Etiqueta: poemas de la última noche en la Tierra

  • disfrazarse de vagabundo (poema)

    disfrazarse de vagabundo (poema)

    yo soy
    ateo,
    ¿y tú?

    yo no.

    ah.

    yo creo
    que hay
    algo.

    nos quedamos en silencio. los dos
    damos un trago a nuestra copa de
    vino tinto y cada uno, desde su mesa,
    miramos a la
    nada.

    bueno,
    yo creo que
    algo hay
    también.

    sí.

    pero no es
    lo que dicen.

    claro, lo mismo
    no hay Cielo
    ni Infierno
    ni Nada.
    pero algo
    hay.

    claro.

    el Sol cae a plomo sobre la calle Unión
    y dibuja claoscuros en la piedra carcomida.

    Dios nos inventó con
    estómago.
    en eso se
    equivocó.
    tuvimos que
    trabajar.

    tenemos la
    mala costumbre
    de comer cada día.

    claro.

    sí.

    ambos reímos. el hombre termina su cigarro.
    empieza a liar otro. ya he empezado a suspirar.

    en la última cena
    bebían vino.

    el pobre hombre levanta su copa y hace
    un brindis al Sol. yo sonrío y lo
    acompaño. soy escribidor,
    experto en las memorias del
    subsuelo.

    claro.

    su mesa ya está lista,
    caballero.

    hasta luego, jefe,
    que tenga un buen día.

    eres un tío
    positivo.

    soy escribidor.

    gracias.

    adiós.

    adéu.

    sentado ya en mi mesa lo miro desde dentro.
    recoge sus tesoros: el tabaco, el periódico,
    se marcha calle abajo.  
    mientras llega el primer plato del menú
    que he ganado ese miércoles con el sudor
    de mi frente pienso que a Dios a veces
    le gusta disfrazarse de
    vagabundo.

  • Poemas de la última noche de la Tierra – Charles Bukowski

    Poemas de la última noche de la Tierra – Charles Bukowski

    Traducción: Ricardo R. Boceta

    1

    mis muñecas como ríos,
    mis dedos como palabras.

    jam

    dos tipos duros

    En L.A City College había dos tipos duros, yo y Jed
    Anderson.
    Anderson era uno de los mejores corredores en la
    historia de la escuela, un fuera de serie
    cada vez que jugaba al fútbol.
    yo era bastante duro también pero veía los deportes
    como un juego para blandos.
    yo creía que era más interesante desafiar a aquellos
    que intentaban enseñarnos
    algo.  

    igualmente, Jed y yo éramos las luces más brillantes en el
    campus, él corría sus 60, 70 y 80 yardas
    en los partidos de la tarde
    y durante la mañana
    encorvado en mi asiento
    yo me inventaba lo que no sabía
    y lo que sabía
    era tan malo que
    los profesores tenían que
    bailarme el agua.

    y un gran día
    Jed y yo
    nos encontramos.
    fue en un pequeño bar con tocadiscos
    al lado del campus y
    él estaba sentado con sus
    colegas
    y yo estaba con
    los míos.

    “venga, venga, ve y dile algo”
    mis amigos
    decían.
    yo dije, “que le jodan a ese marica
    de gimnasio. Yo estoy con
    Nietzsche, ¡que sea él el que venga
    aquí!”

    al final Jed se levantó a por un
    paquete de tabaco de la
    máquina y uno de mis
    colegas dijo:
    “¿es que tienes miedo de ese
    tío?”

    me levanté y fui detrás de
    Jed mientras él se agachaba en la
    máquina
    a por su tabaco.

    “hola, Jed,” dije
    yo.

    se giró: “hola,
    Hank.”

    entonces se llevó la mano al
    bolsillo trasero,
    sacó una pinta de
    güisqui, la pasó hacia
    mí.

    le di un trago rápido,
    y se la
    devolví.

    “Jed, dónde
    vas a ir
    después del
    instituto”

    “voy a jugar
    para Notre Dame.”

    entonces se volvió
    a su mesa
    y yo volví a
    la mía.

