Como cada miércoles, tocaba hacer la colada. Siempre que llegaba ese día, desde que estaba viviendo en Perú, llevaba mi ropa a la lavandería Laundry Louis, situada en la calle Choqechaka, a unos pocos metros de mi hostal. Se trataba de una pequeña lavandería con las puertas azules. A mí me gustaba esa rutina de los miércoles: el olor a limpio del lugar, el ruido de las máquinas, el hipnótico rodar de los tambores con la ropa dentro. Solía sentarme dentro con una revista y dejaba pasar la hora larga de programa.
Pero ese día fue diferente. Me sentía especialmente animada y decidí dar una vuelta por el barrio. Como había hecho otras veces, entraría en las tiendas de souvenirs del centro histórico, observaría el ambiente de la ciudad de un día laborable por la mañana, quizá entrara en alguna cafetería para tomar algún chancay cerca de la plaza de Armas, lugar que en la ciudad de Cuzco equivalía a la Plaza Mayor de una ciudad española o europea.
Pero ese día sería inolvidable. Justo al salir de la lavandería, después de haber dejado mi ropa en un programa largo y cuando aún sentía la huella del botón de encendido en la yema de mi dedo, una joven me paró a pocos pasos de la puerta. Me sobresalté. No esperaba que nadie hablara conmigo a menos que se tratara de una conversación comercial. En aquellos meses que estuve en el Perú pasaba mucho tiempo sola, lejos de mi familia, mis amigos, mi pareja; pensando hacia dónde iba mi vida y cómo sería esta en el futuro, dentro de diez o catorce años. Quizá fuera por el efecto de la altura o de las hojas de coca que habitualmente mascaba, pero aquel lugar me ver más allá de mi presente, casi podía distinguir cómo sería el futuro y me aterraba no entender nada. La chica, de manera muy educada, sabedora de que me había asustado, me preguntó si podía hablar conmigo, porque quería hacerme una consulta. Pronunció esas palabras con un leve temblor en la voz que no me pasó inadvertido. Los ojos de la chica, aunque pequeños y oscuros, transmitían una sincera preocupación. La consigna para una extranjera cuando a una la paraban en la calle era decir que no a todo y seguir andando. No lo hice. Pensé que la chica podía ser un gancho, alguien que me distrajera mientras otra persona metía la mano en mi mochila, o algo peor. Miré a un lado y al otro, buscando al tipo de rostro enjuto por la maldad que habría de apuñalarme en mitad de la calle, pero no vi a nadie. Pese a mis recelos del primer mundo, algo me decía quédate.
Con actitud dubitativa le pedí que me explicara, rápido porque tenía prisa, de qué se trataba el asunto. Me pidió, con una educación exquisita y el dulce acento de su voz, si podíamos ir unos metros más adelante, para hablar más tranquilas, ya que me había abordado justo en la puerta del establecimiento y nos encontrábamos paradas en medio de la acera, obstaculizando el paso de los viandantes. Comenzamos a andar sin un rumbo definido. Aún seguía mirando con un ojo a mi espalda por si alguien más nos seguía y con el otro evitaba pasar por las calles poco concurridas de la ciudad.
Su nombre era Rosa, tenía 19 años y desde que había nacido había vivido en Cuzco. Era morena, un poco más bajita que yo. Tenía el pelo nigérrimo y su melena de chica joven se derramaba sobre sus hombros hasta la altura de unos pechos generosos. Su cara era regordeta, aunque ella no tenía sobrepeso y sus piernas estaban bien proporcionadas. Sus ojos eran bonitos, en forma de avellana, quizá herencia de alguna tatarabuela medio española con sangre árabe. Sus labios eran carnosos y tenía una sonrisa muy especial. Una vez hechas las presentaciones, me preguntó de dónde venía yo. Pronuncié el nombre de mi pequeña ciudad y ella demostró no haber escuchado aquel nombre en toda su vida, así que le dije que estaba muy cerca de Barcelona y Rosa se situó.
-La he parado porque quería preguntarle a usted algo importante… -respiró hondo y habló de sopetón. Como lanzándose de cabeza una piscina invisible dijo: -Estoy esperando. -Después de ver mi cara, continuó -Estoy embarazada, de dos meses.
-¡Enhorabuena! -dije yo, sin saber muy bien qué decir. La expresión de ella era una mezcla de felicidad y de preocupación a un nivel altísimo de intensidad, insoportable.
-Me gustaría saber, si es tan amable: ¿qué haría una chica extranjera en mi situación?
