aunque nunca en su vida se haya puesto delante de una clase. Cuando se cierra la puerta del aula y el maestro/a está delante de su alumnado, ¿quién es el que tiene la responsabilidad del grupo? Por poner un ejemplo. Si en el transcurso de esa hora de clase sucediera un accidente de cualquier índole, que provocara que las autoridades tuvieran que acudir al centro educativo para intervenir el problema, ¿a qué sujeto le van a pedir explicaciones? Efectivamente: a la persona adulta y responsable de todo el grupo, al gestor autorizado por el Estado y en quien los padres confían, conscientemente o no, durante las horas que ocupan la jornada lectiva. El profesor/a es el máximo responsable del grupo de alumnos y por ello constituye la máxima autoridad.

    Uno de los errores más habituales que se cometen por parte de los equipos docentes y directivos es el de desautorizar al docente frente a los alumnos, cuando estos van a quejarse por cualquier circunstancia, tengan razón o no. Lo que sucede a veces, desgraciadamente, es que el autoproclamado representante de los alumnos establece comparaciones agradables a los oídos de quien las escucha: A diferencia de contigo, con el profesor o con la profesora «tal» no nos portamos bien, o también, él/ella no sabe explicar como lo haces tú, o cualquier otra forma de captar la benevolencia. La vanagloria es el punto débil de todos los seres humanos, así que no deja de ser habitual que el docente, que escucha que su labor es mucho mejor que la de otro, se deje adular por el canto de sirenas y, en su fuero interno, dé la razón a los estudiantes sin pensar en las consecuencias negativas que tiene eso para sí mismo. Porque, se acepte o no, un docente no sabe trabajar en equipo si no va a una con sus compañeros, por muchos años que lleve en la profesión y muy bueno que sea explicando Sintaxis o Trigonometría. Si le da la razón a los alumnos minando la autoridad del compañero/a, sin quererlo, socava la suya propia: el día de mañana, cuando tenga que dirigir a los alumnos, no querrá ser comparado por estos con el mal profesor y no se comportará en base a su profesionalidad sino en razón de su propia autoestima. Por ello, los docentes tienen que funcionar como una unidad, como un equipo con los mismos intereses y objetivos: el que los alumnos aprendan, no solamente lengua o matemáticas, sino también a convivir.

    No obstante, uno no solamente es responsable del grupo de alumnos, sino de lo que sus compañeros hacen durante su labor. Muchas veces, en sus quejas, los alumnos tienen toda la razón. Hay profesionales que son arbitrarios con la puesta de calificaciones, que no trabajan lo suficiente, que explican poco y mal a sabiendas, sin querer esforzarse, pero que son duchos en aplicar la ley del miedo, aprendida en años o siglos de experiencia. Es muy fácil confundir la autoridad con el autoritarismo, el respeto con el miedo, el liderazgo con el mangoneo. Por eso es necesario que los equipos docentes y directivos tengan herramientas, y «autoridad», para controlar los comportamientos abusivos por parte quien se propase, porque esas mismas herramientas protegerán a quienes quieren hacer su trabajo bien y les darán a los alumnos una lección fundamental: manda quien lo merece. Debido a las décadas donde las máximas autoridades en materia educativa son cargos políticos, es decir, gente que no sabe nada sobre gestión de aula, Matemáticas o Lengua, estas (des)autoridades viven en sus propias cámaras de eco, es decir, en su mundo, alejados de la realidad del pobre docente sustituto que aterriza en un centro educativo y tiene que sobrevivir una clase más. Son estos políticos, no los pedagogos, quienes han negado la autoridad del profesor, quizá por carecer ellos de legitimidad para ejercer la suya propia. Pero la autoridad ni se genera ni se destruye, sólo cambia de manos. Así, si no es el profesor/a el que manda al pisar un aula, hay que preguntarse en manos de quién está el rumbo de la clase. Los intereses del alumno más matón no serán los mismos que los profesor o profesora, por muy inhábil que este sea, a saber: que los alumnos aprendan lo que él o ella sabe, sino otros más espurios, como no hacer nada, infundir miedo en los más débiles, vanagloriarse de tener más autoridad que el docente, es decir, creerse más que el adulto responsable, en última instancia, de todo lo que sucede durante la hora de clase. ¿Eso es lo que quieren los padres? ¿Para eso paga el Estado docentes?

    A pesar de la política, el docente tendrá el lunes el mismo problema que cada día y lo que venimos a ofrecer en este artículo son soluciones. Así que el primer paso para ganarse la autoridad de los alumnos es creerse que uno tiene el mando sobre los alumnos porque el docente es responsable del bienestar de ellos, que tienen todo el derecho de ser adolescentes, de equivocarse, de aprender. Nunca, bajo ningún concepto, hay que tomarse los comentarios de los alumnos bajo el prisma de lo personal, o como única manera de saber si el trabajo se está haciendo bien. Por supuesto que uno trabaja porque los alumnos aprendan, pero el aprendizaje no pocas veces conlleva sacrificio y esfuerzo, y como los adolescentes no son tontos, preferirán, a priori, no trabajar ni esforzarse, como es lógico. Aquí es cuando entra la mentalidad del adulto, que tiene experiencia vital y sabe lo que es bueno y conveniente porque lo ha vivido. El docente debe legitimarse con la suficiente autoestima como para amarse a sí mismo, amar su labor y querer el bien de sus alumnos.

    2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente

     (En el próximo capítulo)

    Nota del autor:

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la eduación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedad con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio, donde cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Basado en hechos reales

    Basado en hechos reales

    El viernes a las 12:30 tengo clase de Lengua castellana y literatura en Primero de la ESO C. Unos días antes, había propuesto a mis alumnos que participaran en el concurso literario, este certamen sobre Historias de radio, que convoca cada año el Ajuntament de Constantí. Antes de empezar a dibujar las letras sobre el papel, expliqué a mis alumnos y alumnas los elementos de la narración en un esquema. «Todo escritor/a tiene que pensar» —les expliqué— «en cinco cosas: Narrador, Acción, Personajes, Lugar y Tiempo». Pronto sucedió lo que yo ya me temía: muchos no sabían sobre qué escribir, no se les ocurrían ideas para completar el esquema previo que yo les había pedido con los elementos de su propio relato. A estos les aconsejé lo que me aconsejo a mí mismo: «Escribe sobre algo impactante que te haya pasado a ti. A todos nos pasan cosas increíbles. Podéis cambiar los nombres de los personajes, los lugares, los hechos… Yo no sabré, al leerlo, si la historia es real o no. Además, debéis introducir el elemento de la radio dentro del cuento, lo cual hará que vuestra verdad se convierta en una ficción».    

    Ese viernes estaba cansado. Había sido un día duro: evaluaciones, estrés, papeleo, la vida dura de los adultos. Ese día tengo a medio grupo. Los alumnos tenían que entregarme la historia ya terminada para evaluarla. Mientras algunos terminaban la tarea, yo iba corrigiendo sus historias en clase. Por orden de lista, hacía venir al estudiante a mi mesa y aconsejaba algunos cambios mientras leía su flamante relato. La primera de la lista, D. M., no la había terminado. «Bueno,» —dije— «acábala ahora», y escribí NA, No Assolit, en mi libreta de notas, mientras venía la siguiente de la lista.

    Al cabo de tres redacciones leídas y evaluadas, D. M., la primera de la lista, levanta la mano y me informa de que ya ha terminado la tarea. «Estamos a mitad de la clase, creo que me da tiempo.» —pienso que soy un blando— «Vente, D., corregiré tu historia». No espero gran cosa, son apenas dos caras y media en letra grande y aburrida, de deberes.

    Pero al empezar a leerla, lo siento. Es una atracción extraña, imposible de definir o aprehender, pero palpable como la libreta que sotengo entre las manos. Me gusta. La historia será buena. Trata —D. ya me lo dijo hace unos días— sobre un intento de secuestro. En ese momento lo recuerdo y noto esa electricidad que tienen los grandes relatos de la literatura y les digo: «Voy a leer la historia de D. en voz alta, ¿vale?». Los alumnos me miran, dejando lo que estaban haciendo, me escuchan, se forma un silencio.  

