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  • Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

    Monstruos inolvidables: reseñando a Stephen King

    Todos los escritores quieren ser estrellas del rock, pero muchas estrellas del rock quieren ser Stephen King. En mi caso, si tuviera que escoger qué clase de escribidor me gustaría ser, me encantaría parecerme en algo al que considero el gran prosista de nuestro tiempo. Tal afirmación, en un contexto académico, sería tomada como falaz o ligera por los críticos literarios expertos en frases difíciles en revistas especializadas.

    Hace un par de meses, andaba paseando por la biblioteca de Reus, ubicada en un antiguo matadero. Me acerqué a la sección de los libros en lengua inglesa y me topé, de nuevo, con una edición de finales de los ochenta, plastificada, en cuya contraportada aparecía la cara de un favorecido Stephen King en blanco y negro. Al darle la vuelta al grueso volumen de setecientas páginas se podía leer el título del mamotreto: Needful Things, Cosas necesarias, traduje al bote. Con el libro en la mano, me acerqué al mostrador donde una avejentada bibliotecaria consultaba su ordenador y le pedí algunos manuales para preparar el examen del C1 de lengua inglesa. La buena mujer me entregó un par de libros manoseados y yo los adquirí todos con la feliz intención de estudiarlos.

    Ahí se quedaron, en la mesa de mi escritorio, sin ser apenas abiertos, como tantos otros volúmenes que esperan su turno en mi biblioteca. Lo que sí abrí fue Needful Things, e inmediatamente pude sentir esa vieja brisa conocida de Castle Rock, Maine, que tantas veces me ha embriagado desde la adolescencia, cuando leía las viejas ediciones que me prestaban mis amigos, que habían robado de la biblioteca paterna para que las leyera yo. You have been here before… Sí, viejo amigo joven-King, he estado aquí muchas veces, de hecho, casi puedo oler la tierra húmeda de las lluvias de final de verano en Nueva Inglaterra, puedo escuchar el rumor de los altos árboles movidos por el viento, los coches pasando por las calles rectas de un pueblo de pocos miles de habitantes, el sol sobre el porche blanco recién pintado, el humo del tabaco como un fantasma pequeño que sale del cigarrillo que el viejo Joe está fumando con una Budweiser en la mano.

    Con muy pocas palabras, uno se sumerge en ese lugar que parece más real que muchos recuerdos, a la vuelta de unas cuantos caracteres dispuestos en cierto orden mágico. Al cabo de un tiempo indeterminado, las obligaciones me apartan de la lectura, pero queda dentro el veneno inoculado que me hará posponer tantos quehaceres importantes para leer esa vieja novela que adquirí por casualidad en un rincón de la biblioteca de Reus, como si se tratara de un cuento lovecraftiano donde el protagonista encuentra un ejemplar olvidado, que lo acabará sumiendo en una dulce ensoñación destructiva.

    Leland Gaunt monta una tienda en la pequeña localidad de Castle Rock, Maine, pueblo inventado donde suceden otras obras maestras de King como Cujo o Dolores Clairbone. En este caso, Gaunt, aka Drácula, monta una tiendecita en Main Street en cuyo toldo verde puede leerse el nombre de la misma: Needful Things. Este simpatiquísimo empresario venderá a los tranquilos habitantes de Rock aquello que más desean: la vieja caña de pescar de un padre muerto hace años, el cromo del jugador de beisbol que nunca salió en la colección infantil, unas gafas que pertenecieron a Elvis cuando era guapo, un simple vaso de cristal decorativo. Los objetos de Gaunt poseen la facultad, no solo de ser exquisitos, sino de curar las enfermedades del cuerpo y del alma de sus poseedores. Por un precio ínfimo, lo que lleves en el bolsillo, el amable Leland, con su chaqueta burdeos de crupier, vende piezas de un valor incalculable. A cambio de este favor, deberás hacer una pequeña broma a un vecino cuando él te lo haga saber en tus pesadillas. Por supuesto, todo el mundo acepta el trato porque se cumplen dos condiciones: Gaunt no te obliga a entrar en su tienda y posee un extraordinario poder de persuasión. En general, las pequeñas bromas que los habitantes del pequeño pueblo de la Costa Este se van gastando entre sí va generando un caldo de odio entre ellos. Sumado al estado de posesión demoníaca que los objetos producen en las personas, pronto empiezan a matarse. La sangre empieza a correr a las pocas páginas y los debates de índole moral asaltan al lector: ¿qué objeto sería el que Gaunt me vendería a mí?

    Un sheriff de buen corazón, poco acostumbrado a los sobresaltos, Alan Pangborn, será el héroe que deberá salvar al pueblo de su perdición. A pesar de su noble intención, Pangborn posee un trauma que le causa un dolor indecible: su mujer y su hijo sufrieron un accidente de tráfico mortal y lo último que se dijeron fue algo como: compra pan.

    Una vez establecidos en escenario, el monstruo, el conflicto y el héroe, la historia de desarrolla sin mayores sobresaltos que los esperables: agresiones, traiciones, asesinatos de diversa índole. No está en el argumento la verdadera fuerza literaria de King, por lo que tantos lectores lo seguimos y reclamamos el premio Nobel para el Rey. La gracia reside en otro lugar, que pasa inadvertido para la mayoría de los críticos literarios, acostumbrados a leer resúmenes, artículos, fragmentos, pero no un libro en condiciones.

    Stephen King ha sabido sintetizar en sus libros sus propios demonios, y por eso sus monstruos dan tanto miedo. Mientras escribía Needful Things, su autor tomaba cocaína asiduamente y se hallaba en un pozo de alcoholismo. Hay algunos personajes en el libro que ayudan a Leland Gaunt, uno es el borracho del pueblo y el otro un viejo acosador adolescente enganchado a la cocaína. Sin romantizar su condición, más bien todo lo contrario, King explora los recovecos más oscuros del alma humana, pero no en las partes más espectaculares, cuando todo explota, sino en los momentos de transición, donde vemos al viejo Hugh Priest volviendo a casa a pie y humillado, incapaz de conducir su coche apestoso, haciendo eses, parándose torpemente delante del escaparate que con letras de molde reza: Needful Things. O al joven Ace Merril, que después de una temporada en la cárcel de Shawshank por tenencia y tráfico de estupefacientes, vuelve al pueblo cargado de odio y de deudas, dispuesto a ajustar cuentas en el sheriff que lo empapeló en su día. Levanté la cabeza con estupefacción cuando lo vi inclinado sobre el mostrador acristalado de la tienda de Leeland Gaunt esnifando dos o tres rayas de cocaína, todo ello narrado con un detalle que extrañamente nunca se ha censurado.

    Pero no son los únicos. El concejal Danford Keaton, apodado “Buster” por sus vecinos, está metido en el robo a las arcas públicas de cientos de miles de dólares, en un país donde eso se castiga muy duramente, por una adicción insana a las carreras de caballos, muy populares en la cultura anglosajona. “Buster” Keaton, acosado por la paranoia, termina matando a su propia mujer a martillazos porque la cree metida en una conspiración contra él para enjuiciarlo. La escena se narra con tal brutalidad que a uno se le encoje el estómago o, como diría el propio King, se le arruga la piel de las pelotas.

    Otro momento álgido es cuando el primer cliente de La Tienda -nombre que recibe la novela en su versión en español-, el quinceañero Brian Rusk, acaba con su propia vida delante de su hermano menor, advirtiéndole que, bajo ningún concepto, debe ir a la tienda del hombre malo, que en verdad he’s not a men at all. Y mientras el hermanito le grita que no lo haga, que le está asustando, el atribulado Brian apoya la base de la barbilla contra el cañón de la escopeta paterna y aprieta el gatillo con el dedo pulgar de su pie derecho. Los sesos vuelan contra la pared del garaje y el pobre chiquillo sufre un shock que desencadenará el final trepidante de la novela al enterarse Allan Pangborn de la última advertencia que hizo el adolescente suicida, la cual lo pone en la pista del artífice de todas las muertes que llevan produciéndose en su pueblo: Leland Gaunt.  

    En el desenlace todo explota, literalmente, y para mi gusto es demasiado efectista, una americanada. Uno entiende que si algún crítico viera la película o sólo leyera ese final improvisado, catalogaría la obra erróneamente entre los miles de superventas sin valor que pueblan los estantes de las librerías y de los grandes almacenes, como lo hacen los libros de King. Los críticos, que nunca le darán el Nobel a uno de los mejores prosistas de nuestro tiempo, son ajenos al embrujo de lugares como Castle Rock, que se quedan para siempre en la memoria de uno como si hubiéramos pasado un otoño en sus calles.

    Al final, Leland Gaunt huye en su coche después de que el sheriff Pangborn consiga frustras sus planes. El coche impecable se transforma en un carruaje negro con sendos caballos negros que sale volando con Leland Gaunt gritando de odio sobre el negro pescante. Mientras, los habitantes de Castle Rock despiertan de su sueño destructivo y observan la luz rutilante en el cielo por donde Drácula se esfuma. Después de los abrazos, la obra vuelve al principio, You have been here before, y ahora estamos en un pueblo ignoto de Iowa, donde ha aparecido una tienda en el down town: Promesas complidas. Vuelta a empezar en la rueda, en otro lugar del mundo, que para un norteamericano siempre es Estados Unidos. El mal, como el bien, nunca descansa.