Mi cara cambió de golpe. Por fin dejé de pensar que me quería robar y me relajé. En silencio, intentaba asimilar lo que estaba ocurriendo bajo el tenue sol de aquella mañana de un miércoles cualquiera. No nos llevábamos tantos años. Ella tenía 19 y yo 24, pero parecíamos de la misma edad porque yo siempre he aparentado menos años de los que tengo. Mi cabeza iba a mil pensamientos por segundo y me notaba un poco mareada. Sentía la brisa del destino. Del medio millón de personas que había en la ciudad de Cuzco por aquel entonces, me había elegido a mí para hablar de algo tan personal, la conversación más importante que habría de tener en su vida. Seguramente no había hablado con sus padres, quizá no tuviera a ninguna amiga a quién acudir. Pude sentir la soledad de aquella chica en mi corazón y me emocioné mucho. Nos sentamos en uno de los bancos cercanos a la Plaza de Armas, bajo la sombra de un árbol con dos troncos gruesos y retorcidos, que a mí tanto me recordaban a los olivos centenarios de mi país.
-Soy la mayor de cuatro hermanos. La que tiene que dar ejemplo… -suspiró, triste. -Mis padres no saben nada. Ellos han trabajado tanto para darnos las posibilidades que ellos no habían podido tener… Sólo de pensarlo me entran ganas de llorar… -y se derrumbó.
Intenté tranquilizarla le mejor que supe. Le pedí que me hablara del padre de la criatura.
-Se llama Amaru. Es muy guapo. Tengo una foto en la cartera- Rebuscó en su bolso.
Se trataba de un cholo de pelo muy negro, ojos oscuros y sonrisa franca, con unos dientes bien alineados, herencia de los incas. Aunque a mí no me parecía muy guapo, entendí que para ella era el tipo más atractivo del mundo solo con ver cómo sus ojos se posaban por la flamante fotografía tamaño carné que llevaba en un monedero astroso.
-Nos conocemos desde el instituto, pero empezamos a salir desde hace menos de un año. Acaba de entrar en la Universidad de Cuzco, como yo. Quiero ser maestra y él estudia una ingeniería. Amaru me apoya en todo… -sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas- Me ha dicho que me acompañará hasta el final, decida lo que decida.
Las dos opciones para Rosa eran muy claras. O bien tenía al bebé que esperaba, lo cual implicaba casarse muy joven, abandonar los estudios, buscar un hogar para la nueva familia; o bien buscar una de esas señoras que mandaban a los nonatos al limbo. Ambos caminos entrañaban muchos peligros y dificultades en aquel Perú de principios de siglo. La llegada de un bebé cambia la vida de una mujer y Rosa lo sabía muy bien. Tendría que sacrificar su vida, lo que hasta entonces había conseguido gracias a su esfuerzo y al sacrificio de sus padres. Lo más duro de todo, decía, era que decepcionaría a sus papás.
-No digas eso, Rosa. Seguro que ellos terminan por comprender y aceptar la situación.
El tiempo se detuvo en la Plaza de Armas de Cuzco. Sin darme cuenta, estuvimos hablando casi una hora sentadas en el banco, a la sombra verde de aquel árbol que nos escuchaba en silencio. Poco a poco, los silencios se fueron haciendo más largos a medida que Rosa se iba desahogando. Al final no quedaron palabras, porque las palabras sobraban. Nos levantamos a la vez y nos miramos frente a frente. Se despidió de mí agradeciendo mi tiempo y aquella charla. Yo le respondí con un abrazo fuerte, desde lo más profundo de mi corazón. Ambas nos emocionamos mucho. Nos dimos nuestros correos electrónicos para poder estar en contacto: seremos amigas por siempre.
Con el calor de su corazón todavía en las manos, volví en dirección a la lavandería donde había dejado olvidada mi ropa. Rosa continuó calle abajo. Me giré antes de entrar en el local y ya no la vi. No podía ser. No había otras calles o desvíos posibles para que ella se hubiera esfumado tan pronto. En un abrir y cerrar de ojos había desaparecido. Una extraña sensación se me quedó dentro, como si Rosa en verdad no hubiera existido. La preocupación por mi ropa abandonada me hizo volver a la realidad y empujé la puerta que tenía agarrada con una mano temblorosa. Por suerte, allí estaba mi colada.
Nunca recibí un correo suyo. Al poco tiempo, busqué el papel donde tenía apuntada su dirección para preguntarle cómo había ido todo, pero extrañamente no lo encontré. Todavía me pregunto qué camino habrá elegido y sigo cavilando: ¿por qué yo? Supongo que el destino tiene una respuesta y que yo nunca la sabré. Durante nuestra conversación, no supe darle un consejo claro. Solamente me limité a lo más importante: escucharla. Mientras lo hacía, pensaba que después de todo Rosa era afortunada por contar con alguien como Amaru, que la quería y estaba dispuesto a ir con ella hasta el final. Rosa me hizo pensar en mí misma: ¿Qué me hubiera pasado a mí en su lugar?
Me quedo con lo que le dije una y otra vez mientras ambas nos emocionábamos, sentadas en aquella preciosa plaza cuzqueña, a la sombra del árbol milenario:
-Supongo que no hay una respuesta correcta. Las cosas pasan porque tienen que pasar.
Nota del autor: Idea original de Marina

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