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  • La importancia de sonreír

    La importancia de sonreír

    Capítulo I

    —Israel, ¿la tuya es de carne o de sangre?

    La pregunta le pareció tan extraña que no pudo evitar prestar atención a la conversación que estaba intentando ignorar. El sol caía a plomo en la esquina de las basuras y en el aire veraniego pesaba un espíritu hecho de olor a basura reciente, mugre y desinfectante. Todos, las cinco o seis personas —llegaba y se marchaba alguien a cada rato—, estaban fumando. Se dejaba a los trabajadores echar un cigarrillo cuando había que tirar la basura, y nunca faltaban fumadores para realizar esa deliciosa tarea. Israel no entendía.

    —¿Cómo dices?

    Nadie quiere recordar el verano de 2013. Eran tiempos tan duros para las familias que los años harían de esa época un secreto que se guarda con vergüenza. Hombres y mujeres, bien entrados en la cuarentena, tenían que aprender a realizar trabajos que hasta hacía muy poco eran considerados deshonrosos: camareras de piso, friegaplatos, pinches de cocina, auxiliares de camarero, etcétera. Cabezas de familia, que hacía apenas dos años conducían un buen coche, se hipotecaban en un estrecho chalé, llevaban a los hijos a un colegio de pago, ahora estaban compartiendo cigarrillo y dolor de pies con la casta más baja de la sociedad del bienestar: los seres borrosos que trabajaban en el turismo. Israel tenía ventitrés años, pero compartía su desgracia.

    —Tu picha, ¿es de carne o de sangre? —insistió Helen. Su pelo teñido de zanahoria caía a un lado de la cara, tapándole parte de los granos adolescentes, del mismo color.

    —La suya debe ser de sangre. —dijo Eloy. Se echó a reír y los demás sonrieron también, dando chupadas rápidas a sus cigarrillos. Se habían quedado todos callados.

    —Vete a la mierda. —concluyó Israel, sin ganas de prestar atención a gilipolleces.

    —Siempre estás enfadado, tío. Relájate. —la defendió Eloy, el rollo enjuto de Helen.

    Osea, que así terminaban los sueños. Después de pasar años estudiando en la universidad, tenía que dar gracias por tener un trabajo como aquel, que le permitía ganar casi mil euros, diez horas el día, seis días a la semana, en el límite de lo que autorizaba la ley, que se había vuelto más elástica debido a las estrecheces económicas y al shock en el que la sociedad vivía. Nadie podía creerse que eso estaba sucediendo. Debía de ser una pesadilla que pronto pasaría, algo temporal que solucionarían los políticos. El presente se había hecho ininteligible y para estar cuerdo era necesario no pensar mucho.

    —No, tío, es que estaba a lo mío. A ver, Helen, qué es eso de las pichas de no se qué.

    —Hay pichas de carne y pichas de sangre. Las de sangre son muy pequeñas cuando están flojas y crecen mucho cuando se ponen duras. Por eso son mejores las de carne.

    —La mía es de carne —aclaró Eloy.

    —Sí, la de Eloy es de carne. ¡Menudo aparato tiene!

    —¿Acaso no son todas las pichas iguales? Lo que cambiará es el tamaño de cada una…

    —¿Ves? Te dije que Isra la tenía de sangre.

    —Sí, tenías razón. Aunque yo también lo pensaba, cariño.

    Esos dos imbéciles estaban consiguiendo amargarle el deseado cigarrillo. Ambos trabajaban por enchufe en el Hotel Bellavista ***, ella en animación y él de mantenimiento. Se habían conocido hacía apenas dos semanas, cuando había empezado la temporada. Por su parte, Israel había estado buscando trabajo desesperadamente, mientras estudiaba inglés. La carrera que había estudiado no le servía para encontrar trabajo, problemática social que nunca le explicaron en clase. Aquellos profesores universitarios se habían dedicado a venderles una película que terminaba junto al cubo de basura de un hotel de tres estrellas, donde los guiris iban a beber sin tasa y a comer como gorrinos rosas. Aunque debía sentirse agradecido: por lo menos tenía un empleo.

    Sin saber qué más añadir, decidió pasar del tema y seguir sumergido en sus propios pensamientos lo que quedaba de cigarrillo. La calle donde estaban hacía una bajada pronunciada. Todos los edificos, del mismo color blanco, de la misma época y estilo constructivo, eran hoteles. En concreto, aquella calle daba a la parte trasera, donde estaban las lavanderías, los cubos de basura, las zonas de carga y descarga. En las arregladas avenidas paralelas, las puertas tragaban turistas de todos los países, pero por ese lado de la realidad los hoteles hacían caca, y los trabajadores como Israel la trajinaban. Como un cosquilleo en la oreja, notó que alguien lo miraba con insistencia.

    —¡Qué asco da esa clase de gente que nunca sonríe! —dijo de pronto una foca vestida con un sucio traje blanco de cocinero, cigarrillo en los labios y temblorosa papada— ¡Estos chavales de ahora no valen para la hostelería! ¡Si no te gusta que venga otro!

    Israel sabía que iba por él y que el tipo intentaba provocarlo. No era la primera vez que uno de los empleados veteranos, antaño recién llegados al país con una mano delante y otra detrás, y que ahora se sentían justos señores de un trabajo que dominaban, se ensañaba con él, con el más débil. Un recién licenciado estudiante universitario en un empleo como aquel representaba el fracaso de una sociedad en declive, y el éxito relativo de unos tipos que hasta hacía muy poco se habían dedicado a servir y callar.

    —Hay que sonreír. Siempre. Aunque tu vida sea una mierda y tu madre se esté muriendo —José Alfredo levantó sus regordetas mejillas con sus dedos como morcillas, dibujando una expresión espeluznante, como la mueca de un muñeco diabólico—. Delante del cliente siempre hay que sonreír y decir que todo va bien. A nadie le importa tu vida ni le tiene que importar a nadie. A la hostelería se viene llorado. Hay que sonreír.

    Israel lo miraba y se preguntaba cómo se atrevía semejante deshecho humano a dar lecciones de nada. La sonrisa que hacía un instante había dibujado se había desvanecido por completo y sólo quedaba una expresión reconcentrada de odio en unos ojos enterrados en carne. No es que estuviera enfado con Isra, buscaba pelea porque estaba triste y harto. Disfrutaba haciendo rabiar a los advenedizos, como hicieran con él.

    Estiró irónicamente los músculos de la cara para dibujar la sonrisa más falsa de toda su vida y lanzó el cigarrillo lejos. Pasó por el lado de la foca José Alfredo, mirándolo con una falsa sonrisa de oreja a oreja, mostrando todos los dientes de arriba, con los ojos abiertos de par en par, levantando mucho las cejas. Parecía uno de esos monos con platillos que se activaban solos en las películas de miedo. «Bola de sebo asquerosa», decía su sonrisa, y se marchó de la esquina dejando su lugar a otro recién llegado.

    De camino a la terraza donde trabajaba, por los pasillos internos del hotel, que parecían diseñados para que pasaran las ratas de tan grises y sobrios, intentaba no pensar en cuántas horas le quedaban allí dentro. Desgraciadamente, la perspectiva a la hora del cierre no mejoraba, dado que en su vida de fuera el ambiente era también irrespirable. La realidad se había puesto cuesta arriba de repente, y dar otro paso en ella parecía una tarea imposible. Distraído como iba, se chocó con su amigo Isidoro, que salía a fumar.

    —Juan te está buscando. Quiere hablar contigo.

    —¿De qué?

    —Ni idea, tío. Me ha dicho que dónde estabas. Le he dicho que tirando la basura.

    —Chivato. ¿Y tú donde vas?

    —A tirar la basura también.

    —Pero si no llevas las bolsas.

    —Que tu no las veas no significa que no las lleve —Isidoro le giñó un ojo y rápidamente entendió que iba a menudear la cocaína que Juan le suministraba.

    —Nos vemos luego, entonces. Me voy a ver qué quiere este.

    —¡Anímate, hombre! —y se marchó contento, moviendo mucho los brazos. Isidoro le había conseguido aquel empleo milagroso. A pesar de todos los currículum que había echado, la única oportunidad laboral venía de un pequeño delincuente de su barrio. El mundo se había vuelto rematadamente loco, y parecía otro milagro que no reventara.   

    Al llegar a la terraza, miró a todas partes sin éxito. La piscina estaba llena en ese momento de niños ingleses disfrutando del sol del verano y del agua fresquita color turquesa. Una estructura de toboganes gobernaba el centro de la diversión y los infantes no dejaban de subir y bajar por todas partes y de tirarse peligrosamente, practicando el balconing. Ningún resposable les llamaba la atención por miedo a ser despedido. En esas se cruzó con Bombón, un negro dominicano que seducía a todas las viejas con bromas en fluido inglés y una sonrisa que debaja ver dos filas de blanquísimos dientes.

    —¡Issssra! ¡Espabila! ¿Dónde está tu bandeja? ¿Te crees que estás aquí de paseo? He thinks he is on hollidays, darling. Do you belive it? Come on, boy! Do your fucking job! —la señora a la que se dirigía reía como si cacareara, haciendo temblar la flácida piel de su rostro inglés— If you need something you only have to ask him, okay my love?

    —Bombon you are the best! —ambos rieron de buena gana, cogiéndose las manos.

    —Estoy buscando a Juan, ¿sabes dónde está?

    —No.

