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  • La importancia de sonreír

    La importancia de sonreír

    Capítulo I

    —Israel, ¿la tuya es de carne o de sangre?

    La pregunta le pareció tan extraña que no pudo evitar prestar atención a la conversación que estaba intentando ignorar. El sol caía a plomo en la esquina de las basuras y en el aire veraniego pesaba un espíritu hecho de olor a basura reciente, mugre y desinfectante. Todos, las cinco o seis personas —llegaba y se marchaba alguien a cada rato—, estaban fumando. Se dejaba a los trabajadores echar un cigarrillo cuando había que tirar la basura, y nunca faltaban fumadores para realizar esa deliciosa tarea. Israel no entendía.

    —¿Cómo dices?

    Nadie quiere recordar el verano de 2013. Eran tiempos tan duros para las familias que los años harían de esa época un secreto que se guarda con vergüenza. Hombres y mujeres, bien entrados en la cuarentena, tenían que aprender a realizar trabajos que hasta hacía muy poco eran considerados deshonrosos: camareras de piso, friegaplatos, pinches de cocina, auxiliares de camarero, etcétera. Cabezas de familia, que hacía apenas dos años conducían un buen coche, se hipotecaban en un estrecho chalé, llevaban a los hijos a un colegio de pago, ahora estaban compartiendo cigarrillo y dolor de pies con la casta más baja de la sociedad del bienestar: los seres borrosos que trabajaban en el turismo. Israel tenía ventitrés años, pero compartía su desgracia.

    —Tu picha, ¿es de carne o de sangre? —insistió Helen. Su pelo teñido de zanahoria caía a un lado de la cara, tapándole parte de los granos adolescentes, del mismo color.

    —La suya debe ser de sangre. —dijo Eloy. Se echó a reír y los demás sonrieron también, dando chupadas rápidas a sus cigarrillos. Se habían quedado todos callados.

    —Vete a la mierda. —concluyó Israel, sin ganas de prestar atención a gilipolleces.

    —Siempre estás enfadado, tío. Relájate. —la defendió Eloy, el rollo enjuto de Helen.

    Osea, que así terminaban los sueños. Después de pasar años estudiando en la universidad, tenía que dar gracias por tener un trabajo como aquel, que le permitía ganar casi mil euros, diez horas el día, seis días a la semana, en el límite de lo que autorizaba la ley, que se había vuelto más elástica debido a las estrecheces económicas y al shock en el que la sociedad vivía. Nadie podía creerse que eso estaba sucediendo. Debía de ser una pesadilla que pronto pasaría, algo temporal que solucionarían los políticos. El presente se había hecho ininteligible y para estar cuerdo era necesario no pensar mucho.

    —No, tío, es que estaba a lo mío. A ver, Helen, qué es eso de las pichas de no se qué.

    —Hay pichas de carne y pichas de sangre. Las de sangre son muy pequeñas cuando están flojas y crecen mucho cuando se ponen duras. Por eso son mejores las de carne.

    —La mía es de carne —aclaró Eloy.

    —Sí, la de Eloy es de carne. ¡Menudo aparato tiene!

    —¿Acaso no son todas las pichas iguales? Lo que cambiará es el tamaño de cada una…

    —¿Ves? Te dije que Isra la tenía de sangre.

    —Sí, tenías razón. Aunque yo también lo pensaba, cariño.

    Esos dos imbéciles estaban consiguiendo amargarle el deseado cigarrillo. Ambos trabajaban por enchufe en el Hotel Bellavista ***, ella en animación y él de mantenimiento. Se habían conocido hacía apenas dos semanas, cuando había empezado la temporada. Por su parte, Israel había estado buscando trabajo desesperadamente, mientras estudiaba inglés. La carrera que había estudiado no le servía para encontrar trabajo, problemática social que nunca le explicaron en clase. Aquellos profesores universitarios se habían dedicado a venderles una película que terminaba junto al cubo de basura de un hotel de tres estrellas, donde los guiris iban a beber sin tasa y a comer como gorrinos rosas. Aunque debía sentirse agradecido: por lo menos tenía un empleo.

