Etiqueta: filosofía

  • La literatura del futuro glorioso que nos espera

    La literatura del futuro glorioso que nos espera

    Me rodean los libros y los papeles. El cenicero lleno de cerillas en un rincón y una taza de café vacía junto a la ventana. Está nublado, pero corre el aire y lo agradezco porque es agosto de 2020. Hoy he tenido un día difícil, aún no entiendo muy bien por qué. Me asaltó un sentimiento de zozobra y la ansiedad invadió mis miembros. Juzgo mi prosa de vacua. Escribir me ayuda a soltar lastre. Llevo mucho tiempo sin escribir, sin voluntad de expresar algo, una idea propia y elaborada, una imagen, una historia, un estilo. Primero fueron las reseñas, luego las oposiciones. Siento que no he escrito todo lo que me gustaría y, cuando pierdo la fe, escribo una historia que me divierte y me da esperanzas. Pero luego no sé qué hacer con ella y los vientos no soplan a mi favor en ese sentido, no encuentro el camino, no puedo ser un artista, que es lo que más me gustaría. O si lo soy, no puedo ganarme la vida con ello y busco subterfugios en la docencia o en mi vida personal, que es quizá lo más importante y lo que me podría convertir, algún día, en un escritor que valiera la pena leer. En fin, escribo como esas adolescentes feministas de insta.

    Estoy leyendo un libro interesante, la Biblia. Siento que una fuerza inusitada me protege, me libera. Por lo menos hasta hoy, cuando un viejo sentimiento de congoja me ha asaltado cuando menos lo esperaba. Ha pasado la tormenta y ahora estoy más tranquilo y más cansado. He leído y he terminado el Antiguo Testamento. Muchísimas páginas y muchísimas horas de reflexión. Tengo una edición que tomé prestada de casa de mi tía durante la infancia. Para mí los libros siempre representaron una tabla de salvación para un chaval atribulado. Me llamo Ricardo, es un nombre difícil de llevar. Hasta Pablo Neruda se cambió mi nombre porque le resultarían costosas las erres y esa o al final que durante unos años omití. Luego me acostumbré a su presencia como el que abraza un destino aciago para sentirse más cómodo consigo mismo. No me cambié el nombre como Pablo. Quizá soy su rencarnación española y mi misión en la vida es aguantar con mi nombre e intentar hacer lo mismo que él, es decir yo. Difíciles conceptos.

    He pensado en editar una obra con comentarios para que los jueces encuentren a qué me refiero con cada giro y entiendan que nada es baladí, aunque lo parezca. Me gusta eso de la vida, todo parece vanidad y la cosa más vana es la más importante. El diablo está en los detalles, y es verdad. Un diablo figurado, ni bueno ni malo, pero astuto, que da su bien o su mal por los resquicios abiertos que dejan los detalles. Las palabras son importantes por lo que significan, no por lo que son en sí mismas. Porque uno diga “planta”, el hecho de decirlo o escribirlo, no significa nada. Las palabras son en un contexto inabarcable de aspectos del todo inescrutables.

    Nunca fue mi fuerte la poesía. Si hubiera sido poeta, hubiera escrito menos y con mejor suerte. Por lo menos sería como esos tipos que se creen algo. Me gusta cómo leen su propia poesía, el tono que toman cuando se leen a sí mismos, sabiendo que nadie más lo hará si no es por un interés fuera del arte mismo. El arte por el arte, pero la fama y los placeres por encima del arte. No lo entiendo, nunca ganarán su lugar en la Historia, ni siquiera en la historia de su propia vida. Entonces, para qué escribir. Para la aprobación del Arte, con mayúsculas, y de Dios. En el papel en blanco es el único sitio donde soy libre. Quiero escribir algo para los demás, que sea bueno.

    Una historia que los inspire como tantas veces me han inspirado a mí. Sin rencores ni venganzas veladas. Quizá por eso no se me entiende. He querido alcanzar conceptos para los que no estaba preparada mi condición social. En mi familia no había un maldito libro y siempre he creído en mi familia, o una parte de mí que ha querido ser verdadera y fiel lo ha hecho. No he podido evitarlo, aunque conociera sus errores o las tendencias que me alejaban del camino que yo quería y que quizá me dejaban en un camino mejor.

    Últimamente digo un par de ideas que no son del todo malas. La primera es que tenemos que aprender continuamente. Es decir, ahora estoy leyendo el libro y estoy aprendiendo mucho, pero si desde hoy no lo leyera más y leyera otras cosas, me pregunto hasta qué punto la lectura de hoy quedaría en mí, si no habría, al cabo de los años, un recuerdo borroso que tiene poco que ver conmigo. Poco, pero algo, y supongo que ahí esta la clave. Lo vivido nos configura, no por el hecho acumulativo de los recuerdos a través de los cuales sacamos una conclusión lógica de las cosas presentes, las menos de las veces es así. Ni siquiera los más inteligentes han logrado entender las razones de sus actos y de los actos de los demás y la suma de unos y otros en el itinerario vital de cada uno. Esa es una.

    La segunda es que las personas necesitamos problemas asumibles para ser felices. Una vez que las cosas están controladas, empieza el aburrimiento y la envidia. Cuando uno trabaja por lo suyo, no necesita nada más, bastante tiene con sus problemas para mirar a los demás: vivir sin mirar a los lados. Aunque a veces es inevitable parar y decirse, cómo va la cosa. Me pregunto si verdaderamente es necesario, si no distrae y retrasa de la labor verdadera. Todo esto lo escribo evitando una circunstancia que ha iniciado mi texto: un tipo me ha pedido un favor demasiado grande. He aprendido algo del Libro: no hay que ayudar a los enemigos, porque entonces ellos crecen y te pisotean a ti. Tampoco se debe pisar a nadie, pero hay que ir con cuidado en este mundo. Cada uno da lo que recibe, pero hay que mirar bien a quién se le da y a quién no.

    Cuántas veces me he sentido vacío, desvalijado, cuando me he prodigado bajo el ideal de ayudar a los demás sin mirar quiénes son. Ahora soy más cínico, o más escéptico, o siempre lo he sido. El caso es que no me fío de cualquiera porque no puedo condicionar las cosas que me importan a un error personal, a un descuido por el orgullo de decir: soy el mejor, te ayudaré. Tampoco me prodigo en mis triunfos, aunque los lucho con todas mis fuerzas. Parece que las cosas cobran sentido cuando uno las realiza y añade a la vida un verso con el que contribuir que diría Whitman y que escuché en la película famosa del Capitán y los grumetes. En fin, me desoriento, me disperso, me voy por los cerros de Úbeda y la exploro sin haber estado nunca allí. En cada rincón hay una sorpresa y puede ser que esta sea la literatura del futuro glorioso que nos espera.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor:

    Debido a que ando con las galeradas del que será mi primer libro en papel (próximamente iré dando información sobre este asunto), estoy dedicando el tiempo de escritura a la corrección de la versión definitiva.

    Hoy publico este fragmento perdido por mi ordenador, pero que en su momento me pareció muy inspirado.

    Muchas gracias por el apoyo. Un abrazo,
    Ricardo R. B.

  • Se busca voz para grupo de rock

    Se busca voz para grupo de rock

    -Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. -y apuró el cigarrillo.

    El otro lo miraba con una expresión indiferente, quizás de superioridad. No importaba, había que tragar con todo aquello. Al fin y al cabo, era un trabajo como cualquier otro.

    -¿Vamos?

    -Venga, tú primero.

    Pasaron hacia dentro y dejaron fuera el tronar ensordecedor de las chicharras. Hacía un calor insufrible y sudaba, sobre todo sus manos. No sabía si eso iba a salir bien tal y como estaba: estúpidamente nervioso. Cogió aire y penetró en la oscuridad del recinto.

    Al cabo de unos pasillos, llegaron al estudio. El ambiente era como el de todos los lugares de esa clase. El olor era agradable, como de madera barnizada. Le parecía un misterio cómo se generaba aquel sabor en el aire: mezcla se sudor, cerveza y guitarras.

    -Este es Felipe. Viene a hacer la prueba.

    El grupo no tocaba en ese momento, pero estaban colocados como si fueran a ensayar otro trema. Primero saludó al batería, un tipo gordo y malcarado. Luego al bajista, pelo largo y con una cara bastante horrible. El guitarra, también feo, pero con el pelo corto. El que lo había recibido en la puerta era un amigo. Buscaban una voz para la formación.

    Saludó a todos. Estaban un poco nerviosos, pero actuaban como si no, lo cual producía cierta incomodidad. Dejó la funda en el suelo y empezó sacar de ella su vieja guitarra.

    -Veo que traes tu guitarra.

    -Sí.

    -Sólo buscamos un cantante, además es una guitarra española. Nos interesa más el rock.

    -Bueno. ¿Qué queréis que cante?

    -Mira, ¿conoces esta canción? -Y le hizo llegar una hoja mal impresa con la letra de una canción punki. Era de un grupo cuyo líder había muerto en los noventa por la heroína.

    -Claro que la conozco.

    -Pues venga. Un, dos, tres, y…

    La música, si puede llamarse así a cuatro acordes mal ejecutados, empezó a sonar. Como hacía siglos que no escuchaba la canción, tuvo serias dudas a la hora de entrar. Mientras todos ejecutaban la pieza, pensaba que lo habían descartado nada más llegar.

    Empezó a cantar, pero la calidad del micro era tan mala, tocaban tan fuerte y estaban tan metidos en lo suyo, que difícilmente podían escuchar cómo lo hacía. Por su parte, estaba un poco nervioso, pero no lo hizo mal. A medida que la canción avanzaba se iba sintiendo más seguro y, sabiendo que estaba descartado desde el principio, pensó que no perdía nada por disfrutar del karaoke. Así que se dejó llevar y la canción terminó.

    -¿Qué tal? ¿Cómo lo veis?

    Todos guardaron silencio. Era una condena aquella quietud. No les había gustado, ni siquiera lo habían escuchado. Pero bueno, eso era el mundo: no escucharse unos a otros.

    Sacó la guitarra de la funda. Era una vieja Alhambra. La enchufó en uno de los amplificadores que había, sin pedir permiso. Por lo menos, la experiencia serviría para tocar un par de canciones delante de desconocidos. Siempre había tocado en su casa.

    -¿Os sabéis esta?

    Empezó a rasgar la rueda de acordes que se había preparado. Los músicos decían conocer la canción, pero no se animaban a tocarla con él. Mejor. Por lo menos lo escucharían. Tocó y cantó el tema en apenas tres minutos sin mirar qué hacía el resto.

    -Bueno -dijo uno de ellos cuando terminó-, pues ya te diremos algo.

    Pues ya estaba todo dicho. Pero había venido con el coche de un amigo y tenía que esperarse hasta que terminada la sesión para poder marcharse a su casa. Su amigo lo miraba con una expresión lastimera, como el que dice con los ojos: “Te lo dije, tío”.

    Una vez sentado en un rincón de la sala, pudo escuchar al grupo sin la presión de tener que participar en el ruido. El batería era bastante malo. Percutía un ritmo sin fuerza, sin ganas. Ninguno tenía un talento especial. Por lo menos, él se sentía con más gracia, pero qué artista no se cree tocado por los dioses. Y cuando no se sentía así, se autoconvencía.

    Como no tenía nada mejor que hacer, cogió una de las cervezas que había en una pequeña nevera. Si le decían algo, se haría el sueco. Pero solo lo miraron con expresión contrariada y guardaron silencio. La gente es cobarde y prefiere urdir sus pequeñas venganzas con argucias. Lo sabía porque lo había visto en todas partes. La vida funciona de esta manera: nadie te respeta hasta que sienten que deben respetarte.

    -Pues a mí me parecéis bastante malos, la verdad. No sé si querría tocar con vosotros.

    La expresión general cambió. El bajista lo miró con rabia y entró en el trapo rápido.

    -Bueno, si no te gusta, ya te puedes ir.

    -Tengo que esperar a que termine Arturo. -el amigo que lo había traído al ensayo. -De todas maneras, deberías aprender a encajar las críticas. Tocando así no llegaréis a ninguna parte. He visto millones de grupos de versiones. No tocáis nada vuestro.

    -Nosotros solo queremos tocar. -dijo el guitarra solista- Nos importa poco la letra.

    -¿Qué grupo que haya llegado a alguna parte conoces que haga esa clase de comentario?

    -Tú que sabrás. Primero aprende a tocar lo básico, y luego podrás hablar con nosotros.

    -Estoy hasta las narices de la gente como vosotros. No sabéis nada y preferís ignorar vuestra mediocridad patente. No es prepotencia, es simplemente observación. ¿Leéis?

    Silencio sepulcral. Mi amigo empezó a recoger su guitarra. El ensayo se había terminado, por lo menos para ellos dos, pues era él quien tenía que llevarlo a casa. Por lo menos no se lo había quedado dentro. Ahora los miraba con una expresión de superioridad, como a seres inferiores, aunque numerosos: esa siempre es su fuerza.

    -En fin. Ya os apañaréis, artistas. Que os den por culo. Acordaros de mí al fracasar.

    Y salió con la guitarra al hombro. Salió a la calle. El sol había bajado un poco en el horizonte, pero aún era de día y las chicharras seguían con sus canciones. Empezó a liar un cigarrillo en la puerta mientras esperaba a que saliera su amigo. No tenía prisa a pesar de que hacía calor. Estaba en la calle y se sentía a gusto a la intemperie.

    Cuando terminó el cigarrillo y empezó a liar el segundo, su amigo salió por la puerta.

    -Eres un gilipollas, tío.

    -Ya. Ellos también lo son. No harás nada interesante con esta gente.

    -No sé cómo he podido traerte. Sabía que te ibas a poner estupendo, como siempre.

    -Bueno, teníamos que probar. Pero bueno, al final ha pasado lo de siempre. Imbéciles.

    -Tío, creo que deberías abrir la mente. -Estaban en el coche, ventanillas bajadas porque el viejo vehículo no había llegado a la era de aire acondicionado. Ambos fumaban. -Te recomiendo que salgas a ver mundo. Pasas todos los veranos aquí. Trabajas todo el año y lo único que haces es soñar, no llevas nada a cabo. Está bien leer, pero hasta cierto punto. Muchos de tus prejuicios se esfumarían si salieras de tu centro de confort.

     -Salgo de mi centro de confort de lunes a viernes de siete de la mañana a tres de la tarde. Vosotros también deberíais probarlo: un poco de realidad no está mal. Te conecta con el público, con lo real de la vida, con la gente. En el cogollito punk no haréis nada.

    -Joder, Felipe, no sé cómo podemos ser amigos. No entiendo como puedes pensar así.

    -Ya te lo he dicho antes, pero parece que no escuchas. Me gustaría ir por el mundo haciendo el pobre, pero soy pobre. Tú también lo eres. Los viajes de Instagram son una estafa, ¿no te das cuenta? Gente haciendo lo que les han dicho que hagan para encontrarse. Luego no pueden pasar ni media hora a solas en su casa, con su soledad.

    -No vale la pena seguir hablando contigo.

    Pasaron el resto del trayecto en silencio, hasta que llegaron al pueblo. El coche se detuvo delante de su casa. Le diría al colega de subir y echar una cerveza: hacer las paces. Pero el orgullo es una frontera demasiado alta a veces, a pesar de ser inútil.

    -Oye, Felipe, quiero decirte una cosa.

    -Mira, Arturo, soy así, tío. Lo único es que me ha jodido que no me escucharan. Ya se me pasará. Perdona la pataleta, por lo menos no me he quedado con el demonio dentro.

    -No es eso. Verás. Quieren que vengas al ensayo el próximo jueves.

    -¿En serio?

    -Sí, les ha molado la canción que has tocado. La verdad es que es buena, aunque me cueste decírtelo porque eres un prepotente gilipollas. Quieren probar el próximo día.

    -No me jodas. No tenía ni idea. Pensaba que me habían descartado.

    -Siempre estás adelantándote a las cosas. Fluye, tío, fluye como el viento.

    -No me va el yoga y esas mierdas indias. Me pensaré lo del próximo jueves. ¿Una birra?

    -Otro día, tío. Tengo cosas que hacer. Pero podemos vernos mañana para ensayar.

    -Venga.

    -Dame un abrazo, anda.

    Subió a su casa y se pasó el resto de la tarde tocando. Por fin tenía una banda. Era feliz.

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: La primera vez que publiqué esta entrada fue en agosto de 2022. Afortunadamente, casi nadie la leyó, ya que desde esa fecha hasta ahora son muchos más los amigos que pasan por esta página.

    Debido a que ando con las galeradas del que será mi primer libro en papel (próximamente iré dando información sobre este asunto), estoy dedicando el tiempo de escritura a la corrección de la versión definitiva.

    Hoy publico esta historia perdida y poco leída, pero que en su momento me pareció muy inspirada.

    Muchas gracias por el apoyo. Un abrazo,
    Ricardo R. B.

  • Tres poemas para ti

    Tres poemas para ti

    su hijo está cubierto

    el borracho de la mesa de al lado
    sabe moai tai y tiene cuatro o
    cinco negocios. tiene también un hijo
    de ocho meses que está
    cubierto.
    habla con una mujer que ha
    escrito un libro y el borracho
    pide que le vigile la chaqueta de
    diez euros mientras va al baño.

    una paloma indolente me
    mira mientras escribo mi poema.
    la pareja de la escritora se ríe
    del borracho mientras no está.
    el sol cae a plomo este invierno y
    quema a las tres de la tarde.

    solo una vez tuvo el borracho
    que pegar a alguien quien pegó
    a su perro chiuaua que se pasea
    sin collar y sin correa de un lado
    al otro de la acera. temo que se acerque
    y tenga que ser yo el segundo
    alguien.

    pregunta el borracho por el libro.
    la escritora se lo deja y el borracho
    pregunta por el precio. 20 euros.
    pregunta otra vez si se lo regala
    y la pareja de la escritora cambia de
    tema.

    su hijo está cubierto.

    el joven borracho lee que
    flipas, según sus propias palabras,
    pero nada se revela en su dicción.

    el chiuaua se escapa y va a
    otra mesa. su dueño habla de
    Argentina donde estuvo hace
    un tiempo.

    se sienta en la mesa de la pareja.
    ha pagado dos cervezas
    y espera que le pagen otras
    dos.

    su hijo de ocho meses está
    cubierto.

    …

    entre las flores

    el vendedor de flores de la plaza
    Jacint Verdaguer de
    Tarragona
    tiene la sonrisa más alegre del
    centro de la ciudad y saluda
    a todos los vecinos pero
    sobre todo a una vecina.

    está enamorado de una profesora
    que vive en un piso de alquiler
    muy cerca de su puesto de trabajo.
    cada mañana, el vendedor de flores,
    sonriendo con los ojos, la ve pasar y
    sueña con pasear un día con ella
    juntos de la mano después de
    cerrar la tienda por la tarde.

    los días del vendedor de flores de la plaza
    Jacint Verdaguer de
    Tarragona son bastante monótonos:
    siempre las mismas flores, el mismo sol,
    las mismas gentes.
    tiene tiempo para pensar en sus cosas
    pero su mente siempre parece callada
    y serena.

    a veces cruza la calle como el rayo
    dejando el puesto de flores
    a merced de los vagabundos
    con quienes suele hablar cuando
    se aburre.

    una vez el vendedor de la
    sonrisa
    vio pasar a la profesora con otro
    profesor.
    un carámbano de hielo atravesó
    su corazón y dejó
    el puesto vacío
    y
    se acercó a la pareja
    corriendo
    justo cuando ellos se habían
    sentado en una terraza
    soleada.

    se pudo ver de cerca entonces la sonrisa
    sin un solo
    diente
    del anciano
    que saludaba a su amor platónico y le
    regalaba una flor cuyo nombre solo conoce
    él.

    después de mirar a su rival de arriba
    abajo
    se marchó sin despedirse dando
    saltitos
    hacia su puesto de flores desde donde
    vigilaba.

    cuando la pareja
    se marchó, cada uno por su
    lado,
    se sintió más tranquilo y más
    sereno.

    con su sonrisa vacía y henchido su
    corazón
    podía seguir soñando con su ninfa
    entre las
    flores.

    …

    la estatua del ensanche

    si paseas por la calle Prat de la Riba
    a eso de las siete de la
    tarde
    verás en el mismo banco delante del
    estanco
    con puntualidad inglesa y obstinación
    alemana
    al mismo hombre canoso de entre
    cuarenta y setenta años que tiene
    en la misma mano siempre
    una lata de
    cerveza.

    por mucho que cada día pases por delante
    de él y llegues a percibir su presencia,
    cuando tú vuelves del trabajo y él vuelve de
    ninguna parte
    el hombre anónimo y callado nunca te
    mirará.

    si aprovechas para asomarte dentro de sus ojos
    verás que su mirada atraviesa el suelo
    sucio del asfalto y mira a mil yardas bajo
    tierra con las pupilas como agujas de
    alfiler. a veces sus labios murmuran
    palabras ininteligibles, que sólo él
    escucha.

    nunca sabrás cuánto tiempo pasa
    la estatua callada sentada en el banco
    porque
    tú tienes cosas que hacer y él no.
    nunca te sentarás a su lado para
    compartir una
    cerveza caliente del super-
    mercado DIA.

    cuando sean las siete en tu reloj
    sabrás que en Prat de la Riba
    calle de Tarragona,
    cada día más degradada
    y más romántica,
    sentado en el banco delante del
    estanco
    está ese señor de mirada perdida
    y palabras calladas sonteniendo
    el mundo siempre con la misma
    mano.

    el día que ya no esté allí
    será
    entonces
    que
    se habrá
    acabado
    la lata o el
    mundo.

    …oooOOOooo…

    Muchas gracias por leer hasta aquí y, si te has quedado con ganas de más, te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Un abrazo

    Ricardo R. B.

  • Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    Técnicas efectivas para educar (Segunda parte)

    La primera parte de este artículo se publicó el pasado domingo. Pincha aquí para acceder al enlace.

    2. El poder igualador del amor: la herramienta más efectiva en la labor docente

    En un programa de la televisión pública, uno de esos en los que la periodista hace un reportaje entrevistando a las personas de un pueblo perdido en la sierra para conocer su rutina y las costumbres del pasado, uno de los entrevistados era un geólogo. Al parecer, el lugar tenía una importancia especial en ese ámbito a nivel internacional y el científico era un hijo del pueblo. Ahora vivía en Madrid o el extranjero, pero de vez en cuando volvía a su pueblo, donde estaban sus raíces y donde se habían inspirado la mayoría de trabajos que había realizado al inicio de una larga y exitosa carrera profesional. Hacía ya unos años que el geólogo había dejado de usar el peine, pero su rostro era jovial y juvenil.

    Uno de los momentos más álgidos de la entrevista fue cuando le preguntaron de dónde había sacado la vocación por la geología un chico de una localidad tan al margen de todo. La sonrisa del hombre se iluminó y dijo: «La vocación me la inculcó nuestro profesor Antonio. Nos llevaba de excursión a este sitio» dijo haciendo un gesto que abarcaba una zona de rocas grandes y desperdigadas sobre un manto verde, como si un dios infantil se hubiera dejado olvidados los juguetes «y nos explicaba la importancia histórica y geológica de este lugar. En el pueblo todos lo queríamos mucho, era nuestro profesor preferido. Por lo menos para mí fue alguien fundamental». En uno de esos giros de guion tan forzados, que en cualquier película hacen vomitar pero en la tele, cuando son personas normales quienes protagonizan las historias, adquieren una coherencia indiscutible, aparece de la nada el profesor Antonio que casualmente ha estado escuchando toda la conversación de su exalumno. Después de saludarse de una forma forzada, fingiendo que todavía no se habían visto, los sientan a los dos sobre una roca y ambos entrevistados, alumno y maestro, están sonrientes y contentos de volver a encontrarse, nada menos que para salir en la tele.

    La entrevistadora, siguiendo con el plan establecido, le pregunta al ya anciano profesor: «¿Cómo se siente al saber que José Luis es uno de los científicos más importantes de España? ¿Usted sabía que tenía un alumno colaborando con las mejores universidades de Europa?» Antonio se agarraba fuertemente las rodillas con las dos manos, visiblemente nervioso, un poco abrumado y temeroso de la cámara, pero feliz de estar allí. Su pelo, completamente blanco, centelleaba bajo claro sol de la mañana de primavera de aquel enclave cercano a un pueblecito de la sierra. «Sí, por supuesto que lo sabía. En el pueblo sabemos todos lo que ha conseguido José Luis. Me siento muy contento, claro». La entrevistadora, una chica joven, con un cuerpo esbelto y bien proporcionado, con el pelo largo y castaño derramándose, un poco inclinada para posicionar el micro, continuó: «Antonio, me han dicho que usted era muy buen profesor, ¿cómo consiguió motivar tanto a sus alumnos?» En ese momento, el viejo profesor guarda silencio. Mira al frente, hacia un paisaje que el espectador no ve pero que imagina idílico, y el ahora anciano trata de comprender cómo ha conseguido hacer que los alumnos se interesaran por unas cuantas piedras.

    «Hay que querer a los alumnos. El amor es la herramienta más fuerte para enseñar. Si los alumnos perciben que tú los quieres, que te importan de verdad… ya está, puedes enseñarles cualquier cosa. El profesor tiene que querer a sus alumnos». Pronto, la entrevista saltaba a tratar otros temas que no son importantes para el asunto de este ensayo. El consejo del profesor Antonio, a pesar de su sencillez, es tremendamente valioso, dado que ofrece la clave del éxito para que la labor docente sea un regalo diario.

    Hay muchos perfiles de profesores y profesoras. Los hay estrictos, los hay más laxos. Los hay quienes saben todos los cotilleos que ocurren entre los alumnos, estos detectan si un alumno lo está pasando mal en casa o está sufriendo algún tipo de acoso. También hay docentes que son verdaderos expertos de su materia y saben mucho más que cualquier profesor universitario. En fin, tipos de profesores hay tantos como clases de personas. La pedagogía y la literatura didáctica se equivocan al diseñar una clase única de profesor/a motivador/a, que generalmente usa y abusa de la tecnología, olvidando que, sobre todo, en esta profesión, el factor absolutamente diferencial —lo que la salvará de convertirse en un trabajo desarrollado por la inteligencia artificial— es el factor humano. Y es en el corazón donde las máquinas no pueden competir con las personas, porque no se puede querer a un ordenador ni él podrá corresponder de forma satisfactoria. Cualquier docente, entonces, sea como sea, aunque se trate de un carcamal pasado de moda, que no sabe ni siquiera utilizar el correo electrónico, aunque piense que el comunismo es la mejor organización social, aunque no tenga familia y en su tiempo libre se dedique a montar maquetas de barcos de guerra, a pesar de no entender el mundo que lo rodea con tanto móvil y redes sociales, puede ser querido por sus alumnos de quince años; son, de hecho, muchas veces muy estimados por compañeros y aprendices. Los hay de muchas clases, no se trata de una cuestión de edad o temperamento. Pero todos los profesores exitosos y carismáticos tienen un denominador común: aman su profesión y aprecian a sus alumnos. El amor no es incompatible con el respeto, de hecho es su razón.

    Será el amor el que dote al docente de la paciencia suficiente para repetir lo mismo una y mil veces. Será el amor el que lo impulse a mejorar cada día en su labor. Será la estima por las personas quien hará que las personas lo estimen también a él o a ella. Así de sencillo es el secreto del éxito, aunque su cumplimento obligue a un difícil equilibrio que continuamente se debe mantener, haciendo que a veces se pierda de vista lo realmente importante. Querer a los demás no es una tarea sencilla, pero siempre es recompensada. El amor es la antítesis -lo contrario- del ego, así que de nada sirve enorgullecerse de que los alumnos lo quieran a uno, lo importante es sentirse feliz por ser capaz de quererlos. Miles de caminos y opiniones irán jalonando la vida: tecnología sí – tecnología no, memorizar sí – memorizar no, confraternizar sí – confraternizar no, y más debates interesantes. Ante todos, la respuesta siempre es la misma; lo diferente es lo humano.

    Por eso las clases deben ser pautadas pero variadas, para que siempre espere una sorpresa.

    3. La pauta para una clase motivadora de una materia aparentemente aburrida

     (En el próximo capítulo)

    En esta entrega de artículos se irán desgranando algunos consejos y técnicas para la gestión de aula, dirigida a los muchos compañeros/as docentes que tengo y a cualquier persona curiosa que quiera reflexionar y ver por dentro cómo funciona la educación.

    Cada domingo se ofrecerá algún tema de debate a este respecto. Las opiniones en libertad de otros docentes o personas ajenas al ámbito de la eduación serán bienvenidas. Muchas gracias por leer hasta aquí y si te has quedado con ganas de más te invito a seguir explorando este sitio. Cada domingo publico una historia nueva.

    Muchas gracias,

    R. R. B.

  • Basado en hechos reales

    Basado en hechos reales

    El viernes a las 12:30 tengo clase de Lengua castellana y literatura en Primero de la ESO C. Unos días antes, había propuesto a mis alumnos que participaran en el concurso literario, este certamen sobre Historias de radio, que convoca cada año el Ajuntament de Constantí. Antes de empezar a dibujar las letras sobre el papel, expliqué a mis alumnos y alumnas los elementos de la narración en un esquema. «Todo escritor/a tiene que pensar» —les expliqué— «en cinco cosas: Narrador, Acción, Personajes, Lugar y Tiempo». Pronto sucedió lo que yo ya me temía: muchos no sabían sobre qué escribir, no se les ocurrían ideas para completar el esquema previo que yo les había pedido con los elementos de su propio relato. A estos les aconsejé lo que me aconsejo a mí mismo: «Escribe sobre algo impactante que te haya pasado a ti. A todos nos pasan cosas increíbles. Podéis cambiar los nombres de los personajes, los lugares, los hechos… Yo no sabré, al leerlo, si la historia es real o no. Además, debéis introducir el elemento de la radio dentro del cuento, lo cual hará que vuestra verdad se convierta en una ficción».    

    Ese viernes estaba cansado. Había sido un día duro: evaluaciones, estrés, papeleo, la vida dura de los adultos. Ese día tengo a medio grupo. Los alumnos tenían que entregarme la historia ya terminada para evaluarla. Mientras algunos terminaban la tarea, yo iba corrigiendo sus historias en clase. Por orden de lista, hacía venir al estudiante a mi mesa y aconsejaba algunos cambios mientras leía su flamante relato. La primera de la lista, D. M., no la había terminado. «Bueno,» —dije— «acábala ahora», y escribí NA, No Assolit, en mi libreta de notas, mientras venía la siguiente de la lista.

    Al cabo de tres redacciones leídas y evaluadas, D. M., la primera de la lista, levanta la mano y me informa de que ya ha terminado la tarea. «Estamos a mitad de la clase, creo que me da tiempo.» —pienso que soy un blando— «Vente, D., corregiré tu historia». No espero gran cosa, son apenas dos caras y media en letra grande y aburrida, de deberes.

    Pero al empezar a leerla, lo siento. Es una atracción extraña, imposible de definir o aprehender, pero palpable como la libreta que sotengo entre las manos. Me gusta. La historia será buena. Trata —D. ya me lo dijo hace unos días— sobre un intento de secuestro. En ese momento lo recuerdo y noto esa electricidad que tienen los grandes relatos de la literatura y les digo: «Voy a leer la historia de D. en voz alta, ¿vale?». Los alumnos me miran, dejando lo que estaban haciendo, me escuchan, se forma un silencio.  

    Una niña viene de jugar con su amiga en un parque de Tarragona. Son las ocho de la tarde. Antes de llegar a su casa, después de despedir a su amiga, ve que un hombre la persigue con una furgoneta blanca. Echa a correr y la furgoneta aumenta la velocidad. De la radio del vehículo, sale una música que tiene el poder de adormecerla. La chica, la autora de la historia, intenta escapar. Los niños y el profe empezamos a indagar. «¿Te ha pasado de verdad?» «Algo parecido,» —asiente ella— «Lo de la música de la radio es mentira. Claro, eso me lo he inventado.» «Eso es la ficción.» —Intervengo yo.— Me miran. Sigo leyendo. Cuando está a punto de llegar al portal, aparece un segundo hombre que intenta atraparla justo al entrar por la puerta. El de la furgoneta intenta, incluso, atropellarla. Consigue entrar, pero empieza a escuchar esa música de nuevo y pierde la conciencia. Se despierta en su habitación. La chica, por suerte, había conseguido llegar hasta su cuarto, a salvo. Todo era un sueño. —Yo les había dicho que ese era el peor de los finales: «Todo era un sueño. Lo hacen los malos escritores y guionistas cuando no saben terminar una historia.»— Los alumnos y el profe sonreímos. A pesar de esa resolución, no nos estropea un buen relato. Pero todavía queda texto. Se levanta y mira por la ventana. Otra vez escucha la música de la radio. Ve a los dos hombres, con la furgoneta, abajo, en la calle, que empiezan a trepar por la pared de su edificio. Cuando están a punto de entrar en su cuarto, por la ventana, vuelve a despertarse en su cama. Asustada, se acerca de nuevo hasta la ventana para ver si los hombres malos siguen allí. Y —contra todo pronóstico literario— allí están, pero ahora trepan por la pared de enfrente, donde vive una amiga suya, una chica que ella conoce. Por suerte, de la nada, su madre, la heroína de esta historia, el hada madrina de este cuento de monstruos—el «deus ex machina» que decimos los profes­— abre la puerta y le dice a su hija que haga las maletas, que se van a ir a Francia. Fin. Ahí termina la historia. No sé si aplaudimos. No hace falta. Estamos todos fascinados, extáticos, por lo que acabamos de presenciar: una historia que nos ha hecho vivir, vibrar, sentir, olvidarnos de que estábamos leyendo, de que era viernes y estábamos en la quinta hora.

    «¿Pero qué parte de verdad hay en eso? ¿Qué parte de mentira?» Los niños quieren saber. D. es la reina de la clase, la persona más importante del mundo a las doce horas del mediodía de este mes de octubre. Una pequeñita y discreta heroína de ébano, con trenzas de colores que su mamá le habrá hecho, con sus manos negras y duras de trabajar. Los niños hablan entre sí pero no distingo lo que dicen porque yo mismo estoy sumido en las preguntas que me ha dejado la ficción, la cual sigo sosteniendo entre las manos. AE, Assoliment Excelent, reescribo en mi libreta digital de calificaciones.  

    «Eso me ha pasado a mí también.» Esa frase me saca de mi ensoñación. «¿Cómo?» —Queremos saber.— «Sí. Una vez estaba caminando sola por la calle y noté que un hombre me seguía. A veces me ha pasado, creo que algunas veces me lo he inventado, pero aquella vez estaba segura de que ese hombre me seguía para hacerme daño.»

    Me quedé con los ojos como platos. Algunas niñas asientieron, como si supieran. Apenas tienen 12 años, los veo muy pequeñitos desde mis perspectiva. Los escucho muy atentamente. O. N. continúa. Tenía tanto miedo que recordó lo que le dijo su padre, que se metiera en una tienda. Ella lo hizo y el tipo… ¡se metió también! Desesperada, sin saber qué hacer, habló con la dependienta. La mujer la escondió en el cuarto de la fregona, con la puerta semiabierta, porque tenía miedo. Cuando el tipo se fue, la dependienta la avisó de que ya se había ido. O. N. fue corriendo para su casa. No sabía qué hacer: si dormir, si llorar, si ver la tele. Llamó a su padre desesperada. «¿Dónde estaba tu madre?» «Trabaja hasta tarde. Los dos llegan muy tarde.» «Vaya.» «Es la peor sensación del mundo. Te quedas con una sensación de miedo, de pena y de asco…»

    Y. T., otra chica de clase, dice. «Yo, cuando voy sola algún sitio, en mi bolso llevo el móvil,» —otro objeto que no retengo— «y… ¡unas tijeras! Las que tengo de plástica».

    Veía en mi cabeza las tijeras, de mango verde fosforito o naranja. Vistosas, pequeñas, para que los niños recorten sueños en el papel o cartulinas, convertidas en arma. «También las afilo con una piedra que tengo.» «¡Anda ya!» —dice un chico, Z. Z. —«¡Que sí! ¡Te lo juro!» —y continúa— «Me las pongo debajo de la manga y, si vinera alguien a cogerme por espalda, haría así.— Hizo el gesto de clavársela a un ser monstruoso, invisible, pero presente, en la cara, en los ojos, hiríendolo, matándolo.  

    Las demás chicas atenían y comentaban. «Un momento.» —digo yo— «De esta clase, de entre las chicas, ¿quiénes han tenido una experiencia similar?» Todas levantaron la mano, excepto una. «¿Tu no, M. P.?» «Yo no.» Ojalá siga teniendo la suerte de no vivir una experiencia tan horrible, pienso yo. Pero no puedo pensar mucho, la vida sigue.

    «A mí en Sant Salvador me han pegado y atracado varias veces» —dice otro. Se llama A. R., hace poco lo expulsaron del instituo por acumulación de incidencias. Es un buen chico, no tiene un ápice de maldad, pero es travieso y pasa muchas horas solo.

    No sé qué consejo darles. Se me ocurre decirles que, si alguna vez viven algo así, que griten, que se desgañiten. Que esa gente mala quiere hacer esas cosas sin que se entere nadie. Mejor quedar en ridículo que vivir una situación de peligro. La clase llega a su fin, pero el tema aún nos tiene a todos con el corazón en vilo, emocionados, como si hubieramos descubierto algo importante que solo nosotros, esos doce niños y niñas y yo entendemos. Algunos alumnos se me acercan, sobre todo las chicas. Estoy sentado sobre la mesa, como hago habitualmente. Me rodean. Me acogen en un círculo y me comparten su mundo. «Yo sé ver cuando un hombre tiene intenciones malas,»— dice la de las tijeras. «Claro, tenéis que tener mucho cuidado.» «Sí, a veces veo tipos que tienen una pinta mala y pienso, ¿qué haces?» —añade O. N. «Bueno, también hay que desconfiar de quienes tengan una pinta de buenos» —digo yo. Luego pienso en si se puede confiar en alguien, pero la vida nunca para. Una profesora entra en el aula y me ve rodeado de alumnos y alumnas, no parece entender nada. Un poco confusa, me avisa de que son y treinta y cinco, que pensaba que ya habíamos terminado. La profesora no entiende lo que pasa. Yo tampoco consigo razonar bien, solo vivir en la historia de D.  

    Me voy a casa. Era mi última clase. Tengo suerte los viernes, acabo una hora antes. Yo no sé si mis alumnos habrán aprendido algo, pero yo había vivido una clase que recordaré toda la vida. Aquellas chicas me dieron una lección imborrable e inesperada.

    ¿En qué mundo vivimos? En uno en el que las niñas del centro de Tarragona tienen miedo, un miedo atroz, a volver solas a casa por la calle, en pleno día. «Nunca vuelvo sola, o voy con el R. o con la T., pero nunca vuelvo sola»—oigo en mi cabeza la voz de O. N. Yo también soy padre. Pienso en mi hija C. R., que tiene dos años ahora, ¿también vivirá ella el día de mañana una experiencia tan horrible? ¿Un miedo tan ominoso?

    La noche de los viernes nos gusta sentarnos con la radio del salón encendida, mientras descansamos de la semana intensa y de ser padres primerizos. Se produce un silencio y una canción suave se hace presente. Se lo he contado a mi pareja, quien también es docente. Me pide que lo escriba. Me pide que haga algo. Ambos nos emocionamos. Las lágrimas llenan nuestros ojos. Pensamos en nuestra pequeña, en el mundo incierto que le estamos dejando los adultos. Pero a la vez estamos felices, porque ha pasado algo muy bonito, porque ha pasado algo extraordinario. Algo que nadie esperaba. Por pura causalidad. «La historia estaba maravillosamente escrita. —le digo— «¿La ha escrito ella?»—pregunta mi mujer. «Seguro, estaba llena de faltas, había repeticiones, pero era una historia inspirada, tenía aquella fuerza que tiene la gran literatura, por eso me ha dado por leerla en voz alta, sin saber de qué iba, porque había visto que era muy buena, porque algo me había empujado a compartirla con los alumnos. Esa historia la ha escrito la niña pero también Dios, el Destino, u otra cosa. No creo en las casualidades. No ha sido casualidad. Ha sido como despertarme. Como si se me abriera un tercer ojo» —hago un gesto abriendo y cerrando el pulgar y el índice sobre mi frente— «Estaba totalmente ciego a esta realidad. Creo que miramos tanto el movil, con debates estériles, que no vemos qué pasa a nuestro alrededor, qué les pasa a nuestros hijos, que son lo que más queremos. Qué fuerte.» «Podrías hacer algo. Creo que deberías comentar este tema con tu centro. Nosotros podemos aportar nuestro granito de arena.» «Sí, claro.» «También hacen cursillos y charlas sobre acoso para alumnos y para las familias.» «Sí, también. Quiero escribir sobre esto. Siento que esta historia debo compartirla con todo el mundo. Algo ha querido que yo leyera eso, que la leyeramos todos en clase. Algo me dice que la imprima, que la haga pública. No sé si lo conseguiré.» «Anda, ven aquí. Acércate».

    Mi mujer y yo nos damos un abrazo. Ella emocionada y yo también. Siento su corazón latir contra el mío. Nos quedamos así un rato. De pronto, se me ocurre una idea:

    «¿Sabes qué?» —le digo— «Creo que ya tengo mi historia para el concurso literario.»

    FIN

    …oooOOOooo…

    Nota: Eres libre de compartir esta historia con cualquiera que pienses que le puede interesar.

    Nos vemos el próximo domingo, con otra historia y en otra semana, si Dios quiere. Un abrazo,

    Ricardo

  • Dos ángeles me han salvado

    Dos ángeles me han salvado

    Como todo el mundo que está leyendo esto sabe, mi intención es, más pronto que tarde, pasar de la palabra en la pantalla a la palabra en el papel, es decir, trasladar mis textos de mi blog a un libro. Antes de iniciar esta aventura en internet, la de intentar ganar la batalla de la página en blanco todos los domingos publicando, al menos, un verso, un párrafo, una estrofa, un artículo, una historia, un capítulo, antes de eso, pensaba que ver un día mi obra entre dos tapas y un taco de folios sería casi una experiencia religiosa. Pero la disciplina del trabajo diario, durante dos años y medio de publicaciones dominicales ininterrumpidas, integrado este en la vida normal de un profesor de instituto y padre de una niña preciosa, esta labor desquiciada me ha dado un propósito nuevo: el de ver mi obra publicada en papel para ofrecerla a las personas como tú, que mágicamente han decidido gastar lo más valioso que tienen, que es el tiempo, aquí. Sé que para ninguno de los dos es fácil que estemos en este lugar, yo escribiendo y tú leyéndome, pero aquí estamos. En mi caso, a las tantas de la noche, enfebrecido por esta historia que te quiero contar: de cuando intentaron matarme y dos ángeles me salvaron.

    He recogido algunas de las historias largas que han ido apareciendo aquí y las he integrado todas, las cinco, en un manuscrito que pretende ser algo así como una novela que explore las diferentes facetas del amor y el desamor de un hombre en el mundo de hoy. Repasé, por enésima vez, los textos y los encuaderné en una copistería de mi ciudad. Hice dos copias, que me costaron unos doce euros cada una, y me los traje a casa sin saber muy bien qué haría con ellas. Aunque sí sabía qué quería hacer con el manuscrito: además de ir enviándolo a concursos y a editoriales que lo aceptaran, también planeé hacerlo llegar a ciertos lectores ajenos a mi círculo íntimo, si podía ser con conocimiento en la materia por haber publicado ya. Mi cercanía al mundo literario me había hecho conocer a algunos escritores, escritoras y escritorzuelos, que quizá podrían orientarme a encontrar el mejor camino para publicar mi libro. Es decir, que a alguno les cayera la obra un poco en gracia y recomendaran Un corazón donde vivir a algún editor amigo, quien a su vez se ofreciera a invertir su dinero en mi prosa. Por otra parte, también buscaba la bendición de ciertas personas elegidas, un poco al azar, otro poco por el gran aprecio que siento por ellas. No lo mandé a muchos, a apenas cinco.

    El primer envío fue dirigido al segundo mejor novelista de mi ciudad, con quien comparto una camaradería de chavales de barrio venidos a más gracias a la literatura. Me dijo que andaba escaso de tiempo, que tenía muchas cosas que leer y que escribir, pero que en cuanto tuviera un hueco se pondría con mi texto. Bueno, lo esperado. El segundo lo mandé a un escritor más consagrado, de literatura juvenil, el cual hacemos leer a los chavales. Sus obras me parecen buenísimas, y a los alumnos también. Tiene ya una edad y siempre rechaza venir al instituto donde trabajo a conferenciar porque no está ya para trotes. A mi largo correo electrónico, previo a haber descubierto en la lectura de uno de sus libros una referencia imposible de detectar a la película El tercer hombre, pese a este hallazgo prodigioso que en su momento aplaudió, me contestó diciendo que no iba a leer mi novela por una serie de motivos que se podrían resumir en: si me parece una mierda, temo que pueda hacerte daño. Yo lo entendí, pero no lo comprendí del todo. La tercera es una escritora que publicó un único libro en Anagrama y a quien conocí allá por 2018 colaborando para una revista digital que entonces ella dirigía. No obtuve ninguna respuesta a mi correo electrónico, así que, o bien no utiliza ya la dirección que yo tenía de ella —cabe decir que la revista está extinta ya— o bien ha decidido no responder ni para decir que no. La cuarta persona fue la que había sido en el pasado, hace unos tres años, mi mejor alumna. Una chica con un expediente académico excelente, no sólo durante el par de cursos de bachillerato, cuando le di clase, sino durante toda su etapa educativa. Ella, como yo, quiere ser escritora, y cuando decidan publicarla será mucho mejor que todos los escritores anteriormente mencionados, pero eso será otra historia. Mi exalumna, aunque infalible en sus análisis, me tiene estima, así que también buscaba un poco su bendición y descubrir en sus buenas o disimuladas palabras si la obra la había llegado a gustar o no. Por supuesto podría no leerla y yo, en ningún caso, dejaría de apreciarla y de considerarla una genio.

    Me faltaba una persona para completar el envío de manuscritos y me hallaba con las dos copias en papel en mi casa sin saber muy bien qué hacer con ellas. Se me ocurrió contactar con un escribidor de mi ciudad, de quien tengo un libro de relatos en casa que comencé, pero que no logré pasar del primero. El hecho de habérmelo encontrado en un acto sobre Lorca en Tarragona hizo que se me ocurriera que podría ser una buena idea darle una copia del material, para que me dijera qué tal y me diera, si fuera posible, su bendición de viejo versado en las lides de las publicaciones pequeñas, aquellas que tienen poca tirada y que nunca pasarán de una (in)digna y agradecida primera edición.

    Nos citamos en un bar y le entregué una de las copias del manuscrito. Estuvimos hablando un rato con muy buenas palabras sobre nuestros proyectos. Me interrogó exhaustivamente sobre qué pensaba hacer con el libro y yo le conté lo que hasta ahora te he contado a ti, dando los nombres de algunas personas que él también conocía. En fin, me hizo sentir en casa, seguro de estar en buenas manos. Así se lo hice saber, que le hacía entrega de un trabajo de prácticamente dos años, que para mí aquellas páginas encuadernadas en una copistería eran como un bebé de teta y que, aunque podía aceptar que no fuera bueno, quería que las primeras manos que lo tomaran fueran las de alguien ajeno, pero en quien yo confiara, para que la obra neonata empezara a vivir. El hombre, de cara regordeta y amable, con ojos pequeños y risueños, se la llevó a su casa la mar de contento y me dijo que en un par de semanas ya la tendría leída y me daría su visión. En brazos de la admiración que siente le alumno frente al maestro, me sentí afortunado.

    Justo al llegar a casa, revisé mi correo electrónico. Precisamente mi exalumna me había escrito diciendo que en el documento adjunto me pasaba lo que llevaba de “análisis de la obra”, pero que le había llevado demasiadas horas escribirlo y que, de ahora en adelante, la respuesta a la lectura que me daría sería más escueta, porque carecía de tiempo. Debo reconocer que, a priori, me asusté. Temiendo que de su análisis, el cual sería certero seguro, mi libro no saliera bien parado, no osé abrir el documento. Decidí esperar al momento oportuno para hacerlo y contestar su correo agradeciéndole de todo corazón lo que había hecho por mí, fuera cual fuere el resultado de la analítica.

    Pasó el puente y, al término de unos pocos días de lluvia infernal, me escribió mi amigo el escribidor. El tipo quería verme lo antes posible y no me daba más información. Agendamos un día y volvimos a vernos en el mismo bar donde, no hacía ni una semana, le había entregado el mamotreto de 360 páginas en formato DIN-A4, interlineado 1,5. ¿Podría ser que ya lo hubiera leído? Tiempo tenía, la verdad, estaba jubilado desde hacía años, aunque desconozco si llegó a trabajar alguna vez, porque nunca me dijo a qué se había dedicado en su vida profesional. De hecho, sabía poco de él, yo de hecho lo conocía por mediación de un compañero de trabajo, también escribidor, que me tiene dicho que lo saque en mi blog, así que aquí lo dejo. El caso es que el tipo me esperaba en la misma mesa donde nos habíamos encontrado. Su oronda figura removía un café con leche en una de las mesas junto a la barra donde estaban, demasiado cerca, los mismos camareros que habían escuchado toda nuestra peculiar conversación la semana anterior con un silencio atento. Lo primero que vi fue que sobre la mesa tenía, a un lado, mi manuscrito, tocando la pared del local, lo más alejado de sí que podía. Nos saludamos, intercambiamos la típica charla protocolaria y, sin soltar la cucharilla, dijo:

    —Bueno, Ricardo, pues aquí tengo unas anotaciones a tu libro. —No sé si dio un sobro a su descafeinado, pero diremos que sí para darle ambiente. Cuando terminó, con voz engolada y aguda, añadió— No lo he leído todo, he leído una parte porque el tiempo…

    En ese momento dejé de escucharlo. El tipo seguía hablando y yo intentaba seguir el hilo de su conversación, pero a la realidad del mundo se le había caído una pestaña y yo estaba intentando comprender lo que estaba pasando. No había leído el libro, pero no hacía ni una semana que se lo había dado, a pesar de todo, me había citado, había traído el texto, que comenzaba a manosear, sin todavía abrirlo, y me decía que no tenía tiempo.

