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    Liminar Londres (Parte 2)

    9. Un día inolvidable

    La llegada a Dublín se produjo sin incidentes. Para ser una capital europea, Gerardo pensó que el aeropuerto resultaba bastante pequeño. Seguramente porque no era un destino turístico tan habitual como Londres o Barcelona. En cualquier caso: mejor, más fácil sería encontrar la salida y la parada de autobús que habría de llevarlo a Maynooth.

    Bajó del vehículo cincuenta minutos después de subirse, en la parada de autobús 3966 del pueblo de Maynooth, Irlanda, a las 12:30 de la mañana. Le había costado más de lo previsto encontrar la línea de transporte correcta y, además, justo al llegar a la parada, su transporte ya estaba emprendiendo la marcha. Tocó esperar en la parada una hora entera, completamente solo, hasta que volviera a aparecer el siguiente. Pasó el tiempo fumando y dejándose acariciar por el sol irreal de Dublín, que daba al mundo una luz de sueño.

    Una vez en el municipio de Maynooth, comprobó que el tiempo había cambiado y la mañana se había vuelto de un gris ceniciento sin nubes ni cielo azul. Miró a derecha y a izquierda sin saber muy bien adónde dirigirse y vio a unos cien metros un McDonald’s. Llevaba mucho tiempo sin comer algo decente, así que decidió acercarse al restaurante a llenar el estómago. No obstante, a mitad de camino, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro del pueblo, que quedaba justo en dirección contraria al restaurante de comida rápida y se adivinaba por el bullicio de los coches y peatones que se oteaba a lo lejos.

    Gerardo sólo sabía dónde trabajaba Cayetana: un restaurante de cocina española llamado Abrevadero’s que estaba en la calle principal que cruzaba el pequeño pueblo, que no debería de tener más de cinco mil habitantes en la zona urbana. Mientras caminaba en dirección a su destino final, Gerardo sentía los pies pesados y la boca seca. Había pasado por mucho, comiendo y durmiendo poco, con menos dinero del necesario, pero allí estaba. A lo lejos se distinguía un cruce de semáforos y farolas negras con árboles sin hojas que arañaban el cielo color panza de burro. Algunos transeúntes se cruzaban en su camino y le dedicaban una mirada de soslayo, como se hace con los vagabundos o las personas que consideramos potencialmente peligrosas. El aspecto de Gerardo no era el mejor de su vida: demasiada noche en vela y suelo duro a la espalda.

    En el cruce con la calle principal, los coches pasaban de un lado a otro sin demasiada prisa. Comprobó en su teléfono móvil la dirección que le indicaba, dónde se situaba el restaurante, y lo sorprendió comprobar que estaba allí mismo, justo en frente de él, a unos pocos pasos después del cruce de caminos donde se hallaba, en la acera de enfrente. El sitio tenía el toldo negro, como todo el mobiliario urbano de esa calle, de ese pueblo, de ese país, y una terraza con mesas del mismo color donde no se sentaba nadie. Unas flores de plástico decoraban unos parterres que servían de frontera entre la terraza y la calle, en un mundo donde no existía el concepto de tomar una cerveza en la terraza al solecito con los amigos o familiares. Las sillas estaban húmedas por la reciente lluvia o por la humedad que se respiraba en el ambiente y que volvía el aire mantecoso y frío. Decidió encender un cigarrillo y mirar el lugar desde la acera de enfrente, a ver si estaba ella en aquel turno y se decidía a entablar una conversación.

    Buscó por entre los bolsillos de la chaqueta, en los tejanos, incluso en la pequeña maleta que arrastraba por la calle. Maldita sea, se dijo, se había olvidado la pitillera de Dylan en el autobús que lo había traído. Casi podía verla caída en el suelo mientras dormitaba después de liar unos cinco cigarrillos para el camino. ¡Me cago en la mar! Dijo esta vez en voz alta mientras sus manos revolvían nerviosas, impacientes, la ropa doblada.

    Al levantar la vista, vio que alguien había salido del Abrevadero’s, que quedaba unos pocos metros más allá. Vestía camisa negra y pantalones igualmente negros, con delantal de camarero. No era ella. Se trataba de un tipo alto y pelirrojo que había salido para fumar un cigarrillo y lo miraba con curiosidad. Otro español. Debía pensar. O quizás le atribuía otra nacionalidad más exótica, como francés o mexicano. Casi estuvo a punto de acercarse para pedirle un cigarrillo y preguntar por Cayetana, pero se lo pensó dos veces. Podía verse con los ojos de aquel camarero alto, del otro lado de la calle: un tipo de ropas arrugadas, ojos hundidos por el cansancio, el pelo revuelto. No era su mejor imagen para dar una sorpresa agradable, más bien para dar un susto. Decidió que lo mejor sería acercarse al hotel y descansar un poco, tomar una ducha, hacer de vientre, cambiar los aires. Agarró su maleta sin mirar más al tipo fumador del otro lado de la calle y se dirigió avenida abajo, en dirección a otro punto azul que le marcaba su dispositivo móvil. Todo el mobiliario urbano era del mismo color: el negro.

    Las casas eran bajas, la calle ancha a pesar de ser antigua y no había bloques de pisos a la vista. Los negocios eran pequeños, incrustados en la fachada de los pequeños edificios con rótulos de colores fríos: azul, verde, morado. Auténtica pizzería italiana que no desprendía un olor apetecible, banco irlandés de nombre impronunciable, restaurantes donde no sabía si se podía comer o se dedicaban sólo a servir copas como el Fitzgerald’s Roost o el Brady’s. Al fondo se distinguían unas torres de piedra, el Maynooth Castle, como sabría más adelante. Estaba acostumbrado al paisaje europeo por otros viajes que había realizado en esos últimos tres años, pero en aquel rincón veía algo que lo sorprendía y lo asustaba a un mismo tiempo: estaba lleno de cuervos.

    En vez de palomas, los cuervos poblaban las aceras, se posaban en las farolas y los semáforos, lo veían pasar señalándolo con el pico y mirándolo con ojos inteligentes, completamente negros. De vez en cuando graznaban y parecían reparar en Gerardo, diciéndose unos a otros: este no es de aquí. Por su valor simbólico, este animal despertaba en él los más oscuros augurios que pudiera albergar su corazón, no obstante, para los transeúntes aquellas alimañas formaban parte del paisaje habitual, como las palomas o los gorriones, y nadie reparaba en ellos excepto Gerardo, quien a medida que avanzaba calle abajo sentía cada vez la necesidad más imperiosa de salir corriendo.

    Por desgracia, el paisaje tenebrista no mejoraba a medida que se aproximaba a su destino. Contrariamente a lo acostumbrado, el día se iba volviendo cada vez más gris a medida que se acercaba el mediodía y amenazaba lluvia. Aceleró el paso a la altura del castillo del pueblo, cuyas ruinas parecían encantadas, y salió de la calle principal cruzando un parque amplio de altísimos árboles verde oscuro. Al fondo se levantaban los edificios de la que iba a ser su casa durante el tiempo que estuviera en aquel pueblo: la antigua Universidad Pontificia de San Patricio. Era el alojamiento más barato y céntrico que había conseguido encontrar, así que no le importó su aspecto austero y mortuorio, síntesis arquitectónica entre cementerio, convento e internado. El silencio era absoluto y Gerardo podía escuchar sus pasos sobre la gravilla grish-grish-grish mientras se aproximaba a lo que parecía una muralla que delimitaba el recinto del edificio.

    En la parte interior de un túnel oscuro que cumplía las funciones de portal encontró la recepción iluminada. Fue un alivio volver al mundo civilizado, como cuando en un videojuego de terror uno entra en un edificio y espera que allí no vayan a aparecer monstros todavía, que tendrá un momento de descanso para templar los sentidos antes de continuar la partida. Pensaba en esas cosas absurdas mientras esperaba a ser atendido por una recepcionista que no terminaba de llegar, en la sala vacía, que bien mirada, resultaba igualmente inquietante a pesar de la luz cálida y los sillones cómodos a un lado, como si fuera un trampantojo, una trampa, sólo el decorado de la casa de la bruja.

    Gerardo intentaba detener su imaginación pero no podía. Lo achacó a la falta de sueño y de comida, el pensamiento racional se le iba como por un embudo y tenía que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por un sentimiento extraño de nerviosismo, esperanza, miedo y emoción que no sabía dónde lo llevaría. Por fin llegó la recepcionista. Era una chica hippy con rastas, piercings y tatuajes. Lo sorprendió que alguien como ella atendiera el hotel de una estrella de la Universidad Pontificia, luego pensó que quizá se debía a un plan ocupacional del gobierno irlandés la presencia esa rasta allí. Ella sería lo suficientemente guapa como para intentar algo si no estuviera allí por una razón mejor, y como nunca se sabía, fue simpático y le dedicó una sonrisa amplia a pesar de que lo había tenido esperando más de media hora bajo la atenta mirada del vacío. La chica ni siguiera lo miró cuando le pidió la identificación y la pasta. Mientras tecleaba en su ordenador, pensó en preguntar algo, por el simple hecho de hablar con un ser humano, pero aquella rastafari, Laura, según decía en la plaquita plateada que colgaba sobre su pecho, no le prestaba la menor atención, de hecho hacía su trabajo con una expresión de desprecio absoluto, quizá por sus pintas. Aquello lo enfadó, quién era la tal Laura para juzgarlo a él, se suponía que los hippys miraban el fondo del corazón y no la marca de la ropa. Otra falsa en un mundo hipócrita, sólo imagen y vegetarianismo sin convicción. O quizá la chica no tenía ningún interés por él ni por su trabajo y estaba allí obligada cuando podría estar escuchando reggae roots.

    –Do you like Bob Marley? -Se le ocurrió preguntar a Gerardo para romper el silencio.

    –Here you are. -Se limitó a responder ella dejando un llavero color granate con el número 216 grabado sobre el plástico duro y dos llaves antiguas, como las de su abuela.

    Gerardo se limitó a coger las llaves y a preguntar.

    –Where I have to go?

    –Just follow the line. -Y señaló una tenue línea azul que se dirigía hacia la calle.

    Sin más explicación, abandonó la recepción de aquel lugar y volvió a salir al patio gris de la Universidad, encuadrado en entre las alas de dos edificios. Parecía que la línea azul continuaba recto hasta unos cien metros más allá. -¿En serio? -Se dijo Gerardo. No quedaba otra que caminar, a pesar de que su habitación parecía estar al final de la línea azul, al otro lado del rectángulo que formaba el amplio recinto, por donde no pasaba nadie. No quiso pensar en cómo sería aquel lugar en plena noche si ya al mediodía era de lo más inquietante. Arrastró su maleta por el camino de asfalto y llegó al portal.

    La línea azul continuaba a lo largo de una bóveda interior que hacía las funciones de pasillo. En las paredes había cuadros de promociones de aquella universidad: todos hombres vestidos de cura con colores negros, lavanda, púrpura y granate. Miraban a la cámara, es decir a Gerardo, con una expresión contrita y misteriosa, como Mona Lisa.

    Sin reparar demasiado en los lados, notando la mirada de las fotografías antiguas en su cogote, encontró la puerta del ascensor. Como su habitación era la 216, supuso que esta se encontraba en el segundo piso, así que pulsó el botón y esperó al montacargas. Ninguna luz se iluminó y en el largo pasillo solitario no se oía el ruido acostumbrado de los motores al accionarse. Un tipo con pinta de Woody Allen, aunque más alto y rosa, y con el pelo más blanco, estaba bajando las escaleras y le dijo que no funcionaba el elevador. Antes de que pudiera responder y darle las gracias, ya se había marchado, lo cual lo intranquilizó todavía más al sentirse tan perdido y tan solo en aquel lugar.

    -¿Qué estás haciendo aquí, Gerardo? -Se preguntaba. Cogió la maleta, avergonzado sin saber por qué, y se dirigió hacia las escaleras que quedaban al lado. Los peldaños de madera vieja y gastada crujían a cada paso. En el piso superior, el mobiliario era mucho más antiguo y las paredes estaban pintadas de color azul celeste y blanco, que no compaginaba nada con el paisaje ni el cometido de ese edificio. A lo largo de un pasillo tenuemente iluminado de puertas blancas, algunas gastadas por el tiempo, pasando por unas cómodas y baúles de aspecto desvencijado, encontró el 126 a mitad de corredor.

    Hizo girar una de las dos llaves y entró en la que sería su habitación. Se parecía más a la celda de un seminarista de principios de siglo -que era lo que en realidad era- que al cuarto de un hotel. Había una cama de noventa con un crucifijo vacío colgado en la pared sobre el cabecero. Justo al lado había una pica amplia y antigua donde poder asearse, con un grifo de dos manivelas para el agua caliente y fría. En la pared de enfrente se situaba una mesa estrecha de madera barnizada y junto a ella un armario empotrado. No había televisión, aparato poco adecuado para la meditación y el sosiego monacal, pero en su lugar había un gran ventanal con alfeizar donde uno podía sentarse a leer y disfrutar de las vistas a un campo de yerba verde y árboles altos al fondo, donde poder tumbarse a tomar el sol idílicamente, cuando lo hubiera, porque aquel día y en aquella hora estaba completamente desierto. -No está tan mal después de todo. -Se consoló haciendo una vista general y obviando el aspecto tétrico que aquel lugar irradiaba. Sin querer acordarse demasiado de posibles fantasmas, se tumbó sobre el colchón de muelles antiguos, probablemente anterior a su natalicio, donde habrían dormido generaciones de seminaristas antes que él, quizá alguno pasó la tisis allí.

    Miró tumbado hacia el techo alto. En una esquina distinguió una enorme telaraña. Esperaba que no bajara la dueña descolgándose por un hilo apenas visible hacia su cara dormida. Seguro que el bicho que había tejido semejante entramado sería enorme. No quiso darle demasiadas vueltas y recordó lo que decía siempre su abuela: las arañas dan suerte. Estaba agotado pero no tenía sueño. En aquel país no existían las persianas y la luz mortecina del medio día entraba a raudales y no lo dejaría dormir bien. Comprobó la hora en su teléfono móvil. Eran las 13:30. Algo le decía que no había tiempo para descansar. Debía salir de allí y prepararse. Hacer por fin lo que se proponía y luego ya se vería. Había llegado demasiado lejos como para rendirse ahora. Tenía miedo de no conseguirlo, de cagarse en los pantalones y dar marcha atrás, de salir corriendo por donde hubo venido y olvidarse del tema. Pero eso Gerardo nunca se lo perdonaría.

    Se levantó de la cama de un salto y empezó a deshacer la maleta. Tomó la única camisa que tenía, arrugada pero limpia, y se dirigió hacia los baños comunes al final del pasillo. Se duchó solo entre los antiguos azulejos blancos. El baño estaba tan pasado de moda que aún había una bañera sin cortinas donde se aseó lo mejor que pudo. De nuevo en su cuarto, se afeitó en la pica de su habitación y se miró los ojos en el espejo largamente.

    -Puedes conseguirlo.

    Su rostro demacrado y limpio le devolvía la mirada con unos ojos fieros, locos, hambrientos. El ojo del tigre o la mirada del lobo, no sabía. Aquellos ojos hidrópicos que iban a calmar su sed en los de Cayetana en poco tiempo, lo que tardara en llegar a su restaurante, donde algo le decía que ella estaba trabajando en ese turno, a esa hora.

    Eran las 14:30 de un día, para bien o mal, inolvidable. Sabiéndolo, salió a por ella.  

    …

    10. Su única oportunidad

    Después de dar algunas vueltas y de retrasar el momento de la verdad todo lo posible en busca de unas fuerzas que no acababa de encontrar, Gerardo llegó a su destino. Como hiciera por la mañana, miraba desde el otro lado de la acera la puerta negra del Abrebadero’s, donde sabía que trabajaba Cayetana. Quizá todo había sido un tremendo error, lo mejor sería dar la vuelta y volver a casa, dejar de hacer el ridículo. Nervioso por los pensamientos que lo acuciaban, miró su teléfono móvil y revisó las conversaciones que hasta entonces había tenido con Cayetana. Llevaban unos cuantos meses hablando, a cuentagotas. Aún recuerda aquel día en que le envió una foto antigua, de antes, de cuando estaban juntos y el mundo no parecía tan oscuro como ahora. Gerardo revisó la conversación buscando la fotografía, para darse ánimos y hacerlo.

    Estaban los dos sentados en un banco del parque. Ambos sonreían. Tenían más cara de niños que las que tenían entonces, más inocentes que ahora. Él vestía una chaqueta blanca y ella una vaquera. Sería septiembre u octubre y el cielo tenía esa luz especial que adquieren los atardeceres al final del verano, cuando les gustaba sentarse en un punto de la ciudad donde se viera el mar y dejar pasar el tiempo volar entre las manos y los besos, ajenos a los transeúntes que los miraban de reojo con curiosidad y envidia. La vida parecía perfecta en aquellos días, nadie quería que trascurriera el tiempo y se pasara la tarde, el día, la edad. El futuro era algo lejano y lleno de posibilidades felices. Fue ella quien tomó la fotografía. Decía que siempre salía mal en las fotos, pero en esa estaba preciosa. Gerardo acarició su mejilla sobre la pantalla grasienta del teléfono y sintió una lágrima antigua recorrer un surco invisible en su rostro, un camino acostumbrado. La lágrima cayó por dentro de la piel, por donde más dolía. Le había mandado la foto hacía un par de meses. En el mensaje decía: ¿Te acuerdas? No quiso ver lo que había contestado él. Era una respuesta nerviosa y forzada, apresurada. Como fuere no sirvió para que volvieran a retomar el contacto fluido, de eso era incapaz.

    Guardó el móvil en el bolsillo y pensó en encender un último cigarrillo, pero movido por un resorte se dijo: Ahora, y salió disparado en dirección a los toldos negros del Abrevadero’s con una sonrisa forzada y el gesto concentrado de la decisión tomada. Sintió que sus pies caminaban decididos sobre el asfalto gris como por una cuerda floja. No había nadie en la terraza durante el día gris. No conseguía ver el interior del local desde fuera y adivinarla a ella por entre las mesas. Llevado por la inercia de sus pasos, empujó la doble puerta del local y penetró en la luz tenue del recinto sin ver apenas.

    El local era más amplio de lo que parecía por fuera. Había mesas negras y blancas por doquier, con cuatro sillas cada una. No abundaba la clientela a esa hora, las 15:20 de la tarde. Vio el camarero alto que se paseaba por entre las filas de mesas vacías, recogiendo algún vaso, vio otra chica con el pelo recogido con una cola de caballo ordenando las tazas de té detrás de la barra. No estaba ella. Quizá aquel no era su turno después de todo o se había marchado a casa a descansar. Debería volver más tarde.

    Cuando iba a emprender el camino de vuelta, la vio. Salía de lo que parecía la puerta batiente que daba a la cocina, la cual se adivinaba por los azulejos blancos que se veían a través del ojo de buey. Cayetana se acodó en la barra e hizo una broma en inglés con la chica que fingía arreglar las tazas de té. Su compañera de la cola de caballo le contestó y al girarse para mirarla, lo vio a él y puso cara de: Hello, how can I help you? Cayetana seguía a lo suyo, quizá sin entender por qué su amiga no la miraba a ella o no seguía con la broma. Gerardo estaba tras su espalda y no se le ocurrió otra que decir: Can I take a beer? Fue entonces cuando Cayetana se giró y el mundo pareció detenerse.

    Dicen que si la tierra se parara de pronto todo saldría volando por los aires. Gerardo lo sintió en aquellos instantes. Su corazón quería salirse por un costado como un pájaro en una jaula pero sus pies estaban enterrados en el piso del local. Ella lo miró divertida, quizá pensando que aquella voz le sonaba o simplemente extrañada por esa pronunciación tan deficiente de la lengua de Joyce. Se miraron a los ojos después de mucho tiempo, de tanto tiempo. Su expresión se iluminó por un instante como la llama de una cerilla, con el fuego que había ardido antaño, que los había envuelto en tantas noches bajo las estrellas y en cualquier banco del parque, un fuego que pronto se apagó.

    -¡Gerard…! ¡Qué haces aquí! -dijo con la boca abierta, mostrando los dientes inferiores. Tenía la expresión de haber visto un fantasma. La chica de detrás de la barra no entendía nada. -Cariño, ven, dame un abrazo… -Se acercó ligera y sus brazos recordaron la posición justa para albergar su cuerpo en esa memoria que se queda guardada en los movimientos acostumbrados y que pueden pasar inadvertidos toda una vida hasta que se recuerdan un día cualquiera. Sintió su pequeño cuerpo contra su camisa arrugada por el viaje. La envolvió con sus brazos cansados sin decir nada, disfrutando del tan ansiado momento cuando pudiera abrazarla de nuevo y sentir el olor de su pelo junto a su rostro.

    Pero algo era diferente. Había algo frío y tenso por debajo de su piel, algo incómodo. La expresión de la chica de detrás de la barra pasó del desconcierto al enfado, como si efectivamente conociera el caso del tal Gerard y aquel tipo no le gustara nada para su amiga de hacía cinco semanas. Él la miró con desafío y observó también al tipo alto de la bandeja, que no se había movido del sitio y los miraba también. Para entonces, Cayetana ya se había separado, había durado muy poco el contacto, y hablaba con su compañera en un inglés atropellado sin saber explicarle muy bien la situación.

    -Pasaba por aquí y he pensado en venir a verte. -Dijo Gerard en su lengua materna.

    -¿Qué quieres tomar?

    La pregunta lo extrañó. Luego recordó que al fin y al cabo estaban en un bar y que ella estaba trabajando. Seguramente aquella era la excusa para encontrar un momento solos.

    -Una cerveza. Cualquiera.

    -Siéntate donde quieras.

    -Vale.

    Tomó asiento en una de las muchas mesas vacías que había en el local. El tipo alto pasó a su lado y Gerard tuvo ganas de partirle la cara de pelirrojo sin un motivo aparente. Cayetana iba de aquí para allá. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer ni cómo ponerse. Él también se sentía nervioso pero tenía la ventaja que estaba sentado y podía hacer como que miraba por la ventana y veía los coches pasar y los cuervos saltando en la acera.

    -¿Cómo se te ocurre venir hasta aquí? -Dijo con la cerveza sobre la bandeja. No sabía manejarla muy bien, debería hacer poco que hacía ese trabajo. Estaba en Irlanda huyendo de su vida anterior, como en esas películas donde la chica se marcha a otro estado en fuga de un maltratador o un peligro inminente. Gerard intuía eso en su voz.

    -Tenía ganas de verte.

    -Mi turno acaba a las cuatro. ¿Qué vas a hacer? ¿Te quedas a comer aquí?

    Gerard miró su muñeca fingiendo no saber la hora que era. Sentía los movimientos como dentro de un reloj de arena, cada vez más pesados por la acumulación de tierra en torno al cuello. No entendía la pregunta. Lo último en lo que pensaba era en comer.

    -¿No dices que terminas a las cuatro? Queda media hora. Salgo contigo.

    Se marchó con la bandeja vacía y volvió al cabo de poco tiempo con una versión irlandesa de patatas bravas. Al fijarse en la decoración, Gerard percibía que el sitio era una mezcla de hispanidad: lo mismo había sombreros mexicanos colgados que castañuelas y trajes de flamenca. Era una mezcla de mal gusto aquel colorido sobre el fondo negro, pero los guiris deberían percibir aquello como el colmo de la autenticidad. Como cuando los europeos van a un restaurante chino, lo mismo el león de la puerta y la grulla de la vajilla no tienen culturalmente nada que ver, pero da el ambiente asiático.

    Quiso decirle lo que le parecía el local a Cayetana, pero ella se marchó pronto a atender otras mesas. La verdad es que no había tanta gente como para no poder intercambiar dos o tres palabras de vez en cuando: el local estaba casi vacío y había camareros de sobra. Ella pasaba tiempo hablando con sus compañeros, seguro que de él, y ninguno sonreía.

    Estaba acostumbrado a no agradar a los amigos de ella. En su ciudad, sus amistades le habían parecido gente frívola y sin interés, que al cabo de una hora resultaban insoportablemente mediocres. No entendía cómo ella podía relacionarse con aquella gente y no preferir la compañía de los amigos de Gerardo, los raritos de la última fila que fumaban mucho tabaco y escuchaban rock en lugar de rap y leían libros raros y películas de la época cuando sus abuelos iban en pantalones cortos. A Cayetana le encantaba pasar tiempo con los amigos de él y era una más en el grupo, intervenía y sabía tanto de tabaco, de rock, de películas y de cosas raras como todos ellos juntos. Era, a pesar de ser guapísima, una chica rara y preferiría la compañía de su gente.

    O eso le parecía a Gerardo. Las patatas estaban asquerosas, estaban poco fritas y la salsa era insípida. Aunque llevaba sin comer muchas horas, si no días, no logró terminarse el plato. La cerveza estaba templada y resultaba también imbebible. Maldijo la gastronomía irlandesa, era imposible aguantar demasiado en ese país con aquella comida. ¿Cómo conseguía hacerlo Cayetana? Volvió al cabo de un rato. Se había quitado el delantal de trabajo que llevaba amarrado a la cintura y se había cambiado de ropa. Había dejado el uniforme negro en algún lugar del local y se había puesto pantalones vaqueros y una sencilla camiseta a rayas azules y blancas estilo marinero. Tenía los labios y los ojos maquillados levemente. Llevaba el pelo corto, se había hecho ese corte un tiempo después de que lo dejaran y se lo había dejado así. Igualmente estaba preciosa. Los ojos negros y grandes lo miraban con una dulzura contenida.

    -Ya terminé. ¿Vamos?

    Salieron juntos del local, ella un poco adelantada y él detrás como un animal tímido y obediente. Los compañeros la despidieron y obviaron la presencia de Gerardo. La chica de la cola de caballo le dijo en inglés que si necesitaba cualquier cosa sólo tenía que llamarla. Gerard empezaba a sentirse molesto con todo ese teatro. Quizá no se había portado bien con ella, sobre todo en los últimos momentos, en aquel último día, pero no era un violador ni tampoco un agresor de ninguna clase. No iba a perseguirla hasta el fin del mundo reclamándole su obediencia y su lealtad. Si estaba allí era porque pensaba que una parte de ella, aunque quizá minúscula, aún lo quería y que aquel rescoldo, aquella chispa, podría encender el bosque de lo que un día hubo sido el amor de su vida.

    -Tus compañeros me miran como si les debiera dinero.

    -No se lo tengas en cuenta. Me han ayudado mucho.

    Ella caminaba rápido, mucho más de lo que recordaba por los largos paseos que habían recorrido juntos durante tanto tiempo. Ahora se alejaba deprisa del ámbito del restaurante, calle abajo, en dirección, sin saberlo, a la siniestra abadía universitaria donde Gerard se alojaba. Si seguían ese camino, en cuestión de diez minutos llegarían a las puertas del campus y, quien sabe, podrían subir a descansar un rato y a ponerse al día. Gerardo se sentía feliz en su fuero interno. Todo estaba saliendo, más o menos, como lo había soñado. El día se iluminaba por momentos a pesar del cielo gris y los siniestros cuervos de pico negro sobre los semáforos y las señales de tráfico en inglés.

    -Pues yo ahora he quedado con uno… -dijo ella de pronto, entre dientes, mirando hacia todas partes por si aparecía aquel “uno” y los veía andando calle abajo como desconocidos. No añadió nada más y Gerardo sintió como su corazón dio un temblor y se detenía. En ese instante sintió una sacudida como si le hubiera caído un hielo encima.

    Parada frente a él, más nerviosa e incómoda si cabe por la situación, se encendió un cigarrillo. Gerardo se rascó el cogote, se frotó el cuello, se aguantó las lágrimas y dijo.

    -Bueno, bueno, bueno… Pues nada…

    -No, no… a ver… Le digo que…

    -No, no, tranquila… Haz tus planes, haz tus planes…

    Sin saber muy bien qué hacer, los pies de Gerard empezaron a iniciar la retirada calle abajo, siguiendo el camino que ella había detenido. Sentía el ridículo subiendo como la espuma desde los tobillos, pasando por sus gónadas, hasta detrás de las orejas, buscando los ojos y estallar en lágrimas saladas y estúpidas. Puso cara descompuesta pero no quiso que ella lo viera y se fue retirando de medio lado, como el que se despide con la mano y sigue su camino porque tiene prisa, como si fuera a él a quien esperaban a las 16:15 en algún sitio. Ella se quedó mirándolo angustiada, sin saber qué hacer ni decir.

    -Geri, te llamo luego y te digo algo.

    -Vale, vale. No te preocupes.

    Gerardo retomó el camino al hotel sin mirar atrás. La pena y el ridículo ya anegaban sus ojos en lágrimas incontenibles que pugnaban por caer al suelo. Apresuró la marcha antes de que tuviera que verse obligado a frotarse los ojos y hacerle ver a ella que lloraba si es que estaba viendo cómo se alejaba. No se giró para descubrirlo y, casi sin ver, no dejó que se le escapara una lágrima hasta que llegó a la altura del Castillo de Maynooth cuyas ruinas se alzaban al cielo como dientes podridos y cariados. Un cuervo graznó.

    Estaba al final de la calle y siguió la marcha lloriqueando hasta entrar en el solitario recinto del campus, unos cinco minutos más tarde. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre. Quería tumbarse en algún sitio y dolerse como un perro herido, buscar con la lengua la herida y lamer y gemir hasta que se aliviara o se muriera por fin. Atravesó los verdes jardines, las grises paredes de los muros. Pasó por entre los cuervos cuyo número aumentaba por doquier mientras aquellas alimañas lo miraban con curiosidad, como si valoraran si entre todos podrían comerse a aquel despojo humano.

    Entró en el portal abierto, atravesó el pasillo con techo de bóveda, subió las escaleras, encontró la puerta de su habitación y la abrió. En todo aquel camino no se había encontrado con absolutamente nadie y una voz le preguntó cómo sería pasar una noche a solas en un lugar tan espeluznante como aquel sitio, en esa habitación con grifo y espejo frente a la cama. Se tumbó sobre las sábanas y ahogó un grito sobre la almohada.

    Un grito que no oyó nadie, ni siquiera los cuervos que parecían picotear el duro cristal del ventanal que abría la visión en un lado de la pared y dejaba ver el jardín verdísimo donde se acumulaban aquellas aves negras, en aquella hora, a ver un hombre desolado.

    Gerardo no podía dejar de preguntarse: Si estaba con un tío, ¿por qué hablaba conmigo? Partía de la lógica de que si Cayetana estaba en una relación no hablaría con él. Aquello era deshonesto, impropio de ella, de la Caye que había conocido durante tanto tiempo.

    Quizá era algo pasajero. Un rollo de una noche o de una tarde y la casualidad había querido que fuera en el día en que él había llegado pero, en ese caso, ¿no podría haber cambiado los planes? Al fin y al cabo, los imprevistos podían surgir. Quizá el tipo era demasiado importante para ella como para posponer el plan, a lo mejor no había sabido qué hacer al verlo allí plantado, en su restaurante, en el último sitio donde esperaba encontrarse a alguien conocido. En ningún caso la culpaba, sólo se sentía perdido.

    El teléfono sonó. Le había llegado un mensaje. Miró con esperanza y lágrimas: era ella.

    -¿Quedamos en el cruce a las 17:30?

    Así que sí. Había cambiado de planes para verlo. Se había dado cuenta de su error y querría pasar tiempo con él, saber qué andaba haciendo allí, qué tenía que decirle. El rollo, el amigo, podría esperar un día. Gerard aprovecharía su momento para brillar.

    -Allí estaré. -contestó.

    Se tumbó bocarriba. Pensaba en lo que le diría. Aquella sería su única oportunidad.

    …

    11. El presente, implacable

    Mientras Gerard esperaba en la plaza no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes a aquella hora con ese sol, los pájaros picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría ella, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía. Cayetana llegaría de un momento a otro, eran las 17:25 de la tarde y hacía bueno. El día se había arreglado después de una mañana de nubes y los colores de la vida parecían más vivos. Abrió el libro por la página que le tocaba y dejó que poco a poco las palabras fueran invadiendo el mundo y lo sumergieran en otra realidad paralela donde una mujer hablaba y hablaba con un tipo muerto recriminándole que fuera la encarnación del hombre perfecto, del padre bueno, mientras a ella le había tocado el papel de ser la mala, de haberle obligado, incluso, a tener que ponerle los cuernos. Gerard pensaba en el drama de aquella mujer incomprendida, absolutamente absorto de la realidad circundante, metido como una sombra en aquel velatorio ficticio, cuando unas manos lo sobresaltaron y taparon la visión del muerto, del libro, del día.

    -¿Quién soooy? -Cayetana había puesto sus manos sobre las cuencas de los ojos de Gerard como dos pajarillos que se posaran en sendos huecos de una pared de roca. Sintió sobre sus mejillas, en sus pestañas, la piel cálida y suave de sus manos, la colonia con que había adornado la fragancia que emanaba de su cuerpo joven, terso y firme.

    -Pero bueno, ¿es que no vas a decir nada, tonto? – liberó sus ojos y la luz entró por un momento a raudales y sólo vio blanco, como si saliera al mundo al final del túnel.

    Mientras se ponía de pie, ella pasó al otro lado del banco y se abrazaron fuertemente.

    -Te he echado de menos.

    -Yo también a ti, aunque no haya pasado tanto tiempo.

    -El tiempo es relativo.

    Se miraron a los ojos y los coches, las personas y los pájaros se detuvieron. El corazón dejó de latir y el mundo parecía mostrar su lado verdadero, como si se pudiera ver la realidad que sustentaba todo el trampantojo exterior por un minúsculo resquicio, reflejado en los ojos de Cayetana que lo miraban amorosamente, marrones y árabes.

    Después de un largo tiempo, se acercaron lentamente, volviéndose cíclopes, y se besaron. Lo primero que sintieron fueron los labios cayendo sobre un terreno suave y tierno, como un lugar seguro, como una flor en el desierto. Luego sus lenguas se abrazaron y caracolearon dulcemente mientras las manos sostenían la espalda y el alma del otro. Ninguno respiraba por ese instante, como dentro del agua, como fuera del mundo. Un ordinario, milagroso, único, acostumbrado, inolvidable, beso de amor.

    -¿Adónde vamos? -dijo ella.

    -Adonde tú quieras. -contestó él. -Tú conoces mejor este pueblo.

    -Querrás decir ciudad. -dijo haciéndose la enfadada.

    -Llámalo como quieras. -dijo él haciéndose el fuerte.

    Subieron calle arriba. Los coches y las personas iban aumentando a medida que la tarde avanzaba. Era un día laborable y la gente atendía a sus asuntos: la compra, los niños, los recados, los cursillos, la vida girando urgentemente hacia ninguna parte. Caminaban el uno al lado del otro sin decir gran cosa, sólo mirándolo todo como si no fuera con ellos.

    Gerardo se sentía el tipo más afortunado de la tierra. Así que esto, lo que le daba sentido a todo, el sentido de la existencia. Cayetana le parecía un ser sagrado, mitológico. Tenía miedo de tocarla y romperla, como si fuera una figura viva de un material muy fino. A su vez sentía miedo de ella, sabedor de que tenía el poder de romperle el corazón en pedazos tan pequeños que luego fuera imposible reconstruirlo. Quería abrazarla y no soltarla nunca, estrecharla contra su cuerpo y llorar sin un motivo concreto. Era feliz e indestructible, porque a pesar de los miedos, algo le decía que ella sentía lo mismo.

    -Tú no me conoces. -dijo de pronto.

    -¿A qué te refieres?

    -Bajo esta apariencia de persona corriente, soy el superhéroe más poderoso del planeta.

    -¿Ah sí, Freezer? ¿Y eso por qué? ¿Cuáles son tus superpoderes? No he visto ninguno.

    Gerardo se quedó callado de pronto sin saber muy bien cómo continuar la broma. Dijo.

    -Mi superpoder es que soy el ser más afortunado de la tierra, ¡del universo entero!

    -Eso no es un superpoder, es sólo una de tus gilipolleces. Anda, ven y dame la mano.

    -Soy afortunado… porque te tengo a mi lado. -Y Gerardo se sintió idiota de decir eso.

    Los ojos de Cayetana se llenaron de lágrimas y su pequeño cuerpo se llenó del aire de la acera por donde transitaban. Se abrazó a él y cuando lo besaba en la mejilla le dijo:

    -Es lo más bonito que me han dicho… esta tarde.

    Caminaron hablando de temas corrientes de su día a día. Ella le explicó en qué había consistido su vida y él la escuchaba, como habían hecho siempre. Le gustaba conocer su punto de vista, saber cómo había resuelto las situaciones que se le plateaban. Aunque no lo dijera, sus soluciones a las contingencias diarias siempre le parecían mejores que las suyas propias y, en el fondo de su pensamiento, sentía como una piedra pequeña y nigérrima un duro sentimiento de inferioridad, que nunca confesaría para no sentirlo.

    A mitad de la calle, entraron en una cafetería. Entonces aún no lo sabían, pero el sitio se convertiría desde ese día en adelante en un templo para ellos, un refugio en la ciudad donde guarecerse de la lluvia o los problemas. Se llamaba Macchiato y era una franquicia italiana. Había otros bares similares por la ciudad e imaginaban que por el globo entero. La decoración era abigarrada, abundaba la falsa madera y la pintura verde oscura. El tubo del extractor cruzaba el techo, se había barnizado y tenía un aire falso de cobre antiguo, de vieja fábrica del auténtico café. Encontraron una mesa al fondo y dejaron sus cosas sobre el largo banco acolchado que hacía función de sofá público y que ocupaba varias de las mesas para sacarle todo su provecho. Las paredes estaban sin encalar, dejando ver la piedra milenaria de aquel negocio centenario reconvertido en falsa cafetería italiana. Mientras esperaban a que el camarero dejara las bebidas sobre la mesa, Gerardo pensó que aquel era el momento perfecto y tomaba valor para decirlo.

    -¿Qué? ¿Qué miras? -Dijo ella sonriendo, dejando ver todos sus dientes, como se sonríe a los niños. Una mirada sin miedo, sin una brizna de suspicacia, inocente, joven y pura.

    -Tengo algo para ti. -Por fin, abrió el libro que llevaba trajinando en la mano desde que había salido de casa, desde su pueblo. El papel había pasado por mil y una vivencias, pero estaba intacto en la última página de la novela que andaba leyendo. Se lo entregó.

    -¿En serio, Gerard? No tenías por qué… No me merezco esto que haces por mí.

    -Anda, anda… Ábrelo. Tampoco te pienses que es la gran cosa, pero lo he intentado.

    Era un poema. Cayetana lo leyó en silencio. Al cabo de pocos segundos se llevó una mano a los labios. Luego se secó una lágrima tierna con los dedos y siguió leyendo. Gerardo no sabía muy bien dónde meterse ni qué hacer, así que la miraba cuando sacaba las fuerzas para hacerlo, sintiendo vergüenza como si la espiara estando desnuda. A ella evidentemente no le importaba que él la mirara, de hecho, al final levantó la vista y dijo.

    -¡Qué bonito! ¡Me encanta!

    -¿Seguro? Supongo que podía haberlo hecho mejor…

    -Es el mejor poema del mundo, porque lo has escrito tú… para mí… Te quiero, Gerard.

    Y se abrazaron fuertemente. Luego volvieron a besarse. Él sintió las lágrimas de ella en sus propias mejillas y le secó una con los labios y la otra con el dorso del pulgar. Sintió su calor y su salobridad, era como beber un poquito de su corazón, sangre de ángel.

    De pronto, una sombra cruzó por sus ojos. Camarero los observaba desde la barra. Era un tipo ventrudo, treinta y largos por lo menos, con el pelo salpicado de canas. Los miraba intrigado y sin reparo, como el que está acostumbrado a asistir desde un palco a la representación de las aburridas obras del gran teatro del mundo y hoy echaban algo interesante. Cuando Gerardo lo miró, el tipo volvió a hacer como que ordenaba la vajilla. Al volver su mirada hacia ella, vio que la sombra aún no se había ido, allí estaba.

    -Verás, Gerard. Aquel chico…

    -No tienes por qué decirme nada. No estábamos juntos. Qué importa eso.

    -Pero sé que te duele. No me lo dices, pero lo veo dentro de ti. No quiero que te guardes las cosas, quiero que hablemos de todo lo que nos ocurre, sea bueno o malo. Quiero decirte que aquel chico… no tenía importancia, era sólo un amigo, alguien con quien pasar el rato. No es lo mismo que contigo, y no quiero que te sientas mal por eso…

    -La verdad es que no siento nada, Caye. No hay ningún problema, de verdad. Lo importante no es el pasado, que yo también arrastro. Lo más importante es lo que nos queda por delante, el futuro, nuestra vida. Y sé que lo quiero es pasarlo contigo, me da igual dónde, si es en esta ciudad o en cualquier otra. Nunca más quiero… dejarte sola.

    La piedra negra dentro de su alma pareció moverse con la corriente y caer en un pozo de olvido aún más negro. Lo estaba pasando mal con ese tema. Se había sentido profundamente celoso pero sabía que no podía pedirle cuentas a un pasado donde él no estaba, pero estúpidamente su corazón obstinado se obligaba a insistir una y otra vez en lo mismo, como un acúfeno que puede taparse con otros ruidos, pero que al final quedaba cuando todo lo demás se callaba y decía: Eres peor que él… y ella lo sabe. Pero las palabras y los besos y el olor de Cayetana eran como una música que todo lo curaba.

    -He recorrido mucho tiempo y espacio para estar junto a ti. No lo voy a estropear nunca.

    -¡Mierda! -dijo ella de pronto- Se me ha ido el santo al cielo… Hoy tenía que irme y…

    Es cierto que al principio de la tarde había dejado claro que tenía que marcharse, volver a sus obligaciones, pero el tema se quedó olvidado entre los acontecimientos que se habían ido produciendo. Cogió el teléfono y se alejó un momento nerviosa, preocupada.

    -Tengo que llamarles. Avisar de que llegaré tarde… ¡Cómo se me ha ido la hora!

    -Tranquila, yo voy pidiendo la cuenta y te veo fuera. -dijo Gerardo con tristeza.

    Él también había olvidado que ella tenía que marcharse, pero no pasaba nada. Al día siguiente podrían encontrar el momento para volver a verse. Él no tenía otra obligación más perentoria que la de verla y se adaptaría a su agenda, que estaba más ocupada.

    Gerardo recogió el poema y lo introdujo de nuevo en el libro. Antes de doblarlo le echó una última ojeada. La verdad es que le había salido bien. Se alegraba de haber escrito aquello. Cuando el corazón tomaba la pluma, podía esperarse cualquier cosa de él.

    Al salir del local, ella estaba en la puerta con un cigarrillo encendido. La tarde se había oscurecido un poco e iba camino de la noche. Al verse se dieron un beso corto y rápido.

    -¿Sabes qué?

    -Evidentemente no lo sé.

    Cayetana pasó sus brazos por encima de sus hombros y Gerardo la agarró por la cintura, como si bailaran en medio de la calle, al son de una música que sonaba sólo para ellos.

    -Al final no tengo que ir a ninguna parte. Puedo quedarme contigo. He podido camb…

    -Síiii. -La tomó por la cintura y dieron vueltas sobre sí mismos. Unas señoras mayores que pasaban se sintieron molestas y mascullaron una breve maldición entre dientes.

    -Ven, -dijo dándole el cigarrillo levemente manchado de carmín- vamos a un sitio…

    Dando una calada y echando el humo hacia arriba en una bocanada perfecta de niebla blanca, Gerardo le contestó que iría adonde ella quisiera, que él no tenía otros planes.

    Se dirigieron calle arriba. La acera era ancha y la avenida estaba sesteada por fresnos a cada lado, como eternos testigos inmóviles de los paseantes de la última hora del día. Pronto saldría la luna y se supondrían las estrellas sobre el cielo encapotado, pero aún quedada un último resquicio de sol en el horizonte. Torcieron hacia la derecha y encontraron una bajada que los condujo hasta el tejado de un recinto ferial. Desde allí arriba podía divisarse toda la ciudad, el barrio del puerto, el mar al final. La tarde se escapaba poco a poco dejando una brisa agradable con sabor a sal. Los barcos mercantes estaban atracados en fila, todos siempre de costado, esperando su turno en una cola que no habría de moverse durante la noche. La ciudad parecía desierta desde arriba de aquella barandilla, apartada de los transeúntes y de los pocos turistas.

    -Este es mi rincón favorito. Me gusta venir a pensar aquí. Cuando estoy sola y me siento mal, aquí puedo sentirme libre. -dijo mientras sacaba un cigarrillo de su bolso de cuero.

