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  • Un escritor sobrevalorado

    Un escritor sobrevalorado

    Homenaje a mi admirado novelista Paul Auster. Cualquier parecido con la realidad es pura ficción.

    Paul lee un artículo en una revista cultural: Fante, un escritor sobrevalorado. Acaba de alquilar un apartamento en Brooklyn, Nueva York. Tiene 28 años. Ha vivido en París, como Hemingway, buscando la inspiración en la capital cultural del mundo, pero no ha habido suerte. Europa, después de la Segunda Guerra Mundial, ya no es lo que era y no tiene nada que ofrecer a un escritor americano. Llegado el momento, decidió volver a casa y, como casi no tenía dinero, tuvo que arrendar un piso en un barrio deprimido de la gran manzana. Con el tiempo, será uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, pero ahora Paul, en 1975, lo desconoce por completo. Pronto se aburre de la lectura y decide salir a pasear.

    Lleva sin escribir algún tiempo y ha abandonado la idea de ser escritor. Es verdad que se sienta frente a su máquina de escribir y redacta ensayos y reseñas para revistas literarias de poca monta, pero eso no es ser escritor. Ha estudiado Lengua y literatura inglesa en la Universidad de Columbia, nunca fue un estudiante destacado. Por suerte, en Estados Unidos, un judío como él puede ganarse la vida bien.

    Es una tarde de primavera y Paul pasea por las calles de su nuevo barrio. Pululan los negros, los latinos, los judíos, los italianos: el crisol de culturas que configura el subsuelo de Estados Unidos. Hace un tiempo delicioso, va pensando en todo y en nada mientras escucha sus propios pasos sobre la acera. Paul es un hombre atractivo. Algunas chicas le lanzan miradas mientras pasa por su lado distraído, pero hoy no presta atención porque está absorto en sus pensamientos. Penetrantes ojos azules, delgada figura, como su cigarrillo, una sombra sobre el asfalto de Nueva York. No tiene demasiadas ganas de participar en la fiesta del mundo; sumido en sí mismo, se siente feliz y a la vez taciturno. Pero ese día todo cambiaría.

    El primer sueño de Paul era el de convertirse en director de cine. Representaban para él una mezcla perfecta entre el intelectual y la estrella: siempre rodeados de actrices preciosas, de público, de brillo. Pero se sabe demasiado tímido para eso. Además, no le gusta trabajar con gente, prefiere la soledad del tabaco, la radio, la música clásica, los libros, el papel en blanco. Sólo así puede expresarse con verdad. El mundo social hace mella en su ánimo y no puede soportarlo por demasiado tiempo. Piensa que quizá debería haber aprendido a tocar un instrumento, haber formado parte de una banda de jazz, pero al cabo de unos pasos llega a la misma conclusión. Escribir es la única manera que tiene de hablar y, por encima de todo, lo que más le gustaba era leer: ese diálogo íntimo que se establece entre el escritor y el lector, que supera la barrera del tiempo, la cultura, las distancias. Por otra parte, había sido un pésimo guitarrista.

    A mitad del paseo, intenta encenderse otro cigarrillo, pero el mechero parece haberse quedado sin gas. Decide volver a casa. Tiene unos veinte minutos hasta llegar a su portal. No tiene nada en la nevera. Piensa en ir a comprar algunos víveres, pero se siente tan cansado por la embriaguez de la tarde que no tiene fuerzas para hacer la compra. Decide que esa noche no va a comer, ni siquiera un sándwich en el bar de abajo. No tiene hambre, no tiene sueño. Solo quiere fumar y leer; o un beso y un abrazo.

    Al llegar a casa, toma un libro y se deja caer en el sofá. En el apartamento hay muy pocos muebles, pero para él solo no necesita más: una cama, una mesa, estantes. Vuelve a levantarse en busca del mechero. Encuentra uno en el armario de la cocina, tampoco funciona. Se maldecía por haberlo guardado si en realidad estaba gastado, era una trampa, una jugarreta de su yo del pasado. Comienza a desesperarse. Suena el teléfono. Es Anthony. Le dice que si le apetece salir a comer una hamburguesa. Está cansado y tiene poco dinero. En contra de sus planes, contesta que sí. Preferiría quedarse en casa, pero un fumador de su categoría no puede pasar toda una noche sin llevarse un cigarrillo, o media cajetilla, a la boca.

    Se encuentran en la esquina, a dos manzanas del apartamento de Paul. Anthony está fumando y, en cuanto se ven, antes de saludarse, Tony le tiende el mechero. Ambos se quedan en silencio observando los coches atravesar el cruce. “No vas a creer lo que me ha pasado”. Paul puede creer cualquier cosa.

    Anthony Hoffman quería ser pintor. Había estudiado en Londres con una beca, pero pronto se cansó de la vida académica y estuvo haciendo el vagabundo por toda Europa. Viajaba con un cuaderno de dibujos y lápices. Vendía bien sus caricaturas, pero aquello no le interesaba. Ambos se habían conocido durante los años de universidad, los dos frecuentaban los mismos ambientes intelectuales y a los dos les daba el mismo cansancio aquello. Se cayeron bien desde el principio y, aunque casi no se veían, guardaban una buena amistad. Paul consideraba que Anthony estaba un poco más loco que él, lo mismo que Anthony.

    Entran en la hamburguesería y piden. Mientras la camarera, una hispana llamada Marta, según pone en la plaquita colgada al pecho, trae los platos, Anthony empieza a contar su historia. Está visiblemente nervioso y le tiemblan las manos. Paul no entende cómo, teniendo ese pulso, podía ser tan buen pintor, pero no pregunta. Quizá entiende por qué no ha pasado de caricaturista. Se deja llevar por la historia.

    -Verás, me sucedió hace unos días, pero la cosa se remonta unos seis meses en el tiempo. Como sabes, he estado viviendo en Roma, en casa de unos drogadictos. Eran cinco, seis contándome a mí. Todos iban de genios, me dijeron que podía quedarme un tiempo a pintar en lo que ellos llamaban «su estudio»: una pocilga polvorienta en una callejuela del Trastevere. Deberías haberlos visto, Paul, gente asquerosa, sin futuro ni pasado, sin presente. ¿Me sigues? Mierda, sangre y miseria por todos los rincones. ¿Entiendes?

    -Claro, continúa. -No le costaba imaginarse a Anthony con gente así. Él, de hecho, era un poco así.

    -Anduve con ellos unas semanas. No hacíamos gran cosa y, aunque se llamaban a sí mismos poetas, artistas contraculturales, nunca los vi escribir una sola línea. Lo único que hacían era drogarse todos los días a todas horas. Yo estaba en medio en todo eso, como en un sueño, y los dejaba a su aire. Pensaba en cuál sería mi próximo paso, cada vez tenía más claro que en Europa no había futuro para mí.

    -Yo pensé lo mismo. -Era mentira, en realidad pensaba en que su amigo hablaba de sí mismo.

    -Escucha, que ahora viene lo mejor. Resulta que uno de los tipos, Tomasso, vivía allí con su novia, Gabriela, y habían sido padres de una niña. El bebé tendría unos meses de vida, pero a esos tipos les daba lo mismo. Se drogaban allí mismo sin importarles que la pequeña llorara o comiera. No sé cómo pude soportar todo aquello. -Se revolvía en la silla, un par de lágrimas comenzaron a resbalar.

    -Ánimo, tío, no era tu hija. Supongo que debe ser duro estar en todo aquello, pero no será la única en el mundo. – Paul siempre se había destacado por su cinismo, pero en el fondo era un sensiblón. Con la mirada clavada sobre la mesa, ambos sin haber tocado su hamburguesa, Anthony continuó.

    -Se drogaban a todas horas: coca, heroína, qué se yo. Esos tipos se decían a sí mismos artistas, unos desgraciados es lo que eran, cómo podían hacer aquello delante de la bebé. Una noche me levanté sobresaltado, estaba en la cama con un mal viaje y no podía dormir. Fui al salón a por un vaso de agua y entonces la vi: la bebita estaba fría sobre la moqueta del suelo. Aquellos descerebrados habían dejado la droga cerca de ella y de alguna forma se la había llevado a la boca. Yacía sobre un charco de sangre.

    Paul no supo qué decir. Se le había quitado el apetito por completo. Lo único que consiguió hacer fue encender un cigarrillo y mirar a su compañero con ojos atónitos. No esperaba semejante horror, tenía que ser una historia inventada. Cómo unos padres iban a dejar que sucediera algo así, por Dios.

    -Decidí que había pasado demasiados días allí, cogí mi mochila y me largué en plena noche. Todo me parecía un mal sueño. Me fijaba en cosas absurdas y pensaba cualquier cosa para no pensar. En el aeropuerto, mientras cruzaba la aduana, los tipos de seguridad registraban al azar a quienes pasaban al otro lado. Yo me sentía sucio, quizá debería haber avisado de lo que había visto, pero estaba tan asustado que solo quería largarme de Roma cagando leches. Además, esos polis buscaban a la gente que transportaba droga de un país a otro. Yo pensaba en cómo se debían sentir los traficantes minutos antes de cruzar el umbral, de si ensayaban cara de póquer, en cómo fingían la naturalidad que sentía yo, sabiendo que no transportaba nada raro y que llegaría a casa. ¿Entiendes o no? En verdad me moría.

    -Te entiendo más o menos Tony, ¿qué tienen que ver los traficantes con la muerte del bebé? -Pero Anthony no lo escuchaba, absorto como estaba en su propia historia, ojos inyectados en sangre.

    -El tipo de seguridad decidió que yo podía ser un posible candidato de traficar algo en el avión. Dejé mi mochila, vacié mis bolsillos, y atravesé el control de metales. Pero el poli me detuvo y me pidió que me sentara. Comenzó a registrarme. Yo obedecía como un ciudadano cualquiera, en esos momentos estaba en otro mundo, completamente sobrio, pero todo me parecía como de plástico, irreal. Me vació de nuevo los bolsillos, pero solo encontró un pañuelo que no había depositado en la bandeja. Estaba tranquilo y al cabo de un rato, dejó que recogiera mis cosas. Total, cogí la maleta, me metí en el avión e intenté dormir.

    -No entiendo a dónde quieres llegar, Anthony.

    -Me sorprende que quieras ser escritor, tío. Espera a que termine la historia. Mira, alquilé un apartamento y dejé mi mochila por ahí tirada. No tenía muchas cosas y empecé a rehacer mi vida de nuevo. El dinero nunca fue un problema para mi familia y la verdad es que me sobraba. Me compré ropa, me corté el pelo, quería volver sobre mis pasos, recalcular de nuevo la ruta de mi vida. ¿Me sigues? El caso es que en meses no abrí la mochila que traje conmigo. No lo necesitaba, solo tenía ropa sucia. ¿Me entiendes o no?

    -Sí, Anthony, maldita sea.

    -Pero hace dos días estaba bastante aburrido. Recordé que durante el viaje había comprado una versión en inglés de La Divina Comedia. Por haberla adquirido en Roma, pensé que sería una obra especial. No tenía nada que hacer y busqué el libro dentro de la mochila. ¿Adivinas lo que encontré ahí dentro?

    -¿La Divina Comedia?

    -Ropa de bebé. Me había confundido de bolsa y me había llevado otra. Eso me horrorizó, pero eso no era lo peor. En el fondo, bien escondido, había medio quilo de coca, o lo menos, una cantidad considerable.

    -¿Cómo es eso posible? ¿No dijiste que te pararon en el control?