    —Vaya, —dije agarrándome con el culo a la silla todo lo que podía para no caerme— Claro, el tiempo es lo más valioso que tenemos, sí. Veo que no te ha gustado, bueno…

    —No, no, Ricardo, mira, sí, no, pero, escúchame… —En ese momento, sentía la mirada de los camareros sobre mi cogote. Gracias a la proximidad de la mesa que él había escogido, los camareros de camisa blanca y pelo del mismo color nos oían perfectamente— El problema de libro, bueno, tiene varios, los he apuntado aquí— Sacó un papel— y también he ido haciendo mis anotaciones —Entonces abrió el manuscrito y Dios quiso que no lo matara. En tinta roja, como el que corrigiera una redacción, había emborronado, rayado, apuntado con saña, lo que a su genio le había ido pareciendo, imposibilitando, a futuro, que pudiera entregar el texto a otra persona para que lo disfrutara. Yo, la verdad, no le había dado indicaciones en este sentido, quizá habría estado bien decirle que si apuntaba algo, lo hiciera en lápiz, como hago yo en mis propios libros. Pero no, el tipo había reunido el suficiente arrojo para ensuciar los tres primeros capítulos con tinta, haciendo imposible su reaprovechamiento en otra lectura.

    Cuando la sangre volvió a fluirme por el cuerpo y los oídos me dejaron de zumbar como si me hubieran dado una cruel e inesperada bofetada, conseguí recuperar conciencia de la realidad. En un silencio que produjo su verborrea, lo único que me salió decirle fue:

    —Bueno, te lo agradezco igualmente. Sé el trabajazo que te ha llevado hacer esto, ¿me permites? —y le tomé la novela, mi bebé, entre sus manos, y me lo quedé en mi lado de la mesa, herido casi de muerte, por lo menos, lo que tenía este de “libro” lo creía inservible. Empecé a hojearlo, viendo las “correcciones” que el genio había excretado de su pluma, temiendo encontrar errores imperdonables que se me habían pasado. La verdad, me tranquilicé un poco. Lo que había apuntado eran tonterías, las palabras que me sugería me parecieron banales y librescas, hojarasca del que se cree con léxico porque no dice palabrotas y habla como si tuviera una pelota de golf por nuez. No encontré, por tanto, errores graves que se me hubieran pasado. Mi estilo, como a mí el suyo, no le gustaba. De todas formas, respiré y añadí. —Te lo agradezco enormemente.

    —Como ves, hay muchas repeticiones, muchas comas, muchas cacofonías —repitió esa palabra, que a él le debería sonar como a caca, para insistir en que mi trabajo de dos años le había parecido eso, una soberana mierda. —¿Me dijiste que le habías hecho llegar el manuscrito a …(nombre de escritor)…? Yo creo que te has precipitado. El texto necesita guardarse en un cajón, necesita trabajo, y volver luego y verías que no… no…

    Por hacerla corta, el tipo me estaba machacando, delante de los camareros, de todo el que pasara por allí a escuchar cómo regañaba al imbécil que tenía delante, que era yo, y no supe muy bien qué hacer. Me quería ir pero, al final, había sido yo quien había provocado ese lío, quien le había pedido el favor a la persona equivocada. En ese momento no podía pensar con claridad, no sabía, no encontraba la manera no ser maleducado con alguien a quien yo le había pedido un favor y me lo estaba “haciendo”.

    —Bueno, mira, (nombre del tipo), no voy a defender el texto. Si has visto todo eso, sólo me queda darte las gracias y decirte que siento mucho haberte hecho perder el tiempo…

    Me hubiera ido en ese momento, pero aún me quedaba más de media hora de consejos y anécdotas para la grandeza del maestro y del poco talento del aprendiz, para que las oyera yo y el público allí presente, que recordarán esa tarde aburrida en el bar Motoclub como anecdótica. El resumen de su argumentario lo había oído ya en muchos otros intelectuales. Básicamente, consistía en decir que el talento era algo que muy pocos tenían, que no valía la pena esforzarse tanto si no se nacía con él don, que andar escribiendo tantas páginas era absurdo, que los textos exigían mucho trabajo de estilo, que había que encontrar una voz propia, no copiar, no caer en los tópicos, ser original, ser muy original, y ser breve, lo bueno si breve… como los clásicos, porque como dijo Borges… En fin, podría haberse ahorrado la media hora que tardó en ensuciarme las páginas de mi libro. Poco a poco, me fui hartando de otro mezquino amargado de la literatura, que por no haber conseguido nada, trataba a los demás como lo tratan a él.

    En el transcurso de la conversación, conseguí colocar dos mensajes entre su perorata. El primero fue que no estaba de acuerdo en lo del talento nato para escribir, porque es como si sólo pudieran tener derecho al amor los que son rubios, altos y con ojos azules. Yo creo que no, que cualquiera, si tiene corazón, tiene el deber y el derecho de buscar el amor, así también los músicos, pintores, artistas o escritores que quieran buscar a su obra. La siguiente idea que le inoculé es que, para escribir prosa, es necesario sentarse delante del aparato, muchas horas, y darle a las teclas. Desconfío absolutamente de los escritorzuelos van con dos deditos y mirando el teclado. Si no dominan el instrumento, ¿cómo van a capturar las ideas que, a veces, se cruzan a la velocidad del relámpago? Bien es verdad que luego hay que corregir, pero también hay que trabajar, y el esfuerzo siempre vale. -No comparto esa visión de que el arte es para unos pocos elegidos.

    Llegados a este punto, el hombre decidió dar por zanjada la velada literaria. Nos levantamos. Se ofreció a pagar los cafés, pero por supuesto se lo impedí, y salimos a la calle. Ya entre nosotros, sin la presencia del selecto público que me miraban riéndose por debajo de la nariz mientras apoquinaba las consumiciones, se tranquilizó y me dijo:

    -Has dicho antes que eres de Constantí y que la literatura te ha llevado a muchos sitios.

    -Así es. Leer me ha salvado la vida muchas veces. Me ha dado una profesión que amo…

    -Mira, yo no pasé del bachillerato elemental, aquí donde me ves…

    -Bueno, intento ser humilde, y nunca juzgo a las personas por sus carreras. Hay tontos con título que son estúpidos y gente sin titulación cultísima. Ser humilde es difícil pero…

    -…Pero sí que hice un máster en la universidad sobre guion cinematográfico. Muy bien.

    Nos despedimos, probablemente para siempre, y me fui a por el coche con mi manuscrito llorando en mis brazos. Todavía no se me había pasado el aturdimiento, pero conseguí llegar a mi casa como un autómata. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no la vi venir? En fin, estaba confundido y cada vez más dolido. Entendí ahora las palabras del segundo escritor, quien había tenido miedo de leer por decirme que fuera una mierda de libro. Pero el mal ya estaba hecho y, puestos a morir, como había pretendido que hiciera con mis pretensiones de escritor el otro escribidor, que había aprovechado mi confianza para machacarme en un bar no hacía ni una hora, decidí abrir por fin las entradas del correo y afrontar mi aciago destino. Encontré el correo de mi exalumna y lo abrí. Como estaba tranquilo en casa, mi mujer y mi hija no estaban todavía, descargué el análisis de mi alumna, dispuesto a que ella hubiera encontrado tantos o más defectos que mi anterior interlocutor. Fue imposible leerlo en su totalidad. Eran nada menos que 45 páginas de análisis exhaustivo y llegaba, más o menos, a la mitad de la obra. Había extraído párrafos que le habían llamado la atención, hecho inferencias, descubierto referencias, añadido consejos o sugerencias, en fin, una obra de arte que un día tendré la oportunidad de utilizar como prólogo. Pero en ese momento, estaba tan chocado que no podía más que ir posando los ojos y consolándome, mientras la opinión amable de mi ángel, excelente en lo académico como también en lo humano, me iba insuflando un poco de vida, la justa para seguir respirando después de que me derribara el empujón brutal de un sátiro. A pesar de todo, son las críticas malas las que más escuchamos, y he andado muy dolido hasta llegar a este momento, cuando me he levantado de la cama a escribir este texto, ahora que todos mis seres queridos duermen. Lo que me ha hecho levantarme de la cara ha sido revisar, otra vez, las entradas del correo electrónico y encontrar un mensaje nada menos que de la madre de la chica a quien le envié la historia, quien me escribía, profusamente, pero en un correo, su humilde opinión, que no compartiría con su hija hasta que esta terminara de leer la obra. Resulta que se había leído el libro del tirón, en lo que había durado el puente, y me contaba cómo aquellas historias de amor/desamor la habían hecho sentir, reflexionar, en fin, leer y vivir.

    Recibí, por parte de esta lectora, la bocanada de aire que tanto anhelaba, que necesitaba, para seguir en pie, luchando contra la página en blanco y sacando de ella historias de la vida, tan reales y vívidas, que se diría que son tan de verdad como en una buena novela.

    Cuando estaba en lo más hondo, a punto de desfallecer y mandarlo todo al garete, dos ángeles me han salvado de la mezquindad del mundo. La vida tiene estas cosas, que me hacen pensar en la existencia de una realidad que no entendemos, pero que sí podemos relatar de forma más o menos coherente. Además, ellas me regalaron la historia de hoy.

    Por salvarle la vida a este narrador, les doy las gracias. Prometo mandarles un ejemplar.      

    FIN

    …oooOOOooo…

  • Barcelona cercanías (Final)

    Barcelona cercanías (Final)

    Índice

    Parte 1

    Parte 2

    Parte 3:

    12. De verdad

    Era sábado y el día estaba soleado. Los pocos coches que circulaban por la carretera de tres carriles lo hacían a una velocidad moderada, a no más de 80 kilómetros por hora, para que la ristra de radares, sobre los paneles indicativos de la autovía, no los asaetaran a base de multas por exceso de velocidad. Federico conducía su vieja furgoneta Citroën, heredada de su padre, por en medio de los carriles, viendo levantarse el sol de las diez de la mañana de un otoño sin lluvia. Las pocas nubes que moteaban el cielo lo cruzaban tímidamente, sin querer llamar la atención, y la luz era de un color macilento, característico del lánguido invierno en el Mediterráneo, mar que intuía a lo lejos.

    Su salida era Sant Just Desvern. Cuando se miraba de lejos, Sant Just destacaba por su Edificio Walden, obra de un tal Ricardo Bofill que había dejado esparcidas sus mamotretos arquitectónicos por toda la geografía española, especialmente en Cataluña. En los años del boom inmobiliario, que habría de dejar a tantas familias endeudadas de por vida, el tal Bofill había construido aquí y allá incómodos condominios para las familias obreras. En algunos sitios aquellas laberínticas paredes de obra vista se habían convertido en un hervidero de navajazos, pero estando tan cerca de Barcelona, el edificio Walden había corrido mejor suerte. A pesar de carecer de balcones anchos, de tener una distribución incómoda, unos pocos metros cuadrados, los pisos en aquel edificio costaban una pasta, y eran unos pocos los privilegiados que podían adquirir una deuda allí. Donde antes había una construcción barata para obreros, ahora se fingía un lugar exclusivo. En una sociedad cada vez más estamental, la zona era lo más noble.

    Sant Just no era una ciudad dormitorio, no era un barrio a las afueras que tanto se encargaron de retratar con cierto deje de admiración y desprecio, a parte iguales, Marsé o Vázquez Montalbán. Probablemente, cuando estos escritores hacían de las suyas y recorrían las calles en busca de grandes historias, como los muertos de hambre que protagonizaban sus libros, Sant Just sería un pueblo de cuatro casas, alejado de la ciudad. Pero el trazado urbanístico y la suerte habían hecho de aquella localidad un lugar ideal para que los ricos instalaran sus mansiones en los cerros cercanos. Martina le había dicho en varias ocasiones que Iniesta vivía por allí y que llevaba a sus hijos al colegio donde trabajaba ella, aunque estos no eran, igual que el padre, unas lumbreras.

    La ruta del GPS pasaba justo por el lado este del Edifico Walden, en dirección a una larga avenida nueva donde habían instalado recientemente la catenaria del tranvía. No era la primera vez que Federico recorría aquellas calles con su coche. Había venido con Martina varias veces y por eso el sistema de navegación no habría sido necesario de no ser porque esta vez se dirigía a un destino diferente del habitual. Podía decirse que Federico se sentía un poco ciudadano de Sant Just, cuyo gentilicio era en catalán. Tenía recuerdos recientes de aquel paraíso al oeste de la delincuencia y de la roña barcelonesa. Eran habituales los parques equipados, los paseos sombríos por los árboles verdes y frondosos, las aceras anchas y las vías rápidas y restringidas a la contaminación. Unos metros a la izquierda, mientras bajaba la larga avenida, quedaba aquel bar donde hacía unos días había coincidido con el cantante de Estopa, vecino secreto de la ciudad privilegiada. Estaba tomándose unas cervezas con una pose de poeta del inframundo y obrero de la antigua Seat, es decir, con un aire que en nada casaba con el de la zona. Pero la gente lo quería por ser una celebridad, aunque él se sintiera como un roedor con traje. Aquel cantante no venía de muy lejos, su barrio, Cornellá, quedaba justo al otro lado de la autovía por donde había venido Federico, pero esta sí era una ciudad dormitorio, con problemas de drogas y delincuencia, que en las canciones del artista lo habían hecho nacionalmente conocido y admirado por sus desgarradoras letras. Ahora se sentaba con los pijos de Sant Just sonriendo con la boca pero con los ojos glaucos.

    -Dile algo. -dijo Martina- Te sabes todas sus canciones.

    Era verdad. Federico conocía toda la discografía de aquel tipo. Se sabía sus canciones de memoria, ellas habían sido el hilo musical de los momentos más fundamentales de su vida, desde la cumbre hasta la caída a los infiernos, la música del tipo de al lado, que en ese preciso instante estaba comiendo quicos y dándole tragos a una caña, lo había enseñado como una maestra amable, algo complaciente, no muy exigente, pero inolvidable. Estuvo a punto de levantarse para saludarlo, pero qué le diría: Tus canciones me han acompañado desde siempre y las sé tocar todas con la guitarra. Estaba a unos pocos pasos, en la mesa de al lado del bar, en la terraza donde el cantante y Federico fumaban un cigarro detrás de otro. Te entiendo, sabes. Sé que te sientes como una rata, con la cola por el suelo, en este barrio donde nos dejan estar, porque tú eres un artista consagrado y yo porque esta chica piensa que valgo algo la pena por escribir. Los pensamientos de Federico se volvían cada vez más intrincados y extraños.

    -Es igual. Déjalo que se tome la cerveza tranquilo. Seguramente vendrá un tonto de vez en cuando a soltarle el mismo rollo que le soltaría yo. -dio un trago a su espumosa fría.

    Por poco se despista y pierde la ruta que le marcaba el GPS, la próxima a la derecha. A través de una calle franqueada de chalés con tapias altas, Federico avanzaba bajo el sol de la mañana en su traqueteante furgonetilla, como si fuera uno de los jardineros que cuidaban aquellos setos bien podados, los cuales no dejaban ver las casas al otro lado. Para qué querían los ricos tanto chalé si luego no podían presumir de ellos, se preguntaba. La delincuencia era un problema creciente y los hacía vivir en una cárcel de oro. Además, los altos setos escondían también las miserias sin afectar al honor familiar. Los pobres lo tenían más difícil para ponerse dignos y elegantes. Como vivían todos amontonados, los problemas eran colectivos, y todos acababan sintiendo pena por el prójimo, que se disfrazaba con una falsa sensación de colectividad. Cualquier vecino del Carmelo, incluido Federico, se hubiera cambiado sin pensarlo por la situación económica del más aburguesado de Sant Just. Frívolos indulgentes, que tenían todo el dinero que le faltaban a los demás. El mundo estaba mal repartido, como decía la canción del grupo del cantante, ex de Cornellá, que ahora sonaba en la radio del coche.

    Poco a poco, el camino fue estrechándose y el ladrillo fue quedando atrás. Paulatinamente se iba adentrando en uno de los cerros que amurallaban la ciudad, que bien podría haberse considerado Barcelona, de no ser por un ayuntamiento falsamente municipalista que reivindicaba la identidad difusa de aquellos habitantes venidos de todas partes, atraídos por la proximidad de la capital y por la seguridad del barrio, no por la cultura ni por el folclore que falsamente proclamaban algunos carteles locales. Una hípica quedaba a la izquierda y, justo al pasar por delante de la puerta de la finca, se subía por una calle serpenteante, pero asfaltada, hacia las mansiones de los millonarios. Martina le había dicho varias veces a Federico que su familia poseía empresas en otras zonas de Catalunya, que un abuelo de Girona, el materno, nacido en la pobreza, había levantado un imperio y lo había repartido entre sus hijos y yernos. Lo cierto es que ella nunca había hecho ostentación de dinero, aunque nunca la había visto preocupada por ese tema en los meses que llevaban viéndose, lo cual demostraba su desaforada riqueza.

    A mitad de camino de una cuesta larguísima, un punto azul en el GPS marcó que aquella era la dirección. Se bajó del coche y respiró el aire fresco de la zona. Aunque estaba en la altura, no conseguía distinguir nada a lo lejos, dado que se lo impedían los sombríos muros de la calle, que ahora no dejaban siquiera entrever lo que había detrás del hormigón inexpugnable. Federico sintió algo de frío e inseguridad, como si no debiera estar allí, aparcado con su furgoneta; como si alguien fuera a salir y a llamarle la atención. Pero la calle estaba desierta, no se veía una sola ventana, solo las puertas enormes de los garajes, bien pintadas, que daban acceso a los edificios. Sin encontrar muy bien la entrada, había hecho una perdida a Martina, como ella le había pedido que hiciera cuando estuviera allí. Al cabo de unos pocos minutos, la puerta de garaje más próxima comenzó a moverse sin emitir ruido alguno, como empujada por una mano suave e invisible. Detrás de ella se encontraba Martina, con el mando del garaje en la mano. Vestía ropa de pijama: una camiseta holgada y unos pantalones cortos que dejaban ver sus piernas hasta prácticamente la altura de sus braguitas, que se trasparentaban negras por debajo de la fina tela. Estaba descalza sobre el suelo, las uñas pintadas de rojo, pero el suelo estaba impoluto, como recién barrido. Le hizo una señal para que entrara con el coche. Federico dudó un momento, pero luego se decidió. Se sentía un intruso, pero le gustaba. La puerta daba lugar a un garaje donde cabían cuatro o cinco coches grandes. No había ninguno en aquel momento, así que tuvo espacio para maniobrar y no chocar con nada. Al apagar el motor, Martina ya estaba junto a la ventanilla del conductor, sonriente.

    -Menuda casa tienes. -dijo abriendo la puerta del astroso vehículo en joya de hormigón.

    Martina parecía no entender -Pero si todavía no has visto nada…

    -No me hace falta verlo para saber que es espectacular. Como tú. -añadió agarrándola de la estrecha cintura y sentándola sobre sus rodillas. La leve tela del pijama sobre sus pantalones hizo el efecto habitual. Sus pechos cimbreaban sin sujetador por debajo de la camiseta del pijama. Una mano se coló por debajo de la ropa y lo apretó como una fruta.

    -Ven. -dijo ella zafándose cuando las manos de él empezaban a colarse por entre la tela de su leve pantalón. -Quiero enseñarte mi casa. -sus pies se posaron sobre el suelo.

    -Claro. -Federico se sentía despertarse de una ensoñación. Se colocó la erección en el pantalón en una postura que no fuera incómoda para andar y la siguió escaleras arriba.

    Desde el garaje, a la casa se accedía por unas escaleras que estaban dentro de un corredor blanco, como recién reformado. Una puerta de acceso gris separaba las dependencias innobles donde dormían los vehículos de la familia. Al cruzarla, accedieron a un pasillo atestado de objetos diversos, recuerdos de viajes por todo el mundo: Asia, América, Asia, etc. La cocina se divisaba al fondo, luminosa. Allí se oía el tis-tis de unas patitas nerviosas picoteando el suelo de gres con las uñas. El perro de Martina, un bichón maltés, saltaba detrás de la puerta acristalaba y soltaba un único ladrido de vez en cuando. Siguieron hacia delante por el amplio pasillo hasta llegar al comedor. Federico no pudo evitar que la mandíbula inferior de su boca se quedara colgando inerte mientras sus ojos se paseaban maravillados por la estancia. En la pared del fondo se divisaba una gran cristalera que daba a un jardín bien cuidado, y eso fue lo que llamó primero su atención. Probablemente, por la mañana, el sol entraría a raudales por aquella pared-ventana, que por otra parte parecía impoluta, sin las manchas de polvo o de humedad que habitualmente se ven en las casas de los pobres. Aquel salón era amplio, aunque el desorden contrastaba con la limpieza de las cosas. En el aire se respiraba un tenue olor a Martina, quien había hecho suya aquella estancia en ausencia de la su familia, quienes se habían marchado a su casa en la playa, en la Costa Brava.

    -Me gustaría irme a vivir sola… Pero nunca encontraré una casa como esta. Me encanta.

    Se paseaba por la habitación con la confianza habitual de alguien que es poseedor de una cosa, es decir, de memoria, sin tener que bajar la vista para no chocarse con la rica mesa acristalada donde descansaban los mandos a distancia. Martina tomó uno y encendió un aparato invisible. Una música tranquila empezó a sonar desde todos los rincones de la estancia. El sofá estaba atestado de sábanas, almohadas, prendas de ropa. Parecía que Martina había trasladado el desorden de su habitación a aquella sala, más amplia quizá que su cuarto, que se situaba arriba de unas escaleras. Las paredes eran de color oscuro, que dotaban a la estancia de un aire elegante y cálido, acorde con el color oscuro de las maderas de las que estaba hecha la mesa y los anaqueles llenos de elefantitos de caoba, jirafas pintadas a mano, máscaras largas y un tanto espeluznantes.

    -Mi madre es una loca de África, le encanta.

    Federico no pudo evitar pensar en su propia casa: los únicos recuerdos que colgaban de las paredes eran antiguas fotos de boda, barquitos baratos de conglomerado comprados en ferias de quita y pon, un cuadro de nudos que daban con la suscripción al periódico local en los noventa, en fin, la decoración habitual en la casa de los pobres sin gusto. De ahí venía él y ahí estaba ahora, en aquel salón donde cabía la mitad de la casa de sus padres, paseándose de un lado a otro con las manos en los bolsillos, para no romper nada, poniendo cara de póquer para que Martina no percibiera el síndrome del impostor.

    -Bueno, ¿qué te parece la casa? Desde que hemos entrado que estás muy callado.

    Dijo Martina en algún momento mientras paseaban por el resto de las habitaciones. Lo más destacable, a parte del salón, fueron, en primer lugar, el baño del piso superior, el que compartían Martina y su hermano cuando no estaba en su propio piso, allá abajo en Sant Just Desvern. El lugar, a pesar de estar igualmente desordenado por el torbellino de Martina, se encontraba reluciente. Un rico lavabo de fina porcelana se mantenía silente en un rincón de la estancia. La familia había conservado la bañera, de patas doradas, donde bien podría sepultarse el día de mañana un rey catalán en su viaje al más allá. La luz de la consola brillaba sobre la superficie blanquísima del mármol. Pero lo que más le sorprendió fue que en vez de un lavamanos, había dos. Es decir, Martina y su hermano disponían de una pica cada uno, de un espejo, de unos armarios, para prepararse por la mañana para acudir a su rutina diaria. Federico sólo había visto aquello en los edificios públicos, ni siquiera recordaba haberlo visto en las películas.

    -Tu casa me parece muy bonita. -dijo al fin, mientras accionaba el grifo vintage lacado.

    -Y por último, este es mi cuarto. -Martina abrió una de las puertas cercanas al baño.

    Aquel era el único sitio de la casa que no estaba desordenado. La cama estirada y recién hecha, como si una persona experta en aquellos menesteres, la hubiera hecho, con aquella perfección que Federico siempre había admirado de su madre y las demás mujeres de su familia. Pero había algo impersonal en aquella pulcritud, como si hubiera sido la mano de otra persona, y no la de Martina, quien hubiera impuesto ese orden. En el amplio ventanal se divisaban las vistas que daban al otro lado del muro gris. A lo lejos se divisaban las montañas verdes, moteadas de ricas casas, como la de Martina. Sobre el escritorio había algunos libros bien puestos en una esquina de la amplia mesa. Federico tomó uno al azar, por tener las manos ocupadas, Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Qué oportuno, pensó para sus adentros, menuda ciudad aquella.

    -Mi tocayo.

    -Es mi escritor favorito. -se mordió el labio inferior, dejando de entrever una fila perfecta de dientes en la parte superior, que probablemente habían corregido unos aparatos invisibles en la cada vez más lejana adolescencia- Te confieso que esa es una de las cosas que más me gustan de ti. Hay algo en su escritura que me recuerda a ti.

    -Será por tener los dos el mismo nombre. Un nombre antiguo, por otra parte.

    -A mí me encanta tu nombre, Ico.

    -Bueno, los nombres son algo determinante que no se elige, como la familia o la nariz.

    Martina rio su ocurrencia y lo abrazó de repente. Federico se sintió embriagado por el perfume de su pelo suelto, que caía sobre los hombros de ambos en una cascada suave, que acariciaba la piel y auguraba caricias más íntimas. Se besaron despacio, mientras el sol desaparecía por la ventana. Sus manos se movían despacio por encima del cuerpo, sin prisa, disfrutando en cada instante de aquel momento, de aquel presente que quizá viviera eternamente en el recuerdo de alguno de los dos, mientras el corazón latiera. Poco a poco, las bocas fueron llenándose de saliva, humedeciendo los contornos de la barbilla. Martina empezó a coger aire y agitarse bajo la ropa, los dedos de sus pies se crispaban sobre el suelo de parqué, descalzos como estaban. Federico quiso conducir su cuerpo hacia la cama, pero ella se lo impidió suavemente. Se apartó y lo miró, sonriente.

    -Vámonos al salón.

    Martina empujó a Federico y este cayó sobre el ancho sofá. Desde que bajaron las escaleras, ella había tomado el control de la situación. Se notaba en sus gestos, más seguros, casi autoritarios, y en su silencio. Se hacía entender con miradas que Federico interpretaba a medias, sintiéndose algo indefenso por no estar en un territorio propio, sino ajeno: la casa de ella. Martina se lo quedó mirando un rato, de pie entre la mesa de té y el sofá. Sin decir nada, se quitó la camiseta lentamente, mientras la música seguía sonando, imperceptible para ambos. Después de un momento, se bajó los pantalones y las bragas, mostrando su rasurado sexo a la altura de los ojos fijos de Federico, quien recorría sin temor con sus pupilas cada una de las pulgadas que el cuerpo de ella ocupaba en el espacio-tiempo. Dejó caer la ropa sobre la alfombra beige del suelo y se arrodilló. Sus pechos cimbreaban con sus movimientos. Federico quiso agarrarlos con una mano temblorosa, pero ella se lo impidió. Mientras, le deshacía el cinturón y lo obligó a desnudarse también, de cintura para abajo, dejando ver una erección que miraba al cielo como implorando clemencia a una diosa de fuego. Martina agarró su falo y se lo llevó a la boca. Federico miró al techo, luego a ella, luego otra vez al techo y cerró los ojos, casi incapaz de soportar aquel placer indecible que ella le proporcionaba. Su cabeza se movía arriba y abajo con habilidad.

    -Me encanta el sabor de tu polla.

    A pesar de todos los polvos que llevaban juntos, Federico nunca dejaba de sorprenderse por su naturalidad a la hora de abordar los temas sexuales. Había conocido a otras chicas, pero nunca a ninguna que hablara con aquella seguridad, que disfrutara tanto del sexo sin tapujos, sin complejos, sin miedos asociados al acto sacrosanto de la amatoria. Ante aquellos accesos verbales, Federico no sabía hacer otra cosa más que callarse.

    Cuando el pene de él empezó a agitarse de forma involuntaria, al primer o segundo escalofrío previo a la eyaculación, Martina se separó. Federico estaba tranquilo. Por una vez sentía que no tenía la responsabilidad de pensar en lo que tenía que hacer, simplemente se dejaba llevar al compás del ritmo que ella marcaba, totalmente abandonado al placer que ella le brindaba. Se la quedó mirando largamente, de pie, como estaba, frente a él. Su pelo largo caía sobre un hombro. Miró cada uno de los lunares que la constelaban, desde su cara hasta las piernas. Ella se dejaba mirar y aquello era mejor que el propio sexo, la observación atenta y arrobada de otro ser humano, mirar al prójimo como se debe mirar a Dios en las alturas, en éxtasis.

    Martina subió con él al sofá. Primero apoyó una rodilla sobre la mullida tela, luego la otra. Los sexos se rozaron sin llegar a conectarse aún. Las manos de Federico acariciaban sus muslos, su trasero, su espalda, subían y bajaban buscando lentamente, sintiendo cada uno de los poros de piel con la palma de las manos, dejando que toda la atención se concentrara en el sentido del tacto amable de un cuerpo caliente y joven.

    -Me gusta cómo me miras.

    Nunca estuvo tan bonita como ese día. Bajo la luz amarilla de los focos sobre sus cabezas, la figura de Martina se dibujaba en todo su esplendor. Desde los pliegues de su sexo hasta la tersura de su piel, todo se reflejaba en la luz cenital sobre su figura de ninfa, perfectamente adaptada al rico espacio: aquel sofá testigo de un nuevo amor.

    -Te quiero. -dijo Federico presa del arrobamiento.

    Martina sonrió de una forma completamente nueva, distinta a todas las demás veces donde un deje de tristeza había empañado el fondo de sus ojos oscuros. Esta vez sus ojos brillaban con la candelita de las luces de la estancia, como si titilaran como estrellas dentro de un universo minúsculo. Sin decir nada, lo abrazó con fuerza.

    Mientras se fundían en aquel abrazo, con los corazones casi tocándose por debajo de la piel, el sexo de ambos se encontró de forma mágica bajo los ombligos de ambos. Sin dejar de abrazarse, se fundieron también allí y al entrar el uno en el otro sintieron que nunca más habrían de separarse, que aquel instante se volvería eterno para siempre y que, a pesar de todas las dificultades, a pesar de la inmoralidad, de todo el sufrimiento, un mundo donde su amor viviera era factible. Un lugar donde el amor era de verdad.

    13. El bichón blanco

    Los sacó del sopor el perro, que se desgañitaba ladrando al otro lado de la puerta de la cocina. Si no hubiera sido por los ladridos del animal, seguramente se habría quedado dormido en el sofá, abrazado al cuerpo desnudo y caliente de Martina. Ella se desperezó, se puso de pie y se marchó, desnuda como estaba, detrás de aquel ruido. Al cabo de pocos segundos, se oyó una puerta abrirse y unos pequeños pasos rascar el suelo de parqué, tis-tis-tis-tis, hasta donde él estaba, echado en el asiento cuan largo era. El animal empezó a ladrar otra vez, denunciando al extraño que ocupaba el lugar donde tantas tardes había sido acariciado por las manos de su dueña hasta el sopor. El cuerpo de un humano amenazante, de un hombre, amenazaba las raciones de cariño que aquel animal mimado recibía con su pienso diario. El pobre se defendía con su ladrido agudo.

    -Este es Trotsky. -Informó Martina- Parece que no está muy contento de verte…

    -¿Muerde?

    -No. No te preocupes.

    A Federico no le preocupaba que aquel pequeño ser, enemigo para siempre de su nuevo amor, lo mordiera. Era un animal completamente inofensivo, con una boca más pequeña que una pinza para tender la ropa. Tenía un pelaje blanquísimo, bien cuidado, que debía ser sedoso si se lo acariciaba. Se notaba que el bicho se alimentaba de los mejores sobres de comida del supermercado, de marcas de alimentos para perros que llevan en el dorso las palabras Exquisite o Premium en letras doradas sobre un fondo negro. No era como los perros de su barrio, que estaban obesos porque comían pienso barato y las sobras de sus dueños, también con sobrepeso, con un pelaje ralo, hijos de mil leches, seres apátridas. Aquel animal desconocía los rigores de la vida de sus compañeros perrunos en los barrios de periferia, donde no duraría ni media hora. Ese animal remilgado se creía superior al ser humano y reclamaba su lugar habitual en el sofá.

    -Es un bichón maltés. Tranquil, Trotski, calla, amor meu. -y lo acariciaba. El perro por fin se calmó gracias a las atenciones que le procurara su dueña. Martina tocaba su mascota con la misma mano con la que poco antes lo había acariciado a él y sintió asco.

    -Sólo es un perro. -Se le ocurrió decir.

    Martina lo miró, por primera vez, molesta de verdad. En todo ese tiempo, nunca había visto aquella mirada en sus ojos, aquel odio concentrado que podía inyectarse en la piel para doler como el veneno de un escorpión. Su mirada lo amenazó con echarle de allí.

    -No vuelvas a decir eso.

    Federico reparó en su error. Había quienes amaban a los animales por encima de las personas. Él no lo entendía, pero debía respetarlo. Que ella quisiera al perro como a un niño no era asunto suyo, ¿debería aprender a compartir ese amor con él y ella? Trotski se había calmado y reposaba tranquilo con la cabeza apoyada sobre las piernas desnudas de Martina. El pelaje blanco del bicho debería acariciar el pubis de ella con el rabo. Sentía un asco indecible. Quería agarrar al animal de los pelos y estamparlo de una vez.

    -Lo siento. Veo que lo quieres mucho y supongo que estoy un poco celoso. Eso es todo.

    Martina lo miró con conmiseración y pensativa, como evaluando si aquel tipo que había rescatado del arroyo, como a un perro arrabalero, valiera tanto la pena después de todo. Pertenecían a mundos tan distintos ella y él, que quizá tenía más en común con el pichón maltés, a pesar de ser un cuadrúpedo que lamía su propio ano varias veces al día. De repente, su mirada se suavizó. En el fondo lo perdonaba. Le gustaba que fuera impulsivo. Lo hacía sentirse un poco en peligro, un poco vulnerable, y bastante mujer.

    -No pasa nada. Trotski ya te ha perdonado. -el perro movía el rabo con gusto, vencedor.

    -¿Hay algún lugar donde pueda fumarme un cigarro?

    -¡Claro! Ahí mismo…

    Martina señaló con la cabeza el ventanal que tenía enfrente. A pesar de que las cortinas estaban echadas, era fácil acceder a la zona ajardinada de la casa por la hoja acristalada semiabierta que hacía las veces de puerta y ventana. Completamente desnudo, con el paquete de tabaco y el mechero una mano, salió hacia afuera un poco airado por la situación. Federico era propenso a los ataques de ira y podía darse de cabezazos contra la pared hasta partirse los cuernos o ver la pared caer. El tabaco lo ayudaba a serenarse.

    Una vez que hubo encendido el cigarrillo, pudo reparar otra vez en el lugar donde estaba. El jardín era amplio y espacioso. El césped estaba bien cortado y era suave al tacto de sus pies. Al fondo, a unos diez metros, había una pared de setos verdes, bien cortados, que suavizaban el gris del alto muro de hormigón que separaba la propiedad de la calle. El frescor verde oscuro de aquel lugar se pegaba en la piel y el olor a hierba cortada era tan intenso que casi podía tocarse. Parecía que estuviera recién podado, como si aquella mañana el jardinero lo hubiera dejado listo y cuidado, como hacía todos los sábados una vez por semana. En una esquina, había una barbacoa pulquérrima, sin los acostumbrados restos de hollín y herramientas quemadas que había visto en otras partes. Parecía recién comprada, como si no le dieran demasiado uso, solo cuando papá sentía el capricho de preparar carne para su manada: su mujer, hijo, hija, su perrito… ¿y su yerno? Federico se preguntaba a medio cigarro si se reunirían junto a aquella barbacoa el suegro y el yerno, con una cerveza en la mano, comentando el último partido del equipo local o la actualidad del tiempo, en una situación incómoda pero acostumbrada. Intentaba imaginarse a sí mismo junto aquella barbacoa con su posible suegro, el cual había visto en fotos, pero sólo conseguía ver al yerno oficial, el novio, la pareja, el chico, desde hacía tantos años, de Martina. Decidió que era el momento de abordar la cuestión. Si iban a iniciar una relación las cosas tenían que aclararse de una.

    Apagó la tacha sobre el suelo y esta crepitó levemente con un sonido siseante. Caminó por las losas de un camino flanqueado de enanitos de jardín, los cuales de niño le habían resultado seres siniestros que cobraran vida por las noches y se dedicaran a los más dispares asuntos, como robar bebés o chupar la sangre de las ratas. Lanzó lo que quedaba del cigarrillo por encima del muro, hacia la calle que suponía vacía, y desanduvo la vuelta por aquel camino donde se apostaban aquellos seres sin edad, de narices grandes y miembros abultados, quienes lo miraban pasar sonrientes alzando sus hachas y setas alucinógenas. Federico supuso que era la madre quien había impuesto la convivencia con aquellos mágicos de yeso, al igual que los parterres de rosas que había.

    -¿No tienes frío?

    -La verdad es que un poco.

    -Anda, vente conmigo. -Martina parecía que también se había calmado. El perro gruñó un poco al ver acercarse a Federico pero ella lo contuvo con un manotazo y lo hizo bajarse. -¡Calla, Trotski! -Después de recibir el regaño de su dueña, se perdió de vista.

    -Sabes, -dijo sentándose junto a ella- lo que he dicho antes, lo decía de verdad.

    Adivinando la intención de sus palabras, Martina se lanzó hacia él y lo besó en los labios, tapándole la boca, haciendo que no pronunciara aquellas palabras definitivas que habrían de marcar el rumbo de los acontecimientos: o tu novio o yo, no hay otra. Cuando se separaron, el miembro de Federico estaba otra vez erecto y su mente se había olvidado de los asuntos importantes y tristes. Sólo quería poseerla salvajemente.

    -¿Qué tal si cenamos? Hoy voy a cocinar para ti.

    -¿En serio? -Aquella sorpresa lo puso muy contento- No esperaba que tú cocinaras…

    -¡Pero tú por quién me tomas! -dijo riendo -¿Por una pija de Pedralbes?

    -Por una niña pijita de Sant Just que no sabe freír un huevo.

    Martina le mordió una oreja, con fuerza. -Ay ay ay, vale vale, lo retiro. -ambos reían. Ella se levantó de un salto. Se puso las braguitas y el resto de ropa olvidada en el suelo. Una vez vestida, se quedó mirándolo con los brazos en jarras y los pechos firmes.

    -¿Es que te vas a quedar ahí sentado? Levántate y me ayudas, anda.

    -¿No habías dicho que ibas a cocinar para mí?

    -Bueno, que concine para ti no significa que no tengas que ayudarme.

    -No sé cocinar nada. Soy un pésimo partido.

    -Pues por lo menos me haces compañía y me sirves una cerveza fría, eso sí que sabes hacerlo, ¿no? -Estaba preciosa, pero era autoritaria, y a Federico le encantaba el juego.

    Fueron a la cocina y prepararon unas simples pizzas con mucho jamón dulce y mucho queso salado. Se divirtieron como niños con el perro correteando por entre sus piernas. Hablaron de una cosa y de la otra, pero en ningún momento tocaron el tema crucial que llamaba a las puertas de su relación como la cabeza de un ariete. Federico decidió disfrutar del momento y no racionalizar tanto las cosas, lo que tuviera que ser sería.

    Cuando las pizzas estuvieron listas pusieron una película en la gran televisión de pantalla plana. Se sentaron en el sofá e ingirieron las porciones con buen apetito postcoital. En la tele, el maníaco compulsivo de Jack Nicholson se enamoraba de Helen Hunt, una madre soltera con problemas para pagar el alquiler. Iluminados por la luz azul de la pantalla, Federico pensaba que si un amor así había sido posible, su amor por Martina también podía serlo, aunque no consiguiera visualizarlo en su imaginación. Pero decidió agarrarse a la realidad del momento, al cuerpo de Martina que respiraba junto al suyo, apoyada en su pecho, tumbada con las piernas largas y los pies desnudos sobre el mullido sofá. Decidió asirse a la idea de que aquella noche se quedaría a dormir por primera vez, que a la mañana siguiente despertarían juntos en un nuevo amanecer donde quizá todo acabaría viéndose más claro, un tiempo en el que las nubes del millón de dudas que poblaban su mente por fin se disiparían. Aquella noche soñaría con que una vida diferente era posible. Un mundo donde su flamante amor crecería fuerte, como el de Helen y Jack, a pesar de todas las dificultades y los factores racionales en contra. Sí, aquella noche se quedaría a dormir, y con un poco de suerte no sería la última vez.

    Federico abrazó fuerte a Martina, apartó su largo pelo del cuello y la besó despacio. Lo arrancó de su agradable ensueño el ladrido que dio, al verles así, el bichón blanco.  

    14. La verdad

    -Sé qué estás liado con Martina, ¿te crees que soy tonto?

    Las estaciones de tren tienen algo de misterio. En todas las que había estado en su vida, había sentido al pisar el andén una cierta paz y desazón a un tiempo, como el que espera paciente a que algo importante pase, con resignación religiosa. Los viajeros en el andén solían buscar lugares donde sentarse o, si permanecían de pie como Federico estaba, lo hacían mirando a la nada, es decir, hacia dentro de sí mismos, manteniendo un soliloquio. Los móviles iban comiendo terreno al agradable aburrimiento, pero todos de vez en cuando alzaban la vista y miraban a las pantallas luminosas donde, a veces, los trenes se retrasaban, pero siempre solían llegar. Según el tren que uno tomara lo esperaba un destino diferente, con nuevas posibilidades. En Paseo de Gracia las posibilidades no eran muchas. Se trataba de una estación turística, de paso, donde sólo se apeaban las personas que iban de visita o los pocos que trabajaban en el centro. Federico había esperado pacientemente en el andén a que su tren llegara. No le importaba estar allí, le gustaba el ambiente de recogimiento que él creía ver en las estaciones de tren. Le emocionaría tanto subirse a unos de esos vagones destinados hacia el norte, llegar a una estación fronteriza y subirse a otro tren hacia Europa. Pero aunque los sueños le dieran el empuje necesario, faltaba siempre lo fundamental.

    -No entiendo cómo has podido hacer una cosa así. La verdad es que me lo olía pero…

    Después de que su tren llegara, Federico lo acompañó a la salida. El abrazo fue frío, falso. Pero de todas formas se saludaron con efusividad como siempre que se veían. No había sido un trayecto largo, no llevaba maletas ni un objetivo firme más allá de mantener una conversación al respecto. Siguieron el rumbo acostumbrado, tantas veces recorrido, que se sabían de memoria, sin necesidad de decirse nada. Federico callaba.

    Al salir de Paseo de Gracia se sale delante de la Casa Batlló, una construcción arquitectónica obra de Antonio Gaudí. Siempre que la observaba, le gustaba contar la anécdota de la muerte de Gaudí: iba borracho, como siempre, y lo atropelló un tranvía de principios de siglo. No recordaba quién le había relatado la anécdota del genio, pero disfrutaba con ese giro inesperado del destino que provocó que no se terminara el único monumento del estado que podía igualarse, en altura, a la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o el Big Ben, es decir, la única construcción lo suficientemente icónica y antigua que consiguiera poner al país en el mundo occidental. Resultó un golpe del destino que el hombre muriera bajo las ruedas de un vehículo, que no avanzaría a más de veinte quilómetros por hora,  y que lo hiciera sin dejar un maldito plano para terminar la Sagrada Familia. Lo hacía todo de memoria, a lo que saliere. Un genio. 

    -¿Me estás escuchando?

    -Disculpa, estaba pensando en Gaudí. ¿Sabías que tuvo que marcharse de su ciudad natal porque los otros modernistas no lo dejaban construir nada en Reus? Si le hubieran dejado, ahora estaríamos en el mapa y no tendríamos que desplazarnos hasta Barcelona.

    Su acompañante no conseguía entender, así que se limitó a darle una calada a su cigarrillo y a mirar enfrente mientras cruzaban la larga calle que había de conducirlos al otro lado de la acera. A ambos lados se extendían las tiendas más exclusivas de la ciudad, con nombres escritos en francés, italiano, inglés, incluso en chino mandarín.

    Torcieron por la Calle de la Diputación. La mañana era agradable. La luz y el agua de la ciudad tenían un sabor meloso que impregnaba todas las cosas: desde el aire hasta los alimentos. Como era temprano por la mañana, las aceras estaban humedecidas por la manguera del vehículo de la basura dedicado a tal fin. A Federico no le hubiera importado ser basurero-conductor de aquellas andróminas que circulaban lentamente, barriendo y fregando las calles, con una vista panorámica al asfalto, avanzando lentamente al paso regio de la tortuga, que todos los demás vehículos respetaban. El Ensanche era un monumento a la especulación urbanística: no había un solo parque en quilómetros a la redonda. Las únicas zonas ajardinadas se situaban dentro de los cubos que dibujaban los edificios, todos con los mismos balcones alargados, los mismos techos altos, algunos con ricos azulejos en las celosías y otros más humildes. Todos llenos hasta la bandera, algunos turísticos, otros con estudiantes adinerados, cada vez menos vecinos de la época de guerra civil que, o bien iban muriendo o iban dejando la herencia a pudendos allegados que hablaban un perfecto catalán que ellos no tuvieron.

    -¿Sabías que muy cerca de aquí, en el número 44 o 45 de la calle Aribau, está la casa de Carmen Laforet? Siempre pensé que aquella novela, a pesar de ser aburrida como estas calles, tenía algo especial que la hace maravillosa. ¡Tiene el espíritu del Eixample! ¿Eh?

    -Federico, ya basta. Para de andar soltándome clases de historia o me marcho ahora.

    Hablaba en serio y tenía razón. Intentaba aligerar el peso de la situación con conversaciones asépticas sobre datos que fácilmente podían encontrarse en internet, así que parecía que no valía la pena mencionarlos. Al cabo de aquel rato que habían compartido juntos entre reproches y conversaciones ajenas al tema del día, Federico decidió abordar la cuestión y proponer que se sentaran: una terraza en aquella calle.

    -Es verdad, tienes razón, aún no te he dicho Nada, -rio un poco- ¿Lo pillas? Nada…

    -Déjate de chistes malos.

    El camarero pidió la comanda eficientemente no bien tomaron contacto el trasero con el frío metal de la silla negra. Una vez apuntados los dos cafés americanos, se marchó dejando un aire a colonia barata en el ambiente, que congeniaba con el humo del tráfico.

    -Bueno, Alejandro, ¿qué quieres que te diga? Llevamos unos meses sin vernos y todavía no me has preguntado cómo me va por aquí. Me va muy bien. En el trabajo no tanto…

    -Tienes que dejar de ver a Martina.

    El camarero dejó la comanda sobre la mesa, en silencio. Era un tipo alto y bien plantado, de brazos fornidos en el gimnasio. Dejaba las tazas sobre la mesa de metal con aire ausente, como si él no estuviera allí, sirviendo copas en una cafetería por mil euros al mes, sino en la discoteca de moda de la ciudad, donde se gastaba todo su sueldo. Una vez que se hubo marchado, Federico dejó de fantasear con su entorno y se centró. De aquella mesa quizá se levantaría más solo que como llegó: podría perder a otro amigo.

    -Le prometí a Martina que no hablaría de este tema contigo.

    La expresión de Alejandro se oscureció. Sus pequeños ojos oscuros adoptaron una opacidad superior, como si el resentimiento los dejara sin vida. Su boca adoptó un rictus algo crispado y empezó a atusarse el largo flequillo, como siempre hacía al enfadarse.

    -Tú ya sabías que Roberto estaba enamorado de Martina.

    -Eso quería preguntarte, ¿desde hace cuánto que están así?

    -Unos dos años, desde que yo los conocí. Se puede decir -sonrió un poco- que yo fui su Celestina. Le di consejos a Roberto sobre cómo tenía que acercarse y lo consiguió.

    -¡Podrías haberme dado esos consejos a mí también!

    Alejandro se ensombreció de nuevo. Guardó silencio un momento como si buscara las palabras adecuadas para decir aquello, para que no se le notaran tanto los sentimientos.

    -Hacían una buena pareja. Yo pensé que su amor resultaría después de todo ese tiempo.

    -Bueno, en realidad no es asunto mío. No me gusta preguntarle a la gente por su pasado, me interesa el presente. Ahora ella está conmigo y he disfrutado mucho de su compañía.

    -¿Te estás enamorando?

    -Y a ti qué te importa de quién yo me enamore. Sabía que esto era simplemente un juego. Yo estaba solo, sin pareja, ¿qué hay de malo en hacer el amor con una chica?

    -Pero es que esta chica tiene pareja desde hace años. Desde mucho antes de Roberto. 

    -Pero yo no la tengo.

    Alejandro dio un sorbo a su café, que se iba enfriando sobre la mesa, y encendió otro cigarrillo. Fumó exhalando el humo hacia los transeúntes que cruzaban ajetreados. La vida en la calle era frenética, pero en aquella mesa de la terraza de la calle Aribau parecía que el tiempo se había detenido.

    -Te has enamorado.

    Federico calló. Dio un sorbo a su café y también encendió un cigarrillo. Miró hacia el fondo de la calle y distinguió el cruce iluminado de la plaza de la Universidad, que quedaba a pocos metros. La gente cruzaba el paso de peatones en la mañana otoñal.

    -Puede ser que tengas razón. -se resignó Federico- Quizá estoy un poco enamorado.

    -El juego se te ha ido de las manos…

    Tenía razón. Quien jugaba con fuego se termina quemando y el amor es como el fuego. Aunque se lo negara a veces y procurara no pensarlo demasiado para no sentirse celoso, lo cierto era que se había enamorado de Martina y él sabía que enamorarse de la persona equivocada puede ser el juego más peligroso. Una vida podía salir hecha cenizas. 

    -Roberto y Martina tuvieron un idilio hace algún tiempo, como ya sabes. Ella también le dijo que no contara nada hasta que terminara con su novio. Supongo que te suena.

    Ahora fue Federico quien se ensombreció. Aquella casualidad, por llamarla de algún modo, se le clavó dentro. Había habido veces que habían hablado del futuro, en momentos oscuros le había preguntado por qué seguía con su pareja si en teoría lo quería a él. Ella siempre le había pedido paciencia, que esperara. Él intentaba no meterse con sus cosas, al fin y al cabo, ¿qué seguridad podía ofrecerle? Ninguna.