    “qué te ha dicho, qué te ha
    dicho”

    “no mucho”

    al final, Jed nunca consiguió ir
    a Notre Dame
    y yo nunca conseguí ir a
    ninguna parte
    tampoco-
    los años nos
    barrieron
    pero hubo otros tipos duros
    que siguieron
    llegando, incluido uno
    que se convirtió en un famoso
    columnista deportivo
    y yo tuve que mirar su
    foto
    por décadas
    en el periódico
    mientras habitaba aquellas
    habitaciones baratas
    y aquellas cucarachas
    y aquellas sofocantes
    deprimentes
    noches.

    pero
    todavía estaba orgulloso de ese momento
    aquel día
    cuando Jed me pasó
    esa pinta
    y
    me bebí
    un tercio de ella
    con todos los compañeros
    mirando.
    joder, ninguno hubiera imaginado
    tal como éramos
    que nosotros dos pudiéramos
    perder
    pero perdimos.

    Y me llevó
    3 o 4 décadas
    avanzar solo un
    poco.
    y Jed,
    si estás todavía ahí
    esta noche,
    (olvidé decírtelo
    entonces)
    aquí va un gracias
    por ese trago.

    Mi colega alemán

    esta noche
    estoy bebiendo Singha
    licor de malta de
    Tailandia
    y escuchando a
    Wagner.

    no puedo creer que
    él no esté
    en la otra
    habitación
    o al torcer la
    esquina
    o vivo en
    alguna parte
    esta noche.

    y lo está
    por supuesto
    mientras me lleva
    la música de
    él.

    y pequeños escalofríos
    recorren
    mis dos
    brazos.

    Luego la
    calma

    él está aquí

    ahora.

    Feliz cumpleaños

    El teléfono

    Te traerá gente
    con su ring-ring,
    gente que no sabe qué hacer con
    su tiempo
    y ellos se morirán de ganas de
    infectarte con
    lo suyo
    desde la distancia
    (aunque ellos preferirían
    estar en la misma habitación
    para proyectar mejor su nulidad sobre
    ti).

    El teléfono es para
    emergencias solamente.

    esa gente no son
    emergencias, son
    calamidades.

    nunca me gustó el ring-ring del
    teléfono.

    “hola,” contestaré
    en guardia.

    “soy Dwight.”

    ya puedes sentir su imbécil
    deseo de invasión.
    ellos son la gente-pulga que
    salta sobre la
    mente.

    “sí, qué pasa”

    “bueno, estoy en la ciudad esta noche y
    he pensado…”

    “escucha, Dwight, estoy liado, no
    puedo…”

    “bueno, quizás en otra
    ocasión”

    “quizá no…”

    a cada uno le son dadas unas pocas
    noches
    y cada noche desperdiciada es
    una violación asquerosa contra el
    curso natural de
    tu única
    vida;
    además, ellos te dejan un regusto
    que a menudo dura dos o tres días
    dependiendo del
    visitante.

    El teléfono es para
    emergencias solamente.

    He necesitado
    décadas
    pero al final he descubierto
    cómo decir
    “no.”

    ahora
    tú no te preocupes por ellos,
    por favor:
    simplemente marcarán otro
    número.

    podría ser
    el tuyo.

    “hola,” tú
    dirás.

    Y ellos dirán,
    “soy Dwight.”

    y entonces
    tú
    serás
    esa amable
    y comprensiva
    alma.  

    suplicando

    como muchos de vosotros, he tenido muchos trabajos donde
    me sentido tan abatido como si mis tripas hubieran sido
    tiradas por el suelo.
    he conocido alguna buena gente a lo largo del
    camino y también a la otra
    clase de gente.
    aunque cuando pienso en todos aquellos
    con los que he trabajado-
    incluso a pesar de las décadas que han pasado-
    Karl
    me viene a la cabeza el
    primero.

    me acuerdo bien de Karl: nuestro trabajo requería que
    ambos lleváramos un delantal
    atado por detrás y alrededor
    del cuello con una guita.

    yo era el subalterno de Karl.
    “tenemos un buen curro,” él
    me decía.

    Cada día mientras uno a uno nuestros supervisores llegaban
    Karl inclinaba levemente la cadera,
    sonreía, y asintiendo
    saludaba a cada uno: “buenos días doctor Stein,”
    o, “buenos días, señor Day” o
    señora Knight o si la chica era soltera
    “buenos días, Lilly” o Betty o Fran.

    yo nunca
    hablaba.

