Basado en hechos reales

Nota del autor: Hoy tengo el placer de recoger el reconocimiento por haber quedado Finalista en el Concurso literario que tiene como … este relato. Me interesa explorar los límites entre la realidad y la ficción, y esta historia es una muestra de esa búsqueda. Aunque este relato formará parte de un libro con otros textos reconocidos, me apetece compartir con ustedes la versión digital, pues los lectores/as de este sitio web son para mí la sangre que me impulsa a escribir cada día, y publicar los domingos.

PD. La niña que protagoniza el relato de esta historia, D. M., también ha resultado finalista en su categoría. Toda un giro del destino y una bonita sorpresa de la literatura.

Basado en hechos reales

El viernes a las 12:30 tengo clase de Lengua castellana y literatura en Primero de la ESO C. Unos días antes, había propuesto a mis alumnos que participaran en el concurso literario, este certamen sobre Historias de radio, que convoca cada año el Ajuntament de Constantí. Antes de empezar a dibujar las letras sobre el papel, expliqué a mis alumnos y alumnas los Elementos de la Narración en un esquema. «Todo escritor/a tiene que pensar en cinco cosas: Narrador, Acción, Personajes, Lugar y Tiempo». Pronto sucedió lo que yo ya me temía: muchos no sabían sobre qué escribir, no se les ocurrían ideas para completar el esquema previo que yo les había pedido con los elementos de su propio relato. A estos les aconsejé lo que me aconsejo a mí mismo: «Escribe sobre algo impactante que te haya pasado a ti, algo basado en hechos reales. A todos nos suceden cosas increíbles. Podéis cambiar los nombres de los personajes, los lugares, los hechos… Yo no sabré, al leerlo, si la historia es real o no. Además, debéis introducir el elemento de la radio en el cuento, lo cual hará que vuestra verdad se convierta en una ficción».   

Ese viernes estaba cansado. Había sido un día duro: evaluaciones, estrés, papeleo, la vida dura de los adultos. Ese día tengo a medio grupo. Los alumnos tenían que entregarme la historia ya terminada para evaluarla. Mientras algunos finalizan la tarea, yo voy corrigiendo sus historias en clase. Por orden de lista, hago venir al estudiante a mi mesa y aconsejo algunos cambios mientras leo su flamante relato. La primera de la lista, D. M., no la ha terminado. «Bueno,» —le digo— «acábala ahora», y escribo NA, No Assolit, en mi libreta digital de calificaciones, mientras viene la siguiente de la lista.

Al cabo de tres redacciones leídas y evaluadas, D. M., la primera de la lista, levanta la mano y me informa de que ya ha terminado la tarea. «Estamos a mitad de la clase, creo que me da tiempo.» —pienso que soy un blando— «Vente, D., corregiré tu historia». No espero gran cosa, son apenas dos caras y media en letra grande y aburrida de deberes.

Pero al empezar a leerla, lo siento. Es una atracción extraña, imposible de definir o aprehender, pero palpable como la libreta que sotengo entre las manos. Me gusta. La historia será buena. Trata —D. ya me lo dijo hace unos días— sobre un intento de secuestro. En ese momento lo recuerdo y noto esa electricidad que tienen los grandes relatos de la literatura y les digo: «Voy a leer la historia de D. en voz alta, ¿vale?». Los alumnos me miran, dejando lo que estaban haciendo, me escuchan, se forma un silencio. 