    La novela termina pero casi se puede oír el eco de las teclas de la máquina de escribir, como el crepitar de una hoguera encendida de donde saldrán monstruos inolvidables.

    Nota del autor: Si te gustó este texto, no dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Muchas gracias por el arte de leer. Nos vemos por los textos. Un abrazo, El Pobrecito Escribidor

  • En el umbral

    En el umbral

    Les presento una historia de terror que tiene como protagonista a mi estimado autor de horror, Stephen King. Si alguna vez me hubiera gustado escribir como alguien, sin duda sería como él escribe. Habrá tiempo en este espacio de reivindicar a este escritor, pero hoy vamos con la historia.
    Este relato está basado en hechos y personajes reales, pero algunas partes se han ficcionado porque no pretendemos hacer una biografía, sino una historia de terror-horror que ustedes disfruten.
    Espero que lo hagan tanto como yo cuando he devorado los libros del gran SK.
    Feliz Semana de Halloween allà donde se encuentren. Un abrazo de su
    Pobrecito Escribidor

    Suena el despertador y Steve ya está despierto. Su mujer aún duerme. Va de camino al trabajo. Conduce por la carretera. El paisaje es desolador a esa hora de la mañana, la radio suena y escupe noticias. Es 1971. No le gusta ese trabajo. Su mujer está embarazada. Tiene problemas. Es un joven profesor de lengua. Lleva barba. Bebe alcohol por las noches. No tiene un duro. No sabe cómo va a pagar las facturas.

    Casi no conoce a los alumnos. El señor Stuart se ha enfermado. Tendrá trabajo para el resto del curso. ¿Debería estar satisfecho? La clase transcurre en la biblioteca. Hay una alumna que no trabaja. Está pintando sobre un folio. Los alumnos arman jaleo. Nadie lo escucha ni le hace caso. Se estresa, hay mucho ruido en el ambiente y le duele la cabeza.

    Diablos, odia ese trabajo. Recuerda a su gato. Coge al gato por el cogote y lo estruja. El animal abre las fauces, saca los dientes, emite un bufido largo y amenazador, espera su oportunidad. Le recuerda a una entidad diabólica, a un demonio de baja estofa. No sabe por qué piensa en eso mientras pasea por el aula. Le pregunta a la niña qué está haciendo. La niña sigue dibujando, con obsesión. Tiene que demostrar su autoridad.

    Pega un fuerte, fortísimo, golpe en la mesa donde la niña dibuja. Tiene el pelo muy rubio, casi blanquecino, apelmazado y sucio. Cómo te llamas. No responde. Decide quitarle de un tirón el folio donde está escribiendo. El corazón le va a mil por hora, intenta que no se le noten las emociones. El silencio en el aula es tenso. Todos los niños están observando la escena con atención. Observan como felinos el desenlace de la escena. O gana él o pierde la autoridad. Es un momento definitivo para el joven profesor. La niña levanta la cabeza. Sus ojos están enfermos, sus pupilas son enormes y el blanco de los ojos es rojo. La piel es pálida, amarillenta. Las babas caen de la comisura de sus labios. La niña lo mira con una expresión rabiosa. Steve tiene miedo, intenta que no se le note. Tiene la mano apoyada sobre la mesa. La niña estira su mano y agarra a Steve por el antebrazo. Y aprieta. Aprieta muchísimo, con una fuerza sobrenatural para ser una niña, una maldita niña, una niña maldita. Le salen arrugas en los ojos, en las mejillas. Como si la niña fuera muy vieja, tan vieja como el mundo.

    Steve intenta zafarse, pero no puede. Los niños se ponen nerviosos. La niña dice algo, pero no lo entiende. Sus dientes son amarillos, sucios, afilados. Toda ella es amarillenta, hedionda, grasienta. Es como si estuviera muerta. De hecho, está muerta. Con una fuerza aún mayor, empieza a retorcer el brazo de Steve. Si no se lo suelta se lo va a romper. No puede chillar. No quiere perder la autoridad. No sabe cómo solucionar el conflicto, evidentemente, no puede pegarle a la niña para liberarse. Menos aún frente a un montón de pequeños testigos. Estás castigada, grita. La niña lo suelta. Respira entrecortadamente por la rabia. De su pecho sale una voz ronca, como oxidada. Profe, no conocemos a esta alumna, dice uno de los niños. Es nueva de esta semana, dice otro.

    Nadie sabe quién es esa niña. Nadie le ha dicho que hubiera algún alumno nuevo. Al fin y al cabo, él es el nuevo profesor. Estás castigada, grita, sal de mi clase. Vete a la sala de los castigados. Steve abre la puerta y espera. Los niños empiezan a ponerse nerviosos de nuevo, se divierten, se exitan. El ruido es insoportable. Tiene miedo. Quiere salir huyendo de ahí, pero necesita el dinero. Su mujer está embarazada. No puede dejar el aula sola en ningún momento, son las normas. Pero sabe que corre peligro. Steve está junto al quicio de la puerta y grita. Vete, te he dicho que te vayas, vete ahora mismo de mi clase. La niña se levanta. Es pequeña, demasiado para su edad. Sus ropas son antiguas, sucias de meados. Nadie sabe qué va a pasar. Steve no sabe cómo controlar la situación. La niña corre, no se dirige a la puerta, va directamente a por Steve. Tiene algo puntiagudo que destella bajo el flexo del aula. Parece un cuchillo, un pincho, una navaja larga. Steve se arrincona contra la pared. Estira las manos estúpidamente. No logra contener los brazos ni el cuerpo de la niña que sonríe, que consigue esquivarle y clavarle la hoja fría en las tripas. Steve se muere, Steve se ahoga, no puede respirar.

    -Steve, cariño. Steve…

    -Otra vez esa estúpida pesadilla, Taby.

    -Estabas hablando. Y chillabas. ¿Estás bien? Últimamente estás un poco estresado.

    -¿Qué hora es?

    -Es sábado.

    -Es mejor que me levante. Prepararé café.

    -Steve, recuerda que queríamos llevar a los niños al parque acuático.

    -Id vosotros. Hoy tengo trabajo. Tengo una idea, una buena historia.

    Tabitha no dice nada. Se limita a suspirar y a permanecer en la cama. Los niños aún duermen en el piso de arriba. La casa está tranquila. Steve enciende un cigarro y se encamina hacia el sótano donde tiene la máquina de escribir. Le gusta escribir por la mañana, cuando todo el mundo duerme y el cuerpo aún está en el mundo onírico. La mente trabaja mejor mientras se despierta. Hace años que es un escritor profesional. Es un tipo con suerte. Sus dos hijos ignoran lo cerca que han estado de ser chicos pobres.

    Steve tiene un don. Puede sentarse frente a la máquina de escribir y entrar en una especie de trance. La historia se desarrolla sola y el sonido de las teclas duras es frenético, acompasado, como si tuviera una fábrica. Solo se detiene cuando tiene la necesidad de encenderse un cigarro, abrir una cerveza o abrir el cajón del escritorio y sacar esos polvos blancos cuya existencia era preferible que los niños desconocieran. De hecho, Owen y Joe sabían desde pequeños que nunca había que bajar al sótano y molestar a papá mientras trabajaba o bebía, pues muchas veces era lo mismo. Pasaban las horas y Steve subía satisfecho. Comía algo y se ponía a ver la tele hasta que sus hijos llegaban del colegio. Los fines de semana solía descansar, pero esta vez es diferente. No tiene humor para nada. Solo quiere encerrarse a trabajar, a beber. Cuando trabaja es feliz. Se siente nervioso, como en su sueño. Últimamente ese sueño es recurrente, pero es extraño. Hace unos años que abandonó la docencia. En cuanto pudo dedicarse a la escritura, dejó esa profesión que nunca le gustó. Prefería mil veces el empleo en la gasolinera, en el turno de noche. Cuando podía sentarse a escribir en la libreta durante las largas horas en soledad. Es verdad que a veces uno se sentía profundamente abandonado en mitad de la nada. El peligro era evidente. Pero esa sensación dotaba a sus historias de un color especial. Al fin y al cabo, es un escritor de historias de terror.

    Es 1981. Tiene treintaitrés años, dos hijos preciosos y una mujer que lo ama y le perdona sus vicios y sus malos humos de genio. Él, a cambio, se había mantenido fiel a pesar de la fama y los focos. Le gustaba ser un genio, pero no le interesaba ni la fama ni el mundo. El dinero sí. A quién en Norteamérica no le interesa el dinero. Pero no era lo más importante. Para ser escritor, lo primero que hay que tener es ambición por contar historias. Podía dejar la mente volar y ella sola encontraba los caminos adecuados. A veces, él mismo se sorprendía de las tramas que salían de entre sus dedos. Y se espantaba. Entonces tomaba un poco de cocaína y se sentía bastante mejor. Y seguía.

