Nota del autor: Esta es la segunda parte del relato publicado la semana pasada. Dejo el enlace aquí para mayor comodidad de quien se anime a leer o a releer esta historia. Mil gracias. Seguimos.
3. Última cena
-¿Qué se te ha perdido en Londres?
A lo largo de aquella semana le habían hecho esa misma pregunta varias veces: sus padres, algún familiar, algún conocido. Ahora era su amigo Martí quien le inquiría divertido mientras daba una larga calada a su vaporizador.
-La vida… -dijo a modo de respuesta o muletilla. Sin saber muy bien como continuar. -No he podido olvidarla a pesar de todo este tiempo.
-Pero no sabes nada de ella. Quizá esté con alguien… -Dejó soltar una bocanada espesa, interminable, de vapor blanco por la nariz. -¿Qué pasará si te presentas allí y resulta que tiene novio?
-Creo que no lo tiene.
-Pero, ¿y si lo tiene? O sale con alguien… No sé, Gerardo, no lo veo muy claro.
-Algo me dice que tengo que ir a verla. Además, como te comentaba, primero pasaré un tiempo en Londres. Miraré si puedo encontrar un trabajo de cara a septiembre. Luego cogeré un vuelo a Irlanda y me plantaré en su pueblo.
-Pero no sabes dónde vive.
-Sé dónde trabaja.
-¿Y después?
-Si ella me pidiera que me quedase en su lugar, lo haría sin pestañear. Ya me buscaría la vida. La cuestión es estar juntos, aunque sea en el culo del mundo. Tengo que intentarlo.
Martí dio otra larga calada a su vaporizador. En el silencio de la noche se escuchaban los grillos en el descampado cercano y se vislumbraban las chimeneas de la refinería a lo lejos, como una ciudad de orcos futurista y bulliciosa, llena de luces y humos.
Estaban en la terraza de una pizzería, que se elevaba un par de plantas sobre la calle paralela. Como era entre semana, el lugar estaba casi vacío y podían disfrutar de la tranquilidad y la frescura de una noche de verano. Vino la camarera, una mujer con la voz rota por la nicotina y el pelo negro rizado, quien había sido guapa hacía tiempo.
-¿Vais a tomar algo más? -Dijo recogiendo los platos.
Pidieron un par de copas y se quedaron en silencio. Alguien es tu amigo cuando puedes pasar periodos de tiempo callados sin que eso resulte incómodo para nadie. Dicen que los chinos disfrutan así de la compañía de sus conocidos, sin duda están adelantados.
-De verdad que no te entiendo, Gerardo. Primero quisiste dejarlo porque te sentías ahogado, tenías una relación que todos envidiábamos. Cayetana es una chica guapa y listísima, y un buen día decides que se terminó y te largas sin decir a dónde. Ahora han pasado dos o tres años
-Dos y medio
-y decides ir a buscarla al fin del mundo porque tienes una intuición, sin saber nada de ella, de su vida actualmente, sin haber hablado prácticamente en todo este tiempo.
-Ya…
Martí lo miraba con ojos bondadosos. Era un chico corpulento con el pelo ensortijado. Llevaba anteojos y barba de semanas, recortada hacía varios días. Siempre vestía pantalón chándal de nylon y camisetas de grupos metal. Le importaban muy poco la imagen pero se hacía querer por todos quienes lo conocían y resultaba popular a su manera. La típica persona que impregna con su presencia la atmósfera y hace que la vida sea un poco más trascendente de lo que es, y los momentos más intensos. Sin querer dar consejos, era la única persona en quien Gerardo podía confiar, y le decía que su plan era una locura, que no lo veía claro. Sabía que no quería desanimarlo, y eso lo desanimaba más. Quizá todo aquello no era una buena idea después de todo. Arriesgar tanto dinero, tiempo, ilusión, en un proyecto que probablemente no iba a ninguna parte. Cabizbajo y taciturno, Gerardo empezó a liar un cigarrillo. Sacó de su petaca una hebras de tabaco y empezó a darle forma sobre su palma despaciosamente, como quien tiene su cabeza en la otra punta del mundo. Sus ojos estaban posados sobre la pitillera de imitación al cuero, color naranja, donde se dibujaba el perfil de Bob Dylan en blanco y negro, excepto los mechones de su pelo, que formaban un arcoíris multicolor y hippy.