    -No me extraña. -Gerardo la abrazó por la espalda, sintiendo su cuerpo contra el suyo, notando una dureza involuntaria en el pantalón. Olía su pelo e intentaba grabar ese olor en el recuerdo, como el relieve de una moneda. Por un momento sintió que ya no la tenía junto a sí, que echaba mucho de menos aquel momento, lo cual era absurdo porque de hecho la tenía entre los brazos y aquello era real, Cayetana estaba allí con él.

    -A veces siento que no estoy aquí. -Dijo ella, como leyéndole en parte el pensamiento. -Siento que no pertenezco a este lugar, a esta ciudad. Me gustaría cruzar ese mar y ver el mundo. Montarme en un barco que me llevara al otro lado del charco, de todos los charcos, y conocer gentes nuevas y paisajes remotos. Encontrar mi sitio en este mundo.

    Gerardo se quedó callado. Miraba los barcos inmóviles sobre el crepúsculo rosa. La oscuridad comenzaba a cernirse por un lado del cielo cada vez más amplio y pronto se haría de noche. El sol era ya un recuerdo y de él sólo quedaba sus ascuas en lontananza.

    -A veces, -continuó- es como si el tiempo se mezclara con el pasado y se pudiera entrever el futuro. Nos veo a ti y a mí en otro lugar, en otro tiempo, recorriendo un camino verde y recto. No hay flores pero sí mariposas negras y naranjas. Es dentro de unos cuantos años y… -su cuerpo se estremeció por un momento y se quedó en silencio.

    -¿Estás bien, Caye?

    -¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una idea. ¿A qué hora tienes que volver?

    -Qué tontería. Ya sabes que no tengo hora de vuelta. Tengo todo el tiempo del mundo.

    -Vamos, quiero enseñarte una cosa.

    Se dirigieron hacia el barrio del puerto de la mano. Los pocos transeúntes que quedaban a esa hora no reparaban en ellos porque ya no estaban allí. Cayetana y Gerardo estaban recorriendo un camino recto y verde que habrían de compartir por mucho tiempo. Ambos esperaban que fuera para toda la vida pero aún no se lo habían confesado. Esperaban no tener que volver a separarse nunca, lo cual les parecía lo más probable porque sentían un amor indestructible, a prueba de las balas del tiempo y del espacio.

    Cayetana empezó a correr. A pesar de que llevaba zapatos con tacones altos no se tropezaba, estaba acostumbrada a andar con ellos a todas partes. Gerard la siguió con un trote ligero, llamándola por su nombre y riendo a la vez que ella reía. Ya se habían encendido las luces de las farolas y la gente se apartaba de aquel par de locos corriendo y gritando por la calle oscura. De repente, entró en un portal y sacó una llave del bolso.

    -Esta no es tu casa…

    -Es casa de mi tío. Pasa.

    -¿Tu tío no está en casa?

    -Trabaja mucho y está de viaje. Tengo las llaves porque soy la encargada de regarle las plantas y de ver que todo está bien. Antes de salir de casa las he cogido. ¡Venga, pasa!

    Subieron por el ascensor comiéndose a besos. Ese sería el primer día de muchos otros que pasarían la noche juntos. Algún día llegaría la rutina, los celos, la desconfianza. Pero todo lo superarían sus corazones, que habían cortado su forma a la medida del otro.

    Gerardo se sintió en el paraíso aquella noche en casa del tío de Cayetana. Años después se preguntaría, sobre una cama de muelles en un pueblo perdido de Irlanda, si todos aquellos recuerdos volverían algún día. El futuro era incierto y el presente, implacable.  

    …

    12. Embelesado sin moverse

    Mientras Gerard esperaba en el cruce no sabía dónde posar la mirada. Veía los coches pasar, los pocos transeúntes aprovechando el escaso sol, los cuervos picotear alguna miga o la nada. No sabía a ciencia cierta por dónde llegaría, así que decidió abrir el libro que traía consigo para que no se le notara la cara de impaciencia o de desespero que imaginaba que tenía, pero no llevaba libro alguno. Decidió quedarse de pie fumando un cigarrillo y mirando un poco a todas partes por ver si la divisaba antes que ella a él.

    Sentía que las piernas le cimbreaban levemente y tenía que hacer leves esfuerzos para no perder el equilibrio. También sentía una rigidez en el estómago como si lo cubriera una capa de hielo. Su corazón pesaba como una piedra dura, pero seguía latiendo.

    El sitio era agradable. El sol había salido, el verde brillaba más y el gris se había atenuado. Los coches pasaban al revés, tranquilos, y el mundo, poco a poco, se iba secando, como si estuviera tendido, suspendido en un espacio-tiempo extraño. En ocasiones se podía sentir cómo el tiempo se solapaba. Gerardo tenía la sensación de haber vivido aquel momento ya, o uno muy parecido a ese, pero no sabía dónde. Cuando despertó de sus cavilaciones y consiguió fijar la mirada, antes perdida, la vio.

    Cayetana estaba al otro lado de la calle, en el costado de la acera donde estaba el bar donde trabajaba, un poco más arriba. Era en ese lugar donde hacía un par de horas se habían despedido y otra vez volvían a encontrarse. La miró desde su lado, con una sonrisa tensa y triste, como si pidiera perdón por hacerlo. Ella hizo como que no lo veía y siguió esperando a que el semáforo se pusiera en verde, atenta a los pocos coches que cruzaban. Al final decidió que lo mejor sería aprovechar que no venía nadie y cruzó.

    -¿Cómo estás?

    -Ahora estoy mejor. -se le ocurrió decir a él. -Me alegro de volver a verte.

    Ella se lo quedó mirando seria. Eran muchas las preguntas que cruzaban por sus ojos pero no encontraba las palabras para formularlas. Gerard la conocía y había visto esa expresión otras veces. Cuántas cosas se aprenden de la otra persona sin darse uno cuenta del todo, hasta que se aleja, y esos aprendizajes quedan en el alma, secándose, inútiles.

    -Pensaba que estarías en Londres. -dijo ella al fin.

    -Lo estaba… Lo estuve, de hecho, hasta ayer. Pero necesitaba verte. Quería hablar contigo. Nunca quise que todo terminara como… -ella lo tomó de la mano y se calló.

    -Vamos a tomar algo. -Cayetana le soltó la mano pronto, quizá su impulso había sido un gesto aprendido e involuntario. Caminaron callados y separados unos metros, como dos desconocidos que fueran a algún sitio anodino: a sacar dinero o a comprar una bombilla. A Gerardo no le importaba su silencio. Miraba un poco a todas partes y a ninguna. Eran las cinco y media de la tarde y no había casi nadie por la calle, Maynooth no respiraba.

    -Es aquí.

    Llegaron a un bar con las paredes pintadas de granate, muy al estilo de pub irlandés pero sin gusto, un sitio de batalla donde emborracharse de vez en cuando o tomar algo al salir del trabajo. Había un cartel grande escrito con letras ligadas que decía Fitzgerald’s Nest y Gerardo sintió lo de gerald como una señal positiva del mudo destino. El lugar estaba completamente vacío y parecía estar cerrado. Cayetana intercambió algunas palabras simpáticas con el que parecía el dueño, un guiri calvo con los ojos azules y la piel rosa, el típico veraneante que pronto poblaría las costas mediterráneas. Le sonrió y su cara de vigilante de seguridad pareció dulcificarse un poco, pero cuando volvió la vista hacia Gerardo adoptó el rictus de mono que llevaría siempre. Tomaron asiento en una de las mesas de color caoba, el uno frente al otro.

    -Necesito tomar algo. -dijo Cayetana entre dientes. -Te he pedido lo mismo, si no te importa, así me acompañas.

    -Claro. -Gerardo no entendía nada. Se quedaron callados hasta que Tommy, que así se llamaba el cabeza plateada, trajo dos copas de Martini blanco con hielo y sin olivas.

    -¿Ya no tomas tu café con leche con mucho azúcar? -dijo él en broma.

    -Dejé de tomar azúcar hace tiempo. Cheers. -Y brindaron.

    El sorbo le supo a Gerardo como un tiro en el estómago vacío, pero disimuló la cara de asco. Ella parecía necesitar de aquella bebida espirituosa para afrontar la conversación.

    Más tranquila, Cayetana lo miró por encima de su copa. Un mechón de pelo negro le caía sobre la ceja izquierda. Su mirada lo escrutaba como intentando adivinar sus verdaderas intenciones, como viendo a través de él. Gerard se daba cuenta y se dejaba hacer, sólo le devolvía la mirada intentando no bajar la vista. Al fin se miró las manos.

    -Te preguntarás qué demonios estoy haciendo aquí.

    -Veo que eres todo un lince.

    Gerardo rio la ocurrencia. Por un momento volvió a los viejos tiempos. Cuánto habían reído juntos. Sin duda, aquellas tardes de conversación y risas habían sido lo mejor.

    -No tengo ninguna intención rara, sólo tenía ganas de verte, de saber de ti. No terminamos de la mejor manera, que digamos. Sentía la necesidad de venir aquí y…

    -Verás, Gerard, yo…

    -Sí, ya sé que no quieres nada, que quieres que seamos amigos, y es lo que quiero yo también. Lo único que quiero es que volvamos a ser amigos después de todo y…

    No pudo seguir la conversación. Sentía las lágrimas subiendo por dentro de las mejillas y decidió guardar silencio. Ella posó su mano sobre las suyas y las apretó, comprensiva.

    -¿Cómo está tu familia? ¿Y a tus hermanas? ¿Cómo les va?

    Gerardo agradeció que cambiaran de tema y le explicó lo primero que se le ocurrió. Pronto saltaron de una conversación a la otra y ambos se relajaron. Ahora empezaban a ser dos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo y eso era bueno, era sano. Aunque en el fondo del corazón Gerardo albergara la esperanza diamantina de que aquello evolucionara, que fuera el principio de otra gran historia, pero no lo dijo entonces. Disfrutaba de la compañía de ella y a medida que se iban terminando la bebida, iban sintiéndose cada vez más sueltos y confiados. En un momento ella dijo.

    -He dejado al tío con el que estaba para venir aquí contigo, ¿sabes?

    -Seguro que era un capullo. -dijo él bajando la guardia. Ella no dijo nada y terminó el vaso. Los hielos chocaron contra el fondo haciendo un sonido a vidrio. Gerard hizo lo propio y terminó la bebida de un trago. Como ahora se sentía más cómodo buscó con la vista al viejo Tommy para que trajera dos copas más, pero no lo encontró. Probablemente estaría sentado en alguna parte frente a una vieja tele de tubo con pantalla plana mirando las carreras de caballos. Ella se levantó y él la siguió también.

    -A esta invito yo. Espérame fuera. Vamos a dar una vuelta.

    Aquello sonaba bien. Gerardo cogió sus cosas y se levantó. Esperó fuera fumando un cigarrillo mientras ella llegaba. Se sentía genial. Vio a dos cuervos sobre una señal de tráfico y quiso saludarles, hacerse amigo de ellos. Quería trabar amistad con todos los seres. Demonios, lo había conseguido, pensaba, estaba allí con Cayetana tomando algo.

    Ella salió pronto y miró a izquierda y a derecha. Luego se le acercó. Tuvo el impulso de darle el cigarrillo que estaba fumando, como hicieran tantas veces, cuando los compartían. Pareció adivinar las intenciones de Gerard y le dijo que prefería su tabaco.

    Siguieron calle arriba, un poco más cercanos, manteniendo una conversación calmada sobre grupos de música y conciertos en el verano. Al pasar por delante del Abrevadero’s ella comentó que tendría que volver pronto, dado que entraba a las 19h al turno de la tarde y quedaba menos de una hora. A medida que andaban sentía como ella se iba poniendo nerviosa. Gerardo se preguntaba por qué habría de sentirse así. ¿Es que algún peligro la acechaba en aquel pueblo? Si era así, él la protegería de cualquier amenaza, daría la cara, la vida por ella, no tenía que temer a nada. No quería preguntarle por si el tema la incomodaba, pero sentía que algo malo pasaba entre aquel pueblo y Cayetana. Decidió no darle más importancia y seguirla a paso ligero allá donde estuvieran yendo. Cuando se sintiera preparada, ella le contaría lo que pasaba, sólo necesitaba tiempo.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar, ya lo verás.

    -¿Ah, sí? ¡Qué bien! -dijo estúpidamente. Se estaban alejando del bullicio de las calles principales, entrando en lo que parecía un parque o zona arbolada. El lugar ideal, pensó.

    Cruzaron una cerca abierta cuyos goznes descansaban sobre unos ladrillos oscuros sin rebozar. Parecía la sempiterna puerta abierta de un jardín, pero no lo era. Un camino de asfalto estrecho, lo justo para dos bicicletas o dos transeúntes, se extendía rectísimo hasta donde se perdía la vista. A los lados en la vereda crecía una fina capa de césped natural, más suave y verde que cualquier variedad de esa hierba que en el mediterráneo se regaba con agua del grifo con cal. Allí crecía de forma natural, sin esfuerzo. Cercaban el camino, a ambos lados, árboles altísimos y frondosos, cuyas copas eran de un verde oscuro desconocido en su península, con cortezas de color chocolate que parecía que se podían morder. No había nadie a lo lejos ni a la vista. Cayetana se relajó. La amenaza que fuera no estaba en aquel lugar, sino que vivía en el pueblo. Gerardo se preguntaba si no se trataría del tipo que trabajaba con ella, un tal Callaghan, a quien viera cuando había ido a verla al Abrevadero’s y no le había dado nada de buena espina.

    Mientras ella contaba anécdotas de su trabajo, Gerard iba armando el discurso, lo que le había venido a decir después de tantos quilómetros, tantas penalidades y noches sin dormir. No podía estar allí haciendo como si nada todo el rato, tenía que actuar ya.

    -Ya sabes que no se me da bien mentir y que por eso soy bastante brusco.

    Cayetana guardó silencio, dispuesta a escuchar todo lo que tuviera que decir.

    -Estoy aquí sin más intención que la de verte, Caye. Algo de mí necesitaba… necesita mirarte a los ojos, estar cerca de ti… para seguir existiendo. Cuando decidí venir aquí no sabía lo que pasaría, estoy aquí y todavía no lo sé, pero si algo tengo claro es que no me arrepiento de haber venido. Te miro y… -la miró a los ojos mientras ella le devolvía la mirada con unos ojos grandes y dulces que daban ganas de besar- soy muy feliz.

    Siguieron caminando en silencio. El trazado no tenía una sola curva, parecía que el antiquísimo ingeniero celta había diseñado aquel camino histórico lo más recto posible, seguramente en el equinoccio de otoño o en el de primavera el sol salía o se ponía exactamente por entre los árboles, haciendo que aquello pareciera la vereda que lleva al cielo por la puerta de atrás, una entrada secundaria sólo para alquimistas o enamorados.

    -Geri, cuando te fuiste no supe qué hacer. Me sentí tan sola, tan… decepcionada… Y ahora… No sé qué decirte. Que estés aquí me tiene completamente descolocada, yo…

    -Yo siempre querré a la persona con la que estuve, Cayetana. No sé si es la persona que ahora tengo delante, no sé si yo soy el mismo de entonces. Han pasado tres años… he vivido muchas cosas, he corrido el mundo, he conocido a mucha gente pero nunca he dejado de quererte… O al menos, de amar aquella persona con la que compartí mi vida.

    -No quiero que te culpes. Lo que nos pasó… A veces las cosas pasan porque tienen que pasar. No hay que darle más vueltas. El tiempo que pasamos juntos fue… maravilloso.

    -Una de las cosas que más me duele, que me ha dolido hasta ahora, es que hubieras perdido el tiempo conmigo. Pensaba: Joder, cuántos años invertidos en una relación que no iba ninguna parte… Pero ha pasado el tiempo y, bueno, aquí estoy. Si tú una vez perdiste tu tiempo, ahora lo habré malgastado yo. -Gerardo guardó silencio y dijo. -No sabía que estabas con alguien… no lo supuse porque hablabas conmigo y pensaba…

    -Gerard… No estoy con nadie, tonto. Nunca he estado con nadie igual que contigo.

    Se miraron el uno al otro. Dos mariposas revoloteaban un poco más allá. Eran grandes, con alas negras y naranjas. Daban un poco de reparo vistas de cerca pero eran preciosas de lejos, nunca conocidas por Gerardo. Las mariposas siempre han sido un buen agüero. El sol caía en silencio sobre el camino de piedra mientras se miraban. Movidos por el mismo resorte, por una fuerza ajena a ambos, se abrazaron. Juntaron sus cuerpos como dos piezas magnéticas que encuentran los puntos de anclaje. Sintió el cuerpo de ella entre sus brazos y lo estrechó con toda la fuerza de su corazón, que latía enloquecido como una máquina de vapor bien engrasada. Sentía el corazón de ella debajo del suyo, sus pechos contra su cuerpo, el aroma de su pelo tantas veces evocado sin recordarse del todo. Sus manos bajaron y subieron por su espalda, recorriendo un terreno muy conocido y tanto tiempo añorado, aprendido en noches de desenfreno, en días normales donde nada pasa y solo se observa cómo se marcha una bolsa de plástico movida por el viento como un gato callejero, sentados en el banco de un parque o andando juntos. Ambos respiraron hondo, a la vez, y se despegaron sin separarse, metidos ambos entre los brazos del otro, agarrándose ambas manos sin darse cuenta, ejecutando un movimiento íntimo y privado, grácil, que se quedaría tatuado en la memoria del cuerpo.

    -Bésala, idiota. -dijo una voz dentro de Gerardo. Él la miraba embelesado sin moverse.

    …

    13. Nada de sueño

    -Dios, es tardísimo. Me tengo que ir. -Dijo de pronto- Entro a trabajar en diez minutos.

    Gerardo despertó del sueño en que viviendo estaba. La realidad lo aplastó de pronto como un pie a un insecto. Las mariposas se habían posado en el suelo, impasibles.

    -Si sigues este camino recto, llegarás a la casa donde veraneaba la Reina Victoria. Es un lugar precioso, no tiene pérdida. Me tengo que ir, Geri. Pero tú sigue con el paseo, claro.

    No entendía nada. Ella había salido de sus brazos, volvió a separarlos una distancia prudencial y orientó su cuerpo en la dirección por donde habían venido. Mirándola aún con cara de embeleso, con los ojos hipnóticos, recuperando poco a poco la conciencia:

    -Te acompaño, tonta. ¿Cómo voy a dejar que te vayas sola por este camino a esta hora?

    -No te preocupes, de verdad.

    -Cayetana, no me importa. -dijo él inflexible.

    Caminaron a paso ligero el camino de vuelta, casi sin decirse nada. Si comentaban alguna cosa, era algún tema banal que no importaba a ninguno. Habían andado un buen trecho y estaban recorriendo aquel camino cada vez a más velocidad. Cayetana iba poniéndose nerviosa e incómoda por momentos. Gerardo lo atribuía a lo tarde que se había hecho y a que, en cierta manera, era culpa suya; pero en el fondo se sentía feliz, las cosas estaban saliendo adelante, más o menos como las había soñado. Después de meses sin verse, estaban compartiendo un tiempo precioso, como si no hiciera tres años que no eran ya nada, ni siquiera amigos. La vida continuaba por donde la dejaron.

    -¿Cuándo volveré a verte? -dijo Gerardo cuando vio aproximarse el final del camino rectísimo con sus dos muros de ladrillos negros que lo flanqueaban a cada lado.

    -Esta noche termino a las 22:30… Las chicas habían comentado de salir un rato a tomar algo después del curro… A las 23:30 puedo estar lista. Te diré algo, ¿qué te parece?

    -Me parece genial. Estaré preparado. -dijo Gerardo pletórico. El camino se terminaba.

    -De verdad que me tengo que ir. -Cayetana aligeraba aún más el paso, echó a trotar. -Tú sigue el camino, ya verás qué bonito es, no pierdas la oportunidad. -y señalaba hacia atrás, por donde habían venido corriendo. -Yo me voy. Te digo algo luego. ¡Adiós, Geri!

    Gerardo vio innecesario salir corriendo detrás de ella. La vio alejarse al trote por la calle principal, en dirección al restaurante. El Abrevadero’s no quedaba lejos de la entrada del camino, donde se quedó Gerard viéndola desaparecer. Sonreía y decía adiós con la mano, mientras se iba haciendo cada vez más pequeña. Aquella imagen le recordó a las, tantas veces evocadas, despedidas en su portal, cuando recorría la distancia que separaba la entrada residencial de la calle donde Gerard la había despedido. Una distancia prudencial a salvo de las miradas indiscretas de padres y hermanos, donde podían besarse y tocarse el cuerpo con cierta tranquilidad. Hoy no se habían besado y el abrazo había sido breve, pero a Gerard no le importaba. Se sentía completamente feliz.

    Una vez que desapareció por fin de su vista, no supo qué hacer. Miró hacia atrás y decidió seguir el consejo que le diera Cayetana, el de seguir el camino hasta la casa de veraneo de la Reina Victoria. Así tendría tiempo para pensar lo que había pasado y lo que pasaría de ahora en adelante, de cuáles iban a ser sus planes. Echó a andar silbando.

    Si las cosas salían como esperaba y todo iba bien, se tendría que mudar a Maynooth. La idea no le desagradaba del todo. Cerca, a unos treinta minutos, estaba la ciudad de Dublín que quizá ofrecía más oportunidades laborales que aquel pueblo perdido en el verde de Irlanda. Podría enseñar español a los interesados por aprender el idioma, que eran muchos en aquel país, cada vez más. También debería encontrar un lugar donde vivir. Mudarse en lo de Cayetana, sin saber exactamente dónde vivía ella, le parecía bastante invasivo. Aunque iniciaran una relación, hacía falta tiempo y espacio suficientes para ir tejiendo los lazos que los unirían a la eternidad y ya no los separarían más. Él debería conocer a sus amigos y a las chicas a las que frecuentaba. Él mismo debería, de hecho, hacerse amigos, quizá entre los de ella o los de su círculo laboral, fuera el que fuera. Quién sabe, quizá el tal Callaghan, con quien Cayetana trabajaba y cuya descripción le había parecido de lo más putrefacta, solo interesado en el rugby, las carreras de caballos y la cerveza fría, fuera un buen tipo al fin, alguien en quien confiar.

    También había que tener en cuenta el cambio de vida que aquello supondría. De cara a septiembre, había conseguido por fin un trabajo fijo, de lo suyo, para lo que había estudiado, con un sueldo suficiente. Le habían comunicado la noticia unos días antes en Londres, justo antes de venir a Maynooth, cuando estaba con Mogomby tomando un café en la terraza del hostel junto con otros emigrados. Recordaba bien ese momento.

    –You have to do what you have to do. -dijo el sabio de Mogomby mostrando una sonrisa blanquísima sobre la negra piel de su cara amigable. Sí. Tenía que hacer lo que tenía que hacer, es decir, lo que le dictaba su corazón, lo que estaba haciendo en aquellas islas, lejos de casa. Mogomby tenía toda la razón. Dio una larga calada al pitillo y dijo.

    –You are completely right, Mogomby, my friend. Let’s take a beer from the bar.

    Y aquel día se tomaron unas cuantas cervezas a la salud de los trabajos y las oportunidades contradictorias, entre lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer, lo que debemos hacer y a la salud de lo que, al final, hacemos. Mogomby y él hablaban un inglés pobre, cada uno hijo de su lengua materna, por azares del destino, inferior a la inglesa, pero se entendían en lo más hondo, eran hermanos de sangre y piel diferentes.

    Mientras pensaba en Mogomby y en lo que estaría haciendo una sonrisa se había dibujado en su rostro. Gerardo transitaba el camino como un enajenado, en completa soledad, sin darse cuenta del mundo en torno a sí, imbuido por sus pensamientos. Sí. Haría amigos en cualquier parte del mundo. Amigos verdaderos en quienes confiar y a quienes llamar hermanos al cabo de no mucho tiempo. El ser humano podía ser maravilloso y aquellos que desconfiaban del prójimo, que lo fiaban todo a la maldad del otro, eran los que menos habían conocido el mundo, los que no habían salido de su realidad, de su zona de confort. Ahí fuera corría la vida y estaba repleta de amistad, empatía, hermandad y amor. Así veía las cosas Gerardo en el camino verde y recto.

    De repente, el camino se terminó. Una carretera comarcal cortaba su rectitud perpendicularmente formando un ángulo de noventa grados. Al cruzar la carretera, que no disponía de paso de peatones, se llegaba a otra entrada sin vallas, una puerta en el campo que daba a un prado donde, a lo lejos, sobre una loma, se divisaba lo que en otras partes del mundo se habría conocido como pazo, casa señorial o chateau, en definitiva, una mansión para gente adinerada, posible residencia de la Reina en la tierra irlandesa.

    Pensó en seguir el consejo de Cayetana y recorrer el trecho que lo separaba, pero miró la hora y se había hecho bastante tarde. La noche se cernía sobre Maynooth y se había levantado una brisa suave que susurraba entre los árboles palabras inquietantes en otro idioma. No se había cruzado con un solo transeúnte, lo cual le parecía extraño después de todo. La mente, que tiene sus juegos, lo amenazó diciéndole que si por azares del destino encontrara a un asesino en serie, podría dejar su cuerpo tirado en alguna cuneta cercana en aquel lugar y absolutamente nadie preguntaría por él, nadie sabía exactamente dónde se encontraba y aunque aquella era, en cierta manera, la definición de libertad más pura que conocía, también era un estado vertiginoso de la conciencia. Un par de cuervos, grandes como aves rapaces, sobrevolaron su cabeza. Sin duda iba siendo hora de retirarse, lo mejor sería volver al hotel que quedaba justo en dirección opuesta a por donde había venido, al otro lado del pueblo que había quedado muy atrás. Lo mejor sería volver, desandar el camino que hacía un rato había recorrido.

    La sensación de peligro fue intensificándose a medida que se acercaba al pueblo. Era un sentimiento irracional, loco, pero su instinto le decía que algo no andaba bien y que, como le había ocurrido en aquel tren en Londres camino del aeropuerto, no tendría escapatoria. Pero era incapaz de dibujar el peligro, de saber qué era lo que andaba mal en aquel ambiente que se sentía cada vez más pesado, como si alguien lo mirara o una sombra lo siguiera. Los dos cuervos seguían sobrevolando su cabeza, graznando de vez en cuando. Tenía tanto miedo que sentía deseos de chillar. Parecía que entre la maleza unos ojos vacíos lo miraran pasar, como si los árboles revelaran su posición a un espíritu maligno que habitara en aquel camino. Sin que nadie lo viera, echó a correr.

    Llegó a su habitación exhausto. Había venido corriendo desde la calle principal hasta la misma puerta de su cuarto y no estaba acostumbrado. La tarde había ido cayendo y poco a poco se iba haciendo oscuro sin que el sol diera signos de vida detrás de las nubes grises. Una vez que hubo recuperado el aliento sentado sobre el borde de la cama, Gerardo se levantó y se echó agua al rostro. Empezaba a sentirse intranquilo, no sabía dónde meterse, qué hacer. Estaba como un prisionero en una celda, si bien podía ir donde quisiera, no tenía un sitio al que dirigirse. Dio unos pasos hasta situarse frente al ventanal que daba al prado verde donde rebuscaban en la tierra algunos cuervos. A pesar de haber caminos perfectos para la bicicleta, no vio pasar a nadie. Las siluetas de los árboles se recortaban contra el cielo gris y una leve brisa movía la fina hierba picuda.

    Buscó con la vista las cortinas, pero aquel gran ventanal no las tenía. Supuso que los irlandeses no disfrutaban tanto del sol como para andar recortándolo con persianas. Pero Gerardo sentía la necesidad de esconderse, de no ser visto, ni siquiera por los verdes árboles sin ojos que lo divisaban a lo lejos y veían su rostro enjuto como un fantasma. Prendió un cigarrillo y se tumbó en la cama. Por suerte la habitación era tan antigua que no tenía detector de humo y podía fumar cuanto quisiera. Mirando al techo pensaba en Cayetana pero no conseguía imaginársela. Sólo era un nombre en su cabeza, pero le costaba evocar el tacto de sus manos, el olor de su pelo que apenas unos minutos había tenido tan cerca de sí, como si su encuentro hubiera sido un sueño breve que el despertar iba borrando como el que sopla una fina capa de polvo y borra un dibujo. Para recordarla, cogió su teléfono y miró en el archivo de fotos, la que hacía un par de meses le había mandado, seguramente cuando se sentía sola en Irlanda y no tenía a nadie excepto él. Estaba desnuda. No llevaba sujetador ni camiseta. Por la expresión arrebolada, parecía una foto tomada al salir de la ducha. Sobre el omoplato izquierdo se había hecho un pequeño tatuaje. Cuando se conocieron, ella no llevaba ninguno. A Gerardo no le gustaban los tatuajes, ni para él ni para nadie. Ahora Cayetana llevaba por lo menos tres, que él supiera, pero no le importaba. Todos hemos cambiado, se decía.

    Get busy living, or get busy dying, decía su espalda en tinta negra indeleble. Gerardo había mirado aquella fotografía digital un millón de veces y se la sabía de memoria, había pensado en la frase más que en cualquier poema: preocúpate de vivir o preocúpate de morir, podría ser una traducción válida, aunque insuficiente. Aquella idea se le había clavado en lo más hondo de su ser y allí estaba, buscándola, preocupándose por recuperarla y estar al fin vivo, de no estar viviendo en la muerte, que era su vida. Quien camina una milla sin amor, se encamina a su propio funeral, envuelto en una mortaja.

    Cuando le escribió esos versos, en aquella conversación inalámbrica, en respuesta a su fotografía, ella no dijo nada. Seguramente no entendió lo que él quiso decirle o, si lo hizo, lo dejó en visto, sin más, y siguió preocupada por vivir. Gerardo llevaba muchas millas recorridas envuelto en su propia mortaja. Quiso explicarle el sentido de aquellos versos de Whitman que tanto le recordaban a ella pero parecía no encontrar el momento. Se los había repetido mientras recorrían el camino verde, pero ella estaba hablando del tal Callaghan y no se había dado cuenta de lo que había dicho. ¿Qué decías? Y sonreía.

    Por el influjo de aquella sonrisa, había olvidado los versos y todo lo que quería decirle. No pudo encontrar las palabras para explicarlos ni para explicarse, así que dijo: nada; sin recordar hasta ahora lo que había venido a decirle: Tú eres la luz que guía los pasos de mi corazón. Caminaré contigo hasta donde me lleven los pies. Y mi andar será feliz.  

    Gerardo sonreía tumbado en la cama. No perdería la oportunidad, luego por la noche cuando ella saliera del trabajo, de decirle aquellas palabras bajo las estrellas, al oído, como un secreto. Luego besaría su cuello, su cara, su boca. Ya no se separarían nunca más y serían felices para siempre. Empezarían de cero, un poco más mayores, pero con el amor intacto. Un rugido salió de las tripas de Gerardo. Tenía hambre, tenía sueño.

    Se despertó al cabo de un par de horas, en completa oscuridad, sobresaltado. Miró a su teléfono móvil: Eran las 23.45. Cayetana le habría dicho algo y se estaría preguntando dónde estaba. Gerardo se incorporó sobre la cama y abrió la aplicación de mensajería. Tenía un solo mensaje de Caye: Hola, Geri. Quedamos mañana a las 11.00 en la cafetería Yoga Market Café para desayunar. Te espero en la puerta. Un beso.

    Tuvo que leer un par de veces el mensaje para entenderlo. Parece ser que al final no iba a salir, seguramente estaría cansada, muchas emociones en un día. Pero aquel cambio de planes lo había sobresaltado: todo lo que tenía pensado para aquella noche había saltado por los aires, verse al día siguiente por la mañana era un escenario que no había previsto. Además, las mañanas son para tratar asuntos profesionales, no de amor.

    En fin, era mejor eso que nada. Empezó a escribir un mensaje y vio que ella estaba conectada. Imaginó que estaba preguntándose por qué no le decía nada. Allí estaré, guapa. Pero no lo vio, hablaba con otra persona. Esperó un rato. Ella se conectaba y se desconectaba de vez en cuando, pero no decía nada. Decidió dejar de espiarla y se tumbó sobre el colchón de nuevo sin saber qué hacer. Las tripas rugían desbocadas, se preguntaba cuántas horas llevaba sin comer algo caliente que no fuera el humo de un cigarrillo y no sabía qué contestar. Decidió salir a comer pero viendo la oscuridad de la calle imaginó que entonces, a esa hora, en aquel país, todo estaría ya más que cerrado.

    El viento ululaba en la calle fría y húmeda entonando una fantasmal canción gaélica.

    Dentro de la habitación y dentro de su corazón el silencio era absoluto. Tenía la mente paralizada y no sabía qué pensar ni qué hacer. Y lo peor de todo: no tenía nada de sueño.

    …

    14. No lo tranquilizaba

    En mitad de la noche, de pronto, el ambiente se sintió distinto. La habitación se encontraba en oscuridad y en silencio. Las formas del armario empotrado frente a él se adivinaban por la tenue luz de la luna que se colaba por la ventana en una noche sin nubes. Si Gerardo prestaba la suficiente atención, y ahora todos sus sentidos estaban de punta, se podía oír el crujido de la madera, el aleteo de un pájaro contra la ventana a su espalda, el viento que ululaba entre los árboles altos como sombras de la noche.

    Tenía miedo. No podía moverse. El terror atenazaba cada uno de los músculos y su piel, a calambrazos, se ponía de gallina. Lo inexplicable, lo irracional de la situación, era lo que más lo atemorizaba. No sabía por qué sentía ese pavor repentino, y eso era lo peor.

    No estaba durmiendo ni soñando, eso sí que lo sabía. Había dado vueltas y más vueltas en la cama hasta encontrar aquella postura, pero no había conseguido dormirse. La última vez que miró el reloj era la una y media de la madrugada. No tenía sueño, no conseguía quedarse dormido, y a la desesperación por querer dormir del principio la había seguido una extraña calma aburrida con los ojos abiertos, mirando la pared y pensando en Cayetana, en el día siguiente, en lo solo que se sentía en ese lugar extraño.

    La habitación resultaba cualquier cosa menos acogedora. Los techos altísimos daban la sensación de desprotección, como si uno durmiera a la intemperie. El crucifijo sobre el cabecero de la cama, lejos de tranquilizarlo, parecía que fuera a descolgarse en cualquier momento y caer encima de su cabeza en mitad del sueño. Las paredes, color crema, resultaban etéreas como si no estuvieran allí, como si cualquier cosa pudiera atravesarlas. Hacía un rato había salido al pasillo para orinar. Aquella estancia carecía de lavabo propio, por eso era tan barata, y los urinarios y las duchas se encontraban al final de un pasillo azul abovedado. Gerardo había sacado la cabeza por la puerta a fuera y vio la negrura absoluta en aquella garganta de yeso. Buscó con los ojos el interruptor que iluminara todo aquel corredor, pero no lo supo encontrar. Decidió que se aguantaría.

    Pero lo peor era el enorme ventanal que ahora tenía tras de sí, dándole la espalda. Se trataba de un marco grande, con cuatro ventanas de vidrio duro que no podían abrirse de par en par, solo lo suficiente para dejar correr una brisa de aire, como en la ventanilla de un tren antiguo. Cada uno de los cuatro vidrios estaba dividido por parteluces de hierro forjado que dividían la hoja en diez cuadrados iguales. Tres montantes de hierro verticales separaban las cuatro partes de su estructura como si fuera la ventana de una celda. Carecía de contraventanas o de cortinas que taparan la luz, pero sí disponía de un alfeizar amplio en su base, hecho en la propia pared, donde se podía tomar asiento. El paisaje obligatorio en aquella hora de la noche era espeluznante: un descampado amplio de césped irregular con árboles esqueléticos al fondo, un centenar de metros más allá. Cualquiera podía ver el interior de la habitación si encendía la luz y por eso Gerardo había preferido pasar la noche de insomnio con la luz apagada, imaginando que en la oscuridad estaba menos expuesto a los ojos invisibles de cualquier animal noctámbulo.

    Entre el crepitar de la madera y los demás ruidos esperables en un edificio antiguo, había uno discordante. Se escuchaba el leve silbido de una respiración asmática, como si alguien inhalara por un conducto estrecho, incapaz de llenarse los pulmones por mucha fuerza que hiciera, que hacía. Se oía le levísimo aullido de alguien intentando vivir. Eso era lo que había hecho que sus sentidos se exasperaran. Algo que antes no estaba allí estaba respirando dificultosamente detrás de él. Podía situar, sin girarse, el punto exacto donde aquella cosa estaba sentada: encima del alfeizar de la ventana.

    Su cuerpo empezó a temblar. No encontraba el valor suficiente para darse la vuelta y encarar lo que fuera que había entrado en la habitación con él. ¿Qué haría si algo, fuera de este mundo, estuviera allí sentado esperando que él lo mirara? ¿Dónde iba a ir en mitad de la noche en un pueblo que no conocía, en un país que no era el suyo, con un idioma que no dominaba, en un lugar, en fin, inhóspito u hostil? ¿Qué iba a hacer ahora?

    La respiración seguía presente. Incluso podía distinguirse un leve crujir en la madera del alfeizar provocado por el rápido movimiento de la cosa sentada allí. Ni siquiera se atrevía a imaginar lo que se había entrado en su cuarto, solamente quería llorar de terror.

    Tuvo una idea. Quizá había sido un cuervo el que había entrado. Se habría dejado un resquicio del ventanal abierto al acostarse y una de esas bestias se había colado por la ventana. Por eso esta no podía abrirse de par en par, porque las alimañas podrían ocupar el espacio a su antojo y causar traumas indeseados a los pocos huéspedes que tenía aquel hotel. Un cuervo es un animal salvaje, con esa inteligencia diabólica que se les atribuye por su mirada suspicaz. Comían animales muertos y vivos por igual, según Gerardo suponía. Quién sabe la de enfermedades y parásitos de los que aquellos animales eran portadores. Un picotazo de aquel largo y poderoso pico podía contagiar enfermedades y virus nocivos para las personas. O podían atacar y sacarle a uno el ojo. Girado contra la pared, esperaba que el animal se fuera por donde había venido.

    Pero sabía que no era un cuervo. Aquella respiración le decía se trataba de algo más grande, con unos pulmones enfermos pero grandes como los de una persona. Cada vez se hacía más presente en el silencio de la sala e iba ocupando los demás sonidos hasta que solo se escuchaba el silbido cansado de aquella garganta casi cerrada por el asma.

    Gerardo se giró cuando notó que algo se movía por debajo de su cama. Unos brazos o unas piernas pequeñas habían empujado el colchón hacia arriba desde el mismo centro donde estaba su costado. Su corazón se sobresaltó, queriendo salir de la cárcel de las costillas y echar a correr por el suelo como un pollo sin cabeza, echando sangre y fluidos en su huida. Se incorporó sobre el colchón y por fin pudo verla cara a cara.

    -¿Cayetana?

    Junto a la ventana, mirando hacia el descampado oscuro, el cuerpo de Cayetana estaba sobre el banco que el alfeizar permitía. Su pecho, bajo un camisón blanco, se movía arriba y abajo con dificultad. Su cara no se veía, la tapaba su lago pelo negro que caía larguísimo sobre su cuerpo; parecía apelmazado, grasiento, como si hiciera tiempo que no se lavara. Sus pies y sus brazos estaban desnudos, la piel se veía blanquísima en la oscuridad, casi azul bajo la luz de la luna que entraba, ahora a raudales, por el cristal.

    No podía moverse. Sentado sobre la cama, Gerardo estaba completamente petrificado. Sentía la boca seca y el temblor en sus extremidades resultaba cada vez más incontrolable, como si cada una de las partes de su cuerpo quisiera salir corriendo en una dirección diferente, despegándose las unas de las otras. No entendía qué estaba viendo, era completamente imposible, pero su presencia era real, pesaba sobre el suelo. Gerardo solo tenía claras dos cosas: aquello no era un fantasma y no estaba soñando.

    -¿Por qué, Geri? ¿Por qué lo hiciste? -Y Cayetana empezó a llorar. -Estábamos bien. Teníamos nuestras cosas, pero éramos felices. ¿Por qué lo hiciste, Geri? No lo entendí. -su espalda subía y bajaba espasmódicamente- No lo entiendo aún. -su cara no era visible porque seguía mirando hacia la calle y la ocultaba su pelo sucio como una cortina.

    -Lo siento mucho, Caye. No sabía lo que hacía. -Gerardo se levantó de la cama y se quedó de pie, les separaban unos cinco pasos. -Estaba agobiado y la pagué contigo.

    -Mentira. Mientes y lo sabes. ¡Dime la verdad! ¡Dime la verdad por una vez! -golpeó el cristal con su puño. Sus manos estaban sucias de barro, pero el vidrio ni se manchó ni se rompió, solamente tembló como la piel de un tambor. -Estabas con otra. Me engañaste.

    -Eso no es cierto. -y Gerardo dio un paso hacia ella. -No estuve con nadie, aunque lo pareciera y yo no hiciera nada para evitarlo. No, Caye, mi amor, no era eso…

    -Dime la verdad. No se termina con todo de la noche a la mañana sin una razón. -su voz se volvió más ronca, casi metálica, como si hablara a través de una lata, pero seguía siendo la suya. -Yo te quería, Gerard. Te quería más que a nada en el mundo…

    -Lo sé. Yo también te quiero a ti. -dio otro paso- Podemos arreglarlo, podemos empezar de cero sin cometer los errores que nos llevaron a esto. -una lágrima resbaló por su mejilla. -Te querré siempre, Caye. Nada será lo mismo si tú no estás. Perdóname…

    -Me mataste. Me mentiste. Acabaste con lo nuestro y me sigues mintiendo ahora. No puedo creerte. Nunca volveré a confiar en ti. -Se incorporó sin girarse- Nunca más.

    -No, mi amor, mi vida, no digas eso. -Gerardo dio otro paso- Yo andaba en malos pasos, tomé malas decisiones. Bebía demasiado y no sabía dónde estaba ni cómo pensar. Los problemas me agobiaban y me refugié en la bebida. Pensaba que podría controlarlo, pero no fue así. No era lo que tú creías -Ambos ojos empezaron a sangrar lágrimas saladas- Yo necesitaba beber. No eran solo las dos copas que tú me veías tomar, eran muchas más. Me daba vergüenza de mí mismo. No era capaz de decirte la verdad y no quería ser un problema para tu vida. No quería que pensaras que era un borracho, un drogadicto, así que decidí cortar por lo sano, alejarme de ti, alejarme de todos, de todo.

    Hubo un silencio. Solo se oía la respiración sibilante de ella y los hipos entrecortados de Gerardo, de pie en mitad de la estancia, a dos pasos del cuerpo de ella, que seguía de espaldas mirando la oscuridad por la ventana. Para entonces, a Gerardo no le importaba nada, si Cayetana era o no un fantasma, si estaba allí o no, sentía que una mano fría apretaba su corazón y dejaba salir un líquido negro que llevaba tiempo ahí estancado.

    -Ahora lo entiendo. -dijo ella al fin. -Ahora lo entiendo todo. -su voz se volvía cada vez más metálica, más grave, pero sonaba serena, comprensiva. -Entonces no estabas con nadie, después de todo. Yo en el fondo lo sabía… sabía que me ocultabas las copas que tomabas a escondidas, pero no quise darle importancia. Pensaba que había algo más.

    -No, mi amor, mi vida. -Gerardo dio otro paso- No había nadie más. Sólo mi problema. Pero ahora estoy curado. Llevo mucho tiempo sin beber, trabajando en mí mismo, esforzándome por ser mejor cada día. Lo había pasado mal antes de conocerte, ya lo sabes, pero logré sobreponerme. Por eso estoy aquí, ahora que estoy bien he venido a buscarte. A estar contigo. No te dejaré nunca más y nunca más te ocultaré nada.

    -Te quiero, Geri. Siempre te he querido. -la voz de Cayetana sonaba lejana, como desde el fondo de un pozo. Su cuerpo hacía rato que no se movía. Se había quedado completamente hierático, de espaldas, a pesar de que decía. -Quiero que estemos juntos. -sonaba como una cinta que se fuera deteniendo, distorsionando su voz, honda y nasal.

    -Yo también te quiero, Caye. -y dio el último paso y se situó junto a ella. Ahora podía ver su rostro mirando por la ventana. La piel de su cara era un poco azul, sus ojos eran transparentes como el cristal por el que miraban. Puso una mano sobre su espalda, queriendo acariciarla. Notó que debajo de la tela solo había hueso, sin piel ni carne.

    Aquello se giró y lo miró de frente. Eso no era Cayetana. Su cara se parecía, imitaba su voz y su estatura, pero no era ella. Tenía los ojos transparentes, verdosos, como el cristal de una botella. Sus pupilas eran nigérrimas, de un oscuro más negro que la noche sin estrellas. Boca sonreía dejando ver unos dientes rotos y podridos, afilados por la caries.

    Gerardo temblaba. Un hilo de pis bajaba por el muslo, la pantorrilla, hasta sus pies. No podía moverse. Tampoco podía dar crédito a lo que estaba viendo. Gemía: -¡Caye!