    -Mira, Alejandro, ya sé todo lo que vas a decirme y puede ser que tengas razón. Pero Martina me dijo una vez algo que se me quedó grabado. Un día le dije que tenía muchos remordimientos, ya sabes, por cosas del pasado que bien conoces. Estar con ella, en esta situación, en parte me libera. Me hace sentirme mejor conmigo mismo. Las cosas no son tan rígidas como parecen por fuera. Le dije que me sentía mal conmigo mismo por ser como era, por haber hecho daño a personas que quise, por decepcionar a todos.

    -¿Qué te dijo ella?

    -Que ella se había enamorado de la persona que yo soy ahora. Y que la persona que yo soy ahora es fruto de todo lo que he vivido, tanto lo bueno como lo malo. Sé que suena a topicazo y autoayuda, dicho así, con palabras, pero por primera vez me sentí en paz.

    -Eso se lo dice a todos, hombre. Se lo puede decir a cualquiera. Seguro que a Roberto le decía cosas similares. No debes caer en la trampa. El tema está peor de lo que pensaba.

    -Tenemos una conexión bonita, es cierto. Bonita y peligrosa. En este mundo mezquino.

    Otra camarera vino a recoger la cuenta. Era una chica rubia, con el pelo hasta la cintura y la piel blanca, decorada con frescos tatuajes que no debían de tener más de un año. Se había acercado a la mesa con la excusa de recoger el dinero de los cafés a medio terminar, pero en realidad lo que quería era ligar con Alejandro. Con cualquier pretexto, le había sacado conversación y él se dejaba agasajar por los ojos marrones de la camarera, que si bien era guapa, carecía de la más absoluta elegancia. Aunque, de todas formas, si ella se hubiera fijado en Federico, no habría desaprovechado la oportunidad. Cuando se hubo marchado, Alejandro dejó de sonreír y volvió al tema que le interesaba.

    -Está repitiendo exactamente el mismo patrón que siguió con el otro: te cuenta la milonga, tú te vas enchochando y, al final, te dará la patada. Tarde o temprano lo hará, lo sé. Creo que es alguien que tiene una carencia emocional muy acentuada, no sé.

    -¿Y quién no tiene carencias emocionales? ¿Acaso tú estás mejor que ella? ¿Que yo?

    -Mira, Federico, yo no quiero comprenderla. Solo te digo que no seas igual que Roberto, igual de inocente. No dejes que te haga la misma jugada. Soy tu amigo.

    La camarera volvió a recoger el dinero y se quedó hablando con Alejandro un buen rato. El camarero anterior miraba la escena desde detrás de la barra, con un punto divertido y celoso por el cliente que quizá le estaba levantando el ligue. Alejandro se dejaría querer por ella con cierto aire de indiferencia, sonriendo mucho y dejando ver los hoyuelos de sus mejillas bien cuidadas, sin un solo grano ni cicatriz que las empañara.  A pesar de la cantidad de tabaco que consumía, se mantenía exitosamente joven. Sabía vestirse y los años le iban dando esa elegancia con la que sueñan las estrellitas de cine. La chica, de espaldas a Federico, se desvivía porque al fin le pidiera el número de teléfono, por que quedaran cuando ella terminara el turno. Podía verlo en la impaciencia con la que jugueteaba con la larga melena, con la pose que adoptaba su cuerpo al apretar las piernas. Tenía un trasero bonito, pensó Federico. No le pareció más bonita que Martina. Después de todo, él era un tipo con suerte. Podría estar en esa situación y complemente solo.

    -Estoy aquí con mi amigo, te lo presento, se llama Federico.

    -Hola.

    -Hola. -dijo ella casi sin mirarlo, iluminada como estaba por la belleza de su amigo.

    -Estamos hablando de amor, ¿a que sí? Federico está con una chica bastante tóxica.

    -¡Oye!

    -Ui. No pierdas el tiempo con esa clase de gente, tío. -dijo la camarera, que se llamaba Cristina, dándole la razón a Alejandro en todo lo que dijera- Yo las sé distinguir de lejos.

    -¿Ah, sí? -dijo Alejandro.

    Siguieron hablando entre ellos mientras la mente de Federico divagaba. Dirigió su vista al cielo azul que se abría paso entre las algodonosas nubes del cercano mediodía. Una brisa fría cruzaba la calle sombría donde estaban. El café se había terminado desde hacía bastante rato. Quizá Alejandro tenía razón y Martina estaba jugando con él al gato y al ratón. Al final se lo comería y no quedaría de su corazón nada, ni las espinas. Ya había salido bastante maltrecho de un intento de relación reciente, quizá su salud mental no soportaría otro envite de esas características y terminaría por hundirse en la abulia más absoluta. No podía permitirse el lujo de dejarse caer, no cuando su economía dependía de forma exclusiva de él mismo. Ya era lo suficientemente difícil ir a trabajar en un puesto que odiaba, donde no terminaba de encajar y donde sentía el estómago acalambrado. Por lo menos tenía a Martina y aquella ciudad mágica para ellos dos.

    “Pobre Cristina”, pensó Federico. Se había olvidado de todas las mesas, hechizada como estaba del influjo de Alejandro. Sabía que aquella chica no tenía ninguna posibilidad y que él solo estaba jugando con ella, como él había criticado antes a Martina. Aquel coqueteo no llegaría ninguna parte porque no tenía ningún interés. Y si por casualidad llegaban a quedar, a salir juntos, a tener una relación, la cosa terminaría como todas las anteriores relaciones de Alejandro: ella le acabaría dando una patada por ser un colgado de la vida, un manipulador, un egoísta y un trepa sin escrúpulos. Pero al fin y al cabo, era su amigo, y Federico sentía por la lealtad una estima casi destructiva.

    Estaba enfadado y lo sabía. Su mente no pensaba con claridad. Le daba rabia que Alejandro pudiera tener toda la razón y aquel hecho no cambiaría por mucho que se dedicara a tenerle rabia en su fuero interno. De repente, vio como la chica se fue a atender las otras mesas y cómo él apuraba el poco café que le quedaba en la taza.

    -Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Alejandro levantándose. -El invierno parece que entra. 

    -Claro. -Federico también se puso de pie- Oye, no me he enterado. ¿Cómo ha quedado la cosa con esta nueva amiga tuya? ¿Vais a volver a veros? Estaba en mi mundo…

    -¡Qué va, tío! ¿Tú has visto a esa choni? Qué tatuajes más feos. Solo me divertía.

    -Pues a mí me ha parecido guapa.

    -Sí que lo era, ¿verdad? Si hubiera querido, me la habría hecho. Pero me daba pereza.

    -Desde luego, Dios da pan a quien no tiene dientes. ¿No serás gay en realidad?

    Alejandro, lejos de ofenderse, rio de buena gana la broma de su amigo. Hacía años que se conocían y se decían barbaridades sin que la sangre nunca acabara de llegar al río.

    -En verdad estoy enamorado de ti, bribón. -dijo estirando la mano para cogerle el culo.

    -Puede que digas la verdad.

    15. Una radionovela

    -¿Y tú qué quieres?

    El edificio de Ràdio Sant Just se situaba encastado en una loma, en las postrimerías de una zona ajardinada cuyo cielo solía ser azul claro y las nubes tranquilas pasaban calladas sobre las cabezas de los cipreses. Habían estado por allí otras veces, generalmente al caer la tarde cuando todo el mundo se recogía. Era la primera vez que iban a aquel lugar, que a Federico le encantaba, por la mañana. Aunque siempre aparcaban justo en frente del edificio de la radio, su destino estaba un poco más arriba, subiendo la loma. En lo alto, justo encima del estudio encastado en el urbano cerro, se alzaba un edificio novecentista. Era una antigua casa de veraneo de dos pisos, sin contar las buhardillas. Tenía la planta cuadrada y torreones en cada extremo. Las ventanas eran amplias pero carecían de balcones, probablemente porque no los necesitaba, alrededor había suficiente campo y jardín y aire puro. Era una de esas viviendas que se hacía la gente rica a principios del siglo XX, por poco no le había pillado la moda modernista, así que las paredes eran de hormigón que, si bien era un material modernísimo para la época, en el siglo siguiente habría de resultar frío y anacrónico. Aquellas masías abundaban por todas partes, diseminadas por la geografía catalana. Normalmente, sus paredes interiores estaban llenas de pintadas como escupitajos y sus suelos llenos de cristales rotos, cuando no alguna jeringuilla. Pero no estaba así la de Sant Just. Aquel edificio conservaba su antiguo esplendor como un pino grueso al lado de una carretera, como un milagro que la especulación urbanística todavía había respetado. En aquel distrito había el dinero suficiente para restaurar las joyas arquitectónicas que daban señas de identidad a una población que hasta hacía pocas décadas sólo había sido campo, zonas altas donde los ricachones curaban sus pulmones con la brisa benigna del mar. Dentro del local las paredes conservaban su antiguo color verde botella y el olor a tiempos pasados de cuando Proust tomaba el té con magdalenas en casa de su vieja tía.

    -Una coca-cola y una mediana.

    -¿Voleu olives?

    -Sí, también. -Aquel día Federico se sentía dadivoso, con los testículos ligeros y la cabeza despejada como el azul cielo invernal que se alzaba sobre las torres que la casa levantaba sobre su terraza, como queriendo tocar el cielo con la punta de un dedo duro.

    Convertirse en bar había sido una buena manera de sobrevivir. Seguramente, el nombre que le habían puesto, Nou Ginestar, sería el apellido de los antiguos dueños. Quizá el ventrudo y perezoso camarero que lo regentaba sería el último descendiente de una familia que, con los años y venida a menos, había conservado el usufructo de ese edificio, antaño de su propiedad y hoy bajo concesión gracias a un conegut en el ayuntamiento. Mientras Federico esperaba a llevarse la comanda, miraba los carteles del local con el estilo revolucionario de la propaganda de la guerra civil, las pasadas mesas de hierro y cristal con sus sillas a juego, la máquina de tabaco y la tragaperras como convidados de piedra. Posaba su vista sobre todas las cosas como si fuera la primera vez que las veía, como si fuera la última vez que las habría de ver, con dulce melancolía.

    -Aquí tens, noi.

    -Gracias. ¿Qué te debo?

    Al posar su tarjeta sobre el datáfono sintió un repentino miedo que le frunció todas las partes del bajo vientre. Los segundos que transcurrieron desde que la maquinita leyó la tarjeta y se comunicaba con la entidad bancaria de Federico, fueron largos como si transcurrieran debajo del agua. Poco antes había comprobado que aún le quedaba algo de dinero en la cuenta pero ¿y si no lo había mirado bien? ¿y si se había equivocado? Aquellas preguntas lo asaltaban siempre que tenía que hacer un dispendio. No soportaba la idea de que la operación resultara denegada y tuviera que inventar una excusa: esta tarjeta no me funciona bien. Entonces el camarero lo miraría con cierta preocupación y condescendencia, quizá con desconfianza, mientras fingía ir a su mesa a por dinero suelto, cuando en verdad iría a decirle a Martina que no tenía el montante para pagar los refrescos que se había pedido, los cuales habían resultado más caros de lo esperado. Por suerte, el datáfono ronroneó y empezó a sacar el papelito del tique: Venta autorizada.

    Mientras volvía con las bebidas, las copas y el platito de las olivas en las manos, caminando el breve trayecto de la barra a la mesa a la sombra donde Martina se había sentado, se preguntaba si todo aquello era real, cuánto tardaría en despertarse. Los árboles, el edificio con los ojos verdes de sus contraventanas, los tejados que se veían al fondo y hasta el Edificio Walden que se adivinada abajo del todo, todas las cosas lo miraban como si Federico fuera una rata, de paso en un mundo que no le pertenecía.

    -Muchas gracias, guapo.

    -Para servirla, princesa. Este roedor siempre a cordial y a su servicio.

    -Brindo por este ratoncito. 

    -Salud.

    Entrechocaron sus copas y al tiempo del chin-chin, Federico se olvidó de todos sus problemas, como siempre solía sucederle cuando estaba cerca de Martina. El amor tenía ese poder: el de embrujar a las realidades más acuciantes. Uno podía estar muriéndose que, si lo hacía en brazos de la persona amada, la muerte era menos muerte. La ciudad se desplegaba a sus pies como si ellos dos fueran los amos de Barcelona y cercanías.

    -Me encanta este lugar.

    -Lo sé. Me encanta que te encante.

    Se besaron. Una brisa helada levantó unas hojas caídas y las arrastró por el suelo llevándoselas colina abajo. Pájaros invisibles cantaban afónicos bajo el sol matutino.

    Había sido su primera noche juntos y eso los hacía sentirse felices, más optimistas con el presente. Aquello significaba cierto compromiso y esta era una palabra difícil de encajar en los planes de ambos. Lo que había empezado en otoño siendo un juego sencillo se había ido complicando y en invierno parecía una madeja tan intrincada que solo podría deshacerse con un cuchillo. Cambiar, aunque a mejor, siempre era doloroso.

    -Martina, -su voz cambió como si una nube tapara el sol de repente. Ella se recolocó en la silla mientras él pronunciaba su nombre, sabiendo que aquella conversación que todavía no habían tenido, que ninguno de los dos había planeado, estaba próxima a producirse. -¿por qué lo dejaste con Roberto? ¿es que no supo satisfacerte? ¿es eso?

    -¿En qué sentido? -parecía sorprendida por la pregunta, como si no la esperara. Pero su expresión delataba que estaba completamente abierta a hablar sin tapujos ni prejuicios. Metió ambas manos en los bolsillos de su chaqueta de plumas beige y se acurrucó.

    -En qué va a ser. -Federico dio un trago a su cerveza, el frescor ayudó. -En el sexual.

    -No termino de entenderte, Ico. A veces hablas como en metáforas y no te explicas bien.

    -Siempre he pensado que Roberto no supo satisfacerte en la cama, que no conseguía hacerte correr, no sé. Quizá te ocurre lo mismo con tu pareja, que por cierto, no sé ni cómo se llama. ¿Cuál es su nombre? Me siento como una especie de pasatiempo.

    Martina rio con ganas mostrando una dentadura perfecta, unas encías sanas como una fresa. Su pelo se derramaba sobre sus hombros y su pecho, en ondas marrón oscuro.

    -No sé qué te hace tanta gracia. Estoy hablando en serio.

    -A veces me sorprendes, Ico. Eres capaz de salir con cualquier ocurrencia. ¿En qué piensa esa cabecita de chorlito? A veces me gustaría estar dentro de ti para saberlo.

    -No estoy seguro de que te gustara tanto. Además, no me has contestado la pregunta.

    -Roberto me satisfacía casi tanto como tú. Me lo pasaba muy bien con él en la cama, como me lo paso muy bien contigo. No estoy aquí sentada porque necesite sexo.

    Aquella revelación lo dejó roto en mil pedazos. La suposición más sólida que hasta entonces se había hecho, la razón que en su fuero interno había encontrado para que Martina pasara el tiempo con él se había derrumbado como un castillo de naipes. Federico se quedó con la boca semiabierta y una expresión bobalicona en los ojos. Tuvo el impulso de quedarse callado, de no seguir adelante por aquel terreno pantanoso que hasta entonces, hasta ese día, habían evitado por todos los medios. Pero hoy estaba dispuesto a llegar hasta el final, a saber la verdad de una vez por todas: saber qué eran.

    -Supongo que con tu novio que lo pasas igual de bien. -Federico se había ensombrecido completamente. El corazón golpeaba rítmicamente como un puño sobre una mesa, alimentando su desazón- La verdad es que no sé qué haces conmigo aquí sentada.

    -Pues me estoy tomando una coca-cola, intentando disfrutar la mañana que pareces dispuesto a estropear. ¿Se puede saber qué te pasa? Estás girado como un calcetín.

    Federico guardó silencio. Era mejor no añadir nada más si ella no quería hacerlo. Sentía unas ganas imperiosas de levantarse y salir corriendo, pero permaneció anclado a la silla de metal que lo sostenía sobre el suelo de tierra dura. Encendió un cigarro y respiró. Martina se aproximó, puso los brazos sobre la mesa, le agarró las manos nerviosas.

    -Mira, Ico. Contigo me lo paso muy bien en la cama. Me haces tocar el cielo a veces y yo te lo hago tocar a ti. Pero que me lo pase bien en la cama no es responsabilidad tuya, sino mía. También me lo pasaba muy bien con Roberto, y decirte otra cosa sería mentir. -dio un trago a su refresco. En sus ojos se reflejaban las nubes que pasaban serenas- El sexo no es tan importante como tú piensas. No estoy contigo solo porque quiera follar contigo, que también. Estoy contigo por cómo eres, cuando follamos y cuando no. Yo creo que deberíamos alegrarnos por eso. ¿O es que tú me quieres sólo para follar?

    -La verdad es que nunca lo he hecho con nadie como contigo. Pensaba que teníamos una conexión especial, no sé, algo que nos unía de una forma diferente. ¿Qué quieres? En cierta manera me decepciona que yo haya sido uno más en tu vida y no alguien especial, alguien que te haya hecho llegar al cielo. Disculpa que me haya enfadado…

    -El sexo es una cuestión de comunicación, Ico. Es verdad que con Roberto, sobre todo al principio, no encontrábamos la manera de satisfacernos. Pero poco a poco fuimos cogiendo confianza el uno con el otro y todo fue fluyendo. Al final se trata de decirnos qué es lo que nos gusta y que la otra persona esté dispuesta a escuchar. Si se hace así, cualquiera puede ser un gran amante. Porque no se trata de ser un machomán como tú te crees, sino de saber escuchar a tu pareja, y de intentar hacerlo lo mejor que puedas. 

    Federico fumaba en silencio y las nubes de su cigarrillo se fundían en el cielo despejado de aquella mañana diáfana. Lo que le había dicho Martina lo había pillado completamente desprevenido y le haría pensar mucho tiempo después de ese día.

    -Vaya, -dijo al fin, rompiendo el silencio de su sorpresa- hablas como una sexóloga.

    -¡Mi hermano es el sexólogo!

    Ahora fue Federico quien rio con ganas, expulsando de golpe el humo de sus pulmones, lo cual le hizo toser un par de veces. Martina era una verdadera caja de sorpresas, reía.

    -¿En serio? -Cuando ella le explicó que era cierto, añadió- No lo sabía, qué interesante.

    -Creo que te encantaría conocer a mi hermano, haríais buenas migas.

    Un silencio gris se apoderó de nuevo de la conversación cuando hubieron terminado las risas de ambos. Las bebidas se habían terminado y el camarero pronto los echaría. 

    -Hay muchas cosas que no sé de ti, Martina.

    Ella se encogió de hombros sin saber qué añadir. Él pensaba en su próxima pregunta.

    -¿Y tu novio? ¿Qué piensa él de todo esto? ¿Sabe que yo existo? ¿Te acuestas con él?

    Ahora fue ella quien se ensombreció. Martina podía ser dura como un escorpión si se lo proponía, e igual de dolorosa. Su embrujo era un veneno al cual era difícil sobreponerse. Puso las manos sobre sus muslos abrigados, que la tela de sus pantalones protegía de los rigores del tiempo.

    -Aún no estoy preparada para hablar de ese tema contigo, Ico. No es el momento. Te pido paciencia, dentro de poco las cosas se resolverán, pero necesito más tiempo.

    -Tiempo para qué. -dijo él con hartazgo. No dejaba de darle vueltas a la conversación que había tenido con Alejandro hacía un par de semanas en la calle Aribau, después de todo, tenía razón en su tesis: Martina, tarde o temprano, le daría una patada en el culo.

    -Voy a dejarlo.

    -Eso parece que me lo has dicho otras veces. Aunque es cierto que es la primera vez.

    -Es difícil. Son muchos años. Pero lo voy a hacer. Dame un poco más de tiempo.

    Se levantaron y mientras recogía sus pertenencias de la mesa, Martina lo abrazó muy fuerte, como si quisiera pedirle perdón por cómo habían resultado todo. Ninguno de los dos había planeado que las cosas salieran así, y no valía la pena buscar inocentes ni culpables.  Al amor le importaba poco quiénes eran los más nobles o los más viles, no seguía unas pautas establecidas y, a veces, no se ajustaba a la moral de lo correcto. Caminaron en silencio por la rampa, cerro abajo, pasando por delante de la puerta de la radio. Al estar frente al edificio encastado en el verdor de la montaña, Martina dijo:

    -Nuestra historia daría para una radionovela.

    16. La vida de los pobres

    El descanso duraba media hora y tenía lugar desde las once hasta la media. Federico solía salir disparado, sin mirar atrás, intentando no cruzarse con ningún compañero que lo animara a tomarse un café con los demás al bar adonde iban siempre. Prefería la soledad del cigarrillo en la plaza cercana al edificio de oficinas donde cada día desempeñaba la labor por la que le pagaban un sueldo miserable. Al principio, se había sentido muy afortunado de haber encontrado, por fin, a sus veintitantos años, un “trabajo de lo suyo”. Pero al recibir el sueldo por el cual se había estado formando años en la universidad, después de tantos sacrificios familiares y personales, sintió la sombra de una decepción grande, que luego habría de cernirse cuando tuviera que hacer frente a los gastos de vivir en una ciudad como Barcelona. Con sus mil doscientos euros no conseguía llegar a fin de mes sin tener que hacer malabarismos económicos, que implicaban reducir el gasto en tabaco, unos doscientos euros al mes, lo cual le resultaba del todo imposible. Antes dejo de comer que de fumar, se decía, y de hecho lo cumplía.

    Tenía hambre pero el humo del cigarrillo conseguía engañar al estómago mágicamente. Cuando el primero estuvo terminado, encendió otro antes de que la colilla del anterior cayera al suelo y tomó asiento en uno de los bancos de la plaza-parque donde jugaban muchos niños inmigrantes en vez de estar disfrutando, o padeciendo, las horas de recreo en el colegio. Seguramente serían niños sin papeles, ajenos a sus propios problemas, disfrutando del sol matutino y de las instalaciones municipales para sus juegos y carreras. Federico los miraba sin poder recordar su infancia, sin paraíso perdido.

    Pensaba en Martina, como hacía siempre. Esta vez no había querido mirar el teléfono por si encontraba un mensaje de ella que tendría que responder en el mismo momento. Sabiéndolo, había decidido dejar el teléfono en el bolsillo y disfrutar de su descanso laboral sin tener que prestar atención al uso de las palabras cariñosas y los emojis. Hoy no tenía ganas de hablar con nadie, de hecho, sentía unas intempestivas ganas de llorar.

    Había sucedido por la mañana. Se levantó de la cama crujiente en su bajo del Carmelo después de haber apagado la alarma del teléfono varias veces. Ese día, como si una fuerza en su estómago lo supiera de antemano, no quería levantarse de la cama. Quédate durmiendo, di que estás enfermo, decía una voz dentro de su cabeza con el mismo timbre que la suya propia. No. Decidió no hacerse caso y poner un pie desnudo sobre el frío de la baldosa polvorienta, buscando a tientas las zapatillas que se calzó sin mirar. Ya iba bastante tarde y tuvo que ir deprisa: ducharse, desayunar un café y para el metro. Al activar el interruptor de la luz no hubo la respuesta esperada y la bombilla que colgaba de un mísero cable del techo se quedó completamente apagada, como estaba. Otra vez la maldita electricidad daba problemas. Fernando, el tío de Roberto, había venido hacía unos días a comprobar otra vez la avería, que era bastante recurrente. Atribuía el corte a un tema de humedades que implicaba a la pobre conservación del edificio y a los malditos vecinos, hijos de perra, según sus palabras, que no pagaban la comunidad. Las intervenciones de Fernando conseguían que la luz funcionara de nuevo, pero su estabilidad pendía de un hilo. Ese día no había tiempo para toquetear la caja de fusibles, es decir, se duchó a oscuras lo mejor que pudo y salió del edificio sin nada en el cuerpo. Ni siquiera había tenido tiempo para comprar un café por el camino y, a pesar de todo, un retraso en la vía provocó que llegara diez minutos tarde, cosa que lo hacía sentirse más culpable que si hubiera matado a alguien. Había tenido reunión con el responsable, un hombre ventrudo que debía rondar la cincuentena, que vestía siempre una camisa a cuadros, adquirida donde esa clase de viejos solía ir a comprar la ropa, y unos zapatos de cuero, casi tan gastados como su cinturón. Lo llamaban el Mussol, por unas extrañas lentes progresivas que le hacían los ojos marrones desproporcionadamente más grandes.

    El Mussol se tocó la calva gris y grasienta: –Hem decidit fer alguns canvis en la teva secció. Cambios, aseguró, que mejorarían el rendimiento de mi labor en la empresa.

    A diferencia de otros puestos donde el personal trabajaba de pie, Federico ya había aprendido una lección importante del mundo de los despachos: las broncas nunca lo parecían. Todas las decisiones, incluso las más crueles, se tomaban con un aire de cordialidad. Nadie lo iba a avisar si se estaba equivocando o si no hacía bien el trabajo, una mirada de reproche, un cambio en el horario, una modificación en el organigrama, le haría saber que no estaban contentos con él y que su puesto peligraba. Había cola para trabajar en aquella posición y, si no funcionaba, nadie pestañaría para echarlo a la calle. Aquella situación, sumada a la poca conexión que sentía por sus compañeros, gente que no pensaba en otra cosa que en correr en la rueda para ratones que constituía su rutina, lo hacía sentirse completamente alienado, con una insoportable pesadez en las tripas. Eso no le había pasado en otros trabajos más humildes, por los que había cobrado unos doscientos euros menos, pero que lo habían hecho reírse y trabajar con entusiasmo. Se había divertido más siendo camarero bajo el sol del verano que en aquella oficina con calefacción central en invierno. Muchas veces Federico suspiraba y miraba por la ventana hacia el muro gris del edificio de enfrente que, implacable, no dejaba ver ni siquiera un triángulo de cielo azul. ¿En realidad quería dedicarse a eso toda la vida?

    Frustrado, buscando el consuelo que no conseguía darle el trozo de cemento que abarcaba Virrey Amat, cogió su teléfono móvil para apartarse unos minutos de la fealdad y la grisura de las formas que lo rodeaban. La sorpresa fue tanta que el cigarrillo se le cayó de las manos al suelo. Rápidamente lo recuperó, mientras comprobaba que, estando el silencio, no había oído ni las llamadas ni los mensajes recibidos. Sin entender todavía muy bien lo que aquello significaba, abrió con dedos nerviosos el correo que había llegado a su cuenta personal, leyendo dos y tres veces las palabras virtuales.

    Se sintió tan desbordado por las emociones que se puso de pie. Caminó sin rumbo hacia los niños, que lo miraron, luego hacia una tienda, donde no entró, luego se puso junto al banco donde estaba sin volverse a sentar. Lo habían admitido en el programa público para el que había aplicado seis meses atrás, sin mucho convencimiento. Se trataba de una posición de interino en la administración estatal, como sustituto. Tenía de tiempo para aceptar el puesto hasta las 12:30 de ese día y ya eran las 11:20. El corazón se encabritaba debajo de la tetilla izquierda, y parecía querer saltarle por la boca y salir corriendo. Tenía el teléfono a reventar de llamadas telefónicas que se habían producido a lo largo de aquella mañana. Aquello constituía un giro total de los acontecimientos que habían constituido su rutina todos esos meses. Significaba un cambio tan grande que no era capaz de hacerse a la idea. Sin mucho tiempo para pensar, llamó por teléfono al número que casi consigue fundirle la batería del móvil. Una voz femenina respondió al primer toque, una voz que lo cambiaría todo de ahora en adelante sin él saberlo aún.

    -Hola, buenos días. Tengo algunas llamadas suyas. Soy Federico Ro…

    -¡Sí! Federico. Te hemos estado llamando. Iré al grano porque no tengo mucho tiempo.

    -Se lo agradezco, yo tampoco.

    -Trátame de tú. Necesito que mañana a las 9h de la mañana te presentes aquí, supongo que te ha llegado la dirección al correo electrónico. ¿La has visto? Pues cuando estés…

    -Un momento, disculpe. Perdona, disculpa. Resulta que ahora mismo estoy trabajando, de lo mismo, para una empresa privada. El caso es que, si acepto, creo, necesito avisar al responsable de personal con quince días de antelación, me dijeron, creo recordar.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea y se oyó el crepitar de la comunicación que se efectuaba a un centenar de quilómetros de distancia, en la otra punta de la comunidad. La voz suspiró un momento, parecía valorar la situación, y luego continuó comprensiva.

    -Sabes, te entiendo, pero es que esto no funciona así. Cuando te designan, tienes un plazo para aceptar y si no lo haces te vas al final de la lista. Además, necesito que mañana estés aquí para darte de alta, puedo esperar a que vengas a última hora de la mañana si lo necesitas, no te preocupes por eso, pero si no vienes te caes de la lista.

    Caerse de la lista significaba no conseguir otra llamada similar en dos o tres años, tiempo más que suficiente como para arrepentirse de no haber aceptado la oportunidad. El problema era que cuando se había apuntado a la lista, hacía un par de años, lo hizo sin esperar nada al corto plazo y terminó olvidándose de aquellos exámenes de ingreso. Entonces había pensado que decidiría qué hacer el día que lo llamaran, y ese día había llegado. Además, la posición a cubrir era en su ciudad natal, donde en su día se inscribió. Aceptar significaba abandonar sus proyectos en Barcelona y empezar de cero. 

    -¿Ni siquiera puedo ir pasado mañana? Hoy es martes. Quizá el jueves o el viernes pueda tenerlo todo solucionado. Vivo en Barcelona y tendría que desplazarme hasta allí.

    A Federico le sudaban las manos y sentía la pantalla del móvil impregnada de la grasa de su rostro que sudaba copiosamente a pesar de que el invierno y el frío eran uno.

    -Mira, lo siento, pero no puedo decirte más. Entiendo tu situación pero tengo las manos atadas. Esto funciona así. No te preocupes por la ley. Nosotros somos la administración.

    -Bueno…

    -¿Te espero mañana entonces? No tengas prisa por llegar a primera hora. Estaré en mi despacho hasta las 14h. Tienes tiempo hasta entonces para solucionar lo que puedas.

    -Sí. -dijo dubitativo- Allí estaré.

    -Bien. Recibirás toda la información por el correo, consúltala para ponerte al día.

    -Claro.

    -Me llamo Marta Bermejo. Pregunta por mí cuando llegues y me darán el aviso.

    -Gracias.

    -No hay de qué. Enhorabuena por el puesto. Creo que tendremos suerte contigo.

    -Eso espero. Muchas gracias. Un saludo. Adiós.

    -Adeu.

    Miró el reloj y eran las 11:35 pasadas.

    Al terminar la conversación aún estaba temblando. Necesitaba un cigarrillo como un vaso de agua en el desierto, pero no había tiempo. Tenía que correr para llegar de Virrey Amat hasta el edificio donde trabajaba, que estaba a unos cinco minutos andando. Justo antes de llegar a la puerta, se detuvo en seco. Qué más daba, pensó. El destino le daba la oportunidad de dar carpetazo a un puesto que odiaba, donde tenía que trabajar muchas horas extra y le pagaban lo mínimo. Sentía como el nudo de su estómago se deshacía y en su lugar aparecían mariposas subiéndole hasta la garganta. Una felicidad indecible lo envolvía como una brisa cálida e inesperada en mitad de una húmeda ciudad invernal.

    Decidió fumarse un cigarrillo en la puerta, con absolutamente toda la parsimonia del mundo. Por el rabillo del ojo vio pasar a su jefe, el señor Puigdelclós, a quien todos conocían como el Mussol, un par de veces por delante de la puerta de la entrada, sin atreverse a salir a llamarle la atención diciéndole que había llegado tarde de nuevo. Federico fumaba tranquilamente pensando en Martina y en el futuro que a ambos les deparaba, ahora que todo indicaba que pasaría una buena temporada lejos de Barcelona y sólo podría venir los fines de semana. Seguramente ella entendería la situación y se alegraría por él. Seguro que intuía que estaba sufriendo verdaderas penalidades económicas y aquella oportunidad sólo se presentaba una vez en la vida de los pobres.

    17. Elige el corazón

    El restaurante chino estaba en una calle sin salida, muy cerca de la carretera Real por donde pasaba el tranvía de Sant Just cada diez minutos los días laborables. Federico recordaba la primera vez que comió allí, cuando probó el “pato laqueado”. En sus veintitantos años de existencia sus padres nunca lo habían llevado a comer semejante manjar, probablemente habrían escupido encima del mantel blanco con ribetes dorados, al ver el cuerpecillo de las aves colgado de ganchos en una simbiosis entre la matanza de Texas y un asador de pollos. El sitio le resultaba de lo más elegante, con su pecera en la entrada, donde nadaban sin descanso peces de ciudad que no intuían la muerte próxima que podía esperarles en cada ida y venida de los camareros que, amabilísimamente, hicieron sentar a la pareja en una de las mensas de la izquierda. Era un sitio amplio, con dos comedores inmensos, pero a ellos les había tocado en suerte una mesa en el principal, dado que habían llegado temprano, con hambre postcoital.

    -Tienes que probarlo, Ico.

    -No sé, Martina… No sé si me va a gustar.

    -¿Acaso no te ha gustado todo lo que hemos hecho hoy? Sé que te va a encantar.

    -Lo de hoy me ha encantado, nunca lo había hecho. Pero es algo muy diferente a…

    -Si no lo pruebas no lo sabes. -Martina sonreía feliz como una niña- Anda, tonto.

    -Bueno, siempre acabo haciéndote caso en todo, así que me pongo en tus manos.

    Sus manos se tocaban por encima de la mesa. Martina pellizcaba los dedos de Federico con la punta de los suyos, los apretaba y los soltaba suavemente, y la sangre acudía a las partes donde ella le tocaba y a otras partes del cuerpo, enrojeciéndole la piel escocida. Su colgante penduleaba bajo su cuello largo y delgado mientras se aproximaba.

    -Me ha gustado mucho cómo hemos follado hoy. Estamos encontrando nuestro ritmo.

    Federico se ruborizó. No estaba acostumbrado al lenguaje claro de ella. -Me alegro.

    -Cuando acabemos de comer quiero que follemos otra vez. Te llevaré en coche a un…

    La camarera, una china de una edad indeterminada, se acercó a tomarles nota. Martina pidió toda la comanda sin preguntarle a Federico qué quería. Él, lejos de molestarse, la dejaba hacer. Estaba en su territorio y en él ella era la reina. Le gustaba mandar y sabía hacerlo. La china apuntaba todo lo que ella pedía y Federico sólo la miraba arrobado.

    -¿Pala bebel?

    -Yo una coca-cola y para él una cerveza.

    -Meliana.

    Martina lo miró dubitativa. -Sí. -Respondió Federico. La camarera se fue a paso ligero.

    -Cómo necesito un trago de cerveza. -Pensaba dentro de su coche, aparcado justo en frente del Restaurante Nou Món Feliz, donde esperaba que de un momento a otro llegara el coche gris de Martina. Era mejor encontrarse allí, en un lugar discreto.

    Trajeron las bebidas y otro camarero, experto en ese delicado fin, trajo un carrito. Dentro de una campana plateada sobre una bandeja del mismo color, apareció un rollizo pato, completamente asado, desde el cuello hasta el corvejón, reposando sobre la superficie fría. El experimentado trabajador, como había visto hacer en las películas, comenzó a trinchar el animal despacio. Primero separó las partes inservibles. Luego introdujo un larguísimo tenedor de dos puntas afiladas en la mitad del cuerpecillo del ave. Finalmente, poco a poco, fue cortando finas lonchas de la pechuga del animal y depositándolas sobre un plato llano y muy amplio con una floritura de lechuga en medio. Federico observaba la operación con feliz asombro cateto. Martina sonreía.

    Al marcharse, dejaron sobre la mesa una vaporera que contenía finísimas hojas de pasta de arroz. Martina tomó una de ellas y le enseño cómo tenía que hacer el rollito con el pato y la verdura y dónde tenía que mojarlo todo antes de llevárselo a la boca húmeda.

    El coche de ella se aparcó justo al lado. Como era un martes por la noche no había demasiada gente en el lugar y el restaurante, desde afuera, parecía completamente vacío. De coche a coche, se miraron a través de las ventanillas. Dentro de su vehículo ella le preguntó moviendo los labios si quería que bajara y se montara en su furgo. Él le hizo que sí con la cabeza. Federico sintió que ya había vivido aquella escena antes, pero no sabía dónde. Una ola de tristeza lo invadió repentinamente, como un jarro de agua fría. Martina se bajó del coche y la perdió de vista. Al verla abrir la puerta de su furgoneta vio que iba vestida con una simple chaqueta ajustada, tejanos y zapatillas. Llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo. Era una chica presumida, le gustaba arreglarse para salir a cualquier recado. La noticia de su llegada la había pillado de sopetón y se había puesto lo primero que encontró en el montón de ropa que habría sobre su cama. De todas formas, estaba preciosa aquella última noche en que la vio.

    -Bueno, ¿qué te parece?

    Federico lo pensó un momento, masticando con desconfianza primero y luego añadió:

    -La verdad es que este “pato laqueado” está muy bueno.

    -¿Se puede saber qué te pasa, Ico? Llevas todo el día rarísimo y casi no me contestas.

    -Sí te he contestado, Martina. Si no lo hubiera hecho, no estaríamos sentados aquí, ¿no?

    Federico sonrió divertido pero ella no estaba para bromas. La expresión seria de su rostro bajo el reflejo amarillo de la luz amarilla de la cabina y los brazos cruzados sobre su pecho generoso delataban que estaba enfadada, con ganas de soltarle un guantazo.

    -No tengo mucho tiempo, Ico. Mis padres se estarán preguntando por qué he salido…

    -Yo tampoco. Intentaré ir al grano. -respiró hondo. Sentía el pulso percutiendo como un martillo justo debajo de la nuez, donde las palabras no terminaban de salir- Me marcho de Barcelona, Martina. Me han ofrecido un puesto muy cerca de casa, de casa de mis padres, me marcho esta misma noche. Tengo las maletas dentro del maletero y salgo ya.

    -¿Cómo?

    Martina lo miró con la boca abierta. Pronto, vio palidecer levemente su rostro y anegarse los ojos de repentinas y traidoras lágrimas de dolor. No se lo creía.

    -No es nada malo, Martina. En verdad, he tenido mucha suerte. Es una buena posición, una gran oportunidad. Hace unos dos años hice las pruebas y presenté todo el papeleo, me dijeron que ya me dirían algo y hasta hoy me olvidé completamente del tema. La verdad es que no esperaba que me llamaran nunca y, si lo hacían, fuera dentro de mucho, mucho tiempo. En fin, he esperado mucho para tener una oportunidad así.

    -Pero tú ya tienes un trabajo, Ico. -Su voz sonaba débil, sostenida por apenas cuatro hilos finísimos a punto de romperse y caer las sílabas como cristales al hondo silencio.

    -Odio mi trabajo, Martina, ya lo sabes. Hoy mismo han amenazado con despedirme. Al parecer mi rendimiento no está siendo el esperado y no me estoy adaptando bien a la…

    -Pero…

    -…empresa. Además, en lo público me pagarán mucho más, prácticamente el doble. Ha sido de un día para el otro, si renunciaba me quedaría por años sin otra oportunidad así. Parece ser que si no aceptas te vas al final de la lista, o incluso pueden llegar a sacarte.

    -…, ¿qué pasará con nosotros?

    -¿Con nosotros?

    Federico se quedó en silencio sin saber muy bien qué decir. Las palabras intentaban trepar hacia la lengua, pero no lo conseguían, caían irremediablemente por un pozo.

    -Pide la cuenta y nos vamos. Quiero enseñarte otro sitio.

    -¿No nos tomamos el postre?

    -El postre te lo daré yo.

    Salieron del restaurante bajo el sol del mediodía, cogidos de la mano, sin temor a las miradas indiscretas. Se subieron a la furgoneta de Federico y emprendieron la marcha siguiendo las indicaciones de Martina. Al salir de la calle sin salida, torcieron hacia la derecha, dejando el Edificio Walden atrás como un termitero mastodóntico junto a la rectísima carretera. Poco a poco los edificios fueron desapareciendo, dejando en su lugar los incontables chalés que moteaban el suelo de Sant Just Desvern. Mientras Martina hablaba de temas intrascendentes, los árboles iban ganándole terreno a las casas detrás de las ventanillas del vehículo, que avanzaba despacio y sin prisa por una cuesta. Llegados a un punto, hizo una señal con su mano y tomaron un camino de tierra.

    -Espero que no me hayas traído hasta aquí para matarme. -dijo él en broma.

    -Me matas, Ico. Me estás matando. -dijo ella poniéndose las manos sobre la cara.

    -¿Por qué? -hacía calor y decidió abrir un poco la ventanilla. Intentó agarrarle una mano pero ella la apartó. Quizá les vendría bien dar un paseo pero no la zona era inhóspita.

    -De verdad, pareces tonto. -contestó riéndose. Por un costado del labio sacó la punta de su lengua y se la mordió. Sus ojos irradiaban un fuego lujurioso por las negras pupilas. -Párate aquí. -dijo señalando un pino al lado del camino que daba una agradable sombra.

    Salió del coche y se subió corriendo a la parte trasera. Divertida, se bajó el vestido y se quitó el sujetador, dejando libres sus pechos pero no sus piernas, que seguían con ropa. Federico entendió que quería que la siguiera y se fue detrás con ella. Sus manos recibieron la piel desnuda de ella como hogazas de pan caliente y se besaron fuerte. Las manos de Martina empezaron a deshacer el cinturón de él por debajo de la camisa rosa.

    -No te entiendo. ¿Por qué me dices que soy tonto? Para mí tiene toda la lógica del…

    -¿Tan poco te importa lo nuestro?

    Federico encendió un cigarro intentando pensar las cosas con la cabeza fría. Se sentía también herido y a la defensiva. Fruncía el ceño y fumaba como un enano enfadado.

    -¿Se puede saber qué es lo nuestro, Martina? Me gustaría que me respondieras a esa pregunta, aunque solo fuera una vez. -Una lágrima cayó sobre el asiento- Perdona, no quería decir eso. Supongo que estoy bastante nervioso. Ha sido todo muy repentino.

    -Bájate los pantalones.

    -¿Cómo dices?

    -¡Que te los bajes!

    Federico obedeció y ella lo agarró con fuerza. Empezó a mover su mano derecha rítmicamente con un tempo alegre y decidido. Con la otra le acariciaba por debajo de los testículos, donde su escroto se unía con el perineo, con suavidad, pero a la vez segura.

    -Avísame si viene alguien. -dijo mientras comenzaba a aproximar los labios a su glande.

    -Vale.

    -Ico, yo creía que teníamos algo importante. Estoy a punto de dejarlo con mi novio. Hace como dos semanas que no lo veo. Quería contártelo hoy pero te he visto muy raro durante todo el día. Ahora me encajan todas las piezas. -Se atusó el pelo, más tranquila- Me ha pillado por sorpresa y no entiendo nada. -pensó un momento- Será mejor que vuelva a casa, mis padres se estarán preguntando dónde he ido tan tarde por la noche.

    -Hablas como si lo estuviéramos dejando. Yo no pensaba eso. Puedo venir a verte los fines de semana. No estamos tan lejos. Además, tendré más dinero para llevarte a sitios más chulos. ¿Te acuerdas aquella vez cuando fuimos a aquel bar de copas del Tibidabo?

    Martina lo miró con tristeza y una decepción muy honda, capaz de romper en añicos el corazón más duro. Federico tragó saliva esperando una respuesta, intentando sonreír.

    -Pero no será lo mismo. No estarás aquí. En Barcelona.

    Justo en el momento en que la punta de su lengua acariciaba el cuello, las manos de Federico apartaron suavemente la cabeza de Martina con repentina zozobra y sorpresa.

    -La poli, Martina. Se han parado ahí.

    Ella se levantó y también vio el vehículo estacionado a unos pocos metros. -Mierda.

    La pareja de agentes se bajó del vehículo con decisión, casi no le dieron tiempo a colocarse la ropa cuando un rostro gordo y sudoroso, de fríos ojos azules, los miraba por la ventanilla, haciéndoles señas para que salieran del coche. Serán hijos de mala madre. 

    -Estaba pensando en la primera vez que vinimos a comer aquí. Luego hemos venido muchas veces más. Te encantaba el pato laqueado. Dijiste que lo podrías comer cada día. -Por primera vez en todo aquel rato, ella sonrió. -Luego nos pasó lo de los polis.

    -Sí, qué hijos de mala madre. Me dejaron con la miel en tus labios. ¿Te acuerdas?

    Ambos rieron un momento. Luego se miraron a los ojos como dos buenos amigos.

    -Lo hemos pasado bien, ¿no te parece? Ha sido divertido. -La melancolía volvió.

    -Aún podemos pasarlo bien, Martina. Que me vaya no cambia nada. Hay relaciones que se aman en la distancia, si es que lo nuestro es una verdadera relación después de todo.

    -Supongo que sí, que las hay. Pero yo soy esta ciudad, mi casa es Barcelona, y nunca me marcharé de aquí. -Oteó por la ventana como si estuvieran en la terraza del Mirablau. -Esta es mi ciudad y no la cambiaría por nada, Federico. Con ella está mi corazón.

    -Barcelona es maravillosa, sí. Ojalá se pudiera vivir aquí. Supongo que nosotros no elegimos las cosas que nos pasan en la vida, dependen del azar, o del destino, o de Dios.

    -Me tengo que ir. -dijo abriendo la puerta del coche- Y tú también, tienes un largo camino y es tarde. -salió por completo del vehículo sin darle un beso- Avísame cuando llegues a casa, me quedaré más tranquila. -cerró la puerta y se apoyó en la ventana. -Ya me irás contando cómo te va la adaptación al nuevo empleo y todo lo demás. -sonrió.

    Con el cuerpo hormigonado, completamente paralizado sobre el asiento del conductor, Federico la miraba con ojos tristes casi sin poder contener una repentina lágrima helada. Entendiendo por fin lo que aquello significaba, giró la llave y encendió el coche.

    -Claro, Martina, te escribiré en cuanto llegue a casa. Ten cuidado tú también a la vuelta. Nos veremos pronto, ya verás. No dejaré de escribirte nunca, aunque no me respondas.

    Ambos rieron una última vez. Federico miró su fina silueta de bailarina recortada por la luz azul fosforescente del gran cartel iluminado del restaurante chino Nou Mon Feliz.

    -Adiós, Ico.

    -Hasta pronto, princesa.

    No emprendió la marcha hasta que el coche de Martina se hubo perdido en dirección a la carretera que pasaba por el lado del edificio Walden. Federico giró hacia la izquierda en dirección a la autopista que habría de llevarlo hacia el sur, donde había empezado su historia. Mientras conducía a ochenta quilómetros por hora en una ancha carretera completamente desierta, dos lágrimas al galope cayeron sobre la pernera de su pantalón. Con el dorso de una mano se limpió una mejilla y luego la otra. Encendió la radio sin poder escuchar la música rock que emitían los altavoces de su vieja furgoneta blanca. Se sonó los mocos con un papel acartonado que encontró por la guantera izquierda.

    Menudo giro había dado todo en unas horas. La vida podía cambiar en unos instantes de forma complemente inesperada y era necesario decidir qué camino tomar. Si la historia con Martina fuera una novela, bien podría ser este el final, pero era la vida y en la vida nunca nadie sabía a ciencia cierta cuál era el final o el principio de las cosas. Pensó en sus amigos, en la primera noche que se conocieron Martina y él, en la sonrisa sardónica de Rosario cuando, fumando parados en el parquin de tierra, aquella vez en que la mirada de Martina prometía futuros encuentros de amor, le dijo aquello de: ¡Tú estás loco! Su amigo tenía toda la razón. Estaba completamente chalado: lloraba feliz.

    Porque las mejores decisiones de la vida nunca se toman con la razón, la moral o la cabeza. Martina tenía novio desde hacía muchos años pero decidió tener una aventura con Federico, la cual había hecho que se olvidara casi por completo de un amor roto.

    La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala.

    Y siempre elige el corazón.    

    18. La pequeña muerte

    Cuando llegó con su coche, ella ya estaba allí, de pie entre el tráfico y la gente que caminaba en todas direcciones como si tuviera prisa. El lento avanzar de los vehículos hizo que pudiera mirarla sin que ella supiera que él la observaba. Llevaba el pelo suelto y liso, como a él más le gustaba. Un diminuto colgante centelleaba en su cuello desnudo bajo el sol del mediodía. Se había puesto el vestido de flores diminutas que a él más le gustaba, el cual se aguantaba sobre sus hombros con dos estrechísimas cintas blancas y se desplegaba por su cuerpo hasta la mitad del muslo, dejando ver sus delicadas piernas. En los pies llevaba unas chanclas también blancas, a juego con el vestido, que dejaban ver sus uñas pintadas meticulosamente. En el tobillo, lucía una cadena brillante que la hacía parecer una bella princesa amazona en la selva de cemento. Martina lo vio a él.

    -Hola. -dijo tímidamente, al subirse al coche. Federico arrancó la marcha, sin besarla.

    Había pasado un tiempo desde la última vez que se vieron, quizá aquel era el lapso más grande que habían estado sin verse desde la primera vez. Nervioso, intentando que no se le notara, Federico conducía su furgoneta esquivando las dichosas motos que lo adelantaban temerariamente a izquierda y derecha. De soslayo, la miraba. Las manos de Martina reposaban sobre su regazo y jugueteaban entre ellas. El vuelo de su falda se había subido aún más y dejaba ver la parte más tierna y blanca de sus piernas, que llevaba cruzadas. Su trasero estaba en contacto con la humilde tela del asiento, objeto bendecido por la suerte de servir para tan agradable propósito. Sin decir todavía nada, una mano liberó el volante y se posó sobre una de las piernas desnudas. Rápidamente, las manos de ella apresaron la de Federico y la abrazaron con fuerza. En esos juegos, él comenzó a acariciar el muslo de ella desde la rodilla hasta donde la falda se terminaba, y en ese sube y baja, la tela se iba retirando cada vez más. Martina no decía nada y se limitaba a mirar por la ventana, prestando atención a la ruta que ella estaba indicando. 