    -No lo sé. Aquellos tipos debieron de meterlo allí porque pensaban que era un lugar seguro, no lo sé. Tampoco les llamé para preguntárselo. Seguro que se quedaron a cuadros cuando vieron lo que había pasado. Lo importante no son esos tipos. Lo fundamental es que había atravesado el control de la aduana con medio quilo de cocaína, me habían registrado, y no lo habían encontrado. El tráfico de drogas es una cosa seria, tío. Si me llegan a encontrar con eso, hubiera sido mi perdición: la cárcel o algo peor. No sabía si estar contento o sentir miedo. Era como si el mundo me dijera algo, pero no entendía el qué.

    -Te libraste de una buena, Anthony. Era tu día de suerte y no lo sabías.

    -Ahí pienso que está la clave, Paul: yo no lo sabía y por eso me salvé.

    -Pero la bebé no se salvó.

    -Exacto. Desde entonces no me la quito de la cabeza. No puedo evitar escucharla llorar por la noche.

    La cena se había terminado. Paul no podía evitar pensar que la historia de su amigo era sencillamente mentira. Algo tan rocambolesco es imposible que pase en el mundo real. Con la hamburguesa a medio comer, encienden sendos cigarrillos y comienzan un incómodo silencio. Ambos se sienten cansados y quieren irse a casa, en otra ocasión podrían tomar esas copas que hoy se quedaban pendientes.

    Salen del restaurante y caminan por la acera. Paul le dice a Anthony que quiere buscar algún lugar donde comprar un mechero. Anthony le da el que lleva en el bolsillo, tiene mecheros en su apartamento. Prometen verse el fin de semana próximo. Se dicen adiós. Nunca más volverán a verse. Anthony se suicidaría poco después. Diagnóstico: sobredosis. Un final lógico para un yonqui como era él.

    Una vez en casa, Paul se sienta delante del escritorio. La máquina de escribir permanece callada con su hoja de papel intacta, inmaculada. Corre una brisa fresca y hace una noche agradable. Piensa en la suerte de Anthony, en qué hubiera pasado si la policía de aquel país le hubiera encontrado la droga o al bebé en el apartamento. Seguramente se trataría de un país bastante atrasado. Su pensamiento se desboca. Un segundo después de encender el cigarrillo con el mechero de Anthony, sus dedos teclean rápido.

    Paul es un escritor sin imaginación, por eso decide dar forma a la historia que le había contado Anthony aquella noche. La realidad era para él más fascinante que la fantasía, así que se dedicó a contar una posible versión del trance de Anthony. Cambió el nombre, el país y la suerte. Pasó días escribiendo el manuscrito y, una vez terminado, descubrió que era buen prosista. La historia caminaba, era ágil, eléctrica.

    No dejó de escribir jamás. Unos años después de aquel encuentro consiguió publicar su primera novela con el pseudónimo de Paul Benjamin. No funcionó, pero le sirvió para seguir publicando. Décadas más tarde se convertiría en uno de los novelistas más importantes de finales del siglo XX y del siglo siguiente. Se hizo rico, se casó un par de veces, tuvo dos hijos, continuó fumando y el cáncer no consiguió darle caza. Nunca más volvió a pensar en Anthony. Aquella historia acabó perdiéndose y nunca fue publicada.

    A Paul le gusta mirar por la ventana de su viejo apartamento de Brooklyn, hoy, en 2022, uno de los barrios más exclusivos de Nueva York. Casi puede verse paseando en los 70. La gente lo conoce de toda la vida. Después de todo lo vivido, de todo lo escrito, de saberse inmortal como novelista, piensa, en el otoño de su vida, en cómo empezó. Hoy, extrañamente, recuerda a Anthony en aquella hamburguesería que ya no existe, explicándole su descabellado relato con los ojos inyectados en sangre por las drogas. Su hijo, Daniel Auster, también tiene una hija y problemas con la heroína. Por un instante se le pasa por la mente la vieja historia de Anthony. Piensa en llamar a Daniel, pero es tarde y ya lo ha intentado todo.

    Se distrae con una revista, para ser un escritor sobrevalorado no le había ido tan mal. Apaga el cigarrillo, bebe un vaso de agua y se acuesta en la cama con su mujer Siri. Sobre la mesita de noche, hay una revista cultural con su foto en la portada. Lo han despellejado vivo, pero ese será el menor de sus problemas. El título del artículo: Auster, un escritor sobrevalorado. Esa noche sonará el teléfono y ya nada volverá a ser lo mismo, pero Paul Auster dormirá a pierna suelta sin pensar que las viejas historias, a veces, se repiten.

    Nota del autor:

    Esta es la noticia real que recibirá en la llamada de teléfono Auster durante la ficción de este relato: Paul Auster: la trágica muerte del hijo y la nieta del aclamado escritor estadounidense

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  • Capítulo 1. Comer es prescindible

    Capítulo 1. Comer es prescindible

    Había venido a la Universidad para terminar trabajo, pero antes decidió pasar por la cafetería. Allí encontró a los de siempre sentados donde siempre; esa clase de gente que son, en conjunto, una clase de estudiante universitario común en la década de los 10.

    Jóvenes andrajosos, con barbas poco cuidadas y chaquetas de próximos tiempos adolescentes gastadas por el uso. Seguían manteniendo viva la llama de la inocencia que les otorgaba ser veinteañeros sin ningún futuro por delante. Estudiantes de letras, arquitectura de las frases, polvorientos pájaros en una pecera moderna. Convertido el sueño de hacer volar las ideas hacia la verdad, en un trabajo, en una obligación, en unos resultados; convertida la literatura en basura-hurra-hurra, se aburrían. Salían de las aulas tristes donde deberían estar, se encontraban en los triángulos soleados que dibujaban las sombras edificios grises en un trozo de césped, en un viejo banco de madera por embarnizar, en aquella mesa de la cafetería donde siempre había alguien saltándose clase.

    Todavía era nuevo en la ciudad, una gran urbe de esas con sus ruidos estridentes pintorescos vagabundos asaltándolo a uno si lo descubren con cara de tonto buscando una calle. Era nuevo pero ya había sido novato antes en otros lugares. Quizá por eso se sentía a veces tan mayor, mucho más viejo que aquellos veteranos que nunca se habían movido del sitio y se habían hecho respetar a base de resistir. Él nunca sería de esa clase de gente, y eso lo entristecía. Siempre andaba buscando algo perdido que nunca encontraba, pero encontraba otras cosas y aprendía mucho, con eso se consolaría.

    A lo largo de aquella juventud precoz había construido algunos mapas mentales que le funcionaban bien. Tenía la cabeza llena de esquemas de todo tipo, como escalas musicales grabadas con cicatrices por la experiencia y la práctica, concatenación de acciones que funcionan correctamente para conseguir un fin, sin ser nunca garantía de éxito. La teoría está bien pero en la práctica suena la vida, empieza la música y algo hay que hacer, ciertas notas que hay que tocar según la canción que suena. Una chica habla contigo, a solas en cualquier parte, y percibes que revuelve el vacío con las manos apoyadas sobre el regazo; pones la tuya, grande y caliente, sobre las suyas, tan frías, y las cobijas. Y después ¿un beso, un abrazo, un adiós? Después suena la música y algo hay que tocar a tiempo.

    Iba pensando en estas elucubraciones mientras se acercaba lentamente a donde estaban los suyos. En todas las Universidades que había tenido el gusto de conocer, y con esta ya iban cuatro, algunas veces para estudiar y otras no, siempre conseguía encontrar a su tribu rápidamente. No tenían pérdida: en aquel lugar donde los profesores siempre ubicaban a los alumnos de peor ralea, los que nunca llegarían a nada, aquellos que por méritos propios gozaban de una cátedra cum laude en “El Bar”.

    Para ellos El Bar no era un lugar de paso, donde coger el café y marcharse corriendo; era un punto de llegada, un puerto donde atracar y protegerse de la tormenta del no saber a dónde huir, de encontrar calor en la conversación de los descarriados que renunciaban a subir a clase como el que subiera al tedio infernal. Muchos se quedaban en ese purgatorio con sus iguales, esperando a que llegara la hora de todos, el día del juicio, a final de curso. De momento solo había tres chicos y casi no los conocía.

    -Eeei…- dijo Rocky -¿No está el maricón este?

    -Nop, yo no lo he visto. Le contestó uno de los tres monstruitos sin levantar la vista del cigarrillo que se estaba liando. Los otros dos engendros, ambos con gafas, lo miraban furtivamente. No decían nada.

    Todavía desconfiaban de él porque era nuevo, cuando deberían desconfiar de ellos mismos por ser tan desconfiados, al fin y al cabo, ¿qué vale la confianza? Él siempre se la regalaba a cualquiera, la había perdido a veces pero nunca se había muerto por eso, siempre había más. Además, sabía que con dos porros podría ganarse su amistad fácilmente y entonces colársela con la guardia más baja. ¡Lo que hacía el mundo todo el tiempo! Quiso escupirles todo este torrente de pensamientos, pero no dijo nada, empezó a liarse un porro en silencio. En el silencio solo se escuchaba la algarabía de El Bar.

    –¡Qué buen día, María!- Dijo al colocar el papel encima de la mezcla, la boca le salivaba. -Fumo demasiados porros…- y miró a sus compañeros de la mesa que, pese a su confesión, no rompían su silencio. –¿Visteis anoche la entrevista? Parece que ese tío sabe lo que se dice, quizá sí fuera un buen presidente, quizá consiguiera cortar los hilos que mueven a tanto rico-monigote-gilipollas-elitista.

    -Esas entrevistas son para gente que no tiene ni idea. El verdadero cambio debe empezar por hacer las cosas bien y no dejar ni presentarse a unas elecciones de un país con cara y ojos, no deberían dejar presentarse, digo, a tantos impresentables. – Había contestado el único de los tres que por el momento había abierto la boca, estaba claro que él llevaba la voz cantante de los tres cerditos. Sabía que la política encendía los ánimos de cualquiera, era como un mechero conversacional en aquellos días, solo había que aplicar determinado tema según el interlocutor y fácilmente ardía la demagogia.

    -No podría estar más de acuerdo con lo que dices. La verdad es que visto como tú lo ves tiene sentido. Además son gente sin experiencia que…- Su interlocutor se desperezó y se revolvió en su silla, asintió, no reparó en el poco sentido que tenía que aquel chaval nuevo le diera la razón cuando no había hecho ningún razonamiento; porque era su razón, seguramente, con la que creía estar de acuerdo.

    -Panda de incompetentes, de charlatanes… le quitan el puesto a la gente que realmente sabe trabajar en esos terrenos, gente como mi padre, socialista de toda la vida, siempre defendiendo encarecidamente los intereses de la clase trabajadora. Ahora… ahora todos son oportunistas, arribistas, fantoches que quieren reconocimiento, nos llevarán a la ruina… Panda de demagogos asquerosos…

    Los gafitas asentían, uno a cada lado de su líder. En esto llegaban más palomos a la mesa, venían de clase de Gramática Histórica, uno de ellos era su amigo, un viejo amigo desde hacía dos semanas.

    -Cabrón, ¿de dónde vienes, eh? Portándote bien, ¿no? ¿Ya te ha puesto el positivo por asistir a misa?

    -¡Hola, Rocky!- su amigo lo llamaba así aunque no era su verdadero nombre, era de esas personas a las que les gusta rebautizar a los de su prójimo por razones aún por conocer.  -Tú deberías pasarte algún día, al menos, para que te conozca el Ratamuerta… En un mes no has aparecido por allí y en esta asignatura la asistencia es lo más importante, no haces nada y te pone un siete, pero si vas…

    -Ya, ya, ya… Haré su mierda de examen de siete, me pondrá un cinco, y todos contentos. Lo único que necesitamos son apuntes, lo demás lo sacamos con la bibliografía, pero nos hacen falta apuntes…

    -¿Y qué es eso que huele tan bien? 