    Karl parecía molesto por eso y
    un día me llevó a parte: “oye,
    dónde cojones vas a encontrar
    dos horas para almorzar como tenemos
    nosotros”

    “en ningún sitio, supongo…”

    “bueno, okey, mira, para tipos como tú y yo,
    esto es lo mejor que podemos tener, esto es todo
    lo que hay.”

    yo escuchaba.

    “así que mira, es duro aguantarlos al principio, no
    ha sido fácil para mí tampoco
    pero después de un tiempo me di cuenta de que
    no importaba.
    simplemente hice un caparazón.
    ahora tengo mi caparazón, lo
    pillas.”

    lo miré y era cierto que parecía como si tuviera
    caparazón, había algo enmascarado en su
    cara y sus ojos estaban vacíos, inexpresivos e
    inalterados; era como una concha erosionada y
    golpeada.

    Algunas semanas pasaron.
    nada había cambiado: Karl se inclinaba y se arrastraba y sonreía
    impertérrito, perfectamente en su
    papel.
    que nosotros éramos prescindibles, quizás nunca se le
    ocurrió
    o
    que dioses más grandes quizás nos estaban
    mirando.

    yo hacía mi
    trabajo.

    entonces, un día, Karl me llevó
    a parte otra vez.

    “escucha, el doctor Morely me habló
    de ti.”

    “ah, sí.”

    “me preguntó qué es lo que te
    pasa.”

    “qué fue lo que le
    dijiste”

    “le dije que eres
    joven.”

    “gracias.”

    después de recibir mi primer cheque, lo
    dejé.

    pero

    todavía
    tengo que,
    de vez en cuando, conformarme con otro trabajo
    similar
    y
    ver a los
    nuevos Karl.
    al final los perdoné a todos
    pero no a mí mismo:

    ser prescindible a veces hace a un
    hombre
    extraño
    casi
    incontratable
    casi siempre
    detestable-
    inservible para la
    libre
    empresa.

    el mejor actor de nuestros tiempos

    se está poniendo más y más gordo,
    casi calvo
    tiene un mechón de pelo
    por detrás
    el cual tuerce
    y recoge
    con una goma elástica.

    tiene una casa en las colinas
    y tiene otra casa en las
    islas
    y unas pocas personas lo
    visitan.
    algunos lo consideran el mejor
    actor de nuestros
    tiempos.

    tiene unos pocos amigos, muy
    pocos.
    con ellos, su pasatiempo
    favorito es
    comer.

    en contadas ocasiones le contactan
    por teléfono
    normalmente
    por una oferta para actuar
    en una excepcional (le
    dicen)
    película de cine.

    él contesta con una voz muy
    suave:

    “oh, no, yo no quiero
    hacer más películas…”

    “podemos mandarte el
    guion”

    “vale…”

    entonces
    no se sabe de él
    de nuevo.

    normalmente,
    lo que él y sus pocos amigos
    hacen
    después de comer
    (si la noche es fría)
    es tomar unas copas
    y ver los rollos de sus películas
    arder
    en la hoguera.

    o
    después de comer (en
    las noches cálidas)
    después de unas
    copas
    llevan
    los rollos
    fríos
    fuera para
    descongelarlos.
    él reparte algunos
    entre sus amigos
    coge otros
    entonces
    juntos
    desde la barandilla
    los lanzan
    como platillos volantes
    lejos
    en el espacioso
    cañón
    abajo.

    después
    todos ellos van
    adentro
    sabiendo
    instintivamente
    que esas películas
    eran
    malas. (al menos,
    él lo siente y
    ellos
    lo
    aceptan.)

    hay un gran mundo
    real
    ahí fuera:
    bien-tramado, auto-
    suficiente
    y
    difícilmente
    dependiente de las
    variables.

    se tiene
    todo el tiempo para
    comer
    beber
    y
    esperar la muerte
    como
    cualquier
    persona.  

    días como cuchillas, noches rodeado ratas

    cuando era muy joven dividía una igual cantidad de tiempo entre
    los bares y las bibliotecas; cómo conseguía proveerme de
    mis otras necesidades ordinarias es un misterio; bueno, simplemente no
    me preocupaba demasiado de eso-
    si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado en
    otras cosas -los locos crean su propio
    paraíso.