    Una niña viene de jugar con su amiga en un parque de Tarragona. Son las ocho de la tarde. Antes de llegar a su casa, después de despedir a su amiga, ve que un hombre la persigue con una furgoneta blanca. Echa a correr y la furgoneta aumenta la velocidad. De la radio del vehículo, sale una música que tiene el poder de adormecerla. La chica, la autora de la historia, intenta escapar. Los niños y el profe empezamos a indagar. «¿Te ha pasado de verdad?» «Algo parecido,» —asiente ella— «Lo de la música de la radio es mentira. Claro, eso me lo he inventado.» «Eso es la ficción.» —Intervengo yo.— Me miran. Sigo leyendo. Cuando está a punto de llegar al portal, aparece un segundo hombre que intenta atraparla justo al entrar por la puerta. El de la furgoneta intenta, incluso, atropellarla. Consigue entrar, pero empieza a escuchar esa música de nuevo y pierde la conciencia. Se despierta en su habitación. La chica, por suerte, había conseguido llegar hasta su cuarto, a salvo. Todo era un sueño. —Yo les había dicho que ese era el peor de los finales: «Todo era un sueño. Lo hacen los malos escritores y guionistas cuando no saben terminar una historia.»— Los alumnos y el profe sonreímos. A pesar de esa resolución, no nos estropea un buen relato. Pero todavía queda texto. Se levanta y mira por la ventana. Otra vez escucha la música de la radio. Ve a los dos hombres, con la furgoneta, abajo, en la calle, que empiezan a trepar por la pared de su edificio. Cuando están a punto de entrar en su cuarto, por la ventana, vuelve a despertarse en su cama. Asustada, se acerca de nuevo hasta la ventana para ver si los hombres malos siguen allí. Y —contra todo pronóstico literario— allí están, pero ahora trepan por la pared de enfrente, donde vive una amiga suya, una chica que ella conoce. Por suerte, de la nada, su madre, la heroína de esta historia, el hada madrina de este cuento de monstruos—el «deus ex machina» que decimos los profes­— abre la puerta y le dice a su hija que haga las maletas, que se van a ir a Francia. Fin. Ahí termina la historia. No sé si aplaudimos. No hace falta. Estamos todos fascinados, extáticos, por lo que acabamos de presenciar: una historia que nos ha hecho vivir, vibrar, sentir, olvidarnos de que estábamos leyendo, de que era viernes y estábamos en la quinta hora.

    «¿Pero qué parte de verdad hay en eso? ¿Qué parte de mentira?» Los niños quieren saber. D. es la reina de la clase, la persona más importante del mundo a las doce horas del mediodía de este mes de octubre. Una pequeñita y discreta heroína de ébano, con trenzas de colores que su mamá le habrá hecho, con sus manos negras y duras de trabajar. Los niños hablan entre sí pero no distingo lo que dicen porque yo mismo estoy sumido en las preguntas que me ha dejado la ficción, la cual sigo sosteniendo entre las manos. AE, Assoliment Excelent, reescribo en mi libreta digital de calificaciones.  

    «Eso me ha pasado a mí también.» Esa frase me saca de mi ensoñación. «¿Cómo?» —Queremos saber.— «Sí. Una vez estaba caminando sola por la calle y noté que un hombre me seguía. A veces me ha pasado, creo que algunas veces me lo he inventado, pero aquella vez estaba segura de que ese hombre me seguía para hacerme daño.»

    Me quedé con los ojos como platos. Algunas niñas asientieron, como si supieran. Apenas tienen 12 años, los veo muy pequeñitos desde mis perspectiva. Los escucho muy atentamente. O. N. continúa. Tenía tanto miedo que recordó lo que le dijo su padre, que se metiera en una tienda. Ella lo hizo y el tipo… ¡se metió también! Desesperada, sin saber qué hacer, habló con la dependienta. La mujer la escondió en el cuarto de la fregona, con la puerta semiabierta, porque tenía miedo. Cuando el tipo se fue, la dependienta la avisó de que ya se había ido. O. N. fue corriendo para su casa. No sabía qué hacer: si dormir, si llorar, si ver la tele. Llamó a su padre desesperada. «¿Dónde estaba tu madre?» «Trabaja hasta tarde. Los dos llegan muy tarde.» «Vaya.» «Es la peor sensación del mundo. Te quedas con una sensación de miedo, de pena y de asco…»

    Y. T., otra chica de clase, dice. «Yo, cuando voy sola algún sitio, en mi bolso llevo el móvil,» —otro objeto que no retengo— «y… ¡unas tijeras! Las que tengo de plástica».

    Veía en mi cabeza las tijeras, de mango verde fosforito o naranja. Vistosas, pequeñas, para que los niños recorten sueños en el papel o cartulinas, convertidas en arma. «También las afilo con una piedra que tengo.» «¡Anda ya!» —dice un chico, Z. Z. —«¡Que sí! ¡Te lo juro!» —y continúa— «Me las pongo debajo de la manga y, si vinera alguien a cogerme por espalda, haría así.— Hizo el gesto de clavársela a un ser monstruoso, invisible, pero presente, en la cara, en los ojos, hiríendolo, matándolo.  

    Las demás chicas atenían y comentaban. «Un momento.» —digo yo— «De esta clase, de entre las chicas, ¿quiénes han tenido una experiencia similar?» Todas levantaron la mano, excepto una. «¿Tu no, M. P.?» «Yo no.» Ojalá siga teniendo la suerte de no vivir una experiencia tan horrible, pienso yo. Pero no puedo pensar mucho, la vida sigue.

    «A mí en Sant Salvador me han pegado y atracado varias veces» —dice otro. Se llama A. R., hace poco lo expulsaron del instituo por acumulación de incidencias. Es un buen chico, no tiene un ápice de maldad, pero es travieso y pasa muchas horas solo.

    No sé qué consejo darles. Se me ocurre decirles que, si alguna vez viven algo así, que griten, que se desgañiten. Que esa gente mala quiere hacer esas cosas sin que se entere nadie. Mejor quedar en ridículo que vivir una situación de peligro. La clase llega a su fin, pero el tema aún nos tiene a todos con el corazón en vilo, emocionados, como si hubieramos descubierto algo importante que solo nosotros, esos doce niños y niñas y yo entendemos. Algunos alumnos se me acercan, sobre todo las chicas. Estoy sentado sobre la mesa, como hago habitualmente. Me rodean. Me acogen en un círculo y me comparten su mundo. «Yo sé ver cuando un hombre tiene intenciones malas,»— dice la de las tijeras. «Claro, tenéis que tener mucho cuidado.» «Sí, a veces veo tipos que tienen una pinta mala y pienso, ¿qué haces?» —añade O. N. «Bueno, también hay que desconfiar de quienes tengan una pinta de buenos» —digo yo. Luego pienso en si se puede confiar en alguien, pero la vida nunca para. Una profesora entra en el aula y me ve rodeado de alumnos y alumnas, no parece entender nada. Un poco confusa, me avisa de que son y treinta y cinco, que pensaba que ya habíamos terminado. La profesora no entiende lo que pasa. Yo tampoco consigo razonar bien, solo vivir en la historia de D.  

    Me voy a casa. Era mi última clase. Tengo suerte los viernes, acabo una hora antes. Yo no sé si mis alumnos habrán aprendido algo, pero yo había vivido una clase que recordaré toda la vida. Aquellas chicas me dieron una lección imborrable e inesperada.

    ¿En qué mundo vivimos? En uno en el que las niñas del centro de Tarragona tienen miedo, un miedo atroz, a volver solas a casa por la calle, en pleno día. «Nunca vuelvo sola, o voy con el R. o con la T., pero nunca vuelvo sola»—oigo en mi cabeza la voz de O. N. Yo también soy padre. Pienso en mi hija C. R., que tiene dos años ahora, ¿también vivirá ella el día de mañana una experiencia tan horrible? ¿Un miedo tan ominoso?

