Elige el corazón / Doble capítulo 4 y 5

Nota del escribidor: Dejo los capítulos anteriores aquí: 1. Nada mejor que hacer, 2. Sólo el principio y 3. Tú estás loco. Si estás disfrutanto de la historia agradecería mucho que me lo hicieras saber. ¡Seguimos!

4. Escribiendo…

La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala; y siempre elige el corazón. Aquella mañana era un domingo como tantos y se levantó con resaca. El reloj junto a la cama marcaba las doce, apenas había dormido unas cuatro horas. Le dolía la cabeza y un leve sopor recorría todos los miembros de su cuerpo acartonado.

El sol y la vida entraba a raudales por la ventana. Un ruido de la calle lo había despertado, pero ya no podía saber qué había sido: el pitido de un coche, el grito de alguien llamando a otro alguien, el ruido de los platos que andaba moviendo su madre de un lado para otro.

Una de las cosas que más le molestaban era estar viviendo aún en casa de sus padres, a sus veintitantos años. Si hubiera tenido la oportunidad, habría viajado a alguna de aquellas ciudades europeas y habría probado suerte como artista. Eran tantas las historias de ese tipo que había leído en las biografías de sus ídolos que hubo un tiempo en que llegó a creérselas. Subí a un tren en la estación de Linares y llegué a la ciudad de Granada para estudiar en la universidad. Recuerdo cuando tenía la llave de mi apartamento, en una pequeña pensión para estudiantes con una cama, un escritorio y un cuarto de baño. No me importaban las incomodidades. Por primera vez tenía una llave, mi llave, la llave del mundo entero. Federico hubiera dado cualquier cosa por tener esa llave, pero en esa historia se obviaba uno de los detalles fundamentales en la vida pero generalmente ausente en la literatura heroica de los mitómanos: las cosas valen dinero. Aquella sentencia podía estropear cualquier sueño adolescente que uno tuviera y costaba tanto de aceptar que muchas veces se soslayaba para no sentir que la vida era en realidad prosaica.

Decidió levantarse e iniciar su rutina normalmente. Fue a la cocina, esquivó los comentarios reprochadores de su madre, y se sirvió un café con leche que luego calentó en el microondas. Otra mañana de domingo en una vida que no valía la pena escribir, pensaba mientras se fumaba el primer cigarrillo apoyado en el quicio de la puerta acristalada que daba al balcón. Las personas pasaban por la calle ajenas a las preocupaciones y a sus delirios de grandeza. Abuelos, madres, nietos e hijos vivían su existencia sin pensar más allá de los quehaceres diminutos de su día a día. La ambición, el orgullo, la perseverancia, si bien son ideales nobles, también son como piedras en la felicidad humana; era incapaz de compararse con aquellos ilustres ignorantes que paseaban contentos bajo el sol de la mañana en el día festivo, olvidados un rato de sus problemas. Federico sentía envidia de ellos y, quizá por eso, tenía ganas de llorar a solas.

-A ver qué vas a hacer con tu vida. -dijo su madre a su espalda.

-Pronto me iré de aquí, no te preocupes.

-Si no tienes donde caerte muerto.

-Algo encontraré, ya verás.

Lanzó la colilla a la calle y secando una lágrima con un gesto rápido y distraído se encaminó hacia su habitación y cerró la puerta. Su móvil estaba sin batería, así que decidió cargarlo y coger un libro para distraerse hasta que se hiciera de noche. No tenía ganas de compartir la mesa con sus padres, prefería sumergirse en el refugio de la imaginación prestada de un escritor antiguo. Era cierto. Pronto estaría viviendo en Barcelona, por fin.

No todo era mala suerte. Había conseguido un trabajo de lo suyo en la ciudad condal y ya había encontrado piso. Solo faltaba esperar a que llegara el momento de trasladarse, en apenas una semana. El piso estaba en el barrio de Bon Pastor, muy al norte de la ciudad, pero dentro del margen municipal, es decir, que podía trasladarse hasta su trabajo en metro sin salir de la zona A. Compartiría casa con un inmigrante rumano, dueño de la vivienda. Federico no tenía problema con eso, pero prefería no comentar el dato con sus padres. De todas formas, ellos no sabían nada de los planes de su hijo, hacía tiempo que no hablaban.