    Sin saber qué más añadir, decidió pasar del tema y seguir sumergido en sus propios pensamientos lo que quedaba de cigarrillo. La calle donde estaban hacía una bajada pronunciada. Todos los edificos, del mismo color blanco, de la misma época y estilo constructivo, eran hoteles. En concreto, aquella calle daba a la parte trasera, donde estaban las lavanderías, los cubos de basura, las zonas de carga y descarga. En las arregladas avenidas paralelas, las puertas tragaban turistas de todos los países, pero por ese lado de la realidad los hoteles hacían caca, y los trabajadores como Israel la trajinaban. Como un cosquilleo en la oreja, notó que alguien lo miraba con insistencia.

    —¡Qué asco da esa clase de gente que nunca sonríe! —dijo de pronto una foca vestida con un sucio traje blanco de cocinero, cigarrillo en los labios y temblorosa papada— ¡Estos chavales de ahora no valen para la hostelería! ¡Si no te gusta que venga otro!

    Israel sabía que iba por él y que el tipo intentaba provocarlo. No era la primera vez que uno de los empleados veteranos, antaño recién llegados al país con una mano delante y otra detrás, y que ahora se sentían justos señores de un trabajo que dominaban, se ensañaba con él, con el más débil. Un recién licenciado estudiante universitario en un empleo como aquel representaba el fracaso de una sociedad en declive, y el éxito relativo de unos tipos que hasta hacía muy poco se habían dedicado a servir y callar.

    —Hay que sonreír. Siempre. Aunque tu vida sea una mierda y tu madre se esté muriendo —José Alfredo levantó sus regordetas mejillas con sus dedos como morcillas, dibujando una expresión espeluznante, como la mueca de un muñeco diabólico—. Delante del cliente siempre hay que sonreír y decir que todo va bien. A nadie le importa tu vida ni le tiene que importar a nadie. A la hostelería se viene llorado. Hay que sonreír.

    Israel lo miraba y se preguntaba cómo se atrevía semejante deshecho humano a dar lecciones de nada. La sonrisa que hacía un instante había dibujado se había desvanecido por completo y sólo quedaba una expresión reconcentrada de odio en unos ojos enterrados en carne. No es que estuviera enfado con Isra, buscaba pelea porque estaba triste y harto. Disfrutaba haciendo rabiar a los advenedizos, como hicieran con él.

    Estiró irónicamente los músculos de la cara para dibujar la sonrisa más falsa de toda su vida y lanzó el cigarrillo lejos. Pasó por el lado de la foca José Alfredo, mirándolo con una falsa sonrisa de oreja a oreja, mostrando todos los dientes de arriba, con los ojos abiertos de par en par, levantando mucho las cejas. Parecía uno de esos monos con platillos que se activaban solos en las películas de miedo. «Bola de sebo asquerosa», decía su sonrisa, y se marchó de la esquina dejando su lugar a otro recién llegado.

    De camino a la terraza donde trabajaba, por los pasillos internos del hotel, que parecían diseñados para que pasaran las ratas de tan grises y sobrios, intentaba no pensar en cuántas horas le quedaban allí dentro. Desgraciadamente, la perspectiva a la hora del cierre no mejoraba, dado que en su vida de fuera el ambiente era también irrespirable. La realidad se había puesto cuesta arriba de repente, y dar otro paso en ella parecía una tarea imposible. Distraído como iba, se chocó con su amigo Isidoro, que salía a fumar.

    —Juan te está buscando. Quiere hablar contigo.

    —¿De qué?

    —Ni idea, tío. Me ha dicho que dónde estabas. Le he dicho que tirando la basura.

    —Chivato. ¿Y tú donde vas?

    —A tirar la basura también.

    —Pero si no llevas las bolsas.

    —Que tu no las veas no significa que no las lleve —Isidoro le giñó un ojo y rápidamente entendió que iba a menudear la cocaína que Juan le suministraba.

    —Nos vemos luego, entonces. Me voy a ver qué quiere este.

    —¡Anímate, hombre! —y se marchó contento, moviendo mucho los brazos. Isidoro le había conseguido aquel empleo milagroso. A pesar de todos los currículum que había echado, la única oportunidad laboral venía de un pequeño delincuente de su barrio. El mundo se había vuelto rematadamente loco, y parecía otro milagro que no reventara.   