    Steve pone la radio. Suena una emisora intrascendente de música rock. No le interesa la música, solo el ritmo. Le gusta escribir con música y fundirse con ella. Quiere profundizar en la pesadilla que ha tenido. Aprovecharla para uno de sus relatos. Escribir también sirve para conocerse, para explorar los rincones más oscuros de su ser. Aquel era un sueño muy antiguo, de cuando era profesor y su mujer estaba embaraza de Joe, que es el mayor. Se habían conocido en la universidad. Se habían enamorado y él la había dejado embarazada. Hubiera preferido conocer a más chicas. Pero nunca fue un donjuán. Hay que tomar la vida como viene. Ahora era multimillonario. Todas las mujeres querían tener un afer con una celebridad como él. Pero tenía que aguantarse.

    Diablos, amaba a Taby. Le estaba dando mala vida. Hacía tiempo que no hacían el amor. Además, habían empezado las pesadillas y el libro de cuentos no terminaba de convencerle. Podría haberse olvidado de escribir y haberse dedicado a disfrutar de la vida. Sus libros habían sido llevados al cine y recaudaban millones de dólares. Pero si no escribiera, Steve se habría volado los sesos con la escopeta. Escribir es un trabajo como cualquiera. Odiaba las entrevistas donde lo trataban como a un bicho raro. Era un tipo absolutamente normal, con algunos vicios insanos como la narración de historias de terror. Taby era su compañera, su primera y mejor lectora. Merecía algo mejor que él.

    Los niños hacía tiempo que vivían sin padre, pero parecía que no se daban cuenta. Eran unos buenos chicos, serían unos hombres excepcionales. Es verano y deberían pasar tiempo juntos, recuerdos en familia. Lo mejor sería dejar aparcada la máquina de escribir por un tiempo: los cuentos últimamente eran bastante flojos. Sus novelas se vendían muy bien. Lo había decidido. La semana siguiente saldrían de viaje.

    -Cariño, la semana que viene iremos de viaje.

    -¿A dónde?

    -Donde no nos conozcan, donde no nos molesten a nosotros ni a los niños.

    -¿Europa?

    -Por qué no.

    -¿Qué tal España?

    -¿Dónde está eso?

    -Al sur de Europa, cerca de África.

    -África es peligroso, Taby.

    -Siempre fuiste un desastre en geografía, Stevie.

    Ambos rieron y se abrazaron. Los niños ya estaban despiertos. Si aún durmieran, habrían hecho el amor allí mismo. Owen y Joe saltaban de alegría con la idea del viaje a España. Taby se ocuparía de todo. Ahora se marchaban al parque acuático. Adiós, adiós, papá tiene cosas que hacer en casa. Tiene trabajo. Steve vuelve al sótano. La radio sigue sonando. Aún no ha escrito una sola línea. Lee un par de folios con la intención de corregirlos, pero solo puede pensar en la cara putrefacta de la niña. Por fin decide escribir algo para desentumecer los dedos, por lo menos. Luego ya lo descartaría.

    El coche circulaba pesadamente sobre el asfalto y se cruzó con una ambulancia. Aun estaban encendidas las farolas de Castle Rock. Era su primera semana en el nuevo trabajo: profesor de lengua inglesa en un instituto. Odiaba su vocación. Hubiera sido mejor hacerse periodista. Por lo menos habría podido vivir de lo que escribía, aunque fuera necrológicas o estúpidas noticas deportivas. Cualquier cosa era mejor que eso.

    La ambulancia se perdía en retrovisor y pensó que era un mal augurio ver una. Tenía una sensación extraña, como si fuera él quien estaba dentro de la ambulancia. En fin, tonterías. Encendió un cigarrillo y bajó un poco la ventanilla a pesar del frío de la mañana. La radio vomitaba noticias que no le interesaban. Diablos, estaba nervioso. Nunca habría aceptado el trabajo si no fuera por ella. Necesitaban la pasta, maldita sea.

    Steve se levanta de la silla. A quién quiere engañar, quería una excusa para quedarse solo. Sube las escaleras, llega a la cocina y se coge una cerveza fría. No ha desayunado, pero no tiene hambre. Enciende la televisión y echan una película de vaqueros. Piensa en que se han acabado los setenta y que odia la música disco. El rock nunca morirá.

    Steve suelta las maletas en el vestíbulo de la entrada. Los niños corretean alegremente por el salón y exploran las estancias de la casa. Sus voces llegan desde cada vez más lejos. Owen tiene cuatro años y Joe nueve. Son buenos chicos. Joe saca buenas notas en el colegio a pesar de que su padre es un drogadicto. Demonios, trabaja demasiadas horas al día. No lo necesita, pero cuando trabaja es en los únicos momentos en los que realmente es feliz. Cada día tiene la cara más huesuda y está más delgado. Su mujer le ha pedido varias veces que deje la nariz solo para respirar, que ya es bastante. Pero Steve no tiene suficiente con respirar. Espera que este viaje lo ayude a apartarse de eso.

    España huele a campo y hace mucho calor, es verano. A pesar de que corre una brisa fresca, la casa le parece un maldito horno. Lleva arrepintiéndose del hacer ese viaje casi desde el mismo momento en el que le propuso a su mujer ir de vacaciones. No sabe nada de este país, que es como México, pero mucho más lejos en avión. Nadie habla inglés. El taxista ha tenido problemas para traerlos hasta el caserón. Menos mal que Taby estudió en la universidad un curso de español y se ha podido hacer entender.

    La casa es bastante vieja. La televisión parece de otra época. La enciende y los pocos canales hablan en una cháchara incompresible para él. Decide apagarla y se dirige a la nevera: necesita urgentemente un trago, aunque sea de cerveza. Por fortuna hay suficientes botellas para emborracharse. Ese va a ser su plan del día. Está cansado.

    -Papi, ¿saldremos de paseo?

    -Quizá luego, Owen. Ahora papá necesita un descansito.

    -Porfa papi, porfa…

    -Ya te he dicho que no.

    -El sótano está lleno de cosas. Hay unas cajas enormes y figuras muy raras.

    -Anda, ve a jugar con tu hermano al sótano.

    -Niños, dejad a papá. Necesita descansar un poco.  

    -Estos críos no se cansan con nada.

    -Steve, son niños, están en edad de jugar.

    -Cariño, soy escritor. No tengo tiempo para tonterías.

    Taby se marcha sin decir nada más. Ha notado ese deje de odio en la voz que cada vez soporta menos. Atraviesan una mala racha. El matrimonio es difícil para un genio. La familia, las obligaciones conyugales, todo eso sobra cuando se trata de escribir. No tiene ganas de pasar más tiempo ocioso sin hacer nada. Si pudiera volvería a Estados Unidos en el primer vuelo que saliera esa misma noche. Pero su matrimonio se tambalea y sabe que sin Taby su vida sería aún más gris, más triste incluso que la vida de sus personajes.

    Los niños han salido al jardín. Son las cinco de la tarde y hace un sol abrasador. Su mujer también ha salido y ha cerrado la puerta principal de un portazo. Steve acaba de terminarse la cerveza: la verdad es que su sabor no es malo, quizás no esté tan mal después de todo. Enciende un cigarrillo bajo en nicotina -pretende dejar de fumar, su madre murió de cáncer- y pasea por la casa. Ahora repara en los muebles y en la distribución de las habitaciones. Es una casa antigua, como de una deslucida época victoriana. Tiene dos pisos y es casi tan grande como su mansión en Portland, Maine.

    La planta inferior consta de un salón enorme. La luz del sol es amarilla y baña los muebles de madera con una intensidad desconocida para él. Se siente en medio de África, pero parece ser que aún se encuentra en Europa. Imagina la vida anterior en aquel lugar. Le han dicho que pertenecía a una familia apoderada, venida a menos por una guerra. Ahora la alquilaban a turistas ricos, esencialmente franceses. Unos amigos de Taby se la recomendaron y ella siempre quiso pasar unos días allí. La guerra quedaba bastante lejos. Le gustaba pensar que quizá allí fusilaron a alguien, o se escondieron tras una habitación secreta hasta que pasaron los tiros, la algarabía de las tropas asesinas.

    Como buen americano, desconoce muchos datos de la historia de Europa y no le interesan en absoluto. Abre una segunda cerveza y sube los escalones que conducen a la planta superior donde están los dormitorios. Los niños prefieren dormir juntos, sobre todo Owen. Su cuarto consta de dos camas. Por las arrugas sobre el edredón deduce que han estado saltando sobre ellas, a pesar de que lo tienen prohibido. Maldita sea. El suelo de madera reluce. Hay que decir que a pesar de tanta madera no hay una sola pelusa.

    -En este país son muy pulcros. Demasiado. Algo raro les pasa.

    Para hacerse un poco con el lugar, deja caer la ceniza al suelo. Camina por el pasillo. Al fondo está la habitación de matrimonio. En las paredes hay óleos con escenas de caza: perros persiguiendo a perdices, bodegones, paisajes en marismas y cielos aceitosos. La atmósfera es pesada. Dar un paso tras otro parece que le cuesta. Lo atribuye al viaje.