    -Pero me mataste, Geri, Gerard, Gerardo. Me mataste y ahora mira en qué me has convertido. -Una mano lo agarró del brazo, apretándolo con muchísima fuerza, casi sentía que le iba a romper los huesos. Aquello no era la mano de Cayetana, era más grande y fuerte. Un hedor nauseabundo impregnaba toda la estancia. Un frío gélido recorría de arriba abajo todos los tuétanos de su cuerpo. El corazón dolía, dolía mucho. -Y no solo me mataste a mí. Mataste nuestros sueños, nuestros proyectos, nuestra vida.

    Los ojos blanquiverdes de aquella cosa miraron detrás de él, como si hubiera algo allí.

    -Lo mataste a él también.

    Gerardo se giró. Debajo de la cama se veían dos ojos rojos, pequeños, ensangrentados. Se movieron hacia delante y dejaron ver el rostro de un niño completamente azul, como si llevara muerto siglos, pero sin que su piel se hubiera corrompido. Debería tener unos tres o cuatro años. Reptaba hacia afuera de la cama en dirección a él, emitiendo un crujido nervioso como de huesos rotos, moviéndose espasmódicamente como un insecto enorme. Se puso a los pies descalzos de Gerardo y miró hacia arriba. De su boca sin dientes, oscura como los ojos de su madre, salió un ronquido ininterrumpido que dijo.

    -¡Pa-pá!

    No lo soportó más. Gerardo consiguió zafarse de las manos de Cayetana y saltó por encima del pequeño cuerpo, levantando mucho los pies, como si el suelo quemara. En las tripas sentía la piel de gallina como si se le hubieran llenado las entrañas de espinas.

    En su huida, sus pies resbalaron con su propio pipí y perdió el equilibrio. Como miraba hacia atrás, hacia aquellas dos formas que ahora no eran más que dos sombras informes, no pudo ver contra qué objeto se golpeó la cabeza. Cayó al suelo en redondo y, ahora sí:

    Dormido.

    Píip-píip-píip-píip.

    Abrió los ojos. La luz de la mañana se vertía en la habitación. Gerardo gritó y se incorporó. Estaba en el suelo junto a la cama en un charco de sudor. Miró aterrado a todas partes, estaba solo. El teléfono móvil tronaba sobre la mesita de noche con un pitido infernal. La habitación del hotel estaba en silencio y los cuervos volaban afuera.

    Todo habría sido una pesadilla. Todo habría sido un sueño. Pero eso no lo tranquilizaba.

    …oooOOOooo…

    FIN de la Segunda Parte

    Nota del escribidor: Esta historia se divide en tres partes. La próxima tendrá lugar el próximo domingo. Un abrazo.

  • Liminar Londres (Parte 1)

    Liminar Londres (Parte 1)

    1. Una llamada

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -¿Hola?

    Por un momento no supo qué decir. Estaba absolutamente en blanco mientras el corazón golpeaba con los puños las paredes de su pecho. Manos invisibles atenazaban su voz.

    -Gerard, ¿estás ahí?

    -Hola, Caye… Sí, estoy aquí.

    -¿Cómo estás? ¿Estás bien?

    -Sí… Eso creo… ¿Y tú?

    -Yo estoy intrigada… Pero me alegro de saber de ti.

    A partir de ahí, la conversación se desarrolló por los cauces habituales. La excusa de la llamada de Gerard a Cayetana había sido la pedirle información para realizar un viaje a Londres. Ella llevaba algunos meses viviendo en las Islas Británicas, concretamente en Irlanda. Gerard planeaba un viaje próximo a Londres para hacer lo que muchos españoles en aquellos años de crisis: encontrar un trabajo medianamente remunerado.

    Al volver de arreglar los papeles del paro, que le darían para un subsidio de un par de meses, Gerard acariciaba la idea de aventurarse a tierras inglesas en busca del sueño anglosajón mientras pensaba en llamar a Cayetana y contarle su proyecto. Parecía una idea plausible, dado que sabía por las redes sociales y conocidos comunes que ella estaba viviendo allí, huyendo de una relación tormentosa con un gimbro marroquí.

    -No tendrás problemas para dar clases de español por aquí… Ya lo verás. La demanda es muy alta y necesitan de todo urgentemente. Yo misma encontré un empleo al día siguiente de llegar a Maynooth. Esto es otro mundo, lo verás cuando llegues a Londres. ¿Cuándo tienes pensado mudarte?

    Lo cierto es que no tenía nada pensado, que la idea se le había ocurrido y se había dejado llevar por el impulso, como tantas veces había hecho a lo largo de su vida, cometiendo errores y acertando a veces. Contestó como mejor pudo a la pregunta.

    -El mes que viene, cuando termine de arreglar unos cuantos asuntos por aquí. Me lo tomaré como una especie de vacaciones, nunca he estado en Inglaterra y me atrae la idea mejorar mi inglés. Quizá viajaré un poco y me acercaré por Irlanda, por… ¿cómo dices que se llamaba tu pueblo?

    -Maynooth.

    -¡Quizás me acerque por Maynooth a verte! ¿Qué te parece?

    -Gerard, sigues tan loco como siempre. -y rio. Él lo tomó como una buena señal, como si la idea de que pudiera aparecer por allí la ilusionara. Por lo menos él lo vivió así.

    Siguieron hablando un rato mientras subía la calle a por el coche. La ciudad era cuesta arriba y el vehículo estaba en la zona alta, pero Gerard no sentía ni el calor de junio ni lo empinado del pavimento, tampoco reparaba en la gente que se cruzaba, como si en el mundo solamente existiera aquella voz dulce y acostumbrada que le hablaba por el altavoz, como si fuera un náufrago contactando por radio con el buque salvador.  Al cabo de un buen rato llegó al coche y se hizo el silencio al otro lado del teléfono.

    -Me tengo que ir. Me alegro de saber de ti, Gerard, y de que estés bien después de todo.

    -Yo también me alegro mucho de oír tu voz. De hecho, la he echado mucho de menos.

    Su corazón volvió a palpitar con fuerza mientras oía el ruido blanco del silencio al otro lado de la línea. Se le había escapado aquella frase de las manos como un animalillo.

    -Ya hablaremos. Ya me irás contando tus planes. Te dejo que me tengo que marchar.

    -Vale, Caye. Un beso grande y gracias por la info. Quizá nos vemos pronto.

    -Besos. Ba-bye.

    Colgó y sonó un piíp seco y breve. Se apartó el terminal de la cara. Estaba caliente y grasiento por el sudor del mediodía. La llamada había durado más de veinte minutos. Después de dos años sin hablar, aquella casi media hora se le representaba como una especie de milagro. Parecía que el tiempo no había trascurrido entre ellos y que Caye viviera al otro lado de la ciudad, que hiciera poco que se habían visto y que faltaba nada para volver a verse, como cuando estaban juntos y eran la pareja más bonita del litoral.

    La llamada había trastocado los planes de Gerard por completo. Si bien proyectaba la idea de visitar Londres en el futuro, ahora se le hacía un imperativo vital hacerlo, una ventana de oportunidad que no podía desaprovechar. Sabía que Cayetana volvía a estar sola y la idea de volver a encontrarse la divertía. La posibilidad de volver a verla en Irlanda o en donde fuera lo ilusionaba como el mejor de sus sueños por fin cumplido. Ni se atrevía a acariciar la ilusión de volver a abrazarla después de tanto tiempo. Cuando pensó en volver a besar sus labios carnosos casi se come una señal de tráfico y tuvo que corregir con un volantazo que provocó el pitido airado del vehículo de detrás. No veía el momento de llegar a casa y empezar a pertrechar lo necesario para ese viaje sin billete de vuelta, donde conocería la ciudad del Támesis y quizá la paz que perdió. Los acontecimientos parecía que se desarrollaban solos y supuso que era una señal del destino. Como dicen en las películas malas: Gerard seguía los designios de su corazón.

    Había muchas cosas que preparar: la tarjeta sanitaria, la convalidación de su título universitario en Inglaterra, el alojamiento y hacer acopio del dinero necesario para la empresa de trasladarse a otro país con lo puesto y buscarse allí la vida. Animado por el relato de otros inmigrantes españoles, jóvenes universitarios en su mayoría, y la nebulosa posibilidad de encontrarse con Cayetana más tarde, se dispuso a preparar los pormenores de la nueva aventura que se abría frente a su horizonte, en la cual veía brillar la luz de un nuevo futuro a pesar de la niebla en la que transcurría su presente.

    Al llegar a casa de sus padres, lo recibieron los gritos y las discusiones acostumbradas. Nadie lo saludó al entrar ni él hizo constar su presencia. Entró directamente en su cuarto y dejó los papeles del paro encima del escritorio repleto de libros, apuntes, libretas y folios sueltos con algún que otro poema. Cogió la guitarra y rasgó cuatro acordes: Mi, La menor, Re menor, Sol, Fa, Mi. Volvió a dejarla apoyada en la pared y se tumbó sobre la cama. Por el rabillo del ojo lo miraban los libros en la estantería que había hecho comprar a sus padres para depositar todos aquellos volúmenes que el paso de su adolescencia había ido recogiendo por el camino. La mayoría de su biblioteca constaba de ediciones baratas y antiguas que no querría ni un trapero, pero él entonces no lo sabía. Sobre las sábanas soñaba despierto mirando al techo, distrayéndose con la forma de la bombilla apagada que habría de iluminar la habitación cuando llegara la noche, recordando las calles de Londres que había visitado en alguno de aquellos libros. Por fin la vida parecía funcionar, por fin todo iba a salir bien, por fin iba a salir de la mierda.

    -Gerardito, ¿hoy no comes? -Era su madre, que había abierto sin llamar la puerta de cuarto y lo miraba inquisitiva, con ganas de pelea, desde el umbral de la puerta.

    -No tengo hambre.

    -Este niño está fatal. Iba a comerse el mundo y el mundo se lo comió a él. -Y cerró.

    Gerard estuvo soñando despierto con aviones, trenes, estatuas, plazas, bosques y besos, hasta que se durmió sonriendo. Le parecía su vida un milagro que propició una llamada.

    …

    2. En blanco

    Su corazón palpitaba en la garganta mientras en el teléfono sonaba el primer timbrazo. Piíp… piíp… piíp. A punto de colgar y dejarlo estar, aquella voz conocida respondió.

    -Geri, ¿cómo está mi niño?

    -Cayetana, me gustaría hablar contigo.

    -¿Qué sucede?

    -Creo que no deberíamos seguir juntos.

    Se produjo un silencio tan hondo como si hubiera estallado la bomba atómica y el aire se hubiera quedado vacío. Fue cosa de pocos segundos, pero se hicieron eternos en la memoria de ambos.

    -¿Cómo dices?

    -Que creo que deberíamos dejarlo.

    -¿Por qué?

    -Verás, he conocido a alguien…

    -¿Y me lo dices por teléfono? Quiero verte. Quiero que hablemos. No puedes hacerme algo así. No de esta forma.

    -Tengo que trabajar.

    -Pues ven antes.

    -De acuerdo. -Y ella colgó.

    Años después, Gerard recordaría aquellos últimos días de una relación de tantos años. Se sentía imbuido por un sopor extraño, como si lo exterior importara poco. Su expresión no era ni alegre ni triste, sino indiferente. Actuaba como un autómata que mirara solo hacia dentro de sí mismo, y lo que veía era de un color gris uniforme. Lo bueno y lo malo, todo le resbalaba. Hacía tiempo que pensaba en terminar con todo y una forma de hacerlo era tirar su vida por la ventana, buscando la manera de empezar de cero o por lo menos de terminar con un sufrimiento crónico e inexplicable. Pensaba que a los suicidas se les ponía la misma expresión que él tenía en la mirada entonces.

    Sin dar demasiada importancia a una llamada de teléfono que terminaba con su vida tal y como la había conocido los últimos seis años, salió de casa sin decir nada y se dirigió hacia el coche. Por el camino iba con la mente en blanco, sin prestar atención al daño que estaba causando y que sería irreparable. Solamente conducía y no veía el momento de terminar con aquel trámite molesto e irse a trabajar al hotel de cuatro estrellas donde hacía las veces de recepcionista. Un trabajo anodino que le permitía olvidarse de sí.

    Cuando llegó a la cuesta de su casa, Cayetana ya estaba allí. Lucía un vestido holgado que hondeaba en el viento como una bandera. Llevaba el pelo largo recogido con una cola y en sus grandes ojos marrones lucía la expresión de quien ha llorado durante un buen rato. Arrugaba los labios enfadada con el mundo, como quien se pregunta: cómo puede pasarme esto a mí. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta indignada por el odio.

    Gerard casi no abrió la boca ni tampoco escuchaba todo lo que Cayetana le decía. Básicamente ella se sentía traicionada porque él le había dicho que había otra persona. Incapaz de explicarse mejor, ella entendió que había iniciado una relación con alguien a sus espaldas y que llevaban tiempo engañándola. Nunca hubiera esperado algo así de su Geri, a quien quería tanto y a quien desde ahora odiaba con toda su alma. Le deseaba lo peor en su nueva vida y le pronosticaba que pronto se arrepentiría de ser una rata.

    -¿Es que no piensas decir nada?

    -Tengo que irme, entro a las dos y media y ya son más de las dos.

    -Que te den por culo, Gerard.

    Y salió del coche y de su vida para siempre. El otro casi sintió alivio, pero la sensación principal era la misma indiferencia de siempre, la que lo había llevado a aquella conversación en el coche, a terminar con más de un lustro de historia de un plumazo.

    En ningún momento se esforzó por desmentir lo que Cayetana pensaba. Si iba a terminar la relación, lo mejor era hacerlo de la forma más eficaz y menos indudable. Que ella pensara que estaba con otra persona, a pesar de estar solo, se le hacía una buena forma de cortar por lo sano, aunque fuera sin anestesia y de un hachazo brutal. Gerard no pensaba en las consecuencias de sus actos porque vivía en un sopor gris que le impedía pensar en nada. Se sentía poseído por una fuerza informe que lo gobernaba como una marioneta. Podrían ser las manos de Dios o del demonio, pero no se lo preguntaba. Solo se dirigía en su utilitario hacia el hotel donde habría de pasar las nueve horas siguientes, ajeno a su fracaso amoroso, profesional, vital. Estaba en caída libre y creía que volaba. Sentía cosquillas en el bajo vientre y confundió la vida con el vértigo.

    Cuánto tiempo pasaría luego preguntándose por qué había actuado de esa manera. Por qué demonios había sido tan cruel y había dicho aquella mentira. Podía haberse expresado mejor y quizá se hubieran entendido y todo habría terminado bien, con la posibilidad de una reconciliación futura, si no como pareja, sí como buenos amigos.

    Gerard tenía dieciocho años cuando empezó con Cayetana y terminaron la relación cuando ambos tenían veinticuatro. Los años más intensos de su primera juventud los pasaron juntos y habían vivido momentos inolvidables que parecían conducirlos a una eternidad feliz. Durante los primeros años fue así y esta anomalía que constituían en una sociedad donde primaba lo superficial acabó por pasarles factura. Por mucha felicidad que atesoraran juntos, el paisaje de la vida se compone también de colores oscuros y el hecho de amarse tanto también suponía no dejar espacio a encontrarse a ellos mismos, a saber quiénes son, a la soledad amarga pero necesaria. Gerard se ahogaba en una rutina feliz impropia para un chico en la veintena, con ganas de conocer el mundo en toda su extensión, con el deseo de intentar ver más allá de sus horizontes y de aventurarse solo en la empresa de vivir, sin sentirse responsable de la felicidad de otra persona, que por otra parte y paradójicamente eran la persona que más quería. Era Ícaro volando hacia el sol y lo sabía, la caída se le hacía de una necesidad tan perentoria que la anhelaba.

    Y lo consiguió. De un modo brutal y cruel, fruto de su inexperiencia, pero lo hizo. Se liberó de las cadenas de oro que lo ataban a una vida maravillosa y se adentró en la nada del abismo que por contraste se le hacía el lugar más apetecible del mundo. Ahora ya no tendría que rendir cuentas ante nadie, solo ante sí mismo. Podía hacer lo que le diera la gana y era tanta la sensación de libertad que se le hacía pequeño el cielo abierto ante sí. Detuvo el coche en el parquin de los empleados y se encontró con otros compañeros en el fumadero, antes de empezar la jornada. Quienes estuvieron allí con él dirían que nunca lo habían visto tan contento en todo aquel verano, que era el tipo más divertido del planeta tierra, haciendo bromas con todo y haciendo reír a todo el mundo.

    -Gerardo, hoy iremos unos cuantos a tomar algo después de trabajar. A lo mejor se nos hace de día en la playa. ¿Te apuntas? -Era Sara quien le hablaba, sonriéndole divertida.

    Apurando el cigarrillo, pensó en lo que tendría que hacer al día siguiente. En si tenía que avisar o si le parecería bien a alguien. La agenda de su vida estaba en blanco.

    -¡Pues claro que sí!

    …

    3. Última cena

    -¿Però què se t’ha perdut a tu a Londres?

    A lo largo de aquella semana le habían hecho esa misma pregunta varias veces: sus padres, algún familiar, algún conocido. Ahora era su amigo Martí quien le inquiría divertido mientras daba una larga calada y la pantalla de su vaporizador se iluminaba.

    -La vida… -dijo a modo de respuesta o muletilla. Sin saber muy bien como continuar. -No he podido olvidarla a pesar de todo este tiempo.

    –No saps res d’ella. Poder està amb algú… – Dejó soltar una bocanada espesa, interminable, de vapor blanco por la nariz. –Què faràs si et presentes allà i resulta que té novio?

    -Creo que no lo tiene.

    -Pero, i si el té? O surt amb algú… No ho se, Gerardu, no ho veig massa clar.

    -Algo me dice que tengo que ir a verla. Además, como te comentaba, primero pasaré un tiempo en Londres. Miraré si puedo encontrar un trabajo de cara a septiembre. Luego cogeré un vuelo a Irlanda y me plantaré en su pueblo. 

    –Tampoc no saps on viu.

    -Sé dónde trabaja.

    –I després?

    -Si ella me pidiera que me quedase en su lugar, lo haría sin pestañear. Ya me buscaría la vida. La cuestión es estar juntos, aunque sea en el culo del mundo. Tengo que intentarlo.

    Martí dio otra larga calada a su vaporizador. En el silencio de la noche se escuchaban los grillos en el descampado cercano y se vislumbraban las chimeneas de la refinería a lo lejos, como una ciudad de orcos futurista y bulliciosa, llena de luces y humos.

    Estaban en la terraza de una pizzería, que se elevaba un par de plantas sobre la calle paralela. Como era entre semana, el lugar estaba casi vacío y podían disfrutar de la tranquilidad y la frescura de una noche de verano. Vino la camarera, una mujer con la voz rota por la nicotina y el pelo negro rizado, quien había sido guapa hacía tiempo.

    -¿Vais a tomar algo más? -Dijo recogiendo los platos.

    Pidieron un par de copas y se quedaron en silencio. Alguien es tu amigo cuando puedes pasar periodos de tiempo callados sin que eso resulte incómodo para nadie. Dicen que los chinos disfrutan así de la compañía de sus conocidos, sin duda están adelantados.

    –De veritat que no t’entenc, Gerardu. -Martí se acomodó en la silla. –Primer vas voler deixar-la perquè et senties “ofegat”, tenies una relació que tots envejàvem. Calletana es una noia molt guapa i llestíssima! Un bon dia decideixes que s’ha acabat i marxes de cop i volta. -Ajustó algunos parámetros de su vaporizador. –Ara han passat dos o tres…

    -Dos y medio

    –i decideixes anar a buscar-la a la fi del mon perquè tens una “intuïció”, sense saber res d’ella, de la seva vida actualment, sense haver parlat quasi res tot aquest temps…

    -Ya…

    Martí lo miraba con ojos bondadosos. Era un chico corpulento con el pelo ensortijado. Llevaba anteojos y barba de semanas, recortada hacía varios días. Siempre vestía pantalón chándal de nylon y camisetas de grupos metal. Le importaban muy poco la imagen pero se hacía querer por todos quienes lo conocían y resultaba popular a su manera. La típica persona que impregna con su presencia la atmósfera y hace que la vida sea un poco más trascendente de lo que es, y los momentos más intensos. Sin querer dar consejos, era la única persona en quien Gerardo podía confiar, y le decía que su plan era una locura, que no lo veía claro. Sabía que no quería desanimarlo, y eso lo desanimaba más. Quizá todo aquello no era una buena idea después de todo. Arriesgar tanto dinero, tiempo, ilusión, en un proyecto que probablemente no iba a ninguna parte. Cabizbajo y taciturno, Gerardo empezó a liar un cigarrillo. Sacó de su petaca unas hebras de tabaco y empezó a darle forma sobre su palma despaciosamente, como quien tiene su cabeza en la otra punta del mundo. Sus ojos estaban posados sobre la pitillera de imitación al cuero, color naranja, donde se dibujaba el perfil de Bob Dylan en blanco y negro, excepto los mechones de su pelo, que formaban un arcoíris multicolor y hippy.

    –Però saps que és el millor de tot això?

    Llegó la camarera con las bebidas sin dejar que Martí contestara. Mientras su cuerpo enjuto dejaba las grandes copas de balón con los gin tonic, Gerardo seguía en su mundo.

    Ya tenía planes para septiembre. De hecho, había conseguido trabajo en un instituto de Barcelona hacía poco tiempo. Era una gran oportunidad para desarrollarse profesionalmente, estaba empezando a despegar del suelo y, justo en aquel momento, va y quiere dejarlo todo por una intuición incierta. Arriesgaba demasiado al marcharse a otro país con lo puesto, sin más dinero que el paro, que daba para nada en una ciudad como Londres, donde, además, no tenía intención de quedarse. Sólo era la excusa para saltar a Irlanda y pasar, como el que no quiere la cosa, por un pueblo del que solo conocía el nombre y decir: Hola, qué tal, Cayetana, vengo a decirte que nunca te olvidé.

    -¿Que practicaré mi inglés?

    Ambos sonrieron. Ya no quedaba gente en la terraza y todas las sillas estaban vacías. Mañana es martes y hay que trabajar. El lugar se sentía íntimo y desolado como una sala de cine vacía. Los dos dieron una larga calada a sus respectivos cigarrillos y respiraron.

    –El millor de tot això és que algun dia podràs escriure aquesta història.

    Gerardo sonrió. Si tenía dudas, ahora ya no albergaba ninguna. Si el fracaso daba miedo, si el golpe podía ser grande, por lo menos sería una buena historia que contar algún día, al menos no tendría la sensación de no haber intentado ser feliz una vez. Se sentía como el héroe de su propia película a punto de acometer una empresa imposible pero loable. Un rayo de esperanza brillaba a lo lejos y no cesaba, como una estrella. Podría ganar, podría perder, pero lo importante no era eso. Lo fundamental en esa ventana de tiempo en ese universo ciego que llamamos vida, lo principal era vivir, aún sin entender, sin expectativas, sin posibilidades, el sentido de aquella roca recorriendo el espacio por lo oscuro, de aquellos astros quietos que titilaban, de aquel aire húmedo y fresco que se respiraba, de aquella existencia ventegenaria que su cuerpo albergaba, lo único y primordial era encontrar el amor. Y su amor estaba en Irlanda. Allí iría. Punto.

    -Brindo por ello.

    Entrechocaron sus copas y parecía que la noche aplaudía mientras daban otro sorbo. No se podía estar más a gusto en todo el planeta tierra. A pesar de todo, se sentía un tipo con suerte. Nada podía salir mal, lo sentía en el éter invisible que llenaba ese verano.

    –Quan marxes?

    -Pasado mañana. El jueves.

    –El dia 13 de juliol… Una data una mica rara per començar una aventura, no creus?

    -No me importa.

    Y volvieron a quedarse en silencio mientras, muy a lo lejos, sonaba el rumor de las fábricas como un molesto ventilador encendido al final de un pasillo a oscuras.

    –Te n’adones? Si els teus plans surten bé, aquest pot ser el nostre últim sopar.

    …

    4. Que tengas suerte

    El puente de Hammersmith se alzaba sobre el río Támesis desde 1887, año de su inauguración. De color cobre oxidado, como la Estatua de la Libertad, temblaba cada vez que cruzaban los coches de un lado a otro, en el sentido opuesto al resto de Europa. A pesar de los años el puente no se había caído ni ningún plan urbanístico había aprovechado la coyuntura para construir uno nuevo. Los ingleses para eso eran muy celosos y gastaban el dinero público conservando su patrimonio arquitectónico, no generando más ruinas y cascotes para mover el dinero de los empresarios de la construcción, como ocurría en otras partes del globo, de donde provenía Gerardo.

    En total, había pasado tres semanas en Londres y esta sería la última. La razón principal que acortaba su viaje era a la vez la más prosaica: la falta de dinero. No suele aparecer en las novelas que el personaje principal no tenga recursos para seguir con su aventura, pero esto no es una novela sino la vida y tal problemática sucede continuamente. Gerardo pensaba en todas sus circunstancias mirando el atardecer sobre el río granate, que bajaba tranquilo, ancho y brioso hacia el mar, no muchos quilómetros más allá.

    Recordaría esa parte de la ciudad sobre el Támesis como su preferida. A pesar de las plazas, las avenidas, las abadías, las estatuas, que eran muchas e impresionantes; a pesar de los parques extensísimos y los museos gratuitos; la imagen que habrían de guardar los años cuando pensara en Londres sería del barrio donde tenía el hotel: Hammersmith.

    Se trataba de un barrio pintoresco a veinte minutos del centro en el pintoresco metro de Londres. Contaba con una iglesia de obra vista, un cementerio sin vallas por donde pasaba todo el mundo camino al trabajo o a las compras y un estadio donde los Dire Straits grabaron el mítico disco en directo de Alchemy que tanto iba a influir a otras bandas de éxito. Recordar ese dato le gustaba a Gerardo mientras paseaba por las zonas aledañas a su hotel, que en realidad era un albergue de inmigrantes que llamaban hostel.

    Los baños eran compartidos y en una misma habitación podían dormir un total de ocho personas amontonadas en literas con un espacio en el centro. El clima de la estancia cambiaba cada día, dado que a veces los inquilinos eran gente muy inquietante y otras eran personas amabilísimas. Gerardo nunca compartió esa habitación con un inglés de pura cepa. Durante ese tiempo en la ciudad se había desengañado del sueño londinense. Ya no esperaba encontrar trabajo ni quedarse a vivir en esa gran manzana vetusta, al menos, sin tener una buena razón para ello, para arriesgarlo todo en un país extranjero siendo visto por los locales como un inmigrante, siendo visto por los propios inmigrantes paquistaníes como un inmigrante de tercera y no de segunda, como ellos, a pesar de ser blanco y europeo. En aquel país operaban ciertas realidades a las que se había sentido hasta entonces ajeno. A pesar de haber viajado por toda Europa, en ningún sitio como en Londres había sentido su condición de clase baja como en aquella ciudad.

    Una vez había hablado con un español que trabajaba en un local de comida mexicana. El sitio ofertaba burritos y demás a los paseantes de camino a la oficina. El típico lugar donde venden comida sobre todo para llevar. Bocadillos y demás. Tenía hambre y llevaba cuatro días sin comer bien. La perspectiva de llevarse algo caliente a la boca lo ponía de buen humor y el hecho de haberse encontrado a un paisano tras la barra lo alegró aún más. Pidió con la esperanza de un bocado buenísimo y estuvo hablando un rato con el empleado. Era un chico del sur de España, llevaba unos seis meses en Londres pero aún no dominaba el inglés, cuando Gerardo iba a preguntarle donde vivía, el jefe del chico, un pakistaní de su misma edad, le hizo entender que ya estaba hablando demasiado y que había trabajo que hacer. La conversación hubo de terminar abruptamente y Gerardo salió del local con su burrito en la mano. Al darle el primer bocado noto lo que ya antes habían sentido sus manos sin decírselo: estaba frío. Maldita sea, además estaba soso, la lechuga sabía a cartón y la salsa estaba helada por la nevera. De nada le había servido el compadreo con el paisano, al final ese día habría de comer fatal, como venía siendo habitual en esa parte del mundo. Además, le habían cobrado lo que no tenía, si lo llegaba a saber hubiera ido a otro sitio, pero todo era demasiado caro.

    Ya no quedaba demasiado dinero en la cuenta, de hecho, quedaba lo justo para llegar a Irlanda y sobrevivir apenas una semana. El día anterior había comprado los billetes. Saldría esa misma madrugada de camino al aeropuerto y cogería el avión a primera hora de la mañana. Sobre el puente de Hammersmith sobre el Támesis se estaba despidiendo de la ciudad donde había pasado un tiempo inolvidable, pero en la que se sentía demasiado atosigado por las emociones como para ser consciente de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Sólo tenía un objetivo claro: volver a ver a Cayetana. Y luego ya se vería. Apuró su cigarrillo y lo lanzó en las aguas marrones del río, que a esa hora de la tarde parecía bajar con cada vez más fuerza como si fuera a llevarse todo a su paso. Emprendió el camino hacia el albergue para recoger sus cosas en la pequeña maleta que acarreaba de un lugar a otro. Paso por delante de la iglesia de San Pablo, una construcción de obra vista sobre un parque junto al cementerio. Recodó una canción de los Beatles y la tarareó mientras pasaba por entre las tumbas que lo miraban sabiendo ya si tendría éxito o no en su empresa, si conseguiría liberarse de aquella carga que pesaba tanto en el corazón y que le resquebrajaba la piel del alma. En el paso de cebra, los taxis negros como un mal agüero, pasaban veloces en dirección opuesta a la acostumbrada.

    Llegando ya al edificio que se alzaba en cinco plantas sobre las demás casas adosadas de la zona, se cruzó con un ser salido de otro mundo. Se trataba de un hombre calvo, de unos cincuenta años, que caminaba pesadamente, un poco echado hacia delante, con chepa, mirando un punto invisible al frente. Sobre su pecho rebotaban en cada uno de sus pasos pesados dos grandes tetas bajo un escote amarillo. Sus piernas fuertes vestían una falda sencilla. Al cruzarse, fue tanta la sorpresa de Gerardo que no pudo evitar pararse donde estaba y dejar pasar aquel ser de otro mundo como un animal marino enfadado. Aquella visión lo incomodó, no por el aspecto poco acostumbrado del hombre con tetas, sino por la expresión que llevaba en sus ojos, como si hubiera matado a su amante arrancándole las pelotas y las llevara metidas en el gran bolso negro que arrastraba. En aquella ciudad todos estaban un poco locos, sobre todo en los barrios.

    Al entrar en la recepción saludó al recepcionista. Le dijo que aquella sería la última noche que iba a pasar allí y preguntó información sobre el metro y los autobuses. Al parecer, el tren que había de llevarle hasta el aeropuerto, situado a más de una hora de allí, no pasaba durante toda la noche, así que habría de coger el último de esa noche, como ya sospechaba. Una vez terminada la conversación el tipo no sonrió ni dijo una frase alentadora como: Buena suerte o Ya nos veremos en otra ocasión o Espero que este tiempo con nosotros hayas estado a gusto. Era un tipo gordo, extranjero en el extranjero, de una nacionalidad imposible por el cruce de razas que operaban en su ADN. Después de un silencio incómodo, Gerardo se dirigió a su habitación para recoger su equipaje, pero decidió recorrer las estancias del hospedaje antes, como despidiéndose de la que había sido su casa durante parte de aquel verano, un lugar al que nunca había logrado acostumbrarse porque los inquilinos cambiaban constantemente y uno se sentía en un espacio limítrofe, como una gasolinera, una autopista o el pasillo de un hospital.

    En la sala donde estaba la televisión había una anciana y una pareja de rumanos. Todos se miraron con desconfianza y siguieron a lo suyo, controlando los movimientos del otro por el rabillo del ojo, como si en cualquier momento pudiera pasar cualquier cosa. Gerardo no sabía el suficiente inglés como para entender lo que decía la televisión, tampoco se atrevía a pedir el mando, así que terminó su café aguado de máquina que costaba una libra y se dirigió hacia el breve patio para fumar un cigarrillo. El lugar contaba con mesas de metal pintadas que estaban siempre vacías, era imposible sentarse porque andaban siempre mojadas por la lluvia o la humedad. Un cenicero repleto de colillas húmedas recogió la primera brizna de ceniza de su cigarrillo. Gerardo respiró hondo y el sabor del humo se mezcló con el aire pesado que traía un olor a tierra mojada que lo deprimía y lo relajaba al mismo tiempo. Unas flores rojas lo miraban en la planta enredadera que crecía sobre la valla del lugar, a pocos pasos de la pared del edificio gris donde estaba él. El cielo encapotado se sentía cargante sobre las espaldas y la nuca, como si uno tuviera que aguantar su peso. El humo del cigarrillo se elevaba despacio para perderse en ese cielo de panza de burro sin nubes pasajeras y sin sol que lo amparase. Hey, Gerard. Dijo una voz tras de sí y Gerardo se giró sobre sus talones.

    -Hola, Mogomby. Cómo estás. -dijo en un inglés muy pobre.

    –Better than you my friend. You have bad face. You look awful. -dijo Mogomby en un inglés mucho mejor que el suyo. Le dieron ganas de decirle que por lo menos no tenía cara de mono como él, pero se abstuvo y se reprimió por gastar ese humor de perros. Mogomby tenía razón, tenía mala cara, llevaba demasiados días pasando hambre.

    -Sí. Esta noche me marcho de viaje, Mogombi.

    –To where!?

    -Irlanda.

    -What ‘re you gonna do in Ireland, my friend?

    -El amor.

    Mogomby puso cara de entender, de comprenderlo todo de hecho. Llevaban cuatro días durmiendo en la misma habitación y habían mantenido conversaciones como habían podido, pero sobre todo habían mantenido largos silencios cómplices. Habían compartido comida, se habían vigilado las cosas mutuamente cuando alguno de los dos debía ausentarse, se habían reído con solo mirarse a los ojos un instante y ver cómo roncaba un compañero o escucharlo contar alguna historia que ambos creían falsa. Gerardo y él se habían hecho buenos amigos en el instante justo de conocerse, y seguirían siendo amigos siempre a pesar de que ambos sabían que esa era la última tarde que iban a pasar juntos. Siempre son las circunstancias las que rigen el destino de las personas y no las decisiones propias, si fuera de otra manera, habrían mantenido el contacto con los años y eso no sucedería nunca. Mogomby sonreía y lo miraba.

    –A girl. -dijo con media sonrisa.

    -Claro.

    –Your girl? –añadió sonriendo más, dejando ver unos dientes blanquísimos como chicles.

    -A lo mejor. Espero que un día lo sea, sí. Algún día…

    Le pareció ver en las córneas amarillas de su interlocutor un destello de melancolía, como si supiera de antemano el destino de su amigo pero no tuviera pruebas para demostrárselo. O eso le pareció a Gerardo. Quizás Mogomby solo estaba preocupado por sus cosas como encontrar un trabajo pronto, cenar caliente o dormir del tirón.

    –Hope you got it, bro. -le chocó la mano con estilo negro- Do you have Facebook? Look, this is mine: Sergine Mogomby. -Escribió el nombre en un pedazo de papel- You and me, brothers forever, okay? -No dejaba de sonreír. Gerardo lo habría abrazado pero le daba miedo expresar sus emociones desde hacía tiempo. Se limitó a mirarlo contento.

     -Gracias, tío. -Dijo en español. -Yo también te deseo suerte.

    Apagó el cigarrillo sobre el cenicero mojado y este dejó escapar un siseo como si riera.

    …

    5. Una sombra que cruza

    Salió del hostel a las 22:00 de la noche, dispuesto a llegar a la estación de Stratford y coger el tren de las 23:15 que habría de llevarlo al aeropuerto. Las calles contiguas a la avenida principal estaban oscuras, iluminadas tenuemente por unas farolas amarillas. Se notaba que en aquella ciudad la gente cenaba a las 19:00 y ya no salía de su casa, por lo tanto el consistorio no tenía necesidad de gastar más dinero de la cuenta iluminando unas calles por las que nadie transitaba, exceptuando quienes no tenían casa ni cena.

    La visión de la larga calle oscura con farolas como velas a los lados, iluminada al fondo por los coches y los escaparates cerrados de la avenida, como si estuviera en un túnel y viera una luz incierta, lo puso nervioso. Gerardo se hallaba con esa sensación pesada de que va a pasar algo malo pero no se sabe de dónde provendrá el peligro. Como cuando en la habitación nos asalta de la nada un sentimiento extraño, un deseo de salir corriendo o de escondernos bajo las sábanas porque alguien o algo parece estar esperando al otro lado de la puerta, o dentro del armario empotrado, o debajo de la cama. Era curioso sentir esa sensación en medio de la urbe. Luego reflexionó y dedujo que aquel lugar podía ser un sitio peligroso, y más por la noche, sin conocer a nadie.

    Había sido una mala idea salir tan tarde. Si lo había hecho así había sido porque tenía que tomar el avión en plena madrugada y a partir de las 20:00 de la tarde, o de la noche según la concepción inglesa, el transporte se veía dramáticamente reducido a pocos trenes y casi ningún autobús. Seguramente la empresa paquistaní concesionaria del servicio de los clásicos autobuses rojos londinenses había decidido no operar a partir de cierta hora por una cuestión de seguridad. Gerardo fue empático con esa decisión al cruzar el umbral de la estación de metro de Hammersmith, donde uno tenía la sensación de estar metiéndose en la boca del lobo, o en las fauces del gueto, cuando ponía un pie dentro del círculo de luz de hospital que proveían los fluorescentes invisibles del techo. Los comercios estaban desde hacía horas con las persianas bajadas y, en lugar de los operarios de seguridad y mantenimiento del servicio suburbano, había un par de inmigrantes, como Gerardo pero de tez oscura, evaluando a los blancos que pasaban a paso ligero a través de las puertas automáticas que separaban la zona de los transeúntes con la de los viajeros. Casi pudo sentir sobre su cuerpo los ojos aviesos de aquellas dos sombras en la esquina, sopesando el dinero que podía llevar aquel blanco de la Europa pobre dentro de la cartera. Estuvieron a punto de acercarse a Gerardo para pedir la hora o un cigarro, pero al final decidieron que era demasiado poco para perder el tiempo.

    Sin perder un segundo, a paso veloz y sin mirar a los lados, como había visto hacer a los pocos tipos despistados que llegaban tarde de la oficina o de cualquier otra parte, introdujo la Oyster Card que adquirió en un pakistaní y se abrieron las puertas hacia los lados. Una vez dentro, la sensación de peligro se rebajó pero no se marchó del todo. El ambiente dentro de la estación se sentía inquietante y solitario, como si alguien fuera a saltar a las viejas vías del tren y hubiera de ser arrollado por el histórico vagón del metro londinense, que presumía ser el primero del mundo y, por ello, el mejor. Cuánto había cambiado aquella ciudad en pocas décadas, se preguntaba Gerardo sin esperar respuesta. Seguramente aquellos andenes habían visto partir soldados hacia la primera y segunda guerra mundial, habían sido testigo de los besos y las lágrimas de familiares y novias, muchos no habrían de volver a verse. Si hubiera fantasmas, aquel lugar debería estar lleno de ellos. La energía triste y melancólica parecía haberse agarrado a los ladrillos de las paredes rojas de obra vista que delimitaban el andén. Ahora sólo pasaban extranjeros perdidos que llevaban horas sin comer, como Gerardo. Se sentía hermanado con la ralea que poblaba aquel lugar, pues todos aquellos paseantes y vagabundos compartían la misma realidad desgraciada. Pero hermanado no significaba amigable y Gerardo sabía que en cualquier momento podía acontecer una situación de peligro y había que estar preparado para cualquier cosa. Con la mirada perdida, el vagabundo del final de la estación fue acercándose hacia donde estaba él de pie fumando un cigarrillo. Su cara era la imagen de la perdición más absoluta. Llevaba sombrero y botas negras, chaquetón negro roído y pantalones de un color marronáceo indefinido. Lo único que podía decir de su procedencia es que no era inglés. Podía ser alguien de oriente próximo o del Mediterráneo, como él. Caminaba a pasos cortos como una muñeca de famosa. Era inquietante verlo y Gerardo pensó varias veces en salir corriendo pero se detenía al preguntarse dónde iba a ir. Lo mejor sería esperar su destino de pie donde estaba, mirando de reojo al tipo que se acercaba con los ojos extraviados clavados sobre su figura y su maleta gris, esperando el tren que no llegaba, leyendo los carteles mind the gap, cuya traducción literal sería “piensa en el vacío” pero en español quedaba mejor el clásico “cuidado con el escalón”. Al llegar a su altura, el vagabundo gritó THIS IS THE END. Sus palabras retumbaron en las paredes de la estación y tres o cuatro viajeros se giraron en su dirección para detectar el peligro sin sobresaltarse. Siguió su camino pasando de largo, con sus pasos cortos y sus manos vacías, pensando quizás en quitarse de en medio en el próximo tren o en el siguiente. El cigarrillo de Gerardo temblaba en su mano y la sensación de peligro, el sexto sentido de street-man, se intensificaba.  

    Por fin llegó el tren y las puertas se abrieron dejando un hueco enorme entre el suelo del andén y el suelo del vagón, de ahí el cartel que había visto antes. Tomó asiento en una de las filas vacías y se dedicó a mirar su Oystercard, recordando el momento en que la adquirió. Al llegar al hotel, había preguntado cómo podía conseguir un billete recargable de metro, dado que había preguntado en la estación pero el empleado indio no había sabido explicarle, ni había tenido ganas de perder el tiempo con la escoria del Mediterráneo. El recepcionista gordo del hotel, Thomson, le comentó que necesitaba una Oystercard y le mostró la suya: una tarjeta azul de plástico duro. Le dio una dirección donde conseguirla y allí se dirigió. Según las indicaciones, parecía lejos del servicio de transporte, supuso Gerardo entonces que se adquiría en una oficina estatal cercana a la estación, costumbres inglesas que él no entendía bien. Al llegar al lugar no pudo más que sentirse contrariado. Estaba frente a un colmado de productos varios, lo que en su tierra se conocía como un paki. Hubiera vuelto al hotel sintiéndose engañado si en la puerta no hubiera visto los colores parecidos a la tarjeta que le mostrara el recepcionista Thomson y las letras Get your Oyster Card here! en la pegatina azul.

    Entró en el negocio pakistaní y preguntó por el funcionamiento de la dichosa Oyster Card. El tipo lo explicó rápido con un marcado acento hindú que era totalmente ininteligible para Gerardo. Le pidió por favor que lo explicara despacio y el tipo suspiró cansado, diciéndole que le diera veinte libras con la voz y animándolo con la mirada que se largara pronto de allí. Le parecía curioso los modales rudos del tipo. Era una sensación que no había experimentado nunca. Él siempre había sido amable con los inmigrantes y ellos con él, pero al ser uno más, el mundo cambiaba radicalmente y en todos los ámbitos, entre los blancos y los demás, mandaba la ley del dinero y no había hermandades que valieran. Sin saber si lo habían estafado, salió de la tienda con su Oyster Card, cargado de dudas. Al cabo de poco tiempo descubriría que la mitad del dinero había ido para pagar la dichosa tarjetita y la otra para recargarla de viajes que permitían moverse en metro y en autobús por toda la ciudad, medios de transporte operados en su totalidad por la etnia hindú, quienes parecían poseer el monopolio del transporte de personas en la ciudad sobre el Támesis. Las vueltas que daba el mundo.

    En esta y otras reflexiones, las estaciones se iban sucediendo. Por la ventana no se veía el paisaje porque un manto negro moteado de luces tenues lo recubría todo. Sólo podía ver su reflejo en el cristal. Llevaba el pelo más corto, con el flequillo peinado hacia delante. Sus ojos azules parecían vacíos en el cristal, como si fuera la versión maligna de sí mismo. Las luces fluorescentes tallaban su perfil con navaja y se le notaban las marcas de un acné cruel que había padecido en su primera adolescencia. A pesar de todo sonreía y se le veían los dientes torcidos en su boca pequeña. La barbilla era prominente y sus mandíbulas, aunque finas, prometían hacerse anchas con la llegada de la edad adulta. Gerardo no era un tipo guapo, pero siempre se había sentido alguien atractivo. Nunca había tenido miedo de ser quien era y por eso había conseguido estar con algunas chicas cuyo entorno de amistades no comprendía qué hacía su amiga con un tipo como él. Su mirada altiva parecía escupir en la cara de quienes le reprochaban su fealdad, demostrándoles a la primera de cambio su estupidez, mal que consideraba mucho peor. Entre ser feo y ser tonto, prefiero mil veces lo primero, decía ufano a sus amigos. Había conseguido liarse con chicas guapas, pero además de guapas podían ser inteligentes y buenas, como lo había sido Cayetana para él. Fue un golpe de suerte que la consiguiera.

