disfrazarse de vagabundo (poema)

yo soy
ateo,
¿y tú?

yo no.

ah.

yo creo
que hay
algo.

nos quedamos en silencio. los dos
damos un trago a nuestra copa de
vino tinto y cada uno, desde su mesa,
miramos a la
nada.

bueno,
yo creo que
algo hay
también.

sí.

pero no es
lo que dicen.

claro, lo mismo
no hay Cielo
ni Infierno
ni Nada.
pero algo
hay.

claro.

el Sol cae a plomo sobre la calle Unión
y dibuja claoscuros en la piedra carcomida.

Dios nos inventó con
estómago.
en eso se
equivocó.
tuvimos que
trabajar.

tenemos la
mala costumbre
de comer cada día.

claro.

sí.

ambos reímos. el hombre termina su cigarro.
empieza a liar otro. ya he empezado a suspirar.

en la última cena
bebían vino.

el pobre hombre levanta su copa y hace
un brindis al Sol. yo sonrío y lo
acompaño. soy escribidor,
experto en las memorias del
subsuelo.

claro.

su mesa ya está lista,
caballero.

hasta luego, jefe,
que tenga un buen día.

eres un tío
positivo.

soy escribidor.

gracias.

adiós.

adéu.

sentado ya en mi mesa lo miro desde dentro.
recoge sus tesoros: el tabaco, el periódico,
se marcha calle abajo.  
mientras llega el primer plato del menú
que he ganado ese miércoles con el sudor
de mi frente pienso que a Dios a veces
le gusta disfrazarse de
vagabundo.

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