    La cama de matrimonio es bastante amplia. Hay un espejo en una pared, una cómoda, un armario y un crucifijo sobre la cama. Steve no es católico. Descuelga el crucifijo y lo mira con atención: ¿qué clase de chalados podrían adorar a un tipo clavado en una cruz? Abre uno de los cajones de la cómoda y lo deposita dentro. Taby ha deshecho las maletas y ha puesto todas las prendas en el armario. Es una mujer intachable, la quiere.

    Se dirige hacia el ventanal y la ve con los niños en el jardín. Hay árboles altos y frondosos que no suelen verse en América, aunque la vegetación no es muy exuberante. Los niños están tirando migas de pan dentro de un estanque. Parece que hay truchas. Abre la ventana y lanza el cigarrillo. Los niños se han girado al escuchar el rechinar de las bisagras. ¡Hola, papá! ¡Baja a ver los peces! Exclama Joe. Decide reunirse con ellos.

    Una vez en el exterior se siente bastante mejor. Los pájaros canturrean en un tono diferente. El clima es mucho más benigno que en Nueva Inglaterra. Se acerca al estanque y besa a Taby en la nuca. Dos carpas enormes nadan de un lado a otro en el estanque y cazan las migas de pan que van lanzándoles los niños, con sus enormes bocas. Producen un sonido acuático que le relaja, un glup-glup que lo adormece. Allí, juntos los cuatro, frente al estanque mientras cae la tarde, forman una familia preciosa.

    -Saldré de paseo con vosotros.

    -¿Al final se ha decidido a acompañarnos el señor escritor?  

    -Solo si me dejáis formar parte de vuestro equipo.

    -Eres el mejor bateador que tenemos, no hemos encontrado a otro mejor.

    Se besan. A pesar de todas las crisis, Taby y él siempre han sido muy amigos. Fue ella, de hecho, quien recogió su primer manuscrito del cubo de la basura. Cuando nadie más creía en él, ni siquiera él mismo, Taby estaba ahí. Ahora lo tenían todo y a veces eran muy felices. Todo se solucionaría. Tenía que apartarse de los malos hábitos y ya está.

    -Cerca de aquí hay un río.

    -Vayamos a mojar los pies. Tengo un calor horrible.

    El camino que lleva al río es de tierra. Mientras iban en el taxi, Steve se había fijado que en ese país el asfalto no era tan frecuente como en el suyo. Los pueblos eran pequeños, antiguos. Parecían haberse detenido en un tiempo remoto y pobre. Era curioso. Había castillos y fuertes medio derruidos. Nadie parecía reparar en ellos. También muchas iglesias y campos interminables con árboles plantados en fila. Un lugar muy especial.

    El pueblo quedaba a un par de quilómetros de la casa. Solo necesitaban descolgar el teléfono para que apareciera el coche que los recogería y los llevaría donde desearan. Habían prescindido de contratar servicio, aunque allí era muy común. Ellos son una familia americana y a pesar de ser inmensamente ricos, están acostumbrados a hacérselo todo ellos: cocinar, hacer la compra, fregar los platos. Si habían decidido mantenerse alejados de la civilización era para no ser molestados por quienes pudieran reconocerle. No obstante, pronto sospecharon que en aquel país nadie sabía quién era Stephen King.

    -Niños, cuidado con el agua. Joe, no dejes que tu hermano se moje.

    -¿No te parece un lugar maravilloso?

    -Sin duda lo es, mi amor. Ha sido una gran idea venir aquí. Lo pasaremos en grande.

    -¿No echarás de menos escribir tantos días?

    -No lo creo. -y abrazó a su mujer por la cintura y la besó en los labios.

    La tarde cae mansamente y las aguas son de oro. El río está desierto. Ni siquiera un pescador aprovechaba para probar suerte. El mundo era de él y su familia. Piensa en si se podía ser más feliz, si en la vida se podía pedir algo más que eso: amor, paz, éxito.

    En verdad, sí se podía. Falta algo. Su máquina de escribir, su escritorio, su cocaína. Todo eso se había quedado en América. Imaginaba su sótano. Una voz lo llama: ¡Steve!

    -¡Papá! ¡Mami! ¡Ayuda! -la voz de Owen aullaba en medio de la noche.

    Steve se levanta de un salto, tenía el sueño ligero y le costaba dormir. Durante la noche le había parecido que algo se movía en el cajón donde aquella mañana había guardado el crucifijo. Ahora sus pies tocan el suelo de la casa y un escalofrío le recorre la espalda.

    Al salir de la habitación, busca las luces del pasillo con la mano. Las voces de su hijo menor siguen arañando el silencio del caserón. No sabía que su hijo pudiera gritar tanto. Topa con el interruptor y enciende la luz. El maestro del horror le teme a la oscuridad.

    Hay una sombra al fondo del pasillo. Es negra, acuosa, como si su composición fuese de un lodo oscuro como el alquitrán. La tenue luz amarilla del pasillo no logra iluminarla completamente. Ha salido reptando del cuarto de sus hijos y lo mira desde el borde de la escalera. Se desliza hacia abajo como un gusano inmenso, hacia las sombras, para camuflarse allí. Steve se frota los ojos, el grito de sus hijos se oye lejano, ausente. Sale de su trance y se encamina por el pasillo a zancadas. El tiempo parece discurrir de forma lenta, enfermiza. Antes de entrar en la habitación, cuya puerta está entreabierta, oye una risita, apenas perceptible, que proviene del fondo de la escalera. Risa de niña.

    Steve enciende la luz sin saber a cuál de sus hijos consolar primero, él mismo está asustado. Ambos niños permanecen acurrucados, temblando, con las rodillas encogidas y la cabeza apoyada en ellas, en una postura perturbada. Lo ha escrito miles de veces, su imaginación ha estado siempre plagada de monstruos, pero no puede soportar esa escena protagonizada por sus hijos: tan real, tan próxima. Se acerca a la cama de Owen.

    -Qué te pasa, mi vida. No pasa nada. Ya está. Se acabó. Has tenido una pesadilla.

    El niño se estremece bajo sus brazos. En el otro lado de la pared, Joe permanece en la misma postura. Parece menos alterado, al menos, de forma visible. Se mantiene quieto como una roca. El silencio es mortecino en la casa oscura. Se oyen pasos en el pasillo. Mira hacia la puerta. Tabitha entra en la habitación con su camisón blanco. Es un ángel.

    Taby abraza a Joe. Es una escena muy triste. Todos están asustados. Permanecen así, abrazados, un tiempo indefinido. Ahora solo se oye el viento ululando a fuera, moviendo los árboles. Las cortinas están cerradas, pero Steve los puede imaginar agitándose, susurrando en un idioma indescifrable bajo la luna negra. Taby habla.

    -Será mejor que los llevemos a nuestro cuarto, Steve.

    Él permanece en silencio. Nunca ha sido partidario de que los niños duerman con los padres, así es como se malacostumbran y luego desarrollan traumas. Cuando era niño y su padre los abandonó, la madre de Steve solía pedirle que durmiera con ella cuando tenía miedo. En el fondo, siempre pensó que se sentía sola. No quería lo mismo para sus hijos. Pero aquella noche era diferente. Aquella casa no era como la suya. Algo iba mal.

    -Sí, será lo mejor.

    Coge a Owen en brazos. El pequeño sigue temblando, pero no tanto como antes. Se siente protegido sobre el pecho de su padre. Los niños tienen esa inocencia admirable: bajo las mayores catástrofes, ellos siempre sienten que sus padres podrán salvarlos. Del mismo modo, el mayor miedo de los padres es saber que no pueden librarlos del peligro. El mal está ahí fuera y nadie puede escapar de él cuando te persigue y te agarra por el brazo. Steve recorre el pasillo y sus pensamientos son rápidos, agitados. No sabe qué pensar. Intenta dejar al niño sobre la cama, pero sus brazos lo agarran sin liberarlo.

    -Tranquilo, cariño. Todo ha pasado. Has tenido una pesadilla, solo una pesadilla. Vamos, métete en la camita. Así, buen chico. Mañana será otro día, grandullón.

    Taby llega con Joe también en brazos y con mayor facilidad lo mete en la cama junto a su hermano. Los tapan a los dos y se miran a los ojos. Tristes, un poco más envejecidos.

    -No ha sido un sueño, papá. La niña. Estaba en la cama de Owen. Yo lo he visto. Yo.

    -Joe, no asustes a tu hermano. Lo mejor será que todos…

    -Es cierto, papá. Me agarraba muy fuerte del brazo y luego se me ha subido encima. Hacía olor a caca. Resbalaba. Su piel resbalaba. Quería ahogarme, como ella, como ella.

    -Ya basta, campeón, ya basta. A veces los sueños parecen muy reales, sabes. Yo…

    -No, papá, era de verdad. La niña existe. Vive aquí.