    Pero la perdió. Es difícil manejarse en la adversidad, pero es mucho más fácil que administrar el éxito. Del fracaso solo se puede salir y uno no teme a nada, del éxito sólo se puede salir y uno lo teme todo, comete errores o se deja llevar por las mieles de un momento pasajero, sin pesar en lo que vendrá a continuación ni estar preparado para ello. Beber a tragos grandes de la fuente de la vida hasta que se acabara el agua clara, sin saborearla siquiera, para atesorar dentro todo lo bueno que fuera posible. Una vez le dijeron que vivía la vida demasiado deprisa, como absorbiéndolo todo demasiado rápido, sin tiempo a digerirlo. Gerardo contestó. Tienes razón, ¿acaso hay otra forma? Y la besó. Era una mujer mayor que él, bien entrada en los cuarenta, psicóloga. Se habían conocido de fiesta y se enamoraron a simple vista. Ella tenía pareja y él ya no. Acabaron besándose en la casa de ella después de una noche de copas y desenfreno. Su pareja, un calvo gordo con cara de pánfilo abrió la puerta en ese momento. Se separaron y la cosa quedó así hasta al cabo de poco tiempo, cuando volvieron a verse de nuevo para amarse.

    Pensaba si le contaría aventuras como esa a Cayetana. Durante su relación, ella siempre le había narrado historias de sus amantes, con todo lujo de detalles y de posturas, que le habían hecho sentirse tan pequeño como su miembro en ese momento. Lejos de inspirarlo, se había visto superado por el número y la calidad de los amantes de Cayetana anteriores a él, un niño al fin y al cabo que poco o nada sabía aún del amor y de la vida. En ese tiempo había aprendido unas cuantas cosas sobre ambos temas pero nunca, en ningún momento y en ninguna de las circunstancias, había dejado de echarla de menos. Su hubiera podido volver atrás en el tiempo, habría sin duda vuelto sobre sus pasos, no habría hecho aquella llamada definitiva, habría salido a buscarla después de trabajar para pasear por la playa y hablar, hablar y hablar, como hacían siempre y les gustaba hacer, bajo la luz de las pocas estrellas que dejaba ver el cielo contaminado, escuchando el rumor de las olas aceitosas que la luz de la luna reflejaba en un camino. La necesidad perentoria de adquirir experiencias vitales, el paso iniciático de ser un niño a un tipo experimentado, habiendo atesorado momentos y camas y noches, había significado necesariamente el sacrificio de su relación. Y a pesar de que había encontrado aquello que anduvo buscando, se dio cuenta de que no valía la pena. Que todo el relato social que por entonces poblaba la imaginería de los veinteañeros era, como todos los relatos sociales, pura palabrería hipócrita que no servía para ser feliz. Gerardo tenía frío. Se sentía helado por dentro como si una enfermedad hubiera atenazado sus sentimientos y los hubiera dejado postrados en una cama interior donde no daba la sombra. Su corazón era una habitación cerrada, hermética, y la única llave que la abría se había quedado con Cayetana, por accidente, al salir de su vida.

    Se preguntaba si ella querría escuchar sus historias, después de hacer el amor junto a la ventana fumando un cigarrillo compartido o paseando por una playa irlandesa que no conseguía imaginar. De hecho, no conseguía atraer en ese momento ninguna imagen a su cabeza, sentado sobre el banco del vagón del metro en mitad de Londres, el cual iba perdiendo fuerza y reduciendo su marcha para llegar a la estación donde tenía que bajarse. La incapacidad de no poder imaginarse juntos lo derrumbó un instante, lo que duró el halo de las puertas del vagón al abrirse de par en par. Hay seres que habitan en esas realidades minúsculas: un rayo de luz, una brisa de aire, una sombra que cruza.

    …

    6. Me encantaría contigo

    La estación de Stratford era inmensa y estaba en, lo que para él era, la mitad de la nada. De corte racionalista, el edificio tenía una gran cristalera cúbica con unas escaleras larguísimas y amplísimas en el lado derecho según se miraba. Al fondo de aquella escalera se veían altos edificios de oficinas. La llamada City de London City no debería andar lejos, con sus bancos y su gente rica preocupada por la soledad y la muerte.

    Gerardo tenía el tiempo justo para fumar un cigarro y encontrar el andén de su tren. En la calle bulliciosa el espectáculo era parecido a Hammersmith: coches pasando de un lado al otro en dirección contraria, transeúntes con prisa que parecían llegar tarde, inmigrantes y vagabundos parados o moviéndose a cámara lenta evaluando las posibilidades de supervivencia que la noche ofrecía. Nadie se le acercó a pedirle un cigarro y eso lo tranquilizó en general. Parecía que lo peor había pasado. Llegaría al tren y, una vez allí, podría recostarse un rato sobre un sillón que imaginaba cómodo. El trayecto desde la Stratford Station hasta Stansted Airport duraba exactamente 59 minutos. Con suerte podría aprovechar y dormir un rato en el mullido asiento del tren.

    Una vez terminado el cigarrillo echó una última mirada a la ciudad de Londres antes de perderla de vista hasta otra ocasión venidera. Siempre que abandonaba una ciudad, sobre todo en el extranjero, pensaba en si aquella sería la última vez que estaría allí, si la vida volvería a ofrecer la oportunidad de recorrer las calles, las plazas y los parques que había conocido. Parecía absurdo pensarlo en Londres, una urbe repleta de demasiados españoles que estaba a un golpe de avión; pero en la vida nunca se sabe. Su corazón acariciaba un sentimiento de suave melancolía mientras su mirada se despedía, quién sabe si para siempre, de los vagabundos y paseantes que poblaban las húmedas calles brillantes, aledañas a Stratford Station. Dio un chasquido y se introdujo en el edificio.

    Gerardo se sentía profundamente solo en aquel lugar. No solamente por la sensación de no tener a nadie con quien compartir sus penas y alegrías, sus miedos y sus esperanzas, además lo amenazaba una sensación de desprotección absoluta, como si estuviera atravesando a oscuras una cueva y, de pronto, una mano fría fuera a agarrarlo del brazo. Distrajo la mirada sobre los escaparates cerrados de la estación e hizo tiempo mirando los emparedados de una cafetería abierta. Siete libras por un maldito bikini, se dijo, qué locura de ciudad. Tenía hambre. No había comido caliente desde las 12 de ese día y nada desde la tarde cuando compartió unos crackers con Mogomby antes de despedirse. Todo era demasiado caro y había que mirar por el dinero, por lo menos hasta llegar a Irlanda, cuando podría hacer una evaluación del patrimonio y quizás, por qué no, si había suerte, comer -¡y dormir!- en casa de Cayetana. A pesar de que no conseguía imaginar la cara que pondría cuando lo viera aparecer, de hecho prefería no pensar en ello porque tenía miedo de no atreverse y rajarse al final, a pesar de todo, no podía evitar sonreír ante la perspectiva de un futuro diferente. Se sentía como el héroe en una historia, que tiene que pasar por una serie de pruebas y de sinsabores, hasta llegar al fin: la felicidad que da el amor de la persona amada. Todas las películas del mundo no podían estar equivocadas. Levantó la vista y observó que el dependiente, que más que un camarero parecía un segurata de tan grande y tan negro como era, lo observaba con cara de pocos amigos, como diciendo en inglés: lárgate ya de aquí, motherfucking bum.

    El tren de las 23:15 salió de la estación con puntualidad inglesa. A Gerardo le parecía que era el único viajero de aquel tren fantasma, no había visto a absolutamente nadie en el andén y el vagón donde viajaba estaba completamente vacío. Se preguntaba si esa no sería una versión macabra del tren hacia Hogwarts en el que viajaba Harry Potter con sus amigos hacia el mundo mágico, pero que en su caso se tratara de un tren cuyo maquinista era un esqueleto con sombrero azul, que se reía con una sonrisa cadavérica porque el destino de aquel vehículo no era el aeropuerto ni el mundo mágico de Harry Potter, sino un infierno abisal de negrura, de silencio, de nada absoluta y consciente.

    Pasaron unos 15 minutos cuando unas voces lo despertaron de sus pensamientos stephenkinianos. Había dormitado ese tiempo casi sin darse cuenta, distraído en la negrura del paisaje en la ventaba. Le pareció haber oído gritos en la estación y voces idiotas, pero no les prestó atención. Ahora las voces venían de más allá de los vagones, eran fuertes, eran varias y cada vez estaban más cerca. Gerardo sabía lo que esas voces significaban: problemas. Lo supo antes de ver aparecer a cuatro tipos altos, delgados, con la tez café con leche, que mezclaban inglés y lo que parecía ser árabe. Al ver a Gerardo, decidieron que habían llegado al vagón que andaban buscando y se pusieron a pajarear unos asientos más adelante. Sin duda habían subido al tren en una de las pocas paradas que este había hecho, en las afueras, donde habían conseguido montarse sin billete. No tenía pinta de que fuera aparecer un revisor a pedir los pasajes. Gerardo sabía que no iba a aparecer nadie. Pensó en las posibilidades que ofrecían las circunstancias, pensó en salir corriendo pero sabía que no tenía escapatoria: estaba acorralado.

    Maldita sea, dijo entre dientes. Los cuatro chicos hacían cada vez más ruido y se movían cada vez de forma más brusca. Se decían frases cortas con tono desafiante, como dándose ánimos unos a otros. Gerardo se preparó para pelear, pero estaba muerto de miedo. Se veía en el suelo del vagón, tumbado entre los asientos, sus dientes rotos en un charco de sangre sobre el reposabrazos y el suelo, sus ojos anegados de lágrimas rojas ahogándose en el inconsciente, alguna costilla rota y la respiración entrecortada, buscando un poco de aire entre patada y patada. Este iba a ser su final, todo había sido una locura, había sido un error. Cayetana tenía su vida y era mejor dejarla tranquila, qué narices andaba haciendo allí, en mitad de las vías del tren, en un país demasiado caro, rumbo a otro país del cual no sabía absolutamente nada para encontrar una chica que quizás ya no lo quería. Las decisiones tienen sus riesgos y ahora estaba dándose cuenta.

    Finalmente, uno de los chicos se acercó. Era más alto que Gerardo. Se puso justo en frente, en la fila de delante. Sus ojos oscuros en su cara puntiaguda parecían estar analizándolo, como si fuera una inteligencia robótica que pudiera medir la fuerza del individuo en base a unos factores concretos. Gerardo optó por mantener los ojos fijos en los del chaval, un poco más joven que él, de unos dieciocho-veinte años. El chaval dijo algo ininteligible y rio. Los demás rieron también y se acercaron. Gerardo no dijo nada, siguió mirando al que tenía en frente y siguiendo por el rabillo del ojo a los otros tres. Se mantuvo así unos segundos que parecieron horas. Sólo se oía el traqueteo del tren sobre las vías chirriantes. Uno de los chicos negó con la cabeza: no vale la pena, parecía decir. Los otros parecían estar de acuerdo. Preguntaron algo pero Gerardo siguió en silencio dispuesto a morir en ese vagón, no por valentía sino porque no quedaba otra. Dijeron algo más y, sin dar más explicaciones, se largaron como habían venido. El tren iba deteniéndose y se bajaron en esa parada, que estaba en lo que parecía un terreno baldío, sin edificios, solamente descampados. Gerardo los vio marcharse riendo y se sintió contento y a la vez contrariado. Si bien sentía alivio por lo que no ocurrió, una parte de él hubiera preferido sacar el miedo, el dolor, la rabia de todos aquellos años, de todos sus fracasos vitales, de golpe, con algo, contra alguien y con aquellos chicos parecía haberse presentado la oportunidad perfecta para encontrar, por fin, la paz. Había pasado una época en la que no le importaba estar vivo o muerto y ahora que se le presentaba la oportunidad de que ocurriera algo, de que su mundo tomara por fin una dirección, va y todo volvía al principio. Sintió la sangre estancada dentro del cuerpo y el estómago pesado a pesar de estar vacío. Empezó a temblar de miedo, de pánico. Qué narices había ocurrido. Qué demonios estaba ocurriendo. Cayetana, me oyes. Acaso puedes verme ahora sentado en este vagón en medio de la noche sin ojos para verte, se lamentaba una voz dentro de él, una voz desesperada que pugnaba por salir gritando.

    Encendió un cigarro cuando el tren arrancó de nuevo. Quedaban apenas unos veinticinco minutos para llegar al aeropuerto, tenía que intentar relajarse o no lo dejarían subir al avión en el control de fronteras. Calada a calada fue sintiéndose mejor, recuperando el pulso perdido pero con la sensación de tener una canica de acero entre las tripas. Ahora lo sabía. Aquello había sido una mala idea, el viaje, la aventura. No iba a conseguirlo, el avión que había de llevarlo al aeropuerto de Dublín estallaría o algo similar, una fuerza no quería que llegara a donde se proponía y era demasiado fuerte como para sobreponerse a su influjo. El tren llegó por fin. Tomó su maleta y salió.

    Lo mejor será volver a casa, insistió una voz. En cualquier caso, su casa estaba muy lejos, así que se dirigió al panel de llegadas y salidas, se situó enfrente y descansó. El ambiente en el aeropuerto era tranquilo, casi en completo silencio. Los mostradores de las distintas compañías se veían vacíos a aquella hora. Pocas salidas quedaban entonces. Algunos viajeros se apostaban en rincones dispuestos a pasar la noche tumbados en el suelo. Gerardo comprobó la hora en la que su avión hacia Dublín había de partir.

    El despegue estaba previsto para las 6:30 de la mañana. Quedaban más de cinco horas para embarcar. Tiempo suficiente para sentarse un rato a pensar. Buscó un banco pero no lo encontró, así que decidió sentarse en el suelo, junto a un estante con la persiana bajada que parecía inhabilitado. Es cierto que todo estaba siendo más difícil de lo esperado, pero tampoco había necesidad de ser demasiado negativo. Al fin y al cabo, había tenido suerte a pesar de todo y aquellos chicos no lo habían reventado en ese tren como una bolsa vacía. Podía darse con un canto en los dientes y sentirse el tipo más afortunado del mundo, según se mirara. Además, tenía una misión, un propósito, y aunque era una locura, era mejor tener una ilusión, una esperanza, a no tener nada.

    No había motivos reales para pensar que todo no acabaría saliendo bien, quien no arriesga no gana, se decía Gerardo. Cogió su teléfono móvil y lo encendió. Quedaba apenas un 20% de batería y no se veía un enchufe a la vista para recargarlo. Aún así, decidió entrar en la mensajería y abrir la última conversación con Cayetana. Se trataba de un vídeo que le había pasado de un concierto al que había ido. Era una sala pequeña donde un grupo tocaba canciones rock harto conocidas por ambos. Eso derivó en una conversación sobre que en Irlanda, según le dijo, había mucha música en directo, que en los bares se estilaba eso de que subiera un tipo a cantar con una guitarra acústica que manejaba con solvencia, que la música se vivía allí de otra manera. Te encantaría, Gerard, decía el mensaje debajo del vídeo donde una banda interpretaba una canción en inglés muy conocida por ambos. A Gerardo se le anegaron los ojos de lágrimas dulces.

    -Es verdad, Caye. Yo creo que me encantará.

    Dijo bajito, mientras una lágrima resbalaba mejilla abajo. Habían pasado un par de semanas desde esa conversación. Otro día había iniciado él otro tema pero no había tenido respuesta. No había insistido más, ya tendrían tiempo para ponerse al día cuando estuvieran juntos, cuando se miraran a los ojos y ella viera todo el amor que ardía en él.

    Poco a poco, con el móvil reproduciendo la melodía de aquella canción conocida, se fue quedando dormido sobre el suelo gris de aquella nave inmensa sin paredes interiores.

    -Cualquier lugar me encantaría contigo.

    …

    7. Su voz la llamó

    Al cerrarse la puerta del ascensor, notó su lengua húmeda y caliente abrazando la suya. Gerard abrió mucho los ojos por la sorpresa, pero pronto los cerró. Abrazó el cuerpo de Cayetana y sus manos recorrieron la totalidad de su perfil: pelo, cuello, hombros, brazos, caderas y vuelta a empezar. Sus movimientos eran nerviosos pero acompasados con los de ella, que lo abrazaba por debajo de la ropa con una mano mientras con la otra buscaba la hebilla de su cinturón. La puerta se abrió de pronto y un vecino esperaba en el rellano. Ambos disimularon en silencio. Saludaron con la cabeza y siguieron adelante mientras ella buscaba las llaves de su apartamento en el bolso blanco. El viejo, desde el elevador, los miró curioso y luego pareció sonreír con dientes torcidos y amarillos. De alguna manera, la cara de aquel señor le resultaba bastante conocida. Cosa imposible allí, pensó de pronto. Cayetana consiguió abrir la puerta y tiró de su mano hacia dentro.

    Gerardo no recordaría mucho la decoración de aquella estancia. Había pocos muebles y las paredes estaban pintadas blanco. La luz del techo era amarilla y daba la sensación de ser un lugar frío. Un espacio de paso como un túnel. Poco le importaba a Gerardo la pobre decoración, que atribuyó enseguida a la poca vida que se hacía en aquella casa. El lugar estaba completamente vacío y si alguien iba allí de vez en cuando, hoy no estaba. Cayetana lo condujo de la mano por el pasillo de luces cenitales. Notaba su mano caliente, tanto tiempo añorada, entrelazada. Su pelo negro se mecía a cada paso que daba y su figura se dibujaba a contraluz en lo que para él era una perfecta Venus mediterránea: caderas anchas, hombros estrechos, pasos elegantes, movimientos ligeros. Pronto llegaron a la habitación sin encender más luces. Pasarían por un tramo de absoluta oscuridad, pero Gerard se sentía seguro y feliz como guiado por un hada buena.

    El cuarto de Cayetana estaba tan sobriamente decorado como el resto de la casa y eso lo extrañó. Siempre había sido una chica muy primorosa que le gustaba tener las cosas a su gusto, hacer de las estancias su espacio, su nido. Puro instinto de mujer. Por eso aquella habitación le parecía tan extraña, pero tampoco le dio importancia: seguramente hacía muy poco que estaba allí, además no había tiempo para pensar tanto. Por fin la tenía entre sus brazos, en un lugar, aunque un poco sórdido, íntimo, donde dar rienda suelta a unos años con el corazón vacío. La buscó en la oscuridad mientras sus ojos se iban acostumbrando a la tenue luz que entraba por un ventanal que no pudo ver, porque sus ojos se centraron en las líneas y contornos que dibujaban la figura de Cayetana. Ella no decía nada ni él tampoco. Se limitaban a besarse sin tregua. Sólo se oía en salpicar de las bocas al encontrarse, entrechocarse y vuelta a empezar. En uno de esos besos largos y húmedos ella se separó un poco. Puso sus labios carnosos junto al lóbulo de su oreja derecha y lo mordió. Sintió su boca empapada por la saliva del hambre y del deseo. Gerardo tembló y un escalofrío resbaló por su espina dorsal desde el coxis a la coronilla.

    -Gerard… -dijo mientras introducía su lengua por entre su oreja, algo que si bien no le gustaba mucho, no consiguió que dejara de sentirse excitado, con la cremallera del pantalón a punto de saltar por los aires. -Desnúdame. -dijo lentamente al separarse.

    En ese instante sintió sus brazos pesados, como si un invisible fardo de arena hubiera sido atado en cada una de sus muñecas y le impidiera moverse con rapidez. Aún así hizo su mejor esfuerzo para pasar las manos por debajo del vestido de ella, blanco y con volantes, y subir desde los muslos, pasando por el tacto sedoso de su ropa interior, deteniéndose en abrazar sus generosas nalgas que siempre le gustaron tanto, subir despacio por su espalda, siempre por debajo de la ropa, hasta encontrar sus axilas, sus pechos tersos y duros, generosos también a la medida de sus manos grandes, y llegar a sus brazos hasta pasar el vestido blanco por encima de su cabeza y que cayera al suelo como el velo mágico de una náyade de las hespérides. Ella seguía besándolo en el cuello, la barbilla, la boca. Sus manos rozaban el endurecimiento de su pantalón vaquero que prometía la fuerza de las piedras y la suavidad indolente de la carne.

    Los dedos de Gerardo buscaron el broche de su sujetador y lo deshizo en un movimiento ágil, acostumbrado. Quizá ella había llevado aquel sostén antes, en el pasado remoto que ahora se abría ante él como un presente lleno de futuros donde compartir momentos como aquel que estaba viviendo ahora mismo, cuando hacía nada que se habían vuelto a encontrar después de tanto tiempo y de tantas vivencias lejos. Sus pechos quedaron libres mostrando la areola de dos pezones como dos flores de primavera. Poco a poco fue recorriendo con besos cortos el camino desde su boca, las comisuras, el mentón, el cuello, el esternón y poco a poco se fue agachando hasta que sus besos y su lengua encontraron uno de sus pechos que guardaban un sabor dulce a jazmín y a naranja, un aroma clavado en su memoria que le hacía revivir todos los momentos junto a ella, tan añorados y ahora todos a la vez, como si todas las notas de un órgano antiguo sonaran a la vez en mitad de una iglesia vacía y polvorienta.

    Primero un pecho y luego el otro. Sentía cómo Cayetana se estremecía y le acariciaba el pelo despacio. La imaginaba con los ojos cerrados, con la cabeza inclinada hacia el techo, porque no podía verla más allá de su vientre que ahora se descubría frente a él mientras la acariciaba las piernas de abajo arriba y se iba poniendo de rodillas frente a ella, como si adorara a una diosa frente a su tálamo-altar. Siguió con los besos cortos, pasando de largo por sus braguitas, hasta llegar a la rodilla, que mordió suavemente, sin hacerle daño, pero con decisión, acto que su cuerpo había recordado que le encantaba. Ella gimió de placer mientras repetía el mordisco en la otra rodilla y sus manos le quitaban la última frontera de su desnudez para, ahora sí, poder abrazarse a ella sin cortapisas, sin armaduras, piel con piel. El contacto de la boca de Gerardo con la parte más íntima de ella hizo que las piernas de Cayetana perdieran fuerza y se doblaran, cayendo sobre la cama, pero él siguió sin apartarse, guiado por las manos de ella que lo empujaban al centro de su ser con ansia, con sed pero con delicadeza. Gerardo sentía cómo su corazón revoloteaba en su pecho como un canario amarillo en una jaula blanca, de un lado a otro cantando la misma melodía con leves variaciones. Así su lengua se movía por entre sus labios, como un baile conocido pero con las variaciones que le habían otorgado los años y las otras experiencias vividas en otras camas donde si bien el corazón no se movía del sitio, el deseo no dejaba de pugnar por salir y acabar con el mundo para empezar un mundo nuevo. Cayetana gemía cada vez más seguido, más hondo y más largamente. Sus manos lo agarraron con fuerza mientras la respiraba a fondo, acariciando las suaves hebras de su pelo con la boca, mientras sentía su lengua cansada pero fuerte que seguía cada vez más rápido y más duro horadando un corazón.

    -Métemela. -Dijo de pronto. Sin más preámbulo ni medias tintas. Con la voz ahogada.  

    Gerardo se levantó. En algún momento había perdido su camiseta pero no sus pantalones ni sus ganas de quitárselos. Cayetana lo miraba, desnuda, sobre la pequeña cama de noventa sin sábanas. Tenía los ojos grandes y acuosos, que dibujaban dos pozos de estrellas en la media luz de la habitación. Se oyeron voces más allá de la calle, gente yendo y viendo. El volumen de los paseantes iba en aumento con rapidez, seguramente sería un grupo numeroso que se dirigía hacia algún lugar con prisa por llegar. Resultaban, de una forma leve, insoportables. Su trajín lo distraía, lo apartaba del cuerpo desnudo de ella, cuerpo con el que estaba a punto de unirse para siempre.

    -No consigo deshacerme el cinturón, ¿te lo puedes creer?

    -Déjame que te ayude. -dijo ella. Y cuando se incorporaba en la cama, acercando su rostro amado a sus tejanos, se oyó el traqueteo horrible y chirriante de la persiana metálica subiendo con decisión, dejando entrar la luz, demasiada, que hizo que perdiera de vista el rostro tranquilo de Cayetana que lo miraba sentada en la cama de su habitación, que desaparecía iluminado por la luz cegadora y blanca que lo envolvía todo. Sus manos perdieron el tacto de su pelo para siempre y su voz la llamó.

    -Caye…

    …

    8. Sin luz. Sin sueños

    Cuando despertó ya tenía los ojos abiertos. Sentía la espalda molida por el tacto duro del suelo y entendió de dónde venía el molesto ruido: una azafata operaria de una empresa de transporte turístico estaba subiendo la persiana del negocio junto al que estaba durmiendo y que imaginara cerrado. No lo estaba. De hecho. El lugar, antes solitario y desolado, se había llenado de turistas con la cara rosa y los ojos transparentes, que lo miraban ahí en el suelo como si fuera una bolsa de plástico o un gato callejero que molestaba en el camino de sus grandes pies de uñas poco cuidadas.

    Aún confuso, se levantó de un salto del suelo y se apartó de allí maleta en mano. Sintiéndose avergonzado a la par que traicionado por un sueño demasiado dulce. Como en las películas baratas, al final todo había sido un sueño, deus ex machina, dirían los críticos con recelo y un gesto de desagrado por ese recurso fácil que resuelve una trama sin seguir su lógica interna. Pero a veces la vida imita al arte, sobre todo al arte malo.

    Era ya bien entrada la madrugada. Había dormido unas horas y se sentía descansado a pesar de espalda. A su vez, tenía la mente nublada como si en verdad se hubiera despertado en un sueño en el que no entendía nada. Buscó los paneles luminosos con las salidas de los aviones y vio que el suyo ya aparecía en la pantalla, aún sin puerta de embarque. Decidió que ya era buen momento para ir acercándose a la zona, no fuera a ser que volviera a dormirse y se quedara en mitad de un aeropuerto sin paredes y sin avión. Superó el control de seguridad sin mayor complicación y pasó por entre los escaparates lujosos de las tiendas cerradas aunque bien iluminadas. Pensó en comprarle un regalo a Cayetana para cuando la viera, pero le parecía algo frío comprar un detalle en aquel lugar, aunque hubiera tiendas apropiadas para ello. Era como adquirir algo en una gasolinera o en un área de servicio: sin alma. Pasó por entre los peluches y los libros sin decidirse por ninguno. Además, todo estaba carísimo y el dinero escaseaba.

    Tenía ganas de llegar a casa, de dormir en su cama, de hacer de vientre en su váter. Luego pensó en que aún estaba lejos de todo y de todos. Cayetana era la única luz que imaginaba al frente, como el marino que busca la luz intermitente del faro en mitad del mar y de la noche, con el corazón encogido y la esperanza iluminando sus ojos rojos. Si Dios quería, tendría suerte y podría llevar por fin una vida con algún sentido, tendría algo por lo que luchar, alguien a quien amar, a quien cuidar, con quien hablar y yacer.

    -Creo en Dios pero no lo entiendo. -Dijo para sus adentros en voz alta, sentado en uno de los bancos frente a una puerta de embarque que podía ser la suya o la de otro avión. El viajero junto a él giró levemente el rostro para mirarlo de reojo, descartó el posible peligro del joven murmurador y siguió atento a la pantalla de su teléfono móvil. Gerardo pasó el rato mirándose las manos y recordando el sueño que hacía poco lo había unido a Cayetana, deseando que fuera un presagio de buena suerte que le mandaba la divinidad para darle ánimo, para decirle que siguiera adelante, que lo conseguiría. Atesoraba el olor de su pelo en el recuerdo, se sorprendía de hasta qué punto aquellos fragmentos se quedaban encastrados en el alma. Soñaba despierto con volver a acariciarla y le parecía imposible aquella realidad circundante, más irreal para su corazón que la cama de Cayetana en aquella habitación vacía que, ahora entendía, estaba inspirada en el recuerdo del apartamento de playa de su familia donde acudían todos los viernes para amarse. Cómo no se había dado cuenta. Simplemente no quería.

    La pantalla sobre la puerta de embarque se iluminó. Vuelo FR 203. STN – DUB. Era el suyo. De todas las incontables puertas de embarque de aquella zona del aeropuerto, puestas en fila una tras otra flanqueadas por líneas de asientos individuales, de las decenas o cientos de puertas, estaba sentado justo en frente de la suya. La casualidad de sus pasos erráticos lo había puesto allí, frente a la puerta de embarque: un hombre frente a su destino. Le pareció un guiño de Dios que le decía estar de su lado, que lo guiaba en el laberinto del mundo con su mano bondadosa de padre celestial. Sube a tu avión, hijo mío. Parecía que le decía una voz grave y a la vez amable desde todas partes y ninguna. Se acercó al mostrador pero no fue el primero. Tres viajeros habían llegado antes, quizá porque sabían que ese avión siempre salía por esa puerta o porque los había guiado Dios también a sus distintas misiones vitales. Gerardo esperaba su turno feliz por ser de los primeros que ocuparía su asiento en el avión. Por el gran ventanal de vidrios tintados de oscuro se adivinaba la llegada del amanecer porque el fuselaje de los aparatos se veía cada vez más claramente en aquella madrugada londinense. No necesitaba más para sentirse feliz, para saber que todo al final saldría bien, para estar, por fin, optimista.

    Dos operarios, un chico y una mujer de mediana edad, comenzaron a sonreír y a invitar a toda la cola, cada vez más larga -pobres desgraciados los del final, pensaba Gerardo- a subir al avión presentando su documento identificativo y su tarjeta de embarque. Anduvo por la plataforma sobre el aire, adosada a la puerta del avión y saludó a la azafata que lo esperaba en la puerta con una sonrisa cansada. Buscó con la vista su fila y se fue dirigiendo hacia el final de la cabina de pasajeros donde tenía su asiento junto a la ventana. Ahora sí que se sintió afortunado: podría ver el amanecer sobre el mar irlandés, quizá incluso la Isla de Man, dependiendo de la trayectoria que siguiera la nave.

    Con total tranquilidad, puso su maleta en el compartimento y tomó asiento en la parte derecha según se miraba a la cabina de los pilotos. Su ventana quedaba cerca del ala del avión, pero no molestaría para ver el paisaje celestial que dibujarían las nubes rosas del amanecer. Poco a poco el avión fue llenándose de gente y de voces que hablaban en inglés con comedimiento, sabiendo que estaban en un lugar público, sin afán de molestar en aquellas horas de la mañana. Nada que ver con los guiris que iban y veían a su país, que formaban escándalo como hordas sudorosas de vikingos fofos. Estos eran igualmente guiris pero iban bien vestidos, tranquilos, moviéndose por sus islas con educación, acudiendo a ver a familiares o a eventos profesionales, nada de turismo.

    Gerardo apoyó la cabeza contra la pared de plástico duro de la cabina. Miraba a otras aeronaves más madrugadoras que emprendían su despegue. Era un momento emocionante que siempre le gustaba sentir en su barriga, cuando las ruedas del aparato abandonaban el suelo y en las tripas se sentía igual que la fuerza de un imán cuando se separa de la nevera, muy fuerte, insoportablemente fuerte una milésima de segundo y luego nada, a volar. Era la fuerza que tiraba de todos los seres humanos hacia el mismo punto y uno podía albergarla mientras atravesaba como una saeta desde la nuez hasta el perineo. Se moría de ganas de volver a sentirla, de sentir algo, de sentirse vivo otra vez.

    El avión efectivamente echó a volar, pero Gerardo no sintió el despegue de forma consciente, ni vio el primer rayo de sol sobre el Mar del Norte ni sobre la tierra verde-clara de Britania, no divisó las nubes rosas con esa línea de plata tan característica que hace soñar al ser humano con encontrar la veta afortunada en la obra de Dios. No vio nada de todo lo que quería porque se había quedado dormido. Esta vez en un sueño pesado como el de una piedra en el fondo de un pozo oscuro. Sin luz. Sin sueños.

    …oooOOOooo…

    Fin de la Primera Parte

    Nota del escribidor: Esta historia se divide en tres partes. La próxima tendrá lugar el próximo domingo. Un abrazo.

  • Roma eterna, amor fugaz

    Roma eterna, amor fugaz

    1. El principio

    Roma es una ciudad bastante sucia. Llegué un lunes por la tarde y me sorprendió el paisaje que cruzaba frente a mí durante el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad: los suburbios aledaños a las vías del tren estaban especialmente sucios, pintados con grafiti, máquinas tiradas y herrumbrosas por doquier. Me parecía estar viajando a un pueblo del Sur, no entrando en una capital europea, nada menos que la Ciudad Eterna.

    Llegué al hotel y un tal Damiano me esperaba para entregarme las llaves de mi habitación. Plaza Pío XI. Me parecía que el lugar sería especial por encontrarse a apenas dos quilómetros de la Ciudad del Vaticano. No obstante, daba la sensación de estar muy alejado. Las calles eran comunes, un paisaje de periferia con sus aceras de asfalto y sus contenedores repletos de basura donde buscaban suerte los extracomunitarios. Quise hacerle notar a Damiano mi desazón y asegurarme de que el centro se encontraba tan cerca como lo situaba el mapa, en efecto, Internet no me había mentido. En apenas cinco paradas de autobús, uno se encontraba atravesando las aguas del Tíber.

    El recepcionista era fumador y lucía un paquete de tabaco en el bolsillo delantero de la camisa. Me pidió la documentación y yo, mientras tanto, le hacía preguntas al respecto de dónde conseguir las cosas que se me habían olvidado en casa: un cargador para el teléfono, un supermercado con droguería, un banco, un sitio para comer-cenar dado que llevaba todo el día con el estómago vacío. Con una voz rota y viril, como la mía -no sería mucho mayor que yo-, Damiano me informó en itañol (mezcla de dos idiomas hermanos) donde se encontraba todo lo que yo quería: el sitio más lejano estaba a apenas dos minutos andando desde el edificio donde me hospedaba. Después de todo, me alegré de que el centro se encontrara al otro lado del río, habría sido difícil para mí realizar todos los recados de forma ágil si me hubiera encontrado en una calle donde solo hubiera comercios de souvenirs. Salimos juntos del edificio dado que Daminao acababa su turno a las ocho en punto y ya eran las siete y cuarto. Luego me quedé solo.

    Cené una carbonara y demás está decir lo buena que estaba. Lo único que no me gustaba, a pesar de no encontrarme en la ciudad vieja, es que en el restaurante sólo había clientes del norte de Europa, turistas como yo a quienes clavarían una factura demasiado alta por unos platos que creeríamos auténticamente italianos. Pero, en fin, yo estaba cansado por el viaje y de buen humor por llevarme algo al estómago.

    Venciendo la tentación de irme al hotel a descansar, crucé la calle y me subí al primer autobús que se dirigía al centro. Previamente, había pasado por un banco donde me fue imposible sacar efectivo. No había otra sucursal a la vista, así que me subí al vehículo con la esperanza de poder pagar mi billete con tarjeta de crédito. Al mostrarle mi intención al conductor, este me miró por encima del hombro, hizo un gesto de indiferencia, miró al frente y cerró las puertas del autobús. Me quedé algo sorprendido, sin entender bien lo que pasaba. Una chica, a mi lado, vio la escena y me informó en inglés que los autobuses no aceptaban el pago con tarjeta. Pero yo ya estaba subido, le hice notar, y ella me instó a no decir gran cosa y dejarme llevar gratis por las calles de Roma. Me preguntó dónde iba y le contesté con el nombre de una pizzería: Trastevere.

    Resulta que ella, cuyo nombre nunca me dijo, trabajaba cerca y nos bajábamos en la misma parada. Era enfermera en uno de esos hospitales que, luego lo confirmé, parecían sanatorios de la Edad Media -no me gustaría estar ingresado en uno de esos. La buena conversación hizo que el tiempo pasara volando y, llegados al río, me indicó por dónde tenía que seguir mi camino a pie. Pensé en intentar coger el número de aquella chica pero yo ya tenía un amor en Roma, la persona que me había recomendado que, aquella primera noche solo, me dirigiera al barrio bohemio, que seguro que te piac(h)erà.

    Trastevere significa “tras el río Tíber”. Como en otras ciudades fluviales donde yo había pernoctado -Madrid, Londres- los barrios situados al otro lado del río -Carabanchel, Hammersmith- eran mucho más pobres y no tenían nada que ofrecer a los turistas. Pero en Roma la pobreza es una gala. Mientras bajaba el paseo junto al ancho río, observaba cómo caía la tarde bajo los grandes arcos de los puentes. Allí se preparaban para recibir otra noche húmeda algunos vagabundos solitarios, separados entre sí entre puente y puente. Cuando pisé por primera vez el barrio, la música me invadió por todos los flancos. La gente se arremolinaba en una plaza de donde partían varias calles sinuosas hacia todas las direcciones. Supe que había llegado a mi destino y, para asegurarme, le pregunté a una transeúnte, señalando con el dedo, con los ojos iluminados y los oídos encendidos, si aquello de allí era Trastevere. Me contestó que sí.

    Nunca consulto las guías de viaje cuando visito un lugar. En ocasiones, como en este caso, tenía información de algunos monumentos por haberlos estudiado en los libros de historia, pero apenas sabía dónde se encontraban. Me gusta dejarme llevar por las calles, por la vida, y encontrar lo que Fortuna quiera. No tengo interés en meterme en un lugar emblemático si algo no me ha llevado allí. En otras ciudades uno corre el riesgo de no encontrar nada, de acabar en un espacio liminal, pero en Roma uno lo encuentra todo.

    Guiado por el ritmo de las calles donde artistas entonaban canciones que yo conocía -rock clásico principalmente o tangos de Gardel- me iba internando por entre los muros de las estrechas avenidas. Como era el barrio bohemio, no me costó demasiado encontrar un estanco; como era un barrio turístico, tampoco me supuso ninguna dificultad sacar, por fin, dinero. Demás está hablar de la preciosidad del sitio para quien encuentra en la decadencia un aroma cálido y embriagador. Siguiendo la música de los artistas desconocidos, atravesando puestos de pasta donde se formaban largas colas de turistas centroeuropeos hambrientos, encontré una plazuela sin saber que me quedaría allí hasta que cayera la noche.

    Había una tienda de campaña verde-militar y dos soldados con sendos subfusiles, una iglesia, restaurantes, bares, puestos callejeros de bisutería y mesitas de playa donde tres hechiceros -dos brujas y un mago- echaban las cartas delante del portal de la iglesia. Me resultó curioso este hecho dado que sabía que la religión católica considera pecaminoso y satánico el uso y el consumo del esoterismo: pero, en Roma, Dios y el Diablo convergen en la misma sucia vía. Un rastafari negro tocaba maravillosamente la guitarra y nos íbamos arremolinando bajo sus notas, asistiendo a una misa pagana que me llenaba los ojos de lágrimas y me ponía el vello de punta. La voz de aquel tipo, el modo en el que golpeaba la guitarra y arrancaba de ella los acordes, era tan especial y genuino que el músico que lo acompañaba, un hombre blanco con sombrero de cowboy y guitarra eléctrica, parecía que no tuviera ni idea de hacer música. Al cabo de un tiempo indeterminado -quince minutos o una hora- continué mi camino dejando la plaza tras de mí. Encontré otra donde se celebraba un concierto por la paz: entidades católicas de toda Europa se reunían para clamar por la convivencia y por su supervivencia. Soy consciente de los horrores del catolicismo y de la Santa Madre Iglesia, pero no podía evitar una sonrisa de oreja a oreja, hacer fotos y saltar con el párroco joven que llevaba la batuta de la orquestra rock católico y virginal. En la enésima iglesia, un mosaico dorado en lo alto de la fachada mostraba santos personajes rodeados de pan de oro y palmeras. Continué mi camino, pero volví sobre mis pasos cuando se acabaron las calles peatonales y se ensancharon para que cupiesen coches. Aquello no me interesaba, volví donde los tarotistas y me senté en el portal de la iglesia, justo detrás del rastafari que mezclaba el tema No Woman No Cry de Bob Marley con Let It Be de Paul McCartney.

    Luego, cuando el rastamán recogía sus bártulos, dos guitarristas más mediocres se pusieron a interpretar canciones más actuales, a los que nadie parecía prestar atención excepto yo, que estaba justo detrás de ellos, con un gin tonic en un vaso de plástico y un cigarrillo en la otra mano. Solté las amarras de mi alma y me llené de la noche romana.

    Estaba en otro país, completamente solo, pero no me lo parecía. No echaba de menos a nadie. Quizá mi posible acompañante no habría entendido mi afición por la música en directo de ahora, ayer y siempre; tampoco se había arriesgado a fumar tabaco de liar y a beber un cubata delante de un puesto del ejército -los cuales no me dijeron nada, como ya supuse. Al día siguiente iba a reunirme con otra Roma. Pensé entonces que si la cosa se torcía y la cita no resultaba como era deseable, lo cual era un riesgo evidente, no me importaría disfrutar el resto del tiempo así, entregado a la ciudad en cuerpo y alma.

    Al cabo de tres copas, la música se terminó. Era un buen momento para volver al hotel y al fin, descansar, pero quise hacerlo por el camino más largo. No conocía el barrio, así que rápidamente me perdí por calles sorprendentemente oscuras que inquietaban al misterio. Al cruzarme con los paseantes no podía distinguir su rostro, éramos sombras los unos para los otros y sentía que su desazón era el mismo que el mío al mirarnos furtivamente. Sabía que el río quedaba a la derecha y lo encontré torciendo la primera calle. No andaba lejos y una vez junto a la margen de piedra divisé no muy lejos un puente antiquísimo e iluminado. Bastantes paseantes lo cruzaban y me dirigí hacia él. Cualquier parada de autobús era buena para mí dado que no sabía cuál era la buena.

    La brisa me acariciaba mientras cruzaba hacia la parte noble y antigua de la ciudad. Frente a mí, una calle sinuosa, aunque esta vez más recta que al otro lado del río, se torcía más adelante y la seguí sin saber qué encontraría unos metros más allá. De una tienda salía música de AC/DC y la dependienta me invitó a entrar. Aproveché para preguntar dónde tenía que coger el autobús y me dieron indicaciones lo suficientemente vagas para llegar a mi próximo alto en el camino y no irme todavía a descansar los pies.  

    Tuerce a la derecha y continúa recto, cuando llegues a una calle que cruza, la parada está a la derecha de nuevo. Encontré la avenida transversal por donde pasaban taxis y coches y me asaltó, otra vez, la música. En un bar que hacía esquina, había gente bailando en la puerta un rock and jazz antiguo y muy bien ejecutado. Miré hacia dentro y unos músicos -saxo, batería, guitarra, contrabajo, cantante femenina- lo daban todo como si solo existiera aquel último local sobre la Tierra. No pude resistir la tentación de entrar y pedir una ginebra con tónica. El dueño del local, bastante exclusivo, me dedicó una mirada de desprecio y me cobró diez euros por una copa demasiado sencilla para su buen gusto. Pero me daba lo mismo, no me incomodaba estar sentado rodeado de ricos ignorantes porque yo estaba allí por la música, que era fantástica. Me senté en la barra frente a los músicos, que imaginé tan pobres como yo, y me dediqué a emborracharme con su actuación por la que habría pagado todo lo que me quedaba en el bolsillo.

    Más tarde, salí del local en busca de la parada de autobús. Dos señoras italianas habían salido de fiesta y les pregunté cómo llegar a la plaza donde se encontraba mi hotel. Me informaron de que debía bajarme al cabo de unos diez minutos y esperar allí a un autobús que me llevaría, seguramente, a Pío XI. La conversación con ellas era muy aminada. Me dijeron que aquello era Roma y que no tuviera prisa a que llegara el autobús, yo me reía y contestaba que no tenía prisa ninguna, que tenían una ciudad maravillosa. No tardó demasiado y, una vez dentro del transporte público gratuito, me explicaron singularidades de los edificios que íbamos dejando atrás dado que ambas eran guías turísticas y yo no tenía ningún reparo en preguntarles por las bellezas que veíamos de pasada. El dato que más me impactó fue cuando pasamos por delante de un sanatorio, todavía en funcionamiento, que constituía il primo ospedale in tutta Europa.  

    Bajé frente a los muros de la Ciudad del Vaticano a esperar el siguiente autobús. Como no estaba seguro de si me llevaría a mi hotel, pregunté a un extracomunitario que esperaba en la parada. El hombre, muy amablemente, me contó que él iba en mi misma dirección y que me avisaría cuando llegásemos a Pío XI. Yo hacía tiempo que no tenía batería en el móvil, así que dependía de la buena voluntad de los romanos para llegar.

    Nunca me sentí solo, jamás aburrido. Más bien al contrario, si todos los días iban a ser como esa tarde y esa noche: fermati, istante, sei così bella. Al cargar mi teléfono, mi amiga me había llamado varias veces, preocupada por mi situación: yo en una ciudad desconocida y sin contestar. No pasaba nada, tranquila, me lo había pasado bomba.