Después de pasar horas leyendo sin poder pensar en la lectura, Federico encendió el teléfono. Sentía el cuerpo aletargado, aunque la resaca había remitido hacía ya tiempo. Solo tenía hambre pero lo solucionaría fumando otro cigarrillo. Dejó el teléfono sobre una mesa barata de cristal que se había usado para poner el fijo y que ahora funcionaba como mesita de noche y se encaminó a la zona conquistada como fumadero. El sol caía anaranjado y desde la puerta cerrada del salón solo se oía el rumor de la televisión y se intuía el leve movimiento de unas sombras dentro, quienes podían ser sus padres, hermanos, o quizá fantasmas que se habían tomado la casa familiar. En cualquier caso, Federico no quería comprobarlo. Lanzó su cigarrillo al aire, que impactó contra un cable tendido de edificio a edificio donde colgaban las, rojas y gualdas, banderas de la localidad.

Al volver a su cuarto, el teléfono ya se había encendido del todo. Antes de abrir la bandeja de mensajes, decidió entrar en las noticias. Lo que vio en las redes sociales lo dejó helado.

Una furgoneta blanca había atravesado la Rambla de Barcelona por encima de la acera hasta la mitad del trazado, llevándose en su camino la vida de los transeúntes que en ese momento paseaban ajenos por una de las calles más famosas del mundo. Todo indicaba a la autoría de un atentado terrorista yihadista pero las autoridades no lo habían confirmado aún. Se buscaba a los conductores árabes del vehículo homicida, quienes salieron corriendo después de que la furgoneta quedara varada sobre el icónico mural de J. Miró. Al profundizar más en la noticia, Federico pudo ver a los vídeos espontáneos que habían grabado los paseantes y que mostraban toda clase de mutilaciones, heridas, charcos de sangre y expresiones de dolor y desesperación, de trauma tan horrible que cualquier descripción que se aplicara sobre la realidad resultaría vaga e imprecisa. Sus ojos recorrían aquellas escenas con indignación creciente y miedo, pero permanecía callado. Otro horrible atentado terrorista en un mundo que se las prometía más feliz que nunca. Pensó en ir al salón con sus padres y comentar la noticia, pero lo pensó dos veces. Seguramente ya lo sabrían. De todas formas, aquel horror no era óbice para cambiar la novela o el cotilleo que en ese momento hubiera programado en la parrilla televisiva.

Federico comprobó luego los mensajes de sus amigos en la aplicación correspondiente. En los grupos compartidos se comentaba la noticia del día y se pasaban vídeos que rozaban lo morboso en algunos casos: la atracción de la sangre y la muerte, lo suficientemente lejos como para que no salpicara, lo suficientemente cerca como para ver todos los detalles. Pero entre las conversaciones, había un nombre que le dio la vuelta a su corazón. En una de las casillas en que se distribuían los contactos, había un mensaje nuevo de alguien muy conocido por él. El texto era de hacía pocos minutos y empezaba con un: Hola, Fede, ¿cómo estás? ¿has visto l… En definitiva, nada extraño excepto por quien escribía ese mensaje: la persona por quien una semana antes lo habría dejado todo.

Más sorprendido aún que por las sangrientas noticias que poblaban las redes sociales, se quedó sorprendido sin saber muy bien cómo reaccionar. Por fin le había escrito, después de tanto tiempo, y lo hacía ahora en el momento más inesperado. Quizá explicando la anécdota de su fracaso con ella había atraído de forma esotérica su interés y eso había provocado que le escribiera al día siguiente. Sin saber muy bien qué hacer, siguió comprobando los mensajes en su bandeja de entrada. Le llamó la atención el mensaje de un número que no estaba guardado entre sus contactos, la foto de perfil mostraba el mar y una silueta diminuta en medio, como una coma. Al abrir el contenido su corazón saltó.