    -Estamos en una casa diferente de la nuestra. Es normal que estéis un poquito asustados. Pronto volveremos a Maine y lo veréis diferente. Mañana lo veréis de otra manera.

    Los niños creen como una verdad absoluta todo lo que les dice su madre. Si ella les dijera que dios existe y nos protege desde el cielo, ellos lo creerían a pies juntillas hasta la adolescencia. Los adultos tejen una vida, un mundo imaginario para proteger a sus hijos del horror real. Se tranquilizan y ambos cierran los ojos. Su respiración es rítmica.

    Se meten en la cama con ellos y apagan la luz. Steve le da un beso a Owen en la cabeza, el chico está mucho más tranquilo, o por lo menos, más sosegado. Se acuerda de cuando él mismo era un niño y lo asaltaban pesadillas parecidas, al día siguiente ya las había olvidado. Esa es la fuerza de los niños. Creen en todo y olvidan fácilmente. Su valentía consiste en que son tan inocentes que piensan que todo saldrá bien en un mundo cruel.

    Steve intenta dormir, pero no lo consigue. Se siente completamente despierto. Espera un rato hasta que cree que su familia duerme y sale con sigilo de la cama. En las sombras, se encamina hacia la puerta del dormitorio. La abre. Las bisagras crujen levemente.

    -¿Papá?

    -Duérmete, hijo.

    Sale de la habitación y busca a oscuras el interruptor. Sigue sin saber dónde está. Parece haberse movido desde la última vez que lo encendió, pero piensa que es porque está en una casa ajena. Odia salir de su hogar. Nunca le ha gustado viajar. No encuentra la inspiración para escribir lejos de Maine. Aquella tierra es su sitio. Se siente vulnerable fuera de ella. Si sucede una emergencia, a quién pueden avisar. Maldita sea, debería haberle dicho que no a Tabitha. Ella es la que siempre insiste en salir a conocer el mundo. Él es un hombre de su casa. No le gustan las aventuras reales, menos con hijos.

    Siente que lo observan. Es un cosquilleo inconsciente. Como cuando uno mira hacia un lugar y ve que lo está mirando un desconocido en la calle y éste aparta la mirada rápido. Algo lo está mirando desde el fondo del pasillo. Recuerda aquella sombra. Encuentra el interruptor. La luz se enciende con un mínimo chasquido: no hay absolutamente nada.

    Suspira aliviado. Necesita un cigarrillo con urgencia. Un cigarrillo y un trago. Diablos, es una noche horrible. Le duele el estómago, tiene acidez. No le importa. Tiene sed.

    Baja las escaleras peldaño a peldaño. La luz es más tenue a medida que avanza. No quiere volverse a buscar el otro interruptor. Sabe que hay uno al principio de la escalera. Los últimos escalones están completamente oscuros, las bombillas arriba no logran iluminarlos. Siente miedo. Un terror indecible. No quiere bajar hasta allí, hay algo malo. Pero ya es un hombre adulto, padre de dos hijos. Es escritor de esa clase de novelas, qué demonios. Cualquier lector se reiría en su cara si lo viera en esa situación: muerto de miedo como un chiquillo. La niña. No lo ha pensado hasta entonces. Él ya la conocía.

    Enciende la luz. No hay nada. Decide no seguir pensando en tonterías y buscar el paquete de tabaco. La sed de nicotina es tanta que lo hace olvidar sus miedos y lo sitúa en el plano de las necesidades reales, cotidianas. En la cocina encuentra el paquete de cigarrillos y una caja de fósforos que Taby ha colocado cuidadosamente. Ha ido encendiendo todas las luces que ha encontrado a su paso y ahora prende la cerilla. El humo inunda su garganta y repta hasta sus pulmones. Expira una nube hacia el techo. El reloj de pared anuncia silencioso que son las cuatro y media de la mañana. Decide que no volverá a dormirse y, en vez de la cerveza, opta por preparar café. Solo espera no despertar a los niños. Ha traído consigo algunos libros para el viaje, se entretendrá leyendo y preparando un discurso para decirle a Taby que tienen que volver a casa, que ese no es un lugar adecuado para la salud psicológica de sus dos hijos. Así debe ser.

    Dejando una estela de humo blanco tras de sí, se dirige hacia amplio salón. Dos sillones se sitúan delante del hogar, en esa época del año inservible. No hace nada de frío. Toma la novela, The old man and the sea, y se sumerge en la aburrida historia de Hemingway. Unos años antes ese escritor se había suicidado, no quiere acabar como el gran hombre.

    Una vez terminado el café y el segundo cigarrillo, Steve levanta la vista para descansar. Repara por primera vez en la estantería que tiene frente a sí, está repleta de libros. Es extraño que no se haya fijado hasta ahora. Normalmente, al llegar a una casa, es en lo primero que observa. Suele curiosear los volúmenes con la vista mientras su interlocutor le habla de otra cosa. Repasa los títulos y se hace una idea del sujeto. Si uno ha leído lo suficiente puede radiografiar el cerebro de un sujeto solo mirando su biblioteca, incluso si no tiene libros, eso también le da una idea de lo que tiene tras la frente: nada. Muchas veces ha encontrado sus propios libros. Puede saber si lo han leído o no por las arrugas del lomo. Es un juego divertido e íntimo nunca confesado a nadie. Se levanta de la silla.

    Pasea su mirada por los títulos y autores. Son viejas ediciones, algunas parecen decimonónicas. Hay un Quijote forrado en piel por el que no siente curiosidad alguna. La literatura española no la ha interesado nunca, le parece que tiene demasiados diálogos y por uno u otro motivo los personajes siempre acaban hablando de dios. Pero hay algunos títulos en inglés que reconoce como David Copperfield o Huckleberry Finn. Sus ojos tropiezan con dos palabras escritas en rojo sangre, en letras góticas.

    Unausspreclichen Kulten de Friedrich Wilhelm von Juntz. Como activada por un mecanismo automático, Steve estira una de sus manos y agarra el volumen. Mira la portada con atención. El encuadernado parece muy antiguo, pero extrañamente el libro parece impreso hace poco tiempo. No hay litografía o grabado alguno, solo el título y el nombre del autor en letras aún más granes y rojas. De qué le suena ese libro, lo desconoce, pero esas dos palabras en alemán le resultan familiares. Muy familiares.

    El corazón se agita bajo su bata. Vuelve a experimentar una sensación de intranquilidad. Por alguna razón sabe que no debe abrir ese libro, pero por otra aún más fuerte, no puede evitarlo. Sus manos actúan como llevadas por una voluntad ajena y se siente como en un trance. Dicen que los suicidas entran en una especie de sopor cuando comenten un acto contra su propia vida, como si estuvieran sonámbulos. Así se siente ahora, de pie frente a la estantería que parece observarlo desde arriba. Despega las tapas del libro y baja la mirada. Sus ojos pasean frente a la tinta roja de la letra impresa. No entiende nada y sin embargo no puede dejar de leer palabras al azar. Pasa un par de páginas y encuentra grabados con seres diabólicos. A pesar de no entender el idioma, sabe lo suficiente de libros como para intuir que se trata de una especie de manual de instrucciones macabro. La obra parece un recetario de magia negra a juzgar por las imágenes dantescas que lo miran desde el papel. Sombras diabólicas, oscuras, retorcidas, con formas imposibles y de caras sonrientes. A veces solitarias, a veces en pequeños grupos. Tiene miedo, pero no puede dejar de pasar las páginas. Parece estar buscando una página en concreto, y la encuentra. Ocupa toda la plana la figura de una niña. Tiene el pelo pegado a la cara, grasiento. Sus brazos son esqueléticos, como sus brazos, su cuerpo es indescriptible bajo el vestido de época blanco, o amarillo, sucio. No tiene pies. Su cara es horrible, arrugada, de vieja. En ese grabado es donde el libro muestra una levísima nota de color: sus pupilas son de un rojo intenso, casi luminoso, hipnótico. Steve no puede dejar de mirarlos. Parecen brillar sobre el papel amarillento. Parecen vivos. Están vivos. Y lo observan divertidos, malditos. Su boca es oscura. No tiene labios o estos son muy finos, y debajo muestra unos dientes pequeños, afilados.

    -¡Steve! -La boca empieza a moverse. Casi puede notar su aliento frío. -Steve. -repite.

    Sus labios se mueven rápidamente sin decir nada, solo graznidos con una voz ominosa, putrefacta. Sus manos tiemblan. Quiere gritar, pero no puede. Se ahoga, se ahoga. Convulsiona. La niña empieza a mover las manos hacia él. Se va acercando, sin andar.

    -¡Steve! ¡Steve! ¡Steve!

    De un salto se levanta de la silla. Los ojos de Taby lo miran con expresión preocupada.

    -Te has quedado dormido, Steve. ¿Estás bien?

    -Sí. -Pero no lo estaba. Estaba muy lejos de sentirse bien. -¿Dónde estoy?