    -Toma, cabrón, justo a tiempo llegas, me lo acabo de enchufar. -Y le pasó el porro sin renuencias.

    Después se unieron a la conversación general, que versaba sobre películas que nunca les gustaron y libros que se leyeron fragmentariamente, obras cuyos títulos resultaban atronadoramente elocuentes cuando uno las invocaba en esas reuniones. Normalmente no participaba en estas gallardías a menos que estuviera muy aburrido o que hubiera alguna niña de por medio. Atacaba con todo lo que sabía, que no era poco, a veces conseguía sorprender y otras veces no, pero casi siempre establecía algún momento de complicidad con los ojos a quien dedicaba todos los requiebros dialécticos y acrobacias de su ingenio. Ese día ni había ni niña, ni chica, ni mujer, ni alma, ni nada, y se aburría soberanamente.

    -Tengo que ir a hacer el puto trabajo…- Dijo en un fumado y melancólico suspiro, a media voz para que lo oyera su amigo y el que quisiera.

    -¿Trabajo de…? No me asustes, marica.

    -El de Fontanela, – y dijo después de un breve silencio- el que a la vez que caga se la pela. -Rieron.

    -¡Qué dices! Pero si eso había que entregarlo la semana pasada…

    -¿Qué?

    -Aja, tienes las fechas en el Campus Virtual, tío.

    -¡… Joder! Yo es que eso nunca lo miro, además tengo jodido el puto ordenador. Me cago en…

    -Bueno, no te preocupes, mira lo que tengo aquí.- Y le enseñó un cogollo verde-verde, casi radioactivo, que olía como a calle meada, eso es que era buena. –Un interior que lo flipas, mazo de bueno.

    -¡Jajaja! Joder, Perro, cómo me lías… Bueno, al menos ya no tengo que hacer el trabajo. Vámonos al centro luego, cuando lo acabemos. A ver si se viene El Pirri también y estamos por ahí. Tengo ganas de comprarme un libro pero todavía no sé cuál. Mira, lo tengo todo calculado. De los veinte pavos que me quedan para terminar el mes, cinco son para tabaco, uno para papel, cuatro para dos cafés y diez para pillarme un tomo bueno y gordo, que me dure durante estos días de hambre literaria.

    -¿Y comer?

    -Comer es prescindible.

    Volvieron a reír y se unieron de nuevo a la conversación general que ahora trataba sobre que tal local se había llenado de pijos y de gente que no entendía el verdadero motivo de ir a ese lugar y no a otro.

    -Solo van porque se ha puesto de moda, sin entender nada. –Balaba era el líder que no se había callado en lo que habían llegado los otros. Él pensaba que por ser el pardillo con más dinero tenía que ser el que hablara más, los demás lo pensaban también y le dejaban hacer. Ahora eran unos seis o siete en la mesa, poco a poco irían llegando más, se acercaba la hora de comer, por lo tanto, tiempo de huir.

    Se levantó torpemente como si se hubiera olvidado de la gravedad del planeta Tierra y al estar de pie casi se tambaleaba, Perro lo siguió de igual modo, recogiendo su ajada mochila del suelo. Sentía la agustera corriendo por todo su cuerpo, acariciándole detrás de las orejas, hacía que sus piernas pesaran mucho, no importaba porque casi sentía que su cabeza podría salir volando, volando, volando. 

    -Volando y las alas serían las orejas. Pero yo tengo una oreja más grande que otra así que el vuelo sería poco equilibrado, incluso aparatoso. ¿Y si encontrara turbulencias?- La imagen de su cabeza volando aparatosamente, enfrentándose a las turbulencias con toda la fuerza de sus acomplejadas orejas le resultó tronchante y empezó a reírse solo. Todo esto no lo oyó nadie, bien porque no lo escuchaban, bien porque estaban igual de fumados por la marihuana, por el estudio, por la incertidumbre o por otra cosa. Se acarició un poco el cabello, largo. –Tengo que cortármelo ya.

    -¿Qué, qué dices?- Preguntó Pedro distraídamente.

    -Que tengo que cortarme el pelo.

    -Yo también, pero no tengo pasta.

    Iban caminando silenciosamente, saliendo del campus dirección ninguna parte, por el camino toparían con la gran ciudad. Había una pequeña bandada de agapornis que los miraban pasar con atención desde su árbol. Esos bichos verde lima, que se escapan de sus jaulas con o sin permiso de sus adocenados dueños y acababan allí, ocupando el breve campus universitario, rivalizando con gorriones y palomas. Él se sentía como uno de ellos, una especie invasora, un solitario ser intruso.

    -Tenemos que salir de esta mierda.

  • El profesor Castillo

    El profesor Castillo

    Arbolé arbolé, seco y verdé. Recuerdo a un compañero de mi promoción, en quinto o sexto de primaria, recitando este poema de Lorca, delante de toda la clase. Y llevados por la magia de la poesía, lo mirábamos en silencio, lo admirábamos con la fascinación propia de los niños a esa edad, queríamos ser como él. Luego el alumno se sentaba en su pupitre y el profesor Castillo de la Escola Mossèn Ramón Bergadà lo felicitaba. Era el momento de que saliera otro compañero: me tocaba a mí. La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira, el niño la está mirando. Otra vez Lorca.

    A esa edad yo desconocía muchas cosas. Más tarde comprendí que la luna simbolizaba la muerte y que el niño, al final del poema, tiene los ojos cerrados porque ya no volverá a despertarse nunca, y que por eso por el cielo va la luna con un niño de la mano. Es cierto, lo comprendí más tarde, suponiendo que hoy lo haya comprendido del todo. Pero lo aprendí entonces, en la infancia, en un aula del segundo piso, al fondo del pasillo, donde daba clases el profesor Castillo, de cuyo nombre no quiero -porque no puedo- acordarme. Ese curso, aprendí a amar la literatura. Y ese mismo amor me acompaña hoy, y es el mismo amor que me llevaré cuando la luna decida ir conmigo de la mano.

    Las cosas en el plano educativo han cambiado en veinticinco años. De hecho, cuando el profesor Castillo nos daba clases, él era el más diferente: nunca usaba libros de texto, nos hacía aprender poemas de memoria, fumaba a veces en el quicio de la puerta -o así me gusta recordarlo- y nos llevaba a los ordenatas, aparatos maravillosos que para él suponían el mayor regalo del futuro, porque nos daban acceso al internete, donde se guardaba toda la poesía del mundo mundial. Sois muy afortunados, nos hizo saber.

    Hablando con los amigos, después de nuestros respectivos trabajos, recordando los viejos tiempos, cuando nos referimos a algún profesor de nuestro colegio, el primero, siempre es el profesor Castillo. Unos nos decantamos por las letras, otros por las ciencias, pero él fue alguien especial para quienes tuvimos la suerte de encontrárnoslo.  Además, no solo nos daba lengua castellana, sino también la asignatura de plástica. El trabajo más famoso que recuerdo era el de montar un balón de fútbol con cartulinas. Siempre he sido bastante torpe con las manualidades, pero el profesor Castillo consiguió que realizara entonces figuras geométricas que no sería capaz de reproducir hoy en día. En una de nuestras quedadas, un compañero dijo que había encontrado el balón en el trastero de su casa, después de tantos años, roto por un costado. Descubrió que había algo en su interior, sonaba como algo ligero y suelto. Lo vació sobre su mano y encontró un papel doblado. Al abrirlo leyó su nombre completo y su edad: nueve años.

    Hay personas que tienen magia. Ser profesor debe ser una de las profesiones más bellas que quedan en el mundo. La razón de esto es simple: el trabajo del maestro es la obligación que debería tener todo ser humano: enseñar. Coger de lo estudiado, de lo vivido, los frutos más dulces y compartirlos con los alumnos. Luego viene el esfuerzo. Hoy se proponen cientos de teorías y algoritmos para motivar al alumnado que ya no quiere estudiar, que ya no quiere leer, que ya no quiere saber. Pero eso no es cierto. Cualquier inspector de educación reprendería la actitud de nuestro viejo profesor Castillo conforme a unas leyes que dictaron aquellos que nunca pisaron un aula para dar clase, que imaginaron cómo debería ser la educación, pero que nunca la practicaron. Y estoy seguro de que eso lo sabía el profesor Castillo. Y presentaba singular batalla con un sistema que fomentaba el empobrecimiento del intelecto, y, por tanto, del alma.

    Pero no se rindió. Siguió a lo suyo y lo consiguió, si no en general, lo consiguió conmigo, con nosotros, con generaciones de constantinenses que lo tuvimos como maestro. Han pasado los años y hoy yo mismo soy profesor de secundaria. A veces, cuando la clase se pone cuesta arriba, recito poemas de memoria y mis alumnos me miran con los ojos como platos. Y me dicen admirados: ¡Cuánto sabes, profe! No pierdo el tiempo explicándoles que esos poemas me los enseñó un viejo profesor algo rebelde y bohemio que impartía clases en un aula del segundo piso al fondo del pasillo. No hay tiempo para explicar que entrar en esa aula era penetrar en un mundo mágico. No llego sincerarme tanto como para decir que me gustaría ser un poquito para con ellos lo que fue para conmigo el profesor Castillo. Y su mejor enseñanza, al fin, era muy simple:

    -Queridos, la magia está en este mundo, está dentro de vosotros: la magia existe.

    Y como dijo Lope cuando hablaba sobre el amor, es de verdad: quien lo probó lo sabe.

  • Ninguno lo sabía (Parte 3 y Final)

    Ninguno lo sabía (Parte 3 y Final)

    Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: El presente (Parte 2).

    La puerta del pequeño apartamento se abrió y llegué al sofá del salón con los ojos cerrados, solo guiado por las manos de Karlaina que me abrazaban y recorrían como un río mi espalda, mi cuello y mi vientre. Me dejaba llevar por ella guiado por el torbellino de besos que entre los dos formábamos, cada vez más lejos del mundo, cada vez más olvidados de quiénes éramos y de dónde veníamos. Sin importar absolutamente nada más que nuestros dos cuerpos abrazándose bajo la luz cálida de las lámparas amarillas.

    Llegó un momento en el que perdí el equilibrio y caí. Karlaina cayó encima de mí y seguimos rodando, dándonos todos los besos que el pasado nos había negado. Por el tacto de la superficie pude deducir que estábamos sobre el mullido sofá de cuero color crema, y que por lo tanto habíamos llegado hasta el comedor del apartamento sin ver. Cada vez la respiración de ambos se volvía más entrecortada y, de golpe, Karlaina paró.

    Se alejó abruptamente de mi como si una corriente de aire se la hubiera llevado y yo me quedé por un instante besando estúpidamente al vacío, a un fantasma. Abrí los ojos sin entender nada y la vi de pie, en medio del pequeño salón, entre la tele y el sofá donde yo estaba, mirándome divertida, alegre, preciosa. Le hice saber que no entendía: What happens? Y ella me dijo que tenía que permanecer allí sentado, que Soon I will come.

    Desapareció por la oscuridad del pasillo. Me quedé estupefacto, sin saber muy bien qué hacer ni qué pensar. Una enorme fuerza incómoda e incontrolable pugnaba por salir por la cremallera de mi pantalón vaquero y la promesa rota de liberación aún la hacía más rabiosamente dolorosa. Mi vista saltó por diferentes puntos del salón, el televisor, la cocina, la ventana, la mesa de té, mi libro colocado encima que había traído para ese viaje y cuya lectura me estaba fascinando porque no podía sentirme más identificado con el protagonista de El Idiota de Dostoyevski. Como el Príncipe Myshkin estaba yo en ese momento, absolutamente perdido en un mundo que no terminada de entender.

