Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

Todos los escritores quieren ser estrellas del rock, pero muchas estrellas del rock quieren ser Stephen King. En mi caso, si tuviera que escoger qué clase de escribidor me gustaría ser, me encantaría parecerme en algo al que considero el gran prosista de nuestro tiempo. Tal afirmación, en un contexto académico, sería tomada como falaz o ligera por los críticos literarios expertos en frases difíciles en revistas especializadas.

Hace un par de meses, andaba paseando por la biblioteca de Reus, ubicada en un antiguo matadero. Me acerqué a la sección de los libros en lengua inglesa y me topé, de nuevo, con una edición de finales de los ochenta, plastificada, en cuya contraportada aparecía la cara de un favorecido Stephen King en blanco y negro. Al darle la vuelta al grueso volumen de setecientas páginas se podía leer el título del mamotreto: Needful Things, Cosas necesarias, traduje al bote. Con el libro en la mano, me acerqué al mostrador donde una avejentada bibliotecaria consultaba su ordenador y le pedí algunos manuales para preparar el examen del C1 de lengua inglesa. La buena mujer me entregó un par de libros manoseados y yo los adquirí todos con la feliz intención de estudiarlos.

Ahí se quedaron, en la mesa de mi escritorio, sin ser apenas abiertos, como tantos otros volúmenes que esperan su turno en mi biblioteca. Lo que sí abrí fue Needful Things, e inmediatamente pude sentir esa vieja brisa conocida de Castle Rock, Maine, que tantas veces me ha embriagado desde la adolescencia, cuando leía las viejas ediciones que me prestaban mis amigos, que habían robado de la biblioteca paterna para que las leyera yo. You have been here before… Sí, viejo amigo joven-King, he estado aquí muchas veces, de hecho, casi puedo oler la tierra húmeda de las lluvias de final de verano en Nueva Inglaterra, puedo escuchar el rumor de los altos árboles movidos por el viento, los coches pasando por las calles rectas de un pueblo de pocos miles de habitantes, el sol sobre el porche blanco recién pintado, el humo del tabaco como un fantasma pequeño que sale del cigarrillo que el viejo Joe está fumando con una Budweiser en la mano.

Con muy pocas palabras, uno se sumerge en ese lugar que parece más real que muchos recuerdos, a la vuelta de unas cuantos caracteres dispuestos en cierto orden mágico. Al cabo de un tiempo indeterminado, las obligaciones me apartan de la lectura, pero queda dentro el veneno inoculado que me hará posponer tantos quehaceres importantes para leer esa vieja novela que adquirí por casualidad en un rincón de la biblioteca de Reus, como si se tratara de un cuento lovecraftiano donde el protagonista encuentra un ejemplar olvidado, que lo acabará sumiendo en una dulce ensoñación destructiva.

Leland Gaunt monta una tienda en la pequeña localidad de Castle Rock, Maine, pueblo inventado donde suceden otras obras maestras de King como Cujo o Dolores Clairbone. En este caso, Gaunt, aka Drácula, monta una tiendecita en Main Street en cuyo toldo verde puede leerse el nombre de la misma: Needful Things. Este simpatiquísimo empresario venderá a los tranquilos habitantes de Rock aquello que más desean: la vieja caña de pescar de un padre muerto hace años, el cromo del jugador de beisbol que nunca salió en la colección infantil, unas gafas que pertenecieron a Elvis cuando era guapo, un simple vaso de cristal decorativo. Los objetos de Gaunt poseen la facultad, no solo de ser exquisitos, sino de curar las enfermedades del cuerpo y del alma de sus poseedores. Por un precio ínfimo, lo que lleves en el bolsillo, el amable Leland, con su chaqueta burdeos de crupier, vende piezas de un valor incalculable. A cambio de este favor, deberás hacer una pequeña broma a un vecino cuando él te lo haga saber en tus pesadillas. Por supuesto, todo el mundo acepta el trato porque se cumplen dos condiciones: Gaunt no te obliga a entrar en su tienda y posee un extraordinario poder de persuasión. En general, las pequeñas bromas que los habitantes del pequeño pueblo de la Costa Este se van gastando entre sí va generando un caldo de odio entre ellos. Sumado al estado de posesión demoníaca que los objetos producen en las personas, pronto empiezan a matarse. La sangre empieza a correr a las pocas páginas y los debates de índole moral asaltan al lector: ¿qué objeto sería el que Gaunt me vendería a mí?

Un sheriff de buen corazón, poco acostumbrado a los sobresaltos, Alan Pangborn, será el héroe que deberá salvar al pueblo de su perdición. A pesar de su noble intención, Pangborn posee un trauma que le causa un dolor indecible: su mujer y su hijo sufrieron un accidente de tráfico mortal y lo último que se dijeron fue algo como: compra pan.