    -Has tenido una pesadilla, cariño. Sois tal para cual tu hijo y tú. De tal palo…

    Steve mira en torno y ve que ya es de día. El libro de Hemingway reposa sobre el suelo con algunas páginas arrugadas. Lo recoge. Se levanta. Hace un día precioso. La vida empieza a despertar y afuera todo es verdor y frescura estival. Los árboles parecen mudos, disimulando. Todo le parece un teatro. Se siente confuso. Asustado. En peligro.

    -Taby, tengo que hablar contigo. Lo mejor será, verás, creo que lo mejor será que…

    -Lo mejor será que volvamos a casa. Sí. No me gusta este lugar.

    Steve suelta un suspiro de alivio. Dios mío, amaba a esa mujer. Quería estar con ella hasta el último de sus días, que esperaba que estuviera muy lejos. Era su ángel guardián.

    -Prepararé café y llamaremos a un taxi. Nos iremos hoy. -Y lo besa antes de marcharse.

    Lo que más lo enamora de ella es su olor. Hay personas cuyo olor corporal no es agradable, pero Taby es diferente. Su perfume le recuerda al hogar feliz que nunca tuvo. Cuando lleguen a casa, vaciará aquel cajón inmundo donde guarda el polvo blanco.

    Antes de levantarse, bastante más tranquilo, mira de nuevo a la estantería. Sobre la hoguera, en el estante más alto, hay un libro con letras rojas. Desde allí no puede leerlas, no le hace falta, sabe perfectamente lo que hay escrito allí: Unausspreclichen Kulten.

    Son las 12:10 y Steve está más tranquilo, incluso contento: vuelven a casa. A las 17:10, dentro de exactamente cinco horas, su familia y él estarán rumbo al aeropuerto, de vuelta al hogar. No tendrán que pasar más noches en esa casa, en ese país extraño. El fin de las vacaciones lo pone de buen humor y no ve el momento de ver el letrero de Portland, 9KM. Saborea ese momento mientras fuma un cigarrillo en el porche.

    Owen y Joe parecen haber olvidado completamente la pesadilla de anoche. Con la luz del día, los fantasmas parecen haberse borrado y lo que era tan urgente pasa a ser solo una leve comezón. Él mismo se habría olvidado de todo si no fuera por ese maldito libro que seguía en el estante. Prefería ignorar que lo había visto y seguir con su día. Al fin y al cabo, iba a estar dentro del avión para cuando las sombras invadieran la casa vacía.

    -Lo siento, Steve. -la voz de Taby sonaba compungida, al borde del llanto.

    -¿Por qué? -dijo él arqueando las cejas, pero lo sabía. Conocía lo suficiente a su mujer como para saber que quería disculparse por haberlos llevado a él y los niños hasta allí.

    -Sólo pretendía pasar unas vacaciones en familia. Pensé que nos sentaría bien el campo, que te sentaría bien a ti alejarte del sótano y el trabajo. Me equivocaba. Solo puedo…

    -No digas nada más. -y la abrazó. Los niños jugaban a fuera distraídos. A ninguno de ellos les apetecía pasar tiempo dentro de la vivienda. La energía allí era diferente, mala.

    Tenía ganas de zarandearla. De decirle que las cosas no se consiguen de vacaciones en España. Que tenía un compromiso con sus lectores, con el cosmos, consigo mismo. No tenía tiempo de lamentarse ni de preocuparse por estupideces. Si el niño duerme, si el otro saca notas bajas, si ella no se siente querida. Lo único que deseaba era refugiarse en el sótano frente a la máquina de escribir. ¿Es que no podía entenderlo? Algunas personas solo quieren recoger los frutos, pero no respetan el trabajo de la siembra.  

    -Tranquila cariño. -Taby lloraba sobre su pecho -Lo has hecho con buena fe. Por todos.

    -Esta casa es…

    -Sí, es extraña. No entiendo cómo la gente puede vivir en este lugar, con este calor, en este maldito país estúpido. No quiero pasar ni un minuto más fuera de Estados Unidos.

    -Yo tampoco.

    -Te quiero.

    -Yo también, Steve.

    -El trabajo es importante para mí.

    -Lo sé. Nosotros también lo somos, ¿verdad, Steve?

    -Claro. -Y no mentía. Su familia lo era todo para él. Pero había dentro de sí algo que se revolvía. Un demonio informe que lo devoraba, que lo hacía sentarse entre las sombras y escribir como llevado de una fiebre. La vida sin la escritura sería difícil, insoportable.

    También lo sería una vida sin Taby, sin sus hijos. A solas con su éxito y sus fantasmas.

    -Deberías dejar las cosas malas, Steve. Eso te aparta de nosotros, de Owen, Joe y yo.

    -Lo pensaré. Ya hemos hablado de eso. No es tan fácil como lo planteas. No para mí.

    -Lo sé, cariño, pero no quiero vivir con el miedo de que un niño lo encuentre y…

    -No lo encontrarán. Tienen prohibido bajar al sótano. Es donde papá crea monstruos.

    -Es donde su papá se convierte en un monstruo. La maldita coc… eso que tomas no…

    -Voy a salir a dar una vuelta.

    -¿Ahora?

    -Sí, necesito despejarme. Hablaremos de esto cuando lleguemos a casa. No es momento.

    -Nunca es el momento. ¿Dónde vas a ir? Es la hora del almuerzo. Hay un jamón que…

    -Solo me gustan las hamburguesas. ¿Qué quieres? Te casaste con un norteamericano.

    -Me casé con el mejor.

    -¿Lo crees de verdad? -Y se miraron desde unos metros, mientras Steve se alejaba.

    -Vuelve pronto.

    -Solo voy al río. Es lo único que me recuerda a Nueva Inglaterra en este maldito lugar.

    -No tardes.

    -Papá, ¿Dónde vas?

    -Id con mamá, hará unos sándwiches deliciosos de un extraño producto llamado jamón.

    -¿Tú no vienes?

    -Voy a dar un paseo.

    -Queremos ir contigo.

    -No.

    Y por la expresión que vieron en su rostro, ambos niños intuyeron que no había nada que hacer, que su padre era inflexible y necesitaba espacio, como cuando bajaba al sótano y podían perderlo de vista durante horas. No se podía llamar a la puerta, mucho menos entrar. Owen y Joe se habían colado una vez que su padre estaba dormido. El lugar estaba tan oscuro y olía tan mal que nunca quisieron volver allí. No entendían como su papá podía estar tantas horas allí metido. Cuando fueran mayores, entenderían.

    El camino que llevaba al río era ancho, de tierra. Un coche podría pasar por él sin problemas, pero en ese país tercermundista había muy pocos. De hecho, aún no habían visto pasar a nadie, a parte del conductor que los trajo y que esta tarde iría a recogerlos. Era un milagro que Taby hubiera encontrado vuelos para ese mismo día. Los niños tendrían que viajar separados, pero estaban acostumbrados a volar en su país. Steve suponía que en Europa eso de tomar un avión era todavía algo futurista. A juzgar por los pueblos y la mirada de las gentes que hubieron de pasar camino a la casa, pobre país.  

    -Estos malditos pueblerinos no saben qué es cruzar su país en coche. Pobrecillos.

    Steve piensa en que las cosas son muy diferentes de un lugar a otro. En cómo habría sido su vida si hubiera nacido allí, si él mismo fuera natural de un país así. ¿Habría sido escritor? Quizás en el futuro, pero no entonces. El paisaje parecía sacado de un cuento malo de Mark Twain: la arboleda, el río, los caminos, el sol. Demasiado decimonónico.

    Tiene ganas de llegar a casa. Se imagina esnifando una y otra vez, disfrutando de una cerveza fría y un buen cigarro. Luego el son acompasado de sus dedos tecleando frenéticos, viviendo en un mundo de fantasmas, vampiros, maizales malditos y eternos.

    -Taby tiene que entenderlo. No le quedará más remedio que entenderlo y entenderme.

    Levanta la vista y da un respingo. A pocos metros delante de él se acerca una anciana. Su cabello blanco contrasta con su vestido negro, largo, de luto. No la ha visto acercarse, aunque el camino es completamente recto. Steve lo atribuye a que iba distraído, recreando en su cabeza posibles historias para su libro de cuentos. La anciana camina un poco encorvada, pero lo mira y lo hace de forma fija. Sin sorpresa, como quien lo conoce. Decide no aguantarle la mirada por miedo a que se pare y decida entablar conversación. Mira los árboles. Le parecen raquíticos. No sabe su nombre.

    Cuando están a la misma altura, la anciana se detiene. Un viento frío recorre el camino.

    -¿Dónde está mi niña? -Dice en lengua extraña. Steve, sin detenerse, la mira sorprendido. -¿Dónde está, señor? ¿Ha visto a mi niña? ¿Dónde está? ¿Dónde?

    Steve supone que la vieja señora debe estar senil y decide no hacerle mucho caso. Al fin y al cabo, desconoce el idioma y no sabe lo que la mujer le está preguntando, si es que pregunta algo. Quizás solo lo saluda, pero Steve no está de humor para ser simpático.

    -Adiós. -Dice de forma cortés en español, y se marcha.