    La calle era larga, con semáforos en cada uno de los rectilíneos cruces que asaetaban la ciudad, así que tocar a Martina era una actividad bastante segura. Recordaba que la última vez que se vieron se habían enfadado el uno con el otro, pero había olvidado completamente el motivo de la pelea. En el mundo sólo existía aquella larga calle y el tacto caliente de la piel de Martina, que se iba encendiendo cada vez que su mano se aproximaba al punto donde se unían ambas piernas, que ahora llevaba abiertas, dejando entrever el hueco entre ellas, una posición más cómoda que parecía aliviar el sofoco que cada vez se tornaba más dulcemente insoportable. Ella tragó saliva y levantó un brazo.

    -Por la derecha. -pronunció con un hilo de voz. Federico, sin hablar, le hizo caso.

    Entraron en otra calle más larga. El hecho de que tuviera que apartar su mano de la piel de ella para atender el cambio de marchas, había provocado un leve enfriamiento. Federico aprovechó la ocasión para encender un último cigarrillo, Martina le había informado que allá donde iban no se podía fumar, así que debía aprovechar mientras aún tuviera tiempo. Seguía mirando por la ventana, pensando en sus cosas. Aunque su piel se encendiera por su contacto, no se había olvidado en ningún momento del motivo que había provocado su enfado, y parecía obstinada en el asunto, dándole vueltas. Federico reparó por primera vez en la bolsa de papel, con una marca de ropa en el dorso, que llevaba a los pies. ¿Papel regalo dentro? La visión de sus rodillas desnudas lo distrajo.

    -A la izquierda.

    Al cabo de un rato conduciendo en silencio, justo cuando la radio terminó una canción, antes de empezar con la otra, el rumor del tráfico se colaba por la ventanilla abierta de Federico como el ruido del olejae. Martina lo miró con reproche, con ganas de pelea.

    -¿Es que no vas a decir nada en todo el día?

    Federico apartó los ojos de la lenta carretera y la miró. Estaba realmente preciosa bajo el caliente sol del mediodía barcelonés. Su colgante se había pegado a su pecho por la humedad y, un poco más abajo, se dejaba ver la parte de su escote donde se dividía. Se limitó a sonreír de oreja a oreja, sin poder pronunciar ninguna palabra por el arrobamiento y por tener toda la sangre coagulada en el mismo punto, haciendo imposible la dicción. Justo cuando abrió la boca para contestar ella se tensó.

    -¡A la derecha!

    De un volantazo, el coche se situó en la calle correcta, abandonando la avenida de tres carriles por donde hasta entonces había circulado. Las calles se iban volviendo cada vez más estrechas e íntimas, lo cual hizo que ambos prestaran más atención a la vía.

    -Es por aquí. Ya estamos muy cerca.

    Avanzaron por un callejón que parecía sin salida. Los edificios eran anodinos a cada lado, sin tiendas ni cartelería, simples bloques de viviendas residenciales de clase media-baja. Ahora una habitación en una de aquellas casas costaba una pasta porque Barcelona se había puesto de moda y en la ciudad no había sitio para todas las almas.

    -Entra ahí.

    Martina señaló la puerta de un aparcamiento, encastada en un edificio marrón de rebozado noventero, ese que absorbía la humedad de las calles y dejaba, al cabo de los pocos años, una injusta sensación de suciedad. Los dinteles y la jamba de la puerta estaban revestidos de un fino metal negro. A la derecha, quedaba el nombre del establecimiento: La França Xica, en tipografía inglesa, con letras blancas en relieve sobre un fondo del mismo color. Había que fijarse muy bien para detectar la señales de que aquel era el sitio a donde se dirigían, escondido como estaba en una calle que parecía dar la espalda al mundo. Federico introdujo el coche por donde ella le indicaba. Les salió al paso un recepcionista que les indicó con la mano que se detuvieran. Después de comprobar la reserva con Martina, el tipo alto y espigado, con una expresión borrosa, como las que tenían los empleados de un tanatorio, les indicó que debían bajarse del coche, y que alguien del personal lo aparcaría por Federico.

    Era la primera vez que dejaba las llaves de su vehículo a un trabajador que no fuera su mecánico. La cosa le pareció extraña, pero todo se había producido con tanta celeridad y sentía su lengua tan acartonada que no se le ocurrió la posibilidad de objetar nada. Otro trabajador, que salió de detrás de una puerta negra, se encargó con eficiencia de hacer desaparecer su vehículo a través de otra puerta de parquin, dentro de la propiedad. El sitio tenía dos puertas y la recepción de los vehículos y de los clientes se hacía de uno en uno. Federico nunca había estado en un sitio como aquel, como si todo fuera ilegal.

    -Acompáñenme, por favor. -dijo el tipo alto de expresión mortuoria. Con agilidad, abrió la gruesa puerta negra por donde había salido el aparcacoches y los invitó a pasar por un pasillo de suelo ajedrezado, donde no se cruzaron con absolutamente nadie. Al final del corto recorrido se alzaba la puerta del ascensor. De la derecha apareció el botones. Se trataba más bien de un tipo de seguridad, pero disfrazado con un traje oscuro que le quedaba muy estrecho en algunas partes de su anatomía, en los brazos sobre todo, y demasiado ancho en otras, por ejemplo en la cintura. Llevaba las manos cruzadas sobre el paquete y una mirada vacía. Los hizo pasar con educación dentro del ascensor cuando este se abrió. El tipo se limitaba a mirar en frente. Ni siquiera le echó la acostumbrada mirada que le lanzaban los hombres de su edad a una chica joven y apetecible como ella. Solo cumplía con su trabajo y era difícil verle los ojos, fijos en las puertas cerradas.

    Cuando estas se abrieron, avanzaron a paso ligero por un pasillo moqueteado. Las luces cenitales eran muy tenues y los ojos necesitaban acostumbrarse a la oscuridad para ver. Llegaron a una puerta sin número visible y el segurata abrió con una tarjeta que se quedó. El lector dio un pitido largo y con un chasquido se liberó el cerrojo. Antes de entrar en la habitación, el tipo se guardó la llave de donde la había sacado y mirando al hueco que las cabezas de Martina y Federico dejaban en el espacio, los instruyó.

    -Pueden hacer uso de la habitación todo el tiempo que quieran, pero una vez que la abandonen, no podrán volver a entrar sin hacer una nueva reserva. En el interior disponen de una nevera con bebidas frías. Cualquier consumición o desperfecto en la habitación deberá ser abonado. Antes de abandonar la habitación deben llamar a recepción descolgando el teléfono junto a la cama. Cualquier problema lo mismo.

    El tipo se quedó callado por si tenían alguna duda. Como ninguno de los dos dijo nada, a paso ligero y con movimientos eficientes, los hizo pasar y cerró la puerta con inusitada suavidad detrás de ellos. Sintieron sus pasos pesados alejarse con celeridad por el pasillo, posiblemente para atender a otra pareja de clientes que esperaran abajo.

    Martina dejó sus cosas, el bolso blanco con fina cadena metálica y el teléfono móvil, sobre una mesa. Federico paseaba su mirada por los objetos de aquel lugar que olía a lavanda de forma embriagadora, nublando un poco sus sentidos. La luz del lugar era incluso más tenue que en el pasillo, de colores violeta y amarillo en algunas zonas. En el centro había una ancha cama, como era esperable de un lugar así, pero lo que más le sorprendió fue la disposición de los espejos. Había uno tan ancho como la pared que se orientaba directamente hacia lecho para que fuera posible verse en él desde la cama.  Había otros dos a los costados de la cama desde donde empezaba el suelo hasta el techo.

    -Aquí se paga por horas. Aprovechemos el tiempo. Desnúdame.

    Martina y Federico se besaron por primera vez ese día. Mientras sus lenguas peleaban dentro de las bocas, parecía que se fraguaba una reconciliación, o por lo menos una tregua. Las manos de él y ella subían y bajaban buscando y deshaciendo los botones, liberando el cuerpo de sus ropajes que en el calor del frenesí resultaban incómodos, como si se volviera a la naturaleza salvaje de donde una vez se había salido y se recuperara la esencia de lo que en realidad eran: unos animales sin más posesión que el presente. Federico levantó el vestido de Martina desde la falda hasta los brazos, dejando ver su sujetador negro, desabrochado, que cayó al suelo. Ese día se había puesto unas finas bragas transparentes que dejaban ver desde fuera su impaciente sexo rasurado. Martina le había quitado la camisa y los pantalones, dejando ver un cuerpo delgado y casi lampiño. Cuando sus manos lo liberaron de los calzoncillos, sintió el alivio que debían sentir los pájaros cuando abandonan el nido y echan a volar a cielo abierto. Se tocaban de pie, desnudos como estaban, distanciados sin quererlo por la erección de Federico que se empeñaba en apartar el cuerpo desnudo de Martina, tocándolo como un dedo grande y firme, con la lujuria y el atrevimiento que le son característicos. Ella lo tomó de las manos y lo hizo plantarse en un lugar determinado de la habitación. El obedeció, así como estaba, con su miembro cimbreando como un mástil horizontal. Martina hincó las dos rodillas sobre el suelo cómodo de moqueta y lo observó desde abajo, a poca distancia de la parte más exterior de sí mismo, sonriendo divertida.

    -Mira al espejo. -dijo señalando con la mano que le quedaba libre. La otra lo había agarrado e iba tanteando, poco a poco, la dureza y la extensión de su miembro erecto. Federico se vio allí de pie, bajo la luz amarilla de la lámpara sobre la mesita de noche. El pelo largo de Martina se derramaba por su piel como una cascada de agua negra, dejando entrever la aureola de sus pezones y la piel blanca de sus pechos. Cerró los ojos, poniendo toda la concentración en lo que hacía, y empezó a succionarlo como si quisiera vaciarlo de toda la sangre que lo conformaba. El cuerpo de Federico se estremeció bajo aquella visión tan poderosa que nunca había visto en ninguna parte. A pesar de su erotismo, sintió que la escena era de una enorme belleza estética, como si la explicitud y el buen gusto pudieran estar acordes a un tiempo en la sintonía de la pasión. Para no venirse tan pronto, lo cual era muy difícil, buscó con la mirada un mueble de la habitación en el que concentrarse y no se dignó a tocarla por si el contacto de sus manos con el pelo de ella provocara el calambrazo definitivo que hiciera aquel paraíso de calor humano terminara muy pronto. Había en un rincón un taburete de plástico de forma ovalada como una gota de agua aplastada, de un material blanco que dejaba trasparentar una luz violeta que impregnaba las paredes cercanas del zaguán. Federico supuso que aquel objeto podía utilizarse para realizar toda suerte de posturas y, por su fácil movilidad, podía ponerse en cualquier punto de la habitación, incluso encima de la cama, jugando con el reflejo de los espejos, como un objeto extraño y fuera de lugar, capaz de dar alas al morbo y a la imaginación sin límite de los amantes.

    Prefirió dejar de pensar en el taburete y mirar al techo. Encima de su cabeza vio el único espejo que todavía no había descubierto. Primero se sorprendió de descubrirse bajo esa perspectiva, pero luego reparó en la visión de Martina, en cómo su cabeza iba y venía salvando una misma distancia todo el tiempo, cada vuelta más fuerte, cada ida más rápido. Todo en aquella habitación apelaba a los sentidos y al deseo. Era muy difícil abstraerse cuando uno estaba en aquel lugar. Decidió rendirse por fin. Colocó sus manos en el pelo de Martina y lo acarició. Quiso apartarla, prevenirla de que pronto terminaría, pero ella no lo hizo. Siguió diligente, con los ojos cerrados, respirando muy fuerte por el esfuerzo, provocándole un placer indecible, insoportable, insustituible, cada vez que su frente se aproximaba a su bajo vientre por debajo de su ombligo, cada vez más duro, cada vez más rápido, siguiendo el ritmo acompasado que una música imposible marcaba. Allí de hinojos, como una sacerdotisa de la piel, estaba bellísima y erótica.

    Federico terminaba, pero ella no se iba. Al sentir cómo él se vaciaba, siguió haciéndolo con más decisión, sabedora de que aquellos eran los momentos de placer más genuinos. Por un instante, él se preocupó, pero ella siguió sin parar hasta que estuvo vacío, con las piernas temblorosas y el cuerpo acalambrado. Ella se apartó y lo miró con una sonrisa. En su mano aún tenía los restos de saliva, pero no actuaba con asco ni rechazo.

    -Ahora me toca a mí. Túmbate sobre la cama.

    Sin poder hacer otra cosa, la obedeció, como hacía siempre, dejándose llevar a su merced. En el espejo sobre su cabeza, que ahora quedaba justo frente a sus ojos, pudo ver cómo el cuerpo de ella reptaba desde sus piernas y lo iba tapando por completo. Sin besos ni preámbulos, colocó la parte inferior de la pierna que iba de la rodilla a los tobillos atenazando los brazos de él, quedando abiertos e indefensos bajo el peso de su cuerpo. Colocó el húmedo pubis sobre la cara de Federico y le pidió que lo besara. Poco a poco, mientras la lengua de él iba y venía recorriendo los blandos rincones que la dueña de aquellos le dejaba con sus movimientos, se iba aproximando cada vez más, casi ahogándolo, tapándole el aire por momentos, que luego recuperaba al separarse, con un gemido breve y hondo, y vuelta a empezar. Con el movimiento de su cadera frotaba su cuerpo contra su rostro. Federico respiraba el aroma de aquella flor abierta de par en par, que casi sentía cómo respiraba y se humedecía a un tiempo, viéndola en ciertos momentos que pronto se llenaban de oscuridad y tierno sabor a carne dulce. Hubo un momento en el que casi le pareció perder la vida, anegado por las aguas de su cuerpo, pero se resistía a protestar, a quejarse, a desfallecer. Sentía la lengua agarrotada, la nariz torcida. Casi no abría ya los ojos para concentrarse en el placer que intentaba proporcionar a su pareja, con éxito, porque ella cada vez se movía más deprisa y gemía más fuerte, mirándose quizá en el espejo que tenían enfrente, sintiéndose lo que era, una chica que desafiaba toda suerte de convenciones sociales para darse placer y gusto.

    -Me corro. -dijo entre gemidos. -Sigue. Sigue. Me corro ya.

    Federico se dejó el alma y casi le gustó y lo satisfizo sentir cómo las cuerdas del cuerpo de ella se soltaban por un momento, destensándose, ruborizando sus mejillas y haciendo que sus pies hormiguearan. Cuando se apartó, lo miró desde arriba, con cara arrobada, casi en trance, con el ceño fruncido y la boca abierta en una o. Su expresión se suavizó al encontrar sus ojos y su cuerpo cayó sobre el de Federico como un peso muerto, iniciando lo que sería un lento abrazo. Ahora podía verla sobre él en el espejo. Desde la planta de sus pies desnudos, sus piernas largas, la línea divisoria de sus glúteos que continuaba su rastro por la espalda, hasta el cuello, hasta el pelo derramado por la cama. Los ojos de Federico se encontraron en el espejo con su reflejo y la oyó decir a ella:

    -Ha sido brutal.

    -Sí. -dijo él por primera vez desde que se habían visto.

    Se quedaron un rato tumbados en la cama, hablando de temas intrascendentes. Federico pensaba en si aquello que estaban haciendo estaba bien, probablemente no, pero había sido imposible dejar de hacerlo, como si una fuerza invisible y poderosa los hubiera arrastrado a los dos a aquel destino, a aquella cama donde ahora yacían felices, pero que pronto podría traerles consecuencias nefastas a los dos. No importaba. Valía la pena pagar el precio del barquero que los habría de llevar al otro lado del mundo, donde se terminaba el paraíso de la sociedad y empezaba otro mundo más carnal y menos divino.

    Mientras fumaba desnudo, apoyado en la ventana, viendo el poco pero constante tráfico en la calle pasar por debajo, intentando echar todo el aire fuera para que no los penalizaran por hacer algo que no se podía, Federico pensaba en aquella clase de lugares donde ahora estaba. Sitios donde las parejas se encuentran en la oscuridad de las luces tenues, buscando intimidad, pero sobre todo, discreción. Había quienes iban por morbo, otros por la necesidad de mantener una doble vida, otros como Martina y Federico, quienes a los motivos antes mencionados, carecían de un lugar así, donde desatar sus instintos sin prisas. Antes de ese día, desconocía por completo la existencia de esos lugares, hoteles por horas, los llamaban, donde se daban citas las parejas habitualmente y el tráfico de clientes era constante. Entonces, a medio cigarrillo, le dio por preguntarse qué clase de mundo era aquel, donde algunas cosas debían vivir y crecer en la oscuridad tenue del secreto, porque la luz directa del día acabaría con ellas. Hay flores que solo se abren de noche y son capaces de crecer en ciertos ambientes imposibles. La naturaleza humana no conoce fronteras y no vale la pena juzgar a las personas, juzgar a Martina, por sus supuestos errores. Qué sabía nadie lo que estaba bien o mal en el mundo, qué sabría él. Sólo Dios puede juzgarnos o, si no hay nada, qué más da. Los caminos de la vida son inescrutables y no se sabe a ciencia cierta bien nada.

    -¿En qué piensas? Ven a la cama. El tiempo se va volando.

    -Me estaba preguntando qué barrio es este.

    -Estamos en el Poble Sec.

    -Me gusta el Poble Sec. ¿No era de aquí Serrat?

    -Supongo. No lo sé. Serrat le gusta a mi madre. -dijo Martina desde la cama- Anda ven.

    -Oye, ¿dónde se ha quedado la bolsa que llevabas?

    -La he dejado en tu coche.

    -¿Es un regalo? -dijo Federico achinando los ojos al sonreír. Ella también sonrió.

    -Anda, cállate y ven a la cama.

    -Es un libro, ¿a que sí? Me ha parecido verlo envuelto. ¿Era para mí?

    Martina se quedó callada un momento, pensativa, como si se le hubiera ocurrido algo.

    -Si lo nuestro fuera una novela, te daría el regalo en el primer capítulo, y este sería el último. Así los lectores se quedarían pensando al final qué había en la maldita bolsa.

    Federico rio con ganas. Las ocurrencias de ella siempre conseguían sorprenderlo. A veces parecía que saliera del curso normal de los acontecimientos, como una narradora.

    -Pero esto no es una novela, Martina. Es nuestra vida, aunque a veces no lo parezca.

    -Pues entonces ven a la cama y abrázame de verdad. 

    Hicieron el amor de nuevo, como tantas veces en su historia. A pesar de reírse de ella, Federico tenía la sensación de estar en un cuento, en una especie de sueño que muy pronto se terminaría, aunque mientras lo estaba viviendo era más real que el mundo exterior, el de verdad, el que quedaba afuera, a millones de quilómetros de distancia, al otro lado de la ventana. La vida es decepcionante y siempre más pobre que la literatura.

    Martina gemía, Federico respiraba fuerte. La cama crujía por el peso de los cuerpos. El mundo se iba apagando poco a poco, quedándose cada vez más blanco. Al final los cubrió el éxtasis de los cuerpos, aquello que los franceses llaman la pequeña muerte.

    FIN

  • Barcelona cercanías (Parte 2)

    Barcelona cercanías (Parte 2)

    Nota del autor: Encontrarás la Parte 1 de esta historia haciendo clic en el enlace.

    ¡Que disfrutes de esta nueva entrega!

    8. La solución

    Roberto llegó un poco más tarde de la hora indicada, como suelen hacer aquellas personas que tienen muchas cosas que hacer durante el día. Detrás de una esquina, apareció con sus andares risueños, aunque pesados, una chaqueta de pana marrón tan pasada de moda que resultaba anacrónica, pantalones vaqueros y zapatos de cuero, que contrastaban por su pulcritud con todo el resto de la indumentaria. Parecía, con su camisa abierta hasta el segundo botón, un marchante de cantantes de flamencos o un feriante a punto de partir. Aunque no era ninguna de las dos cosas, su oficio era igualmente artístico: era un poeta.

    -¿Cómo estás, artista?

    -¿Cómo estás, Roberto? Me alegro de verte.

    -Te voy a llevar a un sitio que te va a encantar. ¿Ya conoces el barrio?

    -Es la primera vez que estoy aquí en persona… He venido antes en los libros de Marsé.

    -Has llegado a tu Paraíso, chico.

    Rompieron a andar calle arriba. A pesar de un incipiente sobrepeso, Roberto repechaba las cuestas de la calle sin esfuerzo, como un animal cuadrúpedo acostumbrado a los rigores de su hábitat. Por el contrario, Federico tenía problemas para seguirle el ritmo y disimular mientras fumaba. Su cicerone fumaba igualmente y sólo dejaba de hablar para darle una chupada al recién encendido cigarrillo Marlboro. Luego continuaba con su conversación amena, lo cual permitía a Federico un poco de resuello para seguirle el paso.

    Roberto explicó que había vivido toda la vida en el Carmelo. Sus padres habían nacido allí y se conocían desde que eran niños. Su abuela había llegado a Barcelona siendo una niña pequeña y todavía seguía viviendo en una de las chabolas en la zona más alta.

    -¿Tu abuela vive en una chabola? ¡Qué épico!

    -¿No te lo crees?

    -No soy de los que dudan de la palabra de los demás todo el tiempo. Pero me sorprende.

    -¿Sabes qué? Vamos a hacer un pequeño cambio de planes. Voy a llevarte a verla.

    -Me parece una idea fantástica.

    En el cruce de calles, había dos que hacían bajada, una que continuaba prácticamente plana y otra más estrecha que subía dramáticamente hacia el cielo. Tomaron aquella calle. Roberto explicaba la historia del barrio, que en realidad era la historia de su familia. Había sido uno de los lugares más humildes de la ciudad de Barcelona, donde se habían concentrado principalmente los inmigrantes del sur de España, que para los años sesenta es como decir los del oeste americano. Sin luz, sin agua corriente, por supuesto sin asfalto, los pobladores se habían asentado entre aquellas cuestas y habían ido construyendo sus casas ladrillo a ladrillo. No había trazado urbanístico, por eso las calles constituían un verdadero laberinto. Los obreros construían su propia casa según lo permitiera el terreno y este era tan pronunciado que las pobres personas se apañaron como bien pudieron. Roberto decía que si en vez de casas, hubiera naturaleza, los pijo-hippis del centro poblarían aquellas lomas y las subirían como sanas experiencias del deporte dominguero.

    Entre calle y calle, a veces podía verse el mar de casas que iban dejando atrás. El paisaje entonces se volvía informe y pareciera que uno mirara los barrios desde un satélite que todo lo aplanara y lo dejara a ras de suelo. A lo lejos podía distinguirse, a veces, el azul del mar, haciendo que la vista no se asfixiara del todo en aquel lago de ladrillos. Acostumbrado a los pasos de su compañero, con el cuerpo adaptado a las subidas y bajadas y habiendo tirado el cigarrillo hacía un rato, Federico se sentía más fuerte y risueño, en contacto con el paisaje y el paisanaje que veía a su alrededor. Las casas, cada vez, eran más bajas y espaciosas. Iban apareciendo zonas arboladas entre descampados con montañas de basura. Un camino de tierra seguía cuesta arriba hacia lo que parecía un parque. Unas pocas farolas, algunas rotas y todas con pintadas, se apostaban a los lados.

    -Por aquí, Federico.

    -Joder, macho, tu abuela debe vivir en el fin del mundo.

    -Ya llegamos.

    Quizá por el cansancio, Roberto se mostraba más callado de lo que venía siendo habitual. Caminaron por el ancho camino de tierra que bien parecía una pista forestal y se internaron en una de las veredas que daban allí. En fila de uno, subieron un poco más por una vereda de cabras hasta que se toparon con una casa blanca, de una sola planta, con un tejado a dos aguas. Sin haberse dado apenas cuenta, los pies de Federico estaban pisando las baldosas de lo que parecía el patio de una pequeña finca. El suelo plano solo era interrumpido por un limonero lánguido en medio del gris de las baldosas carcomidas.

    Federico siguió a Roberto hacia un porche bajo de uralita. El lugar en su conjunto parecía una de esas casas abandonadas donde tanto había jugado a explorar cuando era niño. Atravesaron el umbral sin apenas tiempo para mirar en derredor. Una oscuridad espesa y un olor a tierra vieja, el olor del polvo antiguo los asaltó de repente. Roberto sólo dijo:

    -¡Soy yo!

    -¡Estoy aquí! -respondió una voz alegre y cansada.

    Caminaron un poco más hacia dentro en lo que parecía una sala de estar alargada. En el interior de la estancia se notaba que había alguien que habitaba el lugar: había recuerdos, fotos de niños en color y en blanco y negro, figuritas encima de tapetes blancos, banderitas de Andalucía, de Extremadura y otras regiones. El mestizaje cultural en esa tierra lejana.

    Mientras caminaba, una mano antigua, como de madera, tomó la suya. Federico se giró, un tanto sobresaltado, y vio a una anciana sentada en un anciano sillón de cuero. La mujer tenía los ojos muy grandes. Ojos que en otro tiempo habrían sido bonitos, de un color indistinguible por la telilla de las cataratas. Su boca sonreía pero no mostraba un solo diente. Su pelo era completamente blanco, recogido en un moño que ya casi no se veía. La señora representaba en aquel sillón un mundo que se extinguía, como debió de suceder con los indios apaches en su momento, una cultura y una manera de ver la vida que moría.

    Federico sintió una súbita nostalgia que le sobrevino, sentía ganas de llorar. Saludó a la mujer dándole dos besos acordándose de su propia abuela, de todas las abuelas del mundo. La señora le devolvió los besos sin soltarle la mano, con su cara redonda y sonriente.

    -Este es mi amigo Federico, abuela.

    -Mucho gusto, niño.

    -¿Cómo estás? -preguntó Roberto como el que ya sabe la respuesta.

    -Aquí ando. Como siempre. Cada día más vieja.

    -¿Ha venido hoy la tita?

    -Se acaba de ir. Estará al caer. Ha ido a comprar. Yo ya no puedo ni salir.

    La conversación entre la abuela y Roberto se desarrollaba con normalidad pero, por debajo de las palabras, Federico intuía una conversación más profunda que decía algo así como: Te quiero mucho, abuela. Y que ella respondía: Cada vez me queda menos tiempo en el mundo, hijito. Yo también te quiero mucho y te querré siempre. Y él: No digas eso. Pero ninguno de los dos dijo lo que su corazón sentía en ese momento, y no era porque Federico estuviera delante, sino porque el amor no hacía falta malbaratarlo con la palabra.

    Roberto encendió un cigarrillo y Federico hizo lo mismo. La señora sacó un cenicero de cristal de entre un revoltijo de objetos que tenía al alcance y se lo tendió a su nieto. Ambos fumaron en silencio sin decir gran cosa, de pie, en medio de la estancia. A medio cigarro, se escuchó la puerta de la entrada y unos pasos pesados, como los de Roberto, penetraron.

    -Hola, tita.

    -Hola, cariño.

    Una señora rubia por el tinte barato de la peluquería de barrio, con el sobrepeso habitual de las cincuentonas, entró en la estancia con bolsas de la compra. Miró a Federico sin mucha curiosidad, como si en aquella casa estuvieran acostumbrados a la gente extraña.

    -Buenas tardes.

    -Hola, soy Federico.

    -Es de Tarragona. -repuso Roberto.

    -Anda, de Tarragona. Muy bien. 

    La mujer pasó de largo. Tenía otras cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con las amistades del hijo de su hermana. Federico y Roberto sentían que ya sobraban.

    -Bueno, abuela, nosotros nos vamos. Sólo quería venir a verte.

    -Muy bien, hijo.

    -Nos vemos mañana.

    -Vale. Aquí estaremos. Adiós, niño.

    -Adiós, señora. -contestó educadamente Federico- Tiene una casa muy bonita.

    La abuela rio con ganas y contestó: -Eso es verdad, niño, eso es verdad. Mi casa preciosa.

    -¡Adiós, Robe y el amigo! -Dijo desde lo que parecía la cocina la tita.

    -¡Chao!

    Salieron a la calle y caminaron cuesta abajo. Andar pronunciadamente hacia abajo también tenía su dificultad porque las piernas tenían que ir frenando el cuerpo todo el tiempo. Federico se preguntaba cómo una persona tan mayor podía vivir en un lugar tan inhóspito, tan alejado de todos los servicios. El día que tuvieran una emergencia, ¿qué?

    -¿Qué te ha parecido?

    -Tu abuela es una crack.

    -¿Y la chabola?

    -No me imaginaba que las chabolas eran así. Pensaba en cuatro chapas y un colchón en el suelo, no en una casa que más pareciera un chalet o una finca en medio del campo.

    -Bueno, han ido mejorando con el tiempo, claro. Y esta está en medio de Barcelona.

    -¿El Ayuntamiento no ha querido quitarlas? Ya deben quedar pocas casas así hoy en día…

    -Por supuesto que lo han intentado, pero mi abuela es como Chanquete: no la moverán.

    -Debe ser difícil apañarse para una persona de esa edad en unas condiciones así.

    -Nos tiene a nosotros. Yo voy a verla cada día. -y después de un emocionado silencio. -La quiero mucho.

    -Se te nota.

    Caminaron en silencio sin hablar más del tema por la pista de tierra por la que habían subido. Pronto encontraron el asfalto de la ciudad que volvía a hacerse presente con su trajín habitual, sus transportes, sus aparatos tecnológicos, su estrés posmoderno. La ascensión a aquel cerro del Carmelo había tenido algo de místico y atemporal, una experiencia de epifanía, como lo que los turistas buscaban en templos perdidos de Asia.

    Mucho más pronto de lo que Federico pensaba, estaban sentados en una mesa del Bar Paco. Se trataba de un restaurante de tapas que quería conservar la solera y el folclore de otros tiempos mejores. El camarero era un cincuentón calvo y ventrudo que pronto trajo unas cervezas bien frías y unos cacahuetes -el jamón del mono- a la mesa que compartían.

    -¿Cómo te está tratando Barcelona?

    -Te lo diré sin ambages. Tengo un problema con mi compañero de piso.

    Roberto abrió la vaina y extrajo dos granos de cacahuete que, con habilidad simiesca, se llevó a la boca. Luego, mientras mordisqueaba, dio un largo trajo a la cerveza y dijo:

    -Yo tengo la solución. 

    …

    9. Invito yo

    El tío de Roberto se llamaba Fernando y trabajaba como mecánico en el taller cochambroso que tenía justo debajo de su casa. Toda la familia del poeta vivía en un mismo bloque de pisos construido en los sesenta por el abuelo paterno. Se trataba de un edificio cuyo rebozado, antaño color pastel, se iba ennegreciendo cada vez más por la sucia humedad de la calle. Roberto vivía con su familia en el segundo, su tío Fernando en el primero y en el tercero habitaba una tercera hermana con la que no se hablaban. Federico estuvo esperando en la puerta de abajo, situada en un callejón que olía a cañería, mirando un gato que dormía plácidamente en el rincón menos inmundo del rectángulo. Pensaba que, para ser un poeta reconocido, Roberto debería guardar un poco las formas e intentar adecentar todo aquello. Luego pensó que quizá aquella podredumbre arquitectónica formaría parte de un decorado ideal para un poeta de extrarradio. Cuando estaba a punto de acariciar al felino, oyó la hoja del portal abrirse.

    -Buenos días, chaval. -Saludó Fernando con un cigarro en los labios recién prendido. Era un hombre relativamente joven, quizá en la cuarentena, pero se movía como un chaval de veinte años, lo que le confería cierto aire de treintañero. Su nariz aguileña habría recorrido en rayas la distancia entre Barcelona y Tarragona ida y vuelta, pensó. Sonreía con todos los dientes de delante, mostrando algunas muelas ausentes a los lados. Vestía un mono de trabajo azul, como de mecánico, sucio. -Hoy tengo fiesta.

    -Me ha comentado Roberto que alquilas un bajo.

    -Sólo para la buena gente. -y guiñó, sonriente a su sobrino. -Podemos ir a verlo.

    -Mi amigo Federico es muy buena gente, tito.

    En dirección a su futurible casa, Federico se sentía exultante. Aunque no habían hablado de dinero, intuía que Roberto le habría dicho a su tío que la economía del inquilino no era muy boyante, aunque sí suficiente como para hacer frente a un pago pequeño. Además, se animaba Federico, estaban en un barrio obrero, cutre, cuesta arriba, con un trazado urbanístico como un laberinto. No se podía pedir demasiado. Lo que más le atraía de la idea es que, por fin, viviría solo, sin tener que aguantar a otro neurótico.

    Roberto y su tío Federico iban hablando de asuntos familiares a los que Roberto no prestaba demasiada atención, solo la justa para no perder el hilo de las últimas palabras. Los tres fumaban mientras ascendían las rampas de las aceras, las cuales parecían no tener final. Todo era cuesta arriba en el Carmelo, todo era difícil en aquella Barcelona. Tío y sobrino parecían acostumbrados a aquel paisaje, nacidos allí como las serpientes en el desierto, no notaban las rigurosidades de su hábitat porque ellos eran su paisaje.

    -Aquí es.

    Fernando se detuvo delante de una reja. Parecía la entrada a un quiosco de chucherías encastado dentro de una edificación más grande, pero igual de carcomida. Sacó de su bolsillo un manojo de llaves y empezó a buscar la adecuada mientras el humo del cigarrillo se le metía por el ojo izquierdo. Sin inmutarse, escogió una llave verde y abrió un candado especial que abrazaba una barra contra el marco de metal de la reja corredera. La movió con dificultad como si de una persiana se tratara y dejó el espacio justo para que una persona pasara. Dentro había una puerta blanca, muy delicada, opaca, que el tío de Roberto abrió con otra llave que extrajo con un tintineo decadente.

    Una vez vencidas las barreras que daban al interior, Federico recordaría que lo primero que le llamó la atención del sitio era su oscuridad. La tenue claridad de aquella tarde solo conseguía iluminar un breve espacio donde se reflejaba el suelo de baldosas marrón claro. Se distinguía un pequeño televisor y un sofá justo en frente. En medio había una mesa de té llena de polvo. Parecía más bien un pasillo que un salón. Fernando subió las persianas y la claridad dejó ver la cocina al fondo de la sala. El bajo había sido convertido en casa hacía tiempo, quizá a finales de los noventa. Se trataba en realidad de un local comercial cuyas dos ventanas miraban al pie de la calle por donde habían venido. Una estaba en el salón, la otra en la habitación, separada por un tabique. En la pared contraria estaba el baño que constaba de una ducha minúscula, un váter maloliente y una pica con espejo. Todos los muebles estaban juntos, como si se pudiera hacer todo la vez. Federico supuso que sería difícil acostumbrarse a aquella estrechez.

    El tío de Roberto iba explicando cada una de las estancias moviendo las manos y sin dar demasiada información. Habló de que la luz eléctrica no estaba dada, pero que sería fácil proveerla. Como podía ver, el piso estaba completamente amueblado, para entrar.

    Federico iba pasando los ojos de un lado a otro sin decir nada. Llegaron a un patio de luces, al cual se accedía por una puerta detrás de la cocina. Al entrar la tenue claridad dotaba a las paredes mohosas de un tristísimo color gris azulado. El espacio no debería tener más de diez metros cuadrados, pero la sensación de ahogo era tal que parecía incluso más pequeño. Al mirar arriba, buscando el cielo cenital, la cabeza debía torcerse completamente. La espalda del edificio daba a aquel sitio. Al mirar arriba se veía la ropa tendida de los humildes habitantes de la morada, sus electrodomésticos baratos, sus tendederos con las pinzas puestas. Al bajar la vista, el panorama no era menos desolador. En el suelo había piedras y ruina, los restos de una obra inacabada. Había pinzas tiradas y un ambiente tan húmedo que respirar se hacía pesado. Aquello era un horror, pero Roberto y su tío Fernando actuaban con sincera normalidad, como si la casa fuera en verdad una buena oportunidad y estuviera limpia como los chorros del oro.

    Al volver al salón, Federico se sentía desolado. Se preguntaba cómo demonios haría para vivir en aquel cuchitril infecto y no encontraba una respuesta convincente. De vuelta al salón, el arrendatario notó el silencio del arrendador y lo animó diciéndole:

    -Con un poco de limpieza y un poco de vida, el piso parecerá otro.

    -Sin duda, tito. Aquí hay un montón de espacio.

    -Yo estuve viviendo aquí, ¿sabes? Pasé los mejores años de mi vida entre estas paredes.

    Fernando barrió con una mirada nostálgica las paredes color crema. Federico no sabía si aquel color era por la pintura, por el paso del tiempo o por el polvo adosado a los muros. Se quedó unos segundos callado, sin decir nada. Sacó un cigarrillo de su bolsillo y todos hicieron lo mismo. Aquello era bueno. Dio un par de caladas y paseó de un lado a otro de la estancia. En realidad podría llegar a acostumbrarse: si el tío de Roberto había podido sobrevivir, por qué no iba a poder él. La cocina estaba pringosa y sucia.

    -¿Los electrodomésticos funcionan?

    -Funciona todo.

    -Y si algo no funcionara, mi tío te lo arreglaría, ¿a que sí, tito?

    -Sin problema. -dijo tirando la ceniza de su cigarrillo al suelo.

    -¿Cuánto es el alquiler?

    Los tres dieron una calada sin pronunciar palabra. Llegaba la hora de la verdad. Federico esperaba no tener que regatear, desconocía los rudimentos de esa estrategia comercial. Fernando y Roberto se miraron fraternalmente y sonrieron al unísono.

    -Sabes, Federico, -dijo Fernando- me caes bien. Me recuerdas a mí cuando era más joven. Cuando te he visto, he pensado que veía a mi yo de ventipico años, y ya han pasado casi veinte años de eso. Además, tu nombre se parece al mío y empieza por efe.

    Roberto se preguntaba en qué acabaría toda aquella perorata, pero permanecía callado.

    -La vida en Barcelona -dijo remarcando la pronunciación de las sílabas de la ciudad- es cada día más cara y es muy difícil encontrar una oferta como esta. La verdad es esa.

    -Pero tito, aún no has dicho el precio del alquiler. No te pases, que Federico es amigo.

    -Se están pagando setecientos euros por un sitio como este en Barcelona. -repitió.

    A Federico se le cayó el alma a los pies. Setecientos euros estaba completamente fuera de su alcance y lo sabía. Entre el transporte, la comida, las facturas y su exiguo sueldo, no llegaría ni aún con las mayores estrecheces a cubrir el precio del alquiler. Fumó sin saber muy bien qué decir. Sintió como la tristeza se le derramaba por dentro de sí.

    -Anda, ya, tito.

    Fernando dio una última calada a su cigarrillo, lo tiró al suelo del salón y lo apagó contra la baldosa marrón claro del piso. Su bota dejó un rastro de ceniza negra.

    -Pero eres amigo de mi sobrino y, como te digo, me caes bien. Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad y quería comerme el mundo y ya ves… -Se metió las manos en los bolsillos como si pensara en los avatares de lo que había sido hasta entonces su díscola vida- Voy a hacerte mi mejor oferta. Y es mi oferta definitiva. No la cambiaré por nada.

    -De acuerdo.

    -Quinientos cincuenta euros.

    -Es una buena oferta. -dijo Roberto. -¿Qué opinas tú, Federico?

    Federico apagó el cigarrillo en la pica de lo que iba a ser su casa en los próximos meses.

    -¿Tengo que dar algún tipo de fianza? -preguntó con inocencia.

    Un pensamiento cruzó como un rayo el pensamiento de Fernando, quien no había pensado en esa posibilidad. Dio apenas un pestañeo, hombre acostumbrado a las decisiones rápidas que otorga una vida dedicada al consumo nasal de estupefacientes.

    -Ciento cincuenta euros.

    Federico reflexionó un momento. Le quedaban doscientos euros en la cuenta y dos semanas para terminar el mes. Debería comer con apenas venticinco euros la semana.

    -¿Cuándo podría mudarme?

    -Mañana mismo si quieres.

    La perspectiva de abandonar la casa del gay tan pronto le parecía un sueño hecho realidad. Pagaría incluso con su propia alma por no tener que pasar más noches en aquel lugar asfixiante. Pensó en cuánto duraría las gestiones que debería hacer y dijo.

    -El lunes, pasado mañana, me vendría bien. Siempre y cuando ya haya luz.

    -Eso te lo arreglo en un momento. -dijo Fernando extendiendo una mano. Federico la estrechó mirándolo a los ojos y no pudo dejar de advertir una leve sonrisa pícara.

    -Bueno, pues ya está. -Añadió Roberto. -Bienvenido al Carmelo, Federico.

    -Muchas gracias, Roberto. -respondió agradecido con los ojos emocionados.

    -Ya me lo devolverás algún día, no te preocupes. -respondió con verdadera alegría.

    -Pues yo me voy, chavales. -dijo Fernando marchándose- Nos vemos el lunes, Fede. Os dejo las llaves por si queréis echar un ojo tranquilos. Ya me las traerás tú, Robe.

    -Muchas gracias, Fernando.

    -No hay de qué. Hay que ayudar a que los chavales jóvenes salgan adelante. Está la vida muy mala. -suspiró hondamente y las aletas de su nariz se ensancharon- En mis tiempos las cosas eran más fáciles. Había dinero para la gente como nosotros. Las pesetas…

    -Bueno, tito, no te pongas sentimental. Nos vemos. -dijo Roberto echándolo.

    Fernando se fue tan alegre como había venido. Se quedaron Roberto y Federico solos en la estancia que hacía las veces de salón-cocina. En el silencio se oían las voces de los vecinos que venían del patio de luces. Se mezclaban con los ruidos que provenían de la calle, justo al otro lado de la cancela. Federico paseó de un lado al otro sin rumbo fijo.

    -¿Vamos a tomar otra cerveza para celebrarlo?

    -Con esta operación financiera, casi no me queda dinero.

    Roberto, poniendo una mano fraternal sobre su hombro dijo: -A la primera invito yo.

    …

    10. Rosas y vinagre

    Antes de que llamara con dos golpes suaves a la puerta, había visto aparecer su silueta a través del cristal de la ventana. Traía el pelo suelto, como siempre que se ponía guapa. Aunque pleno otoño, vestía ropa ligera porque el tiempo aún era benigno. Llevaba los hombros desnudos y la rebeca en la mano. Federico se levantó del sofá donde fingía que miraba la tele y se apresuró a abrir la puerta. Martina entró en la sala como un rayo de sol. Sonreía y no decía nada. Caminaba despacio sobre las sucias baldosas polvorientas.

    -Así que este es nuestro nidito de amor.

    -Supongo que sí.

    -Enséñame la casa.

    Pasaron de una habitación a otra y en apenas dos minutos ya habían visto todo el espacio que ocupaba aquella vivienda sin cédula de habitabilidad. Al llegar a la cama -un colchón de 105 sobre un somier, sin cabecero- Federico esperaba que hicieran el amor. La abrazó por detrás y apartó su pelo lago que caía sobre su cuello, para besarlo.

    -Te has alisado el cabello.

    -Sí… -dijo ella estremeciéndose un poco y echando la cabeza hacia atrás mientras las manos de él recorrían su cuerpo delgado- ¿Te gusta? -la erección era ya una molestia.

    -Me encanta. -dijo él sin parar de besarla. Sus manos empezaron a acariciar los pechos de Martina, lo cual era fácil porque llevaba una camiseta vapora de fina tela veraniega.

    -Un momento, campeón. -Y se apartó bruscamente. Sonriente añadió -Hay que limpiar.

    Sin poder creerlo, Federico bajó las manos que durante unos segundos se quedaron tocando el aire. Volviendo despacio a la realidad, miró a su alrededor. Era cierto. Hacía falta una buena limpieza en aquel lugar oscuro. Más que una casa, parecía una cueva.

    Quiso objetar que salir era peligroso. Podían encontrarse con Roberto y, teniendo en cuenta que había sido hacía unos meses el amante de Martina, que había quedado como el amigo eternamente enamorado y dispuesto a todo por ella, y que, además, era Roberto quien le había conseguido aquel lugar a Federico por intercesión de su tío, salir a pasear por el barrio constituía un deporte de riesgo que quizá acabaría a garrotazos. No se atrevió a exponer sus miedos por no quedar como un cobarde. Decidió salir y

    -Que sea lo que Dios quiera.

    -¿Cómo? -dijo Martina que había encontrado en la cocina unas bolsas de plástico.

    -Nada. ¿Estás lista? -dijo Federico con la mano sobre el pomo de la puerta.

    -Yo siempre estoy lista, Ico.

    Salieron a la calle cuando el sol de la tarde empezaba a desaparecer. Por suerte, el supermercado no se hallaba demasiado lejos de la vivienda, a apenas unos doscientos metros bajando, eso sí, una cuesta increíblemente pronunciada por donde subían milagrosamente los coches y hasta los microbuses, y por donde habrían de subir ellos luego con la compra a cuestas. Solo de pensarlo daba pereza, pero en fin, ya estaban bajando. Evitaban cogerse de la mano, como solían hacer, y hablaban animadamente como dos amigos que se han encontrado por casualidad en aquel barrio olvidado.

    -¿Cómo te va en el trabajo?

    -Muy bien. -Mintió él.

    -Me alegro. Veo que te has adaptado bien a Barcelona. Ya llevas una buena temporada.

    -Si no fuera por ti, todo habría sido mucho más difícil. -Se sinceró y ella sonrió por eso.

    -Conmigo, todo es más fácil. Ya lo sabes.

    -Tengo ganas de hacerte el amor. No me apetece pasar la única tarde contigo limpiando.

    -No seas impaciente, Ico. Primero hay que dejarlo todo preparado para nuestro amor.

    Ninguno de los dos había pronunciado las palabras clave y cada vez que salía el tema era de refilón, metafóricamente, entre líneas, como estaban haciendo en ese momento. Pero hacía tiempo que el corazón de Federico latía con fuerza por el de Martina, quizá desde el primer momento en que la vio, como ocurre siempre cuando eso se produce. Sin embargo, ninguno de los dos se había atrevido a pronunciar esas dos palabras que los unirían, de alguna forma, a la eternidad del recuerdo mientras ellos dos vivieran.

    Al llegar al apartamento con la compra, no perdieron tiempo y se pusieron manos a la obra. Llenaron cubos de agua tibia, echaron los olorosos productos de limpieza y las escobas fueron arrancando el polvo de años incrustado en el suelo. Pusieron música y abrieron las ventanas de par en par. Una brisa fresca, otoñal, penetraba en la casa suavemente, acariciando los brazos y el pelo de Marina, mientras Federico la miraba con arrobamiento. Ella estaba concentrada en una mancha del suelo que no terminaba de salir por más que la fregona pasara una y otra vez por encima, la frotase y volviera al agua oxigenada con friegasuelos. Llevaba el pelo recogido con una trenza y vestía unas mallas ajustadas, como su camiseta, que dejaba ver su silueta de bailarina y su escote generoso. Sus pechos penduleaban levemente mientras agarraba con fuerza el palo de la fregona, intentando borrar la impureza de aquel piso deshabitado desde hacía años.

    A Federico aquella imagen le pareció de lo más evocadora. Llevado por un resorte, introdujo una de sus manos en el bolsillo derecho del pantalón de chándal que vestía y extrajo su teléfono móvil. Con un dedo tembloroso encontró el botón de la cámara sobre la pantalla y enfocó el cuerpo concentrado de Martina, sus manos agarrando fuerte el palo de la fregona y los mechones de su pelo temblando rítmicamente mientras frotaba.

    -Mírame, guapa.

    Martina salió de su concentración con cierto desconcierto, como si se hubiera despertado de un sueño, lo miró. Cuando vio que se proponía a echarle una foto, ella sonrió y se incorporó, agarrando el palo con su mano derecha, levemente apoyada en él como si este fuera el báculo de una sacerdotisa del amor que entonces encarnaba ella.

    -Anda que no te gusta verme así, ¿eh?

    -No puedes estar más guapa.

    Era cierto. La simple imagen de ella vestida en ropa de andar por casa, haciendo las tareas del hogar, le parecía algo tremendamente sensual. Cuando la foto estuvo tomada, Federico se dispuso a enseñársela y ella se acercó para verla, olvidando el cubo de la fregona y la mancha inextinguible del suelo. El olor de su pelo lo embriagó por completo. Una de las manos de él rodeó la cintura de Martina y la apretó contra su cuerpo, dejándole notar a ella la erección que palpitaba insistentemente, llamándola.

    -Salgo fatal.

    -Sales perfecta. -dijo él abrazándola suavemente. Empezó a besar suavemente su cuello.

    -Llévame a la cama.

    Contra todo pronóstico, aquella primera vez en el apartamento, hicieron el amor despacio. Como si fueran una pareja de muchos años que se entiende a la perfección, que no tienen que demostrarse nada más que amor. Se tumbaron sobre el colchón con sábanas recién lavadas y se acariciaron fervientemente. Ella se quitó sola las mallas ajustadas que llevaba y él los pantalones. Se quedaron desnudos bailando al son de los abrazos y de los gemidos intermitentes que alguno de los dos emitía de vez en cuando.

    El sexo de Federico parecía endurecido por la espera. Siempre en ristre, había dejado de palpitar pero se mantenía completamente firme como un mástil en el vacío. Martina sorbía uno de los lóbulos de la oreja de él y ambos se dejaban llevar por un placer extático. El cuerpo de Martina estaba cada vez más caliente a pesar de la brisa fresca que entraba por el ventanal del cuarto, por donde de vez en cuando se oía la voz de alguien que pasaba por la calle, dando la sensación de que estaban así desnudos en medio de la acera. Los besos de Martina iban bajando por el cuello pero se pararon.

    -Quiero pedirte una cosa. -dijo ella bruscamente, como cambiando de tema.

    -Pídeme lo que quieras. -contestó Federico sin prestar atención a lo que decía.

    -Es en serio.

    Fue entonces cuando él notó la rigidez de su cuerpo y la tensión en sus miembros, que se habían quedado quietos, como congelados. Se preocupó por un momento y su erección casi cimbreó un instante, asustado porque ella lo hubiera pensado mejor y quizá decidiera irse de aquella casa, de su casa, la cual le había conseguido Roberto, su examante y aún enamorado, quien hubiera vendido su alma por tal de pasar una tarde como la que Federico, a sus espaldas, estaba viviendo en el apartamento de su tío. O quizás se había rallado porque estaba lejos de su hogar, del barrio de casas ricas al cual ella pertenecía como hija de un catalán burgués que había hecho negocio con los tejidos en una provincia de lejana. Sin duda aquel nido de ratas no era digno de ella. O tal vez el problema era su pareja, el novio que tenía desde hacía tantos años, el cual no sabía nada de que Federico existía y a quien Federico obviaba su existencia, cada vez con más dificultad, como si se tratara de un fantasma o un elefante en una habitación llena de muebles de cristal de bohemia. ¿Así terminaba todo? Federico sabía que la respuesta podría ser que sí. Las cosas en la vida a veces terminaban de repente, como un sueño.