    Se marchó sin decir más, meneando el culo para el deleite de las señoras que lo miraban pasar mientras se tostaban bajo los rayos ultravioleta que ni siquiera Bombón soportaría.

    Decidió ir a buscar a Juan dentro del bar, en la zona donde estaba la barra y las máquinas del todo incluido, que siempre estaban llenas de niños con sobrepeso pululando como moscardones, con los pies blanquísimos y la expresión bovina.

    Detrás de la barra, en una posición de privilegio, resguardado del calor sofocante de la terraza y a la sombra del aire acondicionado, miraba hacia la nada estirado, con los brazos detrás de la espalda y el cuerpo echado hacia delante, dibujando una leve joroba. La pose del fracasado, pensaba siempre Israel cuando lo veía. Se movía con gestos lentos, acorde con lo perezoso que era. A pesar de tener menos idea de hostelería que ninguno, lo tenían dentro del bar. También estaba enchufado. Era pariente del dueño.

    —¿Has visto a Juan?

    —Esta dentro —dijo Jaime, señalando con la cabeza el lugar que servía de almacén y de despacho al encargado. Israel sabía que cuando Juan estaba dentro —podía pasarse largos ratos, a veces incluso horas— era mejor no molestarlo, a no ser que fuera para algo urgente. Siempre estaba sentado en una tabla de madera sobre cajas de cerveza y refrescos, que hacía las veces de mesa, haciendo ver que revisaba papeles y ajustaba cuentas, pero todo el mundo sabía que se dedicaba a vaciar su bolsa de farlopa.

    —¿Ha preguntado por mí?

    Jaime se encogió de hombros, sin decir nada. En su anterior vida, se había dedicado a la construcción. Según le explicó a Israel un día, entre lágrimas, su misión consistía en hacer regatas, esto es, surcos o canales que se hacen en las paredes o en los suelos para pasar tuberías y cables. Se ganaba bien, muy bien la vida, sin deslomarse demasiado. De la noche a la mañana había aparecido en el hotel, como una seta, vestido con el polo reglamentario y los negros pantalones de nailon, que disimulaban las manchas diarias. Tenía la mirada de las mil yardas, que en su cara era una expresión estúpida y triste.

    Sin despedirse de su compañero, decidió agarrar la bandeja y salir a recoger la piscina, la tarea que todos intentaban evitar. Su cometido consistía en pasearse por entre las hamacas, las mesas de la terraza, los rincones donde solían yacer los turistas, e ir recolectando los vasos vacíos de cerveza, los envases de cartón con restos de refresco, los ceniceros llenos de colillas y escupitajos. Cartones, papeles y plásticos también entraban dentro de su jurisprudencia. Si alguno de los niños vomitaba, había que ir corriendo a recogerlo con el cubo y la fregona, y si era un adulto borracho, también.

    Por suerte la cosa estaba tranquila y no había que lamentar una tarea tan desagradable de momento. Con concentración y decidido, se dedicó a su cometido con brío y buen espíritu, con el sano orgullo de aquel que tiene el mundo en sus manos porque se gana el pan con el sudor de su frente, bajo el sol abrasador del verano, que con los años dibujaría profundos surcos en la piel. Israel trabajaba con tesón y la bandeja de su mano derecha cada vez estaba más repleta de basura recolectada, amontonada en una torre imposible que manejaba con soltura y gracia, sin que se cayera. Estaba orgulloso de sí mismo, su padre sentiría el pecho hinchado si lo viera. Quizá Juan lo estaría mirando por detrás de la cristalera del bar, pensando: «Este chaval tiene un par de huevos».

    «El trabajo os hará libres», pensaba con convicción Israel. Conseguiría sobreponerse a las dificultades, saldría adelante costara lo que costase. Maldita sea, el mundo era suyo. Pronto se presentaría la oportunidad, alguna cosa pasaría que haría cambiar todo de repente y sería por fin reconocido, como el genio que era, por hombres y mujeres. Esa situación era algo temporal, algo que edulcorar a los hijos al contarles su gran historia. Estaba tan centrado en su misión que ni siquiera reparaba en los biquinis de las chicas jóvenes, en la veintena como él, que de vez en cuando le dedicaban una sonrisa o un paseo al borde de la piscina, justo antes de saltar al agua, colocándose la leve ropa.

    Cuando ya era imposible meter otra cosa más en la bandeja, se llenó la mano que le quedaba libre con cinco vasos de plástico, uno por cada dedo, y entró en la refrigerada zona del bar empujando la puerta con el pie, con la espalda estirada y el paso decidido, como Perseo llevando sobre su escudo la horripilante cabeza de Medusa recién cortada.

    —A ti t’estaba yo buscando —dijo Juan al verlo, justo cuando dejaba la bandeja sobre la barra y empezaba a manipular la basura con las manos desnudas para meter el plástico y el cartón en el container correspondiente. El mundo podía haberse ido al carajo, pero había que reciclar como marcaban los cánones de urbanidad establecidos.

    —Vale, déjame un momento que termine con esto, porfa.

    La perilla de Juan se movía nerviosamente de un lado a otro, como si le picara la barbilla y no se le ocurriera rascársela. Sus ojos eran completamente negros, excepto por la córnea blanca que los delimitaban. Aquello constituía una ventaja anatómica para él, dado que si hubiera tenido los ojos claros cualquiera podría apreciar que llevaba las pupulas del tamaño de la cabeza de un alfiler. Le había estado dando duro a lo suyo.

    —Israé, ven un momento a mi despacho.

    Se preguntaba qué tenía que contarle. ¿Quizá lo iban a cambiar de hotel? Había un hotel mejor, que quedaba un poco más arriba de la calle, el Tropicana ****. Se trataba de un lugar para clientes más exclusivos. Las lenguas del Bellavista *** decían que se trabajaba mucho menos, que allí se vivía muy bien. Toda la plantilla estaba deseando cubrir una sustitución allí, tener un golpe de suerte, y quizás quedarse para toda la temporada. En el Tropicana **** estaba Martín, un jefe agradable, que trataba a todo el mundo con respeto y dignidad. Israel había conocido a Martín no hacía mucho y le había parecido que se habían caído bien. Era un señor de unos treintaicinco-cuarenta años, de paso ligero y mirada atenta, que demostraba conocer y amar su profesión.

    Una vez en el despacho de Juan, este cerró tras de ellos la puerta y sin preámbulos dijo:

    —Hoy es tu último día. Estás despedido.

    Israel sintió que se le arrugaba y encogía la última frontera de su cuerpo, hecha de carne, pero sobre todo de sangre a la fuga. Desconcertado, sólo se le ocurrió preguntar:

    —¿Cómo dices?

    …oooOOOooo…

    Nota de El Escribidor: El próximo domingo publicaré el Capítulo 2 de este relato. Si te ha gustado, te invito a dejarme tu opinión y a seguir explorando otros textos que podrían emocionarte. Tu participación es muy valiosa para mí y me ayuda a seguir creando contenido que disfrutes. Comparte esta entrada con tus amigos y familiares, y juntos podemos construir una comunidad de lectores apasionados. ¡Un abrazo!
    Ricardo

  • Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    Técnicas efectivas para enseñar (Parte 3)

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

    Estaba pensado planear esta entrada del artículo en forma de historia, para hacerla más agradable para el posible lector/a que se acerque a estas páginas. Sin embargo, se ha optado por el sentido práctico de este texto, que quiere ser, en primer lugar, una herramienta efectiva para la gestión de aula, es decir, para sobrevivir a cualquier clase. Como las lecciones suceden dentro de un tiempo muy acotado (60 minutos), cada uno de los pasos que se irán detallando se sucederían por orden cronológico al entrar al aula.

    3.1. La entrada

    Cualquiera que haya sido estudiante recordará de aquellos años que había docentes que imponían nada más verlos. Estos parecían tener un aura especial que hacía que los alumnos de las clases más movidas se callaran rápidamente y sin necesidad de abrir la boca conseguían que cada alumno ocupara su asiento en silencio y con presteza. Lo primero que hay que decir es que, siendo estas historias ciertas, a veces están exageradas por la memoria del adulto y distorsionadas por la perspectiva de un chaval de doce o trece años. Los adolescentes, sobre todo los de primera edad, son más influenciables a los estímulos externos porque también son más sensibles. Con los años, la llegada de la madurez va matizando e insensibilizando las emociones, para bien o para mal. El caso es que no hay que esperar ser de la noche a la mañana como aquel profesor/a que sabía imponer el orden en un santiamén, pero sí podemos tomar algunas ideas para lograr algo parecido. Estos profesionales sienten una gran sensación se seguridad, de dominio de la situación, lo cual les hace transmitirlo a sus alumnos con su lenguaje corporal, con su aura, con la manera que tienen de abrir la puerta y de poner un pie dentro del salón.

    Por lo tanto, una de las claves del éxito para empezar una clase con buen pie es sentir el dominio de la situación, y para ello es importante saber cómo comenzar a desarrollar las actividades didácticas. Lo primero que hay que conseguir es la atención de los alumnos y, para ello, lo primero que debe exigir el profesor/a es que los alumnos/as estén sentados en su sitio correspondiente. Algunos pueden venir a la mesa a saludar, a poner el docente a prueba o a preguntar una duda, la respuesta debe ser tranquila, firme y amable: Siéntate en tu sitio. Mientras, el profesor/a irá dejando las cosas sobre su mesa, sin preocuparse demasiado por si es obedecido o no. No está de más hacer un aviso genera a que Todo el mundo esté en su sitio. Sin gritar demasiado, sin desgañitarse, utilizando el diafragma para proyectar la voz. Es simplemente un aviso, no una cuestión de autoridad personal, si la orden no se cumpliera, se trata de aplicar las consecuencias conocidas por todos y todas.