    Y solo era el principio.

    …

    2. Roma eterna

    Quedamos en vernos al día siguiente. Debía recogerla en la estación de Termini sobre las diez y media de la mañana. Que descanses. Tengo ganas de abrazarte. Adiós. Bacio.

    Me desperté emocionado por el nuevo día. Tomé una ducha y me dirigí hacia la parada de metro, que quedaba a unos pocos pasos del hotel. Empezaba a enamorarme también de ese barrio de la periferia. La vida se desarrollaba con normalidad un día entre semana. Antes de bajar las escaleras del suburbano, entré en una cafetería cualquiera, antigua, como las que hay en España: barra de metal y taburetes de contrachapado. Pedí un café solo y sólo necesité mirar la antigua cafetera para darme cuenta de que estaría buenísimo, ni mejor ni peor que en mi país, si uno sabe dónde encontrar lo bueno. Lo mejor no fue el sabor del café, fue que su precio estaba por debajo del euro, Ottanta, dijo la vieja matrona, y yo entendí que sólo me pedía ochenta céntimos por mi café solo.

    Al salir a la calle, el cielo me parecía más azul y las nubes más blancas. Bajé las oscuras escalinatas hacia el andén y me subí al primer tren que me llevará a Termini. El vagón estaba vacío, supuse que los romanos preferían moverse en coche, en vespa o en autobús, que salía gratis. Podía haberlo intentado, pero no quería fallarle a mi Roma.

    Subí al edificio y me uní al río de gentes que iban de un lado a otro, buscando su destino. Me llamaron la atención los altos techos y la cantidad de negros que poblaban el vestíbulo. Aquel lugar era su centro de operaciones y le otorgaba al espacio un aire de zoco africano en pleno centro de la capital del catolicismo. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí buscar una floristería y compré una rosa roja. Verme paseando por la estación, bastante descuidada, pero populosa de Termini, con una rosa en la mano atraía la mirada de algunos transeúntes, también de los negros, y todo el mundo sonreía.

    Habíamos quedado en vernos en una de las entradas de la estación. Al llegar vi que era la menos concurrida. Algunos taxistas hacían tiempo, esperando los clientes a la sombra. La temperatura era primaveral y no había demasiado ruido en el ambiente. Un poco antes había divisado un McDonald’s encastado en un muro milenario. Las palomas antiquísimas se arremolinaban nerviosamente en busca de alguna patata frita americana. Empezaba a esbozar aquellos contrastes en mi cabeza cuando vi aparecer a Sofia.

    Vestía un vestido apretado con volantes, que ceñía sus pechos decididos y su cintura breve. Sus caderas eran generosas, pero sin exagerar. Sus piernas no eran largas, pero estaban bien torneadas y morenas. El pelo castaño le caía sobre los hombros, recogido en una pinza por detrás. Sus ojos eran grandes y sus labios carnosos. Sofia era siciliana y yo creía ver la honda tradición mediterránea en sus rasgos levemente afilados, en la nariz casi prominente que comparten los árabes, los judíos y los cristianos del sur. Son nuestros defectos los que nos hacen adorables, y a mí ella me parecía el colmo de la belleza bajo aquella mañana italiana. Como había visto la rosa, a medida que se acercaba, reía afectuosa y yo supe que ya estaba todo hecho. Llevábamos un año sin vernos, la vez anterior en Barcelona. Ella era turista y yo trabajaba para el turismo. Muchos meses sin contacto y sin demasiada confianza, pero los dioses paganos otorgan su bendición a los corazones valientes y, cuando la tuve entre mis brazos, la besé, nos besamos en un largo y apasionado beso que se terminó cuando ella miró, y yo le di, la rosa. Oh, dijo con una expresión de alegría. Y volvimos a abrazarnos bajo la mirada atenta de los taxistas y de los negros, que entonces pensaban que yo era el tipo más afortunado del mundo conocido. Sofia me dijo que estaba más gordo, reí y nos fuimos.

    No tardamos mucho en llegar a mi hotel por el mismo camino por donde había llegado. Sentados en el metro nos abrazábamos de vez en cuando y nos poníamos al día, ambos nerviosos y excitados por lo que teníamos entre manos. Hubo algunos momentos de desenfreno bajo el subsuelo romano, en el casi solitario vagón de metro, que suavizábamos con conversaciones intrascendentes sobre el trabajo o mi viaje. Ella se dedicaba también al turismo en un hotel de lujo en una villa cercana, Civitavecchia, a una hora de allí. Yo le conté mi noche anterior por el barrio del Trastevere.

    Subimos hasta la habitación en relativa calma, como si fuéramos solo dos amigos que han quedado en verse inocentemente. Saludamos a Damiano en la recepción y me miró con cara de Será cabrón. Hablaron un momento Sofia y él en un italiano rápido que entendí a medias. Corté la conversación alegando prisa, temeroso de que la conversación se alargara demasiado y enfriara los planes que ambos teníamos en mente.

    Muy castamente, traspasamos la puerta de mi habitación y, al cerrarla, la castidad quedó fuera. Nos abrazamos como su fuéramos los últimos seres humanos sobre este mundo, nos besábamos como si estuviéramos sedientos y quisiéramos beber de la boca del otro. Mientras mis manos recorrían su cuerpo por debajo de la ropa, sentía su respiración, caliente, su lengua húmeda sobre mi cuello. Su carne era suave, tierna, cálida. Sus manos eran femeninas pero fuertes, nobles manos de mujer a quien no se le caían los anillos por trabajar, por manejarme. Me deshizo el cinturón y los pantalones cayeron al suelo como las hojas. Me quitó la camiseta y miró mi cuerpo, lejos del ideal hercúleo, pero vital y lleno de hambre. La liberé del vestido como de un velo mágico y caímos sobre el lecho de la cama. Le quité el sostén con delicadeza y sus pechos se revelaron más pequeños de lo que prometían. Ella descubrió mi desnudez también y nos quedamos un momento, un leve segundo, observándonos. Los defectos de la carne, aquellos que nos hacía humanos y que la ropa tapaba, nos juntaban en una unión divina.

    Con delicadeza, le quité lo que quedaba por descubrir y nos fundimos en dos besos simultáneos, el de la boca y el de los sexos. El tiempo pasa a ser relativo cuando se producen contactos de esta clase, estuvimos un rato yendo y viniendo, oliéndonos, lamiéndonos, comiéndonos cada vez más fuerte y más duro. Antes de que todo terminara, cambiamos de postura. Divisé el lecho y las sábanas blancas revueltas. Su maleta miraba la escena desde una esquina como un gato negro, las paredes eran azules y el cabezal de la cama blanco. En la parte inferior de la espalda, Sofia lucía un tribal tatuado, muy típico de la época de los dos mil. Ella había sido una chica de barrio, como yo. Eran muchas las coincidencias que, sin saberlo, nos conciliaban. No pensé demasiado en todo ello y me uní de nuevo a ella desde esa perspectiva. La tomé suavemente del pelo con una mano y con la otra la acariciaba de arriba abajo, desde la espalda hasta el muslo. Poco a poco fuimos subiendo de intensidad de nuevo y miré todos los detalles de la pared azul para no terminar antes que ella. Por la forma en que arqueaba hacia fuera la espalda, por la voz entrecortada como me hablaba, supe que el momento estaba cerca. Apuré las últimas fuerzas de mi concentración y la sentí explotar de un modo elegante, sin exageración pero con intensidad. Llegados a este punto, no lo resistí más y le manché en varias oleadas el tribal que lucía sobre su espalda morena.

    Llegó la calma, se hizo el silencio, casi se apagó todo. Poco a poco fueron volviendo los colores y las luces de mundo. Allí estábamos, uno encima del otro, sucios y felices, cansados pero contentos. Mucho tiempo, me dijo. No entiendo, le contesté. Mucho tiempo sin… Me miraba con sus ojos grandes y sus labios carnosos. Era una mujer atractiva, seguro que tendría a muchas babosas detrás de ella, como todas, pero extrañamente me había escogido a mí. Me parecía un misterio, No entiendo, dije.

    Se levantó divertida y entró en el baño. En su ausencia, yo miraba la luz del medio día que entraba por la ventana. Me parecía curioso el grado de complicidad se producía cuando se intimaba con una persona desconocida, se entraba en otra dimensión diferente y ya nada volvía a ser igual entre esos dos seres. Sofia y yo conocíamos la desnudez del otro y eso parecía situarnos en un plano diferente. Cuando saliéramos de la habitación tanto Damiano como cualquiera sabría que ahora éramos algo más que amigos castos.

    Se metió en la cama conmigo y hablamos de nuestra vida. Ella había estado mucho tiempo sola, y yo también. Trabajaba mucho y tenía poco tiempo libre, y yo tampoco. Tenía el sueño de viajar a España y supuse que ese era mi mejor baza. Para muchos extranjeros, el simple hecho de hablar bien el español constituye un atractivo que la mayoría no sabe aprovechar. Le dije que a mí no me importaría vivir en Roma para siempre, que me encantaba la ciudad, la gente, la vida y, por encima de todo, ella, exageré. Le gustó y me contó que había sufrido mucho en Italia. Sentí una honda pena, que casi me movía a las lágrimas, y la abracé de nuevo, la besé de nuevo, me endurecí nuevamente y ella se dio cuenta. Esta vez, en vez de repetir el mismo baile de antes, fue ella quien tomó la iniciativa y me dejé llevar. Vi sus bellos ojos alejarse de los míos sobre mi vientre, vi su melena caer sobre mis muslos, su nariz contra mi piel, sus labios generosos y su lengua caliente y húmeda bajo mi ombligo. Si el éxtasis era posible, era sinónimo de aquello. Solo se oía ese acuoso y suave sonido, como de peces en una balsa tranquila. Yo respiraba y simplemente disfrutaba del regalo que ella me hacía, de vivir.

    Terminamos pronto. Teníamos prisa por salir y visitar la ciudad. Empezamos a tener hambre por la actividad pero no prisa por comer. Decidimos coger un autobús e irnos, de la mano, a perdernos por las calles de la ciudad del amor, las calles de Roma eterna.

    …

    3. Como el amor

    Solo disponíamos de un día. Sofia pasaría la noche conmigo y al día siguiente nos marcharíamos, ella a su trabajo y yo a mi país. Se trataba de un amor solo posible en el siglo de los vuelos de bajo coste y los teléfonos móviles, al menos para dos ciudadanos de clase media. Miraba la ciudad pasar en los ojos de ella. Al apearnos estábamos en una zona de anchos muros y hondos fosos, una fortaleza inexpugnable de la época de los grandes emperadores. La ciudad romana de extendía, pero solo buscábamos un sitio donde comer pasta y reponer fuerzas. Terminamos en un restaurante para turistas. Los camareros se sorprendían al ver que ella era italiana y yo español, normalmente la historia se producía a la inversa por la escasa confianza de mis compatriotas, supuse.

    Paseamos por el Foro, en cuya área cabía todo el casco antiguo de Tarragona. Ambas ciudades, la mía y la de Sofia, eran hermanas de la misma época. Roma era la mayor pero no única heredera del pasado glorioso que una vez compartimos los mediterráneos. Visitamos el Coliseo y, contra todo pronóstico, no me sorprendió. Yo buscaba un arco por donde la luz azul del mar se colara por entre las piedras, como sucedía en el Anfiteatro de mi ciudad, pero no lo hallé, y me decepcionó sin quererlo. Observé que las gaviotas eran muy confiadas, casi violentas, con la inteligencia malvada de esos simios que pueden verse en documentales sobre templos en países de Oriente; gaviotas milenarias que por centurias habían visto pasar turistas de todas las épocas y países.

    Visitamos la ciudad del Renacimiento y el Barroco. Plaza de España y la Fontana di Trevi. Extrañamente no me sorprendió ni me sobrecogió la belleza armoniosa del siglo de oro. La Fontana me pareció pequeña y demasiado blanca, como de yeso. Tan limpia y conservada que no encajaba con el espíritu decadente de la ciudad. Todas las iglesias estaban abiertas y se podían visitar. Entramos en una cercana a la plaza y Sofia se arrodilló a la entrada. Sus piernas se mostraron en toda su generosidad bajo la falda del vestido al realizar la genuflexión y a mí, dentro del templo y bajo la mirada atenta y balsámica de nuestro Dios hecho hombre, me pareció esa visión el sumun del erotismo. Nos mantuvimos a cierta distancia mientras paseábamos por la casa de Cristo y al salir al cabo de poco rato la abracé con el deseo renovado, Sofia se sorprendió y rio contenta.

    Vimos el Panteón y demás monumentos hasta que empezó a caer la tarde. Caminamos unos cuantos quilómetros y al llegar a la plaza de san Marcos, frente al parlamento y la columna trajana, nos sentamos en un parque. Comiendo un gelato, ella me contó la historia de su exnovio. El tipo era policía y le había puesto los cuernos. Después de muchos años, él la había repudiado y no podía volver a su isla con la misma cara, porque todavía funcionaban en aquel mundo algunas tradiciones antiguas e injustas. Yo la miraba en silencio y sentía cierta tristeza por la realidad que nos iba circundando a medida que la noche se acercaba. Iba llegando el momento de la despedida y el sueño se terminaría, como una vez había caído el sueño del Imperio Romano, a pesar de Trajano.

    Volvimos al hotel más taciturnos y cenamos en cualquier sitio. Estábamos realmente cansados por la actividad y aún nos quedaba el día siguiente. Teníamos ganas de abrazarnos hasta ahuyentar la dulce tristeza que había llegado con las nubes que amenazaban lluvia. Subimos a un autobús y tomamos uno que iba en dirección a Pío XI.

    Como el hotel quedaba a pocos minutos de la Ciudad del Vaticano, estaba de camino. Era tarde y no habíamos cenado, empezaba a hacer frío pero quizá aquella sería la última noche en Roma para ambos. Nos bajamos en la ciudad santa y al poco estábamos en mitad de la Plaza de San Pedro. No había nadie, era oscuro y empezó a llover muy fuerte. Nos refugiamos bajo los porches curvados. La llamaron y Sofia anduvo hablando por teléfono un rato. Mientras, yo paseaba por entre las columnas y miraba aquella plaza que había visto tantas veces en las noticias, pensando en qué sobrecogedora era cuando llovía. En aquel viaje no visitaría el interior del Vaticano, no me importaba. El turismo salvajemente organizado estaba lejos de mi romanticismo salvajemente desorganizado.

    Este es el lugar perfecto para el final de una película. Le dije cuando se acercaba. No me reveló el motivo de la llamada ni tampoco quise saberlo. Al fin y al cabo, éramos dos extraños en un mundo extraño bajo la mirada atenta de estatuas extrañas sobre los tejados. Ella tenía frío y me abrazó. Era el momento de volver al hotel y descansar.

    Las calles se convirtieron en ríos y los autobuses en vehículos acuáticos. Llegamos al hotel con los pies mojados y con el frío dentro del cuerpo. Entramos en el plato de ducha y nos amamos por última vez en aquel día. De pie y cansados, pero aún vivos.

    Dormimos del tirón hasta el día siguiente. La llegada del nuevo amanecer significaba el fin de nuestra historia, pero ninguno de los dos se lo hizo saber al otro. Un poco taciturnos, preparamos el equipaje y bajamos a buscar un sitio donde desayunar. La mañana, después de la lluvia, se presentaba transparente y limpia. Nubes blancas, esponjosas, surcaban el cielo azul. Como no sabíamos dónde tomar un café, dimos una vuelta por el barrio. En la mitad de una cuesta se hallaba el estudio de un viejo pintor.

    Un señor mayor vendía sus paisajes marítimos en un almacén polvoriento. Todos los cuadros, en diferentes tamaños, tenían los mismos motivos: el mar, unas barcas, la arena de la playa, el cielo azul. No era ni mucho menos el negocio de un galerista, sino más bien el de un maestro alfarero que, en este caso, se dedicaba a pintar paisajes. Había algo mágico en aquellos lienzos, que por otra parte no eran muy caros. Como no quería irme de la ciudad sin un recuerdo, decidí entrar en la tienda y ver si podía llevarme un poco de Roma a casa. Sofia y el viejo pintor estuvieron hablando mientras yo observaba las pinturas. Escogí una en formato pequeño y le hice saber al caballero que quería esa. Me dijo, en un italiano ininteligible, que había hecho una buena elección, porque le gustaba especialmente de ese lienzo cómo le habían salido las nubes. Ya nadie mira las nubes, porque todo el mundo mira los móviles, nos dijo con su lengua antigua. Cuando me disponía a pagar, y a dejar al viejo y el mar con su melancolía, Sofia pagó por mí.

    Salimos cargando el pequeño cuadro, que no era mayor que una fotografía, y seguimos la calle buscando la ciudad. Todavía nos quedaba la mañana y podríamos compartir los últimos momentos del día juntos antes de separarnos, quizá para siempre. Ambos sabíamos, en el fondo de aquella mañana, que lo nuestro no tenía el más mínimo futuro, que dioses extraños habían unido nuestros caminos y que pronto estos llegaban a su fin. A pesar de haber disfrutado tanto del tiempo juntos, la felicidad estaba en lo efímero.   

    Antes de separarnos, dimos un paseo por un parque cerca del Tíber. Muchos cuentos en mi vida han terminado así, con un río al fondo del cuadro. Hablábamos de asuntos intrascendentes, sabiendo que pronto volveríamos a la estación de Termini para coger dos trenes con destinos diferentes. Pero de momento era media mañana e íbamos cogidos de la mano. En un banco del parque, un violinista tañía una bella canción que emocionó mucho a Sofia. Se recostó contra mí y la estreché con mi brazo con más ímpetu, mientras mirábamos la música a poca distancia. Esta iba a ser la canción de mi boda, dijo en italiano, y entonó la dulce melodía mientras sonreía tristemente.

    La puse frente a mí y coloqué sus brazos sobre mis hombros y mis manos en su cintura. Bailamos muy cerca y despacio, al ritmo de las largas notas, como si ese fuera la noche de nuestra boda: un día que no olvidaríamos nunca. Por un momento, mientras duró la música, ella y yo bailábamos en una sala llena de amigos y familiares, de caras radiantes de alegría y de contento por nuestra unión. Ella vestía de blanco y yo de negro, éramos felices y siempre lo seríamos. Puso su cabeza en mi pecho y yo mi sien contra su pelo. Cerramos los ojos y el tiempo se detuvo en la eternidad de ese instante tan bello.

    Cesó la música y dimos unas cuantas monedas al chico del violín. Estuvimos hablando un poco con él, era un estudiante que había ido a Roma en busca de un golpe de suerte, en busca de fama y dinero, lo cual tardaba en producirse. La vida es así. Nos da todo y nos lo quita, nada se puede hacer, sólo que vivir el momento. Sofia estaba radiante. 

    Mientras conversaban, miré en torno a mí y vi el río, los puentes, las estatuas, los tejados, las nubes efímeras. Roma es una ciudad bastante sucia, sí, y eterna como un amor fugaz.

    …oooOOOooo…

    El Pobrecito Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos finales

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos finales

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco

    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas
    11. Ya me vendrá y 12. La luz no se encendió
    13. De verdad y 14. El caniche blanco
    15. La verdad y 16. Una radionovela

    17. La vida de los pobres

    El descanso duraba media hora y tenía lugar de las once hasta la media. Federico solía salir disparado, sin mirar atrás, intentando no cruzarse con ningún compañero que lo animara a tomarse un café con los demás al bar donde iban siempre. Prefería la soledad del cigarrillo en la plaza cercana al edificio de obra vista donde cada día desempeñaba la labor por la que le pagaban un sueldo miserable. Al principio, se había sentido muy afortunado de haber encontrado, por fin, a sus veintitantos años, un “trabajo de lo suyo”. Pero al recibir el suelo por el cual se había estado formando tantos años en la universidad, después de tantos sacrificios familiares y personales, sintió la sospecha de una decepción grande, que luego habría de confirmarse cuando tuviera que hacer frente a los gastos de vivir en una ciudad como Barcelona. Con sus mil doscientos euros no conseguía llegar a fin de mes sin tener que hacer malabarismos económicos que implicaban reducir el gasto en tabaco, unos doscientos euros al mes, lo cual le resultaba del todo imposible. Antes dejo de comer que de fumar, se decía, y de hecho lo cumplía.

    Tenía hambre pero el humo del cigarrillo conseguía engañar al estómago mágicamente. Cuando el primero estuvo terminado, encendió otro antes de que la colilla del anterior cayera al suelo y tomó asiento en uno de los bancos de la plaza-parque donde jugaban muchos niños inmigrantes en vez de estar disfrutando o padeciendo las horas de recreo en el colegio. Seguramente serían niños sin papeles, ajenos a sus propios problemas, disfrutando del sol matutino y de las instalaciones municipales para sus juegos y carreras. Federico los miraba sin poder recordar su infancia, sin paraíso perdido.

    Pensaba en Martina, como hacía siempre. Esta vez no había querido mirar el teléfono por si encontraba un mensaje de ella que tendría que responder en el mismo momento. Sabiéndolo, había decidido dejar el teléfono en el bolsillo y disfrutar de su descanso laboral sin tener que prestar atención al uso de las palabras cariñosas y los emojis. Hoy no tenía ganas de hablar con nadie, de hecho, sentía unas intempestivas ganas de llorar.

    Había sucedido por la mañana. Se levantó de la cama crujiente en su bajo del Carmelo después de haber apagado la alarma del teléfono varias veces. Ese día, como si una fuerza en su estómago lo supiera de antemano, no quería levantarse del lecho. Quédate durmiendo, di que estás enfermo, decía una voz dentro de su cabeza con el mismo timbre que la suya propia. No. Decidió no hacerse caso y poner un pie desnudo sobre el frío de la baldosa polvorienta, buscando a tientas las zapatillas que se calzó sin mirar. Ya iba bastante tarde y tuvo que ir deprisa: ducharse, desayunar un café y para el metro. Al activar el interruptor de la luz no hubo la respuesta esperada y la bombilla que colgaba de un mísero cable del techo se quedó completamente apagada, como estaba. Otra vez la maldita electricidad daba problemas. Fernando, el tío de Roberto, había venido hacía unos días a comprobar otra vez el problema, que era bastante recurrente. Atribuía el corte a un tema de humedades que atribuía a la pobre conservación del edificio y a los malditos vecinos, hijos de perra, según sus palabras, que no pagaban la comunidad. Las intervenciones de Fernando conseguían que la luz funcionara de nuevo, pero su estabilidad pendía de un hilo. Ese día no había tiempo para toquetear la caja de fusibles, es decir, se duchó a oscuras lo mejor que pudo y salió del edificio sin nada en el cuerpo. Ni siquiera había tenido tiempo para comprar un café por el camino y, a pesar de todo, un retraso en la vía provocó que llegara diez minutos tarde, cosa que lo hacía sentirse más culpable que si hubiera matado a alguien. Había tenido reunión con el responsable, un hombre ventrudo que debía rondar la cincuentena, que vestía siempre una camisa a cuadros, adquirida donde esa clase de viejos solía ir a comprar la ropa, y unos zapatos de cuero, casi tan gastados como su cinturón. Lo llamaban el Búho, por unas extrañas lentes progresivas que le hacían los ojos marrones desproporcionadamente más grandes.

    El Búho se tocó la calva gris y grasienta: –Hem decidit fer alguns canvis en la teva secció. Cambios, aseguró, que mejorarían el rendimiento de mi labor en la empresa.

    A diferencia de otros puestos donde el personal trabajaba de pie, Federico ya había aprendido una lección importante del mundo de los despachos: las broncas nunca lo parecían. Todas las decisiones, incluso las más crueles, se tomaban con un aire de cordialidad. Nadie lo iba a avisar si se estaba equivocando o si no hacía bien el trabajo, una mirada de reproche, un cambio en el horario, una modificación en el organigrama, le haría saber que no estaban contentos con él y que su puesto peligraba. Había cola para trabajar en aquella posición y, si no funcionaba, nadie pestañearía para echarlo a la calle. Aquella situación, sumada a la poca conexión que sentía por sus compañeros, gente que no pensaba en otra cosa que en correr en la rueda para ratones que constituía su rutina, lo hacía sentirse completamente alienado, con una insoportable pesadez en las tripas. Eso no le pasaba en otros trabajos más humildes, por los que había cobrado unos doscientos euros menos, pero que lo habían hecho reírse y trabajar con entusiasmo. Se había divertido más siendo camarero bajo el sol del verano que en aquella posición con calefacción central en invierno. Muchas veces Federico suspiraba y miraba por la ventana hacia el muro gris del edificio de enfrente que, implacable, no dejaba ver ni siquiera un triángulo de cielo azul. ¿En realidad quería dedicarse a eso toda la vida?

    Frustrado, buscando el consuelo que no conseguía darle el trozo de cielo que se dejaba ver en la plaza Virrey Amat, cogió su teléfono móvil para apartarse unos minutos de la fealdad y la grisura de las formas que lo rodeaban. La sorpresa fue tanta que el cigarrillo se le cayó de las manos al suelo. Rápidamente lo recuperó, mientras comprobaba que, estando el silencio, no había prestado atención a las llamadas y mensajes recibidos. Sin entender todavía muy bien lo que aquello significaba, abrió con dedos nerviosos el correo que había llegado a su cuenta, leyendo dos y tres veces las palabras en negro.

    Se sintió tan desbordado por las emociones que se puso de pie. Caminó sin rumbo hacia los niños, que lo miraron, luego hacia una tienda, donde no entró, luego se puso junto al banco donde estaba sin volverse a sentar. Lo habían admitido en el programa público para el que había aplicado seis meses atrás sin mucho convencimiento. Se trataba de una posición en la administración estatal, como sustituto. Tenía de tiempo para aceptar el puesto hasta las 12:30 de ese día y ya eran las 11:20. El corazón se encabritaba debajo de la tetilla izquierda, y parecía querer saltarle por la boca y salir corriendo. Tenía el teléfono a reventar de llamadas que se habían producido a lo largo de la mañana. Aquello constituía un giro total de los acontecimientos que habían constituido su rutina todos esos meses. Significaba un cambio tan grande que no era capaz de hacerse a la idea. Sin mucho tiempo para pensar, llamó por teléfono al número que casi consigue fundirle la batería del móvil. Una voz femenina respondió al primer toque, una voz que lo cambiaría todo de ahora en adelante sin él saberlo aún. Temblaba de pies a cabeza.

    -Hola, buenos días. Tengo algunas llamadas suyas. Soy Federico Riqu…

    -¡Sí! Federico. Te hemos estado llamando. Iré al grano porque no tengo mucho tiempo.

    -Se lo agradezco, yo tampoco.

    -Trátame de tú. Necesito que mañana a las nueve de la mañana te presentes aquí, supongo que te ha llegado la dirección al correo. ¿La has visto? Pues cuando estés…

    -Un momento, disculpe. Perdona, disculpa. Resulta que ahora mismo estoy trabajando, de lo mismo, para una empresa privada. El caso es que, si acepto, creo, necesito avisar al responsable con quince días de antelación, según me dijeron, creo recordar.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea y se oyó el crepitar de la comunicación que se efectuaba a un centenar de quilómetros de distancia, en la otra punta de la comunidad. La voz suspiró un momento, parecía valorar la situación, y luego continuó comprensiva.

    -Sabes, te entiendo, pero es que esto no funciona así. Cuando te designan, tienes un plazo para aceptar y si no lo haces te vas al final de la lista. Además, necesito que mañana estés aquí para darte de alta, puedo esperar a que vengas a última hora de la mañana si lo necesitas, no te preocupes por eso, pero si no vienes te caes de la lista.

    -¿Ni siquiera puedo ir pasado mañana? Hoy es martes. Quizá el jueves o el viernes pueda tenerlo todo solucionado. Vivo en Barcelona y tendría que desplazarme hasta allí.

    A Federico le sudaban las manos y sentía la pantalla del móvil impregnada de la grasa de su rostro que sudaba copiosamente a pesar de que empezaban el invierno y el frío.

    -Mira, lo siento, pero no puedo decirte más. Entiendo tu situación pero tengo las manos atadas. Esto funciona así. No te preocupes por la ley. Nosotros somos la administración.

    -Bueno…

    -¿Te espero mañana entonces? No tengas prisa por llegar a primera hora. Estaré en mi despacho hasta las dos. Tienes tiempo hasta entonces de solucionar lo que puedas.

    -Sí. -dijo dubitativo- Allí estaré.

    -Bien. Recibirás toda la información por el correo, consúltala para ponerte al día.

    -Claro.

    -Me llamo Marta Bermejo. Pregunta por mí cuando llegues y me darán el aviso.

    -Gracias.

    -No hay de qué. Enhorabuena por el puesto. Creo que tendremos suerte contigo.

    -Eso espero. Muchas gracias. Un saludo. Adiós.

    -Adeu.

    Miró el reloj y eran las 11:35 pasadas.

    Al terminar la conversación aún estaba temblando. Necesitaba un cigarrillo como un vaso de agua en el desierto, pero no había tiempo. Tenía que correr para llegar de Virrey Amat hasta el edificio donde trabajaba, que estaba a unos cinco minutos andando. Justo antes de llegar a la puerta, se detuvo en seco. Qué más daba, pensó. El destino le daba la oportunidad de dar carpetazo a un puesto que odiaba, donde tenía que trabajar muchas horas extra y le pagaban lo mínimo. Sentía como el nudo de su estómago se deshacía y en su lugar aparecían mariposas subiéndole hasta la garganta. Una felicidad indecible lo envolvía como una brisa fresca e inesperada en mitad de una tórrida canícula veraniega.

    Decidió fumarse un cigarrillo en la puerta, con absolutamente toda la parsimonia del mundo. Por el rabillo del ojo vio pasar a su jefe, el señor Puigdelclós, a quien todos conocían como El Búho, un par de veces por delante de la puerta de la entrada, sin atreverse a salir a llamarle la atención diciéndole que había llegado tarde de nuevo. Federico fumaba tranquilamente pensando en Martina y en el futuro que a ambos les deparaba, ahora que todo indicaba que pasaría una buena temporada lejos de Barcelona y sólo podría venir los fines de semana. Seguramente ella entendería la situación y se alegraría por él. Seguro que intuía que estaba sufriendo verdaderas penalidades económicas y aquella oportunidad sólo se presentaba una vez en la vida de los pobres.

    …

    18. Elige el corazón

    El restaurante chino estaba en una calle sin salida, muy cerca de la carretera Real por donde pasaba el tranvía de Sant Just cada diez minutos los días laborables. Federico recordaba la primera vez que comió allí, cuando probó el “pato laqueado”. En sus veintitantos años de existencia sus padres nunca lo habían llevado a comer semejante manjar, probablemente habrían vomitado encima del mantel blanco con ribetes dorados, al ver el cuerpecillo de las aves colgado de ganchos en una simbiosis entre la matanza de Texas y una pollería a l’ast. El sitio le resultaba de lo más elegante, con su pecera en la entrada donde nadaban sin descanso peces de ciudad que no intuían la muerte próxima que podía esperarles en cada ida y venida de los camareros que, amabilísimamente, hicieron sentar a la pareja en una de las mensas de la izquierda. Era un sitio amplio, con dos comedores inmensos, pero a ellos les había tocado en suerte una mesa en el principal dado que habían llegado temprano y con hambre postcoital.

    -Tienes que probarlo, Ico.

    -No sé, Martina… No sé si me va a gustar.

    -¿Acaso no te ha gustado todo lo que hemos hecho hoy? Sé que te va a encantar.

    -Lo de hoy me ha encantado, nunca lo había hecho. Pero es algo muy diferente a…

    -Si no lo pruebas no lo sabes. -Martina sonreía feliz como una niña- Anda, tonto.

    -Bueno, siempre acabo haciéndote caso en todo, así que me pongo en tus manos.

    Sus dedos se tocaban por encima de la mesa. Martina pellizcaba los dedos de Federico con la punta de los suyos, los apretaba y los soltaba suavemente, y la sangre acudía a las partes donde ella le pellizcaba y a otras partes del cuerpo, enrojeciéndole la piel rosa. Su colgante pendulaba bajo su cuello largo y delgado mientras se aproximaba para decirle.

    -Me ha gustado mucho cómo hemos follado hoy. Estamos encontrando nuestro ritmo.

    Federico se ruborizó. No estaba acostumbrado al lenguaje claro de ella. -Me alegro.

    -Cuando acabemos de comer quiero que follemos otra vez. Te llevaré en coche a un…

    La camarera, una china de una edad indeterminada, se acercó a tomarles nota. Martina pidió toda la comanda sin preguntarle a Federico qué quería. Él, lejos de molestarse, la dejaba hacer. Estaba en su territorio y en él ella era la reina. Le gustaba mandar y sabía. La china apuntaba eficientemente todo lo que ella pedía y Federico sólo la miraba.

    -¿Pala bebel?

    -Yo una coca-cola y para él una cerveza.

    -Meliana.

    Martina lo miró dubitativa. -Sí. -Respondió Federico. La camarera se fue a paso ligero.

    -Cómo necesito un trago de cerveza. -Pensaba dentro de su coche, aparcado justo en frente del Restaurante Nou Mon Feliz, donde esperaba que de un momento a otro llegara el coche gris de Martina. Era mejor encontrarse allí, en un lugar discreto.

    Trajeron las bebidas y otro camarero, experto en ese delicado fin, trajo un carrito. Dentro de una campana plateada sobre una bandeja del mismo color, apareció un rojizo pato, completamente asado, desde el cuello hasta el corvejón, reposando sobre la superficie fría. El experimentado trabajador, como había visto hacer en las películas, comenzó a trinchar el pato despacio. Primero separó las partes inservibles. Luego introdujo un larguísimo tenedor de dos puntas afiladas en la mitad del cuerpecillo del ave. Finalmente, poco a poco, fue cortando finas lonchas de la pechuga del animal y depositándolas sobre un plato llano y muy amplio con una floritura de lechuga en medio. Federico observaba la operación con feliz asombro cateto. Martina sonreía.

    Al marcharse, dejaron sobre la mesa una vaporera que contenía finísimas hojas de pasta de arroz. Martina tomó una de ellas y le enseño cómo tenía que hacer el rollito con el pato y la verdura y dónde tenía que mojarlo todo antes de llevárselo a la boca húmeda.

    El coche de ella se aparcó justo al lado. Como era un martes por la noche no había demasiada gente en el lugar y el restaurante, desde afuera, parecía completamente vacío. De coche a coche, se miraron a través de las ventanillas. Dentro de su vehículo ella le preguntó moviendo los labios si quería que bajara y se montara en el suyo. Él le hizo que sí con la cabeza. Federico sintió que ya había vivido aquella escena antes, pero no sabía dónde. Una ola de tristeza lo invadió repentinamente, como un jarro de agua fría. Martina se bajó del coche y la perdió de vista. Al verla abrir la puerta de su furgoneta vio que iba vestida con una simple camiseta ajustada, tejanos y zapatillas. Llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo. Era una chica presumida, le gustaba arreglarse para salir a cualquier recado. La noticia de su llegada la había pillado de sopetón y se había puesto lo primero que encontró en el montón de ropa que habría sobre su cama. De todas formas, estaba preciosa aquella última noche en que la vio.

    -Bueno, ¿qué te parece?

    Federico lo pensó un momento, masticando con desconfianza primero y luego añadió:

    -La verdad es que este “pato laqueado” está muy bueno.

    -¿Se puede saber qué te pasa, Ico? Llevas todo el día rarísimo y casi no me contestas.

    -Sí te he contestado, Martina. Si no lo hubiera hecho, no estaríamos sentados aquí, ¿no?

    Federico sonrió divertido pero ella no estaba para bromas. La expresión seria de su rostro bajo el reflejo amarillo de la luz cenital de la cabina y los brazos cruzados sobre su pecho generoso delataban que estaba enfadada, con ganas de soltarle un guantazo.

    -No tengo mucho tiempo, Ico. Mis padres se estarán preguntando por qué he salido…

    -Yo tampoco. Intentaré ir al grano. -respiró hondo. Sentía el pulso percutiendo como un martillo justo debajo de la nuez, donde las palabras no terminaban de salir al exterior- Me marcho de Barcelona. Me han ofrecido un puesto muy cerca de casa, de casa de mis padres, me marcho esta misma noche. Tengo las maletas dentro del maletero y salgo ya.

    -¿Cómo?

    Si existiera un diccionario con imágenes y se pudiera definir la expresión de la estupefacción, sería la cara de Martina en aquel momento. Pronto, vio palidecer levemente su rostro y anegarse los ojos de repentinas y traidoras lágrimas de dolor.

    -No es nada malo, Martina. En verdad he tenido mucha suerte. Es una buena posición, una gran oportunidad. Hace unos seis meses hice las pruebas y presenté todo el papeleo, me dijeron que ya me dirían algo y hasta hoy me olvidé completamente del tema. La verdad es que no esperaba que me llamaran nunca y, si lo hacían, fuera dentro de mucho, mucho tiempo. En fin, fue cuando andaba tirando currículum como un loco.

    -Pero tú ya tienes un trabajo, Ico. -Su voz sonaba débil, sostenida por apenas cuatro hilos finísimos a punto de romperse y caer las sílabas como cristales al hondo silencio.

    -Odio mi trabajo, Martina, ya lo sabes. Hoy mismo han amenazado con despedirme. Al parecer mi rendimiento no está siendo el esperado y no me estoy adaptando bien a la…

    -Pero…

    -…empresa. Además, en lo público me pagarán mucho más, prácticamente el doble. Ha sido de un día para el otro, si renunciaba me quedaría por años sin otra oportunidad así. Parece ser que si no aceptas te vas al final de la lista o incluso pueden llegar a sacarte.

    -…, ¿qué pasará con nosotros?

    -¿Con nosotros?

    Federico se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir. Las palabras intentaban trepar hacia la lengua pero no lo conseguían, caían irremediablemente por un pozo.

    -Pide la cuenta y nos vamos. Quiero enseñarte otro sitio.

    -¿No nos tomamos el postre?

    -El postre te lo daré yo.

    Salieron del restaurante bajo el sol del mediodía, cogidos de la mano, sin temor a las miradas indiscretas. Se subieron a la furgoneta de Federico y emprendieron la marcha siguiendo las indicaciones de Martina. Al salir de la calle sin salida, torcieron hacia la derecha, dejando el Edificio Walden atrás como un termitero mastodóntico junto a la rectísima carretera. Poco a poco los edificios fueron desapareciendo, dejando en su lugar los incontables chalés que moteaban el suelo de Sant Just Desvern. Mientras Martina hablaba de temas intrascendentes, los árboles iban ganándole terreno a las casas detrás de las ventanillas del vehículo, que avanzaba despacio y sin prisa por una cuesta. Llegados a un punto, hizo una señal con su mano y tomaron un camino de tierra.

    -Espero que no me hayas traído hasta aquí para matarme. -dijo él en broma.

    -Me matas, Ico. Me estás matando. -dijo ella poniéndose las manos sobre la cara.

    -¿Por qué? -hacía calor y decidió abrir un poco la ventanilla. Intentó agarrarle una mano pero ella la apartó. Quizá les vendría bien dar un paseo pero no conocía nada la zona.

    -De verdad, pareces tonto. -contestó riéndose. Por un costado del labio sacó la punta de su lengua y se la mordió. Sus ojos irradiaban un fuego lujurioso por las negras pupilas. -Párate aquí. -dijo señalando un pino al lado del camino que daba una agradable sombra.

    Salió del coche y se subió corriendo a la parte trasera. Divertida, se bajó el vestido y se quitó el sujetador, dejando libres sus pechos pero no sus piernas, que seguían con ropa. Federico entendió que quería que la siguiera y se fue detrás con ella. Sus manos recibieron la piel desnuda de ella como hogazas de pan caliente y se besaron fuerte. Las manos de Martina empezaron a deshacer el cinturón de él por debajo de la camisa rosa.

    -No te entiendo. ¿Por qué me dices que soy tonto? Para mí tiene toda la lógica del…

    -¿Tan poco te importa lo nuestro?

    Federico encendió un cigarro intentando pensar las cosas con la cabeza fría. Se sentía también herido y a la defensiva. Fruncía el ceño y fumaba como un enano gruñón.

    -¿Se puede saber qué es lo nuestro, Martina? Me gustaría que me respondieras a esa pregunta, aunque solo fuera una vez. -Una lágrima cayó sobre el asiento- Perdona, no quería decir eso. Supongo que estoy bastante nervioso. Ha sido todo muy repentino.

    -Bájate los pantalones.

    -¿Cómo dices?

    -¡Que te los bajes!

    Federico obedeció y ella lo agarró con fuerza. Empezó a mover su mano derecha rítmicamente con un adagio decidido. Con la otra le acariciaba por debajo de los testículos, donde su escroto se unía con el perineo, con suavidad pero a la vez fuerte.

    -Avísame si viene alguien. -dijo mientras comenzaba a aproximar los labios.

    -Vale.

    -Ico, yo creía que teníamos algo importante. Estoy a punto de dejarlo con mi novio. Hace como dos semanas que no lo veo. Quería contártelo hoy pero te he visto muy raro durante todo el día. Ahora me encajan todas las piezas. -Se atusó el pelo, más tranquila- Me ha pillado por sorpresa y no entiendo nada. -pensó un momento- Será mejor que vuelva a casa, mis padres se estarán preguntando dónde he ido tan tarde por la noche.

    -Hablas como si lo estuviéramos dejando. Yo no pensaba eso. Puedo venir a verte los fines de semana. No estamos tan lejos. Además, tendré más dinero para llevarte a sitios más chulos. ¿Te acuerdas aquella vez cuando fuimos a aquel bar de copas del Tibidabo?

    Martina lo miró con tristeza y una decepción muy honda, capaz de romper en añicos el corazón más duro. Federico tragó saliva esperando una respuesta, intentando sonreír.

    -Pero no será lo mismo. No estarás aquí. En Barcelona.

    Justo en el momento en que la punta de su lengua acariciaba el cuello, las manos de Federico apartaron suavemente la cabeza de Martina con repentina zozobra y sorpresa.

    -La poli, Martina. Se han parado ahí.

    Ella se levantó y también vio el vehículo estacionado a unos pocos metros. -Mierda.

    La pareja de agentes se bajó del vehículo con decisión, casi no le dieron tiempo a colocarse la ropa cuando un rostro gordo y sudoroso, de fríos ojos azules, los miraba por la ventanilla, haciéndoles señas para que salieran del coche. Serán hijos de mala madre. 

    -Estaba pensando en la primera vez que vinimos a comer aquí. Luego hemos venido muchas veces más. Te encantaba el pato laqueado. Dijiste que lo podrías comer cada día. -Por primera vez en todo aquel rato, ella sonrió. -Luego nos pasó lo de los polis.

    -Sí, qué hijos de mala madre. Me dejaron con la miel en tus labios. ¿Te acuerdas?

    Ambos rieron un momento. Luego se miraron a los ojos como dos buenos amigos.

    -Lo hemos pasado bien, ¿no te parece? Ha sido divertido. -La melancolía volvió.

    -Aún podemos pasarlo bien, Martina. Que me vaya no cambia nada. Hay relaciones que se aman en la distancia, si es que lo nuestro es una verdadera relación después de todo.

    -Supongo que sí, que las hay. Pero yo soy esta ciudad, mi casa es Barcelona, y nunca me marcharé de aquí. -Oteó por la ventana como si estuvieran en la terraza del Mirablau. -Esta es mi ciudad y no la cambiaría por nada, Federico. Con ella está mi corazón.

    -Barcelona es maravillosa, sí. Ojalá se pudiera vivir aquí. Supongo que nosotros no elegimos las cosas que nos pasan en la vida, dependen del destino, o del azar, o de Dios.

    -Me tengo que ir. -dijo abriendo la puerta del coche- Y tú también, tienes un largo camino y es tarde. -salió por completo del vehículo sin darle un beso- Avísame cuando llegues a casa, me quedaré más tranquila. -cerró la puerta y se apoyó en la ventana. -Ya me irás contando cómo te va la adaptación al nuevo empleo y todo lo demás. -sonrió.

    Con el cuerpo hormigonado, completamente paralizado sobre el asiento del conductor, Federico la miraba con ojos tristes casi sin poder contener una repentina lágrima roja. Entendiendo por fin lo que aquello significaba, giró la llave y encendió el coche.

    -Claro, Martina, te escribiré en cuanto llegue a casa. Ten cuidado tú también a la vuelta. Nos veremos pronto, ya verás. No dejaré de escribirte nunca, aunque no me respondas.

    Ambos rieron una última vez. Federico miró su fina silueta de bailarina recortada por la luz azul fosforescente del gran cartel iluminado del restaurante chino Nou Mon Feliz.

    -Adiós, Ico.

    -Hasta pronto, princesa.