-¿Pero sabes lo bueno de todo esto?
Llegó la camarera con las bebidas sin dejar que Martí contestara. Mientras su cuerpo enjuto dejaba las grandes copas de balón con los gin tonic, Gerardo seguía en su mundo.

Ya tenía planes para septiembre. De hecho, había conseguido trabajo en un instituto de Barcelona hacía poco tiempo. Era una gran oportunidad para desarrollarse profesionalmente, estaba empezando a despegar del suelo y, justo en aquel momento, va y quiere dejarlo todo por una intuición incierta. Arriesgaba demasiado al marcharse a otro país con lo puesto, sin más dinero que el paro, que daba para nada en una ciudad como Londres, donde, además, no tenía intención de quedarse. Sólo era la excusa para saltar a Irlanda y pasar, como el que no quiere la cosa, por un pueblo del que solo conocía el nombre y decir: Hola, qué tal, Cayetana, vengo a decirte que nunca te olvidé.
-¿Que practicaré mi inglés?
Ambos sonrieron. Ya no quedaba gente en la terraza y todas las sillas estaban vacías. Mañana es martes y hay que trabajar. El lugar se sentía íntimo y desolado como una sala de cine vacía. Los dos dieron una larga calada a sus respectivos cigarrillos.
-Lo bueno de todo esto es que algún día podrás escribir esta historia.
Gerardo sonrió. Si tenía dudas, ahora ya no albergaba ninguna. Si el fracaso daba miedo, si el golpe podía ser grande, por lo menos sería una buena historia que contar algún día, al menos no tendría la sensación de no haber intentado ser feliz una vez. Se sentía como el héroe de su propia película a punto de acometer una empresa imposible pero loable. Un rayo de esperanza brillaba a lo lejos y no cesaba, como una estrella. Podría ganar, podría perder, pero lo importante no era eso. Lo fundamental en esa ventana de tiempo en ese universo ciego que llamamos vida, lo principal era vivir, aún sin entender, sin expectativas, sin posibilidades, el sentido de aquella roca recorriendo el espacio por lo oscuro, de aquellos astros quietos que titilaban, de aquel aire húmedo y fresco que se respiraba, de aquella existencia ventegenaria que su cuerpo albergaba, lo único y primordial era encontrar el amor. Y su amor estaba en Irlanda. Allí iría. Punto.
-Brindo por ello.
Entrechocaron sus copas y parecía que la noche aplaudía mientras daban otro sorbo. No se podía estar más a gusto en todo el planeta tierra. A pesar de todo, se sentía un tipo con suerte. Nada podía salir mal, lo sentía en el éter invisible que llenaba ese verano.
-¿Cuándo te marchas?
-Pasado mañana. El jueves.
-El día 13 de julio… Una fecha un poco rara para empezar una aventura, ¿no crees?
-No me importa.
-¿Te das cuenta? Si tus planes salen bien, esta puede ser nuestra última cena.
Y volvieron a quedarse en silencio mientras, muy a lo lejos, sonaba el rumor de las fábricas como un molesto ventilador encendido al final de un pasillo a oscuras.
…oooOOOooo…
4. Que tengas suerte
El puente de Hammersmith se alzaba sobre el río Támesis desde 1887, año de su inauguración. De color cobre oxidado, como la Estatua de la Libertad, temblaba cada vez que cruzaban los coches de un lado a otro, en el sentido opuesto al resto de Europa. A pesar de los años el puente no se había caído ni ningún plan urbanístico había aprovechado la coyuntura para construir uno nuevo. Los ingleses para eso eran muy celosos y gastaban el dinero público conservando su patrimonio arquitectónico, no generando más ruinas y cascotes para mover el dinero de los empresarios de la construcción, como ocurría en otras partes del globo, de donde provenía Gerardo.
