Vargas Llosa, M. (ed. 2023 – 2002) La verdad de las mentiras

La verdad de las mentiras

I

Desde que escribí mi primer cuento me han preguntado si lo que escribía era «de verdad». Aunque mis respuestas satisfacen a veces a los curiosos, a mí me queda rondando, cada vez que contesto a esa pregunta, no importa cuán sincero sea, la incómoda sensación de haber dicho algo que nunca da en el blanco. (pág. 15)

No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo. (pág. 17)

[…] una ficción. Ella es más profunda cuanto más ampliamente exprese una necesidad general y cuantos más numerosos sean, a lo largo del espacio y del tiempo, los lectores que identifiquen, en esos contrabandos filtrados de la vida, los demonios que los desasosieguen. (pág. 18)

Un tema recurrente en la historia de la ficción es: el riesgo que entraña tomar lo que dicen las novelas al pie de la letra, creer que la vida es como ellas describen. (pág. 21)

Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los apetitos y fantasías de desear mil. (pág. 22)

Las culturas religiosas producen poesía, teatro, rara vez grandes novelas. La ficción es un arte de sociedades donde la fe experimenta alguna crisis, donde hace falta creer en algo, […] La ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. El regreso a la realidad es siempre un empobrecimiento brutal: la comprobación de que somos menos de lo que soñamos. Lo que quiere decir que, a la vez que aplacan transitoriamente la insatisfacción humana, las ficciones también la azuzan, espoleando los deseos y la imaginación. (pág. 23)

II

Una ficción lograda encarna la subjetividad de una época y por eso las novelas, aunque, cotejadas con la historia, mientan, nos comunican unas verades huidizas y evanescentes que escapan siempre a los descriptores científicos de la realidad. (pág. 26)

La fantasía de que estamos dotados es un don demoníaco. Está contínuamente abriendo un abismo entre lo que somos y lo que quiséramos ser, (pág. 30)

Por sí sola, ella es una acusación terrible contra la existencia bajo cualquier régimen o ideología: un testimonio llameante de sus insuficiencias, de su ineptitud para colmarnos. Y, por lo tanto, un corrosivo permanente de todos los poderes, que quisieran tener a los hombres satisfechos y conformes. Las mentiras de la literatura, si germinan el libertad, nos prueban que eso nunca fue cierto. Y ella son una conspiración permanente para que tampoco lo sea en el futuro. (pág. 32)

El corazón de las tinieblas (1902) – Joseph Conrad

La novela es mucho más sutil e inapresable que las contradictorias interpretaciones a que ha dado lugar: la lucha entre civilización y barbarie, el retorno al mundo mágico de rituales y sacrificos del hombre primitivo, la frágil corteza que separa la modernidad del salvajismo. (pág. 43)

Marlow, que antes de viajar a África odiaba la mentira, a su regreso no vacila en mentir a la prometida de Kurtz, a la que engaña diciéndole que las últimas palabras de éste fueron el nombre de ella, cuando, en verdad, exclamó: «¡Ah, horror! ¡El horror!». ¿Fue una mentira piadosa para consolar a una mujer que sufría? Sí, también. Pero fue, sobre todo, la aceptación de que hay verdades tan intolerables en la vida que justifican las mentiras. Es decir, las ficciones; es decir, la literatura. (pág. 49)

La muerte en Venecia (1912) – Thomas Mann

[…] esos demonios ávidos de transgresión y de ruptura […] aunque su presencia siempre entraña un riesgo para el individuo y una amenaza de disolución y violencia para la sociedad, su total exilio empobrece la vida, privándola de aquella exaltación y embriaguez —la fiesta y la aventura— que son también una necesidad del ser. (pág. 52)

En el fondo del ciudadano ejemplar que había en Gustav von Aschenbach anidaba un salvaje pintarrajeado esperando el instante propicio de salir a la luz a proclamar que, aunque momentáneamente vencido, el bípedo antropoide de la horda y el clan está siempre al acecho, esperando la hora del desquite. (pág. 59)

Dublineses (1914) – James Joyce

[…] dotar a la clase media —la clase sin heroísmo por excelencia— de un aura heroica y de una personalidad artística sobresaliente, siguiendo también en esto a Flaubert. Ambos realizaron esa dificilísima hazaña: la dignificación artística de la vida mediocre. (pág. 67)

Manhattan Transfer (1925) – John Dos Passos

Toda la novela es una sucesión de estampas, algunas brevísimas como la fugaz imagen de película, que van armando un gran mosaico: la protoplasmática Nueva York. Cada viñeta es un trozo de vida de algún personaje, (pág. 73)

[…] fragmentos de periódicos, […] revelar el destino final de algún personaje al que su buena o mala estrella ha concedido el dudoso honor de ser noticia periodística. (pág. 74)

Basta que la atención del lector sea distraída un segundo de lo narrado hacia la manera en que se narra, para que se presienta la sombra obstructora y desilusionante del narrador. (pág. 76)