    La voz de la señora sigue retumbando en su cabeza mientras desciende el camino, quizá a un paso más veloz. Quizás no ha sido buena idea alejarse solo de la casa, después de todo. Llevaba años sin sentir esa sensación de intranquilidad, de desamparo, de miedo.

    -Es solo una anciana, Stephen. No seas cobarde. Tú no lo eres.

    Pero la anciana le resulta extrañamente familiar. Su cara, ahora lo recuerda, surcada de miles de arrugas finas, la ha visto en otra parte, lo cual es imposible porque nunca ha estado allí. Era el primer ser humano que veía en aquel lugar a parte de su familia. Sus ojos eran vidriosos, como si no hubiera vida en ellos. Tenían un extraño brillo rojizo.

    Steve gira su cabeza hacia atrás esperando ver a la anciana caminando lentamente en dirección contraria, a pocos metros. Y la divisa, pero a lo lejos, pasará por delante de la casa. Taby sabe un poco de español. Siendo como es, quizá la encuentra sentada en la mesa, almorzando con sus hijos y charlando animadamente. Pero algo le dice que no.

    -¿Cómo ha ido tan rápido? -Aquel era un país extraño, sin duda.

    Llega a la margen de río y mira las aguas fluyendo mansamente. El rumor lo transporta a un lugar distinto. Se siente bien allí. Enciende un Pall Mall con la única intención de contemplar el paisaje, de escuchar los pájaros, de mojarse la cara. Había muchos ríos en Nueva Inglaterra. Solía pasar los veranos jugando a hacer diques o buscando ranas. A veces con amigos, pero generalmente solo. Nunca había sido muy bueno con la gente.

    De repente, sabe de qué conoce a la anciana. Ya ha visto esa cara, pero con otra forma. A veces como una sombra, otras como un reflejo, hacía años que no la veía. Esos ojos, esa expresión ávida. Lo más extraño de todo es que la anciana tenía dientes, afilados.

    -¡Corre, maldita sea! -Y Steve hace caso. Sabe que algo anda mal. No tiene dudas.

    Para ser buen escritor, un hombre, aparte de ser sensible, debe ser intuitivo. Son características muy extrañas en el género masculino que, cuando se dan, encuentran en el arte su mayor expresividad. Pero como es un rasgo extraño, produce un arte singular. Steve corre todo lo que puede y sus mocasines se llenan de tierra. Se siente pesado, cansado, debe dejar de fumar, pero no puede detener el impulso de correr hacia la casa. Lo sabe, lo siente, sus hijos están en peligro, Owen corre serio peligro. Lo sabe, dios.

    Mientras deja atrás el río y los árboles, Steve siente que todo era una trampa. El río era una estrategia de la vieja para distraerlo, para que se alejara de la casa. Mientras sus pasos golpean el suelo como un tambor, Stephen solo desea que esta sea una de sus paranoias, que todo haya sido cosa del síndrome de abstinencia por falta de cocaína.

    A pocos metros de la casa, oye los gritos desesperados de Tabitha y Joe. Corre y corre.

    Al doblar la esquina, la escena no puede ser más aterradora. Ni en la peor de sus pesadillas, ni en el más horrible de sus libros puede concebir algo más abyecto. Sobre las baldosas del porche, bajo la sombra oscura de casa, Joe y Tabitha lloran y gritan. Sobre la mesa de la terraza está el almuerzo a medio comer. Las botellas de coca-cola están volcadas y un chorro negro, espumoso, resbala hasta el suelo. Joe camina en círculos histéricos, Tabitha está de rodillas en el suelo y sujeta a Owen. Tiene los ojos completamente blancos y su piel blanca se ha vuelto de color azulada. Cada paso es para Steve una eternidad. Por encima de su cabeza, justo antes de llegar a ellos, le parece ver desde la ventana de la casa una sombra que se mueve. Es una niña de ojos rojos, sonríe y sus dientes son afilados, su expresión es oscura. Desde detrás del cristal, lo saluda.

    -Se ahoga, papá. OWEN SE AHOGA, SE AHOGA, SE AHOGA, PAPÁ.

    Taby no puede articular palabra, está presa del miedo. Lo mira con expresión enloquecida. Si Stephen ha visto alguna vez una expresión así, ha sido en el sanatorio. Ese era el fin de todo, si no conseguía salvar a su hijo, ese iba a ser el fin. Owen apenas se mueve, aún está vivo, pero su alma cuelga de su cuerpo, a punto de separarse.

    Dicen que los suicidas actúan como movidos por un resorte que se apodera de ellos. Desde ese día, Steve sabe que los héroes también. Sin pensarlo, movido por una fuerza extraña, levanta a su hijo y le estruja, con todas sus fuerzas, la boca del estómago. Tiene miedo de partirle una costilla, pero no le importa. Eso no sale. Aún no respira. Repite el procedimiento una y otra vez tal y como le enseñaron en el curso de primeros auxilios.

    Nunca fue un buen estudiante, quizás ni siquiera fuera buen escritor. Mira a Taby y solo ve la expresión de una mujer desquiciada. La imagina con la camisa de fuerza en un sanatorio. Se imagina él mismo temblando contra una esquina, recordando esa pesadilla. Pero se despertaría y se daría cuenta que todo fue real, que su hijo murió aquel día en un extraño país porque papá había decidido dar una paseo campestre. No puede soportarlo.

    -Si me sacas de esta, lo dejaré todo. Por favor, no te lleves a Owen. Llévame a mí.

    Siente como su hijo suda y tiembla bajo entre sus brazos, pero poco a poco va perdiendo fuerza, casi no le queda vida. No quiere que se duerma, no quiere que se vaya, no, no.

    Empuja de nuevo. Un trozo de carne roja, gelatinosa, sale disparada hacia el suelo. El niño, con una voz ronca, respira, toma aire y respira. Ahora respira y hay un silencio.

    -Owen, cariño, Owen, mi vida.

    Stephen llora. Con su hijo en los brazos, llora y solloza. Lo abraza, lo besa, y llora.

    Suena el teléfono y Steve lo oye mientras sube con parsimonia las escaleras del sótano. Al segundo o tercer timbrazo, Taby contesta. Steve está satisfecho. Ha pasado toda la mañana trabajando en su nuevo libro, un ensayo destinado a jóvenes escritores que, como él en su día, buscaban hacerse un hueco en el mundo de la literatura. Era un libro que tenía pendiente desde hacía tiempo, pero nunca encontraba el momento de salirse de las historias de terror. Un escritor nunca escoge los temas que trata, lo escogen a él. También ha pasado un tiempo navegando en internet. Hace años que trabaja con ordenador, mucho más cómodo. Ese día, ha encontrado una traducción al inglés de un extraño volumen, Unausspreclichen Kulten de Friedrich Wilhelm von Juntz. El título de sonaba de algo, pero no recuerda por qué. Le gusta comprar libros por internet. Es 1999.

    El reloj de la cocina marca las 12:30 y Steve lleva trabajando desde las 6. Como explica en su manuscrito, prefiere trabajar por la mañana porque es cuando se siente más inspirado. Luego suele salir a dar una vuelta. Lleva sin fumar unos veinte años, y sin beber otros tantos. Los vicios se habían acabado después de un traumático viaje que casi no recuerda, unas vacaciones a un país insignificante cuyo nombre no le viene a la mente. Está concentrado en servirse un café y canturrear una canción de los Ramones. El rock no morirá. Hace un día fantástico en Bangor, Maine. Los rigores del invierno han dejado paso a una luz clara que se cuela por los ventanales de la cocina. Taby dice bajito: Es Owen. Y le pasa el teléfono. Owen y Joe hace muchos años que se independizaron y ahora viven en la otra punta del país, en regiones con un clima más benigno. Ambos son escritores, como su padre, tienen su propia familia y casi no se ven. Su relación es inmejorable, piensa. Quizás porque pasan mucho tiempo alejados.

    -Hey Hou, hijo. ¿Cómo va todo? ¿Estáis bien?

    -Hola, papá. Sí, todo bien. Sally y los niños han salido a comprar algo.

    -¿Cómo están los pequeños?

    -Como siempre, con ganas de veros.

    -Espero que vengáis pronto.

    -Sí.

    -¿Y Sally?

    -Bien también. ¿En qué andas últimamente?

    -Pues llevo entre manos un libro de ensayos, nada menos.

    -No puedo creerlo. ¿En maestro del terror escribiendo ensayos? Pensaba que lo odiabas.

    -Sí, pero sentía ese impulso. Ya sabes a lo que me refiero. Quizás me canso a la mitad.

    -¿Y de qué va?

    -Tendrás que esperar a que termine. Ya sabes que es una regla de oro no hablar de lo que uno escribe. Se puede perder el sentido, el ritmo. Te lo he dicho muchas veces.

    -Siempre con tus secretismos. No pasa nada si le dices a tu propio hijo qué escribes.

    -Sí, supongo que no. -y para cambiar te tema- Te noto preocupado, hijo. ¿Todo bien?

    -Bueno, verás. -se hizo un silencio, Steve estaba cada vez más preocupado- Te parecerá una tontería, pero hoy he tenido una pesadilla horrible. ¿Recuerdas aquellas vacaciones?