    -Hace tiempo que quiero pedírtelo, pero no sé qué vas a pensar de mí.

    -Martina, me estás preocupando. Suelta lo que tengas que decir. No tengas miedo.

    -Prométeme que no pensarás mal.

    -¡Qué voy a pensar!

    Con el pecho tembloroso por la respiración entrecortada, Martina bajó un momento los ojos mientras un mechón de su pelo caía desde la frente hasta la punta de su pezón rosa.

    -¿Cómo?- dijo Federico sin entender. Otras veces habían practicado el sexo oral, lo habían tratado con naturalidad, así que no podía ser eso lo que tanto la perturbaba.

    -Ya sabes. -se puso completamente roja. -Eso. -cogió carrerilla- Me gustaría que…

    -¿Has dicho eso?

    -Sí. Me encantaría. Sé que es un poco raro pero…

    La erección que hasta hace un instante amenazaba con caer cuan larga era, se alzó de repente como movida por un efecto milagroso, como aquellas palabras divinas que hicieron a Lázaro salir de su cueva y echar a andar. Otra vez Federico sentía la palpitación de su corazón allí abajo, como un reloj, tic-tic-tic-tic. Sonrió ampliamente.

    -Nunca lo he hecho. Pero no me importaría probar.

    -¿En serio? Yo te puedo enseñar cómo se hace.

    -Pues tú dirás.

    Se separaron un poco para que ella tuviera el espacio suficiente para moverse. Como estaban completamente desnudos, fue fácil para ambos moverse entre las sábanas. Martina se arrodilló sobre el colchón y se colocó al borde de la cama, con las pantorrillas y los pies en el aire. Sin dejar de mirar a Federico, con una expresión totalmente tomada por el deseo, se inclinó hacia delante, apoyándose en los antebrazos, haciendo que sus pechos colgaran rozando las sábanas. Arqueó la espalda y dijo:

    -Ponte detrás de mí.

    Federico se levantó obediente y un poco vacilante. Se puso detrás de la espalda de Martina y miró hacia abajo. Su sexo también parecía palpitar y se mostraba acuoso, un poco más arriba, se dejaba ver la negrura de otro agujero muy pequeño, hasta entonces casi invisible. Sin saber muy bien cómo proceder, Federico se inclinó sobre ella. Con ambas manos separó cada una de sus nalgas. Como desconocía por donde empezar, empezó a besar la distancia entre el coxis y el ano, suavemente, dejando que los labios lo fueran guiando hasta donde ella quería. Martina no decía nada y solo gemía con fuerza. De repente, Federico lo notó. Las piernas de ella temblaron de placer mientras una de sus manos guiaba la mano de él hacia su sexo, que había quedado olvidado en el aire. Ambas manos, la de él y la de ella, se frotaban contra la piel de Martina haciendo que esta casi ardiera. Cuando la boca de Federico estaba completamente mojada por el numen de su cuerpo, con la lengua agarrotada por el esfuerzo obstinado e inconsciente de aquel órgano exhausto, ella se apartó lentamente mostrando un temblor impaciente.

    -Métemela ahora.

    Sin decir nada, Federico obedeció y se introdujo en el cuerpo de ella con delicadeza. Por suerte, no fueron demasiadas las embestidas necesarias para que ella alcanzara el clímax durante tanto rato perseguido. Él se derramó dentro de ella como una lata de refresco que albergara más líquido que el permitido por las fuerzas de la física más elemental. Gimieron ambos casi ahogando un grito atávico y secular, saliendo de lo más hondo.

    Cayeron sobre el colchón exhaustos. Las sábanas manchadas por las secreciones de sus cuerpos. Respiraban agitadamente mirando al techo sin ver la bombilla amarillenta que pendía de un pobre hilo de cable sobre sus cabezas, como una espada de Damocles.

    -Dios mío.

    -Me ha encantado.

    -A mí también. Ha sido espectacular.

    Se miraron a los ojos. Los olores empezaron a ocupar la habitación y a hacerse presentes. Ese era el olor del sexo: dulce, espeso, cobrizo. El olor del alma y las vísceras, el olor del cuerpo detrás de los productos aromáticos que lo esconden. Parecía que aquel aroma los hermanara, como si sus almas se hubieran conocido de antes y aquel hedor lo revelara ante ellos. Sin apartar la mirada, confiados la una en el otro:  

    -Te quiero. -dijo alguien.

    -Yo también. -respondió.

    Ese era el olor del sexo, del amor, que huele a sangre y a sudores, a rosas y vinagre.

    …

    11. Ya me vendrá

    Después de cenar, aunque Federico no cenó, lo llamaron a la puerta agitando la cancela metálica medio abierta, que cerraba por las noches o cuando salía de aquella casa. Al oír el ruido de metálico, se levantó de un salto del sofá, apagó el cigarrillo en el cenicero repleto de colillas y abrió contento la puerta. La cara de Roberto sonreía bajo el fuerte claroscuro de la farola que le iluminaba parcialmente el rostro. Estaba fumando un cigarrillo recién prendido y las formas del humo se recortaban contra el fondo negro.

    -Qué tal, Roberto.

    No respondió. Parecía distraído con algún pensamiento oscuro que había nublado su mente. Quizá había descubierto su relación, o sus relaciones, con Martina y venía a partirle la cara, a vengar su corazón roto. A la mejor guardaba en el bolsillo de su chaqueta un cuchillo que había robado de su casa y que quedaría, ensangrentado, sobre la gris acera de la calle, frente a su puerta. A Federico le parecía entrever aquellas intenciones en el silencio de Roberto, pero de todas formas echó a un lado la cancela que habría de servirle de parapeto y abrió los brazos para saludar al que era su único amigo en aquella ciudad tan económicamente asfixiante para un pobre diablo como él.

    Roberto entró a la casa sin decir nada y en tres pasos se situó en medio del salón, entre la televisión y el desvencijado sofá. Bajo la luz cenital de la bombilla, parecía que, ahora sí, iba a sacar el cuchillo y a clavárselo en medio de su corazón traicionero. Después él mismo se quitaría la vida, porque no valía la pena vivir en un mundo donde Martina no lo fuera a querer nunca. Muchas veces le había hablado de ella y Federico callaba con un silencio pesado, incómodo, incapaz de confesar, a su amigo, su traición.

    Le miró de arriba abajo y dijo al fin: -¿Qué haces así vestido, tío?

    Por unos segundos, Federico no pareció entender. Miró instintivamente hacia abajo, hacia su propio cuerpo, y vio las ropas que llevaba intactas, sin ningún charco de sangre que se extendiera desde su estómago hasta la pernera de sus pantalones de chándal.

    -Estoy vestido para estar en casa.

    -Pero es sábado.

    -Ya.

    Roberto escurrió la ceniza de su cigarro sobre el cenicero y dio una honda calada. El humo pareció inundar toda la habitación desde la puerta de la entrada hasta la cocina, lo cual no era difícil. Llevaba, como solía, camisa blanca con puntitos azules, metida por dentro del cinturón, lo cual le hacía parecer mucho más mayor de lo que era pero conseguía disimularle la barriga. Tenía pantalones marrones claros y zapatos de cuero. Parecía un intelectual comunista de los años setenta. Por suerte no vestía chaqueta de pana. Federico podía llegar a entender que a Martina no le gustara, a pesar de ser un poeta reconocido, desde muy joven, por una de las mejores editoriales de poesía del país. Roberto era una gran promesa de la literatura, ¿pero Federico qué era? ¿Qué sería?

    -No tengo plan.

    -Para ser escritor, Federico, no coges las indirectas. Ponte una camisa que tengas por ahí. Esta noche voy a enseñarte el barrio, vas a conocer el verdadero Carmelo.

    -¿Cómo sabías que estaría en casa?

    -No tienes dinero para ir a ninguna parte. Siempre estás en casa.

    Sin poder objetar nada al respecto, Federico se encamino hacia su habitación mientras Roberto se acomodaba en el sofá y sacaba su teléfono móvil. Mientras decidía qué ropa ponerse, podía oír los improperios que de vez en cuando soltaba Roberto por la boca, mascullando palabrotas dirigidas a jugadores de fútbol de los que Federico desconocía los nombres. Se puso una camiseta limpia y pantalones vaqueros. Cogió una chaqueta que en letras grandes ponía University y salió hacia el salón cogiendo el móvil, las llaves, la cartera y el tabaco. Se echó un poco de agua fría la cara y se arregló el pelo.

    -Ya estoy.

    La zona que ellos denominaban El Carmelo, no referenciada así en el ordenamiento municipal, era el triángulo que se extendía entre tres paradas de metro: El coll – La teixonera, Carmel y Vallcarca. La historia de esas calles era la misma: inmigración y falta de servicios básicos hasta los años 80-90, que fueron subsanados para los Juegos Olímpicos del año 92 y que se viera que aquella era una ciudad, un país moderno, donde si bien había pobreza, no había miseria. En aquella época, explicó Roberto mientras andaban cuesta arriba y cuesta abajo las calles, construyeron la Ronda de d’Alt, la carretera que abrazaba por el oeste a la ciudad de sur a norte. Para el trazado de aquella obra faraónica tuvieron que tirar innumerables casas, barriadas enteras. Lo que se salvó fue remodelado, se limpió la cara a la urbe y se la preparó para la llegada del mundo.

    -¿Y qué fue de aquella gente que vivía en aquellas casas?

    -Eran nidos de rata.

    -Ya, ¿pero qué fue de ellos?

    -Supongo que se les reubicó… No lo sé. La historia de esa gente no interesa a nadie, excepto si un partido político piensa que eso le da votos. Pero es una historia olvidada.

    -Los escritores vivimos de cuentos olvidados.

    -Tú no eres escritor, Federico… Los escritores publican libros.

    Aquello le dolió tanto que casi se le cortó la respiración. No dejó mostrar sus emociones y prefirió soltar una carcajada breve, como un chasquido de lengua. Estuvo a punto de decirle algo así como: -Pero por lo menos Martina me quiere a mí y no a ti, poeta. Pero le pareció una crueldad y una falta tan grande de elegancia que se contuvo, y se culpó.

    -Tienes razón. -dijo al fin mientras los pasos sonaban sobre la castigada acera. -La verdad es que últimamente no sé muy bien lo que soy… Ni adónde me llevan mis pasos.

    -Nunca sabrás adónde vas. Lo único que puedes hacer es saber dónde estás ahora. Mira, un poco más allá, detrás de la ronda, McDonalds montó una casa para los padres de los niños que reciben tratamiento en el hospital Vall d’Ebrón. Fundación Ronald o algo así.

    Federico dirigió su vista hacia donde le decía Roberto pero iba tan inmerso en sus pensamientos que no consiguió distinguir nada en plena noche. Todos los edificios el parecían iguales: grises, marrones, oscuros. Pero el aire era fresco y el ruido del tráfico le resultaba agradable, como el rumor de un océano artificial sucio, colosal, fascinante. Doblaron una esquina hacia una calle empinada que subía hasta más arriba del cielo. 

    -¿De verdad tenemos que ir por ahí?

    A pesar de su leve sobrepeso, Roberto remontaba aquellas cuestas con mucha más facilidad que Federico, que estaba más delgado que el papel de fumar. Le sonrió.

    -Todo esfuerzo vale la pena.

    -Si tú lo dices…

    En silencio, subieron la cuesta. Federico empezó a sacar un cigarrillo al principio de la rampa pero Roberto le hizo un gesto para que se lo reservara. Empezaron la ascensión a aquella montaña de cemento sin mérito, sin cruz en lo alto, en silencio, oyendo el uno la respiración del otro. Las casas que se habían construido en esa zona no eran más altas de tres pisos, se veían viejas y con necesidad de reforma, aunque todas estaban habitadas. La calle tendría unos doscientos metros pero parecía de diez quilómetros. Resultaba imposible que se pudiera construir algo allí, pero las gentes habían encontrado el espacio, las fuerzas y las ganas suficientes para anidar en aquellas cuestas imposibles, que deberían subir y bajar eternamente, hasta para comprar el pan bendito.

    Cuando habían superado un poco más de la mitad de la calle, oyeron el gemido largo de un motor como el alarido mecánico de un cetáceo mitológico. Un microbús, con plaza para unas veinte personas, empezó a subir la cuesta imposible desde el principio de la calle. El asfalto estaba un poco húmedo y Federico temía que las ruedas terminaran resbalando, haciendo caer el vehículo hacia atrás, estampándose contra los peldaños que servían en ocasiones para sortear la pronunciación imposible de la acera. A pesar de sus pronósticos, el autobús consiguió superar la distancia de la calle, adelantándolos a ellos y repechando hasta la cumbre, donde había un estop. El conductor tuvo que reducir la velocidad pero por suerte, aquella vez, no tuvo que detenerse del todo. Si lo hubiera hecho, seguro que habría terminado resbalando y cayendo toda la calle cuan larga era.

    -Es imposible…

    -Es su rutina. -dijo Roberto adivinando los pensamientos de su compañero. -Llegamos.

    En lo alto de la cuesta, no había otra cosa que un muro que rodeaba un parque. Avanzaron por él junto a los grafitis y las pocas estrellas calladas que se dejaban ver en el cielo. La luz de las farolas allí era amarilla que daban a la avenida plana un aire avejentado, separado el tiempo que mucho más abajo se vivía en la ciudad condal.  

    -Ese bar sale en Últimas tardes con Teresa, de tu querido Marsé. Pero está cerrado ya.

    -No me vendría mal un bar ahora.

    Llegaron a la valla de un balcón urbano. La ciudad se extendía a sus pies como un manto iluminado, con hilos rectilíneos que se entrecruzaban con otras calles perpendiculares. El trazado de Barcelona, tan brutal y antinatural, resultaba fascinante cuando se lo miraba desde las alturas, desde los montes donde vivían los ricos en palacios de Pedralbes y Sarriá, pero también desde aquellos barrios obreros, nidos de rata, como los había denominado su amigo, natural de ese lugar mágico, que dejaba ver la cara más bella de la ciudad, como una joya junto al mar Mediterráneo, tierra de nadie.

    -Esta ciudad es preciosa. Quizá la ciudad más bonita del mundo.

    -Estoy de acuerdo contigo.

    Se quedaron un rato en silencio, mirando la constelación de luces de neón que iluminaban las carreteras, las calles, los edificios. Era sábado y la ciudad, a lo lejos, bullía en silencio. Las luces parecían titilar al calor de la noche de aquel otoño raro. Quizá todo acabaría saliendo bien y los problemas se solucionarían solo con quererlo.

    -Es por aquí. -dijo Roberto detrás de él. Se había alejado unos pasos y se encaminaba calle abajo, con un cigarrillo encendido. Federico reparó en su figura. Era un tipo amable, dotado de una magia especial. Ahora no podía entender por qué Martina no se había enamorado de él, habiendo compartido una aventura que se terminó hacía poco. No podía seguir ocultándole lo que él y ella estaban haciendo a sus espaldas. Aquello no era bueno, ni sano, ni noble. Aquella noche le confesaría su relación con Martina y quizá él podría llegar a entenderlo. Decidido, se encaminó hacia su amigo carmelita.

    -Tengo algo que decirte, Roberto.

    -Dímelo cuando lleguemos al bar. -contestó encendiendo un cigarrillo con la punta de otro que acababa de terminarse. El sueldo de Roberto como profesor de literatura se iba en comprar cajetillas de Marlboro. Consumía casi de dos paquetes al día sin miedo.

    El bar estaba en una calle que hacía cuesta abajo, enterrado en el hormigón gris de un edificio bastante alto, de los setenta, que tenía parterres de setos a cada lado de los portales. El sitio se llamaba El Pelat y estaba lejos de ser un bar adecuado para dos jóvenes intelectuales que buscaban hacerse un hueco en el panorama literario de la ciudad. Era, como su propio nombre presagiaba, un bar de borrachos, como tantísimos otros que hay en cualquier barriada, con sus parroquianos de mirada perdida y rostro demacrado por el alcohol y el tabaco. Era sábado y el ambiente, al abrir la puerta de cristal transparente, era muy alegre y acogedor. En el interior sonaba sobre la música ambiente el sonido estridente de la algarabía de las conversaciones y la camaradería. Se sentaron en la única mesa que había libre en aquel cuadrado de no más de diez mesas. Todo el mundo estaba de pie, de aquí para allá. Unos pedían en la barra, otro jugaba a las tragaperras, uno venía del baño rascándose la nariz y otro entraba detrás de él. La gente se llamaba a gritos y parecían conocerse todos entre sí. Roberto estaba feliz.

    -Este es el verdadero Carmelo, Federico.

    -Ya veo. Entiendo que te entusiasme. Este sitio es maravilloso.

    -Voy a saludar.

    Roberto se levantó y se dirigió hacia la barra. Como un cincuentón experimentado, se apoyó con ambos codos y comenzó a departir con la camarera, una señora que podría ser su madre si hubiera encontrado tiempo para criar un hijo. La mujer sonreía y asentía, dedicó una mirada a Federico y este cabeceó a modo de saludo. Luego continuaron a lo suyo. Entre los parroquianos que formaban aquella clientela, la mayor parte de ellos hombres, había un viejo con el pantalón manchado, de unos sesenta o setenta años. Llevaba una barra de pan metida en una bolsa de tela. Estaba hablando alegre con otro tipo más joven, moreno y alto, de nariz aguileña y mirada penetrante, quien de vez en cuando le daba golpecitos en la espalda y reía ampliamente. Federico suponía la historia de aquel anciano. Su mujer, aquella mañana, lo había echado de casa con la excusa de que saliera a comprar el pan. Era casi media noche y todavía no había vuelto. Aquel día, como quizá tantos otros, no se había comido el pan en casa, papá estaba ausente dando una vuelta, hablando con un tipo que le robaría la cartera a la primera de cambio. Ese señor prefería estar en la calle que en casa con su sufrida mujer, que tanto lo había aguantado. Sin embargo, allí estaba. Un drama muy habitual en los barrios de periferia de las ciudades, pero en el bar no había drama. Todo era alegría provocada por el elixir engañoso que a todos habría de llevárselos por delante antes de tiempo, o quizás no. El alcohol, droga maldita y leal, absolutamente legal y normal en la sociedad del bienestar.

    -Te he pedido una cerveza.

    -Chin-chin. -dijo Federico alzando su botellín para brindar. Bebió el líquido dorado y de tan fresco y sabroso que estaba le pareció que estaba tomando ambrosía en el Paraíso.

    -Ese es don Ramón. -Roberto se había dado cuenta de que estaba mirando al viejo.

    -Todavía no ha vuelto don Ramón de comprar el pan.

    Roberto rio por la ocurrencia, dándose cuenta de que, efectivamente, aún llevaba la bolsa del pan a cuestas, sucia y rebañada de toda la mugre de los bares de la ciudad.

    -No tiene un sitio mejor al que volver. -se puso serio- Su mujer murió el mes pasado de una enfermedad larga. El pobre hombre ha sufrido como un condenado y no lo supera…

    -Vaya. Pensaba que su historia sería más alegre… -dijo Federico.

    -Si quieres te lo presento.

    -Déjalo estar. Oye, Roberto, tengo que hablar contigo. Tengo algo importante que…

    Roberto se quedó callado un momento, como si no lo escuchara. Luego dijo sin más.

    -No puedo olvidarla, macho. Sueño con ella todas las noches y no consigo sacarla de mi cabeza. -dio un trago largo a su cerveza, queriendo ahogarse dentro de la espuma. -Sé que lo nuestro se ha terminado, pero no consigo hacerme a la idea de que nunca más la tendré entre mis brazos… Mira, odio ponerme cursi. Sé que tú eres su amigo, que te llevas bien con ella, podrías intentar hablarle de mí, a ver si la cosa tiene posibilidades…

    -De quién me estás hablando, tío.

    -De quién va a ser. ¡De Martina, hombre! Mi único y verdadero amor.

    -Verás, Roberto, Martina y yo…

    -Sí. Ya sé que sois amigos. Quizá tú mismo andes un poco enamorado de ella. No me extrañaría. Sácatelo de la cabeza, Federico, ella es demasiado para ti, y para mí también.

    -¿Por qué crees que no tendría ninguna posibilidad con ella?

    -¿Tú te has visto?

    Federico se sintió profundamente ofendido. Por un momento deseó estrellarle el botellín de cerveza que tenía entre las manos en la cara colorada de su acompañante, quien había pagado las cervezas porque él no tenía dinero. Se contuvo sintiéndose una rata. Decidió, para pasar el mal trago, dar un sorbo de la cerveza que poco a poco iba calentándose entre sus manos. Al terminar, posó su mirada sobre don Ramón, que miraba hacia ellos también con unos ojos vacíos, ahogados. Posó la botella en la mesa y sonrió de nuevo.

    -Supongo que tienes razón.

    -Pues claro que la tengo. Yo nunca me equivoco en esas cosas. No quería ofenderte.

    -No lo has hecho, tranquilo.

    -¿Qué era aquello que tenías que decirme? -dijo levantándose de la mesa para ir a la barra a buscar dos cervezas más, la suya se había terminado hacía un momento.

    -Nada. Se me ha olvidado. Ya me vendrá.

    …

    11. La luz no se encendió

    Estaba muy nervioso y hacía calor. A pesar de que la ventana que daba el pequeño balcón estaba abierta de par en par, no corría la más mínima brisa de aire. La ciudad se cocía en su propia salsa y burbujeaba en un rumor de coches, motos y autobuses que casi parecía ser el susurro de un caldo de plástico, metal y asfalto. Las paredes parecían más estrechas de lo habitual en aquel pequeño salón del piso de Bon Pastor, que carecía de aire acondicionado. El verano se resistía a querer marcharse aquel año y todo parecía sudado. Las paredes de los edificios lucían manchurrones oscuros por la humedad. Ioan no tardaría en aparecer y nada sospechaba de las intenciones escapistas de Federico.

    Se levantó de un salto y sintió el tirón de la tela del sofá, imitación de la piel, contra la piel desnuda de sus piernas, que dejaban al aire un pantalón corto. Fue una sensación desagradable como el ruido de una tiza al chirriar en la pizarra o el de una botella de plástico que se contrae sobre sí misma produciendo un ruido que le daba dentera.

    Paseó de un lado al otro. Eran casi las siete de la tarde. No podía tardar. Federico fue al que había sido su cuarto durante aquella temporada y revisó sus maletas. Había dejado la habitación como la encontró: sin sábanas, sin ropa, sin ordenador. Solo quedaba en ella el olor de un último cigarrillo que fumó junto al quicio de la ventana con Martina, motivo por el cual terminaron discutiendo él y Ioan de forma muy cruenta. Al tipo le molestara que su joven inquilino fumara, a pesar de que no lo hiciera en la habitación y tomara todas las precauciones posibles. Sin embargo, el olor se impregnaba en todas las cosas y reptaba hasta las fosas nasales del rumano barcelonés, produciéndole una incomodidad insoportable que Federico, como fumador empedernido, no podía comprender. Al fin se habían serenado los ánimos pero aquella discusión supuso el inicio de una incomodidad latente que en ocasiones se volvía insoportable. Ya no compartían el mismo espacio en el salón, evitaban cenar juntos o siquiera cruzarse. Ioan se había vuelto más exigente con el tema de la limpieza y hacía peticiones absurdas, no perdonaba que Federico se olvidara de poner la pasta de dientes en su sitio y andaba siempre mosqueado. En todo el tiempo que estuvieron viviendo juntos, nunca le conoció un novio o un amigo. Ioan era un tipo bastante solitario pero siempre tenía muchas cosas que hacer y, por suerte, casi no paraba por casa. Era informático en una empresa donde le pagaban poco y le trataban bastante mal, según explicaba siempre.

    Una vez comprobado que todos los cajones y armarios estaban vacíos, volvió al salón con las manos en los bolsillos. Aquello parecía el fin de una relación amorosa y le pareció ridículo. Compartir piso era una soberana mierda, pero en Barcelona no había más remedio: la gente tenía que aguantarse para poder pagar la renta de la vivienda. Personas que no se querían estaban condenadas a vivir en menos de cien metros cuadrados, como si de un juego macabro se tratara. Cada uno con sus manías y sus vicios, con sus secretos de alcoba y sus perfumes, con una intimidad mancillada por la compañía de extraños. A Federico aquello siempre le había resultado insoportable. De repente, se oyó un tintineo de llaves en el rellano y la puerta de la entrada abrirse. Ioan vestía pantalones muy cortos, que dejaban ver hasta la mitad de sus muslos de un blanco huevo, casi amarillo, sin un solo pelo en sus piernas depiladas. Vestía una camiseta de tirantes un poco holgada. Sobre el hombro llevaba su bolsa de deporte. No se había duchado en el gimnasio, lo haría ahora al llegar a casa, supuso Federico. Antes de saludarse, se fijó una última vez en él mientras se cambiaba los zapatos en el diminuto vestíbulo del edificio. Se había cortado el pelo, como hacía habitualmente. Iba rapado y su pelo corto dejaba ver la forma de un cráneo redondo, excepto por la coronilla, donde se aplanaba súbitamente. Eran detalles imperceptibles para cualquiera que no fuera su pareja o su compañero de piso, alguien harto de verlo sistemáticamente. Aunque iba al gimnasio habitualmente, no se le veía un solo músculo en forma. Su cuerpo era flácido y delgado. Federico imaginaba que lo que él llamaba gimnasio podía ser también una sauna donde pasaba las horas y los días buscando un amor invisible en la oscuridad.

    -He visto que has hecho las maletas.

    Se preguntó cómo podía saberlo, si las había dejado en su cuarto y había cerrado la puerta, pero prefirió no preguntar. No era el momento de iniciar otra discusión.

    -Me voy. He encontrado otra cosa. Esta noche la pasaré allí.

    -¿Dónde es?

    -En El Carmelo.

    -¿Cuánto pagas?

    -Prefiero no decirlo.

    -En verdad, me da igual. -dijo Ioan, mintiendo.

    -Me gustaría que me devolvieras el dinero que te di de la fianza.

    Se produjo un silencio sepulcral. Ambos estaban en medio del salón, a una distancia prudencial, mirándose frente a frente. Una sombra cruzó por detrás de los ojos de Ioan. Como seguía en silencio, Federico decidió intervenir para poder respirar nuevamente.

    -Todo está en las mismas condiciones a como lo encontré.

    -Todo excepto el olor asqueroso de tu tabbacco.

    Federico sintió deseos de partirle la cara, pero se contuvo en nombre de la civilización.

    -Ya no tendrás que soportarlo más, me voy esta misma noche. Podrás vivir a tu manera.

    -He dicho a mucha gente interesada en tu habitación que no, estabas tú. ¿Qué voy a hacer ahora? Tendré que buscar a un nuevo inquilino. No me has avisado con tiempo.

    -No tengo contrato de ninguna clase. No tengo la obligación de avisarte de nada.

    Si la tensión se coloreara, no habrían podido verse a pesar de lo cerca que estaban. El ambiente se iba volviendo irrespirable por momentos y Federico intuía que su compañero quería discutir. Su expresión iba tornándose del tono del reproche y dijo:

    -Sabes, siempre me arrepentí de haberte metido aquí. Eres muy desordenado y lo dejas todo por ahí. Además siempre estás fumando y me dejas la casa con ese olor asqueroso. -cambió la expresión de su cara hacia la compasión- Me dabas pena. Te veía triste y amargado siempre y no te decía nada, pero muchas veces pensé en echarte de aquí, pero adónde ibas a ir, y me aguantaba las ganas. Pero me arrepiento tanto de haberte metido.

    -Bueno, -Federico se encaminó hacia su habitación mientras hablaba- afortunadamente, ya no tendrás esos problemas. Podrás encontrar a alguien mejor que quiera aguantarte.

    Ioan lo miró con una expresión dolida, como si le hubiera dado muy hondo y le hubiera provocado mucho daño: Federico sabía que era un tipo inaguantable, quien temía a la soledad por encima de cualquier cosa, y no había conocido nada más que eso. Estaban, otra vez, en medio del salón. Ioan obstaculizaba el camino hacia la puerta. Federico se preguntaba si tendría que apartarlo con una hostia para salir por fin de aquella casa.

    -El chico que estuvo antes que tú, ese sí que fue un buen inquilino. A ver si aprendes.

    Acercándose a él, a unos pocos centímetros, Federico le dijo: -Me voy, Ioan. -le tendió la mano. El tipo la miró, hizo una mueca histérica y se apartó sin tomarla, hacia dentro de la casa, moviendo el culo. Federico cerró la mano y dejó las maletas en la puerta.

    -Qué pasa con el tema de la fianza.

    Serguei se había sentado en el sofá. Sus muslos desnudos se pegaban contra la piel sintética del sofá. Aquella visión le pareció insoportable e intentaba no mirarlo.

    -Ahora no tengo el dinero aquí. Tampoco voy a ir al banco a esta hora. Vuelve otro día.

    Federico suspiró. En todos los pisos donde había estado de alquiler compartiendo habitación, nunca le habían devuelto el maldito dinero de la fianza y, si lo habían hecho, fue después de mucho batallar para que le pagaran. Menudo país era este, de gente gastándose un dinero que no era suyo, perdiendo la dignidad por unos pocos euros. En un instante se acordó de todos los tipos que le habían alquilado un piso, unos mafias.

    En este caso, prefirió no darle demasiadas vueltas y volver otro día con mayor energía. Se hacía tarde y no quería llegar tan de noche a su nueva casa, así que abrió la puerta.

    -Pues ya quedaremos, entonces. Que te vaya bien, Ioan. Cuídate.

    El otro no contestó. Se limitó a mirar el teléfono móvil, supuso que para comprobar si alguno de sus amigos le había dicho algo. No se molestó en levantar la vista mientras cerraba la puerta detrás de sí. Luego se levantó y se metió en su cuarto a ver una película pornográfica, pero eso Federico ya no lo vio, ni lo vería a él nunca más.

    Ya en el ascensor, Federico comprobó su teléfono móvil. Había quedado en que Martina vendría a ayudarlo con la mudanza, pero le acababa de mandar un mensaje diciendo que no podía. Por un momento, se sintió desesperanzado, como si algo no estuviera bien.

    El aire de la calle le trajo un gusto de libertad. Arrastró su maletón por las calles de Bon Pastor a donde tardaría muchos años en volver, pero él entonces no lo sabía. Se terminaba un episodio accidentado de su aventura y empezaba otro, quizá mejor. Mientras conducía por la Ronda de d’Alt hacia la salida de Vallcarca, su corazón quería sentirse optimista y ver, en las rápidas luces de los vehículos, un signo de buena suerte. En la radio sonaba una machacona música rock y la tarde caía sobre la ciudad encima de él. Atravesando un túnel, vio un coche parado con las cuatro luces intermitentes y pensó que, por suerte o por desgracia, siempre había alguien que estaba peor que uno mismo. Después de dar un millón de vueltas, consiguió encontrar aparcamiento relativamente cerca de su nueva casa. Tenía las llaves en la mano, como el que se agarra a la cuerda de una nueva vida. Caminó por las calles inquietantes del barrio, hacia su hogar. El ruido de las ruedas de la maleta sobre la acera alertaba a los pocos transeúntes que pasaban. Nervioso por un peligro invisible, llegó por fin a la reja de la que sería su casa. El lugar, como era esperable, estaba completamente a oscuras. Le costó encontrar y abrir la cerradura, algo oxidada. Hubo momentos en los que pensó que no lo conseguiría, pero por fin cedió. Al entrar en su piso, buscó con la luz del móvil el interruptor en la pared cercana. Lo encontró a la derecha, un poco más arriba de lo esperado. Lo accionó, pero como no estaban subidos los plomos, que debería buscar ahora, la luz no se encendió.  

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo continuará esta historia con su tercera parte. Hasta entonces te animo a seguir explorando este sitio en busca de otros relatos y novelas ya disponibles.

    Un abrazo,

    El Escribidor

  • Barcelona y cercanías (Parte 1)

    Barcelona y cercanías (Parte 1)

    AVISO: Esta historia contiene muchas escenas de sexo explícito y lenguaje de la calle. Si eres una persona sensible a estos temas, te recomiendo que leas otros relatos más suaves. Pero si no es tu caso, ¡adelante!

    1. Nada mejor que hacer

    -Tengo un regalo para ti.

    Federico mostró un poco de su sonrisa torcida antes de acercar el cigarrillo a sus labios y aspirar. Había visto la bolsa de papel que ella había acarreado durante toda la tarde y se había preguntado por su contenido todo el tiempo, sin atreverse a abordar el tema.

    -No hace falta que me regales nada, Martina. -y engolando la voz- Tú eres un regalo.

    Martina rio y le tendió la bolsa de papel marrón, sin distintivos de ninguna tienda. Al contacto con sus manos, Federico ya supo cuál era el contenido del sobre que estaba dentro. Sonrió ampliamente dejando ver sus incisivos sucios por el humo del tabaco.

    -Ya sé lo que es.

    -Si no lo supieras serías idiota, Ico, y a mí no me gustan los idiotas.

    Soltó una carcajada y aproximó sus labios a los de ella. Se besaron con lengua violentamente, allí sentados en la terraza del bar, sin miedo a las miradas indiscretas. Sendos cigarrillos habían quedado olvidados en el cenicero y las manos empezaron a buscar las intimidades por encima de la ropa, sin preámbulos ni tapujos. El principio de una exhausta erección empezó a escocer en la entrepierna de Federico y el equivalente femenino sucedía entre las piernas de ella. Lo hubieran vuelto a hacer allí mismo, en medio de la plaza donde estaban, entre las mesas y sillas de aluminio lacado. Pararon.

    -Bueno, abre tu regalo, ¿no?

    El sobre había quedado un poco arrugado entre las manos de Federico, que habían sudado levemente por la excitación. Se había olvidado completamente del regalo, de todo. El pelo larguísimo de Martina caía sobre su fina chaqueta blanca en bucles oscuros y aquella negrura parecía capaz de contener el universo entero en sus hebras.

    -¡Te has quedado empanado, tío! ¡Espabila o te lo quito!

    Ambos rieron. Federico comenzó a rasgar el sobre que hacía de papel regalo sin ninguna piedad. Cuando descubrió su contenido, estaba dado la vuelta, sólo se veían las consabidas letras negras de detrás sobre un fondo gris como de tapia de cementerio.

    –El triunfo, -dijo al darle la vuelta. La portada era la foto de un tipo cuyo rostro era indescifrable por lo ajado del cartel de pared que lo albergaba. Podía ser la cara de cualquiera, incluso su propia cara. Era solamente un cartel medio arrancado de la calle. – Francisco Casavella… No me suena de nada… Pero me gusta la portada. Me encanta.

    -Este libro me recuerda a ti. Cuando lo leía me parecía que sonara una rumba, estilo Los Chichos, de fondo; la oía pero el libro no va de rumba ni nada de eso, ¿entiendes?  

    -Me da la sensación de que has acertado de pleno. No me digas más. Empezaré a leerlo esta misma noche cuando esté en mi cama echándote de menos. Aunque si quieres…

    -No, Ico, esta noche no puedo. -dijo tajante. Un halo de tristeza pasó como una brisa.

    Abrió el volumen por las primeras páginas y se topó con la dedicatoria que había escrito ella. Su letra era limpia y académica, acostumbrada a hacerse entender en una pizarra.

    Para Ico, Por esos momentos inolvidables que juntos vivimos y viviremos en Barcelona.

    -Me encanta, Martina. Sé que me va a gustar sin siquiera haber leído la primera línea.

    -Lo sé. Lo mejor siempre sucede así. Lo sabemos de antemano, como si lo esperáramos.

    -Y lo peor también…

    -Anda, dame un beso y deja la filosofía para esta noche, cuando estés solito en tu cama.

    -Estaré pensando en ti… No me quedará tiempo para pensar en nada más. Vente hoy…

    Una mano dejó el libro en la mesa y empezó a deslizarse arriba y abajo por el muslo de su pierna delgada, lentamente, abajo y arriba, muy despacio, muy suave, con inquietud. 

    -Ya te he dicho que no puedo, Ico. -Ella cambió de tema- Por cierto, ¿qué tal con Roberto?

    La pregunta le cogió desprevenido. No sabía muy bien qué contestarle. Con Roberto bien.

    -Bien. Nos vemos de vez en cuando. Al fin y al cabo, estoy viviendo en la casa de su tío.

    -¿Te gusta El Carmelo?

    -Me encanta. Me siento como el personaje de una novela de Juan Marsé. Hemos salido un par de veces a andar por el barrio. Me ha enseñado los bares y los balcones que dan a la ciudad. Me dijo el otro día que teníamos que ir a los búnqueres. Que iba a flipar.

    -Tiene razón. Te va a encantar. Eso antes estaba lleno de los quinquis que tanto te gustan.

    -Podrías venir tu también, y le podemos decir a Alejandro… ¿El sábado que viene?

    -No lo sé… Tendría que mirarlo, Ico. Pero si puedo, me encantaría ir con vosotros.

    -Ojalá tuvieras más libertad. -La mano se detuvo sobre su muslo. Ella la aproximó a su sexo y la apretó contra él. Por debajo de su pantalón vaquero podía intuirse cierta humedad caliente que impregnaba la tela de mezclilla. Su corazón palpitaba con fuerza.

    -Me encantas, chico del Carmelo.

    Se besaron y sus lenguas parecía que quisieran golpearse dentro de la boca del otro. La mano de ella, con sus dedos largos y delgados, agarró con fuerza la erección de Ico, apretando  y soltando alternativa mente mientras iba volviéndose más y más endurecida. La tarde de domingo era gris y desapacible. Pronto oscurecería y casi no había nadie por el Poble Sec. Los gin tonic estaban casi terminados sobre la mesa del bar, aguados.

    -Será mejor que nos vayamos a casa. Ya hemos tenido suficiente por hoy, ¿no crees?

    -Ahora mismo no puedo ir a ningún sitio. -dijo señalándose la entrepierna- Ni andar…

    -Pues espérame aquí.

    Ella se levanto y se aproximó al bar. Mientras se alejaba, Federico pudo apreciar de nuevo su esbelta figura. Vestía unos sencillos pantalones vaqueros ajustados que dibujaban los contornos de sus piernas. Se iba ajustando la chaqueta blanca que ceñía su cintura estrecha. Su cabello cimbreaba levemente a cada paso que daba con sus zapatos acharolados. Poco antes había podido apreciar ese cuerpo desnudo frente a él, de rodillas.

    La vida en Barcelona era imposible como en un milagro. Los precios de las cosas estaban por las nubes y su sueldo de trabajador a media jornada casi no llegaba ni para pagar el tabaco. Con la cuenta prácticamente a cero, intentaba sobrevivir comiendo poco y andando mucho de aquí para allá. Eran muchas las actividades que deseaba hacer, los lugares que quería visitar, pero se alzaba frente a sus sueños la cruel frontera del dinero. Por su parte, Martina no tenía ese problema. Pertenecía a una de las familias más ricas de Barcelona y por eso no vivía en la ciudad, sino en un pueblo cercano que hacía las veces de urbanización para empresarios y jugadores de fútbol. Huida de la fábrica de su padre, era profesora en un colegio alemán, donde aquellos pijos llevaban a sus hijos repipis.

    -¿Has pagado tú? -Preguntó Federico mientras ella volvía guardándose la cartera.

    -No me importa. Ya lo sabes.

    Federico sintió vergüenza de sí mismo. Las normas de urbanidad establecían que debería ser él quien corriera a cargo de las cuentas, y no ella. Aunque los tiempos estaban cambiando en la tele y en las redes sociales, en la vida real se sentía aún cierto dolor en el orgullo. Martina no le daba importancia a las cavilaciones de Ico, para ella el dinero era algo natural como el aire que respiraban, un elemento, aunque vital, sin importancia.

    Caminaban por las calles grises cogidos de la mano. Los balcones y las casas, de no más de cuatro o cinco pisos, recordaban a las del barrio de Gracia, pero sin el glamour ni la responsabilidad de ser el sitio de moda. Era un barrio antiguo como cualquier otro de la ciudad, en plena transformación: pronto le llegaría el momento de convertirse en otra zona gentrificada, llena de restaurantes para veganos y tiendas de ropa de diseño, de hecho, alguno había ya, pero todavía conservaba el sabor a barrio que pronto se perdería.

    -Me encanta el Poble Sec. Si no viviera en el Carmelo, me encantaría vivir aquí.

    -A mí también me gusta mucho… Algún día podríamos alquilar algo… ¿Te imaginas?

    Lo cierto es que Ico, a pesar de que le hubiera gustado, no conseguía imaginárselo. Solo podía ver el presente, los pasos de ella y de él acompasados, atravesando las calles estrechas que poco a poco se iban oscureciendo. Los pocos paseantes con quienes se cruzaban caminaban con ese aire somnoliento de domingo. Federico no contestó.

    Llegaron al coche de ella y se subieron uno a cada lado. Apenas eran las siete y media de la tarde. Federico se sentía deprimido. Le quedaba toda una tarde aburrida frente al pequeño televisor de su apartamento: un bajo al cual se entraba por la puerta de un garaje. No tenía dinero para ir a ninguna parte y el tabaco escaseaba. La nevera estaba vacía, como su estómago. Al día siguiente era lunes y la perspectiva de su empleo lo perturbaba.

    -Estás muy callado, Ico.

    -En verdad soy un tipo callado. -empezó a pasar las páginas del libro que ella le había regalado sin mirarlas, retorcía el volumen y colocaba el pulgar entre la portada y la contraportada, las páginas se sacudían como una baraja de cartas y se podía sentir cada una de ellas en la yema del dedo por un instante. Con la vista perdida en el cielo gris que amenazaba lluvia, Federico deseaba que lloviera. – Ojalá llueva… ¿Hoy vas a verle?

    Ella se quedó callada. Durante un lapso de tiempo solo se oía el rumor del tráfico como un océano al otro lado de las ventanillas. Marina mantuvo su vista al frente, impasible.

    -Estaba pensando que podríamos vernos mañana por la tarde… Podría pasarme por tu ca…

    -¿Él sabe algo de lo nuestro? ¿Lo habéis hablado alguna vez?

    -Mañana por la tarde podría estar en El Carmelo después de las clases, a eso de las cinco.

    -¿Se enteró alguna vez de lo de Roberto? ¿Por eso dejasteis de veros Roberto y tú?

    -Ico. No quiero hablar de eso ahora. Quiero disfrutar contigo del ratito que tenemos. Si crees que no puedes entenderlo, podemos buscar una solución… -suspiró- Sólo dame tiempo, es todo lo que te pido. Sé que para ti es difícil, pero también lo es para mí.

    Federico reflexionó por un momento. ¿A qué venía esa tristeza súbita? Se estaba enamorando. Las cosas estaban muy claras desde el principio, sabía que ella tenía una relación desde hacía años con un chico que para él era un ser borroso, incluso invisible. A pesar de todo, había decidido participar del juego. Total. Él aún no tenía a nadie más.

    -Perdóname. No he sido justo contigo. No tengo derecho a preguntarte. -rio un poco- Supongo que me estoy poniendo celoso. Se me pasará. No tiene la menor importancia.

    Martina lo miró con sus ojos marrón oscuro, sonrieron, como sus finos labios.

    -¿Mañana a las cinco y media?

    -No tengo nada mejor que hacer.

    …

    2. Sólo el principio

    El barrio del Bon Pastor limita con el río Besós, que sirve de frontera natural, por el norte, a la ciudad de Barcleona. Al otro lado de la rivera se extiende Santa Coloma de Gramanet, célebre por sus viviendas desconchadas y sus porches ideales para el navajazo y el menudeo. Pero poco a poco, la zona había ido transformándose en una suerte de barrio residencial por el cual los vecinos habrían de sentirse orgullosos con el paso de las décadas. En pleno proceso de gentrificación es cuando Federico llegó a los jardines de una tal Isabel Paniagua. De pie como un pasmarote, miraba el cartel del metro: Bon Pastor 

    Eran como las diez y cuarto de la mañana. Había quedado con Martina sobre las once y no tenía nada mejor que hacer para pasar los nervios que dar una vuelta por el barrio donde llevaba viviendo apenas una semana. Los acontecimientos en su vida, a su vuelta de un oscuro viaje fallido a Londres, se habían precipitado y las cosas sucedían tan deprisa que casi no había tenido tiempo de reflexionar sobre lo que estaba pasando. En verdad, era más sencillo así, dejarse llevar por la corriente de la vida como una paja por el río.

    Sin saber muy bien hacia dónde dirigir sus pasos por no saber qué encontraría más allá de cien metros a la redonda, tomó una dirección aleatoria y echó a andar disfrutando del sol de septiembre que ofrecía la mañana de sábado (2 de septiembre). Pasó por delante de los bares-paco que poco a poco que iban llenando de las parroquianas habituales, con cruasanes de chocolate y sus humeantes cafés con leche. Federico tenía hambre y pensó en tomar un tentempié. Abrió su roída cartera marrón oscuro y miró al flamante billete de veinte euros que hacía poco había extraído del cajero automático poco después de salir de casa, el cual aún estaba caliente. Volvió a guardar la cartera en el bolsillo trasero del pantalón vaquero y pasó de largo reanudando la marcha. Cuatro viejas, quienes habían reparado un momento en su recortada figura contra el implacable sol matutino, dejando el cotorreo de la conversación suspendido por un instante, volvieron a lo suyo al valorar que Federico no suponía ninguna amenaza para su desayuno. Iba vestido con lo mejor de su armario.

    -Si encuentro alguna floristería, compraré una rosa. -dijo en voz alta, sin importarle lo que pudiera pensar el gordo transeúnte que en ese instante se cruzaba con él paseando un pequinés cruzado con otra cosa, un noble perro de barrio obrero que debió ser mono de cachorrito. El can lo miró con altanería, con sus cuatro dientes torcidos por fuera del morro. Federico sintió ganas de arrearle una súbita patada pero se contuvo como siempre.

    A la altura del número 147 de la calle San Adrián, la cual transitaba, se encontró consigo mismo en el reflejo del portal de un edificio recién construido entre dos bloques baratos de toldos verdes. Vestía impecablemente. Se había puesto una camisa rosa que le hacía sentirse más masculino, unos finos pantalones vaqueros no demasiado desgastados que se ajustaban a sus piernas y a su paquete, unas gafas de sol negras que pronto iba a dejar olvidadas en algún vagón del metro, pero que en ese día, a esa hora, todavía conservaba. Incluso sus zapatillas estaban relucientes y parecían brillar de lo blancas que estaban. Llevaba el pelo crecido, al estilo de los rockeros de los años setenta, pero se había afeitado. Lo bueno de Barcelona es que a nadie le importaba el aspecto que uno tenía porque cada día se veía de todo en todas partes. Ese día se sentía elegante, bien plantado.

    Iba a triunfar y lo sabía, pero eso no lo hacía sentirse menos impaciente porque llegara el momento de ver a Martina. Repasaba en su cabeza la conversación que iban a mantener aquel día. Era la primera vez que iban a quedar solos, en persona, después de la primera vez que se vieron. Habían hablado casi cada noche por mensajería instantánea, incluso habían compartido ratos de masturbación y conversaciones abiertamente sexuales, pero una cosa era hacerlo a distancia, en diferido, y otra muy distinta era compartir el mismo aire y saliva. “Me imagino que tienes una polla muy bonita”. Le dijo ella un día, de pronto.

    Sonriendo como un feliz imbécil, Federico levantó la vista y vio frente a sí que la calle se había terminado. Unas escaleras blancas de hormigón daban acceso a una atalaya con una pérgola urbana sin toldos, que hacía las veces de meadero para los perros de Bon Pastor. Una chica paseaba a un labrador peludo por la altura, pero decidió no hacer el esfuerzo de subir hacia ninguna parte. Plantado en el cruce donde estaba, miró a la izquierda. Una carretera insulsa se perdía debajo de un puente completamente oscuro que parecía llevar a una calle tan aburrida como la que tenía a su derecha, la cual se perdía a lo lejos en una línea recta tan larga que daba escalofríos. Así que decidió dar la vuelta. Miró su reloj.

    -Quedan veinte minutos. -se dijo y, con una prisa repentina, corrió hacia donde habría de encontrarse con Martina: la esquina del banco donde poco antes había sacado dinero. -En este puto sitio no hay nada. -añadió- Sólo bares, supermercados y tiendas que cerraron.

    Su vida en Barcelona no estaba siendo precisamente fácil. A las dificultades por encontrar una habitación asequible, se añadía el problema de las distancias. Todo estaba muy lejos de cualquier cosa y la conexión de metro obligaba a engorrosos transbordos para ir al centro. El autobús no se planteaba como una opción e ir en coche, que tenía aparcado en un descampado no lejos de donde estaba, era una misión farragosa. Prefería ir andando a todas partes, pero el desierto de aburridas viviendas se alargaba tanto que asfixiaba. Una de los muchos aspectos que más incomodaban a su casero, gay rumano ultraortodoxo con el que vivía, era que no se quitara las zapatillas al llegar de la calle. Había tanta mierda convertida el polvo en la ciudad que el calzado se impregnaba rápidamente de esa ceniza invisible pero palpable, y el hecho de ir por la casa con las deportivas que había usado para andar por la calle provocaba un serio problema en la limpieza del hogar al que Federico no estaba acostumbrado. Si bien en su pueblo había contaminación industrial, no se impregnaba en el suelo de la misma manera que lo hacía en Barcelona, la capital.

    -Pero esto no es Barcelona… es un barrio periférico de mier… -el teléfono sonó.

    -¡Ico! -ella lo llamaba así, y le encantaba- ¿Dónde estás?

    Por un leve quiebro de su voz, Federico intuyó que estaba nerviosa, y eso lo excitó.

    -Delante del BBVA, donde dijimos.

    -Vale. Ahora me vas a ver. -Su voz sonaba con eco, como dentro de un lavabo; seguramente estaba usado en manos libres. Federico no conocía su coche, así que miraba a todas partes un poco desesperado por ver si la distinguía entre los conductores cercanos.