    Al llegar a la terraza, miró a todas partes sin éxito. La piscina estaba llena en ese momento de niños ingleses disfrutando del sol del verano y del agua fresquita color turquesa. Una estructura de toboganes gobernaba el centro de la diversión y los infantes no dejaban de subir y bajar por todas partes y de tirarse peligrosamente, practicando el balconing. Ningún resposable les llamaba la atención por miedo a ser despedido. En esas se cruzó con Bombón, un negro dominicano que seducía a todas las viejas con bromas en fluido inglés y una sonrisa que debaja ver dos filas de blanquísimos dientes.

    —¡Issssra! ¡Espabila! ¿Dónde está tu bandeja? ¿Te crees que estás aquí de paseo? He thinks he is on hollidays, darling. Do you belive it? Come on, boy! Do your fucking job! —la señora a la que se dirigía reía como si cacareara, haciendo temblar la flácida piel de su rostro inglés— If you need something you only have to ask him, okay my love?

    —Bombon you are the best! —ambos rieron de buena gana, cogiéndose las manos.

    —Estoy buscando a Juan, ¿sabes dónde está?

    —No.

    Se marchó sin decir más, meneando el culo para el deleite de las señoras que lo miraban pasar mientras se tostaban bajo los rayos ultravioleta que ni siquiera Bombón soportaría.

    Decidió ir a buscar a Juan dentro del bar, en la zona donde estaba la barra y las máquinas del todo incluido, que siempre estaban llenas de niños con sobrepeso pululando como moscardones, con los pies blanquísimos y la expresión bovina.

    Detrás de la barra, en una posición de privilegio, resguardado del calor sofocante de la terraza y a la sombra del aire acondicionado, miraba hacia la nada estirado, con los brazos detrás de la espalda y el cuerpo echado hacia delante, dibujando una leve joroba. La pose del fracasado, pensaba siempre Israel cuando lo veía. Se movía con gestos lentos, acorde con lo perezoso que era. A pesar de tener menos idea de hostelería que ninguno, lo tenían dentro del bar. También estaba enchufado. Era pariente del dueño.

    —¿Has visto a Juan?

    —Esta dentro —dijo Jaime, señalando con la cabeza el lugar que servía de almacén y de despacho al encargado. Israel sabía que cuando Juan estaba dentro —podía pasarse largos ratos, a veces incluso horas— era mejor no molestarlo, a no ser que fuera para algo urgente. Siempre estaba sentado en una tabla de madera sobre cajas de cerveza y refrescos, que hacía las veces de mesa, haciendo ver que revisaba papeles y ajustaba cuentas, pero todo el mundo sabía que se dedicaba a vaciar su bolsa de farlopa.

    —¿Ha preguntado por mí?

    Jaime se encogió de hombros, sin decir nada. En su anterior vida, se había dedicado a la construcción. Según le explicó a Israel un día, entre lágrimas, su misión consistía en hacer regatas, esto es, surcos o canales que se hacen en las paredes o en los suelos para pasar tuberías y cables. Se ganaba bien, muy bien la vida, sin deslomarse demasiado. De la noche a la mañana había aparecido en el hotel, como una seta, vestido con el polo reglamentario y los negros pantalones de nailon, que disimulaban las manchas diarias. Tenía la mirada de las mil yardas, que en su cara era una expresión estúpida y triste.

    Sin despedirse de su compañero, decidió agarrar la bandeja y salir a recoger la piscina, la tarea que todos intentaban evitar. Su cometido consistía en pasearse por entre las hamacas, las mesas de la terraza, los rincones donde solían yacer los turistas, e ir recolectando los vasos vacíos de cerveza, los envases de cartón con restos de refresco, los ceniceros llenos de colillas y escupitajos. Cartones, papeles y plásticos también entraban dentro de su jurisprudencia. Si alguno de los niños vomitaba, había que ir corriendo a recogerlo con el cubo y la fregona, y si era un adulto borracho, también.

    Por suerte la cosa estaba tranquila y no había que lamentar una tarea tan desagradable de momento. Con concentración y decidido, se dedicó a su cometido con brío y buen espíritu, con el sano orgullo de aquel que tiene el mundo en sus manos porque se gana el pan con el sudor de su frente, bajo el sol abrasador del verano, que con los años dibujaría profundos surcos en la piel. Israel trabajaba con tesón y la bandeja de su mano derecha cada vez estaba más repleta de basura recolectada, amontonada en una torre imposible que manejaba con soltura y gracia, sin que se cayera. Estaba orgulloso de sí mismo, su padre sentiría el pecho hinchado si lo viera. Quizá Juan lo estaría mirando por detrás de la cristalera del bar, pensando: «Este chaval tiene un par de huevos».