    No emprendió la marcha hasta que el coche de Martina se hubo perdido en dirección a la carretera que pasaba por el lado del edificio Walden. Federico giró hacia la izquierda en dirección a la autopista que habría de llevarlo hacia el sur, donde empezaría otra historia. Mientras conducía a ochenta quilómetros por hora en una ancha carretera completamente desierta, dos lágrimas sin freno cayeron sobre la pernera de su pantalón. Con el dorso de una mano se limpió una mejilla y luego la otra. Encendió la radio sin poder escuchar la música rock que emitían los altavoces de su vieja furgoneta blanca. Se sonó los mocos con un papel acartonado que encontró por la guantera izquierda.

    Menudo giro había dado todo en unas horas. La vida podía cambiar en unos instantes de forma complemente inesperada y era necesario decidir qué camino tomar. Si la historia con Martina fuera una novela, bien podría ser este el final, pero era la vida y en la vida nunca nadie sabía a ciencia cierta cuál era el final o el principio de las cosas. Pensó en sus amigos, en la primera noche que se conocieron Martina y él, en la sonrisa sardónica de Rosario cuando, fumando parados en el aparcamiento de tierra, aquella vez en que la mirada de Martina prometía futuros encuentros de amor le dijo aquello de: ¡Tú estás loco! Su amigo tenía toda la razón. Estaba completamente chalado: lloraba feliz.

    Porque las mejores decisiones de la vida nunca se toman con la razón, la moral o la cabeza. Martina tenía novio desde hacía muchos años pero decidió tener una aventura con Federico, la cual había hecho que él se olvidara casi por completo de un amor roto. Quién sabe si seguirían viéndose en el futuro o no. La incertidumbre podía ser insoportable pero las mejores decisiones en la vida siempre se toman por pura intuición.

    Porque siempre, al final, elige el corazón.   

    …

    19. La pequeña muerte

    Cuando llegó con su coche, ella ya estaba allí, de pie entre el tráfico y la gente que caminaba en todas direcciones como si tuviera prisa. El lento avanzar de los vehículos hizo que pudiera mirarla sin que ella supiera que él la observaba. Llevaba el pelo suelto y liso, como a él más le gustaba. Un diminuto colgante centelleaba en su cuello desnudo bajo el sol del mediodía. Se había puesto el vestido de flores diminutas que a él más le gustaba, el cual se aguantaba sobre sus hombros con dos estrechísimas cintas blancas y se desplegaba por su cuerpo hasta la mitad del muslo, dejando ver sus delicadas piernas. En los pies llevaba unas chanclas también blancas, a juego con el vestido, que dejaban ver sus uñas pintadas meticulosamente. En el tobillo, lucía una cadena brillante que la hacía parecer una bella amazona, una primitiva princesa en la selva de cemento.

    -Hola. -dijo tímidamente, al subirse al coche. Federico arrancó la marcha sin besarla.

    Había pasado bastante tiempo desde la última vez que se vieron, quizá aquel era el lapso más grande que habían estado sin verse desde la primera vez. Nervioso, intentando que no se le notara, Federico conducía su furgoneta esquivando las dichosas motos que lo adelantaban temerariamente a izquierda y derecha. De soslayo, la miraba. Las manos de Martina reposaban sobre su regazo y jugueteaban entre ellas. El vuelo de su falda se había subido aún más y dejaba ver la parte más tierna y blanca de sus piernas, que llevaba cruzadas. Su trasero estaba en contacto con la humilde tela del asiento, objeto bendecido por la suerte de servir para tan agradable propósito. Sin decir todavía nada, una mano liberó el volante y se posó sobre una de las piernas desnudas. Rápidamente, las manos de ella apresaron la de Federico y la abrazaron con fuerza. En esos juegos, él comenzó a acariciar el muslo de ella desde la rodilla hasta donde la falda se terminaba, y en ese sube y baja, la tela se iba retirando cada vez más. Martina no decía nada y se limitaba a mirar por la ventana, prestando atención a la ruta que seguían lentamente.

    La calle era larga, con semáforos en cada uno de los rectilíneos cruces que cosían la ciudad, así que tocar a Martina era una actividad bastante segura. Recordaba que la última vez que se vieron se habían enfadado el uno con el otro, pero había olvidado completamente el motivo de la pelea. En el mundo sólo existía aquella larga calle y el tacto caliente de la piel de Martina, que se iba encendiendo cada vez que su mano se aproximaba al punto donde se unían ambas piernas, que ahora llevaba abiertas, dejando entrever el hueco entre ellas, una posición más cómoda que parecía aliviar el sofoco que cada vez se tornaba más dulcemente insoportable. Ella tragó saliva y levantó un brazo.

    -Por la derecha. -pronunció con un hilo de voz. Federico, sin hablar, le hizo caso.

    Entraron en otra calle más larga. El hecho de que tuviera que apartar su mano de la piel de ella para atender el cambio de marchas, había provocado un leve enfriamiento. Federico aprovechó la ocasión para encender un último cigarrillo, Martina le había informado que allá donde iban no se podía fumar, así que debía aprovechar mientras aún tuviera tiempo. Seguía mirando por la ventana, pensando en sus cosas. Aunque su piel se encendiera bajo su contacto, no se había olvidado en ningún momento del motivo que había provocado su enfado, y parecía obstinada en el asunto, dándole vueltas. Federico reparó por primera vez en la bolsa de papel-cartón, con una marca de tienda de ropa en el dorso, que llevaba a los pies. Pero la visión de sus rodillas era más atrayente.

    -A la izquierda.

    Al cabo de un rato conduciendo en silencio, justo cuando la radio terminó una canción antes de empezar con la otra y el rumor del tráfico se colaba por la ventanilla abierta de Federico como el ruido de un océano, Martina lo miró con reproche, con ganas de pelea.

    -¿Es que no vas a decir nada en todo el día?

    Federico apartó los ojos de la lenta carretera y la miró. Estaba realmente preciosa bajo el caliente sol del mediodía barcelonés. Su colgante se había pegado a su pecho por la humedad y, un poco más abajo, se dejaba ver la parte de su escote donde se dividía. Se limitó a sonreír de oreja a oreja, sin poder pronunciar ninguna palabra por el arrobamiento y por tener toda la sangre coagulada en el mismo punto, haciendo imposible la dicción. Justo cuando abrió la boca para contestar ella se tensó.

    -¡A la derecha!

    De un volantazo, el coche se situó en la calle correcta, abandonando la avenida de tres carriles por donde hasta entonces había circulado. Las calles se iban volviendo cada vez más estrechas e íntimas, lo cual hizo que ambos prestaran más atención a la vía.

    -Es por aquí. Ya estamos muy cerca.

    Avanzaron por un callejón que parecía sin salida. Los edificios eran anodinos a cada lado, sin tiendas ni cartelería, simples bloques de viviendas residenciales de clase media-baja. Ahora una habitación en una de aquellas casas costaba una pasta porque Barcelona se había puesto de moda y en la ciudad no había sitio para todas las almas.

    -Entra ahí.

    Martina señaló la puerta de un aparcamiento, encastada en un edificio marrón de rebozado noventero, ese que absorbe la humedad de las calles y deja al cabo de los pocos años una injusta sensación de suciedad. Los dinteles y la jamba de la puerta estaban revestidos de un fino metal negro. A la derecha, quedaba el nombre del establecimiento: La Francesa Xica, en tipografía inglesa, con letras blancas en relieve sobre un fondo del mismo color. Había que fijarse muy bien para detectar la señales de que aquel era el sitio a donde se dirigían, escondido como estaba en una calle que parecía dar la espalda al mundo. Federico introdujo el coche por donde ella le indicaba. Les salió al paso un recepcionista que les señaló con la mano que se detuvieran. Después de comprobar la reserva con Martina, el tipo alto y espigado, con una expresión borrosa, como las que tenían los empleados de un tanatorio, les indicó que debían bajarse del coche, y que alguien del personal lo aparcaría por Federico.

    Era la primera vez que dejaba las llaves de su vehículo a un trabajador que no fuera su mecánico. La cosa le pareció extraña, pero todo se había producido con tanta celeridad y sentía su lengua tan acartonada que no se le ocurrió la posibilidad de objetar nada. Otro trabajador que salió de detrás de una puerta negra se encargó con rapidez de hacer desaparecer su vehículo a través de otra puerta de parquin dentro de la propiedad. El sitio tenía dos puertas y la recepción de los vehículos y de los clientes se hacía de uno en uno. Federico nunca había estado en un sitio como aquel, como si todo fuera secreto.

    -Acompáñenme, por favor. -dijo el tipo alto de expresión mortuoria. Con serenidad, abrió la gruesa puerta negra por donde había salido el aparcador y los invitó a pasar por un pasillo de suelo ajedrezado donde no se cruzaron con absolutamente nadie. Al final del corto recorrido se alzaba la puerta del ascensor. De la derecha apareció el botones. Se trataba más bien de un tipo de seguridad, pero disfrazado con un traje oscuro que le quedaba muy estrecho en algunas partes de su anatomía, en los brazos sobre todo, y demasiado ancho en otras, por ejemplo en la cintura. Llevaba las manos cruzadas sobre el paquete y una mirada vacía. Los hizo pasar con educación dentro del ascensor cuando este se abrió. El tipo se limitaba a mirar en frente. Ni siquiera le echó la acostumbrada mirada que le lanzaban los hombres de su edad a una chica joven y apetecible como ella. Solo cumplía con su trabajo y era difícil verle los ojos, fijos en las puertas cerradas.

    Cuando estas se abrieron, avanzaron a paso ligero por un pasillo moqueteado. Las luces cenitales eran muy tenues y los ojos necesitaban acostumbrarse a la oscuridad para ver. Llegaron a una puerta sin número visible y el segurata abrió con una tarjeta que se quedó. El lector dio un pitido largo y con un chasquido se liberó el cerrojo. Antes de entrar en la habitación, el tipo se guardó la llave de donde la había sacado y mirando al hueco que las cabezas de Martina y Federico dejaban en el espacio, los instruyó.

    -Pueden hacer uso de la habitación todo el tiempo que quieran, pero una vez que la abandonen, no podrán volver a entrar sin hacer una nueva reserva. En el interior disponen de una nevera con bebidas frías. Cualquier consumición o desperfecto en la habitación deberá ser abonado. Antes de abandonar la habitación deben llamar a recepción descolgando el teléfono junto a la cama. Cualquier problema lo mismo.

    El tipo se quedó callado por si tenían alguna duda. Como ninguno de los dos dijo nada, a paso ligero y con movimientos eficientes, los hizo pasar y cerró la puerta con inusitada suavidad detrás de ellos. Sintieron sus pasos pesados alejarse con prisa por el pasillo, posiblemente para atender a otra pareja de clientes que esperaran abajo.

    Martina dejó sus cosas, el bolso blanco con fina cadena metálica y la bolsa de cartón, sobre una mesa. Federico paseaba su mirada por los objetos de aquel lugar que olía a lavanda de forma embriagadora, nublando un poco sus sentidos. La luz del lugar era incluso más tenue que en el pasillo, de colores violeta y amarillo en algunas zonas. En el centro había una ancha cama, como era esperable de un lugar así, pero lo que más le sorprendió fue la disposición de los espejos. Había uno tan ancho como la pared que se orientaba directamente hacia lecho para que fuera posible verse en él desde la cama.  Había otros dos a los costados de la cama desde donde empezaba el suelo hasta el techo.

    -Aquí se paga por horas. Aprovechemos el tiempo. Desnúdame.

    Martina y Federico se besaron por primera vez ese día. Mientras sus lenguas peleaban dentro de las bocas, parecía que se fraguaba una reconciliación, o por lo menos una tregua. Las manos de él y ella subían y bajaban buscando y deshaciendo los botones, liberando el cuerpo de sus ropajes que en el calor del frenesí resultaban incómodos, como si se volviera a la naturaleza salvaje de donde una vez se había salido y se recuperara la esencia de lo que en realidad somos: unos animales sin más Dios que el presente. Federico levantó el vestido de Martina desde la falda hasta los brazos, dejando ver su sujetador negro, desabrochado, que cayó al suelo. Ese día se había puesto unas finas bragas transparentes que dejaban ver desde fuera su impaciente sexo depilado. Martina le había quitado la camisa y los pantalones, dejando ver un cuerpo delgado y casi lampiño. Cuando sus manos lo liberaron de los calzoncillos, sintió el alivio que debían sentir los pájaros cuando abandonan el nido y echan a volar a cielo abierto. Se tocaban de pie, desnudos como estaban, distanciados sin quererlo por la erección de Federico que se empeñaba en apartar el cuerpo desnudo de Martina, tocándolo como un dedo grande y firme, con la lujuria y el atrevimiento que le son característicos. Ella lo tomó de las manos y lo hizo plantarse en un lugar determinado de la habitación. El obedeció, así como estaba, con su miembro cimbreando como el palo de un zahorí. Martina hincó las dos rodillas sobre el suelo cómodo suelo moqueteado y lo observó desde abajo, a poca distancia de la parte más exterior de él, sonriendo divertida.

    -Mira al espejo. -dijo señalando con la mano que le quedaba libre. La otra lo había agarrado e iba tanteando, poco a poco, la dureza y la extensión de su miembro erecto. Federico se vio allí de pie, bajo la luz amarilla de la lámpara sobre la mesita de noche. El pelo largo de Martina se derramaba por su piel como una cascada de agua negra, dejando entrever la aureola de sus pezones y la piel blanca de sus pechos. Cerró los ojos, poniendo toda la concentración en lo que hacía, y empezó a succionarlo como si quisiera vaciarlo de toda la sangre que lo conformaba. El cuerpo de Federico se estremeció bajo aquella visión tan poderosa que nunca había presenciado en ninguna parte. A pesar de su erotismo, sintió que la escena era de una enorme belleza estética, como si la explicitud y el buen gusto pudieran estar acordes a un tiempo en la sintonía de la pasión. Para no venirse tan pronto, lo cual era muy difícil, buscó con la mirada un mueble de la habitación en el que concentrarse y no se dignó a tocarla por si el contacto de sus manos con el pelo de ella provocara el calambrazo definitivo que hiciera aquel paraíso de calor humano terminara muy pronto. Había en un rincón un taburete de plástico de forma ovalada como una gota de agua aplastada, de un material blanco que dejaba trasparentar una luz violeta que impregnaba las paredes cercanas de la alcoba. Federico supuso que aquel objeto podía utilizarse para realizar toda suerte de posturas y, por su fácil movilidad, podía ponerse en cualquier punto de la habitación, incluso encima de la cama, jugando con el reflejo de los espejos, como un objeto extraño y fuera de lugar, capaz de dar alas al morbo y a la imaginación sin límite de los amantes.

    Prefirió dejar de pensar en el taburete y mirar al techo. Encima de su cabeza vio el único espejo que todavía no había descubierto. Primero se sorprendió de verse bajo esa perspectiva, pero luego reparó en la forma de Martina, en cómo su cabeza iba y venía salvando una misma distancia todo el tiempo, cada vuelta más fuerte, cada ida más rápido. Todo en aquella habitación apelaba a los sentidos y al deseo. Era muy difícil abstraerse cuando uno estaba en aquel lugar. Decidió rendirse por fin. Colocó sus manos en el pelo de Martina y lo acarició. Quiso apartarla, prevenirla de que pronto terminaría, pero ella no lo hizo. Siguió diligente, con los ojos cerrados, respirando muy fuerte por el esfuerzo, provocándole un placer indecible, insoportable, insustituible, cada vez que su frente se aproximaba a su bajo vientre por debajo de su ombligo, cada vez más duro, cada vez más rápido, siguiendo el ritmo acompasado que una música imposible marcaba. Allí de hinojos, como una sacerdotisa de la piel, estaba bellísima y erótica.

    Federico terminaba, pero ella no se iba. Al sentir cómo él se vaciaba, siguió haciéndolo con más decisión, sabedora de que aquellos eran los momentos de placer más genuinos. Por un momento, él se preocupó, pero ella siguió sin parar hasta que estuvo vacío, con las piernas temblorosas y el cuerpo acalambrado. Ella se apartó y lo miró con una sonrisa. En su mano aún tenía los restos de saliva y semen, pero no actuaba con asco ni rechazo, más bien al contrario, disfrutaba al degustar las texturas complejas del sexo.

    -Ahora me toca a mí. Túmbate sobre la cama.

    Sin poder hacer otra cosa, la obedeció, como hacía siempre, dejándose llevar a su merced. En el espejo sobre su cabeza, que ahora quedaba justo frente a sus ojos, pudo ver cómo el cuerpo de ella reptaba desde sus piernas y lo iba tapando por completo. Sin besos ni preámbulos, colocó la parte inferior de la pierna que iba de la rodilla a los tobillos atenazando los brazos de él, quedando abiertos e indefensos bajo el peso de su cuerpo. Colocó el húmedo pubis sobre la cara de Federico y le pidió que lo lamiese. Poco a poco, mientras la lengua de él iba y venía recorriendo las zonas que la dueña de aquella alma le dejaba con sus movimientos, se iba aproximando cada vez más, casi ahogándolo, tapándole el aire por momentos, que luego recuperaba al separarse con un gemido por un instante, y vuelta a empezar. Con el movimiento de su cadera frotaba su cuerpo contra su rostro. Federico respiraba el aroma de aquella flor abierta de par en par, que casi sentía cómo respiraba y se humedecía a un tiempo, viéndola en ciertos momentos que pronto se llenaban de oscuridad y tierno sabor a carne cruda. Hubo un momento en el que casi le pareció perder la vida, anegado por las aguas de su vientre, pero se resistía a protestar, a quejarse, a desfallecer. Sentía la lengua agarrotada, la nariz torcida. Casi no abría ya los ojos para concentrarse en el placer que intentaba proporcionar a su pareja, con éxito, porque ella cada vez se movía más deprisa y gemía más fuerte, mirándose quizá en el espejo que tenían enfrente, sintiéndose lo que era, una mujer que desafiaba toda suerte de convenciones sociales para darse placer y gusto.

    -Me corro. -dijo entre gemidos. -Sigue. Sigue. Me corro ya.

    Federico se dejó el alma y casi le gustó y lo satisfizo más sentir cómo las cuerdas del cuerpo de ella se soltaban por un momento, destensándose, ruborizando sus mejillas y haciendo que sus pies hormiguearan. Cuando se apartó, lo miró desde arriba, con cara arrobada, casi en trance, con el ceño fruncido y la boca abierta en una o. Su expresión se suavizó al encontrar sus ojos y su cuerpo cayó sobre el de Federico como un peso muerto, iniciando lo que sería un lento abrazo. Ahora podía verla sobre él en el espejo. Desde la planta de sus pies desnudos, sus piernas largas, la línea divisoria de sus glúteos que continúan su rastro por la espalda, hasta el cuello, hasta el pelo derramado por la cama. Los ojos de Federico se encontraron sobre el espejo y la oyó decir a ella:

    -Ha sido brutal.

    -Sí. -dijo él por primera vez desde que se habían visto.

    Se quedaron un rato tumbados en la cama, hablando de temas intrascendentes. Federico pensaba en si aquello que estaban haciendo estaba bien, probablemente no, pero había sido imposible dejar de hacerlo, como si una fuerza invisible y poderosa los hubiera arrastrado a los dos a aquel destino, a aquella cama donde ahora yacían felices pero que pronto podría traerles consecuencias nefastas a los dos. No importaba. Valía la pena pagar el precio del barquero que los habría de llevar al otro lado del mundo, donde se terminaba el limbo de la sociedad y empezaba otro mundo más carnal y divino.

    Mientras fumaba desnudo, apoyado en la ventana, viendo el poco pero constante tráfico en la calle pasar por debajo, intentando echar todo el aire fuera para que no los penalizaran por hacer algo que no se podía, Federico pensaba en aquella clase de lugares donde ahora estaba. Sitios donde las parejas se encuentran en la oscuridad de las luces tenues, buscando intimidad, pero sobre todo, discreción. Había quienes iban por morbo, otros por la necesidad de mantener una doble vida, otros como Martina y Federico, quienes a los motivos antes mencionados, se sumaba el hecho de que carecían de un lugar cómodo donde desatar sus instintos sin prisas. Antes de ese día, desconocía por completo la existencia de esos lugares, hoteles por horas, los llamaban, donde se daban citas las parejas habitualmente y el tráfico de clientes era constante. Entonces, a medio cigarrillo, le dio por preguntarse qué clase de mundo era aquel, donde algunas cosas debían vivir y crecer en la oscuridad tenue del secreto, porque la luz directa del día acabaría con ellas. Hay flores que solo se abren de noche y son capaces de crecer en ciertos ambientes imposibles. La naturaleza humana no conoce fronteras y no vale la pena juzgar a las personas, juzgarlos a ellos, por sus supuestos errores. Qué sabía nadie lo que estaba bien o mal en el mundo, qué sabría él. Sólo Dios puede juzgarnos o, si no hay Dios, qué más daba. Los caminos de la vida son inescrutables y nadie sabe nada.

    -¿En qué piensas? Ven a la cama. El tiempo se va volando.

    Federico volvió a los brazos de Martina y por tercera vez ese día reparó en la bolsa de cartón que Martina había dejado en el suelo. Todavía no había extraído nada de ella. Preguntó con la cabeza y ojos interrogadores que era y ella sonrió muy feliz.

    -Al salir de lo daré. Es un regalo para ti. No seas impaciente. Ven a la cama.

    Hicieron el amor de nuevo, como tantas veces en su historia. Federico tenía la sensación de estar en un sueño que pronto se terminaría, pero mientras lo estaba viviendo era más real que el mundo exterior, que quedaba afuera, a millones de quilómetros de distancia. La vida podía ser decepcionante y más pobre que la literatura.

    Martina gemía, Federico respiraba fuerte, sufriendo felices, a la vez, la pequeña muerte.

    …ooo FIN ooo…

    Nota del autor: Con esta entrada se termina esta historia que tanto me ha hecho sentir al escribirla. Espero que a ti, al otro lado del texto, te haya hecho vivir también. Si te ha gustado este relato, te invito a seguir buscando por la página otros mundos hechos con palabras. Gracias por estar ahí. Un abrazo,

    El Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 15 y 16

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 15 y 16

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco

    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas
    11. Ya me vendrá y 12. La luz no se encendió
    13. De verdad y 14. El caniche blanco

    15. La verdad

    -Sé qué estás liado con Martina, ¿te crees que soy tonto?

    Las estaciones de tren tienen algo de templo. En todas las que había estado en su vida, había sentido al pisar el andén una cierta paz y desazón a un tiempo, como el que espera paciente a que algo importante pase, con resignación religiosa. Las personas en la estación solían buscar lugares donde sentarse o, si permanecían de pie como Federico estaba, lo hacían mirando a la nada, es decir, hacia dentro de sí mismos, conversando en silencio. Los móviles iban comiendo terreno al agradable aburrimiento de los viajeros, pero todos de vez en cuando alzaban la vista y miraban las pantallas luminosas donde, a veces, los trenes se retrasan, pero siempre solían llegar. Según el tren que uno tomara lo esperaba un destino diferente, con nuevas posibilidades. En Paseo de Gracia las posibilidades no eran muchas. Se trataba de una estación turística, de paso, donde sólo se apeaban los viajeros que iban de visita o los menos que trabajaban en el centro. Federico había esperado pacientemente en el andén a que su tren llegara. No le importaba esperar allí, le gustaba el ambiente de recogimiento que él creía ver en las estaciones de tren. Le emocionaría tanto subirse a unos de esos trenes destinados hacia el norte, llegar a una estación fronteriza y subirse a otro tren hacia Europa. Pero aunque los sueños y la juventud le dieran el empuje necesario, faltaba siempre lo fundamental.

    -No entiendo cómo has podido hacer una cosa así. La verdad es que me lo olía pero…

    Después de que su tren llegara, Federico lo acompañó a la salida. El abrazo fue frío, falso. Pero de todas formas se saludaron con efusividad como siempre que se veían. No había sido un trayecto largo, no llevaba maletas ni un objetivo firme más allá de mantener una conversación al respecto. Siguieron el rumbo acostumbrado, tantas veces recorrido que se sabían de memoria, sin necesidad de decirse nada. Federico callaba.

    Al salir de Paseo de Gracia se sale delante de la Casa Batlló, una construcción arquitectónica obra de Antonio Gaudí. Siempre que la observaba, le gustaba contar la anécdota de la muerte de Gaudí: iba borracho, como siempre, y lo atropelló un tranvía de principios de siglo. No recordaba quién le había relatado la anécdota del genio, pero disfrutaba con ese giro inesperado del destino que provocó que no se terminara el único monumento del estado que podía igualarse, en altura, a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben, es decir, la única construcción lo suficientemente icónica y antigua que consiguiera poner al país en el mundo occidental. Resultó un azar del destino que el hombre muriera bajo las ruedas de un vehículo que no avanzaba a más de veinte quilómetros por hora, y que lo hiciera sin dejar un maldito plano para terminar la Sagrada Familia. Seguramente lo hacía todo de memoria, sin más mapa que sus cojones.

    -¿Me estás escuchando?

    -Disculpa, estaba pensando en Gaudí. ¿Sabías que tuvo que marcharse de su ciudad natal porque los otros modernistas no lo dejaban construir nada allí? Si le hubieran dejado, ahora estaríamos en el mapa y no tendríamos que desplazarnos hasta Barcelona.

    Su acompañante no conseguía entender, así que se limitó a darle una calada a su cigarrillo y a mirar enfrente mientras cruzaban la larga calle que había de conducirlos al otro lado de la acera. A ambos costados se extendían las tiendas más exclusivas de la ciudad, con nombres escritos en francés, italiano, inglés, incluso en chino mandarín.

    Torcieron por la Calle de la Diputación. La mañana era agradable. La luz y el agua de la ciudad tenían un sabor meloso que impregnaba todas las cosas: desde el aire hasta los alimentos. Como era temprano por la mañana, las calles estaban humedecidas por la manguera del vehículo de la basura dedicado a tal fin. A Federico no le hubiera importado ser basurero-conductor de aquellas andróminas que circulaban lentamente, barriendo y fregando las calles, con una vista panorámica al asfalto, avanzando lentamente al paso regio de la tortuga, que todos los demás vehículos respetaban. El Ensanche era un monumento a la especulación urbanística: no había un solo parque en quilómetros a la redonda. Las únicas zonas ajardinadas se situaban dentro de los cubos que dibujaban los edificios, todos con los mismos balcones alargados de forja, los mismos techos altos, los mismos ventanales amplios, algunas fachadas lucían ricos azulejos en el sotabalcón y otras más humildes se conformaban con su rebozado. Pisos llenos hasta la bandera, algunos turísticos, otros con estudiantes adinerados. Cada vez había menos vecinos de la época de la posguerra, que se iban muriendo y los iban dejando en herencia a allegados que lucían un perfecto catalán que ellos no hablaron.

    -¿Sabías que muy cerca de aquí, en el número 44 o 45 de la calle Aribau, está la casa de Carmen Laforet? Siempre pensé que aquella novela, a pesar de ser aburrida como estas calles, tenía algo especial que la hace maravillosa. ¡Tiene el espíritu del Eixample! ¿Eh?

    -Federico, ya basta. Para de andar soltándome clases de historia o te parto la cara.

    Hablaba en serio y tenía razón. Intentaba aligerar el peso de la situación con conversaciones asépticas sobre datos que fácilmente podían encontrarse en internet, así que parecía que no valía la pena mecionarlos. Al cabo de aquel rato que habían compartido juntos entre reproches y conversaciones ajenas al tema del día, Federico decidió abordar la cuestión y proponer que se sentaran: una terraza en aquella calle.

    -Es verdad, tienes razón, aún no te he dicho Nada, ¿te das cuenta? Homenaje a Laforet.

    -Déjate de chistes malos.

    El camarero pidió la comanda eficientemente no bien tomaron contacto sus traseros con el frío metal de la silla negra. Una vez apuntados los dos cafés americanos, se marchó dejando un aire a colonia barata en el ambiente, que congeniaba con el humo del tráfico.

    -Bueno, Alejandro, ¿qué quieres que te diga? Llevamos un par de meses sin vernos y todavía no me has preguntado cómo me va por aquí. Me va muy bien. En el trabajo…

    -Tienes que dejar de ver a Martina.

    El camarero dejó la comanda sobre la mesa, en silencio. Era un tipo alto y bien plantado, de brazos fornidos en el gimnasio. Dejaba las tazas sobre la mesa de chapa con aire ausente, como si él no estuviera allí, sirviendo copas en una cafetería por mil euros, sino en la discoteca de moda de la ciudad, donde se gastaba todo su sueldo. Una vez que se hubo marchado, Federico dejó de fantasear con su entorno y se centró. De aquella mesa quizá se levantaría más solo que como llegó: podría perder a otro amigo.

    -Le prometí a Martina que no hablaría de este tema contigo.

    La expresión de Alejandro se ensombreció. Sus pequeños ojos oscuros adoptaron una opacidad superior, como si el resentimiento los dejara sin vida. Su boca contrajo un rictus crispado y empezó a atusarse el largo flequillo, como siempre hacía al enfadarse.

    -Tú ya sabías que Robe estaba enamorado de Martina.

    -Eso quería preguntarte, ¿desde hace cuánto que están así?

    -Unos dos años, desde que yo los conocí. Se puede decir -sonrió un poco- que yo fui su Celestina. Le di consejos a Robe sobre cómo tenía que acercarse a ella y lo consiguió.

    -¡Podrías haberme dado esos consejos a mí también!

    Alejandro se ensombreció de nuevo. Guardó silencio un momento como si buscara las palabras adecuadas para decir aquello, para que no se le notaran tanto los sentimientos.

    -Hacían una buena pareja. Yo pensé que lo suyo resultaría después de todo ese tiempo.

    -Bueno, en realidad no es asunto mío. No me gusta preguntarle a la gente por su pasado, me interesa el presente. Ahora ella está conmigo y he disfrutado mucho de su compañía.

    -¿Te estás enamorando?

    -¿Y a ti qué te importa de quien yo me enamore? Sabía que esto era simplemente un juego. Yo estaba solo, sin pareja, ¿qué hay de malo en hacer el amor con una chica?

    -Pero es que esta chica tiene pareja, desde hace años, desde antes de Robe.

    -Pero yo no la tengo.

    Alejandro dio un sorbo a su café, que se iba enfriando sobre la mesa a pasos agigantados, y encendió otro cigarrillo. Fumó exhalando el humo hacia los transeúntes que cruzaban ajetreados de un lado al otro. La vida en la calle era frenética, pero en aquella mesa de la terraza de la calle Aribau parecía que el tiempo se había detenido.

    -Te has enamorado.

    Federico calló. Dio un sorbo a su café y también encendió un cigarrillo. Miró hacia el fondo de la calle y distinguió el cruce iluminado de la plaza de la Universidad, que quedaba a pocos metros. La gente cruzaba el paso de peatones en la mañana amarilla.

    -Puede ser que tengas razón. -se resignó Federico- Quizá estoy un poco enamorado.

    -El juego se te ha ido de las manos…

    Tenía razón. Quien jugaba con fuego se termina quemando y a quien jugaba con el amor le podía suceder lo mismo. Aunque se lo negara a veces y procurara no pensarlo demasiado para no sentirse celoso, lo cierto era que se había enamorado de Martina y él sabía que enamorarse de la persona equivocada puede ser el juego más peligroso.

    -Robe y Martina tuvieron un idilio hace algún tiempo, como ya sabes. Ella también le dijo que no contara nada hasta que terminara con su novio. Supongo que te suena.

    Ahora fue Federico quien se ensombreció. Aquella casualidad, por llamarla de algún modo, se le clavó dentro. Había habido veces que habían hablado del futuro, en momentos oscuros le había preguntado por qué seguía con su pareja si en teoría lo quería a él. Ella siempre le había pedido paciencia, que esperara. Él intentaba no meterse con sus cosas, al fin y al cabo, ¿qué seguridad podía ofrecerle? Ninguna.

    -Mira, Alejandro, ya sé todo lo que vas a decirme y puede ser que tengas razón. Pero Martina me dijo una vez algo que se me quedó clavado. Un día le dije que tenía muchos remordimientos, ya sabes, por cosas del pasado que bien conoces. Estar con ella, en esta situación, en parte me libera. Me hace sentirme mejor conmigo mismo. Las cosas no son tan rígidas como parecen por fuera. Le dije que me sentía mal conmigo mismo por ser como era, por haber hecho daño a personas que quise, por decepcionar a todos.

    -¿Qué te dijo ella?

    -Que ella se había enamorado de la persona que yo era ahora. Y que la persona que yo soy ahora es fruto de todo lo que he vivido, tanto lo bueno como lo malo. Sé que suena a topicazo y autoayuda, dicho así, con palabras, pero por primera vez me sentí en paz.

    -Eso se lo dice a todos, hombre. Se lo puede decir a cualquiera. Seguro que a Robe le decía cosas similares. No debes caer en la trampa. El tema está peor de lo que pensaba.

    -Tenemos una conexión bonita, es cierto. Bonita y peligrosa. En este mundo mezquino.

    Otra camarera vino a recoger la cuenta. Era una chica rubia, con el pelo hasta la cintura y la piel blanca decorada con algunos tatuajes que no debían de tener más de un año. Se había acercado a la mesa con la excusa de recoger el dinero de los cafés a medio terminar, pero en realidad lo que quería era ligar con Alejandro. Con cualquier pretexto, le había sacado conversación y él se dejaba agasajar por los ojos marrones de la camarera, que si bien era guapa, carecía de la más absoluta elegancia. Aunque, de todas formas, si ella se hubiera fijado en Federico, no habría desaprovechado la oportunidad. Cuando se hubo marchado, Alejandro dejó de sonreír y volvió al tema que le interesaba.

    -Está repitiendo exactamente el mismo patrón que siguió con el otro: te cuenta la milonga, tú te vas enchochando y, al final, te dará la patada. Tarde o temprano lo hará, lo sé. Creo que es alguien que tiene una carencia emocional muy acentuada, no sé.

    -¿Y quién no tiene carencias emocionales? ¿Acaso tú estás mejor que ella? ¿Que yo?

    -Mira, Federico, yo no quiero comprenderla. Solo te digo que no seas igual que Roberto, igual de inocente. No dejes que te haga la misma jugada, por tu bienestar.

    La camarera volvió a recoger el dinero y se quedó hablando con Alejandro un buen rato. El camarero anterior miraba la escena desde detrás de la rabia, con un punto divertido y celoso por el cliente que quizá le estaba levantando el ligue. Él se dejaría querer por ella con cierto aire de indiferencia, sonriendo mucho y dejando ver los hoyuelos de sus mejillas bien cuidadas, sin un solo grano ni cicatriz que las manchara.  A pesar de la cantidad de tabaco que consumía, se mantenía milagrosamente joven. Sabía vestirse y los años le iban dando esa elegancia con la que sueñan las pseudoestrellas de cine. La chica, de espaldas a Federico, se desvivía porque al fin le pidiera el número de teléfono, porque quedaran cuando ella terminara el turno. Podía verlo en la impaciencia con la que jugueteaba con la larga melena, con la pose que adoptaba su cuerpo al apretar las piernas. Tenía un trasero bonito, pensó Federico. No le pareció más bonita que Martina. Después de todo, era un tipo con suerte. Podría estar en esa situación incómoda y solo.

    -Estoy aquí con mi amigo, te lo presento, se llama Federico.

    -Hola.

    -Hola. -dijo ella casi sin mirarlo, iluminada como estaba por la belleza de su amigo.

    -Estamos hablando de amor, ¿a que sí? Federico está con una chica bastante tóxica.

    -¡Oye!

    -Ui. No pierdas el tiempo con esa clase de gente, tío. -dijo la camarera, que se llamaba Cristina, dándole la razón a Alejandro en todo lo que dijera- Yo las sé distinguir de lejos.

    -¿Ah, sí? -dijo Alejandro.

    Siguieron hablando entre ellos mientras la mente de Federico divagaba. Dirigió su vista al cielo azul que se abría paso entre las algodonosas nubes del cercano mediodía. Una brisa agradable cruzaba la calle sombría donde estaban. El café se había terminado desde hacía bastante rato. Quizá Alejandro tenía razón y Martina estaba jugando con él al gato y al ratón. Al final se lo comería y no quedaría nada de su corazón, ni las raspas. Ya había salido bastante maltrecho de un intento de relación reciente, quizá su salud mental no soportaría otro envite de esas características y terminaría por hundirse en la abulia más absoluta. No podía permitirse el lujo de dejarse caer, no cuando su economía dependía de forma exclusiva de él mismo. Ya era lo suficientemente difícil ir a trabajar en un puesto que odiaba, donde no terminaba de encajar y donde sentía el estómago acalambrado. Por lo menos tenía a Martina y aquella ciudad mágica para ellos dos.

    “Pobre Cristina”, pensó Federico. Se había olvidado de todas las mesas, hechizada como estaba de la belleza de Alejandro. Sabía que aquella chica no tenía ninguna posibilidad y que él solo estaba jugando con ella, como le había criticado antes a Martina. Aquel coqueteo no llegaría ninguna parte porque no tenía ningún interés. Y si por casualidad llegaban a quedar, a salir juntos, a tener una relación, la cosa terminaría como todas las anteriores relaciones de Alejandro: ella le acabaría dando una patada por ser un colgado de la vida, un manipulador, un egoísta y un trepa sin escrúpulos. Pero al fin y al cabo, era su amigo y Federico sentía por la lealtad una estima casi destructiva.

    Estaba enfadado y lo sabía. Su mente no pensaba con claridad. Le daba rabia que Alejandro pudiera tener toda la razón y aquel hecho no cambiaría por mucho que se dedicara a tenerle rabia en su fuero interno. De repente, vio como la chica se fue a atender las otras mesas y cómo él apuraba el poco café que le quedaba en la taza.

    -Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Alejandro levantándose.

    -Claro. -Federico también se puso de pie- Oye, no me he enterado. ¿Cómo ha quedado la cosa con esta nueva amiga tuya? ¿Vais a volver a veros? Estaba en mi mundo…

    -¡Qué va, tío! ¿Tú has visto a esa choni? Qué tatuajes más feos. Solo me divertía.

    -Pues a mí me ha parecido guapa.

    -Sí que lo era, ¿verdad? Si hubiera querido, me la habría hecho. Pero me daba pereza.

    -Desde luego, Dios da pan a quien no tiene dientes. ¿No serás gay en realidad?

    Alejandro, lejos de ofenderse, rio de buena gana la broma de su amigo. Hacía años que se conocían y se decían barbaridades sin que la sangre nunca acabara de llegar al río.

    -En verdad estoy enamorado de ti, bribón. -dijo estirando la mano para cogerle el culo.

    -Puede que digas la verdad.

    16. Una radionovela

    -¿Y tú qué quieres?

    El edificio de Ràdio Sant Just se situaba encastado en una loma, en las postrimerías de una zona ajardinada cuyo cielo solía ser azul claro y las nubes tranquilas pasaban calladas sobre las cabezas de los cipreses. Habían estado por allí otras veces, generalmente al caer la tarde cuando todo el mundo se recogía. Era la primera vez que iban a aquel lugar, que a Federico le encantaba, por la mañana. Aunque siempre aparcaban justo en frente del edificio de la radio, su destino estaba un poco más arriba, subiendo una rampa. En lo alto, justo encima del edificio encastado en el urbano cerro, se alzaba un edificio novecentista. Era una antigua casa de veraneo de dos pisos, sin contar las buhardillas. Tenía la planta rectanuglar y torreones en cada extremo. Las ventanas eran amplias pero carecían de balcones, probablemente porque no los necesitaba: alrededor había suficiente campo y jardín y aire puro. Era una de esas viviendas que se hacía la gente rica a principios del siglo XX, por poco no le había pillado la moda modernista, así que las paredes eran de hormigón que, si bien era un material modernísimo para la época, en el siglo siguiente habría de resultar frío y feo. Aquellas casas abundaban por todas partes diseminadas por la geografía catalana. Normalmente, sus paredes interiores estaban llenas de pintadas como escupitajos y sus suelos llenos de cristales rotos cuando no alguna jeringuilla. Pero no la de Sant Just. Aquel edificio conservaba su antiguo esplendor como un pino grueso al lado de una carretera, como un milagro que la especulación urbanística todavía había respetado. En aquel distrito había el dinero suficiente para restaurar las joyas arquitectónicas que daban señas de identidad a una población que hasta hacía pocas décadas sólo había sido campo, zonas altas donde los ricachones curaban sus pulmones con la brisa benigna del mar. Dentro del local las paredes conservaban su antiguo color verde botella y el olor a tiempos pasados de cuando Proust tomaba el té con magdalenas en casa de su vieja tía.

    -Una coca-cola y una mediana.

    -¿Voleu olives?

    -Sí, también. -Aquel día Federico se sentía dadivoso, con los testículos ligeros y la cabeza despejada como el cielo que se alzaba sobre los capiteles que la casa de verano levantaba sobre su terraza como queriendo tocar el cielo con la punta de un dedo duro.

    Convertirse en bar había sido una buena manera de sobrevivir. Seguramente, el nombre que le habían puesto, Vell Ginestar, sería el apellido de los antiguos dueños. Quizá el ventrudo y perezoso camarero que lo regentaba sería el último descendiente de una saga que, con los años y venida a menos, sólo había conservado el usufructo de ese edificio, antaño de su propiedad, hoy explotado bajo concesión gracias a un conocido en el ayuntamiento. Mientras Federico esperaba a llevarse la comanda, miraba los carteles del local con el estilo revolucionario del bando republicano en la guerra civil, las pasadas mesas de hierro y cristal con sus sillas a juego, la máquina de tabaco y la tragaperras como anacronismos. Posaba su vista sobre los objetos como si fuera la primera vez que los veía, como si fuera la última vez que los habría de ver, con una dulce melancolía.

    -Aquí tens, noi.

    -Gracias. ¿Qué te debo?

    Al posar su tarjeta sobre el datáfono sintió un repentino miedo que le frunció todas las partes del bajo vientre. Los segundos que transcurrieron desde que la maquinita leyó la tarjeta y se comunicaba con la entidad bancaria de Federico fueron largos como si transcurrieran debajo del agua. Poco antes había comprobado que aún le quedaba algo de dinero en la cuenta pero ¿y si no lo había mirado bien? ¿y si se había equivocado? Aquellas preguntas lo asaltaban siempre que tenía que hacer un dispendio. No soportaba la idea de que la operación resultara denegada y tuviera que inventar una excusa: esta tarjeta no me funciona bien. Entonces el camarero lo miraría con cierta preocupación y condescendencia, quizá con desconfianza, mientras fingía ir a su mesa a por dinero suelto cuando en verdad iría a decirle a Martina que no tenía el montante para pagar los refrescos que se había pedido, los cuales habían resultado más caros de lo esperado. Por suerte, el datáfono ronroneó y empezó a sacar el papelito del tique: venta autorizada.

    Mientras volvía con las bebidas, las copas y el platito de las olivas en las manos, caminando el breve trayecto de la barra a la mesa a la sombra donde Martina se había sentado, se preguntaba si todo aquello era real, cuánto tardaría en despertarse. Los árboles, el edificio con los ojos verdes de sus contraventanas, los tejados que se veían al fondo y hasta el Edificio Walden que se adivinada abajo del todo, todas las cosas lo miraban como a una rata con americana, intruso en un mundo que no le pertenecía.

    -Muchas gracias, guapo.

    -Para servirla, princesa. Este mayordomo siempre a su cordial servicio.

    -Brindo por este mayordomo.  

    -Salud.

    Entrechocaron sus copas y al tiempo del chin-chin, Federico se olvidó de todos sus problemas, como siempre solía sucederle cuando estaba cerca de Martina. El amor tenía ese poder: el de sobreponerse a las dificultades más acuciantes. Uno podía estar muriéndose que, si lo hacía en brazos de la persona amada, la muerte era menos muerte. La ciudad se desplegaba a sus pies como si ellos dos fueran los amos del mundo entero.

    -Me encanta este lugar.

    -Lo sé. Me encanta que te encante.

    Se besaron. Una brisa fresca levantó unas hojas caídas y las arrastró por el suelo llevándoselas colina abajo. Pájaros invisibles cantaban alegres bajo el sol matutino.

    Habían pasado su primera noche juntos y eso los hacía sentirse felices, más optimistas con el presente. Aquello significaba cierto compromiso y esta era una palabra difícil de encajar en los planes de ambos. Lo que había empezado siendo un juego sencillo se había ido complicando y ahora parecía una madeja tan intrincada que solo podría deshacerse con un cuchillo. Cambiar, aunque fuera a mejor, siempre era doloroso.

    -Martina, -su voz cambió como si una nube tapara el sol de repente. Ella se recolocó en la silla mientras él pronunciaba su nombre, sabiendo que aquella conversación que nunca habían tenido, que ninguno de los dos había planeado, estaba próxima a producirse. -¿por qué lo dejaste con Roberto? ¿es que no supo satisfacerte? ¿es eso?