    Una vez que el docente ha conseguido abrir su ordenador y ya tiene delante el programa para pasar lista, se procede a decir el nombre y apellido de alumno por alumno. Muy rápidamente se irá formando un silencio, no hay que ponerse nervioso, lo único que hay que hacer es seguir pasando lista. Si algún alumno/a en ese delicado momento está molestando, hablando maleducadamente con el compañero/a o vemos que no ha ocupado su lugar en el pupitre, es un momento muy cómodo para poner una observación o una incidencia en el comportamiento, dado que no tendremos que andar abriendo el programa en mitad de la clase. Si se opta por esta opción, la decisión tiene que ser rápida y firme, sin miedo a las dudas, y siempre con cordialidad. Ciertamente, sería deseable que se produjera una situación así, para que el resto de la clase viera que las normas están claras.

    De hecho, es muy importante conocer cuáles son las normas y los procesos para gestionar el aula. Si el profesor conoce qué es lo que los alumnos pueden hacer y lo que no, se hace mucho más sencilla la gestión de la clase, porque se conocen las leyes que la rigen. Bien es cierto que cada docente hace una interpretación de las normas a su medida y que los alumnos poco a poco se van acostumbrando al estilo del profesor/a, pero debe haber unas líneas maestras que sean respetadas por toda la comunidad educativa. Por eso, lo que todos los docentes deberían exigir a su dirección es que las normas que rigen la clase sean compartidas de forma pública, para que en caso de existir algún conflicto sobre cómo se ha juzgado una medida, pueda consultarse que, por ejemplo, gritar de forma injustificada, es una falta de disciplina, que tiene su importancia y que ha sido aceptada por alumnos, profesores y padres. En caso de tener que poner una incidencia que implique comunicarse con la familia, esta comunicación debe hacerse con total educación y es recomendable acompañarla de una llamada telefónica, además de lo que se pueda escribir en el programa educativo para tal fin. Los alumnos temen más al teléfono que la falta en el ieduca.

    Una vez pasada la lista, la clase puede comenzar. Si se ha empezado con buen pie, terminará también de forma satisfactoria de forma muy probable. Ahora manos a la obra.

    3.2. El espacio teórico

    Hay muchas teorías educativas que abogan por darle la vuelta a la clase, hacer trabajos cooperativos, basar el aprendizaje en la solución de problemas, etc. Todas esas estrategias están muy bien, siempre que estén bien asentadas las bases que rigen el desarrollo de una clase normal, es decir, aquella en la que se avanza en la materia y el profesor/a espera poner una prueba o trabajo en el que se valore si se ha aprendido o no la materia que se ha impartido, no si el alumno/a es más o menos espabilado/a para ser simpático/as, amigo de sus amigos/as, agradable con el profesor/a, resiliente en la solución de un enigma o implicado/a en la participación sobre temas ajenos a lo que se imparte. No es que esas habilidades no sean importantes, en verdad son fundamentales, pero no componen el marco teórico del currículum de las materias, dado que hay docentes de lengua, matemáticas, ciencia, historia, música… y lo que la sociedad espera es que los niños/as aprendan sobre estos conceptos que la educación universal ha entendido como imprescindibles. En resumen, a un especialista le pagan para que enseñe lo que sabe.

    Partiendo de esta premisa, el momento más adecuado para desarrollar el marco teórico de la materia en cuestión es al principio, es decir, la explicación del profesor. Lo que los alumnos/as más valoran de un docente es que explique bien. Eso es una obligación que se debe proporcionar y toda la ciencia educativa debería abordar esta cuestión y este arte, dado que a veces se pierden en debates bizantinos ajenos al conocimiento y más de tipo sociológico o político. Si un profesor/a explica bien, ya tendrá casi todo el trabajo hecho. Para ello, el docente debe conocer su materia, debe estudiar su campo del saber, debe hacer sus deberes. No se está afirmando que el docente haya sabido su materia hace veinte o treinta años y no la haya actualizado, no es mejor profesional ni explica mejor el profesor/a que sabe mucho, sino el que se ha esforzado de forma reciente por entender lo que está explicando él mismo. Así, teniendo el proceso fresco, lo hará diáfano a los alumnos. Puede ser que el profesor/a ya sepa mucho de lo que explica y que los conocimientos que tiene sean muy superiores a lo que tiene que impartir en clase. Igualmente, el profesor tiene la obligación de formarse toda su vida profesional, y hacerlo de forma activa y muy concienzuda. El docente debe estar en la labor por aprender como lo están sus alumnos, así, podrá contagiarles el valor del esfuerzo, la satisfacción del trabajo bien hecho y la pasión por aprender. Aquel profesional que no quiera seguir aprendiendo, sería mejor que se dedicara a otra cosa. Además, no se puede exigir a los alumnos una disciplina y una motivación sino uno no trae la disciplina y la motivación de casa. Aquellos discursos quejosos que a veces se escuchan en la sala de profesores no solucionan el problema de la educación y, además, serían imposibles en el mundo privado. Como la educación, como la sanidad, como la justicia, son un bien público, razón de más para hacer estas labores con absoluto denuedo y responsabilidad. Así, los profesionales se ganarán la confianza de la sociedad, que ha depositado en su trabajo los valores más importantes de esta. Cuando el docente se ha esforzado por saber, los alumnos lo imitan.

    Pero la clase no debe ser teórica toda ella porque sería agotadora. El tiempo de la explicación no debería superar en ningún caso los veinte minutos. Tampoco deberíamos exigirles a los estudiantes de hoy en día una atención superior a ese tiempo sin saber que estarán haciendo un esfuerzo ímprobo por seguir el hilo. Una vez terminada la explicación, se puede pasar a la siguiente fase de la lección, y sirve para cambiar el chip.

    3.3. La hora de la práctica

    Toda lección debe tener un momento en que se ponga a prueba lo que se ha explicado. Puede ser con ejercicios, resolución de problemas, actividades varias, pero siempre relacionadas con lo que se ha explicado anteriormente. Para el diseño de esta parte de la sesión es muy importante tener en cuenta la capacidad de los estudiantes para relacionar el tema teórico con la práctica. De hecho, en la explicación, lo ideal es que el enseñante tenga muy presentes qué actividades va a pedir en la parte práctica, para así orientar todo su discurso explicativo de forma coherente y efectiva. Si se cumplen estas sencillas premisas, los alumnos ven que entienden lo que les han explicado, por muy difícil que les haya resultado al principio, y la cara de satisfacción que ponen nos se paga con dinero.

    Durante la resolución de las actividades se puede hablar. Los estudiantes necesitan comunicarse entre ellos para preguntarse dudas sobre los ejercicios, compartir puntos de vista, aportar cosas nuevas. Si se les deja, lo hacen de forma orgánica, sin necesidad de alterar el ritmo de la clase poniéndolos en grupos de cuatro o de cinco para hablar sobre un ejercicio muy poco productivo al fin y al cabo. Lo que les hace aprender es el día a día, el hecho de haber adquirido una dinámica, una fórmula, un método exitoso, variado, pero estable, para adquirir nuevas habilidades. Por lo tanto, el docente debe dejar que los alumnos intercambien opiniones y que el ambiente de la clase se distienda un poco.

    No obstante, el tiempo para la resolución de la práctica debe ser acotado, por ejemplo unos 10 o 15 minutos, como mucho, Al finalizar ese lapso el docente debe buscar la manera de ver si el trabajo se ha realizado y que el tiempo en clase ha sido aprovechado. Si es que sí, es bueno añadir puntos positivos y buena calificación diaria en la libreta de notas; esto motivará a los alumnos a hacerlo bien. Si es que no, será positivo igualmente fiscalizar esta falta de trabajo, reflejarla en los documentos de evaluación, para que el alumno, y quizás también los padres, sepan que su hijo/a no ha trabajado como debía. Hay días de todo y siempre hay que ser humano, por eso es importante ver el conjunto, el global del aprendizaje, y no basarlo todo en una o dos actividades estrella por muy bonitas que sean o por muy bien que quede la foto en las actuales redes sociales o en otros medios.

    3.4. El cierre

    Los últimos minutos, después de haber corregido u observado si se ha hecho el trabajo práctico, son ideales para el fomento de las relaciones humanas alumno/a-profesor/a. Si un chico/a lo está pasando mal, o bien, o regular, si han hecho una excursión, si están contentos o no con el ambiente de clase, si el tema les ha parecido interesante, si han aprendido algo, si recuerdan otra cosa que aprendieron en otro momento, en fin, si la faena se ha hecho bien, en el cierre se puede hacer casi cualquier cosa, siempre que sea desde el respeto a las normas anteriormente mencionadas. Hay que disfrutar de los momentos de distensión también porque hace que entre el enseñante y los aprendices se establezca un punto de unión y confianza que vaya más allá de la materia que se imparte.

    También es el momento ideal para ver un vídeo, leer un libro, realizar un debate distendido, etc. Un poco lo que vaya surgiendo. Se puede tener algo preparado, pero se debe dejar terreno a la improvisación porque esta también forma buena parte de la vida.

