nos quedamos en silencio. los dos damos un trago a nuestra copa de vino tinto y cada uno, desde su mesa, miramos a la nada.
bueno, yo creo que algo hay también.
sí.
pero no es lo que dicen.
claro, lo mismo no hay Cielo ni Infierno ni Nada. pero algo hay.
claro.
el Sol cae a plomo sobre la calle Unión y dibuja claoscuros en la piedra carcomida.
Dios nos inventó con estómago. en eso se equivocó. tuvimos que trabajar.
tenemos la mala costumbre de comer cada día.
claro.
sí.
ambos reímos. el hombre termina su cigarro. empieza a liar otro. ya he empezado a suspirar.
en la última cena bebían vino.
el pobre hombre levanta su copa y hace un brindis al Sol. yo sonrío y lo acompaño. soy escribidor, experto en las memorias del subsuelo.
claro.
su mesa ya está lista, caballero.
hasta luego, jefe, que tenga un buen día.
eres un tío positivo.
soy escribidor.
gracias.
adiós.
adéu.
sentado ya en mi mesa lo miro desde dentro. recoge sus tesoros: el tabaco, el periódico, se marcha calle abajo. mientras llega el primer plato del menú que he ganado ese miércoles con el sudor de mi frente pienso que a Dios a veces le gusta disfrazarse de vagabundo.
En L.A City College había dos tipos duros, yo y Jed Anderson. Anderson era uno de los mejores corredores en la historia de la escuela, un fuera de serie cada vez que jugaba al fútbol. yo era bastante duro también pero veía los deportes como un juego para blandos. yo creía que era más interesante desafiar a aquellos que intentaban enseñarnos algo.
igualmente, Jed y yo éramos las luces más brillantes en el campus, él corría sus 60, 70 y 80 yardas en los partidos de la tarde y durante la mañana encorvado en mi asiento yo me inventaba lo que no sabía y lo que sabía era tan malo que los profesores tenían que bailarme el agua.
y un gran día Jed y yo nos encontramos. fue en un pequeño bar con tocadiscos al lado del campus y él estaba sentado con sus colegas y yo estaba con los míos.
“venga, venga, ve y dile algo” mis amigos decían. yo dije, “que le jodan a ese marica de gimnasio. Yo estoy con Nietzsche, ¡que sea él el que venga aquí!”
al final Jed se levantó a por un paquete de tabaco de la máquina y uno de mis colegas dijo: “¿es que tienes miedo de ese tío?”
me levanté y fui detrás de Jed mientras él se agachaba en la máquina a por su tabaco.
“hola, Jed,” dije yo.
se giró: “hola, Hank.”
entonces se llevó la mano al bolsillo trasero, sacó una pinta de güisqui, la pasó hacia mí.
le di un trago rápido, y se la devolví.
“Jed, dónde vas a ir después del instituto”
“voy a jugar para Notre Dame.”
entonces se volvió a su mesa y yo volví a la mía.
“qué te ha dicho, qué te ha dicho”
“no mucho”
al final, Jed nunca consiguió ir a Notre Dame y yo nunca conseguí ir a ninguna parte tampoco- los años nos barrieron pero hubo otros tipos duros que siguieron llegando, incluido uno que se convirtió en un famoso columnista deportivo y yo tuve que mirar su foto por décadas en el periódico mientras habitaba aquellas habitaciones baratas y aquellas cucarachas y aquellas sofocantes deprimentes noches.
pero todavía estaba orgulloso de ese momento aquel día cuando Jed me pasó esa pinta y me bebí un tercio de ella con todos los compañeros mirando. joder, ninguno hubiera imaginado tal como éramos que nosotros dos pudiéramos perder pero perdimos.
Y me llevó 3 o 4 décadas avanzar solo un poco. y Jed, si estás todavía ahí esta noche, (olvidé decírtelo entonces) aquí va un gracias por ese trago.
Mi colega alemán
esta noche estoy bebiendo Singha licor de malta de Tailandia y escuchando a Wagner.
no puedo creer que él no esté en la otra habitación o al torcer la esquina o vivo en alguna parte esta noche.
y lo está por supuesto mientras me lleva la música de él.
y pequeños escalofríos recorren mis dos brazos.
Luego la calma
él está aquí
ahora.