    Ya pensaba en levantarme e ir en busca de Karlaina por el apartamento. Una parte de mi la imaginaba en el cuarto, tumbada en la cama bocabajo, llorando por los recuerdos amargos que ese día había tenido que remover y que la impedían, después de todo, disfrutar de una velada improvisada de nata y fresas. A pesar de nuestra juventud, la vida nos había enseñado que podía ser tremendamente cruel cuando se lo proponía. Me iba a levantar cuando, de repente, su voz desde la oscuridad del pasillo: Are you ready?

    No me dio tiempo a contestarle. Antes de que pudiera decir nada, apareció desde detrás de las sombras y la bañó la amable luz amarilla del salón. Enmarcada tras la oscuridad del umbral de la puerta abierta, Karlaina se parecía a una diosa de la mitología humana.

    De abajo arriba, sus pies ligeros estaban desnudos. Notas de color rojo adornaban cada una de sus uñas. Parecía que no se posaba en el suelo, sino que flotaba a medio milímetro del suelo. Sus piernas también estaban libres de ropa desde los tobillos a su cintura. Podía apreciar su piel bronceada por la naturaleza en una carne que parecía no tener huesos excepto en las rodillas. El camino de la mirada desde el suelo por esas piernas parecía una escalera al cielo. Una pieza del mismo color que sus uñas dejaba entrever su sexo como una hoja de parra que iba a caer de un momento a otro. La cintura y las caderas dibujaban sutiles curvas que se estrechaban a cada lado a medida que subían hacia el vientre, donde el ombligo del mundo me miraba como si quiera tragarme y devolverme a las aguas donde todos sueñan despiertos una vida imposible. El camino hasta sus pechos pequeños era un paseo entre las nubes. Disimulaba su desnudez un sujetador rojo, del mismo color que las prendas que llevaba, las cuales parecían resaltar más su desnudez que ocultarla. Una de sus manos reposaba sobre la cadera donde pronto se juntaría con la mía y la otra se acariciaba la media melena de pelo negro. Sus ojos, también negros y grandes, me preguntaban qué si me gustaba lo que estaba viendo y como respuesta solo obtuvieron mi boca abierta desde que la vi.

    Dio una vuelta y vi la misma belleza por detrás. Sus glúteos generosos y proporcionados se me mostraban como un secreto separado por una delgadísima cinta roja de tela que terminaba abrazando sus caderas, dejando entrever el interior como el envoltorio de una chuchería. Do you like what you see? Dijo al volver a mirarme. Come, please, come.

    Con la levedad de un ángel, se aproximó a mis brazos y la abracé como si fuera la primera vez que lo hacía. El calor recorría todos los rincones de mi cuerpo pero mis movimientos eran lentos y despaciosos, como si no existiera el tiempo en la dimensión que ahora habitábamos. Mis manos recorrían despacio todos los lugares del cuerpo y de la escasa ropa de Karlaina mientras ella me iba desnudando a mí como si me arrancara una piel muerta y me devolviera otra nueva y fresca. Pronto estuvimos en contacto piel con piel, tocándonos sin mover las manos, juntando las partes más íntimas de nuestro ser, escasamente separadas por la fina tela de las braguitas de ella, cada vez más húmedas y calientes, cada vez más cerca los puntos liminales que nos unirían pronto como en una explosión. Su boca bajaba desde las comisuras de la mía por mi cuello, mis hombros, mi pecho. Sentí cosquillas y mis manos la agarraron con más fuerza sin darse cuenta. Ella rio y siguió bajando hasta encontrar el punto más duro de mi persona.

    Noté su húmeda lengua y sus labios que me abrazaron suavemente. Se la veía concentrada en lo que hacía, con una sabiduría de siglos aprendida en los libros secretos del cuerpo. Pronto quise corresponderla y me levanté sobre la alfombra donde ella ahora estaba. Se colocó en el sofá delante de mí, dejándome ver toda su espalda, que entonces me parecía hecha del material más exquisito del mundo. La acaricié cuan larga era hasta llegar al final. Ella se estremeció un poco dejando escapar un jadeo. Aparté la cinta que nos separaba la piel y besé su sexo como si fuera un objeto sagrado de la religión. Un sabor a piel y a sal de mar invadió mi lengua mientras se adentraba en las cavidades próximas. El olor de Karlaina, que siempre me hacía sentir en casa, era allí más fuerte, más puro, como si de esa parte de ella manara su esencia. Los gemidos se hicieron más audibles y, a veces, aguantaban un grito. Me hizo saber sin decírmelo que quería que encajáramos las dos piezas que nos constituían como seres de la naturaleza y obedecí.

    Sin necesidad de quitar la pieza de ropa que llevaba, solo apartando levemente la cinta, ahora ya completamente empapada, me introduje en su cuerpo posando mis manos sobre sus caderas con un movimiento suave y sencillo. Karlaina arqueó la espalda hacia atrás y poco a poco fuimos cogiendo el ritmo que marcaban sus nalgas sobre mis piernas. Mientras tanto le desabrochaba el sujetador y la tira se liberó como una goma elástica que cayó sobre el sofá de cuero donde se hincaban las rodillas y la cara de ella.

    Los gritos ya eran audibles pero a mí me parecía que los escuchaba muy lejos, como si el mundo estuviera en otra habitación a donde estaba yo. No pensaba en nada, solo era un cuerpo que sentía una corriente que bajaba hacia el mismo punto, como si fuera un río de aguas bravas pero a la vez suaves y constantes. Me sentía unido a la tierra, a los astros, tan lejos del tiempo como de la muerte. Viví en ese estado una eternidad que pronto terminaría. Antes de que llegara su final, Karlaina volvió a coger la iniciativa y se apartó un momento de mí. Me tumbó en el sofá con un empujón y, después de liberarse de la última prenda de ropa que la cubría y la molestaba, se lanzó sobre mí, esta vez los dos completamente desnudos, formando un solo ser de dos cabezas.

    Me abrazó y mientras yo la abrazaba también y nuestros cuerpos se juntaban de nuevo sin usar las manos, la miré con ojos sonrientes y ella me devolvió la sonrisa. Habíamos ganado, estábamos triunfando sobre las miserias del mundo, reconciliándonos con nuestro pasado y con nosotros mismos, dándonos otra oportunidad gracias al otro. El ritmo se había vuelo rápidamente frenético y yo sentía que las aguas de mi cuerpo pronto iban a estallar como una ola rompiendo rabiosamente contra la roca escarpada. Antes de que el alma se nos saliera del cuerpo, apreté a Karlaina como el náufrago a su tabla de salvación, sintiendo el calor de su cuerpo, la suavidad de su piel, el olor de su pelo, el tacto del sofá bajo mis piernas sudadas, el auillido de la luna que me miraba a través de la ventana del techo como si fuera el ojo de un Dios que me era favorable.

    Y el mundo explotó. Varias veces. Sobre las aguas, sobre la tierra, sobre la carne. Poco a poco las cosas fueron volviéndose reales. Mientras los objetos volvían a su lugar, seguimos abrazados retomando el ritmo de la respiración, mientras nos íbamos haciendo cada vez más pequeños, volviendo a ser humanos. Nos quedamos así, exhaustos y con el corazón aún en un puño, abrazados y sonrientes, con los ojos humedecidos. Wow. Dijo alguien y el otro dijo lo mismo y permanecimos así, en silencio, un buen rato.

    Pronto, las necesidades fisiológicas hicieron acto de presencia. Karlaina se levantó para ir al baño y yo aproveché su ausencia para buscar mi ropa y el paquete de tabaco. Una vez vestido, salí al pequeño balcón y encendí un cigarro viendo pasar los escasos coches que a esa hora recorrían las carreteras. Había un cruce con un semáforo que iba del rojo al verde y viceversa. Las calles estaban mojadas y el ambiente fresco me resutó reconfortante. En algún momento había caído una buena pero no nos habíamos enterado. Eso ocurrió en otra parte de la realidad donde no estábamos ni Karlaina ni yo. Un coche esperaba a que el semáforo le diera paso. Un transeúnte paseaba al perro por la acera de cemento, camino del parque unos metros más allá. ¿Me quedaría allí para siempre? Entonces no me hubiera importado. La vida me había llevado por muchos caminos y en ese momento, los sinsabores vividos me parecían elementos lógicos de una narración con final feliz, si ese fuera su final y ahora terminara la historia.

    Karlaina llegó y se puso a mi lado a mirar el paisaje que iluminaba la luz alternante del semáforo. Are you hungry? Yes, I am always angry. Reímos esa broma que solo entendíamos nosotros y nos dimos un beso. Muchas gracias me dijo y yo le pregunté Why pero ella no me respondió. Te quiero dijo alguien luego por primera vez en mucho.

    Cuando se terminó el cigarro entramos y fuimos a cenar. En Bélgica hay unos establecimientos típios que me encantaban, donde se venden friturías como patatas fritas, salsichas y cosas por el estilo. Siempre pedía salsa samurai y ella picoteaba cuatro cosas mientras me miraba devorar como una bestia hambrienta. Karlaina y yo no podíamos hablar mucho porque ninguno de los dos conocía el idioma del otro, pero habíamos encontrado el idioma humano más real y tangible: el de los cuerpos y el alma. Tuvimos largas conversaciones sin mediar muchas palabras y nos conocimos a fondo solamente por el hecho de pasar tiempo juntos y vivir las experiencias que nos tocaron.

    En el transcurso de esos días, fuimos a Amberes, que quedaba a unos pocos quilómetros del Merelbeke. Lo más famoso de aquella ciudad, que en un tiempo y durante un breve plazo hubo sido del mismo país que el mío, era la estación de tren, por eso Karlaina había escogido ese transporte para llegar a ella. Al parecer, la estación de tren de Gante había aparecido en muchas películas que yo no había visto e inspirado otras estaciones en ciudades europeas donde yo no había estado. No recuerdo mucho de la ciudad más que una calle larga, al salir de la estación, repleta de joyerías donde se compraba el diamante y se vendía, y a judíos con el traje ortodoxo, las barbas largas y las trenzas, esos seres mitológicos que yo había visto en las películas, hablando entre sí o paseando.  

    Echamos ese día sabiendo que ya nos quedaba poco para separarnos. Mañana, deberíamos volver al aeropuerto de Charlorai, dado que el de Zaventem había quedado inutilizado por la explosión. Sabíamos que llegaban horas de estrés y días de separación hasta que encontráramos la oportunidad de volver a vernos, si es que esta se producía.

    Una melancolía agradable nos invadía y hacía que los momentos fueran tan bonitos como una lágrima. Paseamos por la ciudad bajo un cielo gris y un aire ausente. Visitamos el centro y, después de comer, emprendimos el viaje de vuelta porque tampoco encontramos nada interesante que hacer o no tuvimos ganas de hacer nada. Había en el ambiente un clima de preocupación por los recientes atentados y la gente se preguntaba cuál sería el futuro de Europa, y Karlaina y yo nos preguntámos lo mismo sobre nosotros. Ninguno supimos qué responder, más que vivir y dar otro paso y otro.

    Lo que más me gustó de Amberes fue, efectivamente, la estación de tren. Los trenes siempre me han inspirado la sensación de nuevas oportunidades al final de la vía, mucho más que los aviones, que se parecían más a un ascensor que a un camino. Dimos una vuelta entre las arcadas decimonónicas de la estación, observando el techo altísimo y la ligera arquitectura de hierro, que se había hecho famosa gracias a la Torre Effiel. Encontramos nuestro tren en uno de los andenes inferiores y decidimos esperar allí hasta que saliera, huyendo del frío, dando rienda suelta al triste y amable sopor que nos invadía. Dos soldados con fusil apostados en un lugar estratégico nos recordaban que vivíamos en un mundo hostil y vigilado. No hicimos caso de su imagen que se veía a través del grueso cristal. Permanecimos el uno junto al otro, sentados en el vagón completamente vacío, Karlaina apoyada sobre mí mientras mi brazo la abrazaba sobre los hombros y yo reclinaba la espalda sobre la ventana. You know what. No, I don’t.