En total, había pasado tres semanas en Londres y esta sería la última. La razón principal que acortaba su viaje era a la vez la más prosaica: la falta de dinero. No suele aparecer en las novelas que el personaje principal no tenga recursos para seguir con su aventura, pero esto no es una novela sino la vida y tal circunstancia sucede continuamente. Gerardo pensaba en todas sus circunstancias mirando el atardecer sobre el río granate, que bajaba tranquilo, ancho y brioso hacia el mar, no muchos quilómetros más allá.
Recordaría esa parte de la ciudad sobre el Támesis como su preferida. A pesar de las plazas, las avenidas, las abadías, las estatuas, que eran muchas e impresionantes; a pesar de los parques extensísimos y los museos gratuitos; la imagen que habrían de guardar los años cuando pensara en Londres sería del barrio donde tenía el hotel: Hammersmith.
Se trataba de un barrio pintoresco a veinte minutos del centro en el pintoresco metro de Londres. Contaba con una iglesia de obra vista, un cementerio sin vallas por donde pasaba todo el mundo camino al trabajo o a las compras y un estadio donde los Dire Straits grabaron el mítico disco en directo de Alchemy que tanto iba a influir a otras bandas de éxito. Recordar ese dato le gustaba a Gerardo mientras paseaba por las zonas aledañas a su hotel, que en realidad era un albergue de inmigrantes que llamaban hostel.
Los baños eran compartidos y en una misma habitación podían dormir un total de ocho personas amontonadas en literas con un espacio en el centro. El clima de la estancia cambiaba cada día, dado que a veces los inquilinos eran gente muy inquietante y otras eran personas amabilísimas. Gerardo nunca compartió esa habitación con un inglés de pura cepa. Durante ese tiempo en la ciudad se había desengañado del sueño londinense. Ya no esperaba encontrar trabajo ni quedarse a vivir en esa gran manzana vetusta, al menos, sin tener una buena razón para ello, para arriesgarlo todo en un país extranjero siendo visto por los locales como un inmigrante, siendo visto por los propios inmigrantes paquistaníes como un inmigrante de tercera y no de segunda, como ellos, a pesar de ser blanco y europeo. En aquel país operaban ciertas realidades a las que se había sentido hasta entonces ajeno. A pesar de haber viajado por toda Europa, en ningún sitio como en Londres había sentido su condición de clase baja como en aquella ciudad.
Una vez había hablado con un español que trabajaba en un local de comida mexicana. El sitio vendía burritos y demás a los paseantes de camino a la oficina. El típico lugar donde venden comida sobre todo para llevar. Bocadillos y demás. Tenía hambre y llevaba cuatro días sin comer bien. La perspectiva de llevarse algo caliente a la boca lo ponía de buen humor y el hecho de haberse encontrado a un paisano tras la barra lo alegró aún más. Pidió con la esperanza de un bocado buenísimo y estuvo hablando un rato con el empleado. Era un chico del sur de España, llevaba unos seis meses en Londres pero aún no dominaba el inglés, cuando Gerardo iba a preguntarle donde vivía, el jefe del chico, un pakistaní de su misma edad, le hizo entender que ya estaba hablando demasiado y que había trabajo que hacer. La conversación hubo de terminar abruptamente y Gerardo salió del local con su burrito en la mano. Al darle el primer bocado noto lo que ya antes habían sentido sus manos sin decírselo: estaba frío. Maldita sea, además estaba soso, la lechuga sabía a cartón y la salsa estaba helada por la nevera. De nada le había servido el compadreo con el paisano, al final ese día habría de comer fatal, como venía siendo habitual en esa parte del mundo. Además, le habían cobrado lo que no tenía, si lo llegaba a saber hubiera ido a otro sitio, pero todo era demasiado caro.