    Sonó un claxon si se sobresaltó levemente. Estaba mirando a lo lejos, a la calle principal, y en verdad ella había llegado por una calleja que daba a justo delante de él. Tenía un pequeño todoterreno gris perla de la década de los dosmil, seguramente de un familiar. Bajó la ventanilla. Llevaba exactamente el mismo vestido con el que se conocieron. Una única pieza de algodón con dos tirantes a los hombros, que se ceñía a su cuerpo y terminaba en una falda que quedaba a mitad del muslo. Entre sus piernas entreabiertas por la conducción se adivinaba un lunar un poco más arriba del interior del muslo izquierdo. Su pelo largo caía hacia el lado izquierdo, dejando ver su cuello largo y esbelto.

    -Me ha costado un poco encontrar el sitio, yo pensaba que…

    CHOOONK. Pitó una furgoneta de reparto de un supermercado cercano. El carril era de una dirección y no podía adelantar al coche de ninguna manera. En Barcelona todo el mundo tenía prisa, incluso un sábado por la mañana de septiembre. -Espera, me subo.

    Cerró la puerta tras de sí y Martina arrancó sin perder tiempo. Disimulando su excitación, Federico miraba el paisaje e intentaba guiarla hacia donde tenía la que era su casa.

    -No creo que encontremos aparcamiento, pero por lo menos lo podemos intentar.

    -Me parece bien.

    No dijeron nada más, pero el silencio no resultaba incómodo. Federico aprovechaba para mirarla de soslayo por el rabillo del ojo. Estaba realmente preciosa. Su pecho generoso pero equilibrado con su cuerpo subía y bajaba levemente por la respiración entrecortada. El vuelo de su falda abierta temblaba levemente con los movimientos de las piernas y el traqueteo del vehículo. Deseaba acariciar con su mano aquella rodilla desprotegida, pero se contuvo al doblar la esquina y divisar que un coche se marchaba justo delante de casa.

    -Qué suerte hemos tenido. Justo en frente del piso del gay.

    -¡Sí! Parece una película.

    -¿Una película? -dijo Federico por decir algo.

    -En las películas siempre aparcan delante del sitio a donde van, ¿te has fijado?

    -No me había dado cuenta, la verdad.

    Empezó a maniobrar. Estaba visiblemente nerviosa y se reía a cada momento. Necesitaba apenas dos movimientos de volante para dejar el coche en el sitio. El hueco era amplio y generoso. Pero fueron necesarias unas cuantas maniobras para dejarlo medio fuera. Federico no dijo nada y esperó pacientemente, dispuesto a aparcar si ella se lo pedía.

    -Estoy nerviosa. ¿Te lo puedes creer?

    -No tienes por qué estarlo…

    -Ya lo sé. Pero estoy nerviosa y quería decírtelo. Sé que no hay nada malo en ello.

    Ante semejante sentencia, Federico no supo qué añadir y la siguió cuando abrió la puerta del vehículo y se bajó del coche. Al ponerse frente al edificio se quitó las gafas de sol que llevaba con un cordel de colores vivos, como visten las personas mayores y los modernos.

    -Así que vives aquí.

    -Así es… No está mal la casa. Aunque el casero es un quisquilloso de mierda. No está.

    -¿Me la enseñas? -Por un momento, Federico no supo qué decir. De ninguna manera esperaba esa propuesta así, de sopetón. Suponía que irían a tomar algo primero pero…

    -¡Claro! -dijo haciéndose el loco y sacando las llaves del bolsillo- Adelante, princesa.

    Se arrepintió al momento de haber dicho aquello, pero estaba nervioso también. Mientras esperaban a que el ascensor venciera la distancia que separaba la planta baja de la segunda, donde Federico y el gay vivían, sentía cómo su corazón ladraba dentro del pecho. Martina se sentía igual que él porque un dedo de su pie desnudo se arrugaba sobre la zapatilla veraniega que vestía, dejando ver unas uñas pintadas de color rojo carmín.

    Al llegar abrió la puerta del rellano y entraron en el pequeño vestíbulo de la vivienda.

    -Y esta es mi casa… -Martina entró detrás de él.

    -¿Te has dado cuenta? -dijo ella.

    -¿De qué?

    -Todavía no nos hemos dado un beso.

    -Es verdad. Entre que ha pitado la furgo aquella y hemos buscado aparcamiento ni siquiera nos hemos saludado. Vaya un anfitrión estoy hecho… -Federico se acercó a ella.

    Martina se dejó dar un beso lento en la mejilla y luego giró la cara buscando los labios de él, que fácilmente se encontraron con sorpresa pero sin miedo. Se besaron con las bocas llenas de saliva, como quienes han esperado aquella comida con muchas ganas y hambre. Las manos de Martina se colaron por debajo de la camisa rosa de Federico y recorrieron su espalda. Estaban frías, pero se calentaron casi al instante por la fricción. Las manos de él aprovecharon para recorrer las piernas desnudas de ella, de pie como estaba, hasta casi llegar a la zona humedecida de su sexo, que irradiaba un calor casi tangible por debajo de la tela. Martina empezó a gemir con desespero, como si le faltara el aire. Una de sus manos abandonaron la espalda y se centraron en la entrepierna de Federico, que estaba dura y quería romper la tela vaquera que la contenía. Ambas manos se centraron en su cinturón de cuero y se lo desabrocharon con agilidad. Martina lo miraba con fiereza.

    -Te enseño mi cuarto.

    Como si ella supiera dónde se encontraba. Se dio la vuelta. Le cogió la mano y lo dirigió hacia la habitación donde dormía, como si hubiera estado antes allí, lo cual era imposible. Federico no tuvo tiempo a pensarlo. Antes de que pudiera darse cuenta se hallaba echado sobre la cama de noventa con Martina encima. Su falda no dejaba ver la zona aquel momento se frotaba con la dureza de su pantalón vaquero desabrochado, el cual poco a poco iba bajando hasta quedar caído a media pierna. Sus manos buscaron la ropa interior de ella por debajo del vestido blanco, moteado con diminutas flores amarillas y rojas. Quitó con decisión la última pieza de ropa que servía de frontera entre la piel de ella y la suya y ella hizo lo mismo con él. Se quedaron sólo con la parte de arriba de la ropa: él con la camisa y ella con el vestido, subido ahora, que dejaba ver su ombligo desnudo.

    -Espera creo que tengo un condón por aquí…

    -No hace falta. -dijo ella, que se situó encima de él y cogió su pene con decisión, como si fuera un objeto carente de vida, hecho de un material más duro e insensible que la carne. Con unos dedos largos fuertes lo introdujo dentro de su sexo, que no mostró resistencia.

    Ambos se quedaron extasiados. Martina se movía rítmicamente mientras las manos de él buscaban liberar sus senos del broche del sujetador. Lo consiguieron y sus pechos de mostraron en su totalidad por debajo del vestido medio caído, que iba bajando a medida que las embestidas iban y venían. El pelo de ella se balanceaba como un péndulo sobre la camisa que iban abriendo los dedos ágiles de ella, dejando ver el torso desnudo de Federico, sin un solo vello. Sonriente, echó hacia adelante uno de sus pechos y lo puso en la boca de él, haciendo que pronto encontrara la aureola de un pequeño pezón oscuro.

    Las manos temblorosas de Federico subían y bajaban desde los muslos hasta la espalda de ella, cruzando en ocasiones la línea divisoria que separaba ambas piernas y que terminaba en el punto donde ambos sexos chocaban cada vez con más rudeza. La gotas de sudor y la humedad iban produciendo un chasquido como de un látigo suave y dulce.

    De repente, ella se separó y se tumbó junto a él en la cama. Jadeante, lo miraba encendida.

    -Ponte encima.

    Así lo hizó él y se abrazaron con fuerza mientras las piernas de ella se abrían cada vez más buscando un soporte que en el aire no encontraban. Las embestidas se hacían cada vez más acuáticas y sencillas, casi podía notarse como si el cuerpo estuviera debajo de una fuente caliente cuyas aguas lo abrazaran y fueran subiendo la temperatura a medida que los gemidos de ambos, pero sobre todo de Martina, iban intensificándose hasta casi llegar al grito. La cama empezó a salirse del lugar buscando el centro del cuarto estrecho.

    -Sigue, sigue, por favor, no pares.

    -No…

    -Córrete conmigo. ¡Ahora!

    -No tengo condón…

    -¡Ahora!

    Federico obedeció sin rechistar. Se sintió irse como una fuente que se levantara y siguió empujando todo lo que daba de sí hasta que las múltiples eyaculaciones cesaron. Se quedaron así tumbados, uno encima del otro, mientras los cuerpos se relajaban sin separarse. Fue entonces cuando Federico pudo sentir un leve temblor en la mejilla de ella.

    -¿Por qué lloras?

    -No estoy llorando. -dijo secándose una lágrima. Él no dijo nada, simplemente esperó. -Creo que vas a poner mi vida del revés.

     -Yo nunca te haría daño. -dijo él, besándola de nuevo sin saber muy bien qué añadir.

    -Ya lo sé. Me estás chafando, grandullón. Échate a un lado, anda.

    Federico se separó y se acabó de quitar la camisa arrugada que entonces tenía. Buscó el paquete de tabaco por los bolsillos de su pantalón y encendió un cigarrillo. Martina lo miraba desnuda como una diosa griega recién salida de las aguas y la espuma de una ola, completamente desnuda y despierta, más bella que cualquier estatua que él hubiera visto.

    -¿Me das una calada?

    -Pensaba que no fumabas. -dijo él tendiéndole el cigarrillo.

    -Sólo fumo cuando estoy contigo. -y rio su pequeña broma. -¿Por qué no ponemos un poco de música? -añadió al cabo de un rato. -Tu pones una y yo otra, y así nos conocemos.

    Federico encendió el ordenador portátil y buscó en el reproductor un tema de Bob Marley que entonces le apetecía escuchar: Could you be loved, cantó con ronca voz cazallera.

    -Esa me gusta.

    -Ya lo sabía. Por eso la he puesto. -y la abrazó de nuevo, desnudos como estaban. No era necesaria una manta, dado que hacía un calor creciente que haría arder el hormigón. Cuando la canción hubo terminado, ella puso otra: Anochece, de un rapero. No le gustaba.

    -¿La conoces?

    -No… No me gusta mucho el rap.

    -¡Qué dices! Sal de esta cama ahora mismo… -y añadió divertida- Yo fui rapera, ¿sabes?

    -¡Anda ya! -dijo él riendo. -No veo a una princesita como tu haciendo rap-urbano-yeah.

    -Pues lo hacía, de hecho, tengo una canción en youtube y todo.

    -¡Ponla! ¿Cuál era tu nombre artístico? La buscaré.

    -No pienso decírtelo…

    -Anda…

    -¡Que no! Dame un beso anda. -Él la obedeció- Se ha terminado la canción. Te toca a ti…

    -No sé qué poner…

    -Una romántica.

    Sin pensarlo demasiado, Federico buscó en su lista de reproducción y dijo: -Esta me recuerda a ti. -Clicó dos veces encima del nombre del tema, Amores eternos de Sabina.

    -Es una canción vieja.

    -Me gustan las canciones viejas.

    Se quedaron callados escuchando la letra que empezaba diciendo: Desnuda se sentía igual (clíing, hacía un instrumento dulce), que un pez en el agua… Y callados estuvieron los tres minutos que duraba la historia de un amor que duraría para siempre en una estación. Al terminar, ella se levantó y lo miró con los ojos entrecerrados. -Eres muy sensible, ¿no?

    -Depende…

    Volvieron a besarse. Ella agarró su sexo con una mano sorpresiva y empezó a agitarlo suavemente. Poco a poco, fue poniéndose duro de nuevo, con la misma seguridad que la primera vez. Cuando estuvo preparado y palpitante por las manos de ella, se tumbó sobre la cama de espaldas. Se apartó el pelo a un lado, dejando ver su espalda de lunares y su trasero estrecho, levemente levantado, dejando espacio entre la cama y el monte de venus.

    -Métemela otra vez.

    Federico la obedeció. Sus manos agarraron sus nalgas y su cuerpo encontró el hueco que ella le dejaba sin esfuerzo, como si un imán atrajera ambos puntos con una fuerza invisible pero poderosísima. Otra vez empezaron a frotarse, esta vez más ahínco, como si quisieran romper la cama cuyas patas temblaban bajo el colchón barato de muelles. Al cabo de un rato de estar así, sin que ella gimiera como la primera vez, se giró un poco y dijo, tumbada como estaba. -No te preocupes por mí. Ahora quiero que disfrutes tú. Folla.

    Aquellas palabras, en esa voz dulce que ella tenía, sirvieron como una droga excitante. No aguantó demasiado, pero no le importó. Hizo como ella le había pedido, sintiéndose liberado. Con una de sus manos agarraba su hombro, con la otra una de sus piernas. Federico embestía con toda la fuerza que le proporcionaba su deseo, de forma repetitiva, brutal, de una manera que no había conocido en mucho tiempo, que casi ya no recordaba.

    Terminó pronto. Se dejó caer sobre la espalda de ella que sonreía satisfecha y feliz porque

    -Me ha encantado hacerte disfrutar.

    -Eres increíble, Martina. Nunca he conocido a nadie como tú.

    Ella se giró sobre sí misma, quedando frente a él. Estaba tranquila y satisfecha, casi feliz.

    -Me alegro de haberte conocido, Ico.

    Federico sonrió, la besó lentamente sintiendo cada uno de los poros de su lengua y dijo:

    -Esto es sólo el principio.

    …

    3. Tú estás loco

    Fue un verano tórrido en aquella ciudad sin importancia a cien quilómetros de Barcelona. Tres amigos se juntaban habitualmente para cenar y salir un poco a divertirse, pero ese día era especial. La luz de la tarde caía lentamente lamiendo las piedras antiguas de la ciudad romana de la que ya no se acordaba nadie en cientos de quilómetros a la redonda. Era aquel el lugar donde les había tocado nacer, como quienes nacen con un nombre feo, en una ciudad anodina, pero de rincones bellísimos, solo descubiertos por quienes la conocen bien y la habitan. Unos pocos turistas con aire de perdidos paseaban por la plaza de piedras doradas y los lugareños iban llenando las terrazas de los bares con distensión veraniega. Federico ocupaba una de las mesas de la terraza mientras fumaba un cigarrillo con Rosario, un amigo de hacía muchos años, delgado y cimbreante como una caña de bambú, como el cigarrillo que ambos estaban consumiendo nerviosamente mientras esperaban a que llegara Alejandro con dos amigos suyos, un chico y una chica, de Barcelona.

    -Y eso fue lo que pasó.

    -¿Y qué hiciste luego?

    -Nada, -dijo Federico- me volví a casa con el rabo entre las piernas.

    Rosario soltó su habitual risa sardónica enseñando todos los dientes de arriba. -Te lo dije.

    -Ya, sé que me lo dijiste, ¿pero qué iba a hacer? ¿Esperarla toda la vida? Tenía que saber la verdad y fui a por ella. Aún estaba enamorado de ella después de dos años sin verla…

    -Pero ella estaba con otro… -Rosario no podía aguantarse la risa y Federico sonreía complacido y triste, con una melancolía cronificada que despacio iba forjando su carácter.

    De repente, sintió dos manos fuertes, grandes, calientes, en su espalda, sobre sus hombros.

    -¿Quién estaba con otro? -dijo Alejandro con un tono que oyeron todas las mesas.

    -Su ex. -dijo Rosario.

    -Cállate, cabrón. -dijo Federico poniéndose de pie.

    -¡Federico! -pronunció Alejandro alargando la o- ¿Cómo estás amigo mío? ¿Cómo te fue?

    -Bien. -mintió Federico al entrever a la chica que se situaba detrás de Alejandro. Llevaba el pelo largo, castaño oscuro, a ambos lados del cuello, recordando su busto joven y bello. No pudo evitar fijarse en ella unos cuantos segundos, más que lo habitual en esos casos.

    -Veo que has visto a Martina… Martina, este es mi amigo Federico, del que tanto te he hablado, ¿recuerdas? -Alejandro sonreía, dos hoyuelos se formaban en sus mejillas.

    -¿El que ha venido de Londres? Tienes que contarme esa historia.

    -Maricón. Te dije que no contaras nada.

    -Es una historia demasiado buena como para mantenerla en secreto, ¿no crees? -dijo Alejandro alejándose- Y no te pases un pelo con ella, que tiene novio, ¿me oyes, pillín?

    -Deberías escribirla. -Añadió Rosario riéndose.

    -Aquí el único escritor que hay es este señor: -dijo Alejandro, zalamero- el Gran Roberto Cordero de los Cobos, poeta y uno de mis mejores amigos. -casi hizo un pase de pecho.

    Detrás de la reverencia exagerada que hizo Alejandro, apareció la figura abotargada de un chico cerca de sus treinta con camisa flamenca abierta, dejando entrever una cadenita de oro de la comunión. Parecía un charnego barcelonés socialista de los años setenta, que ellos habían visto en películas, fotos, pero sobre todo, en los libros de Montabán y Marsé. Se estrecharon la mano mirándose a los ojos con una sonrisa dolorida y Federico y él se cayeron bien desde ese mismo instante, casi un amor a primera vista, como con Martina.

    -Un placer, Roberto. Discúlpalo. -dijo señalando a Alejandro, que en ese momento estaba presentado a Martina y Rosario. Ella llevaba un vestido corto, suelto, de flores diminutas. -Es un poco exagerado, pero le queremos.

    -¿Un poco, sólo? Menos mal que la gente de esta ciudad no son todas como él, sino el ambiente sería insufrible. Por cierto, Alejandro me ha contado la historia esa de Londres…

    -¿A ti también? Maldito Alejandro. Le dije que era un secreto…

    Tomaron asiento en la mesa de la terraza que daba más al centro de la plaza. Las luces se encendieron en aquel momento por la llegada próxima de la noche veraniega. Una brisa fresca movía el pelo y los volantes del vestido Martina, mientras los cigarrillos se encendían. Todos fumaban excepto ella en ese momento y se respiraba la magia del vivir.

    A la segunda cerveza, tocaron el tema que todos llevaban esperando largo tiempo: la historia de Federico en Londres, quien había ido en busca de un amor perdido hacía tiempo y había vuelto con las manos vacías y el alma rota por las ilusiones de antaño. A trompicones, Federico fue desgranando los pormenores de una historia conocida por todos, pero narrada desde su voz, cobraba un timbre de tragedia que los mantenía en silencio, atentos a los detalles que se dejaban entrever, sin quererlo, entre líneas de dolor.

    -Y eso es todo. Me fui a casa y, dos semanas más tarde, aquí estoy. Señal que fracasé.

    La plaza parecía haberse quedado callada. Nadie osó interrumpir el silencio que se había instalado por unos instantes sobre la mesa de aluminio de la terraza. El humo subía recto.

    -¡Qué bonito! -exclamó Martina- No puedo creer que alguien pueda ser tan romántico.

    Federico se sorprendió azorado. Él tenía más bien la perspectiva de ser un fracaso.

    -Es un completo fracaso. -dijo Alejandro.

    -Completamente… Yo se lo dije. -añadió Rosario.

    Roberto fumaba y lo miraba fijamente sin decir nada, pensativo. Federico miraba un poco a todas partes mostrando adusta indiferencia, pero el corazón empezaba a escocer mucho.

    -Igualmente, me parece la historia más maravillosa que he escuchado. -Todos callaron. Incluso Alejandro dejó de reírse y se puso serio. -Cuesta creer que haya sido real…

    -Yo pensaba lo mismo, Martina. Pensaba que una historia tan buena sería irresistible para ella y que caería en mis brazos rendida, como al final de un buen libro. Pero aquí estoy…

    -¡Siempre nos tendrás a nosotros! -dijo Rosario riéndose.

    -¡No sé si eso me consuela! -dijo riendo Federico y rieron todos sin motivo aparente.

    -Hablando de libros, ¿cómo llevas el tuyo, Roberto? Creo que estás a punto de publicar tu segundo poemario, ¿no es cierto? Cuenta, cuéntales a estos aprendices tu proyecto.

    Mucho más humildemente que Alejandro, Roberto empezó a hablar de sí mismo un rato, explicando los pormenores de un libro de poesía que llevaba entre manos y que saldría muy pronto en una editorial pequeña, pero prestigiosa para los poetas de segunda fila. Roberto constituía una joven promesa de la literatura de Barcelona escrita en español, casi un oxímoron, pero que funcionaba dando autores de primerísimo nivel como sería él.

    La conversación derivó a cientos de temas propios de la edad de los sueños y las aspiraciones. Martina y Roberto habían venido juntos pasar el fin de semana en aquella zona costera donde Alejandro, Rosario y Federico vivían, cuyo nombre no recordaban. Habían pasado el día en la playa y en la narración de ese día se iban conociendo despacio.

    Martina y Roberto vivían en Barcelona. Ya eran amigos antes de conocer a Alejandro en el máster de investigación en Literatura que todos habían cursado al terminar la carrera. De hecho, ellos dos habían estado liados durante un tiempo, pero la relación estaba acabada. Martina tenía novio desde los dieciséis y, a pesar de sus escarceos con el poeta, no había abandonado su relación. Roberto vivía torturado porque la amaba locamente, pero ella parecía no tener ojos para él, más allá de la buena y noble amistad que mantenían.

    De aquello no se habló durante la cena de tapas que consumieron, ni siquiera cuando llegaron las copas en un antro cercano. Todos sabían de la relación entre Martina y Roberto porque Alejandro había ido desgranando todos los pormenores en sus visitas de fin de semana, cuando solían verse para tomar algo y mantener discusiones bizantinas sobre asuntos que solo les importaban a ellos: ¿Eran los autores de canciones actuales poetas? Y así se pasaban las horas entre cafés, enfados, risas y complicidades. De hecho, el tema de Martina era uno de los preferidos por Alejandro quien, como alcahueta, lo sabía todo.

    A medida que avanzaban los gin-tonic Federico notaba que la mirada de Martina buscaba la suya por encima de las copas y por debajo de las conversaciones cruzadas. Hubo un momento en que se encontraron y los cuerpos parecieron comunicarse una urgencia apenas contenida: Te follaría ahora mismo, parecían decir los ojos profundos de ella. Federico desconfiaba de su propia intuición, acostumbrado como estaba fracasar en eso. Luego ella desviaba la vista despacio y miraba a otra cosa, pero por el rabillo del ojo seguía mirándolo a él, queriendo entablar un momento de complicidad a solas y hablar.

    -¡Entonces le dije que podía meterse su crítica pretenciosa por donde le cupiera o cupiese!

    Roberto estaba cada vez más borracho y el alcohol parecía sentarle mal. En vez de producir la acostumbrada risa distendida y promover las habituales expresiones de afecto, él iba hundiéndose en una frustración sin nombre, fruto de la macedonia de experiencias tristes que su corazón acumulaba. La más dolorosa, parecía tenerla justo al lado, pero nunca se quejó. Sólo bebía, buscando momentos de intimidad que nunca se producían. El viaje al pueblo de Alejandro había constituido una oportunidad de oro para volver a intentar algo con Martina, pero ella ya le había rechazado y había dejado claras sus intenciones con él. El pobre estaba completamente enamorado. Federico le comprendía.

    Rosario también bebía pero era lo contrario a Roberto. Se la pasaba en grande y reía por cualquier cosa con una expresión bobalicona y amable. Daban ganas de abrazarlo. El único que parecía darse cuenta de las miradas de deseo que entre copas se iban intercambiando Martina y Federico era Alejandro, quien hacía todo lo posible para obstaculizarlas y evitar que se produjera una conversación entre ambos, viendo peligrar el fin de semana que había montado para agasajar a su amigo poeta, con quien compartía intereses literarios de muy distinta índole y quien, además, era un buen amigo suyo. De vez en cuando, lanzaba una mirada furibunda a Federico como diciéndole “¡Qué estás haciendo!”. Federico le correspondía encogiéndose de hombros y torciendo una sonrisa.

    La noche fue avanzando deprisa y cada vez los recuerdos que quedarían iban perdiéndose en la bruma del alcohol. En un momento dado, el local encendió sus luces y decidieron continuar la fiesta en una discoteca cercana que no cerraría hasta que se hiciera de día.

    La ciudad innoble era preciosa en plena noche. Las callejuelas de piedra brillaban por la humedad del mar, como hechas de metal, y las baldosas parecían pulidas de tantos pasos que las habían transitado antes. A la salida de aquel bar de copas encastado en la roca viva, uno de tantos muy comunes en la zona medieval de la ciudad, Roberto estaba completamente borracho. Caminaba haciendo eses y se habría caído más de una vez al suelo si no fuera porque lo sujetaban Rosario y Alejandro a cada lado, hablando animadamente. Martina y Federico se quedaron un poco más atrás, rezagados del resto del pequeño grupo. Caminaban muy juntos, sin decirse nada, más allá de sonreír a veces.

    -Sabes, me encanta esa historia que has contado antes. ¿De verdad es cierta?

    Federico se quedó pensando y añadió -Es la historia de un fracaso… Real como esta noche.

    -Me parece muy romántica. Debajo de esa coraza eres un romántico empedernido, ¿eh?

    -¿Qué coraza? -dijo sonriente. -A pesar de ser un romántico, me sirvió de poco… de nada.

    -Quién sabe. Quizá algún día tengas suerte. -Martina lo miraba y en sus ojos se guardaban todas las estrellas de aquel cielo negro que atravesaban. Se habían quedado parados, mirándose, muy cerca. Casi podía sentir el aliento caliente de ella. Quería besar su boca.

    -¡Chicos! ¡Federico! -gritó Alejandro alargando la o unos cien metros más adelante, justo en el punto donde dos paredes de piedra daban lugar a una calle más ancha que serpenteaba cuesta bajo hacia la plaza donde habían cenado hacía unas horas. Roberto se tambaleaba fumando un pitillo y Rosario le contaba algo que debía ser divertido, pues ambos reían. El único que no sonreía era Alejandro, quien miraba a Federico con cara de pocos amigos.

    -Ahora vamos, Alejandro. ¡Qué pesado! Ico me está enseñando la ciudad.

    -Sí, Alejandro, qué pesado eres. -Federico lo miraba y le decía con los ojos: Déjame en paz.

    Martina se acercó a Roberto, quien sonrió mostrando todos los dientes al verla junto a él.

    -Eres la más bella nínfula bajo este campo de estrellas. -intentó galantear Roberto.

    -Y tú has bebido demasiado, Rober.

    -¡Qué va! Aún me queda cuerda para rato. ¿Adónde vamos, Alejandro?

    -Estos dicen de ir al Tantum. -contestó.

    -Es una discoteca que está bajando esta calle. -añadió Rosario. -Lo único que hay aquí.

    -¡Ya estamos tardando! ¡Ave a los dioses beodos de esta pequeña Roma! -gritó Roberto.

    Mientras bajaban la calle, hablando animadamente, Alejandro se acercó a Federico por el flanco izquierdo y lo tomó del brazo, reteniendo su paso un par de metros del resto.

    -¿Qué te crees que estás haciendo?

    -¿Haciendo? No lo sé. Explícamelo tú.

    -Llevas toda la noche tirándole caña a Martina. ¿Te crees que no te veo?

    -Yo no he hecho nada especial pero, si así fuera, dime: ¿A ti qué carajo te importa?

    Alejandro puso una mueca de enfado y un destello de odio brilló un instante en sus pequeños ojos negros, muy apreciados por el género femenino. Tenía una cara bonita. De hecho, habían llegado a confundirlo con una estrella de la tele y a pedirle fotos por su increíble parecido con ese actor. Sin embargo, una parte de él era oscura. Como en todos.

    -Roberto está intentando recuperar a Martina. Este fin de semana forma parte del plan y tú lo estás echando todo por el suelo. ¿Quieres hacer el favor de controlarte, sátiro?

    -Oye, yo no estoy haciendo nada y a mí los problemas amorosos de tu amigo Roberto me importan más bien poco. Simplemente quiero salir un rato y pasármelo bien. Además, Martina me parece una chica genial, me cae bien y voy a seguir hablando con ella ahora.

    Sin darle tiempo a contestar, Federico avanzó unos pasos y se unió al grupo que estaba apenas unos pasos más hacia delante. Para entonces, estaban atravesando la plaza del ayuntamiento. Las farolas brillaban a cada lado con una luz mágica que empañaba el aire de la noche. A ambos lados de la plaza había bancos de madera donde solían sentarse las gitanas por la tarde. En uno de ellos, ahora, cantaba un vagabundo bajo la luna en un idioma ininteligible. El grupo reía y hablaba animadamente entre las piedras antiguas de la parte alta de la ciudad, donde tantos otros jóvenes como ellos habían pasado antes, se habían hecho viejos y seguro muchos habrían ya muerto, olvidados por el paso del tiempo.

    Sin pensar en nada más que en divertirse, llegaron a la puerta del local y, por suerte, no tardaron mucho en acceder al interior. Aquel día no había demasiada gente y se podía estar a gusto sin sentirse apretado como en una lata de sardinas. El local se situaba en un sótano y para acceder a él había que bajar unos doce escalones. Dentro los cuerpos se volvían apenas sombras y las caras eran difícilmente distinguibles con la poca luz de led.

    Llegaron a la barra y Roberto invitó a todos a un cubata. Se mostraba más animado que nunca y movía la cabeza al ritmo machacón de la música. Acodado en la barra, hablaba con Martina confidencialmente. Detrás estaba Federico, de espaldas a ella, hablando con Rosario. Alejandro había ido a saludar a alguna conocida que tenía en el local que esa noche intentaría, sin éxito, liarse con él. Estaban esperando a que la camarera los viera.

    De repente y sin venir a cuento, Federico notó el culo de Martina frotándose despacio contra uno de sus muslos. Sus nalgas se apretaban fuertemente contra el dorso de su pierna y subían y bajaban con lentitud. Una súbita erección se dibujó por debajo de la tela vaquera del pantalón de Federico, quien, sin girarse, había deslizado una mano distraída hacia ese lado de su cuerpo, esperando encontrar el muslo de ella. Al hacerlo, empezó a acariciarla, sin poder prestar ya atención a la conversación con Rosario, quien pronunciaba una perorata inteligente y filosófica sobre el sentido de la amistad en el siglo XXI. La sangre de Federico cada vez se concentraba más en su entrepierna y había perdido un poco el sentido de la orientación. De lejos, escuchó que una voz lo llamaba.

    -¡Federico! Tu cubata. Whisky con coca-cola, ¿no? Eres un tipo duro, como yo.

    Federico se giró mientras Roberto hablaba y orientó su cuerpo hacia él. Martina seguía dándole la espalda, fingiendo que mantenía una conversación con Roberto mientras su trasero seguía buscando el cuerpo de Federico bajo la protección de la oscuridad de la discoteca. Ahora, su vestido se levantaba levemente mientras se frotaba contra la erección de Roberto, mientras este, ocultado una mano entre la barra y el cuerpo de ella, la acariciaba suavemente. Habrían podido hacerlo allí mismo, delante de todo el mundo. Pero ambos siguieron fingiendo que escuchaban a los demás y el juego era muy divertido.

    Una súbita mano grande y fuerte se posó sobre el hombro de Federico y lo apartó bruscamente de su deleite. Alejandro le habló con la voz ronca, con enfado, al oído.

    -¿Qué estás haciendo, tío? ¿Qué demonios te pasa? Te he dicho que tiene novio.

    -Pero su novio no está aquí. Además, yo no tengo nada, solo la tengo a ella.

    -Y qué pasa con Roberto.

    -Roberto está demasiado borracho para encontrársela. Además, ella pasa de él…

    -Te lo advertí, Federico, tío. Martina tiene novio y Roberto está enamorado de ella…

    -Nadie manda sobre su corazón. -bebió un trago. A Federico empezaba a darle pena toda aquella situación y pensó en si valía la pena echar la noche a perder -Me alejaré, tranquilo.

    La fiesta transcurrió con normalidad hasta que se hizo de día. Entre Martina y Federico siempre se interponía alguien voluntaria o involuntariamente. De todas formas, disfrutaron mucho de su compañía y forjaron una nueva amistad todos. Si hubieran vivido en la misma ciudad, sin duda habrían compartido muchas noches como aquella. Era tanta la diversión que nadie se acordó de echarse fotos para colgarlas en las redes sociales.

    Entre risas se dirigieron a los coches, aparcados en un descampado conocido, extramuros de la ciudad. La catedral los miraba desde su atalaya en lo alto del cerro donde se había construido la ciudad romana mientras ellos, en el parquin de tierra, hablaban de sus planes a corto plazo. Unas pocas estrellas brillaban en el cielo y la luna estaba callada observando el mundo.

    -Volvemos mañana a Barcelona. -dijo Martina con un deje de tristeza.

    -Lo hemos pasado muy bien. Ojalá repitamos pronto. -añadió Federico con intención.

    Roberto estaba tan bebido que no podía más que asentir con la cabeza. Antes de que hubiera tiempo a darse los teléfonos, Alejandro decidió cortar por lo sano. -Nos vamos.

    El abrazo protocolario de despedida duró un poco más de lo habitual entre Federico y Martina. Los dos besos en las mejillas se prolongaron unas milésimas de segundo más de lo habitual. Federico aprovechó para deslizar un último: -Me gustaría volver a verte.

    Ella no dijo nada, sólo sonrió y se despidió de los demás con amabilidad. En un momento, estaban subidos en el coche de Alejandro y se alejaban camino de la carretera nacional que los llevaría a casa de este, unos diez quilómetros al norte, dirección a Barcelona.

    Rosario y Federico se quedaron de pie fumando un cigarrillo, arropados por la tranquilidad del amanecer que prometía un mundo nuevo para todos con esa nueva luz del día.

    -Creo que le gusto.

    -¿A quién? -dijo Rosario sorprendido.

    -A Martina.

    -Federico, ¡tú estás loco!

    …

    4. Escribiendo…

    La vida tiene cruces de caminos donde a uno se le permite intuir cómo será su vivir según el camino que elija. Ninguna de las opciones es racionalmente buena o mala; y siempre elige el corazón. Aquella mañana era un domingo como tantos y se levantó con resaca. El reloj junto a la cama marcaba las doce, apenas había dormido unas cuatro horas. Le dolía la cabeza y un leve sopor recorría todos los miembros de su cuerpo acartonado.

    El sol y la vida entraban a raudales por la ventana. Un ruido de la calle lo había despertado, pero ya no podía saber lo que era: el pitido de un coche, el grito de alguien llamando a otro alguien, el ruido de los platos que andaba moviendo su madre de un lado para otro.

    Una de las cosas que más le molestaban era estar viviendo aún en casa de sus padres, a sus veintitantos años. Si hubiera tenido la oportunidad, habría viajado a alguna de aquellas ciudades europeas y habría probado suerte como artista. Eran tantas las historias de ese tipo que había leído en las biografías de sus ídolos que hubo un tiempo en que llegó a creérselas. Subí a un tren en la estación de Linares y llegué a la ciudad de Granada para estudiar en la universidad. Recuerdo cuando tenía la llave de mi apartamento, en una pequeña pensión para estudiantes con una cama, un escritorio y un cuarto de baño. No me importaban las incomodidades. Por primera vez tenía una llave, mi llave, la llave del mundo entero. Federico hubiera dado cualquier cosa por tener esa llave, pero en esa historia se obviaba uno de los detalles fundamentales en la vida, pero generalmente ausente en la literatura heroica de los mitómanos: las cosas valen dinero. Aquella sentencia podía estropear cualquier sueño adolescente que uno tuviera y costaba tanto de aceptar que muchas veces se soslayaba para no sentir que la vida era en realidad prosaica.

    Decidió levantarse e iniciar su rutina normalmente. Fue a la cocina, esquivó los comentarios reprochadores de su madre, y se sirvió un café con leche que luego calentó en el microondas. Otra mañana de domingo en una vida que no valía la pena escribir, pensaba mientras se fumaba el primer cigarrillo apoyado en el quicio de la puerta acristalada que daba al balcón. Las personas pasaban por la calle ajenas a las preocupaciones y a los delirios de grandeza. Abuelos, madres, nietos e hijos vivían su existencia sin pensar más allá de las preocupaciones diminutas de su día a día. La ambición, el orgullo, la perseverancia, si bien son sensaciones nobles, también son como piedras en la felicidad humana, incapaz de competir con la de aquellos ilustres ignorantes que paseaban contentos bajo el sol de la mañana en de día festivo, olvidados de sus problemas. Federico sentía envidia de ellos y, quizá por eso, tenía ganas de llorar a solas.

    -A ver qué vas a hacer con tu vida. -dijo su madre a su espalda.

    -Pronto me iré de aquí, no te preocupes.

    -Si no tienes donde caerte muerto.

    -Algo encontraré, ya verás.

    Lanzó la colilla a la calle y secando una lágrima con un gesto rápido y distraído se encaminó hacia su habitación y cerró la puerta. Su móvil estaba sin batería, así que decidió cargarlo y coger un libro para distraerse hasta que se hiciera de noche. No tenía ganas de compartir la mesa con sus padres, prefería sumergirse en el refugio de la imaginación prestada de un escritor antiguo. Era cierto. Pronto estaría viviendo en Barcelona, por fin.

    No todo era mala suerte. Había encontrado un trabajo de lo suyo en la ciudad condal y ya había encontrado piso. Solo faltaba esperar a que llegara el momento de trasladarse, en apenas una semana. El sitio estaba en el barrio de Bon Pastor, muy al norte de la ciudad, pero dentro del margen municipal, es decir, que podía trasladarse hasta su trabajo en metro sin salir de la zona A. Compartiría piso con un inmigrante rumano, dueño de la vivienda. Federico no tenía problema con eso, pero prefería no comentar el dato con sus padres. De todas formas, ellos no sabían nada de los planes de su hijo, hacía tiempo que no hablaban.

    Después de pasar horas leyendo sin poder pensar en la lectura, Federico encendió el teléfono. Sentía el cuerpo aletargado, aunque la resaca había remitido hacía ya tiempo. Solo tenía hambre pero lo solucionaría fumando otro cigarrillo. Dejó el terminal sobre una mesa barata de cristal que se usara para poner el teléfono fijo y que hacía las veces de mesita de noche y se encaminó a la zona conquistada como fumadero, ya mencionada. El sol caía anaranjado y desde la puerta cerrada del salón solo se oía el rumor de la televisión y se intuía el leve movimiento de unas sombras dentro, quienes podían ser sus padres, hermanos, o quizá fantasmas que se habían apropiado del hogar. En cualquier caso, Federico no quería comprobarlo. Lanzó su cigarrillo al aire, que impactó contra un cable tendido de edificio a edificio donde colgaban las feas banderas de la localidad.

    Al volver a su cuarto, el teléfono ya se había encendido del todo. Antes de abrir la bandeja de mensajes, decidió entrar en las noticias. Lo que vio en las redes sociales lo dejó helado.

    Una furgoneta blanca había atravesado la Rambla de Barcelona por encima de la acera hasta la mitad de esta, llevándose en su camino la vida de los transeúntes que en ese momento paseaban ajenos por una de las calles más famosas del mundo. Todo indicaba a la autoría de un atentado terrorista yihadista pero las autoridades no lo habían confirmado aún. Se buscaba a los conductores árabes del vehículo homicida, quienes salieron corriendo después de que la furgoneta quedara varada sobre el icónico mural de J. Miró. Al profundizar más en la noticia, Federico pudo ver a los vídeos espontáneos que habían grabado los paseantes y que mostraban toda clase de mutilaciones, heridas, charcos de sangre y expresiones de dolor y desesperación, de trauma tan horrible que cualquier descripción que se aplicara sobre la realidad resultaría vaga e imprecisa. Sus ojos recorrían aquellas imágenes con indignación creciente y miedo, pero permanecía callado. Otro horrible atentado terrorista en un mundo que se las prometía más feliz que nunca. Pensó en ir al salón con sus padres y comentar la noticia, pero lo pensó dos veces. Seguramente ya lo sabrían. De todas formas, aquel horror no era óbice para cambiar la novela o el cotilleo que en ese momento hubiera programado en la parrilla televisiva.

    Federico comprobó luego los mensajes de sus amigos en la aplicación correspondiente. En los grupos compartidos se comentaba la noticia del día y se pasaban vídeos que rozaban lo morboso en algunos casos: la atracción de la sangre y la muerte lo suficientemente lejos como para que no salpicara, lo suficientemente cerca como para ver todos los detalles. Pero entre las conversaciones, había un nombre que le dio la vuelta a su corazón. En una de las casillas en que se distribuían los contactos, había un mensaje nuevo de alguien muy conocido por él. El texto era de hacía pocos minutos y empezaba con un: Hola, Fede, ¿cómo estás? ¿has visto l… En definitiva, nada extraño excepto por quien escribía ese mensaje: la persona por quien una semana antes lo habría dejado todo.

    Más sorprendido aún que por las sangrientas noticias que poblaban las redes sociales, se quedó estupefacto, sin saber muy bien cómo reaccionar. Por fin le había escrito, después de ese tiempo, y lo hacía ahora, en el momento más inesperado. Quizá explicando la anécdota de su fracaso con ella había atraído de forma esotérica su interés y eso había provocado que le escribiera al día siguiente. Sin saber muy bien qué hacer, siguió comprobando los mensajes en su bandeja de entrada. Le llamó la atención el mensaje de un número que no estaba guardado entre sus contactos, la foto de perfil mostraba el mar y una silueta diminuta en medio, como una coma. Al abrir el contenido su corazón saltó.

    Era Martina. Hola, Ico. Alejandro me ha dado tu número. Espero que no te importe…

    Por primera vez en todo ese día, Federico sonrió ampliamente. Ante él se revelaban dos vías muy concretas, con una claridad poco acostumbrada en los caminos neblinosos de la vida. Por un lado tenía a su antiguo amor, por quien tanto tiempo había sufrido y había hecho multitud de estupideces para conseguirla, renunciado a sus propios intereses y proyectos. Había deseado aquel mensaje con devoción religiosa, pero como suele pasar con las respuestas de la divinidad, aquel interés repentino por quien fuera el amor de su vida llegaba demasiado tarde, después de demasiado dolor, como para poder aceptarlo. Por otro lado, estaba el mensaje de Martina, quien ofrecía un mundo nuevo de posibilidades. Y en ese trance que habría de durar unos pocos segundos, Federico casi pudo ver el recorrido de ambas historias, incompatibles entre sí, como el que divisa el paisaje a lo lejos al pie del cruce de caminos donde se suele poner el diablo a tocar la guitarra, según la mitología del blues. Se le ofrecía la oportunidad de volver a hablar con su ex y volver a reiniciar el contacto, que él había intentado antes de forma desesperada. Seguramente el chico con el que andaba la había decepcionado de alguna manera y ahora se habría una oportunidad para entablar de nuevo conversación con alguien que siempre estaba allí para secarle las lágrimas y recordarle lo guapa e importante que era. Por debajo del dulce sabor que aquella oportunidad ofrecía se intuía el regusto a rancio de una historia que vuelve a repetirse, como si girara eternamente en un torbellino sin sentido, del que no pudiera salir nunca. Sentía como si el diablo le ofreciera otra oportunidad, que podía acabar de la misma manera que la anterior, en fracaso, o no, y esa era el juego infernal. Por otra parte, estaba Martina ofreciéndole una nueva amistad femenina en una ciudad que muy pronto sería la suya. Por un momento, el camino de ella pareció el más luminoso.

    Abrió la conversación que no había terminado de leer: ¿has visto las noticias? Me dijiste que ibas a vivir en Barcelona. (espacio) ¿Estás bien? Ahí terminaba su mensaje anzuelo.

    Federico sabía en el fondo de su corazón, es decir, sin tener ninguna prueba racional, que aquel mensaje se produciría tarde o temprano, que ella habría de retomar el contacto con él por su propia iniciativa y que aquello constituiría una nueva oportunidad de encuentro. Pero lo que había pasado entre ellos resultaba tan doloroso y decepcionante, que ya entonces había decidido cerrar esa posibilidad mientras lloraba por su cruel indiferencia.

    No quiso contestar. Luego se lo pensó y escribió: Estoy bien. Luego borró la conversación.

    Nunca más volvieron a dirigirse la palabra. Con aquella fría cortesía se había acabado todo para siempre. Era el final de una novela que había durado demasiado, que aún se resistía a morir en el corazón de ambos, donde viviría para siempre. Pero la vida, con su cruel realidad que se mostraba en un atentado luctuoso e injustificado, en el cuerpo de la foto de Martina que se recortaba en el mar Mediterráneo, la vida, en fin, se abría paso.

    Hola, Martina. Qué alegría saber de ti. Claro que no me importa, contestó sonriente.

    Después de recibir el mensaje tanto tiempo esperado y decidir no responder, sintió que se iniciaba un nuevo tiempo, un nuevo camino, una nueva oportunidad; quizá no mejor, pero sí diferente. Al poco de haberle dado a enviar al mensaje de Martina vio que ella se había conectado. Está en línea. Sobre el fondo verde oscuro, en letras blancas: Escribiendo…

    …

    5. Su corazón repicaba

    -Me gustaría que me mandaras una foto tuya sin camiseta. Quiero ver tu cuerpo.

    Era ya noche cerrada y en la casa no se oía ruido. Los padres y los hermanos de Federico dormían profundamente. Había pasado ya tres horas seguidas hablando con Martina y ni siquiera había cenado. La conversación fluía sin trabas, como dos amigos que se conocen de toda la vida y tienen mucha confianza. Aquella pregunta palpitaba en la pantalla y no sabía qué responder. Sin apenas advertirlo, la conversación había ido subiendo de tono.

    -Claro. Espera un momento.

    Encendió la luz y se hizo una foto en calzoncillos a todo lo que daba su brazo. Miró el resultado y se sintió afortunado porque aquel cuerpo suyo atraía el interés sexual de una chica tan bien proporcionada. Quizá aquel constituía el principio del fin, cuando ella se diera cuenta que debajo de esa camiseta no había músculos sino un cuerpo delgado y fofo. Al cabo de unos segundos que a Federico se le hicieron eternos, ella empezó a escribir.

    -No me imaginaba así tu cuerpo.

    -Vaya…

    -Pensaba que tendrías más pelo en el pecho. Tienes los pezones grandes.

    Federico no contestó. A punto estuvo de cerrar la conversación para siempre y darse por vencido para siempre en aquello de la seducción en línea. Había sido un error. Normalmente, las chicas conocían su intimidad en el acto amoroso, no antes. De hecho, a veces los cuerpos se miraban después de hacer el amor varias veces, cuando la costumbre permitía atender a los lunares, las estrías, las verrugas y las rugosidades de la piel. A pesar de la fealdad que las ropas escondían, a Federico los defectos ajenos lo hacían sentirse más humano y seguro de sí mismo, y disfrutar, por tanto, del sexo. Pero la liturgia de la conversación por el móvil imponía otros protocolos que no le gustaban tanto. Ahora ella tenía una foto suya que podría inspeccionar a su antojo cuando quisiera. Los rudimentos amorosos del siglo XXI no le gustaban tanto como los del siglo anterior.

    -Me gustan tus hombros. El hueso de la clavícula. Me gustaría chuparlo. -añadió Martina.

    La opinión sobre la tecnología que hacía un instante Federico tenía cambió por completo. Se incorporó sobre las sábanas y miró la pantalla con un renovado interés. Al paso dijo.

    -Puedes hacerlo cuando quieras.

    Martina salió de la conversación. En la parte superior de la pantalla se divisaba la última hora de conexión: las 01:12 de la madrugada, la hora de ese momento. ¿Habría sido demasiado atrevido decirle aquello? Podría ser que ella se hubiera sentido violentada… Dejó el móvil en un lado de la cama y su mente entendió que el acto del cortejo era muy parecido al de pescar. El pez podía picar el anzuelo pero eso no garantizaba el éxito. Había que saber atraer la presa al barco y, cuanto mayor era el tamaño de la pieza, mayor era el esfuerzo paciente que había que hacer. Se necesitaban altas dosis de sangre fría que Federico, por su carácter colérico, a veces no tenía. ¿Es que tenía que ser tan complicado?

    El teléfono vibró dos veces como un pájaro de piedra. Había recibido una imagen de Martina. Sus dedos temblorosos abrieron la conversación y ampliaron la fotografía.

    Aunque no se le veía la cara, era fácil intuir que aquel cuerpo desnudo era el de ella. Unas manos tapaban sin demasiado cuidado unos pezones oscuros que se intuían pequeños en comparación con el resto del pecho. Por debajo del vientre desnudo, se veía el negro de unas braguitas ajustadas y las piernas largas perdiéndose al final. Se había tomado la foto desde una perspectiva diferente a como lo había hecho él, sin duda no era la primera vez.

    Una erección comenzó a palpitar por debajo de la tela de la poca ropa que cubría el sexo de Federico. Al otro lado de la pantalla Martina escribía una pregunta que iniciaría todo:

    -¿Y tú qué me harías a mí?

    -De todo. -dijo él.

    -Vale. Pero quiero que me lo expliques. Escríbemelo. ¿Qué me harías?

    Federico se quedó pensando. Al parecer ella quería que le describiera los pasos que estableciera su imaginación para gozar de su cuerpo. Nunca antes había jugado a eso de aquella manera, por lo menos, no en serio. Si así lo había hecho antes, no quería acordarse.

    -Primero besaría tu boca. Un beso largo con lengua. Y luego iría bajando por la comisura de tus labios por la barbilla, luego el cuello, luego tu pecho. Mientras, mis manos acarician tus piernas. -Federico envió el mensaje. Continuó- Luego llegaría hasta tus pezones y los chuparía. Primero uno, después el otro. Y vuelta a empezar. No descarto morder un poco.

    -Me encanta. -envió ella y añadió en otra línea- Sigue, me gusta mucho.

    -Mi boca sigue bajando mientras mis manos acarician tu cuello. Por tu barriga voy dejando un reguero de besos con saliva. Meto la lengua dentro de tu ombligo y, como te hace cosquillas, sigo bajando, pero me voy a tus piernas, que recorro desde los pies con la lengua. Primero una, después la otra, hasta la rodilla. Voy subiendo con mi boca por tu pierna izquierda mientras te acaricio la otra con mi mano libre. Poco a poco me acerco por entre tus piernas y voy subiendo cada vez más arriba, más arriba, poco a poco, poco…

    -Dilo. Dilo claramente. Quiero que me lo chupes. Quiero que lo comas.

    -Como me lo pides, así lo hago. Hundo mi cabeza en tu coño mojado y busco con la lengua los rincones de tu sexo. Tuerces la espalda de placer y aprietas mi cabeza con tus manos. Las mías buscan tu espalda para atraerte a mi boca que bebe de tu piel sin parar.