    «El trabajo os hará libres», pensaba con convicción Israel. Conseguiría sobreponerse a las dificultades, saldría adelante costara lo que costase. Maldita sea, el mundo era suyo. Pronto se presentaría la oportunidad, alguna cosa pasaría que haría cambiar todo de repente y sería por fin reconocido, como el genio que era, por hombres y mujeres. Esa situación era algo temporal, algo que edulcorar a los hijos al contarles su gran historia. Estaba tan centrado en su misión que ni siquiera reparaba en los biquinis de las chicas jóvenes, en la veintena como él, que de vez en cuando le dedicaban una sonrisa o un paseo al borde de la piscina, justo antes de saltar al agua, colocándose la leve ropa.

    Cuando ya era imposible meter otra cosa más en la bandeja, se llenó la mano que le quedaba libre con cinco vasos de plástico, uno por cada dedo, y entró en la refrigerada zona del bar empujando la puerta con el pie, con la espalda estirada y el paso decidido, como Perseo llevando sobre su escudo la horripilante cabeza de Medusa recién cortada.

    —A ti t’estaba yo buscando —dijo Juan al verlo, justo cuando dejaba la bandeja sobre la barra y empezaba a manipular la basura con las manos desnudas para meter el plástico y el cartón en el container correspondiente. El mundo podía haberse ido al carajo, pero había que reciclar como marcaban los cánones de urbanidad establecidos.

    —Vale, déjame un momento que termine con esto, porfa.

    La perilla de Juan se movía nerviosamente de un lado a otro, como si le picara la barbilla y no se le ocurriera rascársela. Sus ojos eran completamente negros, excepto por la córnea blanca que los delimitaban. Aquello constituía una ventaja anatómica para él, dado que si hubiera tenido los ojos claros cualquiera podría apreciar que llevaba las pupulas del tamaño de la cabeza de un alfiler. Le había estado dando duro a lo suyo.

    —Israé, ven un momento a mi despacho.

    Se preguntaba qué tenía que contarle. ¿Quizá lo iban a cambiar de hotel? Había un hotel mejor, que quedaba un poco más arriba de la calle, el Tropicana ****. Se trataba de un lugar para clientes más exclusivos. Las lenguas del Bellavista *** decían que se trabajaba mucho menos, que allí se vivía muy bien. Toda la plantilla estaba deseando cubrir una sustitución allí, tener un golpe de suerte, y quizás quedarse para toda la temporada. En el Tropicana **** estaba Martín, un jefe agradable, que trataba a todo el mundo con respeto y dignidad. Israel había conocido a Martín no hacía mucho y le había parecido que se habían caído bien. Era un señor de unos treintaicinco-cuarenta años, de paso ligero y mirada atenta, que demostraba conocer y amar su profesión.

    Una vez en el despacho de Juan, este cerró tras de ellos la puerta y sin preámbulos dijo:

    —Hoy es tu último día. Estás despedido.

    Israel sintió que se le arrugaba y encogía la última frontera de su cuerpo, hecha de carne, pero sobre todo de sangre a la fuga. Desconcertado, sólo se le ocurrió preguntar:

    —¿Cómo dices?

    …oooOOOooo…

    Nota de El Escribidor: El próximo domingo publicaré el Capítulo 2 de este relato. Si te ha gustado, te invito a dejarme tu opinión y a seguir explorando otros textos que podrían emocionarte. Tu participación es muy valiosa para mí y me ayuda a seguir creando contenido que disfrutes. Comparte esta entrada con tus amigos y familiares, y juntos podemos construir una comunidad de lectores apasionados. ¡Un abrazo!
    Ricardo

  • Gracias, Ruslan

    Gracias, Ruslan

    Hola, Ruslan:

    La verdad es que creo que una crítica positiva es siempre más constructiva que nombrar las cosas negativas. Muchas veces hay aspectos mejorables, pero lo mejor es fijarse en lo bueno, y para mí lo bueno es lo que sigue:

    Lo que más me ha gustado del año que llevo en el Estival han sido mis compañeros, no solamente me refiero a los que están en mi puesto, de ayudante de camarero, sino también a algunos de los encargados y jefes que hasta ahora he tenido. Lo que más valoro de ellos es que me han enseñado mucho, ¿cómo? Pues viéndolos trabajar.