    Te quiero, dijo el otro. Y esa fue la última vez, pero entonces ninguno lo sabíamos.

    Nota del autor: ¿Te ha gustado este texto? No dudes en dejar un comentario y susciribirte. Subo contenido al blog todos los domingos. También dispones de las historias que ya se han publicado hasta la fecha haciendo clic aquí.
    Nos vemos por los textos. Un abrazo,

    El Pobrecito Escribidor

  • El presente (Parte 2)

    El presente (Parte 2)

    Nota del autor: Este relato es la continuación del publicado recientemente en este espacio: Podría haber sido yo.

    Karlaina llegó por la tarde en su Audi A1 negro. Me subí al coche sin dar tiempo a que ella se apeara del vehículo, dado que era mucho el tráfico y queríamos salir de allí lo antes posible. Nos abrazamos y empezamos hablar a la vez de todo lo que nos había pasado, cada uno en su respectivo lado de la historia. Había sido una suerte para ella no haber llegado a tiempo a la zona donde se había producido la explosión, muy cerca de donde se encontraba en ese momento. Había visto la policía, las ambulancias, en realidad, ella había estado mucho más próxima del desastre que yo, porque si bien a mí también me había ido de minutos encontrarme en medio del caos, no había visto prácticamente nada más que el miedo invisible como un velo en la cara de los pasajeros. Sin embargo, ella había visto el humo y la sangre, el ejército y la policía. Pero por fin estábamos juntos y nos dirigíamos a casa de sus padres, lo cual no estaba previsto.

    Habíamos organizado una semana en Bélgica en el apartamento vacío que su familia tenía en Merelbeke, una localidad cercana a Gante, donde también regentaban la casa de dos plantas donde vivían habitualmente. Como no éramos nada demasiado serio, no teníamos pensado en presentarnos a nuestras respectivas familias, pero el transcurso de los acontecimientos nos hizo cambiar de planes apresuradamente y allí me dirigía a conocer a mis futuribles suegros belgas. La verdad es que me daba más miedo eso.

    Desde su ex, con quien había vivido una relación traumática, Karlaina no había traído otro chico a su casa. Sus padres resultaron ser muy amables. Su madre era de ascendencia chilena y eso le había dado a Karlaina el pelo negro, la piel morena y los grandes ojos oscuros: me di cuenta de que era una versión más joven de su madre. El padre era un belga alto y desgarbado que no me dijo mucho ni me juzgó de forma inquisidora. Hablamos un poco de los acontecimientos del día como el que cuenta una anécdota no muy trascendente y pronto nos dejaron tranquilos. Fuimos arriba. Yo necesitaba urgentemente una ducha y abrazar a Karlaina, y todos lo entendieron.

    Aquella noche era la víspera de mi cumpleaños. Al salir del baño, que por otra era el sitio más lujoso donde yo me había aseado alguna vez, me estiré en la cama de Karlaina. Ella me abrazó y así estuvimos los dos un buen rato, sin hacer ni decirnos nada, solo respirar mirando al techo, sintiéndonos vivos. Ni salimos a cenar ni bajamos más a la planta baja. Nos quedamos arriba e hicimos el amor de una forma infinita, sin terminar nunca, como si nuestra carne pidiera a gritos mantenerse despierta por miedo a dormirse para siempre. Al final tuvimos que obligarnos a parar el uno al otro. Ya tendríamos tiempo de disfrutarnos al día siguiente, en el apartamento de Karlaina. Por otra parte, teníamos mucho que hacer al día siguiente: nos esperaba una cita importante con su ex.

    A pesar de su dulzura, Karlaina había convivido varios años con un tipo que la maltrataba, tanto física como psicológicamente. Es decir, le daba palizas, la humillaba, la despreciaba y un largo etcétera de pesadillas conyugales. No resultaba extraño, entonces, que hubiera buscado a alguien tan lejos de su día a día, manteniendo una distancia de seguridad lo más grande posible. Pero resultó que, sin quererlo, las cosas estaban saliendo solas, como movidas por una corriente de aire que las impulsaba. Tanto era así, que teníamos previsto acudir al antiguo apartamento de la pareja, porque ella debía hacer firmar al tipo unos papeles, a lo que él se negaba en redondo. Quería volver a verla, a poseerla, a pesar de haberle hecho todas las perradas del mundo, pero Karlaina se negaba, quería cambiar de vida, y yo representaba todo eso. Desconozco si mi presencia era una cosa conocida por el tipo, si se iba a poner tan violento como había sido con Karlaina y me iba a dar una paliza que remataría la faena que había empezado la explosión. La realidad era que yo, en general, me sentía tranquilo y triste al mismo tiempo. También yo había vivido mis fracasos vitales estrepitosos y todo me daba un poco lo mismo; lo que pudiera pasarme, bueno o malo, no me preocupaba demasiado.

    En un abrir y cerrar de ojos llegó el día siguiente con su nuevo afán. Tomamos un buen desayuno y nos trasladamos al apartamento que la madre de Karlaina había comprado cuando era más joven. Nos montamos en el coche y nos dirigimos hacia Merelbeke. El paisaje de la ventanilla del coche no tenía una sola montaña y las casas se sucedían una detrás de otra a ambos costados de la carretera. La gente vivía espaciosa, no como en España, donde nos apiñábamos unos con otros en callejuelas oscuras que buscaban la sombra y la corriente de aire. Todo era verde. La gente paseaba en bicicleta o en coches de alta gama como el que nos transportaba a nosotros. En la radio sonaba Cold Play y las casas me parecían de chocolate. Me resultaba cosa de magia que un tipo como yo anduviera con una chica como aquella en un lugar como ese. ¿Me habría muerto?

    La relación con Karlaina era más física que mental. Por una parte, estaba el escollo del idioma, ella hablaba muy poco español y mi inglés era básico. Lo que salvaba el obstáculo de la comunicación verbal era el lenguaje de los cuerpos, siempre ávidos de encontrarse en cualquier lugar. A ella le gustaba hacerlo en lugares públicos y a mí, que me daba todo lo mismo, tampoco me desagradaba. La atracción que sentíamos el uno por el otro era fuera de lo común y buscábamos cualquier ocasión para satisfacerla. Incluso un viaje en coche podía ser escenario de caricias íntimas y ríos de saliva.

    En esas, llegamos a un supermercado Delhaize a por provisiones para la semana. El edificio, de una sola planta, se encontraba en un polígono industrial a las afueras de las afueras, alejado de las desperdigadas casas y granjas que proliferaban por doquier. Hicimos la compra de rigor y al volver al coche, me percaté que no lejos del parquin, de hecho, dentro del propio recinto, se hallaba un pequeño cementerio. Le hice saber a Karlaina mi sorpresa y a ella no le importó coger mi mano y dirigir nuestros pasos hacia el lugar. Cruzamos el umbral de la entrada y paseamos entre las lápidas que anunciaban los cuerpos enterrados. Un nombre, dos fechas, unas palabras, casi nunca una foto, constituían el monumento a los don Nadie, que al fin y al cabo somos todos, junto a un supermercado donde la gente hacía sus compras diarias sin reparar en la finitud y el deceso. Los belgas tenían una curiosa organización social, debieron pensar que aquel era el mejor lugar para enterrar a los suyos, un lugar como cualquier otro, sin drama.  

    Me aburrí pronto de la mirada ausente de los muertos, cuyos fantasmas andarían por las noches entre los estantes de las patatas fritas y refrescos azucarados, y nos metimos en el coche rumbo a otro sitio. Aquel día, nuestras visitas eran erráticas e íbamos a todos sitios sin ir a ninguna parte porque esperábamos ansiosos que fueran las cinco de la tarde, cuando se resolvería el tema de los papeles que Karlaina y su ex habían de firmar.

    Como ella había vivido un infierno, no se sorprendía de nada y cualquier cosa le parecía posible. Me había contado verdaderas historias de miedo que a mí se me hacían propias de la televisión o de gente muy desgraciada y pobre, no de una chica joven con su trabajo, con su familia y sus relaciones sociales bien establecidas. Había sufrido palizas, moratones, la habían gravado, fotografiado manteniendo sexo, el tipo la había forzado infinidad de veces y las huellas podían encontrarse aún en algunas partes de su cuerpo. Pero no fue todo aquello lo que impulsó a Karlaina a terminar la relación: el tipo mantenía relaciones homosexuales por internet, se gravaba y recibía vídeos a su vez. Como habían vivido juntos, al parecer ella tenía toda la información audiovisual de ese ordenador y lo usaba como moneda de cambio para que el tipo la dejara de una vez tranquila. Infinidad de veces, cuando me contaba estas historias de forma parcelada durante los meses que habíamos pasado conociéndonos, yo la animaba a que denunciara, a que buscara ayuda, que acudiera a la policía. Decía que lo había hecho, pero que poco más podía hacerse. No podía hacerme a la idea de la impotencia que debía sentir frente a una situación así, y el tipo erre que erre con que no la dejaría tranquila, que la iba a matar e iba a matar a cualquiera que estuviera con ella, y eso incluía, en este caso, a mí. Otro en mi situación habría huido, pero era el arrojo, y no la belleza, han sido gran parte de mi atractivo, así que allí estaba, esperando la hora.

    La hora convenida llegó más pronto que tarde y salimos de casa en dirección al antiguo piso que compartían Karlaina y el tipo. Aunque no estaba lejos, cogimos el coche igualmente. Por el camino, mientras observaba la llegada del anochecer por la ventanilla en silencio pensaba en dónde demonios estaban los padres de Karlaina, dónde habían estado durante todo aquel infierno que a su hija le había tocado vivir. Estaba claro que no iban a aparecer en ningún momento, sea como fuere, ella debía resolver sus problemas sola. Quizá es costumbre entre aquella gente dejar los asuntos personales en manos de sus poseedores, pero como latino me parecía exagerado aquella frialdad ante los problemas de una hija. Pero bueno, al fin y al cabo enterraban a los muertos en el supermercado, es lo que hay y allá cada cual, quizá tuvieran razón y es más inteligente vivir así, no en balde sus países son más prósperos que las regiones de habla española.

    Llegamos a un parquin de grava y bajamos del vehículo. Las puertas sonaron chonk-chonk al cerrarse y nuestras suelas rascaban las chinas del suelo. El edificio era, como todos los de aquella zona, bastante bajo, de cuatro plantas, con una fachada que se abarcaba con un simple vistazo. En la segunda planta a la izquierda había una luz encendida: ese era el piso, me indicó Karlaina. Okey, le dije. Can I smoke a cigarrette. Y me encendí el cigarro y respiré hondo. Si me iban a partir la cara, a mandarme al hospital hecho un cromo o, mejor aún, a dejarme tirado entre alguno de los descampados que rodeaban la edificación, quería que ese momento me cogiera con la nicotina puesta. Mientras el humo dibujaba jeroglíficos en el aire de la tarde-noche, yo pensaba por primera vez en la situación. No iba a dejarme vapulear sin luchar, sin morir en el intento. Estaba dispuesto a todo y, por qué no, si tenía suerte quizá podría darle un bocado, una patada en los huevos o sacarle un ojo al indeseable ese que había maltratado a Karlaina durante tanto tiempo y que encima no le firmaba los papeles. Ya había estado a punto de morir en ese viaje, si lo hacía ahora, al menos tendría sentido.