    en los bares, me creía un tipo duro, rompía cosas, peleaba
    con otros hombres, etc.

    en las bibliotecas era otra cosa: era callado, iba
    de una sala a la otra, no solía leer los libros enteros
    sino partes de ellos: medicina, geología, matemáticas, historia, otras cosas me ponían
    triste. con a la música yo estaba más interesado en las composiciones y en las
    vidas de los compositores más que en aspectos técnicos…

    no obstante, fue con los filósofos con quienes me sentí hermanado:
    Schopenhauer y Nietzsche, incluso el viejo y duro de roer Kant;
    me parecía que Santayana, quien era muy popular en aquel tiempo, era
    blando y aburrido; con Hegel tenías que trabajar de verdad, especialmente
    con resaca; hubo muchos otros que leí y a quienes he olvidado,
    quizás mejor así, pero me acuerdo de un tipo que escribió un
    libro entero en el que demostraba que la luna no estaba allí
    y lo hacía tan bien que al final pensabas, este tipo está
    absolutamente en lo cierto, la luna no está allí.  

    cómo demonios iba un hombre joven a dignarse a trabajar en
    una jornada de 8 horas cuando la luna ni siquiera estaba allí,
    qué más
    estaría faltando,

    y
    nunca me gustó la literatura tanto como los críticos
    literarios; eran realmente unos capullos, aquellos tipos; usaban
    un lenguaje refinado, bonito a su manera, para llamar a otros
    críticos, otros escritores, escoria. me
    levantaban el ánimo.

    Pero fueron los filósofos los que satisficieron
    esa necesidad
    que acechaba en algún lugar de mi confusa calavera: yo vadeaba
    sus excesos y su
    congestionado vocabulario
    ellos sin embargo a menudo
    neblinosos
    aparecían de la nada
    con sus llameantes juegos de palabras que resultaban ser
    absolutamente ciertos o condenadamente cercanos
    a la verdad absoluta,
    y esa certidumbre era lo que yo buscaba en mi vida
    diaria, la cual se parecía más a una caja de
    cartón.

    qué buenos compañeros fueron aquellos perros viejos, con ellos atravesé
    días como cuchillas y noches rodeado de ratas; y mujeres
    de negocios como trabajadoras del infierno.

    mis hermanos, los filósofos, me hablaban como no lo hacía
    nadie en las calles o en ningún otro lugar; ellos
    llenaban ese inmenso vacío.
    qué buenos chicos, ah, qué buenos
    chicos.

    sí, las bibliotecas ayudaron; en mi otro templo, los
    bares, era otra cosa, más simple, la
    lengua y las formas eran
    diferentes…

    días en la biblioteca, noches en el bar.
    las noches eran todas parecidas,
    hay algún tipo sentado cerca, quizá no un
    mal tío, pero para mí él no brilla de la forma adecuada,
    hay una repugnante falta de vida en él -pienso en mi padre,
    en los profesores, en las caras de las monedas o los billetes, en los sueños
    con asesinos con los ojos en blanco; bueno,
    de alguna forma ese tío y yo intercambiamos cruzamos miradas,
    la furia empieza a crecer lentamente, fuego y agua; la tensión se construye,
    un ladrillo sobre otro ladrillo, esperando el golpe; nuestras manos se
    abren y se cierran, bebemos, ahora, finalmente con un
    propósito:

    su cara se gira hacia mí:
    “hay algún problema, amigo”

    “sí. tú.”

    “habrá que hacer algo al respecto”

    “ciertamente.”

    acabamos nuestras copas, nos levantamos, vamos a la parte de atrás del
    bar, fuera en el callejón; nos
    miramos, cara a cara.

    le digo, “no hay nada más que espacio entre nosotros dos. te
    importaría cerrar ese
    espacio.”

    él corre hacia mí y de algún modo eso es una parte de la parte de la
    parte.  

    sé amable

    siempre nos piden
    que intentemos entender el punto de vista de
    los demás
    no importa cómo sea de
    obsoleto
    tonto u
    odioso.

    a uno le piden
    observar
    su error total
    su malgastada vida
    con
    amabilidad,
    especialmente si se es
    mayor.

    aunque la edad es el total de
    nuestras acciones.
    ellos han envejecido
    mal
    porque han
    vivido
    desenfocados,
    han renunciado a
    ver.