    Pienso que este es el aspecto más importante. Si un responsable es trabajador, fácilmente arrastra al resto del equipo consigo, pues los que están por debajo se fijan en él y se exigen a sí mismos según la exigencia de su responsable. Por ello me parece perfecto que un encargado coma mierda, como se dice, al fin y al cabo, esa mierda es faena y esto último es lo que hay que sacar. Nunca me ha importado hacer cualquier tipo de faena porque siempre se aprende algo, aunque no lo parezca. Algunos dicen que ya no están para hacer cierta clase de trabajos, pero yo creo que se equivocan.

    Lo importante es lo que uno aprende, eso se lo lleva a cualquier oficio que emprenda. Uno puede pasar en una empresa muchos años con una actitud pasiva y saber lo justo. Uno puede pasar un año y aprender mucho, no solo con lo que le mandan, sino también con lo que ve. En la vida nunca se sabe, hoy estás aquí y mañana no, pero si uno ha aprovechado el tiempo que le han dado, fácilmente encontrará nuevas oportunidades en otros sitios, y así seguirá aprendiendo. El que se acomoda en determinadas tareas, se estanca, aunque no lo sepa, y se vuelve esclavo de las circunstancias. Un ejemplo de esto puede ser, en nuestro caso, el que siempre está en barra y un día le toca salir de bandeja. En teoría, todos dicen que chupar bandeja es una mierda, sin embargo he visto otros sitios en que los camareros sólo trabajan con la bandeja y es en cocina donde preparan los pedidos. Por tanto, el dominio con esta herramienta se hace, en este oficio, algo realmente fundamental si uno quiere llamarse a sí mismo camarero.

    Pero, por supuesto, el trabajo en barra es también fundamental y complejo. Por ello creo que es una buena idea que los trabajadores vayan rotando en sus posiciones y así conozcan todos los aspectos del oficio. ¿Cómo va a juzgar uno el trabajo de un bandeja si no sabe lo que hay ahí fuera? Y si un día uno de los de la barra se ausenta en su puesto y le toca a un bandeja sustituirlo, ¿cómo hará este su trabajo si no lo conoce? Yo siempre les he dicho a mis superiores que me gusta hacer de todo, cuanto más variado, mejor. Debo decir que algunos me han concedido esta oportunidad de muy buena gana y yo se lo agradezco mucho.

    Por dar nombres propios, considero a Jose Luis un muy buen responsable. La temporada pasada, muchas veces me ha puesto en barra cuando yo no sabía casi nada, esto significa darle más faena a él, el encargado, que tiene que vigilar la suya propia, ver que la mía no salga mal y corregirme cuando sea necesario. Este invierno siempre me ponía en el salón Sant Jordi, donde había mucha faena, y he aprendido muchísimo. Ahora es verano y la bandeja me la sé de memoria, cuando me ponen en barra me siento francamente adelantado para el tiempo que llevo aquí y todo es por lo bien que me ha enseñado y por las ganas que yo tenía, y tengo, de aprender. Además, en discoteca, muchas veces Jose Luis ha salido a ayudarme a trajinar bandejas llenas de vajilla cuando era la hora de cerrar, nunca lo he visto quejarse por cualquier faena que hubiera que hacer y siempre sabe lo que hay en todo momento. Por eso lo respeto mucho y lo valoro como un buen jefe, aunque tenga un año menos que yo. La veteranía es un grado, pero la actitud es un grado mayor.

    Por último, la comunicación es un aspecto importantísimo. Sin embargo, no creo en el amiguismo, porque aquí venimos a trabajar y no es un lugar para el ocio. Por supuesto que lo podemos pasar bien en nuestro trabajo, yo soy de los que más se ríe y más tonterías dice, pero siempre y cuando el trabajo salga. Cuando lo importante es la amistad, mal, porque es cuando surgen los problemas. Hay gente que se dedica a culpar a los demás de las complicaciones que salen, pero yo creo que así no se solucionan. Porque nadie es perfecto y todo el mundo se equivoca, y no pasa nada, siempre y cuando haya una actitud para hacerlo mejor. El que pretende parecer que hace mucho y hace poco, que denuncia lo mal que lo hacen los demás, que solo se mueve cuando tiene al jefe delante, no es un buen responsable. En este apartado no voy a dar nombres, no hace falta, ellos brillan con luz propia.