Era Martina. Hola, Ico. Alejandro me ha dado tu número. Espero que no te importe…

Por primera vez en todo ese día, Federico sonrió ampliamente. Ante él se revelaban dos vías muy concretas, con una claridad poco acostumbrada en los caminos neblinosos de la vida. Por un lado tenía a su antiguo amor, por quien tanto tiempo había sufrido y había hecho multitud de estupideces para conseguirla, renunciado a sus propios intereses y proyectos. Había deseado aquel mensaje con devoción religiosa, pero como suele pasar con las respuestas de la divinidad, aquel interés repentino por quien fuera el amor de su vida llegaba demasiado tarde, después de demasiado dolor, como para poder aceptarlo. Por otro lado, estaba el mensaje de Martina, quien ofrecía un mundo nuevo de posibilidades. Y en ese trance que habría de durar unos pocos segundos, Federico casi pudo ver el recorrido de ambas historias, incompatibles entre sí, como el que divisa el paisaje a lo lejos al pie del cruce de caminos donde se suele poner el diablo a tocar la guitarra, según la mitología del blues. Se le ofrecía la oportunidad de volver a hablar con su ex y volver a reiniciar el contacto, que él había intentado antes de forma desesperada. Seguramente el chico con el que andaba la había decepcionado de alguna manera y ahora se habría una oportunidad para entablar de nuevo conversación con alguien que siempre estaba allí para secarle las lágrimas y recordarle lo guapa e importante que era. Por debajo del dulce sabor que aquella oportunidad ofrecía se intuía el regusto a rancio de una historia que vuelve a repetirse, como si girara eternamente en un torbellino sin sentido, del que no pudiera salir nunca. Sentía como si el diablo le ofreciera otra oportunidad, que podía acabar de la misma manera que la anterior, en fracaso, o no, y esa era el juego infernal. Por otra parte, estaba Martina ofreciéndole una nueva amistad femenina en una ciudad que muy pronto sería la suya. Por un momento, el camino de ella pareció el más luminoso.

Abrió la conversación que no había terminado de leer: ¿has visto las noticias? Me dijiste que ibas a vivir en Barcelona. (espacio) ¿Estás bien? Ahí terminaba su mensaje anzuelo.

Federico sabía en el fondo de su corazón, es decir, sin tener ninguna prueba racional, que aquel mensaje se produciría tarde o temprano, que ella habría de retomar el contacto con él por su propia iniciativa y que aquello constituiría una nueva oportunidad de encuentro. Pero lo que había pasado entre ellos resultaba tan doloroso y decepcionante, que ya entonces había decidido cerrar esa posibilidad mientras lloraba por su cruel indiferencia.

No quiso contestar. Luego se lo pensó y escribió: Estoy bien. Luego borró la conversación.

Nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Con aquella fría cortesía se había acabado todo para siempre. Era el final de una novela que había durado demasiado, que aún se resistía a morir en el corazón de ambos, donde viviría para siempre. Pero la vida, con su cruel realidad que se mostraba en un atentado luctuoso e injustificado, en el cuerpo de la foto de Martina que se recortaba en el mar Mediterráneo, la vida, en fin, se abría paso.

Hola, Martina. Qué alegría saber de ti. Claro que no me importa, contestó sonriente.

Después de recibir el mensaje tanto tiempo esperado y decidir no responder, siente que se inicia un nuevo tiempo, un nuevo camino, una nueva oportunidad; quizá no mejor, pero sí diferente. Al poco de haberle dado a enviar al mensaje de Martina ve que ella se ha conectado. Está en línea. Sobre el fondo verde oscuro, en letras blancas, pone: escribiendo…

5. Su corazón aplaudía

-Me gustaría que me mandaras una foto tuya sin camiseta. Quiero ver tu cuerpo.

Era ya noche cerrada y en la casa no se oía ruido. Los padres y los hermanos de Federico dormían profundamente. Había pasado ya tres horas seguidas hablando con Martina y ni siquiera había cenado. La conversación fluía sin trabas, como dos amigos que se conocen de toda la vida y tienen mucha confianza. Aquella pregunta palpitaba en la pantalla y no sabía qué responder. Sin apenas advertirlo, la conversación había ido subiendo de tono.

-Claro. Espera un momento.

Encendió la luz y se hizo una foto en calzoncillos a todo lo que daba su brazo. Miró el resultado y se sintió afortunado porque aquel cuerpo suyo atraía el interés sexual de una chica tan bien proporcionada. Quizá aquel constituía el principio del fin, cuando ella se diera cuenta que debajo de esa camiseta no había músculos sino un cuerpo delgado y fofo. Al cabo de unos segundos que a Federico se le hicieron eternos, ella empezó a escribir.

