Nota del autor: Dejo los enlaces de los capítulos anteriores (primera parte, segunda, tercera, cuarta, quinta y sexta) para quienes quieran (re)leer los capítulos previos de esta historia con comodidad antes o después de leer este capítulo. Este relato encuentra cada día más lectores: os lo agradezco.
Embelesado sin moverse
Mientras Gerard esperaba en el cruce no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes aprovechando el escaso sol, los cuervos picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía, pero no llevaba libro alguno. Decidió quedarse de pie fumando un cigarrillo y mirando un poco a todas partes por ver si la divisaba antes que ella a él.
Sentía que las piernas le cimbreaban levemente y tenía que hacer leves esfuerzos para no perder el equilibrio. También sentía una rigidez en el estómago como si lo cubriera una capa de hielo. Su corazón pesaba como una piedra dura, pero seguía latiendo.
El sitio era agradable. El sol había salido, el verde brillaba más y el gris se había atenuado. Los coches pasaban al revés, tranquilos, y el mundo, poco a poco, se iba secando, como si estuviera tendido, suspendido en un espacio-tiempo extraño. En ocasiones se podía sentir cómo el tiempo se solapaba. Gerardo tenía la sensación de haber vivido aquel momento ya, o uno muy parecido a ese, pero no sabía dónde. Cuando despertó de sus cavilaciones y consiguió fijar la mirada, antes perdida, la vio.
Cayetana estaba al otro lado de la calle, en el costado de la acera donde estaba el bar donde trabajaba, un poco más calle arriba. Era en ese lugar donde hacía un par de horas se habían despedido y otra vez volvían a encontrarse. La miró desde su lado, con una sonrisa tensa y triste, como si pidiera perdón por mirarla. Ella hizo como que no lo veía y siguió esperando a que el semáforo se pusiera en verde, atenta a los pocos coches que cruzaban. Al final decidió que lo mejor sería aprovechar que no veía nadie y cruzó.
-¿Cómo estás?
-Ahora estoy mejor. -se le ocurrió decir a él. -Me alegro de volver a verte.
Ella se lo quedó mirando seria. Eran muchas las preguntas que cruzaban por sus ojos pero no encontraba las palabras para formularlas. Gerard la conocía y había visto esa expresión otras veces. Cuántas cosas se aprenden de la otra persona sin darse uno cuenta del todo, hasta que se aleja, y esos aprendizajes quedan en el alma, secándose, inútiles.
-Pensaba que estarías en Londres. -dijo ella al fin.
-Lo estaba… Lo estuve, de hecho, hasta ayer. Pero necesitaba verte. Quería hablar contigo. Nunca quise que todo terminara como… -ella lo tomó de la mano y se calló.
-Vamos a tomar algo. -Cayetana le soltó la mano pronto, quizá su impulso había sido un gesto aprendido e involuntario. Caminaron callados y separados unos metros, como dos desconocidos que fueran a algún sitio anodino: a sacar dinero o a comprar una bombilla. A Gerardo no le importaba su silencio. Miraba un poco a todas partes y a ninguna. Eran las cinco y media de la tarde y no había casi nadie por la calle, Maynooth no respiraba.
-Es aquí.
Llegaron a un bar con las paredes pintadas de granate, muy al estilo de pub irlandés pero sin mimo, un sitio de batalla donde emborracharse de vez en cuando o tomar algo al salir del trabajo. Había un cartel grande escrito con letras ligadas que decía Fitzgerald’s Nest y Gerardo sintió lo de Gerald como una señal positiva del mudo destino. El lugar estaba completamente vacío y parecía estar cerrado. Cayetana intercambió algunas palabras simpáticas con el que parecía el dueño, un guiri calvo con los ojos azules y la piel rosa, el típico veraneante que pronto poblaría las costas mediterráneas. Le sonrió y su cara de vigilante de seguridad pareció dulcificarse un poco, pero cuando volvió la vista hacia Gerardo adoptó el rictus de mono que llevaría siempre. Tomaron asiento en una de las mesas de color caoba, el uno frente al otro.
-Necesito tomar algo. -dijo Cayetana entre dientes. -Te he pedido lo mismo, si no te importa, así me acompañas.
-Claro. -Gerardo no entendía nada. Se quedaron callados hasta que Tommy, que así se llamaba el cabeza plateada, trajo dos copas de Martini blanco con hielo y sin olivas.
-¿Ya no tomas tu café con leche con mucho azúcar? -dijo él en broma.
-Dejé de tomar azúcar hace tiempo. Cheers. -Y brindaron.
El sorbo le supo a Gerardo como un tiro en el estómago vacío, pero disimuló la cara de asco. Ella parecía necesitar de aquella bebida espirituosa para afrontar la conversación.