Una niña viene de jugar con su amiga en un parque de Tarragona. Son las ocho de la tarde. Antes de llegar a su casa, después de despedir a su amiga, ve que un hombre la persigue con una furgoneta blanca. Echa a correr y la furgoneta aumenta la velocidad. De la radio del vehículo, sale una música que tiene el poder de adormecerla. La chica, la autora de la historia, intenta escapar. Los niños y el profe empezamos a indagar. «¿Te ha pasado de verdad?» «Algo parecido,» —asiente ella— «Lo de la música de la radio es mentira. Claro, eso me lo he inventado.» «Eso es la ficción.» —Intervengo yo.— Me miran. Sigo leyendo. Cuando está a punto de llegar al portal, aparece un segundo hombre que intenta atraparla justo al entrar por la puerta. El de la furgoneta intenta, incluso, atropellarla. Consigue entrar, pero empieza a escuchar esa música de nuevo y pierde la conciencia. Se despierta en su habitación. La chica, por suerte, había conseguido llegar hasta su cuarto, a salvo. Todo era un sueño. —Yo les había dicho que ese era el peor de los finales: «Todo era un sueño. Lo hacen los malos escritores y guionistas cuando no saben terminar una historia.»— Los alumnos y el profe sonreímos. A pesar de esa resolución, no nos estropea un buen relato. Pero todavía queda texto. Se levanta y mira por la ventana. Otra vez escucha la música de la radio. Ve a los dos hombres, con la furgoneta, abajo, en la calle, que empiezan a trepar por la pared de su edificio. Cuando están a punto de entrar en su cuarto, por la ventana, vuelve a despertarse en su cama. Asustada, se acerca de nuevo hasta la ventana para ver si los hombres malos siguen allí. Y —contra todo pronóstico literario— allí están, pero ahora trepan por la pared de enfrente, donde vive una amiga suya, una chica que ella conoce. Por suerte, de la nada, su madre, la heroína de esta historia, el hada madrina de este cuento de monstruos—el «deus ex machina» que decimos los profes­— abre la puerta y le dice a su hija que haga las maletas, que se van a ir a Francia. Fin. Ahí termina la historia. No sé si aplaudimos. No hace falta. Estamos todos fascinados, extáticos, por lo que acabamos de presenciar: una historia que nos ha hecho vivir, vibrar, sentir, olvidarnos de que estábamos leyendo, de que era viernes y estábamos en la quinta hora.

«¿Pero qué parte de verdad hay en eso? ¿Qué parte de mentira?» Los niños quieren saber. D. es la reina de la clase, la persona más importante del mundo a las doce horas del mediodía de este mes de octubre. Una pequeñita y discreta heroína de ébano, con trenzas de colores que su mamá le habrá hecho, con sus manos negras y duras de trabajar. Los niños hablan entre sí pero no distingo lo que dicen porque yo mismo estoy sumido en las preguntas que me ha dejado la ficción, la cual sigo sosteniendo entre las manos. AE, Assoliment Excelent, reescribo en mi libreta digital de calificaciones. 

«Eso me ha pasado a mí también.» Esa frase me saca de mi ensoñación. «¿Cómo?» —Queremos saber.— «Sí. Una vez estaba caminando sola por la calle y noté que un hombre me seguía. A veces me ha pasado, creo que algunas veces me lo he inventado, pero aquella vez estaba segura de que ese hombre me seguía para hacerme daño.»

Me quedé con los ojos como platos. Algunas niñas asientieron, como si supieran. Apenas tienen 12 años, los veo muy pequeñitos desde mis perspectiva. Los escucho muy atentamente. O. N. continúa. Tenía tanto miedo que recordó lo que le dijo su padre, que se metiera en una tienda. Ella lo hizo y el tipo… ¡se metió también! Desesperada, sin saber qué hacer, habló con la dependienta. La mujer la escondió en el cuarto de la fregona, con la puerta semiabierta, porque tenía miedo. Cuando el tipo se fue, la dependienta la avisó de que ya se había ido. O. N. fue corriendo para su casa. No sabía qué hacer: si dormir, si llorar, si ver la tele. Llamó a su padre desesperada. «¿Dónde estaba tu madre?» «Trabaja hasta tarde. Los dos llegan muy tarde.» «Vaya.» «Es la peor sensación del mundo. Te quedas con una sensación de miedo, de pena y de asco…»

Y. T., otra chica de clase, dice. «Yo, cuando voy sola algún sitio, en mi bolso llevo el móvil,» —otro objeto que no retengo— «y… ¡unas tijeras! Las que tengo de plástica».

