Escribí esta experiencia allá por los años 10, cuando trabajaba en un hotel de la costa durante la temporada de verano. Han pasado algunos agostos desde entonces, pero esta historia continúa vigente en muchos enclaves turísticos. No les hagan la vida imposible a los probres chavales que les sirven el trifásico de Terry.
Hoy en el trabajo, me ha pillado por banda un “español”. Debo decir, antes que nada, que en nuestra selecta jerga de camareros afirmamos que, dentro de todo el crisol de culturas que visita nuestras playas y hoteles en verano, de todas las culturas del planeta Tierra, los españoles son los más “pesados”.
Estaba yo esperando a que me prepararan unas bebidas y antes de salir por la puerta, con las múltiples copas en una bandeja cargadísima, me ha asaltado uno de estos pesados. -Oye, ¿servís a fuera? ¡Es que llevamos un rato esperando y allí no viene nadie! -Sí, sí, caballero, dígame lo que quiere y yo ahora se lo llevo, cuando pueda. -No, no, ya voy yo a la barra, pido, y entonces tú lo traes, estamos en las mesas estas marrones de allí, la quinta de la derecha que está… -Bueno, mejor dígamelo a mí y yo se lo traigo ahora. El cabrón iba a quejarse a la barra, donde estaba el jefe, de que yo no estaba atendiendo afuera.
El hombre me dice lo que quiere, a regañadientes: seis o siete cafés, algunos con sacarina, otros con un toque de Terry, infusiones del tiempo… Cuando no he entendido lo de “infusión del tiempo”, me ha ilustrado el gentilhombre. -¡Pues qué coño va a ser! Un poleo con un vaso con UN hielo, para hacerlo del tiempo. -Usted quiere un poleo con hielo, ¿no? -No, quiero una infusión del tiempo. -Bueno, bueno… y he apuntado “un poleo con hielo”. Cabe citar aquí que el hombre llevaba una lista con la comanda apuntada, para que no hubiera lugar posible al error, era un hombre ordenado, pero eso no lo había escrito él, sino su hija, porque era la letra clara y pulcra de una chica. Podría haberme dado la lista o el teléfono de su hija.
-¿Lo tienes todo, niño? -Sí, caballero, no sufra, que ahora se lo llevo. -Bueno, ahora, apunta lo que quiero yo. Un café… -escribo “café” bajo su atenta mirada- …con un toque de Terry, ¡pero descafeinado, eh! -Vale, vale. Entonces he levantado la vista de la libreta. El hombre era el tópico-típico del facha español: gordo, calvo, bigote blanco-amarillento, con los ojos oscuros y con cara de pocos amigos. Al mirarnos frente a frente, me he reído por dentro y por fuera he esbozado una sonrisa que al hombre no le ha gustado mucho, pues se ha ido renegando con paso firme de militar franquista. En fin, el trabajo sigue.
Después de llevar la comanda que traía a una mesa de turistas franceses, que me han obsequiado con un educado “merci” sin propina cada vez que una de sus bebidas tocaba la mesa, he vuelto a la barra a preaparar el encargo del hombre del bigote. Le he cantado al cafetero el caprichoso pedido y poco ha faltado para que nos liásemos y la cagáramos con el hombre. Pero al final, según mis apuntes, todo estaba en orden, y cagando leches me he ido con los humeantes cafés hacia la mesa del tipo, no porque tuviera prisa por servirlo, sino porque llevaba un capuchino cuya nata se iba derritiendo por el camino y no quería que me hicieran volver. En dos zancadas, me he plantado allí, eran una familia: la mujer, la hija, el novio de la hija, la tía, la abuela y el buenhombre mirandome como un Torquemada resucitado.