    La noche de los viernes nos gusta sentarnos con la radio del salón encendida, mientras descansamos de la semana intensa y de ser padres primerizos. Se produce un silencio y una canción suave se hace presente. Se lo he contado a mi pareja, quien también es docente. Me pide que lo escriba. Me pide que haga algo. Ambos nos emocionamos. Las lágrimas llenan nuestros ojos. Pensamos en nuestra pequeña, en el mundo incierto que le estamos dejando los adultos. Pero a la vez estamos felices, porque ha pasado algo muy bonito, porque ha pasado algo extraordinario. Algo que nadie esperaba. Por pura causalidad. «La historia estaba maravillosamente escrita. —le digo— «¿La ha escrito ella?»—pregunta mi mujer. «Seguro, estaba llena de faltas, había repeticiones, pero era una historia inspirada, tenía aquella fuerza que tiene la gran literatura, por eso me ha dado por leerla en voz alta, sin saber de qué iba, porque había visto que era muy buena, porque algo me había empujado a compartirla con los alumnos. Esa historia la ha escrito la niña pero también Dios, el Destino, u otra cosa. No creo en las casualidades. No ha sido casualidad. Ha sido como despertarme. Como si se me abriera un tercer ojo» —hago un gesto abriendo y cerrando el pulgar y el índice sobre mi frente— «Estaba totalmente ciego a esta realidad. Creo que miramos tanto el movil, con debates estériles, que no vemos qué pasa a nuestro alrededor, qué les pasa a nuestros hijos, que son lo que más queremos. Qué fuerte.» «Podrías hacer algo. Creo que deberías comentar este tema con tu centro. Nosotros podemos aportar nuestro granito de arena.» «Sí, claro.» «También hacen cursillos y charlas sobre acoso para alumnos y para las familias.» «Sí, también. Quiero escribir sobre esto. Siento que esta historia debo compartirla con todo el mundo. Algo ha querido que yo leyera eso, que la leyeramos todos en clase. Algo me dice que la imprima, que la haga pública. No sé si lo conseguiré.» «Anda, ven aquí. Acércate».

    Mi mujer y yo nos damos un abrazo. Ella emocionada y yo también. Siento su corazón latir contra el mío. Nos quedamos así un rato. De pronto, se me ocurre una idea:

    «¿Sabes qué?» —le digo— «Creo que ya tengo mi historia para el concurso literario.»

    FIN

    …oooOOOooo…

    Nota: Eres libre de compartir esta historia con cualquiera que pienses que le puede interesar.

    Nos vemos el próximo domingo, con otra historia y en otra semana, si Dios quiere. Un abrazo,

    Ricardo

  • Dos ángeles me han salvado

    Dos ángeles me han salvado

    Como todo el mundo que está leyendo esto sabe, mi intención es, más pronto que tarde, pasar de la palabra en la pantalla a la palabra en el papel, es decir, trasladar mis textos de mi blog a un libro. Antes de iniciar esta aventura en internet, la de intentar ganar la batalla de la página en blanco todos los domingos publicando, al menos, un verso, un párrafo, una estrofa, un artículo, una historia, un capítulo, antes de eso, pensaba que ver un día mi obra entre dos tapas y un taco de folios sería casi una experiencia religiosa. Pero la disciplina del trabajo diario, durante dos años y medio de publicaciones dominicales ininterrumpidas, integrado este en la vida normal de un profesor de instituto y padre de una niña preciosa, esta labor desquiciada me ha dado un propósito nuevo: el de ver mi obra publicada en papel para ofrecerla a las personas como tú, que mágicamente han decidido gastar lo más valioso que tienen, que es el tiempo, aquí. Sé que para ninguno de los dos es fácil que estemos en este lugar, yo escribiendo y tú leyéndome, pero aquí estamos. En mi caso, a las tantas de la noche, enfebrecido por esta historia que te quiero contar: de cuando intentaron matarme y dos ángeles me salvaron.

    He recogido algunas de las historias largas que han ido apareciendo aquí y las he integrado todas, las cinco, en un manuscrito que pretende ser algo así como una novela que explore las diferentes facetas del amor y el desamor de un hombre en el mundo de hoy. Repasé, por enésima vez, los textos y los encuaderné en una copistería de mi ciudad. Hice dos copias, que me costaron unos doce euros cada una, y me los traje a casa sin saber muy bien qué haría con ellas. Aunque sí sabía qué quería hacer con el manuscrito: además de ir enviándolo a concursos y a editoriales que lo aceptaran, también planeé hacerlo llegar a ciertos lectores ajenos a mi círculo íntimo, si podía ser con conocimiento en la materia por haber publicado ya. Mi cercanía al mundo literario me había hecho conocer a algunos escritores, escritoras y escritorzuelos, que quizá podrían orientarme a encontrar el mejor camino para publicar mi libro. Es decir, que a alguno les cayera la obra un poco en gracia y recomendaran Un corazón donde vivir a algún editor amigo, quien a su vez se ofreciera a invertir su dinero en mi prosa. Por otra parte, también buscaba la bendición de ciertas personas elegidas, un poco al azar, otro poco por el gran aprecio que siento por ellas. No lo mandé a muchos, a apenas cinco.

    El primer envío fue dirigido al segundo mejor novelista de mi ciudad, con quien comparto una camaradería de chavales de barrio venidos a más gracias a la literatura. Me dijo que andaba escaso de tiempo, que tenía muchas cosas que leer y que escribir, pero que en cuanto tuviera un hueco se pondría con mi texto. Bueno, lo esperado. El segundo lo mandé a un escritor más consagrado, de literatura juvenil, el cual hacemos leer a los chavales. Sus obras me parecen buenísimas, y a los alumnos también. Tiene ya una edad y siempre rechaza venir al instituto donde trabajo a conferenciar porque no está ya para trotes. A mi largo correo electrónico, previo a haber descubierto en la lectura de uno de sus libros una referencia imposible de detectar a la película El tercer hombre, pese a este hallazgo prodigioso que en su momento aplaudió, me contestó diciendo que no iba a leer mi novela por una serie de motivos que se podrían resumir en: si me parece una mierda, temo que pueda hacerte daño. Yo lo entendí, pero no lo comprendí del todo. La tercera es una escritora que publicó un único libro en Anagrama y a quien conocí allá por 2018 colaborando para una revista digital que entonces ella dirigía. No obtuve ninguna respuesta a mi correo electrónico, así que, o bien no utiliza ya la dirección que yo tenía de ella —cabe decir que la revista está extinta ya— o bien ha decidido no responder ni para decir que no. La cuarta persona fue la que había sido en el pasado, hace unos tres años, mi mejor alumna. Una chica con un expediente académico excelente, no sólo durante el par de cursos de bachillerato, cuando le di clase, sino durante toda su etapa educativa. Ella, como yo, quiere ser escritora, y cuando decidan publicarla será mucho mejor que todos los escritores anteriormente mencionados, pero eso será otra historia. Mi exalumna, aunque infalible en sus análisis, me tiene estima, así que también buscaba un poco su bendición y descubrir en sus buenas o disimuladas palabras si la obra la había llegado a gustar o no. Por supuesto podría no leerla y yo, en ningún caso, dejaría de apreciarla y de considerarla una genio.

    Me faltaba una persona para completar el envío de manuscritos y me hallaba con las dos copias en papel en mi casa sin saber muy bien qué hacer con ellas. Se me ocurrió contactar con un escribidor de mi ciudad, de quien tengo un libro de relatos en casa que comencé, pero que no logré pasar del primero. El hecho de habérmelo encontrado en un acto sobre Lorca en Tarragona hizo que se me ocurriera que podría ser una buena idea darle una copia del material, para que me dijera qué tal y me diera, si fuera posible, su bendición de viejo versado en las lides de las publicaciones pequeñas, aquellas que tienen poca tirada y que nunca pasarán de una (in)digna y agradecida primera edición.

    Nos citamos en un bar y le entregué una de las copias del manuscrito. Estuvimos hablando un rato con muy buenas palabras sobre nuestros proyectos. Me interrogó exhaustivamente sobre qué pensaba hacer con el libro y yo le conté lo que hasta ahora te he contado a ti, dando los nombres de algunas personas que él también conocía. En fin, me hizo sentir en casa, seguro de estar en buenas manos. Así se lo hice saber, que le hacía entrega de un trabajo de prácticamente dos años, que para mí aquellas páginas encuadernadas en una copistería eran como un bebé de teta y que, aunque podía aceptar que no fuera bueno, quería que las primeras manos que lo tomaran fueran las de alguien ajeno, pero en quien yo confiara, para que la obra neonata empezara a vivir. El hombre, de cara regordeta y amable, con ojos pequeños y risueños, se la llevó a su casa la mar de contento y me dijo que en un par de semanas ya la tendría leída y me daría su visión. En brazos de la admiración que siente le alumno frente al maestro, me sentí afortunado.