     3.5. Fin

    Siguiendo estas pautas no hay materia, por muy aburrida que sea, que se resista. No existe la fórmula mágica, ni para alumnos ni para profesores, y el que crea que hay atajos o trampas para llegar al mismo sitio se equivoca. Pero también se equivocan aquellos que piensan que el esfuerzo, la disciplina, el trabajo es aburrido, doloroso, pesado. Nada más lejos de la realidad, cualquiera que sea exitoso en su campo podrá decir lo mismo; y probablemente sea una persona muy feliz que transmite su alegría a los otros. Es así.

    …

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la educación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Gracias, Ruslan

    Gracias, Ruslan

    Hola, Ruslan:

    La verdad es que creo que una crítica positiva es siempre más constructiva que nombrar las cosas negativas. Muchas veces hay aspectos mejorables, pero lo mejor es fijarse en lo bueno, y para mí lo bueno es lo que sigue:

    Lo que más me ha gustado del año que llevo en el Estival han sido mis compañeros, no solamente me refiero a los que están en mi puesto, de ayudante de camarero, sino también a algunos de los encargados y jefes que hasta ahora he tenido. Lo que más valoro de ellos es que me han enseñado mucho, ¿cómo? Pues viéndolos trabajar.

    Pienso que este es el aspecto más importante. Si un responsable es trabajador, fácilmente arrastra al resto del equipo consigo, pues los que están por debajo se fijan en él y se exigen a sí mismos según la exigencia de su responsable. Por ello me parece perfecto que un encargado coma mierda, como se dice, al fin y al cabo, esa mierda es faena y esto último es lo que hay que sacar. Nunca me ha importado hacer cualquier tipo de faena porque siempre se aprende algo, aunque no lo parezca. Algunos dicen que ya no están para hacer cierta clase de trabajos, pero yo creo que se equivocan.

    Lo importante es lo que uno aprende, eso se lo lleva a cualquier oficio que emprenda. Uno puede pasar en una empresa muchos años con una actitud pasiva y saber lo justo. Uno puede pasar un año y aprender mucho, no solo con lo que le mandan, sino también con lo que ve. En la vida nunca se sabe, hoy estás aquí y mañana no, pero si uno ha aprovechado el tiempo que le han dado, fácilmente encontrará nuevas oportunidades en otros sitios, y así seguirá aprendiendo. El que se acomoda en determinadas tareas, se estanca, aunque no lo sepa, y se vuelve esclavo de las circunstancias. Un ejemplo de esto puede ser, en nuestro caso, el que siempre está en barra y un día le toca salir de bandeja. En teoría, todos dicen que chupar bandeja es una mierda, sin embargo he visto otros sitios en que los camareros sólo trabajan con la bandeja y es en cocina donde preparan los pedidos. Por tanto, el dominio con esta herramienta se hace, en este oficio, algo realmente fundamental si uno quiere llamarse a sí mismo camarero.

    Pero, por supuesto, el trabajo en barra es también fundamental y complejo. Por ello creo que es una buena idea que los trabajadores vayan rotando en sus posiciones y así conozcan todos los aspectos del oficio. ¿Cómo va a juzgar uno el trabajo de un bandeja si no sabe lo que hay ahí fuera? Y si un día uno de los de la barra se ausenta en su puesto y le toca a un bandeja sustituirlo, ¿cómo hará este su trabajo si no lo conoce? Yo siempre les he dicho a mis superiores que me gusta hacer de todo, cuanto más variado, mejor. Debo decir que algunos me han concedido esta oportunidad de muy buena gana y yo se lo agradezco mucho.

    Por dar nombres propios, considero a Jose Luis un muy buen responsable. La temporada pasada, muchas veces me ha puesto en barra cuando yo no sabía casi nada, esto significa darle más faena a él, el encargado, que tiene que vigilar la suya propia, ver que la mía no salga mal y corregirme cuando sea necesario. Este invierno siempre me ponía en el salón Sant Jordi, donde había mucha faena, y he aprendido muchísimo. Ahora es verano y la bandeja me la sé de memoria, cuando me ponen en barra me siento francamente adelantado para el tiempo que llevo aquí y todo es por lo bien que me ha enseñado y por las ganas que yo tenía, y tengo, de aprender. Además, en discoteca, muchas veces Jose Luis ha salido a ayudarme a trajinar bandejas llenas de vajilla cuando era la hora de cerrar, nunca lo he visto quejarse por cualquier faena que hubiera que hacer y siempre sabe lo que hay en todo momento. Por eso lo respeto mucho y lo valoro como un buen jefe, aunque tenga un año menos que yo. La veteranía es un grado, pero la actitud es un grado mayor.

    Por último, la comunicación es un aspecto importantísimo. Sin embargo, no creo en el amiguismo, porque aquí venimos a trabajar y no es un lugar para el ocio. Por supuesto que lo podemos pasar bien en nuestro trabajo, yo soy de los que más se ríe y más tonterías dice, pero siempre y cuando el trabajo salga. Cuando lo importante es la amistad, mal, porque es cuando surgen los problemas. Hay gente que se dedica a culpar a los demás de las complicaciones que salen, pero yo creo que así no se solucionan. Porque nadie es perfecto y todo el mundo se equivoca, y no pasa nada, siempre y cuando haya una actitud para hacerlo mejor. El que pretende parecer que hace mucho y hace poco, que denuncia lo mal que lo hacen los demás, que solo se mueve cuando tiene al jefe delante, no es un buen responsable. En este apartado no voy a dar nombres, no hace falta, ellos brillan con luz propia.

    Quizá el aspecto que yo debo mejorar es el de la comunicación. Muchas veces me limito a hacer mi faena, sea la que sea, y a hacerla lo mejor que sepa. Como todos, me surgen problemas y conflictos pero intento solucionarlos o superarlos con mi trabajo, no con la conversación amigable. Pero creo que la mejor manera de demostrar que estoy bien es trabajar bien, y la verdad me siento realmente contento con mi faena. Me siento en familia porque me veo comprendido por aquellos en los que me fijo para mejorar.

    No sé cómo será esta nueva temporada, pero sí como han sido todas las demás temporadas de mi vida, en la hostelería o fuera de ella, y siempre me he regido por los mismos principios. Intento ser honesto y decir la verdad, si me equivoco, lo digo, porque se equivoca el que hace las cosas; intento ser comprensivo porque muchas veces han tenido que comprenderme a mí; intento ser leal porque, al fin y al cabo, yo estoy aquí porque tú me llamaste e independientemente de cómo vayan las circunstancias futuras, nunca diré nada malo de quien creo que no se lo merece.

    En definitiva, creo que me he alargado demasiado, pero quería hacerlo bien porque, como con todo, me lo tomo muy en serio. Me falta mucho por aprender, tanto en la hostelería como fuera de ella, pero siempre me quedo con una frase que me repite muchas veces mi padre, que en lo suyo también es jefe: “no trabaja más el que más sabe, sino el que más quiere”.

    Espero que entre todos hagamos una muy buena temporada, seguro que es así. 

    Atentamente,

    Ricardo Rodríguez Boceta

    Nota del autor:

    En el verano de 2015 yo trabajaba en un hotel muy conocido situado en La Pineda, en la provincia de Tarragona. Aquel empleo era fundamental para mí y gracias a él pude costearme los estudios de máster al final de la temporada. Por aquel entonces, yo no sabía qué sería de mí, sólo tenía esperanzas en el futuro, pero ninguna certeza.

    Han pasado unos cuantos años desde entonces, casi diez, y muchas cosas han cambiado en mi vida a todos los niveles. Estas vacaciones, ordenando mis papeles, ha aparecido este texto que me ha colmado de nostalgia.

    Durante la temporada de 2015, nuestro encargado, Ruslan, un moldavo que había huido de la descomposición de la Antigua Unión Soviética, nos pidió a los empleados que escribiéramos un pequeño texto sobre nuestra experiencia en el trabajo. Supongo que para él fue una idea que se le ocurrió sin más, pero para mí fue una oportunidad para escribir, cosa que no hacía mucho por aquel entonces.

    Recuerdo que al leer la carta se quedó gratamente sorprendido y estuvimos hablando de la vida. Me contó que en sus tiempos, cuando era tan joven como yo lo era entonces, se había dedicado a ser payaso en un circo, pero con la caída de la URSS también habían cambiado los gustos y costumbres de las personas y el circo casi había desaparecido. Ruslan llevaba en España 16 años y había podido aprovecharse del boom del turismo ruso que por aquel entonces había llenado las playas de la Costa Dorada durante varios años. Yo lo apreciaba mucho como persona y creo que él también a mí.

    Un tiempo después, me tocó ser profesor de Literatura en el instituto público de Vila-Seca, una localidad muy cercana a La Pineda. Hubo un día en que una alumna se puso enferma y tuve que acompañarla hasta que llegara su padre. Cuál fue mi sorpresa al ver que su padre era Ruslan, quien había sido mi jefe un par de años atrás en el hotel. Él no sabía que yo tuviera estudios y se quedó con una cara de alucinado que todavía recuerdo hoy.

    La vida da muchas vueltas y la historia de una vida se escribe con casualidades sorprendentes que serían imposibles en cualquier ficción. Ayer estaba con unos amigos hablando de los trabajos que habíamos desempeñado y de los proyectos que queríamos emprender en el futuro cercano. Mientras la conversación avanzaba, yo pensaba en aquella carta a Ruslan que hacía poco había encontrado entre mis papeles.