Veía en mi cabeza las tijeras, de mango verde fosforito o naranja. Vistosas, pequeñas, para que los niños recorten sueños en el papel o cartulinas, convertidas en arma. «También las afilo con una piedra que tengo.» «¡Anda ya!» —dice un chico, Z. Z. —«¡Que sí! ¡Te lo juro!» —y continúa— «Me las pongo debajo de la manga y, si vinera alguien a cogerme por espalda, haría así.— Hizo el gesto de clavársela a un ser monstruoso, invisible, pero presente, en la cara, en los ojos, hiríendolo, matándolo. 

Las demás chicas atenían y comentaban. «Un momento.» —digo yo— «De esta clase, de entre las chicas, ¿quiénes han tenido una experiencia similar?» Todas levantaron la mano, excepto una. «¿Tu no, M. P.?» «Yo no.» Ojalá siga teniendo la suerte de no vivir una experiencia tan horrible, pienso yo. Pero no puedo pensar mucho, la vida sigue.

«A mí en Sant Salvador me han pegado y atracado varias veces» —dice otro. Se llama A. R., hace poco lo expulsaron del instituo por acumulación de incidencias. Es un buen chico, no tiene un ápice de maldad, pero es travieso y pasa muchas horas solo.

No sé qué consejo darles. Se me ocurre decirles que, si alguna vez viven algo así, que griten, que se desgañiten. Que esa gente mala quiere hacer esas cosas sin que se entere nadie. Mejor quedar en ridículo que vivir una situación de peligro. La clase llega a su fin, pero el tema aún nos tiene a todos con el corazón en vilo, emocionados, como si hubieramos descubierto algo importante que solo nosotros, esos doce niños y niñas y yo entendemos. Algunos alumnos se me acercan, sobre todo las chicas. Estoy sentado sobre la mesa, como hago habitualmente. Me rodean. Me acogen en un círculo y me comparten su mundo. «Yo sé ver cuando un hombre tiene intenciones malas,»— dice la de las tijeras. «Claro, tenéis que tener mucho cuidado.» «Sí, a veces veo tipos que tienen una pinta mala y pienso, ¿qué haces?» —añade O. N. «Bueno, también hay que desconfiar de quienes tengan una pinta de buenos» —digo yo. Luego pienso en si se puede confiar en alguien, pero la vida nunca para. Una profesora entra en el aula y me ve rodeado de alumnos y alumnas, no parece entender nada. Un poco confusa, me avisa de que son y treinta y cinco, que pensaba que ya habíamos terminado. La profesora no entiende lo que pasa. Yo tampoco consigo razonar bien, solo vivir en la historia de D. 

Me voy a casa. Era mi última clase. Tengo suerte los viernes, acabo una hora antes. Yo no sé si mis alumnos habrán aprendido algo, pero yo había vivido una clase que recordaré toda la vida. Aquellas chicas me dieron una lección imborrable e inesperada.

¿En qué mundo vivimos? En uno en el que las niñas del centro de Tarragona tienen miedo, un miedo atroz, a volver solas a casa por la calle, en pleno día. «Nunca vuelvo sola, o voy con el R. o con la T., pero nunca vuelvo sola»—oigo en mi cabeza la voz de O. N. Yo también soy padre. Pienso en mi hija, en C., que tiene dos años ahora, ¿también vivirá ella el día de mañana una experiencia tan horrible? ¿Un miedo tan ominoso?

«¿Sabes qué?» —se me ocurre— «Creo que ya tengo mi historia para el concurso literario».

…oooOOOooo…

Nota del autor: Si te ha gustado este relato te invito a seguir explorando este sitio web, que es tu casa. Publico todos los domingos. Pronto ofreceré mi primera novela en papel para los lectores de este blog.

Muchas gracias. Y un abrazo,

Ricardo

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