    ¿acaso no es su culpa?

    ¿de quién es la culpa?
    ¿mía?

    me piden que les esconda
    mi punto de
    vista
    por miedo a su
    miedo.

    envejecer no es un crimen.

    la vergüenza es
    haber malgastado la
    vida
    deliberadamente.

    entre demasiadas
    vidas
    malgastadas
    deliberadamente

    estoy.

    El hombre de los ojos bellos

    Cuando éramos niños
    había una casa extraña donde
    todas las persianas estaban
    siempre
    subidas
    y nunca habíamos oído voces
    allí
    y el jardín estaba lleno de
    bambú
    y nos gustaba jugar en el
    bambú
    fingiendo que éramos
    Tarzán
    (aunque no había ninguna
    Jane).
    y había un
    estanque
    uno grande
    lleno de
    las carpas más gordas
    que hayas visto nunca
    y estaban
    domesticadas.
    venían a la
    superficie del agua
    y comían trozos de
    pan
    de nuestras manos.

    Nuestros padres nos
    habían dicho:
    “nunca os acerquéis a esa
    casa.”
    así que, por supuesto,
    allí estábamos.

    Nos preguntábamos si alguien
    vivía allí.
    las semanas pasaron y nunca
    vimos a
    nadie.

    Pero un día
    escuchamos
    una voz
    desde dentro
    “TÚ MALDITA JODIDA
    PUTA!”

    Era la voz de un
    hombre.

    Luego la puerta
    principal
    de la casa se
    abrió de golpe
    y el hombre
    salió
    afuera.

    Aguantaba un
    vaso de güisqui
    con la mano
    derecha.
    tendría unos
    30.
    tenía un puro
    en su
    boca,
    necesitaba un
    afeitado.
    su pelo era
    salvaje y sin
    peinar
    y estaba
    desnudo
    sin calzoncillos
    ni pantalones.
    pero sus ojos
    eran
    brillantes.
    centelleaban
    con un
    resplandor
    y él dijo:
    “hey, pequeños
    hombres,
    estáis pasando un buen
    rato,
    espero.”

    Nos fuimos,
    volvimos hacia el
    jardín de mis padres
    y pensamos
    sobre ello.

    Nuestros padres,
    decidimos,
    querían que
    nos mantuviéramos lejos
    de allí
    porque ellos
    no querían que viésemos
    un hombre
    como
    aquel,
    un hombre fuerte y
    natural
    con los
    ojos
    bellos.

    Nuestros padres
    estaban avergonzados
    de que ellos no
    fueran
    como ese
    hombre,
    por eso ellos
    querían que nos
    mantuviésemos
    alejados.

    Pero
    nosotros volvimos
    a esa casa
    donde el bambú
    y la carpa
    domesticada.
    volvimos
    muchas veces
    durante muchas
    semanas
    pero nunca más
    vimos
    u oímos
    al hombre
    otra vez.

    Las persianas estaban
    bajadas
    como siempre
    y había
    silencio.

    Entonces un día
    mientras volvíamos de la
    escuela
    miramos hacia la
    casa.

    Había ardido
    completamente,
    no había quedado
    nada,
    sólo los ardientes
    torcidos, negros
    cimientos
    y nos acercamos donde
    el estanque
    y no había
    agua
    dentro
    y la gorda
    carpa naranja
    estaba muerta
    allí,
    secándose.

    Volvimos al
    jardín de mis padres
    y hablamos sobre
    ello
    y decidimos que
    nuestros padres habían
    quemado la
    casa del hombre,
    los habían
    matado
    habían matado la
    carpa
    porque era
    demasiado
    bonita,
    incluso el bosque
    de bambú había
    ardido.

    Ellos estaban
    asustados del
    hombre con los
    ojos
    bellos.

    Y
    nos temíamos
    entonces
    que
    durante toda nuestra vida
    cosas como esa
    iban a
    pasar,
    que nadie
    quería que
    alguien fuera
    fuerte y
    bello
    como él,
    que
    los otros nunca lo
    permitirían,
    y que
    mucha gente
    tendría que
    morir.