    Hay quienes se sorprenden cuando les digo que en todos los trabajos me lo he pasado muy bien. Aquel jefe exsoviético me enseñó a apreciar el amor por las cosas bien hechas, aunque no sean nuestra vocación primera: para mí era convertirme en escritor y para él ser artista del circo. Pero gracias a su actitud había conseguido emigrar y triunfar laboralmente en un país en crisis. Quien tiene actitud puede con todo y, suena a tópico, pero el dinero es lo de menos. Gracias, Ruslan.

  • Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Estamos hechos de sentimientos, no de cables

    Seguro que conocen ese poema de Garcilaso “En tanto que de rosa y azucena” donde el poeta invita a una chica joven y preciosa a gozar de la vida cada segundo; si no lo recuerdan, me permito la libertad de transcribir los versos aquí.

    En tanto que de rosa y azucena
    se muestra la color en vuestro gesto,
    y que vuestro mirar ardiente, honesto,
    enciende al corazón y lo refrena;

       y en tanto que el cabello, que en la vena
    del oro se escogió, con vuelo presto,
    por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
    el viento mueve, esparce y desordena;

       coged de vuestra alegre primavera
    el dulce fruto, antes que el tiempo airado
    cubra de nieve la hermosa cumbre.

       Marchitará la rosa el viento helado,
    todo lo mudará la edad ligera,
    por no hacer mudanza en su costumbre.

    Lo digo porque hace poco estuve trabajando este soneto, el veintitrés, en clase, y hoy ha pasado algo alucinante, irrepetible. Ha sido uno de esos días normales y corrientes en los que llegas a la última clase exhausto de las cinco clases anteriores, pensando si habrá valido la pena el esfuerzo de las horas precedentes, si podrás enseñar algo a alguien.

    Cualquier experto en la materia diría que son malos tiempos para enseñar una asignatura como Literatura castellana en pleno siglo XXI. Parece una materia molesta en los planes de estudio actuales: todo es tecnología y ciencias exactas; o gamificación, simplificación y papilla. Pero yo no soy ningún experto y todavía no me he rendido.

    Me sorprendo cuando mis alumnas de bachillerato empiezan a descubrir de qué va esta materia donde pasaremos cuatro horas a la semana. Este curso me ha tocado un grupo en el que a duras penas se lee o se piensa en otra cosa que no sean las redes sociales. Cualquiera que mirara a mis alumnas desde la mesa del profesor pensaría que esas chicas no tienen interés alguno que las motive en los planes académicos, y menos todavía en aprender quiénes eran Garcilaso, Góngora, Ronsard, Horacio.

    Los padres, los profesores, los adultos sabrán de lo que hablo. Los testimonios descorazonadores copan los libros para profesores: ¡Estos chicos no tienen remedio! ¡No tienen ni idea de nada! Yo, a veces, también lo he pensado; pero la lección me la han dado hoy a mí, sin esperármelo siquiera; me hace plantearme si yo tengo idea de algo después de todo.

    Había que analizar el soneto XXIII de Garcilaso cuyo tema es el llamado carpe diem: “atrapa el día”, “vive el momento”, “coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto”. El poeta invita a una chica joven a disfrutar los goces de la vida antes de que lleguen la vejez y la muerte. El tiempo, el inexorable pasar de “la edad ligera”, todo lo cambiará, por no cambiar, el muy malvado, de costumbre: pasaba en el siglo de oro y ahora. 

    Poco a poco, íbamos desgranado el significado de cada verso, de cada estrofa, sin perder de vista la unidad del poema en su conjunto. Paladeábamos la bella pronunciación de los endecasílabos: “el viento mueve, esparce, desordena”; buscábamos la rima con “azucena” y nos preguntábamos si aquella flor, junto con la rosa, tendrían algún significado oculto, alguna relación con el paso del tiempo, con los años fugaces.

    El tiempo de la sesión se terminaba y nos hallábamos en pleno éxtasis místico-literario. Veía en las miradas de mis alumnas cómo aquellos versos antiguos de Garcilaso se les estaban gravando en el corazón, sin ellas darse cuenta. Una vez vista la métrica, la rima, el tema y los símbolos, les pedí que escribieran para el próximo día una experiencia que a ellas les evocara el carpe diem. Es decir, un recuerdo o pensamiento que les recordara que había que vivir, aprovechar cada segundo. Les puse un ejemplo de mi experiencia personal. A mí me llaman mucho la atención las fotografías antiguas, en blanco y negro o en color sepia. Cuando en esas imágenes veo a niños o a jóvenes o a gente de mi edad, en la treintena, pienso en qué habrá sido de sus vidas, me asalta la idea de que esas personas no se imaginaban, en el momento que tomaban la foto (un baile, un acontecimiento, un día cualquiera), que yo las estaría mirando después de sesenta, setenta u ochenta años. Un día yo también seré un personaje de una foto así: un rostro quieto que grita ¡caarpe dieem… caarpe dieem! desde las lejanías del espacio-tiempo.

    Sonó el timbre y cada cual siguió con sus ocupaciones. Los problemas diarios me hicieron olvidar a Garcilaso y sus consejos hasta la siguiente clase de literatura, que ha tenido lugar hoy mismo. A última hora de un martes, hemos sacado los apuntes y hemos explicado lo que es el hiato, la sinéresis, la diéresis, los tipos de rima y el arte mayor y menor de los versos. Una de esas clases que lo dejan a uno exhausto. Quince minutos antes de que se terminara la hora, las alumnas me han recordado que teníamos que hablar del carpe diem. Y es ahí donde me he han dado la clase de literatura a mí.

    La primera alumna habló de su abuela. “Ella siempre me dice eso, que tengo que vivir cada momento, aprovechar la vida. Y a mí me da mucha tristeza cuando hablo con ella, pensando que un día no la tendré y no podré hacerlo”. Yo le dije que eso no era exactamente tristeza, pues era un sentimiento triste, sí, pero muy bonito. Además, su abuela tenía toda la razón.

    El clima de la clase cambió y se sentía una calidez muy íntima, como de una pequeña plaza. Otra alumna habló de su país, Ecuador, pensaba en el carpe diem cuando recordaba a su familia, que estaba allí en su mayoría y hacía muchos años que no veía, a pesar del amor. Debía haber disfrutado de cada momento cuando estuvo con ellos, sin duda lo hará al volver a verlos de nuevo, si es que eso es posible, porque los días van pasando.

    Alguien dijo que estaba a punto de llorar, ¿pero eso es malo? Otra habló de su padre, que ya no está. “Pienso en el tiempo que pasé con él”. No dije gran cosa, solo la escuchamos. Ella sentía que había que valorar cada momento, porque no sabes cuándo todo se va a terminar, cuándo dejaremos de estar con las personas que más amamos.

    Íbamos llegando al final, a punto de que el timbre rompiera la burbuja de ese momento único, sutil, como cuando entra una mariposa por la ventana. “Mi caso es un poco fuerte. Yo pienso en el carpe diem porque tuve un problema de salud muy grave.” Le dije si era una enfermedad larga y contestó con esa palabra tabú que da tanto miedo. “Estaba en el hospital y veía que la vida se me podía escapar”. Y, en esos momentos, ¿qué era para ti lo más importante?, preguntaba yo. “Las risas con mi familia, los buenos momentos en el hospital, la gente que conocí allí: con eso te quedas.” Ostras, vaya clase de literatura. A pesar de haber leído hasta la saciedad a Garcilaso, a Góngora, a Ronsard, a Horacio, he salido del aula en una nube, oyendo una voz honda que decía: ¡Carpe diem!  

    Y quizá haya esperanza para la Literatura castellana en estos tiempos aciagos para casi cualquier arte. Al final, los seres humanos estamos hechos de sentimientos, no de cables.

  • Trifásico de Terry

    Trifásico de Terry

    Escribí esta experiencia allá por los años 10, cuando trabajaba en un hotel de la costa durante la temporada de verano. Han pasado algunos agostos desde entonces, pero esta historia continúa vigente en muchos enclaves turísticos. No les hagan la vida imposible a los probres chavales que les sirven el trifásico de Terry.

    Hoy en el trabajo, me ha pillado por banda un “español”. Debo decir, antes que nada, que en nuestra selecta jerga de camareros afirmamos que, dentro de todo el crisol de culturas que visita nuestras playas y hoteles en verano, de todas las culturas del planeta Tierra, los españoles son los más “pesados”.

    Estaba yo esperando a que me prepararan unas bebidas y antes de salir por la puerta, con las múltiples copas en una bandeja cargadísima, me ha asaltado uno de estos pesados. -Oye, ¿servís a fuera? ¡Es que llevamos un rato esperando y allí no viene nadie! -Sí, sí, caballero, dígame lo que quiere y yo ahora se lo llevo, cuando pueda. -No, no, ya voy yo a la barra, pido, y entonces tú lo traes, estamos en las mesas estas marrones de allí, la quinta de la derecha que está… -Bueno, mejor dígamelo a mí y yo se lo traigo ahora. El cabrón iba a quejarse a la barra, donde estaba el jefe, de que yo no estaba atendiendo afuera.

    El hombre me dice lo que quiere, a regañadientes: seis o siete cafés, algunos con sacarina, otros con un toque de Terry, infusiones del tiempo… Cuando no he entendido lo de “infusión del tiempo”, me ha ilustrado el gentilhombre. -¡Pues qué coño va a ser! Un poleo con un vaso con UN hielo, para hacerlo del tiempo. -Usted quiere un poleo con hielo, ¿no? -No, quiero una infusión del tiempo. -Bueno, bueno… y he apuntado “un poleo con hielo”. Cabe citar aquí que el hombre llevaba una lista con la comanda apuntada, para que no hubiera lugar posible al error, era un hombre ordenado, pero eso no lo había escrito él, sino su hija, porque era la letra clara y pulcra de una chica. Podría haberme dado la lista o el teléfono de su hija.