    -Métemela ya.

    -Me incorporo y me acerco poco a poco. Te la meto y está dura y palpitante. Primero despacio pero enseguida muy rápido comenzamos a chocar, cada vez más fuerte, más…

    -Oh síiii.

    -Mis manos acarician tu pelo y te agarro con fuerza. No quiero que nos salgamos.

    -Dios. -escribe Martina- Me he corrido.

    Federico dejó el mensaje que estaba haciendo a medio escribir. Por un momento se sintió desubicado, como si despertara de pronto de un sueño agradable. Luego añadió sonriente.

    -Yo también tengo ganas de correrme.

    -¿Qué te gustaría que te hiciera yo?

    Federico lo pensó un momento. No sabía qué responderle. Eran tantas las posibilidades que no sabía por cual empezar. Abrió la foto de ella y comenzó a masturbarse con prisa.

    Martina escribió algo pero él ya no lo vio. Se había sumergido en su propia imaginación. Seguía gozando del cuerpo de Martina en la misma posición donde lo habían dejado. Ahora ella estaba tranquila y esperaba que él acabara rápido para poder descansar juntos. En menos de un minuto, una fuente de semen blanquísimo salió disparado hacia el cielo.

    Martina estaba escribiendo prácticamente lo mismo que Federico había imaginado mientras miraba la foto de ella. A medio camino en su relato, le pareció oportuno decir:

    -Yo también me he corrido.

    Se produjo una ausencia de palabras en la línea por un minuto. Pareció un tiempo largo por el ritmo que había ido tomando la conversación. Finalmente, ella añadió de pronto:

    -Es como si hubiéramos hecho el amor.

    -Sí. Me gustaría hacerlo un día de verdad.

    -Hoy también ha sido de verdad. Incluso más verdad que otras veces…

    Federico no supo entenderla. ¿Se refería a que lo hacía con más gente? Le pareció que no. Además, ella tenía pareja desde hacía muchos años, aunque anduvo liada con el poeta, quien se enamoró de ella perdidamente, pero la cosa no llegó a cuajar.  A Federico no le extrañaba que Martina fuera capaz de romper tantos corazones y sintió miedo de ella.

    -Tengo que dejarte, Ico. Mañana tengo que levantarme temprano. Me voy con mis padres al pueblo, a una casa que tenemos allí. Necesito playa y aprovechar el verano.

    -Muy bien. -dijo él confundido.

    -¿Cuándo vienes a Barcelona?

    -A finales de este mes.

    -Eso es dentro de nada. Podríamos buscar un día para vernos. ¿Qué te parece?

    -Nada me gustaría más. Claro que sí. Cuando quieras.

    -Iremos hablando. -y luego escribió. -Ojalá estuvieras en la cama ahora conmigo.

    -Ojalá.

    -Buenas noches, Ico. Me ha encantado. Me encantas.

    -Buenas noches, guapa. Que descanses. Hablamos pronto.

    Martina añadió caras con besos y corazones y se desconectó para siempre esa noche. Federico se quedó mirando al techo, preguntándose si la volvería a ver y si aquel sueño que habían vivido juntos al fin se cumpliría y tendría la oportunidad de abrazarla como hiciera en su recién pintada fantasía. En el fondo de su corazón, una respuesta retumbaba.

    Antes de dormirse, miró en el teléfono la conversación que había quedado pendiente con aquella chica que una semana antes había roto su corazón para siempre. Quizá se había arrepentido de su decisión y había aprovechado la coyuntura de los atentados para establecer, otra vez, un canal de comunicación. Sintió tristeza, pero la decisión estaba tomada. Un nuevo futuro se abría ante él y, a pesar de lo incierto, su corazón repicaba.    

    …

    6. Día aciago

    El Carmelo era un barrio obrero que Federico conocía por la novela de Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa. La lectura de aquella obra lo había marcado tanto que, paseando por sus empinadas calles, esperaba ver pasar al Pijoaparte con una moto robada de camino a las chabolas que los charnegos ocupaban en lo alto de los montes verdes. Aunque demasiado alambicada para el paisaje que dibujaba, aquel libro había cincelado su imaginación de forma providencial y le parecía, al recorrer las aceras mal embaldosadas, que había estado allí mucho antes, en los años sesenta, cuando su padre era apenas un niño. Ese es el poder demiúrgico de los libros, capaz de volverle a uno loco.

    Pero el barrio había cambiado mucho desde las novelas hasta entonces. Si bien conservaba la calle cierto sabor a barrio andaluz o murciano, ya la herencia solo se hacía visible en los bares de tapas, que tenían nombres evocadores como Los Caminantes o Bar Manolo. Algunos de ellos conservaban en su cartel nuevo la bandera de Extremadura. Por lo demás, se trataba de un barrio normal de Barcelona. En la calle se hablaba principalmente el castellano neutro salpicado por palabras en catalán como Adéu! o I tant! En los negocios abundaban cada vez más los paquistaníes y supermercados multimarca. Lo único que la gentrificación capitalista no había podido comerse eran las cuestas imposibles que subían hasta el mismo cielo. A veces, un microbús emprendía la tarea de sortear una de aquellas rampas empinadísimas y Federico se preguntaba si no terminaría resbalando y cayendo irremediablemente hacia atrás, empotrándose contra el muro del edificio enclenque al principio de la cuesta, y las gentes morirían aplastadas en los fierros. Pero el pequeño autobús llegaba a lo alto de la loma asfaltada y él respiraba con alivio.

    Aún quedaba un rato hasta que llegara Roberto y podía pasear tranquilo por las calles del barrio, conociendo la que pronto sería su realidad cotidiana, sin que él lo supiera entonces.

    En el cruce entre la calle Fasternah y Santa Rosalía, Federico estaba desesperado. No conseguía encontrar una plaza tranquila donde sentarse a echar un cigarro: todo eran subidas y bajadas que conducían a ninguna parte. Sintiéndose cansado, se paró delante de lo que parecía un negocio de ferretería abandonado y, de pie junto a la puerta del garaje, se puso a repasar los acontecimientos que se habían sucedido durante aquel día aciago.

    …

    7. Su ángel

    La vida en el Bon Pastor era agradable y tranquila. Además, tenía buena conexión con su centro de trabajo, en la calle Fabra i Puig, pero el hecho de compartir el techo con un histérico lo ponía muy nervioso. La convivencia con el gay había llegado a límites insostenibles y el ambiente del salón a las nueve era como el de una estación de buses por la noche.

    Ioan, que él pronunciaba a la catalana Joan, tenía 36 años. Llevaba el pelo rapado como suelen hacer los calvos, pero no lo estaba, porque se le veía el manto grisáceo del cuero cabelludo como una finísima capa de madreselva. No era muy alto, apenas un metro con sesenta y cinco. Estaba delgado y acudía regularmente al gimnasio cuando salía de trabajar en unas oficinas donde, según él, desempeñaba labores informáticas. Joan se había comprado el piso en Bon Pastor recientemente y alquilaba una de las dos habitaciones para aliviar el precio de la hipoteca. Federico se preguntaba qué necesidad tendría un informático de compartir un piso de menos de 70 metros cuadrados con alguien, pero nunca llegó a plantearle la cuestión. El día que se mostraron más confianza fue el primero, cuando se conocieron. A medida que fue transcurriendo el tiempo, el recelo y la incomodidad entre ambos había ido en aumento. A Federico le inquietaba el hecho de que Joan fuera homosexual y que en más de dos meses de convivencia no le hubiera conocido ni un solo amigo. Llevaba una vida solitaria, cargando con la bolsa del gimnasio.

    Pronto, el buen rollo entre ambos se vio dañado, durante la primera semana de convivencia. A Joan le molestaban las idas y venidas con Martina. La primera tarde que Federico y ella habían quedado en Bon Pastor y decidieron ir a su piso, el tipo encontró la casa con un fuerte olor a sexo y a tabaco que no le gustó. La puerta de la casa se había abierto con sigilo para cerrarse con un portazo. Martina, desnuda, se sobresaltó un poco.

    -Es mi compañero de piso.

    -¿El gay?

    -Sí. Luego te lo presento. -y siguieron hablando de sus canciones favoritas.

    Cuando se vistieron y decidieron salir del cuarto, Federico vio que Joan se había metido en su habitación y que no tenía intenciones de salir de él. Como ambos habían fumado en la habitación, Federico intentó ventilar todo lo posible el cuarto abriendo de par en par la ventana de la habitación, pero aún así el hedor reptaba hasta el sensible olfato de Joan.

    -Será mejor que nos vayamos. -dijo Federico. Martina y él salieron, cerrando despacito.

    Al volver a casa de su paseo, con una sonrisa amplia y con la satisfacción del sexo bien hecho, ya a solas, encontró a Joan sentado en el sofá del salón con sus cortas piernas cruzadas, que mostraban sus muslos blancos completamente desnudos hasta casi llegar la glúteo donde los tapaban un fino pantalón de deporte. Lucía una camiseta estrecha de tirantes del mismo estilo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y su cara revelaba impaciencia. Federico supo que se avecinaba tormenta y dejó de sonreír. Puso las llaves en el bolsillo del pantalón y las mantuvo agarradas allí dentro, con una mano sudorosa.

    -Hola, Ioan. -saludó, conciliador.

    -Hola. ¿Cómo ha ido el paseo con tu amiga?

    -Muy bien. Quería presentártela, se llama Martina.

    -¿Es tu novia?

    -Bueno, de momento es una buena amiga. Seguramente vendrá por aquí alguna vez…

    A Joan se le cambió la cara de repente, como en un cuento de vampiros transilvanos.

    -Verás, no quiero esa clase de chicas en mi casa.

    -¿Cómo? -Federico no sabía qué pensar. Joan se comportaba como una madre ultracatólica en vez de como el gay liberal que, según la cultura popular, debería ser.

    -Que en mi casa quiero estar tranquilo. Ahora con una, ahora con la otra… No es plan…

    -Supongo que eso es asunto mío, Joan. -Federico empezó a enfadarse- Tú a lo tuyo y yo…

    -Además la casa huele a tabaco. -dijo tabbacco, doblando levemente las oclusivas, revelando un acento extranjero que en general se esforzaba por disimular- Toda la casa.

    -Te prometo que solo hemos fumado en la habitación, como quedamos.

    -Ya, pero el olor sale fuera. Te pido que no vuelvas a fumar en la habitación.

    -Pero no era así como habíamos quedado el primer día.

    -Ya, pero esta es mi casa. –(Y si no te gusta ahí tienes la puerta). No lo dijo, no hizo falta.

    Después de un breve silencio más tenso que el sonido de una bomba antes de estallar.

    -Pero no puedo salir al balcón por mi cuarto, tengo que pasar por tu habitación para poder fumar en el balcón… -contestó Federico en un tono conciliador, no quería que el día se estropeara teniendo que dormir en la calle o luchando con el rumano por sus derechos.

    -Pues no fumes. -dijo Joan, inflexible. -¿Tanto lo necesitas? –(¿Drogadicto de mierda?)

    Federico no dijo nada. Su cabeza valoraba las opciones que tenía: a) hacer las maletas y salir a la calle buscando otro lugar donde vivir sin apenas dinero. b) enfrentarse al rumano cuerpo a cuerpo y ver si podía someterlo físicamente sin que pasara nada luego. c) resignarse y aceptar las normas de una casa que, a pesar del alquiler, no era suya. Optó por la última. El rumano sonrió triunfante, como si no estuviera acostumbrado a ganar.

    -Vale, Joan. Lo intentaré. Entiendo que te moleste el humo.

    -Me alegro de que nos entendamos. -dijo descruzando las piernas. -Voy a hacerme algo de cenar. ¿Te apetece que cenemos juntos?

    -Yo ya he comido algo por ahí. No te preocupes. Me voy a mi cuarto un rato. -cerró la puerta tras de sí como el adolescente sin emancipar que hacía poco había dejado de ser.

    Tumbado sobre los pecios de su tarde de sexo, Federico recordaba mezcladas las escenas del sexo dulce con Martina y la frialdad del gay sentado con su obsceno pantalón sobre el sofá de falsa piel. Además de todos los retos que la ciudad planteaba, se sumaba el hecho de vivir con un compañero histérico, que hacía irrespirable el ambiente del hogar.

    Cuando empezó a trabajar, y con el transcurrir de los días y las semanas, la convivencia no mejoraba. Martina siguió viniendo a casa de Federico con regularidad y el paisaje del barrio se les hacía cada vez más grato y comprensible. Cuando ella quiso fumar, él le propuso que lo hicieran en el balcón, mirando las pocas estrellas que el cielo dejaba ver.

    -Además, a Joan le molesta que fume dentro de la habitación.

    -¿En serio? Pero si es tu habitación…

    -Ya, pero es su casa.

    -Sí, pero pagas el alquiler.

    -Ya, pero no tengo contrato. Que le den. Vamos, a ver si vemos una estrella fugaz.

    Para pasar hacia el balcón, había que atravesar la habitación de Joan. Era un cuarto amplio, junto al de Federico, el doble de grande, con una cama de matrimonio y un armario empotrado. Todo estaba castamente recogido y, sobre una repisa, descansaban los retratos de un dios ortodoxo, reproducción de unos frescos que deberían de ser bizantinos. Martina no pudo evitar fijarse en aquellos retratos de dios que miraban la cama de Joan y volverse hacia Federico que la seguía con las manos en su breve cintura.

    -¡Pero si es católico! ¡Un gay católico!

    -Supongo que hay de todo en la Viña del Señor.

    Fumaron su cigarrito escuchando canciones rap y hablando de temas banales con la voz cálida de quien ha hecho el amor y se siente en paz y armonía de cintura para abajo. Al cabo de un rato oyeron la puerta de la entrada y ambos salieron del balcón por donde habían venido. Encontraron a Joan en el salón, justo saliendo de su habitación. Este saludó con la cabeza sin decir mucho y se encaminó hacia la cocina. Federico y Martina entraron en la habitación y se tumbaron de nuevo en la cama. Ella se colocó sobre él y le dijo.

    -Vamos a hacerlo otra vez. Quiero que nos oiga.

    -Vas a conseguir que me eche. Estas últimas semanas no han sido muy buenas…

    -Que le den porculo. -y se rio ella sola -Eso es lo que quiere.

    -¿Y tú qué quieres? -añadió Federico sintiendo que su erección se apretaba contra la fina tela de nylon de la ropa interior de Martina. Sus dedos acariciaban el final de su espalda.

    -A lo mejor quiero lo mismo…

    Fue imposible evitar que el cabecero de la cama golpeara el fino tabique de la habitación de vez en cuando. También era imposible acallar los gemidos ahogados de Martina, cada vez más hondos y más seguidos, mientras sus cuerpos percutían la carne. Federico sabía que Joan los estaría oyendo y que en cualquier momento podría llamar o abrir directamente la puerta y encontrarlos retozando de la forma más salvaje que se les ocurría.

    A pesar del riesgo, no disminuían las ganas de seguir haciéndolo, sino que las acrecentaba.

    No lo encontraron al terminar. Probablemente había vuelto a marcharse. Esta vez habían conseguido que se sintiera incómodo y no al revés. Lo vivieron como una pequeña victoria y Martina se marchó triunfante a casa de sus padres. Una vez en el coche, abrió la ventanilla y miró a Federico sonriendo con los ojos brillantes a la luz de las farolas.

    -Si tienes problemas con él, llámame. Podrías quedarte a dormir en mi casa. Mis padres no dirán nada… -Suspiró pensativa. -Deberías cambiarte de piso, ese tipo es siniestro.

    -Lo sé. -dijo Federico mirando al suelo- Pero no tengo adónde ir.

    -¿Por qué no hablas con Roberto? Su familia es de Barcelona de toda la vida y seguro que conoce a alguien que puede echarte un cable. -al mencionar a Roberto, Federico no pudo evitar sentir un pinchazo en la base del corazón. ¿Tenía que pedirle ayuda al tipo que se había estado acostando con Martina tiempo atrás? Eso, en su provincia, era un deshonor. Pero en la gran ciudad la vida era dura y no había más remedio que aceptar ciertas cosas si se quería sobrevivir una noche más. Además, ¿quién era él para sentirse celoso? Al fin y al cabo, Martina tenía pareja mucho antes de tener un lío con Roberto y con él mismo.

    -No sé, Martina. -respondió con cansancio. Como si ella supiera lo que le pasaba por la cabeza, cambió de tema y le propuso que pasaran el próximo fin de semana en su casa, dado que sus padres tenían planeado marcharse a la casa de la costa y se quedaba sola. La perspectiva de un fin de semana alejado de Joan y de Bon Pastor lo alegró sobremanera.

    Se besaron una última vez y él vio marcharse el todoterreno gris por el callejón hacia el bullicio de la calle principal. Aquella noche no encontró a Joan en casa cuando volvió y decidió acostarse sin cenar. Antes de entrar en la habitación tuvo que pasar por el servicio a orinar y allí, entre los botes de productos de belleza que su compañero utilizaba, vio un tarro blanco de la marca Deliplus. Al leerlo detenidamente, su imaginación se disparó:

    Vaselina hidratante, podía leerse en letras verdes sobre un fondo blanco. Maldita sea.

    Por un momento, pensó en abrir el bote y ver cuánto de ese producto había sido utilizado para ir comprobando periódicamente los usos que hacía de ella. Joan parecía un hombre solitario y eso le daba mucha lástima. Una vez, en los pocos ratos de confidencias que habían compartido, le había contado que para un homosexual extranjero era muy difícil tener una relación sincera con alguien, porque al fin, muchos hombres eran unos aprovechados y, entre hombres, esta problemática aumentaba exponencialmente. Federico le había contestado que siguiera buscando y que pronto habría suerte. También le contó que lo estaba pasando mal en el trabajo, que el sueldo era poco, que era duro.

    A pesar de estas conversaciones a la luz de un par de cervezas en la mesa de la cocina, nunca floreció la amistad entre ambos. Federico salió del lavabo y se metió en su habitación al tiempo que oía abrirse la puerta de la entrada. Pensó en salir a saludar a su compañero, preguntarle cómo le había ido en el gimnasio, pero decidió dejarlo estar porque seguramente la conversación derivaría en una oleada de reproches por algo que Federico habría hecho mal o que no era del gusto de Joan, el dueño y señor de la hipoteca.

    Se tumbó sobre la cama mirando el techo. Al cabo de un tiempo indeterminado, notó que su teléfono vibraba sobre la mesita de noche. ¿Haces algo mañana por la tarde?, escribía Roberto sin más preámbulos. Seguramente, ya había movido sus hilos Martina, su ángel.     

    …oooOOOooo…

    Nota del autor: El próximo domingo continuará esta historia con su segunda parte. Hasta entonces te animo a seguir explorando este sitio en busca de otros relatos y novelas ya disponibles. Te felicito por haber llegado hasta aquí. Si lo has hecho, agradezco mucho cuando comentas y amplías el texto.

    Un abrazo,

    El Escribidor

  • Liminar Londres (Parte 3)

    Liminar Londres (Parte 3)

    15. De espaldas

    La mañana era clara y luminosa. Pocos coches pasaban por Streifen Road en aquella hora. Aunque el sol no calentaba demasiado, su luz era deslumbrante y casi no dejaba ver las formas del entorno: la carretera asfaltada que subía hacia el puente que cruzaba el Canal Real, la parada de autobuses de quienes se dirigían a Dublín, unos cuantos parterres llenos de flores de colores que centelleaban al sol desganado de Irlanda. El humo del cigarrillo subía pesadamente en aquella mañana húmeda y silenciosa. Se sentía como en un sueño, más dormido que cuando soñaba la noche anterior, pero sabía que estaba despierto y que Cayetana llegaría de un momento a otro. Se sentía cansado.

    Habían pasado muchas cosas en pocos días. Eran jornadas que sabría que recordaría siempre, fuera cual fuera su final, y si bien al principio había significado un aliciente, ahora resultaba cansado al aproximarse al final de la historia, como el atleta que ve al final de una larga calle la meta tanto tiempo ansiada y se pregunta con extenuación si va a ser capaz de llegar. En momentos así la mente entra en una especie de trance suicida que no permite pensar, ni tampoco parar. Allí estaba de pie Gerardo con el cigarrillo en la mano maldiciendo al par de cuervos que saltaban junto a él sobre el muro que daba a los parterres de flores. Tomó un guijarro del suelo y lo arrojó contra aquellas bestias.

    -Tú siempre tan amable con la naturaleza.

    -Estos bichos no son naturaleza, Caye. No sé cómo puedes vivir en este pueblo de Halloween, lleno de cuervos y de color negro. Con lo bonita que era nuestra ciudad…

    -Tú lo has dicho, era… -Cayetana lo miró largamente- Parece que alguien no ha pasado una buena noche hoy, ¿no?

    -Bueno, digamos que el alojamiento no es de lo mejor. Pero me vale la pena. -sonrió.

    Se dieron dos besos amistosos. El olor húmedo de la mañana de la tierra mojada y de las flores se mezcló con el aroma del pelo de Cayetana. Se miraron divertidos un instante.

    -¿Dónde me vas a llevar, bella dama? -dijo él adoptado una sobreactuada pose de tipo duro con el cigarrillo entre los labios. -Ardo en deseos de conocer mi destino final.

    -Está justo ahí, detrás de estas flores violetas. ¿Has visto qué bonitas? Sígueme.

    -Encantado. -Gerardo estiró la mano pero tomar la de ella en un gesto acostumbrado, pero no encontró nada, solo el vacío. Cayetana se había adentrado por un camino de tierra cuesta abajo que cruzaba una zona ajardinada llena de flores. No decían nada.

    -Me alegro tanto de volver a verte. -dijo Gerard para romper el silencio. -He soñado muchas veces contigo.

    Cayetana no dijo nada. Simplemente forzó una sonrisa cortés y miró hacia otra parte.

    -Es allí. Aquella es la cafetería.

    El Soho Café Latte de Maynooth era en realidad la cafetería del Soho Hotel. No tenía nada que ver con el alojamiento que había escogido Gerardo para sí. Mientras que él estaba en el agujero más barato de aquel pueblo, el Soho era un hotel moderno, de última generación, con habitaciones cómodas y amplias. Estaba situado cerca de la carretera que llevaba a Dublín y probablemente se dedicara a atender las necesidades de los hombres y mujeres de negocios que pasaban por aquel pueblo fantasma. El sitio disponía de una cafetería especializada en desayunos y brunches, es decir, en almuerzos.

    Se entraba al sitio a través de unas puertas mecánicas de cristal que a Gerardo le parecieron el colmo de la elegancia. En su submundo de bares de mala muerte y hoteles de baja estofa escaseaban aquellas comodidades. Al entrar le invadió un olor dulce y agradable, como a la vainilla que se usa en las tiendas de ropa, en vez del acostumbrado olor a frito y a cerveza de las cafeterías que frecuentaba él. Un juvenecido camarero de cuarenta años los recibió en la entrada con mucha elegancia y la espalda muy estirada.

    -I have booked yesterday. -dijo ella informándole que tenía reserva.

    -May I have your name, lady? -dijo el tipo estirado mirando a Gerard de arriba-abajo.

    –Cayetana.

    –Yes. It’s just here. Come with me please.

    Gerardo repitió las últimas palabras del maître en su cabeza con un tono agudo y burlón. Odiaba a esos tipos que se creían los amos del sitio donde trabajaban de nueve a cinco. Se comportaban como si aquello fuera suyo y sentían más devoción por su profesión que cualquiera de sus jefes. Un trabajo como aquel podía dar sentido a una vida humana y eso lo entristecía. Parecía que la vida no podía tener sentido para una persona como él.

    Se sentaron en un lugar junto al ventanal que daba a los parterres de flores. Sobre la mesa, de un blanco crudo, había una flor amarilla dentro de un tarro de cristal con agua. Gerardo la olió y se dio cuenta que era de plástico, falsa, como todo aquel lujo pobre. A Cayetana parecía encantarle ese lugar. Aquello le extrañaba, no lo habría dicho nunca. Era una chica más bien sencilla que se adaptaba a todo, pero los años habían pasado para todos y supuso que ella había encontrado otras formas de tomar el café que le habían gustado, modas de la gente guay que ella seguía con gusto. Siempre había conseguido adaptarse a los tiempos, no como él, que era un anacronismo de no se sabe muy bien qué época. Estaban sentados el uno frente al otro mirando a todas partes. Gerardo se distraía viendo a la gente pasar, incapaz de concentrarse. En las mesas cercanas la gente, grupos de tres, cuatro personas como mucho, hablaban en tono quedo. A pesar de que el bar estaba lleno no se oía la algarabía de los países mediterráneos y la conversación de los comensales, o brunchisas, dejaba oír la tema que sonaba de fondo.

    -Me encanta esta canción. -dijo Gerardo al fin.

    -Ya lo sé. -dijo ella sonriendo. -La gente nunca cambia. -y dejó de sonreír.

    -Sí que cambian. Nunca hubiera dicho que te gustaría un sitio como este y míranos, aquí estamos esperando el té con pastas de Miss Sunshine en Pijolandia. La gente sí cambia.

    -Quizá me ha gustado siempre y tú, sencillamente, no lo sabías.

    Se produjo un silencio. Gerardo podría haber entrado en una discusión filosófica sobre los cambios en la vida de la gente, ¿pero estaba allí para eso? ¿para discutir con ella? Más le valía aprovechar la oportunidad que el destino le daba y resolver al fin las cosas.

    -Te he echado mucho de menos, Caye. No sabes cuánto. Parece que no puedo vivir sin ti, después de todo. Lo he intentado. Lo he conseguido a veces. Pero no puedo. Estoy aquí porque necesitaba verte y no me rendiré pase lo que pase. Porque yo te…

    -Yo te quería mucho, Gerard. Lo nuestro es lo mejor que me ha pasado en la vida.

    Al oír aquellas palabras, Gerardo casi sale volando de la silla moviendo las orejas. Lo sabía, ella no lo había olvidado después de todo. Si estaba allí con él era por algo.

    -Lo nuestro -continuó- era como una casa. Sé que no soy perfecta, tú también lo sabes. Nos conocemos bien después de tanto tiempo y, como ya te he dicho, la gente nunca cambia. Sentía que conmigo tenías tu casa, pequeñita, pero tu casa: un porche, un jardín con cuatro flores… Habíamos construido algo bonito, para los dos, para siempre. Pero.

    -Pero la cagué. La cagué completamente, Caye. Por eso estoy aquí. Quiero pedirte…

    -No, no la cagaste. -dijo ella encogiéndose de hombros, contradiciendo con su cuerpo lo que decían sus palabras- No tienes que pedirme perdón, eso ya lo has hecho antes. Es solo que no conseguía entender… no conseguía entender por qué, Gerard, por qué.

    Dio un sorbo a su café con leche. Gerardo no había tocado su café ni su croissant.

    -Hay cosas de mí mismo que yo tampoco entiendo, Caye. No sé si le pasa a todo el mundo. Sólo puedo decirte que no volverá… no volvería a suceder, nunca más.

    -La gente no cambia, Geri. Volvería a suceder porque tú eres así.

    -Soy así y por eso estoy aquí. -dijo levantando la voz. Las mesas de alrededor guardaron un instante de silencio, como si estuvieran más pendientes de la conversación de aquellos dos jóvenes sureuropeos que de sus rutinas habituales de isleños y norteños.

    Cayetana sonrió. Parecía que le hubieran venido a la mente recuerdos de otras veces, como si resucitaran al contacto con Gerard escenas vividas y atesoradas en el corazón por ser felices. Su torpeza social lo divertía, lo había hecho siempre. Cuando se dejaba llevar era cuando más le gustaba, y era cuando estaba más torpe y sincero se mostraba. Efectivamente, estaba allí. Había recorrido quilómetros y seguido las pocas pistas hasta encontrarla. Ella nunca había sido consciente de que fuera capaz de aquello, él tampoco.

    -Sí… Estás aquí, Geri. Eso es indudable. ¿Y sabes qué? En el fondo me alegro de verte.

    La conversación y el desayuno evolucionaban favorablemente para los intereses de Gerardo. A pesar de ser por la mañana, habían recuperado la relación justamente por donde la dejaron. Si bien no se habían tocado, si bien aún no se habían dado el primer beso, las cosas estaban funcionando de la mejor manera. Hablaban como lo habían hecho siempre, con total sinceridad, sin cortapisas ni cortesías. Se mostraban sinceros y se miraban a los ojos con dulzura, con cariño, con amor. La mirada de Gerardo estaba cada vez más embelesada. Al término de los croissants, se sentía embriagado por ella, completamente ajeno al mundo que lo rodeaba, viviendo despierto un sueño del que nunca más querría despertar, habría preferido morirse antes que aquello terminara. Habría preferido que su vida se terminara allí mismo mientras fuera entre sus brazos.

    Su corazón palpitaba con fuerza y seguridad. Daba los pasos acostumbrados en el juego de la seducción. Sus dedos se habían entrelazado en alguna que otra ocasión mientras la conversación avanzaba. Ella se mostraba feliz y risueña, olvidada también del mundo. Gerardo valoraba la posibilidad de sentarse junto a ella en el banco de la mesa. Los cafés se habían terminado y los platos de las pastas estaban vacíos como esperando algo. El plan era sentarse a su lado, pasarle una mano por los hombros, besarla lento. Justo cuando estaba incorporándose, como el que no quiere la cosa, ella se levantó.

    -Me tengo que ir.

    A medio camino entre estar de pie o sentado, inclinado sobre la vajilla vacía que había sobre la mesa, el corazón de Gerardo parecía detenido contra una pared de hueso.

    -Irte… ¿adónde?

    -Tengo que ir a comprar unas cosas. -Gerardo la miraban con perplejidad, sin entender muy bien qué estaba pasando. -Si no tienes nada que hacer, puedes venir conmigo.

    Aquel juego empezaba a cansarlo. Casi tuvo el deseo de tirar la maldita mesa al suelo y salir por la puerta a pisar los dichosos parterres de fuera, descargando la rabia que sentía contenida contra objetos que ninguna culpa tenían de un fracaso vital, que no se atrevía a mirar de frente. En su lugar se contuvo, respiró hondo y sacó la cartera del bolsillo.

    -Hoy pago yo. -dijo con decisión y se alejó de ella, abandonando toda intención de abrazarla. Cayetana se quedó donde estaba, por primera vez, sin saber qué hacer.

    El tipo estirado de la puerta extendió una factura millonaria por dos cafés y dos croissants. Empezaba a estar harto de los precios desorbitados de las islas. Era difícil ser un viajero enamorado con el bolsillo vacío de billetes. En las películas ni en los libros nadie se pregunta cuánto valen las cosas, y si se pueden realizar o no las aventuras, no por falta de ganas, sino por carencia económica. Sus pírricas cuentas estaban cada vez más vacías y no sabía muy bien cómo iba a conseguir sobrevivir en adelante, pero no era momento de pensar en todo aquello. Ahora su historia había entrado en la recta final.

    -Bueno, Geri. Pues…

    -Te acompaño.

    -No hace falta.

    -No tengo otra cosa que hacer. Supongo que te habrás dado cuenta. -dijo él con ironía.

    -Como quieras. -dijo ella desganada.

    Caminaron en silencio un trecho. Evitaban andar por las calles principales pero Gerardo no se daba cuenta. Había asumido el papel de perro faldero y lo llevaba, si no con alegría, sí con resignación. Una honda sensación de fracaso iba inundándolo poco a poco desde la planta de los pies, subiendo poco a poco la entrepierna y el estómago. Tenía que hacer de tripas corazón para hacer como que la escuchaba y fingir dignidad. Hablaban de temas insustanciales de camino al Tesco, casi no podía oírla hasta que dijo.

    -Callaghan es un mal tipo. No es honesto. Me habla a cuentagotas, cuando le interesa.

    -¿Cómo?

    -Callaghan, el tipo que trabaja conmigo. Te he hablado de él.

    -Sí.

    -Pues eso. La última vez que bajé a casa de mis padres a pasar unos días me escribió una parrafada, pero una buena eh. Me decía que me echaba de menos, que tenía ganas de verme. ¿Y sabes qué me dijo el muy cabrito cuando le contesté que yo también? Nada. Absolutamente nada. Me dejó en visto toda la semana, pasando de mí.

    Gerardo sentía cómo las palabras de ella le atravesaban el corazón, pero su expresión no se movió. Simplemente siguió caminando a su lado como un perro perdido, renunciando a su amor propio, incapaz de hacer otra cosa que seguir andando junto a ella camino del supermercado. No se atrevía a preguntar si Callaghan era el tipo con el que había quedado al salir del trabajo el día que llegó, no le hacía falta, sabía perfectamente que sí.

    Mientras caminaba junto a ella, incapaz de hacer nada, la mente subterránea de Gerardo iba encajando las piezas. Ahora entendía por qué el tipo lo había mirado con una expresión divertida, por qué ella hablaba tanto de él, por qué sus compañeras del Picadero’s cotillearon al verlo. Era la definición más perfecta de “capullo” que Gerardo conocía, el ejemplo más palmario de persona anodina, un tío cualquiera que nunca la querría ni la millonésima parte que él en aquel momento. Pero, como le habría pasado a cualquier pardillo, Cayetana lo había colocado en la angustiosa sala de espera de la amistad. A él, con quien había pasado tanto y vivido tantas cosas inolvidables. Lo habían cambiado por el tal Callaghan y no se lo había dicho directamente. Gerardo pensaba en todo eso sin darse cuenta, sintiendo solamente los alfileres en la carne.

    Entraron en el Tesco y ella se hizo con las cosas urgentes que tanto necesitaba: leche, coca-cola, pan de molde, una bombilla. Parecían los enseres improvisados de alguien que no sabe qué comprar. Andaba por los pasillos con prisa, alejándose de él lo más posible, intentando evitar que los relacionaran más de la cuenta los posibles conocidos que ella pudiera tener allí. Ahora el cerebro reptiliano entendía eso también: si ella siempre había evitado los caminos concurridos era por eso: no buscando intimidad o un lugar tranquilo para besarse, ¡para que no los vieran juntos! ¡Qué imbécil y capullo!

    Gerardo andaba perdido por entre los pasillos y la esperó donde las cajas registradoras pacientemente, con la mente en blanco, sintiendo un dolor sordo y constante como una corriente de aire frío. Estaba congelado sobre sus dos piernas, esperando a que ella terminara de pagar su compra, mirando su reflejo por el cristal que daba al parquin.

    Llegó cargada y él le cogió la bolsa, a pesar de que ella insistió en que no hacía falta.

    -Puedo llevarte la bolsa como amigos.

    Cayetana cedió. Tampoco sabía muy bien cómo gestionar la situación y hablaba atropelladamente. Al pasar por delante de unos contenedores de basura, en su huida de las calles transitadas, ella le explicó que en aquel país la recolecta de residuos se hacía de forma muy ordenada y exhaustiva, que todo el mundo tenía que reciclar y pobre del que no pusiera las botellas de cristal en su sitio, que en el sur de Europa deberíamos ponernos las pilas. Gerardo miraba los contenedores de basura sintiéndose un residuo el cual Cayetana no tenía claro en qué contenedor iba. Quiso decírselo pero se quedó callado. Continuó caminando, poniendo cara de mal jugador de póquer con cartas nefastas y todas las fichas de su vida puestas sobre el tapete verde. Iba a perder.

    Entre palabras insustanciales que se utilizaban para llenar el silencio de los pasos, llegaron a su destino y Cayetana se detuvo. Estaban donde habían empezado: en la carretera frente a los parterres de flores, la estación de autobuses, sobre el puente. Se miraron frente a frente, sabiendo la mente profunda que sería la última vez en sus vidas. Hacía tanto daño que al respirar el aire producía una presión insoportable bajo el tabique nasal, como si hubiera recibido el puñetazo de un fantasma. Era como un tren que para.

    Así terminaba todo. Y era tan absurdo, tan antipoético, que resultaba insoportable. Gerard aguantaba las lágrimas en la parte más honda de la garganta, con los ojos secos.

    Durante toda esta historia, se había sentido como el que sube por una escalera de mano, sin mirar al suelo, pensando en que arriba del todo estaría Caye esperándolo para vivir una vida mejor, para darle una nueva oportunidad. Había oído su voz, había seguido sus pasos, se había arrastrado por todas partes y había invertido todo su dinero, y todo su amor. Gerardo por fin había llegado a la cima de su agotadora travesía cuesta arriba pero lo que esperaba no era un mundo nuevo de posibilidades sino la planicie vacía y vertiginosa del trampolín. De pie, en silencio, mirando a Cayetana se sentía al borde de la plataforma, mirando al abismo que se abría frente a él, a unos labios que habrían de recogerlo en su caída si es que conseguía caer en el sitio correcto y hacerlo bien.

    Temblaba de cabeza hasta los pies. Se sentía desnudo y el frío lo recorría. Los dedos de sus pies miraban al abismo, el mismo que había intentado abandonar con todo el esfuerzo de su corazón. Cayetana lo miraba a su vez y sus ojos le decían Adiós. Sabiendo que el tiempo apremiaba, tomó aire y, por fin, se lanzó de cabeza.

    Cayetana se apartó.

    -No, no, no… -dijo. Gerard se incorporó en el aire y volvió a mirarla. Esta vez las lágrimas se sintieron incontenibles, pero las aguantó. -No me mires así, Geri.

    -¿Así cómo? -contestó con la voz rota.

    -Con esa cara de decepción.

    Gerardo se encogió de hombros. Ya le daba lo mismo. El golpe había sido tan fuerte, tan definitivo, que lo había matado al instante y por eso aún no sabía lo que sentía.

    -Bueno, pues me voy.

    -Gerard, es un mal momento. Tengo que trabajar.

    -Vale, vale, vale… -Había iniciado la retirada, poco a poco se fue alejando de ella para que no lo viera caerse en pedazos allí mismo, lo cual era inevitable porque no le quedaban huesos sanos en el alma para mantenerse en pie. Se había girado para siempre.

    -Dime algo luego. -dijo ella por última vez

    -Vale, vale, vale. -dijo él de espaldas.  

    …

    16. Esta vez para siempre

    Los finales, en la vida, no parecen tales. Nuestra relación con las personas que más quisimos, o que simplemente conocemos, se va apagando poco a poco y un día, no nos damos cuenta, y han pasado cinco años sin ver a ese alguien tan fundamental en una parte de nuestra vida. No se produjo una despedida definitiva, no hubo lágrimas junto a la estación, simplemente una última conversación incómoda o insustancial, y luego las ocupaciones diarias hicieron el resto, solapando el tiempo que antes dedicábamos a esa persona. Gerardo iba pensando en cosas similares mientras vagabundeaba en Maynooth.

    La noche había sido dura, pero esta vez no lo habían asaltado las pesadillas. Había dormido un sueño pesado, como un desmayo, después de pasarse la tarde del día anterior llorando junto a la ventana, mientras los cuervos graznaban, o se reían, al otro lado del cristal. “Me ha tratado como una mierda. Sólo soy basura para ella.” Era su pensamiento recurrente, una frase que había repetido en voz alta como una salmodia. Cómo podía ser que después de todo, para ella solo fuera alguien a quien conoció, que no le diera la oportunidad que él creía que se merecía, que lo hubiera engañado para que fuera arrastrándose hasta el fin del mundo para luego negarle un beso, un abrazo, su amistad. Cayetana había dejado claro que no quería, ni siquiera, ser su amiga. No lo había dicho con palabras, pero no fueron necesarios para ellos. A pesar de todo, se conocían a la perfección y, sin decírselo, le había dejado claro que no quería verlo más.

    Cuando uno pasa tantas noches despierto, mirando al techo con la luz encendida, pensando en alguien, casi puede evocar su figura en la habitación, sentir su fragancia y el etéreo roce de un contacto. Alguien enamorado se plantea mil posibilidades para estar cerca de esa persona, traza planes endiablados en la mente para conseguir sus propósitos, valora absolutamente todas las posibilidades y, como son infinitas, su misión no termina nunca y siempre está dispuesto a volver sobre lo mismo de manera obsesiva. El amor es una locura. Puede curar cualquier mal, cualquier dolor, y puede ser lo más lacerante que pueda vivir un ser humano, capaz de llevarlo a terminar con su vida de un arrebato o poco a poco, cuando la persona amada nos dice que no nos quiere, que ella no siente lo mismo, que Gerardo debía detener esa obsesión dolorosa que llamaba amor.

    “Me ha tratado como una mierda. Soy basura.” Repetía obsesivamente en la habitación silenciosa, mientras el cristo colgado en la pared miraba impasible desde su sufrimiento milenario con una herida en el costado donde había tenido, él también, su corazón vivo. Todas las ilusiones se habían venido abajo. “¿Para qué había servido todo?” Se preguntaba y sólo recibía la callada por respuesta de los muros amarillentos de la celda. En una de esas, con la luz encendida, se había quedado dormido, otra vez, sin cenar.

    A la mañana siguiente, su cuerpo, no su conciencia, había decidido levantarse de la cama, ponerse frente al espejo sobre la pica y echarse agua en la cara. Los estragos de ese viaje empezaban a hacerse visibles sobre su rostro. Había envejecido diez años en solo diez días y la piel se sentía flácida sobre la cara, como si fuera una careta sujeta por unas cintas que pronto se fueran a deshacer haciendo que su rostro cayera al agua. Era el momento para comer algo, tenía que cargar energías o moriría de inanición y de pena.

    Con el corazón hecho añicos deambulaba por Maynooth como una sombra desde la mañana temprano. Desayunó un par de rebanadas de pan bimbo que compró en un supermercado e ingirió un café con leche para llevar, frío y asqueroso, pero reparador. En su paseo, evitaba las calles concurridas. No quería encontrarse con Cayetana, o con Callaghan, su rollete -nudo en el estómago-, o con alguien que los conociera, a ella y a él, y pudiera divertirse a su costa. Se sentía débil, sin ganas de hablar con nadie, solamente quería deambular por las calles mojadas bajo el cielo gris que amenazaba lluvia. Los cuervos y los árboles eran los únicos seres que conocían su desgracia.

    Lo que más le dolía era la imposibilidad de ser amigos. Dos personas que se han amado tanto no podrían verse nunca más. Era absurdo, antinatural pero habitual en la naturaleza humana. Asumir la ausencia de alguien así era como superar la muerte de un ser querido. Cómo podía ser que Cayetana estuviera tan entera y él tan destrozado. La respuesta era tan dolorosa que prefería no pensarla. Pero la cabeza tiene sus propios planes y le respondía una voz que Caye lo había superado porque ya no le quería, de hecho, y era lo que más dolía, no le había querido nunca y se había dado cuenta al separarse de él. Lo único que hacía que ella mantuviera una relación cordial con él era que Cayetana sabía que él seguía enamorado de ella, y su orgullo herido por haber sido la abandonada, la había hecho buscar una venganza cruel que se había cumplido: atraerlo con migas de pan de falso amor hasta su lado y darle la patada allí mismo.

    Si algo tenía de bueno aquel rechazo era que significaba un punto final en esa historia, que clarificaba las cosas y que ya nunca más habrían de ser iguales para ambos. El NO era tan flagrante que no había posibilidades de otras interpretaciones. ¿O sí? Se preguntaba una voz tenue dentro de Gerardo, pero no tenía a nadie a quien pedir su opinión, que pudiera ver las cosas desde fuera con claridad y supiera decirle qué hacer y cómo gestionar tanta tristeza que sentía dentro como si fuera a estallar sacando del pecho pedazos de corazón. Se sentía solo como en un mar gris de asfalto, a la deriva.

    Empezó a llover. Primero un tenue calabobos que Gerardo no había notado ni visto, tan sumido como estaba en sus cavilaciones. Pero al cabo de poco la lluvia se hizo tan insistente que era imposible no sentirla. Un viento helado se levantó de entre los edificios apresando el cuerpo de Gerardo como una bolsa de basura, amenazando con llevárselo volando al otro lado del mundo donde no habría de tornar ya nunca más.

    Entró en el primer bar que encontró. Se llamaba The Cuckoo’s Nest según ponía en letras rojas luminosas sobre un fondo blanco que le daban un aire de local de alterne. No era un sitio demasiado grande. Parecía hecho de madera oscura. Las paredes estaban cubiertas de ese material hasta la mitad y el resto del muro estaba pintado de amarillo claro. Las mesas eran color caoba, así como la barra y las estanterías donde se exhibían los whiskies de la vecina Escocia o de la sufrida Irlanda. El suelo se dividía en dos niveles, el inferior, tocando con la barra, era de madera gastada por los pasos de miles de borrachos a lo largo del tiempo. El nivel superior, separado por un leve escalón y un balconcito, también de madera, era de moqueta roja, causante del olor a cerrado, a cerveza derramada, que impregnaba el ambiente. A pesar de todo, el sitio se veía limpio y acogedor, si había mugre, era amable como cuando uno entra en una bodega. Parecía el camarote del capitán Ahab, ya retirado, después de que Moby Dick lo jubilara.

    Se acercó a la barra como movido por un piloto automático. Sus pasos lo llevaban, su mente estaba en otro sitio. Cuando quiso darse cuenta tenía los ojos azules del camarero, casi blancos, clavados sobre los suyos. El tipo tenía la nariz roja y una barba blanca al puro estilo beodo. “Go away from here” conminaban sus ojos glaucos a Gerardo, quien bajó la vista. Frente a sí vio varios surtidores de cerveza y sólo se le ocurrió decir.

    –One Guinness please.

    –A paint? -contestó el camarero. Gerardo no entendió pero dijo.

    –Yes.

    Con cara de pocos amigos, el tipo se giró. En aquel pueblo no gustaba el turismo o no estaban acostumbrados a él. Gerardo pensaba en los miles de turistas irlandeses que visitaban sus costas y cómo eran tratados, como si fueran gente importante, y solo eran tipos que tenían trabajos humildes como aquel: servir copas en un local. Por lo menos podrían aprender a sonreír, maldita sea, mascullaba Gerardo sentado sobre un taburete marrón oscuro junto a la ventana del bar, viendo llover. El sitio estaba tranquilo, sólo un par de mesas estaban ocupadas. Una pareja de borrachos hablaba quedamente de sus asuntos y el camarero de vez en cuando participada de la conversación. Sin pronunciar palabra, el tipo dejó la cerveza de Gerardo sobre la barra y lo llamó desde allí señalándola: ¿Acaso esperaba que se la llevara hasta la mesa? ¿Pero qué se había creído? Parecía decir su expresión. Se levantó de su asiento y agarró su consumición.

    Se trataba de un vaso largo y ancho, de cerveza negra, con una espuma espesa, casi pastosa, en la parte superior. El cristal estaba frío, pero no helado, y la bebida estaba a la misma temperatura. Gerardo se llevó su consumición hasta donde estaba sentado. No le pusieron ni siquiera unos tristes quicos o cacahuetes con que acompañar el trago. En aquel país desconocían por completo el ritual de la tapa, tenían otros que él ignoraba.

    Al dar un sorbo al mejunje, su estómago se contrajo, pero después lo agradeció. El sabor era dulzón y refrescante. Casi podía masticar aquel líquido negro que poco a pocos se iba asentando en su vientre como si fuera un jarabe. Por primera vez desde que estaba allí se sintió reconfortado, a solas con su cerveza y su corazón, viendo llover por la ventana. Poco a poco se fue olvidando de Cayetana, de Maynooth, de Callaghan, de su fracaso, y su alma se fue llenado de un calor agradable que irradiaba desde el estómago hasta las orejas, hasta los pies; haciendo que se amortiguara el envite odioso de las oleadas de su dolor contra las costas de su cuerpo, haciendo que sanaran sus heridas como si se tratara de una bebida mágica que hubiera preparado el mago Merlín o la bruja de Blair. Rio su propia ocurrencia y tomó otro sorbo de cerveza, que por ser tan espesa, le quitaba hasta el hambre solitaria con la que convivía habitualmente.

    Como su mirada ahora irradiaba simpatía, un tipo con el pelo cano, sentado unas mesas más adelante, decidió tomar la iniciativa y acercarse a la mesa donde Gerardo estaba acodado. Cautelosamente, se situó frente a su visión y dijo en inglés con acento guiri:

    -Can I sit with you, gentlemen?

    Gerardo levantó la cabeza sin dejar de sonreír. Tenía la mirada que imaginaba a los locos cuando miraban un punto situado en el infinito, a quilómetros de distancia. Consiguió fijar la vista sobre el tipo enjuto, con el pelo largo y blanco, vestido levemente a lo cowboy, con camisa a cuadros, tejanos, cinturón y botas de cuero.

    –Yes, of course. -se le ocurrió decir- But my English is very bad. -repuso luego.

    –It looks good to me! -dijo y rio suavemente mientras se sentaba.

    Se preguntaron los nombres y el hombre dio a entender que se llamaba Paul, pero que todo el mundo en aquel pueblo lo llamaba por el apellido, Kirkpatrick, por ser su padre, o un antepasado suyo, muy famoso en aquel lugar. Tenía los dientes rotos y la boca apestaba a cerveza, pero a Gerardo su compañía se le hacía agradable por ser otro ser humano y no una sombra. Kirkpatrick le preguntó de qué país venía y él se lo dijo. Afirmó que él había pasado largas temporadas en su país, pero a Gerardo no le sorprendió: eran muchos los irlandeses que recalaban en las costas del Mediterráneo.

    –What are you doing here, young men?

    Lo de young men le gustó. Hizo que sintiera un cariño paternal hacia el hombre, como si este pudiera protegerlo en aquel lugar o al menos ofrecerle alguna respuesta sobre su destino. Gerardo apuró la cerveza que estaba tomando y dio un golpe en la mesa negra.

    -I come here for love. Can you believe it?

    -Yes, I do. But you don’t look so good. So I guess that the things went bad in the end.

    Gerardo solo pudo entender: bad in the end y supuso todo lo demás. Asintió diciéndole que sí, que las cosas habían ido mal y que por eso estaba allí con Kirkpatrick compartiendo una cerveza amarga. El dolor, antes paralizado, se movió como una alimaña dentro de sí, y Gerardo acusó el golpe con una expresión de pocos amigos. Paul supo solucionar el mal trago y, levantando la vista, le gritó al camarero: Stan, two more!