    Justo al llegar a casa, revisé mi correo electrónico. Precisamente mi exalumna me había escrito diciendo que en el documento adjunto me pasaba lo que llevaba de “análisis de la obra”, pero que le había llevado demasiadas horas escribirlo y que, de ahora en adelante, la respuesta a la lectura que me daría sería más escueta, porque carecía de tiempo. Debo reconocer que, a priori, me asusté. Temiendo que de su análisis, el cual sería certero seguro, mi libro no saliera bien parado, no osé abrir el documento. Decidí esperar al momento oportuno para hacerlo y contestar su correo agradeciéndole de todo corazón lo que había hecho por mí, fuera cual fuere el resultado de la analítica.

    Pasó el puente y, al término de unos pocos días de lluvia infernal, me escribió mi amigo el escribidor. El tipo quería verme lo antes posible y no me daba más información. Agendamos un día y volvimos a vernos en el mismo bar donde, no hacía ni una semana, le había entregado el mamotreto de 360 páginas en formato DIN-A4, interlineado 1,5. ¿Podría ser que ya lo hubiera leído? Tiempo tenía, la verdad, estaba jubilado desde hacía años, aunque desconozco si llegó a trabajar alguna vez, porque nunca me dijo a qué se había dedicado en su vida profesional. De hecho, sabía poco de él, yo de hecho lo conocía por mediación de un compañero de trabajo, también escribidor, que me tiene dicho que lo saque en mi blog, así que aquí lo dejo. El caso es que el tipo me esperaba en la misma mesa donde nos habíamos encontrado. Su oronda figura removía un café con leche en una de las mesas junto a la barra donde estaban, demasiado cerca, los mismos camareros que habían escuchado toda nuestra peculiar conversación la semana anterior con un silencio atento. Lo primero que vi fue que sobre la mesa tenía, a un lado, mi manuscrito, tocando la pared del local, lo más alejado de sí que podía. Nos saludamos, intercambiamos la típica charla protocolaria y, sin soltar la cucharilla, dijo:

    —Bueno, Ricardo, pues aquí tengo unas anotaciones a tu libro. —No sé si dio un sobro a su descafeinado, pero diremos que sí para darle ambiente. Cuando terminó, con voz engolada y aguda, añadió— No lo he leído todo, he leído una parte porque el tiempo…

    En ese momento dejé de escucharlo. El tipo seguía hablando y yo intentaba seguir el hilo de su conversación, pero a la realidad del mundo se le había caído una pestaña y yo estaba intentando comprender lo que estaba pasando. No había leído el libro, pero no hacía ni una semana que se lo había dado, a pesar de todo, me había citado, había traído el texto, que comenzaba a manosear, sin todavía abrirlo, y me decía que no tenía tiempo.

    —Vaya, —dije agarrándome con el culo a la silla todo lo que podía para no caerme— Claro, el tiempo es lo más valioso que tenemos, sí. Veo que no te ha gustado, bueno…

    —No, no, Ricardo, mira, sí, no, pero, escúchame… —En ese momento, sentía la mirada de los camareros sobre mi cogote. Gracias a la proximidad de la mesa que él había escogido, los camareros de camisa blanca y pelo del mismo color nos oían perfectamente— El problema de libro, bueno, tiene varios, los he apuntado aquí— Sacó un papel— y también he ido haciendo mis anotaciones —Entonces abrió el manuscrito y Dios quiso que no lo matara. En tinta roja, como el que corrigiera una redacción, había emborronado, rayado, apuntado con saña, lo que a su genio le había ido pareciendo, imposibilitando, a futuro, que pudiera entregar el texto a otra persona para que lo disfrutara. Yo, la verdad, no le había dado indicaciones en este sentido, quizá habría estado bien decirle que si apuntaba algo, lo hiciera en lápiz, como hago yo en mis propios libros. Pero no, el tipo había reunido el suficiente arrojo para ensuciar los tres primeros capítulos con tinta, haciendo imposible su reaprovechamiento en otra lectura.

    Cuando la sangre volvió a fluirme por el cuerpo y los oídos me dejaron de zumbar como si me hubieran dado una cruel e inesperada bofetada, conseguí recuperar conciencia de la realidad. En un silencio que produjo su verborrea, lo único que me salió decirle fue:

    —Bueno, te lo agradezco igualmente. Sé el trabajazo que te ha llevado hacer esto, ¿me permites? —y le tomé la novela, mi bebé, entre sus manos, y me lo quedé en mi lado de la mesa, herido casi de muerte, por lo menos, lo que tenía este de “libro” lo creía inservible. Empecé a hojearlo, viendo las “correcciones” que el genio había excretado de su pluma, temiendo encontrar errores imperdonables que se me habían pasado. La verdad, me tranquilicé un poco. Lo que había apuntado eran tonterías, las palabras que me sugería me parecieron banales y librescas, hojarasca del que se cree con léxico porque no dice palabrotas y habla como si tuviera una pelota de golf por nuez. No encontré, por tanto, errores graves que se me hubieran pasado. Mi estilo, como a mí el suyo, no le gustaba. De todas formas, respiré y añadí. —Te lo agradezco enormemente.

    —Como ves, hay muchas repeticiones, muchas comas, muchas cacofonías —repitió esa palabra, que a él le debería sonar como a caca, para insistir en que mi trabajo de dos años le había parecido eso, una soberana mierda. —¿Me dijiste que le habías hecho llegar el manuscrito a …(nombre de escritor)…? Yo creo que te has precipitado. El texto necesita guardarse en un cajón, necesita trabajo, y volver luego y verías que no… no…

    Por hacerla corta, el tipo me estaba machacando, delante de los camareros, de todo el que pasara por allí a escuchar cómo regañaba al imbécil que tenía delante, que era yo, y no supe muy bien qué hacer. Me quería ir pero, al final, había sido yo quien había provocado ese lío, quien le había pedido el favor a la persona equivocada. En ese momento no podía pensar con claridad, no sabía, no encontraba la manera no ser maleducado con alguien a quien yo le había pedido un favor y me lo estaba “haciendo”.

    —Bueno, mira, (nombre del tipo), no voy a defender el texto. Si has visto todo eso, sólo me queda darte las gracias y decirte que siento mucho haberte hecho perder el tiempo…

    Me hubiera ido en ese momento, pero aún me quedaba más de media hora de consejos y anécdotas para la grandeza del maestro y del poco talento del aprendiz, para que las oyera yo y el público allí presente, que recordarán esa tarde aburrida en el bar Motoclub como anecdótica. El resumen de su argumentario lo había oído ya en muchos otros intelectuales. Básicamente, consistía en decir que el talento era algo que muy pocos tenían, que no valía la pena esforzarse tanto si no se nacía con él don, que andar escribiendo tantas páginas era absurdo, que los textos exigían mucho trabajo de estilo, que había que encontrar una voz propia, no copiar, no caer en los tópicos, ser original, ser muy original, y ser breve, lo bueno si breve… como los clásicos, porque como dijo Borges… En fin, podría haberse ahorrado la media hora que tardó en ensuciarme las páginas de mi libro. Poco a poco, me fui hartando de otro mezquino amargado de la literatura, que por no haber conseguido nada, trataba a los demás como lo tratan a él.

    En el transcurso de la conversación, conseguí colocar dos mensajes entre su perorata. El primero fue que no estaba de acuerdo en lo del talento nato para escribir, porque es como si sólo pudieran tener derecho al amor los que son rubios, altos y con ojos azules. Yo creo que no, que cualquiera, si tiene corazón, tiene el deber y el derecho de buscar el amor, así también los músicos, pintores, artistas o escritores que quieran buscar a su obra. La siguiente idea que le inoculé es que, para escribir prosa, es necesario sentarse delante del aparato, muchas horas, y darle a las teclas. Desconfío absolutamente de los escritorzuelos van con dos deditos y mirando el teclado. Si no dominan el instrumento, ¿cómo van a capturar las ideas que, a veces, se cruzan a la velocidad del relámpago? Bien es verdad que luego hay que corregir, pero también hay que trabajar, y el esfuerzo siempre vale. -No comparto esa visión de que el arte es para unos pocos elegidos.