Feliz cumpleaños
El teléfono
Te traerá gente con su ring-ring, gente que no sabe qué hacer con su tiempo y ellos se morirán de ganas de infectarte con lo suyo desde la distancia (aunque ellos preferirían estar en la misma habitación para proyectar mejor su nulidad sobre ti).
El teléfono es para emergencias solamente.
esa gente no son emergencias, son calamidades.
nunca me gustó el ring-ring del teléfono.
“hola,” contestaré en guardia.
“soy Dwight.”
ya puedes sentir su imbécil deseo de invasión. ellos son la gente-pulga que salta sobre la mente.
“sí, qué pasa”
“bueno, estoy en la ciudad esta noche y he pensado…”
“escucha, Dwight, estoy liado, no puedo…”
“bueno, quizás en otra ocasión”
“quizá no…”
a cada uno le son dadas unas pocas noches y cada noche desperdiciada es una violación asquerosa contra el curso natural de tu única vida; además, ellos te dejan un regusto que a menudo dura dos o tres días dependiendo del visitante.
El teléfono es para emergencias solamente.
He necesitado décadas pero al final he descubierto cómo decir “no.”
ahora tú no te preocupes por ellos, por favor: simplemente marcarán otro número.
podría ser el tuyo.
“hola,” tú dirás.
Y ellos dirán, “soy Dwight.”
y entonces tú serás esa amable y comprensiva alma.
suplicando
como muchos de vosotros, he tenido muchos trabajos donde me sentido tan abatido como si mis tripas hubieran sido tiradas por el suelo. he conocido alguna buena gente a lo largo del camino y también a la otra clase de gente. aunque cuando pienso en todos aquellos con los que he trabajado- incluso a pesar de las décadas que han pasado- Karl me viene a la cabeza el primero.
me acuerdo bien de Karl: nuestro trabajo requería que ambos lleváramos un delantal atado por detrás y alrededor del cuello con una guita.
yo era el subalterno de Karl. “tenemos un buen curro,” él me decía.
Cada día mientras uno a uno nuestros supervisores llegaban Karl inclinaba levemente la cadera, sonreía, y asintiendo saludaba a cada uno: “buenos días doctor Stein,” o, “buenos días, señor Day” o señora Knight o si la chica era soltera “buenos días, Lilly” o Betty o Fran.
yo nunca hablaba.
Karl parecía molesto por eso y un día me llevó a parte: “oye, dónde cojones vas a encontrar dos horas para almorzar como tenemos nosotros”
“en ningún sitio, supongo…”
“bueno, okey, mira, para tipos como tú y yo, esto es lo mejor que podemos tener, esto es todo lo que hay.”
yo escuchaba.
“así que mira, es duro aguantarlos al principio, no ha sido fácil para mí tampoco pero después de un tiempo me di cuenta de que no importaba. simplemente hice un caparazón. ahora tengo mi caparazón, lo pillas.”
lo miré y era cierto que parecía como si tuviera caparazón, había algo enmascarado en su cara y sus ojos estaban vacíos, inexpresivos e inalterados; era como una concha erosionada y golpeada.
Algunas semanas pasaron. nada había cambiado: Karl se inclinaba y se arrastraba y sonreía impertérrito, perfectamente en su papel. que nosotros éramos prescindibles, quizás nunca se le ocurrió o que dioses más grandes quizás nos estaban mirando.
yo hacía mi trabajo.
entonces, un día, Karl me llevó a parte otra vez.
“escucha, el doctor Morely me habló de ti.”
“ah, sí.”
“me preguntó qué es lo que te pasa.”
“qué fue lo que le dijiste”
“le dije que eres joven.”
“gracias.”
después de recibir mi primer cheque, lo dejé.
pero
todavía tengo que, de vez en cuando, conformarme con otro trabajo similar y ver a los nuevos Karl. al final los perdoné a todos pero no a mí mismo:
ser prescindible a veces hace a un hombre extraño casi incontratable casi siempre detestable- inservible para la libre empresa.
el mejor actor de nuestros tiempos
se está poniendo más y más gordo, casi calvo tiene un mechón de pelo por detrás el cual tuerce y recoge con una goma elástica.
tiene una casa en las colinas y tiene otra casa en las islas y unas pocas personas lo visitan. algunos lo consideran el mejor actor de nuestros tiempos.
tiene unos pocos amigos, muy pocos. con ellos, su pasatiempo favorito es comer.
en contadas ocasiones le contactan por teléfono normalmente por una oferta para actuar en una excepcional (le dicen) película de cine.