    El cigarrillo se terminó y separamos nuestros cuerpos, que hasta entonces habían permanecido unidos: ella delante y yo la abrazaba por detrás con el brazo libre. Emprendimos el camino de la mano por el suelo de grava, oyendo nuestros pasos sobre las piedrecillas del suelo, jrosh-jrosh, hasta la entrada. Karlaina sacó una llave y abrió el portal con la mano temblorosa. La seguí hasta el ascensor y entramos dentro del cubículo que nos esperaba en la planta baja. El silencio se podía respirar era tan denso que uno deseaba abrir una ventana con palabras. No pasa nada, everithing is gonna be alright, y le di un beso. Ella no sonrió, diría que casi ni se dio cuenta y cuando la puerta se abrió, la seguí de cerca mientras sus pasos nerviosos se dirigían hacia una de las dos puertas que se apostaban a sendos lados de aquel rellano. Una vez enfrente, me esperó y cuando estuvimos juntos frente al rectángulo cuadrado que se alzaba frente a nosotros como la tapa de una incógnita, nos miramos un segundo como si nos conociéramos de toda la vida y sentí que todo iba a salir bien. Le di una palmada cariñosa en el culo y eso la animó. Ahora sí que sonrió y me miró con ganas de amarme allí mismo, de vivir otra vez. Yo le devolvía la mirada diciéndole que pronto sus sueños, antiguos y urgentes, se harían realidad. Cuando se sintió preparada, escogió una de las llaves y la introdujo.

    Una luz tenue brillaba al fondo de un pasillo. La seguí con paso decidido y me olvidé de Karlaina completamente. Sentía todos los poros de mi piel en punta, preparada la carne para morir o matar. A medida que avanzábamos y la luz iluminaba la orilla de la entrada opuesta del pasillo, la inexplicable sensación de alegría se intensificaba. Íbamos a ganar.

    Cruzamos el umbral de la puerta del comedor al final del corredor oscuro y nos recibió una luz verdosa hija de coloración de las paredes. Lo primero que llamó mi atención era que en aquel pequeño salón no había ni un solo mueble, era sólo una sala vacía, un lugar sin rostro como una lápida sin inscripción. La única presencia, casi una sombra también, era un tipo alto y desgarbado de casi treinta años que nos miraba, que me estudiaba, con una mirada desviada, sin hacerlo directamente, junto a la única ventana de la habitación.

    Había silencio. No hubo saludo. Me dediqué a mirar a aquel ser humano como el que ve una rata al otro lado de la habitación. Una euforia extraña invadía todos los miembros de mi cuerpo. Me sentía extasiado. Tenía ganas de coger al tipo por las solapas de la camisa y tirarlo por la ventana. Vi su cara de roedor de perfil. Parecía faltarle pared para huir. Sin duda pensaba que Karlaina aparecería sola y no solo había venido con un chico sino que además era extranjero, de esos países más pobres y menos civilizados donde crecen toda clase de delincuentes, debía pensar, porque solo pude distinguir una expresión en aquella cara cobarde: miedo. El tipo quería salir de allí lo antes posible.

    Hay un género de cobardes muy habitual en el mundo: los que maltratan a aquellos que creen más débiles. Uno debe andarse con ojo porque estos tipos aprovechan el terreno de la confianza mutua para actuar con impunidad. No sueles verlos a la primera, ellos necesitan tiempo para hacerse fuertes, para observar tus puntos débiles y darte donde más te duele. Así llegas a pensar que eres muy frágil porque con poca cosa te vienes abajo, que cualquiera podría soplarte y hacerte caer como un castillo de naipes. Esta gente cree saber hasta dónde pueden llegar y utilizan todo lo que conocen de ti para encerrarte en una trampa mental: donde estás en sus manos y no tienes escapatoria. No solo ocurre con las relaciones de pareja, sino las de trabajo, amistad o familiares. Pero ocurre que el velo siempre cae y llega el día en que uno ve al cobarde tal como es. Cuando no existe, ni ha existido nunca, el menor aprecio por esa persona, cualquier cosa es esperable, porque somos capaces de cualquier cosa y no nos dejamos matar.

    Me acerqué a él dispuesto a pedirle cuentas por todo lo que le había hecho a Karlaina. Ella había sufrido tanto y yo también. Aquel cuerpo escuálido de hombros estrechos podía servirme como venganza de todos mis fracasos hasta la fecha. Por aquel entonces yo estaba acostumbrado a vérmelas con toda clase de gente y a andar solo por las calles oscuras del mundo. Luego sabía medir muy bien mis fuerzas y las del contrario y me creía con la suficiente energía como para mandar al tipo al techo de un puñetazo.

    Karlaina se interpuso entre nosotros y le plantó los papeles delante, que ella llevaba en una funda roja transparente. Hablaron muy poco y muy quedo, palabras en flamenco que yo no distinguí, pero sí vi las expresiones. El tipo se había rendido. Era incapaz de mirarme a la cara, ni siquiera podía mirar a Karlaina. Ella se sentía triunfal y estaba más guapa que nunca, estaba venciendo al monstruo, que había resultado ser solo una pobre rata indefensa frente a un mundo demasiado grande. Sin decirse mucho más, el tipo firmó los papeles contra la pared que Karlaina le tendía y, al devolvérselos, ella no podía estar más feliz. Los devolvió a su funda y me cogió la mano. Salimos sin decir adiós de la habitación verde y nos dirigimos, con paso tranquilo pero feliz, hacia la calle, hacia el mundo, hacia la nueva libertad que nos esperaba al doblar la esquina. Ni una sola vez me giré para ver al tipo, no me hizo falta saber que no haría nada porque estaba muerto de miedo y además cargaba el peso del que se había liberado mi chica. Lo dejamos petrificado junto a la ventana, de la que espero que se acabara tirando, y nosotros bajamos las escaleras riendo felices, disfrutando de una nueva felicidad.

    ¡Por fin! Karlaina me hablaba en su idioma y reía con los ojos. Nunca la había visto tan feliz, era otra persona, podía vivir de nuevo o por primera vez. Un futuro diferente se presentaba frente a ella, el alivio recorría todas las hebras de su cuerpo y la tensión la abandonaba como si de una electricidad paralizante se tratara, dejando en su cuerpo una sensación de bienestar prolongada. Yo era casi tan feliz como ella porque me transmitía su contento y los dos nos metimos en el coche como en una nube y nos fuimos de allí hacia ninguna parte como si nos hubiera tocado la lotería. Adónde íbamos, yo no lo sabía, pero Karlaina sí. Me dejé llevar y me acomodé en el asiento. Yo también estaba liberando la tensión que hasta hacía pocos minutos me atenazaba la columna vertebral. Your sky, your sky full of stars… I gonna give you my heart, cantaba el de Cold Play y por primera vez la canción favorita de ella no me parecía una cursilada empalagosa, sino el mejor tema para mirar el cielo de farolas y los tejados de galleta de las casas que se iban sucediendo una tras otra mientras abandonábamos su vida anterior como una piel muerta y nos dirigíamos hacia un nuevo capítulo muy diferente a los anteriores.

    Cantando a pleno pulmón aquella y otras canciones, con la ventanilla abierta y sin importar perturbar el silencio eterno de las calles de Merelbeke, llegamos a la plaza de parquin que Karlaina tenía junto al apartamento de sus padres. Así que vamos a tu casa, le dije, pero ella no me respondió con palabras, sólo me miró y yo entendí al instante.

    Subimos los escalones a la carrera, dándonos besos por la escalera, armando escándalo por todas partes. Por primera vez en mucho tiempo yo me sentía verdaderamente alegre y, si bien no era feliz porque había fracasado en casi todo, aquella noche que empezaba yo estaba en la cima del mundo y me parecía que todos los astros del cielo eran testigos.

    Mientras nos manoseábamos, Karlaina introdujo la llave en la puerta de su apartamento, esta vez sabiendo lo que nos esperaba dentro, fuera y a partir de entonces: el presente.  

    Nota del autor: La próxima publicación de este relato en unos días será la Parte 3.

  • Podría haber sido yo (Parte 1)

    Podría haber sido yo (Parte 1)

    Era martes, 22 de marzo de 2016, y yo había madrugado mucho para subir al avión veinte minutos antes de las 6:10 de la mañana. Mi padre me había dejado la noche antes en la estación de autobús de Tarragona y tomé un autocar nocturno que me dejó en el Aeropuerto del Prat de Barcelona al cabo de una hora. En general, había pasado la noche sin dormir demasiado y me sentía en un estado de sopor un tanto indiferente.

    Al día siguiente sería mi cumpleaños, cumpliría 26, pero no andaba demasiado ilusionado con eso, de hecho, durante aquella época, no andaba ilusionado con nada. Iba por la vida como arrastrado por una corriente de aire, sin saber muy bien adónde se dirigían mis pasos vitales, y sin importarme demasiado. Iba a vivir la efeméride en otro país, lejos de mi familia y amigos. Lo último no me importaba demasiado, porque igualmente no hubiera visto a mis colegas aunque me hubiera quedado en casa: no tenían muchas ganas de verme en aquella época. Fueron años duros, y muy felices.

    Quien sí quería verme era una chica belga que había conocido el verano anterior. Se llamaba Karlaina, aunque se escribe diferente, y tenía mi edad. Como tantos otros de sus compatriotas, había venido a las costas de Tarragona a pasar unos días de vacaciones con unas amigas, quiso la casualidad que fuera en el hotel donde yo trabajaba de camarero recogiendo vasos de guiris y sirviendo cervezas. Había gente que consideraba aquello muy duro y no aguantaba una semana trabajando de pie diez horas diarias, seis días a la semana, por mil euros. Vi muchos llegar y marcharse a llorar a su casa. Para mí fueron años maravillosos donde conocí personas imprescindibles como Karlaina.

    Tuve la suerte entonces de que ella se fijara en mí y me encontrara por la red social de referencia en ese momento, y en la cual yo casi ni entraba, Facebook. A raíz de ahí, iniciamos una conversación que terminó con su vuelta, al cabo de una semana a La Pineda, donde yo trabajaba, pero esta vez en un apartamento que compartimos por unos días azules. Nuestro affaire se nos hizo de lo más dulce y repetimos varias veces ese verano. Ella era enfermera en un país mucho más rico que el mío, venía de una familia pudiente, y podía permitirse el lujo de tomar el avión como el que agarra un autobús. Aunque tenía mucho más dinero que yo, nunca me sentí inferior a su lado y siempre me trató como a un igual. Yo tenía la intención entonces de ser profesor si conseguía reunir el dinero para pagarme el abusivo máster necesario para ejercer esa función en España. Recordaba que el día que me admitieron en la Universidad, estaba con ella en la cama cuando me comunicaron la noticia y dimos saltos de alegría en ese verano de 2015.

    Pensaba en todo aquello recostado en el asiento del avión, viendo amanecer por la ventana y, a pesar de todo, no me daba cuenta de lo feliz que era. Yo estaba atribulado por ciertos problemas que me había hecho romper con algunas relaciones que yo hube considerado indestructibles no hacía mucho tiempo atrás, y la pérdida inevitable de estas personas se me hacía tan difícil de superar como si fuera la muerte de un ser muy querido. La realidad cede con demasiada facilidad y no hay nada más absurdo, menos entendible, que las despedidas para siempre, ya sean las que impone la vida o las que impone la muerte. Aunque era mi último día con 25 años, que tenía una aventura por delante de una semana en Bélgica con mi chica en un apartamento para nosotros, a pesar de que me estaba comiendo el mundo a bocados, estaba melancólico y apesadumbrado. Sentía que lo mismo me daba morir que vivir en este cuento absurdo que llamaban realidad. Por eso me dejaba llevar por el aire como una bolsa de plástico, metido en este caso en un avión de Ryanair que tenía prevista su llegada al Aeropuerto Internacional de Zaventem (Bruselas) a las 8:30 de ese día, marcado en la historia, 22 de marzo de 2016.