    -¿Lo tienes todo, niño? -Sí, caballero, no sufra, que ahora se lo llevo. -Bueno, ahora, apunta lo que quiero yo. Un café… -escribo “café” bajo su atenta mirada- …con un toque de Terry, ¡pero descafeinado, eh! -Vale, vale. Entonces he levantado la vista de la libreta. El hombre era el tópico-típico del facha español: gordo, calvo, bigote blanco-amarillento, con los ojos oscuros y con cara de pocos amigos. Al mirarnos frente a frente, me he reído por dentro y por fuera he esbozado una sonrisa que al hombre no le ha gustado mucho, pues se ha ido renegando con paso firme de militar franquista. En fin, el trabajo sigue.

    Después de llevar la comanda que traía a una mesa de turistas franceses, que me han obsequiado con un educado “merci” sin propina cada vez que una de sus bebidas tocaba la mesa, he vuelto a la barra a preaparar el encargo del hombre del bigote. Le he cantado al cafetero el caprichoso pedido y poco ha faltado para que nos liásemos y la cagáramos con el hombre. Pero al final, según mis apuntes, todo estaba en orden, y cagando leches me he ido con los humeantes cafés hacia la mesa del tipo, no porque tuviera prisa por servirlo, sino porque llevaba un capuchino cuya nata se iba derritiendo por el camino y no quería que me hicieran volver. En dos zancadas, me he plantado allí, eran una familia: la mujer, la hija, el novio de la hija, la tía, la abuela y el buenhombre mirandome como un Torquemada resucitado.

    -¡Hola! -¡Hola! Dijo la hija, el caballero solo suspiró y dijo: -¡A ver! Los demás no dijeron nada. -Bueno, capuchino… -Para mí. -Dijo la madre. -Vale ¿poleo? -Para mí. -Dijo el novio de la hija visiblemente asustado. -¿Cortado? -Para la abuela, etc. Y finalmente: -¿Carajillo de Terry descafeinado? Y sin esperar respuesta, se lo he puesto al hombre que permanecía con los brazos cruzados observando y aprobando con su silencio toda la operación. Todo estaba listo, podía proseguir mi camino. Sólo quedaba un cortado solitario en la bandeja. No hubo “gracias” de ninguna clase, en ningún momento. -Españoles… -pensé yo.

    Esta historia podría haber acabado felizmente aquí pero a no más de tres metros, bramó la voz del bigote: ¡Oye! ¡Eh, tú! Me giré yo y las demás mesas que habían entre nosotros, di media vuelta mietras el hombre hacía un gesto repetidamente negativo con la cabeza y otro con la mano, como el que llama al perro cuando se ha cagado en medio del salón. Antes de que yo abriera la boca, la abrió él: -Te has equivocado, eh, esto no es lo que yo he pedido… -¡Cómo que no!- Yo empezaba a perder la paciencia. -Café descafeinado con Terry. -¡Yo te he pedido un cortado con un toque de Terry! -¡Déjalo papá! Tómate eso… -Decía la hija, defendiéndome. -¡Que no me tomo yo esto coño! -decía mientras removía con repulsión el trifásico de Terry. -Bueno, ¿y este cortado de quién es? -Dije yo a un cortado que permanecía abandonado en medio de la mesa. -Ese es tu cortado, Jesús. -dijo la mujer, resulta que habían pedido por él. -El bigotes se revolvió en el asiento mirando la lista que todavía conservaba, la tensión estaba subiendo y antes de que se desbordara digo: -Bueno, yo me llevo esto, usted péguele un trago al cortado y ahora le echo un poco de Terry dentro. -¡Pues eso es lo que te estoy diciendo, joder, que no te enteras…! Y mientras me iba: -¡Cállate ya, pesado! Lo dije para mis adentros, mordiéndome la lengua para que me saliera por la boca. Había crisis y necesitaba el dinero. No me giré, volví a por la botella de dichoso Terry.

    Al cabo de esos pocos minutos, la cosa estaba más calmada y el hombre más relajado, le he echado su toque de Terry y he dicho: -Ala… ya está. La mujer, visiblemente amargada, decía: -¿Ves, Jesús? Ya tienes tu café como a ti te gusta… El hombre solo levantaba las cejas. Mientras les retiraba los vasos vacíos la mujer se dirigió a mí. -Ya estás acostumbrado, ¿verdad? -Pues sí, señora, a todo se acostumbra uno… -¡Pues es lo que hay! Me espetó la buenamujer. -¡Pues sí! Le espeté yo, ahogando un “hijadeputa” por el camino.

    Y apretando los dientes, he seguido mi camino, cagándome en el hombre y en su mujer, no en su hija, pensando en el pobre novio del poleo con semejantes suegros, en todo esto, me ha llamado otra mesa: -¡Eh, colega! Ven un momento porfa… -Otra mesa de españoles, dos parejas avanzados en la treintena, me habían pedido antes y me habían preguntado por Don Pimpón, yo entendía que era el facha del bigote. Les había dicho que sí, que lo había visto. -¿Era este el famoso Don Pimpón? -No, no. -digo entre risas. El señalado se daba por aludido con la historia que iba con él pero que no entendía porque apenas a esa distancia -Era otro, un viejo aún más hijodeputa. -Hay que ver lo que tenéis que aguantar. Dijo uno de los treintañeros, feliz de no tener, aparentemente, un trabajo de mierda como el mío. No hubo propina.

    Me fui, por fin, a dentro del bar, a salvo por un momento de aquella jauría de pesados, de caprichosos, de remilgados, de españoles; madiciendo su raza. Al llegar a la barra, dejar la bandeja y estirar un poco la espalda he pensado: ¡Qué pesados que son…! No podrían ser educados como los franceses o los belgas.

    A pesar de todo, todavía no me ha dado por escupir dentro del carajillo. ¿Seré yo extranjero también?

  • Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Defensa de las cosas que no sirven para nada

    Cuando emprendemos un proyecto perseguimos un sueño con un plan establecido. A lo largo del tiempo hemos ido configurando una hoja de ruta que nos llevará a conseguir aquello que anhelamos. “Quiero ser afortunado” dirá uno, y en este sentido orientará su empeño para conseguir su meta. Un buen consejo sería que, si esta persona es joven, estudiara algo que diera mucho dinero, pongamos por caso: ingeniería informática. Luego, ya de adulto, deberá invertir su capital en start ups o en fondos de inversión sólidos que le generen unos dividendos suficientes para jubilarse a los cincuenta siendo rico. “¿Y luego qué?” preguntará otro, seguramente el primero se encogerá de hombros.

    Esta clase de elección vital no necesita justificación en el mundo de hoy: ¿quién no quiere ser próspero? Lo difícil es ser capaz de llegar. Se han escrito montones de libros con recetas para lograrlo: Consígalo en diez pasos, me parece un buen título. Quizá, el primer consejo para hacerse rico sería alejarse de las cosas que no sirven para nada.

    En la educación se ve muy claro. Los alumnos de los cursos superiores esperan entrar en carreras como economía, ingeniería, administración y dirección de empresas, derecho; con el objetivo de hacer dinero. Y vivimos en una sociedad tan sumamente hipócrita que la mayoría de los que escogieron aquellos asfaltados caminos en su juventud, esas pistas de despegue hacia el éxito económico no reconocen hoy que no es lo que parece, que son tan clase media como al principio, que ganan un sueldo con muchos dolores de cabeza en un trabajo que, en la mayoría de los casos, no los llena, no los hace prósperos.

    Quizá unos quisieron ser pintores, actrices, panaderos; pero no escogieron esas sendas inciertas. ¿Para qué estudiar literatura si no sirve para nada? Buena pregunta que no puedo contestar, pero sí poner algunos ejemplos que muestren lo intrincado de la vida.

    Julio Cortázar, un escritor del siglo pasado muy admirado, contaba una anécdota que lo ilustra muy bien. Hay una escena en Rayuela en la que Oliveira, un diletante que vive en París y luego en Buenos Aires, está poniendo rectos unos clavos torcidos. Recuerdo que otro personaje, más pragmático, le pregunta qué es lo que tiene pensado colgar o clavar. Oliveira, fiel a su estilo enigmático y poético, responde que sabrá qué hacer con ellos una vez que haya terminado de poner los clavos rectos. Por el momento, su actividad no sirve para nada. Rayuela deja huella en el lector joven por muchos pasajes como este.

    Alguien podría preguntarse para si es útil leer novelas en papel en pleno siglo XXI y este pobrecito escribidor tampoco sabrá qué responderle. Para leer o para escribir, son necesarias altas dosis de entusiasmo; y si uno lo piensa dos veces termina por abandonar. ¿Para qué vale perseguir un imposible? Probablemente para seguir andando. Solo una cosa es segura: el disfrute de cuando te esfuerzas en hacer algo que te llena.

    En la universidad nos explicaron en Antropología que el Amor entre los seres humanos sirvió para prosperar, que las relaciones do ut des establecían alianzas para afrontar los retos que planteaba la madre Naturaleza, en la noche oscura de los tiempos cuando no existían ni internet ni la agricultura. Me imagino a un homo sapiens como yo, sentado en una piedra, pensando para qué sirve el amor a los suyos, si siguiendo su interés podría conseguir más que atado a sus seres queridos. Probablemente su primitiva lógica le dijera que aquello no servía para nada, pero lo haría igualmente porque le gustaba.