él contesta con una voz muy suave:
“oh, no, yo no quiero hacer más películas…”
“podemos mandarte el guion”
“vale…”
entonces no se sabe de él de nuevo.
normalmente, lo que él y sus pocos amigos hacen después de comer (si la noche es fría) es tomar unas copas y ver los rollos de sus películas arder en la hoguera.
o después de comer (en las noches cálidas) después de unas copas llevan los rollos fríos fuera para descongelarlos. él reparte algunos entre sus amigos coge otros entonces juntos desde la barandilla los lanzan como platillos volantes lejos en el espacioso cañón abajo.
después todos ellos van adentro sabiendo instintivamente que esas películas eran malas. (al menos, él lo siente y ellos lo aceptan.)
hay un gran mundo real ahí fuera: bien-tramado, auto- suficiente y difícilmente dependiente de las variables.
se tiene todo el tiempo para comer beber y esperar la muerte como cualquier persona.
días como cuchillas, noches rodeado ratas
cuando era muy joven dividía una igual cantidad de tiempo entre los bares y las bibliotecas; cómo conseguía proveerme de mis otras necesidades ordinarias es un misterio; bueno, simplemente no me preocupaba demasiado de eso- si tenía un libro o un trago entonces no pensaba demasiado en otras cosas -los locos crean su propio paraíso.
en los bares, me creía un tipo duro, rompía cosas, peleaba con otros hombres, etc.
en las bibliotecas era otra cosa: era callado, iba de una sala a la otra, no solía leer los libros enteros sino partes de ellos: medicina, geología, matemáticas, historia, otras cosas me ponían triste. con a la música yo estaba más interesado en las composiciones y en las vidas de los compositores más que en aspectos técnicos…
no obstante, fue con los filósofos con quienes me sentí hermanado: Schopenhauer y Nietzsche, incluso el viejo y duro de roer Kant; me parecía que Santayana, quien era muy popular en aquel tiempo, era blando y aburrido; con Hegel tenías que trabajar de verdad, especialmente con resaca; hubo muchos otros que leí y a quienes he olvidado, quizás mejor así, pero me acuerdo de un tipo que escribió un libro entero en el que demostraba que la luna no estaba allí y lo hacía tan bien que al final pensabas, este tipo está absolutamente en lo cierto, la luna no está allí.
cómo demonios iba un hombre joven a dignarse a trabajar en una jornada de 8 horas cuando la luna ni siquiera estaba allí, qué más estaría faltando,
y nunca me gustó la literatura tanto como los críticos literarios; eran realmente unos capullos, aquellos tipos; usaban un lenguaje refinado, bonito a su manera, para llamar a otros críticos, otros escritores, escoria. me levantaban el ánimo.
Pero fueron los filósofos los que satisficieron esa necesidad que acechaba en algún lugar de mi confusa calavera: yo vadeaba sus excesos y su congestionado vocabulario ellos sin embargo a menudo neblinosos aparecían de la nada con sus llameantes juegos de palabras que resultaban ser absolutamente ciertos o condenadamente cercanos a la verdad absoluta, y esa certidumbre era lo que yo buscaba en mi vida diaria, la cual se parecía más a una caja de cartón.
qué buenos compañeros fueron aquellos perros viejos, con ellos atravesé días como cuchillas y noches rodeado de ratas; y mujeres de negocios como trabajadoras del infierno.
mis hermanos, los filósofos, me hablaban como no lo hacía nadie en las calles o en ningún otro lugar; ellos llenaban ese inmenso vacío. qué buenos chicos, ah, qué buenos chicos.
sí, las bibliotecas ayudaron; en mi otro templo, los bares, era otra cosa, más simple, la lengua y las formas eran diferentes…
días en la biblioteca, noches en el bar. las noches eran todas parecidas, hay algún tipo sentado cerca, quizá no un mal tío, pero para mí él no brilla de la forma adecuada, hay una repugnante falta de vida en él -pienso en mi padre, en los profesores, en las caras de las monedas o los billetes, en los sueños con asesinos con los ojos en blanco; bueno, de alguna forma ese tío y yo intercambiamos cruzamos miradas, la furia empieza a crecer lentamente, fuego y agua; la tensión se construye, un ladrillo sobre otro ladrillo, esperando el golpe; nuestras manos se abren y se cierran, bebemos, ahora, finalmente con un propósito:
su cara se gira hacia mí: “hay algún problema, amigo”
“sí. tú.”