    Llegados a este punto, el hombre decidió dar por zanjada la velada literaria. Nos levantamos. Se ofreció a pagar los cafés, pero por supuesto se lo impedí, y salimos a la calle. Ya entre nosotros, sin la presencia del selecto público que me miraban riéndose por debajo de la nariz mientras apoquinaba las consumiciones, se tranquilizó y me dijo:

    -Has dicho antes que eres de Constantí y que la literatura te ha llevado a muchos sitios.

    -Así es. Leer me ha salvado la vida muchas veces. Me ha dado una profesión que amo…

    -Mira, yo no pasé del bachillerato elemental, aquí donde me ves…

    -Bueno, intento ser humilde, y nunca juzgo a las personas por sus carreras. Hay tontos con título que son estúpidos y gente sin titulación cultísima. Ser humilde es difícil pero…

    -…Pero sí que hice un máster en la universidad sobre guion cinematográfico. Muy bien.

    Nos despedimos, probablemente para siempre, y me fui a por el coche con mi manuscrito llorando en mis brazos. Todavía no se me había pasado el aturdimiento, pero conseguí llegar a mi casa como un autómata. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no la vi venir? En fin, estaba confundido y cada vez más dolido. Entendí ahora las palabras del segundo escritor, quien había tenido miedo de leer por decirme que fuera una mierda de libro. Pero el mal ya estaba hecho y, puestos a morir, como había pretendido que hiciera con mis pretensiones de escritor el otro escribidor, que había aprovechado mi confianza para machacarme en un bar no hacía ni una hora, decidí abrir por fin las entradas del correo y afrontar mi aciago destino. Encontré el correo de mi exalumna y lo abrí. Como estaba tranquilo en casa, mi mujer y mi hija no estaban todavía, descargué el análisis de mi alumna, dispuesto a que ella hubiera encontrado tantos o más defectos que mi anterior interlocutor. Fue imposible leerlo en su totalidad. Eran nada menos que 45 páginas de análisis exhaustivo y llegaba, más o menos, a la mitad de la obra. Había extraído párrafos que le habían llamado la atención, hecho inferencias, descubierto referencias, añadido consejos o sugerencias, en fin, una obra de arte que un día tendré la oportunidad de utilizar como prólogo. Pero en ese momento, estaba tan chocado que no podía más que ir posando los ojos y consolándome, mientras la opinión amable de mi ángel, excelente en lo académico como también en lo humano, me iba insuflando un poco de vida, la justa para seguir respirando después de que me derribara el empujón brutal de un sátiro. A pesar de todo, son las críticas malas las que más escuchamos, y he andado muy dolido hasta llegar a este momento, cuando me he levantado de la cama a escribir este texto, ahora que todos mis seres queridos duermen. Lo que me ha hecho levantarme de la cara ha sido revisar, otra vez, las entradas del correo electrónico y encontrar un mensaje nada menos que de la madre de la chica a quien le envié la historia, quien me escribía, profusamente, pero en un correo, su humilde opinión, que no compartiría con su hija hasta que esta terminara de leer la obra. Resulta que se había leído el libro del tirón, en lo que había durado el puente, y me contaba cómo aquellas historias de amor/desamor la habían hecho sentir, reflexionar, en fin, leer y vivir.

    Recibí, por parte de esta lectora, la bocanada de aire que tanto anhelaba, que necesitaba, para seguir en pie, luchando contra la página en blanco y sacando de ella historias de la vida, tan reales y vívidas, que se diría que son tan de verdad como en una buena novela.

    Cuando estaba en lo más hondo, a punto de desfallecer y mandarlo todo al garete, dos ángeles me han salvado de la mezquindad del mundo. La vida tiene estas cosas, que me hacen pensar en la existencia de una realidad que no entendemos, pero que sí podemos relatar de forma más o menos coherente. Además, ellas me regalaron la historia de hoy.

    Por salvarle la vida a este narrador, les doy las gracias. Prometo mandarles un ejemplar.      

    FIN

    …oooOOOooo…

  • Autorretrato

    Autorretrato

    Cuando tenía 12 años, yo era un chaval con la cara llena de granos y el corazón lleno de sueños. En la primaria me gustaba mucho dibujar. Me hacía muy feliz cuando los niños de la clase me pedían que completara alguno de sus dibujos con mi supuesto talento. Recuerdo ahora una vez que me pidieron que le pusiera patas a un pato; no sé si lo hice muy bien, pero recuerdo el orgullo que sentí por ese inocente encargo. Se podría decir que fue mi primer trabajo como artista. Pero habían pasado los años y mis padres nunca tuvieron dinero para apuntarme a clases de pintura, como me hacían saber todo el rato. 

    La verdad es que a veces me sentía muy solo y, en general, me aburría bastante el mundo de los demás niños. Sentía por los libros una verdadera reverencia, mi única herencia familiar. Mi bisabuela paterna había sido una gran lectora pero, con la guerra, no había podido dar a sus hijos lo que tuvo ella: alfabetización. Esa mujer contagió a sus nietos, sobre todo a mi padre, el amor a los libros, aunque fueran ediciones baratas, de factura pobre, mal traducidas, que en los años setenta se vendían para adornar las estanterías. Mi padre quiso a esa mujer como a una madre y siempre la recuerda cuando se toma dos copas de vino. 

    En mi niñez, él leía las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y yo las historietas de Pesadillas de R. L. Stine. Me encantaba el terror porque podía sentirme valiente al enfrentarme a mis propios miedos. Salía de aquellos libros más fuerte que cuando entraba. Ir a la única librería-papelería de mi pueblo a curiosear las portadas de aquellas ediciones mientras la Mari, la librera, cotilleaba con mi madre, era una de mis pasiones. Si mi madre estaba de buenas, quizá me compraba un libro. Si no, me iba a casa con las manos vacías pero con la cabeza dándole vueltas a la historia que contendría aquella edición de tapa blanda. 

    Lo pienso ahora y me parece cosa de magia. No puedo entender los motivos que me llevaron a hacerlo, o no puedo recordarlos. Supongo que estaba aburrido frente al Windows98 que había en mi casa, sin conexión a internet. Sin nada nuevo para leer, sin nada mejor que hacer, me dio por -locuras que hacen los niños tristes con la cara llena de granos- escribir una historia de miedo. Se titulaba ESO13131313. El argumento era bastante básico: tres o cuatro amigos, con el nombre real de mis amigos de entonces, iban al cementerio, encontraban una ouija, un amarillento papel escrito. Como imaginarás, acababan invocando a un monstruo, que te confieso era el famoso payaso de Stephen King de la película IT de 1990. Por ese entonces, aún no había visto la película entera ni por supuesto había leído la novela, pero me fascinaba. 

    ¡Había tinta en la impresora! El domingo por la noche imprimí la historieta en unas encomiables cuatro páginas y las grapé. Al día siguiente fui al instituto y, no recuerdo cómo, el compañero de mi lado empezó a leer mi primerísimo manuscrito. Todavía recuerdo sus ojos, cada vez más abiertos, recorriendo el papel. Yo nunca había visto ese grado de atención en mi amigo por nada ni por nadie, menos por algo mío. Cuando terminó, me miraba como si yo fuera una especie de héroe. Sin pedirme permiso, lo pasó en secreto al compañero de al lado. Al final de aquella semana, todos -y sobre todo, todas- mis compañeros/as de clase habían leído la historia con mucho interés. La ola llegó a los profesores, que me felicitaron sorprendidos. No faltó el que dudaba de si lo había escrito yo, pero pronto se convencía al ver la cantidad de faltas que tenía aquello y de expresiones como «Alex saltó como un tigre sobre…». En fin, nos divertimos, sobre todo yo, con algo que a todos nos daba, presuntamente, pereza y tedio: leer. Me sentí, me siento, con un don. Era primero de la ESO.  