Ya no quedaba demasiado dinero en la cuenta, de hecho, quedaba lo justo para llegar a Irlanda y sobrevivir apenas una semana. El día anterior había comprado los billetes. Saldría esa misma madrugada de camino al aeropuerto y cogería el avión a primera hora de la mañana. Sobre el puente de Hammersmith sobre el Támesis se estaba despidiendo de la ciudad donde había pasado un tiempo inolvidable, pero en la que se sentía demasiado atosigado por las emociones como para ser consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Sólo tenía un objetivo claro: volver a ver a Cayetana. Y luego ya se vería. Apuró su cigarrillo y lo lanzó en las aguas marrones del río, que a esa hora de la tarde parecía bajar con cada vez más fuerza como si fuera a llevarse todo a su paso. Emprendió el camino hacia el albergue para recoger sus cosas en la pequeña maleta que acarreaba de un lugar a otro. Paso por delante de la iglesia de San Pablo, una construcción de obra vista sobre un parque junto al cementerio. Recodó una canción de los Beatles y la tarareó mientras pasaba por entre las tumbas que lo miraban sabiendo ya si tendría éxito o no en su empresa, si conseguiría liberarse de aquella carga que pesaba tanto en el corazón y que le resquebrajaba la piel del alma. En el paso de cebra, los taxis negros como un mal agüero, pasaban veloces en dirección opuesta a la acostumbrada.
Llegando ya al edificio que se alzaba en cinco plantas sobre las demás casas adosadas de la zona, se cruzó con un ser salido de otro mundo. Se trataba de un hombre calvo, de unos cincuenta años, que caminaba pesadamente, un poco echado hacia delante, con chepa, mirando un punto invisible al frente. Sobre su pecho rebotaban en cada uno de sus pasos pesados dos grandes tetas bajo un escote amarillo. Sus piernas fuertes vestían una falda sencilla. Al cruzarse, fue tanta la sorpresa de Gerardo que no pudo evitar pararse donde estaba y dejar pasar aquel ser de otro mundo como un animal marino enfadado. Aquella visión lo incomodó, no por el aspecto poco acostumbrado del hombre con tetas, sino por la expresión que llevaba en sus ojos, como si hubiera matado a su amante arrancándole las pelotas y las llevara metidas en el gran bolso negro que arrastraba. En aquella ciudad todos estaban un poco locos, sobre todo en los barrios.

Al entrar en la recepción saludó al recepcionista. Le dijo que aquella sería la última noche que iba a pasara allí y preguntó información sobre el metro y los autobuses. Al parecer, el tren que había de llevarle hasta el aeropuerto, situado a más de una hora de allí, no pasaba durante toda la noche, así que habría de coger el último tren de esa noche, como ya sospechaba. Una vez terminada la conversación el tipo no sonrió ni dijo una frase alentadora como: Buena suerte o Ya nos veremos en otra ocasión o Espero que este tiempo con nosotros hayas estado a gusto. Era un tipo gordo, extranjero en el extranjero, de una nacionalidad imposible por el cruce de razas que operaban en su ADN. Después de un silencio incómodo, Gerardo se dirigió a su habitación para recoger su equipaje, pero decidió recorrer las estancias del hospedaje antes, como despidiéndose de la que había sido su casa durante parte de aquel verano, un lugar al que nunca había logrado acostumbrarse porque los inquilinos cambiaban constantemente y uno se sentía en un espacio limítrofe, como una gasolinera, una autopista o el pasillo de un hospital.