    Una voz de la tripulación nos pidió en inglés que nos pusiéramos los cinturones de seguridad porque íbamos a iniciar el aterrizaje. Eran aproximadamente las 7:55 de la mañana, como habíamos salido puntuales, estaba previsto que tocáramos tierra un poco antes de la hora convenida. Mientras yo y los demás pasajeros pensábamos en nuestras particulares cosas y la tierra belga se aproximaba cada vez más, intervino en inglés la voz angustiada del comandante: …there have been an explosion at the airport…

    Sólo entendí la palabra explosion y airport y los chillidos ahogados de algunas personas que se llevaban las manos a la boca. Luego se produjo el silencio más tenso que he oído en mi vida, como si la cuerda que lo sostenía fuera a reventar de un momento a otro y el mundo que conocíamos se pudiera terminar en un pestañeo. Poco a poco, empezaron a oírse rumores de voces hablando en idiomas indescifrables para mí, excepto por el tono, que era contrito y asustado. Pensé en encender mi móvil, pero habría sido inútil, dado que no teníamos cobertura. Además, daba la casualidad de que había salido de casa prácticamente sin batería y no había tenido la oportunidad de cargarlo en algún enchufe del aeropuerto. Sería mejor llegar a tierra y esperar a ver cómo terminaba todo.

    Me sentía tranquilo. Para entonces, ya todos sospechábamos que, en el mundo en el que vivíamos, una explosión en el aeropuerto no se producía por accidente. En general, la gente estaba callada, rezando lo que sabía o aguantándose las ganas de salir corriendo o, como yo, sin saber muy bien qué pensar ni qué hacer. Seguí recostado pensando en que, cuando se producía un atentado, no solía suceder de forma aislada y había que esperar otro en alguna parte. Quizás en el avión donde viajábamos, debíamos de pensar todos.

    La voz del comandante volvió a sonar. Airport Charlorai. Resulta que iban a desviar nuestro vuelo. Es bien sabido que Ryanair viaja con el combustible justo para ahorrar en costes, más de uno esperábamos que tuviéramos el suficiente para llegar al otro aeropuerto, que por otra parte yo desconocía completamente en qué país se hallaba. Había quedado con Karlaina en que me recogería en el aeropuerto de Zaventem a la hora indicada, pero en ese momento yo no sabía dónde había sucedido la tal explosion.

    Pero yo seguía tranquilo, viendo los acontecimientos que sucedían como si los viviera otra persona. Entonces entendí que el miedo era completamente arbitrario y lo mismo te agarraba en tu casa viendo la tele que te dejaba en paz dentro de un avión buscando urgentemente pista de aterrizaje. Por fin conseguimos tocar tierra y, una vez que el aeroplano se paró, en vez del previsible alivio, empezaron las prisas y la ansiedad. Sonaron los teléfonos móviles casi al unísono. Cuando encendí en mío, mi padre me había llamado más de nueve veces. Antes de que pudiera devolverle la llamada, me estaba contactando de nuevo y lo cogí. En su voz fue cuando me asusté. Era fría y dura, como el que se prepara para oír cualquiera clase de noticia, incluso la peor de todas.

    El día martes 22 de marzo a las 8am hubo un atentado terrorista con explosivos en el Aeropuerto Internacional de Zaventem, Bruselas. Por ese entonces, apenas las 9 de la mañana, ya era noticia a nivel internacional y todo era confusión. Le dije a mi padre que habíamos aterrizado en otro aeropuerto, que estaba bien, que no se preocupara, que allí no había pasado nada y que tenía que colgar porque tenía que llamar a Karlaina. Sólo esperaba que ella estuviese bien, dado que era previsible que se encontrara en el lugar de los hechos a la hora en que las explosiones ocurrieron, esperándome en las Llegadas.

    Intenté contactar con ella pero fue imposible, las líneas debían de estar saturadas. En el avión, todos intentaban establecer contacto con el mundo exterior. En esa tesitura, se me terminó la batería del móvil. Maldije mi mala cabeza y me dispuse a encontrar un enchufe de forma urgente, una vez que pudiera acceder a la maleta y agarrar el cargador, el cual esperaba con todas mis ganas haber traído al viaje y no haberlo olvidado en casa, cosa posible dado que había hecho la maleta deprisa y corriendo.

    El Aeropuerto de Charlorai se encontraba en Bélgica, a 46 quilómetros de la capital. Fue una suerte que no hubiéramos acabado en Francia o en Alemania. Quizá, porque fuimos de los primeros vuelos desviados, acabamos en el aeropuerto más inmediato a nuestro destino. Pero Charlorai era un aeropuerto como el que hay en mi pueblo y ahora estaba absorbiendo el tráfico aéreo de su hermano mayor, el aeropuerto de Zaventem. Nos bajaron en la pista y nos indicaron que camináramos hacia un edificio que se veía a unos doscientos metros más allá, donde encontraríamos la salida. El personal del aeropuerto brillaba por su ausencia, dado que fueron a atender al próximo vuelo desviado que aterrizaría en el pequeño aeropuerto de un momento a otro. Todo era un pandemonio.

    Visto lo visto, me daba tiempo de fumar un cigarrillo. Lo encendí, como hicieron otros pasajeros, y fuimos fumando por la pista del aeropuerto hacia nadie sabía muy bien adónde, pero con la alegría efímera por satisfacer una necesidad acuciante como la sed.

    Llegados al interior del edificio del aeropuerto, el caos se intensificaba por momentos. Atravesamos las salidas sin ningún control por parte de los empleados del lugar. En lo que parecían unas aduanas vacías, encontré el preciado enchufe que andaba buscando como un perro ventor y me dirigí a ese rincón sin saber muy bien si me echarían de allí. Abrí mi equipaje de cabina y saqué el bendito cargador que, con manos nerviosas, conecté al teléfono. Esperé a que marcara un dos por ciento para encenderlo y entonces sí que vi las decenas de llamadas de Karlaina, lo cual me tranquilizó de sobremanera. La llamé yo y me contestó con lo que parecía el manos libres de un coche. Estaba bien. En Zaventem todo era un caos, estaba intentando salir del aeropuerto rumbo a Charlorai, donde sabía que yo estaba. Su voz sonaba nerviosa y mezclaba el inglés con palabras en su idioma, el flamenco. Quedamos en que nos veríamos en Charlorai cuando consiguiera llegar, pero tenía que ser paciente porque el tráfico era horrible y el caos absoluto en todas partes. Le mandé un beso y le dije que se cuidara mucho. Beso, dijo.

    Esperé un poco más y me di cuenta de que no podría seguir en ese lugar liminal mucho más tiempo, que era cuestión de minutos que llegara alguien del aeropuerto y me preguntara qué diablos estaba haciendo en ese rincón con una maleta, en pleno pasillo por donde iban pasando oleadas de pasajeros asustados de diferentes vuelos internacionales. Recuerdo ver a un señor con turbante que llamó mi atención. Nos miramos un momento a los ojos, la verdad es que no me habría gustado ser él entonces.

    Con menos de un diez por ciento de batería, atravesé por fin el portal de las llegadas con la esperanza de encontrar otra toma de corriente en algún lugar. Fue entonces cuando me percaté de la magnitud del caos. Miles de personas se agolpaban en el amplio vestíbulo del aeropuerto, que había superado su aforo por mucho. Todos iban de un lado al otro haciendo preguntas al personal del aeropuerto que no sabían muy bien qué responder ni qué hacer. Un tipo pálido con una rebeca apretada sobre su tripa, responsable del lugar, miraba a todas partes con los ojos como platos, como queriendo decir algo a alguien, pero sin encontrar las palabras ni el receptor del mensaje. Había pensado en preguntarle dónde había una toma de corriente, pero desistí. Quise salir al exterior y alejarme de aquel barullo, porque entonces sí que sentí cierta sensación de desprotección: si los perpetradores han decidido poner una bomba en aquel aeropuerto, las víctimas se contarían por centenares, si no por miles. El plan era que no había plan.

    Una vez en la calle, vi llegar los autobuses, los coches, las gentes yendo y viniendo. Todo sucedía muy deprisa a mi alrededor y yo estaba detenido en medio del mundo, fumando otro cigarrillo, pensando en que al día siguiente sería mi cumpleaños y tendría 26 años, pensando en el absurdo de la vida y en la facilidad con que cede y se desmonta el edificio que llamamos Realidad. Al final, encontré un enchufe y me senté a leer.

    Más tarde supe que hubo otras explosiones en el metro de Bruselas y que hubo víctimas mortales de distintas nacionalidades, entre ellas un español, que podría haber sido yo.

    Nota del autor: La próxima publicación en unos días será la Parte 2.

  • solo un segundo siquiera

    solo un segundo siquiera

    cierra los ojos.
    imagina un hombre,
    un cigarro olvidado
    sobre un cenicero,
    uno de esos de cristal.
    imagínalo sentado
    en un sillón, en medio
    de la sala. con la mirada
    perdida en el gres del
    suelo.

    y un reloj colgado
    sobre el blanco de la
    pared, como encalada,
    que marca el tempo
    que baila el humo.
    ¿lo ves?

    tic-
    tac-
    tic-
    tac.

    el sol, rabiosamente
    sereno, se cuela por
    un ventanal. todo
    lo baña su luz
    blanca.

    y un espejo, y en su
    reflejo, una fotografía
    enmarcada.

    nunca tuvo fuerzas
    para descolgarla
    de aquella pared
    enjabelgada.

    hojas secas del otoño
    visten marrón claro el suelo
    pies en botines de cuero
    bajo un vestido gris cielo
    cabellos negros que caen
    sobre sus hombros estrechos
    sonrisa antes de un beso
    ¡qué cálido fue aquel invierno!
    ¡pasión en sus ojos pardos!
    ¡una mirada de fuego!

    qué gran foto en aquel marco.
    tal estrella de mentiras
    perdida en un cielo negro.
    fundirme en ella quisiera

    ¡solo un segundo siquiera!

    solo uno.

    Nota del autor:

    Hace unos cuantos 23 de abril, teníamos diecisiete años y ganamos un premio con este tema-poema que hoy he rescatado del fondo de mi disco duro. Como el audio que yo conservaba estaba inconcluso, no he podido transcribir la totalidad del poema. Al final, se desvelaban los símbolos explicando el significado del reloj, el cenicero y la foto en el cuadro. Pero hoy, diecisiete años después, me parece un accidente feliz que se haya perdido ese fragmento y sea el lector/a quien desvele por sí mismo el significado de cada objeto en el poema.

    Así es la vida, quien ha escrito este poema y quien lo ha terminado por donde ella quería. Respetaré su voluntad.

    Información adicional:

    La canción se realizó en el Amanita Estudi de Constantí y fue compuesta, tocada y grabada por mi admirado Sergi Sabaté Reig, quien sigue siendo un genio del sonido y trabaja con diferentes artistas. Créditos a él.