    Hoy nos creemos más listos que la Naturaleza, Dios, el Azar; pensamos que podemos saber el futuro milimétricamente y, por ende, lo que podemos necesitar en el presente. No obstante, los trastornos de ansiedad o la depresión están a la orden del día; esa tristeza de las personas que se decepcionan con su vida, porque pensaron que todo lo que habían planificado los conduciría a una meta concreta, y eso es mucho suponer.

    La vida es mucho más compleja que nuestra ciencia, y probablemente lo será siempre. El ser humano siempre ha pensado que podía saber lo que pasaría, por eso siempre han existido adivinos, y también agoreros, que nos han dicho qué es lo necesario y lo inútil. Quizá la manera de no decepcionarse con la meta es esforzarse en lo que uno le gusta, aunque parezca que no vale para nada. Así, el tiempo invertido solo traerá cosas buenas.

    Acabada la carrera, empecé a estudiar inglés sin saber muy bien pará qué, pero sí por qué: me había enamorado de la poesía y de las canciones de Dylan. Para entenderlas en  versión original, invertí mucho esfuerzo en aprender un idioma nuevo. Al cabo de pocos años, juventud, divino tesoro, me podía defender muy bien y conseguí un trabajo como auxiliar administrativo, donde conocí gente de economía y administración de empresas.

    En su momento, estudié filología hispánica porque me había enamorado de prosa y la poesía de grandes escritores como Cortázar. Por aquel entonces, muchos me dijeron: Eso no sirve para nada, y yo me encogía de hombros sin saber qué responder. Estudia algo que te de dinero como ingeniería, me aconsejaron. A mí me gustaba leer y escribir. “Quiero ganarme la vida leyendo, escribiendo y enseñando a leer y escribir”, me dije.

    Andando el tiempo, gracias a la Naturaleza, a Dios o al Azar, me gano muy bien la vida. Me cuesta sentarme a escribir, pero me gusta. Leer cansa, pero me llena. También he hecho muchas cosas inútiles, las hago todavía hoy: como mantener un blog cuando, dicen, que nadie lee. En fin, algunos parecen tenerlo muy claro. Yo solamente puedo, por mi experiencia, hacer una defensa de las cosas que no sirven para nada porque, las cosas que no sirven para nada me han valido para mucho; sobre todo, para prosperar.

  • Donde lo dejaste

    Donde lo dejaste

    Ocurre en ocasiones en la vida que nos encontramos con un amigo al cual hace tiempo que no vemos. El lapso entre la última vez que compartimos una cena, una cerveza, un café puede ser muy variable: desde unos meses hasta muchos años; pero siempre se produce un fenómeno que nos llama la atención: parece que el tiempo no haya pasado.

    Que el tiempo es relativo ya lo ha demostrado Einstein y muchos memes de internet, lo difícil es entender qué significa este concepto en la vida práctica. Podemos encontrar un ejemplo en el caso de los amigos que se encuentran, después de un lustro, y que deciden compartir una cerveza. No hace falta que la conversación rememore glorias pasadas, sencillamente las risas, las complicidades, las afinidades comunes aflorarán por sí solas.

    Pocas veces sabemos en la vida cuándo es el último día que pasamos con un amigo. Stephen King se pregunta sobre la infancia algo así como: la última vez que saliste a jugar con tus amigos, ¿sabías que era la última vez? Muchos responderemos que no. Así es la vida, una caja de sorpresas en la que parece que no existen los finales definitivos. Incluso en las despedidas protocolarias siempre quedamos en vernos algún día, nunca decimos adiós para siempre, sabedores de que podemos encontrarnos en cualquier cruce de caminos. Mantienes con las personas la misma relación que antes, donde lo dejaste.

    Pero la vida nos cambia inevitablemente. En los años transcurridos en que los amigos no se han visto han pasado muchas cosas: uno tuvo un accidente, el otro se casó, tuvo una hija, el anterior terminó sus estudios, acabó una relación tóxica, se enamoró de nuevo. En fin, nunca dejamos de aprender y ese continuo crecer nos cambia, a veces mucho. Si nos imaginamos hace cinco o diez años, veremos que pensamos y actuamos de forma muy diferente, en determinados casos casi antagónica. Pero al juntarnos todo eso se olvida y volvemos a ser, a veces sin querer, aquellos de hace tanto tiempo. Es tal el poder del fenómeno que el cambio en nuestro amigo nos parece una pequeña traición.

    Compartir esa cerveza con nuestro viejo amigo habrá sido como viajar al pasado. Probablemente nuestras obligaciones diarias nos obligarán a seguir con lo nuestro más pronto que tarde. Prometeremos vernos en otra ocasión con más tiempo y sólo Dios sabe si podremos cumplir nuestra promesa o si esa será la última vez que nos vimos.

    Lo mismo ocurre en otras facetas de la vida. Nos relacionamos con las situaciones como con las personas. A veces nos alejamos de según qué circunstancia y al encontrarnos de nuevo frente a ella, actuamos de la misma manera o nos pasa lo mismo que años antes. Esa idea de que la historia se repite, o de que es cíclica, no deja de tener relación con el ejemplo del amigo al cual hace tiempo que no vemos: las cosas están donde lo dejaste.

    Ocurre con los miedos. Un verano fuiste niño y te daba miedo saltar del trampolín a la piscina, tanto miedo que te quedaste paralizado y hasta te costó bajar por la escalera. Otro agosto tienes vienticinco años, has tenido novias, peleas, exámenes imposibles, noches inolvidables; estás tranquilamente con tus amigos y te subes al trampolín sin recordar y una vez al filo de la tabla todos tus antiguos, olvidados miedos están ahí. En ese momento hay sólo dos opciones, o saltar o seguir igual, y solemos seguir igual porque el susto nos afecta más cuando nos coge desprevenidos, con la guardia baja.

    La mentalización es muy importante para superar cualquier miedo irracional, por eso la previsión es una herramienta efectiva frente al fracaso. La vida puede parecer muy compleja cuando la observamos de cerca y extrañamente simple cuando la miramos de soslayo, a través de ejemplos simples. Ocurre que, sin saberlo, podemos repetir, sin querer, conductas que nos hacen tropezar una y otra vez con la misma piedra.  

    Porque las piedras están tal y como las dejaste. Tenemos una relación que se terminó por una serie de circunstancias que no dependieron de nosotros, o así lo creímos en su momento. En el pasado, tuvimos una serie de conductas de las que no estamos muy orgullosos y prometemos cambiar en la próxima oportunidad. Pasa el tiempo, nos enamoramos de nuevo, y estamos otra vez igual. A veces, hasta nos pasa lo mismo que la vez anterior y la relación termina por exactamente las mismas causas de siempre. Entonces nos preguntamos si todo obedecerá a un oscuro destino que nos la juega.

    También en el trabajo. Tuvimos un oficio alienante que no nos proporcionaba la plenitud deseada y, llegado el momento, decidimos dejarlo y buscar otro puesto completamente distinto. Tenemos suerte y lo encontramos, es un nuevo comienzo, pero al cabo de los meses tenemos la misma sensación que antes, ¿qué está sucediendo?

    Sencillamente que tu manera de relacionarte con la circunstancia es la misma que antes, donde lo dejaste. Por eso se repiten los mismos patrones y todo vuelve a ser como el último día, como con nuestro amigo. Sólo terminará el problema si somos capaces de cambiarnos nosotros frente al asunto. Por eso es muy importante escoger bien el momento en que decidimos afrontar una situación, como el que salta del trampolín.

    Si perduran los miedos, también se mantiene intacto el amor. Por eso es fundamental saber dejar las situaciones un momento dulce, para que al volver se siga manteniendo ese sabor que nos hace sentir que la vida vale la pena. Debemos evitar el colapso, la frustración, el vicio, es bueno que nuestra relación con el entorno respire y se airee.

    Porque podrás volver al mismo punto y retomar tu vida y tu tiempo tal cuales eran; por mucho tiempo que pase siempre volverás a encontrar el rompecabezas de la vida por…

    …donde lo dejaste

  • El amor de un parásito

    El amor de un parásito

    Vivir es una actividad que implica riesgo y uno de los múltiples peligros implícitos en el arte de estar vivo es que, de vez en cuando, topamos con un parásito. Son esa clase de individuos que solo nos transmiten negatividad, cuya presencia deja una sensación de pesadez en el corazón. A propósito o sin querer, estas alimañas tóxicas pueden minar nuestros sueños y aspiraciones, hay que cuidarse bien de ellos para tener buena salud. En saber detectar sus conductas y en saber cómo evitarlos, trata el breve artículo de hoy.

    Una persona que padece la condición anímica de la toxicidad se distingue por su bajo autoestima, que en ocasiones se muestra como una superioridad exacerbada. Afirman que los demás son mucho peores que ellos y son incapaces de reconocer una cosa buena de quien consideran un enemigo. Esta conducta solo demuestra un gran desprecio por ellos mismos, pero la persona tóxica buscará gente cómplice de sus ideas y pensamientos. Como son flojos, es habitual que se sientan amenazados, por eso es fácil escucharlos hablar mal de alguien a quien consideran enemigo o rival, alguien a quien nunca dirán lo que en realidad piensan, demostrando su debilidad y poco amor propio.