    En tercero de la ESO, me giré como un calcetín. Ya no me esforzaba en clase y empecé a pasar cada vez más de los profesores. Conforme las hormonas tiraban de mí, me fui interesando más por las chicas que por la física y, a pesar de que yo era feo, nunca he sido ni tonto ni ciego. No puedo decir que fuera feliz, de hecho, fueron los momentos más duros de mi vida hasta ahora. Lo único que conservé fue la vocación lectora y el sueño de convertirme, algún día, en escritor. Los excelentes se transformaron en suficientes al finalizar la secundaria obligatoria, pero a pesar de que no estudiaba, no solía suspender mucho. Me creía que era muy listo, pero ahora sé que fue porque tenía la costumbre de devorar libros. Por entonces, novelas de más alto vuelo, como los libros de Stephen King. Me traía el tocho de IT, que mis padres me habían comprado en el Carrefour, y lo leía en clase por debajo de la mesa. Recuerdo que un día la profesora de francés me hizo sacar el libro y, al ver el tamaño, me dejó seguir leyendo tranquilamente. Me pongo en la piel de aquellos profesores y deberían alucinar con semejante cambio de actitud, pero entonces los tiempos eran otros y en mi instituto de alta conflictividad había problemas más graves que yo. 

    Terminé la secundaria casi sin granos, rubio como un holandés, y destacando en las asignaturas de humanidades, las únicas que estudiaba, no por el itinerario académico, sino a través de las lecturas y los textos que andaba escribiendo a las chicas, afilando la expresión como podía, sin más maestro que mi anárquica disciplina. Me saqué novia, empecé a fumar, en fin, la vida. Cursé el bachillerato en la capital, Tarragona. Dejé a la novia que tenía y me enamoré de otra. En la universidad me gradué en Filología hispánica. Por hacerla corta: fiestas, chicas, amigos, ruptura, humo, grandes éxitos y fracasos. Terminé la carrera en los años más duros de la crisis. Mis padres no iban a mantener a un artista. Tuve que trabajar en lo que había: camarero en los transatlánticos hoteles de Salou, con los negros, los moros, los padres parados que se habían quedado en la ruina, los chicos de mi edad enchufados por sus familiares, y yo que, como entré por el currículum, hacía de machaca, es decir, los peores trabajos: limpiar los lavabos, sacar la basura, etc. 

    Pero al cabo de un par de años, ahorré. Pude pagar el máster de profesorado en Barcelona, 3000 euros, y como es evidente lo terminé. Antes de conseguir trabajo como profesor, pasé un año en unas oficinas donde aprendí lo que era correr en la rueda de las ratas, donde me di cuenta de que aquello era peor, muchísimo peor, que ser un simple camarero. Aquellos trabajos me enseñaron una lección que no había conseguido darme el sistema educativo: la disciplina y la cultura del esfuerzo. Empecé a trabajar en Teresianas como profesor porque estudiaba inglés en una academia donde el director de ese colegio llevaba a su díscolo hijo. Mis profesores de inglés eran jóvenes, como yo, y conocían qué había estudiado y en qué situación laboral estaba. El día que hice la entrevista, trayendo mi currículum, aquel hombre me dijo: No tengo que mirar nada, sólo con lo que me ha dicho Eloy, ya sé que eres ideal para el puesto. Ideal y no había dado clases nunca, más allá de algún repaso. No se me olvidará nunca la otra lección que me dio mi primer jefe en la docencia: la humanidad. 

    Desde entonces, hace unos ocho cursos, he podido dedicarme más y mejor a la lectura/escritura. Empecé a colaborar en algunas revistas digitales haciendo reseñas. Llegaron a mandarme libros a casa, ese era mi sueldo, para que los reseñara, pero no me interesaban mucho. Lo hacía sólo por acercarme al mundillo literario y conocer sus rudimentos, aprender a tratar con sus personajes, en fin, acceder al oficio. Como no vivo del aire, decidí interrumpir el tiempo que me demandaban las reseñas para dedicarme en cuerpo y alma a preparar las oposiciones. Estudié todos los temas de literatura como no hice nunca en la carrera. Trabajaba por la mañana y por la tarde, cuando terminaba, me ponía a estudiar hasta la noche. Sólo descansaba un día a la semana: el sábado, como los judíos. La gran obra que leí por aquel entonces fue la Biblia, entera, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, atravesando el desierto de los Números y los Jueces y los Hechos, y disfrutando sobremanera el Libro de Job o los Evangelios. Sin duda la mejor obra -literaria si quieres- que se pueda leer. Gracias a Dios, aprobé. No sé si hubiera sobrevivido a un suspenso. Esa circunstancia me ha colocado en una situación muy privilegiada para un tipo de 34 años, cuando escribo esto. Todavía no he conseguido publicar en papel, bien es verdad, así que se puede decir que mi carrera como escritor novel está siendo un verdadero fracaso. En vez de volver a las revistas, monté mi blog y publico todos los domingos desde hace un par o tres de años, sin falta. Eso creo que me ha enseñado esa fluidez en la prosa que tenemos los escritores, pero no muchos críticos, a los que parece que les salen las palabras con cuentagotas. En fin, querido, me hallo ahora en este punto, intentando mover mi segunda novela (la primera es tan mala que ni me lo planteo). Está la cosa difícil y esto se parece a disparar con los ojos vendados. Pero, después de todos los fracasos, de todo el corazón que he volcado para pelearme con las teclas del ordenador hasta conocernos, ellas y yo, como viejos amantes, a pesar de toda la mediocridad y la mezquindad que nos rodea, aquí estoy, dando la batalla. No me he esforzado nunca en nada tanto como en intentar ser escritor, y no lo he conseguido. Pero miro atrás y alucino con esta vida de Charles Dickens que me ha escrito. 

    Todo lo cual me hace pensar que estoy cerca de lograrlo. Voy a lograrlo.

    …oooOOOooo…

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    Ricardo

  • Pennac, D. (1993) Como una novela. Editorial Anagrama, S.A., Barcelona

    Pennac, D. (1993) Como una novela. Editorial Anagrama, S.A., Barcelona

    Nota: Estos fragmentos corresponden a frases destacadas de la obra/novela de Daniel Pennac, Como una novela, la cual reflexiona sobre la necesidad de la lectura y su papel fundamental en la sociedad actual.

    I Nacimiento del alquimista

    El verbo leer no soporta el imperativo. (pág. 11)

    […] leer era entonces un acto subversivo. […] lecturas clandestinas debajo de las mantas a la luz de la linterna eléctrica. […] Se amaban en contra de mamá y papá, se amaban en contra del deber de mates por terminar… (pág. 14)

    […] la paradójica virtud de la lectura consiste en abstraernos del mundo para encontrarle un sentido. (pág. 17)

    ¡Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía! (pág. 19)

    Pero, al cabo de unas páginas, se ha sentido invadido por esa pesadez dolorosamente familiar, el peso del libro, peso del tedio, insoportable fardo del esfuerzo inalcanzado. (pág. 22)

    […] aquel ritual de la lectura, […] se parecía un poco a la oración. […] Allí no se confesaba ningún pecado, […] era un momento de comunión entre nosotros, la absolución del texto, un regreso al único paraíso que vale la pena: la intimidad. (pág. 31)

    […] a cien leguas de mamá, sumido en esa soledad extraña que se llama el esfuerzo. […] una buena mañana, o una tarde, todavía con el zumbido del barullo de la cantina en los oídos, asiste a la eclosión silenciosa de la palabra sobre la hoja blanca, allí, delante de él: mamá. […] la culminación del más gigantesco viaje intelectual imaginable, […] infinitamente más expresiva que la más fiel de las fotografías. (págs. 39-40)

    […] el placer de leer no teme a la imagen, […] Pero si el placer de leer se ha perdido […], no está muy lejos. Sólo se ha extraviado. Es fácil de recuperar. (pág. 41)

    Éramos su cuentista, nos hemos convertido en su contable. […] La televisión elevada a la dignidad de recompensa… y, como corolario, la lectura rebajada al papel de tarea… Esa es la ocurrencia nuestra… (pág. 50)

    “Un medio más seguro que todos ésos, y que siempre se olvida, es el deseo de aprender. Dadle al niño ese deseo, […] suele conseguirse con gran seguridad y premura aquello que no se tiene prisa por conseguir.” (pág. 51) Palabras de Rousseau citadas por el autor.