    Cuando Stan, esta vez, trajo las cervezas, Kirkpatrick y Gerardo entrechocaron las copas. Fue el irlandés quien llevó el peso de la conversación. Explicó anécdotas sobre su vida que a veces Gerardo entendía y otras veces no. A él no le importaba que el joven entendiera poco, simplemente había puesto la radio de su alma y apreciaba que alguien extraño lo escuchara a medias, aunque no hiciera el más mínimo esfuerzo por entenderle. Al cabo de un rato, cuando las cervezas andaban por la mitad y el calor del alcohol se hacía cada vez más agradable e intenso, Kirkpatrick preguntó de pronto.

    –Who is your girl?

    -Works in the Abrevadero’s bar. You know the place?

    -Oh, yes! And I think I know your girl too.

    -Really? -Gerardo nunca hubiera revelado a nadie el motivo de su visita, ni tampoco el nombre de Cayetana a un desconocido borracho, pero la Guinness le estaba soltando la lengua y se sentía bien hablar con alguien sobre su caso, dar forma a su dolor interno.

    -Brunette?

    –I’m not gonna tell you, Kirk. I prefer not to tell anybody.

    -Sure.

    Ambos bebieron en silencio. A fuera había dejado de llover. Al cabo de un rato dijo.

    -Want to smoke a cigarette?

    -Sure. -dijo Gerardo. Y salieron los dos a la calle con la mitad del vaso vacío pero con un cigarrillo por encender en los labios y el corazón dormido por la cerveza oscura.

    Kirkpatrick se puso melancólico. Habló en inglés todo el rato, aunque de vez en cuando metía alguna palabra en español. Esta vez quiso que Gerardo (Yeragdou) lo entendiera lo más posible, así que habló despacio. Dijo que tenía una hija en algún lugar de la geografía iralndesa, a la que hacía muchos años que no veía, a la que quizá no volvería a ver nunca más. Parece que no había sido el mejor padre, cosa que no extrañaba a nadie a juzgar por sus hábitos extraños, como el de entablar, de forma habitual, conversaciones demasiado personales con desconocidos al calor de cualquier bar de borrachos. Había trabajado de todo, ahora estaba jubilado, pero conservaba su pasión intacta: la pintura. Tenía un pequeño taller en su casa, se lamentaba de no poder mostrarle su talento.

    Gerardo empezaba a cansarse de la conversación a medida que la cerveza se terminaba. Las ganas de golpear a Kirkpatrick en la cara iban en aumento y quizá Kirkpatrick sentía lo mismo. Aunque viejo, en aquel lugar estaba en minoría, y ahora solo faltaba protagonizar un altercado con un viejo borracho en un lugar pequeño para que Cayetana se convenciera aún más de que había hecho bien dándole una patada en el tafanario. Apurando el cigarrillo, Gerardo se levantó de la silla, dando la conversación por terminada e iniciando la marcha para ir a pagar. Kirkpatrick no se callaba, lo agarró.

    -My friend. LIFE can be HARD. You may lose. You CAN lose. No problem if you LOSE… BUT… you have to KEEP MOVING. -dijo con una mirada estrábica- If not, HE -y señaló al cielo con un dedo encorvado- HE will be mad with you. He is WATCHING!

    Gerardo se zafó del agarre del borracho y fue a pagar. Tenía ganas de reventarle la cabeza a aquel falso predicador contra el suelo de asfalto. Además, como había dejado de llover y ya era la hora del almuerzo, los transeúntes iban llenando las calles poco a poco, y todos veían el espectáculo que formaba aquella extraña pareja. Después de salir del baño, donde vació las dos cervezas que había tomado, se dirigió con paso tambaleante -no se había dado cuenta de lo bebido que estaba- hasta la barra del bar. Stan hizo un gesto de negación con la cabeza cuando lo vio sacar la cartera para pagar.

    -He has done it. -dijo señalando hacia Kirkpatrick.

    -Really? Well. Thank you. -dijo Gerardo sorprendido. Se giró sobre sus pasos y salió por la puerta por donde había entrado para despedirse de su viejo amigo que había tenido la deferencia de invitarlo. En la mesa exterior que habían compartido solo quedaban los cigarrillos apagados y los dos vasos de cerveza vacíos. Kirkpatrick había desaparecido. Gerardo miró en todas direcciones pero no consiguió ver por dónde se había marchado. Imaginó que quizá se acercaría al Abrevadero’s a tomarse la última y rio solo en la calle.

    Otro amigo, uno de apenas una hora, que desaparecía sin avisar, esta vez para siempre.

    …

    17. Había perdido

    Sus pasos sonaban duros sobre el pavimento. El concreto se sentía frío y húmedo debajo de la suela de los zapatos. Caminaba con cierta sensación de ingravidez, la que da el alcohol cuando se ha bebido algo, pero no lo suficiente como para emborracharse. A pesar de todo lo malo que había pasado durante aquellos días, a pesar de la profunda sensación de fracaso que de vez en cuando lo atormentaba como una piedra araña el fondo del cántaro que era su alma, a pesar de todo eso, se sentía optimista en la mañana gris irlandesa, a aquella hora del mediodía que los gaélicos usaban para comer y los mediterráneos para almorzar. El reloj de la torre tocó con un timbre distinto al acostumbrado que eran las doce y media y la gente comenzó a salir de las oficinas y pequeños negocios de una planta en busca de un sitio para comprar un sándwich.

    Él no tenía hambre. Las dos pintas de cerveza Guinness que había consumido junto a Kirkpatrick le habían borrado el apetito al llenarle el enjuto estómago de gas y lúpulo. Sólo había una cosa que lo preocupaba: encontrarse con Cayetana y que lo viera paseando en ese estado alterado de la conciencia que es ir un poco tocado. Temía la escena de toparse con ella, y con su pareja, y tener que saludarse por no poder cruzar la calle y no saber qué hacer ni qué decir; y por lo tanto hacer el ridículo. El restaurante donde ella trabajaba quedaba al otro lado de la calle a la que él había llegado. Estaba en un cruce que cortaba la avenida por en medio. Decidió ir al lado contrario de donde había encontrado a Cayetana la primera vez, es decir, bajando la calle por el lado más sombrío de esta, por donde hubiera vías de escape por las que irse si se daba el caso de encontrarse con ella a lo lejos. Se sentía una rata cobarde pero decidió no pensarlo más.

    A medida que caminaba conseguía ver las cosas con más calma. A pesar de todo, ¿qué impedía que fueran amigos? ¿no había venido hasta Irlanda también para eso? Con esta idea en la cabeza, su trance en tierras irlandesas, el fracaso amoroso que había protagonizado, el hecho de que él le lanzara un beso desesperado y ella se apartara, si podían ser amigos después de todo el viaje no habría sido en vano. Habían sido pareja durante muchos años, que el recuerdo se había encargado de dibujar como los mejores de su vida, olvidando los motivos que en su día los separaron. Pero una pareja se basa -además de en la intimidad de los cuerpos y de los besos apasionados- también en la amistad, en la relación desinteresada de dos individuos por estar juntos, sin más pretensión que la de pasar el rato, es decir, gastar lo más valioso que se tiene: el tiempo.

    Cayetana y Gerardo tenían mucho en común y otros tantos aspectos que los diferenciaban pero que en el otro resultaban interesantes. Podrían compartir un café durante horas, pasear por el parque sin más conversación que el silencio y su compañía, compartir una mirada cómplice a la vista de algo gracioso o interesante. Su relación se había basado en esos momentos también, el recuerdo estaba lleno de esos instantes y, al fin y al cabo, era lo que más extrañaba de ella. Las noches, las tardes, las mañanas de pasión, también las echaba de menos, pero había conseguido sustituirlas en otros cuerpos con mejor o peor suerte. Lo que no había conseguido encontrar era una amiga como Cayetana, alguien en quien confiar, a quien poder dar la espalda y sentirse seguro.

    Cuando levantó la vista del suelo, se encontró frente al Castillo de Maynooth. La construcción era de un gris granítico, hecha con piedras talladas de ese material. Si alguien recordara la imagen de un castillo, le vendría una idea similar al Maynooth Castle a la mente, solo que más gris y pequeño, bastante coqueto, adaptado a las necesidades militares de una población pequeña del medievo. Estaba cerca de la urbe de Dublín. Esa construcción estaba más dedicada al control de los propios habitantes que a la defensa de conquistadores externos, supuso Gerardo. Se preguntaba quién podía desear aquella tierra fría y húmeda, plagada de enfermedades y de cuervos, donde el sol salía justo al contrario del Mediterráneo. Allí, de vez en cuando, una nube tapaba la luz y se sentía un frío irreal; en aquella tierra irlandesa era al revés, las nubes tapaban el sol hasta que este encontraba un pequeño resquicio por el cual lamer con su lengua los charcos del suelo, para volver a desaparecer bien pronto aunque fuera pleno verano.

    Como no tenía nada mejor que hacer, decidió entrar al ver el letrero de Free en la puerta. Al cruzar los arcos de medio punto que separaban los muros del interior, encontró una pequeña recepción donde una empleada lo recibió muy amablemente. Según ponía en la plaquita que lucía sobre el pecho, se llamaba Dolores. Aquello le hizo sonreír por ver un nombre en su idioma, tan antiguo, en un lugar del mundo culturalmente alejado de él. Preguntó a la chica joven y guapa si podía visitar el castillo y ella le animó a hacerlo, siempre y cuando estuviera dispuesto a dejar sus datos para el estudio municipal de turismo: quién era, dónde se hospedaba, de dónde venía. El hecho de contestar aquellas preguntas inició una conversación amigable con Dolores que parecía tener la misma edad que él y afirmaba haber viajado muy cerca de donde él vivía, como era costumbre de los guiris durante el verano. Ahora, al parecer, preferían las costas del mar Adriático. Gerardo comentó que nunca había estado en Irlanda pero que le encantaba, que pensaba volver pronto o incluso quedarse. Aquellas mentiras hicieron que Dolores se sintiera orgullosa de su nación y simpática hacia aquel joven desaliñado de mirada cautivadora.

    Mientras la conversación avanzaba bajo la alta bóveda del castillo, llegó un tal George según la placa del pecho. Iba vestido con una camisa y pantalones grises, acorde con las paredes. Parecía el jefe de Dolores y parecía reprenderla por dedicar demasiada conversación al turista, que por otra parte no iba a dejar un euro en las arcas castrenses. George se presentó como guía del castillo y afirmó que estaría encantado de acompañar a Gerardo en su visita y mostrarle los rincones más emblemáticos de Maynooth Castle.

    No le quedó más remedio que seguir al tipo escaleras arriba, hacia el interior de una bóveda bien iluminada, haciendo un gesto de despedida hacia Dolores que no era un Adiós sino un Hasta pronto o Podríamos tomarnos algo luego. Ella sonrió y siguió atendiendo la pantalla de su ordenador, probablemente buscando destinos turísticos para lo que quedaba de verano o, quien lo sabía, para visitar la ciudad donde Gerardo vivía. Lo prudente era seguir el trasero de George escaleras arriba, en dirección a una amplia plaza de armas donde se situaron justo al lado de lo que parecía un antiguo aljibe.

    –English? -dijo George.

    –A little bit.

    –I can try it in your language.

    –Okey. No problem.

    George empezó a intentar hablar en el idioma de Gerardo, pero lo que quería explicar era demasiado complejo como para hacerlo con cuatro palabras y tres estructuras gramaticales simples. Así que Gerardo lo animó a que lo hiciera en inglés, que si bien él no era capaz de hablarlo con fluidez, podía entenderlo mejor que el idioma que estaba intentado pertrechar en su memoria. Los guiris no necesitaban aprender otros lenguages y cuando lo hacían pensaban que tenían mucho más nivel del que en realidad poseían.

    Un poco azorado, George continuó en inglés y Gerardo pudo dejar de prestarle atención. Miró hacia arriba y vio las almenas oscuras sobre el cielo gris claro, casi blanco, del medio día. Un grupo de cuervos sobrevoló su visión en aquel momento y graznaron algo en su idioma. El moho crecía entre las piedras de las paredes más sombrías y dotaba al sitio de un aura romántica, como de cementerio celta. El suelo estaba tapizado de una fina alfombra de césped verde que regaba el propio ambiente neblinoso. El pozo, según dijo George, era el centro de la construcción y la parte más importante de la plaza. Guerreros, monjes, damas y caballeros se habían dado cita en aquel lugar callado.

    Siguieron avanzando por las habitaciones que habían servido de cocina, salas de estar, baños, pasillos, etc. George no se esforzaba mucho en explicar lo que veían porque sabía que Gerardo no lo entendía bien. Para lo que hacía, podía haberlo dejado solo, pero su compañía y amable explicación guiada tenía otra función además de ilustrarle: tenía el cometido de vigilarlo. Gerardo lo sabía y pensó en reprocharle a George que no tenía intención de llevarse ningún adoquín en el avión de vuelta a casa. Pero se calló. Al final del corredor que transitaban, llegaron a una sala tenuemente iluminada por focos de luz amarilla que enfocaban libros abiertos de par en par y manuscritos de la época.

    Por primera vez sintió interés por algo de lo que veía y se acercó con entusiasmo a los expositores. Había volúmenes medievales escritos a mano con letras góticas ilegibles. Algunos tenían ricas miniaturas y otros una pobre factura, pero todos poseían un aura como de viejos fantasmas en vitrinas que repetían una información que a nadie interesaba ya. Gerardo sintió simpatía por aquellos vejestorios olvidados detrás de los gruesos cristales que evitaban que criaran polvo. Hubiera sido mejor para ellos acabar en las manos de coleccionistas e ir siendo leídos y destrozados por las caricias implacables del tiempo, pero allí estaban, impertérritos y callados como estatuas.

    Gracias a las transcripciones en letra de ordenador, Gerardo pudo entender parte de lo que en esos documentos se decía mientras George hablaba como si fuera una radio encendida a la que nadie hacía caso. Uno de los documentos era una carta que el noble de Maynooth enviaba a un marqués oriundo del país de Gerardo, donde le prometía amistad y alianzas contra el enemigo común de ambos: los ingleses. Según comentó George, el pacto se había sellado con el matrimonio de una de las hijas del marqués con el primogénito de los hijos del conde, dando lugar a nietos morenos con ojos azules.

    Continuó su visita saltando con la mirada de un libro a otro. Una obra titulada A Heart To Live llamó su atención. Se trataba de una novela bizantina de un tal Richard Rochester que trataba de un joven caballero inglés que viajaba hasta Maynooth para recuperar el amor de su vida, una joven princesa irlandesa, y que juntos vivían una serie de aventuras y desventuras hasta acabar juntos y felices para siempre en ese castillo. La calidad literaria de la obra, al parecer, no era mucha, pero George había dicho que había sentado un precedente en la narrativa del momento por tratar con tanta profundidad el tema de la ausencia y que había pasajes que nada tenían que envidiar a la literatura de la memoria de Proust, cuando el joven caballero lamenta la falta de su amada Alexandra. Gerardo pensó que nunca, bajo ningún concepto, leería una obra tan cursi como aquella.

    Siguieron la visita subiendo por unas empinadas escaleras de caracol. Las piernas de George, que debían contar con veinte años cada una, trepaban por los peldaños con sorprendente facilidad. Gerardo intentaba seguir el ritmo sin jadear, pero no terminaba de conseguirlo. Hacia el final del recorrido, pensó que las piernas le acabarían fallando y que acabaría precipitándose hacia abajo, por la luz oscura que dejaba el hueco de aquella escalera y que parecía no tener fin, como una de aquellas pesadillas artísticas.

    La claridad lo cegó por un momento y cuando sus ojos se adaptaron con cierto escozor Gerardo vio que estaban en lo alto del muro, junto a las almenas que había visto antes. Bajo él tenía unas vistas privilegiadas de la pequeña población, que se extendía con salpicones de casas bajas y de árboles altos hacia todas partes. Se veía al fondo el Palacio de la reina Victoria, el camino rectísimo que llevaba a él y que había recorrido con Cayetana, el cruce con su restaurante, la M sobre el mástil del McDonald’s donde lo había dejado el autobús en el que había llegado, el canal que cruzaba toda la población. Conocía mucho de los rincones de aquel pueblo olvidado por las guías turísticas que había recorrido durante tres días seguidos de aquí para allá. Lo único que no podía divisar era la ciudad pontificia donde tenía su habitación con su ventanal melancólico.

    Lo mejor será ser amigos, se dijo en voz alta mientras miraba hacia la ciudad. George se quedó extrañado al oír hablar a Gerardo y decidió callarse y dejarlo solo un rato. Hizo mutis hacia un lado y lo dejó mirando hacia las vistas de la ciudad antaño medieval.

    Aunque sea difícil, lo mejor será ser amigos, repitió en voz baja. No sabía cómo iba a hacerlo, pero pensaba contactar con Cayetana en cuanto saliera de allí y decirle que lo sentía por presentarse de esa manera, que le disculpara por las molestias que su visita repentina le hubieran podido ocasionar, que le perdonara si la había hecho que se comiera el tarro con recuerdos del pasado. Estaba allí para vivir el presente, para ser su amigo, su mejor amigo, sin más pretensión que esa. Podría contar con él siempre que quisiera, fuera cuales fueran las circunstancias o la hora del día. Podía llamarlo cuando quisiera, él siempre estaría allí para ella, para lo que pudiera necesitar, y las futuras relaciones que él pudiera tener deberían entender que ellos dos eran mucho más que expareja, eran mejores amigos y lo serían toda la vida, aunque vivieran vidas distintas. Estaba decidido. En cuanto saliera del castillo, la llamaría e intentaría hablar con ella.

    Justo en el momento en que sus manos abandonaban el tacto frío de las almenas de granito, Gerardo vio una silueta conocida sobre la acera. Justo por delante del Maynooth Castle pasaba Cayetana. Iba riéndose, arreglada, preciosa, con el pelo suelo. Su risa y su conversación llegaban hasta él, que la veía invisible desde la altura. Iba vestida con pantalón tejano, botines de cuero, un abrigo gris fino ceñido a la altura de la cintura. Junto a ella iba un tipo alto, pelirrojo, zanahorio según Gerardo, quien le pasaba una mano por la cintura como él hiciera tantas veces y le plantaba un beso lento en los labios. No hacían buena pareja, pero daba envidia verlos pasear por la avenida. Seguramente Cayetana le contaba la visita exprés de Gerardo y ambos se partían de la risa, o esa visita había servido para unirlos más y a que por fin Callaghan se decidiera a no pasar de ella y a no dejarla en visto con los mensajes. En cualquier caso, ahí estaban.

    Una lágrima dura como el granito resbalaba por la mejilla de Gerardo horadando un surco doloroso. Sentía el corazón encogido, apretado por una mano invisible pero cruel que lo atenazaba. Hacía verdaderos esfuerzos por que otra lágrima no cayera por el otro ojo. Sentía en el estómago un hambre atroz, pero no de comida, sino de amor. No podía soportar la visión que aquella bonita pareja ofrecía al subir la avenida. Se sintió un perdedor y un fracaso, al fondo de un pozo donde había caído para siempre lo que un día fueron Cayetana y él. Una parte de él murió en aquel momento y una certeza nació.

    No. Nunca. Jamás podrían ser amigos. Era imposible para su corazón estar junto a ella y no querer abrazarla, no poder besarla, saber no tenerla. Sería un obstáculo para la vida de ella y, aunque menos importante en ese momento, para la vida de él también. Era el tiempo de olvidar y la tarea era tan dolorosa que hubiera preferido la muerte súbita.

    –Everything okay? -preguntó George manteniendo una distancia prudencial.

    –Yes. I have finished here. -dijo Gerardo secándose las lágrimas sin volverse. Cuando se sintió preparado. Miró al suelo y se adelantó al guía del castillo para bajar las escaleras.

    Al pasar por delante de la recepción Dolores lo estaba esperando con una sonrisa pero iba tan metido en sus pensamientos y dolores que no encontró ni siquiera las fuerzas para mirarla, para decirle Bye, bye, thank you, amablemente. Se fue como un ladrón, a toda prisa hacia la calle. George lo seguía de cerca e intercambió una mirada de extrañeza con la recepcionista, como diciéndole sin palabras: He is completly mad.

    Y era cierto. Gerardo estaba loco de amor por Cayetana. Un amor que había perdido.

    …

    18. En marcha

    La tarde se abría paso entre las nubes y no sabía qué hacer. Ya estaba todo dicho, su historia había terminado para siempre, pero parecía no encontrar el final. Llevaba taciturno todo el día, vagabundeando de un sitio a otro por las calles más oscuras, con miedo de toparse con Callaghan y Cayetana y tener que ensayar una sonrisa helada que no sabría si podría sostener. El simple hecho de pensarlo le ponía la carne del corazón de gallina. Se sentía tan solo y perdido en Maynooth que le costaba mantenerse en pie.

    Cayetana y él habían compartido tanto y ahora todo se había extinguido. Algo dentro de Gerardo no podía creer que todo terminara así, sin más sentido que un final abrupto. No podía concebir que ella no tuviera ni siquiera la curiosidad suficiente como para saber de él, para preguntarle qué demonios estaba haciendo allí, pero con insistencia, como queriendo saber la verdad, no por el mero trámite de la cortesía. Se había convertido para ella en una visita incómoda, en poco menos que un desconocido. Pero los recuerdos dolían en el fondo del corazón como un puñal clavado en la arena del suelo.

    Al salir del instituto, cuando ambos acababan a las tres de la tarde, solían ir a un parque cercano y se estiraban en la yerba. En ninguna de sus casas les iban a preguntar por qué habían llegado tarde, sus padres tenían cosas mejores en las que pensar que en ellos dos. Aquel era su momento, su ratito compartido de cada día cuando no toda la tarde. Cayetana se subía sobre su barriga mientras él estaba estirado sobre el césped, le daba besos y le hacía carantoñas. “Siempre te querré” o “Nada podrá separarnos” o “Te necesito” e incluso “Tú le das sentido a mi vida” eran expresiones habituales entre ellos y, en ese momento, eran verdad, entonces todavía eran verdad a miles de quilómetros de casa, mientras paseaba solo por las calles de aquel poblado irlandés de clase media. Cómo podía haberse diluido todo aquello como una mancha de aceite en las aguas de la vida, se preguntaba Gerardo con lágrimas en los ojos. Los recuerdos involuntarios como aquel eran imágenes fantasmales que lo atormentaban, no podía controlar su evocación y tampoco estaba seguro de querer olvidarlos, de poder algún día convivir con la certeza de que aquellos instantes más nunca volverían. Tenía miedo de volverse frío. Su corazón se iba cubriendo de piedras a cada paso y cada una de ellas formaba un caparazón duro y doloroso que se iba adosando a las paredes de su carne, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera dolor o fracaso. Le preocupaba no poder amar más nunca a nadie más.

    Además, ella había jugado con él. Se sentía traicionado por la persona de quien menos esperaba una traición. Cayetana tenía todo el derecho a no quererlo, pero jugar con él de aquella manera le parecía algo muy cruel. Ella sabía que él la seguía queriendo y no había dudado en mandarle señales las cuales sabía cómo Gerardo las interpretaría: como signos de un futuro juntos, como un acercamiento mutuo, como una esperanza futura de un faro en la lejanía en una noche de tormenta. No había dudado en poner rumbo hacia ella. Le insinuó sus planes varias veces y ella se había mostrado entusiasmada. Pensaba darle una sorpresa, una alegría al verlo allí, en el pueblo donde había huido de todos: un amor, un amigo para siempre en quien poder confiar, un oído a quien contarle todo lo que había pasado, sus planes a futuro, sus éxitos y fracasos en este camino llamado vivir. Gerard, como le llamaba Caye, estaría allí para siempre, como nunca, para ella.

    Pero todo se había derrumbado como un castillo de arena. A estas alturas de la historia, ella no estaba sola, había superado la ruptura de aquel amor tan maravilloso en mucho menos de lo esperado, lo cual demostraba que aquel amor no era tan excepcional después de todo, por lo menos, no lo era para una de las partes, para ella. Gerardo no podía resistir los envites que el dolor le provocaba en el alma. Quienes lo veían pasar intentaban cambiar de acera para no cruzarse con aquel loco de ojos llorosos y mirada perdida. ¿Dónde demonios iba a ir ahora? Recordaba que Cayetana le había propuesto que hiciera turismo en una de sus conversaciones, que Dublín no quedaba lejos y que podía tomar un autobús hacia allí. Antes de su llegada pensaba hacerlo, de hecho. Se imaginaba recorriendo las calles de Joyce, como de un color ocre en su fantasía, llenas de librerías con fachada de madera verde oscura. Había formado en su cabeza la imagen, una y mil veces repetida, de Cayetana y él recorriendo las calles de aquella capital septentrional, en busca de un sitio donde comer o comerse a besos, con la alegría renovada de haberse encontrado y de tener todo el tiempo del mundo para amarse, antes o después de la pasión, o en el ínterin de esta, risueños y felices porque el destino lo hubiera vuelto a unir en aquella novela bizantina que había sido su historia.

    La idea de visitar Dublín le resultaba ahora absolutamente insoportable, sería la constatación palmaria de su fracaso, la síntesis más pura de su soledad infinita.

    Se sentó en el suelo. Sus pasos inconscientes lo habían llevado hasta un descampado, el que se divisaba a través del inquietante ventanal de su habitación en el hostal. Era un terreno verde oscuro, con tachuelas de verde claro, de césped suave. Estaba muy aplanado, sin una sola irregularidad, completamente recto, como hecho a propósito, pero en aquel país sin montañas costaba ver una loma, una calle cuesta arriba. El lugar estaba completamente desierto y silencioso. El suelo verde estaba húmedo pero a Gerardo no le importó mancharse los pantalones. Decidió hacer lo que había visto tantas veces en las películas y nunca había podido en su país de origen en un terreno que no fuera un parque: tumbarse sobre la yerba de aquel campo, a pelo, libre y solo. Respiró hondo y sintió cómo el aire mentolado llenaba sus pulmones embrutecidos por el tabaco y la humedad. En aquel momento parecía poder pensar con mayor claridad y dominio.

    Había fracasado completamente. La vida no tenía en más mínimo sentido. Para él, lo más importante del mundo, por encima del éxito o el dinero, era el amor, y sentía que había fracasado en ese ámbito para siempre y de manera estrepitosa. Como debe hacerse, lo había apostado todo a una sola carta según le dictaba su corazón, había seguido todas las recomendaciones de las canciones y los libros, había seguido los pasos al pie de la letra y sin embargo allí estaba, más solo que nunca con un dolor atroz. Su vida, todo lo que había hecho, la persona en que se había convertido hasta entonces, había perdido todo el sentido. Tenía ganas de morirse, de quitarse de en medio, de saltar sobre el canal de Maynooth y dejar que las aguas oscuras y aceitosas se lo llevaran río abajo hacia el mar, es decir, hacia la nada. Para qué quería continuar con la vida que llevaba si nada en ella valía la pena, si todas las personas en quien alguna vez había confiado le habían traicionado de una forma u otra, y esta vez había sido de una manera tan brutal que no podía soportarlo. Se sentía a las puertas de una depresión incurable, de una niebla insana que habría de cruzar sin saber muy bien qué había más allá de ella, teniendo la certeza de que el presente era horrible y que el futuro, muy probablemente, sería peor. A veces había considerado la idea de quitarse la vida, pero la había rechazado por imposible o por la esperanza de un nuevo amanecer. En aquella tarde somnolienta, tarde de verano, sobre la yerba verde del descampado irlandés, se sentía morir a cada instante, como si su corazón se fuera a parar solo al no encontrar sentido a seguir latiendo. Poco a poco Gerardo se sentía desvanecer, se estaba muriendo de pena.

    Era bueno que todo terminara así. Sería un buen final para una novela. El protagonista se echa sobre la yerba y poco a poco pierde la vida, como si hubiera tomado veneno. El sol, la lluvia, el tiempo, se encargarían de hacer desaparecer su cuerpo. Su alma trascendería en la nave que nunca ha de volver, rumbo al mundo del que nadie sabe nada. El abrazo frío de la muerte se sentía cada vez más apretado, más duro, más fuerte.

    Algo negro se movió junto a su oreja. Con sus últimas fuerzas, Gerardo abrió un ojo.

    -¡Me cago en la mar! ¡Maldita sea! -el chillido fue tan fuerte y agudo que despertó hasta los árboles, que cimbrearon levemente con el viento. -¡Me cago en sus muertos! ¡Ay!

    Cuando se levantó mientras gritaba, los cuervos que rodeaban el cuerpo olvidado de Gerardo salieron volando en todas direcciones. Eran como veinte o treinta de ellos, se habían dado cita en torno a los restos olvidados del muchacho, interpretando que aquel despojo humano se podía comer ya que no se movía desde hacía rato y nadie venía a reclamar sus restos. Las alimañas lo habían rodeado por todas partes y se iban acercando a los miembros y la cara del supuesto fiambre, convencidos de un festín próximo. Gerardo daba saltos asustados en la hierba verde, levantando mucho los pies como si el suelo quemara, sacudiéndose la espalda, los brazos, las piernas, el pelo, que sentía lleno de hormigas o corta-pichas. Los cuervos revoloteaban cerca, todavía no estaban convencidos de que aquel manjar no estuviera muerto del todo y parecían dispuestos, ya que estaba toda la bandada allí, a juntar esfuerzos para rematarlo saltando sobre él. Gerardo sintió miedo, por primera vez uno real y no metafórico, y corrió hacia los muros grises donde tenía el hotel, corrió como alma que escapa del diablo, corrió como nunca por su vida huyendo de aquellos cuervos asesinos, audaces y cabrones.

    Al llegar bajo el arco de una bóveda, se detuvo para coger el poco aire que podían atrapar sus pulmones. Cuando se hubo recuperado un poco, giró la vista hacia el descampado y vio a los córvidos revolotear y graznar en el lugar donde había estado tumbado hacía un momento. Se había quedado completamente dormido sin saberlo y los animales habían aprovechado ese descuido. Había estado a punto de perder un ojo. Tuvo el rostro inteligente de aquel animal muy cerca, con ojos de hambre y el largo pico entreabierto, dispuesto a soltar el primer picotazo sobre la carne más tierna de su rostro. Aquello sí que hubiera sido una verdadera desgracia irreparable, lo que faltaba por vivir.

    Por primera vez en mucho tiempo, Gerardo se echó a reír. Primero fue una risa nerviosa, fruto de la tensión de un corazón que latía a mil revoluciones por minuto. Luego se transformó en una risa más honda, que salía desde el fondo del estómago. Maldita sea, le había ido de un pelo, joder, por poco me quedo tuerto para siempre, se decía entre carcajadas. Por vez primera en mucho tiempo, Gerardo se sentía feliz, triunfador. Había ganado, había conseguido esquivar el ataque del heraldo negro de la muerte y estaba en lugar seguro. Algo le enseñaba que los peligros no sólo se encuentran donde se les espera -en un callejón oscuro y desolado en mitad de la noche, por ejemplo- sino que incluso en el sitio más inocente la suerte nos puede deparar el peor de los destinos.

    Gerardo había gritado, había saltado, había corrido por su vida y la constatación de sus ganas de seguir hacia delante, no dejándose comer por los cuervos, era tan evidente que le hacía reír, dándose cuenta de que no necesitaba otro argumento para seguir en pie.

    Cuando terminó de reírse solo, se rindió por fin: Es hora de irse de aquí, mi aventura en Maynooth se ha acabado, se dijo. Sintió que el alivio inundaba todas las regiones de su cuerpo, como si supiera que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo.

    Llegó a su habitación y recogió sus pocas pertenencias. Cargó su teléfono móvil y, aprovechando la conexión inalámbrica del recinto, buscó un billete de avión para esa misma noche, lo encontró a las seis de la mañana del día siguiente. Necesitaba trasladarse hasta el aeropuerto en autobús. Según la página web en inglés, podía tomar uno a las cuatro y media de la madrugada en la parada de autobús que había sido testigo del último intento de beso hacia Cayetana. Le preocupaba que la línea no fuera fiable y pensó en preguntarle a ella si creía que llegaría el autobús a la hora que decía en la página, seguramente Cayetana sería conocedora de los horarios y podría confirmárselo.

    Después de comprar los billetes, mientras la tarde caía a través del ventanal y los cuervos se contaban las noticias en el descampado, Gerard escribió un último mensaje a Cayetana, muy poco a poco, con los dedos temblorosos sobre la pequeña pantalla.

    “Caye, me voy. Vuelvo a casa. Siento las molestias, de verdad. No sabía nada de tu vida aquí. Ha sido una tontería venir. A pesar de todo, no me arrepiento. Me alegró verte.”

    Le dio a enviar. Un destello de esperanza quiso brillar en el corazón de Gerard mientras miraba el nombre de ella en blanco sobre el fondo verde. La hora de la última conexión estaba oculta. Seguramente estaría ocupada. Deshizo toda ensoñación y continuó:

    “Mi avión sale a las seis de la mañana y he cogido el billete hacia el aeropuerto a las cuatro treinta de la noche. ¿La línea es fiable? ¿Pasará a recogerme el autobús?”

    Dejó la conversación así, dándole la oportunidad a ella para que contestara si quería y pudiera despedirse, al menos por mensajería, dado que un último adiós en la parada era del todo improbable. Gerardo esperaba alguna palabra, si no de amor, sí de consuelo, mientras recogía sus pocos enseres y se preparaba para recibir la noche en el hostal.

    Antes de que pudiera encender el cigarrillo, el teléfono vibró sobre la mesita de noche donde estaba enchufado. De un salto, Gerardo dejó el cigarrillo sin encender sobre la cama y activó la aplicación de mensajería rápida que contenía la respuesta de Cayetana. Estuvo mirándola un buen rato, con los ojos quietos y tristes, el texto solamente decía.

    “El autobús siempre sale puntual. No tendrás problema para cogerlo en la parada.”

    No dijo nada más. Nunca añadió otras palabras más que esas. Estaba todo dicho y, aunque volvía a doler, en el fondo era mejor así. Era más fácil olvidar con un corazón herido. Dejó el móvil con un golpe seco sobre la mesa y volvió a sentarse ya sin poder leer. Miró por la ventana mientras la noche caía, ajeno a los fantasmas, tenía hambre.

    Unas pocas horas después, Gerardo estaba en la solitaria parada de autobús. Estaba sentado desde hacía un buen rato en el banco de plástico duro bajo la marquesina. Al otro lado de la calle se divisaba el sitio donde Cayetana y él se habían visto por última vez en la vida. El murmullo del agua del canal de Maynooth sonaba como un susurro bajo sus pies. No había pasado coche alguno desde que estaba allí. Hacía frio y fumaba.

    A lo lejos, bajando el largo puente sobre el canal, vio unas luces aproximarse primero y luego distinguió el autobús azul que, silencioso, venía en sentido contrario. Dio la vuelta en un recodo habilitado para ello y abrió sus puertas frente a Gerardo de par en par. Sin demasiado preámbulo, Gerardo subió rápido y mostró su billete en la pantalla de su teléfono. El autobusero, de nombre Mike, como pronto sabría, comprobó su billete en unos folios impresos que llevaba con expresión adormilada. “Let’s go”, dijo.

    Gerardo tomó asiento cerca de Mike y miró por la ventana hacia Maynooth. El cristal del autobús no dejaba ver nada al otro lado excepto oscuridad. Lo que sí llegaba de forma muy leve, antes de que las puertas cerraran, era el murmullo del agua del canal, el único elemento de aquel paisaje liminal que parecía querer despedirse de Gerard.

    Recordó aquellos versos aprendidos en el instituto que había leído con Caye tantas veces y que ahora cobraban un sentido que entonces no tenían, solo eran música y letra.

    Adiós para siempre, la fuente sonora. Del parque dormido, eterna cantora. Adiós para siempre, la fuente sombría. Tu canto es más triste que la tristeza mía. FLUSHHH…

    El vehículo se puso en marcha.

    …

    19. Un corazón donde vivir

    A pesar de que era invierno y hacía frío, los días no podían ser más luminosos. El cielo sin nubes dejaba pasar una luz irreal como a través de un velo finísimo. Las mañanas se levantaban con una niebla que rápidamente se disipaba cuando la iluminaban los primeros rayos de sol. Aunque hubiera sido el fin del mundo, Gerard, como ella lo llamaba, no habría podido sentirse más feliz. Caminaba con una sonrisa de oreja a oreja y un sueño cumplido: lo había conseguido, por fin había besado a Cayetana.

    Todo ocurrió durante el pasado sábado. Un golpe de suerte los había hecho coincidir en el lugar menos esperado y la magia había ocurrido por sí sola. No paraba de darle vueltas durante esos tres días y andaba como en una nube. Cuando la encontraba en algún sitio, no podía reprimir el impulso de besarla delante de todo el mundo, sin importar quiénes pudieran mirarlos. Gerard no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Lo único que le importaba en la vida, su única prioridad, era abrazar a Cayetana.

    Caye, como todo el mundo la llamaba, de vez en cuando lo reprendía por aquellos impulsos de pasión. Prefería esquivar las miradas indiscretas de los chafarderos y en general Gerard lo entendía. Al fin y al cabo, era una chica muy cabal a pesar de lo que pensaba la gente de ella: que era demasiado liberal para los gustos y buenas costumbres.

    Aquella mañana de miércoles Gerardo recorría los pocos pasos que separaban su casa del instituto. Como quedaba poco para que llegaran las vacaciones de Navidad, el ambiente entre los profesores y los alumnos era optimista, y casi todo el mundo se frotaba las manos con la idea de tres semanas de vacaciones a la vuelta de la esquina. Las clases eran relajadas y se era más condescendiente con la comunidad educativa. Al llegar a la puerta saludó a sus conocidos y encendió un cigarrillo mientras los alumnos entraban, pero no vio a Caye como venía siendo costumbre esa semana. Seguramente se habría retrasado o se habría quedado dormida. El hecho de no verla y no poder darle un beso lo entristecía. Aquella nueva tradición recién nacida de encontrarse en la puerta y comentar la perspectiva del día era una de las cosas más deliciosas de su vida actual.

    -Te noto raro, Gerard. ¿Te pasa algo? -dijo Rosario apurando su cigarrillo. Este lo miraba con una sonrisa bien alineada, que los aparatos se habían encargado de arreglar.

    -No. Nada. Hoy hace como frío, ¿no?

    -La estás esperando a ella, ¿a que sí? Hoy parece que llega tarde. -Rosario dio una larga calada a un cigarrillo que sujetaba con cierta torpeza, pero que no se caería nunca.

    -No estoy esperando a nadie. ¿Por quién me tomas? ¿Por un perrito faldero?

    -Por un perrito arrabalero, más bien.

    Ambos rieron la gracia con camaradería. Rosario era un buen amigo y siempre le había apoyado en los momentos más duros. Su presencia había estado ahí cuando las posibilidades con Cayetana eran nulas. Sabía toda la historia y estaba feliz por su amigo, por el camino que habían tomado los hechos y su alegre resolución.

    -Podrías escribirle y preguntarle qué le ha pasado.

    -Ya. -Gerard miró su móvil y vio que no tenía mensajes nuevos. Si le había pasado algo a Cayetana, no le había dicho nada. Apagó la pantalla y apuró el cigarrillo de un tirón. -Lo mejor será que subamos y no lleguemos tarde. ¿Fuisteis ayer al Cantábrico después de clases? ¿Os quedasteis hasta tarde? Yo al final no adelanté toda la faena que tenía.

    Mientras subían hacia las aulas, se fueron encontrando con otros compañeros, con los amigos de entonces, con quienes habrían de vivir tantas aventuras que recordarían todos por siempre. Pero ese día era un día normal y corriente de clases y frío, de una rutina anodina que sería evocada de soslayo cuando incidiera una luz rara sobre una mesa. Antes de entrar en clase, Gerard comprobó otra vez su teléfono. No había mensajes.

    El día avanzó con normalidad y durante el descanso tampoco encontró a Cayetana. Preguntó a sus compañeras pero estas no supieron decirle. Además, tampoco las conocía demasiado y no quería insistir mucho y parecer el tipo desesperado que entonces era. Entre cigarro y sorbo de café fue transcurriendo el descanso y pronto hubieron de subir de nuevo a las aulas. El día se presentaba tan aburrido como siempre y la rutina tenía el poder de solapar las preocupaciones con una tenue sensación de seguridad y sosiego.

    Antes de subir, el esperado mensaje llegó: “Hola, Gerard. Hoy no nos hemos visto”.

    Y continuaba en otro recuadro.

    “Me gustaría verte al acabar las clases para tomar una coca-cola.”

    Gerardo sonrió de oreja a oreja. La indirecta de la coca-cola le parecía un giro de guion espectacular a las perspectivas de lo que iba a ser su día. La cuestión era dónde tomarla.

    “Lo de la coca-cola es la excusa, no sé si me entiendes.” Por supuesto que la entendía.

    Gerardo contestó la mar de contento al mensaje con el corazón aliviado. Una sonrisa pícara e irregular se dibujaba en sus finos labios mientras tecleaba nerviosamente los botones del pequeño terminal. Rosario e Indalecio lo miraban con socarronería.

    -¿Ya te ha escrito tu princesa, Romeo? -dijo uno.

    -Venga, Gerardo, espabila. Que tenemos mucho que planear. -dijo el otro.

    -Callaros un momento, por favor. Hoy puede ser un gran día. El mejor de todos.

    Todos rieron sin saber muy bien por qué y siguieron a lo suyo. Gerard contestó que no había problema, que la esperaba donde ella quisiera. Cayetana le dio las indicaciones pertinentes y estuvieron claras enseguida: un banco blanco, no muy lejos de casa de ella.

    Al terminar las clases, no se despidió de nadie y salió directo hacia donde lo había citado Cayetana. El sitio estaba a unos cinco minutos andando desde el instituto, así que tenía tiempo de rememorar los momentos felices que lo habían traído hasta ahora.

    Llevaba enamorado de Caye desde la primera vez que la vio. Sin quererlo, sus miradas se habían encontrado el cruzarse por el pasillo y una luz se había encendido dentro de su corazón. Sus ojos marrones lo penetraron como dos saetas y nunca pudo olvidar esa primera imagen de ella, como si su alma la reconociera de algún modo entre el marasmo de la vida y la gente. Gerardo se enamoró perdidamente y siempre intentaba acercarse a ella, pero Caye no parecía igual de interesada. Mientras que él intentaba coincidir con ella en cualquier ocasión, la chica parecía evitarlo en la medida de lo posible. Si bien tenían amigos y conocidos en común -y al cabo de poco tiempo todos sabían que Gerard estaba colado por ella- nunca se conseguía un momento de intimidad donde dar un paso adelante. La comidilla de su enamoramiento corría por todo el instituto y era una de las historias más divertidas que se recuerdan de esa promoción. Mientras él iba siembre al encuentro de Cayetana, ella iba siempre detrás de cualquiera que no fuera Gerard.

    Una noche, casualidad o no, coincidieron en una fiesta. Era el cumpleaños de uno de los tipos más populares del instituto y se había reunido una buena cantidad de gente en una de las salas de moda de la ciudad. Gerardo no soportaba esa música electrónica, al cumpleañero ni a la mayoría de gente que se reunía en aquel lugar, pero tenía la esperanza de poder entablar una conversación con Cayetana, de tener su oportunidad.

    Pero esta pareció desvanecerse. Cayetana estaba en el local a oscuras, hablando muy cerca de otro tipo que él conocía por ser el antiguo rollo de ella. No conseguía recordar su nombre, pero sí su cara. Una ola de tristeza inundó su corazón herido. Estaba completamente solo en aquel lugar, sus amigos se habían ido no se sabía bien a dónde y tenía que estar viendo una escena insoportable. El tipo se reía y le decía algo al oído y ella lo miraba a él, a Gerardo, y le decía algo a su vez, negando con la cabeza. No había nada que hacer, por fin se daba cuenta de que había perdido. La dejaría tranquila por fin.

    Al cabo de un rato, de estar de pie en medio de la sala, entre un montón de gente que no conocía bien, sintiéndose el hombre más solitario del planeta tierra, notó que una mano suave agarraba la suya. Al seguir el camino de su brazo se encontró con los ojos de Cayetana a una distancia muy próxima que lo miraban con insistencia, con hambre, divertidos. Gerard no entendía nada y la miró con una sonrisa estúpida en el rostro. Caye empezó a caminar hacia la salida, apartando a la gente, a veces conocida, que la saludaba, sin soltar nunca la mano de él. Como en una nube andaba Gerardo detrás de ella, mirando a quienes se cruzaba como si no los viera, sintiendo solamente el tacto de la mano de ella en torno a la suya, procurando que ningún vaivén de los asistentes las separara y corrieran el riesgo de no volver a encontrarse entre la multitud. Agarraba su mano con dulzura y firmeza al abandonar la sala y siguieron así mientras doblaban la esquina que daba a unas escaleras por las que no transitaba casi nadie. Una vez allí se produjo la magia y fue como si su corazón estallara en todas direcciones sin dolor.

    Desde esa noche de sábado habían intercambiado besos y mensajes hasta llegar a ese mediodía de miércoles en el que estaba Gerardo sentado en el banco blanco donde Cayetana lo había citado, esperándola, soñando con los ojos abiertos mientras miraba pasar una solitaria nube azulada sobre el cielo gris bajo un sol de invierno. Cuando quiso darse cuenta, tenía una coca-cola en la mano. Desconcertado, se despertó.

    -Lo prometido es deuda. -dijo Cayetana. Al principio no lo entendió, luego se acordó de que la excusa para reunirse había sido esa y rio la gracia nerviosamente. Quiso besarla.

    -La mía es una coca-cola light. -El hecho de que ella bebiera había impedido que él la besara. Se extrañó pero no dijo nada. -No. No te levantes. Mejor quédate sentado.

    -¿Cómo estás? No te he visto hoy en el instituto. Espero que todo esté bien.

    -Sí. No te preocupes. Estos días los profes no explican nada interesante en clase, ¿verdad?

    -Pues no, es cierto. Lo más interesante desde que empecé el curso ha sido encontrarme contigo. Creo que si no es por ti, ni siquiera acudiría a las clases. ¡Menuda turra!

    Cayetana rio y parecía que todas las cosas en el mundo sonrieran a la vez. Los colores de la vida eran más vivos que nunca y la gente tenía una existencia feliz sobre la tierra; las malas hierbas que crecían entre las aceras eran tan bonitas como las flores y la suciedad de las calles parecía hecha con tinta que diera carácter y personalidad a las paredes de los edificios, incluso la mierda de paloma parecía no manchar sino decorar.

    Ella le contó su día. Al parecer se había peleado con su padre por un asunto indeterminado que no acababa de entender. La relación con sus progenitores no era muy buena, tampoco lo era la de Gerardo, así que en ese aspecto se entendían a la perfección. Una de las cosas buenas que tenía el mundo adulto era la esperanza de salir pronto de la casa familiar y de buscarse la vida por su cuenta, mejor el riesgo que el tedio parental.

    -Me estoy desviando el tema, perdona. -dijo ella. -Lo que quería decirte es otra cosa.

    -Tranquila. No me molesta que me cuentes tus cosas. De hecho, puedes hacerlo siempre que quieras. Yo siempre estaré aquí para escucharte. Mi música es tu voz. ¡Qué cursi!

    -Está siendo más difícil decirte esto de lo que pensaba.

    -Tranquila. Dispara.

    Cayetana cogió carrerilla y dijo.

    -No estoy preparada para tener una relación. -y dio un trago a su coca-cola light.

    Por primera vez en un buen rato, Gerardo oyó el ruido de los coches. El mundo había vuelto a sintonizarse al máximo volumen y las cosas parecían ahora de un realismo atroz. No entendía bien las palabras de ella, pero no podía pedirle que las repitiera.

    -Vaya… La verdad es que no esperaba que este fuera el motivo de la coca-cola.

    Cayetana se rio. -¿Y qué te esperabas, pillín? De verdad, Gerard, eres el mejor. Nunca he conocido a nadie como tú. Eres muy buen chico y todo eso, pero no estoy preparada.

    Lejos de sentirse triste, Gerardo se sentía completamente tranquilo y seguro de sí mismo. La chica a quien amaba le estaba dando calabazas y él se sentía en paz con el mundo, aceptando que las cosas podían salir o no salir, seguro de que al final ganaría.

    -¿Preparada para qué? No lo entiendo. Tampoco se necesita demasiado para verme.

    -Me encantas, de verdad, pero no quiero tener nada con nadie, y siento que contigo sería distinto, y eso me da miedo. La verdad es que siento un vértigo aquí y no sé… -se señalaba sitio donde tenía el corazón. Gerardo quiso posar su mano sobre la suya pero se contuvo. -He sufrido mucho, ¿sabes? No estoy preparada para que me pase otra vez.

    -¿Por qué piensas que te va a pasar otra vez?

    -Porque siempre me pasa lo mismo. Los chicos vienen, me dicen cosas bonitas y luego se van. Puedo soportarlo casi siempre, pero contigo es diferente, no podría soportarlo.

    Gerardo apoyó la coca-cola en el suelo y tomó sus manos entre las suyas. Ese gesto habría de hacerlo muchas veces en los años de amor que estaban por venir entonces.

    -Pero yo no soy un chico. Yo soy Gerard y nunca te voy a dejar sola si tú no quieres.

    Se miraron a los ojos. Ambos sonrieron. Se dieron un beso sin darse ninguno cuenta, movidos por esa extraña energía que mueve todas las cosas de este mundo, como una brisa de viento que levanta sin esfuerzo hojas secas y semillas que habrán de germinar. Al juntar los labios, un mundo diferente nació de ese instante tan bello que se detuvo. La realidad circundante pasó a un segundo plano, donde nada tenía real importancia.

    Se separaron los labios, pero los cuerpos se quedaron juntos en el banco blanco y frío. Feliz como nunca, Gerardo la miró con dulzura y pasó un brazo por su cintura estrecha.

    -Además, quien no arriesga no gana. ¿No sabes tú eso?

    -Quien no arriesga no gana… -dijo ella, soñadora, sonriente. Con los ojos llenos de estrellas lo miraba como si se reconocieran después de muchos imposibles. -Y si no funciona, ¿qué? Si después de todo nada sale bien, ¿qué haremos? ¿Qué ganaremos?

    Gerardo se quedó en silencio un momento y al cabo, sin pensarlo demasiado, dijo:

    -Un corazón donde vivir.

    …

    …oooOOOooo…

    FIN de Liminar Londres

    Nota del Escribidor: El próximo domingo continuará una nueva historia. Hasta entonces, encontrarás más contenido en esta web o en el Instagram: @ricardo_r_boceta. ¡Un abrazo!