    Quizá el aspecto que yo debo mejorar es el de la comunicación. Muchas veces me limito a hacer mi faena, sea la que sea, y a hacerla lo mejor que sepa. Como todos, me surgen problemas y conflictos pero intento solucionarlos o superarlos con mi trabajo, no con la conversación amigable. Pero creo que la mejor manera de demostrar que estoy bien es trabajar bien, y la verdad me siento realmente contento con mi faena. Me siento en familia porque me veo comprendido por aquellos en los que me fijo para mejorar.

    No sé cómo será esta nueva temporada, pero sí como han sido todas las demás temporadas de mi vida, en la hostelería o fuera de ella, y siempre me he regido por los mismos principios. Intento ser honesto y decir la verdad, si me equivoco, lo digo, porque se equivoca el que hace las cosas; intento ser comprensivo porque muchas veces han tenido que comprenderme a mí; intento ser leal porque, al fin y al cabo, yo estoy aquí porque tú me llamaste e independientemente de cómo vayan las circunstancias futuras, nunca diré nada malo de quien creo que no se lo merece.

    En definitiva, creo que me he alargado demasiado, pero quería hacerlo bien porque, como con todo, me lo tomo muy en serio. Me falta mucho por aprender, tanto en la hostelería como fuera de ella, pero siempre me quedo con una frase que me repite muchas veces mi padre, que en lo suyo también es jefe: “no trabaja más el que más sabe, sino el que más quiere”.

    Espero que entre todos hagamos una muy buena temporada, seguro que es así. 

    Atentamente,

    Ricardo Rodríguez Boceta

    Nota del autor:

    En el verano de 2015 yo trabajaba en un hotel muy conocido situado en La Pineda, en la provincia de Tarragona. Aquel empleo era fundamental para mí y gracias a él pude costearme los estudios de máster al final de la temporada. Por aquel entonces, yo no sabía qué sería de mí, sólo tenía esperanzas en el futuro, pero ninguna certeza.

    Han pasado unos cuantos años desde entonces, casi diez, y muchas cosas han cambiado en mi vida a todos los niveles. Estas vacaciones, ordenando mis papeles, ha aparecido este texto que me ha colmado de nostalgia.

    Durante la temporada de 2015, nuestro encargado, Ruslan, un moldavo que había huido de la descomposición de la Antigua Unión Soviética, nos pidió a los empleados que escribiéramos un pequeño texto sobre nuestra experiencia en el trabajo. Supongo que para él fue una idea que se le ocurrió sin más, pero para mí fue una oportunidad para escribir, cosa que no hacía mucho por aquel entonces.

    Recuerdo que al leer la carta se quedó gratamente sorprendido y estuvimos hablando de la vida. Me contó que en sus tiempos, cuando era tan joven como yo lo era entonces, se había dedicado a ser payaso en un circo, pero con la caída de la URSS también habían cambiado los gustos y costumbres de las personas y el circo casi había desaparecido. Ruslan llevaba en España 16 años y había podido aprovecharse del boom del turismo ruso que por aquel entonces había llenado las playas de la Costa Dorada durante varios años. Yo lo apreciaba mucho como persona y creo que él también a mí.

    Un tiempo después, me tocó ser profesor de Literatura en el instituto público de Vila-Seca, una localidad muy cercana a La Pineda. Hubo un día en que una alumna se puso enferma y tuve que acompañarla hasta que llegara su padre. Cuál fue mi sorpresa al ver que su padre era Ruslan, quien había sido mi jefe un par de años atrás en el hotel. Él no sabía que yo tuviera estudios y se quedó con una cara de alucinado que todavía recuerdo hoy.

    La vida da muchas vueltas y la historia de una vida se escribe con casualidades sorprendentes que serían imposibles en cualquier ficción. Ayer estaba con unos amigos hablando de los trabajos que habíamos desempeñado y de los proyectos que queríamos emprender en el futuro cercano. Mientras la conversación avanzaba, yo pensaba en aquella carta a Ruslan que hacía poco había encontrado entre mis papeles.