    Es, en un principio, el buen lector que seguiría siendo si los adultos que lo rodean alimentaran su entusiasmo en lugar de poner a prueba su competencia, (pág. 53)

    Basta con no dejar pasar los años. Basta con esperar la caída de la noche, abrir de nuevo la puerta de su habitación, sentarnos en la cabecera de su cama, y reanudar nuestra lectura común. (pág. 54)

    II Hay que leer. (El dogma)

    La interminable letanía de la palabra educativa: Hay que leer…, ¡cuando cada una de sus frases demuestra que no leen jamás! (pág. 72)

    “Toda la cultura literaria que poseo, la he adquirido fuera de la escuela. […] Una vez que se ha saboreado el hechicero encanto de la gran literatura y la confrontación que procura, uno quisiera saber cada vez más…, más “historias ridículas”, y parábolas llenas de sabiduría, y cuentos de múltiples significados, y extrañas aventuras. Y así es como uno comienza a leer por sí mismo…” Klaus Mann, El viraje. (págs. 75-76)

    ¿Y si en lugar de exigir la lectura, el profesor decidiera de repente compartir su propia dicha de leer? (…) en contra del dogma: la mayor parte de las lecturas que nos han formado, no las hemos hecho a favor, sino en contra. Hemos leído (y leemos) como si nos parapetáramos. […] Cada lectura es un acto de resistencia ¿De resistencia a qué? A todas las contingencias. […] Y por encima de todo, leemos contra la muerte. […] y el alumno del fondo de la clase leyendo a escondidas, mientras espera a entregar el ejercicio en blanco. (págs. 79-81)

    La Fontaine, Molière… En una hora, perdieron su estatuto de divinidades escolares para hacérsenos íntimos y misteriosos…, es decir, indispensables. […] Con él, la cultura dejaba de ser una religión de Estado y la barra de un bar era una cátedra tan presentable como una tarima. (págs. 88-89)

    Aquel profesor no inculcaba un saber, ofrecía lo que sabía. No era tanto un profesor como un trovador, […] ¡Lo más importante era que nos leyera todo en voz alta! (pág. 91)

    III. Dar de leer

    […] la comodidad de la fatalidad. Nada tan tranquilizador como un cero perpetuo en mates o en ortografía: al excluir la eventualidad de un progreso, suprime los inconvenientes del esfuerzo. (pág. 102)

    -Bien -dice el profe-, como no os gusta leer… soy yo quien os leerá los libros. (pág. 105)

    […] un miedo secreto: el miedo (muy, muy antiguo) a no entender. (pág. 113)

    El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar.) […] Yo jamás he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha podido impedirme que acabara una novela que amaba. (págs. 120-121)

    Basta una condición para esta reconciliación con la lectura: no pedir nada a cambio. (pág. 123)

    Solo el miedo puede convertir en “muermos” los textos del programa. Miedo de no entender, miedo de contestar mal, (pág. 129)

    […] habiendo perdido el texto su estatuto de enigma paralizante, nuestro esfuerzo pro alcanzar su sentido se vuelve un placer. (pág. 131)

    […] los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. […] el comentario domina en él como un señor absoluto, hasta el punto, muchas veces, de apartarnos de la vista el objeto comentado. (pág. 133)

    IV. El cómo se leerá (o los derechos imprescindibles del lector)

    Es de sabios reconciliarnos con nuestra adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar el adolescente que fuimos es en sí una actitud adolescente. (pág. 160)

    […] nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. (pág. 169)

    …oooOOOooo…

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    Ricardo

  • Vargas Llosa, M. (ed. 2023 – 1997) Cartas a un joven novelista. Penguin Random House: Barcelona

    Vargas Llosa, M. (ed. 2023 – 1997) Cartas a un joven novelista. Penguin Random House: Barcelona

    Nota del autor: Fragmentos inspiradores extraídos del libro Cartas a un joven novelista de mi admiradísimo Mario Vargas Llosa. Espero que los disfruten y te sirvan tanto si eres escritor/a como si no.

    Una discreta autobiografía

    Tal vez, a los lectores empecinados de novelas les pueda enriquecer la lectura saber que, detrás de estas aventuras ficticias que encienden su imaginación y los conmueven, hay no sólo intuición, fantasía, invención y una pizca de locura, sino también terquedad, disciplina, organización, estrategia, trampas y silencios, y una urdimbre compleja que levanta y sostiene en vilo la ficción. (pág. 9)

    I.  Parábola de la solitaria

    […] ni se haga ilusiones en cuanto al éxito. […] descubrirá que los premios, el reconocimiento público, […] tienen un encantamiento […] arbitrario […] quien ve en el éxito el estímulo esencial de su vocación es probable que vea frustrado su sueño y confunda la vocación literaria con la vocación por el relumbrón.
    […] el escritor siente (que) escribir significa para él la mejor manera posible de vivir. (pág. 12)

    ¿Qué origen tiene esa disposición precoz para inventar seres e historias que es el punto de partida de la vocación de escritor? Creo que la respuesta es: la rebeldía. (pág. 15)

    La ficción es una mentira que encubre una profunda verdad. (pág. 16)

    Producto de una insatisfacción íntima contra la vida tal como es, la ficción es también fuente de malestar e insatisfacción. […] el mundo real, la vida vivida, son infinitamente más mediocres que la vida inventada por los novelistas. (pág. 17)

    […] inventar ficciones es una manera de ejercer la libertad y de querellarse contra los que -religiosos o laicos- quisieran abolirla. (pág. 17)

    Flaubert decía: «Escribir es una manera diferente de vivir». En otras palabras, quien ha hecho suya esta hermosa y absorbente vocación no escribe para vivir, vive para escribir. (pág. 19)

    II. El catoblepas

    La raíz de todas las historias es la experiencia de quien las inventa, lo vivido es la fuente que irriga las ficciones. Esto no significa que una novela sea siempre una biografía disimulada de su autor; en toda ficción […] es posible rastrear un punto de partida, una semilla íntima […] no hay excepciones a esta regla […] la invención químicamente pura no existe. (pág. 23)

    El novelista no elige sus temas; es elegido por ellos. (pág. 25)

    […] esa historia, esa intriga me persiguió, obsesionó, como una exigencia venida de lo más íntimo de mi personalidad, y debí escribirla para librarme de ella. (pág. 25)

    […] Proust […] transformó los episodios bastante convencionales de su existencia en un esplendoroso tapiz, en deslumbrante representación de la condición humana, (pág. 26)

    […] toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, (pág. 29)

    Creo que aceptando su imposición —escribiendo a partir de aquello que nos obsesiona y excita y está visceral, aunque a menudo misteriosamente integrado a nuestra vida— se escribe «mejor», con más convicción y energía, y se está más equipado para emprender ese trabajo apasionante, pero, asimismo, arduo, con decepciones y angustias, que es la elaboración de una novela. (pág. 30)

    Un tema de por sí no es nunca bueno ni malo en literatura. Todos los temas pueden ser ambas cosas, y ello no depende del tema en sí, sino de aquello en que un tema se convierte cuando se materializa en una novela a través de una forma, es decir de una escritura y una estructura narrativas. (pág. 31)

    III. El poder de persuasión

    […] la separación entre fondo y forma (o tema y estilo y orden narrativo) es artificial, sólo administrable por razones expositivas y analíticas, y no se da jamás en la realidad, pues lo que una novela cuenta es inseparable de la manera como está contado. (pág. 33)

    El poder de persuasión de una novela es mayor cuanto más independiente y soberana nos parece ésta, cuando todo lo que en ella acontece nos da la sensación de ocurrir en función de mecanismos internos de esa ficción y no por imposición arbitraria de una voluntad exterior. (pág. 35)

    El poder de persuasión de una novela persigue […] acortar la distancia que separa la ficción de la realidad y, borrando esa frontera, hacer vivir al lector aquella mentira como si fuera la más imperecedera verdad. (pág- 36)

    La mala novela […] como tal, una «mentira», un artificio, una invención arbitraria y sin vida propia, que se mueve pesada y torpe como los muñecos de un mediocre titiritero, (pág. 36)