Una vez establecidos en escenario, el monstruo, el conflicto y el héroe, la historia de desarrolla sin mayores sobresaltos que los esperables: agresiones, traiciones, asesinatos de diversa índole. No está en el argumento la verdadera fuerza literaria de King, por lo que tantos lectores lo seguimos y reclamamos el premio Nobel para el Rey. La gracia reside en otro lugar, que pasa inadvertido para la mayoría de los críticos literarios, acostumbrados a leer resúmenes, artículos, fragmentos, pero no un libro en condiciones.

Stephen King ha sabido sintetizar en sus libros sus propios demonios, y por eso sus monstruos dan tanto miedo. Mientras escribía Needful Things, su autor tomaba cocaína asiduamente y se hallaba en un pozo de alcoholismo. Hay algunos personajes en el libro que ayudan a Leland Gaunt, uno es el borracho del pueblo y el otro un viejo acosador adolescente enganchado a la cocaína. Sin romantizar su condición, más bien todo lo contrario, King explora los recovecos más oscuros del alma humana, pero no en las partes más espectaculares, cuando todo explota, sino en los momentos de transición, donde vemos al viejo Hugh Priest volviendo a casa a pie y humillado, incapaz de conducir su coche apestoso, haciendo eses, parándose torpemente delante del escaparate que con letras de molde reza: Needful Things. O al joven Ace Merril, que después de una temporada en la cárcel de Shawshank por tenencia y tráfico de estupefacientes, vuelve al pueblo cargado de odio y de deudas, dispuesto a ajustar cuentas en el sheriff que lo empapeló en su día. Levanté la cabeza con estupefacción cuando lo vi inclinado sobre el mostrador acristalado de la tienda de Leeland Gaunt esnifando dos o tres rayas de cocaína, todo ello narrado con un detalle que extrañamente nunca se ha censurado.

Pero no son los únicos. El concejal Danford Keaton, apodado “Buster” por sus vecinos, está metido en el robo a las arcas públicas de cientos de miles de dólares, en un país donde eso se castiga muy duramente, por una adicción insana a las carreras de caballos, muy populares en la cultura anglosajona. “Buster” Keaton, acosado por la paranoia, termina matando a su propia mujer a martillazos porque la cree metida en una conspiración contra él para enjuiciarlo. La escena se narra con tal brutalidad que a uno se le encoje el estómago o, como diría el propio King, se le arruga la piel de las pelotas.

Otro momento álgido es cuando el primer cliente de La Tienda -nombre que recibe la novela en su versión en español-, el quinceañero Brian Rusk, acaba con su propia vida delante de su hermano menor, advirtiéndole que, bajo ningún concepto, debe ir a la tienda del hombre malo, que en verdad he’s not a men at all. Y mientras el hermanito le grita que no lo haga, que le está asustando, el atribulado Brian apoya la base de la barbilla contra el cañón de la escopeta paterna y aprieta el gatillo con el dedo pulgar de su pie derecho. Los sesos vuelan contra la pared del garaje y el pobre chiquillo sufre un shock que desencadenará el final trepidante de la novela al enterarse Allan Pangborn de la última advertencia que hizo el adolescente suicida, la cual lo pone en la pista del artífice de todas las muertes que llevan produciéndose en su pueblo: Leland Gaunt.  

En el desenlace todo explota, literalmente, y para mi gusto es demasiado efectista, una americanada. Uno entiende que si algún crítico viera la película o sólo leyera ese final improvisado, catalogaría la obra erróneamente entre los miles de superventas sin valor que pueblan los estantes de las librerías y de los grandes almacenes, como lo hacen los libros de King. Los críticos, que nunca le darán el Nobel a uno de los mejores prosistas de nuestro tiempo, son ajenos al embrujo de lugares como Castle Rock, que se quedan para siempre en la memoria de uno como si hubiéramos pasado un otoño en sus calles.

Al final, Leland Gaunt huye en su coche después de que el sheriff Pangborn consiga frustras sus planes. El coche impecable se transforma en un carruaje negro con sendos caballos negros que sale volando con Leland Gaunt gritando de odio sobre el negro pescante. Mientras, los habitantes de Castle Rock despiertan de su sueño destructivo y observan la luz rutilante en el cielo por donde Drácula se esfuma. Después de los abrazos, la obra vuelve al principio, You have been here before, y ahora estamos en un pueblo ignoto de Iowa, donde ha aparecido una tienda en el down town: Promesas complidas. Vuelta a empezar en la rueda, en otro lugar del mundo, que para un norteamericano siempre es Estados Unidos. El mal, como el bien, nunca descansa.

La novela termina pero casi se puede oír el eco de las teclas de la máquina de escribir, como el crepitar de una hoguera encendida de donde saldrán monstruos inolvidables.

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Muchas gracias por el arte de leer. Nos vemos por los textos. Un abrazo, El Pobrecito Escribidor

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