-No me imaginaba así tu cuerpo.

-Vaya…

-Pensaba que tendrías más pelo en el pecho. Tienes los pezones grandes.

Federico no contestó. A punto estuvo de cerrar la conversación para siempre y darse por vencido para siempre en aquello de la seducción en línea. Había sido un error. Normalmente, las chicas conocían su intimidad en el acto amoroso, no antes. De hecho, a veces los cuerpos se miraban después de hacer el amor varias veces, cuando la costumbre permitía atender a los lunares, las estrías, las verrugas y las rugosidades de la piel. A pesar de la fealdad que las ropas escondían, a Federico los defectos ajenos lo hacían sentirse más humano y más seguro de sí mismo, y disfrutar por tanto del sexo. Pero la liturgia de la conversación por el móvil imponía otros protocolos que no le gustaban tanto. Ahora ella tenía una foto suya que podría inspeccionar a su antojo cuando quisiera. Los rudimentos amorosos del siglo XXI no le gustaban tanto como los del XX.

-Me gustan tus hombros. El hueso de la clavícula. Me gustaría chuparlo. -añadió Martina.

La opinión sobre la tecnología que hacía un instante Federico tenía cambió por completo. Se incorporó sobre las sábanas y miró la pantalla con un renovado interés. Al paso dijo.

-Puedes hacerlo cuando quieras.

Martina salió de la conversación. En la parte superior de la pantalla se divisaba la última hora de conexión: las 01:12 de la madrugada, la hora de ese momento. ¿Habría sido demasiado atrevido decirle aquello? Podría ser que ella se hubiera sentido violentada… Dejó el móvil en un lado de la cama y su mente entendió que el acto del cortejo era muy parecido al de pescar. El pez podía picar el anzuelo pero eso no garantizaba el éxito. Luego había que saber atraer la presa al barco y, cuanto mayor era el tamaño de la pieza, mayor era el esfuerzo paciente que había que hacer. Se necesitaban altas dosis de sangre fría que Federico, por su carácter colérico, no tenía. ¿Es que tenía que ser tan complicado?

El teléfono vibró dos veces como un pájaro de piedra. Había recibido una imagen de Martina. Sus dedos temblorosos abrieron la conversación y ampliaron la fotografía.

Aunque no se le veía la cara, era fácil intuir que aquel cuerpo desnudo era el de ella. Unas manos tapaban sin demasiado cuidado unos pezones oscuros que se intuían pequeños en comparación con el resto del pecho. Por debajo del vientre desnudo, se veía el negro de unas braguitas ajustadas y las piernas largas perdiéndose al final. Se había tomado la foto desde una perspectiva diferente a como lo había hecho él, sin duda no era la primera vez.

Una erección comenzó a palpitar por debajo de la tela de la poca ropa que cubría el sexo de Federico. Al otro lado de la pantalla Martina escribía una pregunta que iniciaría todo:

-¿Y tú qué me harías a mí?

-De todo. -dijo él.

-Vale. Pero quiero que me lo expliques. Escríbemelo. ¿Qué me harías?

Federico se quedó pensando. Al parecer ella quería que le describiera los pasos que estableciera su imaginación para gozar de su cuerpo. Nunca antes había jugado a eso de aquella manera, por lo menos, no en serio. Si así lo había hecho antes, no quería acordarse.

-Primero besaría tu boca. Un beso largo con lengua. Y luego iría bajando por la comisura de tus labios por la barbilla, luego el cuello, luego tu pecho. Mientras, mis manos acarician tus piernas. -Federico envió el mensaje. Continuó- Luego llegaría hasta tus pezones y los chuparía. Primero uno, después el otro. Y vuelta a empezar. No descarto morder un poco.

-Me encanta. -envió ella y añadió en otra línea- Sigue, me gusta mucho.

-Mi boca sigue bajando mientras mis manos acarician tu cuello. Por tu barriga voy dejando un reguero de besos con saliva. Meto la lengua dentro de tu ombligo y, como te hace cosquillas, sigo bajando pero me voy a tus piernas, que recorro desde los pies con la lengua. Primero una, después la otra, hasta la rodilla. Voy subiendo con mi boca por tu pierna izquierda mientras te acaricio la otra con mi mano libre. Poco a poco me acerco por entre tus piernas y voy subiendo cada vez más arriba, más arriba, poco a poco, poco…

-Dilo. Dilo claramente. Quiero que me lo chupes. Quiero que lo comas.