    Hay quienes se sorprenden cuando les digo que en todos los trabajos me lo he pasado muy bien. Aquel jefe exsoviético me enseñó a apreciar el amor por las cosas bien hechas, aunque no sean nuestra vocación primera: para mí era convertirme en escritor y para él ser artista del circo. Pero gracias a su actitud había conseguido emigrar y triunfar laboralmente en un país en crisis. Quien tiene actitud puede con todo y, suena a tópico, pero el dinero es lo de menos. Gracias, Ruslan.

  • Trifásico de Terry

    Trifásico de Terry

    Escribí esta experiencia allá por los años 10, cuando trabajaba en un hotel de la costa durante la temporada de verano. Han pasado algunos agostos desde entonces, pero esta historia continúa vigente en muchos enclaves turísticos. No les hagan la vida imposible a los probres chavales que les sirven el trifásico de Terry.

    Hoy en el trabajo, me ha pillado por banda un “español”. Debo decir, antes que nada, que en nuestra selecta jerga de camareros afirmamos que, dentro de todo el crisol de culturas que visita nuestras playas y hoteles en verano, de todas las culturas del planeta Tierra, los españoles son los más “pesados”.

    Estaba yo esperando a que me prepararan unas bebidas y antes de salir por la puerta, con las múltiples copas en una bandeja cargadísima, me ha asaltado uno de estos pesados. -Oye, ¿servís a fuera? ¡Es que llevamos un rato esperando y allí no viene nadie! -Sí, sí, caballero, dígame lo que quiere y yo ahora se lo llevo, cuando pueda. -No, no, ya voy yo a la barra, pido, y entonces tú lo traes, estamos en las mesas estas marrones de allí, la quinta de la derecha que está… -Bueno, mejor dígamelo a mí y yo se lo traigo ahora. El cabrón iba a quejarse a la barra, donde estaba el jefe, de que yo no estaba atendiendo afuera.

    El hombre me dice lo que quiere, a regañadientes: seis o siete cafés, algunos con sacarina, otros con un toque de Terry, infusiones del tiempo… Cuando no he entendido lo de “infusión del tiempo”, me ha ilustrado el gentilhombre. -¡Pues qué coño va a ser! Un poleo con un vaso con UN hielo, para hacerlo del tiempo. -Usted quiere un poleo con hielo, ¿no? -No, quiero una infusión del tiempo. -Bueno, bueno… y he apuntado “un poleo con hielo”. Cabe citar aquí que el hombre llevaba una lista con la comanda apuntada, para que no hubiera lugar posible al error, era un hombre ordenado, pero eso no lo había escrito él, sino su hija, porque era la letra clara y pulcra de una chica. Podría haberme dado la lista o el teléfono de su hija.

    -¿Lo tienes todo, niño? -Sí, caballero, no sufra, que ahora se lo llevo. -Bueno, ahora, apunta lo que quiero yo. Un café… -escribo “café” bajo su atenta mirada- …con un toque de Terry, ¡pero descafeinado, eh! -Vale, vale. Entonces he levantado la vista de la libreta. El hombre era el tópico-típico del facha español: gordo, calvo, bigote blanco-amarillento, con los ojos oscuros y con cara de pocos amigos. Al mirarnos frente a frente, me he reído por dentro y por fuera he esbozado una sonrisa que al hombre no le ha gustado mucho, pues se ha ido renegando con paso firme de militar franquista. En fin, el trabajo sigue.

    Después de llevar la comanda que traía a una mesa de turistas franceses, que me han obsequiado con un educado “merci” sin propina cada vez que una de sus bebidas tocaba la mesa, he vuelto a la barra a preaparar el encargo del hombre del bigote. Le he cantado al cafetero el caprichoso pedido y poco ha faltado para que nos liásemos y la cagáramos con el hombre. Pero al final, según mis apuntes, todo estaba en orden, y cagando leches me he ido con los humeantes cafés hacia la mesa del tipo, no porque tuviera prisa por servirlo, sino porque llevaba un capuchino cuya nata se iba derritiendo por el camino y no quería que me hicieran volver. En dos zancadas, me he plantado allí, eran una familia: la mujer, la hija, el novio de la hija, la tía, la abuela y el buenhombre mirandome como un Torquemada resucitado.