    -¿En qué sentido? -parecía sorprendida por la pregunta, como si no la esperara. Pero su expresión delataba que estaba completamente abierta a hablar sin tapujos ni prejuicios.

    -En qué va a ser. -Federico dio un trago a su cerveza, el frescor ayudó. -En el sexual.

    -No termino de entenderte, Ico. A veces hablas como en metáforas y no te explicas bien.

    -Siempre he pensado que Roberto no supo satisfacerte en la cama, que no conseguía hacerte correr, no sé. Quizá te ocurre lo mismo con tu pareja, que por cierto, no sé ni cómo se llama, ni quiero saberlo. El caso es que me siento como una especie de gigoló.

    Martina rió con ganas mostrando una dentadura perfecta, unas encías sanas como una fresa. Su pelo se derramaba sobre sus hombros y sus pechos, dejando entrever el escote.

    -No sé qué te hace tanta gracia. Estoy hablando en serio.

    -A veces me sorprendes, Ico. Eres capaz de salir con cualquier ocurrencia. ¿En qué piensa esa cabecita de chorlito? A veces me gustaría estar dentro de ti para saberlo.

    -No estoy seguro de que te gustara tanto. Además, no me has contestado la pregunta.

    -Roberto me satisfacía casi tanto como tú. Me lo pasaba muy bien con él en la cama, como me lo paso muy bien contigo. No estoy aquí sentada porque necesite sexo.

    Aquella revelación lo dejó roto en mil pedazos. La suposición más sólida que hasta entonces se había hecho, la razón que en su fuero interno había encontrado para que Martina pasara el tiempo con él se había derrumbado como un castillo de naipes. Federico se quedó con la boca semiabierta y una expresión bobalicona en los ojos. Tuvo el impulso de quedarse callado, de no seguir adelante por aquel terreno pantanoso que hasta entonces, hasta ese día, habían evitado por todos los medios. Pero hoy estaba dispuesto a llegar hasta el final, a saber la verdad de una vez por todas: saber qué eran.

    -Supongo que con tu novio te lo pasas igual de bien. -Federico se había ensombrecido completamente. El corazón golpeaba rítmicamente como un puño sobre una mesa, alimentando su desazón- La verdad es que no sé qué haces conmigo aquí sentada.

    -Pues me estoy tomando una coca-cola, intentando disfrutar la mañana que pareces dispuesto a estropear. ¿Se puede saber qué te pasa? Estás girado como un calcetín.

    Federico guardó silencio. Era mejor no añadir nada más si ella no quería hacerlo. Sentía unas ganas imperiosas de levantarse y salir corriendo, pero permaneció anclado a la silla de metal que lo sostenía sobre el suelo de tierra dura. Encendió un cigarro y respiró. Martina se aproximó, puso los brazos sobre la mesa, le agarró las manos nerviosas.

    -Mira, Ico. Contigo me lo paso muy bien en la cama. Me haces tocar el cielo a veces y yo te lo hago tocar a ti. Pero que me lo pase bien en la cama no es responsabilidad tuya, sino mía. También me lo pasaba muy bien con Roberto, y decirte otra cosa sería mentir. -dio un trago a su refresco. En sus ojos se reflejaban las nubes que pasaban serenas- El sexo no es tan importante como tú piensas. No estoy contigo sólo porque quiera follar contigo, que también. Estoy contigo por cómo eres, cuando follamos y cuando no. Yo creo que deberíamos alegrarnos por eso. ¿O es que tú me quieres sólo para follar?

    -La verdad es que nunca lo he hecho con nadie como contigo. Pensaba que teníamos una conexión especial, no sé, algo que nos unía de una forma diferente. ¿Qué quieres? En cierta manera me decepciona que yo haya sido uno más en tu vida y no alguien especial, alguien que te haya hecho llegar al cielo. Disculpa que me haya enfadado…

    -El sexo es una cuestión de comunicación, Ico. Es verdad que con Robe, sobre todo al principio, no encontrábamos la manera de satisfacernos. Pero poco a poco fuimos cogiendo confianza el uno con el otro y todo fue fluyendo. Al final se trata de decirnos qué es lo que nos gusta y que la otra persona esté dispuesta a escuchar. Si se hace así, cualquiera puede ser un gran amante. Porque no se trata de ser un machoman, como tú te crees, sino de saber escuchar a tu pareja, y de intentar hacerlo lo mejor que puedas.  

    Federico fumaba en silencio y las nubes de su cigarrillo se fundían en el cielo despejado de aquella mañana diáfana. Lo que le había dicho Martina lo había pillado completamente desprevenido y le haría pensar mucho tiempo después de ese día.

    -Vaya, -dijo al fin, rompiendo el silencio de su sorpresa- eres toda una sexóloga.

    -¡Mi hermano es el sexólogo!

    Ahora fue Federico quien rio con ganas, expulsando de golpe el humo de sus pulmones, lo cual le hizo toser un par de veces. Martina era una verdadera caja de sorpresas, no él.

    -¿En serio? -Cuando ella le explicó que era cierto, añadió- No lo sabía, qué interesante.

    -Creo que te encantaría conocer a mi hermano, haríais buenas migas.

    Un silencio gris se apoderó de nuevo de la conversación cuando hubieron terminado las risas de ambos. Las bebidas se habían acabado y el camarero pronto los echaría.  

    -Hay muchas cosas que no sé de ti, Martina.

    Ella se encogió de hombros sin saber qué añadir. Él pensaba en su próxima pregunta.

    -¿Y tu novio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Sabe que yo existo? ¿Te acuestas con él?

    Ahora fue ella quien se ensombreció. Martina podía ser dura como un escorpión si se lo proponía, e igual de dolorosa. Su embrujo era un veneno al cual era difícil sobreponerse. Puso las manos sobre sus muslos desnudos que el vuelo de su falda no conseguía tapar.

    -Aún no estoy preparada para hablar de ese tema contigo, Ico. No es el momento. Te pido paciencia, dentro de poco las cosas se resolverán, pero necesito más tiempo.

    -Tiempo para qué. -dijo él con hartazgo. No dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con Alejandro hacía un par de semanas en la calle Aribau, después de todo, tenía razón en su tesis: Martina, tarde o temprano, le daría una patada en el culo.

    -Voy a dejarlo.

    -Eso ya lo has dicho otras veces.

    -Es difícil. Son muchos años. Pero lo voy a hacer. Dame un poco más de tiempo.

    Se levantaron y mientras recogía sus pertenencias de la mesa, Martina lo abrazó muy fuerte, como si quisiera pedirle perdón por cómo habían resultado todo. Ninguno de los dos había planeado que las cosas salieran así, y no valía la pena buscar inocentes ni culpables.  Al amor le importaba poco quiénes eran los más nobles o los más viles, no seguía unas pautas establecidas y, a veces, no se ajustaba a la moral de lo correcto. Caminaron en silencio por la rampa, cerro abajo, pasando por delante de la puerta de la radio. Al estar frente al edificio encastado en el verdor de la montaña Martina dijo.

    -Nuestra historia daría para una radionovela.

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 13 y 14

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 13 y 14

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco
    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas
    11. Ya me vendrá y 12. La luz no se encendió

    13. De verdad

    Era sábado y el día estaba soleado. Los pocos coches que circulaban por la carretera de tres carriles lo hacían a una velocidad moderada, a no más de 80 kilómetros por hora, para que la ristra de radares sobre los paneles indicativos de la autovía no los asaetaran a base de multas por exceso de velocidad. Federico conducía su vieja furgoneta Citroën, heredada de su padre, por en medio de los carriles, viendo levantarse el sol de las diez de la mañana de un otoño sin lluvia. Las pocas nubes que moteaban el cielo lo cruzaban tímidamente, sin querer llamar la atención, y la luz era de un color amarillento, característico de esa época del año en el Mediterráneo, mar que no quedaba lejos.

    Su salida era Sant Just Desvern. Cuando se miraba desde allí, Sant Just destacaba por su Edificio Walden, obra de un tal Ricardo Bofill que había dejado esparcidas sus creaciones por toda la geografía española, especialmente en Cataluña. En los años del boom inmobiliario, que habría de dejar a tantas familias endeudadas de por vida, el tal Bofill había construido aquí y allá incómodos condominios para las familias obreras. En algunos sitios aquellas laberínticas paredes de obra vista se habían convertido en un hervidero de navajazos, pero estando tan cerca de Barcelona, el edificio Walden había corrido mejor suerte. A pesar de carecer de balcones anchos, de tener una distribución incómoda, de constar de unos pocos metros cuadrados, los pisos en aquel edificio costaban una pasta, y eran unos pocos los privilegiados que podían adquirir su casa en él, donde antes había una construcción barata para obreros, ahora se fingía un lugar exclusivo. En una sociedad cada vez más estamental, la zona era lo más importante.

    Sant Just no era una ciudad dormitorio, no era un barrio a las afueras que tanto se encargaron de retratar con cierto deje de nostalgia y desprecio, a partes iguales, Marsé o Vázquez Montalbán. Probablemente, cuando estos escritores hacían de las suyas y recorrían las calles en busca de grandes historias, como los sabuesos que protagonizaban sus libros, Sant Just sería un pueblo de cuatro casas, alejado de la ciudad. Pero el trazado urbanístico y la suerte habían hecho de aquel poblado un lugar ideal para que los ricos instalaran sus mansiones en los cerros cercanos. Martina le había dicho en varias ocasiones que Iniesta vivía por allí y que llevaba a sus hijos al colegio donde trabajaba ella, aunque estos no eran, igual que el padre, unas lumbreras.

    La ruta del gps pasaba justo por el lado este del Edifico Walden, en dirección a una larga avenida nueva donde habían instalado recientemente la catenaria el tranvía. No era la primera vez que Federico recorría aquellas calles con su coche. Había venido con Martina varias veces y por eso el sistema de navegación no habría sido necesario de no ser porque esta vez se dirigía a un destino diferente del habitual. Podía decirse que Federico se sentía un poco ciudadano de Sant Just, cuyo gentilicio era en catalán. Tenía recuerdos recientes de aquella ciudad al amparo de la delincuencia y de la roña barcelonesa. Eran habituales los parques anchos, los paseos sombreados por los árboles verdes y frondosos, las aceras anchas y las vías rápidas y restringidas a la contaminación. Unos metros a la izquierda, mientras bajaba la larga avenida, quedaba aquel bar donde hacía unos días había coincidido con el cantante de Estopa, vecino de la ciudad también. Estaba tomándose unas cervezas con una pose entre poeta del inframundo y obrero de la antigua Seat, es decir, con un aire que en nada casaba con el de la zona. Pero la gente lo quería por ser una celebridad, aunque él se sintiera algo incómodo. Aquel cantante no venía de muy lejos, su barrio, Cornellá, quedaba justo al otro lado de la autovía por donde había venido Federico, pero esta sí era una ciudad dormitorio, con problemas de drogas y delincuencia, que en las canciones del artista lo habían hecho nacionalmente conocido y admirado por sus letras. Ahora se sentaba con un pijo de Sant Just mientras fingía reírse y todos disimulaban al mirarlo de reojo.

    -Dile algo. -dijo Martina- Te sabes todas sus canciones.

    Era verdad. Federico conocía toda la discografía de aquel tipo. Se sabía sus canciones de memoria, ellas habían sido el hilo musical de los momentos más fundamentales de su vida, desde la cumbre hasta la caída a los infiernos, la música del tipo de al lado, que en ese preciso instante estaba comiendo quicos y dándole tragos a una caña, lo había enseñado como una maestra amable, algo complaciente, no muy exigente, pero inolvidable. Estuvo a punto de levantarse para saludarlo, pero qué le diría: Tus canciones me han acompañado desde siempre y las sé tocar todas con la guitarra. Estaba a unos pocos pasos, en la mesa de al lado del bar, en la terraza donde el cantante y Federico fumaban un cigarro detrás de otro. Te entiendo, sabes. Sé que te sientes como una rata, con la cola por el suelo, en este barrio donde nos dejan estar porque tú eres un artista consagrado y yo porque esta chica piensa que valgo algo la pena por escribir. Los pensamientos de Federico se volvían cada vez más intrincados y extraños.

    -Es igual. Déjalo que se tome la cerveza tranquilo. Seguramente vendrá un tonto de vez en cuando a soltarle el mismo rollo que le soltaría yo. -dio un trago a su cerveza fría.

    Por poco se despista y pierde la ruta que le marcaba el gps, la próxima a la derecha. A través de una calle franqueada de chalés con tapias altas, Federico avanzaba bajo el sol de la mañana en su traqueteante furgonetilla, como si fuera uno de los jardineros que cuidaban aquellos setos bien podados, los cuales no dejaban ver las casas al otro lado. Para qué querían los ricos tanto chalé si luego no podían presumir de ellos, se preguntaba. La delincuencia era un problema creciente y los hacía vivir en una cárcel de oro. Además, los altos setos escondían también las miserias sin afectar al honor familiar. Los pobres lo tenían más difícil para ponerse dignos y elegantes. Como vivían todos amontonados, los problemas eran colectivos, y todos acababan sintiendo pena por el prójimo, que se disfrazaba con una falsa sensación de colectividad, pero cualquier habitante del Carmelo, incluido Federico, se hubiera cambiado al instante por la situación económica de cualquiera de esos habitantes, frívolos insoportables, que tenían el dinero que le faltaba a los demás. El mundo estaba mal repartido, como decía la canción del cantante, ex de Cornellá, que ahora sonaba en la radio del coche.

    Poco a poco, el camino fue estrechándose y el ladrillo fue quedando atrás. Paulatinamente se iba adentrando en uno de los cerros que amurallaban la ciudad, que bien podría haberse considerado Barcelona, de no ser por un ayuntamiento falsamente municipalista que reivindicaba la identidad borrosa de aquellos habitantes venidos de todas partes, atraídos por la proximidad de la capital y por la seguridad del barrio, no por la cultura ni por el folclore que falsamente proclamaban algunos carteles locales. Una hípica quedaba a la izquierda y, justo al pasar por delante de la puerta de la finca, se subía por una calle serpenteante, pero asfaltada, hacia las mansiones de los millonarios. Martina le había dicho varias veces a Federico que su familia poseía empresas en otras zonas de Catalunya, que un abuelo de Lleida, el materno, nacido en la pobreza, había levantado un imperio y lo había repartido entre sus hijos y yernos. Lo cierto es que ella nunca había hecho ostentación de dinero, aunque nunca la había visto preocupada por ese tema en los meses que llevaban viéndose, en los que iban forjando una intimidad.

    A mitad de camino de una cuesta larguísima, un punto azul en el gps marcó que aquella era la dirección. Se bajó del coche y respiró el aire fresco de la zona. Aunque estaba en la altura, no conseguía distinguir nada a lo lejos, dado que se lo impedían los altos muros de la calle, que ahora no dejaban siquiera entrever lo que había detrás del hormigón inexpugnable. Federico sintió algo de frío e inseguridad, como si no debiera estar allí, aparcado con su furgoneta; como si alguien fuera a salir y a llamarle la atención. Pero la calle estaba desierta, no se veía una sola ventana, solo las puertas enormes de los garajes, bien pintadas, que daban acceso a los edificios. Sin encontrar muy bien la puerta, había hecho una perdida a Martina como ella le había pedido cuando estuviera allí. Al cabo de unos pocos minutos, la puerta de garaje más próxima comenzó a moverse sin emitir ruido alguno, como empujada por una mano suave e invisible. Detrás de ella se encontraba Martina, con el mando del garaje en la mano. Vestía ropa de pijama: una camiseta holgada y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas hasta prácticamente la altura de sus braguitas, que se trasparentaban negras por debajo de la fina tela. Estaba descalza sobre el suelo, las uñas pintadas de rojo, pero el piso estaba impoluto, como recién barrido. Le hizo una señal para que entrara con el coche. Federico dudó un momento, pero luego se decidió. Se sentía un intruso, y le gustaba. La puerta daba lugar a un garaje donde cabían cuatro coches grandes. No había ninguno en aquel momento, así que tuvo espacio para maniobrar y no chocar con nada. Al apagar el motor, Martina ya estaba junto a la ventanilla del conductor, sonriente.

    -Menuda casa tienes. -dijo abriendo la puerta del astroso coche entre el rico hormigón.

    Martina parecía no entender -Pero si todavía no has visto nada…

    -No me hace falta verlo para saber que es espectacular. Como tú. -añadió agarrándola de la estrecha cintura y sentándola sobre sus rodillas. La leve tela del pijama sobre sus pantalones hizo el efecto habitual. Sus pechos cimbreaban sin sujetador por debajo de la camiseta del pijama. Una mano se coló por debajo de la ropa y lo apretó como una fruta.

    -Ven. -dijo ella zafándose cuando las manos de él empezaban a colarse por entre la tela de su fino pantalón. -Quiero enseñarte mi casa. -sus pies se posaron sobre el suelo.

    -Claro. -Federico se sentía despertarse de una ensoñación. Se colocó la erección en el pantalón en una postura que no fuera incómoda para andar y la siguió escaleras arriba.

    Desde el garaje a la casa se accedía por unas escaleras que estaban dentro de un corredor blanco, como recién pintado. Una puerta de acceso gris separaba las dependencias innobles donde dormían los vehículos de la familia. Al cruzarla, accedieron a un pasillo atestado de objetos diversos, recuerdos de viajes por todo el mundo: Asia, América, África, etc. La cocina se divisaba al fondo, luminosa. Allí se oía el tis-tis de unas patitas nerviosas picoteando el suelo de gres con las uñas. El perro de Martina, un pichón maltés, saltaba detrás de la puerta acristalaba y soltaba un único ladrido de vez en cuando. Siguieron hacia delante por el amplio pasillo hasta llegar al salón. Federico no pudo evitar que la mandíbula inferior de su boca se quedara colgando inerte mientras sus ojos se paseaban maravillados por la estancia. En la pared del fondo se divisaba una gran cristalera que daba a un jardín bien cuidado, y eso fue lo que llamó primero su atención. Probablemente, por la mañana, el sol entraría a raudales por aquella pared-ventana, que por otra parte parecía impoluta, sin las manchas de polvo o de humedad que habitualmente se ven en las casas de los pobres. Aquel salón era amplio, aunque el desorden contrastaba con la limpieza de las cosas. En el aire se respiraba un tenue olor a Martina, quien había hecho suya aquella estancia en ausencia de la su familia, quienes se habían marchado a su casa en la playa, en la lejana Pals.

    -Me gustaría irme a vivir sola… Pero nunca encontraré una casa como esta. Me encanta.

    Se paseaba por la habitación con la confianza habitual de alguien que es poseedor de una cosa, es decir, de memoria, sin tener que bajar la vista para no chocarse con la rica mesa acristalada donde descansaban los mandos a distancia. Martina tomó uno y encendió un aparato invisible. Una música tranquila empezó a sonar desde todos los rincones de la estancia. El sofá estaba atestado de sábanas, almohadas, prendas de ropa. Parecía que Martina había trasladado el desorden de su habitación a aquella sala, más amplia quizá que su cuarto, que se situaba arriba de unas escaleras. Las paredes eran de color oscuro, que dotaban a la estancia de un aire elegante y cálido, acorde con el color oscuro de las maderas de las que estaba hecha la mesa y los anaqueles llenos de elefantitos de caoba, jirafas pintadas a mano, máscaras largas y un tanto espeluznantes.

    -Mi madre es una loca de África, le encanta.

    Federico no pudo evitar pensar en su propia casa: los únicos recuerdos que colgaban de las paredes eran antiguas fotos de boda, barquitos baratos de conglomerado comprados en ferias de quita y pon, un cuadro de nudos que daban con la suscripción al periódico local en los noventa, en fin, la decoración habitual en la casa de los obreros sin gusto. De ahí venía él y ahí estaba ahora, en aquel salón donde cabía la mitad de la casa de sus padres, paseándose de un lado a otro con las manos en los bolsillos, para no romper nada, poniendo cara de póquer para que Martina no percibiera el síndrome del impostor.

    -Bueno, ¿qué te parece la casa? Desde que hemos entrado que estás muy callado.

    Dijo Martina en algún momento mientras paseaban por el resto de habitaciones. Lo único igual de destacable que el salón fueron en primer lugar el baño del piso superior, el que compartían Martina y su hermano cuando no estaba en su propio piso, allá abajo en Sant Just Desvern. El lugar, a pesar de estar igualmente desordenado por el torbellino de Martina, se encontraba reluciente. Un rico lavabo de fina porcelana se mantenía silente en un rincón de la estancia. La familia había conservado la bañera, de patas doradas, donde bien podría sepultarse el día de mañana un rey catalán en su viaje al más allá. La luz de la consola brillaba sobre la superficie blanquísima del mármol. Pero lo que más le sorprendió fue que en vez de un lavamanos, había dos. Es decir, Martina y su hermano disponían de una pica cada uno, de un espejo, de unos armarios, para prepararse por la mañana para acudir a su rutina diaria. Federico sólo había visto aquello en los edificios públicos, ni siquiera recordaba haberlo visto en las películas.

    -Tu casa me parece muy bonita. -dijo al fin, mientras accionaba el grifo vintage lacado.

    -Y por último, este es mi cuarto. -Martina abrió una de las puertas cercanas al baño.

    Aquel era el único sitio de la casa que no estaba desordenado. La cama estirada y recién hecha, como si una persona experta en aquellos menesteres, la hubiera hecho, con aquella perfección que Federico siempre había admirado de su madre y las demás mujeres de su familia. Pero había algo impersonal en aquella pulcritud, como si hubiera sido la mano de otra persona, y no la de Martina, quien hubiera impuesto ese orden. En el amplio ventanal, había caído el sol de la tarde y se hacía poco a poco de noche. A lo lejos se divisaban las montañas verdes, moteadas de ricas casas, como la de Martina. Sobre el escritorio había algunos libros bien puestos en una esquina de la amplia mesa. Federico tomó uno al azar, por tener las manos ocupadas, La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Qué oportuno, pensó para sus adentros, menuda casa aquella.

    -Mi tocayo.

    -Es mi escritor favorito. -se mordió el labio inferior, dejando de entrever una fila perfecta de dientes en la parte superior, que probablemente habían corregido unos bráquets invisibles en la cada vez más lejana adolescencia- Te confieso que esa es una de las cosas que más me gustan de ti. Hay algo en su escritura que se parece a ti.

    -Será por tener los dos el mismo nombre. Un nombre antiguo, por otra parte.

    -A mí me encanta tu nombre, Ico.

    -Bueno, los nombres son algo determinante que no se elige, como la familia o la nariz.

    Martina rio su ocurrencia y lo abrazó de repente. Federico se sintió embriagado por el perfume de su pelo suelto, que caía sobre los hombros de ambos en una cascada suave, que acariciaba la piel y auguraba caricias más íntimas. Se besaron despacio, mientras el sol desaparecía por la ventana. Sus manos se movían despacio por encima del cuerpo, sin prisa, disfrutando en cada instante de aquel momento, de aquel presente que quizá viviera eternamente en el recuerdo de alguno de los dos, mientras el corazón latiera. Poco a poco, las bocas fueron llenándose de saliva, humedeciendo los contornos de la barbilla. Martina empezó a coger aire y agitarse bajo la ropa, los dedos de sus pies se crispaban sobre el suelo de parquet, descalzos como estaban. Federico quiso conducir su cuerpo hacia la cama, pero ella se lo impidió suavemente. Se apartó y lo miró, sonriente.

    -Vámonos al salón.

    Martina empujó a Federico y este cayó sobre el ancho sofá. Desde que bajaron las escaleras, ella había tomado el control de la situación. Se notaba en sus gestos, más seguros, casi autoritarios, y en su silencio. Se hacía entender con miradas que Federico interpretaba a medias, sintiéndose algo indefenso por no estar en un territorio propio, sino ajeno: la casa de ella. Martina se lo quedó mirando un rato, de pie entre la mesa de té y el sofá. Sin decir nada, se quitó la camiseta lentamente, mientras la música seguía sonando imperceptible para todos. Después de un momento, se bajó los pantalones y las bragas, mostrando su rasurado sexo a la altura de los ojos fijos de Federico, quien recorría sin temor con las pupilas cada una de las pulgadas que el cuerpo de ella ocupaba en el espacio-tiempo. Dejó caer la ropa sobre la alfombra beige del suelo y se arrodilló. Sus pechos cimbreaban con sus movimientos. Federico quiso agarrarlos con una mano temblorosa, pero ella se lo impidió. Mientras, le deshacía el cinturón y lo obligó a desnudarse también, de cintura para abajo, dejando ver una erección que miraba al cielo como buscando, implorando clemencia a una diosa de fuego. Martina agarró su falo y se lo llevó a la boca. Federico miró al techo, luego a ella, luego otra vez al techo y cerró los ojos, casi incapaz de soportar aquel placer indecible que ella le proporcionaba. Su cabeza se movía arriba y abajo con habilidad, cada vez más rápido.

    -Me encanta el sabor de tu polla.

    A pesar de todos los polvos que llevaban juntos, Federico nunca dejaba de sorprenderse por su naturalidad a la hora de abordar los temas sexuales. Había conocido a otras chicas, pero nunca a ninguna que hablara con aquella seguridad, que disfrutara tanto del sexo sin tapujos, sin complejos, sin miedos asociados al acto sacrosanto de la amatoria. Ante aquellos accesos verbales, Federico no podía hacer otra cosa más que callarse.

    Cuando el pene de él empezó a agitarse de forma involuntaria, al primer o segundo escalofrío previo a la eyaculación, Martina se separó. Federico estaba tranquilo. Por una vez sentía que no tenía la responsabilidad de pensar en lo que tenía que hacer, simplemente se dejaba llevar al compás del ritmo que ella marcaba, totalmente abandonado al placer que le brindaba. Se la quedó mirando largamente, de pie, como estaba, frente a él. Su pelo largo caía sobre un hombro. Miró cada uno de los lunares que la constelaban, desde su cara hasta las piernas. Ella se dejaba mirar y aquello era mejor que el propio sexo, la observación atenta y arrobada de otro ser humano, mirar al prójimo como se debe mirar a Dios en las alturas, en un éxtasi efímero pero perenne.

    Martina subió con al sofá. Primero apoyó una rodilla sobre la mullida tela, luego la otra. Los sexos se rozaron sin llegar a conectarse aún. Las manos de Federico acariciaban sus muslos, su trasero, su espalda, subían y bajaban buscando lentamente, sintiendo cada uno de los poros de piel con la palma de las manos, dejando que toda la atención se concentrara en el sentido del tacto amable de un cuerpo caliente y joven.

    -Me gusta cómo me miras.

    Nunca estuvo tan bonita como ese día. Bajo la luz amarilla de los focos sobre sus cabezas, la figura de Martina se dibujaba en todo su esplendor. Desde los pliegues de su sexo hasta la tersura de su piel, reflejaba el brillo cenital sobre su figura de ninfa, perfectamente adaptada al hábitat donde habitaba: aquel sofá testigo de un nuevo amor.

    -Te quiero. -dijo Federico presa del arrobamiento.

    Martina sonrió de una forma completamente nueva, distinta a todas las demás veces cuando un deje de tristeza había empañado el fondo de sus ojos oscuros. Esta vez sus ojos brillaban con la candelita de las luces de la estancia, como si titilaran como estrellas dentro de un universo minúsculo. Sin decir nada, lo abrazó con fuerza.

    Mientras se fundían en aquel abrazo, con los corazones casi tocándose por debajo de la piel, el sexo de ambos se encontró de forma mágica bajo los ombligos de ambos. Sin dejar de abrazarse, se fundieron también allí y al entrar el uno en el otro sintieron que nunca más habrían de separarse, que aquel instante se volvería eterno para siempre y que, a pesar de todas las dificultades, a pesar de la inmoralidad, de todo el sufrimiento, un mundo donde su amor viviera era factible. Un sueño donde su amor era de verdad.

    14. El caniche blanco

    Los sacó del sopor el perro, que se desgañitaba ladrando al otro lado de la puerta de la cocina. Si no hubiera sido por los ladridos del animal, seguramente se habría quedado dormido en el sofá, abrazado al cuerpo desnudo y caliente de Martina. Ella se desperezó, se puso de pie y se marchó, desnuda como estaba, detrás de aquel ruido. Al cabo de pocos segundos, se oyó una puerta abrirse y unos pequeños pasos rascar el suelo de parquet, tis-tis-tis-tis, hasta donde él estaba, echado en el asiento cuan largo era. El animal empezó a ladrar otra vez, denunciando al extraño que ocupaba el lugar donde tantas tardes había sido acariciado por las manos de su dueña hasta el sopor. El cuerpo de un humano amenazante, de un hombre, menguaba las raciones de cariño que aquel bicho mimado recibía diariamente. El pobre se defendía con su ladrido agudo.

    -Este es Floqui. -Informó Martina- Parece que no está muy contento de verte…

    -¿Muerde?

    -No. No te preocupes.

    A Federico no le preocupaba que aquel pequeño ser, enemigo para siempre de su nuevo amor, lo mordiera. Era un animal completamente inofensivo, con una boca más pequeña que una pinza para tender la ropa. Tenía un pelaje blanquísimo, bien cuidado, que debía ser sedoso si se lo acariciaba. Se notaba que el bicho se alimentaba de los mejores sobres de comida del supermercado, de marcas de alimentos para perros que llevan en el dorso las palabras Exquisite o Premium en letras doradas sobre un fondo negro. No era como los perros de su barrio, que estaban obesos porque comían pienso barato y las sobras de sus dueños, también con sobrepeso, con un pelaje ralo, hijos de mil leches, perros apátridas. Aquel animal desconocía los rigores de la vida de sus compañeros perrunos en los barrios de periferia, donde no duraría ni media hora. Ese animal remilgado se creía superior al ser humano y reclamaba su lugar en el sofá.

    -Es un pichón maltés. Tranquil, Floqui, calla, amor meu. -y lo acariciaba. El perro por fin se calmó gracias a las atenciones que le procurara su dueña. Martina acariciaba al perro con la misma mano con la que poco antes lo había acariciado a él y sintió asco.

    -Sólo es un perro. -Se le ocurrió decir.

    Martina lo miró, por primera vez, molesta de verdad. En todo ese tiempo, nunca había visto aquella mirada en sus ojos, aquel odio concentrado que podía inyectarse en la piel para doler como el veneno de un escorpión. Su mirada lo amenazó con echarle de allí.

    -No vuelvas a decir eso.

    Federico reparó en su error. Había quienes estimaban a los animales por encima de las personas. Él no lo entendía, pero debía respetarlo. Que ella amara al perro como a un ser racional no era asunto suyo, ¿debería aprender a compartir ese amor con él y ella? Floqui se había calmado y reposaba tranquilo con la cabeza apoyada sobre las piernas desnudas de Martina. El pelaje blanco del bicho debería acariciar el pubis de ella con el rabo. Sentía un asco indecible. Quería agarrar al animal y lanzarlo contra la pared.

    -Lo siento. Veo que lo quieres mucho y supongo que estoy un poco celoso. Eso es todo.

    Martina lo miró con conmiseración, pensativa, como evaluando si aquel tipo que había rescatado del arroyo, como a un perro arrabalero, valiera tanto la pena después de todo. Pertenecían a mundos tan distintos ella y él, que quizá tenía más en común con el pichón maltés, a pesar de ser un cuadrúpedo que lamía su propio ano dos veces al día. De repente, su mirada se suavizó. En el fondo lo perdonaba. Le gustaba que fuera impulsivo. Lo hacía sentirse un poco en peligro, un poco vulnerable, aunque no lo era.

    -No pasa nada. Floqui ya te ha perdonado. -el perro movía el rabo con gusto, vencedor.

    -¿Hay algún lugar donde pueda fumarme un cigarro?

    -¡Claro! Ahí mismo…

    Martina señaló con la cabeza el ventanal que tenía enfrente. A pesar de que las cortinas estaban echadas, era fácil acceder a la zona ajardinada de la casa por la hoja acristalada semiabierta que hacía las veces de puerta y ventana. Completamente desnudo, con el paquete de tabaco y el mechero una mano, salió hacia afuera un poco airado por la situación. Federico era propenso a los ataques de ira y podía darse de cabezazos contra la pared hasta partirse los cuernos o ver la pared caer. El tabaco lo ayudaba a serenarse.

    Una vez que hubo encendido el cigarrillo, pudo reparar otra vez en el lugar donde estaba. El jardín era amplio y espacioso. El césped estaba bien cortado y era suave al tacto de sus pies. Al fondo, a unos diez metros, había una pared de setos verdes, bien cortados, que suavizaban el gris del alto muro de hormigón que separaba la propiedad de la calle. El frescor verde oscuro de aquel lugar se pegaba en la piel y el olor a la hierba cortada era tan intenso que casi podía tocarse. Parecía que el jardín estuviera recién cortado, como si aquella mañana el jardinero lo hubiera dejado listo y cuidado, como hacía todos los sábados una vez por semana. En una esquina, había una barbacoa pulquérrima, sin los acostumbrados restos de hollín y herramientas quemadas que había visto en otras partes. Parecía recién comprada, como si no le dieran demasiado uso, solo cuando Papá sentía el capricho de preparar carne para su manada: su mujer, hijo, hija, su perrito… ¿y su yerno? Federico se preguntaba a medio cigarro si se reunirían junto a aquella barbacoa el suegro y el yerno, con una cerveza en la mano, comentando el último partido del equipo local o la actualidad del tiempo, en una situación incómoda pero acostumbrada. Intentaba imaginarse a sí mismo junto aquella barbacoa con su posible suegro, el cual había visto en fotos, pero sólo conseguía ver al yerno oficial, el novio, la pareja, el chico, desde hacía tantos años, de Martina. Decidió que era el momento de abordar la cuestión. Si iban a iniciar una relación las cosas tenían que aclararse de una vez por todas. Él la quería, punto. Lucharía por su amor y por ella.  

    Apagó la tacha sobre el suelo y esta crepitó levemente con un sonido siseante. Caminó por las losas de un camino flanqueado de enanitos de jardín, los cuales siempre le habían resultado seres siniestros que cobraran vida por las noches y se dedicaran a los más dispares asuntos, como robar niños o chupar la sangre de las ratas. Lanzó lo que quedaba del cigarrillo por encima del muro, hacia la calle que esperaba vacía, y caminó de vuelta por aquel sendero donde se apostaban aquellos seres avejentados, de narices grandes y miembros abultados, quienes lo miraban pasar sonrientes alzando sus hachas bajo setas alucinógenas. Federico supuso que era la madre quien había impuesto la convivencia con aquellos enanos de yeso, al igual que los parterres de flores que había.

    -¿No tienes frío?

    -La verdad es que un poco.

    -Anda, vente conmigo. -Martina parecía que también se había calmado. El perro gruñó un poco al ver acercarse a Federico pero ella lo contuvo con un manotazo y lo hizo bajarse. -¡Calla, Floqui! -Después de recibir el regaño de su dueña, se perdió de vista.

    -Sabes, -dijo sentándose junto a ella- lo que he dicho antes, lo decía de verdad.

    Adivinando la intención de sus palabras, Martina se lanzó hacia él y lo besó en los labios, tapándole la boca, haciendo que no pronunciara aquellas palabras definitivas que habrían de marcar el rumbo de los acontecimientos: o tu novio o yo, no hay otra. Cuando se separaron, el miembro de Federico estaba otra vez erecto y su mente se había olvidado de los asuntos importantes y tristes. Sólo quería poseerla salvajemente.

    -¿Qué tal si cenamos? Hoy voy a cocinar para ti.

    -¿En serio? -Aquella sorpresa lo puso muy contento- No esperaba que tú cocinaras…

    -¡Pero tú por quién me tomas! -dijo riendo -¿Por una pija de Pedralbes?

    -Por una niña pijita de Sant Just que no sabe freír un huevo.

    Martina le mordió una oreja, con fuerza. -Ay ay ay, vale vale, lo retiro. -ambos reían. Ella se levantó de un salto. Se puso las braguitas y el resto de ropa olvidada en el suelo. Una vez vestida, se quedó mirándolo con los brazos en jarras y los pechos firmes.

    -¿Es que te vas a quedar ahí sentado? Levántate y me ayudas, anda.

    -¿No habías dicho que ibas a cocinar para mí?

    -Bueno, que concine para ti no significa que no tengas que ayudarme.

    -No sé cocinar nada. Soy un pésimo partido.

    -Pues por lo menos me haces compañía y me sirves una copa de vino, eso sí que sabes hacerlo, ¿no? -Estaba preciosa, pero era autoritaria, y a Federico le encantaba el juego.

    Fueron a la cocina y prepararon unas simples pizzas con mucho jamón dulce y mucho queso salado. Se divirtieron como niños con el perro correteando por entre sus piernas. Hablaron de una cosa y de la otra, pero en ningún momento tocaron el tema crucial que llamaba a las puertas de su relación como la cabeza de un ariete. Federico decidió disfrutar del momento y no racionalizar tanto las cosas, lo que tuviera que ser sería.

    Cuando las pizzas estuvieron listas pusieron una película en la gran televisión de pantalla plana. Se sentaron en el sofá e ingirieron las porciones con buen apetito postcoital. En la tele, el maníaco compulsivo de Jack Nicholson se enamoraba de Helen Hunt, una madre soltera con problemas para pagar el alquiler. Iluminados por la luz azul de la pantalla, Federico pensaba que si un amor así podía parecer posible, su amor por Martina también debería serlo, aunque no consiguiera visualizarlo en su imaginación. Pero decidió agarrarse a la realidad del momento, al cuerpo de Martina que respiraba junto al suyo, apoyada en su pecho, tumbada con las piernas largas y los pies desnudos sobre el mullido sofá. Decidió asirse a la idea de que aquella noche se quedaría a dormir por primera vez, que a la mañana siguiente despertarían juntos en un nuevo amanecer donde quizá todo acabaría viéndose más claro, un tiempo en el que las nubes del millón de dudas que poblaban su mente por fin se disiparían. Aquella noche soñaría con que una vida diferente era posible. Un mundo donde su flamante amor crecería fuerte, como el de Helen y Jack, a pesar de todas las dificultades y los factores racionales en contra. Sí, aquella noche se quedaría a dormir, y con un poco de suerte no sería la última vez.

    Federico abrazó fuerte a Martina, apartó su largo pelo del cuello y la besó despacio. Lo arrancó de su agradable ensueño el ladrido que dio, al verlos así, el caniche blanco.  

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 11 y 12

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulos 11 y 12

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer
    2. Sólo el principio
    3. Tú estás loco
    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución
    9. Invito yo y 10. Vinagre y rosas

    11. Ya me vendrá

    Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

    -Qué tal, Roberto.

    No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

    Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

    Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

    Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

    -Estoy vestido para estar en casa.

    -Pero es sábado.

    -Ya.

    Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro de los pantalones, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual socialista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

    -No tengo plan.

    -Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

    -¿Cómo sabías que estaría en casa?

    -No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

    Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía “University” y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

    -Ya estoy.

    La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll / La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y se viera que aquella era una ciudad y un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la ciudad y se la preparó para la llegada del mundo.

    -¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

    -Eran nidos de rata.

    -Ya, ¿pero qué fue de ellos?

    -Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

    -Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

    -Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

    Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo y se culpó.

    -Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

    -Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonald’s montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

    Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios le parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

    -¿De verdad tenemos que ir por ahí?

    A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

    -Todo esfuerzo vale la pena.

    -Si tú lo dices…

    En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero la gente había encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para construir sus nidos de rata en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan.

    Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas cuantas personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la empinadura imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

    -Es imposible…

    -Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

    En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas, que allí era amarilla, daba a la avenida plana un aire avejentado, separado del siglo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

    -Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

    -No me vendría mal un bar ahora.

    Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

    -Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

    -Estoy de acuerdo contigo.

    Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces artificiales que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

    -Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable este, dotado de una magia especial. No podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Esa noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

    -Tengo algo que decirte, Roberto.

    -Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo otro cigarrillo con la punta del anterior que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía alrededor de dos paquetes al día.

    El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba “El Pelat” y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba, sobre la música ambiente, el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

    -Este es el verdadero Carmelo, Federico.

    -Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

    -Voy a saludar.

    Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedico una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no, el alcohol. Droga maldita y letal, absolutamente legalizada y normalizada en la sociedad.

    -Te he pedio una cerveza.

    -Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el paraíso.

    -Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

    -Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

    Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

    -No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado…

    -Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

    -Si quieres te lo presento.

    -Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

    Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

    -No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

    -De quién me estás hablando, tío.

    -De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

    -Verás, Roberto, Martina y yo…

    -Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

    -¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

    -¿Tú te has visto?

    Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

    -Supongo que tienes razón.

    -Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

    -No lo has hecho, tranquilo.

    -¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

    -Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

    11. La luz no se encendió

    Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba al pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un mar de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones evasivas Federico.

    Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable, como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

    Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse, Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era ingeniero en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicó un día.

    Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba una bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio tres veces por semana, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor imposible.

    -He visto que has hecho las maletas.

    Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

    -Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

    -¿Dónde es?

    -En El Carmelo.

    -¿Cuánto pagas?

    -Prefiero no decirlo.

    -En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

    -Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

    Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Serguei. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar.

    -Todo está en las mismas condiciones, como lo encontré.

    -Todo excepto el olor asqueroso de tu tabaco.

    Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

    -Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

    -He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

    -No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

    Si la tensión fuera coloreable, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del color del reproche y dijo:

    -Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento de haberte metido.

    -Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

    Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo para poder salir por fin de aquella casa siniestra.

    -El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

    Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta, cada vez más feliz.  

    -Qué pasa con el tema de la fianza.

    Ioan se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentó no mirarlo demasiado.

    -Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

    Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, una mafia.

    En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

    -Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Gracias por todo, por nada.

    El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

    El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca su corazón quería sentirse optimista y ver en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo.

    Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar, abrir, la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría pero por fin cedió. Al entrar en su casa, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó pero pese a la promesa de Fernando de que todo estaría preparado, la luz no se encendió.  

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor

  • Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 9 y 10

    Barcelona / Elige el corazón / Capítulo 9 y 10

    Nota del Escribidor: Como el domingo pasado no hubo capítulo, esta semana se ofrece un doble capítulo. Pido disculpas a quienes esperaban la historia y me lo han hecho saber por distintos canales.

    Índice de capítulos anteriores

    1. Nada mejor que hacer, 
    2. Sólo el principio,
    3. Tú estás loco
    4. Escribiendo… y 5. Su corazón aplaudía
    6. Día aciago, 7. Su ángel y 8. La solución

    9. Invito yo

    El tío de Roberto se llamaba Fernando y trabajaba como mecánico en el taller cochambroso que tenía justo debajo de su casa. Toda la familia del poeta vivía en un mismo bloque de pisos construido en los sesenta por el abuelo paterno. Se trataba de un edificio cuyo rebozado, antaño color pastel, se iba ennegreciendo cada vez más por la sucia humedad de la calle. Roberto vivía con su familia en el segundo, su tío Fernando en el primero y en el tercero habitaba una tercera hermana con la que no se hablaban. Federico estuvo esperando en la puerta de abajo, situada en un callejón que olía a cañería, mirando un gato que dormía plácidamente en el rincón menos inmundo del rectángulo. Pensaba que, para ser un poeta reconocido, Roberto debería guardar un poco las formas e intentar adecentar todo aquello. Luego pensó que quizá aquella podredumbre arquitectónica formaría parte de un decorado ideal para un poeta de extrarradio. Cuando estaba a punto de acariciar al felino, oyó la hoja del portal abrirse.

    -Buenos días, chaval. -Saludó Fernando con un cigarro en los labios recién prendido. Era un hombre relativamente joven, quizá en la cuarentena, pero se movía como un chaval de veinte años, lo que le confería cierto aire de treintañero. Su nariz aguileña habría recorrido en rayas la distancia entre Barcelona y Tarragona ida y vuelta, pensó. Sonreía con todos los dientes de delante, mostrando algunas muelas ausentes a los lados. Vestía un mono de trabajo azul, como de mecánico, sucio. -Hoy tengo fiesta.

    -Me ha comentado Roberto que alquilas un bajo.

    -Sólo para la buena gente. -y guiñó, sonriente a su sobrino. -Podemos ir a verlo.

    -Mi amigo Federico es muy buena gente, tito.

    En dirección a su futurible casa, Federico se sentía exultante. Aunque no habían hablado de dinero, intuía que Roberto le habría dicho a su tío que la economía del inquilino no era muy boyante, aunque sí suficiente como para hacer frente a un pago pequeño. Además, se animaba Federico, estaban en un barrio obrero, cutre, cuesta arriba, con un trazado urbanístico como un laberinto. No se podía pedir demasiado. Lo que más le atraía de la idea es que, por fin, viviría solo, sin tener que aguantar a otro neurótico.