-Como me lo pides, así lo hago. Hundo mi cabeza en tu coño mojado y busco con la lengua los rincones de tu sexo. Tuerces la espalda de placer y aprietas mi cabeza con tus manos. Las mías buscan tu espalda para atraerte a mi boca que bebe de tu piel sin parar.

-Métemela ya.

-Me incorporo y me acerco poco a poco. Te la meto y está dura y palpitante. Primero despacio pero enseguida muy rápido comenzamos a chocar, cada vez más fuerte, más…

-Oh síiii.

-Mis manos acarician tu pelo y te agarro con fuerza. No quiero que nos salgamos.

-Dios. -escribe Martina- Me he corrido.

Federico dejó el mensaje que estaba haciendo a medio escribir. Por un momento se sintió desubicado, como si despertara de pronto de un sueño agradable. Luego añadió sonriente.

-Yo también tengo ganas de correrme.

-¿Qué te gustaría que te hiciera yo?

Federico lo pensó un momento. No sabía qué responderle. Eran tantas las posibilidades que no sabía por cual empezar. Abrió la foto de ella y comenzó a masturbarse con prisa.

Martina escribió algo pero él ya no lo vio. Se había sumergido en su propia imaginación. Seguía gozando del cuerpo de Martina en la misma posición donde lo habían dejado. Ahora ella estaba tranquila y esperaba que él acabara rápido para poder descansar juntos. En menos de un minuto, una fuente de semen blanquísimo salió disparado hacia el cielo.

Martina estaba escribiendo prácticamente lo mismo que Federico había imaginado mientras miraba la foto de ella. A medio camino en su relato, le pareció oportuno decir:

-Yo también me he corrido.

Se produjo una ausencia de palabras en la línea por un minuto. Pareció un tiempo largo por el ritmo que había ido tomando la conversación. Finalmente, ella añadió de pronto:

-Es como si hubiéramos hecho el amor.

-Sí. Me gustaría hacerlo un día de verdad.

-Hoy también ha sido de verdad. Incluso más verdad que otras veces…

Federico no supo entenderla. ¿Se refería a que lo hacía con más gente? Le pareció que no. Además, ella tenía pareja desde hacía muchos años, aunque anduvo liada con el poeta, quien se enamoró de ella perdidamente, pero la cosa no llegó a cuajar.  A Federico no le extrañaba que Martina fuera capaz de romper tantos corazones y sintió miedo de ella.

-Tengo que dejarte, Rico. Mañana tengo que levantarme temprano. Me voy con mis padres a Llançà, a la casa que tenemos allí. Necesito playa y aprovechar el verano.

-Muy bien. -dijo él confundido.

-¿Cuando vienes a Barcelona?

-A finales de este mes.

-Eso es dentro de nada. Podríamos buscar un día para vernos. ¿Qué te parece?

-Nada me gustaría más. Claro que sí. Cuando quieras.

-Iremos hablando. -y luego escribió. -Ojalá estuvieras en la cama ahora conmigo.

-Ojalá.

-Buenas noches, Ico. Me ha encantado. Me encantas.

-Buenas noches, guapa. Que descanses. Hablamos pronto.

Martina añadió caras con besos y corazones y se desconectó para siempre esa noche. Federico se quedó mirando al techo, preguntándose si la volvería a ver y si aquel sueño que habían vivido juntos al fin que cumpliría y tendría la oportunidad de abrazarla como hiciera en su recién pintada fantasía. En el fondo de su corazón, una respuesta retumbaba.

Antes de dormirse, miró en el teléfono la conversación que había quedado pendiente con aquella chica que una semana antes había roto su corazón para siempre. Quizá se había arrepentido de su decisión y había aprovechado la coyuntura de los atentados para establecer, otra vez, un canal de comunicación. Sintió tristeza, pero la decisión estaba tomada. Un nuevo futuro se abría ante él y, a pesar de lo incierto, su corazón aplaudía.   

…oooOOOooo…

Nota del escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

El Pobrecito Escribidor

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