Es su intrínsico poder de persuasión, no su interés documental, lo que determina el valor artístico de una ficción. (pág. 78)

La señora Dalloway (1925) – Virginia Woolf

Virgina Woolf revolucionaría el arte narrativo de su tiempo, creando un lenguaje capaz de fingir persuasivamente la subjetividad humana, los meandros y ritmos escurridizos de la conciencia (sic.) (pág. 81)

Sólo las ficciones fracasadas reproducen lo real: las logradas lo aniquilan y transfiguran. (pág. 83)

El gran Gatsby (1925) – Francis Scott Fitzgerald

Al final de su vida, en un texto autobiográfico, Scott Fitzgerald escribió de su personaje Jay Gatsby: […] Todo el sentido de Gatsby es la injusticia que impide a un joven pobre casarse con una muchacha que tiene dinero. Este tema se repite en mi obra porque yo lo viví». (pág. 92)

El lobo estepario (1927) – Hermann Hesse

[…] esta novela se ha convertido en una biblia del incomprendido y del soberbio, del que se siente superior o simplemente divorciado de su sociedad y de su tiempo, o del adolescente en el difícil trance de entrar en la edad adulta, no fue escrita con el propósito de reivindicar semejante condición. Más bien, para mostrar su vanidad y criticarla. (pág. 103)

[…] estos grandes creadores de sabiduría y de belleza no dieron la espalda a la vida sino que construyeron sus mundos admirables mediante una sublimación amorosa de las menudencias que, también, componen la existencia. (pág. 106)

[…] esta verdad incómoda de la literatura: un novelista nunca sabe para quién trabaja. […] Como, en la soledad de la creación, no sólo vuelca su lucidez sino también los fantasmas de su espíritu, éstos, a veces, desarreglan lo que su voluntad quiere arreglar, contradicen o matizan sus ideas, y establecen órdenes secretos distintos al orden que él pretendió imponer a su historia. (pág. 107)

Nadja (1928) – André Breton

Luego de que Roland Barthes proclamara la muerte del autor, Foucault descubriera que el hombre no existe y Derrida y los deconstruccionistas establecieran que tampoco la vida existe, por lo menos en lo que concierne a la literatura, pues ésta, una vertiginosa catarata de palabras, es una realidad autónoma y formal, donde unos textos remiten a otros y se imbrican, reemplazan, modifican y esclarecen u oscurecen unos a otros sin relacionarse con lo vivido por el bípedo de carne y hueso, (pág. 110)

Se trata, por supuesto, de una ficción. Una bella y seductora ficción que existe sólo […] dentro de la hechicera vida de los sueños y las ilusiones que son la realidad de la ficción, esa mentira que fraguamos y en la que creemos para soportar mejor la vida verdadera. (pág. 117)

Santuario (1931) – William Faulkner

[…] ninguna novela, ni la más maniáticamente realista, se escribe completa. Sin una sola excepción, toda novela deja una parte de la historia sin relatar, librada a la pura deducción o fantasía del lector. (pág. 124)

La condición humana (1933) – André Malraux

[…] la ideología malrauxiana: la del héroe que, gracias a su lucidez, voluntad y temeridad, se impone a las «leyes» de la historia. Que fracase —los héroes de Malraux son siempre derrotados— es el precio que paga para que, más tarde, su causa triunfe. (pág. 149)

La oratoria es un arte menor, superficial, de meros efectos sonoros y visuales, generalmente reñido con el pensamiento, de y para gentes gárrulas. (pág. 151)

Trópico de Cáncer (1934) – Herny Miller

Ésta es una de las funciones de la literatura: recordar a los hombres que, por más firme que parezca el suelo que pisan y por más radiante que luzca la ciudad que habitan, hay demonios escondidos por todas partes que pueden, en cualquier momento, provocar un cataclismo. (pág. 155)

[…] Louis-Ferdinand Céline, en libros también llenos de injurias contra la inhumanidad de la vida moderna, o Ezra Pound, para quien la sociedad «mercantil» significa el fin de la cultura. Céline y Pound […] creían que esto implicaba decadencia, una desviación de ciertos patrones ejemplares alcanzados por Occidente en ciertos momentos del pasado (Roma, la Edad Media, el Renacimiento). Ese pasadismo reaccionario los echó en brazos del fascismo. (pág. 159)

Siete cuentos góticos (1934) – Isak Dinesen: Karen Blixen de Rungstedlund

Entrener, divertir, distraer: muchos escritores modernos se indignarían si alguien les recuerda que ésa es también la obligación de la literatura. (pág. 170)

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Nota del Escribidor: Estas son algunas notas de la obra La vedad de las mentiras de Mario Vargas Llosa, ensayo que aborda lo mejor y lo peor de las novelas que para él son más fundamentales en el siglo XX. Una experiencia maravillosa, una clase magistral de literatura bajo la apariencia de una mera conversación sobre libros buenos. Si te ha gustado esta publicación, házmelo saber y realizaré la segunda parte.

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