    Roberto y su tío Federico iban hablando de asuntos familiares a los que Roberto no prestaba demasiada atención, solo la justa para no perder el hilo de las últimas palabras. Los tres fumaban mientras ascendían las rampas de las aceras, las cuales parecían no tener final. Todo era cuesta arriba en el Carmelo, todo era difícil en aquella Barcelona. Tío y sobrino parecían acostumbrados a aquel paisaje, nacidos allí como las serpientes en el desierto, no notaban las rigurosidades de su hábitat porque ellos eran su paisaje.

    -Aquí es.

    Fernando se detuvo delante de una reja. Parecía la entrada a un quiosco de chucherías encastado dentro de una edificación más grande, pero igual de carcomida. Sacó de su bolsillo un manojo de llaves y empezó a buscar la adecuada mientras el humo del cigarrillo se le metía por el ojo izquierdo. Sin inmutarse, escogió una llave verde y abrió un candado especial que abrazaba una barra contra el marco de metal de la reja corredera. La movió con dificultad como si de una persiana se tratara y dejó el espacio justo para que una persona pasara. Dentro había una puerta blanca, muy delicada, opaca, que el tío de Roberto abrió con otra llave que extrajo con un tintineo decadente.

    Una vez vencidas las barreras que daban al interior, Federico recordaría que lo primero que le llamó la atención del sitio era su oscuridad. La tenue claridad de aquella tarde solo conseguía iluminar un breve espacio donde se reflejaba el suelo de baldosas marrón claro. Se distinguía un pequeño televisor y un sofá justo en frente. En medio había una mesa de té llena de polvo. Parecía más bien un pasillo que un salón. Fernando subió las persianas y la claridad dejó ver la cocina al fondo de la sala. El bajo había sido convertido en casa hacía tiempo, quizá a finales de los noventa. Se trataba en realidad de un local comercial cuyas dos ventanas miraban al pie de la calle por donde habían venido. Una estaba en el salón, la otra en la habitación, separada por un tabique. En la pared contraria estaba el baño que constaba de una ducha minúscula, un váter maloliente y una pica con espejo. Todos los muebles estaban juntos, como si pudieras hacer todo a la vez. Federico supuso que sería difícil acostumbrarse a aquella estrechez.

    El tío de Roberto iba explicando cada una de las estancias moviendo las manos y sin dar demasiada información. Habló de que la luz eléctrica no estaba dada, pero que sería fácil proveerla. Como podía ver, el piso estaba completamente amueblado, para entrar.

    Federico iba pasando los ojos de un lado a otro sin decir nada. Llegaron a un patio de luces, al cual se accedía por una puerta detrás de la cocina. Al entrar, la tenue claridad dotaba a las paredes mohosas de un tristísimo color gris azulado. El espacio no debería tener más de diez metros cuadrados, pero la sensación de ahogo era tal que parecía incluso más pequeño. Al mirar arriba, buscando el cielo cenital, la cabeza debía torcerse completamente. La espalda del edificio daba a aquel sitio. Al mirar arriba se veía la ropa tendida de los humildes habitantes de la morada, sus electrodomésticos baratos, sus tendederos con las pinzas puestas. Al bajar la vista, el panorama no era menos desolador. En el suelo había piedras y ruina, los restos de una obra inacabada. Había pinzas tiradas y un ambiente tan húmedo que respirar se hacía pesado. Aquello era un horror, pero Roberto y su tío Fernando actuaban con sincera normalidad, como si la casa fuera en verdad una buena oportunidad y estuviera limpia como los chorros del oro.

    Al volver al salón, Federico se sentía desolado. Se preguntaba cómo demonios haría para vivir en aquel cuchitril infecto y no encontraba una respuesta convincente. De vuelta al salón, el arrendatario notó el silencio del arrendador y lo animó diciéndole:

    -Con un poco de limpieza y un poco de vida, el piso parecerá otro.

    -Sin duda, tito. Aquí hay un montón de espacio.

    -Yo estuve viviendo aquí, ¿sabes? Pasé los mejores años de mi vida entre estas paredes.

    Fernando barrió con una mirada nostálgica las paredes color crema. Federico no sabía si aquel color era por la pintura, por el paso del tiempo o por el polvo adosado a los muros. Se quedó unos segundos callado, sin decir nada. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y todos hicieron lo mismo. Aquello era bueno. Dio un par de caladas y paseó de un lado a otro de la estancia. En realidad podría llegar a acostumbrarse: si el tío de Roberto había podido sobrevivir, por qué no iba a poder él. La cocina estaba pringosa y sucia.

    -¿Los electrodomésticos funcionan?

    -Funciona todo.

    -Y si algo no funcionara, mi tío te lo arreglaría, ¿a que sí, tito?

    -Sin problema. -dijo tirando la ceniza de su cigarrillo al suelo.

    -¿Cuánto es el alquiler?

    Los tres dieron una calada sin pronunciar palabra. Llegaba la hora de la verdad. Federico esperaba no tener que regatear, porque desconocía los rudimentos de esa estrategia comercial. Tío y sobrino se miraron fraternalmente y sonrieron al unísono.

    -Sabes, Federico, -dijo Fernando- me caes bien. Me recuerdas a mí cuando era más joven. Cuando te he visto, he pensado que veía a mi yo de veintipico años, y ya han pasado casi veinte años de eso. Además, tu nombre se parece al mío y empieza por efe.

    Federico se preguntaba en qué acabaría toda aquella perorata, pero permanecía callado.

    -La vida en Barcelona -dijo remarcando la pronunciación de las sílabas de la ciudad- es cada día más cara y es muy difícil encontrar una oferta como esta. La verdad es esa.

    -Pero tito, aún no has dicho el precio del alquiler. No te pases, que Federico es amigo.

    -Se están pagando setecientos euros por un sitio como este en Barcelona. -repitió.

    A Federico se le cayó el alma a los pies. Setecientos euros estaba completamente fuera de su alcance y lo sabía. Entre el transporte, la comida, las facturas y su exiguo sueldo, no llegaría ni aún con las mayores estrecheces a cubrir el precio del alquiler. Fumó sin saber muy bien qué decir. Sintió como la tristeza se le derramaba por dentro de sí.

    -Anda, ya, tito.

    Fernando dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo del salón y lo apagó contra la baldosa marrón claro del piso. Su bota dejó un rastro de ceniza negra.

    -Pero eres amigo de mi sobrino y, como te digo, me caes bien. Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad y quería comerme el mundo y ya ves… -Se metió las manos en los bolsillos como si pensara en los avatares de lo que había sido hasta entonces su díscola vida- Voy a hacerte mi mejor oferta. Y es mi oferta definitiva. No la cambiaré por nada.

    -De acuerdo.

    -Quinientos cincuenta euros.

    -Es una buena oferta. -dijo Roberto. -¿Qué opinas tú, Federico?

    Federico apagó el cigarrillo en la pica de lo que iba a ser su casa en los próximos meses.

    -¿Tengo que dar algún tipo de fianza? -preguntó con inocencia.

    Un pensamiento cruzó como un rayo el pensamiento de Fernando, quien no había pensado en esa posibilidad. Dio apenas un pestañeo, hombre acostumbrado a las decisiones rápidas que otorga una vida dedicada al consumo nasal de estupefacientes.

    -Ciento cincuenta euros.

    Federico reflexióno un momento. Le quedaban doscientos euros en la cuenta y dos semanas para terminar el mes. Debería comer con apenas veinticinco euros la semana.

    -¿Cuándo podría mudarme?

    -Mañana mismo si quieres.

    La perspectiva de abandonar la casa del gay tan pronto le parecía un sueño hecho realidad. Pagaría incluso con su propia alma por no tener que pasar más noches en aquel lugar asfixiante. Pensó en cuánto duraría las gestiones que debería hacer y dijo.

    -El lunes, pasado mañana, me vendría bien. Siempre y cuando ya haya luz.

    -Eso te lo arreglo en un momento. -dijo Fernando extendiendo una mano. Federico la estrechó mirándolo a los ojos y no pudo dejar de advertir una leve sonrisa pícara.

    -Bueno, pues ya está. -Añadió Roberto. -Bienvenido al Carmelo, Federico.

    -Muchas gracias, Roberto. -respondió agradecido, con los ojos emocionados.

    -Ya me lo devolverás algún día, no te preocupes. -respondió con verdadera alegría.

    -Pues yo me voy, chavales. -dijo Fernando marchándose- Nos vemos el lunes, Fede. Os dejo las llaves por si queréis echar un ojo tranquilos. Ya me las traerás tú, Robe.

    -Muchas gracias, Fernando.

    -No hay de qué. Hay que ayudar a que los chavales jóvenes salgan adelante. Está la vida muy mala. -suspiró hondamente y las aletas de su nariz se ensancharon- En mis tiempos las cosas eran más fáciles. Había dinero para la gente como nosotros. Las pesetas…

    -Bueno, tito, no te pongas sentimental. Nos vemos. -dijo Roberto echándolo.

    Fernando se fue tan alegre como había venido. Se quedaron Roberto y Federico solos en la estancia que hacía las veces de salón-cocina. En el silencio se oían las voces de los vecinos que venían del patio de luces. Se mezclaban con los ruidos que provenían de la calle, justo al otro lado de la cancela. Federico paseó de un lado al otro sin rumbo fijo.

    -¿Vamos a tomar una cerveza para celebrarlo?

    -Con esta operación financiera, casi no me queda dinero.

    Roberto, poniendo una mano fraternal sobre su hombro dijo: -A la primera invito yo.

    10. Vinagre y rosas

    Antes de que llamara con dos golpes suaves a la puerta, había visto aparecer su silueta a través del cristal de la ventana. Traía el pelo suelto, como siempre que se ponía guapa. Aunque era otoño, vestía ropa ligera porque el tiempo aún era benigno. Llevaba los hombros desnudos y la rebeca en la mano. Federico se levantó del sofá donde fingía que miraba la tele y se apresuró a abrir la puerta. Martina entró en la sala como un rayo de sol. Sonreía y no decía nada. Caminaba despacio sobre las grises baldosas polvorientas.

    -Así que este es nuestro nidito de amor.

    -Supongo que sí.

    -Enséñame la casa.

    Pasaron de una habitación a otra y en apenas dos minutos ya habían visto todo el espacio que ocupaba aquel hogar sin cédula de habitabilidad. Al llegar a la cama -un colchón de 105 sobre un somier, sin cabecero- Federico esperaba que hicieran en amor. La abrazó por la espalda y apartó su pelo lago que caía sobre su cuello, para besarlo.

    -Te has alisado el cabello.

    -Sí… -dijo ella estremeciéndose un poco y echando la cabeza hacia atrás mientras las manos de él recorrían su cuerpo delgado- ¿Te gusta? -la erección era ya una evidencia.

    -Me encanta. -dijo él sin parar de besarla. Sus manos empezaron a acariciar los pechos de Martina, lo cual era fácil porque llevaba un vestido vaporoso de fina tela veraniega.

    -Un momento, campeón. -Y se apartó bruscamente. Sonriente añadió -Hay que limpiar.

    Sin poder creerlo, Federico bajó las manos que durante unos segundos se quedaron tocando el aire. Volviendo despacio a la realidad, miró a su alrededor. Era cierto. Hacía falta una buena limpieza en aquel lugar oscuro. Más que una casa, parecía una cueva.

    Quiso objetar que salir era peligroso. Podían encontrarse con Roberto y, teniendo en cuenta que había sido hacía unos meses el amante de Martina, que había quedado como el amigo eternamente enamorado y dispuesto a todo por ella, y que, además, era Roberto quien le había conseguido aquel lugar a Federico por intercesión de su tío, salir a pasear por el barrio constituía un deporte de riesgo que quizá acabaría a garrotazos. No se atrevió a exponer sus miedos por no quedar como un cobarde. Decidió salir y.

    -Que sea lo que Dios quiera.

    -¿Cómo? -dijo Martina que había encontrado en la cocina unas bolsas de plástico.

    -Nada. ¿Estás lista? -dijo Federico con la mano sobre le pomo de la puerta.

    -Yo siempre estoy lista, Ico.

    Salieron a la calle cuando el sol de la tarde empezaba a desaparecer. Por suerte, el supermercado no se hallaba demasiado lejos de la vivienda, a apenas unos doscientos metros bajando, eso sí, una cuesta increíblemente pronunciada por donde subían milagrosamente los coches y hasta los microbuses, y por donde habrían de subir ellos luego con la compra a cuestas. Solo de pensarlo daba pereza, pero en fin, ya estaban bajando. Evitaban cogerse de la mano, como solían hacer, y hablaban animadamente como dos amigos que se han encontrado por casualidad en aquel barrio olvidado.

    -¿Cómo te va en el trabajo?

    -Muy bien. -Mintió él.

    -Me alegro. Veo que te has adaptado bien a Barcelona. Ya llevas una buena temporada.

    -Si no fuera por ti, todo habría sido mucho más difícil. -Se sinceró y ella sonrió por eso.

    -Conmigo, todo es más fácil. Ya lo sabes.

    -Tengo ganas de hacerte el amor. No me apetece pasar la única tarde contigo limpiando.

    -No seas impaciente, Ico. Primero hay que dejarlo todo preparado para nuestro amor.

    Ninguno de los dos había pronunciado las palabras clave y cada vez que salía el tema era de refilón, metafóricamente, entre líneas, como estaban haciendo en ese momento. Pero hacía tiempo que el corazón de Federico latía con fuerza por el de Martina, quizá desde el primer momento en que la vio, como ocurre siempre cuando eso se produce. Sin embargo, ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar esas dos palabras que los unirían, de alguna forma, a la eternidad del recuerdo mientras ellos dos vivieran.

    Al llegar al apartamento con la compra, no perdieron tiempo y se pusieron manos a la obra. Llenaron cubos de agua tibia, echaron los vaporosos productos de limpieza y las escobas fueron arrancando el polvo de años incrustado en el suelo. Pusieron música y abrieron las ventanas de par en par. Una brisa fresca, otoñal, penetraba en la casa suavemente, acariciando los brazos y el pelo de Marina, mientras Federico la miraba con arrobamiento. Ella estaba concentrada en una mancha del suelo que no terminaba de salir por más que la fregona pasara una y otra vez por encima, la frotase y volviera al agua oxigenada con friegasuelos. Llevaba el pelo recogido con una trenza y vestía ahora unas mallas ajustadas, como su camiseta, que dejaba ver su silueta de bailarina y su escote generoso. Sus pechos cimbreaban levemente mientras agarraba con fuerza el palo de la fregona, intentando borrar la impureza de aquel piso deshabitado desde hacía años.

    A Federico aquella imagen le pareció de lo más evocadora. Llevado por un resorte, introdujo una de sus manos en el bolsillo derecho del pantalón de chándal que vestía y extrajo su teléfono móvil. Con un dedo tembloroso encontró el botón de la cámara sobre la pantalla y enfocó el cuerpo concentrado de Martina, sus manos agarrando fuerte el palo de la fregona y los mechones de su pelo temblando rítmicamente mientras frotaba.

    -Mírame, guapa.

    Martina salió de su concentración con cierto desconcierto como si se hubiera despertado de un sueño y lo miró. Cuando vio que se proponía a echarle una foto ella sonrió y se incorporó, agarrando el palo con su mano derecha, levemente apoyada en él como si este fuera el báculo de una sacerdotisa del amor carnal que entonces encarnaba ella.

    -Anda que no te gusta verme así, ¿eh?

    -No puedes estar más guapa.

    Era cierto. La simple imagen de ella vestida en ropa de andar por casa, haciendo las tareas del hogar, le parecía algo tremendamente sensual. Cuando la foto estuvo tomada, Federico se dispuso a enseñársela y ella se acercó para verla, olvidando el cubo de la fregona y la mancha inextinguible del suelo. El olor de su pelo lo embriagó por completo. Una de las manos de él rodeó la cintura de Martina y la apretó contra su cuerpo, dejándole notar a ella la erección que palpitaba insistentemente, llamándola.

    -Salgo fatal.

    -Sales perfecta. -dijo él abrazándola suavemente. Empezó a besar suavemente su cuello.

    -Llévame a la cama.

    Contra todo pronóstico, aquella primera vez en el apartamento, hicieron el amor despacio. Como si fueran una pareja de muchos años que se entiende a la perfección, que no tienen que demostrarse nada más que amor, se tumbaron sobre el colchón con sábanas recién lavadas y se acariciaron fervientemente. Ella se quitó sola las mallas ajustadas que llevaba y él los pantalones. Se quedaron desnudos bailando al son de los abrazos y de los gemidos intermitentes que alguno de los dos emitía de vez en cuando.

    El sexo de Federico parecía endurecido por la espera. Siempre en ristre, había dejado de palpitar pero se mantenía completamente firme como un mástil en el aire. Martina sorbía uno de los lóbulos de la oreja de él y ambos se dejaban llevar por un placer extático. El cuerpo de Martina estaba cada vez más caliente a pesar de la brisa fresca que entraba por el ventanal del cuarto, por donde de vez en cuando se oía la voz de alguien que pasaba por la calle, dando la sensación de que estaban así desnudos en medio de la acera. Los besos de Martina iban bajando por su cuello, pero se pararon.

    -Quiero pedirte una cosa. -dijo ella bruscamente, como cambiando de tema.

    -Pídeme lo que quieras. -contestó Federico sin prestar atención a lo que decía.

    -Es en serio.

    Fue entonces cuando él notó la rigidez de su cuerpo y la tensión en sus miembros, que se habían quedado quietos, como congelados. Se preocupó por un momento y su erección casi cimbreó un instante, asustado porque ella lo hubiera pensado mejor y quizá decidiera irse de aquella casa, de su casa, la cual le había conseguido Roberto, su examante y aún enamorado, quien hubiera vendido su alma por tal de pasar una tarde como la que Federico, a sus espaldas, estaba viviendo en el apartamento de su tío. O quizás se había rallado porque estaba lejos de su casa, del barrio de casas ricas al cual ella pertenecía como hija de un catalán burgués que había hecho negocio con los tejidos en una provincia de lejana, sin duda aquel nido de ratas no era digno de ella. O tal vez el problema era su pareja, el novio que tenía desde hacía tantos años, el cual no sabía nada de que Federico existía y a quien Federico obviaba su existencia cada vez con más dificultad como si se tratara de un fantasma o un elefante en una habitación llena de muebles de cristal de bohemia. ¿Así terminaba todo? Federico sabía que la respuesta podría ser que sí. Las cosas en la vida a veces terminaban de repente, como un sueño.

    -Hace tiempo que quiero pedírtelo, pero no sé qué vas a pensar de mí.

    -Martina, me estás preocupando. Suelta lo que tengas que decir. No tengas miedo.

    -Prométeme que no pensarás mal.

    -¡Qué voy a pensar!

    Con el pecho tembloroso por la respiración entrecortada, Martina bajó un momento los ojos mientras un mechón de su pelo caía desde la frente hasta la punta de su pezón rosa.

    -Me gustaría que me lo chuparas. Me gustaría mucho.

    -¿Cómo?- dijo Federico sin entender. Otras veces habían practicado el sexo oral, lo habían tratado con naturalidad, así que no podía ser eso lo que tanto la perturbaba.

    -Ya sabes. -se puso completamente roja. -El ano. -cogió carrerilla- Me gustaría que…

    -¿Has dicho el ano?

    -Sí. Me encantaría que me metieras la lengua dentro. Sé que es un poco raro pero…

    La erección que hasta hace un instante amenazaba con caer cuan larga era, se alzó de repente como movida por un efecto milagroso, como aquellas palabras divinas que hicieron a Lázaro salir de su cueva y echar a andar. Otra vez Federico sentía la palpitación de su corazón allí abajo, como un reloj, tic-tic-tic-tic. Sonrió ampliamente.

    -Nunca lo he hecho. Pero no me importaría probar.

    -¿En serio? Yo te puedo enseñar cómo se hace.

    -Pues tú dirás.

    Se separaron un poco para que ella tuviera el espacio suficiente para moverse. Como estaban completamente desnudos, fue fácil para ambos moverse entre las sábanas. Martina se arrodilló sobre el colchón y se colocó al borde de la cama, con las pantorrillas y los pies en el aire. Sin dejar de mirar a Federico, con una expresión totalmente tomada por el deseo, se inclinó hacia delante, apoyándose en los antebrazos, haciendo que sus pechos colgaran rozando las sábanas. Arqueó la espalda y dijo:

    -Ponte detrás de mí.

    Federico se levantó obediente y un poco vacilante. Se puso detrás de la espalda de Martina y miró hacia abajo. Su sexo también parecía palpitar y se mostraba acuoso, un poco más arriba, se dejaba ver la negrura de otro agujero muy pequeño, hasta entonces casi invisible. Sin saber muy bien cómo proceder, Federico se incinó sobre ella. Con ambas manos separó cada una de sus nalgas. Como desconocía por dónde empezar, empezó a besar la distancia entre el coxis y el ano, suavemente, dejando que los labios lo fueran guiando hasta donde ella quería. Martina no decía nada y solo gemía con fuerza. De repente, Federico lo notó. Era una superficie más resbalosa y húmeda. Recordaría para siempre el sabor salado que tenía y el intenso aroma a cuero que desprendía. Martina casi gritaba de placer mientras su lengua exploraba las esquinas de aquella obertura circular que temblaba bajo la humedad de su lengua, abriéndose poco a poco como una negra flor. Cuando sintió menos resistencia, Federico introdujo su lengua a todo lo que daba, haciendo toda la fuerza de la que aquel órgano era capaz. Las piernas de ella temblaron de placer mientras una de sus manos guiaba la mano de él hacia su sexo, que había quedado olvidado en el aire. Ambas manos, la de él y la de ella, se frotaban contra la piel de Martina haciendo que esta casi echara fuego. Cuando la boca de Federico estaba completamente mojada por el numen de su cuerpo, con la lengua casi agarrotada por el esfuerzo obstinado y casi inconsciente de aquel órgano exhausto, ella se apartó mostrando una leve abertura y un temblor impaciente.

    -Métemela ahora.

    Sin decir nada, Federico obedeció y se introdujo en el cuerpo de ella con delicadeza. Por suerte, no fueron demasiadas las embestidas necesarias para que ella alcanzara el clímax durante tanto rato perseguido. Él se derramó dentro de ella como una lata de refresco que albergara más líquido que el permitido por las fuerzas de la física más elemental. Gimieron ambos casi ahogando un grito atávico y secular, saliendo de lo más hondo.

    Cayeron sobre el colchón exhaustos. Las sábanas manchadas por las secreciones de sus cuerpos. Respiraban agitadamente mirando al techo sin ver la bombilla amarillenta que pendía de un pobre hilo de cable sobre sus cabezas como una espada de Damocles.

    -Dios mío.

    -Me ha encantado.

    -A mí también. Ha sido espectacular.

    Se miraron a los ojos. Los olores empezaron a ocupar la habitación y a hacerse presentes. Ese era el olor del sexo: dulce, espeso, cobrizo. El olor del alma y las vísceras, el olor del cuerpo detrás de los productos aromáticos que lo esconden. Parecía que aquel aroma los hermanara, como si sus almas se hubieran conocido de antes y aquel aroma lo revelara ante ellos. Sin apartar la mirada, confiados la una en el otro:  

    -Te quiero. -dijo alguien.

    -Yo también. -respondió.

    Ese era el olor del sexo, del amor, que huele a sangre y a mierda, a vinagre y rosas.

    …oooOOOooo…

    Nota del Escribidor: El próximo domingo se publicará una nueva entrega de esta historia. Hasta entonces, te invito a seguir explorando el contenido de esta página. Si el relato te gustó, por favor, no dudes en hacérmelo saber. Muchas gracias por estar ahí. Nos vemos pronto con otra entrega. ¡Un abrazo!

    El Pobrecito Escribidor


  • Barcelona / Elige el corazón / Novela corta / Capítulo 1

    Barcelona / Elige el corazón / Novela corta / Capítulo 1

    Nota del autor: Con este capítulo se da comienzo a una serie episodios que girarán en torno a la ciudad de Barcelona donde dos personajes, Martina y Federico, se ven inmersos en una historia de amor y de vida. Todos los domingos se publicará un nuevo capítulo que se irá sumando a este rincón de internet.

    1. Nada mejor que hacer

    -Tengo un regalo para ti.

    Federico mostró un poco de su sonrisa torcida antes de acercar el cigarrillo a sus labios y aspirar. Había visto la bolsa de papel que ella había acarreado durante toda la tarde y se había preguntado por su contenido todo el tiempo, sin atreverse a abordar el tema.

    -No hace falta que me regales nada, Martina. -y engolando la voz- Tú eres un regalo.

    Martina rio y le tendió la bolsa de papel marrón, sin distintivos de ninguna tienda. Al contacto con sus manos, Federico ya supo cuál era el contenido del sobre que estaba dentro. Sonrió ampliamiente dejando ver sus incisivos sucios por el humo del tabaco.

    -Ya sé lo que es.

    -Si no lo supieras serías idiota, Ico, y a mí no me gustan los idiotas.

    Soltó una carcajada y aproximó sus labios a los de ella. Se besaron con lengua violentamente, allí sentados en la terraza del bar, sin miedo a las miradas indiscretas. Sendos cigarrillos habían quedado olvidados en el cenicero y las manos empezaron a buscar las intimidades por encima de la ropa, sin preámbulos ni tapujos. El principio de una exhausta erección empezó a escocer en la entrepierna de Federico y el equivalente femenino sucedía entre las piernas de ella. Hubieran vuelto a hacerlo allí mismo, en medio de la plaza donde estaban, entre las mesas y sillas de aluminio lacado. Pararon.

    -Bueno, abre tu regalo, ¿no?

    El sobre había quedado un poco arrugado entre las manos de Federico, que habían sudado levemente por la exitación. Se había olvidado completamente del regalo, de todo. El pelo larguísimo de Martina caía sobre su fina chaqueta blanca en bucles oscuros y aquella negrura parecía capaz de contener el universo entero en sus ebras.

    -¡Te has quedado empanado, tío! ¡Espabila o te lo quito!

    Ambos rieron. Ferderico comenzó a rasgar el sobre que hacía de papel regalo sin ninguna piedad. Cuando descubrió su contenido, estaba dado la vuelta, sólo se veían las consabidas letras negras de detrás sobre un fondo gris como de tapia de cementerio.

    –El triunfo, -dijo al darle la vuelta. La portada era la foto de un tipo cuyo rostro era indescibrable por lo ajado del cartel de pared que lo albergaba. Podía ser la cara de cualquiera, incluso su propia cara. Era solamente un cartel medio arrancado de la calle. – Francisco Casavella… No me suena de nada… Pero me gusta la portada. Me encanta.

    -Este libro me recuerda a ti. Cuando lo leía me parecía que sonara una rumba estilo Los Chicos de fondo; la oía pero el libro no va de rumba ni nada de eso, ¿entiendes?  

    -Me da la sensación de que has acertado de pleno. No me digas más. Empezaré a leerlo esta misma noche cuando esté en mi cama echándote de menos. Aunque si quieres…

    -No, Ico, esta noche no puedo. -dijo tajante. Un halo de tristeza pasó como una brisa.

    Abrió el volumen por las primeras páginas y se topó con la dedicatoria que había escrito ella. Su letra era limpia y académica, acostumbrada a hacerse entender en una pizarra.

    Para Ico, Por esos momentos inolvidables que juntos vivimos y viviremos en Barcelona.

    -Me encanta, Martina. Sé que me va a gustar sin siquiera haber leído la primera línea.

    -Lo sé. Lo mejor siempre sucede así. Lo sabemos de antemano, como si lo esperáramos.

    -Y lo peor también…

    -Anda, dame un beso y deja la filosofía para esta noche, cuando estés solito en tu cama.

    -Estaré pensando en ti… No me quedará tiempo para pensar en nada más. Vente hoy…

    Una mano dejó el libro en la mesa y empezó a deslizarse arriba y abajo por el muslo de su pierna delgada, lentamente, abajo y arriba, muy despacio, muy suave, con inquietud. 

    -Ya te he dicho que no puedo, Ico. -Ella cambió de tema- Por cierto, ¿qué tal con Roberto?

    La pregunta le cogió desprevenido. No sabía muy bien qué contestarle. Con Roberto bien.

    -Bien. Nos vemos de vez en cuando. Al fin y al cabo, estoy viviendo en la casa de su tío.

    -¿Te gusta El Carmelo?

    -Me encanta. Me siento como el personaje de una novela de Juan Marsé. Hemos salido un par de veces a andar por el barrio. Me ha enseñado los bares y los balcones que dan a la ciudad. Me dijo el otro día que teníamos que ir a los búnqueres. Que iba a flipar.

    -Tiene razón. Te va a encantar. Eso antes estaba lleno de los quinquis que tanto te gustan.

    -Podrías venir tu también, y le podemos decir a Felipe… ¿El sábado que viene?

    -No lo sé… Tendría que mirarlo, Ico. Pero si puedo, me encantaría ir con vosotros.

    -Ojalá tuvieras más libertad. -La mano se detuvo sobre su muslo. Ella la aproximó a su sexo y la apretó contra él. Por debajo de su pantalón vaquero podía intuirse cierta humedad caliente que impregnaba la tela de mezclilla. Su corazón palpitaba con fuerza.

    -Me encantas, chico del Carmelo.

    Se besaron y sus lenguas parecía que quisieran golpearse dentro de la boca del otro. La mano de ella, con sus dedos largos y delgados, agarró con fuerza la erección de Ico, apretando  y soltando alternativa mente mientras iba volviéndose más y más endurecida. La tarde de domingo era gris y desapacible. Pronto oscurecería y casi no había nadie por el Poble Sec. Los gin tonic estaban casi terminados sobre la mesa del bar, aguados.

    -Será mejor que nos vayamos a casa. Ya hemos tenido suficiente por hoy, ¿no crees?

    -Ahora mismo no puedo ir a ningún sitio. -dijo señalándose la entrepierna- Ni andar…

    -Pues espérame aquí.

    Ella se levanto y se aproximó al bar. Mientras se alejaba, Federico pudo apreciar de nuevo su esbelta figura. Vestía unos sencillos pantalones vaqueros ajustados que dibujaban los contornos de sus piernas. Se iba ajustando la chaqueta blanca que ceñía su cintura estrecha. Su cabello cimbreaba levemente a cada paso que daba con sus zapatos acharolados. Poco antes había podido apreciar ese cuerpo desnudo frente a él, de rodillas.

    La vida en Barcelona era imposible como en un milagro. Los precios de las cosas estaban por las nubes y su sueldo de trabajor a media jornada casi no llegaba ni para pagar el tabaco. Con la cuenta prácticametne a cero, intentaba sobrevivir comiendo poco y andando mucho de aquí para allá. Eran muchas las actividades que deseaba hacer, los lugares que quería visitar, pero se alzaba frente a sus sueños la cruel frontera del dinero. Por su parte, Martina no tenía ese problema. Pertenecía a una de las familias más ricas de Barcelona y por eso no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano que hacía las veces de urbanización para empresarios y jugadores de fútbol. Huída de la fábrica de su padre, era profesora en un colegio alemán, donde aquellos pijos llevaban a sus hijos repipis.

    -¿Has pagado tú? -Preguntó Federico mientras ella volvía guardándose la cartera.

    -No me importa. Ya lo sabes.

    Federico sintió vergüenza de sí mismo. Las normas de urbanidad establecían que debería ser él quien corriera a cargo de las cuentas, y no ella. Aunque los tiempos estaban cambiando en la tele y en las redes sociales, en la vida real se sentía aún cierto dolor en el orgullo. Martina no le daba importancia a las cavilaciones de Ico, para ella el dinero era algo natural como el aire que respiraban, un elemento, aunque vital, sin importancia.

    Caminaban por las calles grises cogidos de la mano. Los balcones y las casas, de no más de cuatro o cinco pisos, recordaban a las del barrio de Gracia, pero sin el gramour ni la responsabilidad de ser el sitio de moda. Era un barrio antiguo como cualquier otro de la ciudad, en plena transformación: pronto le llegaría el momento de convertise en otra zona gentrificada, llena de restaurantes para veganos y tiendas de ropa de diseño, de hecho, alguno había ya, pero todavía conservaba el sabor a barrio obrero que pronto se perdería.

    -Me encanta el Poble Sec. Si no viviera en el Carmelo, me encantaría vivir aquí.

    -A mí también me gusta mucho… Algún día podríamos alquilar algo… ¿Te imaginas?

    Lo cierto es que Ico, a pesar de que le hubiera gustado, no conseguía imaginárselo. Solo podía ver el presente, los pasos de ella y de él acompasados, atravesando las calles estrechas que poco a poco se iban oscureciendo. Los pocos paseantes con quienes se cruzaban caminaban con ese aire somnoliento de domingo. Federico no contestó.

    Llegaron al coche de ella y se subieron uno a cada lado. Apenas eran las siete y media de la tarde. Federico se sentía deprimido. Le quedaba toda una tarde aburrida frente al pequeño televisor de su apartamento: un bajo al cual se entraba por la puerta de un garaje. No tenía dinero para ir a ninguna parte y el tabaco escaseaba. La nevera estaba vacía, como su estómago. Al día siguiente era lunes y la perspectiva de su empleo lo perturbaba.

    -Estás muy callado, Ico.

    -En verdad soy un tipo callado. -empezó a pasar las páginas del libro que ella le había regalado sin mirarlas, retorcía el volumen y colocaba el pulgar entre la portada y la contraportada, las páginas se sacudían como una baraja de cartas y se podía sentir cada una de ellas en la yema del dedo por un instante. Con la vista perdida en el cielo gris que amenazaba lluvia, Federico deseba que lloviera. – Ojalá llueva… ¿Hoy vas a verle?

    Ella se quedó callada. Durante un lapso de tiempo solo se oía el rumor del tráfico como un océano al otro lado de las ventanillas. Martina mantuvo su vista al frente, impasible.

    -Estaba pensando que podríamos vernos mañana por la tarde… Podría pasarme por tu ca…

    -¿Él sabe algo de lo nuestro? ¿Lo habéis hablado alguna vez?

    -Mañana por la tarde podría estar en El Carmelo después de las clases, a eso de las cinco.

    -¿Se enteró alguna vez de lo de Roberto? ¿Por eso cortasteis?

    -Ico. No quiero hablar de eso ahora. Quiero disfrutar contigo del ratito que tenemos. Si crees que no puedes entenderlo, podemos buscar una solución… -suspiró- Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido. Sé que para ti es difícil, pero también lo es para mí.

    Federico reflexionó por un momento. ¿A qué venía esa tristeza súbita? ¿Se estaba enamorando? Las cosas estaban muy claras desde el principio, sabía que ella tenía una relación desde hacía años con un chico que para él era un ser borroso, incluso invisible. A pesar de todo, había decidido participar del juego. Total. Él aún no tenía a nadie más.

    -Perdóname. No he sido justo contigo. No tengo derecho a preguntarte. -rio un poco- Supongo que me estoy poniendo celoso. Se me pasará. No tiene la menor importancia.

    Martina lo miró con sus ojos marrón oscuro, sonrieron como sus finos labios.

    -¿Mañana a las cinco y media?

    -No tengo nada mejor que hacer.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: Esta historia continuará el próximo domingo. Puedes seguir las actualizaciones de este sitio registrándote a la newsletter para no perderte nada. Si te has quedado con ganas de más, aquí encontrarás enlaces de otras historias que se han publicado ya. Un saludo y que viva la lectura.

  • La pregunta

    La pregunta

    Como cada miércoles, tocaba hacer la colada. Siempre que llegaba ese día, desde que estaba viviendo en Perú, llevaba mi ropa a la lavandería Laundry Louis, situada en la calle Choqechaka, a unos pocos metros de mi hostal. Se trataba de una pequeña lavandería con las puertas azules. A mí me gustaba esa rutina de los miércoles: el olor a limpio del lugar, el ruido de las máquinas, el hipnótico rodar de los tambores con la ropa dentro. Solía sentarme dentro con una revista y dejaba pasar la hora larga de programa.

    Pero ese día fue diferente. Me sentía especialmente animada y decidí dar una vuelta por el barrio. Como había hecho otras veces, entraría en las tiendas de souvenirs del centro histórico, observaría el ambiente de la ciudad de un día laborable por la mañana, quizá entrara en alguna cafetería para tomar algún chancay cerca de la plaza de Armas, lugar que en la ciudad de Cuzco equivalía a la Plaza Mayor de una ciudad española o europea.

    Pero ese día sería inolvidable. Justo al salir de la lavandería, después de haber dejado mi ropa en un programa largo y cuando aún sentía la huella del botón de encendido en la yema de mi dedo, una joven me paró a pocos pasos de la puerta. Me sobresalté. No esperaba que nadie hablara conmigo a menos que se tratara de una conversación comercial. En aquellos meses que estuve en el Perú pasaba mucho tiempo sola, lejos de mi familia, mis amigos, mi pareja; pensando hacia dónde iba mi vida y cómo sería esta en el futuro, dentro de diez o catorce años. Quizá fuera por el efecto de la altura o de las hojas de coca que habitualmente mascaba, pero aquel lugar me ver más allá de mi presente, casi podía distinguir cómo sería el futuro y me aterraba no entender nada. La chica, de manera muy educada, sabedora de que me había asustado, me preguntó si podía hablar conmigo, porque quería hacerme una consulta. Pronunció esas palabras con un leve temblor en la voz que no me pasó inadvertido. Los ojos de la chica, aunque pequeños y oscuros, transmitían una sincera preocupación. La consigna para una extranjera cuando a una la paraban en la calle era decir que no a todo y seguir andando. No lo hice. Pensé que la chica podía ser un gancho, alguien que me distrajera mientras otra persona metía la mano en mi mochila, o algo peor. Miré a un lado y al otro, buscando al tipo de rostro enjuto por la maldad que habría de apuñalarme en mitad de la calle, pero no vi a nadie. Pese a mis recelos del primer mundo, algo me decía quédate.

    Con actitud dubitativa le pedí que me explicara, rápido porque tenía prisa, de qué se trataba el asunto. Me pidió, con una educación exquisita y el dulce acento de su voz, si podíamos ir unos metros más adelante, para hablar más tranquilas, ya que me había abordado justo en la puerta del establecimiento y nos encontrábamos paradas en medio de la acera, obstaculizando el paso de los viandantes. Comenzamos a andar sin un rumbo definido. Aún seguía mirando con un ojo a mi espalda por si alguien más nos seguía y con el otro evitaba pasar por las calles poco concurridas de la ciudad.

    Su nombre era Rosa, tenía 19 años y desde que había nacido había vivido en Cuzco. Era morena, un poco más bajita que yo. Tenía el pelo nigérrimo y su melena de chica joven se derramaba sobre sus hombros hasta la altura de unos pechos generosos. Su cara era regordeta, aunque ella no tenía sobrepeso y sus piernas estaban bien proporcionadas. Sus ojos eran bonitos, en forma de avellana, quizá herencia de alguna tatarabuela medio española con sangre árabe. Sus labios eran carnosos y tenía una sonrisa muy especial. Una vez hechas las presentaciones, me preguntó de dónde venía yo. Pronuncié el nombre de mi pequeña ciudad y ella demostró no haber escuchado aquel nombre en toda su vida, así que le dije que estaba muy cerca de Barcelona y Rosa se situó.

    -La he parado porque quería preguntarle a usted algo importante… -respiró hondo y habló de sopetón. Como lanzándose de cabeza una piscina invisible dijo: -Estoy esperando. -Después de ver mi cara, continuó -Estoy embarazada, de dos meses.

    -¡Enhorabuena! -dije yo, sin saber muy bien qué decir. La expresión de ella era una mezcla de felicidad y de preocupación a un nivel altísimo de intensidad, insoportable.

    -Me gustaría saber, si es tan amable: ¿qué haría una chica extranjera en mi situación?

    Mi cara cambió de golpe. Por fin dejé de pensar que me quería robar y me relajé. En silencio, intentaba asimilar lo que estaba ocurriendo bajo el tenue sol de aquella mañana de un miércoles cualquiera. No nos llevábamos tantos años. Ella tenía 19 y yo 24, pero parecíamos de la misma edad porque yo siempre he aparentado menos años de los que tengo. Mi cabeza iba a mil pensamientos por segundo y me notaba un poco mareada. Sentía la brisa del destino. Del medio millón de personas que había en la ciudad de Cuzco por aquel entonces, me había elegido a mí para hablar de algo tan personal, la conversación más importante que habría de tener en su vida. Seguramente no había hablado con sus padres, quizá no tuviera a ninguna amiga a quién acudir. Pude sentir la soledad de aquella chica en mi corazón y me emocioné mucho. Nos sentamos en uno de los bancos cercanos a la Plaza de Armas, bajo la sombra de un árbol con dos troncos gruesos y retorcidos, que a mí tanto me recordaban a los olivos centenarios de mi país.

    -Soy la mayor de cuatro hermanos. La que tiene que dar ejemplo… -suspiró, triste. -Mis padres no saben nada. Ellos han trabajado tanto para darnos las posibilidades que ellos no habían podido tener… Sólo de pensarlo me entran ganas de llorar… -y se derrumbó.

    Intenté tranquilizarla le mejor que supe. Le pedí que me hablara del padre de la criatura.

    -Se llama Amaru. Es muy guapo. Tengo una foto en la cartera- Rebuscó en su bolso.

    Se trataba de un cholo de pelo muy negro, ojos oscuros y sonrisa franca, con unos dientes bien alineados, herencia de los incas. Aunque a mí no me parecía muy guapo, entendí que para ella era el tipo más atractivo del mundo solo con ver cómo sus ojos se posaban por la flamante fotografía tamaño carné que llevaba en un monedero astroso.

    -Nos conocemos desde el instituto, pero empezamos a salir desde hace menos de un año. Acaba de entrar en la Universidad de Cuzco, como yo. Quiero ser maestra y él estudia una ingeniería. Amaru me apoya en todo… -sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas- Me ha dicho que me acompañará hasta el final, decida lo que decida.

    Las dos opciones para Rosa eran muy claras. O bien tenía al bebé que esperaba, lo cual implicaba casarse muy joven, abandonar los estudios, buscar un hogar para la nueva familia; o bien buscar una de esas señoras que mandaban a los nonatos al limbo. Ambos caminos entrañaban muchos peligros y dificultades en aquel Perú de principios de siglo. La llegada de un bebé cambia la vida de una mujer y Rosa lo sabía muy bien. Tendría que sacrificar su vida, lo que hasta entonces había conseguido gracias a su esfuerzo y al sacrificio de sus padres. Lo más duro de todo, decía, era que decepcionaría a sus papás.  

    -No digas eso, Rosa. Seguro que ellos terminan por comprender y aceptar la situación.

    El tiempo se detuvo en la Plaza de Armas de Cuzco. Sin darme cuenta, estuvimos hablando casi una hora sentadas en el banco, a la sombra verde de aquel árbol que nos escuchaba en silencio. Poco a poco, los silencios se fueron haciendo más largos a medida que Rosa se iba desahogando. Al final no quedaron palabras, porque las palabras sobraban. Nos levantamos a la vez y nos miramos frente a frente. Se despidió de mí agradeciendo mi tiempo y aquella charla. Yo le respondí con un abrazo fuerte, desde lo más profundo de mi corazón. Ambas nos emocionamos mucho. Nos dimos nuestros correos electrónicos para poder estar en contacto: seremos amigas por siempre.

    Con el calor de su corazón todavía en las manos, volví en dirección a la lavandería donde había dejado olvidada mi ropa. Rosa continuó calle abajo. Me giré antes de entrar en el local y ya no la vi. No podía ser. No había otras calles o desvíos posibles para que ella se hubiera esfumado tan pronto. En un abrir y cerrar de ojos había desaparecido. Una extraña sensación se me quedó dentro, como si Rosa en verdad no hubiera existido. La preocupación por mi ropa abandonada me hizo volver a la realidad y empujé la puerta que tenía agarrada con una mano temblorosa. Por suerte, allí estaba mi colada.

    Nunca recibí un correo suyo. Al poco tiempo, busqué el papel donde tenía apuntada su dirección para preguntarle cómo había ido todo, pero extrañamente no lo encontré. Todavía me pregunto qué camino habrá elegido y sigo cavilando: ¿por qué yo? Supongo que el destino tiene una respuesta y que yo nunca la sabré. Durante nuestra conversación, no supe darle un consejo claro. Solamente me limité a lo más importante: escucharla. Mientras lo hacía, pensaba que después de todo Rosa era afortunada por contar con alguien como Amaru, que la quería y estaba dispuesto a ir con ella hasta el final. Rosa me hizo pensar en mí misma: ¿Qué me hubiera pasado a mí en su lugar?

    Me quedo con lo que le dije una y otra vez mientras ambas nos emocionábamos, sentadas en aquella preciosa plaza cuzqueña, a la sombra del árbol milenario:

    -Supongo que no hay una respuesta correcta. Las cosas pasan porque tienen que pasar.   

    Nota del autor: Idea original de Marina