Más tranquila, Cayetana lo miró por encima de su copa. Un mechón de pelo negro le caía sobre la ceja izquierda. Su mirada lo escrutaba como intentando adivinar sus verdaderas intenciones, como viendo a través de él. Gerard se daba cuenta y se dejaba hacer, sólo le devolvía la mirada intentando no bajar la vista. Al fin se miró las manos.
-Te preguntarás qué demonios estoy haciendo aquí.
-Veo que eres todo un lince.
Gerardo rio la ocurrencia. Por un momento volvió a los viejos tiempos. Cuánto habían reído juntos. Sin duda, aquellas tardes de conversación y risas habían sido lo mejor.
-No tengo ninguna intención rara, sólo tenía ganas de verte, de saber de ti. No terminamos de la mejor manera, que digamos. Sentía la necesidad de venir aquí y…
-Verás, Gerard, yo…
-Sí, ya sé que no quieres nada, que quieres que seamos amigos, y es lo que quiero yo también. Lo único que quiero es que volvamos a ser amigos después de todo y…
No pudo seguir la conversación. Sentía las lágrimas subiendo por dentro de las mejillas y decidió guardar silencio. Ella posó su mano sobre las suyas y las apretó, comprensiva.
-¿Cómo está tu familia? ¿Y a tus hermanas? ¿Cómo les va?
Gerardo agradeció que cambiaran de tema y le explicó lo primero que se le ocurrió. Pronto saltaron de una conversación a la otra y ambos se relajaron. Ahora empezaban a ser dos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo y eso era bueno, era sano. Aunque en el fondo del corazón Gerardo albergara la esperanza diamantina de que aquello evolucionara, que fuera el principio de otra gran historia, pero no lo dijo entonces. Disfrutaba de la compañía de ella y a medida que se iban terminando la bebida, iban sintiéndose cada vez más sueltos y confiados. En un momento ella dijo.
-He dejado al tío con el que estaba para venir aquí contigo, ¿sabes?
-Seguro que era un capullo. -dijo él bajando la guardia. Ella no dijo nada y terminó el vaso. Los hielos chocaron contra el fondo haciendo un sonido a vidrio. Gerard hizo lo propio y terminó la bebida de un trago. Como ahora se sentía más cómodo buscó con la vista al viejo Tommy para que trajera dos copas más, pero no lo encontró. Probablemente estaría sentado en alguna parte frente a una vieja tele de tubo con pantalla plana mirando las carreras de caballos. Ella se levantó y él la siguió también.
-A esta invito yo. Espérame fuera. Vamos a dar una vuelta.
Aquello sonaba bien. Gerardo cogió sus cosas y se levantó. Esperó fuera fumando un cigarrillo mientras ella llegaba. Se sentía genial. Vio a dos cuervos sobre una señal de tráfico y quiso saludarles, hacerse amigo de ellos. Quería trabar amistad con todos los seres. Demonios, lo había conseguido, pensaba, estaba allí con Cayetana tomando algo.
Ella salió pronto y miró a izquierda y a derecha. Luego se le acercó. Tuvo el impulso de darle el cigarrillo que estaba fumando, como hicieran tantas veces, cuando los compartían. Pareció adivinar las intenciones de Gerard y le dijo que prefería su tabaco.
Siguieron calle arriba, un poco más cercanos, manteniendo una conversación calmada sobre grupos de música y conciertos en el verano. Al pasar por delante del Abrevadero’s ella comentó que tendría que volver pronto, dado que entraba a las 19h al turno de la tarde y quedaba menos de una hora. A medida que andaban sentía como ella se iba poniendo nerviosa. Gerardo se preguntaba por qué habría de sentirse así. ¿Es que algún peligro la acechaba en aquel pueblo? Si era así, él la protegería de cualquier amenaza, daría la cara, la vida por ella, no tenía que temer a nada. No quería preguntarle por si el tema la incomodaba, pero sentía que algo malo pasaba entre aquel pueblo y Cayetana. Decidió no darle más importancia y seguirla a paso ligero allá donde estuvieran yendo. Cuando estuviera preparada, ella le contaría lo que pasaba, sólo necesitaba tiempo.
-Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar, ya lo verás.
-¿Ah, sí? ¡Qué bien! -dijo estúpidamente. Se estaban alejando del bullicio de las calles principales, entrando en lo que parecía un parque o zona arbolada. El lugar ideal, pensó.