    -¡Hola! -¡Hola! Dijo la hija, el caballero solo suspiró y dijo: -¡A ver! Los demás no dijeron nada. -Bueno, capuchino… -Para mí. -Dijo la madre. -Vale ¿poleo? -Para mí. -Dijo el novio de la hija visiblemente asustado. -¿Cortado? -Para la abuela, etc. Y finalmente: -¿Carajillo de Terry descafeinado? Y sin esperar respuesta, se lo he puesto al hombre que permanecía con los brazos cruzados observando y aprobando con su silencio toda la operación. Todo estaba listo, podía proseguir mi camino. Sólo quedaba un cortado solitario en la bandeja. No hubo “gracias” de ninguna clase, en ningún momento. -Españoles… -pensé yo.

    Esta historia podría haber acabado felizmente aquí pero a no más de tres metros, bramó la voz del bigote: ¡Oye! ¡Eh, tú! Me giré yo y las demás mesas que habían entre nosotros, di media vuelta mietras el hombre hacía un gesto repetidamente negativo con la cabeza y otro con la mano, como el que llama al perro cuando se ha cagado en medio del salón. Antes de que yo abriera la boca, la abrió él: -Te has equivocado, eh, esto no es lo que yo he pedido… -¡Cómo que no!- Yo empezaba a perder la paciencia. -Café descafeinado con Terry. -¡Yo te he pedido un cortado con un toque de Terry! -¡Déjalo papá! Tómate eso… -Decía la hija, defendiéndome. -¡Que no me tomo yo esto coño! -decía mientras removía con repulsión el trifásico de Terry. -Bueno, ¿y este cortado de quién es? -Dije yo a un cortado que permanecía abandonado en medio de la mesa. -Ese es tu cortado, Jesús. -dijo la mujer, resulta que habían pedido por él. -El bigotes se revolvió en el asiento mirando la lista que todavía conservaba, la tensión estaba subiendo y antes de que se desbordara digo: -Bueno, yo me llevo esto, usted péguele un trago al cortado y ahora le echo un poco de Terry dentro. -¡Pues eso es lo que te estoy diciendo, joder, que no te enteras…! Y mientras me iba: -¡Cállate ya, pesado! Lo dije para mis adentros, mordiéndome la lengua para que me saliera por la boca. Había crisis y necesitaba el dinero. No me giré, volví a por la botella de dichoso Terry.

    Al cabo de esos pocos minutos, la cosa estaba más calmada y el hombre más relajado, le he echado su toque de Terry y he dicho: -Ala… ya está. La mujer, visiblemente amargada, decía: -¿Ves, Jesús? Ya tienes tu café como a ti te gusta… El hombre solo levantaba las cejas. Mientras les retiraba los vasos vacíos la mujer se dirigió a mí. -Ya estás acostumbrado, ¿verdad? -Pues sí, señora, a todo se acostumbra uno… -¡Pues es lo que hay! Me espetó la buenamujer. -¡Pues sí! Le espeté yo, ahogando un “hijadeputa” por el camino.

    Y apretando los dientes, he seguido mi camino, cagándome en el hombre y en su mujer, no en su hija, pensando en el pobre novio del poleo con semejantes suegros, en todo esto, me ha llamado otra mesa: -¡Eh, colega! Ven un momento porfa… -Otra mesa de españoles, dos parejas avanzados en la treintena, me habían pedido antes y me habían preguntado por Don Pimpón, yo entendía que era el facha del bigote. Les había dicho que sí, que lo había visto. -¿Era este el famoso Don Pimpón? -No, no. -digo entre risas. El señalado se daba por aludido con la historia que iba con él pero que no entendía porque apenas a esa distancia -Era otro, un viejo aún más hijodeputa. -Hay que ver lo que tenéis que aguantar. Dijo uno de los treintañeros, feliz de no tener, aparentemente, un trabajo de mierda como el mío. No hubo propina.

    Me fui, por fin, a dentro del bar, a salvo por un momento de aquella jauría de pesados, de caprichosos, de remilgados, de españoles; madiciendo su raza. Al llegar a la barra, dejar la bandeja y estirar un poco la espalda he pensado: ¡Qué pesados que son…! No podrían ser educados como los franceses o los belgas.

    A pesar de todo, todavía no me ha dado por escupir dentro del carajillo. ¿Seré yo extranjero también?