    El simple hecho de estar oyendo el zumbar sobre alguien que no se encuentra en la sala, que quizá no nos haya hecho nada, es signo de que estamos en peligro: la persona venenosa quiere que participemos de su malestar y por eso nos cuenta, como un secreto, lo que piensa sobre otro que no puede defenderse. Es en ese momento donde hay que cortar lo antes posible con la situación, a poder ser, dejando claro que no nos interesan esos temas o que la otra persona no nos ha hecho nada. Debemos conseguir que la persona tóxica se sienta avergonzada de su conducta lo antes posible, si no, caeremos en su juego y nos considerará cómplices de su crítica, asumiendo que pensamos y sentimos igual. Puede ser que consideremos que no es nuestro problema, pero termina siéndolo porque nosotros, un día, de forma inevitable, nos convertimos en el blanco del acoso de la persona parásita. A veces no querremos granjearnos enemigos, pero es mejor ser enemigo, que amigo de una persona tóxica: su amistad acaba resultando muy cara y su veneno acaba doliéndonos. Aunque no hayamos abierto la boca, nos veremos picados.

    Estos invertebrados suelen ser hábiles con la palabra oral y suelen defenderse bien en los dimes y diretes del día a día. De hecho, dedican tanta energía a la palabra vana y están tan atosigados por su bajo autoestima, que no suelen destacar por sus actos. Por otra parte, no hacen casi nada, solo fingir que hacen mucho por nosotros y hacernos sentir que les tenemos que estar agradecidos. Una de las cosas por la que destacan es porque suelen aprovecharse del trabajo ajeno, nunca aplauden los méritos de los demás y, si lo hacen, no es por algo bueno y noble, sino por ser cómplices pasivos de sus libaciones. Con ellos a nuestro lado, parece que nos robaran la poca o mucha suerte que nos tiene reservada la vida y, cuando eso sucede, nos sentimos traicionados por los astros, y no es así. Es la influencia maligna de la persona tóxica que parasita, ociosa, nuestros bienes.

    Lo que hagas bien será gracias a ella; lo que hagas mal será culpa tuya. Este es el máximo pensamiento de una persona venenosa. Nunca, aunque afirme todo lo contrario, irá de cara y te dirá lo que piensa. En todo caso, podrá ejemplos donde dijo lo que pensaba a los demás, pero en realidad solo eran tretas para conseguir sus propósitos. La persona venenosa nunca defiende lo bueno, defiende lo que le conviene y pica donde no puedas matarla. Podrá ser amigo del ser más despreciable de la tierra siempre y cuando lo considere útil o un insecto como ella al cual no pueda vencer. Hay que rehuir por todos los medios la compañía de las personas tóxicas, apartarlas de nuestro lado como a las moscas, poniéndolas en situaciones donde se sientan incómodas: por ejemplo, interactuando con cualquiera que sea capaz de plantarles cara. En ocasiones, esta clase de personas son inevitables porque las encontramos en nuestro puesto de trabajo, ocupando una posición superior a la nuestra. Deberemos, igualmente, defendernos de su nefasta influencia, aunque perdamos la batalla por el camino. De lo contrario, perderemos igualmente, contra el insecto y contra el resto de su enjambre. Son muchos los que han cogido depresiones por estar parasitados por semejantes alimañas.

    Con ellas se produce algo parecido al síndrome de Estocolmo, esa pena que siente la víctima por su agresor. Cuando uno piensa en lo mal que se siente por su influencia molesta, se siente vil en el fondo del corazón, preguntándose si no somos en realidad el problema. Sentimos empatía por la persona que nos hace daño, porque ha conseguido que nos sintamos inferiores, minando nuestras aspiraciones cuando decía animarnos, tratándonos como peldaños para llegar a sus metas, envenenando nuestra sangre. Cuando vemos lo que nos han hecho, suele ser demasiado tarde y es en ese momento cuando nos declaran la guerra. Tienen todas las de ganar, dado que nos conocen bien.

    La persona tóxica se habrá preocupado por saber todas nuestras debilidades para hacernos daño, llegado el momento, lo usará sin piedad contra nosotros. Debemos ser cautos, nunca perder la calma y, sobre todo, aguantar hasta que la persona se enrede en sus tejemanejes. Indefectiblemente, esta clase de ser acaba encontrando su matamoscas.

    El tiempo pone a cada uno en su sitio y, de todas formas, no hay que perder el tiempo con las personas tóxicas. Es mejor dejarlas que se ahoguen en su propio veneno. Si estamos bajo su influencia, nosotros somos su alimento, el cual consigue envenenándonos. Lo mejor es cortar por lo sano. Siempre será mejor el odio que el amor de un parásito. No conozco a ninguno que se haya salido con la suya durante mucho tiempo. Su suerte termina cuando ya no puede aprovecharse de nosotros, continuará si puede aprovecharse de otro. Para desinfectar tu vida, aléjate de ellos.  

  • Se requiere arte

    Se requiere arte

    La palabra arte proviene del latín, como casi todas las palabras, y significaba, en aquella lengua milenaria: habilidad, profesión, arte. De entre los posibles significados que encierra este concepto misterioso, interesa el segundo. El arte es también una profesión y por eso cualquier profesión requiere de hablidad, y de arte. Se puede ser más o menos hábil en el desempeño de cualquier arte, pero es obligatorio trabajar.

    Cuando pensamos en el concepto arte y en todo lo que conlleva, nos vienen a la mente las obras pictóricas, musicales, literarias; quizá también acuden a nuestra mente los autores de dichas obras: pintores, músicos, poetas. Ser esa clase de artista debe ser lo más maravilloso del mundo, porque son los únicos seres de la tierra que pueden hacer lo que les dé la gana sin que sean juzgados por sus acciones. Tienen libertad absoluta y comprensión por el gran público, que si bien censura su comportamiento, lo permite porque, a la postre, es un artista, una persona cuyo oficio es la producción de arte.

    Muchos han sido los poetas homosexuales, drogadictos, alcohólicos, comunistas… cuya biografía se ha perdonado en cada momento de la historia gracias a los himnos humanos que legaron al sentimiento. Lo mismo ocurre con cualquier artista de destacable, nombres hay a montones, si no todos los nombres que valen la pena: Miguel Ángel, Lorca, Dostoievsky, Picasso, Hemingway, Ezra Pound, Baudelarie, Poe, en fin, la lista es infinita y cada cual puede añadir los que considere que falten. No hay que juzgar a los genios por su biografía, de hecho, no debería ser ni siquiera conocida, para que el espectador tasara la obra de arte sin afinidades con la manera de vivir del artista.  

    Toda aquella persona que haya aspirado a la libertad plena habrá aspirado a ser artista en alguna de sus vertientes. Puede ser que el objeto de su arte no sea la obra en sí, sino la patente de corso que lleva aparejada la vida del artista.  Como Fausto, el poeta es inmune al influjo de las fórcidas, esas tres hermanas que compartían un solo ojo y un solo diente. El artista puede incluso pactar con el diablo para traernos a los mortales un arte que nos haga exclamar: detente, instante, eres tan bello, un arte que ponga de acuerdo a toda la sociedad humana, único capaz de proporcionar paz y redención. Tales conceptos nos legó el romanticismo, y en busca de tales eternidades viviremos muchos.

    Pero muchas veces se olvida que el arte supone también una profesión, un oficio, es decir, implica trabajar. A muchos nos puede enamorar la libertad, a muy pocos les apasiona trabajar -del latín, tripaliare: torturar. Y menos agrada trabajar “por amor al arte”, sin recibir nada a cambio. Un sacrificio infructuoso en cuanto al dinero, la pesadilla de los racionales. La mayoría de los artistas mencionados, si no todos, además de ser genios, provenían de familias adineradas los sustentaron. Qué dificil se hace compaginar todas las vertientes de arte y conseguir ser un artista, bajo ciertos condicionantes. Aunque si el arte signfica profesión, quizá haya mucho arte ignorado.

    Cualquier persona, en el desempeño de su oficio, puede ser un gran artista, admirado por los entendidos en ese ámbito, por su habilidad y arte en la profesión. La consideración de los oficios artísticos están condicionados por las modas del momento. Es el caso de la cocina, por ejemplo, que ha pasado a ocupar un lugar prominente en el terreno de lo artístico, llegando a veces al absurdo, y ya nadie niega que un cocinero pueda ser un gran artista o, incluso, un genio. Hay muchas personas destacables, que realizan su trabajo con amor, sin importarles el poco o mucho dinero que reciban a cambio -porque el dinero viene solo, como todos esos artistas saben. Hay mucho arte.

    Para ser un gran poeta habrá que trabajar tanto como para ser un gran zapatero. La única diferencia será la remuneración económica que se perciba por ambas profesiones, que siempre irá en función de las modas y la valoración que se haga del producto artístico en ese momento: ya sea un poema o un zapato. Esto implica levantarse temprano por la mañana y dedicar un mínimo de ocho horas a un trabajo a veces monótono, duro, alienante, carente de sentido; pero también bonito, apasionado, único, capaz de hacernos felices por el simple hecho de realizarlo. También implicará ponerse a crear cuando no haya nada de lo que hablar, cuando falte la inspiración y el dinero. Habrá que sacrificar buena parte del tiempo en busca de algo que no siempre se consigue. Trabajar mucho para dar un salto al vacío, a shot in the dark, a veces jugándose la vida, arriesgando.  

    Para ser artista, y para ser cualquier cosa, se requiere hablidad y profesión. Incluso para escribir un artículo dominical en un blog, cuando hay tanto por hacer, se requiere arte.