Cruzaron una cerca abierta cuyos goznes descansaban sobre unos ladrillos oscuros sin rebozar. Parecía la sempiterna puerta abierta de un jardín, pero no lo era. Un camino de asfalto estrecho, lo justo para dos bicicletas o dos transeúntes, se extendía rectísimo hasta donde se perdía la vista. A los lados en la vereda crecía una fina capa de césped natural, más suave y más verde que cualquier variedad de esa hierba que en el mediterráneo se regaba con agua del grifo. Allí crecía de forma natural, sin esfuerzo. Cercaban el camino, a ambos lados, árboles altísimos y frondosos, cuyas copas eran de un verde oscuro desconocido en su península, con cortezas de color chocolate que parecía que se podían morder. No había nadie a lo lejos ni a la vista. Cayetana se relajó. La amenaza que fuera no estaba en aquel lugar, sino que vivía en el pueblo. Gerardo se preguntaba si no se trataría del tipo que trabajaba con ella, un tal Callaghan, a quien viera cuando había ido a verla al Abrevadero’s y no le había dado nada de buena espina.
Mientras ella contaba cosas de su trabajo, Gerard iba armando el discurso, lo que le había venido a decir después de tantos quilómetros, tantas penalidades y noches sin dormir. No podía estar allí haciendo como si nada todo el rato, tenía que actuar ya.
-Ya sabes que no se me da bien mentir y que por eso soy bastante brusco.
Cayetana guardó silencio, dispuesta a escuchar todo lo que tuviera que decir.
-Estoy aquí sin más intención que la de verte, Caye. Algo de mí necesitaba… necesita mirarte a los ojos, estar cerca de ti… para seguir existiendo. Cuando decidí venir aquí no sabía lo que pasaría, estoy aquí y todavía no lo sé, pero si algo tengo claro es que no me arrepiento de haber venido. Te miro y… -la miró a los ojos mientras ella le devolvía la mirada con unos ojos grandes y dulces que daban ganas de besar- soy muy feliz.
Siguieron caminando en silencio. El trazado no tenía una sola curva, parecía que el antiquísimo ingeniero celta había diseñado aquel camino histórico lo más recto posible, seguramente en el equinoccio de otoño o en el de primavera el sol salía o se ponía exactamente por entre los árboles, haciendo que aquello pareciera la vereda que lleva al cielo por la puerta de atrás, una entrada secundaria sólo para alquimistas o enamorados.
-Geri, cuando te fuiste no supe qué hacer. Me sentí tan sola, tan… decepcionada… Y ahora… No sé qué decirte. Que estés aquí me tiene completamente descolocada, yo…
-Yo siempre querré a la persona con la que estuve, Cayetana. No sé si es la persona que ahora tengo delante, no sé si yo soy el mismo de entonces. Han pasado tres años… he vivido muchas cosas, he corrido el mundo, he conocido a mucha gente pero nunca he dejado de quererte… O al menos, de amar aquella persona con la que compartí mi vida.
-No quiero que te culpes. Lo que nos pasó… A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. No hay que darle más vueltas. El tiempo que pasamos juntos fue… maravilloso.
-Una de las cosas que más me duele, que me ha dolido hasta ahora, es que hubieras perdido el tiempo conmigo. Pensaba: Joder, cuántos años invertidos en una relación que no iba ninguna parte… Pero ha pasado el tiempo y, bueno, aquí estoy. Si tú una vez perdiste tu tiempo, ahora lo habré malgastado yo. -Gerardo guardó silencio y dijo. -No sabía que estabas con alguien… no lo supuse porque hablabas conmigo y pensaba…
-Gerard… No estoy con nadie, tonto. Nunca he estado con nadie igual que contigo.
Se miraron el uno al otro. Dos mariposas revoloteaban un poco más allá. Eran grandes, con alas negras y naranjas. Daban un poco de reparo vistas de cerca pero eran preciosas de lejos, nunca vistas por Gerardo. Las mariposas siempre han sido un buen agüero. El sol caía en silencio sobre el camino de piedra mientras se miraban. Movidos por el mismo resorte, por una fuerza ajena a ambos, se abrazaron. Juntaron sus cuerpos como dos piezas magnéticas que encuentran los puntos de anclaje. Sintió el cuerpo de ella entre sus brazos y lo estrechó con toda la fuerza de su corazón, que latía enloquecido como una máquina de vapor bien engrasada. Sentía el corazón de ella debajo del suyo, sus pechos contra su cuerpo, el aroma de su pelo tantas veces evocado sin recordarse del todo. Sus manos bajaron y subieron por su espalda, recorriendo un terreno muy conocido y tanto tiempo añorado, aprendido en noches de desenfreno, en días normales donde nada pasa y solo se observa cómo se marcha una bolsa de plástico movida por el viento como un gato callejero, sentados en el banco de un parque o andando juntos. Ambos respiraron hondo, a la vez, y se despegaron sin separarse, metidos ambos entre los brazos del otro, agarrándose ambas manos sin darse cuenta, ejecutando un movimiento íntimo y privado, grácil, que se quedaría tatuado en la memoria del cuerpo.
-Bésala, idiota. -dijo una voz dentro de Gerardo. Él la miraba embelesado sin moverse.
…oooOOOooo…
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El Pobrecito Escribidor


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