    […] la forma consta de dos elementos igualmente importantes, que, aunque van siempre fundidos, pueden también diferenciarse por razones analíticas y explicativas: el estilo y el orden. (pág. 37)

    […] los grandes ejes de toda construcción novelesca: el narrador, el espacio y el tiempo narrativos. (pág. 37)

    IV. El estilo

    No importa nada que un estilo sea correcto o incorrecto; importa que sea eficaz, adecuado a su cometido, que es insuflar una ilusión de la vida —de verdad— a las historias que cuenta. (pág. 39)

    ¿De qué depende, pues, la eficacia novelesca? De dos atributos: su coherencia interna y su caracter de necesidad. (pág. 40)

    Alejo Carpentier […] No me gusta nada su rigidez, […] El reino de este mundo, obra maestra […] tiene un poder contagioso y sometedor que anula mis reservas y antipatías y me deslumbra, haciéndome creer a pies juntillas todo lo que cuenta. […] la sensación de necesidad que nos transmite, esa convicción que hace sentir a sus lectores que sólo de ese modo, con esas palabras, con esas frases y ritmos, podía ser contada aquella historia. (pág. 42)

    El estilo de estos autores, muy diferentes entre sí, nos persuade porque en ellos las palabras, los personajes y cosas constituyen una unidad irrompible. (pág. 43)

    La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético. (pág. 45)

    Flaubert […] Salía a leer en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe en lo que fue su casita de Croisset […] Allí leía a voz en cuello lo que había escrito y el oído le decía si había acertado (pág. 47)

    V. El narrador. El espacio

    Un narrador es un ser hecho de palabras, no de carne y hueso como suelen ser los autores; aquél vive sólo en función de la novela que cuenta y mientras la cuenta (los confines de la ficción son su exitencia), (pág. 50)

    […] tres opciones: un narrador-personaje, un narrador-omnisciente exterior y ajeno a la historia que cuenta, o un narrador-ambiguo del que no está claro si narra desde dentro o desde fuera del mundo narrado. […] el último […] un producto de la novela moderna. (pág. 51)

    Llamemos punto de vista espacial a esta relación que existe en toda novela entre el espacio que ocupa el narrador en relación con el espacio narrado (pág. 52)

    […] es normal que las novelas sean contadas (aunque no siempre lo advirtamos a primera vista) no por uno, sino por dos y a veces varios narradores, que se van relevando unos a otros, como en una carrera de postas, para contar la historia. (pág. 56)

    Si nos acercamos a echar una ojeada minuciosa, congeladora, armados de una lupa (una manera atroz e inaceptable de leer novelas, por supuesto) […] Pueden ser mudas veloces y brevísimas, que duran apenas unas cuantas palabras. (pág. 63)

    […] son los pequeños detalles, acumulados, los que deciden la excelencia o la pobreza de una factura artística. (pág. 64)

    VI. El tiempo

    Todas las ficciones (y, sobre todo, las buenas) tienen su propio tiempo, un sistema temporal que les es privativo, diferente del tiempo real en que vivimos los lectores. (pág. 68)

    El tiempo en toda novela, le repito, es una creación formal, ya que en ella la historia transcurre de una manera que no puede ser idéntica ni parecida a como lo hace en la vida real; (pág. 76)

    […] un material informativo relacionador, conexivo, inevitable, aparte de aquel o aquellos cráteres o episodios de máxima energía que hacen avanzar, dar grandes saltos a la historia (mudándola a veces de naturaleza, desviándola hacia el futuro o hacia el pasado, delatando en ella unos trafondos o ambigüedades insospechadas).
    Esa combinación de cráteres o tiempos vivos y de tiempos muertos o transitivos, determina la configuración del tiempo novelesco, (pág. 78)

    VII. El nivel de la realidad

    Esta interpretación —que es la de algunos críticos—, si es cierta (es decir, si la elegimos los lectores como cierta) (pág. 83)

    […] en literatura, lo que importa es siempre el caso individual, pues el genérico es siempre insuficiente para decirnos todo lo que quisiéramos saber sobre la naturaleza particular de una novela concreta. (pág. 85)

    […] el punto de vista de nivel de realidad. […] en él reside, en muchos casos, la originalidad del novelista. Es decir, en haber encontrado (o destacado, al menos, por encima o con exclusión de los otros) un aspecto o función de la vida, de la experiencia humana, de lo existente, hasta entonces olvidado, discriminado o suprimido en la ficción, y cuyo surgimiento, como perspectiva dominante, en una novela, nos brinda una visión inédita, renovadora, desconocida de la vida. (pág. 88)

    Lo importante no es en qué compartimento de esas escuetas o infintas tablas clasificatorias se encuentra la novela que analizamos. Lo importante es saber que en toda novela hay un punto de vista espacial, otro temporal y otro de nivel de realidad, y que, aunque muchas veces no se muy notorio, los tres son esencialmente autónomos, diferentes el uno del otro, y que de la manera como ellos se armonizan y combinan resulta aquella coherencia interna que es el poder de persuasión de una novela. (pág. 91)

    VIII. Las mudas y el salto cualitativo

    […] en las novelas más célebres de Kafka, El castillo y El proceso, la muda es un procedimiento lento, sinuoso, discreto, que se produce a consecuencia de una acumulación o intensificación en el tiempo de un cierto estado de las cosas. (pág. 87)

    Cortázar es uno de los escritores que mejor supo utilizar este recurso de las mudas —graduales o súbitas, de espacio, tiempo y nivel de realidad—y a ello se debe en buena parte el perfil inconfundible de su mundo, en el que se alían de manera inseparable la poesía y la imaginación, un sentido infalible de lo que los surrealistas llamaban lo maravilloso-cotidiano y una prosa fluida y limpia, sin el menor amaneramiento, cuya aparente sencillez y oralidad disimulaban en verdad una compleja problemática y una gran audacia inventiva. (pág. 101)

    Para Caillois, la verdadera literatura fantástica es aquella donde el hecho extraordinario, prodigioso, fabuloso, racionalmente inexplicable, se produce de manera espontánea, sin la premeditación e incluso sin que el propio autor lo advierta. (pág. 103)

    IX. La caja china

    La ficción no es la vida vivida, sino otra vida, fantaseada con los materiales que aquélla le suministra y sin la cual la vida verdadera sería más sórdida y pobre de lo que es. (pág. 112)

    X. El dato escondido

    […] mejor novela de Hemingway, Fiesta (The Sun also Rises)? Sí, esa misma: la imptencia de Jake Barnes, el narrador de la novela. No está nunca explícitamente referida; ella va surgiendo […] de un silencio comunicativo, (pág. 115)

    […] con el examen de un solo episodio de este libro clásico [Tirant lo Blanc], comprobamos que los recursos y procedimientos que muchas veces parecen invenciones modernas por el uso vistoso que hacen de ellos los escritores contempráneos, en verdad forman parte del acervo novelesco, pues lo usaban ya con desenvoltura los narradores clásicos. (pág. 120)

    XII. A manera de postdata

    Siempre habrá en una ficción o un poema logrados un elemento o dimensión que el análisis crítico racional no logra apresar. Porque la crítica es un ejercicio de la razón y de la inteligencia, y en la creación literaria, además de estos factores, intervienen, y a veces de manera determinante, la intuición, la sensibilidad, la adivinación, incluso el azar, que escapan siempre a las redes de la más fina malla de la investigación crítica. Por eso, nadie puede enseñar a otro a crear; a lo más, a escribir y leer. El resto, se lo enseña uno a sí mismo tropezando, cayéndose y levantándose, sin cesar. (pág. 136)

    Querido amigo: estoy tratando de decirle que se olvide de todo lo que ha leído en mis cartas sobre la forma novelesca y se ponga a escribir novelas de una vez.
    Mucha suerte (pág. 136)

    Índice onomástico de autores (Autores más citados por Vargas Llosa en el libro)

    Borges, Jorge Luis
    Carpentier, Alejo
    Cervantes, Miguel
    Cortázar, Julio
    Faulkner, William
    Flaubert, Gustave
    Hemingway, Ernest
    Joyce, James
    Kafka, Frank
    Onetti, Juan Carlos
    Proust, Marcel