En la sala donde estaba la televisión había una anciana y una pareja de rumanos. Todos se miraron con desconfianza y siguieron a lo suyo, controlando los movimientos del otro por el rabillo del ojo, como si en cualquier momento pudiera pasar cualquier cosa. Gerardo no sabía el suficiente inglés como para entender lo que decía la televisión, tampoco se atrevía a pedir el mando, así que terminó su café aguado de máquina que contaba una libra y se dirigió hacia el breve patio para fumar un cigarrillo. El lugar contaba con mesas pintadas de metal que estaban siempre vacías, era imposible sentarse porque estaban siempre mojadas por la lluvia o la humedad. Un cenicero repleto de colillas mojadas recogió la primera brizna de ceniza de su cigarrillo. Gerardo respiró hondo y el sabor del humo se mezcló con el aire húmedo que traía un olor a tierra mojada que lo deprimía y lo relajaba al mismo tiempo. Unas flores rojas lo miraban en la planta enredadera que crecía sobre la valla del lugar, a pocos pasos de la pared del edificio gris donde estaba él. El cielo encapotado se sentía pesado sobre las espaldas, como si uno tuviera que aguantar su peso. El humo del cigarrillo se elevaba despacio para perderse en ese cielo de panza de burro sin nubes pasajeras y sin sol que lo amparase. Hey, Gerard. Dijo una voz tras de sí y Gerardo se giró sobre sus talones.
-Hola, Mogomby. Cómo estás. -dijo en un inglés muy pobre.
-Mejor que tú, amigo. Tienes mala cara, luces fatal. -dijo Mogomby en un inglés mucho mejor que el suyo. Le dieron ganas de decirle que por lo menos no tenía cara de mono como él, pero se abstuvo y se reprimió por gastar ese humor de perros. Mogomby tenía razón, tenía mala cara, llevaba demasiados días pasando hambre y desesperanza.
-Sí. Esta noche me marcho de viaje, Mogombi.
-¿Adónde?
-Irlanda.
-¿Qué se te ha perdido en Irlanda, mi amigo?
-El amor.
Mogomby puso cara de entender, de comprenderlo todo de hecho. Llevaban cuatro días durmiendo en la misma habitación y habían mantenido conversaciones como habían podido, pero sobre todo habían mantenido largos silencios cómplices. Habían compartido comida, se habían vigilado las cosas mutuamente cuando alguno de los dos debía ausentarse, se habían reído con solo mirarse a los ojos un instante y ver cómo roncaba un compañero o escucharlo contar alguna historia que ambos creían falsa. Gerardo y él se habían hecho buenos amigos en el instante justo de conocerse, y seguirían siendo amigos siempre a pesar de que ambos sabían que esa era la última tarde que iban a pasar juntos. Siempre son las circunstancias las que rigen el destino de las personas y no las decisiones propias, si fuera de otra manera, habrían mantenido el contacto con los años y eso no sucedió nunca. Mogomby sonreía y lo miraba.
-Una chica.
-Claro.
-¿Tu mujer?
-A lo mejor. Espero que un día lo sea, sí. Algún día…
Le pareció ver en las córneas amarillas de su interlocutor un destello de melancolía, como si supiera de antemano el destino de su amigo pero no tuviera pruebas para demostrárselo. O eso le pareció a Gerardo. Quizás Mogomby solo estaba preocupado por sus cosas como encontrar un trabajo pronto, cenar caliente o dormir del tirón.
-Espero que tengas suerte, hermano. No creo. ¿Tienes Facebook? Toma. Este es el mío. Soy Sergine Mogomby. Tú y yo hermanos para siempre. -Dijo sonriendo. Gerardo lo habría abrazado pero le daba miedo expresar sus emociones desde hacía tiempo.
-Gracias, tío. -Dijo en español. -Yo también te deseo suerte.
Apagó el cigarrillo sobre el cenicero mojado y este dejó escapar un siseo como si riera.
…oooOOOooo…
Nota del autor: Este relato continuará la semana que viene y se irá publicando por partes todos los domingos. Espero tener la fuerza y la pericia necesarias para contar la historia completa, y bien.
Siéntete libre de escribir cualquier comentario y de compartirlo con quien tú quieras.
Gracias por estar al otro lado de la página, pues sin ti esta historia no tendría corazón donde vivir.

Deja una respuesta