  • Amor y Roma son la misma palabra

    Amor y Roma son la misma palabra

    Roma tiene los dientes rotos

    aunque Roma tiene
    los dientes y el alma rotos
    sonríe a todo el mundo
    como una loba vieja.
    Roma está contenta
    porque no conce el tiempo.
    mira al paseante desde
    sus miles de años,
    desde sus muros marrones.
    aunque Bernini y Felini
    hayan adornado sus calles
    Roma está orgullosa
    de su bendito caos
    y su trajín constante.
    el ritmo es alegre, pero
    tranquilo. las calles están
    sucias e impolutos los interiores.
    abuela del alma mediterránea
    no le importan las apariencias
    a estas alturas de la historia.
    su cielo azul parece de mentira.
    conviven el oro del Papa y
    las monedas del vagabundo
    bajo el mismo palio. Jesús
    está en todas partes y en
    ninguna iglesia. las cruces
    coronan antiguos obeliscos
    del antiquísimo Egipto. César y
    Cicerón murieron traicionados
    sobre la tierra del Foro porque
    soñaron el futuro demasiado
    pronto. la comida no es tan
    buena como dicen. los camareros
    te cobran el servicio y las bebidas
    a un precio desorbitado. como
    siempre la gente ama las cosas
    por las razones equivocadas.
    las acuarelas pueblan las esquinas
    por un trozo de papel con números
    uno puede llevarse un pedazo
    de Plaza de España en primavera.
    la música llena la esquina donde
    te mira un tritón de mármol
    que firma un tal Nicola Salvi.
    aunque Roma sea a veces
    un parque temático para el
    dinero del turista centro-
    europeo, aunque Roma esté
    demasiado sucia para el
    buen gusto del suizo, aunque
    Roma sea un negocio como
    todo, no ha perdido un ápice
    de su inocencia milenaria y de
    la picardía de un diablo
    demasiado viejo para ser
    del todo malo. Por eso, viajero,
    vagabundo, artista, poeta,
    si vas a Roma no te olvides de
    sonreír aunque tú también
    tengas los dientes y el alma
    rotos.

    el amor es así

    el amor no es como lo pintan los
    cursis y esas películas maravillosas.
    el amor tiene granos en la cara y pelos
    en el culo, se tira pedos por la noche y
    apesta cuando hace caca. el amor
    te encuentra cuando más perdido estás
    y se tumba junto a ti en la cama aunque
    a veces no lo merezcas. es el único que
    conoce tu infinita fragilidad y no te
    pide cuentas por tu fracaso. no le importa
    si eres el príncipe azul o su sirviente,
    si tienes veinte o setenta años.
    te mira con unos ojos tan diferentes
    que no te ve como eres sino como él
    te interpeta. el amor es un dios que
    lucha contigo en las batallas de la vida
    y le da algo de sentido al hecho de
    estar sobre una piedra que se mueve
    por el espacio. el amor nunca duerme ni
    tampoco muere, aunque tú lo hagas.
    puede ser mujer u hombre o las
    dos cosas a la vez. arde incluso
    sin llama y su fuego es inextinguible.
    cuanto más amas, más vives y más
    sufres. el amor tiene diferentes caras,
    pero en el fondo sólo es un prisma
    para todo el mundo. muchos se mataron
    por su causa y asesinaron en su nombre.
    el amor no conoce ni la moral ni la ciencia
    y es democrático en cuanto a que lo
    sienten el ángel y el demonio. puede
    limpiar o envenenar al más pintado,
    puedes perderlo todo y no volver a
    ganar, pero si alguna vez llegaste a
    sentir un soplo de su calor en
    alguna de sus múltiples formas: en el
    beso de una chica, en el sexo con tu
    alma gemela, en la mano que te secó
    las lágrimas, en el abrazo de tu madre,
    en la mirada orgullosa de tu padre que
    nunca supo decir “te quiero” y no importó,
    entonces, si conociste alguna vez
    sólo una de sus poliédricas caras o
    todas, puedes sentirte afortunado
    aunque tengas granos en la cara
    y te tires pedos y tu caca apeste.
    puedes sentirte
    afortunado
    por estar
    aquí.

  • Tres prosas en verso

    Tres prosas en verso

    1.

    cappuccino

    solíamos venir a este bar
    cuando se podía fumar
    dentro. todo sigue siendo
    de color verde como dentro
    de una botella de JB.
    hoy ha llovido y es
    mala hora. la gente está
    en otra parte y estoy yo
    solo con mi sombra y
    la tuya. también dejé el
    tabaco y de recordarte
    tanto. la casualidad me trajo
    hasta esta mesa donde
    solíamos hablar. ponen
    canciones de ahora
    como hacían entonces.
    el camarero de antes tiene
    más canas y está más
    gordo. nos tenía vistos cuando
    pasábamos las tardes con
    un café con leche. ya no se
    acuerda de nosotros porque
    hemos cambiado demasiado.
    tu sombra y
    la mía y
    yo.  

    2.

    gasolinera

    Tarragona huele a
    gasolinera. por eso
    me gusta tanto el
    olor a
    gasolina. las chimeneas
    escupen al cielo
    y crecen edificios
    demasiado altos
    junto a las ruinas
    de la Tabacalera.
    me gustan las
    vías del tren
    junto al mar como
    una cicatriz en la
    cara de una mujer
    hermosa.

    una vez
    a la salida de El
    Cau una chica me
    dijo que prefería
    drogarse antes que
    hacer el
    amor. acabamos en
    el Loreto cuando
    se le teminó la
    cocaína.

    sus piedras
    milenarias me han visto
    pasar ebrio, feliz,
    derrotado, invicto.
    orinó el vagabundo en
    la esquina donde apuñalaron
    a un romano anónimo.
    pasean parejas por La
    Rambla hasta el Balcón
    y los viejos ocupan los
    mejores bancos al sol.

    en sus barrios periféricos
    abundan los
    kebabs, los semáforos
    y los bares donde acudo
    religosamente.

    la Semana Santa se
    vive y también el
    Carnaval. en verano
    se ven guiris despistados
    cuando extravian Salou o
    Barcelona.

    nadie suele recalar en
    esta ciudad pequeña
    a orillas de un mar
    infestado de mercantes
    cercada por un río seco
    donde sólo subsisten
    violentos cangrejos
    americanos.

    con su barrio del puerto con
    sus lobos de bar como
    nuestro abuelo. con sus
    barcos pesqueros y su
    agua aceitosa. con su faro al fondo
    como un
    espejismo.

    este es un lugar secreto
    del mundanal mundo, paraíso
    infernal del ecologismo.

    por eso y más, viajero,
    si con el corazón sabes
    mirar, y reír por la herida,
    tu alma sabrá repostar en
    Tarragona.

    3.

    dicen es plural

    dicen que es imposible
    escribir siendo feliz
    y por eso yo nunca
    sonrío.

    dicen que no pueden
    nacer poetas en este tiempo
    y por eso yo escribo en
    prosa.

    dicen que la anáfora
    es un recurso demasiado
    fácil y por eso yo soy
    complicado.

    dicen tantas cosas
    y yo les diría a ellos de
    todo,

    pero entonces
    también estaría en el dicen
    y
    tampoco
    haría
    nada.

  • Los ejes del pensamiento

    Los ejes del pensamiento

    La mente humana es casi tan infinita como el universo conocido y son tantas las posibilidades de conjugar una idea que el hecho de ponerlas en el papel es hablar solo de la punta del iceberg. En este artículo de exploran de manera sucinta las cuatro leyes o dicotomías más comunes que he encontrado en las obras, el pensamiento, el arte de Occidente y del resto del globo. A pesar de la variedad, parece haber coincidencias.

    El Amor y la Muerte

    Estos dos son los grandes temas de la literatura y del arte en general. De la combinación infinita de ambos elementos, se hacen todos los temas habidos y por haber que se pueden tratar en una obra de arte. La aparición del elemento amoroso como la superación de la muerte o la muerte como final inexcusable, son solo ejemplos de las posibilidades inagotables que ofrecen estas dos ideas. Invito al lector a pensar por sí mismo qué películas, libros, series, temas, conoce y vea hasta qué punto y en qué grado se relacionan con el Amor y la Muerte. Las dos ideas primeras que mueven el mundo.

    El Destino y el Libre Albedrío

    Mucha de la filosofía, tanto religiosa como profana, parten del rechazo o la asunción de una de las dos ideas. ¿Somos dueños absolutos de nuestra vida o cumplimos con un plan establecido? Según el sentir de los tiempos, la respuesta ha sido una o la contraria. Por ejemplo, las tragedias griegas exploran la idea de Destino como algo inevitable: cuando el héroe intenta huir de la profecía del hado, acaba encontrado su propia fatalidad en la carrera desesperada. Obras como las de Sófocles, siglos antes de nuestra era, exploran esta ironía. No obstante, la idea de que el ser humano no es dueño de lo que le sucede choca con el concepto de moral. Es decir, si el Destino del sujeto está escrito, el sujeto no es ni bueno ni malo, solamente una pieza en el tablero de Dios o de la Matemática. Por lo tanto, desaparece el concepto filosófico de Culpabilidad, sobre el que se sustentan todas las religiones. Por ejemplo, el catolicismo cree en el Libre Albedrío porque el ser humano puede decidir si es bueno o malo, y eso explica el mal en el mundo, porque muchos, como pueden escoger, deciden ser mezquinos. ¿Qué crees tú? ¿Vivimos determinados por nuestro destino o somos libres para elegir nuestro camino? Las respuestas son inacabables y los matices pueden ser muchos. Habrá quienes, inocentemente, piensan que son libres y a la vez creen que su futuro está escrito.

    La Civilización y la Barbarie

    También podría llamarse este punto La Inocencia y el Escepticismo, pero parece menos aclaratorio. El ser humano es el único animal que vive de espaldas a la madre Naturaleza. Este proceso, que lleva desarrollándose milenios, sume a la persona en una fuerte necesidad de reconectar con la fuente primigenia, y necesitamos irnos en medio de los árboles, subir una montaña, respirar la brisa del mar. Sólo podemos sentir por un momento, como de pasada, el breve sentido de nuestra vida cuando miramos la tierra, el campo, las montañas, el cielo, las nubes, los astros. No obsante, en general, somos inacapaces de vivir para siempre en medio de tales portentos, y deberemos encontrar refugio en la polis, entre los nuestros, y discutir en la plaza pública, antinaturalmente cuadrada, cómo vamos a organizarnos, quiénes serán los de arriba y los de abajo. Así, nos vemos traicionando a nuestra propia madre Naturaleza que, aunque lo es todo, también es cruel en su ceguera: mientras nosotros podemos admirarla, ella parece no querer vernos. Nos protegemos de sus terremotos y sus fenómenos atmosféricos extremos. La simple caída de la noche nos da una idea de nuestra solitaria debilidad. En un plano más actual, cada vez estamos más aislados del campo con nuestros aparatos tecnológicos y analógicos, cada vez más alejados de nuestra pureza, de nuestra inocencia animal, que por otra parte, puede ser brutalmente cruel y llevarnos a cometer los actos más reprochables. Los antiguos nómadas vivían en su barbarie con sus dioses crueles, sentándose en el suelo o bailando en derredor de la hoguera, comiendo poco y muriendo jóvenes, siendo la muerte su pan de cada día, tan natural como el agua clara del río y el cielo raso. Ahora, escribimos artículos sentados sobre una silla mullida delante del ordenador y tenemos problemas para conciliar el sueño. ¿Ahora estamos mejor? Indudablemente vivimos más, pero es mucho más difícil ser inocentemente feliz.

    La Duda y la Certeza

    Dos amigos y yo hablábamos de estos temas en un bar de barrio. Mientras cenábamos una humilde pizza, dibujábamos las líneas maestras del pensamiento humano. Lejos de la tertulia intelectual en la ubre, tratábamos los temas que habíamos leído en los libros y en la experiencia de estar vivos. Cualquier lugar es bueno para sentarse a filosofar si se tiene el fuego de las ideas encendido. Dudas y certezas tan necesarias como el aire que respiramos, que nos dan un soplo de frescura para continuar nuestra aventura humana. Uno de ellos afirmó, a raíz de lo expuesto, que debemos vivir con la contradicción permanente a cuestas. Creemos en una cosa y la contraria a la vez, y por eso somos capaces de dudar de todo lo cierto y creer a ciegas en cualquiera fantasma como el Amor, el Destino, la Civilización y la Verdad. Ya lo dijo el griego: Sólo sé que no sé.

    ¿Qué sabes tú?