    -¿Cuáles? ¿Cuándo fuimos al Gran Cañón? Antes viajábamos bastante, ¿recuerdas?

    -No, me refiero a aquella vez en España. Hace unos años. Me salvaste la vida, papá.

    -Eso fue hace mucho tiempo, hijo. No vale la pena recordar el pasado.

    -Me salvaste la vida.

    -No pienses en eso. Cualquier padre hubiera hecho lo mismo. ¿Vas a ver el partido?

    -Papá, ¿vas a salir?

    -Sí, justo ahora iba a dar mi paseo. Uno tiene que mantenerse en forma con la edad y…

    -No vayas, quédate en casa con mamá.

    -No te entiendo.

    -Hazme caso, papá. Por una vez en tu vida. Hazme caso y no salgas.

    -Mira, Owen. No sé qué clase de sueño habrás tenido, pero ya basta. No debes hacer caso a las pesadillas, todo es mentira. Hazme caso, sé a lo que me refiero. Las escribo.

    -Papá, por favor. Esta vez era diferente. Soñé con aquella niña, hace mucho tiempo, sabes que siempre he pensado que me casi muero por su culpa… No salgas hoy.

    -Este cuerpo de acero no se mantendrá solo. Pero bueno, para que no te preocupes, no saldré. Me quedaré en casa con mamá. Quizás podemos hacer un pastel juntos. Nunca he sido muy buen cocinero, siempre se está a tiempo de aprender algo. ¿No te parece?

    -¿Estás seguro?

    -Te lo prometo.

    -Está bien.

    -Te quiero, hijo.

    -Yo también, papá. ¿Me pasas con mamá?

    -Claro. –“Quiere hablar contigo”, dice bajito y le pasa el teléfono inalámbrico.

    Tabitha coge el auricular y escucha, su expresión es atenta. Steve sale de la cocina con el café, aún humeante, en la mano derecha. Va al balcón. Hace un día maravilloso. Las nubes de algodón transitan tranquilas. Hacía mucho tiempo que no las miraba. Cada vez más, las personas se vuelven materialistas y se olvidan del cielo, se olvidan de soñar.

    -Me estoy haciendo viejo.

    -¿Dices algo, mi vida?

    -Qué extraño estaba Owen. ¿Habrá discutido otra vez con Sally?

    -El matrimonio es difícil en estos tiempos.

    -En los nuestros también lo era y míranos. Aquí seguimos. Jóvenes impacientes…

    -¿Vas a salir?

    -Iré a dar una vuelta por el camino. Sólo unos veinte minutos. Necesito aire fresco.

    -Owen insistía en que no salieras. Estaba muy preocupado. ¿Por qué no te quedas hoy?

    -Cariño, sabes bien que no voy a haceros caso. Necesito este paseo. Ya sabes por qué.

    A pesar de los años transcurridos, Stephen tenía unas ganas imperiosas de fumar.

    -Bueno, es imposible sacarte una idea de la cabeza. Solo te pido que tengas cuidado.

    -Lo tendré, como siempre. A este viejo lobo no puede pasarle nada. Soy inmortal.

    -Eres un estúpido.

    -Te quiero.

    -No vuelvas tarde.

    -No lo haré.

    Steve sale a la mañana y el aire es puro y fresco. Viven en una mansión alejada del centro urbano. Detrás de la casa hay varias hectáreas de terreno para ellos. Steve tiene la costumbre de salir a estirar las piernas. No puede correr, pero sí sale a caminar. Cuando dejó de fumar necesitaba moverse, cansarse. La ansiedad había pasado, pero echaba de menos, de vez en cuando, un cigarrillo, una cerveza fría. Esos fantasmas, aquellos recuerdos lo acompañarían siempre. Pero quería vivir, le daban terror los hospitales.

    Sopla una brisa repentina que mueve sus cabellos encanecidos. El viento parece susurrar palabras entre los árboles, que tiemblan mientras pasa junto a ellos. Por un momento, piensa en lo que le ha dicho su hijo, lo mejor hubiera sido quedarse en casa. Pero ya está fuera y volver sería un signo de flaqueza. A los hombres como les queda el orgullo.

    El camino de tierra pasa por entre la arboleda. Los sauces enormes de nueva Inglaterra lo miran pasar quedamente. El viento se ha detenido y el día es agradable. Se siente maravillosamente. Esa mañana casi no le han dolido las rodillas al salir de la cama. Ha escrito bastante y el libro va tomando forma fácilmente. Pronto podrá mandarlo a la editorial y ponerse con otra cosa. Quizás la historia de un asesino en serie. Hace un tiempo se siente encasillado en el género del terror, por los malditos críticos literarios.

    Hay verdaderos locos. Por su condición de escritor de novelas de terror, la gente solía pensar que él creía en esa clase de cosas. La realidad es bien distinta. Él sabía que solo eran historias, mentiras, ficciones que daban mucho dinero. La vida le había enseñado que los payasos malditos, los monstruos de la oscuridad, los engendros mutados y mutilados que viven de las cloacas, todo eso no existía. A lo único que había que temer era a las cosas reales. La realidad siempre superaba la ficción, pero no lo parecía. Millones de muertes cada día en guerras, asesinatos, accidentes, enfermedades. Eso.

    Steve llega a la carretera interestatal. Es un tramo bastante corto el que tiene que recorrer por el arcén hasta llegar al camino que lo llevará al río. Hay un parque y los transeúntes suelen ir a correr por la zona. Pero el gobernador nunca había arreglado ese tramo de carretera que debería pasar por otra parte. Los políticos y sus promesas.

    Los coches y los camiones pasan con parsimonia. Steve es un transeúnte más, un viejo en el que nadie repara. Le gusta el anonimato y los sitios tranquilos. Ser famoso es un engorro cuando iba con sus hijos a tomar una hamburguesa. Cuesta distinguir la vida real, fijarse en los detalles porque cada dos por tres hay un individuo que quiere un autógrafo. Casi no sale de casa. Ese es el único rato que tiene para sí mismo, ese paseo.

    Y al fondo, a unos metros, la ve. Va vestida con su viejo traje de época, bastante sucio. Igual que la recordaba. Su cabello rubio cae apelmazado sobre sus hombros. Hacía años, décadas, que no la veía. Finalmente lo había encontrado. No sabe cómo ni por qué estaba allí. Piensa que está alucinando, que está soñando despierto, por lo menos. Al salir de aquella casa, mientras se marchaban con el coche, de camino al aeropuerto, la vio por última vez en la ventana. Sus ojos brillaban. Una mano mortecina lo señalaba. Ya no recordaba todo aquello, lo había olvidado. La niña estaba allí de nuevo, sola, como siempre, mirándolo. El corazón pugna por saltar del pecho y le molesta, ya no está para tantos trotes y el riesgo de un infarto de miocardio es razonable. No ha llevado una buena vida de joven, aunque lleva cuidándose muchos años. La niña está en la misma posición. Sus pies parecen no tocar el suelo. Es mediodía. No pasa un solo coche. La luz parece haberse vuelto mortecina. Ella espera al lado del camino que había de llevarlo al río. Realidad o ficción, Steve se ha detenido. Las piernas enclenques, fuertes para su edad, pero envejecidas, tiemblan. Un chorro de pis puga por salir de su entrepierna y su próstata casi no puede retenerlo. Él está bastante más viejo, ella está exactamente igual, con su cara de plástico grasienta. Levanta una mano y lo saluda. Steve está paralizado, no sabe qué hacer. La niña, aquella vieja, levanta uno de sus brazos y lo señala. Y empieza a acercarse, rápidamente, pero no parece pisar el suelo, solo desplazarse sobre el asfalto sin tocarlo siquiera, como movida por una rampa frenética del aeropuerto.

    Steve se gira y decide emprender la retirada. Una sombra se lanza sobre él. Casi no puede distinguir el color azul oscuro de la camioneta. Su cuerpo sale despedido unos metros y se oye un frenazo sobre la carretera. Y luego, un silencio que se rompe cuando oye la puerta del conductor cerrarse con un portazo. El hombre sale y grita. No sabe qué hacer. Ha atropellado a un transeúnte, a un hombre que se ahoga en su propia sangre. Casi no puede respirar. El hombre está tendido en el suelo en una postura imposible, retorcida. Quién es ese maldito viejo. Qué ha hecho él para merecer eso, maldita sea.

    Pide ayuda. Sin duda es un buen tipo. Steve está consciente sobre el asfalto. Piensa en Taby, en Joe, en Owen. El final no puede llegar así, tan abruptamente. Él iba por el lado correcto de la carretera, no se había salido del arcén. Frente a la policía, el conductor de la camioneta diría que se había distraído porque su perro se asustó, parece ser que había visto algo en la carretera, y que por unos instantes había ocupado el arcén. No había visto al hombre hasta tenerlo encima, se le apareció como una sombra, no pudo frenar.

    Poco más tarde se enteró de que había atropellado a Stephen King, maestro del terror.