-¡Hola! -¡Hola! Dijo la hija, el caballero solo suspiró y dijo: -¡A ver! Los demás no dijeron nada. -Bueno, capuchino… -Para mí. -Dijo la madre. -Vale ¿poleo? -Para mí. -Dijo el novio de la hija visiblemente asustado. -¿Cortado? -Para la abuela, etc. Y finalmente: -¿Carajillo de Terry descafeinado? Y sin esperar respuesta, se lo he puesto al hombre que permanecía con los brazos cruzados observando y aprobando con su silencio toda la operación. Todo estaba listo, podía proseguir mi camino. Sólo quedaba un cortado solitario en la bandeja. No hubo “gracias” de ninguna clase, en ningún momento. -Españoles… -pensé yo.
Esta historia podría haber acabado felizmente aquí pero a no más de tres metros, bramó la voz del bigote: ¡Oye! ¡Eh, tú! Me giré yo y las demás mesas que habían entre nosotros, di media vuelta mietras el hombre hacía un gesto repetidamente negativo con la cabeza y otro con la mano, como el que llama al perro cuando se ha cagado en medio del salón. Antes de que yo abriera la boca, la abrió él: -Te has equivocado, eh, esto no es lo que yo he pedido… -¡Cómo que no!- Yo empezaba a perder la paciencia. -Café descafeinado con Terry. -¡Yo te he pedido un cortado con un toque de Terry! -¡Déjalo papá! Tómate eso… -Decía la hija, defendiéndome. -¡Que no me tomo yo esto coño! -decía mientras removía con repulsión el trifásico de Terry. -Bueno, ¿y este cortado de quién es? -Dije yo a un cortado que permanecía abandonado en medio de la mesa. -Ese es tu cortado, Jesús. -dijo la mujer, resulta que habían pedido por él. -El bigotes se revolvió en el asiento mirando la lista que todavía conservaba, la tensión estaba subiendo y antes de que se desbordara digo: -Bueno, yo me llevo esto, usted péguele un trago al cortado y ahora le echo un poco de Terry dentro. -¡Pues eso es lo que te estoy diciendo, joder, que no te enteras…! Y mientras me iba: -¡Cállate ya, pesado! Lo dije para mis adentros, mordiéndome la lengua para que me saliera por la boca. Había crisis y necesitaba el dinero. No me giré, volví a por la botella de dichoso Terry.
Al cabo de esos pocos minutos, la cosa estaba más calmada y el hombre más relajado, le he echado su toque de Terry y he dicho: -Ala… ya está. La mujer, visiblemente amargada, decía: -¿Ves, Jesús? Ya tienes tu café como a ti te gusta… El hombre solo levantaba las cejas. Mientras les retiraba los vasos vacíos la mujer se dirigió a mí. -Ya estás acostumbrado, ¿verdad? -Pues sí, señora, a todo se acostumbra uno… -¡Pues es lo que hay! Me espetó la buenamujer. -¡Pues sí! Le espeté yo, ahogando un “hijadeputa” por el camino.
Y apretando los dientes, he seguido mi camino, cagándome en el hombre y en su mujer, no en su hija, pensando en el pobre novio del poleo con semejantes suegros, en todo esto, me ha llamado otra mesa: -¡Eh, colega! Ven un momento porfa… -Otra mesa de españoles, dos parejas avanzados en la treintena, me habían pedido antes y me habían preguntado por Don Pimpón, yo entendía que era el facha del bigote. Les había dicho que sí, que lo había visto. -¿Era este el famoso Don Pimpón? -No, no. -digo entre risas. El señalado se daba por aludido con la historia que iba con él pero que no entendía porque apenas a esa distancia -Era otro, un viejo aún más hijodeputa. -Hay que ver lo que tenéis que aguantar. Dijo uno de los treintañeros, feliz de no tener, aparentemente, un trabajo de mierda como el mío. No hubo propina.
Me fui, por fin, a dentro del bar, a salvo por un momento de aquella jauría de pesados, de caprichosos, de remilgados, de españoles; madiciendo su raza. Al llegar a la barra, dejar la bandeja y estirar un poco la espalda he pensado: ¡Qué pesados que son…! No podrían ser educados como los franceses o los belgas.
A pesar de todo, todavía no me ha dado por escupir dentro del carajillo. ¿Seré yo extranjero también?

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