“habrá que hacer algo al respecto”
“ciertamente.”
acabamos nuestras copas, nos levantamos, vamos a la parte de atrás del bar, fuera en el callejón; nos miramos, cara a cara.
le digo, “no hay nada más que espacio entre nosotros dos. te importaría cerrar ese espacio.”
él corre hacia mí y de algún modo eso es una parte de la parte de la parte.
sé amable
siempre nos piden que intentemos entender el punto de vista de los demás no importa cómo sea de obsoleto tonto u odioso.
a uno le piden observar su error total su malgastada vida con amabilidad, especialmente si se es mayor.
aunque la edad es el total de nuestras acciones. ellos han envejecido mal porque han vivido desenfocados, han renunciado a ver.
¿acaso no es su culpa?
¿de quién es la culpa? ¿mía?
me piden que les esconda mi punto de vista por miedo a su miedo.
envejecer no es un crimen.
la vergüenza es haber malgastado la vida deliberadamente.
entre demasiadas vidas malgastadas deliberadamente
estoy.
El hombre de los ojos bellos
Cuando éramos niños había una casa extraña donde todas las persianas estaban siempre subidas y nunca habíamos oído voces allí y el jardín estaba lleno de bambú y nos gustaba jugar en el bambú fingiendo que éramos Tarzán (aunque no había ninguna Jane). y había un estanque uno grande lleno de las carpas más gordas que hayas visto nunca y estaban domesticadas. venían a la superficie del agua y comían trozos de pan de nuestras manos.
Nuestros padres nos habían dicho: “nunca os acerquéis a esa casa.” así que, por supuesto, allí estábamos.
Nos preguntábamos si alguien vivía allí. las semanas pasaron y nunca vimos a nadie.
Pero un día escuchamos una voz desde dentro “TÚ MALDITA JODIDA PUTA!”
Era la voz de un hombre.
Luego la puerta principal de la casa se abrió de golpe y el hombre salió afuera.
Aguantaba un vaso de güisqui con la mano derecha. tendría unos 30. tenía un puro en su boca, necesitaba un afeitado. su pelo era salvaje y sin peinar y estaba desnudo sin calzoncillos ni pantalones. pero sus ojos eran brillantes. centelleaban con un resplandor y él dijo: “hey, pequeños hombres, estáis pasando un buen rato, espero.”
Nos fuimos, volvimos hacia el jardín de mis padres y pensamos sobre ello.
Nuestros padres, decidimos, querían que nos mantuviéramos lejos de allí porque ellos no querían que viésemos un hombre como aquel, un hombre fuerte y natural con los ojos bellos.
Nuestros padres estaban avergonzados de que ellos no fueran como ese hombre, por eso ellos querían que nos mantuviésemos alejados.
Pero nosotros volvimos a esa casa donde el bambú y la carpa domesticada. volvimos muchas veces durante muchas semanas pero nunca más vimos u oímos al hombre otra vez.
Las persianas estaban bajadas como siempre y había silencio.
Entonces un día mientras volvíamos de la escuela miramos hacia la casa.
Había ardido completamente, no había quedado nada, sólo los ardientes torcidos, negros cimientos y nos acercamos donde el estanque y no había agua dentro y la gorda carpa naranja estaba muerta allí, secándose.
Volvimos al jardín de mis padres y hablamos sobre ello y decidimos que nuestros padres habían quemado la casa del hombre, los habían matado habían matado la carpa porque era demasiado bonita, incluso el bosque de bambú había ardido.
Ellos estaban asustados del hombre con los ojos bellos.
Y nos temíamos entonces que durante toda nuestra vida cosas como esa iban a pasar, que nadie quería que alguien fuera fuerte y bello como él, que los otros nunca lo permitirían, y que mucha gente tendría que morir.