Arbolé arbolé, seco y verdé. Recuerdo a un compañero de mi promoción, en quinto o sexto de primaria, recitando este poema de Lorca, delante de toda la clase. Y llevados por la magia de la poesía, lo mirábamos en silencio, lo admirábamos con la fascinación propia de los niños a esa edad, queríamos ser como él. Luego el alumno se sentaba en su pupitre y el profesor Castillo de la Escola Mossèn Ramón Bergadà lo felicitaba. Era el momento de que saliera otro compañero: me tocaba a mí. La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira, el niño la está mirando. Otra vez Lorca.
A esa edad yo desconocía muchas cosas. Más tarde comprendí que la luna simbolizaba la muerte y que el niño, al final del poema, tiene los ojos cerrados porque ya no volverá a despertarse nunca, y que por eso por el cielo va la luna con un niño de la mano. Es cierto, lo comprendí más tarde, suponiendo que hoy lo haya comprendido del todo. Pero lo aprendí entonces, en la infancia, en un aula del segundo piso, al fondo del pasillo, donde daba clases el profesor Castillo, de cuyo nombre no quiero -porque no puedo- acordarme. Ese curso, aprendí a amar la literatura. Y ese mismo amor me acompaña hoy, y es el mismo amor que me llevaré cuando la luna decida ir conmigo de la mano.
Las cosas en el plano educativo han cambiado en veinticinco años. De hecho, cuando el profesor Castillo nos daba clases, él era el más diferente: nunca usaba libros de texto, nos hacía aprender poemas de memoria, fumaba a veces en el quicio de la puerta -o así me gusta recordarlo- y nos llevaba a los ordenatas, aparatos maravillosos que para él suponían el mayor regalo del futuro, porque nos daban acceso al internete, donde se guardaba toda la poesía del mundo mundial. Sois muy afortunados, nos hizo saber.
Hablando con los amigos, después de nuestros respectivos trabajos, recordando los viejos tiempos, cuando nos referimos a algún profesor de nuestro colegio, el primero, siempre es el profesor Castillo. Unos nos decantamos por las letras, otros por las ciencias, pero él fue alguien especial para quienes tuvimos la suerte de encontrárnoslo. Además, no solo nos daba lengua castellana, sino también la asignatura de plástica. El trabajo más famoso que recuerdo era el de montar un balón de fútbol con cartulinas. Siempre he sido bastante torpe con las manualidades, pero el profesor Castillo consiguió que realizara entonces figuras geométricas que no sería capaz de reproducir hoy en día. En una de nuestras quedadas, un compañero dijo que había encontrado el balón en el trastero de su casa, después de tantos años, roto por un costado. Descubrió que había algo en su interior, sonaba como algo ligero y suelto. Lo vació sobre su mano y encontró un papel doblado. Al abrirlo leyó su nombre completo y su edad: nueve años.
Hay personas que tienen magia. Ser profesor debe ser una de las profesiones más bellas que quedan en el mundo. La razón de esto es simple: el trabajo del maestro es la obligación que debería tener todo ser humano: enseñar. Coger de lo estudiado, de lo vivido, los frutos más dulces y compartirlos con los alumnos. Luego viene el esfuerzo. Hoy se proponen cientos de teorías y algoritmos para motivar al alumnado que ya no quiere estudiar, que ya no quiere leer, que ya no quiere saber. Pero eso no es cierto. Cualquier inspector de educación reprendería la actitud de nuestro viejo profesor Castillo conforme a unas leyes que dictaron aquellos que nunca pisaron un aula para dar clase, que imaginaron cómo debería ser la educación, pero que nunca la practicaron. Y estoy seguro de que eso lo sabía el profesor Castillo. Y presentaba singular batalla con un sistema que fomentaba el empobrecimiento del intelecto, y, por tanto, del alma.
Pero no se rindió. Siguió a lo suyo y lo consiguió, si no en general, lo consiguió conmigo, con nosotros, con generaciones de constantinenses que lo tuvimos como maestro. Han pasado los años y hoy yo mismo soy profesor de secundaria. A veces, cuando la clase se pone cuesta arriba, recito poemas de memoria y mis alumnos me miran con los ojos como platos. Y me dicen admirados: ¡Cuánto sabes, profe! No pierdo el tiempo explicándoles que esos poemas me los enseñó un viejo profesor algo rebelde y bohemio que impartía clases en un aula del segundo piso al fondo del pasillo. No hay tiempo para explicar que entrar en esa aula era penetrar en un mundo mágico. No llego sincerarme tanto como para decir que me gustaría ser un poquito para con ellos lo que fue para conmigo el profesor Castillo. Y su mejor enseñanza, al fin, era muy simple:
-Queridos, la magia está en este mundo, está dentro de vosotros: la magia existe.
Y como dijo Lope cuando hablaba sobre el amor, es de verdad: quien lo probó lo sabe.

Deja una respuesta